La traducción al bengalí de la célebre obra en urdu «Islam aur Jadid Ma‘ashi Nazariyat», del gran pensador islámico del siglo actual, Maulana Sayyid Abul A‘la Mawdudi —que Allah tenga misericordia de él—, se publicó por primera vez en 1961 con el título «El islam y las doctrinas económicas modernas».
En esta obra, el autor presenta un análisis fundamental, sumamente profundo y sutil, de todas las doctrinas económicas vigentes en el mundo actual. Mediante una exposición comparativa de los sistemas económicos del islam, demuestra eficazmente la vacuidad de las doctrinas económicas modernas y que la solución correcta y equilibrada de los verdaderos problemas económicos de la humanidad solo es posible sobre la base del sistema económico islámico.
Tenemos la firme convicción de que, al leer este libro, la sociedad culta se sentirá impulsada a alcanzar soluciones prácticas para todos sus problemas económicos, basándose en el sistema económico del islam.
Que Allah nos ayude.
—El editor

Capitalismo, comunismo e islam

Hasta el presente, todos los sistemas económicos que se han formulado en el mundo pueden dividirse, en principio, en tres categorías:
Primero: el sistema capitalista.
Segundo: el comunismo.
Tercero: el sistema económico presentado por el islam.

El sistema capitalista

Dicho en términos sencillos, la esencia del sistema económico capitalista es que cada individuo será dueño de la riqueza que haya ganado; nadie tendrá parte alguna en sus bienes adquiridos ni se reconocerá a nadie ningún derecho sobre ellos. Podrá gastar y utilizar sus bienes como desee; podrá acaparar la cantidad de riqueza y medios de producción que estén en sus manos y negarse a emplearlos en cualquier propósito que no sea su interés personal. Tiene plena libertad en este asunto. En realidad, el sistema económico capitalista ha surgido precisamente del egoísmo que existe naturalmente en cada ser humano. Su forma plenamente desarrollada llega a ser tan perjudicial que, ante ella, palidecen todas las cualidades y virtudes humanas que promueven el bienestar y el progreso de la sociedad humana.
Incluso si se analiza desde un punto de vista puramente económico, sin considerar el aspecto moral, se verá claramente que, allí donde esta doctrina se aplique, la desigualdad en la distribución de la riqueza se verá inevitablemente trastornada. La riqueza y los medios e instrumentos de producción se irán concentrando progresivamente en manos de un grupo de afortunados o de personas más cautelosas, y la sociedad quedará prácticamente dividida en dos clases. Una será la de los afortunados, dueños de grandes riquezas; la otra, la de los pobres desdichados, que ni siquiera consiguen alimento suficiente para saciar el hambre de dos comidas al día.
Los miembros de la primera clase acapararán toda la riqueza y los medios e instrumentos de producción, los gastarán únicamente en su comodidad, lujo y disfrute, y, con el propósito de aumentar aún más su volumen, no vacilarán en sacrificar los intereses superiores de la sociedad y de la nación. Por su parte, la masa de pobres desdichados quedará privada para siempre de toda participación en la riqueza y de toda oportunidad. No tendrá otra alternativa que obtener los medios de subsistencia sirviendo incansablemente a los ricos.
Un sistema económico de este tipo crea, por un lado, usureros, prestamistas, explotadores, dueños de fábricas y terratenientes opresores; y, por otro, produce una masa de obreros y campesinos proletarios y hambrientos. En una sociedad donde pueda funcionar semejante sistema económico no se encontrará en absoluto, por naturaleza, ningún sentimiento humano de simpatía, benevolencia, afecto, compasión o ayuda mutua. Cada individuo se verá obligado a vivir dependiendo de sí mismo; nadie será amigo ni auxiliador de nadie. La vida de los necesitados y hambrientos se volverá cada vez más estrecha y penosa.
Como consecuencia, cada persona de la sociedad se verá obligada, para conservar la vida, a adoptar frente a los demás una actitud de extremo egoísmo y hostilidad. Todos se esforzarán por obtener, en la medida de lo posible, medios de sustento y recursos económicos, los acapararán para su interés personal y los emplearán precisamente para aumentar su cantidad. Y quienes fracasen en esta campaña de acumulación de riqueza o no sean capaces de participar plenamente en ella no encontrarán en el mundo ni un solo lugar donde refugiarse. Si quisieran mendigar, no les resultaría fácil; en el corazón de nadie surgiría la menor compasión por ellos y ninguna mano se extendería para ayudarlos. Finalmente, o se suicidarán para liberarse del tormento de esta vida, o se verán obligados a arrojarse al lodazal de diversos delitos y actividades contrarias a la humanidad para apaciguar el ardor del hambre.

En la sociedad capitalista se vuelve inevitable que la inclinación y tendencia natural de las personas se dirijan a acumular dinero y gastarlo en actividades lucrativas. Como resultado, allí proliferan las sociedades anónimas, se establecen bancos, se ponen en marcha fondos de previsión, comienzan a operar compañías de seguros y se forman cooperativas. Detrás de todos estos medios y métodos de producción de riqueza actúa una sola idea: «producir y acumular cada vez más riqueza».
Ahora bien, esta acumulación de dinero puede realizarse mediante transacciones comerciales o mediante negocios basados en el interés. En realidad, desde la perspectiva capitalista no existe ninguna diferencia fundamental entre el interés y las transacciones comerciales. Por eso, en la sociedad capitalista estas dos cosas no solo están mezcladas entre sí, sino que llegan a ser mutuamente dependientes en toda clase de actividades y negocios. Allí, el interés se vuelve indispensable para los negocios, y los negocios, para las transacciones con interés. Ninguno de los dos puede prosperar sin el otro. En realidad, si no existiera la posibilidad de realizar negocios basados en el interés, todo el sistema capitalista se desmoronaría.

El sistema económico comunista

El sistema económico completamente opuesto al sistema económico capitalista es el sistema comunista. La esencia de esta ideología es que todos los medios e instrumentos de la riqueza son propiedad colectiva de los miembros de la sociedad; el individuo no tiene derecho a apropiárselos personalmente, intervenir en ellos según su voluntad ni obtener de ellos beneficios a título personal. En cambio, los individuos realizarán cualquier trabajo en beneficio del interés colectivo de la sociedad y solo recibirán una remuneración por ello. La sociedad proporcionará los medios necesarios para su subsistencia, y los individuos trabajarán a cambio de ello de acuerdo con las instrucciones de la sociedad.

Esta ideología establece una organización económica completamente independiente del sistema económico capitalista. En esta organización no hay el menor lugar para la propiedad privada; por consiguiente, nadie puede acumular dinero ni emplearlo personalmente en actividades productivas. Puesto que aquí se ha producido una enorme diferencia en cuanto a ideales y principios, también han cambiado los métodos de trabajo. El sistema económico capitalista no puede funcionar sin instituciones y organizaciones como la banca, los seguros de vida, las sociedades anónimas y otras semejantes. Pero en el sistema económico comunista, estas instituciones no solo carecen de lugar en sus actividades económicas, sino que tampoco son necesarias. Existe una profunda relación entre la naturaleza del sistema económico capitalista y las operaciones y transacciones basadas en el interés. En cambio, con el sistema económico comunista prevalece una hostilidad igualmente profunda. El sistema económico comunista elimina precisamente la causa por la que una persona de la sociedad recibe intereses y otra los paga. En ninguna circunstancia ni de ninguna manera puede aceptar el interés como legítimo. En realidad, es imposible que una persona que crea en la economía comunista realice simultáneamente transacciones con interés y sea comunista.

Es necesario recordar que aquí el comunismo ha sido analizado exclusivamente desde la perspectiva del idealismo puro. De lo contrario, en la práctica el sistema comunista ha sufrido un enorme viraje en Rusia y, tras fracasar en su intento de llevar a la realidad su ideología extremista, ha regresado hacia el sistema capitalista. Ahora allí no existe ningún impedimento para que quienes reciben salarios superiores a sus necesidades ahorren el dinero excedente, lo depositen en el banco y cobren sus intereses.

En realidad, el capitalismo y el sistema comunista son dos ideales extremos y mutuamente opuestos. El capitalismo concede a los individuos de la sociedad sus derechos naturales, ciertamente; pero no existe ningún principio ni ideal que los impulse a servir los intereses colectivos de la sociedad o que los obligue a ello según las necesidades. Por el contrario, en general crea entre los individuos una actitud de egoísmo. En consecuencia, cada persona se ve impulsada, de hecho, a luchar contra la sociedad y la colectividad en defensa de sus propios intereses personales. Como resultado de esta lucha basada en el interés individual, se destruye el equilibrio en la distribución de la riqueza. Por un lado, entonces, un pequeño grupo se apodera de toda la riqueza y de todos los medios y recursos de la sociedad y de la nación, se convierte en millonario y multimillonario, e invierte ese dinero para comenzar a saquear aún más riqueza de manera extensa y voraz. Por otro lado, la situación económica de los millones y millones de habitantes del país comienza a empeorar gradualmente, y su participación en la distribución de la riqueza, al disminuir cada vez más, llega por completo a cero. Es cierto que, en su etapa inicial, la enorme riqueza del capitalismo crea, mediante una ostentosa manifestación de esplendor, un deslumbrante brillo en la sociedad y la civilización; pero, como resultado final de la distribución desigual de la riqueza, la circulación de la sangre en el cuerpo del mundo económico queda completamente obstruida, casi todas las partes del cuerpo se secan y quedan al borde de la destrucción por falta de sangre, y la parte principal del cuerpo queda arruinada por una presión sanguínea anormal.

El comunismo quiere corregir este defecto, pero, para alcanzar un objetivo correcto, adopta un método de acción sumamente erróneo. Quiere establecer un equilibrio en la distribución de la riqueza, y esto es, sin duda, algo muy bueno. Sin embargo, el método que adopta para ello declara en realidad la guerra a la naturaleza humana. Privar a los individuos comunes de la sociedad de la propiedad privada y convertir a todos los seres humanos únicamente en esclavos de la sociedad y de la colectividad no solo es perjudicial para el sistema económico, sino también, en un sentido mucho más amplio, extremadamente dañino para toda la civilización humana. Porque, como consecuencia de ello, el pulso vital de las actividades económicas y de las instituciones civilizatorias se verá necesariamente silenciado, y su verdadera motivación para actuar desaparecerá por completo. En realidad, en la civilización y en la economía, el interés personal impulsa al ser humano a esforzarse, luchar y emplear sus últimas fuerzas. En su primera etapa, el comunismo negó esto en el ámbito del pensamiento y del idealismo. Su filósofo extremista llegó a afirmar que no existe nada llamado inclinación innata del ser humano; que todo es creación del entorno, y que mediante la educación y la organización podemos crear una actitud de sociabilidad y colectividad desprovista de interés personal. Pero la experiencia práctica ha disipado esta idea errónea de los comunistas. Actualmente, en Rusia se adopta el método de estimular el sentido del interés personal para despertar la motivación laboral de los comunistas. En realidad, se trata del egoísmo innato del ser humano; ningún razonamiento ni ninguna ciencia puede eliminarlo de las fibras de su mente y de su cerebro. Dejando aparte a las personas extraordinarias, el ser humano común solo puede emplear toda la fuerza de su mente, su cerebro, sus manos, sus pies y sus brazos en aquel trabajo por el que tiene interés y posibilidades desde el punto de vista de sus propios intereses. Si esa posibilidad de interés no existe en absoluto y se le informa de que su esfuerzo personal no podrá obtener ni el más mínimo beneficio por encima del límite fijado para sus ganancias y sus intereses, sus facultades de pensamiento y de acción se embotarán por completo. Después de eso, no podrá hacer otra cosa que permanecer como un jornalero o trabajador común y vivir recibiendo una cantidad determinada de salario. En realidad, tal es la situación interna de la sociedad comunista. Su aspecto externo y práctico es aún más terrible. El comunismo elimina a todos los capitalistas y crea un capitalista omnidevorador y supremo: el gobierno comunista. Entre los capitalistas individuales de un gobierno no comunista se observan ciertos sentimientos humanos sutiles y delicadas disposiciones propias del ser humano; en el gobierno comunista capitalista no se encuentra ni una centésima parte de ellos. En esencia, hace trabajar a la gente como si fueran máquinas inanimadas y distribuye los medios de subsistencia entre ellos, con pleno despotismo, como una máquina. No hay lugar para la compasión ante él, ni se manifiesta misericordia o benevolencia alguna. No hace trabajar a este «hombre-máquina» como a un ser humano ni considerándolo una persona, sino que lo utiliza como si fuera una pieza distinta de una máquina. Por eso se priva al pueblo de allí de toda libertad de pensamiento, opinión y acción. Sin un despotismo tan feroz, el sistema estatal comunista no puede establecerse ni, una vez establecido, puede mantenerse siquiera un instante. Pues la propia naturaleza humana se dispone en todo momento a rebelarse contra un gobierno igualmente total y omnímodo. Por eso, si no se los mantiene encerrados en la jaula de hierro de una dictadura perpetua, el sistema estatal comunista está destinado a desmoronarse en un instante. Y precisamente por eso el gobierno soviético de Rusia es más cruelmente despótico y más implacable que todos los gobiernos del mundo. A su pueblo se lo mantiene encerrado de tal manera en una jaula de hierro que resulta difícil encontrar un ejemplo semejante en cualquier gobierno monárquico o democrático del mundo. Su barbarie y despotismo no se deben únicamente a que, por desgracia, haya nacido un dictador como Stalin. Más bien, en realidad, el régimen comunista, por su propia naturaleza, produce gobernantes ferozmente despóticos y dictatoriales; nunca puede liberarse de ello.

El ideal islámico

El islam presenta un sistema equilibrado y justo situado entre los dos tipos opuestos y mutuamente contradictorios de sistemas económicos mencionados. Su principio fundamental es que debe concederse a cada persona la totalidad de sus derechos personales y naturales. Al mismo tiempo, debe mantenerse debidamente el equilibrio en la distribución de la riqueza. Por un lado, el islam concede al individuo el derecho a la propiedad privada y a disponer de sus propios bienes; por otro, impone internamente ciertas restricciones morales al ejercicio de esos derechos y establece externamente el imperio de ciertas leyes. Como resultado, la riqueza, los recursos y los medios de producción no pueden concentrarse ni permanecer estancados en un solo lugar. Circulan constantemente, y gracias a ello cada miembro de la sociedad tiene la oportunidad de obtener la parte que necesita. Por eso el islam ha estructurado todo el sistema económico de una manera completamente nueva y mediante métodos renovados. Por su espíritu interno, sus costumbres y sus métodos de funcionamiento, es enteramente distinto tanto del capitalismo como del comunismo.

La breve exposición de la doctrina económica del islam es la siguiente: desde la perspectiva islámica, en la vida económica los intereses personales de cada individuo y el interés colectivo de toda la humanidad están profundamente entrelazados. Por ello, en lugar de conflicto, competencia y obstáculos entre ambos, es absolutamente deseable que exista plena armonía y cooperación. Si un individuo, actuando y esforzándose en contra del interés de la sociedad, se apodera de la riqueza nacional y, al ahorrarla o gastarla, toma únicamente su interés personal como fundamento, no solo la sociedad y la colectividad resultarán perjudicadas, sino que, en última instancia y fundamentalmente, ese perjuicio también afectará a la propia persona. Del mismo modo, si la sociedad, alegando la protección del interés colectivo, descuida los intereses personales de sus miembros, no solo los individuos resultarán perjudicados, sino que toda la sociedad se verá necesariamente expuesta a un grave daño. Por tanto, el bienestar de la colectividad se alcanza mediante el bienestar de los individuos; asimismo, para el bienestar de la colectividad es indispensable que la situación particular de las personas que la integran sea cómoda y próspera. Y el bienestar tanto del individuo como de la colectividad depende de que se mantenga plenamente el equilibrio entre el egoísmo y el altruismo, o entre la compasión y la benevolencia, de los miembros de la sociedad. Cada persona trabajará por su propio interés, pero lo hará de tal manera que no cause el menor daño a los demás. Cada persona podrá ganar tanto dinero como le sea posible sin impedimento; pero debe reconocerse también el derecho de los demás sobre la riqueza que haya obtenido. Cada individuo obtendrá beneficios de otras personas y, al mismo tiempo, les proporcionará beneficios a ellas. Para mantener eficazmente esta distribución de los beneficios y esta circulación de la riqueza, no basta con unas cuantas virtudes morales entre los individuos; más bien, las leyes de esa sociedad deben organizar, regular y equilibrar los ingresos y los gastos en perfecta armonía. Nadie debería tener derecho a obtener dinero mediante métodos y medios perjudiciales, y la riqueza obtenida por medios legítimos no debe concentrarse en un lugar determinado. Por el contrario, es absolutamente deseable que se establezca un sistema eficaz para que también sus gastos y su distribución circulen adecuadamente.

El sistema económico fundado sobre esta ideología no puede tener jamás como objetivo que unos pocos individuos se conviertan en propietarios de miles de millones, mientras el resto de la población permanezca hambrienta, medio alimentada, indigente y despojada de todo; pero tampoco puede ser su objetivo impedir que cualquier persona llegue a ser millonaria y reducir por la fuerza, hasta hacerlas exactamente «iguales», las diferencias naturales entre las personas. Su verdadera función consiste, más bien, en adoptar una política plenamente moderada entre estos dos principios extremistas. Por un lado, este sistema económico asume la responsabilidad de satisfacer las necesidades personales de cada miembro de la sociedad; por otro, ofrece continuamente la oportunidad de cumplir las responsabilidades colectivas en la sociedad. Si cada miembro de esta sociedad se esfuerza por ganar dinero dentro de sus límites naturales, sin perjudicar a los demás, y sigue los principios de la moderación y la ayuda mutua al gastar la riqueza obtenida, en esa sociedad nunca podrán surgir la desigualdad económica ni las diferencias financieras desmesuradas propias de la sociedad capitalista. Pues, aunque este tipo de sistema económico no impide que nadie se haga millonario, tampoco permite que en esa sociedad un millonario se convierta en causa del hambre o de la alimentación insuficiente de cientos de miles o millones de personas. Por el contrario, este sistema económico ofrece a cada miembro de la sociedad la oportunidad de participar en las innumerables bendiciones de Alá; pero imponer obstáculos artificiales a la obtención de riqueza conforme a la capacidad natural y la aptitud laboral de cada persona es igualmente contrario por completo a sus principios.

Antecedentes históricos de los problemas civilizatorios actuales

Es de todos sabido que, en el pasado reciente, el liderazgo y la autoridad en el ámbito del pensamiento y la ideología mundiales, así como en el de la gestión práctica, estuvieron monopolizados por los occidentales. Precisamente por ello, como consecuencia natural de los problemas que surgieron en el mundo y la vida occidentales, y de las complicaciones que esos problemas ocasionaron, han surgido numerosos problemas y complicaciones semejantes en nuestros ámbitos político, civilizatorio y económico. También debe considerarse un resultado muy natural que la mayoría de nuestros pensadores y personas sensatas estén ansiosos por recibir orientación de los métodos presentados por los pensadores y hábiles dirigentes de Occidente para resolver estos problemas. Por eso se ha vuelto absolutamente necesario arrojar luz sobre los antecedentes históricos de los problemas sociales y civilizatorios actuales. Asimismo, intentaremos examinar la historia del origen de los métodos que generalmente se proponen o adoptan para resolver los problemas modernos. Consideramos que, a la luz de este análisis histórico, será muy fácil comprender nuestra verdadera tesis.

La sociedad feudal señorial

Cuando en el siglo V de la era cristiana el sistema del Imperio romano se desmoronó por completo en Occidente, la unidad civilizatoria, política y económica de Europa quedó hecha añicos. Se rompió el vínculo fundamental que mantenía unidas a las distintas naciones y reinos. También desaparecieron las condiciones gracias a las cuales había sido posible mantener esas relaciones y vínculos. Aunque en la mente de los occidentales aún estaba grabada una imagen del derecho romano, del imperialismo romano totalizante y del pensamiento político de los romanos, la destrucción del imperio central hizo que toda Europa se dividiera en pequeñas partes. Cada área geográfica quedó fragmentada en innumerables pedazos; en algunos lugares ni siquiera las personas de un mismo linaje y una misma lengua pudieron permanecer unidas. Todo el imperio quedó tan desgarrado y dividido que la administración y el gobierno de cada una de sus partes solo podían ser ejercidos, en la práctica y sobre una base local, por algún jefe o señor feudal. En este sistema social fueron apareciendo gradualmente ciertas características, que en la etapa posterior adquirieron una solidez extraordinaria; las mencionamos aquí sucesivamente:

Uno: La propiedad de la tierra era la base para obtener el poder de gobernar. Todo honor, preeminencia y autoridad quedaron reservados exclusivamente a los terratenientes, como si se tratara de un asentamiento perpetuo. Solo ellos obtuvieron la autoridad para mantener la paz y el orden en sus respectivos territorios. Solo ellos establecieron una relación directa con el jefe de la sociedad, el señor feudal o el rey. En cambio, los campesinos sin tierra, los artesanos y los comerciantes de aquella región se vieron obligados a vivir como simples súbditos bajo su protección. Entre estos súbditos también se crearon diversas clases: unos se convirtieron en súbditos de rango superior y otros, en miembros de las clases inferiores. Después, esta división de clases y las extraordinarias diferencias de honor, dignidad y derechos echaron raíces firmes en lo más profundo de la sociedad de aquel tiempo. De este modo, la sociedad feudal de los señores feudales adquirió la forma de una escalera. Cada persona sentada en un nivel superior se convirtió en el dios de quienes se encontraban en los niveles inferiores, y estos últimos pasaron a ser esclavos de los que ocupaban los niveles superiores. En lo más alto se encontraba la familia feudal de la región, mientras que en lo más bajo estaban aquellos pobres habitantes del país que jamás habían tenido la oportunidad de establecer su influencia y autoridad sobre nadie.

Dos: La Iglesia de los cristianos acababa de establecerse. Las autoridades eclesiásticas hablaban con la gente invocando el nombre de Alá, aunque entre ellos no existía en absoluto ninguna ley divina ni principio de guía divina. Estas Iglesias ya establecidas también apoyaron plenamente el sistema feudal de los señores feudales, que se encontraba en desarrollo, y otorgaron un certificado religioso a todas las instituciones tradicionales vinculadas a él, junto con los derechos, las diferencias y desigualdades, y las restricciones que habían echado raíces firmes en la sociedad de aquel tiempo. Cada opinión antigua adquirió el rango de credo de la Iglesia, y pensar siquiera en algo contrario a ella empezó a ser calificado de incredulidad. Cualquier costumbre que una vez se establecía se convertía en sharía, y se empezó a considerar que oponerse a ella equivalía a oponerse a Alá, al Mensajero y a Su religión. La forma que habían adoptado la literatura, la filosofía, la sociedad, la política y la economía, entre otros ámbitos, dentro del sistema feudal de los señores feudales, fue declarada por la Iglesia como una forma otorgada por Dios; por eso, cualquier intento de cambiarla, por mínimo que fuera, no solo se convirtió en un delito, sino en algo claramente haram.

Tres: No existía entonces el gobierno de una autoridad central capaz de construir grandes carreteras, mantenerlas en buen estado y establecer en ellas la paz o la seguridad. Por ello, cesaron todas las actividades de este tipo: realizar viajes largos, llevar a cabo negocios y comercio a gran escala, producir y distribuir en grandes cantidades los artículos de primera necesidad, entre otras. El comercio, la industria y también la mentalidad de la gente quedaron confinados dentro de los reducidos límites geográficos de las zonas gobernadas por los señores feudales.

Cuatro: Cada rama de la industria y del comercio se convirtió en un dominio exclusivo de un grupo de comerciantes y profesionales de ese oficio. Ningún miembro de estos grupos podía abandonar su profesión anterior, y tampoco las personas de fuera tenían la oportunidad de ingresar en ellos. Cada grupo se esforzaba con todas sus fuerzas por mantener sus propias actividades limitadas a su reducido y estrecho ámbito. Las mercancías se producían únicamente para satisfacer las necesidades inmediatas y locales. Sin embargo, también se vendían en las zonas circundantes y se intercambiaban por otros productos. Por todas estas razones, se cerró el camino al progreso, la expansión, los descubrimientos y las innovaciones, las mejoras técnicas y la acumulación de capital.

La fundación del gran Imperio romano no pudo eliminar en lo más mínimo los defectos y deficiencias de este tipo que habían aparecido como consecuencia de la caída del Imperio romano. Es cierto que el papa y el káiser dieron a Europa un vínculo de unidad en los ámbitos espiritual, moral y, en gran medida, político; pero no solo no cambió la lamentable condición en que se encontraban la sociedad, la civilización y la economía bajo el sistema feudal de los señores feudales, sino que esta quedó establecida sobre una base tan firme que ni siquiera era posible imaginar que pudiera existir otra forma de organización de la vida aparte de ella.

El Renacimiento europeo

No forma parte del tema que nos ocupa explicar cómo y por qué se quebró aquella inercia omnipresente y cómo comenzó a alzarse el movimiento renacentista integral de Europa. Sin embargo, puede decirse brevemente que, por un lado, la dominación musulmana sobre España y Al-Ándalus y, por otro, las Cruzadas pusieron a los occidentales frente a las naciones que eran las precursoras de la civilización y la cultura del mundo de entonces. Aunque el velo que la influencia de la Iglesia cristiana había colocado sobre los ojos de los occidentales les impidió sentirse atraídos directamente hacia el islam, gracias al contacto que establecieron con los musulmanes pudieron obtener un enorme patrimonio de ideas, conocimientos científicos y métodos avanzados de trabajo; y, finalmente, eso dio inicio a un nuevo capítulo.

El período comprendido entre el siglo IV y el siglo XVI es conocido en la historia de Europa como una etapa de transición en el avance desde la Edad Media hacia la Edad Moderna. Durante este período, todos los aspectos de la vida de los occidentales cobraron actividad bajo la influencia del mundo exterior.

El conocimiento de los occidentales siguió aumentando en las ciencias agrícolas, la medicina, las matemáticas, la ingeniería y otros campos. La invención de la imprenta aceleró enormemente la expansión del pensamiento y la difusión del conocimiento. Junto con el extraordinario despertar en el ámbito del saber y la ciencia, comenzaron necesariamente a desarrollarse de manera continua actividades de crítica y reforma en todos los ámbitos de la vida social. El flujo constante de nuevos conocimientos y datos, así como la industria, la agricultura y el comercio, reavivaron en general toda la civilización con una nueva vitalidad. Además, el descubrimiento de nuevas regiones geográficas amplió el pensamiento y la visión. Al mismo tiempo, en países lejanos comenzaron a surgir para los occidentales nuevos mercados donde podían vender sus propios productos y materias primas, y comprar productos industriales y materias primas de otros países. Gracias a esta extraordinaria y enorme oportunidad, los negocios estancados durante siglos comenzaron a reactivarse. A pesar de innumerables obstáculos y dificultades, los comerciantes internacionales comenzaron a circular por toda Europa y fuera de ella. En las grandes carreteras y en los lugares centrales empezaron a desarrollarse nuevos mercados, ciudades y centros urbanos. La riqueza, el poder, el intelecto, la civilización y los centros culturales fueron trasladándose gradualmente de las ciudades subordinadas a los señoríos y a los pequeños Estados feudales hacia las grandes ciudades. Pues estas comenzaron a convertirse en centros de actividad del comercio, la industria, los nuevos conocimientos científicos y la literatura.

Los miembros de la clase «burguesa» fueron los pioneros de este nuevo despertar. Entre ellos destacaban los comerciantes y prestamistas, los artesanos y los mercaderes marítimos. Solo ellos aprovecharon todas las oportunidades de este nuevo desarrollo. Eran quienes estaban establecidos en las ciudades. Mantenían contacto y comunicación con el mundo exterior; al menos, habían recibido en su propia experiencia el primer contacto con las influencias externas, y fue entre ellos donde despertó el fervoroso afán de transformar y mejorar el orden social. Sin embargo, los obstáculos y las barreras creados por la alianza entre la Iglesia y los feudales en los ámbitos del pensamiento, la moral, la religión, la sociedad, la política y la economía les impedían avanzar y progresar en todas direcciones. Cada vez que daban un paso fuera de los límites establecidos durante siglos en cualquier ámbito de la vida, los clérigos y los señores feudales se unían para bloquearles el camino. Por ello comenzó una lucha total contra esta fuerza, y este combate en todos los frentes se inició en cada ámbito de la vida. En el campo del conocimiento y la literatura se desafió el despotismo «mental» establecido por la Iglesia, y se otorgó mayor importancia a la libertad de pensamiento y a la necesidad de la investigación. En la economía, la organización social y la política se levantó una resistencia contra la influencia y el dominio de los señores feudales, y se alzó una voz vehemente contra las divisiones y desigualdades establecidas en la sociedad feudal señorial. Como consecuencia, el antiguo orden social comenzó a retroceder y las nuevas fuerzas ascendentes comenzaron a avanzar. Antes incluso de que llegara el siglo XVI, los pequeños señoríos de diversos países europeos comenzaron a desmoronarse y a transformarse en grandes Estados nacionales. El hechizo de la influencia y el prestigio espiritual de Europa se rompió, y los gobernantes irreligiosos de los nuevos Estados nacionales comenzaron a confiscar los bienes de propiedad de la Iglesia. Abandonando un sistema religioso universal, las distintas naciones se dedicaron a establecer sus propias iglesias nacionales. Así, al romperse los lazos de la dominación conjunta de la Iglesia y los señores feudales, la clase burguesa quedó completamente liberada de las trabas sociales y tradicionales creadas por el antiguo orden social.

El liberalismo de la Edad Media

El título colectivo de las doctrinas en cuyo fundamento se libró la lucha contra la Iglesia y el sistema feudal es «liberalismo»; en otras palabras, liberalidad ilimitada. Los pioneros de la nueva era predicaban la expansión, la generosidad sin reservas, la tolerancia y la liberalidad irrestricta en todos los ámbitos de la vida y en cada campo del pensamiento y la acción. Se adoptó una política liberal en todos los campos, incluidos la religión, la filosofía, el conocimiento y la ciencia, la sociedad, la civilización, la política y la economía. Se esforzaron por eliminar del camino de los partidarios del progreso toda clase de ataduras, obstáculos, estrecheces y rigideces.

En este conflicto y lucha, así como la estrechez de miras de las autoridades eclesiásticas y de los feudales había llegado a su extremo, la liberalidad ilimitada y despreocupada de los burgueses había alcanzado otro extremo. En ambos bandos, el egoísmo extremo adquirió una intensidad considerable. Ninguno de ellos tenía la menor relación con la honestidad, la justicia, el conocimiento exacto, ni con un pensamiento recto e imparcial. Mientras un grupo utilizaba el nombre de Allah, del din y de la moralidad para preservar derechos obtenidos mediante concepciones y creencias infundadas, diferencias y desigualdades injustificadas, y una fuerza y opresión inhumanas, el otro, movido por pura obstinación, comenzó a debilitar, en nombre del pensamiento libre y de la liberalidad, los fundamentos de las verdades eternamente reconocidas de la religión y la moralidad. Precisamente en ese momento se rompió la relación entre la política y la moralidad, sostenida desde siempre. Maquiavelo comenzó a defender abiertamente esta doctrina, afirmando que no podía existir ninguna necesidad de observar principios morales al perseguir intereses políticos y obtener ventajas y beneficios. Fue también en esta época cuando se creó la figura del Estado nacional en oposición a la Iglesia y al feudalismo, y los vapores venenosos del terrible volcán de disputas y hostilidades internacionales que se ha formado en el mundo actual comenzaron a acumularse desde aquel día. A partir de entonces, la usura comenzó a considerarse lícita por primera vez. Sin embargo, desde tiempos inmemoriales había existido un consenso pleno entre los creyentes, las personas dotadas de sentido moral y los juristas de todo el mundo acerca de que la usura era ilícita. No solo la Torá y el Noble Corán declararon ilícita la usura; Aristóteles y Platón también la consideraban ilícita. Desde la perspectiva del derecho griego y romano, también estaba prohibida. Pero cuando, en la época del Renacimiento, la clase burguesa alzó la bandera de la rebelión contra la Iglesia cristiana, comenzó a calificar la usura de «pecado inevitable». Incluso los reformistas cristianos, influidos por una poderosa propaganda, empezaron a considerarla lícita como una debilidad humana. Después, poco a poco, todas las consideraciones morales de los pensadores eminentes se concentraron en cuál debía ser la tasa de interés. Centraron toda su atención en el debate sobre si la tasa de interés debía ser «razonable». Finalmente, se arraigó en sus mentes la idea de que en el comercio y en las transacciones no podía existir ninguna cuestión de religión ni de moralidad. Desde el punto de vista económico, la usura era algo completamente natural y razonable. Del mismo modo que no se puede formular ninguna objeción contra dar o tomar una vivienda en alquiler, tampoco se podía presentar un argumento irrefutable contra la usura.

Lo especialmente interesante es que, durante el Renacimiento, la clase burguesa, después de expulsar del terreno a sacerdotes, feudales y terratenientes proclamando su propia liberalidad ilimitada e incondicional, vino a ocupar precisamente ese espacio vacío. La embriaguez de su extrema liberalidad les había hecho olvidar que debajo de ellos también existía una enorme clase popular y que la pesada piedra del sistema feudal había oprimido a esta última más que a nadie. Por tanto, ellos también tenían derecho a obtener una parte de los grandes beneficios del actual sistema social liberal. Cuando en Inglaterra comenzó el gobierno parlamentario y el verdadero poder del Parlamento pasó de manos de los lores a las del pueblo (los Comunes), toda esa autoridad y poder fueron acaparados por la burguesía liberal. Los argumentos con los que habían establecido su propio derecho al voto los olvidaron por completo cuando se negaron a conceder el derecho al voto a las clases bajas del pueblo.

La Revolución Industrial

La revolución que había comenzado durante el Renacimiento se multiplicó por cien en el siglo XVIII gracias a la invención de las máquinas. Las novedosas teorías, informaciones y descubrimientos científicos se aplicaron a la innovación y al desarrollo de la industria, la agricultura y los sistemas de comunicación. Entonces, la producción de mercancías, la obtención de materias primas y la venta de los productos fabricados en todos los rincones del mundo comenzaron a funcionar con una eficacia extraordinaria.

La clase burguesa surgida durante el Renacimiento fue la única que tuvo la oportunidad de apoderarse de todas las ventajas de comodidad, fuerza, capacidad y dominio que esta enorme revolución había abierto. Esto se debió a que la industria y el comercio estaban bajo su control. También ejercía un dominio exclusivo sobre la ciencia, el conocimiento y la literatura. Mediante la combinación de capital, capacidad de trabajo y aptitud organizativa, creó un nuevo sistema de industria y comercio, llamado «capitalismo moderno». Bajo este sistema se establecieron grandes fábricas y empresas comerciales en las ciudades. El corporativismo de los profesionales quedó hecho añicos. El campo de acción de las pequeñas fábricas, los negocios privados y los tenderos con poco capital se volvió cada vez más reducido. Los trabajadores de las aldeas y del campo se vieron obligados a acudir en masa a las ciudades y a presentarse ante las puertas de los propietarios de las grandes fábricas como obreros y jornaleros. Los pequeños comerciantes y empresarios no tuvieron otra alternativa que aceptar empleos o agencias de los grandes industriales y de los comerciantes a gran escala. Como resultado, solo la burguesía se apoderó de toda la fuerza obtenida de los nuevos descubrimientos científicos, y su esfera de influencia comenzó a expandirse aún más.

Sin embargo, los Estados nacionales creados por el movimiento renacentista se convirtieron en el mayor obstáculo para esta expansión. Los reyes autocráticos de esos Estados afirmaban poseer un «derecho divino». Los dirigentes del antiguo sistema feudal se convirtieron en aduladores de esos reyes, y las iglesias nacionales les ofrecieron patrocinio religioso y espiritual. El dominio de esta triple alianza comenzó a crear diversos obstáculos y barreras en el camino de la burguesía. Estos obstáculos no solo impedían su progreso en el ámbito de la industria y el comercio; también en los campos de la civilización y la sociedad subsistían muchas cosas de la época feudal que resultaban insoportables para esta clase en ascenso.

El liberalismo moderno

En esta época, el «liberalismo», vencedor de las guerras anteriores, volvió a levantar la cabeza equipado con armas nuevas. Comenzó a proclamar, en la política, la irreligiosidad; en la civilización y la sociedad, la libertad individual absoluta; y, en la literatura y la economía, la política de apertura sin restricciones (política de laissez-faire). Declaró que ni la Iglesia, ni el Estado, ni la sociedad tenían derecho alguno a obstaculizar el esfuerzo de desarrollo del individuo ni las actividades favorables a que este obtuviera beneficios. Era absolutamente necesario que cada persona tuviera plena libertad para utilizar sus propias fuerzas, capacidades y aptitudes según sus inclinaciones, y para alcanzar tanto progreso y desarrollo como estuviera a su alcance. Y, en verdad, si cada individuo pudiera disfrutar de una libertad ilimitada, de una libertad absoluta en todos los ámbitos y aspectos de la vida y en cada actividad, ello produciría, en esencia, un inmenso bienestar para la sociedad misma. Era deseable que cada individuo de la sociedad quedara libre, en todos los asuntos, de las influencias y obstáculos externos, de las normas y reglas, de las ataduras de las convenciones, de las restricciones religiosas y morales, y de la intervención de la ley y de la sociedad.

De este modo, los partidarios y abanderados de la nueva doctrina emplearon todas sus fuerzas para hacer efectivos en todas partes los lemas de la liberalidad, la ausencia de restricciones, la legitimidad de todo y el individualismo —en su terminología, la racionalidad y la lógica—.

En el ámbito político, creían en el ideal de que el poder del gobierno debía ser lo más reducido posible y la libertad del individuo, amplia e ilimitada. Según ellos, el gobierno debía ser únicamente una fuerza impartidora de justicia: impediría la invasión mutua de los límites individuales y protegería la libertad personal. Además, todas las actividades de la vida civilizada y económica debían llevarse a cabo enteramente sobre la base del esfuerzo independiente y absoluto y de la reflexión y la investigación libres de los individuos. En este asunto, el gobierno no podía intervenir en lo más mínimo, ni como fuerza ejecutiva ni como guía. En el ámbito político, también sostenían que el poder de gobierno y la soberanía no podían ser propiedad de ninguna familia real ni pertenecer a la clase terrateniente; por el contrario, debían estar bajo la autoridad del pueblo común del país. Todas las actividades del gobierno se realizan con los impuestos pagados por ese mismo pueblo; por tanto, la formación, disolución y transformación del gobierno debían efectuarse únicamente conforme a su veredicto, y únicamente debía reconocerse la influencia de su voz en la promulgación de leyes y en los asuntos de la administración y el orden. Las doctrinas y creencias mencionadas fueron adoptadas como fundamento de la nueva democracia establecida en el mundo durante la última parte del siglo XVIII.

En el ámbito económico, comenzaron a propagar con gran énfasis el principio de que, si se permitiera a las leyes y normas económicas naturales actuar sin obstáculos, influencias externas ni intervención, mediante los esfuerzos personales de los individuos podrían realizarse espontáneamente grandes obras de bienestar social. La producción aumentaría y su distribución también podría efectuarse de una manera más adecuada. Para ello, era necesario conceder a las personas plena libertad para esforzarse y trabajar, y que el gobierno no interviniera artificialmente en esta actividad natural. Este principio fundamental de la economía sin restricciones (Free Enterprise) constituye la fórmula básica de la economía capitalista moderna. En la ilimitada liberalidad de la época de la Revolución Industrial, al igual que en la liberalidad absoluta de la época del Renacimiento, estaban presentes en considerable medida las corrientes de veracidad y honestidad, y no cabe duda de que esta fue, en última instancia, la razón de su triunfo. Sin embargo, junto con esta honestidad estaban inseparablemente ligados el egoísmo y una mentalidad extremista, dos grandes debilidades de la mentalidad occidental que habían permanecido activas desde la época del papismo y el feudalismo.

La manifestación extrema del egoísmo consistía en que, en la base de las reivindicaciones de derechos y justicia de la mayoría de ellos, había una espantosa ausencia de sinceridad y altruismo. No presentaban principios correctos porque fueran seguidores de la verdad y la justicia; la única razón era que estos principios favorecían y facilitaban la consecución de sus propios intereses. La prueba de ello era que no estaban dispuestos en absoluto a reconocer para sus obreros y para el pueblo indigente los derechos que reclamaban para sí mismos.

Su mentalidad extremista se manifestaba y salía a la luz a cada paso en las palabras de sus eruditos y escritores instruidos. Adoptaron algunos ideales verdaderos y ampliaron anormalmente sus límites. Al mismo tiempo, rechazaron por completo varios otros principios verdaderos. En su vida práctica, establecieron los principios verdaderos que habían elegido en el lugar o con la importancia que ellos mismos les asignaban. Sin embargo, es universalmente sabido que, cuando cualquier principio verdadero transgrede sus propios límites, deja de ser un principio verdadero y se convierte enteramente en un principio falso, cuyos efectos contrarios comienzan a hacerse visibles. En realidad, en todos los aspectos del sistema de vida creado bajo la influencia de estas ideas de ausencia de restricciones, individualismo y democracia existe intensamente ese desequilibrio. Pero, como esta discusión se limita únicamente al aspecto económico, no se tratará ningún otro aspecto. Nos proponemos examinar solamente este aspecto para mostrar hasta qué punto crearon un sistema económico desequilibrado al combinar el sistema económico natural con el egoísmo y la mentalidad extremista, y cuán graves fueron sus consecuencias.

La economía capitalista moderna

En el artículo anterior mencioné brevemente que el nombre técnico del sistema económico cuya base se ha establecido sobre una política de saqueo económico libre y liberal es capitalismo moderno (Modern Capitalism).

Principios fundamentales de la economía sin restricciones

Los principios fundamentales del capitalismo y de la economía no regulada son siete; a continuación se exponen sucesivamente:

Uno: El derecho a la propiedad privada

En el sistema económico capitalista sin restricciones, no solo se reconoce la propiedad privada sobre los artículos de uso cotidiano, como la ropa, los utensilios, los muebles, las viviendas, los vehículos y los animales domésticos, sino que también se establece el derecho a la propiedad privada sobre bienes productivos, como la maquinaria, las armas, las tierras y las materias primas. Todos los sistemas económicos han reconocido sin discusión el derecho a la propiedad privada sobre los bienes del primer tipo; sin embargo, entre los distintos sistemas económicos ha surgido una enorme divergencia de opiniones precisamente acerca de si los medios de producción y los vehículos pueden o deben ser de propiedad privada. Naturalmente, el sistema económico capitalista también ha reconocido plenamente la propiedad privada en este ámbito. No solo eso, sino que esta constituye la base del sistema económico capitalista y una de sus principales características.

Dos: La libertad del derecho a obtener ingresos

Los habitantes de la sociedad capitalista gozan de plena libertad para emplear individualmente, o agrupados en pequeños grupos, su capital y sus medios y recursos en actividades productivas. Como consecuencia, deben asumir por sí mismos tanto las ganancias como las pérdidas; así como deben aceptar por sí mismos el riesgo de las pérdidas, tampoco existe ningún obstáculo para acumular montañas de ganancias. También gozan de plena libertad para aumentar o reducir la cantidad de producción. Asimismo, la fijación del precio de los productos elaborados depende exclusivamente de su voluntad. Tienen plena libertad para contratar a las personas a cambio de salarios o sueldos determinados, asumir cualquier condición o responsabilidad en sus negocios y establecer normas y reglamentos para ello. En resumen, todos los asuntos entre compradores y vendedores, trabajadores y propietarios, amos y sirvientes deben realizarse con plena libertad, y debe existir plena libertad para aplicar cualquier acuerdo al que lleguen mutuamente, cualesquiera que sean sus condiciones.

Tres: La ganancia personal como fuente de motivación para trabajar

La economía capitalista depende enteramente de la codicia del interés personal y del deseo de saqueo para desarrollar la producción de los bienes necesarios. Esta codicia del interés propio y deseo de ganancias está presente por naturaleza en toda persona, y es lo que la impulsa a trabajar y la incita a lanzarse al trabajo productivo. Según los partidarios del capitalismo, no hay nada mejor —ni, más aún, ninguna otra cosa— que pueda crear en las personas motivación y entusiasmo para trabajar. Si se reduce la cantidad de ganancias, disminuirán considerablemente el deseo de obtener ingresos, el trabajo y el esfuerzo de la gente. Pero si las puertas de las ganancias permanecen libres y abiertas, y cada persona tiene plena oportunidad de obtener la mayor cantidad posible de ingresos conforme a su propio trabajo, esfuerzo y capacidad, entonces cada persona procurará realizar el trabajo de mayor cantidad y mejor calidad. Como resultado, la cantidad de producción aumentará por sí sola y su calidad seguirá mejorando gradualmente. Todos los medios y recursos posibles comenzarán a utilizarse al máximo, y el ámbito de suministro de los bienes necesarios se ampliará. De este modo, el deseo de ganancias personales prestará, en favor del interés general, un servicio tan extraordinario que no existe ninguna posibilidad de realizarlo por otro medio.

Cuatro: Competencia y rivalidad

Al defender el capitalismo y la explotación sin restricciones, los partidarios de la economía capitalista dicen que la competencia y la rivalidad propias de este tipo de sistema económico constituyen la expresión extrema de los individuos y el único medio para mantener la armonía y el equilibrio entre ellos. Además, este sistema es natural y espontáneo. Cuando en un mercado abierto hay numerosos productores, muchos comerciantes y compradores de un mismo producto, bajo la presión de la competencia y la rivalidad se van estableciendo la armonía y el equilibrio de los precios. Como consecuencia, la búsqueda de ganancias no puede transgredir permanentemente los límites. La tasa de ganancias tampoco puede reducirse por completo; naturalmente, las disminuciones y aumentos repentinos de los precios, así como sus fluctuaciones, son un asunto aparte. Del mismo modo, trabajadores y propietarios, cada uno desde su posición, van determinando mediante la competencia y la rivalidad una tasa de salarios mutuamente aceptable. Sin embargo, esta competencia y rivalidad deben desarrollarse de manera abierta y con plena libertad, y no se debe restringirlas mediante ningún tipo de monopolio (derecho exclusivo).

Cinco: La diferencia entre los derechos del propietario y del obrero

En el sistema económico capitalista, los empleados vinculados a cada empresa se dividen en dos grupos. En el primero están los propietarios de la empresa. Ellos, bajo su propia responsabilidad, inician y dirigen los negocios o las actividades industriales y, en última instancia, asumen la responsabilidad de sus ganancias y pérdidas. En el segundo grupo están los obreros, trabajadores asalariados y empleados remunerados. Estos no tienen ninguna relación con las ganancias o pérdidas de la empresa principal. Solo aportan a este negocio su tiempo, su trabajo y sus aptitudes y capacidad laboral. Con frecuencia se producen pérdidas en los negocios. Sin embargo, los obreros y trabajadores se conforman únicamente con su propio salario. A veces incluso todo el negocio queda arruinado, y la parte propietaria queda completamente despojada de sus bienes. Pero ninguno de esos golpes alcanza a los obreros. En su caso, la única diferencia consiste en que, después de que quiebra el lugar donde hoy trabajan por un salario, se ven obligados simplemente a buscar empleo en otro sitio.

Los partidarios del capitalismo dicen que precisamente este panorama demuestra que, desde el punto de vista de la justicia, la parte de las ganancias debería corresponder a quien soporta la carga de las pérdidas y afronta el riesgo del negocio. Los obreros y trabajadores solo tienen derecho a recibir un salario adecuado, y ese salario será el que, atendiendo al tipo, la naturaleza y la cantidad de su trabajo, se considere justo conforme a la tarifa del mercado. Si el negocio obtiene ganancias, no hay ninguna razón para aumentar ese salario alegando que hubo beneficios; del mismo modo, aunque el negocio tenga pérdidas, tampoco puede hablarse de reducirlo con ese pretexto. La responsabilidad del obrero consiste únicamente en trabajar a cambio de un salario fijado, y eso es lo que le da derecho a recibirlo. Cualquier disminución o aumento en este ámbito se producirá conforme a las leyes naturales de disminución o aumento del precio de las demás mercancías. Si disminuye el número de personas que aceptan trabajo y aumenta el número de quienes buscan empleo, el salario disminuirá espontáneamente; y si ocurre lo contrario, aumentará. Del mismo modo, el trabajo de un empleado competente y perspicaz obtendrá naturalmente una remuneración mayor. La parte propietaria del negocio, en su propio interés y en busca de sus ganancias, seguirá satisfaciéndolo mediante recompensas y ascensos. En la medida del salario que reciba, el propio trabajador se esforzará con todas sus fuerzas por mejorar el negocio y asegurar su funcionamiento correcto. La parte propietaria pensará naturalmente en obtener mayores ganancias con menores costos; por ello procurará pagar los salarios lo más bajos posible. En cambio, las masas trabajadoras procurarán naturalmente satisfacer sus necesidades con el mayor bienestar y prosperidad posibles y mejorar, aunque sea en alguna medida, su nivel de vida. Por esta razón, es natural que hagan esfuerzos sinceros para aumentar los salarios. De tal oposición surgirá naturalmente un conflicto; pero, aun así, como ocurre con muchos otros asuntos del mundo, esta cuestión avanzará mediante numerosas disminuciones, aumentos, ascensos y descensos, y los salarios seguirán fijándose conforme a alguna tarifa aceptable para ambas partes.

Seis: La dependencia del funcionamiento natural de la evolución gradual

Los partidarios del capitalismo suelen decir que, puesto que todo el beneficio empresarial depende de producir más con menos costos, el empresario, en su propio interés, debe esforzarse por adoptar en la medida de lo posible métodos más científicos, mantener las máquinas y los equipos en las mejores condiciones, obtener grandes cantidades de materias primas a bajo precio y mejorar al máximo todos los métodos y la organización de su negocio. En un sistema económico libre y sin restricciones, la propia organización interna realiza esta tarea por sí misma, sin ninguna influencia externa ni gestión artificial. Mediante los esfuerzos individuales de un gran número de personas y grupos separados y dispersos, la ley natural lleva a cabo tareas destinadas al progreso y al bienestar de la sociedad en su conjunto que ni siquiera podrían realizarse de manera tan ordenada con ayuda de un plan general. En realidad, se trata de un plan especial de la naturaleza, que funciona de manera inadvertida.

Siete: La inacción del Estado y del gobierno

Los partidarios del sistema económico capitalista sostienen que, si las personas tienen la oportunidad de trabajar con plena libertad y sin ningún obstáculo o impedimento, la propia naturaleza, de acuerdo con los principios antes mencionados, ha establecido tal armonía para procurar el bienestar y el progreso de la sociedad que, si todos siguen trabajando juntos, al final se logra el bienestar de todos, aunque en la práctica cada uno trabaje por su propio interés personal. Como se ha dicho anteriormente, cuando las personas pueden obtener enormes ganancias como fruto de sus propios esfuerzos, emplean plenamente todas sus fuerzas, capacidades y aptitudes para producir una cantidad grande y excesiva de riqueza. Como consecuencia, necesariamente se producirán en grandes cantidades bienes de mejor calidad para todos. Cuando comienza la competencia y rivalidad abierta en el mercado entre comerciantes, industriales y proveedores de materias primas, se establece un equilibrio natural en los precios de las mercancías, la calidad de los productos mejora por sí sola y la sociedad llega a saber espontáneamente qué producto necesita y en qué cantidad. En todos estos asuntos, de ningún modo corresponde al Estado y al gobierno intervenir innecesariamente en el curso natural de la producción de riqueza y destruir ese equilibrio natural. Más bien, su responsabilidad consiste en crear las condiciones más favorables para preservar la libertad individual de trabajo. Es su deber mantener la paz y la seguridad en todo el país. También debe proteger la propiedad privada de los ciudadanos. Debe aplicar la ley y la autoridad para hacer cumplir los contratos y las promesas mutuas. La responsabilidad del Estado consiste en proteger al país, su comercio y sus riquezas frente a las agresiones externas, la hostilidad y todo peligro. Su deber es desempeñar la función de impartir justicia, proteger y regular. Nunca puede ser conveniente que él mismo se convierta en comerciante, industrial o terrateniente, ni que, creando obstáculos una y otra vez, perjudique la actividad de comerciantes, industriales y propietarios de tierras.

Causa del desastre

Desde el nacimiento del sistema económico capitalista moderno, los principios mencionados han sido presentados ante el mundo. Y, aunque contienen cierta exageración, por considerarse que en ellos hay bastante verdad desde el punto de vista de la realidad, han sido generalmente aceptados en todo el mundo. En realidad, no hay nada nuevo en ellos. Desde tiempos inmemoriales, las actividades de la economía humana se han llevado a cabo precisamente sobre la base de estos principios. La única novedad en este caso fue la excesiva y exagerada severidad que la clase burguesa adoptó al aplicar algunos de esos principios en la economía de la época de la Revolución Industrial. Además, la economía burguesa no se construyó sobre la base de los principios naturales mencionados anteriormente, sino que se le incorporaron numerosos principios erróneos. Asimismo, abandonaron algunos principios erróneos indispensables para una economía natural. En realidad, estos eran tan importantes como los principios antes mencionados de una economía libre e irrestricta. Movidos por un egoísmo absoluto, negaron muchos de los principios que ellos mismos habían presentado. La combinación de estas cuatro cosas hizo posible la aparición de todas las calamidades surgidas en el sistema económico capitalista, que han adquirido un carácter tan terrible que el mundo entero ha alzado la voz contra ellas.

A continuación se presenta un breve examen y análisis de los defectos y deficiencias del sistema económico capitalista:

Uno: Las leyes naturales a las que la gente apela repetidamente en apoyo de una economía libre e irrestricta no son en absoluto verdaderas, a juzgar por sus afirmaciones y sus métodos de aplicación. Lord Keynes dijo acertadamente que en el mundo no existe un gobierno firme de leyes morales y naturales que haga que los intereses individuales y los intereses sociales se armonicen espontáneamente. No es en absoluto correcto deducir, de los principios de la economía, que el egoísmo más extremo siempre procura el bienestar social. Tampoco puede afirmarse que el egoísmo sea siempre generoso. Pues a menudo se observa que la persona empeñada en satisfacer sus intereses individuales es tan ignorante y débil que, lejos de lograr de manera duradera algún interés colectivo o nacional, ni siquiera consigue satisfacer sus propios intereses.

En realidad, las afirmaciones excesivamente exageradas no solo carecían de fundamento desde el punto de vista lógico, sino que los capitalistas burgueses demostraron mediante sus propios actos que su egoísmo no tenía en absoluto nada de generoso. Formaron una alianza contra los consumidores comunes, los trabajadores y el gobierno encargado de establecer la paz y la seguridad —contra estos tres a la vez— y conspiraron colectivamente para apoderarse por completo de los verdaderos beneficios de la Revolución Industrial. Su complicidad mutua hizo añicos el mayor argumento que habían presentado en apoyo de la economía libre e irrestricta. Es decir, quedó demostrado que era completamente falsa la afirmación de que, mediante la destrucción y reconstrucción naturales, el equilibrio de los beneficios se establece espontáneamente entre todos. Por esta razón, Adam Smith, el mayor defensor de la economía libre e irrestricta, se vio finalmente obligado a decir:
«Es muy raro que personas dedicadas a los negocios se reúnan en algún lugar y que su reunión termine sin que se urda alguna conspiración contra el público ni se adopte alguna resolución favorable al aumento de los precios. Ni siquiera dejan de aprovechar para este acto criminal la oportunidad de reunirse en diversas celebraciones y festividades.»

De manera semejante, la afirmación de los partidarios del capitalismo de que, gracias a la propiedad privada y a la oportunidad de emprender y trabajar libremente, el pueblo obtiene ciertos derechos que de ningún modo deberían ser regulados, es también sumamente exagerada y desmesurada. Si una persona, en el ejercicio de su propiedad, adopta actividades que perjudican la vida y el sustento de miles de personas, o si, para satisfacer sus intereses personales, sigue métodos de esfuerzo y acción que perturban la salud, el carácter y la seguridad de toda la sociedad, ¿qué justificación puede haber para concederle libertad irrestricta para realizar tales actos y para no aplicar la ley con el fin de impedir que perjudique los intereses sociales invocando sus derechos individuales? También han llevado la idea de la neutralidad del gobierno mucho más allá de sus límites razonables, de modo que no puede sino producir malas consecuencias. Si las personas poderosas comienzan a explotar, mediante alianzas, a un gran número de personas y el gobierno permanece entonces como un espectador silencioso, contemplando el espectáculo, o empieza a proteger los intereses de esos poderosos, la aparición de una reacción intensa como consecuencia inevitable es completamente natural. Y cuando surge una reacción de este tipo, no hay ninguna garantía de que siga siempre medios legales y ordenados.

Dos: No cabe duda de que, especialmente en la época de la Revolución Industrial, la desmesura y exageración de los principios de la economía libre e irrestricta fueron sumamente erróneas. La Revolución Industrial inició un cambio fundamental en los métodos de producción. Antes se utilizaban la fuerza humana y la animal; en la época de la Revolución Industrial comenzaron a utilizarse máquinas. La instalación de una «máquina» permitió que diez personas realizaran el trabajo de mil. Este método de producción, por su propia naturaleza, da empleo a unos pocos y deja a miles de personas enfrentadas al problema del desempleo. En tales condiciones de producción, la reivindicación del derecho a la propiedad privada, al esfuerzo y la lucha individuales y libres, así como de una política de neutralidad gubernamental, es injusta incluso en principio. Una persona o un grupo abre de repente una enorme fábrica valiéndose de sus propios medios y recursos; pero no le importa en lo más mínimo la clase de desastres que esto ha provocado en la vida de miles de trabajadores debido a la ruina de los productores individuales y pequeños. ¿Cómo puede esto ser razonable? Naturalmente, esto no significa que aquí se niegue la legitimidad del uso de la fuerza mecánica en la producción industrial. El punto esencial es que no debía permitirse en absoluto un uso ciego y completamente indiscriminado de la fuerza mecánica, y que desde el primer día el gobierno tenía el deber de prever y organizar el empleo de las personas que esta fuerza industrial dejaba sin trabajo; pero, al no adoptarse ninguna medida semejante, en cuanto se activó el método de producción mecanizada apareció en la sociedad humana el desempleo como un problema enorme y permanente, una situación con la que la historia anterior no estaba familiarizada en absoluto. Es de conocimiento general que el desempleo no es el nombre de una cosa específica, sino el progenitor de innumerables problemas complejos de la vida biológica, espiritual, moral y civilizatoria del ser humano. Pero cabe preguntar: ¿qué derecho puede tener una persona o un puñado de individuos, en el ámbito de su propiedad privada, a emprender actividades que provoquen una complicación tan grave en la vida social? ¿Y qué persona sensata podría atreverse a calificar tal medida de protectora del interés general y, en el plano individual, de una forma generosa e inocente de egoísmo? Además, no hay palabras para expresar cuán grave es la insensatez de que el gobierno nacional permanezca silencioso e inactivo al conceder una oportunidad libre y pública a semejante arbitrariedad individual, sin pensar siquiera en la terrible catástrofe que las actividades de un puñado de personas pueden desencadenar en la vida de toda la nación.

Tres: Así, cuando la mecanización y la producción dejaron sin empleo a millones de personas, y estas salieron de sus aldeas, pueblos, barrios y tugurios para apostarse ante los grandes propietarios de fábricas y comerciantes en busca de oportunidades de empleo y trabajo asalariado, aquellos hombres destinados a la muerte se vieron obligados a trabajar día y noche hasta romperse los huesos, a cambio de los salarios mínimos fijados por los capitalistas, para conseguir el sustento diario. Pero, aun así, no todos los desempleados encontraron trabajo; una parte enorme siguió permanentemente sin empleo, y quienes lo consiguieron tampoco tenían capacidad para negociar con los capitalistas y cerrar acuerdos en condiciones favorables. Pues ellos mismos habían salido a buscar el sustento en una situación de total indefensión. Si no aceptaban las condiciones impuestas por los capitalistas, no tenían ninguna posibilidad de obtener siquiera el pan de esa noche. A pesar de ello, miles de trabajadores hambrientos permanecían al acecho, dispuestos a arrebatarles incluso esa oportunidad si intentaban negociar. De este modo quedó públicamente demostrada la vacuidad del argumento que suelen presentar los defensores del capitalismo: que, en un ambiente de competencia libre, un salario justo y adecuado entre trabajadores y propietarios se determina por sí solo mediante la oferta y la demanda. Porque, en realidad, la oportunidad de competir existente aquí no es en absoluto libre ni abierta. Una sola persona ya se ha apoderado por completo y de antemano de todos los medios y recursos necesarios para el sustento de miles de personas. Y cuando miles de trabajadores, agitados por el hambre, llegaron tambaleándose a su puerta, este no dio empleo a todos, sino apenas a una décima parte de ellos o al doble de esa cantidad de solicitantes. En tales circunstancias, todo el poder para determinar los salarios queda concentrado en una sola parte, y ninguno de los miles de aspirantes puede lograr que el propietario acepte condiciones acordes con su voluntad. Por eso, a medida que el capitalismo moderno se expandió en la era de la revolución industrial, además del desempleo, las calamidades de la pobreza y la carencia fueron adquiriendo en la sociedad proporciones terribles. Quienes se habían congregado en los grandes centros industriales y comerciales para obtener un salario y un empleo fueron obligados a ofrecer un trabajo y un tiempo excesivos a cambio de una remuneración insignificante. En realidad, comenzaron a trabajar como simples animales. Pasaron a vivir en casas estrechas y oscuras de la ciudad, semejantes a jaulas de palomas, y su salud empezó a deteriorarse. Al mismo tiempo, sus actitudes y disposiciones mentales se degradaron de manera indescriptible. Por todas partes se formó un ambiente cenagoso de egocentrismo y egoísmo extremo. Incluso entre padres e hijos dejaron de existir el respeto, el afecto y la compasión. Para los padres, los hijos, y para los esposos, las esposas, se convirtieron en una carga insoportable. En suma, el veneno de este sistema económico erróneo, unilateral, libre y absoluto ha afligido y trastornado gravemente todos los ámbitos de la vida.

Cuatro: Además, lo curioso es que estos pretendidos defensores de la generosidad ilimitada y de la democracia, que habían luchado contra los terratenientes y conseguido que se reconociera su derecho al voto, y que se habían convertido en los únicos dueños y amos del sustento de millones de personas, ni siquiera estaban dispuestos a conceder a esos millones de ciudadanos el más mínimo derecho al voto. Gozaban plenamente del derecho de formar asociaciones propias entre los propietarios de negocios de una misma profesión y de fijar los precios de las mercancías, los salarios de los empleados y los jornales de los trabajadores; pero no estaban dispuestos en absoluto a conceder a los empleados y obreros el derecho a organizarse y esforzarse colectivamente por determinar las tarifas de sus jornales y salarios. Incluso exigían repetidamente, como si fuera un derecho pleno suyo, poder cerrar las fábricas a su voluntad, condenar simultáneamente al desempleo a miles de empleados y obreros, y obligarlos así, debilitados por el hambre, a trabajar por salarios bajos; pero no estaban dispuestos en absoluto a conceder a los sirvientes, empleados y obreros el derecho a intentar aumentar sus salarios mediante la huelga. Si un trabajador envejecía, enfermaba o quedaba incapacitado mientras trabajaba en sus empresas, los propietarios querían gozar del pleno derecho a despedirlo de inmediato; pero no tenían respuesta alguna para la angustiosa súplica del trabajador despedido: «He gastado mi salud, mi fuerza y mi juventud en el progreso de sus negocios; ahora, indefenso, ¿adónde iré y cómo aliviaré el ardor de mi estómago?». La clase burguesa afirmaba que la obtención del interés individual era la única fuente de motivación para trabajar, pero en la situación descrita olvidaba por completo el argumento que ella misma repetía una y otra vez. Aunque, en lo que a sí misma se refería, no podía olvidar ni por un instante que, si existían oportunidades ilimitadas de obtener ganancias, tendría un entusiasmo incontenible por trabajar y que así serían posibles el progreso y el bienestar generales. Sin embargo, respecto de los sirvientes y obreros, olvidó por completo que sus oportunidades de obtener ganancias no solo eran limitadas, sino sumamente reducidas; y que aquellos cuyo presente estaba trastornado y cuyo futuro era sombrío, ¿por qué iban a trabajar con toda su alma?

Cinco: Además, los capitalistas burgueses abandonaron los métodos naturales y adecuados de hacer negocios y adoptaron, para satisfacer el interés individual, métodos completamente contrarios al interés social, con los cuales los precios de las mercancías aumentan artificialmente y se ralentizan el desarrollo y el progreso, aparte de la producción de riqueza. A continuación se mencionan, a modo de ejemplo, algunos aspectos:

A este respecto se adopta el método de comprar, con el poder del capital, artículos de primera necesidad y almacenarlos, de modo que, al reducirse la oferta por debajo de las necesidades y aumentar la demanda, suban los precios de las mercancías.

También se aplica el método por el cual numerosas personas se interponen entre los verdaderos productores y los verdaderos compradores de las mercancías y, utilizando únicamente dinero bancario y teléfonos, compran y venden bienes por medios invisibles, provocando un aumento excesivo de los precios, aunque esos intermediarios no tienen ninguna relación con la producción, la importación, la exportación ni la transformación de las mercancías para hacerlas utilizables. Por tanto, tampoco pueden tener ningún derecho legítimo a apropiarse de las ganancias obtenidas de ello. Incluso se queman los productos mediante el fuego o se arrojan al mar por temor a que su precio disminuya simplemente porque se han producido en exceso.

Se adopta el método de invertir enormes cantidades de capital en la producción de artículos de lujo y de intensificar su demanda mediante campañas publicitarias, distribución gratuita, toda clase de discursos sin sentido y la incitación de los deseos; luego se imponen por la fuerza como necesidades cotidianas a los pobres y desamparados de clase media, que ni siquiera son capaces de cumplir plenamente sus deberes vitales.

También se ha observado que, en lugar de emplear capital y trabajo en la producción y distribución de los bienes necesarios y sumamente urgentes para la población, se gastan conforme a una política liberal y sin restricciones en la obtención de bienes completamente innecesarios. Esto se debe únicamente a que en esta última actividad existe una mayor oportunidad de obtener ganancias que en la primera.

En la sociedad capitalista, una persona o un grupo, valiéndose únicamente del poder del capital, convierte en atractivos y deslumbrantes productos sumamente perjudiciales para la salud, el carácter y la civilización y la cultura. Se estimula abiertamente la lascivia de las clases bajas del pueblo y se las induce a comprar esos productos; finalmente, se las obliga a inscribirse por completo en el registro de los insolventes. Incluso llegan a ser incapaces de alimentar suficientemente a sí mismos y a sus familias.
El método más peligroso y destructivo consiste en que, para obtener sus propios intereses comerciales y financieros, se arrebatan los derechos naturales de diversas naciones débiles. Dividiendo el mundo en distintas regiones, los grandes ricos, comerciantes, prestamistas, industriales y empresarios de cada nación hacen que sus respectivos pueblos se vuelvan anormalmente y sin límites egoístas, lanzándolos unos contra otros en un conflicto y una lucha permanentes. Por consiguiente, esta situación no puede someterse ni mediante la guerra ni mediante tratados de paz.

A la luz de la discusión anterior, cabe preguntar: ¿puede esperarse que, si se permite a los individuos actuar libre e irrestrictamente en favor de sus intereses personales, el interés general se atienda por sí solo? Más bien, con ello demostraron ante el mundo que el principio de la explotación económica absoluta e irrestricta jamás puede ser liberal ni desinteresado. En particular, si el poder económico y político está concentrado y quienes lo poseen son también los legisladores, la mayoría de los esfuerzos individuales no se dedicará al interés social; por el contrario, los intereses de la nación y de la colectividad se verán obligados a sacrificarse en el altar de los intereses personales.

Seis: Sobre estas prácticas destructivas, los capitalistas adoptaron además otro principio pernicioso. Concedieron a los individuos de la sociedad el derecho irrestricto de reunir capital e invertirlo a interés. Como una práctica pecaminosa y abominable, el sistema de intereses ha existido desde siempre en casi todas las sociedades del mundo. Incluso las leyes del mundo lo han tolerado muchas veces con repugnancia.

Pero, después de la antigua jahiliyya árabe, fueron los pensadores burgueses de la moderna jahiliyya occidental quienes elevaron esta práctica a la categoría de único método racional de hacer negocios y de único fundamento sólido de todo el sistema económico, y crearon en el país un ambiente propicio para promulgar leyes de tal naturaleza que se protegieron los intereses de quienes cobraban intereses, en lugar de los de quienes contraían préstamos. El análisis detallado de este enorme error y de sus consecuencias podrá hacerse en otro lugar; aquí bastará señalar brevemente que el resultado de prestar y tomar préstamos con interés y de adoptarlo como base financiera fue que, debido a la Revolución Industrial irrestricta, las corrientes de poder, riqueza, influencia, prestigio, todos los intereses y las ganancias comenzaron a fluir con mucha mayor intensidad que antes, y, como consecuencia, el desequilibrio de la vida social alcanzó su grado máximo.

A partir de entonces, quienes lograron acumular alguna riqueza por uno u otro medio pasaron a ser considerados los afortunados de la sociedad. En comparación con la persona que podía invertir capital en negocios basados en el interés y permanecer tranquilamente en casa, los comerciantes más inteligentes y laboriosos, los planificadores y fundadores de organizaciones, y quienes trabajaban incansablemente para dirigir los negocios en cualquier circunstancia y realizaban todas las tareas necesarias para producir y suministrar los bienes esenciales, quedaron completamente degradados y menospreciados. Esto se debía a que las ganancias de todas esas actividades eran totalmente inciertas e indeterminadas, mientras que las ganancias de las operaciones con interés eran fijas y absolutamente seguras. En las actividades mencionadas existía la posibilidad de sufrir pérdidas; en la primera, en cambio, la ganancia fija y pura estaba completamente garantizada. Aquellas personas estaban obligadas a preocuparse por el éxito o el fracaso y el progreso o el retroceso de sus negocios; pero el prestamista a interés solo se interesaba por el interés. Cuando observaba prosperidad en los negocios, continuaba invirtiendo capital en ellos con plena confianza. Sin embargo, cuando finalmente desaparecía toda posibilidad de obtener ganancias y el negocio entraba en recesión, no tendía una mano de ayuda, sino que comenzaba a retirar el capital previamente invertido. Como resultado, se producía una grave depresión en los negocios de todo el mundo. En cualquier circunstancia, eran otras personas quienes debían soportar las pérdidas, las dificultades y los peligros; en los negocios basados en el interés, el prestamista solo tenía que afrontar variaciones, aumentos o disminuciones de sus ganancias. No solo los comerciantes, industriales y terratenientes, sino incluso los gobiernos nacionales, se convertían en sus esclavos. El gobierno realizaba con su dinero la construcción de carreteras y puentes, la excavación de canales y otras obras de desarrollo, y no solo durante unos pocos años, sino durante siglos, se recaudaban impuestos de cada persona para entregárselos hasta su propia casa. Incluso si la nación se veía envuelta en una guerra, el tesoro nacional no estaba dispuesto a asumir en lo más mínimo la responsabilidad por quienes fueran muertos en ella, cuyas casas fueran destruidas o quienes quedaran privados de sus padres, hijos o esposos. Sin embargo, para recuperar durante cien o doscientos años el dinero prestado para la guerra por el reducido grupo de personas de la nación, eran precisamente los muertos en esa guerra quienes debían pagar las cuotas. De este modo, el sistema económico basado en el interés comete la máxima injusticia, en todos los sentidos y por todos los medios, contra los principales factores productores de riqueza de la sociedad (Main factors). Este sistema ha entregado el control de toda la economía nacional a manos de unos pocos capitalistas. Así como no tienen el menor interés en el bienestar y el progreso de la sociedad, tampoco realizan ninguna obra beneficiosa para la sociedad y la colectividad. Pero, puesto que tienen en su poder el elemento vital de toda actividad económica, es decir, el capital, y la ley nacional les ha concedido pleno derecho a acumularlo e invertirlo a cambio de intereses, no solo se han convertido en los principales beneficiarios de la riqueza producida por el trabajo colectivo de la sociedad, sino que también poseen el poder de convertir a toda la sociedad en esclava de sus intereses y de jugar peligrosamente con el destino de diversas naciones y países.

Siete: En la nueva sociedad que se ha formado sobre las bases mencionadas de la economía capitalista moderna, no hay lugar alguno para la compasión, la cooperación, la piedad, la benevolencia ni cualidades semejantes. En un sistema social así, ni siquiera el propio hermano de sangre tiene reconocido el derecho a recibir ayuda de su hermano, por no hablar de las demás personas. Por un lado, la invención de cada nueva máquina deja desempleados a cientos de miles de personas en un instante. Por otro, ni el gobierno, ni la sociedad, ni los dueños de las fábricas asumieron responsabilidad alguna por esas personas desempleadas, sin medios de subsistencia, incapacitadas y lisiadas. Pero eso no es todo: este nuevo sistema produjo una situación y creó entre el pueblo una moralidad tales que en nadie quedó el sentido del deber de levantar al caído tomándolo de la mano. Todas las medidas que esta sociedad ha propuesto para hacer frente a los accidentes, las enfermedades, la muerte, la vejez y todas las demás adversidades se han destinado a las personas con ingresos y a quienes ganan lo suficiente para ahorrar más de lo necesario. Pero quienes no pueden ganar absolutamente nada o solo ganan lo suficiente para mantenerse con vida, ¿de dónde podrán recibir ayuda en sus momentos de extrema necesidad? La única respuesta de los capitalistas modernos es que una persona desamparada de ese tipo pedirá un préstamo al prestamista, empeñando sus prendas de vestir, utensilios domésticos o joyas de su esposa, a cambio de intereses de tres por ciento anual. Y, finalmente, si no puede pagar la deuda junto con los intereses, volverá a pedir un préstamo basado en intereses al mismo prestamista para saldarla.

En realidad, si millones de personas de la sociedad carecen de sustento y empleo, y si decenas de millones perciben ingresos tan reducidos que, aunque las tiendas estén repletas de artículos de primera necesidad, no pueden comprarlos, ¿cómo puede iniciarse el progreso de la industria y del comercio? Por eso vemos esta situación tan sorprendente: en el mundo existen enormes cantidades de recursos y medios utilizables, miles de millones de personas aptas para trabajar vagan sin ocupación y también existen miles de millones de personas dispuestas a comprar artículos de lujo pese a la escasez de productos necesarios; sin embargo, las fábricas del mundo producen menos bienes de lo que corresponde a su capacidad. Y esos bienes se acumulan en el mercado, permaneciendo allí únicamente porque quienes los necesitan no poseen recursos económicos suficientes para comprarlos. No es posible emplear a miles de millones de personas porque incluso la pequeña cantidad de bienes que se produce se acumula sin vender en el mercado. Por otra parte, tampoco pueden utilizarse suficientemente el capital y los recursos naturales. Pues incluso la pequeña cantidad que se emplea difícilmente resulta productiva, por no hablar de atreverse a invertir capital adicional y utilizar más recursos naturales. Esta situación demuestra por sí misma que el argumento que los pensadores burgueses presentan en favor del capitalismo —que, en un sistema económico absolutamente libre, la búsqueda del beneficio individual organiza por sí sola el desarrollo de los medios y recursos y el aumento de la producción— carece por completo de fundamento. En realidad, lejos de promover el progreso y aumentar el volumen de la producción en semejantes circunstancias, la experiencia ha demostrado que, por su propia ignorancia, han obstaculizado incluso su propio camino hacia la obtención de beneficios legítimos.

Socialismo y comunismo

Precisamente por las razones analizadas en el capítulo anterior aparecieron diversos defectos, males y catástrofes en la sociedad y el sistema económico surgidos de la Revolución Industrial. Si reflexionamos e investigamos profundamente la explicación y el análisis que presentamos en las páginas anteriores, quedará demostrado con claridad que los defectos y catástrofes en cuestión no surgieron a causa de los principios naturales que los miembros de la clase burguesa expusieron en apoyo de la economía libre; más bien, su causa fundamental fueron los demás errores que mezclaron con esos principios correctos.

Por consiguiente, si hubiera sido posible advertir a tiempo esos errores y los occidentales hubieran logrado construir en esta nueva etapa revolucionaria un sistema económico equilibrado y justo, la Revolución Industrial habría aparecido, tanto para ellos como para toda la humanidad, como una bendición extraordinaria y un inmenso bien. Pero, por desgracia, así como ya habían mostrado esta debilidad en varias ocasiones anteriores, la mente y el carácter occidentales volvieron a manifestar una debilidad semejante en esta etapa. Por ello, del mismo modo que se habían extraviado en el pasado, la historia posterior continuó avanzando por el camino de esa discordia y ese desequilibrio. La clase burguesa ha ocupado ahora exactamente el lugar desde el que antes los terratenientes, los dirigentes y autoridades de la Iglesia y las dinastías gobernantes practicaban el fanatismo, la opresión y los excesos indeseables; y el pueblo trabajador ha ocupado ahora el lugar en el que antes la burguesía, reducida a esa situación, se había erigido en símbolo de las reivindicaciones de derechos, las quejas, la ira y la protesta. Antes, en el sistema social feudal, las clases satisfechas y complacidas utilizaban de manera errónea ciertas verdades religiosas, morales y conformes con la ley natural para defender sus diferencias y desigualdades indeseables, sus derechos ilegítimos y sus restricciones opresivas, intentando silenciar a las masas despojadas; ahora, en el sistema capitalista, las clases satisfechas han comenzado a hacer exactamente lo mismo. Antes, en lugar de comprender correctamente los verdaderos errores de los terratenientes feudales y los sacerdotes y oponerse a ellos de manera adecuada, los burgueses, con ira, obstinación y fastidio, concentraban sus mayores esfuerzos contra las verdades fundamentales en las que se apoyaba el grupo opositor; ahora, de manera semejante, el pueblo trabajador y sus dirigentes, bajo la irresistible presión de la ira y el odio, han perdido por completo la armonía y el equilibrio y, en vez de atacar los verdaderos defectos y errores de la sociedad y la civilización burguesas, atacan esos principios verdaderos y naturales sobre los que la sociedad humana, la civilización y la economía se han reconstruido desde el comienzo de la creación.

Aunque los miembros de la clase media tenían miles de debilidades y defectos, poseían al menos cierto talento y educación. Por eso, pese a la intensidad de sus quejas y su intransigencia, lograban conservar en cierta medida el equilibrio mental; pero cuando las masas, oprimidas y explotadas durante siglos —en las que existía una carencia manifiesta de conocimiento, talento, capacidad reflexiva, experiencia y todo lo demás— se volvieron inquietas y angustiadas por el dolor y el sufrimiento, y sus corazones desbordaron de privaciones y quejas, se volvieron verdaderamente violentas y agitadas. Entonces ni siquiera se planteaban examinar cada idea según los criterios de la razón y la lógica antes de aceptarla. En aquel momento, el principio o método que parecía más eficaz para satisfacer con mayor intensidad y vehemencia su odio, su ira y su deseo de venganza era precisamente el que lograba atraer más sus mentes.

En realidad, al hijo nacido en el mundo de las ideologías como resultado de las afirmaciones, la ira y la indignación de la clase pobre se lo denomina, en términos técnicos, «socialismo». Nota: El significado original de «socialismo» es sociabilidad. Este término fue acuñado para expresar lo opuesto al individualismo, base del sistema social capitalista, y al colectivismo moderno. Desde antes de Karl Marx comenzaron a presentarse bajo este nombre numerosos y diversos ideales ideológicos y concepciones del pensamiento; su objetivo común era establecer un sistema de vida en el que toda la sociedad pudiera beneficiarse de manera integral y colectiva. Pero, en la práctica, todo ello permaneció impreso únicamente sobre el papel. Marx, como respuesta a esta reivindicación general, presentó una forma particular de socialismo, denominada «socialismo científico», «marxismo», «comunismo» y otros nombres semejantes. Aquí se trata precisamente de eso, pues es lo que ha echado raíces en la tierra. Hemos abandonado deliberadamente las sutilezas terminológicas y aquí emplearemos las palabras que se usan en el lenguaje corriente, que resultan familiares y comprensibles para los lectores comunes. Nació dentro del medio siglo posterior al surgimiento del capitalismo moderno y, antes de que transcurriera medio siglo desde su nacimiento, la copa del mundo ya se había desbordado con sus catástrofes totalizadoras y sus actividades destructivas.

El socialismo y sus principios fundamentales

Los autores de esta nueva doctrina atacaron ante todo el «derecho de propiedad». Dijeron que este era la causa fundamental de toda clase de calamidades. No hay nada de malo en que las prendas de vestir, los utensilios de uso cotidiano, los muebles y otros objetos semejantes sean de propiedad privada. Pero la tierra, los campos, las fábricas textiles, las herramientas y demás fuerzas y bienes productores de riqueza nunca deberían ser objeto de propiedad privada. Pues en cuanto alguien se convierte en propietario de cualquiera de esos bienes, producirá riqueza con él; y al producir riqueza, sin duda la reunirá y la acumulará. Entonces comprará más tierras, campos o fábricas textiles y ampliará aún más sus medios de producir riqueza. Una vez que los haya ampliado, empleará a otras personas sobre la base de un salario, una remuneración o un contrato determinados; y, al hacerlo, actuará exactamente como el capitalismo burgués. Por tanto, hay que extirpar la raíz de la que surge semejante peligro. «Si no hay bambú, no sonará la flauta de bambú».

Surgió la pregunta: el derecho de propiedad privada sobre los medios de producción, al igual que sobre los bienes de uso, no es en modo alguno algo nuevo en la sociedad humana, ni es tampoco una invención arbitraria creada exclusivamente por los capitalistas burgueses. En realidad, constituye la base de la vida social; desde tiempos remotos, la sociedad humana y la economía se han asentado sobre ella. ¿Es acaso tan fácil decidir la eliminación de un sistema fundamental de esta naturaleza?

En respuesta, se presentó de inmediato una historia completa y se afirmó que, desde los primeros días de la sociedad humana, nunca se había reconocido ningún derecho de propiedad privada sobre los medios de producción; fueron únicamente las clases poderosas de épocas posteriores las que, movidas por sus propios intereses, lo establecieron en el seno de la sociedad.

Se afirmó que todas las religiones del mundo, todos los códigos morales y todas las leyes del mundo habían reconocido desde tiempos inmemoriales este derecho de propiedad privada, y que ninguno de ellos había considerado jamás errónea una sociedad y una economía fundadas en la propiedad privada de los medios de producción.
La respuesta fue, sin la menor reflexión, que la religión, la moral y la ley habían sido utilizadas como instrumentos por las personas influyentes de cada época. En cierto momento, ciertos individuos establecieron un monopolio sobre los medios de producción, y para proteger y consolidar su propia propiedad exclusiva surgió la necesidad de ciertas doctrinas, costumbres y disposiciones legales. Quienes las elaboraron y presentaron conforme a sus propios intereses recibieron en la sociedad la dignidad de profetas, mensajeros, sabios y ascetas, maestros de moral, legisladores religiosos y autores de leyes. Los trabajadores han permanecido durante mucho tiempo sumidos en este laberinto, pero ahora lo harán añicos de una vez por todas.

Se afirmó que, para eliminar los derechos, sería necesario provocar un conflicto duro y total y una lucha interminable, y que, para ello, habría que enfrentar en una lucha mutua a las personas de distintas opiniones de cada nación; el fuego del conflicto de clases ardería con furia en cada aldea y en cada barrio. En respuesta, se elaboró y presentó inmediatamente una novedosa filosofía de la historia. En ella se sostenía que todo el desarrollo de la civilización humana se había llevado a cabo mediante la lucha de clases. Fuera de esta, no podía existir ningún otro camino para el desarrollo.

Aun después surgió la pregunta de si trabajar por el beneficio y el interés personales no era una disposición fundamental inherente a la naturaleza de todo ser humano, y de si todo niño humano no nacía ya con esta tendencia desde el vientre materno. Si se arrebata a los individuos el derecho de propiedad sobre los medios de producción y no se les da la oportunidad de obtener beneficios en proporción a sus propios esfuerzos y empeño, se extinguirá la disposición innata a trabajar y esforzarse. Y esto, en última instancia, resultará sumamente perjudicial para la civilización y la cultura humanas.

La respuesta fue inmediata: la disposición natural e innata y la tendencia heredada no son más que invenciones y discursos de los burgueses. En el ser humano no existe en absoluto nada semejante. Todas sus inclinaciones y disposiciones son únicamente producto del entorno social. Basta con cambiar un entorno por otro y situarlo en condiciones diferentes para que su mente comience a pensar de una manera completamente distinta. Su corazón se verá agitado por otro tipo de ideas. Su mente adquirirá una perspectiva novedosa. Mientras exista el sistema de propiedad privada, existirá una «mentalidad individualista». Y en cuanto se establezca el sistema de propiedad social, todos los seres humanos se convertirán en personas de «mentalidad social».

Se preguntó cómo podría dirigirse toda la actividad económica después de abolir la propiedad privada. Se respondió que todos los medios de producción —tierras, campos, fábricas y toda clase de empresas comerciales e industriales— serían retirados del control de los individuos y convertidos en propiedad nacional. Los beneficios se distribuirían entre quienes trabajaran en dichas instituciones. Todo el sistema económico sería dirigido por los administradores elegidos mediante el voto de esos trabajadores.

Surgió la pregunta: ¿cómo se eliminaría la propiedad de quienes actualmente poseen tierras, fábricas y otros medios de producción, y cómo se establecería la propiedad social y nacional? En respuesta a esta pregunta se expusieron dos posturas distintas:

1. Los seguidores de una de estas doctrinas respondieron que, para alcanzar este objetivo, se adoptaría el método democrático. Habría que cambiar la opinión pública y hacerse con el poder del Estado; mediante la promulgación de leyes, la agricultura, las propiedades, las industrias y los negocios pasarían gradualmente a ser propiedad nacional y colectiva, a veces con indemnización y a veces sin ella. A quienes sostienen esta opinión se les llama especialmente socialistas. En ocasiones, esta doctrina recibe el nombre de «socialismo evolutivo».

2. Los partidarios de la otra opinión consideran que las actividades democráticas no pueden iniciar ningún cambio fundamental. Por ello, lo necesario e indispensable es un programa revolucionario. Se organizaría a las masas trabajadoras desposeídas y se emprendería una guerra y una lucha contra la clase propietaria por todos los medios y métodos posibles. Se arrancarían los cimientos del gobierno burgués y se establecería una dictadura de los obreros y trabajadores. Después, las tierras serían arrebatadas por la fuerza a los terratenientes, las fábricas a sus propietarios y los establecimientos comerciales a los comerciantes; quien intentara obstaculizar este objetivo sería arrojado a las fauces de la destrucción. Se eliminarían todas las desigualdades de clase y se convertiría a toda la población del país en una sola clase —la clase que obtiene sus ingresos mediante el trabajo de sus propias manos—; además, la ley prohibiría contratar a cualquiera a título personal a cambio de un salario y obtener beneficios de ello. (Nota: debe tenerse presente que, desde el punto de vista de la doctrina comunista, un sastre o un cocinero puede coser ropa o preparar pan personalmente y entregárselo a otra persona, y esto sería legítimo. Pero si emplea a alguien a cambio de un jornal o salario y se sirve de su ayuda en ese trabajo, entonces se convierte en «burgués». Toda su actividad se transformaría en un delito tan grave que su pena mínima sería la confiscación de sus bienes.)

Cuando la revolución alcanzara así su culminación y no quedara ningún temor de que la clase capitalista pudiera resurgir, este régimen dictatorial se marchitaría por sí solo —cómo ocurriría, solo Dios lo sabe— y caería como una hoja seca. Después, por sí mismo —¿pero cómo?— ocuparía su lugar un sistema estatal en el que todos los ámbitos de la vida funcionarían armoniosamente, sin aparato gubernamental ni coerción, sobre la base de la voluntad mutua, la satisfacción, la consulta y la cooperación de las personas. Esta vía y doctrina de transformación social recibe el nombre de «socialismo revolucionario». También se la denomina «bolchevismo». Su nombre filosófico es «marxismo», pero actualmente es conocida y célebre en todo el mundo como «comunismo».

Durante setenta u ochenta años, esta nueva doctrina del socialismo siguió difund|iéndose por Europa y los países bajo su influencia, con innumerables ramificaciones y diversos métodos de pensamiento. Al principio no era más que la locura de unas cuantas personas descarriadas. Su razonamiento, método, pruebas y resultados eran todos un balbuceo sin sentido. Solo alcanzó popularidad entre los obreros y trabajadores irritados y agitados —no gracias a ninguna base intelectual o cognoscitiva, sino porque toda esta actividad se sustentaba únicamente en emociones y entusiasmos exaltados y desbordados—. Sin embargo, entre las innumerables debilidades de los occidentales hay una debilidad notable y singular: cualquier forma de extremismo y actitud revolucionaria los fascina y atrae. Especialmente cuando se trata de algo absolutamente necio, de una locura carente de sentido, y se presenta con voz elevada y ánimo intrépido, negando y rechazando desvergonzadamente toda verdad universalmente aceptada; cuando, además, sus pretensiones se organizan y refinan en cierta medida mediante un método científico y, como resultado, se construye con ello un sistema, entonces ya no hay nada más que decir. El socialismo científico en cuestión poseía plenamente estas cualidades. Por esta razón, numerosos hombres talentosos de la clase media baja, así como algunos locos o individuos astutos de la clase burguesa, se sintieron atraídos por esta doctrina. Comenzaron a surgir montañas de libros y periódicos para explicar y analizar esta doctrina y para difundirla y hacer propaganda de ella. En distintas partes del mundo se organizaron innumerables partidos y grupos partidarios de las ideas socialistas, y finalmente muchas personas comenzaron a creer, con gran seriedad, que sobre la base de esta doctrina era posible establecer un sistema social, civilizatorio y económico. (Nota: en el fondo de esta afirmación no hay lugar para ninguna hostilidad o animadversión geográfica. La situación de los habitantes de Oriente con mentalidad prooccidental es aún peor que la de aquellos. El estado mental de los occidentales es, en realidad, bastante más desarrollado. Se sienten atraídos al escuchar palabras contundentes y prefieren un sistema o un método y procedimiento científico. Pero las personas de este país con mentalidad servil aceptan ciegamente las palabras de cualquier líder occidental y quedan fascinadas e influenciadas por ello.)

El comunismo y sus beneficios y perjuicios

Hasta ahora no se ha presentado ante el mundo ningún mérito ni contribución del comunismo sistemático o evolutivo; por ello, no nos es posible formarnos una idea del proceso práctico de transformar el capitalismo privado en un sistema socialista ni de sus resultados. Por esta razón, examinaremos y juzgaremos en su lugar las obras del comunismo revolucionario. Este aprovechó la Primera Guerra Mundial de 1914-1918 para provocar de hecho una revolución en Rusia y logró establecer, conforme a ideales, doctrinas y perspectivas permanentes, un sistema social y estatal completo. (Nota: es necesario recordar que la diferencia entre socialismo y comunismo reside en la política de acción. Ambos están plenamente de acuerdo en la nacionalización de todos los medios de producción. En este aspecto no existe entre ellos la menor diferencia. Por tanto, todo lo que se escriba sobre la nacionalización de las propiedades y los medios de producción, así como sobre sus resultados, salvo en lo relativo a la política de acción, será aplicable a ambas doctrinas.)

Hasta hace pocos años, el comunismo ruso se había convertido en objeto de intensos debates. En consecuencia, tanto sus partidarios como sus opositores han entablado considerables disputas y forcejeos al evaluar sus beneficios y perjuicios.

Sus partidarios han incluido en el haber de sus méritos muchas cosas que, en realidad, no son propias del comunismo, sino únicamente el resultado de que el gobierno haya quedado en manos de personas competentes y capaces. Por otro lado, sus adversarios quieren atribuirle ciertos defectos y deficiencias que, en esencia, tampoco son defectos del comunismo, sino que surgieron porque personas injustas y de visión estrecha llegaron al poder.

Uno de los principios de los partidarios rusos consiste en comparar la situación científica, intelectual, artística y civilizatoria de Rusia durante la época del zar y atribuir al haber del comunismo todo el progreso que se demuestra como resultado de esa comparación. Sin duda, esto constituye un enorme error de principio. Si se compara todo el progreso alcanzado por Rusia en treinta o treinta y dos años con los avances logrados por Estados Unidos, Japón o Alemania durante un período equivalente, probablemente se observará que el ritmo de progreso de estos últimos países fue mayor. Por ejemplo, el progreso que Japón había alcanzado en 1818 en los ámbitos de la educación, la industria, el comercio, el aprovechamiento de los recursos naturales y la producción de riqueza, había aumentado mucho más en esos mismos ámbitos cuando Japón derrotó a Rusia en 1904. La situación que Alemania tenía en 1870, ¿hasta dónde no había llegado, al aproximarse el comienzo del siglo XX, en cuanto a la situación científica e intelectual de sus habitantes y a su capacidad económica y ritmo de producción? Si se compara el desarrollo ruso de un período equivalente con estas actividades de progreso, ¿qué parte de la gloria corresponderá a Rusia? ¿Acaso debe aceptarse el principio de que, si un país ha alcanzado un progreso extraordinario durante cierto período, todos los elogios que merece corresponden también al sistema de vida, la economía y el método de gobierno de ese país? Sin embargo, muchas veces, aunque todas las actividades de la vida social se desarrollen sobre principios erróneos, la capacidad personal y la eficiencia de los dirigentes, junto con la dedicación de sus colaboradores, pueden producir resultados tan grandiosos. Del mismo modo, entre los defectos y deficiencias contra los que se hace propaganda en relación con la Rusia comunista, hay muchos que también se encuentran plenamente en la administración de los gobernantes comunistas dominantes. Entonces, ¿por qué razón se han de atribuir esos defectos y deficiencias al sistema social y a la economía de ese país, en lugar de atribuirlos a las malas personas?

Méritos

Si dejamos de lado las cuestiones irrelevantes y examinamos los méritos del comunismo original que se han manifestado ante nosotros gracias a la experiencia práctica del comunismo ruso, en el haber encontramos los siguientes aspectos:

Primero: El hecho de retirar de las manos de los particulares las tierras, las fábricas y todo el comercio ha producido el resultado de que la ganancia existente entre el precio de los productos, su coste y su precio de mercado, que antes se distribuía entre los terratenientes, los propietarios de las fábricas y los comerciantes, comenzara después a acumularse directamente en las arcas del Estado. Y se hizo muy fácil gastar ese dinero de las ganancias en obras de bienestar general.

Segundo: Al quedar los medios de producción de todo el país sometidos a una sola administración, por un lado surgió la posibilidad de utilizarlos para un mayor desarrollo y para obras relativamente más orientadas al bienestar, conforme a un plan bien concebido. Por otro, fue posible poner en práctica una gestión organizada para satisfacer las necesidades de todo el país.

Tercero: Cuando el gobierno se hizo cargo de todos los medios de producción y comenzó a administrarlos conforme a un amplio plan, fue posible emplear a todas las personas aptas y capaces del país. Además, mediante educación y capacitación conforme a un programa bien planificado, resultó mucho más fácil formar el número adecuado de trabajadores para las tareas y los puestos necesarios de la economía en su conjunto.

Cuarto: Como las ganancias de la agricultura, la industria y el comercio mencionadas en el primer punto pasaron a manos del gobierno, una parte de ellas se destinó al «seguro social», es decir, a conceder ayuda de un fondo nacional común a todas las personas del país que no puedan trabajar para ganarse el sustento, que queden temporal o permanentemente incapacitadas, o que necesiten asistencia debido a enfermedades, partos y muchas otras circunstancias.

Pérdida

En realidad, no se puede negar que las enfermedades que habían aparecido en la vida social como consecuencia de la economía de libre mercado están siendo tratadas eficazmente mediante esta operación del comunismo. Pero su vacuidad quedará manifiesta al examinar qué precio tuvo que pagar Rusia por ello y qué nueva enfermedad apareció en lugar de la anterior después de eliminarla:

Primero: arrebatar de la propiedad y autoridad de los individuos las tierras, las fábricas y los demás medios de producción, y considerar todo ello propiedad nacional, no pudo llevarse a cabo, en ningún caso, como un juego o una broma. En realidad, fue una tarea extremadamente difícil y ardua. Se llevó a cabo mediante años de opresión y represión graves, continuas e ininterrumpidas. Es fácil comprender que, si se decide arrebatar por la fuerza las propiedades pequeñas y grandes de millones de personas, estas no estarán dispuestas a inclinar fácilmente la cabeza ante ello. Dondequiera y cuandoquiera que se haga algo semejante, será necesario desencadenar un derramamiento de sangre generalizado y una orgía de asesinatos. Para llevar a cabo esta tarea en Rusia, los revolucionarios tuvieron que arrojar a las fauces de la muerte a aproximadamente 1.900.000 personas. Se impusieron diversas penas a dos millones de personas. Y entre cuatro y cinco millones de personas tuvieron que ser expulsadas de su patria, exiliadas y dispersadas, para morir tras sufrir golpes y penalidades en distintos lugares del mundo. Muchos de los propios partidarios alzaron la voz ante la forma tan trágica en que fueron destruidos varios cientos de miles de terratenientes de las clases baja y media (kulaks), únicamente para aplicar la política nacional de administración agrícola.

Segundo: según las normas religiosas, morales y jurídicas aceptadas por todo el mundo, quienes sean propietarios legítimos de sus bienes y propiedades, si se intenta privarlos por la fuerza de esa propiedad y expulsarlos de ella para poner en práctica el plan arbitrario y novedoso de una persona o de un grupo determinado, tendrán que negar explícitamente todas esas normas religiosas, morales y civilizatorias contrarias a su doctrina. No solo eso: junto con destruir la propiedad, deberán emplear todas sus fuerzas para erradicar por completo esas normas religiosas y morales. Además, tendrán que elaborar una nueva filosofía doctrinal para hacer realidad su plan mediante toda clase de crueldad, brutalidad, opresión, mentira y engaño. Sobre cuya base se considerará completamente legítimo adoptar toda forma de opresión, injusticia, tiranía, represión, crueldad y severidad. Precisamente por esta razón, los dirigentes y funcionarios comunistas se vieron obligados a realizar una propaganda masiva contra Alá y la religión para completar la revolución que habían planeado, y, al mismo tiempo que exterminaban severamente a la clase burguesa, también eliminaron a las personas religiosas de las sociedades musulmana y cristiana; tuvieron que construir una nueva ideología sobre el carácter y la moralidad. En palabras de Lenin, esta ideología es la siguiente:

«Rechazamos toda clase de doctrina moral que se base en la creencia en un mundo superior o que haya sido tomada de un pensamiento contrario a las ideas y concepciones derivadas de las diferencias de clase. Según nosotros, la moral está completa y exclusivamente subordinada a la lucha de clases. Todo acto y todo aquello que se considere necesario para eliminar el antiguo sistema social lucrativo y organizar a los trabajadores es, desde el punto de vista moral, coherente y legítimo. Por moral entendemos únicamente que debemos ser muy fuertes y estar muy bien organizados, y luchar con plena conciencia contra la clase de los explotadores. No reconocemos en absoluto ningún principio moral que sea primordial y eterno. Nos limitaremos a desgarrar el velo de este engaño. El carácter comunista no puede ser otra cosa que luchar para establecer firmemente el régimen absoluto de los trabajadores.»

«Para realizar esta tarea, es absolutamente indispensable recurrir a toda clase de tácticas, engaños, artimañas, procedimientos contrarios a la ley, evasivas y mentiras.»

En realidad, para establecer la sociedad comunista en Rusia hubo que pagar este enorme precio en la segunda etapa. Es decir, no solo la vida de diez millones de personas, sino también la religión, la fe, el carácter moral, la humanidad, la dignidad y el honor se interpusieron como obstáculos poderosos en el camino de poner en práctica una opinión y un plan tan «insólitos».

Tercero: en nuestro país hemos comprobado directamente que, cuando por un lado se relajan los vínculos morales y, por otro, diversos artículos de primera necesidad quedan sometidos al control gubernamental, una inundación de sobornos, cohecho, malversación, saqueo y fraude devora a toda la sociedad. Cuando cualquier artículo de primera necesidad depende de obtener un permiso, una licencia, una tarjeta de racionamiento o una cuota, la población tiene que afrontar toda clase de dificultades para conseguirlo. Tiene que acudir a suplicar ante los funcionarios de alto rango. En tales circunstancias, puede suponerse fácilmente que, cuando por un lado se arrancan de raíz todos los fundamentos de las normas morales universalmente aceptadas y se inculca firmemente en la mente de la gente que, para alcanzar el objetivo, todo lo necesario es verdad y todo lo necesario debe hacerse, y cuando los dirigentes del país muestran por sí mismos la culminación de semejante moral novedosa mediante una opresión y una represión inhumanas, mientras que, por otro lado, no solo unos pocos artículos de primera necesidad, sino todos los recursos económicos del país y todos los medios de subsistencia quedan bajo control gubernamental, no puede haber ninguna duda de que allí se producirá una inundación devastadora de sobornos, cohecho, traición, saqueo y hostigamiento de las personas. Esto no se afirma basándose únicamente en una suposición; entre las noticias que, aun después de ser filtradas y seleccionadas, se difunden al mundo exterior desde el interior de la cortina de hierro rusa, hay una noticia grave: los funcionarios gubernamentales y los directores de las diversas instituciones del departamento financiero de ese país han creado un enorme problema de corrupción. Y que un problema semejante surja en un país como Rusia no es un acontecimiento sorprendente ni imprevisto. Más bien, lo sorprendente habría sido que no ocurriera. Es muy fácil hacer pedazos un sistema establecido mediante el golpe de la falta de carácter, pero es sumamente difícil dirigir adecuadamente un sistema nuevo sobre la base de la falta de carácter. En realidad, para administrar correctamente un sistema semejante se necesitan personas de carácter bueno y firme. Pero allí ese carácter ya había sido erradicado de antemano.

Cuarto: Para dirigir de manera ordenada y eficaz el sistema económico del país sobre la base de la propiedad social y nacional, después de abolir la propiedad privada, es indispensable realizar primero ciertas tareas. Para ello, es necesario eliminar de la mente de la gente el egoísmo y la codicia de lucro personal. En lugar de esas ideas, hay que fortalecer tanto en sus mentes la inclinación a trabajar por el bienestar general, hasta tal punto que esta se convierta en la principal fuente de motivación para la acción. Los comunistas sostenían que la naturaleza humana, el carácter y las tendencias heredadas no eran más que un engaño de la filosofía y la ciencia burguesas. En realidad, afirmaban, no existe nada semejante. Expulsaremos y eliminaremos de los seres humanos las ideas de lucro personal y de egoísmo orientado al beneficio, y mediante la transformación del entorno crearemos una mentalidad colectiva y nacional. Sin embargo, los comunistas fracasaron estrepitosamente al intentar hacer realidad esta afirmación infundada. En los pueblos de todos los países existe naturalmente cierto grado de mentalidad y perspectiva colectivas; los comunistas no lograron aumentarlo ni siquiera en una mínima medida entre la población de su país ni entre sus funcionarios económicos y sociales. Lejos de eliminar el egoísmo y la codicia de lucro de la población y de los funcionarios, ni siquiera pudieron reducirlos en lo más mínimo. Más bien, finalmente, agotados, se vieron obligados a reconocerlos abiertamente y a estimular el egoísmo de las personas para conseguir que trabajaran. Hasta ese punto, se encuentran al mismo nivel que el sistema social burgués. Pero lo que los arrojó a una situación aún más desastrosa que la sociedad burguesa fue que, al cerrar las vías naturales de la agricultura, la industria, el comercio y otros negocios lucrativos para satisfacer la codicia de lucro personal de la población, y al declarar, mediante una propaganda artificial, que la expresión sencilla y razonable de ese afán de lucro era censurable, sin motivo y por la fuerza, esa inclinación se hundió en lo más profundo de la mente. Al igual que las demás ideas acumuladas de los seres humanos, se pervirtió y, para manifestarse externamente, adoptó un camino tan errado que carcomió desde dentro los cimientos de la sociedad y la dejó vacía de contenido. La influencia desmedida de este fenómeno se encuentra en la raíz del aumento y predominio de los sobornos, la traición, el robo, el secuestro, el saqueo y muchos otros vicios graves de este tipo en la sociedad comunista. En la sociedad comunista solo hay una cosa prohibida: que una persona emplee la riqueza que ha ganado por sí misma para obtener más riqueza o para invertirla en cualquier actividad productiva. Fuera de eso, todas las demás formas de utilizar la riqueza están allí completamente abiertas, como en las demás sociedades del mundo. Cada persona puede gastar cuanto quiera en comprar ropa, alimentos, vivienda, medios de transporte, muebles y toda clase de artículos de lujo y comodidad para su propio uso. Puede elevar tanto como desee su nivel de vida. Incluso todos los medios que pueden emplearse en la sociedad occidental para satisfacer el lujo, el bienestar, la comodidad y el deseo de diversión también pueden emplearse libremente en la sociedad comunista. Después de todo eso, pueden ahorrar todo el dinero que les sobre. Pueden invertir ese dinero acumulado —aunque no directamente por sí mismos— en actividades lucrativas mediante el sistema estatal y recibir por ello un interés anual de hasta un ocho o diez por ciento. También pueden morir dejando esa riqueza acumulada a sus herederos.

Quinto: Todo ese derramamiento de sangre a tan gran escala, la destrucción y devastación, y la trágica destrucción y ruina de la religión, la moral y la humanidad, se toleraron con un único propósito. Este era que la plusvalía (Surplas value) situada entre el costo de producción de una mercancía y su precio de venta no fuera saqueada únicamente por los terratenientes, los propietarios de fábricas y la clase comerciante, ni quedara en los bolsillos de un puñado de personas, sino que se acumulara en el fondo común de la sociedad. Y que desde allí pudiera distribuirse entre todos con plena igualdad y justicia. Ese era también el propósito de abolir la propiedad privada. Y si realmente hubiera sido posible alcanzar este objetivo, podría haberse considerado una gran ventaja de la propiedad colectiva y nacional. Pero ¿se ha logrado realmente este objetivo? Examinen por una vez cómo se distribuyen las ganancias de la agricultura, la industria y el comercio que, tras abolirse la propiedad privada, se acumulan en el fondo nacional.

En todos los departamentos del Gobierno ruso y en las actividades económicas existe, entre los salarios de los empleados de bajo rango y los de los funcionarios de alto nivel de todas las instituciones, una diferencia abismal, exactamente igual que en cualquier sociedad burguesa. Por un lado, los salarios y el nivel de vida de los empleados ordinarios son indeseablemente inferiores a los de los trabajadores asalariados de Estados Unidos e Inglaterra. Aunque su situación es algo mejor que la de los trabajadores asalariados de India y Pakistán, sin duda no es mucho más elevada. Por otro lado, los ingresos de directores, gerentes, funcionarios públicos, oficiales militares, actores y actrices, autores y compiladores de libros, entre otros, han aumentado hasta alcanzar varios cientos de miles de rublos al año. En consecuencia, aunque no en su totalidad, las ganancias del comercio y la industria se distribuyen de manera extremadamente desigual entre las clases altas y bajas. Y se distribuyen exactamente como se distribuían entre los trabajadores y los burgueses en la época anterior a la revolución.

Además, el fuego del odio, la hostilidad y la ira generalizada de carácter vengativo que se encendió entre las masas trabajadoras y la burguesía con el propósito de crear la revolución comunista convirtió en antirrusa a la sociedad no comunista y a los pueblos de todo el mundo. Por esta razón, Rusia se vio obligada, después de abolir la propiedad privada, a acumular en las arcas del Estado las ganancias del comercio y de la producción industrial, en lugar de distribuirlas entre la burguesía, y a destinar una parte considerable de ellas a la preparación militar.

Después de destinarse a esos dos grandes rubros, solo la parte de la ganancia nacional que correspondió a los trabajadores podía invertirse en el seguro social. Pero ¿qué proporción representa en comparación con la ganancia total? Incluso exagerando mucho, de ningún modo sería superior al uno o dos por ciento. Nota: En Rusia, el fondo del seguro social se recauda de la siguiente manera: entre el diez y el veinte por ciento del total gastado en cada departamento en concepto de salarios de los empleados se deposita, conforme a un reglamento especial, como parte del plan de seguro social. De este modo, el catorce por ciento del total nacional de salarios y jornales se gasta en el bienestar general de los empleados. Y esto representa apenas el uno o dos por ciento de la ganancia financiera total.

Pero la cuestión es esta: si se puede obtener, para gastarla en el bienestar general por algún otro medio, una suma igual o incluso muy superior a esta, ¿qué necesidad y qué justificación puede haber entonces para imponer a un pueblo inocente, como se hizo con la revolución rusa, una sociedad artificial basada en la propiedad nacional, mediante una opresión y una tiranía generalizadas, torturas y explotación, y destruyendo inútilmente la propiedad privada junto con la religión y la moral?

Sexto: el estrago llevado a cabo en Rusia para implantar la propiedad nacional, la disciplina y el orden del gobierno militar y la planificación nacional, destruyendo los bienes y las vidas, la religión, la moral y, en suma, la humanidad, no fue sino el coste inicial de esta experiencia. Pero ahora que se ha puesto en práctica, es necesario presentar también un análisis comparativo de cuáles son sus beneficios para la vida cotidiana del pueblo y de cuánto se le ha hecho pagar a cambio.

Si se examina lo que el sistema general vigente en Rusia proporciona al pueblo, se encontrarán los siguientes aspectos:

Se ha dispuesto para cada persona al menos un medio de subsistencia que le permite obtener comida para dos comidas diarias, ropa suficiente para cubrirse y un lugar donde cobijarse, aunque sea modestamente. También se ha obtenido la ventaja social de contar con refugio para el individuo en tiempos difíciles. En esencia, este nuevo sistema de Rusia ha concedido al pueblo estas dos cosas, y nada más.

Ahora hay que ver cuánto y qué cosas ha tomado Rusia del pueblo a cambio de ello.

Para hacer efectivo el sistema de propiedad nacional en lugar de la propiedad privada, fue inevitable entregar todo el poder del país en manos del Partido Comunista, portador de este ideal. Como consecuencia de la ideología de este partido y de esta exigencia inevitable, se estableció sobre el país un régimen dictatorial de autoridad suprema. El partido tuvo que emplear todo su poder para aplastar el sistema de propiedad privada y poner en marcha el nuevo sistema bajo el férreo dominio de una mano inexorable. A este régimen dictatorial se le dio el nombre de dictadura del proletariado (Dictatorship of the Proletariat); pero es de todos sabido que los obreros y trabajadores, los campesinos y todos los empleados de los distintos sectores y departamentos de la sociedad rusa no son miembros del Partido Comunista. Probablemente, no más del cinco por ciento del pueblo ruso puede pertenecer al partido. Por tanto, aunque externamente se la llame «dictadura de los trabajadores», en realidad no es más que la dictadura del Partido Comunista impuesta sobre los obreros y trabajadores.

Y este régimen dictatorial no es algo de poca importancia. El establecimiento de la propiedad nacional significa que allí se ha eliminado a todos los terratenientes y que el Gobierno se ha convertido en el único e incomparable terrateniente, dueño exclusivo de todas las tierras y campos del país. Ya no existe allí ningún individuo como propietario de fábricas ni como capitalista comercial; tras derrocarlos a todos, ha ocupado el lugar de todos un capitalista cuyo monopolio absoluto abarca todos los aspectos y formas de los medios de producción. Al mismo tiempo, todo el poder estatal del país se ha concentrado bajo su dictadura. Esta es la realidad del Partido Comunista de Rusia.

Ahora bien, si se comprobara que quienes ejercen todo el poder económico, cultural y político de Rusia han sido elegidos por los votos del pueblo común del país, ¿podría llamarse esto realmente democracia? Aunque alguien se atreviera a competir con el Partido Comunista, en un país tan vasto como Rusia, ¿tendría algún medio de conseguir alimento y refugio? ¿Podría utilizar alguna prensa para difundir palabras contra el Gobierno?… Para hacer llegar sus propias palabras al pueblo, ¿podría viajar por el país en algún medio de transporte, y cuánto tiempo tardaría en recorrer la distancia entre la vida y la muerte?

La realidad es que, bajo el sistema de propiedad nacional, se concentra en manos del Gobierno un grado de poder tan enorme como jamás estuvo al alcance de nadie en ningún capítulo de la historia de la humanidad. Ni siquiera en manos de ningún Gengis Kan, Hulagu Kan, zar o káiser se concentró jamás un poder semejante. En verdad, cualquier partido que consiga apoderarse una vez de semejante poder deja completamente indefensos ante él a los cientos de millones de habitantes del país. El cambio de cualquier mal Gobierno del mundo no es tan difícil e impracticable como llega a serlo, hasta el punto de resultar extremadamente difícil o imposible, cambiar un Gobierno comunista.

En un sistema de gobierno de esta índole, el partido gobernante utiliza la prensa, la radio, el cine, las instituciones educativas, es decir, todo el aparato administrativo, y las actividades económicas de todo el país de una manera especial para dirigir y poner en práctica adecuadamente el plan y el programa (Plan) que adopta para la vida general del país. Para que semejante plan tenga éxito, el derecho a pensar, emitir juicios y tomar decisiones en todo el país debe pertenecer exclusivamente a ese reducido grupo de personas que, sentadas en la cúspide del aparato central de gobierno, redacta el plan. Sin ellos, los millones de habitantes comunes del país no serán más que manos y pies destinados a trabajar conforme a sus instrucciones, sin poder cometer el menor error al obedecer sus órdenes. En un sistema así, para quienes critican, señalan defectos y expresan opiniones contrarias no puede haber otro lugar que la cárcel y el patíbulo. Si una persona que formula semejantes críticas es exiliada, debe entenderse que se le ha mostrado una gran indulgencia. Precisamente por esta razón, incluso grandes dirigentes y funcionarios del propio Partido Comunista de Rusia fueron condenados a muerte o a cadena perpetua. Y, sin embargo, fue gracias a sus esfuerzos sinceros, su capacidad, su eficiencia y su sacrificio que un día esta experiencia y tentativa del comunismo avanzó por el camino del éxito. A pesar de todo ello, el atrevimiento de discrepar del partido gobernante los llevó a semejante destino.

No solo eso: todo aquel que fue arrestado por el delito de manifestar una opinión discrepante fue acusado de actos graves y espantosos. De acuerdo con las acusaciones presentadas por el partido gobernante ante los tribunales comunistas, cada acusado era obligado a recitar él mismo, de principio a fin, la lista de sus propios delitos; y no la pronunciaba con palabras entrecortadas, sino que confesaba claramente que era un gran traidor a la patria, un agente de los capitalistas y una serpiente venenosa criada y alimentada en el interior de Rusia. Todo esto, por un lado, muestra la repugnante y abominable naturaleza de la moral comunista y, por otro, no puede dejar de aturdir al mundo ante las asombrosas proezas de los tribunales comunistas.

En segundo lugar: puesto que el sistema comunista fue establecido después de abolir la propiedad privada y reprimir con una fuerza terrible a los grupos religiosos, todavía no han sido completamente eliminadas del mundo ni del territorio ruso aquellas personas sobre cuyas emociones, creencias, esperanzas y aspiraciones se construyó semejante palacio comunista. Por esta razón, el gobierno dictatorial comunista vive aterrorizado a cada instante ante el peligro de una contrarrevolución (Counter Revolution); además, los funcionarios comunistas saben y comprenden perfectamente que, aunque lo nieguen mil veces, existe algo llamado naturaleza y disposición humanas, y que esta reclama claramente la obtención de beneficios personales. Se esfuerza intensamente por restablecer el orden social sobre la base de la propiedad privada. Por estas razones, el propio Partido Comunista, por una parte, está constantemente ocupado en «purgar» su sistema y siempre somete a una severa depuración incluso a aquellos en quienes se percibe una pizca de simpatía por el sistema anterior o el menor indicio de reformismo.[Nota: Hasta ahora, esta operación de depuración se ha llevado a cabo sobre varios cientos de miles de miembros del Partido Comunista. En Rusia, esto no significa simplemente que se prive de la afiliación a quienes no son aptos para pertenecer al Partido Comunista y se les deje libres; al contrario, una vez concluida esta operación, muy pocos afortunados han escapado al tormento de ser enviados a las cámaras de tortura de la policía secreta rusa (Torture Chambers). La salida de estas cámaras de tortura conduce o bien al cementerio o bien a los campos de trabajo forzado (Concentration Camps), donde las personas se ven obligadas a sufrir, estando vivas, los tormentos del infierno.] Por otra parte, el gobierno del partido permanece constantemente ocupado en eliminar para siempre, en todo el país, hasta el menor rastro de posibilidad, sospecha o remota idea de peligro contrarrevolucionario. Este gobierno ha extendido por todo el país una inmensa y vasta red de soldados y policía secreta. Sus innumerables agentes recorren cada institución, cada hogar y familia y cada reunión pública en busca de cualquier indicio de oposición al progreso. Esta red invisible y misteriosa de la policía secreta ha levantado un muro de sospecha y desconfianza incluso entre maridos y esposas. Hasta los propios hijos no dudan en desempeñar las funciones de la policía secreta contra sus padres. La policía y la CID de Rusia sostienen, con su supuesta planificación y sensatez (?), que si por error son detenidos y asesinados varios cientos o varios miles de inocentes, eso es mucho mejor que permitir que algunos culpables escapen y facilitarles el camino para crear una contrarrevolución. Por eso recorren fábricas, oficinas y toda clase de instituciones buscando si algún obrero o empleado desaprueba la administración del país o de su propio departamento, o manifiesta cualquier clase de malestar o descontento; y, sin hablar siquiera de realizar realmente un acto semejante, basta con que alguien sea sospechoso de haber pensado de ese modo para que sea arrestado de manera natural. Puesto que tales hechos son cotidianos, cuando un trabajador no regresa por la noche a su casa, su esposa comprende naturalmente que ha sido arrestado. Al día siguiente comienza a llevar por iniciativa propia sus pertenencias necesarias a la oficina de policía, y el hecho de que acepten esos objetos significa que su suposición era correcta. Si ella pregunta algo, naturalmente la oficina no le da ninguna respuesta. Algunos días ocurre incluso que las cosas que envió le son devueltas; cuando sucede esto, entiende que su marido ha sido sacrificado por el «gran Lenin». Ahora bien, si esa mujer tampoco quiere enfrentarse a un destino semejante, su deber es comenzar a pasar los días completamente en silencio, como una camarada digna de confianza, sin pronunciar ni una sola palabra al respecto; y también debe buscar otro marido sobre quien no recaiga sospecha alguna de ser «reaccionario».

En realidad, los millones de habitantes de la Rusia comunista tuvieron que pagar este enorme precio a cambio de dos comidas al día y de una seguridad inoportuna. Pero la pregunta es: ¿puede considerarse muy barata esta transacción a cambio de semejante precio? Es cierto que, muchas veces, una persona hambrienta queda tan abatida por los intensos golpes del hambre —aceptando la derrota— que prefiere la vida carcelaria a su libertad, cargada de sufrimiento. Solo porque allí al menos conseguirá dos comidas al día, ropa para cubrirse y un refugio donde alojarse. Pero ¿se ha presentado ahora ante toda la humanidad un problema tal que no pueda obtener simultáneamente alimento y libertad? ¿Convertir toda la superficie de la Tierra en una cárcel y nombrar a unos cuantos camaradas como sus «carceleros» y guardianes es acaso, en la época actual, el único y último medio de obtener alimento?

Reacción

El comunismo ha llevado a cabo una opresión y una tiranía de proporciones tan enormes para establecer un sistema estatal basado en sus propios ideales, y el éxito con que ha vertido aceite sobre las ardientes llamas de la lucha de clases en todos los países del mundo ha obligado a los pensadores de todos los países no comunistas a emprender nuevas reflexiones. Se han dedicado a idear medios para corregir las normas del sistema económico liberal, eliminar las privaciones y quejas de los trabajadores y liberar a sus países del peligro de una revolución comunista. Aunque se señalaban todos los defectos internos del sistema económico liberal, siempre se criticaban y señalaban sus defectos y deficiencias; estos se hicieron claros y manifiestos precisamente cuando se estableció el sistema capitalista moderno, siempre se criticaban y señalaban sus defectos y deficiencias, y también se realizaban algunas correcciones externas, superficiales y parciales; pero la necesidad de cambio y reforma solo se percibió realmente después de observar directamente la actividad, la influencia y los resultados del comunismo ruso. Esta reacción adoptó dos formas opuestas en dos grandes regiones del sistema capitalista.

El fascismo y el nazismo nacieron en aquellos países cuyas naciones habían visto desgarrada toda la trama de su vida por el terrible golpe de la Primera Guerra Mundial, en los que se había intensificado el peligro de una destrucción definitiva a causa de la breve lucha de clases del comunismo y en los que la democracia no había logrado echar raíces firmes.

Por otra parte, aquellas naciones en las que la democracia estaba firmemente establecida y cuya forma de vida no había sufrido una perturbación especial a causa de la guerra intentaron, manteniendo su antiguo capitalismo democrático, liberal y abierto sobre sus bases ideológicas, introducir ciertas reformas únicamente en su carácter irrestricto e incondicional, de modo que se eliminaran sus posibles perjuicios.

Fascismo y nazismo

Los comunistas suelen intentar acusar al movimiento del fascismo italiano y del nazismo alemán de ser una reacción de los capitalistas. Afirman que los capitalistas burgueses, temiendo ser derrotados en la lucha, hicieron surgir a Hitler y Mussolini. Pero la realidad es que estos no eran agentes malintencionados al servicio de los intereses particulares de una clase determinada. Al igual que Marx y Lenin, también sostenían un ideal específico. Eran tan devotos, inteligentes y astutos como ellos. Observaron, por un lado, que el golpe trágico y devastador de la guerra había postrado a sus naciones hasta tal punto que había reducido a polvo toda la gloria y dignidad acumuladas durante varios siglos. Por otro lado, los defectos internos del sistema económico liberal y el brillo externo del comunismo amenazaban con sumergir a las personas de las distintas corrientes de la nación en una dura guerra sangrienta y en conflictos mortales entre sí. Por ello se dedicaron a idear medios eficaces para poner fin al conflicto oculto de los intereses de clase y salvar su unidad nacional de la destrucción. Al mismo tiempo, se empeñaron en fortalecer las fuerzas económicas, culturales y políticas de sus respectivas naciones y en restablecer de nuevo su superioridad y predominio. Sin embargo, ellos, sus partidarios y sus seguidores heredaron todos los defectos históricos y las debilidades de la mentalidad occidental. Al igual que los pensadores y dirigentes anteriores, también adoptaron algunos principios verdaderos y eternos, mezclándolos con ciertas ideas y doctrinas extremadamente desmesuradas. Rechazaron algunos principios verdaderos y los sustituyeron por ciertas falsedades necias. De este modo, mediante semejante mezcla, establecieron las bases de un sistema de vida carente de equilibrio.

Puede examinarse en qué proporción y conforme a qué reglas se mezclaron los principios buenos y malos, erróneos y correctos, en el sistema de vida que elaboraron mediante esa mezcla, y cuál fue el resultado neto de sus beneficios y perjuicios. Aunque, tras ser derrotados en la Segunda Guerra Mundial, estos dos «hermanos gemelos» cedieron aparentemente, sus ideas siguen presentes en diversos países bajo los nombres modificados y las formas innovadoras que difundieron. Nuestro propio país tampoco está por encima de estos peligros ni está libre de ellos. Por eso se ha vuelto sumamente urgente distinguir los aspectos buenos y las partes malas del fascismo y el nazismo. Esta necesidad sigue siendo hoy tan intensa como lo era antes de la guerra.

Obras buenas y beneficiosas

Los comunistas sostienen que el odio mutuo, la hostilidad y la guerra entre las clases terrateniente y capitalista de la sociedad y la nación, por un lado, y la clase trabajadora, por otro, constituyen la relación verdadera y natural. Pero los fascistas y los nazis lo niegan. Esta objeción suya es muy verdadera. Según ellos, lo esencial no es la «clase»; la sociedad y la nación son la realidad y la base fundamentales. Sus diversas partes y conjuntos de órganos realizan distintos tipos de obras beneficiosas para el conjunto y para cada una de sus partes. La veracidad de esta concepción fascista y nazi es innegable. En realidad, la relación verdadera entre la sociedad y la nación, por una parte, y los trabajadores, por otra, no es de hostilidad ni de conflicto bélico, sino de apoyo, cooperación y actividad mutua. Su responsabilidad consiste en producir los bienes necesarios para todos y aumentar la producción a escala general y nacional, incrementando así la fuerza y la riqueza de la nación. Si se observa alguna carencia, deficiencia o anomalía en este apoyo y ayuda mutuos, conviene eliminarla. Cuando surjan conflictos y desacuerdos, es necesario hacerlos desaparecer. No es en absoluto conveniente permitir que se intensifiquen ni que las distintas partes de una misma sociedad se dispongan a destruirse mutuamente y a obstaculizar la producción.

Los comunistas sostienen que, en aras del interés general, la propiedad privada y la búsqueda del beneficio personal son esencialmente perjudiciales y que sería conveniente que desaparecieran. Los fascistas y los nazis también han demostrado que esta opinión es errónea. Su concepción de que ambas cosas son beneficiosas y absolutamente necesarias para el interés general en sí mismo es muy acertada. Sin embargo, con la condición de que, al igual que en el «sistema económico libre», no sean ilimitadas, sino que deban estar sujetas a ciertos límites. Han afirmado que toda persona tiene derecho a esforzarse y trabajar para obtener beneficios personales; pero este derecho está subordinado al interés general y debe ejercerse en favor de este, no en contra. La alta finanza, la extracción de minerales, la construcción y explotación de barcos, el material bélico, la industria y otros grandes negocios de este tipo no deberían estar bajo propiedad privada. Las concesiones y los negocios monopolísticos en los que se sacrifica el interés general al interés particular deben terminar de inmediato. La especulación debe ser eliminada por completo del ámbito comercial. Los intereses del sistema de préstamos y cobros de deudas deben suprimirse totalmente. (Nota: aunque no pudieron abolir efectivamente los intereses, el propio Estado pidió préstamos y pagó intereses. Algunos nazis y fascistas consideraban injustos los intereses y eran partidarios de su abolición.)

El comercio debe organizarse mediante un conjunto de normas que sean compatibles con los intereses de todas las personas relacionadas con él, y no únicamente favorables a los intereses de una sola clase. Si, además, un propietario de una fábrica fija correctamente el precio de los productos, produce bienes de buena calidad, mantiene a los obreros y trabajadores en condiciones acomodadas y satisfechas, se esfuerza por desarrollar su industria y obtiene, a cambio de todo ello, un beneficio dentro de límites razonables, ¿qué delito comete para que haya que considerarlo, sin más, enemigo de la nación y de la sociedad?

También rechazaron, con toda razón, la opinión liberal y neutral de que el gobierno solo debía encargarse de la policía y los tribunales, sin prestar atención alguna a los asuntos económicos ni a las actividades de gran alcance de la vida económica. Afirmaron que establecer la armonía, la solidaridad y la cooperación entre las distintas partes de la economía nacional, y eliminar las causas de conflicto y lucha, formaba parte de los deberes esenciales del Estado nacional. Por una parte intentaron prohibir las huelgas y, por otra, regular el uso de los medios, métodos y fuerzas de producción. (Nota: cuando el Partido Nazi llegó al poder en 1933, en Alemania había aproximadamente ocho millones de desempleados y personas sin trabajo; pero en pocos años la situación cambió y se hizo patente la escasez de trabajadores.) Prohibieron legalmente declarar un «lock-out» en las fábricas. Crearon consejos de conciliación entre propietarios y empleados. Intentaron determinar equitativamente sus derechos y responsabilidades, y establecieron un sistema bien organizado para resolver las disputas mediante conversaciones mutuas, el nombramiento de árbitros y, en última instancia, una decisión judicial.

En el sistema capitalista no se asume ninguna responsabilidad por los desempleados, los lisiados ni las personas incapacitadas. Pero el fascismo y el nazismo intentaron eliminar esta deficiencia del capitalismo. Los nazis y los fascistas comprendieron el grave daño que podía causar dejar desamparadas a las personas sin medios de subsistencia, y establecieron, sobre una base amplia, un sistema de «seguro social», es decir, de seguridad social. Gracias a él fue posible proporcionar asistencia a los trabajadores en caso de enfermedad, vejez, desempleo y accidente. Además, establecieron grandes instituciones para la atención de las parturientas, el cuidado de los niños, el bienestar infantil, la atención de los lisiados y las personas incapacitadas, la ayuda a quienes habían quedado mutilados durante la guerra, el cuidado de los ancianos sin herederos y otras obras de bienestar semejantes. Antes de la guerra, las instituciones de este tipo que funcionaban en Alemania habían organizado la seguridad y el mantenimiento de aproximadamente cinco millones de personas.

En el capitalismo, todas las actividades económicas se desarrollan sin planificación, reflexión ni coordinación. Como consecuencia, los recursos y medios económicos no pueden utilizarse plenamente. Además, aquello que se utiliza, y en la medida en que se utiliza, no mantiene el equilibrio. Los fascistas y los nazis prestaron toda su atención a eliminar este defecto de la economía libre. Con este propósito, hicieron que el Estado —es decir, el gobierno— se encargara de la planificación económica nacional, la organización y la coordinación. Crearon consejos especiales para todos los sectores de la vida económica y, mediante un sistema y un método bien organizados y estructurados, aumentaron así de manera sorprendente el volumen de la producción e iniciaron un progreso armonioso entre los distintos sectores.

Estupidez y perjuicio

Más arriba se ha expuesto detalladamente el aspecto beneficioso del fascismo y el nazismo. Pero también es necesario examinar qué precio tan elevado pagaron Italia y Alemania para obtener esos beneficios.

Con el propósito de contrarrestar la peligrosa influencia del odio de clases, los partidos nazi y fascista promovieron el embriagador vino del culto a la nación, la embriaguez del orgullo y la arrogancia de la ascendencia, la excitación del odio, la envidia, la ira y el resentimiento contra las demás naciones, y el entusiasmo apasionado por conquistar el mundo y apoderarse de otros Estados. Pero semejantes acciones nunca han sido beneficiosas para ninguna nación. El verdadero surgimiento y desarrollo de una nación solo pueden basarse en una moral constructiva y en un objetivo vital puro y sagrado. El líder que, en lugar de este camino, adopta el odio, la exposición al peligro y la creación de excitación como medios para formar, desarrollar y fortalecer la nación, acaba destruyendo el carácter y la naturaleza de su propio pueblo. Y no puede caber la menor duda de que una nación elevada y formada por este medio, tarde o temprano, sufrirá un golpe devastador.

En lugar de poner en práctica de manera sencilla, directa y racional el programa de reformas económicas y civilizatorias que habían elaborado con el propósito de promover el bienestar de sus respectivas naciones, elaboraron una filosofía social y estatal completamente carente de sentido y de contenido. En ella se acumularon innumerables exageraciones, astucias, necedad práctica y simple estupidez. Por eso formularon como primer principio: la afirmación del individuo dentro del principio social; de lo contrario, el individuo no tiene ningún valor. Luego avanzaron y dijeron: quien no esté integrado en el principio social, o quien constituya un obstáculo para su estabilidad y funcionamiento, no debería existir ni tener presencia alguna. Después construyeron un palacio de argumentos y dijeron: el verdadero funcionamiento y la manifestación del principio social solo son posibles por medio del Estado nacional, y la organización, dirección y consolidación del Estado nacional dependen enteramente del partido que se ha erigido adoptando como propio un programa de unidad y progreso nacional. Así, mediante consignas como «Si eres alemán, únete al partido nazi» y «Si eres italiano, sé fascista», hicieron que la nación y el Estado, así como el gobierno y el partido gobernante, fueran por completo una misma e idéntica cosa. A cualquiera que se atreviera a discrepar del partido en el poder en cualquier asunto se lo declaraba enemigo de la nación y del Estado nacional. La crítica, el debate y la libertad de expresar opiniones fueron convertidos en algo terrible. En todo el país no se permitió que sobreviviera ningún partido aparte de uno solo. Las elecciones fueron convertidas en una farsa, en un juego sin sentido. Con el propósito de apoderarse por completo y en su totalidad de la mente nacional, el gobierno tomó bajo su control absoluto la policía, la radio, las instituciones educativas, las artes, la literatura, el teatro y todo lo demás, para que al oído de la nación no pudiera llegar ninguna voz aparte de una sola. Y no solo eso: se adoptaron todas las medidas necesarias para impedir que en la mente de la gente despertara cualquier opinión distinta de la del partido gobernante; si en la mente de algún insolente surgía un pensamiento contrario a los pensamientos y opiniones de los «dioses» de la nación, ese pensamiento debía desaparecer en su propio cerebro o, de lo contrario, se enterraría bajo tierra toda su cabeza junto con su cerebro. Exteriormente habían elaborado una ideología aparentemente muy razonable. Esa ideología sostenía que, si en la vida social y nacional no se formula una planificación central, surgen el desorden, la diferenciación y los conflictos mutuos, y se desperdician ampliamente, en términos generales, la fuerza, la capacidad y los medios y recursos. Por tanto, toda la vida nacional debía organizarse de manera coordinada y, bajo un gobierno centralizado, todos los habitantes del país debían trabajar ordenadamente, como las distintas partes de una máquina, conforme al plan y al programa determinados por una fuerza central. Según ellos, este era el medio para impulsar con gran rapidez las actividades de producción, desarrollo y promoción del bienestar. De acuerdo con esta ideología, ataron la vida de todos los habitantes del país —en todos sus aspectos y ámbitos económicos, civilizatorios, religiosos, culturales y políticos— con los lazos indisolubles de un sistema reglamentario. Comenzaron a dirigirlo todo mediante normas rígidas y predeterminadas. En su modo de vida, todo estaba establecido y organizado: las funciones de cada institución estaban determinadas, los salarios estaban determinados; estaban determinados los precios, los derechos y los deberes, los métodos de utilizar la fuerza y las capacidades, y los campos de utilización del capital, los medios y los recursos. Incluso estaban predeterminados el pensamiento y la imaginación, la investigación y los cauces de expresión de las corrientes y tendencias interiores. Y para todo ello se había fijado incluso un programa detallado para varios años. Ahora bien, ¿cómo podían tolerar quienes, únicamente por el bien de la nación, habían soportado tantas penalidades y empleado tanto esfuerzo intelectual para elaborar un plan tan grandioso para toda la vida nacional, que alguien criticara y que, mediante la crítica, perturbara la mente de la gente común? ¿Cómo podía tolerarse que se involucrara en discusiones a los funcionarios que debían dedicarse a sus tareas específicas y que se destruyera la confianza y la seguridad del pueblo en un plan elaborado con un trabajo y un esfuerzo tan inmensos? Por consiguiente, por exigencia de la tendencia inherente a esta vida «planificada», no estaban dispuestos en lo más mínimo a tolerar una libertad irrestricta para criticar y expresar opiniones. Al contrario, su exigencia categórica era que, si alguien expresaba una opinión, debía hacerlo en conformidad y apoyo del programa establecido por las autoridades. De lo contrario, todos debían mantener la boca cerrada; es decir, una vez elaborado el plan, había que cerrar la boca y, al mismo tiempo, detener por completo la actividad del pensamiento y la imaginación. Se cerraba el camino a la discrepancia, se cerraba el debate, se cerraba la crítica, se cerraban las preguntas y la comprobación; en una palabra, salvo las mentes de unos pocos, el pensamiento de toda la nación debía permanecer completamente paralizado e inactivo.

Aquí vuelve a plantearse aquella primera pregunta. ¿Merece la pena aceptar todo lo que ofrecen las doctrinas nazi y fascista a cambio de un precio tan extraordinario? De toda la nación, solo unas pocas personas serían seres humanos, mientras que todos los demás serían semejantes a animales; más aún, serían apenas piezas de una máquina sin vida. Al pagar este precio, allí podría obtenerse seguridad en el suministro de los alimentos necesarios; de otro modo, no.

Reformas y modificaciones internas del sistema capitalista

Ahora examinaremos qué tipo de modificaciones y reformas llevaron a cabo los habitantes de los países en los que las raíces de la democracia liberal y moral estaban firmemente arraigadas, manteniendo el sistema capitalista establecido sobre sus fundamentos originales, y cuáles fueron sus resultados.

Ya se ha indicado que, en el siglo XVIII, la clase burguesa, por un lado, presentaba la «economía libre» en beneficio de sus propios intereses económicos, mientras que, por otro, esa misma clase burguesa agitaba los cielos y la tierra con los lemas de la democracia, la igualdad, la igualdad de derechos y la soberanía popular, con el propósito de alcanzar sus intereses políticos. Reclamaba el derecho a la libertad de expresar opiniones, la libertad de pensamiento e investigación, la libertad de escribir, hablar o pronunciar discursos, y la libertad de reunirse y organizarse. Incluso proclamaba con gran énfasis que, como respuesta a una opresión, un sometimiento y un uso de la fuerza insoportables, el pueblo podía rebelarse contra el gobierno. Al principio, cuando expresaba estas opiniones, solo tenía delante a las dinastías reales, los terratenientes y los sacerdotes y clérigos de la Iglesia. A estos eran a quienes veía ante sus ojos, y frente a ellos solo se veía a sí misma. Por eso no pudo percibir ni imaginar siquiera que la economía basada en el individualismo irrestricto y el sistema estatal de democracia e igualdad civilizatoria que pretendía establecer llegarían en algún momento a oponerse entre sí y a entablar un duro conflicto.

Como resultado de sus esfuerzos, cuando en diversos países comenzó a implantarse una democracia renovada y el derecho al voto se extendió desde los terratenientes hasta los comerciantes, fabricantes y prestamistas, ya no quedó ningún argumento que permitiera privar de él a los obreros, trabajadores y campesinos. Sin embargo, el grupo burgués siguió intentando privarlos de ese derecho. En consecuencia, sus propias maniobras comenzaron a actuar contra ellos mismos. Finalmente, se vieron obligados a reconocer gradualmente el derecho al voto de todo el pueblo, del mismo modo que, poco tiempo antes, los terratenientes se habían visto obligados a aceptar su propio derecho al voto. Después ya no pudo encontrarse ningún argumento sobre cuya base pudiera considerarse razonable afirmar que los propietarios podían organizarse, pero que no era legítimo que los trabajadores lo hicieran. Del mismo modo, quedó demostrado que era absurdo e infundado que los propietarios pudieran imponer sus condiciones y normas a los obreros con la ayuda de su fuerza colectiva, mientras que los trabajadores no tuvieran derecho a lograr el reconocimiento de sus propias condiciones y reivindicaciones mediante la fuerza de su organización. Así, poco a poco se reconoció que los obreros y empleados tenían pleno derecho a formar sus propias asociaciones; a negociar, no individualmente sino con la fuerza del grupo, sobre los salarios, sueldos y demás condiciones; a utilizar el arma de la huelga para satisfacer sus necesidades y resolver sus quejas; y a organizar la resistencia para lograr el éxito de la huelga.

La antigua concepción política según la cual la función del Estado consistía únicamente en proteger la libertad individual y el Estado nacional no tenía ningún deber ni responsabilidad positivos desapareció con el final del siglo XIX. En su lugar comenzó a tomar forma una nueva concepción de los derechos populares y la democracia. Un Estado democrático es la expresión de la opinión colectiva de los habitantes del país; el pueblo transforma su propio poder político en la forma del Estado y lo concentra y organiza dentro de este. Entonces, ¿por qué habría que seguir intentando limitar el ámbito de acción (Jurisdicción) del gobierno democrático como el de los antiguos gobiernos monárquicos? El deber del gobierno democrático no debería ser únicamente negativo; su responsabilidad debería consistir en actuar positivamente en favor del interés general. Si en la sociedad se producen cualquier forma de opresión, injusticia o abuso, debería ser deber del gobierno democrático remediarlos tanto mediante la promulgación de leyes como mediante la intervención administrativa (Administrative).

Precisamente en una situación semejante resonaron los tambores de la Primera Guerra Mundial. Después tuvo lugar la revolución comunista en Rusia. Esta revolución unció a las mujeres y los niños de la clase burguesa a las máquinas de producción como bueyes de noria. Posteriormente, su reacción se manifestó en Alemania e Italia, respectivamente, bajo las formas del fascismo y el nazismo. Como consecuencia, tanto la burguesía como las masas trabajadoras quedaron atrapadas en los tentáculos de un severo sistema de gobierno opresivo. Estos acontecimientos hicieron que el sistema capitalista se volviera en cierta medida «liberal» y, en parte bajo la presión de la fuerza creciente del pueblo y en parte por voluntad propia, introdujeron los siguientes cambios en la antigua economía libre:

Uno: Se reconoció debidamente, en cada sector de la vida económica, el derecho de los obreros y empleados a contar con organizaciones representativas. Al mismo tiempo, también se reconoció la posibilidad de adoptar, mediante ciertas prácticas y conforme a la ley, diversas medidas concretas que los sindicatos de obreros y empleados podían utilizar para hacer valer sus reivindicaciones y ejercer la mayor presión posible con ese fin. De este modo, aunque el conflicto y el forcejeo entre el capital y el trabajo no llegaron a desaparecer por completo, el trabajo y el esfuerzo laboral ya no permanecieron indefensos ante el capital de la etapa de la economía libre.

Dos: El aumento de los salarios, la reducción de la jornada laboral, la mejora de las condiciones de trabajo, la imposición de restricciones a la contratación de mujeres y niños como trabajadores, una atención relativamente mayor a la vida y la salud del obrero, el intento de mejorar su vivienda y su entorno respecto de la situación anterior, la indemnización en caso de daños físicos, mutilaciones, etc., y la aplicación de ciertos planes de seguridad social: aunque nada de ello alcanzó el nivel deseado, la situación de los trabajadores y empleados de los niveles inferiores ya no siguió siendo tan degradante como antes.

Tres: En el conflicto entre el trabajo y el capital se aceptó al gobierno como juez y «mediador». Se establecieron diversos métodos y medios conforme a la ley para eliminar este conflicto y resolver las disputas. Aunque esto no se llevó a cabo de manera muy amplia, aunque sobre esta base no es posible determinar plenamente y con justicia los derechos y deberes entre trabajadores y propietarios en cada sector económico, y aunque el gobierno todavía no ha asumido directamente la tarea de proporcionar una resolución judicial en los conflictos y disputas económicas, no obstante, en principio se reconocieron este derecho y este deber del gobierno.

Cuatro: También se reconoció como principio que era necesario imponer restricciones al saqueo en forma de lucro privado, de modo que este no pudiera volverse contrario al interés social y general. Y corresponde al gobierno imponer ese tipo de restricciones.

Cinco: Muchos gobiernos asumieron la responsabilidad de realizar actividades económicas que no podían llevarse a cabo en el ámbito privado, o cuya entrega a manos de particulares podía perjudicar el interés general. Por ejemplo, los servicios de correos y telégrafos, el sistema de transporte, la construcción y el mantenimiento adecuado de carreteras, la conservación y distribución de los bosques, el suministro de agua y el riego, la producción y distribución de energía hidroeléctrica, la distribución y la regulación financiera. Además, el gobierno asumió la explotación de los recursos minerales bajo su propia concesión. También comenzó a administrar directamente las grandes industrias.

Seis: Se han establecido medidas para los trabajadores y empleados de bajos ingresos, de modo que puedan ahorrar poco a poco y comprar acciones de bajo valor de empresas comerciales, industriales y fabriles. En muchos lugares, además, conforme a normas especiales, los empleados y obreros reciben en efectivo una parte de su remuneración, mientras que otra parte se incorpora, en su nombre, al capital de la compañía. De este modo, innumerables empleados asalariados se han convertido también en copropietarios de sus compañías o corporaciones. En muchas fábricas famosas, entre el 80 y el 90 por ciento de los obreros y empleados han pasado a participar en la propiedad, y, gracias a la facilidad de comprar acciones a plazos, su participación en las empresas industriales aumenta progresivamente.

Los defectos restantes de la sociedad capitalista

Pero, incluso después de todos estos cambios, correcciones y reformas, los defectos fundamentales de la sociedad capitalista siguen presentes hasta ahora tal como antes; no han desaparecido en lo más mínimo.

Hasta ahora no ha sido posible erradicar el problema del desempleo de la sociedad capitalista. Más bien, salvo durante los períodos de guerra, se ha convertido en una enfermedad permanente de la sociedad capitalista en todo tiempo y circunstancia. En países como Estados Unidos, que han alcanzado alturas extraordinarias en la industria, el comercio y la producción de riqueza, en cuanto disminuye la actividad relacionada con la guerra, más de 3,2 millones de personas quedan desempleadas. Entre abril y mayo de 1149, su número aumentó a más de 3,5 millones, y en junio llegó hasta los 4 millones. En realidad, tanto si el mercado de los negocios, la industria y el comercio está en auge como si está en depresión, el desempleo constituye una parte indispensable de la sociedad capitalista.

El asombroso misterio al que antes aludimos sigue siendo incomprensible y sin resolver. Por un lado, miles de millones de personas sufren por falta de medios de subsistencia y desean obtener incluso artículos de lujo; están acumuladas cantidades ilimitadas de recursos y bienes naturales que podrían utilizarse para producir todavía más bienes, y existen también millones de personas que podrían ser empleadas. Pero, por otro lado, aun los bienes que el sistema capitalista produce en una cantidad muy inferior a las necesidades y al consumo potencial del mundo quedan sin vender en el mercado. La razón es que la gente no tiene en sus manos el dinero necesario para comprarlos. Y cuando ni siquiera se venden estas escasas mercancías, no se puede tener el valor de emplear a más personas ni de utilizar los recursos y medios naturales. Y cuando no se puede emplear a las personas, tampoco hay manera de crear poder adquisitivo entre ellas.

No es solamente esto: en el sistema capitalista existe además otro defecto. Cada año se destruyen deliberadamente grandes cantidades de productos, cosechas, frutas y otros bienes, en lugar de ponerlos a la venta en el mercado. Sin embargo, miles de millones de personas sufren carencias de esos bienes. El capitalista está dispuesto a destruirlos y a gastar millones en esa destrucción, pero no está dispuesto en absoluto a sacarlos al mercado para reducir su precio y ponerlos a disposición de quienes los necesitan a un precio relativamente bajo.

Otro defecto del sistema capitalista es sumamente grave. El Estado, la sociedad, la clase rica; en suma, nadie se considera responsable de mantener y satisfacer las necesidades de los miles de millones de personas indigentes. Entre ellas hay muchas que, pese a estar en edad y capacidad de trabajar, están desempleadas o todavía no han podido incorporarse al trabajo, o han quedado temporal o permanentemente incapacitadas y lisiadas. En la sociedad capitalista siguen teniendo derecho a recibir tratamiento médico únicamente los enfermos que tienen dinero en el bolsillo; solo recibe educación el niño huérfano cuyo padre murió dejando una póliza de seguro de vida. Tras sufrir un accidente, todavía puede levantarse y salir adelante únicamente quien antes había pasado por tiempos favorables y se había preparado por sí mismo para encontrar refugio en los malos tiempos. En suma, hasta ahora la responsabilidad por las personas necesitadas, desamparadas y afligidas por la adversidad no ha sido confiada a nadie; que alguien logre recibir alguna ayuda de manera excepcional es, por supuesto, otra cuestión.

En la sociedad capitalista todavía se elevan artificialmente los precios de las mercancías; mediante planes cuidadosamente elaborados se provoca la escasez de ciertos artículos. Y esto no es en absoluto un defecto menor. Las diversas normas y prácticas del comercio especulativo y del juego mercantil siguen desquiciando día y noche la naturaleza de toda la economía. Aún hoy, si alguien logra reunir de algún modo suficiente capital, puede producir, por afán de lucro personal, cualquier mercancía en la cantidad que desee e intentar imponerla a los miembros de la sociedad por cualquier medio. Que la sociedad la necesite o no, nada le impide hacerlo; incluso si ese artículo resulta perjudicial para la sociedad, puede producirse y venderse. Todavía se mantienen paralizadas las actividades de vital necesidad para la sociedad y la nación, mientras se gastan enormes cantidades de trabajo y capital en producir artículos de lujo para la diversión y el placer, reunir objetos destinados a satisfacer los deseos bestiales y crear montañas de felicidad y comodidad, de consumo y disfrute. ¿Acaso no es esto algo asombroso? Los reyes de la industria y el comercio y los emperadores de las finanzas todavía emplean, abierta y secretamente, toda clase de artimañas y maniobras diplomáticas para promover sus propios intereses, con lo cual el fuego de los conflictos y enfrentamientos internacionales, del odio y la hostilidad, y de las guerras arde con furia.

En el sistema capitalista, los ricos capitalistas y los banqueros y prestamistas siguen ejerciendo autoridad sobre la sociedad y el Estado. Además, evalúan todo el valor nacional según el criterio de la tasa de interés y hacen girar todo de manera circular alrededor de ese centro. Esos mismos capitalistas siguen siendo los dueños de decidir en qué actividades debe invertirse el capital y en cuáles no. Al tomar tales decisiones, no prestan la menor atención a las necesidades ni al bienestar de la sociedad y de la nación. Más bien, solo consideran en qué actividades puede obtenerse una ganancia igual o superior a la tasa de interés vigente en el mercado. Como consecuencia de este principio de evaluación, si exportar alcohol ofrece mayores posibilidades de ganancia que suministrar agua o realizar obras de riego, no sentirán la menor vacilación ni vergüenza en dedicarse a idear medios para suministrar alcohol a los ricos ociosos, aunque ello deje a la población sedienta por falta de agua.

La sociedad capitalista sigue padeciendo en su cuerpo la enfermedad del ciclo comercial (Trade Cycle). Como consecuencia, después de cada período de auge que dura algunos años, se produce en la economía mundial un ciclo de depresión. El mundo del comercio y los negocios continúa funcionando libremente, con gran intensidad, diligencia e indiferencia; de repente y de forma inesperada, los comerciantes se dan cuenta de que las mercancías que se acumulan en sus almacenes no salen ni se venden al ritmo adecuado. Entonces suspenden durante algún tiempo la realización de nuevos pedidos. Al observar esta situación, los productores industriales reducen parcialmente su producción. En cuanto el capitalista recibe la señal de este peligro, deja de conceder préstamos y también intenta recuperar los que había otorgado anteriormente. Como consecuencia, las fábricas empiezan a cerrar, el problema del desempleo aumenta y los precios de las mercancías comienzan a descender gradualmente. Los comerciantes y compradores suspenden temporalmente los pedidos y las compras, esperando que los precios bajen aún más. Las fábricas que todavía siguen funcionando reducen su ritmo de producción. Así, el desempleo se vuelve aún más grave. Al observar que sus ingresos disminuyen, los gobiernos reducen las partidas de gasto, y la depresión se hace todavía más profunda. De este modo, cada paso hacia atrás se convierte en causa de un retroceso aún mayor. Finalmente, cuando la situación se aproxima al límite de la bancarrota total y definitiva, el rumbo cambia de repente. Poco a poco los precios comienzan a subir, y vuelve a iniciarse el auge del mercado. Este ciclo se ha convertido en una enfermedad permanente de la sociedad capitalista. Hasta hoy no se ha propuesto ningún tratamiento ni remedio para ella.

En el sistema capitalista controlado y reformado, siguen existiendo hasta hoy innumerables defectos, grandes y pequeños, de este tipo, igual que en el sistema capitalista libre y violento del siglo XIX. Esto demuestra claramente que la democracia no ha intentado en absoluto, con cautela y discernimiento, comprender las causas fundamentales de los defectos inherentes a este sistema económico y eliminarlas, ni ha adoptado ningún método eficaz para hacerlo. Lo único que ha ocurrido es que, a medida que aumentaba la presión de las masas trabajadoras y laboriosas, o que se intensificaba el creciente terror del comunismo, la clase burguesa introducía numerosas correcciones y modificaciones en sus normas, principios y métodos de actuación. Como resultado, las quejas del pueblo se han reducido lo suficiente para impedir que los comunistas embaucadores obtengan demasiada ventaja.

La enseñanza de la historia

Si se contempla en conjunto el análisis histórico de los sistemas económicos presentado hasta ahora, varios asuntos importantes se harán claramente evidentes ante todos.

De este análisis se pueden conocer claramente, en primer lugar, la historia económica de los países occidentales y los problemas y complejidades combinados de nuestra vida colectiva actual. Se observa que aquí el sistema de los terratenientes feudales también existe plenamente y se mantiene vigente con muchas características particulares. Junto a él, el capitalismo moderno ha surgido con numerosos defectos de diversa índole. Algunas enfermedades las hemos heredado de nuestra época de decadencia. Otras han llegado hasta nosotros gracias a la revolución industrial y al sistema capitalista de Occidente. La única diferencia es que aquí no existe ningún sistema papista ni de dominio eclesiástico. Tampoco existe una clase sacerdotal (Priest Class) que pueda establecer vínculos y alianzas con los ricos y, invocando a Dios y a la religión, ayudar y respaldar privilegios injustos, distinciones arbitrarias y derechos impuestos por la fuerza.

Todo lector puede saber, a partir del análisis histórico anterior, de dónde proceden las divertidas propuestas que los llamados grandes personajes de nuestro país presentan constantemente con el propósito de resolver los problemas y las complejidades del país y de la sociedad. Oímos que unos describen la importancia de la planificación social, otros expresan su deseo de introducir cambios «revolucionarios» en el sistema económico del país, y otros dicen que es necesario liberar las tierras y los campos de la propiedad privada y convertirlos en propiedad nacional. Desde otro lado se eleva el clamor por nacionalizar toda la industria pesada; y algún «médico» inexperto, después de realizar recientemente una profunda reflexión e investigación, presenta una receta extraordinaria para abolir la propiedad privada de la tierra. Todo esto no es más que algo robado de los «borradores» de los torpes pensadores de los países occidentales. Ahora aquí se intenta poner en práctica exactamente los mismos planes experimentales que anteriormente se aplicaron en Rusia, Alemania, Italia, Estados Unidos e Inglaterra. Sin embargo, también en este asunto existe una diferencia entre ellos y nosotros, pese a la semejanza. Incluso los inexpertos de aquellos países son pensadores independientes. Pero los grandes personajes de nuestro país se han limitado a abrir una tienda de medicamentos. Son tan inexpertos como ciegos seguidores e imitadores de aquellos mismos. Cuando los inexpertos de los países occidentales observan que algo causa perjuicio, modifican incluso la lista original. Aquí, salvo que llegue noticia de algún cambio desde aquellos países —lo cual sería, naturalmente, otro asunto—, los médicos seguirán administrando medicamentos conforme a la misma lista hasta que el paciente se encuentre en su estado final de agonía. No sentirán ninguna necesidad de introducir la menor modificación.

En la sociedad, la civilización, la cultura, el pensamiento, la investigación y las actividades de Occidente se ha hecho muy evidente otro aspecto de la historia. En una palabra, esa historia es la historia de una lucha y un conflicto incesantes, de tirones y forcejeos, disputas, enfrentamientos y guerras. Un grupo se apodera del campo de la vida y comienza a conducir en una dirección determinada la moralidad, la religión, la ley, las costumbres y el sistema general de la sociedad y la cultura. Como resultado, se lleva a cabo la máxima injusticia contra el otro grupo. Después, alguien de entre esos grupos oprimidos se alza y provoca una lucha y un enfrentamiento con los opresores. Junto con negar claramente la importancia de sus malas acciones, también acaba negando la importancia de sus buenas acciones, y hace que todo el sistema del pensamiento, la investigación y la acción pase de un extremo inicial al extremo opuesto. Así surge una situación extrema de opresión e injusticia. Luego, tras superar la etapa de las quejas y los ataques, surge una tercera rebelión. La corriente del odio, el rencor y la obstinación arrastra consigo tanto la verdad como la mentira. Finalmente se establece un sistema aún más extremo que el de sus predecesores. Al observar la violencia de esta corriente y este desbordamiento, así como su devastadora capacidad destructiva, surge en la dirección opuesta otra contracorriente. Ellos tampoco son en absoluto menos extremistas que sus predecesores. Debido a este continuo forcejeo, la historia de Occidente parece avanzar como un borracho que cruza el camino con pasos vacilantes y por una trayectoria torcida y sinuosa, en vez de caminar con paso firme y recto como una persona consciente y de sano juicio. Hegel y Marx, al contemplar este espectáculo, llegaron a pensar que tal vez esta fuera la forma natural del desarrollo progresivo de la civilización humana; pero, en realidad, todo esto es el resultado de una sola cosa: los occidentales llevan mucho tiempo viviendo sin la ley de Allah y sin la luz de Allah. La doctrina cristiana que recibieron por medio de san Pablo ya se había separado anteriormente de la sharía original. Entre ellos no estaba presente en absoluto ninguna parte de la guía de Allah, salvo algunas valiosas palabras de consejo de Jesús, la paz sea con él. Por tanto, para construir el enorme palacio de su civilización, economía y política no contaban con ningún fundamento establecido por Allah. En el Antiguo Testamento de la Biblia, solo un dos por ciento correspondía a la ley de Allah, mientras que el noventa y ocho por ciento estaba mezclado con palabras inventadas por los seres humanos. Por ello, aunque posteriormente se hayan inclinado hacia él con una fe a medias y una incredulidad a medias, tampoco pudieron obtener de él una orientación especial. Inmediatamente después de la desintegración del Imperio romano y al comienzo de las tinieblas medievales, el islam fue presentado ante Europa; pero aquella Europa que había aceptado el cristianismo con la condición de quedar libre de los lazos de la sharía no podía sentirse atraída por el islam ni avanzar hacia él en lo más mínimo con el propósito de obtener guía. Esto se debe a que el islam no está dispuesto en absoluto a presentar únicamente el din y el iman dejando de lado la sharía. Por esta razón, y también en parte por el odio y el rencor inculcados por los sacerdotes cristianos, Europa no pudo recibir la luz del islam que lo inundaba todo. Después de eso, los europeos no tuvieron otra alternativa que elaborar para sí mismos, basándose únicamente en su propia razón y conciencia, un modo y un sistema de vida. Y eso fue precisamente lo que hicieron; pero el ser humano no es capaz en absoluto de tomar una decisión racional de manera completamente pura. Es evidente y universalmente sabido que, junto con su razón, también permanece constantemente unido a ella el demonio engañador de los deseos. Tampoco es desconocido para nadie que toda la humanidad no se reúne para elaborar un sistema de vida. Son unos pocos individuos dotados de talento y despierta inteligencia quienes elaboran el modo de vida. Por ello, dicho modo de vida solo puede resultar conforme a los deseos y aceptable para personas que comparten sus mismas tendencias de odio. Precisamente por esta razón, todos los sistemas y modos de vida que se han elaborado periódicamente en Europa han carecido de equilibrio. Y, como consecuencia inevitable de este desequilibrio, en aquel país continúan desarrollándose con gran intensidad los conflictos, las luchas y los continuos forcejeos.

Pero, en realidad, en este mundo no se nos ha concedido ningún libro que disipe la niebla de la ignorancia y la falta de conocimiento acerca de cualquier tipo de guía, pensamiento y creencia, del verdadero conocimiento y la ciencia, y del modo de vida. Para resolver los complejos problemas a los que nos han enfrentado la ignorancia de los antiguos hindúes, el sistema de gobierno hegeliano de la Edad Media y la civilización y la cultura occidentales de la época moderna, unidos, combinados y entremezclados, ¿también nosotros debemos adoptar los medios y métodos que el comunismo, el nazismo, el fascismo y el capitalismo han adoptado en los países occidentales? Además, ¿acaso no tenemos ninguna otra salida?… ¿No tenemos realmente ante nosotros una antorcha de luz con cuya ayuda podamos elaborar un sistema de vida equilibrado?

Quien tenga siquiera el más mínimo conocimiento y comprensión del islam jamás podrá responder afirmativamente a la pregunta anterior.

El verdadero problema: la verdadera complejidad

¿Cómo podemos resolver adecuadamente estos problemas basándonos en los ideales y principios islámicos? Para comprender esto, primero debemos entender con claridad a qué problema y a qué complejidad nos enfrentamos realmente hoy como habitantes del mundo y como parte de la humanidad. En resumen, la naturaleza de esa complejidad, de ese problema, es la siguiente:

Si también adoptamos un sistema económico desde cuya perspectiva cada individuo puede apoderarse libremente de los medios de producción según su propia voluntad y deseo, puede esforzarse y empeñarse como quiera en llenar hasta el borde el tesoro de sus ganancias, y desde cuya perspectiva, para establecer la justicia y la equidad en la sociedad, hay que depender exclusivamente de la competencia, de la objeción a destruir y construir, y de las leyes ya establecidas, entonces será inevitable que surjan como consecuencia todos los defectos y deficiencias atribuidos al sistema capitalista, y en nuestra sociedad inevitablemente volverán a levantar la cabeza todos los defectos de la organización feudal mencionados anteriormente. [En el artículo titulado «El capitalismo moderno» se ha tratado detalladamente este tema.]

Por otro lado, si abolimos el principio de la propiedad privada y sometemos todos los medios de producción a la autoridad de la propiedad nacional, la mayoría de estos defectos desaparecerá sin duda; pero, en primer lugar, este cambio fundamental no puede realizarse de ningún modo sin una inconmensurable destrucción de vidas y bienes y sin proclamar, exactamente como en Rusia, una rebelión abierta contra la religión y la moral. En segundo lugar, aun suponiendo que esto pudiera llevarse a cabo de manera muy pacífica y conforme a las normas, no puede caber la menor duda de que la propiedad nacional y el principio totalitario (el socialismo) eliminan por completo la libertad de los individuos. Establecer el socialismo por medios constitucionales y democráticos equivale, en realidad, a poner fin a la democracia mediante la propia democracia. Pues, para que la democracia funcione adecuadamente, es absolutamente indispensable que un gran número de personas de la sociedad y de la nación sean independientes y capaces de ganarse la vida. En el socialismo, sin embargo, surge exactamente la situación opuesta: todas las personas que poseen una profesión y un medio de vida independientes quedan privadas de ello para siempre. En realidad, cualquier sector de la economía que sea sometido a la propiedad nacional tendrá a todos sus empleados en la misma condición que los funcionarios públicos. Nadie ignora cuánta libertad de expresión y de acción gozan los funcionarios públicos de cada país. A medida que esta política económica se modifique y amplíe, no puede caber duda de que se irá reduciendo y estrechando cada vez más el ámbito de la libertad de pensamiento, de palabra, de reunión, de organización, de escribir y publicar, y de acción. Cuando finalmente se complete la nacionalización de toda la economía, ese mismo día todos los habitantes del país se convertirán en funcionarios públicos. Y la naturaleza y esencia de un sistema general de esta clase son tales que, una vez que un grupo haya llegado al poder, nunca será posible apartarlo de él.

En lugar de abolir el sistema económico basado en la propiedad privada, si establecemos sobre él un firme control gubernamental y dirigimos toda la economía nacional conforme a un plan centralizado, como ocurre en el fascismo y el nazismo, se remedian muchos de los defectos del sistema capitalista; pero incluso un control de tal magnitud puede resultar fatal para la libertad individual. Su resultado será, en la práctica, semejante al del socialismo, sin duda alguna.

Pero si, manteniendo la economía capitalista asentada sobre sus fundamentos originales, le imponemos algunas reformas —como se ha hecho hasta ahora en países como Estados Unidos e Inglaterra—, quizá se conserven la democracia y la propiedad privada, pero no desaparecerá ninguno de los grandes males por los que la economía capitalista se ha convertido en un grave peligro para el mundo, en una gran maldición.

Dicho de otro modo, si en un lado se abre una enorme sima, justo en el otro lado hay un enorme abismo. Al adoptar un sistema de bienestar general, la libertad del individuo desaparece. Y si se protege la libertad individual, el bienestar general se ve obstaculizado y queda hecho añicos. El mundo no ha logrado encontrar un sistema de vida bajo el cual la revolución industrial pueda continuar funcionando adecuadamente, con todas sus contribuciones y buenos frutos, seguir desarrollándose, y tanto la libertad individual como el bienestar social general puedan hacerse efectivos al mismo tiempo, con pleno equilibrio. En realidad, el futuro del mundo depende de que se encuentre un sistema de vida semejante. Si en verdad no es posible encontrarlo, los habitantes del mundo se suicidarán con la pistola de la revolución industrial. Pero si realmente se logra, el Estado que pueda presentar ante el mundo una forma exitosa de dicho sistema será el líder indiscutible del mundo del futuro.

Principios fundamentales del sistema económico islámico

El islam ha adoptado un plan económico situado entre el comunismo y el capitalismo. Conforme a este plan, establece entre el individuo y la sociedad ciertos fundamentos morales y prácticos para construir un edificio social, de modo que estos fundamentos sean capaces de sostener firmemente sobre sí el edificio de la economía islámica. Con este fin, forma adecuadamente la mente y el carácter de cada individuo de la sociedad y procura crear en él una corriente de pensamiento correcta, indispensable para quienes han de dirigir este sistema económico equilibrado. El islam impone a los individuos ciertos límites de acción y obligaciones, para que, en lugar de ser perjudiciales para el interés general, resulten positivamente beneficiosos y útiles para él. Asimismo, establece en la sociedad ciertas normas y principios que eliminan las causas destructivas de la vida económica.

En realidad, para comprender correctamente la solución que el islam ha presentado con el fin de eliminar las complejidades económicas modernas, es absolutamente necesario entender los principios fundamentales antes mencionados del sistema económico islámico.

Uno: La distinción entre medios lícitos e ilícitos de obtener ingresos

Lo primero que debe señalarse es que el islam no ha concedido a sus seguidores una oportunidad abierta e ilimitada para obtener riquezas. Por el contrario, entre los medios y métodos de ganancia ha establecido, desde la perspectiva del interés nacional y colectivo, una distinción entre lo permitido y lo prohibido, entre lo lícito y lo ilícito. Esta distinción se basa en un principio fundamental: todos los métodos y medios de obtener riqueza mediante los cuales el beneficio de una persona causa perjuicio a otra u otras han sido declarados ilícitos. En cambio, todo aquello en lo que los beneficios y las ventajas se distribuyen equitativamente entre las partes interesadas es lícito y legítimo. En el Noble Corán, este principio fundamental se expone de la siguiente manera:

بأَيُّهَا الَّذِينَ آمَنُوا لَا تَأْكُلُوا أَمْوَالَكُم بَيْنَكُم بِالْبَاطِلِ إِلا أَنْ تَكُونَ تِجَارَةًعن تراض مِنْكُمْ قد وَلَا تَقْتُلُوا أَنْفُسَكُمْ ، إِنَّ اللَّهَ كَانَ بِكُمْ رَحِيْمَانَ وَمَنْ يفعل ذلك عنوانًا وظُلْمًا فسوف تصليه نارا – – النساء : ٢٩-٣٠

«¡Oh, creyentes! No os devoréis mutuamente vuestros bienes por medios ilícitos. Toda transacción debe realizarse con consentimiento y voluntad mutuos. Y no os matéis unos a otros. Ciertamente, Alá es misericordioso con vosotros. A quien transgreda los límites de su conducta y cometa tal acto con injusticia, lo arrojaremos al Infierno». —Sura an-Nisá, 29-30

En esta aleya se declara que las transacciones mutuas solo pueden considerarse legítimas bajo dos condiciones. La primera es que todas las transacciones se completen sobre la base del consentimiento y la conformidad mutuos. La segunda es que dicha transacción no consista en proteger el beneficio y el interés de uno causando perjuicio y daño al otro. Desde esta perspectiva, la expresión «no os matéis unos a otros» posee un significado y una profundidad extraordinarios. Puede tener dos sentidos, y ambos se pretenden aquí: el primero es que no os matéis unos a otros; el segundo, que no os destruyáis a vosotros mismos. Es decir, quien perjudica a otro en beneficio propio es como si bebiera su sangre y, en definitiva, estuviera abriendo el camino de su propia destrucción final. En el robo, el soborno, el juego de azar, el engaño y el fraude, la usura y toda clase de negocios prohibidos por el islam, estas dos causas de ilicitud están plenamente presentes. Aunque en algunos casos pueda existir cierto margen para el consentimiento mutuo, allí no se cumplen las demás condiciones contenidas en la expresión de la aleya «no os matéis unos a otros» (sino que se produce la causa de la autodestrucción).

Dos: La prohibición de acumular riquezas

El segundo mandato importante es que las riquezas obtenidas por medios lícitos no pueden acumularse y convertirse en capital. Pues ello bloquea la circulación de la riqueza e impide mantener el equilibrio en su distribución y expansión. Al acumular y capitalizar riquezas, una persona no solo queda afectada por una grave enfermedad moral, sino que, en realidad, comete un grave delito contra toda la sociedad humana. Como consecuencia, se inicia su propia desgracia extrema. Por eso el Corán se opone enérgicamente a la avaricia y a la doctrina de Qarún. El Corán dice:

ولا يَحْسَبَنَّ الَّذِينَ يَبْخَلُونَ بِمَا أَنَّهُمُ اللَّهُ مِنْ فَضْلِهِ هُوَ خَيْرًا لَّهُمْ بَلْهوَ شَرٌّ لَّهُمْ – – ال عمران : ۱۸۰

«Que quienes son avaros con el favor que Alá les ha concedido no piensen que eso será beneficioso para ellos. Al contrario, en realidad es muy perjudicial para ellos». —Sura Al Imrán, 180

وَالَّذِينَ يَكْذِرُونَ الذَّهَبَ وَالْفِضَّةَ وَلَا يُنْفِقُونَهَا فِي سَبِيلِ اللَّهِفيشر هم بعذاب اليمن – التوبة : ٣٤

«A quienes acumulan oro y plata (dinero) y no lo gastan en el camino de Alá, anúnciales un castigo doloroso». —Sura At-Tawba: 34

Esto asesta un duro golpe a los fundamentos del capitalismo. Acumular el dinero excedente y no invertir la riqueza acumulada en actividades destinadas a producir más riqueza es el principio fundamental del capitalismo. Sin embargo, el islam no aprueba en absoluto acumular y atesorar riquezas que excedan las necesidades.

Tres: instrucción de gastar e invertir

En lugar de acumular la riqueza, el islam ordena gastarla e invertirla. Pero la orden de gastar nunca significa que la persona deba aprovechar esta oportunidad para derrochar dinero en comodidades personales, lujos y placeres, es decir, para satisfacer sus deseos. La orden de gastar está condicionada a que sea «en el camino de Alá». Es decir, todo lo que le sobre a una persona después de cubrir sus propias necesidades deberá gastarlo e invertirlo en el bienestar de la nación y de la comunidad. Pues ese es el camino de Alá.

ويَسْئَلُونَكَ مَاذَا يُنْفِقُونَه قُل العقود – البقرة : ۲۱۹

«Te preguntan qué deben gastar. Di: lo que exceda de sus necesidades (eso es lo que deben gastar)». —Sura Al-Baqara: 219

وبالوالدين إحسانًا وبذي القربى واليتمى والمسكين والجاردي القربى والجَارِ الْجُنُبِ َالصَّاحِبِ بِالْجَنبِ وَابْنِ السَّبِيلِ ، وَمَا مَلَكَتَْيْمَانُكُمْ – – النساء : ٣٦

«Trata bien a tus padres, a los parientes cercanos, a los huérfanos y a los necesitados, al vecino pariente y al vecino no pariente, a quienes están en tu compañía, a los amigos, a los viajeros y a los esclavos y esclavas». —Sura An-Nisá: 36

وَفِي أَمْوَالِهِمْ حَقٌّ لِلسَّائِلِ وَالْمَحْرُومِ . – الذاريات : ١٩

«En sus riquezas hay un derecho para quienes piden y para los necesitados». —Sura Adh-Dhariyat: 19

En este aspecto, la perspectiva del islam es completamente independiente y totalmente diferente de la perspectiva capitalista.

El capitalista considera que, si se gasta la riqueza, la pobreza es inevitable, y que solo acumulándola es posible hacerse rico. Pero el islam declara que gastar trae bendición y aumenta la prosperidad; la riqueza no se agotará ni disminuirá, sino que crecerá cada vez más.

الشيطنُ يَعِدُكُمُ الْفَقْرَ وَيَأْمُرُكُمْ بِالْفَحْشَاءِ وَاللَّهُ يَعِدُكُمْ مَّغْفِرَةً مِّنْهُوفضلاً – – البقرة : ٢٦٨

«Satanás os amenaza con la pobreza y la necesidad, y os incita a actos vergonzosos como la avaricia. Pero Allah os promete perdón y abundancia adicional». —Sura Al-Báqara: 268

El islam considera que lo que se gasta no desaparece; su mejor beneficio vuelve hacia ti.

ومَا تُنْفِقُوا مِنْ خَيْرٍ يوف اليكم وانتم لا تُظْلَمُونَ – البقرة : ۲۷۲

«Todo lo que gastéis en buenas obras os será devuelto por completo, y no se os hará ninguna injusticia».-Sura Al-Baqara: 272

وَانْفَقُوا مِمَّا رَزَقْتُهم سراً وعلانية يُرْجُونَ تِجَارَةً أَنْ تَبُورَ ، لِيُوفِّيهمأجورهم ويزيدهم من فَضْلِهِ – – فاطر : ۲۹-۳۰

«Quienes gastan, pública y secretamente, de la riqueza que les hemos proporcionado, esperando un negocio que nunca puede sufrir pérdidas. Allah les dará plenamente su recompensa a cambio».-Sura Al-Fatir: 29-30

Los capitalistas creen que, acumulando y convirtiendo la riqueza en capital e invirtiéndola en negocios usurarios, obtendrán abundantes ganancias y aumentará la cantidad de sus bienes. El islam afirma que eso no es correcto; en los negocios usurarios, por el contrario, la riqueza disminuye. La manera correcta de aumentar la riqueza es gastarla en buenas obras.

يَمْحَقُ الله الربوا وَيُربي الصدقت – – البقرة : ٢٧٦

«Allah elimina la usura y hace que la caridad crezca».-Sura Al-Baqara: 276

ومَا أَتَيْتُمْ مِنْ رِبًا لِيَرْبُوا فِي أَمْوَالِ النَّاسِ فَلَا يَرْبُوا عِنْدَ اللَّهِ ، وَمَاَتَيْتُمْ مِنْ زَكَاةٍ تُرِيدُونَ وَجْهَ اللَّهِ فَأُولَئِكَ هُمُ الْمُضْعِفُونَ

«Sabed que el interés que dais con la esperanza de que aumenten los bienes de la gente nunca aumenta ante Allah. El crecimiento y la multiplicación solo tienen lugar en los bienes que dais como zakat con el propósito de obtener la satisfacción de Allah». —Sura Ar-Rum: 39

En verdad, esta es una concepción ideológica original del islam, completamente opuesta a la concepción capitalista. Que los bienes aumenten al gastarlos, que el dinero gastado no se destruya, sino que se recupere plenamente junto con ganancias y beneficios adicionales; por el contrario, que los bienes no aumenten mediante las operaciones con interés, sino que se reduzcan; y que, gracias al zakat y a la sadaqa, los bienes aumenten en lugar de disminuir: tal concepción parece, a primera vista, sumamente sorprendente. El oyente llega a pensar que quizá todo esto esté relacionado únicamente con la recompensa de la otra vida. No cabe la menor duda de que también tiene relación con la recompensa de la otra vida. Tampoco cabe duda de que, desde la perspectiva del islam, reside ahí su verdadero valor e importancia; pero, al reflexionar un poco más profundamente, puede comprenderse que esta clase de concepción está asentada sobre bases muy sólidas y firmes también desde el punto de vista económico mundano. La acumulación de bienes y su empleo en operaciones con interés provoca que estos se concentren gradualmente en manos de unos pocos individuos y que el poder adquisitivo (Purchasing Power) de la mayoría de los habitantes disminuya progresivamente; que aparezca una depresión en los sectores industrial, comercial y agrícola; que la vida económica de la nación se encamine hacia la ruina; y, finalmente, que el capitalismo se vea privado de la oportunidad de invertir sus propios bienes acumulados en actividades productivas. [Nota: Aquí se hace referencia a un hadiz; dijo el Noble Profeta.

ان الربا وان كثير فان عاقبته تصير إلى اقل

«Por mucho que sea el interés, al final está destinado a disminuir». —Ibn Mayah, Al-Bayhaqi, Ahmad]

El resultado del sistema económico islámico es el contrario. En este sistema, el resultado de gastar los bienes y dar zakat y sadaqa es que, gracias a ello, esos bienes se distribuyen y se extienden hasta alcanzar a cada individuo de la nación, y cada persona puede obtener un poder adquisitivo suficiente. Aumenta la producción industrial, los campos y las granjas se vuelven fértiles y frondosos, y el comercio alcanza un desarrollo extraordinario. En esta sociedad, aunque alguien no llegue a ser millonario, eso no supone ningún perjuicio; pues todos serán acomodados y vivirán holgadamente, con una vida tranquila y feliz. Para comprender la veracidad de esta concepción económica, de tan buenos resultados, puede observarse la situación económica actual bajo el sistema capitalista, pues allí el equilibrio de la distribución de la riqueza se ha destruido únicamente a causa del sistema del interés. La depresión de la industria y del comercio ha llevado la vida económica de la población al borde de la ruina. Por otro lado, obsérvese la situación de la sociedad islámica en sus primeros tiempos. Cuando el sistema económico islámico quedó plenamente establecido allí, en apenas unos pocos años la prosperidad económica de la población alcanzó un nivel sumamente elevado. La gente comenzó a buscar personas aptas para recibir el zakat. Sin embargo, apenas se encontraba a alguien que no fuera apto para dar zakat y sí apto para recibirlo. Al comparar estos dos estados opuestos, puede comprenderse claramente cómo Allah «destruye el interés y hace crecer y desarrollarse el zakat y la sadaqa».

La actitud que el islam crea entre la gente es completamente opuesta a la mentalidad capitalista. Un capitalista ni siquiera puede concebir la idea de entregar su propio dinero a otra persona sin interés. A cambio de conceder un préstamo, no solo cobra intereses, sino que tampoco vacila en embargar incluso las prendas de vestir y los bienes del prestatario para recuperar el capital y los intereses. Pero la enseñanza del islam es completamente opuesta. El islam enseña a la persona que no solo debe prestar al necesitado y al que se encuentra en apuros, sino que, si realmente atraviesa una situación de estrechez, no debe mostrar la menor dureza al exigirle la devolución del préstamo. Incluso, si no tiene capacidad alguna para devolverlo, debe perdonárselo.

وَإِنْ كَانَ نُو عُسرة فنظرة إلى ميسرة ، وَأَنْ تَصَدِّقُوا خَيْرٌ لَّكُمْ إِنْ كُنتُمْ تَعْلَمُونَ – البقرة : ٢٨٠

«Si el deudor se encuentra en una situación de estrechez, concededle un plazo hasta que mejore su situación. Y si se lo perdonáis, eso será mucho mejor para vosotros. Si tuvierais conocimiento, comprenderíais el beneficio de ello». —Sura Al-Baqara: 280

En la sociedad capitalista existe un sistema de ayuda mutua; pero su método consiste en que primero hay que convertirse en miembro de una cooperativa aportando dinero personalmente. Después, cuando sea necesario, esta organización prestará dinero a uno de sus miembros a una tasa inferior a la tasa de interés vigente. Si alguien no dispone de dinero propio, no puede recibir ninguna ayuda de este tipo de cooperativa. El concepto islámico de «ayuda mutua» es completamente opuesto. Las personas capaces y acomodadas no solo deben prestar, en momentos de necesidad, a quienes tienen menos recursos que ellas, sino que también deben ayudarles, por la causa de Alá, a devolver el préstamo. Por eso, entre los destinos específicos del zakat se encuentra uno llamado «al-gárimín»: pagar las deudas de los endeudados.

Incluso cuando el capitalista gasta dinero en alguna buena obra, detrás de ello suele esconderse como objetivo predominante la ostentación y el deseo de obtener fama y buena reputación. Pues, para la persona de visión estrecha, resulta indispensable y sumamente importante obtener, a cambio de gastar dinero, al menos fama, buena reputación, popularidad, influencia y prestigio. Pero el islam ha ordenado que no debe existir ninguna actitud ostentosa al gastar dinero. Ya sea que gastes algo en público o en secreto, no debe ser tu objetivo obtener inmediatamente, de una forma u otra, algún beneficio a cambio. Más bien, debéis fijar vuestra mirada en el resultado de las obras. Hasta donde alcance vuestra mirada, desde este mundo hasta el Más Allá, veréis que vuestro gasto se adorna con flores y frutos y continúa produciendo «beneficio» tras beneficio. En verdad: «El ejemplo de quien gasta sus bienes únicamente para ostentación es el de un terreno pedregoso sobre el que ha caído tierra y en el que se han sembrado semillas. Pero llega una corriente de agua y arrastra toda la capa de tierra. En cambio, el ejemplo de quien gasta sus bienes buscando la complacencia de Alá y manteniendo pura su intención es el de un jardín establecido en una tierra excelente y fértil. Cuando cae la lluvia, produce el doble de frutos; y, aunque no caiga lluvia, una ligera llovizna le basta».

إِنْ تُبْدُوا الصَّدَقْتِ فَنِعِمَّا هِيَ ، وَإِنْ تُخْفُوهَا وَتُؤْتُوهَا الْفُقَرَاء فَهُوَخَيْرٌ لَّكُمْ – – البقرة : ٢٧١

«Si dais limosna públicamente, también está bien; pero si lo hacéis en secreto y la hacéis llegar a los pobres, será mejor para vosotros».-Sura al-Baqara: 271

Incluso cuando el capitalista realiza alguna buena obra, lo hace de muy mala gana e intenta librarse de ella dando sus bienes de peor calidad. Y a aquel a quien da algo, le arrebata la mitad de su alma mediante el ejercicio de su lengua amarga. El islam no aprueba esto en absoluto. El islam ordena a las personas gastar por Alá bienes buenos y de la mejor calidad, y les prohíbe, después de dar algo a alguien, recordarle su propio favor. Incluso es completamente inapropiado desear interiormente que alguien, tras beneficiarse de tu donación, manifieste ante ti su agradecimiento por haber recibido tu favor.

انْفِقُوا مِنْ طَيِّبَتِ مَا كَسَبْتُمْ وَمِمَّا أَخْرَجْنَا لَكُمْ مِّنَ الْأَرْضِ مَن وَلَا تَيَمَّمُواالخبيث مِنْهُ تُنْفِقُونَ – البقرة : ٢٦٧

«Gastad en el camino de Alá lo mejor de cuanto habéis ganado y de cuanto hemos hecho surgir para vosotros de la tierra. No elijáis deliberadamente lo peor para gastarlo».-Sura al-Baqara: 267

لا تُبْطِلُوا صَدَقَتِكُمْ بِالْمَنِّ وَالأذى ٧ – البقرة : ٢٦٤

«No malogréis ni hagáis inútiles vuestras dádivas y limosnas recordando el favor concedido y causando sufrimiento a quien las recibe.» —Sura Al-Baqara: 264

يُطْعِمُونَ الطَّعَامَ عَلَى حُبِّهِ مِسْكِينًا وَيَتِيمًا وَأَسِيرَانِ إِنَّمَا نُطْعِمُكُمْ لوَجْهِ اللَّهِ لَا نُرِيدُ مِنْكُمْ جَزَاءً وَلَا شُكُورًا – الدهر : ۸-۹

«Dan de comer al miskín, al huérfano y al cautivo por amor a Allah. Y les dicen: “Os damos de comer únicamente por complacer a Allah. No esperamos de vosotros ninguna recompensa, retribución ni agradecimiento”.» —Sura Ad-Dahr: 8-9

Dejando de lado la diferencia que existe entre estas dos clases de mentalidad desde el punto de vista puramente moral, puede examinarse, desde una perspectiva exclusivamente económica, cuál de estas concepciones de la ganancia y la pérdida es más firme y de mayor alcance, y cuál resulta más sólida y exacta en cuanto a sus consecuencias. Además, si la concepción del islam respecto de la ganancia y la pérdida, y del perjuicio y el beneficio, es la que se ha expuesto anteriormente, ¿cómo puede el islam tolerar de algún modo las transacciones usurarias? ¿Cómo podría ser esto posible?

Cuatro: el zakat

Como he dicho antes, el objetivo del islam es impedir que la riqueza se concentre y acumule en cualquier ámbito. La directriz del islam es que quienes, gracias a una capacidad relativamente mayor o a la buena fortuna, han podido obtener una riqueza superior a sus necesidades, no deben atesorarla para sí mismos. Por el contrario, tienen el deber de gastarla. Deben emplearla en campos y sectores mediante los cuales, gracias a la circulación de la riqueza, las personas menos afortunadas de la sociedad puedan obtener una cantidad suficiente de bienes. Con este fin, el islam quiere crear, por un lado, un sincero espíritu de generosidad y de verdadera ayuda mutua, aplicando los medios eficaces de la enseñanza moral, el estímulo y la advertencia. Así, las personas, como resultado de sus inclinaciones naturales, detestarán de corazón acumular y guardar riquezas, y se sentirán más inclinadas y deseosas de gastarlas. Por otro lado, el islam también ha establecido ciertas leyes y normas, cuyo objetivo fundamental es que, aun a quienes, pese a esta extraordinaria enseñanza y exhortación a la generosidad, por la influencia de su carácter desviado se hayan acostumbrado en mayor medida a apropiarse de los bienes y acumular riquezas, o a quienes hayan llegado a acumular riqueza de una u otra forma, se les extraiga necesariamente al menos una parte determinada de sus bienes para gastarla en beneficio de la población. Y esto es precisamente el zakat. En el sistema económico del islam, el zakat es tan importante que se lo considera uno de los pilares del islam. Después de la salat, es precisamente sobre él sobre el que se ha puesto el mayor énfasis. Se ha declarado con toda claridad que la riqueza de quien acumula y reúne bienes no puede ser lícita de ningún modo si no paga debidamente el zakat correspondiente.

خُذْ مِنْ أَمْوَالِهِمْ صدقة تطهر هم وتزكيهم بها – التوبة : ١٠٣

«Cobra el zakat de sus bienes y, mediante él, purifícalos y hazlos lícitos.» —Sura At-Tawba: 103

La propia palabra zakat demuestra que, si el propietario no gasta cada año en el camino de Alá al menos el dos y medio por ciento de los bienes acumulados que posee el rico, estos nunca pueden ser lícitos para él.

¿Qué significa la expresión «en el camino de Alá»? Alá está por encima de toda necesidad y es autosuficiente. Ningún bien llega hasta Él ni necesita de Él lo más mínimo. Su camino consiste en que el rico, mediante el gasto de sus propios recursos, procure hacer solventes a los pobres y necesitados, y gaste e invierta en el desarrollo de obras benéficas cuyo beneficio pueda alcanzar por igual a toda la nación.

انما الصدقات للفقراء والمسكين والعملينَ عَلَيْهَا وَالْمُؤَلَّفَةِ قُلُوبُهُمْوفِي الرِّقَابِ وَالْغَارِمِينَ وَفِي سَبِيلِ الله وابن السبيل – التوبة : ٦٠

«La sadaqa y el zakat son principalmente para los pobres y necesitados; para los empleados encargados de recaudar la sadaqa y el zakat; para aquellos cuyos corazones se pretende atraer; para liberar a las personas del cautiverio; para los endeudados; para gastar en el camino de Alá; y para los viajeros necesitados y afligidos».

En realidad, esta es la institución cooperativa de ayuda mutua de los musulmanes. Y esta es su «seguro de vida». También cumple para ellos la función de un fondo de previsión. Es asimismo el fondo de ayuda acumulado para sus desempleados y quienes carecen de ingresos. Es el medio para mantener a sus incapacitados, lisiados, tullidos, enfermos, huérfanos y viudas. Sobre todo, el zakat es un sistema que libera por completo al musulmán de la preocupación por el futuro. Su sencilla regla es esta: vosotros que ahora sois ricos, ayudad a los demás. Si en el futuro también llegáis a ser pobres, los demás os ayudarán. Nadie necesita preocuparse ni cargar con angustia pensando qué ocurrirá si se vuelve pobre, qué será de su esposa e hijos cuando muera, qué sucederá si sobreviene alguna calamidad repentina, si enferma, si su casa arde por completo, si una inundación se lo lleva todo o si queda arruinado; cómo podrá afrontar estas graves dificultades; qué ocurrirá si se queda sin provisiones en un país extranjero y cómo podrá ganarse la vida. Pues solo el zakat puede librar al ser humano de todas estas preocupaciones y proporcionarle tranquilidad. Lo único que debe hacer la gente es donar el dos y medio por ciento de sus bienes acumulados y asegurarse para sí en la compañía de seguros de vida de Alá. Porque ahora podéis arreglaros aunque no dispongáis de ese dinero. Ahora se gastará en beneficio de otras personas necesitadas. Y si en el futuro vosotros mismos llegáis a necesitarlo, o vuestros hijos y descendientes caen en una necesidad extrema, no solo se os devolverán los bienes que disteis, sino mucho más que eso.

Aquí se vuelve a poner de manifiesto la oposición y disparidad generales entre las normas y los métodos de actuación del capitalismo y del islam. El objetivo del capitalismo es reunir y acumular riquezas, y aceptar intereses para aumentarlas aún más, de modo que las riquezas existentes, dispersas entre esas personas, se concentren y acumulen en un solo lugar.

El objetivo del islam se orienta completamente en sentido contrario. El objetivo del islam es, en primer lugar, que la riqueza no se concentre ni se capitalice en un solo centro. Pero si llegara a concentrarse, debe hacer fluir desde su lago el manantial del zakat, para que puedan regarse los campos secos y áridos de los alrededores y toda la tierra circundante pueda quedar cubierta de cultivos verdes y colmada de flores y frutos. En la sociedad capitalista, el intercambio de riquezas está bloqueado y su ámbito es limitado; en cambio, en el islam es libre, abierto y sin restricciones. Para tomar agua del estanque de las riquezas de la sociedad capitalista, hay que tener allí previamente «agua» propia. De lo contrario, nadie puede obtener de allí ni una sola gota; pero las normas del centro de distribución del agua en el islam son completamente opuestas. Allí, quien tenga agua sobrante debe verterla en el estanque. Y quien la necesite la tomará de allí. Es evidente que estos dos sistemas y métodos son opuestos entre sí por su esencia y naturaleza, y que estas dos cosas jamás pueden reunirse en un mismo sistema económico.

Cinco: La ley de herencia

Con el propósito de dispersar y distribuir la riqueza que se haya acumulado en algún lugar, incluso después de satisfacer las necesidades propias, gastar en la senda de Allah y pagar el zakat, el islam ha adoptado un método especial. Ese método especial es la «ley sucesoria». El objetivo de esta ley es dividir y distribuir entre los parientes cercanos y lejanos, conforme a sus categorías, los bienes dejados en herencia, sean pocos o muchos. Aunque alguien no tenga herederos o no se encuentre a ningún heredero, no se le concederá el derecho de mantener concentrada la propiedad dejando un hijo adoptivo; sus bienes serán ingresados en el Bayt al-Mal de los musulmanes, para que toda la comunidad pueda beneficiarse de ellos. En ningún otro sistema económico existe una ley de distribución de la herencia como la que existe en el islam. El objetivo de los demás sistemas económicos vigentes en el mundo suele limitarse a una sola persona o a varias personas [Nota: ese es también el objetivo de la Ley de Primogenitura (Law of Primogeniture) y del Sistema de Familia Conjunta (Joint Family System)]. Pero al islam no le agrada mantener la riqueza concentrada y acumulada. Su objetivo es dispersarla, distribuirla entre muchas personas y facilitar así la circulación de la riqueza.

Seis: distribución del botín o de los bienes conquistados

El objetivo del islam también se aplica plenamente a la distribución del botín y de los bienes y propiedades conquistados. Se ha establecido que la riqueza obtenida por los soldados en las guerras islámicas se dividirá en cinco partes. Cuatro de ellas se distribuirán entre los soldados, y una se depositará en el Bayt al-Mal para gastarla en obras de bienestar general de la comunidad.

وَاعْلَمُوا أَنَّمَا غَنِمْتُمْ مِّنْ شَيْءٍ فَإِنَّ لِلَّهِ خُمُسَهُ وَلِرَّسُولِ وَلِذِي الْقُرْبي واليتمى والمسكين وابن السبيل – – الانفال : ٤١

«Sabed que una quinta parte del botín que hayáis obtenido está destinada a Allah, a Su Mensajero, a los parientes cercanos, a los huérfanos, a los necesitados y a los viajeros desamparados». —Sura al-Anfal: 41

La parte de Allah y de Su Mensajero (s.) se entiende como la parte destinada a fines sociales y al bienestar general. Esta se confía, conforme a las disposiciones de Allah y de Su Mensajero (s.), a la autoridad islámica.

La razón especial para reservar una parte del botín a los parientes cercanos del Mensajero (s.) es que no se les asignó ninguna parte del zakat.
Además, dentro de esta quinta parte se han reservado específicamente partes para otras tres categorías:

a. Los niños huérfanos de la comunidad: con ella se organizará su educación y formación. Se gastará en hacerlos aptos para participar en el esfuerzo y la lucha por la vida.

b. En esta categoría se incluyen toda clase de personas: los miskin, las viudas, los lisiados, los incapacitados, los enfermos y los necesitados.

c. Los viajeros y los extranjeros. Mediante sus enseñanzas morales, el islam crea entre la gente una disposición especial para honrar a los huéspedes. Además, se ha reconocido el derecho de los viajeros y caminantes a la zakat, la sadaqa y los bienes de la ganima obtenidos en la guerra. En realidad, esta es una institución de gran importancia en el islam. Gracias a ella, en los países musulmanes se facilita el desplazamiento de las personas con fines comerciales, turísticos, educativos y de estudio, así como para visitar monumentos históricos y vestigios del pasado.

Se ha establecido una ley especial para que todas las tierras y bienes que, como consecuencia de la guerra, queden bajo el control del Estado islámico permanezcan bajo la propiedad exclusiva del Estado.

ما أَفَاءَ اللَّهُ عَلَى رَسُولِهِ مِنْ أَهْلِ الْقُرَى فَلِلَّهِ وَلِرَّسُولِ وَلِذِي الْقُرْبي واليتمى والمسكين وابن السبيل ( كى لا يَكُونَ دُولَةً بَيْنَ أَغْنِيَاء مِنْكُمْ . الفُقَرَاءِ الْمُهَاجِرِينَ الَّذِينَ أُخْرِجُوا مِنْ دِيَارِهِمْ … وَالَّذِينَ تَبَوَّهُ الدَّارَ والإِيمَانَ مِنْ قَبْلِهِمْ …. وَالَّذِينَ جَاءُوا مِنْ بَعْدِهِمْ – الحشر : ٧-١٠

«Los bienes que Allah ha concedido a Su Mensajero como fay, procedentes de los habitantes de las poblaciones, están reservados para Allah, Su Mensajero, los parientes cercanos del Mensajero, los huérfanos, los miskin y los viajeros. ………. El propósito es que estos bienes no circulen únicamente entre los ricos de entre vosotros. ……… También hay en ellos una parte para los emigrantes necesitados que fueron expulsados de sus hogares y despojados de sus bienes. ……. También hay en ellos una parte para quienes habían abrazado la fe en Medina antes de la llegada de los emigrantes. Y también hay una parte para las generaciones futuras que vendrán después.» —Sura Al-Hashr: 7-10

En la aleya anterior se ha descrito claramente el ámbito de gasto de los bienes obtenidos como fay. No solo eso: también se ha expresado con claridad el objetivo que el islam ha establecido no únicamente para la distribución de los bienes del fay, sino para todo el sistema económico. Y ese objetivo es:

كي لا يَكُونَ دُولَةً بَيْنَ الْأَغْنِيَاء مِنْكُمْ.

«Para que todos los bienes no queden limitados exclusivamente a los ricos de entre vosotros.» —Sura Al-Hashr: 7

Aunque esto se ha expresado en el Sagrado Corán en una frase muy breve, aun así constituye la piedra angular del palacio del sistema económico islámico.

Siete: La instrucción de adoptar un principio de moderación

Por un lado, el islam ha establecido mecanismos para hacer circular la riqueza entre los miembros de la nación y convertir a los pobres en partícipes de la prosperidad de los ricos (anteriormente se presentó una explicación detallada al respecto); por otro lado, ha ordenado a cada persona adoptar la moderación y la frugalidad en sus gastos. El propósito es que, al observar la frugalidad y la moderación en el gasto, las personas no alteren el equilibrio de la distribución de la riqueza mediante la estrechez de miras, el exceso, la avaricia o el despilfarro en el uso de sus recursos económicos. La enseñanza general del Sagrado Corán sobre este asunto se expone en el siguiente versículo:

ولا تجعل يدك مغلولة الى عنقك ولا تبسطها كُلَّ الْبَسْطِ فَتَقْعُدَملوما محسورا – بنى اسرائي : ٢٩

«No mantengas tu mano encadenada a tu cuello (como si nunca fueras a soltarla); pero tampoco la extiendas por completo. Si lo haces, terminarás sentado, arrepentido y desalentado». —Sura Bani Isra’il: 29

وَالَّذِينَ إِذَا أَنْفَقُوا لَمْ يُسْرِفُوا وَلَمْ يَقْتُرُوا وَكَانَ بين ذلك قومًا .

«Los buenos siervos de Alá son aquellos que, al gastar su dinero, ni derrochan ni gastan inútilmente, ni practican ninguna forma de avaricia. Más bien, se mantienen firmes en un punto intermedio entre ambos extremos». —Sura Al-Furqan: 67

El propósito de esta enseñanza coránica es que cada persona gaste dentro de los límites de sus medios y ganancias: que nunca los sobrepase ni gaste más de lo que gana. De lo contrario, podría verse finalmente obligada, a causa de sus gastos innecesarios, a tender la mano ante la puerta de otros; arrebatar el sustento y el medio de vida ajenos, y pedir préstamos a la gente sin una necesidad real. O bien podría pedir dinero prestado a otros y no devolverlo, o endeudarse hasta tal punto que, para saldar sus deudas, gastara todos sus recursos económicos y, como consecuencia de sus propias acciones, terminara incluyéndose entre los pobres y necesitados. No cabe duda de que esta sería una situación sumamente dolorosa.

Por otro lado, tampoco se debe ser extremadamente avaro. Es totalmente impropio no gastar ni siquiera cuanto permiten los medios económicos de una persona. Además, gastar dentro de los límites de los propios ingresos no significa que, si se logra obtener buenos ingresos, se deba gastar todo lo ganado en la propia comodidad, lujo y ostentación. Pues los parientes cercanos, amigos y vecinos vivirían en extrema aflicción, mientras uno se entregaría a semejante lujo y derroche; un gasto tan egoísta también se considera, desde la perspectiva del islam, un derroche extremo.

وات ذا القربي حقه والمسكين وابن السبِيلِ وَلا تُبَذِّرْ تَبْنيران انالمُبَذِّرِينَ كَانُوا إِخْوَانَ الشَّيطين ، وَكَانَ الشَّيْطَنُ لِرَبِّهِ كَفُورًا.

«Da a tu pariente cercano lo que le corresponde, y también al necesitado y al viajero. No derroches. En verdad, los derrochadores son hermanos de Satanás, y Satanás es desobediente e ingrato con su Señor». —Sura Bani Isra’il: 26-27

El islam no se limitó a impartir enseñanzas morales en este asunto ni consideró suficiente con decir solamente esto. También promulgó las leyes necesarias para impedir las formas y manifestaciones más abominables de la avaricia y el derroche, y trató de eliminar todas las normas y costumbres que alteran el equilibrio en la distribución de la riqueza. El islam declaró ilícito el juego. Prohibió completamente el consumo de alcohol, los juegos y diversiones, los gastos en entretenimiento y muchas otras malas costumbres propias del exceso, pues su consecuencia inevitable es el desperdicio del tiempo y de los recursos. El islam no permite que la atracción natural por la música llegue a un punto en el que, además de originar múltiples defectos morales y espirituales, se convierta en causa de desorden en la vida económica. También regula el gusto por la belleza y el adorno dentro de límites determinados. Las normas transmitidas del Noble Profeta sobre los vestidos de gran valor, las joyas engastadas con diamantes y piedras preciosas, los recipientes de oro y plata, las imágenes y las estatuas contienen una gran utilidad y una profunda razón de ser. Un principio muy importante y beneficioso a este respecto es que gastar únicamente en el propio cuerpo y en la decoración del hogar una riqueza que podría emplearse para satisfacer las necesidades más elementales de innumerables hermanos pobres y proporcionarles los bienes y artículos indispensables para su vida no es, en realidad, señal de buen gusto. Más bien demuestra una extrema crueldad y un egoísmo abominable. En suma, tanto mediante la educación moral como mediante las disposiciones penales, el islam impulsa al ser humano a llevar una vida sencilla y sobria. La vida sencilla y sobria a la que el islam exhorta no puede ampliar tanto las necesidades y el campo de satisfacción de los deseos que una persona resulte incapaz de vivir con sus ingresos a un nivel moderado y se vea obligada a salir de sus límites naturales para participar en el sustento y los medios de subsistencia de otras personas. Del mismo modo, aunque alguien pueda obtener ingresos superiores al nivel moderado, tampoco puede darse una situación en la que deba gastar toda su riqueza exclusivamente en sí mismo y no pueda destinar nada de ella a quienes perciben ingresos inferiores a ese nivel.

La solución islámica a los problemas económicos modernos

Al tratar la «enseñanza de la historia», mencionamos ciertos problemas económicos; en la etapa actual expondremos cómo pueden resolverse sobre la base de los principios fundamentales presentados por el islam. En este contexto, consideramos necesario recordar primero algunas verdades fundamentales.

Algunas verdades fundamentales

Para comprender correctamente la organización de la sociedad islámica, es necesario saber ante todo que, desde la perspectiva islámica, la verdadera importancia corresponde al individuo, no a la sociedad, la nación o la colectividad. En realidad, la nación o la colectividad existe para el individuo, y no el individuo para la nación o la colectividad. Ante Allah, una sociedad, nación o colectividad no estará obligada a rendir cuentas como un todo; cada individuo, como entidad personal independiente y con toda su dignidad distintiva, será responsable y estará obligado a rendir cuentas. Sobre esta responsabilidad y rendición de cuentas individuales se funda todo el valor y la dignidad moral del ser humano. El objetivo principal de la vida social no es únicamente el bienestar colectivo; en realidad, lo que se busca es el bienestar del individuo independiente. El verdadero criterio para determinar si un sistema social es bueno o malo, beneficioso o destructivo, consiste en responder hasta qué punto favorece y ayuda, o bien obstaculiza, el perfeccionamiento y desarrollo de la individualidad de las personas y la manifestación de sus capacidades y aptitudes personales. Por esta razón, el islam no puede aceptar como legítima ninguna forma de organización social ni ninguna administración establecida en nombre del bienestar colectivo si obliga a las personas a perder su individualidad y a que grandes masas queden sometidas, como partes de una máquina, en manos de un reducido grupo de gobernantes.

Sin la libertad absoluta de pensamiento y acción, la individualidad de la persona no puede desarrollarse correctamente, ni es posible la adecuada manifestación de su personalidad. Para este fin no basta con la libertad de expresar opiniones, escribir y pronunciar discursos, esforzarse y organizar reuniones y conferencias; la libertad de ganarse el sustento es igualmente necesaria. Esta es una verdad tan natural y evidente por sí misma que no hace falta una larga disertación para demostrarla. Para sentir y comprender su necesidad e indispensabilidad basta el sentido común. Incluso un hombre cualquiera sabe perfectamente que quien no tiene libertad para vivir y ganarse el sustento no puede tener ninguna clase de libertad: no puede tener libertad para expresar sus opiniones, hablar, escribir ni esforzarse y trabajar. Por tanto, la única sociedad beneficiosa para la humanidad puede ser aquella en la que un siervo de Allah sea capaz de obtener, mediante sus propios esfuerzos, el alimento de dos comidas diarias sin tener que venderse. En la época de la revolución industrial, esta posibilidad es muy reducida: la industria pesada, las empresas comerciales y la agricultura a gran escala han estrechado tanto la vida de los artesanos, trabajadores cualificados, pequeños comerciantes y agricultores independientes que estos no pueden mantener con éxito sus negocios y profesiones independientes frente a la competencia de los grandes. A pesar de ello, en una sociedad donde se reconoce el principio de la propiedad privada, las personas acomodadas y capaces de trabajar pueden tener la oportunidad de establecer su propia industria, negocio o explotación agrícola independiente. Por otra parte, incluso para los trabajadores sin recursos queda necesariamente al menos este margen: si alguien no desea trabajar como empleado o jornalero en una institución determinada, puede acudir a cualquier otra puerta. Pero allí donde todos o la mayoría de los medios de producción pasan a ser propiedad nacional, o donde, aun existiendo la propiedad privada, todas las actividades económicas se someten al control absoluto del Estado mediante métodos nazis o fascistas y se dirigen sobre la base de una planificación total y omnímoda, en una sociedad así la libertad económica personal del pueblo no puede conservarse de ningún modo. Y, una vez que esta desaparece, la libertad mental, social y política está igualmente destinada a ser completamente aniquilada. Por ello, un sistema de vida que ama la individualidad humana y concede una importancia deliberada al desarrollo y perfeccionamiento de la personalidad humana no puede sino pisotear toda política, ideal y doctrina de bienestar social concebida para nacionalizar las tierras, las fábricas y los negocios, o para dirigir el conjunto de la economía conforme a una administración central sometida al dominio absoluto del Estado.

En este asunto, el Islam ha adoptado exactamente esa postura. Esta no es la única razón del conflicto entre el Islam y el comunismo. Los comunistas recurren a la fuerza y a una opresión y persecución inhumanas para arrebatar los medios de producción a la propiedad privada y convertirlos en propiedad nacional. Pero incluso si, para llevar a cabo este plan, no se adoptara el método de saqueo basado en la injusticia y la opresión, y en su lugar se adoptara la política del socialismo evolutivo, convirtiendo gradualmente por medio de la ley las tierras y las empresas industriales y comerciales en propiedad nacional, la naturaleza del Islam tampoco podría aceptarlo de ningún modo. Esto se debe a que una política social de este tipo es, por su propia naturaleza, perjudicial y destructiva para la humanidad. La regimentación y los métodos de planificación nazis y fascistas también son completamente contrarios a la naturaleza del Islam. Pues, cualesquiera que sean los intereses generales de estos ideales y doctrinas, son manifiestamente contrarios al crecimiento progresivo y al logro de la plenitud de la personalidad humana.

Hay otro aspecto que debe considerarse. La base de la mentalidad y la perspectiva moral que el Islam quiere crear en las personas es el temor de Allah y un intenso sentido de la propia responsabilidad ante la rendición de cuentas frente a Allah. Si se confiara a personas o a una sociedad dotadas de estas dos cualidades la responsabilidad de dirigir los asuntos generales y nacionales, no estarían dispuestas a establecer y administrar un sistema en el que, además de asumir su responsabilidad personal, cargaran sobre sus propios hombros con la responsabilidad individual de millones de personas. El Noble Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo precisamente esto durante una hambruna en Medina. Se le había pedido que, puesto que los precios estaban aumentando rápidamente, fijara personalmente los precios de las mercancías. El Noble Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se negó expresamente a hacerlo. Al explicar su incapacidad al respecto, dijo:

إِنِّي أُرِيدُ أَنَّ الْقَى اللَّهَ وَلَيْسَ لِأَحَدٍ عِنْدِي مَظْلَمَةٌ يَطْلُبْنِي بِهَا .

«Quiero encontrarme con Allah en una situación en la que no haya contra mí ni la más mínima acusación de haber cometido una injusticia contra alguien, ni se me reclame nada por ello».

(Nota: Esto no significa que el Noble Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fuera partidario de permitir sin límites que continuara el encarecimiento de los precios, ni que no prestara ninguna atención a prevenirlo y remediarlo. En realidad, aquello que se negó a hacer fue desbaratar el complejo sistema de precios mediante una intervención artificial del Gobierno. En lugar de adoptar ese método, dedicó sus energías a la reforma moral de los comerciantes. Mediante una predicación y una enseñanza constantes e ininterrumpidas, inculcó en ellos la idea de que aumentar deliberadamente los precios en exceso es un pecado enorme. Su predicación y enseñanza no fueron en vano: se observaron excelentes resultados. En poco tiempo, los precios de todas las mercancías comenzaron a descender hasta niveles normales.)

Además, el Islam quiere mantener al ser humano, en todos los asuntos, lo más cerca posible de su estado natural. El Islam no aprueba en absoluto la artificialidad en ningún aspecto de la vida. En realidad, en el ámbito de la economía humana, el estado natural solo puede ser aquel en el que las personas se apropien de los medios y recursos de subsistencia que Allah ha creado sobre la faz de esta tierra, los utilicen y consuman individual o colectivamente, y obtengan beneficio de ellos. Deben continuar intercambiando libremente las mercancías, el trabajo y las actividades laborales. Desde tiempos inmemoriales, el sustento humano se ha organizado exactamente de este modo. Mientras vive dentro de la sociedad, una persona solo puede ser libre respecto de su sustento y estable y autosuficiente en su vida mediante un sistema natural de esta clase. Las innumerables doctrinas, grandes y pequeñas, elaboradas por personas inexpertas o de experiencia incompleta presentan alguna sociedad y sistema económico artificiales, y conforme a estos sistemas el ser humano no tiene la oportunidad de vivir como una entidad dotada de alma propia, personalidad consciente e importancia orientada a un propósito. Allí se ve obligado a permanecer como una parte inerte de una máquina social.

El islam tampoco apoya una política revolucionaria, al igual que los métodos artificiales. Muchos de los medios mediante los cuales los árabes se ganaban el sustento en la época de la ignorancia fueron posteriormente declarados por el islam ilícitos y sumamente detestables. Sin embargo, el islam no planteó ninguna cuestión respecto a los bienes y riquezas que ya habían pasado a estar en posesión de la gente, ni proclamó ninguna disposición para confiscar las riquezas obtenidas anteriormente por medios ilícitos. Ni siquiera consideró necesario interrogar a los usureros, las prostitutas o los ladrones y bandidos acerca de sus hazañas y actividades pasadas. La ley civil islámica reconoció el derecho de propiedad de cada cual sobre lo que poseía. No obstante, cerró para el futuro todos los medios de obtener ganancias ilícitas y, mediante la ley islámica de herencia, distribuyó gradualmente las propiedades anteriores, dividiéndolas en porciones cada vez más pequeñas.

Diagnóstico de la enfermedad

Después de comprender las teorías expuestas anteriormente, hay que recordar una vez más las discusiones iniciales de la obra. Al comienzo de este libro dijimos que, aunque en la era de la Revolución Industrial el sistema social capitalista, que se había desarrollado desde tiempos inmemoriales, se había establecido sobre determinadas prácticas económicas, desde el principio estuvieron presentes cuatro causas fundamentales de su grave crisis, y estas terminaron provocando una reacción severa. Esas cuatro causas son:

Primero: los fundadores y dirigentes de este sistema mostraron un exceso extremo respecto a aquellos principios eternos, aunque tal exceso no era en absoluto apropiado para otra era industrial.

Segundo: añadieron varios principios erróneos a aquellas normas naturales eternas.

Tercero: ignoraron varios principios fundamentales del sistema económico conforme a la naturaleza, aunque eran tan sumamente importantes como los siete principios fundamentales de la sociedad capitalista.

Después, en estos capítulos hemos explicado detalladamente que los esfuerzos realizados, por una parte, por el socialismo, el comunismo, el fascismo y el nazismo, y, por otra, para tratar los defectos, desviaciones y enfermedades creados por el sistema capitalista, fracasaron todos únicamente porque ninguno de ellos pudo identificar la causa real y fundamental de la enfermedad. Un grupo llegó a considerar las prácticas utilizadas desde la antigüedad como la verdadera causa de la enfermedad y, al eliminarlas, acabó también con la individualidad personal. El otro grupo concentró toda su atención únicamente en refutar las acusaciones y permitió que las causas fundamentales de los defectos y las calamidades siguieran existiendo como antes. En el sistema social establecido por este último, la libertad individual permaneció, pero en la práctica llegó a ser, desde el punto de vista del interés colectivo, exactamente tan perjudicial como había sido grave en la etapa sombría del capitalismo.

Si se reflexiona un poco sobre este método de diagnóstico de la enfermedad, hay que admitir fácilmente que, para la verdadera humanidad, se necesita un sistema económico científico, armonioso y equilibrado que,

Primero: mantendrá los principios naturales de la economía —pues son indispensables para la libertad individual—, pero, en lugar de permitir excesos en su aplicación, regulará la libertad de esfuerzo y actividad de los individuos de tal modo que estos no sean enemigos del interés y el bienestar sociales y colectivos. No solo eso, sino que, en la práctica, se convertirán en sus servidores.

Segundo: mantendrá fuera de todo el sistema económico toda clase de mezcla de principios erróneos con los principios naturales mencionados.

Tercero: junto con esos principios, hará efectivos los demás principios fundamentales de un sistema económico conforme a la naturaleza.

Cuarto: no permitirá que los individuos se opongan a esos principios naturales ni que continúen negando sus verdaderas exigencias.

La solución del islam

El islam ha adoptado precisamente este camino. El islam transforma la «economía sin restricciones» en una «economía libre» y la sujeta dentro de ciertas normas, prohibiciones y límites, del mismo modo que restringe la libertad humana en todos los demás ámbitos de la sociedad y la civilización. Al mismo tiempo, cierra por completo todos los caminos que puedan producir en la economía libre los efectos especiales y las consecuencias perjudiciales de la economía capitalista destructiva. A continuación intentaremos exponer, con el mayor detalle posible, qué tipo de sistema económico se construye sobre la base de los principios del islam.

1. La propiedad de la tierra

En el islam, la propiedad privada de la tierra ha sido reconocida y respaldada, al igual que la de las demás cosas. La tierra puede pasar a ser propiedad de una persona, como cualquier otra cosa, mediante todas las formas jurídicas establecidas para que la propiedad de alguien sobre un bien quede constituida y sea efectiva. No existe ningún límite determinado para ello: cualquiera que sea la extensión, desde una sola yarda cuadrada hasta varios miles de acres, si llega a ser propiedad de alguien por medios y procedimientos legales, esa persona será necesariamente su propietario legítimo, y se considerará un bien de su propiedad legal. No existe tampoco ninguna condición para la validez de esta propiedad que obligue al propietario a cultivar personalmente su propia tierra. Del mismo modo que las casas y los muebles pueden darse en alquiler, la tierra también puede arrendarse. La agricultura puede realizarse asimismo mediante un acuerdo de participación en la cosecha. Si se entrega una tierra a alguien sin cobrar alquiler, o se permite a alguien cultivar la propia tierra sin tomar parte de la cosecha, ello se considerará sadaqa o donación. Sin embargo, realizar negocios sobre la base de un alquiler, una renta anual y el reparto de la cosecha, así como asociarse en una actividad, o arrendar cualquier cosa, es lícito y conforme a la ley. Ahora bien, los defectos del sistema feudal que existen en nuestra sociedad no son únicamente resultado del sistema zamindari, ni la abolición de la propiedad privada de la tierra puede constituir su remedio o corrección. Además, tampoco resulta beneficioso imponer obligaciones artificiales, como las reformas agrarias propuestas por los semimédicos de nuestra época. Por el contrario, su tratamiento correcto, basado en los principios fundamentales del ideal islámico, puede ser el siguiente:

Primero: Es necesario eliminar todos los obstáculos y restricciones introducidos en el camino de la compraventa de tierras y facilitar sus transacciones del mismo modo que las de cualquier otro bien común del mundo.

Segundo: Es necesario poner fin para siempre, en todos los sentidos y de todas las maneras, a la práctica de establecer una diferencia permanente entre las clases de agricultores y no agricultores.

Tercero: Conviene abolir legalmente por completo todas las disposiciones de derechos especiales que existen en nuestra vida y sociedad para los propietarios de tierras.

Cuarto: Los derechos, deberes y responsabilidades mutuos de los propietarios de tierras y de los agricultores deben determinarse desde el punto de vista de la ley. Y, aparte de esos derechos específicamente establecidos, no debe reconocerse a los propietarios ningún otro tipo de derecho sobre los agricultores.

Quinto: La zamindari, entendida simplemente como propiedad de la tierra, solo podrá subsistir bajo una forma particular: entre el propietario y el agricultor deberá existir una relación semejante a la que existe entre dos socios iguales en el negocio restante. En cambio, aquellas zamindaris que actúan como instrumentos de opresión y explotación, que tienen la oportunidad de convertirse en un «Estado dentro del Estado» o que se utilizan injustamente como medio para obtener «poder» político, quedan fuera del ámbito de una zamindari legal y legítima; por ello, tampoco podrán recibir la protección que corresponde a una zamindari legítima ni a una propiedad lícita.

Sexto: Deben eliminarse todas las costumbres contrarias al islam que se han establecido en materia de distribución de la herencia. Los bienes actuales de los propietarios de tierras deben distribuirse entre sus herederos vivos conforme a las disposiciones de la sharía, y en el futuro la ley islámica de la herencia debe aplicarse debidamente también a las propiedades agrícolas.

Séptimo: Debe imponerse un control sobre el abandono de las tierras agrícolas sin cultivar. Por ejemplo, aunque el Gobierno haya otorgado gratuitamente la concesión de ciertas tierras a alguien, si estas permanecen sin cultivar durante más de tres años, dicha «donación» deberá anularse. Del mismo modo, si una tierra adquirida se deja improductiva, deberá imponerse un impuesto sobre ella una vez transcurrido un plazo determinado.

Octavo: De las cosechas producidas por los propietarios de tierras y los agricultores debe tomarse una parte determinada, destinada a ser gastada en las categorías establecidas para el zakat.

Nueve: para llevar a cabo la agricultura a gran escala mediante métodos científicos modernos, deben establecerse organizaciones de ayuda mutua de tal naturaleza que los pequeños propietarios de tierras, conservando sus derechos de propiedad individual, transformen sus propiedades en grandes explotaciones agrícolas sobre la base del consentimiento y la satisfacción mutuos, y todos realicen conjuntamente su labor como una organización.

Una vez que estas medidas reformadoras sean efectivas, no podrá quedar ningún defecto de la propiedad zamindari ni de la propiedad de tierras a gran escala que pueda alegarse razonablemente.

2. Otros medios de producción

Desde la perspectiva del islam, no se admite ninguna diferencia entre los bienes de uso y los medios de producción; por lo tanto, nunca es aceptable que la propiedad privada sea válida en un caso y no lo sea en el otro. El islam considera lícito que una persona produzca o reúna para otras personas algún artículo de necesidad cotidiana y se lo venda. Puede realizar este trabajo con sus propias manos o hacerlo realizar por otras personas a cambio de un salario. También puede ser propietaria de todas las materias primas, herramientas y lugares de trabajo que utilice para producir o reunir tales bienes. Esto era lícito tanto en la etapa anterior a la revolución industrial como en la etapa posterior. Sin embargo, la industria y el comercio sin restricciones nunca fueron lícitos antes, ni pueden ser apropiados ahora bajo ningún aspecto. Conforme a las normas del islam, era necesario —y sigue siéndolo— obligarlo a observar las siguientes reglas y disposiciones.

Uno: antes de aplicar en la industria, la agricultura y el comercio cualquier invento técnico que abra el camino al uso de la fuerza de las máquinas en lugar de la fuerza, el trabajo y el esfuerzo humanos, es absolutamente necesario examinar y analizar adecuadamente cuántas personas perderán su medio de vida y cómo se garantizará el sustento de quienes queden desempleados; sin hacerlo, no se puede permitir en modo alguno el uso de dicho invento.

Dos: la determinación detallada de los derechos y deberes recíprocos entre trabajadores y propietarios, de las condiciones de trabajo y demás asuntos debe encomendarse necesariamente al entendimiento mutuo entre ambas partes. Pero el Gobierno debe establecer por iniciativa propia ciertas normas fundamentales de justicia, como el salario o remuneración mínimos de un trabajador, la jornada laboral máxima, la atención médica en caso de enfermedad, la indemnización por lesiones físicas y el derecho mínimo a una pensión cuando quede completamente incapacitado para trabajar, entre otros asuntos.

Tres: el Gobierno debe asumir directamente la responsabilidad de resolver las disputas mutuas entre trabajadores y propietarios y, para ello, establecer un sistema de entendimiento mutuo, arbitraje y tribunales que impida que surja cualquier situación que lleve a declarar una huelga o un cierre patronal (Lock-out).

Cuatro: deben cerrarse definitivamente las vías del acaparamiento (Hoarding) en el comercio, la especulación (Speculation), el juego comercial y la compraventa a ciegas. Asimismo, deben prohibirse mediante la ley todos los métodos por los que se ejerza una influencia artificial sobre los precios de las mercancías.
[Nota: las leyes de la sharía islámica relativas al comercio constituyen, en esencia, un medio importante para reformar la vida económica. Sin embargo, la gente del mundo no ha intentado aplicarlas para obtener beneficio alguno. Más bien, la propia sociedad musulmana ha mostrado hacia ellas una negligencia extrema y culpable. Aquí no hay ocasión de presentar una explicación detallada de estas leyes. Si Dios quiere, se redactará y publicará una obra independiente sobre este tema. Aquí solo se pretende señalar, a propósito de la cuestión, que todos los métodos y normas comerciales que resulten graves y perjudiciales para el interés general deben prohibirse legalmente.]

Quinto: La destrucción deliberada de los productos y las cosechas debe considerarse un delito.

Sexto: Todas las ramas de la industria y el comercio deben mantenerse, en la medida de lo posible, abiertas y libres para la competencia. No se puede conceder a ninguna persona o grupo un derecho especial y discriminatorio que le permita ejercer un comercio monopolista, ni privar de ello a los demás.

Séptimo: No se debe permitir el funcionamiento de aquellas industrias y actividades comerciales que sean perjudiciales para el carácter moral o la salud de la población. Si alguno de esos productos se considera indispensable en algún sentido, deben imponerse a su producción y comercio las restricciones y controles necesarios.

Octavo: El Gobierno, desde luego, no someterá completamente todas las industrias y actividades comerciales a su propio control conforme al sistema nazi, pero necesariamente llevará a cabo las funciones de orientación (Dirección) y armonización (Coordinación), para que las industrias y el comercio del mundo no se desvíen del camino correcto y se establezca una armonía plena entre todos los sectores de la vida económica.

Noveno: Mediante la ley sucesoria islámica, al igual que los bienes de los terratenientes, también debe distribuirse continuamente la riqueza monetaria acumulada por los industriales y comerciantes, para que no pueda formarse una clase rica permanente.

Décimo: Al igual que a los agricultores, también debe exigirse a los comerciantes, industriales y empresarios una parte de sus ingresos, con el fin de destinarla a las categorías de gasto del zakat.

Las normas económicas del islam

En materia económica, el islam respalda los derechos del individuo. No impide que una persona ahorre la parte de sus ingresos que exceda sus necesidades, que la entregue a otra como préstamo, que la invierta en alguno de sus propios negocios o que, aportando su capital a una empresa industrial o comercial, participe en sus ganancias y pérdidas. Aunque, desde la perspectiva del islam, lo mejor es emplear el dinero excedente en obras de bienestar social, aun así declara lícitas las cuatro clases de actividades mencionadas. Sin embargo, por ello es obligatorio observar debidamente las siguientes normas y disposiciones.

Uno: si se acumula y conserva riqueza monetaria, deberá recaudarse obligatoriamente de ella, en concepto de zakat, el 2,50 % anual, y deberá gastarse en los fines correspondientes a los gastos del zakat. Cuando muera, todos sus bienes deberán distribuirse entre sus herederos conforme a la ley sucesoria islámica.

Dos: cuando se concede un préstamo a alguien, solo podrá recuperar el capital que entregó. En ninguna circunstancia tendrá derecho a cobrar intereses. Da igual que el prestatario lo haya tomado para cubrir sus gastos personales o con el propósito de invertirlo en alguna industria o negocio. Del mismo modo, si, para garantizar el cobro del préstamo concedido, se ha tomado en prenda del prestatario alguna tierra o propiedad, no podrá obtener ningún beneficio de ella. Cualquier beneficio que se obtenga a cambio del préstamo será interés. Por tanto, no podrá aceptarse de ningún modo. Sobre la base de esta cuestión, puede deducirse fácilmente por qiyās que tampoco está permitido fijar un precio para la mercancía en las compras al contado y otro precio distinto en las compras a crédito.

Tres: cuando se invierte capital directamente en la industria, el comercio o la agricultura, deberán observarse necesariamente las normas y procedimientos expuestos respecto de la tierra y de los demás medios de producción.

Cuatro: en un negocio basado en la asociación, ambos deberán participar en igual proporción tanto en las ganancias como en las pérdidas. Ambos deberán ser socios según una proporción determinada. Todo negocio asociativo en el que el propietario del capital participe únicamente de las ganancias y reciba necesariamente un beneficio conforme a una proporción fija —sin tener que asumir ninguna parte de las pérdidas— será legalmente rechazado e ilícito.

Zakat

El islam no ha impuesto a la sociedad ni al Estado la responsabilidad de procurar empleo y medios de subsistencia a los ciudadanos. Pues, salvo mediante la nacionalización de todos los medios de producción —o, al menos, mediante el establecimiento de una dominación semejante al método nazi—, nunca sería posible cumplir la responsabilidad de procurar trabajo. Sin embargo, ya se han expuesto anteriormente su error y sus graves perjuicios. A pesar de ello, el islam no puede aprobar que, en la vida social, se deje a los individuos por completo a merced de sus propios medios, recursos y circunstancias, sin asumir responsabilidad alguna por la atención de las personas afligidas. Por un lado, el islam impone personalmente a cada ser humano el deber moral de ayudar, según sus posibilidades, a cualquier persona, cercana o ajena, que encuentre necesitada de ayuda y asistencia. Por otro lado, exige a los industriales, comerciantes y propietarios de tierras que respeten debidamente los derechos de todos aquellos a quienes empleen en sus actividades. Y, por encima de todo ello, ha impuesto a la sociedad en su conjunto y a toda la organización estatal la responsabilidad de garantizar que, dentro de su ámbito de gobierno, ninguna persona quede privada de las necesidades básicas mínimas. Es responsabilidad de la organización estatal proporcionar la ayuda y el refugio necesarios a todos los desempleados y privados de medios de subsistencia, a quienes hayan quedado temporalmente incapacitados para trabajar por alguna causa, a quienes sean incapaces de forma permanente y a quienes hayan sufrido alguna calamidad o accidente repentino. Es deber del Estado organizar la crianza y el cuidado de los niños desamparados. Incluso corresponde al Gobierno procurar la liberación de las deudas de quienes están endeudados y no pueden pagarlas. En realidad, se trata de un amplio plan de seguridad social (Seguro Social), que debe ponerse en práctica directamente bajo la administración del Estado. Para reunir los recursos financieros destinados a esta labor, el islam ha propuesto los siguientes medios:

Uno: toda persona que haya acumulado un capital superior a una cantidad determinada de riqueza monetaria deberá entregar anualmente, en concepto de zakat, el 2,50 % de su propio capital.

Dos: todo propietario de tierras y agricultor deberá donar obligatoriamente para este fin el diez por ciento de la cosecha de sus tierras regadas de forma natural y el cinco por ciento de la cosecha de las tierras regadas por medios artificiales.

Tres: cada industrial y comerciante donará anualmente, al finalizar el año, el 2,50 % del valor de sus mercancías comerciales.

Cuatro: todo ganadero que posea un número de animales superior a cierto límite depositará cada año en el Bayt al-Mal público una parte de su patrimonio ganadero, conforme a una tasa y un cálculo determinados.

Cinco: deberá tomarse para este fin una quinta parte de los minerales y de los tesoros enterrados.

Seis: si se produjera cualquier tipo de guerra, se tomará para este fin el 20 % de los bienes del botín de guerra.

Los bienes acumulados por estos medios se mantendrán como una «reserva» para gastarlos en las categorías de la zakat y del khumus descritas en el Corán. Una parte considerable de estas categorías consiste en la gestión de la seguridad social mencionada anteriormente.

Intervención gubernamental limitada

El islam no aprueba en principio que el Gobierno se convierta él mismo en industrial, comerciante o propietario de tierras. Desde la perspectiva del islam, las funciones del Gobierno deberían limitarse a administrar, establecer la justicia, eliminar los desórdenes, los daños y la perturbación, y garantizar el bienestar general de la sociedad. Pues, dado lo pernicioso que es el resultado de combinar la actividad comercial con la fuerza y el poder políticos, no es posible tolerarlo en absoluto por el bien de unas cuantas ventajas externas. Sin embargo, el islam permite que el Gobierno gestione únicamente aquellas industrias y negocios que son indispensables para la vida nacional, pero que los particulares no están dispuestos a administrar, o cuya explotación bajo propiedad privada podría perjudicar fundamentalmente el interés social general. Si, aparte de este tipo de negocios, el Gobierno iniciara por sí mismo otras actividades industriales y comerciales con el propósito del desarrollo y el bienestar del país, tendría el deber de administrarlas con éxito hasta cierto límite y luego confiarlas a particulares para que las gestionen privadamente.

Los cuatro principios fundamentales de un sistema económico equilibrado

Anteriormente, al analizar el «sistema capitalista moderno», mencionamos siete principios fundamentales razonables en materia económica. Si estos se combinan con los límites, normas, procedimientos y medidas correctivas descritos anteriormente, podrían erradicarse todos los defectos del feudalismo y del capitalismo. Además, sobre esa base podría construirse un sistema económico equilibrado en el que tanto la individualidad y la libertad como el bienestar colectivo quedarían establecidos correctamente, con una justicia íntegra, sin que ello obstaculizara en lo más mínimo el progreso de la actual revolución industrial.

A continuación se exponen los cuatro principios fundamentales de este sistema económico equilibrado:

Uno: un sistema económico libre, con ciertos controles y límites legales y administrativos.
Dos: la obligatoriedad del zakat.
Tres: la ley de la herencia.
Cuatro: la prohibición de la usura.

Todos aquellos ante quienes se han revelado la catástrofe del capitalismo sin restricciones de la época actual y la maldición del comunismo y el fascismo han comenzado a apoyar, en principio, el primero de los cuatro principios mencionados. Naturalmente, la gente todavía alberga algunas dudas y dificultades respecto a sus detalles. Pero esperamos que, al leer cuanto hemos expuesto en este capítulo sobre la tierra y los demás medios de producción, esas dudas y dificultades desaparezcan. Otro de nuestros libros, titulado «La propiedad de la tierra», también contribuirá considerablemente a disipar esta complejidad y estas dudas.

La importancia del segundo principio se ha hecho casi evidente para los habitantes del mundo actual. Las tres doctrinas del comunismo, el fascismo y la democracia capitalista han presentado un sistema de seguridad social de gran amplitud; en comparación, el zakat es capaz de proporcionar un sistema de seguridad social mucho más amplio. Sin embargo, el desconocimiento de las disposiciones detalladas del zakat también crea numerosas dificultades en la mente humana. Para la gente se convierte en un asunto difícil de comprender cómo pueden integrarse armoniosamente el zakat y el «khumus» en el sistema económico del Estado moderno. El folleto titulado «Las disposiciones del zakat» podrá proporcionarles una profunda tranquilidad al respecto.

Respecto al tercer fundamento, el islam ha adoptado su propio camino y método, independiente de todas las demás clases de leyes del mundo. Antes, la gente no conocía su justificación y por ello planteaba diversas preguntas y objeciones al respecto. Pero ahora toda la sociedad humana ha comenzado a inclinarse gradualmente hacia esta posición. Incluso el comunismo ruso se ha visto obligado a imitarla.

[Nota: En la nueva ley de herencia de la Rusia soviética se ha concedido la condición de herederos a los hijos, la esposa, el esposo, los padres, los hermanos y hermanas, y los hijos adoptivos. También se ha establecido que cada persona puede legar o dejar en testamento sus bienes y propiedades a favor de parientes cercanos necesitados y de instituciones de bienestar social. Sin embargo, los derechos de los parientes tienen prioridad. Asimismo, se ha declarado prohibido hacer testamento con el propósito de privar de sus derechos a los hijos menores o a los herederos pobres. Al observar esta ley, nadie puede dejar de concluir que los «partidarios del progreso comunista» regresaron en 1945 a la ley que había sido promulgada en el año 625.]

Pero la gente de la época actual encuentra una dificultad especial para comprender la racionalidad de este cuarto fundamento en el sistema económico del islam. Desde el siglo pasado se ha arraigado profundamente en la economía burguesa la idea de que considerar ilícita la usura no es más que un arrebato sentimental, y que conceder un préstamo a alguien sin usura no es sino una muestra de cortesía y benevolencia. Y que la religión formula tal exigencia únicamente por llevar las exageraciones demasiado lejos. De lo contrario, desde el punto de vista racional, la usura sería algo plenamente comprensible y razonable; desde la perspectiva económica, no solo no sería objetable, sino que, en la práctica, sería algo sumamente útil y necesario. Bajo la influencia de esta ideología errónea y de su intensa propaganda, todos los defectos del capitalismo moderno quedan expuestos ante los ojos de sus críticos. Pero nadie dirige su atención hacia el sistema más fundamentalmente defectuoso: la usura. Incluso los comunistas de Rusia siguen cultivando esta práctica satánica suprema del capitalismo, igual que Gran Bretaña y Estados Unidos. Y esto no es todo: los musulmanes, que fueron los mayores enemigos de la usura en el mundo, se han visto hoy gravemente influenciados por la engañosa propaganda de los países occidentales. Entre nuestros religiosos de mentalidad derrotista se ha extendido la idea errónea de que la usura solo puede ser objetable cuando se cobra a quienes toman préstamos para gastarlos en sus propias necesidades. Pero se considera que realizar operaciones usurarias con préstamos obtenidos para invertirlos en la industria y el comercio es plenamente racional, legítimo y apropiado; que es puro y lícito. Por consiguiente, desde el punto de vista de la religión islámica, la moral, la razón y los principios de la economía, no podría haber en ello ningún defecto de ninguna clase. Además, existen otras formas de autoengaño. Se piensa que el cobro de usura por parte de los antiguos prestamistas comerciantes y el sistema bancario moderno basado en la usura son dos cosas distintas. También se piensa que los negocios «limpios» de esos bancos son completamente puros y que es apropiado establecer cualquier tipo de relación con ellos.

Pero incluso quienes se han liberado de todas estas y otras concepciones erróneas semejantes no logran comprender cómo puede funcionar la economía en esta época después de prohibir legalmente el interés.

Es necesario escribir una obra independiente sobre estos asuntos. Este pequeño libro no ofrece espacio para exponerlos detalladamente. Mi obra «El interés y la banca moderna» está dedicada precisamente al análisis de estos temas; por tanto, quienes deseen eliminar las ideas erróneas relacionadas con ellos deben estudiar el libro titulado «El interés y la banca moderna».

Fin