La petición del autor
Hace cuatro años escribí una serie de artículos sobre el purdah. Fueron publicados en varios números de «Tarjuman-ul-Qurán». En aquel entonces omití deliberadamente algunos aspectos del tema y dejé incompletos ciertos asuntos, porque mi propósito no era escribir un libro, sino un artículo. Al incorporar todos esos asuntos, con las adiciones y el análisis necesarios, se les ha dado la forma de la presente obra. Aún no se puede afirmar que este tema constituya una exposición definitiva y final. Sin embargo, quienes estén verdaderamente interesados en comprenderlo encontrarán aquí, en gran medida, conocimientos y datos que saciarán su sed, así como argumentos y pruebas; al menos, eso es lo que ciertamente espero.
El tawfīq está en manos de Allah; a Él le pedimos ayuda. Amén.
22 de Muharram de 1351 de la Hégira — Abul A‘la
El problema fundamental de la sociedad humana
Naturaleza y carácter del problema
La civilización humana tiene dos problemas principales y sumamente complejos. El bienestar y el progreso de la humanidad dependen de una solución adecuada y equilibrada de estos dos problemas. Por eso, desde tiempos inmemoriales, los círculos eruditos del mundo se han mostrado perplejos y preocupados por hallarles una solución.
El primer problema consiste en cómo deben establecerse las relaciones entre mujeres y hombres en la vida social. Esto es, en realidad, la piedra angular de la civilización; si en ella se permite la más mínima desviación, el edificio que se levante sobre ella será necesariamente también torcido.
El segundo problema es la relación individual y colectiva de la humanidad. Si en la armonización de esta también queda la más mínima discordancia, la humanidad tendrá que sufrir sus amargos frutos durante generaciones y generaciones.
Por un lado, la importancia de estos dos problemas es tal; por otro, su complejidad aumenta tanto que nadie podrá resolverlos sin analizar minuciosamente todos los datos de la naturaleza humana. Ciertamente es acertada la observación de que el ser humano es un mundo en miniatura: su estructura física, su disposición natural, sus capacidades y aptitudes, sus deseos, inspiraciones y sentimientos, así como sus relaciones reales con las innumerables criaturas existentes fuera de su propio ser, entre otros asuntos, están presentes en su interior como un universo. Si no se dirige una mirada clara a cada rincón de semejante mundo, no es posible conocer la verdadera naturaleza del ser humano; y sin un conocimiento pleno y verdadero, tampoco es posible resolver sus problemas fundamentales.
Además, el asunto es tan complejo que, desde los tiempos más remotos hasta hoy, ha sido un campo de conocimiento, ciencia e investigación. Lo primero es que, hasta el día de hoy, no se han desvelado ante el ser humano todos los datos del mundo. Ningún conocimiento humano ha alcanzado todavía la perfección absoluta; es decir, nadie puede afirmar que domina todos los datos relacionados con dicho conocimiento. Por otra parte, la amplitud y sutileza de los datos que hasta ahora han sido examinados son tan grandes que, dejando de lado al individuo, ni siquiera un grupo puede dirigir simultáneamente sobre ellos una mirada atenta. Si un aspecto es captado por el ojo del conocimiento, el otro permanece envuelto en tinieblas. En unos casos, la mirada se vuelve estrecha; en otros, las inclinaciones personales obstruyen el camino de la visión. Con esta doble debilidad, el ser humano, pese a todos sus esfuerzos por resolver los problemas de su propia vida, permanece fracasado y, al final, sus errores y desviaciones quedan expuestos. Una solución correcta al problema solo es posible cuando se alcanza una visión imparcial de todos los datos relacionados con él. Y mientras todos los datos —o, al menos, todos los aspectos de los datos descubiertos— no sean iluminados simultáneamente por la luz del conocimiento, no se alcanzará esa visión imparcial. Pero, por otra parte, el panorama es por naturaleza tan vasto que no puede abarcarse enteramente con la mirada; además, los deseos, intereses y aversiones de la naturaleza humana son tan intensos que incluso aquello que se ve con claridad provoca que se aparte la mirada. En semejante situación, ¿es acaso posible alcanzar alguna vez la capacidad de ver con imparcialidad? En tales circunstancias, cualquier solución adoptada incurrirá necesariamente en un exceso que rebase los límites razonables, o bien sufrirá insuficiencia y carencia.
De los dos problemas principales descritos arriba, aquí trataremos el primero. Al examinar la historia pasada sobre este asunto, solo encontramos un asombroso vaivén entre el exceso extremo y la carencia extrema. Por un lado, vemos que la mujer, como madre, ha alimentado a sus hijos y, como esposa, ha ayudado al hombre en los altibajos de la vida. Por otro lado, esa misma mujer ha sido empleada como sirvienta o esclava. Ha sido comprada y vendida como ganado. Se la ha privado de la propiedad y de la herencia. Se la ha convertido en la encarnación del pecado, la inmundicia y la humillación. No se le ha concedido ninguna oportunidad para desarrollar o hacer evolucionar su personalidad. Y aunque en alguna época se elevó y desarrolló la condición de la mujer, al mismo tiempo se la sumergió en la inmoralidad y el desenfreno. Se la convirtió en juguete de los instintos bestiales. Otras veces se la mantuvo bajo el calificativo de «agente de Satanás», y junto con su supuesto desarrollo y progreso comenzó también la decadencia de la humanidad.
No llamamos a estos dos extremos únicamente, desde el punto de vista de las perspectivas, transgresión de los límites razonables y carencia extrema; más bien, cuando vemos por experiencia sus consecuencias venenosas, denominamos al primero, en términos morales, transgresión de los límites razonables, y al segundo, insuficiencia o carencia extrema. El trasfondo histórico mencionado nos enseña precisamente que, cuando una nación supera la época de la vida salvaje y avanza hacia la civilización y el establecimiento de asentamientos, sus mujeres comienzan a vivir con los hombres como esclavas y sirvientas. Al principio, las fuerzas primitivas las conducen gradualmente hacia el progreso. Pero cuando el desarrollo civilizatorio alcanza una etapa notable, comprenden que no pueden avanzar por el camino del progreso manteniendo subdesarrolladas a sus esposas. Entonces consideran bloqueado su propio camino de progreso y, según las necesidades, capacitan a la mitad de la nación (las mujeres) para avanzar junto con la primera mitad (los hombres). De este modo continúan compensando el desequilibrio y, sin contentarse con la mera compensación, siguen avanzando constantemente. Finalmente, el orden de la estirpe —considerado el fundamento de la civilización— queda destruido y desaparece a causa de la libertad de la mujer. Junto con la decadencia moral se manifiesta inevitablemente también la decadencia de las fuerzas mentales, físicas y materiales. ¿Qué otro desenlace puede tener esto, sino la destrucción?
Puesto que presentar ejemplos detallados de la historia ampliaría la extensión de este tratado, consideramos apropiado mencionar aquí solamente dos o cuatro.
Grecia
Entre las naciones antiguas, la civilización griega fue la más gloriosa. En la primera época de esta nación, la condición de la mujer era sumamente degradada en lo relativo a la perspectiva moral, los derechos legales, las costumbres sociales y demás aspectos. En la mitología griega, la mujer «Pandora» es descrita como la causa de las penas y desgracias de la humanidad, del mismo modo que Hazrat Eva (la paz sea con ella) es considerada responsable de ello en la mitología judía. Nadie ignora que las historias ficticias y falsas relacionadas con Hazrat Eva (la paz sea con ella) influyeron profundamente en las costumbres y normas, las leyes, la vida social y el carácter moral de las comunidades judía y cristiana, entre otros aspectos. La idea que los griegos sostenían acerca de «Pandora» influyó igualmente en su mentalidad. A sus ojos, la mujer era un ser inferior. En el ámbito social, la mujer no gozaba de ninguna consideración, y la posición honorable estaba reservada exclusivamente al hombre.
En la etapa inicial del desarrollo progresivo de la civilización, este sistema continuó vigente con algunas modificaciones. Se observó cierta influencia de la civilización y de la luz del conocimiento: los derechos legales de la mujer permanecieron como antes, pero se le concedió una posición más elevada en el ámbito social. Se convirtió en la reina del hogar de los griegos. Sus deberes quedaron limitados al interior de la casa. Dentro de esos límites, también tenía plena autoridad. Su castidad era sumamente valiosa y se le mostraba respeto. En las familias griegas nobles se practicaba el purdah. En el interior de sus casas, los aposentos de hombres y mujeres estaban separados. Sus mujeres no participaban en las reuniones mixtas de hombres y mujeres. No aparecían en los teatros públicos. Consideraban honorable establecer una relación con un hombre mediante el matrimonio. Llevar una vida de prostituta era sumamente despreciado y considerado maldito. Esta era la situación de aquella época, cuando la nación griega era muy poderosa y ocupaba rápidamente los niveles más elevados del progreso. Aunque la inmoralidad estaba presente en ese tiempo, era limitada. Las mujeres griegas podían reclamar pureza, decoro y castidad, mientras que los hombres eran lo contrario. No se esperaba de ellos semejantes virtudes, ni podía esperarse que llevaran una vida pura. La comunidad de prostitutas formaba parte integral de la sociedad griega. Para los hombres, relacionarse con esa comunidad no era en modo alguno censurable.
Entre los griegos, la influencia del culto a los instintos y de la excitación sexual comenzó a extenderse gradualmente, y en aquella época la comunidad de prostitutas alcanzó una posición tan elevada que sus precedentes son raros en la historia. Los burdeles se convirtieron en centros y lugares de reunión de todo el pueblo griego. Filósofos, poetas, historiadores, literatos, especialistas y otras luminarias rodeaban a aquella luna. Las prostitutas no solo ocupaban la presidencia de las reuniones científicas y literarias, sino que incluso importantes debates políticos se celebraban ante ellas. También en los asuntos relacionados con las cuestiones de vida o muerte de la nación, sus opiniones se consideraban decisivas. Sin embargo, bajo su juicio y deliberación nunca se hacía justicia a ninguna persona. El culto a la belleza encendió entre los griegos el fuego de la pasión con gran intensidad. Las estatuas o los modelos desnudos del arte hacia los cuales manifestaban su deseo de belleza comenzaron a alimentar ese fuego pasional. Finalmente, su mentalidad se pervirtió tanto que no consideraban en absoluto censurable, desde el punto de vista moral, el culto al deseo sexual. Sus criterios morales habían cambiado tanto que los grandes filósofos y moralistas no consideraban el adulterio ni la obscenidad algo repugnante o censurable. En general, los griegos consideraban el matrimonio una costumbre innecesaria y juzgaban razonable la unión pública entre hombres y mujeres fuera del matrimonio. Finalmente, su religión también se rindió ante sus instintos bestiales. El culto a la diosa del amor (Afrodita) se extendió por toda Grecia. En la mitología griega se cuenta de la diosa del amor que, siendo esposa de un dios, estableció relaciones físicas amorosas con otros tres dioses y con un hombre. El hijo nacido de esas relaciones sexuales fue llamado posteriormente el dios del amor (Cupido). Este dios del amor era objeto de adoración de los griegos, su ma‘bud. No es difícil imaginar cuán bajo era el nivel moral de la nación que no solo adoptó un carácter tan vil como su ideal, sino también como objeto de adoración. Después de una decadencia moral de esta índole, ninguna nación puede resurgir. Precisamente en la época de esta decadencia moral se propagaron en la India las doctrinas «vamamargiya» y en Irán las «mazdakitas». En tales circunstancias, la prostitución alcanzó en Babilonia la dignidad de pureza religiosa. Como consecuencia, Babilonia terminó siendo incluida únicamente en las historias del pasado, y su existencia desapareció para siempre del mundo.
Cuando comenzó en Grecia el culto a la diosa del amor, los burdeles se transformaron en templos de adoración. La prostituta desvergonzada se convirtió en una sacerdotisa o en una diosa, y el acto de adulterio fue elevado a la categoría de práctica religiosa.
La segunda consecuencia manifiesta de semejante culto al deseo sexual fue que las malas acciones del pueblo de Lot se propagaron entre la nación griega como una epidemia y recibieron apoyo religioso y moral. Durante la época de «Homero» y «Hesíodo», estas prácticas no existían. Pero cuando el progreso cultural, en nombre de la estética y de la ciencia del gusto (Aesthetics), introdujo el culto a la desnudez y al placer sexual, las llamas devoradoras de la pasión alcanzaron tal intensidad que desviaron a la nación griega del camino natural y la condujeron por una senda contraria a la naturaleza. Los expertos en arte lo denominaron «una relación firme de amistad» entre dos personas. Los griegos «Harmodio» y «Aristogitón» fueron los primeros en alcanzar tal grado de honor que se erigieron estatuas de ellos en su patria en memoria suya. Entre ambos se había establecido una relación amorosa ilícita y antinatural. La historia atestigua que, después de aquella época, no comenzó ninguna nueva era en la vida nacional de los griegos.
Roma
Después de la nación griega, llegó al mundo la oportunidad del desarrollo romano. También aquí vemos, como antes, el cuadro del ascenso y la caída. Cuando los romanos salieron de la oscuridad de la barbarie y aparecieron en el luminoso escenario de la historia, el cuadro de su orden social era el siguiente: el hombre se había convertido en la principal autoridad de su familia y ejercía pleno dominio sobre su esposa y sus hijos. Incluso en ciertos casos tenía autoridad para matar a su esposa.
Cuando la barbarie disminuyó en cierta medida y los romanos comenzaron a avanzar en materia de civilización y cultura, aunque se mantuvieron las antiguas costumbres familiares, su severidad se atenuó y la situación se volvió algo más moderada. Durante el apogeo de la república romana no se practicó el purdah como entre los griegos. Sin embargo, se mantenía a las mujeres y a los jóvenes dentro de la disciplina familiar con respeto y decoro. La castidad y la virtud, especialmente en el caso de las mujeres, eran una joya inestimable y constituían la piedra de toque del decoro. La piedra de toque moral también era de alto nivel. En cierta ocasión, un miembro del Senado romano besó a su esposa delante de su hija. Se consideró que con ello había cometido una grave ofensa contra el carácter nacional, y en la sede del Senado se emitió un voto de censura contra él. En aquella época, el matrimonio era el único medio legítimo y honorable de unión entre el hombre y la mujer. El honor de la mujer dependía de su maternidad. Aunque existía la clase de las prostitutas y los hombres tenían derecho a relacionarse con ellas hasta cierto límite, el pueblo romano lo consideraba sumamente bajo y a los hombres que se relacionaban con ellas se los miraba con desprecio.
Con el progreso de la civilización y la cultura, también comenzó a cambiar la actitud de los romanos hacia las mujeres. Poco a poco se produjeron tales cambios en las leyes relativas al matrimonio y al divorcio, así como en las costumbres familiares, que la situación llegó a ser opuesta a la anterior. El matrimonio se convirtió únicamente en un contrato legal (contrato civil), cuya duración y disolución dependían del esposo y la esposa. La responsabilidad de la relación conyugal perdió importancia. Se concedió a la mujer pleno derecho a heredar y a poseer bienes y riquezas. La ley romana la independizó de la autoridad de su padre y de su esposo. Las mujeres romanas no solo obtuvieron libertad en el ámbito social, sino que una gran parte de la riqueza nacional quedó gradualmente bajo su control. Comenzaron a prestar dinero a sus esposos a un interés elevado. Como resultado, el esposo se convirtió en esclavo de su esposa adinerada. El divorcio llegó a ser tan fácil que la relación conyugal comenzó a romperse a cada instante. El célebre filósofo y erudito romano Séneca (56 a. C.-4 a. C.), lamentando la abundancia de divorcios, dijo: «Hoy en día, el divorcio no es motivo de vergüenza en Roma. La mujer calcula su edad por el número de maridos que ha tenido».
En aquella época, las mujeres comenzaron a tomar sucesivamente muchos esposos. Marcial (43-104 d. C.) mencionó a una mujer que había tenido diez esposos. Juvenal (60-140 d. C.) comentó acerca de una mujer que había tenido ocho esposos en cinco años. San Jerónimo (340-420 d. C.) describió a una mujer que había tenido treinta y dos esposos a lo largo de su vida y que había sido la vigésima primera esposa de su marido.
En aquella época también comenzó a desaparecer de la mente de la gente la idea de que las relaciones sexuales entre hombres y mujeres fuera del matrimonio eran censurables. Incluso los grandes moralistas consideraban el adulterio una actividad común. En el año 184 a. C., Catón (Cato) fue nombrado censor y supervisor de la moral en Roma. Él también consideró aceptable la disoluta promiscuidad sexual. Cicerón aconsejó relajar las restricciones morales para las jóvenes. Epicteto, fiel seguidor de los principios filosóficos de los estoicos —autocontrol, desapego, indiferencia, paciencia y soledad—, impartía a sus discípulos el siguiente consejo:
En la medida de lo posible, absteneos de relacionaros con mujeres antes del matrimonio. Pero si alguien no puede ser continente en este asunto, no lo reprendáis.
Finalmente, los vínculos del carácter moral y de la vida social se debilitaron tanto que el Imperio romano quedó sumergido en una inundación de lascivia, desnudez y obscenidad. En los teatros comenzaron a representarse escenas de desvergüenza y desnudez. Se llegó a considerar necesario embellecer las casas con imágenes desnudas, excitantes y obscenas. La prostitución se extendió tanto que, durante el gobierno del emperador romano Tiberio (14-37 d. C.), fue necesario promulgar una ley para impedir que las jóvenes de familias nobles ejercieran como prostitutas y bailarinas. Un espectáculo llamado Flora (Flora) se hizo muy popular en aquella época, porque en él se celebraban carreras de mujeres desnudas. Se generalizó la costumbre de que todos, hombres y mujeres por igual, se bañaran juntos. En la literatura romana se publicaban sin reparo escritos que contenían imágenes obscenas y desnudas, y precisamente esa literatura era la más grata y apreciada por el público en general. El nivel de la literatura había descendido tanto que, para redactar aquellos escritos indecibles y abominables, ya ni siquiera se consideraba necesario emplear expresiones figuradas o juegos de palabras.
Después de quedar sometido a los instintos bestiales, el glorioso edificio del Imperio romano fue reducido a polvo de tal manera que ni siquiera quedó la última de sus piedras.
La Europa cristiana
La religión cristiana surgió para remediar semejante decadencia moral del mundo occidental. Al principio se observaron muy buenos resultados. Se cerraron las puertas de la obscenidad, se eliminó la desnudez de todos los ámbitos de la vida y se adoptaron medidas para abolir la prostitución; se apartó del pecado a las prostitutas, cantantes y bailarinas, y se inculcó en la gente la idea de un carácter puro y virtuoso. Pero la concepción que tenían los sacerdotes cristianos acerca de la mujer y de las relaciones sexuales traspasó todos los límites. Así, se declaró la guerra a la naturaleza humana.
Su perspectiva inicial y fundamental era que la mujer era la fuente principal del pecado. Para el hombre, la mujer era fuente de incitación al pecado y semejante a la puerta del infierno. Todos los sufrimientos y desgracias de la humanidad se debían a la mujer. Nacer mujer era algo vergonzoso. Debía avergonzarse de su belleza, pues esta era el arma mortífera de Satanás. Puesto que había traído una maldición al mundo y a sus habitantes, debía expiarlo durante toda su vida.
Tertuliano, un dirigente religioso de los primeros tiempos de la comunidad cristiana, hizo el siguiente comentario sobre la mujer:
Ella es la puerta por la que llega Satanás, la que atrae hacia el árbol prohibido, la que transgrede la ley de Dios y la que destruye al hombre.
El gran asceta cristiano Chrysostum dijo lo siguiente acerca de la mujer:
—Un pecado inevitable, una perversa incitación innata, un peligro placentero, una amenaza para la familia, una amante destructora, un obstáculo adornado.
Su perspectiva era que, aunque la relación sexual entre el hombre y la mujer tuviera lugar mediante el matrimonio, en esencia era un acto impuro y era deseable abstenerse de ella. Esta concepción ascética del carácter moral comenzó a extenderse primero en Occidente bajo la influencia de la filosofía carente de sensualidad (neoplatonismo). La doctrina cristiana la llevó a su extremo. La castidad y la virginidad pasaron a ser la piedra de toque del carácter moral. La vida conyugal comenzó a considerarse despreciable y degradada desde el punto de vista del carácter moral. La gente empezó a considerar que abstenerse del matrimonio era una obra meritoria y señal de un carácter superior. La manera de llevar una vida santa pasó a ser no casarse en absoluto o, aun casándose, romper la relación matrimonial entre el hombre y la mujer. En diversas asambleas y reuniones religiosas se promulgaron leyes según las cuales los funcionarios de la Iglesia no podían reunirse a solas con sus esposas; incluso para verse y hablar debían hacerlo en un lugar abierto, en presencia de al menos dos hombres. La idea de que la relación matrimonial era impura comenzó a arraigarse entre los distintos grupos de cristianos. Puede darse aquí un ejemplo de una costumbre vigente. El día en que se celebraba algún rito religioso en la Iglesia, no se permitía participar en él a los esposos que habían convivido juntos la noche anterior. Se consideraba que, por haber mantenido relaciones sexuales, se habían convertido en pecadores y que, en tal estado, no se les podía permitir entrar en ningún lugar sagrado. Esta actitud ascética hizo más tensas todas las relaciones familiares, incluso la relación entre madre e hijo, y las relaciones que surgían como consecuencia del matrimonio eran consideradas impuras y pecaminosas.
Las dos perspectivas mencionadas anteriormente no solo menoscabaron excesivamente la dignidad de la mujer desde el punto de vista moral y social, sino que también influyeron tanto en las leyes y normas culturales que, por un lado, la vida matrimonial se volvió peligrosa para el hombre y la mujer y, por otro, la dignidad de la mujer en la sociedad quedó rebajada y despreciada en todos los aspectos. Las leyes que se establecieron en el mundo occidental conforme a las normas cristianas se caracterizaban por lo siguiente:
1. En materia de subsistencia, la mujer había sido convertida en completamente indefensa y mantenida bajo la dependencia del hombre. Sus derechos en asuntos de herencia eran sumamente limitados, y sus derechos sobre los bienes y las propiedades lo eran aún más. Ni siquiera tenía autoridad sobre el dinero que ganaba por sí misma. El marido tenía plena autoridad sobre todos los asuntos.
2. No se permitían el «talak» ni el «jul‘». Por mucha discordia que hubiera entre marido y mujer, y aunque su hogar se volviera semejante al infierno debido a sus relaciones mutuas y amargas, tanto la religión como la ley obligaban, aun así, a ambos cónyuges a permanecer unidos por un vínculo indisoluble. Si la situación se volvía extremadamente insostenible, se les permitía divorciarse bajo la condición de que ninguno de los dos pudiera casarse nuevamente con otra persona. Esto era más riguroso que el principio mencionado anteriormente, pues, en tal situación, al hombre y a la mujer separados no les quedaba otra opción durante toda su vida que practicar el celibato o entregarse al pecado sexual.
3. Tras la muerte del marido, estaba completamente prohibido y se consideraba pecaminoso que la esposa volviera a casarse; y lo mismo ocurría con el marido tras la muerte de la esposa. Los sacerdotes cristianos decían que esto no era más que esclavitud a los instintos animales y a la lujuria. Lo denominaban «adulterio refinado». Para los miembros del clero, un segundo matrimonio era un delito. Según las leyes generales del país, en algunos lugares ni siquiera se permitía. En otros, aunque no existiera ningún impedimento legal, la población de convicciones religiosas no lo consideraba lícito.
La Europa moderna
Cuando, en el siglo XVIII de la era cristiana, los filósofos y literatos de Europa iniciaron un movimiento contra la sociedad en favor de los derechos individuales y de la libertad personal, se hallaban ante aquellas erróneas costumbres civilizatorias, formadas por la abominable combinación del gobierno moral cristiano, la filosofía de la vida y el feudalismo. Estas habían encadenado el alma humana con ataduras antinaturales y habían cerrado todas las puertas del progreso. Como resultado de la perspectiva que los fundadores de la nueva Europa presentaron para destruir esas costumbres vigentes e implantar en su lugar este nuevo orden normativo, nació la Revolución francesa. Después, el avance de la civilización y la cultura occidentales fue encauzado por un camino cuyo desenlace final ha llegado a la etapa actual.
Al comienzo de la nueva era, todo lo que se hizo para elevar a la mujer de su degradación produjo sus buenos efectos en la vida social. Se redujeron las antiguas restricciones relativas al matrimonio y al divorcio. Se restableció el derecho de las mujeres a ganarse el sustento. Se corrigió la perspectiva moral sobre cuya base se había mantenido a la mujer humillada y desatendida. También se corrigieron aquellos principios sociales a causa de los cuales la mujer llevaba una vida semejante a la de una esclava. Se abrió para la mujer, al igual que para el hombre, el camino de la educación superior. Como consecuencia de estas diversas medidas adecuadas, las capacidades y los talentos de las mujeres, reprimidos bajo la presión de las costumbres sociales defectuosas y de las concepciones morales de la edad oscura, comenzaron a manifestarse gradualmente. Ellas atendieron el hogar, aportaron pureza a la sociedad y procuraron el bienestar de la población. La mejora de la salud, la crianza de los hijos, el cuidado de los enfermos y las cualidades relativas al hogar y al progreso de la ciencia que se manifestaron en las mujeres junto con la nueva civilización fueron resultados iniciales de aquel movimiento. Pero las perspectivas de las que nació este movimiento ya contenían desde el principio el deseo de transgredir los límites razonables. Las actividades realizadas conforme a este deseo habían avanzado considerablemente durante el siglo XIX y, hasta comienzos del siglo XX, la sociedad europea había alcanzado el segundo extremo de la incontinencia y los excesos.
Las perspectivas sobre las que se establecieron los fundamentos del nuevo sistema social occidental pueden expresarse bajo los tres títulos siguientes:
a) Establecer la igualdad entre la mujer y el hombre,
b) La independencia económica de la mujer y
c) La libre mezcla entre mujeres y hombres.
Finalmente se hizo manifiesto el resultado que podía derivarse de establecer el sistema social sobre estos tres fundamentos esenciales.
En primer lugar, se expuso una definición de la igualdad según la cual la mujer y el hombre no solo son iguales en dignidad moral y en derechos humanos, sino que ellas también realizarán todas las actividades que los hombres realizan en la vida civilizada, y las restricciones morales serán relajadas para las mujeres del mismo modo que lo han sido para los hombres. Debido a esta falsa concepción de la igualdad, la mujer se volvió indiferente y rebelde respecto de sus tareas cotidianas. En realidad, la estabilidad de la civilización y de la humanidad depende del cumplimiento de todas estas tareas naturales y diarias. Las tendencias económicas, políticas y partidistas volvieron egocéntrica su personalidad. La participación en campañas electorales, la aceptación de empleos en oficinas y fábricas, la competencia con los hombres en negocios independientes y establecimientos industriales, los deportes, los juegos, los ejercicios físicos y las actividades recreativas de la sociedad, el tiempo perdido en clubes, escenarios, danzas, cantos y diversos actos semejantes, así como muchas otras actividades inútiles e indescriptibles, influyeron de tal manera en su mente y su cerebro que las grandes responsabilidades de la vida conyugal, la crianza de los hijos, el servicio y cuidado de la familia, la buena administración del hogar y todos los demás deberes quedaron fuera de su programa de actividades. Además, nació en ellas un sincero desprecio por sus actividades naturales. Así comenzó a extenderse vergonzosamente la disciplina familiar occidental, considerada la piedra angular de la civilización. La vida doméstica, de cuya felicidad y paz depende el desarrollo de la capacidad de acción del ser humano, comenzó en realidad a desaparecer. En la civilización, la relación matrimonial —el medio adecuado de convivencia entre el hombre y la mujer— se volvió ahora más frágil que una tela de araña. Mediante el control de la natalidad, el aborto y el infanticidio, comenzó a cerrarse el camino al crecimiento de la descendencia. La falsa concepción de la igualdad moral introdujo entre mujeres y hombres una igualdad en la falta de carácter. Lo que incluso para un hombre era vergonzoso dejó de ser vergonzoso para una mujer.
En segundo lugar, la independencia económica de la mujer la volvió temeraria frente al hombre. Según las costumbres anteriores, el hombre ganaba el sustento y la mujer cuidaba del hogar. Ahora esto cambió. Se decidió que tanto la mujer como el hombre ganarían el sustento y que la responsabilidad del orden doméstico se confiaría a una tercera persona ajena al hogar. Ahora, aparte de la relación sexual, ya no quedó entre la mujer y el hombre ninguna relación que los obligara a permanecer vinculados el uno al otro. ¿Es necesario que, para satisfacer al enemigo de la lujuria, la mujer y el hombre permanezcan necesariamente unidos por un vínculo perpetuo de relación mutua y vivan juntos en una misma casa? Si una mujer puede ganarse la vida, satisfacer todas sus necesidades y no depende de la seguridad ni de la ayuda de otra persona, ¿por qué habría de someterse a un hombre únicamente para obtener placer sexual? ¿Por qué habría de imponerse restricciones morales y legales? ¿Y por qué habría de cargar con las grandes responsabilidades de una familia? Especialmente cuando la idea de la igualdad moral le ha allanado el camino al placer sexual, ¿por qué habría de abandonar un método tan fácil, agradable y decoroso de satisfacer sus deseos para adoptar el antiguo camino del sacrificio y la responsabilidad? Junto con la religión, también se ha desvanecido el temor al pecado. Como la sociedad ya no la reprenderá por la obscenidad, también ha desaparecido de su interior el temor a la sociedad. Su único temor era el hijo ilegítimo. Pero para librarse de él también existe el control de la natalidad. Aun así, si se produjera un embarazo, no hay razón para abstenerse del aborto. Si tampoco con ello se lograra el propósito, se podría matar secretamente al recién nacido. Pero si, por un deseo de maternidad de la desdichada —que, por desgracia, aún no ha desaparecido—, ella se negara a matar al recién nacido, ¿qué perjuicio habría en ello? Porque actualmente se llevan a cabo tantos movimientos en defensa de la «madre soltera» y del hijo ilegítimo que quien tenga el valor de mirarlos con desprecio será acusado de estar dominado por la superstición.
Esto ha desarraigado el sistema social occidental. Hoy, en todos los países, millones de mujeres jóvenes han abrazado la soltería perpetua y llevan una vida dominada por la lujuria. Asimismo, muchas mujeres caen en la trampa de un amor repentino y quedan ligadas por el vínculo matrimonial. Pero, aparte de la relación sexual, no existe entre marido y mujer ningún otro vínculo necesario que pueda mantenerlos unidos para siempre. Por ello, actualmente el matrimonio no tiene oportunidad alguna de estabilidad ni firmeza. Como el marido y la mujer no se preocupan el uno por el otro, tampoco están dispuestos a reflexionar ni a llegar a un acuerdo sobre su relación conyugal. El simple enamoramiento sexual se enfría de inmediato; como consecuencia, una diferencia de opiniones insignificante, e incluso la mayoría de las veces tan solo la indiferencia, provoca su separación. Precisamente por esta razón, la mayoría de los matrimonios termina en divorcio o separación legal. El control de la natalidad, el aborto, la muerte del feto y del recién nacido, la disminución de la tasa de natalidad y el aumento del número de hijos ilegítimos son, en gran medida, las consecuencias finales de las causas mencionadas. La proliferación de las malas acciones, la desvergüenza y las enfermedades venéreas también se debe a esas mismas causas.
En tercer lugar, la libre mezcla entre mujeres y hombres ha incrementado excesivamente entre las mujeres el deseo de exhibir su belleza, de la desnudez y de la obscenidad. Por naturaleza, la atracción sexual existe con gran fuerza entre hombres y mujeres, y como consecuencia de su trato libre dicha atracción sexual aumenta excesivamente. Además, en una sociedad mixta de esta índole surge naturalmente en ambos sexos un deseo irresistible de adornarse de modo atractivo para las personas del sexo opuesto. Puesto que, debido al cambio de la perspectiva moral, tales actos no se consideran censurables, sino que incluso la manifestación abierta se considera digna de elogio como declaración de amor, el despliegue de la belleza y el atractivo traspasa gradualmente todos los límites. Finalmente llega al extremo de la desnudez. Esta es la situación actual de la civilización occidental. Hoy el deseo de resultar magnéticas para el sexo opuesto es tan fuerte entre las mujeres que no satisfacen sus anhelos con elegantes y atractivos vestidos brillantes, lápiz labial, colorete y otros cosméticos, ni siquiera con un arreglo embellecedor. Finalmente, los grupos de desdichadas terminan desnudándose. Por su parte, los hombres exigen una desnudez aún mayor. Pues la llama ardiente del deseo lujurioso, en vez de apagarse mediante la belleza desnuda, se vuelve más voraz y exige una desnudez aún mayor. Del mismo modo que un sorbo de agua no hace sino aumentar la sed del viajero sediento azotado por el simún del desierto, la sed sexual de estos desdichados se ha convertido en una sed extrema. Insatisfechos por una sed sexual ilimitada, estos grupos de lujuriosos proporcionan constantemente, por todos los medios posibles, los recursos para satisfacer sexualmente a unos y otros. ¿Para qué existen las imágenes desnudas, la literatura sexualmente estimulante, las historias amorosas, los bailes de salón desnudos y las películas llenas de pasión sexual? Todo ello pretende apagar ese fuego —en realidad, avivarlo aún más—, como ejemplos de lo que este sistema social erróneo ha colocado junto al cuello de cada persona y ha llamado «arte» para ocultar su propia debilidad.
Ahora la fuerza vital de las naciones occidentales carcomidas se está extinguiendo. En verdad, hasta hoy ninguna nación carcomida ha logrado sobrevivir. Todas las fuerzas físicas y mentales que Allah Altísimo concedió al ser humano para vivir y progresar han sido destruidas por esa carcoma. En realidad, ¿cómo podrán quienes viven afligidos por la presión de los estímulos sexuales desde todos los lados, cuyas emociones y sentimientos deben afrontar a cada instante nuevas provocaciones y nuevas excitaciones, y a quienes mantiene bajo su influencia un ambiente estimulante, proporcionar la seguridad, la paz y la serenidad mental absolutamente indispensables para las actividades constructivas y creativas, cuando las imágenes desnudas, la literatura obscena, la música cautivadora, las danzas excitantes, las películas románticas, las escenas vivas que roban el corazón y las oportunidades de encuentros cotidianos con el sexo opuesto en el curso de la vida mantienen calientes y excitados sus glóbulos sanguíneos? En medio de semejante excitación, ¿dónde está para sus jóvenes descendientes ese campo tranquilo y fresco donde pueda ser posible el desarrollo de sus fuerzas mentales y morales? Apenas entran en contacto con ello, el demonio de los instintos bestiales los devora. Después de caer entre las garras de semejante demonio, ¿dónde queda la posibilidad de su progreso?
El doloroso pesimismo del pensamiento humano
La historia de los altibajos históricos de tres mil años está vinculada a un vasto territorio que en el pasado fue cuna de dos grandes civilizaciones y cuya civilización aún hace resonar su grito de victoria en el mundo. Historias semejantes existen también en Egipto, Babilonia, Irán y otros países. En el antiguo subcontinente indio, durante cientos de años, descendió igualmente la maldición de transgredir los límites adecuados y de la extrema inferioridad. Por un lado, la mujer fue considerada una esclava; el hombre se convirtió en su esposo, señor conyugal y divinidad adorada, y ella tuvo que permanecer sometida al padre durante la infancia, al esposo durante la juventud y al hijo durante la viudez. Se inmoló en la pira funeraria de su esposo. Fue privada de autoridad y de herencia. En materia matrimonial se le impuso una ley tan cruel que, contra su voluntad, fue entregada a un hombre y no pudo liberarse hasta el último momento de su vida de las cadenas de su autoridad y sometimiento. Al igual que entre los judíos y los griegos, fue considerada la encarnación del pecado y de la decadencia moral y espiritual. Se rehusaron a reconocer su personalidad eterna.
Por otro lado, cuando se mostró compasión hacia ella, fue convertida en juguete de los instintos bestiales. Se convirtió en compañera corporal del hombre de manera tan estrecha que, finalmente, fue destruida junto con su pueblo. ¿De qué son recuerdo el culto al lingam y a la yoni, las estatuas desnudas de parejas en los templos, las prostitutas religiosas, los juegos amorosos de Holi y los baños semidesnudos en ríos y corrientes? Después del movimiento de la vía izquierdista de la antigua India, el vicio y la inmoralidad quedaron como resultado final; tras el progreso de la civilización y la cultura de India, al igual que las de Irán, Babilonia, Grecia y Roma, se propagaron como una enfermedad contagiosa y sumieron a la nación hindú durante varios siglos en el abismo de la ignominia y la decadencia.
Al contemplar profundamente esta historia, se comprende cuán difícil ha resultado para el ser humano conocer, comprender y mantenerse firme en la igualdad y la justicia respecto de la mujer. El significado de la igualdad y la justicia puede ser, por un lado, conceder a la mujer suficiente oportunidad para manifestar su personalidad y sus capacidades, de modo que pueda participar, con elevada competencia, en el perfeccionamiento de la civilización y la cultura humanas. Pero, por otro lado, habrá que mantener una vigilancia tan cuidadosa que ella no se convierta en causa de la decadencia moral y de la destrucción de la humanidad. Además, habrá que determinar un modo de que su ayuda y cooperación en las actividades del hombre hagan beneficiosa para la civilización la labor conjunta de ambos. Desde hace cientos de miles de años, el mundo cuenta los días a la espera de esta igualdad y justicia, pero hasta hoy no ha sido posible alcanzarla. A veces llega a un extremo y mantiene inactiva a una parte de la humanidad. Otras veces llega al extremo opuesto, une a ambas partes de la humanidad y las sumerge juntas en el abismo de la destrucción.
Sin embargo, la igualdad y la justicia no están ausentes; su existencia es real. Pero, como consecuencia de haber evolucionado durante cientos de miles de años entre la transgresión de los límites adecuados y el vacío extremo, la mente humana se ha extraviado tanto que, aun viéndola con sus propios ojos, no puede reconocer que esta es precisamente la cosa que siempre ha deseado, cuya búsqueda ha emprendido durante eras. Al contemplar este ideal eternamente anhelado, frunce la nariz por error y se burla de él. Se intenta ridiculizar a quien lo manifiesta. Es como un niño que ha nacido en las entrañas de una mina de carbón y allí ha sido criado y ha crecido. No cabe duda de que ese aire impregnado de carbón y ese lugar envuelto en tinieblas le parecerán naturales. Después, al sacarlo del interior de la oscura mina de carbón y llevarlo a la superficie, ante cada objeto de las praderas limpias y soleadas del mundo natural, al principio seguramente fruncirá la nariz. Pero, en realidad, es un ser humano. ¿Cuánto tiempo necesitará para distinguir entre el techo de carbón y el cielo adornado de estrellas? ¿Cuántos días pasará tratando de distinguir entre el aire contaminado y el aire puro?
El musulmán de la nueva era
Solo el musulmán era capaz de mostrar el camino correcto a un mundo confundido en el laberinto de dos excesos extremos y opuestos. Porque solo él poseía la solución correcta a todos los complejos problemas de la vida social. Pero es una ironía asombrosa y desgarradora del destino del mundo que aquel en cuyas manos estaba la antorcha en la oscuridad de esta noche sin fin se volviera ciego de noche. Lejos de guiar a los demás, él mismo se extravió como un ciego y continuó siguiendo a cada uno de los extraviados.
Las disposiciones de la sharía cuyo conjunto se designa con el término «purdah» constituyen, en realidad, una parte especialmente importante del sistema social islámico. Si se colocan debidamente dichas disposiciones dentro del marco de este sistema social, ninguna persona dotada de una percepción natural podrá dejar de reconocer que, en la organización social, no puede haber otro medio de moderación y equilibrio aparte de este. Si estas normas y disposiciones pudieran llevarse verdaderamente a la práctica, el mundo afligido por el dolor y el sufrimiento se apresuraría, sin oposición, hacia esta fuente de paz y, sin duda, obtendría el remedio supremo para sus males sociales. Pero ¿por quién se llevará a cabo esta tarea? Precisamente quien tenía la capacidad para realizarla lleva mucho tiempo enfermo. Por tanto, antes de avanzar, es necesario examinar un poco también su enfermedad.
Antecedentes históricos
A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la oleada de conquistas territoriales de las naciones occidentales sumergió los países musulmanes con la violencia de una tormenta furiosa. En aquella época, los musulmanes se encontraban entre el sueño y la vigilia, y, ante sus propios ojos, aquella tormenta devastadora, iniciada en Oriente, terminó por devorar todo el mundo musulmán de Occidente. Antes de que terminara la segunda mitad del siglo XIX, la mayoría de los Estados musulmanes se convirtieron en esclavos de Europa, y los demás, aunque no fueron esclavizados, quedaron derrotados y sometidos a su influencia. Una vez que esta revolución devastadora hubo madurado por completo, los ojos de los musulmanes comenzaron a abrirse. El orgullo nacional que los musulmanes, en ascenso, habían adquirido mediante sus conquistas y la expansión de sus dominios quedó inesperadamente reducido a polvo. Después, golpeados repetidamente por el poderoso enemigo, comenzaron a investigar las causas de su propia derrota y de la victoria europea, como un bebedor que, ya sobrio, trata de comprender lo sucedido. Pero su mente aún no había recuperado la normalidad. Aunque la embriaguez había desaparecido, el equilibrio mental seguía alterado. Por un lado, el intenso sentimiento de humillación y deshonra los presionaba para cambiar aquella situación degradante; por otro, un modo de vida amante del lujo y reacio al trabajo, mantenido durante muchos siglos, buscaba el camino más fácil y cercano para cambiar su situación. Además, habían perdido el hábito de emplear en la práctica las debilitadas facultades del conocimiento, la inteligencia, la reflexión y el discernimiento. A ello se sumaba el terror y el pánico que, de manera inesperada, se apoderan de una nación derrotada y esclavizada, y que también se habían propagado entre ellos. Como resultado de la combinación de todas estas causas, los musulmanes aficionados a la reforma se entregaron a diversas corrupciones imaginarias y prácticas. La mayoría de ellos no logró comprender la verdadera causa de su propia inferioridad y corrupción ni del progreso europeo. Y aquellos que sí la comprendieron carecían del valor, la paciencia y el espíritu combativo necesarios para atravesar el difícil camino del progreso. En ambos grupos existían por igual la debilidad y el pánico. En semejante estado de confusión mental, su camino más fácil hacia el progreso consistía en reflejar en sus vidas las apariencias externas de la civilización y la cultura occidentales, convirtiéndose ellos mismos en un espejo en cuyo interior se reflejaran las encantadoras escenas de jardines espléndidos y de la belleza primaveral, aunque no existiera en absoluto el jardín real ni su belleza y esplendor.
Esclavitud mental
En esta etapa culminante de la enfermedad comenzaron a imitarse la vestimenta occidental, la organización social, la literatura, las artes, las costumbres, los modales y demás aspectos. Incluso en la forma de hablar se hizo manifiesta la imitación de Occidente. Se puso en marcha el intento de moldear y arreglar la sociedad musulmana según el modelo occidental. La rebelión contra Dios, el ateísmo y el materialismo fueron adoptados ciegamente como una «moda». Se consideraba una muestra de pensamiento ilustrado creer ciegamente en las ideas y doctrinas, explícitas o implícitas, importadas de Occidente, y presentarlas como temas de discusión en las reuniones. También se adoptaron el consumo de alcohol, el juego, la lotería, las carreras de caballos, el teatro, la danza y el canto, y demás elementos derivados de la cultura occidental. Todas las perspectivas y métodos de actuación relativos a la decencia, la moralidad, las relaciones sociales, la manera de ganarse la vida, la política, las leyes e incluso las creencias y prácticas religiosas fueron aceptados, sin protesta ni reflexión ni investigación, como si fueran una revelación descendida del cielo, diciendo: «Escuchamos y aceptamos». Así como los enemigos del islam de épocas pasadas habían sentido odio y protestado contra los acontecimientos históricos, las disposiciones de la sharía islámica y las narraciones del Corán y el Hadiz, los musulmanes de esta época comenzaron igualmente a avergonzarse de ello y se esforzaron por borrar aquella deshonra.
Los amos blancos de Occidente criticaron duramente la yihad islámica. Y ellos (los musulmanes), inclinándose humildemente a los pies de sus amos, dijeron: «¡Señor! ¿Dónde estamos nosotros y dónde está la yihad?». Ellos criticaron la esclavitud. Estos respondieron: «Eso está absolutamente prohibido en el islam». Cuando criticaron la poligamia, estos se apresuraron a abrogar un versículo o una disposición del Corán. Ellos dijeron: «Es deseable establecer una igualdad completa entre la mujer y el hombre». Estos respondieron: «Esa es precisamente la esencia de nuestra religión». Cuando criticaron el matrimonio y el divorcio, estos se apresuraron a reformarlos. Ellos dijeron: «El islam es enemigo de las artes». Estos respondieron: «¡Señor! El islam siempre ha patrocinado la danza y el canto, la pintura y la escultura».
Introducción al tema del purdah
Esta es la época más condenable y vergonzosa de la historia nacional de los musulmanes, pues fue precisamente durante ella cuando comenzaron las controversias sobre el purdah. Si el tema de la discusión hubiera sido qué límites ha establecido el islam para la libertad de la mujer, la respuesta no habría sido en absoluto difícil. Porque la única discrepancia que se percibe en este asunto consiste en si la mujer puede dejar descubiertos el rostro y las manos; no se trata de una diferencia de opinión importante. Pero la verdadera cuestión es otra. Esta pregunta surgió entre los musulmanes porque Europa contempló con desprecio el «harén», el purdah y el velo exterior de la mujer. Los europeos trazaron en su literatura imágenes denigrantes y burlonas de estas prácticas, y concedieron un lugar destacado al «aislamiento» de las mujeres (purdah) en la lista de defectos y deficiencias del islam. Cuando Europa abandonó el purdah por considerarlo despreciable, ¿cómo podían sus propios esclavos mentales, los musulmanes, dejar de sentir naturalmente vergüenza por él? Al igual que habían hecho con la yihad, la esclavitud, la poligamia y otros asuntos semejantes, procedieron también de la misma manera en este caso. Comenzaron a revisar las páginas del Corán, los hadices y las obras fruto de las profundas investigaciones de los imanes expertos en jurisprudencia islámica. Su propósito era averiguar si en ellas podía encontrarse algún recurso para borrar aquella fea mancha de infamia. Descubrieron que algunos imanes habían permitido dejar descubiertas las manos y el rostro. También supieron que la mujer podía salir de casa para atender sus necesidades. Además, descubrieron que podía llevar agua a los soldados en el campo de batalla y atender a los heridos. Podía acudir a la mezquita para la oración y desplazarse a otros lugares para recibir y ofrecer educación. Eso fue suficiente para ellos. Después proclamaron: «El islam ha concedido plena libertad a la mujer. El purdah no es más que una antigua costumbre de la ciega época de la barbarie. Los musulmanes estrechos de miras y supersticiosos lo introdujeron mucho después de la primera época del islam (el califato de los Rashidun). El Corán y los hadices no contienen ninguna instrucción sobre el purdah. En ellos solo se imparte una enseñanza moral acerca del pudor y la dignidad. No se ha establecido ningún principio que pueda restringir la libertad de movimiento de las mujeres.»
La cuestión fundamental
Es una debilidad natural del ser humano que, cuando adopta un camino en la vida práctica, por lo general no se deja guiar en la elección de ese camino por la razón y el discernimiento de una mente serena y equilibrada, sino por una inclinación emocional. Después recurre a argumentos y pruebas para demostrar que la decisión nacida de esa inclinación emocional es infalible. Lo mismo ocurrió en el asunto del purdah. La controversia que surgió al respecto no obedeció a ninguna necesidad racional ni relacionada con la sharía. La inclinación, el sentimiento y la emotividad que nacieron bajo la influencia de la cultura exterior, brillante y ostentosa, de la nación victoriosa, y bajo el desconcierto causado por su intensa propaganda contra la civilización islámica, fueron la única causa del comienzo de la controversia sobre el purdah.
Cuando nuestra sociedad educada y aficionada a las reformas contempló, con los ojos desorbitados por el asombro, la belleza, el lujo y los adornos de las mujeres europeas, su desplazamiento libre y desenfrenado por todas partes y su actividad en su propia sociedad, surgió inevitablemente en su mente el deseo de que sus propias mujeres pudieran vivir de la misma manera y de que su civilización alcanzara el nivel de la cultura europea. Cuando las nuevas ideas sobre la libertad de la mujer, la educación femenina y la igualdad entre hombres y mujeres comenzaron a llover sobre ellos sin cesar, impresas con letras llamativas y en un lenguaje de poderosa autoridad, se sintieron atraídos por ellas. Bajo la poderosa influencia de toda aquella literatura, perdieron la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo. En su mente se arraigó la idea de que, para ser verdaderamente progresistas y liberarse de la mancha de la antigüedad y el deterioro, debían creer ciegamente en todas aquellas corrientes de pensamiento y puntos de vista, propagarlos mediante la escritura y los discursos, y llevarlos valerosamente a la práctica. Al ver a mujeres cubiertas de blanco y con el rostro velado, envueltas como tiendas ambulantes o ataviadas con ropas funerarias semejantes a un féretro amortajado, aquellos desgraciados que se engañaban a sí mismos se sentían avergonzados y caían por tierra. ¿Cuánto tiempo podía soportarse aquello? Finalmente, obligados o hechizados, se dispusieron a borrar aquella mancha de vergüenza.
El movimiento por la libertad de la mujer que surgió entre los musulmanes a finales del siglo XIX tenía como base las emociones, los sentimientos y la emotividad antes mencionados. En algunos casos, esas emociones y sentimientos permanecían ocultos tras una sutil apariencia de discernimiento. Ellos mismos no eran conscientes de adónde los conducía aquel movimiento. Se engañaban a sí mismos. Otros, en cambio, sí eran conscientes de esas emociones y sentimientos, pero se avergonzaban de expresar ante los demás lo que realmente sentían. Aunque estos últimos no se engañaban a sí mismos, intentaron engañar al mundo exterior creando una niebla de confusión. En cualquier caso, ambos grupos apuntaban al mismo objetivo: ocultar la motivación fundamental de su movimiento y tratar de dirigir, en lugar de un movimiento impulsado por la emoción, un movimiento basado en la razón. La salud de las mujeres, el desarrollo de sus conocimientos y de sus capacidades en el ámbito práctico, la protección de sus derechos naturales e innatos, plena libertad para ganarse la vida, liberarse de la opresión y la arbitrariedad de los hombres, la dependencia del progreso civilizatorio del progreso de las mujeres como mitad de la nación, y otras técnicas importadas directamente de Europa fueron empleadas en la dirección de este movimiento de tal manera que el pueblo musulmán resultara engañado. También se adoptó una estrategia según la cual el profundo secreto de que el objetivo principal del movimiento era incitar a las mujeres musulmanas a adoptar las costumbres de las mujeres europeas y el sistema social europeo no debía ser revelado al pueblo musulmán.
El gran engaño
El engaño más grave en este asunto consistió en que se intentó demostrar, presentando argumentos extraídos del Corán y del Hadiz, que este movimiento estaba a favor del islam. Sin embargo, existe una diferencia abismal entre los objetivos de la civilización islámica y los de la occidental, así como entre sus principios fundamentales de organización social. El objetivo intrínseco de la civilización islámica es controlar la energía sexual del ser humano mediante normas morales y disciplinarias, de tal manera que, en vez de agotarse bajo el dominio del libertinaje y la excitación sexual, se emplee en la formación de una civilización pura, sagrada y virtuosa. Por el contrario, el objetivo de la civilización y la cultura occidentales es acelerar el curso del progreso material empleando por igual a mujeres y hombres en las actividades de la vida y en el cumplimiento de sus responsabilidades. Además, utiliza la excitación sexual en actividades que convierten la amargura de la lucha por la vida en un dulce disfrute de los placeres. Esta diferencia de objetivos exige inevitablemente que también haya una diferencia fundamental entre el islam y la cultura occidental en sus formas de vida. El islam exige un sistema social en el que los ámbitos de actividad de mujeres y hombres sean distintos. Se ha prohibido su libre mezcla y se han eliminado de raíz todos los medios y factores contrarios al control de esta disciplina. Por el contrario, el objetivo y la exigencia de la cultura occidental consisten en atraer a ambos sexos al mismo ámbito de la vida y eliminar todos los obstáculos e impedimentos que se interpongan en el camino de su trato mutuo desenfrenado y sin freno, así como de su actividad conjunta. Además, se les han proporcionado oportunidades ilimitadas para contemplar mutuamente su belleza y disfrutar sexualmente.
Ahora, toda persona dotada de conciencia puede imaginar hasta qué punto se engañan a sí mismos y engañan a los demás quienes, por un lado, desean seguir la cultura occidental y, por otro, presentan las normas del sistema social islámico como prueba a su favor. En el sistema social islámico, el límite extremo de la libertad de la mujer se ha establecido de modo que pueda mantener descubiertas las manos y el rostro y, cuando sea necesario, pueda salir de casa. Pero ellos —los seguidores de Occidente— han aceptado precisamente ese límite extremo establecido por el islam como el primer paso de su camino. Allí donde termina el recorrido del islam, ellos comienzan, y llegan a un punto en el que abandonan la vergüenza, el pudor y la decencia. No solo se muestran las manos y el rostro, sino también la cabeza desnuda, adornada con cabellos y con un contorno bien delineado, los hombros con mangas, las trenzas y el pecho prominente semidesnudo, ante los ojos del espectador. Lo que queda de la delicada belleza del cuerpo también se cubre con una tela tan fina que, a través de ella, se hacen visibles aquellas partes del cuerpo capaces de satisfacer la sed de deseo del hombre. Después, con semejante vestimenta y arreglo, se lleva a la esposa, la hija y la hermana ante los mahram (aquellos con quienes está prohibido casarse según la ley islámica) no, sino ante los amigos, y se les concede libertad para bromear, conversar y divertirse con hombres ajenos de una manera que ninguna musulmana podría disfrutar ni siquiera con su hermano por parte de padre o por parte de madre. La libertad de salir de casa únicamente cuando es necesario y con una cobertura completa del cuerpo conforme a la sharía se emplea para pasear por las vías públicas con saris llamativos, blusas semidesnudas y miradas desinhibidas, recorrer parques de recreo, entretenerse en clubes y hoteles y asistir a proyecciones cinematográficas. La libertad que el islam ha concedido a la mujer, bajo condiciones especiales, para realizar actividades distintas de las tareas domésticas se presenta de tal manera que la mujer musulmana, al igual que la europea, abandonará la vida doméstica y las responsabilidades familiares, deambulará por todas partes dedicada a la actividad política y económica y trabajará arduamente hombro con hombro con los hombres.
La situación del subcontinente indio ha llegado, más o menos, a este punto. Los esclavos mentales de Egipto, Turquía e Irán, aunque han obtenido la independencia política, han avanzado diez pasos más que esto. Las mujeres musulmanas de esos países visten ropas semejantes a las de las mujeres europeas. Con ello desean borrar la diferencia entre lo auténtico y lo imitado. Turquía ha avanzado tanto en este asunto que en las fotografías de las mujeres turcas se las ve con trajes de baño en la playa. Las mujeres que llevan semejante vestimenta tienen descubiertas tres cuartas partes del cuerpo. El resto está cubierto con una tela tan fina que las partes prominentes y las menos desarrolladas del cuerpo quedan marcadas y resaltadas sobre la tela correspondiente.
¿Puede encontrarse en algún lugar del Corán y del Hadiz algún fundamento que apoye semejante forma de vida? Si alguien desea adoptar este camino, debería declarar abiertamente que se opone al islam y a las leyes del islam. No solo se está adoptando pública y conscientemente un sistema social y una forma de vida cuyos principios fundamentales, objetivos y métodos de acción han sido declarados prohibidos por el Corán, sino que, además, se está dando el primer paso por este camino precisamente en nombre del Corán. El objetivo es confundir y engañar al mundo para dar, en nombre del Corán, los pasos siguientes por este mismo camino. ¡Qué gran hipocresía, bajeza y astucia!
Tema de nuestra discusión actual
Más arriba se ha descrito la situación de los musulmanes de la nueva era. Ahora tenemos ante nosotros dos aspectos que tratar. En este libro habrá que concentrarse en el análisis de ambos.
En primer lugar, habrá que explicar ante toda la humanidad, musulmana y no musulmana por igual, el sistema social islámico, y también habrá que explicar por qué en este sistema se han establecido las normas del velo.
En segundo lugar, habrá que presentar comparativamente ante los musulmanes de esta nueva era, por un lado, las directrices del Corán y del Hadiz y, por otro, la perspectiva de la cultura y la vida social occidentales, así como sus consecuencias, para que pongan fin a su conducta ambivalente y puedan adoptar uno de los dos caminos. Si desean vivir como verdaderos musulmanes, deberán obedecer plenamente los preceptos islámicos; de lo contrario, abandonando toda vinculación con el islam, deberán adoptar precisamente aquello hacia lo cual el sistema social occidental los atrae: un desenlace vergonzoso y aterrador.
Discusión teórica
Las razones por las que se combate el sistema del velo no son meramente negativas. En realidad, se fundamentan en una base positiva y demostrable. La base de la oposición del partido contrario no consiste únicamente en que la gente considere injusto que las mujeres permanezcan recluidas en el hogar y salgan de él con el cuerpo cubierto; y que, por tanto, deba abolirse el sistema del velo; el hecho es, más bien, que ellos tienen ante sí una imagen particular de la vida de la mujer. Sostienen una doctrina propia y estable acerca de la relación entre mujeres y hombres. Quieren que la mujer haga algo distinto en lugar de vivir de ese modo. Se oponen al velo porque, permaneciendo recluida en el hogar y cubierta con el velo, la mujer no puede expresar esa imagen deseada de la vida. Tampoco puede hacer «algo distinto».
Ahora es necesario examinar qué es ese «algo distinto» que las mujeres deben hacer. ¿Qué doctrina y principios fundamentales subyacen a ello, hasta qué punto es justo y razonable, y qué resultados ha producido en la práctica? Es evidente que, si aceptamos directamente sus principios doctrinales, el sistema del velo y el orden social del que el velo es una parte inseparable quedarán demostrados como completamente erróneos. Pero ¿por qué habríamos de aceptar su doctrina sin verificación ni examen racional? ¿Acaso debemos aceptar algo sin examinarlo simplemente por ser nuevo y por haberse difundido ampliamente entre el público?
La idea de la libertad en el siglo XVIII
Ya se ha dicho que, en el siglo XVIII, los filósofos, naturalistas y escritores que emprendieron esfuerzos de reforma social tuvieron que enfrentarse, en realidad, a un sistema civilizatorio en el que existían numerosas complejidades y en el que no había el menor rastro de elegancia. Estaba lleno de rituales y costumbres irracionales y convencionales, así como de incoherencias contrarias al conocimiento y a la naturaleza humana. Siglos de decadencia continua habían bloqueado su camino hacia el progreso. Por un lado, el despertar del conocimiento y la razón se agitaba entre la clase media burguesa y la impulsaba a superar los límites del esfuerzo y la iniciativa individuales; por otro, los dirigentes sociales y los líderes religiosos se ocupaban de estrechar los lazos de las tradiciones y leyendas establecidas. Desde la Iglesia hasta el ejército y los tribunales, y desde el palacio real hasta las labores agrícolas y los intercambios económicos, cada sector de la vida y cada institución de la organización funcionaban de tal manera que el fruto de todo el esfuerzo y la capacidad del grupo recién despertado vinculado a la clase burguesa era arrebatado, en nombre de derechos previamente establecidos, por ciertas clases decadentes. En semejante situación, todos los esfuerzos de reforma y corrección comenzaron a fracasar ante el egoísmo y la ignorancia del grupo gobernante. Por todas estas razones, entre los reformadores y quienes promovían el cambio se despertaba cada día una ciega inspiración revolucionaria. Finalmente, se encendió el incendio de la rebelión contra todo el sistema social de entonces y contra cada una de sus divisiones y partes. Después obtuvo aceptación general una doctrina extrema de la libertad individual cuyo propósito era conceder al individuo, frente a la sociedad, plena libertad y una liberación absoluta. Comenzó a difundirse la doctrina de que, así como debía concederse al individuo el derecho de realizar, con plena libertad y según su propia voluntad, las acciones que deseara, también debía tener la libertad de abstenerse de las acciones que no quisiera realizar. La sociedad no tendría ningún derecho a privar a nadie de su libertad individual. El único deber del gobierno sería mantener intacta la libertad de acción de los individuos. Las instituciones públicas solo ayudarían al individuo a alcanzar sus objetivos.
La doctrina extrema y exagerada de la libertad que nació en medio de la protesta y la indignación naturales contra el cruel orden social contenía la semilla de un mal y una destrucción mucho mayores. Ni siquiera quienes presentaron esta doctrina por primera vez eran plenamente conscientes de sus consecuencias inevitables. Si las consecuencias de semejante libertad sin freno y arbitrariedad se hubieran manifestado durante su vida, probablemente ellos también se habrían aterrorizado. En su época, quisieron introducir esta doctrina únicamente como un arma para arrancar de raíz los excesos absurdos y las restricciones irracionales que existían en la sociedad. Pero, finalmente, esta doctrina se arraigó en la mente y el pensamiento de los habitantes de Occidente y comenzó a desarrollarse progresivamente.
{De esta idea de la libertad individual nacieron el actual orden social democrático, el sistema cultural democrático y la inmoralidad licenciosa (Licentiousness). Durante casi un siglo y medio, esta doctrina hizo fluir por Europa y América una inundación de abusos y opresión, y como consecuencia la humanidad se vio obligada a rebelarse contra ella. Pues semejante orden social, al conceder a la arbitrariedad un derecho ilimitado contra los intereses del pueblo, pisoteó el interés público y destruyó la sociedad. Gradualmente, a través de esta rebelión, aparecieron el socialismo y el fascismo. Sin embargo, desde el origen mismo de la creación de estos nuevos «ismos» quedó dentro de ellos la semilla de un abuso y de un mal. En realidad, para resolver una doctrina extrema se planteó otra doctrina extrema. El defecto del movimiento por la libertad individual del siglo XVIII es que sacrificó al conjunto en aras del individuo.
En cambio, el defecto de la doctrina democrática del actual siglo XX es que sacrificó al individuo en el altar del conjunto. Para el bienestar de la humanidad, todavía existe una doctrina equilibrada, al igual que en el siglo XVIII.}
El cambio del siglo XIX
La Revolución francesa fue criada en el seno de esta libertad. Mediante esta revolución fueron abolidas muchas doctrinas morales, costumbres culturales y prácticas religiosas anteriores. Cuando se observó progreso como consecuencia de estas aboluciones, las personas de mentalidad revolucionaria comenzaron a afirmar que las normas de conducta anticuadas, vigentes desde tiempos inmemoriales, se habían convertido en un obstáculo para el progreso. Sin cambiarlas, era imposible avanzar. Tras la abolición de los falsos principios fundamentales de la moral cristiana, sus armas de crítica fueron dirigidas rápidamente contra los principios básicos de la moral humana. ¿Qué peligro hay, después de todo, en el honor y la castidad? ¿Por qué imponer a la juventud la carga del temor a Alá? Si alguien se enamora de otra persona sin matrimonio, ¿qué mal hay en ello? Después del matrimonio, ¿se vuelve acaso el ser humano tan cruel que se le debe privar del derecho de ofrecer su amor en otra parte? Preguntas de este tipo resonaron por toda la nueva sociedad revolucionaria; especialmente por medio de los escritos novelísticos, estas preguntas fueron formuladas con voz desafiante. A comienzos del siglo XIX, George Sand era la líder de este grupo. Esta mujer misma hizo añicos los principios morales sobre los que se apoyan la civilización humana y, en particular, el honor de la castidad femenina. Aunque era la esposa casada de un hombre, violó el vínculo matrimonial y estableció una relación ilícita con otro. Finalmente, se rompió su relación con su marido. Después comenzó la sucesión de sus amantes, y no le fue posible vivir más de dos años con ninguno de ellos. En su biografía se mencionan seis hombres con quienes mantuvo públicamente relaciones amorosas. Uno de sus amantes hizo el siguiente comentario en su elogio:
—George Sand primero captura una mariposa y la encierra en una jaula de flores: ese es el período en que le declara su amor. Después, cuando la atraviesa con la punta de su probóscide, ella empieza a revolotear, y él obtiene con ello un placer supremo. Luego, un día, su amor se enfría. Después le arranca las alas y la incluye en la categoría de aquellos insectos que son elegidos como personajes principales para sus novelas.
El poeta francés ‘Alfred Musse’ también fue uno de sus amantes. Finalmente quedó tan profundamente herido por su traición que, al morir, dejó dispuesto que George Sand no pudiera asistir a su funeral. Tal era el carácter moral personal de aquella mujer. Durante treinta años, por medio de su literatura, había influido en el carácter de la juventud francesa. En su novela Lelia, escrita por ella misma, escribe a Steno en nombre de Lelia:
—Por cuanto he tenido ocasión de observar el mundo, percibo cuán equivocada es la idea que nuestros jóvenes y nuestras jóvenes tienen acerca del amor. Es completamente errónea la idea de que el amor debe ser únicamente para una persona, o que hay que conquistar su corazón, y además para siempre. Sin duda, también deben tener cabida en la mente todas las demás concepciones. Estoy dispuesta a admitir que algunas personas tienen derecho a demostrar fidelidad en su vida conyugal. Pero la mayoría siente otra clase de necesidad y también posee la capacidad de alcanzarla. Para ello es necesario que hombres y mujeres se concedan plena libertad mutuamente, muestren generosidad recíproca y eliminen de raíz todo aquello que da lugar a los celos y la competencia en el amor; todo amor es correcto, ya sea apasionado o tranquilo, sensual o casto, firme o cambiante, autodestructivo o placentero—
En otra de sus novelas, titulada Jacus, describió a un esposo al que presentó ante la sociedad como un esposo ideal. La esposa de Jacus, el personaje principal de la novela, abraza en secreto a otro hombre, y sin embargo el esposo de mentalidad liberal no formula objeción alguna. Como explicación, el esposo dice:
¿Qué derecho tengo a pisotear la flor que desea ofrecer su fragancia a alguien distinto de mí?
En otro lugar, la escritora comenta lo siguiente en palabras de ‘Jacus’:
No he cambiado de opinión ni he hecho concesión alguna a la sociedad. En mi opinión, entre todos los sistemas sociales existentes, el matrimonio es uno de los más extremadamente bestiales. Creo que, si el ser humano desea perfeccionarse en conocimiento e inteligencia, sin duda abolirá este sistema. Después elegirá en su lugar un sistema humano sagrado. Entonces los hijos de la humanidad estarán más avanzados que estos hombres y mujeres y no crearán ningún obstáculo a la libertad del otro. En la actualidad, los hombres son tan egoístas y las mujeres tan tímidas que no exigen sistemas mejores y más nobles en lugar de las costumbres vigentes. Sí, quienes carecen de conciencia y virtud tendrán que permanecer encadenados a una disciplina severa.
Todas estas doctrinas e ideas se propagaban en 1833 d. C. y en la época contemporánea. George Sand solo había llegado hasta ese punto. No se atrevió a llevar sus doctrinas e ideas hasta su consecuencia final inevitable. Sin embargo, en su mente persistía cierta dosis de espíritu independiente y progresista, así como algo de la oscuridad de la antigua moralidad convencional. Treinta o treinta y cinco años después, en Francia apareció una segunda generación de dramaturgos, escritores y filósofos moralistas, entre otros. Alexandre Dumas (Alexander Dumas) y Alfred Naquet (Alfred Naquet) eran dos de sus principales líderes. Consagraron todas sus fuerzas a propagar la doctrina de que el ser humano tiene un derecho innato a la libertad y al disfrute de los placeres de la vida. Imponer normas morales y vínculos sociales sobre este derecho constituye una forma particular de opresión de la sociedad contra el individuo. Antes de ellos, la reivindicación de la libertad de acción del individuo se hacía únicamente en nombre del amor. A sus sucesores, semejante fundamento puramente sentimental les pareció débil. Por ello intentaron establecer la arrogancia personal, el libertinaje y la libertad desenfrenada sobre bases sólidas de la razón, la filosofía y la ciencia. El propósito era que los jóvenes, hicieran lo que hiciesen, pudieran hacerlo con plena satisfacción de su mente y su conciencia, y que la sociedad, en vez de indignarse ante sus desórdenes juveniles, los considerara legítimos y apropiados desde el punto de vista moral.
A finales del siglo XIX, escritores como Paul Adam, Henry Betaille y Pierrelouis consagraron todas sus fuerzas, por medio de la literatura, a infundir valor a los jóvenes y las jóvenes para entregarse al libertinaje. Como resultado, también desapareció por completo la sensación de vacilación y restricción que la idea de la antigua moralidad mantenía viva en la naturaleza humana. En realidad, en «La-Morale-De-La Amour», Poul Adam reprendió a los jóvenes y las jóvenes por la necedad de dar, al enamorarse, promesas innecesarias como que darían la vida por su amada, la amarían sinceramente, le pertenecerían para siempre, etcétera. Paul Adam dice:
Todo esto se dice porque el deseo de la relación carnal —que existe por naturaleza en todo ser humano y en el que no hay pecado alguno— es considerado impuro según la doctrina antigua. Por eso la gente intenta cubrirlo innecesariamente con el velo de la mentira. La debilidad fatal de la nación es que sus amantes sienten vergüenza de decir claramente que el propósito de sus encuentros es simplemente satisfacer el deseo corporal y obtener placer y máximo deleite.
Después les aconseja a los jóvenes y las jóvenes lo siguiente:
Sed personas amables y racionales. No hagáis de los seguidores de vuestros deseos y placeres vuestros ídolos. (Que nadie se equivoque al comprender el significado de esto. Con ello se alude a aquellos hombres y mujeres que pueden utilizarse mutuamente con el propósito de satisfacer sus propios deseos.) Quien, después de construir un templo del amor, se queda adorando a un mismo ídolo es verdaderamente necio. Debería elegir un huésped diferente en cada momento de placer.
Pierre Louis avanzó varios pasos más que los demás y comenzó a declarar abiertamente que los vínculos morales constituyen, en realidad, un obstáculo para el desarrollo del talento humano y de la capacidad intelectual. Mientras no se conceda al ser humano la oportunidad de disfrutar plenamente de los placeres corporales con completa libertad, tras romper estos vínculos, no será posible ningún desarrollo del conocimiento y la inteligencia ni ningún progreso material o espiritual. En su obra Afrodite intentó demostrar firmemente que Babilonia, Alejandría, Atenas, Roma, Venecia y otros centros de cultura y civilización alcanzaron su máximo esplendor precisamente cuando allí reinaban en toda su intensidad la inmoralidad, el libertinaje y la esclavitud a los deseos. Pero tan pronto como se impusieron sobre los deseos humanos los vínculos de la moral y de las leyes, el alma humana quedó aprisionada en esos mismos vínculos junto con los deseos y las pasiones.
En la Francia de aquella época, Pierre Louis era un escritor célebre y redactaba ensayos según un método propio. También era director de una institución literaria bien establecida. Bajo su dirección, un grupo de cuentistas, dramaturgos y moralistas, entre otros, se dedicaba a propagar sus doctrinas y su visión. Con todo el poder de su pluma difundió ampliamente la desnudez y la mezcla libre entre hombres y mujeres. En su obra Afrodite, elogia entusiastamente una época de Grecia en estos términos:
Cuando la humanidad desnuda, plena imagen de una belleza inconcebible, acerca de la cual los religiosos habían asegurado que Dios la había creado a Su propia imagen, exhibía su cuerpo ante veinte mil espectadores, con diversos adornos y graciosos movimientos, bajo la figura de una prostituta sagrada, entonces declarar amor por ella con plena pasión era aquel amor puro, sagrado y celestial mediante el cual todos fuimos creados—
no se consideraba ningún acto pecaminoso, vergonzoso o impuro.
En resumen, despojó a la poesía de todos sus velos y declaró claramente lo siguiente:
Mediante una firme educación moral debemos extirpar esta abominable idea: que convertirse en madre es, en cualquier circunstancia, vergonzoso, injusto y deshonroso para una mujer.
El progreso del siglo XX
En el siglo XIX, las ideas y doctrinas habían llegado solamente hasta ese punto. Al comenzar el siglo XX apareció en el horizonte un nuevo halcón que intentó volar más alto que sus predecesores. En 1908 se publicó una obra teatral de Peorr Wolff y Caston Leronx, titulada Lelys. En esta obra, dos muchachas discuten con su padre, delante de su joven hermano, sosteniendo que tienen derecho a declarar libremente su amor según sus deseos. También dicen cuán dolorosa puede ser la vida de una joven sin amor. Un padre anciano reprende a su hija por mantener un amor ilícito con cierto joven. La hija le responde:
¿Cómo te lo explicaré? No tienes derecho a decirle a ninguna muchacha que envejezca sin haber amado, ya sea tu hermana o tu hija; no has podido comprenderlo de ninguna manera.
La Primera Guerra Mundial no solo incrementó este movimiento por la libertad, sino que lo llevó a su extremo. El movimiento anticonceptivo tuvo un impacto aún mayor en Francia. Durante cuarenta años consecutivos, la tasa de natalidad de Francia había ido disminuyendo. De sus veintisiete departamentos, solo en veinte la tasa de natalidad superaba a la de mortalidad. En algunas regiones del país la situación era tal que, por cada cien nacimientos, la tasa de mortalidad oscilaba entre 130 y 160. Cuando comenzó la gran guerra que decidiría la vida o la muerte de la nación francesa, los pensadores del país comprendieron que el número de jóvenes aptos para la guerra que la nación tenía en su seno era sumamente reducido. Quizá se pudiera poner a salvo la vida nacional sacrificando a este pequeño número de jóvenes, pero sería difícil sobrevivir al siguiente ataque enemigo. Este sentimiento despertó en toda Francia una intensa motivación para aumentar la tasa de natalidad. Desde todas partes, escritores, periodistas, oradores, eruditos y políticos comenzaron a proclamar al unísono: «Tened hijos. No temáis los lazos tradicionales del matrimonio. Las mujeres solteras y viudas que estuvieran dispuestas a concebir hijos en su seno por el bien de la patria no serían dignas de censura por parte de la sociedad, sino que merecerían honor.»
En aquel momento se presentó naturalmente una oportunidad de oro para los caballeros amantes de la libertad. Aprovechando esta oportunidad, comenzaron a difundir todas las doctrinas y corrientes de pensamiento que quedaban en el saco del demonio.
Por aquel entonces, un destacado escritor y editor de Lo-Lyon Republican hizo el siguiente comentario en un artículo titulado «¿Por qué la violación forzada es un delito?»:
Cuando un pobre indigente, atormentado por el hambre, se dedica al robo y al saqueo, se dice que hay que proporcionarle alimento y vestido, y que el robo y el saqueo cesarán por sí solos. Pero lo sorprendente es que la ayuda y la compasión que se ofrecen para satisfacer una necesidad natural del cuerpo no se ofrecen para satisfacer una segunda necesidad natural e importante, es decir, para aplacar el hambre sexual. Así como el intenso apremio del hambre lleva al ser humano a dedicarse al robo, la violación forzada y, en la mayoría de los casos, incluso el asesinato, son también consecuencia de un impulso igualmente intenso del hambre sexual, que no es menos natural que el hambre y la sed. Un joven sano y vigoroso no puede contener por la fuerza su instinto sexual, del mismo modo que no puede contener su hambre con la promesa de que la semana próxima obtendrá alimento. En nuestras ciudades hay abundancia de todo. Pero así como es desgarradora la falta de alimento para el estómago de un indigente, también lo es sobremanera la falta de satisfacción sexual. Así como se distribuyen alimentos gratuitamente a los hambrientos, también es nuestro deber disponer algo para quienes padecen el hambre del segundo tipo.
Es necesario recordar que este no era un artículo escrito en tono de burla. Así como fue escrito con gran responsabilidad y seriedad, también fue difundido con toda seriedad en Francia.
Por entonces, la Facultad de Medicina de París concedió el título de «doctor» a un médico experimentado por uno de sus artículos. El artículo también fue publicado en el órgano oficial. En un pasaje de dicho artículo se hacía el siguiente comentario:
Hoy afirmamos sin vacilar que fui enviado a la cima de una montaña para abandonar la expectoración sanguinolenta (el esputo). Creemos que llegará un día en que podremos decir, sin orgullo ni vergüenza artificiales: a los veinte años tuve sífilis. Estas enfermedades no son sino el precio de los placeres de la vida. La vida de quien la lleva de tal manera que nunca contrae enfermedad alguna es incompleta. Se abstiene de satisfacer sus necesidades corporales naturales por cobardía, por un carácter apocado o por confusión religiosa, aunque esta no es más que una necesidad insignificante entre sus necesidades naturales.
Literatura neomalthusiana
Antes de avanzar, considero necesario echar una mirada a las doctrinas y corrientes de pensamiento expuestas acerca del movimiento de control o prevención de la natalidad. Cuando, a finales del siglo XVIII, Malthus, el más destacado economista inglés, propuso el control de la natalidad para controlar el crecimiento de la población, ni siquiera soñó que, un siglo más tarde, su consejo serviría de apoyo a la difusión del adulterio y la obscenidad. Malthus aconsejó el autocontrol, el matrimonio a una edad más avanzada y otras medidas para detener el crecimiento demográfico. Pero cuando, a finales del siglo XIX, comenzó el movimiento neomalthusiano (New Multhusian Movement), su principio fundamental era satisfacer libremente el instinto sexual y, como consecuencia natural de ello, impedir científicamente el nacimiento de hijos. Como resultado, desapareció también el último obstáculo que quedaba para establecer relaciones sexuales ilícitas, y el camino del pecado quedó despejado. Pues ahora una mujer podía entregar libremente su cuerpo a un hombre ajeno. Después de eso, ya no quedaba ninguna preocupación por tener hijos ni por la responsabilidad de criarlos. No hay aquí ocasión para describir las terribles consecuencias de todo esto; sin embargo, ofreceré algunos ejemplos de las doctrinas difundidas en la literatura relacionada con el control de la natalidad.
El resumen de los argumentos y pruebas mediante los cuales se ha escrito la introducción neomalthusiana en toda esta literatura es el siguiente:
Todo ser humano se enfrenta por naturaleza a tres necesidades enormes y apremiantes. La primera es el alimento, la segunda el descanso y la tercera la satisfacción del deseo sexual. La naturaleza ha depositado estas tres cosas en el ser humano con toda su fuerza. También ha infundido un placer especial en la satisfacción de estas necesidades. Por eso, el ser humano desea naturalmente satisfacerlas. La razón y el intelecto lo obligan a precipitarse hacia ellas con la velocidad de una flecha. En las dos primeras cuestiones, su modo de proceder es el mismo. Pero lo asombroso es que, en lo referente a la tercera, su modo de proceder es diferente. La normativa moral de la sociedad le ha impuesto la obligación de que el deseo sexual no puede satisfacerse fuera del matrimonio. Dentro de los límites matrimoniales, se han hecho indispensables para el hombre y la mujer la fidelidad y el honor de la castidad. Además, se ha establecido como condición que no se puede impedir el nacimiento de los hijos. Normas de esta índole son completamente erróneas y denotan necedad. Son contrarias al conocimiento y a la naturaleza. También son erróneas desde el punto de vista moral y acarrean consecuencias terribles para la humanidad.
Observen también, por una vez, las doctrinas que se construyen sobre semejante fundamento. El dirigente del Partido Socialdemócrata alemán, Babel, escribe claramente:
- La mujer y el hombre no son sino animales. ¿Acaso se plantea alguna vez entre una pareja de animales la cuestión del matrimonio, del matrimonio permanente?
Dice el Dr. Drysdale:
Entre todos nuestros deseos, el amor también es algo cambiante. Determinarlo mediante un único método equivale a corregir las leyes de la naturaleza. Los jóvenes y las jóvenes desean este cambio de una manera particular. Conforme al grandioso y justo orden natural, nuestro deseo es que, en este asunto, sus experiencias sean variadas. La relación libre es una expresión de un carácter superior porque guarda mayor semejanza con las leyes de la naturaleza. Además, surge directamente de la sensibilidad, los sentimientos y el amor desinteresado. La inspiración y el deseo que dan origen a esta relación poseen un enorme valor moral. ¿Cómo sería posible semejante dicha mediante ese intercambio mercantil que convierte, en realidad, el matrimonio en una profesión?
Observe el lector cómo cambia de vez en cuando el punto de vista y cómo se va adoptando gradualmente una ideología contraria. Al principio se intentó considerar el adulterio inocente desde el punto de vista moral y colocar el matrimonio y el adulterio en el mismo nivel. Pero ahora, avanzando más, se considera censurable el matrimonio mismo y se concede al adulterio un rango superior.
El doctor mencionado dice en otro lugar:
Es necesario adoptar un sistema mediante el cual se pueda considerar honorable amar sin casarse. Es motivo de alegría que, al haberse flexibilizado el procedimiento del divorcio, el camino del matrimonio también esté llegando a cerrarse. Porque ahora el matrimonio es un contrato entre dos personas para vivir juntas, y ambas partes pueden poner fin a este contrato cuando lo deseen. Esta es la única manera adecuada de mantener relaciones sexuales.
El célebre líder neomaltusiano francés Paul Robin escribe:
En los últimos veinticinco años hemos alcanzado tal éxito que casi hemos puesto al hijo ilegítimo al nivel del hijo legítimo. Ahora solo queda hacer que puedan nacer únicamente bastardos o hijos ilegítimos. Porque entonces ya no se plantearía en absoluto la cuestión de la competencia.
El famoso filósofo inglés «Mill» afirma con firmeza en su obra On Liberty que, mediante la ley, se impedirá casarse a quien no pueda demostrar que cuenta con medios y recursos suficientes para vivir. Pero cuando en Inglaterra se planteó la cuestión de prohibir la prostitución, este mismo sabio filósofo se opuso vehementemente. Su argumento era que con ello se interfería en la libertad individual y se humillaba a los trabajadores. Porque mediante ello se los trataba como niños.
Piénselo: hay que respetar la libertad individual porque con ella se podrá cometer adulterio. Pero si algún necio quiere casarse amparándose en la libertad individual, no tendrá derecho a que se proteja esa libertad. La intervención de la ley en su libertad no solo es aceptable, sino que la conciencia del filósofo amante de la libertad la considera necesaria. Aquí la revolución de la perspectiva moral está llegando a su límite extremo. Lo que antes era censurable ahora se ha vuelto inocente, y lo que era inocente ahora se ha vuelto censurable.
Consecuencias
La literatura avanza al frente y la opinión pública la sigue. Finalmente, el carácter social, las normas y costumbres, y las leyes del Estado se rinden ante ella. Cuando durante un siglo y medio, de manera continua, la filosofía, la historia, la moral, la ciencia, las novelas, el teatro, las bellas artes y otros medios capaces de producir una revolución mental introducen en la mente de las personas, con su fuerza conjunta, un mismo tipo de perspectiva y de pensamiento, resulta sumamente difícil que la sociedad no se vea influida por esa forma de pensar. Además, cuando el gobierno y todo el sistema social están establecidos sobre principios democráticos, tampoco es posible que las leyes no cambien junto con la transformación de la opinión pública.
La Revolución Industrial y su reacción
Los demás elementos civilizatorios se habían vuelto oportunos sin dificultad. Fue precisamente en esa época cuando tuvo lugar la Revolución Industrial (Industrial Revolution). Los cambios que esta produjo en la vida económica y las diversas influencias que puso de manifiesto en la vida cultural estaban conduciendo el curso de los acontecimientos en la dirección hacia la cual las publicaciones revolucionarias habían querido conducirlo. La posibilidad de los inventos mecánicos y de la producción en masa (Mass Production) había otorgado una fuerza extraordinaria a la idea de libertad individual sobre la que se había establecido el sistema capitalista. La clase adinerada fundó grandes empresas industriales y comerciales. Los nuevos centros de la industria y el comercio se convirtieron en enormes ciudades. Millones de hombres y mujeres fueron atraídos desde las zonas rurales hacia las ciudades. El sustento se volvió más caro de lo que podía esperarse. La vivienda, los alimentos, la ropa y los artículos de uso diario necesarios para llevar la vida se volvieron carísimos. En parte debido al progreso cultural y en parte por los esfuerzos de los capitalistas, innumerables artículos de lujo pasaron a ocupar un lugar entre las necesidades de la vida. Pero, aunque los capitalistas habían creado toda clase de comodidades, placeres y adornos lujosos para la vida cotidiana, en el sistema capitalista no se distribuyó la riqueza de tal manera que todos pudieran disfrutar por igual de los medios para obtenerlos. Después de que los capitalistas atrajeran a las masas desde las zonas rurales hacia las ciudades, habría sido fácil proporcionarles los artículos indispensables para su vida, vivienda, alimentos, ropa y demás. El resultado fue que la esposa se convirtió en una carga para el marido y los hijos en una carga para el padre. No hablemos ya de soportar la carga de parientes y familiares: incluso atenderse a uno mismo se volvió extremadamente difícil. La situación económica obligó a cada persona a ganarse el sustento. Las mujeres de todas las clases —solteras, casadas, viudas y demás— tuvieron que salir del hogar para ganarse la vida. Después, cuando aumentaron las oportunidades de trato entre mujeres y hombres y se manifestó su inevitable consecuencia, la idea de libertad y la nueva filosofía moral consolaron a padres e hijas, hermanos y hermanas, esposos y esposas, diciéndoles: «¡No os impacientéis; lo que está ocurriendo está muy bien! ¡Esto no es decadencia; en realidad, esto es progreso y emancipación (Emancipation)! Este abismo insondable al que los capitalistas os están arrojando no es un pozo infernal, sino el cielo, el cielo supremo.»
El interés individual capitalista
Los demás asuntos no quedaron limitados a esto. El sistema capitalista, establecido sobre cierta concepción de la libertad individual, concedió al individuo un derecho ilimitado, incondicional y absoluto a enriquecerse por todos los medios posibles. Cualquiera que fuera el medio por el que se obtuviera la riqueza, incluso si como consecuencia del enriquecimiento de alguien se arruinara a un número incontable de personas, la nueva filosofía moral lo consideraba legítimo y sagrado. Así, todo el sistema cultural se estableció de tal manera que apoyaba al individuo en todos los aspectos contra la colectividad. Por el contrario, no quedó ningún medio para proteger los derechos de la colectividad frente al interés personal del individuo. Para las personas egoístas quedaron abiertos todos los caminos para destruir la sociedad. Comenzaron a adoptar nuevos métodos para satisfacer sus propios intereses aprovechándose de todas las debilidades humanas. Aparece un hombre que, para llenar sus propios bolsillos, induce a otro a entregarse al vicio de la bebida. Nadie se adelanta para proteger a la sociedad de esta rata de la peste. Aparece otro hombre y extiende la red de la usura. No hay nadie que proteja a la gente de las garras de esta sanguijuela chupadora de sangre. Además, todas las leyes protegen los intereses de este chupasangre, de modo que nadie pueda conservar a salvo ni una sola gota de sangre fuera de sus garras. Aparece un tercer hombre, que inventa una extraña modalidad de juego de azar. Su expansión llega a ser tan amplia que ningún sector de la industria y el comercio queda libre de la influencia del juego. No hay nadie que proteja la vida económica de la gente de este fuego abrasador. En una época en la que era posible sacar enormes beneficios alimentando la debilidad más peligrosa del ser humano con la pasión sexual, y en aquel período impuro de arrogancia individual, rebelión y hostilidad, era imposible que los individuos cegados por el interés no fijaran su atención en semejantes debilidades humanas. En realidad, se sacó de esta desenfrenada sexualidad todo el provecho posible. En los escenarios, las salas de baile y los centros de producción cinematográfica, todas las actividades giraban en torno a la mujer hermosa. La participación de la mujer en estas actividades era inevitable. La mujer era presentada ante el público en formas cada vez más desnudas y en posturas provocativas. Mediante ello se aumentaba la sed sexual de la gente y se les robaba su dinero. Algunos comenzaron a alquilar mujeres y, promoviendo la prostitución, la convirtieron en un negocio internacional bien organizado. Otros inventaron nuevos medios de belleza y lujo; con ellos incrementaron el instinto innato de las mujeres de exhibir su belleza y las impulsaron a embellecerse, mientras grupos de comerciantes interesados comenzaron a obtener grandes ganancias por este medio. Algunos otros inventaron nuevas modas de vestimenta sexualmente excitante y de desnudez, hicieron que las mujeres hermosas las vistieran y las animaron a circular así por la sociedad; y grupos de jóvenes modernos empezaron a congregarse alrededor de ellas con ojos y corazones ávidos. Las jóvenes se sintieron atraídas por las vistosas prendas desnudas recién inventadas, y el mercado de la ropa nueva también cobró gran actividad. Algunos, aprovechando la ocasión, comenzaron a difundir fotografías desnudas y literatura obscena, y de este modo, infectando a las masas con la lepra, lograron ganar unas buenas monedas. Poco a poco la situación llegó a tal extremo que ningún sector de los negocios y el comercio quedó libre de los medios y recursos de la excitación sexual. Fíjese en los anuncios de cualquier empresa comercial y verá que, sin una imagen desnuda o semidesnuda de una mujer, cualquier anuncio carece por completo de valor. En hoteles, restaurantes, escaparates de tiendas, salas de exposición y lugares semejantes, las figuras femeninas se colocan de tal manera que el hombre se sienta atraído hacia ellas. En semejante situación, el único medio de proteger los intereses de la desamparada y desdichada gente era que repeliera todos estos ataques mediante su propia fortaleza moral y se protegiera de las garras de la excitación sexual. Pero el sistema capitalista estaba fundado sobre una base tan débil que no podían repelerse sus ataques. Contaban con una filosofía de vida completa y un poderoso ejército satánico, es decir, una literatura, que de inmediato derrotaba y sometía la perspectiva moral. El mérito del asesino consiste en preparar a la víctima voluntariamente y con el corazón satisfecho para el sacrificio.
El sistema político democrático
El peligro no terminó aquí. Además, esta idea de libertad dio origen al sistema de gobierno democrático occidental y este se convirtió en un arma poderosa para llevar a su culminación este tipo de revolución moral.
El principio fundamental de la nueva democracia era que el ser humano se gobernaría a sí mismo y redactaría para sí su constitución de gobierno y sus leyes. Redactaría las leyes como quisiera y derogaría o modificaría cualquier ley a su antojo. No había por encima de él ninguna autoridad o poder superior, libre de las debilidades humanas, cuya guía pudiera aceptar con la cabeza inclinada para salvarse del camino del error. No tenía ninguna ley fundamental inmutable, eterna y situada más allá de la capacidad humana. No poseía ninguna piedra de toque firme e inamovible que no cambiara bajo el impulso de las malas inclinaciones humanas y mediante la cual pudiera distinguir la verdad de la falsedad. Así, la nueva perspectiva de la democracia convirtió al ser humano en plenamente autónomo y carente de responsabilidad. Ellos mismos se convirtieron en sus propios gobernantes y aceptaron la opinión pública como fuente de toda ley.
Cabe señalar que, allí donde todas las leyes de la vida social quedan sometidas a la opinión pública y donde la autoridad gobernante se convierte en esclava de este nuevo dios democrático, las leyes y el poder estatal no pueden proteger a la sociedad del desorden moral; por el contrario, terminan contribuyendo a su destrucción. Las leyes cambian junto con los cambios de la opinión pública. A medida que cambia la perspectiva del pueblo, los principios y las restricciones de las leyes se van configurando de manera correspondiente. Allí donde predomine la mayoría de los votos estará la piedra de toque para determinar la verdad y el bien. Si una propuesta, por desfavorable e incongruente que sea, logra el apoyo del cincuenta y uno por ciento, no habrá obstáculo alguno para convertirla en ley. En la época anterior al nazismo en Alemania se encuentra un ejemplo sumamente espantoso y aborrecible de esto. Un filósofo alemán llamado Dr. Magnus Herschfield (Dr. Magnus Herschfield) era presidente de la Liga Mundial para la Reforma Sexual (World League of Sexual Reform). Durante seis años llevó a cabo una intensa campaña en apoyo de las prácticas perversas del pueblo de Lot. Finalmente, el dios democrático accedió a declarar lícita o «halal» esta actividad ilícita, y el Parlamento alemán decidió, por una abrumadora mayoría de votos, que si dicha actividad se realizaba con el consentimiento de ambas partes, dejaría de ser ilegal. Se estableció que, si la persona sobre la cual se realizaba dicho acto era menor de edad, su tutor emitiría el voto en su nombre.
Esta democracia parece algo lenta en el cumplimiento de la servidumbre al dios; ciertamente se obedecen sus órdenes, pero con pereza e indiferencia. Todas las partes de la administración estatal compensan las deficiencias que quedan en el cumplimiento pleno de esa servidumbre. Quienes dirigen estos sistemas de gobierno democrático aceptan, incluso antes de redactar las leyes, la influencia de la literatura que los rodea, de la filosofía moral y de las inclinaciones del pueblo. Todas las libertades morales que llegan a generalizarse entre el pueblo son reconocidas y aceptadas, con la benevolencia de los administradores del gobierno, en cada nivel oficial. Respecto de los asuntos que hasta entonces siguen prohibidos, la policía y los tribunales se abstienen de hacer cumplir la ley. Así, también esas actividades prohibidas pasan a considerarse lícitas. Tomemos como ejemplo el aborto. En el derecho occidental todavía está prohibido. Sin embargo, no existe ningún país donde no se practique abiertamente y en gran escala. En Inglaterra se practican cada año aproximadamente noventa mil abortos. Entre las mujeres casadas, hasta un veinticinco por ciento aborta por sí misma o busca la ayuda de algún especialista para ello. En algunos lugares existen clubes de aborto debidamente establecidos. Las mujeres de la alta sociedad pagan allí una cuota semanal y, cuando lo necesitan, reciben la atención de especialistas en aborto. En Londres hay muchos hospitales y clínicas de este tipo donde se trata a pacientes de aborto. (El profesor Judd ha consignado una descripción detallada de este asunto en su obra Guide to Modern weekedness. El libro fue publicado varios años atrás). A pesar de todo esto, el aborto todavía figura como delito en los códigos legales de Inglaterra.
Principios fundamentales y pruebas
Ahora deseo describir detalladamente hasta qué punto la reunión de estos tres elementos —la perspectiva moral moderna, el sistema cultural capitalista y el gobierno político democrático— está influyendo y manifestándose en el carácter social y en las relaciones sexuales entre mujeres y hombres. Puesto que hasta ahora he mencionado principalmente a Francia —de donde comenzó este movimiento—, presentaré ante todo a Francia como prueba. (Véase la obra del sociólogo francés Paul Bureau, Towards Moral bankruptcy. Fue publicada en 1925.)
La desaparición del sentimiento moral
El resultado inicial de la difusión de las perspectivas descritas en el capítulo anterior fue que el sentimiento moral de las personas respecto de la conducta sexual quedó paralizado. La vergüenza, el pudor, la repugnancia, el desprecio y otros sentimientos fueron desapareciendo día tras día. La conciencia de la diferencia entre el matrimonio y el adulterio se borró del corazón. Finalmente, el adulterio se convirtió en algo tan inocente que ya no se consideró necesario ocultarlo con repugnancia.
Hasta finales del siglo XIX, la perspectiva moral del pueblo francés solo había cambiado en la medida en que el adulterio se consideraba, en el caso de los hombres, un fenómeno natural extraordinario. Si los hijos jóvenes no contraían enfermedades venéreas ni existía el riesgo de que fueran llevados ante los tribunales, los padres alentaban satisfechos su libertinaje sexual. Además, se sentían sumamente complacidos si obtenían algún beneficio material de ello. Tenían la idea de que las relaciones sexuales entre una mujer y un hombre fuera del matrimonio no eran censurables. También se encuentran casos en que los padres animaban a sus hijos jóvenes a establecer relaciones con mujeres influyentes o ricas para asegurarles un futuro brillante. Pero su perspectiva respecto de los hombres era entonces distinta de la que tendrían posteriormente. La castidad de la mujer se consideraba valiosa. Los mismos padres que consideraban el libertinaje sexual de sus hijos una manifestación de la exuberancia juvenil y lo pasaban por alto, no podían tolerar ninguna mancha o deshonra en el carácter de sus hijas. Aunque se consideraba inocente al hombre inmoral, no se consideraba inocente a la mujer inmoral. Aunque fruncieran el ceño con repugnancia al mencionar el nombre de una prostituta profesional, no mostraban repugnancia hacia el hombre que compartía su lecho. Del mismo modo, en la vida conyugal las responsabilidades morales de la mujer y del hombre tampoco eran iguales. Aunque se toleraba la falta de carácter del marido, la de la esposa se consideraba gravemente censurable.
A comienzos del siglo XX, esta situación cambió. El movimiento por la emancipación de la mujer tocó la flauta de la igualdad moral entre hombres y mujeres, y el resultado fue que las malas acciones de la mujer, al igual que las del hombre, fueron consideradas inocentes. También cambió la idea de que mantener relaciones sexuales con un hombre sin estar casada podía dañar la nobleza o el honor de una mujer. Paul Bureau dice:
No solo en las grandes ciudades, sino también en las pequeñas ciudades y aldeas de Francia, los grupos de jóvenes modernos han aceptado el principio de que, puesto que ellos mismos no son castos, no tienen derecho a exigir a un casamentero una mujer casta o virgen. En Borgoña, Beaune y otras regiones, es algo común que, antes del matrimonio, una joven haya disfrutado de la compañía de muchos amigos y que, al casarse, no sienta la necesidad de ocultar al casamentero los acontecimientos de su vida pasada. Hablan sin reparo entre ellos de sus relaciones ilícitas con otros hombres, como si conversaran sobre deportes o sobre cómo ganarse la vida. Al casarse, el novio no solo conoce la vida pasada de la novia, sino también cuáles de sus amigos habían disfrutado hasta entonces de sus encantos físicos. En tales circunstancias, el distinguido pretendiente se esfuerza especialmente para que nadie pueda sospechar que tiene alguna objeción a semejantes actividades de la novia. —De la obra citada, p. 94
Añade:
Es muy frecuente ver a mujeres educadas de la clase media culta de Francia trabajando en oficinas o establecimientos comerciales. También se relacionan libremente en la sociedad respetable, y ninguna de estas actividades se considera en absoluto contraria a la moral. Después, si alguna de estas jóvenes se siente atraída por un joven y comienza a vivir con él, el matrimonio entre ellos se considera completamente innecesario. Consideran preferible vivir juntos sin casarse. Naturalmente, después de que ambos hayan satisfecho sus deseos, tienen pleno derecho a separarse y a ofrecer su amor en otra parte. Sus relaciones de esta índole no son desconocidas para la sociedad. Ambos frecuentan juntos los círculos respetables. Tampoco ocultan esta relación mutua, y nadie ve nada malo en su forma de vida. Este comportamiento apareció primero entre quienes trabajaban en las fábricas. Más tarde se lo consideraba sumamente censurable. Pero ha llegado a convertirse en un asunto cotidiano y común entre las familias distinguidas. En la vida social, esta forma de vida ha adquirido ahora la misma dignidad que antes tenía el matrimonio. —De la obra citada, pp. 94-96
De este modo, también la concubina ha sido ahora reconocida debidamente. Monsieur Berthelemy (M. Berthelemy) fue profesor de Derecho en la Universidad de París. Dice: «Poco a poco, la concubina está adquiriendo un estatus jurídico igual al de la esposa casada. En el Parlamento han comenzado a debatir sobre ellas. Ahora el Gobierno ha empezado a proteger sus intereses. La concubina de un soldado, incluso después de la muerte de este, recibe una pensión semejante a la asignación que se concede a la esposa casada de un soldado».
La razón por la que, según la ética francesa, el adulterio se considera inocente puede deducirse del siguiente suceso:
En 1918, una maestra de una institución educativa quedó embarazada aunque no estaba casada. En el departamento de Educación había algunos tradicionalistas que comenzaron a hacer cierto alboroto al respecto. Ante esto, una delegación de personas distinguidas acudió ante el ministro de Educación y presentó los siguientes argumentos y pruebas de tal manera que el asunto de la maestra fue encubierto.
1. ¿Qué derecho tiene otra persona a interferir en la vida privada de alguien?
2. ¿Y cuál ha sido, después de todo, su delito?
3. ¿Acaso no es más democrático convertirse en madre de un hijo sin estar casada?
Entre la instrucción que se imparte a los soldados del ejército francés se incluye también la manera de protegerse contra las enfermedades venéreas y la anticoncepción, porque es una verdad inevitable que los soldados ciertamente cometerán adulterio. El 3 de mayo de 1919, el comandante de ala de la 127.ª División francesa difundió entre los soldados la siguiente declaración:
Se ha sabido que se ha presentado una queja por la aglomeración de soldados armados en el burdel militar. Su queja es que los soldados armados se han adueñado por completo del lugar y no se permite ninguna oportunidad a los demás. Debido al aumento del número de soldados, el alto mando está intentando aumentar el número de prostitutas. Pero mientras no se disponga lo necesario, por la presente se informa a los soldados armados de que no permanezcan dentro demasiado tiempo. Que se apresuren un poco para satisfacer su pasión.
Piénsenlo: este comunicado se está difundiendo oficialmente, conforme al procedimiento establecido, desde el departamento militar de un gobierno civilizado del mundo. Esto significa que de sus mentes y conciencias había desaparecido incluso la idea de que el adulterio pudiera ser censurable desde un punto de vista moral. Esta noción había sido desterrada de la sociedad, de las leyes del país y de la mente de todos. (Cuando soldados cuyo estado moral es así entran en un país con el aspecto de vencedores, fácilmente puede imaginarse cuál puede ser el terrible destino del honor y la castidad de las mujeres de ese país. Este es un tipo de norma moral del ejército. Otro tipo de norma moral es la que presenta el Corán: «Cuando los musulmanes adquieren el poder en el mundo, establecen allí la oración, pagan el zakat, ordenan las buenas obras y prohíben las acciones reprobables». Un tipo de soldado vaga como un toro. El otro tipo de soldado toma el poder precisamente para proteger la dignidad moral humana y enseñar a las personas la pureza. ¿Es que el ser humano se ha vuelto tan ciego que no puede distinguir entre ambos?)
Poco antes de la Primera Guerra Mundial se estableció en Francia una agencia. Fuera cual fuese la condición y la conducta moral de una mujer, la función de dicha agencia consistía en incitarla, en cualquier circunstancia, a someterse a una nueva experiencia. Si un hombre deseaba mantener relaciones sexuales con una mujer, solo tenía que proporcionar la dirección de esa mujer. Además, debía depositar en dicha agencia veinticinco francos como tarifa inicial. Después, correspondía a la agencia conseguir que aquella mujer aceptara realizar ese acto.
Por el registro de esta agencia se supo que no había clase alguna de la sociedad francesa entre cuyos miembros un gran número de personas no hubiera hecho negocios por medio de ella. Todas estas actividades no eran desconocidas para el Gobierno francés. —Paul Bureau, p. 16
Acerca de hasta qué extremo había llegado su decadencia moral, Paul Bureau dice:
En algunos distritos de Francia y en las zonas densamente pobladas de las grandes ciudades, no eran infrecuentes las relaciones sexuales entre parientes muy cercanos, incluso entre padres e hijas y entre hermanos y hermanas.
La abundancia de la obscenidad
Antes de la Primera Guerra Mundial, el fiscal general de Francia, monsieur Bulot (M. Bulot), informó en uno de sus reportes que había quinientas mil mujeres que se ganaban la vida alquilando sus cuerpos. Sin embargo, no se puede comparar a las mujeres dedicadas a la prostitución de aquel lugar con las prostitutas del subcontinente indio. Francia es un país muy civilizado y desarrollado. Allí todas las actividades se realizan ampliamente con cortesía y buena organización. Se atrae la atención de los clientes por todos los medios decorosos, como periódicos, imágenes, postales, teléfonos y cartas de invitación personales. La conciencia de la gente nunca reprende estas actividades; al contrario, las mujeres que tienen la oportunidad de alcanzar mayor fortuna en este negocio pueden ejercer, en la mayoría de los casos, una considerable influencia en la política, la economía y las clases distinguidas del país. Estas mujeres han llegado a ser lo mismo que las de esta clase durante la civilización griega.
Un miembro del Senado francés, monsieur Ferdinand Dreyfus (M. Ferdinand Dreyfus), dijo que la prostitución ya no era un asunto privado. Debido a las ganancias financieras obtenidas por medio de sus agencias, se había convertido en un negocio y en una industria bien organizada. Agentes independientes que suministraban su materia prima importaban y exportaban a muchachas jóvenes como mercancía de este negocio. Aquí había una demanda sumamente elevada de niñas menores de diez años.
Paul Bureau dice:
Es una poderosa institución. Está dirigida de manera organizada por altos funcionarios y empleados asalariados. Aquí trabajan publicistas, escritores, oradores, médicos, parteras, comerciantes y viajeros. Se recurre a la publicidad y se adoptan nuevos métodos de exhibición.
Además de estos antros de obscenidad, la prostitución se practica abiertamente en hoteles, casas de té, salones de baile y otros lugares. A veces también tienen lugar abusos bestiales y una crueldad extrema. En 1914, en una ocasión, el alcalde de una ciudad de Francia tuvo que intervenir para salvar la vida de una niña. Durante todo el día, aquella niña había tenido que satisfacer a veintisiete clientes y, aun después, muchos clientes seguían esperando.
Durante la Primera Guerra Mundial, además de los burdeles comerciales, se ganó también la distinción de establecer una especie de burdel de beneficencia. Las mujeres patriotas que, durante la guerra, habían prestado un gran servicio a los héroes que protegían la seguridad de Francia y habían tenido hijos ilegítimos sin padre fueron investidas con su título honorífico. Es imposible expresar con palabras una concepción tan vil. Todas estas mujeres continuaban ejerciendo la prostitución de manera organizada, y ayudarles pasó a ser un deber moral de la clase de malhechores. Las muy difundidas Frantasio (Frantasio) y Lavie Parisiemme (Lavie Parisiemme) mostraron la máxima destreza para atraer la atención de personas hábiles hacia estas mujeres. A comienzos de 1917, un número de esta última revista publicó 199 anuncios de dichas mujeres.
La enfermedad contagiosa de la excitación sexual y la obscenidad
Enfermedades sexuales
La desvergüenza y el adulterio, que como consecuencia natural del fuego encendido de las inclinaciones sexuales habían obtenido una aceptación generalizada entre el público, tenían como causa fundamental toda aquella literatura, publicidad, cinematografía, representación teatral, canto y danza, desnudez y obscenidad.
Un ejército de capitalistas interesados se dedica, por todos los medios posibles, a avivar la sed sexual y, de este modo, ampliar sus negocios. Los periódicos diarios, semanales, quincenales y mensuales publican artículos e imágenes de extrema obscenidad. Esto se debe a que constituye el arma más eficaz para aumentar considerablemente la difusión de sus periódicos. En esta labor se emplean talentos superiores, técnicas y una gran pericia psicológica, para que la víctima no pueda defenderse de ningún modo. Además, se publican en forma de libros literatura y folletos de extrema inmundicia relacionados con cuestiones sexuales. Todo ello se difunde en tal cantidad que de cada edición se imprimen entre veinticinco y treinta mil ejemplares. A menudo se llega a publicar incluso la sexagésima edición de estas obras. Algunas editoriales están dedicadas exclusivamente a esta labor. Hay muchos autores y escritores que alcanzan fama y honor realizando este tipo de trabajo. La composición de un libro obsceno ya no es en absoluto deshonrosa; por el contrario, si es aceptado por el público, su autor llega a ser considerado merecedor de la membresía de la Academia Francesa o, al menos, de la Croix d’honneur.
El Gobierno pasa silenciosamente por alto toda esta desvergüenza y esta incitación al deseo. Si alguna vez se publica algo extremadamente vergonzoso, la policía, aunque de mala gana, remite al culpable a la justicia. Además, existen tribunales indulgentes. Desde los estrados de la justicia de allí, al delito apenas se le hace una advertencia y se deja libre al acusado. Porque quienes ocupan esos estrados también disfrutan de esta clase de literatura. La pluma de algunos jueces, por su parte, se dedica a redactar literatura sexual obscena. Si por casualidad algún juez resulta ser de ideas antiguas y existe el riesgo de que dicte una sentencia inconveniente, entonces grandes literatos y escritores famosos intervienen conjuntamente en el asunto, y en los periódicos se lo critica severamente alegando que, para el progreso de la literatura y las artes, se necesita un campo libre. Imponer vínculos morales mediante la mentalidad de una época oscura equivale a amordazar la estética. ¿De qué maneras progresa esta estética? Las imágenes y películas desnudas resultan especialmente eficaces a este respecto. Se fabrican millones de álbumes de ellas y se colocan no solo en los mercados, hoteles y casas de té. En el segundo congreso de la Asociación contra la Obscenidad, Émile Pouresy presentó un informe en el que decía:
Estas sucias y vulgares pinturas al óleo provocan excitación y una sed extrema en los sentidos humanos. Inducen a los desdichados compradores a cometer actos tan pecaminosos que el cuerpo se estremece incluso al pensar en ellos. Su efecto devastador sobre los niños y las niñas es indescriptible. Muchas escuelas y universidades han quedado arruinadas por causa de todo esto, tanto moral como físicamente; especialmente para las niñas, no podría haber nada más perjudicial.
Esta estética se cultiva mediante los entretenimientos de los teatros, cines, salas de música y cafeterías. Cada una de las obras teatrales que la clase aristocrática de la sociedad francesa contempla con placer, y sobre cuyos dramaturgos y actrices destacadas se derraman flores acompañadas de aplausos elogiosos, está cargada de excitación sexual. Lo característico es que el personaje moralmente más abyecto se presenta como el ideal más excelente y elevado. En palabras de Paul Bureau:
Si alguien quisiera formarse una idea de nuestra vida cultural contemplando la imagen de la vida que nuestros dramaturgos han venido presentando durante treinta o cuarenta años, solo podría comprender que todas las parejas casadas de nuestra sociedad son ingratas y desconfían unas de otras en la vida conyugal. Quizá el marido sea un imbécil o su esposa, su acérrima enemiga. Si la esposa posee alguna virtud sobresaliente, esta consiste en mostrarse siempre disgustada con su marido y estar dispuesta a ofrecer su amor en otra parte.
Si tal es la situación de las representaciones teatrales de las clases aristocráticas, ¡fácilmente puede imaginarse cómo serán los teatros y los lugares de entretenimiento del público en general! El lenguaje, los gestos seductores y los placeres de la desnudez que disfrutan los aficionados a los juegos sexuales se representan desvergonzadamente en el escenario. De antemano se anuncia al público que allí encontrará todos los elementos necesarios para saciar su sed sexual. También se dice: Nuestro escenario está libre de convencionalismos y es realista (Realistic).
Émile Puresi registró numerosos ejemplos en su informe. Recorrió diversos lugares de entretenimiento y recopiló estos ejemplos; para explicarlos, utilizó letras en lugar de nombres.
B. «Aquí, las canciones, los monólogos y los gestos de las actrices eran de una obscenidad extrema. La escena que se había mostrado sobre el escenario quedó a punto de culminar en una unión sexual. Allí se habían congregado más de mil espectadores. Entre ellos había también muchas personas distinguidas. Todos, absortos, emitían exclamaciones de aprobación».
N. «Aquí, las canciones breves y las breves conversaciones intercaladas entre ellas, los gestos y los silencios habían alcanzado el límite extremo de la desvergüenza. Incluso niños y jóvenes menores de edad estaban sentados con sus padres, disfrutando de aquella diversión, y cada muchacho aplaudía con todas sus fuerzas al contemplar la representación obscena».
L. «Aquí, el público armó alboroto cinco veces y obligó repetidamente a la actriz a realizar una representación tal que tuvo que terminarla con una canción de extrema obscenidad».
R. «Aquí, el público insistía repetidamente en que una actriz realizara una representación sumamente obscena».
Finalmente, la actriz exclamó con fastidio: «¿Acaso sois tan desvergonzados? ¿No veis que aquí también hay varios niños?». Dicho esto, se marchó sin siquiera terminar la representación. Era tan obscena que ni siquiera la más pecadora habría podido soportar que se repitiera.
J. «Al terminar la representación, se hizo una lotería con las actrices. Comenzaron a vender cada billete por diez santim (un santim equivalía aproximadamente a dos annas). La actriz cuyo nombre salía en suerte le pertenecía a ese hombre por esa noche».
Paul Bureau dice: «La mayoría de las veces se lleva al escenario a una mujer cuyo cuerpo no tiene ni el más mínimo rastro de ropa. Adolphe Biason (Adlophe Biason) escribió una vez, en el famoso periódico francés “Tamps” (Tamps), protestando contra todas estas cosas: ahora, lo único que queda por hacer sobre el escenario es realizar el acto sexual. En realidad, solo entonces el arte alcanzará su perfección».
La literatura relacionada con el movimiento anticonceptivo y con los llamados conocimientos eruditos y médicos sobre la ciencia sexual ha desempeñado un papel destacado en la propagación de la desvergüenza y en la destrucción del carácter moral de las personas. En discursos pronunciados en reuniones públicas, en fotografías obscenas y en libros, mediante imágenes y sus explicaciones, se analizan el embarazo, los asuntos relacionados con él y el modo de utilizar los instrumentos anticonceptivos con tal detalle que después ya no queda nada más que revelar. En esta clase de libros de ciencia sexual no se deja sin exponer ningún aspecto del acto sexual, comenzando por el análisis del cuerpo. Exteriormente, todos estos asuntos han sido cubiertos con el manto del conocimiento y de la ciencia, como si no hubiera manera de protestar contra ellos. Además, han progresado tanto que se les llama servicio social. Se dice como justificación que quieren proteger a los demás de equivocaciones y confusiones respecto al acto sexual. Pero la verdadera realidad es que, mediante la difusión de toda esta literatura y educación, se crea una desvergüenza abominable entre hombres y mujeres y entre muchachos y muchachas jóvenes. Gracias a todo esto se ha llegado a una situación en la que una niña pequeña, aún menor de edad, al acudir a la biblioteca para estudiar, adquiere conocimientos relacionados con el sexo que ni siquiera las mujeres casadas pueden tener. Lo mismo ocurre con los niños pequeños. Sus inclinaciones sexuales se despiertan prematuramente. Como consecuencia, nace en sus mentes el deseo de experimentar y comprobar la masturbación. Antes de alcanzar la plena madurez, caen presa de las garras del impulso sexual. Para el matrimonio existe, ciertamente, un límite de edad establecido, pero no se ha fijado ningún límite de edad para experimentar y comprobar el acto sexual. Por ello, estas actividades comienzan desde los doce o trece años.
Presagios de la decadencia nacional
Cuando la impudicia, el culto a los instintos y la esclavitud al placer y al goce corporal llegan al extremo; cuando todos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos por igual, se entregan al lujo y al placer; y cuando el fuego ardiente de la demencia lleva al ser humano más allá de su propio control, es completamente natural que aparezcan todas las causas de la decadencia nacional. Al ver a una nación encaminada a la destrucción alcanzar una cumbre semejante, la gente concluye que sus placeres no son un obstáculo para el progreso, sino más bien una ayuda. Incluso dicen que el máximo progreso de una nación solo se alcanza cuando llega al extremo del lujo y del placer. Pero tal conclusión es absolutamente errónea. Cuando las fuerzas de la creación y de la destrucción actúan conjuntamente y, en su conjunto, las actividades constructivas son claramente visibles, solo alguien cuya capacidad de conocimiento y discernimiento se ha deteriorado puede contar las fuerzas destructivas entre las causas de la creación.
Por ejemplo, si un comerciante prudente gana una inmensa fortuna mediante su inteligencia, trabajo y experiencia, y al mismo tiempo se entrega a la bebida, el juego y los placeres, ¿qué podría ser más insensato que considerar ambos aspectos de su vida como causas de bienestar y progreso? En realidad, las causas de su progreso y el conjunto de esos últimos vicios se dedican a provocar su destrucción. El hecho de que permanezca establecido en una mansión gracias a la fuerza de las primeras cualidades no significa que las fuerzas destructoras no estén ejerciendo influencia sobre él. Si se observa con un poco de perspicacia, se hará evidente que esas fuerzas destructoras continúan devorando desde dentro, como la carcoma, la fuerza de su cerebro y de su cuerpo. Están saqueando el dinero que ha ganado con su trabajo. Mientras lo destruyen, esas fuerzas esperan siempre una oportunidad para acabar con él de un solo golpe mediante un ataque decisivo. El demonio del juego puede destruir en un instante, en un momento funesto, todo el dinero que ha ganado a lo largo de su vida, y permanece esperando precisamente ese momento. El demonio de la bebida puede aprovecharse oportunamente de su estado de inconsciencia para hacerle cometer un error fatal, a consecuencia del cual puede quedar arruinado en un instante. También está al acecho de esa oportunidad. El demonio del vicio espera asimismo el momento en que pueda inducirlo a entregarse al asesinato, al suicidio o a una destrucción repentina. ¡No se puede siquiera imaginar cuál habría sido el estado de su progreso si ese hombre no hubiera caído en las garras de esos demonios!
Lo mismo sucede con una nación. Progresa gracias a sus fuerzas constructivas. Pero, por falta de una fuerza rectora adecuada, después de avanzar algunos pasos por el camino del progreso comienza a crear las causas de su propia destrucción. Durante cierto tiempo, las fuerzas creadoras la siguen conduciendo hacia adelante. Pero, al mismo tiempo, las fuerzas destructoras continúan devorando desde dentro su fuerza vital, como la carcoma. Finalmente la dejan tan vacía por dentro que un golpe repentino derriba por completo su majestuoso edificio de gloria. Describiré aquí brevemente las claras y enormes causas de la destrucción que el sistema social equivocado de la nación francesa atrajo sobre ella.
Destrucción de la fuerza física
El primer efecto pernicioso del dominio exclusivo del deseo sexual fue que la fuerza física de los franceses comenzó a desaparecer gradualmente. La esclavitud al deseo había agotado entre ellos la capacidad de moderación y de paciencia. La abundancia de enfermedades venéreas había ejercido un efecto devastador sobre su salud. Desde comienzos del siglo XX se había creado una situación en la que las autoridades militares se veían obligadas, cada pocos años, a reducir el nivel de aptitud física exigido para el reclutamiento de nuevos soldados (New Reqruits). La razón era que, posteriormente, solo se encontraba un número muy reducido de jóvenes que alcanzara el nivel de aptitud establecido al principio. Este es un indicador fiable que, casi con la misma certeza que un termómetro (Thermometre), señala con qué rapidez disminuía progresivamente la fuerza física de la nación francesa. Entre las causas de esta decadencia, las enfermedades venéreas constituían una causa especial. Durante los dos primeros años de la Primera Guerra Mundial, el número de soldados enviados a los hospitales a causa de la sífilis fue de setenta y cinco mil. En un solo cuartel militar de categoría media, 242 soldados contrajeron esta enfermedad al mismo tiempo. Por un lado, consideren aquella situación crítica, cuando la nación francesa vacilaba en el umbral entre la vida y la muerte, cuando se necesitaba el esfuerzo desesperado de cada soldado para la supervivencia de toda la nación y un franco tenía un valor enorme. Era necesario dedicar en cantidades extraordinarias el tiempo, la fuerza, todos los medios y recursos y cada cosa a la defensa del país; por otro lado, observen a los jóvenes de esta nación: miles de ellos no solo quedaron incapacitados para trabajar durante largos períodos a causa de los placeres sexuales, sino que, en aquel momento crítico, hicieron que el dinero y los recursos de la nación se gastaran en su tratamiento.
Un especialista francés, el Dr. Laredde (Dr. Laredde), dice que en Francia cada año treinta mil personas mueren únicamente de sífilis y de las enfermedades que esta provoca. Después de las enfermedades febriles, esta es la causa más importante de muerte. ¡Tal es la situación de una enfermedad venérea! Además de esta, existen muchas otras enfermedades de este tipo.
La abolición de la disciplina familiar
La difusión universal de esta desenfrenada obsesión sexual y afición al libertinaje había traído a la civilización francesa una segunda gran calamidad: la abolición de la disciplina familiar. El nombre de la relación permanente y sólida mediante la cual se establece la disciplina familiar es matrimonio. Es mediante esta relación como se establecen en la vida humana la paz, la armonía, la estabilidad y la permanencia. Esta misma relación transforma la vida personal en vida social. Ella los convierte en siervos de la civilización para reprimir la maldición del desorden. Dentro de los límites de esta disciplina se crea una atmósfera tan serena y sublime de amor, paz y sacrificio que la nueva generación puede ser criada y educada formando un carácter recto, recibiendo una educación correcta y desarrollando un carácter puro. Pero donde la idea del matrimonio y de su noble propósito ha sido completamente expulsada del corazón de hombres y mujeres, donde no hay lugar en la mente para ningún otro objetivo de las relaciones sexuales aparte de satisfacer al enemigo de la pasión, y donde grupos de hombres y mujeres sedientos de deseo recorren las flores, como abejorros, bebiendo miel de una a otra, allí esta disciplina no puede establecerse ni puede mantenerse. Cuando hombres y mujeres carecen de la aptitud para soportar la gran responsabilidad de la vida conyugal, la carga de sus derechos, deberes y normas morales, el resultado de su estado mental y moral es que la educación de cada generación se vuelve inferior a la de la generación anterior. El egoísmo y la arbitrariedad aumentan tanto entre la gente que los vínculos de la civilización comienzan a romperse. La gente cambia de parecer y vacila tanto al tomar decisiones que no existe estabilidad alguna en la política nacional ni en la internacional. Debido a la ausencia de paz familiar, sus vidas se vuelven cada vez más amargas, y una preocupación permanente no les permite disfrutar de paz ni por un instante. Este es el infierno terrenal que la gente compra en su locura por los placeres nacida de una insensata afición al goce.
En Francia, cada año solo siete u ocho de cada mil hombres y mujeres contraen matrimonio. Esta proporción es tan insignificante que fácilmente puede deducirse de ella qué enorme parte de los habitantes franceses permanece soltera.
Además, incluso entre el reducido número de personas que contraen matrimonio, son muy pocas las que se casan con el propósito de llevar una vida honrada y casta. También tienen otros objetivos aparte de este único propósito. Incluso era una práctica social habitual y deseable casarse con una mujer que había dado a luz a un hijo ilegítimo para declarar legítimo a su hijo. Paul Bureau dice:
Entre la clase trabajadora de Francia estaba generalmente extendida la costumbre de que, antes del matrimonio, la mujer que deseaba casarse obtuviera de su futuro marido la promesa de que reconocería como hijo legítimo propio al hijo ilegítimo de ella.
En 1917, una mujer prestó la siguiente declaración ante el tribunal civil del Sena (Saine):
Antes de casarme ya había advertido a mi marido sobre este asunto: el único propósito de mi matrimonio era que el hijo que había dado a luz cuando era soltera fuera declarado legítimo. Ahora bien, la cuestión es si viviré con él como marido y mujer. No tenía tal intención entonces, ni la tengo ahora. Por eso, el mismo día en que nos casamos, a las cinco y media, me divorcié de mi marido. Hasta el día de hoy no he convivido con él, porque nunca tuve intención alguna de cumplir las responsabilidades de la vida conyugal.
—Paul Bureau, obra citada anteriormente, pág. 55
El director de un destacado colegio de París comentó a Paul Bureau que, por lo general, el único propósito del matrimonio de los jóvenes modernos es tener también en su propia casa los servicios de una concubina. Durante diez o doce años van disfrutando libremente de los placeres en todas partes. Luego llega un momento en que, cansados y agotados de semejante desenfreno y libertinaje, se casan con una mujer, con la esperanza de obtener al menos una parte de la tranquilidad del hogar y de poder seguir disfrutando de los placeres como un amante de los goces y las diversiones. —Obra citada, etc.
En Francia, el adulterio de una persona casada no se considera en absoluto vergonzoso ni censurable. Si alguien mantiene en casa una concubina además de su esposa, no necesita ocultarlo. La sociedad también lo considera un hecho común y posible.
—Obra citada, págs. 76-77
En tales circunstancias, la relación matrimonial se ha debilitado tanto que se rompe por cualquier motivo. Muchas veces la vida conyugal de esos desdichados no dura más que unas pocas horas. Como ejemplo, puede mencionarse a un personaje respetable de Francia que había ocupado varias veces un cargo ministerial y que se divorció de su esposa apenas cinco horas después de casarse. El divorcio se produce por asuntos tan insignificantes que, al oírlos, uno no puede evitar reírse. Por ejemplo, si uno de los cónyuges ronca mientras duerme, o si uno no quiere al perro del otro, la separación se vuelve inevitable. Una vez, en el tribunal civil del Sena, se produjeron doscientos noventa y cuatro divorcios en un mismo día. En 1844, cuando se aprobó la nueva ley matrimonial, se tramitaron cuatro mil divorcios. En 1900, esta cifra ascendió a siete mil quinientos; en 1913, a dieciséis mil; y en 1931, a veintiún mil.
El exterminio de la descendencia
La crianza de los hijos es una noble forma de acción moral. Para ello se requieren el dominio de los instintos, el sacrificio de los deseos y las pasiones, la aceptación del sufrimiento y del trabajo, y la consagración de los bienes y de la vida. Los egoístas y quienes son esclavos de sus instintos no están en absoluto preparados para esta gran tarea. Pues la soledad, el aislamiento y la bestialidad se apoderan de ellos.
Desde hace casi un siglo se viene desarrollando en Francia un movimiento anticonceptivo. Como resultado de este movimiento, todos los hombres y mujeres de Francia han aprendido métodos que les permiten disfrutar del placer sexual y, al mismo tiempo, evitar su consecuencia natural: la concepción, el nacimiento de hijos y la multiplicación de la descendencia. No hay ciudad, suburbio ni aldea donde los medicamentos y utensilios anticonceptivos no se vendan públicamente. Por consiguiente, su uso no se limita únicamente a los libertinos sexuales desenfrenados, sino que también los hombres y mujeres casados los utilizan en gran cantidad y desean que el nacimiento de un hijo no llegue a crear ningún obstáculo para sus placeres. Al observar la medida en que está disminuyendo la tasa de natalidad en Francia, los especialistas han estimado que esta epidemia generalizada de anticoncepción impide cada año el nacimiento de al menos seiscientos mil niños. A pesar de todos estos métodos, las concepciones que se producen son destruidas mediante el aborto. De este modo, se impide que otros trescientos o cuatrocientos mil hijos de seres humanos lleguen al mundo. No son únicamente las mujeres solteras quienes abortan; las mujeres casadas son igualmente semejantes a ellas en este asunto. Desde el punto de vista moral, este acto se considera por encima de toda crítica y como un derecho de la mujer. Parece que la ley del país cierra los ojos ante este asunto. Aunque en los códigos legales todavía figura como delito, la realidad es que, de cada trescientas personas, apenas una es procesada por este delito. Incluso entre las procesadas, el setenta y cinco por ciento obtiene la libertad de los tribunales. Las técnicas médicas del aborto son tan sencillas y conocidas por todos que la mayoría de las mujeres puede provocárselo por sí misma. Las que no pueden hacerlo no tienen dificultad para obtener la ayuda de un médico. Matar al feto o al hijo que está en el vientre se ha convertido para ellas en algo tan común como la extracción dolorosa de un diente.
Tal mentalidad ha convertido la naturaleza materna en algo tal que aquella madre que siempre había reconocido el amor y la ternura como lo supremo y más sublime en el mundo no solo se ha vuelto hostil y triste hacia sus propios hijos, sino que se ha convertido en su enemiga. Se trata con crueldad a los hijos que nacen a pesar de los intentos infructuosos de impedir el embarazo y abortar. Paul Bureau expresa del siguiente modo este doloroso hecho:
Cada día los periódicos publican las desgracias de aquellos hijos cuyos padres los han tratado con cruel inhumanidad. En los periódicos solo se mencionan los casos extraordinarios, pero la gente sabe muy bien con qué crueldad suelen tratar los padres a estos desdichados huéspedes no deseados. Sus progenitores están tristes e indiferentes hacia ellos porque estos desgraciados han destruido por completo el placer y el bienestar de sus vidas. En muchos casos, la falta de valor impide el aborto, y así el niño inocente entra en el mundo. Pero, inmediatamente después de su llegada, tiene que sufrir un castigo completo. —Obra citada, p. 74
La aversión y el odio hacia los hijos han llegado a tal extremo que, en cierta ocasión, cuando murió el bebé de seis meses de una mujer, ella celebró un espectáculo de danza y canto colocando delante de sí el cadáver de su hijo muerto, y decía ante los vecinos:
Ahora no permitiremos que nazca un segundo hijo. Con la muerte de este hijo, mi esposo y yo hemos alcanzado una paz suprema. Piénsalo: ¿qué es un hijo? Llora continuamente, crea suciedad, y ¿hay alguna manera de librarse de todo esto? —Obra citada, p. 75
Lo más doloroso es que el infanticidio se está extendiendo como una enfermedad contagiosa. El Gobierno francés y sus tribunales siguen ignorando este crimen mortal, al igual que el aborto. Por ejemplo, en 1918, dos mujeres fueron llevadas ante el tribunal de «Loir» acusadas de infanticidio, y posteriormente ambas fueron puestas en libertad. Una de ellas había ahogado a su hijo pequeño. Su primer hijo estaba siendo criado por un pariente, y ella también había expresado su deseo de criar al segundo. Pero la madre decidió que acabaría con aquel enemigo. El tribunal consideró que su delito era digno de perdón. La segunda mujer estranguló primero a su hijo. Al creer que su aliento vital no se había extinguido por completo, lo arrojó contra una pared y le aplastó la cabeza. Según el juez y los jurados, no se la consideró merecedora de la pena de muerte. Ese mismo año, una bailarina fue llevada ante el tribunal del Sena por un delito similar. Intentó arrancarle la lengua a su hijo y luego lo mató aplastándole la cabeza y cortándole la garganta. El juez y los jurados también declararon inocente a esta mujer.
Una nación que puede llegar a tal extremo en su hostilidad hacia sus propios descendientes no puede ser salvada de la destrucción por ningún sistema bien organizado del mundo. El nacimiento de nuevas generaciones es indispensable para mantener la continuidad de una nación. La nación que se convierte en enemiga de sus propios descendientes se convierte, en realidad, en enemiga de sí misma. Se va suicidando y, aunque no tenga ningún enemigo externo, ella misma continúa extinguiendo su propia existencia. Ya se ha mencionado que, durante los últimos sesenta años, la tasa de natalidad francesa ha ido disminuyendo progresivamente. En algunos años, la tasa de mortalidad supera a la de natalidad. En ciertos años ambas son iguales. Y en ocasiones la tasa de natalidad apenas llega a superar a la de mortalidad en la proporción de uno por mil. Por otro lado, el número de extranjeros de otras nacionalidades en Francia aumenta día tras día. En 1931, de los cuarenta y un millones ochocientos mil habitantes de Francia, había dos millones ochocientos noventa mil extranjeros. Si esta situación continúa, no habrá nada de sorprendente en que, a finales del siglo XX, la nación francesa se convierta en una minoría en su propia patria.
Este es el resultado de aquellas doctrinas y perspectivas sobre las que se basó el movimiento por los derechos de la mujer a comienzos del siglo XIX.
Algunos ejemplos más
Hemos descrito las doctrinas de Francia y sus consecuencias únicamente para mantener intacta la continuidad de los acontecimientos históricos. Pero sería injusto considerar a Francia como la única responsable en este asunto. En realidad, la situación de todos los países que han adoptado las llamadas doctrinas y los principios discordantes de la vida social mencionados anteriormente es prácticamente similar. Tomemos, por ejemplo, el caso del sistema social de los Estados Unidos de América, establecido en todos sus aspectos.
La influencia sexual del entorno sobre los jóvenes
El famoso George Ben Lindsey (Ben Lindsey) fue en cierta ocasión presidente del Tribunal de Menores de Denver (Chairman of the Juvenile Court of Denver), establecido para juzgar los delitos de los jóvenes de esa ciudad. Por ello tuvo la oportunidad de conocer bien la situación moral de la juventud estadounidense. En su obra titulada “Revolt of Modern Youth”, escribió que los niños y las niñas de Estados Unidos habían comenzado a alcanzar la madurez antes del momento establecido. Desde una edad muy temprana surge en ellos la inclinación sexual. Como ejemplo, examinó la situación de trescientas doce niñas y pudo comprobar que doscientas cincuenta de ellas habían alcanzado la madurez sexual entre los once y los trece años, y presentaban signos de una sed sexual y unas necesidades físicas que no deberían existir en una muchacha de dieciocho años. —Obra citada, págs. 82-86
La Dra. Edith Hooker (Edith Hooker) escribió en su obra titulada “Laws of Sex”:
Entre las clases distinguidas, respetables y adineradas, es algo muy común que una niña de siete u ocho años establezca una relación amorosa con niños de su misma edad y que, la mayoría de las veces, también mantenga relaciones sexuales con ellos.
Añade:
Una niña de siete años, orgullo y brillante joya de una familia, se reúne con su hermano mayor y varios amigos. En otro caso, se vio a un grupo compuesto por dos niñas y tres niños participando en actos sexuales entre sí. También incitaban a otros niños y niñas de su misma edad a realizar dichos actos. La niña de diez años era la mayor del grupo. Aun así, tuvo el honor de recibir declaraciones de amor de varios enamorados. —Obra citada, pág. 328
Según el informe de un médico de Baltimore, en esa ciudad se presentaban cada año más de mil denuncias por mantener relaciones sexuales con niñas menores de doce años.
—La obra citada, pág. 177
Este es el primer resultado de un ambiente excitante, colmado de todos los medios y elementos destinados a despertar el deseo sexual. Un autor estadounidense dice:
La situación en la que transcurre la vida de la mayor parte de nuestros habitantes es tan anormal que, ya a los diez o quince años, surge entre los niños y las niñas la inclinación a enamorarse unos de otros. Es natural que las consecuencias de semejante deseo sexual precoz sean sumamente graves y terribles. Cuando menos, su resultado es que las jóvenes de corta edad huyen de sus hogares con sus amigos o se casan a una edad muy temprana. Pero si fracasan en el juego del amor, llegan a suicidarse.
La práctica sexual en las escuelas
Así, las escuelas se convierten en el primer campo de experimentación para aquellos niños y niñas en quienes despierta prematuramente la inclinación sexual. Hay dos clases de escuelas. En unas se admiten únicamente estudiantes de un mismo sexo, mientras que en otras se dispone la coeducación de niños y niñas.
En las escuelas de la primera clase se está extendiendo, como una enfermedad contagiosa, la homosexualidad y la masturbación. La razón es que, para satisfacer la clase de emociones y sentimientos que se despiertan ya en la infancia y que el entorno circundante excita plenamente, se vuelve indispensable adoptar algún medio u otro. El doctor Hooker dice que en este tipo de centros educativos, en los colegios, en las escuelas de formación de enfermeras y en las instituciones de enseñanza religiosa ocurren constantemente casos en los que dos personas del mismo sexo se entregan a actos sexuales entre sí y no sienten ningún interés por el sexo opuesto. —La obra citada, pág. 331
A este respecto, menciona además muchos otros casos y dice que niñas que mantuvieron relaciones sexuales con niñas y niños con niños se enfrentaron a consecuencias terribles. La lectura de otros libros permite saber con qué rapidez se propaga esta homosexualidad, como una enfermedad contagiosa. El Dr. Lowry ha señalado en su libro “Herselt” que, en cierta ocasión, el director de una escuela comunicó mediante cartas confidenciales a cuarenta familias que ya no era posible mantener a sus hijos en la escuela, porque entre ellos se había creado una situación terrible de inmoralidad. —La obra citada, pág. 179
Ahora hablaremos de la segunda clase de escuelas, donde existe la coeducación de niños y niñas. Aquí, así como están presentes los elementos que producen la excitación sexual, también existen los medios para satisfacerla. El deseo y la inclinación sexual que se despiertan en la infancia encuentran la oportunidad de satisfacerse después de ingresar en este tipo de escuelas. Los niños y las niñas se acostumbran a estudiar literatura sumamente abyecta y obscena. Los relatos y novelas amorosos, los folletos que apenas merecen el nombre de arte, los libros obscenos sobre cuestiones sexuales y los artículos informativos sobre anticoncepción se convierten, bajo la influencia sexual, en los objetos más atractivos para los estudiantes de las escuelas y los colegios. El célebre autor estadounidense Hindrich von Loewen dice que la literatura más solicitada en las universidades de Estados Unidos no es más que un compendio de toda clase de impureza, suciedad, obscenidad y desvergüenza. Nunca antes se había difundido entre el público una literatura de esta clase con tanta libertad.
Los jóvenes y las jóvenes discuten libremente los conocimientos que adquieren de toda esta literatura y se preparan para ponerlos a prueba en la práctica. Muchachos y muchachas, jóvenes de ambos sexos, salen juntos a fiestas de petting y allí disfrutan plenamente de la vida, bebiendo alcohol y fumando cigarrillos libremente, entre danzas y canciones.* El señor Lindsay estima que el 45 por ciento de las alumnas de la escuela secundaria pierden su integridad moral antes de abandonar la escuela.
En los niveles posteriores de la educación, la proporción es mucho mayor. El señor Lindsay dice que los muchachos de la escuela secundaria están muy por detrás de las muchachas en cuanto a apetito sexual. Por lo general, son las muchachas quienes toman la iniciativa de una u otra manera, y los muchachos bailan al compás de sus señales.
Tres factores principales de incitación
En las escuelas y los colegios todavía existe cierto orden y disciplina, que en alguna medida obstaculiza la relación entre los alumnos y las alumnas. Pero cuando estos grupos de jóvenes, con el fuego ardiente del hambre sexual y un carácter desenfrenado, abandonan las instituciones educativas y entran en el campo de la vida, sus agitaciones y perturbaciones superan todos los obstáculos y ataduras. Allí existe un completo polvorín destinado a excitar sus tendencias sexuales, y también pueden obtenerse fácilmente los medios y elementos para calmar dicha excitación.
Respecto de las causas por las cuales se está extendiendo extraordinariamente la inmoralidad en Estados Unidos, una revista estadounidense hizo el siguiente comentario:
Existen tres fuerzas diabólicas, y su trinidad ha creado hoy un infierno al ejercer su influencia sobre esta tierra nuestra. Estas tres fuerzas son:
1. La literatura obscena, que desde la Primera Guerra Mundial viene difundiendo la desvergüenza a una velocidad sorprendente y a gran escala.
2. El cine; no se limita a incitar las tendencias amorosas lujuriosas, sino que también imparte una enseñanza práctica de ellas.
3. El deterioro moral de las mujeres; debido a su vestimenta, su desnudez la mayor parte del tiempo, el creciente hábito de fumar cigarrillos y su trato libre con los hombres, entre otras cosas, sus vínculos se estrechan incluso con desconocidos.
Estas tres cosas se están extendiendo ampliamente entre nosotros. Como consecuencia, el deterioro de la civilización cristiana y del sistema social, y finalmente su desaparición, serán inevitables. Si todavía no podemos detener su avance, nuestra historia será escrita de manera semejante: la adoración de los instintos y el frenesí sexual que arrojaron a Roma y a otras naciones al abismo de la destrucción, junto con su alcohol, sus mujeres y sus bailes y canciones, también nos precipitarán allí.
En todos los jóvenes y las jóvenes en cuyas venas haya siquiera una gota de sangre ardiente, estas tres fuerzas satánicas que ejercen influencia sobre la civilización y el sistema social producen una agitación perpetua de sus emociones y sentimientos. En realidad, la abundancia de obscenidad es el resultado inevitable de una agitación semejante.
*. How I can get married, p. 172
La abundancia de obscenidad
El número de mujeres estadounidenses que han adoptado la prostitución como medio de vida permanente oscila entre cuatrocientas y quinientas mil. * Sin embargo, no se puede considerar a las prostitutas estadounidenses semejantes a las prostitutas de este país. No son prostitutas hereditarias. La prostituta estadounidense es una mujer que hasta ayer ejercía alguna profesión independiente, se corrompió por relacionarse con malas compañías y acudió a un burdel. Pasará allí algún tiempo. Después abandonará la prostitución y aceptará un empleo en una oficina o fábrica. Las investigaciones han revelado que el cincuenta por ciento de las prostitutas estadounidenses procede de las empleadas domésticas (Domestic Servant). El cincuenta por ciento restante abandona sus empleos en hospitales, oficinas y tiendas y se dirige a los burdeles. Por lo general, este negocio comienza entre los quince y los veinte años, y entre los veinticinco y los treinta años vuelven a abandonar el burdel y comienzan algún negocio independiente. **
De esta exposición se puede comprender fácilmente qué significado subyace a la existencia de las cuatrocientas o quinientas mil prostitutas estadounidenses.
En el capítulo anterior se describió que, en los países occidentales, la prostitución se ha convertido en un negocio internacional bien organizado. Nueva York, en Estados Unidos, Río de Janeiro y Buenos Aires son centros importantes de dicho negocio. Cada uno de los dos grandes centros del negocio en Nueva York tiene su propia junta directiva, cuyo presidente y secretario son elegidos debidamente. Cada una cuenta con un asesor jurídico que las representa y defiende sus intereses. Hay miles de intermediarios contratados para seducir y secuestrar a mujeres jóvenes. Recorren todos los lugares en busca de víctimas. La habilidad de estos cazadores puede estimarse por el siguiente relato: el presidente de la asociación de inmigrantes que llegaban a Chicago contó una vez el número de llegadas durante quince meses. Se descubrió que, durante ese período, se recibieron cartas de 7.200 muchachas que se dirigían a Chicago, anunciando que estaban llegando allí. Pero solo 1.700 llegaron a su destino. No se pudo encontrar ningún rastro de las muchachas restantes.
Además de los burdeles, allí hay también numerosas casas de citas y casas de encuentros. El propósito de estas es que, si un hombre y una mujer de buena posición desean reunirse, se les proporcionen allí las debidas facilidades. Se ha sabido mediante una investigación que en una sola ciudad hay 78 casas de ese tipo. En otras dos ciudades hay, respectivamente, 43 y 33 casas semejantes.*
No solo hombres y mujeres solteros acuden a todas estas casas; también muchos hombres y mujeres casados van allí. Un célebre reformador social comentó: «Un tercio de los habitantes de Nueva York, en lo moral y
*. Prostitution in U.S.A., págs. 64-69
**. Heself, pág. 116
no cumple con las responsabilidades de la vida matrimonial en el aspecto físico. No existe una diferencia significativa entre la situación de Nueva York y la de otras regiones del país.**
Una asociación de reformadores morales de Estados Unidos se denomina «Committee of Fourteen». En nombre de esta asociación se realizan ampliamente investigaciones sobre los lugares de mala conducta, indagaciones sobre la situación moral del país y medidas eficaces para llevar a cabo la reforma moral. En sus informes se afirma que casi todos los salones de baile, clubes nocturnos, salones de belleza [Beauty Saloons], tiendas de manicura [Manleure Shops], salas de masajes [Massage Rooms] y peluquerías [Hair Dressing saloons] de Estados Unidos se han convertido en burdeles. Incluso no sería exagerado decir que son peores que estos. Pues las malas acciones que allí se cometen son indescriptibles.
Enfermedades venéreas
El resultado inevitable de la promiscuidad sexual son las enfermedades venéreas. Se estima que el 90 por ciento de los habitantes de Estados Unidos padecen estas enfermedades. Según la Encyclopaedia Britannica, en los dispensarios públicos de allí se atienden cada año, en promedio, a doscientos mil pacientes de sífilis y a ciento sesenta mil de gonorrea. Sesenta y cinco dispensarios están destinados exclusivamente al tratamiento de dichas enfermedades. Sin embargo, la afluencia de pacientes es mayor a los médicos privados que a los dispensarios públicos. En estos se atiende al 61 por ciento de los pacientes de sífilis (chancro gomoso) y al 89 por ciento de los pacientes de gonorrea. —La obra citada, tomo 23, pág. 45
Cada año mueren entre treinta y cuarenta mil niños a causa de la sífilis congénita. Entre todas las enfermedades mortales, exceptuando las fiebres graves, la tasa de mortalidad debida a la sífilis es sumamente elevada.
Los especialistas estiman que el sesenta por ciento de los jóvenes padece gonorrea. Entre ellos hay tanto casados como solteros.
Los ginecólogos coinciden en que se encuentran gérmenes de sífilis en el setenta y cinco por ciento de las mujeres casadas que son sometidas a una intervención quirúrgica.*
*.Prostitution in U.S.A., P. 64-69
**.Heself, P. 116
Divorcio y separación
¿Cómo pueden mantenerse intactos, en semejante situación, la disciplina familiar y los vínculos conyugales? Las mujeres independientes que, salvo para satisfacer su deseo sexual, no sienten necesidad de un hombre en su vida, y con quienes los hombres pueden relacionarse sin casarse, consideran el matrimonio algo innecesario. La filosofía moderna y la perspectiva materialista han borrado de su interior la idea de que pueda haber culpa o pecado en establecer una relación con otro hombre sin contraer matrimonio. Este ambiente también ha dejado a la sociedad tan inconsciente que no considera odiosas ni censurables a las mujeres de este tipo. George Lindsay expresó de la siguiente manera la actitud de las mujeres estadounidenses en general:
¿Por qué habría de casarme? De mis compañeras que se casaron durante los últimos dos años, cinco de cada diez han terminado divorciándose. Creo que toda muchacha de la época actual tiene el derecho natural de actuar libremente en asuntos amorosos. Tenemos suficiente conocimiento sobre los anticonceptivos. Gracias a ello también ha desaparecido nuestro temor de que el nacimiento de un hijo ilegítimo complique nuestra situación actual. Creemos que, conforme a los métodos modernos, cambiar las costumbres y prácticas tradicionales es lo que dicta la conciencia.
A una mujer desvergonzada con semejante actitud solo puede inducirla al matrimonio una intensa pasión amorosa. Pero la mayor parte de las veces esta pasión no es sincera, sino producto de una excitación pasajera. Una vez que se disipa la embriaguez de la excitación, ya no queda amor alguno entre marido y mujer. Una ligera incompatibilidad de carácter y costumbres hace nacer el odio entre ambos. Finalmente, acuden a los tribunales con una demanda de divorcio o de separación.
Lindsey dice:
En 1922, todos los matrimonios de Denver terminaron en separación, y por cada dos matrimonios se presentó una demanda de divorcio. Esto no se limitó únicamente a Denver; en casi todas las ciudades de Estados Unidos ocurrió algo semejante. Añade: Los divorcios y las separaciones han seguido aumentando día tras día. Si esta situación continúa —y hay muchas probabilidades de que así sea—, en casi todas las regiones del país se presentará ante los tribunales exactamente el mismo número de demandas de divorcio que de licencias matrimoniales concedidas.*
En cierta ocasión se publicó un artículo en un periódico de Detroit llamado «Free Press». A continuación se cita una parte del mismo:
*. Laws of Sex, p. 204
La escasez de matrimonios, la abundancia de divorcios y la generalización de las relaciones sexuales permanentes o temporales fuera del matrimonio demuestran que nos precipitamos rápidamente hacia la animalidad. El deseo natural de procrear está desapareciendo; está naciendo aversión hacia los recién nacidos; y de la mente humana se está borrando la conciencia de que el orden familiar y doméstico es indispensable para la estabilidad de la civilización y de un Estado libre. Por otro lado, en el seno de la civilización y del poder gubernamental está cobrando forma una cruel indiferencia.
Como medio para remediar la proliferación del divorcio y la separación, se introdujo el matrimonio de compañía, es decir, el matrimonio experimental. Pero esta solución resultó ser peor que la enfermedad misma. El matrimonio experimental significa que, en vez de unirse en un «matrimonio de tipo antiguo», el hombre y la mujer vivirán juntos durante cierto tiempo. Si durante esa convivencia llegan a congeniar, ambos contraerán matrimonio; de lo contrario, se separarán y seguirán buscando fortuna en otra parte. Durante el período experimental deberán abstenerse de procrear. Porque, si tienen hijos, entonces el vínculo matrimonial entre ellos se volverá obligatoriamente preceptivo. Esto es lo que en Rusia se denomina Amor libre, es decir, «amor libre».
Suicidio nacional
El culto de los deseos, la aversión a cumplir con las responsabilidades conyugales, el desapego de la vida familiar y la inestabilidad de la relación matrimonial han destruido con frecuencia la emoción y el afecto maternales naturales de la mujer. Sin embargo, en realidad, este es el mayor afecto espiritual de la mujer, y de su existencia depende no solo la civilización y la cultura, sino también la existencia misma de la humanidad. Es precisamente por la ausencia de este afecto que han surgido la diabólica afición a la anticoncepción, el aborto y el infanticidio. A pesar de las restricciones legales, toda joven estadounidense tiene pleno acceso a conocimientos relacionados con la anticoncepción. Los medicamentos y dispositivos anticonceptivos se venden libremente en el mercado. Lejos de limitarse a las mujeres comunes, incluso las alumnas de escuelas y colegios llevan consigo estos elementos, para que la dulce «cita vespertina» no se frustre porque su novio, por un descuido repentino, no los haya llevado consigo.
George Lindsay dice:
495 muchachas de la escuela secundaria me confesaron voluntariamente que habían tenido experiencias sexuales directas con muchachos. Solo 25 de ellas quedaron embarazadas. En cuanto a las demás,
*. Revolt of Modern Youth. Págs. 211-214
algunas se salvaron por fortuna. Pero la mayoría poseía un conocimiento suficiente de la anticoncepción. Este conocimiento se había convertido para ellas en algo tan común que la gente no puede imaginárselo.
Las jóvenes solteras utilizan esos medicamentos y dispositivos para que no se cree ningún obstáculo en el camino de su libertad. El propósito de las mujeres casadas al utilizarlos es que, si tienen hijos, no solo deben asumir la responsabilidad de su crianza y educación, sino que, además, por ello se cierra el camino para que el esposo las divorcie. Precisamente para evitar todos estos peligros, las mujeres casadas utilizan medicamentos anticonceptivos. Todas las mujeres sienten aversión a convertirse en madres porque, para disfrutar plenamente de la vida, resulta absolutamente necesario librarse de ese peligro llamado hijo. Además, como consecuencia del parto, su belleza también se deteriora.*
Cualquiera que sea la causa, entre quienes establecen este tipo de relación entre hombres y mujeres, al 95 por ciento se les bloquea mediante anticonceptivos el curso hacia su consecuencia natural. Si, por desgracia, el 5 por ciento restante llega a concebir, para ellos queda abierto el camino del aborto y del infanticidio. George Lindsay dice que en Estados Unidos se practican cada año un millón quinientos mil abortos y se mata a miles de recién nacidos. —Obra citada, pág. 220
La situación en Inglaterra
No deseamos extender más este tema. Pero no consideramos apropiado concluirlo sin citar un fragmento de la obra de George Rallie Scott titulada «Historia de la prostitución» [A History of Prostitution]. El autor es inglés y ha retratado a su patria con las siguientes palabras:
Aun excluyendo a las mujeres que han adoptado el alquiler de su cuerpo como único medio de subsistencia, existe otra clase de mujeres —cuyo número también aumenta día a día— que recurren a otros medios para obtener lo necesario para vivir y se entregan incidentalmente al adulterio para ganar unos centavos adicionales. No existe ninguna diferencia entre las prostitutas profesionales y estas mujeres. La única diferencia es que a estas no se las llama prostitutas. Naturalmente, podemos denominarlas «Amateur Prostitutes», es decir, «prostitutas no profesionales».
El número de estas mujeres lascivas o prostitutas no profesionales que se ve hoy en día jamás se había observado en otra época. Mujeres de esta clase se encuentran en todos los estratos altos y bajos de la sociedad. Si alguna vez se llama prostitutas, siquiera indirectamente, a estas damas respetables, se enfurecen. Pero
*.Macfeddin manhood and Marriage hs.C
La expresión de su descontento y su ira no cambia en nada el hecho real. El hecho es que no existe la menor diferencia entre ellas y las famosas y desvergonzadas prostitutas de Piccadilly.
…….La conducta inmoral y la impavidez en esta materia, incluso una conducta propia de prostitutas, se han convertido en una moda entre las jóvenes de aquí. Fumar cigarrillos, beber alcohol en exceso, pintarse los labios de rojo, hacer ostentación de conocimientos sobre ciencia sexual y anticoncepción, conversar sobre literatura obscena y todas las demás cosas semejantes se han convertido en una moda entre ellas. …… Cada día aumenta el número de muchachas y mujeres que, antes del matrimonio, han entablado sin reparo relaciones sexuales con otros. Las muchachas verdaderamente modestas y recatadas que antes se veían prestar juramento ante el altar de consagración de la iglesia son hoy absolutamente raras.
Al describir las causas por las cuales la situación ha llegado a este extremo, el autor dice:
El intenso deseo de adornarse había suscitado en las muchachas una pasión incontenible y, dominadas por ella, se habían encaprichado con los costosos vestidos de las nuevas modas y con toda clase de artículos para realzar la belleza. Esta es una de las principales causas de esa prostitución contraria a la moral. Cada día pueden verse por las calles cientos de miles de muchachas y mujeres jóvenes ataviadas con vestidos costosos y llamativos. Al verlas, toda persona dotada de conciencia dirá que el dinero obtenido honradamente no puede cubrir el costo de semejante indumentaria. Por tanto, no sería exagerado decir que son únicamente los hombres quienes les compran la ropa.
Tal afirmación era tan exacta hace cincuenta años como lo es hoy; la única diferencia es que antes los hombres que les compraban la ropa y demás prendas eran quizá sus esposos, padres o hermanos. Pero ahora, en su lugar, son otros quienes se las compran.
La libertad femenina también es en gran medida responsable de esta situación. Desde hace algunos años, la supervisión y protección de los padres hacia sus hijas ha disminuido tanto que, como consecuencia, las muchachas se han vuelto hoy tan independientes y temerarias que ni siquiera los muchachos podían ser así treinta o cuarenta años atrás.
Una de las principales causas de la amplia propagación de la promiscuidad sexual en la sociedad es que las muchachas están aceptando cada vez más empleos en empresas comerciales, oficinas y otros lugares. En esos sitios tienen continuamente la oportunidad de relacionarse con hombres. Esto ha hecho descender a un nivel sumamente bajo la moralidad tanto de las mujeres como de los hombres. Cuando el hombre toma la iniciativa y quiere hacer algo, la mujer no tiene capacidad para impedírselo. Como resultado, se establecen relaciones sexuales entre ambos, y estas transgreden todos los límites de la moralidad. Hoy la idea del matrimonio y de llevar una vida casta ni siquiera encuentra lugar en la mente de las jóvenes. El tiempo de placeres embriagadores que antes buscaban únicamente los hombres libertinos es ahora deseado por toda joven. Hoy se considera la virginidad y la castidad como costumbres de épocas antiguas, y las muchachas modernas las consideran un peligro. Según ellas, el goce de la vida consiste en beber hasta saciarse, durante la juventud, el vino embriagador de los placeres sexuales. Por eso rondan alrededor de salones de baile, clubes nocturnos, hoteles, burdeles y otros lugares semejantes. Con la esperanza de disfrutar de ello, están dispuestas a salir en automóvil con hombres completamente desconocidos en busca de placeres. En resumen, voluntaria y conscientemente se arrojan, y continúan arrojándose, a un entorno que, por su propia naturaleza, enciende el fuego de la pasión en la mente humana. Después, no sienten el menor temor ante el inevitable resultado natural de ello; por el contrario, lo reciben con júbilo.
La cuestión decisiva
Ante quienes se oponen al purdah, tanto en nuestro país como en otros países, se presenta en realidad precisamente semejante imagen de la vida. Las escenas brillantes de esta clase de vida han cautivado por completo sus sentidos. Estas perspectivas, estos principios morales y el aspecto deslumbrante de tales placeres materiales y corporales han influido en sus mentes. Su aversión al purdah se debe a que la filosofía moral occidental en la que han depositado su fe es completamente opuesta a la filosofía moral del purdah, y a que el purdah constituye un obstáculo para todos los beneficios materiales y placeres que desean. Ahora bien, la cuestión es si están dispuestos a aceptar el lado oscuro de este modo de vida, es decir, sus funestas consecuencias. En este asunto, sin embargo, no todos están de acuerdo.
Hay un grupo que está dispuesto a aceptar todas estas consecuencias. En realidad, según ellos, esto también es un aspecto brillante de la filosofía de vida occidental, no un aspecto oscuro.
El segundo grupo considera que este es precisamente el lado oscuro del cuadro y no está dispuesto a aceptar sus consecuencias. Pero ha quedado cautivado por todos los objetos de placer asociados con semejante modo de vida.
Existe un tercer grupo que carece tanto del conocimiento necesario para comprender estas perspectivas como de toda sensibilidad hacia sus consecuencias. Tampoco está dispuesto a esforzarse pensando e investigando si existe alguna relación causal entre estas perspectivas y sus consecuencias. Considera que su deber consiste en dejarse arrastrar por la corriente de la masa y continuar imitando ciegamente a la época.
Estos tres grupos están tan entremezclados que, en una conversación o discusión, resulta difícil determinar a cuál de ellos pertenece quien participa en ella. Como consecuencia de esta mezcla, el tema tratado suele convertirse en una confusión inextricable. Por ello, considero necesario separar cada grupo y, después, tratar el caso de cada uno conforme a su naturaleza.
El grupo iniciado en los principios de la civilización occidental
El primer grupo ha abrazado deliberadamente aquellas ideas y principios culturales sobre los que se han construido la civilización y la cultura occidentales. Piensa exactamente con la mentalidad con que piensan los artífices sociales de la nueva Europa y contempla los problemas de la vida desde la misma perspectiva. También desea teñir de ese color occidental la vida cultural de sus propios países. Según este grupo, el objetivo supremo de la educación femenina es que las mujeres adquieran capacidad para ganarse la vida y, al mismo tiempo, aprendan las artes y estrategias necesarias para conquistar el corazón de otros hombres. A su juicio, el lugar de la mujer en la familia consiste en que ella también sea, como el hombre, una persona con ingresos y contribuya con su parte al presupuesto común. En su opinión, la posición de la mujer en la sociedad es que, mediante su belleza, sus adornos y sus graciosos modales, aporte un elemento de deleite a la vida social. Con su voz de ruiseñor provocará una placentera vibración en los corazones. Con su arte musical refrescará los oídos. Con su danza voluptuosa hará correr por el alma una corriente vivificante. Con sus movimientos, «al andar se le mece la cintura, y su cuerpo juvenil tiembla de pies a cabeza», entretendrá los corazones de los hijos de Adán. Los espectadores disfrutarán del espectáculo hasta saciar la vista, mientras una corriente eléctrica recorrerá sus fríos glóbulos sanguíneos. Ella se dedicará al servicio social, será miembro de municipalidades y consejos, y participará en congresos, reuniones y asociaciones. Consagrará su tiempo y su inteligencia a resolver problemas políticos, culturales y sociales. Participará en juegos, diversiones y deportes. Batirá récords en natación, carreras, saltos, acrobacias, vuelos y otras actividades semejantes. Según este grupo, eso es todo lo que la mujer debe hacer en la vida nacional. En suma, hará todo lo que queda fuera del hogar y no se acercará ni siquiera a los confines de aquello que pertenece al interior de la casa. Consideran ideal una vida de esta naturaleza. Creen que este es el único camino hacia el progreso mundano, y que todos los antiguos criterios morales que obstaculizan ese camino son absurdos y erróneos. Al igual que Europa sustituyó los antiguos valores morales por otros nuevos, ellos han hecho lo mismo. El progreso material y los placeres y comodidades corporales son, para ellos, los únicos bienes valiosos y deseables. La modestia, la castidad y la pureza, el carácter moral, las responsabilidades y la fidelidad de la vida conyugal, la preservación de la estirpe y asuntos semejantes no solo carecen de valor para ellos, sino que son meros engaños bárbaros nacidos de la superstición. Sin desarraigar todo esto, no es posible avanzar por el camino del progreso.
En realidad, son auténticos creyentes de la religión occidental. Europa difundió sus ideas y su visión del mundo adoptando determinados métodos; ellos también han abrazado esas ideas y tratan de propagarlas ampliamente por esos mismos medios en los países orientales.
La nueva literatura
Fíjense primero en su literatura, que es una de las fuerzas más poderosas para formar la mente y el intelecto. Mediante esta llamada literatura (?) [en realidad, mala literatura], se realiza con todas las fuerzas un esfuerzo para presentar ante las futuras generaciones una nueva concepción del carácter en todo su esplendor y extraer de cada átomo y molécula de la mente y del intelecto los antiguos valores morales para arrojarlos lejos. Aquí presentaré algunos ejemplos tomados de la literatura urdu.
En una prestigiosa revista mensual de este país se publicó un relato titulado «La lección de Shirin». Su autor era un hombre muy instruido, célebre en el ámbito literario y ocupaba un alto cargo. El resumen del relato es el siguiente: una joven se ha sentado a estudiar con su maestro. Durante la clase, le presenta al maestro una carta de amor de un joven pretendiente suyo para que la comenten. Su primer encuentro con aquel amigo y pretendiente tuvo lugar en una fiesta de té. Allí, una mujer los presentó. Desde ese mismo día comenzaron a tratarse e intercambiar cartas. La joven desea que su maestro escriba una respuesta a aquella carta de amor. El maestro intenta apartarla de todos esos asuntos frívolos y atraerla hacia los estudios. Entre la joven y el maestro se desarrolla sobre este tema la siguiente conversación:
Joven: Sí quiero estudiar. Pero quiero estudiar algo que me ayude a hacer realidad la esperanza de mis sueños despiertos. No quiero estudiar algo que me convierta desde ahora en una solterona.
Maestro: Bien, además de este mahatma, ¿tienes algún otro amigo joven?
Joven: Sí, tengo varios. Sin embargo, la particularidad de este joven es que reprende con una voz muy dulce.
Maestro: Bien, dime, ¿qué pasaría si tu padre se enterara del contenido de esta carta?
Joven: ¡Vaya! ¿Acaso mi padre no escribía cartas de amor de este tipo cuando era joven? Era todo un señor elegante. Y si todavía las escribe, ¿qué tiene de extraño? ¡Todavía no es viejo!
Maestro: Hace cincuenta años ni siquiera era concebible que alguien escribiera una carta de amor de este tipo a una muchacha de una familia noble.
Joven: Entonces, ¿la gente de aquella época solo se enamoraba de personas de la clase baja? ¡Vaya! En ese caso, la gente de clase baja vivía muy cómodamente en aquella época, mientras que las clases nobles eran bastante pervertidas.
En las últimas palabras de Shirin resuenan los acordes de la filosofía literaria del autor del relato.
Shirin dice: Las jóvenes modernas como nosotras tenemos una doble responsabilidad. Es nuestro deber recuperar todas las alegrías y diversiones que nuestros mayores han perdido y eliminar los hábitos de ira y mentira que aún existen.
Hace algunos años, se publicó en otra célebre revista literaria un relato no muy extenso titulado «Arrepentimiento». He aquí su resumen, en un lenguaje sencillo y claro:
Una joven doncella de familia noble se enamora de un muchacho. Sin conocimiento de sus padres, lo llama a su propia habitación. Después, como consecuencia de establecer una relación sexual ilícita, queda embarazada. Entonces, para demostrar la legitimidad de aquel acto suyo, abominable e impuro, murmura para sí:
¿Por qué estoy tan preocupada? ¿Y por qué palpita así mi corazón?… ¿Acaso mi conciencia me atormenta? ¿Me avergüenzo de mi debilidad? Pero el acontecimiento de aquella hermosa noche de luna está escrito con letras doradas en el libro de mi vida. Recuerdo aquellos momentos de embriaguez juvenil como un valioso tesoro de mi vida. ¿Acaso no estoy dispuesta a sacrificarlo todo para recuperar aquellos momentos?….
Entonces, ¿por qué tiembla mi corazón? ¿Es por aquel pecado? ¿He cometido acaso algún pecado? No, no he cometido pecado alguno. ¿Contra quién he pecado? ¿Quién ha sufrido daño por mi pecado? Yo me he sacrificado. Me he sacrificado por él. ¡Ay, si hubiera podido sacrificarme aún más por él! No temo el pecado. Pero sí, temo a esta bruja de la sociedad. Su mirada, tan significativa y sospechosa, se posa sobre mí…..
¿Y por qué habría de temerle? ¿Acaso por mi propio pecado? Pero ¿cuál es mi pecado? ¿Hay alguna otra muchacha de la sociedad que no hiciera lo que yo hice? ¡Ah, aquella dulce noche, el roce del néctar de sus labios sobre los míos! ¡El estrecho abrazo de sus brazos! Y en su perfumado y dulce pecho, embriagada por una dicha inexpresable, me había perdido a mí misma; ¿y qué hay de malo en ello? ¿Qué habría hecho cualquier otra? ¿Habría rechazado otra mujer a aquel hombre en semejante momento?
¿Pecado? Yo nunca he cometido pecado. Nunca me he arrepentido. Estoy dispuesta a hacerlo de nuevo. .. ¿Castidad? ¿Qué clase de cosa es la castidad? ¿La virtuosa virginidad o la pureza del corazón? Ya no soy virgen. ¿He perdido acaso mi castidad?
Que la sociedad, esa bruja amante de la discordia, haga lo que quiera. ¿Qué puede hacerme? Nada. ¿Por qué habría de temer sus insolentes burlas? ¿Y por qué habría de asustarme de sus murmullos? ¿Por qué habría de dejar que palideciera mi rostro? ¿Por qué habría de ocultarlo ante sus sarcasmos y sus burlas? Mi corazón me dice que hice lo correcto. Entonces, ¿por qué habría de comportarme como una ladrona? ¿Y por qué no habría de proclamar a los cuatro vientos que hice esto y que hice bien?
Los nuevos escritores quieren enseñar, mediante la presentación de semejantes argumentos y pruebas, esta actitud y este modo de pensar a todas las muchachas de la época moderna —probablemente también a sus propias hermanas e hijas—. Su enseñanza es esta: si en una noche de luna una joven tiene la posibilidad de recibir el abrazo de un hombre ajeno, debe disolverse en su ardiente pecho. Porque, en tal situación, eso es lo único posible. Cuando una mujer se enfrenta a una situación semejante, no puede hacer otra cosa. Esto no es un acto pecaminoso, sino sacrificio y entrega. Con ello tampoco se menoscaba la dignidad de la castidad. Si se renuncia a la virginidad conservando la pureza del corazón, ¿qué importa la castidad? En la vida de una mujer queda escrito con letras doradas. Su conducta y su carácter también deberían ser tales que todo el libro de su vida quedara escrito con letras doradas.
Ahora queda la sociedad. Por tanto, si la sociedad acusa a mujeres tan castas y virtuosas, habrá que llamarla perturbadora de la paz y bruja. ¿Son culpables quienes acusan a estas muchachas entregadas, o son culpables aquellas jóvenes de familias nobles que, en una hermosa noche de luna, no pueden rechazar el dulce abrazo de un pecho desnudo? Una sociedad opresora que califica de repugnante una acción tan hermosa no puede tener derecho alguno que obligue a la gente a respetarla y a ocultar el rostro por temor a ella después de realizar una acción tan hermosa. Cada muchacha deberá demostrar públicamente y con ánimo intrépido esta grandeza moral y, sin avergonzarse ella misma, deberá avergonzar a la sociedad.
Semejante insolencia y osadía jamás las tuvieron siquiera las prostitutas profesionales. Porque esas desdichadas no poseían ninguna filosofía moral capaz de convertir el pecado en virtud y la virtud en pecado. Las prostitutas de antaño, aunque echaban a perder su castidad, se consideraban despreciables y pecadoras. Pero ahora la nueva literatura quiere hacer avanzar a la hija y a la nuera de cada familia varios pasos más allá de las prostitutas de antaño. Porque está inventando una nueva filosofía para encubrir las malas acciones y la obscenidad.
Hay otra revista que goza de considerable estima en los círculos literarios de nuestro país. En ella se publicó un relato titulado «Devar». El padre del autor del relato obtuvo gran respeto de la sociedad por escribir literatura moral de elevado nivel para las mujeres. Por esta noble labor también fue apreciado por la comunidad femenina. Sin embargo, en el relato, su propio hijo presenta ante sus hermanas, con gran belleza, el personaje de una muchacha que, antes de casarse, experimenta en el cuerpo y el espíritu un estremecimiento de placer inexpresable al imaginar la plena juventud y la excitación sexual de su cuñado imaginario. Ya durante su vida de soltera tenía una visión tal que pensaba: «La juventud que se extingue en silencio y tranquilidad es señal de inutilidad. En mi opinión, la agitación y el entusiasmo son inevitables en la juventud, y la atracción y repulsión de la belleza y el amor son su ofrenda». Con semejante visión y tales ideas, cuando la muchacha vio en la ceremonia nupcial el rostro barbado de su esposo, sus delicados sentimientos quedaron cubiertos de niebla. Entonces decidió, conforme a sus deseos previamente imaginados, quedar atada a los lazos amorosos del hermano carnal de su esposo. La oportunidad se presentó muy pronto. Cuando su esposo marchó al extranjero para estudiar, el cuñado y la esposa de su hermano se entregaron al placer de todo corazón, y ambos cometieron una extrema traición contra el hermano y el esposo. El autor del relato revela esta mala acción mediante la propia escritura de la muchacha adúltera. Ella escribe y envía en forma de cartas a su amiga soltera todos sus actos. Le informa detalladamente de cómo, tras superar todas las etapas iniciales, el amor entre el cuñado y la esposa de su hermano alcanzó su culminación. Nada de la embriaguez de cuerpo y espíritu que se produce durante los estrechos abrazos y la unión sexual ha quedado sin revelar en la carta. Solo queda la representación del acto sexual. Probablemente, con esta idea, se dejó esta deficiencia para que los lectores y las lectoras completaran por sí mismos, con el pincel de la imaginación, aquello que falta.
Si se compara la literatura nueva con el ejemplo de Francia descrito anteriormente, resultará claramente evidente que este último grupo de aventureros ha emprendido el viaje por el mismo camino y hacia el mismo destino. Se están formando las mentes y los cerebros, en lo referente a la visión y la moral, precisamente para ese sistema de vida; su atención está dirigida especialmente a las mujeres, para que no quede en ellas ni el menor vestigio de pudor y respeto.
Nueva cultura
En la práctica, no solo se encuentran esta filosofía moral y este sistema de vida; junto con ellos también se han puesto en funcionamiento un sistema cultural de tipo capitalista y los principios democráticos occidentales. Estas tres fuerzas, actuando conjuntamente, están produciendo la imagen que se ha construido de la vida occidental. Se escribe la literatura más vulgar y obscena sobre la ciencia sexual y se la distribuye ampliamente entre los estudiantes de escuelas y colegios. Imágenes de desnudos y de mujeres sin honor adornan cada periódico, folleto, hogar y tienda. En las casas y en los mercados se hacen sonar discos de gramófono sumamente obscenos y de mal gusto. Toda la actividad del cine no hace sino aumentar la excitación sexual. En la pantalla blanca y luminosa, cada tarde, presenta la obscenidad y la desvergüenza de un modo tan atractivo que todos los niños y niñas toman la vida de los actores y las actrices como un modelo excelente. Cuando los jóvenes, después de contemplar semejantes representaciones que estimulan los deseos y las pasiones, salen del teatro, buscan con impaciencia y energía oportunidades para tender por todas partes trampas de amor. Todo esto son distintas formas de las facilidades capitalistas. Gracias a este sistema de vida capitalista, en las grandes ciudades se está creando rápidamente una situación en la que a las mujeres les resulta indispensable buscar por sí mismas su sustento. Con la ayuda de este sistema opresivo ha comenzado la propaganda, junto con medicamentos y aparatos.
Las bendiciones del sistema democrático moderno llegaron principalmente a los países orientales por medio de Inglaterra y Francia. Este abrió principalmente para las mujeres el camino de la actividad política y social.
En segundo lugar, estableció ciertas instituciones en las que se volvió indispensable la libre interacción entre mujeres y hombres. En tercer lugar, relajó tanto las restricciones de la ley que, en la mayoría de los casos, no solo la expresión del deseo de obscenidad, sino incluso llevarlo a la práctica, no se considera en absoluto un acto delictivo.
En tales circunstancias, quienes han decidido recorrer este camino de la vida con plena confianza en sí mismos han experimentado una revolución casi completa en su moralidad y en su conducta social. Ahora sus mujeres salen vestidas de tal manera que, al verlas, se las puede confundir con actrices de cine. Su insolencia ha llegado a tal extremo que, por la desnudez de sus ropas, la desvergonzada expresión de su belleza, la excesiva ostentación de sus adornos y cada uno de sus graciosos gestos, resulta evidente que, aparte de convertirse en imanes sexuales, estas mujeres no tienen ninguna otra meta ni propósito. Su falta de vergüenza ha llegado a tal extremo que para ninguna mujer distinguida de esta clase se considera vergonzoso bañarse con hombres llevando un traje de baño, fotografiarse en ese estado y publicar la fotografía en los periódicos. Allí ni siquiera se plantea la cuestión de la vergüenza. Según la teoría moral moderna, todas las partes del cuerpo humano son iguales. Si se pueden dejar descubiertas las palmas de las manos y las plantas de los pies, ¿qué falta hay en dejar descubiertas la región de las nalgas y la parte delantera de los genitales? Para ellas, el disfrute de los placeres de la vida, cuya manifestación global se denomina arte, está por encima de toda moralidad. Incluso lo consideran la piedra de toque de su carácter. Basándose en ello, el padre y el hermano se llenan de alegría y orgullo cuando ven que, ante ellos, su hija o hermana obtiene en el escenario, mediante danzas, cantos y graciosos gestos amorosos, los aplausos de cientos de oyentes y espectadores ansiosos. El éxito material —cuyo segundo nombre es el objetivo de la vida—… Según ellas, aquello que se puede obtener sacrificando ciertos bienes es más valioso que esos mismos bienes: si una mujer se convierte en el objeto deseado y adquiere la capacidad de ganar popularidad en la sociedad, aunque pierda su castidad, no ha perdido nada; al contrario, lo ha ganado todo. Por eso no pueden comprender en absoluto por qué habría de considerarse censurable que una muchacha estudie en la universidad junto con muchachos o que, en plena juventud, viaje sola a Europa con fines educativos.
Los esclavos serviles de Occidente tendrán que tomar una decisión
Estos son precisamente los individuos que critican más severamente el sistema del pudor islámico. Según ellos, el pudor es algo tan insignificante y manifiestamente falso que para abolirlo basta con la burla, la comicidad y el sarcasmo. Pero esta idea es exactamente como la de una persona que no percibe ninguna necesidad de tener una nariz en el rostro y, por eso, se burla de todo aquel cuya nariz ve. Con semejante argumento necio solo pueden ser derrotados los necios. Si hubiera en ellos siquiera un ápice de racionalidad, comprenderían sin duda que entre ellos y nosotros existe, en realidad, una diferencia fundamental en los valores. Lo que nosotros consideramos valioso carece de valor para ellos. Por tanto, la acción que consideramos necesaria según nuestra escala de valores es, inevitablemente, a sus ojos no solo innecesaria, sino también absurda. Sin embargo, ante una discrepancia tan fundamental, solo una persona de escasos conocimientos puede, en lugar de discutir el verdadero objeto de la diferencia, disputar sobre sus ramificaciones. Para determinar los valores humanos hay que atenerse únicamente a la ley natural. Según la ley natural, solo merece ser considerado un valor aquello que exige la constitución física del ser humano y aquello que puede conducir al bienestar, la felicidad y la paz del ser humano.
Por tanto, examinemos mediante esta piedra de toque si, en la discrepancia sobre los valores, estamos nosotros en el camino correcto o lo estáis vosotros. Traed las pruebas y los argumentos del conocimiento y de la ciencia que poseéis; nosotros presentaremos los que tenemos. Después, observad como personas instruidas y justas hacia qué lado se inclina la importancia. Si por este método demostramos el criterio de los valores, podréis, si queréis, aceptar los valores establecidos sobre la base del conocimiento puro y de la razón, o bien seguir los valores adoptados por mera inclinación instintiva. Pero recordad que, si adoptáis este segundo camino, vuestra situación llegará a ser tan lamentable que, en lugar de burlaros de nuestro modo de actuar, vosotros mismos os convertiréis en objeto de risa.
El segundo grupo
Después de estos hay otro grupo. En el primer grupo hay tanto no musulmanes como personas que solo llevan el nombre de musulmanes. Pero el segundo grupo está compuesto en su totalidad por musulmanes. En ellos se observa hoy una extraña mezcla de medio pudor islámico y medio progresismo. No están ni de este lado ni de aquel, como un grupo indeciso y vacilante. Por un lado, sienten inclinación hacia el islam, siguen la piedra de toque que el islam ha establecido para el carácter, la civilización, la nobleza y el buen comportamiento, desean adornar a sus mujeres con el honor y la castidad, y aspiran a proteger sus hogares de la impureza moral. Tampoco están dispuestos a aceptar las consecuencias que naturalmente se desprenden de los principios fundamentales de la cultura y la sociedad occidentales. Pero, por otro lado, quebrantando los principios básicos y las leyes del sistema social islámico, y manteniéndose en parte contenidos y en parte algo vacilantes, conducen a sus esposas, hermanas e hijas por el camino de la civilización occidental. Abrigan la falsa idea de que, combinando métodos medio occidentales y medio islámicos, disfrutarán de las ventajas de ambas civilizaciones; es decir, que en sus hogares se conservará el carácter islámico y también permanecerá intacta la disciplina de la vida familiar. Además, en su vida social se incorporarán no solo los malos efectos del sistema social occidental, sino también su autoengaño, su afán de placeres y sus comodidades materiales. Pero, en primer lugar, no sería justo entrelazar las dos mitades de dos civilizaciones opuestas, con ideales y objetivos diferentes. Pues, al combinar semejante incompatibilidad, existe mayor riesgo de que se reúnan sus defectos, en lugar de sus virtudes.
En segundo lugar, también es irracional y contrario a la naturaleza pensar que, una vez debilitados los vínculos del firme sistema moral del islam y después de que la gente empiece a disfrutar de la transgresión de la ley, será posible mantenerla confinada dentro de unos límites que no impliquen ningún peligro. El cambio hacia esta vestimenta semidesnuda, esta avidez por la belleza y los adornos, estas reuniones de amigos como primera escuela de una desvergüenza intrépida, esta creciente afición por el cine, las imágenes desnudas y las historias y obras teatrales amorosas, y la educación de las muchachas al estilo occidental quizá no lleguen a desplegar plenamente todos sus efectos; quizá la generación actual también permanezca a salvo de sus consecuencias nefastas. Pero sería una muestra de necedad pensar que, por ello, las generaciones futuras también estarán a salvo de sus consecuencias. En la cultura y en el orden social, los errores suelen comenzar por cosas insignificantes. Sin embargo, ese pequeño error se agranda de generación en generación hasta adquirir una forma terrible. Las consecuencias de los falsos fundamentos sobre los que se dio forma moderna al orden social en Europa y América no se manifestaron de inmediato; más bien, sus efectos completos han llegado a revelarse plenamente apenas en la tercera y cuarta generaciones. Por tanto, esta combinación del sistema occidental con el islámico y este progreso a medias no son, en realidad, algo eterno e inmutable; su inclinación natural se dirige, más bien, hacia el occidentalismo. Quienes siguen este camino deben saber que, aunque ellos mismos no lleguen al destino del viaje que han emprendido, sus hijos y nietos ciertamente llegarán allí y se detendrán.
La pregunta decisiva
En estas circunstancias, antes de avanzar, todos deben reflexionar e investigar profundamente y resolver la siguiente cuestión fundamental. Es esta:
¿Estáis dispuestos a sufrir todas esas consecuencias del sistema social occidental que se han manifestado en Europa y América y que son el resultado natural de ese mismo sistema social? ¿Deseáis que en vuestra sociedad se cree también un ambiente semejante, lleno de excitación y frenesí sexual? ¿Deseáis que entre vuestro pueblo se produzca una inundación semejante de desvergüenza, falta de castidad y obscenidad? ¿Deseáis que las enfermedades venéreas se propaguen en forma de epidemia? ¿Deseáis que se destruya la disciplina familiar y del hogar? ¿Deseáis que se generalicen el divorcio, la disolución del matrimonio y la separación? ¿Deseáis que los jóvenes de ambos sexos se acostumbren a las relaciones sexuales libres? ¿Deseáis que se detenga el crecimiento de la descendencia mediante el control de la natalidad, el aborto, el feticidio, el infanticidio y otras prácticas semejantes? ¿Deseáis que los jóvenes de ambos sexos destruyan su mayor capacidad productiva y su salud a causa de una excesiva obsesión sexual? ¿Deseáis incluso que entre los niños y niñas menores de edad comiencen a surgir prematuramente tendencias sexuales y que, como consecuencia, desde el principio arraigue una alteración en su desarrollo mental y físico?
Si estáis dispuestos a aceptar todo esto por ganancias materiales y placeres sensuales, entonces seguid sin vacilación el camino de la civilización occidental y no volváis a pronunciar el nombre del islam. Antes de seguir ese camino, también debéis declarar que rompéis vuestra relación con el islam, para que después no podáis engañar a nadie en nombre del islam y para que vuestro estado humillado no se convierta en motivo de vergüenza o reproche para el islam y los musulmanes.
Pero si no estáis dispuestos a aceptar todas esas consecuencias, si comprendéis la necesidad de una cultura grande y pura en la que puedan cultivarse el carácter íntegro y los derechos honorables, en la que el ser humano pueda hallar un ambiente tranquilo para su desarrollo mental, espiritual y material, en la que hombres y mujeres, protegidos de los errores y desviaciones de la excitación mutua, puedan cumplir sus deberes culturales según sus mejores capacidades, en la que la familia, fundamento de la cultura, pueda establecerse firmemente, en la que la descendencia esté protegida y no exista tampoco el peligro de la mezcla de pueblos, en la que la vida familiar del ser humano se convierta en una morada de alegría y paz, en la que sea una plataforma de educación amistosa para los hijos y en la que todos los miembros de la familia puedan realizar sus tareas conjuntamente y con mutua simpatía, entonces no podéis volveros hacia Occidente para alcanzar todos esos nobles objetivos. Porque Occidente ha emprendido un rumbo completamente opuesto, y llegar al Este viajando hacia el Oeste es también imposible desde el punto de vista lógico. Si ese es verdaderamente vuestro deseo, debéis adoptar el camino del islam.
Pero antes de dar un paso por este camino, debéis expulsar de vuestro corazón el deseo de todas esas ganancias materiales y placeres sensuales, y también borrar de vuestra mente y vuestro pensamiento la visión exterior y la corriente de ideas autoengañosas de Occidente. Debéis abandonar asimismo todos los principios adoptados de la cultura y el sistema social occidentales. El islam tiene sus propios principios y objetivos fundamentales. También tiene su propia perspectiva sociológica eterna. De acuerdo con las exigencias naturales de sus principios fundamentales, objetivos y perspectiva socialista, ha establecido un sistema social acorde con ellos. Después, mantiene este sistema social mediante una disciplina especial y el estricto cumplimiento de las normas. Para establecer todas estas normas, principios y disciplina se ha aplicado una extrema pericia y se ha prestado especial atención a la psicología humana. Sin ello, este sistema social no puede librarse de defectos, desviaciones y desorden. No es un sistema imaginario como la república de Platón, ni el reino de la felicidad imaginado por Sir Thomas More —Utopía—, ni Ram Rajya; es, por el contrario, un sistema que ha superado la prueba de fuego de catorce siglos. Durante este largo período, en ningún país ni pueblo se ha visto manifestarse, bajo su influencia, ni siquiera una décima parte de aquellos males que se han revelado en la civilización occidental en apenas un siglo. Si queréis beneficiaros de este firme y bien planificado sistema social, debéis cumplir plenamente su disciplina, sus normas y sus principios. Además, no tendréis ningún derecho a introducir en él ningún método contrario a la naturaleza de este sistema social, ya sea inventado por vosotros mismos o aprendido de otros, un método inservible y censurable.
Puesto que el tercer grupo está formado por varios individuos necios y carentes de juicio, que no tienen capacidad para analizar las cosas y tomar una decisión correcta, merece ser ignorado. Por tanto, es preferible avanzar sin discutir sobre ellos.
La ley natural
La naturaleza ha creado al ser humano, al igual que a todos los demás seres vivos, dividido en dos clases: varón y mujer, y ambos sienten una atracción natural mutua. Sin embargo, al estudiar a los demás seres vivos, se sabe que el propósito de su división en machos y hembras y de la atracción natural entre ellos es únicamente garantizar la continuidad de su especie. Por eso, la atracción —en otras palabras, el deseo sexual— les ha sido concedida solo en la medida necesaria para su reproducción y, por tanto, para garantizar la continuidad de la especie. En su naturaleza existe una fuerza de control que no les permite sobrepasar ciertos límites en asuntos relacionados con el sexo. En cambio, en el ser humano el deseo sexual es ilimitado e irreprimible, y su intensidad es muy superior a la de los demás seres vivos. Su actividad sexual no está sujeta a ninguna restricción de tiempo ni de estación. En su naturaleza no existe ninguna fuerza capaz de mantenerlo confinado dentro de un límite determinado. Entre el varón y la mujer existe un deseo sexual mutuo y permanente. Entre ellos hay una fuente inagotable de atracción y deseo sexual. En su interior existe un enorme anhelo de pasión y amor. Su estructura física, la belleza de su cuerpo, su encanto, el sentido del tacto y cada una de sus partes han creado un sentimiento de deseo hacia el sexo opuesto. En su voz, su manera de caminar, la belleza de sus miembros, sus gestos graciosos y demás rasgos reside plenamente el poder de la atracción. Además, el reino natural que los rodea ha sido colmado de innumerables elementos que despiertan su deseo sexual y hacen que se enamoren unos de otros. La brisa perfumada, el murmullo de los ríos, la encantadora vegetación de la tierra, la fragancia de las flores, el canto de los pájaros, el retumbar de las nubes, la belleza y el esplendor de las noches de luna; en suma, cada escena de la belleza natural y cada belleza del mundo creado despiertan directa e indirectamente el deseo sexual del ser humano.
Después, al examinar y analizar la organización física del ser humano, se puede saber que la enorme reserva de energía que hay en él es una combinación de fuerza vital, fuerza de trabajo y energía sexual. En el cuerpo existen ciertas glándulas endocrinas que estimulan y excitan determinados órganos mediante la secreción de sustancias vitales (hormonas).* Dichas glándulas endocrinas producen en el ser humano capacidad de trabajo, eficiencia laboral, inteligencia y otras cualidades. Además, estas glándulas despiertan en él el deseo sexual y provocan la manifestación de emociones que estimulan la potencia sexual. Para la manifestación de estas emociones, proporcionan belleza, encanto, ornamentos y diversos accesorios de adorno. Después, también crean en sus ojos, oídos, sentido del olfato, sentido del tacto y facultad imaginativa la capacidad de sentirse atraído por todos estos adornos y accesorios.
*En el interior del cuerpo humano existen varias glándulas endocrinas. La sustancia que segregan estas glándulas endocrinas se llama hormona. Las hormonas estimulan y excitan determinados órganos y partes del cuerpo. En la mujer y en el varón existen las siguientes nueve glándulas endocrinas:
Pineal, pituitaria, tiroides y paratiroides, timo, páncreas, suprarrenales, ovarios, placenta.
En el cuerpo femenino están todas las mencionadas arriba, mientras que en el masculino solo están algunas. —Traductor
Esta misma eficacia de la naturaleza también se observa en el conjunto de las fuerzas mentales del ser humano. Entre las fuerzas estimulantes que existen en su mente hay dos grandes anhelos. El primero lo impulsa a proteger su propia existencia y a servirse a sí mismo. El segundo lo obliga a establecer una relación con el sexo opuesto. En la juventud, cuando se desarrolla plenamente la capacidad de trabajo del ser humano, este segundo anhelo se vuelve tan intenso que muchas veces reprime el primero. Bajo su influencia, el ser humano llega a verse tan dominado que no duda en sacrificar su propia vida ni en arrojarse voluntaria y conscientemente a la destrucción.
La influencia de la atracción sexual en la formación de la civilización
¿Para qué es todo esto? ¿Es únicamente para asegurar la continuidad de la existencia de la especie, es decir, para la procreación? De ningún modo. Pues, para mantener la existencia de la humanidad no se necesita tanta procreación como la que necesitan los peces, las cabras y los demás animales. Entonces, ¿cuál puede ser la razón de que la naturaleza haya creado en los seres humanos, más que en cualquier otra criatura, un sentido y una atracción sexuales más intensos, y haya creado en ellos la mayor cantidad de elementos estimulantes para ello? ¿Acaso todo esto es simplemente para el disfrute y el placer humanos? Tampoco. La naturaleza no ha presentado el placer como la única meta y finalidad de la vida. Para impulsar a los seres humanos y a los demás seres vivos a realizar algún propósito grandioso, ha presentado el placer, es decir, el goce sexual, como una fuente de deleite, para que puedan realizar dicha actividad considerándola propia. Reflexionen ahora y vean qué gran propósito tiene la naturaleza en este asunto. Por mucho que se reflexione e investigue al respecto, no puede determinarse otra razón que esta: la naturaleza quiere construir una civilización tomando únicamente a la humanidad y dejando de lado a los demás animales.
Por eso se ha creado en el corazón humano un deseo de pasión y amor tal que no exige únicamente la unión corporal y la procreación, sino que reclama también alcanzar una compañía eterna, establecer una conexión íntima y una relación espiritual.
Por eso se ha dado al ser humano un sentido sexual más intenso que su capacidad de cópula. Si se utilizara para procrear siquiera una décima parte de la pasión y la atracción sexuales que existen en él, su salud se arruinaría. Su fuerza física se agotaría antes de alcanzar la edad de madurez. La finalidad de la excesiva atracción sexual que existe en el ser humano no es que este realice más actos sexuales que todos los animales y las aves, sino únicamente unir al hombre y a la mujer y hacer duradera y firme su relación mutua.
Por esta razón, junto con la atracción y el deseo, se encuentran en la naturaleza femenina el pudor y el respeto, una renuencia fingida a la actividad sexual, cierta actitud de huida y una inclinación natural a ofrecer resistencia. Esto existe, en mayor o menor medida, en toda mujer. Esta actitud de huida y esta renuencia fingida también se observan en las hembras de los animales. Pero en la mujer humana su fuerza y magnitud son mayores. Se las ha hecho aún más firmes mediante la emoción del pudor y el respeto. Esto permite comprender que la finalidad del imán sexual en el ser humano no es otra que una unión eterna. No significa que todo deseo sexual haya de culminar únicamente en el acto sexual.
Por esta razón, el hijo humano ha sido creado más débil e indefenso que las crías de todos los animales. En comparación con los animales, el niño humano depende durante varios años de la protección y el cuidado de sus padres. Adquiere mucho más tarde la capacidad de mantenerse por sí mismo y ser autosuficiente. El propósito subyacente de esto también es que la relación entre el hombre y la mujer no se limite a una relación sexual, sino que, como consecuencia de ella, ambos se vean obligados a permanecer unidos y a ayudarse mutuamente.
En el corazón humano se ha derramado hacia los hijos una ternura y un afecto mayores que en cualquier otro ser vivo. Los animales y las aves cuidan de sus crías durante un período muy breve y luego las abandonan. Después, no queda entre ellos ninguna relación. Incluso dejan de reconocerse unos a otros. En cambio, el ser humano sigue unido por el cariño y el afecto a sus hijos aun después de que ha pasado el período de su crianza inicial. Este afecto continúa de hijos a nietos y así sucesivamente. La naturaleza animal y egoísta del ser humano queda tan influida por este cariño, afecto y amor que desea para sus hijos más de lo que desea para sí mismo. En su interior surge una ambición tal que procura asegurar para sus hijos la vida más próspera posible. Les deja el fruto de su propio trabajo y esfuerzo. La finalidad de la naturaleza puede ser transformar, mediante la creación de este intenso amor y apego, la relación sexual entre el hombre y la mujer en una unión eterna. Esta unión y conexión eternas se convierten en un apoyo para la formación de la familia. Después, la continuidad del amor propia de la especie vincula matrimonialmente a muchas otras familias. Como resultado, mediante la unión del amor y de sus destinatarios, se establece entre ellas una organización de ayuda mutua, cooperación e intercambio. Así llega a existir una relación social y civilizatoria.
El problema fundamental de la civilización
De esto se ha podido comprender que la única finalidad del deseo sexual derramado en las moléculas, los átomos y el alma del cuerpo humano, y para cuyo debido apoyo se han acumulado ampliamente, nivel tras nivel del reino de la creación, diversos elementos y objetos estimulantes, es atraer al ser humano de lo individual hacia lo colectivo. La naturaleza ha dispuesto este deseo precisamente como la verdadera fuerza impulsora de la civilización humana. Como resultado de este deseo y de esta atracción sexuales, se crea una conexión entre los dos sexos de la humanidad, y esta relación de conexión da comienzo a la vida social.
Después de examinarlo y analizarlo, quedó claro que el problema de la relación entre el hombre y la mujer es, en realidad, un problema fundamental de la civilización. De su solución dependen el bienestar y la corrupción de la civilización, su progreso y decadencia, su firmeza y debilidad. Entre estas dos partes de la especie humana existe una relación bestial, que, dicho de otro modo, es puramente sexual y directamente lujuriosa. No tiene otro propósito que preservar la existencia de la especie o procrear. La segunda relación es humana. Su propósito es que ambos se ayuden y colaboren mutuamente, según sus respectivas capacidades y aptitudes naturales, para alcanzar un objetivo común mediante sus fuerzas combinadas. Para esta ayuda, el amor sexual entre ellos actúa como medio de unión y cooperación. Estos elementos bestiales y humanos, juntos y al mismo tiempo, llevan a cabo las actividades de la civilización y, para mantenerlas, incorporan a más individuos. El bienestar o el mal de la civilización depende de que, mediante la combinación de ambos tipos de elementos, se mantengan o no una armonía y un equilibrio completos.
Elementos indispensables para formar una civilización pura y santa
Ahora debemos examinar y analizar este problema para comprender cómo pueden hacerse posibles la debida armonía y la combinación natural de las relaciones bestiales y humanas entre el hombre y la mujer, necesarias para una civilización pura y santa. Además, debemos comprender por qué defectos y desviaciones en el establecimiento de la armonía dentro de esta combinación la civilización termina sumida en el desorden.
1. Moderación en el deseo sexual
La pregunta más importante y primordial es cómo puede mantenerse bajo control este deseo y atracción sexual. Ya se ha explicado que este deseo existe en el ser humano en mayor medida que en los demás animales. No solo es poderosa la fuerza estimulante sexual dentro del cuerpo humano, sino que también hay innumerables factores de excitación sexual esparcidos por todo el vasto mundo exterior. La propia naturaleza ha acumulado esos factores en tal abundancia que, si el ser humano adopta medios para aumentarlos y perfeccionarlos atentamente mediante su capacidad inventiva, y adopta una civilización en la que su sed sexual aumente cada vez más y luego busque medios fáciles para saciarla, en tal situación esta sed inevitablemente rebasará los límites deseables. El elemento bestial del ser humano vencerá a su elemento humano, y este demonio bestial devorará tanto su humanidad como su civilización.
La naturaleza ha hecho dulces tanto la relación sexual como cada uno de sus comienzos y factores estimulantes. Pero ya se ha indicado que la naturaleza ha utilizado este gusto tan dulce únicamente para su propio propósito, es decir, la formación de la civilización. Cuando este disfrute excede los límites y el ser humano queda absorto en él, no solo destruye la civilización, sino que también puede convertirse, y se ha convertido, en causa de la destrucción del ser humano, como ha ocurrido muchas veces en el pasado.
Examinen las enseñanzas y la historia de las naciones que han sido destruidas. La locura sexual había rebasado entre ellas todos los límites. Su literatura estaba llena de escritos de este tipo, destinados a provocar excitación. Sus ideas, relatos, poesías, imágenes, estatuas, lugares de culto, viviendas y todo lo demás constituían pruebas evidentes de ello. Observen también la situación de las naciones que actualmente avanzan hacia la destrucción. Aunque llamen a su locura sexual arte, literatura estética, apreciación de la belleza o cualquier otro nombre hermoso e inocente, la verdad esencial no cambia por alterar la interpretación. ¿No significa esto que, en la sociedad, las mujeres están ansiosas por relacionarse con los hombres y los hombres con las mujeres? ¿Por qué aumenta entre hombres y mujeres el afán por cultivar la belleza y adornarse? ¿Cuál puede ser la razón de que, en la sociedad mixta de hombres y mujeres, el cuerpo de la mujer haya quedado despojado de ropa? ¿Qué es aquello por lo que la mujer expone cada parte de su cuerpo ante el público y, por parte de los hombres, se alza la exigencia de «¡más, más!»? ¿Qué significa que las imágenes desnudas, las estatuas desnudas y la danza desnuda sean las cosas más apreciadas? ¿No es acaso por ello que, mientras no se pueda saborear el amor y el romance en el cine, y no comiencen en él las expresiones y los actos de índole sexual, no se obtiene ningún placer? Si no es por la locura sexual, ¿para qué sirven todas estas escenas y tantas otras semejantes? ¿Cuál puede ser, aparte de la destrucción, el resultado final de una civilización en la que se crea un entorno tan desordenado y estimulante desde el punto de vista sexual?
En un entorno así, como resultado de la intensidad del deseo sexual, la excitación incesante y la actividad sexual continua, la descendencia inevitablemente se debilita, se deterioran sus fuerzas físicas y mentales, su capacidad de pensar se dispersa y desordena, aumenta la obscenidad, se extienden las enfermedades sexuales y comienzan movimientos a favor de la anticoncepción, el aborto y la matanza de fetos y recién nacidos.*
Los hombres y las mujeres continúan entregándose a la unión sexual como los animales. La naturaleza les ha concedido un deseo sexual mayor que el de los demás seres vivos, pero ellos lo emplean en actividades contrarias al propósito pretendido por la naturaleza, y su bestialidad llega a superar la de todos los animales. Incluso los monos y los machos cabríos quedan por debajo de ellos. No cabe duda de que una inclinación bestial tan desenfrenada destruirá la civilización y la humanidad entera. La degradación moral de quienes se sumerjan en ella los hará descender a tal grado que ya no habrá esperanza alguna de que puedan volver a elevarse.
1.Un médico dice: «El comienzo de la madurez produce muchos cambios importantes. En ese momento se origina un estado revolucionario en las actividades de la mente y del cuerpo, que se desarrolla y se manifiesta en todos los sentidos. En ese período se requiere toda la energía para soportar todos esos cambios y alcanzar tal desarrollo y manifestación. Por eso, en ese momento la resistencia del ser humano a las enfermedades es muy débil. El largo tiempo necesario para el desarrollo y la manifestación física general, el perfeccionamiento y crecimiento de los órganos y miembros, y los cambios mentales y físicos, tras el cual el ser humano pasa de la infancia a la juventud, causa fatiga al cuerpo humano. Esto se debe a que durante ese período el cuerpo humano está entregado a un esfuerzo extremo. En tal estado no sería razonable imponerle una carga anormal; en particular, la actividad sexual y la excitación sexual serían perjudiciales para él».
Otro célebre psicólogo y sociólogo alemán dice: «Puesto que los órganos sexuales suscitan una sensación extraordinaria de dicha y satisfacción extremas y de intensa excitación emocional, están siempre dispuestos a consumir una gran parte de nuestras energías mentales. Si logran imponerse, mantendrán al ser humano absorto en el placer personal en lugar de servir a la civilización. Por una ligera falta de cuidado, desequilibrarán la vida sexual del ser humano y la convertirán en algo perjudicial en vez de beneficioso. La gran finalidad de la educación debería consistir en prevenir este peligro».
Del mismo modo, en una civilización en la que se adopte una privación extrema en lugar de satisfacer las necesidades naturales, se producirá el mismo resultado. Así como es perjudicial exceder los límites al satisfacer el deseo sexual, también es perjudicial reprimirlo en exceso. El sistema civilizatorio que pretende convertir al ser humano en célibe y renunciante del mundo lucha contra la naturaleza. Pero la naturaleza nunca es derrotada por su adversario; al contrario, lo hace pedazos. Es absolutamente cierto que no puede construirse ninguna civilización sobre la base de la verdadera vida ascética, porque, en realidad, esta se opone a la formación de la cultura y la civilización. Sin embargo, al arraigar firmemente en la mente la doctrina del ascetismo, ciertamente puede crearse en el sistema civilizatorio un ambiente de abstinencia en el que las relaciones sexuales sean consideradas algo censurable, repugnante y vulgar. Abstenerse de ellas será considerado la norma moral. Pero reprimir el deseo sexual significa reprimir la humanidad. No será reprimido por sí solo, sino junto con el talento, la capacidad de trabajo, la inteligencia, el entusiasmo y el valor, la resolución y la valentía del ser humano, todo a la vez. Como consecuencia de esa represión, toda la fuerza humana quedará paralizada. Sus glóbulos sanguíneos se enfriarán y coagularán, y no conservará capacidad alguna para estimularlos. Esto se debe a que la energía sexual es la fuerza estimulante suprema del ser humano.
Por tanto, el deber primordial de una civilización recta y virtuosa será proteger el deseo sexual tanto del exceso como de la privación extrema, llevarlo a un estado intermedio de perfecto equilibrio y regularlo estrictamente mediante normas y principios adecuados. La organización de la vida social debería ser tal que, por un lado, se eliminen por completo todas las excitaciones y estímulos anormales que el ser humano provoca mediante sus deseos y su inclinación al placer. Por otro lado, deberían mantenerse abiertos todos los medios deseados por la naturaleza para calmar y satisfacer la excitación natural.
2. Establecimiento de la base familiar
Ahora surge naturalmente en un rincón de la mente esta pregunta: ¿cuál es la voluntad de la naturaleza? ¿Acaso hemos sido sumidos en la oscuridad en este asunto, de modo que cerremos los ojos, actuemos a nuestro antojo y llamemos a eso el deseo de la naturaleza? Más bien, si reflexionamos e investigamos los signos de la naturaleza, ¿no podremos conocer su propósito? Probablemente muchos sostengan precisamente la primera opinión. Por eso, sin prestar atención a los signos de la naturaleza, cuando algo sucede lo proclaman arbitrariamente como el propósito de la naturaleza. Pero cuando un investigador de los hechos sale en busca de información, después de avanzar unos cuantos pasos le parece que la naturaleza señala claramente con el dedo la dirección de su propósito.
Es sabido que, al crear al ser humano como macho y hembra, al igual que a los demás animales, y al infundir la atracción sexual entre ambos, el propósito primordial de la naturaleza es la procreación. Pero, respecto del ser humano, el propósito primordial de la naturaleza es la procreación. Sin embargo, respecto del ser humano, esta no es la única exigencia de la naturaleza; más bien, la naturaleza espera del ser humano algo más además de esto. Con un poco de reflexión e investigación podemos saber cuál es esa exigencia y de qué clase es.
Lo primero que atrae nuestra atención es que, entre todos los seres vivos, únicamente la criatura humana exige más tiempo, esfuerzo y atención para su cuidado y crianza. Aunque se la considere un ser independiente, observamos que deben transcurrir varios años antes de que pueda satisfacer sus necesidades biológicas, es decir, antes de que adquiera la capacidad de procurarse alimento y defenderse. Durante los dos o tres primeros años es tan indefensa que no puede sobrevivir sin los cuidados constantes de su madre.
Es evidente que, cualquiera que sea la etapa primitiva de barbarie en la que se encuentre el ser humano, no es simplemente un animal. Algún grado de civilización se vuelve indispensable para su vida. Por ello, debido a la civilización, a las exigencias naturales de la crianza de los hijos se añaden otras dos. En primer lugar, todos los medios y recursos civilizatorios que pueda obtener quien los cría deberán emplearse en la crianza de los hijos. En segundo lugar, el hijo debe recibir una educación que lo prepare para desempeñar las funciones propias del entorno civilizatorio en el que ha nacido y para ocupar el lugar de las generaciones anteriores. Así, cuanto más avance la civilización, más pesadas se volverán estas dos exigencias. Por un lado, aumentará la demanda de los medios indispensables y de los bienes necesarios para criar a los hijos; por otro, la civilización no solo exigirá, para su propia existencia, trabajadores aptos, educados y formados conforme a su nivel, sino que también deseará, para su desarrollo y progreso continuo, que las generaciones futuras sean mejores que las actuales; en otras palabras, que quien cría a cada niño se esfuerce por formarlo de manera que sea mejor que él mismo. Esto constituye un sacrificio supremo, que impulsa al ser humano a sacrificar sus propios intereses.
Todo esto constituye una exigencia de la naturaleza humana. La primera portavoz de estas exigencias es la mujer. Después de disfrutar de la compañía de una mujer durante algún tiempo, el hombre puede quedar libre para siempre de sus responsabilidades hacia ella. Pero la consecuencia natural de esa unión la mujer continúa soportándola durante años e incluso durante toda la vida. Desde la concepción debe soportar durante al menos cinco años las consecuencias de aquella unión. Sin embargo, si se han de satisfacer plenamente las exigencias de la civilización, ello significa que la mujer que disfrutó durante un instante de la unión con el hombre tendrá que cargar con su grave responsabilidad durante largos quince años. Ahora bien, ¿cómo puede una sola de las partes avanzar hacia la aceptación de una responsabilidad conjunta? Mientras la mujer no esté libre del temor a la traición de su compañero, mientras no se sienta segura respecto de la crianza de sus hijos y mientras no quede eximida de procurarse los bienes necesarios para su vida cotidiana, ¿cómo estará dispuesta a asumir una responsabilidad tan pesada? Para una mujer que no tiene tutor ni protector, la concepción no es sino un accidente, una calamidad, una calamidad terriblemente grave. Es completamente natural que desee librarse de ella. De lo contrario, ¿cómo podría acoger favorablemente semejante concepción?
Si se comprende la necesidad de preservar la existencia de la humanidad y de establecer y desarrollar la civilización, es inevitable que, si el hombre impone alguna pesada carga a la mujer, él también comparta con ella el peso de llevarla. Pero ¿cómo se puede persuadir al hombre para que participe en ello? Si se reflexiona sobre el mandato inevitable de la naturaleza para preservar la existencia de la especie, se observa que el hombre cumple en un instante, mediante el coito, lo que le corresponde en este asunto. Después, la pesada carga queda exclusivamente sobre la mujer y de ningún modo recae sobre el hombre. Incluso desde el punto de vista de la atracción sexual se observa que esta no obliga al hombre a permanecer unido a esa mujer. Si quiere, puede abandonar a una mujer y establecer una relación con otra. De este modo puede ir sembrando su semilla en todas partes. Por tanto, si se dejan todas estas acciones a su voluntad, no puede haber razón alguna para que esté dispuesto a soportar voluntariamente la carga posterior. En tal situación, ¿hay algo que lo obligue a gastar su trabajo y sus ingresos en esa mujer y en el hijo que lleva en su seno? En lugar de otra doncella hermosa, ¿por qué habría de sentir afecto por esta mujer embarazada? ¿Por qué habría de mantener a sus expensas una masa de carne inútil? Después, ante los gritos del recién nacido, ¿por qué habría de perder el sueño? ¿Por qué habría de perjudicarse por causa de este pequeño demonio que rompe todas sus cosas, ensucia toda la casa y no quiere obedecer ninguna prohibición ni restricción?
La naturaleza misma ha proporcionado la solución de una parte de este problema. Ha creado en la mujer belleza, dulzura, poder de cautivar y capacidad de sacrificarse y entregarse por amor. Mediante el uso de estas armas, puede vencer el egoísmo y la arbitrariedad del hombre y someterlo. Además, la naturaleza ha creado incluso en el niño humano una asombrosa capacidad de cautivar, por la cual mantiene a sus padres ligados a él por los lazos del afecto y la ternura, a pesar de su carácter doloroso, destructivo y travieso. Todo esto no basta por sí solo para obligar al ser humano a soportar durante años pérdidas, sufrimientos y sacrificios con el fin de cumplir sus deberes morales y civilizatorios. Debe recordarse que Satanás, su enemigo eterno, está siempre junto al ser humano. No deja de intentar apartarlo del camino natural. En su arsenal de engaños posee argumentos y pruebas inagotables, así como incitaciones, para extraviar a los miembros de cada pueblo de cada época.
Una de las fuerzas fundamentales de la religión es que inspira a hombres y mujeres a sacrificarse y consagrarse por la nación y la civilización. Prepara al animal egoísta que adopta forma humana para el sacrificio. Solo los profetas enviados por Alá, al conocer correctamente la voluntad de la naturaleza, propusieron el matrimonio como el medio adecuado para las relaciones sexuales entre el hombre y la mujer y para la cooperación civilizatoria. Fue gracias a su enseñanza y guía que el matrimonio se estableció entre todos los pueblos de la Tierra. Sobre la base moral que ellos difundieron surgió entre los seres humanos una capacidad espiritual de acción tal que estos pueden soportar por ella sufrimientos, penalidades y pérdidas. De lo contrario, en realidad, ¿quién podría ser mayor enemigo de los hijos que sus propios padres? Las normas sociales establecidas por los profetas sentaron las bases de la organización familiar, cuya firme autoridad obliga a muchachos y muchachas a asumir relaciones tan responsables y una labor conjunta de esta naturaleza. De lo contrario, las exigencias bestiales de la juventud son tan poderosas que, sin una disciplina externa, el mero sentido de la responsabilidad moral no puede impedir que se entreguen a la promiscuidad sexual. La pasión sexual es por naturaleza antisocial [anti-social]. Engendra afición al egoísmo, al libertinaje y a la anarquía. Carece de estabilidad y de sentido de la responsabilidad. Solo suscita el deseo de un placer pasajero. Someter a este monstruo y hacer que preste servicio a una vida social de tal índole no es fácil: una vida que exige paciencia, tolerancia, trabajo, sacrificio, abnegación, sentido de la responsabilidad y organización familiar. Precisamente la organización familiar introduce a este monstruo en una pequeña botella y le arrebata su intermediación [agency] en favor de la impiedad y el desenfreno. Después lo convierte en agente de la cooperación incesante y la labor conjunta entre el hombre y la mujer, indispensables para construir la vida. De no ser así, la vida civilizada de la humanidad llegaría a su fin; el ser humano viviría como un animal y, finalmente, la raza humana desaparecería de la faz de la Tierra.
Por tanto, para liberar el deseo sexual del libertinaje y del exceso y satisfacer sus exigencias naturales, el único camino que la propia naturaleza quiere ver abierto es que exista una unión permanente entre el hombre y la mujer mediante el matrimonio y que, por medio de esa unión, se establezcan las bases de la organización familiar. Así como para poner en marcha una enorme y extensa fábrica como la civilización se necesitan ciertas máquinas y herramientas, estas se producen en el pequeño taller [fábrica] de la familia. En cuanto muchachos y muchachas entran en la juventud, los directores del taller se preocupan por organizar para ellos, en la medida de lo posible, una vida conyugal adecuada, a fin de que de su unión matrimonial nazca una descendencia mejor. Después, cada trabajador de este taller se esforzará con plena sinceridad por formar del mejor modo posible a los descendientes que nazcan de ellos. Desde el primer momento en que comienza su vida en el campo de trabajo del mundo, el recién nacido entra, dentro de los límites de la familia, en un ambiente de amor, cuidado, protección y educación, como si recibiera, para desarrollarse, el ‘agua de la vida’ [elixir vivificante]. En realidad, solo dentro de la familia encuentra el hijo la compañía de dos personas que no solo lo aman, sino que además desean de corazón que alcance una posición más elevada que aquella en la que nació. En el mundo, solo los padres desean ver a su hijo mejor, más feliz y más próspero en todos los aspectos. De este modo, consciente o inconscientemente, procuran hacer que la futura generación sea mejor que la presente. En su empeño no hay ni rastro de egoísmo. No desean nada para sí mismos; desean únicamente el bienestar de sus hijos y encuentran la recompensa de su trabajo en ver sus vidas plenas y exitosas. ¿Dónde pueden encontrarse, en este taller de la familia, trabajadores tan dedicados y servidores tan desinteresados que no solo trabajen gratuitamente por el bienestar de la humanidad, sino que además gasten al servicio de sus hijos su tiempo, su paz, sus fuerzas, sus capacidades y todo lo que han obtenido mediante su trabajo? ¿Quién más está dispuesto a sacrificar por esta labor cada cosa valiosa que posee, mientras otro disfruta de sus frutos? ¿Quién obtiene la recompensa de su trabajo al formar para otros excelentes trabajadores y servidores? ¿Puede existir una aspiración más pura y noble de la humanidad que esta?
Cada año, para la existencia de la humanidad y la continuidad y el progreso de la civilización humana, se necesitan cientos de millones de parejas de este tipo, capaces de consagrarse voluntaria y alegremente a la responsabilidad de este noble servicio y de establecer, al contraer matrimonio, las bases de un campo de trabajo semejante. La gran fábrica que funciona en el mundo solo puede seguir funcionando de este modo: formando continuamente voluntarios de esta clase y haciendo que ellos proporcionen trabajadores para ponerla en marcha. Si no ingresan nuevos trabajadores y, por esta razón natural, los antiguos dejan de ser aptos para el trabajo, la mano de obra irá disminuyendo gradualmente. Un día, esta entidad creadora quedará paralizada. La obligación de quienes manejan esta máquina de la civilización no consiste únicamente en mantenerla funcionando durante sus propias vidas; también tienen el deber de procurar trabajadores que los sustituyan.
Desde este punto de vista, el matrimonio no es simplemente un medio lícito para apaciguar la pasión sexual; es, más bien, un deber social indispensable. La sociedad tiene un derecho natural sobre el individuo, y jamás puede concederse a este el derecho de reservarse para sí la decisión de casarse o no casarse. Quienes se niegan a casarse sin una razón legítima no son únicamente parásitos de la sociedad, sino también traidores y saqueadores. Desde que da su primer aliento hasta que llega a la juventud, toda persona nacida en el mundo disfruta de los recursos inagotables que las generaciones anteriores han acumulado. Gracias a las instituciones que ellas establecieron, tiene la oportunidad de vivir, ser criada y desarrollarse, y de contribuir al progreso de la humanidad. Durante ese tiempo no hace más que recibir; no da nada. La sociedad emplea sus recursos y su tiempo precisamente para perfeccionar sus fuerzas incompletas, con la esperanza de que, cuando llegue a ser capaz de dar algo por sí misma, ciertamente lo hará. Ahora bien, si al alcanzar la madurez reclama su libertad individual y su libertinaje, diciendo que solo satisfará sus propios instintos, pero no cumplirá las responsabilidades y deberes relacionados con ellos, entonces traiciona y engaña a la sociedad. Cada momento de su vida debe considerarse una injusticia y una iniquidad. Si queda en la sociedad siquiera un ápice de conciencia, en vez de considerar a este delincuente un caballero, una dama respetable o una persona honorable, lo considerará un ladrón, un bandido y un impostor. Lo queramos o no, hemos heredado todos esos tesoros que nuestros antepasados dejaron para nosotros. ¿Cómo podemos tener ahora la libertad de decidir que cumpliremos o no la voluntad de la ley natural mediante la cual recibimos esta herencia? ¿Crearemos o no una futura generación que herede los recursos de la humanidad? ¿Formaremos o no, del modo en que fuimos formados, otra generación que administre todos estos recursos?
3. Erradicación del libertinaje sexual
Junto con el matrimonio y el establecimiento de la base familiar, también es necesario cerrar todos los caminos que conducen a satisfacer el deseo sexual fuera de los muros de la fortaleza matrimonial. De lo contrario, no puede cumplirse la voluntad de la naturaleza, en razón de la cual esta exige el matrimonio y el establecimiento de la base familiar.
Al igual que en la antigua Yahiliya, también en la época de la Yahiliya actual la mayoría de la gente considera el adulterio un acto natural. Según ellos, el matrimonio no es más que algo meramente artificial y superfluo, inventado por la civilización. Su concepción es que, así como la naturaleza creó un macho para cada cabra y un perro para cada perra, del mismo modo creó un hombre para cada mujer. Por tanto, la ley de la naturaleza sería que, cuando surgieran el deseo y la oportunidad, y cuando el hombre y la mujer consintieran mutuamente, entre ellos tendría lugar el acto sexual tal como ocurre entre los animales. Pero, en realidad, esto no es sino una interpretación completamente errónea de la naturaleza humana. Han considerado al ser humano un simple animal. Por eso, cada vez que utilizan la palabra «naturaleza», con ella entienden la naturaleza animal en lugar de la naturaleza humana. La relación sexual indiscriminada que llaman «natural», aunque pudiera serlo para los animales, no es natural para el ser humano. No solo es contraria a la naturaleza humana, sino que, si se la juzga por sus consecuencias finales, también es contraria a la naturaleza animal que existe en el ser humano. Esto se debe a que, en el ser humano, la humanidad y la animalidad no son dos entidades independientes. En realidad, ambas, combinadas dentro de una misma esencia, forman una sola personalidad, y las necesidades de ambas están tan íntimamente vinculadas entre sí que, si se descuida una, la otra se destruye por sí misma.
A primera vista podría parecer que el adulterio satisface las necesidades de la naturaleza animal. Pues el propósito de la procreación y de la preservación de la existencia de la humanidad también se cumple únicamente mediante el acto sexual, ya sea dentro del matrimonio o fuera de él. Sin embargo, si se vuelve la mirada a lo que hemos expuesto anteriormente, podrá comprenderse que este acto, del mismo modo que frustra el propósito de la naturaleza humana, también frustra el propósito de la naturaleza animal. La naturaleza humana exige que la relación sexual sea firme y permanente, para que los padres puedan criar juntos a sus hijos y para que, durante un período razonable, el hombre pueda asumir plenamente la responsabilidad no solo del hijo, sino también de la madre del hijo. Si el hombre no llega a creer que el hijo es suyo, no hará ningún sacrificio ni soportará dificultades para criarlo, ni aceptará que dicho hijo sea su heredero. Del mismo modo, si la mujer no llega a creer que el hombre que la ha fecundado está dispuesto a asumir la responsabilidad de mantenerla a ella y a su hijo, tampoco aceptará cargar con el peligro del embarazo. Si los padres no cooperan en la crianza del hijo, su educación, su formación moral y su estado mental y económico no podrán alcanzar el nivel que le permita convertirse en un miembro útil de la civilización humana. Todo esto constituye una exigencia de la naturaleza humana. Cuando, pisoteando todas estas exigencias, el hombre y la mujer establecen una relación temporal como simples animales, también desatienden las exigencias o necesidades de la naturaleza animal, es decir, la procreación y la continuidad de la descendencia. Pues en ese momento no tienen ni pueden tener ningún propósito orientado a la procreación y a la continuidad de la descendencia; su relación solo tiene lugar por el deseo de placer sexual. Esto es completamente contrario a la voluntad de la naturaleza.
Los abanderados de la época de la Yahiliya moderna tienen precisamente esta debilidad. Por eso presentan otro argumento y dicen: si dos personas de la sociedad se reúnen y pasan unos instantes disfrutando del placer, ¿qué daño se causa con ello a la sociedad para que esta intervenga? Si una de las partes emplea la fuerza contra la otra, o la engaña y defrauda, o provoca algún peligro o perturbación social, entonces, naturalmente, la sociedad tiene derecho a intervenir. Pero cuando no ocurre nada de eso y se trata únicamente del disfrute de dos personas, ¿qué derecho tiene la sociedad a impedir sus actos? Si se interviene de este modo en los asuntos privados de las personas, la libertad individual pierde todo sentido.
Esta concepción de la libertad individual es una forma particular de ignorancia propia de los siglos XVIII y XIX, que se disipa en cuanto aparece el primer rayo de conocimiento y de búsqueda de la verdad. Después de una breve reflexión e investigación, la gente puede comprender que en la vida social no hay lugar para el tipo de libertad que se reclama para el individuo. Quienes desean una libertad semejante harían mejor en marcharse a los bosques y selvas y vivir como animales. La sociedad humana es, en realidad, una red de amor y relaciones, con la cual la vida de cada persona está íntimamente vinculada a la de innumerables seres humanos. Cada uno influye en los demás del mismo modo que también recibe la influencia de ellos. Allí donde existen relaciones recíprocas de esta naturaleza, ningún acto puede calificarse de completamente privado e individual. No puede concebirse ningún acto personal que no ejerza, en conjunto, alguna influencia sobre la sociedad. Dejando de lado incluso las acciones de los miembros del cuerpo, no existe deseo alguno oculto en un rincón de la mente que no actúe sobre nuestra existencia y, reflejándose después, sobre los demás. Las consecuencias de cada una de las acciones de nuestra mente y nuestro cuerpo se trasladan desde nosotros y llegan tan lejos que quedan fuera de nuestro conocimiento. En estas circunstancias, ¿cómo puede afirmarse que el uso que una persona hace de sus propias facultades no influye en nadie más que en ella? Por tanto, ¿no tiene nadie más nada que hacer al respecto y debería esa persona gozar de plena libertad en este asunto? Si no tengo libertad para mover en cualquier dirección el trozo de madera que sostengo en la mano, para dirigir mis dos piernas como quiera y caminar adonde me plazca, para conducir mi vehículo a mi antojo y para acumular basura cuanto quiera en mi propia casa; y si no es deseable que estas y otras innumerables actividades personales estén sometidas a las normas sociales, entonces, ¿qué dignidad especial tiene únicamente mi actividad sexual para quedar exenta de toda norma o regulación social y para que se me conceda plena libertad de emplearla como yo quiera?
Decir que la relación sexual que un hombre y una mujer mantienen en un lugar apartado, a escondidas de todos, no tiene ninguna repercusión en la vida social no es más que una charla infantil. En realidad, las acciones de una persona que mantiene una relación directa con una sociedad no repercuten únicamente en esa sociedad, sino en toda la humanidad. No afectan solamente a la gente de la época presente, sino que también las generaciones futuras sufren sus consecuencias. Ningún individuo puede, bajo ninguna circunstancia, vivir separado en un lugar seguro de los vínculos de las normas sociales y sociológicas que atan a toda la humanidad. Así como permanece vinculado a la vida social cuando está en el campo abierto, en los mercados y lugares públicos o en reuniones y asambleas, del mismo modo sigue vinculado a ella cuando se encuentra protegido en una habitación cerrada y dentro de paredes. Cuando, en la intimidad, desperdicia su capacidad de procrear en un placer pasajero, irreflexivo y sensual, en realidad se dedica a difundir el desenfreno en la vida social, a violar los derechos de la nación y a causar innumerables daños morales, materiales y civilizatorios a la sociedad. Ataca, en beneficio propio, aquellas instituciones sociales gracias a las cuales ha recibido provecho como miembro de la sociedad, y se niega a cumplir su responsabilidad para asegurar la permanencia de sus fundamentos. La sociedad ha establecido instituciones que van desde la municipalidad hasta el Estado, desde las instituciones educativas hasta las fuerzas armadas y desde las fábricas hasta los laboratorios de investigación científica, basándose únicamente en la confianza de que cada persona beneficiada por ellas contribuirá necesariamente a su establecimiento y mantenimiento. Pero cuando ese desleal gastó su potencia sexual de tal manera que ya no le quedó ningún deseo de procrear, multiplicar la descendencia ni asumir la responsabilidad de criar a los hijos, de un solo golpe destruyó los cimientos de todo este sistema. Rompió el pacto social al que estaba vinculado como ser humano. En lugar de cumplir su responsabilidad, la cargó sobre los hombros de otros. No puede ser un hombre honorable: es un ladrón, un estafador y un usurpador de lo ajeno. Mostrarle benevolencia equivale a cometer una injusticia contra toda la humanidad.
Después de comprender la importancia de un individuo en la vida social, puede afirmarse sin duda que la fuerza que se nos ha concedido en la mente y el cuerpo no está destinada a una persona en particular, sino que ha sido depositada en nosotros como un fideicomiso para toda la humanidad. Tendremos que rendir cuentas ante toda la humanidad por cada una de nuestras capacidades. Si desperdiciamos nuestra vida o cualquiera de nuestras fuerzas, o nos perjudicamos mediante nuestras malas acciones, el verdadero resultado de nuestros actos no será simplemente que hemos desperdiciado o dañado lo que poseíamos. En realidad, se considerará que hemos malversado aquello que se nos había confiado para beneficio de toda la humanidad y que con ello hemos perjudicado a la humanidad. Nuestra existencia en la Tierra atestigua que hemos podido entrar en este mundo porque otros soportaron sufrimientos y responsabilidades, irradiando hacia nosotros el flujo luminoso de la vida. Después, el sistema estatal garantizó la seguridad de nuestra vida. El departamento de salud se ocupó de proteger nuestra salud. El esfuerzo conjunto de miles de millones de personas proporcionó los artículos necesarios para nuestra vida cotidiana. Todas las instituciones juntas nos proporcionaron fuerza y capacidad, procuraron educarnos y nos elevaron a nuestra posición actual. ¿Será esta nuestra retribución por todo ello? ¿Será justo que destruyamos inútilmente, o hagamos perjudicial en vez de beneficiosa, la vida y la fuerza cuya creación, preservación y desarrollo otros han contribuido tanto a sostener? Por eso se ha prohibido el suicidio. Por eso el más grande de los sabios y filósofos del mundo, el Profeta (P.B.), declaró maldito al masturbador. Hadiz sobre la maldición del masturbador. Por eso también se ha declarado un delito abominable la homosexualidad, es decir, la perversión del pueblo de Lot. Por eso el adulterio, aunque sea un entretenimiento personal, no es un momento dorado, sino una forma de injusticia contra toda la nación.
Si se reflexiona profundamente, se verá cuántas injusticias sociales están íntimamente vinculadas al acto de adulterio. Por ejemplo:
1. En primer lugar, el adúltero corre el riesgo de contraer enfermedades venéreas. De este modo, no solo perjudica sus fuerzas cotidianas, necesarias para las actividades beneficiosas para el público, sino que también perjudica a la sociedad y a sus descendientes. Todos los médicos coinciden en que la lesión que la gonorrea produce en la uretra es incurable en la mayoría de los casos. Un médico comentó que, una vez contraída la gonorrea, ya no se cura. Como consecuencia, órganos como el hígado, la vejiga y el recto suelen verse afectados. También provoca gota y otras enfermedades. Además, existe el riesgo de esterilidad permanente. Asimismo, se vuelve contagiosa para otros. Considérese después otra consecuencia mortal de esta enfermedad: la sífilis o chancro. Es de conocimiento general que todo el organismo queda envenenado por ella. Sus efectos tóxicos se extienden a cada órgano y miembro, de la cabeza a los pies. No solo destruye la fuerza física de la persona enferma, sino que los gérmenes de esta enfermedad se transmiten por diversos medios de una persona a innumerables individuos. Los hijos inocentes del enfermo siguen sufriendo sus consecuencias de generación en generación. Como consecuencia natural de que el padre inmoral considerara el placer sexual de unos instantes como el objeto más deseable de su vida, el hijo nace ciego, mudo, sordo o demente.
2. No todo adúltero contrae necesariamente una enfermedad venérea. Pero le resulta imposible librarse de la debilidad moral que está inseparablemente vinculada al acto de adulterio. La desvergüenza, el engaño, la falsa intriga, el egoísmo, la esclavitud a los impulsos, la incapacidad de reprimir las malas inclinaciones, los pensamientos deshonestos, la inclinación a disfrutar del placer sexual, la inconstancia, la desconfianza y otros son efectos morales nocivos del adulterio que se reflejan profundamente en la mente del adúltero. Las consecuencias de la debilidad de quien alberga estos defectos no se limitan únicamente al acto sexual; más bien, desde él se extienden a todos los ámbitos de la vida dentro de la sociedad. Si estos defectos se extendieran entre la mayoría de los miembros de la sociedad, pondrían en peligro y paralizarían las artes, la literatura, los entretenimientos, los deportes, las ciencias, los negocios y el comercio, la vida social, la economía, la política, los tribunales, la organización militar, la administración del país y todo lo demás. Particularmente en un sistema democrático, es inevitable que las características morales de cada individuo se reflejen en la vida de toda la nación. ¿De dónde obtendría estabilidad la política de una nación cuyos ciudadanos, en su mayoría, carecen de firmeza y constancia, y cuya mayor parte está privada de cualidades como la lealtad, el sacrificio y el autocontrol?
3. Al admitir el adulterio como lícito, se vuelve igualmente necesario mantener vigente la prostitución en la sociedad. Quien afirma que un joven tiene derecho a entretenerse reconoce al mismo tiempo que la sociedad necesita cierto número de mujeres que lleven una vida sumamente baja y degradada en todos los sentidos. Ahora bien, ¿de dónde saldrán todas esas mujeres? Naturalmente, serán miembros de la propia sociedad. Serán hijas o hermanas de alguna persona de la sociedad. Millones de mujeres que podrían haber sido las actrices de sus propios hogares, las fundadoras de sus propias familias y las tutoras de muchos niños deberán ser expulsadas de la sociedad y colocadas en calles y mercados, para que esos lugares puedan convertirse, como los urinarios municipales, en espacios donde los hombres de naturaleza libertina satisfagan sus necesidades. Así se les podrá arrebatar a las mujeres toda característica propia de la dignidad y se les podrá enseñar a vender su belleza y su juventud. Además, se las preparará de tal manera que puedan vender, a cada instante, su amor, su cuerpo, su mente, su belleza y sus encantadores modales a nuevos compradores, y que, en lugar de prestar algún servicio productivo, se conviertan durante toda la vida en juguetes destinados a satisfacer la lujuria ajena.
4. Si se acepta el adulterio como lícito, las normas civilizatorias del matrimonio se destruyen. Como consecuencia, en lugar del matrimonio, en toda la sociedad no queda más que el adulterio. Lo primero que debe señalarse al respecto es que las mujeres y los hombres inclinados al adulterio rara vez poseen la capacidad de llevar una vida conyugal saludable. Esto se debe a que este sistema produce malicia, complejo de inferioridad, deseo de placer sexual y una naturaleza desenfrenada, y engendra en esas personas inestabilidad de los deseos y debilidad para dominar las malas inclinaciones. Destruye por completo las cualidades necesarias para una vida matrimonial satisfactoria. Aunque lleguen a unirse en matrimonio, jamás se afianzarán entre ellos el trato afectuoso, la unión, la confianza mutua ni la relación de cariño y cordialidad que podrían permitirles tener buenos hijos y formar una familia feliz. Además, allí donde el camino del adulterio se facilita, en la práctica resulta del todo imposible que permanezca vigente la norma civilizatoria del matrimonio. Pues quienes tienen la oportunidad de satisfacer sus malas inclinaciones en lugar de asumir responsabilidades, ¿qué necesidad tienen de cargar sobre sus hombros con grandes responsabilidades?
5. Se ha demostrado que la legalización y la difusión del adulterio no solo desarraigan la civilización, sino que también cortan de raíz la continuidad de la especie humana. Como consecuencia de las relaciones sexuales libres, ni el hombre ni la mujer sienten, ni pueden llegar a sentir, el deseo de hacer algo por la permanencia y la fortaleza de la humanidad.
6. Si mediante el adulterio se tienen hijos para la sociedad y la humanidad, estos son hijos ilegítimos. La distinción entre hijos legítimos e ilegítimos dentro de un linaje no nace simplemente de la emotividad —aunque algunos necios así lo crean—; en realidad, en muchos sentidos, engendrar hijos ilegítimos constituye una cruel injusticia contra los propios hijos y contra toda la civilización humana. En primer lugar, el hijo es concebido cuando los padres están dominados por un instinto bestial. El sentimiento humano sagrado que surge durante la relación sexual entre un matrimonio nunca es posible en una unión sexual ilegítima. Es una simple excitación sexual bestial la que une a ambos, y en ese momento permanecen alejados de todas las características humanas. Ni la madre ni el padre están preparados para dar la bienvenida a un hijo ilegítimo de esta clase. No es algo deseado, sino una carga o un peligro indeseado para sus padres. Queda privado del afecto paternal y de la ayuda y la compasión de su padre. Solo recibe la crianza unilateral de su madre, y aun esta se realiza con descontento y con un entusiasmo y un esfuerzo carentes de sinceridad. Queda privado del cariño y la crianza de sus abuelos paternos y maternos, de sus tíos paternos y maternos, y de los demás parientes cercanos de la familia. Por naturaleza, un hijo así se forma como un ser humano defectuoso e incompleto en toda circunstancia. No puede formarse en él un carácter correcto ni desarrollarse ningún talento. No puede obtener los medios y recursos necesarios para progresar y adquirir competencia. Será él mismo incompleto y defectuoso, sin recursos, sin amigos, sin apoyo ni medios, y, en esas circunstancias, nunca podrá ser tan útil para construir la civilización como habría podido serlo en calidad de hijo legítimo.
Los partidarios de las relaciones sexuales ilegítimas dicen que debería establecerse un sistema estatal para la crianza y la educación de los hijos. Los padres engendrarían a sus hijos mediante relaciones sexuales libres y los dejarían bajo la responsabilidad del Estado para que los criara y educara hasta hacerlos aptos para servir a la civilización. Su propósito al formular esta propuesta es preservar mediante ella la libertad y la independencia del hombre y de la mujer. Además, el deseo de tener hijos y criarlos que subyace al impulso sexual se vería satisfecho sin necesidad del matrimonio. Pero resulta sorprendente que propongan, para las generaciones actuales, un sistema de educación y crianza estatal de tal naturaleza que no dejaría ningún medio para desarrollar la independencia ni perfeccionar la personalidad. En un sistema en el que millones de niños fueran formados simultáneamente según el mismo ideal, las mismas reglas y el mismo estilo, el florecimiento de sus personalidades individuales sería absolutamente imposible. Como mucho, se crearía entre ellos una igualdad artificial y se los moldearía de la misma manera. Los hijos saldrían de esta fábrica con personalidades idénticas, del mismo modo que las piezas de hierro salen de una enorme fábrica hechas en el mismo molde. Conviene reflexionar sobre cuán baja y abyecta es la concepción que estos necios tienen del ser humano. Quieren moldear a los hijos como zapatos de la compañía Bata. Ignoran que formar la personalidad de un hijo es un arte sumamente delicado. Este arte solo puede practicarse en una pequeña galería, donde la atención de cada pintor esté concentrada en un cuadro. En una fábrica donde trabajadores contratados produzcan millones de cuadros iguales, en lugar de desarrollarse un arte tan delicado como la crianza de los hijos, este será destruido.
Por consiguiente, para la educación nacional se necesitará un cuerpo de trabajadores que asuma, en nombre de la sociedad, la responsabilidad de criar a los hijos. Es evidente que solo podrán servir para esta tarea quienes sean capaces de dominar sus propias emociones y malas inclinaciones, y en quienes se observe autocontrol y continencia moral. De lo contrario, ¿cómo crearán autocontrol y continencia en los hijos? Ahora bien, la pregunta es: ¿de dónde se importará a personas de este tipo? Quienes desean establecer el sistema de educación nacional lo hacen precisamente para dejar al hombre y a la mujer sin freno, a fin de que satisfagan sus malas inclinaciones. Cuando de este modo se haya destruido desde su raíz, en la sociedad, la inclinación al autocontrol y la capacidad de dominar las pasiones, ¿dónde se encontrará un vidente en la aldea de los ciegos que enseñe a la nueva generación a caminar por el camino correcto?
7. La vida de la mujer a la que un hombre egoísta convierte en madre mediante la fornicación queda destruida para siempre. La humillación y el desprecio por parte del pueblo, junto con una montaña de desgracias, se abaten sobre ella de tal manera que permanece aplastada por ello durante toda su vida. El ideal moral moderno propone como solución que toda forma de maternidad sea considerada por igual, ya sea que esa maternidad se produzca mediante el matrimonio o de cualquier otro modo. Se dice que, en cualquier circunstancia, la maternidad es digna de respeto. También se dice que constituye una gran injusticia por parte de la sociedad maldecir y estigmatizar a la mujer que, por ingenuidad o por descuido, ha asumido la responsabilidad de la maternidad. Pero lo primero que debe decirse al respecto es que, por mucho beneficio que esto pueda proporcionar a la mujer fornicaria, para la sociedad en su conjunto constituye una gran calamidad. El desprecio y la humillación con que la sociedad mira naturalmente a un hijo ilegítimo son, por un lado, un gran obstáculo contra el pecado y las malas acciones de hombres y mujeres y, por otro, una señal especial de que se mantiene despierto el sentimiento moral dentro de la sociedad. Si se concede igual dignidad a la madre de un hijo legítimo y a la de un hijo ilegítimo, ello significaría que de la sociedad han desaparecido las diferencias entre el bien y el mal, lo beneficioso y lo perjudicial, y el pecado y la virtud. En segundo lugar, aun si así fuera [es decir, aun si se otorgara igual dignidad a la madre de un hijo legítimo y a la de un hijo ilegítimo], ¿resolvería esto las dificultades a las que tendría que enfrentarse la madre de un hijo ilegítimo? Aunque los promotores de la nueva perspectiva consideren iguales a ambas madres, la naturaleza jamás las considerará iguales, y en realidad nunca podrán recibir la misma dignidad. Su equiparación es contraria a la razón, la conciencia, la lógica, la justicia y la verdad. ¿Cómo podría ser igual a aquella mujer sensata que ha refrenado las emociones y los impulsos de su juventud hasta encontrar como esposo a un hombre honorable y responsable, la mujer necia que, sometida a la excitación momentánea del impulso sexual, entregó su cuerpo a un hombre egoísta que no está dispuesto a asumir ninguna responsabilidad por ella ni por la crianza del hijo? ¿Qué razón o conciencia consideraría iguales a estas dos mujeres? Puede montarse una exhibición para hacerlas parecer iguales, pero ¿de dónde obtendrá esa insensata fornicaria el sustento, la protección, el trato compasivo, el afecto, la mirada amorosa, los buenos deseos, la paz y la serenidad que recibe una mujer casada? ¿De qué mercado podrán importarse para su hijo ilegítimo el cariño del padre y el afecto y amor de la familia paterna? A lo sumo, se le podrá prestar ayuda económica por la fuerza de la ley. Pero, en este mundo, ¿acaso una madre y un hijo necesitan solamente dinero? Por tanto, es verdad que, aunque conceder iguales derechos a la maternidad legítima y a la ilegítima pueda brindar a los pecadores algún consuelo externo, no puede protegerlos de las funestas consecuencias de su necedad ni a los hijos ilegítimos de la desventaja natural derivada de su nacimiento.
Por las razones expuestas, para establecer y desarrollar la vida social es absolutamente indispensable detener por completo la propagación de las relaciones sexuales en la sociedad y dejar abierto un solo camino para apaciguar y satisfacer el impulso de la juventud. Ese camino es el de la vida conyugal. Dar a hombres y mujeres libertad para fornicar significa concederles una indulgencia injusta y no solo cometer una injusticia contra la sociedad, sino matarla. La sociedad que considera insignificante este asunto, desea ignorar la fornicación como si fuera simplemente un momento de diversión (Having a good time) y pretende mostrar tolerancia hacia la siembra indiscriminada de semillas (Sowing wild oats) es, en realidad, una sociedad ignorante. No es consciente de sus propios derechos. Ella misma actúa contra sus propios intereses. Si fuera consciente de sus derechos y pudiera comprender el efecto venenoso que la libertad individual produce sobre el interés social en materia de relaciones sexuales, consideraría esto del mismo modo que considera el robo, el bandolerismo y el asesinato; más aún, lo consideraría más grave que el robo y el bandolerismo. El ladrón, el bandido y el asesino, como mucho, perjudican a una persona o a unas cuantas personas, pero el fornicador saquea a toda la sociedad y a las generaciones futuras. Al mismo tiempo, arrebata los bienes de millones y millones de seres humanos. La magnitud de su delito tiene un alcance y una extensión mucho mayores que los de otros delitos. Cuando es universalmente reconocido que, si alguien atenta contra otra persona para satisfacer su interés personal, es conveniente emplear la fuerza de la ley con la ayuda de la sociedad contra él, y cuando, sobre esa base, se consideran delitos el robo, el asesinato, el saqueo, el engaño y otros medios de apropiarse de los bienes ajenos, y se bloquea su camino mediante la imposición de castigos, entonces no hay ninguna razón para que la ley del país, como protectora de la sociedad, no declare la fornicación un delito punible.
También desde el punto de vista de los principios es evidente que el matrimonio y la fornicación no pueden formar parte al mismo tiempo de un mismo sistema social. Si se legaliza para una persona satisfacer el impulso sexual sin matrimonio, entonces resulta absurdo mantener para otra, por el mismo acto, la institución de las normas matrimoniales. El ejemplo es exactamente como declarar legal viajar en tren sin billete y, al mismo tiempo, mantener en funcionamiento la venta de billetes. Ninguna persona consciente puede aceptar ambos sistemas simultáneamente. Lo razonable sería abolir por completo la práctica de vender billetes. Pero si se ha de mantener, entonces habrá que declarar delictivo viajar sin billete. Del mismo modo, aplicar simultáneamente el matrimonio y la fornicación es injusto e incongruente. Si se considera necesario el matrimonio para la civilización —como ya se ha demostrado anteriormente mediante argumentos—, entonces será absolutamente necesario declarar la fornicación un delito.*
Una característica muy clara de la ignorancia es que solo se perciben las consecuencias de aquellos asuntos cuyos efectos son muy limitados y se manifiestan en poco tiempo. Pero a aquello cuyas consecuencias, por ser amplias y de largo alcance, no pueden percibirse y cuyos resultados aparecen tardíamente, no se le concede ninguna importancia ni se le presta atención alguna. Esta es la razón por la que se da importancia al robo, al bandolerismo y al asesinato, pero ninguna a la fornicación. Incluso una sociedad bárbara no considera digno de perdón al que acumula en su casa ratas portadoras de la peste o propaga una enfermedad contagiosa, porque su acción parece manifiestamente perjudicial. Sin embargo, el fornicador que, por su interés personal, corta las raíces de la civilización recibe toda clase de indulgencia de los bárbaros ignorantes, porque el daño que causa, aunque sea lógico, no se percibe. Por eso ni siquiera entra en la mente de los ignorantes qué acto delictivo puede haber en la fornicación. Si la base de la civilización se estableciera sobre la conciencia y las ciencias naturales, en lugar de sobre la barbarie, este sistema jamás sería aceptado.
4. Métodos para prevenir la obscenidad
Para detener aquello que es perjudicial para la civilización no bastará con declararlo legalmente un delito y establecer un castigo para ello; además, deberán adoptarse cuatro tipos de medidas. Por ejemplo:
a) Mediante la educación y la formación, debe reformarse la mentalidad de las personas hasta tal punto que ellas mismas contemplen ese acto con repugnancia y lo consideren un pecado; su conciencia moral debe impedirles cometerlo.
b) El carácter social y la opinión pública deben formarse contra este acto pecaminoso de tal manera que el pueblo
1. Existe la idea generalmente extendida y pervertida de que, antes del matrimonio, un joven debería tener alguna oportunidad de satisfacer su deseo sexual. Pues se dice que en la juventud es difícil reprimir el deseo sexual y que reprimirlo perjudica la salud. Pero todas las fuentes de las que se ha extraído esta conclusión se basan en el error. Un deseo sexual cuyo impulso no puede reprimirse es algo anormal [anormal], y esta condición anormal surge en la gente común porque un sistema cultural equivocado la excita por la fuerza. El cine, la literatura, la pintura, la danza y la música de nuestra sociedad mixta, así como el contacto libre con mujeres engalanadas, son precisamente lo que convierte a una persona normal en alguien anormalmente inclinada al sexo. De lo contrario, en una atmósfera tranquila y purificada, no puede producirse entre hombres y mujeres comunes una excitación sexual que no pueda ser reprimida mediante la formación mental y la educación moral. La idea de que la salud se deteriora si no se mantienen relaciones sexuales durante la juventud y de que, por tanto, el adulterio es necesario para la salud, es también completamente falsa. En realidad, para preservar tanto la salud como la moralidad, es necesario cambiar las estructuras erróneas de la sociedad y los falsos estándares de la vida lujosa que han hecho difícil el matrimonio y fácil el adulterio.
lo considere un delito y un acto vergonzoso, y lo mire con tal repugnancia que la opinión pública pueda impedir también que cometan ese pecado quienes tienen una educación incompleta o una conciencia moral débil.
c) Deben eliminarse del sistema cultural todos los medios y factores que incitan y tientan a las personas a cometer este pecado. Además, en la medida de lo posible, también deben erradicarse de raíz los medios y factores que obligan a las personas a cometerlo.
d) En la vida cultural deben crearse ciertos obstáculos contra este pecado, de modo que, aunque alguien desee cometerlo, no pueda hacerlo fácilmente.
La conciencia atestigua la veracidad y la necesidad de estos cuatro métodos, y la naturaleza misma los exige. En la práctica, el procedimiento seguido en todo el mundo consiste también en adoptar estas cuatro clases de medidas, junto con las sanciones, para impedir aquello que las leyes sociales consideran delitos. Ahora bien, si se reconoce que la propagación de las relaciones sexuales destruye la civilización y constituye un grave delito contra la sociedad, necesariamente habrá que reconocer también que, para cerrar el camino al adulterio, junto con la imposición de sanciones deben adoptarse todas las medidas reformadoras y preventivas antes descritas. Para ello también es necesaria la educación del pueblo. Hay que formar en la población una actitud de rechazo. Asimismo, deben apartarse de los límites de la civilización todos los elementos que producen excitación sexual en las personas. También deben eliminarse del orden social los obstáculos que surgen en relación con el matrimonio. Sobre las relaciones entre hombres y mujeres deben imponerse restricciones suficientes para que, si alguien desea establecer una relación entre ambos fuera del vínculo matrimonial, ese camino quede bloqueado. Después de reconocer el adulterio como pecado y delito, ninguna persona sensata podrá siquiera pronunciar una palabra contra estas medidas.
Hay quienes aceptan los principios morales y sociales sobre cuya base el adulterio ha sido considerado un pecado. Pero su obstinación consiste en sostener que, en lugar de medidas punitivas y preventivas contra el adulterio, debe confiarse únicamente en medidas reformadoras. Dicen: «Mediante la educación, despierten en las personas una sensibilidad espiritual tal y fortalezcan tanto las exigencias de su corazón y su conciencia moral que esto cese por sí solo. De lo contrario, adoptar medidas punitivas y preventivas en vez de la reforma y la corrección espiritual significaría no solo que están tratando a las personas como si fueran niños, sino también que están insultando a la humanidad».
También admitimos hasta este punto que este es el camino para reformar y corregir a la humanidad. En realidad, la culminación de la civilización consiste en que se cree en el interior del ser humano una fuerza mediante la cual respete por sí mismo las normas y el orden sociales, y su conciencia le impida romper los vínculos morales. Con este propósito se emplean todos los esfuerzos en la educación de las personas. Pero la cuestión es esta: ¿ha llegado realmente nuestra civilización a ese punto? ¿Ha sido la humanidad suficientemente refinada mediante la educación general y moral como para que pueda confiarse en su espiritualidad y no haya necesidad de ninguna medida pública, punitiva o preventiva, para preservar el orden social? Dejemos de lado las épocas pasadas. Aquella fue, según sus propias palabras, la «edad oscura». Ante nosotros se encuentra este siglo XX, esta «era luminosa». En esta era, miren hacia los países civilizados como Europa y América. Todos sus habitantes están educados. Sus ciudadanos se enorgullecen de su educación superior. Pero ¿han logrado allí la educación y la reforma espiritual acabar con los delitos y las infracciones de la ley? ¿Acaso no se producen allí robos y asaltos? ¿No ocurren casos de engaño, fraude, opresión y abusos? ¿Acaso allí no son necesarios la policía, los tribunales, las cárceles y los registros y controles administrativos? ¿Se ha creado entre la población tal sentido de responsabilidad moral que ya no se la trata como a «niños»? Si no es así, si incluso en esta era civilizada no se puede dejar el orden y la disciplina de la sociedad únicamente en manos de la conciencia moral de la población, si todavía en todas partes se «humilla a la humanidad» adoptando medidas tanto punitivas como preventivas para detener los delitos, ¿cuál puede ser entonces la razón de que, únicamente en materia de relaciones sexuales, la «humillación de la humanidad» se haya vuelto insoportable? ¿Por qué se ha vuelto insoportable la «humillación de la humanidad» solamente en este asunto? ¿Por qué se insiste tan obstinadamente en tratar a estos «niños» como «adultos» solo en este ámbito? Reflexionen un poco más profundamente y vean qué clase de ladrón se esconde en un rincón de sus mentes.
Se dice que aquello que se considera sexualmente excitante y se excluye de los límites de la civilización constituye precisamente la esencia del arte y del gusto por la belleza; que, si se renuncia a todo ello, se secará la fuente misma de la belleza de la vida humana. Por tanto, si se quiere hacer algo para preservar la civilización y reformar la sociedad, debe hacerse de tal manera que no se perjudique en absoluto a las bellas artes ni al disfrute de la belleza. También estamos de acuerdo con estos caballeros en que el arte y el disfrute de la belleza son verdaderamente valiosos. Es deseable preservarlos y desarrollarlos. Pero la vida social y el bienestar social son lo más valioso. No pueden sacrificarse por ningún arte ni por ningún disfrute. Para desarrollar y hacer florecer el arte y el disfrute de la belleza, es necesario descubrir métodos que puedan armonizarlos con la vida social y su bienestar. Al arte y al disfrute de la belleza que, en lugar de vida, traen destrucción, y en lugar de bienestar, calamidad, no se les puede conceder de ningún modo la oportunidad de florecer dentro de los límites de la sociedad. Esta no es una opinión personal ni doméstica nuestra; es, más bien, una exigencia de la conciencia y de la naturaleza. El mundo entero lo reconoce como principio y lo aplica en todas partes. Aquello que en el mundo se considera destructivo para la vida social y causante de calamidades no recibe en ningún lugar indulgencia bajo el nombre de arte o disfrute de la belleza. Del mismo modo que no se tolera una obra literaria que incite a la discordia, los conflictos, el asesinato o el saqueo simplemente por tratarse de literatura, tampoco se tolera en lugar alguno una obra literaria que incite a propagar enfermedades mortales como la peste o el cólera. Ningún gobierno del mundo permite que se representen públicamente las películas o las obras teatrales que difunden la agitación para perturbar la paz y provocar rebeliones. Por muy portadoras de destreza artística que sean, ninguna ley ni la conciencia de ninguna sociedad está dispuesta a contemplar con respeto las imágenes en las que se expresen impulsos de opresión, conflicto y abusos, o mediante las cuales se quebranten los ideales de moralidad reconocidos universalmente. Aunque el arte de robar bolsillos sea una técnica extremadamente sutil y el dominio de la prestidigitación se considere una habilidad suprema, nadie desea que se desarrolle. Falsificar billetes, cheques y documentos requiere una extraordinaria inteligencia y destreza, pero nadie considera legítima esa habilidad. En el arte del engaño y la estafa, la mente humana ha demostrado su capacidad inventiva de muchas maneras. Sin embargo, ninguna sociedad civilizada desea honrar tales logros. Es una verdad reconocida que la vida social, su paz, seguridad, progreso y bienestar son más valiosos que cualquier bella arte o disfrute de la belleza. Por tanto, no pueden sacrificarse por ningún arte. Naturalmente, el único punto de desacuerdo en este asunto es que aquello que nosotros consideramos contrario a la vida social y a su bienestar, otros no lo consideran así. Si su perspectiva fuera como la nuestra, también sentirían, como nosotros, la necesidad de regular el arte y el disfrute de la belleza.
También se dice que establecer la segregación entre mujeres y hombres y restringir su libre circulación en la sociedad para poner fin a las relaciones sexuales ilícitas equivale, en realidad, a albergar sospechas y dudas sobre su carácter. Esto daría a entender que se considera carentes de moralidad a todas las personas y que no se tiene ninguna confianza en el carácter de mujeres y hombres. Es un argumento muy razonable. Llevemos un poco más lejos este razonamiento. El candado utilizado en la puerta de una casa parece proclamar que el dueño considera ladrones a todos los habitantes del mundo. La existencia de la policía atestiguaría que el gobierno considera deshonestos a todos los habitantes del país. La razón por la que se firma un contrato en las transacciones de dinero sería también que una de las partes considera a la otra una apropiadora. Las medidas preventivas adoptadas para impedir los delitos implicarían que todos los afectados por ellas han sido considerados delincuentes potenciales. Según este razonamiento, a usted también se lo considera a cada instante ladrón, malhechor, usurpador de bienes ajenos y persona de carácter sospechoso. Pero eso no afecta en lo más mínimo a su dignidad. Entonces, ¿por qué sus sentimientos son tan débiles precisamente en ese único asunto?
En realidad, el asunto es precisamente el que se ha señalado arriba. Quienes conservan en su mente la influencia gastada de antiguas concepciones morales consideran reprobables el adulterio y la inmoralidad sexual. Sin embargo, no los consideran tan reprobables como para que deban ser eliminados por completo. Por eso difieren sus puntos de vista y los nuestros respecto de la adopción de medidas reformadoras y preventivas. Si se les revelaran los hechos naturales y pudieran comprender correctamente la situación en este asunto, estarían de acuerdo con nosotros en que, mientras el ser humano siga siendo humano y conserve en sí los elementos de la humanidad, preferirá el progreso de la vida social a los bajos instintos del ser humano civilizado y a su disfrute, y no podrá permanecer indiferente ante todas estas medidas preventivas.
5. La situación correcta de la relación conyugal
Después de establecer los fundamentos de la familia y cerrar el camino de la promiscuidad sexual, lo indispensable para una civilización recta es determinar correctamente, dentro del orden social, la relación entre la mujer y el hombre. Sus derechos deben establecerse con justicia. Las responsabilidades deben repartirse adecuadamente entre ambos. La posición y las prestaciones de cada uno dentro de la familia deben determinarse de tal manera que no exista contradicción entre la moderación y la igualdad. Entre todos los problemas de la civilización, este es el más difícil. Sin embargo, la humanidad ha fracasado la mayoría de las veces en resolverlo.
Hay ciertos pueblos que han otorgado a la mujer autoridad sobre el hombre. Pero no encontramos ni un solo ejemplo de que alguno de esos pueblos haya ascendido a una elevada cumbre de refinamiento y civilización. Al menos en las páginas de la historia no se encuentra ni rastro del nombre de ningún pueblo que, habiendo convertido a la mujer en gobernante del hombre, haya obtenido en el mundo poder y dignidad, o haya realizado alguna obra notable.
La mayoría de los pueblos del mundo han dado preeminencia al hombre sobre la mujer. Pero en la mayoría de los casos esta preeminencia ha adoptado la forma de la opresión y ha convertido a la mujer en esclava. Ha sido humillada y pisoteada. No se le ha concedido ningún derecho económico ni civilizatorio. Se la ha utilizado como una sirvienta insignificante de la familia y como un juguete para satisfacer la pasión sexual del hombre. Es cierto que a un grupo de mujeres ajenas al ámbito familiar se le ha adornado con cierta educación y los ornamentos de la civilización, pero únicamente para que pudieran satisfacer de manera más
atractiva las necesidades sexuales del hombre. Por ejemplo, podían convertirse, mediante su arte musical, en un deleite para el oído; mediante la danza y los movimientos del cuerpo, en un deleite para la vista; y mediante la excitación sexual suprema y extrema, en un deleite corporal. Esta fue la manera sumamente vergonzosa de humillar y deshonrar la feminidad, inventada por las malas inclinaciones del hombre. Ningún pueblo que haya adoptado este camino se ha librado de la destrucción.
La civilización occidental moderna ha adoptado un tercer camino. Este consiste en que debe existir igualdad y derechos iguales entre la mujer y el hombre. Las responsabilidades de ambos deben ser semejantes y casi idénticas. Ambos competirán en el mismo ámbito laboral, ambos se ganarán el sustento y serán autosuficientes. Este método de organización social aún no ha alcanzado la perfección, porque la superioridad del hombre sigue siendo evidente. En ningún ámbito de la vida la mujer y el hombre han llegado todavía a ser iguales. Ella aún no ha obtenido todo lo que debería haber alcanzado en forma de igualdad plena. Sin embargo, en la medida en que se ha establecido la igualdad, ha creado una verdadera perturbación en el orden civilizatorio. Ya hemos examinado detalladamente sus consecuencias. Por ello, no consideramos necesario hacer aquí nuevos comentarios. Las tres formas de civilización descritas carecen de justicia, moderación y equilibrio, porque han desatendido la comprensión de las directrices de la naturaleza y la adopción del camino que corresponde a ellas. Si se reflexiona profundamente con razón y discernimiento, se podrá saber que la naturaleza misma ha proporcionado una solución adecuada a todos estos problemas. Más aún, esta es también una gran fuerza de la naturaleza, por cuya influencia la mujer no puede descender a tanta bajeza como se ha intentado hacerla descender, ni puede elevarse tanto como ha deseado elevarse o como el hombre ha intentado elevarla. Guiado por su razón cegada por el error y por su autoengaño, el ser humano ha adoptado dos extremos opuestos. Pero la naturaleza desea adoptar la justicia, la vía media y la moderación, y ella misma indica ese camino.
Nadie puede negar que la mujer y el hombre son iguales como seres humanos. La mujer y el hombre son dos partes de la humanidad. Ambos son partícipes por igual en la formación de la civilización, en el establecimiento y la configuración de sus fundamentos y en el servicio a la humanidad. Ambos poseen mente, intelecto, conciencia, sentimientos, inclinaciones y necesidades humanas. Para la reforma y el progreso de la civilización, es igualmente necesario el desarrollo mental de ambos, el cultivo de su intelecto y el desarrollo de su conciencia y capacidad de pensamiento, para que cada uno pueda asumir plenamente su propio papel al servicio de la civilización. Desde este punto de vista, la exigencia de igualdad es completamente razonable. Es también una exigencia esencial de una civilización recta que se dé a la mujer, al igual que al hombre, la oportunidad de desarrollarse tanto como sea posible conforme a sus fuerzas y capacidades naturales. Debe concedérsele la oportunidad de adquirir conocimientos y recibir una educación superior. Al igual que el hombre, también ella debe recibir derechos civiles y económicos. En la sociedad debe otorgársele una dignidad que despierte en ella el sentimiento de respeto propio y haga surgir aquellas cualidades humanas que solo pueden nacer de dicho sentimiento. Los pueblos que han negado esta clase de igualdad y han mantenido a sus mujeres ignorantes, incultas, humilladas y privadas de sus derechos sociales han caído ellos mismos en el abismo de la decadencia. Porque degradar a la mitad de la humanidad significa degradar a la humanidad. Es inútil esperar personas honorables del vientre de una madre despreciada y humillada, personas instruidas del regazo de una madre ignorante, o personas de pensamiento elevado del hogar de crianza de una madre degradada.
Pero la igualdad tiene un segundo aspecto. Consiste en que el campo de actividad de la mujer y el hombre sea el mismo y que ambos realicen el mismo tipo de trabajo. Las grandes responsabilidades de todos los ámbitos de la vida deben imponerse por igual sobre ambos, y en el orden civilizatorio ambos deben ocupar la misma posición. En apoyo de esto, se presentan pruebas de experimentos y observaciones científicas, afirmando que la mujer y el hombre son iguales en fuerza y capacidad físicas (equipotenciales). Se observa entre ambos esta clase de igualdad. Sin embargo, para adoptar tal conclusión no bastará con afirmar que el propósito de la naturaleza es encomendar a ambos el mismo tipo de trabajo. Tal conclusión nunca será razonable mientras no se haya demostrado que su constitución física es también la misma, que la naturaleza les ha confiado el mismo tipo de responsabilidades y que sus estados mentales son idénticos. Todo lo que la humanidad ha descubierto hasta hoy mediante sus teorías científicas proporciona precisamente una respuesta contraria.
La constitución natural de la mujer en la biología
Las investigaciones de la biología han demostrado que la mujer se diferencia del hombre en todos los aspectos, incluso en su forma, constitución y moléculas de proteína de las células tisulares. Cuando se produce la formación del sexo [formación-configuración] en el hijo dentro del vientre materno, desde ese momento la constitución física de ambos sexos comienza a desarrollarse de formas distintas. La constitución física de la mujer está hecha de tal manera que pueda ser apta para procrear y criar hijos. Desde la formación inicial del útero hasta la madurez, el pleno desarrollo de su cuerpo tiene lugar precisamente para completar esta aptitud, y esto determina el rumbo de su vida futura.
Después de alcanzar la madurez comienza la menstruación. Esta afecta al funcionamiento de todos sus órganos y miembros. A través de las observaciones de los fisiólogos se puede saber que durante la menstruación se producen en las mujeres los siguientes cambios:
1. Disminuye la capacidad del cuerpo para conservar el calor. Como resultado, se libera una mayor cantidad de calor corporal y baja la temperatura.
2. El pulso se debilita, disminuye la presión sanguínea y se producen cambios en la respiración.
3. Se observan cambios en las glándulas endocrinas, las amígdalas y las glándulas linfáticas.
4. Disminuye el metabolismo de las proteínas.
5. Los fosfatos y cloruros se excretan en menor cantidad y se deteriora el metabolismo gaseoso.
6. La capacidad digestiva se ve afectada. La proporción de proteínas y grasas de los alimentos resulta insuficiente para la formación del cuerpo.
7. La capacidad respiratoria disminuye y comienzan a producirse cambios en los órganos del habla.
8. El sistema nervioso se debilita y la sensibilidad se relaja.
9. La memoria disminuye y no se mantiene la concentración en ningún asunto.
Todos estos cambios acercan tanto a una mujer sana a un estado de enfermedad que resulta difícil distinguir entre la salud y la enfermedad. También es difícil encontrar siquiera un treinta por ciento de mujeres que no sufran ningún dolor o malestar durante la menstruación. En una ocasión se examinó a mil sesenta mujeres y se descubrió que el 84 por ciento de ellas había padecido algún tipo de dolor o malestar durante la menstruación. El doctor Elim Nudik, especialista en fisiología, dice:
Los cambios que generalmente se observan entre las mujeres menstruantes son los siguientes:
Dolor de cabeza, agotamiento, dolor en las extremidades, debilidad nerviosa, aspereza de carácter, dolor en las vías urinarias, disminución de la capacidad digestiva, estreñimiento en algunos casos, náuseas ocasionales y vómitos. Un número considerable de mujeres siente un dolor leve en los senos, que en ocasiones aumenta excesivamente. En algunas mujeres, durante este período, la voz se vuelve ronca. Otras veces la capacidad digestiva se deteriora y se dificulta la respiración.
De las mujeres examinadas por el doctor Craeger, la mitad padecía trastornos digestivos durante la menstruación y sufría estreñimiento hacia el final.
El doctor Gibb Hard dice:
Son muy pocas las mujeres que no han sufrido ninguna molestia durante la menstruación. En la mayoría se observan dolores de cabeza, dolor en la parte baja del abdomen y sequedad de garganta. Durante este período se vuelven irritables y sienten deseos de llorar.
En estas condiciones, no sería exagerado decir que, durante la menstruación, una mujer se enferma realmente. Es una especie de enfermedad que afecta a una mujer cada mes.1
Todos estos cambios físicos afectan inevitablemente la fuerza mental y los miembros de la mujer. En 1909, después de una profunda observación, el Dr. Voicechevsky comentó que durante ese período disminuyen en la mujer la capacidad de concentración y la capacidad para el trabajo mental. El profesor Krschi Skevsky, tras realizar observaciones psicológicas, llegó a la conclusión de que en ese período el sistema nervioso de las mujeres se excita. La capacidad sensitiva se debilita y pierde su equilibrio. Disminuye, y en muchas ocasiones desaparece, la capacidad de tomar decisiones basadas en un pensamiento ordenado. Incluso se produce inestabilidad en las decisiones firmes que ya se habían reflejado previamente en un rincón de su mente. Como consecuencia, durante este período tampoco se desarrollan correctamente las actividades de su vida diaria a las que está acostumbrada. En ese momento, la conductora de un tranvía se equivocará al entregar los billetes y contar el cambio. La conductora de un automóvil conducirá con miedo y lentamente, y quedará desconcertada en cada esquina. Una mecanógrafa cometerá errores al escribir, tardará en mecanografiar, pese a sus esfuerzos omitirá palabras, escribirá frases equivocadas y, al intentar pulsar una letra, pondrá el dedo sobre otra. La abogada no podrá demostrar correctamente el caso. También cometerá errores al presentar el caso y exponer sus argumentos. Disminuirá la capacidad de comprensión de la magistrada y se equivocará al tomar decisiones. Una dentista no encontrará fácilmente a mano los instrumentos para extraer dientes durante el trabajo. Una cantante perderá su tono y su sentido del ritmo. Incluso un especialista de la voz podrá afirmar, con solo oírla, que la cantante está menstruando. En suma, durante la menstruación, la mente, el cerebro y el sistema nervioso de la mujer se debilitan y desorganizan. Sus miembros no pueden actuar conforme a su voluntad; más bien, una fuerza interna dominante cubre su voluntad y su capacidad de discernimiento. Comete actos involuntarios. En estas condiciones deja de tener libertad de acción y pierde la capacidad de realizar tareas que impliquen responsabilidad.
El profesor Lapinsky, en su libro titulado The Development of Personality in Women, comenta que durante la menstruación se destruye la libertad de acción de las mujeres. Una fuerza dominante las vuelve sumisas. Su capacidad para decidir voluntariamente hacer o no hacer algo queda casi destruida.
Todos estos cambios se producen en una mujer sana y gradualmente se convierten en una enfermedad. Hay muchos casos registrados en los que, en estas condiciones, la mujer se comporta como una loca. No es imposible que, ante una mínima provocación, se enfurezca excesivamente, haga algo como un animal o una necia, e incluso llegue a suicidarse. El doctor Kraft Ebing dice que las mujeres a quienes vemos en la vida cotidiana como modestas, educadas y alegres sufren un cambio repentino durante la menstruación. Este período llega para ellas como una especie de «tormenta», y se vuelven ásperas, pendencieras e intolerantes. Los sirvientes de la casa, los hijos e incluso el esposo se vuelven hostiles hacia ella. Ni siquiera se comportan bien con los desconocidos. Algunos especialistas, después de una profunda investigación, han llegado a la conclusión de que la mayoría de los actos delictivos de las mujeres se cometen durante la menstruación, porque en ese período no pueden controlarse. En un momento así, incluso una mujer muy honrada puede cometer un robo y después arrepentirse. Weinberg, después de una profunda observación, comentó:
El 50 por ciento de las mujeres que se suicidan lo hacen durante la menstruación. Basándose en esto, el doctor Kraft Ebing comentó que, durante el proceso judicial contra una mujer adulta acusada de un delito, las autoridades deberían investigar si este se cometió durante su menstruación.
El embarazo es más difícil que la menstruación. El Dr. Reprev dice que, durante el embarazo, se excreta una cantidad mayor de los elementos corporales adicionales de la mujer que la que se excreta cuando está hambrienta. La capacidad que tiene la mujer, en condiciones normales, para realizar trabajo físico y mental se desorganiza durante el embarazo. Se pierde el equilibrio del cerebro. Todos sus elementos mentales caen en una desorganización continua. Permanece oscilando entre la enfermedad y la salud. Después, por una causa insignificante, llega al límite de la enfermedad. El doctor Fisher dice que una mujer sana sufre una intensa agitación mental durante el embarazo. En ella aparecen inquietud y ansiedad. La memoria se perturba, y disminuyen la sensibilidad, la reflexión y la capacidad de comprensión. Huyulak, Elias, Albert Moll y otros especialistas sostienen unánimemente que el último mes del embarazo transcurre en un estado tal que durante ese período la mujer carece de capacidad para realizar cualquier tipo de trabajo físico o mental.
Después del parto existe el riesgo de contraer diversos tipos de enfermedades. También existe el riesgo de que la parturienta padezca una enfermedad séptica. Para que los órganos regresen al estado anterior al embarazo, se produce en ellos una agitación y un movimiento que desorganizan todo el sistema físico. Incluso cuando no existe ningún motivo de preocupación, puede tardar varias semanas en recuperar su estado normal. De este modo, desde la concepción hasta que transcurre un año completo, la mujer permanece, en realidad, enferma o medio enferma. Como resultado, su capacidad de trabajo se reduce a la mitad o incluso menos en comparación con su estado normal.
Después, el período de lactancia es tal que durante ese tiempo ella no vive para sí misma; más bien, vive para cumplir el depósito que la naturaleza ha puesto bajo su custodia. En ese período, las sustancias valiosas de su cuerpo se transforman en leche materna para su hijo. De los alimentos, la cantidad necesaria para mantener su vida se incorpora a su cuerpo, y el resto se transforma en leche materna. Después de esto, durante mucho tiempo debe mantener toda su atención centrada en la crianza, el cuidado y la educación de su hijo.
En la época actual, el problema de la lactancia se ha resuelto de tal manera que hay que proporcionar a los niños alimentos desde el exterior. Pero esta no es una solución adecuada. Pues nada puede constituir una alternativa apropiada a los elementos que la naturaleza ha reservado en la leche materna para criar al niño. Privarlo de ello no es más que una enorme injusticia y egoísmo. Todos los especialistas coinciden en que, para el verdadero desarrollo del niño, no existe alimento mejor que la leche materna.
Para que la madre pueda, tranquila y con la mente segura respecto de su hijo, dedicarse al trabajo fuera del hogar, se ha propuesto, en relación con la educación y formación de los niños, la creación de «hogares de crianza» o «guarderías infantiles». Pero en un «hogar de crianza» o una guardería no es posible proporcionar un amor materno genuino. En la primera etapa de la infancia se necesitan afecto y amor, ternura y benevolencia; ¿de dónde surgirán en el corazón de una cuidadora contratada? Este nuevo método de crianza infantil aún no ha sido probado. Este nuevo método de crianza infantil aún no ha sido probado. Los descendientes producidos por la nueva fábrica de las guarderías aún no han dado fruto. Hasta ahora no se han hecho visibles su carácter, sus costumbres, su conducta ni sus actividades. Por tanto, no sería apropiado pronunciar de antemano un juicio sobre el éxito o el fracaso de este experimento y afirmar que el mundo ha descubierto un sustituto adecuado del regazo materno. La verdad de que el regazo materno es el lugar natural de crianza y educación del niño sigue siendo universalmente reconocida.
Ahora incluso una persona de juicio ordinario puede comprender que, aunque las fuerzas físicas y mentales y las capacidades del hombre y de la mujer fueran iguales, la naturaleza no ha impuesto a ambos las mismas responsabilidades. Al hombre no se le ha impuesto ninguna tarea para la continuidad de la descendencia, salvo la siembra de la semilla. Después de eso, es completamente libre. Puede realizar cualquier otra tarea de la vida. En cambio, toda la responsabilidad de trabajar por la continuidad de la descendencia ha sido depositada sobre la mujer. Desde que se encontraba en el vientre materno, en una especie de incubadora fetal, se la transforma y prepara para poder asumir esta responsabilidad. Todos los órganos de su cuerpo se forman precisamente para este fin. Por eso, durante toda su juventud tiene lugar el ciclo menstrual. En ese período, cada mes, durante tres a diez días, queda incapacitada para asumir la responsabilidad de cualquier trabajo de mayor importancia y para realizar cualquier esfuerzo físico o mental intenso. Por eso debe soportar un sufrimiento terrible durante todo un año de embarazo y del período posterior al parto. Durante ese tiempo, en realidad permanece en un estado de semivida. Por eso, los dos años de lactancia transcurren para ella de tal manera que riega el campo de la humanidad con su propia sangre y lo vuelve fértil y abundante con el torrente de su pecho. Por eso, los varios años dedicados al cuidado y la crianza iniciales del niño transcurren para ella entre tanto trabajo y sufrimiento que, durante ese período, el sueño nocturno y el descanso diurno se vuelven ilícitos para ella. De este modo, sacrifica todo su bienestar, tranquilidad, alegría, disfrute y deseos naturales por la futura descendencia.
Si esta es la realidad, reflexione y considere qué es la justicia. ¿Es acaso justicia que la mujer cumpla sola todas las responsabilidades que le ha asignado la naturaleza y, además, se cargue sobre sus hombros el peso de todas las responsabilidades sociales, mientras al hombre se lo mantiene libre de todas las responsabilidades que le ha impuesto la naturaleza? ¿Se le dirá acaso: «¡Oh, mujer! Carga también con todos los pesos de las penas y sufrimientos que la naturaleza ha puesto sobre ti y, además, únete a nosotros y trabaja para ganarte la vida. Participa en igualdad con nosotros en el gobierno del país, la administración de justicia, la industria, el comercio, la agricultura, el establecimiento de la paz en el país, la defensa nacional y demás actividades. Entra en nuestra sociedad y entreténnos. Reúne los medios para nuestros lujos y deseos, nuestra alegría y diversión, y nuestro placer y bienestar»?
Esto no es justicia, sino injusticia; no es igualdad, sino una desigualdad manifiesta. La justicia debería consistir precisamente en permitir que quien ha recibido de la naturaleza muchas más responsabilidades realice las tareas ligeras y fáciles de la sociedad. En cambio, quien no ha recibido de la naturaleza responsabilidad alguna debería realizar las tareas sociales importantes y que requieren más esfuerzo. Además de esto, también debería asumir la responsabilidad del sustento, cuidado y protección de la familia.
Imponer a la mujer el trabajo fuera del hogar no solo es injusto; en realidad, tampoco posee plena capacidad para desempeñar las tareas propias del hombre mencionadas anteriormente. Solo puede estar capacitada para realizar todas estas tareas la persona cuya capacidad de trabajo sea constante, que pueda cumplir siempre y de manera continua sus deberes con tal aptitud, y en cuya fuerza física y mental se pueda confiar. Pero quienes quedan incapacitados o parcialmente capacitados durante un período considerable cada mes, y cuya capacidad de trabajo desciende repetidamente por debajo del nivel deseado, ¿cómo podrán cargar con el peso de todas estas responsabilidades? Imaginen un ejército o una marina formado por mujeres, en el que, precisamente en tiempos de guerra, algunas se encuentren en una maternidad y otro grupo considerable haya quedado incapacitado para trabajar a causa del embarazo. Si se pone el ejemplo del ejército, dirán que este es un trabajo muy difícil. Pero hablemos de la policía, el poder judicial, la diplomacia, los ferrocarriles y la industria y el comercio. ¿Cuál de estas responsabilidades no requiere una fuerza laboral capaz y permanentemente fiable? Entonces, quienes quieren que la mujer asuma el trabajo del hombre probablemente pretenden convertir a toda la raza femenina en hombres y destruir la especie humana, o hacer que cierto porcentaje de mujeres adopte obligatoriamente el papel de hombres y sea seleccionado para sufrir castigo, o rebajar el nivel de competencia exigido en toda clase de trabajos sociales.
Pero, adopte usted cualquiera de los métodos mencionados, preparar a la mujer para el trabajo del hombre es completamente contrario a las exigencias y al modo de proceder de la naturaleza. No es beneficioso para la humanidad ni para la sociedad femenina. Puesto que, según la ciencia del cuerpo, la mujer ha sido creada precisamente para dar a luz a los hijos y criarlos, desde el punto de vista psicológico se han depositado también en ella cualidades como el amor y el afecto, la compasión, la ternura maternal, la delicadeza del corazón, la agudeza de los sentimientos y la flexibilidad de las emociones, cualidades enteramente adecuadas para las tareas cotidianas que le ha asignado la naturaleza.
En la vida conyugal, al hombre se le ha concedido dignidad como agente de la acción, y a la mujer, como aquella sobre la que recae la acción. Por ello, se han creado en la mujer cualidades que la preparan para actuar principalmente en el ámbito de la receptividad. En ella hay, en lugar de dureza, mansedumbre, suavidad y flexibilidad. En lugar de la capacidad de ejercer influencia, posee la disposición para recibirla. En lugar de la capacidad de actuar, tiene la capacidad de recibir la acción. En lugar de firmeza e inquebrantabilidad, muestra inclinación a ceder y a la modestia y humildad. En lugar de arrogancia y audacia, hay en ella negativa, ánimo de huida y resistencia. ¿Cómo puede la mujer alcanzar el éxito en aquellas tareas y ámbitos de la vida que requieren dureza, dominio, autoridad, oposición y desatención, y en los que se necesitan firmeza de propósito y convicción en lugar de emociones e impulsos débiles? Llevar a la mujer a todos esos ámbitos de la sociedad significa destruir la feminidad y destruir también todos esos ámbitos.
Esto no produce el progreso de la mujer, sino su decadencia. No se llama progreso reprimir el talento natural de una persona y crear en ella aptitudes artificiales contrarias a su naturaleza; el verdadero progreso consiste, más bien, en hacer que el hombre sea fuerte y floreciente y en crear oportunidades para su trabajo.
En ello no hay ningún éxito de la feminidad, sino más bien fracaso. En ciertos aspectos de la vida, la mujer es débil y el hombre avanza con fuerza; en otros, el hombre es débil y la mujer va por delante. Se está haciendo competir a la desdichada mujer con el hombre precisamente en aquellos ámbitos de la vida en los que es débil. El resultado inevitable será que la mujer siempre demostrará ser inferior al hombre. Por muchos métodos que se adopten, aunque todos los hombres del mundo se esfuercen al máximo, no podrán producir de entre la nación femenina ni siquiera una madre de la categoría común de Aristóteles, Avicena, Kant, Hegel, Omar Jayyam, Shakespeare, Alejandro, Napoleón, Saladino, Nizam al-Mulk Tusi o Bismarck.
Esto no beneficia a la civilización, sino que la perjudica. Así como la vida humana y la civilización necesitan dureza e implacabilidad, también necesitan suavidad y flexibilidad. Tanto como necesitan un general hábil, un consejero sagaz y un excelente gobernante, necesitan una excelente madre, una excelente esposa y excelentes miembros de la familia. Se perjudicará inevitablemente a la civilización si se excluye a cualquiera de las dos categorías.
Esta es precisamente la división del trabajo (Division of work) que la naturaleza ha establecido entre ambas categorías. Todas las ciencias, como la biología, la psicología y la sociología, apuntan hacia esta división del trabajo. Que la responsabilidad de dar a luz y criar a los hijos haya sido encomendada a la mujer es un hecho decisivo. Esto establece para ella una línea demarcatoria en la civilización humana. Ningún sistema artificial puede cambiar este hecho. Una civilización justa solo puede ser aquella que acepte este hecho literalmente. Después, colocará a la mujer en su lugar correcto y le concederá consideración social. Reconocerá sus legítimos derechos civiles y económicos. Le confiará únicamente las responsabilidades del hogar, y encomendará al hombre las responsabilidades exteriores y la tutela de la familia. La civilización que intente abolir esta división del trabajo podrá exhibir temporalmente prosperidad material y ostentación, pero su destrucción final será segura. Porque, cuando se impongan a la mujer responsabilidades económicas y civiles iguales a las del hombre, arrojará lejos la carga de las responsabilidades naturales que le han sido confiadas. Como consecuencia, no solo se destruirá la civilización, sino también la humanidad. Si la mujer intenta algo contrario a su naturaleza y constitución natural, podrá asumir en cierta medida el trabajo del hombre, pero el hombre jamás podrá estar capacitado para dar a luz y criar a los hijos.
A continuación se exponen las condiciones indispensables del sistema familiar que se establecerá teniendo en cuenta esta división natural del trabajo y de la distribución que se determinará para hombres y mujeres:
1. Ganarse el sustento de la familia, ayudarla y mantenerla, y realizar en la civilización los trabajos que requieren esfuerzo serán tareas del hombre. Su educación y formación deberán ser tales que lo hagan lo más apto posible para alcanzar todos estos objetivos.
2. Criar a los hijos, realizar las tareas del interior del hogar y hacer de la vida familiar un paraíso de dulzura serán tareas de la mujer. Se le deberá proporcionar una educación adecuada y prepararla para este propósito.
3. Para mantener intacta la disciplina familiar y protegerla de que haya tantos dirigentes como cabezas, deberá conferirse autoridad legal a una sola persona, para que la familia no se convierta en un ejército sin cabeza. Debe tenerse presente que tal persona solo puede ser un hombre. Pues el miembro de la familia cuyo estado mental e intelectual se deteriora repetidamente durante la menstruación y el embarazo, en ninguna circunstancia puede ser apto para ejercer esta autoridad.
En el sistema civilizatorio habrá que adoptar las medidas preventivas necesarias para mantener intactas esta división del trabajo, la educación y la administración, de modo que ningún necio o grupo de necios, por insensatez, unifique los campos de actividad del hombre y de la mujer y arruine así dicho sistema civilizatorio.
Errores y desviaciones humanos
Si se ha de elaborar un sistema civilizatorio adecuado, teniendo en cuenta las exigencias de la naturaleza humana, sus tendencias humanas y todos los indicios de su constitución física, ya se ha intentado demostrar, mediante una discusión sólida y erudita y mediante exámenes y experimentos científicos, cuáles deberían ser sus principios y condiciones fundamentales en lo referente a las relaciones entre el hombre y la mujer, es decir, desde el punto de vista de las relaciones sexuales. Todo cuanto se ha dicho en la discusión sobre este asunto se ha expresado en un lenguaje inequívoco, sin dejar lugar a ninguna repetición. Los temas tratados son sumamente claros desde el punto de vista del conocimiento y la ciencia, y por lo general todas las personas instruidas están plenamente informadas al respecto. Sin embargo, la máxima expresión de la debilidad humana es que, de todos los sistemas civilizatorios que el ser humano ha elaborado mediante sus esfuerzos, en ninguno se han incorporado plena y armoniosamente estas claras y justas enseñanzas de la naturaleza. También es evidente que el ser humano no ignora sus necesidades naturales. No desconoce su estado mental ni sus características físicas. Pero, a pesar de ello, es igualmente clarísimo que hasta ahora no ha sido capaz de elaborar un sistema civilizatorio armonioso cuyos principios incorporen de manera coherente todas estas exigencias, características, significados y objetivos.
La verdadera causa de la desesperanza
La única causa de la desesperanza es precisamente aquella a la que se hizo alusión al comienzo mismo de este libro. Es una debilidad natural del ser humano que su mirada no abarque globalmente todos los aspectos de un asunto. Siempre hay algún aspecto que lo atrae. Luego, cuando se inclina hacia un lado, el otro queda fuera de su campo de visión, o bien pasa deliberadamente por alto los demás aspectos; en las cuestiones pequeñas y personales de la vida, la debilidad humana se manifiesta con toda claridad.
Los problemas de la cultura y la civilización son numerosos y de gran amplitud. Estos problemas tienen, a su vez, innumerables aspectos claros y ocultos. Por tanto, ¿cómo sería posible que todos estos problemas quedaran libres de la influencia de la debilidad humana?
Al ser humano, ciertamente, se le han concedido conocimiento y conciencia. Pero, por lo general, la conciencia por sí sola no le sirve de ayuda para resolver los problemas de la vida. El apego y la inclinación lo vuelven unilateral y, cuando sigue una dirección determinada, recurre al conocimiento y a la conciencia en apoyo de ella. En tal situación, aunque su conocimiento quiera conducirlo en otra dirección y su conciencia proteste contra su actitud unilateral, no reconoce su culpa; por el contrario, obliga a su conocimiento y a su conciencia a inventar argumentos en defensa de sus deseos y afectos.
Algunos ejemplos claros
Entre los problemas de la sociedad actual que son objeto de nuestra discusión, esta obstinación del ser humano se ha manifestado mediante extremos de exageración y de carencia.
Un grupo de personas se inclinó excesivamente hacia la moralidad y la espiritualidad, y llegó a considerar las relaciones sexuales entre hombres y mujeres como algo absolutamente abominable. Esta incongruencia la encontramos en las doctrinas budista, cristiana e hindú. Vemos que, por influencia de esta idea, en una gran parte del mundo se considera censurable la relación sexual, ya sea dentro de los límites de la familia o fuera de ellos. ¿Cuál ha sido su resultado? La vida antinatural y contraria a la civilización del ascetismo ha sido considerada como el objetivo de la moralidad y de la purificación espiritual. Muchos hombres y mujeres de la humanidad desperdiciaron sus fuerzas mentales y físicas siguiendo un camino contrario a la naturaleza, es decir, luchando contra ella. Quienes se unieron conforme a las exigencias de la naturaleza lo hicieron con la actitud de quien cumple por obligación una necesidad repugnante. Cabe señalar que una relación de esta clase no puede generar entre marido y mujer amor, afecto, ayuda ni compasión. No solo no puede dar origen a ninguna civilización buena y progresista, sino que, como resultado de las llamadas concepciones morales, se menoscaba la dignidad de la mujer. Los partidarios ciegos del ascetismo calificaron la atracción sexual de instigación satánica y a la mujer de «agente de Satanás». La consideraron una criatura impura, de modo que quien desea la pureza del corazón se ve obligado a odiarla. En la literatura cristiana, budista e hindú se han difundido ideas de este tipo acerca de la mujer, y resulta fácil imaginar cuál puede ser la dignidad de la mujer en un sistema social fundado sobre tales ideas y doctrinas.
Existe otro grupo exactamente opuesto, partidario de las necesidades físicas, que en este asunto ha llegado tan lejos que ha superado, por no hablar de la naturaleza humana, incluso las exigencias de la naturaleza animal. Esto se ha puesto de manifiesto de tal manera en la civilización occidental que ya no es posible ocultarlo. Según las leyes de aquel lugar, el adulterio no constituye ningún delito. Se consideran delitos la coacción o la intromisión en los derechos legales de otra persona. Si no se comete ninguno de estos dos delitos, el adulterio no solo no es punible, sino que tampoco se considera una falta vergonzosa. Hasta ese punto permanecían dentro de los límites de la naturaleza animal. Pero después avanzaron aún más. Incluso dejaron de lado el propósito de las relaciones sexuales de los animales: la reproducción. Convirtieron las relaciones sexuales en un simple medio de placer físico. El ser humano, creado como la más noble de las criaturas, al llegar a este punto se convirtió en la más baja de ellas. Primero se aparta de la naturaleza humana y establece, como un animal, relaciones sexuales desenfrenadas sobre cuya base no puede edificarse ninguna civilización. Después se aparta incluso de la naturaleza animal y pone fin al resultado natural de las relaciones sexuales: el nacimiento de hijos. Su propósito es que no nazcan futuros descendientes que permitan la continuidad de la existencia de la raza humana.
Cierto grupo comprendió, en efecto, la importancia de la familia, pero la organizó mediante un sistema de restricciones tan severo que se colocaron cadenas al cuello de la persona y no se mantuvo ningún equilibrio entre derechos y deberes. El sistema familiar de los hindúes es un ejemplo brillante de ello. Allí la mujer no tiene libertad alguna de voluntad ni de acción. No tiene ningún derecho en la civilización ni en la obtención del sustento; mientras es esposa es una esclava, y mientras es madre también es una esclava. En la viudez, su vida es más miserable que la de una esclava: en vida es como una muerta. Su destino consiste únicamente en cumplir deberes; en cuanto a derechos, no posee ninguno. Bajo este sistema social se intenta convertir desde el principio a la mujer en una criatura muda, para que no surja en ella ningún sentimiento respecto de su propia personalidad. No cabe duda de que por este método se fortalece la base de la familia y de que en ella no existe ningún temor a una rebelión de la mujer. Pero, al humillar y degradar a la mitad de la nación, este sistema social ha cometido, en realidad, una injusticia tan terrible mediante su propia estructura que ahora la sociedad hindú está sufriendo sus consecuencias.
El segundo grupo intentó elevar la dignidad de la mujer y le concedió plena libertad de voluntad y de acción. Se traspasaron tanto los límites en este asunto que la disciplina familiar quedó completamente destruida. La esposa es independiente, la hija es independiente, ¡el hijo es independiente! En realidad, dentro de la familia no hay nadie que sea cabeza o autoridad. Nadie tiene autoridad alguna. El marido no puede preguntarle a su esposa: «¿Dónde pasaste la noche?». El padre no puede decirle a su hija: «¿Con quién te relacionas y adónde vas?». El marido y la esposa no son más que dos amigos iguales, y llevan la casa y la vida familiar en condiciones de igualdad. El hijo es como un miembro menor de esta «asociación familiar». En este grupo no se encuentra el elemento de obediencia que resulta indispensable ante las pequeñas diferencias de temperamento y naturaleza. Este es el sistema social occidental. Es ese sistema social occidental cuyo abanderado afirma haber introducido una revolución en la civilización y en la organización social. Para conocer la verdadera naturaleza de su revolución, es necesario leer los informes de algún tribunal de matrimonio y divorcio de Europa o América, o del Tribunal de Menores‘1 es necesario leer sus informes. Recientemente, las cifras de delitos publicadas por el Ministerio del Interior de Inglaterra muestran que la delincuencia entre los niños y niñas menores de edad está aumentando rápidamente. También se ha señalado que la verdadera causa es que la disciplina familiar se ha debilitado enormemente.2
¡Ninguna civilización humana ha logrado comprender correctamente el elemento de pudor y recato conservado en la naturaleza humana, especialmente en la naturaleza femenina, ni llevarlo efectivamente a la práctica mediante la vestimenta y las normas sociales! El pudor y el recato se consideran una virtud suprema del ser humano, especialmente de la mujer. Sin embargo, esta virtud no se ha manifestado en la vestimenta ni en la vida social mediante ningún método razonable y unas costumbres adecuadas. Nadie ha intentado determinar correctamente los límites del «sitr al-‘awra» ni preservarlos por igual. La expresión del pudor en la vestimenta y la conducta de hombres y mujeres no se ha establecido sobre la base de ningún principio. No se ha fijado ningún límite correcto y razonable respecto de qué partes del cuerpo deben permanecer cubiertas o descubiertas en las relaciones y encuentros entre hombres, entre mujeres y entre hombres y mujeres. Se ha mostrado hacia este asunto tanta indiferencia como importancia tenía desde el punto de vista de la civilización, la urbanidad y la moral común. Se lo ha dejado en cierta medida a las costumbres de cada país, puesto que las prácticas habituales cambian con la situación general. El asunto se ha dejado a la voluntad, el gusto y la capacidad de elección de los individuos, sin que exista para ellos una vía correcta que puedan adoptar según su propio deseo. Como consecuencia, en la vestimenta y la vida social de los distintos grupos se observa una extraña mezcla de pudor y desvergüenza. No se advierte en ella ninguna relación recíproca razonable, ninguna unidad, ninguna armonía ni rastro de principio alguno. En los países orientales esto se limitó a resultar simplemente incongruente. Pero en la vestimenta y la vida social de las naciones occidentales la indecencia traspasó tanto los límites que acabaron desarraigando por completo el pudor y el recato. Su nueva perspectiva fue que el pudor y la decencia no son sentimientos naturales, sino que se originaron únicamente por el hábito de vestir. El «satr al-‘awra» y el pudor no tienen ninguna relación con la moralidad y la urbanidad; por el contrario, son simplemente un instrumento para despertar el deseo sexual humano.1La manifestación práctica de esta filosofía de la desvergüenza consiste en la vestimenta semidesnuda, los concursos de belleza corporal, la danza desnuda, las imágenes desnudas, las representaciones indecentes en el escenario, el movimiento cada vez más extendido del nudismo y el retorno del ser humano hacia la naturaleza animal de la mujer casta, virtuosa y piadosa.
Este exceso también puede observarse en el otro aspecto del problema. Quienes dieron importancia a la moralidad y la pureza garantizaron la seguridad de la mujer, no considerándola un ser vivo dotado de conciencia, sino un ornamento inerte, como una joya de valor incalculable. También eludieron la cuestión de su educación y formación. Sin embargo, para el bienestar de la civilización y la cultura, esta cuestión es tan importante en el caso de la mujer como en el del hombre. Por otro lado, quienes comprendieron la importancia de la educación y formación de la mujer, al ignorar la importancia de la moralidad y la pureza, sembraron desde otra perspectiva las semillas de la destrucción de la civilización y la cultura.
Quienes tuvieron en cuenta la división natural del trabajo (Division of Labour) asignaron a la mujer, en el servicio de la civilización y la sociedad, únicamente las tareas domésticas y la crianza de los hijos. La responsabilidad de ganarse el sustento fue asignada al hombre. Pero no lograron mantener el equilibrio en esta división del trabajo. Arrebataron a la mujer todos sus derechos económicos. No le concedieron ningún derecho a la herencia. La propiedad de todos los bienes fue otorgada exclusivamente al hombre. Así, al paralizar económicamente a la mujer, establecieron de hecho entre el hombre y la mujer una relación de amo y esclava. Para remediar esto surgió otro grupo. Quisieron conceder a la mujer derechos económicos y culturales. Pero volvieron a cometer otro error. El materialismo había nublado sus mentes. Por eso entendieron que liberar a la mujer de la esclavitud económica y cultural significaba que ella también debía convertirse, como el hombre, en una persona que aportara ingresos a la familia. Para asumir todas las responsabilidades de la civilización, también debía participar en ellas en igualdad con el hombre. Desde el punto de vista del materialismo, este sistema tenía un enorme atractivo. Pues no solo aligeró la pesada carga del hombre, sino que, gracias a la participación de la mujer en la obtención del sustento, comenzaron a adquirirse recursos económicos y bienes de lujo en una cantidad casi doble.
Además, para dirigir el sistema económico y social de la nación se dispuso del doble de manos y de mentes que antes. Como resultado, el progreso civilizatorio comenzó de repente a acelerarse. La inclinación excesiva hacia los aspectos materiales y económicos llegó a tal extremo que se descuidaron y abandonaron los demás aspectos de la vida civilizatoria, aunque su importancia no era en modo alguno menor desde el punto de vista económico y material. De este modo, aun después de conocer las leyes naturales, continuaron transgrediéndolas deliberadamente. Sus propias investigaciones científicas lo atestiguan. Reclamaron justicia para la mujer; pero, en realidad, las observaciones y experimentos de ellos demostraron la injusticia que cometieron. Quisieron conceder a la mujer los mismos derechos, pero en la práctica establecieron la desigualdad entre el hombre y la mujer. Su propia ciencia industrial lo demuestra. Quisieron reformar la civilización y la cultura, pero, en realidad, crearon los instrumentos más letales para su destrucción. Podemos conocer los detalles de ello a partir de los acontecimientos y las cifras que ellos mismos han relatado. Conviene señalar que no son conscientes de todos estos hechos; pero, como ya se ha explicado, es una debilidad humana que, al formular las leyes de la vida, el ser humano no pueda adoptar una disposición equilibrada y adecuada que tenga en cuenta todos los principios. Su naturaleza lo impulsa hacia uno de los extremos y, cuando se dirige hacia allí, muchas cosas quedan fuera de su campo de visión. Además, aunque muchos principios llegan a su conocimiento, los ignora y cierra los ojos incluso después de haberlos visto. Aquí se relata el testimonio de un ciego de esta clase. En verdad, ¿qué prueba más clara de la ceguera deliberada podría haber que esta?
El científico ruso Anton Nemilov es un comunista convencido. En su libro titulado The Biological Tragedy of Woman¹ dedicó casi doscientas páginas a demostrar, mediante experimentos científicos, la desigualdad natural entre el hombre y la mujer. Sin embargo, al registrar todos los datos científicos, él mismo escribe:
Si hoy se dijera que, en el sistema civilizatorio, se concedieran a la mujer derechos limitados, al menos la gente apoyaría esta propuesta. Nosotros, sin embargo, nos oponemos firmemente a ella. Tampoco debemos engañarnos pensando que establecer la igualdad entre el hombre y la mujer en la vida real sea una tarea sencilla. En ningún lugar del mundo se ha realizado un esfuerzo tan grande como el llevado a cabo en la Rusia soviética para igualar al hombre y a la mujer. A pesar de todo, el hecho es que la posición de la mujer dentro de la familia apenas ha cambiado. —pág. 76
No solo en la familia, sino tampoco en la sociedad se ha producido cambio alguno. La firme convicción de que las mujeres y los hombres no pueden ser iguales no existe únicamente entre las clases populares, sino que también está profundamente arraigada entre las personas altamente educadas del Estado soviético. Entre las mujeres se ha extendido firmemente la idea de que, si se las considera iguales a los hombres, entonces
1. La traducción inglesa de esta obra se publicó en Londres en 1932
considerarán que los hombres han sido despojados de su propia dignidad. Además, calificarán esto de debilidad e impotencia masculina. Si intentamos conocer la opinión de algún científico, escritor, estudiante, comerciante y de cien comunistas sobre este asunto, descubriremos que nunca consideran a las mujeres iguales a ellos. Si leemos alguna novela contemporánea, por muy independiente que sea su autor, encontraremos en algún lugar de dicha novela alguna descripción que demostrará la falsedad de la idea mencionada anteriormente [la igualdad entre mujeres y hombres].
—págs. 95-194
¿Cuál es la razón de esto?
La razón es que aquí los principios revolucionarios entran en conflicto con una doctrina sumamente importante. «Esa doctrina es que, desde el punto de vista de la fisiología, la igualdad entre mujeres y hombres no es posible y no se les han impuesto responsabilidades iguales a ambos. —pág. 77
El asunto quedará aún más claro mediante otra cita: en suma, la promiscuidad sexual se ha manifestado abiertamente entre todos los trabajadores. Esto ha creado una situación terrible y amenaza con destruir el sistema socialista. Es necesario combatirla por todos los medios posibles. Porque es sumamente difícil luchar contra este frente. Podría mencionar cientos de miles de casos que demostrarían que la promiscuidad sexual no se ha extendido únicamente entre las personas ignorantes, sino también entre los altos funcionarios altamente educados e inteligentes.
—págs. 202-203
¡Cuán claras y auténticas son las afirmaciones anteriores! Por un lado, existe el reconocimiento explícito de que la naturaleza no ha establecido la igualdad entre la mujer y el hombre. El intento de establecer la igualdad en la vida práctica ha fracasado. En la medida en que se ha establecido una forma de igualdad luchando contra la naturaleza, en esa misma medida ha fluido una corriente de obscenidad y todo el sistema social ha estado a punto de desmoronarse. Por otro lado, se sostiene que los derechos de la mujer no serán regulados en el sistema social y que, si se hace, nos opondremos a ello. ¿Qué prueba podría haber más clara sobre este asunto que el hecho de que el ser humano no es ignorante, sino instruido y consciente? Y, sin embargo, ¡qué gran esclavo de la naturaleza es! Considera falsos los principios y verdades que él mismo ha descubierto y niega sus propios experimentos y observaciones. Cerrando los ojos a todos los aspectos, avanza unilateralmente tras sus inclinaciones hasta llegar a sus límites engañosos. Por más irrefutables y sólidos argumentos y pruebas que su propio conocimiento, razón y conciencia presenten contra llegar a tal extremo, y por más que sus ojos contemplen sus malas y funestas consecuencias, todo resulta inútil.
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¿Has reparado en aquel que ha tomado sus deseos como su dios? Alá lo extravió deliberadamente, selló sus oídos y su corazón y puso un velo sobre sus ojos. Entonces, ¿quién lo guiará? ¿Acaso no aceptaréis la exhortación?
—Sura Al-Yáziya: 23
El principio de equilibrio de la ley en el islam
En este mundo de extremos desequilibrados, de excesos y deficiencias, existe un único sistema civilizatorio en el que pueden encontrarse una justicia y un equilibrio perfectos, y en el que se ha tenido en cuenta cada aspecto de la naturaleza humana, incluso sus aspectos ocultos. Sus disposiciones se han establecido sobre la base de un conocimiento completo y especial de la constitución física del ser humano, incluidas sus inclinaciones animales, de su naturaleza mental, de sus características psicológicas y de sus necesidades naturales. El propósito de la naturaleza que se encuentra detrás de cada una de estas creaciones se ha cumplido plenamente de tal manera que ningún otro propósito, por insignificante que sea, queda impedido o perjudicado. Finalmente, la combinación de todos estos propósitos contribuye al cumplimiento de un propósito grandioso: el propósito de la vida humana. Esta justicia, este equilibrio y esta armonía son tan perfectos que ningún ser humano puede crearlos mediante su propio conocimiento, esfuerzo y conducta. Que una ley sea obra humana y, sin embargo, no muestre unilateralidad en ningún aspecto es completamente imposible. Y, dejando de lado la creación de una ley por sí mismo, la realidad es que una persona común no puede comprender plenamente el significado de esta disposición justa, equilibrada y sumamente científica, a menos que posea una capacidad extraordinaria y realice durante años investigaciones y experimentos sobre ella. No alabo esta ley porque crea en el islam; más bien creo en el islam porque veo en él un equilibrio y una armonía perfectos, así como una concordancia completa con las leyes de la naturaleza. Al contemplar todo esto, mi corazón atestigua que el autor de todas estas leyes y normas es necesariamente el Único que creó los cielos y la tierra y que posee el conocimiento del presente y del futuro. En verdad, únicamente Él puede mostrar a los hijos extraviados de Adán, que se han desviado en distintas direcciones, el camino correcto hacia la justicia y la moderación.
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Sistema social islámico
।।Uno ।।
Perspectiva fundamental
Una característica del islam es que él mismo arroja luz sobre los misterios de sus leyes y normas. Respecto a las disposiciones del islam para regular la relación entre mujeres y hombres en la sociedad, el propio islam nos ha explicado sobre qué principios fundamentales del conocimiento y la ciencia, y sobre qué misterios de la naturaleza, se basan dichas disposiciones.
La esencia fundamental de la relación conyugal
El primer misterio que ha sido desvelado a este respecto es el siguiente:
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He creado cada cosa por pares. —Sura Al-Dhariyat: 49
En esta aleya se hace alusión a un significado amplio del principio conyugal (Ley del Sexo). El Ingeniero de la naturaleza universal está revelando así su propia técnica de ingeniería: ha construido todas las máquinas de esta naturaleza universal conforme al principio conyugal (Ley del Sexo); es decir, ha construido por pares todas las partes de estas máquinas, y toda la complejidad técnica que se observa en el universo creado no es sino el resultado asombroso de esta ley de los pares.
Consideremos ahora en qué consiste el principio conyugal (Ley del Sexo). La esencia del principio conyugal es que en uno de los elementos haya acción y en el otro la disposición a recibirla. En uno debe haber influencia y en el otro aceptación de esa influencia. En uno debe existir la capacidad de vincular e integrar, y en el otro la disposición a ser vinculado e integrado. La relación entre estos elementos —la vinculación y la concesión de la posibilidad de vincular, la acción y la disposición a recibirla, la influencia y su aceptación, y la autoridad y su aceptación— es la relación conyugal entre dos cosas. De esta relación se realiza toda obra constructiva, y mediante la obra constructiva funciona la fábrica del universo entero. Todo cuanto existe en el universo creado ha sido creado por pares dentro de sus respectivas clases. En cada par, la relación conyugal que se observa en su aspecto fundamental consiste en que uno es el agente y el otro el receptor de su acción. Naturalmente, la forma de esta relación varía en las distintas clases del universo creado: un tipo de unión por pares se observa entre las sustancias, y otro tipo entre las sustancias materiales en crecimiento. Asimismo, entre los seres vivos se observa otro tipo de unión por pares o principio conyugal. Todos estos principios conyugales difieren y se distinguen según sus respectivas condiciones y objetivos naturales. Sin embargo, la esencia del principio conyugal es una y la misma en todos ellos, cualquiera que sea su tipo o clase. Para alcanzar el verdadero objetivo de la naturaleza, es decir, la construcción y la adquisición de una forma construida, es indispensable que en el par uno posea la fuerza de actuar y el otro la fuerza de recibir la acción.
Después de comprender el significado de la aleya mencionada anteriormente, de ella se deducen tres principios fundamentales del principio conyugal:
1. La fórmula mediante la cual Alá, exaltado sea, creó el universo entero y el método que estableció como medio para dirigir Su propia fábrica nunca pueden ser impuros ni viles; por el contrario, en su esencia son puros y honorables. Por tanto, es deseable que existan. Los opositores de la fábrica pueden considerarlos impuros y detestables y apartarse de ellos. Pero el Creador y Dueño de la fábrica jamás deseará que Su fábrica deje de funcionar. Él también deseará que las partes y componentes de las máquinas de la fábrica permanezcan en funcionamiento y continúen realizando su labor.
2. Tanto la acción como la recepción de la acción son igualmente necesarias para el funcionamiento de esta fábrica. La existencia del agente y la de su receptor de la acción son igualmente importantes en esta fábrica. Ni la acción del agente posee un honor especial, ni hay deshonra alguna en recibir la acción del otro. La excelencia del agente consiste en que posee fuerza activa y cualidades de agente, de modo que puede cumplir adecuadamente el aspecto activo de la relación conyugal. Si alguien utilizara las piezas de una máquina común para una tarea distinta de su función propia, para la cual no fueron fabricadas, se diría que esa persona es necia e inexperta. En primer lugar, el intento fracasaría, y si tratara de forzarlas, la máquina se destruiría. Lo mismo ocurre con la gran máquina del universo creado. Solo un necio e inexperto podría imaginar que se debe colocar al agente en el lugar del receptor de su acción y al receptor de la acción en el lugar del agente. Después podría mostrar una necedad aún mayor al intentarlo y albergar la esperanza de tener éxito. Pero el Creador de esta inmensa máquina jamás hará tal cosa. Mantendrá al agente en el lugar de la acción y lo educará conforme a ello; y asignará al receptor a la tarea de recibir, disponiendo que se desarrolle en él la capacidad para recibir la acción.
3. La acción posee cierto grado de superioridad sobre la recepción de la acción. No se trata de superioridad en el sentido de que la acción sea honorable y, por el contrario, recibirla sea deshonroso; se trata de superioridad en el sentido de que en la acción existen realmente excelencia, fuerza e influencia. Si una cosa actúa sobre otra, es porque la primera es superior a la segunda, es más fuerte y posee la capacidad de ejercer influencia sobre ella. La razón por la que la cosa que recibe la acción y es influida por ella la recibe y resulta influida es que está vencida, es débil y posee aptitud para ser influida. Así como para que se produzca una acción es igualmente necesaria la existencia del agente y del receptor de la acción, también es necesario que el agente posea superioridad y capacidad de ejercer influencia, y que el receptor posea la capacidad de reconocer la subordinación y recibir la influencia. Pues si ambos fueran iguales en fuerza y ninguno tuviera superioridad sobre el otro, ninguno aceptaría la influencia del otro y la acción no se produciría en absoluto. Si la aguja tuviera la misma dureza que la tela, la costura no podría realizarse. Si la tierra no poseyera blandura para reconocer la superioridad de la pala y del arado, la agricultura y la construcción se volverían imposibles. En suma, ninguna obra de las que se realizan en el mundo podría llevarse a cabo si para un agente no hubiera un receptor de la acción que poseyera la aptitud para ser influido por él. Por tanto, la exigencia de la naturaleza del miembro de la pareja que actúa como agente es que posea superioridad, firmeza y fuerza de autoridad, lo que se denomina masculinidad. Esto es deseable para que pueda cumplir su deber como parte activa. Por otra parte, la exigencia de la naturaleza del receptor de la acción es que posea suavidad y disposición para recibir la influencia, lo que se denomina feminidad. Estas cualidades pueden hacerle alcanzar el éxito en la función receptiva del sistema conyugal. Quienes desconocen este profundo misterio toman la superioridad personal del agente en el sentido de honor y dignidad, y consideran inferior y humillado al receptor de la acción; o, negando por completo la superioridad, intentan crear en la receptora de la acción todas aquellas cualidades que deberían existir en el agente. Pero el Ingeniero que creó ambas partes las instala en la máquina de tal manera que, en cuanto al honor, ambas sean iguales, y que también sean iguales en educación, crianza y recepción de favores. Sin embargo, entre ellas deben crearse el dominio y la subordinación que exige la naturaleza de la acción y de la recepción de la acción, para que pueda cumplirse el objetivo del sistema conyugal. De lo contrario, ambas podrían convertirse en piedras duras, cuyo resultado sería únicamente el conflicto entre ellas, sin que pudieran adoptar ningún modo de acción conjunta ni ningún método de cooperación mutua.
Estos son los principios que se desprenden del significado primario del sistema conyugal. El simple hecho de que la mujer y el hombre, como existencias inertes, hayan sido creados en pares exige que estos principios estén presentes en su relación. Al avanzar, podrá saberse que en la ley social creada por el Creador de los cielos y la tierra se ha prestado especial atención a los tres asuntos mencionados anteriormente.
La naturaleza animal del ser humano y su aprehensión
Avancemos ahora un paso más. La existencia de la mujer y del hombre no es solamente una existencia inerte, sino también una existencia animal. Desde este punto de vista, ¿qué exigencia se halla detrás de que exista una relación conyugal entre ellos?
El Corán dice:
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Allah os ha creado parejas de entre vosotros mismos. También ha creado parejas entre los animales. De este modo, os dispersa por la faz de la tierra. —Sura Shura: 11
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Vuestras mujeres son para vosotros como un campo de cultivo.
—Sura al-Baqara: 223
En la primera aleya se menciona conjuntamente la creación de parejas de seres humanos y de animales. Se declara que su propósito común es la procreación mediante sus relaciones conyugales.
En la segunda aleya, al distinguir al ser humano de la categoría general de los animales, se manifiesta que, dentro de esta forma particular de relación conyugal propia de la categoría animal, existe una relación entre el campo y el agricultor. Esto es una verdad biológica. Desde el punto de vista de la biología, esta es la bella analogía que puede ofrecerse entre la mujer y el hombre.
De estas dos aleyas se derivan además tres principios fundamentales. Son los siguientes:
- Allah, al igual que creó parejas entre los demás seres vivos, creó también parejas humanas con el propósito de que su descendencia continuara mediante las relaciones sexuales. Esto es una exigencia de la naturaleza animal del ser humano y debe brindársele la oportunidad de satisfacerla. Allah no creó al ser humano para que algunas personas se limitaran a mantenerse a sí mismas en la Tierra, dejando de lado la continuidad de la especie humana; y puso en la naturaleza animal del ser humano una atracción sexual para que los cónyuges pudieran unirse y continuaran procreando a fin de mantener en funcionamiento la Tierra de Allah. Por tanto, una ley que proceda de Allah nunca puede reprimir ni extinguir la atracción sexual; por el contrario, necesariamente debe ofrecer oportunidades para que el ser humano pueda satisfacer esa exigencia natural.
2. Después de comparar a la mujer y al hombre con el agricultor y el campo, se afirma que la relación de la pareja humana es distinta de la relación conyugal de los demás seres vivos. Incluso si, dejando de juzgarla como humana, se la juzga como animal, puede verse que la estructura física de ambos, el macho y la hembra, está hecha de tal manera que entre ellos debe existir una relación firme e inquebrantable, como la que existe entre un agricultor y su campo. La labor del agricultor no consiste solamente en arrojar la semilla a su tierra; también necesita regarla, supervisar la semilla y la cosecha y ocuparse de su mantenimiento. Del mismo modo, la mujer no es un campo en el que algún ser, al pasar por el camino, arroje una semilla y después brote de ella un árbol por sí solo. Más bien, cuando esa mujer queda embarazada, en realidad pasa a depender del agricultor, para que este la cuide y mantenga y asuma plenamente la responsabilidad.
3. Según la biología, la atracción sexual existente entre las parejas humanas es exactamente igual a la que existe entre los demás animales. Cada ser de una especie siente una atracción sexual animal hacia cada ser del sexo opuesto, y el enorme deseo de procrear depositado en ellos atrae mutuamente a todos aquellos de ambas categorías que poseen efectivamente la capacidad de procrear. Por tanto, la ley establecida por el Creador del universo no puede ignorar este aspecto débil de la naturaleza animal del ser humano. Pues en ella se oculta una enorme tendencia hacia la anarquía sexual, que no puede ser controlada sin métodos especiales de preservación. Si una vez se sale de control, el ser humano se vuelve peor que los animales.
(Árabe******************************)
He creado al ser humano en la más hermosa de las formas; luego lo reduzco a lo más bajo de lo bajo, excepto a quienes son creyentes y practican buenas obras. —Sura At-Tin: 4-6
La naturaleza humana y sus deseos
Ya se ha explicado que la naturaleza animal constituye el terreno y la base de la creación humana. Sobre este terreno se ha erigido el edificio de la humanidad. Entre las cosas necesarias para conservar la existencia individual y colectiva del ser humano, Dios Todopoderoso ha depositado en su dimensión animal tanto los deseos de cada persona como la capacidad de satisfacerlos. Por tanto, no es en absoluto voluntad de Dios impedir la satisfacción de alguno de estos deseos ni destruir alguna de dichas capacidades. Pues todas estas condiciones son necesarias, y sin ellas no pueden sobrevivir ni el ser humano ni la humanidad. Sin embargo, la naturaleza exige que, al satisfacer sus deseos y emplear todas sus capacidades, el ser humano no adopte un método puramente animal; por el contrario, en lo que atañe a los deseos propios de su dimensión humana y a las necesidades superiores a las de los animales que existen en él, es conveniente que su conducta sea humana. Con este fin, Dios Todopoderoso estableció los límites de la Sharía, para que las acciones humanas quedaran sometidas al orden y la disciplina. Además, se pronunció esta advertencia: si se transgreden los límites o se adopta un método inferior, la destrucción será inevitable.
(Árabe********************************)
Quien transgrede las disposiciones de Dios se perjudica a sí mismo. —Sura At-Talaq: 1
Observe ahora hacia qué características de la naturaleza humana y hacia qué deseos y anhelos señala el Noble Corán en lo relativo a la vida conyugal.
La explicación del tipo de relación que se ha depositado en la naturaleza humana entre ambos sexos, hombres y mujeres, es la siguiente:
(Árabe**************************)
Entre Sus signos está que Él [Allah Ta‘ala] ha creado para vosotros parejas de entre vosotros mismos, para que encontréis sosiego en ellas, y ha puesto entre vosotros amor y misericordia. —Sura ar-Rum: 21
(Árabe**********************)
Ellas son vuestra vestidura y vosotros sois su vestidura. —Sura al-Baqara: 187
En el versículo anterior, donde se menciona la creación de parejas tanto para los seres humanos como para los animales, se afirma que el propósito de crear parejas es únicamente la preservación de la descendencia. Aquí se describe, diferenciándolo de los animales, este rasgo distintivo del ser humano: que la creación de parejas tiene un propósito superior, y este consiste en que su relación no sea meramente sexual, sino una relación de amor y afecto. Cada uno de ellos comparte las alegrías y las penas del otro. Entre ellos habrá una compañía, una unión y una intimidad semejantes a las que existen entre el cuerpo y la vestimenta. Una relación así entre ambos constituye la piedra angular de la civilización humana; esto ya se ha mencionado anteriormente. Con ello se ha indicado mediante las dos palabras que en la mujer hay para el hombre un medio de sosiego y alegría, y que el servicio natural de la mujer consiste en infundir sosiego y partículas de alegría en este mundo de lucha y actividad: esto es la vida familiar del ser humano. Los occidentales, sin embargo, han ignorado la importancia de esta vida familiar en busca del bienestar y las comodidades materiales. En realidad, así como las demás áreas tienen importancia dentro de los ámbitos de la civilización y de la organización social, también la tiene este ámbito familiar; y para la vida civilizada es igualmente necesario, tanto como lo son los demás ámbitos.
2. Esta relación sexual no aspira únicamente al amor mutuo entre marido y mujer; también aspira a que se establezca una profunda relación afectiva con los hijos que nazcan de ella. Para ello, el Creador del universo ha dispuesto la constitución física del ser humano, especialmente la de la mujer, así como las condiciones naturales del embarazo y de la lactancia, de tal modo que el cariño y el afecto por los hijos queden entrelazados con su sangre, su carne y cada una de sus partículas. El Noble Corán dice:
Su madre lo llevó en su vientre con grandes dificultades. Después de dos años, lo destetó.
—Sura Luqman: 14
(Árabe********************************)
Su madre lo llevó en su vientre con gran sufrimiento, lo dio a luz con gran sufrimiento, y transcurrieron treinta meses desde la concepción hasta el destete. —Sura Al-Ahqaf: 15
Lo mismo ocurre con el hombre, aunque en cuanto al amor por los hijos se encuentra algo por debajo de la mujer.
(Árabe****************************)
El amor por las cosas agradables establece entre los seres humanos relaciones de parentesco y matrimoniales. Después, de estas relaciones surge la familia; de la familia, la tribu; y de la tribu, la nación. Luego, de todas estas relaciones se forma la civilización.
(Árabe*******************************)
Y Él es Allah Ta’ala, quien creó al ser humano del agua. Luego estableció entre ellos relaciones de parentesco y matrimoniales. —Sura Al-Furqan: 54
(Árabe***************************)
¡Oh, humanidad! Os he creado de un hombre y una mujer. Luego os dividí en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. —Sura Al-Hujurat
Por consiguiente, las relaciones de consanguinidad, linaje y matrimonio constituyen, en realidad, los fundamentos primarios y naturales de la civilización humana. Dicha institución civilizatoria depende de una situación en la que la filiación de los hijos sea conocida respecto de sus padres y su linaje esté protegido.
3. El deseo natural del ser humano es que, si alguien quiere dejar algo del fruto del trabajo de su vida a alguien, desea dejarlo a sus hijos y seres queridos; por tanto, dejará algo a sus hijos y seres queridos, con quienes estuvo unido durante toda su vida por lazos de sangre.
(Árabe******************************)
Según la disposición del Corán de Allah, entre los parientes, algunos tienen mayor derecho que otros en materia de herencia. —Al-Anfal
(Árabe*******************************)
Aquellos a quienes habéis tomado como hijos adoptivos, Allah Altísimo no los ha convertido en vuestros hijos. —Sura Al-Ahzab
Por consiguiente, también para la distribución de la herencia es necesario preservar el linaje.
4. La inclinación al pudor es una inclinación sumamente natural de la naturaleza humana. Hay ciertas partes de su cuerpo que Allah Altísimo ha creado entre sus características físicas con el deseo de mantenerlas cubiertas. Este deseo, inscrito en la constitución física, ha obligado al ser humano desde tiempos remotos a vestir algún tipo de ropa. En este capítulo, el Corán ha refutado la doctrina moderna con un lenguaje inequívoco. El Corán dice que sentir pudor de mostrar aquellas partes del cuerpo humano que despiertan atracción sexual entre hombres y mujeres, y procurar mantenerlas cubiertas, es una necesidad natural de la naturaleza humana. Sin embargo, el deseo de Satanás es que las personas las mantengan descubiertas.
(Árabe*******************************)
Después, cuando ambos disfrutaron del fruto de aquel árbol, las partes cubiertas de sus cuerpos quedaron al descubierto, y comenzaron a cubrirlas con las hojas y el follaje del Paraíso.
—Sura Al-A‘raf:
El Corán dice nuevamente que Allah estableció la vestimenta para que, por un lado, cubriera la desnudez y, por otro, realzara la belleza. No basta con cubrir la desnudez; además, es necesario que haya temor de Allah en el corazón.
(Árabe*********************)
Os hemos dado vestiduras para cubrir vuestra desnudez y como adorno, pero la vestidura de la taqwa es la mejor. —Sura Al-A‘raf, 26
Esta es la concepción fundamental del sistema social islámico. Después de acogerla en vuestro corazón, estudiad la forma detallada de este sistema social, que ha sido elaborada sobre la base de dicha concepción. Al estudiarla, debéis examinar con mirada penetrante hasta qué punto se han conservado la sinceridad, la utilidad, la coherencia y la racionalidad al aplicar literalmente las doctrinas que el islam ha adoptado como fundamento de su legislación. En todas las clases de normas elaboradas por el ser humano que hemos observado, hemos advertido esta debilidad manifiesta: entre sus doctrinas fundamentales y sus detalles prácticos no se mantiene una completa armonía y coherencia. Se observa una enorme discrepancia entre los principios y sus ramificaciones. La forma en que se describen los principios es de un tipo, mientras que los pequeños detalles establecidos para darles una forma práctica adoptan otra. Se presenta una doctrina de un tipo ascendiendo al cielo del pensamiento, la investigación y la razón. Pero, al descender del mundo superior al ámbito de la acción real, el ser humano, entre los problemas, pierde todo aquello de tal manera que ya no recuerda su propia doctrina. Examinen con una mirada especialmente crítica las leyes humanas, como si les aplicaran un telescopio, y observen si en la norma que un muchacho del desierto árabe presentó ante el mundo —para cuya elaboración no se consultó a ningún consejo legislativo ni a ningún comité selecto— hay en algún lugar posibilidad alguna de incoherencia, defecto o desviación.
El sistema social islámico
Dos
Principios fundamentales y disposiciones obligatorias
El problema más importante en la formación de la sociedad, como se ha explicado en otro lugar, consiste en proteger la inclinación sexual de la desenfrenada lascivia y someterla a un orden y una disciplina. Pues sin ello no puede mantenerse el orden de la civilización. Si alguna vez se quebranta este principio, no queda ningún medio para proteger a las personas de una terrible degradación moral y mental. Con este objetivo, el islam ha sometido las relaciones entre hombres y mujeres a límites diferenciados y las ha vinculado a un único centro.
Hombres y mujeres prohibidos
En primer lugar, la ley islámica ha declarado ilícitos entre sí a aquellos hombres y mujeres que están obligados a convivir por estar unidos entre sí o por mantener una relación muy estrecha. Por ejemplo: madre e hijo, padre e hija, hermano y hermana, tía paterna y sobrino, tío paterno y sobrina, tía materna y sobrino, tío materno y sobrina, padrastro e hijastra, madrastra e hijastro, suegra y yerno, suegro y nuera, cuñada y cuñado [dos hermanas juntas], y los hombres y mujeres unidos por la lactancia. Al prohibir el matrimonio entre todos estos hombres y mujeres, los ha purificado de tal modo del deseo sexual que no puede concebirse ninguna clase de atracción sexual. [Naturalmente, si se trata de personas con instintos bestiales que no están sujetas a ningún vínculo moral, ese es un asunto aparte.]
Prohibición del adulterio
Después de establecer estos límites, la segunda restricción impuesta es la siguiente: toda mujer unida a otro hombre por el vínculo matrimonial es ilícita. Fuera de estas, se ha prohibido mantener relaciones sexuales ilícitas con las mujeres restantes.
(Árabe*********************************)
Ni siquiera os acerquéis a la fornicación. Porque, por un lado, es una obscenidad y, por otro, un camino errado.
—Sura Bani Isra’il: 32
Matrimonio
De este modo, mediante la aplicación de controles, obstáculos y prohibiciones, se han cerrado todos los caminos de la promiscuidad sexual. Sin embargo, se ha dejado abierto un camino para satisfacer los deseos y necesidades de la naturaleza animal del ser humano y para mantener en funcionamiento las leyes y normas establecidas por el taller de la naturaleza. Se ha dicho: «Satisfaced esta necesidad y deseo, pero no mediante relaciones aisladas e irregulares; tampoco a escondidas ni por el camino de la obscenidad pública. Más bien, mediante un procedimiento reglamentado y un anuncio público, haced que en vuestra sociedad todos sepan y conozcan que cierto hombre y cierta mujer han pasado a pertenecerse el uno al otro.
(Árabe************************)
Se os hicieron lícitas, aparte de estas mujeres, las demás, para que podáis establecer con ellas una relación legal a cambio de vuestros bienes [dote], no una relación sexual libre. ………. Por tanto, casaos con ellas con el permiso de sus tutores. ……. Que queden unidas en el vínculo matrimonial, no para aparentar ser amantes pública o secretamente. —Sura an-Nisa: 24-25
Observad aquí el equilibrio del islam. La relación sexual que fuera del vínculo matrimonial era haram y detestable, al entrar dentro de los límites del matrimonio no solo se hizo lícita, sino que se convirtió en una excelente obra de piedad. Se ordena aceptarla y se desaprueba abstenerse de ella. Tal relación entre marido y mujer se convierte en un acto de adoración. Incluso si la esposa ayuna voluntariamente o se dedica a la oración y a la recitación para evitar satisfacer el deseo legítimo de su marido, se convierte en pecadora. En este contexto, escuchad algunas de las nobles palabras del Noble Profeta (s.):
(Árabe******************************)
Debéis casaros. Porque el matrimonio es un excelente medio para proteger ambos ojos de la mirada impúdica y preservar las partes íntimas. Quienquiera de entre vosotros que no tenga capacidad para casarse, que ayune, pues el ayuno reprime el deseo sexual. -Tirmidhi
(Árabe***************************************)
¡Por Allah!, en cuanto a temer a Allah y protegerme de Su desagrado, soy el más adelantado de vosotros. Sin embargo, ayuno, rompo el ayuno, rezo, duermo por la noche y me caso. Esta es mi sunna, y quien se abstenga de mi sunna no tiene ninguna relación conmigo. -Bujari
(Árabe*********************************)
La esposa no debe observar un ayuno [voluntario] sin el permiso de su esposo. -Bujari
(Árabe*****************************)
A la mujer que pasa la noche separada de su esposo, los ángeles la maldicen hasta que regresa junto a su esposo. -Bujari
(Árabe*************************************)
Cuando alguno de vosotros vea a una mujer y se sienta atraído por su belleza, que vaya con su esposa. Porque todo lo que hay en esa mujer también lo hay en su esposa. —Tirmidhi
El propósito de la Sharía detrás de todas estas instrucciones es cerrar todos los caminos que conducen a la inmoralidad sexual. La relación sexual debe quedar confinada dentro de los límites del vínculo matrimonial. Fuera de esos límites, debe evitarse, en la medida de lo posible, cualquier tipo de excitación sexual. Cuando la excitación sexual surja debido a las exigencias de la naturaleza o a algún acontecimiento, debe establecerse un centro para satisfacerla. Ese centro es la esposa para el marido y el marido para la esposa. Todas estas disposiciones se han establecido para que el ser humano se proteja de toda excitación antinatural y provocada por él mismo, así como de las actividades desordenadas, y pueda dedicarse al orden civilizatorio con una energía concentrada. Todo el amor y la atracción sexuales que Allah Ta‘ala ha puesto en cada hombre y cada mujer para el funcionamiento de esta fábrica deben emplearse en la formación de la familia y en asegurar su estabilidad. La relación matrimonial es preferible en todos los aspectos, porque satisface las exigencias de la naturaleza humana y animal y cumple el propósito de la ley de Allah. Por el contrario, evitar el matrimonio es reprobable en todos los aspectos, porque conduce necesariamente a una de dos acciones censurables: o bien la persona no satisfará en absoluto las exigencias de la ley de la naturaleza y empleará su propia energía luchando contra ella, o bien, obligada por las exigencias de la naturaleza, satisfará sus deseos por medios desviados e ilícitos.
Organización de la familia
Después de establecer el deseo sexual como medio para crear la familia y asegurar su permanencia, el islam organiza la familia. También aquí ha prestado atención, con pleno equilibrio, a todos aquellos aspectos de la ley de la naturaleza que se han examinado anteriormente. He tratado detalladamente, en la obra titulada Haqquz-Zawjain [Los derechos de los esposos], la medida de justicia que se ha tenido en cuenta al determinar los derechos de hombres y mujeres. Al estudiarla, podrá saber que el islam ha establecido entre ambas categorías toda la igualdad que es posible establecer. Pero el islam no apoya ninguna igualdad contraria a la ley de la naturaleza. Como seres humanos, las mujeres tienen exactamente tantos derechos como los hombres.
(Árabe**********************************)
Pero, por ser el jefe, se le ha concedido dignidad personal, no en el sentido del honor del esposo, sino en el sentido de influencia y autoridad. Esto se le ha otorgado al hombre con justicia.
(Árabe********************************)
Así, después de establecer entre la mujer y el hombre la relación natural de “giyānī” y “giyān pradatte”, el islam organiza la familia de la siguiente manera:
La autoridad y el dominio del hombre
En la familia, el hombre ocupa la posición de jefe y administrador; es decir, es el gobernante, protector y responsable de los asuntos morales y de todos los demás asuntos de la familia. Su obediencia es obligatoria para su esposa y sus hijos [por supuesto, siempre que no les ordene desobedecer a Alá y al Mensajero]. Es responsabilidad del esposo ganarse el sustento de la familia y reunir los bienes necesarios para la vida cotidiana.
(Árabe************************************)
El hombre tiene autoridad sobre la mujer debido a que Alá ha concedido a uno de ellos una superioridad sobre el otro, y también porque el hombre gasta su dinero en la dote y la manutención. —Sura An-Nisá: 34
(Árabe********************************)
El hombre es el gobernante de su esposa, sus hijos y su familia, y por ello tendrá que rendir cuentas ante Alá en la otra vida. —Bujari
(Árabe*********************************)
La mujer virtuosa obedece a su esposo y, con la gracia de Alá, protege su honor durante su ausencia. —Sura An-Nisá: 34
(Árabe************************************)
El Profeta (la paz sea con él) dijo: cuando una mujer sale de su casa sin el permiso de su esposo, todos los ángeles del cielo continúan maldiciéndola, y hasta que regrese, todos, excepto los genios y los seres humanos, la condenan en cualquier dirección por la que pase.
(Árabe***********************************)
A aquellas de vuestras esposas de quienes temáis desobediencia, amonestadlas. Si con ello no desisten, separadlas de vuestro lecho. Y si aun así no se corrigen, golpeadlas. Pero si os obedecen, no busquéis pretexto para excederos. —Sura an-Nisá, 34
(Árabe********************************)
He ordenado al ser humano que trate bien a sus padres. Pero si ellos te presionan para que Me asocies algo de lo que no tienes conocimiento, no les obedezcas. —Sura al-Ankabut, 8
(Árabe************************************)
La familia ha sido organizada de tal manera que uno de sus miembros será su autoridad y gobernante. Respecto de quienes intenten destruir esta disciplina y este orden, el Profeta (la paz sea con él) pronunció la siguiente advertencia:
(Árabe************************************)
Quien intente deteriorar la relación de una esposa con su marido, no tiene nada que ver conmigo.
El ámbito de actividad de la mujer
En este sistema, la mujer ha sido convertida en la reina del hogar. La responsabilidad de ganarse el sustento recae sobre el marido, y administrar el hogar con el dinero obtenido es tarea de la mujer.
(Árabe********************************)
La mujer es la administradora del hogar de su marido y deberá rendir cuentas por la gestión de este gobierno. —Bujari
Ha sido liberada de las responsabilidades relacionadas con las labores fuera del hogar; por ejemplo, la oración del viernes no le ha sido prescrita como obligatoria. La yihad tampoco es obligatoria para ella; sin embargo, si surge la necesidad, puede ir a servir a los muyahidines. Esto se analizará detalladamente más adelante. No tiene necesidad de participar en la oración funeraria; más bien, se le ha disuadido de hacerlo. —Bujari
No se le ha impuesto como obligatorio realizar la oración en congregación ni asistir a la mezquita. Aunque se le ha permitido acudir a la mezquita bajo ciertas restricciones, esto no ha sido considerado algo preferible.
No se le permitió viajar sino acompañada de un hombre mahram. —Tirmidhi
En resumen, desde todos los puntos de vista se ha desaprobado que la mujer salga de su hogar, y según la normativa islámica, lo preferible para ella es permanecer en casa. (árabe******************) —[Su significado es: «Permaneced en el interior de vuestras casas». Algunos dicen que esta orden fue dirigida específicamente a las esposas del Profeta (s), porque la aleya comienza diciendo: «¡Oh, esposas del Profeta!». Pero, de todas las instrucciones dadas en esta aleya, ¿cuál de ellas es exclusiva de las esposas del Profeta? Se dijo: «Si sois piadosas, no habléis con nadie con un tono insinuante, pues quien tenga una enfermedad en el corazón podría albergar malas esperanzas respecto de vosotras. Hablad con palabras claras. Permaneced en vuestras casas. No salgáis exhibiendo adornos y atavíos como las mujeres de la época de la ignorancia. Rezad, dad el zakat y obedeced a Allah y al Mensajero. Allah quiere manteneros alejadas de toda impureza».
Reflexionad sobre estas instrucciones. ¿Cuál de ellas no se aplica a las mujeres en general? ¿Acaso las mujeres comunes no deben ser piadosas? ¿Acaso hablarán con hombres que no sean sus mahram con un tono insinuante? ¿Acaso se abstendrán de rezar, dar el zakat y obedecer a Allah y al Mensajero? ¿Acaso Allah quiere mantenerlas en la impureza? Si todas estas instrucciones se dirigen a las mujeres en general, ¿por qué únicamente las palabras «permaneced en el interior de vuestras casas» serían exclusivas de las esposas del Profeta?
En realidad, esta concepción errónea surgió porque al comienzo de la aleya la gente ve estas palabras: «¡Oh, esposas del Profeta! Vosotras no sois como las demás mujeres». Sin embargo, la forma de expresión es exactamente como cuando se dice a los hijos de una familia noble: «Vosotros no sois como los hijos de la gente común, para andar vagando por las calles del mercado y cometer malas acciones, ¿verdad?»
Debéis comportaros con un poco de cautela. Esto no significa que sea aceptable o deseable que los demás muchachos y muchachas vaguen por los mercados de manera descarada y que no sea necesario que sean buenos; más bien, con esta forma de hablar se pretende establecer un estándar de buena conducta, para que todo muchacho o muchacha que desee ser como los hijos de una familia noble procure alcanzar ese estándar. El Corán adoptó esta manera de aconsejar a las mujeres porque, en la época de la ignorancia árabe, gozaban de una libertad semejante a la que existe hoy en Europa. Por medio del Santo Profeta (s), se las iba convirtiendo gradualmente en seguidoras de la civilización islámica, y se les estaban fijando límites morales y normas de disciplina social. En estas circunstancias, la vida de las Madres de los Creyentes fue regulada de manera especial, para que pudieran ser un modelo para las demás mujeres y su forma de vida pudiera ser seguida en los hogares de los musulmanes comunes. Una opinión exactamente igual expresó el erudito Allama Abu Bakr Hissam en su obra titulada Ahkam al-Qur’an. Dice que, aunque esta instrucción fue revelada para el Profeta (s) y sus esposas, su aplicación se extiende por igual al Profeta universal y a los musulmanes comunes. Esto se debe a que se nos ha ordenado seguir al Profeta, y todas las órdenes que le fueron reveladas también se aplican a nosotros. Solo respecto de algunas órdenes específicas se ha declarado claramente que son exclusivas del Profeta. De la obra citada, tomo 3.
Este es el sentido evidente de la aleya. Sin embargo, no se impuso una severidad tan grande en este asunto porque en ciertas circunstancias puede ser necesario que las mujeres salgan de casa. Puede ocurrir que una mujer no tenga ningún tutor. También puede suceder que, debido a la pobreza económica del cabeza de familia, al desempleo, la enfermedad, la incapacidad u otras muchas razones semejantes, la mujer tenga que trabajar fuera de casa. En tales circunstancias, la ley ha dejado suficiente margen.
En un hadiz se dice:
(Árabe*****************************)
Allah os ha permitido salir de casa cuando sea necesario.
—Bujari
Pero el ámbito de actividad de la mujer es su hogar. En este sistema social islámico, este tipo de permiso, concedido por las circunstancias y la necesidad, no introduce ninguna modificación en dicha norma. Es simplemente un permiso para una situación particular y debe mantenerse como tal.
Restricciones necesarias
A la mujer adulta se le ha concedido suficiente libertad en sus asuntos personales. Sin embargo, no se le ha concedido tanta libertad como a un hombre adulto. Por ejemplo:
El hombre puede ir adonde quiera según su voluntad. Pero la mujer —sea soltera, casada o viuda— necesita, en todas las circunstancias, que durante el viaje la acompañe un hombre mahram.
(Árabe************)
La mujer que cree en Allah y en el Más Allá no puede viajar durante tres días o más sin que la acompañen su padre, su hermano, su esposo, su hijo o algún hombre mahram.
(Árabe****************)
Transmitido por Hazrat Abu Huraira (que Allah esté complacido con él): el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Una mujer no debe emprender un viaje de un día y una noche mientras no haya con ella un hombre mahram».
(Árabe*****************)
También se ha transmitido de Hazrat Abu Huraira que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No es lícito para una mujer musulmana viajar siquiera una noche sin un hombre mahram». —Abu Dawud
La discrepancia en estas narraciones respecto a la duración del viaje no hace especialmente importante que sea de uno o dos días. Lo importante es que no se ha concedido a la mujer libertad para viajar sola, porque ello es sumamente perjudicial. Por eso, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no dio tanta importancia a fijar la duración del viaje. Mencionó diferentes duraciones en función de las distintas circunstancias, épocas y situaciones.
Al hombre se le ha concedido plena libertad en lo que respecta a su matrimonio. Puede casarse con cualquier mujer musulmana o de la Gente del Libro, y también puede tener una esclava. Pero la mujer no es plenamente libre en este asunto. No puede casarse con ningún no musulmán.
(Árabe************)
Ella no es lícita para ellos, ni ellos son lícitos para ella. —Sura Al-Mumtahana: 10
Tampoco puede mantener relaciones sexuales con ese esclavo. Así como el Corán ha permitido al hombre mantener relaciones sexuales con una esclava, no se ha concedido tal permiso a la mujer. Durante la época de Umar (que Allah esté complacido con él), una mujer, interpretando erróneamente el Corán, mantuvo relaciones sexuales con su esclavo. Cuando Umar (que Allah esté complacido con él) se enteró, presentó el asunto ante la asamblea consultiva de los compañeros para debatirlo. Tras la discusión, se adoptó por unanimidad la siguiente decisión:
(Árabe***********)
Ha tergiversado el Libro de Allah.
Cuando otra mujer pidió a Umar (que Allah esté complacido con él) permiso para realizar un acto semejante, él la castigó severamente y dijo:
(Árabe************)
Mientras las mujeres árabes se mantengan a salvo de las acciones reprobables, eso será beneficioso para ellas.
La mujer puede elegir como esposo a cualquier hombre musulmán libre, excepto a un esclavo o a un infiel. Sin embargo, también en este asunto es necesario obtener el permiso de su padre, abuelo, hermano y demás tutores. El tutor tampoco tiene derecho a casarla con alguien contra la voluntad de la mujer. Pues, sobre este asunto, existe una instrucción del Profeta:
(Árabe***********)
En la decisión de elegir esposo, la joven tiene más derecho que su tutor.
(Árabe**********)
No se debe casar a una joven virgen sin su consentimiento.
Pero tampoco es apropiado que una mujer se case con quien quiera, en contra de la opinión de los hombres responsables de su familia. Por eso, siempre que en el Noble Corán se menciona el matrimonio de un hombre, se habla de que él mismo contraiga matrimonio. Por ejemplo:
(Árabe***********)
No os caséis con mujeres politeístas.
(Árabe************)
Se casan con ellas con el consentimiento de los miembros de sus familias.
Pero allí donde se menciona el matrimonio de las mujeres, se habla de casarlas. Por ejemplo:
(Árabe**********)
Casad a las mujeres viudas.
(Árabe**************)
No caséis a vuestras mujeres con hombres idólatras antes de que estos crean.
El significado de todo esto es que, así como la mujer casada está bajo la autoridad de su esposo, la mujer soltera está bajo la autoridad de la persona responsable de la familia. Pero esta subordinación no significa que carezca de libertad para expresar su voluntad y realizar sus actividades, ni que carezca por completo de libertad en sus propios asuntos. Su verdadero sentido es que corresponde al hombre proteger el orden social de las fracturas y el desorden, y proteger el carácter y las actividades de la familia de los peligros internos y externos. Para mantener este orden, es deber indispensable de la mujer obedecer a quien tenga la responsabilidad de preservarlo, ya sea su esposo, su padre o su hermano.
Los derechos de la mujer
De este modo, el islam, al reconocer como una verdad natural que Dios ha otorgado a algunos una dignidad superior a la de otros, también ha determinado correctamente que los hombres tienen cierta superioridad sobre las mujeres. Asimismo, reconoce correctamente la diferencia biológica y psicológica que existe entre la mujer y el hombre. Mantiene exactamente esa diferencia en la medida en que existe y, conforme a su naturaleza, determina su dignidad y sus asignaciones. Después de esto, la cuestión importante es la de los derechos de la mujer. Al determinar estos derechos, el islam ha tenido en cuenta tres aspectos.
En primer lugar, la autoridad concedida al hombre únicamente para mantener el orden familiar no debe ser utilizada por él como una oportunidad para cometer injusticias, ni debe ocurrir que la relación entre gobernante y gobernada se convierta en una relación entre amo y esclava.
En segundo lugar, deben concederse a la mujer todas aquellas oportunidades que le permitan desarrollar sus talentos naturales dentro de los límites de la organización social y participar, en la medida de lo posible, de la mejor manera en la construcción de la civilización.
En tercer lugar, debe ser posible que la mujer ascienda a las cumbres más elevadas del progreso y del éxito. Pero todo lo que logre en su progreso y éxito lo logrará como mujer. No tiene derecho a adoptar la apariencia de un hombre, y formarla para que lleve una vida masculina no es beneficioso ni para ella ni para la civilización. Además, no puede alcanzar el éxito llevando una vida masculina.
Teniendo plenamente en cuenta los tres asuntos mencionados, el Islam ha concedido a la mujer derechos civilizatorios y económicos tan amplios, la ha honrado con una consideración y una dignidad tan elevadas, y ha establecido, mediante directrices morales y jurídicas, garantías tan permanentes para proteger todos esos derechos y esa dignidad, que no puede hallarse un ejemplo semejante en ningún sistema social antiguo o moderno del mundo.
Derechos económicos
El asunto más importante y necesario, por medio del cual se establece la dignidad de una persona en la sociedad y mediante el cual puede conservarla intacta, es su posición económica. Todas las leyes y normas, excepto el Islam, han mantenido a la mujer en una situación de debilidad económica, y la principal causa de la esclavitud de la mujer en la sociedad ha sido precisamente su penuria financiera. Europa quiso poner fin a esta situación y, para ello, convirtió a la mujer en una persona asalariada. Como consecuencia, provocó otro gran mal. El Islam adoptó un camino intermedio entre ambas posiciones. Concedió a la mujer amplios derechos sucesorios. Ella recibe la herencia de su padre, esposo, hijos y demás parientes cercanos (según la ley sucesoria, a la mujer se le ha asignado la mitad de la parte del hombre. La razón es que la mujer recibe de su esposo el mahr y la manutención, mientras que el hombre carece de estas prestaciones. La manutención de la mujer no solo es obligatoria para el esposo, sino que, si este no existe, el padre, el hermano, los hijos u otros parientes responsables están obligados a mantenerla. Por tanto, como la mujer no ha recibido las grandes responsabilidades que recaen sobre el hombre, tampoco se le ha asignado la parte de la herencia que corresponde al hombre). Además, recibe de su esposo el mahr. De todos los bienes que obtiene por estos medios pasa a ser plena propietaria y titular, y ni su padre, ni su esposo ni ninguna otra persona tiene derecho alguno a disponer de ellos. Asimismo, si invierte capital en algún negocio o gana dinero mediante su propio trabajo, también será propietaria de ello. A pesar de todo esto, la responsabilidad total de su manutención recae sobre el esposo. Por muy rica que sea la esposa, el esposo no puede quedar exento de la obligación de mantenerla. De este modo, en el Islam la situación económica de la mujer ha sido fortalecida tanto que muchas veces se encuentra en una posición mejor que la del hombre.
Derechos civilizatorios
Se ha concedido a la mujer plena libertad para elegir esposo. Nadie puede casarla en ningún lugar contra su voluntad ni obligarla a ello. Sin embargo, si elige como esposo a un hombre inferior a ella en linaje, en tal caso sus tutores tendrán derecho a objetar.
Se ha concedido a la mujer pleno derecho a divorciarse de un esposo desafecto, opresor o incapaz. El islam ordena que los derechos concedidos al esposo sobre la esposa se ejerzan con buen trato y compasión. El Corán dice:
(Árabe**************************)
Tratad bien a las mujeres
(Árabe**************************)
No olvidéis hacer que vuestra relación mutua sea compasiva y afectuosa.
El Noble Profeta (s) dijo:
(Árabe**************************)
Los mejores de entre vosotros son quienes son mejores con sus esposas y quienes tratan afectuosamente a sus propios familiares.
Esto no es solo un consejo moral. Si el marido comete injusticia y opresión al ejercer sus derechos sobre la esposa, esta tendrá derecho a recurrir a medidas legales.
4. A las viudas, a las mujeres divorciadas y a aquellas cuyo matrimonio haya sido disuelto conforme a la ley, o que hayan sido separadas de sus maridos, se les ha concedido pleno derecho a contraer un segundo matrimonio. Se ha declarado claramente al respecto que el exmarido ni ninguno de sus parientes tienen derecho alguno sobre esas mujeres. En la mayoría de los Estados de Europa y América no se ha concedido a las mujeres un derecho semejante.
5. En el derecho civil y penal se ha establecido plena igualdad entre mujeres y hombres. En cuanto a la protección de los bienes, la vida, la dignidad y el honor, el islam no establece ninguna diferencia entre mujeres y hombres.
La educación de la mujer
A la mujer no solo se le ha permitido adquirir educación religiosa y mundana; también se ha considerado que su educación es tan necesaria como la del hombre. Así como los hombres recibían del Noble Profeta (s) educación religiosa y moral, también la recibían las mujeres. Se les asignaba un tiempo y acudían entonces ante el Noble Profeta (s) para recibir instrucción de él. Las esposas del Profeta, especialmente la honorable Aisha Siddiqah (r), fueron maestras no solo de las mujeres, sino también de los hombres; grandes compañeros y tabi‘un aprendían de ella hadices, tafsir y fiqh. No hace falta mencionar a las personas nobles: el Noble Profeta (s) incluso ordenó que se impartiera educación a las esclavas. Él dijo:
(Árabe********************************)
Quien tenga una esclava y le imparta una buena educación, le enseñe buenos modales y decoro, luego la libere y se case con ella, recibirá una recompensa doble.
Bujari
Por lo tanto, desde el punto de vista de la educación y la formación básicas, no existe diferencia alguna entre el hombre y la mujer según el islam. Naturalmente, es necesario que haya una diferencia en el tipo de educación. Desde la perspectiva del islam, la verdadera educación de la mujer consiste en formarla como una excelente esposa, una excelente madre y una excelente ama de casa. Puesto que su ámbito de actividad es el hogar, es necesario proporcionarle una educación que pueda hacerla más apta para este ámbito. Además, necesita aquellos conocimientos y saberes que puedan formar al ser humano como una persona verdaderamente humana, forjar su carácter y ampliar su perspectiva. Este tipo de educación y formación es indispensable para toda mujer. Después, si alguna mujer posee una sabiduría y una capacidad mental excepcionales y, aun después de recibir esta educación y formación, desea obtener una educación superior en otras ciencias y disciplinas, el islam no le pondrá obstáculos. Pero la condición es que no transgreda los límites establecidos por la sharía.
La verdadera emancipación de la mujer [Emancipación]
Todo esto se refiere únicamente a los derechos. Pero por todo ello no se puede apreciar la enorme gracia que el islam ha concedido a la mujer. Toda la historia de la civilización humana atestigua que, en el mundo, la mujer era considerada la personificación de la humillación, la vergüenza y el pecado. Para el padre, el nacimiento de una hija era un enorme delito y una cuestión vergonzosa. Se había extendido la costumbre de matar a las hijas para evitar la humillación de la relación con los suegros. [El Corán describe con palabras la mentalidad de esta época de la ignorancia:
(Árabe********************************)
Cuando se comunicaba a alguno de ellos la noticia del nacimiento de una niña, su rostro se ensombrecía, como si hubiera bebido veneno. Ante esta noticia se sentía tan avergonzado que no podía mostrar su rostro. No podía dejarse ver. Pensaba así: «¿La aceptaré con la humillación que conlleva, o la enterraré en la tierra?»]
Dejando de lado a los ignorantes y analfabetos, incluso los líderes religiosos de las sociedades cultas se habían enfrentado durante mucho tiempo a la cuestión de si la mujer era realmente un ser humano, de si Dios había puesto algún alma en ellas, y cosas semejantes. Según la religión hindú, los Vedas están prohibidos para las mujeres. Según el budismo, no existe ningún camino hacia el nirvana para quien entabla relaciones con una mujer. Según las religiones cristiana y judía, únicamente la mujer es responsable del pecado humano. En Grecia, las amas de casa no tenían educación, civilización, cultura ni derechos sociales. En Roma, Irán, Egipto, China y otros centros de civilización, la situación de la mujer era prácticamente similar. Como consecuencia de siglos de esclavitud, subordinación y odio y humillación universales, el sentimiento de dignidad había desaparecido del corazón de la mujer. Había olvidado con qué derechos había nacido en el mundo y que existía para ella un lugar de honor. El hombre consideraba que maltratarla y oprimirla era su derecho, y la mujer consideraba que soportar todas aquellas vejaciones era su deber. Se había arraigado en ella una actitud servil, hasta el punto de que se había arraigado en ella una actitud servil de tal manera que se enorgullecía de llamarse esclava de su propio marido, y la adoración del esposo era su religión.
En semejante situación, quien introdujo una enorme revolución no solo en el ámbito jurídico, sino también en el psicológico, fue el islam. Solo el islam transformó en el hombre y la mujer la mentalidad antes mencionada. Los lemas sobre los derechos de la mujer, la educación de la mujer y el despertar de la mujer que hoy se oyen son el eco de aquel mensaje revolucionario pronunciado por Hazrat Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él). Él cambió el rumbo del pensamiento humano, y solo él hizo oír a los habitantes del mundo que la mujer es exactamente un ser humano, igual que el hombre.
(Árabe***************************)
Alá Todopoderoso os ha creado a todos a partir de un solo ser humano, y de él ha creado una pareja. A los ojos de Alá no existe ninguna diferencia entre la mujer y el hombre.
Sura an-Nisá: 1
(Árabe***************************)
El hombre recibirá el resultado de sus actos, y la mujer recibirá exactamente el resultado de sus actos.
Sura an-Nisá: 32
Así como el hombre puede alcanzar un rango elevado mediante la fe, las buenas obras y el progreso espiritual, también está abierto para la mujer el camino hacia ese mismo rango. Si un hombre puede llegar a ser Ibrahim ibn Adham, nadie puede impedir que una mujer llegue a ser Rabia Basri.
(Árabe***************************)
Su Señor les respondió a sus súplicas: «No dejaré que se pierda la obra de ninguno de vosotros que obre, ya sea hombre o mujer; unos procedéis de otros».
– Al Imrán: 195
(Árabe***************************)
Y quienquiera que obre de la mejor manera, sea mujer u hombre, pero sea creyente, entrará en el Paraíso y no se les hará la menor injusticia.
_An-Nisá: 124
Asimismo, Muhammad (s) fue la única persona que advirtió a los hombres que, así como los hombres tienen derechos sobre las mujeres, las mujeres también tienen derechos sobre los hombres.
(Árabe***************************)
Así como la mujer tiene responsabilidades y deberes, también tiene derechos.
Además, Hazrat Muhammad (s) liberó a la mujer de la vergüenza, la humillación y la deshonra, y la honró con dignidad y respeto. Les dijo a los padres que una hija no es motivo de vergüenza para ellos, sino que, al criarla y cumplir sus derechos, pueden alcanzar el Paraíso.
(Árabe***************************)
Si una persona cría a sus dos hijas hasta que alcanzan la madurez, esa persona y yo llegaremos juntos el Día de la Resurrección, así como están juntas mis dos dedos.
Muslim
(Árabe***************************)
Si alguien tiene una hija y la cría, ella será para él una barrera contra el Infierno.
—Nasāʾī
El Noble Profeta (la paz sea con él) le dijo al esposo que una buena esposa es para él la mayor bendición del mundo.
(Árabe***************************)
Entre las bendiciones del mundo, la mejor es una buena esposa
An-Nasa’i
(Árabe***************************)
Entre las cosas del mundo, las mujeres y el perfume son lo más amado para mí, y la oración es la frescura de mis ojos.
An-Nasa’i
(Árabe***************************)
Entre las bendiciones del mundo, no hay nada mejor que una esposa excelente.
Ibn Mājah
Solo el Profeta del islam, Hazrat Muhammad (s.), declaró que, después de Allah y de Su Mensajero, la madre es quien merece el mayor respeto, honor y buen trato.
(Árabe***************************)
Un hombre preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Quién tiene el mayor derecho a recibir buen trato de mi parte?». El Mensajero respondió: «Tu madre». Él preguntó: «¿Y después quién?». Respondió: «Tu madre». Preguntó: «¿Y después quién?». Respondió: «Tu madre». Preguntó: «¿Y después de ella quién?». Respondió: «Tu padre».
Al-Bujari.
(Árabe***************************)
Allah Altísimo ha declarado ilícitas para vosotros la desobediencia a la madre y la privación de sus derechos. —Al-Bujari
El Noble Profeta (s.) también hizo saber a la gente que la abundancia de emotividad, la delicadeza de las sensaciones y la inclinación hacia los extremos son propias de la naturaleza de la mujer. Allah la creó con esta naturaleza, y ello no es un defecto de la feminidad; al contrario, esa es precisamente su belleza. Las personas solo pueden beneficiarse de ella en la medida en que la mantengan conforme a esa naturaleza. Si intentan hacerla recta y rígida como un hombre, se quebrará.
Así, el Noble Profeta (s.) fue la primera y la última persona que transformó, respecto de la mujer, no solo la mentalidad de los hombres, sino también la de las propias mujeres, y creó, en lugar de la mentalidad de la época de la ignorancia, una mentalidad correcta, cuya base no es la emotividad, sino que está establecida sobre el conocimiento y la razón. Después, no se limitó a realizar reformas y correcciones espirituales, sino que también estableció, mediante la ley, la protección de los derechos de la mujer y la prevención de la injusticia y la opresión de los hombres. Además, despertó en las mujeres tal grado de conciencia que pudieron comprender sus derechos legítimos y recurrir a la ley para protegerlos.
El Profeta (s) sentía tanta compasión, afecto y ternura por las mujeres, y era un protector tan firme de ellas, que, si sufrían la más mínima injusticia o maltrato, acudían inmediatamente a quejarse ante el Profeta. Los hombres también vivían atemorizados, pensando que quizá en cualquier momento las mujeres presentarían una queja contra ellos ante el Profeta.
Hazrat Abdullah ibn Umar (ra) dijo:
Mientras el Profeta (s) estuvo vivo, éramos sumamente cuidadosos en nuestro trato con nuestras esposas, por temor a que de pronto descendiera sobre nosotros alguna orden punitiva. Después del fallecimiento del Profeta (s), comenzamos a hablar con ellas con total franqueza. —Bujari
Según una narración de Ibn Majah, el Profeta (s) prohibió levantar la mano contra la esposa. En cierta ocasión, Hazrat Umar (ra) se quejó de que las mujeres se habían vuelto muy insolentes. Dijo que debería permitirse golpearlas para hacerlas obedientes. El Profeta (s) lo permitió. Parecía que la gente llevaba mucho tiempo esperando aquella autorización. El mismo día en que se concedió, setenta mujeres fueron golpeadas por sus maridos. Al día siguiente, la casa del Profeta se llenó de mujeres que acudían a presentar quejas. El Profeta (s) reunió a la gente y dijo:
(Árabe************************************************)
Hoy, setenta mujeres han rodeado a la familia del Profeta Muhammad (s). Cada una de ellas se quejaba de su marido. Quienes han hecho algo semejante no son buenas personas entre vosotros.
El resultado de reformas morales y legales de esta índole es que, en la sociedad islámica, se ha concedido a la mujer una dignidad tan elevada que no puede encontrarse un ejemplo semejante en ninguna otra sociedad del mundo. Una mujer musulmana puede ascender, en la vida terrenal y en los asuntos de la religión, a cumbres tan elevadas de honor y progreso —en lo material, lo espiritual y la sensatez— que se considera que solo el hombre puede alcanzar. Su condición de mujer no constituye en modo alguno un obstáculo para ello. En este siglo XX, el mundo se encuentra muy por detrás del islam. La humanidad no ha podido alcanzar la cumbre del pensamiento a la que ha llegado el islam. Todo cuanto los países occidentales han concedido a la mujer no se lo han concedido en cuanto mujer, sino convirtiéndola en hombre. En realidad, a sus ojos la mujer sigue siendo despreciada, tal como lo era en la época de la ignorancia. Reina del hogar, esposa del marido, madre de los hijos; en suma, para una mujer verdaderamente femenina todavía no existe ninguna dignidad. Si existe honor y dignidad, son para ese «hombre de género femenino» o para esa mujer con forma de hombre: físicamente mujer, pero mentalmente hombre, que desempeña en la civilización y en la sociedad las mismas funciones que un hombre. Es decir, no se trata de la dignidad de la feminidad, sino de la dignidad de la masculinidad. Además, una clara prueba del complejo de inferioridad y de la perturbación mental es que la mujer occidental viste con orgullo ropa de hombre, mientras que ningún hombre se atreve siquiera a salir en público vestido con ropa de mujer. Para las mujeres occidentales, ser esposa es algo humillante; en cambio, para ningún hombre es humillante ser esposo. La mujer se siente honrada al realizar trabajos propios del hombre, mientras que ningún hombre ha concedido honor a tareas femeninas como las labores del hogar y la crianza de los hijos. Esta obra la ha realizado únicamente el islam: al mantener a la mujer en su lugar natural, le ha concedido una elevada dignidad en la civilización y en la sociedad. En realidad, solo el islam ha elevado la dignidad de la feminidad. La civilización islámica mantiene a la mujer como mujer y al hombre como hombre, y exige de cada uno, por separado, aquellas tareas para las que la naturaleza los ha creado. Después, manteniendo a cada cual en su lugar, les ha concedido iguales oportunidades de honor, progreso y éxito. A sus ojos, tanto la feminidad como la masculinidad son partes necesarias de la humanidad. Ambas tienen la misma importancia en la formación de la civilización. El servicio que ambos prestan dentro de sus respectivos ámbitos es igualmente beneficioso y merece la misma dignidad. No hay nobleza alguna en la masculinidad ni humillación alguna en la feminidad. Así como el hombre, permaneciendo hombre y realizando tareas propias del hombre, obtiene honor, progreso y éxito, del mismo modo la mujer, permaneciendo mujer y realizando tareas femeninas, obtendrá precisamente por ello honor, progreso y éxito. La función de una civilización recta es mantener a la mujer en su ámbito natural de actividad, concederle plenos derechos humanos, cubrirla de honor y respeto, desarrollar mediante la educación su talento oculto y abrirle, dentro de ese ámbito y esos límites, el camino hacia el progreso y el éxito.
El sistema social islámico
।।Tres।।
Protección
Esta era la estructura completa del sistema social islámico. Antes de avanzar, examinemos una vez más las características importantes de esta estructura.
1. El objetivo de este sistema es mantener el entorno colectivo, en la medida de lo posible, libre de excitación y agitación sexual, para que las fuerzas físicas y mentales del ser humano tengan la oportunidad de desarrollarse en un ambiente puro y pacífico, y pueda participar en la construcción de la civilización mediante sus fuerzas conservadas y reunidas.
2. Las relaciones sexuales deberán limitarse por completo al ámbito matrimonial, y fuera de este ámbito no solo se impedirá todo desorden en la conducta, sino que también se cerrarán, en la medida de lo posible, todos los caminos que conduzcan al desorden del pensamiento.
3. El ámbito laboral de la mujer será distinto del ámbito laboral del hombre. Teniendo en cuenta la naturaleza de ambos, así como sus capacidades mentales y físicas, se les confiarán diferentes responsabilidades en la construcción de la civilización. Sus relaciones se organizarán de tal manera que, dentro de los límites legítimos, se ayuden mutuamente. Pero nadie interferirá en el trabajo del otro traspasando esos límites.
4. Dentro de la disciplina familiar, el hombre tendrá la dignidad de servidor, y todos los miembros del hogar obedecerán al jefe de la familia.
5. Tanto las mujeres como los hombres tendrán derechos humanos, y a ambos deberá brindárseles la oportunidad de progresar. Pero no podrán transgredir los límites establecidos para ellos en la sociedad.
Para el sistema social cuya base se ha establecido sobre este modelo, se necesitan ciertos mecanismos de preservación que permitan mantener intacto su orden, con todas sus características. Estos mecanismos de preservación del islam son de tres tipos:
a) Reforma espiritual,
b) leyes penales,
c) medidas preventivas.
Estos tres tipos de mecanismos de preservación se han propuesto teniendo en cuenta la naturaleza del sistema social y su adecuación a sus objetivos, y cumplen conjuntamente la función de mantenerlo.
Mediante la reforma espiritual, se instruye a la persona de tal manera que, espontáneamente, se vuelve proclive a obedecer este sistema social, exista o no exteriormente alguna fuerza que la obligue a obedecerlo.
Por medio de las leyes penales, se cierra el paso a toda clase de delitos que destruyen este sistema.
Mediante las medidas preventivas, se ha introducido en la vida social un método que purifica el ambiente de la sociedad de la excitación anormal y de los comportamientos artificiales, y reduce por completo el riesgo de desenfreno sexual. Este método crea en el camino de quienes no han sido reformados espiritualmente mediante la educación moral y tampoco temen las leyes penales tales obstáculos que, pese a albergar interés y deseo por el desenfreno sexual, les resulta difícil adoptar medidas efectivas. Además, es un método que separa los ámbitos de hombres y mujeres, establece el orden familiar de una manera verdaderamente islámica y mantiene las fronteras que el islam ha establecido para conservar la diferencia entre hombres y mujeres en la vida.
Reforma espiritual
En el islam, la base de la obediencia se ha establecido por completo sobre la fe. Para quien cree en Allah, en Su Libro y en Su Mensajero, son los mandatos y prohibiciones de la sharía. Para obedecer los mandatos y abstenerse de las prohibiciones, necesita saber al menos que Allah ha ordenado tal asunto y ha prohibido tal otro. Por tanto, cuando un creyente sabe por el Libro de Allah que Allah ha prohibido la obscenidad y las malas acciones, su fe le exige abstenerse de tales actos y evitar también que su mente se sienta atraída por ellos. Del mismo modo, cuando una mujer sabe qué posición le han asignado Allah y Su Mensajero en la sociedad, su fe le exige aceptar esa posición con satisfacción y disposición, sin transgredir sus propios límites. Así, al igual que en los demás ámbitos de la vida, la obediencia correcta y completa al islam en los límites de la moralidad y de la vida social depende de la fe. Por eso, antes de impartir cualquier instrucción sobre moralidad y vida social, el islam llama primero a la fe y procura arraigarla firmemente en el corazón.
Este es un medio fundamental de reforma espiritual, relacionado no solo con la moralidad, sino con todo el sistema islámico. Además, especialmente en el ámbito del carácter, el islam ha adoptado un método científico de educación y formación, cuya breve descripción se ofrece a continuación:
La vergüenza:
Ya se ha dicho que el ser humano, influido y guiado por su naturaleza animal, comete adulterio, roba, miente y comete otros delitos; todo ello es contrario a la naturaleza humana. En el lenguaje del Corán, estas acciones se denominan «munkar». La palabra «munkar» significa «ignorante» o «desconocido». Llamar «munkar» a todas estas acciones significa que son actos que la naturaleza humana no reconoce y que, cuando su naturaleza animal lo obliga a cometerlos, contempla con aversión estos actos «munkar» o desconocidos. El sabio Legislador de la sharía ha señalado este objeto o elemento, y ese elemento es la vergüenza.
La vergüenza que siente ante su propia naturaleza y ante Allah la persona atraída por las acciones «munkar» se denomina «haya» en la terminología islámica. Haya significa vergüenza. Esta vergüenza es una fuerza que impide al ser humano cometer obscenidades y otras acciones munkar o reprobables. Si alguna vez, influido y guiado por su naturaleza animal, comete una mala acción, este mismo elemento (la vergüenza) atormenta su conciencia. En resumen, la educación moral islámica consiste en sacar este elemento latente de la vergüenza de las profundidades de la naturaleza humana, cultivarlo mediante el conocimiento, la capacidad de comprensión y la conciencia, crear así un firme sentimiento moral y asignarlo como un guardián en la mente del ser humano. Esta es precisamente la explicación del siguiente hadiz:
(Árabe************************************************************************)
Cada religión tiene su propio carácter, y el carácter del islam es la vergüenza.
Otro hadiz también arroja luz sobre esto:
(Árabe**********************************************)
Si no tienes vergüenza, haz lo que quieras.
Porque, cuando ya no existe la vergüenza, el instinto de naturaleza animal triunfa sobre el ser humano, y entonces, para él, el «munkar» deja de ser «munkar».
La vergüenza natural del ser humano es como una sustancia sin forma, que no adopta ninguna forma determinada. Siente una aversión instintiva hacia todos los actos reprobables, pero carece de conciencia de ellos. Por eso no sabe por qué siente aversión hacia una acción concreta; esta ignorancia va debilitando gradualmente su sentimiento de aversión. Después, bajo la presión de los instintos animales, el ser humano comienza a cometer actos reprobables y, tras repetirlos una y otra vez, finalmente pierde el sentimiento de vergüenza. El propósito de la educación moral islámica es eliminar esta ignorancia. No solo le informa sobre los actos «munkar» manifiestos, sino que también los hace claramente visibles en los rincones secretos del corazón. Le advierte de la nocividad de cada acto reprobable, para que lo deteste con discernimiento interior. Luego, la educación moral vuelve tan sensible esa vergüenza educada que ninguna inclinación, por mínima que sea, hacia un acto reprobable permanece oculta para él, y tampoco deja de emitir una advertencia ante el menor desvío del deseo o la pasión.
En la moral islámica, el ámbito de la vergüenza es tan amplio que ningún aspecto de la vida queda fuera de él. Por ejemplo, en el ámbito de la civilización y la sociedad relacionado con la vida sexual humana, el islam también se ha servido de ella para la reforma moral. Al revelar a la mente humana el delicado y dulce secreto de los asuntos sexuales, hace que la vergüenza esté alerta respecto de ellos y la pone a cargo de su supervisión. No hay aquí ocasión para una exposición detallada. Me limitaré a presentar algunos ejemplos.
El ladrón de la mente
Desde el punto de vista de la ley, el adulterio se comete mediante la unión y el contacto físico. Pero, desde el punto de vista de la moral, fuera de los límites del matrimonio, la inclinación hacia una persona del sexo opuesto constituye adulterio en cuanto deseo y pasión. Deleitar los ojos con la belleza de una persona desconocida, disfrutar de su voz en los oídos, emplear una forma de hablar seductora en la conversación y dirigir repetidamente los pasos hacia su vivienda: todo esto es el preludio del adulterio y, en esencia, adulterio. La ley no puede detectar semejante adulterio. Es el ladrón de la mente, y solo la policía de la mente puede arrestarlo. A este respecto, en un hadiz se pronunció la siguiente advertencia:
(Árabe************************************************************************)
Los dos ojos cometen adulterio, y su adulterio es la mirada; las dos manos cometen adulterio, y su adulterio es el tacto; los dos pies cometen adulterio, y su adulterio es caminar por ese camino; la conversación es el adulterio de la lengua; los deseos y anhelos son el adulterio de la mente; finalmente, el órgano sexual confirma la veracidad o falsedad de todo ello.
El daño de la mirada
La mirada es el mayor ladrón de la mente. Por eso, el Noble Corán y los hadices la señalan en primer lugar. El Corán dice:
(Árabe*********************************************************)
¡Oh, Profeta! Di a los hombres creyentes que aparten sus miradas de las mujeres ajenas y que protejan sus partes íntimas. Eso es más puro para ellos. Alá está bien informado de lo que hacen. Y ¡oh, Profeta! Di a las mujeres creyentes que aparten sus miradas de los hombres ajenos y que protejan sus partes íntimas. —Sura An-Nur: 30-31
En un hadiz se dice:
(Árabe***********************************************)
¡Oh, hijos de Adán! Vuestra primera mirada es perdonable. Pero cuidado: no lancéis una segunda mirada. —Al-Yassas
Le fue dicho a Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él):
¡Oh, Ali! No dirijas una segunda mirada después de la primera. La primera es perdonable, pero la segunda no.
Hazrat Yáber (que Dios esté complacido con él) preguntó: «¿Qué debo hacer si mi mirada cae de repente sobre algo?». El Profeta respondió: «Aparta inmediatamente la mirada». —Abu Dawud
La tendencia a exhibir la belleza
El deseo de la mujer de exhibir su belleza es también una de las causas de las consecuencias nocivas de la mirada. El deseo no siempre se manifiesta claramente. Oculto detrás del velo del corazón, en algún lugar, permanece el deseo de exhibir la belleza, y este se revela en la elegancia del atuendo, en el arreglo del cabello, en la elección de ropas finas y lujosas y en otros asuntos semejantes. El Corán emplea para todo ello el término general «tabarruy de la yahiliya». La exhibición de la belleza y el atuendo que se realizan con el propósito de deleitar los ojos de otros distintos del esposo reciben el nombre de «tabarruy de la yahiliya». Si se embellece cualquier cosa con este propósito, también será considerada «tabarruy de la yahiliya». No se puede promulgar ninguna ley para esto. Depende de la conciencia de la mujer. Ella misma debe examinar su corazón y comprobar si allí se oculta algún deseo impuro. Si lo hay, la orden de Alá para ella es:
No os adornéis ni os exhibáis como os adornabais y exhibíais en la época de la yahiliya. —Al-Ahzab: 33
El adorno tras el cual no hay ningún deseo ni intención impura es el adorno islámico. Aquel en el que haya siquiera el más mínimo deseo malo es el adorno de la yahiliya.
El daño de la lengua
La lengua es otro agente del demonio de la mente. No hay límite para los daños que continuamente se cometen y se extienden por medio de la lengua. Un hombre y una mujer conversan. No se manifiesta claramente ningún deseo indebido, pero el ladrón oculto de la mente sigue creando dulzura en la voz, atractivo en la manera de hablar y un encantamiento en la conversación. El Corán descubre a este ladrón de la mente:
(Árabe********************************)
Si teméis a Alá, no habléis con tono insinuante con otras personas. De lo contrario, quien tenga una enfermedad en el corazón abrigará esperanzas respecto de vosotros. Y cuando habléis, hacedlo de manera sencilla y directa, como habla normalmente una persona con otra. —Al-Ahzab: 32
Este ladrón de la mente disfruta describiendo y escuchando los pormenores de las relaciones sexuales lícitas o ilícitas de otras personas. Para disfrutar de este placer, se cantan canciones amorosas, se cuentan historias de amor verdaderas y falsas, y todo ello se propaga en la sociedad como el tenue calor de un fuego que arde lentamente.
El Corán dice:
Quienes desean que la indecencia se propague entre los musulmanes tendrán un castigo doloroso en este mundo y también en el Más Allá. An-Nur: 19
Hay muchas otras categorías de daños causados por la lengua, y en cada una de ellas hay un ladrón de la mente apostado. El Islam ha investigado todas estas cuestiones y ha advertido sobre ellas. A ninguna mujer se le permite describirle a su marido cómo es otra mujer. En el hadiz se ha dicho:
Se ha prohibido a hombres y mujeres que relaten a otros sus asuntos íntimos conyugales. Porque también con ello se propaga la obscenidad y se despierta en la mente la pasión amorosa. —Abu Dawud
Si, durante la oración en congregación, el imán comete un error o es necesario advertirle sobre algún asunto, se ha permitido a los hombres advertirle diciendo «Subhanallah». Pero se ha dicho a las mujeres que, sin decir nada con la boca, golpeen una mano contra la otra. —Abu Dawud, Bujari.
El daño del sonido
Muchas veces la lengua permanece silenciosa. Pero se atrae la capacidad auditiva mediante otros movimientos. Esto también está relacionado con una mala intención, y el islam ha pronunciado una advertencia prohibitiva al respecto:
(árabe******************************************************)
Que no caminen golpeando el suelo con los pies; de lo contrario, se podrá conocer el estado de aquello que ocultan de su belleza [adornos]. —Sura An-Nur: 31
El daño del perfume
Entre todos los medios que llevan noticias de una mente perversa a otra, el perfume es uno de ellos. Es un medio sumamente sutil de transmitir noticias, que la gente considera precisamente sutil. Pero el pudor islámico es tan sensible que, ante su naturaleza delicada, incluso este sutil movimiento resulta intenso. El pudor islámico no permite a ninguna mujer musulmana caminar o acudir a un lugar de reunión ataviada con ropas impregnadas de fragancia. Pues, ¿de qué sirve que su belleza y sus adornos permanezcan ocultos? Porque su fragancia se difundirá por el aire y provocará excitación.
(Árabe*******************************************************************)
El Profeta (s) dijo: «La mujer que usa perfume o sustancias aromáticas y sale entre la gente es una mujer descarriada».
(Árabe****************************************************************)
Cuando alguna mujer de entre vosotras vaya a la mezquita, no debe usar sustancias aromáticas.
(Árabe************************************************************)
Para los hombres es apropiado el perfume aromático e incoloro, y para las mujeres, el perfume de color brillante y sin fragancia.
Los males de la desnudez
En el capítulo sobre el satr —según la sharía islámica, se denomina satr a cada una de las partes del cuerpo de la mujer y del hombre que se ha ordenado mantener cubiertas—, el islam ha ofrecido una explicación correcta de la modestia y el pudor humanos que ninguna civilización del mundo ha podido refutar. Hoy en día, incluso las naciones más civilizadas del mundo han llegado a tal estado que ni a sus mujeres ni a sus hombres les importa dejar al descubierto cualquier parte del cuerpo. Para ellos, la vestimenta es para la belleza, no para cubrir el satr. Pero, desde la perspectiva del islam, la importancia del satr es mayor que la de la belleza; el islam ordena a hombres y mujeres cubrir aquellas partes de su cuerpo en las que existe atracción sexual entre unos y otros. La desnudez es una obscenidad que la modestia y el pudor islámicos no pueden tolerar de ningún modo. Y no hace falta hablar de los hombres ajenos: el islam tampoco aprueba que el esposo y la esposa se desnuden el uno ante el otro. —Ibn Māŷa
(Árabe*************************************************************)
Si alguno de vosotros se acerca a su esposa, debe cuidar de cubrir sus partes íntimas. Que ambos no queden desnudos como los asnos. —Ibn Máyah
(Árabe*******************************************************************)
Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo que nunca vio al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) desnudo.
Una modestia y un pudor aún mayores consisten en que el islam tampoco aprueba estar desnudo a solas. La razón es que se debe sentir mayor pudor ante Allah.
(Árabe*********************************************************************)
¡Cuidado! No permanezcáis jamás desnudos. Pues los ángeles de Allah están con vosotros y no se separan de vosotros, salvo cuando vais a defecar o cuando os acercáis a vuestra esposa. Por tanto, sentid pudor ante ellos y respetad su honor.
La ropa a través de la cual pueden verse partes del cuerpo y queda expuesta la awrah, desde la perspectiva del islam, no es ropa en absoluto.
(Árabe******************************************************************************)
El Mensajero de Allah (s) dijo: «Las mujeres que, aunque llevan ropa, están desnudas; que seducen a otros y se dejan seducir por otros; que caminan con el cuello encorvado y pavoneándose como los camellos bactrianos, jamás entrarán en el Paraíso, ni siquiera percibirán su fragancia».
Aquí se han dado algunos ejemplos para que, a partir de ellos, pueda estimarse el nivel del carácter islámico y su fuerza vital (espíritu). El islam quiere mantener el entorno social y su atmósfera libres y purificados de todos los factores que incitan a la obscenidad y a las acciones reprobables. El origen de todas estas incitaciones se encuentra en el interior del ser humano. Allí se cultivan los gérmenes de la obscenidad y de las acciones reprobables, y de allí comienzan pequeños movimientos o impulsos que más tarde se convierten en causa de inquietud y perturbación. El ignorante los considera insignificantes y los desatiende; pero, a los ojos del sabio, son precisamente la raíz de la terrible enfermedad que destruye el carácter, la civilización y la sociedad. Por ello, la enseñanza moral del islam quiere crear en el interior del ser humano un sentimiento tan grande de vergüenza que este se examine continuamente a sí mismo y, al percibir la más mínima inclinación hacia una mala acción, pueda destruirla desde su germen mediante su propia fuerza de voluntad.
La ley penal
El principio fundamental de la ley penal islámica es que, mientras una persona no cometa un delito capaz de destruir el orden civilizatorio, no debe ser atrapada en los tentáculos de la política. Pero, una vez que cometa tal delito, no se debe acostumbrarla a pecar y a sufrir el castigo imponiéndole una pena leve. Las condiciones para probar el delito deben ser estrictas. —En la ley islámica de los testimonios, las condiciones para probar un delito se han establecido, por lo general, de manera muy rigurosa. Las condiciones para probar el adulterio se han hecho especialmente rigurosas. En general, la ley islámica considera suficientes dos testigos para los asuntos ordinarios. Sin embargo, para probar el adulterio se han establecido al menos cuatro testigos.— En la medida de lo posible, se debe proteger a las personas de quedar sometidas a la ley. —El Profeta (s) dijo: (árabe*********************) «Proteged a los musulmanes del castigo tanto como sea posible. Si existe alguna vía de salvación para el culpable, dejadlo libre. Pues para el imán, equivocarse al perdonar es preferible a equivocarse al castigar». —Tirmidhi— Pero cuando alguien quede sometido a la ley, se le debe imponer un castigo tan severo que no solo se aparte de repetir el pecado, sino que también cientos de miles de personas inclinadas hacia ese pecado se llenen de temor y alarma al contemplar tan grave castigo. Porque el propósito de la ley es liberar a la sociedad del delito, no que las personas cometan delitos una y otra vez y sufran castigos una y otra vez.
Para mantener el orden social, el sistema penal islámico ha establecido como delitos punibles dos actos: uno es el adulterio y el segundo, la acusación falsa.
El castigo del adulterio
Ya se ha dicho anteriormente acerca del adulterio que, desde el punto de vista moral, este acto es el resultado de la extrema degradación del ser humano.
La persona que comete este acto demuestra, en realidad, que su humanidad ha sido vencida por su animalidad. Después de eso, ya no puede seguir siendo un miembro honrado de la sociedad humana. Desde el punto de vista de la sociedad, es uno de aquellos grandes delitos que asestan un golpe de hacha a la raíz misma de la civilización humana. Por todas estas razones, el islam lo ha establecido como un pecado punible, se cometa o no junto con cualquier otro delito; es decir, tanto si se realiza por la fuerza como si implica la usurpación del derecho de otra persona.
La instrucción del Corán es:
Azotad con cien latigazos a cada mujer adúltera y a cada hombre adúltero, y no mostréis jamás compasión hacia ellos en lo relativo a la ley de Allah, si creéis en Allah y en el Último Día; y cuando sean castigados, que esté presente un grupo de musulmanes para presenciar su castigo. —Sura An-Nur: 2
En este capítulo existe una enorme diferencia entre la ley islámica y la ley occidental. Desde el punto de vista de la ley occidental, el adulterio por sí solo no constituye ningún delito. Para ellos, el adulterio solo se considera delito cuando se comete por la fuerza o con una mujer que tiene marido. En otras palabras, según su ley, el adulterio es un delito, mientras que el uso de la fuerza y la violación del derecho ajeno son delitos adicionales. Debido a esta diferencia fundamental, también se establece una distinción entre ambos en lo referente al castigo. La ley occidental considera suficiente la pena de prisión por el adulterio cometido por la fuerza, y cuando se comete adulterio con una mujer casada, concede a su marido el derecho a exigir una indemnización. Este castigo no previene el delito; más bien hace que la gente se vuelva aún más audaz. Por eso, en aquellos países donde está vigente esa ley, la incidencia del adulterio ha seguido aumentando. En contraste, la ley islámica mantiene a la sociedad libre de esta clase de delitos y delincuentes relacionados con el adulterio. En los países donde se aplica este tipo de castigo por adulterio, este delito nunca llega a generalizarse. Una vez aplicado el castigo conforme a la disposición de la sharía, se crea entre todos los habitantes del país tal temor que durante varios años nadie se atreve a cometer un delito de esta clase. En la mente de las personas inclinadas a delinquir, esto constituye una especie de operación psicológica, mediante la cual se produce espontáneamente una reforma en su interior.
En Occidente se contempla con aversión la pena de cien azotes. La razón no es que no le guste el castigo físico de los seres humanos; su verdadera razón es que su sentimiento moral aún no se ha desarrollado. Antes consideraba el adulterio una falta. Ahora lo considera un simple juego, un entretenimiento mediante el cual un hombre y una mujer pueden divertirse durante un rato. Por eso quiere que la ley muestre indulgencia en este asunto y que, mientras el adúltero no interfiera en la libertad ni en los derechos legales de otra persona, no se adopte ninguna medida efectiva. Después, cuando se interfiere en la libertad o los derechos ajenos, se considera un delito que perjudica únicamente el derecho de una persona. Por eso considera que una pena ordinaria o una indemnización son castigos suficientes para este delito.
Debe quedar claro que quien sostiene una opinión semejante sobre el adulterio considerará los cien azotes por este acto un castigo opresivo. Pero cuando mejoren sus sentimientos morales y sociales y comprenda que el adulterio, sea voluntario o forzado, constituye en todos los casos un delito social y que toda la sociedad resulta perjudicada por él, su actitud respecto al castigo cambiará espontáneamente. Tendrá que admitir que hay que proteger a la sociedad de este daño y que, puesto que los elementos que incitan al adulterio están arraigados en la naturaleza bestial del ser humano y su erradicación no es posible mediante una simple pena de prisión y una indemnización, no hay más remedio que adoptar medidas severas para cerrar todos sus caminos. En vez de perjudicar a toda la nación y a sus futuras generaciones inocentes eximiendo al delincuente del sufrimiento del castigo, es mucho mejor infligir un severo castigo físico a una o dos personas y proteger así a millones de seres humanos de incontables daños morales y sociales.
Existe otra razón por la que se considera opresiva la pena de cien azotes. Puede comprenderse fácilmente al reflexionar sobre los fundamentos de la civilización occidental. Ya he explicado anteriormente que esta civilización comenzó con la tendencia a apoyar al individuo contra la colectividad, y que toda su base se construyó sobre una concepción exagerada de los intereses y derechos individuales. Por eso, por mucho que un individuo perjudique a la colectividad, esto no resulta tan insoportable para el occidental; más bien, en la mayoría de los casos, lo acepta con agrado. Sin embargo, cuando se actúa contra el individuo para preservar los derechos de la colectividad, sus cuerpos se estremecen y toda su simpatía se dirige al individuo en vez de a la colectividad. Además, al igual que los habitantes de toda la época de la ignorancia, una característica distintiva de esos seguidores de la ignorancia occidental es que conceden mayor importancia a la emotividad que a la razón. Puesto que el daño sufrido por un individuo se percibe de forma limitada, lo consideran un mal enorme. En cambio, no son capaces de percibir la importancia del daño general que sufren la sociedad entera y sus futuras generaciones.
La disposición de la sharía sobre la acusación infundada de adulterio
El daño causado por una acusación falsa de adulterio es casi semejante al que causa el adulterio mismo. Acusar falsamente de adulterio a una mujer honorable no solo la deshonra a ella, sino que también aumenta la enemistad entre distintas familias, hace que el linaje quede bajo sospecha, destruye las relaciones conyugales y permite que una sola persona, pronunciando unas pocas palabras una sola vez, castigue durante muchos años a numerosas personas. El Corán ha establecido un castigo severo para este delito.
El Corán dice:
(Árabe****************************************)
A quienes acusen de adulterio a mujeres castas y luego no puedan presentar cuatro testigos en apoyo de su acusación, azotadlos con ochenta latigazos y no aceptéis jamás su testimonio en el futuro. Tales personas son malhechoras. —Sura An-Nur: 4
Medidas preventivas
De este modo, la ley penal islámica, mediante su poder político, por una parte elimina por la fuerza las acciones injustas y, por otra, protege a las personas honorables de la sociedad de las calumnias de los malintencionados. La enseñanza moral del islam purifica a las personas interiormente de tal manera que, si debido a deficiencias en la educación moral surgen malos deseos en la mente y estos se convierten por la fuerza en actos, la ley los frena. Entre estos dos métodos se ha adoptado un método adicional porque sirve de apoyo a la enseñanza moral en la reforma espiritual. Mediante todos estos métodos se ha corregido el orden social de tal manera que las debilidades que permanecen en los individuos debido a las deficiencias de la educación moral no aumenten ni se vuelvan efectivas; que en la sociedad se cree un ambiente en el que no haya oportunidad para que afloren los malos deseos y se cierren todos los caminos posibles que puedan destruir el sistema civilizatorio.
Ahora describiremos uno por uno esos métodos para analizarlos detalladamente.
La orden sobre la vestimenta y el satr
En materia de instrucciones sociales, la primera tarea del islam fue erradicar la desnudez y establecer los límites del satr para hombres y mujeres. En este aspecto, la situación de la ignorancia árabe no era diferente. Se desnudaban sin reparo delante unos de otros. —[Se relata en un hadiz: Hazrat Miswar bin Majrama (r.a.) llevaba una piedra. En el camino se le soltó el tahbund, y continuó llevando la piedra en ese estado. Al verlo, el Profeta (s) le dijo: «Cubre tu cuerpo y no camines desnudo». —Muslim] Consideraban innecesario cubrirse durante el baño y al defecar. Se hacía la circunvalación de la Kaaba completamente desnudo y se consideraba una forma excelente de ibadah. —[Ibn Abbas (r.a.), Muyahid (r.), Tawus (r.) y Zuhri (r.) han declarado unánimemente que la circunvalación de la Kaaba se hacía desnudos.] Las mujeres también se desnudaban durante la circunvalación. —[Muslim ha descrito en el Kitab at-Tafsir esta costumbre de los árabes: una mujer hacía la circunvalación desnuda y decía a la gente reunida: «¿Quién me regalará una tela con la que pueda cubrir mi cuerpo?». De este modo, se consideraba una gran obra meritoria regalar una prenda a aquella mujer desnuda.] La vestimenta de sus mujeres era tal que quedaba descubierto una parte del pecho, así como parte de los brazos, la cintura y la zona por debajo de las rodillas. Exactamente esta misma situación se observa hoy en Europa, América y Japón. En ninguno de los países orientales existe un sistema social que determine qué partes del cuerpo deben quedar descubiertas y cuáles cubiertas.
En este aspecto, el islam enseñó a la humanidad la primera lección de civilización.
(Árabe******************************************)
¡Oh, hijos de Adán! Alá Todopoderoso ha hecho descender vestiduras para cubrir vuestro cuerpo, y estas son un adorno para vosotros. —Sura Al-A‘raf: 26
Según el significado de este versículo, cubrir el cuerpo ha sido establecido como obligatorio para toda mujer y todo hombre. El Profeta (s. a. s.) dio instrucciones estrictas para que nadie se desnude ante otra persona.
(Árabe***********************************************)
Quien dirige la mirada hacia la awra de su propio hermano es maldito.
—Yassas: Ahkam al-Qur’an
(Árabe***********************************************)
Que ningún hombre mire a otro hombre, ni ninguna mujer mire a otra mujer, mientras estén desnudos. —Muslim
(Árabe********************************************************)
¡Por Alá!, que me arrojaran del cielo y me despedazaran sería preferible a encontrarme en una situación en la que viera las partes íntimas de alguien o alguien viera las mías. —Mabsut
(Árabe*********************************************************)
¡Cuidado! No os quedéis nunca desnudos, pues quienes están con vosotros nunca os abandonan, excepto durante la defecación y las relaciones sexuales. —Tirmidhi
(Árabe****************************************************)
Cuando alguno de vosotros se acerque a su esposa, que mantenga cubiertas sus partes íntimas y no se quede completamente desnudo como un asno. —Ibn Mayah
Una vez, el Profeta (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) fue al lugar de pastoreo de los camellos del azaque y encontró al camellero tendido desnudo. Inmediatamente lo destituyó de su trabajo y dijo:
(Árabe*******************************)
Quien es desvergonzado no sirve para ninguno de nuestros asuntos.
Los límites del satr para el hombre
Junto con todas estas instrucciones, también se han determinado por separado los límites que deben cubrir el cuerpo de la mujer y el del hombre. La parte del cuerpo cuya cobertura se ha establecido como obligatoria se denomina satr en la terminología de la sharía. La parte comprendida entre el ombligo y las rodillas del hombre se denomina satr, y se ha ordenado que no se descubra ante los demás ni que los demás la miren.
(Árabe****************************************************)
Se narró de Abu Ayyub Ansari que el Profeta (la paz sea con él) dijo: «Lo que está por encima de las rodillas y por debajo del ombligo es la parte que debe cubrirse». —Darqutni
(Árabe*************************************************)
Para el hombre, la parte que debe cubrirse se extiende desde el ombligo hasta las rodillas. —Mabsut
(Árabe************************************************************)
Narrado por Alí (que Allah esté complacido con él): el Profeta dijo: «No muestres tu muslo a nadie, ni dirijas la mirada al muslo de ninguna persona viva o muerta». —Tafsir al-Kabir
Esta es una instrucción universal. Nadie está exento de ella, excepto la esposa.
(Árabe*******************************************************)
Proteged vuestro satr de todos los demás, excepto de vuestras esposas y esclavas. —Ahkam al-Qurán
Los límites del satr para la mujer
Los límites del satr para las mujeres se han establecido de manera más amplia. Se les ha ordenado cubrir todo el cuerpo, excepto el rostro y las manos. Los padres, hermanos y todos los parientes cercanos están incluidos en esta disposición, y no puede haber excepción respecto de ningún hombre salvo el esposo.
(Árabe********************************************************)
El Profeta dijo: «Para la mujer que cree en Allah y en el Más Allá no está permitido dejar descubierta la mano más allá de esto». Al decirlo, colocó su mano en la parte media de su muñeca. —Ibn Yarir
(Árabe****************************************************************)
Cuando una niña alcanza la pubertad, ninguna parte de su cuerpo debe quedar expuesta. Solo pueden verse el rostro y las manos hasta las muñecas. —Abu Dawud
Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Una vez, después de arreglarme, me presenté ante mi sobrino Abdullah bin Tofayel, y el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo desaprobó. Dije: “¡Oh, Mensajero de Allah! Él es mi sobrino”. Entonces el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo:
(Árabe************************************************)
«Cuando una niña alcanza la pubertad, no le está permitido mostrar ninguna parte de su cuerpo, salvo el rostro y las manos». Al decir esto, colocó su mano sobre su muñeca de tal manera que entre el centro de la muñeca y el lugar donde había colocado su mano solo quedaba una distancia equivalente al ancho de un puño. —Ibn Jarir
Hazrat Asma bint Abu Bakr (que Allah esté complacido con ella), cuñada del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), se presentó una vez ante él vistiendo una tela fina. A través de la tela podían verse las partes de su cuerpo. El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) apartó inmediatamente la mirada y dijo:
(Árabe*********************************************************)
«¡Oh, Asma! Después de alcanzar la pubertad, no le está permitido a ninguna mujer mostrar a otra persona ninguna parte de su cuerpo, salvo esta y esta». Al decir esto, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) señaló su rostro y las muñecas de sus manos. —Fath al-Qadir
Una vez, Hafsa bint Abd al-Rahman se presentó en la casa de Aisha (r.a.) vistiendo un fino dupatta. Entonces ella lo rasgó y la cubrió con un chador grueso. —Imam Malik: Al-Muwatta
El Profeta (s.a.s.) dijo:
(Árabe**********************************************)
La maldición de Allah recaerá sobre aquellas mujeres que, aunque visten ropa, permanecen desnudas.
No permitáis que las mujeres vistan ropas tan ajustadas que hagan visible la forma de su cuerpo.
De estas narraciones se puede saber que, salvo el rostro y las muñecas, todo el cuerpo de la mujer está incluido en el satr. Este satr debe mantenerse cubierto incluso ante los familiares más cercanos de la casa. No puede descubrirse ante nadie excepto el esposo, ya sea el padre, el hermano o el sobrino. Tampoco pueden vestirse prendas a través de las cuales sean visibles las partes del cuerpo.
Todas las instrucciones dadas en este capítulo se refieren a las mujeres jóvenes. Las instrucciones de cubrir el satr se aplican desde que una niña alcanza la pubertad y permanecen vigentes mientras conserve atractivo sexual. Una vez superada esa edad, se han flexibilizado un poco.
El Sagrado Corán dice:
(Árabe********************************************************************)
Las mujeres muy ancianas que ya no esperan volver a casarse no incurrirán en falta si se quitan el dupatta. Sin embargo, la condición es que no tengan la intención de exhibir sus adornos. Para ellas es mejor actuar con cautela en este asunto. —Sura An-Nur: 60
Aquí se expone claramente la razón por la que se ha reducido la severidad de la norma. El sentido de la expresión «que ya no esperan casarse» es que no tengan deseo ni atractivo sexual. Además, como medida de precaución, se ha impuesto la condición de que no tengan la intención de exhibir sus adornos; es decir, si queda en su corazón siquiera una chispa de deseo sexual, no les será lícito quitarse el dupatta. Esta norma solo se ha flexibilizado para aquellas ancianas que, al haber llegado a la vejez, han quedado libres de las restricciones relativas a la vestimenta y sobre las cuales no hay temor de que recaiga una mirada lasciva, sino únicamente una mirada respetuosa. Estas mujeres pueden permanecer en casa sin dupatta ni chador.
Solicitar permiso
La segunda restricción impuesta después de esta consiste en prohibir la entrada en una casa sin el permiso de sus moradores, para que nadie vea a las mujeres de la casa en una situación en la que no es apropiado que los hombres las vean.
(Árabe*******************************************************)
Cuando vuestros hijos alcancen la pubertad, deberán entrar en las casas con permiso, tal como entraban con permiso quienes los precedieron. —Sura An-Nur: 59
También aquí se explica claramente la razón. La orden de solicitar permiso solo se aplica a aquellos en quienes ya ha despertado el sentimiento sexual. Antes de que surja este sentimiento, no es necesario solicitar permiso.
Además, se ordenó a las demás personas que no entraran en la casa de nadie sin permiso.
(Árabe********************************************)
¡Oh, creyentes! No entréis en ninguna casa sin el permiso de sus moradores y, cuando entréis, saludad a sus habitantes. —Sura An-Nur: 27
El verdadero objetivo aquí es establecer una separación y una restricción entre el interior y el exterior de la casa, para que la mujer pueda permanecer protegida de la mirada de los hombres ajenos a la familia en la vida familiar. Al principio, los árabes no pudieron determinar la razón de estas instrucciones. Por eso, muchas veces espiaban el interior desde fuera de la casa. En una ocasión ocurrió algo semejante con el propio Profeta —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—. Un día, se encontraba en su aposento cuando un hombre miró por la ventana. Él dijo:
Si hubiera sabido que mirarías furtivamente, habría introducido algo en tus ojos. La orden de pedir permiso se dio precisamente para proteger la mirada. —Bujari
Después de esto, declaró:
Si alguien mira hacia el interior de la casa de otra persona sin permiso, los moradores de la casa tienen derecho a sacarle los ojos. —Muslim
Después se ordenó a quien fuera ajeno a la casa que, si necesitaba pedir algo de otra vivienda, lo solicitara desde fuera, detrás de una cortina, sin entrar en ella.
(Árabe***************************************)
Cuando pidáis algo a las mujeres, pedidlo desde detrás de una cortina. Esto es más puro para vuestros corazones y para los de ellas. —Sura Al-Ahzab: 53
También aquí se ha arrojado plena luz sobre el propósito de estas restricciones. El verdadero propósito es proteger a hombres y mujeres del deseo y la excitación sexual, y mediante esta instrucción se ha impedido la libre mezcla entre hombres y mujeres.
Estas instrucciones no son solo para los desconocidos, sino también para los sirvientes de la casa. Se narra que, en cierta ocasión, Hazrat Bilal (RA) o Hazrat Anas (RA) quiso llevarse a uno de los hijos de Hazrat Fátima (RA). Entonces ella le entregó al niño desde detrás de una cortina. —Fathul Qadir
Sin embargo, ambos eran sirvientes especiales del Santo Profeta (SAS) y eran como personas de su propia familia.
Encuentro en privado y contacto físico
La tercera restricción es que nadie, salvo el esposo, puede permanecer a solas con una mujer ni tocar su cuerpo, por muy íntimo amigo o pariente cercano que sea.
(Árabe***********************************)
Se narra de Uqba bin Amir (que Allah esté complacido con él) que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¡Tened cuidado! No os acerquéis a una mujer cuando estéis a solas con ella». Un hombre de los ansar preguntó: «¡Oh Mensajero de Allah! ¿Cuál es su instrucción respecto al cuñado?». El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¡El cuñado es como la muerte!». –Bujari, Muslim, Tirmidhi
(Árabe******************************)
No os acerquéis a ninguna mujer en ausencia de su esposo, porque Satanás circulará por cualquiera de vosotros como circula la sangre. –Tirmidhi
(Árabe*******************************************)
Amr bin al-As dijo: «El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nos prohibió acercarnos a una mujer en ausencia de su esposo». Tirmidhi
(Árabe***************************************)
A partir de hoy, que nadie se acerque a una mujer en ausencia de su esposo mientras no haya uno o dos hombres con ella. –Muslim
También existe una instrucción semejante contra tocar:
(Árabe***************************************)
El Profeta (s.a.w.) dijo: «Si alguien toca la mano de una mujer con quien no tiene ninguna relación lícita, en la otra vida se colocará sobre su mano un fuego ardiente».
Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo que el Profeta (s.a.w.) solo recibía de las mujeres la bay‘a verbalmente. No tomaba sus manos entre las suyas. No tocó la mano de ninguna mujer, salvo la de su esposa. —Bujari
Usayma bint Rukayqa dijo: «Fui junto con varias mujeres ante el Profeta (s.a.w.) para prestar la bay‘a. Él tomó de nosotras el juramento de abstenernos del politeísmo, del robo, del adulterio, de la falsa acusación y de desobedecer al Profeta». Después de finalizar el juramento, dijimos: «Ven, hagamos la bay‘a poniendo nuestras manos en la tuya». El Profeta dijo: «No toco las manos de las mujeres; solo recibo el juramento verbalmente». —Nasai e Ibn Mayah
Estas disposiciones también se aplican únicamente a las mujeres de edad avanzada. Está permitido sentarse a solas junto a una anciana y tocar su cuerpo. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) solía visitar una tribu donde había sido amamantado. Estrechaba la mano de las ancianas de esa tribu. Se cuenta que una anciana le hacía masajes en las manos y los pies a Abd Allah ibn al-Zubayr.
La diferencia establecida entre las mujeres jóvenes y las ancianas demuestra que debe impedirse la mezcla libre entre hombres y mujeres, porque puede abrir el camino a la corrupción.
La diferencia entre mahram y no mahram
Todos los hombres, excepto el esposo, sean mahram o no mahram, están sujetos a las disposiciones anteriores. Ante cualquiera de ellos, la mujer no puede dejar descubierta ninguna parte de su cuerpo que forme parte de su awra, es decir, ninguna parte salvo el rostro y las manos; del mismo modo que un hombre no puede descubrir ante otro hombre su awra [cualquier parte situada entre el ombligo y las rodillas].
Todos los hombres deben entrar en las casas con permiso, y ninguno de ellos debe sentarse a solas junto a una mujer ni está permitido que toque su cuerpo. –[En lo que respecta a tocar el cuerpo o poner la mano sobre él, existe una diferencia considerable entre un hombre mahram y uno no mahram. Un hermano puede tomar a su hermana de la mano para ayudarla a subir a un vehículo o para ayudarla a bajar de él. Quede claro que esto no está permitido para un hombre no mahram. Cuando el Noble Profeta (s. a. s.) regresaba de un viaje, acercaba a su presencia a Fátima (r. a.) y le besaba la cabeza. También Abu Bakr (r. a.) besaba la cabeza de Aisha (r. a.).]
Las instrucciones sobre el hiyab
A continuación se presentan los versículos del Sagrado Corán en los que se ordena observar el hiyab:
(Árabe**************************************************************************************************************)
[¡Oh, Profeta! Di a los hombres creyentes que bajen la mirada y preserven su castidad sexual. Eso es más puro para ellos. Y di a las mujeres creyentes que bajen la mirada, preserven su castidad sexual y no exhiban su belleza, salvo lo que aparezca naturalmente. Que extiendan sus velos sobre el pecho y no exhiban su belleza [ante nadie] excepto ante estas personas: sus esposos, sus padres, sus suegros, sus hijos, sus hijastros, sus hermanos, sus sobrinos por parte de hermano, sus sobrinos por parte de hermana, sus propias mujeres, sus esclavos, los sirvientes varones que no sienten deseo por las mujeres y los niños que aún no conocen la intimidad de las mujeres. [Además, ordénales que] no hagan sonar sus pasos al caminar, para que su belleza oculta no se revele por el sonido de sus pasos.]
-Sura An-Nur: 30-31
(Árabe**************************************************)
¡Oh, esposas del Profeta! Vosotras no sois como las demás mujeres. Si deseáis adoptar la piedad, no habléis con un tono insinuante [ambiguo], pues quienes tienen una enfermedad en el corazón podrían alimentar ciertas esperanzas respecto de vosotras. Hablad de manera sencilla y directa. Permaneced en vuestras casas y no os exhibáis mostrando vuestra belleza y juventud como en la época de la ignorancia anterior. -Sura Al-Ahzab: 32-33
(Árabe**********************************************************)
¡Oh, Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres creyentes que cubran sus cuerpos y sus rostros con sus mantos. —Sura Al-Ahzab: 59
Reflexionad sobre todas estas aleyas. Al hombre sólo se le ha ordenado que baje la mirada y preserve su carácter de la obscenidad sexual. Pero a las mujeres no sólo se les han impuesto las dos órdenes mencionadas, sino que además se les han dado instrucciones adicionales acerca de la sociabilidad y la conducta. Esto significa claramente que, para preservar su carácter, no basta con contener la mirada y proteger las partes íntimas, sino que también son necesarias otras normas de conducta. Ahora debemos examinar cómo el Noble Profeta (s. a. s.) y los nobles Compañeros (que Allah esté complacido con ellos) aplicaron estas instrucciones en la sociedad islámica. También debemos examinar cuál es el verdadero sentido de todas estas instrucciones y si sus palabras y acciones arrojan alguna luz sobre cómo pueden ponerse en práctica.
Contención de la mirada
En primer lugar, se ha ordenado tanto a las mujeres como a los hombres: «Bajad la mirada». Es decir, en vez de dirigir la mirada al rostro de alguien, hay que bajarla. Este es el significado literal de la expresión coránica «gadd-e-basar». Sin embargo, con ello no se aclara completamente su sentido. El verdadero propósito de la orden de Allah, el Altísimo, no es que la persona mire siempre hacia abajo y jamás hacia arriba, sino que se proteja de aquello que, en la terminología de los hadices, se denomina adulterio de los ojos. Para el hombre, contemplar y deleitarse con la hermosura y el atractivo de una mujer desconocida produce desorden moral; del mismo modo, mirar fijamente a un hombre desconocido produce desorden moral en la mujer. La corrupción y el desorden comienzan aquí de manera natural y conforme a la naturaleza humana. Por ello, se ha cerrado primero este camino, y ese es precisamente el verdadero propósito de contener la mirada o bajarla.
Es cierto que, al vivir en el mundo con los ojos abiertos, la mirada recaerá sobre todas las cosas. No es posible que un hombre jamás vea a una mujer, ni que una mujer jamás vea a un hombre. Por ello, la instrucción del Legislador de la Sharía es que, si la mirada cae repentinamente sobre alguien y se siente cierta atracción por su belleza, está prohibido dirigirle la mirada por segunda vez.
Hazrat Yarir (que Allah esté complacido con él) dice: pregunté al Mensajero de Allah (s. a. s.): «Si de repente mi mirada cae sobre alguien, ¿qué debo hacer?». Él respondió: «Aparta la mirada». —Abu Dawud
(Árabe********************************************************)
Hazrat Barida (R. A.) relata que el Profeta (S. A. S.) dijo a Hazrat Ali (R. A.): «¡Oh, Ali! No vuelvas a mirar después de la primera mirada. La primera mirada será perdonada, pero la segunda no será perdonada». —Abu Dawud
(Árabe*********************************************)
El Profeta (S. A. S.) dijo: «A quien dirija una mirada lujuriosa hacia una mujer desconocida, el Día de la Resurrección le verterán hierro fundido y ardiente en los ojos». —Fath al-Qadir
Sin embargo, hay muchas situaciones en las que resulta necesario mirar a una mujer desconocida. Por ejemplo, cuando una mujer está siendo atendida por un médico, cuando una mujer comparece como testigo ante un juez en un proceso judicial, cuando se está ahogando o cuando la castidad y el honor de una mujer están en peligro; en tales circunstancias, no solo se puede mirar su rostro, sino que, si es necesario, también se puede ver su awrah. También se puede tocar su cuerpo; más aún, si una mujer está ardiendo en el fuego o sumergiéndose en el agua, no solo está permitido llevarla en brazos y sacarla, sino que se vuelve obligatorio. La instrucción del Legislador de la Sharía es que, en tales circunstancias, se debe mantener la intención lo más pura posible. Pero si, debido a los impulsos humanos naturales, surge el más mínimo grado de excitación, no habrá pecado por ello. Esto se debe a que tal mirada se realiza por necesidad, y al ser humano le resulta imposible reprimir sus impulsos naturales.
Del mismo modo, no solo está permitido mirar a una mujer desconocida con el propósito de casarse con ella y observarla detenidamente, sino que en los hadices hay instrucciones al respecto. El propio Noble Profeta (S. A. S.) también miró a una mujer con este propósito.
(Árabe******************************************************)
Se narra de Mugira bin Shuba que, en cierta ocasión, pidió la mano de una mujer. El Profeta (S. A. S.) le dijo: «Mírala, pues esto será más propicio para crear amor y armonía entre vosotros». —Tirmidhi
(Árabe****************************************************)
Se narra de Sahl bin Sa‘d que, cierta vez, una mujer se presentó ante el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Me ofrezco a usted para contraer matrimonio con usted». Entonces el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la miró. —Bujari
(Árabe****************************************)
Hazrat Abu Huraira dijo: «Estaba sentado junto al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) cuando llegó un hombre y dijo: “He decidido casarme con una mujer de los ansar”. El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le preguntó: “¿La has visto?”. El hombre respondió: “No”. El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: “Mírala, pues generalmente hay algún defecto en los ojos de las mujeres de los ansar”». —Muslim
(Árabe******************************************************************)
Se narra de Yabir bin Abdullah que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Si alguno de vosotros pretende casarse con una mujer, debe mirarla cuanto le sea posible, para comprobar si hay en ella algo que impulse a ese hombre a casarse con ella». —Abu Dawud
Al reflexionar sobre todas estas excepciones, se comprende que el propósito de Allah Ta‘ala no es prohibir por completo mirar a las mujeres, sino cerrar, en realidad, el camino de la fitna o la inmoralidad. Se ha prohibido mirar cuando no existe ninguna necesidad de hacerlo, cuando ello no proporciona beneficio social alguno y cuando puede provocar excitación sexual.
Todas estas instrucciones que se han dado a los hombres se han dado igualmente a las mujeres.
Se narra en el hadiz, de Hazrat Umm Salama, que cierta vez ella y Hazrat Maymuna estaban sentadas junto al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En ese momento llegó allí el ciego Hazrat Ibn Umm Maktum. El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Cubríos ante él». Hazrat Umm Salama dijo: «¿Acaso no es ciego? No podrá vernos ni reconocernos». El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «¿Es que vosotras también sois ciegas y no podéis verlo?»
Sin embargo, desde el punto de vista psicológico, existe una pequeña diferencia entre que el hombre mire a la mujer y que la mujer mire al hombre. La naturaleza del hombre tiende a actuar tomando la iniciativa. Después de que algo le agrada, se esfuerza por obtenerlo. Pero en la naturaleza femenina hay una tendencia a ofrecer resistencia y a huir. Mientras su naturaleza no haya cambiado, no puede llegar a ser tan intrépida y audaz como para lanzarse hacia alguien después de que esa persona le haya gustado. El Legislador de la sharía, teniendo en cuenta esta diferencia, no estableció para la mujer tanta severidad respecto a mirar al hombre como la estableció para el hombre respecto a mirar a la mujer. Puesto que en los libros de hadices es célebre el relato de Aisha (que Allah esté complacido con ella): «El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le mostró, con ocasión del Eid, las acrobacias de los abisinios». Esta narración aparece registrada de diversas formas en Bujari, Muslim, Nasai, el Musnad de Ahmad y otras obras. Algunos han explicado que este hecho probablemente ocurrió cuando Aisha (que Allah esté complacido con ella) aún era menor de edad y todavía no había descendido la orden relativa al hiyab. Sin embargo, Ibn Huran ha afirmado en un análisis detallado que el hecho ocurrió cuando una delegación de Abisinia llegó a Medina. Está históricamente demostrado que dicha delegación llegó a Medina en el séptimo año de la Hégira. Considerando esto, Aisha (que Allah esté complacido con ella) debía tener entonces quince o dieciséis años. Además, en la narración de Bujari se dice que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la mantuvo cubierta con una sábana. Esto demuestra que las órdenes relativas al hiyab ya habían descendido. De aquí se sabe que no está absolutamente prohibido que las mujeres miren a los hombres. Pero está prohibido que ambos se sienten juntos en una misma reunión y que se miren fijamente. Tampoco está permitido mirar de una manera que pueda conducir a alguna indecencia o desgracia. Fue en la misma casa del compañero ciego Ibn Umm Maktum, respecto a quien el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había ordenado a Umm Salama que observara el hiyab, donde posteriormente ordenó a Fatima bint Qays (que Allah esté complacido con ella) pasar su periodo de espera legal. El cadí Abu Bakr Ibn al-Arabi relató así el hecho en su Ahkam al-Qur’an:
Él dice que Fatima bint Qays quería observar su periodo de espera legal en la casa de Umm Sharik. El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «En esa casa entra y sale mucha gente. Quédate en la casa de Ibn Umm Maktum, porque él es ciego y allí puedes permanecer sin hiyab».
De esto se sabe que el propósito es reducir el riesgo de indecencia y desgracia. Se le prohibió permanecer donde el riesgo de indecencia era mayor y se le indicó que permaneciera donde era menor. Puesto que aquella mujer necesariamente tenía que alojarse en algún lugar, se prohibió a las mujeres reunirse en el mismo lugar con un hombre no perteneciente a su familia y encontrarse cara a cara con él allí donde no había necesidad de que permanecieran.
Quien posea la dignidad, el discernimiento y la capacidad de comprender el espíritu de la sharía puede entender fácilmente cuáles son las razones racionales de las órdenes relativas a bajar la mirada y, desde este punto de vista, por qué esas órdenes se hacen más estrictas o más laxas. El verdadero propósito del Legislador de la sharía es impedir el juego de las miradas; de otro modo, no tiene ninguna enemistad con los ojos de nadie. Los ojos ven primero con una mirada inocente. El disfrute de ello por parte del demonio interior es algo propio de la naturaleza humana. Disfruta de las demás alegrías de la belleza natural. Por tanto, contempla una vez la belleza humana y obtén de ella un placer espiritual. Pero, poco a poco, el demonio va aumentando el placer y el gusto por el deleite. Finalmente, el gusto por la belleza se eleva hasta el deseo de unión. ¿Puede alguien negar que, de todos los actos de inmoralidad que han ocurrido y ocurren en el mundo, la mirada de los ojos es su primera y mayor causa? ¿Puede alguien afirmar que el estado de ánimo producido por contemplar tantas flores es exactamente el mismo que el producido por contemplar a un hermoso joven o a una hermosa muchacha? Si existe una diferencia entre ambos estados y uno de ellos es más sexualmente estimulante que el otro, ¿cómo puede decirse que la libertad permitida para disfrutar de una belleza será también válida para la otra? El Legislador de la sharía no quiere impedir que nadie disfrute de la belleza. Dice: «Elige la pareja que desees y, centrándote en ella, satisface cuanto deseo de disfrutar de la belleza haya en ti». Si te apartas de ese centro y vas contemplando la belleza y la juventud de otras personas, caerás en la indecencia y la obscenidad. Aunque, debido al autocontrol y a otras restricciones, no llegues a incurrir efectivamente en libertinaje, no podrás protegerte del libertinaje en el mundo de los pensamientos. Gran parte de tu energía se desperdiciará por la excitación de los ojos. Tu mente se contaminará con muchos deseos pecaminosos incumplidos. Sufrirás una y otra vez por amores engañosos, y pasarás muchas noches en vela, soñando. Muchas hermosas serpientes, machos y hembras, te morderán. Tu fuerza vital se consumirá por las palpitaciones del corazón y la excitación de la sangre; ¿acaso es esto un daño pequeño? Mantén todo esto bajo control. Debes abstenerte de mirar sin motivo y de mirar de tal manera que pueda producirse indecencia o desgracia. Si existe una necesidad real de mirar y de ello resulta algún beneficio civilizado, entonces estará justificado.
Las restricciones y los límites relativos a mostrar la belleza
Las órdenes de bajar la mirada se aplican por igual a hombres y mujeres. También hay ciertas órdenes específicas para las mujeres. La primera de ellas es que no está permitido mostrar la propia belleza fuera de unos límites determinados.
Antes de reflexionar sobre el propósito y los detalles de esta orden, conviene recordar las instrucciones expuestas anteriormente en el capítulo sobre la vestimenta y el satr. Todo el cuerpo de la mujer, excepto el rostro y las manos, constituye su satr y no está permitido descubrirlo ni siquiera ante su padre, tío paterno, hermano o hijo. Incluso es makruh que una mujer descubra su satr ante otra mujer. Ver las partes del cuerpo de una mujer comprendidas entre el ombligo y las rodillas es haram para otra mujer, exactamente del mismo modo que es haram que un hombre vea esas partes de otro hombre. Ver las demás partes es makruh, pero no haram. Teniendo presente esta verdad, es necesario analizar los límites para mostrar la belleza.
1. Se permite a la mujer mostrar su belleza ante su esposo, su padre, su suegro, su hijo, su hijastro, su hermano, sus sobrinos por parte de hermano y sus sobrinos por parte de hermana.
2. También se le ha permitido mostrar su belleza ante sus propios esclavos (y no ante los esclavos de cualquier otra persona).
3. También puede presentarse adornada ante un hombre que esté bajo su obediencia y autoridad, y que no sienta interés ni deseo alguno por las mujeres. Al interpretar esta disposición, Hafiz Ibn Kazir dice: (árabe******************) Con ello se alude a los jornaleros, sirvientes y subordinados que no son astutos ni sagaces, sino muy ingenuos, y que no sienten deseo sexual alguno por las mujeres. El deseo sexual puede estar ausente en dos situaciones. En primer lugar, puede no existir en absoluto, como en el caso de los ancianos, los deficientes mentales o los eunucos de nacimiento. En segundo lugar, aunque posean fuerza viril y un interés y deseo natural por las mujeres, no pueden albergar deseo sexual por las mujeres de la casa bajo cuya autoridad sirven obedientemente, o a la que acuden para recibir ayuda como mendigos. Las palabras antes citadas del Corán se refieren a ambas clases de hombres. Sin embargo, debe tenerse presente que los hombres ante quienes se ha permitido a las mujeres mostrar su belleza deben reunir necesariamente dos cualidades. En primer lugar, no deben siquiera pensar en albergar ningún deseo sexual hacia las mujeres de la casa en la que sirven. Además, el dueño de cada casa debe vigilar este asunto y comprobar si los sirvientes a quienes se permitió entrar en ella han demostrado ser realmente como se había supuesto de ellos al principio. Si después de concederles permiso surge alguna sospecha respecto de ellos, debe prohibírseles entrar en la casa. Un ejemplo contundente de este asunto es el del eunuco a quien el Santo Profeta (s) había permitido entrar en la casa.
El hecho fue el siguiente: en Medina había un eunuco. Él entraba y salía delante de las esposas del Profeta. En cierta ocasión estaba sentado junto a Umm Salama (que Allah esté complacido con ella), conversando con su hermano, Abdullah (que Allah esté complacido con él). En ese momento llegó el Profeta (s) y, al entrar en la casa, oyó que el mencionado eunuco decía a Abdullah las siguientes palabras:
«Si mañana Taif es conquistada, te mostraré a Badia bint Ghaylan al-Saqafi. Esta es su condición: cuando viene de frente, se le ven cuatro pliegues en el vientre, y cuando se vuelve de espaldas, ocho pliegues». Después elogió obscenamente sus partes íntimas. Al oírlo, el Profeta (s) dijo: «¡Enemigo de Allah! La has observado con demasiada atención». Luego dijo a sus esposas: «Veo que este hombre conoce bien la condición de las mujeres. Por tanto, que no pueda acercarse a vosotras».
El Profeta (s) no se limitó a esto. Lo expulsó de Medina. Al describir las partes íntimas de Bint Ghaylan, el hombre había hecho que el Profeta (s) comprendiera que, al ver su aspecto y sus ademanes femeninos, las mujeres se relacionaban con él sin reservas, del mismo modo que lo hacen con las de su propio sexo. Aprovechándose de esta circunstancia, el hombre conocía la condición íntima de las mujeres y luego las elogiaba ante los hombres. De ello podía resultar una enorme corrupción y un gran daño.»
4. También puede mostrar su belleza ante aquellos muchachos en quienes todavía no ha surgido el despertar sexual. En el Noble Corán se dice:
(Árabe*******************************************)
que no han adquirido conocimiento de los asuntos íntimos de las mujeres.
5. Está permitido mostrar la belleza y los adornos femeninos ante aquellas mujeres con las que se convive habitualmente. En el Noble Corán, en lugar de la expresión «las mujeres en general», se utiliza «vuestras mujeres». Con ello se alude a las mujeres respetables, a las parientes femeninas o a las mujeres de la propia clase. No está permitido mostrar la belleza de la mujer en cuestión ante mujeres ignorantes y necias, ni ante aquellas cuyo comportamiento sea sospechoso o cuyo carácter muestre señales de corrupción y libertinaje. Esto se debe a que también ellas pueden convertirse en causa de inmoralidad y perjuicio. Después de que los musulmanes llegaron a Siria y las musulmanas comenzaron a relacionarse con mujeres judías y cristianas, Hazrat Umar (ra) escribió a Hazrat Abu Ubaydah ibn al-Jarrah (ra), gobernador de Siria, ordenándole que se prohibiera a las musulmanas entrar en los baños públicos junto con las mujeres de la Gente del Libro. —Tafsir de Ibn Jarir
Hazrat Ibn Abbas (ra) explicó que las mujeres musulmanas solo pueden mostrar ante las mujeres no creyentes y las mujeres protegidas aquello que pueden mostrar ante los hombres no emparentados. —Tafsir al-Kabir
El propósito de todo esto no era mantener una distinción religiosa, sino proteger a las mujeres musulmanas de la influencia de aquellas mujeres cuyo carácter, conducta y cultura se desconocían, o que, aun siendo conocidas, resultaban objetables desde la perspectiva del islam. Entre esas mujeres no musulmanas, las que son respetables y recatadas están incluidas entre «vuestras mujeres» mencionadas en el Corán.
Al reflexionar sobre todos estos límites, pueden distinguirse dos categorías:
1. La belleza cuya exhibición se permite dentro de estos límites restringidos consiste en adornar las partes del cuerpo que están fuera del ámbito de la satr al-awra; es decir, llevar joyas y otros adornos, vestirse elegantemente, usar kohl y perfume, arreglarse el cabello y llevar las demás prendas y adornos que las mujeres suelen usar en sus hogares conforme a sus necesidades femeninas.
2. Se ha permitido mostrar este tipo de arreglo ante aquellos hombres que son permanentemente ilícitos para las mujeres, o ante hombres que no sienten deseo sexual, o ante personas que no serán causa de inmoralidad ni perjuicio. En el caso de las mujeres se ha establecido la condición de que sean «vuestras mujeres»; para los subordinados, que carezcan de deseo sexual; y para los niños, que no conozcan los asuntos privados de las mujeres. De ello se comprende que el propósito del Legislador de la sharía es limitar la exhibición de la belleza femenina a un ámbito en el que la belleza y el arreglo de las mujeres no produzcan ninguna excitación ilícita ni den lugar al temor de una conducta sexual desenfrenada.
Respecto de todos los hombres que están fuera de estos límites, se ha ordenado que no se les muestre la belleza ni el arreglo; además, al caminar por el camino, no se debe pisar de tal manera que la belleza y los adornos ocultos se hagan visibles por el sonido de los pasos. Como consecuencia, la mirada del hombre se fija en esa mujer. La belleza que, según esta orden, debe ocultarse de los hombres ajenos es precisamente aquella cuya exhibición se permitió dentro de los límites restringidos mencionados anteriormente. El propósito es completamente claro. Si las mujeres se presentan arregladas ante hombres que sienten deseo sexual y cuyo deseo, por no ser mahram, no se ha transformado en un sentimiento puro e inocente, nadie afirma que, como resultado de semejante exhibición de belleza, toda mujer se volverá desvergonzada y todo hombre se convertirá prácticamente en un pecador. Pero tampoco nadie puede negar que la circulación pública de mujeres elegantemente vestidas y su participación en reuniones públicas están causando innumerables daños manifiestos y ocultos, mentales y materiales. Hoy en día, las mujeres de Europa y América gastan en su arreglo la mayor parte de sus propios ingresos y de los de sus esposos. Esta carga de gastos aumenta cada día de tal manera que ya no poseen los medios económicos para soportarla. —Recientemente se celebró una exposición de productos químicos. Según la explicación de los especialistas, se supo que las mujeres de Inglaterra gastan veinte millones de libras al año y las mujeres de Estados Unidos ciento veinticinco millones de libras al año. Cerca del noventa por ciento de las mujeres desea algún tipo de «maquillaje». (Nota: esto se refiere a cuarenta años antes, cuando se escribió este artículo. No hay duda de que actualmente el lujo de las mujeres ha aumentado muchas veces más.) ¿No son acaso las miradas lujuriosas que reciben a las mujeres que participan en los mercados, las oficinas y las reuniones públicas las que crean esta obsesión? Piénselo de nuevo: ¿qué otra razón puede haber para que surja entre las mujeres un deseo tan intenso de adornarse y para que este deseo aumente con tanta rapidez? ¿No es acaso porque desean obtener la admiración de los hombres y arreglarse de un modo que resulte atractivo a sus ojos? —La obsesión por embellecerse ha aumentado tanto entre las mujeres que, por ella, llegan incluso a sacrificar sus vidas. Su empeño supremo consiste en mantenerse delgadas y esbeltas, sin tener en el cuerpo ni una libra de carne más de la necesaria. Los especialistas de la belleza han establecido determinadas medidas para las pantorrillas, los muslos y el busto, y cada muchacha quiere mantener su cuerpo dentro de esas medidas, como si para estas desdichadas no hubiera otro objetivo en la vida que resultar agradables a los ojos de los demás. Para alcanzar ese objetivo, pasan hambre, se privan de alimentos nutritivos y viven de bebidas ligeras como zumo de limón, café amargo y otras semejantes. Sin consultar al médico, e incluso contra su consejo, utilizan medicamentos que las vuelven delgadas y débiles. Muchas mujeres han sacrificado y siguen sacrificando sus vidas a causa de esta obsesión. En 1937, la famosa actriz de Budapest «Jusilabas» murió repentinamente al detenerse el funcionamiento de su corazón. Más tarde, la investigación reveló que durante varios años había vivido casi en ayunas y había utilizado medicamentos patentados para reducir su peso. Finalmente, un día sus fuerzas vitales cedieron de repente. Después de ello, solo en Budapest ocurrieron otros tres casos sucesivos. La célebre belleza húngara «Magda Barsili» entregó su vida por conseguir una apariencia más ligera. Luego, la cantante «Luis Jabu» se desmayó repentinamente una noche sobre el escenario, ante miles de espectadores, y murió. Su tristeza consistía en que su cuerpo no se ajustaba al ideal de belleza de la época moderna. Para remediar ese pesar, la pobre mujer recurrió a métodos artificiales y perdió sesenta libras de peso en dos meses. El resultado fue que su corazón se debilitó excesivamente y un día sacrificó su vida para satisfacer a los admiradores de la belleza.
Después llegó el turno de una actriz llamada «Imula». Había aligerado artificialmente tanto su cuerpo que, finalmente, contrajo una enfermedad cerebral permanente. Luego, en lugar de subir al escenario, tuvo que ingresar en un manicomio. Los sucesos de personas famosas de este tipo se publican en los periódicos. Pero ¿quién sabe cuánta salud y cuántas vidas destruye cada día esta belleza y esta locura de querer parecer una amante, que se ha extendido de casa en casa? ¿Puede alguien decir si esto es libertad de la mujer o esclavitud de la mujer? Esta llamada libertad no ha hecho sino imponer aún más sobre ellas el dominio de los impulsos sexuales del hombre. Las ha convertido en esclavas hasta tal punto que incluso en lo referente a la alimentación y al cuidado de la salud han sido privadas de libertad. La vida y la muerte de estas desdichadas han quedado ahora enteramente al servicio de los hombres. ¿Para qué es esto? ¿Es acaso un deseo completamente inocente? ¿No se oculta en su interior un deseo sexual que quiere extenderse más allá de sus límites naturales y para cuya satisfacción existe en el otro extremo un deseo semejante? Si usted niega esto, quizá mañana no vacile en afirmar que la columna de humo visible en un volcán no indica que ninguna lava esté a punto de salir de su interior.
Usted es libre de hacer su trabajo y de hacer lo que quiera. Pero no niegue la verdad. Esta verdad ya tampoco está oculta. Sus consecuencias se han manifestado con claridad, como la luz del día. Usted acepta conscientemente estas consecuencias. Pero el islam quiere detenerlas precisamente en el lugar donde comienzan a manifestarse. Porque su mirada no está dirigida al comienzo exteriormente aparentemente inocente de la exhibición de la belleza, sino a la terrible consecuencia que, como la oscuridad del Día de la Resurrección, se extiende por toda la sociedad.
Hadiz:
(Árabe*****************************************)
La mujer que se pasea adornada ante hombres que no son sus mahram es como la oscuridad del Día de la Resurrección, sin luz. —Tirmidhi
En el Corán, donde se prohíbe exhibir la belleza ante hombres desconocidos, también hay una excepción. A saber: «No hay falta en ello». La gente ha intentado obtener alguna ventaja de esta excepción. Pero el problema es que estas palabras no dejan margen para obtener una ventaja mayor. El Legislador de la sharía dice: no exhibas voluntariamente tu belleza ante otros. Pero nadie será responsable de la vestimenta que se haga visible por sí misma o que necesariamente tenga que hacerse visible; este significado es muy claro. Tu intención no debe ser exhibir tu belleza y tu vestimenta. No debe haber en ti, de ninguna manera, este impulso ni este deseo: mostrar tus adornos a otros o, aunque no sea más que eso, atraer hacia ti la mirada ajena haciendo oír el tintineo oculto de tus joyas. Debes esforzarte todo lo posible por ocultar tu belleza y tus adornos. Después de eso, si algo llega a quedar expuesto contra tu voluntad, Allah no te hará responsable por ello. La ropa con la que cubras tu belleza necesariamente será visible. En ella se percibirán la forma y la altura de tu cuerpo, tu porte físico y tus proporciones. Para realizar tus actividades tendrás que dejar al descubierto las manos y parte del rostro, en la medida necesaria. En tal caso no hay falta. No es tu intención exhibirlo; más bien, estás obligada a hacerlo. Si alguna persona inmoral obtiene placer de ello, que así sea. Sufrirá el castigo por sus malos deseos. Tú habrás cumplido, según tus posibilidades, con la responsabilidad que la civilización y la moralidad te habían confiado.
Este es el verdadero significado del versículo mencionado. Si se estudian e investigan las distintas opiniones de los comentaristas sobre el significado de este versículo, se comprenderá que, pese a todas sus divergencias, el sentido de sus afirmaciones termina siendo el que se ha expuesto anteriormente.
Según Ibn Masud, Ibrahim Najai y Hasan Basri, la belleza aparente se refiere a aquellas prendas que permiten cubrir la belleza interior, como el burka, el manto y otras semejantes.
Según Ibn Abbás, Muyáhid, Ata, Ibn Úmar, Anas, Dahhak, Saíd ibn Yubair, Awzai y los imanes de la escuela hanafí, esto significa el rostro y las manos, así como los elementos de adorno utilizados en ellos, como la henna en las manos, los anillos, el kohl de los ojos, etc.
Según Saíd ibn al-Musayyab, la única excepción es el rostro; y, según otra narración, Hasan al-Basrí también sostuvo esta opinión.
Aisha —que Allah esté complacido con ella— era partidaria de cubrirse el rostro. Según ella, la belleza manifiesta comprende las manos, las pulseras de las manos, los anillos, los brazaletes y cosas semejantes.
Miswar ibn Majrama y Qatada permiten descubrir las manos junto con sus adornos; de sus palabras parece deducirse que, en lugar de descubrir todo el rostro, consideran lícito dejar descubiertos únicamente los ojos. —[Ibn Yarir y Ahkam al-Qurán.]
Reflexionen sobre el propósito de todas estas diferencias de opinión. De todos estos exegetas se entiende que Allah, exaltado sea, permite mostrar aquella belleza que necesariamente queda expuesta o cuya manifestación resulta necesaria. Ninguno de ellos pretende exhibir las manos ni convertirlas en objeto de la mirada de alguien.
Cada uno de ellos, conforme a su capacidad de comprensión y teniendo en cuenta las necesidades de las mujeres, intentó determinar qué parte del cuerpo puede descubrirse necesariamente cuando surge una necesidad o queda naturalmente expuesta. Nosotros decimos que no se debe limitar el significado a ninguna de esas dos interpretaciones. La mujer creyente que desea obedecer las órdenes de Allah y del Mensajero, y que no quiere entregarse a la inmoralidad y la desgracia, puede decidir por sí misma, según su situación y sus necesidades, si descubrirá o no el rostro y las manos; y, si desea descubrirlos, en qué momento lo hará, cuánto descubrirá y cuánto mantendrá cubierto. El Legislador de la sharía no ha establecido una instrucción explícita sobre este asunto. Tampoco responde a la razón práctica exigir que se determine una instrucción precisa para cada diversidad de circunstancias y necesidad. La mujer que, por sus propias necesidades, se ve obligada a salir y trabajar necesitará a veces descubrir las manos y otras veces el rostro. Para una mujer así existe permiso según la necesidad. Pero la mujer cuya situación no es esa no debe descubrir voluntariamente las manos y el rostro sin motivo.
Por tanto, la intención del Legislador de la sharía es que, si se descubre alguna parte del cuerpo con el propósito de mostrar la propia belleza, ello será pecado. Si algo queda expuesto involuntariamente y por sí solo, no habrá pecado por ello. Si una necesidad real obliga a descubrirlo, será lícito. Ahora bien, apartando la mirada de la diversidad de circunstancias, ¿qué instrucción existe específicamente respecto del rostro? ¿Prefiere el Legislador de la sharía que permanezca descubierto o lo desaprueba? ¿Acaso solo puede descubrirse en caso de necesidad, o no es algo que deba ocultarse de la mirada ajena?
Los versículos de la sura Al-Ahzab arrojan luz sobre estas cuestiones.
Instrucciones relativas al rostro
Los versículos de la sura Al-Ahzab mencionados anteriormente son los siguientes:
(Árabe*********************************************)
¡Oh, Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres musulmanas que se cubran con sus mantos. Así será más probable que sean reconocidas y no sean molestadas. —Sura Al-Ahzab: 59
Este versículo fue revelado específicamente para cubrir el rostro. El término, en su forma plural, significa «manto». Otro término significa «colgar». Su sentido literal es que ella deje colgar sobre sí una parte del manto. Esto es también lo que significa cubrirse con el velo. Sin embargo, el propósito real de este versículo no es el «velo» conocido generalmente, sino cubrir el rostro, ya sea mediante un velo, un cobertor o cualquier otro medio. Se ha señalado como beneficio que, cuando una mujer musulmana salga de su casa cubierta de esta manera, la gente comprenderá que es una mujer honorable, no desvergonzada ni carente de recato. Por ello, nadie obstaculizará su recato.
Todos los comentaristas del Sagrado Corán han expresado este mismo sentido de este versículo. El venerable Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) dijo en su exégesis:
Dios Altísimo ordenó a las mujeres musulmanas que, cuando salieran de sus casas por alguna necesidad, dejaran caer sobre sus rostros el extremo del manto desde la cabeza. —Tafsir de Ibn Jarir
El imán Muhammad ibn Sirin preguntó al venerable Ubayda ibn Sufyan ibn al-Harith al-Hadrami cómo debía cumplirse esta orden. En respuesta, él mismo lo mostró: se cubrió la frente, la nariz y un ojo, dejando descubierto solamente el otro ojo. —Tafsir de Ibn Jarir
El erudito Ibn Yarir al-Tabari dice en su exégesis de este versículo:
¡Oh, Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres musulmanas que, cuando salgan de sus casas por alguna necesidad, no se vistan como las esclavas, dejando descubiertos la cabeza y el rostro; más bien, que se cubran con el velo de su manto, para que los hombres inmorales no atenten contra su castidad y sepan que son mujeres respetables. —Tafsir de Ibn Yarir
El erudito Abu Bakr al-Jassas dice:
Este versículo demuestra que se ordenó a la mujer joven cubrirse el rostro de los hombres ajenos a su familia, y que, al salir de casa, debe mostrar recato y dignidad, para que quien albergue malas intenciones no se sienta atraído por ella. —Ahkam al-Qur’an, tomo tercero
El erudito al-Naysaburi dice en su exégesis Garā’ib al-Qur’an:
En los primeros tiempos del islam, las mujeres salían vistiendo túnicas y pañuelos, como en la época de la ignorancia. La vestimenta de las mujeres nobles tampoco se diferenciaba de la de las mujeres de las clases inferiores. Entonces se ordenó que extendieran sobre sí sus mantos y cubrieran con ellos el rostro, para que la gente pudiera reconocerlas como mujeres nobles y no como mujeres inmorales.
El imán al-Razi dice:
En la época de la ignorancia, tanto las mujeres nobles como las esclavas andaban sin velo, y los hombres inmorales las perseguían. Allah, exaltado sea, ordenó a las mujeres nobles que se cubrieran con mantos. (árabe********************) Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, por esta vestimenta se podrá reconocer que se trata de una mujer noble y que no se la debe perseguir. Segundo, se podrá comprender que no son mujeres de mala conducta. Pues nadie puede esperar que una mujer que mantiene cubierto su rostro acepte descubrir su ‘awrah [o que el rostro no se considere parte de la ‘awrah —es decir, la parte del cuerpo que, según la terminología coránica, debe mantenerse cubierta ante todos salvo el esposo o la esposa. En este sentido, también se denomina ‘awrah a la parte del cuerpo del hombre situada entre el ombligo y las rodillas—, de modo que no sería obligatorio cubrirlo]. Por tanto, esta vestimenta demostrará que es una mujer recatada y que sería inútil esperar de ella cualquier conducta inmoral. —Tafsir al-Kabir
El cadí al-Baydawi dice:
(Árabe******************************************)
Esto significa que, cuando salgan para atender sus necesidades, deberán cubrirse el cuerpo y el rostro con un manto. Aquí se emplea una palabra en lugar de otra; es decir, debe envolverse por encima del manto. Con ello se establece la diferencia entre las mujeres nobles, las esclavas y las cantoras. Es decir, las personas sospechosas no se atreverán a atentar contra su honor. —Tafsir de al-Baydawi
Todas estas declaraciones demuestran que, desde la época piadosa de los compañeros del Profeta (que Dios esté complacido con ellos) hasta el siglo VIII, en cada época se entendió este versículo con el mismo sentido; y ese sentido es precisamente el que hemos podido comprender a partir de sus palabras. Si después examinamos los hadices, resulta claramente evidente que, desde la revelación de este versículo y durante la época del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), las mujeres musulmanas en general comenzaron a cubrirse el rostro, y dejó de ser costumbre andar con el rostro descubierto. En Abu Dawud, al-Tirmidhi, al-Muwatta y otras colecciones de hadices se dice que el Profeta (la paz sea con él) prohibió a las mujeres cubrirse el rostro y llevar guantes mientras se encontraban en estado de ihram. Esto demuestra que ya en aquella época piadosa se había extendido la costumbre de utilizar un velo para cubrir el rostro y guantes para cubrir las manos. Solo se prohibió utilizarlos durante el estado de ihram. Sin embargo, durante el Hayy no se pretendía que el rostro de la mujer quedara expuesto a la vista del público; más bien, la finalidad era que, con la vestimenta ritual del ihram, el velo facial no pudiera convertirse en una parte de la ropa de las mujeres, como normalmente lo era en otras ocasiones. Otros hadices indican que, incluso durante el ihram, las esposas del Profeta y las demás mujeres musulmanas ocultaban sus rostros descubiertos de la mirada de los hombres desconocidos.
(Árabe************************************************)
Aiyema (que Dios esté complacido con ella) dijo: «Las caravanas pasaban junto a nosotras mientras nos encontrábamos en estado de ihram con el Profeta (la paz sea con él). Cuando alguien se acercaba frente a nosotras, dejábamos caer nuestros mantos desde la cabeza sobre el rostro. Cuando se marchaban, volvíamos a descubrirnos el rostro».
—Abu Dawud
(Árabe***************************************************)
Fatima bint al-Mundhir dice: «Durante el ihram nos cubríamos el rostro con una tela. Entre nosotras estaba Asma, hija de Abu Bakr —que Allah esté complacido con ella—. Ella no nos lo prohibió». Imam Malik: Al-Muwatta.
En Fath al-Bari, en el Libro del Hayy, se encuentra una narración de Aisha —que Allah esté complacido con ella—:
(ÁRABE**********************************************_)
Las mujeres, durante el ihram, deben dejar caer sus mantos desde la cabeza sobre el rostro.
Cobertura
Quien preste atención a las palabras del Sagrado Corán, a su aceptación por parte del público, a la exégesis unánime y a su aplicación en la época del Noble Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— no podrá negar esta verdad: en la sharía islámica existe la orden de que las mujeres cubran sus rostros ante los extraños, y esta orden se observaba en la época del Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Aunque no se considere desde el punto de vista de la palabra «nikab» o «cobertura», sí lo es por su significado y esencia: es una disposición propuesta por el Sagrado Corán. Ante los ojos de la santa Persona sobre quien fue revelado el Corán, las mujeres musulmanas lo habían adoptado como parte de su vestimenta para salir de casa, y también en aquella época se lo llamaba «nikab», es decir, velo o cobertura.
Es lamentable que este sea precisamente el «nikab» (velo) que Europa considera sumamente desagradable y detestable. Incluso la mera idea de él resulta insoportable para la conciencia occidental. Lo consideran un signo de opresión, estrechez de miras y barbarie. Es uno de esos asuntos cuyo nombre se menciona cuando se habla de la ignorancia y el atraso de los pueblos orientales. Y cuando se dice que un pueblo oriental está progresando en civilización y cultura, lo primero que se proclama con especial énfasis es que el «nikab» ha desaparecido de entre ese pueblo. Ahora incline la cabeza avergonzado al saber que no se trata de algo inventado en una época posterior, sino de algo establecido por el propio Sagrado Corán y puesto en práctica por el Noble Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Pero no basta con inclinar la cabeza. Si el avestruz esconde la cabeza en la arena al ver al cazador, la existencia del cazador no desaparece. Usted también puede inclinar la cabeza de ese modo, pero con ello no desaparecerán los versículos del Corán ni se borrarán los hechos demostrados por la historia. Si intenta ocultarlo tras interpretaciones complejas, esta «mancha de vergüenza» se hará aún más evidente. Después de haber creído en la «palabra divina» occidental y haber aceptado que esto es una «mancha de deshonra», solo queda un medio para eliminarla: declare su liberación de ese islam que ordena incluso «cosas detestables» como el «nikab», el velo y la cobertura del rostro. Usted desea el «progreso» y necesita «civilización». Entonces, ¿cómo podría ser aceptable para usted una religión que impide a las mujeres convertirse en las luminarias de las reuniones y asambleas, que enseña el pudor, el velo, la dignidad y la castidad, y que les prohíbe adornarse para ser objeto del deleite visual de otros distintos de los habitantes del hogar? ¿Dónde está el «progreso» en una religión así? ¿Qué relación tiene una religión semejante con la «civilización»? Para el «progreso» y la «civilización» se necesita que la mujer —o, mejor dicho, la señora—, antes de salir, se libere durante dos horas de todas sus ocupaciones y se dedique únicamente a perfeccionar su belleza y a acicalarse; que llene todo su cuerpo de perfume; que se vista con ropas sumamente atractivas por su color y corte; que se maquille el rostro y los brazos; que vuelva sus labios de un rojo intenso con lápiz labial; que avive sus ojos y arregle sus cejas para lanzar miradas certeras; y que, ataviada con todas esas encantadoras formas, salga de casa, de modo que cada uno de sus gestos atraiga los corazones y las mentes y parezca decir: «Este es, en verdad, el lugar». Y si aun así no se satisface el deseo de exhibir sus adornos personales, llevará siempre consigo un espejo y sus utensilios de maquillaje, para poder corregir cada poco cualquier mínimo defecto en su arreglo.
Hemos dicho repetidamente que existe una diferencia abismal entre los objetivos del islam y los de la civilización occidental, y que quien interprete las disposiciones islámicas desde la perspectiva occidental cometerá un grave error. El criterio de valor y dignidad aplicado por Occidente a las cosas es completamente distinto del criterio del islam. Las cosas que Occidente considera sumamente importantes y deseables en la vida carecen de toda importancia desde la perspectiva del islam. Y, por otra parte, aquello a lo que el islam concede importancia carece de valor para Occidente. Por tanto, quien cree en el criterio occidental considerará que cada aspecto del islam necesita ser reformado. Cuando se disponga a interpretar las disposiciones islámicas, terminará modificándolas, y aun después de modificarlas no podrá aplicarlas en su propia vida. Pues a cada paso la interpretación del Corán y la Sunna se lo impedirá. Antes de examinar los pormenores de los métodos para poner en práctica las disposiciones de Allah, una persona así debería reflexionar sobre con qué propósito se adoptaron esos métodos y hasta qué punto son aceptables. Si no puede estar de acuerdo siquiera con esos objetivos, ¿por qué habría de debatir sobre los medios para alcanzarlos y soportar inútilmente el esfuerzo de modificarlos? ¿Por qué no abandona de una vez la religión cuyos objetivos y metas considera defectuosos? Pero si está de acuerdo con sus objetivos, entonces el debate queda limitado a si los medios eficaces propuestos para alcanzar esos objetivos son apropiados o inapropiados. Esta cuestión puede resolverse fácilmente. Sin embargo, solo las personas honorables pueden adoptar este proceder. Queda ahora el grupo de los hipócritas. Estos son los peores de todas las criaturas de Allah. Lo propio de ellos es pretender creer en algo, cuando en realidad creen en otra cosa.
El debate que se está llevando a cabo en torno al «niqab» y al «burka» se basa, en realidad, en la hipocresía. Se ha intentado demostrar por todos los medios que esta forma del velo ya estaba extendida entre los pueblos de la época preislámica y que esta herencia de la yahiliyya fue transmitida a los musulmanes mucho después de la época del Profeta. ¿Por qué tanto empeño en realizar investigaciones históricas en contra de una aleya clara del Corán, de la práctica comprobada de la época profética y de las explicaciones explícitas de los compañeros y los tabi‘ín? La única razón es que ante ellos estaban y siguen estando aquellos objetivos y fines aceptados por el público occidental. Han arraigado en sus corazones aquellas ideas de «progreso» y «civilización» que han imitado de los occidentales. Puesto que llevar el burka y cubrirse el rostro contradice esos objetivos y no armoniza con tales ideas, han intentado, mediante investigaciones históricas, eliminar aquellas cuestiones registradas en la jurisprudencia islámica. Es una hipocresía manifiesta, cometida también en este asunto, al igual que en otros problemas. Su verdadera causa es esa falta de principios, escasez de entendimiento y ausencia de valor moral que se ha descrito anteriormente. Si no fuera así, pese a afirmar su adhesión al islam, jamás se le habría ocurrido presentar una interpretación histórica del Corán. O bien habría hecho coincidir sus objetivos con los objetivos del islam [si hubiera querido seguir siendo musulmán], o bien se habría separado abiertamente de esta religión, que considera un obstáculo para el progreso según su propia medida del progreso.
Para quien comprende los objetivos de la ley islámica y posee también algo de sentido común [Common Sense], no es difícil comprender que permitir a las mujeres salir y desplazarse con el rostro descubierto contradice aquellos objetivos a los que el islam concede tanta importancia. Lo que más atrae a una persona de otra es su rostro. La belleza natural del ser humano —en otras palabras, la manifestación suprema de la belleza humana— está precisamente en su rostro. Es lo que más atrae la mirada. Es lo que agita las emociones y los sentimientos. Es el agente supremo de la atracción y la excitación sexual. No hace falta ningún conocimiento profundo de psicología para comprenderlo. Pregunte a su propia mente. Pida el dictamen a sus propios ojos. Compruébelo y examínelo mediante su propia experiencia mental. La hipocresía es otra cuestión. Si el hipócrita ve que incluso reconocer la existencia del sol va en contra de sus intereses, se pondrá a negar la existencia del sol en pleno día. Si se atiene a la verdad, tendrá que admitir que, en lo que respecta al atractivo sexual [Sex Appeal], Al-lah, exaltado sea, ha concedido al rostro la mayor parte de la belleza de todo el cuerpo. Si tuviera que casarse con una muchacha, ¿en qué se basaría para decidir? Una posibilidad sería que ella permaneciera ante usted completamente cubierta, salvo el rostro. La segunda sería que mostrara el rostro por la abertura de una ventana. Dígame ahora: ¿cuál de estas dos posibilidades elegiría? Diga sinceramente: en comparación con todo el cuerpo, ¿no es para usted más importante la belleza del rostro?
Después de reconocer esta verdad, avancemos. Si no se desea detener el desenfreno sexual de la sociedad ni la excitación sexual descontrolada, entonces debería existir libertad para dejar al descubierto no solo el rostro, sino también el pecho, los brazos, los muslos, las pantorrillas y todo lo demás, como ocurre en la civilización occidental. En tal caso no habría ninguna necesidad de esos límites y restricciones descritos anteriormente con respecto al sistema islámico del velo. Pero si el objetivo es impedir el arrebato de la excitación sexual, ¿qué puede haber más contrario al buen juicio y más anticientífico que poner cadenas a las puertas pequeñas y dejar completamente abierta la puerta grande?
Ahora puede surgir la pregunta: si la situación es esta, ¿por qué permitió el islam descubrir el rostro en caso de necesidad imperiosa? La respuesta es que la ley islámica no es desequilibrada ni unilateral. Por un lado, tiene en cuenta las consecuencias morales y, por otro, juzga manteniendo ante sí las necesidades reales del ser humano; así ha conservado entre ambas una armonía y un equilibrio extraordinarios. Quiere cerrar el camino a la inmoralidad, pero al mismo tiempo no quiere imponer a ninguna persona restricciones que le impidan satisfacer sus necesidades reales. Esta es la única razón por la que, respecto a cubrir las partes íntimas y mostrar la belleza, no se establecieron para el rostro y las manos instrucciones tan explícitas como las que se establecieron en otros asuntos. Ocultar las partes íntimas y la belleza no causa ninguna dificultad para satisfacer las necesidades de la vida. Pero mantener siempre cubiertos las manos y el rostro de las mujeres les ocasionaría enormes dificultades para satisfacer sus necesidades. Por ello, en términos generales, se ha establecido para las mujeres que mantengan sobre el rostro un velo y una cobertura, y, conforme al principio de (Árabe*************************************)), se les ha concedido la posibilidad de descubrirlo si realmente surge la necesidad de hacerlo. La condición, sin embargo, es que el objetivo no sea exhibir la belleza, sino satisfacer una necesidad real. Además, para cerrar el camino a la inmoralidad y al mal que podían surgir de la otra parte, se ha ordenado a los hombres que bajen la mirada. Si una mujer honorable descubre el rostro por una necesidad propia, el hombre bajará la mirada y se abstendrá de cualquier otro uso indebido de ello.
Al reflexionar sobre estas instrucciones relativas al cumplimiento del velo, se comprende que el velo islámico no es una costumbre de la yahiliyya, sino una ley basada en el conocimiento y la razón. La costumbre de la yahiliyya es rígida e inmutable. Una costumbre, tal como se ha establecido, no puede modificarse bajo ninguna circunstancia. Lo que ha permanecido oculto continúa oculto para siempre; ni siquiera después de morir es posible mostrarlo. En cambio, una ley conforme a la razón y la conciencia posee flexibilidad. Según las circunstancias, permite tanto la severidad como la indulgencia. Según las circunstancias, también contempla excepciones a sus normas y principios. Una ley de este tipo no puede seguirse ciegamente. Requiere comprensión y capacidad de discernimiento. La persona consciente que cumple la ley puede decidir por sí misma cuándo debe observar las normas generales y cuándo se presenta, desde la perspectiva de la ley, una necesidad real que permite acogerse a una excepción. También puede decidir por sí misma en qué circunstancias una autorización puede reportar qué beneficio y cómo preservar el objetivo de la ley al buscar ese beneficio. En todas estas cuestiones, en realidad, solo una intención o un deseo verdaderamente puro puede convertir el corazón del creyente en un auténtico muftí. El Profeta (la paz sea con él) dijo:
(Árabe*************************************))
Pide el dictamen a tu propia conciencia y abandona aquello que despierta en tu interior inquietud o duda.
Por esta razón, no es posible obedecer al islam con ignorancia y sin comprenderlo. Es una ley basada en la conciencia y la razón, y para seguirla se necesitan a cada paso sensibilidad y capacidad de comprensión.
Normas para salir de casa
Después de establecer los límites de la vestimenta y del awra, la última instrucción dada a las mujeres es esta:
(Árabe**********************************)
Permaneced dignamente en vuestros hogares y no salgáis ataviadas como en la época de la Yahiliya. —Sura Al-Ahzab: 33
(Árabe***************************************************)
Que no golpeen sus pies de tal manera sobre el suelo que llegue a manifestarse su belleza oculta. —Sura An-Nur: 31
(Árabe******************************************)
No habléis con voz insinuante, pues quienes tienen una enfermedad en el corazón se sentirán tentados. —Sura Al-Ahzab: 32
Existe una discrepancia sobre la pronunciación de esta palabra. La mayoría de los habitantes de Medina y algunos de los habitantes de Kufa la leen con fatha sobre la kaf. Deriva de la raíz correspondiente. Según esta lectura, su significado sería: «Permanece establemente en tu casa». En cambio, la mayoría de los habitantes de Basora y Kufa la leen con kasra bajo la kaf. Esta lectura procede de otra raíz y su significado sería: «Permanece en tu casa con dignidad y tranquilidad».
Esta palabra tiene dos significados. El primero es manifestar la belleza y el adorno. El segundo es mostrar ostentación al caminar, andar con un balanceo coqueto, con una manera de caminar llena de gracia; en la aleya coránica se aluden a ambos significados. En la época de la primera jahiliyyah, las mujeres salían ataviadas con atractivos adornos, tal como las mujeres de la época moderna de la jahiliyyah se desplazan hoy en público. Además, caminaban deliberadamente de tal manera que cada paso no caía sobre el suelo, sino sobre el corazón del espectador. El célebre tabi‘í y comentarista del Corán Qatadah dijo:
(Árabe***************************************)
Para comprender esta situación no hace falta ningún relato histórico. Vaya usted a una sociedad en la que las mujeres aparezcan vestidas a la manera occidental. Podrá contemplar con sus propios ojos las costumbres de la época de la primera jahiliyyah. El islam ordena abstenerse de ello. Dice, en primer lugar, que tu verdadero lugar de residencia es tu casa. Se te ha eximido de las responsabilidades del exterior para que puedas permanecer en casa con tranquilidad y dignidad y cumplir las obligaciones de la vida familiar. No obstante, si surge una necesidad, también te está permitido salir de casa. Pero, al salir, presta plena atención a tu castidad y honor. Tu vestimenta no debe tener tal esplendor ni brillo que atraiga hacia ti las miradas ajenas, ni debes sentir tal ansiedad por exhibir tu belleza que, mientras caminas, unas veces muestres el resplandor de tu rostro y otras exhibas ambas manos. No debe haber en tu manera de andar ningún encanto que haga que las miradas ajenas se fijen en ti. No salgas llevando adornos cuyo tintineo derrame dulzura en los oídos de los demás. No eleves deliberadamente la voz para que otros te escuchen. Sí, si es necesario hablar, habla; pero no intentes hacerlo con una voz melosa. Observando todas estas normas y límites, puedes salir de casa.
Esta es precisamente la enseñanza del Noble Corán. Veamos ahora qué orientación estableció el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) para las mujeres de la sociedad conforme a esa enseñanza, y cómo los nobles Compañeros (que Allah esté complacido con ellos) la llevaron a la práctica.
Permiso para salir por necesidad
Se relata en un hadiz que, antes de que descendieran las instrucciones sobre el velo, Umar (que Allah esté complacido con él) solía pedir: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ordena a las mujeres que observen el velo». En cierta ocasión, cuando la Madre de los Creyentes Sawda bint Kham‘a (que Allah esté complacido con ella) salió de la casa por la noche, Umar (que Allah esté complacido con él) la vio. La llamó y le dijo: «¡Sawda! Te hemos reconocido». Con ello pretendía que se prohibiera a las mujeres salir de casa de cualquier manera. Después, cuando descendió la orden del velo, llegó la oportunidad de Umar (que Allah esté complacido con él). Comenzó a impedir estrictamente que las mujeres salieran y circularan. Volvió a repetirse el incidente anterior con Sawda (que Allah esté complacido con ella). Apenas salió de su casa, Umar (que Allah esté complacido con él) se lo impidió. Sawda (que Allah esté complacido con ella) presentó una queja sobre el asunto ante el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Profeta dijo:
Allah os ha permitido salir según vuestras necesidades. —Muslim, Bujari y otros.
De esto se puede saber que el sentido coránico de este mandato no es que las mujeres no deban poner jamás un pie fuera de los límites del hogar, sino que tienen pleno permiso para salir cuando sea necesario. Pero este permiso no carece de condiciones ni es ilimitado. No está permitido que las mujeres se desplacen libremente por cualquier lugar y se mezclen con las reuniones de hombres. Por necesidad, la Sharía entiende que salir se vuelve absolutamente indispensable para ellas. Debe quedar claro que no es posible establecer para todas las mujeres y para todas las épocas un único método respecto a salir o no salir. Sin embargo, a partir del método que el Legislador ha establecido para que las mujeres salgan en las circunstancias ordinarias de la vida, y de la manera en que ha fijado los límites del velo, pueden inferirse el espíritu y la orientación de la ley islámica. Al comprender esto plenamente, cada persona puede determinar por sí misma, según su situación personal y en los asuntos menores, en qué medida deben ajustarse los límites del velo teniendo en cuenta las circunstancias. Para explicarlo, mencionaremos algunos ejemplos.
El permiso para acudir a la mezquita y sus límites
Es de todos sabido que la oración obligatoria es la más importante. Se ha concedido especial importancia a acudir a la mezquita para la oración y participar en la congregación. Sin embargo, en materia de la oración congregacional, a las mujeres se les han dado instrucciones completamente opuestas a las que se han dado a los hombres. Para el hombre, es mejor la oración que se realiza en la mayor intimidad, dentro del hogar. El imán Ahmad y al-Tirmidhi transmitieron el siguiente hadiz de Umm Humayd al-Sa‘diyya:
(Árabe******************************************)
Ella dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios! Deseo orar contigo». El Profeta dijo: «Lo sé. Pero para ti es mejor orar en un lugar apartado que orar en tu propia habitación; y es mejor orar en tu habitación que en el patio de tu casa; y es mejor orar en la mezquita de tu barrio que en la mezquita principal». [Las propias mujeres pueden comprender mejor la razón por la que se les ha recomendado orar en tanta intimidad. Durante algunos días del mes se ven obligadas a abandonar la oración. De este modo puede hacerse patente algo que ninguna mujer pudorosa desea revelar siquiera ante sus hermanos y hermanas. Por esta vergüenza, muchas mujeres terminan abandonando por completo la oración. Al comprenderlo, el Legislador aconsejó: «Orad en secreto y en un lugar apartado, para que nadie sepa cuándo oráis y cuándo dejáis de hacerlo». Esto es, por supuesto, un consejo, no una orden. Las mujeres pueden formar una congregación separada dentro del hogar, y una mujer puede dirigirla. El Profeta permitió a Umm Waraqa bint Nawfal dirigir la oración de las mujeres en congregación (Abu Dawud). Se ha transmitido de al-Daraqutni y al-Bayhaqi que Aisha dirigía la oración de las mujeres y se colocaba en medio de la fila. De esto se deduce esta norma: cuando una mujer dirige la oración de una congregación de mujeres, debe colocarse en el centro, y no delante de la fila como un hombre.]
Sobre este asunto, Abu Dawud transmitió un hadiz de Ibn Mas‘ud:
(Árabe*****************************)
Para una mujer, es mejor orar en una habitación apartada que orar en su propia habitación.
Obsérvese que, en este asunto, el procedimiento ha sido establecido de manera completamente opuesta. Para el hombre, rezar solo y en retiro ha sido considerado la peor de las oraciones, mientras que rezar en una congregación cada vez más numerosa es para él la mejor oración. Pero, exactamente al contrario, para la mujer se ha considerado mejor rezar en retiro; y no solo se ha dado preferencia a esta oración en retiro sobre la oración en congregación, sino que se la ha declarado superior incluso a aquella oración respecto de la cual un musulmán no puede recibir mayor bendición alguna; es decir, la oración en congregación de la Mezquita del Profeta, dirigida por el propio Imán de los Profetas, Hazrat Muhammad (s). Ahora bien, ¿cuál es la causa de esta diferencia y desigualdad? La única causa es que el Legislador de la sharía no ha querido que las mujeres salieran y ha querido impedir la reunión conjunta de hombres y mujeres en la congregación. Sin embargo, la oración es un acto de culto sagrado y la mezquita es un lugar sagrado. El sabio Legislador de la sharía expresó su intención de impedir la mezcla entre hombres y mujeres mediante la explicación de lo virtuoso y lo no virtuoso. Pero no prohibió a las mujeres acudir a un lugar sagrado para realizar una obra tan completa. Las palabras empleadas en el hadiz para conceder este permiso son una manifestación de la incomparable sabiduría del Legislador de la sharía.
(Árabe**********************************************)
No impidáis que las siervas de Allah acudan a las mezquitas de Allah. Si alguna de las esposas de alguno de vosotros pide permiso para ir a la mezquita, no se lo impidáis. —Bujari, Muslim
(Árabe*************************************************)
No impidáis que vuestras esposas vayan a la mezquita. Sin embargo, sus casas son mejores para ellas. —Abu Dawud
Estas palabras muestran claramente que el Legislador de la sharía no prohibió a las mujeres ir a la mezquita. Pues acudir a la mezquita para rezar no es una mala acción que pueda calificarse de ilícita. Pero tampoco puede sostenerse que deba haber una reunión mezclada de hombres y mujeres en la mezquita. Se les concedió permiso para acudir a la mezquita. Sin embargo, no se dijo que hubiera que enviarlas a la mezquita ni que hubiera que llevarlas consigo; solo se dijo que, si deseaban ir a la mezquita para rezar la oración inferior, abandonando la oración superior, y pedían permiso para ello, no se les podía impedir. Hazrat Omar (ra) era un teólogo islámico y comprendió ese significado del Legislador de la sharía. Se narra en el Muwatta que discutía continuamente sobre este asunto con su esposa, Atika bint Zayd. A Hazrat Omar (ra) no le agradaba que su esposa fuera a la mezquita. Pero ella insistía en ir. Cuando pedía permiso para hacerlo, Hazrat Omar (ra), cumpliendo debidamente la orden del Profeta (s), guardaba silencio. Esto significa que no se lo impedía, pero tampoco le daba un permiso explícito. Su esposa también era muy firme en este asunto. Decía: «¡Por Allah!, seguiré yendo hasta que usted me lo prohíba expresamente». —[Esto no se limitaba al caso de la esposa de Omar (ra). Más bien, en la época del Profeta (s), numerosas mujeres acudían a la mezquita para rezar en congregación. En Abu Dawud se afirma que en la Mezquita del Profeta había dos filas de mujeres.]
Condiciones para acudir a la mezquita
Junto con el permiso para acudir a la mezquita, también se impusieron algunas condiciones. La primera condición es que no se debe ir a la mezquita durante el día. Se pueden realizar las oraciones de la noche, a saber, la oración de la noche y la del alba.
(Árabe**********************************************)
Se relata de Hazrat Ibn Umar (que Dios esté complacido con él) que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Permitid que las mujeres acudan a la mezquita por la noche». —Tirmidhi
(Árabe*************************************************)
Hazrat Nafi, destacado discípulo de Hazrat Ibn Umar, dice que se estableció la noche específicamente para que fuera posible observar adecuadamente el velo en la oscuridad nocturna. —Tirmidhi
(Árabe*************************************************)
Hazrat Aisha (que Dios esté complacido con ella) dice: el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) rezaba la oración del alba a una hora tal que, cuando las mujeres regresaban a sus hogares envueltas en sus mantos después de la oración, no era posible distinguirlas en la oscuridad. —Tirmidhi
La segunda condición es que no se debe acudir a la mezquita adornada ni usando productos perfumados. Hazrat Aisha (que Dios esté complacido con ella) dice: en cierta ocasión, el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) estaba sentado en la mezquita. En ese momento llegó allí una mujer de la tribu de Muzaina, adornada y con ostentación. Entonces el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «No permitáis que vuestras mujeres acudan a la mezquita adornadas y con ostentación». —Ibn Mayah
Acerca del perfume, el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dice: «La noche en que acudáis a la oración, no vengáis después de usar ningún tipo de perfume. Venid con ropa completamente sencilla. La oración de la mujer que venga perfumada no será válida». —Al-Muwatta, Imam Malik
La tercera condición es que no se mezclen con los hombres formando la misma fila ni se sitúen en la fila delantera. Deben colocarse en las filas posteriores a las de los hombres.
(Árabe*****************************************)
El Profeta (s) dijo: «Para los hombres, el mejor lugar es la fila delantera y el peor, la fila posterior. Para las mujeres, el mejor lugar es la fila posterior y el peor, la fila delantera».
En lo relativo a la oración en congregación, el Profeta (s) estableció que las mujeres y los hombres no deben rezar unos junto a otros, ya sean esposos, o madres e hijos.
Hazrat Anas (ra) dijo: «En una ocasión, mi abuela Mulaika invitó al Profeta (s). Después de comer, cuando él [el Profeta] se levantó para rezar, Yatín y yo nos colocamos detrás del venerable Profeta, y Mulaika se colocó detrás de nosotros». —Tirmidhi
Existe otro relato de Hazrat Anas (ra), en el que dice: «En una ocasión, el venerable Profeta (s) dirigió la oración en nuestra casa. Yatín y yo nos colocamos detrás de él, y mi madre, Umm Sulaym, se colocó detrás de nosotros». —Bujari
Hazrat Ibn Abbás (ra) dijo: «En una ocasión, cuando el Profeta (s) se levantó para la oración, me coloqué a su lado y Hazrat Aisha (ra) se colocó detrás de nosotros». —Nasa’i
La cuarta condición es que las mujeres no eleven la voz durante la oración. Se estableció que, si durante la oración fuera necesario advertir al imán sobre algún asunto, el hombre dirá «Subhanalá» y la mujer producirá un sonido golpeando las manos. —Bujari
A pesar de haber impuesto todos estos límites y restricciones, el venerable Umar (que Dios esté complacido con él) temió que hombres y mujeres se mezclaran en la congregación. Por ello, designó una puerta separada para las mujeres en la mezquita y prohibió a los hombres transitar por ella. —Abu Dawud
Procedimiento que deben seguir las mujeres durante el hach
El hach es la segunda obligación colectiva del islam. Al igual que para los hombres, también es obligatorio para las mujeres. Sin embargo, se les ha prohibido mezclarse con los hombres durante el tawaf. En el Sahih de Bujari se narra, por autoridad de Ata, que en tiempos del Profeta (s) las mujeres realizaban el tawaf junto con los hombres, pero no se mezclaban entre sí. En la obra Fath al-Bari se narra, por autoridad de Ibrahim al-Najai, que el venerable Umar (que Dios esté complacido con él) prohibió la mezcla de hombres y mujeres durante el tawaf. En cierta ocasión vio a un hombre entre la multitud de mujeres, lo agarró y lo azotó. —Fath al-Bari, tomo 3, pág. 312
Se narra en el Muwatta que el venerable Abdullah ibn Umar (que Dios esté complacido con él) hacía salir a los miembros de su familia de Muzdalifa hacia Mina antes que todos los demás, para que pudieran realizar sus respectivas oraciones y el ritual de lanzar piedras antes de que llegara la gente. Incluso Asma, hija del venerable Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), iba a Mina en la oscuridad del amanecer. Esta era la norma para las mujeres en tiempos del Profeta (s). —Muwatta del imam Malik
El viernes’y las festividades: participación de las mujeres
La importancia de las reuniones del viernes y de las festividades en el islam es tal que resulta innecesario describirla. Considerando su importancia, el Legislador dejó sin efecto, especialmente para estas reuniones, algunas de las condiciones impuestas para las oraciones ordinarias; por ejemplo, no se permite unirse a la congregación durante el día. Aunque se ha declarado explícitamente respecto a la oración del viernes que no es obligatoria para las mujeres [Abu Dawud], tampoco es necesario que participen en las congregaciones de las dos festividades. Sin embargo, si lo desean, pueden participar en estas congregaciones observando las demás condiciones. Los hadices demuestran que el propio Profeta (s) llevaba a sus mujeres a la oración de la festividad.
(Árabe*********************************************************)
Se narra, por autoridad de Umm Atiya, que el Profeta (s) llevaba al lugar de la oración de la festividad a las vírgenes, las jóvenes, las casadas y las mujeres menstruantes. Las mujeres que no podían realizar la oración permanecían separadas de la congregación y participaban únicamente en la súplica. —Tirmidhi
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Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) dijo que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) acudía al lugar de la oración del Eid acompañado de sus esposas y sus hijas. —Ibn Mayah
Visitar las tumbas y participar en los funerales
En la ley islámica, asistir al funeral de un musulmán se considera una obligación comunitaria. Las personas instruidas conocen las instrucciones necesarias al respecto. Sin embargo, todo esto se aplica únicamente a los hombres, y se ha prohibido a las mujeres asistir a los funerales. Naturalmente, esta prohibición no se ha aplicado con rigor; más bien, en ciertas ocasiones también se ha concedido permiso. Pero por las instrucciones del Legislador de la ley islámica se sabe claramente que la asistencia de las mujeres a los funerales no está exenta de objeciones.
En el Sahih de Bujari se narra un hadiz transmitido por Umm Atiya:
(Árabe************************************************)
Se nos prohibió participar en los funerales, pero no de manera estricta. —Bujari
Se narra en Ibn Mayah y en Nasai que, en cierta ocasión, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) participaba en un funeral. Allí se vio a una mujer. Umar (que Dios esté complacido con él) la reprendió. El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Umar, déjala. Al parecer, la mujer era una pariente cercana del fallecido. Había venido con el fallecido, abrumada por el dolor». Al considerar su estado emocional, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) prohibió a Umar (que Dios esté complacido con él) reprenderla.
Lo mismo ocurre con la visita a las tumbas. El corazón de la mujer es sumamente sensible. El recuerdo de sus seres queridos fallecidos deja una profunda huella en su corazón. El Legislador de la sharía no consideró correcto ignorar este intenso dolor. Sin embargo, dejó claramente establecido que está prohibido que las mujeres visiten las tumbas con demasiada frecuencia. En Tirmidhi se ha transmitido un hadiz de Hazrat Abu Huraira (que Allah esté complacido con él):
El Profeta (s) maldijo a las mujeres que visitan frecuentemente las tumbas.
Después de visitar la tumba de su hermano, Hazrat Abdur Rahman bin Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Por Allah, si hubiera estado presente en el momento de tu muerte, no habría venido a visitar tu tumba». —Tirmidhi
Anas bin Malik relata que, en cierta ocasión, el Profeta (s), al ver a una mujer sentada junto a una tumba y llorando, no se lo prohibió; solamente le dijo: «Teme a Allah y ten paciencia».
Reflexione sobre estas instrucciones. La oración es un acto de adoración sagrado. La mezquita es un lugar santo. En el Hayy, la gente se presenta ante Allah con pensamientos puros. En el funeral y junto a la tumba, en el corazón de cada persona surge el recuerdo de la muerte, y la mente queda abrumada por el dolor y la aflicción. En todas estas situaciones, el deseo sexual desaparece por completo o, si permanece, queda influido por otros sentimientos sagrados. Sin embargo, aun en estas reuniones la sharía no ha aprobado la mezcla de hombres y mujeres. Considerando la santidad de la situación, la pureza de la intención y los sentimientos de las mujeres, les ha permitido salir de sus hogares y, en ciertas ocasiones, incluso las ha llevado consigo; pero ha impuesto tantas restricciones respecto al parda que no quedó ni la más leve posibilidad de inmoralidad o perjuicio. Después se declaró que, salvo en el Hayy, en los demás asuntos era preferible que las mujeres no participaran en estas actividades.
¿Puede usted esperar que una ley con semejante orientación permita la reunión mixta de hombres y mujeres en escuelas y colegios, oficinas y fábricas, parques y lugares de recreo, cines y teatros, cafeterías y salones de baile?
La participación de las mujeres en la guerra
Usted ha observado los límites y la severidad del parda. Ahora vea dónde y por qué se han flexibilizado. Los musulmanes entran en guerra en una situación de peligro general para todos. Las circunstancias exigen que toda la fuerza de la nación se emplee en la defensa propia. En esta situación, el islam concede a las mujeres un permiso general para participar en el servicio militar. Pero, al mismo tiempo, se señala también esta verdad: aquella que fue creada para ser madre no fue creada para decapitar ni para hacer correr sangre. Poner un arma de guerra en su mano equivale a matar su naturaleza. Por eso, el islam solo ha permitido que las mujeres porten armas para proteger su vida, su honor y su castidad. Sin embargo, en general, asignar a las mujeres el trabajo de los soldados e incorporarlas a las fuerzas armadas es contrario a los principios islámicos. En el campo de batalla se puede solicitar de ellas únicamente el siguiente servicio: vendar a los soldados heridos, dar agua a los sedientos, cocinar para los soldados y mantener sus campamentos en la retaguardia. Para realizar todas estas tareas, los límites del parda se han flexibilizado considerablemente. Para estos servicios, la vestimenta de las superioras de los conventos cristianos, con ligeras modificaciones, será lícita conforme a la sharía.
Está probado en las colecciones de hadices que las esposas del Profeta y otras mujeres musulmanas acompañaban al Profeta (s) al campo de batalla. Daban agua a los sedientos y vendaban a los heridos. Esta labor continuó incluso después de que descendiera la orden del velo. —[Bujari]
En la colección de hadices de Tirmidhi se relata que Umm Sulaym y otras mujeres de los Ansar solían acompañar al Profeta (s) en las expediciones militares. En Sahih Bujari se relata que, en cierta ocasión, una mujer pidió al Profeta (s): «Ruegue para que pueda acompañar a los guerreros navales». El Profeta (s) rogó: «¡Oh, Allah! Hazla una de ellos».
Cuando los muyahidines musulmanes se debilitaron durante la batalla de Uhud, Aisha (que Allah esté complacido con ella) y Umm Sulaym llevaban odres de agua sobre los hombros y daban de beber a los soldados. Anas (que Allah esté complacido con él) dice que las vio correr de un lado a otro, levantándose los pantalones, hasta el punto de que pudo ver descubierta la parte inferior de sus pantorrillas. [Bujari, Muslim
[Hacia el final de la página 265] Respecto de otra mujer llamada Umm Sulayt, Umar (que Allah esté complacido con él) oyó personalmente decir al Profeta (s): «En la batalla de Uhud, mirara a la derecha o a la izquierda, veía a Umm Sulayt combatiendo para protegerme». En esa misma batalla, Rubayyi‘ bint Mu‘awwidh y un grupo de mujeres que la acompañaba se dedicaban a vendar a los heridos. Ellas transportaban a los soldados heridos y los llevaban a Medina. [Bujari] Durante la batalla de Hunayn, Umm Sulaym iba de un lado a otro con una daga en la mano. El Profeta (s) le preguntó: «¿Qué estás haciendo?». Ella respondió: «Si algún idólatra se acerca a mí, le abriré el vientre». [Muslim] Umm Atiyya participó en siete batallas. Se le confiaron el cuidado del campamento, la preparación de la comida para los soldados y la atención de los heridos y enfermos. [Ibn Mayah] Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dice que a las mujeres que prestaban este tipo de servicios en el campo de batalla se les concedía una parte del botín. —Muslim
De esto puede deducirse que la forma del velo islámico no era como una costumbre de la época de la ignorancia, que no pudiera modificarse según las circunstancias y las necesidades. Si fuera necesario, sus límites podrían reducirse. No solo podrían descubrirse el rostro y las manos, sino que, si fuera necesario, también podrían descubrirse parcialmente algunos de los miembros comprendidos entre las partes del cuerpo que deben cubrirse, es decir, el ‘awrah. Pero, una vez terminada la necesidad, el velo debe restablecerse dentro de los límites establecidos para las circunstancias ordinarias. Así como esta práctica del velo no es una costumbre de la época de la ignorancia, tampoco su reducción equivale a la libertad propia de dicha época. Por necesidad de la guerra, las mujeres europeas traspasaron sus límites. Pero, terminada la guerra, se negaron a regresar nuevamente a ellos. La situación de las mujeres musulmanas no es como la de estas.
Apéndice
Esta es una perspectiva justa y un camino intermedio de los que el mundo depende —y depende urgentemente— para su progreso, bienestar y seguridad moral. Como dije al principio, desde hace cientos y miles de años el mundo se ha esforzado por determinar el lugar de la mujer en la civilización [es decir, de la mitad de la humanidad]. A veces ha avanzado hacia el exceso extremo y otras hacia la deficiencia extrema, y ambos extremos han demostrado ser perjudiciales para él; la experiencia y la observación dan testimonio de este daño. Entre estos dos extremos, la justicia y el camino intermedio son precisamente los que presenta el islam. Esto es conforme al conocimiento y a la naturaleza, y enteramente adecuado a las necesidades humanas. Pero es lamentable que en la época moderna hayan surgido tantos obstáculos y dificultades que han hecho difícil para las personas comprender el «sendero recto» y reconocer su dignidad.
Entre todos estos obstáculos y dificultades, el principal es que el ser humano de la época moderna ha quedado afectado por la ictericia, y sobre los orientales occidentalizados ha recaído otro ataque aún más grave de esta enfermedad, que puede llamarse ictericia blanca. Pido perdón a mis amigos y hermanos por esta afirmación tan franca; pero ninguna amargura debería impedir que se manifieste la verdad. Es un hecho real que no existe ninguna orden ni ningún asunto del islam que contradiga los hechos filosóficos demostrados. Más aún, la verdad es que todo cuanto constituye un hecho filosófico constituye también el islam. Pero para verlo se necesita una mirada sin color, capaz de percibir cada cosa en su verdadero color. Se necesita una mente abierta y una naturaleza sana, para aceptar los hechos tal como son y no someterlos a las propias inclinaciones, sino someter más bien las inclinaciones de la naturaleza a ellos. Allí donde esto falte, el conocimiento, por mucho que exista, será inútil. Todo cuanto se vea con una mirada teñida se verá con el propio color. Una mirada estrecha solo puede alcanzar, de los problemas y asuntos, el aspecto que se presenta y ocurre ante el ángulo desde el cual los contempla. Además, aun cuando ciertos hechos filosóficos lleguen a la mente en su estado real, sobre ellos actuarán la estrechez de la mente y la deformación de la disposición natural. Su exigencia será que los hechos se ajusten a las necesidades, emociones, sentimientos e inclinaciones de su mente. Si algo no se ajusta a su mentalidad, continuará ignorándolo aun después de haberlo reconocido como verdadero y seguirá obedeciendo únicamente a sus propios impulsos. Es evidente que, cuando una persona padece esta enfermedad, ni el conocimiento, ni la experiencia, ni la observación pueden guiarla. Para un enfermo así es absolutamente imposible comprender correctamente cualquier mandato del islam. Porque el islam es la religión natural; es, en realidad, la propia naturaleza. A Occidente le resulta difícil comprender el islam porque padece esta enfermedad. Todo el conocimiento que posee es, para él, «islam», pero su mirada está teñida. Después, esta ictericia cromática ha teñido también la mirada del grupo de los nuevos educados de Oriente. Esta enfermedad le impide extraer conclusiones correctas de los hechos filosóficos y contemplar los problemas de la vida en su color natural. Entre ellos, quienes pueden ser musulmanes creen en la religión del islam, reconocen su verdad y no carecen del deseo de obedecerla. Pero, ¡desdichados!, ¿qué pueden hacer con la ictericia de sus ojos? Con estos ojos, todo cuanto contemplan lo ven contrario al color de Allah.
La segunda causa que obstaculiza la correcta comprensión es que, por lo general, cuando las personas reflexionan sobre algún asunto del islam, no contemplan de manera integral el sistema con el que dicho asunto está relacionado; por el contrario, lo separan de ese sistema y lo analizan aisladamente. Como resultado, el asunto parece estar fuera de todo conocimiento y consideración razonables, y surgen en torno a él diversas dudas. Esto es lo que ha ocurrido con el interés: se lo ha considerado separado de los principios económicos fundamentales del islam y de la naturaleza, así como del sistema económico. En consecuencia, comenzaron a aparecer en él mil males. Incluso grandes eruditos islámicos sintieron la necesidad de introducir en él reformas contrarias a la sharía. Se ha cometido el mismo error fundamental respecto de la esclavitud, la poligamia, los derechos del esposo y la esposa, y muchos otros asuntos semejantes. El problema del purdah también ha sido víctima de ello. Si, en vez de contemplar todo el edificio, usted observa solamente una de sus columnas, le resultará asombroso que haya sido colocada allí. Su establecimiento le parecerá estar por encima de toda razón y consideración. No podrá comprender en absoluto con qué armonía y utilidad el ingeniero la colocó para mantener firme el edificio, ni cómo, si se la derribara, todo el edificio resultaría perjudicado. El ejemplo del purdah es exactamente igual. Si se lo separa del sistema social para el cual fue establecido, por necesidad, como una columna del edificio, parecerá estar fuera de toda razón y consideración. No podrá comprenderse de ningún modo por qué se ha fijado esta línea divisoria discriminatoria entre las dos clases de la humanidad. Por tanto, para comprender correctamente la lógica de la columna, es necesario contemplar por completo el edificio en el que ha sido colocada.
Ahora tiene ante usted el verdadero purdah del islam. También tiene ante usted el sistema social cuyo mantenimiento hizo necesario establecer las normas del purdah. Los principales asuntos fundamentales de este sistema también están ante usted, y los aspectos esenciales del purdah han sido incorporados manteniendo un equilibrio especial con ellos. Tiene ante usted todos los datos filosóficos comprobados sobre cuya base se construyó este sistema social. Después de contemplar todo esto, diga: ¿hay en él alguna debilidad? ¿Existe en algún punto el menor rastro de desequilibrio? ¿Hay algún lugar en el que, abandonando toda inclinación partidista particular, pueda proponerse una reforma basándose únicamente en el conocimiento y la razón? Lo afirmo con profunda visión interior: en este sistema social existen exactamente la misma justicia, equilibrio, orden, armonía y belleza que usted observa en la ley de justicia sobre la cual están establecidos la tierra y el cielo, en la perfecta armonía y orden del funcionamiento del universo, y en el equilibrio y la concordancia completos que percibe entre la estructura de un átomo y la cohesión del sistema solar. El exceso extremo, la deficiencia extrema y la unilateralidad son debilidades inevitables de las obras humanas. Este sistema islámico está completamente libre de todas esas debilidades. Reformarlo o corregirlo está fuera del alcance humano. Si el ser humano, guiado por su conocimiento defectuoso, intenta cambiarlo siquiera mínimamente, en vez de reformarlo destruirá su equilibrio.
Es lamentable que no disponga de ningún medio o recurso por el cual pueda hacer llegar mi mensaje a aquellos hermanos que viven en Europa, América, Rusia y Japón. Al no encontrar un sistema civilizatorio sano y equilibrado, están destruyendo sus propias vidas y convirtiéndose también en causa de la destrucción de las demás naciones del mundo. ¡Ah, si pudiera hacerles llegar este elixir de vida, del que verdaderamente están sedientos! Tal vez no sean capaces de sentir esa sed. Sea como fuere, los hindúes, cristianos y parsis de los países vecinos están a mi alcance. La mayoría de ellos entiende mi idioma. Les hago un llamamiento para que limpien sus mentes del odio hacia el islam que ha surgido en ellas a causa de sus conflictos históricos y políticos con los musulmanes, y que, como simples buscadores de la verdad, conozcan, comprendan y examinen este sistema social islámico que he descrito en este libro. Después, compárenlo y pónganlo a prueba frente al sistema social occidental hacia el cual se apresuran. Finalmente, no por mí ni por ninguna otra persona, sino por su propio bien, decidan cuál es el camino que conduce al verdadero bienestar.
Después de apartar la mirada de los lectores en general, quiero dirigir unas palabras a aquellos hermanos extraviados a quienes se llama musulmanes.
Algunos de nuestros hermanos musulmanes recientemente educados aceptan todo lo expuesto anteriormente. Pero dicen:
Es innegable que, teniendo en cuenta las circunstancias y la época, existe un amplio margen para aliviar la severidad de las leyes islámicas. Por eso, nuestro único deseo es aprovechar esta oportunidad para obtener ciertos beneficios. Las circunstancias actuales exigen una relajación del purdah. Las mujeres musulmanas necesitan asistir a escuelas y universidades para poder recibir educación superior. Necesitan adquirir una educación que les permita comprender los problemas civilizatorios, sociales, económicos y políticos, y obtener la capacidad de resolverlos. De lo contrario, los musulmanes quedarán rezagados frente a las naciones vecinas en la lucha por la vida. En el futuro existe el temor de que suframos pérdidas aún mayores. Si las mujeres musulmanas no adquieren la capacidad de beneficiarse de los derechos que se están concediendo a las mujeres en la vida política del país, y si, debido a las restricciones y obstáculos del purdah, no pueden disfrutar de esas oportunidades y beneficios, entonces el peso de los musulmanes en la balanza política del país disminuirá considerablemente. Teniendo en cuenta las circunstancias de la época islámica, ellos relajaron en gran medida el purdah islámico. —Por el bien de la argumentación, se dice solamente «relajaron»; de lo contrario, no lo relajaron, sino que lo abolieron.— Apenas unos años después alcanzaron un progreso considerable. ¿Qué mal habría en que nosotros también siguiéramos sus pasos?
Por mucho que se describan los peligros, admitimos todos y cada uno de ellos; aun si fueran diez veces mayores, eso no cambiaría nada. En realidad, ningún peligro de este tipo puede justificar modificación o flexibilización alguna de las leyes islámicas. De hecho, por semejante insensatez, o compelido por las circunstancias, usted vive, debido a su propia debilidad, en un lugar sucio e insalubre. Allí no solo le resulta difícil observar las normas de salud, sino que, en un barrio de gente inmunda, le resulta difícil no vivir en la inmundicia. En tal situación, ni siquiera puede plantearse modificar o flexibilizar las normas de salud. Si considera correctas esas normas, su deber es esforzarse y luchar para limpiar su entorno. Si no tiene la fuerza ni el valor para luchar y es vencido por el entorno a causa de su propia debilidad, entonces, por mucha suciedad que arrojen sobre usted, sumérjase en ella. ¿Por qué habrían de cambiarse, por su causa, las normas de salud? Pero si realmente considera erróneas esas normas y se ha acostumbrado a tolerar esa inmundicia, establezca para sí las normas que quiera. Quienes sienten apego por la inmundicia no tienen derecho alguno a imponer sus preferencias o aversiones sobre las normas de pureza y limpieza.
No cabe duda de que, como toda ley, la ley islámica también permite, en determinadas circunstancias, la severidad y la flexibilización. Pero, como toda ley, la ley islámica exige asimismo que, para decidir entre la severidad y la flexibilización, la situación se examine desde una perspectiva y con un espíritu que sean los del islam. Observar la situación desde una perspectiva diferente y luego atacar los artículos de la ley con las tijeras de la flexibilización no se llama flexibilización, sino modificación manifiesta. Si la situación cuya observación desde una perspectiva no islámica se utiliza para exigir una flexibilización de la ley islámica se contempla desde la perspectiva islámica, habrá que llegar a la conclusión de que, en tales circunstancias, es necesario adoptar una severidad aún mayor en lugar de flexibilizarla. La flexibilización solo puede adoptarse cuando el propósito de la ley se cumple fácilmente por otros medios y no es necesaria una mayor severidad para preservarlo. Pero cuando el propósito de la ley no se cumple por otros medios, sino que todas las demás fuerzas se emplean en destruirlo y su cumplimiento depende precisamente de su preservación, solo puede pensar en la flexibilización quien desconoce el espíritu de la ley.
Ya se ha explicado detalladamente que el propósito de las leyes del sistema social islámico es preservar las normas de la vida conyugal, impedir el desenfreno sexual y refrenar la excitación sexual desmedida. Para este fin, el Legislador de la sharía adoptó tres medios: primero, la reforma del carácter; segundo, las leyes punitivas; y tercero, las medidas preventivas, es decir, el satr y el velo. Son como tres pilares sobre los que se sostiene este edificio: su solidez depende de la solidez de ellos, y su destrucción, de la destrucción de ellos. Venga, observe una vez el estado actual de su país y vea qué ha sucedido con estos tres pilares.
En primer lugar, observe el ambiente moral. Usted vive en un país [India anterior a la partición] donde una nación no musulmana, cuyos habitantes constituyen el setenta y cinco por ciento de la población, ejerce el poder gobernante sobre su país; una civilización no musulmana lo ha cubierto como una violenta ráfaga. Al igual que los gérmenes de la peste y el cólera, los principios del carácter no islámico y las ideas de la civilización no islámica han infectado el ambiente. La atmósfera se ha envenenado por ello. Su efecto tóxico lo ha rodeado por todas partes. Las palabras obscenas e indecentes que hasta hace poco le erizaban la piel se han convertido ahora en algo tan común que usted las considera parte de la vida cotidiana. Sus hijos ven a diario imágenes obscenas en periódicos, revistas y anuncios, y se han acostumbrado al descaro. Todos los miembros de su sociedad, desde los niños hasta los ancianos, van al cine, donde no hay nada más entretenido que la desnudez, la obscenidad y los amoríos cargados de excitación sexual. Padres e hijos, hermanos y hermanos, madres e hijas se sientan juntos en público y contemplan escenas de besos y abrazos, de encuentros entre amantes y de declaraciones de amor sin sentir la menor vergüenza. En todas las casas y tiendas se cantan canciones extremadamente obscenas y sexualmente excitantes. Ningún oído está libre de ellas. Las mujeres de las clases altas, tanto nativas como inglesas, andan por ahí con vestidos semidesnudos, y los ojos se han acostumbrado tanto a ello que nadie siente vergüenza ante semejante descaro. Gracias a la concepción de la moralidad que difunde la educación occidental, el matrimonio es considerado una costumbre antigua y desgastada; el adulterio, un entretenimiento; la convivencia entre hombres y mujeres, algo no solo sin objeciones, sino incluso digno de elogio; el divorcio, un juego; el cumplimiento de las responsabilidades conyugales, una atadura insoportable; tener hijos y perpetuar el linaje, una necedad; la obediencia al esposo, una forma de esclavitud; ser esposa, un peligro; y hacerse pasar por una pareja de amantes, un paraíso imaginario.
A continuación, observe qué tipo de efecto está teniendo este ambiente sobre su pueblo. ¿Existe en algún lugar de su sociedad el dominio de la mirada? ¿Se encuentra siquiera una persona entre cientos de miles que tema contemplar la belleza de una mujer desconocida? ¿No están cometiendo los ojos y la lengua adulterio abiertamente? ¿Se abstienen también sus mujeres de los adornos ostentosos y la exhibición de la belleza propios de la época de la ignorancia? ¿No se siguen usando hoy en sus hogares vestidos acerca de los cuales el Noble Profeta (s) dijo: «La maldición recae sobre aquellas mujeres que, aunque visten ropas, están desnudas»? ¿No ve a su madre, hermana e hija con vestidos que una mujer musulmana no puede llevar delante de ningún hombre salvo su esposo? ¿No se narran y escuchan en su sociedad, sin el menor reparo, relatos obscenos y episodios indecibles e indecorosos de amor? En las reuniones, ¿siente la gente alguna vergüenza al contar las malas acciones que ha cometido? Si esta es la situación, dígame: ¿dónde quedó aquel primer y más firme pilar de la pureza moral sobre el que se construyó el edificio del sistema social islámico? El sentido del honor islámico se ha extinguido hasta tal punto que la mujer musulmana no solo se convierte en compañera de lecho de un musulmán, sino también de un no musulmán. No solo en el dominio británico, sino también en los dominios musulmanes, los musulmanes ven hechos de este tipo sin que se les altere la sangre. Incluso se han visto musulmanes tan desprovistos de honor que, cuando su propia hermana se convirtió en esposa de un no musulmán, ese hombre proclamó orgullosamente que era cuñado de cierto gran rico incrédulo. [Este es un caso ocurrido en el sur de la India. Un amigo mío me contó un caso aún más desgarrador que este. En el este de la India, una mujer musulmana mantenía públicamente una relación con un rico no musulmán. Como resultado, llegó a poseer grandes riquezas. Mi amigo vio a los llamados musulmanes de la localidad jactarse de ello.] Después de esto, ¿queda todavía algo de desvergüenza y decadencia moral?
Ahora observe por un momento la situación del segundo pilar. En toda la India han sido abolidas las leyes penales islámicas. En ningún lugar de los Estados británicos ni musulmanes está vigente el castigo por adulterio. Más aún, la ley actualmente vigente ni siquiera considera el adulterio un delito. Si alguien desea inducir a la hija de una familia honorable a entregarse al vicio, no existe ninguna ley mediante la cual pueda protegerse su castidad y honor. Si alguien mantiene relaciones sexuales ilícitas con una mujer adulta, con su consentimiento, ninguna ley permite castigarlo. Si una mujer se entrega públicamente al adulterio, no existe autoridad capaz de impedirlo. La ley del país solo considera delito el adulterio cometido por la fuerza. Pero pregunte a un abogado cuán difícil es demostrar un adulterio forzoso. También es delito secuestrar a una mujer casada. Pero pregunte a los juristas británicos qué recurso existe ante los tribunales de los gobernantes si una mujer casada se marcha voluntariamente a vivir en la casa de alguien.
Piense: ambos pilares se han derrumbado. Ahora todo el palacio de su sistema social se sostiene sobre un solo pilar. ¿También desea destruirlo? Compare y examine, por un lado, los perjuicios del sistema del velo que usted ha descrito y, por otro, la completa destrucción del carácter moral y del sistema social si se elimina el velo. Ambos son peligros, y habrá que aceptar uno de ellos. Pregúntese ahora a sí mismo cuál de los dos peligros es relativamente menor.
Si hubiera que tomar una decisión basándose únicamente en las condiciones de la época, diría que la situación de la India no favorece la flexibilización del velo, sino que exige una mayor severidad. Porque los dos pilares que sostienen el orden social se han derrumbado, y ahora todo depende de un solo pilar. Siéntese a reflexionar con serenidad y piense cómo resolver los problemas culturales, económicos y políticos. Dentro de los límites islámicos quizá puedan encontrarse otros medios para resolverlos. Pero no debilite aún más este único pilar restante, que ya se ha debilitado. Antes de flexibilizarlo, tendrá que acumular tanta fuerza que, si una mujer musulmana se mostrara sin velo y en algún lugar hubiera dos ojos para mirarla, hubiera cincuenta manos preparadas para arrancar esos dos ojos.
Fin
1. En las zonas rurales, las mujeres llaman a la menstruación «la enfermedad mensual». —Traductor
1. Conviene señalar que la obra original titulada «Purdah» fue escrita hace aproximadamente sesenta y un años, y puede suponerse fácilmente que, junto con el llamado progreso o avance de la modernidad, la tendencia a la delincuencia también ha ido aumentando progresivamente.
2. Blue Book of Crime Statistics for 1934, véase
1. Wester Marck sostuvo exactamente esta opinión en su obra The History of Human Marriage.