El islam y la yahiliya
[El 23 de febrero de 1941, se invitó al maulana a pronunciar un discurso en la reunión del Majlis-e-Islamiyat del Islamia College de Peshawar. Este es el discurso pronunciado en aquella reunión, que posteriormente se publicó en forma de folleto con el título «El islam y la yahiliya».]
En el ámbito práctico de la vida, es absolutamente necesario que el ser humano se forme, desde el principio, una opinión clara acerca de la naturaleza, las cualidades y el estado de cada cosa con la que entra en contacto, así como de su relación con ella. Sin haber establecido previamente tal opinión, al ser humano le resulta imposible emplear cualquier cosa para algún fin. Que esa opinión sea esencialmente correcta o incorrecta es una cuestión secundaria; pero no cabe la menor duda de que es necesario establecer una opinión determinada. Y antes de hacer esa determinación, tampoco es posible decidir definitivamente cómo se debe tratar y comportar con cada cosa ni qué conducta práctica se debe adoptar respecto de cada persona. No hace falta presentar ningún argumento especial para explicar esto, pues cualquiera puede comprenderlo a partir de su experiencia real cotidiana. Cuando uno se encuentra por primera vez con alguien, necesita saber quién es esa persona, cuál es su honor y dignidad, qué clase de cualidades y capacidades posee y qué tipo de relación existe entre ella y uno mismo. Sin conocer con certeza la respuesta a estas preguntas, no puede determinarse de ningún modo qué trato o comportamiento se debe adoptar con esa persona. Aunque resultara absolutamente imposible adquirir un conocimiento completamente exacto al respecto, aun así es necesario establecer, a partir de los indicios externos y en la medida de lo posible, al menos una respuesta aproximada a estas preguntas. Después, cualquiera que sea el comportamiento que se adopte con esa persona, deberá basarse precisamente en esa opinión previamente establecida. El hecho de que el ser humano consuma determinados productos como alimento es posible gracias al conocimiento o la idea de que esos productos satisfacen sus necesidades alimentarias. Del mismo modo, aquello que desecha o arroja lejos, que utiliza para alguna de sus necesidades, cuyo mantenimiento cuida, hacia lo que muestra respeto o indiferencia, a lo que teme o ama: en todos esos casos, su conducta y trato se basan en ideas previamente establecidas acerca de la esencia y las cualidades de esas cosas y de la relación del ser humano con ellas.
Además, si la idea establecida acerca de las distintas cosas es correcta, también será correcto el comportamiento adoptado hacia ellas; y si esa idea es errónea, defectuosa o incompleta, el trato que las personas les dispensen será acorde con ello. Estas dos cosas dependen enteramente una de otra. Pero ¿de qué depende la corrección o incorrección de la propia idea? Depende del método mediante el cual se forma una opinión acerca de la cosa. Tal opinión se adopta basándose en una ciencia exacta, o bien depende únicamente de conjeturas y suposiciones, de ideas infundadas o del método de observación sensorial. Por ejemplo, un niño ve el fuego y, apoyándose exclusivamente en el conocimiento obtenido por los sentidos externos, lo considera un «juguete maravilloso». Como consecuencia de haber formado esta opinión sobre el fuego, el niño extiende la mano para agarrarlo y levantarlo. Otra persona ve ese mismo fuego y, basándose únicamente en conjeturas y suposiciones, empieza a sostener la idea de que hay en él una esencia divina o que es la manifestación externa de lo divino. Basándose en esta opinión, decide que debe establecer con él una relación de señor y siervo y que tiene el deber de inclinar la cabeza ante él. Un tercer individuo, al ver el fuego, comienza a investigar su verdadera naturaleza, sus cualidades intrínsecas, su fuerza y su poder, y, después de reflexionar e investigar, determina que es una sustancia que proporciona calor y que, por tanto, conviene utilizarla como un siervo plenamente sometido. Basándose en esta opinión, no considera el fuego un juguete ni lo acepta como una deidad digna de adoración; más bien, según la necesidad, lo utiliza unas veces para preparar alimentos y otras para reducir algo a cenizas. No cabe duda de que, entre estas distintas formas de comportarse con el mismo fuego, la conducta del niño y la del adorador del fuego se deben enteramente a la ignorancia y la ceguera. La idea del niño de que el fuego es un juguete queda completamente refutada por la experiencia real. Del mismo modo, la creencia del adorador del fuego de que el fuego es Dios o de que Dios se manifiesta en él tampoco se basa en ninguna prueba científica concluyente. Por el contrario, tal idea ha sido adoptada apoyándose únicamente en el capricho, la imaginación y conjeturas infundadas. En cambio, poner el fuego al servicio del ser humano y realizar con su ayuda diversas tareas necesarias y beneficiosas constituye, sin duda, un método práctico científicamente correcto, pues la opinión formada sobre el fuego se basa precisamente en el conocimiento y en una ciencia exacta.
El problema fundamental de la vida humana
Una vez que esta introducción haya quedado profundamente arraigada en el corazón y la mente, debemos pasar de los detalles a los principios fundamentales y abordar la cuestión. El ser humano se ve existiendo sobre esta tierra; posee un cuerpo en el que están latentes innumerables tipos de fuerza, capacidad y talento. Ante él se extiende una vasta e inmensa región de cielo y tierra, que contiene innumerables clases de bienes y recursos; y el ser humano posee plenamente la capacidad de utilizarlos y beneficiarse de ellos para sus propias necesidades. A su alrededor hay innumerables seres humanos, animales, plantas, arbustos, enredaderas, piedras, etc. La vida humana está estrechamente vinculada con todos ellos en numerosos aspectos. En tal situación, ¿cómo podría el ser humano adoptar cualquier forma de conducta hacia ellos sin formar primero una opinión sobre sí mismo, sobre los demás animales, objetos y bienes, y sobre su propia relación con ellos? ¿Se le ha impuesto alguna responsabilidad o no? ¿Es completamente libre y arbitrario, o está sometido a alguien? Si está sometido a alguien, ¿a quién? ¿Ante quién tendrá que rendir cuentas? ¿Tiene esta vida terrenal algún desenlace o no? Y, si lo tiene, ¿cuál es? Sin responder a estas y otras preguntas, ni adoptar una decisión definitiva al respecto, el ser humano no puede escoger ningún camino para su propia vida. El cuerpo humano y las fuerzas que alberga, ¿son de su propia propiedad o no son más que un don de otro? ¿Existe alguien que lleve cuenta de ellas o no? ¿Debe establecer él mismo los principios para gastar y emplear esas fuerzas, o lo hará otro? Sin determinar las respuestas a estas preguntas, no puede dedicar sus propias fuerzas y talentos a ninguna actividad. El inmenso tesoro de objetos y bienes que existe a su alrededor, ¿tiene como dueño y propietario al propio ser humano o a otro? ¿Es limitado o ilimitado su derecho a ejercer poder sobre ellos? Si es limitado, ¿quién ha establecido ese límite? Sin precisar las respuestas a estas preguntas, el ser humano no puede establecer ningún principio para utilizar los objetos y bienes que lo rodean. Del mismo modo, ¿qué significa ser humano? ¿Cuál es el fundamento para establecer diferencias y desigualdades entre unas personas y otras? ¿Sobre qué base se determinarán la amistad, la enemistad, el acuerdo y el desacuerdo, la cooperación y la falta de cooperación? Antes de fijar una opinión sobre este asunto, los seres humanos no pueden establecer ningún principio para tratarse entre sí. Además, ningún ser humano puede relacionarse de manera alguna con este mundo en su conjunto sin determinar cuál es la naturaleza de la estructura del universo y de su orden, y en qué nivel se encuentra la posición del ser humano dentro de él.
Partiendo de lo expuesto anteriormente, puede afirmarse sin reservas que, sin formarse alguna opinión sobre cada uno de esos asuntos, es imposible utilizar ninguno de ellos para ningún fin; y, de hecho, alguna respuesta a estas preguntas permanece siempre en la mente de los seres humanos de la Tierra, ya sea consciente o inconscientemente, pues el ser humano está absolutamente obligado a determinarla. Esto se debe a que, antes de establecer tal opinión, no es capaz de realizar ninguna acción. Por supuesto, no es necesario que en la mente de cada persona exista una respuesta filosófica a estas preguntas, ni que cada ser humano tenga que determinar sus respuestas mediante argumentos filosóficos y, examinando minuciosamente cada cuestión, fijar firmemente en su mente una conclusión clara. Pues eso no está al alcance de todos. En la mente de muchas personas, estas preguntas ni siquiera adquieren una forma definida y clara; muchas quizá ni siquiera reflexionen voluntariamente sobre ellas, pero, aun así, cada ser humano llega necesariamente a establecer sobre dichas cuestiones una respuesta muy vaga y, en términos generales, afirmativa o negativa. Por consiguiente, cualquiera que sea el principio que rija su vida, no puede haber la menor duda de que constituye la consecuencia inevitable de esa opinión.
Lo que se ha dicho es tan verdadero y aplicable a las distintas naciones o grupos como lo es respecto del individuo. Puesto que estas preguntas están relacionadas con los problemas fundamentales de la vida humana, antes de determinar sus respuestas no es en absoluto posible establecer ninguna norma para la sociedad y la civilización ni adoptar ningún programa de acción para el conjunto de la humanidad. Según la respuesta que se determine para estas preguntas, se establecerá también una concepción particular del carácter moral, y conforme a su naturaleza se dará forma concreta a los diversos aspectos y ámbitos de la vida. En una palabra, toda la sociedad y su cultura se construirán de acuerdo con la respuesta a esas preguntas; no es posible ninguna excepción al respecto. Tanto en el ámbito individual como en el colectivo, la respuesta que se dé a estas preguntas se plasmará en la realidad. Incluso examinando y analizando minuciosamente la conducta y las acciones de una persona o de una sociedad, se puede saber con suma facilidad qué respuesta a esas cuestiones fundamentales opera detrás de ellas. Pues, cualquiera que sea la naturaleza de la respuesta a estas preguntas, es totalmente imposible que la conducta individual o colectiva sea contraria a ella. Ciertamente puede haber una diferencia entre las afirmaciones fundamentales y la conducta efectiva; pero no puede existir ninguna diferencia entre la naturaleza y el carácter de la respuesta a las preguntas mencionadas, que está realmente grabada en lo más profundo de la mente humana, y la naturaleza de la conducta real.
Existe otro aspecto importante. Ha quedado demostrado que, sin establecer en su mente alguna respuesta a las mencionadas preguntas fundamentales de la vida humana, el ser humano no puede dar ni un solo paso en ninguna actividad de este mundo; en esencia, todas ellas están relacionadas con asuntos invisibles. Ninguna respuesta está escrita en la faz de la naturaleza del universo de tal manera que cada persona pueda leerla en cuanto ponga los pies sobre la Tierra y conocer la respuesta correcta por sus propias capacidades. Además, ninguna respuesta a estas preguntas es tan sencilla y clara que cada persona pueda conocerla espontáneamente. Por eso, aun reuniéndose todos los seres humanos, no han podido adoptar una única respuesta determinada a las preguntas mencionadas. Siempre ha existido entre los seres humanos una enorme divergencia de opiniones acerca de esta respuesta. Y la verdad es que, desde siempre, han intentado responder a las preguntas mencionadas por diversos métodos. Por tanto, es absolutamente necesario saber qué métodos pueden ser posibles para determinar las respuestas a esas preguntas, qué métodos se han adoptado hasta hoy en el mundo con ese fin y qué tipo de respuestas se pueden obtener mediante esos distintos métodos.
Un método para determinar las respuestas a las preguntas mencionadas consiste en depender de los sentidos externos propios y determinar dichas respuestas basándose en el conocimiento obtenido por medio de ellos. El segundo método consiste en establecer un principio mediante la observación realizada con ayuda de los sentidos, combinada con la inferencia y la especulación. El tercer método consiste en aceptar las respuestas que los profetas, los hombres enviados por Allah, han dado a las preguntas mencionadas, afirmando ser directamente portadores del conocimiento de las verdades ocultas.
Hasta hoy, en el mundo, solo se han seguido estos tres métodos para determinar las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida humana. Y probablemente no exista ningún otro medio para esta tarea. Cada uno de estos métodos responde a tales preguntas de manera completamente independiente. De cada respuesta se deriva un código particular de conducta; surge un ideal moral específico y se establece un sistema social y cultural determinado. Cada uno de ellos, por sus características fundamentales propias, es por completo independiente y diferente de los códigos de conducta derivados de todas las demás respuestas. A continuación, intentaré mostrar detalladamente qué respuestas se han obtenido a las preguntas mencionadas mediante estos distintos métodos y qué tipo de código de conducta se ha derivado de cada respuesta.
La Yahiliya pura o la ceguera absoluta
Cuando el ser humano intenta obtener las respuestas a las preguntas mencionadas dependiendo exclusivamente de los sentidos externos y, por este medio, adopta una determinada opinión, la consecuencia más natural de este método de pensamiento, a la que se ve obligado a llegar gradualmente, es la siguiente: este grandioso y asombroso sistema del universo creado no es más que la manifestación real de un acontecimiento puramente accidental. No existe detrás de él ninguna voluntad benevolente ni ningún propósito sublime; surgió espontáneamente, funciona mediante sus propias fuerzas y, finalmente, se destruirá para siempre por sí mismo. En ninguna parte existe un propietario de esta grandiosa naturaleza universal. Y, aunque existiera, no tendría ninguna relación con la vida práctica del ser humano. Se considera al ser humano simplemente una especie de «animal» y se supone que quizá nació en este mundo como resultado de un accidente. Nadie sabe si alguien lo creó o si adquirió su existencia por sí mismo. En realidad, esta pregunta es irrelevante aquí. Se ve al ser humano vivo y en movimiento sobre esta Tierra; posee diversos deseos, anhelos y apetitos, y las fuerzas inherentes a su naturaleza lo impulsan continuamente y con intensidad a satisfacerlos. Tiene miembros y armas e instrumentos; con su ayuda puede satisfacer sus apetitos y deseos internos. En la vasta y extensa superficie que rodea al ser humano existen innumerables elementos y recursos; puede aplicar sobre ellos sus propios miembros, armas e instrumentos para satisfacer sus deseos:
Por tanto, aparte de satisfacer plenamente sus propios apetitos y deseos con la ayuda de todas las fuerzas y capacidades inherentes a él, no existe ningún otro ámbito para su utilización, y el mundo entero no es más que un almacén de bienes y mercancías inagotables. El ser humano extenderá su mano sobre él y se apoderará de los bienes y mercancías según su voluntad: esa es la única función de la Tierra. Sobre ella no existe ninguna entidad poderosa y soberana ante la cual el ser humano pueda verse obligado a rendir cuentas. En ninguna parte existe una fuente de verdadero conocimiento y guía de la que puedan obtenerse las leyes y normas indispensables para regir la vida humana. En consecuencia, el ser humano es una entidad libre, irresponsable y dotada de autonomía.
Redactar las leyes y normas necesarias para sí mismos, determinar el ámbito de utilización de sus fuerzas inherentes y establecer sus relaciones y normas de conducta con toda clase de seres vivos y objetos existentes en la Tierra es tarea de ellos mismos. Para obtener alguna orientación al respecto, tendrán que depender del acervo de conocimientos obtenido de la vida de los animales, de la historia de las piedras y las montañas y de la experiencia histórica del propio ser humano. El ser humano no es responsable ante nadie; si necesariamente debe rendir cuentas ante alguien, es ante sí mismo, o ante el poder estatal surgido del pueblo y que ejerce influencia sobre los miembros de la sociedad; ante nadie más. Además, la vida terrenal del ser humano es la única y definitiva; las consecuencias de toda acción están limitadas a esta vida y deben agotarse en ella. Por tanto, todo lo relativo a si un principio es correcto o incorrecto, verdadero o falso, beneficioso o perjudicial, aceptable o rechazable, etc., deberá determinarse únicamente sobre la base de los resultados manifiestos de las acciones en este mundo.
En realidad, esta es una filosofía de vida completa, en la que se ofrecen respuestas a toda clase de preguntas fundamentales de la vida humana y soluciones a toda clase de problemas mediante la observación sensorial del ser humano. Cada parte de estas respuestas está estrechamente vinculada con las demás, y entre ellas existe una armonía y una semejanza naturales y propias de su esencia. Por eso, quien adopta esta filosofía de vida puede llevar en el mundo una forma de vida coherente y armoniosa. La cuestión de si estas respuestas y la conducta y forma de vida derivadas de ellas son esencialmente correctas o erróneas es completamente independiente.
Ahora hay que examinar los principios y la actitud que el ser humano adopta en el ámbito de la vida real de este mundo basándose en las respuestas mencionadas a las preguntas fundamentales de la vida humana. Al adoptar en su vida personal esta perspectiva y filosofía de vida, el ser humano adopta desde el principio hasta el final una conducta completamente libertina, arbitraria e irresponsable; comienza a considerarse dueño absoluto de sí mismo, de su cuerpo y de sus facultades físicas, y las emplea y utiliza según su propia voluntad. Todo objeto de la Tierra que llegue a estar bajo su dominio y toda persona sobre la que establezca su autoridad, este individuo materialista los tratará como su propietario. Aparte de las simples leyes naturales y de la vida organizada de la sociedad, ninguna fuerza podrá menoscabar o limitar en lo más mínimo su poder y sus derechos independientes. En su corazón y en su mente no habrá ningún sentimiento moral, sentido de responsabilidad ni temor a rendir cuentas que pueda perturbar mínimamente su vida desenfrenada. Allí donde no exista ningún obstáculo externo, o incluso cuando existan pero sea posible ignorarlos y actuar según la propia voluntad, como consecuencia inevitable de esta doctrina y filosofía de vida será necesariamente tirano, traidor, corrupto, malvado, pecador de nacimiento y destructor. Por naturaleza será egoísta, materialista y oportunista (opportunist). No tendrá otro objetivo en su nacimiento y en su vida que satisfacer los deseos y anhelos de sus propios instintos y sus necesidades animales, y actuar únicamente con ese fin; solo aquello que favorezca este propósito vital le parecerá valioso y aceptable. En realidad, que entre las personas surjan individualmente tal mentalidad y tal carácter es un resultado natural de la doctrina en cuestión. No puede negarse que una persona de este tipo puede mostrarse previsora y compasiva por razones orientadas a fines concretos, que puede albergar un espíritu de renuncia y sacrificio, y que, en una palabra, puede manifestar a lo largo de toda su vida una especie de sentimiento moral responsable. Sin embargo, al analizar sus actos y su conducta reales, se comprenderá claramente que, en esencia, esto no es más que una extensión de su egoísmo y su vanidad. En realidad, ve el bienestar y el progreso de su país y de su nación como su propio progreso y bienestar, y por eso desea el bienestar de su país y de su nación. Una persona de este tipo, en el mejor de los casos, puede ser nacionalista, y nada más.
Además, la sociedad formada por personas con esta mentalidad presentará el siguiente estado en sus diversos aspectos: su política se basará en la soberanía humana. Esta puede ser la soberanía de una persona o de una familia, o también la soberanía de una clase particular o del pueblo. Y la organización más avanzada que pueda establecerse será una unión estatal. Pero, en todos los casos, el verdadero legislador será el ser humano. Todas las leyes se redactarán y modificarán basándose únicamente en los deseos, las pasiones, los anhelos y la experiencia práctica. Los principios de todas las acciones también se determinarán y modificarán desde una perspectiva oportunista y utilitaria. Solo los más astutos, taimados, poderosos, hipócritas, engañadores, mentirosos, insensibles y pecaminosos podrán obtener la autoridad estatal y la dominación del Estado; a ellos se les confiarán el liderazgo de la sociedad y el poder y el derecho de gobernarla. En su código de leyes, la fuerza será el nombre mismo de la verdad, mientras que el débil será calificado de inválido.
En tal situación, todo el sistema de la sociedad y la civilización se establecerá sobre la base del culto a uno mismo. Al quedar liberado de toda clase de disfrute y de restricciones morales, el criterio moral que se establezca no podrá crear grandes obstáculos para la satisfacción de los deseos desenfrenados.
El arte y la literatura se verán influidos por una mentalidad semejante, y las tendencias de la desnudez y la bestialidad se manifestarán con una intensidad cada vez mayor.
En el ámbito económico, unas veces se expandirán el feudalismo y el sistema de los jagirdares; otras, el capitalismo y el plutocratismo ocuparán su lugar; y en otras ocasiones los obreros y trabajadores, al rebelarse y provocar una revolución, establecerán su propia dictadura absoluta (dictatorship). Allí no será posible establecer de ningún modo un sistema económico justo. Porque en una sociedad así, la actitud fundamental de cada individuo hacia la Tierra y sus riquezas será completamente materialista, y todos pensarán que este mundo es un campo de saqueo, donde no existe obstáculo alguno para apropiarse de tanta riqueza como quieran, aprovechando el momento y «echando mano» a voluntad. El sistema educativo que se establezca en esta sociedad para formar el carácter individual tendrá también la misma naturaleza que esta filosofía de vida y esta conducta. En la mente de cada nueva generación y de sus descendientes se arraigará firmemente la concepción antes descrita acerca de la Tierra, del ser humano y de la posición y dignidad del ser humano en la Tierra. Toda clase de información y conocimiento, cualquiera que sea la rama del saber o de la ciencia a la que pertenezca, se organizará y estructurará de tal modo que esta concepción de la vida se arraigue espontáneamente en su mente y en su intelecto. Además, se los formará precisamente para que adopten una conducta semejante en la vida presente y para que puedan ocupar un lugar en una sociedad similar con plena armonía. No creo necesario decirles nada sobre las características de semejante educación; su experiencia práctica puede obtenerse de la sociedad actual. Todas las instituciones educativas en las que estudia la gente de este país se han fundado sobre la base de esta ideología, aunque hayan recibido los nombres de «Colegio Islamia» y «Universidad Musulmana».
En realidad, la conducta cuyo análisis se ha realizado aquí es pura conducta de la «Yahiliya», semejante a la de un niño que, basándose únicamente en una observación superficial mediante los sentidos externos, sigue considerando el fuego un hermoso juguete. Sin embargo, hay una diferencia: el error de la observación del niño queda al descubierto de inmediato y por medio de la experiencia real. Pues el fuego que el niño considera un juguete y que intenta tocar es un fuego devorador; en cuanto lo toca, demuestra que no es un juguete, sino fuego. En cambio, el error de este principio de observación de la vida social solo queda demostrado tras mucho tiempo; para muchos quizá no llegue a descubrirse jamás, ni siquiera durante toda su vida. Esto se debe a que el «fuego» en el que intervienen tiene un calor apenas tibio, y su temperatura no se siente enseguida ni de forma insoportable con solo tocarlo. En muchos casos continúa calentando durante siglos. Aun así, quien desee adquirir experiencia real al respecto dispone también de amplias oportunidades. En la vida cotidiana, la amarga experiencia de la deslealtad del pueblo, la opresión y tiranía de los gobernantes, la injusticia de los jueces, el egoísmo y la explotación de los ricos, y la inmoralidad y corrupción de la gente común, así como las chispas de fuego del culto a la nación, el nacionalismo, el imperialismo, la guerra, las actividades destructivas, la conquista de países y el exterminio de pueblos que brotan como consecuencia de esta ideología, permiten concluir fácilmente, al observarlas, que se trata sin duda de una conducta de ceguera absoluta y pura Yahiliya. En realidad, no es una conducta científica, ni tampoco racional o reflexiva. Pues la concepción del orden de sí mismo y del universo que el ser humano ha establecido y sobre cuya base ha adoptado tal conducta no corresponde a la situación real ni a los hechos verdaderos. No cabe duda de que, de haber sido así, sus consecuencias no podrían haber sido tan malas.
Después, también es necesario examinar los demás métodos habituales para obtener conocimiento. El segundo método para resolver los problemas fundamentales de la vida humana y responder a sus preguntas esenciales consiste en llevar a cabo la observación basándose únicamente en concepciones, conjeturas y suposiciones, y establecer una opinión definitiva sobre estos aspectos de la vida. De este método se han establecido tres doctrinas diferentes, y de cada una de ellas ha surgido un tipo particular de conducta.
El politeísmo
Una de estas doctrinas sostiene que, aunque este vasto sistema de la naturaleza universal no podría haber comenzado a funcionar sin un «Rabb», su Dios —su Ilah y Rabb— no es uno solo, sino muchos e innumerables. Las fuentes originarias de las diversas fuerzas del universo están vinculadas a las manos de distintos dioses; la felicidad, la desgracia, el éxito, el fracaso, la ganancia y la pérdida del ser humano dependen del favor o del desagrado de innumerables entidades divinas. Quienes adoptan esta ideología se esfuerzan especialmente, mediante conjeturas y suposiciones, por determinar el origen y la ubicación de esas fuerzas semejantes a dioses. Como resultado, durante esta búsqueda han considerado «dios» a toda fuerza sobre la que haya recaído su atención. La conducta que surge espontáneamente en la vida humana después de adoptar esta doctrina se describe a continuación:
Primero: Como consecuencia, toda la vida humana se convierte en una plataforma para conjeturas irreales. Entonces el ser humano empieza a considerar innumerables cosas dotadas de poderes sobrenaturales, basándose únicamente en conjeturas y suposiciones, en lugar de seguir métodos científicos y racionales, y cree que son capaces de influir positiva o negativamente en el destino humano mediante medios sobrenaturales y extraterrenales. Por ello, la persona que cree en esta doctrina, sumida en una esperanza irreal de efectos beneficiosos y en un miedo infundado a los efectos perjudiciales, desperdicia inútilmente sus enormes energías. En algún lugar comienza a depositar sus esperanzas en una tumba, creyendo que esta realizará una tarea que él no puede llevar a cabo; en otro, se confía en una deidad y se espera que mejore el destino de la persona. Estas personas intentan complacer a semejantes divinidades imaginarias y fuerzas dotadas de poderes sobrenaturales. Si en algún lugar perciben la más mínima señal desfavorable, se desaniman y se afligen desesperados. En otro, construyen castillos imaginarios de esperanza y confianza sobre buenos augurios. Esto desvía y confunde su doctrina, su pensamiento y sus esfuerzos, apartándolos del curso natural y conduciéndolos por un camino completamente anormal.
Segundo: Precisamente a causa de esta doctrina se elabora una larga lista de actividades que incluye cultos, votos, regalos, ofrendas y muchas otras clases de ritos y ceremonias. Y, al verse involucrada en ellas, una gran parte de la actividad y el esfuerzo humanos se consume en acciones carentes de sentido.
Tercero: Sumidos en la superstición de esta imaginación politeísta y de su culto, ofrecen a los individuos astutos y engañosos una gran oportunidad para atraparlos en las redes de su fraude y saquearles el dinero. Así, alguien se convierte en rey o monarca y, mostrando una relación genealógica entre su propia familia y el sol, la luna y otras divinidades, intenta inculcar en la mente de la gente la creencia de que ellos también son dioses, y que vosotros sois sus esclavos. Otro se presenta como sacerdote y afirma que mantiene una estrecha relación con aquellos en cuyas manos se encuentran las claves fundamentales de vuestro beneficio y perjuicio; por tanto, podéis llegar hasta ellos por medio de nosotros. Otro se convierte en erudito, brahmán o pir, tiende redes de amuletos, talismanes, exorcismos, encantamientos, fórmulas mágicas y prácticas espirituales o de «adquisición de poderes», y trata de infundir en la gente la firme convicción de que todas estas cosas nuestras pueden satisfacer todas vuestras necesidades por medios sobrenaturales y extraterrenales, aliviar vuestras penas y desgracias y calmar vuestros dolores y sufrimientos. Después, los descendientes de estas personas astutas se convierten en una familia o clase permanente, dotada de una posición distintiva. Como consecuencia, sus derechos, rango, singularidad, influencia y autoridad comienzan a crecer, expandirse y consolidarse sobre bases cada vez más profundas con el paso del tiempo. De este modo, gracias a semejantes creencias y doctrinas, la divinidad de las familias reales, de los dignatarios religiosos y de los líderes espirituales queda firmemente establecida sobre las cabezas del pueblo. Y los dioses artificiales convierten a la gente en esclavos absolutamente sumisos, hasta el punto de que parecen no ser más que animales destinados a proporcionarles leche, cargar pesos y servir de medio de transporte.
Cuarto: Así como esta ideología no puede proporcionar una base permanente e independiente para las ciencias, la filosofía, la literatura, un sistema social completo y la política, tampoco puede el ser humano obtener de esos «dioses» imaginarios ningún sistema de vida digno de ser seguido. El ser humano seguirá realizando debidamente actos de culto y adoración y algunos ritos y ceremonias determinados, con la esperanza de obtener el favor y la ayuda de esos «dioses» imaginarios; su relación con ellos quedará limitada a eso. En los ámbitos más amplios y vastos de la vida humana, elaborar las leyes y normas necesarias para las actividades prácticas de la vida y determinar los principios de conducta será únicamente tarea de la plena autonomía del propio ser humano. De este modo, una sociedad «politeísta» basada en el shirk se ve en la práctica obligada a seguir el camino de la ceguera absoluta y la pura Yahiliya descrito anteriormente. En todos los ámbitos —el carácter moral, las actividades prácticas, las formas y estructuras sociales, la política, la economía, las ciencias, las artes y la literatura—, la conducta surgida de la cosmovisión basada en el shirk es semejante a la conducta de la pura Yahiliya; en principio, no existe ninguna diferencia entre ellas.
Ascetismo
La segunda respuesta establecida a la cuestión fundamental de la vida humana como resultado de mezclar la observación práctica con conjeturas infundadas puede expresarse, en una sola palabra, como ascetismo. La premisa fundamental de esta doctrina es que la Tierra y la entidad física del ser humano son, para él mismo, una especie de «centro de paz», mientras que su alma está confinada en una jaula como un prisionero condenado. Debido a su relación material con el mundo físico, todo cuanto hay en el ser humano —la codicia, los deseos, las aspiraciones y las necesidades— constituye esencialmente una especie de cadena carcelaria. Cuanto más mantenga el ser humano su relación con esta Tierra y sus bienes, más se fortalecerá el vínculo de esas cadenas y más merecedor será considerado de un castigo severo. El único medio de liberarse de este castigo consiste en evitar por completo y con éxito todo tipo de relaciones, vínculos, preocupaciones y complicaciones de la vida; reprimir severamente la codicia y los deseos naturales; renunciar al disfrute y a los placeres; negar firmemente las necesidades físicas y las exigencias e impulsos de los instintos; cortar por completo el amor y el afecto que surgen en el corazón y la mente a causa de los vínculos reales de la carne y la sangre; y aplastar a este enemigo mediante una austeridad severa e interminable del cuerpo y la mente, de tal modo que no pueda ejercer ninguna influencia ni dominio sobre el alma. Como resultado, el alma se volverá ligera y pura, y adquirirá la fuerza para elevarse hacia el camino más alto de la liberación. De esta doctrina se deriva inevitablemente la siguiente reacción en la vida humana. En primer lugar, bajo su influencia, toda la inclinación del ser humano se desvía del colectivismo hacia el individualismo, y de la sociedad y la civilización hacia la barbarie. El ser humano se aparta por completo de la Tierra y del modo de vida. No está dispuesto a asumir ninguna responsabilidad biológica, y toda su vida se convierte en la encarnación práctica de la falta de cooperación y de vínculos. Su carácter queda completamente inactivo, imbuido de una mentalidad negativa.
En segundo lugar, bajo la poderosa influencia de esta doctrina, las personas mejores y más virtuosas de la sociedad rompen sus vínculos con el mundo, se refugian en el rincón más recóndito de una soledad aislada, lejos de la mirada de la gente, y se consagran por completo a procurar su salvación personal. Como consecuencia, las riendas de toda responsabilidad y de todas las tareas de autoridad en el mundo caen en manos de las personas de carácter más perverso de la sociedad.
En tercer lugar, la influencia que esta doctrina ejerce en la sociedad y la civilización produce entre la gente una moralidad negativa, una mentalidad antisocial (individualista) y doctrinas impregnadas de desesperanza. Su energía para actuar y su capacidad de trabajo se debilitan cada vez más. Se convierten en una presa fácil para los opresores, y todos los gobiernos tiránicos y represivos pueden apoderarse de ellos con suma facilidad. En verdad, esta doctrina es infalible como la magia para convertir a las masas en sumisas y dóciles (tame) ante los opresores.
En cuarto lugar, comienza una guerra permanente entre la naturaleza humana y esta filosofía de vida ascética, y con frecuencia esta última es derrotada en la lucha. Cuando resulta derrotada, para ocultar su debilidad se ve obligada a engañarse a sí misma mediante diversos ardides y estratagemas. En varias religiones antiguas, la razón fundamental de que se hayan establecido, bajo el manto de la expiación («kaffara») y del abandono del mundo del amor metafórico, estos ritos inmundos y vergonzosos de adoración del mundo reside precisamente aquí.
Panteísmo
La tercera doctrina que surge de la observación y la práctica basadas en conjeturas irreales es el panteísmo (pantheism). Es decir, todas las cosas del ser humano y del universo son esencialmente irreales. No poseen en absoluto una existencia independiente. En realidad, una sola entidad ha tomado todo este mundo material como medio de su automanifestación y, por ello, se manifiesta espontáneamente en todas estas cosas. Al analizar esta doctrina en detalle aparecen innumerables formas de ella. Todo el universo creado y el mundo material no son más que la manifestación externa de una sola entidad. En esencia, solo existe esa entidad; todo lo demás que se percibe en realidad no es nada. Esta es la idea central de la doctrina.
Como consecuencia de esta doctrina surge el escepticismo en la mente humana. En relación con su propia existencia se alza en su mente la oscuridad impenetrable de la duda. Por consiguiente, huelga decir que no puede realizar espontáneamente ninguna acción en el mundo real. Comienza a considerarse una marioneta de madera, a la que alguien mueve desde detrás de la escena, o dentro de la cual alguien ejecuta una danza. Se entrega al profundo fango de esta fantasía infundada. Su propia vida no puede tener ningún propósito ni objetivo, ni tampoco un camino de acción definido. Piensa: «Yo mismo no soy nada y no tengo nada que hacer. Ni siquiera puede haber algo que yo deba hacer». En realidad, esa entidad universal que se desarrolla dentro de mí y en cada estrato de toda la creación, y que ha continuado desde un origen desconocido hasta la eternidad, es la que realiza todas las acciones y ejecuta todas las obras. Si la entidad es perfecta, entonces yo también soy perfecto; por tanto, no necesito esforzarme ni practicar la disciplina. Y si esa misma entidad se esfuerza por alcanzar su propia perfección, entonces, mediante el movimiento universal con el que corre continuamente hacia su perfección, yo también podré llegar allí al verme arrastrado hacia ella como una de sus partes. En realidad, solo soy una parte; no sé adónde va la entidad universal ni adónde desea ir. El resultado práctico de este modo de pensar es semejante al de la filosofía de vida ascética. En muchos casos se observa una concordancia entre la conducta de quienes adoptan esta doctrina y la conducta de los seguidores del puro jahiliyyah. Pues todos ellos convierten su vida entera en esclava de sus pasiones y deseos ciegos. En consecuencia, corren sin reservas y con indiferencia por el camino al que sus pasiones los conducen. Piensan que ellos mismos no se mueven en absoluto y que todo cuanto ocurre lo realiza la entidad universal.
En realidad, también esas tres últimas ideologías están repletas de la venenosa corriente de pensamiento de la Jahiliyyah, al igual que la ideología mencionada en primer lugar. Como consecuencia, toda la vida de quienes siguen estas doctrinas queda afligida por el veneno de la Jahiliyyah. La primera razón es que ninguna de estas ideologías posee fundamento real ni científico alguno; las distintas opiniones se han elaborado dependiendo exclusivamente de la imaginación y de meras conjeturas y suposiciones. En segundo lugar, la experiencia demuestra que estas ideologías son completamente contrarias a la realidad efectiva. Si alguna de ellas correspondiera a la verdadera situación, no habría ninguna razón para que actuar conforme a ella produjera malos resultados. Cuando se observa que comer una determinada cosa provoca inevitablemente dolor de estómago, todos podemos comprender con certeza que dicha cosa no guarda ninguna compatibilidad real con la estructura del estómago ni con su capacidad digestiva. Del mismo modo, cuando la aceptación de las ideologías del shirk, el ascetismo y el panteísmo conduce inevitablemente a toda la humanidad a la ruina y le causa perjuicios en todos los aspectos, y cuando ya no queda ninguna duda al respecto, tampoco puede existir la menor duda de que ninguna de esas ideologías corresponde a la realidad ni a la verdad efectiva.
Islam
A continuación hay que examinar el tercer método. Para obtener respuestas a las cuestiones fundamentales de la vida humana y resolver sus problemas básicos, este es el método final y definitivo. Aceptar plena y sinceramente las respuestas que los profetas enviados por Allah dieron a estas cuestiones y la solución que mostraron para los problemas fundamentales de la vida humana: eso es lo que se llama Islam.
Este método puede comprenderse claramente mediante un ejemplo. Cuando uno llega por primera vez a un lugar nuevo y desconocido, sin tener la menor experiencia sobre él, el único recurso consiste en preguntar a otra persona y recorrer el lugar siguiendo sus indicaciones. En tal situación, lo primero que hay que hacer es encontrar a alguien que afirme poseer plena experiencia sobre ese lugar. Al encontrarse con una persona así, hay que procurar cerciorarse, mediante diversos exámenes y comprobaciones, de si es digna de confianza y fiable. Solo después hay que intentar avanzar bajo su dirección; y cuando la experiencia práctica demuestra que, al actuar conforme a los conocimientos y la información obtenidos de ella, no se ha producido ningún perjuicio ni resultado negativo en la práctica, entonces ya no queda en la mente ninguna duda ni reserva respecto a la exactitud de su experiencia ni a la veracidad de la información que ha proporcionado sobre ese lugar. En realidad, este procedimiento es esencialmente científico. Puesto que no puede existir ningún otro método científico aparte de este, debe aceptarse como el método puro y exacto para determinar una posición.
Teniendo presente este ejemplo, resulta muy fácil determinar el método correcto para obtener respuestas a las cuestiones fundamentales de la vida humana. Para el ser humano, este mundo es un lugar nuevo, desconocido y nunca antes conocido. No sabe absolutamente nada sobre su realidad profunda ni sobre su condición fundamental. Ignora de qué tipo y de qué estructura es la organización de este mundo, conforme a qué leyes funciona esta fábrica universal y cuál podría ser, sobre la faz de la Tierra, la conducta favorable para el ser humano. Por ello, el hombre se forma cualquier idea que pueda concebir del mundo desde las apariencias, la considera la verdad definitiva y actúa según la norma de conducta que le parece apropiada conforme a ella. Pero el resultado práctico de esto llega a ser sumamente desastroso.
Después, el ser humano sigue estableciendo distintas opiniones basándose únicamente en conjeturas y suposiciones, y, tras actuar conforme a cada una de ellas, padece sus amargos resultados. Finalmente, solo queda este método: pedir a los profetas enviados por Allah que indiquen el camino. Los profetas afirman presentarse como personas plenamente experimentadas en los datos profundos de la verdad real. Cuanto más se examinan y analizan todos los aspectos de su vida, más se demuestra que son extremadamente veraces, dignos de confianza, fieles depositarios, íntegros, de noble carácter, desinteresados y poseedores de un pensamiento correcto. Por tanto, existen razones racionales para creer en ellos desde el principio y depositar la confianza en ellos.
A continuación, hay que examinar la veracidad, la racionalidad y la correspondencia práctica de los conocimientos y datos que transmiten sobre el mundo y sobre la posición del ser humano en él. Además, hay que investigar cuidadosamente si existe alguna prueba real —en los hechos— contra ellos y cómo ha quedado demostrado en la prueba práctica el código de conducta que se adopta en el mundo de acuerdo con sus enseñanzas. Si, después de investigar, verificar y estudiar, se obtienen sin ninguna duda respuestas afirmativas a estas tres cuestiones, entonces es obligatorio creer en los profetas y actuar conforme a su guía; asimismo, es aconsejable adoptar, en el ámbito práctico de la vida, la conducta y las normas de acción necesarias para mantener una correspondencia real con esta ideología.
Ya he dicho antes que, frente a los métodos mencionados de la Jahiliyyah, este último método es indudablemente científico. Si el ser humano se somete ante esta ciencia, la sigue abandonando la arbitrariedad y la soberbia, y vive respetando los límites que esta «ciencia» ha establecido para él, entonces este será el método de acción islámico.
La concepción de los profetas sobre el ser humano y el universo
Los profetas dicen que este vasto y grandioso universo que existe alrededor del ser humano, del cual este forma parte, no es resultado de ningún accidente fortuito. Es una especie de imperio ordenado, perfectamente organizado y regido por leyes. Allah Todopoderoso lo ha creado; Él es su dueño, su único gobernante y su único controlador. Toda la creación está sometida a un sistema totalitario. Todo el poder y la autoridad que existen aquí están concentrados en manos de una única fuerza central. En este mundo natural no rige ninguna ley distinta de la de ese Ser dotado de un poder superior. Todas las fuerzas que operan en el orden universal están sometidas a una autoridad central y le obedecen. Nadie posee siquiera la más mínima capacidad para oponerse a Su ley y a Sus órdenes, ni para hacer algo según su propia voluntad sin Su permiso. En este sistema perfecto no hay en absoluto lugar para ninguna forma de independencia ni de irresponsabilidad. Y, por su propia naturaleza, no puede haberlo.
El hecho de que el ser humano sea un súbdito nato (born subject) en este mundo no depende de su voluntad; ha nacido precisamente como súbdito, y le es imposible ser algo distinto de un súbdito. Por tanto, no tiene ningún derecho a establecer un sistema de vida para sí mismo ni a determinar sus propios deberes. El ser humano no es dueño de nada en el universo. Por consiguiente, ni siquiera se plantea que tenga derecho a elaborar el modo de utilizar la propiedad. Su propio cuerpo y todas las capacidades y talentos que lleva dentro pertenecen exclusivamente a Allah; son un don de Allah. Por ello, no puede tener ningún derecho sobre ellos. El deber del ser humano es utilizar estas cosas conforme a la voluntad y las leyes de Aquel que se las ha concedido.
Del mismo modo, todas las cosas que se encuentran dispersas en las distintas regiones del mundo alrededor del ser humano —la tierra, los animales, el agua, las plantas, los árboles, los arbustos y las enredaderas, los minerales, etc.— pertenecen a Allah Todopoderoso; el ser humano no es su dueño. Por consiguiente, tampoco tiene derecho a disponer de ellas según su propia voluntad. Al contrario, es deber del ser humano utilizarlas y administrarlas de acuerdo con las normas y leyes que el verdadero Dueño ha establecido para su uso. Las vidas de todos los seres humanos que han habitado la Tierra están estrechamente entrelazadas. Todos ellos son «súbditos» de Allah Todopoderoso. Por tanto, estos seres humanos no tienen derecho a establecer las normas para regular sus relaciones mutuas y sus actividades. Es su deber realizar todas estas tareas conforme a la ley dada por Allah. Es deseable que sus relaciones y vínculos se establezcan sobre la base de la ley dada por Allah.
Pero ¿cuál es esa ley de Allah? Los profetas dicen que hemos recibido la ley de Allah de la misma fuente de conocimiento por la que hemos llegado a conocer los secretos de la Tierra y del propio ser humano. Allah mismo nos ha concedido este conocimiento y nos ha ordenado informar plenamente de ello a toda la humanidad. Por tanto, es deber de los seres humanos depositar su confianza y fe en nosotros, considerarnos representantes del «Rey» grandioso y recibir de nosotros la ley auténtica de Allah.
Los profetas también dicen que, aunque a primera vista parece que todas las actividades de la naturaleza universal funcionan de manera ordenada, organizada y regulada, en ninguna parte se ve a un director ni a sus funcionarios. Como resultado, el ser humano percibe aquí cierto margen de libertad y arbitrariedad; puede comportarse aquí como si fuera el «dueño». Puede incluso inclinar la cabeza ante otros, en actitud de servidumbre y obediencia, en lugar de ante el verdadero Dueño, y en cualquier circunstancia puede seguir recibiendo ininterrumpidamente su «rizq», los bienes necesarios para vivir. Puede obtener facilidades para toda clase de actividades. Sin embargo, no recibe inmediatamente el resultado de su rebelión contra Allah. En realidad, todo esto se ha dispuesto como prueba para el ser humano. Puesto que al ser humano se le han concedido conocimiento, inteligencia, conciencia, capacidad de innovar y capacidad de elegir, el verdadero «Dueño», el «Rey de reyes», se ha ocultado a Sí mismo y a Su sistema de gobierno invisible de la vista de la gente. Su propósito es poner a prueba y comprobar cómo utiliza y aplica en la práctica las capacidades que Allah le ha otorgado. Allah ha dejado al ser humano con conocimiento e inteligencia, libertad de elección (freedom of choice) y cierta «autonomía» (autonomy). Ahora bien, si el ser humano comprende de corazón que es un súbdito nato y acepta con entusiasmo y voluntariamente esta «condición», aun cuando no se le haya impuesto ninguna coacción de ningún tipo para aceptarla, solo entonces podrá triunfar en la prueba de su Creador. En cambio, si no comprende la condición de súbdito, o si, aun comprendiéndola, adopta el papel de rebelde, su fracaso en la prueba será inevitable. Precisamente para esta prueba se le ha concedido al ser humano una libertad limitada en el mundo. Innumerables cosas del mundo han sido puestas bajo su autoridad. Y, además, se le ha concedido un plazo que abarca toda una vida.
Después, los profetas también dijeron que, puesto que la vida terrenal es una prueba continua e ininterrumpida, el balance real de las obras no se realizará en este mundo, ni aquí se obtendrá ninguna recompensa, paz o honor. (Nota: Hay que recordar claramente a este respecto que el mundo en el que vivimos ahora es, en esencia, el mundo físico (Physical world), no un mundo basado en leyes morales. Las leyes sobre las que se basa el sistema actual del universo tampoco son leyes morales, sino leyes naturales. Por eso, en el sistema terrenal actual, las consecuencias morales de las acciones humanas no pueden obtenerse plenamente. Ciertamente, las consecuencias morales se manifestarán en la medida exacta en que las leyes naturales hagan surgir las condiciones favorables para que se produzcan. Pero si las leyes naturales no ofrecen esa oportunidad, es imposible que se manifiesten. Por ejemplo, la consecuencia moral del homicidio solo puede manifestarse si las leyes naturales ayudan a encontrar al asesino, demostrar su delito y ejecutar sobre él la pena moral correspondiente al homicidio. De lo contrario, ninguna «consecuencia» moral podrá manifestarse en absoluto. Aunque se obtenga cierto resultado favorable, la consecuencia moral completa de este acto nunca se manifestará. Porque imponer simplemente la pena de muerte al asesino, en lugar de la persona asesinada, no constituye la consecuencia moral completa de su acto. Por eso el mundo actual no es, ni puede ser, el ámbito de la retribución. Para que sea un ámbito de retribución, es absolutamente necesario un orden universal en el que, en lugar del sistema natural vigente, las leyes morales sean la norma principal y dominante. Y la ley natural sea solamente su instrumento obediente y la que genere las condiciones favorables.)
No hay razón para pensar que todo lo «bueno» que el ser humano obtiene en este mundo sea necesariamente la recompensa de alguna virtud. Tampoco es una prueba de que Allah esté complacido con él, ni una señal de que todo lo que ha hecho sea correcto. En realidad, todo ello constituye instrumentos de prueba: la riqueza, los hijos y la capacidad de procrear, el Estado y el gobierno, los bienes necesarios para la vida; todo ha sido concedido al ser humano únicamente para ponerlo a prueba. El propósito es que, mediante su empleo y uso, demuestre en la práctica su capacidad para obrar bien o mal. Del mismo modo, lo que acontece en la vida presente del ser humano en forma de sufrimiento, calamidad, pérdida o daño tampoco es necesariamente un castigo por algún pecado. Muchas de estas cosas se manifiestan espontáneamente, sometidas a las leyes naturales. (Nota: Por ejemplo, que el adúltero contraiga una enfermedad no es el castigo moral por ese pecado; es simplemente una consecuencia natural. Si el tratamiento tiene éxito, se librará de la enfermedad, pero nunca escapará del castigo moral. Y aunque mediante la tawba sea posible librarse del castigo moral, solo por ello no será posible curarse de la enfermedad.) Algunas de ellas son meras pruebas. (Nota: Por ejemplo, la pobreza de alguien. En ese momento se pone a prueba si, para satisfacer sus necesidades, adopta medios ilícitos o permanece firme en el camino legítimo; si, ante el duro golpe de la adversidad, se mantiene firme en la verdad y la honestidad, o, impaciente, da un paso hacia la injusticia y el pecado.) Y otras sobrevienen inevitablemente como reacción a la adopción de una actitud contraria a la realidad. (Nota: Cuando el ser humano empieza a considerar este mundo «sin Señor» y a sí mismo completamente «libre», actúa de manera totalmente contraria a la realidad; este mundo no carece de Señor, ni el ser humano es libre en él. Por eso es inevitable sufrir las consecuencias de actuar contra la realidad. Si se toca el fuego creyendo que es un juguete, la mano se quemará, porque tal conducta es completamente contraria al estado natural de las cosas.)
En suma, este mundo no es en absoluto un «ámbito para recibir recompensas»; en realidad, es un ámbito de prueba. Los resultados de las acciones que se manifiestan aquí no demuestran que un método o una acción sean puros, correctos o erróneos, ni que sean pecaminosos o virtuosos, aceptables o rechazables. Por ello, tampoco pueden considerarse un criterio. El criterio verdadero, correcto y único son, por tanto, los resultados de la otra vida. Después de que termine esta vida terrenal, que es un breve período de oportunidad, existe otra vida. Entonces se examinará minuciosamente cada acción de la vida terrenal y se emitirá el juicio definitivo sobre quién triunfó y quién fracasó en esta prueba. El éxito o el fracaso en la otra vida depende de varias cosas. La primera es si el ser humano, mediante el uso correcto de su capacidad de percepción y de razonamiento, logró reconocer a Allah Altísimo como el verdadero y único Administrador y Legislador, y reconoció como auténticas disposiciones de Allah la enseñanza y el sistema de vida recibidos de Él. La segunda es si, después de conocer esta verdad profunda, y pese a tener libertad para elegir el camino, se sometió con sincero deseo y voluntad al dominio efectivo de Allah Altísimo y a Sus disposiciones de la sharía.
La doctrina islámica
Esta doctrina presentada por los profetas acerca del ser humano y del mundo es una doctrina completa. Todos sus aspectos y ramas están interrelacionados y existe entre ellos una estrecha relación lógica. Ninguna de sus partes es contraria ni contradictoria con otra. Basándose en ella, resulta sumamente fácil analizar por completo toda clase de acontecimientos del mundo y explicar plenamente los signos de la naturaleza universal. No hay ningún aspecto de esta doctrina que no pueda analizarse, ni se observa en parte alguna nada que la contradiga. Por tanto, es una teoría científica (scientific theory) y, cualquiera que sea la definición que se le dé, se aplicará sin duda a esta doctrina.
Además, ninguna investigación, observación directa ni experiencia real ha podido demostrar hasta hoy que esta doctrina sea «errónea». En realidad, es una verdad convertida en realidad, y su veracidad es eterna. De ningún modo puede incluirse entre las doctrinas cuya falsedad ha sido demostrada. (Nota: El hecho de que la opinión científica de una época determinada sea contraria a ella no demuestra su falsedad. Según el criterio científico, solo los hechos reales (Facts), y no una mera doctrina, pueden refutarla. Por tanto, mientras ningún hecho real y demostrado pruebe la falsedad de la concepción presentada por los profetas acerca del ser humano y de la naturaleza universal, incluirla entre las «doctrinas de épocas pasadas» no solo sería un grave error y una actitud anticientífica, sino también el resultado de una acción motivada por la hostilidad y el odio.) También desde la perspectiva de las leyes de la naturaleza universal que observamos, esta doctrina parece sumamente verdadera. Al contemplar el vasto y amplio orden inherente a la naturaleza universal y su coherencia, toda persona inteligente se inclina espontáneamente a pensar que debe existir un «Administrador»; no puede haber ningún argumento que justifique no pensarlo. Del mismo modo, este orden coherente hace racional creer que se trata de un «sistema centralizado» y que en él existe un director independiente y dotado de libre voluntad; no resulta en absoluto creíble considerarlo descentralizado y pensar que funciona bajo la autoridad de innumerables directores. Ante las claras pruebas de base científica, racionalidad e inteligencia impecable que se encuentran en este asombroso sistema de la naturaleza universal, es mucho más razonable considerarlo un sistema ordenado, científico y orientado hacia un propósito; no puede haber ningún argumento para considerarlo carente de propósito y semejante a un juguete infantil.
Además, si consideramos el sistema de la naturaleza universal como un reino real y al ser humano como una parte de este vasto y ordenado sistema, debemos reconocer que, bajo este sistema de leyes y orden, no hay lugar alguno para la arbitrariedad ni la libertad absoluta del ser humano. La dignidad correcta del ser humano en este mundo consiste en ser súbdito. También desde este punto de vista, la doctrina mencionada parece sumamente razonable (most reasonable).
Incluso al juzgarla por su eficacia práctica, se demuestra que es una doctrina realmente viable (practicable). Sobre su base puede elaborarse con suma facilidad un programa completo y amplio para la vida humana, con todos sus pormenores. Filosofía, moral, conocimiento y ciencia, literatura y arte, política y sistema estatal, guerra y paz, relaciones internacionales; en una palabra, es posible obtener sobre esta base un sistema independiente y permanente para todos los aspectos y ramas de la vida, así como para todas sus necesidades y problemas. En consecuencia, nunca será necesario salir de esta doctrina para determinar una norma de conducta en ningún ámbito de la vida humana.
Por otro lado, ahora debemos examinar cómo se configura la vida terrenal del ser humano sobre la base de esta ideología y cuáles son sus resultados. Esta doctrina hace que la vida individual sea completamente opuesta a la de las demás doctrinas jahilíes. La vuelve consciente de sus responsabilidades, muy organizada y disciplinada. Creer en esta ideología significa que el ser humano no considerará su cuerpo, todas sus fuerzas y capacidades, esta Tierra ni ningún objeto de ella como propiedad suya para tratarlo libremente; por el contrario, los considerará propiedad de Allah y los utilizará conforme a Su ley y Sus normas. Considerará cada cosa que obtenga como una confianza depositada por Allah y la utilizará recordando que deberá rendir cuentas de esa confianza ante Él, ante Quien no permanece oculta ninguna acción ni ningún deseo secreto del corazón. No cabe duda de que una persona tan consciente será siempre y en toda circunstancia un fiel seguidor de un ideal. Tal persona nunca podrá ser desenfrenada ni esclava de sus pasiones. No podrá ser opresora ni traicionera. Será posible depositar plena confianza en ella. No sentirá la necesidad de ninguna presión externa para mantener la disciplina y seguir las normas. Por ello, despertará en ella un poderoso vínculo moral y un sentimiento de autocontrol. En consecuencia, incluso en situaciones en las que no exista ningún temor de tener que rendir cuentas ante una autoridad terrenal, esta fuerza la ayudará a mantenerse firmemente en el camino de la honestidad, la justicia y la verdad. En realidad, no puede haber un medio mejor ni más eficaz que el temor de Allah y el sentido de la responsabilidad fiduciaria para hacer que los miembros de la sociedad sean dignos de la máxima confianza. Además, esta doctrina no solo hace que la persona sea luchadora e incansable en sus esfuerzos; también purifica todos sus esfuerzos de la suciedad del egoísmo, la adoración de sí misma o la adoración de la nación, y los dirige hacia la honestidad, la veracidad y los ideales morales superiores. Quien cree que su llegada a este mundo no carece de propósito, que ha sido enviado aquí precisamente para realizar una gran tarea, comprende que su vida no debe estar consagrada únicamente a sí mismo ni a sus demás familiares, sino enteramente a las obras que agradan a Allah. Pues no será eximido sin rendir cuentas; se le pedirá cuenta de cuánto de su tiempo y de sus capacidades gastó y en qué obras. Quien mantenga siempre viva esta convicción en su corazón no podrá ser superado por nadie en laboriosidad, productividad, rectitud y perseverancia eficaz y precisa. Por tanto, no es posible concebir un carácter humano mejor que el que esta ideología forma en la medida en que crea una persona excelente e ideal.
También en el ámbito colectivo y social, su aplicación resulta sumamente prometedora. Lo primero que debe señalarse es que esta ideología transforma por completo los fundamentos mismos de la sociedad humana. Según esta doctrina, toda la humanidad es súbdita de Allah, y en este mundo la dignidad, los derechos y las posibilidades de obtener oportunidades y beneficios son iguales para todos. Ninguna persona, familia, clase, nación o linaje posee superioridad, nobleza ni derechos discriminatorios sobre los demás. De este modo se arranca de raíz la dominación y la superioridad humanas. Y cuando se construye una sociedad sobre la base del ideal islámico, desaparecen para siempre los graves defectos y enfermedades producidos por ideologías jahilíes como la monarquía, el sistema de concesiones territoriales, el feudalismo, la aristocracia, el brahmanismo y el papado.
También desarraiga la discriminación y la hostilidad basadas en el linaje, la tribu, la geografía, la región y la raza. Pues estas graves enfermedades son precisamente las que, desde tiempos inmemoriales, han provocado derramamiento de sangre, guerras y conflictos en la sociedad humana. Pero, desde la perspectiva de la ideología islámica, Allah es el dueño de toda la Tierra, todos los seres humanos son hijos de un mismo Adán y siervos de Allah. En esta sociedad no se discrimina entre las personas por su tribu, riqueza o raza; la diferencia puede establecerse únicamente según la pureza del carácter moral y la presencia o ausencia del temor de Allah. Quien posea en mayor medida el temor de Allah será reconocido como superior por su honestidad, justicia y disposición a luchar por la verdad. En la sociedad islámica solo se reconocerán su superioridad y sus cualidades.
Así se ha transformado radicalmente la base y la perspectiva de las relaciones, los vínculos, las diferencias y las desigualdades sociales entre los seres humanos. Los criterios o causas de unión y separación en la sociedad que los propios seres humanos han inventado dividen a la humanidad en innumerables fragmentos y erigen entre ellos muros infranqueables. Puesto que está fuera del poder humano cambiar el linaje, la patria, la nacionalidad o la raza, una persona perteneciente a uno de ellos no puede de ningún modo ser considerada parte de otro. En cambio, en la ideología islámica, la base de la unión y la separación entre las personas se establece sobre el reconocimiento de la servidumbre a Allah y el cumplimiento de Sus normas. Por consiguiente, todos aquellos que abandonen la servidumbre de la creación, comiencen a adorar al Creador y, rechazando las leyes creadas por los seres humanos, adopten la ley revelada por Allah como única ley de su vida, serán considerados miembros de una misma jamaat. Quienes no lo hagan pertenecerán a otro grupo. De este modo desaparecen todas las diferencias y desigualdades de la sociedad humana, y solo queda una diferencia; además, todos pueden superar esta diferencia. Pues a cualquiera le resulta fácil cambiar sus creencias doctrinales y sus normas de vida y pasar de un grupo a otro.
Después de estas correcciones y reformas, la sociedad que se construye sobre la base de esta ideología experimenta una transformación radical en sus inclinaciones, mentalidad, corriente de pensamiento y estructura social. Su Estado no se funda en la dominación humana, sino en los cimientos de la soberanía absoluta de Allah. (Nota: véase «La doctrina política del islam», escrita por el autor.) En realidad, aquí se establece el gobierno de Allah, y Su ley es promulgada y puesta en práctica. El ser humano actúa únicamente como representante de Allah. Como resultado, desaparecen de inmediato todos los defectos derivados del gobierno humano y del derecho humano a elaborar leyes.
En segundo lugar, el establecimiento de un Estado sobre la base de esta ideología produce otra gran diferencia. Esta consiste en que todo el sistema estatal queda impregnado del espíritu puro de la adoración y la taqwa. Los gobernantes y el pueblo sienten por igual que viven sometidos al gobierno de Allah y que cada uno de sus asuntos está directamente relacionado con Allah, quien conoce todo lo oculto y lo manifiesto. El contribuyente paga sus impuestos considerándolo un pago a Allah, y tanto quienes los reciben como quienes los gastan se consideran únicamente depositarios de esa confianza. Desde el soldado hasta el juez y el gobernador, todo funcionario cumple su deber con la misma actitud mental con la que realiza la salat; para ellos, ambas clases de actos son igualmente ibadah, y en ambos casos se requieren el mismo temor de Allah y la misma actitud de reverencia. Al elegir a los representantes del pueblo, lo primero que se busca entre ellos, y con la máxima importancia, son nobles cualidades como el temor de Allah, la responsabilidad fiduciaria, la lealtad, la honestidad y la veracidad. Como consecuencia, las personas de mayor desarrollo y mejor carácter moral de la sociedad son investidas con el liderazgo y los cargos de responsabilidad, y el poder del Estado se confía a sus manos.
También en el ámbito social y cultural, esta ideología hace fluir una corriente espontánea de temor de Dios y pureza moral semejante. En lugar de la adoración de uno mismo, se extiende la influencia de la obediencia a Allah. Entre las personas, la relación común con un solo Allah adquiere una dignidad fundamental, y la ley de Allah regula, organiza y disciplina sus relaciones mutuas. Puesto que esta ley fue elaborada por ese Ser Supremo, que está libre de toda forma de egoísmo y de la inmundicia de los deseos del nafs, y que es omnisciente, sumamente científico y sabio, en la ley que Él estableció no hay lugar, ni siquiera en lo más mínimo, para ningún sistema de discordia, desenfreno, opresión, persecución, desintegración o ruina. Además, fue elaborada teniendo en cuenta todos los aspectos de la naturaleza humana y todas las necesidades biológicas de las personas.
No es posible presentar aquí el cuadro completo de la vasta sociedad y de la vida integral que se construyeron sobre la base de esta ideología. Sin embargo, considero que lo descrito anteriormente permitirá al lector formarse una idea clara del tipo de vida que se configura, y de los resultados reales que se manifiestan o pueden manifestarse, sobre la base de la concepción presentada por los profetas acerca del ser humano y del mundo. Además, esto no es simplemente el reino de la felicidad de una fantasía imposible (utopía). En un período de la historia universal, sobre la base de esta ideología se establecieron y administraron una sociedad, una vida colectiva y un Estado desarrollado, ofreciendo a la humanidad una prueba clara de su realidad. La historia también dará testimonio de que jamás se han visto en la sociedad humana personas mejores que las formadas sobre la base de este ideal, y que ningún Estado, hasta hoy, ha demostrado ser tan beneficioso para toda la humanidad sin excepción como el Estado establecido sobre esta base. Entre la población común de este Estado se había desarrollado un sentido muy intenso de responsabilidad moral. Como prueba, puede mencionarse un acontecimiento. Una mujer beduina quedó embarazada a causa del adulterio; sabía muy bien que, según la sharía islámica, el castigo por este pecado era tan terrible como la pena de muerte mediante lapidación. A pesar de ello, se presentó por iniciativa propia ante el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y solicitó que se le aplicara el castigo por su delito. Se le indicó que regresara después de dar a luz y se la dejó marchar sin exigirle ninguna garantía ni fianza. Después de dar a luz, volvió a presentarse y exigió que se le impusiera el castigo correspondiente. Pero también esta vez fue devuelta, con la instrucción de regresar después de amamantar y criar a su hijo. Así, regresó nuevamente hacia el desierto, sin que se considerara necesario ponerla bajo vigilancia policial. Una vez transcurrido el período establecido de lactancia, la mujer del desierto volvió y suplicó que, mediante la aplicación del castigo por su delito, se la purificara. Entonces fue condenada a muerte por lapidación. Cuando murió, se suplicó a Allah misericordia para ella. En ese momento, un hombre exclamó de repente que aquella mujer había sido muy desvergonzada. El Noble Profeta (la paz sea con él) respondió: «¡Por Allah!, si todos los corruptos se hubieran arrepentido como se arrepintió esta mujer, también ellos habrían sido perdonados».
En realidad, esta era la característica de los ciudadanos de la sociedad islámica. Y las características del Estado y del gobierno eran aún más extraordinarias. Aunque era dueño del tesoro público de un Estado con ingresos de decenas de millones de takas y colmado de enormes riquezas, como Irán, Siria y Egipto, su jefe de Estado recibía apenas ciento cincuenta takas al mes como salario; y entre los ciudadanos no se podía encontrar siquiera a una persona que necesitara recibir limosna.
Si, incluso después de adquirir esta vasta experiencia histórica real, alguien no puede quedar convencido de la verdad de la concepción relativa a la naturaleza profunda del orden mundial establecido por los profetas y a la condición y dignidad del ser humano dentro de él, entonces no existe otro medio para satisfacerlo en este asunto. Porque en este mundo no es posible observar directamente a Allah, a los ángeles ni la vida del Más Allá. Y allí donde la observación directa no es posible, aparte de la experiencia real de los distintos resultados, no puede existir en absoluto otro criterio para determinar la verdad o la falsedad. Por ejemplo, si, pese a todos los esfuerzos, no se logra comprender qué enfermedad compleja e incurable se ha desarrollado en qué lugar del interior del cuerpo de un paciente, el médico intenta diagnosticarla aplicando diversos medicamentos; y el medicamento que ayuda a identificar esa enfermedad desconocida se considera el medicamento apropiado para ella. Al desaparecer la enfermedad gracias a ese medicamento, queda demostrado sin duda que dicho medicamento es completamente adecuado para tratar la enfermedad existente en el interior del cuerpo; esto es innegable. Del mismo modo, cuando el complejo mecanismo de la vida humana no puede funcionar correctamente de acuerdo con ninguna otra ideología, pero puede funcionar de manera ordenada únicamente sobre la base de la concepción presentada por los profetas, esto constituye una prueba irrefutable de que esta ideología es conforme a la verdadera naturaleza de la realidad. En verdad, todo este universo es un reino de Allah, el Altísimo. Después de esta vida existe realmente otra vida, y en esa vida del Más Allá todos los seres humanos tendrán que rendir cuentas detalladas de todas sus acciones en esta vida; no hay lugar para la menor duda al respecto.
— Fin —-