Palabras del editor
El islam es el único sistema de vida otorgado por Allah a la humanidad. Tras el fallecimiento del último profeta y gran hombre de la creación, Hazrat Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), se considera la época de los cuatro califas y de Umar ibn Abd al-Aziz (que Allah esté complacido con él), conocido como el quinto califa, como la Edad de Oro del islam. En esta obra se ha realizado un minucioso análisis de la situación social y política de aquella época, así como de sus actividades generales: el temor de Allah del califa de los musulmanes, su elevado nivel moral, el servicio público, su abstención de tomar del tesoro público siquiera un céntimo más de lo necesario, la paz social, el orden, la justicia, el afecto mutuo, la compasión y otros aspectos que constituyen un ejemplo digno de imitación para todos los tiempos y todas las épocas.
En esta época actual de nueva ignorancia, esta obra contribuirá, si Allah quiere, a la transformación profunda de la comunidad musulmana y a que cada musulmán adquiera, en su vida personal, una comprensión correcta del mensaje fundamental del islam.
Que Allah Altísimo conceda a los lectores, mediante la lectura de esta obra, la capacidad de beneficiarse especialmente de ella. Amén.
La fuerza vital fundamental del islam
Si dirigimos la mirada hacia la historia resplandeciente del islam, vemos que en ella su fuerza vital fundamental permanece siempre activa.
Quien intente conocer la verdadera religión y estudie su carácter, naturaleza e historia podrá comprender su fuerza vital. La verá plenamente activa en las leyes y principios del islam. Es tan poderosa que nadie puede evitar verse influido por ella. Sin embargo, así como un sentimiento profundo y una concepción fundamental no pueden describirse en un lenguaje limitado, describir esta fuerza vital es también sumamente difícil. Esta fuerza vital permanece activa en las emociones y el entusiasmo, en los propósitos y objetivos, y en las costumbres y tradiciones; pero es extremadamente difícil revestirla con el limitado ropaje del lenguaje.
Esta misma fuerza vital señala el trazado del elevado y luminoso horizonte hacia el cual el islam inspira y alienta a sus seguidores a marchar. El islam impulsa a sus seguidores a alcanzar el objetivo supremo de la vida y, para ello, no se limita al cumplimiento de los deberes indispensables y de las formalidades habituales, sino que los anima a esforzarse y dedicarse aún más, voluntaria y alegremente. El camino hacia el gran objetivo es sumamente difícil y escabroso, y permanecer firme en él después de alcanzarlo es todavía más arduo. Los impulsos y deseos biológicos, junto con la fuerte presión de las necesidades cotidianas, se convierten en cadenas en los pies de la mayoría de las personas y obstaculizan su camino hacia el objetivo superior de la vida. Y aunque alguna persona llegue a alcanzarlo, en ocasiones, por la intensidad de la emoción y el entusiasmo y la fuerza de su determinación, después le resulta imposible permanecer allí durante mucho tiempo, superando sus obstáculos, dificultades, peligros y adversidades. Esto se debe a que ese nivel sublime está vinculado con importantes responsabilidades relacionadas con la vida y los bienes, así como con el pensamiento y las acciones. Entre ellas, la responsabilidad más grave es la que recae sobre cada persona respecto de sí misma, de su sociedad, de la humanidad y, por encima de todo, de su Creador. Mantener viva una conciencia clara de que su Creador observa constantemente, con sus propios ojos, cada una de sus acciones, grandes o pequeñas, y está informado incluso de los secretos ocultos en lo más profundo de su corazón y de sus actos silenciosos, constituye su gran responsabilidad hacia el Creador. Para que comprenda esta grave responsabilidad, el islam ha hecho que su conciencia permanezca siempre despierta y alerta, y ha agudizado y fortalecido su percepción y su sabiduría.
La dificultad de avanzar hacia la meta suprema y la dificultad aún mayor de permanecer allí una vez alcanzada no significan que el islam sea una fantasía poética o un concepto sobrehumano que se pueda pretender conquistar, pero que no se pueda tocar. La realidad no es esa. Alcanzar el sublime y elevadísimo nivel mencionado no es obligatorio para todas las personas de todas las épocas. Es únicamente un límite ideal. Se ha trazado su perfil para que el ser humano se esfuerce siempre por alcanzarlo. Este esfuerzo se realizó en el pasado y debe continuar hoy y en el futuro. La sociedad humana del pasado intentó alcanzar esta meta: a veces la alcanzó y otras veces se alejó de ella. Es un ideal que solo puede conquistarse mediante una profunda confianza en la conciencia humana y en sus fuerzas internas. Esto demuestra que no hay razón para desesperar de la humanidad en el futuro por venir. Antes de esta meta suprema se extiende una vasta llanura. Para la mayoría de las personas es posible superar la medida del esfuerzo, la dedicación y el éxito; esta vasta llanura es suficiente para esa medida. Una ley permanente de Allah es que no obliga a ninguna persona a esforzarse más allá de su capacidad.
«Allah no impone a ninguna persona una responsabilidad superior a su capacidad». (Sura al-Baqara, último versículo). La naturaleza del islam es tan amante de la justicia y tan moderada que se contenta con exigir a la gente común únicamente los deberes obligatorios. Porque:
«Cada persona tiene distintos niveles de obras». En realidad, los deberes impuestos como obligatorios son suficientes para alcanzar el éxito en la vida. Después de eso, el camino para alcanzar el nivel supremo permanece siempre abierto, y el islam llama constantemente, con una voz elevada, a avanzar en esa dirección.
La fuerza vital que mencionamos anteriormente desempeñó un papel pleno en dar forma concreta a la sociedad y la civilización islámicas. El islam, que antes era solo el nombre de una creencia, cobró forma tangible por medio de personas y acontecimientos históricos. Ahora el islam ya no es simplemente el nombre de una doctrina o una ideología; tampoco es solo un conjunto de sermones, exhortaciones y guía, ni de meras fantasías. Ha adoptado la forma de un carácter humano vivo y despierto, se ha manifestado en los acontecimientos de la vida real y, sobre todo, ha establecido instituciones sociales y logros reformadores que cualquiera puede ver con sus propios ojos y oír con sus propios oídos. Estas instituciones sociales y obras reformadoras han influido profundamente en toda la vida humana y en la historia. En realidad, todo ello es fruto de esa gloriosa «fuerza vital» del islam. Esta fuerza vital trajo una revolución a la vida de personas casi muertas en espíritu y les infundió una nueva conciencia y una nueva energía vital.
En realidad, esta es la explicación correcta de la aparición de personalidades extraordinarias en los albores de la historia del islam y en las épocas posteriores, así como de aquellos cuyas gloriosas vidas, llenas de acontecimientos trascendentales, han quedado preservadas en la historia del islam. Este es también el misterio de aquellos acontecimientos increíbles que parecen cuentos de hadas creados por un pensamiento superior.
La pureza del alma, la intrepidez de la conciencia, el sacrificio y la perseverancia inimaginables, la resolución de luchar hasta la muerte para alcanzar los objetivos y las metas, la extraordinaria e inconcebible elevación del pensamiento y del alma, y los sobresalientes logros en los diversos ámbitos de la vida, que ni siquiera la historia es capaz de describir por completo: todo ello es fruto de esta fuerza vital revolucionaria del islam.
Debemos reconocer la profunda relación existente entre las extraordinarias obras y acontecimientos que vemos esparcidos por las páginas de la historia y la fuerza vital revolucionaria del islam. En esencia, esta fuerza vital interna es la fuente primordial de la fuerza cuya manifestación observamos en la historia del islam.
Si intentamos contemplar estas obras separadas y aisladas de aquella fuerza vital, nuestro estudio quedará incompleto. Como consecuencia de este estudio erróneo, nos veremos inevitablemente sumidos en una confusión sumamente grave acerca de las fuerzas que ejercen una influencia activa sobre la vida y el mundo. El resultado será que, al tratar de determinar la fuente de la gloria y el honor de cada personalidad gloriosa, daremos prioridad a su grandeza personal y pasaremos por alto la «fuerza vital», que fue el primer impulso y la causa más influyente de todo ello. Sin embargo, esta fuerza vital fue la que influyó en la conciencia y la mente de aquellas grandes personalidades; fortalecidos por ella, cambiaron el rumbo de la historia y encauzaron la corriente de los acontecimientos por el curso que deseaban. Después entregaron la historia a una corriente de vida impetuosa, exuberante y dinámica. Y apoyados en esa corriente surgieron aquellas obras revolucionarias inolvidables.
No sería una exageración afirmar que la aparición de grandes personalidades gloriosas y la manifestación de sus hazañas se debieron enteramente a esta fuerza vital revolucionaria. En realidad, esta fuerza vital no es otra cosa que una inspiración trascendente. Todo aquello con lo que esta inspiración se ha unido —hazañas y personalidades—, aunque externamente parezca una fuerza pequeña y aislada, es en esencia una fuerza trascendente. La medida de la grandeza de cada una de estas personalidades es el grado de aptitud que demostró para recibir dicha inspiración trascendente. Entonces, ¿qué tiene de extraño considerar la profecía de Muhammad, hijo de Abdullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), como el grado supremo de esa aptitud? En realidad, su ser recibió plenamente la inspiración trascendente y permaneció durante toda su vida en esa elevadísima dignidad.
Después del rango de la profecía existen muchos grados de elevada dignidad. Los compañeros de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y sus seguidores posteriores ocuparon esos grados. Cada persona alcanzó una dignidad elevada en proporción a cuánto pudo recibir la fuerza vital de esta gran religión. En realidad, solo después de un estudio muy amplio podremos comprender hasta qué punto esta inspiración influyó en las almas humanas: cómo despertó sus espíritus adormecidos, los volvió activos y capaces de actuar, los impulsó a establecer ejemplos extraordinarios y asombrosos y, finalmente, cambió el rumbo de toda la historia de la humanidad.
Vemos la influencia de esta inspiración y fuerza vital tanto en los grandes acontecimientos de la historia como en los pequeños sucesos de la vida cotidiana. Es sabido que la magnitud de la grandeza espiritual no puede medirse en pulgadas ni en yardas; más bien, está relacionada con la calidad. Su magnitud solo puede determinarse mediante el conjunto de acontecimientos que tienen lugar en diversas circunstancias y entornos.
Un reducido grupo de personas de la península arábiga sometió, en muy poco tiempo, a dos vastos imperios como Roma y Persia. En toda la historia de la humanidad no se podrá presentar otro ejemplo de una conquista tan grande en tan breve plazo. Sin embargo, la gloria y grandeza de este acontecimiento glorioso no disminuirán en lo más mínimo si afirmamos que esa misma grandeza se manifestó también en la paciencia que mostró por sí solo un esclavo abisinio llamado Bilal (que Allah esté complacido con él) frente a la opresión y persecución de los coraichitas. Los tormentos que los coraichitas infligieron a Bilal el Abisinio (que Allah esté complacido con él) para obligarlo a abandonar el islam excedían la capacidad de resistencia de cualquier ser humano. La arena ardiente lo quemaba desde abajo, le habían colocado una pesada piedra sobre el abdomen y el pecho, su pecho estaba a punto de estallar por el hambre y la sed intensas y, además, lo golpeaban con enorme violencia. Pero, en medio de aquella tortura insoportable, las palabras que salían de su boca eran: «Ahad», «Ahad».
Cuando esta inspiración penetra en una persona común y corriente, incluso de pie ante un emperador tiránico, habla con firmeza y claridad, y no teme la censura ni las críticas de nadie por la causa de Allah. Cuando el califa rectamente guiado, soberano de un vasto imperio, manifiesta el extremo de la humildad, la satisfacción con poco y el sacrificio personal, también en él se ve actuar la misma fuerza vital. Ambos obtuvieron su fuerza de la misma fuente, y esa fuente es la indomable y revolucionaria fuerza vital del islam.
A propósito de la conquista de Roma y Persia, parece necesario señalar que la victoria del islam fue, en esencia, la victoria de una ideología espiritual. Esta ideología fue capaz de conquistar el fuero interno de las personas. Este acontecimiento respalda el análisis espiritual de la historia, pues aquí no es posible un análisis material. Es imposible explicar la causa de esta extraordinaria victoria mediante un análisis material. Los árabes no habrían podido someter dos imperios tan grandes valiéndose únicamente de la fuerza material.
Al mismo tiempo, es necesario recordar que la importancia de la revolución psicológica que el islam produjo en el pensamiento y las acciones de los árabes, en sus objetivos y metas y en sus sistemas sociales y económicos, no fue en absoluto menor que la conquista de aquellos países; más bien, fue mayor. Esto ofrece un testimonio más claro de la superioridad de la fuerza vital del islam que los acontecimientos de las conquistas territoriales. Todos saben que, entre la profecía de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y su fallecimiento, en la península arábiga no tuvo lugar ninguna revolución económica independiente, aparte de la revolución moral y cultural que él mismo trajo. Por tanto, en la situación económica de aquella región tampoco se produjo ningún cambio fundamental capaz de provocar una revolución tan grande en el pensamiento, la visión, las actividades y el sistema social de los árabes. En realidad, todas estas hazañas fueron producto de esta ideología espiritual.
Aquí no nos es posible ofrecer un relato detallado de esta revolución. Presentaremos un solo ejemplo. Este ejemplo se encuentra en una declaración de los árabes de aquella época. Ellos pronunciaron esta declaración ante los enemigos del islam, y estos no pudieron refutar ni una sola de sus palabras. Se trata de un acontecimiento de la primera época del movimiento. Agobiados por la opresión y persecución de los coraichitas, los musulmanes emigraron a Abisinia para proteger su religión y su fe. Temiendo que, una vez en Abisinia, adquirieran fuerza, los coraichitas enviaron dos representantes ante el rey Negus. El objetivo era conseguir que los emigrantes musulmanes fueran expulsados de allí. Estos dos representantes eran Amr ibn al-As y Abdullah ibn Abi Rabia. Al llegar, dijeron:
«¡Majestad! Algunos jóvenes insensatos de nuestro país han venido a establecerse en el suyo. Han abandonado la religión de su propio pueblo, pero tampoco han adoptado la suya. Han traído consigo una religión inventada por ellos mismos, nueva tanto para nosotros como para usted. Sus padres, tíos y demás parientes, así como los dirigentes de nuestro pueblo, nos han enviado ante usted con el propósito de que tenga la bondad de devolverlos a su país. Esos dirigentes son mucho más inteligentes que estos jóvenes. Nuestros líderes comprenden mejor que ellos las cosas que los jóvenes cuestionan y consideran malas.»
Al oír esto, el Negus preguntó a los jóvenes musulmanes: «¿Qué religión es esa por la cual abandonasteis a vuestro pueblo y vinisteis aquí, sin adoptar ni mi religión ni ninguna otra?»
En respuesta, Yafar, hijo de Abu Talib, dijo:
«¡Oh, rey! Vivíamos sumidos en la extrema ignorancia y la insensatez: adorábamos ídolos, comíamos cadáveres y practicábamos la fornicación. Deshonrar los vínculos de parentesco y usurpar los derechos del vecino eran nuestros hábitos cotidianos. Los fuertes de entre nosotros oprimían y explotaban a los débiles. En tal situación, Allah envió a uno de los nuestros como profeta. Conocemos su linaje y honor, su honestidad y veracidad, su fidelidad y pureza. Él nos llamó a Allah y nos enseñó a creer que Allah es Uno, a adorarlo exclusivamente y a obedecerle. Nos ordenó abandonar la adoración de los ídolos y estatuas de piedra que nosotros y nuestros antepasados adorábamos además de Allah. Nos ordenó ser honestos y veraces, cumplir con la confianza y tratar bien a los parientes y a los vecinos. Nos prohibió las acciones obscenas e indecentes, la mentira, apropiarnos de los bienes de los huérfanos y difamar a las mujeres castas. Nos ordenó adorar al Allah Único y nos prohibió asociarle copartícipe alguno. También nos ordenó establecer la oración, dar el zakat y ayunar…»
Los dos representantes de los coraichitas estaban presentes en la corte. Uno de ellos era Amr ibn al-As, sin rival en elocuencia y habilidad diplomática. Sin embargo, ninguno de los dos contradijo el cuadro que Yafar había trazado de la situación de la Arabia preislámica ni la descripción que había ofrecido del sistema de vida traído por el Mensajero de Allah. Esto demostró que aquella descripción del pasado y el presente de Arabia era completamente exacta.
Este es solamente un testimonio histórico sobre la península arábiga. Un no musulmán de la época moderna ha dado un testimonio semejante sobre el mundo entero de aquel tiempo. J. H. Denison escribió en su libro La emoción como base de la civilización (Emotion as the basis of civilization):
«En los siglos quinto y sexto, el mundo civilizado había llegado a una etapa terriblemente peligrosa de anarquía. Parecía que la gran civilización construida mediante cuatro mil años de esfuerzos incesantes estaba a punto de hacerse pedazos, y que la humanidad anhelaba regresar a la era primitiva de la incivilización y la barbarie. Había terribles disputas y conflictos entre las tribus. En lugar de la ley y el orden, surgían la división y el caos. Era como si las extensas ramas de un árbol gigantesco quisieran cubrir toda la Tierra con su sombra. Pero, desde dentro, la carcoma había devorado su tronco hasta las raíces de tal manera que el árbol podía desplomarse en cualquier momento. La civilización de aquella época se enfrentaba exactamente a esa situación. Justo cuando se hicieron evidentes los signos de una destrucción total, nació aquel hombre que unificó al mundo entero.» [Escrito por Maulana Muhammad Ali y traducido al árabe por Ustad Ahmad Jawaduchchasanuhar; tomado de «Islam and New World order».]En fin, presentaremos ahora algunos ejemplos históricos relacionados con la justicia social del islam.
Ejemplos de la conciencia despierta
Antes de presentar los ejemplos, considero necesario mencionar algunos ejemplos de un asunto aún más importante: la conciencia que el islam pretende inculcar. Pues sobre esta conciencia se asienta todo el sistema del islam. Ya he dicho que el islam enseña al individuo a mantener su conciencia siempre despierta y a hacer sumamente agudas e intensas su percepción y sus sensaciones. La historia del islam ha conservado tantos ejemplos de la lucidez de esta conciencia y de la intensidad de sus sentimientos que no es posible describirlos en este libro limitado. Aquí solo se presentan unos pocos ejemplos de diversa índole, en lugar de muchos.
Hadrat Barida (que Allah esté complacido con él) relata que:
“Māgher ibn Mālik (que Allah esté complacido con él) se presentó ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Purifícame». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dijo: «Que Allah te guíe; vete y arrepiéntete ante Allah». Māgher se alejó un trecho, pero luego regresó ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Purifícame». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió como antes. Esto ocurrió tres veces. La cuarta vez, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dijo: «¿De qué debo purificarte?». Māgher respondió: «Del adulterio». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preguntó a la gente: «¿Acaso este hombre está ebrio?». Todos informaron que no estaba ebrio. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preguntó: «¿Ha bebido alcohol?». Un hombre se acercó y olió la boca de Māgher. Se comprobó que no había bebido alcohol. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) volvió a preguntarle: «¿Realmente cometiste adulterio?». Māgher respondió: «Sí». Entonces ordenó que se aplicara el castigo, y este fue ejecutado lapidándolo hasta la muerte».
Dos o tres días después de este suceso, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Pedid a Allah el perdón para Māgher. Se arrepintió de tal manera que, si su arrepentimiento se distribuyera entre toda una nación, sería suficiente para ellos».
Después, una mujer de la tribu de Azd acudió ante él y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Purifícame». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dijo: «Que Allah te guíe; vete y arrepiéntete ante Allah». Ella dijo:
«¿Quiere devolverme como devolvió a Māgher? Estoy embarazada a causa del adulterio». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preguntó: «¿Realmente estás embarazada a causa del adulterio?». Ella respondió: «Sí». Él le dijo: «Espera hasta que des a luz». Después envió a la mujer para que permaneciera bajo el cuidado de un ansarí hasta el parto. Al cabo de unos días, el ansarí acudió e informó al Mensajero de Allah de que la mujer había dado a luz. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No la ejecutaré dejando al niño sin nadie que lo amamante; no haré tal cosa». Entonces un ansarí dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Yo asumiré la responsabilidad de amamantar al niño». Después, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ejecutó la pena de muerte sobre ella.
En otra narración se cuenta que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo a la mujer: «Vete y regresa después de dar a luz». Cuando regresó después del parto, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dijo: «Vete, amamántalo y regresa cuando lo hayas destetado». Cuando el niño dejó de mamar, ella acudió ante el Mensajero de Allah llevándolo en brazos. El niño tenía un trozo de pan en la mano. Ella dijo: «¡Mensajero de Allah! Ya he destetado al niño. Ahora ha aprendido a comer pan y otras cosas». Entonces él confió al niño a un musulmán y ordenó la ejecución de la mujer. Se cavó un hoyo profundo hasta su pecho; luego, por orden del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), la gente la lapidó hasta matarla. Jālid ibn al-Walīd (que Allah esté complacido con él) avanzó un poco y lanzó una piedra contra su cabeza. A causa de ello, un poco de sangre salpicó y cayó sobre el rostro de Jālid. Entonces Jālid dirigió palabras insultantes a la mujer. Al oírlo, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¡Jālid! Cuida tus palabras. Juro por Allah que esta mujer se ha arrepentido de tal manera que, si un recaudador injusto se hubiera arrepentido de la misma forma, habría sido perdonado». Después, por orden suya, se realizó la oración fúnebre por la mujer y fue enterrada como correspondía. (Muslim, Nasā’ī).
El carácter de Māgher ibn Mālik y de aquella mujer queda claro ante nosotros. Ninguno de los dos desconocía el severo castigo del adulterio. Nadie los había visto cometer el pecado, ni había medios para demostrarlo. A pesar de ello, ambos insistieron ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Impulsado por la ternura de su corazón y por la naturaleza justa del islam, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) quiso perdonarles el castigo basándose en la duda. Pero insistieron tanto que todas las puertas para su liberación quedaron cerradas. La mujer incluso pronunció unas palabras bastante duras: preguntó si quería devolverla como había devuelto a Māgher. Era como si quisiera acusar al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de mostrar indulgencia y liberalidad respecto de una norma categórica de la ley islámica.
¿Por qué todo esto?……… El hecho de que dijeran: «¡Oh, Mensajero de Allah, purifícame!» demuestra que en ellos existía una motivación viva e impetuosa, más fuerte y vigorosa incluso que el deseo de seguir viviendo. Esta motivación no era otra cosa que la conciencia de la propia conciencia moral y la intensidad del arrepentimiento. El ardiente deseo de purificarse de un pecado que nadie conocía salvo Allah, y la vergüenza estremecedora nacida de la sensación de tener que presentarse ante Allah en estado de impureza, los había dejado profundamente inquietos.
Este es el islam verdadero. El intenso arrepentimiento en el corazón del culpable, y en el Profeta, primero la misericordia y la compasión y, después de que el delito quedó probado, la firmeza y la sabiduría necesarias para ejecutar el castigo sin tener en cuenta la grandeza del arrepentimiento y la confesión del culpable: todo ello era una manifestación de este mismo islam. Pues tanto para el culpable como para el gobernante, lo más deseable era que el islam permaneciera establecido sobre sus sólidos fundamentos y que su gloria permaneciera inmaculada.
Si este era el estado de la conciencia musulmana en lo relativo a la aplicación de las penas, fácilmente puede imaginarse cuál sería su actitud en aquellas obras sociales que exigían incluso sacrificar la vida.
A este respecto, merece especial atención el hecho de que Abu Ubayda fuera nombrado comandante en lugar de Khalid ibn al-Walid, apartado del mando del ejército de Siria. Khalid era aquel glorioso comandante que hasta entonces no había sufrido una sola derrota en batalla. El temperamento y la destreza propios de un soldado estaban arraigados en lo más profundo de su ser. Tanto en la época de la ignorancia como después de abrazar el islam, fue el único guerrero invencible. Sin embargo, a pesar de ser apartado del mando, Khalid no se negó a cooperar ni albergó resentimiento. Ni la vergüenza ni el sentido del honor lo impulsaron a huir del campo de batalla. Ni siquiera cabe hablar de que pensara en rebelarse. Continuó luchando solo en el campo de batalla, con el mismo entusiasmo y fervor, animado por el deseo de la victoria del islam y por el anhelo del martirio, entregándose plenamente al combate. En ese momento no dio cabida en su mente a ningún pensamiento malicioso ni a ninguna mala instigación. Porque la conciencia musulmana consciente está muy por encima de pensamientos semejantes. Para él, tales pensamientos no tenían ninguna importancia.
El otro aspecto del acontecimiento también es significativo. La decisión de Umar de apartar a Khalid surgió de la misma conciencia y motivación. Durante el califato de Abu Bakr, Umar observó en Khalid ibn al-Walid varios defectos que hicieron estremecerse su conciencia. Uno de ellos fue que Khalid se apresuró a matar a Malik ibn Nuwayra y, poco después, se casó con su esposa. Luego observó en él otro defecto semejante: el día en que, en la batalla contra Musaylima el Mentiroso, fueron martirizados mil doscientos Compañeros destacados, Khalid se casó al amanecer del día siguiente con la hija de Maja’a.
Frente a estas acciones, que en mi opinión eran acciones defectuosas, el califa no concedió ninguna importancia al valor de Khalid ni a sus victorias militares. Sin duda, Khalid era el mayor de los comandantes. Había ganado el mayor número de batallas. Además, la nación musulmana se enfrentaba en Siria e Irak a las batallas más importantes y decisivas. Allí era sumamente necesaria la habilidad militar de un comandante invencible como Khalid. Sin embargo, ninguna de estas cualidades de Khalid pudo calmar la agitación y la inquietud que sus graves defectos habían provocado en la conciencia de Umar. Ninguna de ellas logró cambiar su opinión favorable a apartar a Khalid del mando y, posteriormente, incluso del propio ejército. Había además otra razón: Khalid desempeñaba sus responsabilidades de manera sumamente independiente, lo cual contravenía el temperamento de Umar. Su sentido del deber lo impulsaba a intervenir y prestar atención incluso a los asuntos más minuciosos. (Del libro «Khalid ibn al-Walid», de Sadiq Urjun).
Alguien podría preguntar: si Khalid había cometido un error tan grave, ¿por qué Abu Bakr lo dejó sin sanción? La realidad es que la opinión de Abu Bakr sobre Khalid ibn al-Walid no era tan severa como la de Umar. Consideraba que Khalid había cometido un error de juicio y que no había cometido deliberadamente ningún defecto ni pecado. Por eso, aunque estaba disgustado con él, lo perdonó. No obstante, Abu Bakr también consideró el segundo acontecimiento con gran desaprobación y le envió una carta escrita con indignación. A pesar de todo ello, consideraba que los errores y equivocaciones de Khalid eran dignos de perdón y, finalmente, lo perdonó.
La explicación anterior de los acontecimientos concuerda plenamente con la elevada posición que ocupaba la conciencia colectiva musulmana en aquella época. Pero me ha sorprendido profundamente la interpretación que una persona como el doctor Haykal ha dado de las políticas de Abu Bakr y Umar respecto a Khalid. La interpretación de Haykal no guarda ninguna relación con la fuerza vital del islam. Naturalmente, sí concuerda perfectamente con la sucia política de nuestra época. En las páginas 150 a 152 de su libro «As-Siddiq Abu Bakr», el doctor Haykal escribió:
“El lector seguramente ha podido comprender hasta dónde llegó la discrepancia entre Abu Bakr y Umar en el asunto de Malik ibn Nuwayra. No cabe duda de que ambos deseaban el bien del islam y de los musulmanes. La cuestión que se plantea aquí es si el error de Khalid era, para uno, enormemente grave y, para el otro, insignificante, o si la verdadera discrepancia surgió en torno a la determinación de la política correcta ante la delicada situación de la vida musulmana en la península arábiga, acosada por una rebelión generalizada y la apostasía?”
En mi opinión, la verdadera discrepancia se refería a la determinación de la política. Conforme a la diferencia existente entre el carácter de ambos califas, esta discrepancia era completamente natural. Umar (que Dios esté complacido con él) era el símbolo de la justicia intransigente. A sus ojos, Khalid había cometido una injusticia contra un musulmán. Por ello, era necesario apartarlo del ejército, para que en el futuro no tuviera ocasión de cometer de nuevo semejante acto vergonzoso y perjudicial para su reputación. Aunque se pudiera perdonar a Khalid aceptando que su juicio y discernimiento habían sido erróneos en el caso de Malik —aunque el honorable Umar (que Dios esté complacido con él) no podía aceptarlo—, de ningún modo habría sido decoroso dejar sin castigo su conducta indecente con Layla, la esposa de Malik. [Si realmente la opinión del honorable Umar hubiera sido tan severa y extrema, durante su propio califato habría tenido necesariamente que aplicar el castigo por adulterio —el autor—.]«Es un comandante invencible» y «es la espada de Dios»: estas palabras no habrían bastado para exonerarlo. Pues eso habría significado declarar lícito lo ilícito para personas como Khalid. Y, de haberse hecho así, se habría establecido ante los musulmanes un ejemplo aún más deplorable de desprecio por las normas de Dios. Debido a esta opinión suya, Umar (que Dios esté complacido con él) llamó repetidamente la atención de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Finalmente, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) convocó a Khalid (que Dios esté complacido con él) y le dirigió una severa advertencia contra su conducta.
Por otra parte, a los ojos de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), la situación era tan delicada que no era posible conceder importancia a asuntos de este tipo. En aquel momento, la existencia de todo el país estaba en peligro y las rebeliones habían comenzado a extenderse por toda Arabia. En una situación semejante, ¿qué importancia podía tener que una persona o varias hubieran sido matadas por error o deliberadamente? El comandante acusado de una conducta defectuosa era el medio más poderoso para salvar al país de aquel terrible peligro. Casarse con una mujer antes de que terminara su período de espera no contravenía las costumbres habituales de los árabes, especialmente en el caso de un comandante victorioso. Pues precisamente por causa de la guerra adquiría el derecho de propiedad sobre las mujeres cautivas. [Solo alguien que no conoce ni siquiera lo más elemental de la ley islámica puede hacer semejante afirmación. Si Khalid realmente hubiera violado a la esposa de un musulmán, habría sido indispensable ejecutar sobre él el castigo por adulterio. Además, puesto que Malik era musulmán, ni siquiera se planteaba la posibilidad de convertir a su esposa en esclava.]No era indispensable aplicar con rigor la ley en el caso de un hombre extraordinario como Khalid. Sobre todo en una situación en la que tal medida habría sido contraria a los intereses del Estado y podría haber puesto en peligro su existencia. En aquel momento, la espada de Khalid era sumamente necesaria para los musulmanes. El mismo día en que Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) lo convocó y le dirigió una advertencia, Khalid era cuando más necesario resultaba para los musulmanes. En Imama, cerca de al-Battah, el falso profeta Musaylima se había preparado para la guerra con cuarenta mil jóvenes de Banu Hanifa. Su rebelión contra el islam y los musulmanes era la más peligrosa de todas. Había capturado a Ikrimah (que Dios esté complacido con él), uno de los comandantes musulmanes, y entonces todas las esperanzas de victoria dependían por completo de la espada de Khalid. En tales circunstancias, ¿cómo habría sido correcto destituir a Khalid por haber matado a Malik ibn Nuwayra o por causa de Layla, la extraordinariamente hermosa mujer que había cautivado a Khalid, y dejar que el ejército musulmán fuera derrotado miserablemente por Musaylima? ¿No se habría expuesto así la religión de Dios al peligro más grave en la tierra? Khalid era el estandarte de Dios, la espada de Dios; por eso Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) consideró que lo más apropiado era convocarlo, limitarse a reprenderlo y ordenarle que marchara inmediatamente a Imama para enfrentarse a Musaylima.
Esta es, a mi juicio, la verdadera imagen de la diferencia entre las políticas de Abu Bakr y Umar respecto de Khalid ibn al-Walid. Cuando el falso pretendiente a la profecía de Banu Hanifa capturó a Ikrimah (que Dios esté complacido con él), Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) envió a Khalid para enfrentarse a él. Probablemente su propósito era que los habitantes de Medina y los partidarios de la opinión de Umar comprendieran con ello que Khalid era el mayor apoyo del islam en su momento de crisis. Con esta orden, el honorable Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) lo sometió a una dura prueba. Su intención era que Khalid muriera como mártir en el campo de batalla —lo cual constituiría un castigo mejor que la injusticia cometida contra Malik y su esposa— o que resultara victorioso, y que esa victoria lo purificara de su pecado. Finalmente venció y regresó a la capital con un enorme botín. De ese modo liberó a los musulmanes de un peligro tan grande. Frente a aquel peligro, las faltas que había cometido mientras se encontraba en al-Battah carecían de toda importancia.
Esta es la forma en que el doctor Haykal ve la situación. Me sorprende cómo una persona puede desplegar las alas de su imaginación, penetrar en la primera época de la historia del islam y escribir bajo la sombra de aquellas conciencias despiertas y lúcidas. Sin embargo, su propia conciencia y su mente, lejos de elevarse por encima de la perspectiva materialista moderna al interpretar los acontecimientos, están profundamente influidas por ella. Su perspectiva no guarda ninguna relación con la fuerza vital esencial del islam ni con la historia real de aquella época particular. Esto no es más que la política de la época actual. Según la visión de esta política, es completamente legítimo recurrir a métodos, procedimientos y medios inferiores para alcanzar fines superiores. Esta política convierte la conciencia y la razón humanas en esclavas de las circunstancias y las necesidades, y a eso lo denomina «diplomacia superior» y elevada competencia y eficacia práctica.
Cualquiera que tenga ojos para ver puede advertir hasta qué punto la imagen presentada por el doctor Haykal, que él afirma ser la única imagen auténtica, ha rebajado y envilecido la personalidad del honorable Abu Bakr (que Dios esté complacido con él).
Por fortuna, la personalidad de Abu Bakr está muy por encima del telescopio con el que la gente de la sociedad degradada y envilecida de hoy está acostumbrada a observar. Con ese telescopio es absolutamente imposible contemplar aquel elevado nivel de la humanidad. Especialmente cuando el observador también ignora la ley islámica, el asunto se vuelve aún más confuso.
En su propio libro «Al-Faruq Umar», el doctor Haikal vuelve a tratar este tema. Intentó analizar el estado mental de Umar (que Dios esté complacido con él) cuando tomó la decisión de destituir a Jalid. También en este caso volvió a verse influido por la civilización moderna y decadente. En la mente del autor se había arraigado el carácter de un dirigente partidario para quien, aparte del bienestar aparente y las necesidades regionales, nada tiene importancia y que es incapaz de comprender la fuerza vital del islam. En las páginas 99 y 100 escribió:
«No se comprende por qué Umar (que Dios esté complacido con él) tomó una decisión tan peligrosa como la destitución de Jalid (que Dios esté complacido con él). Y eso a pesar de que toda la fuerza militar de los musulmanes en Siria estaba bajo el mando de Jalid. Para el ejército musulmán era un momento sumamente calamitoso. Se encontraban frente a las tropas romanas. No se libraba una batalla abierta, pero ninguna de las dos partes lograba derrotar a la otra. La situación que existía antes de la llegada de Jalid desde Irak continuó después de su llegada. Ambas partes esperaban una oportunidad adecuada para atacar. El califa debía haber comprendido que destituir a Jalid reduciría el entusiasmo y la moral de los musulmanes, y que la situación se volvería aún más peligrosa. En realidad, el califa debería haber esperado hasta que Jalid hiciera que los musulmanes superaran aquel momento peligroso; después podría haber emitido las órdenes que quisiera».
«En los altibajos de la guerra, estos asuntos son sumamente importantes y es indispensable prestarles atención. Abu Ubaida (que Dios esté complacido con él) prestó plena atención a estos asuntos, haciendo caso omiso del descontento y la oposición del califa. Pero Umar contempló el asunto desde otro ángulo. Si hubiera aplazado la destitución de Jalid hasta el final de la guerra, su política habría quedado comprometida y el asunto se habría complicado. Era evidente que los musulmanes vencerían o serían derrotados en la guerra. Si eran derrotados, destituir a Jalid no habría servido de nada. Pero si los musulmanes obtenían la victoria bajo el liderazgo de Jalid, Umar no habría podido apartarlo de la gloria de la victoria y el éxito para destituirlo. Hacerlo habría sido un grave error».
«En términos generales, Umar (que Dios esté complacido con él) ya había tomado la decisión definitiva de no mantener a Jalid como comandante en Siria ni en ningún otro lugar. Por eso se apresuró a emitir la orden de destitución. Su argumento para justificar esta decisión era que Jalid (que Dios esté complacido con él) no había cumplido debidamente las instrucciones de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Sin embargo, como los musulmanes habían obtenido la victoria, nadie podía objetar a Umar. Hizo lo que consideró correcto. Jalid se encontraba además en una situación tal que no se podía acusar de injusticia a quien lo destituyera».
Esta es la forma de pensar del Haikal «Pasha» del siglo XX, que intenta imponerla sobre Umar al-Faruq del primer siglo de la Hégira. Anteriormente había hecho lo mismo con Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Solo alguien cuyo espíritu ni siquiera pudo tocar los espíritus de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y Umar, y que, pese a haber respirado durante algún tiempo en el ambiente del islam, no pudo librarse ni por un instante de la suciedad y la vileza del siglo XX, podría pronunciar una afirmación tan insolente. Es completamente evidente que el autor no ha podido desprenderse de los peores rasgos de la civilización moderna ni del oportunismo que desprecia la conciencia, la veracidad y la religión, todo a la vez. Además, la filosofía de la mentira y el engaño de esta época ha nublado su pensamiento y su visión.
La cuestión es: ¿qué ha pensado el señor Haikal de Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él)? Si las circunstancias hubieran sido diferentes y no se hubiera presentado una oportunidad semejante, ¿habría dejado Umar (que Dios esté complacido con él) en paz a Jalid (que Dios esté complacido con él)? Sin embargo, según la propia descripción de Haikal Pasha, la conciencia de Umar estaba plenamente convencida de que la conducta de Jalid respecto de Malik ibn Nuwaira, y respecto de Dios y Su religión, había sido completamente errónea e injusta.
Aquel Umar (que Dios esté complacido con él) podía desplazar montañas, pero nunca se apartaba de los principios; la fe de aquel Umar podía cambiar la dirección de la velocidad de una tormenta, pero él mismo no se dejaba perturbar. ¿Cómo habría podido ese Umar (que Dios esté complacido con él) rendirse ante las circunstancias?
Ese tipo de actos los realizaban los reyes omeyas y abasíes. La gente calificaba esos actos de «diplomacia» y «astucia». Pero Umar (que Dios esté complacido con él) y Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) estaban muy por encima de todo eso. Si ahora alguien ha empezado a pensar de esa manera también acerca de ellos, ello se debe a la influencia de la mentalidad más vil y de los valores degradados de la época actual.
He recurrido a una exposición algo detallada de esta corriente de pensamiento y de la explicación de sus errores. De otro modo, no sería posible rescatar las mentes y conciencias afectadas por las destructivas confusiones de la era moderna. Algunos desean interpretar, a la luz del actual pensamiento materialista, el método de pensamiento que prevalecía en la época de máximo esplendor de la fuerza vital del islam. Sin embargo, este método de pensamiento actual se encuentra muy alejado de la conciencia espiritual y del despertar que predominaban entonces. Quiero refutar esta interpretación engañosa, porque con ella la conciencia humana y sus fuerzas inherentes podrían resultar gravemente perjudicadas.
Por supuesto, no quiero presentar a la gente del primer siglo envuelta en un ropaje artificial, ni pretendo mostrarla libre de todas las debilidades humanas. Solo quiero que las personas aprendan nuevamente a confiar en la conciencia. Con este propósito, deseo presentar la verdadera imagen de la vida de los musulmanes. Así, aquellas conciencias que posean la capacidad de avanzar hacia ese elevado nivel podrán comprender dicha imagen.
Ahora volveré a presentar ejemplos de la conciencia moral que los musulmanes del primer siglo demostraron en los diversos ámbitos de la vida.
Un día se vio al emir de los creyentes, Omar ibn al-Jattab (que Dios esté complacido con él), llevando sobre el cuello un odre de agua. Su hijo le preguntó, indignado: «¿Por qué haces esto?». Él respondió: «Mi alma se había dejado llevar por la arrogancia y la vanagloria, así que decidí humillarla». ¡Contemplad la intensidad de su conciencia! En algún rincón de la mente de este hombre, por un instante, había asomado el menor indicio de vanidad respecto al califato, la conquista de reinos y el honor y la dignidad de las generaciones futuras. No lo toleró y comenzó de inmediato, ante todos, a dominar sus impulsos. No se detuvo ni un instante a pensar que era el comandante supremo de un vastísimo imperio que, además de la península arábiga, comprendía la mayor parte de los territorios de los imperios romano y persa.
Otro día se vio a Ali ibn Talib temblando intensamente a causa del frío extremo. No llevaba puesta ropa adecuada para protegerse del frío. El Bayt al-Mal estaba en sus manos, pero su conciencia moral no le permitía tocar ni una sola moneda.
Abu Ubayda (que Dios esté complacido con él) había acampado con su ejército en Amwas. En Amwas estalló una terrible epidemia. Omar (que Dios esté complacido con él) temió que le ocurriera algo malo al «fiel de la comunidad» (Abu Ubayda). Le escribió y lo convocó a su presencia para protegerlo de la epidemia. En la carta decía:
«Después de los saludos, es necesario que hablemos cara a cara sobre un asunto urgente. Te lo ordeno con firmeza: después de leer esta carta, parte hacia aquí antes incluso de guardarla». En cuanto Abu Ubayda (que Dios esté complacido con él) leyó la carta, comprendió su verdadero propósito. Entendió que el califa había buscado una manera de protegerlo de la epidemia. Inmediatamente exclamó: «¡Oh, Dios! Perdona al emir de los creyentes». Luego escribió y envió a Omar la siguiente respuesta:
«He comprendido para qué me necesita usted; en este momento, todo el ejército musulmán se encuentra conmigo. No quiero separarme de los jóvenes musulmanes. Mientras Dios no haya completado el decreto de nuestro destino, no puedo abandonarlos. Emir de los creyentes, por todas estas razones le ruego que no me obligue a cumplir esta orden. Permítame permanecer con mis soldados».
Hazrat Omar (que Allah esté complacido con él) comenzó a llorar después de leer la carta. Los presentes preguntaron: «¿Ha fallecido Abu Ubaida?». Él respondió con la voz entrecortada: «No».
En realidad, fueron estas dos causas las que hicieron que Abu Ubaida (que Allah esté complacido con él) permaneciera firme ante la muerte: su inquebrantable fe en el destino y el hecho de conceder a cada soldado en el camino de Allah la misma dignidad que a sí mismo.
Abu Ruwayha al-Jashami, hermano en el islam de Hazrat Bilal ibn Rabah, el almuédano del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), le pidió a Bilal que hablara con algunas personas del Yemen para concertar su matrimonio. Hazrat Bilal les dijo a aquellas personas: «Yo soy Bilal ibn Rabah, y este es mi hermano Abu Ruwayha. Tanto su religión como su carácter son malos. Si quieren emparentar con él, háganlo; y si no, no lo hagan».
Habló con absoluta claridad. No los engañó ocultando los defectos de su propio hermano.
El hecho de estar actuando como intermediario en una propuesta matrimonial no le hizo olvidar que tendría que rendir cuentas ante Allah. Los yemeníes, impresionados por su veracidad, aceptaron establecer el vínculo. Para ellos era motivo suficiente de orgullo que un hombre tan veraz hubiera llevado una propuesta de matrimonio para su hija.
El carácter del imam Abu Hanifa es digno de atención: envió unas telas a su socio comercial Hafs ibn Abd al-Rahman para que las vendiera. Le indicó que debía informar al comprador de que una de las piezas tenía un defecto. Hafs vendió aquella tela, pero olvidó mencionar el defecto. Cobró el precio completo a cambio de la tela defectuosa. El valor de aquel lote era de entre treinta y treinta y cinco mil dírhams. Abu Hanifa (que Allah tenga misericordia de él) pidió a su socio que localizara al comprador, pero, pese a todos sus esfuerzos, no lograron encontrarlo. Entonces se separó de su socio y entregó todo el importe del lote en el camino de Allah. No quiso mezclarlo con sus bienes lícitos. (Tomado de la obra de Abd al-Halim al-Yundi, «Abu Hanifa, héroe de la libertad y la tolerancia en el islam».)(Tomado de la obra de Abd al-Halim al-Yundi, «Abu Hanifa, héroe de la libertad y la tolerancia en el islam».)
Se cuenta que el célebre imam Yunus ibn Ubaid tenía almacenadas para la venta telas de distintos precios. Un tipo de tela costaba cuatrocientos dírhams el par, y otro tipo costaba doscientos dírhams el par. Dejó a su sobrino en la tienda y se fue a rezar. En ese momento llegó un hombre que pidió un par valorado en cuatrocientos dírhams. El muchacho le mostró un par valorado en doscientos dírhams. Al hombre le gustó y se lo llevó satisfecho. Mientras regresaba a su casa con la tela, se encontró con Yunus por el camino. Al reconocer la tela, Yunus le preguntó cuánto había pagado por ella. Respondió: «Cuatrocientos dírhams». Él le dijo: «Pero esta tela vale doscientos dírhams. Ve y devuélvela». El hombre respondió: «En nuestro país esta tela se consigue por quinientos dírhams. Por eso la compré de buen grado». Yunus dijo: «Aun así, tienes que devolverla». No hay obra mejor que procurar el bien en los asuntos del islam. Dicho esto, lo llevó a la tienda y le devolvió doscientos dírhams. Después reprendió a su sobrino diciendo: «¿No te dio vergüenza? ¿No surgió en tu corazón el temor de Dios? ¿Obtienes un beneficio del cien por ciento y no te preocupas por el bienestar de los musulmanes?». El muchacho juró que el comprador había adquirido la tela satisfecho. Entonces él dijo: «¿Por qué olvidaste que debes desear para los demás lo que deseas para ti?»
Se cuenta que, durante la ausencia de Muhammad ibn al-Munkadir, su sirviente vendió a una persona por diez dírhams una tela cuyo precio era de cinco. Al enterarse, pasó todo el día buscando al comprador. Finalmente lo encontró y le dijo: «Por error, el sirviente te vendió por diez dírhams una tela que costaba cinco». El hombre respondió sorprendido: «Pero yo pagué ese precio de buen grado». Él contestó: «Puedes estar todo lo satisfecho que quieras; yo desearé para ti lo que deseo para mí». Dicho esto, le devolvió cinco dírhams. (Ar-Risalat al-Jalida, de Abd al-Rahman Azzam.)
La clave más poderosa para desvelar el misterio de estos tres acontecimientos son las palabras de Yunus ibn Ubayd: «¿No te dio vergüenza?». Sin duda, avergonzarse ante la propia conciencia y temer a Allah son las únicas fuerzas activas detrás de todos estos acontecimientos. Cuando la conciencia, la naturaleza y la mente del ser humano aceptan la fuerza vital del islam, y esta fuerza vital se integra en lo más profundo de su ser, el islam crea en él, con toda su fuerza, un carácter de esta índole.
Además de estos pocos ejemplos, existen muchos otros. Sin embargo, para guiarnos hacia el objetivo supremo que el islam ha establecido con miras a purificar la conciencia humana, estos ejemplos son suficientes. El islam quiere elevar la conciencia del ser humano por encima de la atracción de todas las necesidades materiales, relaciones y vínculos, bienes, vidas y posiciones de prestigio. Quiere impulsar al ser humano a cumplir debidamente todas las responsabilidades de la vida, permaneciendo siempre alerta, consciente y dotado de una sensibilidad intensa.
Ejemplos de igualdad
El islam vino con el mensaje de una igualdad completa para la humanidad. Vino a liberar al ser humano de las cadenas de todos los valores que habían creado obstáculos en el camino de la igualdad. Ahora queremos ver cómo esta doctrina fue puesta en práctica en la vida real.
En aquella época, la clase esclava existía en todo el mundo como una clase independiente y separada de la humanidad libre. La península arábiga se encontraba en la misma situación. Cuando consideramos las acciones de Hazrat Muhammad (s.a.s.) a este respecto, vemos que casó a su prima, hija del clan hachemita de la tribu de Quraysh, Zaynab, con Zayd, su esclavo liberado. El matrimonio es un asunto sumamente delicado, y en él la igualdad entre ambas partes adquiere una importancia mayor que cualquier otra cuestión.
Ninguna persona, salvo el Gran Profeta (s.a.s.), ni ninguna fuerza, salvo el islam, habría podido realizar una obra tan extraordinaria; de hecho, aún hoy no es posible en ningún lugar fuera del mundo musulmán. La esclavitud es ilegal en los Estados Unidos de América, pero a ningún negro se le permite legalmente casarse con una mujer blanca, por degradada que sea. Y no solo eso: hasta hoy, a ningún negro se le permite sentarse junto a una persona blanca en un autobús u otro vehículo, ni en un restaurante, un teatro o cualquier otro lugar.
En los primeros tiempos de la Hégira, cuando el Mensajero de Allah (s.a.s.) estableció un vínculo de hermandad entre los ansar y los emigrantes, Zayd, su esclavo liberado, quedó unido por lazos de hermandad con su tío Hamza, mientras que Hazrat Abu Bakr (r.a.) y Kharija ibn Zayd quedaron unidos como hermanos. Se estableció asimismo la hermandad entre Khalid ibn Ruwayha al-Jashami y Bilal ibn Abi Rabah. Esta hermandad no se limitó a las palabras, sino que adquirió la forma de una relación sólida y firme como un vínculo de sangre. Entre ellos se establecieron lazos de parentesco en todos los asuntos de la vida, los bienes y la persona.
Después, el Mensajero de Allah (s.a.s.) envió a Zayd como comandante en la batalla de Mu’ta. Luego nombró a su hijo Usama (r.a.) comandante de un ejército para la guerra contra Roma, en el que la mayoría eran emigrantes y ansar. En este ejército también estaban Hazrat Abu Bakr (r.a.) y Omar (r.a.), quienes eran los compañeros más cercanos y ministros del Mensajero de Allah (s.a.s.) y que más tarde fueron elegidos califas con plena unanimidad. En este ejército, dirigido por Usama, también se encontraba Sa’d ibn Abi Waqqas, pariente cercano del Mensajero de Allah (s.a.s.). Pertenecía al grupo de sus parientes maternos, la tribu de Banu Zuhra. Además, era uno de los miembros de Quraysh que habían aceptado el islam en los primeros tiempos de la profecía. Allah le concedió la gracia de aceptar el islam cuando solo tenía diecisiete años. Era un hombre muy rico y de elevada posición. También era un estratega militar sumamente experimentado y, al mismo tiempo, estaba animado por el espíritu de la yihad.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, cuando Hazrat Abu Bakr decidió enviar nuevamente al ejército de Usama a la guerra, mantuvo en su puesto al comandante designado por el Mensajero de Allah. Cuando salió fuera de Medina para despedir al comandante, Usama iba montado, mientras que el califa de los musulmanes caminaba a pie. Usama se sintió sumamente incómodo. No podía aceptar naturalmente que él fuera montado y que el anciano califa caminara a pie. Por eso Usama dijo: «¡Califa del Mensajero! Monte usted también; de lo contrario, bajaré». El califa juró y dijo: «¡Por Dios! No bajes. ¡Por Dios! No bajes. ¡Por Dios! No montaré. No me hará ningún daño caminar un rato por el camino de Allah». Entonces Hazrat Abu Bakr recordó de pronto que quizá necesitara a Hazrat Umar. La dificultad era que Umar era uno de los soldados del ejército de Usama. Puesto que Usama era el comandante de ese ejército, se necesitaba su permiso para retener a Umar. El califa dijo: «Si lo considera conveniente, tenga la bondad de dejar a Umar para que me ayude».
Al llegar a este punto, el curso de la historia se detiene asombrado. «Si lo considera conveniente, tenga la bondad de dejar a Umar para que me ayude». No encontramos palabras adecuadas para explicar con qué elevada dignidad el califa pudo dirigirse así a su comandante ordinario.
La historia avanza aún más. Vemos que Umar ibn al-Jattab nombró gobernador de Kufa a Ammar ibn Yasir. Sin embargo, él también era de origen esclavo. El horizonte de nuestra imaginación se amplía todavía más cuando vemos que, mientras estaban de pie Amr ibn Hisham, su hijo Suhayl, Abu Sufyan ibn Harb y otros jefes qurayshíes, Hazrat Umar hizo llamar primero a dos antiguos esclavos, Suhayb y Bilal. Ellos eran compañeros del Mensajero de Allah y soldados de la batalla de Badr. Ante esta preferencia, Abu Sufyan dejó escapar con voz apagada y airada una expresión de la época de la ignorancia: «Nunca había visto semejante cosa. ¡Nos han dejado de pie en la puerta y han hecho entrar a esos esclavos!»
Un día, Hazrat Umar pasaba por algún lugar de La Meca. Vio que los sirvientes no se habían sentado a comer con sus amos, sino que permanecían de pie a un lado. Encolerizado, dijo a los amos: «¿Qué significa esto? ¿Por qué se trata de manera tan desigual a sus propios sirvientes?». Después llamó a aquellos sirvientes y los hizo sentarse por la fuerza a comer con sus amos.
Hazrat Umar nombró gobernador de La Meca a Nafi ibn al-Hariz. Cuando el califa se encontró con él en Usfan, le preguntó: «¿Qué noticias traes? ¿A quién has dejado como sustituto?». Nafi respondió: «He dejado como sustituto a Ibn Abza. Es uno de nuestros esclavos emancipados». Umar dijo: «¿Cómo? ¿Has dejado como tu sustituto sobre los habitantes de La Meca a un esclavo emancipado?». La respuesta fue: «Es experto en el Corán, erudito en la sharía y justo». Hazrat Umar dijo: «¡Así debe ser! Nuestro Profeta nos dijo que Allah elevará a muchos por medio de este Libro y rebajará a muchos otros».
————Texto árabe——-
Naturalmente, Hazrat Umar no hizo la pregunta con intención de objetar, sino para conocer la identidad de Ibn Abza. De lo contrario, este mismo Umar no habría dicho, al encomendar al consejo de seis miembros encargado de elegir a su sucesor como califa: «Si Salim, el esclavo de Hudhayfa, estuviera vivo, lo nombraría califa». Esto demuestra que lo consideraba superior a cada uno de los seis miembros del consejo. Estos eran Uzman, Ali, Talha, Zubayr, Abd al-Rahman ibn Awf, Saad ibn Abi Waqqas y Abdullah ibn Umar.
En cierta ocasión, un esclavo emancipado expresó ante un hombre perteneciente a la tribu de Quraysh su deseo de casarse con su hermana y quiso darle a ella una gran cantidad de dinero. Pero él rechazó la propuesta. Cuando Umar se enteró, le preguntó: «¿Por qué no quisiste casar a tu hermana con él? Es un hombre excelente y también quiso darle a tu hermana una gran cantidad de bienes». El hombre respondió: «Somos de una familia de alta nobleza, pero él no está al mismo nivel que mi hermana». Umar dijo: «Este hombre es noble tanto en este mundo como en el más allá: es noble en este mundo porque es muy rico, y es noble en el más allá porque teme a Dios y obra rectamente. Si la muchacha está de acuerdo, cásala con este hombre». El hombre consultó la opinión de su hermana y comprobó que ella estaba de acuerdo. Entonces la casó con él.
Los esclavos tenían plena libertad para ascender, según su voluntad, a cargos cada vez más elevados. Por ello, Ikrama, esclavo de Abd Allah ibn Umar; Nafi, esclavo de Abd Allah ibn Abbas; Ibn Sirin, esclavo de Anas ibn Malik; e Ibn Hurmuz, esclavo de Abu Huraira, se convirtieron en figuras inseparables e inolvidables de la historia. Hasan Basri en Basora, y Mujahid ibn Yubair, Ata ibn Abi Rabah y Tawus ibn Kaisan en La Meca, fueron célebres juristas; todos ellos descendían de esclavos. Del mismo modo, Yazid ibn Abi Dhib, el muftí de Egipto durante la época de Umar ibn Abd al-Aziz, había sido esclavo de un hombre llamado Aswad Dinkala. (Abu Hanifa: Abd al-Halim Yundi).
La actitud de los musulmanes hacia los trabajadores era similar. Quienes se ganaban la vida con el trabajo físico gozaban de una posición muy honorable en la vida social de los musulmanes. La dignidad del trabajo en sí era muy elevada. Por eso, todo trabajador —cualquiera que fuese su profesión— recibía el mismo respeto. La profesión de ningún trabajador podía impedirle adquirir conocimientos; ni siquiera había obstáculo alguno para que llegara a ser un gran sabio y maestro.
El imán Abu Hanifa era comerciante de telas, y muchos ilustres eruditos posteriores fueron comerciantes o artesanos. El imán Ahmad ibn Amr era fabricante de calzado. Su padre había sido compañero del imán Abu Hanifa y discípulo de Muhammad y Hasan. Por una parte, se ganaba la vida fabricando zapatos y, por otra, redactó para el califa al-Muhtadi billah el Kitab al-Jaraj, o «La política fiscal del islam». Durante ese período también compuso sus valiosas obras sobre la jurisprudencia islámica. En las manos de Kaffal se veían las marcas de fabricar cerraduras; Ibn Qatandubaga era sastre, y el célebre imán Jassas era fabricante de recipientes de vidrio. Asimismo, las páginas de la historia nos presentan como testigos a vendedores de recipientes de latón (Saffar), vendedores de perfumes (Saydalani), al hijo de un vendedor de halwa (Halwari), vendedores de harina (Dakkak), vendedores de jabón (Sajuni), fabricantes de calzado (Naiali), vendedores de verduras (Baqqali) y vendedores de ollas (Quduri), entre otros.
En los albores de la civilización islámica, es decir, durante el primer siglo, los musulmanes demostraron algo que el mundo occidental no pudo lograr pese a intentarlo durante muchos siglos: ninguna profesión es esencialmente inferior ni noble; en realidad, son las personas quienes poseen cualidades superiores o carecen de ellas. (Abu Hanifa: Yundi)
Libertad individual y libertad de expresión
No será posible ofrecer una descripción completa de la elevada dignidad de la igualdad humana mientras no conozcamos correctamente la actitud de la sociedad islámica hacia las personas que ocupan altos cargos. La verdadera igualdad solo podrá establecerse cuando los grandes se sitúen en la misma fila que los pequeños y la única base de la superioridad y la grandeza sea el carácter, y no el linaje, la posición social ni la riqueza. El mero hecho de honrar y respetar a los pequeños no puede establecer la verdadera igualdad.
El imán Abu Yusuf escribió en su Kitab al-Jaraj: «En cierta ocasión, Umar envió instrucciones a sus funcionarios para que se reunieran con él durante el Hayy. Cuando se presentaron en el momento indicado, Umar se dirigió a ellos y a la multitud allí reunida:
«¡Hermanos! He nombrado a estos funcionarios únicamente para que os supervisen y sirvan con honestidad. No los he designado para que atenten contra vuestra vida, vuestros bienes o vuestro honor. Por tanto, si alguno de vosotros tiene una queja contra algún funcionario, debe ponerse de pie y expresarla». Aquel día, solo un hombre se levantó y dijo: «¡Comendador de los creyentes! Ese funcionario suyo me azotó injustamente cien veces».
Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) preguntó: «¿También quieres golpearlo? Ven, toma represalias». Entonces Amr ibn al-As se levantó y dijo: «¡Comandante de los creyentes! Si comienza a tratar así a los funcionarios, será extremadamente difícil para ellos. Esto se convertirá en una práctica permanente y quienes vengan después de usted actuarán de acuerdo con ella».
Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «¿Acaso por eso no voy a permitir que este hombre tome represalias, cuando yo mismo vi al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) permitir que alguien tomara represalias contra él? (Dirigiéndose al hombre:) Ven, toma represalias». Amr ibn al-As dijo: «Dennos la oportunidad de satisfacer a este hombre».
Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dio su permiso. Entonces satisficieron al hombre dándole doscientos dinares. Tuvieron que darle dos dinares por cada latigazo. Es cierto que Amr ibn al-As apartó el peligro de otro funcionario, pero cuando se presentó una acusación contra su propio hijo por haber golpeado a un joven egipcio, Umar (que Allah esté complacido con él) hizo que este tomara represalias y no permitió que Amr pronunciara una sola palabra. Al hacer que tomara represalias, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Golpea al hijo de este hombre rico». También se volvió inevitable que Amr ibn al-As sufriera el castigo. Pero el egipcio lo perdonó y se abstuvo de golpearlo.
Otro día, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) estaba sentado distribuyendo dinero entre los musulmanes. La multitud reunida se volvió muy densa. Sa’d ibn Abi Waqqas avanzó y, apartando a los demás, llegó hasta Hazrat Umar. Este compañero era hijo de una familia distinguida y noble. Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) le dio un latigazo, diciendo: «No reconoces la majestad del gobierno de Allah sobre la tierra, pero consideré necesario mostrarte que, ante el gobierno de Allah, tu influencia y prestigio no valen ni un céntimo».
Alguien podría decir que él era el califa. ¿Quién puede compararse con él? Por eso veremos ahora hasta qué punto los súbditos demostraron libertad de espíritu y valentía para expresar sus opiniones y criticar delante de los califas y los reyes. La verdadera fuente de esa libertad de espíritu y valentía al expresar opiniones es la libertad de conciencia y de discernimiento otorgada por el islam, así como la plena igualdad llevada a la práctica en las palabras y en los actos.
Al pronunciar un discurso como califa, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Si veis alguna desviación en mí, enderezadme». Uno de los musulmanes reunidos exclamó: «Si vemos alguna desviación en ti, te enderezaremos con una espada afilada». Al oír esto, Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Mil gracias a Allah, que durante el califato de Umar creó también a alguien capaz de enderezarlo con una espada afilada». En cierta ocasión, los musulmanes obtuvieron como botín varias mantas yemeníes. Como todos los musulmanes, Hazrat Umar recibió una manta y también dio una a su hijo Abdullah. Como el califa necesitaba una túnica, Abdullah entregó al califa la manta que le correspondía, para que las dos juntas pudieran convertirse en una túnica. Vestido con ella, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) se levantó para pronunciar un discurso y dijo: «Escuchad mis palabras y obedeced». Inmediatamente Salman se levantó y dijo: «Ya no escucharemos tus palabras ni te obedeceremos». Umar (que Allah esté complacido con él) preguntó: «¿Por qué?». Salman dijo: «Primero responde: ¿cómo hiciste esta túnica? Seguramente tú también recibiste una sola manta, y eres un hombre muy alto». Él dijo: «No tomes una decisión apresurada». Entonces llamó a Abdullah ibn Umar y le dijo: «Te pregunto, por Allah, dime: ¿la manta con la que hice mi túnica es tu manta?». Él respondió: «Sí». Entonces Salman dijo: «Ahora diga cuál es su mandato. Lo escucharemos y lo obedeceremos».
Alguien podría decir que esto concernía a Umar (que Allah esté complacido con él). ¿Quién puede compararse con él?
Tomemos el ejemplo de Abu Ya’far al-Mansur. La base de las leyes del Estado que estableció no era la sharía, sino, según nuestra terminología, las costumbres, usos y tradiciones sociales. Sufyan al-Thawri fue ante él y dijo: «¡Comandante de los creyentes! Está gastando los bienes de Allah y de los musulmanes sin su voluntad ni consentimiento. Dígame, ¿qué respuesta tiene a esto?». En cierta ocasión, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) realizó el hach con fondos públicos; en ello se gastaron un total de dieciséis dinares en él y sus compañeros. Aun así, Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Creo que hemos impuesto una enorme carga al tesoro público». Seguramente sabe qué hadiz nos transmitió Mansur ibn Ammar, porque usted también estaba presente en aquella reunión y fue el primero en escribir ese hadiz. Narrado por Ibn Mas’ud, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Para quien interfiera según su propio capricho en los bienes de Allah y de Su Mensajero, el fuego del Infierno es inevitable». Al oír esto, un escriba llamado Abu Ubayda, veterano adulador del rey, exclamó: «¡Qué! ¿Hablarle así al Comandante de los creyentes?». Sufyan lo reprendió y dijo: «¡Cállate, desgraciado! Así fue como Hamán y el Faraón se destruyeron mutuamente con sus adulaciones». Dicho esto, salió de la oficina.
Por mucho que se intensifique la tiranía de los gobernantes despóticos, les era imposible interferir en la vida de una persona cuyo corazón estaba iluminado y que, elevándose por encima de las necesidades materiales, se había sometido por completo a la ley de Allah.
Wasiq también era un gobernante despótico. En cierta ocasión, un filósofo musulmán acudió ante él. Lo saludó, pero Wasiq le respondió: «La sallam Allahu alayka» (es decir: «Que Allah no derrame paz sobre ti»). Al oír esto, el filósofo reprendió a Wasiq y le dijo: «Tus maestros te han enseñado modales sumamente groseros». Allah, exaltado sea, ha dicho:
«Cuando se os salude, responded con un saludo mejor o, al menos, con uno equivalente». Sin embargo, tú no solo no me has respondido con un saludo mejor, sino que ni siquiera me has contestado con uno equivalente. (Abu Hanifa-Yundi).
El juez Abu Yusuf estaba sentado en la sesión del tribunal. Un hombre acudió ante él con una demanda. Tenía una disputa con el califa abasí Hadi por un jardín. Abu Yusuf consideró que el jardín correspondía a aquel hombre. La dificultad, sin embargo, era que los testigos pertenecían al califa. Entonces dijo: «El demandante sostiene que los testigos del califa son veraces; por ello, el califa debe jurar que así es». Hadi se negó, pues consideraba que prestar juramento era una humillación para él, y devolvió el jardín a su propietario. En otro caso, obligó a Harún al-Rashid a prestar declaración bajo juramento. Cuando Fadl ibn al-Rabi compareció como testigo en favor de Harún al-Rashid, Abu Yusuf rechazó su testimonio. El califa, indignado, preguntó: «¿Por qué se ha rechazado el testimonio de Fadl?». Abu Yusuf respondió: «Le oí decir: “Soy esclavo de usted”. Si sus palabras son ciertas, el testimonio de un esclavo no es admisible; y si es un mentiroso, el testimonio de un mentiroso tampoco puede aceptarse». (Abu Hanifa-Yundi)
La lámpara de la libertad individual que el islam encendió en la conciencia de las personas permaneció inextinguible incluso en las épocas más oscuras de la historia. En cada época histórica pueden observarse numerosos ejemplos de esta gloriosa libertad de conciencia.
En Egipto, Ahmad ibn Tulun sentía un profundo respeto por el juez hanafí llamado Bakkar ibn Qutayba. Cuando Ahmad le pidió que lanzara una maldición contra el príncipe abasí al-Muwaffaq, Bakkar guardó silencio por un instante y dijo:
—-Texto árabe—-
«¡Cuidado! ¡Maldición sobre los opresores!». Entonces alguien le dijo a Ahmad ibn Tulun que Bakkar había lanzado la maldición dirigiéndola contra él. Como consecuencia, Ibn Tulun exigió que le devolvieran todos los regalos que le había hecho. Los recibió exactamente en el mismo estado sellado en que los había entregado. Después, Ibn Tulun confinó a Bakkar en una casa alquilada. Muchas personas acudían con permiso de Ibn Tulun para visitarlo. Bakkar conversaba con ellas a través de la ventana. Más tarde, Ibn Tulun contrajo una enfermedad tan grave que ya no quedaba esperanza alguna de que sobreviviera. Entonces ordenó la liberación de Bakkar. Al mensajero que había llevado el mensaje de su liberación le dijo: «Dile a Ibn Tulun: “Me he vuelto muy viejo y él está enfermo. Pronto nos encontraremos. Solo Allah ha interpuesto una separación entre nosotros”». Cuando Ibn Tulun murió, Bakkar solía decir: «¡Ay, el pobre ha muerto!». (Abu Hanifa-Yundi)
Con la expresión «¡Pobre hombre, ha muerto!», manifestó claramente su sentimiento de que, aunque Ibn Tulun estaba en el poder, era inferior e indefenso frente a él.
Durante el gobierno ayubí, el rey Ismail de Egipto colaboró con los ingleses en las Cruzadas. Tras recibir de ellos la promesa de que lo ayudarían contra el sultán Najmuddin Ayub, les cedió varias regiones, incluida Saidá. Pero cuando Azzuddin ibn Abd al-Salam protestó enérgicamente, el rey, enfurecido, lo hizo arrestar. Luego envió a un emisario para intimidarlo y tentarlo con promesas. El emisario le dijo: «Si no interviene en las acciones del rey, será restituido en su antiguo cargo y además será ascendido». Azzuddin respondió: «¡Por Dios! Ni siquiera toleraría que el rey viniera a besarme la mano. En realidad, ustedes pertenecen a un mundo y yo a otro». (Abu Hanifa-Abdul Halim Jundi)
Durante el reinado de Zahir Baybars, el jeque Muhyuddin Nawawi residía en Damasco. A menudo daba buenos consejos a Zahir, unas veces por carta y otras verbalmente. El erudito Jalaluddin Suyuti citó muchas de las cartas que escribió al rey en su célebre obra «Hunsul Mahajara». En la mayoría de esas cartas, mencionaba la difícil situación económica del pueblo y exigía la condonación de los impuestos. En una de ellas escribió: «Este año no ha llovido lo suficiente. Debido al aumento de los precios, la grave escasez de alimentos, las epidemias que azotan al ganado y otras calamidades, los habitantes de Siria han caído en una situación lamentable. En estas circunstancias, debería mostrar su benevolencia hacia la población pobre. Le digo esto por su propio bienestar y por el del pueblo, pues procurar el bienestar es la esencia del islam».
El rey no solo rechazó este consejo, sino que además expresó su profundo descontento por la falta de cooperación de los ulemas y dijo: «Cuando los tártaros atacaban el país y saqueaban sus bienes, ¿dónde estaban estos señores?». El jeque Muhyuddin respondió enérgicamente a esta burla. Reiterando su opinión y el consejo mencionado anteriormente, dijo: «El caso de los invasores no musulmanes no puede compararse con el de los gobernantes musulmanes del país. Cuando aquellos rebeldes infieles no tenían ni la más mínima fe en nuestra religión, ¿qué consejo podíamos darles y qué beneficio habría producido? Quiero dejar claro que nadie podrá impedirme decir la verdad y dar buenos consejos, porque estoy firmemente convencido de que esto es un deber obligatorio para mí y para quienes son como yo. Y, cualesquiera que sean los peligros a los que debamos enfrentarnos al cumplir con nuestro deber, ello será ante Dios causa de un gran bien y contribuirá a elevar nuestra dignidad. Me someto por completo a Dios. Dios conoce perfectamente la situación de Sus siervos. El Mensajero de Dios nos aconsejó que continuáramos diciendo la verdad en toda circunstancia y que no prestáramos atención a las censuras de ningún censor. Siempre queremos bien al rey y deseamos su bienestar en este mundo y en el Más Allá».
Impulsado por ese mismo deseo de bienestar, el jeque continuó escribiendo cartas. Pero Zahir, sin prestar atención a sus consejos, siguió recaudando impuestos con el pretexto de prepararse para la guerra inminente. El rey había reunido fetuas de los ulemas en apoyo de su propia opinión. Todos esos ulemas habían emitido sus fetuas siguiendo sus instrucciones. Mandó llamar al jeque y le pidió que firmara las fetuas de los demás ulemas. El jeque adoptó una postura sumamente firme y dijo: «Sé que eras un esclavo cautivo. Eras insolvente. Después, Dios te favoreció y te elevó a la dignidad de rey. Sé que tienes mil esclavos vestidos con ropas bordadas y cien esclavas cubiertas de pies a cabeza de adornos de oro. Ahora, si gastas esas ropas bordadas de los esclavos y las joyas de las esclavas, emitiré una fetua declarando lícito que recaudes impuestos de tus súbditos».
Al oír esto, Zahir estalló en una furia terrible y lo expulsó inmediatamente de Damasco. El jeque siguió residiendo en un lugar de Siria llamado Nava. Más tarde, todos los ulemas y juristas dijeron al rey: «Es nuestro sabio más respetado y el mejor de todos. Hágalo regresar a Damasco». Entonces el rey le permitió volver a Damasco, pero el jeque rechazó la autorización y dijo: «Mientras Zahir permanezca allí, no regresaré». Un mes después, Zahir cayó mortalmente enfermo. (De «Ibn Taymiyya», del profesor Abu Zuhra).
Incluso en la historia reciente no faltan ejemplos de este tipo de noble carácter. Solo mencionaré dos casos.
Durante el gobierno de Ismail, el sultán Abdul Aziz llegó una vez a Egipto. Ismail contaba los días que faltaban para su llegada, porque esta era sumamente necesaria para que obtuviera el título de jedive. Además, la visita del sultán ofrecía grandes posibilidades de que Egipto obtuviera numerosos beneficios políticos. En aquella ocasión, se elaboró un programa para que el sultán recibiera a los ulemas
Así se hacía. Durante la ceremonia de concesión de audiencia se observaban muchas costumbres contrarias al islam. Una de ellas consistía en que el visitante debía arrodillarse, golpear la cabeza contra el suelo y rendir homenaje a la manera turca. A los administradores del palacio real se les encomendaba enseñar estas costumbres a los eruditos que acudían, para que no cometieran ningún error ante el sultán.
Después, se aproximó la hora de la audiencia. Los eruditos comenzaron a entrar uno tras otro y, movidos únicamente por la codicia de intereses mundanos, se postraban ante un ser creado como ellos. Luego salían avanzando hacia atrás, de cara al sultán, tal como les habían enseñado. Solo un erudito se libró de aquel acto abominable: el jeque Hasanul Adadí. Despreció con repugnancia los mezquinos intereses mundanos y mantuvo vivo en su corazón el sentimiento de que todo poder reside en las manos de Alá. Entró con la cabeza erguida, como un hombre libre, y al llegar ante el sultán lo saludó, conforme a la costumbre islámica, diciendo: «As-salamu alaykum». Después, como debe hacer un erudito al entrevistarse con un gobernante, le aconsejó temer a Alá y tratar a la gente con justicia y bondad. Al terminar, volvió a saludarlo y salió de nuevo con la cabeza erguida, como un hombre libre e intrépido.
Al ver aquello, los administradores de la corte y el propio jedive estuvieron a punto de perder el conocimiento. Pensaron que la situación se había salido de control y que probablemente la ira del sultán no tendría límites. Al haber fracasado su cuidadoso adiestramiento, se derrumbaron desesperados.
Pero el efecto de la verdad nunca puede fracasar. Con la misma fuerza y autoridad con que brota del corazón, se implanta en los corazones de los demás. Eso fue lo que ocurrió aquí. El sultán declaró, sin poder contenerse, que allí solo había un erudito. Únicamente a él lo recompensó y dejó a todos los demás sin nada.
El segundo incidente tuvo lugar entre el jedive Tawfiq Pasha y el jeque Hasanunuwil, en el Darul Ulum.
El jeque Hasanunuwil era profesor del Darul Ulum. Vestía una túnica de tipo corriente y bajo precio (yilbab). Un día, el director del Darul Ulum se enteró de que el jedive visitaría pronto la madraza. Inmediatamente comenzó a limpiar y adornar la madraza. Se le pidió al jeque Hasanunuwil que se cambiara de ropa y acudiera vestido con un kaftán y una yubba (prendas relativamente más elegantes). El jeque aceptó tácitamente la petición.
El día señalado, el jeque llegó vestido con su ropa vieja. Sin embargo, llevaba en la mano un pañuelo que envolvía algo parecido a un pequeño paquete. Al verlo con sus ropas antiguas, el rostro del director palideció. Le preguntó con un tono ligeramente irritado: «¡Jeque! ¿Dónde están la yubba y el kaftán?». Él señaló el pañuelo y le indicó que estaban allí. El director pensó que quizá se cambiaría de ropa cuando se acercara la llegada del invitado.
Al cabo de un rato llegó el esperado invitado. Una ola de alegría recorrió toda la madraza. Inmediatamente después ocurrió algo extraordinario. El jeque Hasanunuwil se presentó ante el jedive con el paquete que llevaba en la mano y dijo con total serenidad: «La gente me ha dicho que debo venir vestido con la yubba y el kaftán. Si lo que quiere es su yubba y su kaftán, aquí los tiene; pero si quiere a su Hasanunuwil, aquí está Hasanunuwil, presente».
Naturalmente, Khadeve respondió que quería a su Hasanunovil.
Esta es la verdadera condición de los creyentes. No desean ningún honor aparte del honor del islam. Su mente, su corazón y su conciencia no conceden importancia a los valores insignificantes y vanos ni a los intereses pasajeros. Comprenden la esencia verdadera del islam y la ponen plenamente en práctica en sus vidas. Después de alcanzar la invencible fuerza vital del islam, no sienten la necesidad de complacer a ninguna persona. En verdad, este es el islam auténtico.
El trato con los países conquistados
Ahora examinaremos el trato dispensado a los habitantes de los países conquistados y a las comunidades no musulmanas de los países musulmanes. Esto está estrechamente relacionado con la igualdad, la justicia y la libertad de conciencia. La igualdad y la justicia promovidas por el islam han trascendido los límites del individuo, del grupo y del islam para vincularse con toda la humanidad.
Al hablar de los países conquistados, surge naturalmente la cuestión del verdadero propósito, objetivo y razón de ser de la conquista de territorios en el islam. Es un tema que requiere un largo análisis. Aquí trataremos únicamente lo indispensable y lo relacionado con la justicia social universal del islam.
La invitación islámica apela a la conciencia, la mente y el intelecto de las personas. En ella no hay lugar para la coerción ni la obligación. Incluso el islam no aprobó la coacción psicológica que, en forma de acontecimientos milagrosos, era habitual en las religiones anteriores. El islam es la única doctrina que ha mostrado pleno respeto por la razón, la conciencia, la percepción y los sentimientos humanos; en lugar de cautivar a las personas mediante milagros o prodigios y seducirlas por medios psicológicos, se limitó a dirigirse a ellas con un lenguaje sencillo. Nunca recurrió a obligarlas a aceptar su mensaje mediante la fuerza de la espada.
————Texto árabe——
«No hay lugar para la coerción en materia de doctrina de vida».
————Texto árabe——
«Invita al camino de tu Señor mediante la buena exhortación y la sabiduría, y discute de la mejor manera».
Pero los coraichitas, desde el primer día, crearon obstáculos en el camino de este nuevo sistema de vida mediante la fuerza material. Infligieron un trato inhumano a todo aquel a quien Allah concedió la oportunidad de aceptar el islam. Expulsaron del país a algunos musulmanes, separándolos de sus hogares, esposas, hijos y familiares. Conspiraron para matarlos de hambre, manteniéndolos recluidos en cuevas de las montañas y sometiéndolos a un «boicot» social. En resumen, no dejaron ningún medio de emplear la fuerza material para mantener a la gente alejada del islam.
En tales circunstancias, no había otra alternativa que proteger a los seguidores del islam de la opresión—
————Texto árabe——
«Se ha concedido permiso para portar armas a aquellos contra quienes se hace la guerra, porque son oprimidos. Ciertamente, Allah es capaz de ayudarlos».
————Texto árabe——
«Combatid, por la causa de Allah, contra quienes os combaten. Pero no transgredáis, pues Allah no ama a los transgresores».
Después, en cierto momento, toda la península arábiga quedó bajo la sombra del islam. La continuidad de la conquista de territorios avanzó más allá de Arabia. Surge la pregunta: ¿cuál era el propósito y el objetivo de estas conquistas?
Ya he dicho que el islam les ha presentado una ideología internacional y un sistema de vida universal. No puede confinarse dentro de los límites de ningún impulso particular. Quiere hacer llegar su corriente de bienestar a cada rincón del mundo y a toda la humanidad. Pero en el camino se interponen los dos vastos imperios de Roma y Persia. Permanecen al acecho, esperando destruirlo. Estas potencias no estaban dispuestas a permitir que los portadores del estandarte del movimiento islámico recorrieran la tierra y tuvieran la oportunidad de transmitir a la gente el mensaje esencial del islam. En tales circunstancias, el islam no tenía otra opción que eliminar la fuerza estatal que se interponía entre la ley divina y la gente común. Tras retirar este obstáculo, ofrece a las personas la oportunidad de obedecer únicamente a Allah y liberarse de la obediencia y la esclavitud respecto de otros seres humanos. Este es el significado de establecer el sistema islámico en lugar del sistema falso. Con ello, la gente obtiene plena libertad de expresión. Una vez eliminada la barrera de la fuerza estatal y triunfante la ley de Allah, la obediencia queda reservada únicamente para Allah, y las personas se liberan de la esclavitud respecto de otras personas. Después, quien lo desee abrazará el islam voluntariamente, con alegría y con plenos derechos, y quien no lo desee no lo abrazará. Pues cada persona tiene pleno derecho a determinar por sí misma sus propios principios. El significado de que la religión, o la obediencia, quede reservada exclusivamente para Allah es el que expresa la siguiente declaración del Corán:
————Texto árabe——
«Combatid contra estos incrédulos hasta que la obediencia quede enteramente reservada únicamente para Allah». Aquí, la palabra din significa obediencia. El propósito es que las personas, liberadas de la autoridad y la soberanía de otros seres humanos, queden sometidas a la autoridad y la soberanía de Allah. Después, elegirán por sí mismas sus propias creencias y convicciones, sin obstáculos, impedimentos ni coacción.
A la luz de esta explicación, queda claro que las conquistas territoriales del islam son completamente diferentes de las guerras expansionistas e imperialistas emprendidas contra pueblos extranjeros con el propósito de explotar y oprimir a naciones embriagadas de poder. El significado de estas guerras se limita a que fueron una lucha para eliminar la fuerza estatal que creaba un obstáculo entre la nueva creencia y la ideología traídas por el islam, por un lado, y los demás pueblos, por otro. Para las naciones, era una lucha moral y espiritual; y contra las fuerzas estatales que se les imponían como divinidades, valiéndose de la fuerza material, era una lucha material y armada.
El islam se considera la ley para toda la humanidad y no emplea la fuerza material para su predicación y difusión. Conforme a este principio fundamental, ha planteado tres caminos ante todas las naciones del mundo. Cada nación debe elegir uno de ellos: abrazar el islam, expresar cooperación y obediencia mediante el pago de la yizia, o la guerra.
Su invitación a los habitantes del mundo a «abrazar el islam» es, sin duda, justa, porque este es el único camino de la guía. Es la doctrina más avanzada y completa sobre Dios, el ser humano, la vida y el universo. Es la gran puerta por la que, una vez que entra, un no musulmán se convierte en hermano de todos los musulmanes, y sus derechos y deberes quedan establecidos como los de ellos. Ningún otro musulmán puede alegar superioridad sobre este nuevo musulmán por su raza, linaje, riqueza o posición.
La invitación a pagar la yizia es igualmente semejante. Para defender el país, los musulmanes deben sacrificar hasta sus propias vidas. También pagan el azaque con el fin de proteger los intereses de la sociedad. Un no musulmán también disfruta de plena paz y seguridad bajo el Estado islámico. En cuanto al disfrute de las oportunidades y beneficios internos, externos y de cualquier otra índole, participa en igualdad de condiciones con todos los demás habitantes del Estado islámico. En la vejez o en caso de incapacidad, también puede beneficiarse del sistema de seguridad social. En tales circunstancias, la justicia y la equidad exigen que contribuya también con sus propios recursos a todas estas actividades. Puesto que en el azaque predomina más el carácter de acto de adoración que el de impuesto financiero, el islam no los obliga a cumplir este acto de adoración. Pues el islam también respeta los sentimientos y las emociones de quienes no lo han abrazado. Por eso recauda de ellos un impuesto en forma de yizia, en lugar del azaque. Al fijar la yizia, se tuvo en cuenta que, si fuera necesario sacrificar la vida por el país, solo los musulmanes lo hacen. Además, la yizia es también un signo de obediencia y sumisión. Esto demuestra que quienes pagan la yizia no obstaculizarán por la fuerza el camino del islam, ni nadie impedirá que este llegue a la gente. Ese era el propósito del islam.
El último recurso es la guerra. Rechazar tanto el islam como la yizia significa que esa persona —es decir, el no musulmán— está decidida a seguir siendo un obstáculo entre el islam y la gente común. En tal situación, se vuelve inevitable acabar con esa insolencia, manifestada con el respaldo de la fuerza, eliminándola por la fuerza. Pues, aparte de esto, no existe otro remedio.
En los países conquistados, el islam puso plenamente en práctica su programa humanitario e internacional. Cuando sus habitantes aceptaban el islam, les concedía en todos los aspectos los mismos derechos que a los musulmanes. Incluso cuando pagaban la yizia, los dotaba de todos los derechos humanos superiores. Aun en situaciones de guerra, estableció con su trato hacia ellos un brillante ejemplo de justicia y humanidad.
Cuando el gobernante de un país conquistado aceptaba el islam, este lo mantenía debidamente en su cargo como gobernante de aquel lugar. Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) mantuvo a Bazan, de origen persa, como gobernador del Yemen. Del mismo modo, mantuvo en su cargo a Firoz, persa y gobernador de Sana. Cuando Qays ibn Abd Yaghus, de origen árabe, expulsó a Firoz de allí, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) ayudó al musulmán persa contra el musulmán árabe, lo llevó nuevamente allí y lo restituyó en su cargo anterior. De igual manera, los musulmanes mantuvieron en sus cargos a los funcionarios subordinados y a los funcionarios no musulmanes de rango inferior a los emires.
Según la ley islámica, es completamente lícito que los conquistadores se apoderen de todos los bienes de los rebeldes que no aceptan el islam ni acceden a pagar la yizia, sino que eligen el camino de la guerra. A pesar de ello, cuando Persia fue conquistada durante la época de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él), este, atendiendo a las exigencias de los valores éticos y humanitarios del islam, introdujo otra política. Reconoció debidamente a los propietarios sus derechos de propiedad sobre la tierra, aunque impuso sobre ella un impuesto territorial. Tuvo en cuenta simultáneamente dos intereses. Uno era el de los propios países conquistados: aunque habían combatido contra los musulmanes, no quiso privarlos de sus medios de subsistencia. El segundo era el de las generaciones posteriores de musulmanes. Si toda la tierra se hubiera entregado a los conquistadores de entonces, las generaciones futuras habrían quedado privadas de sus beneficios. Por eso consideró mejor cobrar un impuesto sobre la tierra. Así, el dinero recaudado podría destinarse siempre al bienestar público, y las generaciones futuras también seguirían recibiendo de él una parte razonable.
Es una verdad universalmente reconocida que el islam siempre trató con un nivel muy elevado de humanidad a los países conquistados. Les concedió a las personas una oportunidad libre e incondicional de beneficiarse de su belleza, sus características y sus cualidades benéficas. Además, invitó a todos, sin distinción de raza, linaje, lengua, nación o religión, a beneficiarse de ellas. Dio a cada persona la oportunidad de hacer todo lo posible por el bienestar de la sociedad. En un campo especial del islam, es decir, en las ciencias de la ley y del fiqh, los habitantes de los países conquistados y las personas de la clase esclava alcanzaron una competencia extraordinaria. Los árabes no tuvieron un dominio exclusivo en ningún ámbito importante de la vida pública. Incluso para los cargos de emir y gobernador se nombraba a personas que destinaban primero los ingresos adicionales de la región correspondiente al bienestar de esa región, y depositaban en el Bayt al-Mal central únicamente el remanente. Los países conquistados no eran colonias, ni los conquistadores tenían posibilidad alguna de utilizar las vidas y los bienes de sus habitantes para su propia comodidad y lujo. Del mismo modo, el islam concedió a los habitantes de los países conquistados una libertad incomparable para practicar sus ritos religiosos. El islam asumió personalmente la responsabilidad de proteger sus lugares de culto, sus zawiyas, sus iglesias, así como a sus eruditos y sacerdotes. Cumplió los tratados y promesas celebrados con ellos con tal honestidad y fidelidad que resulta difícil encontrar un ejemplo semejante en la historia de las relaciones internacionales. Incluso hoy sigue vigente en este ámbito el sistema establecido por el islam.
Cuando comparamos el trato que la civilización occidental moderna dispensa a las desdichadas colonias con el islam, vemos al islam resplandecer, en todas las épocas de su historia, como el ideal más liberal, más noble y más puro. Hoy vemos que se priva deliberadamente a los países coloniales de las virtudes y características de la civilización occidental en materia de investigación científica y de desarrollo y progreso económicos, para poder ordeñarlos como vacas lecheras durante el mayor tiempo posible. Además, sacrificar la dignidad y las normas de cortesía humanas en los planos individual y colectivo, extender deliberadamente la anarquía moral, crear y ampliar las hostilidades entre grupos y partidos, y ejercer la explotación y la opresión económicas se han convertido en vicios habituales de las potencias imperialistas.
Aunque los occidentales pronuncian hoy grandes discursos sobre la libertad religiosa, su historia anterior está manchada por los castigos bestiales de los llamados tribunales de España y por la brutalidad de las Cruzadas en Oriente. Incluso hoy, la libertad religiosa no es más que una exhibición. Por ejemplo, aunque los misioneros cristianos disfrutan de todas las facilidades y oportunidades en Sudán del Sur, se prohíbe la entrada a los musulmanes. Cuando el general inglés Allenby entró en Bayt al-Muqaddas durante la Gran Guerra, expresó la mentalidad de todos los europeos diciendo: «En realidad, hoy han terminado las Cruzadas». Después de celebrar la revolución en Damasco en 1940, el general francés Catto se situó allí y dijo: «Somos descendientes de los cruzados. Quienes no sean del agrado de nuestro gobierno pueden marcharse de aquí». En 1945, uno de sus correligionarios dijo exactamente lo mismo en Argelia.
La situación del mundo socialista es aún más terrible. Allí se está llevando a cabo una campaña para eliminar gradualmente a los musulmanes. En apenas un cuarto de siglo, el número de musulmanes en Rusia ha disminuido de cuarenta y dos millones a veintiséis millones. Incluso se les está privando hoy de las tarjetas de racionamiento, sin las cuales allí es imposible obtener los medios necesarios para vivir. Se les dice: «Tenéis permiso para rezar cuando queráis. Pero el Gobierno no puede proporcionaros alimentos. Pedid alimento a vuestro Dios». Se les trata de la misma manera en Yugoslavia y en otros países.
El islam siempre ha establecido un ejemplo tan elevado de justicia social integral y universal que la civilización europea ni siquiera ha podido aproximarse a él. Tampoco podrá hacerlo jamás, porque es una civilización puramente materialista y basada en el culto a la materia. Sus cimientos descansan exclusivamente sobre el homicidio, el saqueo, el derramamiento de sangre, la violencia y la brutalidad. [Para un estudio detallado sobre este tema, véanse la obra del autor «As-Salam al-Alami al-Islam (La paz mundial y el islam)» y el capítulo «La naturaleza y el significado de las conquistas territoriales del islam», de «Dirasatun Islamia».]
Cooperación mutua y sistema de seguridad social
Presentaré algunos ejemplos concretos de la historia acerca de las cualidades de misericordia, compasión, benevolencia y cooperación mutua que el islam desea que existan entre los fuertes y los débiles, los ricos y los pobres, el individuo y la sociedad, los gobernantes y los gobernados, y, del mismo modo, entre toda la humanidad. La historia del islam está repleta de ejemplos de este tipo.
Cuando Abu Bakr abrazó el islam, poseía cuarenta mil dírhams obtenidos de las ganancias de su comercio. Incluso después de abrazar el islam, continuó comerciando y acumuló una gran fortuna. Sin embargo, el día en que emigró a Medina junto con su gran amigo, el profeta Muhammad, solo le quedaban cinco mil dírhams de aquel capital. Gastó todo el capital restante en liberar a los esclavos musulmanes perseguidos y torturados, y con esa riqueza ayudaba a los pobres desposeídos.
Umar era sumamente pobre. En Jaybar recibió un terreno. Se presentó ante el Mensajero de Dios y dijo: «He obtenido un terreno en Jaybar. Nunca había recibido una propiedad tan valiosa. ¿Cuál es su instrucción al respecto?». El Mensajero de Dios le respondió: «Si lo deseas, conserva la tierra misma bajo tu propiedad y dona sus frutos».
Umar lo convirtió en un waqf para los pobres y necesitados, sus parientes pobres, la liberación de esclavos, la ayuda a los débiles e incapaces y las obras de beneficio público. Así, al entregar por la causa de Dios su bien más preciado, demostró la veracidad de estas palabras del Corán:
————Texto árabe——
«No podréis alcanzar el verdadero bien mientras no gastéis por la causa de Dios aquello que más amáis».
Antes del califato, llegó desde Siria una caravana comercial a Uthmán. En ella había mil camellos cargados de trigo, aceite de oliva y pasas. En aquel tiempo, debido a la hambruna, los musulmanes se encontraban en una situación sumamente penosa. Muchos comerciantes acudieron a él y le dijeron: «Usted sabe muy bien cuán intensa es la demanda de alimentos en el país. Véndanos estas mercancías». Uthmán dijo: «Puedo venderlas gustosamente, pero díganme qué beneficio me ofrecerán». Los comerciantes respondieron: «Le pagaremos el doble del precio». Uthmán dijo: «Me han ofrecido un beneficio mucho mayor que ese». Sorprendidos, preguntaron: «Su caravana acaba de llegar y, en cuanto llegó, todos los comerciantes de Medina nos hemos presentado ante usted. Nadie más se ha reunido con usted antes que nosotros. Entonces, ¿quién le ha ofrecido darle un beneficio tan grande?». Uthmán respondió: «Al-lah me ha prometido un beneficio diez veces mayor. ¿Pueden ofrecerme más que eso?». Ellos dijeron: «No». Entonces Uthmán, poniendo a Al-lah por testigo, declaró: «Dono por Al-lah todos los bienes de esta caravana comercial para los pobres y los necesitados».
Un día, la familia de Alí solo tenía tres panes de cebada. Él dio esos panes a un huérfano, a un necesitado y a un prisionero. Después de alimentarlos hasta saciarlos, se acostó a dormir con toda su familia, permaneciendo ellos mismos sin comer.
Las deudas de Husayn habían aumentado considerablemente. El manantial de Abi Nájr estaba bajo su propiedad y, si hubiera querido, podría haberlo vendido para pagar sus deudas. Pero los musulmanes pobres realizaban allí sus labores de riego, por lo que no lo vendió. Así, siendo descendiente de la más noble familia de los Banu Hashim, continuó cargando con el peso de las deudas.
En Medina, los ansar hicieron partícipes a los muhayirun de sus propiedades, casas y todos sus bienes. Los aceptaron como hermanos. Pagaron en su nombre la diya (la compensación económica por homicidio involuntario o lesiones) y liberaron a sus prisioneros pagando el rescate. En una palabra, los hicieron completamente suyos. En palabras del Corán:
————Texto árabe——
«No sienten en su corazón ninguna reserva ni reparo por lo que dan a los muháyirun. Dan preferencia a los intereses de los demás sobre los propios, aun cuando tengan que pasar hambre».
En realidad, mientras los países musulmanes permanezcan libres de la influencia de la civilización occidental, esta fuerza vital seguirá activa en su vida social. El señor Abdurrahman Azzam escribió en su obra «La epístola eterna»:
«He visto a la tribu tuareg del norte de África vivir sobre la base de la cooperación y la seguridad mutuas. En su tribu, nadie vive únicamente para sí mismo, sino para toda la sociedad. Se sienten más orgullosos precisamente de aquello que hacen por la sociedad. Un acontecimiento extraordinario atrajo mi atención hacia ellos. Un habitante de la ciudad emigró de la zona de los franceses, se estableció entre los tuareg en Fezzán y comenzó a ganarse la vida gracias a su benevolencia. Después salió en busca de trabajo. También estaba decidido a corresponder a sus donaciones. Dejó a su familia bajo la protección de aquella tribu musulmana. Pero, por desgracia, no encontró ningún empleo. Vino a nosotros, al lugar llamado Misrata, para pedir ayuda. Le dimos lo suficiente para que pudiera regresar junto a su familia. Sin embargo, casi un año después volvió a nosotros. Pensamos que regresaba de junto a su familia. Pero él desmintió nuestra suposición y dijo que ahora estaba en condiciones de regresar con los suyos. Le preguntamos: “¿Cómo?”. Respondió: “Con el dinero que recibí en nuestro último encuentro, emprendí un negocio. Ahora puedo ir junto a los tuareg con el dinero que he ahorrado”. Le preguntamos: “¿Irás junto a tu propia familia o junto a los tuareg?”. Respondió: “Primero iré junto a los tuareg, porque durante mi ausencia cuidaron de mi familia. Ahora iré a mantener a las familias de aquellos de entre ellos que están ausentes de sus propios hogares, y distribuiré mis ganancias entre mis hijos y los hijos de mis vecinos”. Le preguntamos: “¿Son así las relaciones mutuas entre los vecinos en vuestra sociedad?”. Respondió: “Sí, todos compartimos las alegrías y las penas. Nos avergonzamos mucho de regresar a casa del extranjero con las manos vacías, porque nuestros vecinos también esperan nuestro regreso exactamente como lo hace nuestra propia familia”.
Después de describir esta experiencia, el autor, al examinarla, ofrece una explicación sumamente precisa del suceso:
«Este singular sistema de vida social no se limita únicamente a las tribus tuareg o a los beduinos nómadas. Tampoco es resultado de su tribalismo. Este es el verdadero sistema islámico. Se observa una difusión muy amplia de este sistema social precisamente entre las tribus que se encuentran muy alejadas de la civilización mecanicista y materialista moderna. He visto muchas ciudades y puertos de Occidente y Oriente imbuidos del espíritu islámico, y he observado la adopción de un sistema social semejante entre sus habitantes, sin distinción entre blancos y negros, árabes y no árabes. En muchos lugares todavía he visto a musulmanes llevar una vida sumamente feliz basada en la ayuda y la cooperación mutuas. Sin duda, son más felices y prósperos que los millones de personas que adoran la civilización materialista occidental. Todavía hoy se encuentran muy cerca del sistema social establecido por el honorable Muhammad. Los adoradores de Occidente creen en dar prioridad a sus intereses personales, aun a costa de causar enormes daños y calamidades a la sociedad. Para satisfacer sus caprichos personales y los deseos de sus pasiones, cuando es necesario no dudan en perjudicar siquiera los intereses de su propia familia; mucho menos cabe hablar de comportarse bien en beneficio del vecino.»
La realidad es que este sistema de seguridad mutua fue creado por la propia fuerza vital del islam. Sin embargo, no se dejó exclusivamente en manos de la conciencia o de la compasión de los individuos y de la sociedad. El gobierno también tomaba medidas para hacerlo efectivo. Un ejemplo destacado es que Umar estableció, con cargo al Bayt al-Mal, asignaciones mensuales para los niños destetados, los ancianos y los enfermos. Cabe señalar que estas partidas de gasto eran completamente distintas de las categorías conocidas de gasto de la zakat. Por su naturaleza y características, esta partida puede denominarse «sistema de seguridad social» (Social security). Durante la hambruna, abolió el castigo por robo, pues quizá el hambre extrema hubiera impulsado a alguien a robar. En el islam se exime de la pena cuando existe duda. El siguiente episodio ofrece el ejemplo más brillante de la aplicación del sistema de seguridad social y aclara la verdadera naturaleza y los límites de la propiedad privada.
Se relata que algunos esclavos de Abdurrahman ibn Hatib al-Baltaya robaron un camello perteneciente a la tribu de Muzaina. Cuando los capturaron y los llevaron ante Umar, confesaron el robo. Umar ordenó a Kacir ibn al-Chalt que les cortara las manos. Cuando este avanzó para cumplir la orden, Umar lo detuvo y dijo: «Escucha: me he enterado de que les exigís un trabajo excesivo a esos esclavos y, sin embargo, los dejáis hambrientos. Su hambre llega a ser tan intensa que, aunque coman algo ilícito, se vuelve lícito para ellos. Juro por Dios que, si no hubiera sabido esto, les habría cortado las manos». Luego, dirigiéndose a Abdurrahman ibn Abi Hatib ibn Abi al-Baltaya, le dijo: «Es cierto que no les corté las manos, pero te impondré una multa que te hará sentirlo». Preguntó al miembro de la tribu de Muzaina: «¿Cuánto vale tu camello?». Él respondió: «Cuatrocientos dírhams». Umar dijo a Ibn Hatib: «Ve y dale ochocientos dírhams». Así, perdonó a los esclavos el castigo por el robo, porque su amo los había obligado a robar al dejarlos hambrientos.
En la historia del islam, el sistema de seguridad social y económica posee una importancia especial también por otra razón: su universalidad. Esto se debe a que el sistema se mantiene incluso más allá de los límites del islam.
En cierta ocasión, Umar vio a un anciano ciego mendigando de puerta en puerta. Al preguntarle, supo que era judío. Le preguntó: «¿Por qué mendigas?». Él respondió: «La yizia, la necesidad y la vejez, juntas, me han obligado a mendigar». Umar lo llevó de la mano a su casa y le entregó dinero suficiente para cubrir sus necesidades inmediatas. Después envió un mensaje al encargado del Bayt al-Mal: «Busca a este hombre y a otras personas como él». ¡Juro por Dios que no es en absoluto justicia que en su juventud disfrutemos del fruto de su trabajo y en su vejez lo expulsemos con desprecio! La zakat corresponde a los pobres y a los desposeídos. Este hombre es uno de los desposeídos de la Gente del Libro. Entonces le eximió a él y a otros como él del pago de la yizia.
Durante un viaje a Damasco, pasó junto a una aldea. Supo que allí vivían varios cristianos leprosos. Ordenó que se les concediera ayuda con fondos de la zakat y que se les suministraran alimentos racionados.
Han transcurrido más de mil trescientos años. La fuerza vital del islam elevó a Umar a esa sublime cumbre de la humanidad desde la cual otorgó a la seguridad social la dignidad de un derecho humano universal. Para obtener este derecho no se exigía pertenecer a ninguna religión o comunidad particular; tampoco era necesario averiguar qué sharía seguía una persona ni cuál era su credo.
Este es el elevadísimo nivel al que los pies de la humanidad han llegado exhaustos, y del que todavía se encuentra muy lejos.
El sistema político
La historia atestigua que el islam vivió una época excepcional e ideal en cuanto a un sistema político y económico bien consolidado. Es profundamente lamentable que esta época del islam no pudiera prolongarse por mucho tiempo. Más adelante intentaremos comprender sus verdaderas causas. Algunos sostienen que esta causa está arraigada en la propia naturaleza esencial del sistema político y económico del islam. Pero más adelante analizaremos si, en realidad, la causa se encuentra en su interior o fuera de él. Primero hablaremos del sistema político, pues el sistema económico siempre está subordinado al sistema político y sigue su naturaleza.
Cuando se aproximaba el momento del fallecimiento del Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), un día ordenó que Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dirigiera la oración. Entonces Aisha (que Allah esté complacido con ella) objetó, argumentando que el corazón de Abu Bakr era extremadamente sensible. Por ello, si dirigía la oración, la gente no podría oír su voz, y le pidió que reconsiderara su orden. Ante esto, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se enfadó e insistió en que llamaran a Abu Bakr para que dirigiera la oración.
La cuestión es: ¿significa esto que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo había designado como califa? ¿Entendieron claramente los musulmanes que eso era así?
En nuestra opinión, ambas afirmaciones son completamente infundadas. Si el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) hubiera decidido dejar designado a un califa, y si en el islam hubiera existido una norma para designarlo, lo habría declarado de la misma manera clara en que anunció las demás normas y principios del islam. Y si los musulmanes hubieran entendido claramente que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había designado a Abu Bakr como califa, no habría surgido la cuestión del debate sobre el califato celebrado entre los Muhajirun y los Ansar en un lugar llamado Saqifa. Pues los Ansar nunca fueron personas capaces de objetar una decisión del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
En realidad, todo el asunto del califato fue dejado a la consulta mutua de los musulmanes. El propósito era que la gente eligiera, con plena libertad y consenso, a la persona más apta para el califato. Si después del debate celebrado en Saqifa se decidió que el califa sería elegido entre los Muhajirun, esto no constituía una norma específica del islam, sino una decisión adoptada por consenso tras las deliberaciones mutuas de los musulmanes. Si los Ansar se hubieran opuesto a esa decisión, nadie habría podido reprochárselo. Pero lo que ocurrió en realidad fue que los Ansar aceptaron el califato de Abu Bakr, pues él era la persona más capacitada de todas. Es cierto que en Medina las tribus Aws y Jazray intentaron enturbiar el asunto avivando la animosidad basada en el regionalismo, pero los Ansar frustraron aquella conspiración.
En este caso, la decisión de que el califa fuera elegido entre los Muhajirun no significa que necesariamente tuviera que pertenecer a la tribu de Quraysh. Si así hubiera sido, Umar (que Allah esté complacido con él) no habría dicho, al designar el consejo consultivo: «Si Salim, el esclavo de Hudhayfa, estuviera vivo, lo nombraría califa». Es sabido que Salim (que Allah esté complacido con él) no era descendiente de Quraysh. Además, de acuerdo con los principios fundamentales del islam, no se puede considerar superior a ningún qurayshí frente a los demás musulmanes simplemente por ser qurayshí y descendiente del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El propio Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo:
——-texto árabe——
«A quien sus actos hacen retroceder, su linaje no podrá hacerlo avanzar.»
Hazrat Abu Bakr había designado a Hazrat Umar como califa. Pero eso no significa que hubiera obligado a los musulmanes a aceptarlo. Ellos tenían pleno derecho a revocar ese nombramiento. Hazrat Umar se convirtió en califa no como resultado del nombramiento de Abu Bakr, sino de la elección del pueblo. Del mismo modo, Hazrat Umar formó un consejo consultivo compuesto por seis miembros. Les dejó instrucciones de elegir entre ellos a un califa. Sin embargo, los musulmanes no estaban obligados a aceptar como califa a uno de esos seis. Con total libertad y espontaneidad, eligieron a uno de entre ellos. Pues, en realidad, aquellos seis eran las personas más capacitadas de la comunidad musulmana de entonces.
Durante la elección de Hazrat Alí surgieron discrepancias. A causa de estas discrepancias, por primera vez estalló una guerra entre los musulmanes. Como consecuencia, se sucedieron hechos tan desgarradores que la fuerza vital del islam, sus principios políticos y económicos, y las ideas que había introducido en los demás ámbitos de la vida sufrieron graves daños.
Este breve relato deja clara ante nosotros la verdadera ideología del islam respecto al sistema de gobierno. Esta consiste en que una persona solo puede ocupar la dignidad de gobernante sobre la base de una elección libre e imparcial de los musulmanes. Hazrat Alí era primo hermano, yerno y pariente cercano del Mensajero de Allah. A pesar de saber y comprender todo esto, los musulmanes lo elevaron al trono del califato mucho tiempo después. Quizá retrasar de ese modo la designación de Hazrat Alí —especialmente después de Hazrat Umar— equivaliera a menoscabar sus derechos. Pero es innegable que precisamente esta demora permitió la valoración más perfecta del sistema de gobierno islámico. Gracias a ella se alcanzó este bien mayor: la idea de la sucesión hereditaria ni siquiera pudo acercarse al trono del califato. Pues esta idea se encuentra en el punto más alejado de la esencia vital del islam y de sus principios fundamentales. Aunque se cometiera cierta injusticia personal contra Hazrat Alí, no cabe duda de que la realización práctica de este ideal era mucho más importante que él.
Después llegó la era de los Banu Umayya. No solo limitaron el califato islámico a la dinastía de los Banu Umayya, sino que lo transformaron en un sistema monárquico despótico. Esto no fue fruto de las enseñanzas del islam, sino de la influencia de la «yahiliyya». Esta influencia de la yahiliyya había sofocado la fuerza vital del islam.
El asunto quedará claro si presentamos aquí algunos relatos sobre cómo se llevó a cabo el nombramiento de Yazid y la obtención de la baya.
Después de obtener en Siria la «baya» en favor de Yazid (se denomina baya a la lealtad, el apoyo y el consentimiento del pueblo hacia el califa propuesto o designado), Muawiya encargó a Sa’id ibn al-As que obtuviera, de cualquier manera, el apoyo de los habitantes del Hiyaz. Pero Sa’id fracasó. Entonces Muawiya fue personalmente a La Meca acompañado de un enorme contingente de tropas y reunió a los musulmanes más destacados. Dirigiéndose a ellos, dijo:
«Mirad, conocéis muy bien la manera en que os he tratado y el respeto que he mostrado por vuestros lazos de parentesco y relaciones. Yazid es vuestro propio hermano, el hijo de vuestro tío. Mi deseo es que aceptéis a Yazid como califa únicamente de nombre. Vosotros os encargaréis de todos los asuntos, como los nombramientos y destituciones, la recaudación y distribución de los impuestos, etc.»
Abdullah ibn Zubair respondió: «Debéis seguir uno de estos dos caminos: o bien haced como el Mensajero de Allah, quien designó a una persona ajena a su propio linaje, o bien formad un consejo imparcial, como hizo Umar al constituir un consejo integrado por seis personas que no eran parientes cercanos.»
Muawiya pareció arder de ira. Preguntó: «¿No tienes una tercera opción?». Ibn Zubair respondió: «No». Muawiya se volvió hacia los demás y dijo: «¿Cuál es vuestra opinión?». Todos respondieron al unísono: «Lo que ha dicho Ibn Zubair es también lo que nosotros pensamos». Entonces Muawiya los amenazó diciendo: «Cuando se da una señal de advertencia antes de adoptar una medida extrema, después ya no queda lugar para objeciones. Os dirigí un discurso y, acto seguido, uno de vosotros se levantó y contradijo públicamente mis palabras. Lo toleré y lo perdoné.»
«Pero ahora me he puesto de pie para pronunciar una palabra definitiva. Os advierto que, si alguno de vosotros dice una sola palabra en respuesta, antes de que se oiga una segunda palabra, la espada le separará la cabeza del cuerpo. Ahora cada uno debe preocuparse por salvar su propia vida.»
Después de tomar estas medidas, Muawiya colocó a dos hombres con las espadas desenvainadas sobre la cabeza de cada uno de los principales dirigentes del Hiyaz que se oponían al nombramiento de Yazid. Luego ordenó al comandante de su guardia personal que, si alguno de ellos pronunciaba una sola palabra en apoyo o en contra de su proclamación, ambos lo golpearan simultáneamente con sus espadas.
Después de disponer todo esto, Muawiya subió al mimbar y dijo: «Estos hombres son los dirigentes de los musulmanes y los mejores de entre ellos; no debe hacerse nada sin contar con su opinión. Ellos han prestado la bay’a aceptando el califato de Yazid; vosotros también prestad la bay’a en el nombre de Allah». Inmediatamente, la gente prestó la bay’a. [Ibn al-Amir, Hawadith, año 56 de la Hégira. No nos gusta insistir demasiado en aceptar este relato como verdadero. Sin embargo, para proteger los principios fundamentales del islam de la distorsión, diremos al menos que, si este relato es auténtico, semejante acto era completamente contrario a la naturaleza esencial del islam. Ningún argumento ni excusa puede demostrar que este acto fuera correcto. —El autor]
Esta es la base del gobierno de Yazid. El islam jamás puede aceptar esta base. Y ¿qué clase de hombre era el propio Yazid? Es digno de atención el relato de Abdullah ibn Hanzala sobre él.
«¡Por Dios! Comenzamos el movimiento contra Yazid cuando temimos que una lluvia de piedras cayera sobre nosotros desde el cielo. Este hombre se casa simultáneamente con una madre y su hija, así como con varias hermanas; bebe vino y abandona la oración. ¡Por Dios! Aunque ningún otro hombre me acompañara, yo solo me sacrificaría por el camino de Allah.»
Tal vez se trate de una descripción exagerada hecha por uno de los enemigos de Yazid. Sin embargo, las atrocidades que Yazid cometió posteriormente —como asesinar de la manera más vil a Husain (que Dios esté complacido con él), sitiar la Kaaba y arrojar piedras contra ella— demuestran que los enemigos de Yazid no habían exagerado en absoluto. Cualquiera que haya sido la verdadera situación, nadie puede atreverse a afirmar que, a pesar de la presencia entre los musulmanes de los nobles Compañeros (que Dios esté complacido con ellos) y de los tabi‘in, Yazid era la persona más digna del califato. En realidad, el objetivo de todo ello era limitar el gobierno exclusivamente a la dinastía omeya y transformarlo en un sistema monárquico. Esta tendencia equivalía a clavar un puñal en el corazón del islam y de la ley islámica.
El verdadero propósito de presentarnos estos datos no es censurar a ninguna persona, sino mostrar claramente que el sistema monárquico iniciado en el islam sin ninguna legitimidad conforme a la sharía no tenía relación alguna con la fuerza vital ni con los principios fundamentales del islam. Hemos emprendido este análisis para purificar al islam y a su sistema político de toda contaminación y revelar su verdadera naturaleza.
Algunos ejemplos del sistema de gobierno
Para ayudarnos a comprender correctamente esta verdad, intentaremos presentar algunos ejemplos concretos de los métodos de gobierno de las distintas épocas del califato rectamente guiado: las épocas de Abu Bakr y Umar (que Dios esté complacido con ambos), de Uthmán y Marwán, y después de Alí; asimismo, de las épocas abasí y omeya.
Cuando los musulmanes entronizaron a Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) como califa, desde su perspectiva no tenía otra tarea que aplicar entre los musulmanes la religión y la sharía de Dios. Ni siquiera se le ocurrió pensar que los actos que antes le estaban prohibidos, en su condición de ciudadano común, pasarían a ser lícitos por ocupar ese cargo; o que recibiría nuevos derechos que antes no tenía, o que quedaría liberado de las responsabilidades y obligaciones que hasta entonces recaían sobre él.
Cuando concluyó su ceremonia de investidura en Saqifa, pronunció el siguiente discurso: «Si cumplo correctamente con mis responsabilidades, me ayudaréis y cooperaréis conmigo. Pero si comienzo a desviarme del camino recto, me enderezaréis. La veracidad es lealtad y la mentira es traición. El más débil de vosotros será, a mis ojos, el más fuerte, hasta que le entregue su derecho; y el más fuerte será, para mí, el más débil, hasta que le haga cumplir los derechos del Estado. Recordad que, cuando una nación se aparta de la yihad, Dios la humilla y la degrada. Y cuando una nación se llena de obscenidad, Dios Todopoderoso hace descender sobre todos un castigo general. Mientras obedezca a Dios y a Su Mensajero, obedeceréis mis órdenes. Pero si me aparto de la obediencia a Dios y a Su Mensajero, ya no tendréis la obligación de obedecer mis órdenes».
La casa de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) se encontraba en Sanh, cerca de Medina. Era una casa pequeña y muy modesta. Incluso después de convertirse en califa, no la hizo reparar. Cada mañana y cada tarde iba y volvía a pie desde aquella casa hasta Medina. A veces utilizaba un caballo, pero no pertenecía al Bayt al-Mal, sino que era suyo. Más tarde, cuando aumentó la carga de trabajo, se trasladó a Medina.
Se ganaba la vida mediante el comercio. Al día siguiente de ser elegido califa, cuando se disponía a salir para dedicarse a sus negocios, los musulmanes lo detuvieron y le dijeron: «No es posible desempeñar las responsabilidades del califato al mismo tiempo que se comercia». Él preguntó: «¿Cómo podré vivir si no conozco otra forma de ganarme la vida?». Todos consideraron su situación y, a cambio de que no pudiera comerciar y de que asumiera permanentemente las responsabilidades del califato, fijaron para él un salario suficiente del Bayt al-Mal para mantener a su familia.
A pesar de ello, al morir dejó instrucciones de que todo cuanto hubiera tomado del «Baitul Mal» se calculara, se cobrara de sus tierras y demás bienes, y se devolviera al Baitul Mal.
Bajo la influencia de la conciencia y el sentido de responsabilidad que el islam despierta en la mente y el corazón de gobernantes y gobernados, Hazrat Abu Bakr (r.a.) se consideraba personalmente responsable de aliviar las necesidades y quejas de cada súbdito. Mientras residía en Sanh, ordeñaba cada día las cabras de sus vecinos débiles e indefensos. Cuando asumió el cargo de califa, una niña, hija de uno de sus vecinos, le dijo: «Ahora ya no ordeñará nuestras cabras, ¿verdad?». Abu Bakr (r.a.) respondió: «¿Por qué no? Por supuesto que lo haré». Y, en efecto, continuó ordeñándoles la leche. A veces preguntaba a la niña, dueña de las cabras: «¿Solo ordeño la leche o también preparo mantequilla?». Algunas veces ella respondía: «Prepara mantequilla». Otras veces decía: «Déjame solo la leche». En resumen, él hacía exactamente lo que ella le pedía.
Durante el califato de Hazrat Abu Bakr, Hazrat Umar (r.a.) cuidaba en Medina de una mujer ciega. Después de algunos días, observó que, antes de que él llegara, alguien acudía y hacía las tareas de la mujer. Esto sucedía todos los días. Un día se escondió para observar en secreto. Vio que Hazrat Abu Bakr (r.a.) llegaba y hacía todas las tareas de la mujer. Ni el califato ni sus enormes responsabilidades pudieron impedirle realizar aquel servicio. En cuanto lo vio, Hazrat Umar (r.a.) exclamó: «¡Es usted, sin duda! ¡Por Dios, es usted quien hace esto cada día!»
¡Estos son algunos ejemplos generales de la política de gobierno de Hazrat Abu Bakr! Cuando Hazrat Umar ocupó su lugar, esta política permaneció intacta. Umar (r.a.) nunca consideró el califato un privilegio adicional para sí mismo. Sin embargo, sí lo consideró una responsabilidad adicional. Es innecesario decir que esa responsabilidad no consistía en otra cosa que en aplicar la ley de Allah.
En el discurso que pronunció durante la ceremonia de la «bay‘a», dijo: «¡Hermanos! Soy uno de vosotros. No soy nada más que eso. Si hubiera sido apropiado rechazar la petición del Jalifa del Mensajero —Hazrat Abu Bakr—, jamás habría aceptado esta responsabilidad que me habéis confiado».
En otro discurso dijo: «Voy a mencionar algunas responsabilidades que se me han confiado respecto a vosotros. Siempre me pediréis cuentas sobre ellas. Es responsabilidad mía recaudar vuestro tributo y vuestros impuestos. Distribuiré entre vosotros los bienes con honestidad; no os arrojaré al peligro, no os mantendré demasiado tiempo en la frontera y, mientras estéis fuera del país por la guerra, cuidaré de vuestras familias».
Solía decir: «Considero los bienes de Allah, en lo que a mí respecta, como los bienes de un huérfano. No los tocaré si no tengo necesidad de ellos, y si la tengo, tomaré de ellos con honestidad».
En cierta ocasión le preguntaron: «¿Qué cantidad de los bienes de Allah considera lícito tomar para sí?». Respondió: «Dos prendas, una para el invierno y otra para el verano; una montura para el hajj y la umrah; y para mi familia, alimentos equivalentes a los de una familia media de Quraish. Después de eso, soy un musulmán como cualquier otro musulmán. Lo que ellos reciban, eso mismo recibiré yo».
Generalmente vivía de esa manera. Sin embargo, en ocasiones aplicaba una austeridad extraordinaria incluso respecto de aquello que había declarado lícito para sí mismo. Un día cayó enfermo. Le recomendaron utilizar miel como tratamiento.
Había abundante miel en el Bayt al-Mal. Subió al púlpito y dijo: «Si me dais permiso, puedo utilizar la miel; de lo contrario, será ilícita para mí». Inmediatamente, todos los presentes le dieron permiso.
Al ver la austeridad de Umar, los musulmanes acudieron ante su hija, la Madre de los Creyentes, Hafsa, y dijeron: «Umar ha excedido los límites de la austeridad consigo mismo. En la actualidad, Allah Todopoderoso ha concedido prosperidad. Debería tomar de los bienes obtenidos en la guerra según su voluntad y necesidad. Los musulmanes le han dado plena autorización para hacerlo». Cuando Hafsa comunicó esto a Umar, él respondió: «Hafsa, has tomado partido por tu pueblo y has actuado como una malqueriente hacia tu propio padre. Los miembros de mi familia tienen derecho sobre mi persona y mis bienes, pero no tienen ningún derecho sobre mi religión ni sobre mi honestidad fiduciaria».
Daba una importancia extraordinaria a la igualdad entre él y sus súbditos. Cuando se produjo la famosa hambruna de Am al-Ramada, Umar juró que no tocaría la mantequilla clarificada ni la carne mientras no regresaran las condiciones normales. Cumplió esta promesa al pie de la letra. Como consecuencia de alimentarse con aceite, la piel de su cuerpo se secó y se volvió negra. Algún tiempo después, aparecieron en el mercado dos recipientes de leche y mantequilla clarificada para la venta. Uno de los sirvientes de Umar los compró por cuarenta dírhams y se los llevó. Le dijo: «Ahora Allah ha cumplido tu promesa. Han traído leche y mantequilla clarificada al mercado para venderlas, y las he comprado». Pero cuando Umar supo su precio, dijo: «Las has comprado muy caras; da ambas cosas en caridad. No me gusta comer con derroche». Bajó la cabeza y reflexionó durante un rato. Después dijo: «Si no padezco la misma aflicción que padece el pueblo, ¿cómo podré comprender la gravedad de sus problemas?»
Umar sostenía que debía verse privado de aquello de lo que estaban privados sus súbditos. Como él mismo dijo, en ningún rincón de su corazón existía la idea de que, al haber sido investido con el cargo de califa, tuviera derecho a algún privilegio especial. Consideraba que, si no se mantenía firme en la igualdad y la justicia en este asunto, no tendría ningún derecho a obtener la obediencia del pueblo. De ello se desprende un principio importante de la política y del sistema estatal del islam: aunque un gobernante aplique la ley de Allah y reconozca la soberanía de Allah, si no mantiene la equidad y la justicia en sus propios juicios y decisiones, no puede ser digno de obediencia. Este principio del islam estaba profundamente arraigado en el corazón de Umar, y su conciencia al respecto permanecía siempre despierta.
En una ocasión, negoció la compra de un caballo con un hombre. Después, para probarlo y examinarlo, montó en él y lo hizo correr. Entretanto, el caballo tropezó, cayó y resultó herido. Umar quiso devolverlo, pero el propietario se negó a aceptarlo. Finalmente, ambos acudieron con el litigio al tribunal del juez Shurayh. Después de escuchar las declaraciones de ambas partes, Shurayh dijo: «¡Amir al-Muminín! Quédese con lo que ha comprado; de lo contrario, devuélvalo en el mismo estado en que lo recibió». Umar exclamó espontáneamente: «¡Esto sí es justicia!». Luego, satisfecho con la justicia de Shurayh, lo nombró juez de Kufa.
Si la política de Umar era tan estricta consigo mismo, no cabe siquiera hablar de un trato discriminatorio hacia los parientes del califa o los demás ciudadanos. Por ejemplo, cuando su hijo Abd al-Rahman bebió alcohol, fue indispensable aplicarle el castigo islámico. Su caso es conocido por todos. Del mismo modo, cuando el hijo de Amr ibn al-As maltrató a un muchacho egipcio, fue castigado de acuerdo con el código penal de la sharía.
Su política respecto de los funcionarios era que, después de asumir el poder, debían rendir cuentas sobre los bienes adicionales que se encontraran en su posesión. Se investigaba minuciosamente si esos bienes se habían acumulado perjudicando a los musulmanes o abusando del poder. «¿Cómo se adquirieron los bienes?» era una pregunta fundamental y, conforme a ella, siempre que sospechaba corrupción en algún funcionario, le exigía explicaciones. Precisamente por este motivo, se confiscó la mitad de los bienes de Amr ibn al-As, gobernador de Egipto, y se depositó en el Bayt al-Mal. También aplicó esta política a Sad ibn Abi Waqqas, su representante en Kufa. Del mismo modo, confiscó los bienes de Abu Huraira, gobernador de Baréin.
El resumen de la política de Hazrat Umar es que los súbditos, permaneciendo dentro de los límites del islam, deben obedecer al gobierno y procurar su bienestar, mientras que el gobierno debe impartir justicia y promover el bienestar integral del pueblo. Por eso aceptó la afirmación de uno de sus súbditos comunes: «Si vemos en ti desviación, te enderezaremos con la espada». Es decir, reconoció que los súbditos tienen derecho a criticar y corregir al gobernante. Un día, durante un discurso, dijo: «No he nombrado funcionarios para que interfieran injustificadamente en vuestra vida, bienes, honor y dignidad. Los he nombrado para enseñaros en la práctica el Corán y la Sunna. Si algún funcionario oprime o maltrata a alguien, no lo toleraré de ningún modo. La persona afectada debe presentar ante mí una denuncia contra él». De este modo, estableció los límites de las atribuciones de los funcionarios y les prohibió transgredirlos.
Precisamente en vista de esta enorme responsabilidad del gobernante, no quiso que un segundo califa fuera elegido entre los descendientes de al-Jattab. Dejó una prohibición explícita de que Abd Allah fuera elegido califa. Sin embargo, lo incluyó en el consejo consultivo. La declaración que hizo en aquella ocasión representa fielmente su concepción del califato. Dijo:
«No tenemos en absoluto el deseo de ejercer autoridad sobre vosotros. Yo mismo no he sido feliz desempeñando esta función. Por eso tampoco quiero que otro de mis descendientes asuma esta responsabilidad. Si esta labor se ha realizado correctamente, todos hemos recibido nuestra parte justa. De lo contrario, basta con que Umar, él solo entre todo el linaje, rinda cuentas».
El método de gobierno de Hazrat Uthman
No cabe duda de que esta concepción del método de gobierno experimentó cierto cambio durante el mandato de Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él). Sin embargo, pese a este cambio, en términos generales siguió manteniéndose dentro del marco del islam.
Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) asumió la responsabilidad del califato cuando ya era un anciano de más de ochenta años. Marwan aprovechó su vejez y adoptó, en muchos asuntos, políticas contrarias al islam. Por otra parte, debido a la bondad de corazón de Hazrat Uthman y a su extraordinario afecto y cariño hacia sus parientes, se adoptaron ciertas medidas que los Compañeros consideraron especialmente objetables. Estas medidas provocaron reacciones sumamente adversas. Como consecuencia, la terrible agitación y el desorden que surgieron causaron graves daños al islam.
El día de su boda, Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) entregó doscientos mil dírhams del Bayt al-Mal a su yerno, Harith ibn al-Hakam. A la mañana siguiente, Zayd ibn Arqam (que Dios esté complacido con él), tesorero del Bayt al-Mal, acudió ante el califa con el rostro afligido y los ojos llenos de lágrimas, y le pidió que lo relevara de su cargo. Al preguntarle la razón, supo que quería dimitir precisamente porque el califa había entregado dinero del tesoro de los musulmanes a su yerno. Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) preguntó sorprendido: «Ibn Arqam, ¿lloras porque he tratado bondadosamente a mis parientes?». El hombre, dotado de una profunda sensibilidad hacia el espíritu del islam, respondió: «¡No, Amīr al-Mu’minīn! No se trata de eso. Lloro pensando que quizá has aceptado este dinero como compensación por las grandes sumas que donabas a los musulmanes durante la vida del Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda paz). Juro por Dios que incluso si le hubieras dado cien dírhams, habría sido demasiado». Hazrat Uthman se enfureció con aquel hombre cuya conciencia ni siquiera consideraba legítimo gastar cien dírhams en los parientes del califa, y dijo: «¡Ibn Arqam! Deja las llaves. Sin duda encontraré a otra persona».
Hay muchos ejemplos de este tipo en la conducta de Hazrat Uthman. En una ocasión entregó seiscientos mil a Zubayr, doscientos mil a Talha y una quinta parte de África a Marwan ibn al-Hakam. Cuando un grupo de Compañeros, dirigido por Hazrat Ali, presentó una fuerte objeción, el califa respondió: «Tengo muchos parientes y debo tratarlos con bondad». La gente calificó esta respuesta de aún más censurable y preguntó: «¿Acaso Hazrat Abu Bakr y Umar no tenían parientes?». Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) respondió: «Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y Umar (que Dios esté complacido con él) privaban a sus parientes y esperaban de Dios una mejor recompensa, mientras que yo quiero obtener mérito dándoles». Entonces se marcharon enfadados y dijeron: «¡Por Dios! Si así fue, la política de aquellos dos nos es más querida que la vuestra».
En cuanto a los cargos y empleos, aparte de las riquezas, la situación era tal que estos llovían como la lluvia sobre los parientes de Uthmán (que Dios esté complacido con él). Uno de ellos era el venerable Muawiya. Uthmán (que Dios esté complacido con él) amplió los límites del gobierno de Muawiya e incorporó Palestina y Hims a su territorio. Lo nombró comandante en jefe de todo el ejército y le allanó el camino para que, fortalecido por todo el poder financiero y militar, pudiera enfrentarse al venerable Alí y proclamarse pretendiente al califato. Entre estos parientes beneficiados por los cargos se encontraban al-Hakam ibn Abi al-As, rechazado por el Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda la paz), su hijo Marwán ibn al-Hakam y su hermano de leche Abd Allah ibn Sa’d ibn Abi Sarh. Nombró a Marwán para el cargo de su principal visir.
Los compañeros, pensando en las terribles consecuencias inevitables de todas estas acciones, acudían repetidamente a Medina e intentaban proteger los principios islámicos de la deformación y al califa de los musulmanes del peligro. Pero la situación del califa era tal que, debido a su vejez y debilidad, no tenía control alguno sobre Marwán. Es cierto que no hay motivo para albergar dudas sobre la presencia del espíritu islámico en el venerable Uthmán (que Dios esté complacido con él), ni para formular acusación alguna contra él. Pero, al mismo tiempo, es difícil considerarlo completamente exento de errores. En nuestra opinión, la causa de sus equivocaciones no fue otra que el visirato de Marwán y la anormalidad mental causada por la vejez del venerable Uthmán.
En una ocasión, el pueblo se reunió y envió al venerable Alí a conversar con el venerable Uthmán. Al llegar, dijo:
«He venido como representante del pueblo. Me han hablado de usted de muchas maneras. Pero no sé qué decirle. Lo que yo sé no le es desconocido. Tampoco tengo capacidad para explicarle nada, pues usted mismo puede comprenderlo todo. Ninguno de nosotros posee más conocimiento que usted. Antes de usted, no adquirimos conocimiento alguno sobre el islam. No existe ninguna información que solo nosotros conozcamos y que ahora sea necesario comunicarle. No se nos enseñó nada ocultándole algo a usted. Usted vio al Mensajero (que Dios le bendiga y le conceda la paz), escuchó sus palabras, permaneció en su compañía y estableció con él un vínculo de parentesco. Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y Umar (que Dios esté complacido con él) no estaban más cerca del bien que usted. Tanto por parentesco de sangre como por la relación de suegro y yerno, usted era más cercano al Mensajero de Dios que ambos. Ninguno de ellos se adelantó a usted en este asunto. Por tanto, tema a Dios por lo que respecta a usted mismo. No necesita que lo lleven de las tinieblas a la luz ni de la ignorancia al conocimiento. El camino recto está por completo iluminado y claro. Los signos del islam aún permanecen intactos. ¡Uthmán! Sepa que el mejor hombre ante Dios es el gobernante justo que permanece en el camino recto, guía también a los demás, establece la sunna y elimina la innovación. ¡Por Dios! Todo está claro. La ley de Dios sigue establecida y su estandarte sigue enarbolado. El hombre más vil ante Dios es aquel que elimina la sunna y establece la innovación. Oí decir al Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda la paz) que, el Día de la Resurrección, el gobernante injusto será presentado en un estado de extrema impotencia. No se escucharán sus excusas ni sus objeciones, y será arrojado al Infierno». (Al-Tabari)
El venerable Uthmán (que Dios esté complacido con él) respondió: «Sé que la gente dice lo mismo que tú has dicho. ¡Escucha! Juro por Dios que, si yo estuviera en tu lugar, no te censuraría ni te criticaría, ni te dejaría indefenso ante las críticas. No objetaría: “¿Por qué mostraste consideración hacia tus parientes? ¿Por qué ayudaste a los pobres y necesitados? ¿Por qué nombraste para cargos de gobierno a aquellos a quienes Umar (que Dios esté complacido con él) nombraba?”. Alí, te pregunto, poniendo a Dios por testigo: ¿acaso no sabes que al-Mughira ibn Shu’ba ocupa ese cargo?»
Él respondió: «Sí, lo sé».
Uthmán: «¿Sabes que el venerable Umar (que Dios esté complacido con él) lo nombró gobernador?»
Alí: «Sí».
Uthman: Entonces, si nombré gobernador a Ibn Amir por nuestro parentesco, ¿por qué me criticáis por ello?
Ali: «Os estoy diciendo la verdad. Cuando Umar nombraba a alguien gobernador, las sandalias de Umar estaban sobre su cabeza. Si oía siquiera el menor murmullo contra él, ordenaba inmediatamente que compareciera y no descansaba hasta resolver definitivamente el asunto. Eso es precisamente lo que vos no hacéis. Vos mismo os habéis debilitado y habéis empezado a tratar con indulgencia a vuestros parientes.»
Uthman: «También trato así a tus parientes.»
Ali: «Sin duda, tengo con ellos un estrecho parentesco, pero hay otras personas mejores que ellos.»
Uthman: «Sin duda sabes que Umar mantuvo a Muawiya en el cargo de gobernador durante todo su califato. Yo también lo he mantenido como gobernador.»
Ali: «Te pregunto, por Dios: ¿acaso no sabes que Muawiya temía a Umar aún más de lo que el esclavo Yarfa temía a Umar?»
Uthman: «Sí.»
Ali: «Pero ahora la situación es que Muawiya toma decisiones sin consultar vuestra opinión, mientras vos ni siquiera os enteráis de ello. Hace pasar sus propias órdenes entre la gente como si fueran órdenes de Uthman. Estos asuntos llegan a vuestro conocimiento, pero no protestáis contra las palabras de Muawiya.»
Finalmente comenzó una terrible insurrección contra Hazrat Osman; en ella se mezclaban causas de todo tipo, tanto verdaderas como falsas, buenas y malas. Sin embargo, si se contempla el asunto en su conjunto desde una perspectiva islámica, no queda más remedio que reconocer que esta insurrección fue, en términos generales, una explosión popular del espíritu islámico. Naturalmente, al expresar esta opinión no ignoramos el hecho de que, detrás de esta explosión, también estaba activa la mano secreta de Ibn Saba, el maldito líder terrorista judío.
Como justificación de Hazrat Osman, queremos señalar que la responsabilidad del califato le fue encomendada cuando ya se encontraba en la última etapa de su vida. Era un anciano de más de ochenta años, y los miembros de la tribu omeya lo habían rodeado. Ali, que Dios esté complacido con él, describió su situación con la mayor precisión. Dijo: «Si me quedo sentado en casa, él —Osman— dirá que me has olvidado y que has ignorado mis derechos y nuestros vínculos. Y si converso con él, aun así actúa según sus propios caprichos. Marwan hace con él lo que quiere. A pesar de haber disfrutado de la compañía del Mensajero de Dios, por causa de la vejez ha caído completamente en sus garras. Lo conducen adonde quieren».
En realidad, cuando el tercer califa llegó a la vejez, el hecho de que este dinámico sistema de vida pasara a estar en manos del círculo omeya le ocasionó un daño irreparable. Pues ya no fue posible prolongar el tiempo necesario para mantener sus métodos prácticos firmemente asentados sobre sus fundamentos ideológicos.
Durante su largo período de califato, la influencia, el prestigio y el poder del círculo omeya se hicieron extremadamente fuertes y sólidos. Tuvieron la oportunidad de consolidar firmemente su poder en Siria y en otros países. Además, como resultado natural de las políticas seguidas por Hazrat Osman, la concentración de la riqueza aumentó excesivamente. En consecuencia, la insurrección popular contra él debilitó los cimientos de la comunidad musulmana ya en los primeros tiempos del islam.
La historia de esta época, por un lado, lleva la huella de algunas cualidades excepcionales de la verdadera religión. Por otro, también constituye un testimonio de una poderosa revolución intelectual acerca de la sociedad, el Estado y los derechos de gobernantes y gobernados. Por supuesto, los efectos peligrosos y de largo alcance de la discordia que se produjo tampoco fueron menos graves.
Hazrat Osman después
Cuando Hazrat Osman, que Dios esté complacido con él, murió, el dominio omeya ya se había establecido de hecho. El propio califa les proporcionó esta oportunidad. Lograron establecer su poder en todo el país, especialmente en Siria. Se apoderaron de los bienes obtenidos en la guerra y de todas las demás riquezas. Comenzaron a descuidar la fraternidad, la prioridad de los intereses ajenos, la seguridad social y económica, y otras tareas semejantes. Y todo esto siguió desarrollándose bajo la protección del califato de Hazrat Osman. Como consecuencia, la fuerza vital y el espíritu del islam se debilitaron y apagaron enormemente entre la nación musulmana.
Como reacción a algunas medidas del califa, en el corazón del pueblo surgió una emoción intensa y amarga, a veces de manera natural y otras de forma irracional. Los musulmanes comenzaron a presentar numerosas quejas: afirmaban que el califa trataba de manera discriminatoria a sus parientes y les otorgaba millones de dírhams como regalos. Destituyó a sus queridos compañeros para nombrar gobernadores a enemigos del Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, y persiguió a un compañero de carácter tan elevado como Abu Dharr, que Dios esté complacido con él, únicamente porque se oponía a la concentración de la riqueza y a los excesos en el lujo, los placeres y las diversiones de las clases privilegiadas. Abu Dharr, que Dios esté complacido con él, había llamado a promover la generosidad y el gasto por una causa justa, así como a crear un ambiente de decoro y pureza.
Todas estas acciones afligieron y perturbaron profundamente a los musulmanes. Cuando tales tendencias se extendieron ampliamente, en algunas personas comenzó a surgir la rebelión, mientras que en otras nació un sentimiento de inferioridad. Quienes tenían firmemente arraigado el ideal islámico empezaron a considerar pecado guardar silencio ante aquellas acciones. Esta convicción los impulsó a expresar su rebeldía. En cambio, quienes utilizaban el islam solo como una etiqueta, cegados por sus ambiciones y deseos mundanos, se volvieron egocéntricos; y aquellos que cambiaban constantemente sus objetivos según cambiaba la dirección del viento se volvieron indisciplinados y corruptos. Fue esta situación la que puso fin al califato de Hazrat Uzman.
Cuando Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) ocupó el trono del califato, no era fácil controlar la situación. Quienes durante la época de Uzman (que Allah esté complacido con él) se habían dedicado a obtener ganancias ilícitas, especialmente los Banu Umayya, comprendieron perfectamente que Hazrat Ali no permanecería callado respecto a ellos. Al considerar todo esto, se inclinaron hacia Muawiya en busca de su propio beneficio.
Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) llegó al poder con el propósito de restablecer al pueblo y al gobierno sobre los verdaderos principios políticos del islam. Su esposa molía el trigo con sus propias manos, y eso era lo que él comía. En cierta ocasión, estaba poniendo el sello oficial sobre un saco de trigo suyo para depositarlo en el tesoro público. Dijo: «Solo quiero introducir en mi estómago aquello cuya licitud esté seguro». A veces llegó al extremo de tener que vender incluso su espada para comprar alimentos y ropa. En Kufa residía en el Palacio Blanco; merece especial atención la descripción de su forma de vida hecha por Ibn Mansur. Él relata:
«Fui a ver a Hazrat Ali y encontré delante de él leche agria de olor desagradable y pan seco. Le pregunté: “¡Comandante de los creyentes! ¿Come usted estas cosas?”. Respondió: “El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comía pan más seco y vestía ropa más tosca. Temo que, si no sigo su ejemplo, quizá no pueda ser su compañero”».
Del mismo modo, Harun ibn Antara relató: «Fui a reunirme con Hazrat Ali en un lugar llamado Khawarnak. Era invierno. Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) llevaba sobre el cuerpo una vieja manta desgarrada y temblaba intensamente. Le dije: “¡Comandante de los creyentes! Allah ha establecido en estos bienes ciertos derechos para usted y para su familia. A pesar de ello, se trata a sí mismo con tanta severidad”. Ali (que Allah esté complacido con él) respondió: “¡Por Dios! No perjudicaré vuestros derechos. Esta es la misma manta que traje de Medina”».
Naturalmente, cuando Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) adoptó una política tan austera respecto a sí mismo y a su familia, sabía perfectamente que el islam le permitía recibir mucho más. El islam no obliga a nadie a privarse de toda comodidad y lujo ni a llevar una vida de completo ascetismo. Sabía que, incluso como ciudadano común, estaba recibiendo mucho menos de lo que le correspondía de los bienes del tesoro público. Además, como gobernante dedicado constantemente a los asuntos del pueblo, le correspondía aún más. Si hubiera querido, podría al menos haber recibido un salario equivalente al que Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) fijaba para los gobernadores de las distintas regiones. Hazrat Umar había establecido un salario mensual de seiscientos dírhams para Ammar ibn Yasir, gobernador de Kufa, y sus ayudantes. Las partes de las donaciones que recibían como la gente común eran independientes de ese salario. Además, recibían diariamente media cabra y medio saco de harina. Del mismo modo, nombró a Abdullah ibn Masud (que Allah esté complacido con él) para enseñar las enseñanzas del islam al pueblo de Kufa y supervisar el tesoro público, y fijó para él cien dírhams mensuales y un cuarto de cabra diario. Para Uzman ibn Hanif estableció una asignación anual de cinco mil dírhams, un cuarto de cabra diario y un salario mensual de ciento cincuenta dírhams.
Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) no adoptó para sí aquel camino austero sin conocer estas circunstancias. La perspectiva desde la que adoptó esa política era que el gobernante siempre debe ser un modelo para el pueblo, aunque también queda ampliamente expuesto a las sospechas. Como el tesoro público está bajo su autoridad, puede surgir la sospecha de malversación. Por ello, debe convertirse en un modelo de honestidad y moderación para el pueblo y para los funcionarios que están bajo su mando. Por esta razón, hizo de sí mismo un seguidor de la política de moderación de Hazrat Abu Bakr y Umar (que Allah esté complacido con ambos). Para quienes habían sucedido al Mensajero de Allah en la administración de la religión de Allah, este elevado estándar era el más apropiado.
Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) se esforzó al máximo por hacer que todo el sistema estatal siguiera el modelo del Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y de los dos califas que le sucedieron.
Una vez, al encontrar su propia armadura en poder de un cristiano, lo llevó ante el juez Shurayh y presentó una demanda contra él como un ciudadano común. Afirmó que aquella armadura era suya. Shurayh preguntó al cristiano qué tenía que decir respecto a la reclamación del Amir al-Mu’minin. El cristiano respondió: «La armadura es ciertamente mía, pero tampoco quiero llamar mentiroso al Amir al-Mu’minin». Shurayh dijo: «¡Amir al-Mu’minin! ¿Tiene usted alguna prueba?». El honorable Ali, que Dios esté complacido con él, sonrió y dijo: «No tengo ninguna prueba». Shurayh dictaminó que la armadura debía entregarse al cristiano. Este partió con la armadura, mientras el Amir al-Mu’minin se quedó mirándolo impotente. Tras avanzar unos pasos, regresó y comenzó a decir: «Doy testimonio de que la religión cuyo califa me presenta personalmente ante el juez, y cuyo juez falla en contra de él, es sin duda la religión verdadera». Dicho esto, recitó la profesión de fe y declaró que abrazaba el islam. Después dijo: «¡Amir al-Mu’minin! Juro por Dios que esta armadura es suya. Cuando usted marchó hacia Siffin, yo iba siguiendo al ejército. Esta armadura cayó del camello pardo de usted». El honorable Ali, que Dios esté complacido con él, dijo: «Puesto que has abrazado la fe, te la regalo». (Abqariyyah Imán– Ustad Abbas Mahmud al Aqqad)
El método de gobierno que seguiría lo expuso en el discurso de su entronización:
«¡Hermanos! Soy un ser humano como vosotros. Los derechos que tenéis son también los míos. Las responsabilidades que se os confían también se me confían a mí. Os gobernaré conforme a la política de vuestro Profeta y aplicaré su ley. Escuchad: todo lo que Uthmán, que Dios esté complacido con él, concedió a alguien en tierras y propiedades, y todo lo que concedió de los bienes de Dios, será devuelto al Bayt al-Mal. Porque nada puede cambiar la realidad. Incluso si veo que estos bienes públicos se han gastado en matrimonios o en la compra de esclavas, o que han sido dispersados en el extranjero, los recuperaré. Porque para quien la justicia sea insoportable, la opresión y la tiranía serán aún más insoportables».
«¡Hermanos! ¡Estad alerta! Cuando prive de todo esto y devuelva al ámbito de sus verdaderos derechos a quienes, hasta hace poco, habían quedado dominados por los intereses mundanos y se habían convertido en dueños de grandes edificios, camellos, caballos, esclavos, esclavas y sirvientes, que no empiecen a decir: “El hijo de Abu Talib nos ha privado de nuestros derechos”. Sabed que, si alguno de los compañeros del Mensajero de Dios, ya sea de los emigrados o de los auxiliares, cree que por haber gozado de la cercanía y compañía del Mensajero de Dios tiene precedencia y superioridad sobre los demás, debe saber que el reconocimiento de esa superioridad y precedencia solo se obtendrá ante Dios, y que allí recibirá su debida recompensa. Sabed que quien responda a la llamada de Dios y del Mensajero, acepte nuestra comunidad, entre en nuestra verdadera religión y se vuelva hacia nuestra qibla, obtendrá todos los derechos que concede el islam y estará obligado a cumplir las responsabilidades y deberes que le correspondan. Todos sois siervos de Dios, y esta riqueza pertenece a Dios. Se distribuirá equitativamente entre vosotros. En este asunto no se dará preferencia a nadie sobre otro. Para los temerosos de Dios hay una mejor recompensa junto a Dios».
Los grupos de usureros, partidarios de la discriminación, interesados y oportunistas no pudieron alegrarse con la política de distribución equitativa del honorable Ali, y era natural que así fuera. Por eso, aquel grupo terminó uniéndose al bando rebelde de los omeyas. Una vez en ese bando, se apresuraron a salvaguardar sus mezquinos intereses, sacrificando la equidad y la justicia.
Quienes consideran que Muawiya poseía más astucia, discernimiento, cautela y habilidad que Alí, y que por esa razón Muawiya terminó venciendo, se equivocan al evaluar la situación y no logran formarse una opinión correcta sobre el verdadero valor de Alí ni sobre el cumplimiento de su auténtico deber. El primer y último deber de Alí era restablecer la tradición islámica en toda su verdadera fuerza y reanimar el cuerpo casi exánime de la verdadera religión. Liberarla de la decadencia y la vileza con que las intrigas de los omeyas, aprovechándose de la debilidad y la vejez de Uzmán, habían contaminado la fuerza vital del islam, era una de las principales misiones de Alí.
Si en la lucha por cumplir esta misión hubiera adoptado una línea de acción semejante a la de Muawiya, su misión misma habría fracasado. Eso habría significado que había luchado por obtener el califato únicamente por interés personal. En tal caso, su lucha no habría tenido ningún valor. Alí debía seguir siendo «Alí»; de lo contrario, esta era la resolución de Alí: «Aunque le arrebaten el califato y, junto con él, la vida, no tendrá objeción». Esta resolución nunca se apartaba de su mente, ni siquiera por un instante. Según una narración —aunque solo si es auténtica—, Alí decía: «Por Dios, Muawiya no es más astuto que yo, pero es un embaucador. Desobedece abiertamente. Si me gustaran el engaño y el fraude, sería el más astuto de todos».
Tras la muerte de Alí llegó la era de los Banu Umayya. La fe de Uzmán, su temor de Dios y la ternura de su corazón constituían un obstáculo para los omeyas. Pero ese obstáculo ya había sido eliminado. Ahora, con la muerte de Alí, también desapareció el último impedimento y quedó abierto el camino para la desenfrenada arbitrariedad.
Aun después de eso, el islam siguió expandiéndose por el mundo. Sin embargo, no cabe ninguna duda de que su fuerza vital se había contraído gravemente. Si en la propia naturaleza del islam no hubiera estado oculta una fuerza poderosa, y si su poder espiritual no hubiera poseído la capacidad de dinamismo, la era omeya habría bastado para desviarlo de su verdadero camino. Pero su fuerza vital continuó luchando sin cesar y adquiriendo fuerza. Incluso hoy alberga un poder oculto de lucha y victoria.
Desde la era omeya, el tesoro de los musulmanes se volvió excesivamente generoso y se convirtió en botín de los reyes, sus aduladores y sus lacayos. Los fundamentos de la justicia y la equidad islámicas se derrumbaron. Los gobernantes se convirtieron en beneficiarios de privilegios especiales y sus aduladores, en receptores de regalos. En suma, el califato se transformó en una monarquía, y además en la peor clase de monarquía despótica. Sobre este despotismo había profetizado el Mensajero de Dios. El resultado fue que tuvimos que escuchar numerosos relatos sobre las recompensas concedidas a nuestros cantantes, poetas y aduladores. Un rey omeya recompensó al poeta llamado Ma‘bad con doce mil dinares, y el rey abasí Harún al-Rashid entregó al cantante llamado Ismaíl ibn Yami‘ cuatro mil dinares por una sola canción, además de una hermosa y agradable casa adornada con bellas filigranas. Así continuó el curso del tiempo. A veces se interrumpía por un breve período y luego volvía a avanzar a toda velocidad.
Umar ibn Abd al- Aziz
Ahora es necesario hablar de la época de Umar ibn Abd al-Aziz. Esta época fue una prolongación del Califato Rectamente Guiado. Fue un intenso resplandor que iluminó todo el camino. Inauguró su período califal devolviendo a la nación musulmana, su legítima propietaria, el poder de gobierno usurpado ilegalmente. Pues, desde la perspectiva del islam, la única forma legítima de establecer un gobierno es que la nación musulmana elija al gobernante por su propia voluntad, y no mediante la fuerza militar ni por sucesión hereditaria. De pie en el púlpito, dijo:
«¡Hermanos! Esta difícil responsabilidad me ha sido impuesta sin contar con mi opinión ni con la de la nación. Yo mismo arrojo lejos de vosotros la carga de obedecerme que pesa sobre vosotros. Elegid vosotros mismos a alguien».
La gente exclamó a gritos: «¡Amir al-Mu’minin! Nosotros mismos lo elegimos. Tenemos plena confianza en su liderazgo».
De este modo, revivió el método original para elegir al gobernante. Pues nadie puede ser nombrado gobernante sin el consentimiento y la consulta de la nación.
Luego, dirigiéndose a la gente, dijo:
«¡Amigos! Antes que yo hubo varios gobernantes. Eran opresores. Vosotros los apoyasteis únicamente para protegeros de su opresión. Recordad: no se puede obedecer a las criaturas desobedeciendo al Creador. Es obligatorio obedecer a quien reconoce la obediencia a Allah. Pero no se debe obedecer a quien desobedece a Allah. Mientras yo obedezca a Allah en lo que respecta a vosotros, vosotros también seguiréis mis órdenes. Pero si desobedezco a Allah, no estáis obligados a cumplir mis órdenes».
Después de asumir el poder, comenzó por devolver los bienes usurpados y confiscados ilegalmente. Empezó por sus propios bienes. Al investigar el origen de los ingresos de todas sus propiedades inmuebles, descubrió que todas habían sido adquiridas ilegalmente. Inmediatamente devolvió aquellos bienes. Incluso llevaba un anillo. Al mirarlo una vez, dijo: «Walid me lo había dado injustamente de los fondos recaudados en las regiones occidentales». Lo depositó de inmediato en el Bayt al-Mal. Devolvió todos los feudos que poseía. Algunos feudos de Emama, Mukaidís en Yemen, Jabal al-Arus y Fadak estaban bajo su dominio; renunció a todos ellos y los restituyó a los musulmanes, conservando únicamente un manantial situado en un lugar llamado Suwayda. Él lo había excavado con su propio dinero. Sus beneficios llegaban a sus manos cada año y ascendían aproximadamente a ciento cincuenta dinares.
Cuando decidió devolver a los musulmanes todo cuanto estaba bajo su dominio, ordenó convocar al pueblo, anunciando que debían restituirse todos los derechos de los musulmanes que habían sido adquiridos injustamente. De pie sobre el púlpito, pronunció un discurso ante la multitud reunida:
«Ciudadanos, nos habían entregado muchas cosas que no debíamos haber aceptado ni debíamos haber regalado a nadie. Todos esos bienes habían llegado a mis manos. Nadie, salvo Allah, podía pedirme cuentas. Escuchad: he decidido devolver todos los bienes de este tipo. Sin embargo, comienzo esta tarea por mis bienes personales.
¡Muhajem! Comienza a leer».
Antes de esto, los documentos pertinentes habían sido traídos en una bolsa. Muhajim comenzó a leerlos uno por uno. Cada vez que terminaba de leer uno, Omar lo tomaba; tenía unas tijeras en la mano y con ellas cortaba los documentos. Finalmente, ninguno logró escapar de sus tijeretazos. Después tomó el caso de su esposa, Fátima bint Abd al-Malik. Le dijo: «Entrega tus joyas al bait al-mal o permíteme separarme de ti. Elige una de las dos opciones. No me es posible vivir en casa con ellas». Fátima respondió: «¡Amir al-Mu’minin! Te elegiré a ti. ¿Qué valor tiene un solo diamante? Aunque fuera mil veces más valioso que eso, te habría preferido a él». Entonces, siguiendo sus instrucciones, el diamante fue depositado en el bait al-mal. Cuando Omar ibn Abd al-Aziz murió y Yazid ibn Abd al-Malik ascendió al trono, le dijo a su hermana Fátima que, si quería, podía devolverle su diamante. Ella respondió: «Lo entregué con gran alegría durante la vida de Omar; ahora, después de su muerte, no lo aceptaré de ninguna manera».
Omar ibn Abd al-Aziz no se limitó a devolver los bienes obtenidos ilícitamente; según los historiadores, tampoco aceptaba nada del bait al-mal para sí mismo. No gastaba ni un solo centavo de los bienes obtenidos en la guerra en asuntos personales. Sin embargo, el venerable Omar al-Faruq había fijado para sí una asignación diaria de dos dírhams procedente de los bienes del fay’. Cuando le pidieron al venerable Omar ibn Abd al-Aziz que se considerara igual que el venerable Omar al-Faruq, respondió: «Omar ibn al-Jattab no poseía ninguna propiedad personal; en cambio, la propiedad personal que yo tengo me basta ampliamente».
Instó a los descendientes de Marwan a devolver la mitad de sus bienes a sus legítimos propietarios. Se cuenta que un no musulmán de Hims se presentó y dijo: «¡Amir al-Mu’minin! Resuelve mi petición conforme a la ley de Alá». Él preguntó: «¿Sobre qué asunto?». El hombre respondió: «Abbas ibn Walid ibn Abd al-Malik me ha arrebatado mi tierra». Abbas estaba sentado allí mismo. Él le preguntó: «Abbas, ¿qué tienes que decir?». Abbas respondió: «Mi padre, Walid ibn Abd al-Malik, me la entregó. También me dio un documento escrito al respecto». Entonces le dijo al visitante: «¿Cuál es ahora tu alegato?». El hombre respondió: «¡Amir al-Mu’minin! Dicta sentencia para mí conforme al Libro de Alá». Omar dijo: «Sí. El mandato de Alá es mucho más importante que el documento de Walid ibn Abd al-Malik. Devuélvele esta tierra». Inmediatamente, Abbas le devolvió su tierra.
Walid tenía un hijo llamado Rawh. Como había sido criado en una aldea desde la infancia, su apariencia era completamente rústica. Varias personas presentaron ante Omar una demanda relacionada con unas tiendas situadas en Hims. En realidad, aquellas tiendas pertenecían a los demandantes, pero Walid las había registrado a nombre de Rawh. Omar llamó a Rawh y le ordenó devolverles las tiendas. Rawh respondió que, según el documento escrito por Walid, las tiendas le pertenecían. Él le contestó: «El documento de Walid no te sirve de nada. Se ha encontrado testimonio y prueba de que las tiendas les pertenecen. Devuélveselas». Entonces Rawh y un hombre de Hims se levantaron y comenzaron a salir de la corte. En el camino, Rawh amenazó al hombre de Hims. Este regresó y se presentó ante Omar para informarle de la amenaza de Rawh. Omar ordenó a Ka‘b ibn Hamed, comandante de su guardia personal: «Ve ante Rawh y dile que devuelva las tiendas a sus propietarios. Si las devuelve, bien; de lo contrario, córtale la cabeza y tráemela». Al oír esto, uno de los simpatizantes de Rawh salió de la corte y le comunicó la orden del Amir al-Mu’minin. Al escucharlo, Rawh estuvo a punto de perder el conocimiento. Ka‘b llegó ante él con la espada parcialmente desenvainada. Tan pronto como Ka‘b se lo ordenó, Rawh fue y desalojó las tiendas.
La gente continuaba presentándose incansablemente ante su corte para denunciar la opresión, la coerción y el acoso. Le llevaban todos los casos de bienes confiscados ilegalmente, y él los transfería a sus legítimos propietarios, fueran bienes que le correspondieran a él o a cualquier otra persona. También recuperaba de los Banu Marwan los bienes arrebatados por la fuerza y los devolvía a sus verdaderos propietarios. Remediaba este tipo de opresión incluso sin pruebas concluyentes; consideraba suficiente la menor evidencia y, cada vez que sospechaba que una propiedad había sido usurpada, decidía de inmediato devolverla a su dueño. Sabía que los gobernantes anteriores habían tratado injustamente a la gente. Se cuenta que, mientras devolvía las riquezas obtenidas mediante la opresión, dejó vacío el bait al-mal de Irak. Por ello se volvió necesario trasladar allí bienes desde Siria.
Sulaymán ibn Abd al-Malik obsequió 20.000 dinares a Amrasa ibn Saíd ibn al-As, de origen omeya. Después de pasar por varios departamentos gubernamentales, la orden llegó al departamento del sello, y justo cuando solo faltaba recibir el dinero, Sulaymán murió. Amrasa era amigo de Umar ibn Abd al-Aziz. Al amanecer se dirigió a Umar para hablar con él sobre dicho obsequio. Al llegar, vio a miembros de los Banu Umayya de pie ante su puerta. Ellos también esperaban ser recibidos para hablar de sus propios asuntos. Al ver a Amrasa, pensaron: «Antes de conversar nosotros mismos, veamos cómo se comporta con él». Amrasa se acercó a él y dijo: «¡Amir al-Mu’minin! Sulaymán había emitido una orden para entregarme 20.000 dinares. La orden había llegado al departamento del sello y solo faltaba recibir el dinero. Entonces murió. Confío en que usted completará este acto de generosidad, pues mi relación con usted es aún más estrecha que con Sulaymán». Umar preguntó: «¿Cuánto dinero?». Él respondió: «20.000 dinares». Umar ibn Abd al-Aziz dijo: «20.000 dinares bastarían para cuatro mil familias musulmanas. ¿Cómo podría entregar semejante suma a una sola persona? De ninguna manera puedo hacerlo». Amrasa cuenta: «Al oír esto, arrojé lejos el documento en el que estaba consignada la suma. Umar dijo: “Puedes conservar el documento contigo, pues después de mí podría llegar al poder alguien más osado que yo en lo referente a este dinero público y quizá te entregue la cantidad escrita en él”». Al oír esto, recogí el documento, salí y conté a los miembros de los Banu Umayya cómo me había tratado el califa. Exclamaron: «Después de esto ya no nos queda ninguna esperanza. Ve y pide al califa que nos permita establecernos en alguna otra región». Volví a presentarme ante él y dije: «¡Amir al-Mu’minin! Los miembros de su familia están de pie ante su puerta y solicitan que sigan vigentes las asignaciones que antes se les concedían». Umar respondió: «¡Por Dios! Ese dinero no es mío y no veo razón para hacer ese tipo de donaciones». Dije: «¡Amir al-Mu’minin! Entonces piden permiso para ir a otra región y probar allí su suerte». Él dijo: «Tienen mi permiso para hacer lo que quieran». Yo también dije: «Yo también quiero irme». Él respondió: «Sí, también te doy permiso. Sin embargo, en mi opinión, es mejor que te quedes aquí. Tienes suficiente capital. Por mi parte, venderé los bienes que Sulaymán dejó. Podría ocurrir que compraras allí algo cuya ganancia compensara esta pérdida». Amrasa cuenta: «Me quedé esperando allí y compré bienes procedentes de los bienes dejados por Sulaymán por cien mil dinares; luego los llevé a Irak y los vendí por doscientos mil dinares. También conservé aquel documento. Después de la muerte de Umar, me presenté ante Yazid ibn Abd al-Malik con dicho documento, y él me entregó los 20.000 dinares».
Su Excelencia Umar ibn Abd al-Aziz convocó a los descendientes de Marwán y les dijo: «Dios os ha concedido abundantes riquezas y bienes. Según mi parecer, tenéis en vuestro poder la mitad o incluso dos tercios de la riqueza total de la comunidad. Por tanto, devolved al pueblo todo lo que le corresponde y que se encuentra en vuestro poder. No me obliguéis a recurrir a la fuerza». Pero nadie respondió a sus palabras. Entonces dijo: «Responded a lo que os he dicho». Uno de ellos exclamó: «No podemos renunciar a nuestras propiedades ancestrales. No podemos empobrecer de este modo a nuestros hijos y descendientes ni mostrar ingratitud hacia nuestros antepasados, aunque ello nos cueste la vida». Umar dijo: «¡Juro por Dios! Si no temiera que incorporaríais a vuestras filas precisamente a la gente por cuyos derechos estoy empeñado en este esfuerzo, os habría sometido en poco tiempo. Pero temo que se produzca un desorden. Si Dios me mantiene con vida algunos días más, no descansaré hasta conceder a cada ciudadano su justo derecho».(Umar ibn Abd al- Aziz, Ahmad, Zaki, Safwat)।
Pero no vivió tanto como deseaba para poder devolver a todos sus derechos. Sus sucesores siguieron el camino de los omeyas en lugar del que él había mostrado. Después también llegaron los abasíes, convertidos en reyes. Cuando llegaron, el país estaba sumido en la calamidad y la confusión, y sus habitantes se habían apartado del islam, pues los gobernantes omeyas los habían mantenido alejados durante mucho tiempo del modo de vida islámico. En realidad, el gobierno abasí no fue mejor que el omeya. También fue una forma de gobierno monárquico y despótico del mismo tipo.
Monarquía
Puesto que aquí no pretendemos analizar el Estado islámico ni el sistema islámico de gobierno, sino la historia de la vitalidad islámica en lo que respecta al sistema de gobierno, nos limitaremos a presentar tres discursos de la época del gobierno monárquico, con el fin de analizar las distintas etapas de la deformación de esa vitalidad y de las manchas que la alcanzaron. Si se comparan estos tres discursos con los otros tres mencionados anteriormente, pronunciados durante la época del Califato Rashidun, la enorme diferencia entre ambos grupos se hace evidente de inmediato.
Después del tratado, Muawiya, al dirigirse a la gente de Kufa, dijo: «¡Habitantes de Kufa! ¿Acaso pensáis que luché contra vosotros por la oración, el zakat y el hajj? Sé muy bien que cumplís debidamente con la oración, el zakat y el hajj. En realidad, luché para ejercer mi autoridad sobre vosotros, pese a vuestra oposición. Dios ha cumplido mi deseo. Sabed que, cualesquiera que hayan sido las pérdidas de vidas y bienes en este conflicto, no se pagará ninguna indemnización por ellas. Y todas las promesas que haya hecho, las he pisoteado bajo mis pies». De igual manera, al dirigirse a los habitantes de Medina, dijo:
«¡Por Dios! Hasta donde sé, no llegué al poder como resultado de vuestro afecto y amor. También sé que no os alegrasteis por ello. He luchado con esta espada. En lo que respecta a vosotros, quise seguir la conducta de Abu Bakr y Umar, pero no pude convencer a mi corazón. Por ello, decidí conducirme por un camino que procurara el bien tanto para mí como para vosotros. Todos debemos convivir en armonía y compartir el alimento y la bebida. Aunque no me consideréis el mejor gobernante, sigo siendo el mejor gobernante para vosotros».
Mansur al-Abbasí llevó la tradición del gobierno omeya por el camino de la máxima deformación e hizo creer al pueblo que la monarquía y el poder real eran asuntos divinos, correctos y verdaderos, procedentes de Dios. Sin embargo, tal concepción era completamente ajena al islam. Después de cometer semejante infamia, Mansur pronunció el siguiente discurso:
«¡Habitantes del país! Soy el sucesor de Dios en Su tierra. Con Su ayuda y apoyo gobernaré sobre vosotros. Soy, en Su nombre, el guardián encargado de Sus riquezas. Las gasto o se las entrego a alguien conforme a Su voluntad y permiso. Dios me ha convertido en la llave del tesoro público. Si quiere que la abra, la abre para distribuir alimentos o hacer donaciones entre vosotros; y si quiere cerrarla, la cierra».
Después, el sistema de gobierno quedó completamente fuera del ámbito del islam y de sus principios fundamentales.
Sistema económico
Durante la edad de oro, el sistema económico estaba subordinado al sistema político. La economía de los gobernantes era del mismo tipo que sus concepciones sobre el método de gobierno y sus ideas acerca de los derechos del gobernante y de los gobernados. En la época de Muhammad —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—, de Abu Bakr —que Dios esté complacido con él—, de Umar —que Dios esté complacido con él— y de Ali —que Dios esté complacido con él—, el ideal islámico estaba activo; es decir, prevalecía el principio de que todos los bienes públicos eran bienes de la nación y del pueblo. El gobernante solo podía tomar de ellos aquello cuyo derecho, propio o de sus familiares, pudiera demostrar. Del mismo modo, el gobernante estaba obligado a dar a cada persona únicamente aquello que realmente le correspondía, ni más ni menos. Pues en este asunto el gobernante y los demás eran iguales. Durante la época de Uthman —que Dios esté complacido con él— se produjo una ligera desviación de este principio, aunque el pueblo seguía obteniendo plenamente sus derechos. Sin embargo, probablemente debido a la abundancia de riqueza, después de pagar a la gente sus estipendios establecidos y otros conceptos, quedaban grandes sumas de dinero. El califa creía tener pleno derecho a hacer donaciones a sus familiares y a otras personas según su voluntad. Después, cuando el poder pasó a manos de gobernantes despóticos, se eliminaron todas las restricciones y los gobernantes comenzaron a prodigarse en conceder dádivas al pueblo o privarlo de ellas. Se abrieron las puertas del disfrute ilimitado de los bienes de los musulmanes para los gobernantes, sus hijos y descendientes, sus secuaces y sus aduladores. Continuaron traspasando todos los límites del islam en este ámbito.
Esta es una descripción general de la situación. Ahora expondremos sus detalles mediante varios ejemplos históricos.
Las fuentes de ingresos del Bait al-Mal que se venían aplicando desde la época del Mensajero de Allah eran:
Primero: Zakat–: se impone sobre distintos tipos de bienes de los musulmanes, como el oro, la plata, la producción agrícola, las frutas, el ganado, las mercancías comerciales, los minerales y los tesoros enterrados, entre otros. Por lo general, la tasa media del zakat es de una cuadragésima parte. Se destina a ocho categorías reconocidas.
Segundo: Jizya–: es un impuesto específico pagado al Estado por los no musulmanes que residen en el Estado islámico. Equivale al zakat de los musulmanes y al sacrificio físico que estos realizan.
Tercero: ‘ Fay’-: son los bienes y riquezas obtenidos de los politeístas sin combatir ni realizar esfuerzo alguno. De acuerdo con las disposiciones claras del Sagrado Corán, la totalidad de estos bienes corresponde a Allah, a Su Mensajero, a los parientes, a los huérfanos, a los necesitados y a los viajeros.
Cuarto: los bienes del botín, o riquezas obtenidas en la guerra–: cuatro quintas partes corresponden a los combatientes, mientras que el resto se distribuye como el fay y se emplea en esas mismas categorías.
O bien, en lugar del botín, el jaray: un impuesto específico establecido sobre las tierras de los politeístas que pasan a manos de los musulmanes como resultado de la guerra; así lo hizo el califa Umar, que Allah esté complacido con él, con respecto a las tierras de Persia.
En la época del Mensajero de Allah, los ingresos del Bait al-Mal no eran suficientes. Los emigrantes habían abandonado sus hogares y habían llegado a Medina, y los ansar los recibieron, los hicieron sus hermanos y los convirtieron en partícipes de sus bienes y propiedades. En aquel tiempo, el número de musulmanes era limitado. Antes de las guerras, la única fuente de ingresos de los musulmanes eran las donaciones voluntarias.
Cuando comenzaron las campañas militares y el zakat se hizo obligatorio en el segundo año de la hégira, a la fuente principal de ingresos, es decir, el zakat, se añadió otra fuente: los bienes del botín. Una quinta parte de este se entregaba a los combatientes. El Mensajero de Allah daba una parte al soldado de infantería y dos al jinete; según otra narración, tres partes. Así estableció el principio de que «la parte de cada uno es proporcional a su sacrificio y abnegación». Daba una parte al soltero y dos al casado. Asimismo, estableció como segundo principio que «la parte de cada uno es proporcional a sus necesidades». Los usos de la quinta parte restante del botín ya se han mencionado anteriormente.
Después ocurrió algo nuevo. En la expedición contra los Banu Nadir se obtuvo por primera vez el fay’. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo destinó a los emigrados. Solo se concedió una parte de ello a dos hombres pobres de entre los ansar. Después, en un versículo del Corán, se proclamó este principio:
«Para que la riqueza no quede limitada a circular entre los ricos de entre vosotros».
A medida que las conquistas territoriales y la expansión del Estado islámico avanzaban sin detenerse, los ingresos del Bayt al-Mal continuaron aumentando. Con la prosperidad y la abundancia, los musulmanes fueron haciéndose cada vez más autosuficientes, porque todos eran partícipes por igual de los fondos del Bayt al-Mal, conforme a la proporción establecida por el islam.
Cuando falleció el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y algunas personas renegaron del islam y se negaron a pagar el zakat, la posición que adoptó Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— quedó impresa para siempre en la historia. Declaró con voz atronadora:
«¡Por Allah! Si se niegan a entregar siquiera una cuerda con la que se atan los camellos y demás animales del zakat, lucharé contra ellos». En este asunto tomó una decisión contraria a la opinión de Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él—. Más tarde, Umar apoyó la opinión de Abu Bakr y la aceptó con plena tranquilidad. Sin embargo, al principio opinaba que no era correcto luchar contra ellos, puesto que reconocían: «la ilaha illa Allah» (no hay divinidad excepto Allah). Su desacuerdo era tan intenso que exclamó en un tono algo elevado: «¿Cómo podemos tomar las armas contra ellos?», cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había dicho:
«Se me ha ordenado luchar contra la gente hasta que diga que no hay divinidad excepto Allah y que Muhammad es el Mensajero de Allah. Quien diga eso tendrá a salvo de mí sus bienes y su vida. Sin embargo, si la ley islámica exige intervenir en ello, ese es un asunto aparte. En tal caso, juzgar sus intenciones corresponde enteramente a Allah». Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— respondió con plena firmeza: «¡Por Allah! Lucharé contra quien establezca una separación entre la oración y el zakat, porque el zakat es un derecho obligatorio sobre la riqueza». Inmediatamente, Umar —que Allah esté complacido con él— exclamó: «¡Por Allah! He comprendido que Allah ha abierto el pecho de Abu Bakr para la lucha. Ahora también entiendo que este es el camino correcto».
Al tomar esta grandiosa decisión trascendental, puso en práctica ante la historia uno de los principios fundamentales del islam. Demostró que también es legítimo luchar para hacer efectivo el derecho que Allah ha establecido para la sociedad sobre la riqueza, en la proporción y conforme al procedimiento que Él ha determinado.
Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— siguió el ejemplo del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en cuanto a gastar los fondos del zakat, el botín de guerra, el fay’ y otros recursos en los fines establecidos. Recibía para sí el modesto estipendio fijado para el pueblo musulmán, que era de apenas dos dírhams diarios. Después entregaba al pueblo los estipendios establecidos. Finalmente, gastaba el dinero restante en asuntos militares.
Durante la época de Abu Bakr, surgió otra discrepancia entre él y Umar. Abu Bakr opinaba que, en la distribución de la riqueza, debía asignarse una parte igual a todos: a quienes habían aceptado el islam en los primeros tiempos y a quienes lo habían aceptado posteriormente, a los libres y a los esclavos, a hombres y mujeres. Sin embargo, Umar —que Dios esté complacido con él— y un grupo de los Compañeros eran partidarios de reconocer gradualmente como superiores a quienes se habían adelantado en la adhesión al islam. Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— les dijo: «Estoy plenamente informado sobre la excelencia y la precedencia de las que habláis. Pero, en realidad, es un asunto cuya recompensa Dios Altísimo concederá en la otra vida. Esto, en cambio, es un asunto económico. Aquí, el principio de la igualdad es mejor que el de la precedencia».…
En realidad, se continuó aplicando este principio de igualdad, y cuanto más aumentaban gradualmente los ingresos, más impulsaban por igual a los musulmanes hacia el bienestar y la prosperidad. Finalmente llegó la época de Umar ibn al-Jattab —que Dios esté complacido con él—. Él seguía manteniendo la misma opinión. Decía: «No puedo otorgar la misma posición a quien combatió contra el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él— que a quien combatió en su defensa».
Un día, Abu Huraira —que Dios esté complacido con él—, gobernador de Baréin, se presentó ante el califa con una gran cantidad de dinero y riquezas. Según sus propias palabras: «Al anochecer fui a ver a Umar con quinientos mil dírhams. Le dije: “¡Comendador de los creyentes! Aquí está el dinero”. Él preguntó: “¿Cuánto dinero?”. Respondí: “Quinientos mil dírhams”. Dijo: “¿Sabes cuánto son quinientos mil?”. Contesté: “Sí, quinientos mil”. Pero no quiso creerlo. Dijo: “Parece que no estás bien de la cabeza. Ve a descansar esta noche y vuelve por la mañana”. Descansé toda la noche y regresé al amanecer. Dije: “¡Comendador de los creyentes! Tome el dinero”. Volvió a preguntar: “¿Se obtuvo este dinero por medios lícitos?”. Respondí: “Hasta donde sé, se obtuvo por medios lícitos”. Entonces Umar —que Dios esté complacido con él— se dirigió a los presentes y dijo: “¡Hermanos! Nos ha llegado una gran cantidad de dinero. Podéis repartirlo como queráis, midiéndolo, contándolo o pesándolo”. Un hombre se levantó y dijo: “¡Comendador de los creyentes! Prepare, como de costumbre, un registro contable y distribúyalo entre la gente conforme a sus datos”. Umar —que Dios esté complacido con él— aprobó esta propuesta. Fijó cinco mil dírhams por persona para los emigrados, tres mil por persona para los auxiliares y doce mil dírhams por persona para las esposas del Profeta —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—.
Hemos citado esta narración para aclarar la política de Umar —que Dios esté complacido con él— respecto a la concesión de precedencia. Además, permite hacerse una idea exacta de la abundancia existente en aquella época. Entonces, medio millón de dírhams parecía un sueño tan increíble que nadie en su sano juicio habría podido mencionarlo. Sin embargo, la situación cambió por completo en épocas posteriores como consecuencia de las grandes conquistas.
El imán Abu Yusuf —que Dios tenga misericordia de él— escribió en su Kitab al-Jaray: «Umar —que Dios esté complacido con él— dijo: “¡Por Dios! Todo ciudadano tiene derecho a esta riqueza —la riqueza del Bait al-Mal—. Nadie tiene en ella más derecho que otro. En asuntos de esta naturaleza, yo también soy uno de vosotros. Sin embargo, nuestras diferencias de rango se determinarán a la luz del Libro de Dios y según la medida de nuestra compañía del Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—. Habrá que considerar cuánto sufrimiento, dificultad y sacrificio soportó cada uno por el islam y cuánto antes aceptó el islam; también se tendrá en cuenta si, como musulmán, vivió en la prosperidad o en la pobreza. ¡Por Dios! Si vivo, hasta el pastor que apacienta ovejas en las montañas de Saná podrá recibir su parte de la riqueza sin esfuerzo, sentado en su propio lugar”».
«Estableció una asignación anual de cinco mil dírhams para cada uno de los participantes en la batalla de Badr, de cuatro mil dírhams para cada participante en la batalla de Uhud y para cada emigrado a Abisinia, y una asignación de dos mil dírhams por cabeza para los hijos de los combatientes de Badr. Estableció una asignación anual de cinco mil dírhams para Hasan —que Dios esté complacido con él— y para Husayn —que Dios esté complacido con él—. Fijó una asignación anual de tres mil dírhams para cada uno de los que emigraron antes de la conquista de La Meca, de dos mil dírhams por cabeza para quienes abrazaron la fe después de la conquista de La Meca, y una asignación similar para los hijos jóvenes de los auxiliares y de los emigrados. Al fijar las asignaciones de los musulmanes comunes, tomó como criterios su posición social, su conocimiento del Corán y su yihad por la causa del islam. A todos los demás los colocó en una misma categoría. A cualquier musulmán que llegara a Medina y se estableciera allí se le asignaban veinticinco dinares. Al igual que los habitantes de Siria e Irak, los habitantes del Yemen recibían asignaciones de dos mil, mil, novecientos, quinientos y trescientos dírhams. Nadie recibía menos de trescientos. Decía: “Si la riqueza aumenta aún más, fijaré para cada persona cuatro mil dírhams: mil para su viaje, mil para las armas, mil para dejar a su familia para su manutención y mil para su caballo y su mula”». (Al-Faruq Umar, tomo segundo; doctor Muhammad Husayn Haykal)
Aunque Umar —que Dios esté complacido con él— estableció este principio para fijar las asignaciones, no consideró necesario aplicarlo a ciertas personas. A estas les concedió asignaciones mayores que a otras personas de su misma categoría.
A Umar ibn Abi Salama le fijó cuatro mil dírhams. Él era hijo de la Madre de los Creyentes, Umm Salama. Muhammad ibn Abd Allah ibn Jahsh objetó esto y dijo al Comendador de los creyentes: «¿Con qué fundamento da usted precedencia a Umar sobre nosotros? Al igual que su padre, nuestros padres también emigraron y participaron en la batalla de Badr». El Comendador de los creyentes le respondió: «Le doy precedencia porque tenía una posición especial ante el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—. Quien me objete en este asunto, que traiga una madre como Umm Salama y aceptaré sus palabras». Fijó cuatro mil dírhams para Usama ibn Zayd. Entonces Abd Allah ibn Umar dijo: «A mí me ha fijado tres mil, y a Usama cuatro mil, aunque yo participé en muchas batallas en las que Usama no participó». Umar —que Dios esté complacido con él— le respondió: «Le he dado más porque era más querido por el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él— que tú. Su padre también era más querido por el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él— que tu padre». Fijó mil dírhams para Asma bint Umays, esposa de Abu Bakr —que Dios esté complacido con él—; mil dírhams para Umm Kulthum bint Uqba, y mil dírhams para la madre de Abd Allah ibn Masud. A estas mujeres les dio más que a otras mujeres de su misma categoría, porque los hombres de quienes eran esposas o madres tenían precedencia sobre los demás hombres.»(Al-Faruq Umar, tomo segundo; Haykal)
Aquí se observan dos opiniones distintas de Abu Bakr y Umar respecto a la distribución de la riqueza. La opinión de Umar se basaba en lo siguiente: «No puedo considerar iguales a quienes empuñaron las armas contra el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y a quienes combatieron a su lado». Además, en el islam existe fundamento para tomar como criterio la capacidad de soportar dificultades y sacrificios por la causa del islam. Ese fundamento es el principio de igualdad entre el trabajo y la remuneración del trabajo. Del mismo modo, la opinión de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— también tenía su fundamento: «La gente aceptó el islam buscando la complacencia de Allah, y su recompensa está en Sus manos. Él les dará su plena recompensa el Día de la Resurrección. En este mundo, nadie tiene más derecho que a satisfacer sus necesidades básicas».
Sin ninguna duda ni reserva, daremos prioridad a la opinión de Abu Bakr. Pues es la que más contribuye a establecer la igualdad entre los musulmanes. Y es bien sabido que la igualdad es uno de los principios fundamentales más importantes del islam. Este principio también ayuda más a protegerse de las terribles consecuencias que surgieron como resultado de adoptar la política de la desigualdad. La riqueza de una clase de personas había aumentado y, año tras año, seguía creciendo gradualmente gracias a las ganancias. Desde el punto de vista de la economía, es una verdad universalmente reconocida que, cuanto más aumenta la riqueza mediante las ganancias, tanto mayor es ese aumento en proporción al crecimiento del capital. Al observar las terribles consecuencias de la política que había seguido, Umar —que Allah esté complacido con él— resolvió, hacia el final de su vida, que si vivía hasta el año siguiente igualaría las asignaciones de todos. En aquella época se hizo muy célebre su siguiente declaración:
«Si tuviera la oportunidad de reconsiderar las decisiones que tomé anteriormente, tomaría la riqueza excedente de los ricos y la distribuiría entre los pobres».
Pero, lamentablemente, el tiempo pasó y la situación escapó a su control. Las consecuencias perjudiciales de la política de distribución desigual alteraron el equilibrio de toda la sociedad islámica. Después, cuando comenzaron las actuaciones arbitrarias de Marwan y Uthman —que Allah esté complacido con él— continuó tolerándolas, la sociedad cayó en una terrible calamidad.
Al observar las consecuencias perjudiciales de distribuir la riqueza según las diferencias de rango, Umar —que Allah esté complacido con él— abandonó su propia opinión y adoptó la de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—. La opinión de Ali —que Allah esté complacido con él— también era como la del primer califa.
Aquí es necesario señalar que consideramos el califato de Ali como la continuación natural del califato de los dos primeros califas. En cambio, consideramos la época de Uthman como un vacío que levantó un muro de división entre Ali y los dos califas anteriores. La razón es que, durante ese período, Marwan era el verdadero administrador del gobierno. Por ello, ahora hablaremos de Ali y después trataremos la época de Uthman.
Ali adoptó el principio de igualdad en la distribución de las asignaciones. En su primer discurso declaró claramente:
«¡Escuchad! Entre los compañeros del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, ya sea de los auxiliares o de los emigrados, quien crea que, por haber acompañado al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, tiene superioridad y prioridad sobre los demás debe saber que obtendrá esa prioridad ante Allah el Día de la Resurrección y recibirá allí su recompensa. ¡Entendedlo bien! A quien responde al llamamiento de Allah y de Su Mensajero, reconoce nuestra identidad nacional, adopta nuestro código de vida y se orienta hacia nuestra qibla, se le confieren todos los derechos y deberes del islam. Todos vosotros sois siervos de Allah, y toda esta riqueza pertenece a Allah. Será distribuida equitativamente entre todos. En este asunto, nadie tendrá prioridad sobre otro. Sin embargo, ante Allah los temerosos de Él tendrán la mejor recompensa».
Esta es la verdadera norma islámica, plenamente acorde con el ideal islámico de igualdad. Garantiza el mantenimiento del equilibrio en la sociedad islámica y permite aumentar la riqueza únicamente mediante el trabajo arduo y el esfuerzo. Este principio no deja margen para brindar a alguien mayores oportunidades y ventajas suministrándole más dinero que a otro para emprender actividades lucrativas.
Hazrat Umar, que Dios esté complacido con él, quiso aplicar este principio durante la última etapa de su vida, pero no tuvo tiempo. Debido a su repentino martirio, no pudo cumplir sus dos deseos. Uno de ellos era tomar de los ricos la riqueza excedente y distribuirla entre los pobres, pues esa riqueza adicional se había acumulado únicamente como consecuencia de la distribución desigual de los fondos públicos. Su segundo deseo era establecer el principio de igualdad de derechos en la distribución de la riqueza.
Cuando Hazrat Uthman, que Dios esté complacido con él, se convirtió en califa, no consideró necesario aplicar ninguna de estas dos decisiones. Dejó el dinero excedente en manos de sus propietarios y mantuvo la desigualdad en la distribución de los estipendios. Además, siguió concediéndoles generosos obsequios. El resultado fue que los ricos se hicieron aún más ricos y los pobres, más pobres. Naturalmente, los pobres también experimentaban ocasionalmente cierta prosperidad. Él concedió grandes sumas de dinero incluso a quienes no tenían ninguna carencia económica. Dio a los coraichitas plena libertad para dedicarse al comercio en todo el mundo. También permitió a los grandes ricos comprar edificios y tierras en la región de Sawad o en el extranjero. Como consecuencia, hacia el final de su califato surgió una enorme desigualdad en la distribución de la riqueza en el conjunto de la sociedad musulmana. Que Dios tenga misericordia de él.
Hazrat Abu Bakr, que Dios esté complacido con él, y después Hazrat Umar, que Dios esté complacido con él, aplicaban con gran rigor el principio de obligar a un grupo considerable de los jefes coraichitas a residir permanentemente en Medina. Por eso Abu Bakr y Umar no les permitían desplazarse libremente por los territorios conquistados. Temían que, debido a su cercanía al Mensajero de Dios, a sus sacrificios por el islam y a su preeminencia en la yihad, la gente pudiera sentir por ellos una admiración y devoción especiales, y que entonces surgieran entre esas personas ambiciones de riqueza, influencia y cargos. Esto, desde luego, no puede considerarse contrario al principio islámico de la libertad individual, pues en el islam la libertad individual está vinculada a la condición del bien mayor de la sociedad. Cuando llegó la época de Hazrat Uthman, les concedió libertad para desplazarse sin restricciones por todas partes. Además, los animó a comprar casas y tierras en los territorios conquistados. Y lo hizo después de haberles entregado cientos de miles de dírhams.
Sin duda, todo esto se hizo como muestra de generosidad y benevolencia hacia los musulmanes y, especialmente, hacia sus dirigentes. Pero esta política produjo consecuencias sumamente graves. Esas consecuencias no estaban ocultas a Abu Bakr ni a Umar, que Dios esté complacido con ambos. Como resultado, surgió una enorme desigualdad económica y social en la sociedad musulmana. También se creó en ella una clase perezosa e inactiva. A pesar de su completa inactividad, sus riquezas no tenían fin. Permanecían sentados sin hacer ningún esfuerzo y llevaban una vida de plena satisfacción.
Así, el lujo volvió a levantar la cabeza. Sin embargo, el islam le había declarado una guerra incesante mediante sus leyes y sus principios. Los dos califas anteriores a Hazrat Uthman también lucharon contra él y trataron de impedir por todos los medios que volviera a aparecer. Cuando la situación llegó a este punto, se produjo una explosión de vitalidad islámica entre ciertas personas. La figura más destacada entre ellas fue Hazrat Abu Dharr. Era el más franco y revolucionario de todos.
Es lamentable que, calificando de errónea la postura de Hazrat Abu Dharr, el Dar al-Ifta de Egipto haya intentado recientemente, mediante una fetua, presumir de comprender el islam mejor que Abu Dharr. La religión de Dios parece haberse convertido para ellos en una mercancía comercial.
Abu Dharr, que Dios esté complacido con él, desafió con toda su energía el lujo de los miembros de la clase alta de la sociedad musulmana, pues era absolutamente contrario al islam. Criticó a los Banu Umayya y a Hazrat Muawiya por patrocinar ese lujo, ya que, debido a su política, no dejaban de aumentar las riquezas de los ricos y el lujo de los opulentos.
Abu Dharr (que Dios esté complacido con él) supo que el califa Uthmán (que Dios esté complacido con él) había entregado a Marwán una quinta parte de los ingresos fiscales de África, a Hariz doscientos mil dírhams y a Zayd ibn Zábit cien mil dírhams. Esto era insoportable para su conciencia. Protestó enérgicamente contra ello y pronunció el siguiente discurso en una asamblea pública:
«Hoy en día se están haciendo cosas que escapan a mi entendimiento. ¡Por Dios! Ninguna de estas cosas tiene fundamento alguno ni en el Corán de Alá ni en los hadices del Mensajero. ¡Por Dios! Veo claramente que la verdad está siendo pisoteada, que la falsedad está siendo revivida, que se está demostrando que los veraces son mentirosos y que se está dando prioridad a la gente sin taqwa ni temor de Dios. ¡Oh, ricos! Tratad cordialmente a los pobres. Informad a quienes acumulan dinero y no lo gastan en el camino de Alá de que serán marcados con fuego en la frente, la espalda y los costados. ¡Oh, capitalistas! Sabed que hay tres socios en la riqueza:En primer lugar:el destino.।En cualquier momento puede arrebataros la riqueza sin vuestro permiso, mediante la destrucción o la muerte. En segundo lugar:el heredero.।Siempre está esperando que cerréis los ojos para apoderarse de vuestra riqueza. En tercer lugar:vuestro derecho.।Si no queréis ser el más débil de estos tres socios, esforzaos necesariamente por ello. Alá, el Altísimo, dice:
«No podréis alcanzar el verdadero bien hasta que gastéis en el camino de Alá vuestros bienes más queridos». ¡Amigos! Habéis empezado a usar cortinas de seda y almohadas de terciopelo. Hoy en día os resulta difícil dormir sobre colchones de Azerbaiyán. Sin embargo, el Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dormía únicamente sobre una estera. Hoy coméis toda clase de alimentos, mientras que el Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) ni siquiera tenía suficiente pan de cebada para saciarse».
Málik ibn Abdolá ibn Ziyad relata que, en cierta ocasión, Abu Dharr (que Dios esté complacido con él) expresó su deseo de reunirse con el califa Uthmán (que Dios esté complacido con él). Cuando este lo convocó a una audiencia, Abu Dharr (que Dios esté complacido con él) se presentó ante él con un bastón en la mano. En ese momento, el califa Uthmán (que Dios esté complacido con él) preguntaba al compañero llamado Kaab: «Kaab, Abd al-Rahmán ha fallecido. Ha dejado mucho dinero. ¿Cuál es tu opinión al respecto?». Kaab respondió: «Si ha cumplido con ello el derecho de Alá, ya no se puede intervenir». Al oír esto, Abu Dharr (que Dios esté complacido con él) levantó su bastón y golpeó a Kaab. Dijo: «Oí al Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) decir:
«Si tuviera oro equivalente a esta montaña y lo gastara en el camino de Alá, y Él continuara aceptándolo, no me gustaría dejar atrás ni siquiera seis uqiyas de oro». Después de relatar este hadiz, preguntó tres veces al califa Uthmán (que Dios esté complacido con él), poniendo a Dios por testigo: «¿Ha oído usted este hadiz?». Él respondió: «¡Sí!» (Hadiz número 453, Musnad de Ahmad)
Marwán y Muawiya (que Dios esté complacido con él) no podían tolerar exhortaciones de este tipo. Por ello, incitaban continuamente al califa Uthmán (que Dios esté complacido con él) contra él. Finalmente, Abu Dharr (que Dios esté complacido con él) tuvo que exiliarse y marcharse a Rabadha sin haber cometido ningún delito conforme a la sharía que lo justificara.
Este elevado llamamiento procedía de una conciencia despierta que no había sido derrotada por la codicia, pese a la abundancia ilimitada de riqueza en el país. La concentración de la riqueza llegó a ser tan extrema que la sociedad islámica se dividió en distintas clases y los principales principios del islam estuvieron a punto de desaparecer. Presentamos algunos ejemplos de la prosperidad económica de aquella época, relatados por Masudi. Él relata:
«Durante el califato de Uthmán, que Dios esté complacido con él, los Compañeros adquirieron enormes riquezas. El día en que Uthmán, que Dios esté complacido con él, sufrió el martirio, su tesorero tenía depositados en efectivo ciento cincuenta mil dinares y un millón de dírhams. Sus propiedades en Wadi al-Qura, Hunayn y otros lugares estaban valoradas en cien mil dinares. Además, dejó numerosos caballos y camellos. Tras la muerte de Zubayr, que Dios esté complacido con él, una sola de las propiedades que dejó valía cincuenta mil dinares. También dejó mil caballos y mil esclavas. Talha, que Dios esté complacido con él, obtenía diariamente mil dinares de Irak y aún más de Sarat. Abd al-Rahmán ibn Awf tenía mil caballos en sus establos, mil camellos y diez mil cabras y ovejas. Después de su muerte, la cuarta parte de sus bienes alcanzó un valor de ochenta y cuatro mil dírhams. Zayd ibn Zábit dejó tanto oro y plata que hubo que cortarlos con un hacha. Aparte quedaban las propiedades muebles e inmuebles que dejó. Zubayr construyó un palacio en Basora, otro en Egipto, otro en Kufa y otro en Alejandría. Del mismo modo, Talha, que Dios esté complacido con él, construyó un enorme palacio en Kufa. También edificó en Medina una gran mansión con madera de teca y argamasa. Sa’d ibn Abi Waqqas construyó en Aqiq un palacio elevado, con una amplia explanada y una cúpula. Miqdad construyó dentro y fuera de Medina un hermoso palacio adornado. Ya‘la ibn Munabbah dejó cincuenta mil dinares en efectivo y propiedades valoradas en trescientos mil dírhams.»(Uthmán — Ustadh Sadiq Urjun)
Durante el califato de Umar, que Dios esté complacido con él, esta abundancia desequilibrada de riquezas surgió como consecuencia inevitable de establecer diferencias de rango en el reparto de los bienes. Umar, que Dios esté complacido con él, estaba decidido a poner fin a esa política y a sus consecuencias. Habría acabado con ella de no haber sido atravesado por una daga en el pecho. Después de su martirio, esta abundancia continuó aumentando gradualmente. Uthmán, que Dios esté complacido con él, mantuvo aquella política, y como resultado la situación se volvió aún más compleja. Además del reparto desigual, los regalos, dádivas, concesiones de tierras y otras cosas que Uthmán, que Dios esté complacido con él, otorgó también contribuyeron a aumentar las tendencias plutocráticas en la sociedad musulmana. Después aparecieron diversos factores que hicieron que la abundancia desequilibrada de riquezas se expandiera de manera anormal. En particular, la concentración de diversas propiedades muebles e inmuebles dispersas y el acaparamiento de los medios y recursos de los negocios lucrativos por parte de un reducido grupo provocaron una amplia expansión de las tendencias capitalistas en la sociedad musulmana. La situación también quedó fuera de control debido a la oposición y al desprecio hacia el profundo y sincero llamamiento que emanaba del corazón de Abu Dharr. Si su llamamiento hubiera tenido éxito y hubiera podido convencer al jefe del Estado de adoptar su postura, habría tenido la capacidad de controlar la situación. De ese modo se habría cumplido la última determinación de Umar, que Dios esté complacido con él: tomar el excedente de riquezas de los ricos y distribuirlo entre los pobres. Para proteger a la nación de la maldición del capitalismo, que el jefe del Estado actuara así no solo era completamente lícito, sino también un deber indispensable en aras del bienestar social general.
Por un lado, la riqueza se estaba concentrando. Las vidas de los miembros de unas pocas familias aristocráticas se veían inundadas de abundancia. Por otro lado, el hambre, la pobreza y los lamentos golpeaban con igual intensidad y fuerza la vida de la gente común. Naturalmente, esto hizo que el rencor y la ira levantaran la cabeza. Todos estos factores continuaron acumulándose sin interrupción y finalmente dieron comienzo a una aterradora insurrección violenta. Los únicos beneficiados por esta insurrección fueron los enemigos del islam, y ella acabó con la vida de Uthmán, que Dios esté complacido con él. Al mismo tiempo, la paz y la seguridad de la comunidad musulmana quedaron gravemente dañadas, y esta fue arrojada al más profundo torbellino de desorden y agitación. El fuego de este desorden no se extinguió hasta que la propia fuerza vital del islam quedó humeando en sus llamas y la comunidad fue atacada por las feroces garras de un gobierno despótico.
Después de Uthmán, que Dios esté complacido con él, la política de igualdad y justicia adoptada por Alí, que Dios esté complacido con él, enfureció a los círculos capitalistas y a quienes se habían beneficiado ampliamente del reparto desigual de la riqueza; esto no era en absoluto inesperado. Le aconsejaron al noble Alí abandonar esa política y expresaron el temor de que pudiera producirse una rebelión contra él. De acuerdo con la luz de la enseñanza islámica que ardía en su conciencia despierta, era natural que respondiera: «¿Acaso pretendéis aconsejarme que oprima a mis compatriotas y busque la ayuda de otros? Aun si estas riquezas fueran mías, las repartiría con igualdad. Y siendo propiedad de Dios, ¿cómo podría actuar injustamente? Sabed que entregar riquezas a alguien de manera injusta entra en la categoría del despilfarro. Sin duda, con ello quien las entrega puede alcanzar cierta consideración en este mundo, pero en la otra vida una política semejante habrá de humillarlo».
Los omeyas siguieron una política diferente en materia financiera. Finalmente, cuando llegó la época de Umar ibn Abd al-Aziz, este adoptó una política firme de devolver las riquezas obtenidas injustamente y de impedir el despilfarro. Ya hemos hablado anteriormente de ello. En ese período, los miembros de los omeyas obtuvieron los mismos derechos que los demás súbditos respecto a los bienes y riquezas del Bayt al-Mal. Los aduladores, los poetas lisonjeros y los cantores ya no tenían ninguna participación en él. Rompió toda relación con los poetas y abolió la política de recompensarlos con fondos del Bayt al-Mal.
En cierta ocasión, el poeta Jarir recitó un poema elogiándolo. Umar ibn Abd al-Aziz le dijo: «¡Jarir! ¿Eres acaso hijo de los emigrados, para que te dé lo mismo que les damos a ellos? ¿Eres hijo de los auxiliares, para que te dé lo mismo que les damos a ellos? ¿O eres un pobre, para que ordene que se te entregue algo del fondo de limosnas y zakat de tu pueblo?»
Él respondió: «¡Emir de los creyentes! No soy ninguna de esas cosas. Más bien, soy hijo de la familia más acomodada. Los gobernantes anteriores me daban, como recompensa, cuatro mil dírhams, además de ropas valiosas y animales de montura. Me he acostumbrado a recibirlos; por eso te pido esa recompensa».
Umar respondió: «Cada uno recibirá de Allah la recompensa de sus propias obras. Sin embargo, hasta donde sé, no tienes ningún derecho sobre los bienes de Allah (el tesoro público). Espera hasta que reciba mi asignación personal. Calcularé cuánto se necesita durante todo el año para mantener a mi familia. Reservaré esa cantidad y, si queda algo, te lo entregaré». Jarir dijo: «No, no lo necesito. Deseo que Allah conceda aún más al Amir al-Mu’minin y que se le alabe aún más. Me marcho completamente satisfecho». Él dijo: «Ese es el proceder que más me agrada». Cuando Jarir salió de allí, Umar pensó: «Podría volver a censurarme. Debo tomar alguna medida para evitarlo». Con ese pensamiento, ordenó que lo llamaran de nuevo. Cuando Jarir llegó, le dijo: «Tengo cuarenta dinares y dos pares de prendas. Lavo un par mientras visto el otro. Puedo darte la mitad de estas cosas. Desde luego, Allah es testigo de que Umar necesita estas cosas más que tú». Jarir dijo: «¡Amir al-Mu’minin! Que Allah le conceda aún más. ¡Por Dios! Me marcho satisfecho. No necesito ninguna de estas cosas». Él dijo: «¡Bien! Puesto que lo has jurado, quiero decirte que me ha impresionado más que tus poemas y elogios el hecho de que, al no aceptar esta petición y recompensa, nos hayas librado de una privación. Ahora conviértete en mi amigo».
A los musulmanes se les han preservado así sus bienes y estos han sido entregados a sus verdaderos legítimos propietarios, por lo que ya no hay nada de sorprendente en el relato de los narradores de que, en la época de Umar ibn Abd al-Aziz, la gente llegó a ser tan próspera que no se encontraba a nadie que aceptara el zakat, porque, al haber recibido sus legítimos derechos, que les habían sido negados injustamente, habían quedado libres de toda necesidad respecto al zakat.।
Yahya ibn Sa‘d relata: «Umar ibn Abd al-Aziz me envió a África para recaudar el zakat y la sadaqa. Después de recaudar allí el zakat y la sadaqa, busqué personas pobres para distribuirlo, pero no encontré a ningún pobre allí. Nadie aceptaba recibir dinero, porque Umar ibn Abd al-Aziz los había enriquecido a todos. Finalmente, compré esclavos con ese dinero y los liberé».
La realidad es que la pobreza y la necesidad son únicamente producto de la concentración de la riqueza. En todas las épocas, los pobres han sido víctimas de la opresión, la tiranía y la explotación de los grandes capitalistas, y estos grandes capitalistas aparecen gracias a las grandes donaciones, dádivas, recompensas, concesiones de tierras, explotación, opresión y usura.
Durante los gobiernos omeya y del posterior califato abasí, el tesoro público había llegado a ser para los reyes tan «lícito» como sus propios bienes. En aquella época se establecieron dos tesoros separados: uno general y otro especial. Respecto de este último, estaba extendida la idea de que sus ingresos y gastos estaban destinados al rey. Sin embargo, se veían a menudo casos en los que fondos de una partida general se ingresaban en el tesoro especial, mientras que ciertos gastos especiales se sufragaban con el tesoro general.
El profesor Adam Mez afirma en su libro «La civilización islámica en el siglo IV»:
Se tomaban fondos del tesoro general para las asignaciones y los gastos relacionados con la capital. Disponemos de un documento histórico de comienzos del siglo IV en el que se describen detalladamente las partidas de ingresos del tesoro especial:
1. Bienes dejados por el padre para sus hijos y descendientes: Se dice que quien dejó la mayor cantidad de bienes fue Harun al-Rashid, concretamente 48 millones de dinares. Durante su gobierno, al-Mu‘tasid (279-289 de la hégira) ahorraba cada año un millón de dinares de las partidas especiales de ingresos, después de cubrir todas las asignaciones de gastos. De este modo, acumuló 9 millones de dinares. Esperaba que, al reunir 10 millones de dinares, los fundiría para fabricar una gran masa, y también decidió colgarla en la sala de audiencias pública para crear la impresión de que, puesto que poseía 10 millones de dírhams, ya no ambicionaba más riquezas. Prometió que, cuando hubiera acumulado 10 millones de dírhams, eximiría al pueblo de un tercio de los impuestos durante un año. Pero murió antes de que se cumpliera este deseo.
Después de al-Mu‘tadid llegó la época de al-Muktafi (289-295). Este elevó los ingresos del tesoro a catorce millones.
2. Los impuestos y los ingresos procedentes de propiedades estatales recaudados anualmente, en promedio, de Persia y Kirmán (después de deducir las partidas de gastos), durante los años 299-320 de la Hégira, ascendían a veintitrés millones de dinares. De esta suma, cuatro millones se ingresaban en el tesoro general y los diecinueve millones restantes, en el tesoro especial. Naturalmente, se consideraba necesario deducir de ella los gastos destinados a las necesidades urgentes de esas regiones. Por ejemplo, en el año 303 de la Hégira (915 d. C.), gastó más de siete millones para conquistar esos territorios.
3. Los ingresos obtenidos de Egipto y Siria: por ejemplo, el impuesto de la yizia recaudado de los no musulmanes se depositaba en el tesoro del califa, en lugar de ingresarse en el tesoro público. Puesto que era el emir de los creyentes, en principio aquello constituía su legítimo derecho.
4. Los ingresos de los visires, secretarios y funcionarios gubernamentales destituidos, así como sus propiedades confiscadas. Además, el califa se convertía en propietario de los ingresos de sus propios sirvientes sin hijos y de los esclavos sin hijos de la familia real. Puesto que generalmente eran funcionarios de alto rango y recibían salarios elevados, por este medio entraban enormes sumas en el tesoro del califa.
5. Los ingresos procedentes del Sawad, Ahwaz y otras regiones del este y del oeste, así como los obtenidos de propiedades estatales. Estos también se ingresaban en el tesoro especial.
6. Las sumas que los califas acumulaban: por ejemplo, los dos últimos califas del siglo III de la Hégira, al-Mu‘tadid y al-Muktafi, ahorraban un millón de dinares al año. Al-Muqtadir también ahorraba una cantidad similar. De este modo, la suma acumulada en quince años alcanzó los quince millones, es decir, aproximadamente la mitad de la riqueza del califa Harún al-Rashid.
De este relato se hace evidente cómo estos monarcas, que llevaban el título de «califa», intervenían en las riquezas del pueblo musulmán y hasta qué punto la estructura económica había llegado a diferir de los principios islámicos.
Por un lado, la abundancia de riqueza, el amor por la comodidad y el lujo habían alcanzado su extremo; por otro, las escenas de privación, hambre y pobreza eran igualmente espantosas. La sociedad islámica, al haberse alejado de las normas islámicas y desviado de los principios islámicos, había llegado al nivel más bajo de decadencia.
Algunos principios fundamentales
Pero, a pesar de todo ello, la práctica efectiva del islam ha establecido numerosos principios fundamentales en materia de organización económica. La mayor desgracia de la humanidad es que, debido a los gobernantes omeyas, el islam tuvo que enfrentarse a la deformación y al desorden ya en su primera época. Sin embargo, la historia islámica ha demostrado, al llevar a la práctica muchas de las doctrinas del islam, que estas podían hacerse realidad.
La historia real ha establecido definitivamente lo siguiente:
1. En el islam, los pobres tienen mayor derecho a los fondos del Bayt al-mal que las personas adelantadas en la fe.। Se ha narrado en el Musnad de Ahmad que: «Adi ibn Hatim relató: Fui ante el honorable Umar ibn al-Jattab con algunos miembros de mi tribu. Él estaba asignando una pensión de dos mil a varios miembros de aquella tribu. Adi dice: Volví a ponerme delante de él. Aun así, no me prestó atención. Volví a ponerme delante de él, pero todavía me ignoró. Dije: “¡Amir al-Mu’minin! ¿Me reconoce?”. El honorable Umar, que Dios esté complacido con él, soltó una sonora carcajada. Luego dijo: “¡Por Dios! Te conozco muy bien. Cuando todos permanecían firmes en la incredulidad, tú abrazaste la fe. Cuando los demás retrocedían, tú avanzabas. Cuando muchos traicionaban, tú mostraste una lealtad sincera. Recuerdo muy bien que el primer dinero de la zakat cuya visión iluminó de alegría los rostros del Mensajero de Dios y de sus compañeros fue el dinero de la zakat de aquella tribu. Yo mismo llevé ese dinero ante el Mensajero de Dios”». Después, el honorable Umar, que Dios esté complacido con él, comenzó a presentar sus excusas diciendo: “De este dinero solo he asignado pensiones a quienes sufren hambre porque no pueden proporcionar alimento a las personas a su cargo. Pues ellos son los dirigentes de la tribu”».
Esta declaración de Umar, que Dios esté complacido con él —quien era partidario de dar prioridad a las personas adelantadas en el islam—, tiene un significado muy profundo y demuestra muchas cosas. En realidad, en la sociedad islámica, la «necesidad» es la primera base del derecho. Este principio permite comprender hasta qué punto el islam es un gran enemigo de la pobreza y la carencia, y que concede a los esfuerzos para eliminarlas mayor importancia que a cualquier otro esfuerzo.
2. El islam no está dispuesto, bajo ninguna circunstancia, a tolerar que una clase de la sociedad se deje arrastrar por la desenfrenada corriente de una abundancia ilimitada, mientras otra clase permanezca privada, indigente y desposeída de todo। En tales circunstancias, el islam concede al gobierno plena autoridad para adoptar, según la situación, las medidas necesarias con el fin de corregirla. Este es un principio históricamente demostrado por el Mensajero de Dios, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él. Distribuyó entre los pobres emigrantes la totalidad de los fondos del fay recaudados de los Banu Nadir, para establecer desde la primera oportunidad cierto equilibrio en la sociedad islámica. Solo incluyó entre ellos a dos pobres ansar. Después, el Corán intervino para respaldar este ejemplo histórico:
«Para que la riqueza no circule únicamente entre los ricos de vuestra comunidad».
Este ejemplo es sumamente significativo e importante. A su luz, un gobierno musulmán que gobierne conforme a la ley de Allah tiene siempre autoridad para ayudar desde el Bayt al-mal, en la medida adecuada, a las personas necesitadas y pobres, con el fin de establecer el equilibrio económico en la sociedad musulmana. Es deber ineludible del gobierno adoptar las medidas apropiadas para que no exista entre los distintos niveles de la sociedad una desigualdad que perturbe el equilibrio general.
3. Es indispensable variar las tasas impositivas según la capacidad y la incapacidad। Al imponer la yizia a los no musulmanes, se establecían las siguientes tasas para las personas de sus distintas categorías:
a. Clase adinerada: 48 dírhams anuales por persona.
b. Clase media: 24 dírhams anuales por persona.
c. Trabajadores pobres: 12 dírhams anuales por persona.
La yizia quedaba exenta para las personas completamente indigentes, insolventes, incapaces de trabajar y físicamente o mentalmente discapacitadas. Solo los hombres libres y mentalmente sanos debían pagar la yizia. Las mujeres y los niños no tenían que pagarla.
Durante el año de hambruna, Hazrat Umar (r. a.) no envió recaudadores para recoger la zakat; más bien, suspendió su recaudación hasta que terminara la hambruna. Al finalizar esta, envió recaudadores y exigió a las personas capaces el pago doble de la zakat. Una parte correspondía al año de hambruna y la segunda al año en curso. Perdonó a las personas incapaces. Después ordenó que el recaudador entregara a dichas personas incapaces una de las dos partes del dinero recaudado y llevara la otra parte a la capital.
4. Estaba prohibido recaudar impuestos mediante la fuerza o privando a alguien del dinero necesario para su vida। Hazrat Ali (r. a.) ordenó a uno de sus funcionarios: «Cuando vayas a ellos, para recaudar los impuestos no vendas sus ropas de verano o de invierno, sus alimentos ni sus animales de monta; no azotes a nadie, ni hagas permanecer a nadie sobre un solo pie, por mucho que adeude de impuestos o tributos. Pues solo se nos ha ordenado recaudar de la gente el dinero que exceda sus necesidades.»
5. Junto al principio de «dar a cada persona según su sacrificio», es indispensable aplicar también el principio de «dar a cada persona según sus necesidades»। El Noble Profeta (s. a. s.) asignó una parte de los bienes obtenidos como botín a los solteros y dos partes a los casados. Esto demuestra que, al determinar las asignaciones, además del esfuerzo, es necesario tener en cuenta las necesidades. De lo contrario, es sabido que en la yihad los casados y los solteros deben realizar el mismo esfuerzo. Como las necesidades del casado son el doble, se estableció concederle una asignación doble. Esto demuestra también que la mera «necesidad» puede constituir en el islam un medio distinto para adquirir la propiedad. Este principio es sumamente importante en materia de «seguridad social».
6. Disposición de seguridad social para toda persona incapaz y necesitada। Hazrat Umar, que Dios esté complacido con él, estableció una asignación de cien dírhams para cada recién nacido. Cuando el niño crecía un poco, recibía doscientos dírhams, y al alcanzar la mayoría de edad se le entregaba aún más. Por cada niño abandonado se otorgaban cien dírhams, además de una asignación adicional para quien lo criara; los gastos de amamantarlo y demás gastos corrían a cargo del Bayt al-Mal, y cuando crecía recibía la misma asignación que los demás niños.
La generosidad de Hazrat Umar fue, en realidad, un resultado directo de la generosidad del islam, pues el niño abandonado es completamente inocente por su parte. No es responsable en lo más mínimo de los pecados de sus padres culpables. Ya hemos mencionado que Hazrat Umar, que Dios esté complacido con él, asignó ayudas del Bayt al-Mal para los judíos y cristianos ciegos y afectados por la lepra. La generosidad de Umar, que Dios esté complacido con él, se extendía por naturaleza a todas las personas, no solo a los musulmanes. Esta es una medida de seguridad social contra la pobreza, la incapacidad y la privación.
7. Resolver la cuestión fundamental «¿De dónde se ha obtenido la riqueza?» es sumamente importante। porque la sociedad musulmana tiene derecho a preguntar si la riqueza que posee el gobernante pertenece realmente a la nación o le pertenece a él mismo, y no tiene forma de eximirlo de rendir cuentas ante el pueblo al respecto. Gracias al establecimiento de este principio de rendición de cuentas, el tesoro nacional quedó en gran medida protegido de la intervención de los administradores. Antes de hacer algo semejante, el gobernante debe pensarlo más de una vez. Hazrat Umar, que Dios esté complacido con él, actuó así con todos sus gobernadores. Hazrat Ali también adoptó este principio en algunos casos.
8. El sistema del zakat no fue suspendido ni siquiera durante la época más oscura de la historia: aunque aquella época se había alejado mucho de la fuerza vital del islam. Desde que, al comienzo de la época de Hazrat Abu Bakr, que Dios esté complacido con él, tuvo lugar la guerra contra los apóstatas, nadie había negado el zakat, ni verbalmente ni en la práctica. Solo en nuestra época, cuando la civilización occidental se instaló en el trono de la victoria, el último de los principios islámicos, el zakat, desapareció de la vida real de la sociedad musulmana como consecuencia de ello.
9. Sistema general de seguridad social: conforme a este sistema, se responsabiliza a los habitantes de cada localidad por cualquier persona que muera allí de hambre. Esta responsabilidad recae sobre ellos de acuerdo con el derecho penal. Por la persona que muere de este modo, todos los habitantes de la localidad correspondiente deben pagar colectivamente una multa, es decir, la diyah. Esto se debe a que toda la sociedad es declarada culpable de la muerte de quien, perteneciendo a ella, murió lentamente de inanición.
Esta disposición también está respaldada por otra norma de la sharía. Esta establece que, si una persona afligida por el hambre y la sed teme morir a causa de ellas, se le permite, como último recurso, luchar contra quien posea alimentos o bebidas; y si mata a tal persona, no sufrirá castigo ni tendrá que pagar una multa en este mundo, ni sufrirá tormento en el Más Allá.
10. Principio de abolir la usura y ampliar el plazo de pago de las deudas en situación de pobreza: hasta que la civilización moderna declaró lícita la usura, esta permaneció debidamente prohibida en la sociedad musulmana. La ley francesa cargó esta maldición sobre nuestros hombros y la convirtió en uno de los pilares de nuestra vida económica cotidiana. Sin embargo, no había ninguna necesidad de ello. Solo se extendió porque la influencia de los valores morales había desaparecido de nuestra vida real y el sentido de la honestidad y de la cooperación mutua se había extinguido del corazón de las personas. El islam, en cambio, adopta este espíritu como base de la sociedad y de las transacciones mutuas.
Además de estas cuestiones, existen numerosos principios y valores de solidaridad mutua y seguridad social que no deben hacerse efectivos mediante la fuerza de la ley. Nuestro pasado reciente por sí solo da testimonio de la existencia de la influencia de los valores islámicos sobre la sociedad musulmana. No fueron nuestros abuelos, sino nuestros padres, quienes contemplaron con sus propios ojos, en esta época, las zonas rurales habitadas por musulmanes. A pesar del dominio total de la civilización materialista occidental sobre el mundo musulmán, esta influencia sigue estando hoy, en gran medida, intacta. Allí no hubo en absoluto necesidad de leyes ni de coerción para hacer efectivos estos valores. Los departamentos de waqf que se observan entre los gobiernos actuales —que hoy están siendo utilizados contra su verdadero propósito y que diversas clases explotadoras han acaparado bajo distintos nombres y en distintos grupos— son, en realidad, testimonio del sagrado espíritu de compasión, solidaridad, rectitud, seguridad social y cooperación mutua que residía en los corazones de los musulmanes del pasado remoto y reciente. La brutalidad de Occidente, su conciencia muerta y su rígida civilización materialista no pudieron deformar su alma.
En nuestra edad de oro, el espíritu de brindar seguridad social a los débiles llegó a ser tan fuerte que no solo los seres humanos, sino también los animales, se beneficiaron de él. En muchos lugares se dedicaron ciertos terrenos como waqf para establecer refugios para los animales débiles, de modo que pudieran acudir allí y librarse del hambre y la miseria.
A pesar del daño de largo alcance causado por cierta distorsión en los métodos de gobierno y en las prácticas económicas durante la etapa inicial, esto es el islam verdadero.
Este es el papel del islam en el escenario real de la historia, que se ha hecho evidente a través de diversos acontecimientos. En cuanto a sus principios generales, puede decirse que posee, poseía y seguirá poseyendo eternamente plena capacidad para satisfacer las exigencias de las nuevas circunstancias y resolver los nuevos problemas. En el futuro, cuando se establezca una sociedad sobre los fundamentos del islam y se conceda a la sharía islámica la condición de ley estatal, el islam será capaz de satisfacer todas las exigencias y necesidades de esa sociedad con gran amplitud y equilibrio. Mientras la sociedad humana actual, a través del enfrentamiento entre doctrinas y experimentos humanos, recibe incesantes golpes al desplazarse de un extremo a otro, y mientras la humanidad sacrifica muchos de sus valiosos bienes en esos enfrentamientos, el islam la protegerá y preservará para siempre de esas pérdidas irreparables.[Véase el capítulo «Inquietud y confusión» de la obra del autor «El islam y la crisis de la civilización»]
…….. Fin ……..