La esclavitud mental de los musulmanes y sus causas

El gobierno del Estado, la monarquía, la conquista y la dominación son de dos tipos: la primera es la dominación mental y moral, y la segunda, la dominación política y material. La dominación de la primera clase se produce cuando una nación alcanza un enorme desarrollo en el pensamiento, la investigación, los descubrimientos y la fuerza intelectual; entonces, las demás naciones abrazan naturalmente su visión del pensamiento. Sus ideas, creencias religiosas e ideología se apoderan de las mentes y los intelectos de aquellas, y su mentalidad se forma según ese molde. Su civilización se convierte en la civilización propia de ellas. Adoptan sus conocimientos y sus ciencias como si fueran propios. Incluso consideran que sus criterios sobre lo bueno y lo malo, y sobre la verdad y la falsedad, son los criterios de lo bueno y lo malo, y de la verdad y la falsedad. La dominación del segundo tipo se produce cuando una nación se vuelve extraordinariamente poderosa en términos de riqueza material; entonces, las demás naciones se vuelven incapaces de conservar frente a ella su independencia política y económica. En tal situación, aquella se impone, total o parcialmente, sobre los sistemas económicos y políticos de las demás naciones.

Por otro lado, la esclavitud o subordinación también es de dos tipos: la primera es mental y la segunda, política. Las definiciones de las dos clases de dominación expuestas arriba son precisamente lo contrario de estas dos clases de esclavitud.

En cierto sentido, estas dos clases de dominación son completamente distintas. No es inevitable que, cuando se extiende la supremacía mental en algún lugar, también se establezca la dominación política. Tampoco existe una regla fija según la cual, una vez establecida la dominación política, haya de instaurarse asimismo la supremacía mental. Sin embargo, la ley de la naturaleza es que, cuando una nación avanza por el camino del ejercicio del pensamiento y la actividad intelectual, del cultivo del conocimiento y la búsqueda de información, logra también un progreso material junto con su desarrollo mental. Por el contrario, cuando una nación queda rezagada en la competencia del pensamiento y la investigación del conocimiento, su decadencia material comienza junto con su deterioro mental. Además, puesto que la dominación y el poder son consecuencia de la fuerza, y la subordinación, de la debilidad, cuanto más avanzan las naciones débiles y sin vigor, tanto mental como materialmente, por el camino de su debilidad y falta de vigor, en esa misma proporción se convierten en víctimas de la esclavitud y la subordinación; y las naciones fuertes en ambos aspectos terminan ejerciendo autoridad sobre sus mentes, sus cerebros y su cuerpo entero.

En nuestros días, los musulmanes son víctimas de estas dos formas de esclavitud. En algunos lugares, ambas formas de esclavitud están plenamente presentes; en otros, aunque la esclavitud política es algo menor, la esclavitud mental es aún mayor. Desgraciadamente, hoy no existe ningún territorio musulmán que sea verdaderamente por completo independiente en los aspectos político y mental. Aunque en algunos lugares disfrutan de independencia política y del derecho a gobernarse a sí mismos, no están en absoluto libres de la esclavitud moral y mental. Sus instituciones educativas, oficinas y tribunales, mercados, reuniones y asociaciones, hogares e incluso sus propios cuerpos dan testimonio de que la civilización y la cultura occidentales, su pensamiento y sus ciencias, ejercen sobre ellos una autoridad absoluta. Piensan con el cerebro de Occidente, ven con los ojos de Occidente y siguen el camino que Occidente les señala. Sean conscientes de ello o no, en sus mentes se ha instalado la idea de que aquello que Occidente considera verdadero es verdadero, y aquello que declara falso es falso. Según ellos, en asuntos como la verdad, la exactitud, la civilización, la moralidad, la cortesía y el decoro, los criterios establecidos por Occidente constituyen los únicos criterios infalibles. Incluso someten a esos criterios su propia religión y fe, sus ideas y concepciones, su civilización y su decoro, su carácter y sus costumbres: todo. Consideran correcto todo lo que supera plenamente esos criterios; quedan completamente tranquilos al respecto y se sienten orgullosos de que aquello haya superado los criterios occidentales. Y todo lo que no supera el juicio de esos criterios lo consideran erróneo, consciente o inconscientemente. Algunos lo rechazan abiertamente; otros sienten aversión por ello en su fuero interno e intentan, arrastrándolo de cualquier manera, hacerlo pasar por los criterios occidentales. (El autor escribió este comentario hace 41 años. Es cierto que durante este largo período la esclavitud política del mundo musulmán se ha relajado un poco, pero su esclavitud mental no ha disminuido ni lo más mínimo. —El editor.) Si esta es la situación de nuestras naciones independientes, ¿qué sentido tiene ya hablar de la esclavitud mental de los musulmanes sometidos a las naciones occidentales?

Ahora la pregunta es: ¿cuál es la causa de esta esclavitud? Para explicarla detalladamente habría que escribir todo un libro aparte. Pero, en resumen, puede exponerse de la siguiente manera:

La base de la supremacía mental e intelectual se establece sobre la reflexión, la investigación y la búsqueda del conocimiento. La nación que marcha a la vanguardia por este camino es la que ocupa el puesto de liderazgo y autoridad en el mundo; su forma de pensar termina apoderándose del mundo entero. Por el contrario, la nación que queda rezagada en este ámbito se ve naturalmente obligada a permanecer subordinada y seguir a otras. Sus ideas y su ideología ya no conservan ninguna fuerza capaz de ejercer dominio sobre las mentes de la gente. La corriente impetuosa de los pensamientos y convicciones de una nación dedicada al conocimiento y a la búsqueda de la verdad la arrastra consigo. Ni siquiera conserva la fuerza y la capacidad necesarias para mantenerse firme en su propio lugar. Mientras los musulmanes avanzaron por el camino de la búsqueda de la verdad y del conocimiento, todas las naciones del mundo los siguieron y permanecieron subordinadas a ellos. El pensamiento islámico había cubierto la visión intelectual de toda la humanidad. Los criterios establecidos por el islam respecto de lo bueno y lo malo, la virtud y el vicio, el error y la verdad, fueran reconocidos consciente o inconscientemente, obtuvieron aceptación en todo el mundo como los únicos criterios. Y la gente del mundo, voluntaria o involuntariamente, moldeó sus ideas y sus actos conforme a esos criterios. Pero cuando dejó de surgir entre los musulmanes una generación de líderes intelectuales e investigadores, abandonaron la reflexión, la búsqueda de la verdad y la dedicación al conocimiento, y se cansaron de la investigación y el pensamiento, fue como si se retiraran del liderazgo del mundo. Mientras tanto, las naciones occidentales avanzaron rápidamente en todos estos campos. Utilizaron la fuerza de la investigación y la reflexión; se dedicaron a desentrañar los misterios de la naturaleza del universo; buscaron el origen de las fuerzas ocultas en la naturaleza. El resultado inevitable fue precisamente el que debía ser. Las naciones occidentales ocuparon el puesto de liderazgo y autoridad en el mundo. Del mismo modo que en otro tiempo los pueblos del mundo se habían inclinado ante la autoridad de los musulmanes, ahora tuvieron que aceptar también la autoridad de las naciones occidentales. Durante cuatro o cinco siglos, los musulmanes dormían profundamente en el lecho de comodidad preparado por sus antepasados, mientras las naciones occidentales se dedicaban a su propio desarrollo. Después, las potencias occidentales se alzaron de repente y, en apenas un siglo, se extendieron por toda la faz de la Tierra. Al abrir los ojos aún sumidos en el sueño, los musulmanes descubrieron que la Europa cristiana estaba equipada tanto con la pluma como con la espada, y que con la ayuda de estas dos fuerzas gobernaba el mundo entero. Un pequeño grupo intentó defenderse de ella, pero no poseía ni la fuerza de la pluma ni el filo de la espada. Por ello no hizo más que sufrir derrota tras derrota. El resto de la nación, es decir, la mayoría, adoptó la conducta que los débiles y cobardes han adoptado siempre. Las ideas, ideologías y costumbres llegadas de Occidente, dotadas del filo de la espada, la fuerza de la razón, el respaldo de las pruebas científicas y una belleza deslumbrante, fueron elevadas por las mentes amantes de la comodidad y la mentalidad derrotada casi a la categoría de fe. Las antiguas creencias religiosas, los valores morales y las leyes sociales que se sustentaban únicamente en bases tradicionales fueron arrastrados como paja por la corriente de esta nueva y poderosa inundación. Y, por este camino de inconsciencia, quedó profundamente arraigada en las mentes de la gente la idea de que todo lo que viene de Occidente es verdad y constituye el único criterio de civilización y pureza.

Entre las demás naciones que han entrado en conflicto con la civilización occidental, algunas ni siquiera poseían una civilización permanente e independiente. Otras tenían, ciertamente, una civilización propia, pero no era lo bastante fuerte para preservar su identidad frente a otra civilización. Y en el caso de algunas, su civilización no presentaba ninguna diferencia fundamental con esta civilización recién llegada. Por eso, todas estas naciones se tiñeron con gran facilidad del color de la civilización occidental y no fue necesario ningún conflicto de gran envergadura. Pero el caso de los musulmanes era completamente distinto. Poseen una civilización permanente, independiente y plena. Su civilización cuenta con un sistema propio y completo de principios, normas y disposiciones que se extiende a todos los ámbitos de la vida, tanto en el pensamiento como en la acción. Los principios y fundamentos de la civilización occidental son totalmente contrarios a esta civilización. Por esta razón, a cada paso han ido tomando forma el conflicto y el enfrentamiento entre ambas civilizaciones. Y como consecuencia de este enfrentamiento, se están produciendo efectos destructivos en todos los ámbitos del pensamiento, las convicciones y la vida práctica de los musulmanes.

La filosofía y la ciencia en cuyo seno se crió la civilización occidental han avanzado durante cinco o seis siglos únicamente por los caminos del ateísmo, la irreligiosidad y el materialismo. Desde el mismo día en que nació esta civilización comenzó su conflicto con la religión; más bien puede decirse que fue el conflicto de la razón y el intelecto contra la religión lo que dio origen a esta civilización. Aunque observar los fenómenos de la naturaleza del universo, desentrañar sus diversos misterios, investigar las leyes y el orden que le son inherentes, reflexionar e investigar sobre sus manifestaciones externas, y extraer conclusiones mediante conjeturas y pruebas a partir de la integración de todo ello no son en sí actos contrarios a la religión, por una coincidencia de circunstancias, cuando durante el Renacimiento comenzó en Europa el nuevo movimiento científico, surgió un intenso enfrentamiento y conflicto entre este y los clérigos cristianos. Esto se debió a que aquel grupo de clérigos había establecido las bases de sus creencias religiosas sobre la filosofía y la ciencia de la antigua Grecia. Albergaban la esperanza de que, si como consecuencia de la investigación científica moderna y de la búsqueda intelectual se producía siquiera la más leve grieta en esos fundamentos, todo el edificio de la religión se reduciría a polvo. Dominados por esta idea errónea, se opusieron al nuevo movimiento científico y llegaron incluso a emplear la fuerza para impedirlo. Establecieron tribunales religiosos y, por medio de ellos, comenzaron a infligir castigos severos, despiadados y terribles a los líderes y abanderados de este movimiento. Pero este movimiento era fruto de una conciencia y una mentalidad irresistibles; por eso, en lugar de debilitarse a causa de la opresión y la persecución, cobró aún más fuerza.

Hasta que, finalmente, la corriente desbordante del libre pensamiento acabó por completo con la autoridad religiosa.

Al principio, esta lucha se limitaba a los pioneros del pensamiento libre y los sacerdotes. Pero, puesto que los sacerdotes luchaban contra los pensadores independientes en nombre de la religión, muy pronto se convirtió en un conflicto entre el cristianismo y los partidarios del pensamiento libre. Después, la religión en sí misma —fuera cual fuera— fue presentada como la rival de este movimiento. Se declaró que el pensamiento basado en el método científico era completamente opuesto al método de pensamiento religioso. Se hizo obligatorio que quien reflexionara científicamente sobre los fenómenos de la naturaleza abandonara las doctrinas religiosas y siguiera su propio camino. La base del pensamiento religioso sobre la naturaleza consiste en declarar que una fuerza superior a este universo es la causa de todos los signos y fenómenos del mundo natural. Puesto que esta era la doctrina de los enemigos del movimiento científico moderno, los dirigentes de este nuevo movimiento consideraron inevitable descubrir los misterios de la naturaleza sin la idea de Dios o de cualquier entidad sobrenatural, y calificar de anticientífico todo método que examinara los fenómenos naturales teniendo en cuenta la existencia de Dios. Así nació entre los científicos y filósofos de la modernidad un intenso odio contra Dios, el alma, el espiritualismo y lo sobrenatural. Sin embargo, esto no fue en absoluto el resultado natural de la razón y el racionalismo, sino únicamente el fruto de un exceso de pasión. No odiaban a Dios porque su inexistencia o ausencia hubiera sido demostrada mediante pruebas y evidencias; más bien, les irritaba porque era el Señor —el objeto de adoración— de ellos y de sus enemigos del pensamiento libre. Durante los cinco siglos siguientes, esta pasión irracional fue la fuerza activa en la base de todo lo que hicieron su razón, su intelecto y su pensamiento, así como su movimiento científico.

Cuando la filosofía y la ciencia occidentales dieron sus primeros pasos por el camino propiamente dicho, su objetivo estaba orientado exactamente en la dirección opuesta a la creencia en Dios. Sin embargo, al estar rodeado por un ambiente religioso, al principio el naturalismo avanzaba junto con la creencia en Dios. Pero cuanto más avanzaba hacia su objetivo, más se consolidaba la primacía del naturalismo sobre la creencia en Dios. Incluso la idea de la existencia de Dios y la de todo lo sobrenatural relacionado con Él desaparecieron por completo de los filósofos y científicos. Llegaron a un extremo tal que, para ellos, no quedó nada que existiera aparte de la materia y el movimiento. Declararon que la ciencia era partidaria del naturalismo. Toda la comunidad de científicos y filósofos acabó creyendo en la doctrina de que aquello que no puede medirse ni pesarse no existe.

La historia de la filosofía y la ciencia occidentales da testimonio de ello. Descartes (fallecido en 1650), conocido como el padre de la filosofía occidental, por un lado creía profundamente en la existencia de Dios y, por otro, reconocía la existencia independiente del alma junto con la de la materia. Al mismo tiempo, fue él quien inició el método del análisis mecánico de los fenómenos de la naturaleza. Y no solo eso: el método de pensamiento que introdujo se convirtió posteriormente en materialismo puro. Hobbes (fallecido en 1679) avanzó un paso más y se opuso abiertamente a lo sobrenatural. Declaró que la naturaleza y cada uno de sus objetos eran susceptibles de análisis mecánico, y negó la posibilidad de cualquier fuerza espiritual o incorpórea que influyera en este mundo material; pero, al mismo tiempo, creía en la existencia de Dios. La razón era que, desde el punto de vista intelectual, era necesario reconocer una fuerza causal semejante. En esa época apareció Spinoza (fallecido en 1677), el mayor pionero del racionalismo del siglo XVII. No dejó ninguna diferencia entre la materia, el alma y Dios. Fusionó a Dios y la naturaleza en una entidad inseparable y negó el poder supremo de Dios. Sus sucesores, Leibniz (fallecido en 1716) y Locke (fallecido en 1704), creían en la existencia de Dios. Sin embargo, la inclinación mental de ambos se dirigía hacia el naturalismo.

Así se observa que en la filosofía del siglo XVII la creencia en Dios y el naturalismo avanzaban uno junto al otro. Del mismo modo, hasta el siglo XVII la ciencia tampoco se había convertido completamente en materialismo. Ninguno de los pioneros de la ciencia —Copérnico, Kepler, Galileo, Newton y otros— era incrédulo respecto a la existencia de Dios. Pero, al descubrir los misterios de la naturaleza, querían prescindir de la doctrina divina y buscar las fuerzas y leyes que gobiernan este sistema. En realidad, ese abandono de la doctrina divina era como la semilla del ateísmo y el naturalismo. Más tarde, esa misma semilla se desarrolló hasta convertirse en el árbol del pensamiento libre. Sin embargo, los científicos del siglo XVII no eran conscientes de ello. No pudieron trazar una línea de separación entre el naturalismo y la creencia en Dios; más bien, pensaban que ambas doctrinas podían avanzar lado a lado.

Sin embargo, al llegar el siglo XVIII se hizo evidente que un método de pensamiento que, ignorando la existencia de Dios, investigara los misterios de la naturaleza y sus leyes no podía dejar de desembocar en el materialismo, la irreligión y el mecanicismo. En este siglo aparecieron John Toland, David Hartley, Joseph Priestley, Voltaire, La Mettrie, Holbach, Cabanis, Denis Diderot, Montesquieu, Rousseau y varios otros filósofos y científicos librepensadores de este tipo. O bien negaron abiertamente la existencia de Dios, o bien, aunque la reconocieran, no le concedieron, en cuanto a dignidad, mayor importancia que a un monarca constitucional. Es decir, el Dios que reconocían puso una vez en movimiento el universo y luego se retiró de él. Ya no desempeña ningún papel en la dirección de este sistema. Los filósofos y científicos de esta clase no reconocían la existencia de nada aparte de la naturaleza, el mundo material y el movimiento. Según ellos, solo es verdadero aquello que está al alcance de la observación y la experiencia. Hume apoyó firmemente este método de pensamiento mediante su empirismo y su escepticismo. Incluso para la validez de las cuestiones racionalmente demostrables, declaró que la experiencia era el criterio definitivo. Berkeley, por supuesto, se esforzó denodadamente por frenar el creciente torrente del materialismo. Pero, al final, tampoco logró detenerlo. Después, Hegel intentó introducir el idealismo en lugar del materialismo. Sin embargo, nadie aceptó el ideal sutil frente a la materia tangible. Kant ideó una vía intermedia. Dijo: «La existencia de Dios, la permanencia del alma, la libertad de la voluntad, etc., no son cosas comprensibles para nosotros; por tanto, no es posible regirse por ellas; sin embargo, se puede tener fe en ellas, porque nuestro sentido práctico del juicio exige precisamente que tengamos fe en ellas». Esta fue la última tentativa de crear un compromiso entre la creencia en Dios y el naturalismo. Pero también esta tentativa terminó en fracaso. Pues, después de que los errores de la razón y del pensamiento declararan que la existencia de Dios era una mera invención o, a lo sumo, la de un ser pasivo e impotente, aceptarlo, temerlo y buscar su complacencia únicamente para proteger la moralidad era un asunto completamente irracional.

En el siglo XIX, el materialismo alcanzó la cumbre de su desarrollo. Vogt, Büchner, Jolly, Comte, Moleschott y otros científicos y filósofos negaron la existencia de todo cuanto no fuera la materia y sus propiedades. Mill introdujo el empirismo en la filosofía y el utilitarismo en la ética. Después, Spencer propagó con gran firmeza el evolucionismo filosófico, la idea de la creación natural del universo y la noción de la aparición espontánea de la vida. Además, los descubrimientos de la biología, la anatomía, la geología y la zoología, el máximo desarrollo de las ciencias innovadoras y aplicadas, y la abundancia de bienes materiales arraigaron profundamente en la mente de la gente la idea de que el universo había surgido por sí mismo; que nadie lo había creado; que se regía por sí solo conforme a leyes fijas; que no tenía un conductor determinado; que atravesaba por sí mismo las etapas de evolución y perfeccionamiento; y que ninguna entidad sobrenatural ejercía influencia sobre esta máquina automática. La vida no se infunde en la materia inerte por mandato de alguien; más bien, la vida surge cuando la materia continúa evolucionando según su propio curso. La evolución, la voluntad, la sensibilidad, la conciencia, la inteligencia y demás son características cualitativas de esa materia evolucionada. El ser humano y los animales no son más que máquinas; se rigen por las leyes naturales. Realizan el tipo de acciones correspondiente a la forma en que están dispuestos sus mecanismos. No existe en ellos ninguna potestad de elección ni «libre albedrío». Cuando se desvían de sus normas y su fuerza vital se agota, sobreviene la muerte. Esta muerte no es más que otro nombre para la desaparición natural. En otras palabras, cuando la máquina se ha roto y deteriorado, también desaparecen sus cualidades y características. Ya no existe ninguna posibilidad de resurrección o de volver a la vida.

El evolucionismo de Darwin desempeñó el papel más importante en la consolidación de este naturalismo y materialismo y en su establecimiento como una doctrina autorizada y sistemática. Su libro titulado «El origen de las especies» (Origin of Species) se publicó por primera vez en el año 1589 de la era cristiana. Fue considerado una obra que provocó una enorme conmoción en el mundo científico. La línea argumental expuesta en este libro era, para los científicos del siglo XIX, el mejor método de razonamiento. A partir de ella, quedó respaldada con mayor fuerza la doctrina de que todas las actividades del universo podían desarrollarse sin la existencia de Dios. Para los fenómenos y manifestaciones de la naturaleza no hacía falta ninguna causa operante aparte de sus propias leyes. El desarrollo y la evolución de todos los seres, desde los niveles ínfimos de la vida hasta las etapas superiores, no eran más que el resultado de la acción sucesiva de una naturaleza carente de razón y discernimiento. Ningún ser sabio y prudente había creado al ser humano ni a los demás animales; más bien, aquella máquina de materia viva que un día se desplazaba en forma de gusano terminó manifestándose como un ser humano dotado de voluntad, sensibilidad y capacidad de comprensión, mediante la lucha por la existencia, la supervivencia del más apto y la selección natural.

De esta filosofía nació la cultura y la civilización occidentales. En ellas no hay lugar para el temor a un Dios sabio y poderoso, ni importancia alguna para la profecía, la revelación (wahy) o la inspiración. En su seno no hay cabida para la idea de otra vida después de la muerte, el pensamiento de rendir cuentas por las obras realizadas en esta vida, la cuestión de la responsabilidad individual del ser humano, ni la posibilidad de metas y propósitos superiores al objetivo biológico de la vida. Esta es una civilización puramente materialista. Toda su estructura está libre de las ideas del temor de Dios, la sencillez, la veracidad, el afán de buscar la verdad, la rectitud moral, el sentido de la responsabilidad, la fidelidad, las buenas obras, el pudor, la piedad y la pureza. Por el contrario, la civilización islámica se fundamenta precisamente en todas esas ideas. En suma, toda la ideología occidental es completamente opuesta a la ideología islámica. Su camino es enteramente contrario al camino seguido por el islam. Esta civilización quiere arrancar de raíz aquello sobre lo que el islam establece las bases de la conducta humana y de la civilización. Y las bases sobre las que esta civilización quiere erigir el carácter individual y el sistema social del ser humano son aquellas sobre las que el edificio del islam no puede mantenerse ni siquiera por un instante. En pocas palabras, el islam y la civilización occidental son como dos jóvenes que avanzan hacia objetivos opuestos. Quien monte en una de ellas tendrá necesariamente que abandonar la otra. Y quien monte en ambas al mismo tiempo quedará dividido en dos.

Por desgracia, en el mismo siglo en que esta nueva civilización llegó al extremo de su materialismo, su irreligiosidad y su ateísmo, todo el mundo musulmán, desde Marruecos hasta el Lejano Oriente, quedó atrapado en el pulpo del poder político y la supremacía administrativa de las naciones occidentales. Como consecuencia, la espada y la pluma de Occidente atacaron simultáneamente a los musulmanes. Para quienes tenían la mente sometida y atemorizada por la supremacía política de las potencias occidentales, resultó difícil protegerse del esplendor de la filosofía y la ciencia occidentales, así como de la cultura y civilización creadas por ellas. En particular, la situación de las regiones musulmanas que habían quedado directamente bajo el dominio de algún imperio occidental era aún más precaria. Se vieron obligadas a adquirir conocimientos occidentales para proteger sus intereses mundanos; y como esa adquisición de conocimientos no era un mero aprendizaje, sino «sentarse de rodillas ante los maestros occidentales con una mentalidad derrotada», las nuevas generaciones de musulmanes quedaron profundamente influenciadas por el pensamiento occidental y las teorías científicas. Su visión del mundo y su mentalidad comenzaron a formarse según el molde occidental, y sus corazones y mentes aceptaron la sumisión a la civilización occidental. ¡No llegaron a desarrollar el discernimiento ni el espíritu inquisitivo necesarios para distinguir lo bueno de lo malo y aceptar únicamente lo genuinamente bueno! Tampoco llegaron a adquirir la capacidad de pensar independientemente y tomar decisiones mediante su propio juicio y razón. Por eso vemos hoy que los cimientos mismos de la civilización y la cultura islámicas se han vuelto inestables. La estructura mental necesaria para pensar conforme al método islámico ha quedado trastornada. En realidad, la configuración mental de quienes piensan al modo occidental y confían en los principios de la civilización occidental es de una naturaleza extraña. Esa mentalidad no puede armonizar de ningún modo con los principios del islam. Y cuando los principios mismos no armonizan, no resulta en absoluto extraño que surjan diversas dudas y nuevas incertidumbres sobre cuestiones secundarias y detalles menores.

Es indudable que la mayoría de los musulmanes todavía tiene fe en la civilización del islam y desea vivir como musulmana. Sin embargo, debido a la influencia del pensamiento y la civilización occidentales, sus mentes y corazones se están alejando gradualmente del islam, y este alejamiento aumenta día a día. Incluso dejando de lado la supremacía y la dominación políticas, la influencia y el prestigio del conocimiento, la ciencia y el intelecto occidentales han cubierto las mentes de todos en el mundo entero. Como resultado, la perspectiva de la gente ha cambiado, y se ha vuelto difícil para cualquiera ver las cosas desde una perspectiva musulmana y pensar conforme al enfoque islámico. Por eso, mientras no surjan entre los musulmanes pensadores independientes, esta situación de sumisión no llegará a su fin. En realidad, hoy se ha vuelto necesaria una renovación del islam. El acervo de conocimientos conservado por los antiguos pensadores e investigadores islámicos no puede resultar fructífero en la actualidad, porque el mundo ha avanzado mucho. No es posible hacer retroceder hoy al mundo a las etapas que había superado hace seiscientos años. Quien pueda impulsar hoy al mundo hacia adelante será precisamente capaz de ejercer el liderazgo en el ámbito del conocimiento y la acción.

Por tanto, si hoy el islam ha de volver a ocupar el puesto de liderazgo del mundo, el único medio consiste en que surjan en la sociedad musulmana pensadores e investigadores capaces de derribar, mediante el pensamiento, la investigación y la práctica de la indagación, toda la estructura fundamental de la civilización occidental. Mediante el método de pensamiento e investigación indicado por el Corán, observarán los signos de la naturaleza e investigarán sus misterios, para construir los fundamentos de una nueva filosofía sobre la base del pensamiento islámico puro. Sobre el esquema trazado por el Corán levantarán el edificio de una nueva ciencia natural. Rechazando las doctrinas alejadas de Dios, establecerán las bases del pensamiento y la investigación sobre la doctrina divina. Sobre todo, construirán el edificio de este pensamiento y esta investigación modernos con tal solidez que cubrirá el mundo entero, y en todas partes la civilización del islam, basada en la verdad y la justicia, resplandecerá en lugar de la civilización materialista de Occidente.

El resumen de todo lo expuesto puede presentarse mediante una comparación de la siguiente manera: el mundo es como un tren. Lo impulsa el motor del pensamiento, la investigación y la indagación. Y los pensadores e investigadores son los conductores de ese motor. Ellos conducen este tren en una dirección, y hacia esa misma dirección se precipita. Quienes viajan en el tren, lo quieran o no, están obligados a seguir su marcha. Si algún pasajero no desea ir en la dirección que lleva el tren, sentado en el vagón en movimiento no puede hacer otra cosa que girar su asiento de un lado a otro. Pero girar el asiento no cambia la dirección de su marcha; para hacerlo, debe apoderarse del motor del tren y desviar su marcha hacia el rumbo que desea. Solo así puede cambiarse la dirección del movimiento.

Actualmente, quienes tienen este motor bajo su control están todos alejados de Alá y son también profundamente ignorantes del pensamiento islámico. Por eso el tren, llevando consigo a sus pasajeros, corre velozmente por el camino de la apostasía y el materialismo. Como consecuencia, todos los pasajeros se alejan cada vez más del destino del islam. Por tanto, para cambiar esta dirección del tren, hay que empezar desde hoy a intentar apoderarse del motor. Mientras esto no se logre, la marcha del tren no podrá cambiarse de ningún modo; al contrario, pese a todas nuestras objeciones, molestias y gritos, el tren continuará por el camino señalado por los conductores rebeldes contra Alá. (Tarjumān al-Qur’ān: septiembre de 1934)

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La decadencia de la civilización islámica en el subcontinente

Al examinar la historia, se observa que la mayoría de los países del mundo musulmán actual fueron conquistados gracias a los esfuerzos de los muyahidines de la época dorada. Quienes conquistaron estos países no abandonaron sus hogares arriesgando la vida por la obsesión de expandir sus reinos o acumular riquezas, sino con el propósito de enaltecer la palabra de Alá sobre la faz de la tierra. En lugar de estar embriagados por el apego a los placeres mundanos, estaban absortos en el anhelo de la felicidad del más allá. Por eso no se limitaron a convertir a los conquistados en sus súbditos y tributarios, sino que también tomaron medidas para teñirlos con el color del islam. Incorporaron a toda su población, o a la mayoría de ella, a la comunidad islámica. Además, mediante el cultivo del conocimiento y el esfuerzo activo, arraigaron de tal manera en ellos el pensamiento y la civilización islámicos que, con el tiempo, se convirtieron ellos mismos en abanderados de la cultura y la civilización islámicas y en maestros de las ciencias y el saber islámicos. Los demás países fueron conquistados mucho después de la época dorada. Para entonces, el espíritu vital islámico se había debilitado, y en el corazón de los conquistadores el deseo de expandir el reino se había vuelto mucho más fuerte que la yihad sincera por el camino de Alá. A pesar de ello, la difusión y el establecimiento del islam tuvieron un éxito considerable en esos países. Incluso allí el islam alcanzó la dignidad de una civilización y cultura nacional exclusiva.

Por desgracia, el caso de este subcontinente es completamente distinto del de los dos grupos de países mencionados. Durante la época dorada, solo una parte muy pequeña de este país fue conquistada. Y aun en esa pequeña parte, la escasa influencia que habían ejercido la enseñanza y la civilización islámicas quedó borrada por la oleada de la llamada ma‘rifat. Después comenzó aquí la verdadera sucesión de las campañas de conquista musulmanas. Pero para entonces los conquistadores ya no poseían las características y cualidades de los musulmanes de la época dorada. En lugar de difundir el islam aquí, emplearon todas sus fuerzas en expandir sus reinos. Exigieron a la gente obediencia y tributos a ellos mismos, en vez de obediencia a Alá y al Mensajero. Como consecuencia inevitable, incluso después de gobernar el país durante varios siglos, la mayoría de los habitantes del subcontinente siguió siendo no musulmana, y la cultura y la civilización islámicas no pudieron arraigarse aquí. Además, tampoco se estableció ningún sistema especial de educación y formación islámicas para los habitantes de esta región que aceptaron el islam. Como resultado, entre los nuevos musulmanes permanecieron, en mayor o menor medida, las antiguas ideas, creencias religiosas y costumbres hindúes. Incluso los propios antiguos musulmanes foráneos, debido a su trato con los habitantes de este país, comenzaron a mostrar indulgencia hacia la política politeísta y a seguir numerosas prácticas de la ignorancia.

Al examinar la historia de la India musulmana y su situación actual, se hace evidente que, incluso cuando el poder estatal de los musulmanes estaba plenamente establecido en este país, la influencia del islam era sumamente débil. El entorno de aquí no era verdaderamente islámico. Ciertamente, la religión y la civilización de los hindúes también estaban extremadamente debilitadas. Además, como religión y civilización de una nación vencida y sometida, se habían vuelto aún más apagadas. Sin embargo, al permanecer invictas en el entorno de tolerancia y negligencia de los gobernantes musulmanes, y puesto que los musulmanes no recibieron una educación y formación islámicas completas, una gran parte de los musulmanes de esta región no pudo alcanzar, en cuanto a su fe religiosa y a su cultura y civilización, el grado de madurez y plenitud que habría podido alcanzar en un entorno puramente islámico.

Finalmente, en el siglo XVIII de la era cristiana, incluso el poder estatal —el mayor sostén de la civilización islámica en la India— pasó de las manos de los musulmanes. Primero, el imperio musulmán se fragmentó y se dividió en pequeños Estados. Después, una tras otra, las oleadas de marathas, sikhs e ingleses llegaron y borraron la existencia de la mayoría de esos Estados. Luego, naturalmente, el poder estatal de este país pasó a manos de los ingleses. En un país gobernado por los musulmanes durante varios siglos, en apenas cien años fueron expulsados de todo el territorio, vencidos y sometidos. Y las fuerzas gracias a las cuales se había mantenido cierta cultura y civilización islámica en la India comenzaron a escapar de las manos de los musulmanes en cuanto los ingleses expandieron su dominio. Sustituyeron el persa y el árabe por el inglés como medio de instrucción. Al mismo tiempo, abolieron el sistema jurídico islámico, disolvieron los tribunales de la sharía e introdujeron sus propias leyes en los asuntos civiles y penales. Incluso limitaron la aplicación de la ley islámica, aun para los propios musulmanes, únicamente a asuntos como el matrimonio y el divorcio, y encomendaron esta limitada competencia, en lugar de a los cadíes, a los tribunales civiles ordinarios. Como los jueces de esos tribunales eran generalmente no musulmanes, el llamado «Muhammadan Law» comenzó a deformarse cada vez más en sus manos. Además, desde el principio la política de los gobernantes ingleses fue que, mediante la privación económica y la opresión, debían eliminar el orgullo y el sentido de dignidad que, como nación gobernante, habían sido cultivados y fortalecidos durante siglos en el corazón de los musulmanes. Así, en el plazo de un siglo lograron convertir a esta nación en pobre, ignorante, mezquina, carente de carácter, humillada y deshonrada.

El golpe final contra esta nación en decadencia llegó durante los disturbios de 1857. Aquel golpe no solo puso fin al poder político de los musulmanes, sino que también quebró por completo su moral. Una noche de desesperanza y complejo de inferioridad descendió sobre sus corazones. Quedaron tan fascinados por la ostentación del poder gobernante inglés que no quedó en ellos ni el menor rastro de conciencia nacional. Incluso, al llegar al extremo de la humillación y la deshonra, se vieron obligados a pensar que el medio para alcanzar la paz y la seguridad era obedecer a los ingleses; que la manera de obtener honor y dignidad era servir a los ingleses; y que el camino hacia el progreso y el desarrollo era seguir e imitar a los ingleses: que no había ningún otro medio. Por el contrario, todos los recursos de conocimiento, ciencia, cultura y civilización propios que poseían eran considerados la principal causa de su pobreza y degradación.

Cuando, en la segunda mitad del siglo XIX, los musulmanes intentaron volver a levantarse, padecían dos tipos de debilidad. La primera era que, ya desde antes, no habían alcanzado madurez en sus convicciones, cultura y civilización islámicas, ni en el pensamiento ni en la acción. Además, un entorno no islámico los rodeaba, con sus concepciones y su civilización de la época de la ignorancia. La segunda era que la esclavitud, con todos sus defectos y males, no solo se había impuesto sobre sus cuerpos, sino también sobre sus corazones y almas. Como consecuencia, quedaron privados de las fuerzas mediante las cuales una nación puede preservar su cultura y su civilización.

En medio de estas dos debilidades, los musulmanes abrieron los ojos y vieron que los gobernantes ingleses habían cerrado con gran astucia todas las puertas del progreso económico para ellos y habían dejado la llave dentro de las escuelas y colegios ingleses. Ahora no les quedaba a los musulmanes otra salida que recibir una educación inglesa. Por ello se desarrolló un poderoso movimiento bajo el liderazgo de Sir Sayyid Ahmad. Bajo su influencia, surgió entre los musulmanes de todo el subcontinente la conciencia de la necesidad de la educación inglesa. La oposición de los tradicionalistas en este asunto resultó completamente inútil. Pues quienes controlaban la verdadera fuerza de la nación en cuanto a riqueza, honor, prestigio e influencia acogieron con beneplácito este nuevo movimiento y acudieron a apoyarlo directamente. Como resultado, los musulmanes de la India avanzaron con gran rapidez hacia la educación inglesa. La parte inútil e inepta de la nación fue dejada para las antiguas madrasas religiosas, a fin de que pudiera desempeñar las funciones de imán en las mezquitas y de maestro en las escuelas coránicas y madrasas. En cambio, los mejores niños de las clases acomodadas y desahogadas fueron enviados a escuelas y colegios ingleses, para que las impresiones del conocimiento, la ciencia y las artes de los extranjeros quedaran grabadas en sus mentes y corazones aún puros.

Esta era la situación en el último cuarto del siglo XIX. En Europa, el materialismo había alcanzado entonces su máximo desarrollo. Ya en el siglo XVIII, la ciencia había derrotado por completo a la religión. Bajo el liderazgo de la filosofía moderna y la nueva ciencia, todas las antiguas doctrinas de la política, la economía, las ciencias sociales y la ética fueron rechazadas y se establecieron nuevas doctrinas. En suma, sobre la base de estas doctrinas modernas nació en Europa un tipo particular de cultura y civilización. Esta gran revolución expulsó de las actividades prácticas de la vida a la religión y a las normas que ella prescribía; sin embargo, en el mundo del pensamiento y la imaginación aún quedaba cierta influencia de las convicciones religiosas. Por eso comenzó entonces una intensa lucha contra ella. Aunque ninguna rama del conocimiento y la ciencia había podido presentar una sola prueba —que pudiera llamarse realmente prueba— contra la concepción divina del universo, los científicos, sin argumento ni prueba de ninguna clase y movidos únicamente por la emoción, continuaron mostrando desagrado hacia Dios y hostilidad hacia la concepción divina. Y como en aquel momento ellos ocupaban el puesto de liderazgo mundial en el ámbito del conocimiento, la ciencia y la intelectualidad, bajo su influencia la enfermedad de la aversión a Dios (Theophobia) se extendió como una vasta epidemia. Así, se puso de moda negar la existencia de Dios; considerar el universo como algo creado de manera natural y regido por las leyes de la naturaleza; calificar la devoción a Dios de superstición; llamar inútil a la religión y considerar la religiosidad sinónimo de estrechez y ceguera; y tener el naturalismo por sinónimo de amplitud de miras y visión clara. Incluso una persona sin el menor conocimiento de filosofía y ciencia, que no hubiera hecho ni el mínimo esfuerzo por investigar y buscar información sobre estas complejas cuestiones, proclamaba tales doctrinas únicamente por aspirar a ser considerada una persona ilustrada en la sociedad. Como consecuencia, en aquellos días decir o escribir algo en defensa del espiritualismo o del sobrenaturalismo era un delito semejante a la incredulidad. Incluso si un científico famoso expresaba una opinión de ese tipo, perdía todo prestigio entre los científicos, todos sus méritos se desvanecían por completo y quedaba incapacitado para ocupar un lugar en los círculos eruditos.

En 1859 se publicó la famosa obra de Darwin, «El origen de las especies» (Origin of Species). Esta obra sirvió para echar aceite al fuego del naturalismo y el ateísmo. Por supuesto, las pruebas y evidencias que Darwin presentó en favor de la teoría de la evolución que había formulado eran sumamente débiles y estaban sujetas a demostración. En su cadena evolutiva imaginaria no faltaba solamente un nivel, sino que también estaban ausentes muchos niveles delante y detrás de cada nivel existente. Por ello, los científicos no pudieron entonces tener certeza respecto de esta teoría. Incluso Huxley (Huxley), su mayor defensor, tampoco pudo creer en ella. A pesar de todo, el darwinismo fue aceptado únicamente por hostilidad hacia Dios. No solo eso, sino que se emprendió una campaña excesiva en su favor y se lo utilizó como una enorme arma contra la religión. Esto se debió a que esta teoría había demostrado una gran afirmación de las ideas erróneas de los científicos (aunque la afirmación fundamental del darwinismo también estaba sujeta a demostración): que toda la naturaleza del universo se rige por leyes naturales ordinarias, sin la ayuda de ninguna fuerza sobrenatural. Los religiosos se opusieron encarnizadamente a esta teoría. En la reunión de la Asociación Británica, los obispos de Oxford y de Gladstone pronunciaron discursos contra ella empleando todas sus fuerzas, pero aun así fueron derrotados. Finalmente, los religiosos europeos fueron tan vencidos ante el ateísmo científico que, cuando Darwin murió en 1882, la Iglesia de Inglaterra le concedió el máximo honor; es decir, se le permitió ser enterrado en la abadía de Westminster. Y, sin embargo, él era el principal entre los sepultureros de la religión en Europa. Fue él quien desempeñó el papel principal en conducir el pensamiento por el camino del materialismo, el ateísmo y la irreligión. La mentalidad que él fundó dio a lugar en Europa al desarrollo y crecimiento del bolchevismo y el fascismo.

Fue precisamente en ese período cuando se envió a nuestra juventud a las escuelas y universidades inglesas para que recibiera los beneficios de la educación inglesa y la cultura extranjera. Ya carecía de formación islámica y era inmadura en la cultura islámica. Por otro lado, había sido derrotada ante el poder del dominio inglés y estaba deslumbrada por el esplendor de la civilización extranjera. Como resultado, en cuanto entró en las escuelas inglesas, su estructura mental cambió. Sus inclinaciones se apartaron de la religión. En efecto, el primer efecto de aquel ambiente consistía en aceptar sin discusión cualquier nombre de escritor o investigador europeo que se mencionara, mientras que, si se decía algo de parte del Corán, el hadiz o los sabios islámicos, se exigían pruebas en su respaldo. Con esta mentalidad transformada, estudiaron el conocimiento y las ciencias occidentales, cuyos principios y la mayoría de sus ramas eran contrarios a los principios y ramas del islam.

En el islam, el concepto de religión es que constituye el sistema de vida del ser humano. En cambio, para Occidente la religión es meramente una creencia personal, sin ninguna relación con la vida real. En el islam, lo primero es la fe en Allah, mientras que en Occidente ni siquiera se reconoce la existencia de Allah. Toda la cultura y civilización islámicas están fundadas en las convicciones relativas a la revelación y la misión profética. En Occidente, en cambio, existen dudas sobre la verdad de la revelación y reservas sobre la autenticidad de la misión profética. La creencia en la vida futura es la base de todo el sistema de vida y de conducta del islam, mientras que en Occidente se considera que esa base carece de fundamento. Los actos de culto y las prácticas que en el islam se consideran obligatorios no son, para Occidente, más que prácticas sin sentido de la época de la ignorancia. Así, toda la cultura y civilización islámicas son completamente diferentes de la cultura y civilización occidentales. En materia de leyes, el principio fundamental del islam es que Allah es el Legislador; el Mensajero es el intérprete de la ley, y el ser humano solo está obligado a obedecerla. En Occidente, en cambio, no se reconoce ningún derecho de Dios a legislar. Allí, el parlamento es el legislador y el pueblo es quien elige a los miembros del parlamento. En política estatal, el objetivo del islam es establecer el mandato divino, mientras que el objetivo de Occidente es el Estado nacional. El objetivo del islam es el internacionalismo, y el de Occidente es el nacionalismo. En economía, el islam da importancia a las ganancias lícitas, al pago del zakat y la sadaqa, y al rechazo de la usura; todo el sistema económico occidental, en cambio, funciona sobre la base de la usura y el lucro. En ética, el objetivo del islam es el éxito en la vida futura, mientras que el de Occidente es el bienestar mundano.

De igual manera, también en los asuntos sociales el camino del islam difiere del occidental en casi todos los aspectos. En cuestiones como el velo y la vestimenta, las relaciones entre hombres y mujeres, la poligamia, las leyes relativas al matrimonio y el divorcio, el control de la natalidad, los derechos de los padres, los derechos del marido y la esposa, y muchas otras de esta índole, las diferencias entre estas dos civilizaciones son tantas y tan evidentes que no hace falta exponerlas extensamente. La razón de esta diferencia es que los principios fundamentales de ambas civilizaciones son distintos. Cuando nuestra juventud, con una mentalidad derrotada y servil, y con una educación y formación islámicas incompletas, recibió la educación occidental y las ciencias occidentales, además de formarse bajo la influencia de la cultura occidental, el resultado fue inevitable. No desarrolló ninguna capacidad para distinguir entre lo bueno y lo malo. Aceptó todo cuanto aprendía de Occidente como criterio de verdad y pureza. Después, con un conocimiento incompleto y defectuoso, comenzó a evaluar los principios y las leyes del islam según ese criterio y, cuando encontraba una diferencia entre ambos en algún asunto, nunca pudo percibir el error de Occidente; por el contrario, consideró defectuoso al islam y estuvo dispuesta a corregir y modificar sus principios y leyes.

En resumen, por mucho beneficio que la educación moderna haya aportado a los musulmanes del subcontinente indio desde el punto de vista económico y político, el enorme daño que ha causado a su religión y civilización no puede ser compensado por ningún beneficio. (Tarjuman al-Qur’an: octubre de 1934)

3

Las naciones enfermas de la época moderna

Hoy todos, orientales y occidentales, musulmanes y no musulmanes por igual, se han visto envueltos en el mismo peligro. Este consiste en que una civilización y una cultura criadas en el regazo del materialismo puro se han impuesto sobre todos. Por eso, tanto la estructura del pensamiento como los métodos de acción de esta civilización se han levantado sobre cimientos erróneos. Su filosofía, ciencia, moral, vida social, política, leyes y demás elementos, cada uno de ellos, partió de un punto equivocado y alcanzó su desarrollo por un camino equivocado. Y actualmente ha llegado a tal punto que el límite final de su destrucción se encuentra muy próximo.

Esta civilización surgió entre personas que, en realidad, no poseían ninguna fuente clara y pura del conocimiento y la ciencia divinos. Ciertamente, allí existían líderes religiosos o sacerdotes; pero no poseían inteligencia, conocimiento científico ni ley divina. Aunque la doctrina religiosa distorsionada que tenían pretendía guiar a la humanidad por el camino recto en el pensamiento y la acción, era completamente incapaz de hacerlo. Más bien, solo podía obstaculizar el progreso y el desarrollo del conocimiento y la ciencia. Y, en la práctica, eso fue precisamente lo que hizo. Como consecuencia de este obstáculo, quienes anhelaban el progreso y el avance emprendieron un camino diferente, atacando la religión y la religiosidad. En ese camino no había otra guía que la experiencia, la observación, la conjetura y la investigación. Esta guía era totalmente poco fiable y, siendo ella misma una guía, dependía a su vez de otra guía y de la luz. Aun así, se convirtió en su principal apoyo. Con su ayuda realizaron grandes esfuerzos en el pensamiento, la investigación, la práctica y la reorganización de las instituciones. Sin embargo, en cada ámbito dieron inicio al error; como resultado, todo el curso de su progreso quedó orientado hacia un destino equivocado. Comenzaron su marcha desde el centro de la irreligiosidad y el materialismo. Consideraron la naturaleza universal de tal modo que no tenía Creador ni Gobernante (Dios). Contemplaron el universo y el mundo de los seres vivos de tal manera que solo eran verdaderos la observación y la percepción sensorial. No existía ninguna otra realidad detrás de este velo visible. Así, aunque mediante la experiencia y la conjetura lograron conocer y comprender las leyes naturales, no pudieron llegar hasta el Creador de la naturaleza.

De manera semejante, sometieron a su autoridad los bienes utilizables del mundo y los emplearon según sus necesidades. Pero sus mentes estaban completamente vacías de la idea de que, en realidad, no eran sus propietarios ni sus administradores, sino únicamente representantes del verdadero Propietario. Esta ignorancia e inconsciencia los dejaron ajenos a los conceptos fundamentales de responsabilidad y rendición de cuentas. Como consecuencia, toda su cultura y civilización se construyeron sobre bases erróneas. Abandonaron a Allah y se convirtieron en adoradores del «alma»; y el «alma», al ocupar el lugar de Allah, los arrojó a una grave fitna y a la perdición. La adoración de ese falso dios los arrastra hoy, en todos los ámbitos del pensamiento y la acción, por un camino funesto. Aunque las etapas de ese camino resulten sumamente aterradoras y deslumbrantes, su desenlace no es otro que la destrucción. Ese falso dios ha convertido la ciencia en un instrumento para destruir a la humanidad. Ha moldeado la moral según los patrones de la adoración del yo, el afán de ostentación, la desobediencia y el desenfreno. Ha impuesto el egoísmo y el satanismo sobre el sistema económico. Ha vertido el veneno de la adoración del yo, el amor al lujo y el egocentrismo en las venas y arterias de la vida social. Ha corrompido la política mediante el nacionalismo, el patriotismo, las diferencias de raza y tribu y el culto a la fuerza, convirtiéndola en una de las peores maldiciones para la humanidad. En suma, la semilla del árbol venenoso que el Renacimiento occidental plantó se convirtió, en apenas unos siglos, en un enorme árbol de la cultura y la civilización. Aunque el fruto de ese árbol es dulce, en realidad está envenenado; aunque su fruto parece bello y atractivo, en verdad está cubierto de espinas; y aunque sus ramas exhiben el esplendor de la primavera, el aire venenoso que emana de ellas continúa intoxicando interiormente a toda la humanidad.

Los occidentales que plantaron con sus propias manos este árbol venenoso hoy sienten aversión por él. Porque ese árbol ha creado tal confusión, complejidad y angustia en cada aspecto y ámbito de la vida que cualquiera de sus intentos provoca innumerables complicaciones. Cada rama que cortan vuelve a producir innumerables ramas espinosas. Por ejemplo, asestaron un golpe al capitalismo y, de inmediato, surgió el comunismo. Atacaron la democracia y, al instante, apareció la dictadura. Intentaron resolver los problemas sociales y, enseguida, surgieron el feminismo y el control de la natalidad. Procuraron aplicar la ley para remediar el desenfreno moral, y como consecuencia cobraron fuerza la violación de la ley y la tendencia a la delincuencia. En suma, de este árbol venenoso de la cultura y la civilización brota una corriente interminable de deformidad y desorden, y sus efectos se sienten en cada vena, arteria y centro nervioso de la vida occidental, de pies a cabeza, como el ardor y el dolor de una enorme llaga llena de sufrimiento y aflicción.

Hoy las naciones occidentales claman bajo el intenso dolor de esa llaga. Sus corazones y sus mentes están agitados. Sus almas se consumen por algún néctar de inmortalidad. Pero no saben dónde puede encontrarse ese néctar. La mayoría sigue sumida en el error de creer que la verdadera fuente del problema son únicamente las ramas de aquel árbol venenoso. Por eso han dedicado todo su tiempo y esfuerzo a cortar sus ramas. Sin embargo, todavía no comprenden que la deformación no está en las ramas, sino en la raíz misma del árbol. Y esperar que de una raíz maligna broten ramas buenas no es más que una insensatez.

Por otro lado, allí existe también un pequeño grupo que ha logrado comprender la maldad fundamental de las raíces del árbol de su propia civilización. Pero, puesto que durante varios siglos han sido criados bajo la sombra de ese árbol y sus huesos y su carne se han formado con sus frutos, sus mentes son incapaces de comprender que puedan extenderse ramas buenas desde una raíz distinta de la suya. Así, la situación de ambos grupos ha llegado a ser la misma. Buscan con extrema angustia algo que alivie su sufrimiento, pero no saben cuál es el objeto que anhelan ni dónde puede encontrarse.

En verdad, este es el momento apropiado para presentar a las naciones occidentales el ideal y la conducta práctica del Corán y de Muhammad (s. a. s.). Hoy hay que decirles: esto es aquello por lo que vuestro corazón y vuestra mente anhelan con fervor. Esto es el néctar por el que estáis sedientos como el pájaro chataka. Este es un árbol majestuoso, puro y santo, cuyas raíces, tronco y ramas son todos rectos. Sus flores son fragantes y están libres de espinas. Sus frutos son deliciosos y vivificantes. Su brisa es agradable y refresca el corazón y la mente. Aquí encontraréis el discernimiento de la razón práctica; hallaréis un punto central exacto para el pensamiento y la visión, y encontraréis el conocimiento adecuado para formar el mejor carácter humano. Aquí encontraréis una espiritualidad que no es para monjes ni ascetas apartados del mundo, sino la única fuente de paz espiritual y sosiego mental para quienes luchan en el campo de acción de este mundo. Aquí veréis un sistema elevado y firme de normas morales y legales, fundado en un conocimiento completo de la naturaleza humana, que nunca puede cambiar por el impulso de los instintos. Aquí encontraréis principios exactos para la cultura y la civilización, que eliminan las diferencias de clase ilegítimas y las divisiones artificiales entre razas, y organizan la sociedad humana sobre una base puramente racional. Esos principios crean un entorno poderoso y armonioso de igualdad, justicia, generosidad, caridad y buena conducta, en el que no queda lugar para que surjan entre individuos, clases y comunidades conflictos, enfrentamientos o luchas por sus intereses, derechos y necesidades; al contrario, todos pueden trabajar aquí con alegría y satisfacción, sobre la base de la cooperación mutua, por el bienestar individual y social. Por tanto, si queréis salvaros de la destrucción, borrad de vuestros corazones todo el odio contra el islam antes de que un golpe terrible haga pedazos vuestra cultura y civilización y la incluya entre las civilizaciones destruidas de la historia. Abandonad el odio que heredasteis de los fanáticos religiosos de vuestra Edad Media y al que todavía os aferráis, incluso después de haber roto con todas las cosas de aquella época oscura; informaos con espíritu abierto sobre las grandes enseñanzas del Corán y de Muhammad (s. a. s.) y aceptadlas.

La situación de las naciones musulmanas es algo diferente de la de las naciones occidentales. Su enfermedad es distinta y también lo es su causa. Pero su tratamiento es semejante al de los occidentales. Es decir, su remedio consiste en regresar al conocimiento y a la guía que Allah envió por medio de Su último Libro y de Su último Profeta.

La situación en la que el islam ha entrado en conflicto con la civilización occidental es completamente distinta de los conflictos anteriores entre el islam y otras civilizaciones. Cuando el islam chocó con las civilizaciones romana, persa, india y china, ejercía plena autoridad sobre las facultades intelectuales y activas de sus seguidores. En ellos actuaba una poderosa corriente de yihad e iytihad. Tanto espiritual como materialmente, habían alcanzado en el mundo la gloria de una nación victoriosa y habían sido investidos con la dignidad del liderazgo sobre todas las demás naciones. En aquel entonces, ninguna civilización del mundo podía enfrentarse a su cultura y civilización. Adondequiera que llegaban y ante cualquier nación que se presentaban, producían cambios revolucionarios en su pensamiento, sus ideas, sus ciencias, su carácter y su sistema social. Poseían mucha más fuerza para ejercer influencia que capacidad para recibir influencias externas. Sin duda, también adoptaron muchas cosas de otros; pero el carácter de su civilización era tan firme y poderoso que todo cuanto se incorporaba desde fuera se ajustaba por completo a su naturaleza, y ninguna influencia externa produjo la menor diferencia en su carácter. Por el contrario, la influencia que ejercieron sobre los demás resultó enteramente revolucionaria. Como consecuencia, algunas civilizaciones no musulmanas se disolvieron en el islam y perdieron su propia identidad. Y aquellas que poseían una vitalidad intensa también fueron tan profundamente influidas por el islam que sus principios fundamentales sufrieron muchos cambios. Pero esto ocurrió en aquellos tiempos en que la llama del ideal permanecía intacta e inextinguible en el interior de los musulmanes.

Los musulmanes gobernaron durante varios siglos con la pluma y la espada, hasta que finalmente quedaron agotados. Su fuerza vital yihadista se debilitó. Su capacidad de iytihad se apagó. El gran Libro que les había proporcionado la luz del conocimiento y la fuerza para actuar lo convirtieron en una simple reliquia sagrada y lo mantuvieron envuelto en un estuche. Abandonaron la práctica del gran líder cuyas normas habían dado a su cultura y civilización la forma de un ideal de vida intelectual y práctico completo. Como consecuencia, se detuvo el curso de su progreso y desarrollo. La corriente que fluía, al llegar de pronto a un valle inmóvil, quedó bloqueada y se convirtió en un pequeño lago. Los musulmanes fueron apartados del lugar del liderazgo y la autoridad. Se aflojaron los lazos de la hegemonía que sus ideas, sus ciencias, sus artes y civilización y su poder político habían ejercido sobre las demás naciones del mundo. Además, en Occidente surgió una civilización diferente para enfrentarse al islam. Los pueblos occidentales tomaron con sus propias manos la bandera de la yihad y el iytihad que los musulmanes habían arrojado lejos. Mientras los musulmanes permanecían cómodamente recostados, los occidentales avanzaban en el campo del conocimiento, la ciencia y la acción llevando aquella bandera abandonada. Incluso ocuparon el mismo lugar de liderazgo del que los musulmanes habían sido expulsados. Sus espadas conquistaron la mayor parte de las regiones del mundo. Sus ideas, sus doctrinas, sus ciencias, sus artes y los principios de su cultura y civilización se extendieron por todo el mundo. Su dominio sometió no solo los cuerpos de las personas, sino también sus corazones y sus mentes. Finalmente, al despertar de varios siglos de sueño, los musulmanes abrieron los ojos y descubrieron que el campo se les había escapado por completo de las manos y que otras personas habían llegado y se habían instalado en él. Ahora, todo cuanto existe en materia de conocimiento, ciencia, cultura y civilización, leyes y gobierno está en manos de aquellos; a los musulmanes no les queda nada. Solo poseen una lámpara de luz apagada.

Hoy el conflicto entre el islam y la civilización occidental se desarrolla de una manera nueva. Sin duda, la civilización occidental no es capaz de enfrentarse a la civilización islámica en ningún aspecto. Incluso si se produjera un conflicto con el islam, ninguna fuerza del mundo podría mantenerse en pie ante él. Pero la cuestión es: ¿dónde está el islam? Entre los musulmanes de hoy no existe ni rastro de la naturaleza, la disposición ni el carácter moral islámicos; tampoco existen el pensamiento islámico ni la inspiración para actuar. En sus mezquitas, madrasas y khanqahs no hay verdadera conciencia vital islámica. El islam no guarda ninguna relación con su vida real. Así como la ley islámica no se aplica en su vida personal, tampoco se aplica en su vida social. Ninguna rama de su civilización y cultura está organizada sobre la base de un sistema genuinamente islámico. En estas circunstancias, la rivalidad no se da entre el islam y la civilización occidental; más bien, se da entre una civilización viva, dinámica, ilustrada y activa, por un lado, y la civilización inmóvil, decadente y atrasada de los musulmanes, por otro. Y está ocurriendo precisamente lo que cabía esperar de una competencia tan desigual. Los musulmanes retroceden continuamente. Su civilización está siendo derrotada. Poco a poco se están disolviendo en la cultura occidental. El occidentalismo se apodera cada día más de sus mentes. Se está formando en ellos una estructura mental según el molde occidental. Su pensamiento y su capacidad de visión se están refinando desde la perspectiva de los principios occidentales. Cada aspecto de sus ideas, su moral, su economía, su vida social, su política, etc., está siendo teñido de occidentalismo. En la mente de las nuevas generaciones de musulmanes se está arraigando la idea de que las normas recibidas de Occidente constituyen la verdadera forma de vida. Por tanto, esta derrota es en realidad la derrota de los musulmanes, no la derrota del islam. Pero, por desgracia, se la considera una derrota del islam.

Este grave peligro no rodea únicamente a un país. No es una sola nación la que se enfrenta a esta crisis. Hoy todo el mundo musulmán atraviesa la etapa de esta terrible revolución. En realidad, desde el mismo momento en que esta revolución comenzaba, era deber de los ulemas asumir un papel consciente, comprender los principios y fundamentos de la civilización que se avecinaba, y recorrer los países occidentales para estudiar sus conocimientos científicos básicos. Debían haber asimilado, mediante la fuerza del iŷtihad, los descubrimientos científicos prácticos y los procedimientos reales sobre cuya base las naciones occidentales habían progresado, y haberlos aplicado adecuadamente a la educación y a la vida social de los musulmanes a la luz de los principios islámicos. De este modo, no solo se habrían compensado las pérdidas causadas por siglos de inactividad, sino que el vehículo del islam también habría podido avanzar de nuevo al ritmo de la época. Pero lo lamentable es que los propios ulemas, salvo algunas excepciones, se habían alejado entonces de la verdadera conciencia vital del islam. No poseían ni la fuerza del iŷtihad ni la capacidad de reflexión e investigación. Su inteligencia y su fuerza de acción también habían desaparecido. No tenían capacidad alguna para deducir de la guía ideal y práctica del Libro de Dios y del Mensajero de Dios los principios tradicionales y dinámicos del islam y aplicarlos a las condiciones cambiantes de la época. La enfermedad del taqlid ciego e inflexible de sus antepasados se había propagado por completo entre ellos. Como consecuencia, buscaban cada cosa en libros que no eran ningún Libro divino trascendente. En cada asunto dependían de personas que no poseían, como los profetas, una visión amplia y profunda, libre de las limitaciones del tiempo y del entorno. ¿Cómo podían, entonces, dirigir con éxito a los musulmanes en unas condiciones completamente transformadas? En aquel momento se había iniciado una transformación tan revolucionaria en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la actividad práctica, que solo Dios podía abarcarla con la mirada. Pero ningún ser humano común poseía una visión capaz de atravesar las capas acumuladas durante siglos y llegar hasta ella.

Es indudable que los ulemas hicieron grandes esfuerzos para enfrentarse a la nueva civilización y cultura. Pero no disponían de los medios, recursos ni instrumentos necesarios para esa confrontación. Porque la inmovilidad no puede enfrentarse al dinamismo. La marcha de la época no puede cambiarse mediante la lógica argumentativa. Frente a las armas nuevas, las herramientas inútiles y oxidadas no sirven de nada. Los métodos con los que los ulemas pretendían dirigir a la nación no ofrecían ninguna posibilidad de éxito. Una nación rodeada por la corriente desbordada de la civilización occidental, ¿cuánto tiempo podía negar la existencia de la inundación y mantenerse a salvo de su influencia con los ojos vendados y los sentidos inactivos? Una nación sobre la que la civilización y la cultura modernas se habían impuesto junto con el poder del Estado, derrotada y sometida, ¿cómo podía proteger su vida real de la influencia y el dominio de aquella civilización? En realidad, en tales circunstancias, finalmente ocurrió lo que tenía que ocurrir. Después de sufrir la derrota en el ámbito político, los musulmanes fueron también derrotados de manera lamentable en los campos del conocimiento, la ciencia y la civilización. Hoy podemos ver que, en todos los países del mundo musulmán, la ola del occidentalismo se extiende con la velocidad de una epidemia. Y, arrastradas por esa corriente desbordada, las nuevas generaciones de musulmanes se alejan cada vez más del centro del islam.

Lo desafortunado es que nuestros ulemas todavía no han comprendido sus errores. Aún hoy, en casi todos los países musulmanes, permanecen aferrados a la misma perspectiva que al principio los llevó a soportar la vergüenza del fracaso. Salvo algunas personalidades excepcionales, el estado general de los ulemas es que no hacen ningún esfuerzo por comprender la dirección y la naturaleza del movimiento de la época ni la nueva configuración de la mentalidad contemporánea. Están dispuestos a expresar todo el odio que quieran hacia aquello que aleja del islam a las nuevas generaciones de musulmanes; pero son incapaces de asumir el riesgo necesario para remediar ese veneno. A menudo son incapaces de resolver los complejos problemas científicos y prácticos que las circunstancias modernas han creado para los musulmanes. La razón es que esos problemas no pueden resolverse sin iŷtihād. Sin embargo, ellos mismos han declarado el iŷtihād haram para sí. En realidad, el método que nuestros ulemas emplean hoy para difundir las enseñanzas del islam y su sistema normativo, en lugar de familiarizar a las personas educadas de la época moderna con el islam, hace que terminen sintiendo aversión por él. Incluso, a veces, después de escuchar sus sermones y consejos o de leer sus escritos, uno se ve llevado espontáneamente a decir desde el fondo del corazón: «¡Que Dios no permita que estos disparates sin sentido lleguen a los oídos de ningún no musulmán ni de ningún musulmán descarriado!». En suma, nuestros ulemas han creado a su alrededor un ambiente de hace doscientos años. Piensan dentro de ese ambiente, viven en él y hablan conforme a él. No cabe duda de que, gracias a estos honorables hombres, aún se conservan las invaluables joyas del tesoro del saber islámico del mundo, y que gracias a sus esfuerzos la educación islámica ha alcanzado la difusión que tiene hoy. Pero la enorme brecha que han establecido entre ellos mismos y la época contemporánea es precisamente lo que obstaculiza cualquier relación entre el islam y el mundo moderno. Como consecuencia, quienes se orientan hacia la educación islámica dejan de ser aptos para cualquier actividad del mundo, mientras que quien desea estar capacitado para las tareas mundanas permanece completamente ajeno a la educación islámica. Por eso hoy existen en el mundo musulmán dos grupos totalmente opuestos. Un grupo es el abanderado del saber y la ciencia islámicos y de la civilización islámica, pero es incapaz de dirigir a los musulmanes en todos los ámbitos de la vida. El segundo grupo, ciertamente, ha puesto en marcha el vehículo del saber y la ciencia, las artes y la literatura y la política de los musulmanes, pero es completamente ignorante, ajeno e inconsciente de los principios y fundamentos del islam, de la esencia vital de la civilización islámica y del sistema social y las normas culturales del islam. En un rincón de sus corazones queda, es cierto, algo de luz de la fe; en todos los demás aspectos, no existe diferencia alguna entre ellos y los no musulmanes. Pero puesto que el saber, la ciencia y la capacidad práctica están en manos de este grupo, y son sus brazos los que poseen la fuerza para conducir el vehículo, por eso avanzan rápidamente por el camino del extravío y la perdición llevando consigo todo el vehículo de la comunidad musulmana. Ya no queda nadie capaz de apartarlos de ese camino y guiarlos por la senda recta.

Observo esta situación y puedo ver con mis propios ojos sus terribles consecuencias. Aunque no poseo el conocimiento, la inteligencia, la experiencia ni la capacidad necesarios para ejercer el liderazgo, ni tampoco la fuerza para reformar a una nación tan grande en un entorno tan deformado, Dios ha puesto un dolor en mi corazón. Ese dolor me ha obligado a convocar a esos dos grupos de musulmanes, con el poco conocimiento y discernimiento que Él me ha concedido hoy, a dirigir su atención hacia la fuente verdadera y auténtica de la educación y la cultura islámicas, y a continuar sus propios esfuerzos sin preocuparse por el éxito o el fracaso. Al contemplar la grandeza de la tarea y mi propia debilidad, este esfuerzo mío me parece insignificante incluso a mí mismo; pero el éxito y el fracaso, todo está en manos de Dios Todopoderoso. Mi tarea consiste únicamente en seguir esforzándome. Por eso quiero ampliar, en la medida de mis posibilidades, el alcance de mis esfuerzos.

(Tarŷumān al-Qurʾān: octubre de 1935)

4

La ley humana frente a la ley de Dios

En diciembre de 1933 se anunció oficialmente la derogación de la ley de prohibición del alcohol en Estados Unidos. Como resultado, después de casi catorce años, los habitantes del mundo civilizado volvieron a cruzar los límites de lo insípido y a entrar en el territorio del placer. En realidad, la investidura del señor Roosevelt como presidente de los Estados Unidos fue la declaración inicial de la victoria del placer sobre lo insípido. En abril de 1933, mediante una ley, se legalizaron las bebidas alcohólicas con un 3,2 por ciento de alcohol. Después, apenas transcurridos unos meses, fue derogada la Decimoctava Enmienda de la Constitución estadounidense. Conforme a dicha enmienda, se había prohibido dentro del territorio de Estados Unidos la compra y venta de bebidas alcohólicas, su importación y exportación, así como su fabricación clandestina.

En realidad, este fue el mayor intento de reforma moral y social mediante la ley. No se encuentra en la historia del mundo ningún ejemplo de un esfuerzo tan grande. Antes de la Decimoctava Enmienda, una organización llamada «Liga Antialcohólica» llevaba varios años intentando inculcar en la mente de los estadounidenses los perjuicios del alcohol mediante periódicos y revistas, discursos, declaraciones, folletos, dibujos, ilustraciones, linternas mágicas, películas y muchos otros medios. Para esta enorme campaña de propaganda, la organización hizo correr una verdadera inundación de dinero. Se calcula que, desde el inicio del movimiento hasta 1926, solo en propaganda se gastaron sesenta y cinco millones de dólares, y que el número total de páginas de los libros publicados contra el alcohol rondó los novecientos millones.

Además, se ha señalado que, durante los catorce años de aplicación de la ley de prohibición del alcohol, la carga total de gastos que tuvo que soportar la nación estadounidense ascendió aproximadamente a 650 millones de libras. Por otra parte, las estadísticas publicadas recientemente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre el período comprendido entre enero de 1920 y octubre de 1933 revelan que, en la aplicación de dicha ley, murieron en total doscientas personas, fueron encarceladas 534.335 personas, se impusieron multas por valor de 16 millones de libras y se confiscaron bienes por valor de 404 millones de libras.

Se había tolerado esta terrible pérdida de vidas y bienes con el propósito de informar a esa nación «civilizada» del siglo XX, cuyo sol del conocimiento había alcanzado el cénit, sobre los incalculables daños espirituales, morales y físicos emanados de la fuente de la perversidad. Sin embargo, los esfuerzos continuos realizados durante varios años antes y después de la prohibición —en los que también participó el poder gubernamental— fracasaron ante la determinación de la nación estadounidense respecto al consumo de alcohol y, finalmente, el «mayor intento de reforma de la historia mundial» resultó infructuoso.

La razón del fracaso de los esfuerzos por prohibir el alcohol y de la derogación de la ley prohibitiva no es en absoluto que los perjuicios del alcohol, contra los cuales se habían empleado propaganda y medidas legales, se hayan convertido ahora en beneficiosos, ni que algún descubrimiento científico haya demostrado que las ideas previamente anunciadas eran erróneas; por el contrario, sobre la base de una experiencia más amplia y abundante que antes, hoy se reconoce esta verdad: la prostitución, el adulterio, la homosexualidad, el robo, el juego, el asesinato y otros delitos morales semejantes son los parientes más cercanos de este centro del pecado. Además, desempeña un papel enorme en la destrucción de la moralidad, la salud, la economía y la vida social de las naciones occidentales. Aun así, el Gobierno estadounidense se vio obligado a retirar su ley y convertir lo haram en halal porque la inmensa mayoría de la nación estadounidense no estaba dispuesta, bajo ninguna circunstancia, a abandonar el alcohol. Por eso, la opinión pública estadounidense que había declarado haram el alcohol catorce años atrás volvió a movilizarse para convertirlo en halal.

Hasta donde sabemos, ni siquiera el más ferviente partidario de las bebidas alcohólicas ha podido negar hasta hoy los perjuicios de su consumo, ni los opositores a la ley prohibitiva han sido capaces de presentar una lista de las «bendiciones del alcohol» que pudiera considerarse siquiera mínimamente importante en comparación con sus daños. Cuando se presentó ante el Congreso estadounidense la Decimoctava Enmienda constitucional, respaldada por la opinión pública, ya se había examinado minuciosamente cada aspecto de la «sobriedad» y del «mar de placeres». Y teniendo en cuenta precisamente aquellos daños y perjuicios, el Congreso aprobó el proyecto de dicha enmienda. Cuarenta y seis estados apoyaron la enmienda, y la Cámara de Representantes y el Senado aprobaron la ley prohibitiva conforme a ella. Todo esto se realizó de acuerdo con la voluntad de la nación estadounidense, y mientras la cuestión de la prohibición se limitó a los documentos y a las conversaciones, toda la nación la apoyó con entusiasmo. Pero en cuanto la prohibición se aplicó en la práctica, el rostro de toda la nación estadounidense cambió. Tras pasar una sola noche sin vicio, la nación más civilizada, instruida, consciente, amante de la verdad y progresista del mundo se volvió completamente loca y, presa de la emoción de la separación, comenzó a hacer cosas que hicieron sospechar que aquella nación, como los amantes imaginarios de la poesía oriental, realmente acabaría golpeándose la cabeza hasta destrozársela.

Como consecuencia, al cerrar las tabernas autorizadas, se establecieron innumerables tabernas clandestinas por todo el país. En esos lugares se empleaban métodos de toda índole para beber alcohol y comprarlo y venderlo burlando la vigilancia de la ley. Si alguien revelaba a un amigo o ser querido la ubicación de esas tabernas clandestinas y sus señales secretas, se consideraba un favor especial. Antes, el Gobierno podía vigilar el número de tabernas con licencia, los tipos de alcohol que se utilizaban en ellas y la condición de quienes las frecuentaban. Pero estos centros del vicio estaban fuera del alcance del control gubernamental. Su número era varias veces mayor que el de las tabernas autorizadas existentes antes de la prohibición. Además, en esos lugares empezó a venderse alcohol de calidad inferior, extremadamente perjudicial para la salud. Como consecuencia, aumentó mucho la asistencia de niños y niñas de corta edad. Al observar sus terribles consecuencias, surgió una profunda preocupación en los círculos reflexivos de Estados Unidos. El precio del alcohol se elevó varias veces por encima del anterior. La venta de alcohol se convirtió en un negocio enormemente lucrativo. Por ello, millones de personas se dedicaron a este negocio. Por otro lado, además de las tabernas clandestinas, aparecieron innumerables vendedores ambulantes de alcohol. Estas tabernas móviles llegaban a escuelas y colegios, oficinas y tribunales, hoteles y restaurantes, centros de diversión e incluso a los hogares, vendiendo alcohol y captando nuevos clientes. Se calcula que, después de la prohibición, el número de vendedores de alcohol en Estados Unidos aumentó al menos diez veces respecto al período anterior. Además, este negocio rebasó los límites de las ciudades y se extendió hasta las zonas rurales. Se establecieron fábricas clandestinas para producir alcohol en los hogares. Antes de la prohibición, el número total de fábricas autorizadas de destilación de alcohol en Estados Unidos era de cuatrocientas. En los apenas siete años posteriores a la prohibición, fueron arrestados 79.437 propietarios de fábricas y confiscadas 93.831 tiendas de alcohol. A pesar de todo ello, el negocio del alcohol no disminuyó en lo más mínimo. En una declaración, un antiguo comisionado del Departamento de Prohibición afirmó: «Solo hemos logrado apresar una décima parte de todas las fábricas y tiendas».

De este modo, el consumo de alcohol en el país aumentó de manera anormal. Se calcula que, durante el período de la prohibición, el pueblo estadounidense llegó a consumir cada año 200 millones de galones de alcohol. Esta cantidad era muy superior a la consumida antes de la prohibición.

El alcohol consumido en una cantidad tan enorme era de calidad extremadamente inferior y perjudicial para la salud. La opinión de los médicos al respecto es la siguiente: «Sería más razonable llamar veneno a esta sustancia que llamarla alcohol. Pues en cuanto desciende por la garganta, comienza su efecto tóxico sobre el hígado y el cerebro. Esos dos órganos permanecen afectados por ella durante hasta dos días. Bajo sus efectos, la persona deja de estar en condiciones de pensar y actuar correctamente; por el contrario, su carácter y conducta se encaminan hacia la confusión, la indisciplina y la tendencia al delito».

Como consecuencia del consumo excesivo de este tipo de alcohol, la salud física de los estadounidenses quedó completamente destruida. A modo de ejemplo, las estadísticas de la ciudad de Nueva York muestran que, antes de la prohibición, en 1918, el número de personas enfermas por los efectos del alcohol era de 3.741 y el de fallecidos, de 252. En 1926, el número de enfermos había llegado a 11.000 y el de fallecidos, a 7.500. Además, es imposible calcular el número de quienes murieron o quedaron inválidos como consecuencia directa de los efectos del alcohol.

Del mismo modo, la delincuencia, especialmente la tendencia delictiva entre los adolescentes y los jóvenes, aumentó de forma anormal. En una declaración de jueces estadounidenses se afirmó: «Nunca antes en nuestra historia se había visto que se arrestara a un número tan elevado de adolescentes en estado de embriaguez». Después de que la tendencia delictiva aumentara excesivamente entre los adolescentes y los menores, también se investigó a los jóvenes. Como resultado, se demostró que desde 1920 el consumo de alcohol y la delincuencia en la sociedad aumentaban cada año a un ritmo enorme. Incluso en algunas ciudades habían aumentado un 200 por ciento en un período de ocho años. En 1933, el director del Consejo Nacional contra el Crimen de Estados Unidos (National Crime Council), el coronel Moss (Col. Moss), reveló el siguiente dato: «Actualmente, uno de cada tres estadounidenses es un delincuente profesional. Además, aquí los delitos de asesinato han aumentado un 300 por ciento».

En suma, este es un resumen de los resultados de la prohibición del alcohol en Estados Unidos durante catorce años:

– El respeto por la ley desapareció de la mente de la gente y la enfermedad de infringirla se extendió por todos los niveles de la sociedad.

– No se alcanzó el verdadero objetivo de impedir el consumo de alcohol; por el contrario, después de su prohibición, esta sustancia se consumió en mayor cantidad que antes.

– La aplicación de la ley de prohibición ocasionó, por un lado, gastos desmesurados al Gobierno y, por otro, enormes pérdidas económicas a la población debido a la compra clandestina de alcohol; así, se quebró la columna vertebral de todo el país.

– Aumentaron de manera anormal la incidencia de las enfermedades, el deterioro de la salud, la tasa de mortalidad, la corrupción del carácter público, la propagación del vicio y el pecado en todos los estratos de la sociedad, especialmente entre las nuevas generaciones, y las actividades delictivas.

Estos fueron los resultados morales y civilizatorios de dicha ley.

Estos resultados se obtuvieron en un país considerado el más civilizado en la era iluminada del siglo XX. Sus habitantes habían recibido una educación y una formación de alto nivel. Sus mentes estaban iluminadas por el conocimiento, la ciencia y la inteligencia. Eran plenamente capaces de comprender lo bueno y lo malo para ellos, así como sus beneficios y perjuicios.

Este resultado se manifestó en circunstancias en las que, tras gastar miles de millones de dinero y publicar varios cientos de millones de periódicos y libros, se había advertido a toda la nación sobre los perjuicios del alcohol.

Este resultado se manifestó en unas circunstancias en las que una gran mayoría del pueblo estadounidense había sentido la necesidad de la prohibición, y la ley prohibitiva había sido aprobada conforme a su voluntad.

Además, este desenlace se produjo en una situación en la que un Estado tan vasto como Estados Unidos se mantuvo firme durante catorce años completos, con la ayuda del aparato administrativo más avanzado del siglo XX, para erradicar el consumo y la venta de bebidas alcohólicas.

En realidad, hasta que se hizo evidente este resultado, la mayoría tanto del Gobierno como del pueblo estaba de acuerdo con la prohibición del consumo de alcohol, y por eso se prohibió. Pero cuando se supo que los habitantes del país no estaban dispuestos de ningún modo a abandonar la bebida y que, como consecuencia de obligarlos a renunciar al alcohol, la situación había empeorado aún más que antes, ese mismo Gobierno y la mayoría de la población llegaron nuevamente a un acuerdo para legalizar el alcohol.

Ahora dirijan la mirada a un país cuyos habitantes, hace aproximadamente mil trescientos cincuenta años, vivían en una época de oscuridad —considerada la más oscura de todas— y eran analfabetos. Entre ellos no había el menor rastro de conocimiento, ciencia ni artes. No conocían nada de civilización ni de cultura. Quizá entre diez mil de ellos se encontrara una sola persona que supiera leer y escribir, y aun su nivel era tan bajo que cualquier persona común de hoy posee más conocimientos que ella. En aquel entonces no existían en absoluto las instituciones ni los medios organizativos de la época actual. El aparato administrativo del Estado se encontraba en una fase completamente primitiva, y desde su establecimiento apenas habían transcurrido unos pocos años. La población de aquel tiempo era devota y apasionada del alcohol. En su idioma existían alrededor de doscientas cincuenta palabras para designarlo. Probablemente no haya otra lengua en el mundo que le haya dado tantos nombres. Esto era una prueba de su adicción al alcohol. Otra prueba se encuentra en su poesía y literatura. De ellas se desprende que beber alcohol era parte de su naturaleza y se consideraba algo indispensable para su subsistencia.

En estas circunstancias surgió allí la cuestión del alcohol. Le preguntaron al Mensajero de Allah cuál era la disposición de la sharía al respecto. Él respondió: «La declaración de Allah es la siguiente:

(Árabe)

Significado: «Te preguntan acerca del alcohol y los juegos de azar. Di: En ambos hay grandes perjuicios, aunque también hay algunos beneficios para la gente. Pero sus perjuicios son mucho mayores que sus beneficios». (Sura Al-Baqara: 219)

Esto no era ninguna disposición sobre el alcohol; más bien, se describían su naturaleza y sus características, señalando que en él están presentes tanto el bien como el mal. Sin embargo, el aspecto perjudicial es más fuerte. Como resultado de esta declaración instructiva, una parte de la nación abandonó inmediatamente el consumo de alcohol. A pesar de ello, los bebedores siguieron siendo mayoría.

Después volvieron a preguntar acerca del vino, porque algunas personas cometían errores al acudir a la oración estando ebrias. En esa situación, el Noble Mensajero, la paz sea con él, les transmitió esta orden de Allah:

Significado: «¡Oh, creyentes! No os acerquéis a la oración mientras estáis ebrios; debéis rezar cuando sepáis lo que decís». (Sura an-Nisa: 43)

En cuanto escucharon esta orden, las personas fijaron un horario para beber vino. Desde entonces, por lo general bebían entre el alba y el mediodía, o después de la oración de la noche, para no tener que rezar estando ebrios ni que surgiera la cuestión de abandonar la oración a causa de la embriaguez.

Pero el verdadero aspecto perjudicial del vino todavía no había sido revelado. Cuando estaban ebrias, las personas solían provocar altercados y desórdenes, cuyas consecuencias llegaban incluso al homicidio. Por ello se hizo necesario comunicar una instrucción clara y definitiva al respecto. Entonces se dijo:

(Árabe)

Significado: «¡Oh, creyentes! El vino, los juegos de azar, los ídolos y los juegos de dados, entre otras cosas, son obras impuras inventadas por Satanás; apartaos, pues, de ellas. Es de esperar que, al apartaros de ellas, logréis el bien. Satanás solo desea sembrar entre vosotros la enemistad y el odio por medio del vino y los juegos de azar, y apartaros del recuerdo de Allah. Después de saber esto, ¿acaso no os abstendréis de ellos? Obedeced a Allah, escuchad al Mensajero y absteneos. Pero si desobedecéis, sabed que la función de Nuestro Mensajero es únicamente transmitir claramente la instrucción». (Sura al-Ma’ida: 90-91)

En cuanto llegó esta instrucción, los aficionados al vino y sus amantes, que estaban dispuestos incluso a sacrificar sus vidas por él, llegaron a aborrecerlo. Tan pronto como escucharon el anuncio de la prohibición del vino, rompieron los recipientes de vino. Por las callejuelas de Medina corrieron ríos de vino. En una reunión, diez u once Compañeros habían bebido vino y estaban completamente ebrios. En ese momento les llegó la voz del pregonero del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, anunciando que el vino había sido declarado haram para siempre. Aun en medio de aquella embriaguez, mostraron tal respeto por la orden divina que los Compañeros dejaron de beber inmediatamente y los recipientes de vino fueron hechos añicos. Un hombre estaba sentado en algún lugar bebiendo vino. Apenas se había llevado la copa a los labios cuando alguien llegó y le recitó el versículo que prohibía el vino. De inmediato la copa se desprendió de sus labios, por lo que no pudo tragar ni una sola gota de vino.

Después, toda persona que bebía vino era castigada con zapatos, palos, patadas, puñetazos y otros medios. Más tarde, como castigo, comenzaron a aplicarse cuarenta azotes. Finalmente se estableció el castigo de ochenta azotes. Como resultado, hasta el último rastro del consumo de vino desapareció de Arabia. Desde entonces, allí donde llegó el islam, convirtió naturalmente a diversos pueblos en personas sobrias y piadosas. Incluso hoy, pese a que la influencia del islam es sumamente débil, cientos de millones de personas en el mundo siguen absteniéndose por completo del vino sin ninguna ley prohibitiva ni código penal. Si se contara el número de bebedores entre la nación musulmana, quizá aún hoy se vería que esta nación es más piadosa que las demás naciones del mundo. Además, quienes beben vino dentro de esta nación también lo consideran un acto sumamente pecaminoso. Sus corazones sienten arrepentimiento por ello y, muchas veces, se arrepienten por iniciativa propia y abandonan este mal hábito.

En realidad, en el mundo de la justicia, la rectitud y el sano juicio, el veredicto final depende de la experiencia y la observación. Su testimonio jamás puede demostrarse falso. Aquí todos tienen ante sí dos experiencias: una, la de Estados Unidos, y la segunda, la del islam. La diferencia entre ambas experiencias es evidente. Ahora, comparar estas dos experiencias y aprender de ellas, aprender de ellas, es deber de toda persona sensata.

En Estados Unidos se llevó a cabo durante años una campaña contra el alcohol. Se gastaron miles de millones en exponer y dar a conocer sus perjuicios. Mediante la ciencia médica, las pruebas estadísticas y los argumentos racionales, se demostró de tal manera su daño físico, moral y económico que resultaba absolutamente imposible negarlo. Con ayuda de imágenes se hizo que la gente contemplara con sus propios ojos los perjuicios del alcohol. Se hizo todo lo posible para que el público comprendiera por sí mismo sus daños y estuviera dispuesto a abandonarlo. Además, el mayor órgano representativo de la nación, el Congreso, decidió por una amplia mayoría prohibir el alcohol y aprobó las leyes necesarias para ello. Por encima de todo, el Gobierno —que entonces era una de las mayores potencias del mundo— empleó todas sus fuerzas en impedir su venta y compra, su producción clandestina y su importación y exportación. Pero la nación —que entonces era líder entre las naciones educadas e ilustradas— no aceptó abandonarlo. Finalmente, en el breve plazo de catorce o quince años, se vieron obligados a convertir de nuevo lo haram en halal.

En cambio, en el Estado islámico no se llevó a cabo ninguna campaña contra el alcohol. Allí no se gastó ni un centavo en propaganda. Tampoco se formó ninguna «Liga Antitabernas». Allí el Mensajero de Allah se limitó a decir: «Allah os ha declarado haram el alcohol». En cuanto esta orden salió de sus labios, toda la nación —que en su amor por el alcohol había superado incluso a Estados Unidos, y a la que nadie igualaba en conocimiento y capacidad intelectual— se abstuvo de beberlo. Abandonaron el alcohol de tal manera que, dentro de los límites del islam, les resultó imposible regresar de la «aridez» al «mar del deleite». Además, para mantenerse confinados en esta «aridez» no necesitaron ninguna disciplina, ningún interrogatorio ni ningún código penal. Pues, aun sin existir una fuerza coercitiva, se abstendrían de beber alcohol. Y, sobre todo, no se trata de algo haram que pueda volver a hacerse halal de algún modo. Aunque todos los musulmanes del mundo votaran unánimemente a favor del alcohol, este haram jamás podría convertirse en halal.

Si se investigan las causas de esta enorme diferencia, se descubrirán varios asuntos importantes. Esos asuntos no se aplican únicamente al alcohol, sino que son principios fundamentales aplicables a todas las cuestiones del derecho y la ética.

Lo primero es que existe una diferencia fundamental entre el islam y el sistema secular de leyes en la organización y administración de los asuntos humanos. El sistema secular de leyes depende por completo de la opinión humana. Por ello, no solo se ve obligado a recurrir a la opinión de la gente común o de las personas eminentes en los asuntos generales y fundamentales, sino también en cada detalle. Y la condición de la opinión humana —ya sea la de la gente común o la de las personas eminentes— es que a cada momento se ve influida por las inclinaciones y tendencias internas, las causas y circunstancias externas y las indicaciones cambiantes del conocimiento y la razón, sin que haya garantía alguna de que estas sean siempre correctas. Como resultado de esta influencia, las ideas y las perspectivas cambian continuamente. Y, como consecuencia inevitable de estos cambios, también cambian constantemente los criterios de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo lícito y lo ilícito, y lo haram y lo halal. A causa de estos cambios, el cambio de las leyes se vuelve igualmente inevitable. Así, no puede establecerse allí ningún criterio permanente, firme e inmutable de moralidad y civilización. La diversidad propia de los seres humanos domina allí la ley, y la diversidad de la ley domina la vida humana. Es como si un conductor novato estuviera conduciendo un automóvil. Con sus manos inexpertas, gira irregularmente el volante del vehículo de un lado a otro. Como consecuencia de esos giros irregulares, el movimiento del automóvil también será irregular e incierto. No podrá avanzar con firmeza por una ruta determinada. Y cuando el automóvil siga avanzando de manera desordenada, ello repercutirá en el propio conductor. A veces avanzará por un camino recto y otras veces por uno sinuoso. A veces caerá en un hoyo y otras chocará contra una pared. Y en otras ocasiones tropezará al avanzar por un camino accidentado, lleno de subidas y bajadas.

Por el contrario, todo el fundamento de la ley y la ética islámicas, así como la mayoría de sus detalles, han sido establecidos por Allah y el Mensajero. Allí no hay lugar alguno para la opinión humana, ni siquiera en la mínima medida. Sin embargo, ante las circunstancias cambiantes de la vida, el ser humano tiene derecho a elaborar nuevas leyes sobre asuntos menores cuando sea necesario, de acuerdo con esas normas fundamentales y esos ejemplos detallados. Pero esas leyes también deben formularse necesariamente a la luz de los principios de la sharía. En realidad, gracias a esta ley divina contamos con un criterio permanente e inmutable de moralidad y civilización. En nuestro sistema moral y social no existe el menor rastro de diversidad ni de orientaciones divergentes. Lo que ayer era haram para nosotros no puede ser halal hoy y volver a ser haram mañana. Lo que aquí ha sido declarado haram lo será para siempre, y lo que ha sido declarado halal permanecerá halal hasta el Día del Juicio. Hemos confiado el volante de nuestro automóvil a un conductor experto y sumamente competente. Estamos tranquilos porque él conducirá nuestro automóvil por el camino recto:

يُثَبِّتُ اللَّهُ الَّذِينَ آمَنُوا بِالْقَوْلِ الثَّابِتِ فِي الْحَيَاةِ الدُّنْيَا وَفِي الْآخِرَةِ ۖ وَيُضِلُّ اللَّهُ الظَّالِمِينَ ۚ وَيَفْعَلُ اللَّهُ مَا يَشَاءُ

Significado: Allah concede estabilidad y firmeza en la vida de este mundo y en la del Más Allá a los creyentes mediante una palabra firme, y extravía a los injustos y desobedientes, para que no puedan alcanzar estabilidad en ninguna parte». (Sura Ibrahim: 27)

En esto se encuentra implícita otra cuestión importante. Es decir, en un Estado materialista, para promulgar cualquier sistema normativo destinado a la vida humana, o para adoptar cualquier medida práctica con vistas a reformar el carácter moral, el orden social y la estructura civilizatoria, hay que esperar el consentimiento del pueblo incluso en los asuntos más minuciosos. Para hacer efectiva cada disposición de sus leyes y reglamentos, hay que depender de la opinión pública. Cualquier reforma o ley constructiva que se aplique contra la opinión del pueblo debe, al final, ser derogada. Esto no es solo la experiencia de Estados Unidos; más bien, toda la experiencia del mundo da testimonio de ello. De aquí se demuestra esta verdad: en lo que respecta a la reforma del carácter humano y del orden social, la ley mundana es completamente incapaz e inadecuada. Porque esa ley intenta reformar a una colectividad moralmente deformada y, para su aprobación o rechazo, o para su retorno o retirada, también tiene que depender de esa misma opinión pública.

El islam ha resuelto esta complejidad de otra manera; y, si se reflexiona un poco más profundamente, se verá que no existe ninguna otra solución para este problema. Lo hace así: antes de plantear cuestiones relativas al carácter moral, la política social y la civilización, y antes de exigir obediencia a las disposiciones de la sharía, invita a toda la humanidad a tener fe en Alá, en Su Mensajero y en Su Libro. Por supuesto, creer o no creer depende de la voluntad de la persona. Pero, una vez que cree, ya no queda lugar para la cuestión de si quiere o no quiere. Después, cualquier mandato que el Mensajero reciba de parte de Alá y cualquier ley que el Libro de Alá establezca, su obediencia se vuelve obligatoria para ella. Una vez establecida esta base, todo el sistema normativo de la sharía islámica se aplicará sobre ella. A partir de entonces, ya no habrá lugar para su voluntad o falta de voluntad en ninguna cuestión, ya sea minuciosa o fundamental. Por eso, aquello que no pudo lograrse en Estados Unidos, pese al despilfarro de cientos de millones, a una propaganda incomparable y a los esfuerzos inconmensurables del poder estatal, se logró en el Estado islámico mediante una sola declaración del Mensajero de parte de Alá.

La tercera lección es que, por muy iluminada que esté una sociedad humana por el resplandor de las ciencias y las artes, y por mucho que ascienda a las cumbres del progreso intelectual, jamás podrá liberarse de las garras de sus instintos desenfrenados si no se somete y obedece las leyes divinas y si no se genera en ella la fuerza de la fe. El deseo irresistible de sus instintos se apoderará de ella. Por consiguiente, aunque se haga brillar la nocividad del objeto hacia el que se inclinan sus instintos con mayor intensidad que la luz del sol, aunque se haga comparecer como testigo contra él a la ciencia —es decir, a la divinidad adorada por los adoradores de la razón—, aunque se presenten pruebas estadísticas en su contra —que, a juicio de los científicos, jamás pueden ser falsas— y aunque se demuestre su perjuicio mediante el conocimiento obtenido por la experiencia y la observación, jamás abandonará ese objeto querido. De esto se desprende claramente que inculcar la conciencia moral en el ser humano, dirigir su razón y su conciencia, y crear en él la fuerza necesaria para subyugar sus propios instintos no son tareas de la filosofía, la ciencia ni el intelecto. Esta tarea no puede realizarse por ningún medio aparte de la fe. (Primera publicación: Tarjuman-ul-Qur’an, enero de 1934.)

5

El suicidio de la civilización occidental

El asombroso desarrollo y progreso de las naciones occidentales en los ámbitos de la política, el comercio, las artes y las ciencias ha llenado de temor y angustia la mente de cierto grupo de personas. En ellas ha surgido la idea de que el desarrollo y el progreso de esas naciones quizá sean imperecederos e indestructibles. Su dominio y hegemonía en el mundo se han establecido para siempre. En cuanto al gobierno de la Tierra y al control de sus recursos y medios, se les ha concedido un auténtico «arreglo permanente». Su fuerza y poder están asentados sobre una base tan sólida que nadie puede derrocarlos.

En realidad, esta no es una idea nueva; más bien, se ha sostenido una idea semejante acerca de las naciones poderosas de cada época. La dinastía de los faraones de Egipto, Ad y Zamud de Arabia, los caldeos de Irak, los césares de Irán, los héroes conquistadores de Grecia, los célebres emperadores de Roma, los muyahidines musulmanes conquistadores del mundo y los ejércitos mundialmente famosos de los tártaros, entre otros, todos representaron en el escenario de este mundo el mismo espectáculo de gloria y poder. Por turnos, cada uno de ellos mostró su propia habilidad en el arte de la magia y, del mismo modo, dejó asombrada a la gente del mundo. Cada vez que una nación levantó la cabeza, se extendió así por el mundo. De esta manera hizo resonar por todo el mundo el tambor de su fama, gloria y valentía, y así la gente llegó a creer que su fuerza y poder eran imperecederos e indestructibles. Pero, cuando su plazo de vida se cumplió y el Soberano, dueño del poder imperecedero e indestructible, anunció el fin de su autoridad, cayeron de tal manera que la mayoría de esas naciones desapareció de la faz de la Tierra. Aunque el nombre y las huellas de algunas permanezcan en el mundo, sobreviven sometidas al dominio de aquellos a quienes gobernaron, esclavas de sus esclavos y subyugadas por quienes ellas habían subyugado:

قَدْ خَلَتْ مِن قَبْلِكُمْ سُنَنٌ فَسِيرُوا فِي الْأَرْضِ فَانظُرُوا كَيْفَ كَانَ عَاقِبَةُ الْمُكَذِّبِينَ

Significado: Han transcurrido muchas épocas antes de vosotros. Recorred la tierra y ved cuál fue el destino de quienes negaron (la ley de Allah).» (Sura Al Imran: aleya 137)

En verdad, todo el sistema del universo posee tal naturaleza que aquí no hay lugar para la estabilidad ni la pausa. Aquí existen un movimiento, un cambio y una rotación incesantes. Nada puede permanecer aquí en un mismo estado. La creación y la disolución, la destrucción y la edificación, el ascenso y la caída avanzan aquí de la mano. Del mismo modo, también rige la ley opuesta. Hoy, una semilla del tamaño de una semilla de mostaza vuela de un lado a otro impulsada por el viento; mañana se asienta en la tierra y se convierte en un enorme árbol con ramas y ramaje. Al día siguiente, se seca y se mezcla por completo con la tierra. Entonces, las fuerzas vitales de la naturaleza la abandonan y se dedican a alimentar alguna otra semilla. Esta es la ley de la destrucción y la reconstrucción, del ascenso y la caída de la vida. Sin embargo, cuando el ser humano ve que cualquiera de estos estados se prolonga un poco más, piensa que dicho estado es absolutamente permanente. Si ese estado es descendente, cree que permanecerá descendente para siempre. Y si es ascendente, supone que continuará ascendiendo eternamente. Pero aquí la única diferencia es entre lo tardío y lo inmediato; en realidad, ningún estado es permanente:

إِن يَمْسَسْكُمْ قَرْحٌ فَقَدْ مَسَّ الْقَوْمَ قَرْحٌ مِّثْلُهُ ۚ وَتِلْكَ الْأَيَّامُ نُدَاوِلُهَا بَيْنَ النَّاسِ وَلِيَعْلَمَ اللَّهُ الَّذِينَ آمَنُوا وَيَتَّخِذَ مِنكُمْ شُهَدَاءَ ۗ وَاللَّهُ لَا يُحِبُّ الظَّالِمِينَ

Significado: Hago circular entre los seres humanos la alternancia del ascenso y la caída de los tiempos.» (Sura Al Imran: aleya 140)

Todo el entorno del mundo se mueve dentro de una determinada secuencia cíclica. El nacimiento y la muerte, la juventud y la vejez, la fuerza y la debilidad, el invierno y la primavera, la sequedad y la vitalidad: todo ello no es más que una de las distintas formas de esta rotación. En esta sucesión cíclica, cada cosa tiene, por turnos, su época favorable. Entonces comienza su desarrollo y crecimiento, se manifiesta su vigor y valor, y muestra al máximo su propia forma y belleza. Incluso llega un día en que alcanza la cumbre del progreso y el desarrollo. En ese momento se vuelve débil, menguada, frágil e incapaz, y las mismas fuerzas que habían iniciado su desarrollo y crecimiento terminan por destruirla.

Esta es la ley establecida por Allah Todopoderoso en toda la creación. Al igual que sobre todas las demás cosas del mundo, esta ley se aplica plenamente también a los seres humanos. Ya se los considere individualmente o desde una perspectiva colectiva, el honor y la deshonra, la felicidad y la tristeza, el progreso y el retroceso, así como todos los demás signos semejantes, se distribuyen entre los distintos individuos y pueblos conforme a esa secuencia cíclica. Aquí no hay nadie que, en este reparto, haya sido privado por completo, ni nadie sobre quien algún estado se haya hecho permanente. Ni los tiempos favorables ni los desfavorables constituyen excepción alguna a esta regla:

سُنَّةَ اللَّهِ فِي الَّذِينَ خَلَوْا مِن قَبْلُ ۖ وَلَن تَجِدَ لِسُنَّةِ اللَّهِ تَبْدِيلًا

Significado: Esta fue la práctica de Allah con respecto a quienes existieron anteriormente. Nunca encontrarás cambio alguno en la práctica de Allah. (Sura Al Ahzab: aleya 62)

En todos los rincones de esta tierra encontramos muchos vestigios de las naciones del pasado. Dejaron abundantes huellas de su cultura y civilización, sus obras artísticas y sus habilidades artesanales. Al contemplar esos vestigios, parece que no eran en absoluto inferiores a las naciones progresistas y poderosas de hoy; más bien, su influencia y autoridad sobre las naciones contemporáneas eran incluso mayores que las de estas:

أَوَلَمْ يَسِيرُوا فِي الْأَرْضِ فَيَنظُرُوا كَيْفَ كَانَ عَاقِبَةُ الَّذِينَ مِن قَبْلِهِمْ ۚ كَانُوا أَشَدَّ مِنْهُمْ قُوَّةً وَأَثَارُوا الْأَرْضَ وَعَمَرُوهَا أَكْثَرَ مِمَّا عَمَرُوهَا وَجَاءَتْهُمْ رُسُلُهُم بِالْبَيِّنَاتِ ۖ فَمَا كَانَ اللَّهُ لِيَظْلِمَهُمْ وَلَٰكِن كَانُوا أَنفُسَهُمْ يَظْلِمُونَ

Significado: Eran mucho más poderosos que estos. Labraron bien la tierra y la cultivaron mucho más de lo que estos lo han hecho.’ (Sura Ar-Rum: aleya 9)

Pero ¿cuál fue, aun así, su destino? Se dejaron engañar por la embriaguez de una prosperidad aparente. La riqueza y el lujo los arrojaron al seno de la arrogancia. El bienestar se convirtió para ellos en una calamidad (fitna). Envanecidos por su influencia y su poder estatal, se convirtieron en la personificación de la maldad. Así, mediante sus propias malas acciones, comenzaron a oprimirse a sí mismos:

فَلَوْلَا كَانَ مِنَ الْقُرُونِ مِن قَبْلِكُمْ أُولُو بَقِيَّةٍ يَنْهَوْنَ عَنِ الْفَسَادِ فِي الْأَرْضِ إِلَّا قَلِيلًا مِّمَّنْ أَنجَيْنَا مِنْهُمْ ۗ وَاتَّبَعَ الَّذِينَ ظَلَمُوا مَا أُتْرِفُوا فِيهِ وَكَانُوا مُجْرِمِينَ

Significado: Y los injustos se dedicaban a disfrutar de los bienes que les habían sido concedidos en abundancia. Y eran grandes criminales.’ (Sura Hud: aleya 116)

A pesar de su rebelión y desobediencia, Allah les concedió un plazo:

وَكَأَيِّن مِّن قَرْيَةٍ أَمْلَيْتُ لَهَا وَهِيَ ظَالِمَةٌ ثُمَّ أَخَذْتُهَا وَإِلَيَّ الْمَصِيرُ

Significado: ¡Cuántas ciudades hubo que eran injustas! Primero les concedí un plazo; después las apresé». (Sura Al-Hajj: aleya 48)

Y este plazo tampoco era un plazo insignificante; al contrario, a diversos pueblos se les concedió un plazo durante siglos. Pero cada plazo terminó convirtiéndose para ellos en una nueva calamidad:

وَيَسْتَعْجِلُونَكَ بِالْعَذَابِ وَلَن يُخْلِفَ اللَّهُ وَعْدَهُ ۚ وَإِنَّ يَوْمًا عِندَ رَبِّكَ كَأَلْفِ سَنَةٍ مِّمَّا تَعُدُّونَ

Significado: Pero para Alá, un día equivale a mil años según vuestro cómputo». (Sura Al-Hajj: aleya 47)

Creyeron que Alá era impotente frente a su astucia. Por tanto, pensaron que ahora no era Alá quien reinaba sobre el mundo, sino ellos. Pero, finalmente, la ira de Dios comenzó a agitarse. Su favor se apartó de ellos. En lugar de días prósperos, se aproximaron tiempos adversos. Para hacer frente a sus artimañas, Alá también puso en práctica una estratagema decisiva. Pero ellos ni siquiera pudieron comprender la estratagema de Alá; ¿de dónde habrían de sacar fuerzas para resistir?

(Árabe)

Significado: Ellos urdieron una conspiración, pero Nosotros también habíamos preparado un plan que ellos ni siquiera percibieron». (Sura An-Naml: aleya 50)

El plan de Alá nunca llega de manera directa; más bien, sus efectos venenosos comienzan desde el interior del propio ser humano, después de penetrar en su corazón y su mente. Ataca su conciencia e inteligencia, sus sentimientos, su juicio, su capacidad de pensar y su capacidad de comprender. Ciega su visión interior. No ciega, ciertamente, sus ojos físicos, pero sí ciega el ojo de su conocimiento:

(Árabe)

Significado: «La verdadera cuestión es que los ojos no quedan ciegos, sino que queda ciego el corazón que está dentro del pecho». (Sura Al-Hajj: aleya 46)

¡Ciego! Y cuando el ojo del corazón queda ciego, cualquier plan o estrategia que idea para su propio bienestar termina siendo perjudicial para él. El paso que da con la esperanza de alcanzar el éxito lo conduce precisamente hacia la destrucción. Todas sus fuerzas proclaman una rebelión contra él. Sus propias manos le aprietan la garganta por sí mismas:

(Árabe)

Significado: Mira una vez y observa cuán terrible fue el desenlace de su conspiración: los destruí por completo, a ellos y a su pueblo. (Sura An-Naml: 51)

Encontramos una imagen completa de estos tiempos de prosperidad y adversidad en la historia de la familia del Faraón y de los Hijos de Israel. Cuando los egipcios alcanzaron la cumbre del desarrollo y el progreso, se entregaron con todas sus fuerzas a la opresión, la tiranía y las actividades rebeldes. Su rey, el Faraón, reclamó para sí la dignidad divina. Algunos años antes, durante la época del profeta José, la paz sea con él, los Hijos de Israel habían ido allí y se habían establecido. El Faraón convirtió a ese pueblo débil en objeto de opresión y persecución. Finalmente, la desobediencia de los egipcios superó todos los límites. Por ello, Allah decidió humillarlos y elevar a aquel pueblo que ellos despreciaban. Al final, se cumplió la decisión de Allah. Entre aquel pueblo débil nació el profeta Moisés, la paz sea con él. Fue criado en la casa del Faraón, y por sus propias manos. Después, fue designado para liberar a su propio pueblo de la esclavitud de los egipcios. Explicó al Faraón con mansedumbre, pero este no desistió. El Faraón y su pueblo fueron advertidos repetidamente por parte de Allah; se sucedieron las calamidades del hambre y las inundaciones, y del cielo cayó una lluvia de sangre. El ataque de las langostas dejó desolados sus campos de cultivo.

Se vieron afligidos por la plaga de piojos y ranas. Pero, aun así, su arrogancia no disminuyó ni un poco:

(Árabe)

Significado: Se entregaron a la arrogancia y eran un pueblo arrogante. (Sura Al-A‘raf: aleya 133)

Cuando, una tras otra, todas las pruebas y evidencias llegaron a su conclusión, se ejecutó el decreto del castigo divino. Por orden de Allah, el profeta Moisés —la paz sea con él— abandonó Egipto acompañado de su pueblo. El Faraón fue ahogado en el mar junto con sus huestes. Como consecuencia, el poder estatal de Egipto quedó tan devastado que durante varios siglos no pudo volver a levantar cabeza:

(Árabe)

Significado: Entonces nos apoderamos de él y de sus ejércitos, y los arrojamos al mar. ¡Mira cuál fue el terrible destino de los injustos! (Sura Al-Qasas: aleya 40)

Después llegó el turno de Israel. Tras haber devastado al pueblo egipcio, el Señor de los mundos concedió precisamente a aquel pueblo humillado y deshonrado el poder estatal del mundo:

(Árabe)

Significado: Y en lugar de aquellos, hicimos que los oprimidos heredaran el oriente y el occidente de aquella región, que habíamos colmado de abundancia. Así se cumplió la promesa benéfica de tu Señor a favor de los Hijos de Israel, debido a su paciencia. (Sura Al-A‘raf: aleya 137)

Y le concedió la superioridad sobre todas las naciones del mundo:

(Árabe)

Significado: Y os concedí superioridad sobre las naciones del mundo. (Sura Al-Báqara: aleya 47)

Pero esta superioridad y el poder estatal estaban condicionados al cumplimiento de buenas obras y a la conducta virtuosa. Ya se había anunciado por boca del profeta Moisés, la paz sea con él, que ciertamente se os concedería el califato en la tierra; pero también se observaría qué clase de obras realizabais (*****). En realidad, esta condición no se aplicaba únicamente a los Hijos de Israel, sino que se impone a toda nación a la que se conceda poder estatal en el mundo:

(Árabe)

Significado: Luego os hicimos sucesores de ellos para observar cómo actuabais. (Sura Yunus: aleya 14)

Por eso, cuando los Hijos de Israel desobedecieron a su Señor, corrompieron Su palabra y Su discurso, sustituyeron la verdad por la mentira, adoptaron las prácticas de consumir lo ilícito, mentir, traicionar y romper las promesas, se volvieron ávidos de riquezas, codiciosos, cobardes y amantes de la comodidad, comenzaron a matar a los profetas de Dios, iniciaron su enemistad contra quienes llamaban al camino de la verdad, se disgustaron con el liderazgo virtuoso y aceptaron obedecer al liderazgo corrupto, entonces la benevolencia de Alá, Señor de los mundos, se apartó de ellos. Se les arrebató el liderazgo y la autoridad sobre la tierra. Fueron sometidos por los feroces emperadores de Irak, Grecia y Roma. Fueron expulsados de sus hogares. Como vagabundos, fueron llevados de un país a otro entre la humillación y la deshonra. Se les arrebató el poder estatal. Durante dos mil años quedaron tan envueltos en la maldición que no pudieron encontrar en ningún lugar del mundo ni siquiera un sitio mínimamente digno.

([Pocos años después de la publicación de este artículo, se estableció el Estado de Israel en Palestina. Como consecuencia, podría surgir en la mente de la gente la duda de que esto contradiga la profecía del Corán. Pero, en realidad, este Estado no se estableció por su propia fuerza, sino dependiendo de Estados Unidos, Inglaterra y Francia; y, para mantenerlo, judíos de todos los rincones del mundo se están reuniendo en este pequeño territorio. Sin embargo, el día en que estas potencias occidentales se vean envueltas en una gran guerra y sean incapaces de brindar apoyo a Israel, ese día descenderá sobre él el mensaje de la muerte, y los Estados árabes vecinos recogerán este envoltorio de basura y lo arrojarán al mar. En realidad, los judíos, con la ayuda de las potencias occidentales, han logrado establecer por la fuerza su propia patria en tierra árabe; aparentemente, esto parece ser su éxito. Pero, en realidad, no es más que el nombre de su gran castigo])

(Árabe)

Significado: Como consecuencia, la ignominia, la decadencia y la miseria se abatieron sobre ellos, y quedaron rodeados por la ira de Alá. (Sura Al-Baqara: aleya 61)

Hoy volvemos a ver la repetición de la ley divina. El mismo castigo por sus actos que había rodeado a los pueblos anteriores ha envuelto ahora a las naciones occidentales. Se les ha advertido prácticamente de todas las maneras posibles. La devastación de la Gran Guerra, las penurias económicas, la abundancia del desempleo, la propagación de enfermedades repugnantes y el derrumbe del sistema familiar son sus claras señales. Si tuvieran ojos, al ver todo esto podrían comprender cuáles son las consecuencias de la opresión, la desobediencia, la adoración de sí mismos y la distorsión de la verdad. Pero no están aprendiendo de esas señales; por el contrario, se observa cada vez más su obstinación en dar la espalda a la verdad. Su mirada no alcanza la causa fundamental de la enfermedad. Solo ven los síntomas y concentran todos sus esfuerzos y cuidados en remediarlos. Por eso, cuanto más se aplican medicamentos, más se agrava la enfermedad. Ahora, a juzgar por la situación, parece que la etapa de las advertencias y las pruebas racionales está llegando a su fin, y que el momento del veredicto final se aproxima rápidamente.

El Todopoderoso Alá ha impuesto dos poderosos demonios sobre las naciones occidentales. Ellos las arrastran hacia la destrucción y la ruina. Uno es el demonio del exterminio de la descendencia, y el segundo es el demonio del nacionalismo. El primero se ha apoderado de sus individuos, y el segundo, de sus naciones y Estados. El primero ha pervertido la conciencia y el entendimiento de sus hombres y mujeres. Hace que ellos mismos exterminen a sus descendientes. Les enseña las técnicas del control de la natalidad. Los incita al aborto. Les explica las virtudes de la esterilización. Como resultado, ellos mismos destruyen las fuerzas necesarias para su propia existencia. Los ha vuelto tan despiadados que matan con sus propias manos a sus hijos. En suma, este demonio los incita gradualmente al suicidio.

El segundo demonio les ha arrebatado a sus grandes estadistas y comandantes militares la capacidad de adoptar un pensamiento preciso y una línea de acción correcta. Ha engendrado entre ellos las repugnantes inclinaciones del egoísmo, la rivalidad, la venganza, el odio, la animosidad y la codicia. Los está dividiendo en diversos grupos y facciones enfrentados y hostiles entre sí:

(Árabe)

Significado: O los dividirá en diversos grupos y facciones, y hará que unos prueben la fuerza de otros. (Sura Al-An’am; aleya 65)

Los ha incitado a probar mutuamente su fuerza y su poder. Esto también es una forma de castigo divino. En resumen, los ha preparado para un suicidio espantoso. No ocurrirá gradualmente, sino de repente. Ha acumulado municiones por todo el mundo y ha establecido centros de peligro en diversos lugares. Ahora solo espera un momento determinado. En cuanto llegue ese momento, hará que una chispa encienda alguno de los depósitos de municiones. Después, en un abrir y cerrar de ojos, estallará tal devastación que incluso quedarán eclipsadas las destrucciones de los pueblos anteriores.

No hay lugar para ninguna exageración en lo que he dicho hasta ahora. Al contrario, al contemplar los vastos preparativos para la inminente Gran Guerra en Europa, América y Japón ([aquí debe recordarse que el artículo fue escrito varios años antes de la Segunda Guerra Mundial]), hasta sus propios dirigentes previsores se estremecieron y quedaron sumamente desconcertados al pensar en las consecuencias de esa guerra aterradora. Recientemente, Sergel Neuman (sergel neuman), antiguo miembro del Estado Mayor militar estadounidense, escribió un artículo sobre la guerra inminente. En él afirmó que la guerra venidera no sería simplemente una lucha entre soldados, sino que sería más apropiado llamarla una matanza masiva. En esa carnicería ni siquiera se perdonaría a las mujeres y los niños. Los científicos han arrebatado a las fuerzas armadas la responsabilidad de la guerra intelectual y la han confiado a las sustancias químicas y a las máquinas inanimadas. Estas armas mortíferas son completamente incapaces de distinguir entre militares y civiles. Además, la lucha de las potencias beligerantes ya no tendrá lugar en campos de batalla o fortalezas, sino en ciudades, puertos y zonas habitadas. Porque, según la estrategia bélica moderna, la verdadera fuerza del bando enemigo no reside en el ejército, sino en sus poblaciones, centros comerciales y fábricas. Por eso ahora se arrojarán diversos tipos de bombas desde aviones de guerra. De ellas se desprenderán sustancias incendiarias, gases venenosos y gérmenes patógenos, que simultáneamente reducirán a la miseria a millones de personas. Entre ellas hay un tipo de bomba automática cuyo único proyectil puede hacer añicos el edificio más grande de Londres ([posteriormente se inventaron armas mortíferas aún más terribles, llamadas bombas atómicas y bombas de hidrógeno, y en Nagasaki e Hiroshima se ofreció incluso una pequeña muestra de su devastación]). Existe un gas venenoso conocido como gas cruz verde (green cross gas). Su naturaleza es tal que quien lo inhale sentirá como si se hubiera ahogado en el agua. Otro tipo de gas venenoso se llama gas cruz amarilla (yellow cross gas). Su naturaleza es semejante a la del veneno de una serpiente. Al penetrar en la nariz, produce exactamente los mismos efectos tóxicos que una mordedura de serpiente. Existen muchos otros gases de esta clase. Estos gases son casi invisibles. Al principio no se percibe en absoluto su efecto. Más tarde, cuando se percibe, ya no queda ninguna posibilidad de contrarrestarlo ni de tratarlo. Entre ellos hay un tipo especial de gas que asciende y se dispersa a gran altura. Si un avión atraviesa la zona afectada por él, su piloto queda repentinamente ciego. Se ha calculado que, si se liberara sobre la ciudad de París una tonelada de ciertos gases venenosos, toda la ciudad podría quedar completamente destruida en una hora. Y para llevar a cabo esta tarea bastarían apenas cien aviones.

Recientemente se ha inventado un proyectil eléctrico incendiario. Su peso es de apenas un kilogramo. Sin embargo, contiene tanta energía que, al chocar con cualquier objeto, produce de repente una temperatura de tres mil grados Fahrenheit y provoca una erupción de fuego tan intensa que resulta imposible apagarla. Si se le arroja agua, esta actúa como la gasolina. Hasta hoy, la ciencia no ha podido idear ningún método para extinguirlo. Se supone que será lanzado sobre los grandes mercados de las ciudades portuarias, de modo que el fuego se extienda de un extremo al otro. Después, cuando la gente, aterrorizada y presa del pánico, comience a huir, se arrojarán desde aviones bombas de gas venenoso para completar la devastación.

Al observar la invención de estas armas mortíferas, los especialistas militares han estimado que, con la ayuda de solo unos pocos aviones bombarderos, incluso la capital más grande y protegida del mundo podría quedar reducida a polvo en dos horas. Las zonas habitadas por millones de personas podrían envenenarse de tal manera que, aunque por la noche se acostaran tranquilamente, por la mañana no se levantaría con vida ni una sola persona. De este modo, mediante sustancias venenosas, podrían envenenarse todos los seres vivos de un país entero, destruirse el ganado y arrasarse los campos, las granjas y los jardines. Hasta hoy no se ha descubierto ningún método eficaz de defensa contra esta ofensiva totalmente destructiva. En tal caso, las dos partes beligerantes solo podrían atacarse mutuamente y destruirse por completo; nadie podría escapar de la destrucción.

Esta es una breve descripción de los preparativos para la inminente gran guerra. Para conocer los detalles al respecto, consulten el libro titulado What would be The Character of a New War. Esta obra fue publicada por la organización llamada Unión Interparlamentaria de Ginebra, después de realizar, como de costumbre, investigaciones y recopilar información.

Al leerlo, podrán comprender fácilmente cómo la civilización occidental ha reunido con sus propias manos los instrumentos de su destrucción. Ahora su vida se prolongará únicamente hasta la fecha en que declare la guerra.¹ (Durante la Segunda Guerra Mundial —de 1939 a 1945—, una muestra de lo ocurrido puede observarse en la devastación de Nagasaki. Para ver una muestra más extensa, lean el libro de Lord Russell titulado Seourge of Swastika y contemplen el ejemplo de cómo una civilización sin Dios puede convertir a toda una nación en seres inferiores incluso a las bestias salvajes.)

El día en que estalle la guerra entre dos grandes Estados del mundo, habrá que considerar que el decreto divino para la destrucción de la civilización occidental se ha hecho efectivo, porque, una vez que dos grandes Estados entren en el campo de batalla, la guerra no puede dejar de adquirir un carácter mundial. Y si la guerra se vuelve mundial, la destrucción también será mundial, no cabe duda.

(Árabe)

Significado: La corrupción ha aparecido por todas partes, en tierra y en el mar, a causa de lo que las personas han adquirido con sus propias manos, para hacerles probar parte de lo que han hecho. Quizá todavía puedan regresar (al camino recto).” Sura Rum: 41)

En cualquier caso, se aproxima el momento de establecer un nuevo orden respecto al liderazgo y la autoridad del mundo, de hacer caer a los injustos y opresores y de investir a otra nación —posiblemente una nación oprimida— con la dignidad del califato del mundo. Ahora queda por observar a quién elegirá Alá, el Señor de los mundos, para esta dignidad.

Después de esto, no tenemos manera de saber qué nación del mundo será elevada. Este asunto depende enteramente de la voluntad de Allah Ta‘ala. Él retira la autoridad de quien quiere y se la concede a quien quiere:

(Árabe)

Significado: Di: «¡Oh Allah, Dueño de todo reino y todo imperio! Tú concedes el reino a quien quieres y se lo quitas a quien quieres». (Sura Al Imrán: 26). Pero también en este asunto existe una ley determinada. Él la ha expuesto en Su amado Libro. Esta consiste en que Él establece a una nación que no sea malvada ni desobediente como ese pueblo maldito.

(Árabe)

Significado: «Si desobedecéis, Él os reemplazará por otra nación; y ellos no serán como vosotros». (Sura Muhammad: aleya 38).

Por esta razón, a juzgar por los indicios externos, parece que las débiles naciones subyugadas que hoy imitan a la civilización occidental, y que han abandonado las virtudes de las naciones firangi —las pocas que aún conservan— para adoptar sus defectos —que son la causa de que hayan sido malditas—, no tienen ninguna posibilidad de triunfar en la revolución que se avecina. (Publicado por primera vez en Tarjumanul Qur’an, octubre de 1932).

6

El lamento de la civilización occidental

(Discurso de Lord Lothian)

[El artículo se publicó por primera vez en marzo de 1939 en la revista Tarjumanul Quran.]

En la última semana de enero de 1938, Lord Lothian pronunció un discurso con motivo de la ceremonia de graduación de la Universidad de Aligarh (la asamblea para la entrega de títulos). Este discurso suyo es especialmente digno de atención para los sectores modernos y tradicionalistas de la comunidad instruida de la India (no dividida). Contiene abundantes enseñanzas para ellos. En este discurso, un hombre ha descorrido ante nosotros el velo de su corazón y de su mente: alguien que no contempló desde lejos la ciencia y el conocimiento modernos ni la civilización creada por ellos, sino que nació en el seno de esa civilización y pasó cincuenta y seis largos años de su vida inmerso en ese océano. Por nacimiento y linaje, es europeo, y recibió educación superior en Oxford. Fue editor de la célebre revista Round Table y durante unos veintiún años ocupó importantes cargos de responsabilidad en el Gobierno británico. No es un observador extranjero; es un hombre de la propia casa de la civilización occidental. Precisamente por eso nos ha descrito la verdadera deformación de esa casa, sus causas y lo que actualmente anhelan sus habitantes.

Por un lado, este discurso resulta aún más instructivo para nuestros miembros de la sociedad moderna e instruida. Gracias a él podrán saber que el conjunto de la ciencia y el conocimiento occidentales, así como la civilización que han creado, no es únicamente un elixir de vida, sino que también contiene una gran mezcla de veneno. Quienes prepararon esta medicina y la han probado durante varios cientos de años son precisamente quienes hoy les advierten que no la consuman por completo. Dicen: «Esta sustancia nos ha llevado al borde de la destrucción y también acabará destruyéndolos a ustedes. Nosotros mismos esperamos un elixir de vida puro. Aunque no lo sabemos con certeza, suponemos que ese elixir se encuentra actualmente entre ustedes. Por tanto, no vayan a reducir a polvo su propio elixir de vida por entregarse a probar nuestra medicina envenenada».

Por otro lado, este discurso ofrece también abundante materia de reflexión a nuestros eruditos religiosos y a la comunidad piadosa. Gracias a él podrán comprender qué aspectos de la enseñanza islámica es necesario destacar ante el mundo en el que viven actualmente. Este mundo, después de experimentar durante varios siglos con la civilización materialista, ha quedado hoy sumamente agotado. Hace varios siglos proporcionamos a los europeos el elixir de una mentalidad inquisitiva y del pensamiento libre; ellos, por pura ignorancia, lo mezclaron con el veneno de la irreligión y el materialismo y dieron nacimiento a un nuevo elixir de civilización. Ese elixir, gracias a su propia fuerza, los elevó a la cumbre del progreso, pero al mismo tiempo su efecto venenoso ha seguido actuando continuamente. Hasta tal punto que hoy ese elixir de vida se ha vuelto completamente venenoso. Después de sufrir plenamente las amargas consecuencias de su resultado, ahora vuelven a mirar en todas direcciones en busca de un nuevo elixir. Han comprendido qué sustancias venenosas contiene su elixir y qué graves efectos está produciendo en sus vidas. También empiezan a percibir qué clase de elixir necesitan para eliminar esos efectos. Sin embargo, no saben que el elixir que buscan no existe en ningún otro lugar del mundo excepto en el islam, ni que la última píldora se encuentra precisamente en la misma farmacia de la que obtuvieron la primera. Si, aun después de haber llegado hasta este punto, continúan corriendo de un lado a otro en busca del elixir que desean y, al no encontrarlo, siguen envenenando al mundo entero con el veneno mortal, nuestra comunidad de eruditos religiosos tendrá que compartir por igual con ellos ese gran pecado. Hoy no es momento para que los eruditos religiosos se ocupen en debates y disputas sobre la teología, el sobrenaturalismo y cuestiones jurídicas minuciosas. ¿Poseía el Mensajero, la paz sea con él, conocimiento de lo oculto? ¿Puede Dios mentir? ¿Es posible comparar a alguien con el Mensajero? ¿Cuál es la condición jurídica islámica de dedicar la recompensa espiritual y de visitar las tumbas? ¿Debe decirse «amén» en voz alta y hacerse el «rafʿ al-yadayn»? ¿Qué diferencia debe mantenerse entre el minarete y el púlpito de la mezquita?, y otras cuestiones minuciosas semejantes: hoy nuestros líderes religiosos están desperdiciando en resolverlas todas sus fuerzas y capacidades. Pero en el mundo actual estas cuestiones no tienen ninguna importancia, y resolverlas no puede poner fin a la lucha mundial entre la verdad y la falsedad, entre la guía y el extravío. Más bien, la mayor necesidad de hoy es comprender debidamente los complejos problemas surgidos como consecuencia del desarrollo de la ciencia, el conocimiento, la sociedad y la civilización sobre la base de la aversión a Dios y la irreligión durante varios siglos; y la tarea principal de hoy consiste en analizarlos por completo y presentar soluciones aceptables a su luz de acuerdo con los principios islámicos. Si nuestra comunidad de eruditos religiosos no se capacita para esta labor ni intenta realizarla correctamente, no solo se cumplirá el destino que espera a Europa y América, sino que el propio mundo musulmán quedará completamente destruido. Porque los problemas que afligen a los países occidentales están surgiendo hoy con extrema intensidad en todo el mundo musulmán y en la India. Y, al no presentarse ninguna solución correcta para ellos, todos, musulmanes y no musulmanes por igual, continúan utilizando la «receta» de quienes padecen esas enfermedades. Por tanto, el asunto ya no concierne únicamente a Europa y América; es el problema de nuestra propia casa y de nuestras futuras generaciones.

Por todas estas razones, es deber de nuestra sociedad moderna e instruida y de la comunidad de eruditos religiosos prestar atención al discurso de Lord Lothian. Para que comprendamos el sentido de sus palabras, citamos aquí de vez en cuando partes del discurso, acompañadas de las explicaciones necesarias.

Lord Lothian comienza su discurso diciendo:

Hoy quiero llamar su atención sobre otra cuestión digna de consideración. ¿Puede la India librarse de los efectos nocivos y devastadores que la educación científica e intelectual de la era moderna está causando actualmente en Europa y América? Como consecuencia del progreso de la ciencia moderna, en Occidente han surgido dos grandes resultados. Por un lado, ha ampliado enormemente la capacidad de control del ser humano sobre la naturaleza y sus fuerzas. Por otro, ha debilitado, entre los jóvenes educados en las universidades y, en general, en todo el mundo, la observancia religiosa recibida por herencia. Al menos la mitad de las deformaciones del mundo moderno ha surgido de estas dos causas. Es cierto que el ser humano civilizado de hoy está embriagado y fuera de sí por las fuerzas descubiertas por la ciencia, pero no ha podido lograr un desarrollo equilibrado en el ámbito moral al mismo tiempo que avanzaban la ciencia, el conocimiento, la sociedad y la civilización. Sin embargo, esto podría haber garantizado que las fuerzas científicas se emplearan para el bienestar del ser humano, en lugar de para su destrucción.»

En esta introducción, Lord Lothian ha señalado en realidad los problemas fundamentales de la civilización y la cultura humanas. La ciencia, considerada simplemente como ciencia, no es más que el interés por practicar la reflexión, la investigación y la exploración. Gracias a ella, el ser humano conoce la situación de las fuerzas inherentes a la naturaleza universal y reúne los medios y recursos necesarios para aprovecharlas. Cuando comienza a utilizar en la vida cotidiana las nuevas fuerzas que adquiere como resultado del desarrollo de este caudal de conocimientos, eso recibe el nombre de progreso de la civilización. Pero estas dos cosas no pueden garantizar por sí mismas el bienestar humano. Así como pueden ser causa de bienestar, también pueden convertirse en causa de destrucción. En lugar de trabajar con las manos, el ser humano ha comenzado a trabajar con la ayuda de máquinas. En lugar de viajar a lomos de animales, ha empezado a desplazarse en trenes, automóviles, barcos y aviones. En lugar de los mensajeros postales, las noticias se intercambian mediante el telégrafo eléctrico y la radio. Esto no significa que el ser humano se haya vuelto más feliz y próspero que antes. En la misma medida en que estas cosas pueden aumentar su comodidad, también pueden aumentar sus peligros y la posibilidad de su destrucción. Pues, en comparación con la época en que el ser humano solo poseía armas como el arco, las flechas y la espada, la civilización que ha puesto en sus manos ametralladoras, gases venenosos, aviones y submarinos puede ser mucho más mortífera. Que el desarrollo de la ciencia y de la civilización sea causa de bienestar o de destrucción depende por completo de la civilización bajo cuya influencia se desarrollan la ciencia, las artes y la cultura. En realidad, corresponde a la civilización determinar el objetivo del proceso evolutivo de los esfuerzos humanos y los campos apropiados para emplear las fuerzas adquiridas. Ella determina la naturaleza de las relaciones entre los seres humanos, establece las normas de su vida social y crea las disposiciones morales para los asuntos personales, nacionales e internacionales. En suma, es esta la que capacita la mente humana para decidir cómo aplicará dentro de su civilización las fuerzas que ha adquirido gracias al desarrollo de la ciencia, con qué propósito y de qué manera las utilizará, y cuáles de las diversas normas de uso rechazará o aceptará.

En realidad, la observación del mundo material y la adquisición de conocimientos sobre las leyes de la naturaleza no pueden constituir por sí solas la base de una civilización superior. Porque, desde esa perspectiva, la dignidad del ser humano no es mayor que la de un ser inteligente. Con su ayuda solo es posible establecer una concepción materialista de la vida. Es decir, para el ser humano, la vida de este mundo sería la única vida. Su objetivo supremo y último consistiría en satisfacer tanto como fuera posible sus deseos y apetitos biológicos. Acepta como verdad última las leyes vigentes en la naturaleza universal relativas a la lucha por la existencia, la selección natural y la supremacía del más apto, y considera que el verdadero campo de aplicación de la fuerza es aplastar a todas las criaturas circundantes y establecer su propia autoridad por encima de todos. Esta filosofía de vida es la base fundamental de la cultura y la civilización seguidas por Europa. Como consecuencia, todas las fuerzas que el progreso de la ciencia y de la civilización ha puesto en manos del ser humano han comenzado a emplearse, en lugar de para el bienestar de la humanidad, en el camino de su destrucción. Hoy los propios europeos pueden sentir que necesitan una civilización humana superior a su civilización biológica. Y la base de esa civilización no puede ser otra que la religión.

Prosiguiendo, Lord Lothian dice:

No cabe duda de que el espíritu científico (la actitud inquisitiva) ha ido eliminando de las personas las antiguas supersticiones, ha ampliado el ámbito de la ciencia y el conocimiento y, de este modo, ha liberado a hombres y mujeres de muchas ataduras de la antigüedad; pero, al mismo tiempo, ha hecho que el ser humano dependa enormemente de las verdades espirituales y religiosas. Sin embargo, no ha podido mostrarle ningún camino para llegar a la verdad. La mayoría de los occidentales de hoy están absortos en una excitación infantil, en el afán por la variedad y en la embriaguez de los placeres sensoriales. La capacidad de llevar una vida sencilla ha desaparecido casi por completo de ellos. En realidad, no tienen ninguna conexión con las verdades primordiales, infinitas y eternas que presenta la religión.

La religión es una guía indispensable para el ser humano. Es el único medio para alcanzar los objetivos morales, la dignidad y el significado necesarios para la vida humana. Como su poder de control se ha visto reducido, podemos observar que el mundo occidental se ha vuelto adicto a las artimañas políticas basadas en la herencia y la clase social, y ha depositado su fe en una ciencia que proclama el progreso material como su objetivo supremo y hace que la vida sea cada día más compleja e insoportable. Además, para liberarse del dominio del nacionalismo, la mayor calamidad de la época actual, a la Europa de hoy le resulta difícil establecer la unidad necesaria entre el espíritu y la vida. Este es también uno de los resultados significativos de la disminución de la autoridad religiosa.

A continuación, Lord Lothian planteó la siguiente pregunta ante los sectores modernos educados de la India:

¿Podrán las dos grandes religiones de la India, el hinduismo y el islam, afrontar la crítica de la época moderna y las corrientes de pensamiento inquisitivas con mayor éxito que la hostilidad religiosa de Occidente? Esta es la pregunta más importante. Si se quiere proteger a la India de los peligros que han caído sobre Occidente, los pensadores y líderes religiosos de este país deberían prestar atención a esta cuestión. No cabe duda de que las corrientes de pensamiento inquisitivas irán eliminando gradualmente de entre el pueblo indio los productos de la superstición y la ignorancia, y eso será algo muy bueno. Pero ¿acaso esta tendencia también expulsará de la mente de los futuros dirigentes de la vida política, civilizatoria y artística de la India los principios morales y espirituales de ambas religiones? No pretendo estar muy familiarizado con la vida interior del hinduismo y el islam. Sin embargo, creo que entre estas dos religiones existen elementos capaces de hacer que cualquiera de ellas sea apta para mantener bajo su influencia a los hombres y mujeres formados en la universidad. En este aspecto, el cristianismo ha fracasado debido a ciertos vínculos nacidos de creencias erróneas, que han ocultado la verdad expuesta por el gran fundador de esta religión.

Aquí el propio lord Lothian ha reconocido que, en realidad, no sabe mucho sobre el hinduismo y el islam. Solo ha podido observar desde lejos algunos elementos destacados del hinduismo y del islam. Según él, estos elementos pueden lograr que las personas instruidas se mantengan firmemente asentadas en principios morales y espirituales superiores frente a las corrientes modernas de crítica e investigación. Pero para quienes conocen el estado interno de ambas religiones, es decir, de todas las religiones de la India, no es en absoluto un secreto que, si alguna religión puede sobrevivir frente a las corrientes de crítica e investigación, esa es únicamente el islam; más aún, hablando con la mayor claridad, ninguna religión aparte del islam posee la capacidad de avanzar con sus seguidores en medio de tales corrientes y de ser reconocida como la religión de toda la humanidad en la era del progreso y la iluminación. ¿Por qué ha fracasado el cristianismo? Simplemente porque no es una ideología social, sino que se opone radicalmente a la vida en sociedad. Solo se ocupa de la salvación del individuo y, para alcanzar esa salvación, prescribe como único camino apartarse del mundo y depender del reino celestial. Por eso, a medida que las naciones europeas comenzaron a avanzar por el camino del progreso y el desarrollo, el cristianismo, en vez de ayudarlas, se convirtió en un obstáculo. En consecuencia, tuvieron que seguir adelante rompiendo sus ataduras. La situación del hinduismo es igualmente semejante. Tampoco ofrece una filosofía de vida progresista, un código moral racional ni un sistema social expansivo. Hasta ahora, la mayor fuerza que ha mantenido a los hindúes ligados a un sistema social y les ha impedido recibir la influencia de otras civilizaciones ha sido su sistema de castas y etapas de la vida. Pero este sistema está destinado a desaparecer, y sin duda desaparecerá. Después de ello, ninguna otra cosa podrá salvar a la sociedad hindú de la desintegración. Así, sus puertas cerradas quedarán abiertas a las influencias externas. Además, cabe señalar que la antigua civilización y legislación social de los hindúes, sus viejas supersticiones idolátricas y sus opiniones filosóficas irracionales y anticientíficas no pueden resistir ante el progreso científico y la conciencia social de la época moderna. Por ello, los hindúes se acercan cada día más a una encrucijada decisiva en la que se determinará su destino y, en gran medida, el de la India. Tal vez, como los cristianos europeos de la época del Renacimiento, adopten el camino de la civilización materialista, volviéndose hostiles y ciegos de odio hacia el islam; o bien continúen entrando en el islam en grupos sucesivos.

Este desenlace depende en gran medida de la conducta de los musulmanes, especialmente de las personas instruidas tanto en la educación tradicional como en la moderna. Porque el islam no puede mostrar ningún milagro simplemente por el poder de su nombre. Si sus principios y su ideal permanecen consignados únicamente en las páginas de los libros, tampoco le será posible mostrar ningún milagro. En medio de la desunión, el desorden y la inactividad en que actualmente están sumidos los musulmanes, de la apatía y el estancamiento que envuelven a sus ulemas, y de la timidez y el pudor casi femeninos que se observan entre sus nuevas generaciones educadas, no cabe esperar que los defensores del islam puedan siquiera mantenerse en su propia posición, mucho menos conquistar el alma de la India. Es imposible que una nación permanezca firme ante el impetuoso torrente de una revolución. O tendrá que dejarse arrastrar por la corriente, o deberá levantarse con todas sus fuerzas y desviar el curso de la corriente. Esta segunda situación solo puede producirse de la siguiente manera: primero, debe corregirse la condición moral de los musulmanes comunes y reavivarse entre ellos el espíritu fundamental de la vida islámica. Segundo, los ulemas y los musulmanes de educación moderna deben comprender conjuntamente, a la luz de los principios islámicos, los problemas modernos de la vida y presentar soluciones correctas para ellos, tanto desde el punto de vista ideal como desde el práctico, de modo que toda persona racional, salvo los ciegos de odio, se vea obligada a reconocer que, para una sociedad progresista, no existe fundamento más sólido e irreprochable que la cultura y la civilización islámicas.

El tipo de conflicto que existe hoy en la India entre la religión y la ciencia era precisamente el que existía en Europa hace cincuenta o sesenta años. Pero también en la India, que se alimenta de las sobras de Europa, el panorama está a punto de cambiar muy pronto. Por tanto, no está lejano el día en que ya no exista, al menos desde el punto de vista de la razón y el conocimiento, esta hostilidad contra la religión. Naturalmente, la condición para ello es que nos preparemos de antemano para aprovechar debidamente esa oportunidad. Lord Lothian también ha señalado brevemente esta profunda verdad: hace sesenta años no había ninguna esperanza de que terminara la lucha entre la ciencia y la religión; más bien, había surgido tal incertidumbre acerca de esta guerra entre las concepciones espirituales y mecánicas de la vida que se pensaba que no concluiría hasta que una de las dos muriera. Pero hoy ambas partes enfrentadas han abandonado la batalla. Ni el científico ni la persona religiosa afirman hoy con firmeza haber desvelado todos los misterios de la naturaleza del universo ni haber resuelto todas sus complejidades; más bien, en ambos ha surgido una duda tan profunda que se preguntan si realmente saben algo acerca de ese misterio. Así pues, hoy ha aparecido una posibilidad que, en medio del incesante progreso de las ciencias y del conocimiento, parecía imposible.

Sin embargo, lord Lothian no está libre de la influencia de las concepciones cristianas sobre la religión. Además, tampoco ha encontrado la concepción racional del islam acerca de la religión. Por eso, como mucho, puede pensar que hoy es posible cierta conciliación entre la religión y la ciencia. Pero nosotros consideramos que la conciliación entre la religión y la ciencia carece por completo de sentido. Si hoy existe algún obstáculo para que el islam se convierta en la fuerza vital de la ciencia, no se debe a un defecto inherente suyo, sino a la ilimitada pereza de sus seguidores y a la ignorancia y la hostilidad propia de la ignorancia pagana de quienes enarbolan la bandera de la ciencia. Una vez eliminados estos dos obstáculos, el islam seguirá siendo sin duda la fuerza vital dentro de la jaula de la ciencia.

Avanzando en su exposición, el erudito orador ha arrojado luz sobre otro asunto. Se trata de si alguna clase de religión puede sobrevivir frente al despertar científico y la crítica basada en la razón de la época actual. ¿Qué características debería tener la religión que busca la humanidad inquisitiva en esta era iluminada? ¿Y por qué necesidades fundamentales busca el ser humano de hoy la guía de la religión?

Este es el aspecto más notable del discurso en cuestión. Dijo:

Si mi comprensión de la situación no es errónea, debemos reconocer necesariamente que la religión de la época actual se enfrenta a una dura prueba. Solo podrá superarla con éxito cuando las nuevas generaciones examinen sus normas y disposiciones internas y queden plenamente convencidas de que en esta religión se encuentra la solución adecuada a todos los problemas, preguntas y complejidades reales de la vida. La época de la religión personal ya ha terminado. Ese día quedó atrás hace mucho. Hoy nadie necesita una religión basada únicamente en la emoción. También ha llegado a su fin la época de una religión que solo puede ofrecer cierta ayuda para regular la conducta moral de las personas y, a lo sumo, prometer la salvación en la otra vida. El ser humano racional de la época actual quiere comprobar cada cosa, incluso la verdad, según el criterio de sus resultados directos. Si ha de obedecer a la religión, antes tendrá que responder a la pregunta de qué solución ofrece esta a sus problemas reales. La esperanza de alcanzar finalmente el nirvana después de atravesar innumerables vidas, o la espera de llegar al reino celestial tras superar la etapa de la muerte, no es algo por lo que vaya a aceptar una religión basándose únicamente en ello. Debido a su inquietud filosófica, la religión debe proporcionarle primero una llave con la que pueda hallar una solución satisfactoria a algunos de los misterios ocultos de la naturaleza del universo. Además, debe demostrarle, mediante métodos científicos apropiados, la relación directa entre causa y efecto —es decir, entre los medios y sus resultados—, y mostrarle cómo puede someter a control las fuerzas arrogantes e indómitas que hoy amenazan con destruir a la humanidad en lugar de contribuir a su bienestar. Del mismo modo, la religión debe indicar cómo eliminará el desempleo, la desigualdad irracional, la opresión y la persecución, la explotación económica, las guerras y otros males sociales; cómo impedirá las luchas mutuas entre las personas y la desintegración de la familia, y otros asuntos semejantes. Pues son precisamente estos problemas los que han arrebatado a la humanidad toda su alegría. La única razón por la que hoy las personas dependen tanto de la religión es que la ciencia, en lugar de resolver sus problemas, los ha agravado aún más. Por eso nunca antes se habían mostrado tan ansiosas como hoy por obtener de la religión una solución para sus dudas y problemas. Por consiguiente, si la religión quiere proteger sus dominios y recuperar su prestigio perdido, tendrá que ofrecer respuestas espirituales, pero científicas, a las preguntas mencionadas, de modo que su validez pueda verificarse y ponerse a prueba aquí mismo, en este mundo, según el criterio de sus resultados. Es decir, no se puede dejar esa respuesta pendiente para el mundo posterior a la muerte. Nosotros, los occidentales, sabemos que este es el mayor problema de nuestra época. Ustedes, habitantes de la India, ¿qué respuesta pueden dar a esto?

Después de leer esta parte del discurso de Lord Lothian, parece realmente que una persona sedienta se retuerce de angustia. No sabe nada del agua, pero percibe perfectamente los síntomas de la sed y también expresa con claridad qué cualidades debe tener aquello que desea para apagar el fuego de sus entrañas. En tal situación, si se le llevara agua y se la presentara ante él, su propia naturaleza exclamaría: «¡Esto es precisamente lo que me tenía agitado de sed!». Incluso no dudaría lo más mínimo en tomar el recipiente de agua y beber un sorbo. Esta situación no es exclusiva de Lord Lothian; allí donde, en Europa, América o cualquier otra parte del mundo, las personas han sido abrasadas por el fuego de la civilización occidental y, tras atravesar la franja verde situada en los límites del desierto de la filosofía y la ciencia, han llegado a la árida llanura intermedia, sin agua, hierba ni enredaderas, todas están hoy sedientas de la misma manera y, al igual que Lord Lothian, desean algo con esas mismas cualidades. Ninguna de ellas conoce el nombre del agua, ni sabe dónde puede encontrarse; pero, de vez en cuando, solo grita: «¡Traigan pronto aquello con lo que pueda apagarse el fuego de mis entrañas!»

Por supuesto, han oído mencionar el nombre del agua, pero nunca han visto su verdadera naturaleza; al contrario, de sus antepasados ignorantes y cegados por el odio también han oído decir: «¡Cuidado! No se acerquen siquiera al agua; es una cosa venenosa y terrible». Por eso han seguido temiendo ese nombre. Pero hoy la situación ha llegado a tal punto que, si se les presentara la cosa real ocultando su nombre, ciertamente exclamarían: «Sí, esto es precisamente aquello por lo que teníamos sed». Y si entonces se les dijera: «¡Señores! Esta es el agua, la misma cuyo nombre temen», se quedarían atónitos de asombro y dirían: «¡Durante todo este tiempo, qué engaño tan grande hemos estado sufriendo!»

El ser humano racional de la época actual ha examinado y puesto a prueba detenidamente el cristianismo. Se ha vuelto tan evidente como la luz del día que esta religión no ofrece ningún remedio para su enfermedad. A veces puede quedar fascinado por la filosofía enigmática del hinduismo y el budismo y por su carácter históricamente reaccionario, pero su fracaso se hace manifiesto ante el primer golpe de la crítica y el análisis científicos. El budismo no es sino, en gran medida, una versión india del cristianismo. Y el hinduismo mismo continúa creando problemas y complicaciones de los que el ser humano racional de la época actual desea precisamente liberarse, razón por la cual siente la necesidad de la religión. Dentro de sus límites es donde más se observa la desigualdad irracional entre unas personas y otras. La forma más despreciable de explotación económica —la usura y el préstamo con interés— se ha convertido en una parte inseparable de su sistema normativo. La causa fundamental de las guerras —la división de los seres humanos en tribus y el odio— está infiltrada en sus cimientos. El sistema social que ha establecido no une a las personas; más bien, las divide en innumerables clases y grupos. Sus normas sociales son tan antiguas y decadentes que, en la época actual de conciencia científica y práctica, incluso los hindúes de linaje ancestral se ven obligados a transgredirlas. Esto se debe a que sus fundamentos no descansan en el conocimiento, la inteligencia y la racionalidad, sino en el odio y la superstición. Además de todos estos asuntos mundanos, también parece aún más inservible en materia de ética y espiritualidad. No posee ninguna llave capaz de ofrecer una solución satisfactoria a los misterios ocultos de la naturaleza del universo. Sus convicciones no son más que meras construcciones imaginarias, y no puede presentarse ninguna prueba científica o racional a favor de ninguna de ellas. En materia moral, ciertamente crea una magia de imaginación cautivadora, como la magia que también creó Mahatma Gandhi. Pero está completamente vacía de argumentos, pruebas y sabiduría práctica. Por tanto, puede afirmarse con seguridad que su fracaso se hará manifiesto muy pronto en la época actual de conciencia científica.

Después de esto, solo queda el islam. En realidad, el islam supera plenamente todos y cada uno de los criterios que el ser humano racional de hoy ha propuesto o puede proponer para la religión que busca.

Hoy ha quedado anticuada la afirmación de que la religión es un asunto meramente personal y que solo guarda relación con la moralidad individual. En realidad, no es más que una peculiar extravagancia del siglo XIX. Sin embargo, incluso en esta cuarta década del siglo XX, una parte de los reaccionarios de nuestro país continúa propagando esta doctrina. Aunque estas personas gritan constantemente «¡progreso!, ¡progreso!», están firmemente decididas a seguir siempre cincuenta años por detrás del mundo moderno. Hoy puede decirse que es casi universalmente aceptado que no se puede considerar al individuo separado de la sociedad. Cada individuo de la sociedad está vinculado con los demás por innumerables relaciones, grandes y pequeñas. En términos generales, la sociedad se asemeja a un cuerpo. En ella, la posición del individuo es como la de los órganos de un cuerpo vivo. Si la religión es necesaria, no lo es únicamente para la satisfacción interior del individuo o para su salvación en la otra vida, sino para la organización de toda la sociedad y la dirección de todas las actividades de la vida terrenal. Y si no fuera necesaria, no lo sería para nadie, ni para el individuo ni para la sociedad. Pretender que las normas sociales sean de una clase y que las creencias y prácticas religiosas del individuo sean de otra completamente distinta no es más que una afirmación pueril. Si las creencias y prácticas religiosas no tienen relación con la vida social, entonces tales creencias y prácticas carecen por completo de sentido. Y no solo carecen de sentido: allí donde no estén dispuestas a cooperar con las demás partes del sistema social, su desaparición será inevitable. Por tanto, entre los dos caminos solo puede adoptarse uno: o bien hay que hacer que todo el sistema social carezca por completo de religión y desterrar definitivamente la religión de la vida humana conforme a la doctrina comunista; o bien hay que construir la vida social enteramente sobre la base de la religión y, como exige el islam, reconocer a la religión como única guía tanto en el ámbito del conocimiento y la ciencia como en el de la cultura y la civilización. La humanidad lleva mucho tiempo poniendo a prueba el primer camino. De él pueden surgir, y de hecho han surgido, los frutos venenosos que menciona Lord Lothian. Y tampoco en el futuro habrá excepción alguna a esta regla. En estas circunstancias, la salvación del mundo reside únicamente en el segundo camino, y la posibilidad de que este camino se haga realidad se vuelve cada día más evidente.

Pero, como he dicho antes, aprovechar plenamente esta oportunidad o perderla para siempre depende enteramente de la voluntad de los musulmanes. Los hechos han llevado al mundo, y a nuestro país como parte del mundo, a un punto desde el cual su rumbo puede girar hacia el islam, pero también puede llegar al abismo de la materialismo y la anarquía moral. Es muy probable que hasta hoy su rumbo haya estado orientado hacia el segundo camino, porque el mundo lleva avanzando por él desde hace mucho tiempo. Sin embargo, al contemplar los diversos peligros y horrores de ese camino, se ha llenado de miedo y aprensión, y también está buscando por todas partes, con mirada inquisitiva, si existe algún otro camino para salvarse. Pero no logra distinguir ningún camino de salvación. En realidad, está esperando dirigentes poderosos capaces de quitar el velo de sus ojos y demostrar que el camino sencillo y recto del islam es el único camino de salvación. Si surgiera entre los musulmanes un grupo de tales mujahidines y mujtahides, ellos serían capaces de guiar al mundo entero. En tal caso, podrían recuperar el puesto de honor en el que estuvieron entronizados en el pasado y que hoy anhelan al ver a las naciones occidentales instaladas en él. Pero si la mayoría de esta nación permanece sentada, como hoy, en la desesperanza y el desaliento; si su juventud considera la mera ingestión de las sobras ajenas como la máxima realización; si sus ulemas permanecen ocupados en disputas vacías sobre el fiqh y el kalam antiguos; si la mezquina mentalidad de sus dirigentes políticos considera seguir las huellas de otras naciones como el ideal supremo del «espíritu yihadista» y cree que arrojar a su propio pueblo a la trampa del mayor engaño del siglo XX constituye una gran hazaña y una muestra de inteligencia; en suma, si todo el cuerpo de esta vasta nación permanece sumido en la pasividad y la incapacidad, y ni siquiera unos pocos hombres creyentes de entre estos millones de personas pueden avanzar con firmeza para emprender el yihad, el ijtihad y la lucha por la causa de Alá, entonces esta nación también será arrojada algún día al abismo hacia el que se precipita el mundo. Entonces la ira de Alá volverá a rugir:

(Árabe)

(Es decir: ¡perezca la comunidad de los ulemas.)

7

El conflicto de Turquía entre Oriente y Occidente

[El artículo se publicó por primera vez en febrero de 1936 en la revista mensual Tarjumán al-Qurán. —El editor]

El discurso de Jaleda Edib Janum

[La pronunciación turca del nombre es «Halide Edib Hanum».]

La célebre erudita y mujer combatiente turca Halide Edib Hanum llegó a la India a mediados de 1935 por invitación de la «Jamia Islamia». Los varios discursos que pronunció en Delhi fueron traducidos al urdu y publicados por el profesor de la Jamia, el doctor Sayyid Abid Husain, con el título «El conflicto entre Oriente y Occidente en Turquía». En el presente artículo arrojaremos algo de luz sobre dichos discursos.

En el mundo musulmán, actualmente dos Estados han sido investidos con la dignidad de liderar a los musulmanes del mundo, cada uno desde una perspectiva diferente: Egipto desde el punto de vista intelectual y Turquía desde el político. La relación de Egipto con la nación musulmana es relativamente más profunda, porque su idioma es nuestra propia lengua internacional: el árabe. Sus libros y publicaciones circulan entre los musulmanes de todo el mundo. Su influencia intelectual se extiende desde China hasta Marruecos. En una palabra, Egipto es el único vínculo de encuentro, entendimiento y conocimiento mutuo entre los musulmanes. En cambio, la vida combativa de la nación turca, su heroica defensa frente a las incursiones occidentales y sus enormes sacrificios por la dignidad nacional han influido, sin duda, en todo el mundo musulmán. Por eso ocupan el puesto de liderazgo y autoridad en el mundo musulmán. Sin embargo, el desconocimiento lingüístico y la falta de contacto y entendimiento mutuos han creado una profunda barrera entre Turquía y la mayoría de los países musulmanes. Como consecuencia, nuestro conocimiento del desarrollo intelectual de la nación turca, de su formación basada en el pensamiento y de su progreso social, político, religioso y científico es muy limitado. En particular, durante los últimos diez o doce años hemos tenido muy pocas oportunidades de conocer y comprender las causas internas y la corriente fundamental de la gran revolución ocurrida en Turquía. Muchas personas están sumamente descontentas con los turcos. Otras, en cambio, tienen una buena opinión de ellos. Incluso algunos han tomado su simpatía por Occidente como prueba definitiva para justificar su propia adoración de Occidente. Pero ninguno de ellos posee información auténtica y fiable. Aunque algunos dispongan de datos escasos, estos de ningún modo bastan para comprender la esencia de la Turquía moderna.

En estas circunstancias, tenemos la inmensa fortuna de que una de las principales artífices de la Turquía moderna haya venido aquí y haya expuesto la situación interna de su nación. No fue solamente una actriz en el escenario de la revolución reciente; más bien, fue una de sus fuerzas activas más destacadas. Además, por la gracia de Alá, poseía la perspicacia de una erudita, la comprensión de una filósofa y la inteligencia propia de una gran pensadora. Por ello puede comprender las causas subyacentes al curso de los acontecimientos externos y también explicarlas. Por primera vez hemos tenido la oportunidad de conocer y comprender Turquía correctamente a partir de una fuente tan auténtica y fiable. Ella ha intentado revelar ante nosotros la esencia de la Turquía moderna: la nación que hoy no solo proporciona el liderazgo político del mundo musulmán, sino que también se esfuerza por alcanzar su liderazgo intelectual. Nos ha explicado con plena honestidad y fidelidad cuál es en realidad su situación interna, qué elementos la han constituido, qué fuerzas actúan en su interior, qué causas la han conducido hasta su posición actual y en qué dirección avanza hoy. Este archivo de información auténtica nos resulta sumamente beneficioso desde diversos puntos de vista. Su único beneficio no consiste en que la verdadera situación de la nación turca se haya hecho patente ante nosotros; un beneficio aún mayor es que ahora podemos comprender mejor la corriente fundamental de la orientación que nuestros nuevos descendientes reciben actualmente de Turquía. En suma, hemos obtenido otra oportunidad para comprender las causas internas de la revolución que está teniendo lugar actualmente en el mundo musulmán.

Por supuesto, antes de comprender la Turquía moderna por medio de Halide Hanum, es necesario comprenderla bien a ella misma. No cabe duda de que el corazón de Halide Hanum es plenamente musulmán y está lleno de conciencia de la fe. Y su fe tampoco es de una clase cualquiera, sino digna de envidia, pues es la fe de una mujer muyahid. [Lamentablemente, como resultado de estudios posteriores, no me ha sido posible mantenerme firme en esta opinión (1943)]

En su manera de pensar no se percibe ni siquiera rastro de ateísmo o irreligiosidad. Siente una profunda devoción por el islam; una devoción como la de una mujer musulmana sincera.

Pero, aunque su corazón es musulmán, su mente no lo es en la misma medida. Recibió una educación enteramente occidental y estudió únicamente los conocimientos y las ciencias de Occidente. Ha contemplado el mundo, el islam y a su propia nación a través de las gafas occidentales, y todos sus pensamientos y puntos de vista se han formado según el molde occidental. Sin duda, el islam oculto en su corazón y su simpatía por Oriente están resistiendo en gran medida la supremacía intelectual y mental de su occidentalismo. Gracias a esa resistencia, se observa bastante equilibrio en su pensamiento en comparación con el de los demás dirigentes revolucionarios de la nación turca. Pero esa resistencia no ha podido protegerla por completo del dominio de su simpatía por Occidente.

Parece que su conocimiento del islam es muy limitado. Probablemente no dedicó ni siquiera una décima parte del tiempo que empleó en estudiar la filosofía, la historia y la sociología occidentales al estudio del Corán, la Sunna y la historia del islam. Por eso, en el destello de sus ideas sobre el islam que hemos podido percibir en sus discursos hay buenas intenciones, ciertamente, pero muy poca comprensión profunda y perspicacia.

En su último discurso dijo: «La personalidad de Gandhi es un ejemplo completo del islam moderno». Solo puede decir esto alguien que ignora por completo qué es el islam, cuán grande y superior es, mucho más allá de la comparación entre lo antiguo y lo moderno, y cómo es su ejemplo perfecto. Para quien presta la menor atención a las características del carácter islámico y ha vislumbrado siquiera un destello de ese carácter, ¿qué importancia tiene Gandhi? Incluso los grandes héroes de la historia mundial carecen de valor frente a él. Esto no nace de una hostilidad nacional; es, más bien, una verdad histórica innegable. Pongan ante ustedes el carácter de Abu Bakr al-Siddiq (que Dios esté complacido con él), Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él), Ali al-Murtada (que Dios esté complacido con él), Hasan ibn Ali (que Dios esté complacido con él), Abu Hanifa (que Dios tenga misericordia de él), Ahmad ibn Hanbal (que Dios tenga misericordia de él), Abd al-Qadir al-Yilani (que Dios tenga misericordia de él) y otros semejantes. Luego digan con justicia: si se excluye a los profetas, ¿qué personalidad de la historia mundial puede colocarse frente a estos caracteres?

En la formación de la sociedad política de la nación otomana se percibe la influencia de todo, desde las antiguas características hereditarias de la nación turca hasta Grecia, Bizancio, Roma e incluso la democracia de Platón. Pero no se percibe la influencia del Corán ni de las enseñanzas de Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Y, sin embargo, fue precisamente esto lo que puso en manos de los turcos nómadas de Asia Central la antorcha de la civilización y la cultura, creó en ellos la capacidad de alcanzar una expansión mundial y una fama universal, y los transformó, en lugar de una fuerza destructiva para la humanidad, en una fuerza bien organizada. La señora Jaleda solo pudo percibir entre los otomanos cierta influencia de la igualdad y la justicia del islam. El caso fue el siguiente: cuando el sultán Salim quiso propagar el islam entre sus súbditos por la fuerza de la espada, el shayj al-islam Yamal Afandi le ordenó abstenerse de hacerlo, y hasta un gobernante despótico como Salim inclinó la cabeza ante esa orden. Pero en este gran acontecimiento, en lugar de la justicia islámica, lo que la señora Jaleda percibió fue el sentimiento de la «nacionalidad otomana» y el impulso de preservar la «política de gobierno del Estado otomano». No comprendió que en la fetua de Yamal Afandi estaba implícita la doctrina de «no hay coacción en la religión».

Fue la fuerza de la sinceridad islámica la que le dio el valor de emitir una fetua ante Salim. Y fueron la superioridad y la grandeza del islam las que obligaron a Salim a inclinar la cabeza ante su fetua.

Jaleda parece estar descontenta con el laicismo extremista, la opresión y la tiranía, la organización social coercitiva, la ilimitada admiración por Occidente, la mentalidad materialista y la actitud hacia la religión de la actual clase gobernante de Turquía. Desea una síntesis equilibrada entre las costumbres y los sistemas orientales y occidentales. Es partidaria de establecer una armonía entre el «materialismo» y el «espiritualismo». También reconoce que la síntesis que el islam ha realizado entre estas dos concepciones de la vida es la mejor. Pero ella misma no posee una visión plenamente profunda del islam. Por eso no sabe cuál es, conforme a los principios islámicos, el modo correcto de realizar esa síntesis ni cuál es la línea recta del equilibrio entre los dos extremos. No obstante, dejando de lado sus opiniones personales, en sus discursos podemos encontrar una descripción clara y exacta de la mentalidad de la Turquía moderna, de su corriente de pensamiento y de las causas históricas de la revolución reciente; y eso es precisamente lo que buscamos.

Cuando la nación turca entró en el islam, ya había comenzado la decadencia moral e intelectual de los musulmanes. [Aquí, por nación turca se entiende la Turquía otomana.] En ellos sobrevivía, ciertamente, el espíritu de la yihad, pero el espíritu del iytihad había muerto. Los pensadores de visión profunda sobre el islam y los faqihs eruditos (juristas) habían desaparecido. La cultura y la civilización islámicas estaban medio muertas, y el pensamiento islámico se había vuelto casi inerte. En materia de las normas de la sharía, predominaba la imitación ciega. Las costumbres de los no árabes y de los romanos se habían infiltrado en la sociedad y la civilización. La influencia del orientalismo sobre el sufismo y del neoplatonismo sobre la filosofía se había arraigado firmemente. Había escasez de personas aptas para adquirir conocimiento directamente del Corán y la Sunna. La mayoría de los ulemas se enredaba en complejas disputas de kalam, llenas de juegos de palabras, y hacía soplar una tempestuosa corriente de explicaciones y análisis por el camino seguido por sus predecesores. La mayoría de los gobernantes estaba ocupada imitando ciegamente a César y Cosroes. Las comunidades sufíes y los líderes espirituales habían abandonado el verdadero sufismo de la edad de oro del islam y seguían a monjes y yoguis. El progreso de los musulmanes en las ciencias, el conocimiento y las artes se había detenido. Su avance en el pensamiento, la investigación y el descubrimiento se había extinguido casi por completo. En suma, después del auge, los signos evidentes de la decadencia se manifestaban ya en todo el mundo musulmán.

Así, la aparición de los turcos en la historia del islam estuvo marcada desde el principio por una debilidad fundamental. Y casi al mismo tiempo en que en Europa comenzaban el desarrollo intelectual y la aventura científica, se fundó el Imperio otomano.

Es cierto que durante los primeros doscientos o doscientos cincuenta años los otomanos derrotaron repetidamente a Europa y enarbolaron el estandarte victorioso del islam. Pero en aquella época, al igual que las demás naciones musulmanas, los turcos descendían gradualmente hacia la decadencia, mientras que las naciones occidentales rivales avanzaban rápidamente hacia el progreso material e intelectual. En el siglo XVII de la era cristiana, la situación adoptó una forma completamente distinta. La organización militar de los francos y su fuerza material y humana habían aumentado tanto que, en la batalla de San Gotardo, derrotaron por primera vez y de forma desastrosa a los turcos en decadencia. Pero ni siquiera eso abrió los ojos de los turcos. Continuaron descendiendo hacia la decadencia, mientras los francos ascendían proporcionalmente a la cumbre del progreso. Incluso en el siglo XVIII, la situación moral, religiosa, política, intelectual y civilizatoria de los turcos llegó a una decadencia extrema, y la supremacía de los francos se hizo plenamente manifiesta.

A comienzos del siglo XIX, el sultán Salim percibió esta debilidad general de la nación turca. Comenzó a reformar el sistema de gobierno, difundir los conocimientos y las ciencias modernas, organizar el ejército según nuevos métodos e introducir armas de guerra occidentales modernas. Pero las comunidades sufíes, ignorantes y necias respecto a las enseñanzas y el espíritu del islam, y los ulemas de mentalidad estrecha se opusieron a estas reformas en nombre de la religión. Calificaron de apostasía la organización militar al estilo europeo. Consideraron que el uniforme militar moderno era una imitación de los cristianos. Según ellos, utilizar la bayoneta era un pecado. Además, se propagó el odio contra Salim con el argumento de que, al introducir las políticas de los infieles, había distorsionado el islam.

El Shaykh al-Islam Ataullah Afandi emitió una fatwa: el soberano que actúa contra el Corán no es digno de reinar. Finalmente, en 1707 d. C., Selim fue depuesto. Por primera vez, los líderes religiosos, mediante su ignorancia y ceguera, hicieron que el islam fuera considerado un obstáculo para el progreso.

La situación de la época cambiaba con rapidez, y los turcos se veían afectados por estos cambios con mucha mayor intensidad que los demás musulmanes. Se encontraban justo frente a Europa y, al mismo tiempo, estaban en guerra unos con otros. Mantenían profundas relaciones políticas, civilizatorias y comerciales precisamente con las naciones occidentales. Incluso las naciones europeas sometidas a ellos estaban adoptando rápidamente la influencia occidental. Pero los líderes religiosos turcos, carentes de dominio del saber islámico y de capacidad para el iŷtihad, y completamente ignorantes de las verdaderas enseñanzas del islam, permanecían totalmente indiferentes ante aquellos cambios. Como consecuencia, obligaron a la nación turca a no avanzar ni un solo paso más allá de la situación de setecientos años atrás.

Después de Selim, el sultán Mahmud intentó emprender reformas. La comunidad de los ulemas y los líderes religiosos volvieron a oponérsele. Tras superar numerosos obstáculos y dificultades, en 1826 Mahmud logró introducir los principios de la organización militar moderna. Pero los ulemas y los sufíes no dejaron de proclamar que una reforma de ese tipo equivalía a una bid‘a y que con ella se estaba deformando el islam; que el sultán se había vuelto impío y que, si los musulmanes se alistaban en un ejército organizado según métodos modernos, su imán necesariamente se perdería.

Fue en esta época cuando entre los pensadores de Turquía surgió una conciencia general de la decadencia nacional. Reflexionaron sobre las causas del progreso de las naciones occidentales, estudiaron sus conocimientos científicos, sus costumbres y métodos, y examinaron atentamente sus sistemas administrativos; al mismo tiempo, intentaron introducir reformas y cambios en las leyes, los asuntos administrativos, las instituciones educativas y el sistema militar de su propio Estado, para poder progresar al mismo ritmo que las naciones occidentales. En palabras de Khaleda Khanam, por las venas y arterias de aquellos hombres corría la savia vital del pensamiento islámico. Su corazón y su mente eran musulmanes. Ciertamente eran conscientes de sus propias debilidades, pero no sentían en absoluto inferioridad frente a Occidente. No estaban deslumbrados por Occidente ni dispuestos a aceptar indiscriminadamente cada una de sus cosas; más bien, su único objetivo era remediar las debilidades de su Estado y de su nación mediante los elementos positivos de Occidente y competir con los europeos en todos los ámbitos de la vida en pie de igualdad. Durante el reinado del sultán Abdul Mayid Jan reformaron la administración y reorganizaron las fuerzas armadas. Infundieron vitalidad a la cultura y la civilización de su nación. Fundaron nuevas escuelas y colegios. Así, en tan solo unos años, construyeron una nueva nación que poseía incluso el talento avanzado necesario para pensar e investigar, junto con todas las joyas de la civilización islámica. Hasta la deposición del sultán Abdul Aziz (1876), este grupo, pese a innumerables obstáculos internos y externos, llevó a cabo de la mejor manera la tarea de reconstrucción nacional. Como resultado, surgieron generales como Omar Pachá, organizadores como Midhat Pachá y auténticos pensadores y literatos musulmanes como Namık Kemal y Abdul Haq Hamid.

Pero entonces llegó el sultán Abdul Hamid y cambió de repente todo el rumbo. Su reinado duró un total de treinta y tres años, de 1876 a 1909. Durante ese período, otra nación oriental —Japón— ascendió por la escalera del progreso y llegó de donde estaba a donde está. En cambio, este sultán egoísta dedicó su tiempo, por su obsesión con el poder personal, a bloquear el desarrollo mental, intelectual, civilizatorio, político y administrativo de la nación turca y a paralizar su vitalidad. Aquí no hay lugar para una crítica detallada de las acciones de este hombre. En resumen, empleó en tareas destructivas el mejor período para las labores constructivas —un período en el que cada hora era sumamente valiosa—. Arruinó a los talentos más destacados de la nación turca. Incluso destruyó a una personalidad incomparable como Yamal al-Din al-Afgani. Pero el mayor daño que, por su causa, sufrió no solo la nación turca, sino todo el mundo musulmán, fue que utilizó la autoridad religiosa del califato y la influencia de los ulemas y líderes religiosos reaccionarios para extirpar los cimientos construidos por los reformadores turcos de la era de la Organización, así como sus reformas políticas y administrativas. Como consecuencia de su egoísmo y de su miopía, entre los jóvenes turcos surgió una reacción revolucionaria. A raíz de ello, comenzaron a considerar directamente la religión como un obstáculo para el progreso. Sus mentes y corazones se rebelaron contra las enseñanzas islámicas. El odio y la hostilidad que naturalmente habían surgido en ellos hacia los ulemas y líderes religiosos reaccionarios, llevados al extremo por el revolucionarismo, desviaron su curso hacia la religión. Llegaron a pensar —y los ulemas y líderes religiosos ignorantes los obligaron a pensar— que el islam era una religión estancada e inmóvil, incapaz de avanzar al ritmo de la época. Que sus leyes y normas no podían adaptarse a los cambios de las circunstancias. Que, aparte de unas pocas creencias doctrinales, no había en él nada firme ni poderoso. Durante estos treinta y tres años, la opresión y la tiranía —que, por desgracia, habían adoptado un cariz religioso— sembraron entre las nuevas generaciones turcas el ateísmo, el materialismo, el deslumbramiento ante Occidente, la ciega imitación del pensamiento occidental, la hostilidad hacia su propia tradición, la rebelión contra todo lo antiguo y un intenso odio hacia el califato y la unidad islámica, que el sultán Abdul Hamid había convertido en instrumentos para satisfacer sus intereses personales. Al mismo tiempo, arraigó en ellos la idea de que, para alcanzar el progreso y la prosperidad en el mundo, era indispensable derribar todos los fundamentos del pasado y construir el palacio del turquismo siguiendo enteramente el modelo occidental.

La revolución de 1908 destronó al sultán Abdülhamid. Como consecuencia, el poder absoluto del Estado pasó a manos de jóvenes excesivamente entusiastas, exaltados y de mentalidad rebelde. En palabras de Khaleda Khanum, estos hombres eran de una clase distinta de los reformistas de la época de la Organización. Ni uno solo de ellos igualaba a los pensadores de aquella época en formación académica, investigación intelectual y refinamiento mental. No tenían ante sí aquel gran objetivo, ni poseían en su carácter una firmeza semejante. En cortesía, urbanidad y educación no había comparación alguna entre ellos y nosotros. No poseían aquel intenso sentimiento nacionalista, ni la capacidad de discernimiento necesaria para comprender correctamente la diferencia entre lo antiguo y lo moderno. Este reducido grupo de jóvenes ignoraba las ciencias y el saber islámicos, y era inmaduro en la educación islámica. Tampoco tenía una visión profunda de las ciencias y el saber occidentales. En sus mentes y corazones había surgido un intenso odio contra su propia religión, civilización, saber, costumbres y antiguas instituciones sociales. El progreso y el desarrollo de Occidente habían producido en ellos una fascinación total. Se habían vuelto impacientes por cambiar cada una de sus propias cosas. Cuando el poder del Estado cayó en sus manos, el agua estancada y contaminada de treinta y tres años pareció romper sus diques con la fuerza de una inundación. Fue en esta época cuando el demonio del patriotismo y del orgullo racial turaní se instaló sobre los turcos. Comenzó a manifestarse indiferencia hacia la unidad islámica. Se inició plenamente la crítica de la religión. Se empezaron a emplear enormes energías para adoptar por completo la antigua civilización preislámica. Se propuso adoptar el alfabeto latino para romper con el pasado y acercarse a Occidente. Un grupo de ulemas oficiales se adelantó para moldear el islam conforme al patrón de las ideologías modernas. Ziya Gökalp era el líder de este grupo. Este hombre emprendió una intensa propaganda en favor de la unidad turaní frente a la unidad islámica. Despertó en los turcos odio y repugnancia hacia la historia de la época islámica y sus célebres héroes, y les enseñó a enorgullecerse de los antiguos tártaros bárbaros, entre cuyas figuras destacaban especialmente Gengis y Hulagu. Intentó liberar la lengua turca de la influencia de la literatura islámica. Insistió en la imitación completa de Occidente en la sociedad, la civilización, la cultura, las costumbres y todos los comportamientos de la vida real de los turcos. Un hombre con esta visión se convirtió en el líder del partido revolucionario moderno. Junto con sus seguidores, intentó ofrecer una interpretación de las enseñanzas islámicas que permitiera transformar cada elemento del islam, salvo unas pocas creencias y normas morales, y moldearlo según el patrón occidental.

Mientras por un lado comenzaba una revolución de tal magnitud entre la nación turca, por otro, la sociedad de los ulemas turcos y los dirigentes religiosos aún no estaba dispuesta a salir del ambiente del siglo séptimo; su impotencia, superstición, reaccionarismo y extrema negativa a adaptarse a los tiempos continuaban igual que durante el reinado del sultán Selim. Todavía afirmaban que, después del cuarto siglo de la Hégira, la puerta del iŷtihad se había cerrado. Sin embargo, ante sus propios ojos se estaba abriendo la puerta de la apostasía. Aún se ocupaban de leer y enseñar libros de filosofía y de kalam que, una vez arrojados lejos, habían dejado que el curso de los tiempos avanzara quinientos años. Todavía pronunciaban en sus sermones y exhortaciones aquella antigua clase de tafsir del Corán y transmitían aquellos hadices débiles que, aunque hacían exclamar «¡ay!» a la gente de un siglo atrás, provocaban en las personas cultas de la época, al escucharlos, repugnancia no solo hacia aquellos mufassirun y muhaddizun, sino incluso hacia el propio Corán y los hadices. Seguían insistiendo en implantar entre los turcos el sistema jurídico escrito en el «Shami» y el «Kanz al-Daqa’iq»; y, aunque como consecuencia de esa insistencia los turcos abandonaran la obediencia a las normas establecidas por el Corán y la Sunna, ellos no estaban dispuestos a cambiar de opinión.

En resumen, la sociedad de los ulemas y los dirigentes religiosos seguían una política tan equivocada que, en apenas cien años, había desviado a la nación turca de la etapa de la Organización y la había llevado a este nivel de revolucionarismo. Por otro lado, aunque los dirigentes revolucionarios de la nación turca eran musulmanes de corazón y de espíritu, en el mundo real del pensamiento, la razón y la acción se alejaban gradualmente del islam. Precisamente en ese momento resonó el toque de guerra de la Primera Guerra Mundial. En ella, los desdichados musulmanes de Arabia y de la India degollaron a los turcos junto con los enemigos del islam. Después, cuando los turcos se vieron envueltos en una lucha para salvar su vida nacional de la destrucción total, quienes más se opusieron a ellos fueron el califa y el Shaykh al-Islam de aquel tiempo. Para los revolucionarios y para la conciencia islámica medio muerta de los turcos, estos últimos golpes fueron destructivos. El resultado inevitable de ello lo vemos en la modernidad desmesurada de la nueva Turquía. La corriente de pensamiento revolucionario que en 1908 aún era inmadura, y cuyo desarrollo había sido impedido por las ocupaciones de la guerra de Trípoli, la guerra de los Balcanes y el ataque griego, alcanzó de repente la madurez después de la Conferencia de Lausana y comenzó a adquirir una forma completamente real. Así, se implantaron plenamente los principios occidentales en la sociedad y la civilización; el nacionalismo se reflejó en toda su extensión en la lengua, la literatura y la política; y, tras la caída del califato, se estableció una separación entre la religión y el Estado. En palabras de Khaleda Khanum, el Estado fue liberado de la influencia de la religión y la religión quedó subordinada al Estado. Se introdujeron las leyes de Suiza en lugar de la ley islámica; se modificaron incluso las instrucciones explícitas del Corán sobre cuestiones como la herencia, el matrimonio y el divorcio; y se dejó a las mujeres en el camino de una libertad desenfrenada, completamente opuesta a las enseñanzas islámicas y semejante a la de las mujeres europeas después de la Gran Guerra. Todo esto fue la consecuencia natural de la impotencia de los ulemas ignorantes, los errores de los sufíes adoradores de sí mismos, el egoísmo de los sultanes que se aprovecharon ilegalmente de su posición califal y la terrible ignorancia de los dirigentes revolucionarios respecto al conocimiento del Corán y la Sunna. Es lamentable que, durante este siglo, la nación turca no haya producido ni un solo talento dotado de un profundo conocimiento del Corán y los hadices y capaz de comprender la esencia de las enseñanzas islámicas; alguien que hubiera podido observar agudamente las condiciones cambiantes de la época, emplear la capacidad del iŷtihad y aplicar los principios islámicos a esas condiciones para construir un modo de vida armonioso, basado en el Corán y la Sunna y apto para avanzar al ritmo de los tiempos.

Quienes no conocen esta evolución de la historia turca incurren en un extraño tipo de error. Las personas de antigua orientación religiosa continúan proclamando dictámenes de kufr y fasiq contra los nuevos turcos. Pero ignoran que los ulemas y dirigentes religiosos turcos son más pecadores que esos nuevos turcos. La impotencia de estos ulemas y dirigentes religiosos empujó hacia el europeísmo a aquel pueblo muyahid que durante quinientos años había luchado solo por el islam. Si una impotencia semejante empujara algún día en esa misma dirección a otros pueblos musulmanes, no habría motivo para sorprenderse.

Por otra parte, los progresistas presentan ante los musulmanes cada una de las «revelaciones» descendidas de Ankara como si el Corán hubiera sido abrogado y la misión profética de Muhammad hubiera llegado a su fin. Si queda alguna guía, esta se encuentra únicamente en el modo de vida de Atatürk; y si existe algún rayo de conocimiento, está en las «revelaciones» descendidas del cielo de Ankara. Sin embargo, la situación del pobre Atatürk y de sus seguidores es la siguiente:

(Árabe)

(Sin embargo, no tienen ningún conocimiento de ello; solo siguen conjeturas. —Sura Az-Zujruf: 20)

8

El engaño del racionalismo

[El artículo se publicó por primera vez en diciembre de 1934, en la revista mensual Tarjuman al-Corán]

Uno

La profunda influencia que la educación, la cultura y la civilización occidentales ejercen sobre la perspectiva religiosa de los jóvenes inmaduros en la formación islámica, o completamente inexpertos, puede deducirse de los escritos y discursos publicados por personas de esta clase. A modo de ejemplo, recientemente llegó a nuestro conocimiento un artículo escrito por un graduado musulmán de las Provincias Unidas. En dicho artículo, al describir sus experiencias durante un viaje por China y Japón, escribió:

Nuestros compañeros de viaje chinos son extremadamente glotones y bebedores. La carne de cerdo es para ellos tan preciada como la vida misma. Ahora he comprendido el secreto del progreso del cristianismo. Los chinos consideran que la adhesión a su antigua religión es contraria a la educación moderna. Si pudieran comprenderlo, no tendrían dificultad en aceptar el islam. Pero el islam los priva de todos sus alimentos predilectos; por eso se ven obligados a abrazar el cristianismo. En tales circunstancias, si en el futuro el cristianismo se convierte en la religión oficial de China, no habrá nada de sorprendente en ello. En lo referente a la carne de cerdo, soy partidario de conceder cierta indulgencia a los nuevos musulmanes de Europa y China. Incluso tengo mis dudas de que el Corán la haya declarado explícitamente haram. A lo sumo, quizá fue prohibida para los árabes por alguna razón particular. Pero en un país donde, sin ella, se vuelve «ফামানিদ তুর্বা গাইরা বাগিওঁ ওয়ালা আদিন» (es decir, imposible desenvolverse), ¿qué daño puede haber en consumirla? En resumen, no he comprendido el significado de esta única disposición coránica, es decir, la razón de su prohibición general. De lo contrario, si la religión puede elaborar para nosotros una lista de alimentos a pesar de existir, en principio, una distancia tan grande entre el estómago y la conciencia moral, ¿por qué no habría de enseñarnos también la herrería, la fabricación de ornamentos, la sastrería y otras cosas semejantes? A mi juicio, la causa profunda de que el islam no progrese ni se extienda en el mundo es que priva al ser humano de todos sus derechos humanos y lo convierte en una masa inerte e insensible y en un niño completamente ingenuo. Como consecuencia, pierde incluso el camino de su progreso terrenal. De lo contrario, nuestra religión debería ser exactamente como la han comprendido los cristianos.

Después, al describir la situación de Shanghái, escribe:

Al contemplar a estas innumerables personas felices y prósperas creadas por Dios, mi corazón no puede aceptar de ningún modo que, apenas unos años después, se conviertan en combustible del infierno, como si el único propósito de Dios al crearlas hubiera sido ese. Además, si, salvo unas pocas, todas ellas fueran incrédulas e idólatras, ¿se considerará acaso un delito suficiente para arrojarlas al infierno el hecho de que hayan enriquecido y embellecido el mundo de Dios? ¡No matan peregrinos ni se dedican al bandolerismo! Entre ellos no existe la depravación del pueblo de Lot. No se apropian de los bienes de nadie ni presentan argumentos para hacerlos «halal». Llevan su vida de manera pacífica y ordenada. A pesar de todo ello, ¿por qué han de ser considerados merecedores del infierno? Sin duda, la concepción politeísta es algo absurdo y vacío. Pero díganme: si una persona considera por naturaleza a una determinada entidad dueña de su vida y de su muerte, pero es tan incapaz como nosotros de comprender sus misterios profundos, o no cree que el árabe sea la lengua de Dios, ¿se convertirá por esa sola razón en enemigo de ustedes y ustedes en enemigos suyos? Pero no; a juicio de ustedes, ni siquiera hace falta todo eso. Lo único necesario es vestir un tipo especial de pantalón y una camisa de corte especial. Hay que comer alimentos de un tipo determinado. Hay que dejarse en la cara una barba de cuatro dedos de longitud. No se puede ingresar en las instituciones educativas del país, porque allí no se enseñan la lengua ni las ciencias religiosas.

A propósito del puerto japonés de Kobe, escribe:

Pasé dos horas recorriendo el puerto de Kobe. No vi ni un solo mendigo en ninguna parte; tampoco encontré a ningún pobre vestido con ropas raídas y harapientas. ¡Qué grado de progreso ha alcanzado una nación que ni siquiera conoce la religión o el nombre de Dios!

Después él mismo comenzó a impartir sus «buenos consejos»:

Recuerden que el «ihsán» es la esencia misma de la religión. Pero no depende de ninguna lengua ni de ninguna ciencia religiosa. Su objetivo natural es hacernos responsables, en la vida futura o en esta vida terrenal, de nuestras propias acciones. Esta es la verdadera religión islámica. Todo lo demás que ustedes han llamado religión no es más que autoengaño o trastorno mental. El día en que limiten la religión a estas dos cosas y rompan todos los vínculos de la sharía, también ustedes podrán alcanzar la cumbre del progreso junto con las demás naciones; mejor dicho, digan que ese día despertarán la conciencia y la razón entre los pueblos. Si el dominio del mundo no desaparece de las manos de alguien, tampoco desaparecerá la «soberanía celestial». Ustedes mismos no son una nación, sino reformadores de las demás naciones. Pero, por amor de Dios, no permitan que nadie diga que determinada nación ha ascendido a la cima del progreso, mientras que la situación de los musulmanes que viven entre ella es extremadamente lamentable. No cabe duda de que la responsable de esa lamentable situación es su religión de naturaleza extraña.

Este fragmento citado constituye una muestra clara del estado mental general de nuestra sociedad de jóvenes recién educados. Nacieron en familias musulmanas y fueron criados y educados como miembros de la sociedad musulmana; están vinculados a los musulmanes por los lazos de la sociedad y la civilización. Por eso, el apego al islam, la simpatía hacia los musulmanes y el deseo de vivir como musulmanes les son innatos. Este deseo quedó arraigado en sus mentes sin la influencia de su voluntad, su intelecto ni su capacidad de pensamiento. Sin embargo, habría sido absolutamente necesario convertir, mediante la educación y la formación, ese islam involuntario e inconsciente en un islam voluntario y consciente; comprender plenamente las enseñanzas islámicas antes de identificarse como musulmanes; y desarrollar la capacidad de poner a prueba en la vida real las normas, disposiciones y leyes islámicas. Pero antes de eso fueron enviados a escuelas y universidades para recibir educación inglesa. Allí, en medio de una educación y formación completamente antiislámicas, se desarrollaron su mentalidad y su capacidad de pensamiento. La civilización y las ideas occidentales ejercieron una profunda influencia sobre sus mentes. Como resultado, contemplaron cada cosa desde una perspectiva occidental. Comenzaron a juzgar cada problema con una mentalidad occidental. En suma, les resultó imposible pensar y observar de cualquier manera que los liberara de esta influencia total del occidentalismo. Ciertamente, aprendieron de Occidente las lecciones del racionalismo; pero no poseían ningún conocimiento racional propio. Su razón era prestada de Europa. Por eso, su racionalismo se convirtió esencialmente en racionalismo europeo y dejó por completo de ser un racionalismo independiente. También aprendieron de Occidente las lecciones de la crítica; pero esta tampoco era una enseñanza de crítica independiente; más bien, su esencia consistía en considerar infalibles las costumbres y normas occidentales, juzgar con su criterio todo lo oriental y, al mismo tiempo, considerar las propias costumbres y normas occidentales por encima de toda crítica.

Después de recibir una educación de esta índole, cuando cruzaron los límites del colegio y entraron en el campo de actividad de la vida, apareció una enorme brecha entre su corazón y su intelecto. Su corazón era musulmán, pero su intelecto no lo era. Vivían en una sociedad musulmana. Día y noche realizaban todas sus actividades junto con musulmanes. Estaban vinculados a los musulmanes por los lazos de la sociedad y la civilización. A su alrededor observaban las actividades religiosas y culturales de los musulmanes. Sus relaciones de amor y simpatía estaban ligadas exclusivamente a los musulmanes; pero toda su capacidad para pensar, reflexionar, juzgar y formar opiniones estaba moldeada según el patrón occidental. No guardaba la menor consonancia con las normas del islam ni con ninguna conducta de los musulmanes. Como resultado, comenzaron a juzgar cada aspecto del islam y de los musulmanes según los criterios occidentales. Consideraban erróneo y necesitado de reforma todo lo que se oponía a ese criterio —ya se tratara de algún principio fundamental o detalle del islam, o de alguna conducta de los musulmanes—. Algunos de ellos estudiaron también un poco el islam para investigarlo y observarlo. Pero el criterio de sus críticas e investigaciones era igualmente de tipo occidental. Entonces, ¿cómo podría encajar el clavo recto del islam en el estrecho orificio tortuoso de su mentalidad?

Cuando estos caballeros de tal clase expresan opiniones sobre asuntos religiosos, sus palabras dejan claramente la impresión de que se limitan a pronunciar discursos interminables sin haber reflexionado en absoluto. Su postura no solo carece de coherencia, sino que tampoco está organizada conforme a las reglas de la lógica. Ni siquiera hacen el menor esfuerzo por llegar a una conclusión correcta. Lo más sorprendente es que, al hablar, ni siquiera determinan su propia postura. Al tratar un mismo asunto, adoptan despreocupadamente distintas posturas: mientras hablan desde una postura determinada, de repente adoptan otra y comienzan ellos mismos a argumentar contra la postura anterior. El pensamiento descuidado es un rasgo notable de sus discusiones religiosas. Sobre cualquier tema que no sea la religión, hablarán con extrema cautela y prudencia, porque saben muy bien que, si allí dicen algo incoherente, perderán todo prestigio ante los círculos cultos. Pero, como para ellos la religión no tiene ningún valor ni importancia, al hablar de ella no sienten necesidad alguna de prestar atención a su propio intelecto. Por eso pueden decir aquí, con absoluta seguridad, cosas incoherentes. Por su actitud parece que, recostados en una butaca después de comer, se limitan a mantener una conversación amena; por tanto, no consideran necesario observar las reglas de la forma de hablar sobre este asunto.

En los escritos de esta clase de personas se encuentra claramente, como segundo rasgo, la vulgaridad de su pensamiento y la pobreza de sus conocimientos. No se atreven a hablar sobre ningún otro tema con tan escasos conocimientos y pensamientos tan insignificantes, porque temen perder el respeto si dicen algo sin conocer los hechos reales. Pero, en materia de religión, no consideran necesario investigar, estudiar ni reflexionar. Basándose en todo lo que llegan a saber superficialmente, sacan sus conclusiones y las exponen sin reparo. Esto se debe a que aquí no temen que se les pida cuentas. Quizá los mulás les pidan cuentas; pero se ha dado por sentado de antemano, de manera cuidadosamente planificada, que los mulás son ciegos, anticuados y estrechos de miras.

El artículo del competente autor objeto de nuestro análisis conserva plenamente ambas características. En primer lugar, de su ensayo ni siquiera se desprende con claridad si habla como musulmán o como no musulmán. Sin embargo, quien hable sobre el islam solo puede adoptar una de dos posturas: o bien asumirá la postura de los musulmanes, o hablará como no musulmán. Quien hable como musulmán, sea ortodoxo, librepensador o reformista, debe hablar necesariamente dentro de los límites del islam. Es decir, debe aceptar sin reservas el Noble Corán como autoridad final, así como los principios religiosos y las disposiciones de la ley islámica establecidos por el Corán. Porque, si no cree en la autoridad del Corán y considera que es posible criticar algún asunto demostrado por el Corán, habrá salido del islam. Después de cruzar así sus límites, ya no puede hablar desde la postura de un musulmán. En cambio, si adopta la segunda postura, es decir, si se declara no musulmán, puede criticar libremente los principios y las disposiciones del Corán, porque no reconoce el Corán como prueba definitiva. Pero, después de adoptar esta postura, no puede tener ningún derecho a hablar como musulmán, a hacerse pasar por musulmán para explicar a los musulmanes el significado del islam ni a indicarles el camino del progreso en nombre del islam. Cuando una persona inteligente y consciente analiza deliberadamente el islam, también tendrá en cuenta las condiciones lógicas relativas a cuál de estas dos posturas le resulta aceptable. Porque identificarse al mismo tiempo como musulmán y criticar los principios y las disposiciones establecidos por el Corán, o cuestionar la autoridad del Corán y al mismo tiempo ofrecer consejos bienintencionados a los musulmanes, no puede ser obra de ninguna persona inteligente. No es más que un intento fallido de unir dos cosas opuestas. Esto significa que, al mismo tiempo, una persona se identifica con los nombres de musulmán y no musulmán, y simultáneamente se encuentra tanto dentro como fuera de los límites del islam.

No albergamos una opinión tan desfavorable sobre la formación académica y la inteligencia del autor como para pensar que, al hablar de cualquier asunto distinto del islam, adoptaría igualmente dos posturas contradictorias entre sí. Tampoco esperamos de él que, sentado en la corte del emperador de la India —hay que recordar que el ensayo fue escrito en 1934—, critique el sistema legal establecido por el propio emperador de la India. Ni esperamos de él semejante audacia: que, después de afirmar su adhesión a una religión o ideología —escuela de pensamiento—, se dedique a criticar los principios fundamentales de esa misma religión. Sin embargo, lo sorprendente es que, respecto del islam, ha adoptado dos posturas completamente contradictorias. Más aún, ni siquiera se da cuenta de que cambia de postura una y otra vez. Por un lado, se presenta como musulmán, se identifica con el nombre de musulmán, se lamenta de las desgracias de los musulmanes, expresa interés por el progreso del islam y ofrece a los musulmanes consejos sobre el «ihsán», es decir, sobre la «religión pura». Por otro lado, critica temerariamente los principios y el sistema jurídico del Libro sobre el que se funda el islam y cuyo reconocimiento como autoridad definitiva es una condición indispensable para ser musulmán. El Corán no solo en uno o dos casos, sino al menos en cuatro lugares, declara expresamente ilícita la carne de cerdo (véanse: al-Báqara, aleya 173; al-Má’ida, aleya 3; al-An‘am, aleya 145; an-Nahl, aleya 115). Pero él es partidario de conceder a la gente indulgencia en este asunto. Lo curioso es que ¡también este interés por conceder indulgencia sería supuestamente en beneficio del «progreso del islam»! Parece como si la preocupación por el progreso del islam se hubiera apoderado de él más que el propio Corán. ¡O como si se hubiera impacientado por promover algún islam ajeno al Corán! En realidad, el Corán, al igual que con las demás cosas, establece también para los seres humanos una lista de alimentos y determina, entre los productos alimenticios, la diferencia entre lo lícito y lo ilícito, y entre lo puro y lo impuro. Incluso declara claramente: «No tenéis derecho a declarar lícita o ilícita ninguna cosa según vuestros propios deseos» (an-Nahl, aleya 116). Pero él insiste en su propio derecho en este asunto y se muestra reacio a reconocer el derecho del Corán. Es decir, ¡no está dispuesto a admitir ninguna intervención de la religión en materia de comida y bebida! En realidad, a diferencia de los seguidores de san Pablo —él era uno de los principales discípulos de Jesucristo; murió aproximadamente en el año 67 d. C.; el mundo cristiano actual sigue sus opiniones, nota del editor— (no de Jesucristo), el Corán no ha confinado la religión a ningún ámbito particular. Al contrario, establece leyes para todos los asuntos: la vestimenta, la alimentación, el matrimonio y el divorcio, la herencia, las transacciones, la política, los tribunales, el derecho penal, etcétera. Sin embargo, él considera esto un obstáculo para el progreso y el desarrollo del islam. Ha alegado que estas leyes convierten al ser humano en un cadáver inerte y en un niño incapaz de comprender. Por eso ha propuesto que nuestra religión debería ser exactamente como la entienden los cristianos (en realidad, los seguidores de Pablo). El propio Corán ha establecido las normas jurídicas religiosas y, al llamarlas los límites fijados por Alá, ha ordenado obedecerlas. Pero él ha denominado cadenas a estos límites de la sharía. Al igual que san Pablo, considera necesario romper esas cadenas para la difusión y el progreso de la religión. Desde la perspectiva del Corán, la fe es la primera y necesaria condición para la salvación. Respecto de quien no cree en Alá, el Corán declara con palabras inequívocas que se convertirá en combustible del infierno (al-Anbiyá, aleya 98). No importa que sean innumerables o pocos, acomodados o pobres. Pero su situación es esta: al ver a las incontables multitudes de incrédulos e idólatras felices, prósperas y ricas, su corazón no puede aceptar de ningún modo que, después de unos cuantos años, vayan a convertirse en combustible del infierno. ¡No logra comprender qué delito han cometido, aparte de enriquecer y embellecer el mundo de Dios! La cuestión es: ¿cómo puede seguir siendo musulmán mientras mantiene una discrepancia tan abierta con el Corán? O, siendo musulmán, ¿cómo puede discrepar del Corán? Si es musulmán, no debería discrepar del Corán. Y si desea discrepar, debería hacerlo saliendo de los límites establecidos por el islam. Ante quien no está satisfecho con los principios y el sistema jurídico de una religión, cuyo corazón no acepta la verdad de dicho sistema, que es incapaz de comprender sus causas y su racionalidad y para cuya perspectiva algunos o la mayoría de sus aspectos son objetables, solo quedan dos caminos: o bien abandonar esa religión y obtener el derecho de criticar sin restricciones cualquiera de sus normas y disposiciones, o bien, si desea permanecer en ella con una actitud de descontento, abstenerse de expresar públicamente su resentimiento contra ella y, sin fingir ser un «muytahid» para asestar golpes contra su sistema jurídico, tratar de disipar sus propias dudas como un verdadero estudiante. Según el sano juicio y la razón, solo estos dos métodos pueden ser sensatos. Y si una persona verdaderamente consciente se encontrara en semejante situación, adoptaría uno de ellos. Pero la situación del ilustre autor y de muchos otros que han recibido una educación occidental es la siguiente: no tienen el valor moral necesario para elegir el primer camino, y también sienten vergüenza de seguir el segundo. Por eso han adoptado una vía intermedia e irracional: por un lado, se incluyen entre los musulmanes, desean el progreso y el desarrollo del islam y muestran su inquietud por las penas y sufrimientos del islam y de los musulmanes; por otro, dicen y hacen contra el islam todo aquello que solo sería posible por parte de los no musulmanes. No sienten reparo ni siquiera en criticar el Noble Corán, por no hablar del hadiz y del fiqh. Atacan sin miramientos cada uno de los fundamentos del islam. Estos caballeros sostienen que ellos son los únicos racionalistas de la sociedad y que, por tanto, no pueden aceptar nada contrario a la razón. Su mayor acusación contra los «mullahs» es precisamente que estos no aplican el discernimiento a ningún asunto. Sin embargo, ellos mismos, en materia religiosa, pronuncian claramente afirmaciones contradictorias, adoptan líneas de conducta opuestas y refutan una de sus propias afirmaciones mediante otra. ¿Qué clase de racionalismo es este que los investigadores progresistas han descubierto y con el que se ganan el mérito?

Ahora examinen con un poco más de profundidad la amplitud de sus conocimientos y la profundidad de su pensamiento.

El ilustre autor considera necesario, para el progreso del islam, abolir todas las prescripciones y prohibiciones de la sharía, como hizo el cristianismo, y mantener el islam como una religión basada exclusivamente en la fe. Pues ha comprendido que el secreto del progreso del cristianismo reside en que allí no existe ninguna frontera entre lo lícito y lo ilícito. No hay ninguna preocupación por las normas ni las prohibiciones morales. Allí no se ha despojado al ser humano de sus derechos humanos para convertirlo en un cadáver inerte y un niño inconsciente; al contrario, se le ha concedido la libertad de hacer lo que quiera manteniendo la fe en Cristo. Pero no ha reflexionado profundamente sobre el hecho de que aquello que se llama islam se encuentra en el Corán. Y el Corán ha dado el nombre de islam al conjunto de la fe y las buenas obras. Además, ha establecido límites claros para las buenas obras, ha creado normas y disposiciones, y ha prescrito un método completo de conducta para la vida individual y colectiva. Sin un método semejante, el islam no puede establecerse de ningún modo como religión de vida y como civilización. Y a ningún musulmán se le ha concedido el derecho de abolir ese método y esos límites. Porque su abolición no es más que otra forma de abolir el islam. Y si el islam mismo desapareciera, ¿qué sentido podría tener su progreso? Si lo desea, puede inventar por sí mismo una religión y predicarla; pero ¿qué derecho tiene a hacer pasar por islam algo contrario al Corán y a llamar a su progreso «el progreso del islam»?

Él quiere llamar islam a una sola creencia, a saber: que somos responsables de nuestros actos en esta vida y en la otra. Probablemente haya dicho esto con la esperanza de que, mediante ello, el islam quedara limitado, su naturaleza se volviera sencilla y flexible, y se difundiera rápidamente.

Pero, si hubiera reflexionado un poco más profundamente sobre el significado de esta creencia, habría comprendido que, incluso limitado de ese modo, el islam no podría satisfacerle. Pues, para llamar religión a esta creencia, resulta ante todo necesario creer en la vida del más allá. Además, la rendición de cuentas, o sentido de responsabilidad, depende de tres cosas. Primero, determinar la naturaleza de Aquel ante quien habrá que rendir cuentas y aceptar Su soberanía. Segundo, determinar la naturaleza de la rendición de cuentas y, conforme a ella, distinguir en la vida real entre las acciones que conducen al éxito y las que conducen al fracaso. Tercero, determinar las consecuencias separadas del éxito y del fracaso en lo relativo a la rendición de cuentas. Porque, si las consecuencias del fracaso y del éxito fueran iguales, o si no hubiera consecuencia alguna, la rendición de cuentas se volvería completamente inútil. Esta es la exigencia lógica de la creencia que el ilustre autor quiere llamar «religión pura». Aunque, conforme a su propuesta, se estableciera el islam sobre esta creencia, el problema del que quiere escapar volvería a imponerse. Como consecuencia, volvería a ser necesario creer en ese Dios sin el cual parece que Japón ha ascendido a la cumbre del progreso. Volverían a crearse esos vínculos de la sharía y esa disciplina moral que él quiere romper y en cuyo interior cree que se encuentra el secreto de la falta de progreso del islam. Volvería a surgir el argumento del castigo y la recompensa, es decir, de la pena y el premio; y, al ver felices y prósperas, sin creer, a innumerables criaturas de Dios, su conciencia se negaría a aceptar que tan solo unos años después fueran arrojadas al castigo.

Por tanto, después de reflexionarlo bien, que llame islam a algo en lo que no haya ninguna preocupación por normas ni prohibiciones; algo en lo que el resultado final de quienes creen y de quienes no creen sea el mismo; algo para lo cual, a fin de alcanzar el éxito en el más allá, baste con hacer próspero y bien ordenado el mundo de Dios, y ante lo cual su conciencia pueda aceptar, al ver felices y prósperas a las innumerables criaturas que no creen en ello, que unos años después todas serán convertidas en ruiseñores del paraíso.

Al autor no le parece correcta ni demostrada la cuestión de que, conforme a la disposición del Corán, la carne de cerdo sea absolutamente ilícita. Ha expresado la sospecha de que quizá fue declarada ilícita para los árabes por alguna razón especial. Pero, antes de expresar esta opinión, le habría bastado abrir el Noble Corán y echarle un vistazo para que su duda se disipara. En el Corán se dice claramente:

(Árabe)

Significado: ¡Oh, Profeta! Di: «En la revelación que se me ha hecho no encuentro nada prohibido para quien come, excepto la carne de un animal muerto, la sangre derramada y la carne de cerdo, pues ciertamente son impuros; o un animal sacrificado invocando un nombre distinto del de Dios, por desobediencia. Pero quien se vea obligado y consuma algo de ello, sin ser rebelde ni transgresor, encontrará que tu Señor es indulgente y misericordioso». (Sura al-An‘am, 145).

En esta aleya, la carne de cerdo ha sido declarada ilícita para todo consumidor. La razón expuesta para declararla ilícita es que es «impura». La pregunta es: ¿se entiende aquí por consumidor al consumidor árabe? Además, ¿puede una misma cosa ser pura para los árabes e impura para los no árabes? Siguiendo este mismo razonamiento, ¿acaso el autor preferiría conceder también una dispensa a quienes comen cadáveres? Si quiere conceder una dispensa en el caso de la carne de cerdo, que lo haga por iniciativa propia. Pero, ¿de dónde ha obtenido el derecho de afirmar, contra la declaración explícita del Corán, que la cuestión de su prohibición absoluta por el Corán no está libre de dudas?

Los neomuytahidíes de hoy han descubierto un principio extraordinario para el iŷtihad. Uno de sus principios distintivos es el siguiente: respecto de la norma islámica a la que desean oponerse, declaran sin reparo alguno que esa disposición particular fue establecida para los árabes. Aunque en el Corán no exista ni el más mínimo indicio de tal particularización, ni argumento o ejemplo alguno que la respalde, no sienten en absoluto reparo en hacer afirmaciones de este tipo. Si esta tendencia continúa, quizá en un futuro no muy lejano lleguen a querer reservar incluso el propio Corán para los árabes.

Además, presentar un argumento valiéndose de (árabe) (quien, sin ser desobediente ni transgredir los límites, se encuentra en una situación de necesidad) resulta tan ridículo que a uno le entran ganas de elogiar la inteligencia y el entendimiento del autor del relato de viaje. Probablemente él haya entendido el versículo de este modo: «Cuando surja espontáneamente el deseo de comer carne de cerdo, cómela, pero no la comas sentado en un jardín ni conviertas esto en una costumbre».

En realidad, solo alguien que no entiende el significado de ninguna de las palabras «necesitado», «desobediente» y «habituado» podría extraer de este versículo una posibilidad de conceder facilidades a los europeos y a los chinos respecto de la carne de cerdo. De lo contrario, a quien conozca el significado de estas palabras le sería imposible mostrar semejante atrevimiento. En realidad, el versículo no significa que todos los que sienten afición por comer carroña o beber sangre, o que se desviven por la carne de cerdo, o entre quienes está generalmente extendido comer carne de animales sacrificados invocando un nombre distinto del de Alá, estén incluidos entre los necesitados. Si así fuera, toda la prohibición carecería de sentido. Pues si la prohibición se aplicara a quienes consumen estas cosas, ellos seguirían comiéndolas conforme a sus hábitos, aprovechando la excepción prevista para las situaciones de necesidad; y si la prohibición se aplicara a quienes ya rechazan por sí mismos estas cosas, tampoco habría necesidad de ella. En realidad, la excepción se estableció añadiendo a la palabra «necesitado» (****) la condición «excepto quien sea desobediente y transgreda los límites». Esto significa que, si una persona está a punto de morir de hambre y no puede conseguir ningún alimento salvo algo prohibido, puede comerlo únicamente para salvar la vida, con la condición de no exceder los límites de la autorización. Es decir, no comerá más de la cantidad imprescindible para conservar la vida ni albergará el deseo de transgredir los límites establecidos por Alá. Esto mismo se expone en otro lugar al tratar la prohibición de la carne de cerdo, la carroña y otras cosas:

(Árabe)

Es decir, si alguien se encuentra en una situación de necesidad extrema a causa del hambre y no alberga en su corazón inclinación hacia el pecado, puede comer algo prohibido en esas circunstancias». ¡Qué diferencia entre la norma del Corán y la defensa que el autor hace de los europeos y los chinos! Puesto que los habitantes de esos países se desviven por la carne de cerdo, ¡por ese motivo hay que declararles lícita la carne de cerdo aprovechando la excepción de (árabe), y además para que entren en el islam! ¡Qué argumento tan absurdo! Si se iniciara así una tendencia a conceder facilidades en las normas islámicas atendiendo a las aficiones y preferencias de cada pueblo, habría que declarar lícitos, uno tras otro, el alcohol, la fornicación, la usura y todas las demás cosas prohibidas de este tipo. La cuestión es: ¿qué necesidad hay de hacer entrar en el islam a quienes no están dispuestos a obedecer las normas de Alá, respetar los límites que Él ha establecido y considerar haram lo que es haram? ¿Cuándo dependió el islam de personas así, hasta el punto de que hubiera que negociar para ganarse su aprobación?

Al principio, el autor simplemente no comprendía la razón por la que la carne de cerdo es haram. Pero después de reflexionar un poco, comprendió que, en principio, existe una enorme separación entre el estómago y la conciencia moral. Por ello llegó a la conclusión de que la religión no tiene derecho a señalar una diferencia entre lo halal y lo haram en los alimentos. De su afirmación también se reveló este misterio: cuanto sabe sobre el Corán no es, ni mucho menos, más de lo que sabe sobre la ciencia física (Physical Science). Naturalmente, que una persona instruida e ilustrada no conozca el Corán no es algo particularmente vergonzoso; pero semejante ignorancia de la ciencia es, sin duda, enormemente vergonzosa. Hasta ahora ni siquiera sabe cuál es la relación del alma humana con su constitución corporal, ni de la constitución corporal con la alimentación. Que la sustancia que proporciona al cuerpo los materiales que se desgastan, y con la que se forman todas sus venas, vasos sanguíneos y sistema nervioso, produzca una influencia natural sobre el corazón y el alma no es lo sorprendente; lo sorprendente sería que no la produjera. El mundo científico también había sido, en general, indiferente a esta verdad; pero las investigaciones realizadas recientemente sobre la ciencia de la alimentación (Dietetics) han hecho evidente este misterio: la alimentación influye necesariamente en el carácter moral del ser humano y en su fuerza mental. Por eso, los científicos modernos investigan qué clase de influencia ejercen los distintos tipos de alimentos sobre nuestra alma y nuestra capacidad de pensamiento. Parece que nuestro amigo graduado no está en absoluto al día (Up-to-Date) en materia científica. De lo contrario, no habría podido afirmar con semejante desfachatez que, en principio, existe una enorme separación entre el estómago y la conciencia moral.

9

El engaño del racionalismo

[El artículo se publicó por primera vez en junio de 1936 en la revista mensual Tarjuman al-Qur’an —el editor.]

Dos

El racionalismo (Rationalism) y el naturalismo (Naturalism) son dos doctrinas cuya propagación los occidentales han impulsado con gran energía durante las últimas dos décadas. ¿Quién puede negar la eficacia de la propaganda? Si una cosa se presenta de manera continua, repetida y reiterada ante los ojos de la gente, y se introduce en sus oídos, ¿cuánto tiempo podrán proteger su mente y su cerebro de su influencia? Así, finalmente, gracias al poder de la propaganda, el mundo ha aceptado que el conocimiento, la ciencia y la civilización occidentales están cimentados sólidamente sobre el racionalismo y el naturalismo. Sin embargo, un estudio crítico de la civilización occidental revela con toda claridad que su fundamento no se encuentra ni en el racionalismo ni en ninguna ley natural; por el contrario, toda la estructura de la civilización occidental está asentada únicamente sobre los sentimientos, los deseos y las necesidades. En realidad, el Renacimiento occidental no fue más que una tremenda rebelión contra el intelecto y la naturaleza. Ese despertar avanzó por el camino de las sensaciones y el materialismo, dejando de lado la razón. En lugar de la conciencia racional, se apoyó en los sentimientos. Rechazó las indicaciones de la conciencia, las pruebas racionales y los instintos naturales, y proclamó que los resultados materiales perceptibles por los sentidos eran el criterio verdadero y esencial. Consideró erróneas las directrices de la naturaleza y adoptó los deseos y las necesidades como sus guías. Juzgó insustancial y carente de fundamento todo aquello que quedaba fuera de los límites de la medición. Calificó de inútil e innecesaria toda cosa de la que no pudiera obtenerse algún beneficio material perceptible por los sentidos. Al principio, esta verdad estaba oculta incluso para los propios occidentales. Por eso, aunque avanzaban contra la razón y la naturaleza, sostenían la idea de que la nueva era del «librepensamiento» que habían inaugurado estaba fundada en el «racionalismo» y el «naturalismo». Más tarde, sin duda, el verdadero misterio salió a la luz. Pero no tuvieron el valor de reconocerlo. Por eso, con extrema astucia, cubrían la idolatría de la materia, la esclavitud a los instintos y la servidumbre de los sentidos con un revestimiento de argumentos racionales y naturalismo. Pero, según el proverbio inglés, hoy «el gato ha salido completamente del saco». La irracionalidad y la oposición a la naturaleza se han vuelto tan manifiestas que ya no es posible cubrirlas con ningún velo. Por eso hoy se proclama abiertamente la rebelión tanto contra la razón como contra la naturaleza. Desde la sagrada esfera del conocimiento y la ciencia hasta la sociedad, la economía y la política, en todas partes se ha izado la bandera de la rebelión. En consecuencia, salvo un grupo de hipócritas «reaccionarios», todos los dirigentes del mundo moderno han reconocido que sobre su civilización ejercen autoridad únicamente los deseos y las necesidades.

Los occidentalistas y los partidarios de los ingleses todavía están varios pasos por detrás de sus maestros. Puesto que su desarrollo intelectual se produjo dentro de un determinado sistema educativo y entorno humano, así como dentro de una determinada cultura y civilización, era natural que en ellos también surgieran el culto a las sensaciones y al materialismo, y la servidumbre a los deseos y las necesidades. Y, en realidad, eso es precisamente lo que está ocurriendo. Pero todavía no han llegado al punto en que el gato salga del saco. Aún afirman, mediante sus discursos y escritos, que solo reconocemos las directrices de la razón y la naturaleza. Presentad ante nosotros únicamente argumentos racionales y pruebas. Si algo no se demuestra mediante argumentos racionales y evidencias naturales, no aceptaremos nada de ello. Sin embargo, dentro del saco de estas grandes palabras se oculta un gato que no es ni racional ni natural. Al analizar sus escritos, se comprenderá claramente que sus mentes son por completo incapaces de investigar y comprender los argumentos racionales y los instintos naturales. Si se indaga en el significado de aquello que llaman «bienestar producido por la razón», se descubrirá que, en realidad, se trata del «bienestar derivado de la experiencia». Y el bienestar derivado de la experiencia es algo sólido, pesado, contable y mensurable. No están dispuestos en absoluto a aceptar ningún beneficio o utilidad que no pueda demostrárseles mediante un cálculo matemático, pesándolo en una balanza o midiéndolo con una regla. Mientras no se demuestre su utilidad en este sentido específico, para ellos creer en ello y obedecerlo es sencillamente un acto «irracional». Si se examina detenidamente su afirmación de que siguen las directrices de la naturaleza, también se hará evidente su secreto. Según ellos, naturaleza no significa naturaleza humana, sino naturaleza biológica. Y en la naturaleza biológica no hay lugar para la razón consciente ni para los sentimientos del corazón; está llena únicamente de sensaciones, deseos y sometimiento a los sentidos. A su juicio, solo es digno de confianza aquello que puede influir en el conjunto de los sentidos humanos, satisfacer sus deseos y anhelos, y cumplir sus necesidades físicas y mentales; aquello cuya utilidad puede comprobarse fácilmente, cuyo perjuicio no resulta visible o es menos visible que su utilidad, es lo único fiable. En cambio, las cosas que son propias de la naturaleza humana, cuya importancia el ser humano percibe mediante su propia conciencia y cuyo beneficio o perjuicio no es material ni sensible, sino espiritual e interior, son para ellos supersticiones, absurdos, cosas inútiles e innecesarias.

Conceder importancia a tales cosas —e incluso reconocer su existencia— equivale, según ellos, a ceguera, superstición y atraso. ¡Por un lado, sienten semejante aversión hacia la razón y la naturaleza, y por otro, reivindican el racionalismo y el progresismo! Su razón y su conciencia han llegado a tal grado de bancarrota que no son capaces de percibir la contradicción entre ambas cosas.

La educación, la cultura y la civilización deberían proporcionar al ser humano, como mínimo, el beneficio de que sus pensamientos, ideas y reflexiones no sean dispersos, inconexos ni desordenados. Debería adoptar un método de pensamiento claro y sencillo. Al ordenar correctamente el curso de los acontecimientos, debería llegar a conclusiones acertadas. Debería mantenerse alejado de errores manifiestos, como las contradicciones y las divagaciones sin sentido. Sin embargo, salvo algunas excepciones, nuestros caballeros cultos en general parecen privados incluso de estos beneficios básicos del desarrollo intelectual. Antes de debatir sobre cualquier asunto, no se observa en ellos ningún sentido del juicio que les permita determinar por sí mismos la posición correcta, comprender las consecuencias intelectuales de esa posición y, teniendo esto en cuenta, adoptar una línea argumentativa coherente con ella. Al conversar con ellos o echar un vistazo a sus escritos, desde el primer momento se tiene la impresión de que su pensamiento es terriblemente incoherente. Después de iniciar una discusión desde cierta posición, apenas avanzan un poco cuando cambian de postura; y, tras avanzar un poco más, adoptan una posición completamente distinta. Ni siquiera seleccionan cuidadosamente los datos para demostrar su tesis ni los ordenan conforme a la lógica. ¿Cuál es en realidad su tesis? ¿Qué asunto pretendían determinar si era verdadero o falso y qué conclusión acabaron adoptando? Por mucho que se investigue de principio a fin, no se encuentra respuesta a estas preguntas. La causa subyacente de esta situación es que el objetivo principal de la civilización actual y del sistema educativo moderno influido por ella está orientado exclusivamente hacia el sensualismo y el materialismo. Despierta las pasiones y los deseos del ser humano; estimula su sentido de la necesidad e imprime profundamente en su corazón y su mente la importancia de los objetos perceptibles por los sentidos, pero no desarrolla su intelecto ni eleva su condición mental. Es cierto que crea en él la vanidad del discernimiento, la reflexión y la capacidad de pensar, y que esa vanidad lo impulsa a criticar cada cosa como «racional» y a negar todo aquello que, desde su perspectiva, no sea «racionalmente aceptable»; pero, en realidad, su mente y su carácter sienten una profunda aversión por el racionalismo. En él no llega a desarrollarse en absoluto la capacidad de resolver una cuestión mediante una cadena lógica impecable ni de tomar una decisión sobre un asunto.

La prueba más evidente del «racionalismo» irracional de estos engreídos de la educación moderna se encuentra en los asuntos religiosos. Esto se debe a que, en todos los aspectos, las doctrinas occidentales están en conflicto con las bases espirituales, morales, sociales y culturales de esta cuestión.

Para comprobar la veracidad de esto, converse con una persona educada en inglés sobre algún asunto religioso y, para evaluar su estado mental, consiga que reconozca que es musulmana. Después, preséntele alguna disposición de la sharía y exponga las pruebas que la respaldan. Inmediatamente, el caballero se sacudirá y dirá con aire de gran inteligencia: «¡Esto no es más que puro “mollismo”! Tráeme argumentos y pruebas. Si no tienes argumentos y pruebas, aparte de simples descripciones o citas, no aceptaré nada de lo que digas». Bastan estas pocas palabras para que se revele el misterio: ni siquiera la brisa del racionalismo ha rozado a ese caballero. A pesar de sus muchos años de educación, formación y estudio, el pobre no ha podido comprender cuáles son las consecuencias intelectuales de exigir argumentos y pruebas sobre un asunto ni cuál es la verdadera posición de quien formula tal exigencia.

Desde la perspectiva del islam, una persona solo puede tener legítimamente una de dos condiciones: o será musulmana o será no musulmana, es decir, kafir. Si es musulmana, eso significa que ha aceptado de corazón y con toda su alma a Alá y a Su Mensajero. También ha declarado que obedecerá sin rechistar cualquier instrucción que el Mensajero transmita de parte de Alá. En tal situación, ya no tiene derecho a exigir argumentos y pruebas en apoyo de cada disposición por separado. Como musulmán, su tarea consiste únicamente en averiguar si el Mensajero de Dios ha impartido una instrucción concreta. Después, aunque una disposición no haya sido demostrada mediante la lógica convencional, debe obedecerla de inmediato. Por supuesto, puede pedir argumentos y pruebas para alcanzar tranquilidad mental y una visión más profunda. Pero solo puede formular esa exigencia cuando esté dispuesto a cumplir la instrucción. En cambio, exigir argumentos y pruebas como condición previa para obedecer, y negarse a obedecer si no se le proporcionan o si no alcanza tranquilidad mental, significa en realidad que está rechazando la autoridad del Mensajero de Dios; y ese rechazo equivale al kufr. Sin embargo, al principio se había declarado musulmán. Si ahora adopta la posición de un kafir, su lugar legítimo no está dentro de los límites del islam, sino fuera de ellos. Ante todo, debería tener el valor moral de abandonar una religión en la que en realidad no cree en absoluto. Solo entonces estará en condiciones de exigir argumentos y pruebas, y será posible responder a esa exigencia.

Esta es la norma dictada por el sano juicio y la razón. De otro modo, ningún sistema normativo del mundo podría establecerse. Si los ciudadanos de un Estado exigieran la justificación racional de cada orden gubernamental y se negaran a obedecerla sin argumentos, ese Estado no podría subsistir ni por un instante. Si cada soldado de un ejército preguntara la razón de cada orden de su comandante y presentara, en cada asunto, su tranquilidad mental como condición previa para obedecer, en realidad no podría formarse ejército alguno. En resumen, si hubiera que intentar satisfacer a cada persona involucrada y ninguna instrucción pudiera cumplirse hasta que todos alcanzaran tranquilidad, ningún colegio, universidad, asociación ni, en una palabra, sistema social podría establecerse sobre esa base. Por lo general, una persona se incorpora a una institución con la convicción básica y fundamental de que confía plenamente en la autoridad superior de esa institución y reconoce su autoridad. Mientras forme parte de ella, tiene el deber de obedecer las órdenes de la autoridad superior; aunque no quede satisfecha con algún asunto menor, debe obedecer la orden. Naturalmente, es otra cuestión oponerse a una orden en calidad de delincuente. Una persona puede seguir perteneciendo a una institución aunque desobedezca en asuntos menores; pero si alguien declara que, incluso en el más insignificante de los asuntos, su satisfacción personal es una condición previa para obedecer, debe entenderse que se niega a reconocer la autoridad de la autoridad superior. Esto equivale a una rebelión manifiesta. Si se adoptara semejante conducta en un Estado, se presentaría contra esa persona una acusación de traición al Estado. Si ocurriera en un ejército, sería sometida a un consejo de guerra. Si sucediera en una escuela o universidad, sería expulsada de inmediato. Si ocurriera en una religión, se emitiría contra ella una fatua de kufr. No puede concederse a nadie el derecho a exigir argumentos y pruebas de ese tipo desde el interior de una institución. El lugar propio de quien formula tal exigencia no está dentro, sino fuera. Por consiguiente, lo primero que debería hacer es salir de ella. Después podrá presentar cuantas objeciones y protestas desee.

Este es un principio fundamental en materia de organización del islam. El islam no comenzó ordenando al ser humano; más bien, primero lo invitó a tener fe en Allah y en el Mensajero. En apoyo de esta única cuestión se presentaron todos los argumentos y pruebas. Mediante toda clase de pruebas razonadas y signos naturales, se intentó tranquilizar al ser humano respecto a que Allah es su Señor y que Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, es el Mensajero de Allah. Esta cuestión fundamental puede examinarla y comprobarla cuanto quiera mediante argumentos y debates. Si ningún argumento o prueba logra convencerle, jamás se le obligará a aceptar el islam. Tampoco se le aplicará ninguna norma islámica. Pero en el instante mismo en que acepte voluntariamente el islam, se convierte en musulmán. Y el significado mismo de la palabra musulmán es «obediente». Después de eso, no hay ninguna necesidad de presentarle argumentos y pruebas sobre cada mandato del islam ni de dejar el cumplimiento de las órdenes a su tranquilidad mental; por el contrario, todo mandato que le llegue de parte de Allah y del Mensajero debe obedecerlo sin objeción alguna: esa es su primera obligación como musulmán:

(Árabe)

Significado: El deber de los creyentes es que, cuando sean llamados a Allah y al Mensajero para que este juzgue entre ellos, digan: «Hemos oído y obedecemos». (Sura an-Nur, 51)

En realidad, exigir argumentos y pruebas como condición de la fe y la obediencia es algo completamente contradictorio. Conciliar estas dos cosas es totalmente contrario a un sano juicio. Ningún creyente puede exigir argumentos y pruebas de esa manera. Por el contrario, tampoco es posible que un racionalista de esa clase sea creyente:

(Árabe)

Significado: Cuando Allah y el Mensajero han decidido un asunto, los creyentes y las creyentes no tienen derecho alguno a tomar una decisión independiente al respecto. (Sura al-Ahzab, 36)

La enorme eficacia que alcanzó el islam en materia de reforma y organización se debió directamente a la influencia de este principio. Una vez arraigada en la gente la actitud de la fe, cada vez que se prohibía algo, toda la comunidad creyente se abstenía de ello. Por el contrario, aquello que se ordenaba se ponía en práctica entre millones de personas con una sola indicación. Si hubiera sido necesario presentar argumentos y pruebas para cada asunto, y la observancia de la ley hubiera dependido de explicar la racionalidad y el significado de cada prohibición y cada mandato, entonces la reforma y organización del carácter y la conducta humanas que el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, llevó a cabo en apenas veintitrés años no habría sido posible ni siquiera hasta el Día de la Resurrección.

Esto no significa que las normas del islam sean contrarias a la razón ni que alguno de sus detalles carezca de significado. Tampoco significa que el islam exija a sus seguidores una imitación ciega y les prohíba investigar la base razonable y natural de sus normas o comprender su significado. La realidad es justamente la contraria. Para seguir correctamente el islam es absolutamente indispensable poseer un intelecto agudo y discernimiento. Cuanto más profundamente comprenda una persona el significado y la racionalidad de las normas islámicas, con tanta mayor perfección podrá seguirlas. El islam no prohíbe este tipo de comprensión y perspicacia; al contrario, lo fomenta. Pero entre la curiosidad intelectual posterior a la obediencia y el examen racional planteado como condición previa a ella hay una diferencia tan grande como la que existe entre el cielo y la tierra. El musulmán ofrece primero una obediencia incondicional. Después procura comprender el significado y la racionalidad de las normas islámicas. Pero eso no significa que llegue a comprender la racionalidad de cada norma. En realidad, tiene plena confianza y satisfacción en el señorío de Allah y en la profecía del Mensajero. Después desea alcanzar una satisfacción aún mayor en los detalles, para obtener una visión más completa. Si logra alcanzar esa satisfacción, expresa su gratitud a Allah; pero si no lo consigue, basándose en su plena satisfacción con Allah y el Mensajero, continúa obedeciendo sin vacilación las normas islámicas. ¿Qué comparación puede haber entre esta actitud y la exigencia de argumentos y pruebas de quien, en cada paso, dice: «Solo avanzaré si logras convencerme; de lo contrario, retrocederé»?

Recientemente ha llegado a nuestro conocimiento un folleto publicado por un grupo musulmán. Este grupo está compuesto por musulmanes con un alto nivel educativo. Sus miembros tampoco son contrarios a la religión; más bien, según su propia concepción, están prestando un gran servicio a la religión. Entre los asuntos que difunden en nombre de la «reforma religiosa», uno de los más destacables es prohibir a los musulmanes realizar el sacrificio ritual cada año durante el Eid al-Adha. Al mismo tiempo, aconsejan a los musulmanes que el dinero que gastan con el propósito de sacrificar animales debería destinarse a ayudar a instituciones nacionales, mantener a huérfanos y viudas y proporcionar empleo a los desempleados. No hemos recibido la descripción completa de la objeción que presentó cierto musulmán contra esta propaganda. Sin embargo, en respuesta a dicha objeción se ha dicho:

Hasta hoy, nadie ha arrojado luz sobre los beneficios racionales y prácticos del sacrificio ritual, aparte de considerarlo un mero rito y una imitación ciega. …… Si alguien nos informa sobre la racionalidad del sacrificio ritual, le estaremos agradecidos.

Este es un ejemplo de los escritos de quienes se proclaman «educados» e «ilustrados». Por un lado, una exigencia clamorosa de «racionalismo»; por otro, ¡semejante culminación de la «irracionalidad»! Estas dos frases, emanadas de la «pluma sagrada» de cierto individuo, demuestran que ni siquiera ha determinado correctamente su propia posición. Si quiere hablar como musulmán, debería inclinar la cabeza ante el «rito». Solo después de eso puede tener derecho a exigir argumentos y pruebas. Pero no como condición de la obediencia, sino únicamente para su satisfacción mental. Sin embargo, si exige argumentos y pruebas antes de manifestar obediencia, y esto se convierte en una condición de su obediencia, entonces no tiene derecho a hablar como «musulmán». Quien formula una exigencia de este tipo debería asumir primero la posición de un no musulmán. Solo entonces tendrá derecho a objetar libremente sobre cualquier asunto. Pero eso no le concederá el derecho a asumir el papel de «muftí» y emitir fetuas sobre ningún asunto religioso de los musulmanes. Está desempeñando simultáneamente dos papeles contradictorios, sin cumplir la responsabilidad intelectual propia de uno de ellos. Por un lado, no solo se presenta como «musulmán», sino incluso como «muftí del islam»; por otro, considera innecesario el «rito autorizado». Cuando una orden queda demostrada mediante un «rito autorizado», se niega a obedecerla y exige que antes se pongan de manifiesto la racionalidad y los beneficios prácticos de dicha orden. En otras palabras, no está dispuesto a obedecer una orden simplemente porque sea una orden de Dios y del Mensajero; la obedecerá únicamente sobre la base de su racionalidad y sus beneficios prácticos. Si no logra percibir tales beneficios, o si según su criterio no resultan beneficiosos, abolirá la disposición divina y hará campaña contra ella. La calificará de práctica «absurda», «inútil», «superflua», e incluso perjudicial y derrochadora. No solo eso: empleará todas sus fuerzas para impedir que los musulmanes la sigan. ¿Puede alguien considerar sensata semejante conducta contradictoria y el desempeño de dos papeles mutuamente incompatibles? Sin duda, la exigencia del ilustre autor de argumentos y pruebas es legítima. Pero que demuestre primero que él mismo es una persona dotada de juicio y discernimiento.

El beneficio racional y el beneficio derivado de la experiencia no son el nombre de una cosa particular y determinada; más bien, son algo relativo y cualitativo. El juicio de una persona considera beneficiosa una cosa, mientras que el juicio de otra sostiene una opinión contraria. Una tercera persona admite cierto beneficio en ella, pero no le concede ninguna importancia; por el contrario, considera que otra cosa es aún más beneficiosa. En cuanto al beneficio derivado de la experiencia, existe una divergencia de opiniones todavía mayor. Esto se debe a que la concepción del beneficio difiere de una persona a otra. Conforme a esa concepción, cada persona determina, basándose en su propia experiencia o en la de otros, que algo es beneficioso o perjudicial. Para una persona, solo es deseable la ganancia aparente y solo debe evitarse la pérdida aparente. Su preferencia necesariamente será distinta de la de una persona previsora. Además, muchas cosas contienen simultáneamente un tipo de beneficio y otro tipo de perjuicio. Una persona acepta esas cosas porque considera insignificante el perjuicio en comparación con el beneficio, mientras que otra las evita porque considera que el perjuicio supera al beneficio.

Además, en ocasiones se observa una contradicción entre el beneficio racional y el derivado de la experiencia. Desde el punto de vista de la experiencia, algo puede ser perjudicial; pero, según el juicio de la razón, debería tolerarse ese perjuicio en aras de un beneficio racional considerable. Otra cosa puede ser beneficiosa desde el punto de vista de la experiencia, pero, conforme al dictado de la conciencia, es necesario evitarla para escapar de un perjuicio racional. Mientras existan este tipo de contradicciones o conflictos, es imposible alcanzar un consenso sobre los beneficios «racionales» y «derivados de la experiencia» de cualquier cosa. Y que todos estén de acuerdo sobre el beneficio de algo, sin que nadie tenga posibilidad de sostener una opinión diferente o manifestar su rechazo, también es imposible. ¿Por qué hablar únicamente del sacrificio ritual? Entre la oración, el ayuno, la peregrinación, el azaque y las demás órdenes y prohibiciones de la sharía, ¿hay acaso algo cuya racionalidad y beneficio derivado de la experiencia se hayan hecho manifiestos como la luz del día y cuya obediencia hayan aceptado todos los seres humanos después de comprenderlo? Si así fuera, no se encontraría en el mundo ni una sola persona que abandonara la oración o el ayuno, ni que descreyera de la peregrinación y del azaque. Por esta razón, el sistema normativo no depende del juicio y la experiencia de cada individuo; más bien, su fundamento es la fe y la obediencia. El musulmán no tiene fe en la racionalidad ni en el beneficio derivado de la experiencia; su fe está depositada en Dios y en Su Mensajero. Su religión no consiste en aceptar algo solo cuando se haya demostrado su racionalidad y utilidad, y en rechazarlo cuando se haga patente su irracionalidad e inutilidad. Más bien, su religión consiste en que aquello cuya procedencia como orden de Dios y del Mensajero esté demostrada es de cumplimiento obligatorio, mientras que lo que no esté acreditado no merece ser cumplido.

Por tanto, la cuestión que ahora se plantea es si la fe del autor está depositada en la racionalidad y el beneficio, o en Dios y el Mensajero. Si lo primero es cierto, no tiene absolutamente ninguna relación con el islam. Entonces, ¿qué derecho tiene a hablar haciéndose pasar por musulmán y a aconsejar al público que «abandone la llamada sunna del desierto»? Y si lo segundo es cierto, no debería tomar la racionalidad y la utilidad como base de la discusión. Más bien, debería plantear esta pregunta: ¿es el sacrificio ritual simplemente una costumbre inventada por los musulmanes? ¿O es un acto de adoración elegido por Dios y el Mensajero, que el propio Mensajero de Dios instituyó entre su comunidad?

10

La retórica vacía del progresismo

(El artículo se publicó por primera vez en junio de 1933 en la revista Tarjumanul Corán —Editor)

En el número de junio de 1933 de la revista Nigar, el señor Niyaz Fatehpuri publicó una extensa crítica de mi Tarjumanul Corán. Le expreso mi agradecimiento al señor Fatehpuri por ello. Por lo general, no es costumbre entablar disputas ni publicar contracríticas en respuesta a las críticas aparecidas en periódicos y revistas. Sin embargo, en su artículo el respetable crítico ha expresado ciertas opiniones relacionadas con algunos principios fundamentales de su religión del progreso, y uno de los principales objetivos de Tarjumanul Corán es precisamente corregir esos principios. Por esta razón, considero absolutamente necesario aprovechar esta primera oportunidad para expresar mi propia opinión al respecto. Él ha escrito:

El propósito de esta revista se desprende de su propio nombre: difundir correctamente entre la gente el significado, el sentido y las enseñanzas del Corán. Sin duda, nadie puede negar la utilidad de este propósito. Pero, como el respetable editor mismo ha reconocido, alcanzar este objetivo en la época actual no es en absoluto fácil. Porque en el pasado, por religión se entendían únicamente la imitación ciega de los antepasados y las actividades retrógradas. Entonces no era nada difícil para nadie presentarse como predicador o reformador religioso. Pero el conocimiento moderno y los nuevos descubrimientos científicos constantes han dado una forma completamente nueva al «pensamiento y la acción» humanos; han enriquecido la mente con la «libertad de pensamiento y de expresión». Por consiguiente, hoy ya no es posible mantener la existencia de la religión mostrando únicamente como prueba las prácticas, los principios de conducta y las corrientes de pensamiento de los antepasados. En el pasado quizá se discutía o debatía sobre la unicidad de Dios; pero hoy se considera absolutamente imposible incluso la existencia de Dios. En tiempos anteriores quizá se podía demostrar la guía del Mensajero —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— mediante milagros; pero hoy, basándose precisamente en esos milagros, la «ciencia del magnetismo» se ha propuesto fabricar innumerables profetas y mensajeros. En el pasado, un predicador podía mirar al cielo e invocar a Dios, dueño del Trono y del Escabel; pero hoy no existe siquiera cosa alguna llamada cielo. En tales circunstancias, si alguien hiciera algo semejante, no podría resultar beneficioso en absoluto. En resumen, ya no son tiempos de creer en lo oculto; han llegado los tiempos de creer en la experiencia y la observación. En una época tan crítica, no es en absoluto fácil salir en ayuda de la religión. Y la tarea parece aún más difícil, especialmente porque la concepción actual de la religión tampoco resulta muy aceptable para la gente.

Más adelante, escribió también:

El Sagrado Corán se divide, por su contenido, en tres partes. En la primera se exponen enseñanzas morales. En la segunda se describen las creencias doctrinales. Y en la tercera se encuentran relatos y ejemplos históricos. No es necesario escribir mucho sobre la primera parte, ni hace falta presentar pruebas documentales al respecto. Porque la ética de todas las religiones es casi idéntica. Y todos se ven obligados a reconocer que la ética del islam no es diferente ni inferior a la ética de las demás religiones. Sin embargo, se debería prestar mayor atención a la segunda y tercera partes. Porque el conocimiento moderno y los descubrimientos científicos han sembrado en la mente de la gente dudas y perplejidad acerca de estas dos partes. Y, a decir verdad, si alguien fuera capaz de disipar todas estas dudas y sospechas, sería reconocido como el renovador del presente siglo. Por ello, propondré abrir una sección permanente dedicada a este tema. Mediante esta sección deberían analizarse todos los versículos coránicos relacionados con las creencias doctrinales y los relatos. Después, habría que determinar el propósito y el sentido correctos de esos versículos y refutar todas las objeciones y críticas planteadas por los eruditos e investigadores modernos.

En conclusión, escribe:

En adelante, lo invito ante todo a hablar sobre el sentido de la revelación y del conocimiento. Porque la comprensión del sentido de la Palabra de Dios depende precisamente de comprender estas cosas. Asimismo, debería abordarse la cuestión relacionada con el Más Allá. Porque de su resolución depende la cuestión de la religiosidad y la irreligiosidad. Quiero ver qué explicación ofrece sobre la Palabra divina y el Más Allá. Después plantearé mis dudas, sospechas y objeciones; si gracias a sus esfuerzos estas quedan disipadas, me alegraré enormemente. Porque en la actualidad muchos están afligidos por la terrible maldición de «hacerse pasar por musulmanes a regañadientes». Una de sus grandes causas es la creencia en la vida después de la muerte.

Dejando de lado los detalles a los que el respetable crítico ha aludido en esta cita, quiero concentrarme únicamente en los asuntos fundamentales.

Él ha dividido la exposición del Sagrado Corán en tres partes. Pero nosotros podemos dividirla fácilmente en dos. El contenido de la primera parte está fuera del alcance de nuestro conocimiento, intelecto y capacidad de juicio. No podemos declarar de manera definitiva que ninguno de sus asuntos sea falso o verdadero. Por eso, respecto de ellos, el Corán nos invita a tener fe en lo oculto. Los asuntos de la segunda categoría no están fuera de los límites de nuestro conocimiento, y nos es posible llegar a conclusiones razonadas sobre ellos. En este sentido, además de asuntos como la existencia y los atributos de Allah, los ángeles, la revelación, los Libros divinos, el significado de la profecía, la resurrección después de la muerte y el castigo y la recompensa en el Más Allá, pertenecen a la primera categoría todos los asuntos mencionados en relatos y ejemplos históricos que están fuera del alcance del conocimiento, el intelecto y la capacidad de juicio. No importa si estos asuntos están fuera de la capacidad de juicio humana común o si, en el nivel intelectual y científico actual, somos incapaces de decidir sobre su veracidad y exactitud. En cambio, las enseñanzas morales del islam, la purificación espiritual y todos los asuntos relacionados con la vida humana pertenecen a la segunda categoría.

Según el competente crítico, no hay ninguna necesidad de hablar de la segunda parte, porque en lo referente a ella las enseñanzas del islam son semejantes a las de las demás religiones. En cambio, según él, es absolutamente necesario hablar de la primera parte, porque precisamente respecto de los asuntos incluidos en ella han surgido entre la gente dudas y vacilaciones. Pero la cuestión es: ¿por qué surgen dudas y vacilaciones respecto de estos asuntos? En respuesta, ha dicho que en el pasado, debido al atraso y la ignorancia, la gente tenía fe en los asuntos ocultos. Pero hoy el conocimiento moderno, la ciencia y los nuevos descubrimientos científicos han dado una forma nueva al pensamiento y a la conducta humanos, y han enriquecido su mente mediante la libertad de pensamiento y de conciencia. Por eso, ya no es la época de la «fe en lo oculto», sino que ha llegado la época de tener «fe en la experiencia y la observación».

Esta opinión se basa en varios errores. El primero de ellos consiste en no comprender la verdadera diferencia entre el pasado y el presente. Desgraciadamente, el señor Niaz no es el único; un grupo muy numeroso está sumido en la falsa idea de que la lámpara de la religión solo podía irradiar luz en la oscuridad de épocas pasadas, pero que, después del amanecer del conocimiento y la ciencia modernos, ya no puede resplandecer. Sin embargo, aquello que ellos llaman los rayos luminosos de la ciencia no es un patrimonio exclusivo de esta época. Estos conocimientos y ciencias también deslumbraron del mismo modo la visión de la gente en el pasado. Y aquellos cuya mirada había quedado deslumbrada en épocas pasadas también pensaban que la lámpara de la religión ya no podía seguir brillando. Según ellos, el conocimiento y la ciencia modernos de aquel tiempo, así como los nuevos descubrimientos científicos, también habían dado una nueva forma al pensamiento y a la conducta, y habían enriquecido tanto la mente de la gente mediante la razón del pensamiento y de la conciencia que, en aquella época resplandeciente, ya no había lugar para tener fe en lo oculto. ¿No prevaleció acaso esta situación desde el siglo II hasta el siglo IV de la Hégira? Cuando las ideas de filósofos y científicos como Platón, Aristóteles, Epicuro, Zenón, Berkeley, Alejandro, [Estos son filósofos griegos antiguos. —Editor] Ferdousi, Plotino y otros se difundieron en los países musulmanes, y como resultado comenzó una nueva era en el pensamiento filosófico y la búsqueda intelectual, ¿no había también entonces un grupo de personas que sostenía esa misma idea? ¿No produjeron de ese modo la libertad del pensamiento y de la razón, y las nuevas formas de conducta y de ideas de aquella época, dudas y vacilaciones en las creencias religiosas de la gente? Pero ¿qué sucedió después? Muchas de las doctrinas y conclusiones especulativas de los filósofos en las que la gente de entonces había depositado su fe fueron posteriormente demostradas falsas. La intensa luz del conocimiento y la ciencia bajo la cual la lámpara de la religión les parecía titilar se extinguió por completo con un solo giro de la época. Su «conocimiento y ciencia modernos» se convirtieron en cosas anticuadas. Sus nuevos «descubrimientos científicos» perdieron la capacidad de dar una nueva forma al pensamiento y a la conducta. Aquello a lo que habían dado una nueva forma fue declarado antiguo. Incluso los argumentos y pruebas que presentaron confiando plenamente en los descubrimientos científicos contemporáneos, y la mayoría de las doctrinas filosóficas que erigieron sobre esa base, podrían ser calificadas hoy de absurdas e inútiles, sin la menor vacilación, hasta por un estudiante mediocre.

En estas circunstancias, si alguien afirma que la lámpara de la religión solo podía arder en las épocas oscuras del pasado, pero que hoy no puede hacerlo en la época iluminada, nos veremos obligados a pensar que la historia se repite. Estamos completamente seguros de que la mayoría de las cosas que hoy se presenten, como en el pasado, como productos del conocimiento, la ciencia y los nuevos descubrimientos modernos, acabarán convirtiéndose en una consecuencia del «conocimiento y la ciencia modernos» y de los nuevos descubrimientos de la gente de épocas anteriores, y que las «nuevas formas del pensamiento y de la conducta» se volverán antiguas y anticuadas con el giro de los tiempos. Que el crítico examine atentamente todos los conocimientos, ciencias y descubrimientos por los que se enorgullece, y que pregunte por ellos a sus verdaderos inventores y descubridores; entonces comprenderá que, al igual que en el conocimiento y la ciencia del pasado, hay muy pocas certezas en ellos. Puede decirse que prácticamente no hay entre estos conocimientos y ciencias nada de lo que pueda afirmarse con absoluta seguridad que no exista ninguna posibilidad de que se demuestre falso. Todo lo demás se basa únicamente en suposiciones, imaginaciones, dudas, opiniones y vacilaciones. Puede afirmarse con plena firmeza y certeza que, a medida que el curso de los tiempos avance hacia el progreso, «estos conocimientos y ciencias modernos» y «los nuevos descubrimientos constantes» se convertirán cada vez más en cosas antiguas y anticuadas. Y, junto con ellos, los nuevos métodos de pensamiento y de conducta que dependen de estos frágiles conocimientos y descubrimientos también se verán obligados a ceder su lugar a algún otro método nuevo.

Por tanto, siendo así la situación, ninguna persona consciente y de visión madura tiene motivo alguno para alarmarse al pensar en el futuro de la religión. Hoy el «conocimiento y la ciencia modernos» y los «nuevos descubrimientos» han establecido una nueva base para el pensamiento y la conducta, y han enriquecido la mente de la gente mediante la «libertad del pensamiento y de la razón»; por consiguiente, no hay motivo para angustiarse con la preocupación de qué será de la religión: solo Allah lo sabe. Si examina atentamente todos estos conocimientos, ciencias y descubrimientos, verá si las cosas que están en conflicto con la religión son demostradas e incuestionables. Si realmente son demostradas e incuestionables y además entran en conflicto con las creencias fundamentales de la religión, sin duda se le planteará la cuestión de a cuál de las dos tendrá fe: ¿a la religión o al descubrimiento científico? Pero si no son más que cosas basadas en suposiciones, imaginaciones, dudas y vacilaciones, no hay razón para alarmarse por su conflicto con la religión. Pues si la religión se basa en la fe y la convicción, las suposiciones, imaginaciones, dudas e incredulidad no tienen ninguna importancia frente a ella. Por otro lado, si la religión fuera algo especulativo e imaginario, las teorías científicas modernas también dependen de esas mismas suposiciones e imaginaciones. Entonces, ¿qué razón podría haber para establecer una diferencia entre ambas?

Mirar la religión con una actitud reformista, deslumbrado por la ciencia moderna y sus constantes novedades, solo es propio de quien ha arraigado en su mente la idea de que todo objeto nuevo es un descubrimiento científico y que, para mantenerse al ritmo de la época, es absolutamente necesario aceptarlo o tener fe en él. Incluso si se trata únicamente de algo aproximado e imaginario, y aunque no haya sido verificado mediante una profunda previsión científica y criterios infalibles, aun así debe ser aceptado. En realidad, es entre las personas dotadas de este tipo de visión donde hoy ha surgido el interés por «elaborar nuevos métodos de pensamiento y acción». Sin embargo, ni siquiera saben cómo se elaboran nuevos métodos de pensamiento y acción, cuál método es razonable y cuál no es más que infantil. Del mismo modo, afirmar que se han enriquecido mediante la liberación del pensamiento y de la razón se ha convertido en una característica de esta clase de personas de visión superficial. Pero no se dan cuenta en absoluto de que la mera liberación del pensamiento y de la razón es una fitna, más aún, algo terrible. Especialmente si no va acompañada de un conocimiento amplio y maduro, una visión profunda y desarrollada, y una capacidad de pensamiento equilibrada y clara, está destinada a adquirir proporciones graves. Y la naturaleza no ha concedido estos elementos con la generosidad que hoy se supone.

La segunda doctrina surgida de la opinión anterior es que ya no estamos en la era de la «fe en lo oculto», sino en los días de la «fe en la experiencia y la observación». Incluso después de mucho pensar y reflexionar, no he podido comprender qué pretende realmente decir el orador con estas palabras. Si su significado es que en la época actual no se acepta nada perteneciente a lo oculto o invisible, ni se admite objeto alguno sin experiencia y observación, entonces se trata de un error absoluto. Dicho de otro modo, su significado sería que la gente de la época actual ha decidido limitarse a un ámbito tan estrecho en el que únicamente la experiencia y la observación pueden servirle como medios de conocimiento, y en el que solo los sentidos pueden permanecer activos. El ser humano ha abandonado la tarea de reflexionar sobre aquello que queda fuera de ese ámbito y de llegar a conclusiones sobre ello mediante la investigación y la inferencia. Pero quien haya estudiado siquiera superficialmente la «ciencia moderna y los nuevos descubrimientos» no aceptará en absoluto este discurso. Dejemos de lado la filosofía y la metafísica, pues el objeto completo de ambas son las cosas invisibles. Consideremos la propia ciencia natural y la física, ya que es apoyándose en ellas como el distinguido crítico invoca la fe en la «experiencia y la observación». ¿Qué rama de esta disciplina no depende, para sus investigaciones y su búsqueda de datos, de aceptar la fuerza, la energía, las leyes naturales, los principios fundamentales, la causalidad y cuestiones semejantes? ¿Qué físico no cree en ellas? Pero vaya usted a preguntarle a algún gran científico cuál de sus misterios profundos conoce, cuánto ha llegado a comprender de cada una de estas cosas, cuál de ellas ha podido observar directamente y comprobar, y respecto de cuál puede presentar una prueba auténtica. En realidad, ¿qué puede llamarse todo esto sino fe en lo oculto?

El segundo significado de estas palabras podría ser que en la época actual solo se acepta aquello que está al alcance de la percepción directa de cada persona y que toda la sociedad humana ha percibido y observado. Pero semejante afirmación no puede salir de los labios de ninguna persona sensata. Pues es absolutamente evidente que ningún ser humano posee individualmente todo el conocimiento humano; por el contrario, en una gran parte de este conocimiento existen campos propios de grupos y personas especializados. Cada área de este acervo de conocimientos especiales es directamente accesible únicamente al especialista correspondiente, mientras que para el resto de la humanidad permanece invisible. En tales circunstancias, la gente común debe depositar su fe en lo oculto precisamente en esos especialistas y grupos especializados.

El tercer significado de la afirmación podría ser también que la gente de esta época solo acepta aquello que ha obtenido mediante su experiencia y observación personal, y no cree en nada que sea invisible para ella. Pero, en realidad, no puede salir del cerebro humano afirmación más irreal que esta. Porque nunca se ha encontrado en el mundo una persona así, ni se la encontrará hoy, y tampoco existe posibilidad alguna de que se la encuentre hasta el Día de la Resurrección. Si semejante persona existiera realmente en algún lugar, no habría que perder un solo instante en buscarla. Pues sería el descubrimiento más importante entre los «descubrimientos recientes». En suma, por cualquier lado que se examine esta afirmación, no se encontrará en ella rastro alguno de verdad. La propia experiencia y observación atestiguan que la época actual, al igual que el pasado, cree en lo invisible, y que el ser humano jamás puede librarse de esta creencia. Toda persona está obligada a creer en lo invisible en la gran mayoría de más de 999 de cada mil casos. Ahora bien, si decide creer únicamente en aquello que se basa en su propia experiencia y observación, tendrá que renunciar a todo el enorme acervo de conocimientos que había acumulado confiando en los demás. Tendrá que abandonar todos los medios y fuentes de conocimiento distintos de su propia experiencia y observación. En tal situación, no solo le resultará imposible realizar cualquier actividad en el mundo, sino que ni siquiera podrá mantener su propia existencia. En realidad, negar por completo la creencia en lo invisible y depender enteramente de la experiencia y la observación no es posible en esta época, ni existe tal posibilidad en ninguna época más avanzada que esta. En cualquier época y bajo cualesquiera circunstancias, el ser humano se ve obligado a aceptar numerosas cosas basándose únicamente en los demás, sin recurrir a su propia experiencia y observación. Algunas cosas deben aceptarse simplemente como creencias generalizadas; por ejemplo, la creencia común sobre cierto veneno es que quien lo ingiere muere. Sin embargo, no todos lo han ingerido personalmente para comprobarlo, ni han visto morir a alguien por haberlo ingerido. Otras cosas deben aceptarse basándose en el testimonio de una o varias personas dignas de confianza. Por ejemplo, si no se creyera en el testimonio presentado ante los tribunales, el mecanismo de la ley no podría funcionar ni por un instante. En otros casos hay que confiar simplemente en la palabra de un erudito o especialista. Para los estudiantes de escuelas y universidades, esta es precisamente la situación normal. Si no depositaran una confianza ciega en las investigaciones, descubrimientos y doctrinas de los eruditos y especialistas de las distintas disciplinas, no podrían avanzar ni un solo paso en el campo del conocimiento y la ciencia. En consecuencia, tampoco llegarían a adquirir jamás una capacidad de conocimiento, investigación y búsqueda de datos semejante a la de esos eruditos y especialistas.

De esto se demuestra que, en aquellos asuntos sobre los que no hemos adquirido conocimiento mediante la experiencia y la observación, estamos obligados a confiar ciegamente en otras personas. Ahora solo queda la cuestión de en quién y respecto de qué asuntos debemos confiar ciegamente; de ello depende la decisión. En principio, todos reconocerán que solo debemos confiar en quien, según nuestra convicción, posee un conocimiento profundo sobre determinado asunto y domina también los medios adecuados para adquirirlo. Conforme a esta regla general, un enfermo no acude a un abogado en lugar de consultar a un médico. En los litigios, nadie recurre a un ingeniero dejando de lado a un jurista. Sin embargo, solo en las cuestiones de teología y espiritualidad se observa desacuerdo al respecto. Únicamente allí surge la pregunta de si en estos asuntos deben aceptarse las opiniones de los filósofos y los lógicos, o escucharse las palabras de los maestros religiosos y espirituales. ¿Acaso, en relación con asuntos invisibles como Allah, los ángeles, la revelación, la inspiración divina, el alma, la resurrección y el castigo y la recompensa en el Más Allá, debemos escuchar las declaraciones de Kant, Spencer, Einstein, Bergson y otros, o las de Ibrahim, Moisés, Jesús y Muhammad y otros? La inclinación mental de quienes reivindican la «libertad de pensamiento y de razón» se dirige hacia el primer grupo. Ellos examinan las palabras de los profetas conforme a los criterios que han establecido y aceptan únicamente aquello que supera ese examen. No lo reconocen por ser palabra de los profetas, sino porque filósofos y científicos le han otorgado un certificado de aceptabilidad. (Por desgracia, este tipo de asuntos es muy escaso; más bien, puede decirse que no existe en absoluto). Por el contrario, rechazan como poco fiable aquello que no supera esos criterios. Frente a ellos, los «tradicionalistas» y los partidarios de la autoridad sostienen que no se debe preguntar a los teólogos y espiritualistas acerca del naturalismo y el racionalismo. Puesto que los campos de actividad de unos y otros son completamente distintos, preguntar a un especialista de una disciplina por su opinión sobre otra constituye, en esencia, un error. Por muy versados que sean los filósofos y los científicos en sus respectivas disciplinas, su rango en teología y espiritualidad no es en absoluto superior al de una persona común. Esto se debe a que una persona común posee tantos medios para obtener conocimiento e información sobre estos asuntos como ellos. En realidad, esta disciplina está reservada exclusivamente a los profetas. Ellos son sus especialistas y solo ellos dominan los verdaderos medios para adquirir conocimiento e información sobre ella. Por tanto, en estos asuntos debemos depositar en ellos nuestra «fe en lo invisible». A lo sumo, cabe plantear la pregunta de si son realmente veraces y poseen una visión completa de la teología. Pero, una vez demostrado que efectivamente están cualificados en este ámbito, hay que aceptar como verdad todo lo que hayan afirmado conforme a su propia visión y conocimiento. Negar la verdad que ellos han proclamado y presentar argumentos contra ella equivale a que un ciego niegue la existencia del sol y presente pruebas contra ella para confundir a una persona vidente. Por muy grande que sea un hombre así como filósofo según su propia opinión, resulta innecesario explicar qué concepto tendrá de él quien haya contemplado el sol con sus propios ojos.

El crítico quizá diga que cuanto han afirmado los profetas acerca de los asuntos invisibles no está respaldado por la «ciencia moderna» ni por los «descubrimientos e invenciones recientes». Por eso la gente ha sido arrojada a la «duda y la vacilación» y ha sufrido la maldición de «hacerse musulmana por necesidad». Pero yo pregunto: ¿qué certeza hay precisamente en esas ciencias y descubrimientos que sea contraria a los principios islámicos? Si existe algo así, menciónelo, para que también nosotros podamos considerar cuál de los dos debemos seguir: el Sagrado Corán o los descubrimientos científicos modernos. Si no existe —y no puede existir de ningún modo, como también queda demostrado por sus expresiones «duda y vacilación» y «hacerse musulmana por necesidad»—, ¿significa entonces que en el arsenal de la ciencia moderna y de los descubrimientos e invenciones recientes solo hay armas de ideas, fantasías y conjeturas, con las que se proclama una rebelión contra la religión? ¿Y que, deslumbrados únicamente por el brillo aparente de esas armas, los adoradores del «pensamiento libre» han esperado que la religión, al oír su nombre, se vea obligada a abandonar el campo? Por mucha importancia que conceda usted a esas ciencias y descubrimientos, recuerde que no constituyen en absoluto una fuente de certeza respecto de los asuntos invisibles. Como mucho, su influencia puede arrojarlo a usted mismo a la «duda y la vacilación», y puede llevarlo a decir que no podemos adoptar ninguna conclusión positiva ni negativa acerca de la revelación, la inspiración divina, la resurrección, el castigo y la recompensa en el Más Allá, la existencia de los ángeles e incluso la existencia de Allah. Pero esas ciencias no pueden ayudarle lo más mínimo a liberarse de la maldición de «hacerse musulmán por necesidad» ni a obtener la bendición de «hacerse incrédulo con alegría». Esto se debe a que en esas ciencias no puede haber argumentos capaces de negar definitivamente los asuntos mencionados. Además, para concluir que algo no existe, no basta con alegar que la «ciencia moderna» y los «descubrimientos recientes» solo lo llevan a usted al extremo de la «duda y la vacilación», un estado que, desde el punto de vista mental e intelectual, es de los más bajos. En realidad, un conocimiento que no puede proporcionar al ser humano certeza, tranquilidad y convicción, que lo arroja a oscilar en el vacío y no le permite hallar la menor estabilidad en ninguna parte, dejándolo en la vergonzosa situación de «no seas incrédulo; hazte musulmán por necesidad», es sin duda peor que la ignorancia.

Solo la «fe en lo invisible» puede salvar al ser humano de esta situación crítica. Si una vez acepta a alguien como profeta y reconoce al mismo tiempo que posee un dominio completo del conocimiento divino y que nunca dice mentiras, entonces ya no puede haber en su mente lugar para la duda y la vacilación respecto de los asuntos invisibles. Como resultado, sus creencias y convicciones religiosas quedan establecidas sobre una base tan sólida que no puede ser dañada por ninguna ciencia moderna o nuevo descubrimiento, por ninguna nueva corriente de pensamiento y acción ni por la poderosa influencia de la «libre razón». Por eso el Corán ha declarado expresamente que este Libro es una guía para los piadosos. Y la primera característica de los piadosos es que creen en lo invisible:

(Árabe)

Significado: «Este Corán es una guía para los piadosos, que creen en lo invisible».

En realidad, todo el edificio de la religión está establecido sobre la «fe en lo invisible». Por ello, si una vez se destruye este fundamento, ya no se puede alcanzar una conclusión firme sobre estas creencias religiosas básicas —cuyos profundos misterios no se tiene ningún medio de conocer—. En tal situación, usted mismo no tendrá plena confianza en la exactitud de la decisión que adopte, ni podrá hacer que otras personas confíen en su veracidad.

La última cuestión a este respecto es: ¿cómo podemos saber que una persona es un profeta de Alá y que posee un conocimiento completo de la teología? ¿Cómo podemos comprender que es tan veraz que, aunque nos hable de asuntos invisibles que están fuera de los límites de nuestro conocimiento y razón, debemos creer en él y declarar firmemente que nunca dice una mentira? La resolución de esta cuestión depende de dos cosas. Primero, debemos examinar su carácter personal por todos los medios posibles y conforme a los criterios más rigurosos. Segundo, debemos analizar, entre las cuestiones que él presenta, aquellas que están al alcance de nuestro conocimiento, razón y capacidad de juicio. Si alguien demuestra ser incomparablemente veraz en ambas pruebas y, al mismo tiempo, no somos capaces de señalar ningún defecto en el sistema prudente y beneficioso que ha establecido para todos los aspectos y ámbitos del pensamiento y la acción humanos, entonces no existe ninguna razón para negarnos a reconocerlo como veraz. Tampoco hay fundamento lógico para sospechar que, sin investigar ni conocer nada, haya urdido una vasta conspiración sobre Alá, los ángeles, el Trono, el Escabel, la revelación, la inspiración, la resurrección, el Paraíso y el Infierno, simplemente para engañar a los habitantes del mundo —¡que Alá nos perdone!—.

Por consiguiente, el tercer error del señor Niaz consiste en que no considera digno de discusión el primer componente del Corán (al que nosotros hemos llamado el segundo componente); más bien sostiene que «en este asunto todas las religiones son prácticamente iguales y las enseñanzas del islam no difieren de las de las demás religiones ni son inferiores a ellas». Por nuestra parte, sostenemos que, según su análisis, para determinar la veracidad del segundo o tercer componente del Corán (o del primer componente, según nuestro análisis), es indispensable que examinemos la vida y el carácter de Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, así como las cuestiones invisibles y trascendentes mencionadas en el Corán. Además, no basta con conformarse con la idea de que esta parte de las enseñanzas islámicas «no difiere de las demás religiones ni es inferior a ellas»; es necesario demostrar también, mediante argumentos y pruebas, que es superior y más excelente que todas las religiones no islámicas. Por tanto, desde un punto de vista metodológico, es erróneo abordar otro asunto antes de llegar a una conclusión sobre este tema. Además, mientras este asunto no se resuelva, tampoco será posible resolver los demás.

El señor Niaz desea que nos dediquemos a examinar y analizar los versículos relativos al «Más Allá», a la palabra divina y a las doctrinas y la historia. Pero, en nuestra opinión, esta discusión tiene dos vertientes y se relaciona con dos grupos distintos. El primer grupo está compuesto por quienes no creen siquiera en la profecía del Noble Mensajero —la paz sea con él— y por eso albergan dudas sobre estas cuestiones. El segundo grupo está formado por quienes reconocen su profecía, pero tienen dudas acerca de los asuntos invisibles. El método de conversación y discusión con estos dos grupos también es diferente. Por ello, no podemos iniciar una discusión con el objetor hasta saber a cuál de los dos grupos pertenece.

Discutir con el primer grupo sobre el Más Allá, la palabra divina y los demás asuntos invisibles carece por completo de sentido. Porque, si existe desacuerdo sobre la cuestión fundamental, no es posible llegar a ninguna conclusión discutiendo cuestiones secundarias. La base de nuestra fe y convicción en las cuestiones que sostenemos acerca del Más Allá, la palabra divina e incluso la existencia y los atributos de Alá no consiste en que hayamos obtenido un conocimiento definitivo y cierto mediante nuestra propia investigación intelectual o mediante la experiencia y la observación personales, de modo que no pudiera plantearse ningún argumento o prueba en contra. Si así fuera, ciertamente podría discutirse la profecía. Pero nuestra fe firme e inconmovible en estas cuestiones se fundamenta, en realidad, en la convicción de que Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— es veraz. Todo cuanto declaró acerca de su propia profecía y de la palabra divina es infalible. Precisamente por esta razón fundamental, no estamos dispuestos a discutir ningún asunto secundario con quien niega a Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— mientras no acepte esta cuestión básica.

No reconocemos al segundo grupo el derecho a reconocer la veracidad de Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y, al mismo tiempo, plantear preguntas sobre la verdad o falsedad de las afirmaciones del Noble Corán y de Muhammad acerca de los asuntos invisibles. Porque, en cuanto adopten tal postura, pasarán a formar parte del primer grupo. En realidad, para seguir perteneciendo al segundo grupo deben reconocer que cada palabra del Corán es infalible y que todo cuanto presentó Muhammad está completamente libre de error. Naturalmente, sobre este asunto pueden plantear preguntas desde dos perspectivas. La primera: si realmente se describen tales cuestiones en el Sagrado Corán y si el Noble Mensajero —la paz sea con él— dijo verdaderamente esas cosas. La segunda: cuál puede ser el significado y el sentido correctos de cuanto aparece sobre este tema en el Corán y la Sunna.

Finalmente, debo añadir una cosa más. El señor Niaz ha solicitado que se abra una sección de debate en Tarjuman al-Qurán. También ha expresado su intención de presentar en dicha sección todas sus dudas, preguntas y objeciones. Sin embargo, siempre me he mantenido alejado de los debates y polémicas profesionales, y sigo queriendo mantenerme al margen. No simpatizo en absoluto con un debate cuyo objetivo sea ejercitar una mente pesada y ganar elogios mediante exhibiciones de agudeza intelectual. No obstante, siempre estoy dispuesto a participar en discusiones eruditas y profundas, si su objetivo es la búsqueda de la verdad y ambas partes participan con tal sinceridad que, una vez demostrada la verdad, cada una la acepte. En consecuencia, las dudas y objeciones que se publiquen en la revista Nigar serán reproducidas en Tarjuman al-Qurán, junto con sus respuestas. Del mismo modo, espero que, si el señor Niaz formula algún comentario sobre la respuesta de Tarjuman al-Qurán, incluya también con él la respuesta original, para que los lectores de ambas revistas conozcan los dos lados de la discusión y puedan formarse su propio juicio al respecto. Por el contrario, mencionar únicamente un lado y eludir el otro lo considero una confesión de la propia debilidad.

[Nota: quizá los lectores se sorprendan al saber que, en respuesta a este artículo, se interrumpió el intercambio entre la revista Nigar y Tarjuman al-Qurán, y que hasta hoy continúa suspendido. Cierta clase de personas puede dedicarse mucho a confundir a nuestra juventud inmadura mediante algunas frases llamativas; pero cuando se les invita debidamente a discutir sobre la base del conocimiento y los datos, su vacío interior se hace completamente evidente.]

11

El método correcto para la reconstrucción nacional

[El artículo se publicó por primera vez en julio de 1934 en la revista Tarjumán al-Qurán. —El editor]

Tanto la reforma como la revolución tienen por objetivo transformar una situación corrompida. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre sus motivaciones y sus métodos de acción. El esfuerzo reformista comienza con la reflexión. En él, la persona examina la situación con calma y detenimiento, busca las causas de la corrupción y el desastre, mide el alcance de la corrupción, concibe los medios para remediarla y emplea únicamente la fuerza destructiva que sea absolutamente indispensable para eliminarla. La revolución, por el contrario, comienza con una intensa ira y un fuerte espíritu de venganza. En ella, se introduce una corrupción en respuesta a otra. El exceso que había producido la corrupción se combate mediante otro exceso, que, junto con el mal, termina por eliminar también el bien. Sin duda, a veces un reformista debe realizar acciones propias de un revolucionario. Ambos practican una operación quirúrgica en las partes putrefactas del cuerpo. Pero la diferencia es que el reformista determina primero dónde se encuentra la corrupción y cuál es su alcance. Después emplea exactamente la cantidad de fuerza necesaria para eliminarla. Además, antes de la operación prepara el medicamento para curar la herida. El revolucionario, en cambio, dominado por su ira, maneja el bisturí completamente a ciegas y sigue cortándolo todo, sin distinguir entre lo bueno y lo malo. Así, después de practicar muchos cortes y de haber eliminado una parte bastante sana del cuerpo, quizá llegue a reconocer su error; solo entonces se acuerda del medicamento.

Por lo general, allí donde la corrupción supera todos los límites, la gente pierde la paciencia y la serenidad. Debido a los sufrimientos que padece en un entorno corrompido, no encuentra la oportunidad de emprender un esfuerzo reformista con calma y reflexión. Por eso, en situaciones de este tipo, suele cobrar fuerza el movimiento revolucionario en lugar del reformista. Entre los grupos conservadores y revolucionarios se desarrolla un intenso conflicto. Como consecuencia, el fuego de la ira y la venganza recibe aún más combustible. Ambos bandos llegan al extremo de la obstinación y la precipitación. Ambos degüellan cruelmente la verdad y la honestidad. Un bando emplea toda su fuerza en defender la falsedad en lugar de la verdad; el otro ataca indiscriminadamente a todos, sin distinguir entre la verdad y la falsedad. Finalmente, cuando los revolucionarios triunfan, destruyen por completo todo lo que pertenece a los conservadores, sin distinguir entre verdad y falsedad, ni entre lo bueno y lo malo. En realidad, la revolución avanza con la fuerza de una inundación. Arrastra indiscriminadamente a todos, buenos y malos, y los empuja hacia la desaparición. Después de mucha destrucción, cuando la razón recupera la tranquilidad y la estabilidad, se percibe la necesidad de reconstruir. Pero también aquí la mentalidad revolucionaria encuentra un método novedoso. Intenta rechazar todo cuanto pertenecía a los antiguos conservadores. Por correcta que sea una cosa, si estaba relacionada con el antiguo sistema, desde el punto de vista de la revolución no hay defecto mayor que ese. Así, durante bastante tiempo se intenta construir el edificio de la vida sobre principios revolucionarios. Cuando, debido a nuevas experiencias, pruebas, experimentos y fracasos, la mente revolucionaria queda exhausta, se ve obligada a regresar por algún camino hacia el equilibrio, que los reformistas tenían ante sí desde el principio. En otras palabras, los inteligentes hacen lo que hacen los necios, pero después de enturbiar mucho las aguas.

En la época actual, el ejemplo más claro de esto es la revolución bolchevique de Rusia. Cuando la extrema corrupción del sistema social existente en la Rusia monárquica se volvió completamente insoportable para sus habitantes, como reacción se desarrolló un movimiento revolucionario. Las doctrinas socialistas y democráticas de Europa comenzaron a desarrollarse en Rusia. Por otra parte, la dinastía y las clases que la servían emplearon la fuerza despótica para proteger sus intereses ilegítimos. Como consecuencia, no solo se encendió una intensa ira contra la autocracia zarista y la distribución desigual de la riqueza, sino también contra el sistema civilizatorio que se había transmitido por herencia durante siglos. Finalmente, el fantasma de Karl Marx adoptó la figura de Lenin. El régimen zarista fue desarraigado por completo. Al mismo tiempo, fueron borrados todos los principios políticos, económicos, civilizatorios, morales y religiosos sobre los que se había establecido el sistema social de la época prerrevolucionaria. Después de esta destrucción generalizada, comenzó la tarea de construir una sociedad nueva sobre la base de principios comunistas completamente nuevos. Los nuevos organizadores dedicaron toda su capacidad mental a impedir que algo perteneciente a la clase burguesa pudiera incorporarse a este nuevo edificio social. Incluso se notificó a Allah que debía salir de la Rusia soviética. Pero, a medida que pasaban los días, la inteligencia constructiva comenzó a ocupar el lugar de la exaltación revolucionaria. De este modo, el bolchevismo extremo que había estado activo al comienzo de la revolución fue regresando gradualmente hacia el equilibrio.

Este tipo de extremismo también se manifestó durante la Revolución francesa. También entonces, llevados por el entusiasmo revolucionario, se intentó eliminar todo cuanto pertenecía al pasado y se idearon y pusieron en práctica nuevos principios revolucionarios. Pero, precisamente como resultado de esta mentalidad revolucionaria extrema, hasta hoy no ha podido establecerse un equilibrio completo en la naturaleza política, social y moral de Francia. Actualmente, ninguna esfera ni ningún aspecto de su vida nacional posee una estabilidad como la de Gran Bretaña.

Otro ejemplo es la revolución turca. Allí también fue una mentalidad revolucionaria de este tipo la que intentó transformar de la noche a la mañana, como por arte de magia, a toda una nación en otra diferente. En el curso de este intento, junto con la operación practicada sobre los abscesos y las pústulas, también se amputó una parte bastante sana del cuerpo turco, y en su lugar se trajeron prestados de Europa algunos órganos nuevos para implantarlos. Incluso se adquirió un cerebro nuevo, provisto de un sombrero nuevo, para sustituir al antiguo. Pero, con el avance del tiempo, los turcos revolucionarios han aprendido gradualmente que el principio general que habían adoptado —considerar malo todo lo antiguo y bueno todo lo nuevo— no es en absoluto infalible. Por eso, después de causar grandes daños mediante la experiencia y los ensayos, se ven obligados a regresar del camino de los excesos hacia el equilibrio.

La razón de mencionar estas cosas es que actualmente se observa una mentalidad revolucionaria extrema entre los musulmanes de la India. Antes de que aparezcan las malas consecuencias de este extremismo, queremos invitar tanto al grupo tradicionalista como al revolucionario a reflexionar.

En realidad, la situación deformada que prevalecía y aún prevalece en Turquía y en otros países musulmanes es exactamente la misma que la situación actual. Durante varios siglos, el grupo que ha tenido en sus manos el liderazgo religioso ha convertido el islam en algo inmóvil e inerte. Probablemente, desde después de los siglos VI o VII de la Hégira, para ellos el avance del tiempo quedó paralizado. En sus discusiones sobre filosofía y jurisprudencia, ciertamente leían y enseñaban que el mundo está en constante cambio y que cada cambio constituye algo nuevo. Pero, en realidad, han cerrado los ojos ante los cambios del mundo, la evolución de las épocas, el avance del tiempo y la novedad. ¡El mundo ha cambiado y ha llegado de un lugar a otro! ¡Cuántos cambios y transformaciones han ocurrido en la situación del mundo, en sus ideas, corrientes de pensamiento, ideologías, etc.! ¡Cuántas alteraciones se han producido en las cuestiones y problemas sociales! Sin embargo, nuestros líderes religiosos todavía se consideran viviendo en el entorno de hace quinientos o seiscientos años. ¡No han progresado en absoluto junto con el avance de la época! ¡Han permanecido inmunes a los cambios constantes! ¡No han mantenido ninguna relación con los nuevos problemas de la vida! Han intentado impedir que su pueblo avance con la época; más bien, han tratado de arrastrarlo del futuro hacia el pasado. Un esfuerzo de este tipo solo podía tener éxito durante algún tiempo, y así ocurrió. Pero que tales esfuerzos tengan éxito para siempre es imposible. ¿Cuánto tiempo puede una nación que mantiene contacto y relaciones con el mundo permanecer inmune a la influencia de las ideas del mundo y de los nuevos problemas de la vida? Si sus dirigentes no la conducen, adelantándose, por nuevos caminos científicos, intelectuales y prácticos, naturalmente estará dispuesta a quitarse de encima el yugo de su liderazgo y arrojarlo lejos.

En realidad, la raíz principal de esta deformación es otra cosa. Nuestros líderes religiosos se han ocupado tanto de los detalles que, como consecuencia, la base fundamental se les ha escapado de las manos. Después, los detalles ocuparon el lugar de los principios fundamentales, y de ellos surgieron innumerables detalles más; estos fueron designados como el islam verdadero. Sin embargo, en el islam carecían por completo de importancia. En realidad, el edificio de la nacionalidad islámica se había erigido sobre esta secuencia: primero el Noble Corán, después la Sunna del Mensajero (la paz sea con él) y, por último, el ijtihad de los sabios y eruditos. Pero, por desgracia, esta secuencia fue completamente invertida y se estableció una nueva: primero el ijtihad de los eruditos de una época determinada, después la Sunna del Mensajero (la paz sea con él) y, finalmente, el Noble Corán. Esta nueva secuencia es la responsable de toda la inercia y la impotencia que han convertido al islam en algo inútil e inerte.

Nadie puede negar el saber, la erudición ni la dignidad de los juristas del fiqh, los teólogos del kalam, los exegetas y los muhaddizun (que Dios tenga misericordia de ellos). Pero eran seres humanos. Los medios y métodos mediante los cuales adquirieron su conocimiento eran los mismos que los de la gente común. No recibían revelación; más bien, reflexionaban e investigaban acerca de la Palabra de Dios y de la Sunna del Mensajero mediante su propio juicio, razón y comprensión. Así, basándose en los principios que les parecían correctos, establecían los detalles de las leyes y de las cuestiones doctrinales. Todos esos ijtihads pueden servirnos de ayuda y orientación, pero no pueden constituir los principios ni la base. Ya sea que una persona practique el ijtihad sirviéndose únicamente de su razón y juicio, o de información extraída de un libro revelado, en ningún caso su ijtihad puede adquirir para el mundo la condición de una norma permanente e inmutable. Esto se debe a que el conocimiento y la razón humana están siempre limitados por las fronteras del tiempo y el lugar.

El único que está por encima de todas las limitaciones del tiempo y del lugar es Dios, el Señor de los mundos. Solo Él posee el verdadero tesoro del conocimiento. Con el transcurso del tiempo, en el dominio de Su conocimiento no se produce ni el más mínimo cambio. El reflejo de ese conocimiento se encuentra en los versículos del Noble Corán y en el pecho puro de quienes lo portan y transmiten. En realidad, esta es una fuente de conocimiento de la que la gente de cada época puede extraer continuamente, según sus circunstancias y necesidades particulares, conocimientos, ciencias, ideas y normas. Mientras los sabios extraían conocimiento de esta fuente y fundamento, y resolvían los problemas ideológicos y prácticos mediante el ijtihad, con un pensamiento y un juicio correctos, el islam avanzaba al compás de la época. Pero desde el día en que se abandonó la reflexión y la investigación sobre el Corán, se detuvo la búsqueda de la autenticidad de los hadices y su examen crítico, comenzó la imitación ciega e indiscriminada de los exegetas y muhaddizun anteriores, el ijtihad de los juristas del fiqh y de los teólogos del kalam del pasado se convirtió en normas inmutables y eternas, y se abandonaron los principios del Corán y la Sunna para adoptar como principios fundamentales los detalles inventados por los venerables maestros, desde ese mismo día se detuvo el progreso del islam. En lugar de avanzar, comenzó a retroceder. Sus portadores y transmisores, en vez de guiar al mundo en los nuevos campos del conocimiento y la acción, se dedicaron a interpretar y analizar cuestiones antiguas y las ciencias del pasado. Permanecieron ocupados en disputas sobre asuntos pequeños y secundarios. Continuaron creando nuevos madhhabs y nuevas sectas en cuestiones menores y polémicas. Como consecuencia, se emitieron libremente veredictos de incredulidad y de impiedad contra los musulmanes, de modo que la gente del mundo, en lugar de ver a las personas entrar en la religión de Dios en grupos sucesivos, presenció el espectáculo de que salían de la religión de Dios en grupos sucesivos. Por otra parte, en lugar de la escena de ser firmes frente a los incrédulos y misericordiosos entre sí, se hizo visible por todas partes la escena de los creyentes siendo misericordiosos con los incrédulos y severos entre sí. Finalmente, la situación que se había descrito respecto de los hipócritas y los incrédulos —parecen unidos, aunque sus corazones están separados unos de otros— terminó convirtiéndose en la situación de los propios musulmanes.

Esta es la reacción natural de la conducta mencionada, que hoy vemos manifestarse en forma de una terrible revolución. Cuando los musulmanes vieron que sus líderes religiosos no cumplían con la responsabilidad de guiarlos, sino que, en lugar de conducirlos hacia adelante, los arrastraban hacia atrás, se liberaron de su autoridad. Después comenzaron a vagar de un lado a otro como un ejército disperso. Un grupo atribuyó a la propia religión todos los errores y debilidades de quienes portaban su estandarte. Declaró que la religión era el mayor obstáculo en el camino de su progreso. Comenzó a hablar abiertamente de imitar ciegamente a las naciones «progresistas», abandonando la religión. Otro grupo convirtió en hábito insultar a los sabios y a los líderes religiosos, como si en esos insultos y alardes de oratoria estuviera la clave del bienestar y el progreso de los musulmanes. Y otro grupo se levantó y comenzó a recortar la religión. Algunos empezaron a difamar a los imanes y a los juristas del fiqh. Otros pusieron el hadiz al mismo nivel que el fiqh. Algunos consideraron necesario reformar las enseñanzas coránicas y sus normas. Otros abogaron por separar la religión de la vida mundana. Según ellos, la religión solo tendría relación con las creencias y los actos de adoración, y no tendría ninguna autoridad sobre los asuntos mundanos ni sobre las normas religiosas.

Así, precisamente para cambiar aquel estado de deformación, han surgido diversos grupos y subgrupos. Pero su interés no se orienta hacia la reforma, sino hacia la revolución. No se han detenido a reflexionar serenamente sobre cuál es la verdadera deformación, dónde se encuentra su origen, cuál es su alcance y cuál es el método correcto para remediarla. Basándose únicamente en suposiciones, se ha dado por sentado que existe una deformación. Y para eliminarla se están empleando armas contra el cuerpo de la umma. No se está considerando profundamente el desastre que puede producirse cuando, junto con la enfermedad, se daña también al enfermo.

En los países independientes, ciertamente puede decirse —y, hasta cierto punto, sería razonable decirlo— que no tenemos otra opción que emprender una actividad revolucionaria. Porque allí el poder de gobierno del Estado está concentrado en manos de un solo partido. Si otro partido quisiera poner fin a ese poder, quizá no podría triunfar sin una intensa actividad revolucionaria. Al mismo tiempo, también debe observarse que, cuando la responsabilidad efectiva de gobernar el Estado recae sobre los líderes revolucionarios, la experiencia de la época muy pronto consolida su criterio. Por ello, se ven obligados a abandonar el camino de los excesos y seguir el camino del equilibrio. Pero no debemos olvidar que actualmente[Esto se refiere a 1934. Desde entonces se han producido muchos cambios entre la estructura política de la India británica de aquella época y la de la actual Bangladesh y la India-Pakistán independientes. —Editor] estamos pasando nuestra vida bajo la dominación extranjera. Nuestra situación es completamente distinta de la de los países independientes. Aquí, en primer lugar, no hay necesidad de una actividad revolucionaria. Porque aquí no existe el temor de un obstáculo tan formidable y poderoso que un movimiento reformista equilibrado no pueda superarlo con éxito. En segundo lugar, si se inicia una actividad revolucionaria y esta triunfa, durante mucho tiempo no habrá posibilidad de que retorne al camino del equilibrio. Porque a los abanderados de la revolución no se les confiará ninguna responsabilidad plena y obligatoria que pueda hacer que su extremismo se vuelva hacia el equilibrio. Por tanto, aquí ninguna actividad revolucionaria es apropiada. Más aún, hablando con franqueza, si diversas actividades revolucionarias continúan durante mucho tiempo, sus consecuencias serán sumamente graves. Como resultado, la base sobre la que se sostiene la sociedad musulmana comenzará a tambalearse, y no será posible establecer en su lugar una base tan firme sobre la cual pueda construirse un nuevo sistema social. Además, una nación que ya se encuentra bajo la dominación extranjera y en la debilidad, si ve su sistema social hecho añicos de este modo, también debe considerarse a qué profundo abismo de degradación moral será arrojada.

Por esta razón, a veces nos vemos obligados a enfrentarnos a los revolucionarios con más severidad que a los conservadores. De lo contrario, coincidimos con ellos en la necesidad de cambiar el estado de deformación. También deseamos transformar en dinamismo la inercia y pasividad que se han introducido en el islam. Pero, en nuestra opinión, para crear ese dinamismo no es un camino correcto abandonar las normas islámicas y aferrarse al extranjerismo; tampoco lo es comenzar ciegamente a recortar la religión sin investigación del conocimiento ni reflexión. Asimismo, no es correcto derribar sin motivo el enorme edificio que los muytáhid antiguos construyeron mediante un arduo trabajo, esfuerzo y lucha; ni es un camino infalible arrojar al fuego todo el acervo de los hadices. Tampoco es el camino verdadero corregir o modificar, mediante el razonamiento humano, la Palabra divina. En realidad, ninguno de estos es un camino de reforma; más bien, es el camino hacia una calamidad aún más grave que la anterior. El único camino correcto para remediarla es enderezar de nuevo la secuencia que ha sido alterada. Hay que devolver al Corán la posición de liderazgo con la que anteriormente fue investido. La consideración que, en la época de la Profecía, los compañeros del Noble Mensajero y los miembros de su familia concedían a sus palabras y actos debe concederse hoy a los hadices. A los juristas, teólogos, exegetas y expertos en hadices debemos concederles únicamente la consideración que ellos mismos concedieron a sus propias obras.

En resumen, debemos beneficiarnos de todos ellos. Las cosas que no necesitan cambiar deben mantenerse como están. Pero nunca debe suponerse que todo lo que los sabios escribieron constituye una norma inmutable e inalterable; ni que los libros escritos nos han dispensado de reflexionar sobre el Noble Corán y de investigar la verdad de los hadices del Mensajero; ni que se ha cerrado la puerta para obtener conocimiento directamente del Corán y la Sunna.

Si esta secuencia vuelve a establecerse, el inmóvil vehículo del islam volverá también a ponerse en marcha. Porque la verdadera causa de su inmovilidad es que el motor ha sido separado del vehículo y abandonado atrás. Al conductor también lo han apartado del motor y lo han sentado en alguno de los vagones traseros, mientras se ha depositado la confianza en el vagón delantero, esperando que, del mismo modo que avanzará por sí solo, también hará avanzar a todo el vehículo.

Pero para esta tarea no hay necesidad de arrebatos de ira. La ira solo puede justificarse allí donde alguien ha cometido voluntariamente una injusticia. Sin embargo, nada de lo que ha ocurrido aquí se hizo deliberadamente. Nadie puede afirmar que los ulemas se reunieran en algún lugar y decidieran: «Mantendremos el islam en la inercia y la pasividad, e impediremos que su vehículo en marcha avance». En realidad, esto no es más que la consecuencia del continuo declive que, desde los siglos VI o VII de la Hégira, se ha iniciado en las fuerzas mentales, científicas e intelectuales de los pueblos musulmanes, junto con el declive de sus fuerzas políticas, militares, económicas y civilizatorias. Ese declive debilitó del mismo modo el espíritu de yihad de los musulmanes y cubrió de herrumbre tanto su historia como su espíritu innovador. Así como cambió la perspectiva de los musulmanes sobre todos los problemas de la vida, también cambió su perspectiva sobre las cuestiones religiosas y educativas. Como consecuencia, poco a poco, e inconscientemente, una negra sombra de muerte descendió sobre toda su fuerza mental. No se puede culpar de ello a la comunidad de los ulemas ni a ninguno de sus seguidores. A lo sumo, puede presentarse una queja contra la naturaleza. Pero, así como tal queja no producirá ningún fruto, tampoco se logrará ningún bien mediante la ira destructiva ni mediante los impulsos devastadores. El único método correcto para alcanzar el bien o la reforma consiste en determinar serenamente las causas de la deformación y su alcance, y despertar con inteligencia la virtud en lugar de la deformación.

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La manifestación de la rebelión

[El artículo fue publicado por primera vez en febrero de 1935 en la revista Tarmān al-Qurʾān. —El editor]

Una nación está compuesta por dos clases de personas: una clase formada por la gente común y otra por las personas eminentes. La gente común es muy numerosa, y la fuerza numérica de la nación depende de ella. Sin embargo, esta clase no posee la capacidad intelectual necesaria para reflexionar y ejercer el liderazgo. Estas personas no son ricas en conocimientos ni disponen de poder económico. Del mismo modo, no ocupan cargos importantes ni tienen el poder del Estado en sus manos. Por eso, no les corresponde dirigir a la nación; su función consiste más bien en seguir a quienes la dirigen. No trazan ni descubren por sí mismas ningún camino, sino que avanzan por el camino que se les ha preparado. Trazar el camino y conducir por él a toda la nación es, en realidad, tarea de las personas eminentes. Pues detrás de cada una de sus palabras y acciones están el intelecto, el conocimiento, la riqueza, el honor y el apoyo del poder estatal. Y el pueblo, quiera o no, debe seguir sus pasos. Por tanto, no sería incorrecto decir que la fuerza motriz de una nación no es su pueblo, sino sus personas eminentes. De ellas dependen el ascenso y la caída de la nación, así como su formación y su destrucción. Su buena conducta se convierte en la causa de la buena conducta de toda la nación, y su corrupción, en la causa de la corrupción de toda la nación. Cuando llegan tiempos prósperos para una nación, aparecen en ella muchas personas eminentes de esta clase. Ellas mismas siguen el camino recto y conducen por él a toda la nación:

(Árabe)

Significado: «Los establezco como líderes, y ellos guían conforme a Mi mandato. Les inspiramos hacer el bien». (Sura Al-Anbiya, aleya 73)

Por el contrario, cuando se aproxima el momento de la destrucción de una nación, su corrupción comienza precisamente por sus personas eminentes. Como consecuencia de su desviación y su inmoralidad, finalmente toda la nación se ve envuelta en la mala conducta y el pecado:

Significado: «Cuando queremos destruir una población, hacemos que sus malvados se entreguen a la transgresión. Entonces se cumple el destino de esa población y la destruyo por completo». (Sura Al-Isra, aleya 16)

En el lenguaje del Corán, estas personas eminentes son denominadas ————–. Es decir, son personas a quienes Allah ha favorecido con abundantes bendiciones. Según el testimonio de Allah, siempre ha ocurrido que, en primer lugar, estas mismas personas eminentes (———) comienzan a introducir en la sociedad el pecado, la rebelión contra Allah, la opresión y la injusticia. Después, toda la población queda envuelta en la maldad y la mala conducta.

¿Acaso hay lugar para alguna duda sobre la veracidad de este testimonio? Basta con observar la situación de nuestra propia nación: ¿no comenzó también su corrupción por obra de nuestras personas eminentes? Esta clase de personas fue la que abandonó el camino de los pioneros obedientes a la ley divina y comenzó a seguir el camino satánico. Fueron ellos quienes, para satisfacer sus pasiones, empezaron a relajar los vínculos de la Sharía. Fueron ellos quienes, al estilo del Faraón y del César, comenzaron a hacer que los siervos de Allah los sirvieran como esclavos, y acostumbraron a su propia nación, en lugar de adorar a Allah, a adorar a los gobernantes y a los funcionarios. Fueron ellos quienes enseñaron a la gente a inclinarse y someterse ante los siervos, en vez de ante Allah. Fueron ellos quienes, vestidos con ropas llamativas y sentados en majestuosos palacios, hicieron atractivos el pecado y las malas acciones. Fueron ellos quienes, alimentándose de bienes ilícitos, crearon en su nación el hábito de consumir y proporcionar alimentos ilícitos. Fueron ellos quienes utilizaron el conocimiento y la ciencia para la desviación, el intelecto para la maldad, la agudeza mental para el engaño y las intrigas, la riqueza para comprar la fe, el poder estatal para la opresión y la fuerza para la arrogancia. Además, fueron ellos quienes cerraron la mayoría de los medios legítimos para que la gente obtuviera sus derechos, beneficios y progreso, y la obligaron a alcanzar sus objetivos mediante caminos despreciables como la adulación, el soborno y las falsas intrigas. En suma, no existe corrupción alguna en el carácter moral o en la conducta cuya aparición no haya comenzado por obra de estas personas eminentes. Utilizaron por caminos erróneos las bendiciones y riquezas que Allah les había concedido. Así como ellos mismos se corrompieron, corrompieron también a toda la nación.

Todo esto había estado ocurriendo durante varios siglos, y la corrupción moral estaba consumiendo desde dentro la fuerza nacional de los musulmanes. A pesar de ello, en el corazón de la gente aún estaba presente, al menos, la luz de la fe. Aunque no se cumplieran las órdenes de Allah y del Mensajero, en el corazón de la gente se mantenía el sentimiento de la supremacía de Dios y del Mensajero. Por mucho que se desobedeciera la ley islámica, el respeto por esa ley no había desaparecido por completo del corazón de la gente; por mucho descontento que hubiera con el sistema de gobierno islámico, nunca se había llegado a la osadía de rebelarse contra él; más bien, aquello que el islam declaraba verdadero se reconocía como verdadero. Por mucho exceso que se mostrara en seguir la falsedad tras rechazarlo, nadie se atrevía a llamar falso a lo que el islam había declarado verdadero, verdadero a lo falso, superfluo e innecesario a lo obligatorio, ilícito a lo lícito, lícito a lo haram, pecado a la buena obra y buena obra al pecado, ni a considerarlo así. Sin duda se cometían actos depravados. La gente ciertamente se entregaba a delitos y malas acciones. En muchos casos se transgredían los límites de la sharía. Pero, al mismo tiempo, la gente sentía vergüenza en su corazón. Sus cabezas se inclinaban por el arrepentimiento. Al menos, su corazón reconocía que estaban desobedeciendo a Allah y al Mensajero.

La razón es que, a pesar de la debilidad de la fe y la corrupción de la conducta, el edificio de la civilización musulmana seguía asentado sobre los pilares fundacionales construidos por el islam. Aunque, debido a la importación de las ideas griegas e iraníes, se habían extendido muchas desviaciones, estas nunca lograron cambiar por completo la perspectiva de los musulmanes ni volver su estructura mental contraria al islam. Nunca pudieron influir tanto en su inteligencia, sus ideas y su capacidad de juicio como para que dejaran por completo de ver con ojos musulmanes y de pensar con mente musulmana. Del mismo modo, aunque la evolución de la civilización se había desarrollado, debido a influencias externas, por un camino bastante distinto del trazado por el islam, los principios fundamentales sobre los que se había establecido seguían presentes en sus cimientos, y los principios de otra civilización no habían ocupado su lugar. El sistema educativo de los musulmanes se había deteriorado considerablemente, pero aun así la teología conservaba en él un lugar destacado. Ningún musulmán instruido desconocía al menos los conocimientos básicos de las creencias islámicas, las disposiciones de la sharía y las costumbres nacionales. En la vida práctica de los musulmanes, la sujeción a la ley islámica se había debilitado mucho, pero, pese a ello, en todos sus asuntos regía una sola ley: la ley islámica. En suma, a pesar de toda la corrupción, la profunda influencia del islam seguía presente en las ideas, el carácter y la conducta de los musulmanes. Creían firmemente en sus principios; al menos, dentro de los límites de su fe no se había permitido la entrada de principios contrarios al islam. Además, los valores establecidos por el islam en materia de carácter y conducta no habían quedado completamente trastocados, ni se había producido en ellos un cambio que permitiera que otros valores contrarios los reemplazaran.

Pero, después de perder el poder político en el siglo XIX, los hombres destacados de nuestra nación vieron que, junto con el poder político, también se les escapaban la posición, el honor, el prestigio y las riquezas, y que, para protegerlos bajo la dominación extranjera y compensar las enormes pérdidas, no había otro camino que dominar la civilización occidental y las ciencias y conocimientos modernos. En ese momento se inició otro cambio en su línea de acción; en realidad, no fue simplemente un cambio, sino una «revolución». Porque cambiar significa transformarse, mientras que revolucionar significa trastocarlo todo. Y, de hecho, dieron tal voltereta que su objetivo, su mentalidad y su perspectiva cambiaron por completo, situándose exactamente en el lado opuesto al islam.

La vergüenza y el arrepentimiento que al principio se sentían al desobedecer la ley islámica comenzaron a desaparecer gradualmente tras el inicio de esta revolución; más bien, empezó a desvanecerse incluso la sensación de que al infringir las disposiciones de la sharía estaban cometiendo un pecado y un delito. Luego, poco a poco, la valentía y la desvergüenza sustituyeron a la vergüenza y el arrepentimiento. Se empezó a desobedecer públicamente toda ley, y en lugar de vergüenza comenzó a expresarse orgullo por ello. Pero la ola de la revolución no se detuvo al llegar hasta ahí. Lo que hoy se oye y se ve en los círculos cercanos a Occidente manifiesta señales de una rebelión abierta contra el islam, que va más allá de la desvergüenza. La situación ha llegado al punto de que una persona, aunque desobedezca públicamente la ley islámica, no solo no se arrepiente de su delito, sino que intenta avergonzar a quien todavía sigue aquella antigua ley. Parece que quien viola la ley islámica ya no es hoy el delincuente o pecador; más bien, los culpables son quienes siguen el islam. Hoy no solo se abandonan la oración y el ayuno, sino que incluso se expresa orgullo por ello. Se hace propaganda entre la gente a favor de abandonar la oración y el ayuno. A quienes rezan, recitan el Corán y ayunan se los ridiculiza públicamente. Además, se mantiene la esperanza de que quienes practican la oración y el ayuno —especialmente si son instruidos— terminarán avergonzándose de sus propios actos. Para una persona, no abandonar la oración y el ayuno, sino practicarlos, está siendo considerado una acción censurable y vergonzosa. Incluso si alguien que reza comete un acto reprobable, se dice con tono sumamente sarcástico: «¿Acaso ese hombre no es de los que rezan?». Es decir, la verdadera razón por la que se considera culpable a ese hombre es precisamente que realiza un acto que Allah ha declarado preventivo de la depravación y la obscenidad, y que Su Mensajero calificó como la mejor de las acciones.

Esta rebelión no se limita únicamente a la oración y el ayuno; más bien, se ha extendido a casi todos los ámbitos de la vida. Hoy se denomina «mollismo» a la obediencia a las disposiciones islámicas. Y el mollismo, en el lenguaje de nuestra nueva época, es otro nombre para una deplorable mezcla de estrechez de miras, ceguera, ignorancia, anticuamiento e insensatez. En otras palabras, la intención es esta: «mollá» es el nombre que se da a un musulmán firme y comprometido con la sharía, y un «mollá» sería una persona que no tiene la menor relación con la civilización y la ilustración, una persona incapaz de adaptarse de ningún modo siquiera a la sociedad civilizada. Este no es más que uno de los innumerables insultos. Y, para expresar odio y desprecio, nuestros «firangis negros», en lugar de emplear ciertas palabras locales, concentran toda su carga de hostilidad en la palabra «mollá», presentada como la fuente de todos los defectos. [Este escrito es de 1934. Actualmente es 2002. Entretanto, para atacar a los musulmanes auténticos, se les han impuesto muchos otros calificativos, como terroristas, extremistas, fundamentalistas, talibanes, Al Qaeda, etc. —Editor.]

Hoy ya no se considera prueba a favor de una palabra o acción que sea conforme al Corán y al hadiz. No solo los no musulmanes; incluso, por desgracia, los musulmanes conocidos como «educados e iluminados» rechazan sin reparos la autoridad del Corán y el hadiz. No sienten la menor vergüenza por ello; al contrario, esperan que sea quien presenta el aval de la ley islámica quien termine avergonzado. Lejos de reconocer como autorizados el Corán y el hadiz, incluso hemos llegado a presenciar situaciones en las que, cuando se presenta un asunto en nombre del islam, surge de inmediato una aversión contra él. Sin embargo, si ese mismo asunto se expone con argumentos y pruebas, o se describe con ayuda de una cita de un autor occidental, se vuelve absolutamente irreprochable. En suma, cada vez que se menciona el islam, en la mente de nuestros musulmanes inclinados hacia Occidente comienzan a surgir sospechas de toda índole. En su interior se arraiga la duda de que necesariamente debe haber alguna debilidad en ello. La impresión es que, a sus ojos, hoy la autoridad del Corán y el hadiz no fortalece un asunto, sino que, por el contrario, lo hace aún más débil y necesitado de pruebas.

Hace algunos años, esta enfermedad se limitaba a nuestro ámbito masculino, mientras que la sociedad femenina estaba a salvo de ella. Al menos en lo que respecta a la civilización islámica, podemos decir que el «harén» es su último refugio. Es aquí donde el islam cuida y protege su cultura y civilización. Una de las principales razones por las que el islam desea mantener a la mujer dentro del velo prescrito por la sharía es que, al menos, el pecho del que mama el niño musulmán debe resplandecer con la luz de la fe. El regazo en el que se cría el niño musulmán debe, al menos, estar protegido de la incredulidad y el extravío, la inmoralidad y la indecencia. Alrededor de la cuna en la que transcurren las primeras etapas de la vida del hijo musulmán debe reinar, al menos, un ambiente puramente islámico. Las cuatro paredes dentro de las cuales se trazan en la mente sencilla del niño musulmán las primeras imágenes de su educación y experiencia deben estar protegidas de las influencias externas. Por ello, el harén es, en realidad, la fortaleza más sólida de la civilización islámica. Y esta fortaleza también está a punto de ser destruida. La epidemia de la occidentalización está penetrando rápidamente hoy en nuestros hogares. Nuestros nobles inclinados hacia Occidente están sacando hoy a rastras a sus esposas e hijas, para que ellas también puedan verse afectadas por esa influencia venenosa. Hoy se envía a las muchachas de nuestra comunidad a instituciones educativas destinadas a enseñarles el extravío, la incredulidad, la inmoralidad y la civilización occidental; instituciones que ya habían enseñado todo eso a nuestros muchachos y los habían vuelto rebeldes contra el islam.

A nuestro juicio, este último paso llevará a su culminación completa la revolución mencionada anteriormente. No se trata solo de una suposición nuestra; por desgracia, también hemos tenido ocasión de ver y oír señales de esta culminación de la revolución. La situación ha llegado hoy al punto de que una mujer musulmana, desobedeciendo abiertamente las claras disposiciones del Corán y el hadiz, exhibe sin reparo la belleza de su cuerpo; va a hoteles y restaurantes ingleses a almorzar y cenar, se sienta entre hombres en las salas de cine y recorre los mercados haciendo compras sin el menor pudor. Lo más lamentable es que, en lugar de sentirse avergonzadas y arrepentidas por realizar todas estas acciones infringiendo la ley islámica, describen sus actos con aún mayor orgullo. Además, consideran digna de censura a la pobre mujer que, conforme a la ley islámica, primero se negó a abandonar el velo prescrito por la sharía y que, después de ser sacada por la fuerza por su marido, siente vergüenza de exhibir desvergonzadamente su cuerpo entre los hombres; y, por encima de todo, consideran censurable a quien no prefiere deambular por los mercados, disfrutar de los placeres de los clubes nocturnos y respirar el aire de los centros turísticos a la vida sin diversión dentro de los límites de las instrucciones de Allah y el Mensajero. Esto significa que la actitud mental rebelde contra el islam se está extendiendo rápidamente entre las mujeres, tras haber rebasado los límites de los hombres. Al igual que los hombres, ellas también consideran que, para una mujer musulmana, no es la transgresión de la ley islámica, sino su observancia, lo que resulta vergonzoso y motivo de arrepentimiento.

¡Por Allah, que alguien me diga qué futuro les espera a los hijos criados en el regazo de mujeres recién inclinadas hacia Occidente, si esta es la situación de estas mujeres aunque hayan sido criadas en el regazo de antiguas mujeres piadosas, y si las muchachas de sus propios hogares llegan a desconocer la dignidad de la fe y a salir de los límites de la obediencia a Allah y al Mensajero! ¿Puede esperarse que el niño que, al abrir los ojos, solo vea a su alrededor señales de occidentalización; cuya mirada inocente ni siquiera contemple un indicio de la cultura y civilización islámicas; cuyos oídos nunca escuchen las palabras de Allah y el Mensajero; y cuya mente, como una hoja limpia, quede desde el principio marcada con la imagen de la occidentalización, llegue a formarse como musulmán en alguno de sus aspectos: sus emociones y sentimientos, sus pensamientos y conceptos, su carácter moral o sus acciones; en una palabra, en cualquier sentido?

La primera etapa del delito consiste en que una persona comete un delito, pero lo considera un delito y se avergüenza de él. Este tipo de delito se considera punible únicamente en función de su gravedad intrínseca; sin embargo, puede ser perdonado si hay arrepentimiento. Esto se debe a que, en este tipo de caso, la responsabilidad se atribuye solamente a la debilidad humana.

La segunda etapa del delito consiste en que una persona comete un delito y, en lugar de considerarlo una falta, lo considera una virtud; además, lo proclama públicamente con orgullo. Esto significa que en el corazón de esa persona no existe el menor respeto por la ley que declara delictivo su comportamiento.

La última etapa del delito es que una persona no solo comete un delito contra una ley, sino que, conforme a otra ley y enfrentándose a aquella, considera legítimo y virtuoso su propio delito. Además, se burla de la ley que declara delictivo semejante comportamiento y considera injustos a quienes la observan. Tal persona no se limita a transgredir la ley; más bien, la desprecia abiertamente y se entrega a una rebelión manifiesta contra ella.

Cualquier persona dotada de un mínimo de sentido común reconocerá que, cuando el ser humano llega a esta etapa final, ya no puede permanecer dentro de los límites de la ley contra la cual proclama abiertamente su rebelión. Sin embargo, el malvado Satanás ofrece a la gente esta falsa seguridad: «Podéis burlaros y mostrar desprecio por la ley islámica y, declarando que la desobediencia y la oposición a ella son actos virtuosos, seguir siendo musulmanes». Así, por un lado, llaman malo a lo que Allah y el Mensajero consideran bueno, y bueno a lo que consideran malo; tienen por recompensa lo que es pecado y por pecado lo que es recompensa; se burlan de Sus mandatos y, en vez de avergonzarse de oponerse a la ley que Ellos han establecido, intentan avergonzar precisamente a quienes la siguen. Por otro lado, afirman ser personas que creen en Allah y en el Mensajero, que comprenden su dignidad y superioridad y que siguen la religión del islam que Ellos han escogido. ¿Puede alguna persona sensata reconocer como válida semejante afirmación junto con tal conducta? Si la incredulidad pudiera coexistir con la fe, el desprecio con el respeto; si fuera posible honrar a alguien en el corazón y burlarse de él con la boca; si pudiera considerarse obediente y sumisa a una persona que se enorgullece de la oposición y se siente humillada por la obediencia, entonces habría que aceptar que la rebelión es obediencia, el desprecio es respeto y la incredulidad es fe. Del mismo modo, ¡habría que aceptar esta lógica invertida: quien golpea es quien ama; quien se burla es quien realmente respeta; y quien miente es quien resulta veraz!

En realidad, el islam no es otra cosa que obediencia, y la verdadera obediencia no puede ser auténtica sin la fe. La primera exigencia de la fe es que, en cuanto llegue a la persona el mandato de Allah y del Mensajero, incline la cabeza y nunca vuelva a levantarla rechazándolo:

(Árabe)

Significado: La conducta de los creyentes debe ser que, cuando sean llamados hacia Allah y el Mensajero para que se juzgue entre ellos, digan: «Hemos escuchado y obedecemos». Estos son, en verdad, los que prosperan. (Sura an-Nur, 51)

Además, esta sumisión no debe realizarse con desgana ni fastidio, sino voluntariamente y con entusiasmo. Incluso no debe albergarse en el corazón ningún desagrado ni descontento oculto contra los mandatos de Allah y del Mensajero. Quien incline la cabeza solo exteriormente, pero sienta fastidio en su interior, no es creyente, sino hipócrita:

(Árabe)

Significado: «Cada vez que se les dijo: “Venid hacia la ley que Allah ha revelado y hacia el Mensajero”, viste que los hipócritas se apartaban de ti con vacilación. … ¡Por tu Señor! No serán creyentes hasta que te acepten como juez en sus discrepancias, y luego no sientan en su interior ningún desagrado por lo que hayas decidido y se sometan plenamente ante ello». (Sura an-Nisa, 61-65)

Pero quien desobedezca abiertamente la ley de Allah, abandone la ley de Allah y del Mensajero para seguir otra ley y la considere verdadera y correcta; quien, al seguir una ley diferente, se burle de la ley de Allah y del Mensajero y considere censurable obedecerla, no puede ser creyente de ninguna manera. No importa que tal persona se proclame musulmana, que lleve un nombre propio de musulmán o que figure como musulmana en el registro del censo. Una persona puede seguir siendo creyente aun después de cometer un pecado, pero con la condición de que considere el pecado como tal y se arrepienta de él. Asimismo, debe reconocerse que quien haya cometido una falta contra la ley únicamente por debilidad de carácter sigue reconociendo esa ley. Pero cuando al pecado se mezclan la desvergüenza y la audacia, se muestra orgullo y arrogancia por él, y se censura y reprende a alguien por abstenerse de cometerlo mientras se lo considera una obra virtuosa, entonces, ¡por Allah!, la fe no puede permanecer jamás junto a semejante maldad. Para entrar en esta etapa, cada persona debe decidir de antemano si desea seguir siendo musulmana o si, abandonando el islam, desea entrar en los límites de obediencia de la ley cuya observancia le infunde dignidad.

Por la gracia de Allah, las masas musulmanas aún están a salvo de esta inundación de occidentalización y rebelión semejante a la incredulidad. Hasta ahora, en sus corazones permanece el respeto por las disposiciones de Allah y del Mensajero. Entre ellas todavía se observa, en mayor o menor medida, la observancia de la ley islámica. Sin embargo, así como anteriormente la conducta de la clase acomodada ejerció una influencia decisiva sobre su carácter, sus costumbres y su comportamiento, también existe el temor de que las nuevas costumbres vayan extendiendo gradualmente una influencia destructiva sobre su fe. El ritmo creciente con que entre los musulmanes comunes se abandonan la oración y el ayuno, aumentan las malas acciones y las prácticas pecaminosas, se imitan las costumbres occidentales y crece el interés por los espectáculos deslumbrantes y las diversiones, que no son sino la fachada de la civilización occidental, no es más que el toque de alarma ante este peligro inminente. Si no se purifican las ideas y la perspectiva de nuestra clase acomodada, y continúa de este modo su aversión al Sirat al-Mustaqim del islam, no está lejano el día en que toda la nación se hunda en este mar de pecado y se cumpla también esta sunna de Allah:

(Árabe)

Significado: Cuando queremos destruir una ciudad, hacemos que sus malvados se entreguen a la transgresión. Entonces se cumple el destino de esa ciudad y la destruimos por completo. (Sura Al-Isra, versículo 16)

13

Causas del desastre social y cómo salvarse

[El artículo se publicó por primera vez en marzo de 1935, en la revista Tarjuman al-Qur’an. —El editor]

En el Noble Corán esta verdad se ha enunciado como un principio general: si una nación obra con rectitud, Allah no la destruirá injustamente; Él no es un opresor:

(Árabe)

Significado: Tu Señor no es de tal naturaleza que destruya injustamente las ciudades si sus habitantes son virtuosos. (Sura Hud: 117)

Destruir y aniquilar no significa únicamente devastar las ciudades y arrojar a sus habitantes a las fauces de la muerte; uno de sus métodos específicos consiste en dispersar y separar a los pueblos, quebrantar por completo su fuerza colectiva y someterlos, subyugarlos, humillarlos y deshonrarlos. Sin embargo, conforme al principio mencionado, ninguna destrucción o aniquilación puede abatirse sobre un pueblo mientras este no abandone el camino del bien y la reforma para persistir en el mal, el desorden, la desobediencia y la rebelión, atrayendo así sobre sí mismo la opresión. Teniendo presente este principio, allí donde Allah Ta’ala ha mencionado que arrojó a un pueblo al castigo, también ha expuesto inmediatamente sus delitos, para que la gente sepa claramente que fue por sus propias malas acciones por lo que su vida terrenal y su vida futura quedaron arruinadas:

(Árabe)

Significado: «A cada uno lo hicimos responsable por su delito. Allah no fue injusto con ellos; más bien, ellos mismos fueron injustos consigo mismos». (Sura Al-Ankabut: 40)

La segunda conclusión derivada de este principio es que la causa de la destrucción y la aniquilación no es el pecado individual, sino el pecado colectivo, es decir, el pecado nacional. En otras palabras, si la desviación de la creencia y de la conducta aparece dispersa entre la gente, pero, en términos generales, el nivel religioso y moral de la población es elevado y su influencia mantiene ocultas las transgresiones individuales, entonces, por muy malas que sean las personas consideradas por separado, el pueblo en su conjunto permanece a salvo. En tal situación no surge una fitna capaz de causar la destrucción de toda la nación. Pero cuando la desviación de la creencia y de la conducta trasciende al individuo y se extiende por toda la nación, cuando el sentido religioso y la conciencia moral de la nación se corrompen por completo y, en lugar del bien, no dejan de desarrollarse y aumentar los males, entonces la mirada misericordiosa de Allah Ta’ala se aparta por completo de ese pueblo. Después, este desciende del sitial del honor a los niveles más bajos de la humillación. Hasta que, finalmente, el fuego de la ira de Allah Ta’ala se enciende contra él y es destruido y arruinado por completo.

En el Noble Corán se han mencionado numerosos ejemplos de ello.

Cuando la desviación de la creencia y de la conducta echó raíces en el pueblo de Hazrat Nuh y se extendió por todas partes, y al mismo tiempo desapareció por completo la esperanza de obtener frutos dulces de aquel árbol venenoso, entonces fue destruido. Finalmente, Hazrat Nuh (la paz sea con él), obligado por las circunstancias, suplicó ante el Señor de los Mundos:

(Árabe)

Significado: ¡Oh, mi Señor! No dejes con vida en la Tierra a ninguno de estos incrédulos. Si los dejas con vida, extraviarán a Tus siervos y de su descendencia solo nacerán malhechores e incrédulos empedernidos. (Sura Nuh: 26-27)

La comunidad de ‘Ad fue destruida cuando el pecado arraigó profundamente en su interior, los opresores, malhechores y corruptores obtuvieron la dignidad de líderes y gobernantes, y ya no quedó ningún lugar en el sistema social y colectivo para las personas que buscaban el bien y el bienestar:

(Árabe)

Significado: La comunidad de ‘Ad desobedeció la orden de su Señor, desobedeció a Sus mensajeros y cada uno siguió a todo enemigo arrogante de la verdad. (Sura Hud: 59)

La comunidad de Lot fue destruida cuando su conciencia moral se degradó por completo y la desvergüenza aumentó tanto que se practicaba la fornicación incluso en reuniones públicas, mercados y bazares; hasta tal punto que entre la gente ya no quedaba sensibilidad para considerar la fornicación como fornicación:

(Árabe)

Significado: (Lot dijo:) ¿Por qué os acercáis a los hombres en lugar de a las mujeres, molestáis a los viajeros y cometéis fornicación en las reuniones públicas?

(Sura Al-Ankabut: 9)

La ira cayó sobre los habitantes de Madián precisamente cuando toda la nación se convirtió en desleal, fraudulenta y traicionera. Dejó de considerarse censurable dar menos en la medida y tomar más. La conciencia moral de la nación se había extinguido hasta tal punto que, cuando se les reprochaba semejante acto censurable, en lugar de inclinar la cabeza avergonzados, reprochaban al propio censor. Incluso eran incapaces de comprender que alguna de sus acciones pudiera ser digna de reproche. No consideraban censurable el adulterio; al contrario, tenían por descarriada y reprensible a la persona que calificaba de malo ese acto:

(Árabe)

Significado: (Shuayb dijo:) «¡Oh, pueblo mío! Medid y pesad con justicia, no disminuyáis las mercancías de la gente ni sembréis la corrupción en la tierra». Ellos respondieron: «¡Oh, Shuayb! No comprendemos mucho de lo que dices. Te vemos muy débil. Si no fuera por tu clan, te lapidaríamos». (Sura Hud: 85-91)

La decisión de arrojar a los Hijos de Israel a la humillación, la ignominia y la ira y maldición se hizo efectiva precisamente cuando comenzaron a precipitarse hacia la opresión, la perversidad y el consumo de lo ilícito. La enfermedad del oportunismo se extendió entre sus dirigentes nacionales. Entre la gente común surgió una actitud de conformidad con la inmoralidad, y no quedó grupo humano alguno que llamara injusticia a la injusticia y tratara de impedirla:

(Árabe)

Significado: Ves a muchos de ellos apresurarse hacia el pecado, la transgresión de los límites establecidos por Dios y el consumo de lo ilícito. ¡Qué malas acciones cometían! ¿Por qué sus guías espirituales y sus ulemas no les prohibían hablar mal ni consumir bienes ilícitos? ¡Qué malas acciones cometían! (Sura La Mesa Servida: 62-63)

(Árabe)

Significado: Los Hijos de Israel que incurrieron en la incredulidad fueron maldecidos por boca de David y de Jesús, hijo de María, porque se rebelaron y transgredían los límites. No se impedían mutuamente cometer malas acciones. (Sura La Mesa Servida: 78-79)

Los hadices transmitidos del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en relación con la explicación de esta última aleya aclaran aún más el propósito del Noble Corán. El resumen de estos hadices es el siguiente: el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo:

Cuando el pecado comenzó a extenderse entre los Hijos de Israel, la situación era tal que, si un hombre veía a su hermano, amigo o vecino cometiendo una mala acción, se lo prohibía. Le decía: «¡Oh, hombre! Teme a Dios». Pero después ese mismo hombre seguía relacionándose y frecuentando a aquella persona. Incluso después de presenciar las malas acciones de aquel pecador, no dejaba de relacionarse con él ni de compartir sus comidas y bebidas. Cuando la situación llegó a este punto, unos comenzaron a influir sobre otros. Entonces Allah los tiñó a todos del mismo color y los maldijo por boca de sus profetas David y Jesús, hijo de María.

El narrador relata que, al llegar a este punto de su sermón, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se sentó, dominado por la emoción, y dijo:

¡Juro por Aquel en cuya mano está mi vida! Tenéis el deber ineludible de ordenar a la gente hacer el bien, impedirles hacer el mal, detener a quien veáis cometiendo una mala acción, guiarlo por el camino recto y no mostrar la menor indulgencia en este asunto. De lo contrario, Allah hará que unos influyan en el corazón de los otros y os maldecirá, igual que maldijo a los Hijos de Israel.

En realidad, la corrupción de la fe y de la conducta es semejante a una epidemia. Toda epidemia ataca primero a unas cuantas personas débiles. En tales circunstancias, si el clima es bueno, los esfuerzos del departamento de sanidad son adecuados, la gestión de la limpieza de la suciedad y los residuos es suficiente y los enfermos reciben tratamiento a tiempo, la enfermedad no puede convertirse en una epidemia generalizada; por el contrario, la población puede mantenerse a salvo de su ataque. Pero si, en la misma situación, los médicos son perezosos e irresponsables, el departamento de sanidad se muestra indiferente y quienes deben mantener la limpieza toleran la suciedad y los residuos, los gérmenes comienzan a propagarse poco a poco por todas partes y, al mezclarse con el aire, deterioran gravemente el entorno. Como consecuencia, este se vuelve favorable a la enfermedad en vez de a la salud. Finalmente, cuando la gente común de la sociedad ya no encuentra limpio y libre de malos olores nada en absoluto —ni el aire, ni el agua, ni los alimentos, ni la ropa, ni las viviendas; en una palabra, nada—, su fuerza vital comienza a debilitarse y toda la sociedad cae presa de una epidemia generalizada. En semejante situación, incluso para una persona muy fuerte resulta difícil protegerse de la enfermedad. Hasta los propios médicos, los encargados de la higiene y los responsables de la salud pública terminan cayendo víctimas de ella. Como resultado, ni siquiera quienes, al menos en lo que respecta a sí mismos, adoptan medidas de protección de la salud y toman medicamentos con regularidad logran escapar de la destrucción. Pues ¿qué remedio tienen contra la toxicidad del aire, la suciedad del agua, la contaminación de los alimentos y la impureza del suelo?

A partir de esta comparación puede comprenderse la corrupción de la moral y de la conducta, así como la desviación del pensamiento y de la fe. Los ulemas son los médicos de la nación. Los gobernantes y los ricos son responsables de su limpieza y de la protección de su salud. El honor de la fe de la nación y la conciencia moral de la sociedad equivalen a la fuerza vital. El entorno social es comparable al aire, el agua, los alimentos, la ropa y la vivienda. Y, en la vida nacional, ordenar el bien y combatir el mal desde la perspectiva de la religión y la moral equivale, desde el punto de vista de la salud física, a los esfuerzos destinados a mantener la limpieza y proteger la salud. En tales circunstancias, cuando los ulemas y los gobernantes abandonan su verdadera responsabilidad —es decir, ordenar el bien y combatir el mal— y comienzan a hacer concesiones al mal y a la corrupción, la injusticia, el pecado y la inmoralidad empiezan a extenderse entre la nación. Como consecuencia, el honor de la fe de la nación se debilita gradualmente. Finalmente, todo el entorno social queda corrompido. El entorno vital de la nación se vuelve desfavorable al bienestar y al bien, y favorable al mal y a la corrupción. La gente empieza a huir del bien y, en vez de odiar el mal, comienza a sentirse atraída por él. Los valores morales de la gente cambian por completo: los defectos ocupan el lugar de las virtudes y las virtudes, el de los defectos. En tales circunstancias, el extravío, la mala conducta y la inmoralidad florecen y se engalanan. Ninguna semilla de bienestar y de bien tiene ya capacidad para germinar y cubrirse de ramas y hojas. La tierra y el aire, todo se niega a alimentarla, porque toda su fuerza se emplea en hacer crecer y desarrollarse el árbol venenoso. En verdad, cuando la situación general de una nación llega a este punto, se vuelve merecedora del castigo divino. Sobre ella comienza a descender una destrucción tan devastadora que nadie puede escapar de sus garras. Ni siquiera quien se esconda en una zawiya y pase el día y la noche ocupado en la adoración y el servicio devoto queda a salvo. Es precisamente sobre esta situación que se ha dicho en el Noble Corán:

(Árabe)

Significado: «Temed una tribulación que no afligirá únicamente a los injustos y pecadores de entre vosotros». (Sura Al-Anfal: 25)

A propósito de la interpretación de esta aleya, Hazrat Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo: «Con ella, la intención de Allah Todopoderoso es que no permitáis que la maldad eche raíces firmes ante vosotros, porque, si os reconciliáis con ella y le dais la oportunidad de extenderse, descenderá un castigo general por parte de Allah y todos, buenos y malos por igual, serán arrojados a su alcance». Según un hadiz, el propio Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), al explicar esta aleya, dijo:

(Árabe)

Es decir: «Allah no castiga a la gente común por las acciones de las personas distinguidas, pero cuando estas ven la maldad ante sí y, pese a tener la capacidad de impedirla, no se adelantan a hacerlo, entonces Allah somete al castigo tanto a los distinguidos como a la gente común».

El medio más importante para mantener intacta la salud moral y religiosa de una nación es que cada uno de sus miembros posea dignidad basada en la fe y conciencia moral. El Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo denominó con la palabra de amplio significado «haya», traducida como modestia. La «haya» es, en realidad, una rama de la fe. Dijo: «La modestia es parte de la fe». Incluso, en cierta ocasión, alguien presentó ante el Profeta que la «haya» era, en realidad, una parte de la religión. Él respondió: «Al contrario, es la religión completa».

El significado de la palabra «haya» mencionada en el hadiz es que, en cuanto las personas vean la maldad y el pecado, surgirá espontáneamente en ellas el deseo de oponerse, y su corazón y su mente expresarán aversión hacia ello. Quien posea esta cualidad no solo se abstendrá de la injusticia, sino que tampoco tolerará su existencia en los demás. No mostrará indulgencia hacia la maldad. No le será posible transigir con la opresión y el pecado. Si ante él se comete alguna mala acción, su dignidad basada en la fe se despertará de inmediato. Intentará eliminarla con la mano o con la palabra o, al menos, su corazón y su mente se agitarán con el deseo de eliminarla:

(Árabe)

Es decir: «Quien de vosotros vea una maldad, que la elimine con su propia mano; si no puede hacerlo, que lo intente con la palabra; y si tampoco puede, que la deteste en su corazón. Y esto es una señal de la fe más débil» (Musnad de Ahmad).

(Árabe)

La fe y la religión de la comunidad en la que esta cualidad esté ampliamente presente permanecerán protegidas. Su conciencia moral nunca se deteriorará. Porque cada uno de sus miembros será guardián y censor de los demás. La desviación en sus convicciones y conducta no encontrará en ella ninguna vía para inmiscuirse.

En realidad, el objetivo del Noble Corán es formar una sociedad ideal en la que cada individuo, impulsado por su inclinación sincera, su natural sentido del pudor y el honor, y los dictados de su propia conciencia, cumpla con el deber de supervisar y pedir cuentas, y desempeñe, sin remuneración alguna, la función de un agente de la ley divina:

(Árabe)

Es decir: «Así hemos hecho de vosotros una comunidad justa y equilibrada, para que seáis guardianes de la gente y para que el Mensajero sea vuestro guardián». (Sura de La Vaca: 143)

Por eso se ha dicho repetidamente a los musulmanes que ordenar el bien y combatir el mal constituye vuestra característica distintiva como comunidad. Esto debería manifestarse en todo hombre y mujer creyentes:

(Árabe)

Es decir: «Sois la mejor comunidad que ha surgido para el bien de la gente. Ordenáis el bien, combatís el mal y creéis en Allah». (Sura de La Familia de Imrán: 110)

(Árabe)

Significado: Los hombres y las mujeres creyentes se ayudan mutuamente; ordenan el bien y prohíben el mal. (Sura At-Tawbah: 71)

(Árabe)

Significado: Ordenan el bien, prohíben el mal y protegen los límites establecidos por Alá. (Sura At-Tawbah: 112)

(Árabe)

Significado: Si les concedemos autoridad en la tierra, establecerán la oración, pagarán el zakat, ordenarán el bien y prohibirán el mal. (Sura Al-Hajj: 41)

Si la condición de los musulmanes es así, se les puede comparar con una localidad cuyos habitantes poseen todos conciencia de la limpieza y de la protección de la salud. No mantienen limpios únicamente sus propios cuerpos y hogares, sino que, al ver suciedad o basura en cualquier lugar de la localidad, la eliminan. No desean que en ningún sitio permanezcan suciedad, basura ni malos olores. Evidentemente, el ambiente de una localidad así debe mantenerse limpio y aseado. Allí los gérmenes de las enfermedades no tendrán ninguna oportunidad de surgir. Si por casualidad alguien se debilita y enferma, recibirá tratamiento a su debido tiempo; o, al menos, su enfermedad quedará limitada a un padecimiento personal y no se propagará entre los demás hasta convertirse en una epidemia generalizada.

Pero si la nación musulmana no puede mantener este elevado nivel moral, entre sus miembros debe existir necesariamente al menos un grupo que preserve la salud religiosa y moral de la sociedad. Este grupo estará siempre preparado para prestar este servicio y seguirá eliminando la suciedad de los pensamientos y las creencias de la gente, así como la impureza de sus hábitos y su carácter.

(Árabe)

Significado: Debe haber necesariamente entre vosotros un grupo que invite al bien, ordene lo correcto y prohíba lo reprobable. (Sura Al Imrán: 104)

Este grupo es la agrupación conjunta de los alim y de los gobernantes. Para ellos, ocuparse de ordenar lo correcto y prohibir lo reprobable es tan necesario como lo es para el departamento encargado de la limpieza de la ciudad y de la protección de la salud mantenerse atento al cumplimiento de sus responsabilidades. Si las personas de esta clase descuidan el cumplimiento de sus deberes y no existe entre la nación siquiera un grupo que invite al bien y disuada del mal, entonces la destrucción de la nación en materia religiosa y moral será tan segura como es inevitable, en lo relativo al cuerpo y a la vida, la destrucción de una localidad carente de servicios de limpieza y protección sanitaria. La razón por la que sobre las naciones antiguas descendió tal devastación fue que entonces no existía ningún grupo que les impidiera hacer el mal y las mantuviera firmes en el bien:

(Árabe)

Significado: ¿Por qué no hubo, entre las naciones que os precedieron, al menos algunas personas instruidas y sabias que impidieran a la gente causar corrupción en la tierra, salvo unos pocos de ellos a quienes salvamos? (Sura Hud: 116)

(Árabe)

Significado: ¿Por qué sus alim y sus pires no les prohibieron proferir palabras indecentes y consumir lo ilícito? (Sura Al-Maida: 63)

Por tanto, de esto se demuestra que la responsabilidad de los alim, los pires y los gobernantes de la nación es de la máxima importancia. No son responsables únicamente de sus propios actos; más bien, gran parte de la responsabilidad por los actos de toda la nación recae sobre ellos. ¡Qué se puede decir de los gobernantes injustos, opresores y amantes del lujo, y de los alim y pires que los adulan! Es innecesario mencionar cuál será su destino ante Alá. Pero tampoco quedarán exentos del interrogatorio ante Alá aquellos gobernantes, alim y pires que, sentados en sus propias localidades, en el aislamiento de sus hogares y en sus janqas, muestran el máximo grado de taqwa, piedad, adoración y vida derviche. Porque cuando las tormentas de extravío e inmoralidad se abalanzan desde todos los frentes sobre su nación, no es tarea suya permanecer sentados en un rincón del hogar con la cabeza inclinada; al contrario, su tarea es lanzarse al campo como hombres valientes y, con la ayuda de toda la fuerza, capacidad, influencia y autoridad que Alá les haya concedido, levantar una resistencia contra esas tormentas. No tienen necesariamente la responsabilidad de disipar las tormentas, pero sí se les impone la responsabilidad de emplear contra ellas todas sus fuerzas posibles. Si descuidan mínimamente esta tarea, su adoración y devoción personales, así como su taqwa y piedad, no los librarán en absoluto de rendir cuentas en la otra vida. Si en una ciudad se propaga una epidemia y miles y miles de personas comienzan a morir, y en tal situación un empleado del departamento de limpieza y protección sanitaria permanece sentado en su casa intentando únicamente salvar su propia vida y la de sus hijos, nadie considerará jamás inocente ni responsable a semejante empleado. Si un ciudadano común actuara así, no sería tan censurable; pero si lo hiciera un funcionario del departamento de limpieza y protección sanitaria, no habría lugar a duda alguna sobre su culpabilidad.

14

Fe y obediencia

[El artículo se publicó por primera vez en diciembre de 1934, en la revista Tarjumán al-Corán. — Editor]

Sea cual sea la naturaleza y el propósito de un sistema social, para su establecimiento, estabilidad y éxito siempre se necesitan dos cosas. En primer lugar, el principio y el ideal sobre los que se construya una sociedad deben arraigarse firmemente en el conjunto de la sociedad y en cada uno de sus individuos, y cada miembro de la sociedad debe sentir por ellos la máxima adhesión. En segundo lugar, en la sociedad debe existir un espíritu de obediencia y acatamiento. Es decir, debe obedecer plenamente las órdenes de aquel a quien reconoce como autoridad, cumplir estrictamente las normas que este haya establecido y no transgredir jamás los límites que haya fijado. Estas son condiciones indispensables para el éxito de cualquier organización. Ya sea militar o política, social o ético-religiosa, una organización no puede establecerse ni alcanzar sus objetivos sin estas dos condiciones.

Examine toda la historia del mundo. Nadie podrá encontrar un solo ejemplo de un movimiento que haya triunfado y continuado existiendo hasta el final estando compuesto por cobardes, hipócritas, desobedientes y desleales. Ni siquiera hace falta investigar la historia para comprobarlo. Mire una vez a su alrededor. ¿Qué opinión puede formarse de un ejército que no es leal ni obediente a su propio Estado y a su comandante en jefe; cuyos soldados se niegan a cumplir las normas militares; en el que, cuando suena la corneta para el desfile, ningún soldado está dispuesto a moverse de su puesto; y cuyos soldados ignoran las órdenes del comandante? ¿Puede alguien llamar «ejército» a semejante reunión de soldados? ¿Puede alguien esperar que una fuerza tan desorganizada gane una guerra? ¿Qué puede decirse de un Estado cuyos súbditos no sienten respeto alguno por la ley, cuyas normas se infringen públicamente, cuyas oficinas carecen de todo orden y disciplina, y cuyos funcionarios no están dispuestos a obedecer las instrucciones de las autoridades superiores? ¿Puede algún Estado con semejantes súbditos y semejantes gobernantes perdurar mucho tiempo en el mundo? Hoy tenemos ante los ojos de todo el mundo los ejemplos de Alemania e Italia[Esto se refiere al período anterior a la Segunda Guerra Mundial. — Editor]. Todo el mundo conoce el enorme poder que alcanzaron Hitler y Mussolini. Pero ¿sabe cuál fue la causa fundamental de su éxito? Esas dos cosas: la fe y la obediencia. Si los partidos nazi y fascista no hubieran tenido una convicción tan firme en sus principios e ideales, ni hubieran obedecido con tanta severidad a sus dirigentes, jamás habrían podido alcanzar semejante poder y éxito.

No hay excepción a esta regla general. La fe y la obediencia son, en realidad, el alma de una organización. Cuanto más firme sea la fe y más completa la obediencia, tanto mayor será el éxito de la organización. Por el contrario, cuanto mayor sea la debilidad de su fe y cuanto más rechace la obediencia, tanto más débil se volverá la organización y, en esa misma proporción, fracasará en alcanzar su objetivo. Es absolutamente imposible que en una sociedad u organización se propaguen las enfermedades de la hipocresía, la incredulidad, la discordia de pensamiento, la rebelión, la desobediencia y el desorden, y que, aun así, se mantengan en ella el orden y la disciplina y se la vea avanzar hacia el progreso en todos los ámbitos de la vida. Estos dos estados son completamente contradictorios. Desde que los seres humanos comenzaron a habitar el mundo hasta hoy, jamás se han conciliado ambos. Si las leyes de la naturaleza son inmutables, también lo es esta regla: esos dos estados nunca pueden coexistir.

Ahora dirijamos brevemente la mirada hacia el pueblo que se identifica como musulmán. ¿Hay alguna forma de hipocresía o incredulidad que la mente humana pueda imaginar y que no exista entre los musulmanes? Hoy forman parte de la sociedad islámica personas que ni siquiera conocen las enseñanzas fundamentales del islam y que todavía se aferran a creencias de la ignorancia preislámica. También hay aquí personas que albergan dudas acerca de los principios básicos del islam y que además proclaman públicamente esas dudas. En esta sociedad hay personas que han expresado abiertamente su descontento y aversión hacia la religión y la religiosidad. Hay también quienes han dado preferencia, frente a las enseñanzas transmitidas por Dios y el Mensajero, a las ideas y corrientes de pensamiento recibidas de los infieles. Asimismo, hay quienes anteponen las costumbres y tradiciones de la ignorancia preislámica y las leyes de la incredulidad a las normas establecidas por Dios y el Mensajero. En esta sociedad hay personas que, para complacer a los enemigos de Dios y del Mensajero, continúan insultando las prácticas islámicas. También hay quienes, por sus intereses más pequeños y triviales, están dispuestos incluso a causar un daño grave a la entidad islámica; ayudan a la incredulidad contra el islam, sirven a los infieles contra los intereses del islam y, con su conducta, demuestran que el islam no es para ellos algo querido en lo más mínimo, pues no están dispuestos a soportar por él ni la más mínima pérdida. En resumen, salvo un grupo insignificante de musulmanes poseedores de una fe firme y una convicción correcta, la gran mayoría de esta nación está llena de hipócritas y personas de creencias desviadas de este tipo.

Eso era lo relativo a la fe. Fijémonos ahora en la obediencia. Cualquier observador que visite un barrio musulmán verá allí un cuadro extraño. Se está haciendo la llamada a la oración, pero entre muchos musulmanes no existe siquiera la conciencia de a quién llama el almuédano ni para qué lo llama. Llega la hora de la oración y vuelve a pasar; pero, salvo un grupo insignificante, el resto de los musulmanes no está dispuesto a abandonar por Dios sus ocupaciones y diversiones. Cada año llega el mes de Ramadán; sin embargo, en muchas familias musulmanas ni siquiera se percibe la conciencia de qué mes tan importante es. Durante ese tiempo muchos musulmanes comen y beben públicamente y no sienten la menor vergüenza por no ayunar; al contrario, intentan avergonzar precisamente a quienes ayunan. Además, incluso entre quienes ayunan, son muy pocos los que cumplen el ayuno con plena responsabilidad y sentido del deber; unos lo observan simplemente como una costumbre, otros porque lo consideran beneficioso para la salud, y otros, aunque ayunan, siguen haciendo todo lo que Dios y el Mensajero han prohibido. El cumplimiento del zakat y de la peregrinación es aún peor. La conciencia de la diferencia entre lo lícito y lo ilícito, y entre lo puro y lo impuro, está a punto de desaparecer por completo entre los musulmanes. En realidad, ¿qué cosa prohibida por Dios y el Mensajero no están convirtiendo los musulmanes en lícita? ¿Qué límite establecido por Dios y el Mensajero no están transgrediendo? ¿Qué norma instituida por Dios y el Mensajero no están infringiendo? Según el censo, el número de musulmanes asciende a decenas de millones. Pero entre esos millones y millones, no son ni uno por ciento ni uno por mil: ¿cuántos hay por cada cien mil que sean fieles a las normas de Dios y el Mensajero y que cumplan verdaderamente la ley islámica?

En verdad, el destino que corresponde a una nación en la que se extiende la enfermedad de la hipocresía y la debilidad de la fe, en la que no existe sentido alguno de responsabilidad y deber, y de la que han desaparecido la obediencia y el acatamiento de la ley, es exactamente el destino que están sufriendo los musulmanes. Hoy los musulmanes están sometidos y derrotados en todo el mundo. Incluso allí donde poseen su propio poder estatal, no están libres del dominio moral, intelectual y material de otros. Su falta de educación, ignorancia, pobreza y penosa situación se han vuelto proverbiales. La decadencia moral los ha llevado al extremo de la humillación. En otro tiempo, gracias a virtudes como la honradez, la lealtad, la veracidad y el cumplimiento de las promesas, ocupaban la más elevada posición; hoy esas virtudes han pasado de ellos a otros, y en su lugar han aparecido la ruptura de la confianza, la mentira, el engaño, el incumplimiento de la palabra y la mala conducta. En cuanto a la piedad, la devoción y la pureza moral, están a punto de quedar casi completamente vacíos de contenido. El sentido del honor social y nacional va desapareciendo día tras día de entre ellos. No hay en ellos ni el menor vestigio de orden y disciplina. Sus corazones se han llenado de aversión y repugnancia mutuas. Ya no les queda capacidad para trabajar unidos por un interés o propósito común. A los ojos de las demás naciones, están sumidos en la extrema humillación y el desprecio. Las demás naciones han perdido la confianza en ellos, y hasta lo poco que quedaba está desapareciendo. Su fuerza nacional, social y colectiva se ha debilitado. Su civilización y cultura nacionales están a punto de desaparecer. Se han vuelto incapaces de proteger sus derechos y salvaguardar la dignidad nacional. Es cierto que la educación se ha extendido entre ellos y que también aumenta la proporción de graduados, posgraduados y personas educadas en Europa; también crece día a día el número de quienes viven en bungalós de estilo moderno, viajan en automóviles, visten trajes y abrigos, ostentan grandes títulos y ocupan altos cargos; pero hoy están completamente privados de las elevadas virtudes morales que antes los adornaban. La influencia y el prestigio que ejercían sobre las naciones vecinas ya no dejan ni rastro. Del honor, la dignidad, la fuerza y la capacidad que poseían antes, hoy no queda nada, y en el futuro se observarán signos aún más graves.

Con respecto a cualquier religión, civilización o sistema social, solo pueden ser aceptables para una persona dos formas de actuar. Si pertenece a él, debe creer plenamente en sus principios fundamentales. Debe cumplir por completo sus leyes, normas y reglamentos. Si no puede hacerlo, no puede pertenecer a él; o, si pertenece a él, debe abandonarlo abiertamente. No puede haber un tercer camino razonable entre estos dos. No puede ser en modo alguno una conducta razonable que una persona pertenezca a un sistema estatal, sea reconocida como parte de él y proclame su lealtad, pero al mismo tiempo desobedezca total o parcialmente sus principios, infrinja sus leyes establecidas y se libere del cumplimiento de sus costumbres, normas y reglamentos. El resultado inevitable de tal conducta es que se desarrollará en las personas un carácter hipócrita. La sinceridad y el desinterés desaparecerán de sus corazones. No podrán surgir en ellos entusiasmo ni firme resolución por ningún propósito noble. El sentido de responsabilidad, la conciencia del deber, la obediencia a la ley y la disciplina los abandonarán. Como consecuencia, no conservarán la capacidad de convertirse en miembros útiles y civilizados de ningún sistema social. Con semejante debilidad, incapacidad y defectos, se convertirán en una gran maldición para cualquier sociedad a la que pertenezcan. Para cualquier civilización en cuyo cuerpo penetren, demostrarán ser como los gérmenes de la lepra. Cualquier religión que sigan, la deformarán por completo. Con todas estas cualidades, sería cien veces mejor que, en vez de hacerse musulmanes, se integraran en el grupo cuya política y cuyos ideales aprueban y cuya forma de actuar desean seguir. En verdad, un infiel que cree de todo corazón en su religión y civilización y sigue sus costumbres, normas y reglamentos es, al menos, mejor que un musulmán hipócrita.

Quienes consideran que la educación occidental, la civilización moderna, la prosperidad económica y la obtención de derechos políticos son el remedio para la enfermedad nacional de los musulmanes están, sin duda, equivocados. ¡Por Alá! Aunque todos los musulmanes llegaran a ser licenciados, doctores en Filosofía o abogados, se enriquecieran enormemente, se vistieran de pies a cabeza con atuendos occidentales y ocuparan todos los cargos del gobierno estatal y todos los escaños de los consejos [

—y se apoderaran de ellos—, si en sus corazones permaneciera oculta la enfermedad de la hipocresía, si no reconocieran el deber como deber y se acostumbraran a la desobediencia, la rebelión y la conducta desenfrenada, continuarían sumidos, como hoy, en la humillación, el deshonor y la debilidad. En verdad, ninguna de estas cosas —su educación, formación, modo de vida, riqueza o poder estatal— podrá rescatarlos del profundo abismo en el que han caído por su carácter, naturaleza y moralidad [aquí, «abismo» significa sometimiento]. Si los musulmanes han de alcanzar la mejora y el progreso, y erigirse como una nación poderosa y digna, lo primero que deben crear en sí mismos son las virtudes de la fe y la obediencia a la ley. Sin esto, no puede infundirse fuerza en su vida individual, ni puede restablecerse el orden y la disciplina en su vida nacional. Además, su fuerza colectiva nunca podrá alcanzar tal intensidad que les permita elevarse en la vida de este mundo. Porque una nación dispersa y desunida, cuya condición moral e interior es extremadamente lamentable, jamás podrá alzar la cabeza frente a las naciones firmes, poderosas y bien organizadas del mundo. Por grande que sea un montón de paja, nunca puede considerarse una fortaleza.

Quienes propagan la incredulidad y la desobediencia entre los musulmanes son los peores enemigos del islam y de los musulmanes. Son la peor clase de hipócritas; su existencia es más peligrosa para los musulmanes que la de los infieles armados. Porque nunca atacan desde fuera; más bien, sentados dentro de la casa, colocan dinamita en secreto. Quieren humillar a los musulmanes tanto en la religión como en la vida mundana. Sobre esta clase de personas se dice en el Noble Corán que, así como ellos mismos se han convertido en infieles, también desean convertirlos a ustedes en infieles: (en árabe) «Quieren que ustedes también se sumerjan en la incredulidad, tal como ellos se han sumergido, y que de ese modo sean iguales a ellos». (Sura an-Nisá: 89). El medio mínimo para protegerse de su maldad es que quienes son musulmanes de corazón y desean seguir siendo musulmanes rompan sus relaciones con ellos: (en árabe) «No los tomen como amigos y protectores»; de lo contrario, el Corán ha decretado para ellos este castigo extremo: que se luche contra ellos.

(Árabe)

(Si no aceptan esto, apresadlos y matadlos dondequiera que los encontréis.)

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El verdadero significado de la palabra musulmán

[El artículo se publicó por primera vez en noviembre de 1933 en la revista Tarjuman al-Qur’an. —Editor]

En nuestras conversaciones cotidianas usamos con frecuencia ciertas palabras y expresiones que, aunque todos pronuncian, muy pocas personas comprenden. Debido a su uso generalizado, la gente solo ha interiorizado de ellas un significado aproximado. Cuando quienes hablan pronuncian esas palabras, tienen en mente ese tipo de significado. Y cuando quienes escuchan las oyen, captan igualmente ese tipo de significado. Pero el sentido amplio y profundo para el cual fueron acuñadas esas palabras no lo conocen ni las personas incultas, por supuesto, ni siquiera muchos de los grandes eruditos.

Como ejemplo pueden mencionarse las dos palabras «Islam» y «musulmán». ¡Con qué profusión se pronuncian estas dos palabras, y qué gran influencia ejercen sobre nuestra capacidad de expresión! Pero ¿cuántos de quienes las pronuncian lo hacen comprendiéndolas? ¿Y cuántos de quienes las escuchan comprenden su verdadero significado, el significado para el cual fueron acuñadas? Dejemos de lado a los no musulmanes. Más del 99 por ciento de los propios musulmanes se identifican como «musulmanes» y pronuncian la palabra Islam para expresar su religión, pero no saben qué significa ser «musulmán» ni cuál es el verdadero significado de la palabra «Islam». Expliquemos aquí, pues, aunque sea brevemente, estas dos palabras.

Si examinamos la situación de las personas desde el punto de vista de sus creencias y prácticas religiosas, por lo general encontramos tres categorías:

1. La primera categoría está formada por quienes reivindican la libertad de opinión y de acción. En cada asunto confían en su propio criterio. Consideran infalible el juicio de su propia conciencia y razón. Adoptan el modo de actuar que, según su propio parecer, es correcto. No tienen ninguna relación con la adhesión a una religión determinada.

2. La segunda categoría parece seguir alguna religión, pero en realidad se guía por sus propias ideas. No se vuelven hacia la religión en busca de creencias doctrinales y normas de conducta; más bien, según su propia disposición mental, sus inclinaciones, sus intereses y sus necesidades, arraigan en su mente ciertas creencias, adoptan algunos métodos de acción inventados por ellos y luego intentan moldear la religión conforme a estos, como si no fueran ellos los seguidores de la religión, sino la religión la que los siguiera a ellos.

3. Las personas de la tercera categoría no hacen nada basándose en su propio juicio y razón. Mantienen inactiva su conciencia y su intelecto, y, con los ojos cerrados, se dedican únicamente a imitar —ya sean sus padres y antepasados o cualquier otra persona de su época—, es decir, a practicar el taqlid.

El primer grupo sacrifica su vida en nombre de la libertad; pero no sabe cuáles son exactamente sus límites. No cabe duda de que la libertad de pensamiento y de acción es legítima hasta cierto punto. Pero cuando sobrepasa sus propios límites, se convierte en causa de error. La persona que, en todos los asuntos, depende de su propia opinión y solo acata las indicaciones de la razón, está en realidad atrapada en el error de creer que su intelecto y su conocimiento han comprendido todos los asuntos del mundo; que ninguna verdad ni complejidad está oculta a su mirada; que conoce los caminos de cada destino; que está plenamente familiarizada con la lógica de cada doctrina; y que conoce tanto el límite final de cada camino como su punto de partida. Esta idea de conocimiento y conciencia no es, en realidad, más que una idea equivocada. Si el ser humano convierte verdaderamente su intelecto en una autoridad, el propio intelecto le dirá que, en realidad, no posee las cualidades con las que su seguidor ciego cree que está adornado. Quien lo considera su único guía y desea avanzar únicamente bajo sus indicaciones no puede escapar en modo alguno de los golpes, tropiezos, desviaciones, errores y destrucción.

En realidad, este tipo de libertad de pensamiento y de acción es perjudicial para la civilización. La exigencia de la libertad consiste en que el individuo profese únicamente la creencia religiosa que, según su propia concepción, le parezca correcta, y adopte únicamente el camino que, desde el punto de vista de su intelecto, considere acertado. Por el contrario, la exigencia de la civilización es que quienes están sometidos a este sistema social estén de acuerdo en ciertos principios y pensamientos fundamentales, y sigan en su vida práctica las normas y disposiciones específicas establecidas para organizar y dirigir la vida en sociedad. Por tanto, existe una clara contradicción entre la libertad de pensamiento y de acción y la civilización. La libertad produce en el individuo arrogancia, desenfreno y anarquía. La civilización le exige obediencia, seguimiento, sumisión y subordinación. Donde haya libertad absoluta, no habrá civilización ni vida social organizada. Y donde haya civilización, el individuo tendrá que sacrificar en gran medida su libertad de pensamiento y de acción.

La situación del segundo grupo es aún peor que la del primero. El primer grupo solo está equivocado; el segundo, además, es mentiroso, hipócrita, engañador y envidioso. Si una persona logra armonizar su religión, su pensamiento y sus inclinaciones dentro de los límites razonables de la interpretación y el análisis, puede obedecer a la religión incluso manteniendo la libertad de pensamiento y de acción. Si las inclinaciones de una persona son contrarias a la religión y, pese a ello, considera correcta la religión y erróneas sus propias inclinaciones, aun así podrá decirse en gran medida que su afirmación de ser seguidora de la religión que profesa realmente es sincera. Pero la clara

enseñanza e instrucciones de la religión difieren por completo de sus creencias y conducta, y considera verdaderas sus propias ideas y erróneas las enseñanzas de la religión, pero aun así intenta moldear las enseñanzas religiosas conforme a sus propias ideas y costumbres para mantenerse dentro de los límites de la religión, no llamaremos necia a semejante persona; pues ¿cómo podría una persona necia realizar un acto tan cauteloso? No tendremos más remedio que llamarla infiel. También nos veremos obligados a suponer que carece del valor suficiente para declarar abiertamente su rebelión contra la religión; por eso se ha presentado como seguidora de la religión por el camino de la hipocresía. De lo contrario, si las enseñanzas de la religión son contrarias a sus conclusiones intelectuales y completamente opuestas a sus verdaderos pensamientos y convicciones, ¿qué le ha impedido abandonar esa religión? ¿Y quién le ha prohibido seguir los caminos por los que está fervientemente deseosa de transitar?

El tercer grupo es, desde el punto de vista intelectual, el más bajo de todos. El error de los dos primeros grupos consiste en que pretenden exigir al intelecto un trabajo que este es incapaz de realizar. El error de este grupo es que no emplea en absoluto el intelecto, o que, si lo emplea, es como si no lo hiciera. ¿Qué puede ser más vergonzoso para una persona inteligente que no tener otra prueba en apoyo de la doctrina religiosa en la que cree que el hecho de que sus antepasados también creyeran en ella, o de que determinada nación progresista sea creyente de esa doctrina? Del mismo modo, la persona que sigue ciertas prácticas en sus asuntos religiosos o mundanos únicamente porque se han mantenido desde la época de sus antepasados, o que adopta ciertas prácticas solo porque están extendidas entre las naciones influyentes de su tiempo, demuestra en realidad que dentro de su cabeza no existe capacidad alguna para distinguir entre la verdad y la mentira, ni entre lo correcto y lo erróneo. Por haber nacido accidentalmente en una familia hindú, considera correcta la religión hindú. Del mismo modo, si hubiera nacido en una familia musulmana, reconocería el islam como poseedor de la verdad. Y si fuera hijo de un cristiano, sacrificaría su vida por el cristianismo. Asimismo, por pura casualidad, en su época ha considerado las costumbres europeas el criterio de la civilización. Si los chinos fueran poderosos, con toda seguridad reconocería las costumbres chinas como el criterio de la civilización. Y hoy comenzaría a considerar la humanidad de los negros del mundo como medida de la humanidad.

No es prueba de que algo sea verdadero y correcto el hecho de que se haya transmitido así desde nuestros antepasados o de que hoy se practique de esa manera en el mundo. En el mundo se han cometido muchas acciones insensatas en el pasado, y todavía se siguen cometiendo. Nuestra tarea no consiste en seguir ciegamente esas insensateces.

Tampoco consiste en seguir con los ojos cerrados cualquier práctica antigua o moderna, ni en avanzar hombro con hombro con cualquier caminante, aunque nos conduzca hacia un bosque de espinas o hacia un enorme precipicio. Pues Allah nos ha concedido inteligencia y conocimiento para distinguir entre el bien y el mal del mundo, examinar lo falso y lo auténtico, y observar cuidadosamente hacia dónde conduce alguien antes de aceptarlo como guía. El islam considera extraviados a estos tres grupos.

Acerca del primer grupo, dice que, así como no acepta como guía a nadie que haya recibido la luz, tampoco posee ninguna luz útil para avanzar por el camino. Su ejemplo es como el de una persona que avanza a tientas en la oscuridad, guiándose únicamente por conjeturas. Tal vez en alguna ocasión avance por el camino recto, pero en otra quizá caiga en un hoyo. Porque la conjetura no es algo seguro. En ella existe la posibilidad tanto del error como de lo correcto; más bien, la posibilidad de error es mayor:

وما يتبع الذين يدعون من دون الله شركاء ان يتبعون الا الظن وانهم ال يخرصون

Significado: ¿Sabes qué siguen quienes consideran que otros aparte de Allah son socios en la divinidad y los invocan? Solo siguen conjeturas e imaginaciones, y se guían únicamente por suposiciones». (Sura Yunus: 66)

ان يتبعون الا الظن وان الظن لايغنى من الحق شيئا

Significado: Siguen únicamente las conjeturas, y la conjetura no guía en lo más mínimo hacia el camino de la verdad» (Sura An-Najm: 28)

ان يتبعون الا الظن وما تهوى الانفس ولقد جاءهم من ربهم الهدى ط ام للانسان ما تمنى

Significado: No siguen nada excepto las conjeturas y los deseos de sus propias pasiones, aunque les ha llegado la guía de su Señor. ¿Acaso para el ser humano es verdad aquello que desea?» (Sura An-Najm: 23-24)

افرءيت من اتخذ الهه هوه واضله الله على علم وختم على سمعه وقلبه وجعل على بصره غشاوة فمن يهديه من بعد الله

Significado: ¿Has visto a quien ha tomado como dios su propio deseo? Allah lo extravió a pesar de su conocimiento, selló sus oídos y su corazón, y puso un velo sobre sus ojos. ¿Quién podrá guiarlo aparte de Allah?» (Sura Al-Yathiyah: 23)

ومن اضل ممن اتبع هواه بغير هدى من الله ط ان الله لا يهدى القوم الظلمين

Significado: ¿Quién está más extraviado que aquel que sigue sus propios deseos en lugar de la guía que Allah le ha dado? Allah jamás guía a los injustos de esta clase». (Sura Al-Qasas: 50)

En el momento de la revelación del Corán, los representantes del segundo grupo eran los hijos de Israel. Afirmaban ser seguidores de Moisés (la paz sea con él) y adherentes a la Torá. Sin embargo, la mayor parte de sus creencias y conductas contradecía el camino seguido por Moisés (la paz sea con él) y las enseñanzas expuestas en la Torá. Además, lo sorprendente era que no sentían la menor vergüenza por semejante conducta injusta. En lugar de moldear sus pensamientos y su forma de actuar conforme a las enseñanzas de la Torá, introducían en la propia Torá alteraciones tanto literales como de significado y la moldeaban de acuerdo con sus propios pensamientos y acciones. Ocultaban las verdaderas enseñanzas de la Torá y difundían sus propias ideas como si fueran las enseñanzas de la Torá. A los siervos de Allah que los advertían por estas prácticas de extravío y desviación y los exhortaban a seguir la palabra divina contra sus deseos, los insultaban, los llamaban mentirosos e incluso llegaban a matarlos. Por eso, el Corán dice acerca de ellos:

يحرفون الكلم من مواضعه ونسوا حظا مما ذكروا به ولا تزال تطلع على خائنة منهم الا قليلا منهم

Significado: Desplazan las palabras de sus lugares correspondientes y han olvidado muchas de las exhortaciones que se les habían dado. Continuamente recibís noticias de alguna traición cometida por ellos. Muy pocos de ellos se han librado de esta traición». (Sura Al-Maida: 13)

يااهل الكتب لم تلبسون الحق بالباطل وتكتمون الحق وانتم تعلمون

Significado: ¡Oh, gente del Libro! ¿Por qué mezcláis la verdad con la falsedad y por qué ocultáis deliberadamente la verdad?». (Sura Al Imrán: 71)

كلما جاءهم رسول بما لاتهوى انفسهم فريقا كذبوا وفريقا يقتلون

Significado: Cuando algún profeta les trajo un mensaje contrario a los deseos de sus propias pasiones, a uno lo acusaron de mentiroso y a otro lo mataron». (Sura Al-Maida: 70)

Después se les dijo claramente:

(Árabe)

Significado: «No encontraréis el camino correcto hasta que establezcáis la Torá y el Evangelio y aceptéis el Libro que ha sido revelado para vosotros por parte de vuestro Señor (es decir, el Corán)». (Sura Al-Maida: 68)

Respecto al tercer grupo, el Corán dice:

(Árabe)

Significado: «Cuando se les dijo: “Seguid las disposiciones que Allah ha revelado”, respondieron: “Seguiremos únicamente el camino por el que vimos que andaban nuestros antepasados”. Y si sus antepasados no comprendían ni sabían nada y tampoco habían encontrado el camino recto, ¿acaso seguirían aun así a sus antepasados?». (Sura Al-Baqara: 170)

(Árabe)

Significado: Cada vez que se les dijo: «Venid hacia lo que Allah ha revelado y hacia el Mensajero», respondieron: «Nos basta el camino por el que vimos andar a nuestros antepasados». Pero si sus antepasados no sabían nada ni habían encontrado la guía, ¿acaso ese camino les bastaría? (Sura Al-Ma’idah: 104)

(Árabe)

Significado: Si obedeces a la mayoría de quienes están en la Tierra, te desviarán del camino de Allah; ellos solo siguen conjeturas. Su camino se basa enteramente en la especulación y las conjeturas. (Sura Al-An’am: 116)

El Corán ha calificado de ciegos, mudos y sordos a quienes no emplean su facultad de discernimiento ni distinguen lo verdadero de lo falso, sino que, con los ojos cerrados, se limitan a imitar ciegamente a los demás:

(Árabe)

Significado: Son ciegos, mudos y sordos. Por eso no comprenden nada. (Sura Al-Baqarah: 171)

Y se los ha comparado con el ganado; más aún, se ha dicho que son peores que este. Porque el ganado carece por completo de facultad de discernimiento, pero ellos, a pesar de tenerla, no la emplean:

(Árabe)

Significado: El ejemplo de estos es el del ganado; más bien, son aún peores que este, y permanecen inconscientes». (Sura Al-A‘raf: 179)

Después de rechazar a estos tres grupos extremistas, el Corán desea formar un grupo compuesto por personas que sigan unánimemente la moderación (árabe). Este grupo se mantendrá siempre firme en la justicia y la equidad» (árabe).

¿En qué consiste esta vía intermedia? Consiste en que hay que rasgar el velo que las antiguas costumbres y la educación moderna han tendido sobre la visión de las personas; hay que abrir los ojos a la luz clara del sano juicio y examinar profundamente qué es verdadero y qué es falso. Hay que juzgar si el ateísmo es correcto o lo es la doctrina divina; si el tawhid es correcto o lo es el shirk; si las personas necesitan o no la ley divina para caminar por el sendero recto; si los profetas —que la paz sea con ellos— y Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— fueron veraces o, Dios nos libre, mentirosos; si el camino de vida presentado por el Corán es recto o desviado. Si el corazón de las personas atestigua que creer en Allah es una exigencia natural de la naturaleza humana y que, en realidad, Él es Allah, sin asociado alguno; si su conciencia reconoce que las personas necesitan absolutamente la luz otorgada por Allah para caminar por el sendero recto, y que esta es la luz que los profetas —que la paz sea con ellos—, los verdaderos guías de la humanidad, trajeron; si, al contemplar la vida pura de Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, las personas llegan a creer que alguien de carácter tan elevado jamás podría engañar al mundo y que su afirmación de ser el Mensajero de Allah es, sin duda, verdadera; si, después de estudiar el Corán, su razón llega a la conclusión de que todo cuanto presenta este magnífico Libro constituye el único camino recto para las creencias y las acciones humanas, entonces es absolutamente obligatorio creer en aquello cuya verdad atestigua la conciencia de las personas, sin temor a la censura ni a la oposición del mundo entero y purificando el corazón y la mente de todo temor a las pérdidas y de toda atracción por las ganancias.

Además, cuando mediante un sano ejercicio de la razón se ha distinguido entre la verdad y la falsedad, y se ha abandonado la falsedad para creer en la verdad, también ha concluido la tarea de la razón de examinar, verificar y criticar. Después de creer, la autoridad para tomar decisiones y emitir directrices ha pasado de la razón a Allah, a Su Mensajero y a Su Libro. A partir de entonces, no corresponde a las personas tomar decisiones; su deber consiste únicamente en aceptar con total sumisión cada mandato de Allah y de Su Mensajero. Pueden utilizar su razón para comprender esos mandatos, descubrir sus sutilezas y su lógica, y aplicarlos a los pormenores de su propia vida. Pero nadie tiene derecho a modificar ni siquiera mínimamente una disposición divina. Que la lógica y conveniencia de una disposición resulten comprensibles para las personas o no, que una disposición supere o no el criterio de la razón, y que el mandato de Allah y la orden del Mensajero sean conformes o contrarios a las costumbres, usos y tradiciones del mundo, el deber de las personas es someterse a ellos sin condiciones. Cuando han aceptado a Allah, han reconocido al Mensajero como Mensajero de Allah y han creído que todo cuanto el Mensajero presenta procede de Allah, y que él no presenta nada inventado por sí mismo (árabe), la consecuencia lógica de esta fe y convicción es que deben dar prioridad al Libro de Allah y a la Sunna del Mensajero sobre su propia razón, y abstenerse de someter a examen todas las creencias y disposiciones que el Mensajero ha explicado en nombre de Allah conforme a su propia inteligencia, conocimientos, experiencia o a los criterios derivados del pensamiento y las acciones de otras personas. Quien afirma ser creyente y, al mismo tiempo, desobedece las disposiciones divinas, contradice con ello su propia afirmación. No sabe que entre la fe y la desobediencia existe una contradicción evidente. Tampoco sabe que el orden y la disciplina (árabe) solo se establecen mediante la aceptación y la obediencia. La desobediencia no es más que otra forma de anarquía. El nombre de este equilibrio y de esta vía intermedia es Islam. Y quienes siguen este camino son llamados musulmanes.

El significado del Islam es obediencia, sumisión y aceptación. Y quien acata sin protestar la orden de quien ordena y la prohibición de quien prohíbe, es llamado musulmán. Por consiguiente, este nombre mismo revela la verdad de que, abandonando los tres grupos mencionados y los caminos que siguen, este cuarto grupo ha sido establecido con una nueva ideología. Precisamente para que obedezca las órdenes de Allah, siga al Mensajero y se someta ante Él. La tarea de este grupo no consiste simplemente en seguir su propio juicio y razón en cada asunto. Tampoco puede aceptar únicamente aquella parte de la disposición de Allah que favorezca sus intereses y rechazar la que se oponga a ellos, ni abandonar el Libro de Allah y la Sunna del Mensajero para seguir indiscriminadamente a todas las personas, vivas o muertas.

En realidad, la explicación del Noble Corán sobre este asunto es sumamente clara. El Corán dice que, cuando llega una orden de Allah y del Mensajero respecto de cualquier asunto, los creyentes ya no conservan ninguna opción de aceptarla o no aceptarla:

(Árabe)

Significado: Ningún hombre ni mujer creyente tiene derecho a conservar la opción de decidir por sí mismo sobre un asunto cuando Allah y Su Mensajero hayan dictado una decisión al respecto; y quien desobedezca la orden de Allah y de Su Mensajero se habrá sumido en un extravío manifiesto» (sura Al-Ahzab: 36).

Dice: abrogar una parte del Libro de Allah es una extrema humillación en este mundo y en el Más Allá:

(Árabe)

Significado: ¿Creéis en una parte del Libro de Allah y no creéis en otra? El castigo para cualquiera de vosotros que haga tal cosa no será otro que la extrema humillación en la vida de este mundo, y en el Más Allá será empujado hacia el más severo de los castigos. Allah no está desatento a cuanto hacéis.» (Sura Al-Báqara: 85)

Dice: los juicios y decisiones deben emitirse conforme al Libro de Allah, guste ello a la gente o no:

(Árabe)

Significado: Juzga, pues, entre ellos conforme al Libro que Allah ha revelado y no sigas sus deseos, apartándote de la verdad que te ha llegado de Allah.» (Sura Al-Má’ida: 48)

Dice: quien no juzga conforme al Libro de Allah es un fasik:

(Árabe)

Significado: «Y todo juicio contrario al Libro de Allah es un juicio de la ignorancia». (Sura Al-Maida: 47)

(Árabe)

Significado: «¿Acaso buscan el juicio de la ignorancia? Sin embargo, ¿quién puede ofrecer un juicio mejor que el de Allah para los creyentes?». (Sura Al-Maida: 50)

Dice: «¡Oh, creyentes! Obedeced a Allah, a Su Mensajero y a quienes tienen autoridad entre vosotros. Y si verdaderamente creéis en Allah y en el Último Día, cuando surja entre vosotros una disputa sobre cualquier asunto, remitidla a Allah y a Su Mensajero; este es el mejor camino y también el mejor en cuanto a sus consecuencias. (¡Oh, Profeta!) ¿Acaso no has visto a quienes afirman creer en el Libro que te ha sido revelado y en los Libros revelados antes de ti, pero quieren tomar como jueces en sus asuntos a quienes desobedecen las órdenes de Allah, aunque se les había ordenado rechazarlos? Y Satanás solo quiere extraviarlos y alejarlos del camino recto. Cada vez que se les dice: “Venid al Libro que Allah ha revelado y venid al Mensajero”, ves que los hipócritas se apartan de ti. … No hemos enviado a ningún Mensajero sino con el propósito de que se le obedezca conforme a la ley de Allah. … ¡No! ¡Por tu Señor! No serán creyentes hasta que te acepten como juez en sus disputas mutuas. Y no basta con eso; deben no sentir ninguna duda en sus corazones respecto de cualquier decisión que tomes y someterse plenamente a ella». (Sura An-Nisa: versículos 59-65)

A partir de este análisis, ha quedado clara la justificación de los nombres «Islam» y «musulmán». Ahora todos deberíamos reflexionar profundamente sobre hasta qué punto puede aplicarse la palabra «musulmán» a nosotros, que hemos inscrito el nombre de musulmanes en el registro del censo, y hasta qué punto es apropiado denominar Islam a nuestra conducta y a nuestro modo de actuar.

16

La verdadera fuente de la fuerza de los musulmanes

[El artículo se publicó por primera vez en enero de 1935 en la revista Tarjumán al-Qurán. — El editor]

A comienzos del segundo siglo de la Hégira. Sajistán y Durkhaj

[Antiguo nombre de Afganistán en la actualidad.]

El gobernante de entonces, cuyo título dinástico era Rutbel, había dejado de pagar tributo al representante de los Banu Umayya. Por ello, se emprendían continuamente campañas militares contra él. Pero no aceptó someterse bajo ninguna circunstancia. En cierta ocasión, Yazid ibn Abd al-Malik envió un emisario para cobrarle el tributo. Entonces le preguntó al emisario musulmán: «¿Dónde están los hombres que antes venían a cobrar el tributo? Sus vientres estaban pegados a la espalda como los de los hambrientos, tenían manchas negras en la frente y vestían hojas de palmera».

Le respondieron: «Han sido derrotados». Rutbel dijo: «Aunque vuestros rostros y vuestra apariencia son más imponentes que los de ellos, ellos cumplían sus promesas más que vosotros y eran más fuertes».

Los historiadores dicen que, después de decir esto, Rutbel se negó a pagar los tributos y permaneció independiente del Estado islámico durante casi medio siglo.

Esto ocurrió en una época en la que estaban presentes numerosos tabi‘in y tabi‘ al-tabi‘in. Era la época de los imanes muytahid. Apenas había transcurrido un siglo desde el fallecimiento del Noble Profeta, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él. Los musulmanes dominaban el mundo como una nación viva y poderosa. Habían obtenido el poder gobernante en países como Irán, Irak, Roma, Egipto, África y España. En cuanto a equipamiento, esplendor y riqueza, ninguna nación del mundo podía entonces compararse con ellos. Todo esto estaba plenamente presente. La fe también estaba viva en sus corazones. La observancia de las normas de la sharía era mucho mayor que hoy. Existía un sistema para impartir y obedecer las órdenes de los dirigentes. En toda la nación reinaba una disciplina extraordinaria. Sin embargo, quienes se enfrentaron a los hambrientos, pobres y moradores del desierto de la época de los compañeros percibieron una diferencia tan grande como la que hay entre el cielo y la tierra entre aquellos equipados con todos estos recursos y quienes carecían de ellos. ¿En qué consistía esa diferencia? Los historiadores quizá quieran denominarla simplemente la diferencia entre la civilización rural y la civilización antigua. Dirán que los antiguos moradores del desierto soportaban mejor las penalidades, mientras que los posteriores se volvieron amantes del lujo debido a la riqueza y al progreso cultural. Pero yo diré que, en realidad, esa diferencia era la diferencia entre la fe, la sinceridad, las virtudes de carácter y la obediencia a Dios y al Mensajero. La verdadera fuerza de los musulmanes residía precisamente en estas cosas. La abundancia numérica, la profusión de equipamiento, la riqueza material, la excelencia en la ciencia y las artes, y los instrumentos de la cultura y la civilización no eran la fuente de su fuerza. Avanzaron apoyándose únicamente en la fe y las buenas obras. Esto fue lo que los elevó en el mundo y lo que les estableció un lugar de prestigio en el corazón de otras naciones. Mientras poseyeron este tesoro de fuerza y honor, fueron poderosos y respetados a pesar de su escaso número y de la falta de equipamiento. Pero cuando este tesoro desapareció de entre ellos, comenzaron a volverse débiles y carentes de honor, pese a su abundancia numérica y a la profusión de sus recursos.

Lo que Rutbel dijo como enemigo es más instructivo que miles de sermones de amigos y buenos consejeros. En realidad, puso de manifiesto esta verdad: la verdadera fuerza de una nación no reside en su ejército bien equipado, sus armas, sus soldados y oficiales expertos ni sus vastos recursos, sino en su buen carácter, su firmeza moral, su conducta intachable y sus elevados ideales. Es una fuerza espiritual que ejerce su autoridad en el mundo incluso sin medios materiales. Hace que quienes se sientan en el suelo triunfen sobre quienes ocupan tronos. No solo les concede el dominio de la tierra, sino también la posesión de los corazones de la gente. Gracias a esta fuerza, hombres que visten hojas de palmera, son secos y esqueléticos, tienen rostros apagados y llevan espadas envueltas en harapos pueden establecer en el mundo una fama, una influencia, un valor, un honor y una autoridad política que, sin esa fuerza, tampoco pueden establecer quienes llevan ropas suntuosas, tienen cuerpos enormes y robustos, rostros radiantes, grandes cortes, grandes cañones y un poderío tremendo. En verdad, la abundancia de fuerza moral puede compensar la falta de medios materiales, pero la abundancia de medios materiales nunca puede compensar la falta de fuerza moral. Sin esta fuerza, aunque se logre prestigio únicamente mediante los medios materiales, este será incompleto y pasajero; jamás será pleno ni sólido. No hará que los corazones de la gente se inclinen: solo se inclinarán sus cabezas, y aun así permanecerán preparados para rebelarse en la primera oportunidad.

Ningún edificio se mantiene en pie por la variedad de sus colores, sus ornamentos, su esplendor y belleza, sus patios floridos o su atractivo exterior. La abundancia de habitantes, la profusión de equipamiento y la riqueza de recursos tampoco pueden hacerlo firme. Si sus cimientos son débiles, sus paredes frágiles y sus pilares están carcomidos por la polilla, por mucho que esté lleno de habitantes, por muchos millones en bienes y muebles que contenga, aunque su ornamentación deslumbre los ojos de la gente y cautive sus corazones, nada de ello puede protegerlo del derrumbe. La gente solo contempla la apariencia exterior y su mirada queda limitada a la superficie. Pero el curso de los acontecimientos de una época no viene a enfrentarse con la apariencia externa, sino con la verdad interior. Pone a prueba la fuerza de los cimientos del edificio. Examina la solidez y la madurez de sus paredes. Comprueba la disposición y la instalación de sus pilares. Si estas cosas son correctas, firmes y estables, el curso de los acontecimientos de la época se verá obligado a chocar con un edificio semejante y retirarse derrotado. Aunque el edificio carezca de ornamentos o belleza, vencerá sin duda alguna al curso de los acontecimientos. De lo contrario, el choque con los acontecimientos acabará haciéndolo pedazos, y se derrumbará junto con todos sus habitantes y sus elementos ornamentales.

La situación de la vida nacional es igualmente así. A una nación no la hacen viva, poderosa y próspera únicamente sus viviendas, su vestimenta, sus medios de transporte, sus artículos de lujo, las bellas artes, sus fábricas y sus escuelas y universidades; lo que la eleva y fortalece es el ideal fundamental de su civilización, el arraigo de ese ideal en su corazón y el establecimiento de su autoridad en su conducta. Estas tres cosas —es decir, una fe firme en la pureza del ideal y su plena autoridad en la vida real— tienen en la vida nacional una importancia semejante a la de los cimientos sólidos, los muros resistentes y los pilares fuertes en un edificio. La nación en la que estas tres cosas estén plenamente presentes triunfará en el mundo. Su palabra será la que prevalezca. En el mundo de Allah será su autoridad la que gobierne. En los corazones de la gente se establecerá el lugar de su fama. Sus cabezas se inclinarán ante sus órdenes. Aunque viva en una choza deteriorada, vista ropas hechas jirones, tenga el vientre pegado a la espalda por el hambre, no haya una sola universidad en su país, no se vea una sola fábrica en sus poblaciones y esté completamente atrasada en la ciencia y las artes industriales, ella será la única digna de respeto en el mundo. Las cosas que la gente considera instrumentos del progreso no son más que los adornos del edificio, no sus muros ni sus pilares. Sin embargo, aunque se recubran de oro unos muros frágiles, no es posible impedir que el edificio se derrumbe. Esto mismo ha sido expuesto repetidamente en el Noble Corán.

El Corán ha dicho, acerca de los principios fundamentales del islam, que la vía del islam está en conformidad con la naturaleza inmutable e inalterable sobre la cual Allah creó al ser humano. Por tanto, el din establecido sobre este principio es el «din firme», es decir, un din que establece correctamente todos los asuntos relacionados tanto con este mundo como con el Más Allá:

(Árabe)

Significado: «Conságrate exclusivamente a este din. No hay cambio en la naturaleza sobre la cual Allah creó a la humanidad. Este es el din correcto; pero la mayoría de la gente no lo sabe». (Sura ar-Rum, 30)

Después dice: Manteneos firmemente en este din firme, creed en él y actuad conforme a él. Sus frutos se manifestarán por sí mismos. Vosotros seréis quienes prevalezcáis en el mundo. A vosotros se os concederá el poder de gobernar la Tierra. Vosotros seréis investidos con la dignidad del califato.

(Árabe)

Por el contrario, quienes aparentemente han entrado en los confines del din del islam, pero cuyo corazón no ha entronizado el din ni ha convertido el islam en su sistema de vida, sin duda presentan un aspecto exterior muy espléndido;

(Árabe)

También hablan de manera muy dulce; (árabe)

pero, en realidad, son muñecos de madera sin vida» (árabe)

temen más a los hombres que a Dios» (árabe)

Sus acciones son como un espejismo: aunque a la vista parecen agua, en realidad no son nada» (árabe)

Tales personas jamás pueden alcanzar una fuerza colectiva. Porque sus corazones permanecen separados unos de otros. No pueden participar unidas en ninguna tarea con lealtad y sinceridad» (árabe)

Jamás pueden poseer una fuerza como la de los creyentes y los rectos» (árabe); jamás pueden ocupar el puesto de liderazgo en el mundo» (árabe); para ellos no hay en este mundo más que humillación y deshonra, y en el Más Allá, nada salvo un castigo severo» (árabe)

Tal vez muchos se sorprendan de que el Corán haya declarado que solo la fe y las buenas obras son el único medio para el progreso de los musulmanes, para que obtengan fuerza y autoridad y para que triunfen sobre todas las demás naciones. Se asombrarán de que en ninguna parte se haya dicho a los musulmanes que construyan universidades, abran escuelas y colegios, establezcan fábricas, construyan barcos, funden compañías, abran bancos, inventen instrumentos científicos o imiten a las naciones avanzadas en su vestimenta, sus relaciones sociales y sus modales. Por otro lado, el Corán ha presentado la hipocresía como la única causa del retroceso, la decadencia, la humillación y la deshonra en este mundo y en el Más Allá; en ninguna parte se ha mencionado como causa de la caída la carencia de las cosas que en el mundo actual se consideran factores de progreso.

Pero si se logra comprender la corriente fundamental del Corán, esta sorpresa desaparecerá naturalmente. Lo primero que debe comprenderse al respecto es que aquello que se denomina «musulmán» no tiene otra base que el islam. Su identidad como musulmán solo puede ser determinada por el islam. Si cree en el mensaje traído por Muhammad —la paz y las bendiciones de Dios sean con él— y obedece las normas reveladas por medio de él, su islam alcanzará la plenitud aunque no posea ninguna otra cosa fuera del islam. En cambio, si está adornado con todos los recursos de la belleza de la vida terrenal, pero no tiene en su corazón la influencia de la fe y en su vida práctica está libre de la obediencia a las normas islámicas, puede ser graduado, médico, industrial, banquero, general y cualquier otra cosa, pero no puede ser musulmán. Por tanto, si el mensaje esencial del islam no está arraigado ante todo en una persona o en una nación, ninguno de sus progresos puede calificarse como el progreso de una persona o nación musulmana. En tal situación, por grande que sea el progreso alcanzado, de ningún modo se considerará progreso de los musulmanes. Y es evidente que semejante progreso jamás puede ser el objetivo del islam.

Naturalmente, es distinto el caso de una nación que no sea musulmana en absoluto y cuya concepción, carácter moral y sistema social se basen en algo distinto del islam. Sin duda, una nación así puede erigirse sobre principios morales, sociales, políticos, económicos y sociológicos diferentes de los del islam, e incluso puede alcanzar por sí misma la cumbre del progreso que aspira a lograr. Pero, por otra parte, es completamente distinto que la concepción, el carácter moral, la economía y la política de una nación estén fundamentados en el islam y que, precisamente en lo referente al islam, sea débil tanto en su convicción como en su conducta. Por muchos medios e instrumentos de progreso material que reúna una nación así, le resulta absolutamente imposible levantarse como una nación firme y poderosa y alcanzar una posición elevada en el mundo. La razón es que los fundamentos mismos de su nacionalidad, carácter moral, civilización y cultura son débiles. La debilidad de sus cimientos es tan grave que ningún simple ornamento exterior puede eliminarla.

Esto no significa que se esté negando la verdadera importancia de la ciencia, el conocimiento, las artes y los demás medios e instrumentos del progreso material. Su verdadero significado es que, para la nación musulmana, la importancia de estas cosas es secundaria. La solidez y estabilidad de los cimientos tienen prioridad sobre todas ellas. Una vez que los cimientos se han estabilizado, pueden y deben adoptarse todos los medios materiales compatibles con ellos. Pero si estos se debilitan, si sus raíces no se afianzan en el corazón y si su control se relaja en la vida real, el carácter moral, la naturaleza, la disposición y las actividades de la nación se deformarían, se desmoronarían y caerían en el desorden, tanto individual como socialmente; su sistema social se debilitaría, sus fuerzas y capacidades se dispersarían y disgregarían, y su importancia en la competencia internacional disminuiría. Incluso, como consecuencia de ello, otras naciones podrían imponerse sobre ella. En tal situación, la abundancia de recursos materiales, la multitud de titulados y eruditos, y el brillo del esplendor y la belleza exteriores no servirían absolutamente de nada.

Hay algo aún más importante. El Corán Majestuoso ha proclamado con gran firmeza: «Si sois creyentes, vosotros seréis los exaltados»; «El partido de Allah será el vencedor». Y: «Quienes estén adornados con la fe y las buenas obras obtendrán sin duda el califato de la tierra». ¿Cuál es el fundamento de esta firmeza? Por mucho que otras naciones posean medios e instrumentos materiales, ¿sobre qué fundamento se ha formulado una afirmación tan grande: que los musulmanes triunfarán sobre ellas únicamente con el poder de las armas de la fe y las buenas obras?

El propio Corán ha resuelto esta compleja cuestión:

(Árabe)

Significado: «¡Oh, seres humanos! Se expone una parábola; escuchadla con atención. Aquellos a quienes invocáis aparte de Allah no tienen poder para crear ni siquiera una mosca. Y aunque todos se unieran para realizar esta tarea, tampoco podrían hacerlo. Asimismo, si una mosca les arrebatara algo, no tendrían poder para recuperarlo de ella. Tanto el suplicante como aquello que se suplica son débiles. No han concedido a Allah la veneración que le corresponde. Sin embargo, Allah es el verdaderamente Poderoso y Digno de honor». (Sura al-Hajj: 73-74)

(Árabe)

Significado: «La parábola de quienes toman como protectores a poderes distintos de Allah es la de la araña: construye una casa, pero, de todas las casas, la casa de la araña es la más débil». (Sura al-Ankabut: 41)

Es decir, quienes dependen únicamente de la fuerza material dependen de cosas que, por sí mismas, no poseen ninguna fuerza. Como consecuencia natural de depender de semejantes objetos carentes de fuerza, ellos mismos terminan siendo débiles. La fortaleza inexpugnable que construyen según su parecer es tan frágil como una telaraña. Quienes son verdaderamente poderosos y respetables se levantan confiando en Allah; entre estos jamás llegará a surgir la fuerza necesaria para enfrentarse a ellos:

(Árabe)

Significado: «Quien rechaza al tagut, la fuerza rebelde contra Dios, y cree en Allah, se ha aferrado a un asidero firme que jamás se romperá». (Sura Al-Báqara: 256)

El Corán también ha declarado firmemente que, siempre que se produzca una rivalidad entre los creyentes y los incrédulos, los creyentes serán los vencedores.

(Árabe)

Significado: «Si los incrédulos combaten contra vosotros, ciertamente volverán la espalda; después no encontrarán ningún protector ni auxiliador. Esta es la norma de Allah, que se ha mantenido desde tiempos inmemoriales. Y jamás encontraréis cambio alguno en la norma de Allah». (Sura Al-Fath: 22-23)

(Árabe)

Significado: «Infundiremos terror en los corazones de los incrédulos, porque han asociado con Allah aquello a lo que Él no ha concedido ninguna autoridad». (Sura Al-Imrán: 151)

La razón es que quien lucha por Allah cuenta con la fuerza de Allah como apoyo, y contra aquel a quien Allah ayuda nadie puede imponerse:

(Árabe)

Significado: La razón es que Allah es el auxiliador de los creyentes, mientras que los incrédulos no tienen ningún auxiliador.» (Sura Muhammad: 11)

(Árabe)

Significado: Cuando lanzaste la flecha, no fuiste tú quien la lanzó; más bien, fue Allah quien la lanzó.» (Sura Al-Anfal: 17)

Esto es lo que respecta a la fuerza de los creyentes y de las personas virtuosas. Por otro lado, también es una ley eterna de Allah que quien es creyente y de buen carácter, cuya conducta y actividades están libres de la impureza del egoísmo, y que, en lugar de seguir las inclinaciones del instinto y los deseos biológicos, sigue debidamente las normas prescritas por Allah, conquista un lugar de afecto en el corazón de la gente. El corazón de las personas se siente naturalmente atraído hacia él. Sus miradas respetuosas se fijan en él. Se puede confiar tranquilamente en él en las transacciones y los negocios. Todos, amigos y enemigos por igual, lo consideran veraz y confían en su decencia, su justicia y su lealtad:

(Árabe)

Significado: A quienes creen y obran bien, Allah les infundirá amor en los corazones de la gente.» (Sura Maryam: 96)

(Árabe)

Significado: «Alá afianza a los creyentes mediante una palabra firme, en la vida mundana y también en la otra vida». (Sura Ibrahim: 27)

(Árabe)

Significado: «A quien obre rectamente, sea hombre o mujer, siendo creyente, ciertamente le concederemos una vida excelente y le daremos la recompensa de sus mejores obras». (Sura An-Nahl: 97)

Pero ¿de qué son resultado estas cosas? No son el resultado de pronunciar únicamente con los labios «la ilaha illallah», de adoptar el nombre de musulmán, de aceptar ciertas normas sociales específicas y de observar algunas costumbres y tradiciones calculadas. Para que estos resultados se manifiesten, el Noble Corán ha establecido como condición la fe y las buenas obras. Su objetivo es que su autoridad se establezca en todas partes: en su pensamiento, sus conceptos, su carácter moral y sus actividades. Toda su forma de vida se moldeará conforme al verdadero patrón de esta palabra sagrada; en sus mentes y corazones no habrá lugar para ninguna idea contraria a ella, ni se ocuparán de ningún acto que se le oponga. En realidad, el resultado de pronunciar con los labios «la ilaha illallah» debe manifestarse de tal modo que, al pronunciarla, se produzca inmediatamente una poderosa revolución en la vida de las personas y el espíritu de la taqwa penetre en sus venas y arterias. Sus cabezas no se inclinarán ante ninguna fuerza que no sea Alá. No extenderán sus manos ante nadie más que Alá. En sus corazones no habrá temor de nadie salvo de Alá. Su amor y su enemistad no serán por nadie sino por Alá. En sus vidas no se aplicará ninguna ley salvo la ley de Alá. Estarán siempre dispuestos a sacrificar, por la complacencia de Alá, sus propios deseos, todas sus inclinaciones y aquello que anhelan y les agrada. Ante las órdenes de Alá y de Su Mensajero, no tendrán otra palabra ni otra acción que decir únicamente: «Hemos oído y obedecemos». Cuando se haya creado tal estado, su fuerza no será solamente la fuerza de sus propias almas y cuerpos; será, más bien, la fuerza de Aquel Todopoderoso ante quien se inclina todo cuanto existe en los cielos y en la tierra. Resplandecerán con la luz de aquel Iluminador Supremo, que es el verdadero Amado y objeto de amor de todo el universo.

Durante la época del Noble Profeta, la paz y las bendiciones de Alá sean con él, y de los Califas Rectamente Guiados, los musulmanes poseían precisamente esta realidad. La historia misma es testigo de los resultados que produjo. En aquella época, todo aquel que pronunciaba la frase «la ilaha illallah» cambiaba por completo. De cobre en bruto se convertía de repente en oro puro; en su interior surgía tal poder de atracción que los corazones de la gente se sentían naturalmente atraídos hacia él. Cuando alguien lo miraba, sentía como si estuviera contemplando la encarnación viviente de la taqwa y la piedad. Podía ser iletrado, pobre, estar ayunando, vestir ropas desgarradas y hallarse sentado sobre una estera; aun así, infundía en los corazones de la gente un temor reverencial que ni siquiera correspondía en suerte a los grandes y suntuosos gobernantes. La existencia de un musulmán era como una isla: dondequiera que permaneciera o adondequiera que fuese, su resplandor se extendía a su alrededor. Con la ayuda de esa lámpara se encendían millones de lámparas. Además, tenía también el poder de quemar y reducir a cenizas a quien no aceptara esa luz o intentara enfrentarse a ella.

Tales eran los musulmanes, poseedores de una fuerza de fe y un carácter tan firmes, que cuando apenas eran unos trescientos cincuenta, desafiaron a toda Arabia a enfrentarse con ellos. Y cuando su número llegó a varios cientos de miles, avanzaron con la resolución irresistible de someter al mundo entero; entonces, toda fuerza que se alzó para enfrentarse a ellos quedó hecha añicos.

Como se ha dicho antes, la verdadera fuerza de los musulmanes es precisamente la fuerza de la fe y del buen carácter. Esta fuerza solo puede alcanzarse cuando el significado de «la ilaha illallah» queda firmemente arraigado en el corazón y la mente. Pero si este significado no se arraiga con firmeza en el interior, si estas palabras continúan pronunciándose solo con los labios y no se produce ninguna revolución en la visión del mundo ni en la vida práctica; si, aun después de decir «la ilaha illallah», la condición de la persona permanece exactamente como antes, si teme a otro que no sea Alá, como los incrédulos de esta palabra sagrada, busca su complacencia y se apega a su amor; si se convierte, como ellos, en esclava de sus deseos e inclinaciones; si abandona la ley de Alá y obedece las leyes humanas o sus propias pasiones; si en sus pensamientos, deseos y facultad de razonar permanece la misma impureza que en los pensamientos, deseos y razonamientos de un no musulmán; y si sus palabras, obras y conducta son también como las de un no musulmán, entonces ¿sobre qué base obtendrá el musulmán dominio sobre el no musulmán? Si no posee la fuerza de la fe y de la taqwa, el musulmán no es más que un ser humano exactamente igual que el no musulmán. Por consiguiente, la competencia entre musulmanes y no musulmanes se dará únicamente sobre la base de la fuerza física y los medios materiales; y en esa competencia, el más fuerte vencerá al más débil.

La diferencia entre estas dos situaciones se ha manifestado con tal claridad incluso en las páginas de la historia que puede percibirse de un solo vistazo. En algunos lugares se verá que un puñado de musulmanes ha derrotado a grandes potencias estatales y ha extendido la autoridad del islam desde ambas orillas del Atak[afluente del Indo situado entre Punyab y la Frontera] hasta las costas del Atlántico. En cambio, hoy vemos que millones y millones de musulmanes viven en el mundo, pero se encuentran sometidos a las potencias no musulmanas. Además, incluso en las regiones donde millones de musulmanes han vivido durante varios siglos, actualmente prevalecen la incredulidad y el politeísmo.

17

La religión es para los hombres valientes, no para los cobardes

[El artículo se publicó por primera vez en mayo de 1936 en la revista Tarjuman al-Qur’an.]

A propósito de mi libro (El interés y la banca moderna), se viene formulando repetidamente un comentario. Es el siguiente: en la época actual, el sistema capitalista, respaldado por el poder político, domina el mundo financiero que nos rodea. Todo el vehículo de la economía avanza por el camino trazado por los principios capitalistas. Los capitalistas son sus conductores, y con su ayuda avanzan por la senda del progreso aquellas naciones que no tienen ningún vínculo religioso ni moral en materia de producción y gasto de la riqueza. Por otro lado, nuestras fuerzas sociales y colectivas están hoy fragmentadas y dispersas. No somos capaces, ni mucho menos, de transformar todo el sistema económico del mundo; ni siquiera podemos establecer por completo el sistema económico islámico entre nuestro propio pueblo. En estas circunstancias, si nuestros vínculos religiosos nos impiden participar plenamente en el sistema económico vigente de nuestra época, nuestra pueblo no tendrá otro resultado que quedar rezagado frente a las demás naciones en cuanto a beneficiarse de los medios y recursos del desarrollo y la prosperidad económicos. Como consecuencia, nosotros seguiremos empobreciéndonos, mientras las naciones vecinas seguirán enriqueciéndose. Además, esta debilidad económica nos dejará debilitados y sin fuerzas también en los planos moral, político y civilizatorio. No se trata solamente de una conjetura; en el mundo real llevamos años viendo precisamente esta situación. Y tampoco son tan imprecisos los indicios del destino al que tendremos que enfrentarnos en el futuro como para que nadie pueda advertirlos. Entonces, ¿de qué nos sirve elaborar únicamente las leyes de la sharía? ¿Qué beneficio obtenemos de exponer los principios económicos del islam? Más bien, en esta situación queremos saber si existe algún camino para remediar nuestra penuria económica y avanzar hacia un progreso cada vez mayor, al mismo tiempo que seguimos las leyes del islam. Si no existe, tendremos que afrontar necesariamente una de dos situaciones: o los musulmanes serán completamente destruidos, o, al igual que las demás naciones, se liberarán de las ataduras de aquellas leyes incapaces de marchar al ritmo de la época. Pero nuestra afirmación a este respecto es que esta cuestión no se limita únicamente al interés; su alcance es sumamente amplio y extenso. Si, entre todos los aspectos y ámbitos de la vida, solo se hubiera establecido una actividad económica no islámica en el ámbito financiero, el asunto quizá sería relativamente leve. Pero la realidad es distinta. Miren el mundo que los rodea; examinen incluso su propia situación. ¿Qué aspecto de la vida está libre de la influencia y el predominio no islámicos? En las creencias, las ideas y las doctrinas, ¿no se han extendido el materialismo y el ateísmo, o al menos el predominio de la duda y la incertidumbre? ¿No domina la irreligiosidad el sistema educativo? ¿No se ha establecido el predominio del europeísmo sobre la cultura y la civilización? ¿No ha echado raíces profundas el occidentalismo hasta en lo más hondo de la sociedad? ¿Está el carácter moral a salvo de su influencia? En las transacciones, ¿está libre de su predominio? Las leyes y la política estatal, las políticas y las prácticas gubernamentales, las doctrinas y las actividades: ¿hay alguna de ellas que esté libre de su influencia?

Si esta es la situación, ¿por qué quieren limitar la cuestión discutida a un solo aspecto de ella, y además a uno tan restringido? Háganla más amplia y extensa, y extiéndanla a toda la vida. Más bien, digan que el río de la vida ha cambiado su curso. Al principio fluía por el camino del islam; ahora fluye por un camino no islámico. No somos capaces de cambiar su curso. Ni siquiera tenemos la fuerza y la capacidad para nadar contra su corriente. Y, sin embargo, quedarnos quietos también entraña el horror de la muerte. En estas circunstancias, muéstrennos algún camino por el que podamos seguir siendo musulmanes y, al mismo tiempo, dejar que nuestra barca se deslice por la corriente de este río. Es decir, seguiremos siendo peregrinos hacia la Kaaba y mantendremos también relaciones con la caravana que se dirige al Turquestán. En nuestras ideas, doctrinas, objetivos de vida, ideales de vida y métodos de acción seremos no musulmanes y, a la vez, seguiremos siendo musulmanes. Si nadie puede indicarnos un camino para conciliar estas contradicciones, el resultado será que o bien nos sentaremos en la orilla de este río, o bien un día arrancaremos de nuestra barca esta etiqueta del islam. Después, se verá que nuestra barca, junto con las demás, avanza a la par por la corriente del río.

Cuando nuestros «ilustrados» y «progresistas» discuten sobre cualquier problema, presentan como argumento final —el que consideran el más contundente— que esta es la religión de la época, que el viento sopla en esta dirección, que así son las cosas en el mundo. Entonces, ¿cómo podemos oponernos a ello? Y, aun oponiéndonos, ¿cómo podríamos sobrevivir? Cuando se plantea la cuestión de la moral, dicen que los criterios morales del mundo han cambiado. Es decir, ¿cómo pueden los musulmanes aferrarse a aquellos antiguos criterios morales? Sobre el velo dicen que la costumbre del velo ha desaparecido del mundo. En otras palabras, si algo ha desaparecido del mundo, ¿cómo pueden los musulmanes no eliminarlo también? Cuando se habla de educación, presentan como prueba definitiva que en el mundo no existe demanda de educación islámica. La intención es decir: si un producto no tiene demanda en el mercado, ¿cómo puede el niño musulmán ser ese producto? ¿Por qué no habría de convertirse en un producto de la clase que sí tiene demanda? En cuanto se objeta el interés, dicen que hoy el mundo no puede funcionar sin intereses. Y si algo es absolutamente indispensable para que funcionen los asuntos del mundo, ¿cómo puede el musulmán prescindir de ello? En suma, en cualquier ámbito de la vida —educación, moral, sociedad, civilización, economía, leyes, política y demás— en el que desean abandonar los principios islámicos y seguir el europeísmo, la religión de la época, la dirección del viento y las costumbres del mundo se convierten para ellos en pruebas irrefutables. Y esta prueba se presenta como un instrumento para justificar la imitación de Occidente, es decir, el abandono parcial de la religión, y se considera que es deber derribar cualquier parte del edificio islámico contra la que pueda dirigirse este argumento.

Nosotros decimos: en vez de presentar por separado estas propuestas de demolición, ¿por qué no elaboran una propuesta completa que las reúna todas? Al formular propuestas independientes para destruir cada pared, cada pilar y cada habitación de la casa, y al discutir cada asunto por separado, solo se pierde tiempo inútilmente. ¿Por qué no dicen, más bien, que hay que derribar toda la casa? Porque su color difiere del color de la época, su dirección es contraria a la del viento y su estructura es incompatible con la estructura de los edificios habituales del mundo.

Es inútil discutir con quienes realmente sostienen semejante forma de pensar. La respuesta directa y clara para ellos es esta: si han asumido el riesgo de derribar esta casa y construir otra en su lugar, ¿por qué no se trasladan a cualquiera de las otras casas hermosas, elegantes y encantadoras que les gustan? Si desean dejarse llevar por la corriente del río, ¿por qué se toman la molestia de arrancar la etiqueta de este barco? Acomódense en cualquiera de los barcos que ya están navegando con la corriente. Quienes no son musulmanes en ninguno de sus pensamientos, su moral, su vida social, su economía, su educación ni en ningún otro aspecto de la vida, y tampoco desean seguir siendo musulmanes, no benefician en absoluto al islam por conservar una identidad musulmana meramente nominal; al contrario, le causan mucho más perjuicio. No adoran a Dios: adoran al viento. Si la idolatría se impusiera en el mundo, sin duda empezarían a adorar ídolos. Si la desnudez se pusiera de moda en el mundo, ciertamente se quitarían la ropa. Si comenzara a consumirse impureza en el mundo, indudablemente llamarían pureza a la impureza e impureza a la pureza. Su mente y su corazón son de esclavos, y por eso anhelan la esclavitud. El europeísmo domina su vida; por eso desean convertirse en europeos en todos los ámbitos, desde lo oculto hasta lo manifiesto. Y si mañana predominara la gente de Abisinia, intentarían convertirse en abisinios: se embadurnarían de negro el rostro, engrosarían sus labios, rizarían su cabello como los abisinios y comenzarían a adorar todo lo que procediera de ellos. El islam no necesita en absoluto de tales esclavos. Si se excluyeran de la lista de millones de personas los nombres de estos hipócritas y de quienes tienen inclinación a la servidumbre:

(Árabe)

Significado: «Aman a Alá y Él los ama. Son humildes con los creyentes y firmes con los incrédulos. Luchan y se esfuerzan por la causa de Alá, y no temen la censura de nadie por ello». (Sura al-Ma’ida: 54)

si quedaran apenas unos pocos miles de musulmanes de semejante carácter, el islam sería mucho más fuerte que en la actualidad. La salida de esos millones de personas equivaldría, para él, a la extracción de la sangre corrompida del cuerpo de un enfermo.

(árabe) «Tememos que nos sobrevenga alguna desgracia». Esta no es una voz nueva. Desde hace mucho tiempo esta voz viene brotando de los labios de los hipócritas. Precisamente esta voz revela la hipocresía oculta en el corazón de esas personas. Quienes pronuncian esta voz siempre miran hacia el bando contrario al islam. Siempre consideran las limitaciones y prohibiciones establecidas por Alá como grilletes en los pies y una soga al cuello. La obediencia a Alá y al Mensajero siempre les resulta desagradable. Siempre han visto en la obediencia a Alá perjuicio para la vida y los bienes, y en Su desobediencia todos los éxitos de la vida mundana. Por eso, la ley de Alá nunca se modificó antes por consideración a ellos; tampoco puede modificarse ahora, ni se modificará en el futuro. La ley de Alá no fue revelada para los cobardes y pusilánimes. No fue revelada para los esclavos del ego y del mundo. No fue revelada para la paja que vuela con la fuerza del viento, los insectos que flotan en la corriente del agua ni los incoloros que se tiñen de cualquier color. Fue revelada para hombres audaces, semejantes a leones, que tienen la firme determinación de cambiar la dirección del viento y el valor necesario para luchar contra las olas del río y desviar su corriente. Para quienes aman el color de Alá más que todos los colores del mundo y desean teñir con ese color al mundo entero. El musulmán no fue creado para dejarse arrastrar por la corriente del río. El propósito de su creación es conducir el río de la vida por el camino recto y directo que le señalan su fe y su convicción. Si el río desvía su corriente de ese camino recto y la persona consiente en dejarse arrastrar por esa corriente desviada, entonces su pretensión de ser musulmán es absolutamente falsa. En realidad, quien es un musulmán sincero luchará contra esta corriente desviada, intentará con todas sus fuerzas cambiar su curso y no se preocupará en absoluto por el éxito o el fracaso. Aceptará cualquier perjuicio posible que pueda derivarse de esta lucha. Incluso si, mientras lucha contra la corriente del río, se le rompe un brazo, sus fuerzas se debilitan y el golpe de las olas lo arroja a alguna orilla medio muerto, su espíritu jamás aceptará la derrota. En su corazón no surgirá ni por un instante el menor arrepentimiento por este fracaso externo, ni albergará envidia ni indulgencia hacia el éxito de los incrédulos e hipócritas que se dejan arrastrar por la corriente del río.

El Corán está ante los musulmanes. El ejemplo y la vida de los profetas están ante ellos. Ante ellos están también las vidas y las historias de los inmortales abanderados del islam, desde el comienzo hasta hoy. ¿Acaso de todo ello están aprendiendo únicamente que volarán en la dirección en que sople el viento? ¿Que flotarán hacia donde fluya el agua? ¿Que se teñirán del color que adopte la época? Si ese hubiera sido el propósito, ¿qué necesidad habría habido de revelar un Libro y enviar a un profeta? Para guiarlos, habrían bastado las olas movidas por el viento; para orientarlos, la corriente de la vida mundana; y para enseñarles el carácter del lagarto, la incoloridad de la época. Allah no reveló ningún Libro para una enseñanza tan impura, ni envió a ningún profeta con ese propósito. El mensaje que ha venido de la Majestuosa Esencia tiene precisamente este objetivo: abandonar los caminos erróneos por los que avanza el mundo, construir un camino recto, eliminar los caminos opuestos e intentar apartar al mundo de ellos. Hay que formar una comunidad de creyentes, y esa comunidad no solo caminará por el camino recto, sino que también intentará atraer al mundo hacia él.

Los profetas, los mensajeros y sus seguidores siempre hicieron yihad con este propósito. En esta yihad no solo soportaron sufrimientos y dificultades, sino que realizaron sacrificios ilimitados; incluso entregaron sus vidas. Sin embargo, ninguno de ellos tomó jamás el curso de la época como criterio propio, por miedo al peligro o por la tentación de los intereses. Ahora bien, si una persona o un grupo ve perjuicio, dificultad o peligro en seguir el camino indicado por la guía celestial y, atemorizado por ello, desea transitar por un camino cuyos viajeros parecen acomodados, exitosos y progresistas, puede ir alegremente por el camino que prefiera. Pero ¿qué intenta conseguir ese necio y codicioso al engañarse a sí mismo y al mundo entero, pretendiendo que, aun abandonando el Libro de Allah y el método indicado por el Profeta, sigue siendo su seguidor? La desobediencia ya es de por sí un gran pecado; ¿qué beneficio se obtendrá añadiéndole mentira, engaño e hipocresía?

La idea de que, una vez que el río de la vida fluye en una dirección, ya no puede cambiarse su curso es tan errónea desde el punto de vista lógico como contraria a los testimonios de la experiencia y la observación. En el mundo no ha habido una sola revolución, sino innumerables, y cada revolución ha cambiado el curso del río. El ejemplo más brillante de ello se encuentra precisamente en la historia del islam. Cuando el honorable Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— llegó al mundo, ¿en qué dirección fluía entonces este río de la vida? ¿No predominaban acaso la incredulidad y el politeísmo en todo el mundo? ¿No estaban establecidos entonces gobiernos opresores y despóticos? ¿No había manchado la humanidad la injusta discriminación de las diferencias de clase? ¿No predominaban la obscenidad en la moral, el culto al yo en la vida social, el feudalismo y el capitalismo opresores en la economía, y la injusticia en las leyes y normas? Pero un solo hombre se levantó y desafió al mundo entero. Abolió todas las ideas erróneas, doctrinas y métodos defectuosos del mundo de entonces, y, frente a ellos, proclamando una doctrina propia y mediante la yihad, cambió el curso del mundo y transformó así también el color de la época.

El ejemplo más reciente de ello es el movimiento comunista. En el siglo XIX, el dominio del capitalismo había llegado a su extremo. Nadie necio o cobarde podía siquiera imaginar entonces que fuera posible derrocar un sistema establecido sobre el mundo con el respaldo de una fuerza política y militar tan formidable. Pero, en medio de semejante situación, un hombre llamado Karl Marx comenzó a propagar el comunismo. Los gobiernos de diversos países se opusieron a él. Fue expulsado de su propio país. Viajó de un país a otro y se enfrentó a la penuria, la tristeza y las dificultades. Sin embargo, antes de morir creó un poderoso grupo de comunistas. En apenas cuarenta años, este grupo no solo derrocó la fuerza más temible de Rusia, sino que también hizo tambalear los cimientos del capitalismo en todo el mundo. Al mismo tiempo, presentó un sistema económico y civilizatorio tan poderoso que hoy el número de sus seguidores en el mundo continúa aumentando día tras día.

Incluso las leyes de los países donde la autoridad del capitalismo está profundamente arraigada están hoy influidas por él. [Cabe señalar que se trata de la época del triunfo del régimen comunista en Rusia. El artículo fue escrito en 1936.] Pero esta revolución se produjo precisamente por efecto de la fuerza, y la fuerza consiste en moldear, no en dejarse moldear. En otras palabras, cambiar la dirección es fuerza; dejarse desviar, no. Jamás los cobardes y los necios han creado una revolución en el mundo. De quienes no tienen principios propios ni objetivo vital alguno, de quienes no sienten deseo de sacrificarse por un propósito noble, ni tienen valor para afrontar el sufrimiento, las dificultades y los peligros; de quienes solo anhelan en el mundo comodidad y ventajas, y cuya naturaleza es dejarse moldear por cualquier molde y doblegarse ante cualquier presión, la historia de la humanidad no registra ningún logro significativo. Porque la historia solo puede ser creada por hombres valientes. Ellos han cambiado el curso del río de la vida mediante una perseverancia incansable, el sacrificio y la yihad. Han cambiado las ideas del mundo. Han producido una revolución en la conducta y en los principios de acción. Además, en vez de teñirse con el color de la época, han teñido la época con su propio color.

Por tanto, no hay ningún motivo para decir: «No se puede hacer que el mundo vuelva del camino por el que avanza; no hay otra alternativa que seguir la religión de la época». En vez de afirmar falsamente que somos incapaces, debemos reconocer la verdad de nuestra propia debilidad. Y, una vez reconocida, también habrá que admitir que para las personas débiles no puede existir en el mundo ni religión, ni principio, ni norma alguna. Una persona así tendrá que inclinarse ante cualquier poderoso. Tendrá que permanecer paralizada por el temor a cualquiera que posea fuerza. Nunca podrá adherirse a ningún principio ni norma. Y si una religión cambia sus propios principios para adaptarse a esa persona, entonces, en realidad, no es ninguna religión.

«Las prohibiciones y restricciones del islam son un obstáculo para la prosperidad y el progreso»: esto tampoco es más que un engaño. La cuestión es: ¿qué prohibición o restricción del islam cumplen los musulmanes? ¿Qué límite no han transgredido? De las cosas que los están destruyendo, ¿a cuál ha dado permiso el islam? Se están destruyendo por el derroche y el despilfarro. Por eso, cada año miles de millones de rupias salen de sus bolsillos y pasan a las arcas de los prestamistas. Propiedades por valor de miles de millones de rupias se les escapan de las manos. ¿Acaso el islam les ha dado permiso para ello? Es su propio carácter derrochador el que los está destruyendo. Incluso en medio de esta extrema pobreza, sus cines y lugares de diversión están llenos de gente. Cada uno de ellos gasta en vestimenta y productos de belleza más de lo que le permiten sus recursos. En costumbres sin sentido, actividades ostentosas y diversiones necias, cada mes se gastan de sus bolsillos cientos de miles de rupias. ¿Cuál de estas cosas les ha declarado lícita el islam? Lo que más los está destruyendo es su negligencia en pagar el zakat y su actitud despreocupada hacia la ayuda mutua. ¿Acaso el islam no les ha impuesto estas cosas como obligación? Por tanto, la realidad es que su desgracia económica no es consecuencia de seguir las prohibiciones y restricciones islámicas; más bien, es el resultado de haberse liberado de ellas. Solo queda la prohibición de la usura; pero ¿dónde se aplica siquiera? Al menos el 95 % de los musulmanes contrae préstamos basados en la usura sin verdadera incapacidad que lo justifique. ¿A esto se llama cumplir las prohibiciones y restricciones de la ley islámica? Una gran parte de los musulmanes adinerados recibe usura de una forma u otra. ¡Qué importa que no se dediquen formalmente al negocio de los prestamistas! La mayoría de los musulmanes ricos recibe intereses de bancos, seguros, bonos gubernamentales, fondos de previsión, etcétera. Entonces, ¿dónde queda la prohibición de la usura a la que atribuyen su mala situación económica?

¡Más sorprendente y divertido aún es que se argumente que el honor y la fuerza nacional de los musulmanes dependen de la riqueza, y que la riqueza depende de la legalidad de la usura! Parece que esos razonadores ni siquiera saben de qué depende en realidad el honor y la fuerza. En verdad, la mera riqueza nunca ha hecho honorable y poderoso a ningún pueblo. Aunque cada musulmán se convirtiera en millonario o multimillonario, si careciera de fuerza de carácter, créanme, nadie en el mundo lo respetaría. En cambio, si poseen un verdadero carácter islámico, son veraces y dignos de confianza, están libres de la tentación y el miedo, son firmes en las cuestiones de principios y honestos en sus transacciones, reconocen la verdad como verdad y el deber como deber, vigilan siempre la diferencia entre lo ilícito y lo lícito, y su fuerza moral interior les impide desviarse de la justicia por miedo a una pérdida o atraídos por una ganancia, de modo que no pueden vender su fe a ningún precio, entonces se ganarán una reputación en el mundo. Ocuparán un lugar de honor en el corazón de la gente. Sus palabras serán más importantes que toda la riqueza de un millonario. Aunque vivan en una choza y vistan ropas remendadas, se los mirará con mayor respeto que a quienes se encuentran sobre montañas de riquezas. Como pueblo, adquirirán tanta fuerza que nunca podrán ser derrotados. ¡Cuán afligidos por la pobreza eran los musulmanes de la época de los Compañeros! Vivían en mantas, tiendas y chozas. Eran completamente ajenos al esplendor de la civilización urbana. Su vestimenta, sus alimentos y sus armas no eran adecuados; tampoco poseían monturas lujosas. Pero la fama y reputación que ellos tuvieron no pudieron alcanzarlas los musulmanes de las épocas omeya y abasí, ni tampoco los musulmanes de ninguna época posterior. No tenían riquezas, pero sí fuerza de carácter; y esa fuerza consolidó los cimientos de su honor y superioridad. Los hombres de épocas posteriores acumularon riquezas y, al obtener el poder estatal, construyeron ciudades y civilizaciones espléndidas; pero nada de ello pudo ofrecer una alternativa a su debilidad de carácter.

Los musulmanes han olvidado por completo la lección de la historia islámica; pero pueden mirar la historia de cualquier pueblo del mundo. No encontrarán un solo ejemplo de un pueblo que haya alcanzado fuerza y honor únicamente mediante el oportunismo, el amor a la comodidad y el culto a los intereses propios. No encontrarán ningún pueblo honorable y elevado que no siga ningún principio ni disciplina, que no sea capaz de soportar sufrimientos, trabajo, esfuerzo y dureza por una gran causa, y que no alimente la inspiración necesaria para sacrificar las exigencias de sus impulsos y su propio ser por sus principios y objetivos. En todas partes encontrarán alguna forma de esta disciplina, adhesión a los principios y renuncia a la comodidad y los intereses propios por una gran causa. En el islam adopta una forma determinada. Aunque salgan de él y se integren en otra sociedad, tendrán que seguir, bajo otra forma, alguna norma u otra. Tendrán que aceptar los lazos de algún tipo de disciplina. Quedarán necesariamente atados a las cadenas de ciertos principios y se les exigirá algún sacrificio en nombre de un principio o un objetivo. Si no sienten interés por ello, si solo ansían la suavidad y la dulzura y no tienen fuerza para aceptar ninguna dureza ni amargura, pueden salir de las restricciones del islam e ir adonde quieran para comprobarlo: en ninguna parte ocuparán un lugar de honor. De ninguna parte podrán obtener fuerza. El islam expresa esta regla general en solo cuatro palabras, y toda la historia del mundo ha dado testimonio de la verdad de esas cuatro palabras: «Ciertamente, con la dificultad viene la facilidad». Esta facilidad siempre está vinculada a la dificultad. Quien no tiene fuerza para soportar la dificultad nunca puede adornarse con la cualidad de la facilidad.

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La enfermedad y su remedio

[El artículo se publicó por primera vez en diciembre de 1937, en la revista Tarjumān al-Qurʾān. —El editor]

El islam no es meramente una creencia, ni tampoco un conjunto de ciertos actos y ritos «religiosos», sino un amplio plan para la totalidad de la vida humana. En él, la fe religiosa, los actos de adoración y las normas de la vida práctica no están separados, sino que todos juntos forman un conjunto íntegro e indivisible, cuyas partes se relacionan entre sí exactamente como se relacionan los órganos de un cuerpo vivo.

Corte usted los brazos y las piernas de una persona viva. Sepárele los ojos, los oídos y la lengua. Extraiga el estómago y el hígado. Separe los pulmones y la vejiga. Extraiga también algunas partes del cerebro, más o menos, y deje únicamente el corazón dentro de su pecho. ¿Podrá esto mantener con vida el resto del cuerpo? Y aunque lo mantuviera con vida, ¿seguiría siendo apto para alguna función?

La situación del islam es exactamente así. La convicción o la fe es su corazón interior. Y la actitud mental, el ideal de vida, el objetivo vital y los valores que surgen de esa convicción son su cerebro. La adoración y las prácticas devocionales son sus miembros y órganos. Apoyándose en ellos, se mantiene en pie y cumple sus propios deberes. Los principios que el islam ha establecido sobre la economía, las relaciones sociales, la política estatal y la administración general son como su estómago, su hígado y otros órganos vitales. Necesita ojos sanos y claros, y oídos íntegros, para poder proporcionar a su cerebro información correcta sobre los acontecimientos de su época, y para que este pueda tomar decisiones acertadas al respecto. Necesita una lengua bajo su propio dominio, para poder expresar adecuadamente su individualidad. Necesita un ambiente limpio y saludable para respirar. Necesita alimentos sagrados y puros, capaces de producir sangre saludable en armonía con su estómago.

En todo este sistema, aunque el corazón (es decir, la convicción) es importante, lo es precisamente porque proporciona fuerza vital a todos los órganos y miembros. Cuando la mayoría de los órganos y miembros han sido amputados, separados del cuerpo o destruidos, ¿cómo puede el corazón, por sí solo, permanecer vivo junto con los pocos órganos y miembros restantes, paralizados y enfermos? Y aunque permaneciera vivo, ¿qué valor podría tener esa vida?

Ahora, reflexione por un momento sobre la situación del islam que se observa en esta India (Bengala, Pakistán e India). (Debe recordarse que este artículo fue escrito en 1937, teniendo ante sí la época colonial; sin embargo, su contenido es plenamente aplicable también al actual contexto de independencia. —El editor). Aquí, las leyes islámicas están casi por completo inactivas. En la moral, la vida social, la economía y todos los demás ámbitos de la vida, los principios islámicos no son efectivos en más de un cinco por ciento. La educación, el entrenamiento y el entorno no islámicos han convertido las mentes y los corazones de la gente, en unos casos por completo y en otros en mayor o menor medida, en no musulmanes. Sus ojos pueden ver, pero su perspectiva ha cambiado. Sus oídos pueden oír, pero el tímpano ha cambiado. De sus bocas salen palabras, pero se advierte una diferencia en su manera de hablar. Como por todas partes reina una atmósfera venenosa, sus pulmones no pueden respirar aire puro. Puesto que todo el almacén de alimentos está contaminado, el estómago no recibe alimentos puros y sanos. De los actos de adoración, que son los órganos y miembros del cuerpo islámico, el sesenta por ciento está paralizado. Aunque el cuarenta por ciento restante esté sano, no se percibe efecto alguno. Porque no tiene relación con los demás órganos. Por eso, la enfermedad de la parálisis se ha extendido progresivamente entre ellos. En tal situación, ¿puede llamarse islam completo a esto que tenemos delante? Algunos de sus órganos han sido amputados, otros han sido descartados y otros, aunque permanecen, están enfermos e incapacitados para funcionar correctamente. Junto con ellos solo queda un corazón, y también este está padeciendo. Porque, así como daba fuerza vital a aquellos órganos y miembros, también extraía fuerza de ellos. Por tanto, cuando las funciones del cerebro, los pulmones, el estómago, el hígado y demás se han destruido, ¿cómo puede el corazón, por sí solo, permanecer sano y fuerte? Sin embargo, debido a la tremenda fuerza que reside en ese corazón, no solo sigue vivo, sino que de algún modo también mantiene en funcionamiento a los órganos y miembros restantes. Pero ¿tiene dentro de sí fuerza suficiente para establecer su propia influencia en la vida de los habitantes del país? Más bien, Dios no lo permita, quiero plantear precisamente esta pregunta: ante la oleada de calamidades que avanza cada día con mayor ímpetu, ¿podrá, en semejante estado, evitar que los órganos restantes sufran más mutilaciones y salvarse a sí mismo de las garras de la muerte? En realidad, por eso se está extendiendo rápidamente hoy en la sociedad musulmana la enfermedad de la rebelión y el alejamiento del islam, completamente opuesta a aquello de que ellos entran en grupos en la religión de Dios. En toda la India y sus alrededores no se ve en ningún lugar el modo de vida islámico funcionando con toda su maquinaria. Por eso, la gente tampoco puede contemplar su belleza y perfección ni conocer el árbol por medio de sus flores. Solo ven este islam sin miembros y piensan: «Esto, y nada más, es el islam». Al verlo, algunos declaran abiertamente: «No somos musulmanes». Muchos otros, aunque no niegan su condición de musulmanes, hablan de tal manera que no se puede encontrar diferencia alguna entre ellos y quienes no creen en el islam. El corazón de muchos ya se ha apartado, pero, como todavía no ha surgido una rebelión abierta, permanecen entre los musulmanes junto con los hipócritas. Sin embargo, para poder presentarse ellos mismos con una bandera cuando comiencen los disturbios generalizados, van sembrando secretamente las semillas de la rebelión. Aunque no lo digan claramente, la gente murmura: «Preparaos para disolveros en el nuevo nacionalismo y en una civilización aún más nueva. Porque el cadáver que tenéis ante vosotros no solo es incapaz de procuraros ningún bien por sí mismo, sino que tampoco os permite beneficiaros de las ventajas que podríais obtener al disolveros en los demás». Según algunos, la única solución a este problema consiste en hacer pedazos el islam. Dicen que solo deberíamos seguir siendo musulmanes en lo relativo a los actos religiosos. En el resto de la vida, deberíamos adoptar lo que enseñan los no musulmanes y los programas que ellos siguen. No sé si estas personas viven engañadas o pretenden engañar a otros. Pero han olvidado, o intentan hacer olvidar, esta verdad: después de adoptar una ideología no islámica en todos los asuntos de la vida y acostumbrarse a normas no islámicas, las convicciones religiosas y los actos religiosos están destinados a debilitarse por completo. Porque las convicciones y los actos de adoración son precisamente los cimientos sobre los que se ha edificado toda la estructura de la vida. Si esta estructura se levanta sobre fundamentos diferentes, ¿cuánto tiempo conservarán su atractivo inútil e innecesario estas antiguas reliquias? El niño que haya sido criado en un nuevo modo de vida y llegue a la juventud preguntará inevitablemente: «¿Por qué han colgado de mi cuello las cadenas de ciertas creencias absurdas y ciertas costumbres? ¿Por qué debo leer el Corán, cuyas disposiciones y mandamientos se han vuelto hoy inútiles, y por qué debo creer en él? ¿Por qué debo aceptar como Mensajero de Dios a aquel hombre que se fue hace mil trescientos cincuenta años? Si, en mi propia vida, él no puede ofrecerme ninguna guía, ¿qué beneficio hay en reconocer verbalmente su profecía, y qué perjuicio en negarla? En el modo de vida que sigo, ¿qué diferencia supone rezar o no rezar, ayunar o no ayunar? ¿Qué relación existe entre este modo de vida y estos actos? ¿Por qué han de mantenerse unidos de manera tan incongruente en mi vida?». Este es el resultado completamente natural de dividir la religión y el mundo. Cuando esta división se complete tanto en principio como en la práctica, semejantes resultados aparecerán inevitablemente. Así como el corazón se vuelve completamente inútil después de separarse del cuerpo, del mismo modo, una vez que las convicciones y los actos de adoración quedan desvinculados de la vida real, no les queda ninguna importancia. Las convicciones y los actos de adoración proporcionan fuerza vital a la vida islámica, y la vida islámica, a su vez, proporciona fuerza a las convicciones y a los actos de adoración. Como he dicho antes, entre estas dos cosas existe, en realidad, una relación semejante a la de los órganos y miembros de un cuerpo vivo. Si se rompe esta relación, la muerte de ambos es inevitable. Además, unir las convicciones y los actos de adoración islámicos a un modo de vida no islámico sería una extravagancia tan absurda como unir el cerebro o las manos y los pies de un ser humano al cuerpo de un gorila.

Nadie debe pensar que solo un pequeño grupo de personas educadas según la modernidad está siendo afectado por la actual lamentable situación del Islam; de ningún modo es así. Hoy, todos aquellos que son musulmanes sinceros y cuyos corazones albergan amor y reverencia por esta religión, tanto los antiguos como los jóvenes, están siendo afectados, en mayor o menor medida, por esta situación. El colapso del modo de vida islámico es una calamidad general: ningún musulmán está a salvo de sus consecuencias naturales, ni es posible permanecer a salvo de ellas. Todos participamos de ella según nuestras respectivas capacidades. En esto, nuestros ulemas y jeques participan tanto como las personas educadas en escuelas y colegios.

Pero quienes se encuentran en medio de la mayor calamidad son los millones y millones de personas que habitan esta vasta región, de dieciséis millones de millas cuadradas. De ellas solo les queda el nombre del Islam, y también sienten por él un amor extraordinario. Sin embargo, puede decirse que, desde el punto de vista del conocimiento, no tienen en absoluto conciencia de aquello por lo que están sacrificándose de ese modo. Y, en la práctica, tampoco existe actualmente ningún modo de vida capaz de protegerlas de las influencias no islámicas. Aprovechándose de su ignorancia, cualquier fuerza engañosa puede desviar su fe, su credo y su vida práctica del camino recto del Islam. Basta con convencerlas de que la confusión y el extravío que se les presentan son el verdadero camino recto, o al menos de que no son contrarios al Islam. Después se las puede empujar, a voluntad, por cualquier camino: el qadიანismo, el comunismo, el fascismo, etcétera. Pues, en la actual situación caótica y desconcertante, no se está haciendo ningún esfuerzo por resolver, a la luz de los principios islámicos, los problemas surgidos de su pobreza creciente y de su terrible miseria.

Frente al comunismo actual, no existe entre los musulmanes ningún grupo organizado capaz de avanzar con los ideales económicos y civilizatorios del Islam y de ofrecer soluciones a los problemas de suma importancia para la gente común. Como resultado, estas decenas de millones de musulmanes pobres y hambrientos se han convertido en una presa fácil para los propagandistas comunistas. Entre la clase burguesa, quienes son algo más audaces y ávidos de poder buscan constantemente nuevos ardides y estratagemas para conquistar el poder del Estado. Después de la Revolución rusa, los miembros de esta clase descubrieron una nueva táctica: hacerse pasar por amigos de los campesinos y los obreros para someter a las masas pobres a su voluntad; encender en ellas el fuego del egoísmo, la codicia y la venganza; tentarlas con la promesa de darles más riquezas que sus derechos legítimos; y prometerles que arrebatarán incluso las riquezas legítimas de las clases acomodadas para distribuirlas entre ellas. De este modo, tras someter a la mayoría de la población, quieren arrebatar el poder del Estado a los emperadores, directores y magnates del sistema capitalista. Son más optimistas respecto de la población musulmana que respecto de la no musulmana, porque los musulmanes son quienes sufren mayor miseria económica. Para conquistar sus corazones, están abriendo un camino desde el estómago, pues, en todo el cuerpo del hambriento, esta es la parte más vulnerable. Les dicen: «Venid, os mostraremos el camino para borrar la desigualdad entre ricos y pobres y traer el bienestar económico». Al oír esto, el pobre musulmán hambriento corre tras ellos con la esperanza de obtener dos trozos de pan y un puñado de arroz. Entonces le aconsejan adoptar, en lugar de la adoración de Dios, la religión de la adoración del vientre. Es decir, intentan inculcarle la idea de que la religión y la fe no sirven para nada; lo esencial es el alimento del estómago. El medio por el cual pueda procurárselo será su religión, y en él residirán su salvación y su bienestar:

«Los indigentes, los pobres y los esclavos no tienen religión ni civilización. Su mayor religión es un trozo de pan. Su mayor civilización es una muda de ropa vieja. Su mayor fe es liberarse de la pobreza y la humillación. Porque, por ese pan y esa ropa, se ve obligado a robar. En el mundo actual de pobreza y esclavitud no tiene ninguna otra religión».

Esta es la primera lección de la religión comunista (Communism). Mientras se imparte esta lección, también se ofrece al pobre e ignorante musulmán un falso consuelo, diciéndole: «Nosotros no interferimos en vuestra religión. Estad tranquilos»:

¿Qué motivo hay para temer por la religión y la fe religiosa a causa de estas cuestiones? ¿Qué relación tienen estas cosas con ella? La religión permanece siempre viva y resplandeciente gracias a su propia fuerza moral y espiritual. [Estas dos partes han sido tomadas de un artículo de un escritor musulmán. El artículo se publicó en una revista musulmana de amplia difusión.]

Todo aquel que esté informado sabe qué influencia ha ejercido el comunismo sobre la juventud musulmana de Rusia en veinte años. Un futuro igualmente calamitoso se aproxima también a los musulmanes del subcontinente, con una amenaza aterradora. El fuego del estómago ha extendido sus llamas para reducir a cenizas el tesoro de su fe. Por ahora la brecha es pequeña y puede cerrarse con una sola puntada. Pero si, en medio de la negligencia, transcurren así algunos años más, llegará con tal ímpetu de inundación que incluso una enorme barrera será arrastrada como paja.

En esta situación, limitarse a predicar el Islam al modo de los misioneros cristianos carece por completo de sentido. Aunque se publicaran no uno, sino millones de folletos para purificar el credo y la fe, esta situación no cambiaría. ¿De qué sirve ensalzar la grandeza del Islam meramente de palabra o por escrito? Hoy es necesario mostrar, estableciendo su belleza en el mundo real, lo que es el Islam. No bastará con decir simplemente que la solución de nuestros problemas vitales está contenida en los ideales islámicos; nuestros problemas no se resolverán por sí solos. Es necesario hacer efectiva toda la fuerza y toda la belleza que existen en el Islam. Este mundo es un mundo de conflictos y luchas. Su curso no puede cambiarse con meras palabras. Para cambiarlo hace falta una yihad revolucionaria. Si los comunistas, con sus ideales erróneos, han podido establecer en medio siglo su influencia y poder sobre una gran parte del mundo; si los fascistas han podido alcanzar fama y renombre en el mundo mediante un método incoherente; si la doctrina de no violencia de Gandhi, pese a ser algo anormal, ha podido manifestarse mediante el mero esfuerzo y la perseverancia, entonces no hay ninguna razón por la que los musulmanes, portadores del eterno ideal de la honestidad y la justicia, no puedan volver a establecerse en el mundo. Pero esta implantación no se logrará únicamente mediante sermones, exhortaciones y buenos consejos. Para ello son indispensables esfuerzos prácticos y es necesario actuar por el camino elegido por Dios.

La «lucha revolucionaria» es una expresión ambigua. En la práctica tiene muchos métodos, y puede haber muchos más. Sin embargo, cualquiera que sea el tipo de revolución que se desee producir, habrá que adoptar un método plenamente acorde con la naturaleza de la revolución. Para la revolución que queremos producir no es necesario buscar ningún método nuevo, porque esta revolución ya se produjo antes en el mundo. El gran hombre que la produjo por primera vez conocía perfectamente su naturaleza. Siguiendo el camino que él siguió, todavía es posible producir esta revolución. La vida y el carácter de aquel gran hombre son algo asombroso. Pero, por otro lado, constituyen también un modelo perfecto. ¿Quién puede presentar hoy un ejemplo tan extraordinario de carácter elevado, piedad, discernimiento, justicia, personalidad fuerte y cualidades propias de un gran hombre? ¿Quién sería capaz de producir una revolución de un nivel tan elevado? Desde este punto de vista, su vida y su carácter son realmente algo asombroso, y no cabe duda de que este asombro fascinará a la humanidad hasta el Día de la Resurrección. Sin embargo, el modelo que dejó aquel gran hombre sigue siendo tan revolucionario en su espíritu y naturaleza como lo era hace mil trescientos cincuenta años. Cuanto más se siga ese modelo y cuanto más se lo imite, más revolucionarios serán los resultados que se manifiesten. Además, cuanto mayores sean esos resultados, más se aproximarán a la revolución realizada mediante la fuerza del modelo original. Desde este punto de vista, no cabe duda de que es un modelo perfecto. Este modelo puede ser imitado por la humanidad hasta el Día de la Resurrección. Siguiendo este gran modelo, puede producirse una revolución de este tipo, en cualquier época y en cualquier país: en el siglo XX o en el XXIV, en este subcontinente, en América o en Rusia.

Aquí no hay ocasión de describir detalladamente el método mediante el cual el Noble Mensajero (s.a.s.) produjo una revolución en el mundo hace mil trescientos cincuenta años. Mi único propósito aquí es dar una breve indicación: el proyecto de la institución Darul Islam [Esta institución fue fundada en 1938. Posteriormente, cuando se constituyó la «Jamaat-e-Islami» en agosto de 1941, la institución fue integrada en ella.] surgió de un estudio profundo de aquel gran modelo.

Cuando apareció el Gran Profeta (s.a.s.), no había una sola persona musulmana en el mundo. En esas circunstancias, presentó su llamamiento ante el mundo. Poco a poco, algunas personas comenzaron a aceptar el islam, una o dos de forma aislada. Estas personas poseían una fe más firme que las montañas. Se entregaron al islam de tal manera que no existe semejante en el mundo. Pero, al estar aisladas y rodeadas de incrédulos, eran naturalmente indefensas y débiles. Por ello, al luchar continuamente contra su entorno, sus fuerzas no hacían más que agotarse; sin embargo, no podían cambiar la situación que ellas y su gran líder se esforzaban con toda su alma por transformar. Así, el Noble Mensajero (s.a.s.) continuó sus esfuerzos ininterrumpidos durante trece años. Durante ese tiempo, solo logró organizar un pequeño grupo de creyentes plenamente consagrados. Después, Allah Altísimo le ordenó adoptar un método diferente. Este consistía en abandonar el entorno de incredulidad junto con aquellos creyentes consagrados, reunirlos en un solo lugar y crear un entorno islámico; construir una sede capaz de poner en práctica todo el programa de la forma de vida islámica; establecer un centro para generar entre los musulmanes fuerza social y colectiva; concentrar toda la energía eléctrica en un solo lugar y distribuirla de manera bien regulada; y construir una central eléctrica (Power House) que iluminara con ella cada rincón del mundo. Con este propósito emigró a «Madinat at-Tayyiba». Se ordenó a todos los musulmanes que se encontraban dispersos entre las distintas tribus de Arabia que se reunieran en aquel centro. Allí se mostró, mediante la práctica, cómo hacer efectivo el islam. En aquel ambiente puro y sagrado, se dio a todo el grupo una formación tan profunda en la forma de vida islámica que cada uno de sus miembros se convirtió en un islam viviente. Al ver a cualquier persona, podía comprenderse qué es el islam y por qué había venido. Fueron teñidos tan profundamente con el color de Allah:

(Árabe)

que no aceptaran el color de otros, sino que tiñeran a los demás con su propio color. Se fortaleció tanto su carácter que nunca fueran influenciados por otros; más bien, cualquiera que entrara en contacto con ellos quedara influenciado. El objetivo de la forma de vida islámica fue introducido en sus venas y arterias de tal manera que recibiera prioridad en cada acto de la vida, mientras que todos los demás objetivos mundanos tuvieran una importancia secundaria. Mediante la educación y la formación se los capacitó de tal modo que hicieran efectiva, a cualquier precio, la forma de vida establecida por el Corán y la Sunna, y que, destruyendo toda situación distorsionada, la reconstruyeran a su luz.

Cada parte de esta asombrosa organización merece un estudio y una consideración profundos. Toda la actividad de esta organización se dividió en cuatro grandes áreas:

1. Formar un grupo de personas que adquiriera competencia en la religión del islam, con el propósito de explicar adecuadamente a la gente las normas y disposiciones del islam:

(Árabe)

2. Hay que preparar a algunas personas para que dediquen su vida a poner en práctica el código de conducta islámico y a difundirlo y extenderlo. Es deber de la organización liberarlas de la responsabilidad de ganarse el sustento. Pero ellas mismas no se preocuparán por eso. Haya o no algún medio de financiación, impulsadas por su ferviente entusiasmo y sin prestar atención a toda clase de sufrimientos y dificultades, continuarán dedicándose a hacer realidad el objetivo supremo de su vida:

(Árabe)

3. Se inculcará en cada miembro del grupo una mentalidad tal que considere la difusión de la palabra de Allah como el objetivo de su vida. Aunque continúen ocupándose de los asuntos mundanos, tendrán este objetivo presente en cada actividad. El comerciante no lo olvidará en sus negocios, el agricultor en sus labores agrícolas, el industrial en su actividad industrial ni el empleado en su trabajo. Recordarán siempre que estas actividades son para poder vivir, y que vivir es para esta labor. Cualquiera que sea el ámbito de su vida en el que trabajen, observarán los principios y el ideal del islam en sus palabras y actos, en su carácter y conducta. Si en algún lugar surge un conflicto entre los intereses mundanos y el ideal islámico, pisotearán sus intereses, pero no se apartarán de los principios ni deshonrarán al islam. Además, dedicarán al servicio del islam todo el tiempo y los bienes que puedan ahorrar de sus necesidades personales, y ayudarán y apoyarán a quienes están consagrando su vida a esta labor: (árabe)

4. Se permitirá que personas de fuera vengan a Dar al-Islam, para que puedan comprender mejor el Corán mediante una forma de vida práctica conforme a la Palabra de Allah y en un entorno islámico, y puedan regresar bajo una influencia relativamente más profunda:

(Árabe)

Así, en el breve período de apenas ocho años, la central eléctrica de Medina —el mayor faro y pionero del mundo— generó una fuerza tremenda; antes de que nadie se diera cuenta, esa fuerza había iluminado toda Arabia. Después, sus rayos luminosos salieron de Arabia y se extendieron por todos los rincones del mundo. Incluso hoy, tras el transcurso de más de mil trescientos cincuenta años, esa central eléctrica continúa rebosante de energía y recursos.

Después del Califato Rectamente Guiado, cuando surgieron diversas formas de desorden en el sistema de vida islámico, nuestra comunidad sufí también estableció janqahs en distintos lugares, imitando este proceso. Hoy la palabra janqah ha sufrido tal deformación semántica que, apenas la oyen, las personas imaginan un lugar extraño, privado de luz y aire. Pero, en realidad, estas janqahs no eran más que una imitación del modelo establecido en Medina por el Profeta del mundo, que la paz sea con él. Cuando encontraban personas con cierto talento, la venerable comunidad sufí las apartaba del mundo exterior y las alojaba durante algún tiempo en la janqah, donde les impartía una formación de alto nivel, siguiendo el ejemplo del Noble Profeta, que la paz sea con él, y de sus Compañeros.

Quienes hoy desean llevar a cabo una revolución de carácter islámico también deberían adoptar un proceso semejante. Si fuera del subcontinente no se encuentra en ningún lugar un entorno independiente adecuado para establecer un «Dar al-Islam» como el de Medina, al menos debería establecerse en este país un centro de formación semejante, donde se cree un entorno puramente islámico; donde se reflejen el carácter y la sociabilidad islámicos, se forme una manera de pensar práctica como la de los musulmanes y se manifiesten por todas partes el espíritu y la forma islámicos; donde únicamente el permiso o la orden de Allah y del Mensajero baste para declarar algo infalible, y la prohibición o desaprobación de Allah y del Mensajero sea reconocida como el único criterio para considerar algo erróneo; donde no exista esta atmósfera de desobediencia total y rebelión, ni este entorno contrario al islam; donde exista al menos la capacidad de aceptar las influencias externas favorables al espíritu islámico y proteger nuestro modo de vida, nuestra mente y nuestro corazón de las influencias adversas; donde podamos crear un entorno adecuado para aprender a pensar como musulmanes, desarrollar una perspicacia musulmana y hacer florecer las virtudes casi extinguidas en la atmósfera venenosa de Dar al-Kufr. Sobre todo, un entorno donde podamos purificar nuestra vida de la suciedad y la turbiedad infiltradas en nuestras ideas y acciones por haber nacido y crecido en un entorno no islámico, suciedad que a veces ni siquiera percibimos y que, cuando la percibimos, se alza con tal fuerza que, pese a todos nuestros esfuerzos, no podemos protegernos de ella. En un centro de formación de este tipo se reuniría únicamente a personas sinceramente dispuestas a servir al islam, y allí se les impartirían la educación y la formación adecuadas para prepararlas para este servicio. Allí habría que adoptar el plan seguido por el Noble Profeta, que la paz sea con él. Del mismo modo, habría que dividir toda la labor en distintas secciones y, en cada una de ellas, reconstruir la humanidad conforme al molde del islam.

1. En una de sus secciones deberán incluirse personas de gran capacidad y cualificación. A quienes de entre ellas dominen las ciencias y los conocimientos islámicos habrá que familiarizarlos con las lenguas occidentales y con las ciencias y conocimientos modernos. Y a quienes hayan recibido formación en las ciencias y conocimientos modernos habrá que enseñarles la lengua árabe y las ciencias y conocimientos islámicos. Al mismo tiempo, deberán estudiar profundamente el Corán y la Sunna, hasta adquirir erudición y discernimiento en la religión del islam. Después habrá que dividirlos en diferentes grupos. Cada grupo tomará una rama del conocimiento, incorporará en ella los principios y la ideología islámicos mediante métodos modernos, y, comprendiendo los problemas modernos de la vida, buscará sus soluciones a la luz de los principios islámicos. Además, expulsarán la perspectiva occidental que se ha infiltrado en los fundamentos de las ciencias y los conocimientos, reorganizarán estos desde una perspectiva islámica y, mediante sus propias investigaciones y estudios, crearán una literatura honesta capaz de producir una revolución intelectual en favor del islam.

2. En la segunda sección habrá que esforzarse por formar trabajadores capaces para el servicio del islam. Solo deberán admitirse personas de buen carácter, firme personalidad, decididas y dispuestas a sacrificarlo todo por su objetivo. Se organizarán como un poderoso partido revolucionario. Su modo de vida será sencillo y austero. Entre ellos habrá resistencia a las dificultades y una disciplina completa. Su vida práctica será como la de musulmanes auténticos. Este grupo avanzará con un programa destinado a construir, sobre la base de los principios islámicos, un nuevo orden social y una nueva civilización; presentará dicho programa al pueblo, acumulará la mayor fuerza política posible y, finalmente, se apoderará del aparato del Estado para transformar el sistema de gobierno basado en la opresión vigente en un sistema de gobierno basado en la justicia.

3. En la tercera sección habrá que admitir a personas que, tras permanecer algún tiempo en el centro de formación, regresarán a sus lugares. Se las dejará marchar después de proporcionarles una formación correcta y una preparación moral. Allí donde vivan, vivirán como musulmanes. En lugar de dejarse influir por otros, ejercerán su propia influencia sobre ellos. Se mantendrán firmes en sus principios y sólidos en sus propias opiniones y creencias. Nunca llevarán una vida sin propósito. Un objetivo claro estará siempre ante ellos. Se ganarán la vida por medios halal y estarán dispuestos a ayudar por todos los medios posibles a quienes trabajen en la segunda sección. Les proporcionarán ayuda económica y también participarán en su labor práctica. Además, procurarán hacer que su propio entorno sea favorable al partido revolucionario.

4. La cuarta sección estará destinada a musulmanes y no musulmanes que deseen acudir temporalmente al centro de formación para obtener algún beneficio educativo o observar su modo de vida. Habrá que brindarles las máximas facilidades, para que puedan regresar llevando consigo una profunda impresión del islam y de sus enseñanzas.

Este es un plan general. No es más que el esbozo del sistema que consideramos indispensable para crear una revolución islámica. El éxito de este sistema depende por completo de su esencia y sus cualidades. Para alcanzar el éxito esperado, habrá que establecer una semejanza cada vez mayor entre este sistema y el orden social ideal establecido por el Noble Profeta, que la paz sea con él, en Medina.

Establecer una semejanza con la Noble Medina no significa que seamos partidarios de imitar su apariencia externa ni que deseemos retroceder desde el nivel actual de civilización y volver al nivel civilizatorio de Arabia de hace mil trescientos cincuenta años. Es completamente errónea esta idea acerca de la obediencia al Noble Mensajero, que la paz sea con él, y a sus nobles compañeros. Por desgracia, la mayoría de nuestros religiosos sostiene precisamente esta concepción equivocada. Según ellos, seguir a los antiguos santos y sabios consiste en vestir y comer como ellos. Del mismo modo, consideran deber de sus seguidores conservar hasta el Día de la Resurrección, exactamente en su forma anticuada y fosilizada, sus costumbres familiares, su civilización y su cultura cívica; cerrar los ojos ante los cambios que ocurren fuera de su entorno y levantar un muro alrededor de su propia mente, pensamiento y modo de vida, sin permitir que penetren en él el curso del tiempo ni los cambios de las épocas. En realidad, esta concepción, que durante varios siglos de decadencia ha dominado la mente de los musulmanes religiosos, es completamente contraria al espíritu islámico. Pues permanecer en vida como una reliquia del pasado y convertir la propia vida en una representación histórica de la antigua civilización no es en absoluto la enseñanza del islam. Este nunca enseña el ascetismo ni el reaccionarismo. El propósito del islam no es crear en el mundo una nación que solo intente resistirse al cambio y al desarrollo progresivo; por el contrario, quiere crear una nación que procure apartar el cambio y el desarrollo progresivo de los caminos erróneos y conducirlos por la senda correcta. El islam nos proporciona la esencia, no la envoltura. Quiere que, cualesquiera que sean las diversas envolturas que la vida llegue a crear hasta el Día de la Resurrección como consecuencia de los cambios de lugar y de tiempo, sigamos infundiendo en ellas esa misma esencia. Como musulmanes, ese es nuestro propósito en el mundo. El objetivo de hacernos la mejor comunidad no es que permanezcamos como retaguardia de quienes avanzan por el camino del desarrollo progresivo; más bien, nuestra tarea es proporcionar guía y liderazgo. Hemos sido creados para ser pioneros, y el secreto de que seamos la mejor comunidad está contenido en la expresión correspondiente.

El verdadero ejemplo del Noble Mensajero, la paz sea con él, y de sus honorables compañeros, que debemos seguir, consiste en que ellos utilizaron las leyes de la naturaleza a la luz de las leyes morales y cumplieron plenamente el derecho del califato divino en el mundo. Dentro de la envoltura de la civilización existente en su época, insuflaron la esencia vital de la civilización islámica. Convirtieron en servidores de esta civilización las fuerzas naturales que entonces estaban bajo el dominio del ser humano. En el uso de todos los medios y recursos que la civilización de su época había reunido para su progreso y poderío, fueron incluso más avanzados que los incrédulos y los politeístas, a fin de que, frente a los rebeldes contra Dios, la civilización de los obedientes a Dios pudiera alcanzar la victoria. Dios Altísimo enseñó precisamente esto en Su Libro (árabe): se les enseñó que, en cuanto a utilizar las fuerzas creadas por Dios, los musulmanes tienen más derecho que los incrédulos; más aún, los musulmanes son sus verdaderos titulares. Por tanto, la verdadera obediencia al Noble Profeta, la paz sea con él, y a sus compañeros consiste en esforzarse por convertir en servidores de la civilización islámica, como en la primera época, todos los medios y recursos que hoy se han reunido gracias al desarrollo de la civilización y al descubrimiento de las fuerzas naturales. No hay suciedad ni impureza en estos medios; lo impuro está en la civilización de la incredulidad que los utiliza. La radio no es algo impuro; impura es, más bien, la civilización que ha convertido al director de radio en un organizador de bailes y canciones, o la ha transformado en un instrumento de propagación de la mentira y la falsedad. El avión no es un objeto impuro; impura es, más bien, la civilización que, en vez de someterlo a la ley divina, ha utilizado su servicio conforme a maquinaciones satánicas, como si lo hubiera recibido de los ángeles del aire. Del mismo modo, el cine o las películas tampoco son algo impuro; lo impuro es, en realidad, la civilización que emplea esta fuerza creada por Dios para difundir la obscenidad y el desvergonzamiento. [Esto se aplica igualmente a la televisión de nuestros días —editor.] La razón por la que hoy se desarrolla y expande la civilización impura es que estas fuerzas se están utilizando para su expansión. Para cumplir correctamente el deber que se nos ha impuesto de promover hoy la civilización divina, debemos utilizar esas mismas fuerzas. En realidad, estas fuerzas son como una espada: quien la utilice, ya sea con un propósito impuro o con un propósito puro, alcanzará el éxito. Si quien alberga un propósito puro se limita a permanecer sentado, confiando únicamente en la pureza de su intención, y no utiliza la espada, cometerá una falta grave y tendrá que sufrir el castigo de esa falta. Porque, en este mundo regido por la causalidad, la ley establecida por Dios no puede cambiarse por consideración a nadie.

De esta explicación se desprende claramente que el movimiento que me dispongo a presentar no es un movimiento reaccionario, ni tampoco un movimiento progresista cuyo único objetivo sea alcanzar el desarrollo material. Para el centro de formación que tengo ante mí, Gurukul Kangri, el Ashram Satyagraha, Shantiniketan o Dayal Bagh [son instituciones de tipo ashram pertenecientes a los hindúes —editor.] no constituyen ningún modelo. Del mismo modo, para el concepto de partido revolucionario que sostengo, tampoco son modelos el Partido Fascista de Italia ni el Partido Nacionalsocialista de Alemania. Su único modelo se encuentra en la Medina del Mensajero y en el Hizbulá (el partido de Dios) constituido por el Profeta, la paz sea con él.

—Fin—