Introducción
En este libro he intentado explicar detalladamente el método de los profetas y mensajeros para transmitir el mensaje. En la actualidad, así como las personas poseen un conocimiento incompleto e imperfecto sobre la religión, también tienen ideas sumamente limitadas y erróneas acerca de la predicación de la religión. En este libro he presentado la religión del Islam como un sistema de vida —pues en realidad lo es—. De acuerdo con ello, también he analizado detalladamente las medidas que deben adoptarse para establecer este sistema de vida y las exigencias de esfuerzo y dedicación que deben cumplirse. He fundamentado cada capítulo de este libro en pruebas y evidencias sólidas del Noble Corán. Después, donde lo he considerado necesario, también he explicado el tema con la ayuda de hadices auténticos. Espero que quien lea este libro con profunda atención también reciba de él ayuda para comprender el Corán.
Algunos amigos me reprochan que suelo presentar el contenido de manera muy concisa. No presto atención a si cada lector podrá comprender bien el mensaje. A través de este libro he intentado eliminar el reproche formulado contra mí. Que Allah Altísimo me conceda el éxito en este asunto y permita que la gente obtenga de él un mayor beneficio.
Humildemente,
Amín Ahsán
1
Errores en el método habitual de la predicación
Durante un período considerable, cada vez que se oye la palabra tabligh (propagación), la mente, el intelecto y la conciencia de la gente se dirigen espontáneamente hacia los medios y métodos que se han vuelto habituales y aceptados entre los musulmanes para propagar y establecer el islam. Cuando la práctica prolongada de una actividad hace que un método de trabajo se vuelva ampliamente conocido, su huella queda tan profundamente grabada en el corazón que la gente ya no puede pensar en nada separado de él. Se llega a considerar ese método como el único método natural para realizar dicha tarea. Cualquiera que se disponga a llevarla a cabo adopta también ese mismo método. Incluso sucede a veces que alguien sale de su casa decidido a evitarlo, pero, mientras avanza por el camino, vuelve precisamente hacia aquello que había decidido evitar. Por eso es necesario describir primero, aunque sea brevemente, los errores del método actual del tabligh.
Según nosotros, el método habitual del tabligh contiene errores tanto teóricos como prácticos. Dicho de otro modo, este método es erróneo también desde el punto de vista filosófico. Por ello, la mayoría de las iniciativas emprendidas hasta ahora en nombre de la propagación del islam no solo han demostrado ser, en gran medida, inútiles respecto de su objetivo, sino que además han causado un daño considerable a la da‘wah islámica. Primero señalaré los defectos teóricos de este método.
Errores intelectuales del método habitual del tabligh
Primer error: el mayor error cometido hasta hoy al presentar el islam ha sido que quienes presentan la da‘wah no han comprendido correctamente ni su propia función ni la del islam. Por esa razón, no han podido presentar el islam tal como el Corán lo presentó ante la humanidad. El Noble Corán presenta el islam como la religión elegida por Allah desde el comienzo de la creación. Cada vez que Allah Todopoderoso envió un profeta a un pueblo, lo envió con esta religión. Los diferentes pueblos fueron introduciendo continuamente defectos y errores en esta religión elegida por Allah, y Allah Todopoderoso fue corrigiendo esos defectos por medio de Sus profetas. Finalmente, al enviar a Su último Mensajero, hizo descender la religión de todos Sus profetas y mensajeros en una forma completamente correcta y plena, y la preservó para siempre de toda posibilidad de mezcla, alteración o distorsión. Esta religión se conserva en la forma del Noble Corán.
No es la religión de una nación particular, sino la religión de toda la humanidad y la religión traída por todos los profetas de Allah. Quien la acepte será conocido como musulmán, y quien no la acepte será considerado no musulmán. Esta religión no establece ninguna diferencia entre los profetas de Allah, no rechaza ninguno de los Libros que Él envió y tampoco reclama una superioridad exclusiva sobre nadie. Su única afirmación es que constituye un resumen fiable de las enseñanzas de todos los profetas y la culminación de esas enseñanzas.
Sin embargo, nuestros propagadores y escritores han presentado esta religión exactamente al contrario: como la religión de la nación musulmana y como enemiga de todas las religiones del mundo. Para demostrar su verdad, se han burlado de las enseñanzas de los demás Libros celestiales. A veces, llevados por la emoción y el entusiasmo, han exagerado hasta tal punto que, siendo musulmanes y pretendiendo creer en todos los profetas, también se han mofado de aquellas enseñanzas de estos Libros hacia las cuales tenían la mayor responsabilidad de mostrar fe. Se ha intentado demostrar la inferioridad del Profeta —que Allah le conceda bendiciones y paz— mediante comparaciones con los demás profetas.
Sin embargo, el Noble Corán ha establecido como principio que Allah Todopoderoso concedió a cada uno de Sus profetas una distinción particular en ciertos aspectos. También ha explicado específicamente el punto de vista desde el cual se otorgó una posición especial al Mensajero de Allah —que Allah le conceda bendiciones y paz—. El propio Profeta —que Allah le conceda bendiciones y paz— prohibió severamente reclamar una superioridad especial sobre los demás profetas. Pero los musulmanes han presentado el islam y al Profeta —que Allah le conceda bendiciones y paz— impulsados por la emoción de un fanatismo religioso ciego.
No solo los oradores y propagadores profesionales comunes han caído en este error; también han participado en él nuestros destacados escritores, autores y compiladores, cuyos libros eran el único medio por el cual musulmanes y no musulmanes podían comprender el islam. Abra y examine los libros de los autores más reconocidos escritos sobre el islam. En ellos encontrará palabras tan venenosas acerca de los demás profetas y sus enseñanzas que, al leerlas, resultará evidente que los musulmanes han contraído la misma enfermedad que padecieron los judíos y los cristianos: la enfermedad de crear divisiones entre Allah y Sus mensajeros.
Sin embargo, los musulmanes han tomado en sus manos esos libros con respeto y honor, y escuchan con entusiasmo ese tipo de sermones y discursos, porque mediante ellos se manifiestan el brillo de su orgullo y su vanidad. En cambio, quienes escribieron y hablaron sin esa mezcla de dulzura y amargura no pudieron alcanzar popularidad entre el público en general ni obtener importancia en los círculos especializados.
No se puede negar que los críticos del islam también han contribuido considerablemente a la creación de esta literatura propagandística venenosa. Pero, en nuestra opinión, los escritores musulmanes fueron quienes cometieron el error. Como consecuencia de adoptar este método equivocado de respuesta, se ha creado confusión en la mente de los no musulmanes. No han contemplado el islam desde la perspectiva de que vino para recordarles la verdad que habían olvidado y para hacer que los herederos de sus propios profetas y mensajeros regresaran hacia ellos. Más bien lo han mirado con el odio con que se mira a un enemigo y a un usurpador que pretende arrebatarles su religión y vencerlos.
Segundo error: el segundo error intelectual cometido al presentar el islam consiste en que no se lo ha presentado como un sistema de vida que concentra en una unidad los problemas personales, colectivos, prácticos y doctrinales de la vida humana, y les ofrece una solución conforme a la razón y a la naturaleza humana. En cambio, nuestros misioneros y polemistas han empleado todas sus fuerzas en ciertos asuntos surgidos de los conflictos religiosos con cristianos e hindúes: por ejemplo, la cuestión de la eternidad o la novedad del espíritu y la materia, la doctrina de la reencarnación, la divinidad del Mesías —que la paz sea con él—, la disputa sobre la Trinidad y asuntos semejantes.
Un grupo de polemistas profesionales de cada religión siente una gran atracción por cuestiones de este tipo. Su verdadero objetivo no es resolver estos problemas, sino hacerlos aún más sensibles. Intentar dejar sin respuesta a personas así significa desperdiciar el propio tiempo y agotar las propias fuerzas y capacidades. Sin embargo, nuestros propagadores han consumido sus vidas en este tipo de campos de disputa. Ni siquiera han considerado necesario reflexionar que estos son únicamente temas atractivos para personas aficionadas a la polémica, que no desean resolverlos, sino complicarlos aún más.
El resto del mundo se enfrenta hoy a problemas de otra naturaleza. El mundo está agitado buscando soluciones a esos problemas, y su salvación depende de que sean resueltos. La religión que se adelante y presente una solución aceptable a estos problemas será la religión del mundo del mañana. En un mundo agotado por experimentar con métodos inventados por él mismo y que no encuentra solución para sus problemas culturales y colectivos de la vida, si el islam se hubiera presentado no como unas cuantas creencias, convicciones y normas, sino como un sistema de vida completo, la imagen del mundo sería hoy diferente.
Pero quienes entre nosotros se movilizaron con el propósito de propagar el islam, o quienes escribieron libros sobre él, probablemente tenían ante sí la concepción cristiana de la religión: un conjunto de afirmaciones sin relación positiva con los problemas reales de la vida. El resultado es que, del mismo modo que la comunidad intelectual del mundo no sintió ninguna atracción por la vacua palabrería del cristianismo, la sociedad educada tampoco prestó atención a la solución islámica de estos problemas. Así, toda esta actividad de propagación del islam quedó limitada a un número insignificante de seguidores de una religión reducida a meros ritos. No se obtuvo ningún resultado especial aparte del desperdicio de tiempo y recursos.
Tercer error: otro error intelectual en este asunto es que, hasta hoy, los libros escritos entre nosotros sobre el islam han sido de naturaleza teórica, polémica, apologética o presentados al estilo de la teología especulativa. Puede afirmarse sin reservas que ninguno de estos enfoques ha sido útil para la da‘wah de la religión.
La discusión teórica solo puede beneficiar a quienes desean adquirir un conocimiento amplio de algún aspecto particular del islam. Pero no se escribe con el propósito de la da‘wah y el tabligh, ni quienes la producen poseen la capacidad necesaria para cumplir ese objetivo. La discusión polémica, en primer lugar, está vinculada con ciertos temas específicos y no guarda relación con la perspectiva islámica. En segundo lugar, contiene plenamente aquellos defectos que hacen que el corazón y la mente se alejen aún más del islam, en vez de acercarse a él.
Con la expresión «exposición apologética» nos referimos a los libros sobre temas religiosos escritos por personas influenciadas por Occidente y elogiados por los europeos. Intentan introducir en el islam corrientes de pensamiento occidentales, aunque estas no tengan con él la más remota relación. Del mismo modo, han reunido argumentos para demostrar que todo aquello del islam que Occidente considera censurable es ajeno al islam, aunque forme parte de sus pilares o principios fundamentales.
Lo que han escrito estas personas de corazón débil y mentalidad derrotada no representa correctamente al islam, ni contiene una fe firme capaz de atraer el corazón hacia él y formular un llamamiento sólido a la conciencia.
Lo escrito desde un punto de vista filosófico es aún más desalentador. El método argumentativo de los teólogos especulativos contradice la razón, la conciencia y la naturaleza humana. Puede servir para aumentar los nudos de un problema, pero no para desatarlos. Este tipo de razonamiento quizá sea adecuado para las disputas sofísticas, pero carece tanto de atractivo como de belleza. No armoniza con una conciencia sana ni con la naturaleza humana. Convertirlo en un medio para presentar el islam significa hacer que la gente huya de él y crear en su mente una mala opinión sobre el islam.
El único método para presentar el islam ante el mundo era el que adoptaron el Libro de Allah y el Mensajero —que Allah le conceda bendiciones y paz—. Sin embargo, nuestros teólogos especulativos quedaron tan influenciados por la filosofía griega que no solo ignoraron el método argumentativo del Corán, sino que fueron un paso más allá, lo criticaron y lo desacreditaron. Nuestros teólogos de la antigua escuela cometieron también este error, y nuestros teólogos modernos han caído igualmente víctimas de él.
El resultado fue que, ante los no musulmanes y ante aquellos musulmanes educados que querían conservar su identidad musulmana o, al menos, ser considerados musulmanes, comenzó a afirmarse que el islam es algo que basta con aceptar interiormente, pero que no puede comprenderse mediante el uso de la razón y la conciencia. Los que eran audaces y desvergonzados comenzaron a burlarse abiertamente del islam. Y, salvo por el nombre, se liberaron por completo de los vínculos del islam en todos los demás aspectos.
2
Deficiencias prácticas en el método habitual del tabligh
En la metodología habitual de la tabligh tampoco faltan los errores desde el punto de vista práctico. Señalaremos algunos de ellos.
Primer error: el primer error práctico consiste en la política de doble rasero de los musulmanes. Por un lado, afirman ser una comunidad fundamental, edificada sobre los principios esenciales del islam y de la fe. Pero, por otro lado, han acumulado entre ellos características propias de una nación formada sobre la base del linaje, la tribu, el regionalismo y la lengua. Por un lado, dicen que musulmán es quien cree en Alá, en Su Mensajero, en Su Libro y en la otra vida, y que sigue, en todos los aspectos de sus actividades, de su vida social y demás, el camino indicado por Alá y Sus mensajeros. Pero, por otro lado, hay entre ellos innumerables personas de las que solo queda el nombre de musulmán y que nacieron en una familia musulmana. Aparte de eso, no tienen ninguna correspondencia con el islam en ningún sentido.
Por un lado, afirman que su guía en cada aspecto y ámbito de la vida es Muhammad, el Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él). Pero, por otro lado, han puesto las riendas de su liderazgo y autoridad en manos de personas que, tanto en conocimiento como en conducta, están completamente alejadas de la guía de Alá y de Su Mensajero. Por un lado, presentan un código completo de moral y conducta, y sostienen que nadie puede seguir siendo musulmán si se aparta de él. Pero, por otro lado, ellos mismos ofrecen ejemplos de todas las formas y variedades de mal carácter y malas acciones que se encuentran entre otras naciones, sin que ello perjudique en modo alguno su condición de musulmanes. Por un lado, demuestran que todos sus vínculos están ligados a una religión verdadera y afirman que no está permitido apartarse de ella ni huir de ella. Pero, por otro lado, hacen pasar toda la historia, desde el Mensajero de Alá, que Alá lo bendiga y le conceda paz, hasta Mustafa Kemal (Turquía), como historia del islam. Sin embargo, una parte enorme de esa historia no guarda la menor correspondencia con el verdadero sistema de vida del islam.
Por un lado, afirman que el islam es un sistema de vida completo y que, si hoy existe alguna norma capaz de garantizar la salvación del mundo, esta se encuentra precisamente en aceptar dicho sistema. Pero, por otro lado, viajan por Europa y América para intentar descubrir si el sistema inglés es más islámico o si lo es el sistema estadounidense.
Los musulmanes pueden comprender o no esta política de doble rasero, pero no hay razón para que los miembros de otras naciones tengan dificultad en percibirla. Quedan desconcertados al ver la contradicción entre las palabras y los actos de los musulmanes. Después, aunque alguno de ellos sintiera atracción por el islam, se detiene al observar esta contradicción y piensa que los musulmanes son también una nación como las demás. Por tanto, ¿qué sentido tendría abandonar una nación de este tipo para entrar a formar parte de otra?
A pesar de esta duplicidad nuestra, si algún no musulmán ha aceptado el islam, debemos creer que no lo aceptó por haber recibido nuestra invitación. Más bien, Alá le mostró claramente el error de los musulmanes al mismo tiempo que le puso de manifiesto el error de su propia religión. Él ve el islam como algo distinto de los musulmanes.
Segundo error: el segundo error práctico consiste en que los musulmanes, imitando a los misioneros cristianos, concentran siempre su atención, para la tabligh, en las clases bajas de la sociedad. Sin embargo, este método es completamente erróneo. Al invitar a la religión, primero deberían dirigirse a la clase bajo cuyo pensamiento y visión se administra la sociedad. Son precisamente las personas de esta clase quienes construyen una nación o provocan su caída. Si se las conduce por el camino recto, todo el sistema avanzará por sí mismo en la dirección correcta. Si permanecen en el camino equivocado, las clases bajas, en primer lugar, no poseen la capacidad necesaria para reformarlas. Y aunque entre ellas existiera tal capacidad, sería solo una excepción. Más bien, su mentalidad derrotada adopta muy rápidamente los errores de la clase intelectual. El ejemplo se parece al del corazón y los miembros. Si se corrige el corazón, todo el cuerpo se sana por sí solo. Pero si el corazón conserva una enfermedad, no sirve de nada aplicar aceite a los miembros.
Ante los misioneros cristianos solo se planteaba la cuestión de aumentar su número. Por eso este método podía ser eficaz para ellos. Pero los musulmanes no pueden realizar la tabligh con el único objetivo de aumentar el número. Su tarea consiste en llevar a las personas extraviadas al camino correcto, vincularlas con Alá y reconstruir sus vidas en la dirección adecuada. Solo cuando se reconstruya la sociedad en su conjunto será posible reconstruir al individuo. La reconstrucción de la sociedad puede esperarse únicamente cuando sus dirigentes acepten el proceso de reforma. Quienes observan, siquiera parcialmente, la sociedad y las organizaciones no pueden negar esta verdad: una revolución popular o un movimiento revolucionario puede comenzar desde abajo y desorganizar la administración superior. Pero una invitación reformadora e intelectual solo puede echar raíces firmes cuando logra ejercer su influencia desde arriba hacia los niveles inferiores.
Quienes, entre los musulmanes, han realizado la labor de la da‘wah, ya fuera entre musulmanes o fuera de ellos, generalmente han cometido el siguiente error: su atención se ha dirigido siempre a las clases bajas. Les han hecho recitar únicamente la profesión de fe o les han enseñado a rezar, y han supuesto que con eso ya estaban reformados. Sin duda, así puede lograrse cierta reforma parcial. Pero de este modo no puede producirse ningún cambio en la vida en su conjunto. Cuando el ambiente general está corrompido, en vez de limitarse a tratar la enfermedad, se debería intentar arrancar de raíz sus causas. Habría que tratar de rellenar con tierra los canales llenos de basura que propagan gérmenes y contaminan el aire. De lo contrario, el proceso de reforma será como retener a una persona en una zona azotada por una epidemia y administrarle una inyección de vacuna. Tal vez esto pueda impedir temporalmente el ataque de la epidemia, pero no es posible obtener un resultado permanente.
Por eso los profetas y mensajeros intentaron primero transformar la mentalidad y la disposición de los dirigentes de la sociedad, en vez de dirigirse inicialmente a la gente común, y convirtieron la reforma de aquellos en un medio para reformar al pueblo en general.
Tercer error: el tercer error práctico consiste en que los musulmanes han aceptado únicamente el consejo verbal como medio de tabligh. No han intentado presentar un ejemplo real de una vida verdaderamente islámica. Sin embargo, solo un número muy reducido de personas inteligentes y dotadas de una extraordinaria capacidad moral puede aceptar el islam contemplando por sí solo la belleza de sus principios. La gran mayoría de la gente del mundo solo reconocerá la verdad de esos principios cuando vea su eficacia en la vida real y observe los buenos resultados que producen. Pero el secreto de los esfuerzos que aquí se realizan en nombre de la tabligh del islam se reduce a esto: los oradores, con voces elocuentes; los predicadores, con emoción y exaltación; y los escritores, hacen recorrer a la gente del mundo el paraíso imaginario del modo de vida islámico. Más sorprendente aún es que, por un lado, llenan el espacio entre el cielo y la tierra con alabanzas al bienestar social y cultural del islam, mientras que, por otro, toda la sociedad musulmana acumula todas las inmundicias de su ignorancia y demuestra así la falsedad de sus afirmaciones. El lenguaje silencioso de las acciones tiene mayor influencia que todas las lenguas de las afirmaciones. Por eso todos esos sermones y exhortaciones se han disipado en el vacío, sin dejar ningún efecto duradero sobre la faz de la tierra.
Por tanto, si en lugar de limitarse a las declaraciones verbales algunos siervos de Alá hubieran intentado establecer un sistema social basado en los principios en los que creen, aunque no hubieran tenido éxito en ese empeño, habrían prestado un servicio más eficaz que el que los oradores no han podido prestar, aun cuando hayan tenido éxito en sus sermones y exhortaciones. Para demostrar que el islam es beneficioso para toda la humanidad no basta con relatar algunos hechos maravillosos de la historia pasada. Tampoco sirve de nada escribir artículos o pronunciar discursos para sostener que el islam puede aportar hoy a la humanidad los mismos beneficios que le aportó en el pasado. El único camino consiste en que una comunidad de creyentes en los principios fundamentales del islam se una y presente ejemplos prácticos de esos principios. Es lamentable que se haya hecho todo excepto precisamente esto.
Cuarto error: el cuarto error consiste en que los musulmanes, en la propagación del islam, también han adoptado algunos métodos engañosos semejantes a los de los misioneros cristianos. Los cristianos convirtieron al cristianismo a las clases marginadas del mundo mostrándoles señuelos de deseos, intereses y beneficios; los musulmanes también quieren adoptar esos métodos. La sociedad brahmánica utiliza ciertos cebos para sus propios intereses, y los musulmanes también quieren emplearlos. En las discusiones, los musulmanes tampoco se quedan atrás de los demás en el uso de la exageración, los métodos tortuosos y el puño amenazador. Cuando un musulmán, víctima de una pasión o de un error, adopta la religión hindú, los brahmanes hacen resonar sus tambores de victoria. Del mismo modo, cuando un hindú simplemente anuncia que ha aceptado el islam, los musulmanes intentan elevarlo hasta el cielo.
Así como para otros desviar a jóvenes ingenuos mediante la seducción constituía una parte importante del programa de propaganda religiosa, entre los musulmanes también se consideró lícito semejante método. Si, impulsada por la excitación emocional, una mujer hindú huía tomando la mano de un musulmán desenfrenado, eso se consideraba una gran victoria de la propagación del islam. Tal desvergüenza y libertinaje se convirtieron en factores de ayuda para la religión. Como consecuencia, innumerables mujeres descarriadas y hombres libertinos hicieron de la conversión religiosa una profesión. Por la mañana se presentaban como musulmanes y se aprovechaban de los musulmanes, y por la tarde se declaraban hindúes o cristianos y obtenían dinero de ellos.
En la época en que las organizaciones de shuddhi tenían gran influencia en distintas regiones de la India, un anciano musulmán pidió a las prostitutas musulmanas de Delhi que propagaran el islam entre sus clientes no musulmanes. Como resultado, a los ojos de los no musulmanes el islam se convirtió en algo sin valor. Llegaron a pensar que el islam era simplemente un sistema destinado a aumentar el número de miembros de una nación. Creían que los musulmanes lo presentaban ante la gente como la religión de Alá solo para engañar a las personas comunes. Esa concepción era completamente comprensible por su parte. Pues, cuando vieron que los musulmanes utilizaban su religión con el mismo propósito y del mismo modo en que los no musulmanes utilizaban las suyas, ¿cómo podía surgir en sus corazones la impresión de la superioridad del islam?
Quinto error: el quinto error práctico consiste en que los musulmanes consideran necesaria alguna cualificación para cualquier trabajo mundano. Pero no creen necesaria ninguna cualificación para dos tareas: dirigir la oración en la mezquita y realizar la tabligh de la religión. Hubo una época en la que dirigía la oración el gobernante del Estado islámico o su representante. Hoy, en cambio, los musulmanes buscan para nombrarlo imán de sus mezquitas a alguien que no posee capacidad para desempeñar ningún trabajo del mundo. Los musulmanes de una época bendita pensaban que Alá había elegido a esta comunidad para transmitir la religión a la gente con el mismo sentido de responsabilidad, actividad y dedicación con que el Mensajero de Alá la había transmitido a la humanidad. El califato islámico, con todos sus departamentos y funcionarios, era un medio para cumplir esta responsabilidad de la misión profética. Esta responsabilidad había sido encomendada a la comunidad por parte del Mensajero de Alá. La situación actual, sin embargo, es que toda la sociedad musulmana, junto con todos sus miembros inteligentes y activos, está ocupada al servicio de un sistema de ignorancia.
Hemos señalado los principales errores intelectuales y prácticos que existen en el método habitual de la tabligh. Si se hiciera una evaluación completa de ellos, se descubrirían muchos más errores. Pero no queremos prolongar más la discusión. La razón de mencionar estos errores es mostrar que el método actualmente vigente no tiene la menor relación con la forma en que los profetas y mensajeros llevaron a cabo la propagación de la religión. El objetivo y la meta que estaban presentes ante los profetas están ausentes ante estos. Su método de acción no tiene ningún vínculo con el método de acción de aquellos. En sus objetivos, metas y métodos se ha extendido la imitación de las organizaciones no musulmanas.
Por ello queremos analizar detalladamente con qué propósito realizaron los profetas y mensajeros la tabligh y cómo la realizaron. También mencionaremos qué medios, recursos y métodos adoptaron. Expondremos qué etapas tuvieron que atravesar en su labor de propagación, cómo cumplieron las exigencias y responsabilidades de cada etapa y qué beneficios obtuvo el mundo como resultado de su lucha.
3
¿Por qué el tabligh?
La necesidad de los profetas y mensajeros
Allah Todopoderoso ha puesto en la naturaleza humana la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, así como el deseo de aceptar el bien y evitar el mal. Mediante su capacidad de comprensión, la persona puede aceptar el bien y apartarse del mal, haciéndose merecedora de una recompensa ante Allah. Por el contrario, al seguir un camino malo en contra de su propia naturaleza, en lugar del bienestar, puede hacerse merecedora del castigo del Creador. Sin embargo, aunque en su naturaleza existen aspectos de belleza y perfección, también hay en ella defectos e imperfecciones. Por eso Allah no dejó enteramente en manos de la naturaleza humana la guía o el extravío de las personas en este mundo, ni consideró suficiente la orientación natural para castigarlas o recompensarlas en la otra vida. Más bien, envió a los profetas y mensajeros para hacer manifiestas las exigencias de la fitra y sus capacidades ocultas, y para presentar ante la creación Su prueba definitiva. Así, en el Día de la Resurrección nadie podrá alegar que no conocía el camino del bien y del mal y que por eso se sumergió en el pantano del extravío. Esta verdad se expone en los siguientes versículos del Noble Corán.رُسُلًا مُبَشِّرِينَ وَمُنْذِرِينَ لِئَلَّا يَكُونَ لِلنَّاسِ عَلَى اللَّهِ حُجَّةٌ بَعْدَ الرُّسُلِ وَكَانَ اللَّهُ عَزِيزًا حَكِيمً«Enviamos a los mensajeros como portadores de buenas noticias y advertidores, para que, después de la llegada de los mensajeros, las personas no tuvieran ningún argumento que presentar ante Allah. Allah es Poderoso y Sabio».
(Sura an-Nisá, 165)يَا أَهْلَ الْكِتَابِ قَدْ جَاءَكُمْ رَسُولُنَا يُبَيِّنُ لَكُمْ عَلَى فَتْرَةٍ مِنَ الرُّسُلِ أَنْ تَقُولُوا مَا جَاءَنَا مِنْ بَشِيرٍ وَلَا نَذِيرٍ فَقَدْ جَاءَكُمْ بَشِيرٌ وَنَذِيرٌ وَاللَّهُ عَلَى كُلِّ شَيْءٍ قَدِيرٌ«¡Gente del Libro! Nuestro Mensajero ha venido a vosotros para explicaros la religión, después de un largo intervalo sin mensajeros, para que no digáis: “No nos llegó ningún anunciador de buenas nuevas ni ningún advertidor”. Pues ya os ha llegado un anunciador de buenas nuevas y un advertidor. Allah tiene poder sobre todas las cosas». (Sura al-Máida, 19)
La norma de Allah respecto de los profetas
Con este propósito, Allah envió profetas y mensajeros a cada pueblo, para que la verdad se manifestara plenamente ante la gente y no les quedara excusa alguna para persistir en la desviación y el extravío. La norma de Allah respecto de los profetas fue que todos, sin excepción, procedieran de la humanidad; no procedieron de los ángeles ni de los genios. Fueron enviados de entre los seres humanos para que, por medio de personas, pudieran explicarse claramente a la gente las exigencias de la naturaleza humana. Así nadie podría decir: «¿Cómo puede ser modelo para los seres humanos el conocimiento y la conducta de un ser no humano, perteneciente a otra creación?». Por eso Allah envió a cada pueblo un profeta y mensajero de entre ellos, para que la condición de extranjero no se convirtiera en un obstáculo para aceptar la verdad.
Los profetas de Allah transmitieron a sus respectivos pueblos la invitación a la religión de Allah en su propia lengua, para que la verdad pudiera exponerse ante ellos con claridad. Su lenguaje era puro, comprensible y atractivo. Además, los mensajeros no se limitaron a llamar una sola vez a la verdad, sino que dedicaron a ese propósito toda su vida. Practicaron ellos mismos aquello a lo que invitaban a la gente, y sus compañeros también lo pusieron en práctica durante sus vidas activas. Todo esto se estableció para que, al explicar a la creación cuanto necesitaba conocer para obtener la complacencia del Creador y vivir en este mundo, no hubiera deficiencia ni imperfección alguna, y para que, en el Día de la Resurrección, la gente no pudiera atribuir sus malas obras a Allah.
La llegada del último Profeta
Mientras el mundo no había desarrollado los medios sociales y culturales capaces de reunir a toda la humanidad para responder al llamado de un solo invitador, Allah continuó enviando profetas y mensajeros por separado a cada pueblo. Pero cuando, mediante la enseñanza y la formación de los profetas, la conciencia moral y social de los pueblos se volvió suficientemente despierta para vivir bajo un sistema de vida universal, y cuando los medios materiales de la sociedad y la cultura alcanzaron un grado tal que el llamado de un solo guía podía llegar fácilmente a todo el mundo, Allah, por Su gracia, envió al mundo al último Profeta, Muhammad, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.
Por medio de él otorgó a la humanidad un sistema de vida completo. Este sistema concuerda plenamente con la naturaleza de toda la humanidad, sin distinción de tribu o raza, y con sus circunstancias, entorno y necesidades. Este es el sistema de vida divino que conocemos con el nombre de «Islam».
En esencia, el Islam es la misma religión con la que llegaron todos los profetas. Solo existían pequeñas diferencias en algunos asuntos. Los primeros profetas enseñaron las creencias según la capacidad de comprensión de sus respectivos pueblos. El Sello de los Profetas, que Allah le bendiga y le conceda paz, enseñó las creencias a la humanidad conforme a la capacidad de comprensión que Allah le había concedido. Los demás profetas tuvieron en cuenta, al enseñar las leyes, la naturaleza particular de sus pueblos y sus enfermedades específicas. En cambio, las leyes islámicas no se basan en una naturaleza étnica o social particular ni en inclinaciones concretas, sino en la naturaleza humana en general.
Los sistemas de vida concedidos por Allah a los profetas anteriores respondían únicamente a las necesidades de sus respectivos pueblos. Pero el sistema de vida que la humanidad recibió por medio del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, no solo satisface las necesidades de un pueblo concreto, sino también todas las necesidades individuales y colectivas de la humanidad.
Dos aspectos de la llegada del Mensajero de Allah
Al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se le confió la guía del mundo entero y la presentación de la prueba definitiva ante toda la creación. Después de él ya no era necesario que viniera ningún otro profeta. Por ello Allah lo envió con dos responsabilidades proféticas: una misión particular y otra general. Fue enviado de manera particular a los árabes. Debido a esta relación especial con los árabes, se le llamó el Profeta iletrado o el Mensajero árabe, y la lengua de la revelación que recibió fue el árabe. Desde esta perspectiva, cumplió directamente la responsabilidad que le correspondía: transmitir el mensaje y establecer la prueba.
También fue enviado de manera general a toda la humanidad. Para cumplir esta misión, Allah le concedió una comunidad y ordenó a esa comunidad que transmitiera a los demás la religión verdadera que el Mensajero les predicaba. El Altísimo dice:وَكَذَلِكَ جَعَلْنَاكُمْ أُمَّةً وَسَطًا لِتَكُونُوا شُهَدَاءَ عَلَى النَّاسِ وَيَكُونَ الرَّسُولُ عَلَيْكُمْ شَهِيدًا«Así hemos hecho de vosotros una comunidad moderada, para que seáis testigos ante la humanidad y para que el Mensajero sea testigo ante vosotros». (Sura al-Báqara, 143)وَأُوحِيَ إِلَيَّ هَذَا الْقُرْآنُ لِأُنْذِرَكُمْ بِهِ«Este Corán me ha sido revelado para que os advierta con él a vosotros y a todos aquellos a quienes llegue». (Sura al-An‘am, 19)
Dos medidas especiales para proteger la religión
Para completar el propósito de la misión general del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, Allah hizo surgir una comunidad completa. Su responsabilidad era hacer que cada país, cada pueblo y el mundo entero dejaran para siempre de necesitar una revelación en lenguas diferentes, pues después de él no vendría ningún otro profeta. Por tanto, la responsabilidad de guiar a la creación y establecer definitivamente la prueba de la religión verdadera fue confiada completa y permanentemente a su comunidad.
Por esta razón Allah estableció dos medidas especiales para proteger la religión. Primera: protegió por completo el Noble Corán de cualquier modificación, alteración, adición, reducción o corrección, para que la humanidad no sintiera la necesidad de un nuevo profeta para conocer las normas de Allah. Segunda: mantuvo siempre a un grupo de esta comunidad firme sobre la verdad. Esto también está demostrado por hadices auténticos. Así, para quienes buscan la verdad, el conocimiento y la conducta de ese grupo seguirán sirviendo como una antorcha luminosa.
Un grupo de esta clase, aunque su número sea muy reducido, permanecerá dentro de esta comunidad. Por muchas calamidades que sobrevengan, ese grupo piadoso mantendrá vivas la ciencia y la práctica del Mensajero de Allah y de sus compañeros. Incluso cuando la influencia del extravío circule por las venas de esta comunidad como el veneno de un perro rabioso se extiende por el cuerpo de una persona herida, Allah conservará a una parte de ella a salvo del extravío.
Cuando la naturaleza de la gente del mundo se deforme tanto que la rectitud sea considerada injusticia y la injusticia y la obscenidad sean consideradas rectitud y cortesía, y cuando el poder de los partidarios de las innovaciones aumente hasta el punto de que quienes llaman a la justicia parezcan extranjeros en el mundo, esas personas seguirán llamando a la creación a la religión verdadera y tratarán de corregir la deformación producida por los seres humanos, aunque encuentren oposición a cada paso.
El propósito de Allah al mantener activo en cada época un grupo de este tipo es que, así como preservó hasta el Día de la Resurrección el conocimiento de la revelación en forma de Corán, también se conserven para siempre, por medio de este grupo, el conocimiento y la conducta del Mensajero de Allah y de sus compañeros. De este modo, la luz necesaria para guiar a la creación y establecer definitivamente la prueba del Mensajero nunca se extinguirá. En palabras del profeta Jesús, la paz sea con él, estas personas serán lámparas en las montañas, mediante las cuales el extraviado encontrará el camino. Serán como la sal de la tierra, con la que las cosas pueden salarse.
La transmisión como responsabilidad de la misión profética
De la exposición anterior queda claro que ser testigos ante la gente y transmitir la religión no es solo una obra meritoria ni tiene como único objetivo aumentar el número de musulmanes. Es precisamente la exigencia de la transmisión que debe completar, por medio de esta comunidad, el propósito de haber enviado al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, a toda la humanidad. Cada miembro de la comunidad del Mensajero de Allah tiene el deber indispensable de cumplir la responsabilidad de transmitir. La tarea de difundir la religión fue confiada a su comunidad. Si los musulmanes muestran cualquier deficiencia en el cumplimiento de esta responsabilidad, en realidad habrán fallado en la responsabilidad de la misión profética que Allah les confió.
La consecuencia inevitable será que Allah les quitará el honor de ser la «mejor comunidad», honor que les concedió para que cumplieran esta responsabilidad, y hará recaer sobre ellos toda la responsabilidad del extravío de los habitantes del mundo. Ellos son ahora el medio para presentar definitivamente la religión ante la creación de Allah. Si no cumplen esta responsabilidad, la gente del mundo tendrá la oportunidad de alegar ante Allah, el Día de la Resurrección: «Tú hiciste de ellos testigos ante la humanidad y les confiaste nuestra guía, pero ellos no nos transmitieron Tu religión. De otro modo no habríamos caído en el extravío». Entonces los musulmanes no podrán responder a esta acusación.
Condiciones de la transmisión
La responsabilidad de ser testigos ante la gente y de transmitir y difundir la religión no se cumple simplemente porque exista en el mundo una nación llamada musulmana, tanto si cumple como si no cumple la responsabilidad de ser testigo ante la humanidad. Se trata de una de las responsabilidades más importantes de la misión profética. Por ello, la difusión de la religión de Allah debe realizarse cumpliendo las condiciones que Allah estableció para la transmisión y que los profetas y mensajeros observaron. Aquí mencionaremos algunas condiciones importantes que deben tenerse en cuenta.
Primera condición: la primera condición de la difusión es que nosotros, que somos testigos de la religión verdadera, debemos creer en ella primero, con un corazón sincero. Los profetas y mensajeros creían primero en la religión que predicaban. No se consideraban por encima de esa religión ni de sus exigencias. «El Mensajero creyó en lo que le fue revelado, y también los creyentes».
Después de creer en esta religión verdadera, fueron los primeros en apartarse de todo aquello que consideraban contrario a ella, ya se tratara de la religión de sus antepasados, de los vínculos tribales y sectarios, o de intereses personales y colectivos. Ante cualquier peligro que les sobrevino por ello, declararon: «Soy el primero de los creyentes; soy el primero de los musulmanes». Nunca se pusieron a salvo del peligro para luego incitar a otros diciendo: «Si queréis salvaros, arrojaos a este peligro».
Segunda condición: la segunda condición de la difusión de la religión verdadera es dar testimonio verbal de la verdad en la que se cree. Quien cree en una verdad y, teniendo capacidad para proclamarla, no la manifiesta, es un demonio mudo. En el Día de la Resurrección será declarado culpable de ocultar la verdad, como ocurrió con los judíos. El Corán dice:وَإِذْ أَخَذَ اللَّهُ مِيثَاقَ الَّذِينَ أُوتُوا الْكِتَابَ لَتُبَيِّنُنَّهُ لِلنَّاسِ وَلَا تَكْتُمُونَهُ فَنَبَذُوهُ وَرَاءَ ظُهُورِهِمْ وَاشْتَرَوْا بِهِ ثَمَنًا قَلِيلًا فَبِئْسَ مَا يَشْتَرُونَ«Cuando Allah tomó el pacto de quienes recibieron el Libro: “Lo explicaréis a la gente y no lo ocultaréis”, ellos lo arrojaron a sus espaldas y lo vendieron por un precio insignificante. ¡Qué malo es lo que compraron!». (Sura Al ‘Imrán, 187)
La precaución que debe observarse en este asunto debe hacerse en interés de la religión verdadera: esta religión debe transmitirse de la manera correcta, en el lugar adecuado y ante la persona apropiada. Así, la invitación a la verdad podrá asentarse en el corazón de la persona. Si alguien ignora completamente la verdad y, atendiendo únicamente a sus intereses personales, se abstiene de difundir la religión verdadera o muestra indiferencia hacia ello, será un hipócrita o un cobarde sin personalidad. Solo se permite abstenerse temporalmente de manifestar la verdad en circunstancias especiales, por ejemplo, cuando hacerlo implique un peligro real para la vida y el transmisor considere que, desde el punto de vista de servir a la religión verdadera, es mejor preservar su vida en ese momento.
Tercera condición: no basta con dar este testimonio verbalmente; hay que darlo mediante las obras reales. En el Islam no se considera fiable un testimonio que no esté respaldado por una conducta práctica. Algunas personas acudían al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y juraban ante él: «Damos testimonio de que tú eres el Mensajero de Allah». Pero Allah no aceptó su testimonio. Los describió como hipócritas y mentirosos, y puso de manifiesto ante ellos sus palabras y sus actos. Así quedó revelada su mala opinión del Islam y de los musulmanes y su enemistad hacia la verdad.
Quien acepta una verdad e invita a la gente hacia ella tiene el deber indispensable de hacer que sus obras sean conformes con esa verdad. De lo contrario, seguirá los pasos de aquellos sabios judíos a quienes el Noble Corán criticó severamente. Invitaban a los demás a ser fieles a Allah, pero olvidaban su propia situación. La persona o el grupo cuyas obras contradicen su invitación presentan por sí mismos la prueba de que rechazan su propio mensaje. La prueba aportada por las obras reales es más fuerte que la prueba verbal. Sus propias acciones contienen una evidencia tan poderosa contra sus afirmaciones que ya no queda necesidad de otra prueba para rechazar su invitación.
Si los musulmanes son testigos de la religión de Allah, esto exige necesariamente que crean en ella, transmitan su invitación a los demás y la practiquen en todos los aspectos de su vida individual y colectiva. Sin esto no pueden cumplir el derecho de este testimonio, para el cual Allah los eligió. No tener relación práctica con la religión y afirmar verbalmente que es la religión verdadera es, desde el punto de vista de establecer la prueba ante la creación, algo completamente ridículo. Si Allah declarara culpable a Su creación basándose en los sermones de oradores que no actúan, ello sería contrario a Su justicia. La consecuencia necesaria sería que la prueba de esta religión quedaría definitivamente establecida contra los musulmanes y que, el Día de la Resurrección, serían apresados basándose en su propia confesión.
El propio Corán ha explicado qué desviaciones prácticas respecto de la religión pueden ser perdonadas y también ha indicado su remedio. Una forma de desviación excusable es que, por emoción, agitación o impulso de la pasión, una persona cometa algo contrario a la verdad. Su remedio es arrepentirse inmediatamente y pedir perdón a Allah. Otra forma es que alguien sea obligado a hacer algo contrario a la verdad. El remedio consiste en esforzarse cuanto pueda para liberarse de esa situación.
Pero si, en lugar de arrepentirse y tratar de corregirse, una persona encubre su error, convierte en su propia religión la situación difícil en la que ha caído y hace de ella su cubierta y su lecho, entonces su falta no es perdonable. Será apartada de la posición honorable de testigo ante la gente que se le había concedido, por haberse conformado con la falsedad.
Cuarta condición: la cuarta condición de la transmisión es mantener el testimonio libre de todo fanatismo étnico y tribal. La enemistad o la amistad de cualquier pueblo no debe desviarnos del camino de la religión verdadera que presentamos. El Noble Corán enseña en las siguientes palabras la imparcialidad que debemos mantener frente a nuestros adversarios:يَا أَيُّهَا الَّذِينَ آمَنُوا كُونُوا قَوَّامِينَ لِلَّهِ شُهَدَاءَ بِالْقِسْطِ وَلَا يَجْرِمَنَّكُمْ شَنَآنُ قَوْمٍ عَلَى أَلَّا تَعْدِلُوا اعْدِلُوا هُوَ أَقْرَبُ لِلتَّقْوَى وَاتَّقُوا اللَّهَ إِنَّ اللَّهَ خَبِيرٌ بِمَا تَعْمَلُونَ«¡Creyentes! Manteneos firmes por Allah, dando testimonio con justicia. Que la enemistad hacia un pueblo no os lleve a ser injustos. Sed justos; eso está más cerca de la piedad». (Sura al-Máida, 8)
El Noble Corán también expone, en el siguiente versículo, la imparcialidad que debemos mantener con nuestros amigos y familiares:يَا أَيُّهَا الَّذِينَ آمَنُوا كُونُوا قَوَّامِينَ بِالْقِسْطِ شُهَدَاءَ لِلَّهِ وَلَوْ عَلَى أَنْفُسِكُمْ أَوِ الْوَالِدَيْنِ وَالْأَقْرَبِينَ إِنْ يَكُنْ غَنِيًّا أَوْ فَقِيرًا فَاللَّهُ أَوْلَى بِهِمَا فَلَا تَتَّبِعُوا الْهَوَى أَنْ تَعْدِلُوا وَإِنْ تَلْوُوا أَوْ تُعْرِضُوا فَإِنَّ اللَّهَ كَانَ بِمَا تَعْمَلُونَ خَبِيرًا«¡Creyentes! Sed firmes en la justicia y testigos por Allah, aunque sea contra vosotros mismos, contra vuestros padres o contra vuestros parientes. Sea rico o pobre, Allah está más cerca de ambos. No sigáis las pasiones, apartándoos de la justicia». (Sura an-Nisá, 135)
Quinta condición: la quinta condición de la difusión de la religión es dar testimonio de la religión completa y perfecta que hemos recibido de Allah en su totalidad. No se debe omitir nada por miedo a la censura o a la oposición. Los asuntos relacionados con las obligaciones de la vida individual deben ser practicados por cada persona en su vida privada. Cada persona debe rezar y ayunar; toda persona rica debe pagar el zakat y toda persona capaz debe realizar el hayy. Todo musulmán debe adoptar las buenas obras, la fidelidad y una vida pura.
Pero cuando se trata de asuntos cuyo testimonio exige una vida colectiva, el deber individual consiste en esforzarse al máximo para establecer esa vida colectiva. Cuando llegue a existir, dará testimonio de esos asuntos. Por ejemplo, una persona sola no puede establecer el sistema social, el sistema económico ni las bases políticas de un país. Se necesita una fuerza organizada para moldearlos conforme al Islam. Por ello es indispensable, ante todo, formar una comunidad virtuosa. Después de establecer esta organización, se vuelve obligatorio dar testimonio de la religión verdadera en cada nivel de la vida colectiva. A continuación se citan algunos versículos, de los cuales se comprenderá con qué insistencia se ordenó al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dar testimonio de toda la religión, sin reducción ni adición.يَا أَيُّهَا الرَّسُولُ بَلِّغْ مَا أُنْزِلَ إِلَيْكَ مِنْ رَبِّكَ وَإِنْ لَمْ تَفْعَلْ فَمَا بَلَّغْتَ رِسَالَتَهُ وَاللَّهُ يَعْصِمُكَ مِنَ النَّاسِ إِنَّ اللَّهَ لَا يَهْدِي الْقَوْمَ الْكَافِرِينَ«¡Mensajero! Transmite lo que te ha sido revelado por tu Señor. Si no lo haces, no habrás transmitido Su mensaje. Allah te protegerá de la gente». (Sura al-Máida, 67)الَّذِينَ يُبَلِّغُونَ رِسَالَاتِ اللَّهِ وَيَخْشَوْنَهُ وَلَا يَخْشَوْنَ أَحَدًا إِلَّا اللَّهَ وَكَفَى بِاللَّهِ حَسِيبًا«Aquellos que transmiten los mensajes de Allah, Le temen y no temen a nadie excepto a Allah. Allah basta como contador». (Sura al-Ahzab, 39)
«No prestes atención a las palabras de los incrédulos y los hipócritas, no te preocupes por sus agresiones y deposita tu confianza en Allah». (Sura al-Ahzab, 48)فَلِذَلِكَ فَادْعُ وَاسْتَقِمْ كَمَا أُمِرْتَ وَلَا تَتَّبِعْ أَهْوَاءَهُمْ وَقُلْ آمَنْتُ بِمَا أَنْزَلَ اللَّهُ مِنْ كِتَابٍ«Por eso, invita a la religión y mantente firme como se te ha ordenado. No sigas sus deseos y di: “Creo en el Libro que Allah ha revelado”». (Sura ash-Shurá, 15)
Sexta condición: la sexta condición de la difusión de la religión es que quienes llaman hacia la religión de Allah estén dispuestos, cuando sea necesario, a entregar sus vidas y las entreguen. Este es el grado más elevado del testimonio. Por ello, quienes salieron a luchar por la religión de Allah y dieron testimonio de la verdad en la que creían incluso bajo la sombra de las espadas fueron considerados mártires. ¿Quién, aparte de quienes sacrifican su vida de esta manera, puede merecer el gran título de mártir? ¿Para quién podría ser más apropiado?
Miles y millones de personas pueden levantarse para cumplir la responsabilidad que Allah confió a esta comunidad de ser testigo ante la humanidad, y cada una recibirá de Allah la recompensa por su esfuerzo. Pero quien haya consagrado toda su vida a este camino y haya dado testimonio de la verdad a cambio de su propia vida es, en esencia, quien merece el título de «mártir». ¿Qué testimonio mayor puede haber de que algo es verdadero que el hecho de que una persona entregue su inestimable vida para ayudar a la religión verdadera? Quien da testimonio de la verdad arriesgando su vida, después de lo cual ya no queda ningún grado superior de testimonio, es el verdadero mártir.
La responsabilidad de los musulmanes
Precisamente por esta responsabilidad de la misión profética se ha llamado a la comunidad musulmana «la mejor comunidad». Si los musulmanes olvidan esta responsabilidad, no serán más que una nación como las demás. No tendrán ninguna belleza especial ni razón para poseer una dignidad particular. A Allah no le importará si viven honradamente en el mundo o si viven humillados. Más bien, después de olvidar esta responsabilidad, también se convertirán en una comunidad caída bajo la maldición de Allah, como ocurrió con otros pueblos anteriores a ellos a quienes se confió esta responsabilidad y que fueron malditos por no cumplirla. Por tanto, el versículo que declara que los musulmanes son la mejor comunidad también expone claramente su responsabilidad y su deber.كُنْتُمْ خَيْرَ أُمَّةٍ أُخْرِجَتْ لِلنَّاسِ تَأْمُرُونَ بِالْمَعْرُوفِ وَتَنْهَوْنَ عَنِ الْمُنْكَرِ وَتُؤْمِنُونَ بِاللَّهِ وَلَوْ آمَنَ أَهْلُ الْكِتَابِ لَكَانَ خَيْرًا لَهُمْ مِنْهُمُ الْمُؤْمِنُونَ وَأَكْثَرُهُمُ الْفَاسِقُونَ«Sois la mejor comunidad que ha surgido para la humanidad: ordenáis lo reconocido como bueno, prohibís lo reprobable y creéis en Allah». (Sura Al ‘Imrán, 110)
Allah mismo indicó el modo de cumplir esta responsabilidad colectiva: «Debe haber entre vosotros un grupo que invite al bien, ordene lo correcto y prohíba lo reprobable. Esos serán los que prosperen». (Sura Al ‘Imrán, 104)
Para cumplir esta orden, la primera obra que realizaron los musulmanes después del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue establecer el califato siguiendo exactamente el método de la profecía. Esta institución funcionó como una organización para invitar al bien, ordenar lo correcto y prevenir lo incorrecto. Los musulmanes la establecieron para cumplir la responsabilidad colectiva de la religión verdadera que les fue confiada después del Mensajero de Allah. Como representante de los musulmanes, esta institución mantenía a la comunidad firme en la verdad y la llamaba a invitar al mundo hacia ella.
Mientras la institución del califato estuvo correctamente establecida, musulmanes y no musulmanes se mantuvieron activos en el cumplimiento de sus responsabilidades. Durante ese tiempo, la transmisión pertenecía al grado de obligación colectiva. El sistema del califato cumplía esa tarea y liberaba ante Allah a cada miembro de la comunidad de la responsabilidad individual de esa obligación. Pero cuando ese sistema se desordenó y cayó, la responsabilidad de dar testimonio de la verdad volvió a recaer sobre cada miembro de la sociedad.
Es como cuando se derrumba un sistema estatal: la responsabilidad de proteger la vida y los bienes de sus habitantes pasa del Estado a ellos mismos, y permanece sobre ellos hasta que puedan reconstruir su sistema estatal. Del mismo modo, después de la caída del sistema del califato, la responsabilidad de ser testigos ante la gente recayó sobre cada miembro de la comunidad. Mientras no logren establecer un sistema estatal islámico correcto para cumplir esta responsabilidad, el pecado de no cumplirla recaerá sobre cada musulmán. Cada persona tendrá que responder por ello el Día de la Resurrección.
Resumen
El resumen de toda esta exposición es el siguiente:
(a) Para completar la responsabilidad de difundir la religión de Allah por todo el mundo hasta el Día de la Resurrección, responsabilidad que había sido confiada al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, él dejó esta tarea a su comunidad por mandato de Allah. Ahora esta comunidad continuará difundiendo la religión de Allah, hasta el Día de la Resurrección, en todos los países, entre todos los pueblos y en todas las lenguas.
(b) Allah estableció como condición para la difusión que se realice verbalmente, con sinceridad interior y mediante obras prácticas. Debe transmitirse toda la religión, sin distinciones ni divisiones de clase. Debe hacerse con imparcialidad, sin prestar atención a la censura de los censuradores. Cuando sea necesario, el transmisor debe cumplir esta responsabilidad sacrificando su vida.
(c) Para cumplir esta responsabilidad general existía la institución llamada califato. Mientras esta institución estuvo establecida, cada musulmán quedaba liberado de esta responsabilidad.
(d) Después de la desaparición de esa institución, la responsabilidad de difundir el Islam recayó sobre cada miembro de la comunidad. Se distribuirá entre ellos según sus capacidades y sus grados de dignidad.
(e) Ahora hay dos caminos abiertos a los musulmanes para rendir cuentas de esta obligación y quedar libres de su responsabilidad: restablecer la institución llamada califato o, al menos, arriesgar sus vidas para establecerla.
(f) Si los musulmanes no hacen ninguna de estas dos cosas, serán declarados culpables de no cumplir la responsabilidad de la misión profética que Allah les confió. No solo tendrán que cargar con el peso de sus propios pecados, sino que también sufrirán el castigo por el extravío de toda la creación.
De esta exposición se sabe que la fuerza motriz principal para cumplir la gran responsabilidad de difundir la religión que Allah confió a los musulmanes es su conciencia y sensibilidad. Su atención debe dirigirse a restablecer el sistema de califato mediante el cual se invita al bien. A través de este sistema se puede guiar fácilmente a los siervos de Allah hacia Su religión y presentar la prueba definitiva ante el mundo.
Mientras este sistema no esté establecido en el mundo, el objetivo más importante, más grande y supremo de los musulmanes será hacer algo para restablecerlo. Despiertos o dormidos, este será el único pensamiento de cada musulmán; por ello comerán y beberán, y por ello vivirán y morirán. Si la vida de los musulmanes es completamente contraria a la voluntad de Allah, no podrán presentar ante Él ninguna excusa aceptable por esta deficiencia. Establecer el califato de Allah en la tierra de Allah es el propósito de su vida.
Si olvidan este propósito, no podrán reclamar mayor importancia sobre la faz de la tierra que los insectos y las briznas de paja. Nunca podrán alcanzar la dignidad de ser una comunidad moderada o la mejor comunidad, ni podrán esperar recibir ayuda o apoyo alguno de parte de Allah.
4
¿A quiénes se dirigían primero los profetas y mensajeros?
¿A quiénes se dirigían primero los nobles profetas —la paz sea con ellos— para difundir su propósito y cómo se dirigían a ellos?
El primer aspecto de la pregunta significa lo siguiente: aunque los profetas eran enviados a toda la nación, ¿invitaban desde el comienzo a todos sus miembros, o en la etapa inicial se dirigían a un sector particular de la sociedad? Si se dirigían primero a un sector especial, ¿a cuál? ¿A la gente común o a quienes dirigían a la población en general?
El segundo aspecto de la pregunta se refiere a un hecho real: al principio, el mensaje de cada profeta parecía desconocido para su pueblo; más aún, este se oponía intensamente a él. Entonces, ¿comenzaban los profetas su misión considerando a todos como incrédulos o rechazadores y diciéndoles: «¡Oh, incrédulos, creed! ¡Oh, idólatras, reconoced la unicidad de Dios!»? ¿O era diferente la manera en que se dirigían a ellos?
Estas dos preguntas son muy importantes. Al no comprenderlas correctamente, la gente también se ha equivocado al determinar el punto de partida de la predicación. Además, ha exagerado al intentar comprender la posición correcta de los predicadores y de aquellos a quienes se dirigían. Como resultado, o bien toda la predicación quedó sin efecto por haber comenzado desde un punto equivocado, o bien, al no determinarse correctamente la posición de quien invitaba y de quien era invitado, adoptó la forma de una sedición y, en lugar de producir reforma, surgieron por su medio grandes calamidades.
Los profetas se dirigían a los líderes de su tiempo
En este apartado intentaremos responder a la primera parte de la pregunta. A nuestro parecer, a la luz de la historia presentada por el Corán, la respuesta es que los profetas —la paz sea con ellos— invitaban primero a las personas influyentes de la nación a aceptar la religión de Dios. Hacían de la reforma de estas personas un medio para reformar al pueblo. El profeta Abraham —la paz sea con él— presentó primero el mensaje de la religión a los miembros de su propio linaje. En aquel tiempo, ellos ocupaban los cargos de liderazgo religioso del pueblo. Después presentó el mensaje al rey de su época, en cuyas manos estaba concentrado el poder político de la nación y que se consideraba dueño de la vida y la muerte de la gente.
«¿No has visto a aquel que discutió con Abraham acerca de su Señor, porque Dios le había concedido el reino?» (Sura de La Vaca, 257)
Dios Altísimo ordenó al profeta Moisés —la paz sea con él— que invitara primero al Faraón a seguir Su religión.
«Ve al Faraón, pues se ha rebelado. Pregúntale: “¿Estás dispuesto a purificarte? ¿Quieres que te guíe hacia tu Señor para que Le temas?”» (Sura de Los que Arrancan, 17-19).
El profeta Daniel —la paz sea con él— invitó primero a la religión a Nabucodonosor, el rey influyente de su época. El profeta Jeremías presentó su reivindicación profética ante el rey de Samaria. El Mesías —la paz sea con él— se dirigió primero a los sabios judíos. Del mismo modo, el Corán menciona las predicaciones de Noé, Hud, Lot y Shuayb —la paz sea con ellos—. Cada uno invitó primero a la religión de Dios a los dirigentes sociales y a los hombres rebosantes de orgullo y arrogancia de su época, y atacó sus ideas y doctrinas.
Finalmente apareció el Profeta —que Dios le bendiga y le conceda la paz—. Se le ordenó advertir del castigo a sus parientes del linaje qurayshí. Estas personas estaban al frente de la estructura religiosa y del Estado tribal de los árabes. Por medio de ellos, él realizó la tarea de guiar moral y políticamente a toda Arabia.
Para llevar el mensaje del islam al resto del mundo, fuera del mundo árabe, enseñó a la comunidad moderada el método de escribir cartas a los gobernantes de los distintos países y presentarles primero el islam. Les exigió: «Aceptad el islam y viviréis en paz. De lo contrario, vosotros cargaréis con la responsabilidad del extravío vuestro y de quienes están bajo vuestra autoridad». Lo mencionado apunta a que los líderes de la comunidad también deben seguir este método para difundir generalmente la predicación. Toda la historia del Califato Rectamente Guiado atestigua que los nobles Compañeros, en calidad de «testigos» ante las naciones, cumplieron mediante el método mostrado por el Mensajero la responsabilidad de la predicación general que Dios y Su Mensajero les habían confiado.
La invitación del profeta Jesús
Es un hecho que aquellos a cuyas puertas brilló primero el sol de la guía fueron precisamente los últimos en aceptar la religión de Dios. Quienes conocen la historia de los profetas no pueden negar esta verdad. Bilal, de Abisinia; Suhaib, de Asia Menor; Salman, de Persia; y los agricultores de Medina llegaban desde lugares lejanos, aceptaban el islam y se marchaban. En cambio, los líderes qurayshíes Abu Lahab, Abu Yahl, Umayya ibn Jalaf y otros, así como los notables de Taif ante quienes el Mensajero de Dios predicó la verdad día y noche, quedaron privados de sus beneficios. Más bien fueron los habitantes comunes de Arabia quienes obtuvieron la bendición de este mensaje, aunque todavía no les había llegado directamente, sino indirectamente.
Quienes reciben primero la predicación quedan rezagados en aceptarla, mientras que quienes la reciben después son los primeros en aceptarla. Se confirmó la verdad de las palabras del profeta Jesús —la paz sea con él—. Él dijo: «Cuántos están adelante y quedarán atrás, y cuántos están atrás y pasarán adelante».
A pesar de ello, los profetas y mensajeros no cambiaron el orden de su predicación. Primero presentaban el mensaje a las personas influyentes de la sociedad. Cuando la obstinación y la arrogancia de estas personas los hacían perder la esperanza, acudían con el mensaje a la gente común. Desde que recibió la profecía, Jesús —la paz sea con él— continuó atacando la inflexibilidad de los sabios judíos. Pero, después de un esfuerzo considerable, cuando no pudo romper la piedra de su orgullo, arrogancia y altiva astucia, los abandonó y fue junto a los pescadores de la orilla del lago. Los llamó y les dijo: «¡Oh, pescadores! Venid, os convertiré en pescadores de hombres». Dios Altísimo le concedió entre ellos una comunidad creyente que se hizo famosa por su nombre.
«Cuando Jesús percibió su persistencia en la incredulidad, dijo a la gente común: “¿Quiénes serán mis auxiliares en la causa de Dios?”. Los discípulos respondieron: “Nosotros somos los auxiliares de Dios. Creemos en Dios; sé testigo de que nos hemos sometido a Él”» (Sura de La Familia de Imrán, 52).
Este versículo alude a la invitación general de Jesús —la paz sea con él—, cuando predicaba públicamente y había perdido la esperanza de que los líderes religiosos y sociales de su época aceptaran la verdad. Entonces presentó el mensaje de la religión a los pobres y a la gente común. Lo hizo con un tono emotivo, de modo que derritió como cera los corazones de los pescadores de la ribera. Pero este mensaje no pudo derretir los corazones de los refinados líderes religiosos de Jerusalén. Finalmente, de entre aquella gente común surgió un grupo de servidores portadores del estandarte de la verdad, que, tras superar la gran prueba de la fe, hicieron triunfar la religión de Dios en este mundo. La sura Las Filas apunta a esta verdad.
«¡Oh, creyentes! Sed auxiliares de Dios, como dijo Jesús, hijo de María, a los discípulos: “¿Quiénes serán mis auxiliares en la causa de Dios?”. Los discípulos respondieron: “Nosotros somos los auxiliares de Dios”. Entonces los notables de los Hijos de Israel adoptaron la incredulidad. Después ayudamos a los creyentes contra sus enemigos, y ellos salieron victoriosos» (Sura de Las Filas, 14).
El profeta Jesús el Mesías —la paz sea con él— señaló una verdad muy importante respecto de la guía y el extravío: quien estaba atrás pasaría adelante. Aunque la gente común fue la primera en apresurarse a adoptar la religión de Dios, los profetas y mensajeros no se dirigían directamente a ella mientras no hubieran perdido la esperanza respecto de los líderes de su época.
La invitación del Mensajero de Dios
Al reflexionar profundamente, esta misma situación se verá también en la predicación del Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz—. Siguiendo la orden de Dios, presentó primero el mensaje de la religión de Dios a los miembros de la tribu de Quraysh. En aquel tiempo eran los líderes religiosos y políticos de todo el mundo árabe. Presentó la predicación, uno por uno, ante cada personaje dirigente de Quraysh. Cuando por parte de ellos se manifestaron odio, hostilidad y oposición, también suplicó a Dios por su guía. Entre ellos había personas especialmente importantes por cuyos nombres suplicó. Está narrado, por ejemplo, que dijo: «¡Oh, Dios! Fortalece el islam concediendo la guía a Umar o a Abu Yahl».
Estaba tan ansioso por la guía de estas personas que muchas veces no prestaba atención a su propio descanso y comodidad, ni tenía en cuenta su propia dignidad y posición. Por ello, en ocasiones ni siquiera encontraba tiempo para enseñar y formar debidamente a quienes ya habían aceptado el islam y necesitaban capacitación. A pesar de todo, permaneció ocupado con estas personas durante un tiempo considerable y soportó toda clase de reproches, burlas, odio, hostilidad y oposición por parte de ellas. Cuando ya había cumplido plenamente su deber de presentar la prueba, Dios Altísimo le prohibió perder tiempo detrás de ellos y le ordenó prestar atención a quienes ofrecían esperanza de creer. Estos estaban libres de la enfermedad particular del liderazgo; por eso se esperaba que, al recibir el consejo de la verdad, lo escucharan y lo aceptaran.
Al llegar a este punto, Dios Altísimo ordenó a Su Profeta ignorar a los hombres que rebosaban orgullo y arrogancia.
«Apártate de ellos, pues no serás reprochado. Continúa amonestando, porque la amonestación beneficia a los creyentes» (Sura de Los Vientos que Dispersan, 54-55).
«Frunció el ceño y se apartó porque el ciego se acercó a él. ¿Y qué sabes? Quizá se purifique, o reciba la amonestación y esta le beneficie. En cuanto a quien se muestra autosuficiente, tú le prestas atención, aunque no es responsabilidad tuya que no se purifique. Pero a quien acude a ti con afán y teme a Dios, lo tratas con indiferencia. ¡No! Esto es solo una amonestación. Quien quiera, que la acepte. Está registrada en hojas honradas, elevadas y purificadas, en manos de escribas nobles y virtuosos» (Sura de Él Frunció el Ceño, 1-16).
«No fijes tus ojos en los bienes mundanales que hemos concedido a algunos grupos de los incrédulos. No te entristezcas por su desgracia y extiende las alas de tu misericordia sobre los creyentes» (Sura de Al-Hiyr, 88).
La razón de predicar de este modo
La adopción de este orden sucesivo por parte de los profetas y mensajeros al presentar su predicación no fue un hecho fortuito. Tiene varias razones particulares. Mencionaremos aquí algunas de ellas.
Primera razón: La razón más grande y evidente es que la gente común suele seguir, en conocimiento, conducta, carácter y moral, a las personas influyentes y con autoridad de la sociedad. Hay un proverbio que dice: «El pueblo sigue el paso del rey». Por eso, si quienes dirigen la sociedad y el Estado adoptan el programa de reforma, la gente común se reformará por sí sola. Si se convierten en un obstáculo, la gente común no emprenderá inicialmente ninguna acción; y aunque la acepte, su efecto desaparecerá muy pronto.
Segunda razón: Los profetas y mensajeros no se enfrentan a las clases distinguidas de la sociedad por resentimiento político o económico, ni albergan un favoritismo infundado hacia las clases desfavorecidas. Nunca incitan a las clases bajas a entablar una lucha de clases contra las altas, ni intentan empujar a estas hacia abajo y elevar a aquellas. La misión por la que llegaron al mundo no puede cumplirse sustituyendo una calamidad o una maldad por otra calamidad o maldad. Solo puede cumplirse estableciendo a toda la sociedad sobre el temor de Dios, los lazos de parentesco y el temor del Más Allá. Por eso no miran a las clases comunes y distinguidas con el mismo amor y compasión. Se esfuerzan igualmente para que ambas se liberen de sus respectivas enfermedades y adopten la salud. Sin embargo, en este esfuerzo de reforma dan prioridad a la reforma de la clase distinguida, porque ella es la que principalmente está enferma dentro de la sociedad y contagia a las demás. Por eso piensan primero en tratarla. Si logran sanarla, no resulta tan difícil sanar a las otras.
En cambio, el método de quienes están impulsados por un resentimiento o deseo de venganza económica contra las clases altas es completamente opuesto al de los profetas. Lanzan a la gente común contra los capitalistas y provocan una lucha de clases. Como resultado, establecen, según su concepción, un despotismo popular que consideran la llave de toda prosperidad y liberación. En realidad, el resultado de esa matanza y derramamiento de sangre no es otro que la desaparición del dominio exclusivo de los antiguos capitalistas y su sustitución por la dictadura de nuevos capitalistas. El monopolio de la opresión, la persecución y la injusticia, que hasta entonces estaba en manos de unas pocas familias capitalistas antiguas, pasa a manos de unas pocas familias nuevas. Si esta revolución produce algún beneficio para el mundo, se limita a apagar el fuego de venganza de un grupo y abrir el camino para expresar el deseo de ejercer opresión, injusticia y poder que habían reprimido hasta entonces, y comenzar un nuevo juego. Quienes limitan su visión a una reforma de este tipo pueden, sin duda, utilizar al pueblo como instrumento para alcanzar sus propios intereses.
Pero la revolución que los profetas y mensajeros vinieron a realizar no puede completarse simplemente reemplazando a un zar por Stalin o Lenin. Solo puede completarse eliminando, tanto en los grandes como en los pequeños, la inclinación a la opresión, la persecución, la injusticia y la arbitrariedad. Por eso, el alboroto y las revueltas de este tipo son completamente contrarios a su propósito.
Tercera razón: Las personas que ocupan una posición elevada dentro de la nación suelen ser también superiores intelectualmente. Precisamente esta superioridad intelectual las coloca en los puestos de liderazgo. Por ello, una predicación cuyo propósito sea producir una importante revolución intelectual y práctica no puede ignorarlas. Si estas personas adoptan una concepción correcta, pueden dirigir sobre esa base sistemas de escala cada vez mayor. Desde este punto de vista tienen un valor especial. Destruirlas no las perjudica a ellas, sino a la sociedad que las elimina. Si se las elimina mediante una revolución popular, toda la sociedad queda como leche a la que se le ha retirado la nata. Cuando, después de superar la intensidad de la revolución, esta sociedad intenta diseñar un nuevo plan para reconstruir la vida, puede sentir su propia bancarrota. Entonces ve claramente que necesita capacidades intelectuales y de pensamiento para las tareas futuras, pero ha perdido por completo ese ejército de personas capaces.
Esta situación surgió después de la primera etapa de la Revolución rusa. Una vez terminada la revolución, quienes tomaron el poder no sabían en absoluto cómo administrar el Estado sobre la base de su ideología. El resultado fue que no pudieron manejar por sí mismos el poder estatal que habían conquistado entre fuego y sangre. Tuvieron que confiar su administración a las mismas personas a quienes se lo habían arrebatado. Este grupo se había inclinado ante la nueva doctrina, influido por el clamor de las masas, pero ocultaba en su interior un profundo odio y hostilidad hacia ellas. Por eso utilizó el poder estatal de manera completamente hipócrita, y en sus manos la primera revolución socialista tuvo el mismo desenlace que suele tener cualquier revolución en manos de quienes la practican hipócritamente.
El método de predicación de los profetas está completamente libre de este error. Presentaron primero su mensaje a la comunidad de personas talentosas. Cuando las personas de este nivel poseían, junto con sabiduría, un carácter personal elevado, la fuerza de la predicación aumentaba en cuanto la aceptaban y la apoyaban.خياركم في الجاهلية خياركم في الاسلام«Los mejores de vosotros en la época de la ignorancia serán los mejores en el islam, cuando adquieran conocimiento de la religión».
Este hadiz alude precisamente a esa verdad. Es una bendición de este método de predicación que el islam encontrara personas como Abu Bakr y Umar. Por un lado, absorbieron en sí mismos, gracias a su talento, la esencia viva del mensaje hasta convertirse ellos mismos en sus intérpretes teóricos. Por otro, debido a sus elevadas cualidades morales y de carácter, poseían tanta fuerza que fundaron y administraron, sobre la base de este mensaje, un sistema social completo, demostrando al mundo que el islam aspira realmente a realizar todo ello.
Cuarta razón: Las personas de esta clase también suelen ser superiores en el aspecto material. Esta superioridad material no es en sí misma algo malo que deba ser necesariamente odiado. Solo puede tener un aspecto negativo cuando se convierte en un medio para apoyar y fortalecer la falsedad. Pero si, en lugar de apoyar la falsedad, se convierte en un medio para ayudar, respaldar y fortalecer la verdad, entonces, del mismo modo que la magnificencia del profeta Salomón —la paz sea con él— y el reino de Dhul-Qarnayn fueron una gran gracia y bendición, toda superioridad material puede ser también una gran gracia y bendición de Dios Altísimo. Cuando el Profeta —que Dios le bendiga y le conceda la paz— estaba tan preocupado por transmitir el mensaje a los líderes de Quraysh, tenía ante sí esta consideración: si estas personas aceptaban la predicación, los recursos materiales que poseían se dedicarían espontáneamente a ayudar y apoyar al islam. Así, por un lado, una gran fuerza se desprendería de las manos de la falsedad y, por otro, esa fuerza, al pasar a las manos de la religión de la verdad, se convertiría en una espada poderosa contra la falsedad.
Toda predicación de la verdad comienza sin apoyo ni recursos. Después va adquiriendo gradualmente los medios materiales de su época y sometiendo a su servicio la fuerza de los descubrimientos, las invenciones y las ciencias, para utilizarla, cuando se presenta la ocasión, contra la falsedad. Los líderes de otros movimientos del mundo esperan esto, y los nobles profetas también lo desean. Sin embargo, existe una diferencia entre el deseo de los demás y el de los profetas. Para ellos, los medios materiales no pueden adquirir tanta importancia que el propósito original quede sin importancia ante ellos. Por eso, cuando el deseo de los medios materiales está a punto de superar sus límites, Dios Altísimo detiene a Sus profetas. Les ordena no dirigir la mirada hacia los bienes de los incrédulos. La propia predicación lleva consigo su provisión, su vehículo, los medios para su protección y los medios de su desarrollo. Dios Altísimo es el protector de vuestra predicación y de la nuestra.وَلَا تَمُدَّنَّ عَيْنَيْكَ إِلَى مَا مَتَّعْنَا بِهِ أَزْوَاجًا مِنْهُمْ زَهْرَةَ الْحَيَاةِ الدُّنْيَا لِنَفْتِنَهُمْ فِيهِ وَرِزْقُ رَبِّكَ خَيْرٌ وَأَبْقَى وَأْمُرْ أَهْلَكَ بِالصَّلَاةِ وَاصْطَبِرْ عَلَيْهَا لَا نَسْأَلُكَ رِزْقًا نَحْنُ نَرْزُقُكَ وَالْعَاقِبَةُ لِلتَّقْوَى«No dirijas tus ojos hacia el esplendor de los bienes materiales que hemos concedido a algunos grupos de los incrédulos para ponerlos a prueba. La provisión de tu Señor es mejor y más duradera. Ordena a tu familia que rece y persevera en ello. No te pedimos provisión; Nosotros te proveemos. Y el buen final pertenece al temor de Dios» (Sura Ta-Ha, 131-132).
Quinta razón: Los nobles profetas —la paz sea con ellos— llegaron al mundo para establecer un sistema de vida verdadero, basado en la servidumbre a Dios, la reflexión propia de los creyentes, la crítica imparcial, la investigación y el principio de realizar todos los asuntos mediante la consulta mutua (shura). Aquí no hay lugar para el culto a la personalidad. Por eso, naturalmente, se dirigen primero a quienes pueden seguir sus ideas y decisiones, en vez de seguir ciegamente a otras personas. Quienes carecen de esta cualidad no son en absoluto aptos para hacer triunfar la misión de los profetas. Personas con esta capacidad pueden encontrarse en cualquier nivel social. Pero las perlas se buscan primero en la mina, no entre la basura. Por ello, los profetas y mensajeros se dirigen a esta clase y no fijan su atención en las demás mientras no pierden la esperanza respecto de ella.
En cambio, quienes desean que se adore su personalidad en lugar de los principios y objetivos dirigen siempre sus movimientos entre el público general, evitando a la clase intelectual. Si poseen capacidad y fuerza políticas, establecen su propia dictadura. Si carecen de capacidad política, o si la poseen pero les falta la fuerza necesaria, permanecen como líderes comunes. Y si en asuntos religiosos son expertos en el engaño, la hipocresía y las artimañas, fundan el negocio de maestro y discípulo. Estas personas temen a la clase talentosa tanto como el ladrón teme la luz del día. Todo su juego funciona mejor en la oscuridad; por eso prefieren la oscuridad.
Sexta razón: Si se inicia un movimiento mediante la gente común, dejando de lado al sector talentoso de una sociedad, quienes lo acepten entre el pueblo caerán víctimas de la duda y la incertidumbre. Más bien sufrirán una especie de complejo de inferioridad y, mientras algunos miembros de las clases altas no se conviertan en seguidores del movimiento, no adquirirán la confianza en sí mismos necesaria para dejarse influir por ella y luchar por la revolución. La causa psicológica es clara: aunque hayan aceptado el movimiento de todo corazón, también ven que las personas cuya superioridad intelectual y material habían reconocido hasta entonces no lo han aceptado, y consideran que esto se debe a un defecto del movimiento. A veces piensan también que quizá existe una debilidad en la filosofía del movimiento que ellos perciben, pero que aquellos no perciben. Esta enfermedad de la indecisión los vuelve completamente incapaces para el movimiento y, aunque lo hayan aceptado, permanecen como si estuvieran en las filas de quienes lo rechazan.
El método de los nobles profetas está completamente libre de este defecto. Desde el principio atacan las ideas y doctrinas de quienes dirigen el sistema social. Después de un período de conflicto, por un lado derriban la filosofía moral, política y metafísica de su época y, por otro, destituyen a quienes administran la sociedad y el Estado sobre la base de una filosofía falsa. En ese momento, la gente común permanece neutral y observa de qué lado está la verdad en la lucha. Las personas reflexivas comprenden desde la primera etapa que la verdad está con los profetas y la aceptan. Pero quienes no poseen una inteligencia aguda permanecen durante algún tiempo en la indecisión. Cuando el conflicto entre la verdad y la falsedad llega al punto en que la falsedad recurre a armas viles para ayudarse y demostrar que la verdad es falsa, entonces la verdad también se hace completamente clara para ellos y se inclinan ante ella.
Estos dos grupos de gente común pueden adelantarse o retrasarse un poco en aceptar la verdad, pero ambos la aceptan con una visión amplia y de largo alcance. Por ello quedan a salvo del complejo de inferioridad que afectaba al grupo mencionado anteriormente. La influencia de los opositores a la verdad desaparece por completo de sus corazones. Han visto que estos no poseen, para legitimar su visión, ninguna prueba aparte de la obstinación, la terquedad y la testarudez. Su engaño, egoísmo y artificios también quedan expuestos ante ellos. Por eso desaparece de sus corazones el respeto por su antiguo liderazgo, influencia y prestigio. Esta observación crea en ellos un sentimiento de superioridad en lugar de inferioridad. En vez de sufrir dudas y temores por oponerse a los «grandes», al ayudar a la verdad comienzan a sentir dentro de sí un honor y una elevación extraordinarios. Estas cosas los elevan tanto mental y moralmente que, aunque sean pocos, sus recursos escasos y sus espadas desgastadas, al enfrentarlos a enormes ejércitos logran derrotarlos.
Séptima razón: La séptima razón es que, para la permanencia de cualquier predicación, lo más necesario es reclutar sus colaboradores entre las personas talentosas y de clase elevada. Si esto no es posible, la predicación no puede perdurar, y los innovadores pronto abren una brecha en ella y [la destruyen; falta una palabra en la página 57, séptima razón]. Ya se ha mencionado que ninguno de los sabios y notables de los Hijos de Israel aceptó la predicación de Jesús —la paz sea con él—. Solo pudo reunir algunos seguidores de la clase común. No hay duda de la sinceridad, devoción y cumplimiento de sus responsabilidades por parte de estos seguidores. Se esforzaron al máximo por difundir el mensaje. A pesar de ello, san Pablo pronto distorsionó la religión de Jesús. Lo que más utilizó para realizar esta distorsión fue la propaganda de que los seguidores de Jesús eran gente común e ignorante y que, por ello, no podían comprender el secreto y el significado de las enseñanzas de Jesús. Él mismo era especialista en filosofía griega y misticismo. Afirmaba comprender mejor el significado de las enseñanzas del Mesías que sus seguidores directos. Por ello, su hechizo surtió efecto sobre la gente común y su propaganda fue tan influyente que no pudo ser contrarrestada. La religión de Jesús adoptó rápidamente una forma completamente distinta.
En cambio, entre quienes aceptaron el islam había personas talentosas como Abu Bakr y Umar; por eso los innovadores no pudieron abrir tan fácilmente una brecha en el islam. Puede decirse que, a pesar de miles de revoluciones, transformaciones y feroces ataques de los innovadores, el mensaje original del islam permanece hasta hoy intacto.
Conclusión
Por estas razones, el método de predicación de los nobles profetas siempre consistió en invitar primero a la comunidad de personas talentosas. Allí donde se necesita una reforma integral en vez de una reforma parcial, este método puede ser eficaz. Si en algún lugar se ha establecido un sistema islámico y surge en él una deformación parcial, para corregirla habrá que dirigirse a las personas responsables de esa deformación. Pero donde no existe en absoluto un sistema islámico y se necesita una reforma completa en vez de una reforma parcial, se debe presentar necesariamente la predicación de forma general, conforme al método de los profetas, e invitar primero a la clase intelectual y con autoridad del país, pertenezca a la nación musulmana o a una nación no musulmana. Esta fue la primera respuesta a la pregunta. Ahora trataremos la segunda parte.
5
La manera de dirigirse de los profetas
Es evidente que los profetas llegan en una época en la que se vuelve imposible distinguir entre la verdad y la falsedad, y entre lo verdadero y lo falso, sin la ayuda de la revelación de Allah; de hecho, todo el sistema de vida pasa a estar en manos de la falsedad en lugar de la verdad. En semejante época, la verdad se encuentra únicamente con los profetas. Fuera de los límites que ellos establecen puede hallarse alguna parte de la verdad, pero no es posible encontrar la verdad completa. Por ello, no sería apropiado ni razonable que los profetas, desde el principio, se dirigieran a la gente de esa manera. La realidad es que todo lo que queda fuera del ámbito de su misión no es sino kufr y shirk. Sin embargo, quien lea la historia de los profetas sabe que ellos no se dirigían así a la gente. Más bien, se dirigían a ella con expresiones como: «¡Oh pueblo!», «¡Oh gente!», «¡Oh miembros de mi pueblo!», «¡Oh comunidad poseedora del Libro!», «¡Oh comunidad judía!», «¡Oh comunidad cristiana!», «¡Oh creyentes!», y otras semejantes.
Los profetas y mensajeros mantenían este modo de llamar a la gente mientras esta, debido a su obstinación, terquedad y oposición a la verdad, no llegara a decepcionarlos hasta tal punto que les alcanzara el momento de separarse de su pueblo o emigrar. Cuando una nación avanza tanto en su oposición a la verdad que ya no está dispuesta en absoluto a apoyar la existencia de quienes siguen la verdad entre ella, y cuando incluso las pruebas más contundentes de los defensores de la verdad resultan inútiles frente a su terquedad, entonces los profetas abandonan a sus respectivos pueblos. Es en ese momento cuando comienzan a emplear claramente para ellos términos como incrédulos, idólatras y otros semejantes.
El ejemplo de Abraham
Esta verdad se manifiesta en la prédica de todo profeta, pero quien conozca especialmente las distintas etapas de la prédica de Abraham —la paz sea con él— y del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— no puede negarla de ningún modo. Abraham —la paz sea con él— se dirigió a su padre, a su pueblo y al rey de su época con determinadas expresiones. Pero cuando, después de un tiempo considerable de prédica y proclamación, la fuerza total de las pruebas y los milagros no solo dejó de tener efecto frente a la terquedad de su pueblo, sino que se convirtió en una amenaza para ellos, declararon su ruptura con sus respectivos pueblos. Lo hicieron con palabras que dejaban claro que se había agotado el último límite posible de indulgencia y tolerancia hacia el kufr y el shirk de su pueblo. Después de ello, también declararon su odio y enemistad hacia los miembros de sus pueblos. Este conflicto continuó hasta que ellos creyeron en el tawhid.قَدْ كَانَتْ لَكُمْ أُسْوَةٌ حَسَنَةٌ فِي إِبْرَاهِيمَ وَالَّذِينَ مَعَهُ إِذْ قَالُوا لِقَوْمِهِمْ إِنَّا بُرَآءُ مِنْكُمْ وَمِمَّا تَعْبُدُونَ مِنْ دُونِ اللَّهِ كَفَرْنَا بِكُمْ وَبَدَا بَيْنَنَا وَبَيْنَكُمُ الْعَدَاوَةُ وَالْبَغْضَاءُ أَبَدًا حَتَّى تُؤْمِنُوا بِاللَّهِ وَحْدَهُ
«Tenéis un excelente ejemplo en Abraham y en quienes estaban con él, cuando dijeron a su pueblo: “Nosotros nos desentendemos de vosotros y de aquello que adoráis aparte de Allah. Renegamos de vosotros, y entre nosotros y vosotros han aparecido para siempre la enemistad y el odio, hasta que creáis en Allah, el Único”». —(Sura al-Mumtahana: 4)
El ejemplo del Mensajero de Allah
La situación de la prédica del Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— era exactamente así. En ninguna sura anterior al período cercano a la Hégira se encuentra prueba de que él se dirigiera abiertamente a su pueblo o a la comunidad de la Gente del Libro mediante términos como incrédulos, idólatras o hipócritas. Se dirigía a ellos diciendo: «¡Oh gente!», «¡Oh humanidad!», «¡Oh miembros del pueblo!», etcétera. Del mismo modo, para la Gente del Libro se empleaba la expresión «¡Oh Gente del Libro!» u otras expresiones de significado equivalente. Incluso para los hipócritas, hasta después de la conquista de La Meca, continuó empleándose la conocida expresión «¡Oh creyentes!». En ningún lugar se les llamó abiertamente: «¡Oh hipócritas!».
Pero cuando, después de un período determinado de prédica y proclamación, la prueba definitiva de la religión de Allah se hubo completado contra el pueblo, y quienes rechazaban la religión no se limitaron a rechazarla, sino que decidieron matar a su Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, entonces él emigró y se dirigió a los incrédulos de Quraysh con la clara expresión «¡Oh incrédulos!», declarando su ruptura con su religión. En vísperas de esta emigración fue revelada la sura que contenía no solo la declaración de ruptura con Quraysh, sino también una declaración de guerra:قُلْ يَا أَيُّهَا الْكَافِرُونَ(1)لَا أَعْبُدُ مَا تَعْبُدُونَ(2)وَلَا أَنْتُمْ عَابِدُونَ مَا أَعْبُدُ(3)وَلَا أَنَا عَابِدٌ مَا عَبَدْتُمْ(4)وَلَا أَنْتُمْ عَابِدُونَ مَا أَعْبُدُ(5)لَكُمْ دِينُكُمْ وَلِيَ دِينِ(6)
«Di: “¡Oh incrédulos! Yo no adoro lo que adoráis. Ni vosotros adoráis a Aquel a quien yo adoro. Yo no adoraré lo que habéis adorado. Ni vosotros adoraréis a Aquel a quien yo adoro. Para vosotros vuestra religión y para mí mi religión”». [La gente quiere presentar la última declaración de esta sura como una proclamación de liberalidad y tolerancia. Pero esto es completamente incorrecto. En realidad, es una declaración de ruptura y una declaración de guerra. Para más detalles, véase Tafsir de la sura al-Kafirun, del maulana Hamiduddin Farahi.
La diferencia entre un incrédulo y una persona dedicada a actos de kufr
Los nobles profetas adoptaban todas estas precauciones y cautelas únicamente hasta el punto en que no mostraban ninguna indulgencia al declarar kufr y shirk las acciones propias de los incrédulos y de los idólatras. Si por alguna razón hubieran querido mostrar en este asunto la más mínima relajación, Allah Altísimo no les habría concedido permiso para ello. Incluso en situaciones de fuerte oposición recibían la guía de no temer ningún peligro al declarar que un acto de kufr o shirk era kufr o shirk, ni tomar en consideración ningún interés social o colectivo. La razón no podía ser, Dios no lo quiera, que quisieran declarar incrédula e idólatra a la gente. Más bien, se abstenían de hacerlo únicamente por temor a que surgiera un conflicto innecesario o por miedo a que la gente se apartara de la invitación a la verdad. Si semejante prudencia hubiera sido lícita para ellos, habrían podido aceptar las propuestas de acuerdo que presentaban los incrédulos y resolver fácilmente todas las disputas. Pero ningún profeta tuvo jamás en cuenta una prudencia de ese tipo en asuntos de religión, por grande que fuera el peligro que tuviera que afrontar por ello. Por esta razón, es necesario reflexionar profundamente sobre esta cuestión: quienes eran tan audaces e intrépidos al declarar que el kufr y el shirk eran kufr y shirk, ¿por qué fueron tan cuidadosos al llamar incrédulos e idólatras a las personas dedicadas al kufr y al shirk, y por qué tardaron tanto en declarar su ruptura con ellas?
Dos razones de esta diferencia
A nuestro juicio, hay dos razones sumamente importantes por las que, aunque los nobles profetas —la paz sea con todos ellos— declaraban kufr y shirk las acciones de kufr y shirk, tardaban en llamar incrédulos e idólatras a quienes las practicaban y en declarar su ruptura con ellos.
Primera razón: la primera razón es que la reprensión y censura que, ante Allah Altísimo, corresponde a Sus siervos solo se aplica después de haber presentado la prueba definitiva y de haber completado la proclamación. Si fuera lícito exigir cuentas a la gente o mostrar descontento hacia ella sin presentar la prueba definitiva ni completar la proclamación, Allah Altísimo no habría enviado profetas. Por ello, antes de declarar incrédula a la gente y anunciar la ruptura con ella, los profetas necesitaban darle la oportunidad de que la prueba de Allah Altísimo se completara contra ella, de modo que, para rechazar la religión de Allah, no le quedara otra causa que la obstinación y la terquedad. Para hacer concluyente la prueba se necesita proclamar la religión y difundir su enseñanza durante un período determinado. Durante el tiempo en que dejaron de llegar profetas, la oscuridad del extravío que cubre al mundo llega a ser tan profunda que incluso las personas distinguidas son incapaces de encontrar el camino; cuánto menos la gente común. Por ello, toda comunidad necesita prédica y formación. Puesto que todo extravío arraiga en el corazón bajo la forma de las costumbres y tradiciones de los antepasados, y puesto que además los intereses de algunas personas están vinculados a él, se hace necesario un esfuerzo prolongado para desarraigarlo. Los profetas y mensajeros perseveran en esta lucha durante mucho tiempo y con plena paciencia. Finalmente, la verdad se hace tan clara que nadie, salvo quienes tienen intereses vinculados a la falsedad, puede negarla. Cuando la proclamación de la verdad se ha completado hasta este punto, se vuelve lícito para los profetas separarse de quienes rechazan la verdad, declarando abiertamente su kufr y su shirk.
Segunda razón: la segunda razón es que, cuando todo el sistema social continúa establecido sobre la base de la falsedad en lugar de la verdad, incluso para quienes desean seguir la verdad se vuelve imposible hacerlo. En ese momento, la corrupción penetra en todos los ámbitos de la vida de tal manera que ni siquiera una persona consciente y alerta puede respirar sin tragar algo de su veneno. En tal situación, si los profetas y mensajeros, sin considerar la delicadeza de las circunstancias, hubieran impuesto a la gente el veredicto de kufr y shirk y hubieran declarado su ruptura con ella, esto habría constituido una extrema injusticia para muchos. Por eso no comenzaron una campaña de obstinación imponiendo veredictos de kufr y anunciando la ruptura. Al contrario, mediante la prédica y los predicadores intentaron crear un entorno adecuado en el que quienes siguen la verdad pudieran vivir conforme a sus principios. Cuando ese entorno empieza a formarse y se abre un camino favorable para la vida de los seguidores de la verdad —aunque todavía sea estrecho y difícil—, llega el momento de declarar los actos de kufr de quienes abandonan el camino de la verdad y avanzan rápidamente por el camino de la falsedad únicamente por satisfacción personal, lujo, ostentación y una mentalidad exhibicionista, y de romper las relaciones con ellos.
En el entorno actual
Si queremos obtener orientación para el entorno actual a partir de este excelente ejemplo de los profetas, es evidente que el ambiente que prevalece hoy en todo el mundo coincide en muchos aspectos con el período en que se interrumpió la llegada de los profetas. No cabe duda de que hoy el Libro de Allah se encuentra entre nosotros en su forma intacta. Por eso, en la actualidad el mundo no necesita un nuevo profeta, ni necesitará ninguno hasta el Día de la Resurrección. Sin embargo, para guiar a la creación y mantener a los musulmanes firmes en la verdad, el sistema aprobado por nuestra sharía era el sistema del califato. Ese sistema desapareció hace mucho tiempo. Por ello, puede decirse que la humanidad está actualmente bastante incapacitada ante la corrupción y el extravío en los que se encuentra sumergida.
En el capítulo de este libro titulado «Defectos del método habitual de proclamación», ya hemos explicado detalladamente que, después del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, Allah Altísimo ha confiado a los musulmanes la responsabilidad de presentar de manera definitiva la prueba ante el mundo hasta el Día de la Resurrección. Allah Altísimo también ha indicado el método para cumplir esta responsabilidad: los musulmanes establecerán el sistema del califato. Por una parte, este llamará a la gente del mundo hacia el bien y la prosperidad; por otra, mediante la orden de hacer el bien y la prohibición del mal (amr bil-ma’ruf y nahi ‘an al-munkar), mantendrá a los musulmanes firmes en el camino recto.
Debido a que el sistema del califato no está establecido, este mundo ha quedado prisionero bajo un sistema de falsedad. La falsedad se ha extendido por cada aspecto y ámbito de la vida con tal fuerza y esplendor que, en el sistema de vida actual, no queda absolutamente ningún lugar para la verdad. Los sistemas educativo, cultural, social, político y todos los demás ámbitos se han alejado de la verdad y están dedicados a ayudar y apoyar la falsedad. Incluso si bajo este sistema se realiza alguna obra, pequeña o grande, en nombre del islam, debido al entorno adverso de la época actual, esa obra termina ayudando a la falsedad.
Las personas piadosas que desean sinceramente seguir el camino de la verdad y la justicia no pueden avanzar hoy ni siquiera unos pocos pasos por el camino de la verdad sin encontrar obstáculos. Si una persona lejana le concede algún respiro durante un tiempo, la persona cercana lo mete en problemas y de ningún modo tolera que avance, aunque sea de manera diferente, por el camino que ha elegido. El Mesías —la paz sea con él— dijo:
«El camino del pecado es ancho y son muchos los viajeros que lo recorren. Pero el camino de la virtud es estrecho y son muy pocos sus viajeros».
Hoy este hecho puede verse con los propios ojos. Para llegar al destino de la falsedad hay un camino ancho y sin obstáculos. A ambos lados hay árboles frondosos que proporcionan sombra. También hay vehículos rápidos y guías para la seguridad. En cada destino abundan los lujos. Se puede llegar al destino seguro en cualquier momento que se desee.
En cambio, en el camino de la verdad se encuentran obstáculos desde el primer paso. Si se logra superar valientemente ese obstáculo, en cada paso siguiente existe el peligro de nuevos riesgos. Incluso desde el inicio hasta el final del viaje, a cada paso no se encontrará sino peligro. Hoy son muy pocas las personas que se atreven a poner el pie en este camino llevando consigo su propia cabeza. En esta época delicada y confusa, no hay nada sorprendente en que la gente se desvíe del camino de la guía y siga el camino del extravío. Lo sorprendente sería lo contrario. Estas personas merecen elogio en lugar de reproche, y son dignas de ser acogidas en el corazón en lugar de ser apartadas y arrojadas lejos mediante la ruptura de relaciones.
Si quienes han mantenido viva la luz de su fe a pesar de unas condiciones tan adversas hubieran encontrado un entorno favorable, se habrían convertido en musulmanes excelentes. Por ello, en lugar de odiarlos y declarar que están privados de la fe basándose en sus errores y en el hecho de que hayan caído en el extravío por ignorancia o por extrema necesidad, se debe intentar despertar en ellos conciencia y sensibilidad respecto de las verdaderas exigencias de la fe y del islam.
6
La secuencia de la predicación del dīn
Los nobles profetas —que la paz sea con ellos— seguían un orden determinado al llamar a la gente. Este orden se basaba en una gran estrategia de la labor de predicación. Si se altera este orden, desaparecen dicha estrategia y sabiduría. Ya lo hemos mencionado anteriormente. Del mismo modo, los profetas y mensajeros prestaban especial atención al orden en que presentaban sus enseñanzas ante la gente. Este orden tiene una importancia considerable en la predicación del dīn. Si no se respeta, existe el riesgo de que todo el esfuerzo resulte inútil; más aún, puede frustrarse el objetivo de la predicación. Por eso, aquí trataremos el orden que es indispensable adoptar al presentar a la gente la invitación al dīn.
El comienzo de la predicación de los profetas
Los profetas suelen aparecer en épocas en que el sistema del dīn verdadero se ha desordenado por completo y un sistema de ignorancia ha sometido a toda la sociedad. Por ello, los profetas comienzan proclamando la invitación a los fundamentos sobre los que se construye una sociedad islámica pura. Estos fundamentos son tres:
1. La fe en Allah, con plena afirmación de Su unicidad.
2. La fe en la misión profética, con plena obediencia.
3. La fe en la otra vida, con plena responsabilidad.
Estas tres cosas, cuando se corrompen, hacen que la sociedad empiece a dirigirse hacia la ignorancia. Cuando la corrupción se extiende ampliamente en ellas, la oscuridad de la ignorancia cubre a toda la sociedad. Pero, en cuanto estas tres cosas vuelven a manifestarse, la sociedad comienza a avanzar hacia el islam; y cuando se hacen plenamente evidentes, la sociedad entra en la plena luz del dīn. La creencia en estas tres cosas está tan profundamente arraigada en la naturaleza humana que rara vez han sido negadas en el mundo. Sin embargo, Satanás sabe perfectamente que el verdadero sistema de vida se funda en ellas; por eso, desde siempre se ha esforzado en abrir, de una u otra manera, alguna brecha en ellas. En realidad, estas tres cosas han sido rara vez negadas, pero, debido a los esfuerzos de Satanás, también han sido rara vez aceptadas de manera correcta. En materia de creencia, el mundo nunca las ha rechazado por completo ni las ha aceptado correctamente. Más bien, en la mayoría de los casos, la aceptación ha ido acompañada de la negación. Para rescatar a la gente de esta situación, Allah Todopoderoso envió profetas y mensajeros en todas las épocas.
Un problema en el camino de la predicación
Esta mezcla de la verdad y la falsedad hace difícil y prolongada la labor de predicación y reforma. Si hubiera que enfrentarse únicamente a la falsedad, podría ser derrotada con facilidad. Pero cuando la verdad y la falsedad están mezcladas, y la verdad se utiliza como escudo para ayudar a la falsedad, antes de emprender cualquier acción eficaz en favor de la verdad, quienes llaman a ella deben entablar una gran batalla. El objetivo de esta lucha es demostrar a la gente que, aunque en el sistema vigente haya algo de verdad, aunque sea parcialmente, no está al servicio de la verdad, sino al servicio de la falsedad.
Los profetas y mensajeros, así como quienes invitan al mundo hacia el dīn verdadero, suelen tener que luchar contra personas de creencias deformadas que, al establecer un compromiso entre el dīn de Allah y los deseos de sus propios egos, levantan un sistema nuevo y diferente y lo hacen pasar por el antiguo. Puesto que estas personas utilizan el dīn de Allah como escudo para proteger su falsedad, no es posible atacarlas directamente con total libertad. Más bien, hay que separar gradualmente la parte de verdad y la parte de falsedad presentes en sus creencias y acciones. Como cada elemento falso se va acumulando bajo la apariencia de verdad, separarlo llega a ser tan difícil que levantan una fortaleza alrededor de cada uno de ellos. Mientras no pierdan la esperanza de defenderlos, no están dispuestos a abandonarlos.
Esta labor requiere muchísimo tiempo. Exige una visión de largo alcance, extrema paciencia y una comprensión profunda. Cuando alguien considera que la negación de ciertas personas está mezclada con la aceptación, naturalmente trata la falsedad con indulgencia. Pero esa indulgencia beneficia a la falsedad, no a la verdad.
Dos cosas que deben tenerse en cuenta en la enseñanza y la formación
Como resultado de este conflicto, quienes se comprometen sinceramente a unirse a la verdad pura y a romper sus vínculos con la falsedad se convierten en una comunidad. Los profetas y mensajeros enseñan primero a estas personas aquello que, por un lado, establece del mejor modo su relación con Allah y, por otro, las une entre sí como un muro fundido de plomo. Los principios para vincular correctamente al siervo con Allah se derivan de los tres principios mencionados anteriormente. Para quienes han aceptado esos tres fundamentos, no resulta difícil aceptar estos principios. Después de aceptar un principio fundamental, una persona religiosa no puede negarse a aceptar sus consecuencias inevitables. En efecto, la explicación amplia de una cosa puede considerarse la descripción detallada de sus elementos esenciales, después de haber expuesto brevemente el asunto principal.
Sin embargo, los profetas no arrojaban desordenadamente ante la gente esos elementos, basándose en la idea de que, puesto que habían aceptado el asunto fundamental, aceptarían fácilmente sus elementos necesarios. Al contrario, seguían en este campo un orden racional y gradual. En esta actividad ordenada reside el éxito de su misión. Para establecer las etapas de este orden se tienen en cuenta dos cosas: primero, la capacidad mental e intelectual de la comunidad; segundo, la fuerza colectiva de la comunidad. Estas dos cuestiones requieren cierta explicación.
La capacidad mental e intelectual
Con capacidad mental e intelectual queremos decir que existe una cadena o conexión entre las órdenes y enseñanzas del dīn. Hay principios fundamentales; de ellos se derivan ciertos principios secundarios; sobre estos se construyen las enseñanzas básicas; y de ellas surgen después las ramas y aspectos complementarios. Quien aprende el dīn siguiendo este orden desarrolla, por un lado, en cada etapa la capacidad necesaria para la siguiente y, por otro, llega a comprender todo el sistema que contiene. El ejemplo es exactamente el de un niño al que primero se le enseñan las vocales y las consonantes; después, a formar palabras con ellas; luego, a leer palabras y frases; y finalmente se le presenta un discurso completo. Como ha seguido gradualmente una cadena desde las letras hasta las frases, en cada etapa ha adquirido naturalmente la capacidad necesaria para la etapa siguiente, y nada se ha convertido en una carga para su naturaleza. Puesto que cada capacidad exige una actividad, siente espontáneamente en su naturaleza el impulso de pasar de una etapa a otra.
En cambio, hay quien no ha recibido el dīn de esta manera, sino que se le han presentado sus distintas partes sin dificultad aparente, pero sin orden ni continuidad. Se le puede comparar con un niño ante el cual se ha colocado una frase completa sin haberlo hecho pasar por las etapas iniciales. Tal vez pueda repetirla y memorizarla con ayuda de la memoria. Pero permanecerá para siempre como una carga sobre su memoria y nunca podrá convertirse en parte de su capacidad natural.
Los nobles profetas —que la paz sea con ellos— nunca adoptaron este método al presentar el dīn. Más bien seguían un orden natural y racional. Por eso, quien aceptaba el dīn lo aceptaba impulsado por su propia naturaleza. Todo el dīn se asentaba profundamente en su pensamiento, conciencia, corazón y alma. Mediante este proceso se crea en la persona una fe firme, que no se separa del corazón ni siquiera después de haber sido partida en dos con una sierra. Por medio de este proceso se cultiva el sabor del temor reverente a Allah, que no está dispuesto a tolerar ningún elemento contrario al espíritu del dīn ni siquiera en el rincón más remoto de las múltiples actividades de la vida.
Quienes no quieren comprender este sistema del dīn ni la belleza del método de predicación de los profetas quieren convertir a la gente en observante no solo de las oraciones obligatorias, sino también de las oraciones de taháyyud, ishraq y otras, antes de darle conocimiento de Allah. Antes de crear en la gente la creencia en la necesidad del profeta y en su obediencia, se dedican a medir la longitud y la anchura de sus barbas, bigotes, camisas y pantalones. Antes de producir una fe firme en la otra vida, quieren ver en la gente las virtudes del temor de Allah, la piedad, la sinceridad, la cortesía, la humildad y la modestia.
Como resultado de sus esfuerzos invertidos, la barba llega a tener una longitud exagerada, el pantalón alcanza su límite inferior, y en la manera de caminar, sentarse, levantarse y hablar puede aparecer una pobreza artificial. En la comida y la bebida, y en cada aspecto de lo que se consume y se ingiere, quizá se conviertan exteriormente en imitadores de la Sunna. Pero, puesto que estas cosas se producen de manera irracional y antinatural, la característica de este temor reverente ostentoso no es más que la siguiente: «Se escogen y apartan las moscas, pero se traga el camello».
Los poseedores de este tipo de piedad no se fijan en si el bocado de comida que pasa por su garganta es puro y lícito o si se ha obtenido sirviendo al taghut. Pero, después de tragar ese bocado ilícito, conceden una importancia extraordinaria a beber agua con la mano derecha en vez de con la izquierda. La perspectiva religiosa de estas personas es que, si la intención de alguien es correcta, puede satisfacer a Allah y elevar el estandarte del islam desempeñando cargos como agente de policía, administrador de distrito, miembro del parlamento, etc., bajo cualquier sistema falso.
Entre estos piadosos también se encuentra quien se enorgullece de su buena fortuna porque para su hija ha conseguido un esposo religioso cuyo pantalón nunca cae por debajo de las pantorrillas y que es discípulo de cierto venerable maestro. Pero nunca dirige su atención al hecho de que el medio que su yerno ha adoptado para ganarse la vida es algo que ningún musulmán con sensibilidad de fe podría siquiera imaginar.
La causa principal de esta bancarrota es que, durante mucho tiempo, no ha surgido entre los musulmanes una predicación capaz de presentar todo el dīn con su método ordenado y de explicar claramente a la gente, en cada etapa, la parte del dīn que debía presentársele, junto con sus exigencias inevitables. Por el contrario, quienes comenzaron alguna labor de predicación, por no sentir la necesidad fundamental y por no estar familiarizados con el sistema del dīn, empezaron donde quisieron. Y aunque existiera en algunos musulmanes cierta conciencia religiosa, era tan contradictoria e inerte que, lejos de poder servir de base para una predicación correcta, probablemente ni siquiera permitía iniciar una predicación correcta mientras se la mantuviera.
La capacidad organizativa
Consideremos también la fuerza colectiva que los nobles profetas tenían en cuenta al presentar el dīn. Al reflexionar sobre las órdenes del dīn, se comprende que son de dos tipos: primero, las órdenes individuales; segundo, las órdenes colectivas. Las órdenes individuales son para las personas y deben cumplirse en el plano individual por cada persona, como la oración, el ayuno y gastar en el camino de Allah. Las órdenes del plano colectivo están relacionadas con la comunidad. Cuando la comunidad llega a existir, cumplir estas órdenes se convierte en una obligación para ella, como las leyes relacionadas con la sociedad, la política y la yihad.
Al invitar a las personas a las órdenes individuales y enseñárselas, hay que tener en cuenta su capacidad de comprensión y de asimilación. No es correcto hacer llover sobre ellas todas las órdenes y prohibiciones. De lo contrario, podrían asustarse y abandonarlo todo. También hay que preguntarse si tienen capacidad para soportar la carga de las órdenes del segundo tipo que se les quiere imponer. Esta evaluación organizativa es sumamente difícil. Los profetas —que la paz sea con ellos— recibían directamente de Allah la guía al respecto, pues las órdenes y prohibiciones descendían teniendo en cuenta la capacidad de comprensión de la comunidad.
Sin embargo, quienes quieran dirigir una comunidad siguiendo el método de los profetas tendrán que actuar en este asunto mediante un iytihad completo. Mientras no puedan evaluar plenamente las etapas de la revelación de las órdenes del dīn, las condiciones particulares de su época y la diferencia entre la comunidad de un profeta y la comunidad de alguien que no es profeta, sus pasos nunca podrán situarse en el camino correcto. Siempre existe el temor de que la organización que dirigen choque contra alguna roca y quede hecha pedazos antes de llegar a la orilla.
Quienes desconocen este asunto, al ver ante sí todo el Noble Corán, imaginan que fue revelado entero en un solo día y que todas sus órdenes y prohibiciones debían ponerse en práctica al mismo tiempo. Por eso, mientras invitan al tawhid por un lado, intentan implantar también el sistema judicial islámico por otro. Mientras comienzan a explicar el kufr y el taghut, también envían un ultimátum al taghut. De todo esto se comprende claramente que los musulmanes no saben en absoluto con qué precisión deben evaluar la fuerza y la capacidad global de una organización al emprender un movimiento para reemplazar el sistema de ignorancia de una región por un sistema islámico, ni qué magnitud de daño puede producir el más pequeño error.
No es necesario explicar aquí detalladamente que las órdenes del Noble Corán relacionadas con la sociedad y la política fueron reveladas cuando el Estado islámico ya estaba efectivamente establecido. En la revelación de estas órdenes existe un perfecto equilibrio gradual. Solo cuando la fuerza numérica de los musulmanes alcanzó el nivel necesario para construir un sistema social independiente y obtuvieron un territorio libre y soberano para lograr ese objetivo, se les dio la orden final de romper sus relaciones con el sistema de kufr.
A partir de esto puede deducirse que, también en la actualidad, cuando los musulmanes sean capaces de dirigir un sistema social y económico independiente, podrán hacerse efectivas las órdenes de romper cualquier tipo de relación social con el sistema de kufr. Después, cuando los musulmanes alcancen el nivel de fuerza invencible necesario para establecer y aplicar la ley de Allah en la tierra de Allah, se les presentarán las normas islámicas relacionadas con la política internacional.
Al igual que la capacidad mental e intelectual de un estudiante, la fuerza y capacidad material de una organización aumentan gradualmente. Quienes dirigen esa organización deben evaluar su fuerza y capacidad con una mente sumamente alerta. Si se carga a la organización con una responsabilidad sin una evaluación correcta, el resultado será que se destruirá por completo la fuerza que había creado durante largo tiempo. A esta verdad aludió la honorable Aisha —que Allah esté complacido con ella—.
Árabe*****
«Lo primero que fue revelado del Corán fue una sura detallada en la que se mencionaban el Paraíso y el Infierno. Después, cuando la gente entró en el ámbito del islam, fueron reveladas las normas de lo lícito y lo ilícito. Pero si al principio se hubiera revelado la orden: “No bebáis vino”, la gente habría dicho: “Nunca abandonaremos el vino”. Y si se hubiera revelado: “No cometáis adulterio”, seguramente la gente habría dicho: “Nunca abandonaremos el adulterio”». (Bujari, Virtudes del Corán, capítulo: La recopilación y ordenación del Corán.)
7.
El método de la predicación
En ciertos círculos religiosos —Dios sabe de dónde se difundió esta idea— se cree que el método ideal de la predicación y el método seguido por los profetas consiste en salir a difundir la religión llevando un bastón en la mano y algunos garbanzos en la bolsa. Sin zapatos en los pies ni gorro en la cabeza. Hay que recorrer las aldeas y comenzar a predicar a cualquiera que se encuentre, quiera escuchar o no. Al atravesar una ciudad, si se ve reunido a un pequeño grupo en algún lugar o en una esquina, se debe comenzar inmediatamente a exhortarlo. En los vagones del tren, en las estaciones, en los mercados y en las calles, dondequiera que haya una multitud, allí debe comenzar el sermón. Hay que entrar en cualquier reunión, ocupar un lugar en toda conferencia y subir a cualquier estrado; la gente, atemorizada por su insistencia, intentará huir, pero ellos, como soldados de Dios, se instalarán sobre el cuello de cada uno. La gente se esconderá para evitar sus preguntas y respuestas; a veces, molesta, responderá con insolencia y malos modales, pero ellos continuarán afanosamente su tarea. Donde haya una reunión de sermones, predicarán. Donde se solicite una recitación de milad, la realizarán. Donde parezca necesario entablar una disputa con los adversarios, se entregarán a la disputa.
Esta es, según ellos, la verdadera forma de predicar; esta es la visión del predicador sincero que existe en la mente de muchos de nuestros religiosos. No niegan cierta superioridad a los métodos actuales, desarrollados y científicos, de predicación y enseñanza; sin embargo, consideran bendito y provechoso el método que, según su imaginación, adoptaron los profetas y mensajeros.
A nuestro juicio, que consideren este método como el de los profetas se debe en parte a su desconocimiento de la práctica profética y en parte a su deseo de demostrar que el método que han adoptado —el único para el que tienen capacidad— es noble y sagrado. Según lo que hemos estudiado sobre los métodos de predicación de los profetas, hemos llegado a la conclusión de que el procedimiento de los profetas y mensajeros era, para su época, sumamente avanzado y excelente. Además, ese procedimiento cambiaba conforme cambiaban las circunstancias y progresaba la civilización. Esto demuestra que no es correcto aferrarse a un único método. Debe adoptarse el medio verdadero descubierto en cada época, mediante el cual puedan hacerse más fructíficos el esfuerzo y la capacidad.
La mejora de la ciencia y del conocimiento también ha mejorado los métodos de la predicación.
Lo más importante aquí es que los profetas no dependieron de un solo método de predicación. A medida que avanzaban el conocimiento y la ciencia, cambiaban también sus métodos de difusión y formación. En la etapa inicial de la civilización, cuando aún no existían las técnicas de lectura y escritura, la difusión y la enseñanza se realizaban oralmente. Enseñaban de viva voz algunos principios de virtud y veracidad, que la gente memorizaba. Estos principios llegaban a los seguidores de generación en generación. Finalmente, cuando se perdían con el paso del tiempo o se mezclaban con otras cosas, Dios enviaba a un profeta para devolverles vida de una manera completamente nueva. Mientras no existía la escritura, la predicación dependía de la colaboración personal, la expresión oral, la transmisión y la memoria de los oyentes. Pero cuando la gente aprendió a escribir y se descubrió un medio mejor para transmitir y conservar el conocimiento, los profetas también lo utilizaron. Así, Moisés, la paz sea con él, en vez de limitarse a enseñar oralmente, escribía en tablillas los mandamientos de la Torá para su pueblo. Del mismo modo, a los árabes se les enseñó la religión por escrito mediante el cálamo. Dios mencionó esta gracia: en lugar de enseñarles solamente de palabra, les enseñó mediante la escritura. Es un método educativo más avanzado y seguro. Dice el Sagrado Corán:اقْرَأْ وَرَبُّكَ الْأَكْرَمُ الَّذِي عَلَّمَ بِالْقَلَمِ عَلَّمَ الْإِنْسَانَ مَا لَمْ يَعْلَمْ«Lee. Y tu Señor es el Más Generoso, quien enseñó por medio del cálamo; enseñó al ser humano lo que no sabía». (Sura de Al-‘Alaq, 3-5)
Estos versículos muestran claramente que es una gracia especial de Dios haber enseñado al ser humano el uso del cálamo y haber convertido este método avanzado en un medio para difundir y enseñar la religión. Gracias a ello recibieron el Corán, la mayor de las bendiciones de Dios. El Corán también señala en diversos lugares la superioridad de la enseñanza basada en el cálamo y los libros sobre la enseñanza oral. No es este el lugar para una extensa discusión. Lo que queremos señalar aquí es que el método de predicación introducido por los profetas no es inmóvil, inerte ni carente de desarrollo. Por el contrario, cambia y progresa junto con el desarrollo mental e intelectual de la humanidad. Con el avance de la ciencia y la civilización han aumentado también los instrumentos de trabajo y los medios de conocimiento. Los llamados a la verdad son quienes tienen mayor derecho a beneficiarse de ellos; la práctica de los profetas lo indica. En nuestra época, la radio, la televisión, el cine, la imprenta y otros medios han llevado la capacidad humana de difusión, propaganda y formación a un nivel completamente distinto. Cualquier discurso, grande o pequeño, puede transmitirse en pocos minutos de un extremo del mundo al otro. Se puede informar en pocos días a las personas conscientes de todo el mundo sobre cualquier movimiento amplio. Incluso los mensajes más difíciles pueden explicarse con facilidad a todos, sin distinción entre gente común y especializada. Los seguidores de la falsedad utilizan estos medios para difundir sus falsedades por todo el mundo. Los descubrimientos actuales de la ciencia han reducido enormemente las distancias. Las montañas y los mares que separaban de manera infranqueable a dos pueblos ya no constituyen un obstáculo importante. Ayer un maestro hablaba solamente a los alumnos presentes; hoy puede hacer oír sus palabras al mundo entero al mismo tiempo. Lo que antes no podía comprenderse aunque se enseñara durante meses, hoy puede explicarse fácilmente, con instrumentos científicos modernos, a todos los habitantes de una ciudad cada pocas horas.
Por eso es hoy indispensable disponer de estos medios para difundir la verdad. Si quienes siguen la verdad los desprecian pensando que los profetas no los utilizaron, que acudían personalmente a cada individuo y que, por tanto, nosotros también debemos evitar estos recursos y llevar la religión de casa en casa, estarán cayendo en un gran engaño satánico. Mientras uno, siguiendo su método religioso, logra hacer llegar su mensaje a dos personas, los seguidores de la falsedad, usando medios científicos, lo harán llegar de forma muy eficaz a miles, millones e incluso cientos de millones. Satanás ha perjudicado con este engaño los esfuerzos y capacidades de la mayoría de los defensores de la verdad, y ha inclinado la balanza a su favor. Al final, estos han quedado rezagados en todos los ámbitos de la vida, mientras Satanás avanza y dirige a los pueblos. Ya no queda relación entre el esfuerzo de ambos grupos. Esta situación continuará mientras los defensores de la verdad no aprendan a emplear esta enorme fuerza al servicio de la verdad. Hoy dicha fuerza está completamente en manos satánicas y dedicada al servicio de la falsedad.
La mejora social también debe aprovecharse para la predicación.
Así como el método de predicación debe ser científicamente elevado y avanzado para poder enfrentarse con toda fuerza a la falsedad, también deben aprovecharse los progresos sociales y generales de la vida, a fin de que la predicación sea plenamente eficaz según las exigencias de la época. Para ello es indispensable convivir, reunirse, intercambiar opiniones, exponer las propias ideas y escuchar las ajenas. Si un método colectivo de realizar una tarea no contiene ningún daño moral o jurídico-religioso, los defensores de la verdad deben participar en él y utilizarlo para difundirla. En la época del Mensajero de Dios, la paz y las bendiciones sean con él, aprovechó para la predicación aquellos procedimientos sociales que resultaban adecuados.
Cuando quiso informar de su misión a los jefes de su clan, que eran también jefes del pueblo, ordenó a Alí organizar un banquete e invitar a todo el clan de Muttalib. Alí cumplió la orden y todos se reunieron. Hamza, Abu Talib y Abbas participaron en el banquete. Después de comer, el Profeta se puso de pie y pronunció un discurso cuyo resumen era: «He venido a vosotros con algo que es la llave de la felicidad en esta vida y en la otra». Al final preguntó: «¿Quién de vosotros está dispuesto a ser mi compañero en esta pesada responsabilidad?». Todos guardaron silencio. Después de esperar un rato, Alí se levantó desde un rincón y dijo con emoción: «Aunque me duelen los ojos, aunque soy débil y aunque soy el más joven de todos, yo seré tu compañero».
Además de este método, el Mensajero de Dios utilizó otros procedimientos comunes útiles para la predicación. Se reunía personalmente con los dirigentes de La Meca y Taif para presentarles el mensaje. Durante la peregrinación visitaba a los jefes de las tribus que acampaban alrededor de La Meca y los invitaba al islam. Enviaba representantes a personas importantes de distintas regiones. En Arabia se celebraban ferias estacionales a las que acudían personas de todos los niveles. No eran solamente centros de comercio y diversión; también incluían reuniones de conocimiento, ciencia y literatura. El Mensajero acudía a esas ferias y creaba ocasiones para presentar la religión. También invitó a muchas personas mediante cartas.أَمَّا مَنِ اسْتَغْنَى فَأَنْتَ لَهُ تَصَدَّى وَمَا عَلَيْكَ أَلَّا يَزَّكَّى وَأَمَّا مَنْ جَاءَكَ يَسْعَى وَهُوَ يَخْشَى فَأَنْتَ عَنْهُ تَلَهَّى كَلَّا إِنَّهَا تَذْكِرَةٌ فَمَنْ شَاءَ ذَكَرَهُ فِي صُحُفٍ مُكَرَّمَةٍ مَرْفُوعَةٍ مُطَهَّرَةٍ بِأَيْدِي سَفَرَةٍ كِرَامٍ بَرَرَةٍEn resumen, todo procedimiento creado en aquella época para acercar a la gente a algo, o para acercarse a ella, era utilizado plenamente por el Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, para la predicación siempre que no contuviera una falta moral. En la vida social y cultural de cada época surgen métodos con los que sus habitantes están familiarizados. Por ello, para tratar y trabajar con la gente deben adoptarse procedimientos acordes con su temperamento. Hay que encontrarse con ellos del modo en que desean encontrarse y explicarles las cosas del modo en que desean escucharlas. Debe aceptarse el método que la gente considera eficaz.
Si alguien se abstiene de estos procedimientos porque no corresponden a su gusto, porque carece de capacidad para emplearlos o porque los antiguos no los utilizaron y, por ello, cree que no son ideales, el resultado inevitable será el fracaso de su labor de difusión, por noble y sincero que sea su objetivo. Si hoy alguien viajara a un país europeo o americano para invitar a la religión, tendría que emplear los medios sociales y culturales de ese país para establecer relaciones y difundir sus ideas. Si no pudiera o no quisiera hacerlo y se empeñara en caminar por las calles enseñando a la gente la profesión de fe y la oración, aunque fuera muy sincero, frustraría todos sus esfuerzos por esa actitud irracional, y también desacreditaría la profesión de fe y la oración.
El predicador debe tener solamente la precaución de no adoptar aquellos métodos contemporáneos aceptados y extendidos que contengan una deficiencia moral. Si una necesidad especial exige utilizar un procedimiento defectuoso, primero debe purificarse de su defecto moral.
Al principio, para despertar a su pueblo de la indiferencia y atraerlo hacia su mensaje, el Profeta subió a la cima del monte Safa y llamó a la gente. En la Arabia pagana, la forma original de esta llamada consistía en que quien anunciaba un peligro extremo se desnudaba completamente para expresar su gravedad. El Mensajero adoptó el método de llamar a la gente, pero, puesto que la desnudez era una indecencia extrema, lo purificó de ese defecto. De este ejemplo se deduce que, si los métodos colectivos y públicos de difusión desarrollados en la época actual contienen algún aspecto malo, no es necesario rechazarlos de golpe. Hay que limpiarlos de sus defectos y emplearlos para alcanzar los fines de la verdad.
Los numerosos medios creados por los países civilizados para difundir movimientos entre las masas, que hoy sirven activamente para extender la ignorancia, también pueden emplearse para extender el bien. Solo es necesario eliminar su aspecto dañino y beneficiarse de ellos. El problema es que quienes los utilizan hoy suelen darles una forma sumamente degradada incluso cuando persiguen un objetivo excelente. Para recaudar fondos para una causa sagrada como el yihad, organizan ferias de diversión o bazares; convierten la belleza de las mujeres, la obscenidad y la desvergüenza en instrumentos de recaudación. Para ayudar a los refugiados, organizan conciertos de rock y de música bailable, estimulan los deseos sexuales ocultos y sacan dinero de los bolsillos de la gente. Si no encuentran otro modo de despertar las emociones, reúnen a poetas y escritores y organizan recitales cobrando entrada; intentan despertar la fe mediante la melodía de los poemas. Así, incluso los medios que contienen algún elemento beneficioso se moldean según el gusto degradado de la sociedad. ¿Cómo puede esperarse entonces que se extirpe algo reprobable y se establezca en su lugar el bien? Aun así, la enseñanza del islam es que, si algo contiene un elemento malo, debe corregirse y utilizarse para alcanzar los fines de la verdad; no es correcto rechazarlo por completo.
Estas son dos orientaciones fundamentales relativas a los medios que el llamado a la verdad debe emplear, y debe vigilarlas cuidadosamente. Ahora mencionaremos algunas orientaciones sobre los métodos que debe evitar. El principio básico es que quien invita a la religión de Dios nunca debe adoptar un método contrario a la difusión de la religión, a la dignidad del predicador o a la propia labor de difusión. Tales métodos pueden ser numerosos y difíciles de enumerar; señalaremos algunos ejemplos para mostrar qué clases de procedimientos deben abandonar los predicadores de la verdad.
Deben abandonarse los métodos contrarios a la dignidad.
Para atraer a la gente hacia la religión de Dios, el predicador debe evitar cualquier procedimiento que pueda menoscabar la dignidad del mensaje o la suya propia. Una dedicación extraordinaria a su tarea y un gran deseo de atraer a la gente hacia la verdad son, sin duda, excelentes cualidades. Pero no deben llegar al extremo de hacerle olvidar los derechos de su propia persona, desatender a sus compañeros y amigos o despreocuparse de la dignidad y posición de su misión. Intentar enseñar a quien no está dispuesto a escuchar, correr detrás de los orgullosos, tratar de atraer a quienes odian y muestran hostilidad, y adular a los arrogantes, solo es lícito mientras no perjudique la personalidad del predicador ni la dignidad de la misión, ni introduzca humillación o vulgaridad en la labor. Si se ve que se ha excedido ese límite, el amor a la verdad exige que conserve su dignidad, se aparte de esas personas y concentre su atención en quienes poseen interés por buscar y conocer la verdad.
Los siguientes versículos de la sura ‘Abasa impidieron al Mensajero mostrar tal deferencia a los jefes de Quraysh y le recordaron que una misión tan noble no debía presentarse con humillación. El Corán es una palabra elevada y honorable; al presentarla hay que recordar siempre que es la guía de Dios, no la solicitud de un mendigo.وَلَا تُجَادِلُوا أَهْلَ الْكِتَابِ إِلَّا بِالَّتِي هِيَ أَحْسَنُ إِلَّا الَّذِينَ ظَلَمُوا مِنْهُمْ وَقُولُوا آمَنَّا بِالَّذِي أُنْزِلَ إِلَيْنَا وَأُنْزِلَ إِلَيْكُمْ وَإِلَهُنَا وَإِلَهُكُمْ وَاحِدٌ وَنَحْنُ لَهُ مُسْلِمُونَ«En cuanto a quien se considera autosuficiente, tú le prestas atención, aunque no te corresponde reprocharte si no se purifica. Pero quien viene a ti con empeño y teme a Dios, tú lo desatiendes. ¡No! Esto es un recordatorio; quien quiera, que lo recuerde. Está escrito en hojas honradas, elevadas y purificadas, en manos de escribas nobles y virtuosos». (Sura ‘Abasa, 5-16)
Nunca es lícito que, llevado por el entusiasmo de la predicación, el predicador irrumpa en cualquier reunión, reprenda a la gente y continúe hablando aunque los oyentes no presten atención. Tampoco debe perseguir a todo caminante hasta obligarlo a escucharle o a hablarle. Se transmite de Ibn Abbas: «No quisiera verte pasar junto a un grupo ocupado en sus asuntos y comenzar a darles un sermón. Debes guardar silencio hasta que te den la oportunidad de hablar; entonces te escucharán con interés». (Bujari)
También hay que evitar cualquier procedimiento que convierta la predicación en una carga para la gente y haga que se canse de ella. Se transmite de Shaqiq que Abdullah ibn Mas‘ud daba exhortaciones a la gente cada jueves. Un hombre le dijo: “Ojalá nos exhortaras todos los días”. Abdullah respondió: “Lo que me impide hacerlo es que no deseo aburriros. Por eso os exhorto de vez en cuando, como el Mensajero de Dios nos exhortaba ocasionalmente por temor a cansarnos”. (Bujari y Muslim)
Deben abandonarse los métodos contrarios al objetivo.
El llamado a la verdad nunca debe adoptar un procedimiento que, por su naturaleza, sea contrario al objetivo de la predicación. Un ejemplo es la disputa formal. Aunque durante mucho tiempo se la ha considerado el método más eficaz de predicación y difusión, y nuestros autores han escrito libros sobre ella que incluso se han incorporado a los programas de las madrasas árabes, ningún otro procedimiento está tan alejado de la esencia del movimiento de la verdad.
Es cierto que Dios permitió en el Corán debatir; pero es completamente erróneo identificar con la disputa corriente el tipo de debate mencionado en el Corán mediante los términos mujadala y muhajja. Los polemistas toman estas dos palabras como prueba de sus disputas, por lo que debemos explicar brevemente su significado con ayuda del propio Corán, para que se distinga la discusión de los profetas de la disputa actualmente extendida.
El Corán menciona dos clases de mujadala: la disputa por medios falsos y la disputa de la mejor manera. Relaciona la primera con los incrédulos y enemigos del islam. Sus características son precisamente las que suelen verse en las discusiones actuales: aferrarse a una opinión sin prueba razonable, obligar a otros a aceptarla, mezclar asuntos irrelevantes con el tema principal, perder el tiempo en discusiones inútiles, no escuchar el argumento del adversario ni permitir que otros lo escuchen, y entregarse a una palabrería vacía y a gritos estériles. El Corán describe todo esto como disputa falsa y ordena estrictamente a los seguidores de la verdad evitarlo. Solo permite discutir de la mejor manera.
El Corán explica esta mejor manera tanto intelectual como prácticamente. En lugar de combatir al interlocutor, hay que exponerle detalladamente los principios fundamentales que comparte con nosotros y que no se niega a aceptar. Así escuchará con interés el mensaje. Después deben mostrarse las conclusiones que necesariamente se desprenden de los principios que él mismo reconoce. Entonces estará dispuesto a aceptarlas como propias, y no surgirá en él el rechazo que normalmente provoca considerar una afirmación como la exigencia de un adversario. El propio Corán ofrece el mejor ejemplo de ello.قُلْ يَا أَهْلَ الْكِتَابِ تَعَالَوْا إِلَى كَلِمَةٍ سَوَاءٍ بَيْنَنَا وَبَيْنَكُمْ أَلَّا نَعْبُدَ إِلَّا اللَّهَ وَلَا نُشْرِكَ بِهِ شَيْئًا وَلَا يَتَّخِذَ بَعْضُنَا بَعْضًا أَرْبَابًا مِنْ دُونِ اللَّهِ فَإِنْ تَوَلَّوْا فَقُولُوا اشْهَدُوا بِأَنَّا مُسْلِمُونَ«Y no discutáis con la Gente del Libro sino de la manera más noble, excepto con quienes cometen injusticia. Decid: “Creemos en lo que se nos ha revelado y en lo que se os ha revelado. Nuestro Dios y vuestro Dios es uno, y a Él nos sometemos”».
Este versículo enseña, en primer lugar, que no es necesario conversar con personas de naturaleza perversa y perturbadora, acostumbradas únicamente a la disputa y sin deseo de comprender o aceptar la verdad. Con quienes buscan sinceramente hay que hablar y dialogar. El método consiste en comenzar por los principios reconocidos tanto por ellos como por nosotros. Conforme a este principio, el mensaje de la unicidad divina debe presentarse a la Gente del Libro de modo que quede claro lo siguiente: si la unicidad es reconocida como principio fundamental tanto por los creyentes musulmanes como por la Gente del Libro, ¿por qué han de diferir sus consecuencias y exigencias? Si aceptan el principio, deben aceptar también su resultado necesario. El Corán dice:
«Di: “¡Gente del Libro! Venid a una palabra común entre nosotros y vosotros: que no adoraremos sino a Dios, que no asociaremos nada con Él y que no nos tomaremos unos a otros como señores aparte de Dios. Si se apartan, decid: ‘Sed testigos de que somos musulmanes’”». (Sura de Al ‘Imran, 64)
Al reflexionar sobre el ejemplo práctico de debate que el Corán presenta y elogia, se comprende que mujadala consiste en persuadir al adversario, mediante amor, confianza, buen carácter y argumentos correctos, para que acepte la verdad. Finalmente, impresionado por la sinceridad, imparcialidad y devoción del predicador, el adversario estará dispuesto a examinar y aceptar la veracidad de sus palabras.
El Corán presenta varios ejemplos de esta clase de debate. Mencionaremos uno solo. Así se comprenderá qué expresión afectuosa y qué concentración se describen y elogian con el término mujadala. Al elogiar la discusión de Abraham, la paz sea con él, con Dios acerca del pueblo de Lot, el Corán indicó que era fruto de su sincera compasión, ternura y preocupación.
El Corán no ofrece los detalles de aquella discusión, por lo que los hemos tomado de la Torá. Según su relato, Abraham habló así con los ángeles que habían llegado para castigar al pueblo de Lot: «Abraham se acercó y dijo: “¿Destruirás al justo junto con el malvado? Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Destruirás el lugar y no lo perdonarás por los cincuenta justos que hay en él? Lejos de ti hacer morir al justo con el malvado y tratar a ambos por igual. ¿Acaso el Juez de toda la tierra no hará justicia?”. Dios respondió: “Si encuentro cincuenta justos en Sodoma, perdonaré a todo el lugar por ellos”. Abraham dijo: “Me he atrevido a hablar con mi Señor, aunque soy polvo y ceniza. Quizá falten cinco para los cincuenta. ¿Destruirás toda la ciudad por esos cinco?”. Respondió: “No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco”. Abraham volvió a hablar: “Quizá haya cuarenta”. Él respondió: “No lo haré por consideración a los cuarenta”. Abraham dijo: “Quizá haya treinta”. Respondió: “No lo haré si encuentro allí treinta”. Abraham dijo: “Me he atrevido a hablar otra vez. Quizá haya veinte”. Respondió: “No la destruiré por los veinte”. Abraham dijo: “No se enoje mi Señor si hablo una vez más. Quizá haya diez”. Respondió: “No la destruiré por los diez”. Cuando terminó de hablar con Abraham, el Señor se fue y Abraham regresó a su casa». (Génesis, capítulo 18, versículos 23-33)
Esta manera de conversar, de dirigirse al interlocutor, de presentar los argumentos y de expresarse con afecto es lo que el Corán denomina mujadala y lo que elogia. Si alguien quiere utilizar este ejemplo para justificar sus disputas, debe introducir en ellas esa vitalidad y presentar sus argumentos con la misma belleza, amor, ternura y compasión. No puede llamarse debate a mantener enfrentamientos y guerras bajo el nombre de mujadala, y luego buscar en la vida de los profetas pruebas de su legitimidad.
Asimismo, el Corán menciona otra discusión de Abraham y la expresa con el término muhajja. Abraham dijo a un rey tirano de su época: «Mi Señor es quien da la vida y causa la muerte». El rey respondió: «Yo también doy la vida y causo la muerte». Entonces Abraham dijo: «Dios hace salir el sol por el oriente; hazlo salir tú por el occidente». El rey quedó confundido.
Si esta discusión se juzgara según los principios de la ciencia moderna de la polémica, que se enseñan en nuestros libros de debate, Abraham no parecería un polemista muy competente. Podría haber exigido numerosas pruebas de la afirmación del rey, pero no lo hizo. En cambio, renunció a construir una defensa argumentativa y pronunció una frase decisiva que puso fin rápidamente a la disputa. Esto demuestra que, si el predicador sospecha que su interlocutor no puede escuchar ni comprender y que solo desea provocar oposición y controversia, no debe perseguirlo. Lo correcto es resumir la conversación y retirarse.
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El lenguaje de la da‘wah y la manera de expresarse de quienes llaman a la verdad
Ahora hablaremos sobre el lenguaje de la da‘wah y el estilo discursivo de los profetas. El propósito de quien invita no consiste únicamente en exponer una verdad, sino en hacer que la verdad se manifieste plenamente, de modo que las personas instruidas puedan comprenderla bien y que para la gente común no quede ninguna dificultad para asimilarla. Además, debe presentar la verdad de la manera más bella, para que quienes aún conserven alguna capacidad de aceptarla puedan abrazarla, y para que a quienes la rechazan no les quede otra razón para negarla que su mal gusto y obstinación. Una exigencia esencial de este propósito es que el lenguaje de la da‘wah sea sumamente eficaz y que el estilo del invitador sea natural y conmovedor.
Sin embargo, existen muchos métodos artificiales y contrarios a la naturaleza para producir atractivo e influencia. Mediante ellos puede darse al discurso una apariencia de atracción y emotividad. Por ejemplo, los adivinos de la Arabia preislámica intentaban hacer atractivos sus discursos mediante poemas rimados. Los oradores aumentaban la fuerza y el impacto de sus palabras mediante la ornamentación verbal y discursos ardientes.
Del mismo modo, en la época actual los oradores intentan influir en sus discursos con poemas y relatos. Los periodistas y los políticos engañosos mantienen su negocio mediante mentiras y exageraciones. Los médicos que solo dependen de sus letreros aumentan su credibilidad mediante falsos juramentos. Estas cosas producen ciertamente cierto efecto en el discurso, pero no son más que un revestimiento artificial. Por ello, quienes se levantan en el mundo para difundir la verdad jamás pueden adoptar como método aumentar el esplendor de su da‘wah con mentiras moldeadas según la forma de la verdad. Tampoco pueden contaminar su lengua y sus palabras con esa clase de falsedad. En lugar de esas cosas falsas y artificiales, adoptan otro medio para alcanzar su propósito. Ese medio no solo es lícito y correcto, sino que también armoniza profundamente con la naturaleza humana. Por eso, el efecto que produce no se confirma de inmediato, como la falsedad y lo artificial, con una sola fricción; más bien, después de ser calentado en el crisol de las pruebas, su brillo aparece aún más resplandeciente.
La naturaleza del trabajo del invitador
La labor de la da‘wah no puede realizarse únicamente mediante una forma de expresión y un discurso adecuados para debates académicos y reuniones privadas. La cuestión es tan clara que no requiere explicación. El trabajo del invitador a la verdad es completamente distinto del del historiador que narra acontecimientos, del jurista que expone artículos legales y del filósofo o matemático que explica fórmulas de filosofía y matemáticas. Su tema es tan amplio que abarca toda la vida humana; por otro lado, las personas a quienes presenta la da‘wah difieren en temperamento y naturaleza, y también existe entre ellas una gran diversidad mental e intelectual. Además, la relación del invitador de la verdad con la misión de la religión no es como la relación del autor con el ensayo de un seminario ni como la del abogado con un caso. Él se juega la vida y la muerte por esta misión. Debe apostar su vida para llevarla a su culminación. No puede conformarse con palabras superficiales: debe expresar clara y bellamente lo que quiere decir, de modo que ningún aspecto quede oscuro. Debe presentar su mensaje con una fuerza y una emotividad tales que penetre en el corazón de todo aquel que posea siquiera una mínima capacidad para escuchar la llamada de la verdad. Por eso, con esta emoción, el honorable Moisés —la paz sea con él— suplicó a Allah el Altísimo:قَالَ رَبِّ اشْرَحْ لِي صَدْرِي(25)وَيَسِّرْ لِي أَمْرِي(26)وَاحْلُلْ عُقْدَةً مِنْ لِسَانِي(27)يَفْقَهُوا قَوْلِي“¡Señor mío! Ensancha mi pecho, facilítame mi tarea —la tarea de la da‘wah de la verdad— y desata el nudo de mi lengua para que la gente pueda comprender bien mis palabras”. (Sura Ta-Ha, 25-28)
Después suplicó por el honorable Aarón —la paz sea con él—, pidiendo que también fuera asociado a su tarea, para que, mediante su elocuencia, pudiera corregir las deficiencias de su mensaje y la labor de da‘wah que se le había encomendado no quedara incompleta.
Características del discurso de los invitadores a la verdad
Aquí trataremos brevemente las características del discurso de los profetas, mensajeros y trabajadores del movimiento islámico. Estas características son las que hacen eficaz su discurso. En ninguna época pueden faltar en las palabras de los trabajadores del movimiento islámico. Después de la elevada conducta de los profetas y de sus enseñanzas puras, más que cualquier otra cosa, estas características hacen que el discurso de los invitadores a la verdad sea más influyente.
Primera característica: En todo tiempo y época, el primer rasgo del discurso de los profetas, mensajeros y demás invitadores fue que presentaban la da‘wah de la religión en la lengua del pueblo ante el cual la exponían, para que la prueba definitiva de Allah pudiera completarse frente a cada comunidad y cada estrato social.
وَمَا أَرْسَلْنَا مِنْ رَسُولٍ إِلَّا بِلِسَانِ قَوْمِهِ لِيُبَيِّنَ لَهُمْ“Cada vez que enviamos a un mensajero, lo enviamos con la lengua de su propio pueblo, para que pudiera explicarles claramente”. (Sura Ibrahim, 4)
El verdadero campo de la da‘wah del invitador a la verdad debe estar entre su propio pueblo. Esto es lo natural y razonable. No es digno de él viajar por tierra y mar para guiar a otros pueblos mientras deja al suyo sumido en el extravío. Por tanto, el invitador a la verdad debe utilizar la lengua de su propio pueblo como medio para presentar la da‘wah. Este es el método natural y racional. Quien se opone a él perjudica el derecho de quienes tienen derecho a la verdad y destruye su propia capacidad de actuar. Tendrá que responder ante Allah por ello.
Una persona puede trabajar con tanta belleza entre el pueblo en cuyo seno nació como no puede hacerlo entre ningún otro pueblo. Su da‘wah puede ser más fuerte e influyente en su propia lengua que en cualquier otra. Por eso, el método correcto para cada trabajador del movimiento islámico es convertir la lengua de su propio pueblo en el medio de su da‘wah y tabligh. Por muy desarrollada y extendida que sea la lengua de otro pueblo en comparación con la suya, aunque hablar o escribir en ella le permita hacer llegar sus opiniones a más personas y le proporcione mayor honor y fama, no debe prestar atención alguna a ello.
La primera consideración del invitador a la verdad no es cuál sea el medio para que la da‘wah que ha emprendido llegue al mayor número de oídos. Debe considerar primero cuál es el medio más eficaz y cercano para penetrar en el corazón de las personas que Allah y la naturaleza le han confiado para guiarlas y servirlas. Aunque el medio sea estrecho y limitado, y aunque al adoptarlo se perjudiquen su posición y reputación, no debe preocuparse por ello; debe escogerlo, pues ese es el camino para alcanzar el objetivo que tiene ante sí.
El agricultor que solo tiene unas pocas semillas en su bolsa y quiere sembrarlas en su pequeña parcela no debe entrar en rivalidad con los grandes terratenientes. Debe concentrar su atención en la pequeña parcela que le ha correspondido. El honorable Jesús, el Mesías —la paz sea con él—, dijo:
“Los panes que tengo son suficientes para los niños. No puedo arrojárselos a los perros y dejar hambrientos a los niños”.
Un grupo de personas, víctimas de la necedad, objetó esta afirmación del honorable Jesús —la paz sea con él— y la acusó, Dios nos libre, de estrechez de miras. Sin embargo, lo que dijo era completamente realista. Cada persona tiene un ámbito natural de acción. Mientras limite todos sus esfuerzos a ese ámbito, podrá realizar un trabajo correcto y productivo. Si lo sobrepasa e intenta extender sus manos y pies en todas direcciones, quizá crea erróneamente que su campo de actividad se ha vuelto mucho más amplio que antes; pero en realidad estará desperdiciando su fuerza y su esfuerzo.
Segunda característica: El segundo rasgo de las palabras de los profetas, mensajeros e invitadores a la verdad es que su discurso es claro. La claridad significa que el invitador presenta su mensaje en la lengua coloquial corriente de su época, de modo que pueda llegar a cada persona de su comunidad. Su lenguaje es refinado, limpio y hermoso. No es oscuro ni excesivamente breve. No se alarga sin necesidad, no está cargado de lenguaje figurado ni de comparaciones. No contiene metáforas excesivas que arrojen la inteligencia a la confusión, ni está lleno de palabras difíciles y desconocidas; está completamente libre de expresiones desagradables y repulsivas.
En su lugar, utiliza un lenguaje fluido, comparaciones sencillas y ejemplos que presentan indirectamente verdades reales. Además, en su discurso hay sinceridad en vez de ira, humildad en vez de dureza, y sencillez y claridad en vez de adornos artificiales. Entre los diversos estilos corrientes de su época, el invitador adopta únicamente el que es más adecuado y elevado para la solemnidad, la eficacia y la explicación de su propósito. Su elevada personalidad, su entusiasmo y concentración en la labor de la da‘wah, el conocimiento que produce fe y confianza en uno mismo, y su sincero deseo de presentar bellamente su mensaje perfeccionan tanto ese método que llega a crear un estilo propio, que sirve como modelo y ejemplo digno de imitación. La verdadera característica de este método es su concentración y su capacidad de ser comprendido. Su dinamismo, concentración y sinceridad desarrollan en él tal sensibilidad literaria que incluso las palabras de los escritores famosos parecen completamente inertes ante las suyas. De cada una de sus palabras gotea sabor y en cada frase se encuentra alimento para el alma. Bajo su influencia no cambia solo la vida de unas pocas personas, sino la corriente vital de toda una nación. En manos del invitador a la verdad es una fuerza que ni siquiera un ejército equipado puede enfrentar.
Por eso los profetas y mensajeros suplicaron a Allah que les concediera una forma adecuada de presentar sus palabras. Pero la situación oprimida de la da‘wah religiosa en nuestro país obliga a sentir temor y angustia: aquí, quienes —es decir, la comunidad de los ulemas— podían cumplir esta obligación siempre han cosechado mala fama por sus expresiones torcidas. Primero, la lengua que había recibido reconocimiento como “lengua nacional” llegó a parecerles a los ulemas una lengua en la que eran incapaces de escribir y hablar. Segundo, aunque comenzaron a escribir y hablar en ella, terminó convirtiéndose en una lengua particular de ellos. Debido a su dificultad, sequedad y concisión, no era fácil de comprender. Incluso bastaba decir que el estilo de un libro era completamente “maulviano” para crear una impresión desfavorable entre la gente. Esta situación era sumamente desagradable. Más triste aún es que los ulemas solo cosecharon mala fama por causa de ese lenguaje difícil, mientras que quienes no tenían relación con la religión o eran contrarios a ella se apoderaron de la “lengua del pueblo”; y hasta hoy su dominio público continúa.
Tercera característica: El tercer rasgo del discurso de los profetas y de los diversos invitadores es que llegan al mismo objetivo por distintos caminos. En la terminología del Noble Corán esto se explica como “tasrif al-ayat”, es decir, la variación de las aleyas: intentar hacer comprender el mensaje a aquel a quien se presenta la da‘wah mediante distintos métodos y formas.
En palabras del difunto Mir Anis:
“Describo una sola flor
con cien palabras”.
Es absolutamente necesario que esta variedad esté presente en el discurso del invitador para alcanzar su propósito real: hacer que el mensaje sea comprendido y completar la prueba. Lo que no se entiende de una manera, cuando se presenta de otra, queda arraigado en lo profundo de la mente, como si fuera el propio pensamiento de la persona invitada. Así como varían los gustos y las inclinaciones de las personas, también difieren la capacidad de sus mentes y cerebros. Sus perspectivas cambian debido a la diversidad de las circunstancias y del entorno. Quien desea arraigar una idea en el corazón de la persona invitada como guía para su vida debe presentar la da‘wah desde distintos ángulos, teniendo en cuenta la diversidad de sus capacidades intelectuales y los cambios de su perspectiva. Si se acerca a la persona objetivo siempre por el mismo camino y con el mismo color, fracasará completamente en su propósito como invitador, pues su política unilateral contradice por entero la naturaleza cambiante y variada del ser humano.
Quien desconoce la naturaleza de la responsabilidad del invitador y esta condición de la naturaleza humana, cuando escucha un discurso de da‘wah frunce el ceño y comenta: “Se ha alargado innecesariamente; se ha repetido la misma idea; es sumamente molesto y agotador”, etc. No comprende que la labor del invitador es completamente distinta de la de un simple autor de ensayos. La atención del ensayista se limita a expresar sus opiniones ante unas pocas personas. En cambio, el invitador a la verdad debe esforzarse por presentar su mensaje ante personas de temperamentos, naturalezas y capacidades muy diversos. Para que el ensayista tenga éxito basta con que logre presentar su idea de manera muy bella. Para que el invitador a la verdad tenga éxito, en cambio, es necesario que amigos y enemigos por igual alcen la voz y declaren: “Has cumplido el derecho de transmitir la da‘wah”.
وَكَذَلِكَ نُصَرِّفُ الْآيَاتِ وَلِيَقُولُوا دَرَسْتَ وَلِنُبَيِّنَهُ لِقَوْمٍ يَعْلَمُونَ“Así explicamos las pruebas de diversas maneras, para que comprendan bien y digan: ‘Has cumplido con el deber de explicar’. Y también explicamos plenamente las pruebas para quienes desean adquirir conocimiento”. (Sura Al-An‘am, 105)
Cuarta característica: El cuarto rasgo del discurso de los invitadores a la verdad es que, así como está lleno de pruebas irrefutables, también está lleno de emoción y entusiasmo. No se dirigen únicamente al intelecto, como los filósofos áridos, sino que también apelan a las nobles emociones del ser humano. Apelar a las emociones no es malo; lo dañino es apelar a las emociones animales del ser humano. Los partidarios de la verdad siempre se han mantenido alejados de ello.
La fuerza principal que provoca movimiento en las personas no es el conocimiento, sino la emoción. Por eso, ningún invitador a la verdad que se haya levantado para llamar al cambio del sistema de vida, o para refundarlo por completo sobre nuevas bases, puede avanzar un solo paso hacia su objetivo sin despertar las emociones humanas. Quienes han convertido en propósito de su vida describir la excelencia y belleza de sus investigaciones académicas para entusiasmar a otros y alcanzar su propia satisfacción consideran que este color propio del invitador es un color de quien reclama. Sin embargo, el fervor y el entusiasmo que se encuentran en el discurso del invitador no son resultado de una pretensión; son fruto de su fe inquebrantable, que hierve en su corazón, o efecto de la compasión y la concentración cuya llama ardiente resplandece en su pecho.
Quien desconoce el estado particular del invitador y, por estar ocupado únicamente con papel y pluma, cree que esta labor es igual a su propia profesión, cuando ve que el discurso del invitador no es inerte como el del ensayista, sino vivo y vivificante, relaciona esa emoción con orgullo y pretensión. Pero tal idea es incorrecta. Aunque las formas sean semejantes, las naturalezas son distintas. No todo objeto blanco tiene que ser grasa.
Se ha transmitido acerca del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— que, cuando pronunciaba un sermón, sus ojos se enrojecían, su voz se volvía grave y aumentaba su emoción y excitación. Hasta parecía advertir sobre el inminente ataque de un ejército enemigo, como si dijera: “Os atacarán por la mañana o por la tarde”. (Muslim, Kitab al-Yumu‘ah)
Es evidente que esta calidez de su discurso nacía de la confianza en sí mismo y de la emoción propia de su compasión por su pueblo. En realidad, este estado puede influir en todo verdadero invitador. No hay duda de que algunas personas pueden exhibir emociones y excitación de forma completamente artificial e incluso, a veces, pronunciar palabras necias y divagaciones sin sentido. Pero eso no significa que todos sean así. Los mentirosos no pueden ocultar su mentira durante mucho tiempo. El paso del tiempo termina distinguiendo lo auténtico de lo falso. ¿Cuánto tiempo puede el cuervo ocultar su verdadera identidad haciéndose pasar por pavo real con plumas artificiales?
Quinta característica: El quinto rasgo del discurso de los invitadores a la verdad es que, aunque su color sea uno, contiene unidad de propósito. Lanzan cada flecha de su carcaj hacia el mismo objetivo. No son como los escritores y oradores profesionales, a quienes se puede hacer hablar en cualquier escenario, escribir sobre cualquier tema o presidir cualquier reunión. En cada uno de sus escritos y discursos se escucha el mismo eco. Por muy atractivo que sea otro tema, por mucho honor y fama que prometa pronunciar sobre él un discurso o escribir un ensayo, y aunque parezca tener algún aspecto de interés religioso o nacional, no desperdician la fuerza de su lengua y su pluma en asuntos irrelevantes o secundarios. El Noble Corán explica esto con la expresión “vagan desconcertados por todos los valles” (Sura Al-Shu‘ara, 225), y declara libres de ello a los profetas, mensajeros y hombres virtuosos. Toda la historia del mundo atestigua que cualquier revolución, buena o mala, se ha producido por medio de la pluma y la palabra de quienes emplearon todas sus fuerzas en un objetivo determinado. Nunca lanzaron flechas al vacío sin propósito.
Sexta característica: El sexto rasgo del discurso de los profetas, mensajeros e invitadores a la verdad era que mantenían sus palabras libres de todo aquello que pudiera provocar obstinación y actitud hostil en el oyente, pues eso contradice completamente su propósito. Al conversar con la persona objetivo, no mostraban su superioridad ni realizaban críticas desenfrenadas para humillar el sistema de vida erróneo de su interlocutor. Más bien, hablaban con humildad y compasión.
اذْهَبَا إِلَى فِرْعَوْنَ إِنَّهُ طَغَى(43)فَقُولَا لَهُ قَوْلًا لَيِّنًا لَعَلَّهُ يَتَذَكَّرُ أَوْ يَخْشَى“Id ambos ante el Faraón, pues se ha vuelto arrogante y rebelde. Habladle con palabras suaves; quizá reflexione o tema”. (Sura Ta-Ha, 44-45)
Del mismo modo, no dejaban salir de sus bocas palabras que pudieran herir los sentimientos religiosos de la persona invitada. Refutaban firmemente sus ideas erróneas mediante argumentos y pruebas, pero no perjudicaban su propio propósito utilizando palabras innecesariamente descorteses.وَلَا تَسُبُّوا الَّذِينَ يَدْعُونَ مِنْ دُونِ اللَّهِ فَيَسُبُّوا اللَّهَ عَدْوًا بِغَيْرِ عِلْمٍ“¡Oh, creyentes! No insultéis a aquellos a quienes invocan aparte de Allah, pues ellos podrían insultar a Allah con hostilidad y por ignorancia”. (Sura Al-An‘am, 108)
Respondían al comportamiento grosero y al lenguaje áspero de la persona invitada con palabras dulces, pues este es el camino por el que el invitador a la verdad puede penetrar en el corazón de la persona a la que se dirige.وَلَا تَسْتَوِي الْحَسَنَةُ وَلَا السَّيِّئَةُ ادْفَعْ بِالَّتِي هِيَ أَحْسَنُ فَإِذَا الَّذِي بَيْنَكَ وَبَيْنَهُ عَدَاوَةٌ كَأَنَّهُ وَلِيٌّ حَمِيمٌ () وَمَا يُلَقَّاهَا إِلَّا الَّذِينَ صَبَرُوا وَمَا يُلَقَّاهَا إِلَّا ذُو حَظٍّ عَظِيمٍ () وَإِمَّا يَنْزَغَنَّكَ مِنَ الشَّيْطَانِ نَزْغٌ فَاسْتَعِذْ بِاللَّهِ إِنَّهُ هُوَ السَّمِيعُ الْعَلِيمُ“El bien y el mal no son iguales. Repele el mal con lo que sea mejor, y entonces aquel entre tú y quien existía enemistad se convertirá en un amigo íntimo. Pero esto no se concede sino a quienes son pacientes, y no se concede sino a quien posee una gran fortuna. Si sientes una provocación de Satanás, busca refugio en Allah. Él es Quien todo lo oye y todo lo sabe”. (Sura Fussilat, 34-36)
Siempre se mantenían alejados de las disputas. Incluso si comprendían que la persona invitada quería entablar una polémica, el invitador a la verdad decía: “La paz sea con vosotros”, y se retiraba. Esto se debe a que existe una incompatibilidad entre la disputa y la da‘wah de la verdad.فَلَا يُنَازِعُنَّكَ فِي الْأَمْرِ وَادْعُ إِلَى رَبِّكَ إِنَّكَ لَعَلَى هُدًى مُسْتَقِيمٍ(67)وَإِنْ جَادَلُوكَ فَقُلِ اللَّهُ أَعْلَمُ بِمَا تَعْمَلُونَ(68)اللَّهُ يَحْكُمُ بَيْنَكُمْ يَوْمَ الْقِيَامَةِ فِيمَا كُنْتُمْ فِيهِ تَخْتَلِفُونَ“Que no discutan contigo sobre este asunto. Invita hacia tu Señor; ciertamente estás sobre un camino recto. Si discuten contigo, di: ‘Allah sabe mejor lo que hacéis’. Allah juzgará entre vosotros el Día de la Resurrección sobre aquello en lo que discrepabais”. (Sura Al-Hajj, 67-69)
Si alguna vez debatían, lo hacían de la mejor y más refinada manera: buscaban los asuntos en los que ellos y la persona invitada estaban de acuerdo y la invitaban a aceptar sus consecuencias inevitables.فَلَا يُنَازِعُنَّكَ فِي الْأَمْرِ وَادْعُ إِلَى رَبِّكَ إِنَّكَ لَعَلَى هُدًى مُسْتَقِيمٍ(67)وَإِنْ جَادَلُوكَ فَقُلِ اللَّهُ أَعْلَمُ بِمَا تَعْمَلُونَ(68)اللَّهُ يَحْكُمُ بَيْنَكُمْ يَوْمَ الْقِيَامَةِ فِيمَا كُنْتُمْ فِيهِ تَخْتَلِفُونَ“Y no discutáis con la Gente del Libro sino de la manera más noble, excepto con quienes cometan injusticia entre ellos. Decidles: ‘Creemos en lo que se nos ha revelado y en lo que se os ha revelado. Nuestro Dios y vuestro Dios es uno, y a Él nos sometemos’”. (Sura Al-‘Ankabut, 46)
Séptima característica: El rasgo del discurso del invitador a la verdad es que, en cuanto a la extensión o brevedad de las palabras y significados, y a la forma de expresarse, habla teniendo en cuenta el estado mental de sus oyentes. Así dijo el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—: “Dad buenas noticias y no hagáis que la gente sienta aversión”. También insistió: “Cuando aconsejéis, sed breves”. Consideró que la capacidad de presentar un discurso conciso era una señal de inteligencia.
“Decía que la oración larga de una persona y su sermón breve son indicio de su inteligencia. Por tanto, alargad la oración y abreviad el sermón. Hay discursos que poseen una influencia mágica”. (Muslim, Kitab al-Yumu‘ah)
Si el oyente posee poco conocimiento o si el asunto es sutil, hay que repetir las palabras para que pueda escucharlas y comprenderlas bien.
“Cuando el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— decía algo, lo repetía tres veces para que la gente pudiera comprenderlo bien”.
9
El método argumentativo de los venerables profetas
El objetivo para cuya realización vienen los profetas, los mensajeros y quienes llaman a la verdad es la invitación a la fe. La fe no es algo negativo, sino una verdad positiva. Su verdadero beneficio solo puede alcanzarse cuando se establece completa y firmemente en el corazón. Para producir esta firmeza de la fe, es necesario que su fundamento se apoye en pruebas sólidas. Si la fe carece de firmeza, tampoco puede convertirse en una fuente de inspiración para la vida; por ella no pueden realizarse todos los aspectos doctrinales y prácticos de la religión, ni puede orientar al ser humano en el amplio campo de la vida. Por eso, la labor de quienes llaman a la verdad no puede llevarse a cabo únicamente mediante la fuerza; tampoco pueden alcanzar sus objetivos por medio del engaño. Las pruebas tampoco les servirían si no fueran auténticas, y los argumentos poéticos u oratorios que no logran establecer ningún fundamento en la naturaleza ni en la capacidad de comprensión tampoco pueden cumplir su propósito.
Solo pueden valerse de esa clase de argumentos quienes quieren alcanzar sus objetivos dejando al oyente sin respuesta o arrojándolo a la confusión. Pero quien no quiere dejar al oyente sin respuesta, sino despertar todas sus fuerzas y capacidades para que avance por el camino correcto; quien no quiere hechizar a la gente ni conducirla por una senda mediante la influencia, sino despertar de tal manera su naturaleza, su conocimiento y su sabiduría que cada persona pueda dirigirse por sí misma hacia el camino recto incluso en las circunstancias más difíciles, esa persona, en primer lugar, ni siquiera recurre a este tipo de pruebas. Y si alguna vez recurre a ellas, siempre tiene presente que, para alcanzar un objetivo puro y elevado, sus medios y recursos también deben ser absolutamente puros y elevados. Precisamente esto ha hecho que el método argumentativo de los profetas y de quienes llaman a la verdad sea completamente distinto del método de argumentación de los demás. Aquí señalaremos algunas de sus características manifiestas.
La universalidad del argumento
El argumento y la prueba son una necesidad general, como el aire y el agua. Toda persona necesita la fe para vivir de manera correcta. Una fe firme no puede alcanzarse sin pruebas sólidas. Por ello, para las pruebas se requieren dos cosas.
Primero: el método de presentar las pruebas debe ser tan natural, sencillo y claro que cada persona pueda obtener de los signos de la tierra y del cielo tantas pruebas para la tranquilidad de su corazón como desee, del mismo modo que puede recoger, según sus necesidades, el aire y el agua de los recursos de la tierra y del espacio, sin encontrar en ello ninguna dificultad especial; y que, para ello, no dependa de nada aparte de la reflexión y la investigación.
Segundo: así como para la salud física del ser humano es necesario que el agua que bebe, el aire puro y el aire que respira sean limpios, para su salud intelectual es absolutamente necesario que las pruebas de las que obtiene los principios de su vida sean completamente puras y limpias.
Para obtener estas dos cosas, el método de los profetas y de quienes llaman a la verdad consistía, por un lado, en mantenerse alejados de los métodos artificiales de argumentación y desarrollar un método propio. Cuando una nación progresa en el conocimiento y la ciencia, entre sus miembros surge un método artificial de presentar pruebas del que nadie, salvo un grupo profesional especializado, puede sacar provecho. Los profetas y quienes llaman a la verdad se mantuvieron alejados de semejantes métodos artificiales. Por otro lado, evaluaron las cosas que se utilizaban como pruebas. De ellas escogieron para la argumentación únicamente las que demostraban estar libres de mezclas con elementos irreales.
El primer beneficio de este método de prueba fue que una gran cantidad de personas de la humanidad, que antes tenían que correr como ciegos y sordos detrás de unas pocas personas, pronto pudieron ver con sus propios ojos y oír con sus propios oídos. El segundo beneficio fue que, mientras los corazones y las almas mostraban signos de muerte por haber tragado hasta entonces un montón de pruebas adulteradas, esos signos desaparecían en cuanto unas cuantas porciones del tesoro de pruebas puras atravesaban la garganta; y quien las ingería empezaba a sentirse completamente sano, vigoroso y activo.
Precisamente por esta característica del método de prueba de quienes llaman a la verdad y de los profetas, el conocimiento humano experimentó un cambio radical en su época y en todos los niveles apareció un despertar intelectual general. Incluso se produjo un movimiento en ese nivel general del que antes no podía esperarse ninguna buena noticia. En todos los niveles se abrieron los ojos de la crítica y de la comprobación. Cada ojo comenzó a ver y cada boca a hablar. Los métodos de reflexión, investigación y argumentación que hasta entonces habían sido sumamente populares empezaron a parecer gastados y muy anticuados. Muchas doctrinas que habían usurpado el rango de la revelación y la inspiración se volvieron completamente carentes de valor e importancia.
Entre quienes consideraban sus antiguas doctrinas más queridas que la verdad surgió una libertad mental e intelectual. El responsable de llamar a la verdad debe estar plenamente atento a que esta libertad fluya por el cauce correcto y no produzca desequilibrio ni desenfreno. Siempre debe cuidar que la libertad de pensamiento que concede a la gente sea para ella un medio de liberación y no una causa de destrucción.
Sembrar en el oyente la semilla del pensamiento correcto
La segunda característica del método argumentativo de los profetas y de quienes llaman a la verdad es que no se limitan a presentar pruebas, sino que también crean en el oyente la capacidad de presentar pruebas. La revolución total que traen como llamada para la vida individual y colectiva no puede establecerse sobre una base duradera mientras no despierte por completo las capacidades intelectuales e ideológicas de las personas. La vida no es algo aislado ni simple, de modo que bastaría enseñar unas pocas reglas fundamentales para dirigirla correctamente. La vida es la suma de innumerables exigencias manifiestas y ocultas, el vínculo de innumerables relaciones individuales y colectivas y un depósito de incontables derechos y deberes personales, familiares y colectivos. Cada aspecto de la vida constituye ante nosotros un depósito completo de deberes. Sin embargo, cada aspecto de la vida no permanece enteramente presente ante nuestra mirada. Por eso no existe de antemano una norma determinada para cada persona en cada una de sus situaciones. Más bien, tanto su pasado como su futuro están ocultos detrás del velo de lo invisible. Solo una pequeña parte se encuentra ante ella; a partir de sus indicios debe comprender su pasado y, a la luz de ellos, determinar su futuro.
En estas circunstancias, para guiar la vida no puede bastar un sistema legal limitado y previamente establecido. Junto con ese sistema jurídico, es indispensable que exista en el ser humano una llama inextinguible de pensamiento correcto que pueda guiarlo también en esa parte oculta de la vida, allí donde no dispone de ningún otro medio de orientación. Esta capacidad de pensamiento correcto se forma en el oyente mediante el método de presentar pruebas empleado por los profetas, los mensajeros y quienes llaman a la verdad. Cuando los profetas comienzan a enseñar los asuntos fundamentales, los introducen en el estudiante de tal manera que el terreno del corazón y del alma queda allanado para sembrar la semilla del pensamiento correcto, y la semilla empieza a germinar.
Cuando terminan su labor, por un lado aparece un jardín verde y frondoso de la sharía y, por otro, en cada alma sana se crea un jardín de sabiduría y conocimiento. Aunque no se encuentre visible ante los ojos, su primavera permanece siempre y sus ramas están llenas de frutos en todas las estaciones.
En comparación con la enseñanza fundamental de los profetas, esto puede llamarse cultivo secundario y subproducto (BY-PRODUCT). Pero por su rango, su valor y sus beneficios ilimitados ocupa una posición equivalente a la original. Refiriéndose a esto, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: (Árabe*************)
«Sabed que me ha sido dado el Corán y, junto con el Corán, algo semejante a él». (Abu Dawud, Ibn Mayah, Darimi)
Este es el fruto y la flor del árbol bendito que hemos recibido en forma de hadiz. Es aquello a lo que el Noble Corán ha señalado: «Quien ha podido obtener esto ha obtenido un tesoro inagotable de bien». En algunos hadices se lo ha comparado con un tesoro que nunca se acaba.
Presentar pruebas según las reglas de la lógica
Esta característica creativa no se encuentra exclusivamente en el método de prueba de los profetas y de los seguidores de la verdad. Nuestros eruditos conceden gran importancia a los argumentos según el método lógico. Sin embargo, desde este punto de vista, el argumento lógico es sumamente defectuoso. El máximo respeto que puede concederse a la lógica es que, después de examinar un argumento en su propia balanza, puede decir si es correcto o no. Crear la capacidad de presentar argumentos está fuera del poder de la lógica. Solo hasta cierto límite puede utilizarse la lógica para esta tarea. En el Noble Corán y en las palabras de los profetas también se encuentran pruebas de naturaleza sencilla, que no pueden pesarse con diamantes en la balanza de la lógica. Pero algunos de nuestros teólogos que otorgaron a la lógica una importancia superior a la que merecía quisieron pesar también la moneda de oro del Corán en esa balanza destinada a medir carbón. Así, terminaron declarando que aquella moneda de oro valía menos que el carbón.
En cuanto a los filósofos, no cabe duda de que entrenan el pensamiento humano de tal manera que pueda mostrar agudeza en los distintos campos de inventar y presentar argumentos. Pero han convertido en una mezcla de lo húmedo y lo seco las tres cosas: el contenido de sus argumentos, el método de presentarlos y los medios y recursos de la argumentación. Por eso, quien intenta pensar según su método queda confundido y perplejo. Bajo su guía, aunque la gente avance algunos pasos por el camino correcto, al mismo tiempo se ve obligada a avanzar otros tantos por el camino equivocado.
El resultado es que toda la vida humana termina consumiéndose en vagar sin objetivo por distintos desiertos y en lanzar flechas de conjetura y suposición. No obtiene más que algunos pensamientos complejos y contradictorios. En este aspecto, la filosofía antigua y la moderna se encuentran en la misma situación. En los principios del pensamiento de todas ellas hay complejidad, y en los resultados de cada pensamiento reina la inestabilidad.
Ahora, el progreso científico ha situado el centro de todo en la experimentación y la observación, y el ser humano ha caído en la necedad de no estar dispuesto a aceptar nada que no vea con sus ojos físicos. El resultado es que ya no queda posibilidad alguna de que el ser humano dé siquiera un paso por un camino sencillo y recto. Hasta la época actual, aunque algunos de los principios sobre los que se fundaba la filosofía eran erróneos, otros eran correctos. Por eso, entre sus sueños inestables aparecían también algunos sueños verdaderos. El problema para el ser humano consistía únicamente en distinguir entre la verdad y la falsedad.
Pero ahora todo el apoyo ha quedado depositado en la sensación y la observación, y ya se conoce el alcance limitado de ambas. Si hoy queda algo con el nombre de filosofía aparte de esta filosofía materialista, es la filosofía de los escépticos. Toda su base se funda en la falta de fiabilidad de la experiencia sensible y de la razón. En realidad, esto no es ninguna filosofía, sino que convierte completamente en negativas todas las ciencias, el conocimiento y la filosofía. El mundo no ha obtenido de ella más que inestabilidad.
El método argumentativo de los profetas tampoco era estéril como el de los lógicos, ni inestable como el de los filósofos. Al contrario, entrenaban el pensamiento humano de tal manera que avanzara por sí mismo en el camino correcto, y producían en él una confianza tal en la determinación del destino que llegaba a estar convencido de que el camino que seguía era correcto y seguro.
Primero dirigían la atención hacia las pruebas evidentes: es decir, hacia el universo abierto y vasto y hacia las pruebas depositadas en el interior del propio ser humano. Por universo se entienden los signos del orden cósmico y las leyes que toda persona puede percibir con una simple observación general. Por las pruebas existentes en el ser humano se alude a las fuerzas, capacidades, aptitudes y confianza en sí mismo que posee. Cada persona puede verlas y sentirlas dentro de sí.
Los profetas señalaban estos signos y exponían ante la gente su consecuencia inevitable. Mediante estas pruebas, a veces toda la afirmación aparecía ante ella resplandeciente como la luz del día. Otras veces, con fines educativos, solo se señalaba la consecuencia necesaria y se dejaba que la persona invitada avanzara por sí misma hacia ella.
Uno de sus beneficios es que se forma en la persona invitada la capacidad de determinar el resultado correcto, lo cual le sirve en cada etapa del camino de su vida. El segundo beneficio es que no rechaza inmediatamente la invitación por considerarla una afirmación ajena, sino que avanza hacia su aceptación al considerarla fruto de su propio pensamiento. El tercer beneficio es que mediante este método se crea una relación entre quien se dirige a ella y la persona interpelada. Así, esta no desarrolla un sentimiento de inferioridad por haber llegado al resultado llevada de la mano por otro. Más bien piensa que ambos han podido llegar al resultado correcto mediante su esfuerzo conjunto.
No hace falta explicar que el método de presentar argumentos a partir de los signos existentes en la naturaleza y en el ser humano es el que más armoniza con la naturaleza humana. Por eso los profetas, los mensajeros y quienes llaman a la verdad seguían sobre todo este método. Cuando una persona observa algo en el universo abierto o siente en su propia naturaleza una certeza acerca de ello, no puede negar su consecuencia necesaria. La condición es que esas pruebas se presenten ante ella en el orden correcto. Después, si lo niega, podrá hacerlo únicamente con la boca, pero su corazón no respaldará esa negación. Solo si es obstinada y testaruda podrá mantenerse firme en ella.
El significado de la consecuencia necesaria de una cosa es el siguiente. El asunto ya fue descrito brevemente antes; ahora se explica con detalle. Mientras quede en una persona siquiera la mínima capacidad de seguir y apoyar la verdad, puede esperarse que tampoco se niegue a aceptar la forma detallada y las consecuencias del asunto en el que ha creído fundamentalmente.
Quienes han reflexionado profundamente sobre las pruebas del Noble Corán reconocerán la verdad de lo que decimos: la mayoría de los argumentos coránicos son de esta naturaleza. Por eso, quien estudie el Noble Corán con una mente pura podrá sentir que es él mismo quien está leyendo el Libro. Cada una de sus llamadas le parecerá su propia llamada.
Prohibición de basarse en una conclusión errónea
La tercera característica importante del método argumentativo de los profetas y de los seguidores de la verdad es que, a diferencia de los polemistas ordinarios, no convertían ninguna conclusión errónea de la persona en un fundamento de la argumentación en materia de invitación. Si alguien sostiene una creencia equivocada, hay que intentar corregirla. Pero no se puede obligarlo a aceptar varias equivocaciones más a causa de una de sus equivocaciones.
Quien quiere dejar sin respuesta a la persona a la que se dirige, obligarla a someterse a sus palabras o arrojarla a una falsedad, suele incluir en gran medida este elemento en su método de argumentación. Pero los seguidores de la verdad nunca adoptan este método errado. Aunque tuvieran la oportunidad de establecer alguna verdad propia sobre una conclusión equivocada de la persona interpelada, no la aceptaban. Para ellos, una verdad cuyo fundamento se hubiera establecido sobre la falsedad carecía de valor. Algo tan vacío y sin fundamento solo puede resultar aceptable para polemistas profesionales. Puede mostrar su brillo durante un breve tiempo, pero no sirve de nada en la lucha de la vida.
En la batalla de la vida solo puede servir la verdad, cuyas raíces se extienden profundamente en la naturaleza humana y cuya expansión cubre todo el entorno con su sombra.
El error que nuestros teólogos suelen cometer es que, cuando no pueden establecer por sí mismos un fundamento para demostrar la verdad de algún principio del islam, toman como base una doctrina o idea ajena y construyen sobre ella un palacio de imaginación. El daño causado al islam por esta defensa equivocada ha sido mayor que el causado por la oposición de sus adversarios.
El hecho de que no pueda demostrarse algún principio del islam mediante un razonamiento intelectual y natural correcto no se debe a que —Allah no lo permita— no exista ningún argumento intelectual o natural en favor de su verdad. Se debe únicamente a que los polemistas profesionales han deformado tanto su gusto mediante una inteligencia antinatural que han sido incapaces de comprender el valor y la dignidad del intelecto islámico.
En esa situación, el camino correcto para ellos habría sido ocuparse de sus antiguas actividades en vez de asumir la responsabilidad de defender el islam. Pero el apego que sentían en su corazón por el islam como religión heredada los impulsaba a levantar la verdad de la religión cuyo nombre pronunciaban sobre los principios intelectuales. Debido a su gusto deformado y a su privación de la luz del Corán, el intelecto del islam no despertaba ningún interés en sus corazones. Por eso querían demostrar la verdad del islam según el criterio del tipo de inteligencia que en su época era aceptado por todos, tanto por la gente común como por la élite.
El resultado de este esfuerzo equivocado fue que desplazaron todo el edificio de las enseñanzas firmes y correctas del islam de su sólido fundamento y lo colocaron sobre una base débil y frágil. Por muy buenas intenciones que hubieran tenido al hacerlo, las consecuencias fueron terribles. Cuando el paso del tiempo y los descubrimientos científicos demostraron que las doctrinas generalmente aceptadas hasta el día anterior carecían de fundamento, el golpe cayó sobre aquellos principios del islam que se había intentado establecer sobre doctrinas erróneas.
Por ello, muchas personas relacionadas con el islam llegaron a pensar que, así como esa doctrina había envejecido, también el islam había envejecido. En la creación de esta mala idea participaron tanto nuestros antiguos teólogos como los teólogos contemporáneos. El error conjunto de ambos grupos consiste en que no consideraron suficiente la verdad para ayudar a la verdad, sino que consideraron necesario ayudarla también con la falsedad. Sin embargo, el significado de la verdad es que está firmemente establecida, demostrada por sí misma y sólida. Sus raíces se extienden profundamente en el conocimiento y en la naturaleza humana.
Pero nuestros teólogos se habían acostumbrado tanto a seguir los métodos de pensamiento y argumentación mostrados por los filósofos griegos que no pudieron percibir la sutileza y la belleza del método coránico de argumentación. Si hubieran abandonado los métodos contrarios a la naturaleza de la argumentación e intentado comprender el método de los argumentos sabios del Corán y de los profetas, habrían sabido que la base de cada afirmación coránica se apoya en pruebas tan sólidas que está completamente libre de todas las limitaciones del tiempo y del espacio y de todos los efectos de las revoluciones del pensamiento.
Buscar un punto de unión
La cuarta característica del método argumentativo de quienes llaman a la verdad es que buscan un punto de unión entre ellos y la persona invitada y lo toman como base de la conversación y del argumento. No intentan manifestar innecesariamente en cada asunto su aislamiento y singularidad.
Por muy diferentes y dispersos que parezcan los seres humanos en cuanto a sus diferencias externas, en lo profundo de esa diversidad y dispersión se encuentran innumerables principios y creencias en los que todos coinciden. En las leyes y normas de la naturaleza, en las lecciones de la historia, en las convicciones de la naturaleza humana y en los principios fundamentales de la moral hay muchas cosas respecto de las cuales orientales y occidentales, árabes y no árabes, sostienen la misma visión.
Si se toman estas cosas como base del argumento y se avanza en la conversación a partir de ellas, las personas de naturaleza serena no dudarán en aceptar su consecuencia necesaria. La mayoría de las divergencias que aparecen en los asuntos derivados de los principios de vida que ambos comparten surgen de la necedad y del fanatismo. Si mediante un esfuerzo sincero se eliminan esas divergencias, cada persona seguirá contemplando esos principios con respeto y dignidad, sobre la base de una participación igualitaria.
Los profetas y los mensajeros siempre han empleado este método para presentar sus pruebas. El Noble Corán contiene una descripción detallada de la manera en que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— presentó sus argumentos ante los politeístas árabes y la Gente del Libro. Al estudiarlos, en ninguna parte se obtiene la impresión de que se les exigiera algo completamente desconocido y novedoso para ellos. Sus raíces estaban presentes en su historia, sus costumbres, su sentido de lo justo y lo injusto, sus creencias y su moral. La diferencia que se observaba consistía únicamente en la interpretación y explicación de esa raíz y en sus ramas.
Por eso, la exigencia del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— era que eliminaran la contradicción surgida entre la raíz y sus asuntos derivados. Si lo que dice el Corán es correcto, deben aceptarlo; y si aquello de lo que ellos se consideran partidarios es verdadero, deben demostrar que es correcto.
La ventaja de presentar los argumentos de esta manera es que no puede surgir acerca del invitador la idea equivocada de que es alguien que, llevado por su sensación de aislamiento, quiere negar todo el pasado y está ocupado en imponer la influencia de su personalidad. Más bien se lo considera alguien que ha venido a devolvernos nuestra herencia ancestral. Si algunas personas, movidas por su naturaleza malvada, quieren difundir una mala opinión contra ellos, no podrán propagarla durante mucho tiempo. El sol de la verdad aparecerá y disipará rápidamente la oscuridad.
La conducta de quienes no conocen la utilidad y la belleza de este método de argumentación de los seguidores de la verdad suele ser completamente opuesta. No buscan ningún punto de unión; y, aunque encuentren uno, lo convierten en un punto de divergencia. Según ellos, la verdadera belleza de su argumento y de su invitación consiste en demostrar que nadie, bajo el cielo ni sobre la tierra, ha dicho antes lo que ellos dicen.
Nuestros polemistas que no conocen el espíritu correcto de la invitación islámica suelen estar sumidos en esta deformación. Cada vez que presentan alguna verdad del islam, consideran que su mérito consiste en demostrar que es una verdad rara y nunca antes conocida. Esto, en lugar de producir amor en la naturaleza humana, produce rechazo, y la gente, en vez de aceptarlo como algo propio, lo considera extraño y lo evita.
Evitar el método argumentativo de la refutación
La quinta característica del método argumentativo de quienes llaman a la verdad es que nunca adoptan el método de la argumentación basado en la protesta y la réplica. Un ejemplo de ello es presentar una objeción semejante tomada de las enseñanzas de otra religión. Nuestros polemistas y filósofos adoptan este procedimiento y creen que así han salvado al islam de las acusaciones.
En realidad, semejante respuesta es incorrecta en principio. La equivocación de otro no convierte nuestra equivocación en verdad; lejos de ello, incluso hace dudosa nuestra verdad. Si mediante este método se obtiene algún beneficio, consiste únicamente en cerrar la boca del acusador o del objetor, y con ello tranquilizar nuestro espíritu orgulloso. Pero el adversario no puede obtener por ese medio una prueba de la verdad del islam, ni nuestros propios corazones pueden abrirse. Al contrario, esto demuestra nuestra propia debilidad, que nosotros mismos ponemos de manifiesto ante los demás.
Toda verdad lleva dentro de sí la prueba de su propia verdad. Su prueba no puede estar contenida en la falsedad de otro. Por ello, el método correcto consiste únicamente en presentar la prueba en favor de la verdad desde la propia verdad.
En este asunto, el método de nuestros teólogos es erróneo por dos razones. La primera es que, al verse influidos por la propaganda de los adversarios, a veces algunos principios correctos del islam llegaron a parecerles dudosos incluso a ellos mismos. Por eso no encontraron otra salida que responder de manera refutatoria a los adversarios y dejarlos sin respuesta.
La segunda razón es que estas personas no pudieron limitar su labor de defensa y apoyo al ámbito del islam. Al caer víctimas de un nacionalismo ciego, asumieron también la responsabilidad de defender toda la historia de la comunidad musulmana. Por ello, su campo de batalla se volvió muy amplio. Tuvieron que demostrar la verdad de muchas cosas que no podían demostrarse mientras no demostraran también la verdad de innumerables falsedades ajenas.
Todo esto queda atestiguado por los escritos de nuestros teólogos durante el último medio siglo, en los que se han tratado asuntos como la yihad, la esclavitud, la poligamia, el divorcio y la legitimidad de las acciones de los reyes y gobernantes musulmanes. Al leerlos, a veces surge compasión por su estado de impotencia e influencia ajena, y otras veces uno desea golpearse la cabeza contra el suelo por sus pasos equivocados.
Sin embargo, si no se hubieran dejado confundir por la propaganda ni hubieran cargado sobre sus cabezas las disputas ajenas, y si hubieran limitado su ayuda al ámbito del islam, se habría podido evitar mucho de lo absurdo.
10
Prestar atención al estado mental y psicológico de la persona destinataria
Para el crecimiento y desarrollo gradual de una planta joven no basta con prestar atención únicamente a la capacidad de la propia planta; también hay que considerar la fertilidad de la tierra y la conveniencia de la estación. Del mismo modo, al presentar la invitación al kalimah de la religión de la verdad, no se debe depender únicamente de la verdad intrínseca de la verdad, sino que también hay que observar, desde una perspectiva psicológica, cuál es el estado de las personas ante quienes se presenta. Al igual que la tierra, el corazón y la mente tienen sus estaciones. Así como el agricultor conoce las estaciones y siembra las semillas en la tierra durante la estación favorable, quien llama a la verdad también debe conocer las estaciones del corazón. Quienes actúan en contra de este principio, ya sea por ingenuidad o por error, o porque creen que la verdad, mediante su propia belleza y atractivo, podrá establecerse por sí sola en el corazón y que no es necesario considerar ninguna otra cosa, recibirán el castigo de su propio error mediante el fracaso de su invitación. Sus buenas intenciones no podrán protegerlos de las consecuencias de su descuido. Por eso es absolutamente necesario tener en cuenta el estado mental de aquel a quien se dirige la invitación.
Diez principios para considerar el aspecto psicológico de la persona a la que se dirige
Quien llama a la verdad debe relacionarse con personas de distintas naturalezas. Teniendo en cuenta sus estados mentales, debe adoptar métodos diversos. No es posible explicar aquí todo esto con detalle. Sin embargo, mencionaremos a modo de ejemplo algunos principios fundamentales que podemos extraer del método de actuación de los profetas y mensajeros. Teniendo presentes estos principios, la gente podrá deducir de ellos otros principios necesarios. Esto está relacionado con la inteligencia humana común. Si un predicador sensato, motivado por buenas intenciones y plenamente consciente de su objetivo tiene estos ejemplos ante sí, cabe esperar que pueda armonizar rápidamente su método de invitación con el método de los profetas. Los principios que consideramos necesario mencionar aquí son diez.
Primer principio: Una misma cosa puede tener distintos aspectos. Desde algunos aspectos puede resultar fácil de comprender y desde otros, difícil. Si se presenta primero a una persona de manera comprensible, no le parecerá en absoluto desconocida. Pero si en el primer encuentro se le presenta desde su aspecto difícil, la persona invitada se asustará y huirá. Tal vez nunca más esté dispuesta a encontrarse con quien la invita. La situación de la religión de la verdad es, en mayor o menor medida, similar. Incluso para una persona completamente ajena, algunos de sus aspectos resultan agradables y atractivos. Si se le presenta la invitación a la religión desde ese aspecto, gradualmente se familiarizará con ella y aceptará tanto lo fácil como lo difícil. Pero incluso una persona muy familiarizada con la religión considera difíciles y pesados algunos de sus aspectos. Si se le presenta la religión precisamente desde esos aspectos difíciles, lejos de familiarizarse aún más con ella, su familiaridad anterior puede transformarse en miedo y aprensión.
Quien no conoce los diversos aspectos de una cosa ni las diferencias entre ellos, quien no sabe desde qué aspecto debe presentarla por primera vez a la persona destinataria, o quien por naturaleza prefiere experimentar en una tierra pedregosa y considera la dureza como la religiosidad completa en toda circunstancia, cuando emprende la tarea de invitar a la religión obtiene como resultado que la gente huye de él en vez de acercarse. La razón es que el camino que ha elegido para presentar la invitación es completamente contrario a la disposición mental de la gente. En lugar de buenas noticias, difunde odio, y en lugar de atracción, descontento. Para impedir esto, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Dad buenas nuevas y no difundáis aversión», y, respecto al método correcto para quienes llaman a la verdad, dijo: «Habéis sido enviados para facilitar las cosas, no para imponer dificultades».
Segundo principio: Desde el punto de vista psicológico, lo segundo que el predicador debe tener en cuenta es que bajo ninguna circunstancia debe dar a la enemistad de la ignorancia preislámica la oportunidad de levantar la cabeza dentro de la persona a la que invita. Todo aquel que llama a la verdad debe recordar que, así como él está relacionado con su propia creencia, los miembros de cada pueblo tienen, en mayor o menor medida, una relación semejante con sus propias creencias. Si esa relación es errónea, el camino para corregirla consiste en eliminar las ideas equivocadas que la mantienen. No es correcto, llevado por la emoción de eliminar esas ideas o vencido por la excitación de oponerse a la falsedad, atacar directamente la relación falsa en lugar de corregir sus causas ideológicas. El resultado de un ataque directo de este tipo suele ser que la persona invitada, embriagada por el fervor de la enemistad preislámica, se empeña en oponerse a la invitación. En ese fervor se vuelve tan ciega y sorda que recoge cualquier ladrillo o piedra que encuentre a mano y los lanza contra quien la invita. En la sura al-An‘am se ordenó a quienes llaman a la verdad que se mantuvieran alejados de este método de actuación,وَلَا تَسُبُّوا الَّذِينَ يَدْعُونَ مِنْ دُونِ اللَّهِ فَيَسُبُّوا اللَّهَ عَدْوًا بِغَيْرِ عِلْمٍ كَذَلِكَ زَيَّنَّا لِكُلِّ أُمَّةٍ عَمَلَهُمْ
«No insultéis a aquellos a quienes invocan aparte de Allah, para que ellos no insulten a Allah con hostilidad y sin conocimiento. Así hemos hecho que las acciones de cada comunidad les parezcan atractivas» (sura al-An‘am: 108).
El Corán también ha dado otra orientación acorde con esto: en la labor de proclamar la verdad, toda la discusión debe limitarse al objetivo principal. Si la persona invitada realiza alguna provocación que pueda provocar un conflicto de clases entre los dirigentes y seguidores de ambos grupos, es deber de quienes llaman a la verdad, en vez de quedar atrapados en la falsa red de la disputa, intentar encauzar la conversación por el camino correcto y, en lugar de humillar a los dirigentes y seguidores de la parte invitada, mostrarles el respeto al que realmente tienen derecho.وَقُلْ لِعِبَادِي يَقُولُوا الَّتِي هِيَ أَحْسَنُ إِنَّ الشَّيْطَانَ يَنْزَغُ بَيْنَهُمْ إِنَّ الشَّيْطَانَ كَانَ لِلْإِنْسَانِ عَدُوًّا مُبِينًا(53)رَبُّكُمْ أَعْلَمُ بِكُمْ إِنْ يَشَأْ يَرْحَمْكُمْ أَوْ إِنْ يَشَأْ يُعَذِّبْكُمْ وَمَا أَرْسَلْنَاكَ عَلَيْهِمْ وَكِيلًا(54)وَرَبُّكَ أَعْلَمُ بِمَنْ فِي السَّمَاوَاتِ وَالْأَرْضِ وَلَقَدْ فَضَّلْنَا بَعْضَ النَّبِيِّينَ عَلَى بَعْضٍ وَآتَيْنَا دَاوُودَ زَبُورً
«Di a Mis siervos que digan aquello que es mejor. Satanás siembra discordia entre ellos. En verdad, Satanás es para el ser humano un enemigo declarado. Vuestro Señor os conoce mejor. Si quiere, tendrá misericordia de vosotros, y si quiere, os castigará. No te hemos enviado para que seas responsable de ellos. Tu Señor conoce mejor a quienes están en los cielos y en la tierra. Hemos favorecido a unos profetas sobre otros y dimos a David el Zabur» (sura al-Isra: 53-55).
El propósito de esta orientación también es que quien llama a la verdad evite aquellas palabras que pueden empujar a la enemistad de la ignorancia preislámica.
Tercer principio: Hay personas que, por ocupar posiciones de honor, dignidad y liderazgo, están acostumbradas a recibir de los demás un trato respetuoso y reverente en la manera de dirigirse a ellas y de hablarles. Existe el riesgo de que, si se las contradice, el demonio de su mente arrogante despierte y les impida escuchar la verdad. En tal caso, quien llama a la verdad debe tener en cuenta su enfermedad hasta cierto límite, de modo que, aparte del obstáculo que exista en su propio interior, no se cree ningún obstáculo nuevo por parte del predicador. Teniendo esto presente, se dio la siguiente orientación al profeta Moisés —la paz sea con él—:اذْهَبَا إِلَى فِرْعَوْنَ إِنَّهُ طَغَى () فَقُولَا لَهُ قَوْلًا لَيِّنًا لَعَلَّهُ يَتَذَكَّرُ أَوْ يَخْشَى
«Id ambos a Faraón; ciertamente, se ha rebelado. Habladle con palabras suaves; quizá recapacite o tema» (sura Ta-Ha: 44).
Sin embargo, también hay un límite para tener en cuenta la posición de la persona invitada. Al hacerlo, no se puede sobrepasar el límite de la dignidad y gravedad de la verdad que el predicador le está presentando. Si, por prestar esta atención, se menoscaba de algún modo la grandeza y dignidad de la verdad, eso no estará permitido. El Corán ha establecido claramente una prohibición al respecto.
Cuarto principio: Así como un médico experimentado prescribe el tratamiento teniendo en cuenta la edad del paciente, su temperamento y la gravedad o levedad de su enfermedad, del mismo modo es deber de quien llama a la verdad presentar la invitación teniendo en cuenta la capacidad, las necesidades y la comprensión de la persona invitada. Para estimar correctamente esto, no basta con considerar únicamente la capacidad personal y la comprensión individual de la persona invitada; también es necesario tener en cuenta sus características colectivas y su situación personal. Si no se consideran estos elementos, no se puede esperar el éxito de ninguna invitación. Por eso el Noble Corán fue revelado gradualmente, poco a poco.وَقُرْآنًا فَرَقْنَاهُ لِتَقْرَأَهُ عَلَى النَّاسِ عَلَى مُكْثٍ وَنَزَّلْنَاهُ تَنْزِيلًا
«Hemos hecho descender este Corán gradualmente para que lo recites a la gente pausadamente, y lo hemos revelado progresivamente» (sura al-Isra: 106).
Asimismo, del Corán se sabe que en la invitación coránica se tuvieron en cuenta muchos aspectos del temperamento arraigado de los árabes. Como eran de naturaleza obstinada y discutidora —qawman luddan—, se adoptó con ellos una forma de conversación y debate adecuada para un pueblo discutidor e inflexible. Del mismo modo, la manera en que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— presentaba la invitación a la religión de la verdad a la gente procedente de las zonas rurales era completamente distinta de la manera en que la presentaba a la gente de La Meca y Medina. Una delegación de la tribu de Abd al-Qays se quejó ante él: «Entre nosotros y vosotros se interpone la tribu de Quraysh. Debido a su enemistad, no podemos acudir a ti en ningún mes salvo en los meses sagrados —Muharram, Rajab, Dhu al-Qa‘dah y Dhu al-Hijjah—. Por eso, dinos algunas enseñanzas fundamentales que nosotros mismos podamos seguir y a las que podamos invitar a los demás». El Mensajero de Allah, teniendo en cuenta sus necesidades y su situación, les ordenó hacer únicamente cuatro cosas y abstenerse de otras cuatro. También les dijo que ordenaran a los miembros de su pueblo hacerlas y que los apartaran de las otras. No les dijo nada más.
Es evidente que esta diferencia en el método de invitación se basaba únicamente en las diferencias psicológicas entre aquellos grupos. A quienes tenían diferencias de carácter ordinario y eran de naturaleza sencilla se les presentaban enseñanzas sencillas de la religión para que pudieran practicarlas. En cambio, a las personas de naturaleza compleja se las invitaba continuamente, siguiendo una secuencia adecuada, para purificar sus mentes.
Quinto principio: Así como un agricultor no debe sembrar en una tierra no preparada ni fuera de la estación favorable, y así como un médico no debe administrar un medicamento a un paciente en estado agónico, del mismo modo, cuando la persona invitada se inclina hacia la protesta, la réplica y la crítica, quien llama a la verdad no debe presentarle la invitación en ese momento. No solo es necesario abstenerse de invitar en esa situación; si, después de haber comenzado la invitación, la persona se vuelve contestataria, el predicador debe terminar allí la discusión y retirarse, en vez de prolongar el intercambio, y esperar un momento adecuado. Cuando la persona invitada tenga una mente abierta, o al menos haya desaparecido su inclinación a discutir, se le debe presentar nuevamente la invitación.وَإِذَا رَأَيْتَ الَّذِينَ يَخُوضُونَ فِي آيَاتِنَا فَأَعْرِضْ عَنْهُمْ حَتَّى يَخُوضُوا فِي حَدِيثٍ غَيْرِهِ وَإِمَّا يُنْسِيَنَّكَ الشَّيْطَانُ فَلَا تَقْعُدْ بَعْدَ الذِّكْرَى مَعَ الْقَوْمِ الظَّالِمِينَ
«Cuando veas a quienes se entregan a discutir sobre Nuestros signos, apártate de ellos hasta que cambien de conversación. Y si Satanás te hace olvidar esto, no permanezcas sentado con la gente injusta después de haberlo recordado» (sura al-An‘am: 68).
A pesar de una prohibición tan clara, resulta sorprendente cómo nuestra comunidad de ulemas pudo considerar lícito el método de los debates para propagar la religión. Ambas partes se enfrentan únicamente con el propósito de rechazar y declarar falsa la exposición de la otra, aunque en realidad sea verdadera. Quienes tienen cierta experiencia con estos actos de debate saben que en ellos suele predominar el gusto pervertido de humillar al adversario. La instrucción coránica al respecto es que, en cuanto perciba ese olor, quien llama a la verdad se retire con dignidad. Pero nuestros polemistas profesionales están tan influenciados por ese olor que, cuanto más aumenta, más crecen su interés y entusiasmo.
Sexto principio: Si la persona a la que se va a presentar la invitación está tan absorta en algún asunto que le resulta atractivo que separarse de él para prestar atención a la invitación de la verdad le resultaría molesto, quien llama a la verdad debe abstenerse de invitarla en ese momento. Aunque esta situación es distinta de la hostilidad, el rencor y la oposición, desde el punto de vista de la falta de preparación mental de la persona invitada no hay diferencia entre ambas. En Sahih al-Bujari se narra de ‘Abdullah ibn ‘Abbas —que Allah esté complacido con él—:
«Transmitido por ‘Ikrimah. Ibn ‘Abbas me dijo: “Aconseja a la gente solo un día por semana. Si no aceptan eso, hazlo dos días; y si tampoco están satisfechos, tres veces por semana. En resumen, no hagas que el Corán les resulte tedioso. Y no permitas que, cuando llegues a la gente y estén ocupados en alguna conversación, comiences a predicarles, interrumpas su conversación y los molestes. Más bien, guarda silencio en ese momento. Cuando se vuelvan hacia ti, aconséjalos. Así escucharán tus palabras con interés”».
Séptimo principio: Quien llama a la verdad también debe cuidar de que el carácter insípido de la invitación, sus discusiones innecesarias y sus largos discursos sin valor no provoquen aburrimiento en los oyentes.
«Transmitido por Shaqiq, un tabi‘í. Dijo: ‘Abdullah ibn Mas‘ud —que Allah esté complacido con él— aconsejaba a la gente todos los jueves. Un hombre le dijo: “¡Oh, Abu ‘Abd al-Rahman! Deseaba que nos aconsejaras todos los días”. Él respondió: “Lo que me impide hacerlo es que no me gusta aburriros; por eso os hablo con intervalos, tal como el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— nos aconsejaba de vez en cuando por temor a aburrirnos”» (al-Bujari y Muslim).
Al escribir estas palabras, se nos ha presentado la imagen de cierto tipo de oradores y de sus desdichados y oprimidos oyentes. La mayor destreza de sus sermones consiste en la interminable extensión de sus discursos carentes de sentido. Ni siquiera conocen esta verdad elemental: hasta las mejores palabras se vuelven insípidas cuando se repiten innecesariamente, y perseguir a la gente para hacerla escuchar sermones no solo frustra el propósito de la invitación a la religión, sino que, por el contrario, perjudica gravemente ese propósito.
El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— y sus compañeros aconsejaban a la gente con intervalos para que no se aburrieran. Sus discursos eran sumamente breves. También se ha transmitido en los hadices que dijo: «Cuando aconsejéis, hacedlo brevemente». En algunas narraciones se menciona que consideró el discurso breve una señal de sabiduría e inteligencia del orador y dijo: «Ciertamente, hay discursos que poseen un atractivo mágico». Con ello se indicó que el discurso debe ser breve y significativo, de modo que pueda influir en el corazón como la magia. No debe ser de tal naturaleza que embote el temperamento y la disposición del oyente, dejándolo sin capacidad para escuchar o aceptar ninguna palabra.
Octavo principio: Quien llama a la verdad debe evaluar con sumo cuidado y competencia el entorno que lo rodea. Debe observar atentamente cuándo se presenta la ocasión apropiada para sembrar la semilla de la invitación. En cuanto perciba que se ha creado una oportunidad para alcanzar su objetivo, debe intentar aprovecharla sin demora. El mejor ejemplo de ello se encuentra en la vida del profeta José —la paz sea con él—:وَدَخَلَ مَعَهُ السِّجْنَ فَتَيَانِ قَالَ أَحَدُهُمَا إِنِّي أَرَانِي أَعْصِرُ خَمْرًا وَقَالَ الْآخَرُ إِنِّي أَرَانِي أَحْمِلُ فَوْقَ رَأْسِي خُبْزًا تَأْكُلُ الطَّيْرُ مِنْهُ نَبِّئْنَا بِتَأْوِيلِهِ إِنَّا نَرَاكَ مِنَ الْمُحْسِنِينَ(36)قَالَ لَا يَأْتِيكُمَا طَعَامٌ تُرْزَقَانِهِ إِلَّا نَبَّأْتُكُمَا بِتَأْوِيلِهِ قَبْلَ أَنْ يَأْتِيَكُمَا ذَلِكُمَا مِمَّا عَلَّمَنِي رَبِّي إِنِّي تَرَكْتُ مِلَّةَ قَوْمٍ لَا يُؤْمِنُونَ بِاللَّهِ وَهُمْ بِالْآخِرَةِ هُمْ كَافِرُونَ(37)وَاتَّبَعْتُ مِلَّةَ آبَائِي إِبْرَاهِيمَ وَإِسْحَاقَ وَيَعْقُوبَ مَا كَانَ لَنَا أَنْ نُشْرِكَ بِاللَّهِ مِنْ شَيْءٍ ذَلِكَ مِنْ فَضْلِ اللَّهِ عَلَيْنَا وَعَلَى النَّاسِ وَلَكِنَّ أَكْثَرَ النَّاسِ لَا يَشْكُرُونَ(38)يَا صَاحِبَيِ السِّجْنِ أَأَرْبَابٌ مُتَفَرِّقُونَ خَيْرٌ أَمِ اللَّهُ الْوَاحِدُ الْقَهَّارُ(39)مَا تَعْبُدُونَ مِنْ دُونِهِ إِلَّا أَسْمَاءً سَمَّيْتُمُوهَا أَنْتُمْ وَآبَاؤُكُمْ مَا أَنْزَلَ اللَّهُ بِهَا مِنْ سُلْطَانٍ إِنِ الْحُكْمُ إِلَّا لِلَّهِ أَمَرَ أَلَّا تَعْبُدُوا إِلَّا إِيَّاهُ ذَلِكَ الدِّينُ الْقَيِّمُ وَلَكِنَّ أَكْثَرَ النَّاسِ لَا يَعْلَمُونَ(40)يَا صَاحِبَيِ السِّجْنِ أَمَّا أَحَدُكُمَا فَيَسْقِي رَبَّهُ خَمْرًا وَأَمَّا الْآخَرُ فَيُصْلَبُ فَتَأْكُلُ الطَّيْرُ مِنْ رَأْسِهِ قُضِيَ الْأَمْرُ الَّذِي فِيهِ تَسْتَفْتِيَانِ
«Dos jóvenes entraron con él en la prisión. Uno de ellos dijo: “Me veo exprimiendo vino”. El otro dijo: “Me veo llevando sobre la cabeza pan del que comen los pájaros. Infórmanos de su interpretación; vemos que eres de quienes hacen el bien”. José dijo: “No os llegará la comida que os corresponde sin que os haya informado antes de su interpretación. Esto forma parte de lo que mi Señor me ha enseñado. En verdad, he abandonado la religión de quienes no creen en Allah y niegan la otra vida. Y sigo la religión de mis antepasados Abraham, Isaac y Jacob. No nos corresponde asociar nada con Allah. Esto es parte del favor de Allah sobre nosotros y sobre toda la humanidad, pero la mayoría de la gente no agradece. ¡Oh, mis dos compañeros de prisión! ¿Son mejores numerosos señores distintos o Allah, el Único, el Dominador? No adoráis fuera de Él más que nombres que vosotros y vuestros antepasados habéis inventado; Allah no ha hecho descender ninguna autoridad para ellos. El juicio pertenece exclusivamente a Allah. Él ha ordenado que no adoréis sino a Él. Esa es la religión recta, pero la mayoría de la gente no sabe. ¡Oh, mis dos compañeros de prisión! Uno de vosotros dará de beber vino a su señor; en cuanto al otro, será crucificado y los pájaros comerán de su cabeza. Ya se ha decidido el asunto sobre el que me consultabais”» (sura Yusuf: 36-41).
Miremos brevemente este pasaje y llevemos toda la escena ante los ojos de la imaginación. Dos hombres fueron encarcelados junto con el profeta José —la paz sea con él—. Ambos tuvieron sueños y sintieron curiosidad por conocer su interpretación. Entre todos los habitantes de la prisión, por alguna razón solo José les pareció alguien a quien podían acudir con ese propósito. Por ello, con sentimientos de confianza y respeto, le contaron sus sueños. José no se limitó a despedirlos después de interpretar sus sueños, ni intentó aprovecharse de su buena impresión para imponerles su excelencia personal y obtener un beneficio propio. Más bien, consideró una oportunidad valiosa aquella atracción que sentían y les presentó la invitación a la religión de tal manera que pudo establecerse en sus corazones.
Por otro lado, presentó la religión de modo que el tema de la religión surgiera naturalmente en el curso de la conversación. No creó deliberadamente una ocasión para hablar de ella. De este acontecimiento se desprende una verdad importante: así como un agricultor espera acechando la lluvia para sembrar la semilla, quien llama a la verdad también debe observar su entorno para saber cuándo surge en el corazón de alguien una atracción hacia él que pueda servir como una estación favorable para sembrar la semilla de su invitación.
También se aprende que, si por la gracia de Allah alguien obtiene alguna vez una oportunidad semejante, no debe desperdiciarla ni utilizarla para ningún propósito distinto del noble objetivo de la invitación. Cuando este tipo de oportunidad cae en manos de una persona egoísta, intenta convertirla en un medio para satisfacer sus intereses personales en vez de utilizarla para la invitación. En la época actual, nuestra comunidad de ulemas y los pires y jeques están generalmente afectados por esta enfermedad. Cuando ven que alguien se siente atraído hacia ellos, se alegran mucho. Pero la naturaleza de su alegría es distinta de la alegría del profeta José —la paz sea con él—. Más bien, su alegría puede compararse con la de una araña. La araña extiende una tela a su alrededor y espera la llegada de una mosca. Cuando ve que una mosca se acerca, comienza a bailar fuera de sí de alegría: ha caído en sus manos una presa grande y bien alimentada.
Noveno principio: Cada persona que llama a la verdad debe tener en cuenta la capacidad y el nivel de la persona invitada al presentar una discusión y argumentos. La forma y el lenguaje utilizados para invitar a los intelectuales serán distintos de los empleados con la gente común. No es correcto que quien llama a la verdad, llevado simplemente por la idea de que posee toda la verdad, meta en el mismo saco y reprenda por igual a todos los grupos que no poseen toda la verdad. Su deber es valorar correctamente a cada grupo, asignarle el rango que le corresponde y presentarle la invitación de acuerdo con ello. Por ejemplo, el Noble Corán dio la siguiente orientación para presentar la invitación a la gente de la Escritura:وَلَا تُجَادِلُوا أَهْلَ الْكِتَابِ إِلَّا بِالَّتِي هِيَ أَحْسَنُ إِلَّا الَّذِينَ ظَلَمُوا مِنْهُمْ وَقُولُوا آمَنَّا بِالَّذِي أُنْزِلَ إِلَيْنَا وَأُنْزِلَ إِلَيْكُمْ وَإِلَهُنَا وَإِلَهُكُمْ وَاحِدٌ وَنَحْنُ لَهُ مُسْلِمُونَ
«No discutáis con la gente de la Escritura sino de la mejor manera, salvo con quienes sean injustos entre ellos. Decid: “Creemos en lo que se nos ha revelado y en lo que se os ha revelado. Nuestro Dios y vuestro Dios es uno, y a Él nos sometemos”» (sura al-‘Ankabut: 46).
Aquí también se explica cuál es la mejor manera en que se permite discutir y dialogar con la gente de la Escritura. Consiste en reconocer aquellos aspectos en los que están a vuestra altura o aquellos asuntos que compartís con ellos. Así, en lugar de surgir odio y hostilidad entre ellos y vosotros, surgirán amistad y afecto; y en lugar de distancia, cercanía. Después se les debe pedir que, sobre la base de esta verdad reconocida, estén de acuerdo con nosotros también en aquello que necesariamente debe aceptarse.
El efecto psicológico de este método de invitación sobre la persona invitada será que, al ver que quien llama a la verdad no se considera superior ni presenta su invitación como un descubrimiento nuevo, sino que reconoce también la parte de verdad que existe en ella, avanzará hacia la reflexión sobre el asunto. Si no es obstinada, terca y desobediente, puede incluso aceptar la invitación. Pero si no se procede así y se habla a los intelectuales y a la gente de la Escritura de la misma manera que a los ignorantes y analfabetos, quienes, al igual que el predicador, se consideran poseedores de conocimiento, sabiduría y una Escritura celestial sentirán naturalmente herido su sentido del honor. Esto creará un grave obstáculo para aceptar la verdad.
Décimo principio: Si quien llama a la verdad percibe en la persona invitada indicios de desobediencia, inflexibilidad y obstinación, no debe darle ninguna oportunidad de aumentar esa enfermedad por causa suya. Al contrario, debe esforzarse al máximo por evitarlo. Incluso si la persona invitada se opone a alguno de los argumentos del predicador de una manera que manifiestamente no es más que una disputa, en lugar de seguir insistiendo en ese argumento y presentar más pruebas en su favor, debe emplear la estrategia de presentar la verdad desde otro ángulo, para que la persona no tenga ocasión de manifestar su obstinación. Si posee capacidad para aceptar la verdad, la aceptará. Y si solo es obstinada, al menos quedará desconcertada y no tendrá oportunidad de debatir ni disputar. El Noble Corán menciona el debate entre el profeta Abraham —la paz sea con él— y un rey. Es el mejor ejemplo para este caso:أَلَمْ تَرَ إِلَى الَّذِي حَاجَّ إِبْرَاهِيمَ فِي رَبِّهِ أَنْ آتَاهُ اللَّهُ الْمُلْكَ إِذْ قَالَ إِبْرَاهِيمُ رَبِّيَ الَّذِي يُحْيِي وَيُمِيتُ قَالَ أَنَا أُحْيِي وَأُمِيتُ قَالَ إِبْرَاهِيمُ فَإِنَّ اللَّهَ يَأْتِي بِالشَّمْسِ مِنَ الْمَشْرِقِ فَأْتِ بِهَا مِنَ الْمَغْرِبِ فَبُهِتَ الَّذِي كَفَرَ وَاللَّهُ لَا يَهْدِي الْقَوْمَ الظَّالِمِينَ
«¿No has visto a aquel que discutió con Abraham acerca de su Señor porque Allah le había concedido el reino? Cuando Abraham dijo: “Mi Señor es quien da la vida y causa la muerte”, él respondió: “Yo doy la vida y causo la muerte”. Abraham dijo: “Allah hace que el sol salga por el Oriente; hazlo salir tú por el Occidente”. Entonces el incrédulo quedó desconcertado. Allah no guía a la gente injusta» (sura al-Baqarah: 258).
El argumento presentado por el profeta Abraham —la paz sea con él— no sufrió el menor daño por la objeción de su oponente. Si hubiera querido, podría haber continuado diciendo muchas otras cosas. Pero, después de evaluar el estado psicológico de la persona invitada, si hubiera añadido más palabras, habría actuado completamente en contra del método enseñado por el Noble Corán:ادْعُ إِلَى سَبِيلِ رَبِّكَ بِالْحِكْمَةِ وَالْمَوْعِظَةِ الْحَسَنَةِ وَجَادِلْهُمْ بِالَّتِي هِيَ أَحْسَنُ
«Invita al camino de tu Señor con sabiduría y buena exhortación, y discute con ellos de la mejor manera» (sura an-Nahl: 125).
11
El método de formación de los profetas
Ninguna predicación de la religión de la verdad puede dar frutos en el mundo si no está acompañada de un programa de formación ordenado y permanente. Este programa de formación es necesario para cualquier tipo de movimiento, pero, especialmente en el caso de una predicación de la verdad, constituye una parte inseparable de ella. No se puede siquiera concebir la predicación de la verdad sin un programa de formación. Esta revolución no influye en un solo aspecto de la vida; más bien, ilumina con una nueva luz todos sus aspectos, tanto manifiestos como ocultos. Este movimiento no surge para exigir un cambio parcial, sino que presenta un molde y un plan completamente nuevos para nuestra vida individual y colectiva. Por ello, la naturaleza misma del movimiento exige que, así como avanza siguiendo una determinada secuencia, también cuente con un programa de formación plenamente equilibrado y conforme a esa misma secuencia. Esto no es menos importante que la predicación fundamental. Al contrario, no sería exagerado decir que la formación es incluso algo más importante que la predicación fundamental. Pues gracias a esta formación una predicación logra echar raíces en los corazones; después se desarrolla gradualmente y, más tarde, se cubre de flores y frutos. Finalmente, un día colma a toda la sociedad con sus beneficios y su bienestar.
El trabajo de quien llama a la verdad puede ejemplificarse adecuadamente mediante el trabajo de un agricultor. Del mismo modo que un agricultor no puede alcanzar su objetivo simplemente esparciendo algunas semillas en un terreno, el trabajo de quien llama a la verdad tampoco puede darse por concluido con hacer que la gente escuche algunos sermones y exhortaciones. Más bien, para alcanzar plenamente su objetivo, debe mantener una profunda conexión con la predicación que se ha extendido dentro de él, como la conexión que un agricultor diligente mantiene con las semillas. Siempre vigila que las plantas jóvenes puedan echar raíces en la tierra, que sean regadas en el momento adecuado, que estén protegidas de las adversidades de las estaciones, que las malas hierbas no obstaculicen su crecimiento y que permanezcan a salvo de los ataques de insectos, animales y aves. Para atender a todos estos aspectos, renuncia al sueño de la noche y al descanso del día. Trabaja sin cesar y permanece ocupado cuidando el campo de cultivo. Finalmente, llega un momento en que recibe el fruto de su propio esfuerzo. De igual manera, quien llama a la verdad llega a ver su predicación florecer y fructificar cuando posee el valor y la capacidad de soportar, junto con la predicación, la ardua y prolongada práctica de la formación. De lo contrario, así como las semillas sembradas por un agricultor perezoso son destruidas por las condiciones desfavorables de la tierra y del clima, y por los ataques de animales, aves e insectos, la predicación de un propagador puede convertirse igualmente en un clamor estéril en el desierto.
Si reflexionamos profundamente sobre los métodos de predicación y formación de los profetas, aquí mencionaremos algunos de los principios importantes que pueden extraerse para la formación organizativa.
Primer principio de la formación organizativa
El primer y más importante principio de la formación organizativa es que quien llama debe abstenerse de apresurarse en las tareas de predicación y formación. Debe observar siempre si el alimento educativo y formativo que ha proporcionado ha sido bien digerido y se ha convertido en parte del pensamiento y de la conducta de la gente. Si se proporciona más alimento sin evaluar correctamente esto, el resultado se manifestará en forma de trastornos estomacales e indigestión. Quien haya estudiado la historia de quienes llaman a la verdad no ignora que cada uno de ellos puede tener diversas razones para apresurarse en la tarea de la predicación.
Las personas que han aceptado la predicación acaban de conocer el sabor de la verdad. Este nuevo conocimiento despierta en ellas tal entusiasmo por la verdad que el programa formativo gradual les parece excesivamente difícil. Se dejan absorber tanto por el anhelo de la verdad que ni siquiera pueden calcular correctamente su propio apetito y capacidad de digestión, y tampoco están dispuestas a tener en cuenta la debilidad de los demás miembros débiles de la organización. Se atribuyen a sí mismas una posición superior a su verdadera dignidad, y también atribuyen a sus compañeros capacidades superiores a las que realmente poseen. Por ello, de su parte surge constantemente la demanda: «¿Hay algo más?»
Además de estas, existe otro grupo que todavía se caracteriza por oponerse a la predicación. Siempre está buscando los puntos débiles de la predicación. Si no encuentra ninguna oportunidad de inmiscuirse en el programa que se le presenta, plantea la exigencia: «Presentad vuestro plan completo». Su único propósito es que, si no se presenta inmediatamente algo en respuesta a su demanda, puedan tener la oportunidad de decir públicamente que se trata de un grupo sin propósito ni objetivo; que no tiene ante sí ningún destino definido ni un programa claro y completo para llegar a él. Y si se presenta algo, intenta crear una brecha en ello cuando no consigue encontrar ninguna falla.
Además, en un verdadero llamador de la verdad reside un intenso anhelo por la verdad. Es tan poderoso que, si la sabiduría concedida por Dios no lo respaldara, transgrediría todos los límites y requisitos de la paciencia, la espera, la continuidad y la formación. Cuando las dos demandas mencionadas estimulan este entusiasmo, a menudo sucede que quien llama se desvía del camino de la moderación. Sin embargo, adoptar esta vía intermedia es sumamente necesario para alcanzar su objetivo y para la correcta formación de la organización. Aunque el verdadero amor por la verdad exige que exista en las personas, por la verdad, un hambre voraz que las mantenga inquietas, les quite la paciencia y las obligue a apresurarse, las exigencias de la formación de la organización no son menos importantes que el sentido de respeto y amor por la verdad. Por ello, quien predica debe mantener un equilibrio correcto entre ambas cosas. Si la exigencia de la primera lo impulsa a apresurarse, la exigencia de la segunda debe obligarlo a esperar. Si el entusiasmo por llamar a la verdad y la pasión por ayudarla le impiden dejar sedientos los deseos de las personas interesadas y no le permiten detenerse hasta presentar una prueba concluyente ante quienes obstaculizan el camino de la religión, entonces, comprendiendo la importancia de la formación, no debe verter en el recipiente más agua de la que este puede contener.
Si alguna vez sucede que el impulso de la primera cosa se vuelve tan intenso que no es posible prestar plena atención a la segunda, queda en la formación de la organización una deficiencia cuyo remedio posteriormente ya no es posible. Por esa brecha Satanás entra en el interior de la organización, pone huevos y engendra crías, y toda la comunidad queda sometida a la corrupción y al desorden que él ha difundido. El ejemplo más lamentable de esto lo encontramos en la historia de los hijos de Israel. Cuando el profeta Moisés —la paz sea con él— salió de Egipto y llegó al valle del Sinaí, Dios lo llevó al monte Tur para informarle sobre las disposiciones de la ley religiosa y fijó para este propósito un día determinado. El profeta Moisés —la paz sea con él— llegó al monte Tur antes de ese día señalado. El fervor que había en él por conocer las órdenes de Dios y alcanzar Su complacencia era, en primer lugar, tan intenso que, después de recibir la indicación de Dios, le resultaba difícil atenerse a la hora y a la fecha establecidas. En segundo lugar, este fervor pudo haberse intensificado también por las demandas que su pueblo planteaba una tras otra. Aunque se trataba de un fervor muy elevado y digno de elogio, llegar al monte Tur antes del momento establecido demostraba, por otra parte, que estaba muy impaciente y ansioso por conocer las órdenes de Dios.
Pero también había un aspecto por el cual este asunto podía ser objetado, un aspecto al que el profeta Moisés —la paz sea con él— no había prestado atención. Al fijarle un momento especial, en lugar de llamarlo inmediatamente, el propósito de Dios era que Moisés (la paz sea con él) dedicara ese tiempo a la formación del pueblo y arraigara firmemente en sus corazones los principios que se les habían enseñado. Así podrían preservar su fe y su sumisión a Dios incluso después de enfrentarse a duras pruebas y calamidades.
Sin embargo, el deseo de recibir más instrucciones de Dios llegó a ejercer sobre él una influencia tan fuerte que el sentido de la importancia de la formación quedó vencido ante ese deseo. Como consecuencia, los enemigos de la religión de Dios aprovecharon plenamente su ausencia y la debilidad del pueblo, y una gran parte de este cayó en la adoración del becerro. Dios atribuyó la responsabilidad de este mal a la inclinación del profeta Moisés —la paz sea con él— a apresurarse. Aunque estaba ocupado precisamente en las tareas de enseñanza, formación y predicación, aquella precipitación fue considerada una causa de negligencia respecto a la responsabilidad de la formación. Por ello, el Noble Corán menciona su precipitación y sus consecuencias en las siguientes palabras:
“Y [dijo Dios]: ‘¿Qué te hizo apresurarte y abandonar a tu pueblo antes del tiempo señalado, oh Moisés?’ Él respondió: ‘Ellos vienen siguiendo mis pasos, y me apresuré a llegar ante Ti, Señor mío, para obtener Tu complacencia’. Él dijo: ‘Bien, entonces escucha: hemos puesto a prueba a tu pueblo después de tu partida y el samaritano los ha extraviado’”. (Sura Ta-Ha, 83-85)
وَمَا أَعْجَلَكَ عَنْ قَوْمِكَ يَا مُوسَى () قَالَ هُمْ أُولَاءِ عَلَى أَثَرِي وَعَجِلْتُ إِلَيْكَ رَبِّ لِتَرْضَى () قَالَ فَإِنَّا قَدْ فَتَنَّا قَوْمَكَ مِنْ بَعْدِكَ وَأَضَلَّهُمُ السَّامِرِيُّDe esta aleya se desprende que, así como es deber indispensable del predicador informar al pueblo acerca de las órdenes de Allah y de Sus leyes y normas, también es su deber indispensable educarlo con plena seriedad y previsión. De este modo, la enseñanza de la religión se arraigará tanto en su pensamiento y conciencia como en su vida práctica, y podrán mantenerse firmes en ella incluso al enfrentarse a pruebas difíciles. El predicador que solo presta atención al aspecto de la enseñanza y la formación, y cuya atracción por esta tarea llega a dominarlo hasta el punto de no cumplir debidamente con la paciencia y la serenidad necesarias para la formación, se parece al conquistador impaciente que avanza continuamente sin pensar en consolidar su dominio en las regiones conquistadas. El resultado de tal precipitación solo puede ser que, por un lado, se extienda una rebelión semejante a un incendio en los bosques de la región.
En la sura Ta-Ha, Allah presenta este aleccionador ejemplo del pueblo de Moisés —la paz sea con él— y advierte al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— contra la precipitación que existía en él por conocer las órdenes divinas. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, debido a su interés natural por el conocimiento y a la impaciencia de su pueblo, deseaba que la revelación de Allah descendiera rápidamente. Así podría satisfacer su deseo de adquirir conocimiento y responder a la demanda de su pueblo. Por eso, cuando descendía la revelación, se apresuraba a memorizarla, llevado por su entusiasmo, como un estudiante aplicado. Allah le advirtió en varios lugares del Noble Corán que no se apresurara a hacer descender todo el Corán antes del plazo establecido para completar la revelación. Se le concedía ese tiempo y esa pausa para fortalecer su corazón y formar a su pueblo. Así podría asimilar todo lo que se le enseñaba y su pueblo adquiriría también la capacidad de recibirlo.
وَلَا تَعْجَلْ بِالْقُرْآنِ مِنْ قَبْلِ أَنْ يُقْضَى إِلَيْكَ وَحْيُهُ وَقُلْ رَبِّ زِدْنِي عِلْمًا(114)وَلَقَدْ عَهِدْنَا إِلَى آدَمَ مِنْ قَبْلُ فَنَسِيَ وَلَمْ نَجِدْ لَهُ عَزْمًا“No te apresures con el Corán antes de que concluya su revelación para ti, y di: ‘¡Señor mío, acrecienta mi conocimiento!’. Antes de esto, habíamos confiado una responsabilidad a Adán, pero la olvidó, y no encontramos en él firmeza de resolución”. (Sura Ta-Ha, 114-115)
En la parte final de estas aleyas se expone claramente la necesidad de abstenerse de la precipitación y la importancia de la formación. Se afirma que el ser humano posee una debilidad natural: ante sus esperanzas, deseos y anhelos, su determinación se debilita. Por ello es necesario formarlo adecuadamente, para despertar en él plena conciencia y sensibilidad respecto de la responsabilidad que se le confía. Entonces podrá mantenerse firme incluso al enfrentarse a las pruebas.
Conforme a las exigencias de esta formación, el Noble Corán fue revelado poco a poco. Los opositores impacientes objetaban: si el Noble Corán es el Libro de Allah, ¿por qué se revela gradualmente? El conocimiento de Allah abarca todo lo presente y lo futuro; Él no necesita reflexionar ni experimentar, ni necesita considerar ningún beneficio general. Entonces, ¿por qué no revela todo el Corán de una sola vez? Esto demuestra claramente, decían, que se trata de una obra compuesta por Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, quien presenta únicamente lo que puede elaborar después de reflexionar, esforzarse y practicar.
Naturalmente, esta objeción también afectó a muchos musulmanes y resultaba sumamente dolorosa para el corazón puro del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Sin embargo, Allah no concedió importancia a las objeciones de los opositores, ni al dolor que estas, junto con el deseo natural de adquirir conocimiento, causaban al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y a sus compañeros. Más bien dijo que las exigencias de la formación del Profeta y de sus compañeros requerían que Sus órdenes descendieran gradualmente y de manera sucesiva. Así, el corazón del Profeta se fortalecería plenamente para soportarlas y tanto los fuertes como los débiles de la comunidad podrían recibirlas adecuadamente. Si se apresuraban, permanecería la debilidad en la comunidad y, del mismo modo que el samaritano extravió a los Hijos de Israel, podría surgir un samaritano entre la comunidad del Profeta y conducirla al extravío.
La sucesión que observamos en la revelación del Corán fue igualmente observada por los Compañeros y por quienes vinieron después de ellos al aprenderlo y enseñarlo. El beneficio general consistía precisamente en que quienes lo aprendieran lo hicieran de tal manera que quedara arraigado en sus mentes y corazones, y que su vida real se tiñera de su color. Esto solo era posible si el conocimiento coránico se impartía a la gente gradualmente, poco a poco, acompañándolo de una formación conforme a ese conocimiento. Por ello se narra de Abdullah ibn Masud —que Allah esté complacido con él— que dijo: [texto árabe omitido por el sistema].
“Quien aprendía diez aleyas del Corán no avanzaba hasta conocer su significado y modelar su vida práctica conforme a ellas”.
Segundo principio
El segundo principio de la formación organizativa es que el predicador debe prestar más atención a la calidad que a la cantidad. A veces el deseo de buscar a la ‘oveja perdida’ domina al predicador hasta hacer que descuide las ovejas del rebaño. El resultado de este descuido es que recorre campos y selvas buscando a la oveja perdida, mientras las del rebaño mueren por falta de alimento o un lobo entra en el cercado y las despedaza. Este deseo de dejar de lado a los propios y atraer a los ajenos nace en el predicador de la verdad de una emoción ciertamente noble. El entusiasmo por la predicación llega a ser tan fuerte que el sentido de responsabilidad hacia la formación queda vencido o, al menos, relegado. Empieza a conceder mayor importancia a que quienes son rebeldes y desobedientes a Dios pronuncien primero el nombre de Allah, dejando su formación y reforma para después.
A primera vista es una intención noble, pero al examinarla profundamente se ve que aquí radica la causa principal de anteponer la abundancia numérica a la calidad. Más adelante, esta visión errónea avanza hasta hacer que la gente se sienta completamente satisfecha con las estadísticas de las cabezas en lugar de con la transformación de los corazones. Para proteger a los predicadores de esta equivocación, el Noble Corán les enseñó que el deseo de llamar y atraer a quienes no conocen la invitación de la verdad no debe ser tan intenso que perjudique los derechos de quienes ya la han aceptado, que esperan formación y purificación espiritual y sienten su necesidad.
لَا تَمُدَّنَّ عَيْنَيْكَ إِلَى مَا مَتَّعْنَا بِهِ أَزْوَاجًا مِنْهُمْ وَلَا تَحْزَنْ عَلَيْهِمْ وَاخْفِضْ جَنَاحَكَ لِلْمُؤْمِنِينَ“No dirijas tus ojos hacia los bienes mundanales que hemos concedido a algunos grupos de ellos [los incrédulos], ni te aflijas por su rechazo y negación; más bien, acoge a los creyentes bajo la sombra de tu benevolencia”. (Sura Al-Hiyr, 88)
وَاصْبِرْ نَفْسَكَ مَعَ الَّذِينَ يَدْعُونَ رَبَّهُمْ بِالْغَدَاةِ وَالْعَشِيِّ يُرِيدُونَ وَجْهَهُ وَلَا تَعْدُ عَيْنَاكَ عَنْهُمْ تُرِيدُ زِينَةَ الْحَيَاةِ الدُّنْيَا“Mantén firme tu corazón junto a quienes invocan a su Señor mañana y tarde, buscando Su complacencia. No apartes tu mirada de ellos, deseando los adornos de la vida mundanal”. (Sura Al-Kahf, 28)
عَبَسَ وَتَوَلَّى () أَنْ جَاءَهُ الْأَعْمَى () وَمَا يُدْرِيكَ لَعَلَّهُ يَزَّكَّى () أَوْ يَذَّكَّرُ فَتَنْفَعَهُ الذِّكْرَى () أَمَّا مَنِ اسْتَغْنَى () فَأَنْتَ لَهُ تَصَدَّى“Frunció el ceño y se apartó porque se acercó a él un ciego. ¿Y qué te hace saber? Quizá se purifique o acepte el consejo y este le sea beneficioso. En cambio, al que se desentiende, tú le prestas toda tu atención”. (Sura Abasa, 1-6)
Todas estas aleyas orientan al predicador a no desperdiciar en personas influyentes el tiempo que debería dedicar a formar a quienes han aceptado la invitación, aunque sean pocos en número y comunes en posición. Aunque exista la posibilidad de que la influencia de aquellos resulte útil para la invitación, están embriagados de orgullo y arrogancia y descontentos con ella.
Tercer principio
El tercer principio de la formación organizativa es que ningún sector de la organización se desvíe de los principios sobre los que esta se fundamenta ni tenga la oportunidad de propagar una enfermedad de rebelión contra ellos. Si se observa que surge un desorden de este tipo, corresponde a los dirigentes y responsables de la organización pensar en erradicarlo antes de que se extienda. Al cumplir esta responsabilidad, ningún interés, indulgencia, amenaza ni afecto por persona alguna debe convertirse en obstáculo. La menor negligencia en este asunto puede causar un daño enorme. Así, aprovechando una negligencia semejante, una gran parte del pueblo de Moisés —la paz sea con él— se entregó a la adoración del becerro en lugar de adorar a Allah. Para erradicar este tipo de desorden, no basta con que los dirigentes de la organización posean corazones fuertes; tampoco hay objeción en que sean algo severos. De ese modo podrán arrancar sin piedad el desorden de raíz y arrojarlo lejos.
Cuando Moisés —la paz sea con él— supo que la fitna del politeísmo se había extendido entre su pueblo, regresó del monte Tur y, en primer lugar, reprendió con dureza a quienes habían sido encargados de supervisarlo durante su ausencia y cuya flexibilidad e indulgencia habían permitido que se extendiera aquella calamidad. Después hizo que los verdaderos culpables fueran ejecutados por miembros de sus propias tribus, para que quedara claro ante todos que quienes propagaran semejante desorden dentro de la organización no podían esperar ayuda ni solidaridad siquiera de sus parientes consanguíneos. Además, destruyó completamente el ídolo fabricado por el samaritano, para que no quedara entre el pueblo ni el menor vestigio de la fitna. Impuso al samaritano un castigo ejemplar que se convirtió en una carga para toda su vida.
Para proteger a la organización de calamidades semejantes, el islam establece que, cuando se encuentre en cualquiera de sus miembros una desviación de los principios organizativos, toda la organización debe intentar resistirla y corregirla. Si no lo hace y permite que cada uno actúe como quiera, las consecuencias de sus faltas no quedarán limitadas a ellos; todos los miembros de la organización, tanto los impíos como los piadosos, compartirán sus consecuencias. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— explicó este significado mediante el ejemplo de un barco. Si un pasajero intenta perforar el fondo del barco y los demás no se lo impiden, el resultado inevitable será que el barco se hunda y todos sufran el castigo de la mala acción de uno solo. Del mismo modo, si una organización trata con indulgencia a los malhechores que se encuentran en su interior, toda ella sufrirá inevitablemente el daño que estos provoquen. El Noble Corán advierte de este peligro con las siguientes palabras:
وَاتَّقُوا فِتْنَةً لَا تُصِيبَنَّ الَّذِينَ ظَلَمُوا مِنْكُمْ خَاصَّةً وَاعْلَمُوا أَنَّ اللَّهَ شَدِيدُ الْعِقَابِ“Guardaos de una calamidad cuyo daño no afectará exclusivamente a quienes de vosotros hayan cometido injusticia, y sabed que Allah es severo en el castigo”. (Sura Al-Anfal, 25)
Para cumplir esta obligación, el método de acción variará según las distintas etapas de la organización. Pero la organización no puede quedar exenta de su responsabilidad respecto de la obligación fundamental bajo ninguna circunstancia.
En la etapa inicial, cuando la organización no posee fuerza ni influencia política, su propio espíritu va separando de su seno a quienes violan sus principios. En primer lugar, no da cabida a personas que no se hayan impregnado adecuadamente de su espíritu. Si, de algún modo, una persona inerte de este tipo llega a entrar en la organización, no podrá permanecer en ella, del mismo modo que una mosca que entra en el estómago de una persona sana no puede quedarse allí mucho tiempo. Si desde su etapa inicial una organización permite que quienes violan sus principios sean alimentados y protegidos tranquilamente en su interior, ello significa que aún no ha desarrollado un espíritu propio y que muy pronto sufrirá la fragmentación.
En la segunda etapa, es decir, cuando la organización adquiere fuerza política, su institución política procura impedir que nazcan o se infiltren en su interior elementos desorganizadores. Para resistirlos, además de los medios ordinarios de predicación y formación, utiliza también la fuerza cuando lo considera necesario. Si esta institución política cumple su responsabilidad con plena conciencia, toda la organización queda libre de responsabilidad. Pero, Dios no lo permita, si se desvía, toda la organización tiene el deber de avanzar para corregirla, enarbolando la bandera de ordenar el bien y prohibir el mal, y no podrá dormir tranquilamente hasta que sea reformada. Quienes llamen a esta reforma no deben contentarse con alzar la voz por ella, sino que también deben liberarse de esa falta manifestando indignación y rechazo hacia la conducta de los culpables.
Cuarto principio
El cuarto principio de la formación organizativa es que, en la etapa inicial de la invitación, se debe insistir, tanto como sea posible, en que la gente permanezca vinculada al centro principal de enseñanza y predicación, y deben establecerse los medios para ello. En la etapa en que el espíritu de la organización apenas se está formando, un entorno adecuado y el vínculo directo con el centro principal son los elementos más necesarios para una formación correcta. Si en esta etapa se descuidan ambas cosas, serán muy pocos los miembros de la organización que lleguen a ser tan fuertes intelectual y moralmente como para impregnarse ellos mismos de ese espíritu y transmitirlo a otros. Por el contrario, surgirán muchos cuya adhesión a la invitación será tan superficial que desaparecerá al superar una sola prueba difícil. Tales personas tampoco alcanzarán la madurez intelectual necesaria para despertar en otros la conciencia correcta de la invitación, ni tendrán suficiente firmeza en su conducta para continuar su labor de predicación en circunstancias favorables o adversas. El resultado será que, mientras exista una personalidad influyente, continuará entre la gente la actividad de esta invitación; pero en cuanto desaparezca, todo el alboroto se apagará.
Una de las grandes sabidurías contenidas en la orden islámica de emigrar fue que todos los musulmanes pudieran beneficiarse acercándose directamente al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y que, al vivir en un entorno favorable, el islam los impregnara adecuadamente. La exigencia de la invitación es que las personas talentosas y piadosas de cada región acudan al centro de predicación y formación y, después de adquirir conocimiento de la religión, regresen a sus localidades para informar a su pueblo acerca de ella.
وَمَا كَانَ الْمُؤْمِنُونَ لِيَنْفِرُوا كَافَّةً فَلَوْلَا نَفَرَ مِنْ كُلِّ فِرْقَةٍ مِنْهُمْ طَائِفَةٌ لِيَتَفَقَّهُوا فِي الدِّينِ وَلِيُنْذِرُوا قَوْمَهُمْ إِذَا رَجَعُوا إِلَيْهِمْ لَعَلَّهُمْ يَحْذَرُونَ“No era posible que todos los creyentes salieran a adquirir conocimiento. ¿Por qué no habría salido de cada grupo una delegación para adquirir una comprensión profunda de la religión y advertir a su pueblo cuando regresara a él? Así quizá adoptarían el camino del temor de Allah”. (Sura At-Tawba, 122)
Quinto principio
El quinto principio de la formación organizativa es mantener plena atención a los errores, deficiencias y estancamientos de la organización durante las oportunidades de prueba que se le presenten. Cuando termine el momento de la prueba y llegue la ocasión de respirar con tranquilidad, se debe realizar una revisión imparcial de cada error y deficiencia. Deben exponerse claramente ante la gente las deficiencias intelectuales que revelan estancamientos doctrinales. Al principio, esta revisión debe dirigirse de forma general. Su beneficio será que cada persona podrá tomar conciencia en su propio lugar y, si posee disposición natural para corregirse, aprovecharla. Si desde el comienzo se reprende individualmente, mencionando por su nombre a cada persona que se haya equivocado, surgirá en ellas un sentimiento de humillación. En lugar de crearse condiciones para su reforma, aparecerán la obstinación y la actitud desafiante.
Sin embargo, cuando, tras investigar repetidamente a un grupo, se demuestra que no viola los principios de la organización únicamente por alguna complicación psicológica o por las circunstancias, sino que ha convertido deliberadamente la conducta hipócrita en un hábito, entonces hay que advertirle directamente de sus errores y cambiar con él el método de confidencialidad y simpatía. Esta será su última advertencia. Si aun después de eso no se corrige, es deber de la organización expulsar de su seno a personas de este tipo.
El Mensajero de Allah —que Allah esté complacido con él— siguió este método con los hipócritas, y desde el punto de vista de la formación organizativa es conforme a la razón y a la naturaleza humana. Quien mantiene la mirada fija en el Noble Corán sabe que la batalla de Badr fue la primera oportunidad de prueba en la historia del islam. En esa batalla quedó demostrado que algunos hipócritas se ocultaban dentro de la organización. Después de que pasaron las circunstancias de la batalla, el Noble Corán criticó severamente las acciones de esas personas; la sura Al-Anfal ofrece testimonio de ello. Sin embargo, en aquel momento no se les dirigió una reprimenda específica y directa, ni fueron expulsados de la organización. Después continuaron mostrando su debilidad en cada prueba, pero, salvo la crítica general y el consejo, el Noble Corán no los atacó directamente. Esta situación continuó hasta aproximadamente la época de la batalla de Tabuk. Pero cuando la prueba contra ellos quedó completa y se demostró plenamente que sus malas acciones y su insolencia no eran resultado de ignorancia ni de una derrota temporal, sino que actuaban conscientemente y con la mente fría, fueron separados y expulsados de la organización. 12
Responsabilidades y deberes de quien llama a la verdad
Ya sea el que invita a la verdad o el que invita a la falsedad, Allah no ha concedido a ninguno de ellos poder más allá de invitar e inspirar. Ningún profeta tenía el poder de infundir la guía en el corazón de alguien, ni Satanás tiene el poder de desviar a una persona por la fuerza. Cada uno de ellos solo puede llamar a las criaturas de Allah hacia su propio camino. Adoptar la guía o el extravío depende de la elección de la persona invitada y del favor especial o la facilidad que Allah le conceda. Para este favor y esta facilidad, Allah ha establecido una norma. Conforme a ella, concede a Sus siervos de naturaleza sana y deseosos de guía la capacidad de seguir el camino de los profetas, y facilita a Sus siervos de naturaleza torcida y amantes del extravío seguir el camino de Satanás. Mediante la siguiente aleya, esta verdad fue expuesta ante el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz:إِنَّكَ لَا تَهْدِي مَنْ أَحْبَبْتَ وَلَكِنَّ اللَّهَ يَهْدِي مَنْ يَشَاءُ وَهُوَ أَعْلَمُ بِالْمُهْتَدِينَ“No puedes guiar a quien quieres; más bien, Allah guía a quien quiere. Por mucho que lo desees, la mayoría de la gente no creerá”. (Sura Al-Qasas: 56)إِنْ تَحْرِصْ عَلَى هُدَاهُمْ فَإِنَّ اللَّهَ لَا يَهْدِي مَنْ يُضِلُّ وَمَا لَهُمْ مِنْ نَاصِرِينَ“Si deseas que sean guiados, debes saber que Allah no guía a quienes Él deja extraviarse. Y no tendrán ningún auxiliador”. (Sura An-Nahl: 37)كِتَابٌ أَنْزَلْنَاهُ إِلَيْكَ لِتُخْرِجَ النَّاسَ مِنَ الظُّلُمَاتِ إِلَى النُّورِ بِإِذْنِ رَبِّهِمْ إِلَى صِرَاطِ الْعَزِيزِ الْحَمِيدِ“Este es un Libro que hemos hecho descender sobre ti para que, con el permiso de su Señor, saques a la gente de las tinieblas hacia la luz”. (Sura Ibrahim: 1)إِنَّ عِبَادِي لَيْسَ لَكَ عَلَيْهِمْ سُلْطَانٌ إِلَّا مَنِ اتَّبَعَكَ مِنَ الْغَاوِينَ“No tendrás autoridad sobre Mis siervos, salvo sobre los descarriados que te sigan; solo sobre ellos tendrás poder”. (Sura Al-Hiyr: 42)وَمَا كَانَ لِيَ عَلَيْكُمْ مِنْ سُلْطَانٍ إِلَّا أَنْ دَعَوْتُكُمْ فَاسْتَجَبْتُمْ لِي فَلَا تَلُومُونِي وَلُومُوا أَنْفُسَكُمْ“No tenías autoridad sobre vosotros; solo os llamé y respondisteis a mi llamada. Así pues, no me censuréis ahora a mí, sino censuraos a vosotros mismos”. (Sura Ibrahim: 22)
Ante esta realidad, quien invita a la verdad no se preocupa por si la gente escucha atentamente su invitación, ni debería preocuparse por ello. Tampoco se inquieta por si la época es propicia para su invitación, y no tiene necesidad de hacerlo. Una vez que ha decidido firmemente que su deber es llamar a la gente hacia aquello que cree verdadero y que considera igualmente beneficioso para todo el mundo, no se angustia pensando si las personas aceptarán su invitación y cumplirán con su deber, ni si Allah difundirá esta invitación por el mundo.
En cuanto a que la gente acepte o rechace la invitación, su responsabilidad permanece intacta en ambos casos, respondan o no a su llamado. Si aceptan su invitación, se abrirá para ellos el camino del éxito y la salvación en este mundo y en el Más Allá, y él recibirá de Allah la recompensa por haber cumplido su responsabilidad y por la invitación. Si no la aceptan, mediante ello se habrá completado ante la gente la prueba definitiva de Allah y quien invita será declarado libre de responsabilidad; es decir, habrá cumplido el deber que le correspondía. En el Noble Corán se menciona la respuesta de un grupo de quienes invitaban a la verdad. Se les había impedido presentar su invitación ante un grupo de personas que de ningún modo estaba dispuesto a aceptarla. De esta respuesta se comprende claramente la naturaleza de la responsabilidad de quien invita a la verdad: tanto si la gente acepta su invitación como si no, su deber es continuar invitando. Si la aceptan, recibirán la guía; y si no la aceptan, él será considerado libre de responsabilidad ante Allah.وَإِذْ قَالَتْ أُمَّةٌ مِنْهُمْ لِمَ تَعِظُونَ قَوْمًا اللَّهُ مُهْلِكُهُمْ أَوْ مُعَذِّبُهُمْ عَذَابًا شَدِيدًا قَالُوا مَعْذِرَةً إِلَى رَبِّكُمْ وَلَعَلَّهُمْ يَتَّقُونَ“Y cuando un grupo de ellos dijo al otro: ‘¿Por qué aconsejáis a un pueblo que Allah destruirá o castigará con un castigo severo?’, respondieron: ‘Para tener una excusa ante vuestro Señor y para que quizá sean temerosos de Él’”. (Sura Al-Araf: 164)
En cuanto a la ayuda y el apoyo de Allah, basta con decir que, cuando Allah le ha hecho clara la verdad, esto crea en su corazón la certeza de que, si avanza con la determinación de invitar a ella, de que la gente la acepte y de llamar hacia la verdad y extenderla por el mundo, Allah ciertamente lo ayudará en esta tarea. Jamás puede sospechar, respecto de un Señor misericordioso y benévolo, que el camino que Él ha declarado recto y fácil sea imposible de recorrer, ni que el sistema de vida que Él ha establecido como natural sea tan complejo y tan imposible de practicar que la gente no pueda aceptarlo.
Del mismo modo, un invitador justo no puede sospechar de su Señor bondadoso que, después de imponerle una responsabilidad y ordenarle: ‘Esto es lo que debes hacer; en ello están tu salvación y Mi favor’, lo abandone indefenso cuando comience a cumplirla y se presenten dificultades, sin prestarle ninguna ayuda.
Cada invitador conserva respecto de Allah esta buena opinión y confianza: seguir el camino que Él ha indicado no es difícil, Su sistema de vida no es complicado, practicarlo tampoco es difícil; Él no lo abandonará indefenso y sin duda recibirá Su ayuda. Cuando los opositores comienzan a crear obstáculos en su camino y aparentemente parece que ya no es posible hacer avanzar esta obra, esta confianza le infunde firmeza y entusiasmo: si Allah mismo ha señalado el camino y ha dicho que es el camino verdadero, quien lo recorra llegará sin duda a su destino, y por muchas dificultades que surjan en él, finalmente llegará la ayuda de Allah. Así es la relación de quienes invitan a la verdad con Allah y así es su confianza en Él. Esto se expresa en la siguiente aleya de la Sura Ibrahim:وَمَا لَنَا أَلَّا نَتَوَكَّلَ عَلَى اللَّهِ وَقَدْ هَدَانَا سُبُلَنَا وَلَنَصْبِرَنَّ عَلَى مَا آذَيْتُمُونَا وَعَلَى اللَّهِ فَلْيَتَوَكَّلِ الْمُتَوَكِّلُونَ“¿Por qué no habríamos de confiar en Allah, cuando Él nos ha mostrado nuestros caminos? Soportaremos con paciencia todo el daño que nos causéis. Que quienes confían pongan su confianza únicamente en Allah”. (Aleya 12)
A veces ocurre que quien invita se equivoca al definir los límites de su responsabilidad. Empieza a pensar que su responsabilidad no se limita a transmitir correctamente la verdad a la gente, sino que también incluye lograr que la gente la acepte. Una consecuencia inevitable de este error es, en primer lugar, que, en vez de presentar la verdad pura, surge en el invitador una inclinación a pactar con las creencias y pensamientos falsos de sus opositores. En segundo lugar, al cargar sobre sí una responsabilidad equivocada, arroja su vida a un estado de preocupaciones y complicaciones. Para proteger de este error, el Noble Corán ha dado una orientación detallada. Por ejemplo,وَمَا عَلَى الَّذِينَ يَتَّقُونَ مِنْ حِسَابِهِمْ مِنْ شَيْءٍ وَلَكِنْ ذِكْرَى لَعَلَّهُمْ يَتَّقُونَ“Los temerosos de Allah no serán responsables de sus cuentas en nada. Sin embargo, deben amonestarles, para que quizá se abstengan de sus principios y conductas extraviados”. (Sura Al-Anam: 69)اتَّبِعْ مَا أُوحِيَ إِلَيْكَ مِنْ رَبِّكَ لَا إِلَهَ إِلَّا هُوَ وَأَعْرِضْ عَنِ الْمُشْرِكِينَ(106)وَلَوْ شَاءَ اللَّهُ مَا أَشْرَكُوا وَمَا جَعَلْنَاكَ عَلَيْهِمْ حَفِيظًا وَمَا أَنْتَ عَلَيْهِمْ بِوَكِيلٍ“Sigue lo que te ha sido revelado por tu Señor. No hay otra divinidad sino Él. No te preocupes por los asociadores. Si Allah hubiera querido, habría podido disponer que no te nombráramos guardián de ellos, para que no pudieran cometer ningún error. Y tú no eres responsable de ellos, de modo que su fe recaiga sobre ti”. (Sura Al-Anam: 107, 107)فَإِنَّمَا عَلَيْكَ الْبَلَاغُ وَعَلَيْنَا الْحِسَابُ“Tu responsabilidad es únicamente transmitir plenamente; a Mí me corresponde pedir cuentas”. (Sura Ar-Rad: 40)طه () مَا أَنْزَلْنَا عَلَيْكَ الْقُرْآنَ لِتَشْقَى () إِلَّا تَذْكِرَةً لِمَنْ يَخْشَى“Ta-Ha. No hemos hecho descender el Corán sobre ti para que arrojes tu vida a la aflicción. Es solo un recordatorio para quienes temen a Allah”. (Sura Ta-Ha: 1-3)
En la época actual, quienes, al ver la victoria mundial de las fuerzas rebeldes contra Allah, permanecen sentados de brazos cruzados y no ven ninguna oportunidad para invitar a la verdad, o quienes, al no ver posibilidades de que la invitación se extienda, se han dedicado a promover la falsedad, están sumidos en el error mencionado anteriormente. Si comprendieran que aclarar o no esta verdad ante esas personas y que esta invitación alcance o no una amplia difusión no depende de ellos, sino de Allah, no se enredarían en la complejidad de lo posible y lo imposible, ni cargarían sobre sus hombros la responsabilidad de promover la falsedad. Más bien, difundirían la verdad según sus posibilidades y esperarían de Allah, confiando en que, puesto que Él ama la verdad y a quienes aman la verdad, ciertamente la extenderá.
Sin embargo, quisieron cargar sobre sus hombros, junto con su propia carga, la responsabilidad de Allah. Cuando comprendieron que era una carga sumamente pesada e imposible de soportar para ellos, se vieron obligados a declarar que, aunque el sistema lleno de bien y bendición es el que presenta el islam, como en la época actual no es posible establecerlo ampliamente, no queda otra alternativa que promover un sistema no islámico y aceptarlo.
En esta idea misma se oculta el extravío. No es necesario exponer aquí todo esto, ni hay oportunidad para hacerlo. No obstante, queremos señalar algo. Estas personas abandonaron conscientemente el camino de la verdad y adoptaron el camino de la falsedad, víctimas de la idea de que siguiendo este camino alcanzarían fácilmente sus objetivos. Pero, aun si alcanzan el éxito por esta vía —lo que consideran éxito—, solo puede llegar por mandato de Allah, no gracias a sus propios esfuerzos y planes. En vez de dejarse conducir por un camino extraviado y esperar que Allah les conceda una oportunidad, ¿no habría sido mejor que ellos mismos siguieran el camino de la verdad, llamaran también a otros a seguirlo y esperaran de Allah la capacidad y el éxito?
No supieron determinar correctamente los límites de su responsabilidad y deber como invitadores de la verdad. Este grave error encaminó todos sus esfuerzos y sacrificios por una vía completamente equivocada. No se limitaron a considerar como su deber transmitir a la gente, sin ninguna modificación, ampliación ni restricción, la verdad hacia la que Allah los había guiado; también asumieron como responsabilidad convertir a la gente en seguidores de la verdad. Cuando esta tarea les pareció difícil, abandonaron la verdad y adoptaron la falsedad. Este paso equivocado desvía inevitablemente al invitador del camino de Allah, el Misericordioso, y lo coloca en el camino de Satanás. Entonces deja de ser simplemente un invitador y aparece como un demandante que interviene en los derechos de Allah y presenta una nueva doctrina religiosa.
Si un invitador conociera bien su propia posición, no cabría esperar de él que se sentara desesperado y lleno de dudas, ni que comenzara a promover la falsedad en lugar de la verdad. Sin embargo, debe vigilarse cuidadosamente para que la idea de que su responsabilidad se limita únicamente a la labor de difusión no produzca en él una actitud temeraria o negligente. Para protegerse de ello, debe mantener siempre ante sus ojos la responsabilidad y el deber del invitador. Si no presta atención a este aspecto, corre el riesgo de ser detenido ante Allah bajo la acusación de no haber cumplido el deber de transmitir o dar testimonio de la manera prescrita.
Respecto de los nobles profetas, puede decirse que el sentido de responsabilidad por la misión profética era tan intenso en ellos que muchas veces olvidaban incluso el descanso necesario. Ni siquiera recordaban su propia dignidad y grandeza ni la de su invitación. Más bien, su actividad extraordinaria manifestaba que se consideraban responsables de la incredulidad y la fe de la gente. Allah reprendió a Sus profetas por esta clase de preocupación, con un tono propio de Su amor hacia ellos. Ya hemos mencionado anteriormente algunos ejemplos de ello. Evitar esta clase de preocupación y exceso debe ser una característica de todo invitador de la verdad.
13
Los adversarios del llamado a la verdad
Toda llamada a la verdad debe enfrentarse a tres tipos de adversarios:
1. El enemigo inflexible
2. El que espera
3. El inconsciente
Las cualidades y estados mentales de cada grupo son diferentes. Por eso, un médico experimentado debe tratar a cada uno de manera completamente distinta. El éxito de la llamada depende en gran medida de esta diferencia de trato. Si un predicador no sabe identificar estos grupos ni conoce sus conductas y tendencias particulares, no puede esperarse que su llamada tenga éxito. Por la importancia del asunto, expondremos detalladamente las características y tendencias de cada uno.
1. El enemigo inflexible
Por enemigo inflexible se entiende a quienes, apenas perciben la identidad y la influencia de la llamada, salen al campo decididos a oponerse a ella. En su oposición actúan diversos factores, pero tres son esenciales: primero, la hostilidad bárbara; segundo, la arrogancia, el odio y la animosidad; tercero, la preocupación por los intereses personales. Estos tres comportamientos son iguales en cuanto a su avance contra la verdad, pero completamente distintos por su naturaleza interior.
La enfermedad de la hostilidad bárbara es principalmente consecuencia de la lealtad y el apego al sistema de la ignorancia. Generalmente la padecen quienes son servidores fieles del sistema ignorante de su época. Cuando ven surgir una llamada que pretende destruir el sistema que ellos dirigen y establecer otro en su lugar, se agitan. Ven en ella la ruina política y económica de su pueblo; ven que la nueva llamada provoca divisiones en su tribu y desintegra la organización que habían construido. También perciben que es totalmente contraria a las costumbres conocidas de sus padres y antepasados y a la antigua política. Por eso sus corazones se entristecen ante ella.
Todo esto produce en ellos un intenso dolor y una enorme agitación contra la llamada y contra quien la proclama, y se preparan con todas sus fuerzas para combatirla y entregar la vida. Sin embargo, como su oposición se basa en gran medida en la lealtad nacional, contiene menos vileza, bajeza y mezquindad. Es una oposición viril. Hay agitación, pero no está desprovista de cortesía, educación y nobleza. En este tipo de oposición, una vez eliminados los malentendidos, queda la posibilidad de que se transforme en amor. Y, si ocurre, ese amor puede ser tan irresistible como lo fue antes su oposición apasionada.
El mejor ejemplo de ello en la historia de la llamada del islam es la oposición de Abū Ŷahl y del noble ʿUmar, que Dios esté complacido con él. Todos saben con qué empeño Abū Ŷahl se opuso a la llamada islámica hasta su último aliento. Pero, pese a su extrema enemistad, nunca intentó atribuir al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, una calumnia vil. Cuando salía a predicar, lo seguía como una sombra, llevado por el fervor de la oposición, para impedir que alguien escuchara sus palabras. Sin embargo, cuando se oponía, decía: «¡Oh, Muḥammad! No digo que mientas; pero tu llamada es contraria al camino de nuestros padres y antepasados». Su mayor enojo se debía a que la llamada estaba desuniendo a los qurayshíes. La acusación más grave que dirigía contra el Mensajero era que había separado al hijo del padre y al hermano del hermano, convirtiéndolos en enemigos.
Por eso, cuando en la batalla de Badr vio que la llamada islámica había puesto a los qurayshíes en filas contra otros qurayshíes, suplicó a Dios con toda su pasión: (árabe**********) «¡Oh Dios! Derrota mañana a quien de entre nosotros haya roto más los lazos de parentesco y haya inventado esta innovación».
Aunque esta súplica estaba sumergida en el veneno de la enemistad propia de la ignorancia, no puede negarse que en ella se manifestaban la cortesía de Abū Ŷahl y su aspecto de adoración de la tribu. Por muy activos que fueran estos adversarios contra la llamada, destacaba en ellos la belleza del amor a su propio pueblo. Por eso, a los ojos de quienes llaman a la verdad, conservaban un honor especial. Estos siempre esperaban que aquella cualidad se utilizara al servicio de la verdad en lugar de la falsedad. Por ello el Mensajero de Dios rogó especialmente por la conversión de Abū Ŷahl y del noble ʿUmar entre todos los opositores de la llamada islámica, para que, al aceptar el islam, la llamada adquiriera fuerza y prestigio.
Su súplica fue aceptada en el caso del noble ʿUmar. Todo estudiante de historia islámica sabe que, apenas abrazó el islam, la situación cambió repentinamente. Antes de convertirse había combatido al islam y a los musulmanes con entusiasmo impetuoso, actividad, fuerza y hostilidad; después de convertirse comenzó a consagrar su vida al islam con una determinación y un valor aún mayores. Cuando su odio propio de la ignorancia adoptó el color del islam, amigos y enemigos comprendieron que en las filas islámicas había llegado un creyente viril, dueño de la fuerza de un león.
En la conducta del noble ʿUmar estaba presente una belleza capaz de servir de levadura para todas las cualidades elevadas del ser humano. Pero esa belleza se hallaba sepultada bajo innumerables ideas ignorantes. Cuando, por el roce con la llamada religiosa del Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda paz, desapareció la basura de aquellas ideas falsas, emergió de debajo como oro puro. Su brillo terminó cegando los ojos del mundo.
La relación del noble ʿUmar con el sistema ignorante de su época no se basaba en el egoísmo. Hasta aceptar el islam, lo consideraba verdadero; lo veía como la herencia de sus honorables antepasados y encontraba en él la estabilidad del honor de su pueblo. Por eso consideraba un deber religioso y nacional aceptar como amigos a sus seguidores y señalar como enemigos a sus opositores. Pero cuando comprendió claramente que lo que había entendido no era verdad y que la verdad estaba en lo contrario, dedicó al servicio y apoyo del islam el mismo entusiasmo que antes lo había convertido en servidor fiel del sistema ignorante.
Las personas dotadas de estas cualidades elevadas, al estar por encima de los intereses mezquinos, no se empeñan en rechazar una verdad cuando esta se les manifiesta, ni retroceden ante las exigencias necesarias de aquello que han aceptado. Al contrario, tienen el valor de aceptar una verdad una vez demostrada y pueden sacrificar por ella cualquier interés personal. Por esta faceta de su carácter y moral, dondequiera que se encuentren poseen una dignidad y una posición especiales.
Dentro de este grupo hay personas de distintos tipos. En algunos, la hostilidad supera sus límites y se convierte en vanidad y arrogancia; no tienen la fortuna de escapar de la trampa de la ignorancia hasta su último aliento, como Abū Ŷahl. Otros, tras un pequeño conflicto y una ligera advertencia, se alertan y encuentran el camino recto, como el noble ʿUmar y el noble Ḥamza, que Dios esté complacido con ambos. A algunos les lleva mucho tiempo atravesar el velo de la ignorancia, como a Abū Sufyān, que Dios esté complacido con él. Pero todos comparten una característica: cuando abandonan la ignorancia y aceptan el islam, ocupan inmediatamente las primeras filas del islam, del mismo modo que hasta el día anterior estaban en las primeras filas de la ignorancia.
خياركم في الجاهلية خياركم في الاسلام«Los mejores de vosotros en la época de la ignorancia son los mejores en el islam, siempre que adquieran una comprensión profunda de la religión» (Bujārī, Libro de las virtudes y Libro de los profetas; Muslim, Libro de las virtudes).
Los que normalmente se oponen a la llamada de la verdad por orgullo, arrogancia, envidia y hostilidad son aquellos que, debido a una religiosidad artificial y a la riqueza heredada generación tras generación, ocupan posiciones de liderazgo y autoridad dentro del sistema ignorante. Se han acostumbrado tanto a ir delante que consideran un obstáculo seguir a la verdad. Por eso, en vez de seguirla, quieren obligarla a seguirlos. La mentalidad de quienes han heredado la religiosidad de sus antepasados suele llevarlos a considerar la verdad como la herencia de sus padres y su propiedad personal. Criados y educados en un ambiente sacerdotal y prestigioso, no pueden imaginar que exista verdad fuera de su propia persona y de su círculo. La abundancia heredada les hace tomar el esplendor y la grandeza mundanos como prueba de que están del lado de la verdad, y creen que, puesto que poseen honor y dignidad, sus ideas y acciones necesariamente son verdaderas.
Cuando una llamada desafía a estas personas, contradice su religiosidad exterior o hiere sus pasiones, se inquietan y se levantan decididamente contra ella. Sobre todo, si la llamada surge de un entorno distinto del suyo, su oposición alcanza el extremo. Están sumergidos en la arrogancia de creer que la verdad está con ellos y permanecerá siempre con ellos. Aunque se supusiera que desapareciera de entre ellos, cuando reapareciera en el mundo volvería a aparecer entre ellos. Por eso es casi imposible que quienes padecen esta arrogancia acepten una verdad cuyo predicador no sean ellos mismos.
Toda la historia de la llamada a la verdad atestigua que quienes padecen esta enfermedad rara vez tienen la fortuna de creer en ella. Los dirigentes de La Meca y Ṭāʾif que decían: «Si Dios hubiera querido enviar un profeta, habría enviado a uno de los nuestros», estaban afectados por ella. Negaban que el islam fuera la religión verdadera y la religión de Dios porque pensaban que, si hubiera sido realmente una religión verdadera y revelada por Dios, aquel hombre miserable y empobrecido no la habría recibido antes que ellos. También los judíos compartían esta actitud. En el fondo de su oposición al islam actuaba únicamente el temor de que, si aceptaban esta verdad, todo el honor y prestigio de su liderazgo religioso quedaría humillado.
Aunque estas personas presentan diversas acusaciones y dudas contra la llamada de la verdad para hacer que su oposición parezca legítima y razonable, en realidad tales acusaciones y dudas solo se elaboran para ocultar las causas fundamentales de su oposición, arrogancia y odio. Estos adversarios ven en sí mismos más desesperanza que esperanza respecto al predicador de la verdad. Muy pocos tienen la fortuna de aceptarla. Dominados por el orgullo, se sientan en el trono de Dios y no están dispuestos a abandonarlo hasta que se les obliga a bajar de él.
El Corán considera la arrogancia uno de los mayores obstáculos para aceptar la religión verdadera. Por eso, en diversos lugares, se impidió al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, perder demasiado tiempo con estas personas. Se embriagan de orgullo debido a la abundancia de bienes mundanos o al liderazgo religioso y temporal. El noble Jesús, la paz sea con él, refiriéndose al orgullo y la arrogancia de los eruditos y juristas de su tiempo, dijo: «Bienaventurados los pobres de corazón; ellos entrarán en el reino de los cielos». También dijo: «Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que los ricos entren en el reino de Dios». El transcurso del tiempo confirmó esta predicción. Tanto el Evangelio como el Noble Corán muestran que ni un solo erudito o jurista de Jerusalén creyó en la llamada del noble Jesús. Finalmente, desesperado de ellos, tuvo que presentar su llamada a los pescadores junto al río. Entre ellos encontró algunos siervos de Dios que asumieron la responsabilidad de difundir la llamada de la verdad.
Cuando el Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda paz, presentó la llamada religiosa, surgió casi la misma situación. Solo unos pocos miembros de los eruditos de la Gente del Libro aceptaron el islam; todos los demás, orgullosos de su sacerdocio y de su venerabilidad, se alzaron como obstáculos contra la verdad. Allí donde el Noble Corán menciona las cualidades especiales de quienes creen, señala como una de las más destacadas:انهم لا يستكبرون«Y no hay entre ellos arrogancia» (La Mesa, 82).
Esto demuestra que los corazones de esas personas no habían sido afectados por la enfermedad del liderazgo religioso y mundano y que no se consideraban superiores a la verdad. Otra característica especial de estas personas es que al principio, debido a su arrogancia, miran la llamada con desprecio y no le conceden importancia. Pero cuando la llamada avanza y ven que el suelo se retira bajo sus pies, su envidia y hostilidad se intensifican. Entonces hacen contra la llamada y contra quien la proclama todo lo que pueden hacer quienes están sumergidos en la arrogancia y el odio.
Generalmente se oponen a la llamada de la verdad las personas egocéntricas por adoración de sus propios intereses. Toda su filosofía moral y social parte de su propio ser y gira continuamente alrededor de sí mismas. Como los seres humanos son sociales y no pueden vivir aislados, se incorporan a algún sistema social por esta debilidad natural, pero dentro de él buscan su interés en cada paso y nunca están dispuestos a cargar con una responsabilidad. Para ellos, la medida de la verdad y la falsedad es su propio ser: lo que favorece sus intereses es verdadero y lo que perjudica sus intereses personales es falso. Quienes poseen ideas morales y sociales tan bajas se oponen a cualquier llamada contraria a sus intereses. En ellos nunca están presentes las cualidades humanas elevadas. Por eso, para cualquier sistema de verdad su existencia es naturalmente tan inútil como lo es para una esposa un marido impotente.
Por su carácter bajo y egoísta, estas personas se sienten atraídas por cualquier llamada falsa o sistema de vida falso. Pero incluso su relación con ello es completamente hipócrita y egoísta; no están dispuestas a soportar por ello ningún golpe con emoción sincera ni entusiasmo. Un ejemplo real de ello en la historia de la difusión del islam es Abū Lahab. Toda su oposición a la llamada del Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda paz, se debía a que la predicación dejaba expuestos ante el público todos los defectos de su carácter. Las riquezas que había acumulado mediante el egoísmo y la codicia estaban en peligro. Ocupaba el puesto más alto dentro del sistema ignorante establecido por los qurayshíes, pero su relación con ese sistema se debía únicamente a que su posición honorable y la administración de la Kaaba le ofrecían muchas oportunidades de adquirir riquezas. No sentía mayor simpatía por su pueblo, ni interés por el bienestar o el perjuicio del sistema ignorante cuyo liderazgo supremo ocupaba.
La mayor prueba de ello es que, aunque era de los primeros en oponerse a la llamada del Mensajero de Dios y proclamaba ante la gente que esta destruía el sistema establecido por sus padres y antepasados, en la batalla de Badr participaron con fervor religioso todos los dirigentes de Quraysh, mientras que este hombre, que pretendía ser el mayor heredero de Abraham, permaneció ausente y envió en su lugar a un mercenario. Para los qurayshíes, aquella era una batalla decisiva.
La relación natural de personas así con cualquier llamada a la verdad solo puede ser la oposición, y se convierten en opositores. Se afianzan y perfeccionan tanto en la vileza y la bajeza que una llamada que invita a la moral elevada, reclama compasión, igualdad y fraternidad, y llama al sacrificio, al abandono del interés propio y a entregar la vida, no les produce ninguna atracción. Sus oídos son sordos y sus corazones parecen muertos ante esa llamada. No sienten ninguna inclinación hacia ella, sino odio y animosidad. Debido a su degradación moral, su oposición no suele ser una oposición basada en principios: recurren a la calumnia, al chisme y a los insultos, e intentan preservar la arrogancia de su liderazgo mediante la difamación y la divulgación de defectos.
2. El grupo de los que esperan
Por «los que esperan» (mutarabbisīn) se entiende a quienes perciben hasta cierto punto que la llamada de la verdad es verdadera, pero carecen de la fuerza moral necesaria para aceptarla por ser verdad y arriesgar la vida por ella. Tampoco tienen suficiente desarrollo intelectual para prever la posibilidad de su éxito antes de que su sistema sea aplicado en la práctica, aunque sus indicios ya estén contenidos en él. Debido a esta debilidad, en vez de decidir mediante su conocimiento y razón si algo es verdadero, dejan la decisión en manos del futuro y esperan. Si el futuro le permite alcanzar el éxito, lo aceptarán; de lo contrario, terminarán su vida tal como transcurre.
Por su debilidad moral e intelectual viven en un conflicto y una tensión mentales. Por eso no son muy activos al oponerse a la llamada de la verdad. Sin embargo, bajo la influencia del sistema vigente de su época, se unen al bando opositor. Mientras continúa el conflicto entre la verdad y la falsedad, procuran crear algún medio de reconciliación para que ambas puedan convivir lado a lado. Entre los opositores de la verdad desempeñan un papel semejante al de los hipócritas entre los partidarios de la verdad. Incluso después de una gran victoria de la verdad, su espera no termina a causa de su debilidad moral.
En la primera etapa de la llamada islámica, las personas que se encontraban en este estado mental decían durante la batalla de Badr: «Si Muḥammad y sus compañeros vencen en esta batalla, reconoceremos su llamada como verdadera y nos uniremos a él». Pero cuando la batalla terminó y los musulmanes vencieron, aplazaron su decisión hasta el resultado de las futuras guerras. Cuando también estas guerras terminaron desfavorablemente para Quraysh y su poder temporal quedó prácticamente destruido, siguieron esperando: «Veamos qué ocurrirá con el islam frente al poder consolidado de los judíos». Cuando también el poder judío fue quebrantado, su espera debería haber terminado. Sin embargo, quedó un grupo que siguió esperando el resultado del enfrentamiento entre los musulmanes y los romanos. Así, su espera no termina mientras no les resulte imposible permanecer bajo el sistema de la incredulidad.
Su debilidad fundamental es que no quieren verificar la verdad mediante la razón y después creer; desean verla triunfar con sus propios ojos y entonces creer en ella. Su deseo es exactamente igual al de quienes querían ver a Dios con sus propios ojos antes de creer en Él. Es un deseo infantil al que Dios y Su Mensajero no concedieron ninguna importancia. Al contrario, dejaron claro que la fe comprendida mediante el conocimiento y la razón es la fiable, no la fe basada en la visión ocular. Quien considera verdadera una verdad porque sus buenos resultados están ante él y ve con sus propios ojos el mal destino de sus opositores, en realidad no ha creído en la verdad: es un adorador del interés o alguien aterrorizado por el perjuicio. Cuando una persona desciende hasta este grado de adoración de lo exterior, solo le queda con el animal una diferencia de forma y constitución. No puede seguir ningún sistema moral cuyo resultado no aparezca hoy, sino que deba manifestarse mañana.
Este es el secreto de que tales personas no tengan valor alguno a los ojos de quienes llaman a la verdad. Su mentalidad ama la imitación ciega. Están acostumbradas a ser pasajeras de un vehículo, vaya donde vaya. Siguen la incredulidad porque el sistema de la incredulidad es dominante. También viajarán con el islam si este ocupa el asiento del vencedor. No poseen la virilidad cuya atracción interior las haga correr hacia la verdad; corren hacia ella bajo presión. Por eso no aumentan la fuerza de una organización, sino que la reducen. En la primera etapa del islam, la fuerza y el valor de los creyentes eran tales que uno de ellos bastaba para enfrentarse a diez incrédulos. Pero después de la conquista de La Meca, cuando se unió a ellos un gran número de personas recién convertidas, esa fuerza disminuyó hasta una proporción de un musulmán por cada dos incrédulos.
Por su debilidad intelectual y moral, las personas de esta mentalidad nunca pueden creer en una llamada a la verdad cuando esta avanza, a través de conflictos y diversas pruebas. Es posible que hagan en secreto algún comentario favorable a la llamada, que en un rincón oculto de su corazón deseen su éxito o que no consideren buenos, en su interior, a quienes se le oponen. También es posible que esperen obtener de ella ayuda económica o moral. Todo eso es posible. Pero no tienen capacidad para reunir tablas dispersas, construir con ellas una barca, lanzarla entre las olas impetuosas del río y llevarla a la orilla afrontando el mal tiempo.
Su estado mental cambia según las circunstancias favorables o adversas de la llamada. A veces, al ver signos de éxito, sienten en el corazón el deseo de avanzar y aceptarla. Otras veces, ante las calamidades, obstáculos y dificultades, se llenan de miedo, guardan silencio por completo y empiezan a calificar de necia la llamada y de necio o loco a quien la proclama. Pero rara vez se preparan con el entusiasmo de los opositores para extirpar la llamada, o la aceptan públicamente y se esfuerzan por ayudarla con todas sus fuerzas. Si desean que la llamada sea destruida, no quieren arriesgarse personalmente para destruirla; desean que la barca choque contra una roca y se haga pedazos por sí sola. Del mismo modo, si desean su éxito, no quieren soportar ningún golpe por ese camino; quieren que otros entreguen riquezas y vidas por la llamada, la conduzcan a la cumbre del éxito y ellos disfruten de sus frutos.
3. El grupo de los inconscientes
Por «inconscientes» (mugāffilīn) se entiende aquella parte del pueblo que, ocupada en ganarse el sustento y satisfacer las necesidades diarias, nunca encuentra tiempo siquiera para participar activamente en la transformación de la sociedad. Tanto mental como moralmente siguen el sistema de su época y actúan como sus portadores o cargadores. Consideran una gran bendición vivir bajo ese sistema y creen que quienes lo mantienen mediante su liderazgo les conceden favores y benevolencia. Generalmente están libres de la corrupción moral en la que se hallan sumidos los opositores de la verdad religiosa. Por eso no participan activamente en la oposición a ninguna llamada verdadera, ni tienen motivo para hacerlo.
Sin embargo, siguen ciegamente a los dirigentes religiosos y políticos de su tiempo y conservan hacia ellos una buena opinión heredada. Por eso, cualquier idea contraria a la opinión de sus dirigentes políticos y religiosos no puede atraer inicialmente sus corazones; y si llega a atraerlos, al principio les resulta extraña. Quieren que primero sus dirigentes den un paso; entonces ellos los seguirán paso a paso. Sus dirigentes, por las razones mencionadas, dan pasos hacia la oposición en lugar de hacia la cooperación e intentan arrastrar consigo a sus seguidores.
En ese momento la gente comienza a conocer la llamada y, gradualmente, durante el conflicto con la falsedad, tiene ocasión de valorar el carácter imparcial del predicador y la fuerza de su llamada. Como resultado, algunos de ellos, dotados de inteligencia y fortaleza moral, se convierten en ayudantes de la llamada. Cuando los dirigentes contemporáneos ven que sus seguidores se escapan de sus manos, salen al campo con todas sus fuerzas para oponerse a la llamada y a quien la proclama, y empiezan a utilizar todas las armas de la propaganda para mantener al pueblo unido a ellos. Aunque esto arroja a muchos en la duda sobre la llamada, también les ofrece una excelente oportunidad de comparar el carácter elevado del predicador y la fuerza de su llamada con el carácter de sus dirigentes y la fuerza de la llamada de estos. El resultado es que el pueblo comienza gradualmente a desconfiar de sus antiguos dirigentes y a verse influido por la nueva llamada. Aunque los lazos de la imitación ciega acumulados durante mucho tiempo no se rompen rápidamente, el valor, la intrepidez y el carácter elevado de estas personas superan la ignorancia del culto a los individuos y abren el camino al culto de la verdad. Así, uno tras otro, una gran parte de las personas de este nivel entra en el abrazo de la verdad.
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El grupo que apoya la invitación a la verdad
Al igual que los adversarios de toda invitación, quienes la apoyan también se dividen en tres grupos:
1. El grupo de los adelantados (sābiqūn al-awwalūn).
2. El grupo de los mejores seguidores (muttabi‘ūna bi-iḥsān).
3. El grupo de los débiles de corazón y los hipócritas.
El grupo de los adelantados
Entre los partidarios de la invitación a la verdad, los más excelentes y de mayor rango son los integrantes del grupo de los adelantados. Quienes aceptan la invitación a la verdad en cuanto aparece y se preparan sin vacilar a entregar la vida por ella son los adelantados. Son personas de naturaleza sana, que incluso antes de recibir la invitación sienten dentro de sí aquello que los que llaman a la verdad suelen invocar. Poseen tal desarrollo intelectual que no se contentan únicamente con el aspecto visible del mundo, sino que también observan y comprenden las señales de su dimensión invisible. Para ellos, el verdadero valor reside más en ese misterio oculto que en la apariencia externa. No son esclavos de los deseos como los cuadrúpedos; procuran conocer las exigencias de la razón, la conciencia y la naturaleza, y les dan prioridad en cada etapa de la vida.
Su inteligencia es tan fuerte y activa que jamás desean permanecer impotentes, encadenados a las costumbres de sus padres, abuelos y antepasados. Intentan conocer lo bueno y lo malo de cada idea, la someten a los criterios de la crítica y la observación, y aceptan aquello que encuentran conforme a la razón, la conciencia y la naturaleza. Están libres del fanatismo sectario y organizativo y de la obediencia ciega. Según ellos, la verdad no puede quedar atada al regazo de una persona determinada, ni encerrada dentro de un grupo o comunidad particular, ni transmitirse a herederos como una propiedad abandonada. Para aceptar algo como verdadero consideran suficiente el testimonio de la razón y de la naturaleza. No les importa en absoluto quién se opone a una afirmación y quién la apoya. No son discípulos del pasado ni esclavos del presente. Fuera de Dios y Su Mensajero, no conceden a ningún líder, por grande que sea, la autoridad de ser una prueba o un documento definitivo.
Del mismo modo, estas personas están muy desarrolladas en el aspecto moral y práctico. Cuando su conocimiento les muestra la verdad de algo, su valor moral las prepara para aceptarlo y soportar cualquier perjuicio por ello. Sienten intensamente la necesidad de ayudar a la verdad; no pueden verla oprimida. Por eso sus corazones están siempre afligidos. Participan en toda actividad de su época en la que perciben algún aspecto del bien común. Su personalidad jamás tolera que se realice una obra por la verdad, que otros sufran por ella y sacrifiquen sus vidas y bienes, mientras ellos permanecen observando en silencio como espectadores. Por el contrario, se movilizan para extender esta invitación y se ofrecen para realizar sacrificios cada vez mayores en ese camino.
Se esfuerzan por vivir una vida excelente y pura incluso en los ambientes más degradados y, por ello, entran en conflicto con la ignorancia de su época. Allí donde las manos de todos están llenas de opresión, injusticia y abuso, trabajan para establecer la equidad y la justicia. Donde se usurpan los derechos de los huérfanos, donde se entierra vivas a las niñas y donde se deja a las viudas solas y desamparadas, restituyen al huérfano su derecho, asumen a sus propias expensas la crianza de las hijas de padres injustos y cuidan de las viudas. Donde el juego, el alcohol, la fornicación, el bandolerismo y el saqueo son considerados astucia y motivo de orgullo, manifiestan un carácter elevado mediante la generosidad, la nobleza, el servicio a la creación, la hospitalidad, la atención a los pobres afligidos, la ayuda a los oprimidos y otras virtudes.
En ellos se manifiestan, en lugar del orgullo y la arrogancia, la humildad y la modestia, así como el amor sincero. En vez de la envidia y el rencor, procuran vivir en el camino de la verdad y adelantarse en él. En lugar del egocentrismo y el egoísmo, están llenos de espíritu de sacrificio y de servicio a las criaturas. Consideran sumamente vil negarse a ayudar a un sistema después de reconocerlo como verdadero, por miedo a ser humillados o por temor a perder las comodidades. Del mismo modo, después de reconocer algo como falso, consideran vil no abandonarlo por tener ligados a ello intereses mundanos.
Si existe la posibilidad de sufrir un perjuicio al realizar una obra buena, si la falsedad es muy poderosa y parece imposible enfrentarla, o si las circunstancias de la época son extremadamente adversas y pronunciar el nombre de la verdad en ellas significa atraer penas y calamidades, aun así consideran deshonroso para su hombría no convertirse en ayudantes de la verdad. La primera idea —que algo así pueda surgir en sus corazones amplios— no puede originarse en ellos; y aunque surgiera, su elevado ánimo pronto sería capaz de eliminarla. Entonces se preparan con nuevo vigor para realizar el trabajo cuya llamada se ha alzado desde lo profundo de sus corazones.
Un grupo así, puro e inmaculado, existe en todos los tiempos dentro de los sistemas de ignorancia. Tal como las luciérnagas destellan en la oscuridad de una noche lluviosa, estas personas se mueven como luces en la oscuridad de su época. En su respiración permanece una imagen de la luz de su tiempo. Sin embargo, sus fuerzas están dispersas. Por eso es indispensable que surja alguien que llame a la verdad, los organice y los enlace en una unidad.
A pesar de reunir estas virtudes y capacidades, necesitan a quien llame a la verdad por dos razones. La primera es que en su época la verdad no existe en forma colectiva; solo están presentes algunos de sus elementos dispersos, como ocurrió en el período entre dos profetas. En tales momentos, este grupo de justos permanece sumido en la desorientación y la inestabilidad. Ve por todas partes la propagación de la maldad y queda abatido, pero no sabe cómo corregirla. Se mantiene tan alejado como puede de la corrupción de su época, pero ante él no existe la gran vía de la virtud y la felicidad, y por tanto ni siquiera puede invitar a otros a seguirla.
Sienten claramente que tampoco conocen por sí mismos el modo de servir y obedecer a Dios, ni disponen de un medio para llegar a conocerlo. Personas de esta clase fueron quienes, antes de la llegada del Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz—, sintiendo aversión por la religión pagana de los coraichitas, adoraban a Dios individualmente y, apoyadas contra las paredes de la Kaaba, decían con profundo pesar: «¡Oh Dios! No sabemos cómo adorarte. De otro modo, te adoraríamos de esa manera».
Entre ellos también había poetas de mentalidad elevada. El estilo de su poesía era tan distinto de la poesía sensual y extendida de su época que el propio Noble Profeta —la paz sea con él— los elogió al escucharla: «Estos permanecieron en el camino de hacerse musulmanes». Entre ellos había también oradores cuyas alocuciones aún existen. Al leerlas, cualquiera puede comprender que golpeaban a la puerta de la verdad, aunque no lograron abrirla. Entre ellos había hombres intrépidos como Waraqa ibn Nawfal, ʿAbdullah ibn Yaḥsh, ʿUthmān ibn Ḥuwayrith y Yazīd ibn ʿAmr ibn Nufayl. Decían abiertamente: «Es absurdo y carece de sentido que inclinemos la cabeza ante una piedra que ni oye ni ve, que no puede causar daño ni beneficio a nadie».
Estas personas buscaban la verdad, pero en su época la verdad completa no estaba presente. Por eso necesitaban a alguien que llegara con la verdad y les mostrara el camino. Así, cuando apareció el Profeta —que Dios lo bendiga y le conceda paz— y proclamó la verdad, todos los buscadores de la verdad de aquella época se reunieron a su alrededor. Conocían el sabor de la verdad, por lo que no tuvieron dificultad en reconocerla. Cada palabra del Profeta les pareció expresar lo que ellos mismos llevaban en el corazón. Podían distinguir fácilmente entre una persona sencilla y un mentiroso. Por eso, después de ver su carácter puro, ni siquiera imaginaron que aquel hombre pudiera mentir. Reconocieron su profecía al escuchar su llamada y contemplar su rostro, y exclamaron:رَبَّنَا إِنَّنَا سَمِعْنَا مُنَادِيًا يُنَادِي لِلْإِيمَانِ أَنْ آمِنُوا بِرَبِّكُمْ فَآمَنَّا«¡Señor nuestro! Hemos escuchado a un pregonero que llama a la fe: “Creed en vuestro Señor”. Y hemos creído» (sura Āl ʿImrān, 193).
Como estas personas estaban esperando la verdad, cuando la encontraron no se entregaron a discusiones. Más bien, al hallarla, su estado fue como el de quien recupera después de mucho tiempo a un amigo perdido.وَإِذَا سَمِعُوا مَا أُنْزِلَ إِلَى الرَّسُولِ تَرَى أَعْيُنَهُمْ تَفِيضُ مِنَ الدَّمْعِ مِمَّا عَرَفُوا مِنَ الْحَقِّ يَقُولُونَ رَبَّنَا آمَنَّا فَاكْتُبْنَا مَعَ الشَّاهِدِينَ«Cuando oyen lo que ha sido revelado al Mensajero, ves que sus ojos se desbordan de lágrimas por haber reconocido la verdad. Dicen: “¡Señor nuestro! Hemos creído; inscríbenos, pues, entre quienes dan testimonio”» (sura al-Māʾida, 83).
Dos: la segunda razón de su dispersión y desorganización es que la verdad puede estar presente ante ellos y quizá no necesiten la llegada de un profeta ni la revelación de un Libro para comprender sus exigencias y responsabilidades; sin embargo, les falta un dirigente que pueda encaminar sus fuerzas dispersas por una sola vía. En una sociedad cubierta por la ignorancia como por la oscuridad de la noche, aunque conozcan el camino recto, no todos poseen la capacidad de asumir por sí mismos la guía de la caravana y el liderazgo de la comunidad.
Los ambiciosos de la autoridad y del liderazgo se adelantan, aun estando ciegos, para guiar a otros; pero las personas piadosas, conscientes de los beneficios y perjuicios del liderazgo, procuran cuanto pueden evitar esa gran responsabilidad. Por temor de Dios y sentido del deber, son muy justas al evaluarse a sí mismas. Si cometen algún error al valorarse, no lo hacen conscientemente. Nunca intentan inclinar la balanza a su favor; por el contrario, por precaución, suelen considerarse menos capaces de lo que realmente son. Subestimarse frente a la propia capacidad real es una exigencia de la prudencia y del temor de Dios.
Mientras los incompetentes y los indignos sienten gran ambición por la política y el liderazgo, los capaces y adecuados sienten ante ellos un temor proporcional. Tenemos ante nosotros el relato detallado de cómo Abū Bakr al-Ṣiddīq y ʿUmar al-Fārūq —que Dios esté complacido con ambos— procuraron mantenerse alejados de asumir el califato en Saqīfa Banū Sāʿida. También conocemos las guerras y matanzas que, después de la época de los califas rectamente guiados, los incompetentes y ambiciosos emprendieron unos contra otros por esa misma causa.
Quienes temen a Dios procuran, en la medida de sus posibilidades, que otros asuman el liderazgo en lugar de adelantarse ellos. Este sentimiento es básicamente beneficioso, pero también tiene un límite. Si lo sobrepasan, sucede que entre los piadosos se vuelve dominante la idea de la virtud individual y resulta imposible conducir colectivamente un movimiento para establecer la verdad. Los siervos de Dios capaces de comprender bien la importancia de dirigir un movimiento colectivo no pueden tolerar tal situación. Saben que las prácticas individuales y los esfuerzos dispersos y aislados no pueden satisfacer las exigencias de la religión de la verdad.
Cuando este sentimiento llega a dominar tanto a una persona que ya no puede contenerlo, se pone de pie sola junto a Dios y comienza a llamar a la lucha por establecer la religión. Esa llamada atrae hacia sí a quienes esperaban que se convocara la oración en congregación. No discuten con ella preguntando por qué hizo la llamada, pues saben que ya había llegado el momento. No mueren de envidia preguntándose por qué lo hizo ella y no ellos. Al contrario, le agradecen haber realizado aquello que ellos esperaban mientras daban vueltas en la cama, sin atreverse a levantarse.
Tampoco consideran necesario comprobar si esa persona es una devota perfecta, dedicada a la vigilia nocturna. Saben que todos los devotos que pasan la noche en oración y todos los piadosos estaban dormidos, y que a esa persona se le concedió reconocer el deber del momento. Tampoco se preguntan si podrá cumplir mañana una responsabilidad como cumplió la de hoy. Esperan que, así como recibió la capacidad de realizar hoy su tarea, también la reciba para realizar la de mañana. Si no la recibe, Dios levantará a otro siervo para la tarea del día siguiente.
¿De qué tribu es? ¿Qué título posee? ¿Cómo fue su pasado? Estas preguntas no les preocupan, porque la verdad no es patrimonio hereditario de ningún grupo ni institución educativa. Quien ha comprendido cuál es el deber del momento no tiene tiempo para desentrañar los nudos del pasado. Las personas de mentalidad pura, que desde antes anhelaban enaltecer la palabra de la verdad, encuentran en esta invitación de su tiempo la curación de sus penas. Por eso la aceptan de inmediato y se apresuran a luchar para llevarla hasta la puerta del éxito.
En este grupo se encuentran personas de todos los niveles: ricas y pobres, instruidas e iletradas, urbanas y rurales, jóvenes y ancianas, mujeres y hombres. Sin embargo, ninguno posee un nivel moral bajo. Cada uno ya goza, en su propio ámbito, de una posición distinguida por sus cualidades y es reconocido por los demás como digno de confianza. Quien llama a la verdad no necesita realizar grandes esfuerzos para reunirlos. Ellos mismos, atraídos desde todos los lugares, se congregan alrededor de quien llama. Este no sale a buscarlos; ellos lo encuentran.
Tienen sed. Por eso no esperan que el río llegue hasta ellos, sino que atraviesan desiertos y montañas para llegar a la fuente del agua. El aceite puro de su naturaleza está preparado para encenderse incluso antes de tocar el fuego; por eso arde en cuanto ve la cerilla. No exigen milagros ni prodigios, ni preguntan por el nombre, el linaje o el árbol genealógico, ni levantan discusiones y argumentos sin sentido. Solo observan si es verdadera la afirmación hacia la que llama quien invita y si él mismo sigue ese camino. Cuando se convencen de ello, se convierten en sus seguidores con plena concentración.
No declaran falsa una verdad real de hoy por temor a un posible peligro futuro. Confían en que el conocimiento con el que hoy distinguen entre la verdad y la falsedad y aceptan la verdad seguirá presente mañana para distinguirlas nuevamente. Si descubren que en algún punto el camino de quien llama se ha desviado de la vía principal de la verdad, rompen allí su relación con él y comienzan su propio viaje por la vía de la verdad, sin profanar su objetivo.
2. El grupo de los mejores seguidores
El segundo grupo entre quienes aceptan la invitación a la verdad es el de los mejores seguidores, es decir, quienes avanzan hacia la verdad siguiendo el ejemplo del grupo de los adelantados. No alcanzan al grupo de los adelantados en inteligencia, carácter y moralidad. Por ello no pueden emprender por iniciativa propia una gran acción ni se atreven a dar el primer paso por un camino nuevo. No poseen aptitudes de liderazgo.
Por eso, la valentía y el heroísmo de quienes aceptaron el islam antes que ellos los conmueven más que la fuerza intelectual y probatoria de la invitación a la verdad. Cuando ven aparecer una invitación a la verdad, observan que algunas personas se adelantan y la aceptan valientemente, avanzan con ella, afrontan toda clase de peligros para difundirla en el mundo y están dispuestas a soportarlos también en el futuro, esto conmueve sus corazones y comienzan a poner a prueba su propio valor y capacidad para ayudarla.
Sus capacidades y obstáculos son diversos, por lo que este conflicto interior requiere tiempo. Pero al observar continuamente los esfuerzos de quienes llaman a la verdad, su paciencia y firmeza ante los peligros, finalmente se aclara también el color de sus corazones. Entonces, con valor, salen uno tras otro de la falsedad y se unen a la verdad.
Aunque se convierten en partidarios de la invitación a la verdad siguiendo el ejemplo de los adelantados, cuando la apoyan lo hacen plenamente: no muestran debilidad, dudas, cobardía, fragilidad mental ni hipocresía. La razón es que, aunque no sean personas de primera fila en lo intelectual y moral, son personalidades elevadas de segunda fila. Debido a la debilidad de su autoestima, se ven afectados por la ignorancia de su época, pero la conciencia de la verdad que llevan dentro nunca muere por completo.
Por eso, mientras siguen tirando del carro del sistema falso, lo hacen con sufrimiento e inquietud, conservando en lo profundo del corazón respeto por la verdad. Su vínculo con el sistema falso a veces se estrecha y a veces se amplía, pero nunca se corta por completo. Sin duda, no poseen capacidad suficiente para luchar contra su entorno y transformarlo; por ello deben conformarse con el sistema ignorante de su época. Pero en lo profundo de esa conformidad permanece oculta una pena. Cuando aparece ante ellos una invitación a la verdad, esa pena sale a la superficie. Al aumentar el sufrimiento hasta superar su capacidad de soportarlo, avanzan valientemente por el camino en el que ven caminar a algunas personas veraces.
Como su llegada nace de su propia voluntad y no de la presión de otros, y como su paso responde a una exigencia de valentía y no a un interés egoísta oculto, poseen provisiones de comprensión y previsión. Estas protegen su fe en las etapas posteriores y durante las dificultades, y no permiten que sus pies resbalen incluso ante pruebas cada vez mayores.
Quien llama a la verdad debe esforzarse considerablemente para atraer a estas personas hacia ella. Ya hemos dicho que no son tan avanzadas intelectualmente como para aceptar la verdad sin ver un modelo real de ella, ni tan elevadas moralmente como para prepararse de inmediato a ayudarla. Debido a estas dos debilidades, quien llama a la verdad debe mantener durante cierto tiempo un esfuerzo activo con ellas.
Ante todo necesitan que la verdad sea expuesta claramente, de modo que ningún aspecto quede confuso. Hay que disipar las dudas que surgen en sus mentes y, en la medida de lo posible, también las dudas que otros puedan suscitar en ellas, hasta que intelectualmente sus corazones se afirmen plenamente en la veracidad de la invitación. Cuando esto sea posible, para fortalecer su ánimo moral deben presentárseles ejemplos de acontecimientos llenos de determinación y heroísmo. Tales ejemplos fortalecerán sus corazones, eliminarán sus preocupaciones y dudas y les mostrarán cómo avanzar por el camino de la verdad incluso en ambientes adversos. Así, su inteligencia y sus corazones cobrarán plena vida y despertarán. Después, si la ayuda del favor de Dios los acompaña, estarán preparados para caminar por el camino de la verdad.
3. El grupo de los débiles de corazón y los hipócritas
Incluimos a los débiles de corazón y a los hipócritas en una misma categoría únicamente por su semejanza externa. En intención y propósito son dos grupos distintos. Por eso expondremos aquí brevemente y por separado sus cualidades y características.
Por débiles de corazón se entiende a quienes aceptan conscientemente la verdad y tienen la intención de vivir conforme a ella, pero poseen una voluntad y una determinación débiles. Por eso, aunque tengan un propósito sincero, avanzan tambaleándose por el camino de la verdad y caminan tropezando a cada paso. Caen repetidamente y vuelven a levantarse. Pero cada vez que se levantan después de caer lo hacen para continuar por el camino de la verdad. No sucede que, después de tropezar y caer, ya no vuelvan a levantarse, ni que al levantarse comiencen a avanzar por el camino de la falsedad en vez del de la verdad.
Reconocen sus errores y defectos, se avergüenzan y se arrepienten de ellos. Mediante el arrepentimiento y la búsqueda constante del perdón procuran eliminar esa vergüenza. No son inferiores en mentalidad ni en intención. Por eso entre ellos también hay personas buenas que se atreven a aceptar la invitación desde su primer momento, pero durante las pruebas se manifiesta la debilidad de su voluntad y necesitan formación y corrección desde el principio hasta el final.
En la sura al-Tawba se alude a personas de esta clase:وَآخَرُونَ اعْتَرَفُوا بِذُنُوبِهِمْ خَلَطُوا عَمَلًا صَالِحًا وَآخَرَ سَيِّئًا عَسَى اللَّهُ أَنْ يَتُوبَ عَلَيْهِمْ إِنَّ اللَّهَ غَفُورٌ رَحِيمٌ«Y hay otros que reconocen sus pecados: han mezclado una obra buena con otra mala. Quizá Dios acepte su arrepentimiento. Dios es indulgente y misericordioso» (aleya 102).
Para crear valentía y firmeza en estas personas es necesario investigar cuidadosamente las causas de la debilidad de su determinación y voluntad y esforzarse por eliminarlas. Si las causas de esa debilidad son mentales o intelectuales, hay que enseñarles los atributos especiales de Dios, Su fuerza y poder, Su sabiduría y las leyes que Él ha establecido y afirmado. Conforme a esas leyes, Él trata con quienes avanzan junto a Él.
Si poseen codicia y deseo excesivo por los bienes mundanos, hay que acostumbrarlos a gastar sus riquezas en el camino de Dios; así puede curarse esa enfermedad. Si el apego a la vida y el miedo a la muerte son demasiado fuertes en ellos, hay que presentarles claramente la certeza de la llegada de la muerte y el buen desenlace de quienes siguen la verdad.
Las personas de esta categoría aprovechan las oportunidades de educación y formación. Por eso, aunque progresen lentamente debido a la debilidad de su voluntad, no permanecen estancadas. Al contrario, intentan aprovechar las oportunidades de educación y formación para avanzar. De personas así se ha dicho:خُذْ مِنْ أَمْوَالِهِمْ صَدَقَةً تُطَهِّرُهُمْ وَتُزَكِّيهِمْ بِهَا وَصَلِّ عَلَيْهِمْ إِنَّ صَلَاتَكَ سَكَنٌ لَهُمْ وَاللَّهُ سَمِيعٌ عَلِيمٌ«Toma de sus bienes una limosna con la que los purifiques y los santifiques, y ora por ellos. En verdad, tu oración les da tranquilidad. Dios todo lo oye y todo lo sabe» (sura al-Tawba, 103).
El grupo de los hipócritas sigue la invitación a la verdad solo hasta el límite de la confesión verbal, pero sus corazones permanecen ligados a la falsedad. A veces se unen a la verdad únicamente por una influencia pasajera; cuando comienzan las dificultades, los obstáculos y las pruebas, se arrepienten del error de haberla aceptado y desean volver al lugar de donde vinieron. Sin embargo, por una vergüenza artificial, permanecen obligados y atados a la verdad.
En otras ocasiones entran en el campamento de los seguidores de la verdad con malas intenciones, buscando oportunidades para provocar disputas y desorden. Solo aparentan simpatía y deseo de bienestar para la verdad, pero en realidad actúan como agentes de sus enemigos. A veces observan el crecimiento del poder de la verdad, se sienten influidos por él y desean mantener con ella una relación exterior, aunque sea parcial, para proteger sus ventajas mundanas. Por estas y otras razones semejantes, expresan verbalmente su apoyo a la verdad y procuran mantener esa apariencia cuanto pueden; pero sus errores y malas acciones revelan a cada paso su verdadero rostro.
La obra de quien llama a la verdad es perjudicada más que nada por las personas de esta clase. Ningún grupo de adversarios de la verdad es tan peligroso para su movimiento como estos hipócritas que, ocultos tras la apariencia de benefactores de la verdad, actúan entre bastidores. Fingen ser personas cercanas y trabajan para cumplir los objetivos de otros; lo hacen de manera tan hábil y perfecta que nadie más podría hacerlo con igual eficacia.
Difunden entre la gente innumerables ideas falsas contra la invitación y contra quien invita. Como se los considera parte de los propios seguidores y hablan fingiendo sinceridad y afecto, la gente cae víctima de las confusiones que propagan. Intentan constantemente provocar divisiones dentro de la organización y conservan cuidadosamente cada chispa de discordia para soplarla en el momento oportuno y encender el fuego de la disputa y el desorden. Dentro de la organización desempeñan el papel de agentes de las fuerzas enemigas. Para alcanzar sus objetivos organizan reuniones y tertulias, y luego proclaman que se celebran únicamente para servir a la verdad.
Conspiran constantemente con los enemigos de la verdad para oponerse a ella, mientras afirman públicamente que todo se hace por el bien de la verdad. Disfrutan difundiendo cualquier palabra capaz de destruir el entusiasmo y la energía de los seguidores de la verdad. En cambio, toda palabra que fortalece su valor y su ánimo se convierte para ellos en motivo de preocupación y desesperanza.
En el camino de la verdad solo ven peligros a cada paso. Bajo el pretexto del bien de la organización, procuran siempre que el miedo a esos peligros se instale en cada corazón. Para ocultar su propia cobardía, tratan mediante diversas conspiraciones de apagar los sentimientos, el entusiasmo, el heroísmo y la disposición al sacrificio de los demás. La victoria de la verdad se convierte para ellos en motivo de desesperación, y en el abismo del futuro no ven para ella sino peligro y destrucción.
En el aspecto práctico permanecen en el nivel de la nada. Por eso, para conservar su orgullo dentro de la organización, recurren a afirmaciones sin fundamento, juramentos falsos y calumnias. Miran cada éxito de la verdad con ojos de odio. Si —Dios no lo permita— una desgracia cae sobre los seguidores de la verdad, sienten alivio en sus corazones.
Como estas personas difunden deliberadamente el desorden, la discordia y la sedición, poseen muy poca disposición para aceptar la corrección. Solo aceptan el proceso de reforma aquellos que, por una negligencia o falta de atención momentánea, han cometido actos hipócritas al caer víctimas de las conspiraciones engañosas de otros. Cuando la verdad real se les hace evidente, se avergüenzan y se arrepienten de sus errores y procuran corregir su perspectiva.
Pero los demonios que convierten las malas acciones en su propia religión y se vuelven plenamente experimentados y expertos en esa profesión frustran todo esfuerzo de reforma y no están dispuestos a introducir ni el menor cambio en su visión. En el caso de estas personas, el método de quien llama a la verdad consiste en esforzarse plenamente por proteger a la organización de su sedición.
La estrategia es permitirles permanecer abiertamente dentro de la organización mientras su educación, formación y purificación espiritual puedan convertirse en medios de educación, formación y purificación espiritual de la organización. Una vez cumplido ese objetivo, deben ser separados y apartados de la organización lo antes posible. Después, bajo ninguna circunstancia debe quedar ninguna relación entre ellos y la organización.
15
Las etapas de la da‘wah de la verdad
Por lo general, toda invitación a la verdad debe atravesar tres etapas para alcanzar el éxito definitivo: la invitación, la emigración y el yihad. Sin embargo, la palabra «por lo general» debe tenerse especialmente presente: no es indispensable que toda invitación a la verdad atraviese necesariamente estas tres etapas; se señala únicamente que normalmente aparecen estas tres fases. En la época democrática incluso es posible que solo la primera etapa conduzca la invitación a la verdad al éxito.
En la época actual, la mayoría de la gente conoce las revoluciones de Europa, América, Rusia, Turquía y otros países. Por ello cree que las etapas atravesadas por esas revoluciones deben atravesarse en toda revolución, y que los métodos experimentados para realizarlas pueden servir para cualquier movimiento. Esta es una idea equivocada, originada en que no tienen ante sí la historia de una revolución basada en el método islámico. De otro modo sabrían que la revolución realizada por los profetas o por quienes actuaron siguiendo su método es completamente diferente.
Para disipar esta idea trataré brevemente las características y exigencias de cada etapa.
Primera etapa: la invitación
La primera etapa es la de la invitación. Al principio se invita a los poderosos y dirigentes de la sociedad. Estas personas se sienten completamente seguras de su posición y están inmersas en sus placeres y comodidades. El que invita señala desde todos los ángulos los defectos del sistema intelectual, moral, político y social contemporáneo, y expone el destino final al que debe llegar el sistema falso. Sin embargo, externamente el vehículo de la falsedad continúa avanzando a gran velocidad; por eso a la gente contemporánea le resulta difícil creer que su estructura está deteriorada y que pronto caerá en un abismo.
Cuando las apariencias son favorables, no es fácil advertir a los negligentes de las debilidades internas de un sistema. Debido a su descuido y arrogancia, no solo miran sus propias debilidades y malas acciones, sino que intentan demostrar que precisamente esas debilidades y delitos son belleza y perfección, y llaman idiotas a quienes los califican de malos. Su filosofía no reconoce ninguna base moral para nada: según ellos, el mundo es producto del accidente o gira únicamente sobre la columna vertebral de la fuerza. Por eso los consejos y exhortaciones del predicador de la verdad les parecen absurdos.
La voz de un pobre predicador ni siquiera llega al piso superior de sus elevados palacios. Y si llega, la consideran inoportuna, fingen no oírla y continúan entregados a sus fantasías. No ven defectos en sus pensamientos ni en su sistema de vida, ni sienten vacío alguno en él. Si, tras muchas llamadas, alguno despierta de su profundo sueño y alguna palabra del predicador le conmueve, puede que el orgullo le impida aceptar la verdad, o que el egoísmo y el interés personal lo separen de ella.
En cambio, las personas de naturaleza sana se conmueven con esta llamada, se disgustan con el sistema falso contemporáneo o, al menos, dejan de mantener con él una relación interesada. Estas personas avanzan para aceptar la invitación de la religión. La mayoría carece de recursos económicos; no están absorbidas por ambiciones de liderazgo ni tienen intereses que proteger. Tampoco sienten un fanatismo injustificado por el sistema social vigente. Al estar alejadas de los medios que conducen a la corrupción y al desorden, sus corazones no están muertos: todavía queda en ellos algo de aliento, y un pequeño impulso hace comenzar en ellos la vida.
Los primeros en avanzar hacia la invitación suelen ser los jóvenes enérgicos. El Corán menciona que, respecto a Moisés, un grupo de jóvenes de su pueblo fue el primero en creer en su invitación. Algo parecido se observa en la invitación del Mensajero de Dios: la mayoría de quienes creyeron durante la primera etapa de su profecía eran jóvenes. La razón es que en la sangre de los jóvenes hay entusiasmo, y en su carácter valentía y coraje. Su delicado sentido del honor está despierto por naturaleza y puede despertarse fácilmente. La oposición los afecta poco y conceden poca importancia a los intereses personales. Cuando perciben la verdad de algo, no temen los peligros ni las pérdidas de vidas y bienes que puedan resultar de aceptarlo. Aceptan la verdad ignorando esos temores, y las amargas experiencias del peligro, en vez de enfriar su entusiasmo, lo hacen más ardiente.
En esta primera etapa, las pruebas de los partidarios de la verdad no son creadas por los gobernantes contemporáneos. Al principio, los poderosos no prestan ninguna atención a la invitación ni a quien invita. Todos los obstáculos surgen del entorno cercano del predicador. Aparecen conflictos entre padre e hijo, madre e hija, hermanos, tío y sobrino, marido y mujer, amo y siervo, maestro y alumno.
El padre emplea toda clase de medios, suaves o severos, para impedir que su hijo acepte la verdad. Le recuerda sus derechos y su experiencia, menciona su pobreza y vejez, le presenta sus responsabilidades, enumera uno por uno los peligros del camino, llora por las pérdidas de la familia, entona lamentos sobre el fin de toda esperanza y amenaza con expulsarlo de casa y privarlo de sus bienes. Así comienza la persecución. Todo esto se hace para que el hijo abandone su decisión de aceptar la verdad, o para que retroceda después de haberla aceptado. La madre actúa del mismo modo con la hija, el hermano con el hermano, el tío con el sobrino, la esposa con el marido, el amo con el siervo y el maestro con el alumno. Cada persona utiliza la autoridad que posee sobre otra para impedirle aceptar la verdad, y pretende que sus derechos familiares, legales y morales sean respetados aunque ello exija adorar la falsedad que ellos sostienen y rebelarse contra el mayor de todos los que tienen derecho: Dios.
El Corán describe en la sura al-‘Ankabut los obstáculos y calamidades de esta etapa y ofrece también la orientación fundamental para afrontarlos. La primera enseñanza es que Dios ha establecido las pruebas como medio para distinguir la verdad de la mentira y comprobar si quienes afirman seguir la verdad son sinceros o mentirosos. Por ello no deben irritarse ni llenarse de dudas ante las pruebas de la fe, sino afrontarlas con alegría y paciencia. Deben estar seguros de que, si atraviesan esta etapa, alcanzarán el éxito.الم () أَحَسِبَ النَّاسُ أَنْ يُتْرَكُوا أَنْ يَقُولُوا آمَنَّا وَهُمْ لَا يُفْتَنُونَ () وَلَقَدْ فَتَنَّا الَّذِينَ مِنْ قَبْلِهِمْ فَلَيَعْلَمَنَّ اللَّهُ الَّذِينَ صَدَقُوا وَلَيَعْلَمَنَّ الْكَاذِبِينَ«Alif, Lam, Mim. ¿Acaso piensa la gente que se les dejará decir: “Hemos creído”, sin ser puestos a prueba? Ya pusimos a prueba a quienes les precedieron. Dios habrá de distinguir a los sinceros de los mentirosos» (sura al-‘Ankabut, 1-3).
Después se ofrece una orientación fundamental sobre los obstáculos que los padres ponen a los seguidores de la verdad. Esta orientación también se aplica cuando quienes obstaculizan el camino de la verdad ocupan una posición semejante a la de los padres.وَوَصَّيْنَا الْإِنْسَانَ بِوَالِدَيْهِ حُسْنًا وَإِنْ جَاهَدَاكَ لِتُشْرِكَ بِي مَا لَيْسَ لَكَ بِهِ عِلْمٌ فَلَا تُطِعْهُمَا«Hemos ordenado al ser humano tratar bien a sus padres. Pero si ambos se esfuerzan para que Me asocies aquello de lo que no tienes conocimiento, no les obedezcas» (sura al-‘Ankabut, 8).
Es decir, puesto que el derecho de Dios es superior al derecho de los padres, no está permitido preocuparse por la oposición de estos cuando se trata de obedecer a Dios. También se responde a las súplicas emotivas que los padres y los mayores suelen dirigir a los jóvenes: «Seguid nuestro consejo. Si consideráis que es equivocado, nosotros cargaremos con el castigo y la recompensa; vosotros no tendréis que asumir ninguna responsabilidad».وَقَالَ الَّذِينَ كَفَرُوا لِلَّذِينَ آمَنُوا اتَّبِعُوا سَبِيلَنَا وَلْنَحْمِلْ خَطَايَاكُمْ وَمَا هُمْ بِحَامِلِينَ مِنْ خَطَايَاهُمْ مِنْ شَيْءٍ إِنَّهُمْ لَكَاذِبُونَ(12)وَلَيَحْمِلُنَّ أَثْقَالَهُمْ وَأَثْقَالًا مَعَ أَثْقَالِهِمْ وَلَيُسْأَلُنَّ يَوْمَ الْقِيَامَةِ عَمَّا كَانُوا يَفْتَرُونَ«Los incrédulos dicen a los creyentes: “Seguid nuestro camino y cargaremos con vuestros pecados”. Pero no cargarán con nada de sus pecados; ciertamente mienten. Ellos cargarán con sus propios pecados y con otros pecados además de los suyos, y el Día de la Resurrección serán interrogados sobre sus invenciones» (sura al-‘Ankabut, 12-13).
Después de esta orientación fundamental se presentan los ejemplos de tres profetas firmes: Noé, Abraham y Lot. De sus obras se comprende claramente qué actitud debe adoptar un siervo de la verdad frente a los obstáculos de sus familiares más cercanos y queridos, y cómo debe liberarse, por amor a la verdad, del favoritismo familiar. Los vínculos más queridos son tres: el del hijo, el de los padres y el del cónyuge. Noé endureció su corazón, por amor a la verdad, frente a su hijo. Abraham anunció su separación de su padre, una personalidad afectuosa y respetada. Lot abandonó a su esposa por amor a la verdad. Si los siervos sinceros de Dios no lamentaron romper vínculos tan estrechos cuando la verdad lo exigió, mucho menos cabe hablar de los demás parentescos.
También se deja claro que, aunque romper los vínculos de sangre puede significar arruinar con las propias manos el hogar entero, Dios vuelve a llenar el hogar de quien está dispuesto a arriesgar su vida por amor a la verdad. Le concede en este mundo varias veces más de lo que perdió y le prepara infinitas bendiciones en la otra vida. Por ello, al mencionar la emigración de Abraham, Dios expresa su recompensa de la siguiente manera:وَوَهَبْنَا لَهُ إِسْحَاقَ وَيَعْقُوبَ وَجَعَلْنَا فِي ذُرِّيَّتِهِ النُّبُوَّةَ وَالْكِتَابَ وَآتَيْنَاهُ أَجْرَهُ فِي الدُّنْيَا وَإِنَّهُ فِي الْآخِرَةِ لَمِنَ الصَّالِحِينَ«Le concedimos a Isaac y a Jacob, establecimos la profecía y el Libro entre sus descendientes, le dimos su recompensa en este mundo y en la otra vida estará entre los justos» (sura al-‘Ankabut, 27).
Lo que más vuelve cobarde a una persona para enfrentarse a su entorno es la pobreza. Romper por la verdad los vínculos del amor ya es una obra muy valiente; pero incluso quien supera con valentía ese obstáculo difícilmente puede desprenderse de un entorno del que todavía depende económicamente y fuera del cual el mundo le resulta completamente desconocido.
Para eliminar esta duda, el Corán enseña en la misma sura que el derecho de adorar a Dios debe cumplirse de cualquier modo, aunque sea necesario abandonar la casa y todos los bienes. Quien queda sin hogar por entregarse a Dios no encontrará estrecho el mundo amplio de Dios. Si muere en este camino, le esperan las infinitas bendiciones del Paraíso. Y si vive, ¿por qué habría de preocuparse por su sustento? Ningún ser lleva consigo su alimento; sin embargo, Dios proporciona a cada criatura su provisión allá donde se encuentre. El ser humano tiene ante Dios mucho más valor y dignidad que los animales; por tanto, Dios no lo privará finalmente de su sustento.يَا عِبَادِيَ الَّذِينَ آمَنُوا إِنَّ أَرْضِي وَاسِعَةٌ فَإِيَّايَ فَاعْبُدُونِ () كُلُّ نَفْسٍ ذَائِقَةُ الْمَوْتِ ثُمَّ إِلَيْنَا تُرْجَعُونَ () وَالَّذِينَ آمَنُوا وَعَمِلُوا الصَّالِحَاتِ لَنُبَوِّئَنَّهُمْ مِنَ الْجَنَّةِ غُرَفًا تَجْرِي مِنْ تَحْتِهَا الْأَنْهَارُ خَالِدِينَ فِيهَا نِعْمَ أَجْرُ الْعَامِلِينَ () الَّذِينَ صَبَرُوا وَعَلَى رَبِّهِمْ يَتَوَكَّلُونَ () وَكَأَيِّنْ مِنْ دَابَّةٍ لَا تَحْمِلُ رِزْقَهَا اللَّهُ يَرْزُقُهَا وَإِيَّاكُمْ وَهُوَ السَّمِيعُ الْعَلِيمُ () وَلَئِنْ سَأَلْتَهُمْ مَنْ خَلَقَ السَّمَاوَاتِ وَالْأَرْضَ وَسَخَّرَ الشَّمْسَ وَالْقَمَرَ لَيَقُولُنَّ اللَّهُ فَأَنَّى يُؤْفَكُونَ () اللَّهُ يَبْسُطُ الرِّزْقَ لِمَنْ يَشَاءُ مِنْ عِبَادِهِ وَيَقْدِرُ لَهُ إِنَّ اللَّهَ بِكُلِّ شَيْءٍ عَلِيمٌ«¡Oh, Mis siervos creyentes! Mi tierra es amplia; adoradme solo a Mí. Toda alma probará la muerte y luego regresaréis a Nosotros. A quienes crean y obren rectamente les daremos moradas elevadas en el Paraíso, bajo las cuales fluyen ríos, donde permanecerán eternamente. ¡Qué excelente recompensa para quienes obran! Ellos son quienes perseveran y confían en su Señor. ¡Cuántas criaturas no llevan consigo su sustento! Dios las sustenta, y también a vosotros. Él es el Oyente, el Omnisciente. Si les preguntas quién creó los cielos y la tierra y sometió el sol y la luna, dirán: “Dios”. ¿Cómo, pues, se apartan de la verdad? Dios amplía el sustento a quien quiere de Sus siervos y lo restringe a quien quiere. Dios conoce todas las cosas» (sura al-‘Ankabut, 56-62).
Quienes permanecen firmes frente a su entorno y no conceden importancia, por amor a la verdad, a sus vínculos de sangre buscan naturalmente afecto y compañía entre personas que, aunque no estén unidas a ellos por parentesco, comparten sus ideas y acciones y luchan como ellos contra su entorno por amor a la verdad. El ser humano no puede vivir aislado. Cuando recoge la cama de sus antiguas relaciones, se esfuerza por establecer otras nuevas. Es una necesidad natural; sin ella no puede desarrollarse correctamente.
Por eso, cuanto más intenso es el conflicto de los partidarios de la verdad con su entorno cercano, más fuertes se vuelven sus vínculos internos. Finalmente adquieren en la sociedad la posición de una sociedad y una familia independientes, hasta que su existencia comienza a percibirse como una organización y el sistema social contemporáneo empieza a verse afectado por ellos.
Cuando los predicadores de la verdad alcanzan esta etapa, los gobernantes, que hasta entonces no les habían prestado atención, comprenden que aquello que consideraban engaño y locura de unas pocas personas es una realidad importante. Temen que, si no actúan de inmediato, perjudique el sistema que ellos representan y del que dependen su influencia y prestigio. Por ello se preparan para derrotar la invitación a la verdad y comienzan una persecución indiscriminada. Como procede de los poderosos, se emplean todos los métodos capaces de causar sufrimiento: los creyentes han sido arrojados a hornos encendidos, despedazados por espadas, serrados en dos, devorados por fieras, tendidos sobre arenas ardientes, encarcelados y expulsados de sus hogares.
Aunque el mundo actual ha empezado a reconocer en principio la libertad de pensamiento, la historia probablemente no ha cambiado para quienes llevan una invitación que pretende sacar cada aspecto de la vida de la obediencia a Satanás y someterlo a la obediencia de Dios. Los seguidores de la verdad deben estar preparados para atravesar hoy las mismas duras pruebas que atravesaron en el pasado.أَمْ حَسِبْتُمْ أَنْ تَدْخُلُوا الْجَنَّةَ وَلَمَّا يَأْتِكُمْ مَثَلُ الَّذِينَ خَلَوْا مِنْ قَبْلِكُمْ مَسَّتْهُمُ الْبَأْسَاءُ وَالضَّرَّاءُ وَزُلْزِلُوا حَتَّى يَقُولَ الرَّسُولُ وَالَّذِينَ آمَنُوا مَعَهُ مَتَى نَصْرُ اللَّهِ أَلَا إِنَّ نَصْرَ اللَّهِ قَرِيبٌ«¿Pensáis que entraréis fácilmente en el Paraíso sin que os sobrevenga lo mismo que sobrevino a quienes os precedieron? Les alcanzaron la desgracia y la aflicción, y fueron sacudidos hasta que el Mensajero y los creyentes que estaban con él dijeron: “¿Cuándo llegará la ayuda de Dios?”. Sin duda, la ayuda de Dios está cerca» (sura al-Baqarah, 214).
Aunque esta etapa es muy difícil para los seguidores de la verdad, si avanzan con firmeza y permanecen fieles a su invitación y a sus principios pese a la opresión de los poderosos, su fuerza moral penetrará incluso en el corazón de sus adversarios. Surgirá en el pensamiento y en el sistema contemporáneos la posibilidad de su organización y doctrina, y hasta quienes antes no querían oír el nombre de esta invitación intentarán encontrar un término medio para poner fin al conflicto. Pero no puede haber compromiso en los principios. Por eso los seguidores de la verdad deben rechazar también esas falsas propuestas y demostrar que no están dispuestos a apartarse ni un solo centímetro de la doctrina que predican. En esta etapa fueron revelados los siguientes versículos para orientarlos:وَإِذَا تُتْلَى عَلَيْهِمْ آيَاتُنَا بَيِّنَاتٍ قَالَ الَّذِينَ لَا يَرْجُونَ لِقَاءَنَا ائْتِ بِقُرْآنٍ غَيْرِ هَذَا أَوْ بَدِّلْهُ قُلْ مَا يَكُونُ لِي أَنْ أُبَدِّلَهُ مِنْ تِلْقَاءِ نَفْسِي إِنْ أَتَّبِعُ إِلَّا مَا يُوحَى إِلَيَّ إِنِّي أَخَافُ إِنْ عَصَيْتُ رَبِّي عَذَابَ يَوْمٍ عَظِيمٍ«Cuando se les recitan Nuestros claros versículos, quienes no esperan encontrarse con Nosotros dicen: “Trae otro Corán distinto de este o cámbialo”. Di: “No me corresponde cambiarlo por iniciativa propia. Solo sigo lo que me ha sido revelado. Temo que, si desobedezco a mi Señor, me alcance el castigo de un día terrible”» (sura Yunus, 15).
Para cortar de raíz ese deseo de los seguidores de la falsedad, se expone nuevamente, por boca del Profeta, una descripción clara de la doctrina de la verdad, de modo que toda posibilidad de compromiso desaparezca:قُلْ يَا أَيُّهَا النَّاسُ إِنْ كُنْتُمْ فِي شَكٍّ مِنْ دِينِي فَلَا أَعْبُدُ الَّذِينَ تَعْبُدُونَ مِنْ دُونِ اللَّهِ وَلَكِنْ أَعْبُدُ اللَّهَ الَّذِي يَتَوَفَّاكُمْ وَأُمِرْتُ أَنْ أَكُونَ مِنَ الْمُؤْمِنِينَ () وَأَنْ أَقِمْ وَجْهَكَ لِلدِّينِ حَنِيفًا وَلَا تَكُونَنَّ مِنَ الْمُشْرِكِينَ«Di: “¡Oh, gente! Si dudáis de mi religión, sabed que no adoro a quienes adoráis fuera de Dios; adoro a Dios, Quien os hará morir. Se me ha ordenado ser uno de los creyentes. Y se me ha ordenado: dirige tu rostro hacia la religión con sinceridad y no seas de los idólatras”» (sura Yunus, 104-105).
Este tipo de propuesta de compromiso puede influir a veces incluso en algunos seguidores de la verdad. Bajo la influencia de una idea equivocada, también pueden ver el bien en un compromiso moderado. Para remediar esta debilidad se ofrece el siguiente consejo:فَلَعَلَّكَ تَارِكٌ بَعْضَ مَا يُوحَى إِلَيْكَ وَضَائِقٌ بِهِ صَدْرُكَ أَنْ يَقُولُوا لَوْلَا أُنْزِلَ عَلَيْهِ كَنْزٌ أَوْ جَاءَ مَعَهُ مَلَكٌ إِنَّمَا أَنْتَ نَذِيرٌ وَاللَّهُ عَلَى كُلِّ شَيْءٍ وَكِيلٌ ()أَمْ يَقُولُونَ افْتَرَاهُ قُلْ فَأْتُوا بِعَشْرِ سُوَرٍ مِثْلِهِ مُفْتَرَيَاتٍ وَادْعُوا مَنِ اسْتَطَعْتُمْ مِنْ دُونِ اللَّهِ إِنْ كُنْتُمْ صَادِقِينَ () فَإِلَّمْ يَسْتَجِيبُوا لَكُمْ فَاعْلَمُوا أَنَّمَا أُنْزِلَ بِعِلْمِ اللَّهِ وَأَنْ لَا إِلَهَ إِلَّا هُوَ فَهَلْ أَنْتُمْ مُسْلِمُونَ () مَنْ كَانَ يُرِيدُ الْحَيَاةَ الدُّنْيَا وَزِينَتَهَا نُوَفِّ إِلَيْهِمْ أَعْمَالَهُمْ فِيهَا وَهُمْ فِيهَا لَا يُبْخَسُونَ«Mantente firme como se te ha ordenado, y también quienes se arrepintieron contigo. No transgredáis. Él ve perfectamente cuanto hacéis. No os inclinéis hacia los injustos, pues el Fuego os alcanzaría y no tendríais protectores aparte de Dios ni recibiríais ayuda. Establece la oración en los dos extremos del día y en algunas horas de la noche. Las buenas obras borran las malas. Esto es una exhortación para quienes recuerdan. Persevera, pues Dios no deja perder la recompensa de quienes hacen el bien» (sura Hud, 112-115).
Cuando los seguidores de la verdad atraviesan con éxito esta etapa y, sin dejarse influir por el temor a sus adversarios ni por sus propuestas de tregua, continúan su invitación completa sin modificarla, los poderosos idean una nueva estrategia: intentan atrapar a los dirigentes de la invitación con seducciones. Les ofrecen generosamente todo lo que se desea en la vida mundana: abundancia de riquezas, altos cargos de liderazgo y participación plena en los intereses del sistema. A cambio solo exigen que modifiquen un poco la invitación que perturba su comodidad.
Para los seguidores de la verdad, este peligro brillante y seductor es más grave que todas las calamidades anteriores. Por eso, cuando el imán Ahmad ibn Hanbal fue azotado cruelmente por el gobernante contemporáneo debido a la doctrina de la creación del Corán, no prestó atención a los azotes. Se relata que la cantidad de golpes habría hecho gritar incluso a un elefante, pero de la boca del imán no salió ni un gemido. Más tarde, cuando el gobernante, derrotado por su firmeza, cambió de política y sustituyó los azotes por regalos y honores, el imán exclamó: «¡Por Dios! Estos premios y regalos me parecen más difíciles que los azotes».
Esta es una época de prueba para la invitación a la verdad. Las seducciones del mundo pueden ser varias veces más duras que la calamidad de una muerte no deseada. Grandes dirigentes que pueden romper cadenas de hierro con un solo esfuerzo llegan a llevar cadenas de oro y plata como adornos, sin pensar jamás en liberarse de ellas. El demonio de la codicia y la seducción dispersa fácilmente a quienes no fueron vencidos por el miedo al peligro.
El mejor ejemplo para esta prueba es la vida del Mensajero de Dios. Cuando los coraichitas vieron que él y sus compañeros no abandonarían su invitación ni aceptarían modificarla, le ofrecieron riqueza, matrimonio con una mujer noble y el liderazgo de la nación, a condición de que detuviera su predicación y no cambiara la religión de sus antepasados. Él no respondió a aquellas ofertas seductoras; recitó algunos versículos del Corán, que repetían con fuerza el propósito por el cual soportaba la persecución. Los coraichitas quedaron completamente desesperados.
Cuando los predicadores de la verdad superan también esta etapa con la ayuda de Dios, la invitación y la presentación de la prueba definitiva llegan a su culminación. Quienes conservan algún sentimiento moral aceptan públicamente la verdad, se unen a sus seguidores o la aceptan interiormente esperando el momento oportuno para manifestarla. En cambio, los adversarios, desesperados por sus intentos de sofocarla, deciden eliminarla por completo y destruir tanto al predicador como a la invitación sin importarles las consecuencias.
En esta etapa Abraham fue arrojado al fuego, se conspiró para matar a Moisés y se intentó crucificar a Jesús. En cuanto al Mensajero de Dios, los dirigentes de los coraichitas se reunieron en Dar al-Nadwa y propusieron encarcelarlo, expulsarlo o matarlo conjuntamente. Finalmente aceptaron la propuesta de Abu Yahl: un hombre de cada clan lo atacaría a la vez, para que el clan de Hashim no pudiera vengar su muerte.
Cuando la seguridad del predicador de la verdad deja de existir incluso entre su propio pueblo, la invitación entra en la etapa de ruptura y emigración.
Segunda etapa: ruptura y emigración
La segunda etapa de la invitación a la verdad es la ruptura y la emigración. Llega cuando los predicadores han extraído de su entorno a todas las personas capaces de aceptar la verdad, dejando a la sociedad contemporánea como el suero de la leche. Quienes conservan alguna capacidad se convierten en seguidores de la verdad, mientras que quienes tienen el corazón muerto llegan al extremo de la ira y el odio contra la invitación.
Cuando resulta imposible continuar la predicación y respirar en ese entorno, los seguidores de la verdad rompen sus relaciones con él y se trasladan a un lugar donde puedan vivir conforme a su doctrina o, al menos, conservar la fe. Para los profetas, Dios determina el momento y el lugar de la emigración mediante sueños o revelación, después de que se haya cumplido el deber de transmitir el mensaje y presentar la prueba definitiva. Sin esa autorización no pueden abandonar a su pueblo. Jonás abandonó a su pueblo antes del momento señalado; Dios lo reprendió y lo devolvió para completar su misión, y entonces la mayoría de su pueblo aceptó el islam.
Los demás predicadores deben determinar mediante su propio esfuerzo jurídico el momento de emigrar. La emigración no es condición indispensable para toda invitación a la verdad, sino que depende de la necesidad y de las circunstancias. Mientras puedan presentar sin impedimentos el mensaje completo en una región, no les está permitido emigrar, aunque consagren toda su vida a ello y no logren establecer un sistema social islámico. José dedicó toda su vida a la causa de la verdad; como el rey no le puso un obstáculo efectivo, permaneció ocupado en su misión hasta el final.
Las dificultades y oposiciones ordinarias tampoco bastan como motivo de emigración. Una invitación distinta de las ideas y principios sociales y políticos de la época necesariamente provoca descontento y extrañeza. Los profetas perseveraron ante esa oposición sin dudas ni desesperación. Solo cuando el pueblo decide eliminar por completo a los seguidores de la verdad, matarlos a pedradas o expulsarlos, se vuelve lícito romper con él y emigrar.
La emigración de los profetas y de los predicadores de la verdad no es igual que huir de una nación a otra por temor a la persecución. Aquella es una emigración de la falsedad hacia la verdad. Antes de emigrar deben evaluar tanto la capacidad del pueblo que abandonan para aceptar la verdad como la disposición de la gente hacia la que emigran. El lugar de emigración debe favorecer la invitación y su propósito; puede ser un desierto pedregoso, una tierra fértil o incluso una región situada fuera del propio país.
El propósito de la emigración no es únicamente escapar de la persecución. También busca realizar objetivos esenciales: hacer realidad las exigencias doctrinales y psicológicas de los seguidores de la verdad; despertar por última vez a quienes aún conservan vida en el corazón; purificar a los sinceros de los hipócritas; y establecer en un entorno libre y puro la formación y organización de los seguidores de la verdad, para que puedan arrebatar el poder a la falsedad, establecer una civilización justa y asumir el liderazgo del mundo.
De esta emigración surgen resultados inevitables. La invitación a la verdad se extiende con toda su fuerza, mientras la falsedad desaparece gradualmente, pues carece de raíces en la naturaleza humana y en el orden del universo. Tras la emigración de los creyentes, Dios destruye la falsedad mediante castigo celestial o terrenal, o encarga a los creyentes combatirla hasta someterla a la verdad. La emigración introduce así la invitación en la tercera etapa: el yihad y la guerra.
Tercera etapa: el yihad
La guerra solo puede comenzar cuando se han completado la transmisión del mensaje, la presentación de la prueba ante la gente y la emigración. La guerra islámica tiene condiciones necesarias; hasta que se cumplan, no está permitido tomar la espada ni derramar sangre en la tierra. Actuar precipitadamente sería una obra de corrupción y podría hacer responsable a quien la comete.
La primera condición es presentar antes plenamente la verdad a aquellos contra quienes se declarará la guerra. La guerra defensiva y de resistencia constituye una excepción: toda persona o grupo puede defender su vida, bienes y honor, y quien muere en esa defensa es mártir. Pero la guerra ofensiva no puede comenzar hasta completar la transmisión del mensaje.
Esta transmisión puede realizarse de dos maneras. La primera es por medio de un profeta. El profeta es el medio perfecto para transmitir el mensaje y establecer la prueba definitiva. Dios lo envía con todos los medios necesarios; es la mejor persona de su pueblo, posee nobleza, pureza moral, veracidad, sabiduría y una conducta ejemplar. Presenta el mensaje con el lenguaje más claro, lo comunica a todos, responde a las dudas con conocimiento y razonamiento, y su enseñanza transforma a la sociedad. Él mismo practica primero lo que enseña, manifiesta el mensaje en la vida de sus compañeros y puede mostrar milagros cuando se le solicitan.
Cuando la prueba ha sido establecida por un profeta, Dios no deja indefinidamente a quienes rechazan la verdad. Si los creyentes son pocos, son separados y los negadores son destruidos por un castigo celestial o terrenal. Si los creyentes tienen fuerza suficiente, reciben la orden de combatir hasta que los negadores acepten la religión de Dios o la tierra quede purificada de su oposición. El Mensajero de Dios recibió esta orden después de completar la prueba contra los hijos de Israel. Esta sanción no es una imposición injusta, sino la exigencia de la justicia después de que se haya presentado la prueba definitiva.
La segunda forma de transmisión es por medio de personas piadosas. Ellas no poseen los medios completos de los profetas ni están libres de toda duda. Por eso su guerra solo tiene como objetivo establecer justicia, paz y orden, y arrebatar el poder político a quienes lo utilizan para perjudicar a los siervos de Dios. Cuando ese objetivo se cumple deben detenerse; no pueden avanzar más allá de ese límite.
Después del Mensajero, los compañeros ofrecían a los pueblos tres opciones: aceptar el islam y compartir plenamente sus derechos; convertirse en súbditos del Estado islámico pagando un tributo y obedeciendo su sistema salvo en el derecho personal; o aceptar la guerra. Esto no significa que su predicación fuera insuficiente: en su época ya existía un sistema social de la verdad que mostraba de manera práctica qué era el islam y qué exigía en la vida individual y colectiva.
La segunda condición es que la guerra sea dirigida por personas piadosas. El propósito del yihad es purificar el mundo de la corrupción y el desorden; quienes practican la corrupción no pueden dirigirlo. No pueden formarse ejércitos islámicos con mercenarios, sino con creyentes que luchan por la religión y están dispuestos a morir por ella. Si se mezcla en su esfuerzo una intención mundana, su acción carece de valor ante el islam y pueden ser castigados por la sangre derramada.
La tercera condición es que la guerra sea dirigida por un emir con autoridad efectiva. Debe ejercer autoridad legal sobre su comunidad, aplicar la ley religiosa y no estar sometido a ningún poder salvo Dios. Los profetas no declararon la guerra hasta emigrar con sus seguidores a un territorio libre y organizar allí un Estado. También quienes siguieron posteriormente su método establecieron primero un Estado soberano y organizaron a su comunidad bajo la ley islámica.
Esto es necesario porque Dios no aprueba derribar un sistema falso si no existe la posibilidad de sustituirlo por un sistema de verdad. La anarquía es antinatural y puede ser peor que un sistema injusto. Una comunidad sin autoridad efectiva, sin obediencia probada y sin organización no tiene derecho a iniciar un yihad armado. Solo una comunidad organizada como una verdadera entidad política puede asumir esa responsabilidad.
La cuarta condición es adquirir fuerza. Si se cumplen correctamente las tres condiciones anteriores, la fuerza necesaria surge por sí misma. Una invitación correcta reúne personas de diversas capacidades, obtiene recursos y desarrolla los medios necesarios. Sin embargo, antes de declarar una guerra ofensiva debe contar con fuerza suficiente; de lo contrario se arroja voluntariamente a la destrucción.
Al reflexionar sobre estas condiciones se comprende por qué la guerra aparece solo después de la invitación y la emigración. Tras esas dos etapas quedan claramente identificados los adversarios contra los que está permitido combatir y la organización adquiere la forma necesaria para establecer la justicia, el orden y la disciplina mediante la fuerza. Quienes ignoran la secuencia del método de los profetas y solo conocen los métodos de las organizaciones revolucionarias ordinarias deberían meditar sobre los beneficios y consecuencias de estas etapas.
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