Presentación del autor
Nacimiento, educación y vida profesional de Sayyid Qutb
El nombre de Sayyid Qutb es Sayyid. Qutb es su apellido ancestral. Sus antepasados llegaron desde la península arábiga y comenzaron a establecerse en la región septentrional de Egipto. Su padre se llamaba Hachí Ibrahim Qutb. Ibrahim Qutb tuvo cinco hijos: Sayyid Qutb, Muhammad Qutb, Hamid Qutb y Amina Qutb. No se conoce el nombre de la quinta hija. Sayyid Qutb era el mayor entre sus hermanos; todos ellos recibieron educación superior, hicieron la yihad para establecer el ideal de vida islámico y demostraron firmeza en duras pruebas de fuego.
Sayyid Qutb nació en 1906 en la aldea de Musha, en el distrito de Asiut, Egipto. Su madre, Fátima Gosaín Uzman, era una mujer sumamente piadosa y temerosa de Alá. El padre de Sayyid, Hachí Ibrahim, se dedicaba a la agricultura, pero también era un hombre profundamente religioso y de carácter intachable.
Sayyid Qutb comenzó sus estudios en la escuela primaria de la aldea. Conforme al deseo de su madre, memorizó el Corán desde la infancia. Más tarde, su padre se estableció en un lugar llamado Helwan, en las afueras de El Cairo. Tras concluir sus estudios en la madraza Tayhiziyatu Darul Ulum, Sayyid ingresó en la famosa madraza Darul Ulum de El Cairo. En 1933 obtuvo allí el título de licenciatura y fue nombrado profesor en la misma institución.
Después de ejercer como profesor durante algún tiempo, fue nombrado inspector escolar dependiente del Ministerio de Educación. En Egipto, ese cargo se considera sumamente honorable. El propio Ministerio de Educación lo envió a Estados Unidos para estudiar los métodos de educación moderna. Tras completar un curso de dos años, regresó a su país desde el extranjero. Durante su estancia en Estados Unidos observó la deplorable situación de la sociedad materialista. Llegó a creer firmemente que solo el islam puede conducir verdaderamente a la sociedad humana por el camino del bienestar.
A su regreso de Estados Unidos, comenzó a examinar los ideales, objetivos y programa del partido Ikhwan al-Muslimun. En 1945 se convirtió en miembro de dicho partido. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno británico prometió conceder la independencia a Egipto una vez terminada la guerra. Inmediatamente después de su finalización, el partido Ikhwan inició un movimiento para exigir la retirada de los británicos de Egipto. Como resultado, su popularidad aumentó enormemente. En tan solo dos años, el número de militantes activos del partido llegó a dos millones quinientos mil. El número de miembros ordinarios, simpatizantes y allegados era varias veces superior al de los militantes. Al ver la popularidad de Ikhwan, los británicos y el Gobierno egipcio dictatorial se atemorizaron y se entregaron conjuntamente a conspirar contra el partido.
En julio de 1952 se produjo una revolución militar en Egipto. Ese mismo año, el partido Ikhwan fue restablecido. El doctor Hasan al-Hudaybi fue elegido guía general del partido. Bajo su dirección, el departamento de propaganda de los ideales del partido y expansión del movimiento continuó avanzando. Se consagró por completo a la labor del movimiento.
En 1954 fue elegido editor de la revista «Al-Ikhwan al-Muslimun», dirigida por los Hermanos Musulmanes. Apenas seis meses después, el gobierno del coronel Nasser clausuró la revista, porque esta había criticado el nuevo tratado que el Gobierno egipcio firmó aquel año con los británicos. Después de clausurarla, el gobierno de Nasser comenzó a perseguir a este grupo. Bajo la acusación de un supuesto complot para asesinar, se declaró ilegal a la organización Al-Ikhwan al-Muslimun y se arrestó a sus dirigentes.
Arresto y tortura
Entre los dirigentes de los Hermanos Musulmanes arrestados se encontraba también Sayyid Qutb. Fue recluido en diversas prisiones de Egipto. En el momento de su arresto padecía una fiebre muy intensa. Un oficial del ejército lo arrestó en esas condiciones. Le encadenaron las manos y los pies. Y no solo eso: obligaron a Sayyid Qutb, mientras sufría una fiebre elevada, a caminar hasta la prisión. Por el camino se desmayó varias veces y cayó al suelo. Cuando recobraba el conocimiento, decía: ———— (الله أكبر وَلِلَّهِ الْحَمْدُ).
En cuanto entró en la prisión, los funcionarios comenzaron a golpearlo, y la tortura continuó durante dos horas. Después soltaron contra él a un perro adiestrado. El perro le mordió la pierna y lo arrastró por el patio de la prisión. Tras darle aquella primera «bienvenida», lo interrogaron ininterrumpidamente durante siete horas. Su salud ya no estaba en condiciones de soportar semejantes torturas. Pero, por la fuerza de su firme fe, de su boca continuaba brotando, como de una roca: —————– (الله أكبر وَلِلَّهِ الْحَمْدُ)
La oscura celda de la prisión era cerrada con llave por la noche. Durante el día lo hacían desfilar regularmente. Cayó gravemente enfermo. Sufría de diversas dolencias, como dolor en el pecho, debilidad cardíaca y dolores en todas las articulaciones del cuerpo. Aun así, continuaban quemándole el cuerpo con fuego. Los perros de la policía le arañaban el cuerpo con las uñas y los dientes. Le vertían sobre la cabeza agua muy caliente y, al instante siguiente, agua extremadamente fría. Patadas, golpes, puñetazos e insultos con lenguaje obsceno eran, entre otras cosas, hechos cotidianos.
El 13 de julio de 1955, un tribunal popular lo condenó a quince años de prisión con trabajos forzados. Debido a su enfermedad, no pudo comparecer ante el tribunal. Después de que hubiera cumplido un año de prisión, el gobierno de Nasser le propuso que podría ser liberado si solicitaba el perdón a través de la prensa. La respuesta que aquel hombre creyente dio a esta propuesta permanecerá imborrable en las páginas de la historia. Dijo:
«Me sorprende enormemente escuchar que se está diciendo al oprimido que solicite el perdón del opresor. ¡Juro por Alá! Aunque unas pocas palabras de súplica de perdón pudieran librarme incluso de la horca, no estoy dispuesto a pronunciar semejantes palabras. Quiero presentarme ante Alá en un estado tal que yo esté complacido con Él y Él esté complacido conmigo.»
Posteriormente, cada vez que le aconsejaron solicitar el perdón, respondió lo mismo: «Si realmente he sido encarcelado por un delito, estoy satisfecho con ello. Pero si las fuerzas de la falsedad me han encarcelado injustamente, de ningún modo pediré perdón a la falsedad.»
A mediados de 1964, el presidente de Irak, Abdus Salam Arif, viajó a Egipto. Como recomendó la liberación de Sayyid Qutb, el coronel Nasser lo liberó y luego lo mantuvo confinado en su propio domicilio.
Nuevo arresto y condena
Antes de que transcurriera un año, (?) fue arrestado nuevamente, acusado de intentar tomar el poder por la fuerza. Sin embargo, todavía se encontraba bajo estricta vigilancia policial. No solo él, sino también su hermano Muhammad Qutb y sus hermanas Hamida Qutb y Amina Qutb, junto con más de veinte mil personas, fueron arrestados. Entre ellas había aproximadamente setecientas mujeres.
En 1965, mientras el coronel Nasser se encontraba de visita en Moscú, declaró en un comunicado que los Hermanos Musulmanes habían conspirado para asesinarlo. Inmediatamente después de esta declaración comenzó en todo Egipto una redada masiva contra los líderes y miembros de los Hermanos. En virtud de una nueva ley promulgada el 26 de marzo de 1964, se otorgó al presidente la facultad de arrestar a cualquier persona, confiscar sus bienes y aplicar otras medidas punitivas. También se declaró que no se podría impugnar ante ningún tribunal la legalidad de las medidas adoptadas por el presidente. Poco después comenzó el juicio de los acusados ante un tribunal militar especial. Al principio se anunció que las escenas del juicio serían transmitidas por televisión. Sin embargo, cuando los acusados se negaron a confesar y revelaron los detalles de las torturas físicas sufridas, se suspendieron las transmisiones. Después, el juicio continuó a puerta cerrada. Los acusados no tenían ningún abogado que los defendiera. Abogados de otros países solicitaron representarlos, pero sus solicitudes fueron rechazadas. William Thorp, antiguo presidente del Colegio de Abogados de Francia, y dos abogados marroquíes solicitaron formalmente defender a los acusados, pero sus peticiones fueron denegadas. Dos abogados sudaneses llegaron a El Cairo, se inscribieron en el Colegio de Abogados local y se presentaron ante el tribunal. La policía los expulsó del tribunal a empujones y los obligó a abandonar Egipto. Durante el juicio, en enero y febrero de 1966, Sayyid Qutb y los demás acusados declararon ante el tribunal que habían sido sometidos a torturas físicas inhumanas para obligarlos a confesar. El presidente del tribunal no prestó atención a ninguna de las declaraciones de los acusados.
En agosto de 1966, el tribunal militar comunicó la sentencia de muerte contra Sayyid Qutb y dos de sus compañeros. Se levantó una ola de protestas en todo el mundo. Sin embargo, el 25 de agosto de 1966 se ejecutó dicha sentencia.
Los conocimientos y la actividad literaria de Sayyid Qutb
Sayyid Qutb fue uno de los célebres eruditos y literatos de Egipto. Comenzó su trayectoria literaria con la literatura infantil. Demostró su talento escribiendo relatos sobre los profetas en un lenguaje atractivo para los niños. Escribía cuentos para despertar en ellos una orientación islámica y mejorar su carácter. Más tarde escribió una novela de orientación islámica titulada «Ashwaq» («Espinas»). Posteriormente escribió otras dos novelas del mismo género: una, «Tiflun min al-Qarya» («El niño del pueblo»), y la otra, «Madinat al-Mashhur» («La ciudad de la magia»).
La relación de sus obras es la siguiente:
(1) —————– (Escenas del Día de la Resurrección trazadas por el Corán). En 150 pasajes de 80 de las 114 suras del Noble Corán se habla del Día de la Resurrección. Sayyid ha pintado con gran habilidad, a partir de esas descripciones, la escena del Día del Juicio, el Infierno y el Paraíso.
(2) ——————- En esta obra de 200 páginas, Sayyid Qutb analiza el lenguaje, el ritmo, la retórica y el estilo cautivador del Corán.
(3)———————- (El islam y la justicia social). Hasta ahora se han publicado siete ediciones de esta obra. Ha sido traducida a diversos idiomas del mundo (por ejemplo, al inglés, persa, turco y urdu).
(4) ———————- Una contribución incomparable de Sayyid Qutb. Un océano de conocimiento, completado en ocho volúmenes. No es exactamente un tafsir; más bien, plasmó en el papel las ideas que surgieron en su mente mientras estudiaba el Corán y explicó con gran maestría temas como los medios para reformar la da‘wa, las advertencias y el conocimiento de Allah, ocultos en cada aleya.
(5)—————(El conflicto entre el islam y el capitalismo).
(6)—————– (La paz mundial y el islam).
(7)——— (Escritos islámicos).
(8)——————-(Principios y métodos fundamentales de la crítica literaria).
(9)——————— (Reseña del libro titulado «La cultura del futuro»).
(10) —————– (Obras y personalidades).
(11)————– (La imagen de la sociedad islámica).
(12)————(La América que vi).
(13)—————- (El pensamiento de cuatro hermanos). En ella se han recopilado conjuntamente los escritos de Sayyid Qutb, Muhammad Qutb, Amina Qutb y Hamida Qutb.
(14)——— (Colección de poemas).
(15)———– (Historias de los profetas).
(16) ————(Colección de poemas).
(17)————-(Colección de poemas).
(18) ————- (La verdadera tarea del poeta en la vida).
(19)————— (El curso de la revolución social).
——— Precisamente por escribir el libro, el Gobierno de Egipto acusó a Sayyid Qutb, y por esa acusación fue condenado a muerte. En el número 446 del periódico de las fuerzas armadas egipcias, publicado el 1 de octubre de 1965, se expuso un informe sobre las acusaciones anteriores contra él; su resumen es el siguiente:
“El autor se ha opuesto firmemente tanto a la civilización y la sociedad occidentales como a la doctrina marxista. Afirma que ninguna de esas doctrinas ofrece nada a la humanidad. Según él, el mundo actual se ha sumido en la yahiliya. La soberanía humana se ha establecido injustamente en lugar de la soberanía de Alá. El autor insiste en revivir la perspectiva coránica para erradicar esa yahiliya e insta a sacrificar por ello todo lo que se posee.
Llama taghut a todos los gobernantes aparte de Alá. El autor afirma que declarar la yihad contra el taghut es una condición de la fe para todo musulmán. Al calificar de falsa la conciencia de unidad basada en la lengua, el color de piel, el linaje, la región, etc., está incitando a los musulmanes a construir la unidad sobre la base de la aqida islámica y a librar una lucha intransigente contra esta doctrina.
El autor, por medio de ese libro, presenta un plan para librar la yihad contra el gobierno establecido, iniciar actos destructivos en todo Egipto y derrocar al gobierno establecido.”
Introducción
La situación lamentable de la humanidad
La humanidad se encuentra hoy al borde de un abismo insondable. Esta situación no se ha producido simplemente porque la destrucción de la época actual se disponga a aniquilarla por completo. Más bien, esta situación no es sino un síntoma de la enfermedad. La verdadera enfermedad no es esa. La causa fundamental del peligro al que se enfrenta hoy la humanidad es que ha perdido los valores de vida necesarios para su desarrollo integral y su verdadero progreso. Incluso su bancarrota espiritual se ha vuelto evidente para el mundo occidental, y hoy este reconoce que no posee ningún valor de vida capaz de guiar a la humanidad por el camino correcto. Sabe que no cuenta con ningún capital que le permita satisfacer su propia conciencia y preservar su identidad.
La democracia en los países occidentales se ha vuelto infructuosa y ha desembocado en el fracaso; por ello, parece que se ven obligados a adoptar las ideas, las doctrinas y el sistema de vida de Oriente. Una prueba evidente de ello es que están implantando en Occidente el sistema económico oriental en nombre del socialismo. El bloque oriental se encuentra también en la misma situación. Al principio, sus sistemas sociales, especialmente la doctrina marxista, atrajeron la atención de un gran número de personas de Oriente y Occidente. Esto se debió a que dicha doctrina fue elaborada sobre la base de una creencia fundamental bien definida.
Sin embargo, en el terreno del pensamiento, la doctrina marxista ha sufrido una derrota. Hoy no es en absoluto una exageración decir que, en el mundo actual, ningún país es verdaderamente marxista. Esta doctrina es, en todos los aspectos, contraria a la naturaleza innata del ser humano y a sus necesidades fundamentales. El ideal marxista solo puede propagarse en sociedades degradadas o inertes, aplastadas durante largo tiempo bajo el yugo de una dictadura. Pero actualmente, incluso en sociedades de ese tipo, su sistema económico materialista está fracasando en resolver los problemas. Y, sin embargo, la economía materialista es la base de la doctrina marxista. La propia Rusia, maestra de los países comunistas, se enfrenta hoy a la escasez de alimentos. El mismo país que durante el régimen de los zares producía excedentes alimentarios hoy importa alimentos del extranjero a cambio de sus reservas de oro. La causa de este fracaso es la agricultura basada en granjas colectivas. En otras palabras, puede decirse que la doctrina marxista se ha enfrentado al fracaso como resultado de la implantación de un sistema contrario a la naturaleza humana.
La necesidad de un nuevo liderazgo
La humanidad necesita hoy un nuevo liderazgo. El liderazgo de Occidente está decayendo. La razón no es la pobreza material de la cultura occidental ni la debilidad de su poder financiero o militar. El mundo occidental se ha visto obligado a ceder el puesto de liderazgo de la humanidad porque ya no posee las cualidades fundamentales que infunden fuerza vital y que un día lo elevaron a la posición de liderazgo.
El nuevo liderazgo de los días venideros deberá, junto con conservar y desarrollar las contribuciones del talento creativo de Europa, presentar a la humanidad unos ideales y valores tan grandiosos que hasta ahora han permanecido sin descubrir. Además, el liderazgo del futuro deberá ofrecer a la humanidad un sistema de vida positivo, constructivo y práctico, plenamente compatible con la naturaleza humana.
Solo el sistema islámico puede proporcionar los valores y el sistema de vida mencionados.
El poder de la ciencia también ha llegado a su fin. El movimiento renacentista, iniciado en el siglo XVI y que había alcanzado la cumbre de su triunfo en los siglos XVIII y XIX, hoy se ha vuelto apagado y ha perdido su fuerza de renovación. Todas las doctrinas nacionalistas y ultranacionalistas surgidas en la era moderna, así como los movimientos y modos de vida construidos sobre ellas, han quedado hoy sin vida. En resumen, hay que decir que todos los sistemas de vida creados por el ser humano han terminado en el fracaso.
En este momento delicado y confuso de transición, ha llegado el momento de que el islam y la sociedad musulmana cumplan con su propia responsabilidad. El islam nunca ha impedido que la creación descubra los recursos materiales. Cuando Allah Ta‘ala envió al ser humano a la tierra con la responsabilidad del califato, declaró que cumplir el deber de guiar a la humanidad por el camino recto era un acto de adoración, sujeto a ciertas condiciones. No solo eso, también informó que este era el propósito de la creación del ser humano:
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Y cuando tu Señor dijo a los ángeles: «Voy a establecer un califa en la tierra». —Al-Baqarah: 30
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Y no he creado a los genios y a la humanidad sino para que Me adoren. —Az-Zariyat: 56
Esto es lo relacionado con el califato y la adoración. Pero, al mismo tiempo, ha llegado el momento de cumplir también la responsabilidad que Allah Ta‘ala ha impuesto a Sus siervos hacia la humanidad.
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Así os hemos establecido como una comunidad moderada, para que podáis ser testigos ante la humanidad y el Mensajero sea testigo ante vosotros. — Al-Baqara: 143
Sois la mejor comunidad surgida para el bien de la humanidad. Ordenaréis a las personas que hagan el bien, las apartaréis del mal y creeréis profundamente en Allah.
__ La familia de Imrán: 110
El papel del islam
El islam no puede desempeñar su papel si no cobra forma real en el seno de una sociedad, es decir, de una nación. En particular, la gente de la época actual no está dispuesta a aceptar una doctrina simplemente por escuchar elogios sobre ella. Puede juzgar fácilmente únicamente un sistema llevado a la práctica. Desde esta perspectiva podemos decir que, durante varios siglos, la nación musulmana ha perdido su existencia. Por esa razón, hoy no podrá mostrar un territorio donde el islam esté presente en su plenitud. Al observar a los musulmanes de hoy, resulta imposible creer que sus antepasados de un pasado no muy lejano fueran seguidores sinceros del islam. En realidad, musulmanes es el nombre de un grupo de personas cuyas costumbres, concepciones, leyes y valores fundamentales proceden todos de fuentes islámicas. Desde el momento en que el grupo musulmán, con sus características propias, desapareció de la faz de la tierra.
Para volver a establecer al islam en el puesto de liderazgo de la humanidad, la umma musulmana debe recuperar su forma original. Durante siglos y siglos, la umma musulmana ha permanecido sepultada bajo la basura de costumbres y normas creadas por los seres humanos. Hoy la umma musulmana está aplastada bajo el peso de leyes, normas y prácticas erróneas que ni siquiera tienen la más remota relación con las enseñanzas islámicas. Aun así, los musulmanes se complacen en llamar mundo islámico a sus propios territorios.
Sé que existe una enorme distancia entre estas dos tareas: reconstruirse a sí mismos y recuperar el liderazgo de la humanidad. Porque durante mucho tiempo la existencia de la umma musulmana ha desaparecido del mundo visible. Y el liderazgo de la humanidad hace mucho que ha quedado en manos de otras ideologías, concepciones no islámicas, formas de vida diferentes y naciones no musulmanas.
Durante el período en cuestión, el talento europeo logró un progreso extraordinario en los campos de la ciencia, la cultura, las leyes y la producción material; como resultado, la capacidad de la sociedad humana para crear y su técnica para fabricar medios de bienestar material se elevaron considerablemente. No es fácil señalar los defectos y deficiencias de estos extraordinarios medios inventados. Especialmente cuando el mundo islámico está completamente privado de talento creativo, resulta aún más difícil criticar a los inventores occidentales de instrumentos mecánicos.
Pero, a pesar de todos estos obstáculos y dificultades, la revolución islámica es indispensable. Sin duda, existe una enorme distancia y obstáculos innumerables entre el resurgimiento del ideal islámico y la recuperación del puesto de liderazgo mundial. Aun así, como primer paso, es necesario comenzar a trabajar sin perder tiempo para lograr el resurgimiento del ideal islámico.
Cualidades necesarias para el liderazgo mundial
Si queremos trabajar con conocimiento y perspicacia, debemos saber qué cualidades necesitamos adquirir para cumplir la responsabilidad del liderazgo mundial que Allah ha confiado a la ummah musulmana. Debemos adquirir los conocimientos necesarios para no tropezar al comenzar la labor de reforma y reconstrucción.
La ummah musulmana de hoy es incapaz de demostrar ante la humanidad capacidad para realizar descubrimientos materiales o un talento prometedor. Pretender que la sociedad humana del mundo actual reconocerá la superioridad de la ummah musulmana y le concederá el puesto de liderazgo, pese a esta incapacidad, no es más que una ilusión. En este ámbito, la mente creativa de Europa está muy adelantada, y ni siquiera podemos imaginar que, durante los próximos siglos, derrotaremos a Europa en la competencia y alcanzaremos la superioridad en el campo del progreso mecánico. Por eso debemos adquirir cualidades que son poco frecuentes en la civilización moderna.
Sin embargo, eso no significa que vayamos a descuidar en absoluto el progreso material. Al contrario, también concederemos la debida importancia a las comodidades y beneficios mundanos. Porque el progreso material no es necesario únicamente para proporcionar liderazgo a la humanidad; además, es indispensable para preservar nuestra propia existencia y la del islam. El islam ha otorgado al ser humano la dignidad de ser el califa de Allah en la Tierra y ha declarado que cumplir la responsabilidad del califato y adorar a Allah son el propósito de la creación humana. Por ello, como califas de Allah, estamos obligados a mejorar Su mundo.
Para liderar a la humanidad, además de nuestro progreso material, debemos ofrecer algo más. Se trata de una creencia fundamental (iman) sobre la vida humana y de un sistema de vida basado en esa creencia. Este sistema conservará todas las aportaciones de la ciencia y la tecnología modernas. Al mismo tiempo, será capaz de mantener el nivel de las magníficas iniciativas y recursos que el conocimiento y la ciencia modernos han creado para satisfacer las necesidades fundamentales de la humanidad y proporcionar comodidad y bienestar. Y esta creencia (iman) y este sistema de vida cobrarán una forma concreta y se manifestarán en la sociedad humana, especialmente en la sociedad musulmana.
La jahiliyyah de la era moderna
Si observamos las raíces de la forma de vida moderna, queda claro que hoy el mundo entero se agita en el torbellino de la jahiliyyah, y que, junto a todos los medios y recursos modernos para el bienestar y las comodidades y al magnífico talento inventivo, la ignorancia también resulta claramente visible. La conducta rebelde contra la soberanía de Allah es la prueba de la jahiliyyah. Como consecuencia, una de las cualidades supremas de Allah, la soberanía, ha sido transferida a los seres humanos, y algunos de ellos han ejercido dominio sobre la sociedad humana. Sin embargo, esta jahiliyyah no niega directamente a Allah como lo hacía la de las épocas antiguas y primitivas. Más bien, la rebelión se proclama en la práctica al arrogarse el derecho a determinar los criterios del bien y del mal, promulgar leyes para la vida colectiva, elaborar un sistema de vida y elegirlo. Pues ningún ser humano puede realizar estas acciones sin rechazar las instrucciones que Allah ha dado sobre estos asuntos. El resultado inevitable de esta rebelión contra la autoridad de Allah es la injusticia y la opresión contra Su creación.
En la sociedad comunista se inflige a la humanidad la máxima humillación, mientras que, debido a la codicia por el dinero y a la actitud imperialista de la sociedad capitalista, se somete a la gente común y a las naciones débiles a una explotación y opresión despiadadas. Esta es la consecuencia inevitable de declarar la rebelión contra la autoridad de Allah y negar la dignidad otorgada por Allah al ser humano.
Si se juzga desde esta perspectiva, se verá que el islam es el único sistema de vida. Pues, bajo los demás sistemas de vida, el ser humano se ve obligado, de una u otra forma, a aceptar la servidumbre de otros seres humanos. Solo el sistema de vida islámico permite liberarse por completo de la servidumbre humana, someterse únicamente a Allah conforme a Sus mandatos y prohibiciones, y servirle.
La diferencia entre el islam y la Yahiliyyah
Es precisamente aquí donde el camino del islam se separa de los demás sistemas de vida. Podemos presentar ante la sociedad humana ese sistema de vida, elaborado sobre la base de esta nueva concepción de la vida y plenamente adecuado a la vida práctica. La sociedad humana actual desconoce este mensaje fundamental del islam. No se trata de una filosofía de vida concebida por los inventores occidentales, ni por personas europeas o de Oriente y Occidente dotadas de talento.
No cabe duda de que la concepción de la vida en la que creemos es completa en todos los aspectos. Esta característica del islam sigue siendo desconocida para los habitantes del mundo. Y ellos no son capaces de presentar ningún sistema de vida mejor que este ni equivalente a él.
Ya he mencionado que, si el islam no se lleva a la práctica en una región determinada, no se puede apreciar plenamente la belleza de este sistema. Por ello, es absolutamente necesario construir una sociedad bajo este sistema y presentar un modelo ante el mundo. Para alcanzar este objetivo, es urgente restablecer la sociedad islámica en algún país musulmán. En un futuro próximo, el grupo que aspire al renacimiento de la sociedad islámica asumirá el liderazgo del mundo.
El renacimiento de la sociedad islámica
¿Cómo es posible el renacimiento de la sociedad islámica? Para ello, un grupo de vanguardia deberá fijar su destino y avanzar atravesando el océano insondable de la Yahiliyyah que abarca el mundo entero. Durante el trayecto, los soldados de este grupo deberán protegerse del contacto con la Yahiliyyah omnipresente y, al mismo tiempo, obtener ayuda de ella.
Este grupo de vanguardia debe conocer necesariamente el lugar correcto desde el cual iniciar la marcha, la orientación general del camino, sus calles y callejuelas, todos los peligros y dificultades del trayecto, así como el objetivo del largo y arduo viaje. No solo eso: debe entrar en el terreno con una comprensión completa de dónde y en qué medida la yahiliya ha extendido sus raíces por todo el mundo; cuándo y con quién será necesario cooperar y cuándo habrá que separarse de ellos; qué cualidades y características es necesario adquirir; qué características posee la yahiliya circundante; en qué lenguaje se debe hablar con quienes la sostienen y representan; qué temas y problemas deberán incluirse en el orden del día; y cómo y de dónde obtener la orientación necesaria.
La fuente de la fuerza de nuestra fe son las enseñanzas fundamentales del Sagrado Corán. Las enseñanzas y los mensajes del Corán, de los que en la edad de oro se encendieron antorchas de luz en los corazones de los abanderados del islam, serán nuestro viático. Con este viático, en el pasado, los elegidos de Allah, por mandato del propio Allah, pudieron cambiar el curso de la historia humana.
He escrito esta obra precisamente para los líderes de esta revolución y he intentado presentar en ella el necesario método práctico de acción.
Esta obra ha sido elaborada introduciendo unos pocos cambios en algunos lugares de cuatro capítulos de otro libro mío, titulado «A la sombra del Corán», con el fin de adaptarlos al tema tratado.
Escribí su introducción y los demás capítulos en distintas ocasiones, y aquí he procurado exponer las verdades profundas que comprendí al reflexionar e investigar sobre la concepción de la vida presentada por el Sagrado Corán. A primera vista, este conjunto de pensamientos míos puede parecer desordenado y carente de conexión mutua. Sin embargo, hay una verdad: mis pensamientos son el viático del camino que se ha de recorrer y un indicador del camino que debe abandonarse. Estos escritos míos no son más que la primera entrega de una obra consecutiva. En el futuro, con la ayuda de Allah Todopoderoso, deseo escribir algo más sobre este tema.
Y la misericordia de Allah Todopoderoso es el principal apoyo para esta labor.
El autor
Capítulo primero
El grupo portador del mensaje del Sagrado Corán
En todas las épocas y en todos los países, quienes difundan el mensaje del Islam deben conocer necesariamente el método para presentar la da‘wah a la sociedad humana y recibir formación al respecto. En cierta ocasión, el Corán formó un grupo de personas. Eran los honorables Compañeros del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). No tienen igual en la historia del Islam ni en la historia de toda la humanidad. Después de aquella edad de oro del Islam, ningún grupo de personas tan completo en virtudes como ellos ha nacido en el mundo. Es cierto, desde luego, que en distintas épocas y lugares de la Tierra nacieron dos o cuatro sabios de ese tipo; pero en ninguna época de la historia se ha visto un grupo organizado de personas dotadas de las elevadas cualidades mencionadas, como en la edad de oro.
Esta es una verdad histórica innegable. Por ello, debemos reflexionar profundamente sobre este asunto para descubrir su misterio.
¿Por qué no se encuentran personas semejantes a los honorables Compañeros (que Allah esté complacido con ellos)?
El mensaje del Sagrado Corán aún se encuentra intacto entre nosotros. Además, los hadices del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), sus instrucciones acerca de su vida práctica y toda su biografía se conservan entre nosotros. Tal como estaban ante la umma musulmana de la edad de oro el mensaje del Corán y las enseñanzas del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), así están también ante nosotros. Lo único que no está presente entre nosotros es la persona física del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). ¿Es por esto que no existe una sociedad islámica plenamente establecida en ningún país del mundo?
Si la presencia física del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fuera indispensable para aplicar y extender la ley de Allah, Allah Altísimo nunca habría revelado el sistema de vida islámico como la única religión para toda la humanidad, ni lo habría declarado el mensaje final revelado para los habitantes del mundo y una religión válida para todos los tiempos y épocas.
Allah Altísimo asumió personalmente la responsabilidad de preservar el Sagrado Corán. Pues sabía que, incluso después del fallecimiento del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el sistema de vida islámico podría aplicarse y procurar el bienestar de la humanidad. Por ello, después de veintitrés años de vida profética, Allah Altísimo llamó a Su amado Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a Su presencia y declaró que el Islam permanecería vigente hasta el último instante de la existencia del mundo. La ausencia física del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no constituye ningún obstáculo para aplicar la ley islámica.
Primera causa: Al buscar la verdadera causa, lo primero que se verá es que el agua de la clara corriente de manantial con la que los musulmanes de la edad de oro saciaban su sed se ha mezclado con otras sustancias. También debemos investigar qué formación recibieron los musulmanes de aquella época. Tal vez el método de formación también se haya mezclado con impurezas.
El manantial del que los nobles Compañeros bebieron hasta saciarse del agua de la vida es el Sagrado Corán. Lo repito: únicamente el Corán. Porque los hadices y las demás instrucciones del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no son más que corrientes que brotan de ese mismo manantial. Cuando se preguntó a la Madre de los Creyentes, la honorable Aisha (que Allah esté complacido con ella), acerca del carácter del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), respondió claramente: «Su carácter era el Sagrado Corán».
Los nobles Compañeros (que Allah esté complacido con ellos) saciaron su sed en el Sagrado Corán y moldearon sus vidas exclusivamente según el modelo del Corán. Que el Corán fuera su única guía no se debió a que en aquella época no existieran civilización, cultura, ciencia, literatura o escuelas. En realidad, la civilización, la cultura y la literatura romanas de aquel tiempo, así como el derecho romano, siguen siendo considerados hasta hoy la base de la civilización europea. La civilización griega también ejercía influencia en aquella época. La lógica, la filosofía, las artes y la ciencia griegas todavía son consideradas fuentes del pensamiento occidental. La civilización persa —sus artes, ciencias, poesía, leyendas, religión y sistema político— era poderosa. En las regiones cercanas y lejanas también existían otras civilizaciones. A modo de ejemplo, pueden mencionarse las civilizaciones india y china. Al norte y al sur de la península arábiga estaban establecidas las civilizaciones romana y persa. Además, los judíos y los cristianos vivían en el centro de la península arábiga. Por tanto, los musulmanes de aquella época no aceptaron el Libro de Allah como la única guía de sus vidas por ignorancia derivada de la falta de civilización y cultura; llegaron a esa conclusión solamente después de una profunda reflexión. Como ejemplo, puede mencionarse el hecho de que el honorable Umar (que Allah esté complacido con él) se presentó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llevando algunos pasajes del Libro de la Torá. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), disgustado, le dijo al honorable Umar (que Allah esté complacido con él): «¡Por Allah! Si hoy Moisés (la paz sea con él) estuviera vivo, también estaría obligado a obedecerme».
De este acontecimiento se comprende claramente que, en la etapa inicial de la formación de sus primeros seguidores, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) les había indicado que adquirieran conocimiento únicamente de la palabra de Allah. Y el conjunto de esa palabra es el Sagrado Corán. Él había decidido que sus compañeros dedicarían sus vidas exclusivamente al Libro de Allah y que las moldearían únicamente de acuerdo con las enseñanzas de este Libro. Por eso, en cuanto vio al honorable Umar (que Allah esté complacido con él) prestar atención a otro libro, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) manifestó su desagrado.
En realidad, el Mensajero de Allah quería formar un grupo de personas cuya mente, corazón y entendimiento estuvieran completamente libres de la corrupción y de toda clase de impureza. El propio Allah Todopoderoso, Legislador del Sagrado Corán, les enseñó el método para formarles.
Las personas mencionadas bebieron hasta saciarse del manantial de serenidad del Corán y alcanzaron una posición como poseedoras de cualidades incomparables. Posteriormente, algunas sustancias adulterantes procedentes de otras fuentes se mezclaron con la corriente sagrada del Corán. Las fuentes de las que las generaciones posteriores recopilaron materiales fueron la filosofía y la lógica griegas, las antiguas leyendas y corrientes de pensamiento persas, los libros y las costumbres de los judíos, el sacerdocio de los cristianos y, junto con todo ello, algunos elementos dispersos de otras religiones y civilizaciones. Los exegetas del Corán incluyeron estos asuntos en sus discusiones eruditas y, como consecuencia, quedaron entrelazados con los principios fundamentales ofrecidos por el Sagrado Corán. Las generaciones posteriores adquirieron conocimiento precisamente de estas fuentes adulteradas. Por ello, nunca pudieron poseer las cualidades y el carácter del grupo formado en la primera etapa.
Podemos decir sin vacilación que la razón de la diferencia entre los musulmanes de la edad de oro y los musulmanes de épocas posteriores es que la doctrina formada al mezclar el ideal islámico puro con otros ideales perdió sus características islámicas.
Segundo motivo: También cabe señalar otra razón al respecto. El método de aprendizaje de los musulmanes de la edad de oro era igualmente excelente. No estudiaban el Corán con el propósito de satisfacer su sed de cultura, información o conocimiento. Ninguna persona de aquella época estudiaba el Corán para llenar su almacén de conocimientos, encontrar la solución a un problema científico o jurídico, ni compensar alguna carencia intelectual. Más bien, dirigían su atención al Sagrado Corán para conocer las disposiciones que Allah, el Todopoderoso, había revelado para ellos y para toda la comunidad. Del mismo modo que un soldado entregado al combate en el campo de batalla se apresura a cumplir las instrucciones militares diarias, los creyentes de aquella época cumplían las instrucciones del Corán. No estudiaban de una sola vez una gran parte del Corán, pues comprendían muy bien que era difícil soportar la carga de un gran número de disposiciones. Como máximo, cada uno de ellos leía y memorizaba diez versículos de una vez y actuaba conforme al significado de esos versículos. Podemos conocer estos hechos por un hadiz narrado por Abdullah ibn Masud (que Allah esté complacido con él).
«Cumplir las disposiciones es el propósito de revelar los ahkam». Esta comprensión abrió para las personas de aquella época las puertas del desarrollo espiritual y de la expansión del conocimiento; si hubieran estudiado el Corán únicamente con el propósito de debatir, adquirir conocimientos y recopilar información, esas puertas nunca se les habrían abierto. Además, precisamente gracias a esta comprensión, les resultó fácil cumplir las disposiciones del Corán y se aligeró la carga de la responsabilidad. Manifestaron el Corán de tal manera en sus hábitos cotidianos y en su conducta que cada uno de ellos se convirtió en una imagen viva de la fe. Esta fe no estaba escondida en ningún libro ni en la mente, sino que cobró forma a través de un movimiento revolucionario que avanzaba con un programa de transformación profunda de la vida humana.
En verdad, el Corán nunca abre el tesoro de su conocimiento a quienes, aun conociendo sus mandatos y prohibiciones, no desean vivir conforme a ellos. El Corán no es simplemente una exposición erudita, una obra literaria, una recopilación de relatos ni un libro de historia, aunque todos estos temas se abordan en él. El Corán ha traído un código de vida. La esencia de este código de vida es la sumisión a Alá. Por ello, Alá, el Altísimo, no hizo descender todo el Corán de una sola vez, sino que lo hizo descender gradualmente, en pequeñas porciones y a intervalos:———————————————–
Hemos hecho descender el Corán poco a poco, para que tú, oh Profeta, pudieras recitárselo a la gente a intervalos; y así hemos hecho descender la revelación gradualmente.— Bani Israil: 106
El Corán entero no fue hecho descender de una sola vez; más bien, sus distintas partes fueron reveladas gradualmente para resolver los nuevos problemas de la sociedad islámica en expansión, con el fin de mantenerlas en armonía con el progreso gradual de la vida social, conforme al curso y desarrollo de las actitudes y los pensamientos de las personas, y para responder a las preguntas a las que la sociedad musulmana se enfrentaba en la vida real. Uno o varios versículos eran revelados en relación con circunstancias y acontecimientos concretos. Esos versículos respondían a las preguntas que surgían en la mente de la gente sobre el asunto correspondiente, presentaban el carácter específico del acontecimiento y explicaban todo lo que debía hacerse en aquellas circunstancias particulares. Estos versículos eliminaban los errores del conocimiento, el entendimiento y las acciones de las personas, las acercaban a Alá y explicaban los atributos de Alá, el Altísimo, así como la naturaleza de Su creación. Por eso comprendieron claramente que cada instante de sus vidas estaba bajo la dirección y el control del Creador Todopoderoso, y que pasaban sus días bajo la sombra de la misericordia de Alá, el Altísimo. Precisamente debido a que comprendían esta profunda relación de la vida con Alá, se esforzaban constantemente por modelar sus vidas conforme al código de vida que Alá les había dado.
De este modo, los musulmanes de la época dorada se habían acostumbrado a llevar a la práctica todas las directrices relativas a la vida. Los musulmanes de épocas posteriores convirtieron el código de vida en objeto de discusiones eruditas y de disfrute. Y puede afirmarse sin duda que esta es una de las causas del cambio observado entre los musulmanes de épocas posteriores.
Tercera razón:En la historia de los musulmanes también se encuentra una tercera razón, que debemos conocer. En la época del Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones sean con él), quien abrazaba la fe rompía toda relación con la yahiliya. Después de refugiarse bajo la sombra de paz del islam, comenzaba una nueva vida. Los nuevos musulmanes se separaban por completo de su anterior modo de vida, sumido en la ignorancia de las disposiciones de Alá, y se incorporaban a una nueva sociedad. Arrepentido por haber vivido de manera equivocada durante la época de la ignorancia, vivía siempre con temor y creía plenamente que, después de entrar en el islam, era impropio mantener cualquier relación con el antiguo sistema. Si alguna vez, debido a la debilidad humana, el antiguo modo de vida llegaba a influir en él, o si, atraído por los viejos hábitos, caía en algún error o desviación en el cumplimiento de las instrucciones del islam, se agitaba lleno de pesar y arrepentimiento y se apresuraba de inmediato hacia el Corán para corregirse.
Así, después de aceptar el islam, la vida de los musulmanes transcurría por un cauce completamente distinto del antiguo modo de vida de la yahiliya. Puesto que quien aceptaba el islam daba el paso después de haber reflexionado bien de antemano, cumplía plenamente sus mandatos y prohibiciones y rompía toda relación con la yahiliya. Naturalmente, rechazaban la yahiliya mientras mantenían las transacciones materiales con los politeístas. Esto se debía a que las transacciones materiales y el compromiso con una ideología son dos asuntos completamente distintos.
La base del rechazo del entorno, las costumbres, los usos y las ideas de la yahiliya era adoptar, en lugar de las concepciones erróneas de carácter politeísta sobre Alá y el mundo, una concepción de la vida basada en el tawhid; incorporarse al grupo de los musulmanes, aceptar el liderazgo de esta nueva sociedad y mostrar plena obediencia.
Aceptar el islam significaba precisamente vivir por un camino nuevo: una vida renovada, libre de la influencia de todos los valores y concepciones de la yahiliya. Aparte de la persecución del bando adversario, los musulmanes no afrontaron ninguna otra dificultad. Sin embargo, antes de dar un paso por el camino del islam, habían decidido en lo más profundo de su corazón mantenerse firmes ante toda tortura inhumana. Por eso, las crueles torturas de los opresores no pudieron provocar la menor perturbación en la inquebrantable paciencia de los musulmanes.
Lo que debemos hacer
Actualmente también nosotros hemos quedado confinados, al igual que la gente de aquella época, dentro del cerco de la jahiliya, y la jahiliya actual es aún más peligrosa que la de aquella época. Todo nuestro entorno, las creencias y la aqida de la gente, sus hábitos, carácter y costumbres: todo es jahiliya. Incluso aquellos asuntos que conocemos como cultura islámica, fuentes islámicas, filosofía islámica y pensamiento islámico son también producto de la jahiliya.
Por eso los verdaderos valores islámicos no encuentran lugar en nuestros corazones. Por eso nuestros corazones nunca se iluminan con la luz de las concepciones y creencias islámicas. Y por eso no surgen entre nosotros personas dotadas de cualidades semejantes a las de los pioneros que nacieron durante la época dorada del islam.
Por ello, al comienzo del movimiento islámico y en la etapa inicial de nuestra formación, debemos separarnos por completo del entorno actual, sometido a la influencia de la jahiliya. Debemos adquirir el conocimiento de aquella fuente pura de la que los nobles compañeros del Profeta encontraron orientación. Y debemos mantener esa fuente cuidadosamente libre de toda adulteración y mezcla. De ella debemos obtener conocimiento sobre el curso del universo, y sobre la relación entre el universo y la naturaleza humana, por un lado, y Allah Ta‘ala, la verdadera y suprema entidad de la naturaleza humana, por otro. De esas mismas fuentes debemos establecer los conceptos fundamentales relativos a la administración del Estado, la política, la economía y los demás ámbitos de la vida.
No volveremos a las fuentes fundamentales del islam simplemente para mantener discusiones eruditas y disfrutar. Por el contrario, seguiremos este camino con el propósito de obedecer a Allah y cumplir las normas islámicas. Nos formaremos exactamente como el islam nos pide que sean las personas. Al mismo tiempo, continuaremos estudiando la calidad literaria del Corán, su incomparable estilo descriptivo, la representación del Día del Juicio, la lógica y otros recursos semejantes. Sin duda nos beneficiaremos de estos temas, pero no son el objetivo principal del estudio del Corán. Queremos saber por el Corán qué clase de modo de vida nos presenta; qué visión del universo nos enseña; cómo presenta a Allah Ta‘ala; qué clase de normas morales y conducta nos enseña; y qué clase de leyes y sistema de gobierno ordena establecer para la sociedad humana del mundo.
Al mismo tiempo, debemos liberarnos por completo de las garras de la sociología, las concepciones, las costumbres y el liderazgo jahilíes. No podemos transigir con el sistema social de la jahiliya. No nos es posible aceptar ese sistema y vivir bajo su dominio. No es posible establecer relaciones amistosas con esa sociedad, porque su sistema es erróneo. Por ello, primero debemos transformar nuestra propia vida y después transformar esa sociedad.
Nuestro objetivo principal será transformar todas las costumbres y normas de la sociedad jahilí. Este cambio debe producirse desde la raíz misma de la sociedad. Porque los cimientos de la sociedad jahilí están establecidos sobre una doctrina errónea; por eso es contraria al islam, y este sistema, únicamente mediante la fuerza brutal y la opresión, nos mantiene alejados de todos los beneficios del sistema de vida elegido por Allah.
En primer lugar, debemos liberarnos de la servidumbre del sistema de vida construido sobre los valores y las concepciones jahilíes. No cambiaremos en absoluto nuestros valores con el propósito de transigir con la sociedad errónea establecida. El camino de nuestro sistema social y el de la sociedad falsa actualmente vigente son completamente diferentes. Si seguimos el camino de la jahiliya, nunca podremos llegar a nuestro destino.
Somos conscientes de que, tan pronto como emprendamos este camino, muchas dificultades y obstáculos se interpondrán en nuestro avance, y tendremos que aceptar numerosos sacrificios y renuncias. Sin embargo, si queremos seguir las huellas de aquellos grandes hombres oprimidos de la época dorada, por medio de quienes Allah estableció Su religión en el mundo y aplastó la yahiliya, no podemos retroceder ante estas dificultades y obstáculos.
Necesitamos tener un conocimiento claro del camino que seguiremos en el futuro. Debemos emprender nuestro viaje después de conocer bien por qué camino partiremos, qué situaciones tendremos que afrontar durante el trayecto, qué callejuelas tendremos que atravesar antes de llegar desde la profunda oscuridad de la ignorancia a la luminosa avenida principal del islam y cómo los grandes compañeros del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) alcanzaron el éxito.
Segundo capítulo
La enseñanza fundamental del sacrificio en la época mecana
La parte del Sagrado Corán que fue revelada en La Meca durante trece años hizo hincapié únicamente en un tema. Sin cambiar su mensaje esencial, el Corán lo presentó en formas nuevas y variadas, con su propio estilo narrativo. Por ello, cada vez parecía que el tema se trataba por primera vez. Ese tema era la primera y principal cuestión fundamental del nuevo sistema de vida. Y esa cuestión era la creencia acerca del Creador, la humanidad y la relación entre ambos.
La cuestión fue planteada ante toda la humanidad. Ya fueran árabes o habitantes de cualquier otra región, ya pertenecieran a aquella época o a cualquier época posterior, la cuestión era la misma para todos los seres humanos y la respuesta también era idéntica.
Las preguntas fundamentales de la mente humana nunca cambian. La posición del ser humano dentro de la creación, el destino de la vida humana, su dignidad en el universo creado y su relación con el mundo, así como la naturaleza de la relación entre el ser humano y su Creador, son cuestiones idénticas para las personas de todas las épocas y regiones. No es posible cambiar estas cuestiones fundamentales, porque están estrechamente ligadas a la existencia humana.
Durante la época mecana de la revelación del Corán se explicaron los misterios ocultos del ser humano y del mundo que lo rodea. De dónde vino el ser humano, cuál es su identidad, con qué propósito llegó a este mundo, cuál es su destino, quién le dio existencia a partir de la nada y cuál será su desenlace: estos fueron los temas tratados en la primera etapa de la revelación coránica. Hay muchas cosas de la creación que el ser humano puede ver y tocar. También hay muchas cuya existencia puede percibirse, pero que no pueden verse ni tocarse. En esta etapa, el Corán proporcionó al ser humano conocimiento de ambos tipos de seres y objetos creados. Asimismo, en la etapa mecana se trató quién creó este grandioso universo y quién determinó la forma y la naturaleza de todas las cosas creadas. Del mismo modo, el Corán mostró al ser humano cómo establecer una relación recíproca entre el Creador, el mundo material y el ser humano. Esta es la cuestión crucial de la que depende la existencia humana y de la que seguirá dependiendo hasta la desaparición del mundo creado.
Por eso, durante los trece años del período mequí, la respuesta a esta importante y fundamental cuestión fue explicada desde diversos ángulos. Pues las demás cuestiones relacionadas con la vida humana surgían precisamente de este problema fundamental.
En la etapa mequí, el Corán estableció como tema principal la cuestión de la aqida fundamental, y en aquella época no se dijo nada sobre ninguna otra cuestión derivada de ella. El Omnisciente Allah había decidido que no se presentarían otras normas a un grupo de personas hasta que la fe estuviera plenamente y firmemente arraigada en sus corazones. Porque era indispensable que, ante todo, una fe firme se estableciera en el corazón de quienes posteriormente establecerían Su din en el mundo.
Quienes transmiten el mensaje del din de Allah y desean poner en práctica el sistema de vida presentado por este din deben recordar especialmente que, durante trece años, el Sagrado Corán se limitó a presentar la invitación a la fe y dejó para más adelante la transmisión de las leyes detalladas y las normas y prohibiciones del sistema de vida basado en dicha fe.
Comienzo de la labor de la da‘wah
Fue dispuesto desde el infinito depósito del conocimiento de Allah que el contenido de la da‘wah inicial del Mensajero de Allah (saw) se limitara a la fe y la aqida. El primer mensaje que el Mensajero de Allah (saw) presentó a la gente fue dar testimonio de que no existe ningún otro señor ni ma‘bud aparte de Allah. Al mismo tiempo, se dedicó a dar a conocer a la gente a su verdadero Ma‘bud y a explicar la razón por la que debían rendir culto únicamente a Él.
A partir del limitado conocimiento humano, puede inferirse que, en la etapa inicial, el reducido conjunto de palabras de la da‘wah no logró conquistar el corazón de los árabes. En realidad, los árabes comprendían muy bien su lengua materna, por lo que no tuvieron ninguna dificultad para entender el significado de las palabras ilah y «la ilaha illallah». Sabían que la palabra uluhiyyah significaba poder soberano, y también comprendían que, como consecuencia de atribuir la soberanía únicamente a Allah, toda autoridad sería arrebatada a los sacerdotes, jefes tribales y gobernantes ricos, para ser entregada a Allah. La consecuencia práctica sería que, en los pensamientos de las personas, en los ritos religiosos, en la distribución de la riqueza, en la administración de justicia y en los demás ámbitos de la vida nacional —en resumen, en el alma y el cuerpo humanos—, declarar el establecimiento de la autoridad exclusiva de Allah constituía un desafío directo a toda autoridad establecida en la sociedad. Equivalía a una rebelión contra toda la política y el sistema social vigentes en aquella época, y a una declaración de guerra contra la legislación y la autoridad gobernante de todas las fuerzas distintas de Allah. Los habitantes de Arabia no ignoraban el significado de la declaración «la ilaha illallah», pronunciada en su lengua materna, ni sus repercusiones sobre su modo de vida habitual. Por eso se enfurecieron ante este mensaje revolucionario y levantaron una intensa resistencia contra dicha declaración. Esto es algo que todos conocen.
¿Por qué comenzó así la da‘wah del din? ¿Y por qué decidió Allah someter este mensaje de Su din a prueba ya en la etapa inicial?
El nacionalismo y la da‘wah del din
Cuando el Mensajero de Allah (s. a. s.) comenzó a transmitir el mensaje de Allah, las tierras y riquezas de los árabes no estaban en sus propias manos, sino bajo el control de otros. En el norte, Siria estaba en poder de los romanos. Del mismo modo, en el sur, Yemen formaba parte del Imperio persa. Los árabes locales, reconociendo la autoridad del reino persa, gobernaban aquella región. Únicamente en las zonas del Hiyaz, Tihama y Nayd estaba establecido el dominio de los árabes, pero aquellas regiones no eran más que desiertos. Salvo algunos oasis, toda la zona era una extensión arenosa y sin agua.
También es universalmente conocido que sus parientes cercanos y vecinos habían otorgado a Hazrat Muhammad (s. a. s.) los títulos de Al-Amín y As-Sadiq (el digno de confianza y el veraz). Quince años antes de que recibiera la profecía, los jefes de la tribu de Quraysh lo eligieron como árbitro en la disputa sobre la reinstalación de la Piedra Negra de la Kaaba, y quedaron sumamente satisfechos con su decisión. Pertenecía a la tribu de Banu Hashim, y Banu Hashim era célebre como la tribu más noble entre los qurayshíes. Por tanto, puede afirmarse sin dificultad que Hazrat Muhammad (s. a. s.) podría haber unido fácilmente a los habitantes de aquella sociedad enarbolando la bandera del nacionalismo árabe. Los qurayshíes habrían respondido con facilidad al llamado a la unidad árabe, pues la interminable sucesión de guerras tribales y derramamiento de sangre los había exasperado. Podría haber reunido a los árabes, divididos en innumerables fragmentos, mediante un llamado a la unidad basada en la lengua, haber liberado las tierras árabes ocupadas por los imperios romano y persa, y establecer un Estado árabe unido no habría supuesto para él la menor dificultad.
En lugar de invitar a la religión durante trece años mientras soportaba una persecución inhumana y afrontaba una intensa oposición, el Mensajero de Allah (s. a. s.) podría haber obtenido fácilmente el apoyo del pueblo mediante un llamado al nacionalismo, y su liderazgo sobre todos los árabes habría sido reconocido.
También podría decirse que, después de unir y consolidar de ese modo toda la tierra árabe bajo su liderazgo y autoridad, habría podido preparar al pueblo para creer en la unicidad de Allah Todopoderoso; y, una vez que hubieran aceptado su propia autoridad, ellos se habrían visto fácilmente obligados a aceptar también, conforme a sus consejos y enseñanzas, a Allah Todopoderoso, su Señor.
Pero Allah Todopoderoso, fuente de todo conocimiento y conocedor de todos los asuntos, no permitió que Su Profeta siguiera ese camino. Por el contrario, le ordenó declarar públicamente el rechazo de la autoridad de todos salvo Allah, y ordenó al propio Mensajero de Allah y a sus pocos compañeros afrontar con paciencia una intensa oposición.
La pregunta es: ¿por qué todo esto? El Mensajero de Allah (s. a. s.) y sus queridos compañeros no fueron convertidos en víctimas de la persecución sin motivo. Él sabía que el objetivo no podía alcanzarse por ningún otro medio. El propósito de este movimiento no era liberar la tierra árabe de la opresión romana y persa para instaurar allí una opresión árabe. Toda opresión, ya sea nacional o extranjera, es una y la misma. La tierra pertenece a Allah y debe mantenerse pura y santa para la autoridad de Allah; el mundo no puede purificarse sin el mensaje de la profesión de fe «la ilaha illallah». El ser humano es esclavo únicamente de Allah, y solo bajo la influencia de la profesión de fe «la ilaha illallah» puede vivir como un siervo obediente de Allah. El árabe era su lengua materna. Por eso comprendieron claramente que este mensaje significaba: «No existe poder soberano aparte de Allah; nadie más tiene derecho a legislar, y ningún ser humano puede ejercer autoridad o dominio sobre otro». Pues el único dueño de toda autoridad es Allah Todopoderoso. El islam declaró que la base de la unidad humana sería la fe. Y según el criterio de la fe, árabes, romanos y persas son todos iguales. Por eso la invitación a la religión comenzó basándose en el mensaje de la profesión de fe.
La revolución económica y el mensaje de la religión
En el momento en que el Mensajero de Allah (s. a. s.) recibió la profecía, no existía en Arabia ningún medio para distribuir equitativamente la riqueza. Por eso tampoco había justicia en aquel país. Un reducido número de personas monopolizaba todas las riquezas y el comercio, y las incrementaba mediante negocios usurarios. Una gran mayoría de los habitantes del país era pobre y estaba hambrienta.
Solo se consideraba nobles y superiores a las personas ricas, y la gente común no solo estaba privada de riqueza, sino que además su dignidad humana ni siquiera era reconocida en aquella sociedad.
También puede decirse que el Profeta Muhammad (s.a.s.) podría haber dirigido un movimiento de revolución social declarando la guerra contra los ricos y nobles de la sociedad, confiscando las riquezas de los ricos y distribuyéndolas entre los pobres.
Todos admitirán también que, si el Mensajero de Allah (s.a.s.) hubiera iniciado un movimiento de esa naturaleza, la sociedad árabe se habría dividido en dos y un gran número de pobres habría participado en él. Esto se debía a que estaban afligidos por la opresión de un reducido grupo de personas ricas, nobles y poderosas. En cambio, como consecuencia de la proclamación del mensaje del tawhid, el Mensajero de Allah (s.a.s.) tuvo que enfrentarse a obstáculos y adversidades a cada paso; por ello, salvo un número muy reducido de personas de corazón noble, nadie respondió a este llamamiento.
También hay que reconocer que, después de convencer a la mayoría de la sociedad, Muhammad (s.a.s.), como su líder, podría haberse apoderado de las enormes riquezas de los pocos ricos y, haciendo uso de su influencia y autoridad, podría haber hecho que los miembros de la sociedad creyeran también en el tawhid con el propósito de cumplir la misión de la profecía. Después de aceptar la autoridad del Mensajero de Allah (s.a.s.), no habrían planteado ninguna objeción a reconocer la unicidad de Allah Ta’ala conforme a sus órdenes y consejos.
Sin embargo, Allah Ta’ala, Omnisciente y poseedor de un conocimiento infalible, no guio a Su amado Profeta por ese camino tampoco.
Allah Ta’ala sabe mejor que este no es el camino correcto. Él sabe que la verdadera justicia social solo puede alcanzarse mediante la plena sumisión a Allah. Toda la sociedad debe prepararse para aceptar el justo sistema de distribución establecido por Allah. Todos los miembros de la sociedad, grandes y pequeños, donantes y receptores, deben creer sin duda alguna que, al obedecer la ley de Allah, no solo obtendrán bienestar, sino que además serán recompensados en la otra vida. Nunca es deseable que algunos miembros de la sociedad se vuelvan locos por la codicia de las riquezas y que las grandes masas, agitadas, se vean obligadas a vivir de ese modo. En una sociedad establecida negando la autoridad de Allah, cada asunto se decide mediante las armas. En una sociedad donde el miedo y el terror son acontecimientos cotidianos, la mayoría de la población, con el corazón roto y privada de entusiasmo y ánimo, se ve obligada a vivir como si estuviera muerta.
Inicio del movimiento mediante una organización moral
En la época en que el Mensajero de Allah (s.a.s.) comenzó su labor de predicación, Arabia había llegado al nivel más bajo desde el punto de vista moral. Aparte de algunas costumbres tribales de la época preislámica, aquella sociedad no poseía ninguna otra norma moral.
La opresión y la persecución eran hechos cotidianos en aquella sociedad. El famoso poeta Zuhayr ibn Abi Sulma relató:
«Quien no se defienda armado, tendrá inevitablemente la muerte como destino.»
«Y quien no oprima será ciertamente oprimido.»
Otro proverbio de la época de la ignorancia decía lo siguiente:
«Ayuda a tu hermano en todas las circunstancias, sea opresor u oprimido.»
El consumo de alcohol y el juego formaban parte de las costumbres sociales, y la gente se enorgullecía de estos hábitos. Toda la poesía de aquella época giraba en torno al alcohol y al juego.
En todos los ámbitos de aquella sociedad estaban extendidas diversas formas de adulterio, y quienes estaban sumidos en la ignorancia, tanto antigua como contemporánea, se enorgullecían de ello conforme a sus costumbres. Aisha (que Allah esté complacido con ella) describió la sociedad de aquella época con las siguientes palabras:
«En la época de la ignorancia había cuatro tipos de matrimonio. Uno de ellos era igual al matrimonio vigente hoy. Es decir, el hombre que deseaba casarse presentaba una propuesta de matrimonio al padre de la mujer o a su tutor y le ofrecía algunos regalos con motivo de ello. Otro método consistía en que un hombre le decía a su esposa que concibiera un hijo manteniendo relaciones sexuales, durante el período comprendido entre dos menstruaciones, con un hombre determinado que no fuera su marido. Durante ese tiempo, el esposo se abstenía de tocar a su esposa y no mantenía ninguna relación sexual con ella antes de que aparecieran signos de embarazo. Después de que aparecieran dichos signos, el esposo mantenía relaciones sexuales con ella según su voluntad. El propósito de adoptar este método era obtener descendencia de un linaje noble. El tercer método era la poliandria, es decir, un grupo de no más de diez hombres mantenía relaciones sexuales con una sola mujer. Algunos días después de quedar embarazada y dar a luz, la mujer convocaba y reunía a los hombres que habían mantenido relaciones con ella. Nadie tenía derecho a rechazar aquella convocatoria. Cuando todos se habían reunido, la mujer decía: “Ya conocéis el resultado. He dado a luz un hijo”. Luego señalaba a uno de los presentes y declaraba: “Este hombre es el padre de este niño”. Entonces el niño recibía el nombre del hombre señalado y se consideraba que pertenecía a ese hombre. Este no tenía derecho a negarse a asumir la responsabilidad del niño.»
El cuarto método era el siguiente: «Muchos hombres acudían a la misma mujer, y ella aceptaba a todos. En realidad, eran prostitutas. En la puerta de sus casas había una bandera de un tipo especial. Cualquier hombre podía mantener relaciones sexuales con ellas si lo deseaba. Cuando una mujer de esa clase quedaba embarazada y daba a luz, se reunía mucha gente y, por medio de un experto, se determinaba la paternidad del niño por sus rasgos y apariencia. Aquel a quien los reunidos declaraban padre del niño estaba obligado a hacerse cargo de él. No había manera de eludir esta responsabilidad». (Bujari, capítulo del matrimonio)
El Profeta Muhammad (la paz sea con él) también podría haber iniciado un movimiento de reforma moral, con un programa para elevar el carácter, purificar la sociedad y purificarse interiormente. Como cualquier reformador social, no le habría sido imposible obtener la cooperación de algunos individuos valientes y activos de aquella sociedad que desearan reformarla.
Puede decirse fácilmente que, si el Mensajero de Al-lah (la paz sea con él) hubiera iniciado un movimiento de esa naturaleza, habría podido reunir a cierto número de personas. Debido a su elevado nivel moral, estas personas habrían aceptado fácilmente el mensaje del tawhid y se habrían preparado para asumir las responsabilidades posteriores; y, trabajando de ese modo, el mensaje de la kalima «La ilaha illa Al-lah» no habría encontrado una oposición tan intensa.
Pero Al-lah, el Omnisciente, sabía muy bien que ese no era el camino correcto. Sabía que la moralidad solo se construye sobre la base de la fe. La fe señala la existencia de una autoridad superior, que constituye la fuente de los criterios del bien y del mal. Esa autoridad determina la recompensa por aceptar estos valores y el castigo por rechazarlos. Si no se conoce esa autoridad, todos los valores y criterios morales resultan temporales: no queda ni el sentimiento de rendir cuentas ante ninguna autoridad ni la esperanza de recibir una recompensa por las buenas obras.
La revolución total
Cuando, después de un duro esfuerzo, la fe se consolidó y la plena obediencia al Señor en quien habían creído se manifestó mediante sus actos; cuando las personas reconocieron a su verdadero Creador —su Señor y Sustentador— y comenzaron a alabar y glorificar únicamente a Él; cuando se liberaron en todos los asuntos de la influencia de los deseos y pasiones de otros, e incluso de los propios; y cuando la kalima «La ilaha illa Al-lah» quedó grabada en sus corazones, entonces Al-lah les concedió ayuda en todos sus asuntos. La tierra de Al-lah quedó liberada del dominio de Roma y Persia, pero esta liberación no tenía por objeto establecer el dominio de los árabes en lugar del dominio de los no árabes, sino establecer la soberanía de Al-lah. La eliminación de todas las fuerzas rebeldes contra Al-lah —romanas, persas, árabes y demás— era el objetivo de esta revolución.
Con el establecimiento del sistema social islámico, cesaron todas las formas de opresión y persecución. Se estableció una justicia completamente imparcial, sopesada según los criterios establecidos por Al-lah. En nombre de Al-lah se alzó el estandarte de la justicia. Ese estandarte es conocido como el islam. En él no estaba escrito nada salvo «La ilaha illa Al-lah».
El carácter mejoró, y el corazón y la mente se purificaron; como resultado, salvo en unos pocos casos, en ningún lugar surgió la necesidad de aplicar las penas máximas establecidas por Al-lah. Esto se debió a que, en aquella época, la conciencia de las personas se volvió espontáneamente inclinada a obedecer la ley. En lugar de la policía y los tribunales, arraigaron en el corazón de las personas el deseo de obtener la complacencia de Al-lah, la esperanza de recibir una recompensa de Él y el temor de incurrir en Su ira.
La humanidad se elevó a un horizonte sublime en cuanto a los estándares morales de una sociedad libre de corrupción y a los demás valores de la vida.
Nunca antes la humanidad había alcanzado un nivel de vida tan elevado, y posteriormente no fue posible alcanzar ese nivel por ningún otro medio que no fuera el islam.
¿Cómo llegó la revolución?
Esto fue posible porque quienes establecieron el islam como un sistema de vida, un sistema estatal y un conjunto de leyes y normas, primero lo arraigaron en sus propios corazones mediante la fe, el carácter, la adoración y las normas de conducta para mantener las relaciones mutuas. A quienes lucharon para establecer este sistema no se les prometió ninguna ventaja mundana, como la victoria en la guerra, el poder estatal o el establecimiento de la religión por sus propias manos. Solo se les garantizó una recompensa. Y esa recompensa era el Paraíso. «No hay ningún señor aparte de Alá
»; frente a la intensa oposición de los estandartes de la jahiliyyah, defensores de intereses creados y enfurecidos contra este mensaje, los creyentes continuaron luchando con firmeza y paciencia ilimitada, y a cambio solo se les prometió aquella única recompensa.
Alá los dejó a prueba. Ellos demostraron su firmeza y olvidaron los placeres y comodidades personales. Alá vio que no anhelaban las oportunidades ni las ventajas mundanas. No trabajaban con el limitado objetivo de ver, durante su propia vida, la victoria y el establecimiento de este mensaje. Cuando sus corazones quedaron libres del orgullo de la nobleza hereditaria, la nacionalidad, el país y la tribu, y fueron considerados por Alá Altísimo como corazones puros, entonces Él les confió la responsabilidad del califato, un depósito sumamente sagrado. Eran poseedores de una fe pura y sincera. Y esto era el requisito primordial para cumplir la responsabilidad del califato. Pues el principal ámbito para establecer la soberanía de Alá es el corazón y la conciencia, así como las pautas de conducta adoptadas para el comportamiento moral, las transacciones y las relaciones sociales. Alá Altísimo se cercioró de que, después de obtener el poder político con el propósito de establecer las leyes y normas de Alá, ellos preservarían correctamente este sistema. Comprobó que no utilizarían el poder político para sus intereses personales, familiares, tribales o nacionales, sino que aplicarían correctamente, bajo la autoridad de Alá y con el propósito de obtener Su complacencia, este sistema recibido de Él como un depósito. En verdad, se habían preparado como abanderados de la verdad.
Si la الدعوة islámica no hubiera comenzado con el mensaje del tawhid, y si la caravana del movimiento no hubiera avanzado por un camino aparentemente difícil y lleno de peligros, este gran ideal de vida nunca habría podido establecerse en el mundo real. Si el movimiento hubiera comenzado en nombre de los intereses nacionales, la mejora del nivel de vida o la reforma social, y se hubiera mezclado cualquier otro eslogan con la fórmula «No hay más dios que Alá», este anhelado sistema de vida nunca habría podido hacerse realidad.
La etapa mequí del Sagrado Corán realizó esta gloriosa tarea: arraigó en la mente y el corazón de las personas la convicción de que no existe ningún señor aparte de Alá, e impulsó a los musulmanes a avanzar con paso firme por un camino que, aparentemente, parecía sumamente difícil.
En la parte del Corán revelada en aquella época, se hizo hincapié únicamente en fortalecer la fe. Se dejó para más adelante la exposición detallada del sistema de vida que se construiría sobre la base de la fe. Es muy importante que quienes deseen realizar la labor de invitar a la religión tengan esto presente. En realidad, el sistema de vida islámico exige precisamente este método. Pues esta religión está constituida por completo sobre la base de una profunda creencia en el tawhid, y todas las normas y leyes necesarias para la vida se derivan de esa gran creencia. Esta religión puede compararse con un árbol inmenso. Un árbol enorme y majestuoso extiende sus ramas por una vasta superficie y eleva su copa hacia el cielo. Naturalmente, un árbol tan grande hunde sus raíces profundamente en la tierra y, conforme a su forma, las extiende en todas direcciones por una amplia zona. Lo mismo ocurre con esta religión. Este sistema de vida contiene normas relativas a todos los asuntos, grandes y pequeños, relacionados con la vida humana. Este sistema no establece normas únicamente para la vida terrenal, sino también para la vida futura. Revela los misterios tanto del mundo visible como del invisible. No se limita al mundo material, sino que también corrige el pensamiento y la reflexión. Así, es como un árbol alto, firme y enorme, cuyas raíces penetran profundamente en el interior de la tierra manteniendo una proporción acorde con la forma del árbol.
De esta parte particular del sistema de vida islámico podemos comprender que el movimiento y el establecimiento del ideal solo son posibles sembrando la semilla de la fe en el corazón. Este método es sumamente necesario para un desarrollo correcto. Pues solo mediante él es posible mantener el vínculo entre las ramas del árbol islámico, que se elevan y se extienden por el cielo, y sus raíces, dispersas aquí y allá en las profundidades de la tierra.
Cuando la creencia en «La ilaha illallah» queda firmemente arraigada en el corazón, se extiende a todos los ámbitos de la vida, y esa se convierte en la interpretación práctica de la kalima. De este modo, los creyentes están interiormente preparados para aceptar el sistema islámico antes de que se promulguen las leyes; y, una vez promulgadas, precisamente por la primera exigencia de la fe y debido a esta actitud, los creyentes aceptan todas las leyes y normas del islam con interés y alegría.
Por eso, en cuanto se dicta una orden, inclinan la cabeza ante ella. Para hacer cumplir la ley, basta con que escuchen la orden. De este modo abandonaron todos los hábitos y costumbres de la época de la ignorancia. Unos cuantos versículos del Corán o unas pocas palabras pronunciadas por el Profeta de Allah fueron suficientes para llevar a cabo una transformación tan enorme. Compárese lo anterior con el método de promulgación de leyes de los Estados seculares de la época actual. En cada etapa, los Estados seculares tienen que depender del parlamento, la constitución, la policía, la fuerza militar, los medios de propaganda y la prensa. Aun así, solo logran reprimir parcialmente las violaciones manifiestas de la ley. Como resultado, la sociedad sigue llena de actividades ilegales y prohibidas.
Un sistema de vida práctico
También debe observarse otro aspecto de este sistema de vida. Se trata, más bien, de un sistema de vida orientado a la realidad. El islam es un sistema de vida práctico. Su objetivo es regular los asuntos reales de la vida humana. Por ello, examina las prácticas vigentes en la sociedad humana y emite un juicio sobre si deben conservarse, corregirse o cambiarse por completo. Así, en una sociedad que ha reconocido la soberanía de Allah, el islam legisla solo después de considerar las circunstancias imperantes en ese momento.
El islam no es simplemente un conjunto de principios basados en ideas y concepciones. Por eso, antes de establecer este sistema de vida, es indispensable que se forme una sociedad musulmana. Esa sociedad creerá que no se puede obedecer a nadie aparte de Allah. Una sociedad dotada de una fe y una creencia semejantes se verá obligada a negar, aparte de Allah, la autoridad y la facultad de legislar de todos los demás.
Cuando, después de nacer una sociedad de este tipo, esta se enfrenta a diversos problemas en el ámbito práctico y siente la necesidad de un método específico para elaborar leyes y normas, entonces el islam formula la constitución, promulga las leyes y normas, y establece las costumbres. Las normas islámicas solo se aplican a la sociedad que, en principio, ha reconocido la autoridad de estas leyes y ha abolido las leyes y normas no islámicas.
La necesidad del poder para implementar el ideal
Quienes creen en esta doctrina deben tener el poder de instaurar el modo de vida islámico y aplicar la ley islámica en su propia sociedad. También es sumamente necesario que tengan la capacidad de elaborar leyes para resolver los problemas cotidianos que surgen en la vida diaria.
En La Meca, los musulmanes no tenían el poder de promulgar las leyes que necesitaban. Tampoco tenían influencia alguna en aquella sociedad. Aún no habían logrado organizarse como una estructura permanente capaz de llevar una vida conforme a la ley de Alá. Por ello, durante el período mecano, Alá Ta‘ala no reveló a los musulmanes ninguna norma destinada a regular su vida colectiva. En esa etapa solo se les enseñaron la fe y los principios morales fundamentales relacionados con ella. Más tarde, después de que se estableciera en Medina un Estado autónomo, se creó un entorno adecuado para satisfacer las necesidades de la sociedad musulmana y se obtuvo el poder de promulgar leyes. Solo después de que surgió esta situación comenzaron a revelarse a los musulmanes las leyes generales.
En la etapa mecana, Alá Ta‘ala no reveló todas las leyes y luego otorgó, tras la emigración a Medina, un modo de vida completo que pudiera implementarse. Porque eso no es compatible con el ideal islámico. El islam es mucho más realista y de visión mucho más amplia. Este ideal no se apresura a resolver problemas hipotéticos. Primero examina la situación existente en la sociedad y, si según sus criterios las condiciones sociales y el entorno presentan las características de una sociedad musulmana y están plenamente sometidos a la ley de Alá, entonces el ideal islámico dispone la elaboración de leyes en consonancia con las necesidades y las circunstancias de esa sociedad.
Actualmente no se ve en ninguna sociedad del mundo que la sharía de Alá esté establecida en lugar de las leyes creadas por el ser humano, ni existe una fuerza política capaz de asumir una responsabilidad de esta naturaleza. A pesar de ver esta situación con sus propios ojos, quienes exigen presentar la forma práctica del ideal islámico y elaborar, conforme a dicho ideal, un sistema completo de gobierno y sus leyes, han alterado las características, la naturaleza y la tradición del modo de vida islámico; bajo la influencia del sentimiento de derrota nacido en ellos al enfrentarse con el imperfecto modo de vida creado por el ser humano, quieren alcanzar el objetivo por un camino corto. También quieren considerar el modo de vida islámico como un conjunto de principios irreales y cualidades meramente nominales. Pero Alá Ta‘ala quiere que este ideal sea restablecido exactamente mediante el método por el que fue establecido en el pasado. En primer lugar, una fe firme en un asunto particular debe arraigarse profundamente en la mente y el corazón de las personas. Y ese asunto de la fe es que el ser humano no se incline ante ningún poder salvo Alá y no esté dispuesto a aceptar las leyes de ninguna otra autoridad. Solo cuando un grupo de personas cuya mente y cuyo corazón se hayan formado conforme a esta creencia esté completamente preparado y obtenga el control efectivo de una sociedad, será posible elaborar leyes de acuerdo con las necesidades de esa sociedad, manteniendo intacta la creencia fundamental. Alá Ta‘ala ha establecido este método para implementar el modo de vida islámico. Y ningún otro método puede ser aceptable si contradice lo que Él ha establecido.
La manera correcta de establecer la religión
Quienes llaman al modo de vida islámico deben saber que, ante todo, invitarán a las personas a abrazar con plena fe las creencias fundamentales del islam. Aunque afirmen ser musulmanes y aunque en los registros oficiales consten como musulmanes, quienes llaman a seguir las normas islámicas deberán explicarles primero que el islam significa aceptar la kalima «Lā ilāha illā Allāh» con su significado correcto. El significado correcto de la kalima consiste en reconocer la soberanía de Alá Ta‘ala en todos los aspectos y ámbitos de la propia vida, y rechazar la autoridad de quienes reclaman para sí una soberanía contraria a la soberanía de Alá. Después de aceptar este significado de la creencia islámica, es indispensable que dicha creencia se refleje en su mente y su corazón, en su modo de vida y en su conducta.
Quienesquiera que inicien el movimiento para restablecer el modo de vida islámico deben conceder importancia a este asunto como primer paso. Así fue como comenzó el primer movimiento del islam. Durante la etapa mecana de la revelación del Corán, se dedicaron trece años a arraigar firmemente este asunto. Solo al conjunto de quienes se incorporen al movimiento después de comprender el significado antes mencionado del movimiento islámico se le puede llamar verdaderamente organización islámica o sociedad islámica, y solo esa comunidad o sociedad estará capacitada para implementar el ideal islámico en la vida colectiva. Porque han decidido voluntariamente plasmar el ideal islámico en la totalidad de sus vidas y no aceptar la soberanía de nadie aparte de Alá Ta‘ala, el Único y Absoluto.
Así, cuando nazca una sociedad del tipo mencionado y la enseñanza islámica sea adoptada como fundamento de esa sociedad, solo entonces dicha sociedad avanzará hacia la elaboración de normas islámicas en función de sus necesidades circundantes. Este es el proceder práctico y sensato para instaurar el ideal de vida islámico.
Cierta clase de personas devotas que no han comprendido las características del ideal de vida islámico se apresuran en este asunto. No entienden que el verdadero bien reside en el método que Allah, el Omnisciente y Sapientísimo, ha establecido para instaurar la religión. Creen que, tan pronto como se informe a la gente sobre los principios fundamentales y las leyes del ideal islámico, esta avanzará espontáneamente para establecerlo. En realidad, esta es una concepción imaginaria propia de quienes tienen la actitud de hacer algo precipitadamente.
Si se hubiera presentado una concepción de este tipo al Noble Mensajero (s.a.s.) y él hubiera llamado a la gente hacia el nacionalismo geográfico, la revolución económica o un movimiento reformista, su tarea habría sido mucho más fácil. Pero él no adoptó ese camino. Antes de informar a la gente sobre las leyes detalladas del ideal de vida islámico y atraerla hacia él, era absolutamente necesario infundir en sus corazones una fe profunda en Allah, abolir todas las demás normas y someterse por completo a la norma otorgada por Allah. El amor por la sharía de Allah surgirá como resultado de la sumisión completa a Allah y del rechazo a aceptar cualquier otra forma de servidumbre humana, no como resultado de considerar superior la norma de Allah frente a las demás normas. Por supuesto, no cabe duda de que la norma otorgada por Allah es absolutamente superior a las normas elaboradas por los seres humanos. Esto se debe a que dicha norma fue elaborada por el propio Creador, y las normas creadas por el Creador y las creadas por las criaturas jamás pueden estar al mismo nivel. Sin embargo, la superioridad de la norma no puede ser el fundamento del movimiento islámico. Su fundamento es aceptar sin vacilación la sharía divina y rechazar directamente toda clase de normas ajenas a la sharía. Este es el significado del islam, y nada distinto de esto es el islam. Quien se sienta atraído por el fundamento esencial del islam no necesitará que se le explique detalladamente la diferencia entre el islam y las demás normas. Este es el núcleo de la fe.
El islam frente a la yahiliya
Examinemos ahora cómo el Corán formó la fe y la doctrina durante los trece años de la etapa de La Meca. El Corán no presentó la cuestión de la fe y la doctrina como una mera teoría o concepción espiritual, ni adoptó el método de composición de libros propio de eruditos y sabios. El Corán siempre dirigió la atención hacia la naturaleza humana y animó a observar la propia esencia y los innumerables signos del Creador esparcidos alrededor. El Corán liberó la capacidad de pensamiento humano de la superstición y el fanatismo, y agudizó su inteligencia latente. De este modo, otorgó a la capacidad de comprensión oxidada del ser humano la aptitud para percibir los sutiles mecanismos de los misterios de la creación. Este era un aspecto general de la enseñanza coránica. Su aspecto revolucionario consistía en iniciar, dentro de una sociedad establecida sobre la base del tawhid, una lucha contra toda yahiliya y contra las ideologías opresivas. Cuando la pesada piedra de las ideologías erróneas aplastaba a la sociedad humana, la mera predicación de máximas morales carecía de sentido. Por eso, el Corán inició con firmeza una lucha intransigente para rasgar el velo de las ideologías erróneas y derribar y hacer añicos los muros de la falsedad. La enseñanza coránica tampoco se difundió mediante las teorías eruditas, la dialéctica y la lógica que se introdujeron posteriormente. El Corán inició una lucha contra todo el sistema social creado por los seres humanos. Dirigió su mensaje a la humanidad afligida por la corrupción, la injusticia y la opresión. Pues, aunque el islam es esencialmente un ideal de vida basado en la fe, su objetivo es controlar la vida real. El Corán no descendió para limitarse a discusiones meramente normativas y concepciones de meditación espiritual.
Por un lado, el Corán cuidaba de sembrar la semilla de la fe en los corazones de los miembros de la comunidad islámica y de hacerla progresar; por otro, mediante esos mismos miembros, atacaba las fortalezas de la yahiliya y dirigía una campaña para eliminar por completo la influencia de la yahiliya de los pensamientos y las conductas de los musulmanes. La fe adquiere fuerza en una sociedad convulsionada por la batalla en múltiples frentes, atravesando tormentas y tempestades. Las discusiones teóricas eruditas no pueden producir una fuerza semejante. El islam es un movimiento siempre activo, bien organizado y vivo, y la sociedad musulmana es la manifestación concreta de este movimiento. Asimismo, las ideas, los criterios morales y la educación de la comunidad islámica se forman en armonía con el espíritu de la fe. La evolución del movimiento islámico es la manifestación real del progreso de la fe, y este es el método correcto para realizar el ideal islámico: el movimiento islámico se expandirá y se extenderá manteniendo la correspondencia con el nivel y el grado de la fuerza de la fe.
El islam no es una mera ideología
Los militantes del movimiento islámico deben recordar el método revolucionario descrito anteriormente. Basta observar un poco para comprender que, durante el largo período de la etapa de La Meca, no se realizaron por separado la tarea de fortalecer la fe mediante el método mencionado y la de crear una organización formada mediante una capacitación adecuada para establecer una sociedad islámica. Más bien, simultánea y al mismo tiempo, se inició la siembra de la semilla de la fe y el establecimiento de una organización basada en la enseñanza islámica. Por ello, en el futuro, cada vez que se intente revivir el ideal de vida islámico, no será posible alcanzar el objetivo sin adoptar ese método integral.
Se necesita mucho tiempo para fortalecer la fe y la aqida; por eso se avanza gradualmente y con paso lento hacia el objetivo deseado. Cada uno de sus pasos será firme y correcto. No se debe perder tiempo en discusiones ni en niveles dedicados únicamente a la moral y la teoría. Más bien, el contenido de la fe debe manifestarse como un ejemplo concreto en la vida práctica. Primero, la fe penetrará en el corazón de las personas y dará origen a una jamaat siempre activa, cuyos aspectos y divisiones externos e internos se desarrollarán como una expresión concreta de la fe. Esta jamaat revolucionaria hará resplandecer la forma viva de la fe precisamente mediante la lucha, con palabras y obras, contra la yāhiliyyah.
Quienes piensan que el ideal islámico se desarrollará y se establecerá únicamente mediante la alabanza del ideal islámico y la práctica teórica y cultural, jactanciosa de conocimiento, sobre el islam, deben estar muy atentos a sus graves consecuencias.
El Corán no fue revelado en un solo día. Al contrario, fueron necesarios trece años para sembrar la semilla de la fe, construir su estructura y fortalecerla. Si Allah Ta‘ala hubiera querido, habría revelado todo el Corán en un solo día. Después, podría haber concedido trece años a los miembros del movimiento islámico para adquirir conocimiento sobre el islam y comprender cabalmente esa ideología.
Pero Allah Ta‘ala no adoptó ese método, porque Su voluntad era distinta. Quería establecer sobre la tierra un sistema de vida sin precedentes. Quería, al mismo tiempo, formar las creencias fundamentales de ese sistema de vida, organizar un movimiento que lo portara y transmitiera, y establecer una estructura social que fuera el reflejo del ideal de vida deseado. Quería construir una jamaat y un movimiento fortalecidos por la aqida y la fe, y al mismo tiempo quería fortalecer progresivamente la fe mediante las actividades de la jamaat y del movimiento. Para Allah Ta‘ala era preferible que la fuerza de la fe aumentara en consonancia con el progreso de la jamaat y del movimiento, y que las actividades públicas de ambos manifestaran el reflejo de la fe. Allah Ta‘ala, el Omnisapiente, sabía perfectamente que la reforma de las personas y la construcción de una sociedad ordenada no se completan de la noche a la mañana. Pues para formar las creencias se necesita tanto tiempo como el que requiere una persona para formar una jamaat bien organizada.
Esta es la característica del sistema de vida islámico. El período mequí de la revelación del Corán ofrece precisamente la prueba de esta característica. Debemos conocer necesariamente la característica antes mencionada del din y abstenernos de intentar modificarla, deslumbrados por el brillo vacío y sin sustancia de los ideales absurdos creados por el ser humano. Gracias a la influencia de sus propias características, el islam formó en la antigüedad una gran y noble umma llamada la umma musulmana; y en el futuro, cuando se considere necesario reconstruir la umma musulmana sobre la faz de la tierra, ello solo será posible mediante las características del din y su propio método de acción.
Al igual que la sangre circula por el cuerpo humano, las creencias fundamentales del islam circularán por las venas y vasos capilares de la sociedad y permanecerán brillando como una antorcha encendida dentro de la estructura corporal de una organización islámica activa. Quienes, modificando las características propias y la dinámica del sistema de vida islámico, sueñan con establecer el din demostrando la superioridad del islam sobre los ideales de vida falsos mediante discusiones teóricas y el cultivo del conocimiento, no solo cometen un grave error, sino que además pretenden avanzar por un camino peligroso.
La exigencia de la aqida islámica es que esta creencia ocupe su lugar en el seno de personas vivas, de una organización activa y laboriosa, y de una sociedad llena de posibilidades, e inicie una lucha total contra el entorno yāhilí. Mientras dirige la lucha para liberar a la sociedad establecida de la influencia de la yāhiliyyah, la fuerza de la fe continuará combatiendo con el propósito de borrar de la mente, el cerebro y el carácter de quienes han aceptado el islam todas las manchas de la sociedad yāhilí. Pues los portadores del movimiento islámico nacieron precisamente en una sociedad influida por la falsedad y la yāhiliyyah, y no es extraño que, incluso después de aceptar el islam, permanezcan en sus vidas algunos efectos de la yāhiliyyah.
Debido a las características mencionadas, la aqida islámica ocupa un espacio enorme y amplio en la mente y el intelecto de las personas. El esfuerzo basado únicamente en la discusión teórica y en ensalzar las virtudes del islam no tiene un alcance tan amplio. Porque el islam no se limita a ejercer influencia sobre el intelecto, sino que también incluye dentro de su esfera la vida práctica y el carácter de las personas.
La explicación que el islam ofrece acerca del Creador, la creación, la vida y el ser humano no solo es amplia y completa, sino también práctica y positiva. De acuerdo con sus propias características y las exigencias de su naturaleza, el islam no desea limitarse a ser meramente un objeto de comprensión intelectual y estudio erudito. Esto es contrario a su naturaleza y a su propósito supremo. El islam desea manifestarse mediante el modo de vida de personas activas, organizaciones dinámicas y movimientos de carácter práctico. Se expande a través de las actividades de personas revolucionarias, de movimientos revolucionarios y de organizaciones siempre dinámicas, de tal manera que las ideas que propone sean coherentes con la vida práctica. Nunca desea permanecer como un sustantivo meramente calificativo; por el contrario, mantiene siempre la armonía entre los principios y el programa práctico.
Se comprende claramente que, en principio, la idea de adquirir primero un conocimiento completo del islam y, en una etapa posterior, plasmar el ideal islámico en el ámbito práctico no solo es errónea, sino también sumamente perjudicial. Esto es contrario al verdadero propósito y a las características del islam.
Alá Todopoderoso dice:
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«He revelado el Corán poco a poco para que pudieras recitárselo gradualmente a la gente, y lo he hecho descender progresivamente (en ocasiones determinadas)». — Bani Israil: 106
Según las palabras de Alá citadas anteriormente, se tuvieron en cuenta simultáneamente dos asuntos. Primero, revelar el Corán poco a poco; y segundo, hacer que la gente lo escuchara gradualmente. El propósito de adoptar este procedimiento es construir, sobre la base de la fe, una organización viva y activa, y llevarla progresivamente a la etapa de la plenitud. Esto se debe a que este sistema de vida ha venido para ser llevado a la práctica, no para obtener reconocimiento meramente como una doctrina excelente.
El programa otorgado por Alá para llevar a la práctica el ideal otorgado por Alá
Los portadores del mensaje de la religión deben comprender muy bien que el islam es el sistema de vida otorgado por Alá, y que el método para establecer esta ley de Alá también ha sido determinado por el propio Alá Todopoderoso mediante la revelación divina. Por lo tanto, es absolutamente imposible establecer la religión sin adoptar dicho método. También deben comprender que esta religión no tiene como objetivo únicamente transformar el credo y las creencias, sino también el modo de vida. Esta religión forma un credo y unas creencias de un tipo particular, crea una comunidad distintiva y, al mismo tiempo, lleva a la plenitud, mediante un desarrollo gradual, una forma especial de pensamiento y de acción. En la medida exacta en que esta religión es capaz de producir cambios en el credo, las creencias y la vida, emplea fuerzas para establecerse en esa misma medida. Por eso, la introducción de la forma de pensamiento deseada y la formación de un credo y unas creencias determinados se realizan simultáneamente y de manera paralela. Más bien, puede decirse que son como pétalos de una misma flor.
De la discusión anterior supimos que el método de acción propio de la religión está claramente definido. Al mismo tiempo, también supimos que dicho método es autosuficiente y permanente. Este método no fue creado para una etapa, situación o entorno particulares de la da‘wa islámica. Tampoco era aplicable de manera especial únicamente a los honorables compañeros (que Dios esté complacido con ellos). Por el contrario, este método está libre de las ataduras de las épocas y los tiempos. Cada vez que comience en el mundo el movimiento para establecer el islam, deberá conducirse mediante este método; no es posible establecer esta religión adoptando ningún otro medio o método.
Al transformar las creencias de las personas y todas sus actividades de la vida práctica, el islam también transforma su visión y su pensamiento. Su método de transformación es completamente distinto de los métodos de transformación ideados por los seres humanos, porque estos últimos son carentes de sentido y de perspectiva estrecha.
Si no adoptamos el método establecido por Dios Altísimo, de ningún modo podremos beneficiarnos de la revelación ni seremos capaces de transformar el pensamiento y los hábitos de la humanidad.
Cuando intentamos estudiar el islam como una mera doctrina o convertirlo en un tema de conversación ameno en las reuniones de estudio, en realidad lo separamos del método y el pensamiento revolucionarios otorgados por Dios. De este modo, rebajamos la concepción islámica de la vida de Dios al nivel de los sistemas de vida ideados por los seres humanos. Mediante actividades de este tipo, intentamos corregir en la práctica los métodos humanos y elevarlos a una posición equivalente a la de los métodos humanos. Una visión semejante es extremadamente peligrosa y constituye el resultado de una mentalidad derrotista.
El mensaje de la Gran Verdad proporciona a los militantes del movimiento islámico un criterio particular para el pensamiento y la reflexión. Con la ayuda de este criterio pueden purificarse de la influencia de las ideas erróneas que, bajo el influjo de la yahiliya imperante en el mundo, han penetrado en nuestras mentes, confundido nuestra razón y envenenado nuestra educación y cultura. Si intentamos modificar nuestra religión conforme a la visión de la yahiliya existente, que contradice su naturaleza, esta religión dejará de aportar beneficio a la sociedad humana, y la sociedad humana quedará privada del bien de la verdadera religión. No solo eso: tampoco podremos mantenernos alejados de los perjuicios de las doctrinas yahilíes. También en este sentido, la cuestión es sumamente perjudicial.
La reflexión y el esfuerzo por establecer el ideal islámico en la sociedad humana no son menos importantes que creer en la aqida islámica y en el sistema de vida islámico, ni están separados de esa fe.
Aunque para nosotros resulta muy bueno y grato esforzarnos y emplear medios orales y escritos para difundir la doctrina islámica y demostrar la superioridad del sistema de vida islámico, debemos recordar que el islam nunca puede establecerse en el mundo como una realidad efectiva mediante la mera difusión y la alabanza de sus virtudes. Debemos comprender que de los métodos mencionados solo pueden beneficiarse los militantes del movimiento islámico, y únicamente en la medida en que avance el movimiento. Por eso repito: en cuanto creamos en el islam, debemos iniciar el movimiento para establecer este ideal, y el movimiento debe manifestarse verdadera y perfectamente como un reflejo del islam.
También quiero repetir que el método para dirigir el movimiento islámico está determinado por la revelación, y que este método es perfecto, permanente y sumamente eficaz. Más que cualquier otro método, está profundamente relacionado con la naturaleza humana. Por ello, antes de que las personas se involucren en el movimiento práctico, adquieran una concepción viva de él en su interior y sigan este método paso a paso, el islam se lo ha presentado como un método definido y completo.
Si lo dicho anteriormente sobre las fuentes fundamentales de la aqida islámica es cierto, entonces la misma verdad se aplica también a la estructura organizativa de la sociedad islámica y a la elaboración detallada de sus leyes. La jahiliyya firmemente establecida a nuestro alrededor ha ejercido tal influencia en la mente de algunos trabajadores desinteresados del Islam que, ansiosos por atravesar demasiado rápido las etapas del desarrollo natural de la revolución islámica, han planteado las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las disposiciones detalladas del ideal que estamos difundiendo? ¿Cuánta investigación hemos realizado para establecerlas? ¿Cuántos asuntos hemos podido organizar y cuántos artículos hemos logrado redactar hasta ahora? O, en su defecto, ¿se ha elaborado una jurisprudencia (fiqh) del ideal adaptada a la época? Al escuchar sus preguntas, parece que se ha completado todo el trabajo excepto la investigación y la redacción de una jurisprudencia (fiqh) detallada para elaborar la legislación islámica. Parece como si toda la sociedad estuviera ya dispuesta a aceptar las leyes de Alá y vivir conforme a ellas, y solo faltara un grupo de muytáhids para redactar una jurisprudencia adaptada a la época moderna. Esto constituye una vil burla del Islam. Toda persona que crea en el Islam debe mantenerse alerta ante semejante conducta burlona.
Mediante la adopción del método mencionado, la jahiliyya no hace más que buscar pretextos para impedir la aplicación de la sharía divina y mantener el sistema que establece el dominio de unos seres humanos sobre otros. Pretende apartar la fuerza de la fe de los militantes del movimiento islámico de la lucha revolucionaria y hacer que se conformen únicamente con creer en la superioridad del ideal. La jahiliyya quiere desviar a quienes proclaman el nombre del Islam del camino correcto para intentar hacer realidad el ideal islámico. Su objetivo, como ideología de la falsedad, es mantener a los creyentes alejados del movimiento y la lucha mediante los cuales la aqida islámica madura, del conflicto y el enfrentamiento a través de los cuales se desarrolla el sistema islámico, y del movimiento en cuyas diversas etapas se promulgan leyes islámicas adecuadas a la época para resolver los problemas y dificultades reales.
Hay que frustrar estas maniobras de quienes pretenden establecer el ideal islámico y reducir la falsedad a polvo, así como rechazar los ridículos intentos de modernizar la jurisprudencia del sistema islámico en una sociedad que todavía no está preparada para abandonar las leyes creadas por los seres humanos y aceptar las leyes de Alá. Estas afirmaciones se hacen precisamente con el propósito de desviar a los militantes del movimiento islámico de su objetivo principal y hacerles desperdiciar su tiempo y esfuerzo intentando construir palacios en el aire. Deben hacer fracasar necesariamente estas conspiraciones.
El movimiento debe conducirse únicamente mediante el método que esta religión ha establecido para su propia instauración. En este método reside el secreto de la fuerza religiosa, y la victoria y el éxito de quienes establecen el Islam son su resultado inevitable.
El ideal de vida islámico y el método para establecer plenamente el Islam son igualmente importantes, y no existe ninguna diferencia entre ambos. Por muy atractivo que pueda parecer externamente, el ideal islámico no puede establecerse mediante ningún otro método. Otros métodos pueden establecer ideales creados por los seres humanos, pero con respecto a nuestro ideal son completamente inútiles. Por ello, en el caso de la revolución islámica, seguir su propio método es tan importante como observar la aqida fundamental y el sistema de vida de esta religión.
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«En verdad, este Corán guía hacia el camino más recto y claro». — Bani Isra’il: 9
Capítulo tercero
Características de la sociedad islámica y medios para construirla
El mensaje fundamental de los profetas
El mensaje que Hazrat Muhammad (s. a.) trajo al mundo de parte de Allah era la etapa final de la sucesión de mensajes predicados por los profetas de Allah desde el comienzo de la creación. A lo largo de toda la historia de la humanidad, este mensaje ha permanecido único e invariable. Consiste en reconocer a un Señor y Sustentador único e incomparable, someterse a Él y proclamar el fin de toda forma de dominio humano. La historia de la humanidad muestra que, salvo por unos pocos individuos dispersos aquí y allá, la sociedad humana en su conjunto nunca negó la existencia de Allah Ta‘ala ni Su soberanía sobre el universo. Más bien, al mismo tiempo, albergó concepciones erróneas acerca de los atributos de Allah o imaginó muchos otros dioses como Sus ayudantes. En materia de creencias y culto, o mediante el reconocimiento de la soberanía de alguna fuerza distinta de Allah, atribuyeron a Allah ayudantes o asociados. Ambas formas constituyen shirk.* Pues estas apartan a los seres humanos del din revelado a los Anbiya, que la paz sea con ellos. Después de la desaparición de cada profeta, sus seguidores viven durante algún tiempo conforme a las instrucciones del din de manera correcta. Pero, al cabo de un largo período, poco a poco avanzan por el camino del error. Hasta que vuelven a sumergirse en la Yahiliya y comienzan a vivir una vida de shirk. A veces cometen shirk en la fe, la aqida y el culto; otras veces reconocen la autoridad soberana de fuerzas distintas de Allah, y en ocasiones incurren en ambas formas de shirk.
La dignidad del ser humano en el mundo creado
En todas las etapas de la historia, el din de Allah presenta el mismo mensaje. El objetivo de este din es el Islam. El significado del Islam es hacer que las personas sean obedientes y sumisas a Allah, liberarlas de la servidumbre a los seres humanos y consagrarlas exclusivamente al servicio de Allah; rescatar a la sociedad humana de la soberanía humana y de los tentáculos de los sistemas de vida y valores elaborados por el hombre, e instaurar la soberanía, la autoridad y las leyes de Allah Ta‘ala en todos los aspectos y ámbitos de la vida. Hazrat Muhammad (s. a.) vino al mundo con este propósito, y esa misma fue la responsabilidad de los profetas anteriores a él. Toda la naturaleza del universo funciona obedeciendo las leyes y el gobierno de Allah Ta‘ala, y el ser humano, como una diminutísima parte de la naturaleza universal, está obligado a seguir las leyes naturales. Para armonizarse con las leyes que rigen los órganos del cuerpo humano, es indispensable obedecer también en la vida práctica las leyes y el gobierno de Allah, el Legislador. El ser humano nunca puede rechazar el gobierno de estas leyes e inventar para sí un sistema separado o una forma distinta de vivir. La nutrición del cuerpo humano, su enfermedad y salud, su vida y su muerte: todo se encuentra completamente indefenso ante las leyes de Allah. El ser humano no posee ninguna fuerza capaz de cambiar las leyes de Allah vigentes en el universo. Por ello, también en aquella parte de la vida en la que se le ha concedido al ser humano la facultad de obedecer o desobedecer las disposiciones de Allah Ta‘ala, es necesario reconocer la soberanía y autoridad de Allah y establecer una armonía plena en la vida.
El medio para liberarse de los tentáculos de la Yahiliya
La Yahiliya es, en realidad, otro nombre para el dominio de unas personas sobre otras. Por eso contradice las leyes vigentes en el mundo natural. Al adoptar el ideal de la Yahiliya, el ser humano provoca, en su vida práctica, un conflicto con aquella parte de su vida en la que está obligado a obedecer las leyes naturales. El último profeta, Muhammad (s. a.), y todos los profetas anteriores golpearon precisamente a la Yahiliya mencionada al predicar el mensaje de reconocer la soberanía de Allah, único e incomparable. La Yahiliya no es solamente una ideología. Más bien, en algunos casos se observa que ni siquiera posee una ideología. La Yahiliya adopta en todas partes la forma de una sociedad establecida, y un movimiento activo siempre adopta la forma de una sociedad establecida y le brinda constantemente su apoyo. Esta sociedad implanta su propio liderazgo, concepciones, valores, costumbres, carácter y formas de pensamiento. La Yahiliya está bien organizada. Sus miembros se mantienen unidos mediante la comunicación mutua, la cooperación, la organización y la disciplina, de tal modo que toda la sociedad, consciente o inconscientemente, permanece igualmente activa para preservar ese sistema social; y elimina de la faz de la tierra a quienes considera perjudiciales para su existencia. Cuando la Yahiliya deja de ser una mera ideología y adopta la forma de un movimiento activo, nunca será posible derrocarla y devolver a la sociedad humana al servicio de Allah Ta‘ala presentando el ideal islámico como una simple ideología. La Yahiliya controla el mundo material, y una organización activa permanece siempre en funcionamiento bajo su patrocinio. En tales circunstancias, no solo es imposible librar contra ella una lucha poderosa con la sola ayuda de una ideología, sino que ni siquiera es posible hacerle frente. Naturalmente, se llega a la conclusión de que el objetivo del Islam es derrocar el ideal de la Yahiliya establecida e instaurar un ideal con características y costumbres completamente diferentes; y, puesto que la Yahiliya está establecida con una sociedad y una organización bien estructuradas, la campaña para derrocarla también tendrá que entrar en el campo de batalla adoptando la forma de un movimiento bien organizado. Este nuevo movimiento deberá estar mejor organizado que la Yahiliya, y los vínculos mutuos entre sus militantes deberán ser más firmes y fuertes.
La base ideológica de la sociedad islámica
En cada etapa de la historia islámica, el fundamento ideológico sobre el que construyó su propia sociedad fue dar testimonio de la fórmula «La ilaha illallah». El significado de esta fórmula es que Allah es el único Señor, el único Administrador del universo, el único Soberano verdadero y el dueño del poder supremo. La mente y el corazón deben iluminarse con la luz de Su unicidad. En la adoración y el culto debe demostrarse Su unicidad. Su unicidad debe manifestarse en las normas, leyes y costumbres de la vida práctica. El testimonio de «La ilaha illallah» no puede expresarse en la práctica de ninguna otra manera que no sea mediante este enfoque integral y completo. Desde el punto de vista de la Sharia, solo un testimonio de esta naturaleza será digno de confianza.
Este enfoque integral y completo convierte el testimonio verbal en un sistema eficaz, sobre cuya base puede llamarse musulmán a quien lo presta y no musulmán a quien lo rechaza. Desde el punto de vista ideológico, establecer este fundamento significa someter por completo la vida humana a la obediencia a Allah. En ningún ámbito de la vida tomará el ser humano decisiones por sí mismo; por el contrario, recurrirá a Allah y obedecerá únicamente a Él. Solo existe un medio para conocer las instrucciones de Allah, y ese medio es el Mensajero de Allah. En la segunda parte de la fórmula de la Shahada, este medio es considerado el segundo pilar del Islam: «Ashhadu anna Muhammadar Rasulullah» —doy testimonio de que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es el Mensajero de Allah.
Este es el fundamento ideológico sobre el que se erige el edificio islámico. Y esta es la verdadera esencia del Islam. Este fundamento establece un sistema de vida completo para el ser humano, que debe aplicarse en todos los ámbitos de la vida. Este sistema resuelve todos los problemas, tanto los que surgen en Dar al-Islam como los que surgen fuera de ella, ya se trate de las relaciones vinculadas con la sociedad musulmana o de las relaciones entre la sociedad musulmana y la sociedad no musulmana.
El habitante musulmán de una sociedad jahilí
Según la descripción anterior, el Islam no es una doctrina estéril y sin sentido que alguien pueda adoptar, si quiere, como una creencia y dar por concluida su tarea con rezos y actos de culto, para después seguir siendo, en la práctica, un seguidor de la sociedad jahilí establecida y activa. Si la situación de quienes aceptan el Islam fuera así, su establecimiento real sería imposible, por muy numerosos que fueran. Pues aquellos llamados musulmanes que pasan a formar parte de la sociedad jahilí se verán inevitablemente obligados a satisfacer las necesidades organizativas de esa misma sociedad. Luego se dedicarán, consciente o inconscientemente, a satisfacer aquellas necesidades fundamentales que son indispensables para la vitalidad y la existencia de la vida social. Además, se erigirán en protectores de esa sociedad y eliminarán los medios y factores que consideren peligrosos para su existencia y administración. Porque, cuando toda la sociedad cumple todos estos deberes, cada uno tendrá que avanzar junto con ella para cumplirlos, consciente o inconscientemente, como parte inevitable de la sociedad.
El método del renacimiento islámico en un entorno jahilí
En el momento mismo en que de los labios de una persona se pronuncia la fórmula «La ilaha illallah, Muhammadar Rasulullah», debe decidirse la adopción de medidas revolucionarias. Sin estas medidas revolucionarias, la sociedad musulmana no puede cobrar existencia real, por numerosos que sean en el mundo los creyentes fundamentales y los simpatizantes del Islam. Mientras estos no se activen mediante la cooperación mutua, mientras personas de distintas clases no se organicen para aumentar su fuerza como los distintos miembros de un cuerpo humano vivo, y mientras no inicien un movimiento unido, bajo un liderazgo completamente libre de la influencia de la sociedad jahilí, para defenderse de las fuerzas agresoras, no será posible establecer la sociedad islámica. Para establecer esta sociedad, el liderazgo mencionado llevará el movimiento hacia su destino mediante la unificación de los esfuerzos y del empeño, la coordinación de las actividades organizativas, la formación y el desarrollo del carácter islámico, y la purificación del movimiento de toda influencia de la sociedad falsa.
Así fue establecido el Islam. Alrededor de una creencia concisa, el Islam abarca la vida entera. Al mismo tiempo que se adoptó la fe en este sistema de vida, nació un movimiento firme y activo. Este movimiento no se limitó a separarse de la jahiliya; además, declaró la rebelión contra el sistema social falso ya establecido. El Islam no llegó al mundo como una doctrina imaginaria carente de existencia real. Tampoco en el futuro podrá manifestar su existencia sino mediante un sistema real. Si se logra encender nuevamente la antorcha de la luz del Islam en la oscuridad presente en cada rincón de la sociedad jahilí, entonces, para cualquier época y país, no habrá otra alternativa que comprender primero necesariamente esta naturaleza y este carácter del Islam. Y esto significa que su manifestación y desarrollo son absolutamente imposibles sin un movimiento y una estructura organizativa.
Desarrollo de la humanidad
Cuando el islam, conforme al método descrito anteriormente, establece las bases de una umma musulmana sobre el fundamento del tawhid, y después esta umma se activa y la creencia exclusiva en el tawhid determina el vínculo de las relaciones mutuas, su objetivo principal pasa a ser despertar y desarrollar la humanidad del ser humano, hacerla firme y fuerte, y capacitarla para que prevalezca sobre las demás inclinaciones humanas. El islam pretende hacer realidad su propósito. En algunos aspectos, el ser humano se asemeja incluso a los animales y a la materia inerte. Por eso, los científicos de la jahiliyya se han sumido en el error de considerar al ser humano como un animal o, en ciertos casos, como materia inerte. En realidad, aunque el ser humano comparte muchos aspectos con los animales y la materia inerte, posee ciertas características por las cuales es considerado la mejor de las criaturas. Incluso los portadores y defensores de la ciencia jahilí se han visto obligados a reconocer esta verdad, aunque su reconocimiento no es sincero ni claro. *
La bondad del sistema de vida islámico es sumamente real y incomparable. Al romper los débiles lazos de la raza, la lengua, el país, los intereses materiales, las fronteras geográficas y demás, el islam ha establecido únicamente la fe como fundamento de la sociedad y de las relaciones mutuas. En lugar de desarrollar los aspectos semejantes entre el ser humano y los animales, esta sociedad desarrolla exclusivamente las cualidades humanas y les concede preeminencia en la sociedad humana. El mundo entero está presenciando los frutos de esta gran obra. La sociedad islámica se convierte en una sociedad abierta y liberal. Sus puertas quedan abiertas para siempre a personas de todas las razas, lenguas y regiones. En este gran océano de la sociedad islámica se mezclan y se funden los ríos de los distintos talentos y cualidades. Como resultado de esta gran unión, en muy poco tiempo una realidad que asombró al mundo deslumbró los ojos de todos. A pesar de que en aquella época los medios de comunicación y transporte eran sumamente deficientes, en esta realidad quedaron integrados los mayores talentos de la sociedad humana en el pensamiento, el conocimiento y las ciencias.
En el océano de la sociedad islámica se reunieron personas de todas las naciones y tribus de Arabia, Persia, Siria, Egipto, Marruecos, Turquía, China, India, Roma, Grecia, Indonesia, África y otros países. Sus diversos rasgos quedaron enlazados en un solo hilo, y mediante la cooperación y la convivencia mutuas participaron en la construcción de la umma islámica y de la cultura islámica. Esta gloriosa civilización nunca fue, ni siquiera por un día, una civilización árabe; por el contrario, fue una civilización puramente islámica. La civilización islámica nunca creó una nación; más bien formó una umma sobre la base de la fe.
Las personas de todas las lenguas de cada país participaron por igual en la construcción de esta civilización. Establecieron entre sí relaciones profundas, unidas por los lazos del amor y la moralidad. Todos recorrían el mismo camino. Por eso, emplearon todas sus capacidades para construir la sociedad deseada. Entregaron sus rasgos tribales y sus cualidades personales y nacionales, y enriquecieron así esta sociedad. Porque, como miembros de la sociedad islámica, todos eran igualmente responsables. El fundamento de sus relaciones era un profundo amor a Allah. Por ello, en esta sociedad la personalidad de todos pudo desarrollarse sin obstáculos. Las características que se manifestaron entre las personas de aquella época no tienen paralelo en la historia de la humanidad.
En la historia antigua, la sociedad romana era conocida como la mejor de las sociedades. También en ella se habían reunido personas de distintas tribus, lenguas, razas y temperamentos. Sin embargo, su unidad no se organizó sobre la base de las relaciones humanas. Ningún ideal superior creó entre ellos un vínculo de unidad. Por el contrario, la división de clases constituía la base de su unidad. En todo el imperio, por un lado estaba la clase noble y, por otro, un número enorme de esclavos. Estas dos clases mantenían al imperio dividido en dos clases. Además, los rasgos tribales ejercían también una gran influencia. Los miembros de la tribu romana ocupaban en todas partes los puestos de liderazgo, mientras que todos los miembros de las demás tribus eran sus esclavos. Por eso, esta sociedad nunca pudo alcanzar una dignidad tan elevada como la sociedad islámica, y jamás tuvo capacidad para otorgar a la humanidad los beneficios que le otorgó la sociedad islámica.
También en la época moderna han surgido diversas sociedades. A modo de ejemplo, puede mencionarse el Imperio británico. Este es el heredero del Imperio romano. La codicia de los intereses nacionales constituye la base de este imperio, y la nación británica es su dirigente. Su objetivo es explotar todas las colonias del imperio. Lo mismo se aplica a los demás imperios europeos. Los antiguos imperios español y portugués, así como la Francia actual, han seguido el mismo camino en materia de explotación y opresión.
El comunismo salió a la palestra proclamando que construiría una nueva sociedad derribando los muros de la raza, la tribu, la lengua y la nacionalidad geográfica. Pero esa sociedad también, dejando de lado las relaciones humanas, adoptó la división de clases como fundamento de la sociedad. En este aspecto, la sociedad comunista es el otro lado de la antigua sociedad romana. En la sociedad romana predominaban los nobles; en la sociedad comunista predominan los proletarios. Albergar odio y hostilidad hacia la otra clase es el lema fundamental de esta sociedad. Una sociedad egoísta y vengativa de esta naturaleza no puede hacer otra cosa que despertar los instintos animales del ser humano. Su programa consiste en estimular esos instintos animales y hacerlos aún más fuertes. Desde la perspectiva del comunismo, las necesidades básicas del ser humano son iguales a las del animal: alimento, vivienda y satisfacción del deseo sexual. Por eso, según su perspectiva, toda la historia de la humanidad no es más que la historia de la búsqueda de alimento.
El islam es la única forma de vida establecida por Allah que despierta las nobles cualidades humanas y las sutiles facultades del ser humano y, mediante su desarrollo, prepara el terreno para establecer una sociedad humana de alto nivel. Hasta hoy, esta característica del islam sigue siendo única y sin parangón. Quienes abandonan este sistema e intentan construir una sociedad sobre la base del nacionalismo, el patriotismo, la raza, la tribu, la lengua o la clase son, en realidad, enemigos de la humanidad. No están dispuestos a adornar al ser humano con las cualidades que Allah le ha otorgado. Tampoco desean que la sociedad humana se beneficie de las cualidades y capacidades conjuntas de todos los linajes y tribus, ni que construya una sociedad equilibrada y unida en la que sus miembros vivan con felicidad y bienestar. Sobre esta clase de personas, Allah, el Altísimo, ha dicho:
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«¡Oh, Profeta! ¿Acaso no os informaré de quiénes son los que han fracasado por completo en sus obras? Son aquellos que siguen un camino errado en la vida de este mundo, mientras creen que siguen el camino recto. Han rechazado aceptar las aleyas de su Señor y no creen en el retorno a Su presencia. Por ello, todas sus obras se han malogrado y el Día de la Resurrección no tendrán ningún valor. Como recompensa por su incredulidad y por haberse burlado y mofado de Mis aleyas y de Mis Mensajeros, sufrirán el castigo del Infierno» — Al-Kahf: 103-106
Capítulo cuarto
El yihad en el camino de Allah
Los diferentes niveles del yihad
El imán Ibn Qayyim escribió en su famosa obra Zad al-Ma’ad un capítulo titulado «La conducta del Mensajero de Allah (s.a.s.) con los incrédulos y los hipócritas desde el inicio de la profecía hasta el último momento de su vida». En ese capítulo, el erudito autor escribió sobre la naturaleza del yihad: La primera revelación que descendió sobre el Mensajero de Allah (s.a.s.) fue:
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(Lee en el nombre de tu Señor, el Creador, etc.).
Este fue el comienzo de la profecía. Allah Taala ordenó a Su Profeta que recitara por sí mismo los versículos mencionados anteriormente. Sin embargo, todavía no se le había ordenado transmitir la revelación a otros. Después, Allah Taala dijo:
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(¡Oh, tú que estás cubierto con una manta! Levántate y advierte a la gente).
De este modo, mediante la orden «Iqra», se le confió la misión de la profecía, y mediante el llamamiento «Oh, tú que estás cubierto con una manta», se le confió la responsabilidad de la risalat. Luego se le ordenó advertir a sus parientes cercanos. Por ello, el Honorable Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, transmitió primero el mensaje de Allah a sus parientes cercanos. Después dirigió sus advertencias a los vecinos, más tarde a todos los árabes y, finalmente, a la humanidad del mundo entero. Así, durante aproximadamente trece años, se esforzó, mediante la tabligh, por despertar el temor de Allah en los corazones de la gente. Durante ese tiempo no luchó contra nadie ni exigió la yizia a nadie. Por el contrario, se le ordenó entonces mantenerse al margen, tener paciencia y adoptar el camino de la tolerancia. Después recibió la orden de emigrar. Tras la hégira, se permitió la lucha armada. Luego descendió la orden de combatir mediante la yihad a quienes tomaran las armas contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y de no intervenir contra quienes adoptaran la neutralidad. Más tarde se ordenó combatir a los idólatras hasta que la religión de Allah se aplicara plenamente. En aquel momento, los incrédulos fueron divididos en tres categorías: la primera, los grupos que habían concertado tratados; la segunda, los grupos en guerra; y la tercera, los dhimmíes.
A los musulmanes también se les ordenó respetar los tratados con aquellos con quienes el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, había concertado previamente tratados de paz, mientras ellos cumplieran sus términos. Si surgía la sospecha de que alguna de las partes había violado el tratado, se ordenaba al Profeta de Allah anularlo mediante una declaración pública, y se prohibía tomar las armas contra ellos hasta que se notificara a la otra parte la declaración de ruptura del tratado. Junto con ello, también descendió la orden de combatir a quienes quebrantaran los tratados.
En la sura At-Tawba se establecieron precisamente estas tres clases de instrucciones. Allí se declaró claramente que la guerra contra quienes, entre la Gente del Libro, fueran hostiles a Allah y a Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, continuaría hasta que pagaran la yizia o aceptaran el sistema de vida islámico. En esa misma sura se ordenó librar una yihad severa contra los incrédulos y los hipócritas. El Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, tomó las armas contra los incrédulos conforme a la orden de Allah, y luchó contra los hipócritas presentando argumentos y pruebas y mediante el diálogo y las conversaciones. En esa misma sura se ordenó declarar anulados todos los tratados previamente celebrados con los incrédulos, y los tratados fueron divididos en tres categorías. Se ordenó combatir a la primera categoría. Las personas de esta categoría habían violado el tratado por iniciativa propia. El Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, luchó contra ellos y salió victorioso. Con las personas de la segunda categoría concertó tratados de paz por un período determinado. Ellos no habían violado el tratado ni habían prestado ningún tipo de ayuda a ningún enemigo del islam. Allah Taala ordenó mantener vigentes, hasta el plazo establecido, los tratados concertados con esas personas. Con las personas de la tercera categoría no se había concertado ningún tratado, pero nunca habían actuado hostilmente contra el Mensajero de Allah. Asimismo, se incluyó en esa categoría a aquellos con quienes se habían concertado tratados de paz por tiempo indefinido. Se ordenó conceder a las personas de esta categoría un plazo de cuatro meses y, transcurrido ese plazo, combatirlas.
Por ello, el Profeta de Allah mató a quienes quebrantaron los tratados y concedió un plazo de cuatro meses a quienes no los habían violado o con quienes se habían concertado tratados por tiempo indefinido. En cuanto a quienes cumplían los tratados, los trató conforme a sus términos hasta que expirara el plazo establecido. Como resultado, toda la gente aceptó el islam y abandonó la incredulidad dentro del plazo fijado. Los habitantes no musulmanes pagaron la yizia y se sometieron al Estado. Así, después de la revelación de la sura At-Tawba, los incrédulos quedaron divididos en tres categorías: la primera estaba formada por los enemigos que combatían contra el islam; la segunda, por los grupos ligados mediante tratados; y la tercera, por los dhimmíes. El bando opositor temía constantemente al Profeta de Allah. De este modo, la gente de todo el mundo quedó dividida en tres categorías: la primera, los musulmanes que creían en el Profeta; la segunda, los dhimmíes que gozaban de protección; y la tercera, los incrédulos en guerra. Allah Taala ordenó a Su amado Profeta aceptar la obediencia externa de los hipócritas, dejar sus engaños internos en manos de Allah y continuar esforzándose por reformarlos mediante los argumentos y el diálogo.
Alá, el Altísimo, prohibió a Su Profeta realizar la oración fúnebre por los hipócritas, detenerse junto a sus tumbas para suplicar o interceder ante Alá para que perdonara sus pecados. Por el contrario, Alá declaró que, aunque el Profeta intercediera por el perdón de los hipócritas, ellos no serían perdonados. Esta era la política adoptada por el Profeta de Alá respecto de los enemigos incrédulos e hipócritas.
En la discusión mencionada se han expuesto, de manera sumamente concisa, todos los niveles de la yihad islámica. Esta discusión ofrece una indicación de las características del movimiento religioso y de sus resultados de amplio alcance. El tema exige un examen muy atento. Aquí solo estamos señalando algunos aspectos.
Primera característica de la yihad: La primera belleza característica del din de la verdad es que constituye un sistema de vida práctico. El movimiento de este din atrae hacia sí a las personas en todas las circunstancias de su entorno y utiliza para su labor los medios y recursos que son compatibles con las circunstancias. Desde el comienzo del movimiento islámico se inicia el conflicto con la sociedad de la falsedad. El pensamiento y las creencias de la sociedad establecida permanecen bajo la influencia de la jahiliyyah. La estructura de ese sistema social se erige sobre los fundamentos de la jahiliyyah. Por ello, con el patrocinio del poder económico y político, son indispensables medios y recursos equivalentes a los de las fuerzas establecidas con orgullo sobre la sociedad por la jahiliyyah. Así, el islam corrige el pensamiento y las creencias mediante la predicación y la difusión. Para transformar el sistema social establecido, lleva a cabo la yihad utilizando el poder mundano. Pues esa sociedad dirigida por la jahiliyyah obstaculiza la purificación de las creencias y del pensamiento. Adopta medios mundanos y programas engañosos, y obliga a las personas a permanecer leales a la sociedad jahilí. Como resultado, la sociedad no tiene otra opción que vivir inclinándose ante los seres humanos en lugar de ante Alá, el Todopoderoso. Por eso, el movimiento islámico no puede considerar suficiente únicamente la da‘wa y el tabligh para erradicar la jahiliyyah respaldada por el poder mundano. Al mismo tiempo, cambiar por la fuerza las creencias de las personas no es un principio del ideal islámico. En la conducción del movimiento de este din, ambos métodos mencionados son igualmente importantes y ambas vías son igualmente aceptables. Pues el objetivo del movimiento es liberar a las personas de la servidumbre a otras personas y ponerlas al servicio de la adoración del único y singular Alá.
Segunda característica de la yihad: La segunda característica del islam es que constituye un movimiento práctico. Este movimiento avanza paso a paso, reúne en cada etapa los medios que necesita y prepara el terreno para la etapa siguiente. En este din no existe ningún método irreal que pretenda afrontar los problemas reales únicamente con la ayuda de excelentes principios, ni este movimiento ideal depende de ciertos procedimientos rígidos e inmutables para resolver los problemas que surgen en sus distintas etapas. Quienes hablan de la yihad islámica y citan versículos del Corán en apoyo de la yihad no prestan atención a este asunto. Más bien, tampoco logran comprender las etapas que el movimiento islámico debe atravesar para avanzar. Naturalmente, tampoco pueden comprender con qué significado fue revelado cada versículo coránico para cada etapa del movimiento. Por eso, abordan el tema de la yihad con ideas confusas, mezclan las distintas etapas del movimiento, distorsionan la verdadera naturaleza de la yihad y extraen ciertos principios generales de los versículos coránicos revelados en diferentes momentos. Sin embargo, esos versículos no dejan margen alguno para descubrir en ellos principios conforme a sus propios deseos. Consideran cada versículo del Corán como el límite final del din. Quienes sostienen esta clase de pensamiento, nacidos actualmente en sociedades musulmanas que solo conservan el nombre, adoptan el papel mencionado como resultado de una mentalidad derrotista, bajo la presión de unas circunstancias ambientales desesperanzadoras.
Dominados por una mentalidad derrotista, dicen: «El islam solo permite la guerra defensiva». Lo sumamente lamentable es que creen haber procurado el gran bienestar del din mediante esta explicación de la yihad. La realidad es que, al interpretar erróneamente la yihad, están abandonando precisamente la característica distintiva del din. El propósito de esta interpretación es apartar al din de su objetivo fundamental. Después de adoptar esta interpretación, el islam pierde el objetivo de liberar a las personas del poder de las fuerzas tagutíes y dedicarlas a la adoración de Alá, el Único, sin asociados. Por supuesto, el islam no ordena cambiar por la fuerza las creencias. Al contrario, brinda a las personas la oportunidad de elegir libremente su camino de vida. Y, para liberar a la población de la opresión del poder político establecido, elimina esa autoridad gobernante. Después de ello, también le concede la posibilidad de vivir como residente leal del Estado islámico mediante el pago del impuesto de la yizya. Como consecuencia, se eliminan todas las fuerzas que impiden por la fuerza el camino hacia la aceptación libre de la doctrina islámica, y la población obtiene la oportunidad de decidir voluntariamente si acepta o no el islam.
Tercera característica de la yihad: La tercera característica de este din es que el movimiento religioso, que avanza progresivamente mediante una lucha intensa, jamás se desvía ni un ápice de su objetivo fundamental, cualesquiera que sean las circunstancias. Desde el primer día del movimiento, cuando el Profeta de Alá (la paz sea con él) se dirigió y llamó a sus familiares, a la tribu de Quraish o a todos los habitantes del mundo, en cada etapa los convocó hacia el objetivo fundamental. En todas las circunstancias difundió el mismo mensaje. Es decir, invitó a todos a reconocer la servidumbre al Dios único y a declarar la rebelión contra los demás pretendientes falsos a la soberanía. En este asunto no hay el menor margen para ningún compromiso ni flexibilidad. Para alcanzar este objetivo, el movimiento avanza conforme a un plan y progresa atravesando diversas etapas. En cada etapa surge la necesidad de utilizar los medios y recursos que las circunstancias requieren. Ya hemos mencionado esto anteriormente.
Cuarta característica de la yihad: La cuarta característica es que el islam ha establecido normas permanentes respecto a las relaciones de la umma musulmana con los demás no musulmanes.
Esto se ha sabido precisamente por la cita anterior de la obra Zad al-Ma’ad. La idea fundamental de esta doctrina es que el islam (aceptar la servidumbre y la obediencia a Allah) es una verdad universal y suprema, y que aceptarlo es indispensable y obligatorio para toda la humanidad. Quienes son incapaces o no desean aceptar el islam tienen el deber de adoptar una actitud conciliadora hacia él y de no crear obstáculos, con la ayuda de ninguna fuerza política o de otro tipo, en el camino de la difusión de su mensaje y su expansión. Toda persona necesita un entorno favorable y libre de presiones para decidir si acepta o no el islam. Si alguien desea aceptar el islam, el sector contrario al islam no debe emplear la fuerza contra esa persona ni imponerle ningún tipo de
obstáculo. Si alguien pone obstáculos, es deber del islam luchar contra él, y esta lucha continuará sin interrupción hasta que quien obstaculiza muera o se someta.
Cuando, al hablar del yihad islámico, los escritores de mentalidad débil y derrotista intentan, según su propia perspectiva, eliminar la «mancha» del yihad del cuerpo del islam, mezclan innecesariamente dos cuestiones. La primera es no obligar a ninguna persona a aceptar el islam por la fuerza. El propio Allah Ta’ala ordenó claramente esto en el Sagrado Corán mediante la declaración ———————- (no hay coacción en la religión). La segunda es que el islam ordena desarraigar todas aquellas fuerzas políticas y mundanas que se interponen como un muro entre las personas y Allah, les impiden aceptar la servidumbre a Allah y las convierten en sus esclavas. Estos dos principios son completamente distintos. No existe entre ellos ninguna confusión ni son contradictorios entre sí. Sin embargo, debido a una mentalidad derrotada y rendida, las personas de espíritu débil quieren mezclar ambas cuestiones y calificar el yihad islámico de guerra defensiva. Pero el yihad islámico es una lucha de naturaleza completamente diferente. No guarda ninguna semejanza con las guerras y conflictos habituales de la época moderna. Ni en las condiciones de la guerra ni en su naturaleza externa se encontrarán las condiciones del yihad islámico; estas deben buscarse en la naturaleza de la ley islámica, en su papel en el mundo, en los grandes objetivos que Allah Ta’ala ha establecido para esta religión y en aquellos objetivos para cuya consecución encomendó al Mensajero de Allah, sallallahu alaihi wa sallam, la misión profética y le otorgó superioridad sobre todos los mensajeros.
Proclamación revolucionaria universal
La religión de la verdad es una proclamación revolucionaria universal. Liberar al ser humano de la servidumbre a otros seres humanos, e incluso de la servidumbre a sus propios deseos, es la esencia de esta proclamación. La consecuencia inevitable de proclamar la soberanía exclusiva de Allah es que todos los seres humanos participan por igual de Su misericordia. Por eso, cualquiera que sea la forma y el modo en que se establezcan el dominio y la soberanía de unos seres humanos sobre otros, el islam consiste en proclamar una rebelión total contra ello. El poder de gobernar a los seres humanos es, en realidad, una reivindicación del poder de Allah. Es decir, en un sistema social donde el poder de tomar la decisión definitiva sobre todos los asuntos está en manos de los seres humanos, donde son ellos quienes poseen en última instancia la facultad de dictar órdenes y prohibiciones para los demás, algunas personas reivindican ilegalmente el poder de Allah. Quienes reconocen su autoridad, en la terminología coránica, aceptan —————— (otros señores aparte de Allah). Por tanto, proclamar la soberanía y la autoridad exclusivas de Allah significa arrebatar el poder de manos de quienes lo ejercen ilegalmente como un poder divino y devolvérselo de nuevo a Allah, así como eliminar a quienes establecen su dominio y autoridad sobre las personas mediante leyes y normas inventadas por ellos mismos. Pues se habían sentado en el lugar de Dios y habían convertido a la sociedad humana en sus esclavos. En resumen, proclamar el señorío y la soberanía de Allah significa poner fin a toda autoridad y todo poder de gobernar de unos seres humanos sobre otros, y establecer la autoridad del Señor, Creador y Sustentador de todo el universo.
Allah Ta’ala ha dicho en el Sagrado Corán:
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«Él es la Deidad tanto en el cielo como en la tierra». Az-Zujruf: 84
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«El derecho de mandar y gobernar le pertenece únicamente a Él. Su mandato es que no se debe servir a nadie excepto a Él. Este es el sólido sistema de vida». — Yusuf: 40
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«(¡Oh, Profeta!) Di: “¡Oh, gente del Libro! Venid: no adoremos a nadie sino a Allah; no asociemos a nadie con Él y no tomemos como señor a ninguna otra fuerza en lugar de Allah”. Y declara a quienes se niegan a aceptar esto: “Sed testigos de que nos hemos sometido a Allah”». — Alí Imrán: 64
Los medios para establecer el gobierno de Allah
Establecer la soberanía de Allah no significa establecer, como el sistema de gobierno de la Iglesia, el gobierno de un grupo de personas «santas» autoproclamadas, ni, como el sacerdotalismo, un sistema de gobierno inventado por un puñado de personas que se atribuyen representar a Allah. Establecer el gobierno de Allah significa que se reconocerá la supremacía de la ley de Allah y que, para la decisión final sobre todos los asuntos, habrá que considerar como definitiva la legislación dada por Allah. Hay que recordar que establecer la soberanía de Allah, abolir la monarquía de los hombres, arrebatar el poder de gobierno de las manos de los opresores y entregarlo a Allah, y abolir las leyes creadas por los hombres para poner en vigor la ley dada por Allah no puede realizarse únicamente mediante la predicación y el tabligh. Quienes han establecido la autoridad divina sobre los hombres no renunciarán al poder simplemente por quedar impresionados por la predicación y el tabligh. Si así fuera, la tarea de los profetas de Allah de establecer la religión de Allah habría sido muy fácil. Sin embargo, por las historias de los profetas y por la historia de muchos siglos de la religión de la verdad, se sabe que a ningún profeta le resultó fácil establecer la religión.
Proclamar que Allah, Señor del universo, es el único soberano y, al mismo tiempo, declarar la rebelión contra los demás pretendientes al señorío aparte de Allah no es simplemente una doctrina, una teoría filosófica o la pronunciación de una frase negativa. Por el contrario, el objetivo de tal proclamación es instaurar sobre los hombres el gobierno de la Sharía divina y, mediante el uso de la fuerza, liberarlos de la servidumbre de unos hombres hacia otros para introducirlos en el ámbito de la servidumbre del Allah Único, sin asociado. Es fácil comprender que, para una transformación revolucionaria tan grande, es sumamente necesario iniciar el movimiento junto con la invitación y el tabligh, y enfrentarse, en cada etapa del movimiento en avance, a las fuerzas de la falsedad que le pongan obstáculos.
El islam proclama la liberación del ser humano de la subordinación a todas las fuerzas aparte de Allah. Por eso, en cada etapa de la historia humana, las creencias y doctrinas erróneas, la fuerza bestial y los sistemas políticos, sociales, económicos y tribales se interponen en su camino. Así ocurrió en el pasado, ocurre en el presente y no puede ser de otro modo en el futuro. Además, como consecuencia de que una fe mezclada con creencias erróneas y supersticiones se arraigue en el corazón de las personas, los obstáculos mencionados se vuelven aún más fuertes.
La tabligh y la predicación purifican el pensamiento y la aqidah y la fe de las personas, mientras que el movimiento elimina los obstáculos mundanos. En la cima de estos obstáculos mundanos se encuentra el poder político. Este poder está íntimamente ligado a la aqidah y la fe, a las diferencias de linaje y clase, y a las costumbres colectivas y económicas. De este modo, la tabligh y el movimiento, actuando conjuntamente, ejercen una influencia desde todos los ángulos sobre el sistema social establecido y ayudan a instaurar un nuevo sistema de vida. Para que la sociedad humana que habita la tierra pueda vivir verdaderamente en libertad, es imprescindible adoptar ambos métodos; este es un asunto de suma importancia.
La importancia de la adoración
El islam no vino con un mensaje de liberación destinado únicamente a los árabes. El objetivo de esta religión es toda la humanidad y su campo de acción es el mundo entero. Allah no es el Sustentador únicamente de los árabes o de quienes creen en el islam; por el contrario, es el Sustentador y Protector de todo el universo. Él quiere liberar al mundo entero de toda forma de servidumbre humana y devolverlo al ámbito de Su profunda protección. Desde la perspectiva del islam, imponerse a uno mismo leyes y normas creadas por los seres humanos es, en realidad, servidumbre o adoración. Por eso el islam declara que la adoración o servidumbre está destinada exclusivamente a Allah. Quien acepta adorar o servir a alguien distinto de Allah, por muy piadoso que se considere, en realidad se encuentra fuera de los límites de la religión. El Mensajero de Allah (s. a.) declaró claramente que obedecer las leyes vigentes y los sistemas de gobierno es otra forma de adoración. Cuando los judíos y los cristianos se apartaron de este significado de la adoración, fueron considerados mushrikun.
El imán Tirmidhi narra, transmitiendo de Adi ibn Hatim (r. a.), que, después de que le llegara el mensaje del Mensajero (s. a.), huyó a Siria. Esto se debió a que había abrazado el cristianismo ya en la época de la ignorancia. Sin embargo, su hermana y varias otras personas de aquel linaje fueron capturadas. El Profeta trató amablemente a su hermana, la liberó sin exigir rescate y le permitió regresar junto a sus parientes con algunos regalos. Aquella mujer se reunió con su hermano, lo animó a aceptar el islam y le aconsejó que se entrevistara con el Profeta de Allah. Adi aceptó la propuesta, y los habitantes de Medina esperaron su regreso. Cuando acudió a entrevistarse con el Profeta, llevaba colgada del cuello una cruz de plata. En ese momento, el Profeta estaba recitando el siguiente versículo:
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«Han tomado a sus sacerdotes, monjes y líderes religiosos como señores en lugar de Allah». — At-Tawbah: 31
Adi dijo: «Le expuse al Profeta (s. a.): “Ellos no adoran a los líderes religiosos”». El Profeta respondió: «Aceptaron como lícito aquello que los líderes religiosos declararon lícito. Del mismo modo, consideraron ilícito aquello que los líderes religiosos declararon ilícito. Así es como adoraban a sus propios líderes religiosos».
Lo que el Mensajero de Allah (s. a.) dijo al explicar el versículo coránico citado constituye una formulación clara e inquebrantable de la Sharia. Es decir, aceptar las leyes y normas de alguien distinto de Allah es una forma de adoración. Quien se entrega a una adoración de este tipo sale del islam. Este hadiz también muestra que, cuando algunas personas convierten a otra persona o a varias personas en «señores en lugar de Dios», eso también se considera adoración. La religión de la verdad fue revelada precisamente para poner fin a esta servidumbre y obediencia ilegítimas. Y esta misma religión ha declarado, con palabras inequívocas, que las personas que viven en la tierra de Allah deben vivir libres de la servidumbre a cualquier otro aparte de Allah.
Si en la vida práctica de las personas se observa una situación contraria a la declaración anterior, entonces el ideal islámico se verá obligado a entrar en el terreno de la acción, empuñando las dos armas: la predicación y el movimiento.
El objetivo del movimiento islámico será atacar a las fuerzas políticas que aspiran a establecer un dominio injusto sobre las personas y que, completamente despreocupadas de la sharía de Allah, imponen su gobierno. Porque, debido a los obstáculos creados por estas fuerzas políticas, quienes desean vivir conforme al mensaje del Islam se ven privados de la libertad de expresar sus opiniones. Por eso, mediante la predicación y el movimiento, el Islam elimina a las fuerzas que aspiran a establecer su dominio. Sean políticas o portadoras de la bandera de las desigualdades de linaje, tribu y clase, sin eliminar esas fuerzas no puede alcanzarse la verdadera libertad humana. Por ello, después de desarraigar esas fuerzas falsas, el Islam protege la verdadera libertad de la sociedad humana mediante el establecimiento de un nuevo sistema social, económico y político, y allana el camino para el progreso gradual de una vida libre.
La libertad humana desde la perspectiva del Islam
El objetivo del Islam no es inculcar por la fuerza creencias y convicciones en la mente de las personas. Pero tampoco debe olvidarse que el Islam no consiste simplemente en un tipo particular de creencia y convicción. Ya hemos explicado anteriormente que el Islam es la declaración revolucionaria de liberar a las personas de la servidumbre de otras personas. Desde el mismo inicio de la predicación del mensaje del Islam se proclamó claramente que el Islam desea desarraigar todos los gobiernos e instituciones que establecen su dominio sobre las personas. Después de rescatar a la sociedad humana de la servidumbre política, el Islam procura purificar la mente y la conciencia de las personas de la influencia contaminante de las fuerzas falsas. Una vez cumplida esta tarea, concede a su conocimiento y conciencia libres plena libertad para aceptar o no aceptar el Islam. Pero el significado de esta libertad tampoco es que una persona pueda someterse voluntariamente a la esclavitud de sus inclinaciones egoístas o de cualquier otra persona, ni que decida mantener un sistema que establece el dominio de unas personas sobre otras.
Dondequiera y cuandoquiera que se establezca un sistema de gobierno en la Tierra, deberá fundarse reconociendo la servidumbre a Allah Todopoderoso. Y deberá reconocerse la soberanía de Allah Todopoderoso como fuente del código de vida. Solo bajo este sistema de gobierno basado en ideales existirá la libertad de creencias y convicciones personales. Este es el único camino para consagrar exclusivamente a Allah la religión, la servidumbre y la obediencia. El significado de la palabra din es mucho más amplio que el de creencia y convicción. Someter todos los aspectos y ámbitos de la vida humana a un sistema determinado es lo que se denomina din, y el din islámico está construido sobre la base de la fe o creencia. Sin embargo, el ámbito del din es más amplio que el de la creencia y la convicción. Por eso, después de expresar obediencia al sistema de gobierno islámico, existe la posibilidad de vivir en esa sociedad sin adoptar en la vida privada las creencias y convicciones islámicas.
El yihad no es simplemente una guerra de autodefensa
Por lo que hemos comprendido anteriormente acerca del objetivo del din, queda claramente demostrado que es indispensable iniciar el yihad en sus dos formas. Es decir, el yihad bi-s-saif (el yihad de las armas) y el yihad bil-qawl (el yihad mediante la predicación). Sin ambas formas de yihad es imposible establecer el din. También hemos comprendido que el yihad islámico no es exactamente lo que, en la limitada terminología de la época actual, se entiende por guerra defensiva. Solo ciertas personas de mente débil, presionadas por las circunstancias e incapaces de responder adecuadamente a los ataques astutos de los escritores occidentales, han intentado confinar el yihad islámico dentro de esos estrechos límites. El Islam es una revolución viviente. Su objetivo es hacer que las personas experimenten la verdadera libertad. Para alcanzar este objetivo, el Islam emprende una campaña de reforma en cada aspecto y ámbito de la vida práctica de las personas, y avanza gradualmente, empleando todos los medios y recursos existentes en la sociedad. En cada etapa utiliza los recursos necesarios y da los pasos para alcanzar la etapa siguiente.
Si se utiliza el yihad islámico en el sentido de guerra defensiva, habrá que modificar el significado convencional de autodefensa y entender por la palabra yihad la defensa de la humanidad frente a la opresión de las fuerzas que le arrebatan la libertad. Estas fuerzas opresoras intentan privar de su libertad a la sociedad humana adoptando la forma de creencias y convicciones erróneas, así como de desigualdades económicas, tribales y de clase. Cuando el ideal islámico llegó al mundo, aquellas personas extraviadas tenían la supremacía, y en la ignorancia moderna también se han creado ideas y caminos erróneos de ese tipo.
Después de aceptar este amplio significado de la autodefensa, somos capaces de comprender la verdadera naturaleza del islam. El significado general de la yihad islámica, o autodefensa, es el siguiente:
«La proclamación de la plena libertad del ser humano frente a la servidumbre de otros seres humanos; el establecimiento de la soberanía de Allah Ta‘ala en todo el mundo; la eliminación de la autoridad de los seres humanos egoístas y opresores; y la aplicación de las disposiciones de Allah en todos los aspectos y ámbitos de la vida humana».
Un grupo de personas presenta diversos argumentos y razonamientos para demostrar que la yihad islámica no es más que una guerra defensiva, y día y noche continúa investigando con el propósito de aportar pruebas en apoyo de sus argumentos. Buscan minuciosamente acontecimientos y relatos históricos con los que puedan demostrar que la yihad islámica fue una lucha para «defender los países islámicos». Algunos miembros de este grupo consideran únicamente la península arábiga como un país islámico y sostienen que la necesidad de la yihad surgió en aquella época solo porque las tierras árabes fueron atacadas por grupos enemigos de las regiones vecinas.
Estas personas, favorables al islam, o bien no han comprendido el papel del islam en la solución de los problemas mundiales, o simplemente han adoptado una postura débil bajo la influencia de las circunstancias adversas y de los ataques astutos de los escritores occidentales.
¿Quién puede afirmar que, si el honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), el honorable Umar (que Allah esté complacido con él) y el honorable Uthmán (que Allah esté complacido con él) hubieran recibido la garantía de no ser atacados por Roma y Persia, habrían detenido la expansión del movimiento islámico? A esta pregunta solo puede responderse «no», porque la expansión del islam habría sido totalmente imposible sin la yihad. Numerosos obstáculos y dificultades se alzaban como muros en el camino de este movimiento. En particular, los sistemas políticos, las constituciones de los Estados que los respaldaban y todo lo demás se oponían al movimiento islámico.
Después de proclamar un mensaje revolucionario y anunciar la libertad de toda la humanidad del mundo, pensar que se puede avanzar únicamente mediante la predicación verbal frente a los obstáculos mencionados no es más que una necedad. Por supuesto, el movimiento islámico también recurre a la predicación verbal. Pero ¿cuándo? Cuando las personas son completamente libres de aceptar o no una ideología. Solo después de liberar a las personas de toda clase de presión y atadura se propaga el islam, conforme al principio de «no hay coacción en la religión», únicamente por medio de la predicación.
El llamado al sistema de vida islámico es una proclamación revolucionaria de la plena libertad de la humanidad. Naturalmente, después de esta proclamación, la libertad deseada no se alcanzará únicamente mediante discusiones filosóficas y la descripción de la belleza de la religión. Por el contrario, habrá que entrar efectivamente en conflicto con el entorno adverso y utilizar todos los medios y recursos necesarios para eliminar los obstáculos y dificultades que el movimiento, en su avance progresivo, encuentre en cada etapa. Este tipo de movimiento es la yihad. En la terminología islámica, la tierra donde se aplica el sistema de vida islámico se denomina Dar al-Islam. Ya sea que este Dar al-Islam se encuentre en paz o en guerra con los enemigos vecinos, la responsabilidad de la yihad no disminuye ni aumenta. El establecimiento de la paz es el objetivo del islam, pero el islam no pretende conformarse con mantener la paz y el orden únicamente en el territorio limitado de Dar al-Islam ni con establecer esta paz parcial. La paz que el islam desea consiste en que la religión de Allah quede plenamente establecida en toda la tierra de Allah, que todos los seres humanos sirvan únicamente a Allah Ta‘ala y que toda forma de autoridad y dominación de unos seres humanos sobre otros desaparezca por completo. En la época posterior al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), hay que avanzar teniendo ante nosotros esta etapa final de la yihad. No será necesario establecer las etapas inicial e intermedia, porque esas etapas ya han sido superadas. El imán Ibn Qayyim dice: después de la revelación de la sura At-Tawba, el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) trató con los incrédulos de tres maneras. Los incrédulos que combatían contra el islam eran enemigos declarados. El segundo grupo estaba formado por comunidades de incrédulos vinculadas por tratados. Y el tercer grupo estaba formado por los dhimmíes. Después de que los incrédulos vinculados por tratados aceptaran el islam, solo quedaron estos dos grupos de incrédulos: los combatientes y los dhimmíes. Los incrédulos combatientes temían siempre al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y por eso mantenían constantemente su hostilidad. De este modo, a los ojos del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), la gente del mundo entero quedó dividida en tres grupos. El primero estaba formado por los musulmanes creyentes. El segundo, por los dhimmíes que vivían en el Estado islámico bajo un tratado de paz, y el tercero, por los incrédulos combatientes. La naturaleza misma del ideal islámico es tal que, desde el inicio de su movimiento, las personas quedan divididas en esos grupos. Sin embargo, la interpretación de la yihad ofrecida por los sectores de mentalidad débil que se rinden ante los ataques de los escritores occidentales está muy alejada de las características de la yihad islámica. Después de que los musulmanes emigraran de La Meca a Medina, al principio Allah Ta‘ala les ordenó abstenerse de combatir y reveló el siguiente versículo:
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«Contened vuestras manos, estableced la salat y dad el zakat». — Nisa: 77
Después de algún tiempo, se concedió permiso para luchar contra los enemigos, en los términos del Corán que se citan a continuación:
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«Se permite luchar también a aquellos contra quienes se combate, porque han sido oprimidos. Allah Ta’ala tiene ciertamente poder para ayudarlos. Son aquellos que han sido expulsados injustamente de sus hogares. Su único “delito” fue declarar que Allah era su único “Rabb”. Si Allah Ta’ala no hubiera refrenado a un grupo de personas mediante otro, habrían sido destruidos todos los monasterios, iglesias, lugares de culto y mezquitas, donde se menciona el nombre de Allah. Allah Ta’ala ayudará ciertamente a quienes ayudan a Allah; Allah es ciertamente Poderoso. (Son dignos de la ayuda de Allah) aquellos a quienes concedemos autoridad para gobernar una tierra y que allí establecen la salat, instauran el sistema del zakat, ordenan lo correcto o promulgan leyes, y disuaden a la gente de las malas acciones. Y en manos de Allah Ta’ala está el desenlace de todos los asuntos». — Al-Hajj: 39–41
Después de superar esta etapa, se ordenó hacer la yihad contra todos los que empuñaran la espada contra los musulmanes—
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«Empuñad también vosotros las armas contra quienes las empuñen contra vosotros». — Al-Baqarah: 190
Y finalmente, Allah Ta’ala ordenó hacer la yihad contra todos los mushriks—
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«Y combatid todos juntos contra los asociadores, tal como ellos combaten juntos contra vosotros». — At-Tawba: 36
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«Iniciad el combate contra quienes, de entre la Gente del Libro, no creen en Dios ni en el Último Día, no consideran ilícito lo que Dios y el Mensajero han declarado ilícito y no adoptan la verdadera religión como su religión, hasta que paguen el impuesto de la yizia con sus propias manos y reconozcan su sometimiento al Estado islámico». — At-Tawba: 29
Los versículos del Corán mencionados anteriormente, los innumerables hadices que exhortan al yihad, los relatos de las campañas militares del Noble Profeta (s. a. s.) y toda la historia del islam están colmados de acontecimientos relacionados con el yihad. Debido a la existencia de estas pruebas claras, el público musulmán no está dispuesto a aceptar las nuevas interpretaciones del yihad propuestas por escritores de mentalidad occidental. La razón es que esos escritores se han dejado confundir por las circunstancias adversas y por la propaganda intencionada de astutos autores occidentales.
Quienes leen las claras instrucciones de Dios Altísimo, conocen los hadices del Profeta (s. a. s.) y estudian la historia del islam, repleta de relatos de victorias, nunca pueden aceptar que el yihad fuera una disposición temporal, que hubiera sido ordenado únicamente para la sociedad cambiante de aquella época y que el verdadero objetivo permanente del yihad consistiera solamente en luchar para proteger las fronteras.
Al autorizar el yihad, Dios Altísimo informó a los creyentes de que la disposición permanente de Dios Altísimo para la administración del mundo es que Él reprime a un grupo mediante otro, a fin de mantener a la sociedad humana libre de la corrupción. Así:
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«Si Dios no hubiera repelido a un grupo por medio de otro, habrían sido destruidos los monasterios, las iglesias, los santuarios y las mezquitas en las que se menciona el nombre de Dios». — Al-Hayy: 40. Queda claro que esta lucha no es temporal, sino una disposición permanente, pues la verdad y la falsedad no pueden coexistir en la tierra. Siempre que el islam ha proclamado su propósito de establecer la soberanía de Dios y liberar al ser humano de la servidumbre del hombre, quienes reclamaban un dominio tiránico se han alzado contra esta declaración con la espada desenvainada y no han estado dispuestos a tolerar este movimiento bajo ninguna circunstancia. El islam ha inspirado una lucha intransigente para eliminar a estos rebeldes contra Dios y liberar a toda la humanidad del sistema de gobierno opresivo de estos tiranos. Por eso, esta lucha de la verdad contra la falsedad continuará avanzando sin interrupción hasta que la religión quede consagrada exclusivamente a Dios.
Razones por las que se prohibió la yihad armada durante la etapa mequí
La orden de evitar la guerra y expandir la da‘wa durante la etapa mequí era una actividad temporal dentro de un plan de largo alcance. Esta política se mantuvo durante algún tiempo incluso después de la hégira. Sin embargo, cuando, al final de la etapa inicial, los musulmanes se decidieron firmemente por la yihad, esta no era simplemente una guerra defensiva para proteger la ciudad de Medina. Ciertamente, la seguridad de Medina también estaba en cuestión, pero aquello solo constituía un medio para alcanzar un objetivo. Era necesario defender Medina para mantener el centro del movimiento a salvo de los ataques enemigos, continuar sin interrupción la lucha por hacer que la gente fuera verdaderamente libre e independiente y resistir todos los obstáculos y las dificultades.
La justificación de no permitir la guerra durante la permanencia en La Meca se comprende fácilmente. El Profeta de Dios contaba con la protección de los Banū Hāshim. Por ello podía proclamar públicamente el mensaje de la religión. Mediante encuentros personales y pequeñas reuniones de conversación, procuraba influir en las mentes y los corazones de la gente. Además, en La Meca no había ningún sistema estatal bien organizado que obstaculizara su prédica o impidiera que la gente respondiera a ella. Por tanto, en aquella etapa no surgió la necesidad de recurrir a la fuerza. Asimismo, había otras varias razones por las que era apropiado no entrar en guerra en La Meca en aquel momento. En mi obra exegética titulada «Fī Ẓilāl al-Qurʾān», mencioné esas razones al explicar las siguientes aleyas:
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«¿Acaso no has visto a quienes recibieron la orden de contener sus manos?» — An-Nisāʾ: 77
La segunda razón principal por la que se prohibió participar en la guerra durante la etapa mequí del movimiento era que, en aquel momento y dentro de un entorno particular, el movimiento islámico estaba formando, mediante la instrucción, un cuerpo de militantes destinado a alcanzar objetivos específicos. Era sumamente necesario instruir con fines especiales a quienes aceptaban el islam en aquel entorno. Por ejemplo, era absolutamente indispensable darles la fortaleza moral necesaria para soportar situaciones a las que los árabes no estaban acostumbrados. Había que cambiar la concepción que los conversos de la Arabia de entonces tenían sobre el objetivo de la vida, instruyéndolos en la paciencia ante la opresión y la persecución sufridas por ellos mismos o por sus familiares, el control del orgullo y del sentido del honor personales, la supresión del rencor personal y del deseo de vengarse, y el abandono de la adoración de sí mismos y de la servidumbre a las pasiones, entre otras cuestiones. En la época de la ignorancia, el principal objetivo de sus vidas era protegerse a sí mismos y a sus parientes. Después de aceptar el islam, el objetivo de sus vidas cambió. Naturalmente, era muy importante prepararlos para adquirir autocontrol. Debían evitar enfurecerse bajo el impulso de la excitación y perder la orientación; por el contrario, debían ser capaces de adoptar medidas equilibradas y decorosas con una mente sumamente serena y firme. También era necesario entrenarlos para trabajar, bajo las órdenes de un gran líder, como miembros de una organización disciplinada, y para actuar en cada asunto después de conocer la opinión del líder y conforme a ella. Se estaba cambiando su actitud para que obedecieran las órdenes del líder en aras de mantener la disciplina, aunque alguna orden no fuera del agrado de un individuo en particular. Esta formación en tales asuntos era sumamente necesaria para forjar la vida de los árabes. Porque el objetivo del movimiento islámico era construir una sociedad disciplinada, de carácter elevado, civilizada, libre de instintos bestiales y de disputas y conflictos tribales.
Otra posible razón detrás de la orden de abstenerse de la guerra durante la etapa mequí era que los coraichitas estaban dominados por el orgullo de su noble linaje. El esfuerzo por atraerlos al camino de la religión mediante la persuasión y la explicación habría sido más eficaz y fructífero. La lucha y los enfrentamientos bélicos habrían contribuido a aumentar la hostilidad y la ira, haciendo aún más intensa su sed de sangre innata. Anteriormente, las guerras de Dāhis, Gabrāʾ y Basūs se habían prolongado durante años sobre la base de la animosidad tribal, y tribu tras tribu había quedado aniquilada en aquellos campos de batalla. Si el islam hubiera sido víctima de una animosidad tribal de ese tipo, su llamamiento ideológico y de da‘wa no habría encontrado respuesta en ningún corazón. Más bien, habría quedado reducido a un simple instrumento de una lucha sangrienta e interminable. En esas circunstancias, existía el riesgo de que su mensaje y su enseñanza fundamental quedaran sepultados bajo las disputas tribales.
Evitar la propagación generalizada de la guerra civil también pudo haber sido uno de los objetivos de abstenerse de combatir en La Meca. Pues en La Meca no existía ningún gobierno legítimo que persiguiera a los creyentes ni obstaculizara su movimiento. Más bien, eran los propios familiares y miembros de la tribu de cada musulmán quienes impedían su labor de da‘wa y los sometían a persecución. Si en aquellas circunstancias se hubiera permitido combatir, se habría establecido un campo de batalla en cada familia, y esta guerra civil habría continuado sin interrupción. La oposición también habría tenido la oportunidad de difundir la propaganda de que el islam provocaba conflictos familiares. De hecho, ya se había comenzado a difundir ese tipo de propaganda. Durante el Hayy, cuando personas de lugares lejanos se reunían en La Meca para realizar el Hayy o comerciar, los jefes qurayshíes se acercaban a ellas y decían: «Muhammad no se ha limitado a sembrar la discordia dentro de su propia tribu; también ha provocado conflictos entre padres e hijos». Sin embargo, en aquel momento estaba prohibido emplear la fuerza contra los enemigos. Si se hubiera permitido que un hijo decapitara a su padre opositor del islam, o que un esclavo decapitara a su amo enemigo de la religión, habría sido difícil imaginar hasta qué punto se habría difundido la propaganda contra el islam y qué clase de situación se habría creado en la práctica.
Allah Ta‘ala sabía ciertamente que quienes se mostraban extremadamente activos contra el movimiento islámico y sometían a los musulmanes a una cruel persecución, más tarde abrazarían la fe y se convertirían en soldados sinceros del islam. ¿Acaso no fue Hazrat Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) uno de ellos? También por esta razón se había dado la orden de no combatir.
Otra posible razón para abstenerse de combatir es que, conforme a las costumbres tribales, la mentalidad de los árabes se había formado de tal manera que sentían simpatía por quienes mostraban firmeza ante la opresión y la persecución. Esta actitud era aún más intensa hacia las personas nobles y de buen carácter de las tribus. Numerosos acontecimientos nos proporcionan pruebas de ello. Cuando una persona noble y honorable como Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se dispuso a emigrar de La Meca, Ibn al-Daghina no pudo tolerarlo y lo hizo regresar. Esto se debió a que Ibn al-Daghina consideraba que la salida del país de una persona así era una deshonra para la sociedad árabe. Por ello, declaró su decisión de darle refugio y protección. También encontramos una prueba de esto en la anulación del pacto mediante el cual Banu Hashim había sido recluido en el valle de Abu Talib. Cuando el hambre y el sufrimiento de la tribu de Banu Hashim se hicieron intensos, fueron los jóvenes árabes quienes rompieron en pedazos aquel documento. Una característica notable de la antigua sociedad árabe era que despertaba en ella la compasión hacia los oprimidos. En cambio, en la sociedad árabe contemporánea se ridiculizaba a quienes soportaban pacientemente la opresión y se contemplaba a los opresores con respeto.
Otra razón era que en aquel momento los musulmanes eran muy pocos y la da‘wa islámica aún no se había extendido fuera de La Meca. En algunas regiones apenas habían llegado noticias vagas al respecto. Los miembros de las demás tribus consideraban el asunto un conflicto interno de los Quraysh y esperaban para ver cuál sería el resultado de la disputa. Si en aquel momento hubiera tenido lugar una guerra, existía el temor de que la pequeña comunidad musulmana fuera aniquilada. Aunque eran capaces de matar a enemigos varias veces superiores en número, no tenían prácticamente ninguna posibilidad de sobrevivir, pues eran muy pocos. Si, como consecuencia de iniciar la guerra prematuramente, todos hubieran perdido la vida, el shirk habría permanecido en su lugar y el objetivo de establecer la sociedad islámica jamás habría podido realizarse. Pero el islam había venido al mundo precisamente para hacerse realidad. Por tanto, no era correcto iniciar la guerra antes del momento adecuado.
Abstención de la guerra armada durante algún tiempo después de la Hégira
Incluso después de que el centro del movimiento islámico se trasladara a Medina, la guerra estuvo prohibida durante algún tiempo. Esto se debió a que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) quedó obligado, mediante un pacto celebrado con los judíos y con los árabes politeístas que vivían dentro de Medina y en sus alrededores, a no atacarse mutuamente. Adoptar una medida de este tipo era sumamente necesario en esta etapa del movimiento. El contexto de este pacto era el siguiente:
En primer lugar, se había establecido en Medina plena libertad para propagar el mensaje del islam y expresar opiniones. Como en Medina no existía una autoridad estatal capaz de intervenir en la aceptación o el rechazo de las opiniones de la población, todos sus habitantes habían reconocido al recién establecido Estado islámico y habían aceptado el liderazgo del Profeta de Allah para resolver todos sus asuntos políticos. Por ello, el pacto estipulaba que ningún habitante de Medina podía, sin el permiso del Profeta de Allah, celebrar un tratado de paz, declarar la guerra ni establecer ningún otro tipo de relación con alguien del exterior. En esas circunstancias, el poder político de Medina estaba en manos del liderazgo musulmán, y allí prevalecía también plena libertad para expresar opiniones.
En segundo lugar, en esta etapa el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) deseaba concentrar todas las fuerzas y poner un fin definitivo a la oposición de los Quraysh. La oposición de esa tribu se había convertido en un obstáculo para que los miembros de las demás tribus aceptaran la religión; estos esperaban ver el resultado de «esta disputa interna» de los Quraysh. Por ello, sin perder tiempo, el Mensajero de Allah envió pequeños contingentes de soldados en distintas direcciones. El comandante del primer contingente que envió fue Hamza ibn Abd al-Muttalib (que Allah esté complacido con él).
Antes de que transcurrieran seis meses desde la Hégira, este ejército fue enviado en el mes de Ramadán. Después de este ejército, el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, continuó enviando sucesivamente una expedición tras otra: la primera después de la Hégira, la segunda trece meses más tarde y la tercera al comienzo del decimosexto mes. Al inicio del decimoséptimo mes después de la Hégira, fue enviada una expedición bajo el mando de Abdullah ibn Jahsh, y fue en esta campaña donde se produjo el derramamiento de sangre. Era el mes de Ramadán, durante el cual, según las normas reconocidas por los árabes, estaban prohibidas las guerras y las hostilidades. Sobre esto, el Noble Corán expone lo siguiente:
——————————————————————————————– «Te preguntan, oh Profeta, acerca de combatir durante el mes sagrado. Di: “Combatir en ese tiempo es censurable, pero impedir que la gente siga el camino de Allah, negar a Allah, impedir que los siervos de Allah lleguen a la Mezquita Sagrada y expulsar de allí a sus habitantes es aún más censurable ante Allah. Estas injusticias son más graves que el derramamiento de sangre”». — Al-Baqarah: 217
En el segundo año después de la Hégira tuvo lugar la batalla de Badr, en el bendito mes de Ramadán. En la sura Al-Anfal también se hizo un comentario al respecto.
Al examinar en conjunto esta etapa del movimiento islámico, se verá que no existe ninguna razón válida para calificar el yihad islámico de lucha defensiva. Esto no es más que una deplorable obra de los pensadores influidos por los ataques de los escritores occidentales que desorientan a la gente. Al debilitarse la relación de los musulmanes con el islam, perdieron su gloria y superioridad y adoptaron un papel débil; y precisamente esta oportunidad fue aprovechada por los círculos de escritores occidentales hostiles al islam para lanzar ataque tras ataque contra el ideal islámico. Al sentir la intensidad de sus feroces ataques, un grupo de «investigadores» de mentalidad débil que se hacen llamar musulmanes intentó explicar el yihad islámico como una «guerra defensiva». Sin embargo, por la inmensa gracia de Allah, un grupo de musulmanes firmes se ha mantenido libre de la influencia de estas calumnias y ha proclamado orgullosamente que el objetivo del islam es liberar por completo a la humanidad de la servidumbre a toda autoridad distinta de Allah y consagrar la religión exclusivamente al único e indivisible Allah. Pero, salvo este reducido número de personas, todos los llamados pensadores se esfuerzan por satisfacer a la parte contraria presentando argumentos morales en favor del yihad islámico. Sin embargo, después de la afirmación que el propio Allah ha expuesto en el Sagrado Corán para explicar la racionalidad de los principios islámicos, ya no queda lugar para presentar ningún otro argumento.
——————————————————————————————–«Quienes venden la vida mundana a cambio de la Otra Vida son los que están capacitados para luchar por el camino de Allah. Y a quienes luchan por el camino de Allah, tanto si vencen como si mueren, les concederemos una abundante recompensa. ¿Qué os pasa, que no lucháis por el camino de Allah, mientras tantos hombres, mujeres y niños, reducidos a la indefensión, suplican a Allah diciendo: “¡Señor nuestro! Sácanos de esta población cuyos habitantes son injustos, y envíanos, de Tu parte, un protector y un auxiliador”? Los creyentes luchan por el camino de Allah, mientras que los incrédulos luchan por el camino del tagut. Combatid, pues, contra las fuerzas satánicas. En verdad, las maquinaciones de Satanás son débiles». — An-Nisa: 74-76
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«Diles a los incrédulos, oh Profeta, que si todavía regresan al camino recto, se les perdonará todo lo ocurrido anteriormente. Pero si reinciden, ya conocen todos el destino de los pueblos anteriores. ¡Creyentes! Combatid contra los incrédulos hasta que la fitna desaparezca por completo y solo permanezca la religión de Allah, el Altísimo. Si entonces cesan en la fitna, sabed que Allah, el Altísimo, observa todas sus acciones. Pero si desobedecen, recuerda, oh Profeta, que Allah es tu protector y el mejor de los auxiliadores». — Al-Anfal: 38-40
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«Luchad contra quienes, de entre la Gente del Libro, no creen en Allah ni en el Último Día, no abandonan lo que Allah y el Mensajero han declarado ilícito y no adoptan la religión de la verdad como su sistema de vida, hasta que se sometan. Los judíos dicen: “Uzayr es hijo de Allah”, y los cristianos dicen: “El Mesías es hijo de Allah”. Estas son afirmaciones sin fundamento, meras repeticiones de lo que decían sus predecesores extraviados. ¡Que Allah los destruya! ¡Cómo se desvían! Han tomado como sus señores, en lugar de Allah, a sus doctores de la ley y a sus monjes, y también al Mesías, hijo de María, aunque solo se les ordenó adorar a un único Allah. No hay nadie digno de adoración sino Él. Él está completamente libre de cuanto asocian con Él. Quieren apagar con sus soplidos la luz de Allah, pero Allah no puede sino perfeccionar la luz de Su religión, aunque ello sea insoportable para los incrédulos.»
— At-Tawba: 29—32
Lo que se ha dicho en los versículos anteriores acerca de la justificación y la importancia del yihad puede resumirse así:
El objetivo del yihad es establecer en el mundo la soberanía absoluta de Allah Taala, plasmar en la vida humana la religión de la verdad que Allah Taala ha enviado, erradicar toda fuerza satánica y todo sistema de vida creado por Satanás, y poner fin al dominio de unos seres humanos sobre otros. El ser humano fue creado únicamente para servir a Allah. Por tanto, ningún ser humano tiene derecho a establecer su dominio sobre otros seres humanos ni a promulgar leyes y normas conforme a su propia voluntad. Todo lo mencionado anteriormente exige el inicio del yihad. Al mismo tiempo, debe observarse la directriz de la parte del versículo ——————– (No hay coacción en la religión). Es decir, una vez liberada la humanidad del dominio y la autoridad humanos, solo quedará establecida la soberanía de Allah. La religión pertenecerá únicamente a Allah. No se puede obligar a nadie a aceptar el islam.
Lo que se desprende de la discusión anterior sobre la importancia del yihad es que el islam ha propuesto el yihad precisamente para garantizar al ser humano una vida verdaderamente libre. Al liberar a la humanidad de la servidumbre hacia otros seres humanos, Allah es Uno y Único, y nadie es Su igual. Naturalmente, el ser humano no puede inclinarse ante ninguna fuerza salvo Allah Taala. ¿No es esta sola razón suficiente para iniciar el yihad? Por eso, los muyahidines musulmanes participaban siempre en el yihad movidos por la actitud descrita anteriormente. Cuando se les preguntaba por el objetivo de la guerra, ningún muyahid decía: «Mi país está en peligro, por eso lucho», ni: «Persia y Roma nos han atacado, por eso luchamos en defensa propia», ni: «Estamos combatiendo para expandir nuestro reino y apoderarnos del botín». Por el contrario, eso mismo respondieron Rabi ibn Amir, Hudhayfa ibn Muhasin y Mugira ibn Shu’ba a la pregunta del comandante persa Rustum. Hasta tres días antes de la batalla de Qadisiyya, el comandante Rustum preguntó por separado a esos tres muyahidines: «¿Con qué propósito habéis venido a luchar?». Ellos respondieron: «Allah Taala nos ha ordenado liberar a la humanidad de la esclavitud de unos seres humanos hacia otros y ponerla bajo la soberanía del Allah Único; sacarla de los límites de la estrechez y conducirla a la vasta extensión de la tierra; y, librarla de la opresión de los preceptos religiosos falsos, darle un lugar bajo la refrescante sombra de la justicia islámica. Para cumplir este propósito, Allah Taala envió al Profeta a la sociedad humana con un sistema de vida».
«A quienes aceptan el sistema de vida que hemos mencionado, aceptamos su declaración, nos retiramos y les devolvemos su país. En cuanto a quienes se rebelan contra la religión de Allah, luchamos contra ellos y continuamos esta lucha hasta que alcancemos el martirio y entremos en el Paraíso, o hasta que obtengamos la victoria sobre el enemigo.»
Otra razón del yihad
Las razones del yihad mencionadas están firmemente arraigadas en la esencia misma del islam. Del mismo modo, la proclamación de la libertad universal frente a la servidumbre de los ambiciosos del poder, la confrontación integral con las condiciones reales existentes en la sociedad humana y el empleo de medios y recursos adecuados en cada etapa del progreso, entre otras cuestiones, forman parte de las exigencias prácticas de esta religión. En la propia proclamación de la llamada de esta religión está implícita la declaración del yihad. Haya o no posibilidad de un ataque de fuerzas hostiles contra el Estado islámico, su orientación yihadista no puede cambiar por ello. La situación existente en la sociedad no islámica y el comienzo del movimiento islámico son, ambos, conflictivos entre sí. Por eso, el yihad no es una actividad limitada únicamente a la necesidad temporal de defender el país o de protegerse a uno mismo. Ningún musulmán participa en el yihad sacrificando su vida y sus bienes para satisfacer intereses personales y la codicia.
Antes de entrar en el campo de batalla de la yihad, el muyahid debe vencer otra gran yihad. Esta consiste en superar a Satanás, que susurra en su corazón, sus propios deseos y pasiones, sus intereses personales y comodidades, la cuestión de los intereses de su familia y de su pueblo, y otros asuntos semejantes que se interponen en el camino de la adoración de Allah y del establecimiento de la soberanía de Allah en esta tierra. Solo después de superar estos obstáculos puede el hombre creyente descender al campo de la yihad. Y el gran impulso que orienta la vida de los creyentes muyahidin consiste en librar una lucha sin compromisos contra todos los movimientos, consignas e ideologías contrarios al islam existentes en la sociedad, erradicar el dominio de la falsedad y establecer el gobierno de Allah.
El islam y la defensa nacional
Quienes desean limitar la yihad islámica a la defensa del país quieren disminuir la grandeza del sistema de vida islámico. Pretenden decir que el ideal islámico no es más importante que la patria. El islam no respalda la perspectiva desde la cual un sistema de vida no islámico considera la patria y otros asuntos semejantes. Esta perspectiva nació en las condiciones de la época moderna. Tal perspectiva y sentimiento no son en absoluto compatibles con el ideal islámico.
A la luz del ideal de vida islámico, el objetivo de la yihad islámica es preservar la doctrina y las creencias del din; o bien preservar el sistema de vida que presenta la imagen concreta de las creencias islámicas, es decir, preservar ese sistema de vida ideal. Para el islam, el territorio no tiene ningún valor. Un territorio solo puede adquirir dignidad cuando allí arraiga el sistema de vida otorgado por Allah. En ese territorio se establece la fortaleza de las creencias islámicas. Ese territorio se convierte en la patria del ideal islámico (Dar al-Islam) y en el centro de la vida libre y emancipada de la humanidad. En tal situación, defender ese territorio significa preservar las creencias islámicas y preservar la estructura social que representa el sistema de vida y el ideal islámicos. Pero la mera defensa no puede ser el objetivo fundamental y supremo de la yihad islámica. La defensa de Dar al-Islam tampoco es el objetivo fundamental de la yihad islámica. La defensa de Dar al-Islam no es más que una ocasión para establecer el sistema de gobierno de Allah. Además, desde Dar al-Islam, centro de la luz islámica, los resplandecientes rayos del ideal de vida islámico se extenderán hasta todos los rincones del mundo y garantizarán la libertad y la emancipación de la sociedad humana. Ya he mencionado que el objetivo del din del islam es el bienestar de toda la sociedad humana y que el mundo entero es su campo de acción.
La exigencia natural de la yihad del islam
De la discusión anterior hemos sabido que existen ciertos obstáculos mundanos en el camino de instaurar el gobierno de Allah en la tierra. El sistema social vigente, la política antisocial y el entorno de toda la sociedad humana, entre otros, constituyen obstáculos en el camino del islam. El islam emplea la fuerza para eliminar estos obstáculos. El objetivo de emplear esta fuerza es hacer llegar el mensaje del islam a cada persona, eliminar los obstáculos que impiden que cada individuo examine la ley islámica y crear así la oportunidad de transmitir a las personas el mensaje inmortal del islam en un entorno libre e independiente. La yihad es un medio indispensable para liberar al ser humano de las cadenas de los dioses artificiales y brindarle la oportunidad de distinguir libremente entre el bien y el mal.
No debemos sentirnos confundidos ni atemorizados por la propaganda que los escritores occidentales siguen difundiendo contra la yihad. En modo alguno sería correcto ofrecer para la yihad una interpretación compatible con el sistema de vida islámico, dejándonos influir por un entorno adverso o por la oposición de las grandes potencias. La yihad es una norma eterna. Haya o no necesidad de defensa o una causa militar, la necesidad de la yihad nunca desaparecerá. Al estudiar los ascensos y las caídas de la historia, no puede ignorarse la corriente de pensamiento presente en la naturaleza de este sistema de vida, en su proclamación de la liberación universal y en su programa práctico de acción. Mezclar las causas militares y la necesidad de defensa con los objetivos fundamentales del din sería un paso sumamente erróneo.
Por supuesto, adoptar todas las medidas necesarias para defenderse de los ataques de los enemigos externos es también una exigencia de este din. Proclamar la soberanía de Allah, transmitir el mensaje para liberar a la sociedad humana de la servidumbre a todo otro que no sea Allah, emprender sobre la base de esa proclamación y transmisión un movimiento revolucionario, expresar desconfianza hacia el liderazgo no islámico y construir un nuevo tipo de liderazgo: ese es también el objetivo del din. En cuanto proclama el propósito de negar por completo el dominio humano y establecer el dominio absoluto del único Allah Taala, la sociedad jahilí que reconoce el dominio humano ataca ferozmente al islam para mantener su propia existencia. Naturalmente, el movimiento islámico se verá obligado a adoptar medidas defensivas para preservar su existencia. Es completamente natural que tal situación surja desde el comienzo mismo del movimiento islámico. La cuestión de si el islam desea o no este tipo de conflicto carece de sentido, pues tal conflicto se impone al movimiento islámico. Puesto que la coexistencia de dos ideales de vida mutuamente opuestos no es posible, la necesidad de preservar su propia existencia los lleva inevitablemente al enfrentamiento. Precisamente por esta realidad, el islam no tiene otra alternativa que librar una lucha defensiva.
No hay compromiso alguno con la jahiliyyah
Otra característica sumamente importante del sistema de vida islámico es que, por su propia naturaleza, el islam está decidido a liberar por completo a toda la humanidad de la servidumbre de cualquier otro que no sea Allah. Por ello, este sistema de vida no puede encerrarse en ningún marco geográfico, tribal o de otra índole, dejando a la humanidad del mundo entero sometida a la servidumbre de otros. En algún momento, el bando contrario al islam puede decidir, como estrategia, no emprender acciones agresivas contra el movimiento islámico. A cambio, puede solicitar que se mantenga el sistema social jahilí en sus propios territorios y que se aplace la campaña del islam para establecer en ellos el islam, la carta de liberación de la humanidad. El islam no aceptará un «alto el fuego» de esa naturaleza. Sin embargo, si el bando contrario acepta la autoridad del islam y accede a pagar el impuesto de la jizya, se garantizará su seguridad. Pues, en tal caso, se compromete a no obstaculizar mediante su poder político la difusión del mensaje del islam. Tal es la naturaleza misma de esta religión. Proclamar la soberanía de Allah Ta’ala y llevar adelante la campaña para establecer Su adoración en todas partes del mundo: ese es su método de acción. Que este movimiento se inicie desde una zona geográfica y que se limite a una nacionalidad geográfica no son la misma cosa. En el primer caso, ese territorio es el centro de un movimiento revolucionario dinámico; en el segundo, el Estado nacional no es más que un territorio inactivo, apartado de toda actividad revolucionaria.
Para comprender el papel revolucionario del islam, es necesario recordar que el islam es la ley de Allah otorgada para la humanidad. Ninguna persona, grupo, clase o tribu elaboró esta ley. Por tanto, no hay necesidad de buscar una causa externa que justifique la racionalidad del yihad islámico. Al buscar causas de esa naturaleza, olvidan que la eliminación de los falsos dioses mediante el establecimiento en la tierra de un Estado ordenado por Allah forma parte del programa de esta religión. Para quienes mantienen vivo en sus corazones este programa revolucionario del sistema de vida islámico, no existe ninguna necesidad de presentar causas externas en apoyo del yihad.
Dos concepciones sobre el yihad islámico
En la etapa inicial no es posible percibir la diferencia entre las dos concepciones sobre el yihad islámico. Una concepción sostiene que el islam tuvo que luchar contra la jahiliyyah a pesar de su extrema renuencia, porque su misma aparición obligó a la jahiliyyah a atacar al islam. Y, en esas circunstancias, el islam se vio obligado a tomar las armas en defensa propia. La otra concepción sostiene que el islam avanzó por iniciativa propia, golpeó a la jahiliyyah y, finalmente, entabló una guerra encarnizada contra ella. En la etapa inicial del pensamiento, la diferencia entre ambas concepciones no se hará evidente, pues ambas obligan al islam a entrar en el campo de batalla. Pero, al llegar al destino, se comprenderá que existe una diferencia abismal entre las ideas que sostienen los partidarios de ambas corrientes acerca del objetivo y el significado del islam.
Existe una enorme diferencia entre aceptar el islam como un sistema de vida otorgado por Allah y considerarlo, por otra parte, una doctrina regional. Según la primera concepción, el objetivo del sistema de vida islámico es que se acepte la servidumbre a Allah Ta’ala en el mundo. En esa sociedad, la sharía divina es la ley suprema. Esta es la verdadera naturaleza del islam, y este islam ordena eliminar de raíz todas las fuerzas que obstaculizan la realización de su objetivo. Pues solo por ese medio es posible liberar a la sociedad humana del lazo opresivo de los sistemas de gobierno ideados por los hombres y de las ataduras sociales. Según la segunda concepción, al considerar el islam una doctrina regional, cuando una potencia extranjera ataca a los habitantes de ese territorio particular, la población de la región se ve obligada a luchar en defensa propia. La diferencia entre ambas concepciones es sumamente clara. En ambos casos, el islam ordena el yihad. Sin embargo, si el yihad comienza en dos ámbitos distintos bajo la influencia de las dos concepciones mencionadas, sus causas, objetivos y resultados estarán necesariamente separados por una diferencia fundamental, tanto en la perspectiva básica como en el método práctico de acción.
Ciertamente, el islam toma la iniciativa del yihad; el islam no es propiedad de ningún país ni nación. Este sistema de vida otorgado por Allah descendió para procurar el bienestar del mundo entero. Por ello, es sumamente necesario eliminar los sistemas sociales y las costumbres que arrebatan la libertad de los seres humanos y mantienen a la humanidad encadenada a la esclavitud. El islam no ataca a los pueblos ni quiere imponer por la fuerza su propia concepción a nadie. Su oposición es contra las costumbres y las doctrinas. Solo mediante la transformación de las costumbres y las doctrinas puede liberarse a la sociedad humana de la influencia venenosa de las concepciones erróneas.
El islam nunca puede desviarse del objetivo de liberar a los seres humanos de la servidumbre de otros seres humanos y ponerlos al servicio del único e incomparable Allah Ta’ala. Precisamente para alcanzar este objetivo, el islam, mediante el movimiento, brinda a los seres humanos la oportunidad de disfrutar plenamente de la libertad. Tanto desde el punto de vista de las creencias fundamentales del sistema de vida islámico como desde el de su programa práctico, la verdadera libertad humana solo puede alcanzarse mediante el sistema social islámico. Para gobernantes y gobernados, blancos y negros, ricos y pobres, parientes cercanos y extraños, la ley de Allah es la única que puede ser imparcial y beneficiosa. Todas las clases de personas deben observar esta ley por igual. En los demás sistemas de vida, los seres humanos permanecen sometidos a la servidumbre de otros seres humanos. Legislar es una parte del poder de Allah. Quienquiera que sea la persona o el grupo que reclame el derecho a elaborar leyes para los seres humanos, reclama indirectamente la autoridad de Allah. Se exprese o no con palabras, reclamar en la práctica el derecho a elaborar leyes no es otra cosa que reclamar la autoridad de Allah.
La concepción errónea de Occidente sobre el yihad
Entre nuestros escritores musulmanes, quienes están confundidos por las condiciones de la época actual y por las engañosas críticas de los escritores occidentales no están dispuestos a reconocer este papel revolucionario de la concepción islámica de la vida. Los escritores occidentales han presentado el islam como una ideología sedienta de sangre. Pretenden hacer creer a los creyentes que el islam quiere imponer su propia ideología a los demás mediante la espada. Sin embargo, saben muy bien que el islam no es así. Aun así, recurriendo al engaño, intentan distorsionar los principios fundamentales y las causas del yihad islámico. Influenciados por esta clase de propaganda de los escritores occidentales, algunos de nuestros escritores musulmanes también han salido al campo con el propósito de lavar de la frente del islam la «mancha deshonrosa» del yihad, y procuran demostrar mediante argumentos complejos que el yihad islámico no es más que una guerra defensiva. Sin embargo, ignoran la naturaleza y el objetivo fundamental de la concepción islámica de la vida. Ni siquiera saben que, como ideología benéfica para el mundo, dar pasos adelante es una exigencia natural del islam. En la mente de los llamados investigadores cuya mentalidad está influida por otras naciones, son activas las ideas occidentales sobre la religión. La creencia occidental es que la religión es el nombre de una fe y que su lugar está en el corazón humano; la religión no tiene ninguna relación con la vida práctica.
Pero el islam nunca enseñó una doctrina religiosa del tipo mencionado. Y nunca se alzó la bandera del yihad bajo la influencia de una creencia similar a la occidental. El islam es la norma otorgada por Allah para la vida humana. Esta norma de vida establece únicamente la soberanía de Allah como manifestación de Su servidumbre y obediencia. El islam puede resolver todos los problemas de la vida humana, desde sus grandes dificultades hasta los asuntos más pequeños de la vida cotidiana. El yihad es el esfuerzo total destinado a establecer en el seno de la sociedad este sistema de Allah como una ideología victoriosa. Sin embargo, la libertad de cada persona en materia de creencias individuales permanecerá intacta. El islam quiere eliminar los obstáculos impuestos por quienes no reconocen la libertad de las personas para sostener opiniones y aceptarlas o rechazarlas, y busca la plena realización de su propia ideología. Como individuos, todos tienen libertad para aceptar o rechazar cualquier creencia u opinión. Puede comprenderse fácilmente que existe una diferencia abismal entre el ideal islámico y la concepción occidental de la religión. Por tanto, allí donde se haya establecido una sociedad como modelo práctico de la norma islámica de vida, será deber del pueblo, en virtud del derecho otorgado por Allah, avanzar, tomar el poder político y hacer realidad la norma islámica de vida. Por supuesto, ya se ha explicado anteriormente que el islam reconoce la libertad humana en materia de creencias individuales.
Al comienzo del islam, Allah mantuvo temporalmente a la umma musulmana apartada del yihad. Aquello era parte de un plan a largo plazo, no una decisión de principio. A la luz de esta explicación podremos comprender el sentido de los versículos del Corán relativos al yihad. Esto se debe a que fueron revelados distintos versículos, según las necesidades de las diferentes etapas del movimiento islámico en progresivo avance. Al analizar estos versículos, debemos recordar que satisfacen dos tipos de necesidades. Para descubrir el sentido de los versículos revelados en cada etapa del movimiento, es necesario recordar aquella etapa y su contexto. Otro aspecto de los versículos es su enseñanza permanente. Estas lecciones permanentes no pueden modificarse bajo ninguna circunstancia. Para encontrar orientación en las disposiciones del Corán durante la conducción del movimiento islámico, no debemos confundir las dos naturalezas mencionadas de los versículos y las instrucciones coránicas.
Capítulo quinto
La norma islámica de vida
La base del ideal islámico de vida es «la ilaha illallah», es decir, no hay ninguna divinidad excepto Allah. Esta declaración constituye el primer pilar de la creencia islámica o la primera parte de la shahada. En esta parte se reconoce que nadie, excepto Allah, merece ser adorado. «Muhammadur Rasulullah» es la segunda parte de la creencia islámica o de la shahada. Esta parte consiste en aceptar como correcto el camino mostrado por Muhammadur Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) para adorar a Allah.
Esta kalima (declaración), con sus dos partes mencionadas, queda firmemente arraigada en el corazón de cada creyente. Porque los demás aspectos de la fe y los pilares posteriores del islam son consecuencias de esta declaración. Naturalmente, creer en los ángeles, los Libros celestiales, los profetas (la paz sea con ellos), el Más Allá, lo bueno y lo malo del destino, y en otros asuntos semejantes, así como realizar todas las actividades —salat, ayuno, zakat, peregrinación, distinguir entre lo lícito y lo ilícito, las transacciones, las leyes y normas, el consejo, la enseñanza, etc.— solo puede llevarse a cabo mediante la adoración de Allah y el seguimiento del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
La sociedad islámica presentará una imagen práctica de la profesión de fe, la kalima de la shahada, y de sus exigencias. Una sociedad en la que no se manifieste la esencia de la kalima de la shahada no es una sociedad islámica. Por ello, la kalima de la shahada es el fundamento de una concepción integral de la vida, y sobre este fundamento se levanta el gran edificio de la umma musulmana. Si este fundamento no se establece firmemente, no puede elaborarse ningún modo de vida. La sociedad que se construya intentando elaborar un sistema de vida apoyándose en algún otro fundamento en lugar de este, o mezclando parcialmente este fundamento con alguna otra ideología, no puede ser llamada en modo alguno una sociedad islámica. Allah Ta‘ala dice:
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«La potestad de ordenar pertenece únicamente a Allah. Él ha ordenado que no se adore a nadie excepto a Él. Y este es el sistema de vida firmemente establecido». — Yusuf: 40
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«Quien obedece al Mensajero, en realidad obedece a Allah». — An-Nisa: 80
Esta declaración breve, pero decisiva, nos guía en la elaboración del programa necesario para dirigir el movimiento por el din de la verdad y su establecimiento. En primer lugar, esta declaración determina la naturaleza de la sociedad islámica. En segundo lugar, arroja luz sobre el método para construir la sociedad islámica. En tercer lugar, indica qué medidas deben adoptarse con el propósito de transformar la sociedad jahilí. En cuarto lugar, señala los medios para cambiar las leyes y normas vigentes en la sociedad humana. En cada etapa del movimiento islámico, la necesidad de una orientación correcta sobre estos asuntos existía en el pasado, existe hoy y seguirá existiendo en el futuro.
Características de la sociedad islámica
La característica de la sociedad islámica es que todos los asuntos de la sociedad se rigen exclusivamente sobre la base de la adoración de Allah Ta‘ala. La kalima de la shahada reconoce precisamente esta adoración y determina sus medios y métodos. Las creencias de la sociedad, todos los actos de culto, las leyes y las costumbres no hacen más que ofrecer una representación práctica de esta adoración. Quien no cree en la unicidad de Allah, en realidad no está dispuesto a adorar al Allah único e incomparable.
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«Y ha prohibido obedecer a dos divinidades junto con Allah. Solo hay una divinidad. Por tanto, temed únicamente a Mí. Todo cuanto hay en los cielos y en la Tierra le pertenece, y solo Su din está vigente. ¿Acaso, aun así, vais a temer a otros en vez de a Allah?» — An-Nahl: 51-52
Del mismo modo, quien se somete ante cualquier otra fuerza aparte de Allah, o considera a esa fuerza Su socia, no puede ser siervo del Allah único e incomparable.
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«Di (¡oh, Profeta!): En verdad, mi salat, mi sacrificio, mi vida y mi muerte son para Allah, el Señor de los mundos. Él no tiene socio alguno. Esto es lo que se me ha ordenado, y soy el primero de los que se someten.» — Al-An’am: 162-163
Asimismo, quien abandona las leyes establecidas por el Mensajero (la paz sea con él) y se dedica a elaborar leyes a partir de cualquier otra fuente también queda privado de servir a Allah con absoluta devoción.
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«¿Acaso han establecido como socios en la autoridad a otras divinidades aparte de Allah? ¿Y esa fuerza les ha instituido un sistema equivalente al din, sobre aquello que Allah no ha permitido?» — Ash-Shura: 21
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«Aceptad lo que el Mensajero os dé y absteneos de aquello que os prohíba». — Al-Hashr: 7
Esta es la fuente de autoridad en la sociedad islámica. La servidumbre a Allah se manifiesta en la sociedad mediante la creencia y la conducta de cada individuo. Del mismo modo, si mediante sus actos de adoración y ceremonias, así como mediante su administración colectiva, sus leyes y normas sociales, la sociedad permanece privada de la servidumbre a Allah, queda privada del islam completo. Porque, como consecuencia de tal vacío, no puede construirse una sociedad sobre la base de la profesión de fe.
Solo de esta manera una sociedad puede transformarse en una sociedad islámica. Hasta que no se adopte con plena sinceridad la actitud de servidumbre, ningún grupo puede ser reconocido como grupo islámico ni ninguna sociedad como sociedad islámica. Porque no hay posibilidad de que la sociedad islámica llegue a existir si el fundamento primero de la sociedad islámica —la profesión de fe «No hay más divinidad que Allah; Muhammad es el Mensajero de Allah»— no cobra forma en todos los niveles de la sociedad.
Por ello, el primer paso para emprender la fundación de una sociedad islámica debe ser liberar los corazones de las personas de la tendencia a someterse y obedecer a todas las fuerzas aparte de Allah. Solo quienes hayan purificado sus corazones liberándolos de la servidumbre a otras fuerzas se unirán para formar una umma. Solo aquellos cuya umma esté completamente libre, en todos sus asuntos —creencias, culto, leyes y demás—, de obedecer a cualquier fuerza aparte de Allah serán aptos para fundar una sociedad islámica. Quienes deseen vivir conforme al islam entrarán voluntariamente en esta sociedad, y sus creencias, actos de adoración y servidumbre, costumbres y todos sus asuntos quedarán consagrados exclusivamente al Dios Único. En una palabra, la vida de estas personas encarnará en la práctica la profesión de fe «No hay más divinidad que Allah; Muhammad es el Mensajero de Allah».
Así se formó la primera umma musulmana, y como consecuencia natural de la formación de esta umma llegó a existir la sociedad islámica. Este es el único camino para formar la umma musulmana y establecer la sociedad islámica.
El método para formar una sociedad islámica
La sociedad islámica solo puede establecerse después de que el individuo y la colectividad abandonen conjuntamente y por completo la servidumbre a todas las fuerzas aparte de Allah. Deben liberarse de ambas formas de sometimiento: ya sea la obediencia absoluta a otras fuerzas, ya sea una obediencia mezclada con la obediencia a Allah. Porque Allah no tiene ningún asociado. Deben decidir firmemente organizar su vida sobre la base de someterse de esta manera a Allah. De esta decisión nacerá una nueva umma. En el seno de la antigua sociedad fundada sobre la jahiliyyah aparece una sociedad nueva; mediante nuevas creencias, una nueva doctrina y este nuevo modo de vida, la nueva sociedad adquiere su forma plena según la profesión de fe «No hay más divinidad que Allah; Muhammad es el Mensajero de Allah». La antigua sociedad de la jahiliyyah puede disolverse en esta nueva sociedad, intentar llegar a un acuerdo con ella o también combatirla. La historia nos enseña que la sociedad jahilí declaró la guerra a los iniciadores del movimiento desde el primer intento de establecer la sociedad islámica. En cuanto un reducido número de personas respondió al llamamiento de este movimiento, la lucha comenzó por parte de la jahiliyyah. Cuando el movimiento cobró fuerza, su combate se intensificó. Incluso después del establecimiento de la sociedad islámica, el grupo que enarbolaba la bandera de la jahiliyyah continuó combatiendo. Desde el profeta Noé (la paz sea con él) hasta el profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), la sociedad de la falsedad adoptó el mismo método en respuesta al llamamiento de cada profeta.
Por tanto, está claro que la umma musulmana no puede constituirse hasta adquirir la fuerza necesaria para repeler el ataque de la jahiliyyah. Y si llegara a constituirse, de ningún modo podría mantenerse. Es necesario adquirir fuerza en todos los ámbitos: fuerza de la fe y de la doctrina, fuerza de la formación y de la moral, fuerza para organizar una umma y mantenerla, y, aunque no sea para imponerse sobre la falsedad, es sumamente urgente adquirir la fuerza necesaria para repeler los ataques de las fuerzas de la falsedad.
La jahiliyyah y su remedio
Veamos ahora qué entendemos por una sociedad basada en la jahiliyyah y cómo pretende el islam enfrentarse a ella:
Todo sistema social ajeno a la sociedad islámica es una sociedad basada en la jahiliyyah. Para definirla con mayor claridad, hay que decir que una sociedad cuya doctrina, creencias, ideas, actos de adoración, devoción y costumbres no están fundados en la sumisión al Dios único e incomparable es una sociedad de la jahiliyyah.
Según esta definición, todas las sociedades que existen actualmente en el mundo son sociedades de la jahiliyyah.
La sociedad comunista es una de esas sociedades jahilíes. La primera prueba de esta afirmación es que dicha sociedad niega la existencia de Allah Altísimo y cree que todas las actividades del ser humano y su historia están determinadas por la economía o por los medios y factores de producción. En segundo lugar, todas las costumbres de esta sociedad están fundadas en la sumisión al Partido Comunista, no a Allah. En todos los países comunistas del mundo, el control y el liderazgo completos del país están en manos del Partido Comunista. Además, la consecuencia práctica de este sistema social es que las necesidades fundamentales del ser humano se consideran al mismo nivel que las necesidades de los animales. En esta sociedad no se considera ninguna necesidad humana que vaya más allá de las necesidades de alimento, bebida, vestido, vivienda y deseo sexual. El sistema comunista ha abandonado por completo el desarrollo espiritual del ser humano. Sin embargo, es precisamente aquí donde se manifiesta la diferencia entre el ser humano y los animales. El primer paso del desarrollo espiritual es creer en Allah y tener libertad para declarar públicamente esa creencia. Lo más importante es que este sistema social priva al ser humano de la libertad de desarrollar sus facultades personales. La personalidad del ser humano se desarrolla mediante los aspectos que se indican a continuación.
Uno: la propiedad de bienes personales.
Dos: la libertad de elegir una profesión.
Tres: el derecho y la oportunidad de adquirir una especial competencia en cualquier profesión.
Cuatro: el derecho a expresar la propia actitud a través de las diversas artes.
Precisamente mediante los asuntos mencionados el ser humano alcanza superioridad sobre los animales y las máquinas. Sin embargo, al privar a las personas de estos elementos, el sistema comunista las obliga a descender al nivel de las bestias y las máquinas.
En la sociedad pagana, la jahiliya presenta igualmente la misma forma. Existen sociedades de este tipo en India, Japón, Filipinas y África. La jahiliya basada en el paganismo se caracteriza por lo siguiente:
Uno: adoran, junto con Alá, a otros dioses imaginarios; en algunos casos, abandonan a Alá y adoptan a otros dioses.
Dos: han establecido normas y métodos detallados para rendir culto y adorar a diversas deidades masculinas y femeninas.
De manera semejante, sus leyes, normas y costumbres —es decir, su sistema de vida— han sido elaborados a partir de otras fuentes, abandonando la sharía otorgada por Alá, el Altísimo. Entre esas fuentes se encuentran los sacerdotes, los astrólogos, los hechiceros, los líderes de la sociedad y las organizaciones que asumen plena autoridad para promulgar leyes en nombre de la nación, de un partido o de cualquier otro asunto, sin conceder la menor importancia a la sharía otorgada por Alá. Sin embargo, la autoridad absoluta para legislar pertenece a Alá, y estas leyes solo pueden aplicarse conforme al camino seguido por el Mensajero de Alá (s. a. s.).
Todas las sociedades formadas por judíos y cristianos están fundamentadas en la jahiliya. Han cambiado sus creencias y su doctrina originales y han atribuido algunos de los atributos de Alá a otras fuerzas. Imaginan diversos tipos de relaciones entre Alá y los seres humanos. Creen que ciertas personas son hijos de Alá. Asimismo, dividen al único Alá en tres partes y crean la doctrina de la Trinidad. En ocasiones describen la identidad de Alá de una manera extraña, aunque esa descripción es completamente distinta de la verdadera identidad de Alá.
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«Los judíos dicen: “Uzair es hijo de Allah”. Y los cristianos dicen: “Isa es hijo de Allah”. Imitando a sus predecesores, repiten estas palabras infundadas. ¡Que Allah los destruya! ¡Cómo se desvían! —At-Tawba: 30
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«Ciertamente, han incurrido en incredulidad quienes dicen que Allah es uno de tres, pues no hay ninguna divinidad excepto un solo Dios. Si no cesan de decir eso, quienes de ellos incurren en incredulidad recibirán un castigo doloroso». —Al-Maida: 73
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«Los judíos dicen: “La mano de Allah está atada”. En realidad, son sus propias manos las que están atadas, y han sido maldecidos por sus palabras y acciones indecorosas. Las manos de Allah están libres, y Él gasta como quiere».
—Al-Maida: 64
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«Los judíos y los cristianos dicen que son hijos de Alá y sus predilectos. Pregúntales: si es así, ¿por qué os castiga por vuestros pecados? En realidad, no sois más que seres humanos, como los demás siervos creados por Alá.»
— Al-Má’ida: 18
Todos los métodos de culto y adoración, las costumbres, los usos y las prácticas de estas sociedades han sido formulados a partir de sus creencias doctrinales erróneas; por eso estas sociedades son sociedades jahilíes. También son sociedades jahilíes porque todas sus instituciones y leyes no han sido formuladas sobre la base de la sumisión ante Alá, el Uno y Único. No obedecen la ley de Alá ni están dispuestas a reconocer Sus mandamientos como fuente de la ley. Por el contrario, han otorgado plena autoridad para elaborar las leyes a las asambleas legislativas compuestas por seres humanos. Sin embargo, esta potestad pertenece exclusivamente a Alá. En la época en que fue revelado el Corán, este calificó de mushrikún a quienes habían concedido a sus sacerdotes y monjes la potestad de elaborar leyes.
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«Han tomado como “señores” en lugar de Alá a sus ulemas y sacerdotes, y también al Mesías, hijo de María. Sin embargo, no se les ordenó adorar a nadie salvo al Dios Único. No hay nadie digno de adoración excepto Él. Alá es completamente inocente de sus prácticas propias de los asociadores.» — At-Tawba: 31
Estas personas no consideraban dioses a sus ulemas y sacerdotes, ni los adoraban. Sin embargo, seguían las leyes establecidas por aquellos sacerdotes y monjes, aunque Alá no había permitido que hicieran tal cosa. Por eso el Corán calificó de mushrikún a los judíos y cristianos de aquella época. Hoy la situación es la misma; la única diferencia es que el derecho a elaborar las leyes ha sido arrebatado de las manos de los sacerdotes y monjes y confiado a las asambleas legislativas elegidas. Es obvio que los miembros de las asambleas legislativas no son más que seres humanos, igual que los sacerdotes.
Por último, también cabe señalar que las llamadas sociedades musulmanas de la época actual son sociedades jahilíes. No han creído en ninguna otra divinidad aparte de Alá ni se han dedicado a adorarlas. Aun así, sus sociedades son jahilíes, porque no han establecido su modo de vida sobre la base de la sumisión ante Alá, el Uno y Único. Aunque creen en la unicidad de Alá, han confiado a seres humanos como ellos el derecho a elaborar y hacer cumplir las leyes y normas de Alá; y, al aceptar las costumbres, prácticas, leyes, reglamentos y valores de vida elaborados por los seres humanos, han reconocido la autoridad humana en casi todos los aspectos y ámbitos de la vida.
Acerca del gobierno y la elaboración de leyes, Alá ha dicho:
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«Quienes no juzgan conforme a lo que Allah ha revelado son incrédulos».
— Al-Má’ida: 44
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«(¡Oh, Profeta!) ¿No has visto a quienes, generación tras generación, afirman creer en todo lo que se te ha revelado a ti y en lo que fue revelado antes de ti, pero recurren al ṭāghūt para que resuelva sus litigios y asuntos, a pesar de que se les ordenó rechazarlo? — An-Nisā’: 60
Anteriormente, Allah Altísimo declaró culpables a los judíos y a los cristianos por este delito, y los acusó de apartarse de la adoración de Allah mediante el shirk y el kufr, así como de conceder derechos divinos a los líderes religiosos y sacerdotes. Hoy, quienes afirman ser musulmanes han puesto esos mismos derechos en manos de algunas personas semejantes a ellos. Del mismo modo que Allah Altísimo calificó de shirk la adoración de Jesús, hijo de María —la paz sea con él—, al convertirlo en «Señor» e «Ilah» para los judíos y cristianos, también calificó de shirk conceder a los líderes religiosos y sacerdotes el derecho de elaborar leyes y normas. No hizo distinción entre estas dos formas de shirk. Ambas acciones implican abandonar la adoración del único e incomparable Allah Altísimo, desviarse de la religión de Allah y contradecir el testimonio de «lā ilāha illā Allāh».
También hay muchos musulmanes que creen abiertamente en el secularismo. No tienen ninguna relación con la religión. Otros, después de afirmar verbalmente que creen en la religión, la abandonan por completo en la práctica. Dicen que no creen en las realidades invisibles. Supuestamente quieren construir su vida social sobre la base de la ciencia. Según ellos, la ciencia y las realidades invisibles son mutuamente contradictorias. No hace falta decir que la causa de estas afirmaciones es la ignorancia. Solo los ignorantes pueden hacer semejantes afirmaciones. Algunas sociedades han entregado a otros, aparte de Allah, el derecho de elaborar leyes y normas. Esos legisladores redactan leyes conforme a sus propios deseos y caprichos, y dicen: «Esta es la sharía de Allah». Aunque estas sociedades son diversas, coinciden en un aspecto: no se someten a Allah.
La discusión anterior ha dejado clara la perspectiva del islam sobre todos los tipos de sociedades yahilíes. En una palabra, el islam considera que estas sociedades son sociedades no islámicas. Cualquiera que sea el nombre externo con el que se presenten las sociedades mencionadas, su realidad interna es idéntica en este aspecto: no han establecido su sistema de vida sobre la base de la sumisión completa al único e incomparable Allah Altísimo. Desde este punto de vista, siguen el camino del kufr conforme a la tradición de las sociedades yahilíes.
Ahora nos enfrentamos a la última pregunta. El tema fue mencionado al comienzo de este capítulo. La pregunta es: ¿de qué manera purifica el islam las actividades y acciones humanas? ¿Cómo lo ha hecho en el pasado y qué medios adoptará para ello en el futuro cercano y lejano? En el debate titulado «La naturaleza de la sociedad musulmana», hemos señalado que esta sociedad toma decisiones en todos los asuntos basándose en la sumisión plena ante Allah.
Después de establecer las características de la sociedad musulmana, nos resulta más fácil encontrar la respuesta a la siguiente pregunta: ¿sobre qué base se construirá el modo de vida de los seres humanos? ¿Será aplicable a las personas la religión y el sistema de vida dados por Allah, o lo será un sistema creado por el ser humano?
El islam nos informa, como respuesta a esta pregunta, con un lenguaje sumamente claro y contundente, de que únicamente la religión de Allah y el sistema de vida derivado de ella constituyen un sistema eficaz para los seres humanos. Sin aceptar esta religión, nunca puede establecerse el primer pilar del islam, «لا –إله إلا الله محمد رسول الله», ni puede observarse influencia alguna de la profesión de fe en ningún ámbito de la vida. No puede alcanzarse la sumisión plena ante Allah, conforme a la enseñanza del Profeta, sin adoptar este principio con un corazón libre de dudas y cumplirlo fielmente. Allah ha declarado:
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«Aceptad lo que el Mensajero os dé y absteneos de aquello que os prohíba». — Al-Hashr: 7
Además, el islam también ha planteado a los seres humanos esta pregunta:
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Es decir: «Se os ha concedido únicamente un conocimiento muy escaso». Es completamente natural aceptar que Aquel en cuyas manos está el tesoro del conocimiento, el Creador y Sustentador, es también el Gobernante de los seres humanos, y que únicamente el sistema de vida que Él ha dado puede ser el sistema de vida correcto para la humanidad. Sus órdenes serán la fuente de la legislación. Las leyes y los sistemas de vida elaborados por los seres humanos son los que provocan el deterioro y la catástrofe. Esto se debe a que el ser humano formula leyes con un conocimiento incompleto y, en algunos casos, con ignorancia. Por ello, esas leyes se vuelven incompatibles e inadecuadas al cabo de algún tiempo. Además, la ignorancia y el conocimiento incompleto dan origen a numerosas complicaciones.
El din de Allah no es un conjunto de principios temporales e inestables. Mediante la expresión de la segunda parte de la profesión de fe, «Muhammadur Rasulullah» (s.a.s.), se han establecido de forma precisa e inmutable los principios fundamentales del sistema de vida islámico. La concepción y los principios del islam definidos por Muhammad (s.a.s.) son eternos. En cualquier asunto sobre el que el Corán o el Mensajero (s.a.s.) haya declarado claramente un principio, ese principio expuesto será la base de la decisión. Solo cuando no se encuentre una instrucción explícita sobre algún asunto deberá tomarse una decisión mediante el iŷtihad (reflexión e investigación). Sin embargo, hay que recordar que el iŷtihad debe realizarse dentro de los límites de los principios establecidos por Allah y Su amado Mensajero (s.a.s.). No se puede tomar ninguna decisión conforme a los propios deseos.
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«Si discrepáis sobre algún asunto, remitidlo a Allah y al Mensajero». — An-Nisa: 59
También se han establecido las reglas para practicar el iŷtihad y para tomar decisiones mediante la estimación y la deducción por analogía respecto de otro asunto relacionado. Estas reglas son sumamente claras y conocidas por todos. Sin embargo, nadie tiene derecho a declarar que las leyes que ha elaborado son la sharía de Allah. Ahora bien, si se reconoce la soberanía de Allah, se acepta que solo Él posee legítimamente el derecho de establecer Sus leyes y normas, y, en lugar de colocar a una nación, un grupo o una persona en esa posición, se elaboran las leyes con sinceridad conforme al Libro de Allah y a la sunna del Mensajero (s.a.s.), entonces dichas leyes y normas deben aceptarse legítimamente como la sharía de Allah. Pero nadie tiene derecho a elaborar leyes según sus propios deseos utilizando el nombre de Allah, como hace la Iglesia europea. En el islam no existe el clericalismo. Ningún ser humano, aparte del Mensajero de Allah (s.a.s.), ha recibido autoridad para promulgar normas en nombre de Allah.
El islam ha impuesto ciertas condiciones al iŷtihad y ha definido sus límites. Nadie tiene autoridad para transgredirlos.
La expresión «el sistema de vida para la vida» a menudo se interpreta con un sentido completamente erróneo y se utiliza de manera muy incongruente. Ciertamente, el islam fue establecido para facilitar el camino de la vida humana. Pero ¿qué tipo de vida? El ideal de vida islámico fue establecido con el propósito de que las personas vivan conforme al sistema de vida y las normas basados en los propios principios del islam. Este ideal de vida es plenamente compatible con la naturaleza humana y capaz de satisfacer todas las necesidades de las personas. Pues el Creador del ser humano conoce perfectamente las necesidades de Su creación.
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«¿Acaso Aquel que ha creado no conoce lo que ha creado? Él es sutilmente conocedor y está perfectamente informado de todas las cosas». — Al-Mulk: 14
No es función de la religión que el ser humano viva según su propia voluntad y que el islam respalde todos sus actos, tanto buenos como malos. La religión es el criterio de lo bueno y lo malo. Según este criterio, lo que se demuestra bueno es aceptable, y lo que se demuestra malo debe rechazarse. Si toda la estructura de la sociedad establecida se basa en una ideología contraria a la religión, entonces el objetivo del islam es transformar toda la estructura social y construir una sociedad nueva. Esa es, pues, la interpretación correcta de la expresión «el código de vida es para la vida». Es decir, el propósito de la religión, o código de vida, es moldear la vida de acuerdo con dicho código de vida.
Aquí podría plantearse la pregunta: ¿acaso procurar el bienestar de la humanidad no es el mejor criterio para resolver los problemas? En respuesta a esta pregunta, citamos nuevamente la pregunta planteada por el islam y la respuesta dada por el islam. La pregunta es:
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«¿Poseéis vosotros más conocimiento o Allah?». La respuesta es
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«Allah es el verdadero Poseedor del conocimiento, y vosotros sois ignorantes». — Ali Imrán: 66
La sharía que Allah Ta‘ala ha establecido y que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nos ha transmitido fue promulgada precisamente para satisfacer las necesidades humanas. Si alguien piensa que no hay bienestar para las personas en seguir el código de vida dado por Allah, sino que el bienestar reside en la desobediencia, entonces, en primer lugar, esa persona está sumida en una idea equivocada. Allah Ta‘ala ha dicho acerca de ellos:
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«Siguen las conjeturas y sus propios deseos. Mientras tanto, les ha llegado de su Señor un código de vida. ¿Acaso harán todo lo que el ser humano desea? Sin embargo, todo el bien de este mundo y del Más Allá está en Sus manos». — An-Naym: 23-25
En segundo lugar, debe comprender que la actitud que ha adoptado respecto a la sharía de Allah no es más que otra forma de kufr. Después de declarar que el bien y el bienestar de la humanidad residen en desobedecer las disposiciones de la sharía, ¿cómo puede una persona ser reconocida como seguidora del dīn? Después de transgredir la sharía, nadie tiene posibilidad alguna de ser considerado piadoso.
Sexto capítulo
Ideario universal de vida
El islam establece la base de la fe y las creencias del ser humano, así como de su modo de vida, sobre la completa sumisión a Allah. La manifestación de esa sumisión a Allah se expresa manteniendo la armonía entre sus ideas fundamentales, los actos de adoración y todas las normas y leyes formuladas para la vida. La forma práctica de la declaración «la ilaha illallah» se manifiesta precisamente a través de la conducta servil del ser humano. En segundo lugar, para formular leyes detalladas en todos los ámbitos de la vida, es necesario seguir el método mostrado por Muhammadur Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
Ambas partes de la declaración de fe, al unirse, determinan el esquema y las características de la estructura social edificada sobre el ideario islámico de vida. Naturalmente, esta estructura social da origen a una sociedad incomparable, completamente distinta de todas las sociedades creadas por el ser humano. Esta sociedad nueva y característica, instaurada por el islam, llega a ser plenamente compatible con las leyes naturales vigentes en todo el universo, incluido el cuerpo humano.
Según la perspectiva islámica, todo el universo es creación de Allah. Allah Ta‘ala quiso crear el universo y, como resultado, el vasto mundo llegó a existir. Después, estableció ciertas leyes para la creación, y esta comenzó a seguirlas. Cabe observar que las disposiciones vigentes en las distintas partes de la creación, conocidas como leyes naturales, son completamente armoniosas y coherentes entre sí.
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«Cuando deseamos crear algo, solo decimos: “¡Sé!”, y se hace realidad». — An-Nahl: 40
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«Él ha creado todas las cosas y ha señalado a cada una de ellas su lugar exacto». — Al-Furqan:
Una voluntad invisible controla el mundo creado. Una fuerza inmensa dirige cada átomo y partícula de la creación. Una ley firme mantiene este vasto universo sujeto a los lazos del orden. Esta fuerza preserva el equilibrio entre las distintas partes de la creación y controla el movimiento del mundo en marcha. Por eso, entre las distintas partes de la creación nunca se producen conflictos. En ningún lugar aparece el desorden, ni su movimiento natural se detiene repentinamente. Asimismo, las fuerzas presentes en el universo nunca se separan unas de otras. Mientras el Creador las dirija de este modo, seguirán actuando conforme a Su voluntad. Toda la creación obedece al Creador. La creación no tiene capacidad para quebrantar las leyes que Él ha establecido ni para desobedecerle. Gracias a su inquebrantable obediencia al Creador y a su completa sumisión ante Él, todo el mundo creado se mantiene firme y continúa cumpliendo sus respectivas funciones sin que aparezca el menor desorden en ningún lugar.
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«Ciertamente, Allah Ta’ala es vuestro Señor, quien creó los cielos y la Tierra en seis días y luego se estableció sobre el Trono. Él cubre el día con la oscuridad de la noche y hace que la noche siga al día. Él es quien creó el sol, la luna y las estrellas. Todos obedecen Su mandato. Recordad que la creación le pertenece; por tanto, esta creación funcionará conforme a Su orden. Él es el Altísimo, el Soberano y Señor de todo el universo».
La parte biológica del cuerpo humano
El ser humano es una parte de este grandioso universo. La parte biológica del cuerpo humano también se rige por las leyes que gobiernan el mundo creado. Allah Ta‘ala es el Creador del universo y del ser humano. El cuerpo humano fue creado de la tierra. Sin embargo, Allah Ta‘ala otorgó al ser humano ciertas características por las cuales este alcanzó una dignidad mucho mayor que la de la tierra, su elemento fundamental de creación. Pero, en lo que respecta a la parte biológica de su cuerpo, el ser humano, al igual que los demás seres vivos, se rige por las leyes del mundo creado. El ser humano nace por voluntad de Allah, no por voluntad de sus padres. Los padres pueden unirse entre sí, pero no tienen capacidad alguna para formar la figura humana a partir de una sola gota de esperma. El ser humano nace al cumplir las leyes que Allah ha establecido respecto al comienzo de la vida humana en el vientre materno, el período de permanencia allí, el nacimiento y demás asuntos. Respira el aire creado por Allah conforme al método y en la cantidad que Él ha determinado. En todo lo relacionado con la adquisición de sensaciones y entendimiento, la percepción del dolor y el sufrimiento, del hambre y la sed, así como la alimentación y la bebida, está obligado a observar las leyes establecidas por Allah. Desde este punto de vista, no existe diferencia entre el ser humano y las demás criaturas, animadas o inanimadas. Todos se han sometido incondicionalmente a la voluntad y al mandato de Allah.
El grandioso Allah Ta‘ala, que es el Creador del vasto universo y del ser humano y que creó el cuerpo biológico del ser humano sometiéndolo a las leyes naturales, es también quien estableció una sharía para la vida práctica del ser humano. Si el ser humano sigue esta sharía, su vida práctica se armoniza con su naturaleza corporal. Desde esta perspectiva, se comprende que la sharía islámica es una parte de las leyes naturales universales, y que estas leyes naturales controlan el cuerpo y la entidad biológica del ser humano. Cada palabra de Allah, ya sea un mandato o una prohibición, una buena nueva o una advertencia, una ley o un consejo, no es sino una de las diversas partes del mandato universal de Allah. Estas leyes y normas son conocidas como leyes naturales, y esa ley siempre activa es siempre perfecta y eficaz. Desde el comienzo de la creación, observamos en todo el universo el predominio de leyes firmes y adecuadas para todos los tiempos; como parte de ellas, la sharía establecida para la vida humana es igualmente firme y eficaz. El objetivo de la sharía otorgada por Allah es organizar la vida humana manteniendo plena armonía con las leyes naturales generales que prevalecen en el mundo creado.
Por eso, seguir la sharía de Allah es indispensable para el ser humano. Pues solo mediante el cumplimiento de esta sharía puede el modo de vida humano armonizarse con el curso del mundo creado. Además, solo la sharía de Allah puede hacer compatible la norma moral de la vida práctica del ser humano con las leyes naturales y biológicas que operan en su cuerpo. Solo de esta manera pueden integrarse armoniosamente su personalidad interior y exterior.
El ser humano no puede comprender plenamente la exactitud de todas las leyes de la creación. Tampoco puede entender el principio que las unifica. Ni siempre logra comprender el propósito subyacente de las leyes naturales que operan en su cuerpo y de las leyes biológicas que no puede violar ni siquiera por un instante. Por eso, no tiene capacidad para elaborar por sí mismo un sistema de vida que mantenga la armonía con el mundo creado. Es incapaz incluso de establecer un sistema perfectamente equilibrado y adecuado a las necesidades internas y externas de su propio cuerpo. Esta tarea pertenece por completo al Creador del ser humano y del universo. Él no solo controla el mundo natural, sino también todos los asuntos de la vida práctica del ser humano, y conforme a Su voluntad establece y promulga para todos leyes y normas imparciales y libres de defectos.
Por eso, someterse a la sharía es sumamente necesario para establecer la armonía entre los distintos aspectos y ámbitos de la vida y fortalecer la creencia islámica. Pues nadie puede ser un musulmán verdaderamente sincero sin someterse plenamente ante Allah Ta‘ala siguiendo el camino mostrado por el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En otras palabras, si las dos partes del primer pilar del islam, «La ilaha illallah» y «Muhammadur Rasulullah», no se plasman en la vida real de las personas, ningún ámbito de la vida individual o colectiva puede iluminarse con la luz del islam.
Establecer la armonía entre la vida humana y las leyes naturales es sumamente beneficioso para el ser humano. Esta disposición es indispensable para proteger la vida humana de la desintegración y la calamidad. Para alcanzar la paz interior y los beneficios y comodidades derivados de una coexistencia pacífica con el mundo natural, es indispensable establecer una armonía perfecta con él. De esta misma manera, el ser humano sentirá felicidad y paz en su interior. Pues su modo de vida podrá satisfacer las exigencias naturales de su cuerpo. Entonces, las necesidades biológicas del cuerpo y el sistema de vida humano no se opondrán entre sí.
La sharía de Allah Ta‘ala establece con suma facilidad la armonía entre la conducta externa del ser humano y sus necesidades internas. Cuando el ser humano logra establecer una relación de armonía y cooperación con la naturaleza, de manera natural se establecen relaciones de cooperación y complementariedad en las relaciones mutuas entre las personas y en la gestión de las luchas ordinarias de la vida. Pues cuando el ser humano se acostumbra a vivir en armonía con el mundo natural, su modo de vida y las leyes de la naturaleza quedan sometidos al sistema general de gobierno del universo. Como resultado, se eliminan la falta de armonía y las contradicciones mutuas en el ámbito colectivo de la vida humana, y se construye una sociedad ordenada y perfecta. La humanidad alcanza el bienestar, la felicidad y la paz.
Como resultado de este sistema, los misterios ocultos del mundo natural se revelan al ser humano. Este llega a dominar las innumerables fuerzas ocultas del universo en expansión y sus recursos. Los siervos de Allah emplean esas fuerzas y recursos de la naturaleza para el bienestar de la humanidad, de acuerdo con las instrucciones de la sharía de Allah. No se produce ningún conflicto en ninguna parte. No existe ninguna contradicción entre el ser humano y el mundo natural. La codicia y los deseos personales del ser humano no pueden alzarse contra la sharía de Allah. Allah Ta‘ala dice:
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«Si la Verdad suprema se hubiera dedicado a satisfacer los deseos de su nafs, se habría producido el caos al quebrarse el orden de todas las criaturas del cielo, de la tierra y de cuanto hay entre ambos». — Mu’minun: 71
La Verdad suprema es indivisible — De la discusión anterior se supo que la Verdad suprema constituye una unidad completa. Sobre ella se fundamenta la religión. Toda la administración de los cielos y de la tierra está establecida sobre la base de la Verdad suprema. Todos los asuntos de este mundo y del Más Allá serán resueltos según la Verdad suprema, y el ser humano tendrá que rendir cuentas ante Allah precisamente acerca de esta gran verdad. Allah castigará al transgresor con la vara de la justicia de la Verdad suprema y juzgará las acciones humanas según su balanza. La ley mediante la cual se rige y controla el vasto universo no es sino otro nombre de la Verdad suprema. Todas las criaturas, y todo cuanto hay en ellas, sea viviente o inanimado, se han sometido a esta Verdad suprema, y la creación entera está sujeta a sus firmes lazos.
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«En el Libro que os hemos revelado se menciona vuestro propio asunto. ¿Acaso no lo comprendéis? ¡Cuántas ciudades injustas destruimos! Después hicimos que otra nación las sucediera. Cuando nuestro castigo descendió sobre ellas, comenzaron a huir apresuradamente. Se les dijo: “No huyáis. Regresad a vuestras casas y a vuestros lugares de esparcimiento. Allí se os pedirán cuentas por vuestras obras”. Dijeron: “¡Ay de nuestra desgracia! ¡Ciertamente fuimos unos criminales!”. Continuaron clamando con voz lastimera hasta que los destruimos y los aniquilamos. No creamos el cielo, la tierra y cuanto hay entre ambos para jugar. Si hubiéramos querido fabricar juguetes, habríamos creado instrumentos de juego por otro medio. Pero golpeamos la falsedad con la Verdad suprema y aplastamos su cabeza; entonces la falsedad desaparece. Y en esas cosas inventadas que decís se encuentra el medio de vuestra destrucción. A Allah pertenece todo cuanto ha sido creado en los cielos y en la tierra. Los ángeles que están junto a Él nunca se abstienen de adorar a Allah por orgullo, ni se convierten jamás en víctimas de la humillación. Noche y día glorifican a Allah y nunca se desvían ni un ápice». — Anbiya: 10-12
La creación está establecida sobre la Verdad suprema
En lo más profundo de la naturaleza humana existe una percepción plena de la Verdad suprema. La armonía y la estructura del cuerpo humano, así como la maestría creadora y los elementos del vasto universo que lo rodea, le recuerdan que el universo está establecido sobre la Verdad suprema. La Verdad suprema es su elemento fundamental y, al asumir la forma de una poderosa ley central, proporciona estabilidad y firmeza a la creación. Por eso no se observa desorden en ninguna parte de la creación. Una parte de ella no entra en conflicto con otra. En ningún lugar se ve que ocurra algo sin propósito. Tampoco existe razón válida para considerar que la creación entera sea simplemente el resultado de accidentes. Nada de lo creado carece de planificación. Ni se percibe aquí la menor huella de las extravagantes acciones de seres humanos perturbados. Al contrario, se observa que la creación es conducida con gran facilidad por un camino definido, dentro de una estricta disciplina. Cuando el ser humano se desvía de la Verdad suprema, escondida en lo más profundo de su corazón, comienza a avanzar en dirección opuesta a su propia naturaleza y, presionado por sus tendencias arbitrarias, da prioridad a sus propias opiniones en lugar de la ley de Allah; entonces comienza la calamidad. En vez de someterse al Señor del universo, manteniendo la armonía con toda la creación, el ser humano proclama su rebelión; entonces la inquietud aparece por todas partes.
Las consecuencias nefastas de desviarse de la Verdad suprema
Cuando comienzan la discrepancia y el conflicto entre el ser humano, su propia naturaleza y el mundo natural, estos se amplían gradualmente y provocan separación y hostilidad entre los individuos, los distintos grupos o colectividades de individuos, y las diferentes naciones y tribus. Como resultado, todas las fuerzas y recursos del universo, en lugar de dedicarse al progreso y al bienestar de la humanidad, se convierten en causa de su destrucción.
De la discusión anterior se sabe que el propósito de establecer la ley de Allah en este mundo no es únicamente el bienestar del Más Allá. El mundo terrenal y el Más Allá no son dos cosas completamente separadas, sino que se complementan mutuamente. La sharía otorgada por Allah establece la armonía entre ambos y vincula la vida humana con las firmes leyes y normas vigentes en el universo. Al establecerse la armonía entre la vida humana y las leyes y normas vigentes en el universo, el ser humano adquiere la capacidad de alcanzar una felicidad y un bienestar ilimitados, y este beneficio no queda aplazado exclusivamente para el Más Allá. Por el contrario, sus frutos también se manifiestan en la vida terrenal. Sin embargo, los beneficios del modo de vida islámico alcanzarán su plenitud en el Más Allá.
Más arriba se han expuesto los aspectos fundamentales de la concepción islámica sobre el mundo creado y sobre el ser humano como parte de él. Esta concepción es completamente distinta de todas las ideas y creencias imperantes en el mundo. Por ello, la concepción islámica sobre el mundo creado y el ser humano no impone al ser humano ciertas responsabilidades y deberes. Según la concepción islámica, debe existir una armonía perfecta entre la vida humana y el mundo creado, y entre la naturaleza humana y las leyes vigentes en el mundo natural. Así, podrá vivir como siervo de Allah, y ningún ser humano se esforzará por establecer su dominio sobre otro.
Lo que hemos expuesto arriba se comprende claramente a partir del diálogo entre el padre de la comunidad musulmana, el venerable Abraham (la paz sea con él), y Nimrod. Nimrod era un gobernante tiránico. Se atribuía la divinidad. Sin embargo, no se atribuía la divinidad sobre el mundo natural, el espacio cósmico, los planetas y las estrellas. Ante él, el venerable Abraham (la paz sea con él) presentó el argumento de que, en la vida humana, solo puede ejercerse la soberanía de Aquel que posee un poder absoluto sobre el mundo natural, y no la de ningún otro. Nimrod no pudo responder en absoluto a este argumento.
En el Sagrado Corán, Allah ha descrito el acontecimiento con las siguientes palabras:
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«¿Acaso has considerado el caso de aquel que discutió con el venerable Abraham (la paz sea con él) acerca de su “Señor”, porque Allah le había concedido un reino? Cuando Abraham (la paz sea con él) dijo: “Mi Señor es Aquel en cuya mano están la vida y la muerte”, aquel hombre respondió: “Yo soy quien da la vida y causa la muerte”. Entonces Abraham (la paz sea con él) dijo: “Bien, Allah hace salir el sol cada día por el oriente; hazlo salir tú por el occidente”. Entonces, el hombre que negaba la verdad quedó sin respuesta. Allah no guía a los injustos por el camino recto y sencillo».
Allah lo ha expresado nuevamente de manera veraz:
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«¿Acaso buscan adoptar un camino distinto de la obediencia a Allah Ta‘ala? Sin embargo, todo cuanto hay en los cielos y en la tierra le obedece, voluntaria o involuntariamente. Y, al final, todos regresarán a Él». — Alí ‘Imrán: 83
Capítulo séptimo
El islam es la verdadera civilización
La diferencia fundamental entre la sociedad islámica y la sociedad jahilí
El islam reconoce únicamente dos tipos de sociedad. Una es la sociedad islámica y la otra es la sociedad jahilí. La sociedad en cuya autoridad general está el islam, y en la que prevalece el islam en todos los asuntos de las creencias y convicciones de las personas, la adoración y el culto, las leyes y normas, la administración estatal, el carácter moral, las relaciones mutuas, etc., es la sociedad islámica. Por otro lado, la sociedad en la que no se reconoce la superioridad de las creencias, las leyes y las costumbres, de la moral islámica y de los principios islámicos de intercambio, es la sociedad jahilí.
La sociedad que, pese a estar formada por personas que llevan el nombre de «musulmanes», ha otorgado a la sharía islámica un estatus jurídico, no es una sociedad islámica. Aunque existan en ella la oración, el ayuno, la peregrinación y el zakat, dicha sociedad no puede ser una sociedad islámica. Más bien, sus dirigentes, liberándose de observar las leyes y normas dadas por el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él), han inventado, conforme a sus propios deseos, una nueva versión del islam y la han llamado «islam progresista».
La sociedad jahilí adopta diversas formas. Sin embargo, su verdadera esencia consiste en estar privada del conocimiento otorgado por Allah. En algunas ocasiones llega incluso a negar la existencia de Allah Ta‘ala e interpreta la historia de la humanidad como materialismo dialéctico. El sistema social constituido sobre la base de esta doctrina recibe el nombre de «socialismo científico». En otras ocasiones, la sociedad jahilí adopta otra forma. No niega la existencia de Allah, pero limita Su autoridad y señorío a los cielos y al mundo superior, y destierra de la tierra Sus mandatos y prohibiciones. En esta sociedad no se aplica la sharía de Allah. Tampoco se respetan en ella los valores eternos e imperecederos que el propio Allah Ta‘ala ha establecido para la vida humana. Los funcionarios de esta sociedad permiten que las personas adoren y rindan culto a Allah Ta‘ala dentro de las cuatro paredes de las mezquitas, los templos y las iglesias. Pero no están dispuestos a reconocer la preeminencia de la sharía otorgada por Allah en la vida práctica de las personas. En este sentido, se oponen a la soberanía de Allah sobre la tierra, pues rechazan la sharía de Allah en la vida práctica. Sin embargo, Allah Ta‘ala ha dicho con suma claridad:
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«Él es Allah, el Señor soberano de los cielos y también de la Tierra». La sociedad a la que Allah Ta‘ala denomina «din al-qayyim» en el versículo siguiente no es la sociedad pura mencionada anteriormente.
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«El derecho a dar órdenes y promulgar leyes pertenece exclusivamente a Allah. Él ha ordenado que no se adore a nadie excepto a Él. Y esto es el “din al-qayyim” (un modo de vida equilibrado y firme)». —Yusuf: 40
Aunque una sociedad de este tipo proclame miles de veces su creencia en la existencia de Allah y conceda a las personas plena libertad para acudir a mezquitas, templos e iglesias a rendir culto y adorar, será considerada una sociedad jahilí por rechazar las directrices de Allah Ta‘ala en la vida práctica.
Solo la sociedad islámica es una sociedad verdaderamente civilizada
A la luz de la definición de sociedad islámica que hemos mencionado al comienzo de este capítulo, no será impropio afirmar que la sociedad islámica es la verdadera sociedad civilizada. Cualquiera que sea la forma que adopte la sociedad jahilí, es retrógrada y ajena a la civilización desde el punto de vista de sus ideas fundamentales.
En cierta ocasión, cuando entregué a la imprenta una obra escrita por mí para su publicación, anuncié que se titularía «La sociedad islámica civilizada». Sin embargo, en un anuncio posterior eliminé la palabra «civilizada» y titulé la obra simplemente «La sociedad islámica». Un escritor argelino francófono advirtió este cambio en el título de mi libro y comentó que, al parecer, yo había hecho tal modificación movido por una actitud defensiva al tomar la pluma en defensa del islam. Expresó su pesar y dijo que, debido a la inmadurez de mi pensamiento sobre el islam, era incapaz de enfrentarme a la realidad. Considero que hay que excusar al mencionado autor argelino. Yo también solía adoptar antes una actitud semejante a la suya y, cuando empecé a escribir sobre este tema, pensaba del mismo modo que él piensa hoy. En aquel entonces experimentaba una complejidad del mismo tipo que la que él enfrenta hoy. La cuestión es: ¿qué es la civilización? Hasta ese momento, pese a sentirme atraído por el ideal islámico, no había logrado eliminar de mi mente y mi corazón la influencia de una cultura errónea. La literatura y el pensamiento de los escritores occidentales, aunque contrarios a mi ‘aqida y creencia islámicas, habían cubierto mi mente y mi corazón. La definición occidental de civilización era para mí el criterio de juicio. Por ello, no pude examinar todos los asuntos con una mirada correcta y penetrante.
Con el tiempo, mi visión se aclaró y comprendí claramente que «sociedad islámica» significa precisamente sociedad civilizada. Por eso, al reconsiderar el título de este libro, comprendí que la palabra «civilizada» era superflua en él. Más bien, el uso de esa palabra haría que el pensamiento de los lectores también cayera en la confusión, al igual que el pensamiento anterior. Veamos ahora qué significa la palabra «civilización».
Si en una sociedad la soberanía se deposita únicamente en Allah y, como prueba práctica de ello, se reconoce el predominio de la sharía de Allah en todos los niveles de la sociedad, solo en esa sociedad el ser humano alcanza una libertad real y completa de la servidumbre del ser humano hacia otro ser humano. Otro nombre para esta libertad real y completa es «civilización humana». Pues la civilización humana exige un criterio bajo cuyo marco cada persona pueda disfrutar plenamente de una libertad verdadera y sea capaz de alcanzar, sin obstáculos, todos sus derechos humanos. En cambio, en una sociedad donde algunas personas ocupan el puesto de «señores» y «legisladores de la sharía», todos los demás les obedecen y quedan privados de todos sus derechos humanos fundamentales.
Conviene mencionar aquí, a propósito, que la cuestión de legislar no se limita únicamente a redactar leyes. Hoy en día, muchas personas sostienen una concepción tan estrecha de la sharía. En realidad, las ideas y creencias, el modo de vida, la escala de valores de la vida, los criterios para aceptar y rechazar, las costumbres y las tradiciones: todo está influido por la ley. Si un grupo particular separa estos asuntos de las instrucciones de Allah el Altísimo y aprisiona a los miembros de la sociedad en un sistema de conducta y costumbres elaborado por ellos mismos, entonces no se puede llamar libre a esa sociedad. En una sociedad así, algunas personas se sientan en el trono de la rububiyyah o de la soberanía, y todos los demás se ven obligados a servirles y someterse a ellos. Por ello, esta sociedad será considerada atrasada y, según la terminología islámica, esta es precisamente la verdadera sociedad jahilí.
Solo en la sociedad islámica se establece la soberanía de Allah, y las personas rompen las cadenas de la servidumbre hacia sus semejantes para dedicarse a la servidumbre de Allah. Es por este camino que el ser humano saborea la verdadera libertad y obtiene la dignidad y el honor que Allah le ha concedido. Al ser investido en este mundo con el rango de califa de Allah, alcanza una gloria incluso mayor que la de los ángeles.
La diferencia fundamental entre la sociedad islámica y la sociedad jahilí
En la sociedad cuyos conceptos, creencias y modo de vida, entre otras cosas, se construyen sobre la base de la soberanía del único Allah, el ser humano alcanza la máxima dignidad y gloria. Pues allí ningún ser humano es esclavo de otro, y los conceptos, las creencias y el modo de vida de esa sociedad no son producto de la mente de personas que reivindican para sí el señorío, ya sea uno solo o varios. Solo en una sociedad así se desarrollan plenamente las capacidades y cualidades ocultas del ser y del pensamiento humanos. En cambio, en la sociedad que toma la raza, el linaje, la lengua y el territorio geográfico como base de las relaciones mutuas, esos llamados lazos de unidad colocan diversas cadenas de restricciones en los pies de la humanidad; como resultado, las cualidades elevadas del ser humano ni siquiera tienen la oportunidad de desarrollarse. El ser humano puede vivir liberado de los límites de la raza, la lengua y el territorio. Cuando se bloquea el desarrollo del espíritu y del pensamiento, el ser humano deja de conservar su dignidad humana. Una persona puede cambiar voluntariamente sus conceptos, creencias y modo de vida. Pero no es posible cambiar la raza, el linaje, la sangre ni la nacionalidad geográfica. Nadie puede decidir voluntariamente nacer en un linaje o en una región determinados. Por tanto, la sociedad que reconoce el derecho a elegir una opinión y un camino con ayuda de una conciencia y una razón libres es una sociedad civilizada; mientras que la sociedad en la que no existe la posibilidad de examinar y escoger el camino verdadero mediante la conciencia y la razón es atrasada y carece de civilización. En la terminología islámica, esta sociedad se denomina sociedad jahilí.
Solo la sociedad islámica vincula a las personas entre sí con un lazo indestructible de fraternidad basado en la aqida y la creencia, y, siguiendo ese vínculo de fe, hace que los negros y los blancos, los árabes y los griegos, los persas y los negros, así como las naciones divididas en cientos de grupos existentes en la Tierra, se sitúen en la misma fila y se integren en una misma umma. La autoridad suprema de esta sociedad pertenece únicamente a Allah, y el ser humano se inclina solo ante Él, no ante nadie más. Cuanto más elevado es el carácter de una persona, tanto más alta es su posición en esta sociedad. A los ojos de la ley otorgada por Allah, todas las personas de la sociedad son iguales.
En la sociedad donde se concede a la humanidad el lugar más elevado y donde se da prioridad al perfeccionamiento del carácter humano, predomina el materialismo. Naturalmente, el materialismo se manifiesta de distintas formas en diferentes épocas. Como ejemplo, puede mencionarse la exaltación de la materia conforme a la interpretación marxista de la historia, o pueden mencionarse Estados Unidos, Europa y otras sociedades, donde la humanidad es sacrificada en el matadero de los bienes materiales. Una sociedad de este tipo es necesariamente una sociedad decadente y, en la terminología islámica, una sociedad jahilí.
La sociedad civilizada, es decir, la sociedad islámica, no considera insignificantes los bienes materiales. El islam tampoco escatima en otorgar a las cosas su debido valor, ni niega la importancia de producir bienes materiales. Por el contrario, el islam reconoce que el mundo en el que vivimos, por el cual nuestra vida se ve afectada y sobre el cual nosotros también ejercemos influencia en muchos aspectos, está constituido por cosas materiales. El islam reconoce asimismo que la producción de bienes materiales es la columna vertebral del califato terrenal de Allah. La única diferencia es que la sociedad islámica no está inclinada a adorar los bienes materiales, abandonando, a cambio de comodidades materiales, las características humanas como la libertad y la dignidad humanas, las normas de trato mutuo, la moral y los valores. En cambio, la sociedad jahilí no duda en aplastar los valores humanos y el honor y la dignidad humanos en aras de alcanzar abundancia de bienes materiales.
La sociedad en la que predominan los valores humanos y un carácter humano elevado es una sociedad civilizada. Los valores humanos y el carácter humano elevado no son asuntos ocultos ni inexplicables. Contrariamente a lo que sostienen los intérpretes materialistas de la historia o los llamados socialistas científicos, los valores humanos y el carácter elevado no son ideales cambiantes junto con los medios de producción ni ideales desconectados de un punto central. En realidad, el islam traza una línea divisoria entre los valores y el animal. Así, el ser humano avanza desde el nivel animal y alcanza el nivel de la humanidad. A diferencia de la sociedad jahilí, los valores y las normas de carácter de esta sociedad no rebajan al ser humano al nivel de los animales.
El verdadero criterio de la civilización
Si juzgamos el asunto desde esta perspectiva, aparece una línea divisoria clara entre el islam y la jahilía, y, pese a los incesantes esfuerzos de los llamados progresistas y socialistas científicos, la importancia de los valores morales no disminuye ni un ápice. La perspectiva islámica sostiene que el entorno y las circunstancias cambiantes no pueden modificar los valores morales. Por el contrario, los valores morales permanecen eternos, ignorando todos los cambios del tiempo y del entorno. Por ello, no hay ninguna justificación para dividir la moral en moral agrícola, industrial, capitalista, socialista, burguesa y proletaria. En realidad, los valores morales están completamente libres de la influencia del entorno, de la situación económica y del nivel de desarrollo social, entre otros factores. Estos cambios son muy temporales y artificiales. Por otra parte, mediante un análisis sumamente realista podemos llegar a la conclusión de que los valores y las normas de carácter se dividen únicamente en dos categorías. Una son los valores humanos y las normas de carácter humano; y la otra, los valores y las normas de carácter animales. En la terminología islámica podemos llamar a estos dos tipos «valores islámicos» y «normas de carácter», y «valores jahilíes» y «normas de carácter jahilíes».
El islam eleva ciertamente al ser humano desde la animalidad a una dignidad superior mediante el perfeccionamiento de los valores humanos y de las normas de carácter. Allí donde se establece el sistema de vida islámico, este despierta esas normas morales y esos valores, y se ocupa de desarrollarlos y fortalecerlos. Esta sociedad despierta las mismas normas de carácter y los mismos valores humanos en todo tipo de sociedad, ya se trate de agricultores, trabajadores, beduinos, pastores, habitantes de ciudades o de aldeas, ricos o pobres, industriales o capitalistas; y, en todas las circunstancias y entornos, desarrolla las características y cualidades humanas del ser humano, para que nunca surja en él un carácter animal. Los valores humanos y el carácter moral que hemos mencionado anteriormente elevan al ser humano por encima del nivel animal; cuando se borra esta línea divisoria de los valores y las normas de carácter, comienza la caída del ser humano, y aunque esta sociedad, degradada del nivel de la humanidad, posea abundancia y desarrollo material, no puede llamarse civilizada. Más bien será considerada una sociedad decadente, retrógrada o jahilí.
La importancia de las relaciones familiares en el desarrollo de la civilización
Si se considera a la familia la base de la sociedad, se distribuyen las responsabilidades familiares entre el esposo y la esposa conforme a sus características innatas y aptitudes naturales, y la crianza y formación de los hijos constituye el objetivo de la familia, entonces esta sociedad será considerada indudablemente una sociedad civilizada. El entorno familiar de este tipo, propio del sistema de vida islámico, ofrece un ámbito para crear valores humanos y un carácter de alto nivel en las generaciones posteriores. En cambio, si las relaciones sexuales libres y los hijos ilegítimos constituyen la base de la sociedad, y si las necesidades físicas, el hambre sexual y la excitación animal determinan las relaciones entre hombres y mujeres; si las responsabilidades familiares no se distribuyen entre el esposo y la esposa según sus características innatas y aptitudes naturales; si el papel de la mujer consiste en hacerse atractiva para otros hombres con el fin de suscitar el deseo sexual; si la mujer queda liberada de la responsabilidad de criar a los hijos y, voluntariamente o bajo la influencia del entorno social, emplea sus aptitudes en aumentar los bienes materiales como azafata, camarera de barco o empleada de hotel, y considera más provechoso y honorable aumentar las riquezas que aumentar la descendencia humana, entonces esa sociedad es una sociedad jahilí.
La naturaleza de las costumbres familiares y de las relaciones conyugales permite determinar si una sociedad particular es verdaderamente civilizada. Si en una sociedad estas relaciones se limitan a satisfacer meramente las necesidades físicas y las exigencias de la naturaleza animal, por mucho que dicha sociedad progrese en la industria y la ciencia, no puede ser considerada una sociedad civilizada. La imagen exacta de la familia de una sociedad ofrece el criterio para juzgar su progreso o su decadencia generales.
Ejemplo de la civilización occidental
En todas las sociedades jahilíes de la época actual se han abandonado las cualidades morales que distinguen al ser humano del animal. En estas sociedades, las relaciones ilícitas y sexuales, e incluso las relaciones homosexuales, no se consideran una falta de carácter. La moralidad se ha limitado a los ámbitos de la economía y la política, porque en estos dos ámbitos se considera necesaria para los intereses del Estado. Como ejemplo, puede mencionarse el escándalo sexual de Christine Keeler y el ministro británico Profumo. La sociedad británica no consideró vergonzoso el asunto en cuanto delito sexual. Puesto que Christine Keeler, además del ministro británico Profumo, mantenía simultáneamente relaciones sexuales con un oficial naval de la embajada rusa, lo censurable se consideró únicamente la posibilidad de que se revelaran secretos de Estado. El escándalo sexual no fue considerado en absoluto un delito. Lo más abominable fue que el honorable ministro había hecho una declaración falsa ante el Parlamento británico, y posteriormente quedó al descubierto aquella afirmación falsa. Los ciudadanos estadounidenses que se ven involucrados en escándalos de espionaje del tipo mencionado obtienen asilo político en Rusia. Allí tampoco se plantea objeción alguna a conceder refugio a personas involucradas en delitos sexuales.
Todos los escritores, periodistas, literatos y autores de relatos de las sociedades jahilíes, cercanas y lejanas, sean solteros o casados, aconsejan entablar relaciones sexuales abierta y libremente, y expresan la opinión de que esto no constituye un delito moral. Sí; según su criterio, si un joven o una joven se une al otro sin un amor sincero y genuino, entonces eso sí es un delito. Si una esposa, pese a no albergar amor alguno por su marido, sigue protegiendo su honor y su castidad, entonces esa mujer es censurable en dicha sociedad. Más bien, en tal situación se considera encomiable que busque a otro amante. Se escriben docenas de relatos en defensa de la adopción de este camino. Mediante editoriales, artículos generales, reportajes serios y ligeros, y caricaturas en los periódicos, se exhorta a llevar una vida sucia y desvergonzada.
Desde la perspectiva humana y conforme al criterio del desarrollo progresivo de la humanidad, las sociedades del tipo mencionado son retrógradas y están desprovistas de civilización.
La trayectoria ascendente del ser humano se eleva desde el nivel de los instintos animales y se orienta hacia valores elevados. Para satisfacer los deseos de los instintos animales presentes en la naturaleza humana, la sociedad en desarrollo estableció la institución familiar. Como resultado de este sistema, además de satisfacer las necesidades biológicas del cuerpo, se concedió importancia a la crianza de las futuras generaciones y a su formación con todas las características plenamente humanas. La civilización humana solo puede perdurar de este modo. Naturalmente, la sociedad que desea controlar los instintos animales del ser humano y, al mismo tiempo, brindarle plena oportunidad y facilidades para desarrollar sus características humanas debe adoptar medidas preventivas adecuadas para preservar la pureza, la paz y el orden de la familia. Es indispensable adoptar medidas preventivas que permitan a la familia cumplir sus deberes fundamentales, libre de la influencia de la excitación física. Por el contrario, ¿dónde hay oportunidad para que se forme la humanidad en una sociedad donde prevalecen una educación contraria a la moral y un entorno venenoso, y donde la promiscuidad sexual se considera ajena a los valores morales?
Por tanto, únicamente los valores y la moral islámicos, la educación islámica y el sistema de defensa islámico constituyen la medida adecuada para la sociedad humana. Mediante las medidas permanentes, inmutables y correctas adoptadas para el desarrollo de la sociedad humana, se reconoce esta verdad: la civilización islámica es la verdadera civilización y la sociedad islámica es la verdadera sociedad civilizada.
La civilización orientada hacia Allah y el desarrollo material
Cuando el ser humano establece el califato de Allah en la Tierra, conforme a las exigencias del califato, se consagra a la servidumbre exclusiva de Allah y se libera de la servidumbre de todas las demás fuerzas aparte de Allah. Pone en práctica el sistema de vida otorgado por Allah, abandona todos los ideales de vida creados por el ser humano, sigue la sharía de Allah y abandona toda otra clase de ley. Adopta los valores y criterios de conducta establecidos por Allah y se niega a aceptar cualquier otro criterio. Como resultado del establecimiento del califato divino, por un lado se producen en la conducta humana los cambios mencionados anteriormente. Por otro lado, el ser humano se dedica a la reflexión y la investigación para descubrir las leyes y normas que gobiernan el universo creado. Destina los resultados obtenidos de estas investigaciones al bienestar de la humanidad, manteniéndolos dentro de los límites de las disposiciones y prohibiciones otorgadas por Allah, exaltado sea. Como califa de Allah, extrae de la creación provisiones alimentarias y materias primas para las fábricas y las industrias, y mediante la aplicación de sus conocimientos técnicos y científicos avanza en el establecimiento y desarrollo de diversos tipos de industrias y fábricas. El ser humano se vuelve plenamente civilizado cuando realiza todas las actividades necesarias para el desarrollo material con un corazón temeroso de Allah, en calidad de representante de Allah, y cuando permanece consciente de las disposiciones y prohibiciones de Allah, exaltado sea, en todos sus asuntos morales y materiales. Su sociedad alcanza la cumbre más elevada de la civilización. El islam no considera que el simple desarrollo material sea civilización, porque las sociedades jahilíes también alcanzan el desarrollo material. En numerosos pasajes del Corán, se califica de sociedades jahilíes a sociedades de este tipo, a pesar de su desarrollo material.
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«¿Qué os pasa, que construís grandes edificios en cada lugar elevado, simplemente como monumentos conmemorativos? Al contemplar los enormes palacios que habéis construido, parece que vais a permanecer eternamente en este mundo. Cada vez que extendéis la mano contra alguien, intervenís siendo injustos. Temed a Allah y obedecedme, pues Él os ha concedido muchas cosas que conocéis. Vivid temiéndole. Él os ha concedido ganado, hijos, jardines y manantiales. Temo que os alcance el castigo de un día terrible.»
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«¿Acaso pensáis que podréis vivir eternamente felices con todos estos bienes mundanos, en estos jardines y manantiales? ¿En estos campos de cultivo y palmerales cargados de frutos? Excaváis las montañas para construir casas enormes, símbolos de orgullo. Temed a Allah y obedeced. No viváis obedeciendo a quienes crean disturbios y corrupción en la tierra y no establecen la paz y el orden.»
«Cuando olvidaron las amonestaciones que se les habían dado, les abrimos las puertas de la prosperidad. Mientras estaban absortos en la dicha de la abundancia mundana que les habíamos concedido, los apresamos de repente. Entonces quedaron desesperados en todos los asuntos. Así exterminamos a la gente injusta. Toda alabanza corresponde a Allah, Señor de los mundos.» — Al-An’am: 44-45
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«Cuando la tierra estaba adornada de flores y frutos, los campos de cultivo estaban cargados de cosechas y sus propietarios creían que obtendrían beneficios de ellas, precisamente entonces llegó Mi mandato inesperadamente, durante la noche o durante el día. Los aniquilé de tal manera que no quedó ningún rastro de su existencia.» — Yunus: 24
Ya hemos mencionado que el islam no se opone al progreso material ni al descubrimiento y la adquisición de bienes; por el contrario, el progreso material alcanzado bajo el sistema de vida otorgado por Allah ha sido denominado una bendición de Allah. Y Allah Ta’ala también anuncia a los seres humanos las buenas nuevas de esa bendición como recompensa por su obediencia y sumisión a Él.
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«(El profeta Noé dijo:) Dije a mi pueblo: “Venid, pedid perdón a vuestro Señor; ciertamente, Él es indulgente. Él derramará sobre vosotros abundantes lluvias y os fortalecerá con riquezas e hijos. Os concederá jardines y hará que fluyan para vosotros ríos caudalosos”». —Noé: 10-12
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«Si los habitantes de las ciudades hubieran creído y hubieran vivido con temor de Alá, les habríamos abierto las puertas de todas las bendiciones del cielo y de la tierra. Pero desmintieron; por ello los castigamos por sus malas acciones». Al-A‘raf: 96
El progreso meramente material no es el criterio para determinar el nivel de la sociedad humana. Son, en realidad, las concepciones sobre las que se construye el vasto edificio del progreso material y artístico, los valores de la vida que mantienen unida a la sociedad y la huella de la civilización humana que se manifiesta en el comportamiento y las costumbres de la sociedad en su conjunto, los que determinan el nivel de una sociedad.
El desarrollo gradual de la sociedad islámica
Al cobrar existencia mediante un movimiento y adoptar la forma de un sistema de vida superior, la sociedad islámica adquiere características sin precedentes. Por ello, la perspectiva, la actitud y el programa necesarios para establecer una sociedad jahilí no pueden resultar eficaces en absoluto en el movimiento destinado a establecer una sociedad islámica. La sociedad islámica nace como resultado de una lucha agotadora y prolongada. Las normas que rigen esta lucha también están delimitadas por los principios del islam. Este movimiento de lucha determina el valor y la dignidad de cada individuo en la sociedad y, después de evaluarlo correctamente, establece sus responsabilidades y deberes sociales. La corriente de pensamiento y el programa del movimiento del que nace la sociedad islámica se elaboran a partir de una fuente situada fuera del mundo terrenal y por encima de los límites de la capacidad humana. La fuente de este movimiento de lucha es la fe, o imán, descendida por Alá para la humanidad. Esta fe genera una concepción particular del mundo creado, de la vida humana, de la historia de la humanidad, y del valor y propósito de la vida; asimismo, proporciona un sistema de vida adecuado para vivir conforme a dicha concepción. En suma, la fuente originaria del movimiento islámico no es la mente humana ni el mundo material, sino que se encuentra por encima del conocimiento y la razón humanos y del mundo material. La principal característica de la formación de la sociedad islámica es precisamente la fe descendida del mundo superior.
La creencia y la doctrina descendidas del mundo superior no surgen como resultado de la reflexión, la investigación o los esfuerzos humanos. La fe recibida de la revelación divina siembra la semilla del movimiento islámico y, al mismo tiempo, prepara a las personas para dirigir la lucha. Cuando el mensaje divino de la fe llega a alguien y esa persona cree que dicho mensaje ha sido descendido por Alá, por medio de ella comienza la siembra de la semilla. Esa persona no permanece inactiva, guardando su fe en lo más profundo de su corazón. Por el contrario, comienza a esforzarse por transmitir a otros el mensaje en el que ha creído. Tal es la naturaleza misma de la fe. La naturaleza de un movimiento vigoroso y activo es dinámica. El Ser poderoso del mundo superior que enciende la luz de la fe en el corazón humano sabe perfectamente que la luz de la fe no permanece confinada dentro de los límites del corazón, sino que extiende sus rayos luminosos por todo el vasto mundo.
Cuando el número de creyentes llega a tres, es precisamente esta fe la que les dice: «Ahora os habéis convertido en una sociedad, y esta sociedad es una sociedad islámica con características propias. Vuestra sociedad es completamente distinta, por naturaleza, de la sociedad jahilí imperante, porque la sociedad jahilí no se rige conforme a vuestra fe». Después de que tres creyentes se organizan, surge claramente un modelo real de sociedad islámica.
El número de creyentes pasa de tres a diez, de diez a cien, de cien a mil y de mil a varios miles; y así, la sociedad islámica se expande y se fortalece gradualmente.
Mientras tanto, comienza la lucha contra la sociedad jahilí. De las dos partes enfrentadas, una está constituida por la organización islámica recién formada. Una pequeña sociedad recién nacida, con sus concepciones, valores, criterios de civilización, estructura organizativa, etc., se separa por completo de la sociedad jahilí y aparece con características propias. Por otro lado, la sociedad jahilí bloquea el camino de esta sociedad recién nacida y, mientras continúa el conflicto entre ambas, personas de una en una y de dos en dos pasan de la sociedad jahilí a la sociedad islámica. Durante el largo período que va desde el inicio del movimiento hasta su consolidación como fuerza victoriosa, la sociedad islámica examina a cada uno de sus miembros y, mediante pruebas y evaluaciones, concede a cada persona el rango y la responsabilidad que, según los criterios islámicos, es capaz de asumir. La sociedad islámica evalúa las capacidades, la energía para actuar, el rango y demás cualidades de las personas precisamente por exigencias de la necesidad. Nadie necesita adelantarse para presentar sus propias pretensiones de capacidad y rango. Al contrario, la fe doctrinal y los valores de la persona la obligan a ocultarse de la mirada escrutadora de la sociedad, porque esta busca constantemente personas aptas para confiarles responsabilidades. Por su parte, la persona no se considera más capaz que los demás. Por eso prefiere permanecer oculta.
Sin embargo, en la sociedad que nace como consecuencia natural de la aqida y la fe islámicas, nadie puede ocultar sus capacidades. Cada miembro de esta sociedad debe mantenerse activo. En su aqida y su fe se manifestarán el entusiasmo y la motivación. La sangre correrá ardiente por su cuerpo. Por ello, impulsado por el deseo de actuar y con el fin de alcanzar siempre el umbral de la actividad, cada individuo volcará todo cuanto posee en el camino de la lucha. La lucha emprendida contra la jahiliya que reina alrededor de la organización islámica avanzará a pleno ritmo. Esta lucha no tiene pausa ni descanso, ni contempla ningún compromiso o acuerdo con la falsedad. Por eso el Mensajero de Allah (s.a.) dijo: «La yihad continuará hasta el Día de la Resurrección».
En el camino recorrido a través de ascensos y descensos, el rango de cada persona queda determinado, y durante la lucha el movimiento alcanza el éxito mediante el cumplimiento de las responsabilidades y deberes de cada cual conforme a sus propias capacidades. Dos características de la sociedad islámica —el inicio del movimiento y su método organizativo— confieren a su estructura, forma y naturaleza, costumbres y programa un rango completamente distinto del de todas las demás sociedades no islámicas. Por eso, así como no se pueden comprender las características de la sociedad islámica examinándola desde la perspectiva de la formación de otras ideologías, también es una necedad, y nada más, soñar con establecer una sociedad islámica tomando prestados los métodos de los movimientos no islámicos.
La civilización islámica es patrimonio de toda la humanidad
Según la definición de civilización islámica que hemos mencionado anteriormente, el islam no es la ideología de una época determinada escrita en las páginas de la historia pasada. Al contrario, la civilización islámica es una exigencia de la época moderna y una luz de esperanza para el futuro. Este ideal ha venido para todas las épocas. Así como hoy el ser humano puede obtener un beneficio inconmensurable al entrar en contacto con el ideal islámico, también podrá hacerlo en el futuro. Y únicamente el ideal islámico puede rescatar al mundo actual de la cueva de oscuridad absoluta de la jahiliya. Tanto las naciones avanzadas en los campos industrial, científico y económico pueden beneficiarse del ideal islámico como las naciones débiles y pobres.
Los valores que hemos mencionado anteriormente solo llegaron a encarnarse en la sociedad humana durante la época de la civilización islámica. No ocurrió en ninguna otra época. Llamamos civilización islámica a aquella en la que los valores humanos alcanzan su pleno desarrollo. Pero la civilización en la que solo se concede importancia al desarrollo industrial, científico y económico, mientras disminuyen los valores humanos, no puede recibir el nombre de civilización islámica. Los valores islámicos no son algo imaginario, sino sumamente real. Solo cuando el ser humano se esfuerce correctamente por adquirir valores a la luz de las enseñanzas islámicas obtendrá este patrimonio. Cualquiera que sea el entorno y cualquiera que sea el nivel de desarrollo en que se encuentre una sociedad en progreso industrial y científico, el esfuerzo por adquirir los valores mencionados no reduce en lo más mínimo el ritmo de su desarrollo. Porque los valores humanos no se oponen al desarrollo. En realidad, el islam fomenta el esfuerzo por alcanzar el progreso material y por realizar investigaciones y reflexiones científicas, porque el progreso material ayuda a cumplir la responsabilidad del califato.
Del mismo modo, en los países atrasados en la industria y la ciencia, los valores mencionados no aprueban que las personas permanezcan sentadas inactivas, sino que las alientan a realizar esfuerzos integrales para progresar en los campos de la industria y la ciencia. La civilización islámica, con sus valores humanos, puede hacerse realidad en toda clase de entornos económicos.
El modo de vida y la forma comercial de la sociedad islámica cambian según la época y el entorno. Pero los valores que se hallan en la base de la civilización islámica son permanentes, firmes, inmutables y están establecidos sobre una realidad histórica. Cuando calificamos los valores de «realidad histórica», queremos decir que existe un capítulo de la historia en el que se tiene conocimiento de los valores islámicos. Estos valores no son una creación de la historia; más bien, la historia ha sido influida por ellos. La realidad es que, por su propia naturaleza, los valores islámicos no pueden limitarse a una época o un entorno determinados. Este sistema de valores y estos valores no fueron creados por la mente humana ni en el mundo natural. Más bien, fueron establecidos desde el mundo superior con el propósito de procurar el bienestar de la humanidad en todas las épocas y todos los entornos.
La civilización islámica puede adoptar diversas formas externas desde el punto de vista de su estructura material y organizativa. Pero sus principios y valores fundamentales son eternos y perpetuos. Estos son: la adoración de Allah; establecer las relaciones mutuas sobre la base del tawhid; establecer la supremacía de la humanidad sobre los bienes materiales; combatir la bestialidad mediante el desarrollo de los valores humanos; y otorgar a la institución familiar el honor que le corresponde. Establecer en la Tierra el califato de Allah conforme a Su mandato y administrar todos los asuntos del califato de acuerdo con Su sharía.
Ya se ha mencionado que la civilización islámica utiliza la capacidad y la fuerza de trabajo para la organización científica. Por ello, aunque mantenga sus valores permanentes e inmutables, es completamente natural que experimente ciertos cambios en sus formas externas para mantener la armonía con la industria, la ciencia y el entorno económico de la sociedad en la que se establece. Esta mutabilidad también está contenida en la naturaleza interna del islam. No ha sido tomada prestada de ninguna ideología externa. Sin embargo, el significado de introducir cambios acordes con los tiempos en las formas externas de la civilización no es cambiar la doctrina ni los valores. No hay lugar alguno para confundir los cambios externos con un cambio de los principios internos.
El islam entró en África central y sembró las semillas de la civilización en una sociedad de personas desnudas; y allí donde se extendió la influencia islámica, fueron precisamente sus habitantes quienes cubrieron sus cuerpos desnudos con ropa, y las personas acostumbradas a andar desnudas entraron en los límites de la civilización al vestir prendas de vestir. Bajo la influencia de las enseñanzas islámicas abandonaron su vida anterior, aislada de la sociedad humana, y, impulsados por el islam, quienes carecían de civilización aprendieron a realizar trabajo físico con el propósito de descubrir los recursos ocultos de la naturaleza. El islam los sacó de los estrechos límites tribales y los arrojó al océano humano de la vasta sociedad islámica; en lugar de sentarse dentro de cuevas montañosas a adorar diversas deidades imaginarias, les enseñó a adorar al único Allah, Creador y Sustentador del universo. Si este enorme cambio no es civilización, ¿cuál es entonces la definición de civilización? Era la civilización de un entorno particular, y entonces se utilizaron los recursos que existían en ese entorno. Del mismo modo, si el islam entra en otro entorno, sus actividades se organizarán en armonía con ese entorno y la civilización manifestará su forma conforme a las condiciones de esa sociedad. Por tanto, según el método enseñado por el islam, no existe un nivel específico de industria, ciencia o economía que sea necesario para el desarrollo de la civilización islámica. Allí donde entre la civilización islámica, utilizará los materiales que existan en ese lugar y les dará una forma más refinada. Si en una sociedad no existen esos materiales, le enseñará los medios para obtenerlos y hará que avance por el camino del progreso.
Pero hay que recordar que el islam se establecerá sobre sus principios eternos y perpetuos, y dondequiera y cuandoquiera que se establezca, allí se manifestarán claramente sus características propias. También se formará una organización especial para establecerlo y mantenerlo establecido, y la civilización islámica, con sus características propias y su estructura organizativa, se presentará con una forma completamente distinta de la sociedad jahilí.
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«Adopta el color de Allah. ¿Y quién puede dar un color mejor que Allah? — Al-Baqara: 138
Octavo capítulo
El islam y la cultura
En el sexto capítulo mencioné que la primera parte del primer pilar del ideal de vida islámico consiste en someterse al Dios único e incomparable. Este es el significado de la fórmula «la ilaha illallah». La segunda parte de este pilar consiste en que el modo y método de vivir una vida sometida a Allah deben tomarse del profeta Muhammad (la paz sea con él). La segunda parte de la fórmula del tawhid, es decir, «Muhammadur Rasulullah» (la paz sea con él), expresa precisamente este significado. El modelo práctico de la sumisión ante Allah y de Su adoración consiste en reconocer únicamente a Allah como el Ma‘bud en materia de creencias, en la vida práctica, en la elaboración de leyes y en la obediencia a estas. Ningún musulmán puede considerar que, aparte de Allah, alguna otra fuerza posea los atributos propios de Allah o sea digna de adoración. Un musulmán jamás puede siquiera pensar en adorar a otro ser creado aparte de Allah ni en reconocerlo como poder soberano.
En el capítulo anterior explicamos el significado de la adoración, la fe y la soberanía. En este capítulo analizaremos el significado de la soberanía y su relación con la cultura.
Los límites de la Sharía divina
Según la perspectiva islámica, la soberanía de Allah no se limita a aceptarlo como fuente de la legislación ni a juzgar y resolver los asuntos conforme a Su ley. El significado de la Sharía islámica tampoco es simplemente el de un sistema jurídico. Todos los usos y normas necesarios para la vida están incluidos en ella. Esa concepción estrecha no constituye la verdadera naturaleza de la Sharía islámica. Todas las instrucciones que Allah Todopoderoso ha dado a los seres humanos son la base de la Sharía del islam. Las creencias, los principios de gobierno, los procedimientos judiciales, las normas morales, las formas de relación mutua y los principios fundamentales del estudio de las ciencias y del conocimiento, entre otros asuntos, están incluidos en la Sharía.
Todas las cuestiones relacionadas con la vida humana —como las concepciones del ser humano acerca del Creador y la creación, ya se refieran al mundo visible o al invisible, así como la propia esencia del ser humano y su posición y dignidad en el mundo creado— están incluidas en la Sharía islámica. Del mismo modo, los asuntos políticos, sociales y económicos, así como los principios de estos asuntos, están comprendidos en el ámbito de la Sharía islámica. El objetivo de la Sharía divina es la plena sumisión ante Allah Todopoderoso en todas estas cuestiones. Junto con los asuntos mencionados, también el control de las cuestiones de la sociedad reguladas por la ley pertenece al ámbito de la Sharía. Por ello, normalmente entendemos por Sharía únicamente las leyes o el sistema jurídico. Sin embargo, en realidad el alcance de la Sharía es mucho más amplio. La conducta moral y los criterios para evaluar los valores y principios de la sociedad forman parte de la Sharía. Todas las ramas del conocimiento, así como los principios fundamentales de las ciencias y de las artes, son también parte de la Sharía. Esto se debe a que, en todos los asuntos mencionados, dependemos de la guía de Allah Todopoderoso del mismo modo que en las cuestiones reguladas por las leyes.
Ya hemos hablado anteriormente de la aceptación de la soberanía de Allah en lo relativo a las leyes y al gobierno. Del mismo modo, también hemos explicado claramente la necesidad de hacer efectiva la soberanía de Allah en materia de moralidad, transacciones, valores y criterios para aceptar y rechazar. Cabe señalar que los valores, los criterios para aceptar y rechazar, la moralidad y las conductas son consecuencias de las creencias establecidas en la sociedad, y que los asuntos mencionados se toman de la misma fuente divina de la que nacen las creencias.
Sin embargo, al escuchar hablar de la aplicación de la creencia islámica y del conocimiento divino en el ámbito de la literatura y las artes, no solo la gente común, sino también muchos de los lectores y escritores de literatura islámica, se sorprenden.
En un libro mío sobre las artes, publicado anteriormente, se afirmó que toda forma de arte no es sino un reflejo de las creencias y concepciones del ser humano. Las ideas y convicciones que la mente alberga acerca de la vida humana y del universo adquieren forma y se expresan a través del pincel del artista. Las concepciones islámicas dan origen a las artes, porque la creencia islámica sobre el mundo creado determina la relación del ser humano con la creación y con el Creador. En particular, la creencia islámica abarca el lugar y la dignidad del ser humano en el mundo creado, el propósito y la función de la vida humana, las responsabilidades del ser humano y la correcta valoración de su vida. Esto se debe a que la creencia islámica no es algo limitado al ámbito de la imaginación y el pensamiento; es, más bien, una ideología viva, activa, influyente y siempre dinámica, y esta creencia es la que influye en las emociones y en la inclinación del ser humano a actuar.
En resumen, es necesario analizar detalladamente la aplicación de la palabra de Dios en el ámbito de las artes y la literatura. Ya he mencionado que, respecto a mi opinión sobre este tema, no solo las personas instruidas, sino también muchos musulmanes que creen en la soberanía de Dios, se sorprenden.
Ya se trate de la fe, de las concepciones relativas a la vida, de las formas y métodos de culto, de la moral y las relaciones mutuas, de los valores, de los criterios para aceptar o rechazar algo, de los lineamientos de la economía y la política, o de la interpretación de la historia, en ninguno de estos asuntos puede el musulmán buscar orientación en otra fuente dejando de lado la palabra revelada por Dios. Por ello, para adquirir conocimiento sobre todos estos asuntos, el musulmán debe acudir siempre a un musulmán instruido. Las palabras y los actos de la persona considerada sabia deben ser siempre coherentes. Solo entonces podrá enseñar correctamente el conocimiento islámico.
Por supuesto, al musulmán le está permitido aprender conocimientos especializados de los no musulmanes. A modo de ejemplo, pueden mencionarse la química, la física, la astronomía, la medicina, las artes, la agricultura, la administración pública —solo en lo relativo a los métodos administrativos—, la tecnología, la formación militar y las artes y ciencias nacionales, entre otras. Es cierto, naturalmente, que, una vez establecido el Estado islámico, habrá que formar un número suficiente de especialistas en todos los ámbitos mencionados. Esto se debe a que adquirir conocimientos en estas materias constituye para los musulmanes un fard kifaya, es decir, una obligación colectiva: según las necesidades de la sociedad, un número suficiente de personas deberá alcanzar competencia especializada en los campos indicados. De lo contrario, toda la sociedad islámica será considerada pecadora. Sin embargo, mientras no se haya formado un número suficiente de personas capacitadas en las distintas ramas del conocimiento y la ciencia, el musulmán puede acudir a especialistas, sean musulmanes o no musulmanes, para alcanzar competencia en determinados saberes y ciencias, e incluso puede confiarles la responsabilidad de diversas tareas.
Precisamente acerca de asuntos de este tipo, el Profeta de Dios (la paz sea con él) dijo:
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Es decir, vosotros tenéis mayor experiencia en los asuntos mundanos. Estos asuntos no están relacionados con la vida, el mundo creado, el ser humano y el propósito de su creación, las responsabilidades y deberes del ser humano, ni la relación del ser humano con el mundo creado y con el Creador. Tampoco están relacionadas estas ciencias con los principios de la legislación que controla y determina la naturaleza de la sociedad, la moral, la conducta, las costumbres, los métodos, las normas, los hábitos, los comportamientos, los valores y los criterios para aceptar o rechazar algo. Por tanto, no existe ningún riesgo de que la fe del musulmán se corrompa o de que regrese a la jahiliya como consecuencia de aprender de los no musulmanes las materias mencionadas.
Sin embargo, para explicar la corriente de pensamiento subyacente a la actividad humana y su significado —ya sea que dicha actividad sea individual o colectiva— hay que analizar la entidad individual del ser humano y la historia de la humanidad. Del mismo modo, puesto que las cuestiones relativas al origen de la creación y al comienzo de la vida humana pertenecen a la metafísica (Metaphysices) —es decir, no están vinculadas con la química, la física, la astronomía ni la medicina—, controlan la conducta de la vida humana, al igual que las leyes y los sistemas. Estas cuestiones influyen indirectamente en las creencias doctrinales del ser humano.
Por lo tanto, un musulmán no puede ponerse bajo la tutela de un no musulmán para adquirir conocimientos sobre las cuestiones mencionadas. En todos los asuntos que influyen en el modo de vida humano, solo se puede adquirir conocimiento de musulmanes religiosos y piadosos; además, debe existir la convicción de que el maestro en cuestión depende únicamente del conocimiento que le ha otorgado Alá. En suma, el musulmán debe tener firmemente arraigada en su mente la convicción de que esas cuestiones están vinculadas con la aqida. Por ello, determinar, a la luz de la Revelación divina, la opinión y el camino que se ha de seguir respecto de dichas cuestiones es una parte indispensable de la adoración y una exigencia ineludible de la profesión de fe.
No hay impedimento, desde luego, para estudiar y analizar críticamente las opiniones de los escritores partidarios de la jahiliyyah, con el fin de saber qué cantidad de información engañosa se ha presentado en sus escritos y libros, y de qué maneras se puede proteger a la gente de esas doctrinas erróneas. Más bien, hacerlo es necesario para familiarizar correctamente a la gente con la aqida islámica.
La filosofía, la interpretación y el análisis de la historia humana, la psicología —salvo los resultados obtenidos mediante la experiencia y la experimentación, pues estos no son opiniones de nadie, sino resultados reales de la experiencia y la experimentación—, la ética, la teología y el estudio comparativo de las distintas religiones, las ciencias sociales —salvo las estadísticas y los resultados obtenidos mediante la experiencia— y otras disciplinas semejantes han sido y siguen siendo directamente influidas, en distintas épocas del pasado y del presente, por diversas doctrinas erróneas. Más aún, toda la estructura de las materias mencionadas se ha construido sobre la base de creencias y doctrinas jahilíes. Por eso, la mayoría de las ciencias antes mencionadas están en conflicto con el Din y, en general, son hostiles a todas las religiones y, en particular, al Islam.
Entre los campos de reflexión e investigación humanos, las materias mencionadas no son como la química, la física, la biología, la medicina y otras semejantes. Si estas materias se limitan a los resultados obtenidos mediante la experiencia y la experimentación y no intentan formular ninguna doctrina basándose en conjeturas y suposiciones, no hay razón para que destruyan las creencias doctrinales. Pero si, excediendo los límites de la experimentación, recurren a la imaginación, serán necesariamente engañosas. Como ejemplo puede mencionarse la biología de Darwin. Al experimentar e investigar sobre la biología, negó, sin pruebas racionales ni necesidad alguna, la necesidad de creer en la existencia de una fuerza exterior al mundo material al tratar el origen de la vida en la creación y su desarrollo evolutivo.
En estas cuestiones necesarias, el conocimiento otorgado por Alá que poseen los musulmanes es suficiente y completo. El conocimiento relacionado con la fe firme en Alá y la sumisión plena ante Él es un conocimiento de un nivel muy elevado. Todas las doctrinas imaginarias y los argumentos humanos no son, en comparación con el conocimiento otorgado por Alá, más que esfuerzos ridículos.
Algunos sostienen que la cultura es patrimonio colectivo de la humanidad. La cultura no está limitada por las fronteras de un país, una nación o una religión determinados. Esto es, en gran medida, correcto en lo que respecta a la ciencia, la destreza técnica y su explicación y análisis. Sin embargo, la condición es abstenerse de elaborar explicaciones filosóficas metafísicas que excedan los resultados de la investigación experimental, de analizar el propósito de la vida humana y su papel histórico, y de formular doctrinas basadas en conjeturas y suposiciones sobre la literatura y las artes. Pero quienes califican la «cultura» y la «civilización» de patrimonio colectivo de la humanidad violan dicha condición y recurren a la astucia. Como una maniobra sutil de la conspiración judía mundial, los promotores de esta idea intentan debilitar, en nombre de la cultura, toda clase de vínculos morales, especialmente las creencias religiosas. Al infiltrarse en la política mundial, intentan liberar a la gente de las normas morales y religiosas para hacer efectivos en todo el mundo los malos propósitos de los judíos. La primera fase de la conspiración judía es el negocio usurario. Mediante este negocio, siguen chupando la sangre de la humanidad y enriqueciendo las arcas de las instituciones usurarias dirigidas por judíos.
Desde la perspectiva del Islam, dejando de lado los hechos puramente científicos y su aplicación práctica, encontramos dos tipos de cultura. Una es la cultura islámica, edificada sobre la aqida islámica. La otra es la cultura jahilí. La cultura jahilí se manifiesta a través de diversos modos de vida. Sin embargo, todos los sistemas de vida elaborados por la jahiliyyah aceptan sus doctrinas sin verificarlas a la luz del criterio otorgado por Alá. La cultura islámica influye en todas las formas de pensamiento y métodos de acción humanos, y proporciona los principios y métodos de acción necesarios para dinamizar y dar un carácter distintivo a la actividad cultural.
La ciencia experimental de Europa
Es necesario recordar que la fuerza vital de la cultura industrial de la Europa moderna reside en el método de investigación y experimentación científica. Y este método de experimentación no fue descubierto por Europa. Nació precisamente en las universidades islámicas de España y Oriente. En el islam se han señalado claramente el mundo creado, las leyes naturales y las innumerables fuerzas y recursos ocultos en la creación, y estas indicaciones alentaron a los musulmanes a investigar y experimentar acerca del mundo creado. Posteriormente, Europa inició un movimiento especial para la investigación y la experimentación científica siguiendo el camino mostrado por los musulmanes y, gradualmente, alcanzó la cumbre del progreso. Entretanto, el mundo musulmán comenzó a alejarse del islam, y como consecuencia, el cultivo del conocimiento y la ciencia se paralizó primero y después cesó por completo en su sociedad. Una de las muchas causas de esta inactividad fue la debilidad interna de la sociedad islámica de aquella época, y otra fueron los repetidos ataques armados de cristianos y judíos contra el mundo musulmán. Europa aprendió del mundo islámico el método de la investigación científica, pero rompió la relación de este método con el islam. Más tarde se rebeló contra la Iglesia, porque la Iglesia oprimía a la gente común en nombre del sistema de gobierno de Allah. Al oponerse a la Iglesia, también abandonó el método islámico de investigación científica. Como resultado, en Europa también se abandonó el método islámico de reflexión e investigación. Así, la corriente del pensamiento y la investigación en Europa avanzó por el camino de la Yahiliyya y, por su propia naturaleza, no solo quedó completamente separada de las ideas islámicas, sino que además fluyó en una dirección contraria al islam. Por ello, el deber de un musulmán es adoptar las ideas islámicas y la aqida como fundamento de todo su pensamiento, investigación y actividad. Cuando su conocimiento y capacidad hayan alcanzado suficiente solidez, comenzará a pensar por sí mismo desde la perspectiva islámica, o recibirá instrucción de un erudito piadoso y digno de confianza.
El principio «Adquiere conocimiento de donde puedas» no es aplicable a todos los ámbitos desde la perspectiva del islam. En lo relativo a la fe, el modo de vida, la moral y los valores, las costumbres y tradiciones, y las relaciones entre las personas, no es válido ir de un lugar a otro buscando conocimiento sin criterio.
Ciertamente, el islam permite aprender química, física, astronomía, medicina, conocimientos técnicos, agricultura, administración y toda clase de conocimientos de ingeniería semejantes de un no musulmán o de un musulmán desobediente a Allah, cuando no se encuentre un maestro musulmán piadoso y digno de confianza. La situación actual de los musulmanes es lamentable. Muchos de ellos se han alejado mucho de su religión y de su sistema de vida. Han olvidado que el islam los nombró jalifas en la tierra de Allah y les ordenó adquirir competencia en todas las ciencias y conocimientos, así como aumentar su capacidad y aptitudes, para cumplir con la responsabilidad del califato. Por ello, en la situación actual puede permitirse adquirir de eruditos no musulmanes conocimientos puramente técnicos y de ingeniería. Sin embargo, el islam no permite aprender de ningún no musulmán ni de una persona que, aunque se llame musulmana, sea desobediente a Allah, cuestiones como los fundamentos esenciales de la aqida, las bases de las concepciones relativas a la vida, el tafsir del Corán, el hadiz, la explicación y el análisis de la Sira del Profeta, la filosofía de la historia, el examen filosófico de la actividad humana, las costumbres sociales, los medios y procedimientos para formar un gobierno, los principios fundamentales de la política y asuntos semejantes.
Antes de presentarles mis ideas sobre los asuntos mencionados, durante cuarenta años intenté conocer los resultados del pensamiento y la investigación humanos en diversos campos del conocimiento y la ciencia. En aquellos temas por los que sentía especial interés realicé investigaciones y reflexiones al nivel de un especialista. Después dirigí mi atención a la fuente original de mi fe y observé, asombrado, que todo lo que había aprendido anteriormente era insignificante. Sin embargo, no lamento haber dedicado cuarenta años de mi vida al estudio de estos conocimientos y ciencias. Porque durante ese tiempo tuve la oportunidad de conocer la naturaleza de la Yahiliyya, sus extravíos, su desviación y su ignorancia, y al mismo tiempo pude ver con claridad el vacío interior oculto detrás de sus amenazas, estruendos y clamores. Fue entonces cuando comprendí plenamente que un musulmán nunca puede adoptar, para adquirir conocimiento, la fuente de la Yahiliyya junto a la fuente divina.
Aun así, esta no es solamente mi opinión personal. El asunto es muy importante, y en cuestiones de tal importancia no se puede tomar una decisión apoyándose en la opinión personal de un individuo o de unas pocas personas. En especial, cuando existe un criterio establecido por el propio Allah, no cabe siquiera considerar dar prioridad a la opinión de unos cuantos musulmanes. Debemos tomar nuestra decisión conforme a las instrucciones que Allah y Su amado Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nos han dado sobre este asunto. En todas las cuestiones controvertidas, es deber de cada musulmán prestar atención a las instrucciones de Allah y del Mensajero. Recordando ese deber, buscaremos qué dicen Allah y el Mensajero sobre este asunto. Allah Altísimo dice acerca de las malas intenciones de los judíos y los cristianos contra los musulmanes:
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«La mayoría de la Gente del Libro desea haceros volver del camino de la fe al camino de la incredulidad después de que habéis creído. Lo hacen únicamente por envidia, aun después de que la verdad se les ha manifestado. Perdonadlos y disculpadlos hasta que Allah dicte Su decisión respecto a ellos. Ciertamente, Allah tiene poder sobre todas las cosas.»
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«Mientras no os integréis entre los judíos y los cristianos, ellos nunca estarán satisfechos con vosotros. Di: “La guía de Allah Ta‘ala es la única guía”. Si, aun después de haber recibido conocimiento, seguís lo que ellos dicen, nadie podrá protegeros del castigo de Allah».
— Al-Baqara: 120
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«¡Oh, creyentes! Si seguís a algún grupo de entre la Gente del Libro, os harán regresar a un modo de vida de incredulidad». — Al ‘Imrán: 110
La declaración del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), citada por el hafiz Abul ‘Ali, según la narración de Hazrat Yabir (que Allah esté complacido con él), Hammad y Sha‘bi, es la siguiente:
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«No preguntes a la Gente del Libro acerca de ningún asunto. Nunca te mostrarán el camino correcto, pues ellos mismos están extraviados. Por su influencia, podrías aceptar una falsedad como verdad o la verdad como falsedad. ¡Por Allah! Si Moisés (la paz sea con él) estuviera vivo hoy, tampoco le estaría permitido seguir otro camino que no fuera seguirme».
Aunque Allah Taala haya advertido personalmente a los musulmanes sobre las siniestras conspiraciones de los judíos y los nazarenos, si creemos que ellos nos impartirán una enseñanza correcta sobre la doctrina y las creencias islámicas, así como sobre la economía islámica, eso sería una extrema necedad. Porque entonces parecería que consideramos a los judíos y cristianos nuestros bienquerientes, benefactores o buscadores de la verdad. Sin embargo, Allah Taala ha revelado su verdadera naturaleza. Incluso después de una declaración tan clara por parte de Allah Taala, si mantenemos semejante opinión sobre ellos, eso no sería más que una prueba de nuestra extrema falta de inteligencia y previsión.
El propio Allah Taala ha dicho: ——————————— (¡Di, oh Profeta! La guía de Allah es la verdadera guía). Mediante esta declaración, Él ha hecho saber que el musulmán tomará decisiones en todos sus asuntos dependiendo únicamente del conocimiento otorgado por Allah Taala. De lo contrario, fuera del extravío, no existe en ningún otro lugar un conocimiento correcto. Por tanto, no hay ninguna esperanza de encontrar la guía correcta en otras fuentes. En la aleya mencionada, todo lo que queda fuera de la guía de Allah queda establecido como falso y malo. El mensaje de esta aleya es sumamente claro y no admite ninguna otra interpretación.
En el Corán se ha dado una instrucción inequívoca: los musulmanes no deben mantener ninguna relación con quienes se apartan del recuerdo de Allah y tienen como objetivo únicamente los intereses mundanos. Al revelar la verdadera naturaleza de este tipo de personas, el Corán dice que actúan basándose solamente en conjeturas. También declara que no poseen ningún conocimiento —
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«No prestes ninguna importancia a quien ha dado la espalda a Mi recuerdo y cuyo único objetivo es el mundo terrenal. El límite del conocimiento de las personas de esta clase llega solamente hasta ahí. Allah Taala sabe muy bien quién se ha extraviado y quién ha recibido la guía.»
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«Solo conocen los aspectos manifiestos del mundo terrenal y son ignorantes respecto a la Otra Vida.» — Ar-Rum: 7
Estas personas superficiales, que fijan su mirada en los asuntos manifiestos y están privadas del conocimiento verdadero, están desatentas al recuerdo de Allah y absortas en el afán de los intereses temporales de la vida mundana. La situación de todos los científicos y expertos de la época actual es así. Ningún musulmán puede depender sinceramente del conocimiento que han adquirido, y no se puede aprender de ellos, sin reparos, nada salvo conocimientos técnicos. Confiar en ellos en cuestiones de doctrina y creencias relacionadas con la vida humana y los misterios de la creación no es lícito para ningún musulmán. Este no es el conocimiento cuya alabanza repite una y otra vez el Corán. En el Sagrado Corán, Allah Taala dice:
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“¿Acaso pueden ser iguales la persona instruida y la ignorante? — Az-Zumar: 9
¡Quienes interpretan este versículo aislándolo del contexto anterior y posterior están equivocados! En el siguiente versículo se encuentra una delimitación clara respecto al conocimiento:
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“(¿Acaso es mejor la conducta de los desobedientes mencionados arriba o la de) quien permanece de pie obedientemente durante la noche, se postra, teme por el Más Allá y alberga esperanza en la misericordia de Allah? Pregúntales: ¿Acaso pueden ser iguales quien sabe y quien no sabe nada? Solo las personas sensatas aceptan el consejo.” — Az-Zumar: 9
Aquellos que, en la oscuridad de la noche, permanecen de pie ante Allah Altísimo con la cabeza inclinada o, postrados, suplican humildemente a su Señor, y cuyos corazones tiemblan por temor al Más Allá, son precisamente esos afortunados que están enriquecidos con el tesoro del conocimiento. En los versículos del Corán, este conocimiento es denominado conocimiento verdadero. Es decir, el conocimiento que conduce al ser humano a buscar a Allah y que hace nacer en su corazón el temor de Allah y la rectitud; ese es el conocimiento auténtico. En cambio, el saber que corrompe la naturaleza humana y la arrastra por el tortuoso camino del ateísmo y del extravío jamás puede recibir el nombre de conocimiento.
El ámbito del conocimiento no se limita únicamente a la aqida, las obligaciones religiosas y el conocimiento de la sharía. Por el contrario, el ámbito del conocimiento es mucho más amplio. El conocimiento guarda con las leyes naturales y con todos los asuntos relacionados con el establecimiento y la administración del califato del ser humano sobre el mundo una relación exactamente igual a la que guarda con la aqida, las obligaciones religiosas y la sharía.
El conocimiento cuyo origen carece de fe —según la definición del Corán— no forma parte de la categoría del conocimiento elogiado por el Corán. Quienes poseen conocimientos pero están privados del tesoro de la fe, desde la perspectiva coránica no pertenecen en absoluto a la categoría de los sabios.
Las ciencias que estudian la creación y las leyes naturales —como la astronomía, la biología, la física, la química y la geología— generan una firme convicción acerca de la existencia. Sin embargo, a quienes han llegado a tener un pensamiento desviado, estas ciencias los alejan de la concepción de la existencia de Allah. Europa fue el primer lugar donde nació una actitud tan lamentable. En un momento de la historia de ese continente surgió una intensa disputa entre los científicos y los clérigos religiosos opresores, y como resultado de esa oposición, todo el movimiento de investigación científica en Europa comenzó con una actitud contraria a Allah. Este movimiento ejerció una influencia de gran alcance sobre todos los aspectos y ámbitos de la vida europea. Como consecuencia, cambió el rumbo del pensamiento europeo. Por ello, la hostilidad y la oposición no se limitaron a la ciencia y a la Iglesia europea; más bien, el conocimiento y la ciencia occidentales en su conjunto se volvieron hostiles a todas las religiones, y todos los recursos que Europa reunió mediante el pensamiento y la investigación en el campo del conocimiento y la ciencia fueron encaminados por la senda de la irreligiosidad. Lo mismo ocurrió en todos los campos, como la metafísica, la filosofía y la ciencia técnica.
Así fue como el pensamiento y la ciencia occidentales se formaron bajo la influencia venenosa del odio hacia la religión, especialmente de una actitud aún más hostil hacia el islam. Después de esta exposición, no resulta difícil comprender las causas del intenso odio y la oposición del mundo occidental hacia el islam. Fueron ellos mismos quienes emprendieron, de manera planificada, una despreciable campaña de propaganda contra el islam. El objetivo de dicha propaganda es debilitar la creencia doctrinal islámica y, en una etapa posterior, destruir toda la estructura de la sociedad islámica.
Aun después de conocer estos hechos, si dependemos del pensamiento occidental para el estudio y la enseñanza del conocimiento y la ciencia islámicos, cometeremos un pecado imperdonable. Por supuesto, en la época actual no tenemos más remedio que recurrir al conocimiento occidental para estudiar únicamente las ciencias técnicas. Pero, aun así, al estudiar estas disciplinas debemos evitar cuidadosamente los datos imaginarios y filosóficos. Esto se debe a que la filosofía y las especulaciones de la ciencia occidental nacieron de una mentalidad hostil al islam. Por tanto, existe el riesgo de que, bajo su influencia, se enturbie la fuente pura del modo de vida islámico.
Capítulo noveno
La nacionalidad de los musulmanes
Desde el día en que el islam presentó nuevos conceptos sobre la moralidad y los valores, así como los medios y métodos para alcanzarlos, también enseñó nuevos métodos para establecer las relaciones mutuas entre las personas. El islam llegó al mundo precisamente para establecer la relación de las personas con su Señor y para enseñarles que los criterios de aceptación y rechazo, así como el principio para valorar todas las cosas, deben tomarse únicamente de Allah, el Altísimo. Del mismo modo, el islam declaró que Allah, el Altísimo, ha establecido los principios fundamentales de las relaciones mutuas entre las personas. Hemos nacido por Su voluntad y a Él hemos de regresar. El islam proclamó con voz firme que, ante Allah, existe un único vínculo que une a las personas entre sí; cuando este vínculo se fortalece, los lazos de sangre y las demás conexiones desaparecen.
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«Nunca verás que quienes creen en Allah y en el Más Allá establezcan una relación de afecto con los enemigos de Allah, aunque estos sean sus padres, sus hijos, sus hermanos o sus parientes cercanos». — Al-Mujadila: 22
En el mundo solo existe un partido de Allah. Todos los demás partidos, excepto este, son partidos de Satanás y del tagut.
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«Quienes creen luchan por la causa de Allah, mientras que los incrédulos luchan por la causa del tagut. Así pues, luchad contra los aliados de Satanás. Ciertamente, las maquinaciones de Satanás son débiles». — An-Nisa: 76
Solo hay un camino para llegar a la presencia de Allah. Todos los demás caminos, salvo este, alejan de Allah.
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«Este es Mi camino recto y sencillo; seguidlo, pues. No sigáis otros caminos, porque os apartarían del camino». — Al-An’am: 153
Para la humanidad solo existe un sistema de vida, y este es el islam. Todos los sistemas de vida distintos del islam son jahiliyyah.
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«¿Acaso quieren adoptar el juicio de la jahiliyyah? En realidad, para quienes tienen una fe firme en Allah, no hay mejor juicio que el juicio de Allah». — Al-Maida: 50
Solo una sharía es digna de ser seguida, y esa es la sharía islámica. Todas las demás sharias, aparte de la única sharía otorgada por Allah, han sido elaboradas a partir de los deseos del nafs.
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«(¡Oh, Profeta!) Después te establecimos sobre una sharía clara; síguela, pues, y no sigas las pasiones de los ignorantes». — Al-Yathiya: 18
En el mundo solo existe un camino verdadero, y es indivisible. Todos los caminos aparte de este camino verdadero son caminos de desviación o extravío.
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«¿Qué puede ser sino el extravío aparte de la verdad? ¿Adónde vagáis, habiendo perdido el camino?» —
En el mundo solo un territorio merece ser conocido como Dar al-Islam, y es un Estado islámico en el que se reconoce la soberanía de Allah, se aplica la sharía de Allah y todos los asuntos colectivos se gestionan sobre la base de la consulta mutua entre los musulmanes. Todos los territorios aparte de este Estado son Dar al-Harb (Estados de kufr). Los musulmanes pueden mantener dos tipos de relación con Dar al-Harb: la guerra o un tratado de paz celebrado por un período determinado y bajo condiciones específicas. Un Estado que haya suscrito un tratado de ese tipo nunca formará parte de Dar al-Islam.
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“Quienes han creído, han emigrado y han luchado con sus bienes y sus vidas por la causa de Alá, y quienes les han dado refugio y les han ayudado, son aliados unos de otros. En cuanto a quienes han creído pero no han emigrado al Dar al-Islam, no tenéis ninguna obligación de amistad con ellos hasta que emigren. Sin embargo, si os piden ayuda en asuntos religiosos, es vuestro deber ayudarles. Pero no podéis ayudarles contra los pueblos con los que habéis concertado un tratado de paz. Alá, el Altísimo, ve todo cuanto hacéis. Si no os ayudáis mutuamente, se extenderán por la tierra la discordia y la corrupción. Quienes han creído, han emigrado y han combatido por la causa de Alá, y quienes les han dado refugio y les han ayudado, son verdaderos creyentes. Para ellos habrá perdón y una provisión excelente. Y quienes posteriormente han creído, han emigrado y han participado en el yihad junto con vosotros, pertenecen a vuestro grupo.” — Al-Anfal: 72-75
El islam ha llegado al mundo con una guía completa y directrices decisivas de esta naturaleza. Ha liberado al ser humano de los vínculos del polvo y de la carne y la sangre, y lo ha elevado a una posición honorable. La tierra en la que se ha establecido la sharía otorgada por Alá, y cuyo criterio para las relaciones mutuas entre sus habitantes se determina según el criterio de su relación con Alá, es la patria de los musulmanes. Los musulmanes no tienen otra nacionalidad aparte de la fe y del vínculo de la fe. Solo por medio de esta fe pueden convertirse en miembros del Dar al-Islam, y no por ninguna otra cualificación. Los musulmanes no tienen otro parentesco ni otra cercanía aparte del vínculo de la fe y la doctrina. La hermandad fundada sobre la fe y la doctrina se desarrolla como una relación sumamente profunda y firme. La madre, el padre, los hermanos, la esposa y los demás parientes no pueden ser considerados familiares de los musulmanes si no establecen una relación con Alá.
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“¡Oh, seres humanos! Temed a vuestro Señor, Quien os creó de un solo ser, y de él creó a su pareja; y de ambos hizo surgir numerosos hombres y mujeres. Temed a Alá, en cuyo nombre os reclamáis mutuamente vuestros derechos, y cuidad de los derechos de los parientes.” — An-Nisa: 1
Cabe señalar que la relación con Alá no prohíbe tratar bondadosamente a los padres de opiniones diferentes ni mantener con ellos relaciones sociales, mientras no ocupen un lugar en primera línea entre los enemigos del movimiento islámico. Si apoyan abiertamente a las fuerzas de la incredulidad, entonces se rompe el vínculo de parentesco y afecto de los musulmanes con esos padres. El musulmán no está obligado a tratar bondadosamente a unos padres hostiles al islam. Hazrat Abdullah, hijo de Abdullah ibn Ubayy, líder de los hipócritas de Medina, nos dejó un ejemplo sumamente luminoso.
Ibn Jarir ha narrado, citando a Ibn Ziyad, que el Profeta de Alá llamó a Hazrat Abdullah, hijo de Abdullah ibn Ubayy, y le dijo: “¿Sabes qué cosas ha dicho tu padre?”
Hazrat Abdullah respondió: “Que mis padres sean sacrificados por usted; ¿qué cosas ha dicho?”
El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Dice que, al regresar a Medina, los honorables expulsarán a los deshonrados».
Hazrat Abdullah (que Allah esté complacido con él) dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)! Por Allah, él ha dicho la verdad. ¡Allah es testigo! Usted es el honorable. Los habitantes de Medina saben que, antes de que usted llegara a esta ciudad, yo era sumamente obediente a mi padre. No había nadie más obediente que yo. Pero si hoy, al decapitar a mi padre con mis propias manos, logro la satisfacción de Allah y de Su Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), estoy dispuesto a hacerlo ahora mismo». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No, no hagas eso».
Cuando el ejército musulmán entraba en Medina, Hazrat Abdullah (que Allah esté complacido con él), hijo de Abdullah ibn Ubayy, se plantó ante su padre con la espada desenvainada para impedirle el paso y dijo: «¿No dijiste que, al regresar esta vez a Medina, los honorables expulsarían a los deshonrados? ¡Por Allah! Ahora mismo sabrás quién es el honorable: si tú o el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), que es más honorable que todos los seres humanos. Juro por Allah que no podrás entrar en Medina hasta que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo permita. ¿Y crees que también escaparás de mis manos?»
Abdullah ibn Ubayy gritó dos veces: «¡Oh, miembros de la tribu de Jazray! ¡Mirad, mi propio hijo no me deja regresar a mi casa!». A pesar de sus gritos, Hazrat Abdullah (que Allah esté complacido con él) continuó repitiendo: «¡Por Allah! No te permitiré entrar en Medina bajo ninguna circunstancia mientras el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no lo autorice». Algunas personas intentaron disuadir a Hazrat Abdullah, pero él siguió repitiendo lo mismo. Finalmente, algunas personas informaron al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de lo sucedido. Después de escuchar todo, dijo a los mensajeros: «Id y decidle a Abdullah que no impida a su padre regresar a casa». Cuando le transmitieron este mensaje a Abdullah, dijo: «De acuerdo; si el Profeta de Allah le ha dado permiso, puede entrar en Medina».
Después de establecerse el vínculo de la fe, las personas quedan unidas por un profundo lazo de hermandad, aunque no tengan relación de sangre; y esta relación llega a ser tan estrecha que todos los musulmanes se consideran semejantes a los distintos miembros y órganos de un mismo cuerpo. Allah Ta‘ala dice:
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«Todos los creyentes son hermanos entre sí». — Al-Hujurat: 10
Aunque esta afirmación es breve, establece un criterio permanente para determinar las relaciones. También dice:
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«Quienes han creído, han abandonado sus hogares por la causa de Allah y han combatido con sus vidas y sus bienes, y quienes les han dado refugio y ayuda, son aliados unos de otros». — Al-Anfal: 72
La ayuda mutua mencionada en el versículo anterior no se limita únicamente a los hombres y mujeres contemporáneos, sino que es deseable que se mantenga también entre las generaciones posteriores. En resumen, los predecesores de la Ummah musulmana albergan amor y sincero afecto en sus corazones por quienes vienen después, y estos últimos por los primeros.
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«Quienes ya residían en Medina y habían creído antes de la llegada de los Muhayirun —es decir, los Ansar— amaban a los emigrados y, cuando se distribuían entre los Muhayirun los bienes del botín, no albergaban en sus corazones deseo alguno de recibirlos; por el contrario, daban preferencia a sus hermanos Muhayirun, aun cuando ellos mismos se encontraban en dificultades económicas. Y quienes se mantienen libres de la avaricia de sus propios corazones son quienes alcanzarán el éxito. Quienes vengan después dirán: “¡Señor nuestro! Perdónanos nuestros pecados y los de quienes creyeron antes que nosotros. No permitas que surja en nuestros corazones ningún mal pensamiento contra los creyentes. ¡Señor nuestro! Ciertamente, Tú eres Compasivo y Misericordioso”». — Al-Hashr: 9-10
La fe es la base de la unidad
Allah Ta‘ala ha presentado a los creyentes algunos ejemplos al relatar en Su Sagrado Libro las historias de las comunidades sagradas formadas por los grandes profetas. Estos nobles profetas aparecieron en distintas épocas y lideraron las caravanas islámicas en sus respectivos tiempos. En los ejemplos relatados, Allah Ta‘ala ha declarado que cada profeta consideraba el vínculo de la fe y la ‘aqidah como el único vínculo verdadero, y que, abandonando este vínculo, ningún otro tipo de relación puede ser beneficioso ni favorable.
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“Y Noé dijo a su Señor: ¡Señor mío! Mi hijo pertenece ciertamente a mi familia, y Tu promesa es verdadera; Tú eres el Omnisciente. Alá respondió: ¡Oh, Noé! Él no pertenece a tu familia, porque sus actos no son como los de las personas rectas. No me pidas aquello cuyo significado desconoces. Noé dijo: ¡Señor mío! Busco refugio en Tu presencia de presentarte una petición sobre aquello que desconozco. Si no me perdonas ni tienes misericordia de mí, seré de los perdedores.” — Hud: 45-47
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“Recuerda cuando el Señor de Abraham lo puso a prueba con varios asuntos y él superó todas las pruebas. Alá dijo: Te nombraré imán de la humanidad. Él preguntó: ¿Y también de mi descendencia? Se respondió: Mi promesa no alcanza a los injustos.” — Al-Baqara: 124
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“Y cuando Abraham suplicó: ¡Señor mío! Haz de esta ciudad una ciudad segura y sustenta con los mejores cereales y frutos a quienes, entre sus habitantes, crean en Alá y en el Más Allá. Alá dijo entonces: También proporcionaré a los que desobedecen un sustento limitado durante unos pocos días en este mundo. Luego los arrojaré al Infierno, y qué pésimo destino es el Infierno.” — Al-Baqara: 126
Al ver que su padre y sus compatriotas persistían en el camino del extravío, el venerable Abraham (la paz sea con él) rompió sus vínculos con ellos y dijo:
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“Me aparto de ustedes y también me aparto de aquello que invocan aparte de Alá. Yo continuaré invocando a mi Señor. Espero no fracasar al invocar a mi Señor.” — Maryam: 48
Al narrar la historia de Hazrat Ibrahim (la paz sea con él) y de los miembros de su propio pueblo, Allah Ta‘ala destacó especialmente estos asuntos ante los creyentes. Deben reflexionar sobre ellos.
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«Tenéis un excelente ejemplo en Ibrahim y sus compañeros. Cuando dijeron a su pueblo: “No tenemos ninguna relación con vosotros ni con aquellos a quienes adoráis en lugar de Allah. No reconocemos en absoluto a esos dioses vuestros, y no lo haremos hasta que creáis en Allah, el Único y sin igual.”»
Cuando aquellos jóvenes valientes, conocidos como los Compañeros de la Caverna, comprendieron que no había posibilidad de vivir en su propio país, entre sus parientes, su tribu y su familia, conservando el inestimable tesoro de su religión y su fe, abandonaron a sus familias y a sus parientes. Emigraron de su tierra natal y emprendieron el camino hacia su Señor llevando consigo el tesoro de la fe, para poder encontrar un lugar donde vivir como siervos únicamente de Allah, conforme a las exigencias de la fe.
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«Eran unos cuantos jóvenes que creían en su Señor, y Nosotros aumentamos su guía. Se levantaron en medio de la sociedad y proclamaron: “Nuestro Señor es Aquel que posee la soberanía absoluta de los cielos y de la tierra. No invocaremos a ningún otro dios aparte de Él; si lo hiciéramos, estaríamos diciendo algo completamente absurdo.” Luego se decían entre ellos: “Nuestro pueblo ha adoptado otros dioses en lugar del Señor de los mundos. ¿Por qué no presentan una prueba clara en apoyo de sus creencias? ¿Y quién es más injusto que quien inventa mentiras acerca de Allah? Ahora, después de romper nuestros vínculos con ellos y con sus dioses, vayamos a refugiarnos en la cueva de la montaña. Vuestro Señor extenderá sobre vosotros Su misericordia y os proporcionará los medios necesarios.”» — Al-Kahf: 13-16
La historia de las esposas de Hazrat Nuh (la paz sea con él) y de Hazrat Lut (la paz sea con él) también se menciona en el Corán. Las esposas de estos dos grandes profetas sostenían una creencia diferente y estaban involucradas en el politeísmo. Por ello, ambos profetas rompieron sus vínculos con sus esposas.
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«Para instruir a los incrédulos, Allah Ta‘ala ha presentado el ejemplo de las esposas de Nuh y Lut. Estas dos mujeres estaban casadas con dos de Mis siervos rectos, pero traicionaron. Por eso, sus esposos tampoco pudieron protegerlas del castigo de Allah. A ambas mujeres se les ordenará: “Entrad también vosotras en el Infierno junto con los demás”». — At-Tahrim: 10
Al mismo tiempo, también se ha presentado como ejemplo para los creyentes la historia de la esposa de Faraón, el tirano y rebelde contra Allah de Egipto.
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«Para amonestar a los creyentes, Allah Ta‘ala ha mencionado el caso de la esposa de Faraón. Ella suplicó: “¡Oh, mi Señor! Constrúyeme una casa junto a Ti en el Paraíso, líbrame de Faraón y de las consecuencias de todas sus malas obras, y protégeme también de la maldad de los opresores”».
— At-Tahrim: 11
De este modo, el Corán ha presentado ejemplos de toda clase de vínculos familiares. En la historia de Nuh (la paz sea con él) hay un ejemplo de la relación paterna. Asimismo, en la historia de Ibrahim (la paz sea con él) se presenta el ejemplo de la relación entre padre e hijo y de la relación con la tierra natal. En la historia de los Ashab al-Kahf se presentan conjuntamente ejemplos completos de los parientes, la tribu y el linaje, la familia, el país y la tierra natal. En las historias de Nuh (la paz sea con él), Lut (la paz sea con él) y Faraón se ofrece el ejemplo de la relación conyugal. Según la perspectiva del Corán, incluso los parientes más cercanos dejan de ser parientes del creyente después de abandonar el camino de la fe.
La ummah intermedia
Después de hablar de los grandes profetas y de sus relaciones y vínculos de parentesco, examinaremos la situación del grupo llamado la ummah intermedia. También encontramos innumerables ejemplos y modelos entre nuestra ummah. Nuestra ummah intermedia ha comenzado a seguir el camino de la forma de vida que Allah Ta‘ala reveló para la humanidad desde el principio de los tiempos. Cada vez que se ha roto el vínculo de la fe con un pariente cercano —en otras palabras, se ha roto el hilo unificador que permite establecer relaciones entre las personas—, los miembros de una misma tribu, un mismo linaje y una misma familia se han separado unos de otros conforme a las exigencias de la fe. Al describir la identidad de los creyentes, Allah Ta‘ala ha dicho:
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«No verás que quienes creen en Allah y en el Más Allá entablen amistad con los enemigos de Allah, aunque estas personas sean sus padres, hermanos, hijos o parientes cercanos. Ellos son aquellos en cuyos corazones Allah Ta‘ala ha infundido la fe, a quienes ha ayudado con Su mano oculta y a quienes hará entrar en jardines por debajo de los cuales corren ríos, donde permanecerán eternamente. Allah Ta‘ala está complacido con ellos y ellos están complacidos con Allah Ta‘ala. Ellos son el partido de Allah. Y, ciertamente, el partido de Allah será el que triunfe». — Al-Muyádila: 22
Hemos visto que, en el caso del Profeta Muhammad (la paz sea con él), se rompieron todos los lazos de sangre con su tío Abu Lahab y con su pariente tribal Amr ibn Hisham (Abu Yahl). Los emigrantes procedentes de La Meca tomaron las armas contra sus parientes cercanos y miembros de su propia tribu, y en la batalla de Badr fueron ellos quienes combatieron en primera línea. Por otro lado, entre los emigrantes de La Meca y los Ansar de Medina se estableció una sólida relación basada en la fe. Su relación llegó a ser como la de hermanos de sangre y demostró ser más fuerte que la de los parientes unidos por la sangre y el linaje. Esta nueva relación despertó el sentimiento de hermandad entre los musulmanes. Todos los musulmanes, árabes y no árabes por igual, quedaron unidos por el vínculo de la hermandad. Suhayb al-Rumi, Bilal al-Habashi (habitante de Abisinia) y Salman al-Farisi (originario de Persia) olvidaron las diferencias de su tierra natal, su lengua materna y su tribu y raza. Sus rivalidades tribales, orgullo de linaje, apego a su lugar de nacimiento y orgullo nacional se desvanecieron por completo. El amado Profeta de Allah Ta‘ala (la paz sea con él) les dijo: «Abandonad estas cosas; ahora se han convertido en cadáveres malolientes». También declaró:
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«Quien invite a la hostilidad y la división de la época de la ignorancia no forma parte de nuestro grupo; quien luche sobre la base de la hostilidad y la división tampoco forma parte de nuestro grupo; y quien muera creyendo en la hostilidad y la división, tampoco forma parte de nuestro grupo».
Dar al-Islam y Dar al-Harb
En resumen, al entrar en contacto con el islam, cesan todos los lemas de hostilidad y división. El nacionalismo creado sobre la base del linaje, la tribu y los intereses regionales es abandonado como un cadáver maloliente. Al abandonar la estrechez de la patria, la tierra, la sangre y la carne, la mirada del ser humano se eleva. Desde el día en que la visión de los musulmanes rompió los límites de la estrechez y extendió el horizonte, su morada comenzó a recibir un nombre. Pues allí se establece el gobierno de la fe y se reconoce la superioridad de la sharía concedida por Allah. Quienes viven bajo esta fresca sombra del islam son quienes garantizan la seguridad de este país. Quienes entregan la vida en la defensa de este país y en el esfuerzo por ampliar las fronteras de las regiones sometidas al gobierno islámico son mártires. El refugio de todos aquellos que llevan al cuello el collar de joyas de la creencia islámica y aceptan la sharía islámica como la norma que debe regir sus vidas es Dar al-Islam. Incluso quienes, sin aceptar la creencia islámica, se someten al sistema de gobierno de la sharía islámica pueden disfrutar, como dimmíes, de todos los beneficios y comodidades de este Estado. Pero el país en el que no se ha izado la bandera del gobierno islámico y en el que no se aplica la sharía islámica es Dar al-Harb tanto para los musulmanes como para los dimmíes. El musulmán estará siempre preparado para luchar contra Dar al-Harb. Aunque esta Dar al-Harb sea su patria, aunque allí vivan sus familiares y aunque sus riquezas, propiedades u otros intereses mundanos estén relacionados de algún modo con ella, el musulmán nunca retrocederá ante la necesidad de empuñar las armas contra ese país. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) empuñó las armas contra los habitantes de La Meca, aunque La Meca era su santa patria. Allí vivían sus familiares y los miembros de su propio linaje. Él y sus queridos compañeros tenían en La Meca sus casas, hogares, campos y granjas. Al emigrar hacia Medina, dejaron atrás todas esas propiedades. Sin embargo, hasta que La Meca se sometió al islam y aceptó el gobierno de la sharía concedida por Allah, ni siquiera una ciudad mundana como La Meca se convirtió en Dar al-Islam.
Esto es el islam. El islam no consiste en pronunciar unas palabras con la boca, cumplir ciertos ritos especiales ni nacer en un linaje o país determinado.
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«¡No! ¡Por tu Señor, oh Muhammad! No podrán ser creyentes hasta que te acepten como único árbitro en todos los asuntos en disputa entre ellos, no alberguen ninguna duda ni vacilación respecto a tu decisión y, por el contrario, acepten con plena satisfacción el veredicto que les has dado». — An-Nisá: 65
El nombre de este ideal es Islam, y el Estado gobernado conforme a este ideal es dar al-Islam. Ni la tierra de un país, ni una tribu determinada, ni un linaje particular, ni una familia específica reciben el nombre de Islam o dar al-Islam.
El Islam ha liberado a la humanidad de las cadenas que la ataban. Esas cadenas mantenían al ser humano sometido y orientado hacia abajo. Al quedar libre de ellas, adquirió la capacidad de ascender por encima de los cielos. El Islam liberó a la humanidad de los lazos de sangre y del impulso de los instintos animales, y la elevó a una dignidad superior incluso a la de los ángeles. El Islam enseñó que la patria que el musulmán amará y por cuya defensa estará dispuesto incluso a sacrificar su vida no es simplemente un pedazo de tierra. La nacionalidad que proclamará la identidad del musulmán no es una nación constituida conforme a una definición establecida por ningún gobierno. El parentesco y el vínculo de unidad de los musulmanes no se construyen sobre la base de los lazos de sangre. La bandera por cuya elevación el musulmán se sentirá orgulloso incluso de entregar su vida no es el símbolo de ningún país determinado. La victoria por la que el musulmán se esforzará siempre y ante la cual, una vez alcanzada, inclinará la cabeza ante Allah, no es una mera victoria temporal; será, más bien, la victoria de la gran verdad. Allah Ta‘ala dijo en el sagrado Corán:
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«Cuando llegue la ayuda de Allah y la victoria, verás a la gente entrar en la religión de Allah en multitudes. Entonces glorifica y alaba a tu Señor, y pídele perdón. Ciertamente, Él acepta el arrepentimiento». — An-Nasr
Esta victoria solo se alcanza bajo la bandera de la fe. Aquí no se emplean los lemas hostiles de otras banderas. Aquí se lleva a cabo el yihad para establecer la religión de Allah y aplicar Su sharía, y no para alcanzar ningún otro interés u objetivo. Se necesita el yihad para defender precisamente el dar al-Islam cuya descripción se ha presentado anteriormente, no con la intención de proteger el honor de la patria o de la nación. Después de la victoria, el ejército victorioso no se afana únicamente por apoderarse de los bienes del botín.
El propósito de esta victoria tampoco es obtener fama mundana ni demostrar valentía. Por el contrario, alcanzar la complacencia de Allah es el anhelo supremo del creyente. Por ello, el ejército victorioso se apresura sobremanera a obtener la complacencia de Allah, el Misericordioso, mediante el tasbih y el istighfar. El patriotismo o el nacionalismo no despiertan la motivación para el yihad. Tampoco es objetivo del yihad garantizar la seguridad de la familia y los hijos. Sin embargo, el yihad es ciertamente necesario para liberar al país, a la nación, a la familia y a los hijos del ataque de los falsos ideales y garantizar la seguridad de su religión y su fe.
Se ha narrado de Hazrat Abu Musa al-Ashari (que Allah esté complacido con él) que se le preguntó al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Un hombre combate para demostrar su valentía; otro combate para alcanzar honor, y otro lo hace para presumir ante la gente. Díganos, ¿quién de ellos combate por la causa de Allah?». Él respondió: «Quien combate con el propósito de establecer la palabra de Allah en la más alta posición, solo él combate por la causa de Allah».
La dignidad del martirio solo puede alcanzarse combatiendo por la causa de Allah. No se puede obtener combatiendo por ningún otro propósito.
El país que combate contra la fe y la doctrina de los musulmanes, que les impide cumplir los mandamientos y prohibiciones de la religión, y en el que la Sharía de Allah ha sido abandonada, es Dar al-Harb.
Aunque en ese país vivan los parientes, familiares y miembros del linaje de los musulmanes, aunque allí tengan comercios o propiedades, y aunque los intereses económicos de los musulmanes estén relacionados con la seguridad de ese país, ello no puede cambiar su condición de Dar al-Harb. Por el contrario, el país en el que la fe y la doctrina de los musulmanes estén libres de toda presión y cuya supremacía sea reconocida, y en el que la Sharía islámica se haga realidad, recibirá el nombre de Dar al-Islam. Aunque los musulmanes no vivan allí con sus familias, aunque no residan allí miembros de sus linajes y tribus, y aunque sus negocios u otros intereses económicos no estén relacionados con ese país, este seguirá siendo Dar al-Islam.
El país en el que rige la doctrina islámica, en el que el islam es reconocido como sistema de vida y en el que se aplica la Sharía de Allah, es la patria de los musulmanes. Este significado de patria es plenamente compatible con la humanidad. Del mismo modo, la nacionalidad islámica se forma sobre la base de la creencia y del sistema de vida, y allí hace florecer la humanidad del ser humano.
Los intentos de crear unidad sobre la base de la familia, la tribu, la nación, el linaje, la raza y la región geográfica eran una forma de pensar propia de la época de la ignorancia. Cuando la espiritualidad humana se encontraba en un nivel sumamente bajo, la gente consideraba estos factores como vínculos de unidad. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) los calificó de cadáveres putrefactos y malolientes. La comunidad judía afirmó que, por su nacionalidad basada en el linaje, era sumamente amada por Allah. Allah, el Altísimo, rechazó esta afirmación y se la arrojó de vuelta al rostro, declarando que para todas las épocas, todos los linajes, todas las tribus y todos los lugares existe un único criterio para alcanzar la cercanía, el honor y la estima de Allah, y ese criterio es la fe en Allah. Dice: ——————————————————————————————-
«Los judíos y los cristianos dicen: “Sed judíos o cristianos y estaréis bien guiados”. Diles: “No; abandonadlo todo y seguid la comunidad de Ibrahim, y Ibrahim no era politeísta”. Di: “Creemos en Allah y en lo que ha sido revelado para nosotros desde Él, y en lo que fue revelado a Hazrat Ibrahim, Ismail, Ishaq, Yaqub y sus descendientes, y en lo que fue entregado a Musa, Isa y a los demás profetas. No hacemos distinción entre ninguno de ellos y nos sometemos a Allah”. Si creen en estas cosas como vosotros creéis, habrán encontrado la guía. Pero si vuelven la espalda, se habrán vuelto obstinados. En tal caso, Allah te bastará. Él todo lo sabe y todo lo oye. Adoptad el color de Allah. ¿Y qué color puede ser mejor que el de Él? Nosotros solo Le adoramos».
En realidad, los siervos amados de Allah son la comunidad musulmana, porque, olvidando las diferencias de tribu, raza, nación y región geográfica, se han reunido bajo la bandera del Dios único e incomparable.
«Vosotros sois la mejor umma. Habéis sido constituidos para guiar y dirigir a la humanidad. Ordenáis las buenas obras y la virtud, impedís a la gente las malas acciones y los pecados, y creéis en Allah vosotros mismos». — Al Imrán: 110
En la primera fila de este ejército revolucionario formado por los siervos de Allah se encuentra el noble árabe de distinguido linaje, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él); Hazrat Bilal (que Allah esté complacido con él), de Etiopía; Hazrat Suhaib (que Allah esté complacido con él), de Roma; y Hazrat Salman (que Allah esté complacido con él), de Persia, todos se incorporaron como miembros de este grupo sobre la base de la igualdad de dignidad y derechos. También posteriormente esta umma se constituyó sobre una fraternidad asombrosa, sin distinción de linaje, tribu, raza o región. Su nacionalidad era el tawhid. Su patria era Dar al-Islam. La soberanía de Allah era la principal característica del Estado que ellos gobernaban, y el Corán era su constitución.
La hostilidad hacia la patria y hacia las naciones es contraria al tawhid
Es sumamente necesario que las ideas y creencias mencionadas acerca de la patria, la nacionalidad y las relaciones mutuas queden grabadas en la mente de quienes llaman al islam.
Deben borrar de sus propios corazones toda influencia de la yahiliya. Las mentes y los corazones de los miembros del grupo que sigue la gran verdad deben quedar completamente libres de toda clase de influencia de la yahiliya y de todas las formas de shirk extendidas en el mundo actual bajo la forma del culto a la nación, del culto a la patria, del culto a los intereses mundanos y demás. Allah Ta‘ala reunió todos los ejemplos notables de shirk en una misma aleya del Corán, colocándolos en un lado de la balanza y, en el otro, la fe y las exigencias de la fe, y concedió a las personas la libertad de escoger cualquiera de estas dos cosas.
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«¡Oh, Profeta! Di: “¿Acaso vuestros padres, vuestros hijos, vuestros hermanos, vuestras esposas, vuestros parientes, las riquezas que habéis acumulado, el comercio y las viviendas agradables os son más queridos que Allah, Su Mensajero y el yihad en el camino de Allah? Si es así, esperad la decisión de Allah. Allah no guía a los extraviados”».
Por tanto, quienes llaman al din no deben albergar la menor duda en su corazón acerca de la naturaleza y la identidad del islam y la yahiliya, ni de Dar al-Islam y Dar al-Harb. Pues la desviación surge siguiendo el camino de la duda. Un país en el que el islam no tiene primacía, donde no se ha aplicado la sharía islámica y cuyo territorio no se rige por las leyes del islam. Todo lo que está fuera de la fe es kufr; todo lo que está fuera del islam no es sino yahiliya, y todo cuanto se opone a la verdad no es más que falsedad.
Capítulo décimo
Se necesita un cambio de gran alcance
Cómo debe presentarse la invitación al islam
Al invitar a las personas a aceptar el islam, ya sea que el oponente sea musulmán o no musulmán, siempre debemos recordar una cuestión. Esta cuestión está implícita en la propia naturaleza del islam. También se puede comprender a partir de la historia del islam. En resumen, la cuestión es que el islam, como sistema de vida surgido de una concepción y una creencia sobre la relación entre la vida humana y la naturaleza del universo, es completamente diferente de las demás ideologías de vida, con todas sus ramas y ramificaciones. La concepción y la creencia islámicas acerca de la vida se oponen a todas las formas de yâhiliyya, tanto antiguas como modernas. Naturalmente, al elaborar un sistema detallado sobre la base de un sistema de vida, algunos aspectos de la yâhiliyya pueden parecerse a ciertos aspectos del islam. Pero la concepción y la creencia fundamentales a partir de las cuales se elaboran esas normas detalladas son siempre completamente opuestas a la yâhiliyya. Todas las ideologías de vida conocidas por la humanidad son, desde la perspectiva de la visión islámica de la vida, yâhiliyya.
La primera tarea del islam consiste en transformar la vida de las personas sobre la base de su propia fe y aqida, formándolas según su propio molde, y orientar el camino de la sociedad humana conforme a un sistema de vida práctico otorgado por Allah. Allah ha presentado a la umma musulmana como un modelo práctico para la sociedad humana. Él dice:
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«Sois la mejor umma: habéis sido suscitados para procurar el bienestar de la sociedad humana. Ordenáis el bien y apartáis a las personas de la injusticia. Y vosotros mismos creéis en Allah.»
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«Este es el grupo que, si les damos autoridad en la tierra, establece la salat, paga el zakat, ordena el bien y prohíbe el mal». — Al-Hayy: 41
El islam no está dispuesto a adoptar ninguna política de compromiso o coexistencia junto a la jahiliyyah imperante en el mundo. El día en que apareció por primera vez en el mundo, no aceptó comprometerse ni coexistir con la jahiliyyah; tampoco lo acepta en el mundo actual y nunca lo aceptará en el futuro. Sea cual sea la época de la jahiliyyah, no es otra cosa que jahiliyyah. Y el significado de jahiliyyah es abandonar la adoración de Allah y rebelarse contra el sistema de vida otorgado por Allah. Adoptar las costumbres de vida, las leyes y los sistemas procedentes de fuentes oscuras, carentes del conocimiento de Allah, es la religión de la jahiliyyah. Por el contrario, la naturaleza del islam consiste en llamar a la gente a someterse a Allah, abandonar la jahiliyyah y acudir presurosa hacia el sistema de vida dado por Allah.
El islam no está limitado por las fronteras de ninguna época ni de ningún tiempo; por el contrario, este sistema de vida es beneficioso para el ser humano en todas las épocas y todos los tiempos. Conducir a la humanidad es el propósito del islam. Y hay que decir claramente que la jahiliyyah consiste en aceptar adorar a los seres humanos según sus propios deseos. Es decir, algunas personas poderosas, por la fuerza, abandonan la ley dada por Allah, elaboran leyes conforme a sus propios caprichos y las imponen a la sociedad; y la sociedad, al aceptarlas, se convierte en esclava de quienes hacen las leyes. El islam afirma que toda la humanidad adorará a un único e incomparable Allah, y que todos los credos y creencias, conceptos, leyes, criterios de aceptación y rechazo, etc., se tomarán únicamente de Allah. Liberada de la subordinación a las criaturas, vivirá sometida exclusivamente a Allah con absoluta sinceridad.
Tal es la naturaleza misma del islam. Esto queda claramente demostrado por el papel que el islam desempeña en el mundo. En el futuro también desempeñará ese mismo papel. A todos aquellos, musulmanes o no musulmanes, ante quienes presentemos el mensaje del islam, les expondremos también, con la máxima claridad, el papel antes mencionado del islam.
Ya sea en materia de credo y creencias o en materia del sistema de vida, el islam no está dispuesto a llegar a ningún compromiso con la jahiliyyah. En un mismo lugar y al mismo tiempo habrá islam o habrá jahiliyyah. En el islam no existe ningún sistema en el que puedan coexistir mitad islam y mitad jahiliyyah. La postura del islam al respecto es sumamente clara. Declara, sin ambigüedad, que la gran verdad es una unidad indivisible. Donde no hay nadie que sostenga y transmita la gran verdad, allí existe la falsedad o la jahiliyyah. No hay lugar alguno para la mezcla, el compromiso o la coexistencia entre la verdad y la falsedad, o entre el haqq y el batil. Hay que obedecer las órdenes de Allah o las de la jahiliyyah: o bien la sharía de Allah se aplicará en la sociedad, o bien reinarán los deseos y la arbitrariedad de los seres humanos. En diversas aleyas del Corán se ha tratado este asunto.
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«¡Oh, Profeta! Juzga entre ellos conforme a lo que Allah ha revelado y no prestes atención a sus deseos. Guárdate de ellos, no sea que te aparten de lo que Allah ha revelado y te arrojen a la perdición». — Al-Maida: 49
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«Continúa llamándolos a esta verdad, mantente firme tal como se te ha ordenado y no sigas sus deseos.» — Ash-Shura: 15
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«Y si no responden a tu llamada, debes saber que siguen únicamente sus propios deseos. ¿Y quién está más extraviado que aquel que sigue sus pasiones sin tomar en consideración la guía de Allah? Allah nunca guía a los injustos.» — Al-Qasas: 50
«(¡Oh, Profeta!) Te hemos establecido sobre una legislación clara. Síguela, pues, y no sigas los deseos de los ignorantes. Ellos no te servirán de nada ante el desagrado de Allah. Ciertamente, los injustos son aliados unos de otros, mientras que Allah es el protector de los temerosos de Él.» — Al-Yathiya: 18-19
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«¿Acaso desean el juicio de la época de la ignorancia? Y ¿quién puede ser mejor juez que Allah para quienes creen en Él?» — Al-Ma’idah: 50
De estas aleyas se desprende que solo existen dos caminos. No hay un tercer camino. O se deben aceptar las órdenes de Allah y del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), o se debe vivir conforme a los deseos del nafs. O se debe aceptar el juicio de Allah, o se debe inclinar la cabeza ante la yahiliyyah. La consecuencia inevitable de no aceptar la ley revelada por Allah como criterio para resolver todos los asuntos será abandonar y desobedecer las órdenes de Allah. Puesto que las aleyas mencionadas anteriormente aparecen en el Libro de Allah, no queda el menor espacio para ninguna controversia sobre este asunto.
El verdadero objetivo del islam
De la discusión anterior quedó claramente demostrado que la principal tarea del islam en el mundo consiste en eliminar la jahiliyyah del liderazgo de la sociedad humana, tomar en sus propias manos las riendas del liderazgo y, gradualmente, hacer efectivo su propio sistema de vida, dotado de sus características distintivas. El propósito de establecer este liderazgo recto es procurar el bienestar y el progreso de la humanidad. Este propósito solo puede cumplirse mediante la sumisión al Creador y el establecimiento de la armonía entre el ser humano y la creación. El objetivo de esta religión es elevar al ser humano a la alta dignidad que Allah desea para él y liberarlo de la esclavitud del nafs. Hazrat Rabi ibn Amir (r. a.) mencionó precisamente este objetivo al responder a la pregunta del comandante persa Rustam. Rustam preguntó: «¿Por qué habéis venido aquí?». Rabi (r. a.) respondió: «Allah nos ha encomendado la responsabilidad de liberar a los seres humanos de la esclavitud de otros seres humanos y dedicarlos a la adoración de Allah; de sacarlos de la servidumbre de los estrechos intereses mundanos y mostrarles el amplio horizonte de este mundo y del Más Allá; y de romper las duras cadenas del sistema de vida creado por los seres humanos, para brindarles la oportunidad de disfrutar los beneficios de la justicia y los principios islámicos».
En distintos momentos, el ser humano expresa los deseos de su propia naturaleza en forma de diversas ideologías y corrientes de pensamiento. El islam no descendió para apoyar esas ideologías y corrientes de pensamiento nacidas de la ignorancia. Desde el comienzo de la da‘wah islámica ya existían ideologías y perspectivas de ese tipo. En el mundo actual, tanto en Oriente como en Occidente, existen ideologías elaboradas por los deseos humanos, y seguirán existiendo en el futuro. El islam vino para crear un mundo nuevo, basado en la sumisión completa ante Allah, mediante la erradicación de las ideas, leyes y costumbres elaboradas por seres humanos egoístas y la formación de una nueva creencia sobre la vida humana. A veces, ciertas partes específicas del islam parecen compatibles con la jahiliyyah. Pero, en realidad, esas partes no son jahiliyyah ni forman parte de ella. Las semejanzas en asuntos menores no son más que una coincidencia. En realidad, las raíces de ambos sistemas son mutuamente contradictorias. La enorme naturaleza del islam alcanzó su plenitud mediante la siembra, germinación y desarrollo progresivo de su semilla a partir de la fuente del conocimiento de Allah. En cambio, la jahiliyyah nació en el lugar lleno de residuos de la mentalidad egoísta del ser humano.
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«La buena tierra produce una cosecha excelente con el permiso de Allah; en cambio, en la tierra mala apenas crece cosecha alguna». — Al-A‘raf: 58
Sea moderna o antigua, la jahiliyyah es impura y extraviadora. Aunque su forma y apariencia hayan cambiado en distintas épocas, su raíz siempre está arraigada en la basura de los caprichos de los seres humanos egoístas. La jahiliyyah nunca puede salir de los límites de la ignorancia y del interés individual. En el mejor de los casos, se ve obligada a girar dentro del círculo de la protección de los intereses de un puñado de personas, de una clase particular, de una tribu particular o de una nación particular. Como resultado, el egoísmo prevalece sobre la verdad, los principios de justicia, la equidad y la benevolencia. Pero la ley dada por Allah corta de raíz esos egoísmos e introduce un sistema imparcial. Allí no tienen cabida la ignorancia, el egoísmo ni los deseos de la naturaleza humana. Ningún deseo de intereses partidistas, clasistas o tribales puede siquiera acercarse a la ley islámica.
Esta es precisamente la diferencia fundamental entre el sistema de vida dado por Allah y las leyes elaboradas por los seres humanos. Por eso es completamente imposible que estos dos sistemas opuestos coexistan. Así pues, intentar crear una nueva ideología mezclando una parte de islam con una parte de jahiliyyah no es más que una necedad. Del mismo modo que Allah no está dispuesto a perdonar el pecado de asociar copartícipes a Su propia esencia, tampoco aprueba mezclar el sistema de vida que Él ha dado con cualquier otro sistema elaborado por los seres humanos. A Sus ojos, ambos pecados son iguales. Y la verdad es que ambas disposiciones mentales nacen de la misma fuente.
Cuando invitemos a la gente hacia el islam, las ideas y creencias sobre el islam mencionadas anteriormente deben estar firmemente arraigadas en nuestra mente y nuestro corazón. Porque, al presentar la da‘wah del islam, no debe haber lugar para ninguna duda o vacilación en nuestras palabras. Más bien, con firmeza de ánimo debemos hacer que nuestros oponentes reconozcan que, después de aceptar el sistema de vida islámico, la vida humana adoptará una nueva forma. El islam transforma por completo sus creencias, su conducta, sus costumbres, sus maneras de actuar y su forma de pensar. Como resultado de esta transformación, obtendrán un bienestar inconmensurable. Debemos explicar a la gente que el islam refinará sus ideas y su conducta, y los establecerá en una posición elevada, digna del ser humano. Después de que el islam se establezca, no queda nada de la jahiliyyah, salvo uno o dos asuntos menores. Solo permanecerán aquellos pocos asuntos insignificantes que, por casualidad, se consideren compatibles con el ideal islámico. Sin embargo, tampoco permanecerán exactamente como antes. Al incorporarse al ideal islámico, su naturaleza cambiará. Entonces esos asuntos ya no ayudarán a difundir la jahiliyyah en la sociedad. El islam no rechazará lo que el ser humano haya obtenido mediante la reflexión, la investigación y la experimentación en los campos del conocimiento y la ciencia. Al contrario, procurará lograr un progreso aún mayor en esos ámbitos. Al presentar el mensaje en público, los portadores del mensaje del islam deben tener cuidado de que la gente no caiga en la falsa idea de considerar también el islam un sistema de vida elaborado por seres humanos. No deben pensar que, al igual que los sistemas de vida humanos que han aparecido adoptando formas diferentes en distintas épocas, el islam no es más que otro ideal elaborado por seres humanos. Más bien, debe exponerse claramente que el islam es un sistema de vida independiente, dotado de características permanentes. Este sistema de vida posee sus propias creencias e ideas, así como su propio modo de vida. El bienestar que el islam desea otorgar a la humanidad es mucho más valioso que el de los sistemas de vida imaginados por los seres humanos. El islam es un sistema de vida grandioso, luminoso, puro y basado en los principios de justicia. Su fuente es el infinito tesoro del conocimiento del Altísimo Allah.
Cuando comprendamos correctamente la esencia del islam, esta comprensión generará en nosotros plena confianza y paciencia. Al invitar a la gente hacia el islam, podremos mostrarles una compasión completa. Nuestra confianza será la de una persona firmemente convencida de que el islam es la verdad y que todo lo que está fuera del islam es falso. Al ver a las personas en un estado de extravío y sufrimiento, sentiremos compasión y misericordia por ellas. Al verlas vivir por un camino equivocado, sentiremos piedad por ellas, porque conocemos el medio para salvarlas.
Después de alcanzar una comprensión correcta de la naturaleza del islam, no es necesario modificar ningún principio islámico para adaptarlo a los gustos y las ideas de las personas descarriadas. Les diremos a las personas con absoluta claridad: «La yahiliyyah en la que estáis sumergidos es impura. Allah Ta‘ala quiere rescataros de esa situación. El entorno en el que respiráis es sumamente venenoso; Allah quiere purificarlo. Vuestra vida actual está entregada al deseo de los placeres mundanos. Es una vida profundamente degradada. Allah Ta‘ala desea concederos una dignidad muy elevada. Pasáis el día y la noche en una condición de humillación y deshonra. Allah Ta‘ala quiere hacer vuestra forma de vida sencilla, recta y afortunada. El islam cambiará vuestras doctrinas y vuestra perspectiva, y también producirá un cambio en vuestra vida práctica. En contacto con el islam adquiriréis nuevos valores. El nivel de vuestra vida alcanzará tal grado de elevación que vosotros mismos podréis comprender la futilidad y la bajeza de vuestra vida actual. Después de que se produzca una transformación revolucionaria en vuestra vida cotidiana, surgirá en vuestro corazón aversión hacia la realidad del mundo. Tras entrar en contacto con la civilización que el islam os dará a conocer, consideraréis sumamente vergonzoso mantener en la sociedad humana la estructura de la llamada civilización imperante en el mundo actual. Por una causa desafortunada, no podéis ver ante vuestros ojos la verdadera naturaleza del islam. Esto se debe a que los enemigos del islam se han unido y permanecen bloqueando el camino para hacer realidad el ideal islámico en la sociedad. Venid, permitidnos daros a conocer la verdadera forma del ideal islámico. Por la gracia de Allah Ta‘ala, la imagen completa del ideal islámico está grabada en el reino de nuestros corazones. Hemos contemplado la imagen integral del islam a través de las ventanas del Corán, la Sharia y la historia. No albergamos ninguna duda respecto a un futuro luminoso».
Al presentar el mensaje del islam, debemos hablar de la manera expuesta anteriormente. Tal es la naturaleza y el curso del islam. Así fue como el islam se presentó ante las personas en la primera época. En la península arábiga, Persia, Roma y todos los territorios a los que penetró el islam, su da‘wah fue presentada de la manera anteriormente descrita.
El islam contempla a la sociedad humana desde una posición sumamente elevada. Porque, en realidad, su posición es elevada. El islam se dirigió a las personas con un tono lleno de compasión, porque la compasión hacia la humanidad forma parte de su propia naturaleza. El islam explicó todos los asuntos a las personas con un lenguaje sumamente claro. No había ninguna ambigüedad en el mensaje que presentó. Nunca dio a las personas la falsa seguridad de que sus vidas no cambiarían después de aceptar el islam. Nunca dijo que bastaría con hacer unos pequeños ajustes y mantener como antes su conducta, sus maneras de relacionarse, sus costumbres, sus ideas y creencias y sus valores. El islam jamás propuso adaptarse a las demás doctrinas imperantes en la sociedad. Hoy, quienes, utilizando nombres como «democracia islámica» o «socialismo islámico», o dejando sin cambios la economía, la política y las leyes vigentes, proclaman que van a introducir el islam, en realidad están proponiendo reconciliar el islam con los caprichos de quienes creen en ideologías erróneas.
En realidad, el islam es un ideal completamente diferente. Para establecer el islam desarraigando la yahiliyyah existente en todo el mundo, es necesario un cambio profundo y de gran alcance. Todas las formas de yahiliyyah imperantes en las épocas antigua y moderna son completamente distintas del ideal islámico. No es en absoluto fácil rescatar a las personas de la miserable condición en la que viven en la época actual. El objetivo no se alcanzará mediante cambios de poca importancia en el sistema social vigente. Para rescatar a la humanidad de su estado de humillación y sufrimiento, se necesita una revolución amplia y de gran alcance. Hay que erradicar todos los ideales de vida creados por los seres humanos y aplicar en el mundo la ley otorgada por Allah. Hay que liberar a las personas del gobierno de otras personas y someterlas al gobierno del Creador del universo. Hoy debemos proclamar claramente que este es el camino correcto hacia la liberación. No debe quedar en la mente de las personas ni el menor rastro de duda o incertidumbre al respecto.
Como consecuencia de una declaración clara de este tipo al comienzo, las personas pueden sentirse algo descontentas; no sería extraño que surgiera en ellas cierto temor respecto al islam y que, por ello, se mantuvieran algo alejadas. En realidad, eso fue lo que ocurrió en la época del Mensajero de Allah (la paz sea con él). Las personas sintieron miedo al escuchar el mensaje del islam. Porque él criticaba sus creencias, se oponía a sus ídolos, rechazaba sus costumbres y, al abandonar sus prácticas sociales, estableció para sí mismo y para sus seguidores nuevas costumbres, comportamientos y valores, en oposición a las normas imperantes en la sociedad.
¿Qué ocurrió finalmente? Los mismos que al principio se habían alejado al escuchar el mensaje de la gran verdad regresaron y buscaron refugio en el nido de la paz. Su huida fue como la huida de los asnos ante el león, descrita en el Corán.
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«Como si fueran asnos aterrorizados, que huyen velozmente del león». —Al-Muddázzir: 50-51
Se esforzaron al máximo para oponerse a esta da‘wah. Hicieron imposible que quienes habían aceptado el islam residieran en La Meca. Mediante nuevos actos de opresión y crueldad hicieron insoportable su vida y, después de que emigraran a Medina, al ver que los musulmanes se fortalecían gradualmente, el bando opositor lanzó ataque tras ataque para mantenerlos hostigados.
La clave del éxito
Las circunstancias adversas que el movimiento islámico tuvo que afrontar en la época del Mensajero de Allah (la paz sea con él) no fueron en absoluto menores que las actuales. El mensaje del islam les pareció extraño a las gentes de aquella época. Por eso rechazaron inmediatamente esta ideología. El islam fue confinado en los valles montañosos de La Meca. Las personas influyentes comenzaron a oponerse intensamente al movimiento. Gobernantes tiránicos, acérrimos enemigos de la ‘aqidah y las creencias islámicas, se habían afianzado por toda Arabia. Sin embargo, el movimiento islámico poseía una fuerza atractiva. Aún hoy es tan fuerte como antes y lo seguirá siendo en el futuro. La fuerza fundamental de esta da‘wah está oculta en su iman. Por eso, incluso frente a una oposición y una hostilidad encarnizadas, la da‘wah de este din avanza de manera ininterrumpida. El mensaje sencillo, claro y luminoso del islam es la fuente de su fuerza.
La clave de su éxito es una ‘aqidah y unas creencias plenamente acordes con la naturaleza humana. Por muy atrasadas que estén las personas en los ámbitos económico, social, científico e intelectual, el islam las guía desde su propio nivel por el camino del progreso y las conduce hasta la cumbre del desarrollo. Mediante su poder milagroso, el islam rechaza por completo las ideologías engañosas de la jahiliyyah y su poder material, y no acepta cambiar ni una sola letra de su propio modo de vida. Nunca llega a un compromiso con la jahiliyyah ni adopta, apoyándose en argumentos falaces, una política de coexistencia con la falsedad. Presenta de una vez ante la sociedad, en un lenguaje inequívoco, su mensaje completo y le hace saber que el mensaje de este din contiene bien, misericordia y bendición.
Allah, exaltado sea, es el Creador de los seres humanos. Por ello conoce perfectamente el movimiento y la naturaleza de sus mentes y corazones. Sabe que, si este grandioso mensaje de la verdad se presenta a la sociedad humana sin vacilación, con claridad y de forma firme, ocupa directamente un lugar en sus corazones.
El ser humano es una criatura capaz de abandonar una forma de vida y adoptar otra, y en muchos casos le resulta más fácil cambiar por completo su modo de vida que realizar cambios parciales. Por ello, avanzar hacia un sistema de vida más completo y puro que el anterior es plenamente conforme con la naturaleza humana. Pero si el islam se conformara con cambiar apenas una o dos cosas insignificantes dentro de la jahiliyyah, el ser humano no tendría ninguna razón lógica para abandonarla y correr hacia el islam. En tal situación, sería más razonable conformarse con el sistema antiguo, porque ya está establecido en la sociedad y las personas están especialmente familiarizadas con él. Si fuera necesario, tampoco sería difícil introducir algunas reformas en el sistema antiguo. En esas circunstancias, si no hubiera una diferencia fundamental entre el antiguo y el nuevo sistema de vida, no tendría ningún sentido abandonar el sistema social establecido para adoptar uno nuevo.
No hay necesidad de presentar una defensa
Al escuchar los argumentos que algunos simpatizantes del islam presentan en apoyo del din, da la impresión de que el islam está de pie en el banquillo de los acusados y que el orador, convertido en abogado, continúa defendiéndolo. La forma en que presentan la defensa del islam y argumentan en su favor es la siguiente:
«Hoy en día se afirma que la ideología moderna ha realizado tal o cual obra, mientras que el islam no ha hecho nada en comparación. ¡Hermanos míos! El islam realizó esas obras mucho antes. La ideología moderna, aparecida catorce siglos después del islam, no ha hecho sino repetir aquellas antiguas obras.»
¡Qué vergonzosa defensa! El islam jamás puede reivindicar como gloria propia el sistema jahilí y sus actividades erróneas. La llamada civilización de la época moderna ha deslumbrado a muchos y ha obnubilado sus mentes y corazones. En realidad, esta jahiliya pura es, en comparación con el islam, sumamente inferior, vacía y errónea. El argumento de que el nivel de vida de quienes viven bajo la protección de la ideología moderna es superior al de los habitantes de ciertos Estados islámicos nominales o del llamado mundo islámico no es en absoluto válido. Los habitantes de esas regiones no han sufrido por ser musulmanes, sino por haberse apartado del islam. El islam afirma que es superior a la jahiliya en todos los aspectos. No ha descendido para mantener la jahiliya, sino para erradicarla, y ha venido a liberar al ser humano de la opresión del molino de la civilización moderna.
De ningún modo es apropiado que adoptemos la mentalidad derrotista de buscar similitudes entre el islam y las ideologías y corrientes de pensamiento predominantes en la época moderna. Sean cuales sean las regiones de Oriente u Occidente de las que procedan los ideales de la jahiliya, los declararemos directamente nulos. Porque, en comparación con el islam, esas ideologías son retrógradas y completamente opuestas a la dignidad con la que el islam desea honrar al ser humano.
Cuando presentemos el mensaje del islam a la sociedad humana de la manera expuesta y expliquemos ante ella la forma completa del islam, de sus propios corazones surgirá la voz que apoye la justificación de esta ideología, y podrán comprender la conveniencia de abandonar un tipo de credo y adoptar otro, y de dejar un modo de vida para aceptar uno nuevo. Pero nunca podremos atraer a la gente mediante los siguientes argumentos: «Abandonar el antiguo sistema establecido y adoptar un sistema nuevo. Naturalmente, el nuevo sistema todavía no se ha materializado en ningún territorio. Sin embargo, el nuevo sistema solo introducirá algunos cambios necesarios en el sistema social establecido; no deberíais objetar a estos pequeños cambios. Seguiréis haciendo en la nueva sociedad todo lo que hacéis en la sociedad actual. El nuevo ideal solo exigirá algunos cambios insignificantes en vuestro carácter, conducta y gustos.»
A primera vista, parece fácil trabajar adoptando esta estrategia. Pero carece de toda fuerza atractiva. Además, la invitación mencionada tampoco es verdadera. En realidad, el islam ha declarado sin ambages que no solo cambia las creencias y la visión relacionadas con la vida humana; no solo cambia la vida colectiva, las leyes y el sistema judicial, sino que transforma incluso los sentimientos y las emociones de tal manera que no queda ninguna semejanza con la jahiliya. En resumen, puede decirse que el objetivo del islam es liberar al ser humano de la sujeción a otros seres humanos en todos los asuntos, grandes y pequeños, de la vida, y trasladarlo a la servidumbre del Dios único, Allah.
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«Quien quiera, que crea; y quien quiera, que descrea.» — Al-Kahf: 29
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«Pero quienes niegan la verdad deben saber que Allah no necesita de los mundos». Al Imrán: 97
Es necesario tener claro que, en realidad, esta es una cuestión de fe e incredulidad, de tawhid y shirk, y de Islam y jahiliya. Quienes viven una vida de jahiliya no son musulmanes, aunque proclamen mil veces que son musulmanes. Si quieren engañarse a sí mismos o engañar a otros creyendo que se puede equiparar al musulmán con la jahiliya, no hay nada que se pueda hacer. Pero su autoengaño o el engaño de otros no puede cambiar la verdad real. Su Islam no es el Islam verdadero, y ellos mismos tampoco son musulmanes. Cuando hoy comience el movimiento islámico, será necesario, ante todo, invitar a estos musulmanes confundidos al camino del Islam y hacer que vuelvan a ser musulmanes.
No invitamos a la gente a adoptar el ideal islámico esperando recibir de ella alguna recompensa. Tampoco queremos tomar el poder ni crear el caos en el país. No nos hemos cegado por la codicia de los intereses mundanos. La rendición de cuentas por nuestros actos y la recompensa por nuestras obras no nos corresponden de la gente, sino de Allah. Amamos a la gente y deseamos su bienestar. Precisamente por eso la invitamos a aceptar el Islam. Aunque nos arrojen montañas de opresión, no nos desviaremos de nuestro deber. Esta es la característica de quienes invitan al camino del din, y precisamente esta característica ayuda a su labor. Es necesario que, a través de nuestra forma de vida, se forme en la mente del pueblo una idea correcta sobre el Islam. Del mismo modo, por nuestra conducta, la gente sabrá qué responsabilidades impone el Islam a los musulmanes y qué beneficios pueden esperar como recompensa por cumplirlas. Hay que hacer comprender a la gente que el sistema social vigente, desde la perspectiva del Islam, es pura jahiliya, pues, al no proceder de las fuentes de la sharía, es fruto de los deseos egoístas e ignorantes de los seres humanos. Y puesto que no tiene relación con «Al-Haqq», la Verdad suprema, la jahiliya no es más que algo falso. ———————————–
«¿Qué puede haber fuera de la verdad sino el extravío?»
Nosotros, que creemos en el Islam, no tenemos nada de lo que debamos avergonzarnos ni por lo que debamos adoptar una actitud de derrota. Tampoco hay ninguna necesidad de defendernos para ocultar algún defecto del Islam, porque el Islam no tiene semejante defecto. No hay necesidad de introducir el ideal de vida islámico de contrabando ante la gente como si perteneciera a alguna sociedad particular. Y, en lugar de proclamar abiertamente el mensaje completo del Islam, intentar ponerle diversas etiquetas no es más que una necedad.
Algunos «musulmanes», tras aceptar una derrota espiritual y psicológica frente a la jahiliya imperante en Oriente y Occidente, han visto sus corazones afectados por diversas enfermedades de la clase mencionada. Como consecuencia, con sus mentes enfermas buscan en los sistemas de vida creados por el ser humano elementos favorables al Islam, o señalan determinadas obras de la jahiliya y dicen: «El Islam también realizó alguna vez obras de este tipo». Quien siente la necesidad de defender al Islam y a las enseñanzas islámicas, o aboga por el Islam con una actitud débil, jamás podrá representar correctamente este din. Porque es un defensor necio del Islam. Su mente ha sido derrotada por la jahiliya y está influida por ella. En realidad, la jahiliya no es más que un conjunto de ideas contradictorias entre sí y de innumerables errores y equivocaciones. Sin embargo, por su ignorancia, esas personas mencionadas, al buscar apoyo para el Islam dentro de la jahiliya, terminan ayudando a la propia jahiliya. Son enemigos del Islam; solo le hacen daño, y por medio de ellos el din no obtiene ningún beneficio. Más aún, desorientan a la gente. Por sus argumentos y discusiones parece que el Islam está de pie en el banquillo de los acusados y que ha contratado a esos caballeros como abogados para librarse de la sentencia del juez.
Durante mi estancia en Estados Unidos, algunas personas discutían conmigo presentando los argumentos mencionados. También había conmigo varias personas conocidas como partidarias del Islam. Durante los debates, ellas adoptaban una postura defensiva, presentando argumentos en favor del Islam. Yo, en cambio, atacaba la jahiliya occidental, su actitud vacilante hacia la religión, sus sistemas social y económico, y la sociedad occidental. Les decía: «Fíjense en la doctrina cristiana de la Trinidad. Ninguna de las doctrinas relativas a la definición del pecado y a la expiación del pecado, entre otras, es razonable ni aceptable para la conciencia. La economía capitalista, el arrendamiento, la política de cobrar intereses y las demás medidas opresivas del sistema económico, la política de cobrar intereses y las demás medidas opresivas del sistema económico son contrarias a la humanidad. En la llamada libertad individual de esta sociedad no hay el menor rastro de sentido de responsabilidad colectiva ni de compasión mutua. Aquí no influye nada salvo el garrote de la ley. Debido a la visión materialista de esta sociedad, la muerte del espíritu, la conducta sexual semejante a la de los animales bajo el nombre de trato libre entre hombres y mujeres, la proliferación de obscenidad y desvergüenza bajo el nombre de libertad femenina, las leyes irracionales de matrimonio y divorcio, contrarias a la realidad como un juego infantil, y el racismo impuro y nacido de la emoción, entre otras cosas, no manifiestan en absoluto humanidad. Por otro lado, observen el sistema de vida islámico. ¿Dónde puede compararse con él la bondad inherente, la felicidad, la prosperidad y la elevada visión de sus sistemas orientados a la realidad? El alto nivel de humanidad que presenta este ideal de vida es deseado por todos; cada persona se esfuerza por alcanzar esa elevada posición, aunque no llegue a ser posible alcanzar una altura tan grande. El Islam es el ideal de la vida real. Por eso ofrece soluciones a los problemas manteniendo la armonía con la naturaleza integral del ser humano».
Tuvimos la oportunidad de ver con nuestros propios ojos los problemas reales de la vida occidental. Cuando analizábamos este sistema social a la luz del Islam, incluso los más fervientes defensores del ideal de vida occidental se veían obligados a bajar la cabeza de vergüenza. Aun así, hay algunos simpatizantes del Islam que han aceptado la derrota frente a la sociedad corrompida de Occidente y buscan semejanzas entre el montón de basura maloliente de Occidente y el sucio materialismo de Oriente, por un lado, y el ideal islámico, por otro.
El papel correcto de quienes llaman al Islam
Después de esta exposición, ya no considero necesario mencionar que quienes llaman a la religión no pueden, bajo ninguna circunstancia, adoptar una política de adaptación a la Jahiliya. Para nosotros es imposible transigir con ninguna doctrina de la Jahiliya, con ninguna de sus costumbres ni con ningún aspecto de su estructura social. Por ello, aunque los portadores y defensores de la Jahiliya hagan pasar sobre nosotros el rodillo apisonador de la opresión, no estamos dispuestos a ceder ni un ápice.
Nuestra responsabilidad primordial es eliminar la Jahiliya e instaurar los valores y las normas islámicos. Este objetivo no puede alcanzarse mediante una actitud de cooperación con la Jahiliya ni manteniendo al principio cierta paridad con ella. Algunos de nuestros simpatizantes piensan avanzar por este camino. Pero, si realmente actuáramos así, no haríamos más que admitir nuestra derrota desde el primer paso.
Es cierto, desde luego, que las ideologías y costumbres imperantes en la sociedad actual ejercen una fuerte presión y quieren quebrarnos la columna vertebral. Esta presión se vuelve aún más intensa, especialmente con respecto a las mujeres. La desdichada sociedad femenina musulmana se ve obligada a dar vueltas y más vueltas frente al violento ciclón de la Jahiliya. Pero no hay escapatoria de la cruda realidad. Estos son obstáculos reales en nuestro camino hacia adelante. Debemos afrontar con firmeza y valentía las circunstancias adversas y vencerlas. Después, debemos mostrarle claramente que, en comparación con los elevados valores del Islam, la Jahiliya está sumida en la profunda oscuridad de la ignorancia.
Esta gran tarea no puede llevarse a cabo adoptando un programa que consista en mantener la paridad con la Jahiliya y avanzar junto a ella durante cierto trecho. Tampoco es posible alcanzar el objetivo rompiendo de inmediato toda relación con la Jahiliya y ocultándonos en una cámara oscura. Debemos relacionarnos con la Jahiliya, pero conservando nuestras propias características. Debemos tratar con ellos, pero manteniendo nuestra dignidad. Proclamaremos sin vacilación el mensaje de la gran verdad, pero con un tono de amor y afecto. Demostraremos la superioridad de la fe, pero mediante los buenos modales. Debemos recordar que vivimos precisamente en el entorno de la Jahiliya. Nuestro camino es sencillo y recto en comparación con el de la Jahiliya. Aun así, transformar la Jahiliya e instaurar el sistema islámico es una tarea de enorme alcance y largo plazo. Queremos rescatar a la humanidad de la oscuridad de la Jahiliya y conducirla por el luminoso camino del Islam. Entre la Jahiliya y el Islam se extiende un valle ancho y profundo. No es posible construir un puente en medio para unirlos. Sin embargo, debemos intentar construir un puente que permita a las personas, desde la otra orilla, abandonar la Jahiliya y refugiarse bajo la refrescante sombra del Islam. Debemos abrir para todos —ya sean habitantes musulmanes de una región islámica o no musulmanes de una región no islámica— el camino para abandonar la oscuridad y llegar al lugar iluminado, así como para escapar de un estado sumido de pies a cabeza en el torbellino de la miseria, alcanzar la salvación y acudir a disfrutar de los beneficios prometidos por el Islam. Quienes comprenden bien el Islam y desean vivir bajo su protección deben romper necesariamente los vínculos con la Jahiliya y correr hacia el Islam. Si nuestra invitación no es del agrado de alguien, entonces proclamaremos lo mismo que Allah Todopoderoso ordenó a Su Mensajero proclamar:
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«Vosotros tenéis vuestra religión y yo tengo mi religión». —Al-Kafirun: 6
Capítulo undécimo
La superioridad de la fe
La declaración de Allah
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«No os desaniméis ni os entristezcáis. Vosotros seréis los vencedores, si sois creyentes.»
— Ale Imran: 139
Al leer la aleya anterior, la primera idea que surge es la garantía de ayuda y victoria por parte de Allah en el caso de la yihad armada. Sin embargo, el significado subyacente de la aleya es mucho más amplio y de mayor alcance que la yihad armada. En la aleya se presenta una imagen del estado mental del creyente. Su conciencia siempre despierta se manifiesta a través de su pensamiento, sus valores, su manera de analizar y juzgar los acontecimientos y su método de calcular y sopesar las cosas. En toda circunstancia, ambiente y asunto, su corazón mantendrá la superioridad de la fe. Ante cada acontecimiento y asunto que se le presente, determinará su proceder examinándolo desde la perspectiva de la fe. Rechazará sin vacilar los valores de aceptación y rechazo imperantes en el mundo que prescinden de la fuente de la fe, y dará primacía a la fe. Del mismo modo, a los poderes mundanos que no están fortalecidos por la fe no les concede ninguna importancia. Abandonar sin reservas las costumbres, leyes, normas, educación, cultura y sistemas de vida privados del patrimonio de la fe, y establecer la superioridad de la fe, será el deber del creyente.
La fuerza de la fe es el verdadero patrimonio y la fuerza fundamental del creyente. Ni siquiera ante un gobernante de poder formidable se somete la fuerza de la fe. La fe no inclina la cabeza ante ninguna costumbre social ni ante leyes y normas falsas. Por mucha popularidad que alcance un sistema de gobierno privado de la luz de la fe, el creyente nunca puede aceptar ese sistema desprovisto de fe. En una palabra, la vida del creyente es un ejemplo vivo de una yihad permanente y total contra la falta de fe. Enfrentarse al enemigo con firmeza y valentía en la guerra armada no es más que un paso práctico para establecer la superioridad de la fe. Sean débiles o fuertes en cuanto a los recursos mundanos, sean pocos o numerosos, pobres o ricos, los creyentes mantendrán la superioridad de la fe en toda circunstancia.
La fortaleza moral creada por la influencia de la fe no es una emoción pasajera ni una chispa de fuego efímera. La percepción de la Gran Verdad y la firme creencia en ella hacen nacer en el corazón del creyente un sentimiento permanente de superioridad. Esta percepción de la verdad es mucho más fuerte y duradera que los argumentos y razonamientos imperantes, la presión del entorno, las costumbres sociales y las tradiciones heredadas de los antepasados, porque la fe en Allah, el Eterno, genera en el corazón del creyente una fuerza permanente.
En la sociedad llegan a establecerse como predominantes ciertas ideas y doctrinas. Los vínculos sociales y la estricta ley y disciplina obligan a cada individuo a seguir las ideas y doctrinas vigentes. Sin el amparo de algún sector poderoso de la sociedad o la ayuda de una fuerza externa, nadie puede oponerse a las doctrinas y concepciones establecidas. Por otra parte, en la sociedad se mantiene una poderosa influencia de las doctrinas establecidas. Solo después de sentirse atraída por una doctrina y una concepción superiores, la persona comprende la futilidad de las doctrinas y concepciones anteriores y se dispone a rechazarlas. De lo contrario, no hay escapatoria de la influencia de las ideas y doctrinas vigentes. Tampoco es posible liberarse de la influencia de las doctrinas establecidas sin la ayuda de una fuerza más poderosa, mayor y superior que las fuerzas con cuyo apoyo las ideas y doctrinas vigentes se mantienen en la sociedad.
Quien se alza con la cabeza erguida contra la corriente dominante de la sociedad, se opone a la perspectiva respaldada por el poder gobernante y se rebela contra los errores, defectos y perjuicios de las costumbres, ritos, ideas y doctrinas vigentes, necesitará algún apoyo más poderoso que los seres humanos, más firme que las montañas y más querido que la propia vida. De lo contrario, no solo percibirá su propia impotencia en esa sociedad, sino que tampoco encontrará en el vasto mundo un pequeño lugar donde refugiarse. En tales circunstancias, el Rahmán, el Misericordioso, no puede dejar solo al mu’min en el seno de una sociedad opresora para que afronte el sufrimiento, las dificultades y la persecución. Por eso hizo descender para los mu’minun estas palabras de consuelo:
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Es natural que, bajo la interminable opresión de un entorno adverso, el entusiasmo de una persona decaiga y su valor se debilite. Precisamente en ese momento, estas palabras de consuelo de Allah Ta‘ala infunden fuerza e inspiración en el corazón del mu’min. El mu’min no vence todas las adversidades únicamente con paciencia y firmeza, sino manteniendo presente su sentido de superioridad y su gran objetivo. En materia de fe y pensamiento, el mu’min se eleva a un nivel tan alto que, desde allí, todas las fuerzas tagutíes del mundo, los gobernantes poderosos, las ideas respaldadas por el poder de gobierno, las leyes y las costumbres son consideradas extremadamente bajas e insignificantes.
El mu’min es verdaderamente superior. Pues, así como él es superior, también lo es la fuente de su aquida y su creencia. A sus ojos, el vasto imperio no es más que insignificante. Las personas dotadas de un poder inmenso son insignificantes para él. El mu’min no se siente atraído por algo simplemente porque vea que a un gran número de personas populares de la sociedad les gusta. En este sentido, el mu’min ocupa el lugar más elevado entre todos. Ha encontrado la guía procedente del único Allah Ta‘ala, fuente de todo conocimiento. En cada asunto desea conocer la orden del Altísimo Allah y, cuando recibe de Él la guía sobre cualquier cuestión y en la forma que sea, la sigue.
También en lo referente a la creación y la estabilidad del universo, la aquida y la creencia del mu’min son las más elevadas y excelentes. Pues, gracias a la visión del tawhid que el islam le ha enseñado mediante la fe en Allah, ha podido comprender plenamente la verdad. La doctrina del tawhid presenta una imagen del universo muy superior a todas las doctrinas antiguas y modernas del mundo. Al examinar la futilidad, las contradicciones y la falsedad de las religiones basadas en el shirk, de las creencias de los extraviados ahl al-kitab y de todas las doctrinas creadas por el materialismo abominable, nace la firme convicción de que quienes poseen una concepción correcta del universo son, sin duda, las mejores personas de la sociedad.
La concepción que el mu’min tiene acerca de los valores de la vida y de los criterios para evaluar y distinguir los asuntos, las cosas y las personas es superior y ocupa el lugar más elevado en comparación con las ideas de los demás. La capacidad de comprensión nacida de la fe en Allah Ta‘ala, poseedor de las cualidades descritas por el islam, no solo descubre los misterios de la limitada Tierra, sino también los del universo infinito; y los valores de la vida y los criterios de aceptación y rechazo que infunde en el corazón del mu’min son mejores, puros y reales en comparación con los criterios generalmente vigentes, carentes de armonía y defectuosos. El conocimiento humano es sumamente limitado. Por eso, a lo largo de las épocas, las personas se ven obligadas una y otra vez a cambiar sus criterios sobre el bien y el mal. Incluso dentro de una misma nación prevalecen criterios diferentes. A veces se ha visto que una misma persona expresa por la mañana una opinión sobre un asunto y por la tarde emite exactamente el veredicto contrario.
Como resultado de la fe en Allah, el mu’min adquiere las mejores cualidades en su conciencia, capacidad de comprensión, carácter y conducta. Pues Allah Ta‘ala mismo posee los mejores nombres y las cualidades más excelentes. La aquida y la creencia del mu’min despiertan en él el sentido de dignidad, la pureza y la limpieza, los buenos modales y la cortesía, el deseo de realizar buenas obras y la motivación para adquirir la capacidad de cumplir su responsabilidad como jalifa de Allah en la Tierra. Además, esta aquida y esta creencia hacen nacer en el corazón del mu’min la firme convicción de que el lugar correcto para recibir la recompensa de las obras es el Ajira, y que, en comparación con la recompensa que allí se obtiene por las buenas obras y una vida pura, las dificultades y sufrimientos de la vida terrenal son insignificantes. Al surgir este tipo de sentimiento, desciende una profunda tranquilidad sobre el corazón del mu’min. Por ello, aunque permanezca privado durante toda su vida de las comodidades y riquezas mundanas, no se queja.
La ley y el código de vida que el mu’min observa son los mejores y más excelentes. Tras examinar y analizar todas las leyes elaboradas por los seres humanos, desde la antigüedad hasta la época moderna, el mu’min adquiere la firme convicción de que todo cuanto la humanidad ha logrado hasta ahora mediante grandes esfuerzos no es, en comparación con el sistema de vida y las leyes islámicas, más que un simple juego de niños. También se convence de que todos los esfuerzos realizados hasta ahora por los seres humanos para elaborar leyes y normas son comparables a la manera en que un ciego intenta encontrar su camino. Por eso, cuando desde su propia posición el mu’min observa la angustia, la desesperación y la impotencia de las personas que han perdido el camino, siente compasión por ellas y comprende que él mismo ha triunfado sobre la sociedad humana extraviada.
En la era de la ignorancia, las personas estaban embriagadas por la arrogancia de un poder vacío y por el esplendor y la magnificencia de las riquezas mundanas. Gracias a la creencia y la doctrina islámicas, el mu’min comprende la futilidad de adorar esas cosas y adquiere las cualidades y el carácter mencionados anteriormente. La era de la ignorancia no está limitada a un período determinado. Cada vez que el ser humano abandona el camino luminoso del Islam, queda rodeado por la ignorancia. Esta misma regla se aplica a todos los tiempos y todas las épocas: pasado, presente y futuro. Voy a citar, en palabras de Abu Uthman al-Nahdi, la actitud que expresó Hazrat Mugira ibn Shu‘ba (r.a.) al contemplar las diversas manifestaciones de la ignorancia en el magnífico campamento del célebre comandante persa Rustam:
“Mugira ibn Shu‘ba (r.a.) llegó al campamento de los soldados persas cruzando el puente del río. Ellos lo hicieron sentarse y solicitaron permiso a Rustam para que pudiera entrevistarse con él. A pesar de haber sido derrotados en la batalla, no habían reducido en lo más mínimo su pompa y magnificencia. Al recibir permiso, Mugira avanzó. Todos los presentes en el campamento llevaban vestimentas determinadas. Algunos tenían coronas de oro en la cabeza y vestían ropas adornadas con bordados de oro. Un espacio de más de cien gaz estaba cubierto de alfombras pesadas y costosas. Mugira entró en la tienda. Subió directamente al estrado elevado y se sentó junto a Rustam. Los cortesanos corrieron hacia él, lo tomaron de la mano y lo hicieron bajar de allí. Hazrat Mugira comenzó a decir: ‘Hasta ahora habíamos oído mucho acerca de vuestra inteligencia. Pero hoy hemos visto que sois una nación de necios. En nuestra sociedad todas las personas son iguales; nadie es esclavo de otro. La situación de los prisioneros de guerra es un asunto aparte. Yo pensaba que vosotros también os concedíais mutuamente el mismo honor, como nosotros. Antes de tratarme como lo habéis hecho, habría sido mejor que me informarais de que en vuestra sociedad ciertos individuos han establecido su dominio divino sobre los demás. He venido aquí por invitación vuestra; no he venido voluntariamente. Por tanto, el trato que me habéis dado no es de ningún modo un buen trato. He comprendido que vuestra estructura social es extremadamente débil. En consecuencia, vuestra derrota es inevitable. Ningún imperio puede perdurar con un carácter y una mentalidad semejantes.’”
En vísperas de la batalla de Qadisiyya, Rabi ibn Amir (r.a.) también manifestó la misma actitud ante Rustam y sus cortesanos. El acontecimiento fue el siguiente: antes de la batalla de Qadisiyya, Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas envió a Rabi ibn Amir (r.a.) como emisario a la corte de Rustam, comandante del ejército del emperador persa. Al entrar en el campamento, Rabi ibn Amir (r.a.) vio que la sala de audiencias estaba decorada con alfombras costosas. Rustam, vestido con una corona de oro y ropas engastadas con joyas y perlas, estaba sentado en un trono de oro sobre un estrado elevado. Rabi (r.a.) entró en la corte montado en un caballo pequeño, vestido con ropas desgarradas y llevando un pequeño escudo y una lanza. Ató el caballo a un costoso cojín de montar y se dispuso a acercarse a Rustam. Todavía llevaba puesta su vestimenta de guerra. Cuando avanzó con casco de hierro y armadura, los cortesanos le pidieron que se quitara la ropa de guerra. Rabi ibn Amir (r.a.) dijo: ‘No he venido aquí por voluntad propia. Vosotros me habéis invitado y traído. Si esta vestimenta mía os desagrada, me marcharé.’ Rustam dijo: ‘Dejadlo venir.’ Rabi avanzó apoyándose en la lanza que llevaba en la mano. Las puntas de la lanza dañaron las alfombras en varios lugares. Rustam preguntó: ‘¿Por qué habéis venido?’ Él respondió: ‘Allah nos ha enviado para liberar a las personas de la servidumbre de otras personas y conducirlas a la adoración del Dios único e incomparable; para llevar a quienes desean liberarse de la estrechez de este mundo y alcanzar los infinitos bienes de la otra vida a ese vasto campo; y para librar a la humanidad de la opresión de las religiones creadas por los hombres y someterla a la justicia y los principios que el Islam ofrece.’ (Al-Bidaya wa al-Nihaya, Ibn Kathir)”
Con el paso del tiempo, una revolución produjo debilidad en la visión de los musulmanes y estos se sintieron atraídos por las riquezas mundanas. Sin embargo, conservaron su convicción de superioridad. Si la lámpara de la fe sigue encendida en sus corazones, aunque hayan sido derrotados, considerarán inferior y despreciable, en comparación con ellos, a la nación vencedora. Tienen la firme convicción de que la supremacía mundana no es más que algo temporal. Hoy o mañana, la destrucción de la nación extraviada vencedora será inevitable. Incluso frente a la muerte, el mu’min no se arrodillará ante las fuerzas de la falsedad, aunque carezca de riquezas mundanas. El mu’min cree que la muerte de su adversario es algo insignificante, mientras que para él está el honor del martirio. Inmediatamente después de partir de este mundo, el mu’min entrará en el Paraíso, y el grupo poderoso y victorioso de hoy será arrojado en la otra vida al Infierno, de doloroso y severo tormento; de esto está seguro. Pues el mu’min ha escuchado la clara declaración de Allah acerca del destino propio y el de su adversario. Él ha dicho:
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“No os dejéis engañar por el dominio insolente de quienes niegan a Allah sobre la tierra. Es apenas un disfrute pasajero y una provisión insignificante por unos pocos días. Finalmente, entrarán en el Infierno, el peor lugar de retorno. En cambio, quienes viven temiendo a su Señor tendrán jardines en los que permanecerán eternamente. Esto es una hospitalidad dispuesta para ellos por parte de Allah. Y lo que está junto a Allah es mejor para los virtuosos.” — Al Imran: 196-198
En la sociedad pueden llegar a predominar doctrinas, creencias, valores y criterios opuestos a la fe, la doctrina, los valores y los criterios del mu’min. Aun así, la conciencia del mu’min no puede olvidar ni por un instante su elevada dignidad y la inferioridad de todos los demás. Desde su posición excelsa, manteniendo su honor y su dignidad, contempla la sociedad con paciencia y compasión, y en su corazón despierta un deseo indomable de guiarla por el camino recto, sacarla de su estado degradado y conducirla a la cumbre del progreso.
La falsedad provoca un alboroto extraño, hace temblar todo a su alrededor con rugidos y gritos, se yergue con el pecho inflado, se retuerce el bigote y reúne a su alrededor un enorme ejército de aduladores, confundiendo la visión externa y la percepción interior de los demás. La gente de la sociedad no puede ver el espantoso y repugnante rostro de la falsedad, oculto tras el brillo que confunde la vista. El creyente, sentado en una posición elevada, observa los vanos rugidos de la falsedad y contempla la situación engañada de las personas confundidas, pero ninguna debilidad encuentra lugar en su corazón: no siente pesar y su firme fe en la gran verdad no se debilita ni un ápice. Sus pies no se desvían ni siquiera el grosor de un cabello del Sirat al-Mustaqim. Al contrario, en su interior se fortalece aún más el deseo y la motivación de guiar por el camino de la guía a las personas confundidas y engañadas.
La sociedad de la jahiliya se sumerge en los deseos y las pasiones. Las bajas inclinaciones son arrastradas por la inundación. En todas partes, la obscenidad y la inmundicia disfrutan tranquilamente, liberadas de toda prohibición. Finalmente, en esa sociedad el ambiente puro y los alimentos halal se vuelven escasos; de hecho, ya no se encuentran. El creyente se eleva por encima de todo esto y contempla la sociedad flotando en la corriente de la basura y la inmundicia. Aunque esté solo, no se desespera ni se entristece al observar el curso y la naturaleza de la sociedad. Ni por un instante surge en su mente el deseo de arrojar lejos el manto de la pureza y la decencia y dejarse llevar por la corriente desbordada de la obscenidad. Gracias al sabor de la fe y a la dicha de la aqida, se ve muy por encima de aquella sociedad llena de basura.
En una sociedad rebelde contra el din, una sociedad que ha perdido el sentido del honor y la dignidad y ha caído en la decadencia, una sociedad carente de altos valores, de cortesía y de buenos modales; en suma, una sociedad que ha rechazado todas las cualidades de pureza y decencia, el creyente se aferra al din y al Islam como quien sostiene en el puño un trozo de carbón encendido. Quienes están acostumbrados a dejarse llevar por la corriente de la muchedumbre se burlan de la firmeza del creyente, califican de locura su manera de pensar y hieren sus valores queridos con los golpes de la crítica. Pero el creyente lo ve y lo oye todo, sin que aparezca debilidad alguna en su corazón. Mira con una actitud abierta y tolerante a los burlones y críticos, y de su boca salen precisamente las palabras pronunciadas por el profeta Noé. Mientras atravesaba un largo camino lleno de espinas, el profeta Noé, encarnación de la paciencia y la firmeza, dijo a la multitud que se burlaba:
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«Hoy os burláis de nosotros, pero un día nosotros también nos reiremos y bromearemos a costa vuestra, del mismo modo que ahora vosotros os reís y bromeáis a costa nuestra». —Hud: 38
A la luz de las sagradas palabras de Allah Ta‘ala, el creyente ve claramente el desenlace de ambos bandos: el suyo y el de sus adversarios. Allah, el Altísimo, dijo:
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«Ciertamente, los pecadores se burlaban de los creyentes en este mundo. Cuando pasaban junto a ellos, se burlaban con gestos de los ojos. Al regresar junto a sus familias, se dedicaban a criticarlos. Y, en cuanto veían a los musulmanes, decían: “Estos son los extraviados”. Sin embargo, no fueron enviados para vigilar a los musulmanes. Hoy, en el Día del Más Allá, los musulmanes se reirán de los incrédulos y, sentados en sus tronos, los contemplarán. ¿Acaso los incrédulos no han recibido hoy la recompensa de sus obras?». —Al-Mutaffifín: 29-36
El Sagrado Corán también nos ha informado, reproduciendo las palabras de burla de los incrédulos contra los creyentes:
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«Cuando se les recitan claramente Nuestros versículos, los incrédulos les dicen a los creyentes: “Decidnos, ¿cuál de nuestros dos grupos se encuentra en mejor situación y cuál de los dos tiene una reunión más espléndida?”»
Es decir, ¿cuál de los dos grupos es superior? Un grupo estaba compuesto por los jefes tribales, los líderes sociales y los ricos que no habían creído en el venerable Muhammad (la paz sea con él), y el otro, por los pobres y desamparados que sí habían creído. Su pregunta era cuál de los dos grupos era superior. Nasr ibn Harith, Umar ibn Hisham, Walid ibn Mughira y Abu Sufyan ibn Harb eran líderes y notables reconocidos de la sociedad. En cambio, el venerable Bilal, el venerable Ammar, el venerable Khabbab (que Allah esté complacido con ellos) y otros eran personas sin apoyo ni recursos. Los incrédulos decían: «Si Muhammad (la paz sea con él) fuera realmente el Profeta de Allah, ¿por qué se unirían a su grupo estas personas de baja condición de la tribu de Quraysh? ¿Acaso no había en la sociedad personas más dignas que ellas? No tienen siquiera un lugar adecuado donde reunirse, salvo la casa de una persona común (la casa del venerable Ikrima). En cambio, el grupo opositor al Islam es dueño de un amplio centro de reunión como al-Nadwa. Poseen esplendor y abundancia, y son ellos quienes dirigen a la nación».
Tal es la perspectiva de los adoradores de los intereses mundanos. En todos los tiempos y épocas, en todo el mundo, su mirada siempre ha estado dirigida hacia abajo. Nunca han alzado la vista para contemplar el elevado horizonte.
El Glorioso Allah ha establecido que quienes poseen la riqueza de la fe y la aqida se mantengan por encima del embeleso de la pompa mundana y del brillo efímero. No anhelarán la cercanía de los gobernantes, los favores oficiales, la popularidad barata ni la satisfacción de los deseos y pasiones. Él también ha establecido que la conducta del creyente consiste en perseverar en la yihad mediante una severa abnegación y sacrificio, hasta alcanzar incluso el martirio. Al avanzar por el camino del Islam, cada persona debe comprender plenamente que solo ha aceptado el din por la superioridad de la fe y la aqida. Aquí no existe ningún interés mundano aparte de la complacencia de Allah. Este camino está cerrado para quienes están apegados a la codicia, los deseos y la pompa. Solo pueden avanzar por él quienes buscan la complacencia de Allah; nadie más.
El creyente no depende de ninguna persona para determinar sus valores, sus ideas ni los criterios de aceptación y rechazo. En todos los asuntos recibe su orientación del Glorioso Allah, Señor del universo, y el criterio otorgado por Allah le basta. No depende de la voluntad de la gente. Por ello, no necesita cambiar de opinión conforme cambia la voluntad de las personas. Pues el creyente ha creído en la Gran Verdad. La verdad es firme e inmutable y jamás permanece vacilante. El creyente no recibe inspiración alguna de este mundo limitado y temporal. La fuente de toda su inspiración es el Creador, Gobernador y Sustentador de la vasta creación. Por eso, el corazón del creyente no puede debilitarse. Nunca cae víctima de la desesperanza. Después de estar vinculado al Señor de la humanidad, la gran fuente de la verdad y centro originario de todo poder, ¿puede existir alguna razón para el miedo, el temor o la aprensión?
El creyente está establecido sobre la verdad. Si se apartara de la verdad, no obtendría nada salvo la falsedad. Que la falsedad tenga tambores y trompetas, y que multitudes se agolpen a su alrededor; la verdad no puede cambiar por ello. Nunca abandonará el camino del haqq, es decir, de la verdad, para llegar a ningún compromiso con la falsedad. Esperar algo semejante de él no es más que una insensatez.
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«¡Oh Señor! No permitas que nuestros corazones se desvíen después de habernos guiado por el camino de la guía, y concédenos misericordia de los tesoros de Tu misericordia. Ciertamente, Tú eres generoso y dadivoso. ¡Sustentador nuestro! Un día reunirás sin duda a todos los seres humanos. No hay la menor duda acerca de la llegada de ese día. Allah Altísimo jamás incumple Su promesa». — Al Imrán: 8-9
Capítulo duodécimo
El camino teñido de sangre
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«Juro por el cielo de firmes fortalezas y por el día prometido; juro por el testigo y por aquello de lo que se da testimonio. ¡Perecieron los que cavaron las fosas, en las que ardía un fuego llameante, cuando se sentaban junto a sus bocas y contemplaban como espectáculo lo que se hacía con los creyentes! La razón de su enemistad hacia los creyentes era que estos habían creído en Allah, el Poderoso, el Digno de toda alabanza, Dueño de los cielos y de la tierra, y Allah observa todas las cosas. Quienes persiguieron y torturaron a los hombres y mujeres creyentes y luego no se arrepintieron de ello tendrán, sin duda, el castigo del Infierno y les estará reservado el castigo abrasador. Quienes creyeron y obraron rectamente tendrán como recompensa segura jardines del Paraíso bajo los cuales corren ríos. Ese es el verdadero éxito. En verdad, el castigo de tu Señor es muy severo. Él es Quien inició la creación y luego la repetirá. Él es Indulgente, Amoroso, Señor del Trono y Magnífico. Hace todo cuanto quiere». — Al Buruy: 1-16
La historia de los que cavaron las fosas, relatada en el Corán, suscita reflexión en toda persona creyente. Esta sura (la sura Al Buruy) es sumamente importante para quienes desean dedicarse en el mundo a la labor de llamar a la religión.
En la manera en que el Sagrado Corán presenta la introducción, el relato, los comentarios y las enseñanzas de la historia se perfila claramente el itinerario de quienes llaman hacia el camino de Allah. Se ofrece una idea clara sobre la naturaleza del movimiento religioso, la reacción de los grupos humanos y todo lo que puede suceder mientras esta invitación se propaga por la vasta tierra. Mediante el relato, Allah Altísimo ha mencionado los obstáculos y dificultades que pueden surgir en el camino de los creyentes y los ha alentado a afrontar toda clase posible de peligros, adversidades, penas y sufrimientos.
Esta es la historia de un grupo de creyentes. Habían creído en su Señor y habían proclamado públicamente el contenido de su fe. Pero los opresores y poderosos enemigos de la sociedad no estaban dispuestos a reconocer el derecho de aquellas personas a creer en Allah, el Alabado y Todopoderoso. Por ello, los creyentes fueron sometidos a una persecución extrema. En su intento de arrebatarles la dignidad otorgada por Allah y convertirlos en títeres de la clase gobernante, el grupo enemigo mostró su perversa naturaleza al infligirles una cruel tortura física.
Sin embargo, aquellas personas de corazón puro, fortalecidas por la fe, superaron plenamente la prueba que les sobrevino. Su fe triunfó sobre sus cuerpos mortales. Por eso no se conmovieron en lo más mínimo ante las amenazas, el miedo y el terror sembrados por el opresor; al contrario, fueron arrojados a un horno ardiente y murieron lentamente. Aun así, no estuvieron dispuestos a apartarse ni el grosor de un cabello de su din. Estaban libres de la ilusión y del atractivo de la vida terrenal. Por eso, aunque se preparara su asesinato de manera despiadada, como si fueran animales, al verlo no pudieron abandonar su aqida a cambio de la vida. Tras desprenderse del apego a los placeres y riquezas mundanos, partieron con un corazón intrépido hacia el mundo superior. ¡Qué maravilloso predominio de la fuerza de la fe sobre la vida efímera!
Frente a las personas de fe plena, carácter elevado, buenas obras y conducta recta se encontraban individuos rebeldes contra Allah, obstinados, inmorales, propensos al crimen y de naturaleza perversa. Sentados al borde de una fosa de fuego ardiente, contemplaban con deleite la dolorosa y lamentable muerte de los creyentes. Se habían reunido junto al foso, movidos por la curiosidad de ver cómo el fuego devoraba a seres humanos vivos y los quemaba hasta convertirlos en cenizas.
Cuando arrojaban al fuego a un joven o una joven creyente, a un niño, a una anciana o a una persona de edad avanzada, su alegría se transformaba en frenesí. Bailaban de júbilo al ver los chorros de sangre y los trozos de carne ardiente. Esta estremecedora historia muestra que el grupo opresor había perdido por completo la razón y la conciencia, descendiendo a un nivel inferior al de las bestias. Pues los animales feroces cazan para saciar su hambre; no matan seres vivos con el propósito de divertirse.
Este mismo acontecimiento permite hacerse una idea clara del elevado rango de los creyentes. Habían ascendido a la cumbre de la espiritualidad. Su firme dependencia de Allah había alcanzado la perfección. Para las personas de todas las épocas y todos los tiempos, este nivel de fe siempre ha sido considerado sumamente deseable.
A primera vista, parece que la opresión y la persecución han triunfado sobre la fe y la aqida. Aunque la fuerza de la fe de aquellas personas virtuosas, pacientes y temerosas de Allah había alcanzado la cima, a la luz del desenlace parece que, en la prueba de fuerzas contra la falsedad, su fuerza de fe sufrió una derrota. No se sabe por el Noble Corán ni por ningún otro libro si, por aquel crimen abominable, los pueblos de Nuh (la paz sea con él), Hud (la paz sea con él), Salih (la paz sea con él), Shuayb (la paz sea con él) y Lut (la paz sea con él) recibieron un castigo semejante al que recibieron los excavadores de fosas. Tampoco hay manera de saber si estos fueron castigados con la misma severidad con que Allah Taala apresó al Faraón y a sus huestes. Por consiguiente, desde una perspectiva materialista, el destino de los creyentes en este acontecimiento fue sumamente trágico.
Pero ¿terminó aquí el asunto? ¿Acaso aquel grupo temeroso de Allah y virtuoso, que había alcanzado los niveles superiores de la fe, terminó consumido y reducido a cenizas en el fuego de las fosas, en medio de la opresión y la persecución? ¿Y acaso aquellas personas opresoras, semejantes a bestias, escaparon por completo al castigo? Desde una perspectiva terrenal, estas cuestiones suscitan numerosas preguntas. Pero el Corán imparte a los creyentes una enseñanza diferente y les abre la puerta a otro misterio. El Corán presenta un nuevo criterio para distinguir el bien del mal, un criterio que ayuda a determinar el camino de los creyentes en el conflicto entre la verdad y la falsedad.
La vida mundana, sus comodidades, placeres y privaciones no son los factores decisivos de la vida humana. Solo estas cosas tampoco determinan el cálculo de las ganancias y las pérdidas. La expansión temporal del predominio no se llama victoria, aunque el predominio sea uno de los diversos medios y métodos de la victoria. Según el criterio de Allah, únicamente el peso de la fe tiene verdadero peso. En el mercado de Allah solo existe demanda de la mercancía de la fe. El mejor ejemplo de victoria es el predominio de la fe sobre la materia. El acontecimiento mencionado deja claro que los espíritus de los creyentes triunfaron plenamente sobre el miedo, el sufrimiento, las dificultades, las comodidades de la vida terrenal y el deseo de disfrutarla. La victoria y el honor que los creyentes alcanzaron frente a la extrema persecución escribieron un capítulo glorioso en la historia de la humanidad. Y esta victoria es la verdadera victoria.
Todos los seres humanos mueren. Pero las circunstancias de la muerte son diversas. No todos alcanzan la misma dicha que los creyentes mencionados. A muchos tampoco les es posible alcanzar un nivel tan elevado de fe. No todos pueden disfrutar de una libertad tan plena. Allah Ta‘ala, por Su inmensa gracia, escoge a un grupo de personas que mueren como todos los demás, pero cuyas circunstancias resultan sumamente afortunadas. Nadie más puede alcanzar esa dicha. Ellos alcanzan una posición y un honor superiores incluso a los de los grandes ángeles. Conforme a este criterio de honor y dignidad, se convierten en los seres humanos que ostentan la posición más elevada de toda la historia de la humanidad.
Los creyentes mencionados tenían la posibilidad de renunciar a su fe para salvar sus vidas. Pero ¿cuánto habrían perdido ellos mismos y toda la humanidad si hubieran hecho eso? Si, por salvar la vida, se hubiera abandonado esta gran verdad: «Una vida sin fe no vale ni un céntimo», la humanidad habría sufrido una pérdida extrema. Cuando pierde la libertad de su creencia y convicción, el ser humano queda desposeído de todo. Si el grupo de gobernantes opresores logra, mediante la tortura del cuerpo, imponer también su dominio sobre el alma, la condición humana se degrada por completo. Los creyentes mencionados habían alcanzado tal grado de fe que, incluso mientras el poder abrasador del fuego actuaba sobre sus cuerpos vivos, permanecieron firmes en la gran verdad y la pureza. Mientras sus cuerpos mortales ardían en el fuego, sus grandes y elevadísimos ideales ascendían por los peldaños del éxito. Más aún, el fuego otorgó un brillo todavía mayor a su adhesión a los ideales.
Esta lucha entre la verdad y la falsedad (entre el haqq y el batil) no se limita al escenario terrenal. Tampoco la vida mundana es la totalidad de la vida humana. En la lucha no participan únicamente las personas de la época contemporánea. Los ángeles también toman parte en la guerra del haqq contra el batil, observan el curso de la contienda y presencian todo cuanto sucede. No solo eso: pesan los acontecimientos en una balanza. Esta balanza es completamente distinta de todas las balanzas humanas de todas las épocas y de toda clase. Más aún, la balanza de los ángeles posee características propias, diferentes incluso de la balanza de toda la humanidad. Los ángeles son una magnífica creación de Allah. En un momento dado, su número es varias veces mayor que el de todos los seres humanos que habitan el mundo. Por tanto, puede afirmarse sin duda que la alabanza y el respeto de los ángeles hacia los partidarios del haqq tienen mucho más valor que el respeto y la alabanza de los habitantes del mundo.
Después de todos estos niveles viene la Otra Vida. Y ese es el lugar verdadero donde se manifiestan los resultados. Este escenario mundano está unido a la Otra Vida; no está separado de ella. Esta es la verdad real, y esa es también la fe inquebrantable del creyente. La lucha entre el haqq y el batil no termina en el campo de batalla terrenal. El nivel de la conclusión verdadera aún no ha llegado. No es correcto ni justo llegar a una conclusión basándose únicamente en la parte de la lucha que se ha desarrollado en el escenario mundano. Pues, en tal caso, la conclusión quedaría limitada a unos cuantos choques y reveses ordinarios de la guerra.
Quienes consideran que la vida mundana es la única vida tienen una visión muy estrecha y limitada. Solo las personas de mente inquieta adoptan una visión semejante. La segunda perspectiva (es decir, la perspectiva de la Otra Vida) es de largo alcance, real y amplia. El Corán forma en los creyentes esta segunda perspectiva. Y esta es la perspectiva orientada a la realidad. Sobre ella se erige el gran edificio del pensamiento basado en la fe. La recompensa que Allah Ta‘ala ha prometido a los creyentes por su firmeza en la fe y la obediencia, y por soportar con paciencia inquebrantable la prueba de fuego de la fe, es la tranquilidad del corazón. Se declara:
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«Los corazones de quienes han creído encuentran tranquilidad mediante el recuerdo de Allah. Sabed que es en el recuerdo de Allah donde los corazones encuentran tranquilidad». —Al-Ra‘d: 28
Junto con ello se incluye la promesa de la complacencia de Allah y de Su amor.
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«Ciertamente, a quienes han creído y han pasado su vida realizando buenas obras, Allah Ta‘ala les hará ganar amor en los corazones de la gente». — Maryam: 96
Además, existe la promesa de que se hablará de ellos en el mundo superior.
El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Cuando muere el hijo de uno de los siervos de Allah, Allah Ta‘ala llama a los ángeles y les pregunta: “¿Habéis tomado el alma del hijo de tal siervo mío?”
Los ángeles responden: “Sí, señor”.
Allah Ta‘ala vuelve a preguntar: “¿Habéis tomado el pedazo de su corazón, el hijo amado de Mi siervo?”
Ellos responden: “Sí, oh Señor”.
Allah dice: “¿Qué dijo Mi siervo en ese momento?”
Los ángeles dicen: «Él ha cantado sus alabanzas» y ————————————– «En verdad, pertenecemos a Allah y a Él hemos de regresar»; esto es lo que dijo.
Allah Todopoderoso ordena entonces: «Construye un palacio en el Paraíso para ese siervo mío y llámalo Bayt al-Hamd (la Casa de la Alabanza)». —(Tirmidhi)
También se ha transmitido del Honorable Profeta (s. a. s.) que Allah dice: «Soy exactamente como mi siervo piensa de Mí. Cuando Me recuerda, estoy con él. Si Me recuerda en su interior, Yo también lo recuerdo en Mi interior. Si Me recuerda ante la gente, Yo lo recuerdo en una asamblea aún mayor. Si se acerca a Mí un palmo, Yo me acerco a él un codo. Si se acerca a Mí un codo, Yo me acerco a él varios codos. Si viene hacia Mí caminando, Yo voy hacia él corriendo». —(Bujari y Muslim)
También existe la promesa de que, en el mundo superior, se suplica por los creyentes y que allí hay un profundo amor y compasión hacia ellos.
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«Los ángeles que llevan el Trono y quienes están alrededor de Allah glorifican todos a su Señor con alabanzas y creen en Allah. Y piden perdón ante Allah por los creyentes, diciendo: “¡Señor, Sustentador! Tu misericordia y Tu conocimiento lo abarcan todo. Perdona, pues, las faltas de quienes se arrepienten y viven conforme al camino que Tú has mostrado, y protégelos del fuego del Infierno”». —(Al-Mu’min: 7)
Allah Todopoderoso ha prometido a los mártires una vida eterna —
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«No llaméis muertos a quienes han sido asesinados en el camino de Alá; al contrario, están vivos y reciben sustento de su Señor. Están muy contentos y satisfechos con lo que Alá les ha concedido por Su gracia. Están seguros de que, respecto a los creyentes que aún permanecen en este mundo y todavía no han llegado al Más Allá, no hay motivo alguno de temor o preocupación. Satisfechos con la recompensa y la gracia que Alá les ha otorgado, han comprendido que Alá no deja que se pierda la recompensa de los creyentes». — (Sura Al Imrán: 169-171)
Del mismo modo, existe una advertencia de Alá acerca de quienes niegan la verdad, los injustos y los criminales. Él dice que, durante un tiempo en la vida terrenal, les afloja la cuerda y les concede cierto respiro, y que en el Más Allá serán juzgados. Sin embargo, en algunas ocasiones Alá también los castiga en este mundo. Aun así, el castigo verdadero está reservado para el Más Allá.
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«Que no os engañe la actividad de los desobedientes a Alá dentro del país. Eso no es más que un disfrute pasajero de una vida breve. Finalmente, su morada será el Infierno, y qué pésimo lugar es».
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«No penséis que Alá está desatento a lo que hacen los injustos. Les concede un plazo hasta un día en que sus ojos quedarán desorbitados y correrán con la cabeza erguida. Ese día tendrán la mirada elevada y sus almas se agitarán, anhelando escapar». — Ibrahim: 42-43
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«Déjalos entregados a sus conversaciones vanas y a sus juegos hasta que llegue el día prometido. Ese día saldrán de las tumbas y comenzarán a correr, como si se apresuraran hacia un destino determinado. Tendrán la mirada baja y en sus rostros aparecerán las señales de la humillación y la deshonra. Ese es el día prometido».
— Al-Ma‘arij: 42-44
Así, la vida humana está vinculada con la vida de los ángeles, y la vida mundana con la del Más Allá. La lucha entre la verdad y la falsedad, el bien y el mal, y la fe y la rebelión contra Allah no llega a su fin en el escenario temporal de este mundo, ni sus resultados se manifiestan aquí. Las comodidades y sufrimientos, el disfrute y la privación de la vida terrenal no son factores decisivos según la balanza de Allah. En este sentido, el campo de prueba de las fuerzas del bien y del mal es mucho más amplio y prolongado. Asimismo, los criterios y el alcance del éxito y del fracaso son mucho más extensos. Esta aspiración es muy elevada. Por eso, este mundo y sus adornos, esta vida y sus bienes necesarios, son considerados insignificantes por el creyente. A medida que se amplían su visión y sus perspectivas, el propósito y la meta de su vida se elevan cada vez más, en consonancia con ellas. La historia de los excavadores de fosas resulta muy útil para crear un corazón tan generoso y noble y una fe sincera de esta índole.
A partir de la historia de los excavadores de fosas y de la exposición de la sura Al-Buruj, también se ha arrojado luz sobre otro aspecto: la naturaleza de la predicación de la religión y el papel de quienes llaman a ella frente a las posibles reacciones en este camino. El movimiento de la predicación de la religión ha presenciado, en la historia de la humanidad, el desenlace de las luchas emprendidas contra otros movimientos bajo formas diversas.
Este movimiento ha contemplado la destrucción de los respectivos pueblos del profeta Noé, del profeta Hud, del profeta Shu‘ayb y del profeta Lut, así como la salvación de un pequeño número de creyentes. Pero el Corán no nos ha dicho qué papel desempeñaron posteriormente quienes se salvaron de la destrucción. Estos ejemplos muestran que, para poner freno a los excesos de quienes se rebelan contra Allah, Allah a veces les hace probar parte del castigo ya en la vida mundana. El castigo apropiado, después del juicio completo, será impuesto en el Más Allá.
El movimiento de la predicación islámica fue testigo de la destrucción del Faraón con sus tropas, de la salvación del profeta Moisés junto con sus seguidores y, posteriormente, de la obtención de su reino. En la historia de aquella época, los hijos de Israel poseían un carácter excelente. Aunque nunca pudieron mostrar una firmeza completa ni establecieron jamás la religión de Allah en este mundo como un sistema de vida integral, su ejemplo era, no obstante, diferente del de sus predecesores. La historia también ha contemplado montones de cadáveres de aquellos politeístas que no creyeron en el profeta Muhammad y dieron la espalda al sistema de vida que él trajo. Asimismo, la historia ha visto cómo, una vez establecido plenamente el dominio de la fe en los corazones de los creyentes, llegó la ayuda de Allah y les coronó con el éxito. Y el mundo contempló por primera vez un modelo de aplicación completa del sistema de Allah sobre la vida humana. Nunca se había visto algo semejante antes ni después de ese momento.
La historia ha presenciado el acontecimiento de los excavadores de fosas. Nosotros también lo hemos visto. Además, la historia ha visto ocurrir muchos acontecimientos antiguos y modernos. Sin embargo, estos no ocuparon un lugar importante en la historia. Incluso hoy la historia presencia innumerables acontecimientos que guardan algún tipo de semejanza con los hechos ocurridos hace cientos de años en la historia islámica.
Es absolutamente necesario analizar los demás acontecimientos. Sin embargo, el acontecimiento de los excavadores de fosas merece una mención especial, porque ofrece un brillante ejemplo de la prueba de fuego de la fe. En esta prueba, ninguna ayuda mundana acudió en apoyo de los partidarios de la verdad, ni se impuso castigo alguno en la vida terrenal a los partidarios de la falsedad. Para arraigar esta convicción en los corazones de los creyentes y de quienes llaman al camino de Allah, puede repetirse un acontecimiento semejante como consecuencia de que avancen por el camino que desean. En acontecimientos de este tipo, ninguna fuerza acudirá en su apoyo. Ellos y todo lo relacionado con su fe están por completo en manos de Allah. En tal situación, el deber de los creyentes es abandonar este mundo manteniéndose firmes en el cumplimiento de su deber. Su deber consiste en tomar únicamente a Allah como su aspiración suprema y absoluta, considerar la doctrina y la fe más valiosas que la propia vida y, cuando sean arrojados a una prueba de fuego, hacer que su fuerza de fe supere dicha prueba. En circunstancias así, los creyentes darán testimonio de la verdad de la religión de Allah mediante su corazón, sus palabras y sus obras. En cuanto a cuál será el destino de los enemigos de la religión y cómo avanzará la labor de la predicación de la religión, lo mejor es dejar estos asuntos en manos de Allah. Allah puede conducirlos hacia un destino semejante a los destinos ejemplificados en la historia pasada del islam, o puede determinar un nuevo destino para los portadores del estandarte de la religión de la verdad y para los partidarios de la falsedad.
Los partidarios de la verdad son servidores de la religión de Allah. El deber de los creyentes consiste en cumplir su deber exactamente de la manera en que Allah quiere hacerlos trabajar: cuando, donde y del modo en que Él los pone a trabajar, y recibir la recompensa determinada. El futuro del movimiento islámico no está en sus propias manos, ni tienen capacidad para tomar decisiones al respecto. Eso es asunto exclusivo del Verdadero Dueño. Los servidores no tienen ninguna necesidad de preocuparse por ello.
Los creyentes reciben ya en este mundo la primera cuota de la recompensa por sus obras. Esta recompensa consiste en la tranquilidad del corazón, un elevado nivel de pensamiento y comprensión, una concepción noble y la liberación de la codicia y los deseos mundanos, así como de los sentimientos de miedo, temor, tristeza y aflicción. También reciben en este mundo la segunda cuota. Esta recompensa consiste en el aumento de su honor entre los ángeles y en que se hable de ellos. La gente virtuosa de este mundo ya los elogia. Que se hable de ellos entre los ángeles es una señal del aumento de su rango en el mundo superior. La mayor cuota de la recompensa les será concedida en la otra vida. Allí su cuenta será fácil y sencilla, y obtendrán ganancias inconmensurables. Sin embargo, la mejor de todas las recompensas concedidas mediante estas cuotas es alcanzar la complacencia de Allah en cada una de ellas. Por Su infinita bondad, Él ha escogido a los creyentes para Su obra y los ha elegido para emplearlos, como soldados de Allah en este mundo, en todas las tareas conforme a Su voluntad. Esto también es una dicha suprema.
Como resultado de la enseñanza impartida por el Corán, el carácter de la primera gran caravana del movimiento islámico alcanzó el nivel superior antes mencionado. Inspirados por su labor como soldados de Allah, habían olvidado su propio ser y personalidad, y en toda circunstancia y en todo momento estaban satisfechos con la decisión de Allah.
Junto con el Corán, la formación impartida por el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) hizo que fijaran su mirada en el Paraíso y desarrolló en ellos la disposición a cumplir firmemente con su deber hasta que Allah Todopoderoso emitiera Su decisión. La decisión de Allah era, para ellos, el objeto más anhelado y supremo, por el bien de este mundo y de la otra vida. Cuando los tiranos de La Meca sometieron a Ammar y a sus padres a una tortura física extrema, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) vio con sus propios ojos su situación y pronunció únicamente estas palabras:
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«¡Oh, familia de Yasir, tened paciencia! La promesa del Paraíso para vosotros ya ha quedado firmemente establecida».
Jattab ibn Arat (que Allah esté complacido con él) relata: «Nos quejamos ante el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz), mientras él descansaba a la sombra del muro de la Kaaba. Le preguntamos: “¿Por qué no pides ayuda a Allah? ¿Por qué no suplicas por nosotros?”. Él respondió: “En tiempos de vuestros predecesores, se apresaba a una persona y se la enterraba viva. También se la partía viva con una sierra. Pero, aun así, no podían apartarla de la verdadera religión. ¡Por Allah! Él establecerá plenamente Su religión. Llegará un tiempo en que un jinete viajará solo desde Saná hasta Hadramaut, sin temer por el camino a nadie salvo a Allah. Y no habrá ningún peligro que amenace a su rebaño de ovejas, salvo el posible ataque de un lobo. Pero vosotros os impacientáis demasiado”».
En cada obra de Allah se oculta un propósito beneficioso. Él dirige toda la creación. Desde el principio hasta el final, está siempre plenamente informado de todo lo que ocurre en el conjunto de la creación. Todo cuanto sucede en este mundo ocurre bajo Su administración. Solo Él conoce el beneficio oculto en el mundo invisible. El bien oculto escribe la historia únicamente conforme a la voluntad de Allah Todopoderoso, y los misterios de los acontecimientos terminan revelándose según Su voluntad.
A veces, los misterios subyacentes de acontecimientos pasados se descubren varios siglos después. Sin embargo, la gente de la época en que ocurrieron no pudo comprender su significado. En su tiempo se limitaban a preguntar: “¿Qué es esto? ¡Oh, Señor! ¿Qué está ocurriendo y por qué ocurre?”, y cosas semejantes. Este tipo de preguntas es una señal de ignorancia. Por eso el creyente tampoco formula esas preguntas, pues cree firmemente que en todas las obras de Allah Todopoderoso se encuentran sabiduría y beneficio. La amplitud de la concepción del creyente, su valoración del lugar, el tiempo y las circunstancias, y su visión de largo alcance lo mantienen alejado de ese tipo de pensamientos. Con plena satisfacción interior y espíritu de obediencia, avanza continuamente junto a la caravana religiosa por el camino que Allah Todopoderoso ha determinado.
El Corán estaba formando corazones capaces de asumir la responsabilidad del califato de Allah en la Tierra. Para ello se necesitaban corazones fuertes, puros y sinceros. Al avanzar por el camino del dīn, esos corazones debían estar dispuestos a sacrificarlo todo y deseosos de afrontar con valentía cada prueba. Asimismo, debían orientar su mirada hacia la felicidad y la prosperidad de la otra vida, en lugar de hacia las riquezas mundanas, y no anhelar nada más que obtener la complacencia de Allah. Es decir, debían formarse corazones capaces de demostrar sacrificio y firmeza frente a la pobreza, las aflicciones y la tortura física durante toda la vida, sin esperar resultados rápidos. Ni siquiera debían impacientarse por la expansión de la llamada al dīn, la victoria del islam, la obtención del poder y la supremacía por parte de los musulmanes, o la rápida destrucción y derrota de los opresores y rebeldes contra Allah contemporáneos, del mismo modo en que Allah Ta‘ala había apresado y destruido anteriormente a los enemigos del dīn.
Cuando se han formado corazones de esa clase y continúan cumpliendo la responsabilidad del dīn en la vida mundana sin esperar ninguna recompensa terrenal, considerando la otra vida como el escenario de la verdadera resolución entre el Haqq y el Bātil, y cuando Allah Ta‘ala se complace de su sinceridad, firmeza, sacrificio y devoción, entonces Él los ayuda ya en este mundo. Les confía la sagrada responsabilidad de administrar el califato en la Tierra. Esta responsabilidad no se les encomienda para satisfacer los intereses de los creyentes, sino por el interés del dīn de la verdad.
Ellos adquirieron el derecho y la capacidad para asumir esta gran responsabilidad el día en que avanzaron por este camino sin ninguna promesa de una posible recompensa mundana y orientaron su mirada hacia los intereses de la otra vida en lugar de los intereses terrenales. Desde el día en que abandonaron el deseo de toda recompensa salvo la complacencia de Allah, pasaron a formar parte de los siervos especialmente favorecidos por Allah.
Los versículos del Sagrado Corán que prometen la ayuda de Allah a los creyentes, mencionan los bienes del botín y advierten que los incrédulos serían destruidos ya en este mundo fueron revelados en Medina.
Después de que todo deseo de intereses mundanos fue expulsado de los corazones de los creyentes, Allah Ta‘ala mismo se adelantó para anunciarles la buena nueva de Su ayuda. Allah Ta‘ala prometió brindarles esa ayuda con el propósito de establecer Su sagrado dīn como el sistema de vida de la sociedad humana. La ayuda no descendió sobre ellos en la vida mundana como recompensa por el arduo trabajo, el sacrificio y la valentía de los creyentes; más bien, fue una decisión del propio Allah Ta‘ala. Hoy podemos comprender la sabiduría beneficiosa inherente a esa decisión.
Todas las personas pertenecientes a cualquier país, nación o linaje que estén interesadas en la obra de la llamada al dīn deben reflexionar detenidamente sobre este asunto. Este sutil principio aclara todo el camino de la llamada al dīn, cada una de sus etapas y cada uno de sus giros, y concede una paciencia inquebrantable a los corazones de quienes están resueltos a llegar hasta el final del camino sin preocuparse por el resultado. Ellos consideran acertado cualquier desenlace que Allah Ta‘ala haya decretado para la llamada al dīn y para quienes llaman a este camino. Mientras avanzan por un camino ensangrentado, lleno de peligros extremos, pasando sobre los cadáveres de sus compañeros, no se impacientan esperando obtener una victoria inmediata. Sin embargo, si Allah mismo decide llevar a su culminación el movimiento de la llamada al dīn y establecer Su dīn mediante los esfuerzos de los creyentes, eso será ciertamente algo bueno. Pero, si se toma tal decisión, debe considerarse exclusivamente la voluntad de Allah Ta‘ala, no una recompensa por la paciencia ante el sufrimiento y el sacrificio de los creyentes. Porque este mundo no es el ámbito en el que se reciben los frutos de las acciones.
Al comentar la historia de quienes cavaron las fosas, el Corán también señaló otro hecho. Cada uno de nosotros debe prestarle atención. El Corán dice:
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«Y la única razón de su hostilidad hacia estos creyentes era que habían creído en Alá, el Todopoderoso y Digno de toda alabanza». — Buruŷ: 8
Las personas de todas las épocas y de todos los linajes deberían reflexionar con profunda atención sobre la información expuesta en esta aleya. La lucha entre los creyentes y el bando opositor se produce únicamente a causa de la diferencia en la fe, la aqida y la forma de pensar, y no por ningún otro interés mundano. El bando opositor no puede soportar la fe de los creyentes. La raíz de toda su ira y hostilidad es la aqida y las creencias de los creyentes. El objetivo de esta lucha nunca es político, económico ni la obtención de superioridad genealógica. Este tipo de disputas puede resolverse o controlarse fácilmente. Pero aquí se libra una lucha por un ideal puro. El objeto de la disputa es: «¿Prevalecerá el sistema de la incredulidad o la fe? ¿Permanecerá la ignorancia o el islam?»
En La Meca, los politeístas propusieron al Profeta (la paz sea con él) ofrecerle riquezas, poder de gobierno y otras ventajas mundanas. Solo pusieron una condición: que el Noble Profeta (la paz sea con él) pusiera fin al conflicto y la disputa en torno a la aqida y las creencias, y que, a cambio, obtuviera de ellos otras ventajas e intereses. Si el Profeta (la paz sea con él) hubiera aceptado satisfacer sus deseos, no habría tenido ninguna disputa con los politeístas. Así se comprende que debemos estar atentos al asunto fundamental de la disputa. Pues la razón de la hostilidad y la ira del bando enemigo es que los creyentes han creído en Alá, el Todopoderoso, y obedecen únicamente a Alá; solo ante Él inclinan la cabeza.
El bando enemigo puede intentar, con el propósito de confundir a los creyentes acerca del objetivo fundamental de la lucha y apagar la llama ardiente de la fe encendida en sus corazones, presentar la lucha por la aqida y las creencias como una disputa política, económica o tribal. Por ello, los creyentes nunca deben dejarse engañar. Deben comprender que se está intentando desplazarlos mediante conspiraciones urdidas de manera planificada. Quienes en esta guerra levantan consignas de ese tipo desean, en realidad, privar a los creyentes del valioso instrumento de la victoria final. Esta victoria también puede alcanzarse bajo la forma de superioridad espiritual, independencia política o beneficios mundanos derivados de una elevación firme, como la de los creyentes dispersos en la trinchera.
En el mundo actual, especialmente en medio de la propaganda engañosa de los cristianos y de sus esfuerzos por distorsionar la historia, presenciamos intentos de sembrar confusión. Afirman que el objetivo subyacente de las Cruzadas era obtener un imperio. ¡Esta afirmación es completamente falsa! La verdad es que, mucho después de las Cruzadas, el bando cruzado adoptó la máscara del imperialismo. Esto se debe a que la aqida y las creencias cruzadas ya no pueden aparecer hoy en el campo del mismo modo en que pudieron manifestarse durante la Edad Media.
Por eso tuvieron que adoptar una nueva máscara. Pues la aqida de la cruz había quedado hecha añicos al chocar contra el muro, construido de metal fundido, de la fuerza unificada de todos los musulmanes, sin distinción de linaje, raza o tribu. Entre los musulmanes mencionados, figuras como Saladino, de la tribu kurda, y Turan Shah, de la tribu mameluca, olvidaron sus diferencias tribales y genealógicas, adoptaron únicamente la fuerza de la fe como apoyo y obtuvieron la victoria llevando solo la bandera del islam.
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«La única razón de su hostilidad hacia los creyentes era que estos habían creído en Alá, el Todopoderoso y Siempre Digno de alabanza». — Buruŷ: 8
La palabra de Allah Ta’ala es verdadera letra por letra, y el grupo engañador, embaucador y opresor es mentiroso y está extraviado.
— Fin —-