Introducción
El shaij del islam, el imán Taqiuddín Ahmad ibn Taymiyya, que Allah tenga misericordia de él, fue un hombre que marcó una época. Más de mil años después de la Hégira del Profeta, las impurezas que se habían mezclado en la clara corriente de la profecía fueron purificadas por él mediante largos esfuerzos, lucha y devoción. La fama de su conocimiento llegó desde la lejana Qayrawán, en el Magreb, hasta Cantón, en el este de China. La influencia de sus actividades reformadoras también inundó estas regiones.
En los siglos séptimo y octavo de la Hégira, Ibn Taymiyya fue el nombre de una lucha incesante. Luchó contra el politeísmo y las innovaciones religiosas. Luchó contra la injusticia y la falsedad, contra la opresión y la persecución. El corazón de un poder real de enorme arrogancia temblaba ante su voz intrépida y firme. Por consejo de los malvados, el poderoso poder real lo arrojó tras puertas de hierro. Incluso sentado en prisión, continuó escribiendo con extraordinaria rapidez. Los muros de la cárcel no pudieron impedir la manifestación de su verdad pura. Sus adversarios quisieron reducirlo a cenizas en el fuego de la envidia. Entonces, por orden del rey, le arrebataron libros, cuadernos, plumas, tinta y tintero; aun así, no cedió. Reuniendo trozos de papel rasgado, siguió escribiendo sobre ellos con carbón. Así, este intrépido soldado de la verdad continuó luchando contra la falsedad hasta el final de su vida.
Los sesenta y siete años de su vida fueron la crónica de la vergonzosa derrota de la mentira y la falsedad, de la injusticia y el engaño. La pluma afilada de Ibn Taymiyya todavía sigue escribiendo la historia de la derrota de la mentira y la falsedad.
El Corán y la Sunna son las dos fuentes fundamentales del conocimiento verdadero del islam. El imán Ibn Taymiyya volvió a vincular todas las ramas y subramas del conocimiento islámico con estas dos fuentes fundamentales. Para ello utilizó todas sus capacidades eruditas e intelectuales. En este camino, no prestó la menor atención a la mirada hostil de ningún gobernante tiránico ni de adversario alguno dotado de un poder inmenso. Su intrépida lucha y devoción por la verdad seguirán infundiendo fuerza vital a esta comunidad hasta el Día de la Resurrección.
Por eso, un erudito como Ibn Taymiyya nace una vez en mil años y tampoco muere en mil años.
Apenas se ha tratado con detalle, en lengua bengalí, la vida combativa de este gran erudito. Aquí me he limitado a reunir mis escritos publicados sobre la vida y las actividades de este gran erudito bajo el título «Historia inmarcesible en la lucha del soldado». Las actividades renovadoras del imán merecen un análisis mucho más detallado. Sin embargo, por temor a aumentar el volumen de la obra, me abstuve de avanzar en esa dirección. No obstante, aquí se ofrece, en términos generales, una imagen de la vida del imán y de sus actividades reformadoras. Considero que mi esfuerzo habrá valido la pena aunque los lectores obtengan de ello algún pequeño beneficio.
Sin embargo, pido a los lectores que, al examinar la vida y las actividades de un reformador islámico, concedan toda la importancia a una perspectiva islámica integral. Y que no consideren esto una mera exposición teórica e informativa, sino que intenten identificarse con las actividades del imán. Solo así les resultará más fácil beneficiarse de este análisis.
Abdul Mannan Talib
180 Shantibag, Daca.
Antecedentes: el mundo musulmán devastado por la invasión tártara
El terror de los tártaros entre los musulmanes
Durante la primera mitad del siglo VII de la Hégira, la palabra «tártaro» era para los musulmanes un símbolo de miedo y terror. Después de recibir una derrota tras otra a manos de los tártaros, los musulmanes habían llegado a creer que eran invencibles. En árabe circulaba un proverbio: «Iza qila laka innat-tatara inházamu fala tusaddiqu», es decir: «Si te dicen que los tártaros han sido derrotados, no lo creas».
En realidad, este castigo que los tártaros infligieron a los musulmanes les había sido decretado por Allah. Durante varios siglos habían descuidado el cumplimiento de las responsabilidades de la religión. Corrían como ciegos tras los placeres, el lujo y los deseos de la codicia mundana. La desunión, las discrepancias y los conflictos internos habían destruido la cohesión de su religión y de su comunidad; y, especialmente, habían comenzado a avanzar en la dirección completamente opuesta a la responsabilidad que se les había confiado: establecer la justicia en el mundo y erradicar la injusticia. Por tanto, ¿qué otra cosa podía esperarse de Allah sino un castigo tan terrible?
Este castigo contra los musulmanes comenzó en el año 616 de la Hégira. Continuó sin interrupción durante casi cuarenta años. Era como si los hubieran aplastado y pulverizado con una apisonadora de vapor.
En el año 616 de la Hégira, durante el reinado del sultán Alaudín Shah de Jorezm, Gengis Kan lanzó por primera vez un ataque contra las fronteras del Estado islámico. La primera víctima del ataque fue la histórica ciudad de Bujará. Bujará quedó convertida en ruinas. Ni una sola persona de la ciudad pudo escapar con vida. Todas las casas fueron quemadas hasta quedar reducidas a cenizas. Después, la ciudad de Samarcanda fue incendiada. Todos sus habitantes fueron asesinados. Luego, ciudades grandes y pequeñas sufrieron el mismo destino. Hamadán, Qazvín, Ray, Zanyán, Merv, Nishapur y otras ciudades fueron convirtiéndose, una tras otra, en montones de ruinas.
En aquel momento, Shah de Jorezm era el único gobernante poderoso en la región oriental del mundo islámico. Después de que perdió la capacidad de resistir, los demás gobernantes menores no pudieron mantenerse en el campo de batalla ni siquiera por un instante. Aun así, después de Alaudín Shah de Jorezm, su hijo Yalaluddín Shah de Jorezm continuó luchando contra los tártaros. Pero su situación también llegó finalmente a un extremo crítico. Tras sufrir una derrota tras otra en la lucha, las tropas y sus amigos lo abandonaron. Los tártaros siguieron persiguiéndolo como una sombra. Finalmente, por miedo a los tártaros, murió en una isla desconocida acompañado apenas por unos pocos servidores fieles.
El terror tártaro se había extendido entre los musulmanes de tal manera que, al ver a un tártaro, un musulmán pensaba que había llegado su Azrael. Muchas veces, un solo tártaro entraba en un callejón y mataba él solo a cien musulmanes. Ninguno tenía el valor de pronunciar siquiera una palabra contra aquel tártaro. Incluso una vez, una mujer tártara entró en una casa disfrazada de hombre y comenzó a matar a todos uno tras otro. Parecía que hasta entonces todos se hubieran limitado a alargar el cuello, preparándose para recibir la muerte. De pronto, uno recobró el sentido y dijo: «¡Pero si es una muchacha tártara!». Con un solo golpe de espada acabó con la muchacha.
He aquí otro suceso ocurrido en una ciudad. Un tártaro entró en una casa y apresó a un musulmán. No llevaba espada consigo, así que trajo una piedra que había dentro de la casa. Apoyó la cabeza del musulmán contra la piedra y ordenó: «Ahora mismo iré al mercado a traer una espada y te mataré. Tú permanecerás exactamente así. ¡Cuidado! No te muevas ni un poco». Dicho esto, el tártaro se marchó al mercado. Pero el musulmán, medio muerto de terror ante los tártaros, ni siquiera pensó en escapar. Mantuvo la cabeza apoyada de la misma manera sobre el tronco de ejecución. Así, después de un buen rato, el tártaro regresó del mercado con un arma y, tranquilamente, le cortó la garganta al musulmán.
Este increíble miedo a los tártaros entre los musulmanes era una verdad viva de aquella época. Los musulmanes de hoy, al escuchar esto, sin duda se sorprenderán. Y no solo los de hoy: incluso en aquella época, después de que disminuyó el terror tártaro, los musulmanes reflexionaron con asombro: «¿Qué nos había sucedido? ¿Por qué nos habíamos convertido en muertos vivientes?». En realidad, cuando el temor de Allah desaparece del corazón de los musulmanes, comienzan a temer todas las cosas del mundo. Pero cuando viven atemorizados por Allah, aprenden a despreciar incluso a una superpotencia del mundo moderno como Rusia, aunque sean simples muyahidines de un país pequeño y subdesarrollado como Afganistán.
Los tártaros, símbolo de la destrucción
Los tártaros no se limitaron a matar musulmanes y saquear sus riquezas; también destruyeron las mezquitas, las madrasas y las bibliotecas. Eran tribus bárbaras de Asia Central. No tenían ninguna relación con la educación, la civilización ni la cultura. Por eso se entregaron a un frenesí bestial de destrucción de la civilización y la cultura musulmanas. En toda la historia del islam, los musulmanes jamás habían afrontado una situación tan humillante. Al relatar la historia de la opresión, la tiranía y la devastación perpetradas por los tártaros, las plumas de los historiadores musulmanes de aquella época temblaban. El historiador Ibn al-Athir escribió:
No existe en la historia del mundo precedente alguno de una catástrofe de tal magnitud. Este acontecimiento concierne a todos los seres humanos, pero especialmente a los musulmanes. Si alguien afirmara que, desde Adán —la paz sea con él— hasta nuestros días, jamás había ocurrido en el mundo un acontecimiento semejante, no estaría afirmando en absoluto una falsedad. —– Aquella barbarie no mostró la menor compasión por nadie. Mataron a mujeres, niños, hombres y ancianos, a todos. Abrían el vientre de las embarazadas de un golpe de espada y despedazaban incluso al bebé prematuro que salía de su vientre.
La sedición tártara se había convertido entonces en una causa de temor no solo para los musulmanes, sino para toda la humanidad. Al escuchar en Europa las historias de la opresión y la persecución ejercidas por los tártaros contra los musulmanes de Asia, sus habitantes también temblaban aterrorizados. Las bárbaras campañas tártaras comenzaron con Gengis Kan y continuaron con la velocidad de un tifón durante cuarenta años, hasta llegar a su bisnieto, Kublai Kan.
Bagdad, la ciudad de los cadáveres
Los enemigos internos, como los de la historia de Dhu Qar, siempre han causado la ruina del islam y de los musulmanes. Naturalmente, en todos los países se los reconoce como enemigos de la nación. Pero la destrucción que acarrean al islam y a los musulmanes no tiene comparación. Pues no existe en el mundo una fuerza capaz de derrotar a los musulmanes. Solo cuando su unidad y cohesión se desintegran a causa de las disputas y divisiones internas puede un enemigo exterior someterlos. Y esos enemigos internos avivan el fuego de tales divisiones entre los musulmanes.
Estos enemigos internos son de tres clases. Un grupo son enemigos del islam; otro, enemigos de los musulmanes; y otro, enemigos del país. Aunque pertenecen a tres clases distintas, existe entre ellos una alianza asombrosa. No puede decirse que quienes son enemigos del islam estén rebosantes de amor por los musulmanes y por el país. El islam es el centro de sus ataques. Lo atacan indiscriminadamente y con todas sus fuerzas. Sin embargo, de vez en cuando lanzan también ataques aislados contra los otros dos grupos. Lo mismo puede decirse de los enemigos de los musulmanes y del país. El poeta y filósofo del islam, el ilustre Allama Iqbal, aludió también en uno de sus poemas a estas tres clases de enemigos internos. Dijo: «Mir Yafar, de Bengala, y Mir Sadiq, del Decán; vergüenza de la religión, vergüenza de la comunidad, vergüenza de la patria». El traidor de Bengala, Mir Yafar, y Mir Sadiq, del Decán, son una deshonra para la religión del islam, para la comunidad islámica y para su patria. Es decir, estos enemigos internos siempre pertenecen a una de esas tres clases. Son enemigos del islam, enemigos de la comunidad musulmana y enemigos de la patria de los musulmanes. ¿Cómo puede alguien vivir en un país musulmán y dentro de la comunidad musulmana, albergar una hostilidad extrema hacia el islam y, aun así, estar apasionadamente enamorado de la comunidad musulmana y de la patria de los musulmanes? Esto resulta completamente incomprensible. En realidad, sin el islam, ni la comunidad musulmana ni la patria de los musulmanes poseen existencia o importancia independientes.
En la historia del islam, la existencia de estos enemigos internos nunca desapareció. Aparecieron continuamente bajo formas nuevas, y todavía siguen apareciendo. Aquel día fueron ellos quienes provocaron una destrucción extrema en Bagdad. El acontecimiento tuvo lugar en el año 656 de la Hégira.
Quienes dirigían a los traidores de Bagdad —centro del islam, de la comunidad musulmana y del entonces mundo islámico— eran el primer ministro chií de Bagdad, Ibn al-Alqami, y el consejero musulmán de los gobernantes tártaros, Nasir al-Din al-Tusi. Estos traidores tejieron una enorme conspiración para destruir Bagdad. Creían que los bárbaros tártaros atacarían Bagdad, matarían y saquearían, y después se marcharían; entonces ellos se convertirían en los únicos dueños de Bagdad. Además, la superioridad del islam era para ellos una espina clavada en el ojo. Bajo el disfraz de musulmanes, en realidad eran hipócritas. Por eso, la humillación del islam, de los musulmanes y de las tierras musulmanas bastaba para enfriar sus corazones.
En aquel momento, los bárbaros soldados tártaros eran incontenibles. Destruían una tras otra las ciudades y poblaciones musulmanas, sembrando el terror por todo el mundo islámico. Entonces, instigados por Ibn al-Alqami y Nasir al-Din al-Tusi, los tártaros avanzaron hacia Bagdad. Hulagu Kan, nieto de Gengis, llegó a las afueras de Bagdad con un enorme ejército.
Mientras tanto, el primer ministro Ibn al-Alqami aconsejó al califa al-Musta’sim billah que pactara con Hulagu. Le aseguró que Hulagu se marcharía si recibía una gran cantidad de oro y regalos. Siguiendo el consejo de Alqami, el califa se dispuso a acudir al campamento de Hulagu para ultimar con él las condiciones de la paz. La litera del califa llegó a la tienda de Hulagu. Después, presionaron al califa para que firmara como testigo del tratado y organizaron la llegada de todos los dirigentes de la ciudad al campamento de los tártaros. En cuanto llegaron, los mataron a todos delante del califa. De este modo, tras obtener la aprobación del califa, llevaron uno tras otro al campamento tártaro a los hombres poderosos y respetados de la ciudad y los asesinaron brutalmente. Pero los tártaros temían matar al califa, pues eran supersticiosos. Habían oído que, en cuanto la sangre del califa cayera al suelo, sobrevendría una destrucción de enormes proporciones. Por eso vacilaban. Entonces Nasir al-Din les dio un consejo por el cual el califa moriría, pero ni una sola gota de su sangre caería al suelo. Siguiendo su consejo, envolvieron al califa en un enorme colchón y lo ataron. Luego acabaron con él a patadas y golpes.
Después ocurrió lo que estaba escrito en el destino de Bagdad. La matanza y el saqueo continuaron durante cuarenta días. Pasados los cuarenta días, Bagdad —la ciudad más grandiosa del mundo de su tiempo, la ciudad de los sueños, centro del conocimiento y la educación, cuna de la civilización y la cultura— parecía una ciudad de fantasmas. La ciudad quedó desierta y silenciosa. En los caminos, las calles, las plazas y los mercados apenas se veía a dos o cuatro personas.
Al caminar por las calles, se veían montones de cadáveres a intervalos. Parecían pequeñas montañas de muertos. Entonces llovió. Los cadáveres se hincharon y comenzaron a descomponerse. Un hedor se extendió por toda la ciudad. Los que habían sobrevivido fueron víctimas de epidemias. El hedor salió de Bagdad y llegó incluso a la frontera de Siria. Según los historiadores, en aquel momento murieron en Bagdad aproximadamente un millón ochocientas mil personas. Al entrar en Bagdad, Hulagu ordenó a los cristianos beber vino en público y comer carne de cerdo. Era el mes de Ramadán. Sin embargo, obligaron a los musulmanes a beber vino. Vertieron alcohol dentro de las mezquitas y prohibieron la llamada a la oración. Bagdad era el centro del mundo islámico de aquella época. Desde que comenzó el asentamiento de la ciudad, era la primera vez que Bagdad caía en manos de los infieles. Una profunda desesperación se extendió por todo el mundo islámico. Allí donde llegaba la noticia de la destrucción de Bagdad, los musulmanes comenzaban a lamentarse. Pero no podían hacer nada. Los traidores no estaban activos únicamente en Bagdad, sino en todos los países del mundo islámico. Mientras no fueran exterminados, no había ninguna posibilidad de que el mundo islámico se librara de su crisis.
Los tártaros no son invencibles
Después de Bagdad, los tártaros conquistaron Siria. Los caminos de Siria quedaron inundados con la sangre de los musulmanes. En ciudades y aldeas se acumularon montones de cadáveres. En todas partes ocurría lo mismo: de Tashkent a Bujará, de Bujará a Bagdad y de Bagdad a Damasco. En ningún lugar encontraban los musulmanes un sitio donde refugiarse. Después le tocó el turno a Egipto. Los egipcios comprendieron claramente que sus días estaban contados. La ira de Alá avanzaba hacia ellos.
Pero los egipcios finalmente sorprendieron a todos. Decidieron salir al encuentro de los tártaros. En el año 658 de la hégira, el sultán de Egipto, al-Malik al-Muzaffar Saif al-Din Qutuz, avanzó con su ejército, confiando en Alá. Tras cruzar la frontera egipcia, detuvieron a los tártaros en un lugar de Siria llamado Ain Jalut. Se quebró todo el invicto historial de los tártaros. Fueron derrotados. La primera derrota. Una derrota humillante. Por otro lado, el valor de los musulmanes se multiplicó por mil. La creencia y el temor de que los tártaros fueran invencibles desaparecieron de sus corazones. Se volvieron audazmente valientes. Persiguieron a los tártaros hasta las regiones más remotas de Siria. Los cadáveres de los tártaros quedaron esparcidos por caminos y campos. Morían a manos de los musulmanes como zorros y perros. También fueron capturados numerosos tártaros.
Aun después de esto, los tártaros fueron derrotados varias veces más por los egipcios. Pero, considerando que la campaña victoriosa de los tártaros avanzaba por todas partes con la velocidad de un huracán, ¿hasta qué punto podía la firmeza de los egipcios constituir un obstáculo? Además, en aquel entonces los tártaros eran los atacantes, mientras que los musulmanes libraban una guerra defensiva. En esas circunstancias, no cabe duda de que el atacante se encontraba en una mejor posición. Todo el mundo islámico había llegado al borde de la destrucción bajo los ataques huracanados y la brutal opresión de los tártaros. Parecía que a los musulmanes ya no les quedaban muchos días. Parecía que Alá había decidido castigar a esta nación por sus pecados ya en este mundo.
Pero no: aún había en el mundo numerosos seguidores verdaderos de la religión verdadera de Alá. En conjunto, los musulmanes no habían cumplido entonces con la responsabilidad de la religión de Alá. Por eso, como pueblo, habían sufrido la ira ardiente de Alá. Sin embargo, como pueblo no habían abandonado la religión de Alá, y una parte de ellos aún continuaba cumpliendo con esa responsabilidad. Además, el horror de la invasión tártara impulsó a los musulmanes a reflexionar nuevamente sobre sus propias acciones y a vivir como musulmanes sinceros y siervos obedientes de Alá. Por ello, Alá concedió a la comunidad musulmana otra oportunidad de sobrevivir en la tierra. De lo contrario, hasta entonces ninguna nación que hubiera enfrentado una destrucción semejante había logrado levantarse por segunda vez.
Una nación que alguna vez había dado nacimiento a una nueva civilización y había establecido firmemente su superioridad en la tierra, con el paso del tiempo un día había visto borrarse su nombre y sus huellas. No había tenido la oportunidad de reaparecer por segunda vez con la misma identidad y alcanzar de nuevo una posición de superioridad en el mundo. Las civilizaciones de los griegos, los romanos y los egipcios están ante nuestros ojos. La expansión y la grandeza de la civilización aria en este subcontinente también fueron históricas. Pero, después de su destrucción, solo encontraron refugio en las páginas del pasado. Su religión, su moral y sus costumbres están hoy caducas. Aunque los hijos de Israel, después de miles de años, hayan vuelto a establecerse hoy junto al Mediterráneo con un nuevo Estado, en su sociedad y civilización actuales no queda ni rastro de la religión de Moisés —la paz sea con él—. Como seguidores ciegos de la sociedad y la civilización occidentales, en realidad se limitan a desempeñar el papel de una imitación de la civilización occidental. Lo mismo puede decirse de la India moderna.
Pero el islam es el sistema de vida elegido por Alá. Los elementos de civilización y vida social que este sistema seguirá proporcionando hasta el Día del Juicio harán que, cada vez que los musulmanes de cualquier región del mundo se aferren a él, el éxito y la consolidación se postren a sus pies. Podrán vivir en el mundo con dignidad como la mejor de las naciones. Los musulmanes del mundo actual son una prueba de ello. Precisamente por abandonar el islam e intentar asimilar la sociabilidad y los valores occidentales, los musulmanes son hoy humillados en todas partes del mundo. Y eso a pesar de que poseen sus mayores riquezas. Las ideas y los valores occidentales han destruido su unidad y han incitado a unos contra otros.
Dejemos de lado la crisis moderna de los musulmanes y volvamos nuevamente al siglo VII de la hégira. En aquel entonces, el retorno al islam fue lo que salvó a los musulmanes. Esto constituye una prueba de la inagotable fuerza vital del islam. En cuanto una nación inerte y moribunda lo abraza, una oleada de vida despierta en su corazón. Su marcha continúa hasta que se establece en el mundo en un puesto de superioridad y dignidad.
Los tártaros bajo la sombra del islam
Después de casi medio siglo de ser perseguidos y aplastados por los tártaros, cómo los musulmanes volvieron a cobrar fuerzas es una historia asombrosa. Quienes habían intentado exterminar a los musulmanes con todos sus descendientes terminaron colocándose en las propias filas musulmanas. Quienes habían jurado borrar el islam de la faz de la tierra aceptaron con la cabeza inclinada el mensaje del islam. Sin condición alguna, aceptaron el islam como su único sistema de vida. Los tártaros semibárbaros y medio civilizados de Asia Central finalmente inclinaron la cabeza ante la superioridad del islam. Aceptaron el islam. La destrucción del mundo islámico en el siglo VII de la hégira a manos de los tártaros no fue tan asombrosa como lo fue su conversión al islam. Pues no hay nada particularmente sorprendente en que, dada la decadencia interna de la sociedad musulmana y del mundo islámico, la victoria de una nación vigorosa y resistente como los tártaros quedara asegurada en aquella época. Pero acudir para humillar y destruir el islam y terminar siendo vencidos por el islam es verdaderamente el acontecimiento más asombroso de la historia. El historiador T. W. Arnold, al relatar este hecho extraordinario en su célebre obra Preaching of Islam, escribió:
»Pero el islam volvió a despertar de las ruinas de las glorias de su pasado. Los predicadores y oradores musulmanes lograron convertir al islam a aquellos bárbaros mongoles que habían infligido toda clase de torturas a los musulmanes. Esta tarea fue extremadamente difícil para los musulmanes, pues los predicadores de otras dos religiones habían intentado convertir a los tártaros a sus respectivas religiones. En aquella época, parecía casi imposible que el islam pudiera enfrentarse al cristianismo y al budismo, apartar a los mongoles de esas dos religiones y convertirlos en seguidores del islam. Porque los propios musulmanes habían sido quienes más habían sufrido a manos de los mongoles. Las grandes ciudades que habían sido centros del estudio del conocimiento islámico y donde se habían formado residencias de sabios y eruditos musulmanes se habían convertido en ruinas bajo los golpes de las armas de los tártaros mongoles. Los sabios y juristas musulmanes habían sido convertidos en sirvientes o esclavos. Los kanes mongoles eran tolerantes con todas las religiones excepto el islam. ¡Cuánto odio y hostilidad albergaban contra el islam! A pesar de semejante actitud feroz de los mongoles hacia el islam, finalmente abrazaron la religión de la misma nación que habían pisoteado bajo sus pies.«
(Eso fue posible gracias a los esfuerzos sinceros de un grupo de sabios, hombres piadosos y honestos comerciantes musulmanes. Sin embargo, quienes desempeñaron el papel positivo más importante en este asunto fueron las mujeres musulmanas de elevada educación, a quienes los tártaros habían saqueado y llevado a sus harenes. Estas mujeres creyentes, hermosas, instruidas y de buen gusto, sentadas en el interior de sus hogares, hicieron fértil el mundo interior de sus esposos para el islam y la fe.)
El rostro inalterado de los tártaros: los esfuerzos de Ibn Taymiyya
En diversos lugares funcionaban organizaciones secretas de musulmanes para difundir el islam entre los tártaros. Por eso, el proceso de conversión de los tártaros al islam nunca se interrumpió. Sin embargo, a veces avanzaba rápidamente y otras veces se volvía lento. El primer ataque de los tártaros contra los musulmanes tuvo lugar en el año 616 de la Hégira. Aquel ataque fue dirigido personalmente por el caudillo tártaro Gengis Kan. Y el primer emperador tártaro aceptó el islam en el año 656 de la Hégira. En apenas cuarenta años, los tártaros comenzaron a abrazar la religión de sus enemigos.
Pero la conversión al islam no transformó de inmediato a los tártaros de pies a cabeza. No olvidaron toda su enemistad con los musulmanes ni los estrecharon contra su pecho como amigos y hermanos. Por supuesto, hubo excepciones en algunos lugares. Por ejemplo, el primer emperador tártaro que aceptó el islam, Berke Kan, se comprometió a no volver a atacar a los musulmanes después de su conversión. Pero no todos los emperadores tártaros eran así. Su conversión no produjo en ellos un cambio revolucionario inmediato. Por ejemplo, el rey de Irán e Irak, Gazán, aceptó el islam en el año 694 de la Hégira. Incluso después de convertirse, continuaron su hostilidad y sus campañas contra los musulmanes. En el año 699 de la Hégira, se preparó para atacar Siria. En realidad, dadas las condiciones en que se encontraba su modo de vida, no era en absoluto natural esperar un cambio importante en la vida y el carácter de los tártaros apenas cuatro o cinco años después de su conversión al islam. Por eso fue posible que Gazán se preparara para atacar Siria.
Ibn Taymiyya frente al emperador tártaro Gazán
Cuando la noticia del ataque de los tártaros llegó a Siria, cundió un gran temor en sus distintas ciudades. Los musulmanes conocían la devastación causada por los ataques tártaros. Por eso, la gente comenzó a trasladarse desde las ciudades cercanas hacia la capital, Damasco. También entre los musulmanes de Damasco se extendió un gran temor. Pero allí se encontraba entonces un hombre de Dios, un muyahid, cuya fuerza de fe infundía valor en los corazones abatidos de los musulmanes. Era el más destacado sabio y mujaddid de su época, el imán Ibn Taymiyya, que Allah tenga misericordia de él.
Llegó la noticia de que el rey de Egipto avanzaba con un enorme ejército para ayudar a los musulmanes de Damasco. Parecía que la ciudad volvía a cobrar vida. Los musulmanes comenzaron a prepararse para la guerra con renovado entusiasmo. El 27 de rabí al-awwal del año 699 de la Hégira tuvo lugar el enfrentamiento entre Gazán y el sultán de Egipto. A pesar de sus grandes esfuerzos y de luchar con un valor extraordinario, los musulmanes no pudieron salvarse. Fueron derrotados. El sultán de Egipto partió hacia El Cairo con el ejército vencido.
Los damascenos quedaron sumidos en una gran crisis. El ejército tártaro entraría ahora en la ciudad como vencedor. Y solo Allah sabía en qué oscuridad se hundiría entonces el futuro de sus habitantes. Pensando en el horror tártaro, incluso los grandes sabios y los hombres más destacados comenzaron a abandonar la ciudad. Los cadíes shafií y malikí, otros ulemas conocidos, funcionarios del gobierno, grandes comerciantes e incluso el propio gobernador de la ciudad abandonaron Damasco y partieron hacia Egipto. Entre los funcionarios, únicamente el encargado de custodiar la fortaleza no abandonó la ciudad. Una parte de la población también se marchó. Mientras tanto, los precios de los bienes habían aumentado de manera anormal. A los damascenos se les había echado encima una desgracia adicional sobre la desgracia que ya padecían. Los presos habían salido de las cárceles tras romperlas. Día y noche se dedicaban a saquear toda la ciudad.
Entretanto, se acercaba el momento en que las tropas de Gazán entrarían en Damasco. El pueblo, atrapado entre dos males, estaba desconcertado. En esa situación, el imán Ibn Taymiyya y los dirigentes de la ciudad se reunieron y tomaron una decisión urgente. Decidieron que una delegación de los habitantes, encabezada por el imán Ibn Taymiyya, se presentaría ante la corte de Gazán para obtener un decreto de paz y seguridad para la población. El día 3 del mes de rabí al-zani, el mensajero del islam, el imán Ibn Taymiyya, se presentó con su grupo ante el poderosísimo emperador tártaro Gazán. El imán le recitaba pasajes del Corán y hadices sobre la justicia, la equidad y los principios de rectitud. Su voz se volvía gradualmente más elevada y solemne. Mientras le recitaba versículos y hadices, se acercaba cada vez más a Gazán. Finalmente, no había entre ambos ni siquiera el espacio de un palmo. Pero lo más sorprendente era que el poderosísimo Gazán no mostraba ninguna molestia ni ira. Al contrario, escuchaba atentamente cada palabra. Parecía que el imán había logrado impresionarlo profundamente. Gazán preguntó a sus hombres: «¿Quién es este sabio? Nunca antes había visto a alguien así. Jamás he visto a una persona más valiente y resuelta. Nadie había logrado influirme de esta manera».
Los hombres le hablaron de Ibn Taymiyya y le informaron sobre el conocimiento, la sabiduría y las obras del imán.
Ibn Taymiyya le dijo a Gazán: «Tú afirmas ser musulmán. Me he enterado de que te acompañan cadíes, shayjs y muecines. A pesar de todo esto, has atacado a los musulmanes. En cambio, aunque tus antepasados fueran infieles, se abstenían de cometer semejante acto. Ellos cumplieron sus promesas, pero tú has roto la tuya. No has cumplido nada de lo que dijiste. Has oprimido a los siervos de Allah».
El juez supremo Abu al-Abbás se encontraba con el imán. Escribió: «En la asamblea de Gazán se colocó comida delante de Taymiyya y sus compañeros. Todos comenzaron a comer, pero Ibn Taymiyya retiró las manos. Cuando le preguntaron por qué no comía, respondió con voz firme: “Esta comida no es lícita, pues ha sido preparada con carne de ovejas y cabras saqueadas a musulmanes pobres. Además, para prepararla se ha obtenido por la fuerza madera de los árboles de personas oprimidas”». Gazán le pidió que hiciera una súplica. El imán comenzó a suplicar: «¡Oh Allah! Tú sabes mejor que nadie que, si el propósito de esta guerra de Gazán es elevar Tu palabra y hacer la yihad por Tu causa, ayúdalo. Pero si su propósito es obtener el poder terrenal y satisfacer la codicia y los deseos, entonces sé Tú quien trate con él». Lo más sorprendente fue que, mientras el imán suplicaba, Gazán repetía: «Amín».
El cadí Abu al-Abbás también escribió que, mientras el imán pronunciaba su discurso, ellos se habían aterrorizado y se recogían las ropas, temiendo que en cualquier momento la espada del verdugo brillara sobre el imán y su sangre tiñera sus vestiduras. El cadí escribió: «Al regresar de la corte de Gazán, dijimos al imán: “No iremos con usted. Usted estuvo a punto de hacer que nos mataran a todos”. El imán respondió: “Yo no iré con vosotros”. Así que todos lo dejamos y nos marchamos. El imán partió solo. Al enterarse de que estaba solo, las mujeres salieron de sus casas. Muchos hombres destacados lo acompañaron. Regresó a la ciudad con tres o cuatrocientos devotos, como un rey. Nosotros, en cambio, volvimos a nuestras casas después de perderlo todo a manos de una banda de saqueadores».
Ibn Taymiyya regresó de la corte de Gazán con gran honor. Obtuvo por escrito un salvoconducto para los habitantes de la ciudad y liberó a los musulmanes que los tártaros habían tomado prisioneros. Había escuchado muchas historias sobre la barbarie de los tártaros y también había presenciado muchas con sus propios ojos, pero nada de ello pudo alterarlo lo más mínimo. No sintió temor alguno al hablar cara a cara con el emperador tártaro ni al desplazarse libremente entre las tropas tártaras. Solía decir: «Solo quien tiene una enfermedad en el corazón puede temer a otro que no sea Allah».
La violación del pacto y la persecución por parte de los tártaros
Aunque el imán había conseguido por escrito un salvoconducto, los habitantes de la ciudad no se sentían tranquilos. Lo que temían se hizo realidad. En pocos días desapareció la paz de sus corazones. Los tártaros no habían entrado en la ciudad, pero permanecían acampados en sus alrededores. Fuera de las murallas, en las zonas suburbanas, continuaron sin freno sus saqueos y asesinatos. Para las hordas tártaras, una victoria parecía incompleta si no iba acompañada de asesinatos y saqueos, una costumbre arraigada en ellas desde hacía mucho tiempo. Toda la zona exterior de la ciudad parecía, en verdad, un campo de batalla. Grupos de soldados tártaros armados irrumpían en las poblaciones. Entraban en las casas de los musulmanes y golpeaban brutalmente a los dueños, atándoles las manos y los pies, para obligarlos a revelar los bienes ocultos. Agarraban a los niños y niñas pequeños y los estrellaban contra el suelo. Entre los gritos desgarradores y las súplicas de las mujeres, parecía que la tranquilidad de los musulmanes de Damasco se había marchado para siempre.
A causa del cerco y de la opresión tártara, se había interrumpido el suministro de los artículos de primera necesidad desde las zonas cercanas. Como consecuencia, los precios de los productos en el mercado parecían estar en llamas. Y, aunque se arrojara dinero, no se conseguía nada. Así, la gente empezó a morir de hambre. Además, los tártaros hicieron una exigencia inaudita a los habitantes: debían entregarles todos los caballos y las armas que hubiera en la ciudad. También debían sacar de sus escondites todo el dinero en efectivo que los habitantes hubieran ocultado y ponerlo en sus manos.
Enviaron a la ciudad a un tártaro recién convertido al islam, de origen turco, llamado Saifuddín Kubjук, después de nombrarlo nuevo gobernador. Kubjук continuó imponiendo una presión tras otra a los habitantes. Mientras tanto, el dominio tártaro sobre la ciudad quedó completamente establecido. Solo la fortaleza de Arzawash seguía erguida con independencia. Su gobernador no estaba dispuesto, bajo ninguna circunstancia, a someterse. El historiador Ibn Anisar escribió: fue la orden del imán Ibn Taymiyya la que infundió valor al gobernador de la fortaleza. El imán le había escrito: «Mientras quede intacto siquiera un ladrillo de la fortaleza, no depongas las armas. No abras sus puertas a los tártaros bajo ninguna circunstancia». El gobernador obedeció esta orden hasta el último momento. Por ello, los tártaros no pudieron apoderarse de la fortaleza.
La opresión y la crueldad de los soldados tártaros continuaron sin cesar. Capturaron a miles de hombres y mujeres musulmanes y los convirtieron en esclavos y siervas. Solo en el barrio de Salihiyya mataron a cuatrocientos musulmanes y arrestaron a casi cuatro mil, convirtiéndolos en esclavos y siervas; entre ellos había también muchas personas de familias nobles. Saquearon numerosas grandes bibliotecas y vendieron sus libros por sumas insignificantes, aunque valían millones.
Al ver aquella situación, Ibn Taymiyya decidió entrevistarse una vez más con Ghazán. El día 25 del mes de Rabi‘ al-Thani fue con su grupo a encontrarse con el sultán Ghazán. Sin embargo, después de esperar durante dos días, no le permitieron entrevistarse con el sultán. Entretanto, se difundió por Damasco la noticia de que los tártaros querían entrar ahora en la ciudad. Hasta entonces, las tropas tártaras habían levantado sus tiendas fuera de las murallas. Al enterarse los habitantes de que esta vez entrarían en la ciudad, se llenaron de miedo. Hasta entonces habían estado sentados contemplando el espectáculo ante la cacería del tigre; ahora parecía que este quería abalanzarse sobre su presa. Comenzó el alboroto en la ciudad. La gente quiso abandonarla y salir al exterior. Pero ¿adónde irían? Los tártaros los rodeaban por todos lados.
Los tártaros comenzaron a preparar la conquista de la fortaleza. Cavaron un foso alrededor de ella y colocaron catapultas para lanzar piedras contra las murallas y abrir brechas. La gente dejó de salir de sus casas, porque los tártaros capturaban a cualquiera que vieran en los caminos y lo obligaban a realizar trabajos forzados. Los hacían cavar el foso. Ibn Kathir escribió en su obra Al-Bidaya wa al-Nihaya: «Los caminos quedaron completamente desiertos. De vez en cuando se veía a una o dos personas por ellos. El número de fieles en la mezquita aljama disminuyó enormemente. En la oración del viernes, en la mezquita omeya —la mezquita aljama central—, apenas se llenaba una fila; quizá quedaban detrás dos o cuatro personas. Quien salía por una necesidad imperiosa se ponía también la ropa de los tártaros. Terminaba rápidamente su asunto y regresaba directamente a casa. Aun así, permanecía siempre en su corazón el temor: quién sabe, quizá ya no pudiera volver a casa».
Pero al final los tártaros no atacaron la fortaleza. Ghazán partió con su ejército hacia Irak. Dejó en Siria a su representante, bajo cuyo mando había sesenta mil soldados tártaros. Al marcharse dijo: «Dejo aquí a mi representante y a mi ejército; regresaré el próximo invierno. Entonces conquistaremos también Egipto, junto con Siria».
Después de la partida de Ghazán, el segundo emir tártaro, Bulay Jan, comenzó a saquear los alrededores de Damasco. En pocos días, las zonas densamente pobladas quedaron desoladas. Muchos niños y niñas musulmanes fueron convertidos en esclavos y siervas. También recaudó grandes cantidades de dinero de la ciudad de Damasco. Cuando la situación llegó a su punto extremo, el imán Ibn Taymiyya se presentó en el campamento de Bulay Jan. Habló con él sobre la liberación de los prisioneros y regresó llevando consigo a un gran número de cautivos liberados. Entre los liberados no solo había musulmanes; también había muchos no musulmanes.
Un día se anunció, por orden del gobernador de la fortaleza de Damasco, que el ejército egipcio avanzaba hacia Damasco para ayudar a Siria. Al día siguiente, Bulay Jan abandonó la ciudad con su ejército. Ya no se veía ni un solo tártaro en la ciudad. En aquel momento Damasco no tenía ningún gobernador o gobernante responsable. Las murallas de la ciudad se habían derrumbado en varios puntos a causa del ataque tártaro. El gobernador de la fortaleza de Arzawash ordenó a los habitantes que vigilaran las murallas durante la noche sin dormir. Al igual que los demás, Ibn Taymiyya pasó noche tras noche vigilando las murallas destruidas.
Aunque hasta el año 700 de la hégira una gran parte de los tártaros se había convertido al islam, la serie de guerras con los musulmanes no había terminado. Y tampoco era natural que terminara. Pues, setecientos años después del surgimiento del islam, la sociedad musulmana había llegado a un estado en el que los principios del islam y las virtudes superiores del carácter musulmán se habían deformado tan ampliamente que a una sociedad recién convertida al islam no le resultaba nada fácil sentirse atraída por ellos. Por eso se consideraban superiores a los musulmanes. Creían que los gobernantes musulmanes de aquel tiempo no tenían derecho a ejercer autoridad sobre los musulmanes. Al contrario, sostenían que la autoridad sobre todo el territorio musulmán correspondía exclusivamente a los tártaros. Esto demostraba la insuficiencia y la inmadurez religiosa y espiritual de los tártaros.
Su breve gobierno en Siria también puso de manifiesto esa insuficiencia e inmadurez religiosa. En aquel tiempo, el tártaro recién convertido al islam Saifuddín Kubjук era el gobernador de Damasco. Concedió una licencia ilimitada para el comercio de bebidas alcohólicas en la ciudad. Este era la mayor fuente de ingresos del Estado. El consumo de alcohol se extendió ampliamente por la ciudad. Se abrieron innumerables nuevas tabernas. Los habitantes no musulmanes de la ciudad desempeñaron un papel destacado en esta actividad.
Ibn Taymiyya en la eliminación de la irreligiosidad y la sedición
Después de que los tártaros abandonaron la ciudad, los musulmanes no consideraron necesario dejar intactas aquellas fuentes de pecado. Por otra parte, se estaba oyendo la noticia de que el ejército egipcio venía en ayuda de Damasco. En esas circunstancias, el valor de los musulmanes aumentaba cada vez más. Avanzaron y atacaron las tiendas de bebidas alcohólicas. El imán Ibn Taymiyya dirigió esta campaña. Recorrió toda la ciudad al frente de un gran grupo de sus discípulos y simpatizantes. Cada vez que veía una tienda de bebidas alcohólicas, entraba en ella con sus hombres. Rompían y arrojaban fuera todas las jarras, cántaros, vasijas, copas y barriles de vino. Vertían en las alcantarillas todo el vino de la tienda. Explicaban las normas del islam a los borrachos y maleantes que se encontraban allí, los hacían arrepentirse y, cuando era necesario, también los castigaban. Esta campaña del imán infundió una gran vitalidad en toda la ciudad.
En ausencia de los tártaros, los sirios se dispusieron a erradicar otra fitna. Esta fitna se encontraba en la zona fronteriza. En la frontera vivían algunas tribus ferozmente hostiles al islam y a los musulmanes. Eran principalmente cristianos y miembros de las sectas desviadas de los chiíes, como los batiníes, ismailíes, drusos y nusairíes. Cuando los tártaros entraron en Siria en el año 699 de la hégira, esas tribus desviadas cooperaron plenamente con ellos y lograron perjudicar a los musulmanes tanto como pudieron. Mientras el ejército musulmán, derrotado por los tártaros, huía cruzando la frontera, aquellas tribus persiguieron a los soldados musulmanes derrotados y desmoralizados, mataron a muchos de ellos, se apoderaron de sus armas y capturaron sus caballos. Hasta entonces, nunca se habían sometido al ejército musulmán. Tampoco habían estado dispuestas a aceptar la verdadera religión de Dios expuesta en el Corán y la Sunna, ni a vivir conforme al islam.
Una vez que Siria quedó libre de enemigos, ya no hubo ningún temor de peligro interno. En esas circunstancias, el imán Ibn Taymiyya consideró que era necesario someter a aquellas tribus fronterizas desviadas, enemigas perpetuas del islam y de los musulmanes, y enseñarles la religión. En realidad, en aquel momento no existía en la ciudad de Damasco nada que pudiera llamarse administración gubernamental. Por ello, el imán Ibn Taymiyya y sus hombres podían emprender diversas acciones a su voluntad. Oyeron que el ayudante del sultán de Egipto, Jamal al-Din Aqush, avanzaba hacia la zona montañosa de la frontera con algunos soldados. El imán no consideró prudente dejar pasar aquella oportunidad. Se reunió con Jamal al-Din al frente de un gran ejército de habitantes combatientes y voluntarios de la región de Huan. Al enterarse de la llegada del ayudante del sultán de Egipto, las tribus desviadas comenzaron a presentarse ante Ibn Taymiyya en grupos. El imán los hizo arrepentirse y les enseñó el islam verdadero. Esto produjo muchos beneficios. Prometieron devolver todo lo que anteriormente habían arrebatado a los soldados musulmanes. En nombre del Bayt al-Mal se les impuso por ello una suma considerable, y ellos asumieron la responsabilidad de pagarla.
El contexto de la época: el conocimiento y la práctica
El imán Taqi al-Din Ibn Taymiyya enriqueció el mundo islámico de los siglos VII y VIII de la hégira con una vitalidad extraordinaria. Nació en el año 661 de la hégira y murió en el 728. Su mayor contribución, durante sus 67 años de vida, fue provocar una revolución efectiva y trascendental en el pensamiento y la acción de la sociedad musulmana moribunda. Aunque durante su vida cambió la naturaleza de las invasiones tártaras, su intensidad no disminuyó. La devastación causada por aquellas invasiones avanzaba al mismo ritmo. La única diferencia era que, para entonces, los tártaros se habían convertido al islam.
Nació apenas cinco años después de la destrucción de Bagdad y tres años después de la entrada de los tártaros en Damasco. Por tanto, puede decirse con naturalidad que, apenas comenzó a desarrollar su razón y su comprensión, vio a su alrededor familias afligidas devastadas por las invasiones tártaras. Las imágenes de los musulmanes angustiados y desesperados influyeron profundamente en su espíritu sensible. A los siete años presenció con sus propios ojos el horror de la invasión tártara. Los tártaros atacaron su propia ciudad, Harrán. Para escapar de sus manos, su familia, como muchas otras familias de la ciudad, emprendió el camino hacia Damasco. A ambos lados del camino contempló la devastación causada por la invasión tártara: personas, árboles y animales quemados por el fuego; poblaciones reducidas a cenizas; ningún adulto sano en parte alguna, salvo los lisiados; y los campos de cultivo también devastados. En suma, era una muestra espantosa de destrucción. Su extraordinaria memoria conservó aquellas escenas de la infancia en lo más profundo de sus recuerdos. Por eso, más tarde, no retrocedió en absoluto a la hora de protestar contra la opresión de los tártaros. De pie frente al poderoso emperador tártaro Gazán, no se inmutó lo más mínimo al relatarle las injusticias cometidas por él y sus soldados. Incluso, cuando fue necesario, se lanzó personalmente con la espada contra los tártaros opresores.
La profunda desorganización y debilidad que las invasiones tártaras habían provocado en el aspecto externo de la sociedad musulmana eran enormes. Esto quedó claro en el análisis anterior. Ahora es necesario examinar cuál era la situación interna de la sociedad musulmana.
La decadencia del ilm al-kalam
El ilm al-kalam surgió para hacer frente a la filosofía griega. Su objetivo era eliminar la confusión y la debilidad que el estudio de la filosofía griega había provocado en la fe y la aqida de los musulmanes, y devolverles vigor y firmeza. Sin embargo, poco a poco, la naturaleza y los métodos de la filosofía penetraron en él, y el ilm al-kalam se convirtió en una filosofía religiosa. En su contenido, sus discusiones y sus métodos de argumentación, era enteramente semejante a la filosofía. Además, contenía discusiones irrelevantes cuya solución excedía la capacidad de la razón humana. Intentaba demostrar, con la ayuda de la razón, la esencia y los atributos de Dios, así como muchas otras cuestiones inaccesibles para la razón. En lugar de conformarse con las explicaciones de los profetas y mensajeros, aplicaba a su interpretación una capacidad intelectual humana débil y limitada. En vez de aclarar las cuestiones, este esfuerzo las hacía aún más complejas. El Corán describe la esencia y los atributos de Dios con un lenguaje tan sencillo y claro que a una persona común no le resulta difícil comprenderlos en absoluto. Este método descriptivo es el más sencillo para cualquier época y cualquier entorno. Una persona con cualquier nivel de capacidad intelectual puede conocer fácilmente el contenido esencial de estas cuestiones a partir del método descriptivo del Corán.
Pero, bajo la influencia de la filosofía, el ilm al-kalam había complicado esta cuestión sencilla. Había convertido lo claro en algo complejo. Al avanzar con el propósito de disipar las dudas, no hacía más que aumentarlas. Por ello, una gran parte de la umma musulmana nunca vio con buenos ojos este esfuerzo del ilm al-kalam y se opuso a él. En consecuencia, para cambiar esta situación se necesitaba una explicación correcta y clara del Corán y la Sunna: una explicación comprensible para todas las clases de personas, tanto las comunes como las intelectuales, y capaz de influir en todos. Puesto que su fe en el Corán y la Sunna era firme como una montaña, sus explicaciones y argumentos sobre el Corán, la Sunna y la esencia y los atributos de Dios debían ser convincentes y completos, de modo que desde el primer momento pudieran conquistar el corazón de los oyentes y los lectores.
La insolencia de los cristianos
Por otro lado, el cristianismo también había iniciado una nueva campaña contra el islam. Los cristianos comenzaron a promover un movimiento destinado a demostrar la superioridad y la veracidad de su religión, así como a difundir propaganda contra el islam. Sus sucesivas guerras de las Cruzadas y las numerosas comunidades cristianas de origen europeo que vivían en Siria, Palestina y Chipre les proporcionaban la fuerza para atreverse a desafiar a los musulmanes y al islam. Para enfrentarse a los musulmanes en el plano doctrinal, escribieron libros en los que atacaban la profecía de Muhammad y procuraban demostrar la superioridad de su propia religión.
También se necesitaba un erudito poderoso y un autor racionalista que respondiera a la propaganda anticristiana, a la insolencia y a las calumnias de los cristianos contra el islam. Era necesario que poseyera amplios conocimientos y una erudición profunda sobre el cristianismo y las demás religiones. Debía tener un conocimiento claro y preciso de la comparación entre las religiones y de la historia y el proceso de la alteración de los Libros revelados, para poder demostrar la superioridad y la veracidad del islam y presentar su invitación a los seguidores de otras religiones. En la época en que nació el imán Ibn Taymiyya, los musulmanes afrontaban en todo el mundo innumerables crisis externas e internas. No era fácil que una nación permaneciera aferrada a la verdad durante seiscientos o seiscientos cincuenta años. Por eso, incluso un período de cien años se considera muy largo. Después de seiscientos cincuenta años, se habían vuelto a presentar para los musulmanes las mismas circunstancias por las que, en el pasado, habían aparecido profetas y mensajeros entre otros pueblos. Pero la sucesión profética había llegado a su fin. En tales circunstancias, reformadores como Ibn Taymiyya asumieron la responsabilidad de revivificar la religión.
La fitna de los batiníes
Durante la segunda mitad del siglo VII de la hégira, la actividad de los batiníes se extendió ampliamente entre los musulmanes. Esta fitna nació bajo la influencia de la filosofía griega del siglo IV de la hégira. En el siglo V, el imán al-Ghazali —que Allah tenga misericordia de él— la combatió con todas sus fuerzas. Sin embargo, no pudo erradicarla. En el transcurso de ciento cincuenta años, la fitna volvió a actuar, con una enorme y terrible fuerza, para perjudicar a la comunidad islámica. En las creencias y enseñanzas religiosas de los batiníes se produjo una funesta amalgama de las creencias de los adoradores del fuego de Irán, las ideas de Platón y un espantoso interés político egoísta. Sus ramas ismailí, hashashí, drusa, nusairí y otras se mantuvieron siempre activas contra los musulmanes. Cada vez que un enemigo externo atacaba a los musulmanes o a los Estados musulmanes, ellos le prestaban ayuda. Más aún, la mayoría de las veces, sus propias actividades y conspiraciones daban a los enemigos externos el valor para atacar a los musulmanes.
Durante las guerras de las Cruzadas de los cristianos europeos en Siria y Palestina, ayudaron a los cruzados. Después de que los cruzados conquistaran Siria, concedieron precisamente a los batiníes el puesto de servidores y amigos de confianza, y también recompensaron su ayuda a nivel estatal. Más tarde, durante la reconquista de Siria por los sultanes mamelucos y también bajo los sultanes ayubíes, continuaron siempre envueltos en conspiraciones y rebeliones. Cuando los tártaros invadieron Siria en el siglo VIII, los ayudaron abiertamente. Como resultado, los musulmanes sufrieron pérdidas terribles.
Al examinar la historia del islam, se observa que los batiníes se dedicaron constantemente a provocar anarquía y desorden religioso entre los musulmanes, debilitar su confianza en el islam, hacer que sus corazones se rebelaran contra él y difundir entre ellos creencias contrarias al islam. Siempre se dedicaron al espionaje para entregar la fortaleza religiosa de los musulmanes a manos del enemigo.
En el siglo V de la hégira, el imán al-Ghazali —que Allah tenga misericordia de él— había enfrentado esta fitna en el plano teórico. Pero al llegar el siglo VIII, ya no bastaba con combatirla teóricamente; era necesario, además, erradicarla y eliminarla en la práctica, para liberar para siempre a la comunidad islámica de sus garras.
La expansión del sufismo desviado y del shirk
En aquella época se extendió otra fitna entre los seguidores del tasawwuf. Al entrar en contacto, en distintas etapas de la historia, con las ideas y prácticas de diversos pueblos y, al mismo tiempo, alejarse del pensamiento y la práctica islámicos originales, se infiltraron entre los musulmanes las filosofías griega, iluminista, vedanta y budista del nirvana absoluto. Tras varios siglos de difusión y arraigo, estas ideas se infiltraron sutilmente en diversas áreas de la doctrina islámica. No era nada fácil identificarlas y filtrarlas para extraerlas de allí. El neoplatonismo, el yoga, el advaita, el panteísmo, la delimitación de los ámbitos del conocimiento manifiesto y oculto, la transmisión secreta del conocimiento del pecho de una persona al de otra, la idea de que el perfecto pir o murshid y el majdhub enloquecido de amor por Allah no necesitan observar las formalidades de la sharía, y otras creencias e ideas politeístas se habían infiltrado en una gran parte de los seguidores del tasawwuf. Desde la práctica de los compañeros honorables y de los tabi‘in había continuado una corriente de tasawwuf islámico puro. Pero, al llegar gradualmente al siglo VIII de la hégira, la basura se mezcló de tal manera con su práctica transparente que incluso un gran grupo de la gente del conocimiento comenzó a sentirse honrado por beber el agua que había lavado aquella basura. Como consecuencia, no cabe duda de que una gran parte del pueblo musulmán también cayó en este desvío al seguirlos.
Además, debido a la convivencia prolongada con los no musulmanes, a las influencias persas y a la negligencia de los ulemas honorables, entre la población musulmana se extendieron muchas clases de creencias y prácticas politeístas. En diversos ámbitos, la pura unicidad de Allah estuvo a punto de quedar cubierta. Los musulmanes comenzaron también a exagerar, como los no musulmanes, respecto de los amigos de Allah y de Sus siervos piadosos. No solo los musulmanes comunes, sino incluso muchos eruditos, no vacilaban en absoluto en implorar a los siervos piadosos fallecidos de Allah, acudir a sus mausoleos para obtener lo que deseaban en su corazón y dirigirles súplicas. Los musulmanes asistían a las fiestas, celebraciones religiosas y ceremonias de los no musulmanes, participaban en ellas y también practicaban muchas de sus propias ceremonias.
Para combatir toda esta ignorancia politeísta y llamar a los musulmanes con plena firmeza hacia la unicidad pura, hacía falta un erudito muyahid y valeroso que conociera claramente la diferencia entre el tawhid y el shirk; que estuviera plenamente familiarizado con todas las formas de la ignorancia; que, cualquiera que fuese la apariencia o el ropaje con que esta se presentara, pudiera reconocerla sin tardar siquiera un instante; y que hubiera conocido y adoptado el tawhid puro no de los libros de los ulemas, de las prácticas de los musulmanes ignorantes ni de las costumbres establecidas de la época, sino directamente del Corán y la Sunna, así como de la práctica y la vida de los compañeros y los tabi‘in. Después de conocer la doctrina y la práctica correctas, no temía, al proclamarlas, ni la mirada amenazante de ningún gobernante ni la oposición, semejante a una montaña, de las grandes masas.
La debilidad de los ulemas
Asimismo, en la época de la aparición del imán Ibn Taymiyya, la mayor debilidad de la comunidad islámica se manifestaba entre los ulemas. Entre los ulemas y en las instituciones de enseñanza religiosa se había instalado una especie de apatía y estancamiento. Consideraban ilícito hacer cualquier cosa que se saliera de sus métodos jurídicos, sus madhhabs y las concepciones jurídicas de sus propios imanes. En lugar de evaluar el fiqh a la luz del Corán y el hadiz, analizaban y juzgaban el Corán y el hadiz desde la perspectiva de su propio fiqh. Cuando surgían diferencias jurídicas, en vez de conceder al Corán y al hadiz la posición de jueces, se intentaba en toda circunstancia hacer que el Corán y el hadiz concordaran con ellos. (Sin embargo, en el Corán se declara claramente: *******árabe******; es decir, cuando discrepéis sobre algún asunto, [recurrid] al Libro de Allah y ???). En la sociedad islámica habían surgido muchos problemas nuevos que requerían un nuevo iytihad para ser resueltos. Pero ellos no prestaban atención a esto. Se consideraban incapaces. En este ámbito hacía falta un erudito profundamente versado en el Corán, el hadiz y el fiqh, y dotado de capacidad para el iytihad.
El cultivo del conocimiento y las limitaciones de los madhhabs
El islam no se limitó a permitir y fomentar la búsqueda del conocimiento, sino que consideró su cultivo una obligación para los musulmanes. Incluso en medio del ascenso y la caída de las dinastías, de los cambios en el poder político, de las grandes revoluciones políticas y de las guerras, la búsqueda del conocimiento entre los musulmanes nunca se detuvo. Incluso durante la gran anarquía y las guerras que se extendieron por todo el mundo islámico hacia el final del califato de los Rashidun y hasta antes de que la dinastía omeya alcanzara estabilidad, un grupo de personas se consagró al cultivo del conocimiento. La recopilación de hadices, las clases de hadiz, los debates de fiqh, la redacción de obras de hadiz y fiqh, la gramática árabe, la sira, la historia y la ciencia de las narraciones, así como la composición de libros, continuaron con normalidad.
Al llegar al siglo VII de la Hégira, el cultivo del conocimiento había alcanzado una gran amplitud. Los gobernantes siempre apoyaban la búsqueda del conocimiento. Los sultanes ayubíes y mamelucos fundaron grandes mezquitas universitarias y dar al-hadiz en Egipto y Siria. Innumerables estudiantes llegaban a estos centros de enseñanza y universidades desde distintas regiones del mundo islámico para estudiar. Junto a estas instituciones también se crearon grandes bibliotecas. En ellas se reunía una enorme cantidad de libros de todas las disciplinas y ciencias. Eruditos, estudiantes y profesores por igual podían beneficiarse de estas bibliotecas. Algunas eran tan grandes que se consideraba que en ellas se habían reunido los libros de todo el mundo. Entre ellas, la biblioteca de la Yamia Kamelia, fundada en 621 de la Hégira por al-Kamil Muhammad Ayubí, contaba con cien mil libros.
Durante los siglos VII y VIII de la Hégira aparecieron muchos grandes eruditos de fama mundial. El gran sabio Taqi al-Din Abu Amr Ibn al-Salah (577-634 h.), el shayj al-islam Izz al-Din ibn Abd al-Salam (578-660 h.), el imán Muhyi al-Din al-Nawawi (631-676 h.), el shayj al-islam Taqi al-Din ibn Daqiq al-Id (625-702 h.), el gran sabio Ala al-Din al-Baji (631-712 h.), el gran sabio Yamal al-Din Abu al-Hayyay al-Mizzi (654-742 h.), el hafiz Ilm al-Din al-Barzali (665-739 h.) y el gran sabio Shams al-Din al-Dhahabi (673-748 h.), entre otros eruditos, juristas, expertos en hadiz, filósofos y especialistas en kalam de renombre mundial, dieron distinción a esta época. Las mejores obras de este periodo fueron escritas por ellos y por los grandes sabios de su tiempo.
Entre las obras más célebres de esta época alcanzaron gran popularidad la Muqaddima del gran sabio Ibn al-Salah; al-Qawaid al-Kubra del shayj Izz al-Din ibn Abd al-Salam; al-Maymu y Sharh Muslim del imán al-Nawawi; Kitab al-Imam y Ahkam al-Ahkam, comentario de Umdat al-Ahkam, de Ibn Daqiq al-Id; Tahdhib al-Kamal, de Abu al-Hayyay al-Mizzi; y Mizan al-Itidal y Tarij al-Islam, del gran sabio al-Dhahabi.
Sin embargo, sobre el conocimiento de esta época puede afirmarse claramente algo: el cultivo del conocimiento tenía mucha amplitud, pero en comparación su profundidad era muy escasa. En lugar del pensamiento profundo y la investigación, predominaba la tendencia a recopilar el conocimiento de los antiguos y explicarlo. No tenían capacidad para salir de los cuatro muros del poderoso edificio que para entonces se había levantado en torno a los madhhabs jurídicos. Los cuatro madhhabs eran aceptados verbalmente como la única verdad, pero en la práctica cada seguidor de un madhhab consideraba que solo el suyo era la verdad infalible. Dudaban en admitir que pudiera haber verdad pura en otro madhhab. Como máximo, pensaban lo siguiente: el iytihad realizado por nuestro imán es completamente verdadero e infalible, aunque existe la posibilidad de que contenga algún error.
Esta era la actitud de los seguidores de los madhhabs hacia el suyo y hacia los demás. Consideraban su propio madhhab superior a todos los demás madhhabs jurídicos y creían que contaba con el apoyo de Allah. Para demostrar la verdad y superioridad de su madhhab, empleaban todas sus capacidades, aptitudes, facultades intelectuales y habilidad literaria. La perspectiva con que los seguidores de los madhhabs contemplaban el suyo, la posición tan elevada que le otorgaban y la idea que tenían de él pueden deducirse fácilmente de una reforma administrativa del sultán al-Malik al-Zahir Baybars. Según las disposiciones administrativas anteriores, en Egipto y Siria solo se nombraba a un qadi al-qudat shafií (juez supremo). El sultán Baybars nombró también en su lugar a qadis al-qudat de los otros tres madhhabs, lo que provocó una gran indignación entre los ulemas shafiíes. Expresaron su descontento. Querían que Egipto estuviera sometido únicamente a un qadi al-qudat shafií. Consideraban que el madhhab shafií era el más antiguo de Egipto y que en la tierra de ese país también se encontraba la tumba del imán al-Shafií, que Allah tenga misericordia de él. Por ello, creían que en ese país solo el madhhab shafií tenía un derecho legítimo. Así, cuando tras la muerte de Baybars el poder pasó de manos de su dinastía, los ulemas shafiíes señalaron ese hecho como un castigo divino por la injusticia y el trato inicuo de Baybars hacia el madhhab shafií.
Al mismo tiempo que se producía este extremismo en el ámbito de los madhhabs jurídicos, continuaba también el enfrentamiento entre los teólogos del kalam. En este campo, la disputa entre los hanbalíes y los ash’aríes había llegado a su punto culminante. A pesar de sus numerosas diferencias, los seguidores de los madhhabs jurídicos no habían reducido sus relaciones mutuas ni el intercambio de beneficios entre ellos. Más aún, muchos mantenían relaciones de maestro y discípulo. Por eso existía allí una oportunidad para el respeto mutuo. Debatían entre sí, pero sus debates se limitaban a demostrar la superioridad y la verdad de su propio madhhab. En cambio, la disputa entre hanbalíes y ash’aríes llegaba hasta la frontera entre la incredulidad y el islam. Se esforzaban al máximo por expulsarse mutuamente del islam. Cuando se debate sobre la doctrina y la fe empleando la retórica grandilocuente de la lógica y el kalam, no hay más remedio que llevar la discusión hasta la frontera entre el islam y la incredulidad. Poco a poco, los gobernantes y el pueblo comenzaron a verse envueltos en estos debates y empezaron a disfrutar considerablemente de ellos.
Por otro lado, la situación del sufismo era aún más grave. En él se habían infiltrado numerosas ideas, corrientes de pensamiento y métodos no islámicos. Innumerables sufíes profesionales, ignorantes e innovadores se habían asentado firmemente en esta vía. Junto con la gente común, una gran parte de la clase instruida también cayó en las garras de sufíes impostores y ajenos al islam. De este modo, la religión y la fe de los musulmanes se enfrentaron a un enorme peligro. Un grupo de filósofos, traspasando las enseñanzas y los límites de la revelación y la profecía, se entregó a seguir el pensamiento independiente. Otro grupo intentó convertir la religión en un apéndice de la filosofía. Ambos grupos de filósofos eran seguidores ciegos de Platón y Aristóteles. En medio de esta situación, el imán Ibn Taymiyya avanzó llevando en sus manos la brillante antorcha de la fe, el conocimiento y las obras.
Situación política y social
En el siglo VIII de la Hégira, la comunidad musulmana se hallaba aquejada, tanto interna como externamente, por problemas de tal magnitud que necesitaba un reformador poderoso, un mujaddid y un hombre de yihad que la rescatara de ellos. Dios Altísimo envió al imán Ibn Taymiyya —que Dios tenga misericordia de él— dotado de todas las cualidades necesarias para guiar hacia el verdadero islam a aquella sociedad musulmana confundida y afligida por esos problemas.
Para comprender las actividades de reforma religiosa de Ibn Taymiyya, es absolutamente indispensable examinar la situación política de su época. Ya se ha descrito anteriormente, aunque de manera sucinta, la invasión y la devastación de los tártaros. Ahora es necesario conocer un poco la situación política de la región del mundo islámico donde nació y donde se extendió el ámbito de sus actividades. Trece años antes del nacimiento de Ibn Taymiyya comenzó el dominio de los sultanes mamelucos sobre Egipto y Siria. Estos sultanes mamelucos eran esclavos turcos de al-Malik al-Salih Najm al-Din Ayyub (f. 647 de la Hégira), el último sultán de la dinastía del sultán Salah al-Din Ayyubi. Después de que demostraran su valor y lealtad, el sultán Najm al-Din Ayyub les permitió establecerse en Egipto. Tras la muerte de al-Malik al-Salih en 647 de la Hégira, Turan Shah lo mató, ocupó el trono y adoptó el nombre de al-Malik al-Mu’izz. En 657 de la Hégira, Sayf al-Din Qatir, esclavo de Izz al-Din Aybak, se apoderó del trono. Este sultán musulmán fue el primero en derrotar a los tártaros, considerados invencibles. Al año siguiente, Rukn al-Din Baybars, el segundo esclavo del sultán Najm al-Din Ayyub, mató a Sayf al-Din Qatir y ocupó el trono. Adoptó el título de al-Malik al-Zahir. Baybars fue un sultán sumamente poderoso. Luchó al mismo tiempo contra los tártaros y los cruzados, y derrotó a ambos. Los venció repetidamente. Además, su victoria contra los dos grandes enemigos del mundo islámico consolidó firmemente su autoridad entre los musulmanes.
Fue durante su gobierno cuando el imán Ibn Taymiyya nació en Siria. Cuando el imán tenía quince años, murió al-Malik al-Zahir Rukn al-Din Baybars. El imán se encontraba entonces a punto de pasar de la adolescencia a la juventud. Durante su infancia había contemplado por todas partes la desesperanza y la humillación de la derrota; al llegar a la juventud, las nubes de la desesperanza comenzaron a disiparse. Así como el gran sultán Salah al-Din Ayyubi había quebrado la inercia de una comunidad abatida y había llevado a los musulmanes a una yihad total contra los cruzados, creando una nueva oleada de vida en el mundo islámico, al-Malik al-Zahir Baybars volvió a infundir vida en el corazón de una comunidad paralizada y exhausta. Por todas partes se creó un ambiente de yihad contra los tártaros y los cruzados. El historiador Ibn Kathir escribió sobre el sultán: «Baybars era un rey valiente, de aguda inteligencia y dotado de una elevada y firme determinación. Nunca permanecía desprevenido frente a sus enemigos; siempre estaba enfrascado en la lucha contra ellos. Organizó y unió a los musulmanes dispersos y desordenados. A decir verdad, Dios Altísimo lo había enviado en esta época final para ayudar y apoyar al islam y a los musulmanes, y para fortalecerlos. Era como una espina clavada en los ojos de los francos, los tártaros y los politeístas. Prohibió el alcohol y expulsó del país a los impíos, libertinos, matones y maleantes. Cuando veía algún desastre o desorden en cualquier lugar del país, no podía estar tranquilo hasta haberlo eliminado».
El reino de al-Malik al-Zahir Baybars era muy extenso. Su frontera oriental llegaba hasta el río Éufrates y su límite meridional hasta Sudán. Egipto era la región central de este reino, y El Cairo, su capital. La importancia de El Cairo había aumentado aún más en esa época debido a la presencia allí de los califas abasíes expulsados de Bagdad. Bagdad continuaba bajo el dominio de los tártaros. Permaneció bajo el poder de los no musulmanes hasta que el soberano tártaro de Bagdad aceptó el islam. Por otra parte, aunque los califas abasíes habían perdido la autoridad estatal, conservaban su autoridad espiritual sobre los musulmanes. Desde El Cairo continuaron ejerciendo esa autoridad espiritual sobre el mundo islámico.
Sin duda, Baybars fue un gran rey. Sin embargo, a pesar de sus innumerables virtudes y buenas obras, era un monarca autocrático. Por ello, mientras que, al devolver el espíritu de yihad a los musulmanes y obligar a los enemigos del islam a sufrir una derrota humillante, cumplió una gran responsabilidad, por otro lado, durante su gobierno también ocurrieron algunos actos de opresión y tiranía debido al sistema autocrático de gobierno. A pesar de todo ello, su época puede considerarse, en conjunto, una época del despertar de los musulmanes.
En 676 de la Hégira, después de reinar durante dieciocho años, murió el rey Baybars. Tras su muerte comenzaron de nuevo los tiempos difíciles para los musulmanes. En los treinta y tres años posteriores a su muerte, nueve sultanes ocuparon el trono de Egipto. El único de ellos que mostró cierta fortaleza fue al-Malik al-Mansur Sayf al-Din Qalawun. En 678 de la Hégira atacó a los tártaros y los obligó a sufrir una derrota humillante. También dirigió la yihad contra los cruzados. Ciento ochenta y cinco años después, arrebató Trípoli de manos de los cruzados. Reinó durante doce años con gran esplendor y magnificencia. Tras su muerte, en 689 de la Hégira, el trono de Egipto se convirtió en un juguete en manos de los ambiciosos del poder, y los reyes comenzaron a sucederse año tras año. Finalmente, en 709 de la Hégira, el hijo de al-Malik al-Mansur, al-Malik al-Nasir Qalawun, ocupó el trono por tercera vez. Esta vez su posición se consolidó. Gobernó durante treinta y dos años con autoridad absoluta.
El imán Ibn Taymiyya fue, en realidad, contemporáneo de este al-Malik al-Nasir Qalawun. Durante su gobierno, el imán inició sus actividades teóricas y reformadoras. Este sultán había hecho revivir, en cierta medida, la época de al-Malik al-Zahir Baybars. Al igual que Baybars, poseía muchas cualidades nobles. Volvió a despertar el espíritu de yihad entre los musulmanes y, al infligir a los tártaros una derrota humillante, añadió un capítulo glorioso a la historia del islam.
La influencia de los turcos y los tártaros en la sociedad
En el octavo siglo de la Hégira, la sociedad en la que el imán Taqiuddín Ibn Taymiyya —que Allah tenga misericordia de él— inició sus actividades reformadoras había experimentado muchos cambios en su carácter. La clase gobernante era turca. Los turcos se consideraban superiores a los árabes. En todos los asuntos se presentaban como distinguidos de la gente común. Su lengua era el turco. Solo utilizaban el árabe en la adoración y al comunicarse con los ulemas y la gente común.
Sin embargo, los gobernantes turcos respetaban a los eruditos y a los sufíes y seguían sus indicaciones. Mostraban interés en establecer mezquitas y madrasas. Al nombrar personas para cargos oficiales, no daban preferencia a ningún linaje ni clase. Pero, puesto que la clase gobernante era turca, naturalmente los turcos eran designados para las grandes responsabilidades militares y administrativas. Los turcos y los tártaros eran los grandes terratenientes y concesionarios de iqta.
Por otro lado, una gran parte de los habitantes de las ciudades era de origen tártaro. En las guerras que los reyes turcos, como Sayfuddín Tatar, Záhir Baybars y Ná siruddín Qalawun, libraron contra los tártaros, fueron capturados innumerables tártaros. Posteriormente, estos tártaros abrazaron el islam y se establecieron permanentemente en Siria y Egipto. Según los relatos de historiadores egipcios, en tiempos de Záhir Baybars había muchísimos tártaros en Egipto y Siria. Sus costumbres y hábitos se extendieron por todo el país. Aunque abrazaron el islam, conservaron muchas de sus propias costumbres y prácticas. Mantuvieron sus características nacionales. En realidad, que los nuevos musulmanes, después de abrazar el islam, abandonen por completo sus antiguas costumbres, sus rasgos culturales e incluso sus creencias paganas, y adopten el islam al cien por cien, dejando atrás todo lo de la yahiliyya, es algo raro en la historia. Naturalmente, esta fue una característica exclusiva de los nobles compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Después de abrazar el islam, reconstruyeron por completo su modo de vida, sus pensamientos, creencias y conducta conforme a las órdenes de Allah y de Su Mensajero. No tuvieron en cuenta en absoluto sus características nacionales y tribales. Hicieron únicamente lo que Allah y Su Mensajero ordenaron. Vivieron tal como Allah y Su Mensajero les indicaron. En sus vidas no coexistían el islam y la yahiliyya. Allí solo había islam, nada más que islam. La yahiliyya se había marchado de allí para siempre. Al contemplar su estado, parecía que habían renacido dentro del islam.
Sin embargo, no es nuestro propósito culpar a estos tártaros y turcos. La razón es que, cuando entraron en el islam, en la sociedad de aquel tiempo no existía un islam completo. En una sociedad donde no se había establecido un sistema completo de enseñanza y práctica islámicas, solo podía imaginarse que se recibiría a los recién llegados, se transformaría por completo su modo de vida, abandonarían espontáneamente todas sus creencias, convicciones, rasgos nacionales y costumbres, y se convertirían en musulmanes puros. En la realidad, encontrar un ejemplo de ello era absolutamente imposible. Por eso se observa que en la vida de estos musulmanes de origen turco y tártaro coexistían el islam y la yahiliyya. Más tarde, la influencia perniciosa y dañina de esto se hizo claramente visible en la historia del islam mundial. El historiador al-Maqrizi escribió sobre los musulmanes tártaros: «Estos tártaros habían recibido su educación en Dar al-Islam. Habían aprendido bien el Corán y también habían estudiado minuciosamente las normas y leyes del islam. Pero sus vidas eran una mezcla de lo verdadero y lo falso. Así como había cosas buenas, también había junto a ellas cosas malas. Encomendaban al cadí sus asuntos religiosos, como la oración, el ayuno, el zakat, el hayy, los legados piadosos, los asuntos de los huérfanos, las disputas entre esposos y las controversias relativas a deudas. Pero, en sus asuntos personales y privados, seguían las costumbres y tradiciones gengisíes y la as-Siyasa (la ley tártara). Nombraban para sí a un gobernante llamado háyib. Estos háyib tomaban decisiones sobre sus asuntos cotidianos, obligaban a los poderosos a observar la disciplina y la ley, y, conforme a la as-Siyasa, concedían sus derechos a los débiles. Del mismo modo, las cuestiones relativas a los grandes comerciantes tártaros se resolvían según la as-Siyasa. En las disputas sobre concesiones de iqta y tierras, también juzgaban mediante este tipo de leyes». Era completamente natural que el carácter, la conducta, la cultura y el modo de vida de estos nuevos musulmanes persas y tártaros de origen turco influyeran en las poblaciones musulmanas de antiguo origen árabe y en otras comunidades musulmanas. Así como, a consecuencia de las Cruzadas, se produjo un encuentro y una mezcla de las civilizaciones y culturas asiática y europea, del mismo modo, tanto la condición de vencedores como la de vencidos de los tártaros abrió el camino a la mezcla de las culturas musulmana y tártara. Al igual que en el campo de batalla hay victoria y derrota, también las hay en el ámbito cultural, y cada uno adopta la influencia del otro.
La aceptación de esta influencia tártara no fue en absoluto beneficiosa para la sociedad musulmana. Especialmente, el intento de mantener, mediante la as-Siyasa, los asuntos personales fuera del ámbito de las normas islámicas solo aumentó los perjuicios sufridos por la sociedad musulmana de aquel tiempo. Pues, después del fin del Califato Rectamente Guiado, la administración central del Estado se dedicó a intentar liberarse de los vínculos de la religión. Setecientos años de gobierno monárquico y autocrático habían llevado muy lejos la separación entre la religión y el Estado. En ese tiempo, el sistema de la as-Siyasa de los tártaros aceleró aún más esta separación entre la religión y el Estado de los musulmanes. Por ello, la incorporación de los tártaros a la sociedad musulmana, por un lado, aumentó la fuerza política de los musulmanes, pero, por otro, incrementó sus perjuicios en el ámbito religioso. La cantidad de extravío en la sociedad islámica había aumentado. Para liberar a la sociedad islámica de este extravío, se volvió indispensable la necesidad de un muyaddid como el imán Taqiuddín Ibn Taymiyya.
El primer capítulo de la vida de lucha del imán
Linaje erudito
En el siglo VIII de la hégira, la importante función que el imán Taqi al-Din Ibn Taymiyya desempeñó en el renacimiento islámico de todo el mundo islámico también tuvo como fundamento la considerable contribución de su familia. Toda la familia puede considerarse una escuela de conocimiento. El cuarto antepasado de su familia fue su bisabuelo, Muhammad ibn al-Jidr. La madre de este Muhammad ibn al-Jidr se llamaba Taymiyya. Él era un orador extraordinario. En poco tiempo, su extraordinaria fama como orador hizo que la familia fuera conocida en todas partes como la familia Taymiyya.
El abuelo del jeque del islam Taqi al-Din Ahmad ibn Taymiyya, el erudito Abu al-Barakat Majd al-Din ibn Taymiyya, era considerado uno de los más grandes sabios de la escuela jurídica hanbalí. Algunos incluso lo mencionaron como mujtahid. El imán y hafiz al-Dhahabi, experto en la ciencia de los narradores de hadices, escribió en su obra Bīlā: «Majd al-Din ibn Taymiyya nació en el año 590 de la hégira. Primero estudió con su tío paterno, el célebre predicador y orador Fajr al-Din ibn Taymiyya. Después recibió una formación superior de los sabios y expertos en hadices de Harrán y Bagdad. Alcanzó un conocimiento completo del fiqh. En este campo puede decirse que ocupó la posición de un imán. Su extraordinaria inteligencia y su profunda erudición en fiqh eran conocidas en todas partes como un proverbio». En cierta ocasión, un sabio le hizo una pregunta de conocimiento. Él respondió que podía darse sesenta respuestas a aquella pregunta. Después fue ofreciendo sesenta respuestas, una tras otra. Murió en el año 652 de la hégira. Su obra más importante es Muntahā al-Ajbār. En ella mencionó los hadices relacionados con cada capítulo jurídico, sobre los cuales se habían establecido los fundamentos de la escuela jurídica. El gran sabio y experto en hadices del siglo XIII de la hégira, el erudito Muhammad ibn Ali al-Shawkani, escribió un comentario de esta obra, en doce volúmenes, titulado Nayl al-Awtar, consolidando así la profundidad de su contenido y su excelencia.
El padre del jeque del islam, el imán Ibn Taymiyya, Shihab al-Din Abd al-Halim ibn Taymiyya, también era un gran sabio, experto en hadices y jurista de la escuela hanbalí. Poco después de trasladarse de Harrán a Damasco, comenzó a impartir clases en la mezquita al-Umari de Damasco. Esta mezquita central de Damasco era el centro de los más grandes ulemas, juristas y expertos en hadices del país. Por ello, no era poca cosa impartir clases ante la presencia de los principales sabios del país. La particularidad de sus clases era que enseñaba oralmente. No tenía delante montones de libros. Dependía por completo de su memoria y citaba grandes obras. Su confianza en su propia memoria era extraordinaria. Al mismo tiempo, fue nombrado jeque de los hadices en la Dar al-Hadiz al-Askariyya de Damasco. Murió en el año 682 de la hégira.
Infancia y adolescencia
La región entre los ríos Tigris y Éufrates está dividida en dos partes. Las zonas de la parte meridional se conocen en árabe como al-Iraq al-Arabi. En ella se encuentran ciudades como Bagdad y Basora. Las zonas del norte aparecen mencionadas en la literatura árabe antigua con los nombres de Diyār Bakr, Diyār Rabīa y Diyār Mudar. Los geógrafos árabes llaman a esta región al-Yazira. Al norte limita con Armenia; al sur, con al-Iraq al-Arabi; al este, con Kurdistán; y al oeste, con Asia Menor y el desierto de Siria. En esta región se encuentra al-Ruha. Tras unas ocho horas de viaje hacia el sur de al-Ruha se llega a una ciudad llamada Harrán. Los antepasados del imán Ibn Taymiyya eran habitantes de esta ciudad. El imán Ibn Taymiyya nació allí el 10 de Rabi al-Awwal del año 661 de la hégira. Ya hemos narrado anteriormente el nacimiento del imán Taqi al-Din Ibn Taymiyya y cómo, durante su infancia, emigró con su familia a Damasco para escapar de la invasión de los tártaros. En aquel momento el imán solo tenía siete años. Los días de la invasión tártara estuvieron llenos de terror, ansiedad y espanto. Aunque la gente podía vender todas sus pertenencias, ellos no estaban dispuestos a vender la biblioteca familiar, la herencia intelectual acumulada por varias generaciones de la familia. Se sabe que todos los miembros de la familia estaban decididos a atravesar el camino llevando aquella enorme biblioteca sobre sus cabezas, si era necesario. Por ello, esta familia de eruditos dejó de lado muchos artículos necesarios para el hogar y comenzó a cargar los libros en carros. Varios carros se llenaron exclusivamente de libros. Entonces surgió un problema tras otro: faltaban burros o caballos para tirar de los carros. Casi todo el mundo estaba abandonando el país. Por consiguiente, todos necesitaban burros y caballos para transportar sus pertenencias. No era difícil imaginar que pronto habría una gran escasez de ellos.
Finalmente, la situación llegó al punto de que los jóvenes de la familia tuvieron que tirar de muchos carros cargados de libros en lugar de los burros y caballos. De vez en cuando, los hombres maduros y los ancianos también comenzaron a ayudarlos. La caravana avanzaba lentamente, por lo que quedó rezagada respecto a todos los demás. En cierto lugar se oyó que los tártaros habían llegado. Era necesario acelerar el paso de la caravana. Pero entonces apareció un nuevo problema: las ruedas de los carros de libros se detuvieron de repente. Ya no querían avanzar. Las ruedas eran muy antiguas y no tenían capacidad para recorrer una distancia tan grande. Aun así, por la misericordia de Allah, habían continuado hasta entonces. Pero ahora, pese a empujarlas miles de veces y tirar de ellas cientos de veces, ya no querían girar. Toda la familia comenzó a llorar y a suplicar a Allah en oración. Allah aceptó sus súplicas. Los carros volvieron a avanzar y la caravana prosiguió rápidamente.
Al llegar a Damasco, sus habitantes les dieron una cordial bienvenida. Los círculos eruditos de Damasco conocían la labor intelectual de Abu al-Barakat Majd al-Din ibn Taymiyya. La fama del conocimiento y la erudición de Shihab al-Din Abd al-Halim ibn Taymiyya tampoco era menor en Damasco. Al poco tiempo, el padre, Abd al-Halim, recibió la responsabilidad de impartir clases en la mezquita al-Umawi y enseñar en la Dar al-Hadiz al-Askariyya. Por ello, la familia Taymiyya no se consideró en absoluto extranjera en el nuevo entorno de la nueva ciudad. Pronto su vida recuperó la normalidad. El joven Ibn Taymiyya pronto completó la memorización del Noble Corán y se dedicó al estudio de los hadices, el fiqh y la lengua árabe. Al mismo tiempo, comenzó a asistir con su padre a diversas reuniones de estudio. Así, junto con su formación, se aceleraron también su cultivo del conocimiento y su desarrollo intelectual.
Todos los miembros de la familia del imán poseían una memoria extraordinaria. Ya he hablado de su padre y de su abuelo. Pero, en comparación con ellos, la memoria del imán Taqi al-Din Ibn Taymiyya era excepcional. Desde la infancia, su prodigiosa memoria asombraba a sus maestros. En Damasco, la gente hablaba continuamente de ella. En cierta ocasión, un famoso sabio de Alepo llegó a Damasco. Oyó hablar de la prodigiosa memoria de un muchacho de allí llamado Taqi al-Din Ahmad ibn Taymiyya. Para comprobar si aquello era cierto, se sentó en la tienda de un sastre, situada en el camino hacia la madrasa. Al cabo de un rato, vio que se acercaban muchos muchachos. El sastre le señaló al muchacho que llevaba bajo el brazo aquella gran tablilla y le dijo que era Ibn Taymiyya. El sabio llamó al muchacho, escribió en su tablilla el texto de trece o catorce hadices y le dijo: «Lee». El joven Ibn Taymiyya los leyó una vez con profunda atención. El sabio tomó la tablilla y le dijo: «Recítalos de memoria». Ibn Taymiyya los recitó con toda fluidez. Después de borrar la tablilla, escribió en ella un conjunto de cadenas de transmisión y le dijo: «Lee». Cuando terminó de leer, le pidió que las recitara de memoria. Esta vez también recitó las cadenas de transmisión con toda fluidez. El sabio de Alepo quedó asombrado y dijo: «Este muchacho realizará lo imposible, porque en la época en que ha nacido no se puede siquiera imaginar una memoria semejante».
Adquisición y cultivo del conocimiento
En el siglo VIII de la hégira, la responsabilidad que el imán Taqi al-Din Ahmad ibn Taymiyya asumió en el renacimiento islámico se fundamentaba en su vastísima erudición y su excepcional dominio de las ciencias religiosas. En este aspecto, puede decirse que era incomparable entre los ulemas y los círculos intelectuales de su época. Adquirió este conocimiento sin parangón mediante la educación, el ejercicio y el estudio. Los profetas y mensajeros reciben directamente el conocimiento de Allah. Por eso no tuvieron que recurrir a ningún libro ni maestro de este mundo. Sin embargo, todos los demás seres humanos deben adquirir el conocimiento en este mundo por medio de la educación y el ejercicio. La memoria y la inteligencia otorgadas por Allah solo ayudan a llenar el depósito del saber.
El imán Ibn Taymiyya ingresó en una institución educativa a los siete años y, a los veintidós, había completado su acervo de conocimientos. Además del Corán, el hadiz, el fiqh y los fundamentos, prestó especial atención a adquirir dominio de la lengua y la literatura árabes. Aprendió hadices de más de doscientos maestros. Su mayor interés se dirigía a la exégesis del Corán. Él mismo afirmó que, para dominar el conocimiento coránico, estudió más de cien obras de tafsir, grandes y pequeñas. Debido a su estudio del Noble Corán y a su profunda reflexión e investigación sobre él, Allah le abrió las puertas del conocimiento de sus profundos significados. No limitaba su afán de conocimiento a la lectura de las obras de tafsir, sino que también acudía a sus autores y ampliaba sus conocimientos mediante conversaciones directas con ellos.
Sobre el estudio del Corán, él mismo dijo: «A veces estudié hasta cien tafsires para comprender el significado interno de un versículo. Después de estudiar el tafsir, suplicaba a Allah: “¡Oh Allah, concédeme un conocimiento completo del significado de este versículo!”. Decía: “¡Oh maestro de Adán e Ibrahim, enséñame!”. Me dirigía a lugares desolados y a las mezquitas, apoyaba la frente en el suelo y decía: “¡Oh dador de conocimiento de Ibrahim, concédeme conocimiento!”». Además del Corán, el hadiz y el fiqh, adquirió también una profunda erudición en la ciencia del kalam. En aquella época, en la ciencia del kalam predominaba el estudio de la filosofía y la teología del imán Abu al-Hasan al-Ash‘ari. El imán Ibn Taymiyya y su familia eran seguidores del madhhab hanbalí. Entre los hanbalíes y los ash‘aríes existía una intensa oposición. En realidad, estudió a fondo la ciencia del kalam para obtener un conocimiento correcto de la filosofía y los métodos de argumentación de sus adversarios. Gracias a ello pudo comprender correctamente las debilidades internas del kalam, los deficientes métodos argumentativos de sus autores e incluso los errores de los filósofos griegos. Después de estudiar profundamente la ciencia del kalam, escribió contra todos sus errores y compuso varias obras en las que presentó argumentos y pruebas contundentes, de modo que los escritores y filósofos contemporáneos fueron incapaces de responderlas.
En resumen, sostenemos que Ibn Taymiyya, además de representar fielmente el Corán y la Sunna en su época y demostrar la superioridad y la veracidad de la religión de Allah, se preparó ampliamente para proteger a la gente de la desviación en el conocimiento y la práctica religiosa, tal como exigía aquel capítulo de la historia. Adquirió plena capacidad para hacer frente al caos que había surgido en el ámbito del pensamiento y del conocimiento de la gente de su tiempo. En su conocimiento y en sus obras no había rigidez ni mezcla alguna; todo era claro y puro. Por lo general, cuando una persona especialmente versada en alguna disciplina debatía con él sobre esa materia, regresaba habiendo adquirido de él algún conocimiento nuevo relacionado con ella. Uno de sus célebres adversarios, el erudito Kamal al-Din al-Zamalkani, al comentar su dominio de las distintas ramas del conocimiento, dijo que jamás se había visto que perdiera un debate con alguien. Cuando debatía con alguien sobre un asunto, se comprobaba que incluso hacía ceder a los especialistas de ese campo.
Después de dedicar veintidós años a adquirir conocimientos, se entregó a la tarea de difundirlos. Cuando tenía veintidós años, falleció su ilustre padre, Shihab al-Din Abd al-Halim ibn Taymiyya (682 H). Era el principal muhaddiz de la principal dar al-hadiz de Damasco, la As-Siqariyya. Con su muerte, el cargo quedó vacante. Al año siguiente, su capaz hijo, el imán Taqi al-Din Ibn Taymiyya, ocupó el puesto. A los veintidós años impartió su primera lección de hadiz. A aquella lección asistieron los principales muhaddices y ulemas del país. El conocimiento y la erudición del joven sabio fascinaron y maravillaron a todos. Un mes después, en viernes, fue encargado de impartir la exégesis del Corán en la principal mezquita de la ciudad, la Yami Umubi, ocupando el puesto vacante de su padre. Se construyó especialmente para él un minbar. Semana tras semana, la popularidad de su tafsir fue creciendo. En su exégesis del Corán exponía también todos los problemas de su época y sus soluciones coránicas. Al mismo tiempo, su piedad personal, la firmeza de su fe y su rectitud influyeron enormemente en la gente. Por entonces, su fama comenzó a extenderse por todas partes.
La primera campaña contra la injusticia
En el año 693 de la hégira, un incidente desagradable lo obligó por primera vez a entrar en acción. En aquel momento, varias personas testificaron que un cristiano llamado Asaf había pronunciado palabras ofensivas contra el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Después de cometer este acto injusto, se había refugiado junto a un árabe. Al enterarse de ello, el imán Ibn Taymiyya y el shayj de la dar al-hadiz, Zayn al-Din al-Farqi, acudieron ante el gobernador Izz al-Din Ayyub, investigaron el incidente y exigieron el castigo del culpable. El gobernador ordenó traer al acusado. Cuando la gente vio que Asaf llegaba acompañado de un árabe, comenzó a insultar al árabe. Este dijo: «Este cristiano es mejor que vosotros». Al oírlo, la multitud se enfureció y empezó a lanzarles piedras. En un instante se produjo un gran tumulto. El gobernador consideró responsables al imán y a su compañero, y los arrojó a la cárcel.
Impresionado por lo repentino del incidente y por el dramático cambio de la situación, el cristiano abrazó el islam. El gobernador garantizó su seguridad, y después, al comprender su propio error, liberó al imán y a su compañero de la prisión y les pidió perdón. La popularidad del imán aumentó aún más.
La alianza contra los grupos interesados
Hacia finales del siglo VII de la Hégira, entre los grupos de intereses creados comenzó a acumularse gradualmente el descontento contra las actividades reformadoras que el imán Taqi al-Din Ahmad ibn Taymiyya había iniciado. El imán exhortaba a la gente directamente al Corán, la Sunna y las prácticas de los compañeros y los tabi‘in. Sin embargo, aquellos grupos de intereses establecidos estaban guiando a la gente hacia sus propias ideas inventadas y sus actividades vinculadas a sus intereses. La popularidad del imán crecía rápidamente entre la gente común y en los círculos eruditos. A los ojos de los defensores de los intereses creados, esto era como una espina clavada. En el año 698 de la Hégira, ese sector inició por primera vez su oposición contra el imán. Los opositores atacaron tanto sus ideas como su persona.
La familia de Ibn Taymiyya no era en absoluto desconocida en Siria. Ya hemos hablado detalladamente de que su familia había sido célebre durante tres o cuatro generaciones en los círculos eruditos de Siria. Su padre había establecido firmemente su superioridad en toda Siria, y especialmente en Damasco. El propio imán también había sido reconocido como una destacada personalidad erudita. A pesar de ello, el bando opositor atacó sus aptitudes eruditas, sus conocimientos, sus creencias doctrinales y sus actividades. El imán escribió un tratado titulado al-‘Aqida al-Hamawiyya al-Kubra, con el que respondió a todas sus preguntas. En este tratado de cincuenta páginas presentó argumentos y pruebas directos basados en las palabras y las prácticas del Corán, la Sunna, los compañeros y los tabi‘in. Señaló las desviaciones de los filósofos musulmanes y de los mutakallimun influenciados por las filosofías griega, romana e india. Examinó debidamente sus ideas y declaraciones contrarias al Corán y la Sunna. Criticó con dureza sus declaraciones contrarias a la sharía.
Este tratado pareció hacer estallar con fuerza la hostilidad contenida del bando opositor. No pudieron soportar aquella manifestación franca de la verdad. Los grupos opositores se unieron y presentaron acusaciones contra él. Exigieron que compareciera ante la asamblea del cadí hanafí, el shayj Jalal al-Din, y que se defendiera respecto a su obra. Ibn Taymiyya rechazó su propuesta. En medio de esta disputa, el gobernador de la ciudad, el emir Sayf al-Din, tomó partido por el imán y convocó al bando opositor. Sin embargo, muchos de ellos se ocultaron. El viernes, después de concluir como de costumbre su tafsir en la mezquita al-Umawi, el imán acudió a la asamblea del cadí imam al-Din al-Shafi‘i. Un grupo de los principales sabios de la ciudad también se puso de su lado. Todos comenzaron a formularle diversas preguntas sobre el tratado al-‘Aqida al-Hamawiyya. El imán continuó respondiendo a sus preguntas. Sus respuestas fundamentadas dejaron a todos sin palabras. El imán regresó con aspecto de vencedor. Así, todas las artimañas del bando opositor quedaron anuladas y su oposición cesó por el momento.
Pero entre quienes se alzan contra la verdad y la justicia son pocos los sinceros. Quienes, con intención pura y únicamente por el bien de la religión, se oponen a algo legítimo pueden llegar, en algún momento, a comprender su error. Pero los grupos interesados y poderosos llevan los ojos vendados; sus corazones y sus mentes están sumergidos en el lodo podrido de un estanque. Allah Todopoderoso nunca les concede la capacidad de comprender y aceptar la verdad. Por eso, aunque la verdad se manifieste mil veces y, como la luz del día, disipe por completo la oscuridad de todos lados, los grupos interesados nunca logran percibirla. Así, aunque la oposición contra Ibn Taymiyya cesó temporalmente, volvió a acumularse en secreto. Pero precisamente en ese momento, debido a que la fitna tártara comenzó a levantar cabeza en Siria, ningún grupo tuvo durante mucho tiempo la oportunidad de avanzar de nuevo contra él.
Formación de un grupo para combatir la injusticia
Después de que Siria se librara de la invasión tártara en el año 702 de la Hégira, el imán Ibn Taymiyya reanudó sus actividades reformadoras. Continuó desempeñando con normalidad sus labores de enseñanza, tafsir y darস. Volvió a emprender campañas contra el shirk, la bid‘a y la jahiliyya. En aquella época, debido a la convivencia con cristianos y judíos, muchas creencias y enseñanzas contrarias al islam se extendieron entre los musulmanes. Los musulmanes se entregaron a muchas prácticas que reavivaban los recuerdos de la jahiliyya y que eran semejantes a las prácticas de los pueblos incrédulos y politeístas; de hecho, procedían de sus tradiciones y su cultura. A orillas del río Fulaṭ, en Damasco, había un altar. Sobre este altar circulaban extrañas historias milagrosas. Se había convertido en una fitna para los musulmanes ignorantes y supersticiosos. Los musulmanes acudían allí para hacer votos. En el año 704 de la Hégira, Ibn Taymiyya se presentó allí acompañado por un grupo de obreros y canteros. Con su ayuda, desmontó el altar, arrojó sus fragmentos al río y destruyó aquel centro de shirk y bid‘a. De este modo, los musulmanes quedaron libres de una gran fitna.
Comenzó a poner plenamente en práctica el hadiz del Mensajero de Allah sobre el yihad contra la injusticia. Este hadiz dice: «Si alguno de vosotros ve una acción contraria a la sharía, que la cambie con su fuerza. Quien no pueda emplear la fuerza, debe oponerse a ella y reformarla mediante la palabra. Y quien tampoco pueda hacerlo, debe conservar en su corazón la oposición y el odio hacia ella. Y eso es el iman más débil». De acuerdo con este hadiz, cada vez que veía una acción contraria a la sharía, actuaba contra ella según sus fuerzas y capacidades. Erigía una firme resistencia contra la injusticia. Se esforzaba por corregirla y ordenarla conforme a la sharía.
Los gobernantes estaban ocupados con sus responsabilidades administrativas. No sentían ninguna responsabilidad de reformar y cuidar las prácticas y las creencias de la gente. Muchas veces, los sabios vacilaban antes de enfrentarse a acciones claramente contrarias a la sharía. Por ello, Ibn Taymiyya continuó luchando solo contra ellas. Para ese fin, formó una jama‘a con sus estudiantes y partidarios. Esta jama‘a permanecía siempre con él y lo ayudaba en sus diversas tareas. Con su ayuda, intentaba regular la vida religiosa de la población.
En aquella época llevaron ante él a un anciano llamado al-Mujahid Ibrahim ibn al-Qattan. El anciano era conocido como un gran derviche sufí. Vestía una túnica larga y holgada, remendada con retales de diversos colores, propia de los faquires. En la cabeza llevaba largas rastas como las de los ascetas. Las uñas de sus manos medían varios centímetros. Su bigote era tan largo que le cubría todo el rostro. Insultaba a la menor ocasión. El consumo de bhang se había convertido en su hábito permanente. Por orden de Ibn Taymiyya, le cortaron la túnica en pedazos. Le recortaron el cabello y el bigote. Le cortaron las uñas y lo hicieron arrepentirse para que nunca más consumiera drogas. De este modo, también reformó personalmente a muchos otros descarriados y los condujo de nuevo al camino de la religión.
Lucha contra dos doctrinas desviadas
En el siglo VIII de la Hégira, dos doctrinas filosóficas cobraron gran fuerza entre los sufíes y filósofos musulmanes. El imán Ibn Taymiyya tuvo que librar una gran lucha contra estas dos doctrinas erróneas. Estas doctrinas son la wahdat al-wuyud y el hulul wa-l-ittihad. En la terminología filosófica de nuestro subcontinente, ambas doctrinas reciben los nombres de monismo y panteísmo. Más tarde, estas dos doctrinas también cobraron fuerza entre los sufíes del subcontinente. El Mujaddid Alf Sani, Hazrat Sayyid Ahmad Sirhindi, tuvo que entablar aquí una encarnizada lucha contra ellas. A este respecto, el imán Ibn Taymiyya escribió, citando la obra Fuṣūṣ al-Ḥikam de Muhy al-Din Ibn Arabi (fallecido en el año 638 de la Hégira), principal exponente del panteísmo y del monismo, que, según Ibn Arabi y sus seguidores, en este universo existe una sola entidad. La existencia de la creación es la existencia del Creador. Ellos no reconocen en este mundo la creación y al Creador como dos entidades distintas. No están dispuestos a aceptar que uno sea el creador del otro. Más bien, según ellos, el Creador es la creación y la creación es el Creador. Por eso sostienen que quienes de los hijos de Israel adoraron al becerro en realidad adoraban a Allah. Según ellos, la afirmación del faraón «Yo soy vuestro señor supremo» era correcta. Ibn Arabi, criticando al profeta Noé —la paz sea con él—, afirma que su pueblo incrédulo, mediante la adoración de los ídolos, en realidad adoraba a Allah, y que el diluvio de su época fue en realidad el diluvio del conocimiento de Dios. En aquel diluvio se ahogaron. Inmediatamente después de Ibn Arabi aparecieron varios grandes exponentes más de esta filosofía. Entre ellos destacan Ibn Sab’in, Sadr al-Din al-Qunawi, Balayani y Tilmissani. Tilmissani no se limitó a formular estas ideas, sino que también vivió de acuerdo con estos principios filosóficos. Por ello, él y sus seguidores bebían alcohol y cometían actos prohibidos. Pues, según su doctrina, si la existencia reside en una sola entidad, ¿por qué habría de existir una distinción entre lo lícito y lo ilícito? A Tilmissani se le dijo: «Sus afirmaciones son completamente contrarias al Corán». Él respondió: «El Corán está lleno de shirk esencial, porque establece una diferencia entre el Señor y los siervos. En cambio, en nuestras afirmaciones reside el tawhid esencial». También dijo que sus afirmaciones estaban demostradas mediante el kashf.
El imán Ibn Taymiyya consideraba que oponerse abiertamente a estas doctrinas de la wahdat al-wuyud y del hulul, influenciadas por el vedantismo indio y la doctrina budista del mahānirvāṇa, era tan importante como librar una guerra armada contra los tártaros. En este contexto, realizó un análisis teórico detallado de las doctrinas panteístas (panteísmo) de diversas comunidades cristianas y de todas las desviaciones de este tipo de las comunidades anteriores. Después examinó minuciosamente, a la luz del Corán y del hadiz, la doctrina de Ibn Arabi y sus discípulos.
La severa crítica de Ibn Taymiyya a estas doctrinas erróneas difundidas en nombre del islam lo convirtió en una espina clavada en el ojo de los grupos defensores de intereses establecidos. Un grupo de supuestos teóricos también se entregó a conspirar contra él. En cierto momento lograron obtener el apoyo del gobierno. Incitaron contra Ibn Taymiyya al gobernante de Egipto de aquel tiempo. En esa época, Siria y Egipto formaban parte de un mismo Estado. La capital estaba en El Cairo, Egipto. Siria era una provincia perteneciente a Egipto. La influencia del imán Ibn Taymiyya en los círculos eruditos de Siria era incontenible. Incluso el gobierno provincial valoraba sus opiniones y sus obras. Para la población musulmana de Siria era la niña de sus ojos. Por eso, cuando el gobierno se mostraba inactivo e indiferente ante la necesidad de impedir públicamente actos contrarios al islam y a la sharía, él a menudo intervenía con la ayuda de sus discípulos y de las masas populares. Detenía por la fuerza los actos contrarios a la sharía.
En las cárceles de Egipto
Esta era su situación en Siria. Pero la influencia de este tipo que ejercía sobre la población de Egipto aún no se había extendido. El gobierno central tampoco estaba plenamente informado acerca de él. Por ello, los conspiradores pudieron influir fácilmente en dicho gobierno. En algún mes del año 705 de la hégira, mediante un decreto real especial enviado desde Egipto, se ordenó al imán Ibn Taymiyya trasladarse a El Cairo. Los alumnos y amigos del imán se llenaron de temor. El gobernador trató de impedirlo. Asumió la responsabilidad de discutir detalladamente el asunto con el sultán por medio de cartas y mensajeros, y de corregir sus ideas equivocadas. Pero el imán no quería aceptar el favor de nadie. Dejando atrás el temor y la preocupación inconmensurables de todos, emprendió el camino hacia El Cairo. Llegó a Egipto el viernes 22 de Ramadán. Después de realizar la oración en la mezquita congregacional de la ciudadela, quiso comenzar a hablar, pero no se le concedió permiso. Allí mismo se incitó a la gente contra él. Se les dijo que sus ideas y su credo eran contrarios al islam. Por eso, la gente no estaba dispuesta a escuchar ninguna de sus palabras. Por orden del cadí Ibn Majluf al-Maliki, después de mantenerlo detenido durante varios días en la torre de la ciudadela, la noche del عيد fue enviado a la famosa prisión de Yubb —el Pozo— de Egipto.
La noche del عيد del año siguiente, 706 de la hégira, el gobernador y varios cadíes y alfaquíes intentaron conseguir la liberación del imán. Algunos de ellos condicionaron dicha liberación a que el imán se arrepintiera de su credo. Ibn Taymiyya se negó rotundamente. En relación con este asunto, lo llamaron seis veces para que acudiera a hablar personalmente, pero no respondió a la invitación. Cada vez dijo, como el profeta José: «Esta prisión me es más querida que aquello a lo que me invitan».
El objetivo del imán no era establecer su propia superioridad y grandeza; del mismo modo, liberar al gobierno de la influencia de los malos eruditos era uno de sus principales propósitos. Su aspiración vital consistía en purificar el pensamiento, el credo, la fe y las obras de los musulmanes de toda impureza del politeísmo, hacerlos resplandecer como la luz del sol naciente y liberar la religión de Allah de toda rigidez y confusión, para devolverle vitalidad y dinamismo. Por eso consideraba que salir de la prisión llevando cualquier mancha o deshonra sobre sí equivalía a manchar la religión.
No cabe duda de que este rasgo del carácter de Ibn Taymiyya ofrece abundante materia de reflexión a la comunidad de eruditos religiosos de nuestros días. Para evitar que surgiera cualquier confusión respecto a la religión, él mismo renunció a su felicidad personal, sus comodidades y su descanso. Estaba dispuesto a soportar el sufrimiento físico y mental en la oscura celda de la prisión, pero no estuvo dispuesto ni por un instante a tolerar ningún atentado contra la religión.
El compañero de prisión de Ibn Taymiyya fue su hermano, el shayj Sharaf al-Din Ibn Taymiyya. El shayj Sharaf al-Din dejó registrados detalladamente los acontecimientos de la prisión en su obra Majmua Ilmiyya. Gracias a ello conocemos la firmeza, la paciencia y la lucha inquebrantable del imán por la verdad y la justicia.
Un día, el jefe de la prisión acudió ante él en representación del lugarteniente del sultanato de Egipto. Quería hablar con el imán sobre su liberación. El imán le dijo que llevaba mucho tiempo encarcelado, pero que no sabía en absoluto cuáles eran los cargos contra él ni qué delito había cometido. Por tanto, si se quería tratar este asunto, debía acudir una delegación compuesta por al menos cuatro hombres responsables, instruidos y distinguidos, de los niveles superiores del gobierno. Ante ellos expondría su posición. De ese modo disminuiría la posibilidad de que sus palabras llegaran deformadas al sultán.
Al oír esto, el jefe de la prisión se marchó. Sin embargo, tampoco después llegó ninguna delegación. El jefe regresó, esta vez acompañado por un hombre llamado Ala al-Din Tabrizi. Ala al-Din Tabrizi quería obtener del imán una confesión de error. Había preparado por su cuenta un escrito y empezó a presionar al imán para que lo firmara. Contenía numerosas acusaciones falsas contra él y muchas afirmaciones que nunca había pronunciado y en las que no creía. El imán respondió: «No tengo autoridad para decidir sobre este asunto. Esto está relacionado con Allah, Su Mensajero y toda la comunidad musulmana. No tengo capacidad para introducir cambios en la religión de Allah. Tampoco puedo apartarme de la religión de Allah por causa de ustedes ni de ninguna otra persona. No soy capaz de cometer la maldad de atribuir ninguna falsedad a la religión de Allah».
Al ver la insistencia excesiva del representante del gobierno, el imán se reafirmó aún más. Le advirtió que aquella insistencia no serviría de nada. Por el contrario, le aconsejó que abandonara aquella tarea inútil y se ocupara de algún asunto provechoso que tuviera. Dijo: «No he pedido a nadie que solicite mi liberación de la prisión». En ese momento, la puerta superior estaba cerrada. El imán pidió que la abrieran y se dispuso a marcharse. Aun entonces dijo al representante del gobierno: «Yo no hablé por iniciativa propia sobre ningún asunto. Me llegaron consultas jurídicas y la gente me preguntó; yo respondí. Desde el punto de vista de la religión y de la ley sagrada, ¿tengo acaso derecho a ocultar la verdad? El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: “A quien se le pregunta acerca de un asunto de la religión que conoce y lo oculta, Allah le pondrá en la boca una brida de fuego el Día de la Resurrección”. Entonces, ¿debo dejar de responder correctamente a las preguntas de quienes buscan la verdad solo por lo que ustedes dicen?»
Después de que Tabrizi se marchara, el jefe de la prisión regresó. Esta vez dijo al imán que el lugarteniente del sultanato quería conocer por escrito su credo. Le pidió que escribiera en una hoja los aspectos de su credo. Ibn Taymiyya se negó a entregar nada por escrito y dijo: «Si ahora escribo algo, la gente dirá que Ibn Taymiyya ha cambiado su credo anterior». El imán continuó: «En Damasco también me pidieron por escrito que expusiera mi credo. Pero allí tampoco lo entregué. Presenté mis propias obras escritas. En ellas están expresados claramente mi pensamiento y mis palabras. El gobernador de Siria también envió esas declaraciones por correo al sultán. Sé que están en poder del sultán. Además, el credo no es algo que uno pueda inventar por cuenta propia. ¿Acaso voy a fabricar cada día un credo nuevo? Mi credo es el que ya he declarado y el que aparece en mis escritos y obras. Esos textos están en su poder; examínenlos».
El jefe de la prisión se marchó nuevamente y volvió otra vez. Esta vez dijo al imán: «Dé al menos algo por escrito; por ejemplo, una carta de perdón o una declaración de que no se enfrentará con nadie». El imán respondió: «Sí, eso podría hacerse. No es mi intención causar daño a nadie ni vengarme de nadie. Quiero escribir una carta de perdón para quienes me han oprimido, me han tratado injustamente y se han comportado mal conmigo. Pero, en realidad, no existe la costumbre de entregar estas cosas por escrito. Por eso considero suficiente expresarlo verbalmente».
Terminada la conversación con el jefe de la prisión, el imán regresó al interior de la cárcel. Allí vio que los presos se habían entregado a toda clase de juegos frívolos para distraerse. Unos jugaban a las cartas y otros estaban absortos en el ajedrez. No prestaban ninguna atención a la oración, y por afición al juego dejaban pasar las oraciones. El imán lo desaprobó. Atrajo a los presos hacia la oración, les expuso las claras instrucciones de Allah, los exhortó a realizar buenas obras, los hizo conscientes de sus pecados y les aconsejó pedir continuamente perdón a Allah por ellos. De este modo, en pocos días comenzó entre los presos tal actividad de aprendizaje religioso que toda la cárcel se convirtió en una madraza. Los empleados y los presos llegaron a amar de todo corazón a Ibn Taymiyya. El ambiente culto y saludable de la prisión hizo que los presos contemplaran la situación con nuevos ojos. La situación llegó a tal punto que, cuando muchos presos oyeron anunciar su liberación, ya no quisieron abandonar la cárcel. Pidieron permanecer algunos días más al servicio del Shayj al-Islam.
Cuatro meses después, en el mes de Safar del año 707 de la hégira, volvieron a realizarse esfuerzos para conseguir su liberación. El cadí Badr al-Din Ibn Yamaa lo visitó en la prisión. A pesar de una larga conversación, no logró convencer al imán de aceptar la liberación bajo las condiciones del gobierno. Finalmente, en el mes de Rabi al-Awwal, el emir Husam al-Din, invocando un juramento y asumiendo la responsabilidad personal, llevó al imán ante el lugarteniente del sultán. El emir Husam al-Din le pidió que permaneciera algún tiempo en Egipto. Asumió la responsabilidad de hacer todo lo posible para que los habitantes de Egipto conocieran correctamente su saber y su piedad, y pudieran ennoblecer sus vidas mediante la corriente de sus bendiciones.
Después de la liberación de la cárcel
Después de ser liberado de la cárcel, el imán Ibn Taymiyya —que Allah tenga misericordia de él— comenzó a relacionarse más estrechamente con la gente común de Egipto. El sultán le envió valiosos regalos y le concedió un título para honrarlo con dignidad real. Pero él no aceptó ninguna de esas cosas. Vio que tenía que enfrentarse con el Gobierno y la administración en distintos niveles. De ningún modo era apropiado que se vinculara a ningún favor de ellos. Por eso, en la medida de lo posible, también se mantuvo apartado de la influencia del aparato administrativo. En segundo lugar, perdonó a todos aquellos que hasta entonces habían conspirado contra él. Declaró con toda claridad que no tenía ninguna queja contra nadie.
En aquellos días, la influencia de la filosofía monista iba creciendo en Egipto. En particular, el célebre poeta sufí egipcio Abul Faray (fallecido en 632 de la Hégira) era uno de sus firmes defensores. Gracias a sus esfuerzos, esta doctrina, adornada con la belleza de la poesía, se estaba extendiendo ampliamente entre la gente común y la comunidad sufí. Un gran número de sufíes y shayjs de Egipto estaban influidos por ella. El imán Ibn Taymiyya comenzó a oponerse públicamente a esta doctrina desde el corazón de Egipto. Señaló que la corriente de la filosofía monista era completamente contraria al Corán y al hadiz, y que constituía una innovación de los sufíes posteriores y una imprudencia introducida en la religión. Elogió la aqida y las prácticas de sufíes como el honorable shayj Abd al-Qadir al-Yilani —que Allah tenga misericordia de él— y el shayj Adí ibn Musafir al-Umubi —que Allah tenga misericordia de él—, pero continuó criticando severamente a los sufíes y shayjs de su propia época. Según él, estos sufíes y shayjs estaban profundamente influidos por filosofías materialistas y contrarias al tawhid, griegas, egipcias e indias.
Las firmes y extensas críticas del imán Ibn Taymiyya —que Allah tenga misericordia de él— contra aquellos shayjs y sufíes desviados provocaron una gran indignación en los círculos sufíes. El famoso shayj de tariqa egipcio, Ibn Ata Allah al-Iskandari, acudió a la ciudadela como representante de los sufíes y presentó una queja contra el imán ante el sultán. El sultán organizó una reunión en el Dar al-Adl y ordenó investigar debidamente la acusación. Ibn Taymiyya fue convocado a dicha reunión. La firmeza de sus argumentos, su razonamiento, las pruebas claras del Corán y el hadiz y su discurso cautivador dejaron fascinados a los oyentes. Todos los presentes quedaron sin palabras. Como resultado, se suspendieron los intentos de tomar cualquier tipo de medida contra él a nivel estatal.
Aunque cesaron los intentos de imponerle medidas punitivas a nivel estatal, de vez en cuando volvían a surgir la propaganda difamatoria y el resentimiento reprimido de sus adversarios. Entonces estos adoptaron otro camino para difamarlo. Alegaron que el imán predicaba lo siguiente: no está permitido invocar a nadie salvo a Allah. Todo debe pedirse únicamente a Allah. Ni siquiera se puede implorar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. En respuesta a esas calumnias, algunos ulemas comentaron que tal forma de pensar no era especialmente censurable, aunque se consideraría una especie de falta de respeto. Sin embargo, no estaban dispuestos a calificarla de kufr. Así, también en aquella ocasión el imán salió ileso.
Pero aun después de eso sus adversarios no guardaron silencio. Cada día se dedicaban a nuevas calumnias. Agotado el Gobierno por las acusaciones, quejas y reproches continuos durante tantos días, presentó al imán tres propuestas. Debía elegir una de las tres y cumplir ciertas condiciones. De lo contrario, la tercera propuesta consistía en permanecer en prisión. El imán prefirió permanecer en la cárcel. Pero sus discípulos y amigos continuaron presionándolo para que regresara a Damasco. Ante su insistencia, finalmente comenzó a prepararse para ir a Damasco. El 8 de Shawwal del año 707 de la Hégira salió de la ciudad acompañado de sus seguidores. Sin embargo, ese mismo día lo hicieron regresar a Egipto desde el camino. Le dijeron que el Gobierno consideraba mejor mantenerlo en prisión. Pero los cadíes y los ulemas no pudieron presentar esta vez ninguna acusación clara contra él. Por eso se encontraban indecisos. Al observar el conflicto interior de los ulemas y los cadíes, el imán decidió que iría voluntariamente a la cárcel. Pero los cadíes no querían enviarlo a prisión. Por ello fue mantenido bajo vigilancia. Los discípulos y los ulemas podían visitarlo. Con él continuaban estudiando y tratando cuestiones importantes. También se le consultaban fatwas sobre asuntos particulares. Algún tiempo después, en una conferencia de ulemas y alfaquíes, se aprobó por unanimidad una propuesta para liberar al imán. Como consecuencia de esta propuesta, el Gobierno lo puso en libertad. El pueblo le brindó una extraordinaria recepción. Su popularidad aumentó mucho en comparación con antes. A medida que crecía su reconocimiento entre la gente, también aumentaba su influencia. Y el aumento de su influencia significaba que desaparecerían de la población las creencias contrarias al islam y a la sharia, las innovaciones y las prácticas contrarias al islam. La población musulmana podría avanzar debidamente por el camino del Corán y la sunna. Así, en un ambiente hostil, el imán continuó realizando correctamente su labor.
En ese momento, el repentino cambio en la situación política creó aún más obstáculos en el camino del imán Ibn Taymiyya. Sus adversarios se volvieron más agresivos contra él. Nasiruddin Qalawun era entonces el sultán de Egipto y Siria. Conocía perfectamente el saber, la erudición, el temor de Allah, la sinceridad y el valor del imán Ibn Taymiyya. El propio imán lo había animado a luchar contra los tártaros. En aquella ocasión, él había contemplado personalmente el valor, la inteligencia y la sinceridad del imán. Por ello, en términos generales, no era enemigo suyo. Sin embargo, en el año 708 de la Hégira se retiró del gobierno del Estado por diversas razones. Entonces Ruknuddin Baybars asumió el poder. El guía espiritual del sultán Baybars y su consejero en asuntos religiosos era el shayj Nasr al-Mambayi. El imán Ibn Taymiyya era el principal crítico de la aqida, las creencias y las prácticas de este shayj. Por otro lado, también se consideraba al imán uno de los favoritos del antiguo sultán. Así, sus adversarios tuvieron esta vez una oportunidad plena para actuar contra él. No dudaron ni un instante en aprovecharla. Por eso, apenas Baybars llegó al poder, se ordenó enviar al imán Ibn Taymiyya a Alejandría y mantenerlo allí bajo vigilancia. Fue enviado a Alejandría hacia el final del mes de Safar del año 709 de la Hégira. Alejandría era un antiguo centro de los sufíes y del sufismo. Se dice que el Gobierno también pretendía que, en aquel antiguo centro de los sufíes, algún sufí fanático y enérgico acabara con él, liberando así al Gobierno de la responsabilidad por su sangre. Pero esa esperanza del Gobierno no se cumplió.
Las actividades del imán en Alejandría
Alejandría es una antigua ciudad portuaria de Egipto, rica en tradición histórica y situada a orillas del Mediterráneo; en otro tiempo fue su capital. En esta ciudad era especialmente elevado el número de sufíes que propagaban una filosofía monista. La influencia de esta doctrina desviada de los sufíes se había extendido ampliamente entre la población. En la ciudad había grandes propagadores de esta doctrina. No se limitaron a introducir el shirk y las innovaciones religiosas en las creencias y pensamientos de la gente, sino que también influyeron en su carácter y sus acciones de manera contraria al islam. Como consecuencia, se hicieron manifiestas la indiferencia y la desconsideración de la gente común hacia la sharía y las normas islámicas.
Al llegar a Alejandría, el imán Ibn Taymiyya resolvió eliminar estos defectos de las ideas y las acciones de los sufíes y del pueblo. Primero formó un grupo de estudiantes y partidarios mediante lecciones del Corán y del hadiz. Poco a poco, el tamaño de su grupo comenzó a aumentar. La gente común empezó a acudir a él en grupos. El imán se entregó con gran entusiasmo a purificar las ideas del pueblo. Al mismo tiempo, comenzó a formar sus acciones y su carácter conforme a las normas de la sharía. Permaneció en esta ciudad apenas ocho meses. En tan breve período, desbarató por completo todas las fuerzas del bando opositor. Una gran parte de la gente común y de las clases instruidas e influyentes salió de las garras de los sufíes seguidores de una filosofía contraria al islam. El imán los hizo arrepentirse. Incluso un destacado dirigente sufí se arrepintió ante él.
Sobre este éxito del imán en Alejandría, su hermano menor, Sharafuddin ibn Taymiyya, que se encontraba con él, escribió en una carta dirigida a los habitantes de Damasco: «Los alejandrinos se han sentido profundamente atraídos por el hermano y le han concedido un alto rango. Él se ocupa constantemente de propagar el Corán y la sunna. En el corazón de todos, sin distinción entre gente común y gente eminente, el amor y el respeto por el shayj han quedado firmemente arraigados. Casi todos los grupos, desde gobernantes, jueces, faqíes, muftíes, shayjs y muyahidines, se han convertido en sus admiradores y devotos. Solo los ignorantes y necios se han apartado de él».
Mientras tanto, se acercaba la caída del sultán Ruknuddin. El antiguo sultán Nasiruddin Qalawun, que se había exiliado voluntariamente, volvió a aparecer en la escena política apenas once meses después. Ruknuddin renunció al gobierno y abandonó el país. Con él cayó también su consejero, el shayj Nasr al-Mumbaji. Así, las nubes de calamidad que se habían acumulado sobre el destino del imán Ibn Taymiyya comenzaron a disiparse. Después de entrar en Egipto, el sultán Nasiruddin Qalawun pensó ante todo en la liberación del imán Ibn Taymiyya. Envió inmediatamente a unos hombres para traerlo de Alejandría. La noticia de la partida del imán de Alejandría se difundió por la ciudad en un instante. La gente acudía en grupos para despedirlo y rendirle homenaje. Ante los ojos llenos de lágrimas de miles de estudiantes y predicadores, la caravana del imán partió hacia El Cairo. Al llegar a El Cairo, el sultán y los habitantes jubilosos de la ciudad le ofrecieron una recepción grandiosa.
Decir la verdad en la corte real
Anteriormente, los ulemas de Egipto y Siria habían promulgado una disposición especial sobre la vestimenta de los dhimmíes no musulmanes. Especialmente después de las guerras de las Cruzadas, familias cristianas procedentes de Europa habían estado viviendo en los países musulmanes. Muchos de sus miembros se dedicaban al espionaje en favor de los países cristianos de Europa. Incluso una vez se produjo un enorme incendio en El Cairo. Murieron muchos musulmanes y quedaron destruidas propiedades musulmanas por valor de decenas de millones. Más tarde, la investigación reveló que un grupo de cristianos había organizado deliberadamente aquella devastación. A partir de entonces surgió la cuestión de diferenciar su vestimenta, para impedir que los dhimmíes se infiltraran entre los musulmanes y les causaran daño. Conforme a la fatua de los honorables ulemas, el gobierno ordenó a los dhimmíes usar turbantes azules. Hasta entonces, los dhimmíes habían cumplido esta orden. Ese día, el primer ministro presentó ante el sultán, en la corte, una propuesta para aprobar una nueva ley para los dhimmíes.
Ibn Taymiyya también estaba sentado junto al sultán en la corte. Allí estaban presentes los mejores cadíes, ulemas y faqíes de Egipto. En realidad, la corte había sido convocada para rendir homenaje a Ibn Taymiyya. En su propuesta, el primer ministro planteó que, a partir de entonces, los dhimmíes usaran turbantes blancos, igual que los musulmanes, y añadió que, a cambio, los dhimmíes se habían comprometido a pagar al gobierno un impuesto anual de setecientos mil dinares. Seguirían pagando, como antes, todos los impuestos que ya pagaban.
Después de leer la propuesta, el sultán miró a los ulemas y faqíes y les pidió su opinión al respecto. Los grandes faqíes, como el sabio al-Zamalkani, y los demás cadíes permanecieron en silencio. Al ver aquella situación en la corte, el imán Ibn Taymiyya estalló de ira. Se dirigió al primer ministro y comenzó a interrogarlo. Criticó duramente la política del gobierno. El sultán le pidió repetidas veces que no se enfadara, pero él no hizo caso de la petición del sultán. Los ulemas presentes se alarmaron ante su extraordinario valor. Quién sabía qué desgracia podía ocurrir en la corte en cualquier momento.
El imán dejó al primer ministro y se dirigió esta vez al sultán, diciéndole: «Es sumamente lamentable que hoy se hayan iniciado las actividades de la corte con un asunto destructivo para el islam y los musulmanes. Es muy triste que, por una mezquina ganancia temporal en este mundo pasajero, usted se esté apresurando a favorecer los intereses de los dhimmíes. Sin embargo, de ello no se deriva ningún beneficio, sino solo perjuicio para el islam y la gente del islam. Piense por un momento en cuán grande ha sido el favor que Allah le ha concedido. Hace poco había perdido el reino. Todo su honor y prestigio habían sido pisoteados. Por la misericordia de Allah, lo recuperó todo. Allah humilló a su enemigo y usted obtuvo la victoria sobre el bando opositor. Ahora debe dar gracias a Allah».
El sultán quedó sumamente complacido con las palabras veraces del imán. Rechazó la propuesta del primer ministro. Como resultado, los dhimmíes continuaron saliendo a la calle con turbantes azules, como antes.
Perdonó a sus enemigos
El imán Taqi al-Din Ahmad ibn Taymiyya nunca se preocupó, por causa de la verdad, ante el ceño fruncido del poder real. Era la expresión desnuda de la verdad. Cumplió al pie de la letra la palabra del Mensajero: «El mejor yihad es decir la palabra de verdad ante un gobernante injusto». Durante sus sesenta y siete años de vida, jamás inclinó la cabeza ante la injusticia. Entregó su vida a enaltecer y establecer aquello que reconocía como verdadero. Por eso, nunca se detenía a considerar si alguien estaba de su lado, quién lo apoyaba y quién no. Durante casi toda su vida tuvo que luchar prácticamente solo por la verdad y la justicia.
Después de regresar de Alejandría, ocurrió de manera completamente inesperada un episodio semejante en la corte del sultán. Ya he mencionado anteriormente este acontecimiento. Aquel día, el sultán Nasir al-Din Qalawun se encontraba, desde el punto de vista moral, en una situación que lo obligó a aceptar la impetuosa manifestación de la verdad del imán. De otro modo, el sistema estatal no se hallaba entonces en condiciones de aceptar fácilmente una decisión contraria a la decisión del gobierno. Pero aquel día fue posible gracias al valor honrado del imán. Ese día estaban presentes en la corte los más eminentes ulemas del país y los principales cadíes de las cuatro escuelas jurídicas. Sin embargo, nadie abrió la boca. Allí donde más necesario era manifestar claramente la verdad, permanecieron en silencio. Y no solo eso: una gran parte de aquellos ulemas estaba implicada en una conspiración contra él. Habían participado en el complot para desterrarlo de El Cairo y confinarlo en Alejandría. Detrás de la deposición anterior del sultán Nasir al-Din también estaba su conspiración. El sultán no podía olvidar aquello. Comenzó a pensar en tomar severas medidas punitivas contra los ulemas y los cadíes.
El sultán quiso obtener del imán una fatwa que legitimara la ejecución de aquellos cadíes y ulemas traidores. Dijo: «Ellos emitieron una fatwa a favor del sultán depuesto y contra mí». Sacó aquella fatwa y se la mostró al imán. Añadió: «Ellos mismos emitieron una fatwa contra usted y, extendiendo una red de conspiraciones, le causaron sufrimientos de muchas maneras». El propósito del sultán era provocar al imán. Pero, al comprender su intención, el imán comenzó a elogiar a los cadíes y a los honorables ulemas, mencionando diversos aspectos de su conducta. Se opuso firmemente a la propuesta del sultán. Le explicó que, después de matar a los mejores ulemas del país, no podría encontrar ningún reemplazo para ellos, y que entonces el país y la nación se enfrentarían a una crisis sumamente grave.
«Ellos conspiran repetidamente para matarlo y le han causado sufrimientos de muchas maneras», insistió el sultán, tratando de provocar al imán.
El imán respondió con firmeza: «En lo que a mí respecta, puedo decir que no tengo ninguna queja contra quienes me han causado sufrimientos. Los he perdonado. Y para vengar las acciones de quienes han pecado ante Allah y Su Mensajero, Allah mismo es suficiente. Yo nunca me vengo por motivos personales».
De este modo, el imán continuó explicándoselo al sultán una y otra vez. Finalmente, el sultán tuvo que desistir. Dominó su ira contra los honorables ulemas. En aquella ocasión, Egipto se libró de un gran derramamiento de sangre.
El historiador Ibn Kathir citó una declaración de Ibn Majluf, el principal cadí de la escuela malikí en Egipto. El cadí dijo: «Nunca había visto antes a una persona de corazón tan magnánimo como Ibn Taymiyya. Nosotros habíamos incitado al gobierno contra él. Pero cuando obtuvo poder para hacernos daño, nos perdonó. Y no solo eso, sino que intercedió por nosotros ante el sultán».
Después de regresar de la corte del sultán, el imán volvió a ocuparse de sus antiguas actividades. En El Cairo, sus labores iniciales fueron la enseñanza, los sermones, la emisión de fatwas y la redacción de obras. Al igual que en Damasco, también aquí se había formado un numeroso grupo de estudiantes y partidarios suyos. Al enterarse de la llegada del imán, volvieron a reunirse a su alrededor. Incluso muchos miembros del grupo opositor y conspirador acudieron a pedirle perdón. El imán les dijo a todos: «Por mi parte, he perdonado a todos. No tengo ninguna queja contra nadie».
«Todos pueden quedar satisfechos, pero los enemigos de Allah nunca pueden quedar satisfechos». Un grupo de opositores acérrimos del imán no pudo soportar en absoluto el aumento de su prestigio ante el sultán y ante los ilustres ulemas del país. Ardían por dentro de rabia. Comenzaron a incitar al pueblo para humillar al imán. El imán aún no había logrado en El Cairo la posición que tenía entre los habitantes de Damasco. Por eso, no era difícil provocar a la población musulmana de esta ciudad contra él planteando cuestiones de fe, creencias y escuela jurídica. Sus adversarios utilizaron esa arma. El 4 de Rayab del año 711 de la Hégira, algunos malhechores lo atacaron y lo hirieron. Los habitantes del barrio de Husayniyya se prepararon inmediatamente para vengarse de ellos. Pero el imán los detuvo.
Dirigiéndose a la gente allí reunida, el imán dijo: «En primer lugar, vengarme de ellos es un derecho mío. Declaro públicamente que renuncio a ese derecho. No tengo ninguna queja contra ellos. En segundo lugar, esto puede ser un derecho vuestro. Si queréis pedirme consejo al respecto y no estáis dispuestos a seguir mis palabras, podéis hacer lo que queráis; no tengo nada más que decir. En tercer lugar, esto es un derecho de Allah, y Allah se encargará de hacerlo valer cuando quiera».
En ese momento se oyó la llamada a la oración de la tarde. El imán salió hacia la mezquita aljama de Husayniyya, en el barrio. La gente intentó impedírselo, pero él no hizo caso de ningún obstáculo. Como resultado, un gran grupo lo acompañó. Rezó en la mezquita con dignidad y regresó.
El último capítulo de la vida combativa del imán
En el año 712 de la Hégira volvieron a circular noticias de un ataque de los tártaros. Se decía que avanzaban hacia Damasco al frente de un enorme ejército. El sultán Nasir al-Din Qalawun decidió resistir el ataque tártaro. Partió hacia Siria con su ejército, con la intención de combatir por la causa de Allah. El imán Ibn Taymiyya también se unió al ejército para apoyarlo. Pero, al llegar a Siria, se enteraron de que los tártaros se habían retirado. El ejército regresó a Egipto, pero el imán Ibn Taymiyya permaneció en Damasco.
La disputa sobre el divorcio
Después de siete largos años, el imán regresó a Damasco. Los habitantes de Damasco le dieron una cordial bienvenida. Miles de personas salieron fuera de la ciudad para recibirlo. También un gran número de mujeres participó en aquella recepción. Al no haber tenido la oportunidad de participar en la yihad, el imán decidió visitar Bayt al-Maqdis. Tras permanecer allí algunos días, recorrió varias otras regiones y finalmente regresó a Damasco. Allí volvió a dedicarse a la enseñanza, al estudio y a las labores de reforma. En esta etapa prestó especial atención al estudio de la jurisprudencia islámica y al análisis de sus diversas cuestiones jurídicas. El imán y sus antepasados eran seguidores de la escuela jurídica hanbalí. Sin embargo, él examinaba las cuestiones jurídicas de manera independiente y, al adoptar decisiones sobre ellas, prestaba atención a los hadices auténticos. Por ello, en diversas cuestiones surgieron discrepancias entre él y la escuela hanbalí, así como con otras escuelas jurídicas. Una de esas cuestiones controvertidas era si pronunciar tres divorcios en una sola sesión contaba como tres divorcios. Los cuatro imanes de las escuelas jurídicas y muchos otros imanes coincidían en este asunto. Pero el imán se opuso a esa opinión. Lo respaldaban hadices auténticos y también la opinión de algunos Compañeros de primera categoría. En esencia, se trataba de una discrepancia jurídica, y en la jurisprudencia islámica existe lugar para este tipo de desacuerdos. Pero la estrechez de miras de la parte contraria no estaba dispuesta a tolerarlo en absoluto. Se desató una ola de calumnias contra el imán. Él, sin embargo, continuó entregado a su labor.
La jurisprudencia islámica es una institución viva y dinámica. El islam es un sistema de vida completo. Este sistema de vida permanecerá establecido en su propia forma de vida hasta el Día de la Resurrección. La base de esa permanencia eterna es el dinamismo de esta jurisprudencia. El imán Ibn Taymiyya se esforzaba por conservar intacto ese dinamismo de la jurisprudencia islámica. Si la jurisprudencia islámica llegara al estancamiento, si se secara la corriente del iŷtihad y del istinbat, y si no pudiera ofrecer soluciones islámicas adecuadas a los nuevos problemas, sería absolutamente imposible mantener el islam en toda su integridad hasta el Día de la Resurrección. Por eso, la contribución del imán en este ámbito fue extraordinaria e inigualable.
Pero ¿cómo podrían soportar la brillante luz del mediodía quienes están acostumbrados a vivir en la oscuridad? Por eso, la parte contraria no pudo tolerar que expresara libremente sus opiniones dentro de los límites permitidos. En aquel tiempo se debatía intensamente la cuestión del juramento vinculado al divorcio. La gente utilizaba con mucha frecuencia la palabra «divorcio» en diversos asuntos, especialmente en las transacciones. Para dar énfasis a algo o demostrar la firmeza de su determinación, su buena intención y la sinceridad de su compromiso, decían: «Sin duda haré esto; de lo contrario, mi esposa quedará divorciada». O: «Sin duda te entregaré ese dinero en tal fecha; de lo contrario, mi esposa quedará divorciada». O también: «Si no he comprado este producto por tal cantidad, mi esposa quedará divorciada». A causa de este tipo de declaraciones y compromisos, aunque la gente no tuviera ninguna intención de divorciarse, se consideraba que se trataba de un divorcio condicionado o no condicionado y se aplicaba la norma del divorcio. De este modo, cientos de hogares y familias quedaban destruidos. También en el ámbito político se usaba ampliamente esta palabra. Desde la época de al-Haŷŷaŷ ibn Yusuf se había extendido la costumbre de utilizar la palabra «divorcio» junto con el juramento de fidelidad, para consolidar la obediencia al gobierno. La gente decía: «Si abandono mi obediencia a tal gobernante, mi esposa quedará divorciada».
Esta práctica había creado en la sociedad una enorme desorganización y complicación. El imán Ibn Taymiyya reflexionó e investigó ampliamente esta cuestión. Finalmente, consideró que se trataba simplemente de un juramento y un compromiso. Declaró que, si se incumplía ese compromiso, solo era necesario ofrecer la expiación por el juramento y que, como consecuencia, la esposa no quedaría divorciada en ningún caso. Esta fetua suya también contradecía la norma vigente. Por ello, los ulemas y cadíes de diversas escuelas jurídicas se pusieron en su contra. Se ejerció presión sobre él para que retirara aquella fetua. El juez supremo Shams al-Din ibn Muslim se reunió con él y le pidió que en el futuro no emitiera fetuas sobre el juramento vinculado al divorcio. Él aceptó. Mientras tanto, llegó también desde Egipto un decreto del sultán ordenándole abstenerse de emitir aquella fetua. Como existía el riesgo de que surgieran disturbios, conflictos y desorden, aceptó aquella petición. Sin embargo, al cabo de poco tiempo el imán cambió de decisión. Parece que posteriormente llegó a pensar que, en asuntos de la sharía, no era lícito ocultar por orden del gobierno la opinión verdadera que él había considerado correcta a la luz del Corán y la Sunna, y que no era apropiado obedecer en este asunto una orden de un gobierno que no era un califato conforme al modelo profético. Por eso, algún tiempo después, comenzó de nuevo a emitir fetuas sobre esta cuestión en respuesta a las preguntas de la gente.
Como consecuencia, los ulemas y los cadíes volvieron a oponerse a él. A raíz de su petición conjunta, el gobernador ordenó mantenerlo confinado dentro de la fortaleza. Conforme a esta orden, fue encarcelado en el año 720 de la hégira. Pero esta vez su encarcelamiento duró solo cinco meses. Cuando llegó desde Egipto la orden del sultán, salió de la prisión cinco meses después de haber ingresado en ella.
Después de eso, durante aproximadamente cinco años y medio no encontró obstáculos especiales para dedicarse al conocimiento. Durante esos cinco años y medio se consagró, mediante la enseñanza, la redacción de libros y los sermones, a fortalecer la fe, la doctrina y el carácter de la población musulmana. En ese período escribió varias obras nuevas.
Confinado en la fortaleza de Damasco
El imán Ibn Taymiyya había llegado a la última etapa de su vida. Es cierto que había sido liberado de la cárcel y se había dedicado a escribir obras, pero sus enemigos no le permitieron vivir tranquilamente. Volvieron a preparar las cosas para enviarlo a prisión. ¿Cómo podría vivir tranquilamente alguien cuya vida estaba llena de luchas y conflictos? ¿Cómo podría pasar sin obstáculos los últimos días de su vida bajo el dominio de la injusticia y la falsedad? Y, más importante aún, la eminencia que había alcanzado en el campo intelectual de su época había dado origen a un grupo de enemigos permanentes. Estos conspiraban constantemente contra él. Su labor consistía en buscar cómo desacreditarlo, cómo difamarlo y, tergiversando sus declaraciones, presentarlo como alguien que introducía un islam nuevo, que se oponía al camino seguido por los grandes maestros de la religión y que ofrecía una interpretación novedosa y deformada del islam. Por desgracia, alrededor de los aparatos gubernamentales suele congregarse una gran cantidad de eruditos interesados de este tipo. Algunos eruditos venden su religión y su fe a cambio de los intereses del gobierno y, al recortar el islam conforme a sus exigencias, terminan recortando también la naturaleza que Dios les otorgó. Así llega un momento en que ya no pueden mantenerse en una condición humana normal; aunque conservan forma humana, se convierten en inhumanos. En ellos se reflejan los rasgos salvajes de la envidia, el rencor, la crueldad, la ferocidad y la dureza. No se limitan a desahogar su feroz ira contra sus adversarios. No encuentran paz hasta llevarlos al extremo de la humillación.
Por otra parte, si el adversario, además de ofrecer una interpretación correcta del islam, se limitara al plano teórico, su ira no se encendería tanto. Lo tolerarían de algún modo. Pero desde el mismo momento en que el adversario comienza a esforzarse y luchar por establecer en la práctica el islam verdadero, superando el plano teórico, o emprende algún programa para ello, empiezan a consumirse de rabia. Se vuelven agresivos, porque creen que el primer golpe hará derrumbarse el palacio de sus intereses. Ante el pueblo musulmán quedarán al descubierto su piedad artificial y su islam adulterado. No tienen espacio mental para pensar en algo más grande que sus propios intereses.
Setecientos años después de la misión profética, el imán Ibn Taymiyya —que Dios tenga misericordia de él— no se limitó a exponer la forma auténtica del islam en el plano teórico, escribiendo unos cuantos libros y emitiendo fetuas. Al mismo tiempo, emprendió también la tarea de reconstruir las creencias y convicciones de la población musulmana conforme a esa forma auténtica del islam. Reunió a sus alumnos y seguidores y formó asimismo una poderosa fuerza popular. Con la ayuda de esta fuerza, intentó liberar a la sociedad de los vapores venenosos del politeísmo, las innovaciones religiosas y la corrupción. Incluso ejerció influencia sobre el gobierno por medio de ella. Sin embargo, si hubiera tenido algún plan o programa para cambiar el gobierno, creemos que ningún gobierno habría simpatizado con él ni se habría dejado influir por él. Entonces el gobierno también se habría vuelto hostil hacia él. En vez de encarcelarlo por consejo de los eruditos, estos, instigados y dirigidos por el gobierno, le habrían aconsejado encarcelarlo. En esencia, lo que queremos decir es que la comunidad de eruditos interesados y los gobiernos apartados del ideal del califato islámico han conspirado siempre contra el islam verdadero. Los defensores del islam verdadero han sido siempre humillados por ellos. El imán Ibn Taymiyya fue humillado y derrotado por ellos durante toda su vida. Por eso, por última vez, fue detenido el 7 de Sha‘bán del año 726 de la hégira en la fortaleza de Damasco. El imán aceptó con una sonrisa la orden de su detención. Dijo espontáneamente: «Ana kuntu muntaziran dhalika, wa hādhā fīhi jairun kathīrun wa maṣlaḥatun kabīrah», es decir: «Yo estaba esperando esto; en ello hay un gran bien y una gran necesidad inmediata».
Para servir al imán, su hermano menor, Zayn al-Din Ibn Taymiyya, permaneció con él en la cárcel, con permiso del gobernador.
Después del encarcelamiento del imán, sus enemigos también levantaron la mano contra sus seguidores. Lanzaron ataques en diversos lugares. Arrestaron a algunos de sus partidarios, los montaron sobre burros y los hicieron desfilar por la ciudad. Finalmente, tras obtener una orden del juez principal, arrestaron a otro grupo de seguidores y lo arrojaron a la cárcel. Al cabo de unos días volvieron a liberarlos. Pero el más destacado de los discípulos del imán, el erudito y memorizador Ibn al-Qayyim, permaneció con él.
Aunque la condena del imán desató una ola de alegría en el corazón de un grupo de comerciantes del islam de mentalidad pervertida, la comunidad de eruditos sinceramente fieles y los musulmanes comunes quedaron profundamente afligidos e indignados por el suceso. Lo consideraron una victoria de la innovación religiosa sobre la Sunna y de la falsedad sobre la verdad. Los principales eruditos de distintas regiones del país comenzaron a enviar cartas al sultán en El Cairo. Expresaron su sincera indignación por mantener encarcelados de ese modo al mayor erudito de la época y a la voz más poderosa del islam.
Aquí citamos una parte de la petición que los eruditos de Bagdad enviaron conjuntamente al sultán: «Al enterarse de que se está cometiendo una injusticia contra el jeque del islam, Taqi al-Din Ahmad Ibn Taymiyya, los pueblos de las regiones orientales y los religiosos piadosos amantes del islam de Irak han quedado profundamente afligidos; por otro lado, los enemigos del islam han comenzado a bailar de alegría. Los grupos interesados y partidarios de las innovaciones también se han alegrado. Cuando los eruditos de estas regiones vieron que los partidarios de las innovaciones y de la falsedad recorrían las calles aplaudiendo con alegría la humillación y el sufrimiento de los eruditos, consideraron necesario informar al gobierno de este lamentable suceso. Junto con ello, están enviando por escrito sus propias respuestas en apoyo de la fetua del jeque. También han expresado aquí su actitud, reconociendo el saber, el conocimiento y la erudición del jeque. En el fondo de todo esto no hay más que el deseo de ver honrada la religión y de procurar el bien del sultán».
Las actividades del imán en la cárcel
Quien ha adoptado como objetivo de su vida la instauración de la verdad y la justicia no considera obstáculo ninguna dificultad del mundo. En cualquier circunstancia, favorable o adversa, continúa cumpliendo con su deber. No suspende su labor ni su programa para sentarse tranquilamente a esperar un entorno favorable. Ningún muro de prisión puede paralizar el espíritu de acción de hombres muyahidines como estos. Cuando se cierra una vía de trabajo, abren la puerta a otra.
En la prisión de Damasco, el imán Ibn Taymiyya siguió también ese mismo camino. Debido a su encarcelamiento, ciertamente se interrumpieron las responsabilidades que desempeñaba fuera, difundiendo el conocimiento, promoviendo la reforma y formando el carácter; pero esto no lo desalentó en absoluto. En la prisión, por un lado, se entregó a la adoración y a la recitación del Corán, y por otro dedicó aún más atención al estudio personal y a la redacción de libros. En especial, se consagró a revisar y editar sus obras anteriores. En aquella época aumentó su interés por la investigación coránica y por desentrañar los pasajes difíciles del Corán. Probablemente, la madurez que había alcanzado en el campo del conocimiento, junto con el ambiente tranquilo de la prisión y la oportunidad de estudiar e investigar el Corán con concentración, lo hicieron experto en esta labor.
Poco a poco, el ambiente de la cárcel se volvió para él tolerable y normal. Todo lo que escribía allí se difundía fuera de la prisión al cabo de poco tiempo, y por todo el país en apenas unos días. Desde fuera de la cárcel, la gente le enviaba cartas preguntando por fatwas. Sentado en la prisión, escribía las respuestas y las hacía llegar al exterior. Así, en aquellas circunstancias, el interior y el exterior de la cárcel llegaron a ser para él lo mismo. Más aún, desde la prisión continuaba expresando tranquilamente sus opiniones.
En ese tiempo criticó duramente una opinión del cadí Abd Allah ibn al-Ajnai, del madhhab malikí de Egipto. Al hacer esta crítica, también comentó la insuficiencia del conocimiento del cadí sobre la sharía y el fiqh. Estas palabras encendieron la ira del cadí. Se enfureció sobremanera, presentó una queja ante la corte del sultán y desahogó su rencor expresando su hostilidad contra el imán.
Le arrebataron sus libros y sus instrumentos de escritura
El sultán promulgó un decreto: que se confiscaran al imán el papel, la pluma, el tintero y todo lo demás que tuviera para escribir. Que también se retiraran todos sus libros. Que no pudiera seguir estudiando ni escribiendo. Que sus opiniones no pudieran difundirse de ningún modo entre el público.
Para un escritor, crítico y reformador social, probablemente no existe castigo mayor que este. Tal vez la pena de muerte le habría resultado cien veces más fácil. Conforme al decreto oficial, el 9 de Yumada al-Thani del año 728 de la Hégira fueron confiscados todos sus papeles y utensilios de escritura. Fueron depositados en la biblioteca del tribunal. Allí había manuscritos de unas sesenta de sus obras.
El imán no se dejó abatir en lo más mínimo por esta política represiva del gobierno. Tampoco presentó quejas ni reproches ante las autoridades. Soportó todo en silencio. Después de que le quitaran el tintero, la pluma, los cuadernos y el papel, recogió y reunió trozos y fragmentos de papel. Comenzó a escribir sobre ellos con carbón. Más tarde se encontraron varios opúsculos suyos escritos de esta manera. Durante mucho tiempo permanecieron sin modificaciones.
Incluso en esta situación de su vida consideraba que seguía entregado al yihad. El escritor egipcio shayj Abu Zuhra citó en su obra Ibn Taymiyya una carta escrita por el imán en aquella época. En ella decía:
«¡Alabado sea Allah! Estoy entregado a un gran yihad en el camino de Allah. El yihad que libramos aquí no es en absoluto inferior a nuestro anterior yihad contra el emperador tártaro Qazán, ni a los yihads que emprendimos contra los jahmíes y los panteístas. Esto es una inmensa gracia de Allah para nosotros y para la gente, pero la mayoría de las personas son incapaces de comprender su significado.»
El viaje hacia el Más Allá
El tiempo del imán también llegaba a su fin. Cuando se encontraba en su lecho de muerte, el gobernador de Damasco fue a visitarlo. El gobernador le pidió perdón con voz llena de tristeza. El imán respondió: «No tengo ninguna queja contra usted. Lo he perdonado. También he perdonado a quienes me mostraron hostilidad. No tenían, ni tienen ahora, ninguna duda sobre la verdad de mis palabras y mis actos. También he perdonado al sultán, porque no me encarceló por voluntad propia, sino a causa de la fatwa de los ulemas. He perdonado a todos en este asunto. Sin embargo, jamás puedo perdonar a quien es enemigo de Allah y de Su Mensajero, y que, movido por su hostilidad hacia Allah y Su Mensajero, se enfrentó a mí, me encarceló y obtuvo satisfacción con ello».
El día 22 de Dhu al-Qada del año 728 de la Hégira, falleció a la edad de sesenta y siete años. El almuédano de la fortaleza subió al minarete de la mezquita y anunció su muerte. Desde las altas torres que rodeaban la fortaleza, el anuncio se extendió al unísono en todas direcciones. Inmediatamente, desde las mezquitas de la ciudad, los mensajes de duelo comenzaron a resonar y a repetirse por todas partes. En un instante cesó todo el bullicio alegre de la ciudad. La sombra del luto cayó sobre callejuelas, avenidas, galerías, rincones de las casas y los rostros y ojos de la gente. Una multitud afligida se dirigió hacia la fortaleza. Hasta sus enemigos olvidaron la hostilidad; también ellos estaban desmayados de dolor y aflicción.
Se abrieron las puertas principales de la fortaleza. La gente acudía en grupos para contemplar por un instante el cuerpo del imán y aliviar, aunque fuera por unos momentos, la pena de sus corazones. Después del baño ritual, su janaza fue llevada a la mayor mezquita de la ciudad, la Mezquita Omeya. La larga avenida entre la fortaleza y la Mezquita Omeya quedó abarrotada de gente. Para proteger la procesión funeraria de la multitud, los soldados se encargaron de trasladar el cuerpo a la mezquita. La Mezquita Omeya era entonces la mayor mezquita del mundo islámico. Al llenarse, también se llenaron de gente la explanada situada delante, las avenidas, las callejuelas de los alrededores y los mercados. Según los historiadores, hasta entonces no se había celebrado en ningún otro lugar del mundo islámico una janaza tan multitudinaria.
Ese día cerraron todas las tiendas de la ciudad. Muchas personas ayunaron y muchas otras olvidaron comer.
Incluso mientras llevaban la janaza hacia el cementerio, resultaba difícil avanzar debido a la multitud. La procesión salió de la fortaleza después de la oración del alba. La oración funeraria se realizó después del mediodía, y para abrirse paso entre la multitud hasta el cementerio cercano llegó la hora de la oración de la tarde.
En muy poco tiempo, la noticia de la muerte del imán se extendió por todo el mundo islámico y en todas partes se celebró la oración funeraria en ausencia.
Las actividades reformistas del imán
Alá dio a conocer y estableció Su din en la sociedad humana por medio de los profetas. Por eso vino un profeta tras otro. Cada época quedó delimitada por sus propios límites y, dentro de ella, vino un profeta. También hubo épocas en las que varios profetas llegaron simultáneamente. En distintos países del mundo, varios profetas continuaron al mismo tiempo la labor de predicar y establecer el din de Alá. Incluso en un mismo país, Alá envió simultáneamente a más de un profeta, haciendo de uno de ellos auxiliar del otro. Así se observa que, en la historia de la humanidad, la cadena de los profetas nunca se interrumpió, ni siquiera por un breve período. Alá Todopoderoso no dejó a los seres humanos en la oscuridad sin dar ninguna orientación sobre ellos. Por eso, junto con la historia humana, también avanzó en paralelo la historia de los profetas. Más bien puede decirse que fueron los profetas quienes hicieron avanzar la historia humana.
Pero después del último profeta, Muhammad —que Alá lo bendiga y le conceda la paz—, no hay ningún otro profeta. Por más largos que sean los períodos y por más miles de años que transcurran, Alá ha declarado que no enviará ningún otro profeta. Durante este período, hará surgir de entre la umma de Muhammad a hombres muyahidines, sinceros y valientes, dotados de un conocimiento preciso del din y de la sharía, que asumirán verdaderamente la responsabilidad de revitalizar el din. Al respecto, el imán Abu Dawud narró en su obra un hadiz citando a Abu Huraira —que Alá esté complacido con él—. En él se dice:
*************árabe*************
Es decir: «Al comienzo de cada siglo, Alá suscitará para esta umma a alguien que fortalecerá y renovará su din». Puesto que estos siervos sinceros de Alá llevan a cabo la renovación o revitalización del din y la sharía del Noble Profeta —que Alá lo bendiga y le conceda la paz—, se les llama muyahidines. El imán Ibn Taymiyya —que Alá tenga misericordia de él— fue uno de esos renovadores. En los siglos séptimo y octavo de la Hégira, raspó con un arma afilada la capa de suciedad y desechos que se había acumulado sobre el din y la sharía durante los setecientos u ochocientos años transcurridos desde la profecía. El islam volvió a brillar con su resplandor interior. Antes que él, muchos otros renovadores habían liberado de ese modo al islam de la suciedad exterior. Sin embargo, su labor parece haber sido mucho más amplia, clara y penetrante que la de todos ellos.
La labor renovadora del imán Ibn Taymiyya puede dividirse fundamentalmente en cuatro partes: (1) revitalizar la creencia del tawhid y crear resistencia contra las creencias, normas, costumbres y prácticas politeístas; (2) criticar la filosofía, la lógica y la teología especulativa, y dar prioridad a la perspectiva del Corán y la Sunna y a su método de presentar argumentos; (3) criticar las religiones, sectas, comunidades y grupos contrarios al islam, y enfrentarse a sus ideas, obras y conductas; (4) revitalizar el conocimiento de la sharía y el pensamiento islámico.
En la época del imán no faltaban ulemas, tanto en su patria como en el extranjero. También había entonces un número considerable de eruditos de gran fama mundial. Sus voluminosos libros bastan para demostrar la enorme extensión de su erudición. Su dominio del hadiz, el fiqh, el tafsir, los fundamentos y la teología especulativa era elevadísimo. Probablemente estaban informados de las sediciones de su época. Pero no se vio a nadie avanzar para hacerles frente. En la historia de aquel tiempo no se encuentra el nombre de ningún erudito que hubiera utilizado alguna de esas tres fuerzas: el discurso, la escritura y la organización. Todos parecían dejarse arrastrar por la corriente dominante, sometiéndose al curso de la época. Esta gloria pertenece exclusivamente al imán Ibn Taymiyya. Comprendió correctamente las sediciones de su tiempo y, enfrentándose a ellas con todas sus fuerzas, restableció el islam en su forma auténtica. Liberó a la sociedad islámica del hedor del shirk y la bid’a, e hizo brotar espontáneamente en ella el libre fluir de la corriente pura del tawhid y la risala. Esa es precisamente la labor de los profetas —que la paz sea con ellos—. En este ámbito, él representó a los profetas. En realidad, los renovadores del din cumplen la responsabilidad de los profetas.
¿De qué tipo de sociedad se trataba aquella cuya reforma emprendió el imán? ¿Qué relación tenía con una sociedad verdaderamente islámica? Es un asunto que debe comprenderse adecuadamente. Como consecuencia de la convivencia con no musulmanes y diversos pueblos no árabes, de la influencia de los gobernantes ismailíes y batiníes, y de las enseñanzas y prácticas de un grupo de sufíes ignorantes y extraviados, entre los musulmanes comunes comenzaron a extenderse creencias, pensamientos y prácticas mezclados con shirk. Al igual que los judíos y los cristianos, los musulmanes también cayeron en el shirk manifiesto. Lo que los no musulmanes hacían al visitar las tumbas de sus grandes hombres, los musulmanes lo repetían al visitar los mausoleos de sus propios santos religiosos. Imploraban a los moradores de las tumbas y les pedían ayuda del mismo modo que se le pide a Alá. Ibn Taymiyya escribió en su obra Ar-Radd ‘ala al-Bakri acerca de las acciones de esas personas: «Muchos de ellos han otorgado al enterrado en la tumba una posición propia de Alá y han colocado al guardián vivo de esa tumba en el puesto de un profeta. Piden ayuda al muerto para completar sus propios asuntos. Han colocado a ese guardián vivo de la tumba en una posición tan elevada que lo que él declare lícito se vuelve lícito, y lo que declare ilícito se vuelve ilícito. En realidad, han apartado a Alá de Su función como Dios».
Sobre estos partidarios del shirk y la bid’a, escribió en su obra Ar-Radd ‘ala al-Ajna’i: «Muchos creen que, por la bendición del mausoleo de algún santo situado en un barrio o localidad, sus habitantes reciben sustento, obtienen ayuda y quedan protegidos de los ataques de los enemigos. Por esa misma bendición, el país también se libra de los ataques enemigos. De la persona respecto de la cual sostienen semejante creencia dicen que es el protector de tal o cual ciudad. Por ejemplo, Sayyida Nafisa sería la protectora de Egipto y El Cairo; ciertos santos serían los protectores de Damasco, y otros santos estarían vigilando ciudades como Bagdad. Creen que, por la bendición de las tumbas de esos profetas y hombres rectos, las ciudades y localidades correspondientes están protegidas de calamidades y desgracias».
Cuando los enemigos atacaban Bagdad y Damasco, ellos acudían a los mausoleos de los santos y los venerables para pedirles auxilio, y no sentían la necesidad de acudir ante Alá.
El esfuerzo por purificar de shirk la creencia de los musulmanes
Allah es el Creador del cuerpo humano de carne y hueso. También ha creado todas las cualidades abstractas que existen en él. Por tanto, el ser humano no merece ningún mérito por ellas; el único que lo merece es Allah. Por eso, desde el comienzo del Corán, se ha señalado únicamente a Allah como el Dueño de toda alabanza y como el verdadero merecedor de todo mérito en cualquier asunto del universo. Se ha dicho: «Alhamdulillah». El ser humano, esté vivo o muerto, no posee ninguna superioridad. El único Supremo es Allah. «Allahu Akbar».
Pero, al estudiar la historia del extravío humano, se observa que, desde el principio de esta historia, los seres humanos han adorado a otros seres humanos. Esto se ha manifestado tanto respecto de los vivos como de los muertos. La adoración de héroes, de los awliya, de los pirs, de las tumbas y de los mausoleos se ha extendido en diversas formas. El Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, dijo que los musulmanes nunca incurrirían en el shirk manifiesto ni en la adoración de ídolos. En efecto, los musulmanes nunca incurrieron en el shirk manifiesto. Sin embargo, las prácticas mezcladas con shirk se extendieron ampliamente entre ellos. En lugar de la adoración de ídolos, un grupo de musulmanes se entregó a la adoración de los awliya y de las tumbas. Entre las tumbas, los mausoleos de los mártires adquirieron una importancia especial. Se los llamó mashhad o shashahid. Debido a la adoración de los awliya y de los mashhad, la consideración y la importancia de estos aumentaron en comparación con las mezquitas. La gente comenzó a entregarse a las visitas devocionales a los mausoleos y mashhad. Estos se convirtieron en la qibla de los musulmanes comunes e ignorantes. La red de mausoleos y mashhad se extendió por las ciudades y puertos de las distintas regiones del mundo islámico. De la noche a la mañana surgieron miles de mashhad y mausoleos. Los sultanes, reyes y emires gastaron generosamente riquezas y recursos en ellos. También se constituyeron muchos waqf en su nombre. Sobre ellos se construyeron grandes edificios y cúpulas. Para cuidarlos se formó un enorme grupo de servidores, barrenderos y empleados. La gente comenzó a viajar para visitarlos con gran pompa. Sus caravanas parecían las caravanas de los peregrinos que visitan la Casa de Allah, y en ocasiones eran incluso más numerosas. Así, la atención de los musulmanes comunes pasó de las mezquitas a los mashhad. Durante los siglos séptimo y octavo de la Hégira, los mausoleos y mashhad, en lugar de la Kaaba, se convirtieron de este modo en el centro de la vida religiosa de los musulmanes.
Una gran parte de las obras del imán Ibn Taymiyya está dedicada a tratar este extravío de los musulmanes de aquella época. El imán mostró que quienes más ayudaron a establecer firmemente esta fitna entre los musulmanes ignorantes e interesados fueron los gobernantes batiníes, es decir, los fatimíes de Egipto. También mostró que los rafidíes y los chiíes, desde el principio, concedieron más importancia a los mashhad que a las mezquitas. Su vínculo espiritual con Nayaf y Karbala era más fuerte que con los Santos Santuarios de al-Haramayn (La Meca y Medina).
Por supuesto, la época de los gobernantes fatimíes de Egipto había terminado antes del nacimiento del imán Ibn Taymiyya. Sin embargo, su influencia mental, cultural y civilizatoria seguía activa en la sociedad musulmana. En especial, el número de chiíes e ismailíes en Siria era enorme. Debido a que vivían en la misma sociedad, ejercían influencia sobre los musulmanes comunes. A esto se sumaba también la importante contribución de la corriente antislámica del sufismo. En esta filosofía sufí desviada se otorgaban una importancia y una santidad especiales a los mausoleos y mashhad. Celebraban reuniones anuales o urs en estos mausoleos y mashhad. Al mencionar estos mausoleos y mashhad, el imán escribió en su obra Al-Radd ala al-Bakri: «Algunas personas realizan el hajj a las tumbas. Otros incluso han escrito libros especiales sobre las normas y modales de este viaje. Han titulado esas obras, por ejemplo, Al-Manasik al-Hajj li-l-Mashahid, es decir, las normas para realizar el hajj en los mashhad». Un erudito chií llamado Abu Abd Allah Muhammad ibn al-Numan también escribió un libro con este título. En esa obra narró, atribuyéndolos a la Gente de la Casa, numerosos hadices que en realidad carecen de fundamento. En otro pasaje de esta obra, el imán escribió: «Muchas personas prefieren realizar el hajj en estas tumbas y mashhad antes que realizarlo en la Noble Kaaba. Dicen que visitar tres veces el mausoleo de cierto santo equivale a un hajj en la Noble Kaaba».
Así, durante los siglos séptimo y octavo de la Hégira, las mezquitas de todo el mundo islámico comenzaron a quedar desiertas, mientras que el brillo y la magnificencia de los mausoleos y mashhad aumentaban en comparación con ellas. Sus patios permanecían siempre animados. Muchas veces, las mezquitas quedaban envueltas en la oscuridad durante la noche, mientras que en los mausoleos y mashhad ardían toda la noche lámparas de manteca clarificada y grandes faroles. A veces, los musulmanes pobres del vecindario quizá no encontraban tiempo para prestar atención a las mezquitas. Su dinero se gastaba en los mausoleos.
En aquella época se habían establecido grandes y poderosos gobiernos islámicos en diversos países. Grandes juristas y muhaddizun enseñaban en distintas madrasas y centros de educación islámica. Sin embargo, no consideraron necesario iniciar un movimiento de resistencia contra el extravío doctrinal y práctico de los musulmanes comunes. Más bien, muchos de ellos se encontraban sumidos en dudas y confusión respecto de esas creencias y prácticas. El estudio de sus obras y fetuas permite percibir esas dudas. La prueba de ello son las dos obras que el imán Ibn Taymiyya escribió específicamente para refutar las ideas desviadas de dos de los más grandes eruditos de aquella época: Ibrahim al-Ajnuai y Yaqub al-Bakri. En realidad, no avanzaron hacia el análisis de las ideas, creencias y prácticas vigentes a la luz directa del Corán y la Sunna. Sin embargo, las fuentes fundamentales del islam son precisamente el Corán y la Sunna. El imán Ibn Taymiyya exhortó a los ulemas a regresar a estas fuentes.
Revelación de los errores de la filosofía y de la ciencia del kalam
El imán Ibn Taymiyya, que Allah tenga misericordia de él, reconstruyó y restableció la creencia islámica, liberándola de la influencia de las creencias politeístas. Esta fue su primera labor reformadora. Ya hemos tratado anteriormente este tema. Ahora quiero hablar de su segunda labor reformadora. La segunda labor reformadora del imán consistió en criticar la filosofía, la lógica y la ciencia del kalam, y en promover, en su lugar, el método de razonamiento del Corán y la Sunna. Para comprender la importancia y el alcance de esta labor, es necesario conocer la posición que ocupaban entonces la filosofía y la lógica en la sociedad musulmana culta. Primero hay que saber en qué alta estima habían colocado los pensadores musulmanes y los círculos eruditos la filosofía y la lógica.
Aunque la traducción al árabe de las ciencias y conocimientos griegos había comenzado durante la época de los omeyas, fue en la época abasí cuando adquirió una gran amplitud. Desde el período del califa abasí al-Mansur (probablemente en el año 136 de la hégira), comenzó a gran escala la traducción al árabe de la filosofía y la lógica griegas. Sin embargo, durante el reinado del califa al-Ma’mun, su alcance aumentó tanto que llegó a convertirse propiamente en un movimiento. El propio al-Ma’mun estaba tan interesado en este asunto que pidió al emperador de Roma que le enviara las mejores obras relacionadas con la filosofía griega. El emperador romano envió también las obras de los filósofos Platón, Aristóteles, Sócrates, Galeno, Euclides y Ptolomeo. Al-Ma’mun hizo que fueran traducidas con gran pompa. Se dispuso su publicación bajo patrocinio real y se animó a la gente a leerlas.
Como resultado, en poco tiempo las ideas de los filósofos griegos se difundieron por la sociedad musulmana. Según se sabe por la lectura de la historia, para finales del siglo IV de la hégira casi todas las grandes obras de los filósofos griegos habían sido traducidas al árabe. Sin embargo, entre los filósofos musulmanes, las obras de Aristóteles fueron las que alcanzaron mayor difusión. Aristóteles se convirtió en el centro de todos ellos. ¿Cómo podría llamarse esto sino una desgracia para los musulmanes: ninguno de los filósofos griegos cuyas ideas se habían difundido en la sociedad musulmana, incluido Aristóteles, estaba familiarizado con la religión de la profecía enviada por Allah? Sus ideas estaban en evidente contradicción con la religión enviada por Allah y con los Libros celestiales. En esencia, eran portadoras de un pensamiento materialista y de una filosofía de vida materialista.
Al principio, los filósofos y pensadores del mundo islámico no aceptaron ciegamente las ideas y la filosofía de Aristóteles. Las criticaron y no las consideraron exentas de error. Muchos escribieron libros para criticarlas. Allí donde percibían una debilidad del pensamiento griego, lo criticaban duramente. Los mutazilíes, que habían recibido la mayor influencia de la filosofía griega, fueron también sus más grandes críticos. Entre ellos pueden mencionarse en primer lugar los nombres de Nazzam y Abu Ali al-Yubba’i. En el siglo III de la hégira, Hasan ibn Musa criticó varios temas importantes de la lógica de Aristóteles en su obra Kitab al-Ara wa-l-Diyanat. En el siglo IV de la hégira, el imán Abu Bakr al-Baqilani escribió una obra titulada Daqa’iq. En ella criticó severamente la filosofía griega y demostró la superioridad de la filosofía árabe sobre la filosofía griega. En el siglo V de la hégira, el erudito Abd al-Karim al-Shahrastani, autor de la obra al-Milal wa-l-Nihal, escribió un libro criticando las ideas de Aristóteles y de otros filósofos griegos, y criticó severamente sus argumentos conforme a las reglas de la lógica. Hacia finales de ese siglo, el imán al-Ghazali, que Allah tenga misericordia de él, hizo tan evidentes los defectos del pensamiento de los filósofos griegos mediante su obra Tahafut al-Falasifa que el elevado palacio de la filosofía griega continuó estremeciéndose durante cien años. En el siglo VI, Abu al-Barakat al-Baghdadi y el imán Fakhr al-Din al-Razi también emprendieron una amplia campaña contra esta filosofía griega.
A pesar de todo ello, la parte de la sociedad musulmana erudita que sostenía la filosofía griega y consideraba responsabilidad propia traducir, explicar, analizar y difundir la filosofía griega, era devota de la personalidad y la filosofía de Aristóteles. Consideraban que las ideas y la filosofía de Aristóteles estaban por encima de toda crítica. Con el paso del tiempo, su afecto, veneración y lealtad hacia Aristóteles no dejaban de aumentar. En este sentido pueden mencionarse especialmente los nombres del filósofo musulmán Abu Nasr al-Farabi (339 de la hégira–950 d. C.), Abu Ali ibn Sina (428 de la hégira) y, en España, Ibn Rushd (595 de la hégira). Ibn Sina estaba tan embelesado con Aristóteles que, según él, aunque habían transcurrido cientos de años desde Aristóteles, nadie había podido escribir nada más extenso ni novedoso que él sobre la lógica, ni ningún razonamiento había podido ocupar un lugar por encima de su razonamiento. Él parecía ser el único criterio de la verdad. Ibn Rushd fue aún más lejos que Abu Ali ibn Sina. En términos sufíes, podría decirse que, respecto de Aristóteles, se encontraba en el grado de fana fi al-shayj. El célebre escritor Lutfi Yum’a escribió en su obra Tarij Falasifat al-Islam fi al-Mashriq wa-l-Magrib, citando a uno de los biógrafos de Ibn Rushd: «Ibn Rushd llegó al extremo en lo referente a la superioridad y la santidad de Aristóteles. Incluso estaba dispuesto a convertirlo en dios. Consideraba que Aristóteles había alcanzado, en inteligencia y superioridad, un nivel muy por encima del de los seres humanos. Incluso, si Ibn Rushd hubiera sido partidario de la doctrina de la multiplicidad de las divinidades, habría aceptado a Aristóteles como Rabb al-Arbab, es decir, el dios mayor de todos los dioses».
En el siglo VII de la hégira, el mayor defensor de la filosofía griega era Nasir al-Din al-Tusi, también llamado al-Muhaqqiq al-Tusi. Era la época de las invasiones tártaras. La mayor parte del mundo islámico estaba siendo devastada por ellas. Al mismo tiempo, los musulmanes se encontraban en una situación de extrema crisis también en el ámbito del conocimiento. Al-Tusi era un servidor de confianza del emperador tártaro Hulagu Khan, enemigo de los musulmanes. En aquella época y posteriormente, los discípulos de al-Tusi comenzaron a enseñar y a escribir obras en diversos lugares. Gracias a sus esfuerzos se estableció en Irán un sistema educativo cuyo centro estaba ocupado por la filosofía y el mantiq, es decir, la lógica. Algunos han opinado que posteriormente una versión mejorada de este sistema fue introducida en las madrasas de la India con el nombre de Dars-i Nizami. Nasir al-Din al-Tusi y sus discípulos consideraban a Aristóteles el Aql al-Kull, la entidad poseedora de todo el conocimiento o la entidad de conocimiento perfecto, y calificaban de definitivas sus investigaciones y pesquisas. En oposición al imán al-Razi, apoyaron enérgicamente la filosofía de Aristóteles y, de ese modo, le dieron nueva vida.
El imán Ibn Taymiyya nació diez años antes de la muerte de Nasir al-Din al-Tusi. Cuando Ibn Taymiyya entró en el mundo del conocimiento, la filosofía y el mantiq reinaban por todas partes. Nasir al-Din al-Tusi y sus discípulos eran sus principales representantes. El lenguaje del mantiq y de la falsafa (filosofía) era entonces el lenguaje del saber. Cuanto más dominio tuviera alguien del mantiq y de la falsafa, más grande erudito y sabio se le consideraba. Los muhaddizun y los fuqaha no tenían ninguna importancia en este campo. Casi todos habían aceptado aquella situación. Allí donde la filosofía y la lógica negaban claramente la verdad, consideraban que inclinar la cabeza y seguir adelante era la garantía de preservar su dignidad. En esas circunstancias, se volvió indispensable una crítica firme e intrépida de la filosofía y la lógica. Era muy necesario demostrar que la personalidad de Aristóteles no era sobrehumana y que sus investigaciones y pesquisas no eran definitivas, sino que podían contener errores.
El imán Ibn Taymiyya asumió esta responsabilidad. La cumplió de tal manera que, setecientos años después, su influencia permanece intacta en todo el mundo islámico. La filosofía griega se encuentra también en la raíz de la filosofía occidental actual. Al poner al descubierto los errores de esa filosofía griega, abrió asimismo el camino para señalar los defectos de la filosofía occidental contemporánea. Al mismo tiempo, mostró el camino para comprender la sencillez, la capacidad de conmover el corazón y la superioridad del racionalismo coránico.
Demostración de la superioridad del método coránico de argumentación
El conocimiento que los profetas —la paz sea con ellos— recibieron de Allah, el ser humano no puede obtenerlo de ningún modo mediante su propio esfuerzo. Incluso si la persona más inteligente del mundo reflexionara e investigara sobre este asunto durante cien años, al cabo de esos cien años se vería que sigue exactamente donde estaba cien años antes. No habría podido avanzar ni un solo paso. Eso es todo lo que la filosofía griega ha aportado al acervo mundial del conocimiento. La ciencia, las matemáticas, la geografía, la astronomía, la literatura y otras disciplinas de Grecia contribuyeron al progreso de la civilización humana mundial. El imán Ibn Taymiyya —que Allah tenga misericordia de él— también reconoció esto. Reconoció que los árabes y el mundo islámico ayudaron al desarrollo progresivo de la civilización mediante el estudio de estas disciplinas. Pero se sorprendió al observar la ignorancia colosal de los filósofos griegos acerca de Allah, los ángeles y la vida futura. En su obra Ar-Radd ‘ala al-Mantiqiyyin escribió:
Cuando se analiza detenidamente la obra de Aristóteles, el Primer Maestro, sobre Allah, cualquier persona medianamente instruida se queda asombrada. Al final se ve obligada a concluir que quizá no haya en el mundo nadie más ignorante acerca del Señor de los mundos que estos filósofos griegos. Cuando la gente compara los escritos de estos filósofos griegos sobre Allah con las enseñanzas de los profetas y mensajeros, realmente parece que está comparando a los herreros con los ángeles, y al terrateniente de una aldea con el Dueño y Señor de todo el universo. En este último caso todavía podría existir algún grado de comparación. Pero quienes comparan a los filósofos con los profetas son tan injustos como ignorantes. Pues el terrateniente de una aldea al menos se ocupa de mantener el gobierno y el orden de la aldea. Desde ese punto de vista, existe cierta correspondencia parcial entre él y el Gran Señor y Rey del universo. Pero el caso de los filósofos y los profetas es completamente incomparable. Los filósofos ni siquiera pueden acercarse al conocimiento que reciben los profetas. Más bien, puede decirse que incluso los incrédulos, los politeístas y los judíos conocen a Allah mucho más que estos filósofos.
¿Cuál es la causa de esta ignorancia de los filósofos griegos? Para analizarla hay que revisar la historia antigua de Grecia. Durante la mayor parte de la historia se observa que la nación griega era adoradora de ídolos y astros. En aquella época, su pensamiento nacional estaba completamente dominado por el imaginismo, el idealismo y la mitología. Los análisis históricos modernos han demostrado que en la antigua Grecia se practicaba por todas partes la adoración de ídolos y astros. Se habían construido templos de dioses y diosas en todo el país. Miles de nombres de divinidades circulaban de boca en boca. La filosofía griega que, después de ser traducida, adornó las bibliotecas del mundo islámico y luego llegó a Europa a través de los musulmanes, estaba en realidad impregnada de pies a cabeza de la adoración de ídolos y astros. Los filósofos griegos engalanaron estas ideas politeístas con la atractiva terminología técnica de la filosofía. Como los eruditos y sabios musulmanes no conocían bien la historia antigua de Grecia ni el pensamiento religioso de sus filósofos, se entregaron al estudio de aquellas discusiones filosóficas, considerándolas un conocimiento profundo. Emplearon toda su fuerza, capacidad y talento para demostrar que eran verdaderas y correctas. Sin embargo, el imán Ibn Taymiyya logró llegar a las raíces de esta filosofía griega. Al hablar de la exégesis de la sura Al-Ikhlas, escribió:
Por cuanto se sabe de los antiguos filósofos de Grecia, eran politeístas radicales. También sentían una enorme inclinación hacia la magia. Adoraban los astros y los ídolos. Esto también estuvo en la raíz de su profundo interés por la astronomía y las constelaciones.
Incluso entre los musulmanes, quienes siguieron la filosofía de estos hombres no impiden que la gente practique el politeísmo ni consideran indispensable el monoteísmo. Más bien, consideran lícito el politeísmo.
Según el imán Ibn Taymiyya, entre los antiguos filósofos griegos, los anteriores a Aristóteles conocían muchas cosas acerca del conocimiento de lo invisible —como Allah, los ángeles y la vida futura— y de las verdades religiosas, y estaban próximos al islam y a la verdadera religión de Allah. Al explicarlo, dijo que filósofos anteriores a Aristóteles, como Pitágoras, Sócrates y Platón, salieron de Grecia y viajaron a países como Siria y Egipto, donde habían nacido diversos profetas. Se encontraron con los compañeros y seguidores de los profetas David y Salomón —la paz sea con ambos— y obtuvieron de ellos conocimiento acerca del mundo invisible. Pero esto no fue posible en el caso de Aristóteles. Nunca viajó a aquellos países. No poseía ninguna parte de las enseñanzas de los profetas. Su pueblo adoraba los astros. Él poseía cierto conocimiento relacionado con esto y sobre esa base construyó sus propias reflexiones e investigaciones. Más tarde, sus seguidores caminaron ciegamente por su senda.
Desgraciadamente, en el mundo islámico fue precisamente la filosofía de Aristóteles la que se difundió. Filósofos musulmanes como Al-Farabi, Ibn Sina, Ibn Rushd y Suhrawardi estudiaron esta filosofía. Llamaron a Aristóteles el Mu‘allim al-Awwal, es decir, el Primer Maestro.
Como respuesta a la confusión de los filósofos musulmanes surgió el ‘ilm al-kalam, pero el imán Ibn Taymiyya tampoco estaba satisfecho con su método de exposición. Según el imán, para demostrar las verdades religiosas y las realidades invisibles, los teólogos del kalam adoptaron la terminología de la filosofía y el método filosófico de demostración. Este método resultó ser, en gran medida, un fracaso. Más aún, en muchos casos se volvió contra el islam y le causó perjuicio. Señaló la debilidad de muchos mutakallimun —teólogos del kalam—: en numerosos casos planteaban grandes objeciones contra el islam y presentaban con bastante fuerza las dudas formuladas contra él. Sin embargo, sus respuestas solían ser comparativamente mucho más débiles y moderadas. Al mencionar al imán Ar-Razi, escribió en su obra An-Nubuwwat:
El imán Ar-Razi reconoció claramente al final de su vida que había reflexionado mucho sobre el método de los karamitas y el procedimiento filosófico de exposición. Finalmente llegó a la conclusión de que con ello no se cura la enfermedad de ningún enfermo ni se sacia la sed de ningún sediento. Dijo: «He encontrado más cercano el método del Corán».
El imán Ibn Taymiyya escribió que, frente a las pruebas y argumentos intelectuales que los teólogos del kalam y los filósofos musulmanes habían presentado acerca de la existencia de Allah, Su esencia y Sus atributos, las pruebas del Noble Corán son mucho más claras, transparentes, inequívocas y conmovedoras. Además, las nuevas complicaciones y dudas que los filósofos y los teólogos del kalam generan mediante sus argumentos tampoco tienen cabida en el método coránico.
Respuesta a los cristianos
El imán Ibn Taymiyya estaba cumpliendo, en el siglo VIII de la Hégira, la misión de revitalizar el islam. La debilidad nerviosa que había aparecido entre los abanderados del islam setecientos años después de la profecía no era en absoluto insignificante. Doscientos años de guerras de las Cruzadas y, después, las invasiones de los tártaros los habían dejado completamente devastados. Aprovechando esta situación y aquel momento de debilidad de los musulmanes, otras religiones y doctrinas lanzaron una fuerte ofensiva contra ellos. En particular, el cristianismo y las doctrinas cristianas empezaron a presentar las victorias de los tártaros como si fueran sus propias victorias. Ya hemos mencionado anteriormente el júbilo de los habitantes cristianos de una ciudad cuando esta cayó en manos de los tártaros, así como sus actividades contra el islam y los musulmanes. Por estas razones, en aquella época las doctrinas cristianas se estaban manifestando con mucha fuerza ante los musulmanes. Como consecuencia, las murallas de la fe y las obras de muchos musulmanes comenzaron a resquebrajarse.
El imán Ibn Taymiyya inició oportunamente una campaña para curar esta enfermedad de los musulmanes. En sus obras hay innumerables pasajes relacionados con este tema. Incluso escribió sobre ello un libro de cuatro volúmenes y 1395 páginas. El libro se titula Al-Yawab al-sahih li-man baddala din al-Masih (La respuesta correcta a quienes han alterado la religión de Jesús, la paz sea con él).
En realidad, en aquella época vivía un gran número de cristianos en los países islámicos, especialmente en Egipto y Siria. Y, más allá de Siria, se extendía una cadena de países cristianos. La frontera del Imperio bizantino lindaba con Siria. Desde finales del siglo V de la Hégira, los europeos iniciaron una serie de ataques contra Siria y Palestina que continuó durante los doscientos años siguientes; como resultado, una parte de Siria fue arrebatada al dominio musulmán. Además, Bayt al-Maqdis permaneció bajo el control de los cristianos durante noventa años. Más tarde, el sultán Salahuddin Ayyubi derrotó contundentemente al ejército cruzado en la batalla de Hattin y recuperó Bayt al-Maqdis. Sin embargo, después de que los cristianos establecieran un Estado independiente en la costa siria, la audacia de sus misioneros y gobernantes aumentó considerablemente. Soñaban con poner toda Siria bajo la bandera del cristianismo y difundirlo por toda la región. Precisamente en ese momento comenzaron a considerar la lamentable derrota de los musulmanes a manos de los tártaros como una gran oportunidad que Dios les había creado. La tomaron como un presagio de su propia victoria y empezaron a proclamar por todas partes que la religión de Jesús era la verdadera religión y que esa verdadera religión había obtenido ahora la victoria.
En aquel tiempo comenzaron a importarse masivamente del mundo cristiano libros contrarios al islam. Mediante esos libros se intentaba sembrar entre los musulmanes la confusión acerca del islam y demostrar que el cristianismo era la única religión de Dios. El imán Ibn Taymiyya combatió ampliamente esta fitna. Antes de él, muchos eruditos, investigadores y críticos musulmanes habían criticado el cristianismo. Sin embargo, la mayoría no conocía correctamente la historia del cristianismo. Consideraban que el cristianismo era el conjunto de las palabras de Jesús, la paz sea con él, y de los acontecimientos relacionados con él, y por ello le habían concedido la categoría de religión celestial o divina. Como resultado, el cristianismo había adquirido entre los musulmanes mucha más importancia de la que realmente merecía. Esta situación resultó sumamente perjudicial para los musulmanes aquejados de una enfermedad mental.
Pero el imán Ibn Taymiyya conocía plenamente la historia del cristianismo, así como los grandes cambios y transformaciones que se produjeron en su ámbito religioso en Roma y Grecia y su desarrollo inicial en aquellas tierras. Sabía perfectamente que el cristianismo contemporáneo no era más que una mezcla de las enseñanzas de Jesús, la paz sea con él, con las creencias politeístas, las convicciones, las costumbres y prácticas, y las actividades de las divinidades mitológicas de romanos y griegos. En su obra Al-Yawab al-sahih escribió:
Los habitantes de Roma, Grecia y otros países eran, en realidad, politeístas y adoradores de ídolos. Fabricaban ídolos de templos y divinidades y los adoraban. Los cristianos mezclaron dos religiones y formaron una sola: una era la religión de los profetas monoteístas y la otra, la religión de los politeístas. Una parte de su religión consiste en las enseñanzas de los profetas, y la otra, en un conjunto de palabras y actos tomados de la religión de los politeístas. Así crearon una nueva religión, de la cual no se encuentra rastro alguno en las palabras de los profetas.
De este modo, señaló las distintas épocas y etapas de la evolución y alteración del cristianismo. Al mismo tiempo, aclaró también la concepción musulmana del Evangelio. Muchos eruditos musulmanes se equivocan al considerar el Evangelio un Libro de Dios equivalente al Noble Corán. Por ello se dejan influir fácilmente por la propaganda de los predicadores cristianos. También trató este asunto con claridad. Dijo que los propios cristianos reconocen que el Evangelio que hoy está en sus manos no fue escrito en tiempos de Jesús, la paz sea con él, ni por orden suya. Después de que Jesús ascendiera al cielo, dos de sus discípulos, Mateo y Juan, y otros dos que no habían visto a Jesús, Marcos y Lucas, escribieron conjuntamente el libro. (1. Hoy también se ha puesto en duda que Mateo y Juan fueran discípulos de Jesús, la paz sea con él. Véase la obra del médico francés, nuevo musulmán, Maurice Bucaille, El Corán, la Biblia y la ciencia.) También dijo que, del mismo modo que para los musulmanes las palabras, actos, religión y creencias del Mensajero se han conservado mediante cadenas de transmisores fiables, las palabras del Evangelio y de la Torá no pueden situarse en el mismo nivel.
Al explicar la diferencia entre el Noble Corán, la Torá y el Evangelio, dijo: El texto y el significado del Noble Corán nos han llegado desde el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, mediante una cadena fiable de transmisiones. Se ha alcanzado consenso sobre ello, al igual que sobre la sunna del Mensajero y sus circunstancias y acontecimientos. La autenticidad de todo ello ha sido demostrada de diversas maneras.
…El Noble Corán se conserva en los corazones de los musulmanes. Para memorizar el Corán no es condición leer ningún libro escrito o impreso. Aunque, Dios no lo quiera, esos libros fueran destruidos algún día, no habría ninguna dificultad para memorizar el Corán. En cambio, si hoy el libro de la Biblia fuera destruido por alguna razón, los cristianos no tendrían ninguna reserva alternativa de sus palabras. Por eso, en este tipo de libros se han producido, a lo largo de los siglos, diversos cambios, tanto textuales como de significado.
El imán Ibn Taymiyya también mencionó, como una de las principales causas de las alteraciones que los cristianos introdujeron en su religión, que no comprendieron correctamente muchas palabras de los profetas, la paz sea con ellos. Por ello alteraron el significado original de muchas palabras. En este aspecto, los judíos han ido aún un paso más lejos que los cristianos. Insistió mucho en que, para comprender correctamente los Libros celestiales y extraer de ellos enseñanzas precisas, es absolutamente indispensable entender las palabras, las alusiones y la terminología de los profetas. Un ejemplo es la cuestión de llamar a Jesús, la paz sea con él, hijo de Dios. Los discípulos dicen que el Mesías les dijo: «Ciertamente, Dios es mi Padre y vuestro Padre, y mi Señor y vuestro Señor». En la Torá, se llama hijos de Dios a todos los hijos de Israel. A los egipcios se les llamó hijos del faraón. Y, yendo aún más lejos, se llamó hijos del dueño a las crías de los animales. ¿Acaso por eso se convirtieron realmente en hijos nacidos del vientre de la esposa del dueño del animal? El imán Ibn Taymiyya señaló claramente estos errores de los cristianos.
La lucha contra la doctrina chií
Después de los cristianos, entre los grupos extremistas internos de los musulmanes contra los que el imán Ibn Taymiyya emprendió su lucha, los chiíes pueden situarse en primer lugar. Escribió un libro aparte contra las creencias y las actividades extremistas de los chiíes. En realidad, en la comunidad musulmana devastada por las invasiones tártaras contemporáneas y las guerras de las Cruzadas, la propaganda agresiva de los chiíes extremistas logró crear una enorme anarquía. El objetivo del imán Ibn Taymiyya era rescatar a la comunidad musulmana de semejante anarquía.
Antes de analizar aquí las actividades del imán Ibn Taymiyya respecto de los chiíes, es necesario informar a los lectores sobre el origen de la comunidad chií y sus creencias. Desde el final del califato conforme a la vía de la profecía, entre las disputas, tumultos, guerras y conflictos que aparecieron entre los musulmanes y cuya repercusión continuó plenamente durante los extensos períodos de los omeyas y los abasíes, surgieron innumerables fitnas. En la raíz de estas fitnas había cuatro grandes fitnas: los chiíes, los jariyíes, los murjiíes y los mutazilíes. De estas cuatro fitnas originales nacieron todas las fitnas posteriores.
Chií significa «grupo». El plural de chií es shīʿān. Al principio, los partidarios de ʿAlī eran llamados los shīʿat ʿAlī. Más tarde comenzaron a ser llamados chiíes en sentido técnico. Después del fallecimiento del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, algunos miembros de los Banū Hāshim y algunos otros compañeros consideraban que ʿAlī era el más capacitado para el califato. Otros lo consideraban más capacitado que los demás compañeros, especialmente que ʿUthmān. Muchos lo consideraban merecedor del califato únicamente por su parentesco con el Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Pero hasta el período del califato de ʿUthmān, estas ideas no pasaban de ser pensamientos y opiniones. Hasta entonces no habían adoptado la forma de una doctrina o de una creencia.
Todos quienes sostenían pensamientos y opiniones de este tipo reconocían el califato de los tres califas anteriores, incluido ʿUthmān, y les habían prestado juramento de fidelidad. Tampoco protestaron contra ninguna de sus acciones.
Todos quienes sostenían pensamientos y opiniones de este tipo reconocían el califato de los tres califas anteriores, incluido ʿUthmān, y les habían prestado juramento de fidelidad. Tampoco protestaron contra ninguna de sus acciones.
Sin embargo, estas ideas particulares tomaron la forma de una doctrina y una creencia durante y después de la batalla del Camello entre ʿAlī, por un lado, y Ṭalḥa y al-Zubayr, por otro; de la batalla de Ṣiffīn entre ʿAlī y Muʿāwiya; y de la batalla de Nahrawān contra los jariyíes. Después, el doloroso martirio del imán al-Ḥusayn en la llanura de Karbalāʾ ayudó a que los seguidores de estas ideas se unieran y aparecieran como un grupo. Al mismo tiempo, tras el establecimiento del califato, la implantación por parte de los omeyas de un gobierno monárquico peculiar y de un régimen de opresión hizo que en los corazones de los musulmanes comunes ardiera el fuego del resentimiento contra ellos. Luego, durante el gobierno de los abasíes, la inhumana opresión y persecución ejercida contra los descendientes de ʿAlī y sus partidarios despertó en los corazones de los musulmanes comunes sentimientos de simpatía y apoyo hacia ellos. Todo esto dio al grupo mencionado anteriormente la oportunidad de echar raíces firmes y fortalecerse como organización. Kufa era su centro más poderoso. Lo que el sabio Ibn Jaldún describió en su Muqaddima, y ʿAbd al-Karīm al-Shahristānī en su obra al-Milal wa-l-niḥal, sobre las doctrinas particulares de los chiíes puede resumirse así:
Uno. En materia del imanato —los chiíes no reconocen el califato, sino que adoptaron en su lugar el término imanato—, la gente común no tiene autoridad para tomar decisiones. Por tanto, no se puede confiar a los musulmanes comunes la responsabilidad de elegir al imán. Aunque los musulmanes comunes elijan a alguien como imán, este no se convertirá en imán por ello. El imanato es un pilar de la religión y el fundamento mismo del islam. En este asunto, el Profeta no podía ser negligente de ningún modo. No podía marcharse dejando a la comunidad la responsabilidad de elegir al imán. No podía marcharse dejando a la comunidad la responsabilidad de elegir al imán. Más bien, él mismo debía designar al imán antes de partir.
Dos. El imán debe ser maʿṣūm, es decir, estar libre de la mancha del pecado. Debe estar protegido de toda clase de pecados, grandes o pequeños. No cometerá ningún error. Todo cuanto diga o haga será la verdad absoluta y pura.
Tres. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— había designado a ʿAlī como imán después de él.
Cuatro. Cada imán debe ser designado como sucesor por una instrucción explícita del imán anterior. Esto se debe a que esta responsabilidad fue retirada de toda la comunidad y colocada únicamente sobre los hombros del imán.
Cinco. Todas las sectas chiíes coincidían en que los descendientes y la línea familiar de ʿAlī eran los únicos merecedores del imanato.
Para formular estas doctrinas, los chiíes recurrieron a cierto tipo de hadices cuyos autores eran ellos mismos. Ellos mismos los transmitieron y los interpretaron de acuerdo con su propia escuela. Los musulmanes comunes de Ahl al-Sunna wa-l-Jamāʿa no saben ni una palabra sobre estos hadices. Más bien, en palabras de Ibn Jaldún, puede decirse que la mayoría de ellos son mawḍūʿ, es decir, falsos, inventados y espurios. Los narradores de estos hadices no están libres de defectos. Pero volvamos a nuestra discusión anterior. Aunque la mayoría de los chiíes coincidían en las doctrinas mencionadas, debido a sus discrepancias en muchos otros asuntos se dividieron nuevamente en varias sectas. No obstante, entre ellos había dos grandes grupos: los imamíes y los zaydíes. Quienes creen en el imanato de ʿAlī después del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y en la sucesión del imanato entre sus descendientes pertenecen a la secta imamí. A quienes restringen el imanato a los descendientes de Fāṭima se les llama zaydíes. Es decir, se vinculan con Zayd ibn ʿAlī ibn al-Ḥusayn, fundador de esta escuela.
Las distintas facciones chiíes sostienen opiniones diferentes respecto de los musulmanes comunes. Según la opinión de los chiíes más equilibrados, ʿAlī es el mejor de toda la creación. Quienes lucharon contra él y quienes le guardan enemistad y odio permanecerán eternamente en el infierno. Serán resucitados junto con los incrédulos y los hipócritas. Antes de ʿAlī, Abū Bakr, ʿUmar y ʿUthmān habían sido nombrados califas. Según ellos, si ʿAlī hubiera rechazado reconocer su califato y hubiera expresado su descontento interior hacia ellos, también habrían permanecido en el infierno —¡Dios nos libre!—. Pero, como ʿAlī reconoció su liderazgo, les prestó juramento de fidelidad y rezó bajo su dirección, ellos también los aceptaron conforme a las acciones de ʿAlī. No están dispuestos a admitir ninguna diferencia entre ʿAlī y el Profeta salvo la dignidad de la profecía. En todos los demás aspectos, ʿAlī y el Profeta poseen la misma dignidad.
Esta era la opinión de los chiíes equilibrados. Frente a ella, los chiíes extremistas sostenían que los califas que habían asumido el califato antes de ʿAlī eran usurpadores, apropiadores y traidores. Quienes los habían nombrado califas eran descarriados e injustos, porque habían rechazado el testamento del Profeta y habían privado de su derecho al imán verdadero y legítimo. Un grupo de ellos fue aún más lejos y declaró incrédulos a los tres primeros califas y a quienes los habían elegido. Los más moderados entre ellos son los zaydíes. Consideran superior a ʿAlī, pero creen que, aun existiendo alguien superior, una persona inferior también puede ser imán. Asimismo, creen que no existe ninguna instrucción explícita del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— a favor del imanato de ʿAlī. Por eso reconocen el califato de Abū Bakr y ʿUmar. Aun así, sostienen que el imán debe ser designado únicamente entre los descendientes de Fāṭima.
El imán Ibn Taymiyya —que Allah tenga misericordia de él— refutó en diversos lugares de sus obras todas estas creencias, doctrinas y actividades de los chiíes. Por otro lado, asumió la defensa de la creencia de la Sunna y de Ahl al-Sunna, así como de los Califas Bien Guiados y de los nobles compañeros. Pero el modo en que el chiismo se fortalecía en su época, y el torrente de protestas escandalosas que provocaba contra las creencias fundamentales de los musulmanes y contra el carácter del mejor grupo de musulmanes formado por el Mensajero, los Compañeros del Mensajero —a quienes difamaba e insultaba—, perturbó profundamente al imán. Él consideraba que, si el mejor grupo de musulmanes formado por el Mensajero era condenado, los musulmanes ya no tendrían ningún modelo ante sí. Como consecuencia, llegarían al extremo de la anarquía moral. Además, un erudito chií llamado Ibn al-Muṭahhar, favorecido por el rey tártaro Ūlŷāytū Khudābanda, compuso una gran obra titulada Minhāj al-karāma fī maʿrifat al-imāma en apoyo del chiismo y del imanato y contra el califato y Ahl al-Sunna. La obra comenzó a difundirse rápidamente entre los musulmanes. Los chiíes hicieron mucho ruido en torno a ella y afirmaban que era imposible responder a sus argumentos. En esta obra se presentaban pruebas del imanato y de la infalibilidad —es decir, la condición de estar libre de todo error y pecado— de ʿAlī y de Ahl al-Bayt, se protestaba contra el califato de los tres califas y se difamaba a los nobles compañeros; en torno a ello se organizaban grandes debates. Se intentaba demostrar estas afirmaciones mediante versículos del Corán y hadices. La obra entera estaba tan llena de discusiones teóricas, argumentos y pruebas que a un lector común le resultaba completamente imposible sostener una opinión contraria a sus planteamientos.
Al igual que los eruditos chiíes del siglo octavo, el autor de esta obra pertenecía, en materia de fundamentos y creencia, a la secta mutazilí. Por ello, su ataque contra las creencias de Ahl al-Sunna se desarrollaba enteramente según el método filosófico y el de los teólogos especulativos. Por esta razón, también la sociedad intelectual musulmana quedó influida por ella.
A un erudito o escritor común le era imposible escribir una respuesta a una obra de este tipo. Además, por desgracia, los eruditos chiíes en general habían demostrado ser extremadamente audaces al fabricar hadices y atribuirles fuentes. Al mismo tiempo, la ciencia del hadiz había alcanzado entonces una gran amplitud. Se habían recopilado por escrito cientos de miles de hadices. Sus diversas compilaciones estaban dispersas en las bibliotecas de distintas ciudades del mundo islámico. También se había extendido la ciencia de la jarḥ wa-l-taʿdīl y de asmāʾ al-rijāl, es decir, el conocimiento destinado a verificar la exactitud y la solidez de los hadices. Estos materiales no estaban reunidos en una sola biblioteca de una sola ciudad. Por ello, para una persona era en absoluto fácil verificar la autenticidad de los hadices citados en la obra mencionada. Esta tarea solo era posible para alguien que fuera un ḥāfiẓ de las ciencias del hadiz y de los narradores, que conociera de memoria todos los libros de hadices y los nombres y circunstancias de los narradores, y a quien el adversario no pudiera engañar de ningún modo mediante referencias falsas. Además, debía tener ante sí la historia del islam como un libro abierto, de modo que tampoco fuera posible confundirlo ni derrotarlo mediante los laberintos de la historia.
En aquella época, como erudito que reunía semejante conocimiento universal, solo podía mencionarse al imán Ibn Taymiyya. Era tan versado en filosofía y en teología especulativa que podía detectar los errores de las discusiones filosóficas y racionales de sus adversarios, y también poseía una profunda erudición en la ciencia del hadiz. En su época se le comparaba con una vasta biblioteca de hadices. Entre los eruditos era ya proverbial que, si el imán Ibn Taymiyya decía de un hadiz que no lo conocía, en realidad aquel no era ningún hadiz.
Demostró, a partir de la obra de Ibn al-Muṭahhar, que el erudito chií Ibn al-Muṭahhar, al insultar del modo en que lo hizo a los Compañeros del Mensajero —los mejores de toda la humanidad después de los profetas, los afḍal al-khalāʾiq baʿd al-anbiyāʾ— y presentarlos como las criaturas más despreciables de Allah, había asestado un golpe al fundamento mismo del islam. Como consecuencia, se abría la puerta a atacar y criticar la profecía de Muḥammad y al ateísmo. En un lugar del primer volumen de esta obra escribió: «Estos chiíes han presentado como las personas más viles y menos virtuosas de toda la humanidad a quienes, después de los profetas y mensajeros, fueron los mejores y más justos de todas las generaciones anteriores y posteriores. Han relatado sus grandes faltas y han transformado sus virtudes en defectos. En cambio, han presentado como justos y como los mejores de la creación a personas interesadas que solo se habían vinculado al islam para alcanzar sus propios beneficios, personas de las que no había nadie más pecador, inmoral, mentiroso, desleal e injusto, ni más entregado al pecado y a la incredulidad. De este modo, declararon incrédula a toda la comunidad o la demostraron descarriada, salvo a su pequeño grupo, respecto del cual creen que solo él sigue la verdad».
En otro lugar del segundo volumen citó una frase del imán al-Shaʿbī. El imán al-Shaʿbī dijo: «Los judíos y los cristianos conceden a sus profetas más honra que los chiíes. Se preguntó a los judíos: “¿Quiénes son los mejores de vuestra comunidad?”. Respondieron: “Los compañeros de Moisés”. Se preguntó a los cristianos: “¿Quiénes son los mejores de vuestra comunidad?”. Respondieron: “Los apóstoles de Jesús, es decir, sus compañeros”. Y se preguntó a los chiíes: “¿Quiénes son los peores de vuestra comunidad?”. Respondieron: “Los compañeros de Muḥammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—”. Así insultaron a estas personas virtuosas».
En otro lugar del segundo volumen, al describir una costumbre de los chiíes, escribió: «La costumbre permanente de los chiíes es que abandonan la comunidad de los musulmanes, colaboran siempre con los judíos, los cristianos y los politeístas, y solo entablan amistad con ellos. ¿Quién puede estar más descarriado que quienes sienten enemistad hacia los primeros entre los emigrantes y los auxiliares, y mantienen amistad con los hipócritas y los incrédulos?»
Luego describió el papel de los chiíes en diversos problemas nacionales. En particular, al mencionar los hechos en que colaboraron con los incrédulos durante las crisis nacionales, escribió que la mayoría de ellos albergaba en el corazón una alianza con los incrédulos y los apoyaba mucho más contra los musulmanes. Así, cuando los tártaros invadieron el mundo islámico desde el este y mataron a los musulmanes, los chiíes que se encontraban en Jorasán, Siria, Alepo y otras regiones ayudaron a los enemigos. Del mismo modo, cuando los cristianos combatieron contra los musulmanes en Siria, los chiíes fueron sus auxiliares. De este modo se ve que, si se estableciera un gobierno judío en Irak o en cualquier otro lugar, los chiíes demostrarían ser su mayor fuerza auxiliar. Por eso están siempre dispuestos a ayudar a los incrédulos, los politeístas, los judíos y los cristianos, y a apoyarlos contra los musulmanes.
Reconstrucción del saber y el pensamiento islámicos
El imán Ibn Taymiyya —que Allah tenga misericordia de él— fue la personalidad que más conmoción causó en la historia del islam. En el curso de la historia dejó una huella resplandeciente de verdad, justicia, conocimiento y erudición, que continuará inspirando a la comunidad hasta el Día de la Resurrección a seguir el camino de la verdad y la justicia. Seis siglos y medio después del final de la profecía y del califato conforme a la vía profética, enriqueció nuevamente al islam y a la comunidad islámica con el néctar de una nueva vida. Cuando el Profeta transmitía la invitación al islam, no había en ella ninguna ambigüedad ni imperfección. Tras la muerte del Profeta, la suciedad y los desperdicios de todas partes rodearon al islam, y este comenzó a volverse gradualmente confuso; aparentemente, empezó a parecer incompleto. Tras la muerte del Profeta, la suciedad y los desperdicios de todas partes rodearon al islam, y este comenzó a volverse gradualmente confuso; aparentemente, también comenzó a surgir la idea de que era incompleto. En ese momento, quienes limpian y sacuden del cuerpo del islam toda suciedad y todo desperdicio, vuelven a hacer claro el islam verdadero y extirpan de raíz la idea de que el islam es incompleto, son los verdaderos ulemas y los renovadores de la religión. Para ellos, la verdad y la falsedad son claras como el sol del mediodía. Por eso no hablamos de una relación directa con Allah ni de ninguna «tubería directa» del conocimiento. El Corán y la Sunna son suficientes. En materia de verdad y conocimiento, estos dos son los únicos canales de relación con Allah.
El imán Ibn Taymiyya fue precisamente uno de esos verdaderos ulemas y renovadores de la religión. Siete siglos después de la profecía, volvió a establecer el islam en su forma original. Para ello lo liberó de toda la suciedad interior y exterior. Ya hemos hablado anteriormente de tres de las obras renovadoras del imán. Su obra renovadora consistió en reconstruir el conocimiento de la sharía y el pensamiento islámico.
Hasta la época del imán, el conocimiento de la sharía había alcanzado una gran amplitud. En particular, se habían formado enormes bibliotecas basadas en el tafsir, el hadiz, el fiqh, los principios del fiqh y la ciencia del kalam. Alcanzar la maestría en cualquiera de ellas era suficiente para que un estudiante común de aquella época adquiriera fama. Aun así, tampoco era escaso el número de personas eruditas en varias disciplinas. Con solo leer el libro Tabaqat al-Shafi‘iyya al-Kubra se pueden encontrar innumerables ulemas que dominaban simultáneamente todos los conocimientos de la sharía. Se los podría llamar las enciclopedias del conocimiento de la sharía de aquella época. Sin embargo, pese a la enorme práctica y amplitud del conocimiento de la sharía, solo muy pocos ulemas poseían profundidad en el conocimiento. Entre ese reducido número, el nombre del imán Ibn Taymiyya ocupaba el primer lugar.
La memoria del imán era incomparable. Gracias a ello, le resultó sumamente fácil alcanzar la maestría en toda clase de conocimientos. Además, debido a la aguda inteligencia que Allah le había concedido, penetró en la profundidad de cada saber. Sobre cualquier tema que escribía, abría algún horizonte nuevo. En particular, abrió un camino nuevo para adquirir el conocimiento del Noble Corán y de la sharía. El tafsir del Corán era uno de sus temas de estudio especiales y predilectos. No existe ninguna de sus obras que no contenga material relacionado con el tafsir coránico. No se encontrará ninguna obra suya en la que, después de exponer detalladamente los versículos del Corán, no extraiga de ellos argumentos y pruebas. Según sus discípulos, si se reunieran todas las exposiciones sobre tafsir que dejó, podría completarse un tafsir del Corán en treinta volúmenes. Sin embargo, debido a la vida combativa, llena de acontecimientos extraordinarios y dedicada permanentemente al yihad que llevó, no fue posible conservar adecuadamente todos sus manuscritos. Aun así, gracias a los esfuerzos de personas eminentes, se conservaron varias obras suyas relacionadas con el tafsir. Entre ellas, los tafsires de la sura an-Nur, la sura al-Ijlas y las dos suras al-Mu‘awwidhatayn fueron impresos en Egipto. En tiempos recientes se publicó en Bombay un libro titulado Tafsir de Ibn Taymiyya, que reúne las exposiciones sobre tafsir tomadas de diversas obras suyas. También se conserva una obra suya sobre los principios del tafsir, titulada Usul at-Tafsir.
En materia de hadiz, el imán Ibn Taymiyya era considerado un modelo en su época. Sin embargo, no posee ninguna obra independiente sobre el hadiz. No obstante, en sus escritos las exposiciones sobre los principios del hadiz, los nombres de los narradores, la crítica y la validación, la crítica del hadiz y el fiqh del hadiz han alcanzado tal amplitud que, si se reunieran todas, podrían constituir una gran obra suya en varios volúmenes. En particular, en sus libros se encuentran investigaciones sobre los hadices inventados, falsos, forjados y fabricados de una clase que no se encuentra en ningún otro lugar. Sobre este tema, la mayor cantidad de discusión se encuentra en su obra Minhaj as-Sunna, escrita contra los chiíes.
Tampoco son escasas sus exposiciones sobre los principios del fiqh. En este ámbito poseía la categoría de un mujtahid. Aunque, en esencia, él mismo seguía el fiqh hanbalí, no mostró en absoluto tacañería al expresar su opinión independiente. A este respecto pueden mencionarse sus libros Fatwas de Ibn Taymiyya e Iqtida’ as-Sirat al-Mustaqim. Su obra independiente sobre los principios del fiqh se titula Minhaj al-Usul ila ‘Ilm al-Usul.
Si se reúnen las obras del imán relacionadas con la ciencia del kalam, se verá que el kalam y la aqida ocupan el cuarenta por ciento del conjunto de sus escritos. En los títulos de sus libros sobre este tema aparece una característica particular. Los nombres de los libros están vinculados a distintas ciudades; es decir, fueron titulados con los nombres de las ciudades desde las que habían llegado las preguntas. Por ejemplo: Sharh al-Isbaniyya (Isfahán), Risala Hamawiyya, Tadmuriyya, Wasitiyya, Qaylamiyya, Bagdadiyya, Azharíyya, etcétera. Al leer las obras del imán sobre la ciencia del kalam se puede conocer la amplitud y extensión de sus conocimientos.
Su contribución al fiqh no es inferior a la de un mujtahid. Aunque para su época ya había terminado por completo la compilación y organización del fiqh de todas las escuelas jurídicas, su contribución en este campo fue excepcional. Revisó diversos asuntos y normas del fiqh desde la perspectiva de un mujtahid, y analizó las normas a la luz del Libro de Allah, la Sunna del Mensajero, el consenso, la analogía y los principios del fiqh; asimismo, realizó ijtihad e istinbat. Intentó hacer que las opiniones jurídicas y los detalles de los asuntos de fiqh siguieran los hadices auténticos. A este respecto se conservan enormes libros de sus fatwas. Estas obras se han impreso en varios volúmenes. Recientemente se publicó en Egipto una obra suya titulada Fatwas del shayj al-Islam Ibn Taymiyya, en cuatro volúmenes y con 1.586 páginas. Por otro lado, el Gobierno saudí publicó la mayor recopilación de sus fatwas en treinta volúmenes.
Durante varios cientos de años posteriores, el conocimiento del imán ejerció una influencia semejante a la magia en todo el mundo islámico. Incluso en la época actual es difícil encontrar un gran ulema o pensador islámico que esté libre de la influencia de su conocimiento.
En el mundo existen muchas corrientes de pensamiento y doctrinas. Se han formado sobre la base de diversas ideas, imaginaciones, razonamientos, conjeturas, suposiciones, conocimientos obtenidos mediante experiencias y experimentos, discusiones y debates. En cambio, los cimientos del pensamiento y la doctrina islámicos se han levantado sobre la revelación y la profecía de Muhammad. Todo lo que el Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— comunicó acerca de la esencia y los atributos de Allah, Sus actos, el comienzo y el fin del universo, la primera llegada del ser humano al mundo y su destino, la Resurrección, la reunión y la resurrección, las consecuencias de las obras humanas y las demás realidades sobrenaturales relacionadas con la vida religiosa constituye la creencia, el pensamiento y la doctrina islámicos. No existe otro camino para conocer estas cuestiones aparte de la revelación de Allah al Profeta. No existe ninguna posibilidad de conocerlas mediante la reflexión, la investigación, las conjeturas o las suposiciones. La razón humana no puede acercarse siquiera a la esencia y los atributos de Allah. El ser humano tampoco tiene experiencia alguna sobre esto. Estas cosas no pueden verse con los ojos. En el Corán se ha declarado claramente: «No hay nada semejante a Él». Por tanto, en este asunto solo se debe depender del conocimiento concedido por Allah. Y este conocimiento solo se encuentra entre los profetas. Los corazones de los profetas están iluminados por este conocimiento como si hubieran contemplado todo directamente. En su conocimiento no existe ni la más mínima duda. Por eso no hay lugar para expresar la menor duda respecto al conocimiento de los profetas.
El Corán menciona claramente este asunto y dice: «¿Discutís conmigo acerca de Allah, cuando Él me ha guiado en este asunto?». Esto es tan verdadero y claro como el sol del mediodía. Ante la presencia de una verdad tan luminosa, no se necesita ninguna otra filosofía ni ningún otro argumento racional para demostrar la esencia y los atributos de Allah. Sin embargo, al estudiar la historia de la razón humana se verá que, durante miles de años, el ser humano ha intentado analizar estas cuestiones mediante la razón. Aun así, él mismo ha reconocido su incapacidad al respecto. Para tratar estos asuntos, los filósofos crearon por su cuenta ciertos términos técnicos y ellos mismos les dieron significado. Más tarde, los mutakallimun musulmanes utilizaron las terminologías de esos filósofos al intentar responder a sus extravíos. Como consecuencia, en muchos casos también se reconoció el significado limitado de sus términos. Incluso en numerosas ocasiones hablaron de la esencia y los atributos de Allah con tal seguridad que parecía que se trataba de conocimientos obtenidos por experiencia directa, visión y percepción. Salieron llevando la bandera de la protesta contra la filosofía, pero, sin darse cuenta, se unieron al grupo de los filósofos y repitieron todas sus discusiones y debates.
¡Qué admirablemente se dirige el Noble Corán a los filósofos cuando dice!: «¿Lo habéis oído? Antes discutíais sobre cosas acerca de las cuales teníais poco conocimiento. ¿Por qué discutís ahora sobre cosas de las que no tenéis conocimiento? Allah sabe, pero vosotros no sabéis». (La familia de Imrán: 66)
Como consecuencia del estancamiento que había aparecido en el pensamiento y la investigación islámicos durante la época del imán Ibn Taymiyya y durante los varios siglos anteriores, se llegó a considerar el palacio de creencias que los mutakallimun habían construido sobre los fundamentos elaborados por los filósofos para demostrar la esencia de Allah, el tawhid, el Más Allá y las demás verdades invisibles y sobrenaturales como el verdadero fundamento de la religión. Salvo un pequeño grupo de especialistas en hadiz y juristas, todos consideraban las conclusiones racionales de los mutakallimun como el criterio de la aqida islámica. En vez de convertir el Libro de Allah y la Sunna del Mensajero en el criterio de la aqida, hicieron de los libros de los mutakallimun su criterio. Para evitar preguntas y objeciones, realizaban ta’wil de los versículos y hadices, es decir, interpretaciones inventadas. La influencia de la filosofía y de la ciencia del kalam se había apoderado de ellos de tal forma que ni siquiera podían imaginar que hubiera algún error en ella; más bien, intentaban recortar el Corán y el hadiz para ajustarlos a ella.
El imán Ibn Taymiyya criticó severamente esta mentalidad. En lugar de la filosofía, la ciencia del kalam y el racionalismo, estableció los fundamentos de la aqida, el pensamiento y la doctrina islámicos sobre la base del Corán y el hadiz. (En tiempos recientes, el libro de aqida islámica más logrado desde esta perspectiva fue escrito por Muhammad al-Ghazali, de Egipto. Su obra se titula Aqidat al-Muslim. La Fundación Islámica de Bangladesh lo publicó en bengalí con el título Aqida islámica.)
El imán Ibn Taymiyya —que Allah tenga misericordia de él— protestó enérgicamente contra conceder a la razón un poder ilimitado e irrestricto y reconocerla como una fuerza capaz de dictar decisiones acerca de Allah, el Mensajero y la otra vida. En el sentido verdadero, él fue el primer protestante eficaz en este asunto. Fue el rebelde eficaz contra la imprudencia de la razón.
Anteriormente, el imán al-Ghazali había escrito contra las cuestiones relativas a Allah expuestas en la filosofía, las había criticado duramente y se había burlado con gran ingenio del alcance de la razón de los filósofos. Sin embargo, no levantó una voz poderosa contra la atribución de un poder ilimitado a la razón ni contra su incursión en profundas discusiones teóricas sobre asuntos que no conoce correctamente.
El imán Ibn Taymiyya, empleando toda la fuerza de su posición y de su erudición, intentó demostrar que la fuente fundamental de las creencias y de las realidades invisibles se extrae del Libro de Allah y de la Sunna del Profeta. La razón puede ayudar a fortalecerlas y a demostrar su veracidad, pero no puede constituir la base de su demostración. En el primer volumen de su obra Dar’ Ta‘arud al-‘Aql wa an-Naql escribió:
La razón no puede servir realmente como fundamento para demostrar la sharía. No se le ha concedido ningún atributo del que antes careciera, ni se la ha adornado con el atributo de la perfección.
Su afirmación es que la razón solo puede desempeñar el papel de revelar y orientar. Únicamente puede conducir a la persona hasta reconocer la veracidad y la integridad del Mensajero. Después de eso ya no posee ningún poder. La razón puede demostrar que son verdaderas las cosas sobre las que informa el Mensajero y que es obligatorio cumplir las normas que él ordenó. Pongamos un ejemplo: un forastero llegó a una ciudad y buscó al muftí de la ciudad. Un habitante común le mostró el camino hasta la casa del muftí, se lo señaló y le dijo: «Este es el muftí y el ulema de la ciudad». Si después surgiera una discrepancia entre aquel habitante común y el muftí, el forastero debería aceptar la palabra y la decisión del muftí. En tal caso, el habitante común no tiene derecho a presionarlo diciendo que, si él no lo hubiera guiado hasta el muftí, el forastero no habría podido encontrarlo y, por tanto, debe seguir necesariamente su decisión.
El imán escribió que, después de conocer la misión profética, la función de la razón consiste en creer en el Mensajero, obedecerlo, cumplir cada una de sus órdenes sin enredarse en redes de preguntas y considerar definitivas sus palabras. Del mismo modo, en lo relativo a las cuestiones invisibles y sobrenaturales, se deben considerar definitivas las palabras del Mensajero. Según él, frente al Mensajero de Allah, la gente común no posee ninguna categoría. Los mensajeros son veraces y siempre reciben información correcta. Es inconcebible que sus noticias y conocimientos sean contrarios a la verdad. En cambio, la ignorancia y el error de quienes confrontan sus noticias y conocimientos simplemente para exhibir sus ejercicios racionales no tienen límite.
La estructura mental de las personas influenciadas por la filosofía y el racionalismo había llegado a tal punto que aceptaban fácilmente cualquier afirmación de la sharía que resultara aceptable desde la perspectiva de la razón y la filosofía. Pero no podían aceptar aquello que les parecía contrario a sus argumentos y a su racionalismo. Los más audaces entre ellos se negaban directamente a aceptarlo. Lo proclamaban abiertamente: «La sharía debe seguir necesariamente a la razón. Esto es contrario a la razón; por tanto, no es aceptable». Quienes no eran tan audaces continuaban ofreciendo una interpretación tras otra de las afirmaciones de la sharía. Presentaban interpretaciones que no guardaban la menor relación con esas afirmaciones.
Teniendo presente la mentalidad de estas personas, el imán Ibn Taymiyya declaró que es indispensable para el musulmán creer en el Mensajero sin condiciones. Creer en el Mensajero de forma condicionada no puede llamarse fe de ninguna manera. Escribió: Está establecido de manera definitiva en el islam que es obligatorio reconocer la veracidad del Mensajero y creer en él con una fe completa y universal, sin ninguna condición. Hay que aceptar como verdaderas todas sus noticias y obedecer todas sus órdenes. Toda afirmación contraria a ello debe considerarse inválida. Quien acepta como verdaderas las palabras del Mensajero que caben dentro de los límites de su razón, pero niega aquellas que contradicen su opinión y su razón, da prioridad a su propia razón sobre las noticias del Mensajero y, al mismo tiempo, pretende afirmar que cree en la veracidad del Mensajero, es contradictorio consigo mismo. Y quien dice: «No estoy dispuesto a considerar verdadera ninguna palabra del Mensajero hasta juzgarla con mi conocimiento y mi razón y comprenderla», no cabe duda de su incredulidad.
El imán Ibn Taymiyya, al examinar las afirmaciones de quienes se proclaman defensores de la razón, demostró que las conclusiones racionales erigidas contra las palabras de los profetas y mensajeros y frente a las luminosas verdades del Corán y la Sunna son, en la mayoría de los casos, simples fantasías y quimeras; y que, al analizarlas profundamente, se demuestra que no son más que imaginaciones imposibles de la razón. Dijo que los filósofos llaman «teología» a las grandes conclusiones de las que se enorgullecen y que presentan contra las palabras de los profetas; pero, si se las juzga con imparcialidad, no se verá diferencia alguna entre ellas y los delirios de un loco.
Sin embargo, el imán no escatimó esfuerzos para otorgar a la razón su verdadera categoría. Según él, en diversos lugares el Noble Corán exhorta a utilizar la razón y ponerla en práctica. Sostiene que no puede existir contradicción entre una razón correcta y equilibrada y las palabras veraces de los profetas y mensajeros. Al describir el resultado de su estudio profundo y amplio, dijo: «No he encontrado ninguna contradicción entre la razón y las palabras del Mensajero». Pero la condición es que la razón sea equilibrada —lo que el Corán llama razón sana— y que las palabras del Profeta se hayan conservado correctamente, sin ninguna alteración.
Sobre este tema escribió una obra en cuatro volúmenes. Su título es Bayan Muwafaqat Sarih al-Ma‘qul li-Sahih al-Manqul. En este libro intentó demostrar que no existe contradicción entre el razonamiento correcto y las palabras no alteradas de los profetas y mensajeros. La razón correcta siempre ha ayudado a demostrar la veracidad de ese tipo de palabras.
Afirmó con profunda convicción que ningún hadiz contradice la razón. Y si existiera algún hadiz de ese tipo, se vería que los especialistas del hadiz ya lo habían identificado como débil o inventado. Se negó a aceptar la afirmación de los filósofos y de los mutakallimun de que el fundamento del Corán se basa únicamente en la transmisión y la audición. Demostró que en el Corán se encuentran los mejores argumentos y razonamientos. Los argumentos coránicos son tan irrefutables que, aunque se presentaran mil argumentos contra ellos, no sería posible refutarlos.
En resumen, el imán Ibn Taymiyya siempre sostuvo que la revelación y la profecía son el fundamento de la aqida, no la razón ni el razonamiento. Intentó demostrarlo en sus diversas obras. Probablemente no exista un solo libro suyo en el que no exponga esta afirmación o, al menos, no la insinúe. De este modo intentó someter el racionalismo de su época al control del Corán y la Sunna. Gracias a este esfuerzo, el pensamiento y la orientación islámicos se fortalecieron y continuaron dando fuerza a la comunidad durante varios cientos de años.
Palabras finales
Todo genio es excepcional. Sin embargo, entre ellos llamamos a algunos genios trascendentes. Ellos superaron su propia época. Incluso su huella permaneció imborrable en las épocas posteriores. Uno de esos genios fue el imán Ibn Taymiyya, que Allah tenga misericordia de él.
Desde el primer estremecimiento de la juventud hasta la inmovilidad de la vejez, y hasta el último instante de su vida, cumplió con su responsabilidad. Jamás admitió el fracaso ni la incapacidad. Era como un océano insondable: una ola tras otra rompía contra él, y luego llegaba otra ola. En su pecho había una fuerza vital inagotable. Resulta asombroso pensar que el imán también era como un océano. La fuerza de su corazón era inagotable; parecía no tener fin. En su patria y en el extranjero, durante sus viajes, mientras se encontraba en algún lugar del camino o recluido en prisión, la inagotable reserva de fortaleza mental y energía de trabajo que poseía asombró al mundo de su época. La gente común había encontrado el camino hacia su corazón. Él era el gobernante del reino de sus corazones.
¿Hasta qué punto logró cambiar el curso de su época? ¿Cuál fue el alcance de su éxito en establecer firmemente el islam en su forma correcta? ¿Logró introducir algún cambio en la estructura estatal? Estas preguntas surgen naturalmente al considerar los esfuerzos del imán por revitalizar el islam. Estas preguntas nos ayudarán a determinar el lugar del imán en la historia del islam.
Antes de entrar en un análisis detallado, deseo citar a este respecto un hadiz del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él dijo:
*************আরবী*************
Es decir: «Mi comunidad es como la lluvia; no se puede decir si su primera parte es mejor o su última parte». El imán Tirmidhi narró este hadiz de Anas ibn Malik, que Allah esté complacido con él. A la luz de este hadiz, puede decirse que el mérito de todas las personas de la comunidad que lideraron la labor de revitalización islámica es igual. Sin embargo, debido a las circunstancias y al entorno, el trabajo de algunos fue más difícil que el de otros. ¿En qué tipo de entorno y circunstancias salió adelante el imán Ibn Taymiyya? En la primera mitad del siglo VII de la Hégira, antes del nacimiento del imán, las invasiones tártaras habían devastado todo el territorio del mundo islámico desde el río Indo hasta el río Éufrates, salvo Egipto y Siria. Los musulmanes que sobrevivieron en esa región, al cambiar continuamente de residencia, se habían convertido casi en un pueblo nómada. Junto con el deterioro económico, también habían decaído su honor y su dignidad. A causa de la destrucción de los centros del conocimiento, la educación y la cultura, habían sido arrojados verdaderamente al abismo de la ruina. El terror incesante, la agitación y el desorden habían dejado a su identidad nacional sin saber qué hacer. Aunque hacia el final la situación había comenzado a cambiar un poco, es decir, los tártaros empezaban a abrazar el islam, ¿cuánto había disminuido con ello la desgracia de los musulmanes? Estos gobernantes tártaros recién convertidos al islam no eran en absoluto inferiores a los gobernantes no musulmanes en cuanto a la ignorancia de la ley divina. Bajo su dominio, la conducta moral del pueblo musulmán, de la sociedad de los ulemas, de los juristas, los cadíes y los shayjs se había deteriorado mucho más. Una parte de los ulemas se había entregado al servicio de los opresores. (Sin embargo, en el Corán, en la sura al-Qasas, Allah puso estas palabras en boca de Moisés, que la paz sea con él:
*************আরবী*************
«¡Señor mío! Por el favor que me has concedido, jamás seré ayudante de ningún delincuente, es decir, de ningún opresor».) El ijtihad había quedado completamente cerrado; más bien, en cierto sentido, puede decirse que se había convertido en un pecado. Las escuelas jurídicas basadas en el fiqh se habían convertido cada una en una religión independiente. Según el ilustre Abul Ala Maududi, en aquella época la triple alianza de las masas ignorantes y extraviadas, los ulemas mundanos y estrechos de miras, y la clase gobernante ignorante y opresora se había fortalecido de tal manera que someter el cuello ante la espada de aquella coalición no era menos que entregarse a ella. (Tajdid-e Ihya-e Din, pág. 81, sexta edición, 1955, Lahore.) En este contexto podemos juzgar qué tarea tan grande y difícil había asumido el imán. No solo reactivó la corriente del conocimiento verdadero y exacto procedente del Corán y del hadiz, sino que también adoptó el camino del ijtihad para resolver los nuevos problemas. Podemos dividir sus labores reformadoras en varias categorías.
Uno. Criticó severamente la filosofía griega. Como resultado de su crítica, la máscara de conocimiento e infalibilidad cayó del rostro de la filosofía griega, y todas sus debilidades se hicieron claramente manifiestas. En realidad, debido principalmente al efecto de su crítica, la oscuridad comenzó a desaparecer también del horizonte intelectual de los occidentales, y ellos mismos se convirtieron en críticos de esta filosofía, aunque mucho después de él.
Dos. Presentó argumentos sólidos en defensa de la doctrina, las creencias, las normas y las leyes islámicas. Sus argumentos y sus declaraciones portaban la verdadera fuerza vital del islam. Rechazando el método griego, estableció una base para presentar argumentos apoyándose en el conocimiento común. Este era el método más cercano al Corán y a la Sunna.
Tres. No se limitó a protestar contra el seguimiento ciego de cualquier imán, sino que además practicó él mismo el ijtihad y lo demostró. Recopiló diversas pruebas del Corán, la Sunna y la vida de los compañeros, y mediante un examen independiente y justo de las discrepancias entre las distintas escuelas jurídicas basadas en el fiqh, planteó innumerables cuestiones nuevas. Como consecuencia, se descubrió un nuevo camino para el ijtihad. Asimismo, realizó una investigación minuciosa sobre la sabiduría de la sharía y el método legislativo del Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Sus fatwas son un tesoro inestimable para la comunidad en este ámbito. Su obra servirá de guía a quienes han practicado el ijtihad después de él y a quienes lo practiquen en el futuro.
Cuatro. Por así decirlo, emprendió un auténtico yihad contra las innovaciones religiosas y las prácticas politeístas. Por ello afrontó graves peligros, pero no les prestó ninguna atención. Al hablar de este asunto, el ilustre Abul Ala Maududi dijo de manera muy acertada: «De todas las corrientes turbias que hasta entonces se habían mezclado con el claro manantial del islam, el imán Ibn Taymiyya no dejó escapar ni una sola. Luchó con dureza contra cada una de ellas, las eliminó y presentó por separado ante el mundo el método del islam puro». Sus adversarios no dejaron de utilizar ninguna arma contra él. Contra él se emplearon toda clase de armas: desde falsas acusaciones y ataques armados para asesinarlo, hasta arrojarlo a la ira del poder y enviarlo a prisión. Pero superó todas las pruebas con paciencia. Se plantó sin miedo bajo la espada desnuda del gobernante opresor. La mirada airada del gobernante no pudo impedirle ni por un instante decir la verdad.
Entonces, ¿puede afirmarse sin duda que no logró cambiar el curso de su época? De ningún modo. Los musulmanes no se comportaban en la primera mitad del siglo VIII como se habían comportado hasta la primera mitad del siglo VII. Había cambiado mucho su manera de vivir. Ahora habían aprendido a caminar con la cabeza erguida y con dignidad. Habían encontrado el propósito de sus vidas. La diferencia entre el islam y la incredulidad se había vuelto clara ante ellos.
Todo esto fue, de manera especial, mérito de un siervo de Allah, de un hombre muyahid. Después de su muerte, la celebración de oraciones funerarias en ausencia por todo el mundo musulmán, desde Egipto hasta la lejana China, demostró la inmensa popularidad que tenía entre los musulmanes. Tampoco escatimó esfuerzos para establecer firmemente el islam de manera correcta. Intentó realizar todas las reformas posibles dentro de la estructura estatal vigente. Por ello, cuando fue necesario, se enfrentó con firmeza al poder político, y en otras ocasiones colaboró con él. Sin embargo, no le fue posible intentar una transformación revolucionaria de la estructura estatal. Ni siquiera pudo dar ningún paso que lo encaminara en esa dirección.
Bibliografía
1. Tarij-e Da‘wat wa Azimat, tomos 1 y 2 — Maulana Abul Hasan Ali Nadwi
2. El imán Ibn Taymiyya — Shaykh Abu Zuhra (Egipto)
3. Tarij-e Islam — Maulana Akbar Shah Najibabadi
4. La predicación del islam — T. W. Arnold
5. Monthly Urdu Digest, Lahore — febrero de 1968
6. Monthly Tarjumanul Qur’an, Lahore — abril de 1938
7. Fatwas del imán Ibn Taymiyya
8. Tajdid wa Ihya-e Din — Maulana Sayyid Abul A‘la Maududi
9. Jilafat wa Mulukiyyat — Maulana Sayyid Abul A‘la Maududi