Palabras del traductor

En aquel entonces, en Egipto se llevaba a cabo el infame intento de revivir la civilización faraónica. Se organizaban esfuerzos para borrar las huellas del islam en todos los ámbitos. En un momento tan crítico, los Hermanos Musulmanes hicieron su aparición en 1928. El imán Hasan al-Banna, el más grande predicador del siglo, acudió con la bandera del movimiento en sus manos.

Es sumamente importante que los militantes consagrados al movimiento por el establecimiento de la religión conozcan la historia del programa y la estrategia de acción con los que los Hermanos Musulmanes emprendieron su camino para establecer el islam en la era moderna. El rodillo de la opresión y la persecución que se hizo pasar sobre los Hermanos Musulmanes no tiene parangón entre los demás movimientos islámicos de la era moderna. Junto con los hombres, las dirigentes mujeres también fueron objeto de la más infame persecución y barbarie de la historia. Miles de personas fueron sometidas a los castigos más severos sin haber cometido delito alguno, únicamente por ser familiares de miembros de los Hermanos Musulmanes. Aun así, superaron la prueba de fuego de la fe. Esta historia de la opresión y la persecución sufridas por los Hermanos Musulmanes nos inspirará también a renovar y fortalecer nuestra fe.

Sobre todo, la razón por la que he sentido la necesidad de traducir este folleto es encontrar un análisis comparativo entre las actividades y el papel de los Hermanos Musulmanes en el establecimiento de la religión y nuestro movimiento. Las medidas que los Hermanos Musulmanes adoptaron y llevaron a la práctica con el objetivo de reformar la sociedad realmente nos asombrarán.

También es necesario reflexionar sobre cuánto hemos avanzado o, por el contrario, cuánto nos hemos quedado atrás respecto al impulso y la aceptación que tenía el movimiento de los Hermanos Musulmanes en la primera mitad del siglo XX, es decir, hace aproximadamente setenta años. Además, debemos estar plenamente informados sobre los tipos de obstáculos, impedimentos, opresión y persecución que puede afrontar un movimiento islámico en la era moderna, así como sobre los recursos, la solidez de la fe y la perspicacia necesarios para hacerles frente.

El difunto Jalil Ahmad Hamidi ha presentado, en un espacio muy reducido, una imagen clara del movimiento de los Hermanos Musulmanes. Por razones justificadas, ha sido necesario modificar ligeramente el título original del folleto. Si los lectores obtienen de él algún pequeño beneficio, nuestro esfuerzo habrá valido la pena. Que sea una fuente de inspiración para todos los que participan en el movimiento por el establecimiento de la religión. Amén.

–El traductor

En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso

La situación previa al surgimiento del movimiento

Inmediatamente después del final de la Primera Guerra Mundial, Egipto cayó en una grave crisis política. En el interior del país comenzaron a aflorar diversos problemas nacionales y tribales. Cuando los turcos, portadores de la bandera del nacionalismo turco, anunciaron la abolición del sistema del califato, el nacionalismo y el patriotismo cobraron gran fuerza entre los árabes como consecuencia de aquella reforma. Por su historia, su prestigio político, la posición nacional de Al-Azhar y muchas otras razones, Egipto había asumido el liderazgo del mundo árabe. Por ello, cuando en Egipto surgieron los lemas del nacionalismo y el patriotismo, sus ecos se escucharon inmediatamente en todos los países árabes. Varios movimientos nacionalistas comenzaron a desplegar sus alas. El lema de Saad Zaglul (f. 1927):

(**********************árabe**********************)

(La religión pertenece a Dios y la patria nos pertenece a todos) cobró prominencia. Bajo el liderazgo de Mustafa Nahhas Pachá (f. 1964), comenzó la marcha del Partido Wafd. El movimiento nacionalista, oculto tras el culto a la patria y utilizando como pretexto la abolición del califato por los turcos, dio lugar, como resultado prolongado y de amplio alcance, al inicio de un conflicto ideológico entre el ateísmo, el zoroastrismo, las ideas obscenas y la adoración de Occidente). La posición de los reformistas era bastante sólida, porque tenían bajo su control el poder y los medios de comunicación y propaganda. Frente a ellos, los abanderados del ideal islámico no solo eran débiles, sino que incluso aquello que poseían carecía de autosuficiencia. Además, las disputas y hostilidades mutuas entre los partidos políticos contaminaron el ambiente del país. Cuando el Partido Wafd llegaba al poder, se dedicaba a intentar dañar la imagen del Partido Dastur. Por el contrario, cuando el Partido Dastur asumía el poder, creaba el pretexto de purificar el país de las manos del Partido Wafd.

Por entonces se publicó la infame obra de Ali Abd al-Raziq, Al-Islam wa usul al-hukm (El islam y los fundamentos del sistema de gobierno), propia de aquella época. El tema central de esta obra era que la religión no tenía ninguna relación con los asuntos políticos y estatales, y que en el islam no había lugar para conceder derechos políticos al sistema del califato. La obra de Taha Husayn, Fi al-shi’r al-yahili, también fue producto de aquella época llena de conflictos, en la que se sembraron dudas y sospechas incluso acerca del propio Corán. En Tahrir al-mar’a, de Qasim Amin, se reivindicaba una libertad para las mujeres como la que las mujeres occidentales disfrutaban sin restricciones. En nombre de la libertad de pensamiento y de expresión se lanzaban ataques contra el islam y contra todas las demás religiones. El semanario As-Siyasa era el portavoz de los reformistas. Promovía imparcialmente la reforma, el resurgimiento de la civilización faraónica y el establecimiento de relaciones con Occidente. Los influyentes líderes del Partido Dastur, Adli Yakan, Abd al-Jaliq Sabit, Ismail Sidqi, Muhammad Mahmud y Lutfi al-Sayyid, eran sus patrocinadores y alentaban sus ataques contra el islam. Sin embargo, tras la muerte de su poderoso editor (1926), también dejó de publicarse para siempre. Después, en el mundo de la prensa solo sobrevivió el semanario Al-Fatah, de Muhibb al-Din al-Jatib. Pero su situación era tal que, ¿quién podría oír la voz de un pájaro cantor dentro de una sala de música?

Como he mencionado, la posición de la religión era débil y negativa. En esas circunstancias, después de Sayyid Jamal al-Din al-Afgani (1897), Muhammad Abduh consolidó su misión. Sin embargo, el jeque Muhammad Abduh fracasó completamente en el terreno político. Asimismo, a diferencia de su maestro Jamal al-Din al-Afgani, temía a Europa. De entre sus discípulos no surgió ningún hombre combatiente aparte de Sayyid Rashid Rida (1933). Aunque el campo de acción de Rashid Rida era limitado y él apoyaba el nacionalismo árabe en el conflicto entre turcos y árabes, después de él también se apagó la voz necesaria, y aparte de Mustafa Sadiq al-Rafi’i no había nadie que avanzara con autosuficiencia para enfrentarse a aquella tormenta de materialismo y extravío.

La situación llegó a ser tan deplorable que no solo en Egipto, sino también en la mayoría de los países árabes, comenzaron a enseñarse consignas faraónicas y nimrodianas. La eminente personalidad de la estirpe profética, Faisal ibn Husayn, dijo:

(*******************árabe**********************)

Es decir, Arabia se había convertido en la Arabia anterior a Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y a Musa (la paz sea con él).

En la Universidad de Damasco se sacó públicamente el féretro de Dios. En los colegios y universidades, las burlas y mofas contra el islam y Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) continuaban sin impedimento. En las reuniones políticas, pronunciar el nombre del islam se había convertido en motivo de humillación. En los parques y jardines, los musulmanes devotos incluso sentían vergüenza de rezar. Cuando la situación llegó a este extremo, un día el sentido de la dignidad de la verdad se alzó con toda su grandeza, y Allah hizo por medio de un joven de Mahmudiyya aquello que ni siquiera los grandes ulemas y jeques habían podido hacer. Él era el imán Hasan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes.

Hasan al-Banna: personalidad y esencia

Hasan al-Banna nació en 1906, en el seno de una familia islámica de Mahmudiyya. Aunque su padre, el jeque Ahmad Abd al-Rahman al-Banna, se dedicaba a fabricar relojes, era un gran erudito. Poseía profundos conocimientos de hadiz y jurisprudencia islámica, y también había memorizado el Corán por completo. [El jeque Ahmad Abd al-Rahman al-Banna escribió numerosas obras sobre la explicación de los hadices. Publicó muchas obras antiguas después de revisarlas y corregirlas desde una nueva perspectiva. Editó el Musnad del imán Ahmad ibn Hanbal (que Allah se complazca con él) conforme a los capítulos de la jurisprudencia islámica. Mencionó la fuente, los narradores y la cadena de transmisión de cada hadiz, y escribió notas explicativas al pie. El título de esta obra es Al-Fath al-Rabbani fi Tartib Musnad al-Imam Ahmad al-Shaybani, y el de su comentario, Bulugh al-Amadi min Asrar al-Fath al-Rabbani. Asimismo, escribió una obra de clasificación y explicación sobre el Musnad de Abu Dawud al-Tayalisi, titulada Manhat al-Ma’bud. Hizo más accesibles el Musnad del imán al-Shafi’i (que Allah se apiade de él) y las Sunan mediante su recopilación y edición desde una nueva perspectiva, bajo el título Bada’i al-Musnad. Abd al-Rahman al-Banna realizó este trabajo académico enteramente por iniciativa propia y de manera individual. Falleció en 1960.]

Abd al-Rahman al-Banna hizo que su prometedor hijo memorizara el Corán desde la infancia y despertó su interés por el estudio del conocimiento religioso. Además de recibir educación en casa, Hasan al-Banna ingresó en la escuela ad-Diniyya de Ismailia. Aunque esta escuela funcionaba bajo supervisión estatal, se concedía especial importancia a la enseñanza y la formación religiosa. A los catorce años (1920), Hasan al-Banna ingresó en la Escuela Normal de Mahnur y, a diferencia de sus compañeros, llevaba una vida islámica con gran devoción. Después se le confió la tarea de enseñar en un centro educativo. Sin embargo, marchó a El Cairo para cursar estudios superiores e ingresó en Dar al-Ulum (la actual Universidad de El Cairo). En aquel entonces, Dar al-Ulum era llamada el pequeño Azhar. Además de las ciencias y los conocimientos modernos, la psicología, la filosofía, la lógica, las ciencias políticas, las ciencias sociales y las matemáticas, prestó especial atención a la lingüística. Su método de aprendizaje era innovador. En 1927, Hasan al-Banna obtuvo el título de graduado en Dar al-Ulum. Posteriormente, el Ministerio de Educación lo nombró profesor en la madraza Amiriyya de Ismailia (una escuela pública), donde se incorporó a su puesto. En aquel momento tenía veintiún años. En 1933 fue trasladado de Ismailia a El Cairo. Desde entonces residió en El Cairo. En 1946 renunció a su puesto en el Ministerio de Educación y se dedicó por entero a expandir la da’wa y construir la organización.

Hasan al-Banna fue más un da’i que un erudito. El entorno familiar y la educación recibida contribuyeron a formarlo de la manera que Allah había dispuesto para que realizara por medio de él el servicio que deseaba. Además de la educación del Azhar, el sistema educativo de Dar al-Ulum contribuyó especialmente a iluminar sus cualidades propias de un da’i. El ambiente corrompido, la tormenta del ateísmo y los esfuerzos fallidos de los intelectuales azharíes provocaron en él intensas oleadas de angustia y preocupación. Allah le había concedido una personalidad sumamente firme e intrépida, capaz de conservar la serenidad incluso en los tiempos más difíciles. No solo estaba dotado de perspicacia política y social, sino que poseía plenamente las cualidades y capacidades de un da’i. Aunque comenzó su camino en solitario, en poco tiempo convirtió el jardín deshojado del islam en un vergel fértil, llegando a ser la fuerza vital de una nación. En lugar de fertilizar ese jardín regándolo con agua, reavivó la sunna de fertilizarlo con sangre. Además, fundó, con personas inclinadas a la pureza de carácter, una jama’a que avanzaba con todo su ímpetu por el Rah-e Junun que él había propuesto.

La inspiración para la da’wa y la reforma, así como para el yihad y el bien, con la que Allah había bendecido a Hasan al-Banna, se manifestaba en cada aspecto de su vida. En marzo de 1928 se estableció en Ismailia la estructura formal de una organización llamada los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, la vida de Hasan al-Banna ya había demostrado que esta personalidad ejercía influencia no solo en Egipto, sino en todo el mundo árabe.

Relación con la da’wa islámica

Cuando Hasan al-Banna era estudiante de la madraza al-Rashad al-Diniyya, un día, al pasar junto al río de Mahmudiyya, vio una barca de vela detenida en la orilla, sobre la cual estaba colgada una estatua de madera desnuda. Al ver aquella escena, Hasan al-Banna se sintió profundamente disgustado. Inmediatamente acudió al puesto de policía local y presentó una queja contra la estatua ante el oficial de policía. Impresionado por la conciencia religiosa del joven estudiante, el oficial fue de inmediato hasta el barquero y retiró la estatua desnuda del mástil. Por entonces, los estudiantes de la madraza al-Rashad al-Diniyya fundaron una organización llamada Yami‘at Ajlaq al-Adabiyya, y Hasan al-Banna fue elegido su presidente. Pero ¿cómo podía esta asociación satisfacer las elevadas aspiraciones de aquel joven predicador? Fuera de la madraza, fundó otra organización, llamada Yami‘at Man‘ al-Muharramat (Asociación para la Prevención de los Actos Ilícitos). Esta organización enseñaba a la gente a hacer el bien por medio de cartas. Si recibía información sobre alguien que estaba involucrado en actos prohibidos e injustos o que descuidaba el cumplimiento de alguna obligación religiosa, le enviaba anónimamente una carta en la que se le advertía y se le infundía temor de Dios y del Más Allá.

Cuando Hasan al-Banna llegó a la Escuela Normal de Profesores de Damanhur, conoció al jeque de la tariqa Hifasiyya. Los discípulos de la tariqa Hifasiyya celebraban una sesión de dhikr después de la oración de la noche. Hasan al-Banna se vio influido por aquella sesión espiritual, y su entusiasmo por ordenar el bien y prohibir el mal se fortaleció aún más. Así dispuso la Providencia especialmente su formación espiritual. Aunque la tariqa Hifasiyya era una cadena sufí, Hasan al-Banna tomó de ella únicamente el sustento del alma. Pues, a su juicio, la predicación de la religión debía ser amplia y expansiva, en lugar de quedar limitada a un método particular. Era necesario convertir esta predicación en la base del aprendizaje, la formación y la yihad. Por aquel entonces, también se estrechó su relación con otro comerciante sufí. Este comerciante llevaba a los alumnos de la escuela a visitar las tumbas una vez cada diez días y allí les relataba las historias de vida de los hombres piadosos. Sus corazones se enternecían y sus ojos se llenaban de lágrimas. En su interior brotaban el fervor y la inspiración para obedecer a Allah y al Mensajero. La relación de Hasan al-Banna con los hermanos Hifasíes se hizo cada vez más profunda. Hasan al-Banna los reunió y estableció una asociación. La llamó Yami‘at Hifasiyya Jayriyya (Asociación de Servicio de los Hermanos Hifasíes). Hasan al-Banna fue elegido secretario de esta asociación. Tenía dos objetivos: primero, invitar a la formación de un carácter moral elevado y oponerse a las actividades prohibidas y censurables; segundo, hacer frente a los misioneros cristianos, que propagaban el cristianismo bajo el pretexto de ofrecer atención médica, capacitación para el desarrollo y orfanatos. Hasan al-Banna apenas tenía catorce años por entonces.

Primeros esfuerzos en El Cairo

Después de matricularse en Darul Ulum de El Cairo, por un lado, el entorno exterior y, por otro, sus sentimientos internos comenzaron a inquietarlo. Posteriormente, se incorporó como miembro a la Jamiyyat Makārim al-Ajlāq, que era la única organización reformista en el calamitoso ambiente del Cairo de aquella época. Participaba regularmente en las reuniones de esta organización. Sin embargo, al observar cómo El Cairo se encaminaba por el mal camino y se hundía rápidamente en la decadencia moral y la occidentalización, Hasan al-Banna consideró que no bastaba con remediarlo mediante sermones únicamente en las mezquitas. Pensó que, en realidad, quienes no acudían a las mezquitas eran quienes más necesitaban sermones y exhortación. Era necesario suscitar en ellos el pensamiento de la reforma religiosa y moral. Con este propósito, Hasan al-Banna formó un grupo integrado por estudiantes de Darul Ulum y de al-Azhar, y los animó a interesarse por impartir clases y formación, así como sermones y exhortaciones, en las cafeterías y en las reuniones públicas. Como miembro de este grupo, el propio Hasan al-Banna acudía también a las cafeterías para impartir clases sobre el Corán y los hadices. Por ello, los jeques lo ridiculizaban y difamaban repetidamente a causa de su oposición a los juegos de azar, a la adicción a diversas bebidas y a las conversaciones frívolas. Pero esta labor tuvo éxito, traspasó las ciudades y los puertos, y comenzó a aplicarse también en las aldeas. Del seno mismo de este grupo se formó un comité encargado de supervisar la difusión y expansión de la predicación del islam. Durante las vacaciones de verano, el grupo se volvía extraordinariamente activo. Las ciudades y las aldeas se convertían en su campo de trabajo. Hasan al-Banna y sus compañeros obtuvieron dos cosas de este método de predicación: la autosuficiencia y la práctica de hablar en público.

Pero, después de la revolución definitiva, la oleada de ateísmo que comenzó en Egipto y la manera en que cada joven receptivo se sentía atraído por ella hicieron que aquel limitado y débil clamor resultara ineficaz. Bajo el pretexto de la libertad y la democracia, comenzaron a importarse periódicos, revistas, obras literarias y libros de un tipo cuyo único propósito era debilitar la conciencia religiosa y erradicar de los corazones del pueblo el respeto y el amor por la religión. Así, según las exigencias de los partidarios de la libertad, el país llegaría a estar verdaderamente lleno de libertad de pensamiento y de acción. A juicio de Hasan al-Banna, la situación exigía una labor grande y completa. Por ello, exhortó a los ulemas y a los jeques a prestar atención a esta tarea y los animó a salir al campo organizados y sobre una base colectiva. Se entrevistó con Sayyid Rashid Rida, editor del periódico Al-Manar, y estableció relaciones con Muhyiddin al-Jatib, propietario de Al-Maktab al-Salafiyya. Expresó el dolor y la angustia que llevaba en el corazón al célebre erudito religioso de al-Azhar, el jeque Uzbi. El jeque Muhammad Jazar al-Husayn presentó ante el jeque de al-Azhar una queja sobre la situación. Intercambió opiniones con Fardi Uzdi, quien por entonces era uno de los principales sabios de Egipto. Hasan al-Banna se reunió con todos ellos y los exhortó a trabajar por el islam con profunda y sincera dedicación. Como resultado de su actividad, se produjo una gran agitación en estos círculos: primero se publicó el semanario Al-Fath y posteriormente se fundó la Asociación de Jóvenes Musulmanes. Al-Fath, bajo la dirección de Muhibbuddin al-Jatib, elevó el grito de la yihad en el templo del pensamiento ateo; y la Asociación de Jóvenes Musulmanes, bajo el liderazgo del doctor Abd al-Hamid Sa’id, proclamó su firme determinación de rescatar del extravío a la nueva generación. Hasan al-Banna no solo se incorporó a la Asociación de Jóvenes Musulmanes, sino que fue considerado uno de sus fundadores. En aquel momento, Hasan al-Banna era estudiante del último curso de Darul Ulum. El tema de la tesis que Darul Ulum le asignó llevaba por título: «¿Qué desea hacer después de concluir sus estudios y qué medidas adoptará para ello?». Hasan al-Banna respondió por escrito:

Quiero ser un predicador y un formador. Durante la mayor parte del día formaré a la nueva generación de Egipto, y por la noche y en los días festivos intentaré explicar a sus padres el propósito del dīn. Les informaré dónde se encuentran las fuentes de la paz y la prosperidad, y cómo se alcanzan la felicidad y la alegría en la vida. Para este fin seguiré únicamente los medios que estén a mi alcance: mediante discursos, debates y conversaciones mutuas; mediante la redacción de libros y folletos, recorriendo caminos y lugares. En suma, recurriré a toda herramienta atractiva que pueda servir de ayuda.

Este es el fervor de aquel joven, que en alta mar no solo albergaba el firme deseo de salvar su propia vestimenta, sino que al mismo tiempo se preocupaba por proteger la vestimenta de los demás.

 Estancia en Ismailía y fundación de la organización

En 1927, Hasan al-Banna obtuvo el diploma de Dar al-Ulum. Después fue nombrado profesor en la madrasa Amiriya de Ismailía. Ismailía era una base de los ingleses y el canal de Suez estaba bajo el control de las fuerzas inglesas. La Compañía del Canal de Suez —sobre la que se había establecido la concesión inglesa y francesa— mantenía sometida la arteria económica de Egipto. Los musulmanes estaban divididos en grupos religiosos. Descontenta con las disputas y controversias religiosas, la población comenzó a inclinarse hacia las tabernas en lugar de las mezquitas. En estas circunstancias, Hasan al-Banna seleccionó tres cafeterías de Ismailía y, mediante discursos y conversaciones, animó a la gente y despertó en ellos el sentido de la responsabilidad de establecer el dīn.

En marzo de 1928, un grupo de personas distinguidas y conscientes de Ismailía se reunió en la casa de Hasan al-Banna. Los seis miembros del grupo eran, respectivamente, Hafiz Abd al-Hamid, Ahmad al-Hasri, Fuad Ibrahim, Abd al-Rahman Hasabullah, Ismail Izz y Zaki al-Magrebi. Estas personas habían venido con la firme determinación de trabajar. Después de conversar e intercambiar opiniones, encomendaron a Hasan al-Banna la supervisión del trabajo, el liderazgo y la orientación. Además, prestaron la bayʿa, comprometiéndose a aceptar todo sacrificio y toda ofrenda posibles para proteger a los musulmanes. Cuando surgió la cuestión del nombre que tendría esta pequeña organización, Hasan al-Banna dijo inmediatamente: «Todos somos los Hermanos Musulmanes». Estas palabras salieron espontáneamente de sus labios, y desde entonces la organización pasó a ser conocida como los Hermanos Musulmanes.

Después de fundar la organización, Hasan al-Banna permaneció cinco años en Ismailía. Luego, en 1933, se trasladó a El Cairo. Durante esos cinco años en Ismailía, la organización desarrolló sus actividades de manera muy discreta y cautelosa. La mezquita era el centro principal de la organización, y su misión era: «Colorear toda la vida con el color del islam».

Además de Ismailía, Hasan al-Banna y sus compañeros salían a propagar la daʿwa entre los habitantes de las regiones circundantes. En los días de descanso semanal se dirigían a las zonas cercanas. Asimismo, durante las vacaciones anuales se dispersaban por diversas regiones lejanas. Las clases de formación, las conversaciones y los discursos eran los medios para propagar la daʿwa. Algunos shayjs y personas envidiosas convirtieron a Hasan al-Banna en objeto de censura y críticas. Sin embargo, incluso en aquellas circunstancias adversas, esta inundación silenciosa continuó fluyendo. Los miembros de la organización impartían lecciones en las reuniones públicas. El tawhid y la ājira eran sus temas. Partiendo de las cuestiones controvertidas, examinaban la situación general del país. Se concienciaba a la población sobre los males internos y externos. La mayoría de quienes respondían a su daʿwa pertenecía a la clase trabajadora. En palabras de Hasan al-Banna, no había aldea ni barrio al que no hubieran llegado los miembros de la organización. De mezquita en mezquita, de casa en casa y en las casas de descanso, propagaron la daʿwa.

El resultado de los trabajos de estos cinco años fue el siguiente: en el plazo de dos años se establecieron sucursales en Abu Suwayr, Port Said y Bilah. En el tercer año se fundó también una sólida sucursal en Suez. En el cuarto año se establecieron diez sucursales. En Ismailía se abrió una escuela para niñas.

Con el traslado del imán Hasan al-Banna a El Cairo, la actividad de la da‘wa entró en una nueva etapa. Hasta entonces había sido un esfuerzo inicial. Pero después adquirió la categoría de una organización más amplia en el país. En otras palabras, en El Cairo la presencia de los Hermanos Musulmanes adquirió la forma de un movimiento pleno.

Las diversas etapas del movimiento

La primera etapa se extendió desde 1933 hasta 1939. En esta etapa, el movimiento apareció en una forma plena. La segunda etapa continuó desde 1939 hasta 1945. En ella, esta da‘wa entró públicamente en el ámbito político. Como fuerza organizada y cohesionada, se convirtió, a ojos del Gobierno, en una causa de problemas. Por consiguiente, las nubes de la prueba se cernieron sobre ella. La tercera etapa abarcó nueve años, desde 1945 hasta julio de 1954. Durante ella, por un lado, el movimiento de los Hermanos se extendió a todos los rincones de Egipto; por otro, se le impuso una política de represión extrema. Fue en esta etapa cuando el imán Hasan al-Banna alcanzó el martirio. El profesor Hasan al-Hudaybi fue elegido nuevo Guía General del movimiento. Después tuvo lugar una revolución militar en el país. Finalmente, esta etapa llegó a su fin cuando el Gobierno revolucionario declaró ilegales a los Hermanos y condenó a sus dirigentes a la horca. A continuación se presenta un breve informe de las actividades de estas tres etapas:

Primera etapa:: 1933 – – 1939 d. C.

Reforma silenciosa

Durante los primeros años en El Cairo, esta prédica continuó, como antes, de manera silenciosa y discreta. Se pronunciaban sermones y se mantenían debates en las mezquitas, se organizaba a los partidarios y colaboradores, se establecían diversas ramas y se viajaba a ciudades y aldeas. Un año después (1934), el imán Hasan al-Banna, al presentar en un artículo el informe de las actividades anuales, dijo: «La prédica y los objetivos de los Hermanos se han extendido a más de cincuenta ciudades y aldeas de Egipto. En cada una de ellas se ha puesto en marcha algún tipo de proyecto benéfico. Por ejemplo, en Ismailía, los Hermanos han construido una mezquita y establecido un club. Se han abierto una escuela llamada Hira para la formación de muchachos y otra llamada Umm al-Mu’minin para las muchachas. En Shibin al-Qanater se han establecido una mezquita y un club, una escuela para niños y un instituto técnico. Los muchachos que no terminan sus estudios ingresarán en él. Asimismo, en Mahmudía se han abierto fábricas de tejidos y alfombras. Además, se han establecido escuelas para la memorización y la lectura del Sagrado Corán. En Kafr al-Dawar también se han puesto en funcionamiento madrasas para la memorización y la lectura. En suma, cada rama, desde Awfu hasta Alejandría, ha puesto en marcha algún tipo de proyecto benéfico.»

Contribución en el ámbito de la educación y petición de reformas al Gobierno

La propia naturaleza de la prédica y los nuevos problemas del país ampliaron el ámbito del movimiento. Las cuestiones culturales y políticas también se integraron en sus objetivos. En el ámbito cultural, los programas educativos y formativos que los Hermanos pusieron en marcha no solo obtuvieron aceptación entre la población, sino que el propio Gobierno tampoco pudo evitar sentirse atraído por ellos a nivel estatal. El primer ministro Muhammad Mahmud Pasha aconsejó a los Hermanos abrir escuelas también en aquellas regiones donde el Gobierno no tenía escuelas. Hasan al-Banna llamó su atención sobre ello en una extensa carta:

La moralidad de la sociedad egipcia se enfrenta a la destrucción. La grandeza y la belleza de la excelencia moral han quedado desdichadamente hechas añicos. Desde todos los flancos se intenta debilitar sus fundamentos. Los jóvenes y la juventud, y prácticamente cada individuo y cada familia, se han convertido en blanco de la destrucción y han llegado a necesitar una reforma inmediata. Para la reforma también es necesario adoptar diversos medios. El método fundamental y básico consiste en reformar el sistema educativo, introducir los cambios necesarios en el sistema estatal, crear buenas oportunidades y ámbitos para que los jóvenes aprovechen su tiempo libre y combatir la injusticia con mano firme.

Desde Mahmud Pasha hasta los albores de la Segunda Guerra Mundial, el imán Hasan al-Banna escribió, en nombre del grupo, a todos los ministros cuyos gabinetes se establecieron en el país. En esas cartas se presentaban propuestas de reforma interna. Se recomendaba mejorar la situación del país en los aspectos social, económico y cultural. Además, se exigía la aplicación de la sharía islámica. En la carta que escribió a Mahmud Pasha, describió detalladamente la situación de la nación egipcia y mencionó que Egipto padecía ignorancia, pobreza, enfermedad, decadencia moral y atraso en el ámbito educativo. En la carta de exhortación que le envió al primer ministro escribió:

La solución y el remedio para todo ello se encuentran en las enseñanzas del Libro de Allah. Si se alegara que los ingleses están en el poder del país, sería una excusa absolutamente infundada. Los ingleses no tienen ninguna relación con nuestros asuntos internos. Y si se argumentara que aquí viven millones de extranjeros, eso también demostraría ser irrelevante. Podemos convencerlos mediante el diálogo. Ellos mismos comprobarán cómo las normas y enseñanzas del islam protegen sus derechos y garantizan la seguridad de sus vidas y sus bienes. Esto mismo se lo diremos también a los no musulmanes. Deben estudiar nuestra historia para ver cómo mantenemos la justicia y la equidad con ellos. El problema principal es el propio liderazgo egipcio. Desconocen el llamamiento y el espíritu del islam. Es necesario que ellos mismos regresen a la fe islámica y a la sharía. La enfermedad del ateísmo llegó a Egipto desde Turquía. Por ello aconsejamos al Gobierno de Muhammad Mahmud Pachá que, para hacerle frente, enaltezca la palabra del islam y la convierta en su propio modo de proceder.

Llamamiento a los líderes del mundo musulmán

La carta más importante de los Hermanos Musulmanes fue la que escribieron en 1936 al presidente de Egipto, Faruk, al primer ministro, Mustafa Nahas Pachá, y a los dirigentes de los países árabes y musulmanes. El título de la carta era «El llamamiento de la luz». La carta aún existe ante nosotros en forma de un pequeño folleto de treinta y cinco páginas. En ella, con gran concisión y extraordinaria elocuencia, comienzan exponiendo los conceptos fundamentales y elementales del islam, así como la civilización islámica. También señalan claramente que, pese a la existencia de una filosofía de vida tan excelsa, adoptar el modo de vida, la cultura y el sistema social occidentales es sumamente perjudicial. Tras esta introducción, presentan un análisis comparativo de la filosofía de vida islámica y la occidental. Describen las características de ambos sistemas. Por consiguiente, se concluye que el islam garantiza, en todos los ámbitos —ya se trate de la administración militar, la educación y la salud, las reformas económicas y sociales o las leyes y normas del Estado—, el progreso de la umma musulmana y un entorno pacífico. Finalmente, se presentan propuestas de reforma en cincuenta ámbitos: diez de ellas relacionadas con la política, la justicia y las políticas y sistemas estatales; treinta, con asuntos sociales y educativos; y diez, con cuestiones económicas. En realidad, estas propuestas se elaboraron con un esfuerzo enorme. Basta echarles un vistazo para comprender que sus redactores no solo poseían conocimientos librescos, sino también experiencia práctica derivada de su implicación directa en los problemas del país. Aunque han transcurrido treinta años desde entonces, las propuestas aún parecerán igualmente útiles y vigentes. Las palabras finales de la carta eran las siguientes:

Estamos dispuestos a dedicar todo nuestro esfuerzo, nuestras capacidades y nuestros recursos a cualquier gobierno que esté firmemente decidido a consagrarse al progreso y al bienestar de la umma musulmana. Responderemos espontáneamente a cada uno de sus llamamientos y estaremos dispuestos a realizar todo sacrificio y entrega.

En 1938 se escribió una carta al presidente de Egipto. En ella se mencionaba la acusación de que los partidos políticos habían sembrado el caos en el país. También se escribieron cartas sobre el mismo asunto al príncipe Umar Tusun y al príncipe Muhammad Ali Tawfiq.

La opinión de los Hermanos era que todos los partidos políticos existentes en aquel momento se habían constituido por iniciativa propia y no eran representativos del pueblo. Y aquel era el momento de oro para que todos los patriotas se unieran en torno al objetivo islámico correcto y lo llevaran a la práctica con todas sus fuerzas y mediante un esfuerzo sincero. En 1938 también se entregó un largo memorándum al ministro de Justicia, Ahmad Jásaba Pachá, en el que se le exigía que, aunque durante cincuenta años se habían probado leyes y normas no islámicas, estas habían demostrado ser un fracaso absoluto. Ahora debía ponerse a prueba la sharía islámica. En esta carta también se presentaban testimonios reconocidos de los propios occidentales sobre la utilidad y superioridad de la ley islámica.

En 1938, cuando Mustafá Nahhas Pasha asumió el cargo de primer ministro, los Hermanos Musulmanes también le presentaron un memorando. Se le exigió que la política exterior de Egipto se consolidara sobre el principio fundamental de la amistad con los países islámicos y que su objetivo fuera establecer la unidad islámica. En 1939 se escribió otra carta a Nahhas Pasha, en la que se le aconsejaba que la vida de los miembros del Partido Wafd, dirigido por él, se inspirara en los verdaderos ideales del islam. Asimismo, se proponía que el Partido Wafd formulara sus objetivos y propósitos a la luz de los principios islámicos. Esta declaración incluía propuestas para reformar los principios de los legisladores, eliminar la diferencia entre los tribunales ordinarios y los tribunales de la sharía islámica, y aplicar la sharía islámica en todos los tribunales. También se presentó un esquema para reformar el sistema educativo. Se incluían propuestas para proporcionar entrenamiento militar a todo ciudadano sano, combatir la injusticia, modificar la política económica, frenar la tendencia a imitar a Europa y corregir el deterioro de las normas y prácticas gubernamentales. El tema central de todas estas cartas era establecer en Egipto una sociedad islámica y un gobierno islámico. En los países árabes, estas cartas fueron sumamente útiles para despertar los sentimientos de las personas de mentalidad islámica.

Los Hermanos Musulmanes no se limitaron a escribir cartas. Más bien, utilizaron todos los mejores métodos y medios disponibles para aconsejar y convencer al grupo gobernante egipcio. En 1963, Hasan al-Banna se reunió con Nahhas Pasha. En aquel momento, Nasim Pasha era primer ministro. Los Hermanos Musulmanes exigieron al gobierno de Nasim Pasha que se introdujera la educación religiosa entre los maestros egipcios. Hasan al-Banna también informó detalladamente a Nahhas Pasha sobre esta exigencia y, debido a que era un político prominente del país, obtuvo su apoyo para ella. Nahhas Pasha estaba tan influido por Hasan al-Banna que, según las propias palabras de Hasan al-Banna, lo consideraba, es decir, consideraba a Hasan al-Banna, un consejero guía del Partido Wafd.

La postura de principio de los Hermanos Musulmanes respecto a los Estados no musulmanes

De acuerdo con los esfuerzos que realizan los Hermanos Musulmanes para conducir el Estado por el camino correcto, es necesario saber que, hasta ahora, ninguno de los sucesivos gobiernos que han llegado al poder en Egipto —ya fuera del Partido Dustur, del Partido Wafd o de Azad— ha contado con el respaldo de los Hermanos Musulmanes; por el contrario, estos siempre se han mantenido alejados de ellos. El propósito de esta política de los Hermanos Musulmanes era el siguiente:

«De un gobierno establecido directamente sobre principios no islámicos jamás puede esperarse ningún bien. No es digno de recibir ningún tipo de cooperación ni patrocinio.»

Aunque el grupo gobernante es musulmán y no niega abiertamente el islam. Por esta razón, los Hermanos Musulmanes exigen a cada gobierno reformas y rectificaciones, y continúan apelando a la implantación de un sistema islámico completo en el país. Al mismo tiempo, ellos mismos se convierten en sus seguidores. Nunca han adoptado el camino del terrorismo ni del uso de la fuerza. Por el contrario, se observa que, si alguna vez un gobierno reconoce que acepta sinceramente sus demandas, ellos tampoco escatiman su apoyo.

Colectivo llamamiento

En esta etapa, la última y más importante actividad fue que la misión de la Hermandad se manifestó como una da‘wa amplia, integral y de gran alcance. En 1938 se celebró en El Cairo la Quinta Conferencia, en la que el imán Hasan al-Banna pronunció un largo discurso. En él expuso detalladamente, con plena explicación y análisis, los objetivos y el programa de la Hermandad. Aludiendo a la amplitud de su da‘wa, dijo:

La Hermandad de los Musulmanes es una antigua da‘wa, porque invita a retornar a las raíces del islam y llama a seguir las fuentes originales del Libro de Allah y de la Sunna del Mensajero. Es una vía sunní, porque la Hermandad procura seguir la Sunna purificada en todas las costumbres, conductas y actos de adoración. Es sufismo, pues, según el pensamiento de la Hermandad, la base de la virtud es la purificación del alma, la pureza del corazón, la práctica constante, la independencia de las criaturas, el amor a Allah y la cooperación en el camino del bien. Es un partido político, porque, por un lado, la Hermandad exige al Gobierno reformas en los asuntos internos y exteriores y, por otro, educa a la nación en la identidad propia y el sentido de la dignidad. Es una organización militar, porque la Hermandad concede gran importancia al entrenamiento físico y forma equipos deportivos. Es una asociación cultural, pues los clubes de la Hermandad son, en realidad, escuelas de enseñanza y formación, e instituciones para iluminar la conciencia, el intelecto y el espíritu. Es una empresa económica, porque el islam orienta a obtener riqueza dentro de una perspectiva particular y la Hermandad establece empresas comerciales y económicas para fortalecer la economía nacional conforme a las enseñanzas del islam. Es una filosofía social, porque la Hermandad presta atención a todas las enfermedades de la sociedad, reflexiona sobre su tratamiento y se esfuerza por liberar de ellas a la nación. (Resumen)

El islam y la perspectiva de la Hermandad sobre él

En este discurso, Hasan al-Banna expuso ampliamente los objetivos, principios y programa de su partido, la perspectiva del partido sobre los problemas nacionales y su política respecto de los demás Estados musulmanes. Posteriormente, este discurso fue adoptado como los principios fundamentales del partido. Por ello, considero necesario describir algunos de sus aspectos importantes.

«Algunas personas consideran que el islam se limita únicamente a los actos externos de adoración. Si los practican ellos mismos o los realiza otra persona, con eso quedan satisfechos. Algunas no consideran que el islam sea más que una conducta elevada y una espiritualidad plena. Para ellas, el islam consiste en mantenerse completamente alejadas de toda la vileza de la vida material. Ciertas personas no avanzan más allá de frases atractivas sobre el aspecto práctico y combativo del islam. Algunas consideran el islam algo heredado y digno de imitación, sin sacrificio ni beneficio alguno en su lucha vital. Por eso, no se entrometen en absoluto en asuntos relacionados con el islam. Este tipo de palabras pueden oírse de quienes están teñidos por la civilización y la cultura extranjera. Existen también varios grupos de naturaleza similar que sostienen una perspectiva particular sobre el islam. Nosotros creemos que las enseñanzas y las normas del islam están relacionadas tanto con la vida mundana como con la vida terrenal. Quienes creen que las enseñanzas del islam se limitan al aspecto espiritual de la vida o al ámbito de la adoración individual, y que no tienen relación con los demás campos de la vida, están sumidos en un grave error. El islam es tanto credo y fe como adoración. Es nación, pueblo, religión, sistema de gobierno, espiritualidad y acción práctica. El islam es, por un lado, el Corán y, por otro, la espada. El Corán trata todos estos asuntos y los reconoce como temas fundamentales del islam». (Resumen)

Al exponer las características distintivas de la da‘wa de la Hermandad, Hasan al-Banna señaló que estas características no se encuentran entre sus grupos contemporáneos. Algunas de ellas son:

1. Libre de discrepancias jurídicas

2. Independencia de los círculos influyentes

3. Alejados de los partidos políticos

4. Adherencia al principio de la gradualidad en el método de trabajo

5. Trabajo práctico y fructífero, ajeno a la publicidad

6. Rápida expansión de la da‘wa en ciudades y pueblos

Objetivos y política de trabajo

Los objetivos y la política de trabajo se han descrito brevemente de la siguiente manera: el objetivo y la aspiración de los esfuerzos y la lucha de los Hermanos no son sino familiarizar a la nueva generación de musulmanes con las enseñanzas auténticas y correctas del islam, de modo que siga plenamente el islam en todos los ámbitos de la vida. Para alcanzar este objetivo, la política de trabajo que han adoptado puede resumirse así:

Cambiar la opinión pública y formar a los abanderados y partidarios de la da‘wa conforme a las enseñanzas islámicas, para que puedan permanecer estrechamente vinculados al islam y convertirse en un modelo para los demás en la obediencia y el seguimiento del islam.

Al presentar ante los miembros de la organización las cualidades y características del da‘í ideal, Hasan al-Banna dijo:

Cuando entre vosotros se hayan formado trescientos hombres, cada uno de ellos fortalecido espiritualmente por la fuerza de la fe y la doctrina, adornado en el ámbito del pensamiento y la conciencia con el conocimiento y la cultura civilizada, y físicamente en plena salud y con una formación militar completa, entonces podréis pedirme que, llevándoos conmigo, atraviese la inmensa extensión del mar, flote por el vacío del cielo y luche contra todas las fuerzas de la falsedad. Entonces, si Dios quiere, no tendré ninguna duda en emprender esta tarea.

La acusación de terrorismo y ambición de poder, y su respuesta

Al responder a algunas objeciones, dudas y sospechas de los opositores, señala: Un grupo nos pregunta: ¿Acaso están incluidos el Estado y el poder entre las actividades de los Hermanos Musulmanes? Como vosotros pensáis, los Hermanos Musulmanes siguen plenamente los límites islámicos en todas sus acciones y planes. Al creer en el islam, reconocen la importancia del Estado tanto como la de la predicación y la exhortación. El tercer califa del islam, el honorable Uthman —que Dios esté complacido con él—, dijo:

**************ÁRABE***************

“Dios, mediante el gobierno y el poder del Estado, impide aquellas cosas cuya prevención no puede lograr únicamente el Corán.”

El Profeta —que Dios le bendiga y le conceda la paz— consideró el poder uno de los pilares del islam, y en los libros de jurisprudencia el poder también ha sido incluido entre las creencias y los principios fundamentales, no entre las ramas.

La mayoría de la gente pregunta si los Hermanos Musulmanes utilizan la fuerza para alcanzar sus objetivos. Sin embargo, los Hermanos ni siquiera quieren considerar lo que se entiende por una revolución terrorista. En ninguna circunstancia confían en este método, ni desean aprovecharse de él ni beneficiarse de él. De este modo, dicen claramente a todos los gobiernos de Egipto que, si la situación continúa así y los especialistas no piensan en ningún método para remediarla, su inevitable consecuencia se manifestará en forma de una revolución extremista. Pero esto no significa que los Hermanos Musulmanes vayan a organizar una revolución de esta naturaleza, ni que su predicación produzca semejante resultado. Más bien, esta surgirá como consecuencia de la presión de las circunstancias, de las exigencias de los acontecimientos y del retroceso frente a la reforma. (Resumido)

En esta etapa, los Hermanos Musulmanes también publicaron varias revistas semanales y mensuales. En este período aparecieron los semanarios At-Ta’aruf y Ash-Shi’a, así como la revista mensual Al-Manar. Poco después, además del periodismo islámico en suelo egipcio, se instauró la práctica de enviar equipos de predicación al extranjero y se establecieron contactos con otros países árabes. Posteriormente, en esos países se fundaron sedes de los Hermanos Musulmanes sobre la base de las oportunidades, las facilidades y las relaciones mutuas, que adquirieron la condición de centros permanentes.

Segunda etapa (1939 – 1945)

 

Inicio de la prueba

Esta etapa abarcó seis años. Durante esos años, el mundo estaba envuelto en la pólvora de la guerra mundial. En ese período, el movimiento de los Hermanos Musulmanes se convirtió en víctima de una extrema opresión y persecución. Antes, este movimiento era ignorado por considerárselo un esfuerzo reformista y religioso. Pero cuando su predicación comenzó a abordar por sí misma todos los ámbitos de la vida y, junto con una revolución intelectual y social, planteó también la exigencia de reformas políticas y administrativas, la frente del grupo gobernante se llenó de arrugas de preocupación. En esta etapa, pese a las innumerables pruebas de fuego, se produjo un desarrollo extraordinario en las dos vertientes del movimiento.

La razón de su progreso y ascenso en la etapa siguiente fue que, inspirados por los esfuerzos, la lucha y la labor constructiva de los Hermanos Musulmanes, profesores y estudiantes universitarios se sintieron atraídos y comenzaron a asistir a sus reuniones. En particular, personas de diversas profesiones vinculadas a las universidades Fuad I y Al-Azhar comenzaron también a incorporarse en grupos. Comerciantes, industriales, ingenieros, médicos, profesores, abogados; en suma, personas de distintas clases se unieron a ella. Por un lado, las actividades económicas del grupo se ampliaron cada vez más y, por otro, también se lograron diversos avances en la labor educativa, cultural y de entrenamiento físico. Se establecieron filiales en las regiones más remotas del país y se implantó entre ellas una planificación disciplinada. En una palabra, este grupo apareció dentro del país con la dignidad de una organización poderosa y comenzó a clavarse como una espina en los ojos de sus adversarios.

Era la época de la guerra mundial. Los gobiernos locales comenzaron a seguir a los partidos políticos, tanto por voluntad propia como por indicación de las potencias imperialistas; se instauraron en el país leyes y normas caóticas, y comenzaron los enfrentamientos entre el gobierno y los partidos. En esta etapa se formaron en el país, uno tras otro, ocho gabinetes: los gabinetes de Alí Maher, Hussein Sabri, Hussein Sirri, Mustafá Nahas, Ahmad Maher, Nakrashi Pachá, Ismail Sidqi y, nuevamente, el de Nakrashi Pachá. Durante los gobiernos de Alí Maher y Hussein Sabri, los Hermanos Musulmanes continuaron, como de costumbre, realizando por medio de los periódicos la labor de predicación, así como la de ordenar el bien y prohibir el mal. Más aún, cuando Alí Maher presentó la propuesta de mantener a Egipto alejado de la guerra, los Hermanos Musulmanes apoyaron incondicionalmente dicha propuesta.

Instigadores de la prueba

Después de que Hussein Sirri Pachá asumiera el poder, se abatieron sobre los Hermanos Musulmanes una extrema persecución y opresión. El rápido avance que la predicación de los Hermanos Musulmanes estaba logrando de la noche a la mañana estaba obstaculizando los privilegios de los ingleses. La política de los Hermanos Musulmanes que Hasan al-Banna mencionó en la quinta asamblea (ya descrita anteriormente) bastaba para convencer a los ingleses de que este movimiento se convertiría en una montaña de obstáculos para ellos en todo el mundo árabe.

El Partido Constitucional de Adli Yakan o el Partido Wafd de Mustafa Nahhas deseaban, sin duda, la independencia de Egipto. Pero ambos partidos eran nacionalistas y su atractivo se limitaba al valle del Nilo. En cambio, el llamamiento de Ikhwan al-Muslimun estaba libre de todos esos vínculos. Ikhwan al-Muslimun siempre enarboló la bandera de la unidad nacional. También apoyó la unidad árabe, y la unidad islámica era asimismo su misión. No juzgaban la unidad nacional o árabe desde la perspectiva en que lo hacen los nacionalistas o los adoradores de la nación. Más bien, solo enarbolaban la bandera de esa unidad con el objetivo del resurgimiento y la expansión del islam. Hasan al-Banna explicó en la mencionada conferencia que el islam no propugna las fronteras geográficas ni los vínculos de sangre y linaje. El islam considera a todos los musulmanes una sola nación y considera a todos los países islámicos como un solo país, aunque geográficamente estén muy alejados unos de otros. La unidad de los países islámicos no admite división. La opresión ejercida sobre cualquiera de sus partes provoca una corriente de opresión sobre toda la existencia. Por ello, Ikhwan al-Muslimun considera la unidad islámica sumamente sagrada y digna de respeto. En cuanto al califato, describió la posición de Ikhwan al-Muslimun afirmando que considera el califato un símbolo de la unidad islámica y un faro de amistad y profundos vínculos entre las distintas naciones musulmanas. Además, concede la máxima importancia a la concepción del califato y a los esfuerzos por restablecerlo.

Dirigiéndose a los Estados europeos, dijo: Ikhwan al-Muslimun considera opresores a los gobiernos que oprimen o han oprimido a los Estados islámicos; es necesario rechazar por la fuerza a esas potencias agresoras.

Sobre esta base, Ikhwan al-Muslimun alzó su voz por la independencia de Palestina, la independencia de Argelia y la independencia de todos aquellos países islámicos sobre los que se cierne la infame sombra del imperialismo. Y con este propósito exhortó a la nación musulmana al yihad.

Esta posición de Ikhwan al-Muslimun era insoportable para los ingleses. La embajada británica y el comandante en jefe británico ejercieron presión sobre Hussein Sirri Pasha. Como consecuencia, el gobierno de Hussein Sirri cerró primero los semanarios de Ikhwan al-Muslimun, sus órganos oficiales, At-Ta’aruf y Ash-Shi’a, así como la revista mensual Al-Manar. Después prohibió la publicación de cualquier tipo de literatura. La imprenta de Ikhwan al-Muslimun fue sellada. Los dirigentes del movimiento fueron enviados a distintos lugares. El imán Hasan al-Banna fue enviado de El Cairo a Qena, y su ayudante Ahmad al-Sukkari, a Damieta. Cuando en el Parlamento egipcio se planteó la cuestión de estas despreciables medidas del gobierno, este se vio obligado a autorizar el regreso de ambos hombres honorables. Pero, tras lanzar de nuevo un feroz ataque, el gobierno arrestó al imán Hasan al-Banna y al secretario de Ikhwan al-Muslimun, y luego los puso en libertad. Esta persecución y represión orientó la mirada de la gente común hacia el movimiento, y el número de sus miembros y simpatizantes aumentó de manera extraordinaria.

Nahhas Pasha política de doble rasero

Después de Hussein Sirri Pasha se estableció el gabinete de Mustafa Nahhas Pasha. Mustafa Nahhas Pasha adoptó una política ambigua respecto de Ikhwan al-Muslimun. El imán Hasan al-Banna quería participar en las elecciones parlamentarias por la circunscripción electoral de Ismailía. Pero, al ver que la situación se tornaba difícil, Nahhas Pasha le pidió a Hasan al-Banna que se abstuviera de participar en esas elecciones. El imán Banna aceptó la petición de Nahhas Pasha y, adoptando una política de conciliación con Ikhwan al-Muslimun, le permitió celebrar su conferencia. Restableció los periódicos y levantó la prohibición sobre la imprenta. Pero aquello no fue más que una maniobra temporal. Apenas transcurrieron unos días, Nahhas Pasha también dejó de lado las demandas de los partidarios de la democracia y adoptó como objetivo la represión de Ikhwan al-Muslimun. Se cerraron todas sus filiales y subfiliales, excepto la sede central. Se impusieron restricciones a las conferencias, las reuniones, las actividades de difusión y todo tipo de actividades. En palabras del historiador de Ikhwan al-Muslimun, Muhammad Shawqi Zakir:

Ikhwan al-Muslimun afrontó la persecución y la represión del gobierno con extrema paciencia y firmeza. Incluso el gobierno de Nahhas Pasha tuvo que hacer frente personalmente a una situación difícil. Apenas las relaciones entre Ikhwan al-Muslimun y el gobierno de Nahhas comenzaron a normalizarse, el gobierno los puso en libertad y ellos volvieron a activarse. Pero después el gobierno les arrebató la libertad de expresión. Desde entonces, convirtieron la paciencia, la tolerancia y la esperanza en un hábito.

En resumen, a pesar de todos esos intensos obstáculos y adversidades, Ikhwan al-Muslimun continuó cumpliendo de diversas maneras su deber de aconsejar y orientar al gobierno. Finalmente, en 1944, el gabinete de Nahhas fue disuelto.

Participación de los Hermanos Musulmanes en las elecciones

Después de Pasha Nahas llegó Ahmed Maher. Conforme a sus propias ideas y perspectivas, él también adoptó la represión como política. En la asamblea de 1941, los Hermanos Musulmanes decidieron participar en las elecciones y presentar a las personas más capacitadas de la organización para establecer la superioridad del ideal islámico.

Durante el período de gobierno de Nahas, Hasan al-Banna quiso participar en las elecciones, pero la política ambivalente de Pasha Nahas se convirtió en un obstáculo, y el imán Banna también se abstuvo razonablemente de participar en ellas. Durante el mandato de Ahmed Maher, los Hermanos Musulmanes anunciaron que participarían en las elecciones a cualquier precio. Sin embargo, ni el gobierno de Ahmed Maher ni los comandantes del ejército británico estaban satisfechos con ello.

Hasan al-Banna fue presentado como candidato por el distrito electoral de Ismailia. Gracias a ello, por primera vez en la historia de las elecciones egipcias, la gente común tuvo la oportunidad de trabajar en favor de un candidato acorde con sus aspiraciones. En la zona urbana se establecieron cerca de sesenta centros de campaña electoral. Los carteles en las paredes, las marchas populares y los estudiantes de escuelas y colegios —todos portadores de la bandera del renacimiento islámico— hicieron resonar la campaña para votar por Hasan al-Banna. La victoria de Hasan al-Banna parecía segura. Sin embargo, para complacer a los ingleses y asegurar la victoria del candidato del Partido Dustur, el Gobierno egipcio empleó todas las armas contra Hasan al-Banna; los vehículos de las fuerzas inglesas actuaron abiertamente en favor del candidato rival. Los oficiales del ejército trasladaron masivamente a los empleados egipcios de los campamentos militares a diversos lugares fuera del distrito electoral. Se recurrió a toda clase de tácticas: engaño, fraude, presión, sumir a la gente en la desesperación y terrorismo. Aun así, Hasan al-Banna obtuvo una victoria aplastante.

Finalmente, basándose en objeciones y acusaciones fabricadas, se anuló la elección y se organizó una segunda convocatoria. Esta vez, el ejército intensificó varias veces sus actividades. El gobernador inglés del Sinaí, Hamrasyli Pasha, expulsó a los miembros de Hasan al-Banna de los distritos electorales del Sinaí y de Al-Arish, y trajo trabajadores de otros campamentos para emitir suficientes votos falsos, transformando la segura victoria de Hasan al-Banna en una derrota. Aunque esto ocurrió en el caso de Hasan al-Banna, se aplicó el mismo trato a los demás candidatos de los Hermanos Musulmanes. No se permitió que ninguno de los candidatos conociera la victoria.

Nakrashi Pasha: época de su primer ministerio

Ahmad Maher Pachá se unió a las potencias aliadas y declaró la guerra contra Alemania e Italia. La Hermandad se opuso enérgicamente a esta decisión y presentó por escrito a Ahmad Maher los argumentos que la respaldaban. El pueblo egipcio también expresó su intenso descontento con esta declaración, y la situación del país se volvió cada vez más confusa. En estas circunstancias, cuando Ahmad Maher murió alcanzado por la bala de un cristiano, Mahmud Fahmi al-Naqrashi Pachá fue nombrado primer ministro. Sin embargo, Hasan al-Banna, el secretario general de la Hermandad y algunos de sus dirigentes centrales fueron arrestados bajo la acusación de haber asesinado a Ahmad Maher. La prueba presentada contra ellos fue que, durante la investigación del incidente, el asesino cristiano declaró que, antes de que Ahmad Maher anunciara la guerra, debería haber consultado a los intelectuales y pensadores del país. Entre ellos, aquel cristiano mencionó también el nombre de Hasan al-Banna. La Hermandad impugnó los arrestos ante el tribunal, y este ordenó su liberación. En cuanto quedó libre, Hasan al-Banna se reunió con al-Naqrashi Pachá y expresó su profundo pesar por el asesinato de Ahmad Maher. También solicitó a al-Naqrashi Pachá permiso para trabajar libremente, pero este rechazó su petición. Hasta el final de la guerra mundial (1945), la política de al-Naqrashi Pachá hacia la Hermandad fue ambivalente: a veces era estricta y otras veces se toleraban muchas cosas. Si se concedía autorización para una reunión, después se cobraba con intereses. En medio de esta tensión, la guerra mundial terminó de repente y la situación adquirió un cariz diferente.

Tercera etapa (1945–1948)

Surgimiento del movimiento y su desenlace

Esta etapa fue la más destacada del movimiento de la Hermandad. Durante este período, el movimiento apareció en su forma plena y se enfrentó a un desenlace que llegó a considerarse motivo de una preocupación ilimitada para todos los movimientos islámicos del mundo. Primero presentaremos una breve descripción de las actividades de esta época que el movimiento de la Hermandad llevó a cabo en diversos ámbitos.

El 8 de septiembre de 1945 se celebró la sesión del Consejo General de la Hermandad, en la que participaron todos sus miembros. En esta sesión se introdujeron amplias enmiendas en el estatuto de la Hermandad (la constitución), y este fue presentado en una forma completa y ampliada como declaración de objetivos y política de acción. La mayoría de estas enmiendas reflejaba el contenido del discurso pronunciado por el imán Hasan al-Banna en la quinta sesión de 1938. Mediante la bay‘a (juramento), se renovó el compromiso de obediencia al emir de la organización y al emir del murshid. Se consideraron indispensables en toda circunstancia la escucha y la obediencia en las buenas obras. Se depositó una confianza plena en Hasan al-Banna en todos los aspectos. Fue elegido murshid general vitalicio. El derecho de destitución y modificación quedó conferido únicamente al Consejo Fundador.

La solidez interna y la firmeza moral ampliaron aún más la influencia del movimiento. En pocos años, este movimiento alcanzó las cumbres del progreso en los ámbitos de la formación espiritual, material y militar. Según un informe de The Times of London, el número de miembros de la Hermandad aumentó de trescientos mil a seiscientos mil solo entre los trabajadores. Según la descripción de Hasan al-Banna, los quinientos mil mencionados en el informe de The Times eran representantes de la Hermandad. Estos quinientos mil representantes reflejaban las ideas, esperanzas y aspiraciones de setenta millones de árabes y de trescientos millones de musulmanes de todo el mundo. Según el memorando del emir delegado del murshid de la Hermandad, presentado ante el Consejo de Estado, en 1948 el número de miembros activos de la Hermandad era de quinientos mil solo en Egipto. Además, el número de simpatizantes era varias veces mayor. Solo en Egipto contaba con cerca de seis mil ramas.

También se establecieron ramas de los Hermanos Musulmanes fuera de Egipto. En Siria, en 1937, se fundó una rama de los Hermanos bajo el liderazgo de Mustafa al-Siba’i (que en paz descanse). También se establecieron ramas bajo la dirección del centro en otros países. En 1946 se celebró una conferencia de los Hermanos en Palestina; aproximadamente al mismo tiempo, en Jordania, y ese mismo año, en Sudán, donde participaron representantes del Líbano, Jordania y Palestina. En octubre de 1946, durante la temporada del Hayy, una delegación viajó a La Meca bajo el liderazgo de Hasan al-Banna y se reunió con destacados peregrinos y pensadores islámicos de todo el mundo. En 1947 también se sembró en Irak la semilla de esta da‘wa, que se manifestó con diversos nombres. Su corriente principal estuvo dirigida por el jeque Muhammad Mahmud al-Sawaf. Las delegaciones de los Hermanos también participaron en conferencias celebradas en países occidentales y en conferencias internacionales.

Diario de prensa inaugurado

El 5 de mayo de 1946, los Hermanos lanzaron un diario llamado Los Hermanos Musulmanes. En el mundo de la prensa apareció por primera vez un periódico islámico tan audaz. Hasta entonces, durante veinte años, la jahiliyya había mantenido un dominio absoluto sobre el periodismo egipcio. Este diario no solo se difundió por Egipto, sino también por otros países árabes, y gradualmente fue ganando popularidad. Con gran valentía, desveló los secretos del colonialismo inglés e infundió temor entre los círculos coloniales.

Sistema de empresas comerciales

Los Hermanos también ampliaron el sistema de empresas económicas a diversos lugares, y de ello comenzaron a obtenerse beneficios extraordinarios. Su aceptación entre la clase trabajadora aumentó. La formación militar se consolidó sobre bases firmes. Además, se formaron diversos grupos militares. Durante este período también se produjo un considerable desarrollo de la educación y la cultura.

Frente a los ingleses

Por un lado, la organización se fortaleció y alcanzó esta etapa de desarrollo, cuyo panorama general hemos presentado anteriormente. Por otro, el grupo entró valientemente en la arena política. Apenas terminó la guerra mundial, el Ikhwan exigió que los ingleses cumplieran la promesa que habían hecho a los egipcios durante la guerra: concederles la independencia. Hasan al-Banna se entrevistó con Mahmud Fahmi al-Naqrashi Pasha y le pidió que el Gobierno estableciera los derechos nacionales y se dispusiera a hacer realidad el sueño de la estabilidad y la unidad del valle del Nilo, o que dejara al pueblo en libertad para que pudiera cumplir sus aspiraciones mediante el yihad. En aquel momento, la nación egipcia estaba sumida en una situación delicada. A sus ojos, aquel era el momento decisivo para liberarse de las cadenas del Imperio británico. Hasan al-Banna era el guía de la nación. Planteó con todas sus fuerzas la exigencia de independencia y dirigió el movimiento independentista. Alarmado, Naqrashi Pasha envió un memorando al Gobierno británico. Sin embargo, en lugar de reconocer públicamente la exigencia de independencia, el Gobierno británico envió una respuesta diplomática. Esta respuesta no logró convencer al Ikhwan de entablar conversaciones. Uniéndose al movimiento del Ikhwan, el pueblo y los estudiantes organizaron una enorme concentración contra los ingleses, y se produjo el sangriento suceso conocido en la historia de Egipto como el Incidente Violento. Debido a esta manifestación y a las consecuencias que provocó, Naqrashi Pasha tuvo que dimitir del Gobierno. Ismail Sidqi Pasha asumió el cargo. El Ikhwan mantuvo su exigencia de la retirada de los ingleses y continuaron celebrándose reuniones y concentraciones. Los representantes del Ikhwan se dispersaron por todos los pueblos y aldeas de Egipto, elevando la voz de la independencia. Los periódicos del Ikhwan avivaron aún más esta llama. Desde todos los rincones se proclamó el yihad contra los ingleses. Con la llegada de Ismail Sidqi Pasha, las manifestaciones se intensificaron aún más. Todas las fuerzas del Ikhwan se entregaron al movimiento por la conquista de la independencia.

En estas circunstancias, Hasan al-Banna convocó una reunión de todos los partidos para formar una junta nacional que uniera y organizara al pueblo, de modo que toda la nación avanzara con una sola voz hacia la consecución de la independencia. Pero, lamentablemente, los partidos políticos fingieron no escuchar. El nacionalismo del Partido Saad no produjo ningún resultado, ni sirvió de nada el lema de Saad Zaghlul Pasha, «Watanun lil-jamiʿ», ni la reivindicación democrática del Partido Wafd avanzó en beneficio del servicio al pueblo.

Al ver la actitud apática de sus adversarios políticos, Hasan al-Banna tomó la iniciativa y aconsejó a Sidqi Pasha que abandonara las discusiones y negociaciones con el Gobierno británico y eligiera directamente el camino del yihad. Sin embargo, al considerar al Gobierno un subordinado de los británicos, el Ikhwan lo sometió a duras críticas y censuras. Acusó al Gobierno de traicionar al país y de mantener amistad con los imperialistas. Los periódicos del Ikhwan escribieron claramente que el Gobierno había adoptado una política flexible con las compañías coloniales, se había mostrado incapaz de resolver el problema del desempleo y, ante la presión inglesa, había dado la espalda al yihad. Los periódicos también condenaron enérgicamente las conversaciones con los ingleses, emplearon un lenguaje agresivo contra Sidqi Pasha y publicaron ardientes reportajes sobre el colonialismo británico, inflamando las emociones del pueblo. En aquel momento, el Ikhwan presentó un memorando al rey Faruq. En él se afirmaba que el Gobierno de Sidqi Pasha era incapaz de satisfacer las demandas nacionales. La oficina central del Ikhwan ordenó a todas las ramas que rompieran toda relación económica, cultural y social con los ingleses.

La campaña represiva de Sidqi Pasha

Desorientado, Sidqi Pasha se abalanzó contra el Ikhwan. Arrestó a innumerables personas. Se ordenó el cierre de la publicación del diario Ikhwan al-Muslimun. También fue arrestado el na’ib al-murshid al-‘amm. (El murshid al-‘amm, Hasan al-Banna, se había marchado entonces al hach con una delegación.) El Ikhwan respondió a esta política represiva con protestas y condenas en todo el país. Se produjeron enfrentamientos en El Cairo y Alejandría. Utilizando esto como pretexto, se rodearon y registraron con extrema crueldad las casas de los miembros del Ikhwan. Ni siquiera se perdonó la humillación de las mujeres de las casas. Se llevaron a cabo hostigamientos generalizados y actos de intimidación. Algunos miembros del Ikhwan que trabajaban en oficinas gubernamentales fueron despedidos y muchos fueron trasladados a lugares lejanos. Todo Egipto se vio sumido en una profunda lamentación por estos hechos, y Sidqi Pasha se vio obligado a dimitir del poder.

Nakrashi Pasha del ministerio segundo período

El 10 de diciembre de 1946, a Nakrashi Pasha se le confió por segunda vez el cargo de primer ministro. Las circunstancias exigían que esta vez se pusiera a un hombre rico al frente de este campo de batalla. Mahmud Fahmi Nakrashi Pasha, presidente del Partido Saadista, estaba poniendo a prueba a Nakrashi Pasha en este asunto, y aprovechó la ocasión en el momento oportuno. El día en que Nakrashi Pasha asumió esta gran responsabilidad, se publicó en los periódicos un artículo del imán Hasan al-Banna. Su idea principal era que el nuevo gobierno debía elegir el camino más corto: respetar las esperanzas y aspiraciones de la nación, poner fin a la farsa de las negociaciones con los británicos y resolver mediante la yihad el problema de la independencia del país. Hasan al-Banna llamó la atención, mediante una larga serie de escritos, sobre las políticas erróneas del gobierno. Hostigar a los ciudadanos leales del país, cerrar sus instituciones educativas, arrojarlos a las cárceles y perseguirlos de diversas maneras, precisamente cuando la intensidad de la opresión ejercida por los enemigos que imponían su dominación por la fuerza en el país aumentaba varias veces, ¿qué era sino una necedad? Sin embargo, en lugar de permitir que esta crítica alertara su conciencia, Nakrashi Pasha la convirtió en una guerra civil contra los Hermanos. En esta guerra, la cuestión de Palestina generó aún más amargura. Los Hermanos estaban estrechamente involucrados en esta campaña. Por un lado, este problema se convirtió en la piedra de toque de su progreso y su influencia y, por otro, llegó a ser la causa de su popularidad y fama dentro y fuera de Egipto. El 12 de diciembre de 1947, los Hermanos organizaron una enorme marcha de protesta, que partió de al-Azhar. El propio Hasan al-Banna la encabezó. Montado en un automóvil, anunciaba las instrucciones del recorrido mediante un altavoz. El 6 de mayo de 1948 se celebró la sesión del Consejo Fundacional de los Hermanos. En ella se exigió al gobierno egipcio y a todos los Estados árabes que declararan la yihad contra Israel y realizaran todos los esfuerzos posibles para proteger Palestina.

Represión y persecución extremas

El 15 de mayo de 1948, bajo la supervisión de la Liga Árabe, los ejércitos árabes desembarcaron en Palestina y comenzó la guerra contra los judíos. El ejemplo de heroísmo, valentía y sacrificio que los voluntarios de los Hermanos dieron en esta guerra merece una descripción detallada por separado. Los periódicos judíos de Estados Unidos y Gran Bretaña alzaron la voz al respecto y lo consideraron la ruina del Hogar Nacional de Israel.

En esta situación, Nakrashi Pasha cedió. Faruk también se inquietó ante la creciente influencia de aquellos ulemas. Varias embajadas extranjeras celebraron una conferencia en Fayid (la posición egipcia de las fuerzas británicas) y, por unanimidad, exigieron que Nakrashi Pasha declarara ilegales a los Hermanos. Por otra parte, Nakrashi Pasha estaba preocupado por este asunto. También él, con el fin de obtener la satisfacción de sus propios amos, declaró ilegales a los Hermanos el 8 de diciembre de 1948, conforme al artículo 63 de la ordenanza militar.

Esta fue una de las mayores insensateces de su vida. Después se produjo una situación tan anormal que incluso olvidó arrepentirse. La opresión se extendió por todo Egipto. Todos los centros y oficinas de la organización quedaron bajo control del Gobierno. Miles de jóvenes instruidos fueron arrojados a las cárceles y sometidos a toda clase de torturas, cuya sola descripción estremece el cuerpo. El propio Nakrashi Pasha murió a manos de un joven. Después, Ibrahim Abd al-Hadi Pasha ocupó el cargo de primer ministro. Verdaderamente llenó su vacío. No dejó de hacer a los abanderados del Din nada que incluso a un no musulmán le habría resultado difícil hacer.

Hasan al- Banna: su profecía

Allah había bendecido al imán Hasan al-Banna con una perspicacia propia de los creyentes. Él era un da‘i. Conocía cada etapa de la da‘wah. Tuvo que enfrentarse a todos los obstáculos de este camino.

 Prestaba profunda atención a esta enseñanza del Profeta: «El camino del Paraíso se recorre entre el dolor y el sufrimiento». Mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando no había ni el más remoto indicio de persecución ni de pruebas, mencionó en uno de sus artículos:

Quiero deciros que vuestra da‘wah aún no ha llegado a la mayoría de la gente. Cuando esta da‘wah y sus objetivos se hagan claros para ellos, os perseguirán y se lanzarán contra vosotros con una feroz hostilidad. En ese momento tendréis que avanzar en medio de grandes dificultades. Diversos obstáculos se alzarán para bloquear vuestro camino. Solo entonces seréis considerados, en el verdadero sentido, parte de las filas de los portadores del estandarte de la da‘wah. La ignorancia de la gente acerca del islam verdadero se convertirá en una espina en vuestro camino. Los ulemas y jeques favorables al gobierno señalarán vuestro islam con el dedo y cuestionarán vuestro yihad. Los notables y las personas con autoridad no podrán toleraros. Todos los gobiernos se opondrán sin vacilar y impondrán restricciones a vuestras actividades. Los bandidos se opondrán a vosotros con cada lanza. La lámpara de vuestra da‘wah será apagada. Un gobierno inmoral y débil ayudará a esos bandidos contra vosotros y se erigirá en protector de las fuerzas que avancen contra vosotros para infligiros opresión y persecución. Otro grupo levantará contra vosotros una tormenta de dudas, sospechas y falsas calumnias, y buscará diversos defectos en vosotros. Además, presentará ante la gente una imagen distorsionada de vuestras actividades. Convertirá esto en una expresión de su arrogancia por su fuerza y autoridad. Extenderá la mano hacia el poder de las riquezas. Sin duda, todo esto surgirá como una prueba para vosotros. Seréis expulsados de vuestros hogares y privados del entorno de vuestra patria. Vuestras oficinas serán confiscadas y vuestras casas podrán ser registradas. Sin embargo, Allah os ha prometido que, al final, ayudará a los muyahidines y honrará a los justos y hacedores del bien recompensándolos.

El imán Banna martirio

Tras la prohibición de los Hermanos Musulmanes, miles y miles de sus miembros fueron arrestados. Sin embargo, su líder, el imán Hasan al-Banna, no fue detenido. Los opresores habían tramado otro plan contra él. Se le impidió administrativamente abandonar Egipto. Incluso dentro del país se le impuso la obligación de no desplazarse sin permiso del Gobierno. Cuando solicitó autorización para trasladarse a una granja de caña de azúcar, incluso ese cañaveral quedó bajo vigilancia. Finalmente, la tarde del 12 de febrero de 1949, esta encarnación de la verdad y la belleza, esta montaña de fe y confianza en sí mismo, portador de la antorcha de la religión y predicador del camino de la fe, fue asesinado públicamente frente a la oficina central de la Asociación de los Jóvenes Musulmanes. Mientras tanto, en los hogares de los ingleses reinaba una oleada de alegría. La responsabilidad del asesinato fue atribuida al Partido Saad, portador de la bandera de Al-Watan lil-Jami. Sin embargo, los testigos presenciales llegaron a mencionar incluso el número del automóvil —1979— en el que habían llegado los atacantes y en el que huyeron después de disparar. Más tarde se descubrió que aquel automóvil pertenecía al teniente Mahmud Abd al-Mayid, jefe de la sección de delitos criminales. Aunque durante tres años había ocurrido un asesinato público de esta naturaleza, los autores de este sagrado crimen no fueron capturados. Después de la revolución militar del 23 de julio de 1952, fueron arrestados once acusados implicados en la conspiración. Entre ellos estaba también Mahmud Abd al-Mayid, quien posteriormente pasó de teniente a teniente coronel. El mayor Muhammad al-Yazzar había dicho al testigo que identificó el número del automóvil que el asesino de al-Banna era libre e independiente, y que seguiría siéndolo: «Quienquiera que se interponga en su camino puede medir su propio cuello. Tenéis esposas y familiares; ¿por qué os apresuráis a convertirlos en huérfanos?». Entre ellos también estaban Muhammad Hasan, criado personal del rey Faruq, y Muhammad Mahfuz, sargento mayor y conductor del automóvil.

Escuchad una breve descripción de la farsa que se preparó para asesinar a este hombre iluminado por la verdad:

El 12 de febrero de 1949, el profesor Nagi, miembro del Consejo Ejecutivo de la Asociación de los Jóvenes Musulmanes, envió al profesor Muhammad al-Laysi, presidente de la sección de jóvenes de la asociación, con este mensaje para Hasan al-Banna: «Hasan al-Banna debe reunirse conmigo esta noche en la oficina de la asociación, donde se le informará de una nueva decisión del Gobierno respecto a los Hermanos Musulmanes, una decisión sumamente importante y satisfactoria». El mensaje también decía: «Mi pariente Ibrahim Abd al-Hadi Pasha, el primer ministro, me ha encargado que informe a Hasan al-Banna de estas decisiones». Así pues, el profesor Muhammad al-Laysi fue a la casa del imán Hasan al-Banna y le expuso detalladamente el mensaje. Pero la perspicacia de aquel hombre creyente no se dejó engañar ni arrastrar por aquel mensaje seductor. Por el contrario, comprendió de inmediato el fondo del asunto. Después de escuchar el mensaje, Hasan al-Banna dijo:

Su actitud es mala. No querían llegar a ningún acuerdo conmigo; al contrario, acabo de enterarme de que también ha sido arrestado el hombre cuya granja agrícola yo había querido visitar para alojarme. Ni siquiera se mostró la menor humanidad ante su avanzada edad. Aun así, para complacer al profesor Nagi, acudiré.

El imán Hasan al-Banna llegó a la oficina de la Asociación de los Jóvenes Musulmanes a la hora acordada. Durante la conversación con el profesor Nagi, Hasan al-Banna declaró que no se había tratado ningún asunto de importancia. Al terminar la conversación, Hasan al-Banna llamó a un taxi. En aquel encuentro también estaba con él su yerno, el abogado Abd al-Karim Mansur (que actualmente vive en Arabia Saudita). El profesor Muhammad al-Laysi salió para acompañar a Hasan al-Banna hasta el taxi. Pero, desde atrás, un sirviente llamó al profesor al-Laysi y le dijo que alguien quería hablar con él por teléfono. Después de ayudar a Hasan al-Banna y a su acompañante a subir al taxi, el profesor al-Laysi regresó, pero antes de llegar al teléfono oyó disparos en el exterior. Sin contestar la llamada, salió inmediatamente para averiguar de dónde procedía el ruido. Vio a un joven de pie en la calle, frente a la oficina. El joven era alto y delgado. Llevaba un abrigo largo, tenía el rostro cubierto con un pañuelo blanco y sostenía una pistola en la mano. El profesor al-Laysi gritó para que lo detuvieran. Pero el joven también disparó apuntando contra el profesor al-Laysi. Por fortuna, el disparo falló. Cuando al-Laysi lo persiguió para atraparlo, volvió a disparar, y en ambas ocasiones al-Laysi escapó por poco. Mientras tanto, el joven bajó de la calle y se apartó hacia otro lado. Allí lo esperaba otro hombre. Los dos huyeron en una motocicleta negra. En cuanto recibió los disparos, el imán Hasan al-Banna bajó rápidamente del taxi y entró en la oficina de la Asociación de los Jóvenes Musulmanes diciendo: «Me han asesinado, me han asesinado». Al-Laysi llegó inmediatamente después. El teléfono aún lo esperaba. El mayor Muhammad al-Yazzar, oficial de la rama política de la policía de inteligencia, estaba hablando con él. En cuanto al-Laysi descolgó el teléfono, le informó de que acababan de disparar contra Hasan al-Banna con intención de matarlo frente a la oficina de la asociación. Entonces al-Yazzar preguntó si había muerto o si aún estaba vivo. Para entonces, Hasan al-Banna ya había sido trasladado al hospital. Más tarde, al-Laysi también acudió allí. Mientras yacía en su lecho de muerte, Hasan al-Banna pronunciaba incesantemente la profesión de fe del martirio. Poco después, un joven llegó al hospital y dijo: «Yo estaba de pie muy cerca del lugar donde habían estacionado el automóvil de los atacantes. El número del automóvil es 9979». Este era el joven al que posteriormente amenazarían con dejar huérfanos a sus hijos.

Después de que Hasan al-Banna alcanzara el martirio, la ciudad quedó sumida en el pánico y en un silencio ominoso. Pero el fuego de la venganza aún no se había encendido. El hospital fue rodeado. El anciano padre del mártir solitario, el jeque Abd al-Rahman Ahmad al-Banna, realizó solo la oración funeraria. Las mujeres recatadas de su casa llevaron el cadáver a su última morada, y no se permitió a ningún siervo de Dios expresar duelo ni lamentarse.

Después del martirio del imán Hasan al-Banna, todo el valle del Nilo se estremeció entre disturbios, redadas y desorden. En todas partes se hostigó y torturó a los Hermanos. Mediante el montaje de una larga farsa de procedimientos judiciales, fueron declarados rebeldes.

Cuarta etapa: 1949 –1954 d. C.

Nuevo Guía Supremo, nuevo ímpetu

La situación volvió a cambiar. Siete meses después, el 25 de julio de 1949, Ibrahim Abdul Hadi Pachá se vio obligado a abandonar el poder. Hussein Sirri Pachá formó un gabinete de coalición, cuya responsabilidad era supervisar las elecciones. Esto proporcionó cierto alivio a la Hermandad. El Partido Wafd ganó las elecciones. El apoyo de la Hermandad también contribuyó a este éxito. El 12 de febrero de 1950, Nahas Pachá tomó las riendas del poder. Durante este período, la Hermandad obtuvo una libertad parcial. Aquellos de quienes se había pensado que su historia había llegado a su fin se sacudieron el polvo y volvieron a erguir la cabeza. Sus plumas volvieron a activarse y sus periódicos comenzaron a publicarse nuevamente. Hasan bin Ismail al-Hudaybi fue elegido como su nuevo Guía Supremo. Anteriormente había sido asesor jurídico del Tribunal Supremo. Bajo el liderazgo de su nuevo Guía Supremo, la Hermandad de los Hermanos Musulmanes se dedicó a establecer y fortalecer nuevas organizaciones en sus distintas ramas. El 15 de diciembre de 1950, el Gobierno restituyó plenamente algunas de las propiedades de la Hermandad. Esta decisión se tomó basándose en una orden del Consejo de Estado, que señaló que la decisión de declarar ilegal a la Hermandad de los Hermanos Musulmanes había sido completamente errónea. Esta decisión no estaba sometida a la autoridad del administrador de la ley marcial. Después de esto, la Hermandad corrigió su situación en un instante, volvió a ocupar su lugar en el escenario de la historia y se convirtió en una fuerza importante.

El inicio de la conspiración palaciega

El gobierno de Mustafa Nahhas Pasha se mantuvo hasta octubre de 1951. Después de la destitución de Nahhas Pasha, las consultas mutuas entre el palacio de Abdeen y los ingleses dieron origen a intrigas palaciegas, y en nueve meses se produjeron cuatro cambios de gobierno. El pueblo exigía romper incondicionalmente las relaciones con los ingleses. Esta exigencia se fortalecía día tras día, pero las fuerzas británicas no estaban dispuestas a retirarse, ni siquiera bajo condiciones, mucho menos sin condiciones. Entre el pueblo, el palacio y las fuerzas británicas se había levantado un muro. Cada vez que un gabinete formado se inclinaba ante las demandas populares, el palacio lo derrocaba con la fuerza de los tanques británicos. Y si se satisfacían los deseos del palacio, las protestas y manifestaciones populares se convertían en un anuncio de su caída. Así, entre el 23 y el 26 de mayo de 1952 tuvo lugar en el país un golpe militar, que cambió el curso de la historia nacional. Su relato ya se ha presentado anteriormente.

Británico tratado abrogación anuncio

El gobierno de Mustafa Nahhas Pasha permaneció establecido hasta octubre de 1951. La medida más importante del mandato de Nahhas Pasha durante ese período fue que, respondiendo a las demandas populares, anunció mediante el Parlamento la derogación del tratado firmado entre Egipto y Gran Bretaña en 1936. Sobre la base de este tratado, Egipto había permitido la construcción de acantonamientos militares británicos y Gran Bretaña y Francia habían establecido una concesión conjunta sobre el canal de Suez. Nahhas Pasha declaró ante el Parlamento: «En 1936, el propio Egipto concertó este tratado con Gran Bretaña, y hoy es el propio Egipto quien anuncia su anulación». Este anuncio reavivó los corazones del pueblo, pero provocó agitación entre el palacio y las fuerzas británicas.

Participación del pueblo de los Hermanos en la guerra de independencia

El pachá Nahás quiso entablar una disputa con el liderazgo británico para establecer el precedente de la retirada de las tropas. Sin embargo, el liderazgo británico lo evitó. El pueblo se vio obligado a ello y comenzó la guerra de independencia. El gobierno de Nahás también se unió al pueblo. Los muyahidines se lanzaron a luchar por la independencia de su amada patria. La zona del canal de Suez se convirtió en un campo de batalla. Los voluntarios de los Hermanos Musulmanes participaron ampliamente en esta guerra y demostraron un heroísmo y un sacrificio extraordinarios. Los Hermanos establecieron campamentos de entrenamiento militar en los colegios, y los estudiantes de todos los partidos comenzaron a recibir sin impedimentos entrenamiento militar bajo la supervisión de los Hermanos. Esto dejó atónitas a las fuerzas inglesas. Incluso desde la estación de radio del alto mando de las fuerzas inglesas se difundía continuamente el anuncio de que se ofrecería una recompensa de cinco mil libras a quien trajera la cabeza del jeque Muhammad Farghali. El jeque Farghali era miembro de la shura de los Hermanos. En esta guerra, con la ayuda de las fuerzas guerrilleras, infligió una derrota aplastante a las fuerzas inglesas (el jeque Muhammad Farghali fue también uno de los líderes de los Hermanos a quienes Gamal Abdel Nasser condenó a la horca a finales de 1954). El gobierno del Wafd quedó tan impresionado por la valentía, la estrategia, el sacrificio y el fervor yihadista de los muyahidines de los Hermanos que convocó a sus líderes para consultarles sobre la posibilidad de confiar enteramente el mando de la guerra a los voluntarios de los Hermanos. Sin embargo, el día anterior a esta propuesta, el palacio destituyó al gobierno del Wafd. El gobierno del Wafd había acordado con los Hermanos que no impondría restricciones a las actividades políticas de estos. Aunque anteriormente ese mismo gobierno había intentado impedir que los Hermanos participaran en la política, y el ministro del Interior, Fuad Siraj al-Din (quien también era secretario general del Wafd), había aprobado una ley en el Parlamento en 1950. Pero los Hermanos se negaron a aceptar dicha ley. Finalmente, el propio gobierno del Wafd tuvo que ceder.

El objetivo de eliminar al gobierno del Wafd era sofocar el movimiento independentista. Después se invitó a Ali Maher a formar un gabinete. Pero este consejo de ministros solo fue huésped durante unos pocos días. Tras Ali Maher, llevaron al poder a Nagib Hilali. Él tampoco pudo mantenerse mucho tiempo. Estos dos aplicaron un método nuevo, contrario al de los gobernantes anteriores. Se reunían y consultaban con los dirigentes de los Hermanos Musulmanes y de los demás partidos políticos. Durante el mandato de Nagib Hilali, los Hermanos anunciaron temporalmente que no participarían en las elecciones, debido a las circunstancias excepcionales. Después de Nagib Hilali, Hussein Sirri y, por segunda vez, Nagib Hilali ocuparon el cargo de primer ministro. La consideración de todos estos consejos de ministros no era mayor que la de unos muñecos de madera. Su único objetivo era sumir a la multitud enardecida en el asombro de ser tranquilizada como un niño.

1952 del año golpe militar

En julio de 1952, el territorio egipcio presenció otro golpe de Estado. Allah se vengó del rey Faruk de Egipto, y en un abrir y cerrar de ojos su esplendor y grandeza faraónicos se convirtieron en una leyenda de la antigüedad. ¿Cómo se produjo este golpe, cuáles fueron las causas de su éxito y por qué se sintió la necesidad de llevarlo a cabo? No es posible comprender la situación posterior sin investigar las respuestas a estas preguntas. Por ello, considero necesario arrojar brevemente luz sobre este asunto.

A finales del siglo XIX, el colonialismo británico comenzó a extender su dominio sobre Egipto y, en poco tiempo, convirtió al rey de Egipto en un títere bajo su control. Personalidades patrióticas como Ahmad Arabi Pasha y Mustafa Kamal intentaron detener esta penetración. Pero aquella tormenta fue adquiriendo cada día mayor intensidad. Los partidarios de la independencia fundaron varias organizaciones una tras otra, pero ninguna logró sobrevivir. Cuando el 18 de diciembre de 1914 se proclamó oficialmente el establecimiento del dominio colonial británico sobre Egipto, los egipcios se alzaron contra él. El 28 de febrero de 1922, Gran Bretaña se vio obligada a retirar su dominio colonial. Sin embargo, al mismo tiempo, bajo el pretexto de la tutela, se colocaron grilletes en los pies de Egipto, de modo que, aunque el colonialismo británico había terminado, el déspota semejante a un monstruo continuó actuando bajo diversos rótulos, como la defensa de Egipto y la seguridad de los extranjeros. El 19 de abril de 1923 se instauró por primera vez una constitución en Egipto y se le concedió la condición de Estado independiente. El islam fue declarado religión oficial del Estado. Pero ¿cómo podía ser aceptable esta sumisión de Egipto en un país donde había penetrado el imperialismo? Por ello, el 26 de agosto de 1936 se firmó un tratado entre Egipto y Gran Bretaña, denominado Tratado de Amistad. Conforme a este tratado, Egipto concedió a Gran Bretaña permiso para establecer un campamento de las fuerzas inglesas a orillas del canal de Suez, que garantizaría la seguridad del canal. Así, los ingleses desembarcaron astutamente en Egipto preparados para la guerra, y amaneció el día aciago de Egipto. Después cayó el gobierno constitucional de Egipto, y los ingleses, el rey de Egipto y su gabinete ministerial títere tomaron el poder en el país. Al hacerse con la seguridad del canal de Suez, las fuerzas inglesas se apoderaron del propio centro vital de la economía egipcia, y cuanto más aumentaba la influencia inglesa, más crecía la subordinación de Egipto. Los ingleses extendían su dominio por todo el sistema administrativo egipcio. La situación llegó a tal punto que la sangre de la diplomacia inglesa comenzó a circular por todas las venas del sistema económico, la educación, la cultura y las políticas interior y exterior de Egipto. La mayoría de las escuelas y universidades pasaron a estar bajo el control de los cristianos. Los docentes eran cristianos. Las compañías europeas establecieron su control sobre el comercio, y la nación egipcia comenzó a ser aplastada bajo la rueda de su opresión. Durante la época de Fuad I, el pueblo egipcio tenía al menos cierta libertad para expresar su opinión. Pero la época de Faruk fue para el pueblo egipcio una época de doble esclavitud: una, el dominio absoluto de los ingleses, y la otra, el gobierno despótico de Faruk.

Tras fundar los Hermanos Musulmanes, lo primero que hizo Hasan al-Banna fue despertar el fervor por la yihad entre la nación egipcia, inerte y desesperada. Su famoso opúsculo sobre la yihad fue una poderosa voz en los primeros tiempos de la Hermandad. En este opúsculo, el imán Banna, mezclando el lenguaje con recursos retóricos, atrajo al pueblo egipcio hacia aquello que constituía el verdadero remedio para liberarse del atraso y la decadencia de la nación musulmana. En primer lugar, el imán Banna citó en este opúsculo todos aquellos versículos del Corán en los que se menciona claramente la obligatoriedad de la yihad. Después presentó pruebas detalladas mediante los hadices. Un capítulo importante de su libro consiste en exponer las opiniones de todos los juristas islámicos de la umma musulmana acerca de la yihad. A este respecto, citó la opinión de Ibn Qudama: cuando un ejército de infieles ataca una ciudad, luchar contra ellos y expulsarlos de ella se convierte en una obligación individual para sus habitantes. El fervoroso pronunciamiento de los ulemas de al-Azhar fue el siguiente: ¿quién puede ser un erudito mayor que el imán Badr al-Din al-Ayni, comentarista del Sahih al-Bujari? Acostumbraba dedicar un año a la enseñanza y la instrucción, y pasar otro año realizando el hach. Finalmente, también criticó a quienes califican la lucha como la yihad menor y la lucha contra el nafs como la yihad mayor, y, bajo el pretexto de la purificación espiritual, desaniman a los musulmanes y los privan de su ímpetu. Sobre esto escribió:

«Algunas personas intentan impedir que el público comprenda la importancia de la guerra y se prepare para la yihad. Presentan como prueba que en un hadiz se afirma que la yihad mayor consiste en que el ser humano luche contra su propio nafs. Pero esta prueba carece de fundamento. Hafiz Ibn Hayar al-Asqalani escribió en su obra Tasdid al-Qaws que esto pertenece a los dichos difundidos de boca en boca y que no es una afirmación del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), sino de Ibrahim ibn Ablaradír.»

Por ello, los Hermanos Musulmanes declararon que uno de sus objetivos fundamentales era:

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Es decir, el martirio por la causa de Allah es nuestro gran anhelo. Esto no era simplemente un eslogan verbal suyo; de hecho, comenzaron a entrenar a sus propios miembros para la yihad. En lugar de desperdiciar el tiempo en actividades inútiles, los jóvenes de los colegios y las universidades recibían entrenamiento militar y reavivaban el espíritu de la yihad entre la nación. La verdadera manifestación de este fervor yihadista tuvo lugar cuando, en 1948, los árabes se lanzaron a la guerra contra los judíos. Anwar Sadat —quien era la mano derecha de Gamal Abdel Nasser y posteriormente fue presidente de la república— escribió en la página 177 de su diario Safahat Mayhula:

«En aquellos días —es decir, durante la guerra de Palestina de 1948—, el grupo que más asombro suscitaba en la guerra y la yihad, más que los demás grupos, era el de los Hermanos Musulmanes. La noche en que debían partir hacia Palestina, Hasan al-Banna y el jeque Fargali acudieron y pronunciaron un discurso ardiente dirigido al grupo de muyahidines, despertando entre ellos una intensa emoción y entusiasmo.»

Después de reavivar la inspiración para la yihad, la segunda gran tarea que emprendieron los Hermanos Musulmanes fue plantear la exigencia de establecer un gobierno islámico en el país. En 1938, Hasan al-Banna escribió una extensa carta al ministro de Justicia, Ahmad Jushbu Pasha, en la que afirmaba que durante cincuenta años se había puesto a prueba el no islamismo y que este había demostrado ser rotundamente un fracaso. Ahora debía ponerse a prueba la ley islámica. En esta carta, el imán Hasan al-Banna expuso primero la importancia de la ley islámica desde la perspectiva coránica. Después señaló que, si examinaba la constitución y las leyes de este país, podría darse cuenta de que su fuente no era el Corán ni la Sunna, sino que se asemejaba a las constituciones y leyes de países europeos como Bélgica, Francia e Italia.

Nuestra Constitución es abiertamente incompatible con el islam, tanto en sus aspectos integrales como parciales. Ahora piensen: si ante un musulmán se presenta un asunto cuya resolución es de una manera según el islam y de otra según la ley vigente, ¿qué camino adoptará ese musulmán en tal caso? Piensen también: ¿cómo puede ser lícito que los magistrados, jueces, el presidente del Tribunal Supremo y el ministro de Justicia de este país contradigan las leyes de Alá, el Juez de los jueces?

Después de esta dura crítica, el imán Hasan al-Banna responde a las acusaciones de quienes consideran imposible promulgar la ley islámica en la época moderna y concluye la carta formulando la siguiente exigencia:

«La exigencia de los Hermanos Musulmanes es que nuestro gobierno vuelva a la sharía islámica y reorganice cuanto antes el sistema jurídico egipcio sobre la base de la sharía. Somos una nación musulmana y nos comprometemos a obedecer únicamente la ley de Alá y el gobierno, las normas y las prohibiciones del Corán y la sunna, aunque para ello tengamos que pagar un precio muy alto y ofrecer sacrificios cada vez mayores. Como nación libre y musulmana, este es nuestro derecho natural. No puede haber alternativa a la dignidad política y social ni a la paciencia. Usted también nos ayudará a obtener este derecho. Intentará cambiar esta situación y no obligará a la nación a emprender un camino en el que la mayoría del pueblo termine sumida en la desesperanza y la impotencia».

Por un lado estaba esta exigencia de los Hermanos y, por otro, comenzaron las disputas sobre quién poseía el poder en Egipto. El jedive Tawfiq Pachá le dijo a Arabi Pachá: «He heredado este país por línea paterna». Este tipo de pensamiento también anidaba en la mente de los sucesores de Tawfiq Pachá. Aun así, la época de Fuad I (1936) fue más próspera. Pero la época de Faruk estuvo ensombrecida por el caos político y las intrigas de los ingleses. En aquella época, Hasan al-Banna fue la única persona que se mantuvo alejada de la corte real. Además, aquella corte era como un baño público en el que también se había visto desnudos a personas independientes como Nahhas Pachá, a librepensadores como Taha Hussein, a literatos célebres como Ahmad Hasan al-Zayyat y a abanderados de la sunna como Muhammad Faqir. El propio Faruk odiaba a Hasan al-Banna. Al principio ni siquiera prestaba atención al movimiento de los Hermanos Musulmanes. Pero, gradualmente, cuando cobró fuerza la exigencia de promulgar la sharía islámica, comenzó a abrir los ojos. Anwar Sadat relata en su obra escrita que en 1944 él —es decir, Anwar Sadat— se reunió con Hasan al-Banna. En aquella ocasión, Hasan al-Banna habló, citando a ciertos observadores, de algunos asuntos preocupantes relacionados con el rey Faruk:

«El rey ha percibido un grave peligro en la predicación de los Hermanos. Incluso ha llegado a sus oídos que, según los fundamentos de la predicación de los Hermanos, en el islam no existe ninguna posibilidad de obtener la monarquía por herencia… Por eso el rey está pensando en cómo poner sus manos sobre los Hermanos. (Safhāt-e Majhūla, pág. 19)»

El conflicto entre los Hermanos y Faruk llegó a tal extremo que, finalmente, Faruk y Abd al-Hadi Pachá martirizaron a Hasan al-Banna. Posteriormente, la investigación judicial demostró que entre los asesinos también estaba implicado un sirviente personal de Faruk. A pesar de ello, el movimiento de los Hermanos grabó profundamente en el corazón del pueblo egipcio esta verdad eterna: mientras no se cambien los cimientos del sistema monárquico del país, ningún programa de reforma podrá aplicarse aquí. Además, la cuestión principal no es simplemente poner fin a la monarquía, sino establecer un gobierno islámico. La política represiva de Faruk, su anarquía moral, su amistad con los ingleses y la tiranía y opresión indiscriminadas que sus funcionarios ejercían sobre los campesinos produjeron un efecto mágico en la predicación de los Hermanos, hasta que llegó un momento en que incluso los niños ingenuos de Egipto comenzaron a sentir aversión por Faruk.

El consejo de ministros que se formaba durante el reinado de Faruk no estaba libre de ninguna de las dos condiciones, o se constituía según el capricho de Faruk, y su prestigio no era mayor que el de un muñeco de madera. Y el ejército inglés permanecía de pie sobre su espalda. Así fue como, en febrero de 1942, se estableció el gobierno del Partido Wafd gracias a los tanques británicos.

Por ello, los Hermanos declararon su descontento y su falta de cooperación con todos estos gobiernos.

La cuarta característica de esta historia es el ejército egipcio. Sin duda, en aquella época el ejército egipcio era considerado el más fuerte y mejor entrenado entre los ejércitos de los países árabes. Sin embargo, la presencia de las fuerzas británicas lo mantenía derrotado. La mayoría de los oficiales del ejército egipcio padecía la enfermedad del culto al rey. Solo un número limitado de personas derramaba lágrimas de sangre al contemplar la grave situación y la calamidad. Pero, para llevar a cabo la reforma, era necesario transformar el mundo de las ideas y la conciencia de aquellos en cuyas manos se encontraba el verdadero poder del país. El actual presidente de Egipto, Anwar Sadat, pertenecía entonces a ese grupo de oficiales del ejército que fueron de los primeros en conocer la da‘wa de Hasan al-Banna. Por eso, Anwar Sadat escribió en la obra que compuso:

«Muchos oficiales del ejército se reunían con Hasan al-Banna. El único objetivo de Hasan al-Banna era lograr, de algún modo, que surgiera la religiosidad entre los oficiales del ejército egipcio». (Safahat-e Majhula, pág. 349)

La personalidad entregada de Hasan al-Banna y el asombroso efecto de su celestial da‘wa hicieron que esta obtuviera una aceptación ilimitada dentro del ejército. Anwar Sadat escribió: «Los habitantes del país querían liberarse de la dominación británica a cualquier precio. Sobre la base de esta inspiración surgió una estrecha relación entre un grupo de oficiales independentistas del ejército egipcio y Hasan al-Banna.

«La relación llegó a ser tan profunda que un grupo del ejército egipcio consideraba a los Hermanos la única esperanza para la liberación de Egipto».

Así, los Hermanos estaban preparando el terreno en todos los frentes de lucha para liberar a la nación egipcia de la ocupación británica y de la opresión y tiranía de la monarquía. Finalmente, en julio de 1952 tuvo lugar la revolución. Desde entonces terminó el régimen monárquico en Egipto. El éxito de esta revolución no se debió únicamente al ejército. Pues el ejército egipcio tuvo el valor de emprender una audacia en la que era inevitable enfrentarse a tres terribles adversarios: el primero eran las fuerzas británicas; el segundo, Farouk; y el tercero, el gobierno de los políticos egipcios en busca de fortuna. Sin duda, el primer disparo de la revolución lo efectuó el ejército. Pero los Hermanos habían sembrado entre el pueblo egipcio tal descontento contra la influencia británica y Farouk que, apenas se oyó el estruendo de los cañones de la revolución, toda la nación comenzó a lanzarles flores y a felicitarlos. En palabras del general Naguib: «Durante mucho tiempo después de la revolución se mantuvo una profunda relación de cooperación entre los Hermanos y las autoridades revolucionarias». El asesino de Hasan al-Banna fue detenido. Los prisioneros políticos de los Hermanos fueron liberados. Los Hermanos tampoco escatimaron su apoyo a los revolucionarios. Más aún, una facción llegó tan lejos en su ayuda que este comportamiento suscitó dudas entre muchos simpatizantes de los Hermanos. Por ello surgieron también algunas diferencias de opinión sobre este asunto entre Hasan al-Hudaybi y los jóvenes apasionados del grupo.

Las diferencias entre los Hermanos y el Consejo Revolucionario

Finalmente, las diferencias entre los Hermanos y el gobierno revolucionario salieron a la superficie. En lugar de disminuir, fueron aumentando progresivamente y la situación llegó a desembocar en una gran tragedia. Este es un breve resumen de dichas diferencias:

Uno: El desacuerdo comenzó con la formación del gabinete revolucionario. El 9 de diciembre de 1952, el Consejo Revolucionario destituyó a Ali Maher, quien había sido nombrado primer ministro después de la revolución, y Muhammad Naguib formó el Consejo de Ministros. El Consejo Revolucionario propuso ofrecer a los Hermanos tres cargos en el gabinete, pero el Maktab al-Irshad (el Majlis al-Shura de los Hermanos) no aceptó. Hasan al-Hudaybi no estaba en absoluto dispuesto a incorporar al grupo a un gobierno de ese tipo, en el que la verdadera independencia no estaría en manos del gobierno, sino que sería alcanzada por el liderazgo revolucionario. Hasan al-Hudaybi dijo: «Somos sinceros simpatizantes del gobierno; si los dirigentes hacen el bien, contarán con nuestra cooperación. Pero si cometen algún error, los criticaremos al respecto». Un miembro del Majlis al-Shura, Ahmad Hasan al-Baquri, aceptó un cargo ministerial en contra de la decisión del grupo y tuvo que dimitir de la organización.

Dos: Los Hermanos Musulmanes comenzaron a plantear nuevamente la exigencia de revivir el sistema de vida islámico. La revista Al Muslimun (agosto de 1951) escribió, al comentar la revolución: «La revolución ha cumplido la tarea de liberar a la nación del colonialismo y la esclavitud. Pero la verdadera tarea consiste en formar una nación que sea plenamente musulmana en pensamiento y conocimiento, en sentimientos e inspiración, y en obras y moral; una nación en la que se pueda confiar para aplicar las normas islámicas. Esta tarea solo pueden realizarla quienes poseen un conocimiento claro del islam y cuyos pies no vacilarán bajo ninguna circunstancia en la lucha entre la verdad y la falsedad». Los Hermanos Musulmanes exigieron al Consejo Revolucionario que se prohibieran en el país el consumo de alcohol y los juegos de azar. Sin embargo, el Consejo solo estableció unas pocas restricciones básicas, con lo que los Hermanos Musulmanes no quedaron satisfechos.

Tres: El 10 de diciembre se declaró abolida la Constitución de Egipto. Se formó un comité de cien miembros para redactar una nueva Constitución. Al observar la simpatía de los miembros, Hasan al-Hudaybi exigió que, mediante un referéndum, se decidiera si para Egipto se establecería la sharía islámica o el sistema occidental. Sin embargo, esta exigencia resultó dolorosa para el Consejo Revolucionario.

Cuatro: El 16 de enero de 1953, el Consejo Revolucionario declaró ilegales todos los partidos políticos mediante una ley. En ese momento, la experiencia y la visión de futuro de Hasan al-Hudaybi resultaron muy útiles. Algunos querían vincular el destino de los Hermanos Musulmanes con el ejército, pero Hasan al-Hudaybi consideró necesario mantener su propia distinción, aunque ello obligara a mantenerse alejados de las pequeñas actividades políticas. Por ello, envió un memorando al Consejo Revolucionario en el que objetaba que los Hermanos Musulmanes fueran considerados como los partidos políticos existentes, afirmando: «Los Hermanos Musulmanes son una organización religiosa universal; la política es solo una parte de su programa. Los Hermanos Musulmanes no aspiran al poder ni participarán en las elecciones parlamentarias». Así fue como el Guía salvó a la organización de una grave calamidad.

Cinco : El 23 de enero de 1953, el partido gubernamental anunció la fundación de «Sathut Tahrir». También se invitó a los miembros de los Hermanos Musulmanes y de otros partidos políticos a unirse a él. Los Hermanos Musulmanes rechazaron la invitación. Hasan al-Hudaybi se reunió con Jamal Abd al-Nasser y le dijo: «La revolución» es el reflejo de las esperanzas y aspiraciones de toda la nación. Por tanto, no se debe vincular a la nación con ningún partido particular. La consecuencia será que los oportunistas ingresarán en ella, utilizarán la organización para sus intereses personales y dañarán la imagen del Gobierno y de la revolución.

Seis: El 22 de febrero de 1953 comenzaron por segunda vez las conversaciones con Gran Bretaña. Los Hermanos Musulmanes consideraban, a la luz de la experiencia anterior, que las conversaciones eran solo una pérdida de tiempo. Además, no estaban dispuestos a aceptar ninguna condición que permitiera de algún modo a los ingleses volver a poner pie en suelo egipcio.

Siete: Se estaba discutiendo sobre las condiciones del tratado cuando el funcionario de la embajada británica, señor Evans, acordó reunirse con el Guía, Hasan al-Hudaybi, para conocer la opinión de los Hermanos Musulmanes sobre dichas condiciones. Tanto el señor Evans como los Hermanos Musulmanes estaban de acuerdo con ello. En aquella entrevista, el Guía apoyó plenamente la posición del Gobierno e inmediatamente convocó al mayor Salah Salem, ministro de Orientación Nacional, para informarle detalladamente de lo tratado. A pesar de ello, el Consejo Revolucionario acusó a los Hermanos Musulmanes de conspirar con los ingleses.

Esta fue la causa principal del desacuerdo entre los Hermanos Musulmanes y el Consejo Revolucionario. Sin embargo, el 12 de enero de 1954 ocurrió un incidente a raíz del cual los Hermanos Musulmanes fueron declarados ilegales. Ese día, sus estudiantes celebraban el Día de los Mártires en el campus universitario. De repente, varios hombres armados llegaron en un jeep de Sathut Tahrir y entraron gritando «¡Allahu Akbar!» y «¡Viva Egipto!». Pero, apenas se les impidió el paso, comenzaron a disparar sus revólveres. Los estudiantes de los Hermanos Musulmanes respondieron de inmediato. El Gobierno revolucionario tomó este incidente como pretexto para prohibir a los Hermanos Musulmanes y arrestar a numerosos dirigentes. Por otra parte, el Consejo Revolucionario también destituyó al general Naguib. Esto provocó una gran desorganización en el país. Se produjo una fuerte agitación en el ejército. Finalmente, el liderazgo opositor se vio obligado a restituir a Naguib e incluso anunció el levantamiento de la prohibición sobre los Hermanos Musulmanes y los demás partidos políticos. Tres días después de este anuncio, Sathut Tahrir inició una violenta agitación y la situación del país se volvió tan adversa que Naguib tuvo que dimitir. Se disolvieron todos los partidos políticos excepto los Hermanos Musulmanes, y Jamal Abd al-Nasser asumió personalmente el cargo de primer ministro.

El 1 de septiembre de 1953 se firmó el acuerdo de retirada de las tropas con Gran Bretaña. Los Hermanos Musulmanes rechazaron este acuerdo y comenzó un acalorado debate entre ellos y los dirigentes revolucionarios. El 26 de octubre de 1954 se produjo un atentado contra la vida de Jamal Abd al-Nasser, del que se acusó a los Hermanos Musulmanes. Finalmente, esta larga historia terminó con la condena a muerte de seis dirigentes de los Hermanos Musulmanes. Miles de personas fueron encarceladas y contra ellas se aplicó una apisonadora de opresión y tortura tan extrema que hasta los capítulos más oscuros de la historia humana se estremecieron. Por un lado, el Gobierno revolucionario estaba reviviendo los recuerdos del Faraón, Nimrod, Gengis y Hulagu Kan; por otro, los prisioneros de los Hermanos Musulmanes mantenían vivos los ideales de grandes figuras del islam como Bilal, Khubayb y Saíd ibn Yubayr, que Dios esté complacido con ellos.

El martirio de los líderes de los Hermanos Musulmanes

En esta etapa presento una cita de la obra «Gamal Abdun Nasir», escrita por Ahmad Abu al-Fatah, editor del famoso diario egipcio Al-Misri. A partir de ella se puede obtener una idea aproximada de aquella situación, en la que se menciona la condena a la horca de seis líderes de los Hermanos Musulmanes y el encarcelamiento de miles de sus miembros. Ahmad Abu al-Fatah escribe:

«El juicio contra los Hermanos Musulmanes arrestados se celebró en el tribunal que Gamal Abdun Nasir denominó Tribunal Popular (Mahkamat ash-Sha‘b). Este tribunal estaba compuesto por tres jueces. Los tres eran colaboradores de Gamal Nasir y miembros del Consejo Revolucionario. Cabe señalar que este tipo de proceso judicial no era más que un espectáculo vergonzoso. Se formularon innumerables acusaciones contra los acusados. Sin embargo, cuando entraban en la sala del tribunal, las marcas de las torturas brutales eran claramente visibles en sus cuerpos y rostros. No obstante, los jueces ni una sola vez mencionaron ante el tribunal aquellas crueles torturas y castigos.»

Aquí queda claro que este tribunal fue establecido precisamente para colgar en la horca a las figuras prominentes de los Hermanos Musulmanes y encarcelar a la gente común. En la práctica, por tanto, el tribunal llevó a cabo una campaña de represión bajo los caprichos de Abdun Nasir. El tribunal condenó a muerte en la horca a siete personas. Uno de ellos era Hasan al-Hudaybi, el Guía General de los Hermanos Musulmanes, y los otros seis eran dirigentes de primer rango de la organización. Sus nombres eran el abogado Abd al-Qadir [Abd al-Qadir Awda era uno de los dirigentes destacados de los Hermanos Musulmanes. Durante el reinado de Faruq fue juez de los tribunales egipcios. Sin embargo, como musulmán, no consideraba lícito dictar sentencias conforme a leyes no islámicas, por lo que renunció a ese alto cargo. Después se unió a los Hermanos Musulmanes y fue ascendido al puesto de segundo del Guía General. Escribió varias obras. La que más impacto causó entre sus libros fue «El derecho penal del islam» (at-Tashri‘ al-Jina’i al-Islami), una obra concluida en dos grandes volúmenes. El libro fue muy apreciado por los juristas de todo el mundo. Lo escribió en 1951. Debido a la excelencia y la contribución especial de esta obra, el Gobierno decidió conceder al autor el Premio Fuad I. Sin embargo, impuso como condición que se eliminaran dos frases del libro. Una afirmaba que el sistema sucesorio del islam no es partidario de la monarquía. La otra decía que, en el islam, ningún juez está por encima de la ley. El profesor Abd al-Qadir Awda (que Dios tenga misericordia de él) se negó a borrar esas frases y rechazó también el premio, cuyo valor era de mil libras egipcias. Además, tuvo que enfrentarse a la ira del rey Faruq, pues el golpe de aquellas frases recaía directamente sobre él. Además de esta obra, Abd al-Qadir Awda (que Dios tenga misericordia de él) escribió otros libros, como «El islam y nuestro sistema jurídico», «El islam y nuestra política» y «Las enseñanzas islámicas sobre el gobierno», entre otros.], el secretario general de los Hermanos Musulmanes, el jeque Muhammad Farghali, Yusuf al-At, Ibrahim at-Tayyib y Hindawi Dabir.»

«El proceso judicial estaba marcado por la opresión, la tortura, la venganza, el pisoteo de la verdad y la condena de la justicia y la equidad. Los pueblos de Egipto y de los demás países árabes expresaban su repugnancia hacia esta política, y desde distintos rincones del mundo árabe e islámico se protestó contra semejante opresión manifiesta. Se organizaron grandes marchas de protesta en las principales ciudades de Siria, Líbano, Libia, Jordania e Irak, en las que se corearon consignas por la caída de la dictadura militar. Todos los dirigentes del mundo árabe e islámico pidieron que se interviniera en este asunto y solicitaron a Gamal Abdun Nasir que pusiera fin, de cualquier manera, a este capítulo doloroso. Los periódicos de los países árabes también atacaron, con un lenguaje sumamente incisivo, esta decisión, las actividades del tribunal y al Gobierno militar. Pero Gamal Abdun Nasir no prestó la menor atención a estas peticiones. Por el contrario, mostró un celo desmedido por ejecutar las condenas a muerte de los líderes de los Hermanos Musulmanes, aunque Hasan al-Hudaybi, el Guía General de los Hermanos Musulmanes, fue excluido de esta condena.»

Los corresponsales de las agencias de noticias internacionales presenciaron la ejecución de las condenas a muerte y vieron con sus propios ojos la asombrosa valentía y fortaleza moral de los acusados, que no cambiaron lo más mínimo incluso cuando se encontraban de pie ante la horca. Allí estaba John Lacouter, corresponsal del diario France Soir, el periódico más famoso de Francia. Publicó en su periódico un relato detallado de este suceso, con el título «Escena de valor y audacia de los hombres que marchan hacia la horca». Escribió que en la entrada principal de la prisión de El Cairo ondeaba una bandera negra, que anunciaba el trágico suceso de la ejecución de seis líderes de los Hermanos Musulmanes. En el momento de la ejecución, ellos daban gracias a Alá, quien les había concedido la dignidad del martirio.

Estos hombres avanzaron hacia la muerte con un valor extraordinario. A las ocho se izó una bandera negra frente al Tribunal de Apelación, adonde los acusados habían sido trasladados la noche anterior. Como de costumbre, fuera de la prisión soplaba un viento frío. En el recinto central de la cárcel estaban apostados, como siempre, dos verdugos semejantes a demonios. Llevaban bigotes desaliñados y vestían de negro. Esperaban junto a una puerta entreabierta. Era la puerta de la sala de ejecuciones. Cinco minutos después de las ocho, el primer hombre a quien la policía de seguridad condujo a la horca fue Abd al-Latif. Llevaba un gorro rojo, una camisa negra y un pijama rojo. Iba descalzo. Movía los labios mientras recitaba una súplica. En su rostro resplandecía la misma alegría que yo había observado el día de la vista en el tribunal. Después de la lectura de los cargos, destinada a censurar a los Hermanos Musulmanes por haber intentado asesinar al coronel Nasir y organizar la revolución mediante el uso de la fuerza, dos mulás recitaron algunos pasajes del Corán. Un tercer mulá, que era ciego y al que llamaban el jeque Saadi, pronunció un discurso en el que testificaba que Abd al-Latif, al tomar como objetivo al coronel Nasir, había planeado matar no solo a una persona, sino a los veintidós millones de egipcios. Pero Alá protegió al coronel, para beneficio del pueblo egipcio. El administrador del distrito ordenaba al condenado que recitara la profesión de fe del martirio. Sin embargo, él comenzó a decir: «Doy gracias a Alá, quien me ha concedido la dignidad del martirio. El martirio es el preciado anhelo de los Hermanos Musulmanes». Abd al-Latif se negó incluso a aceptar cualquier cosa. Mientras tanto, oí un grito. Retiraron el bloque de madera que estaba bajo los pies del condenado. Su corazón siguió latiendo durante tres minutos y medio; después quedó inmóvil para siempre.

Después de cada ejecución tenía que esperar durante media hora, pues la ley egipcia exigía que el cuerpo del condenado permaneciera colgado durante media hora, para que no quedara ninguna duda sobre su muerte.

Entonces trajeron a Yusuf al-At. Era el secretario de organización en Siria. Al igual que el anterior, vestía ropas rojas y negras. Entre los dos verdugos, enormes como gigantes, parecía muy pequeño. Su cuerpo tenía un tono azulado y el rostro hinchado. Mientras pasaba frente a nosotros, miraba de un lado a otro con los ojos. Al llegar cerca del patíbulo, expresó su deseo de rezar dos rak‘at. Pero los verdugos respondieron: «Rézalas en tu interior». Entonces recitó en voz alta esta súplica:

(*************árabe*********************)

(Perdóname y perdona también a quienes me han tratado injustamente.) El corazón de Yusuf al-At dejó de latir en apenas dos minutos.

El tercer acusado, Ibrahim Tayyar, era el líder de la organización clandestina de la zona de El Cairo. Nadie podrá olvidar el valor que mostró allí. En sus labios llevaba una leve sonrisa mezclada con desprecio. Además, en lugar de caminar por el centro, avanzaba por un lado. Miraba a los presentes con una mirada intrépida y decía con voz muy clara: «Alabado sea Dios, nuestros propios enemigos se han erigido en nuestros jueces. Pero el Día de la Resurrección, tanto el opresor como el oprimido comparecerán ante un Juez justo, y ese Juez dictará sentencia con verdad y justicia». En un momento le dijo al verdugo: «No me ates tan fuerte; las cadenas me están desgarrando los brazos». Con una sonrisa significativa en el rostro, entró por la última puerta.

El cuarto acusado era un abogado. Se llamaba Handabi Dabir. Se le acusaba de proporcionar armas al asesino e incitarlo a cometer el homicidio. Cuando le preguntaron si tenía algún último deseo, respondió: «Pido clemencia a Jamal Abdun Nasir». El director de la prisión contestó: «Su deseo ya le ha sido comunicado». Después también lo llevaron a la habitación negra.

Después llegó el turno de un venerable y apuesto jeque. Era Muhammad Fargali, el famoso predicador de los Hermanos. Avanzó con una dulce sonrisa en el rostro. De sus labios brotaban estas palabras: «Allahu Akbar, tengo la dicha de encontrarme con Dios». Susurró algo en voz baja al oído de uno de los mulás de la prisión y avanzó hacia el patíbulo.

El sexto y último acusado, a quien conducían hacia el cadalso, era el jeque Abd al-Qadir Awda. Era el líder espiritual del movimiento de los Hermanos. Él era el intermediario entre Naguib y los Hermanos. Dentro del tribunal pronunció una declaración sumamente sensata sobre la decisión judicial y, cuando le comunicaron la sentencia de muerte, la aceptó con una sonrisa y un corazón agradecido. Lo vimos pasar frente a nosotros con la cabeza erguida y paso sereno; sus ojos irradiaban una sonrisa. Recitaba el Corán con voz solemne. Finalmente recitó varios poemas árabes cuyo significado era: «Si puedo entregar mi vida por el camino de Dios, nada me importa». Levantó mucho la cabeza y dijo: «Mi sangre se convertirá en una maldición para el gobierno actual». Se negó a aceptar cualquier cosa. Al dirigirse hacia el patíbulo, dejó atrás a los verdugos designados y avanzó por sí mismo.

(Fuente: el periódico France Soir, París, 8 de diciembre de 1954)

Estas son las seis personas a las que Abdun Nasir condenó a la horca. También hubo aquí muchas otras personas que murieron silenciosamente dentro de las prisiones, sin que nadie llegara siquiera a conocer la noticia de su muerte. En este contexto, el incidente de la prisión de Tura se hizo particularmente célebre. Ocurrió el 1 de junio de 1957. Ese día, veintiuna personas fueron ametralladas y despedazadas al mismo tiempo dentro de la prisión, porque habían convocado una huelga para protestar contra la orden gubernamental que les impedía reunirse con sus familiares.

Abdun Nasir mantuvo encarcelados a cincuenta mil egipcios y los sometió a una crueldad ilimitada. Incluso las familias de estos prisioneros fueron tratadas de manera extremadamente inhumana y brutal. La historia de estos cincuenta mil presos y de sus familiares es un relato sumamente doloroso e interminable. Todavía hoy, miles de miembros de los Hermanos Musulmanes llevan una vida insoportable en las cárceles, y la mayoría de ellos lucha por la vida y la muerte dentro de campamentos situados en espacios abiertos.

He recopilado esta extensa cita de la obra Gamal Abdun Nasir, escrita por Ahmad Abul Fatah, destacado amigo de Gamal Nasir y editor de Al-Misri. Ahmad Fatah fue la mano derecha de Gamal Abdun Nasir hasta 1956. Sin embargo, finalmente también se convirtió en objeto de su enemistad y tuvo que elegir el camino del exilio para escapar de él.

La mayor parte de la cita presentada en la obra de Ahmad Abul Fatah se basa en el relato del periódico parisino France Soir. Menciono las observaciones directas consignadas por el corresponsal de este periódico únicamente para mostrar, en palabras de un periodista extranjero, cómo se retrató este grandioso episodio del martirio de los dirigentes de los Hermanos Musulmanes. De no ser por eso, los acontecimientos ocurridos a los dirigentes de los Hermanos Musulmanes en la cárcel, las humillaciones que les infligió un tribunal meramente nominal y la extraordinaria dignidad que demostraron en el patíbulo constituyen una historia sumamente extensa y detallada.

Contribución

Anteriormente he expuesto brevemente la historia y la da‘wa de los Hermanos Musulmanes. Quiero que quede claro para los lectores cuán pura y noble es la historia de un movimiento que fue sometido a una opresión y una persecución constantes, y para cuya supresión no se consideró suficiente ningún método aparte de las balas y la horca; cómo permanecieron sinceramente vinculados al islam en cada capítulo espinoso, y cómo demostraron su auténtica preocupación por el bienestar del país y de la nación. A continuación quiero señalar qué reacción provocó el movimiento de los Hermanos Musulmanes en la sociedad egipcia y qué medidas adoptaron para lograr una reforma integral de dicha sociedad.

Ya he mencionado al principio que la fundación de los Hermanos Musulmanes tuvo lugar en una época en la que, por un lado, el trono del Califato otomano fue derribado y el nacionalismo turco levantó la cabeza. Por otro lado, el nacionalismo árabe se convirtió en un eslogan rival. La comunidad cristiana del Líbano y los ateos de Egipto, amparándose en el nacionalismo árabe, hicieron resplandecer extraordinariamente en Egipto el ateísmo y la adoración de Occidente, y los grandes intelectuales musulmanes se dejaron arrastrar por esa corriente. El Club de Dar al-Ulum, fundado bajo el patrocinio de Hefni Nasif Bey y al que estaban vinculados grandes eruditos, hablando francamente—

Egipto enarbolaba la política de mantener sus puertas abiertas a toda ideología y a toda civilización y cultura. Un grupo de literatos y eruditos dedicados a la literatura y a la educación consideraba Egipto una parte de Europa en vez de Oriente, y se vinculaba más con el Mediterráneo que con el mar Rojo. Incluso pensadores versados en asuntos complejos, como Musa Salam, afirmaban que para los egipcios la literatura alemana y china eran más cercanas que la literatura árabe. La situación del ámbito periodístico era tal que, después de investigar el periodismo egipcio en 1934, Muhibuddin al-Jatib llegó a la conclusión de que «nuestros periódicos musulmanes parecen ser réplicas de Hollywood». El comercio no solo estaba completamente bajo el control de los europeos, sino que también los hoteles y las cafeterías se encontraban bajo su dominio. Entre estos comerciantes europeos, alrededor de cien mil eran italianos. Lo único que hicieron los pensadores egipcios para liberarse de las manos de estos comerciantes extranjeros fue fundar el Banco de Egipto. Este banco fue establecido por Talaat Harb Pasha. Además, se impulsó el movimiento por la autonomía económica de Egipto mediante el desarrollo del cine y el teatro egipcios. La situación del sistema educativo era aún más lamentable. En este ámbito, los extranjeros habían establecido un dominio absoluto.

Programa para llevar a cabo una revolución intelectual

En estas circunstancias, los Hermanos Musulmanes iniciaron su movimiento de reforma colectiva y comenzaron a trabajar por la reforma en todos los rincones de la sociedad egipcia. Por un lado, convirtieron a los sectores educados en el centro de sus esfuerzos y luchas, y por otro, mantuvieron sus actividades entre las clases obrera y campesina. Los sectores educados se dejaban arrastrar por la poderosa corriente del patriotismo, la idolatría de la nación, el nacionalismo y el ateísmo, mientras que las clases obrera y campesina eran aplastadas cruelmente bajo la piedra de molino de la monarquía y el colonialismo. Ni siquiera tenían conciencia alguna de la vida ni de sus necesidades.

Por ello, los Hermanos Musulmanes alzaron su voz contra la apostasía, el ateísmo, el nacionalismo estrecho y la adoración de Occidente. Mediante sus discursos y escritos, sus dirigentes criticaron estos males y expusieron claramente sus efectos perjudiciales. Desvelaron el misterio fundamental de los lemas divisivos que separaban la religión del mundo material y presentaron el islam como un sistema de vida integral. Resistieron la corriente de la civilización y la cultura occidentales y crearon la belleza de la civilización islámica. Las instituciones educativas eran grandes centros de difusión de la civilización, la cultura y el pensamiento occidentales. Los Hermanos Musulmanes prestaron plena atención a este ámbito, infundieron el espíritu del islam en los estudiantes y profesores y, en lugar de permitirles perder el tiempo en actividades inútiles, les proporcionaron entrenamiento para la yihad. La Universidad Fuad I (actualmente Universidad de El Cairo) era considerada la institución de educación superior más prestigiosa de Egipto. Hubo un tiempo en que en esta universidad se burlaban del islam y lo ridiculizaban. Sin embargo, como resultado de la predicación de los Hermanos Musulmanes, se produjo allí un cambio tan grande que los estudiantes apoyados por los Hermanos Musulmanes obtuvieron la mayoría en el consejo estudiantil de la universidad. Más aún, en palabras del escritor palestino Dr. Ishaq Musa al-Husayni, los resultados de las elecciones del consejo estudiantil de la Universidad Fuad fueron los siguientes:

Facultad de Agricultura: los Hermanos Musulmanes ganaron en las once plazas.

Facultad de Ciencias: el número total de plazas era de once; los Hermanos Musulmanes las obtuvieron todas.

Facultad de Ingeniería: los Hermanos Musulmanes ganaron siete de las diez plazas.

Facultad de Bellas Artes: los Hermanos Musulmanes ganaron siete de las diez plazas.

Facultad L: nueve de diez.

Facultad de Comercio: los Hermanos Musulmanes obtuvieron nueve de los trece escaños.

La Facultad L fue en otro tiempo un bastión de los estudiantes partidarios del Partido Wafd. Pero los estudiantes de los Hermanos Musulmanes obtuvieron allí nueve de los diez escaños. Cuando los Hermanos Musulmanes anunciaron su participación en la yihad de Palestina, fueron esos mismos estudiantes quienes se incorporaron a las primeras filas de los muyahidines, y fueron ellos quienes acudieron repetidamente a los campamentos de los Hermanos Musulmanes para recibir entrenamiento militar. Los periódicos británicos también reconocieron al respecto que la organización que ejercía mayor influencia entre los estudiantes era la de los Hermanos Musulmanes.

Cuando desde estas instituciones educativas se alzó la voz del islam y del sistema de vida islámico, produjo una amplia influencia en todos los ámbitos de la vida. Académicos y literatos se vieron influidos por ella. Su influencia alcanzó al mundo de los abogados y, en el plazo de veinte o veinticinco años, el rostro de la sociedad egipcia cambió. Aquellos cuyas obras estaban consagradas al pensamiento y la filosofía occidentales, y cuyas críticas siempre terminaban arremetiendo contra el islam, cambiaron por completo al percibir el giro de los acontecimientos, y sus plumas hostiles a Dios se convirtieron en defensoras de la historia y la civilización islámicas, así como del sistema estatal y social islámico. Muhammad Husayn Haykal (que Dios tenga misericordia de él), autor de Hayat Muhammad, constituye un brillante ejemplo de este cambio. La demanda de literatura islámica aumentó tanto que incluso para los escritores profesionales los temas islámicos se convirtieron en una necesidad de la época.

De las mismas voces que proclamaban consignas sobre la separación entre la religión y la política, que calumniaban al islam calificándolo de antiguo y anticuado, y cuyo objetivo no era otro que adorar a los señores del país, comenzó a escucharse este mensaje: el islam es el nombre de la creencia y la adoración, el nombre del país y de la nación; así como es el nombre de la religión, también lo es del sistema estatal; es el nombre de la espiritualidad y de la práctica, del Corán y de la espada. Este llamamiento llegó a todas las clases de la nación. Su luz se extendió desde las ciudades hasta las aldeas y los poblados. Cada individuo de la nación se vio influido por él de una u otra manera. El célebre literato egipcio Ahmad Zayyat escribió sobre este momento de transición:

Solo los Hermanos Musulmanes representan, en esta sociedad perturbada, la pura creencia y el pensamiento islámicos. No consideran la religión un centro de adoración separado, ni imaginan el mundo como un mercado desenfrenado y perpetuo. A sus ojos, la mezquita es la columna elevada del mercado, y el mercado es una parte de la mezquita. Poseen un lenguaje de análisis discursivo. En el ámbito económico se hace patente la realidad de sus propósitos. Reciben entrenamiento militar para la yihad. En el ámbito político tienen una perspectiva propia. Tienen seguidores en cada ciudad. Su influencia se extiende por todos los países árabes. En el despertar nacional que hoy se observa en Egipto, Sudán, Irak y Siria, Yemen y el Hiyaz, Argelia y Marruecos, alcanzarán una importancia excepcional. (Risala, 7 de enero de 1952).

El célebre filósofo palestino, el Dr. Ishaq Musa al-Husayni, escribió sobre el movimiento de los Hermanos Musulmanes: Los ulemas oficiales se limitaban a hacer juegos de palabras. La comunidad sufí estaba confinada al culto de una perspectiva espiritual estrecha. Cada grupo afectado por una grave enfermedad trataba únicamente una parte de ella. Finalmente aparecieron los Hermanos Musulmanes y colmaron todos los vacíos.

Para alcanzar esta revolución intelectual y práctica, ¿qué medios y recursos escogieron los Hermanos Musulmanes? En otras palabras, ¿qué servicio prestaron los Hermanos Musulmanes al reino egipcio? A continuación se ofrece una breve descripción:

En la carta que el imán Hasan al-Banna escribió a Muhammad Mahmud Pasha, después de identificar todas las calamidades y la inmoralidad de la sociedad, se afirmaba claramente que podían adoptarse diversas medidas reformistas para eliminarlas. Entre ellas, la medida fundamental consistiría en reorganizar adecuadamente las raíces del sistema educativo, reformar las leyes y reglamentos, combatir la injusticia y utilizar el tiempo libre en obras beneficiosas. Por ello, los Hermanos comenzaron la labor de reforma a la luz del plan mencionado en la declaración del imán Hasan al-Banna. La primera manifestación de las actividades de los Hermanos se desarrolló mediante discursos, debates y la reforma intelectual y moral.

Esta labor se extendió especialmente entre los trabajadores y los pobres, quienes acudían en grupos a esta da‘wa y encontraban en ella gran tranquilidad y satisfacción. Los discursos formativos de los Hermanos se basaban en ciertos fundamentos, como enseñar a las personas analfabetas la oración y el ayuno, hacerles memorizar algunas suras del Corán y explicarles el significado de la da‘wa islámica: que el islam no consiste únicamente en actos de culto y devoción, sino que es un sistema completo de normas para la vida islámica. También se buscaba acostumbrar al pueblo a la civilización y la moralidad, explicarles los mandatos y las prohibiciones de la sharía e impulsarlos a cumplirlos; resistir la corriente de la idolatría y hacerles saber que el islam del renacimiento de Oriente debía establecerse como guía en todos los ámbitos de la vida; y presentarles, mediante una cooperación práctica con las personas en todos los asuntos de la vida, un modelo incomparable de existencia. Al principio, la labor de predicación y enseñanza de los Hermanos estaba centrada en las mezquitas. Pero, cuando abrieron sucursales en distintas ciudades, convirtieron cada una de ellas en un centro de formación, donde se instruía al pueblo en el modo de vida islámico. Esta etapa formativa continuó durante varios años.

La da‘wa del islam ante los gobernantes

Otro medio que escogieron para difundir su da‘wa fue enviar cartas de predicación a las personas responsables que dirigían el país. Se escribió una extensa carta a Muhammad Mahmud Pasha, invitándolo a revitalizar el sistema de vida islámico y llamando su atención sobre ciertas medidas reformistas, como las siguientes: poner fin a las reuniones mixtas o fiestas, tanto gubernamentales como privadas; impedir que los ministros y funcionarios administrativos participaran en juegos de azar, carreras y actos de entretenimiento, y que publicaran en los periódicos fotografías de sus esposas; conceder permiso en oficinas y tribunales durante las horas de oración, para que todos realizaran la oración; dar prioridad a la educación islámica en los hogares de los altos funcionarios, de modo que utilizaran el árabe en sus conversaciones en lugar del inglés o el francés y contrataran para sus hijos tutores egipcios en vez de extranjeros; y adoptar medidas represivas estrictas contra los funcionarios públicos corruptos.

En esta carta también se instaba a Muhammad Mahmud Pasha a emprender una reforma jurídica y se exigía reorganizar las leyes conforme al modelo islámico. Asimismo, se proponía formar un comité que estudiara la manera de armonizar las leyes vigentes con la ley islámica. En una carta dirigida al rey de Egipto, a Nahas Pasha y a las autoridades árabes, se afirmaba que vincularían a la umma musulmana con el auténtico desarrollo islámico, que cumplirían todas sus instrucciones y que no vacilarían en hacer cualquier sacrificio. Se escribieron cartas a Umar Tusun y a Muhammad Ali Tawfiq, llamando su atención sobre el desorden que los partidos políticos habían creado en el país. Se exhortó a la nación a unirse. Se escribió al ministro de Justicia, Ahmad Khashba Pasha, para exigirle la aplicación de la ley islámica. En la carta dirigida a Nahas Pasha se hablaba de establecer relaciones amistosas con los países musulmanes y de allanar el camino para instaurar la fraternidad islámica y el califato islámico. En otra carta, se exigía a Nahas Pasha que preparara el manifiesto del Partido Wafd a la luz de los principios islámicos. El punto de vista central de toda esta correspondencia de los Hermanos era transformar el país en un Estado islámico y reformar integralmente la sociedad conforme a los principios islámicos. Para difundir ampliamente estas cartas, los Hermanos formaron en su sede central un comité encargado de organizar su amplia divulgación y distribución.

En el ámbito del periodismo

Los Hermanos también realizaron una contribución importante en el ámbito del periodismo. Según el periodista egipcio Muhibb al-Din al-Jatib, se inició una transformación en el campo del periodismo de estilo hollywoodense. A comienzos del siglo XX podían encontrarse algunos periódicos que mencionaban el nombre del islam, como Al-Mu’ayyad, de Sheikh Ali Yusuf; Al-Liwa, de Mustafa Kamil; Al-Akhbar, de Ash-Shafi‘i; y Al-‘Ilm, de Sheikh Abd al-Aziz Jawish. Sin embargo, el periodismo egipcio continuaba bajo el control de una jahiliyya absoluta. Finalmente, los Hermanos llegaron y elevaron el adhan del tawhid en el templo. Al principio publicaron su reconocida revista mensual. Más tarde, en 1946, lanzaron un diario llamado Al-Ikhwan al-Muslimun. Este alcanzó una enorme popularidad en Egipto y en otros países árabes. Con su valiente línea editorial y sus críticas imparciales, el periódico provocó conmoción en los círculos gubernamentales. La colonia inglesa hervía de ira y resentimiento al ver su popularidad. Por ello, fue clausurado en varias ocasiones. Además, los Hermanos publicaron varios semanarios: At-Ta‘aruf, Ash-Shi‘a, An-Nadhir y Ash-Shihab. Después de la dura prueba de 1948, los Hermanos pusieron en circulación Al-Mabahith, Ad-Da‘wa y Al-Muslimun. En suma, mediante su vigoroso periodismo, los Hermanos llevaron a cabo una revolución en el ámbito periodístico egipcio. En lugar de conformarse con relatos obscenos y noticias sensacionalistas, el pueblo comenzó a encontrar satisfacción en temas profundos y constructivos.

En el ámbito educativo

La contribución de la Hermandad en el ámbito educativo ocupa un lugar preeminente entre todas sus actividades. En diversas ocasiones, la Hermandad llamó la atención del Gobierno sobre el sistema de educación islámica. Describió cuatro objetivos de la educación:

1. Manifestar una perspectiva veraz.

2. Desarrollar un carácter moral elevado.

3. Aprovechar la experiencia del pasado.

4. Formar personas capacitadas en diversos campos sobre los fundamentos del conocimiento y las ciencias.

El plan educativo de la Hermandad se detalla de la siguiente manera:

En primer lugar : adoptar una política duradera y firme que eleve el nivel de la educación y cree unidad entre las clases que sean equivalentes en cuanto a sus objetivos y metas. Acercar entre sí las diversas culturas de la nación y destinar las etapas iniciales de esta educación a la formación moral y a la creación de un espíritu patriótico.

En segundo lugar: prestar especial atención a la historia del islam y a la historia de la civilización y la cultura islámicas.

En tercer lugar: impartir la educación religiosa como asignatura fundamental en todos los niveles educativos.

En cuarto lugar: revisar el sistema educativo y el plan de estudios de las niñas, y establecer diferencias entre los planes de estudios de niños y niñas en cada rama.

En quinto lugar: mantener alejadas de las instituciones educativas a las personas sumidas en creencias doctrinales perjudiciales y en la inmoralidad.

En sexto lugar: prestar plena atención a la ciencia y establecer la diferencia entre la filosofía occidental y la ciencia occidental.

Al principio, la Hermandad se limitaba a hacer llegar al Gobierno sus planes educativos. Pero posteriormente se esforzó, dentro de sus posibilidades, por llevarlos a la práctica. Para ello formó una junta y estableció escuelas primarias, secundarias y técnicas separadas para niños y niñas. Con el fin de erradicar el analfabetismo y difundir la educación religiosa entre la población, fundó madrasas, escuelas de memorización del Corán y escuelas nocturnas para campesinos y trabajadores. Se abrieron varios centros educativos para los estudiantes que aprobaban los exámenes, donde se impartían clases de preparación bajo la supervisión de la universidad. Se establecieron ramas para educar a los niños de las distintas edades que, debido al trabajo, habían quedado privados de la educación. Se abrieron escuelas privadas para la educación de los varones. Se creó una institución educativa separada para niñas, denominada Escuela de las Madres de los Creyentes. Asimismo, se establecieron centros de educación técnica. En resumen, la Hermandad llevó a cabo una campaña educativa basada en una planificación amplia. En todo el país, allí donde existía una rama de la Hermandad, no había ninguna que no tuviera alguna institución educativa bajo su administración. La prueba del aprecio de la población por estas instituciones educativas es un centro de educación de adultos en el que estudiaban simultáneamente 173 trabajadores. Resulta bastante difícil ofrecer un recuento completo de estas instituciones educativas. Solo en la ciudad de El Cairo había 31 instituciones educativas, de las cuales 11 eran colegios.

Bienestar público

La Hermandad participaba en labores de bienestar público mediante programas de diversa índole. Para ejecutar estos programas estableció un departamento independiente denominado Bienestar Público. La Hermandad había comenzado esta labor ya en la etapa inicial del movimiento. Cuando, durante la época de Nakrashi Pachá, la Hermandad fue declarada ilegal, en Egipto había quinientos centros de bienestar público fundados por ella. En 1945, el Ministerio de Asuntos Sociales asumió legalmente la supervisión de estos centros. Estos centros ayudaban a las personas necesitadas proporcionándoles bienes y dinero. Cubrían las necesidades de los indigentes con fondos recaudados mediante el zakat, la sadaqa y las pieles de los animales sacrificados durante el sacrificio ritual. Procuraban medios de subsistencia a los desempleados y, en ocasiones, los incorporaban a actividades comerciales proporcionándoles un capital suficiente. Se atendía gratuitamente a los enfermos. Se suministraban alimentos a bajo precio a los pobres. También se organizaba la educación en los círculos de trabajadores. La Hermandad formó un comité especial para la reforma y el desarrollo de los habitantes rurales. En las zonas rurales se ayudaba de diversas maneras a los pobres y necesitados, y mediante los consejos de las aldeas se resolvían las disputas y conflictos locales.

Cuando la Hermandad fue plenamente restablecida durante el mandato de Nahhas Pasha, emprendió amplios planes de bienestar público en conexión con diversos programas. Estos comenzaron con la fundación de una mezquita, un centro médico, una biblioteca y un salón de actos en El Cairo. En el marco de este plan, se dispuso el mantenimiento de las mezquitas que permanecían abandonadas. Tan solo en El Cairo, veinticinco mezquitas estaban administradas bajo la supervisión de la Hermandad; de ellas, la Hermandad asumía por completo todos los gastos de algunas, mientras que en otras se encargaba únicamente, de forma totalmente gratuita, de las funciones de imán y predicador.

En el centro de la Hermandad había un departamento independiente dedicado al bienestar de los campesinos y los trabajadores, que resolvía sus diversos problemas. Se abrió un centro para trabajadores, donde se les impartía formación sobre sus derechos y deberes, así como educación relacionada con la legislación laboral. En este departamento trabajaba un equipo de abogados especializados en derecho laboral. Del mismo modo, la Hermandad también realizó una importante contribución en el ámbito agrícola. Su departamento de agricultura informaba a los campesinos sobre nuevos métodos agrícolas y les enseñaba cómo proteger las cosechas de todos los peligros provenientes del cielo y de la tierra. La Hermandad tenía que realizar todas estas labores porque el Estado no prestaba en absoluto atención a este asunto. Además, junto con la predicación religiosa, este movimiento religioso estaba adquiriendo una influencia profunda y amplia que no podía obtenerse únicamente mediante discursos y alocuciones.

También funcionaba una junta independiente de bienestar social. Este departamento estaba formado por personas con experiencia en asuntos sociales y por profesores. Se encargaban de ejecutar y supervisar planes de desarrollo social. En sus últimos días, la Hermandad llevó a la práctica un plan para construir una ciudad modelo en la zona de El Cairo conocida como el Antiguo Egipto. Con ese fin, compró terrenos y quiso establecer allí un asentamiento limpio para personas de clase media y baja.

En el ámbito económico

La contribución de la Hermandad en el ámbito económico era integral. Para fortalecer la economía nacional, fundó diversas compañías. Sus beneficios se distribuían sobre la base de la mudaraba, y los trabajadores también participaban en dichos beneficios.

1. Compañía Islámica: inició sus actividades en 1939 con un capital de cuatro mil libras. Los miembros de la Hermandad también mostraron gran interés en ella, y su capital, que partía de cuatro mil libras, llegó a veinte mil libras. Esta compañía puso en servicio varios autobuses públicos. También estableció una fábrica de cocinas de combustible líquido, cuya demanda surgió no solo en Egipto, sino también fuera de Egipto. La compañía fundó asimismo una fábrica de cemento.

2. Compañía Árabe: inició sus actividades en 1947 con un capital de seis mil libras. Esta compañía importaba maquinaria moderna para cortar piedra, con un valor de miles de libras. Sin embargo, cuando la organización fue declarada ilegal, sus activos quedaron sin propietario y la compañía sufrió pérdidas de miles de libras.

3. Compañía Textil: en 1948, esta compañía puso en funcionamiento una fábrica de tejidos con ocho mil libras. En ella trabajaban sesenta artesanos. La fábrica producía popelina, seda, gabardina y otros tejidos de excelente calidad, que se vendían a precios justos.

4. Compañía Islámica de Publicaciones: Se inició con una inversión de setenta mil libras.

5. Compañía de Prensa Diaria: Su capital inicial era de cincuenta mil libras. El 5 de mayo de 1946, esta compañía lanzó un periódico diario, que desempeñó un papel destacado en la lucha por la independencia y en la difusión de la civilización y la cultura islámicas.

6. Compañía de Comercio e Ingeniería: Inició sus actividades con un capital de catorce mil libras. Esta compañía alcanzó una excelente reputación en los trabajos de ingeniería y construcción de viviendas.

7. Compañía Comercial: Su sede estaba en El Cairo y también tenía sucursales en distintas partes del país. Esta compañía trabajaba sobre la base del principio fundamental de la cooperación mutua. Suministraba artículos domésticos de primera necesidad a precios bajos.

Asimismo, la contribución de los Hermanos Musulmanes en el ámbito médico consistía en que tan solo en El Cairo había diecisiete dispensarios benéficos y un hospital. En este hospital se admitía a los pacientes. Millones de personas recibían gratuitamente atención médica en estos dispensarios. Médicos especializados en diversas enfermedades atendían allí sin remuneración o por una asignación modesta.

Esta es una breve descripción de las contribuciones del gran movimiento religioso del mundo islámico. El presidente egipcio Nasser empleó durante doce años todas sus fuerzas y capacidades para erradicar dicho movimiento. Este constituía además un gran obstáculo para Occidente, el imperialismo capitalista y el Estado de Israel.

Egipto y los Hermanos Musulmanes

[Este artículo fue escrito en septiembre de 1966 con motivo del martirio de Sayyid Qutb (que Dios tenga misericordia de él). La imagen de Egipto que se presenta en él corresponde a aquella época.]

El conflicto entre Nasser y los Hermanos Musulmanes, que se remonta a 1945, ha vuelto a alcanzar actualmente una etapa sumamente lamentable. En 1954, seis destacados dirigentes de los Hermanos fueron ejecutados en la horca. Y ahora otros tres han sido ahorcados, entre ellos la célebre personalidad Sayyid Qutb. Se les ha imputado una larga lista de acusaciones. Pero la acusación más grave y terrible de todas es que querían asesinar al presidente Nasser. Además, estaban preparando un plan para llevar a cabo una revolución sangrienta en el país mediante las armas. Antes de arrojar luz sobre estos dos aspectos —cuál es el misterio de estas acusaciones y cuál fue la respuesta de los Hermanos a ellas—, es necesario investigar las causas que, en realidad, operaron en lo profundo de este conflicto.

Durante los últimos años, los sectores reflexivos y patrióticos de Egipto no estaban satisfechos con la manera en que el Gobierno egipcio conducía su política exterior, y este descontento fue transformándose en una situación de extrema ira, irritación y tensión. La nación egipcia es esencialmente amante del islam y mantiene una relación profundamente arraigada con la historia islámica. Durante siglos se han cultivado allí las ciencias y los conocimientos islámicos. Siempre ha estado vinculada al mundo islámico. En el pasado reciente han surgido entre ella numerosos reformadores, eruditos y poderosas organizaciones de predicación. Salvo ciertos sectores de los habitantes de las ciudades, los residentes comunes, la mayoría de los cuales eran campesinos rurales, estaban profundamente vinculados al islam, y en su vida social se percibía la profunda influencia de la vida y las normas islámicas. La manera en que esta nación musulmana se vio víctima de la política internacional fue la siguiente:

La política exterior de Egipto no consideraba los problemas y las crisis del mundo islámico como problemas del islam o de los musulmanes. Más bien los juzgaba a través de los lentes parciales de aquellos grupos cuya subordinación les confería prestigio, o se sometía a los intereses y conveniencias personales de los gobernantes egipcios. Esta visión equivocada mantuvo la política exterior de Egipto sin fundamento y oportunista. Por un lado, el Gobierno egipcio consideraba la hostilidad hacia Israel su objetivo supremo y último; pero, por otro, mantenía profundos vínculos con países que no solo apoyaban a Israel, sino que estaban dedicados a su desarrollo y progreso. Mantenía relaciones amistosas con Yugoslavia. Tenía una intimidad extrema con Haile Selassie de Abisinia. Sin embargo, este hombre era un asesino de musulmanes y estaba despejando el territorio africano para Israel. En las zonas de Eritrea habitadas por musulmanes, permitió que varias empresas israelíes se dedicaran al comercio y los negocios. En cierta ocasión, al pronunciar un discurso ante el Congreso de Estados Unidos, dijo:

En los próximos veinte años convertiré al cristianismo a todos estos musulmanes abisinios que viven en mi imperio.

Makarios era tan apreciado por el Gobierno egipcio que incluso se le proporcionó armamento para utilizarlo contra Turquía. Recientemente, además, se anunció desde Nicosia que, si Turquía atacaba Chipre, los cohetes egipcios acudirían allí en su respuesta. Makarios no era una personalidad desconocida ni insignificante. Masacraba despiadadamente a los turcos chipriotas y, en realidad, servía al imperialismo británico oculto tras la Iglesia ortodoxa. Cuando Makarios visitó Egipto, al elogiar al presidente Nasser, dijo:

Era nuestro amigo íntimo; incluso durante la conversación no mencionó en absoluto la cuestión de Palestina.

El uso injustificado de la fuerza por parte del Gobierno egipcio y de los gobernantes egipcios arrojó a Siria para siempre al abismo de un futuro oscuro. La amistad apasionada que Siria había establecido con Egipto exigía que se honrara el gran sacrificio histórico de los sirios y que Egipto la ayudara a resolver la crisis interna por la cual había buscado refugio bajo el amparo de Egipto. Todos sabían que Siria se había vinculado con Egipto por miedo a las intrigas de los comunistas. Pero, debido al saqueo generalizado que las autoridades egipcias fomentaron en Siria, esta se vio obligada a separarse de Egipto, y la situación llegó al punto de que, tras caer del cielo, quedó atrapada en una palmera. Antes de esto, Egipto había inutilizado a Sudán. La trampa de la unidad del valle del Nilo se rompió apenas comenzó a construirse. El comportamiento despótico del Gobierno egipcio hacia Naguib convirtió al pueblo sudanés en un pueblo que llegó a odiar a Egipto. Y ahora, en lugar de corregir sus errores anteriores, el Gobierno egipcio sigue cometiendo el delito de incurrir en errores aún mayores. Puesto que el actual Gobierno de Sudán no está a favor de establecer la unidad con Egipto, los gobernantes egipcios incitan a los comunistas de Sudán del Sur contra el Gobierno sudanés para desacreditarlo y ponerlo en dificultades. El Gobierno sudanés incluso descubrió el origen de las armas egipcias que habían entrado en Sudán del Sur desde Egipto.

Dirijamos ahora nuestra atención al problema de Yemen. La realidad es que el problema yemení no solo se convirtió en una causa de desprestigio para Egipto debido a la política ilegal del Gobierno egipcio, sino que, en palabras de la radio israelí, estampó una mancha de vergüenza en la frente de todo el mundo islámico. Durante tres años, las tropas egipcias permanecieron en Yemen. Los abusos y la persecución que infligieron durante esos tres años a las tribus yemeníes merecen ser descritos detalladamente por separado. En esos tres años, Egipto gastó mil millones de libras para sus tropas, y hasta ahora se gastan quinientas mil libras diarias. Cerca de cien mil personas murieron en la guerra, de las cuales diez mil eran soldados egipcios y el resto habitantes de Yemen. Por un lado estaban las exigencias de los nacionalistas árabes y, por otro, esta masacre de hermanos árabes, que se convirtió en motivo de preocupación para todo ciudadano patriota. Los egipcios cuyos hijos fueron víctimas de la muerte en las montañas de Saná y Taiz expresaron especialmente su profundo descontento con esta guerra. El Gobierno egipcio difundía que los muertos en la guerra de Yemen eran mártires de la libertad. Pero ¿cómo puede la conciencia de un musulmán aceptar que un musulmán degüelle a otro musulmán y, aun así, alcance el rango del martirio? En esta situación, todo el mundo árabe, el pueblo yemení y la nación egipcia quedaron desconcertados. Incluso el propio ejército egipcio sentía rechazo hacia ella; hasta Abd al-Latif al-Baghdadi y Kamal al-Din Hussein, amigos íntimos del presidente Nasser, considerados su mano derecha, expresaron su descontento con respecto a esta guerra. Y como recompensa por ello, fueron objeto de reprimendas.

La relación de Egipto con el problema palestino es sumamente estrecha. Conforme al contexto de la etapa que este problema ha atravesado hasta ahora, se ha ido alejando de todas las soluciones posibles, y actualmente el pueblo árabe se ve obligado a pensar que el Gobierno egipcio no tiene la intención de realizar un esfuerzo sincero para resolverlo adecuadamente, mientras la influencia de Israel aumenta día tras día. En primer lugar, el Gobierno egipcio ha establecido relaciones amistosas con países que no solo apoyan a Israel, sino que también ha adoptado una política inhumana hacia aquellos que podrían cooperar para contenerlo. Más aún, estas relaciones han llegado al nivel de una disputa abierta. Las deficiencias manifiestas de la política egipcia respecto al problema palestino consistían en que, al apoyar la entrada no autorizada de las Fuerzas de Emergencia de las Naciones Unidas en Gaza, dejaba de hecho esa región abierta a la libre circulación de Israel. Precisamente desde esa zona los voluntarios árabes entraban clandestinamente en Israel para llevar a cabo operaciones de guerrilla. Ahora la policía de las Naciones Unidas ya no permite que los voluntarios árabes entren en esta región, e Israel está poniendo en práctica tranquilamente allí sus objetivos económicos. Del mismo modo, al apoyar el control de las Naciones Unidas en Cisjordania, el Gobierno egipcio la entregó de hecho a los judíos. Antes del establecimiento del control de las Naciones Unidas, los judíos ni siquiera se atrevían a hacer declaraciones sobre esta región; sin embargo, ahora han construido un enorme puerto en la zona de Eilat y sus barcos viajan orgullosamente a los países africanos. Se han eliminado todas las restricciones que impedían la apertura de este golfo, algo que preocupaba enormemente a Israel y había provocado una grave depresión económica. Ahora Israel está estableciendo sin impedimentos sus mercados comerciales en los países africanos, y la mayoría de esos países está cayendo en sus redes de engaño.

Estos cambios se produjeron ante los ojos del Gobierno egipcio debido a sus propios errores. Al verlos, el corazón del pueblo árabe ardió de indignación. Pero, en lugar de adoptar medidas adecuadas para compensarlo, el Gobierno egipcio declaró, por el contrario, que la única solución al problema palestino era la unificación de los gobiernos socialistas y revolucionarios de los países árabes. Es decir, que los musulmanes del mundo se unirían en torno a esta cuestión bajo la bandera del socialismo. En una sesión de la Organización para la Liberación de Palestina, el presidente Naser declaró:

Declaro claramente que no tenemos fuerza ni siquiera para defendernos, aunque nos encontramos en posición de atacar. La cuestión de desviar el curso del río Jordán debería posponerse en este momento.

Durante su visita a Francia, Abdel Hakim Amer declaró en París: «La República Árabe Unida no tiene ni la intención ni el deseo de entrar en guerra con Israel».

Durante esa misma visita, el Gobierno egipcio recibió de Francia decenas de miles de dólares. Un oficial del ejército egipcio, el brigadier Muhammad Fawz, lo menciona en la página 131 de su libro titulado Judaísmo e Israel.

Algunos reconocen la guerra como medio para resolver el problema palestino. Esto es completamente irracional. Tal solución contradice el tratado de las Naciones Unidas que los países árabes han firmado. Incluso va en contra de la política de paz permanente, cuya bandera enarbola Egipto.

Este libro formaba parte del plan de estudios del Colegio de Entrenamiento Militar de El Cairo. ¿Acaso es tan difícil de comprender para el pueblo musulmán de Egipto que el Gobierno egipcio pueda gastar mil millones de libras en Yemen y emplear a sesenta mil soldados, pero no tenga medios ni recursos para resolver el problema palestino?

En el mundo árabe, y por tanto en el mundo islámico, el tema que actualmente está en boca de todos es la unidad islámica. En su reunión anterior, la Conferencia de Líderes Árabes aprobó una propuesta según la cual el problema palestino no debía limitarse únicamente a los árabes, sino considerarse un problema de todos los musulmanes, por lo que era necesario obtener la ayuda y la cooperación de los gobiernos musulmanes. El líder de Somalilandia propuso que los países musulmanes se unieran para abordar algunos de sus problemas. Para este fin, debía celebrarse una conferencia de líderes musulmanes. El rey Faisal de Arabia Saudita apoyó esta propuesta y, en la práctica, comenzó a movilizarse en favor de este llamamiento. Lo que dictaba la conciencia era que el Gobierno egipcio avanzara para apoyar este llamamiento y, más aún, que se incorporara a su vanguardia. Sin embargo, por el contrario, el propio Gobierno egipcio fue el primero en oponerse a él. No estuvo dispuesto a participar en el plan ni permitió que otros países bajo su influencia se incorporaran a él. En vez de responder a este plan con argumentos, recurrió a los insultos. La cuestión es: si los gobiernos socialistas y revolucionarios de los países árabes pueden unirse y establecer como base de la unidad las ideas de la revolución y del socialismo, ¿por qué habría de ser ilícito unirse sobre los fundamentos básicos del islam? Además, el lenguaje y los métodos que el Gobierno egipcio empleaba para criticar a sus adversarios —si se considera a los líderes árabes parte de la oposición— no eran conformes ni con el carácter islámico ni con la política árabe. Más aún, ni siquiera la ética de los demonios podría tolerarlos. Por ejemplo: «Fulano no pertenece a la familia de los sayyid, sino a la familia de Satanás»; «Mengano es hijo de un judío», y cosas semejantes. ¿Puede ese ser el lenguaje de propaganda de un gobierno educado y refinado? El pueblo egipcio no es tan ingenuo como para no sentirse perturbado al ver que el portavoz de su propio país emplea el lenguaje de esa manera.

La situación interna de Egipto también es digna de mención. Como señalé al principio, la mayoría del pueblo egipcio está compuesta por campesinos inocentes y sencillos. La relación de los campesinos con el islam es tan firme como puede serlo la fe de una anciana. Al igual que los musulmanes de otros países, solo tienen un deseo: que el islam se extienda en Egipto, que prospere la educación islámica, que la ley islámica goce de reconocimiento y que sus dirigentes sigan la sharía islámica y las huellas de sus predecesores. Sin embargo, las circunstancias no solo están frustrando los deseos del pueblo, sino que además los están pisoteando.

La Carta egipcia, investida constitucionalmente de autoridad, declaró claramente que se establecería un sistema socialista en el país. El presidente Nasser explicó este sistema socialista en términos del socialismo ideológico, y la prensa egipcia lo interpretó como marxismo. Hasta el gobierno de Faruq, la Constitución contenía al menos esta frase: «La religión del Estado será el islam». Pero la Carta egipcia estaba completamente libre de ese conservadurismo. El sistema socialista no se estableció solo de palabra, sino también en la práctica. Fue implantado en Egipto. El único partido egipcio, el Partido Socialista Árabe, asumió personalmente la responsabilidad de llevarlo a cabo. El Partido Socialista egipcio anunció la disolución de su propia existencia y su integración en el Partido Socialista Árabe. Tras la infiltración del socialismo, la manera en que el Gobierno egipcio estableció un control indiscriminado sobre los bienes privados y las empresas encendió entre el pueblo el miedo y el deseo de venganza. La situación económica de Egipto llegó al borde de la ruina. Según la propia descripción de Al-Ahram, El Cairo se convirtió en una ciudad de mendigos. En realidad, los beneficiarios de este socialismo no fueron los campesinos ni los trabajadores, sino los dirigentes del Partido Socialista Árabe, cuyos engaños y saqueos no perdonaron siquiera a una persona honorable. Desde el punto de vista moral, se observa que las grandes ciudades egipcias, El Cairo y Alejandría, se transformaron en centros de obscenidad y corrupción. El mundo de la prensa se llenó de comunistas y ateos. Estos fomentaban a su antojo el consumismo y la decadencia moral. A los ojos de quienes rezaban regularmente, tomaban café y se abstenían del teatro y del cine, aquellos eran conservadores, agentes del imperialismo y merecedores de la pena de muerte.

El mayor peligro que se abatió sobre Egipto fue el resurgimiento de la civilización faraónica. La Carta egipcia afirmaba: «Tomaremos el proyecto de nuestro desarrollo de la civilización de la época faraónica». Una estatua de Ramsés (el faraón de Egipto) fue trasladada desde la zona de arquitectura monumental y colocada en el centro de El Cairo, y su instalación costó quinientas mil libras. En uno de sus discursos, el presidente Nasser se dirigió al pueblo diciendo: «¡Oh, descendientes de Tutankamón y Ramsés!». Asimismo, en otro discurso declaró: «Después de dos mil años, hoy, por primera vez, los propios egipcios tienen la oportunidad de gobernar Egipto». Es decir, a sus ojos, la época de todos los gobernantes musulmanes no egipcios desde el tiempo de Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) hasta entonces había sido una época de imperialismo. Y, después de la era faraónica, esta era la primera vez que Egipto se liberaba de las garras del imperialismo. La audacia llegó hasta tal punto que la Carta egipcia hizo enterrar dos ejemplares del Evangelio y dos del Noble Corán en los cimientos del templo y de las estatuas de Abu Simbel. ¿Podemos esperar siquiera de un musulmán inculto que permanezca en silencio ante el hecho de colocar el Corán bajo una estatua faraónica y que su sentido del honor basado en la fe lo acepte?

Todo esto ocurría en una situación en la que se habían suprimido las libertades civiles, la prensa estaba bajo el control del Gobierno y la libertad de prensa había desaparecido. El editor del famoso periódico egipcio Al-Misri, Abu al-Fatah, vivía exiliado. El editor de otro conocido periódico, Mustafa Amin, que se deshacía en elogios hacia el Gobierno egipcio, estaba detenido bajo vigilancia en prisión y después fue acusado de espiar a favor de Estados Unidos. Los periódicos comunistas circulaban por el mercado como el agua. Muhammad Hasnain Heikal, editor del periódico Al-Ahram, y Asad Ahmad, locutor de Radio El Cairo, explicaban regularmente el socialismo al pueblo. Un grupo también se ganó a algunos ulemas de Al-Azhar, quienes demostraron que el islam era socialista. El ambiente de Egipto temblaba y parecía que el cielo se hendía bajo el eco de las alabanzas y los elogios al socialismo. Según la prensa egipcia, todos los días se conspiraba para asesinar al presidente Nasser. Se consideraba que detrás de ello actuaba algún grupo conservador. Y la realidad era que, cuando en Egipto se nacionalizaron diversas fábricas, oficinas y tribunales —o, dicho claramente, cuando fueron puestos bajo el control del Partido Socialista—, los ingresos de la producción de estas instituciones cayeron a cero y sus gastos aumentaron casi al doble en comparación con antes.

Este es un aspecto del panorama general. Ahora se presenta el otro: el Partido Socialista Árabe y el grupo gobernante egipcio no pudieron hacer que el pueblo tragara el bocado amargo que intentaban introducirle por la garganta. Se gastaron millones de libras para hacer aceptables al pueblo egipcio las virtudes y los méritos de la Carta egipcia. Pero el pueblo se negó a aceptarla. La consideraba, además de un engaño, una fina cobertura de una Constitución comunista. Toda la maquinaria del Estado estaba consagrada activamente al resurgimiento de la civilización faraónica. Se imprimió la imagen del faraón en la libra egipcia. También se imprimieron retratos del faraón en los sellos postales. En la moneda egipcia se grabó asimismo el águila, símbolo de la época faraónica. Las calles recibieron nombres como Camino de Ramsés; los parques, Jardines de Ramsés; y los cines, Cine Ramsés. A los automóviles fabricados en Egipto se les dio el nombre de Ramsés. Pero el pueblo musulmán de Egipto lanza mil maldiciones contra esta civilización y ve al faraón desde la misma perspectiva con la que deben verlo los seguidores de Hazrat Musa (la paz sea con él) y de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Del mismo modo, en Yemen se realizó un esfuerzo ilimitado y constante por ocultar los errores y fallos del Gobierno. A los soldados que murieron en Yemen se les concedió el título de mártires por su sacrificio. Se intentó satisfacer de diversas maneras a sus familiares. Pero, a pesar de ello, una parte del ejército egipcio y el pueblo egipcio se mostraron profundamente disgustados con esta adulación.

Por otro lado, las palabras de cualquier persona islamista, fuera partidaria de los Hermanos o de la oposición, se escuchaban por todos los rincones entre el pueblo. Los dirigentes y miembros de los Hermanos Musulmanes llevaban una vida de reclusión en las cárceles desde finales de 1954. Les resultaba imposible siquiera imaginar cualquier actividad política. Sin embargo, sus hombres eruditos hicieron, dentro o fuera de la prisión, todo cuanto les fue posible para servir a la defensa del islam en el país desde el punto de vista del conocimiento y del pensamiento. Escribieron sobre diversos temas del islam. Durante los diez años anteriores se había producido en Egipto una abundante literatura sobre tafsir, hadiz, fiqh, historia islámica y el sistema de vida islámico; era tan extensa en sus distintos temas que la gente no podía dejar de animar a los autores y elogiar a los editores. Hoy, además de los dos volúmenes de la famosa obra del mártir Abd al-Qadir Awda sobre el derecho penal islámico, podemos ver seis grandes libros del célebre investigador y filósofo egipcio Fathí Vasdhí sobre este tema. También se encuentra una rara compilación sobre el derecho internacional islámico, realizada por un juez del Tribunal de Apelación de Lintar. Sobre el análisis filosófico del sistema de vida islámico se conservan las obras de Muhammad Qutb, Abd Allah al-Samán y Muhammad Husayn. Los editores egipcios publicaron una extensa serie sobre la vida de juristas, exegetas, especialistas en hadiz, dirigentes, lingüistas e historiadores de la historia islámica, bajo el título «Personalidades islámicas célebres». En suma, durante esta época los sabios y eruditos compusieron decenas de miles de libros y emprendieron un esfuerzo constante para demostrar la superioridad del islam en los ámbitos intelectual y del pensamiento. Esta literatura de carácter conservador alcanzó una amplia aceptación entre el pueblo egipcio. Las bibliotecas de Egipto estaban repletas de estas obras y se veía a la mayoría de los compradores llevándolas bajo el brazo.

Para el Partido Comunista de Egipto —actualmente conocido con el nombre de Partido Socialista Árabe— esta situación era desgarradora. Para transformar la sociedad socialista egipcia —en pocas palabras, comunista— era absolutamente necesario exterminar de raíz estas ideas de carácter conservador y a los escritores conservadores. Según sabemos, los dirigentes comunistas prepararon un extenso informe y lo enviaron a Moscú, en el que se afirmaba claramente que, mientras existiera en Egipto siquiera una sola persona del grupo conservador, Egipto no se convertiría para nosotros ni siquiera en un lugar dócil.

La situación política de Egipto también puede deducirse de lo siguiente: debido a los gastos desproporcionados de los gobernantes egipcios, los sirios se rebelaron en apenas tres años y acabaron por independizar Siria. Pero, allí donde durante doce años se mantuvo este proceder insensato, es fácil imaginar hasta qué extremo habían llegado la amargura y el descontento. La manifestación abierta del descontento del pueblo egipcio con sus gobernantes se produjo cuando, en 1964, murió Mustafá Nahhas Pachá y millones de personas participaron en su oración funeraria; durante esta oración estalló un enfrentamiento entre la policía y el pueblo. Para contener este descontento, el 11 de octubre de 1965 se aprobó una ley que otorgaba al presidente la facultad de arrestar a cualquiera por motivos políticos sin presentar cargos, sin que pudiera apelarse contra ello en ningún lugar.

Por otro lado, el problema de Yemen llegó a tal punto que ni siquiera habría bastado con que el pueblo egipcio, presa de la emoción, se desgarrara la cabeza. Durante tres años, el ejército egipcio dejó Yemen completamente devastado. Se gastaron diez millones de libras y se sacrificó en esta guerra a diez mil jóvenes egipcios —según otra versión, veinticinco mil—. La columna vertebral de la economía egipcia quedó quebrada y se destruyó también la última fuerza que existía para hacer frente a Israel. Las distintas partes yemeníes, entre ellas los partidarios de Sallal y los colaboradores de Badr, tendrían que sentarse juntas para resolver este problema, ya fuera hoy o mañana, de manera directa y personal o mediante la mediación de otros. ¿Cuál fue, finalmente, el resultado de este enorme error? Se tradujo en inestabilidad mental y en un grave desorden dentro del ejército egipcio. Para resolver esta agitación se decidió también sembrar el miedo, la intimidación y el terror en el país. Y, si en algún lugar aparecía una crítica o una opinión severa, se la silenciaría antes de tiempo.

La concentración de los comunistas celebrada en Sudán fue sumamente peligrosa. Los comunistas egipcios hicieron todo lo posible por dar refugio a los comunistas sudaneses. Se incitó a los rebeldes del sur de Sudán para crear el caos dentro del país y desviar la atención de los musulmanes de los comunistas. Sin embargo, gracias a los esfuerzos unidos de todos los islamistas sudaneses pertenecientes a los Hermanos Musulmanes, los comunistas fueron reprimidos en Sudán. Los comunistas egipcios y el Partido Comunista ruso decidieron vengarse de los Hermanos Musulmanes de Egipto. Para ellos, los Hermanos eran lo mismo, fueran egipcios, sudaneses, jordanos, sirios, iraquíes o saudíes, cualquiera que fuese el país de procedencia. Su da‘wa y su organización también eran una sola.

Basándose en estas razones y perspectivas, cuando el presidente Nasser visitó Moscú en agosto de 1965, durante un discurso pronunciado allí en una conferencia declaró: «Los Hermanos habían planeado asesinarme, pero el plan salió a la luz. En el pasado los perdoné, pero ahora ya no los perdonaré».

Por un lado, reveló en Moscú el supuesto plan de asesinato; por otro, en Egipto comenzaron las detenciones masivas. Al arremeter contra los Hermanos, el presidente Nasser obtuvo la satisfacción de varios sectores y alcanzó diversos objetivos: complació a los rusos y al Partido Comunista de Egipto —prosoviético—. Al complacer a los rusos aumentó la ayuda extranjera, y también se borró la mala reputación del Partido Comunista egipcio, arraigada en el país a causa de la amplia difusión de ideas conservadoras sobre él. Del mismo modo, se complació a Estados Unidos, porque, desde la perspectiva estadounidense, reprimir a los islamistas era mil veces mejor y más beneficioso que reprimir a los comunistas. Los judíos también quedaron satisfechos, pues los Hermanos ayudaban a los musulmanes rebeldes de Eritrea y su favor hacia ellos se había convertido en un problema para los gobernantes de Selamí. En Egipto surgió una poderosa mano destinada a sembrar el miedo y el terror. La razón era que, si a cualquier otra persona se le subía el demonio a la cabeza, aprendería del destino de los Hermanos y no convertiría el socialismo ni el problema de Yemen en objeto de crítica.

Es imposible describir por completo la crueldad con que la policía de inteligencia egipcia arrestó a los miembros de los Hermanos Musulmanes después de que se revelara la llamada conspiración, ni el trato bestial que dio a sus mujeres bajo el pretexto de registrar sus casas una por una. Hay incluso casos en los que fueron arrestados tanto el marido como la esposa, mientras su inocente hijo pequeño quedó solo en casa. Los padres insistieron en que arrestaran también a su bebé lactante, para que pudiera pasar los días en la cárcel en vez de morir de hambre y sed dentro de la casa. Pero la policía egipcia rechazó su petición, y nadie más estaba dispuesto a hacerse cargo de él, porque quien manifestara su deseo de cuidarlo quedaría bajo sospecha. Estas redadas crearon una situación aterradora en todo Egipto. Como la influencia de los Hermanos Musulmanes era mayor entre los campesinos, esta población pobre se convirtió en el principal blanco de la represalia de la policía egipcia. Ocurrieron dos incidentes que volvieron la situación extremadamente delicada: uno fue el incidente de Kardasa y el otro, el de Miat.

Kardasa es una aldea situada junto al mar. Varios miembros de la policía de inteligencia llegaron allí en busca de miembros de los Hermanos Musulmanes y, durante la operación de búsqueda, irrumpieron en una casa. Al enterarse de que allí no había ningún miembro de los Hermanos, arrestaron a una mujer de la casa y se la llevaron arrastrándola. Cuando los campesinos de la aldea se enteraron, abandonaron sus labores, acudieron al pueblo y atacaron el puesto de policía. Ambos bandos intercambiaron golpes con palos y piedras. En el incidente murió un policía y los restantes huyeron. El grupo victorioso de campesinos regresó a la aldea gritando consignas de «¡abajo!». Más tarde, al enterarse de que la policía había solicitado ayuda militar y de que toda la aldea estaba siendo rodeada con cañones, los campesinos también adoptaron medidas defensivas en los alrededores. Pero el bombardeo del ejército devastó toda la aldea. Murieron innumerables personas, y los supervivientes fueron arrestados y sus casas saqueadas. El periódico suizo Eliberattet informó de este suceso en su edición del 10 de diciembre de 1965 y describió cómo los habitantes de Kardasa, armados, se enfrentaron a las tropas de Abdun Naser, que habían atacado la aldea para arrestar a un miembro de los Hermanos Musulmanes.

El otro incidente tuvo lugar en Miat, situada en la costa del mar de Roma, a ciento treinta millas al este de El Cairo. Un grupo de policías entró en la aldea en busca de miembros de los Hermanos. Allí la policía quiso registrar la barca de un pescador, pero este comenzó a poner excusas por temor a que los policías se llevaran todos los peces que había capturado. Una audacia semejante por parte del pescador era contraria a la autoridad y al prestigio de la policía. Por ello, la policía le disparó y lo mató sin vacilar. Sus compañeros pescadores, al presenciar aquella brutal escena de violencia, comenzaron a gritar, y la gente de los alrededores acudió en ayuda de los pescadores. En un instante se congregaron miles de personas. Conmovidos por la indefensión de los pobres pescadores, comenzaron a protestar contra la policía y el Gobierno de Miat, y corearon consignas de «¡abajo!» contra el gobernante de Egipto. Enardecidos, pisotearon las fotografías del dirigente sirio que colgaban en las tiendas. La administración local se puso en contacto con las autoridades superiores y solicitó ayuda militar para sofocar la protesta. Después, las fuerzas egipcias llegaron y rodearon Miat. Lo que ocurrió a continuación resulta inimaginable. Los periódicos de El Cairo informaron del suceso en su edición del 4 de diciembre de 1965 como un enfrentamiento entre un contrabandista y la policía. Sin embargo, según la agencia Joint Press News of America, al menos dieciséis habitantes de la aldea murieron en el incidente, y el mariscal Abd al-Hakim Amer lo disfrutó con absoluta naturalidad. United Press of America informó que los muertos fueron enterrados sin ser lavados ni amortajados. Además, los soldados se llevaron detenidas a miles de personas. Reuters y Agence France Presse publicaron este acontecimiento con gran importancia.

Según las últimas noticias, hasta finales de diciembre de 1965 habían sido arrestados más de cuarenta mil miembros de los Hermanos. El London Daily Telegraph escribió el 11 de octubre de 1965 que hasta entonces habían sido arrestadas veinte mil personas y que las redadas continuaban en todo el país.

Entre los arrestados había cerca de veintiocho mujeres. Además, las familias de los detenidos fueron deportadas a regiones remotas del país. Por ello, un periódico judío londinense, el Jewish Observer, anunció jubilosamente en su edición del 28 de noviembre de 1965 esta buena noticia: las informaciones de esa semana confirmaban que cuatro mil quinientas familias de miembros de los Hermanos Musulmanes arrestados habían sido deportadas a zonas deshabitadas muy lejanas.

Según la opinión de círculos oficiales egipcios, los arrestados estaban divididos en dos grupos. Un grupo estaba formado por aquellos contra quienes el Gobierno egipcio había presentado cargos; eran menos de cuatrocientos. La mayoría estaba constituida por personas contra las que no se había presentado ningún cargo.

Entre los arrestados destacaban las siguientes personas:

1. Hasan Ismail al-Hudaybi: Tenía aproximadamente setenta y cuatro años. Antes de establecer una relación formal con los Hermanos Musulmanes, fue asesor jurídico del Tribunal Supremo de El Cairo. Tras el martirio del difunto Hasan al-Banna en 1948, fue elegido murshid al-amm de los Hermanos Musulmanes (presidente central). Como era jurista, durante su mandato hizo grandes esfuerzos para que la organización respetara las leyes y los reglamentos. Sin embargo, en algunos círculos de los Hermanos fue objeto de críticas por su rigor jurídico y su inflexibilidad incluso en asuntos menores. Cuando en 1954 cayó por segunda vez una calamidad sobre los Hermanos Musulmanes, también él fue arrestado y condenado a muerte. Posteriormente, la sentencia fue conmutada debido a su edad. En la cárcel fue sometido a torturas ilimitadas. Como consecuencia, su estado físico se deterioró tanto que el Gobierno se vio obligado a ponerlo en libertad. Desde entonces permaneció bajo arresto domiciliario en su propia casa. Más tarde volvió a ser arrestado, acusado de planear un asesinato, y fue condenado a tres años de trabajos forzados.

2. Mamun al-Hudaybi: Era hijo de Hasan al-Hudaybi y también fue asesor jurídico del Tribunal Supremo de El Cairo. Fue condenado a tres años de prisión.

3. Ismail al-Hudaybi: Era otro hijo de Hasan al-Hudaybi. Era abogado de profesión. Fue condenado a un año de trabajos forzados.

4. Sayyid Qutb: Tenía aproximadamente sesenta años. Antes de incorporarse a la Hermandad, ocupaba el cargo de inspector escolar en el Ministerio de Educación de Egipto. En 1953 se convirtió en miembro de la Hermandad. En 1954 también fue arrestado, y el Tribunal Popular (Mahkamat al-Shaab) lo condenó a muerte; esta condena fue conmutada debido a su edad. En agosto de 1964, el Gobierno egipcio lo liberó gracias a la recomendación del fallecido Abdus Salam Arif. Sin embargo, apenas un año después, en agosto de 1965, volvió a arrestarlo y lo ejecutó en la horca.

5. Muhammad Qutb: Era el hermano mayor de Sayyid Qutb. Fue autor de varias obras. No tenía vínculos organizativos con la Hermandad. Entre sus obras más famosas se encuentran:

1. El ser humano desde la perspectiva del materialismo y del islam,

2. El islam en el laberinto del error,

3. La yahiliya del siglo XX,

La enorme popularidad de estas obras se convirtió en la causa de su arresto. También fundó una editorial propia, que publicaba sus obras, las de Sayyid Qutb y las de otros autores islámicos. Cuando fue arrestado, el Gobierno confiscó también su editorial. Muhammad Qutb fue sometido a torturas inhumanas en prisión, y su hermana Amina Qutb también fue sometida a torturas similares.

6. Profesor Saleh Abu Raqiq:Fue el asesor jurídico central de la Liga Árabe.

7. Muhammad Farid Abdul Jalek:Fue uno de los célebres eruditos de Egipto.

8. Profesor Munir Walla:Durante el gobierno de Farouk, fue asesor jurídico del Consejo de Estado.

Entre las mujeres detenidas, las más destacadas fueron:

1. Sayyida Zaynab al-Ghazali.Tenía más de sesenta años. Era la dirigente de la organización femenina. Al prestar declaración ante el tribunal, dijo: «¿Qué necesidad había de presentar acusaciones falsas contra mí? Y si lo que se necesitaba era mi vida, aquí está». Fue condenada a diez años de trabajos forzados.

2. La esposa de Hasan al-Hudaybi, dirigente de los Hermanos Musulmanes.

3. Sayyida Khalida, hija de Hasan al-Hudaybi.

4. La esposa de Ismail al-Hudaybi (nuera de Hasan al-Hudaybi).

5. Sayyida Hamida Qutb. Hermana de Sayyid Qutb. Fue condenada a tres años de trabajos forzados.

6. Esposa del profesor Abd al-Halim Oshahi.

También es necesario mencionar el trato que recibían los detenidos en las cárceles y lo que les ocurría a sus familiares. Ya he descrito anteriormente que a la mayoría de las familias de los detenidos se las enviaba a regiones remotas y desoladas, para que no pudieran obtener ningún tipo de ayuda ni hacer gestiones, y para privarlas también de la compasión del pueblo. A los familiares de los detenidos tampoco se les permitía visitar a sus parientes y amigos ni intercambiar cartas con ellos. A la mayoría de las personas se las detenía —o, en otras palabras, se las secuestraba— en circunstancias tales que sus familias no sabían nada de ellas. Había miles de familias que no tenían ningún administrador ni protector.

Además, sobre la base de una ley gubernamental, a los detenidos que trabajaban para el Estado se les privaba de sus sueldos, prestaciones y demás derechos legales. Por ejemplo, si alguno de los detenidos era empleado, también sería despedido y se le suspendería el sueldo, y no se concedería ayuda económica a ninguno de sus parientes cercanos. Se ordenó asimismo a la población en general que no prestara dinero ni ningún otro tipo de ayuda a los familiares de los detenidos. Y se anunció que quienes cometieran este delito recibirían el castigo correspondiente. Todos los bienes muebles e inmuebles de los detenidos eran confiscados. El periódico parisino Ravmyandi publicó, en su número 65 del 23 de diciembre, la noticia de que, conforme a la ley promulgada por el Gobierno egipcio, se concedía al Gobierno el derecho de confiscar los bienes de los detenidos políticos. A las familias que vivían en casas alquiladas o gubernamentales se las expulsaba de ellas por indicación de la policía y se las dejaba desamparadas bajo el cielo abierto.

Puesto que detrás de estas detenciones actuaban los objetivos de los asesores comunistas, las detenciones no se limitaron únicamente a los Hermanos Musulmanes. En realidad, estas medidas de persecución y represión tenían dos objetivos: primero, la existencia de los escritores y predicadores conservadores; segundo, el pensamiento y la perspectiva conservadores. Y es evidente que, mientras el país no se purgara de estas dos cosas, el comunismo no prosperaría en él.

El primer ataque para eliminar a los escritores y predicadores conservadores se lanzó contra los Hermanos Musulmanes. Después, la atención se dirigió hacia las demás organizaciones religiosas de Egipto. Y se demostró que cada una de ellas estaba implicada, de un modo u otro, en el plan de asesinato. La Organización Juvenil de Muhammad, la Sociedad de la Sharía, la Jamaat al-Tabligh y Ansar al-Sunna al-Muhammadiyya discrepaban profundamente de los Hermanos Musulmanes y consideraban la política intrínsecamente prohibida. A pesar de ello, estas organizaciones fueron perseguidas, sus partidarios fueron detenidos y se las acusó de que los miembros de los Hermanos Musulmanes se aprovechaban de los sentimientos y emociones religiosas de aquellos jóvenes y los incorporaban a su esfera de influencia. La mayoría de los habitantes de Asiut eran cristianos. Para los musulmanes de la minoría local, la Sociedad de la Sharía había construido una mezquita y, junto a ella, se había establecido un club para el entretenimiento de los jóvenes. La razón era que él frecuentaba un club administrado por una organización religiosa.

Para librarse del pensamiento conservador, se sellaron las escuelas religiosas y se confiscaron los libros en los que se habían encontrado sus gérmenes. Tenemos en nuestro poder una larga lista de esos libros que durante los últimos meses fueron declarados ilegales en Egipto. Entre ellos se incluyen, además de los libros de autores de los Hermanos Musulmanes, obras de otros autores que habían sido designados por el Gobierno de ese modo. Se sellaron las imprentas que normalmente publicaban literatura islámica. En Qatar conocí a Muhammad al-Madani, propietario de la famosa imprenta cairota Al-Madani. Él mismo me contó cómo habían destruido su imprenta y afirmó que aquella devastación se había llevado a cabo únicamente porque la imprenta publicaba literatura islámica en lugar de literatura comunista. Por eso digo sin vacilación que este conflicto es, en realidad, un conflicto entre el islam y el comunismo, y entre los creyentes y los ateos. Juzgarlo únicamente como la locura de unos cuantos individuos y concebir que termina con su condena a muerte no es una observación correcta de la situación.

A continuación se mencionan las acusaciones formuladas contra los Hermanos Musulmanes en el comunicado de prensa oficial:

La primera acusación fue que los Hermanos Musulmanes habían establecido una organización secreta cuyo líder era Sayyid Qutb. La organización reunía ayuda financiera y otros recursos para los acusados. Sus miembros entrenaban a otros para planear el asesinato del presidente Nasser y destruir trenes especiales, y para estas actividades de entrenamiento también contaban con la colaboración de algunas mujeres.

En realidad, esta no era una acusación nueva. Tampoco constituía una acusación especialmente novedosa contra el Gobierno de Egipto ni contra los Hermanos Musulmanes. En todas las épocas, quienes están en el poder han formulado acusaciones de este modo contra sus adversarios; especialmente los países comunistas y los Estados bajo su influencia han demostrado ser muy hábiles para inventar acusaciones de esta clase. El comunicado oficial decía que se debía aceptar la acusación únicamente por ese motivo. Pero cualquier persona de sentido común preguntaría: en 1954, miles de miembros de los Hermanos Musulmanes fueron encarcelados. Sus familias vivieron en una miseria y una indigencia ilimitadas. El propio Sayyid Qutb fue liberado después de diez años y, antes de que transcurriera un año, fue arrestado por segunda vez. Incluso después de su liberación permaneció bajo estricta vigilancia. Entonces, ¿cómo podía la conciencia aceptar que hubiera preparado una conspiración tan grande en tan poco tiempo y que hubiera reunido para ello tal cantidad de armas, capaces de derrocar al Gobierno? Si la policía de ese Gobierno podía hacer que personas sospechosas fueran embaladas en cajas en Roma y trasladadas a El Cairo, ¿podía alguien siquiera imaginar una conspiración de ese tipo en presencia de esa policía? También es significativo que en el acta de acusación se afirmara que los acusados habían continuado elaborando planes para derrocar al Gobierno hasta 1959. Entonces, ¿acaso Sayyid Qutb supervisaba esos planes desde la cárcel y colaboraba con su propia hermana y con otra mujer de sesenta años, Zaynab al-Ghazali, para distribuir las instrucciones destinadas a llevarlos a cabo? Entonces, ¿cuál era la prueba de esta acusación? La propaganda de la radio y de los periódicos no constituye ninguna prueba; y una organización imparcial de alcance mundial, Amnistía Internacional, fue precisamente la que reveló el secreto de la forma en que se presentó esta acusación ante tribunales de ese tipo.

Sin embargo, la labor importante que los Hermanos Musulmanes realizaron durante los últimos años fue proporcionar ayuda financiera a las familias abandonadas y desamparadas de las miles de personas encarceladas en 1954. El Gobierno de Egipto derrochó sin reparos dinero y recursos en su policía secreta, los medios de comunicación, el Partido Socialista Árabe y otras instituciones semejantes, pero nunca consideró necesario asignar ni un solo centavo para la subsistencia de las familias de los presos. Y, sin embargo, era su responsabilidad proporcionar ayuda económica para la subsistencia mínima de los hijos inocentes, las esposas y las madres ancianas de quienes habían sido encarcelados durante largos períodos por razones políticas. ¿Acaso el marxismo no contiene siquiera un principio básico para evitar que las familias de estas personas mueran de hambre? ¿Acaso el marxismo permite que únicamente el partido gobernante se llene los bolsillos con los recursos del Estado y que nadie más tenga derecho a ellos? ¿Acaso solo los niños egipcios del mártir Lumumba recibirán del Gobierno egipcio todas las oportunidades educativas gracias a sus subsidios? ¿Y los indefensos y pobres hijos de Abd al-Qadir Awda no tendrán ningún derecho a ello? Además, existe una larga lista de familiares que viven en los hogares de miles de presos. ¿Se ha preguntado alguien si sus madres, esposas, hijas y bebés de pecho consiguen comer dos veces al día?

Pero Egipto no carecía por completo de personas compasivas y bondadosas. Un grupo de estudiantes de escuelas, colegios y universidades iba de casa en casa de los simpatizantes, recaudaba donaciones y las hacía llegar, según las necesidades, a las familias desamparadas de cada preso. El Gobierno de Egipto también consideró a este grupo una organización secreta. Sus miembros no estaban fuera del alcance de la policía secreta egipcia. Tampoco pertenecían a los Hermanos Musulmanes; muchos jóvenes realizaban esta labor impulsados únicamente por sentimientos humanitarios y por el deseo de servir al bienestar público. Además, muchas personas honradas que no tenían la más remota relación con los Hermanos Musulmanes les proporcionaban ayuda económica para esta labor benéfica, movidas únicamente por el temor de Dios y la compasión humana. A ningún hombre honorable se le había ocurrido que esto pudiera considerarse una actividad política. Por ello, no sintieron la necesidad de ocultarlo ni establecieron una organización secreta para ese fin. Quienes conocían la actitud del Gobierno egipcio también aconsejaron a estos jóvenes de buen corazón que abandonaran su labor, pues sabían que algún día este servicio público demostraría ser destructivo para ellos. Pero aquel consejo no tuvo ningún efecto en sus corazones. Al contrario, continuaron entregándose incansablemente a su tarea. Finalmente, su carácter intrépido resultó ser un peligro para ellos. Mientras, por un lado, se dedicaban a su labor, por otro, la policía secreta egipcia iba elaborando silenciosamente sus listas. Con el tiempo, fueron declarados miembros de la organización secreta de los Hermanos Musulmanes, y muchos de estos hombres honrados que proporcionaban ayuda económica a las familias hambrientas fueron arrestados bajo la acusación de conspiración.

La segunda acusación fue que se había encontrado un arsenal de armas en poder de los Hermanos Musulmanes. Según la acusación, planeaban utilizar esas armas para derrocar al Gobierno egipcio, asesinar a personalidades destacadas y destruir grandes edificios. Sin embargo, las fotografías de las armas publicadas en los periódicos mostraban únicamente simples cuchillos y tenedores. Si la policía hubiera encontrado armas de verdad, sin duda habría organizado una exhibición y la habría transmitido por televisión para convencer al mundo entero de que aquellos hombres habían reunido los recursos necesarios para una revolución armada. ¿No resulta absurdo que, ocultando las armas recuperadas, se publicaran en los periódicos únicamente cuchillos y tenedores para mostrarlos al mundo? ¿Acaso el Gobierno egipcio era un niño ingenuo que, después de recuperar un arsenal, ocultaría las armas y presentaría ante el mundo esos objetos ridículos como exhibición? Según el relato de un periodista célebre que visitó Egipto, el Gobierno invitó a un grupo de periodistas a acudir a la aldea de Kardasa para inspeccionar un arsenal. Por un lado, se organizó el traslado del grupo de periodistas a Kardasa y, por otro, se envió hacia allí un vehículo del ejército cargado de armas. Pero, por casualidad, el vehículo sufrió una avería en el camino y no pudo llegar a la hora prevista. Como consecuencia, la policía no tuvo la oportunidad de preparar un depósito de armas. Cuando los periodistas exigieron ver el arsenal, la policía se vio obligada a mostrarles el propio vehículo del ejército y les informó de que ese vehículo era lo que significaba el «arsenal». Aunque en los periódicos también aparecieron fotografías de otras armas además de las del vehículo militar, nunca se presentó ninguna muestra de esas armas ni se las mostró al público. Después de estas dos acusaciones fundamentales, el número de acusaciones fue aumentando día tras día, y eran las siguientes:

1. Los hermanos de Sayyid Qutb, Muhammad Qutb, Amina Qutb y Hamida Qutb eran líderes de una organización secreta terrorista. Bajo su dirección se elaboró un plan que, de no haber sido descubierto, habría provocado una catástrofe en Egipto. Que hermanos y hermanas de una misma familia elaboraran un plan tan grande solo sería posible si se tratara de la familia de unos necios e imbéciles; pero no podía tratarse de la familia de los autores de obras sobre la exégesis del Corán, la justicia social del islam, el materialismo y la concepción islámica del ser humano, ni tampoco de la familia de quienes habían cumplido diez años de trabajos forzados y cuya esposa había pasado diez largos años contando las horas mientras esperaba a su marido, condenado a cadena perpetua.

2. Se descubrió la conspiración de un hombre llamado Husayn Tawfiq. Aunque el informe policial la consideraba distinta de la conspiración de los Hermanos Musulmanes, las agencias de noticias y los periódicos egipcios la presentaron como una parte de la propia conspiración de los Hermanos. El informe policial identificó a Husayn Tawfiq como agente del Gobierno saudí. Sin embargo, si se consideraba que esta conspiración estaba vinculada con Arabia Saudita, existía el riesgo de obstaculizar la solución del problema del Yemen. En ese momento, el Gobierno egipcio deseaba fervientemente que este problema se resolviera de manera pacífica. Por eso, en lugar de vincular la conspiración con Arabia Saudita, se la cargó a los Hermanos. Porque eran un chivo expiatorio de tal naturaleza que, tarde o temprano, acabarían siendo sacrificados.

3. Al cabo de unos días se demostró que la organización terrorista de los Hermanos no solo había planeado asesinar al presidente Nasser, sino también a la cantante y emperatriz Umm Kulthum, al célebre músico Abd al-Wahhab, al famoso actor de cine Abd al-Halim Hafiz y a la brillante estrella del mundo cinematográfico Fayza Shadya. El propósito de la policía al difundir estos nombres era el siguiente: si el pueblo no se indignaba al oír la noticia del plan para asesinar a su querido presidente, al menos era inevitable que surgieran en él ira y odio por sus héroes favoritos. Y el aspecto interesante del asunto era que, cuando los nombres de los principales artistas de la música y la danza mencionados aparecieran en los periódicos, otros artistas de su mismo gremio protestarían preguntando por qué no se los consideraba también entre los héroes. Ante esta reclamación, la policía introduciría más documentos que demostrarían que, además de las personas mencionadas, un número aún mayor de individuos figuraba en la lista de los Hermanos. Sus nombres también se publicarían en los periódicos.

Se dice que quienes son condenados a muerte o a cualquier otro castigo severo han confesado voluntariamente sus delitos. Pero, bajo un régimen dictatorial, la historia de una confesión voluntaria no depende de ninguna prueba colectiva ni de análisis explicativos. El mundo conoce bien las historias de quienes confesaron delitos durante la época de Stalin. Toda persona tiene un límite de resistencia. Mediante una persecución y una tortura excesivas, llevadas más allá de ese límite, se puede hacer que cualquiera confiese cualquier delito que no haya cometido. Pero ¿qué respuesta hay al hecho de que, cuando se celebraban las vistas ante el tribunal al que eran llevados estos acusados, el proceso se transmitía por televisión? Y cuando los presos comenzaban a contar sus historias de sufrimiento, la transmisión se interrumpía inmediatamente y el preso era llevado a una habitación cerrada. No se permitía a los periodistas egipcios ni extranjeros asistir a las vistas. Cuando un representante de Amnistía Internacional quiso entrar en el tribunal, también se le prohibió hacerlo; después, en los periódicos solo se publicaba de las actuaciones judiciales lo que difundían los medios oficiales. Incluso si se aceptara que los presos de los Hermanos habían confesado sus delitos, para nosotros no sería sorprendente. Dadas las condiciones en que eran tratados en la cárcel, cualquier preso podía respaldar todas esas acusaciones que habían sido publicadas en el comunicado oficial y en los periódicos de otros países. La oficina del Comité Internacional de la Cruz Roja en Ginebra lo hizo público. El informe del representante de Amnistía Internacional lo confirmó. Y, sobre todo, la verdad también resonaba en boca de los niños pequeños de los países árabes.

Aquí describo únicamente la situación de las cárceles militares de Egipto, donde solo se recluía a quienes eran sometidos a interrogatorio. La siguiente descripción del trato que recibían allí los Hermanos se publicó en el diario Al-Mithaq al-Islami de Jartum, Sudán, en los números del 2 y 3 de febrero de 1966; en el diario Al-Ilm de Rabat, Marruecos, en el número de marzo de 1966; y en Ukaz de Yeda, Arabia Saudita, en el número del 1 de mayo de 1966. Esta es la descripción de aquellos presos que, de una u otra manera, lograron hacer llegar al exterior lo que les había sucedido a sus compañeros; posteriormente, esta descripción llegó a los periódicos de Sudán, Marruecos y Arabia Saudita:

Trajeron a un grupo de casi treinta Hermanos. Los dividieron en tres grupos. Ataron los pies de cada uno al brazo de otro y los tendieron boca arriba en el suelo. Después trajeron diez grúas. Ataron los dos brazos del primero a la grúa número uno. Ataron las piernas del tercero a la grúa número dos. De este modo, las diez grúas dejaron suspendidos en el aire a los treinta. Las grúas estaban dispuestas en cinco filas. Los torturaban de diversas maneras. Sus torturas superaban incluso las de Stalin. Aquí termina el relato de las torturas infligidas a los Hermanos.

Hoy ha comenzado por todas partes el renacimiento islámico, y el papel de los Hermanos Musulmanes ha sido fundamental en él. Aunque no pudieron establecer la sociedad anhelada, sus esfuerzos no fueron en vano. La sangre de los mártires nunca ha sido ni será derramada en vano. Un día, sobre la sangre que derramaron, se establecerá sin duda una sociedad islámica, insha’Allah.

No solo en Egipto: la sangre ardiente de los pueblos monoteístas de Palestina, Bosnia, Cachemira, Irak y Afganistán da testimonio de ello.

Fin