Palabras del editor
El respetado Abbas Ali Khan es uno de los más destacados pensadores islámicos de Bangladesh. Su contribución a la difusión y al establecimiento del islam es especialmente notable. Su pluma también ha sido incansable en el campo de la redacción y traducción de literatura islámica. Entre las obras que escribió se encuentra «El conflicto eterno entre el islam y la yahiliya». En esta obra, el autor ha descrito magistralmente el conflicto que tuvo lugar y continúa teniendo lugar entre el islam y la yahiliya, tanto en el pasado como en el presente. Al mismo tiempo, ha señalado con claridad las responsabilidades de quienes procuran establecer el islam. Confiamos en que su obra será considerada un valioso viático para quienes procuran establecer el islam.
Islam y yahiliya
El islam y la yahiliya son dos creencias, doctrinas y formas de actuar opuestas. Sus caminos, objetivos y destinos son diferentes —más bien, opuestos—. Por tanto, el conflicto y el enfrentamiento entre ambas son naturales e inevitables. Esta lucha y este conflicto se remontan al inicio de la humanidad y continuarán mientras exista la humanidad.
Una de las dos es buena y la otra es mala. Una es la verdad y la justicia, y la otra es la falsedad y la injusticia. Una es beneficiosa y la otra perjudicial. Una es luz y la otra oscuridad. Una es creadora y la otra destructiva. Una es el camino elegido por Allah, el Creador del universo, y la otra es el camino que Él desaprueba y prohíbe. De estos dos caminos y doctrinas, el primero es el islam y el segundo es la yahiliya. Lo que es islam no es yahiliya, y lo que es yahiliya no es islam.
La palabra «yahiliya» se usa con el sentido opuesto al islam. Todos los métodos y caminos del islam se basan en el conocimiento, porque Dios mismo enseñó esos métodos y caminos, y Él posee el conocimiento de todos los misterios ocultos. En cambio, todo método y camino diferente del islam se considera un método y camino de la yahiliya. La época anterior al islam en Arabia se llamaba época de la yahiliya en este sentido: en aquella época, sin conocimiento, las personas habían determinado su propia forma de vida basándose únicamente en supersticiones, conjeturas, suposiciones y deseos. Allí donde y en cualquier época en que las personas adopten este método, necesariamente se lo llamará método de acción de la yahiliya.
En resumen, en la terminología islámica, por yahiliya se entienden aquellos métodos de conducta que son contrarios a la civilización y la cultura islámicas, a sus principios morales, sus normas de conducta y su mentalidad. «Él es quien os creó. Después, entre vosotros, algunos son incrédulos y otros creyentes; y Allah observa todo lo que hacéis» (at-Tagabun: 2).
Los comentaristas han expuesto cuatro significados de esto, y los cuatro son correctos.
Uno: Él es vuestro Creador. Sin embargo, algunos niegan que Él sea el Creador y otros aceptan esta gran verdad. Por eso, respectivamente, se les llama kafir y creyentes.
Dos: Después de crearos, Él os mostró tanto el camino del bien como el del mal y os informó también de las consecuencias de ambos. Luego os concedió plena libertad para escoger uno de estos dos caminos y transitar por él. Si queréis adoptar el kufr, es decir, si queréis negaros a seguir el camino de Alá, podéis hacerlo; y si queréis abrazar la fe y seguir Su camino, también podéis hacerlo. Él no os obliga a adoptar la fe ni el kufr. Por tanto, sois vosotros mismos responsables tanto de la fe como del kufr, es decir, de aceptar o no la soberanía, autoridad y mandato de Alá. Al concederos la libertad de elegir cualquiera de los dos, os ha sometido a una terrible prueba. Él observa cómo utilizáis vuestra facultad de elección. La expresión «Él observa lo que hacéis» contiene una indicación de advertencia. Así como tenéis libertad para transitar por dos caminos opuestos, también tendréis necesariamente que experimentar dos consecuencias opuestas. Las consecuencias del camino del bien y del mal nunca pueden ser iguales. No hace falta decir que, para disfrutar de un buen resultado, hay que seguir el camino del bien. Aquí reside la prueba del ser humano. La prueba se realiza para otorgar recompensa y castigo; de lo contrario, la prueba carecería de sentido.
Tres: Él os creó sobre una naturaleza sana y recta, y esta misma naturaleza exige que sigáis el camino de la fe. Sin embargo, después de haber sido creados sobre una naturaleza sana y recta, algunos de vosotros habéis adoptado el kufr, lo cual contradice Su creación. Otros, en cambio, habéis adoptado el camino de la fe, que está en armonía con vuestra naturaleza.
Hay que recordar que el ser humano fue creado con una disposición natural y una mente libres de inclinación al pecado. Después, él adopta el camino recto o el camino desviado.
Cabe señalar que ninguno de los profetas y mensajeros que han venido al mundo, ni ninguno de los Libros celestiales que les fueron concedidos, menciona al ser humano como pecador por nacimiento. Sin embargo, desde hace un siglo y medio, el mundo cristiano ha mantenido la creencia religiosa de que el ser humano es pecador por naturaleza. Según su creencia, como consecuencia del pecado de Adán y Eva, la inclinación hereditaria al pecado ha continuado transmitiéndose entre los seres humanos. En lugar de pensar en cómo contener esa inclinación al pecado y esforzarse por hacerlo, han atribuido toda la responsabilidad a Adán y a la señora Eva, y han buscado excusas para llevar una vida sumida en el pecado. Esta es una doctrina y una filosofía gravemente erróneas, y eso es precisamente la jahiliyyah.
Sin embargo, actualmente los eruditos católicos han comenzado a afirmar que esta idea y creencia no tienen fundamento en la Biblia. El célebre erudito de la Biblia, el reverendo Habat Hag, afirma en su obra «Is Original Sin in Scripture?» que hasta el siglo III no existía entre los cristianos la creencia de que el ser humano fuera pecador por nacimiento. Cuando esta idea y creencia comenzaron a difundirse por la propaganda de algunas personas, los eruditos cristianos continuaron oponiéndose a ella durante dos siglos. Pero finalmente, en el siglo V, san Agustín, mediante su red de argumentos falaces, incorporó a las creencias fundamentales del cristianismo la idea de que la humanidad había heredado la maldición del pecado de Adán. Asimismo, se estableció que la salvación del ser humano solo podía alcanzarse mediante la expiación realizada por Jesucristo al entregar su vida en la cruz; no existe ningún otro medio. Esta es una creencia ciega, errónea, inventada e irracional, y una de las armas más peligrosas de la jahiliyyah.
Cuatro: Alá es quien os ha dado existencia después de la inexistencia. No existíais y luego llegasteis a existir. Si reflexionarais sobre este asunto con una mente sencilla, abierta e imparcial, comprenderíais sin duda que vuestra existencia misma es un don especial de Dios, gracias al cual podéis disfrutar de las innumerables bendiciones creadas para vosotros. Sin embargo, muchos de vosotros no reflexionáis sobre este asunto. Como consecuencia, han adoptado el camino de la rebelión y el pecado. Unos pocos, en cambio, han adoptado el camino de la fe y han demostrado un pensamiento correcto y preciso.
También merece especial atención lo que se ha dicho en la sura Ar-Rum del Sagrado Corán: «Por tanto, (¡oh, Profeta y seguidores del Profeta!) concentrad todos vuestros objetivos en esta religión, orientándoos en una sola dirección. Manteneos firmes sobre la naturaleza en la que Alá ha creado al ser humano. La estructura creada por Alá no puede cambiarse. Esta es la religión verdadera y recta, o sistema de vida» (Ar-Rum: 30).
En la aleya mencionada, dirigiéndose al Profeta Muhammad (s. a. s.) y a los musulmanes, se dice: cuando os queda claro que no existe otro creador y dueño del universo aparte de Allah, entonces, necesariamente, vuestro proceder debe consistir en orientar vuestra meta exclusivamente hacia esta religión. Esta religión es la que presenta el Corán. Según esta religión, nadie, aparte de Allah, el Único y sin asociado, tiene derecho a recibir adoración, servidumbre y obediencia. No apartéis el rostro de esta religión para dirigiros hacia otra cosa. Después de adoptar este camino para vuestra vida, no miréis hacia ningún otro camino. Toda la humanidad ha sido creada con la naturaleza innata de que, aparte de Allah, el Único, no tiene ningún creador, ningún señor, ninguna deidad ni ningún ser cuya obediencia pueda considerarse legítima en realidad. El ser humano debe establecerse precisamente sobre esta naturaleza innata.
El significado de la frase «La estructura creada por Allah no puede cambiarse» es que Dios creó al ser humano como Su siervo, para que el ser humano adorase únicamente a Él. Nadie puede cambiar este curso y esta naturaleza propios de la creación. No es posible pasar de este estado al estado de «no ser siervo de Dios». Si se considera dios a alguien que no es Dios, no puede convertirse realmente en dios. Por muchos dioses que el ser humano se invente para sí, aparte del Dios único no es ni puede ser siervo de nadie.
El resumen de esta exposición es que Allah, por un lado, ha concedido al ser humano plena libertad para elegir libremente el camino de su propia vida y actuar conforme a él. Por otro lado, le presenta con claridad la verdad real y lo invita a aceptarla.
Allah ama mucho al ser humano porque Él lo creó. Para satisfacer todas las necesidades de su vida, ha esparcido a su alrededor, en la tierra, innumerables bienes y recursos. La luna, el sol y las estrellas; el día y la noche; la luz y el aire; las nubes del cielo y la lluvia; las montañas; los ríos; las plantas; los animales y las aves; y toda clase de alimentos: todo lo creó para el ser humano. Estas cosas son señales de que Él ama al ser humano. Y precisamente porque ama al ser humano, sin duda le mostrará el camino correcto de su vida. Esto es completamente natural. No se puede imaginar que no le explique las normas, leyes y programa de acción mediante los cuales la breve vida terrenal del ser humano puede ser feliz y hermosa, y mediante los cuales la vida eterna del Más Allá, después de la vida terrenal, puede alcanzar su plenitud. En realidad, Él ya se lo ha explicado. Por medio de los profetas y mensajeros, le ha dado al ser humano el sistema completo de vida. A esto se le llama la religión conforme a la naturaleza innata, mencionada anteriormente.
Al ser humano se le ha concedido conocimiento, razón y conciencia, y se le ha dejado libre para ponerlo a prueba; se le ha dado la oportunidad de elegir cualquier camino para su vida y actuar libremente conforme a él. Si quiere, puede seguir el camino indicado por Dios y obtener sus beneficios, o puede abandonar ese camino y seguir también un camino errado inventado por él mismo. Puede considerar a Allah su único creador, sustentador, señor y gobernante, y obedecerle plenamente; o también puede adorar a los numerosos dioses falsos que haya imaginado. Aunque tiene libertad para adoptar uno u otro de estos dos caminos, Allah ha enviado, época tras época, profetas y mensajeros a cada pueblo y nación para recordarles una y otra vez el camino correcto de la vida. No quiso restringir la libertad que se les había concedido para seguir el camino correcto; más bien, intentó convencerlos e impulsarlos describiendo los beneficios de seguirlo. Por otro lado, también se intentó apartarlos del camino errado informándoles de sus terribles consecuencias.
No ha pasado ninguna época ni período de la historia humana en el que no haya existido un profeta, o alguien que lo sucediera, para convocar a la gente al camino de Dios. Esta sucesión y continuidad ininterrumpida de la convocatoria de la humanidad al camino de Dios era especialmente necesaria, y aún lo es. La razón es que abandonar el camino de Dios y adoptar cualquier otro camino equivale a luchar contra la naturaleza. Como consecuencia, la vida humana queda sumida en diversas calamidades y desastres. Se establece el dominio y la autoridad de unas personas sobre otras. El fuerte se erige en dios del débil. Innumerables seres humanos quedan encadenados a la esclavitud de otros seres humanos. El cielo y la tierra se llenan de los gemidos y lamentos de la gente bajo la persecución y la opresión de gobernantes crueles y tiránicos. Para poner fin a toda esta persecución y opresión, y garantizar a la gente libertad, felicidad, paz y seguridad para sus vidas y bienes, era necesario convocarla al camino de Dios en el pasado, lo es ahora y lo será también en el futuro. Esta es la inmutable norma de Allah, el Altísimo. Seguir esta norma se llama Islam, y el conjunto de todo cuanto se le opone se llama Yahiliyya, la ignorancia. Lo verdadero es el Islam, y lo falso y errado es la Yahiliyya.
La verdad y la falsedad son fuerzas opuestas
La exposición anterior ha dejado claro que, así como la fe y la incredulidad son opuestas, también lo son el Islam y la Yahiliyya. El Islam es el camino y el método indicados por Allah, el Altísimo, y un programa de vida orientado al bienestar. Su fuente es el conocimiento infalible otorgado por Dios. El conocimiento, la razón y la conciencia del ser humano también lo respaldan, y es coherente con su naturaleza innata. Por el contrario, la Yahiliyya surge de la oscuridad de la incredulidad, de las conjeturas y de las fantasías ilusorias. Por tanto, la primera es verdadera y hermosa, y la segunda es falsa y desagradable. La primera es luz y la segunda, oscuridad. Ninguna de las dos puede tolerar jamás a la otra. Por eso cada una es fuerza rival de la otra. Su conflicto y enfrentamiento mutuos son también eternos.
Conocimiento–Intelecto–Conciencia
Precisamente gracias al conocimiento, el intelecto y la conciencia que Alá Todopoderoso ha otorgado al ser humano, este es conocido como la mejor de las criaturas. Esta cualidad especial ha establecido una enorme diferencia entre el ser humano y los demás seres vivos. El conocimiento y el intelecto generan en él la conciencia de que es personalmente responsable de cada uno de sus actos. En cambio, este principio no se aplica a quien no ha sido dotado de conocimiento e intelecto. Supongamos, por ejemplo, que una pesada piedra se desprende repentinamente de un lugar elevado, cae y mata a una persona; en ningún caso se podrá considerar culpable a la piedra, porque no es más que una materia inerte e inconsciente. Del mismo modo, si un animal entra en el campo de alguien, se come la cosecha y la destruye, tampoco se lo podrá llamar culpable, porque, aunque posea conciencia y sensibilidad, carece de conocimiento e intelecto. Pero si el ser humano comete un acto de este tipo, necesariamente será considerado culpable y deberá ser castigado conforme a la ley, porque ha sido dotado, junto con la conciencia y la sensibilidad, de la cualidad del conocimiento, el intelecto y la conciencia. Gracias a ello puede comprender lo justo y lo injusto. Las materias inertes e inorgánicas e inconscientes, así como los seres vivos distintos del ser humano, están privados de las cualidades mencionadas y de la capacidad de distinguir entre el bien y el mal; por ello no tienen que rendir cuentas por ninguno de sus actos. El ser humano es personalmente responsable de sus actos porque ha sido dotado de conocimiento e intelecto.
Conocimiento–Buen uso del intelecto
Aunque el ser humano ha recibido la más elevada dignidad al ser dotado de conocimiento e intelecto, hace un uso indebido de ese conocimiento. A pesar de haber sido dotado de intelecto y conciencia, y de haber recibido la capacidad de conocer el bien y el mal, lo justo y lo injusto, no puede afirmarse que cada uno de sus actos esté guiado por la conciencia. No faltan ejemplos de ello; al contrario, vemos innumerables ejemplos a nuestro alrededor. Tomemos, por ejemplo, el caso de los estudiantes. Los padres envían a sus hijos a las instituciones educativas para que adquieran conocimiento y cualidades humanas, y sufragan todos los gastos de su educación. Lo que exigía la conciencia era que cada estudiante estudiara con regularidad, obtuviera en los exámenes los mejores resultados posibles de acuerdo con su capacidad y talento, y alcanzara el reconocimiento de ser un buen estudiante. Aunque este conocimiento, esta convicción y esta sensibilidad existen en cada estudiante, ¿qué vemos? Algunos estudiantes intentan cumplir plenamente con sus responsabilidades. Otros, en cambio, descuidan sus deberes y responsabilidades y desperdician el tiempo en actividades reprobables que no son deseables desde ningún punto de vista. Como seres humanos, ambos tipos de estudiantes poseen conocimiento, intelecto y conciencia. Sin embargo, no vemos que los dos tipos utilicen su intelecto y su conciencia de la misma manera. De ello se comprende que no todos son capaces de hacer buen uso de su conciencia.
Asimismo, un grupo de personas ávidas de poder no vacila en recurrir a cualquier medio vil para obtenerlo. Muchos de ellos son altamente instruidos y poseen títulos académicos superiores. Sin embargo, toman el poder mediante la corrupción, el uso de la fuerza, el asesinato, el terrorismo y otros medios semejantes, y se erigen en amos de la gente. Después, en lugar de garantizar los derechos fundamentales de las personas, las encadenan a la esclavitud y las obligan a vivir una vida infrahumana. Esta situación se ha visto en muchos lugares del mundo en el pasado y todavía se ve hoy. El saqueo, el asesinato, la malversación de los bienes del Estado, el robo y el bandidaje, entre otros hechos, ocurren continuamente en la sociedad. Todos aquellos por quienes se cometen estos actos son seres humanos y son conocidos como personas instruidas. También ellos, por supuesto, deberían poseer conocimiento, intelecto y conciencia. Pero ¿dónde está el buen uso que hacen de ellos?
Todavía existen en el mundo algunos países considerados subdesarrollados, atrasados en educación y afligidos por la pobreza. En esos países, algunas personas no consideran tan censurables condiciones de ese tipo. Aunque no hay razón para estar de acuerdo con ellas, ¿qué ocurre en los países conocidos por ser desarrollados y altamente civilizados en todos los aspectos? Actualmente se considera que Inglaterra y Estados Unidos son países que han alcanzado las cumbres del progreso y la civilización. La gente acude continuamente a estos dos países para recibir formación en conocimiento y civilización. Aunque ambos ocupan una posición de liderazgo en ciencia y tecnología, han demostrado un fracaso total en el buen uso del conocimiento, el intelecto y la conciencia. Son expertos en oprimir e infligir injusticia a otras naciones. Incluso en sus propias sociedades están sumidos en el abismo de la decadencia moral. Una noticia publicada en Newsweek el 27 de junio de 1988 permite conocer su extrema decadencia moral y su creciente afición al delito. La noticia afirmaba que en Londres, una ciudad de siete millones de habitantes, el año anterior (1987) se cometieron 194 asesinatos y 22.626 delitos violentos graves. Por otro lado, en la ciudad de Nueva York se cometieron 1.672 asesinatos y 148.313 delitos violentos. Esta es solamente la situación de dos ciudades de dos países. ¿Adónde se fueron el conocimiento, el intelecto y la conciencia de estos delincuentes?
No basta con poseer conocimiento, intelecto y conciencia; hacer buen uso de ellos es precisamente lo propio del ser humano. Los ejemplos anteriores nos han permitido comprender que no todos pueden hacer buen uso de su conocimiento y su conciencia. Algunos son capaces de utilizarlos correctamente, mientras que otros demuestran su fracaso.
¿Cuál es la causa de este fracaso??
¿Por qué comete el ser humano un error tan grave y peligroso? ¿Por qué inflige semejante injusticia a su valiosísimo patrimonio, el conocimiento y la razón? Antes de avanzar, debemos obtener sin falta la respuesta a estas preguntas.
La primera cuestión es que el ser humano posee dos tendencias innatas y opuestas. Una es la tendencia al temor de Dios o a la virtud, y la otra es la tendencia a la maldad. Entre ambas existe constantemente conflicto y enfrentamiento. Las dos impulsan, excitan e incitan al ser humano para satisfacer sus propias exigencias. Cuando vence la tendencia a la virtud, el ser humano utiliza correctamente su conocimiento y su razón y realiza buenas obras. Pero cuando vence la tendencia a la maldad, lo induce a entregarse a toda clase de pecados.
La tendencia a la maldad vence por varias razones. Sus causas fundamentales son las siguientes.
La primera es la poderosa inclinación perversa del ser humano y sus deseos y pasiones. Estos deseos y pasiones son tan fuertes que, por lo general, el ser humano queda indefenso ante ellos. Cuando pierde la fuerza para dominarlos, se convierte en esclavo de sus instintos. Entonces no vacila en absoluto en cometer cualquier injusticia, iniquidad, pecado o acto bestial. Convierte sus propios instintos en su «ilah» y él mismo se vuelve por completo esclavo de ellos. Después de convertirse en esclavo de sus instintos, pierde el conocimiento del bien y del mal. Muchas veces, aun creyendo que el pecado es pecado, carece de la fuerza para mantenerse alejado de él. Así, aunque considere malas cosas como el robo, el bandolerismo, el asesinato, el adulterio y otras semejantes, el ser humano no puede evitar estos pecados al someterse a sus instintos.
La inclinación perversa avanza hasta convertir al ser humano en adorador del mundo. Entonces el disfrute y el lujo mundanos se convierten en el objetivo de su vida. Se dice que las tres cosas hacia las que el ser humano siente mayor apego son el dinero, las mujeres y las drogas. La historia está repleta de ejemplos de los innumerables estragos causados en el mundo por estas tres cosas. Los esclavos de sus instintos se entregan a una competición para ver quién puede ser más grande y poderoso en el mundo, quién puede acumular montañas de riqueza, quién puede convertir en esclavas a más personas y quién puede disfrutar de la juventud y la belleza de más mujeres. Para que el temor de Dios y de la vida futura no perturbe sus corazones ni siquiera por un instante, se han creado filosofías y doctrinas inventadas. No existe ninguna fuerza llamada Dios o Creador. La vida futura es fruto de un pensamiento irreal y delirante. Este mundo y la vida mundana lo son todo. La vida es una lucha por vivir y sobrevivir: LUCHA POR LA EXISTENCIA.
Aquí, solo quien es fuerte tiene derecho a sobrevivir, ejercer autoridad y dominio, y disfrutar plenamente de la vida. El débil no tiene derecho a vivir: SUPERVIVENCIA DEL MÁS APTO.
Después de creer en esta filosofía, no debería surgir en la mente ninguna cuestión sobre lo justo y lo injusto, lo lícito y lo ilícito, lo bueno y lo malo, la misericordia y la crueldad. Para alcanzar el objetivo, se hace todo cuanto sea necesario. Se aprovecha cualquier oportunidad para mentir, engañar, traicionar, quebrantar promesas, asesinar, saquear, aterrorizar, recurrir a la fuerza y formular acusaciones falsas e inventadas, entre otras cosas. No se trata de hechos imaginarios. Son acontecimientos reales de la historia pasada y presente. Esta es una forma terrible de la jahiliya.
La segunda causa fundamental es el orgullo y la arrogancia nacional, partidista y de linaje, así como la devoción ciega hacia ellos. La imitación ciega de los antepasados y de los líderes religiosos, de las ideas y costumbres heredadas, y de diversas supersticiones. Esta devoción ciega y esta imitación ciega privan al ser humano de la capacidad de discernir entre el bien y el mal, y entre la justicia y la injusticia. Por aquello que es bueno y beneficioso para su propia nación, partido o linaje, el ser humano emplea todas sus fuerzas y se involucra en guerras, aunque ello sea sumamente perjudicial para los demás. En la historia de Inglaterra se mencionan guerras que duraron siete, treinta y cien años. Este es el resultado funesto del orgullo y la arrogancia nacionales y de linaje, y de la devoción ciega. En la época preislámica también se libraron durante generaciones guerras sangrientas de este tipo en la península arábiga. Para satisfacer los deseos y pasiones del ego, se hicieron correr ríos de sangre humana.
La ambición insaciable de conquistar por la fuerza el territorio ajeno y subyugar a las naciones débiles provocó las dos guerras mundiales. A manos de los demonios de la jahiliya, la Primera Guerra Mundial extendió sus garras feroces y violentas sobre veintiocho países y seis continentes. En esta guerra murieron diez millones de soldados y diez millones de civiles. Debido a las hambrunas, las epidemias y la inestabilidad política causadas por la guerra, otros veinte millones de personas abandonaron para siempre la faz de la tierra.
Veintiún años después, la Segunda Guerra Mundial trajo una violencia, una matanza y una destrucción aún mayores para satisfacer la insaciable sed de poder de los demonios de la jahiliya. Esta gran guerra involucró de una u otra forma en el conflicto a todos los países y naciones del mundo. Diecisiete millones de soldados y cuarenta y un millones de civiles sucumbieron a las garras mortales de la muerte. Las bombas atómicas inhumanas empleadas por Estados Unidos mataron a cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki, Japón, y dejaron lisiados y discapacitados a cientos de miles más. Cientos de miles de personas murieron lentamente, entre sufrimientos. Nunca en la época de la jahiliya del pasado se había perpetrado una barbarie y una brutalidad mayores que estas. La ciencia y la tecnología han hecho que la jahiliya moderna sea más violenta que la jahiliya del pasado.
Las ideas y creencias heredadas, las costumbres y tradiciones, y la imitación ciega de los líderes religiosos constituyen una grave enfermedad mental, alimentada por la intensa instigación de las pasiones. La historia del islam atestigua que, cuando los profetas y mensajeros presentaron la invitación al islam a la gente, esta la rechazó diciendo que el Profeta hablaba en contra de las creencias religiosas que ellos y sus antepasados habían sostenido por herencia, de las costumbres y tradiciones que habían observado desde tiempos inmemoriales, y de todo cuanto decían sus líderes religiosos. Por tanto, no podía aceptarse de ningún modo. Estos asuntos se tratarán en el lugar correspondiente.
La devoción y reverencia ilimitadas hacia los líderes religiosos y los pires y sacerdotes los colocan en el lugar de Dios. Se los considera infalibles, y todo lo que sale de sus bocas se cree, sin examinar su veracidad, como una verdad irrefutable, semejante a un mandato de las Escrituras o a la revelación de Dios. Allah mismo dice:
«Estas personas han tomado a sus eruditos, pires y derviches como dioses en lugar de Allah» (At-Tawbah: 31).
Se relata en un hadiz que Hazrat Adi ibn Hatim era cristiano. Más tarde se presentó ante el Profeta y aceptó el islam. Le preguntó al Profeta acerca del versículo mencionado y dijo: «¿Qué significa la acusación que se nos hace de haber convertido en dioses a los eruditos, pires y derviches?». El Profeta respondió: «¿Acaso no es cierto que aceptabais como prohibido todo lo que ellos consideraban prohibido, y como lícito todo lo que ellos consideraban lícito?». Hazrat Adi respondió: «Sí, ciertamente lo hacíamos».
El Profeta dijo: «Precisamente así es como se los convierte en dioses».
De esto se sabe que quienes, sin la autorización de Alá, establecen los límites entre lo lícito y lo ilícito para la vida humana, en realidad se sientan en el trono de la divinidad. Quienes aceptan su legislación religiosa los convierten en dioses.
Por grande que sea una persona, el criterio para verificar cualquiera de sus palabras o decisiones son Alá y Su Mensajero. Toda palabra contraria a lo que dicen Alá y Su Mensajero, o incompatible con el sentido fundamental de sus palabras, debe ser rechazada. Esta creencia ha dividido a la sociedad humana en numerosos grupos y subgrupos y ha creado discordia y corrupción.
La tercera causa fundamental es un entorno extremadamente hostil al islam. Si el ambiente de un país, una localidad, e incluso una institución educativa o una residencia estudiantil, es tal que todos allí son hostiles al islam, que allí solo se distribuyen literatura y periódicos contrarios al islam y se imparte formación para crear una mentalidad hostil al islam, nadie puede mantenerse firme en el islam en un entorno semejante. En ese ambiente se proporciona a los jóvenes todo tipo de medios para que se relacionen libremente con personas del sexo opuesto, se abracen y se entreguen a toda clase de intimidades, con el fin de debilitar su fe en la religión, Dios y el Más Allá. Así, en la etapa inicial, se quiebra y destroza su columna moral. Como resultado, pueden aceptar fácilmente y con entusiasmo las actividades posteriores. Estas afirmaciones no son una historia imaginaria del mundo de la fantasía. Precisamente estas actividades se llevan a cabo en países comunistas como Rusia.
Después, en los países no comunistas fuera de Rusia a los que se exportan las ideas y el movimiento comunistas, se inician actividades del mismo modo, aunque sea de forma limitada. En algunos lugares abiertamente y en otros en secreto. Sin embargo, las técnicas de trabajo, el reclutamiento de militantes y su formación continúan como de costumbre. Se intenta someter a los jóvenes mediante toda clase de engaños, medios y estrategias. Para ello, Rusia proporciona toda clase de ayuda y cooperación. Así se establece gradualmente el régimen comunista en nuevos países. Afganistán es la última víctima de su trampa.
Cuando se establece un régimen comunista en un lugar, desaparecen la libertad de expresión y la libertad de pensamiento. El conocimiento, la razón y la conciencia quedan paralizados. Aunque alguien quiera utilizar correctamente su inteligencia, no tiene ningún medio para hacerlo. Voluntaria o involuntariamente, debe aceptar la esclavitud mental de los gobernantes comunistas.
La invitación de los honorables profetas
La discusión anterior ha dejado claro que no todas las personas utilizan correctamente el conocimiento, la razón y la conciencia que Alá, exaltado sea, les ha concedido, ni saben hacerlo. Por ello, el ser humano tiene que sufrir sus terribles consecuencias. Además, los seres humanos poseen naturalmente diversas debilidades. Alá, el Altísimo, no puede permanecer en silencio al ver al ser humano en una situación de indefensión. No es que, en este conflicto entre el islam y la jahiliyyah, toda responsabilidad de los esfuerzos y recursos posibles para lograr la victoria de la verdad se haya dejado exclusivamente en manos de la razón, la conciencia y las capacidades naturales humanas. El ser humano no siempre puede llegar a la decisión correcta mediante su pensamiento racional. Esto se debe a que su mundo de conocimiento y pensamiento es muy pequeño y limitado. En cierto punto del pensamiento, su camino queda bloqueado. Entonces se siente indefenso y toma decisiones equivocadas. Muchos pensadores de la humanidad, pese a sus buenas intenciones, llegaron a conclusiones erróneas e inventaron nuevas filosofías y doctrinas que no pudieron aportar a la vida humana más que perjuicio, no beneficio. Por ello, el Misericordioso Alá, movido por una inmensa compasión hacia la humanidad, dispuso que se le transmitiera un conocimiento infalible procedente de Él. A esto se le llama el conocimiento de la revelación o conocimiento divino. Él no transmite directamente este conocimiento a las personas, sino que escoge al mejor ser humano de la sociedad y le concede, mediante la revelación, todo el conocimiento necesario. Después de conceder al ser humano una naturaleza sana y conocimiento e inteligencia, este es un conocimiento adicional. Cuando numerosos pensamientos y estados de conciencia, miedos, intimidaciones, tentaciones y la influencia de sus seis pasiones internas intentan desviarlo, este conocimiento adicional acude en su ayuda y le muestra el camino correcto. Aunque rechazar este conocimiento adicional sea sumamente desafortunado para él, también se le ha concedido la libertad de hacerlo. Alá, el Altísimo, somete así al ser humano a una prueba y le concede también los medios para superarla, a fin de que pueda alcanzar la más elevada dignidad humana.
El conocimiento adicional mencionado anteriormente se denomina conocimiento de la revelación. Junto con él, también envió al portador de esta revelación, que es un ser humano como los demás. Él transmitirá el conocimiento de la revelación a la humanidad, lo explicará y analizará, y demostrará su aplicación mediante su propia vida práctica. A esta persona, portadora de la revelación, se la llama profeta o mensajero. Para guiar a la humanidad, formar su verdadero carácter humano y hacer su vida feliz y hermosa, los profetas y mensajeros han sido enviados al mundo a lo largo de las épocas.
El llamamiento de los profetas y el conflicto con la yahiliya
El islam y la yahiliya han sido comparados con la verdad y la falsedad, y con la luz y la oscuridad. Así como la coexistencia entre la verdad y la falsedad, y entre la luz y la oscuridad, es imposible siquiera por un instante, del mismo modo la coexistencia entre el islam y la yahiliya es absolutamente imposible. Por eso, cada vez que, a través de los profetas, el llamamiento del islam y de la verdad llegaba a la humanidad, la yahiliya no podía tolerarlo. Así pues, toda la historia de la humanidad es la historia del conflicto entre el islam y la yahiliya, es decir, entre la verdad y la falsedad.
Son los gloriosos profetas de Allah quienes traen la luz que guía por el camino verdadero y recto a la humanidad confundida, extraviada y sumida en la oscuridad de la ignorancia. Por ello, la yahiliya crea enormes obstáculos en su camino. No solo eso: los profetas sufren una cruel persecución a manos de los abanderados de la yahiliya, y muchos incluso pierden la vida. A continuación se ofrece brevemente un relato de algunos episodios del llamamiento de los profetas, es decir, del conflicto entre el islam y la yahiliya.
Hazrat Nuh (la paz sea con él)
A partir de la época de Hazrat Nuh (la paz sea con él) podemos conocer parcialmente la historia de la humanidad. No existe una historia escrita por seres humanos sobre un larguísimo período de la humanidad. A esta extensa época se la denomina prehistoria. Sin embargo, la historia de los profetas de ese período ha sido relatada en los Libros celestiales, y el relato más fiable se encuentra en el Corán. Hazrat Nuh (la paz sea con él) se dirigió a su pueblo diciendo:
«Él (Nuh) dijo: “¡Oh, pueblo mío! Soy para vosotros un amonestador que habla con claridad. (Os advierto diciéndoos esto:) Adorad a Allah, temedle y obedecedme. Allah perdonará vuestros pecados y os concederá un plazo determinado. En verdad, cuando llega el plazo fijado por Allah, ya no puede ser aplazado. ¡Si lo supierais, cuánto mejor sería!”» (Nuh: 2-4).
Su llamamiento es claro y justo. Es totalmente natural y justo obedecer los mandatos y el gobierno de Allah, quien creó al ser humano y satisface cada una de sus necesidades desde el comienzo de su existencia hasta el instante previo a su muerte. Pero los notables y la gente común de su pueblo rechazaron este llamamiento. Aun así, Hazrat Nuh (la paz sea con él) continuó su labor de llamamiento con una paciencia extraordinaria. Durante un período muy largo, es decir, durante novecientos cincuenta años, siguió invitándolos hacia la verdad.
No solo les aseguró el bienestar de la vida futura, es decir, de la vida después de la muerte, sino que también les habló del bienestar de la vida terrenal.
«He dicho: Pedid perdón a vuestro Señor. En verdad, Él es sumamente indulgente. Él hará descender sobre vosotros lluvia del cielo, os concederá riquezas e hijos, y os proporcionará jardines y hará correr ríos» (Noé: 10-14).
Para alcanzar el bienestar de este mundo y del Más Allá, él les dijo: «Abandonad vuestros falsos dioses inventados por vosotros y adorad al Dios único». Los líderes de la comunidad rechazaron esta invitación e impartieron estrictas órdenes al pueblo:
«No abandonaréis de ninguna manera a vuestros dioses. No abandonaréis a Wad, Suwa, Yaguz, Yauq ni Nasr» (Noé: 23).
En respuesta, le dijeron al profeta Noé (la paz sea con él):
«Te vemos claramente sumido en el extravío» (Al-A’raf: 60).
Para los llamados intelectuales de la comunidad, aceptar a un solo Dios era un grave error y un extravío. Ellos decían:
Aunque este universo fue creado por un solo Dios, son muchos los dioses que lo gobiernan. Por ello, los demás dioses también tienen derecho a ser adorados. Sus intelectuales y líderes sociales, que se habían negado a aceptar las palabras de Noé (la paz sea con él), dijeron: «A nuestros ojos, no eres más que un ser humano como nosotros. Además, vemos que quienes entre nosotros son absolutamente viles y despreciables han seguido tu camino sin reflexionar en lo más mínimo. No vemos que seáis mejores ni más avanzados que nosotros. Al contrario, os consideramos mentirosos» (Hud: 22).
En aquella época, eran estos jefes y líderes sociales quienes gobernaban y explotaban al pueblo. También tenían en sus manos las llaves del sustento y los medios de vida de la gente. Eran además dueños de jardines, campos y negocios. Estaban sumergidos en los placeres y lujos de este mundo. Nadie se atrevía a aceptar la invitación del profeta debido a su poder. Si alguien lo hacía, sobre él se abatían montañas de diversas injusticias y torturas. Unos pocos oprimidos y afligidos —muy escasos en número— aceptaron la invitación del profeta Noé. Los líderes sociales los miraban con desprecio. En cualquier caso, el profeta Noé (la paz sea con él) continuó intentando convencerlos de diversas maneras, con palabras amables y argumentos.
«Dijo: “¡Oh, gente mía! Reflexionad un poco: si me apoyo en una prueba clara procedente de mi Señor, y Él me ha favorecido con una gracia especial, pero vosotros no la veis, ¿qué recurso me queda para que aceptéis, si no queréis hacerlo, y para imponérosla por la fuerza? ¡Oh, hermanos de mi pueblo! No os pido riqueza alguna por esto. Mi recompensa incumbe a Allah. Tampoco estoy dispuesto a rechazar a quienes han aceptado mi mensaje. Ellos mismos comparecerán ante su Señor. Pero veo que estáis sumidos en la ignorancia”» (Hud: 28-29).
A pesar de haberles presentado durante muchísimo tiempo, una y otra vez y de diversas maneras, la invitación a la verdad, su obstinación, la arrogancia por su posición y su influencia y autoridad sobre la sociedad no pudieron atraerlos de ningún modo hacia la verdad. Cuando el profeta Noé los invitó a aceptar su misión profética, ellos la rechazaron con gran asombro. Dijeron: «Está bien, supongamos que aceptamos que solo hay un Dios y que también admitimos que Él quiere enviar un profeta para la humanidad; ¿cómo es posible que envíe como profeta a un ser humano como nosotros? Si quisiera enviar a alguien, podría haber enviado como profeta a uno de los ángeles cercanos a Él».
Los notables de su pueblo que se negaban a aceptar su invitación dijeron: «Este hombre no es más que un ser humano como vosotros. Su propósito es establecer su autoridad sobre vosotros. Si Allah hubiera querido enviar a alguien, habría enviado a un ángel. Nunca oímos esto de nuestros antepasados (que un ser humano se convierta en mensajero). No es más que un hombre poseído por alguna locura. Esperad un poco más (quizá se le pase la locura)» (Al-Mu’minun: 23-24).
Con este argumento no solo negaron la profecía del profeta Noé, sino que rechazaron toda la sucesión de profetas. Pues todos los profetas y mensajeros que Allah envió fueron seres humanos.
En cierto momento, amenazaron terriblemente al profeta Noé.
«¡Oh, Noé! Si no desistes de estas actividades, te mataremos a pedradas» (Ash-Shu‘ara: 116).
Después, es fácil imaginar la persecución que comenzó contra el profeta Noé y sus pocos seguidores. Pues, en toda una nación, ni siquiera cincuenta personas aceptaron la invitación al islam.
Finalmente, el conflicto y enfrentamiento entre el islam y la ignorancia llegaron a tal punto que el profeta Noé se vio obligado a pedir refugio en Dios.
«Y Nuh dijo: ¡Oh, Señor mío! No dejes sobre esta tierra a ninguno de los incrédulos que la habitan. Si los dejas, extraviarán a Tus siervos y solo engendrarán descendientes que serán incrédulos, obstinados y pecadores»- (Nuh: 26-27).
Allah acepta la súplica de Su amado y oprimido profeta y ahoga y destruye a todo el pueblo mediante un terrible diluvio.
«Finalmente, cuando llegó Mi mandato y el horno comenzó a hervir, dije: “Sube al arca una pareja de cada especie de animales. Haz subir también a los miembros de tu familia, excepto aquellos cuyo destino ya ha sido decretado. Haz subir asimismo a quienes han creído”. Pero eran muy pocos los creyentes que estaban con Nuh»- (Hud: 40).
El relato del gran diluvio de Nuh es conocido por todos. Se dice que, en total, cuarenta personas —incluidos o no sus familiares— sobrevivieron a esta calamidad enviada por Allah. Después de casi mil años de conflicto entre el Islam y la yahiliyya, la yahiliyya fue completamente desarraigada.
El Noble Corán contiene un relato detallado del movimiento de Hazrat Nuh (la paz sea con él). Aquí solo se presenta un resumen.
El pueblo de Ad
Los historiadores dicen que Hazrat Nuh (la paz sea con él) llevó a cabo su labor de da‘wa en una región que actualmente se conoce como Irak. Después de su fallecimiento, la población aumentó y la gente se dispersó por todas partes. Olvidaron las enseñanzas del profeta y volvieron a caer en el extravío. Después del pueblo de Nuh, el pueblo que llegó a ser muy poderoso e influyente fue el pueblo de Ad. Todos los árabes, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, conocían al pueblo de Ad. Así como conocían su valor y su heroísmo, también conocían la historia de su destrucción. Después de alcanzar la cumbre del progreso, fueron arrojados nuevamente al abismo de la destrucción junto con su civilización y su cultura. Habitaban en la región de Ahqaf, situada al suroeste del «Rubu al-Jali», entre el Hiyaz, Yemen y Yamama. La descripción coránica de este pueblo es la siguiente.
Para guiar al pueblo de Ad, Allah envió a Hazrat Hud (la paz sea con él). Este pueblo estaba sumido en la negra oscuridad de la yahiliyya. Cuando Hazrat Hud (la paz sea con él) les presentó la da‘wa islámica, comenzó el conflicto entre ambas partes; cualquier enseñanza de la religión de la verdad que se les transmitía era recibida con burlas y ridiculizada. Al igual que el pueblo de Nuh planteó objeciones, tejió una red de argumentos falaces y rechazó la da‘wa del profeta, la gente de Ad hizo exactamente lo mismo.
‘¿Has venido a nosotros para que adoremos a un solo dios y abandonemos a todos esos dioses a los que adoraban nuestros antepasados?’- (Al-A‘raf: 70).
Este conflicto y enfrentamiento entre el pueblo de Ad y el profeta Hud (la paz sea con él) continuó. El profeta de Allah, Hud (la paz sea con él), siguió invitándolos con gran afecto hacia el bienestar permanente. Finalmente, exigieron que demostrara que el amado profeta de Allah era realmente un profeta verdadero.
‘Está bien, si eres veraz, tráenos el castigo con el que nos amenazas’- (Al-Ahqaf: 22).
Como insistieron una y otra vez en exigir el castigo, eso mismo fue lo que les tocó en suerte.
‘Ad fue destruido por un ciclón devastador, un viento huracanado. Allah lo mantuvo sobre ellos continuamente durante siete noches y ocho días. Si hubieras estado allí, habrías visto cómo yacían esparcidos y dispersos, como los troncos de palmeras datileras viejas y secas. ¿Puedes ver ahora que haya quedado alguno de ellos?’- (Al-Haqqah: 6-8).
Así, la existencia del pueblo de Ad desapareció de la faz de la tierra. Sin embargo, junto al profeta Hud (la paz sea con él) había algunos hombres virtuosos que habían aceptado su invitación y vivían como siervos rectos de Allah. Allah los salvó de este terrible desastre natural de diversas maneras.
‘Y al pueblo de Ad enviamos a su hermano Hud. Él dijo: “¡Oh hermanos de mi pueblo! Adorad a Allah; no tenéis otra divinidad aparte de Él. No hacéis más que inventar mentiras. ¡Oh hermanos de mi pueblo! No os pido ninguna recompensa por esto. Mi recompensa incumbe únicamente a Aquel que me creó. ¿Es que no actuáis con un poco de entendimiento? ¡Oh pueblo mío! Pedid perdón a vuestro Señor y luego volveos hacia Él; Él hará que llueva sobre vosotros desde el cielo una lluvia abundante y aumentará aún más vuestra fuerza actual. No os apartéis de la adoración siendo criminales”.’
‘Ellos respondieron: “¡Oh Hud! No nos has traído ninguna prueba clara, y no podemos abandonar a nuestros dioses por tus palabras, ni creeremos en vosotros. Más bien pensamos que uno de nuestros dioses te ha afligido con una maldición”.’
‘Hud dice: Pongo a Allah como testigo, y vosotros sed testigos de que repudio que hayáis considerado asociados en la divinidad junto a Allah a otros. No dejéis nada por hacer de cuanto podáis hacer contra mí, todos juntos, y no me deis ningún plazo. Mi confianza está puesta en Allah, mi Señor y también vuestro Señor. No existe criatura alguna cuya frente no esté en Su puño. Sin duda, mi Señor está en el camino recto. Si queréis volveros, volveos. Os he transmitido el mensaje con el que fui enviado a vosotros. Ahora mi Señor hará surgir a otro pueblo en vuestro lugar. Y vosotros no podréis causarle ningún daño. Mi Señor ciertamente tiene poder sobre todas las cosas. Después, cuando llegó Nuestro mandato, salvamos, mediante Nuestra misericordia, a él y a quienes habían creído con él, y los protegimos del terrible castigo.’
‘Estos fueron los ‘Ad. Negaron los signos de su Señor y desobedecieron a los profetas y mensajeros. Siguieron la orden de todo enemigo poderoso de la verdadera religión. Finalmente, la maldición cayó sobre ellos tanto en este mundo como el Día de la Resurrección. Sabed que los ‘Ad desobedecieron a su Señor y fueron apartados: los ‘Ad, es decir, el pueblo de Hud’ (Hud: 54-60).
Después de la destrucción del pueblo de Noé, Allah Todopoderoso concedió al pueblo de Hud la oportunidad de ascender a las cumbres del progreso. En aquella época, nadie podía igualarlos en valor y fuerza. Sin embargo, únicamente por el delito de rebelarse contra Dios fueron borrados de la faz de la tierra.
El pueblo de Zamud
Después de la destrucción del pueblo de ‘Ad, quienes habían sido salvados por Allah Todopoderoso debido a sus buenas obras continuaron viviendo conforme a las enseñanzas del profeta Hud. Pero, tras transcurrir cierto tiempo, cayeron en las garras de la ignorancia y se extraviaron. Para guiarlos, Allah Todopoderoso envió al profeta Saleh. Una vez más comenzó el conflicto entre el islam y la ignorancia.
Entre los pueblos más antiguos de Arabia, Zamud era el segundo y, después del pueblo de ‘Ad, el más famoso. Antes de la revelación del Corán, sus relatos se escuchaban de boca de todos los árabes, jóvenes y ancianos. Se los mencionaba en la poesía y en los discursos de la época de la ignorancia. También aparecen mencionados en las inscripciones asirias y en las historias antiguas de Grecia, Alejandría y Roma. Después de la destrucción del pueblo de ‘Ad, los descendientes de quienes sobrevivieron permanecieron hasta poco antes del nacimiento de Jesús. Los historiadores romanos dicen que, cuando estas gentes se alistaron en el ejército romano, lucharon contra los nabateos, con quienes existía una antigua enemistad. Su lugar de residencia se encontraba en aquellas regiones del noroeste de Arabia que aún hoy son conocidas como Al-Hiyr. Actualmente existe una estación del ferrocarril del Hiyaz entre Medina y Tabuk llamada Mada’in Saleh. Este lugar era el centro habitado del pueblo de Zamud. Todavía pueden verse allí las ruinas de edificios montañosos extendidas por miles de acres, que ellos construyeron excavando las montañas. Al contemplarlas, parece que la población de esta ciudad no podía ser inferior a cuatrocientos o quinientos mil habitantes. En la época de la revelación del Corán, las caravanas comerciales del Hiyaz pasaban junto a estas ruinas. Durante la expedición a Tabuk, el Noble Profeta, al pasar por esta zona, mostró estas ruinas aleccionadoras y exhortó a aprender de ellas. Señalando un pozo en un lugar, dijo: «De este pozo bebía agua la camella del profeta Saleh». Ordenó a los musulmanes que no bebieran de los demás pozos, sino únicamente de este. El Profeta señaló un valle y dijo que la camella acudía desde allí a beber agua. Este lugar todavía es conocido con el nombre de Fajj al-Naqah.
El profeta Saleh les presentó el mismo llamamiento que constituía el llamamiento fundamental de todos los profetas y mensajeros.
‘Y al pueblo de Zamud enviamos a su hermano Saleh. Él dijo: «¡Oh, pueblo mío! Adorad únicamente a Allah; no tenéis otra divinidad aparte de Él»’ (A‘raf: 73).
Cabe señalar que, antes de la profecía, el profeta Salih (la paz sea con él) era sumamente querido por su pueblo, y todos habían depositado en él todas sus esperanzas y aspiraciones. Después de presentarles la invitación al islam, se convirtió en objeto de su odio. En respuesta a su invitación, dijeron:
«¡Oh, Salih! Hasta ayer habíamos depositado grandes esperanzas en ti. (Pero ¿qué te ha ocurrido hoy que) nos prohíbes adorar a esas divinidades que adoraban nuestros antepasados?» (Hud: 63).
También consideraron un engaño la invitación al tawhid y comentaron al respecto:
«No eres más que un hombre afectado por la magia. No eres sino un ser humano como nosotros» (Los Poetas: 154).
Presentaron las mismas excusas y acusaciones que habían presentado los pueblos de Noé y de Hud. El profeta Salih (la paz sea con él) los amonestó de muchas maneras y les advirtió sobre el terrible desenlace. Pero rechazaron cada una de sus palabras. Finalmente, tuvieron que enfrentarse a un terrible desenlace:
«El pueblo de Zamud desmintió la advertencia. Dijeron: “¿Acaso vamos a seguir a un solo hombre, que es como nosotros? Si lo seguimos, estaremos ciertamente extraviados y habremos perdido el juicio. ¿Acaso solo a este hombre de entre nosotros le ha sido revelado el recuerdo de Dios? No, más bien es un embustero insolente y un extraviado. (Dijimos a Nuestro profeta:) Mañana sabrán quién es el embustero insolente y el extraviado. Les enviaremos la camella como prueba; ten paciencia y observa cuál será su destino. Infórmales y adviérteles que el agua será repartida entre ellos y la camella, y que cada uno acudirá a beber en su día señalado”. Finalmente, llamaron a uno de sus malvados, quien asumió la responsabilidad y mató a la camella. Luego observa cuán terrible fue Mi castigo y Mi advertencia. Les enviamos un solo estruendo devastador, y quedaron como la paja triturada y pulverizada por el dueño del corral» (Al-Qasas: 23-31).
En otro pasaje del Noble Corán se dice:
«Después mataron a la camella y transgredieron con absoluta arrogancia la orden de su Señor. Luego dijeron a Salih: “Trae el castigo con el que nos amenazas, si realmente eres uno de los profetas”. Finalmente, una calamidad devastadora se apoderó de ellos, y quedaron muertos, tendidos boca abajo en sus propias casas. Salih se alejó de su pueblo diciendo: “¡Oh, pueblo mío! Os transmití el mensaje de mi Señor y os aconsejé sinceramente buscando vuestro bien. Pero ¿qué puedo hacer? No os agradaron mis consejos ni mis buenos deseos”» (Los Lugares Elevados: 77-78).
El pueblo de Lot
Después de Salih (la paz sea con él), llegaron varios profetas más, y los miembros de sus pueblos trataron a cada uno de la misma manera. Es decir, rechazaron el llamado a la verdad. Insultaron y humillaron a los profetas, y tampoco dudaron en someterlos a diversas formas de persecución. Finalmente llegó Lot (la paz sea con él). Lot (la paz sea con él) tuvo que enfrentarse a los mismos obstáculos, dificultades, impedimentos, burlas y sarcasmos que habían enfrentado los profetas anteriores. Además, tuvo que hacer frente a una doctrina moral novedosa, sorprendente y abominable. Se trataba de la homosexualidad generalizada que imperaba en la sociedad. La esencia de su doctrina era que la libertad de actuar no podía estar sujeta a restricciones morales. El pueblo de Lot aceptó firmemente esta bestial doctrina de la libertad, a consecuencia de lo cual se sumergió en una abominable degradación moral. Lot (la paz sea con él), al mismo tiempo que refutaba el politeísmo y la incredulidad, criticó severamente también sus abominables gustos. Pero ellos no prestaron la menor atención a sus palabras.
«Y enviamos a Lot como profeta. Recuerda cuando dijo a los miembros de su pueblo: “¿Habéis llegado a tal grado de desvergüenza que cometéis actos indecentes que nadie antes de vosotros había cometido en el mundo? Satisfacéis vuestros deseos sexuales con hombres en vez de con mujeres. En verdad, sois gente que transgrede todos los límites”. Pero la respuesta de su pueblo no fue otra que: “Expulsad a estas personas de vuestra ciudad; ciertamente, son gente que pretende ser demasiado pura”» (A‘raf: 80-82).
Era como si dijeran: «Si a Lot y a sus seguidores no les gusta lo que hacemos, que no les guste. Pero ¿qué derecho tienen a impedirnos hacer lo que queremos?»
No podían soportar de ningún modo los consejos que Lot (la paz sea con él) les daba para vivir con virtud y de manera decorosa; por eso decidieron expulsarlo de su ciudad. Las ideas y doctrinas erróneas de la ignorancia habían alejado tanto de la luz de la verdad a aquel desdichado pueblo y habían paralizado y deformado tanto su conocimiento, razón y conciencia, que ¿cómo iban a responder al llamado del monoteísmo, la profecía y el Más Allá? Al contrario, consideraron enemigo de sus vidas a quien llamaba a la verdad. Cuando, pese a todos los esfuerzos, no experimentaron ningún cambio interior, Dios Todopoderoso los apresó conforme a Su ley eterna y los borró de la faz de la tierra.
El relato de la destrucción de este pueblo ha sido incluido en el Sagrado Corán.
«(¡Oh, profeta Muhammad!) ¿Te ha llegado el relato de los honorables huéspedes de Abraham? Fueron a verlo y le dijeron: “La paz sea contigo”. Él respondió: “Y con vosotros sea la paz”. Le parecieron personas desconocidas. Luego se dirigió sigilosamente a su esposa y trajo un ternero asado, gordo y tierno, y lo puso delante de los huéspedes para que comieran. Después dijo: “¿Por qué no coméis?”. Al ver que no comían, sintió temor por ellos en su interior. Dijeron: “No temas”, y le anunciaron el nacimiento de un hijo sabio. Al oír esto, su esposa se acercó gritando, se golpeó las mejillas y dijo: “¿Acaso tendré un hijo yo, que soy una anciana estéril?”»
Ellos dijeron: «Así lo ha dicho tu Señor. Él es Sabio y lo sabe todo».
Ibrahim dijo: «Oh ángeles enviados por Dios, ¿con qué misión habéis venido?»
Ellos dijeron: «Hemos sido enviados contra un pueblo criminal para hacer llover sobre ellos piedras de arcilla endurecida, marcadas para los transgresores de los límites de tu Señor»» (Al-Dhariyat: 24-34).
En otro lugar del Corán se dice:
«Y enviamos a Lot, cuando dijo a su pueblo: “Cometéis una abominación tan indecente que nadie antes de vosotros había cometido en el mundo. ¿Acaso os acercáis a los hombres para satisfacer vuestro deseo sexual, asaltáis a los viajeros y cometéis actos reprobables en vuestras reuniones, públicamente?”
La única respuesta de su pueblo fue: “Tráenos el castigo de Dios, si eres veraz”».
Lot dijo: «¡Señor mío! Ayúdame contra esta gente malhechora».
Después, cuando Mis ángeles enviados llegaron ante Ibrahim con buenas noticias, dijeron: «Vamos a destruir a los habitantes de esta ciudad. Se han convertido en grandes injustos».
Ibrahim dijo: «Pero allí está Lot». Ellos dijeron: «Sabemos muy bien quiénes se encuentran allí. Lo salvaremos a él y a los demás miembros de su familia, excepto a su esposa. Ella se contará entre los que se quedan atrás». Después, cuando Mis ángeles llegaron ante Lot, este se angustió profundamente y se entristeció por su llegada. Ellos dijeron: «No temas ni te aflijas. Te salvaremos a ti y a los miembros de tu familia, excepto a tu esposa, que se contará entre los que se quedan atrás. Haremos descender del cielo un castigo sobre esta gente por todas las inmoralidades que cometen»» (Al-Ankabut: 28-30).
Los ángeles de Allah se hospedaron en casa de Lot adoptando la forma de jóvenes apuestos y agraciados. Lot (la paz sea con él) no comprendió que eran ángeles. Los pecadores de la ciudad se llenaron de alegría al enterarse de la llegada de aquellos hermosos jóvenes y comenzaron a aglomerarse frente a la casa de Lot. El Corán lo describe así:
«Mientras tanto, los habitantes de la ciudad, rebosantes de alegría, se abalanzaron sobre la casa de Lot. Lot dijo: “¡Hermanos! Estos son mis huéspedes; no me avergoncéis. Temed a Allah y no me humilléis”. Ellos respondieron: “¿Acaso no te habíamos prohibido repetidas veces que te ocuparas de todo el mundo?”. Finalmente, al amanecer, les sobrevino una tremenda explosión. Convertimos la ciudad entera en ruinas y la pusimos patas arriba, e hicimos llover sobre ellos piedras de arcilla endurecida» (Al-Hiyr: 67-74).
También es posible que estas piedras fueran expulsadas desde el subsuelo por la erupción de un volcán y destruyeran la ciudad. O bien que una violenta tormenta arrojara piedras.
El campo de acción de Lot
Lot (la paz sea con él) era sobrino de Abraham (la paz sea con él). La región donde desarrolló su misión es conocida hoy como Transjordania (Trans Jordan), situada entre Irak y Palestina. En la Biblia, la ciudad principal y centro de esta región recibe el nombre de Sodoma (SODOM). Puesto que los habitantes de Sodoma, el pueblo de Lot, estaban entregados al pecado de la homosexualidad, hasta hoy las relaciones sexuales entre hombres reciben el nombre de sodomía. Esta ciudad estaba situada en algún lugar próximo al mar de Lot (MAR MUERTO), y quedó sumergida en él.
La gente sin moral aún no ha abandonado la despreciable y vergonzosa perversión por la que el pueblo de Lot se hizo tristemente célebre. Los filósofos griegos calificaron este repugnante delito de virtud moral, y en diversos países occidentales, incluida Alemania, ha sido legalizado. El repugnante delito de la época de la ignorancia del pasado, que la gente no consideraba un delito, está siendo presentado como algo justo en la civilización occidental contemporánea, es decir, en la época de la ignorancia moderna.
La homosexualidad es un acto contrario a la naturaleza. No se observa homosexualidad en ningún animal aparte del ser humano. Al ser humano se le concedió libertad de acción como prueba. El ser humano ha abusado de esta libertad y se ha entregado a luchar contra la naturaleza.
Allah ha establecido la diferencia entre hembras y machos en todos los seres vivos con el propósito de la reproducción. En el caso del ser humano existe además un gran propósito: que el esposo y la esposa formen una familia, de la cual surjan la sociedad y la civilización. Para este fin, los sexos de ambos fueron creados de manera diferente. También se diferenciaron su forma y apariencia, su constitución, sus respectivas capacidades y sus respectivas funciones. A uno se le concedió la capacidad de actuar y al otro se le asignó la responsabilidad de recibir los efectos de esa acción. En su unión y relación sexual se dejó un placer extraordinario que los atrae mutuamente. La persona que satisface su deseo sexual mediante la homosexualidad, contraria a la naturaleza —ningún animal aparte del ser humano realiza este acto—, comete simultáneamente varios tipos de delitos.
Uno: lucha consigo mismo contra la naturaleza y la estructura de sus actos, así como contra su naturaleza psicológica, y con ello provoca una extrema deformación y devastación, que afecta gravemente a su cuerpo, mente y moralidad.
Dos: comete una extrema traición contra la naturaleza. Pues quiere obtener el placer sexual, considerado la remuneración por el servicio a la sociedad y la civilización, y para cuya obtención se le han impuesto ciertas responsabilidades y deberes, sin cumplir responsabilidad ni deber alguno.
Tres: también traiciona a la sociedad. Se beneficia de las diversas instituciones civilizatorias establecidas en ella. Sin embargo, sin prestar ningún servicio a ninguna de ellas, emplea, con un egoísmo absoluto, su fuerza física y su tiempo en actividades terriblemente perjudiciales para la sociedad, la civilización y la moralidad. Se vuelve completamente incapaz de servir a su linaje y a su familia. Hace que al menos un hombre, junto con él, se dedique a una actividad anormal y afeminada, y abre para al menos dos mujeres las puertas del desenfreno sexual, la degradación moral y la ruina. Por eso Allah, el Altísimo, borró a la nación de Lot de la faz de la tierra, para que las personas conscientes pudieran extraer una lección de ello.
La nación de Shuayb
A los habitantes de Madián y a los habitantes de al-Aykah se les ha denominado la nación de Shuayb. Allah, el Altísimo, envió al profeta Shuayb para guiarlos. Existe discrepancia acerca de si los habitantes de Madián y los habitantes de al-Aykah eran una misma nación o dos naciones distintas. Algunos han dicho que eran dos naciones separadas. Otros han sostenido que ambos eran una sola nación. Tras investigar, se llega a saber que ambas opiniones son correctas. Aunque los habitantes de Madián y los de al-Aykah eran dos naciones distintas, constituían dos ramas del mismo linaje. Los descendientes de Ibrahim nacidos de su esposa Qatura son conocidos como los Banu Qatura. Entre ellos, la tribu más célebre es conocida, por su relación con Madián, hijo de Ibrahim, como los «Compañeros de Madián». Su zona de asentamiento se extendía desde el norte del Hiyaz hasta el sur de Palestina, y desde allí hasta el extremo del valle del Sinaí, llegando a las costas del mar Rojo y del golfo de Aqaba. Su principal centro era la ciudad de Madián. Entre las tribus restantes de los Banu Qatura, los dedanitas (Dedanites) eran relativamente los más célebres. Vivían en la región situada entre Tayma, en el norte de Arabia, y Tabuk y Al-Ula. Su ciudad central era Tabuk, que en la antigüedad se llamaba al-Aykah. Probablemente, la razón por la que se envió al mismo profeta a los habitantes de Madián y a los de al-Aykah era que ambos descendían del mismo linaje y hablaban la misma lengua. Sus territorios eran contiguos. Quizá también eran comunes entre ellos los matrimonios, y la profesión de ambos era el comercio. Su estado moral y religioso era el mismo. En los negocios eran sumamente corruptos. También estaban sumidos en el politeísmo y la incredulidad.
«Y a los habitantes de Madián enviamos a su hermano Shuayb. Él dijo: “¡Oh, pueblo mío! Adorad y obedeced a Allah. No tenéis ningún dios aparte de Él. Y no disminuyáis el peso ni la medida. Hoy os veo en una buena situación, pero temo que mañana os sobrevenga un día cuyo castigo os rodee a todos. ¡Oh, pueblo mío! Dad el peso y la medida completos, con exactitud y justicia. No perjudiquéis en modo alguno los bienes de la gente [entregándoles mercancías adulteradas o de mala calidad]. Y no vayáis por la tierra difundiendo la corrupción”» (Hud 11:84-85).
Al olvidar las enseñanzas y la educación del profeta anterior, se habían convertido en esclavos de la naturaleza. En lugar de adorar a Dios, adoraban divinidades inventadas por ellos mismos. Negaban el tawhid, la risalat y la Otra Vida. Como consecuencia, se habían vuelto corruptos, injustos y pecadores. Al igual que la nación de Lot, además de su extravío en materia de creencias, se habían hecho famosos por su decadencia moral, su deshonestidad en los negocios y su corrupción. El profeta Shuayb los invitó al islam y también les instó a realizar la oración para corregir su carácter. Ellos no estaban dispuestos a aceptarlo de ningún modo.
Los miembros de la nación de Shuayb respondieron:
«¡Oh Shuayb! ¿Es tu oración la que te ordena que abandonemos a los dioses que adoraban nuestros antepasados?» (Hud: 87).
En la frase «a los que adoraban nuestros antepasados» se esconde un argumento falaz basado en el principio de la imitación ciega propio de la Yahiliya. Lo que quieren decir es: «¿Qué valor tienen tus palabras en comparación con las de nuestros sabios, eruditos y grandes pensadores? ¿Acaso ellos se equivocaron al reconocer como dioses a fulano y mengano, y eres tú quien tiene la razón?»
Burlándose de su pretensión de ser profeta, dijeron: «Es mentira que seas enviado por Allah. ¿Cómo puedes ser enviado del Señor de los mundos siendo un ser humano como nosotros? No eres más que un loco. Han hechizado tu mente y tu razón, dejándolas paralizadas y trastornadas».
«No eres más que un hombre hechizado y nada más que un ser humano como nosotros. En verdad, te consideramos un mentiroso» (Ash-Shuara: 186).
No había nada nuevo en la manera en que rechazaban los principios fundamentales del mensaje ni en los absurdos argumentos que presentaban. El pueblo de Shuayb hizo lo mismo que los pueblos anteriores: los seguidores de la Yahiliya y esclavos de sus pasiones rechazaron los mensajes de los profetas con los mismos pretextos falaces y las mismas objeciones infundadas. Cuando el profeta Shuayb (la paz sea con él) criticó duramente la corrupción, el fraude y la deshonestidad en sus negocios y comercio, salió a la luz una nueva perspectiva de la Yahiliya. Su argumento era: «¿Qué relación existe entre la moralidad y el sustento?». Le dijeron al profeta en su propia cara: «¿Acaso vamos a sacrificar nuestros intereses económicos por estas palabras necias tuyas? ¿Vamos a renunciar a las ventajas que obtenemos en el comercio alterando las medidas porque sufriremos una pérdida en la Otra Vida? Además, no entendemos qué es esa Otra Vida. Y aunque alguna vez llegara a existir, ¿vamos a arruinar por ella nuestra vida mundana? Consideramos una extrema necedad abandonar lo que tenemos en efectivo para esperar algo a crédito. Haz lo que te plazca. ¿Por qué quieres imponérnoslo?»
Los notables de la nación se lo comunicaron entre sí y se advirtieron mutuamente.
«Los notables que se habían negado a seguirlo comenzaron a decirse unos a otros: “Si seguís a Shuayb, ciertamente estaréis arruinados”» (Al-Araf: 90).
El significado de estas pocas palabras es muy profundo. La postura de los notables y dirigentes de Madián era la siguiente: «¿Cómo podemos aceptar lo que dice el honorable Shuayb (la paz sea con él), el mensaje de fe y honestidad que predica y los principios morales permanentes con los que quiere comprometernos? Controlamos las dos mayores rutas comerciales del mundo. Vivimos en las fronteras de dos Estados desarrollados como Egipto e Irak. Si no ejercemos nuestra influencia y presión sobre las caravanas comerciales y no nos comportamos como personas honestas y rectas, se perderán todas las ventajas que obtenemos gracias a nuestra posición geográfica. Después, también desaparecerán nuestra influencia y nuestro poder sobre las naciones vecinas».
Este temor a sufrir perjuicios en los intereses mundanos no se limitaba únicamente a los notables de la sociedad del pueblo de Shuayb; en todas las épocas, las personas de mente, mentalidad y carácter corrompidos han sentido precisamente este temor ante la conducta honesta y digna de confianza. En todas las épocas, los causantes de la corrupción sostenían la idea de que el comercio, la política y los demás asuntos mundanos no podían funcionar sin mentiras, deslealtad, engaño y fraude. Entre las terribles excusas y objeciones presentadas en todas las épocas y lugares contra el llamamiento a la verdad estaba también la de que, si se abandonaban los caminos y métodos habituales del mundo para aceptar este llamamiento, la destrucción de la nación sería inevitable. Los partidarios de la jahiliyyah de la época actual también mantienen esa misma idea.
El pueblo de Madián no solo rechazó el llamamiento del profeta, sino que también amenazó con expulsarlo a él y a sus seguidores del país.
«Los jefes y notables de su pueblo, ebrios de orgullo y arrogancia, dijeron: “¡Oh, Shuayb! Sin duda te expulsaremos de nuestra ciudad, a ti y a quienes han creído contigo, o tendréis que volver a nuestra religión”» (Al-A‘raf, 88).
Cuando ya no quedó ninguna posibilidad de que regresaran al camino recto, Allah Todopoderoso los destruyó.
«Luego los sobrevino una calamidad devastadora, y quedaron muertos, tendidos boca abajo en sus propias casas» (Al-A‘raf, 91).
Su destrucción fue descrita de la siguiente manera:
«Quienes rechazaron el llamamiento de Shuayb, considerándolo una mentira, fueron exterminados de tal modo que parecía que jamás hubieran habitado en esos lugares» (Al-A‘raf, 92).
La destrucción del pueblo de Madián permaneció durante mucho tiempo como una lección memorable para los habitantes de las regiones vecinas. Así es como son destruidos los seguidores de la falsedad.
El pueblo del Faraón
La rueda del tiempo sigue girando, y el conflicto entre el islam y la jahiliyyah también continúa. Finalmente, varios cientos de años después del fallecimiento del amado profeta de Allah, el honorable Yusuf (la paz sea con él), en la tierra de Egipto, el pueblo copto alcanzó la cumbre de su prosperidad y se estableció el gobierno de la familia faraónica. Durante el gobierno faraónico, toda la nación estaba sumida en las tinieblas de la jahiliyyah. Comenzaron la extrema persecución y opresión contra los Banu Isra’il, que profesaban la fe en el islam. Bajo la influencia de la civilización y cultura desviadas de los coptos, los Banu Isra’il también fueron víctimas de la corrupción. Cuando el honorable Musa (la paz sea con él) fue enviado a ese país con el propósito de reformarlos, corregirlos y guiarlos, y liberarlos de los tentáculos del gobierno faraónico, se le confió también la responsabilidad de transmitir el mensaje islámico al pueblo copto. Conforme al método de la predicación de los profetas, el honorable Musa (la paz sea con él) escogió como primer objetivo de su predicación al Faraón y a sus cortesanos, por ser los gobernantes de la nación. Esa fue precisamente la orden que recibió de parte de Allah.
«Ve al Faraón. Se ha rebelado. Y dile: “¿Estás dispuesto a purificarte y a que te guíe hacia tu Señor, para que surja en ti el temor de Él?”» (Nazi‘at: 17-19).
«Ve al pueblo de los opresores, al pueblo del Faraón. ¿Acaso no quieren salvarse de un terrible desenlace?» (Shu‘ara: 11).
En muchos lugares del Noble Corán se menciona incidentalmente al honorable Musa (la paz sea con él) y al Faraón. Si se reunieran todos esos pasajes, formarían una larga historia. En lugar de narrar aquí esa historia completa y sucesiva, se exponen los aspectos fundamentales de los sofismas, la obstinación, el seguimiento ciego y las supersticiones habituales de la jahiliyyah. Primero se ofrece una breve explicación de sus supersticiones y creencias ciegas.
El significado del nombre Faraón
La palabra Faraón significa «hijo del dios del sol». El gran dios de los antiguos egipcios era el sol, al que llamaban Ra. Por Faraón se entendía precisamente a sus hijos. Los egipcios creían que solo podía obtener el poder de gobernar el país quien asumiera la forma del dios Ra y viniera como su encarnación. Conforme a esta creencia, se proclamaba que toda dinastía establecida en Egipto descendía del dios del sol. Todo aquel que se sentaba en el trono del poder se denominaba a sí mismo Faraón. En realidad, no era un nombre propio, sino únicamente un título real. Con ello también se inculcaba la idea de que, puesto que era la encarnación de un dios, era por tanto el señor supremo o gran dios de los habitantes de aquel país.
Cabe señalar que, al relatar la historia del honorable Musa (la paz sea con él), en el Noble Corán se mencionan dos faraones. Uno de ellos fue aquel durante cuyo reinado nació el honorable Musa (la paz sea con él) y por quien fue criado. Según los investigadores, su nombre era Amis II. Aquel ante quien fue enviado el honorable Musa (la paz sea con él), con la predicación del islam y la exigencia de liberar a los Banu Isra’il, fue el segundo Faraón, llamado «Munfata» o «Minfata».
Allah mismo denomina al pueblo del Faraón un pueblo injusto. Toda la nación era injusta y el Faraón era el jefe de esos injustos. Así puede imaginarse cuán crueles, diabólicas y estremecedoras eran su opresión y persecución. Por eso, en respuesta a la invitación islámica, se comportaron como los anteriores rebeldes contra Dios. Dijeron:
«Nunca hemos oído tales palabras en la época de nuestros antepasados» (Al-Qasas: 36).
El argumento detrás de su rechazo a la invitación del Profeta era exactamente el mismo: la imitación ciega de sus antepasados. En esencia, decían: nuestros antepasados eran sin duda sabios y virtuosos; si ellos no reconocían a Dios como Uno y sin asociados, ni tenían ninguna noción del Más Allá, ni creían que un hombre común pudiera ser enviado por Dios, ¿cómo podemos creer las palabras de este hombre?
El Corán ha descrito con palabras claras esta mentalidad, presente en todas las épocas:
«Cuando se les dice: “Seguid los mandamientos que Allah ha revelado”, responden: “Nosotros seguiremos también las mismas costumbres que vimos seguir a nuestros antepasados”».
«¿Acaso seguirán imitando a sus antepasados incluso si estos no actuaban con inteligencia y discernimiento, ni habían encontrado el camino recto y correcto?» (Al-Báqara: 170).
«La situación de quienes se niegan a seguir el camino de Allah es como la de aquel pastor que llama a sus animales, pero estos no oyen más que el sonido de su llamada. Son sordos, mudos y ciegos; por eso no comprenden nada» (Al-Báqara: 171).
El temor de Dios y del Más Allá, la rectitud y la aspiración a las grandes virtudes morales son deseos de una conciencia sana. Mediante ello se alcanza la máxima paz del alma. Sin embargo, la mayoría de las personas lo rechaza. La causa de esta conducta insensata es la misma en todas las épocas. El olvido de sí mismos, el olvido de su mente, su mentalidad y su pensamiento, la adoración de las pasiones, la inclinación a imitar ciegamente a sus antepasados y el orgullo y la arrogancia embriagados por el poder actúan como un telón tan impenetrable o como un muro de hierro tan sólido que la luz de la guía no puede atravesarlo y entrar en el corazón humano. Por eso se les ha comparado con los sordos, los mudos y los ciegos.
En todas las épocas, tanto en las pasadas como en la moderna, puede observarse la misma situación. Eso mismo se vio entre el Faraón y sus dignatarios. Embriagado por el poder, el Faraón negó por completo la unicidad, el señorío, la autoridad, la soberanía y el dominio absoluto de Allah sobre el universo creado. El profeta Moisés (la paz sea con él) y su hermano, el profeta Aarón (la paz sea con él), por mandato de Dios, declararon ante todos y con palabras inequívocas en una reunión del gabinete del Faraón:
«Sin duda, hemos sido enviados por el Señor de los mundos» (Ash-Shu‘ará: 16).
«Ellos respondieron inmediatamente: “¿Y qué cosa es ese Señor de los mundos?”» (Ash-Shu‘ará: 23).
En aquella pregunta había asombro y también cierto tono de burla. No significaba que fueran completamente ateos ni que negaran la existencia de Dios. Al contrario, creían en Allah, Creador del universo, e incluso en la existencia de Sus ángeles.
«Un día, el Faraón convocó a la gente de su pueblo y dijo: “¡Oh, pueblo mío! ¿Acaso no me pertenece el reino de Egipto? ¿Y no fluyen estos ríos bajo mi dominio? ¿Es que no lo veis? ¿Acaso no soy mejor que este hombre despreciable y humillado, que apenas puede expresarse con claridad? ¿Por qué no le han colocado brazaletes de oro? ¿O por qué, si hubiera sido enviado por Allah, no ha venido delante de él y detrás de él un ejército de ángeles para escoltarlo?”» (Az-Zujruf: 51-53).
Su pensamiento y su visión estrechos y equivocados eran los siguientes: Allah es el Creador del universo, y que Su autoridad y Su gobierno rijan en la inmensa extensión de la naturaleza, así sea. Pero, puesto que yo soy el rey del territorio de Egipto y el dueño de sus montañas, ríos, plantas, seres humanos y animales, en mi país no puede regir la autoridad de nadie más que la mía. Era extremadamente orgulloso de su poder. Por eso consideraba a todo el pueblo nada más que esclavos sumisos a él. Los veía a todos como insignificantes, despreciables, viles y humillados. Su poder, arrogancia y soberbia no le permitieron aceptar la profecía del profeta Moisés (la paz sea con él). Además, estaba firmemente convencido de que un ser humano jamás podía ser un mensajero enviado por Allah. Y si Allah quisiera designar a alguien como mensajero, lo apropiado sería que eligiera a quien poseyera riqueza, prestigio y poder en la sociedad. El profeta Moisés (la paz sea con él) no era una persona influyente, prestigiosa ni rica de la sociedad; tampoco llevaba brazaletes de oro. Y, si fuera un representante enviado por Allah, necesariamente tendría delante y detrás de él un enorme ejército de ángeles y se desplazaría con la magnificencia y el esplendor propios de los reyes. Puesto que no poseía ninguna de esas cosas, todas sus afirmaciones eran falsas.
A pesar de que se le habían mostrado numerosos argumentos irrefutables, señales evidentes y actos milagrosos, no abandonó su obstinación ciega, su arrogancia ni su terquedad; por el contrario, se volvió cada vez más severo con el profeta de Allah. Con tono de dura reprimenda, le dijo a Moisés (la paz sea con él):
«El Faraón dijo: “Si aceptas como dios a alguien distinto de mí, te contarás entre quienes agonizan y mueren lentamente en las oscuras celdas de la prisión”» (Ash-Shu‘ará: 29).
«Enviamos a Moisés ante el Faraón, Hamán y Qarún con Nuestros signos y una prueba clara de su designación como profeta. Pero ellos dijeron: “Es un mago mentiroso”. Cuando les llevó la verdad de Nuestra parte, dijeron: “Matadlo y matad también a los hijos de quienes han creído con él, y dejad vivas a las mujeres”. Pero sus intrigas fracasaron. Y el Faraón dijo: “Dejadme; yo mataré a Moisés. Que invoque a su Señor. Temo que cambie vuestra religión o que siembre la corrupción en el país”. Moisés dijo: “Me refugio en mi Señor y vuestro Señor contra todo soberbio arrogante que no cree en el Día del Juicio”» (Al-Mu’min: 23-27).
Es decir, el objetivo de la misión de los profetas era romper toda clase de cadenas de obediencia y servidumbre a los seres humanos y someterse únicamente a la servidumbre de Allah, es decir, a Su mandato y gobierno. Los gobernantes despóticos de todas las épocas, como el Faraón y Nimrod, quieren seguir siendo los señores absolutos de todos los habitantes de sus países. Su mandato y gobierno deben prevalecer sobre todos, y el pueblo debe permanecer sometido a sus leyes. Como consecuencia de la misión islámica de Moisés (la paz sea con él), el Faraón temió precisamente que su dominio y autoridad absolutos dejaran de existir. La misión de Moisés provocaría en la gente una revolución mental tal que se liberaría de la servidumbre a los seres humanos. Con este temor, el Faraón dijo a sus cortesanos: “Temo que Moisés provoque una revolución”. Y aunque no lograra llevar a cabo una revolución, existía al menos el temor cierto de que su predicación y propaganda causaran desorden y anarquía en el país, perturbando la paz y la seguridad de la población. Por tanto, aunque no fuera culpable de asesinato, debía ser ejecutado simplemente en aras de la seguridad pública (Mantenimiento del orden público).
El Faraón habló de revolución en el sentido de que Moisés (la paz sea con él) cambiaría la religión establecida.
«Temo que cambie vuestra religión».
Aquí, por religión se entiende el sistema de gobierno. El sistema religioso, político, económico y cultural que regía en Egipto, basado en la soberanía del Faraón y su familia, era precisamente la “religión” de aquel país. Como consecuencia de la misión de Moisés (la paz sea con él), surgió el temor de que esa religión cambiara y de que su propio reinado, dominio y autoridad llegaran a su fin. Por tanto, había que matar necesariamente a quien cambiara la religión. En todas las épocas, incluso en la época moderna, cuando los faraones despóticos han comprendido que el movimiento islámico ha hecho temblar los cimientos de su gobierno tiránico, han presentado acusaciones falsas y fabricadas contra los activistas, han montado farsas judiciales y condenado a muerte a los dirigentes del movimiento; a muchos los han encarcelado y a muchos otros los han sometido a torturas brutales. Pero, al final, la propia fuerza despótica rebelde contra Dios ha sido destruida. Aunque utilizó todo el poder del Estado, el Faraón no pudo erradicar a Moisés (la paz sea con él), ni su movimiento islámico ni su fuerza. Él mismo fue erradicado y borrado de la faz de la tierra.
Cuando el Faraón hubo tomado todas las medidas para matar a Moisés (la paz sea con él), recibió de Allah la orden de salir del territorio egipcio junto con todas las fuerzas islámicas.
«Sal de noche con Mis siervos. Ciertamente seréis perseguidos. Deja el mar en su estado natural, tal como fluye. Todo ese ejército se ahogará y morirá. ¡Cuántos jardines, manantiales, campos de cultivo y magníficos palacios dejaron atrás! ¡Cuántos bienes de lujo que disfrutaban quedaron atrás! Así fue su final, y convertimos a otras gentes en herederas de todo ello. Ni el cielo ni la tierra derramaron lágrimas por ellos, ni se les concedió el menor plazo» (Ad-Duján: 23-29).
Tan pronto como Moisés (la paz sea con él), siguiendo la orden de Allah Todopoderoso, golpeó el mar Rojo con su bastón milagroso, se abrió de un extremo al otro un hermoso camino seco. Todas las fuerzas islámicas cruzaron el mar a salvo. Después, cuando el Faraón comenzó a avanzar por aquel camino con su enorme ejército, de repente el mar recuperó su estado natural y todo el ejército se ahogó y murió. Por mucho que redoblen los tambores de victoria de esta clase de gobernantes despóticos, y por mucho que los aduladores se deshagan en elogios hacia ellos, después de su muerte nadie llora por ellos ni derrama lágrimas de duelo. Al contrario, todos respiran aliviados.
En cada capítulo de la historia vemos este mismo conflicto y enfrentamiento entre el Islam y la yahiliya, entre la verdad y la falsedad. Aunque los abanderados de la verdad fueron perseguidos y oprimidos por las fuerzas rebeldes contra Dios y enemigas del Islam, al final fueron las fuerzas de la falsedad las que quedaron destruidas.
La llegada del Profeta universal
En una etapa del conflicto y enfrentamiento entre el Islam y la yahiliya, a comienzos del siglo VII, el Profeta universal Muhammad Mustafa —que Allah le conceda paz y bendiciones— apareció en la ciudad de La Meca con la invitación al Islam. En aquel entonces, todo el mundo, incluida Arabia, estaba sumido en la densa oscuridad de la yahiliya.
Allah Todopoderoso envió al Profeta Mustafa (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) como el último profeta para la humanidad y envió, para la humanidad, su guía definitiva, es decir, su orientación final. El último profeta y la guía definitiva demuestran que se presentó una religión completa, o un sistema de vida, para el bienestar integral de la humanidad. Por ello, la religión recibió el nombre de «Al-Islam», una de cuyas características más importantes es el estilo de expresión fácil de comprender empleado para presentar la invitación del majestuoso Libro que le fue revelado: Al-Qur’an.
Aunque el Corán utiliza un lenguaje exhortativo en lugar de un lenguaje imperativo al presentar su invitación, también ofrece junto con ella argumentos y pruebas contundentes. Para demostrar la veracidad de la creencia que desea suscitar en el corazón de las personas, el Corán la presenta en un lenguaje conmovedor, acompañado de argumentos sólidos. Esos argumentos y pruebas son de diversos tipos: intelectuales, naturales, intuitivos e históricos. El hecho de que presente la invitación con argumentos y pruebas contundentes demuestra que el Corán dirige su llamamiento a la razón y la conciencia de las personas. Por ejemplo:
«Ciertamente, en la creación de los cielos y la tierra, y en la sucesión de la noche y el día, hay innumerables signos para las personas dotadas de entendimiento» (Al ‘Imrán: 190).
En el Sagrado Corán hay muchos versículos de este tipo, de los cuales queda claro que el ser humano ha sido considerado apto para aceptar la invitación precisamente por ser una criatura dotada de razón y conciencia. Es decir, quien utilice correctamente su conocimiento, razón y conciencia verá con claridad la veracidad de esta invitación. Si reflexiona con un deseo sincero de buscar la verdad y con devoción, nadie puede verse privado de la luz de esta verdad.
Un entorno envuelto en la oscuridad de la yahiliya
A pesar de presentar la invitación islámica en un lenguaje cautivador, acompañada de argumentos, testimonios históricos y diversas señales, la ignorancia de Arabia también rechazó esta invitación, como en el pasado. La razón era que en la sociedad faltaban conocimiento, razón, conciencia y visión interior. Cuando sale el sol, su luz se extiende por todas partes. Solo pueden beneficiarse de esta luz quienes poseen el sentido de la vista. Para el ciego o para quien ha perdido la vista, todo parece estar cubierto por una densa oscuridad. Lo mismo ocurre con la visión interior. Si el ojo del corazón pierde la capacidad de ver, o si sobre él cae una gruesa membrana semejante a una catarata, no puede ver la verdad. En el momento de la llegada del Último Profeta, la sociedad estaba llena de personas ciegas y sordas de esa clase. El Corán describió así la situación de aquel tiempo:
«Tienen corazones, pero no reflexionan con ellos. Tienen ojos, pero no ven con ellos. Tienen oídos, pero no oyen con ellos. Son como el ganado; más aún, están más extraviados y confundidos que él. Están sumidos en una extrema negligencia» (Al-A‘raf: 171).
Esto significa que esas personas —a quienes el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) presentó la invitación al Islam— habían perdido por completo la capacidad de reflexionar sobre la invitación de la verdad. Para conocer la verdad y la realidad correcta de cada asunto, Allah les había dado ciertos medios y facultades; mediante ellos hacían todo lo demás, pero no realizaban la verdadera tarea que debían realizar: comprender la verdad. Se les habían dado los ojos, es decir, la facultad de la vista, para que mediante ella observaran las realidades del universo. Se les había dado el oído para que escucharan atentamente la invitación de la verdad y reflexionaran sobre ella. Se les había dado la mente, o facultad de comprensión, para que evaluaran correctamente, con sentido de responsabilidad, aquello que observaban con los ojos y escuchaban con los oídos, y llegaran a la decisión correcta. Pero desempeñaron únicamente el papel de animales cuadrúpedos. Ellos hacen solo aquello que los animales obtienen de conocimiento mediante sus ojos y oídos. La situación de estos animales cuadrúpedos es tal que, cuando el pastor o su dueño les grita algo, no comprenden qué se les está diciendo; solo perciben que alguien está emitiendo un sonido. Esta era exactamente la situación de los politeístas e incrédulos árabes ante la invitación al Islam. Habían perdido por completo la capacidad de observarla y reflexionar sobre ella. El significado de las palabras del que llamaba se desvanecía en el aire. El Noble Corán describió así su estado mental:
«La situación de quienes se niegan a seguir el camino de Dios es como la de aquel a quien el pastor llama a sus animales, pero estos no oyen más que el sonido de la llamada. Son sordos, mudos y ciegos. Por eso no comprenden nada» (Al-Báqara: 17).
En otro lugar se ha dicho:
«¿Acaso no reflexionan sobre el Corán? ¿O es que se han puesto cerrojos en sus corazones?» (Muhammad: 24).
El significado de la aleya citada es que no reflexionan en absoluto sobre el Corán. Y si alguna vez lo hacen, su sentido y significado no penetran en lo profundo de sus corazones. La razón es que no quieren aceptar la verdad de ninguna manera. Las puertas de entrada de sus corazones permanecen cerradas con llave. Después de eso, ya no conservan ninguna capacidad para distinguir entre el bien y el mal. Y esto es precisamente la ceguera del corazón.
Causas de la ceguera
La primera causa de esta ceguera es el fanatismo nacional y familiar. Su argumento era el siguiente: las creencias religiosas, las costumbres, los usos y las tradiciones que habían heredado de sus antepasados eran correctos. No podía ser que sus antepasados hubieran cometido errores. Por tanto, si rechazábamos la invitación a la nueva religión de Muhammad (s.a.s.), eso sería causa de nuestra buena fortuna, y, al no abandonar la religión de nuestros antepasados, también nos libraríamos de su maldición.
«Encontramos a nuestros padres y antepasados siguiendo una determinada tradición, y nosotros seguimos sus mismas huellas» (Az-Zujruf: 23).
No tenían a su favor ninguna sanción divina contenida en ningún Libro. Su único argumento era que todo aquello se practicaba desde la época de sus padres y antepasados. Por tanto, nosotros también haremos todo lo que ellos hicieron. Cabe señalar que, en todas las épocas, ¿por qué fueron precisamente los ricos de la sociedad quienes enarbolaron frente a los profetas la bandera de la imitación ciega de sus antepasados? Una razón era que estaban tan entregados a los placeres y goces mundanos que no estaban en absoluto dispuestos a ocuparse del debate entre la verdad y la falsedad, no fuera a sufrir alguna interrupción su vida lujosa. La segunda razón era que sus intereses estaban íntimamente ligados al sistema vigente en la sociedad. En cuanto vieron el sistema presentado por los profetas, comprendieron que, bajo ese sistema, su liderazgo, influencia y poder llegarían a su fin, y que se cerrarían todos los caminos por los que disfrutaban injustamente de cuanto poseían.
No solo la obediencia ciega a sus antepasados les impidió aceptar la verdad; el fanatismo de linaje y los intereses de linaje también les obstaculizaron aceptar la invitación islámica. La familia del Profeta estaba vinculada a la rama de Banu Qusay de la tribu de Quraysh. Por eso se incitó a los demás contra Banu Qusay. Los otros se negaron a aceptar la profecía de Muhammad (s.a.s.) porque ello habría establecido la supremacía de Banu Qusay.
Durante la batalla de Badr, un compañero de Abu Yahl, Ajnaf ibn Shurayq, le preguntó a Abu Yahl en privado: «Dime con sinceridad: ¿consideras a Muhammad veraz o mentiroso?»
Él respondió con absoluta claridad: «¡Por Dios! Muhammad es un hombre veraz, que jamás ha mentido en su vida. Pero si el liwā (1), la siqāya (2), la hijāba (3) y la profecía llegan todos a manos de Banu Qusay, dime tú: ¿qué les quedará a los demás qurayshíes?»
Incluso un hombre como Abu Talib, tío del Profeta (s.a.s.), no pudo aceptar el islam únicamente porque su fe ciega en la religión de sus padres y antepasados no le permitió hacerlo. Sin embargo, su afecto y amor por el Profeta eran incomparables. Frente a los enemigos, él era como un escudo. Pero, a pesar de las repetidas súplicas del Santo Profeta, no pronunció la kalima. El Profeta (s.a.s.) le dijo con gran veneración y afecto: «Querido tío, pronuncia una vez la ilaha illallah. Entonces, el Día de la Resurrección, daré testimonio por ti y rogaré por tu perdón».
Abu Yahl y los demás líderes mushrik estaban presentes allí. Dijeron: «Abu Talib, ¿por miedo a la muerte abandonarás la religión de tu venerable antepasado Abdul Muttalib?»
La flecha de su yahiliya alcanzó su objetivo. En Abu Talib despertó un intenso sentimiento de veneración por los antepasados, y él dijo: «Moriré siguiendo la religión de Abd al-Muttalib». Ibn Hisham relató este acontecimiento en su historia.
Estos dos acontecimientos dejan claramente de manifiesto cuán arraigados estaban en la sociedad árabe el fanatismo nacional, partidista, tribal y familiar, así como la imitación ciega, y cómo, para proteger sus intereses creados, rechazaron sin vacilar la verdad, la llamada del Profeta y el camino del bienestar.
La segunda causa era la ceguera intelectual y la adoración de las pasiones. La inclinación a adorar sus pasiones estaba extendida por todas sus venas y arterias. Para satisfacer los deseos de sus pasiones, inventaban diversos métodos, procedimientos y costumbres, y los revestían de un ropaje atractivo. Se les proporcionaban argumentos y pruebas para legitimarlos. Al consumo de alcohol, el juego, la usura, la desnudez, la obscenidad, el baile y el canto, la anarquía sexual, los asesinatos, el infanticidio y otras prácticas se les confería, según el caso, el ropaje de una exigencia natural, del bienestar económico, de las bellas artes o de la pureza religiosa. De este modo, la naturaleza humana había quedado tan aplastada bajo el peso de los deseos satánicos y las acciones abominables que no podía siquiera emitir una palabra de protesta contra ellos. Puesto que el islam no podía conceder licencia para esas cosas, sino que se alzaba contra ellas, lo consideraban un peligro para sí mismos. Consideraban que era una terrible opresión e injusticia contra ellos. Porque, en realidad, habían convertido sus propias pasiones en su dios. Cuando el Profeta de la misericordia comenzó a sentir dolor en su corazón ante esta mentalidad y conducta suyas, Allah, el Altísimo, dijo:
«¿Has reflexionado alguna vez sobre la situación de quien ha tomado sus propias pasiones como su dios? ¿Acaso puedes asumir la responsabilidad de guiar por el camino recto a una persona así?» (Al-Furqan: 43).
Convertir las pasiones en un dios significa servirlas y someterse a ellas; y, en la práctica, esto también es shirk, igual que la idolatría. En un hadiz transmitido por Abu Umama (que Allah esté complacido con él), el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Entre todos los dioses que son adorados bajo este cielo aparte de Allah, el peor dios es la pasión a cuyo mandato se obedece» (At-Tabarani).
Si una persona mantiene sus pasiones bajo el control de la conciencia y toma decisiones conformes a ella, aunque incurra en alguna forma de shirk o kufr, puede ser guiada al camino correcto mediante la explicación y el consejo. Pero el esclavo de sus pasiones es como un camello sin riendas, y no puede ser corregido de ningún modo. Va allí adonde sus pasiones lo conducen.
La tercera causa son las costumbres y tradiciones heredadas del pasado. No están dispuestos a escuchar ninguna objeción contra ellas, ni siquiera a considerar abandonar las costumbres que se han practicado durante tanto tiempo.
Estas tres cosas mantienen afectados su mente y su corazón como una enfermedad incurable. No solo rechazan la llamada de la verdad, sino que la voz de la verdad aumenta su ira.
«Hemos expuesto de diversas maneras la esencia de la religión en este Corán, para que comprendan y tomen conciencia; pero ellos huyen cada vez más lejos de la verdad absoluta» (Los Hijos de Israel: 41).
En todas las épocas se encontrarán personas así, hijos espirituales de la jahiliyyah.
La reacción de los partidarios de la jahiliyyah
Inmediatamente después de que el Profeta Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— anunciara su profecía, la reacción de los politeístas e incrédulos de La Meca fue volviéndose gradualmente cada vez más intensa. Al principio, aquel anuncio les pareció algo sumamente sorprendente. Desde su punto de vista, ¿por qué salían de la boca de aquel hombre, considerado el mejor de la sociedad, veraz, sumamente fiel y digno de confianza, y poseedor de un carácter incomparable, palabras tan irreales y absurdas?
«¿Acaso Allah envió a un ser humano como Su mensajero?» (Los Hijos de Israel: 14).
«Les resultaba sorprendente que un amonestador hubiera venido de entre ellos mismos (de entre los seres humanos). Entonces los incrédulos dijeron: “Esto es algo sumamente extraño”» (Qaf: 2).
Como personas desprovistas de conocimiento y razón, comenzaron por todas partes a difundir esta alarmante afirmación: que Dios supuestamente nunca envía a un ser humano como Su mensajero. Decían: «Si de la boca de nuestro hombre, tan querido por todos, veraz y digno de confianza, se oyen palabras tan absurdas, entonces seguramente ha perdido la razón. O está poseído por un yinn». Así comenzó una campaña para hacer que la gente sintiera aversión hacia el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda la paz).
Después vino el tema de la vida después de la muerte, el tema de la otra vida. Esto les parecía aún más risible e increíble.
Su afirmación era la siguiente: «¿Queréis que os hablemos de un hombre que os anuncia esta noticia absurda: que, cuando os hayáis desintegrado por completo (después de morir y descomponeros), seréis creados de nuevo?» (Saba: 7).
Así, los abanderados de la jahiliyyah rechazaron primero la invitación al islam con burlas, sarcasmo y escarnio. Después rechazaron también el tawhid y el Más Allá, considerándolos absurdos, porque jamás habían oído semejantes cosas irreales de sus antepasados. Luego comenzó la oposición al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), que gradualmente se transformó en persecución y opresión. En cuanto alguien aceptaba el islam, una montaña de desgracias se abatía sobre él. Cuando, durante la permanencia en La Meca, la vida de los musulmanes se volvió insoportable, Allah advirtió a los enemigos del Profeta y del islam: «¿Acaso quienes cometen maldades creen que podrán escapar de Nosotros? ¡Qué mala decisión han tomado!» (Al-Ankabut: 4).
Esto puede tener dos significados. Primero: creían que no se cumpliría la voluntad de Allah de hacer triunfar el movimiento islámico; por el contrario, se cumpliría su propio deseo de eliminarlo. Segundo: creían que escaparían del castigo con el que Allah quería aprehenderlos por sus excesos.
Los enemigos del islam siempre albergan la idea de que eliminarán de la faz de la tierra al movimiento islámico y a sus miembros. No creen en absoluto que el Todopoderoso Allah pueda imponerles un castigo adecuado por su oposición al islam y por la opresión y persecución que infligen a los musulmanes.
Sin embargo, a pesar de toda su oposición, violencia y persecución, el número de musulmanes seguía aumentando gradualmente. La razón principal era la palabra de Allah, el Noble Corán, revelada en lengua árabe. El Corán posee varias cualidades generales. En primer lugar, es una obra literaria de un nivel extraordinariamente elevado, hasta el punto de que está más allá de la capacidad humana componer siquiera una o dos líneas equivalentes. En segundo lugar, su lenguaje es claro, comprensible, sumamente atractivo y conmovedor. Ejerce una enorme influencia en la mente del oyente. Su significado y su esencia interior penetran en lo más profundo de su corazón y provocan una revolución en su pensamiento. Cada palabra del Corán es sumamente verdadera y, al mismo tiempo, irrefutablemente lógica. La verdad tiene un sabor particular que atrae y cautiva fácilmente a quienes la buscan. Las palabras del Corán son armoniosas y coherentes con la naturaleza humana, la inteligencia, el mundo natural y su organización. Por eso, en el mundo interior de quienes escuchan el Corán con atención y reflexionan sobre él se produce una revolución, y responden espontáneamente a su invitación.
Obstaculizar la escucha del Corán
Cuando los portadores de la jahiliyyah, es decir, los enemigos del islam, comprendieron que la gente escuchaba de boca de un hombre, el mejor y más respetado de la sociedad, palabras que la influían hasta el punto de abandonar la religión de sus antepasados y sentir aversión por la sociedad existente y por su liderazgo, quedaron desconcertados y se unieron contra el Corán, la palabra de Allah. Entonces impusieron una prohibición contra la escucha del Corán. Sobre ellos, el Corán dice:
«Los que niegan la verdad dicen: “No escuchéis nunca el Corán”. (Y cuando se recite), armad alboroto (para crear resistencia). Así saldréis victoriosos en este asunto».
Allah dice:
«Haremos que estos negadores de la verdad prueben un castigo severo. Y les daremos plena retribución por el peor de los actos que realizan. La retribución de los enemigos de Allah es el Infierno. Allí permanecerán eternamente. Este castigo se debe a que negaban Mis signos.
Estos kafir que negaban la verdad dirán, al llegar al Infierno: «¡Señor nuestro!, muéstranos a esos yinn y seres humanos que nos extraviaron. Los aplastaremos bajo nuestros pies para que queden debidamente humillados y despreciados»» (sura Ha-Mim as-Sajdah: 27-29).
Así como los portadores y defensores de la antigua jahiliyyah no pudieron tolerar la difusión y propagación del Corán y no dejaron ningún intento ni artimaña sin emplear para detenerla, tampoco los portadores y defensores de la jahiliyyah moderna, es decir, los enemigos del islam, pudieron ver el Corán con buenos ojos. Pero los intentos de detener la difusión del Corán nunca tuvieron éxito; por el contrario, produjeron el efecto opuesto. Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él), que en otro tiempo fue un encarnizado enemigo del islam, avanzó con la espada desenvainada con la intención de matar al Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), pero casualmente recitó por el camino algunos versículos del Corán y se sintió atraído por él; la verdad se manifestó en su corazón. Así, el enemigo del Profeta se volvió loco de amor por él. El emperador cristiano de Abisinia no pudo contener las lágrimas de alegría al escuchar la recitación del Corán. Los representantes cristianos de Najrán, al escuchar la recitación del Corán de los labios sagrados del Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), quedaron fascinados y buscaron refugio bajo la refrescante sombra del islam. El Gobierno británico amenazó con detener la difusión y propagación del Corán. Pero el resultado fue justamente el contrario. Las traducciones inglesas del Sagrado Corán se han difundido por todo el mundo en cantidades innumerables, y muchas personalidades célebres de la propia Inglaterra aceptaron el islam tras leer el Corán, y aún continúan haciéndolo. Esta misma situación puede observarse en todas partes del mundo. También desde la India se intentó declarar ilegal el Corán. Pero ese intento fracasó. El Corán ha sido traducido a varias lenguas de la India. El interés por leer el Corán sigue creciendo incluso entre los no musulmanes. Muchos indios altamente instruidos y eruditos están abandonando el hinduismo y aceptando el islam. Sin embargo, los musulmanes falsos que llevan nombre musulmán también han estado intentando, siguiendo a los kafir, detener la difusión y propagación del Corán. Esta labor comenzó primero en Turquía, durante el gobierno de Kemal Pasha. El alfabeto árabe fue declarado ilegal en Turquía. Su objetivo era detener la difusión del Corán, revelado en lengua árabe. Pero ese objetivo no se alcanzó.
Cuando alguien, tras adoptar un nombre musulmán, se convierte en un musulmán falso, alza más la voz contra el islam que un kafir no musulmán. Por eso, al estudiar la historia, se observa que el daño causado al islam por los musulmanes falsos y los ulemas falsos ha sido mucho mayor que el causado por los kafir no musulmanes.
Sin embargo, ya sea que se trate de un kafir incrédulo del islam o de un musulmán falso, esclavo mental de los kafir, deben saber que el Corán es el mensaje eterno de Allah y que Allah mismo ha asumido la responsabilidad de conservarlo siempre en su forma original. Nadie puede detener su difusión y propagación ni alterarlo en lo más mínimo. Quiero recordarles los versículos del Corán citados anteriormente a quienes ordenan detener su difusión y a quienes, al obedecer ciegamente esa orden, bailan y saltan en las calles y los campos, hablan al estilo fascista y crean obstáculos. Lo mejor para ellos sería aprender de la suerte que aguarda en la otra vida a esos líderes musulmanes falsos y fascistas y a sus seguidores ciegos, y regresar sinceramente al Corán.
Medios para mantenerse firmes frente a la jahiliyyah
A continuación se mencionan algunos de los medios y métodos más importantes que el Profeta universal Muhammad Mustafa (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) indicó para mantenerse firmes en el camino del islam frente a la jahiliyyah.
Uno: La verdadera inteligencia
La inteligencia es indispensable para desempeñar correctamente, desde la perspectiva del islam, el papel que corresponde en cada ámbito de la vida humana y alcanzar el éxito en ella. Y esta inteligencia debe basarse en un pensamiento sano y correcto. En el islam, por verdadera inteligencia se entiende que la atención de la persona permanezca en todo momento fija en obtener la complacencia de Allah. Que la persona no adopte ninguna conducta que la haga negligente y apartada del esfuerzo por obtener la complacencia de Allah, ni que provoque Su descontento. Por eso, Allah Todopoderoso ha llamado repetidamente la atención de las personas diciendo:
«¡Oh, gente dotada de entendimiento! Temedme» (Al-Báqara: 197).
Se Le debe temer para que Él no se disguste. Recordar siempre que Él nunca debe disgustarse y procurar complacerle mediante la propia conducta: eso es la verdadera inteligencia.
«En la creación de los cielos y de la tierra y en la sucesión de la noche y el día hay innumerables signos para las personas inteligentes que recuerdan a Allah mientras caminan, están sentadas y yacen» (Alí Imrán: 190).
Cuando alguien reflexiona correctamente, con entendimiento, sobre los misterios de la creación de los cielos y de la tierra, y al mismo tiempo mantiene vivo en su corazón el recuerdo de Allah, no contempla los signos del universo como los animales, sino que los analiza, reflexiona sobre ellos y los observa; entonces declara espontáneamente que todo este universo está sometido a un sistema regido por la sabiduría.
El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) describió con estas palabras suyas esta forma de pensar y actuar: «Inteligente es quien domina sus pasiones y obra para la vida después de la muerte» (Tirmidhi, Ibn Mayah).
Si permanece siempre viva en el corazón esta intensa conciencia de que habrá que rendir cuentas ante Allah Todopoderoso por cada acto en el Más Allá, se puede evitar toda acción y conducta que provoque el descontento de Allah. A esto se le llama inteligencia. El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dejó clara la concepción completa de la inteligencia. Obrar para la vida después de la muerte significa que, si la religión y la fe exigen rechazar los beneficios, intereses y comodidades inmediatos de este mundo, esa exigencia debe cumplirse necesariamente; y si la complacencia de Allah exige sacrificar la vida, los bienes y el bienestar, debe hacerse con un corazón completamente resuelto.
Dos: La perspectiva correcta sobre la riqueza y la posición social
El islam enseña que poseer riquezas, alcanzar una posición elevada y ser amado por Dios no son una misma cosa. No es correcto pensar que Dios está complacido con quienes poseen estas dos cosas. La complacencia de Dios depende por completo de la fe y de las buenas obras. Una persona, aun privada de riqueza y posición, puede ser considerada honorable ante Dios y convertirse en alguien amado por Él gracias a su fe y sus obras. Por el contrario, otra persona puede ser maldecida por Él aun después de haber alcanzado abundantes riquezas y una elevada posición. Esto se debe a que este mundo es un campo de trabajo para el ser humano, no un lugar de recompensa. Aquí debe continuar obrando; la recompensa completa la recibirá en el Más Allá. Que alguien sea próspero en este mundo no demuestra que Dios esté satisfecho con sus actos y que, por ello, sea amado por Él. Del mismo modo, la pobreza y el sufrimiento de alguien no demuestran que Dios esté disgustado con él. Ya se trate de abundancia o pobreza, de una elevada posición política y social o de humillación y deshonra, ambas cosas están relacionadas con la ley divina de poner a prueba a los seres humanos con un propósito específico. El propósito principal de la creación humana es poner al ser humano a prueba de diversas maneras durante la vida mundana. Todo el orden de la creación da testimonio de esta verdad. Puesto que este era el asunto más importante y fundamental de la vida humana, el Noble Corán lo recordó repetidamente. En él se ha explicado detalladamente y de diversas formas el propósito de la creación humana y la ley divina de ponerla a prueba. Pero la mentalidad creada por la jahiliyyah no pudo aceptar esto. En la perspectiva de la jahiliyyah permanece arraigada la idea de que la riqueza y la posición, por un lado, y la complacencia y el amor de Dios, por otro, están íntimamente vinculados. Cuanto mayores sean las riquezas y la posición de una persona, tanto más amada será por Dios. La pobreza y la falta de posición serían precisamente señales de estar privada de la gracia divina. Basándose en esta perspectiva, en lugar de juzgar la verdad por el criterio de la verdad, juzgará las cosas según el criterio de la riqueza y la posición. Cuando el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) proclamó su profecía, los hijos de la mentalidad de la jahiliyyah expresaron su asombro, diciendo que su rango no correspondía a los criterios que ellos mismos habían establecido. Repetían una y otra vez lo siguiente: en primer lugar, el Mensajero de Dios debía ser necesariamente un ángel. Y si el mensajero debía ser un ser humano, de ningún modo podía ser una persona común. Más bien, debía poseer una posición tan extraordinaria que resultara acorde con su grandiosa relación con Dios. Por ejemplo, si el mensajero fuera un ser humano, un ángel debería descender públicamente sobre él (Sura al-An‘am: 8); como mínimo, debería hacerse descender para él algún tesoro del cielo, o debería tener un jardín del que pudiera obtener abundante sustento (al-Furqan: 8). Y si tampoco fuera un hombre tan extraordinario, al menos debería ser una persona rica, el jefe de un pueblo, el caudillo de una tribu célebre y poseedor de riqueza y posición. Pero aquí la situación era diferente. Un hombre completamente común afirmaba ser el enviado del Dios Majestuoso, aunque no poseía ninguna de las cualidades necesarias para hacer tal afirmación. Por un lado, afirmaba ser una misericordia para todos los mundos y, por otro, él mismo iba al mercado a comprar provisiones. Tampoco tenía sirvientes, por lo que debía hacer todo por sí mismo.
También decían: «¿Por qué no se hizo descender este Corán sobre algún hombre distinguido y prominente de las dos ciudades célebres —La Meca y Taif—?» (Az-Zujruf: 31).
Continuaron diciendo muchas palabras absurdas de este tipo acerca del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Su convicción arraigada era que, para ser amado por Dios, necesariamente debía poseer todos los medios de subsistencia, riqueza y posición. Después, la revolución que tuvo lugar en aquel día auspicioso de la conquista de La Meca disipó el error de su pensamiento y de su perspectiva.
Tres: Seguir el islam durante toda la vida
El islam recordó al mundo que el Creador del universo no creó al ser humano sin un propósito. Más bien, lo creó para que le sirviera y le obedeciera; en la terminología islámica, esto se llama ‘ibadah y adoración. Esta servidumbre significa conducir toda la vida conforme a la guía y la voluntad de Dios. No significa simplemente realizar algunos actos de culto a Dios y observar ciertos ritos religiosos en un lugar de adoración, para después pasar el resto de la vida como uno quiera. Esta servidumbre parcial no es compatible con la esencia de pertenecer por completo y sin reservas a Dios en obediencia. Tampoco concuerda con la religión y la guía que Él reveló. Por eso, cuando el islam exigió que la devoción a Dios se manifestara efectivamente en cada ámbito de la vida y comenzó a imponer los vínculos de la verdad y la honestidad sobre todos los pensamientos, sentimientos y actos humanos, los defensores de la jahiliyyah empezaron a expresar asombro y a lanzar burlas. Frente a la concepción ignorante de la religión que había dominado sus mentes y a la manera en que consideraban la religión una parte adicional de la vida, vieron que esta nueva religión colocaba guardias en las encrucijadas de la libertad de pensamiento, anunciaba a cada paso recompensa y paz, vinculaba los diversos problemas de la vida a un sistema ordenado y sólido, y no dejaba ningún ámbito de la vida que no quisiera controlar. Por eso, todo aquello les pareció barbarie. Durante generaciones, sus prácticas religiosas habían consistido en postrarse de vez en cuando ante ídolos que ellos mismos habían fabricado, sacrificar camellos y ovejas para ellos, untar las paredes de los templos con la sangre de los animales sacrificados, ir junto a la Kaaba para silbar y aplaudir, y celebrar ferias, festividades religiosas y diversiones. Todo eso constituía sus ceremonias religiosas. Durante el resto de la vida, se entregaban a actos reprobables como el saqueo, el asesinato, la fornicación, la embriaguez y las transacciones usurarias.
Esta era la concepción corriente de la religión del yahilismo: algunos ritos y ceremonias religiosas dentro del ámbito sumamente estrecho de la vida —aunque no se basaran en un pensamiento sólido, refinado y racional—, y, en el ámbito más amplio de la vida, irreligiosidad y libertad desenfrenada para la inmoralidad y el pecado. En la terminología moderna, esto se denomina secularismo o laicismo; esta corriente de pensamiento y esta filosofía pertenecen al yahilismo, no al islam. El anuncio revolucionario del último de los profetas de la sucesión profética y Profeta universal, Muhammad Mustafa (la paz sea con él), fue que el islam constituye un sistema de vida completo para la humanidad. Es decir, en cada ámbito y en cada instante de la vida, debemos someternos a la obediencia de Allah. La sociedad, el Estado, la educación, la civilización, la cultura, las artes y demás se desarrollarían bajo la obediencia absoluta a Allah Todopoderoso, Creador y Señor de los seres humanos. Los ciegos adoradores del yahilismo no pudieron aceptar esto. Tampoco podía complacer a Iblis, el demonio. Pues, aunque no aspire a obtener la obediencia humana en todos los ámbitos de la vida, sí la desea en algunos. En aquellos ámbitos en que se niegue la obediencia a Allah, no habrá otra alternativa que obedecer a Satanás, o habrá que obedecer a alguien en lugar de Allah. Y la obediencia a alguien distinto de Allah ha sido denominada el mayor pecado: el shirk. El yahilismo no permite al ser humano mantenerse alejado del shirk.
Cuatro: La unidad de la humanidad
El islam enseña que todos los seres humanos son hijos de los mismos padres. Allah dice: «¡Oh, humanidad! Temed a vuestro Señor, Quien os creó de un solo ser, creó de él a su pareja y de ambos diseminó por el mundo a numerosos hombres y mujeres» (sura an-Nisá, 3).
Puesto que el origen de todos los seres humanos es uno y todos son como miembros de una misma familia, nadie puede ser superior o inferior, noble o innoble, por razón de linaje, tribu, raza o lengua. Si esta es la realidad, nadie puede ser superior a otro por su raza, linaje, país o nacionalidad. Ninguna de estas cosas puede ser motivo de orgullo o arrogancia. Refutando esta idea errónea, el Profeta Muhammad (la paz sea con él) declaró: «Todos los seres humanos son hijos de Adán, y Adán fue creado de tierra» (Tirmidhi).
También dijo: «¡Oh, humanidad! Todos vosotros tenéis un solo Señor. Ningún árabe es superior a un no árabe por ninguna razón excepto la piedad, ni ningún no árabe es superior a un árabe. Tampoco un negro es superior a un blanco, ni un blanco es superior a un negro» (Bayhaqi).
Esta declaración revolucionaria del Profeta no era una doctrina fantasiosa ni producto del oportunismo. Más bien, era una declaración de fe y credo pronunciada con voz firme. Fue proclamada en una época en que las personas, árabes y no árabes por igual, estaban divididas en distintas clases según su raza, linaje y tribu. Muchos de ellos se consideraban muy superiores y nobles en comparación con los demás, y la vida y los bienes ajenos no tenían para ellos ningún valor. ¿Cómo podían aceptar esta declaración revolucionaria quienes se enorgullecían de su nobleza de linaje y quienes, tras convertir a otros en esclavos y siervos, habían construido su propia fortuna con el fruto de su trabajo, que les costaba sangre y sudor? Sin embargo, quienes no estaban siempre extraviados por las ciegas pasiones del yahilismo y poseían aunque fuera un poco de conciencia e inteligencia, comprendieron en esta declaración revolucionaria la unidad de la humanidad y la verdadera dignidad humana. Y el islam es el único custodio y portador de semejante dignidad de la humanidad.
Bilal, de Abisinia, estaba encadenado a la esclavitud de un incrédulo de Quraysh. Aceptó de todo corazón la palabra revolucionaria del islam y se hizo musulmán. Su amo, Umayya, continuó sometiéndolo día tras día a torturas inhumanas y estremecedoras. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), perteneciente a la noble estirpe de Quraysh, compró a Bilal por un precio inesperadamente elevado y le concedió la libertad. Un hombre innoble, un esclavo, un mestizo, alcanzó la gran dignidad de la humanidad; derribó el muro de desigualdad construido durante tantos años y obtuvo, junto con todos los demás, el derecho a igual dignidad. Bilal (que Allah esté complacido con él) no solo fue uno de los pilares de la fuerza del islam; más bien, ha sido y será para siempre una figura sumamente memorable y venerada de la comunidad musulmana. Muchos otros también rompieron las cadenas de la esclavitud y alcanzaron en la presencia del Santo Profeta (la paz sea con él) una dignidad igual a la de los demás.
Cinco: Todos son iguales ante la ley
La exigencia natural de la unidad y la igualdad de la humanidad es que la condición jurídica de todas las personas sea también igual. Ante la ley, nadie es superior ni inferior. El anuncio del islam es que la vida, los bienes, el honor y la dignidad de todos merecen igual respeto. La ley de Dios se aplica por igual a todos. Esta ley elimina los largos lamentos y gemidos de la humanidad oprimida y garantiza sus derechos humanos. Pero los hijos de la jahiliyyah quedaron desconcertados ante este sistema revolucionario, porque sus intereses creados se veían perjudicados y el palacio de su falso orgullo aristocrático y de su arrogancia quedaba reducido a escombros. La costumbre que había prevalecido durante muchos siglos era medir la dignidad de una persona por su linaje y tribu, su riqueza y su rango. La vida de un miembro de una tribu noble equivalía a la vida de veinte miembros de una tribu inferior. Si mataban a una persona noble, en represalia se mataba a toda la familia del asesino junto con él. Este sistema injusto no solo estaba extendido en las sociedades de los incrédulos y politeístas, sino también, por lo general, entre la Gente del Libro, que afirmaba seguir la sharía de Dios. Una de sus normas establecía que, si una persona noble robaba, se la dejaba libre; pero si robaba una persona común, se le aplicaba la disposición de la sharía (Bujari, tomo segundo; Kitab al-Hudud).
Así, si una persona influyente y poderosa cometía adulterio, se la castigaba con azotes y ennegreciéndole el rostro. Pero si una persona común cometía ese delito, se la apedreaba hasta morir, conforme a la disposición de la sharía (Tafsir de al-Qurtubi).
Nadie podía situarse por encima del Estado de derecho establecido por el islam. El cadí (juez) no dudaba siquiera en dictar sentencia contra el propio califa. Los incrédulos y politeístas seguidores de la jahiliyyah, la Gente del Libro y muchos neomusulmanes que no habían logrado liberarse de la influencia de la jahiliyyah no pudieron aceptar esta igualdad y justicia ante la ley. El orgullo y la arrogancia de su aristocracia no les permitían inclinar la cabeza ante esta justa ley divina. Durante el gobierno del segundo califa, un neomusulmán rico e influyente llamado Yabala ibn al-Ayham al-Gasani acudió a realizar el hach. Durante el tawaf, el pie de un hombre de Taif pisó su manto. Encolerizado, le propinó una bofetada tan fuerte que le cortó la nariz y le hizo sangrar. El desdichado habitante de Taif presentó una queja ante el califa, el honorable Umar (que Dios esté complacido con él). El califa se dirigió a Yabala y le dijo: «Pide humildemente perdón a ese hombre oprimido. De lo contrario, prepárate para la represalia». El asombro de Yabala no tuvo límites. El orgullo de su nobleza no le permitió aceptar la igualdad y la justicia del islam. Pensó que una ley que no establecía ninguna diferencia entre nobles y plebeyos insultaba la razón, la conciencia y la humanidad. Después abandonó el islam y se convirtió en apóstata.
Sexto: El propósito del yihad es enaltecer la palabra de Dios
El mundo no conocía el noble propósito de la guerra que expone el islam. En todas partes, entre árabes y no árabes, la gente sostenía acerca de la guerra la idea de que su objetivo era establecer un reino, expandirlo y obtener botín. Pero, con la llegada del islam, este propósito de la guerra cambió por completo. La guerra no debía librarse por intereses personales o nacionales, sino por el bienestar de la humanidad; así, dejaría de ser la abominable acción de derramar sangre injustamente para alcanzar la dignidad de un acto de adoración. El islam declaró que usar la espada para conquistar países y obtener riquezas era opresión, corrupción y un pecado enorme. Era veneno para el carácter y la humanidad. La espada no debía utilizarse para tales actos abominables, sino para el bienestar de la humanidad, para su protección y su expansión. El objetivo de quien empuña la espada debía ser obtener la complacencia de Dios, que no desea el mal ni la injusticia. Él quiere que la discordia, la corrupción, la injusticia y la perturbación sean erradicadas de la faz de la tierra. Solo con este propósito sería legítimo usar la espada. No sería legítimo utilizarla para ningún interés mundano. Sería correcto y justo si no se hiciera para obtener beneficios terrenales, sino para alcanzar el bien de la otra vida. Aunque en la guerra se vean perderse vidas valiosas, la guerra librada para establecer la verdad hace que la humanidad recobre la vida. En consonancia con este noble y beneficioso propósito de la guerra expuesto por el islam, se la denominó «yihad fi sabilillah».
Los nobles compañeros (que Dios esté complacido con ellos) pasaron de un entorno así al entorno ideológico del islam, y mediante una transformación revolucionaria de sus pensamientos y percepciones comprendieron de corazón este noble propósito de la guerra. Puede inferirse fácilmente a partir de un ejemplo. En cierta ocasión, el honorable Ali (que Dios esté complacido con él), al enfrentarse a un enemigo del islam, lo derribó contra el suelo, se sentó sobre su pecho y se dispuso a usar la espada contra él. Justo entonces, aquel hombre escupió en el rostro del honorable Ali. Ali (que Dios esté complacido con él) contuvo su mano y se levantó de su pecho. Cuando el hombre, sorprendido, le preguntó la razón de aquella conducta, respondió: «Quería matarte por la verdad. Pero, al escupirme en el rostro, provocaste en mí el deseo personal de vengarme. Si te matara en estas circunstancias, no lo haría por la verdad, sino por mi interés personal, y eso me acarrearía un mal desenlace. Por eso te he dejado libre». Este único acontecimiento deja clara la concepción islámica de la guerra y, desde la perspectiva de la psicología humana, permite deducir fácilmente la mentalidad de los demás nobles compañeros. Este grupo de compañeros estaba adornado con las más elevadas virtudes humanas, y cada una de sus acciones estaba por encima del interés personal y tenía como objetivo obtener la complacencia de Dios. Eran la personificación del desinterés y de la sinceridad por Dios. Estas cualidades se habían formado en ellos gracias a su cercanía al Santo Profeta y a su formación constante bajo su guía. El Santo Profeta les decía repetidamente que, si alguien se incorporaba a la guerra esperando obtener botín, no recibiría ninguna recompensa de parte de Dios. Entonces, ¿cómo podían estos amantes de Dios privarse de Su complacencia por interés personal o por la esperanza de obtener botín?
¿Se ha librado alguna vez, en algún país y en alguna época, pasada o presente, una guerra con un noble propósito distinto de los intereses personales, partidarios y nacionales? Solo el islam ha presentado ante la humanidad ese noble propósito y esa concepción de la guerra.
La pérdida de la vida y los bienes por la causa de Dios es una verdadera ganancia
Según la perspectiva y la concepción de la jahiliyyah, las pérdidas de vidas y bienes en la guerra se consideraban, en sentido estricto, verdaderas pérdidas y perjuicios. El islam presenta al respecto una concepción opuesta, que deja atónitos y desconcertados a los defensores de la jahiliyyah. Quienes entregan la vida en la guerra o la lucha por el camino de Allah no ven su vida destruida. Por el contrario, después de que sus almas se separan de sus cuerpos, alcanzan una vida nueva y eterna. Aunque los bienes gastados en la guerra parezcan, desde una perspectiva superficial, desperdiciados, quedan reservados para la vida después de la muerte.
Como no era algo fácil de comprender, el asunto también resultaba confuso para algunos compañeros. Debido al martirio de numerosos compañeros en la batalla de Uhud, comenzó entre los musulmanes un lamento de duelo. Para consolarlos, se les dijo:
«No consideréis muertos a quienes han sido asesinados por el camino de Allah; al contrario, están vivos y reciben sustento de parte de Allah» (Al Imrán: 169).
La duración de la vida no puede medirse con ninguna cinta de este mundo. La vida no tiene un punto final. Lo que se llama muerte no es, en realidad, el fin de la vida, sino un proceso de traslado de una etapa de la vida a otra. Los creyentes deben considerar que, si este proceso de traslado tiene lugar en el campo del yihad en vez de en el propio lecho, no conduce a la destrucción, sino que otorga una vida eterna, sublime e incomparablemente hermosa. Después, uno se convierte en dueño de una vida y un sustento tan grandiosos y felices que superan toda imaginación.
El asunto fue analizado bellamente en un hadiz del Profeta. El hadiz fue transmitido en el Musnad de Ahmad. Su esencia es la siguiente: quien abandona este mundo con buenas obras tiene la oportunidad de disfrutar de una vida tan llena de dicha que no deseará regresar jamás al mundo. Los mártires, sin embargo, son la excepción. Ellos desean ser enviados de nuevo al mundo para experimentar el supremo gozo de entregar la vida por el camino de Allah. Después de comprender esta gran verdad con el corazón, el verdadero creyente considera entregar la vida por el camino de Allah como el deseo supremo y más preciado. Quienes no creen en el Más Allá y anhelan únicamente los placeres y comodidades mundanos, quienes creen en la filosofía de vida «EAT, DRINK AND BE MERRY», son quienes más temen la muerte. En cambio, los creyentes consagrados a Allah anhelan siempre beber el agua de la vida eterna del martirio, entregando voluntariamente y con satisfacción la vida por el camino de Allah. La jahiliyyah y el islam han presentado estas dos concepciones opuestas de la vida. Los nobles compañeros formados por las propias manos del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) sostenían precisamente esta concepción islámica de la vida y la muerte. Salvo un reducido grupo de hipócritas, todos los compañeros anhelaban beber el néctar del martirio. Un ejemplo demuestra la sinceridad de este anhelo.
Después de la conquista de La Meca, un muchacho beduino analfabeto de una aldea remota se sintió atraído por el islam y renunció a la enorme riqueza que le había dado su tío. Luego partió hacia Medina, con el deseo de encontrarse con el Profeta del islam, cubriendo como pudo su desnudez y su cuerpo con una manta que su madre le había dado y que había desgarrado en dos. Tras caminar durante toda la noche por caminos desconocidos, llegó al amanecer a la Mezquita del Profeta. Estaba exhausto, con todo el cuerpo cubierto de polvo. Parecía un loco desorientado. Y, en verdad, estaba loco: enloquecido por el islam y por su Profeta, había llegado a Medina renunciando al mundo. En los caminos yermos, entre montañas y desfiladeros, bajo el cielo y al viento, las dulces melodías del islam habían derramado miel en sus oídos, y se había estremecido al escuchar el nombre del Profeta Muhammad. Pero nunca había visto a aquel amado de su corazón. Por eso había atravesado durante toda la noche el camino del desierto para contemplar el rostro de su amado.
La voz sonora de Bilal —«La oración es mejor que el sueño»— resonó y se repitió por las casas, los árboles y las montañas de Medina. También resonó en la cámara del corazón del recién llegado.
Poco después salió el Profeta de la misericordia y vio a un recién llegado de pie. Se encontraba ansioso, como si esperara obtener algo. En su rostro parecía haber preguntas inagotables, y su corazón sufría de sed de verdad.
El Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) dijo con palabras llenas de afecto y compasión: «¿Quién eres y de dónde vienes?»
El recién llegado: Me llamo Abd al-Uzza. He oído que ha aparecido un nuevo profeta. He venido desde tan lejos, enloquecido de amor por él. Después, relató toda su situación familiar y material.
El Santo Profeta dijo: «Muy bien. Desde ahora eres mi huésped especial. Eres uno de los Ahl al-Suffa. Sin embargo, a partir de hoy tu nombre será Abd Allah».
El Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) dijo a los nobles compañeros, con especial insistencia: «Yo me encargaré de su manutención. Enseñadle el Corán y formadlo en el islam».
Una vez, mientras algunas personas estaban rezando en la mezquita, Abd Allah estaba aprendiendo a recitar el Corán en voz alta. Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) lo reprendió severamente y le dijo: «Lee más bajo; ¿no ves que se está rezando?»
El Profeta de la Misericordia (la paz y las bendiciones sean con él), al oír la voz de Hazrat Umar, salió rápidamente de la casa y dijo: «¡Umar! No le digas nada. Él ha venido habiéndolo sacrificado todo por Allah y Su Mensajero».
Poco después comenzaron los preparativos para la expedición de Tabuk. Ante el llamamiento del Profeta, los nobles compañeros comenzaron a competir entre sí por hacer donaciones en el camino de Allah. Hazrat al-Siddiq al-Akbar (que Allah esté complacido con él) se presentó ante el Profeta con todos sus bienes.
Abd Allah veía aquella competencia en las donaciones. Pero le apenaba no poder participar en ella, porque era pobre y estaba bajo la tutela del Santo Profeta.
Abdullah no pudo permanecer en silencio. Le dijo al Profeta: «¡Oh, Mensajero de Allah! Usted sabe que no tengo nada que dar. Solo tengo este cuerpo y esta vida. Eso mismo entrego por Allah. Ruegue para que pueda alcanzar el martirio».
El Profeta Muhammad (s.a.s.) partió hacia Tabuk al frente de un ejército de treinta mil muyahidines. Abdullah también iba con ellos. Pero se había vuelto tan inquieto y ansioso por alcanzar el martirio que, en cierto punto del camino, se presentó ante el Profeta y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Levante las manos y ruegue un poco para que pueda alcanzar el martirio en esta guerra».
Al comprender su sincero fervor, el Profeta le dijo: «Mira a ver si puedes traer la corteza de algún árbol de los alrededores».
Abdullah recogió corteza de árbol y se la entregó. El Profeta (s.a.s.) se la ató a la mano y rogó: «¡Oh, Allah! Haz que la sangre de Abdullah sea inviolable para los incrédulos».
Al oír esta súplica, Abdullah dijo con voz angustiada: «¡Oh, Mensajero de Allah! Yo quiero alcanzar el martirio; ¿por qué hizo esta súplica?»
El Profeta dijo: «¡Abdullah! Después de esto, aunque mueras de fiebre, serás un verdadero mártir».
El ejército de muyahidines llegó al lugar llamado Tabuk y estableció su campamento. De pronto, después del anochecer, se difundió la noticia de que Abdullah había muerto a causa de la fiebre. En cuanto la noticia llegó a oídos del Profeta, ordenó que se preparara su entierro.
El campo de Tabuk. Una noche oscura. Ya habían preparado la tumba de Hazrat Abdullah. Hazrat Bilal (r.a.) estaba de pie con una antorcha, iluminando la tumba y sus alrededores. Un hombre había bajado a la tumba para sostener al difunto y recostarlo. Entre dos hombres estaban bajando al difunto a la tumba. El hombre que estaba de pie dentro de la tumba les dijo a aquellos dos con tono de reprimenda: «Adaban ila ajikuma: bajad a vuestro hermano a la tumba con devoción y respeto».
Los dos hombres más eminentes de la comunidad después del Profeta, Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él), están bajando al difunto a la tumba. De pie dentro de la tumba, con tono de reproche, habla el propio Profeta de la Misericordia, el afectuoso protector del compañero mártir Hazrat Abdullah, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él.
Después de dejar al difunto acostado como corresponde, el Santo Profeta subió y dijo a todos: «Apartaos todos».
Los compañeros, atemorizados y aterrados, se apartaron y se quedaron de pie alrededor. El Santo Profeta cubrió personalmente la tumba por todos lados con arena, piedras y tierra, usando sus benditas manos. Luego alzó las manos y suplicó: «¡Señor! Hasta esta tarde estuve complacido con Abdullah. Complácete también Tú con él».
Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él), narrador del hadiz, dice: «Estas palabras salieron espontáneamente de mi boca: “¡Ojalá fuera yo, en lugar de Abdullah, quien estuviera en esta tumba!”».
Así fue como los compañeros comprendieron de corazón la dignidad del martirio. Esta dignidad nunca se ha desvanecido. A lo largo de los siglos, esta inspiración del martirio ha impulsado a los soldados de Dios a entregar generosamente sus vidas por Dios. En la historia del islam existen innumerables ejemplos de ello.
Incluso en la época moderna, durante el periodo de extrema decadencia de los musulmanes, los muyahidines de la religión del islam consideran que entregar generosamente la vida por el camino de Dios es su logro supremo y más sublime. Frente a las armas ultramodernas de la gran superpotencia rusa, los muyahidines afganos entregan voluntaria y serenamente sus vidas, esperando beber el néctar del martirio. Todos consideran que no solo recibirán la recompensa de este martirio en la vida después de la muerte, sino que también aquí sus posibilidades de victoria son brillantes.
También en lo referente al gasto del dinero y las riquezas, las concepciones del islam y de la jahiliya son completamente diferentes. El pensamiento, la perspectiva, los esfuerzos, las aspiraciones y los deseos de la jahiliya giran exclusivamente en torno a la vida mundana. La jahiliya no reconoce que exista otra vida después de la vida mundana. Por eso mantiene al ser humano constantemente ocupado en hacer feliz y hermosa la vida mundana, disfrutarla plenamente y obtener honor, fama, poder, rango, autoridad y dominio. Naturalmente, no cabe duda de que todas estas cosas son objetos de deseo para el ser humano. Sin embargo, existen bienes más sublimes que deberían ser deseados. Así dice el Corán:
«Para los seres humanos se han hecho atractivos y objetos de deseo las mujeres, los hijos, los montones de oro y plata, los caballos selectos, el ganado y los campos cultivados. Pero todo esto no es más que el disfrute de la vida mundana, temporal y pasajera» (Aal Imran: 14).
Por el excesivo apego a estos objetos de deseo mundanos, los abanderados de la yahiliya y sus seguidores olvidan la vida eterna posterior a la muerte.
Allah dice: «En verdad, la promesa de Allah (respecto a la Otra Vida) es absolutamente cierta. Por tanto, que la vida mundana no os engañe, ni el engañador (Satanás) os engañe acerca de Allah» (Luqmán: 33).
Los objetos de deseo mencionados anteriormente en la aleya 14 de la sura Al Imrán fueron dados como prueba para todas las personas. No son más que medios de engaño. Estos bienes sumergen en diversas confusiones a las personas de visión superficial. Como consecuencia de esta confusión, algunos creen que no existe ninguna vida después de la vida mundana. Por tanto, disfruta de este mundo cuanto puedas y como puedas. No tendrás que rendir cuentas por ello ante nadie en ningún lugar. Algunos, embriagados por el poder, creen que su poder, dominio, autoridad, vida lujosa y disfrute desenfrenado jamás tendrán fin; otros, ignorando las dimensiones moral y espiritual, convierten en objetivo de su vida únicamente las comodidades materiales y una vida llena de placeres y diversiones. Aparte de mejorar el nivel de vida, no les queda ningún otro propósito. Por ello, no les importa cuán bajo y despreciable sea el nivel de su humanidad. Algunos creen que el bienestar y la comodidad de la vida son el verdadero criterio para distinguir entre la verdad y la falsedad, entre lo justo y lo injusto. Consideran verdadera cualquier norma, método o procedimiento mediante el cual puedan obtener el objeto deseado, y falso todo lo contrario. Otros consideran el bienestar, la comodidad y llevar una vida feliz como signos de ser queridos por Dios. Creen que quien lleva una vida más feliz, aunque sea gracias a cualquier ingreso ilícito, es amado por Dios. En cambio, quien lleva una vida mundana llena de sufrimientos y dificultades —aunque ello se deba a mantenerse en el camino de la justicia, la rectitud y la verdad— creen que ha incurrido en el desagrado de Allah y que su desenlace necesariamente será malo. Allah ha descrito todas estas ideas erróneas como el engaño de la vida material.
Cabe señalar que, en la aleya de la sura Luqmán citada anteriormente, el engaño del que se ordena al ser humano protegerse procede de la vida mundana deslumbrante y de Satanás. En segundo lugar, el Corán utiliza la palabra «garrur». Con «garrur» no se hace referencia únicamente a Iblís, Satanás, sino también a los yinn y a los seres humanos que lo siguen. Se hace referencia a las personas, grupos, comunidades y tribus portadores y propagadores de la yahiliya; a su sistema educativo, sociedad, artes, cultura y entorno. Todo ello arrastra al ser humano del islam hacia las tinieblas de la yahiliya. Las diversas doctrinas y filosofías erróneas creadas por los seres humanos los confunden. Borran de sus corazones la creencia en Dios y en la Otra Vida. De la sociedad desaparecen la justicia, la honestidad, la veracidad, la misericordia, la ternura, el amor, la compasión y solidaridad mutuas, la equidad y el respeto y la consideración por la vida, los bienes, el honor y la dignidad de las personas. Entonces la sociedad humana deja de ser una sociedad humana y se convierte en una sociedad de bestias feroces.
Las ideas y perspectivas erróneas antes mencionadas sobre el mundo y la vida mantienen a las personas inmersas en la competencia por aumentar sus riquezas y mejorar su nivel de vida. Su principio respecto al gasto del dinero consiste en gastar únicamente en aquellas actividades y por aquellos medios que puedan proporcionarles una ganancia inmediata. No les gusta gastar por la causa de Allah por dos razones. La primera es que ese gasto no garantiza ninguna ganancia inmediata o en efectivo. La segunda es que ni siquiera creen en la Otra Vida. Por ello, consideran una necedad y un desperdicio gastar dinero para esa Otra Vida que juzgan increíble e irreal. Esta idea y esta creencia son enteramente fruto del pensamiento de la yahiliya. Naturalmente, incluso después de creer en el islam, quienes aún no han consolidado suficientemente su fe o no han logrado liberarse por completo de la influencia del pensamiento de la yahiliya también muestran reticencia a gastar por la causa de Allah. Sobre ellos, Allah dice: «Gastad por la causa de Dios y no os arrojéis con vuestras propias manos a la destrucción» (Al Baqara: 195).
El significado de estas palabras es que, si no gastáis vuestras riquezas para la victoria de la religión de Allah y las acumuláis considerándolas el bien más querido de la vida, ello será causa de vuestra destrucción tanto en este mundo como en la Otra Vida. En este mundo viviréis una vida de esclavitud y en la Otra Vida sufriréis el doloroso castigo del Infierno.
Séptimo: gastar por la causa de Allah
Allah, exaltado sea, ha exhortado repetidamente a las personas a gastar dinero y riquezas con el objetivo de establecer la religión de Allah como una fuerza victoriosa. No solo eso, sino que también se ha presentado una nueva concepción acerca de este gasto. Consiste en que las riquezas gastadas por la causa de Allah para obtener Su complacencia, aunque aparentemente se hayan gastado, en realidad no se pierden ni se consumen. Por el contrario, quedan depositadas en la cuenta de ahorros (Saving Account) de la vida futura de quien las gasta y le serán devueltas multiplicadas varias veces; es decir, recibirá una recompensa equivalente a esa cantidad. Esto mismo se afirma en numerosos lugares del Noble Corán.
«Y estableced la oración, dad el azaque y conceded a Allah un préstamo excelente. Todo el bien y beneficio que enviéis por adelantado para vosotros mismos lo encontraréis ante Allah como un tesoro acumulado. Eso es sumamente mejor, y su buena recompensa es grandiosa» (Al-Muzzammil: 20).
«Y luchad por la causa de Allah, y sabed muy bien que Allah todo lo oye y todo lo sabe. ¿Quién de vosotros está dispuesto a conceder a Allah un préstamo excelente? Entonces Él se lo devolverá multiplicado varias veces» (Al-Báqara: 244-245).
El sentido de conceder un qard hasan o préstamo excelente, en los versículos anteriores, consiste en gastar bienes y riquezas por Su causa, únicamente para obtener la complacencia de Allah. Antes también se ha mencionado luchar por la causa de Allah. Para la lucha indispensable destinada a establecer la religión de Allah, es necesario reunir los fondos requeridos. Allah acepta como un préstamo excelente para Sí mismo el gasto de quienes emplean sus riquezas con este propósito, y también promete devolvérselo multiplicado varias veces. Es cierto que Allah Todopoderoso no necesita en absoluto dinero. No depende de nadie para nada. Por el contrario, toda criatura depende de Su misericordia a cada instante. El propósito de establecer la religión de Allah es procurar el bienestar de la humanidad. Gastar riquezas con este noble propósito se hace, en realidad, por el bienestar humano. Para conferir a esta acción el más alto honor, Allah la ha denominado un préstamo excelente para Él.
En el Sagrado Corán también se ha dicho:
«¿Quién concederá a Allah un préstamo, un préstamo excelente? Allah puede devolvérselo incrementado varias veces, y para él —para quien presta— habrá una recompensa sumamente excelente» (Al-Hadid: 11).
A propósito de este préstamo, Allah Todopoderoso ha hecho dos promesas. La primera es que lo devolverá multiplicado varias veces. La segunda es que, por Su propia parte, concederá además una recompensa excelente.
¡Qué conmovedora y atractiva es esta promesa de Allah Todopoderoso! Y todo creyente alberga necesariamente la firme convicción de que Él cumplirá plenamente Su promesa.
A este respecto, se ha transmitido un hadiz de Abdullah ibn Masud (que Allah esté complacido con él). Después de la revelación del versículo citado, cuando los compañeros lo escucharon de los benditos labios del Santo Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), el compañero Abu al-Dahdah al-Ansari (que Allah esté complacido con él) preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Acaso Allah nos pide un préstamo?»
El Profeta (s. a. s.) respondió: «¡Oh, Abu Dardah! Sí, Él pide un préstamo».
Abu Dardah dijo: «Muéstreme un momento su mano».
El Santo Profeta (s. a. s.) extendió su mano hacia aquel compañero. El compañero tomó la bendita mano del Profeta entre las suyas y dijo: «He prestado mi huerto a mi Señor». Hazrat Abdullah ibn Masud (r. a.) dijo que en aquel huerto había seiscientas excelentes palmeras datileras. La casa de aquel compañero se encontraba dentro del mismo huerto, y allí vivía con su familia. Después de conversar con el Profeta de la manera mencionada, Hazrat Abu Dardah (r. a.) llegó directamente a su casa. Llamó a su esposa y le dijo: «¡Madre de Dardah! Sal de la casa. He prestado este huerto a mi Señor».
Su esposa dijo: «¡Padre de Dardah! Al hacer esto has realizado un negocio sumamente rentable». Luego salieron del huerto con todos sus enseres, pertenencias y sus hijos —Ibn Abi Hatim—.
¿Puede encontrarse en algún otro lugar, aparte del islam, un ejemplo semejante de entregar todos los bienes por la causa de Allah? La jahiliyyah sostiene precisamente la perspectiva contraria. Iblis, el demonio, principal promotor y comandante supremo de la jahiliyyah, y sus secuaces dicen que una donación de este tipo es causa de necedad y pobreza, e instan a la gente a abstenerse de ella.
Cuando Allah Todopoderoso anima a Sus siervos creyentes a realizar un sacrificio de este tipo, Satanás y sus seguidores dicen: «No desperdiciéis vuestra riqueza por esperanzas irreales y falsas, atrayendo sobre vosotros la maldición de la pobreza. Más bien, gastad vuestro dinero en disfrutar de la vida, porque después de la muerte ya no habrá ninguna oportunidad de disfrutar».
«Satanás os atemoriza con la pobreza y os incita a cometer actos obscenos. Pero Allah os promete perdón y favor» —Al-Baqarah: 268—.
Cuando se solicita ayuda económica para alguna obra noble, para la elevación del islam, para reuniones de sermones religiosos, reuniones sobre la Sira, conferencias islámicas o para poner fin al pecado y la corrupción, quienes poseen abundantes riquezas obtenidas por medios lícitos o ilícitos alegan incapacidad. Sin embargo, no sienten reparo alguno en gastar millones de taka en las bodas de sus hijos, en la promoción y difusión del baile, el canto y diversas formas de decadencia cultural, ni en películas obscenas y sexualmente provocativas que destruyen la columna vertebral moral. Todo esto es fruto del pensamiento y la mentalidad de la jahiliyyah. Todos sus esfuerzos, aspiraciones y deseos giran exclusivamente en torno a la vida mundana. Allah les concede en este mundo muchas de las cosas que desean, aunque no todas. Pero en la otra vida no les corresponde nada. El propio Allah Todopoderoso lo ha declarado así en el Corán.
Por otro lado, frente a la yahiliya, el islam transforma por completo la concepción y la perspectiva sobre la vida. La vida plena del ser humano está constituida por la vida de este mundo y la de la Otra Vida. La vida mundana es el campo de acción para la vida de la Otra Vida. En la Otra Vida, el ser humano cosechará precisamente los frutos de sus actos en este mundo. Para hacer feliz y hermosa la vida de la Otra Vida, el islam ha presentado un programa completo de acción, y en cada acto se debe dar prioridad a la Otra Vida. Quien tenga firmemente arraigada esta creencia entregará por completo su vida mundana y todos sus bienes por la Otra Vida. Entre los nobles compañeros del Profeta se habían formado esta creencia y, sobre su base, una mentalidad y un carácter determinados. Siempre que el islam necesitó algún tipo de sacrificio, ellos ofrecieron desinteresadamente ejemplos de tal sacrificio. En el noveno año de la Hégira, al recibir la noticia de que más de cien mil soldados romanos iban a atacar el recién establecido Estado islámico, el Profeta se preparó para la guerra. Se decidió enfrentarse al enemigo en la región de Tabuk.
Para la guerra se necesitaba una gran cantidad de dinero. El Profeta hizo un llamamiento para recaudarlo. Para intensificar el entusiasmo por la yihad, fueron revelados algunos pasajes de una sura del Corán. Entre los compañeros comenzó una competencia por proporcionar dinero y pertrechos de guerra. Umar dividió todos sus bienes en dos partes y donó una de ellas al fondo de la yihad. Abu Bakr Siddiq llevó y entregó todo lo que poseía. Al verlo, el Profeta dijo: «¿Qué has dejado para tu familia, oh Abu Bakr?». «¡Abu Bakr! ¿Qué has dejado para tu familia?»
«Para mi familia no hay nada aparte de Allah y Su Mensajero», respondió Siddiq al-Akbar con el rostro sereno.
Esta es la grandiosa enseñanza, el carácter y el sacrificio del islam. Ellos entregaron por completo incluso la vida mundana por la vida de la Otra Vida.
El islames uniformeyunidireccional
La naturaleza y el temperamento del islam están enteramente orientados en una sola dirección. Volver el rostro hacia Allah, apartándose de todas las direcciones, ideales, doctrinas y perspectivas, es la exigencia del islam. El islam desea ver un mismo color y una misma semejanza en el pensamiento, la conciencia y las acciones de sus seguidores, lo que creará en ellos una identidad y una singularidad especiales. El islam no tolera la más mínima mezcla con ninguna creencia, corriente de pensamiento o concepción externa. Considera tan necesario adoptar esta cautela que tampoco permite adoptar ni practicar las costumbres, usos y ceremonias de los seguidores de la yahiliya en las que no se vea nada de politeísmo, incredulidad o pecado, sino que sean meramente tradicionales o sigan una práctica habitual. Esta cautela no se adopta porque algo pertenezca a otra nación ni por obstinación alguna. Al contrario, se vuelve indispensable por una especial significación, finalidad y visión de futuro de la religión. Su importancia reside en preservar la tendencia de los seguidores del islam a orientarse únicamente hacia Allah en su pensamiento y en sus actos. No debe suceder que se imite alguna cosa pequeña e inocente de la yahiliya y que, posteriormente, esa afición a imitar abra el camino a la penetración de las ideas de la yahiliya y a la desviación. Este temor no es imaginario, sino real. La psicología y la experiencia humanas han presentado en el pasado numerosos ejemplos de ello.
Se trata de una verdad tan profunda que, por lo general, la percepción interior del ser humano no logra alcanzarla. Incluso existen ejemplos de que algunos nobles compañeros adoptaron cautelas al respecto. Abu Waquid al-Layzi cuenta que, cuando el Noble Profeta avanzaba hacia La Meca después de Hunayn, el ejército musulmán tuvo que pasar junto a un árbol especial llamado «Dhatu Anwat». Era sabido que los politeístas colgaban sus armas en ese árbol. Al verlo, algunos musulmanes dijeron: «¡Oh Mensajero de Allah! Así como los politeístas tienen un “Dhatu Anwat”, establece también para nosotros un “Dhatu Anwat”.»
Algunos de los nobles compañeros que acompañaban al Profeta habían pensado que, si el Profeta designaba para ellos cualquier árbol, colgarían de él sus pertrechos y armas de guerra. No consideraban censurable esta acción. Tampoco había en ella el menor rastro de politeísmo o incredulidad. Fue pensando así como le hicieron al Profeta la petición mencionada. Tampoco parece que hubiera un error en ese tipo de pensamiento. Sin embargo, la sutil percepción interior del Profeta había visto la posibilidad de que, de ese modo, surgiera entre los musulmanes una mentalidad tal que ya no conservaran la pureza necesaria frente a las ideas erróneas de la yahiliya. Una petición de ese tipo no guarda ninguna semejanza con la naturaleza orientada hacia Allah propia de la religión. Por eso el Noble Profeta respondió a su petición: «¡Gloria a Allah! Estas son exactamente palabras del mismo tipo que las que el pueblo de Moisés le dijo: “Haznos también un ídolo, como ellos tienen muchos ídolos”». Este acontecimiento está narrado en el Sahih de Tirmidhi.
Existe, en efecto, una diferencia fundamental entre la petición mencionada de los Hijos de Israel y la petición de los compañeros del Profeta. Sin embargo, la única razón para considerar iguales ambas peticiones era que la mentalidad que se hallaba detrás de ellas podía acarrear gradualmente consecuencias nocivas tanto doctrinales como prácticas, y que seguir una práctica tradicional de los partidarios de la jahiliyyah que aparentemente parecía inocente y sencilla podía crear una tendencia a seguir las ideas y las acciones de la jahiliyyah. Por eso, el Profeta perspicaz y clarividente, después de pronunciar las palabras anteriores, también hizo una profecía, temiendo que esto sucediera. Dijo:
«Juro por Aquel en cuya mano está mi vida: seguiréis la conducta de quienes os precedieron» (Tirmidhi).
En esta profecía del Profeta, «vosotros» no se refiere a los nobles compañeros, sino a los musulmanes de épocas posteriores. «Quienes os precedieron» se refiere a los judíos y los cristianos. El Santo Profeta (s.a.s.) quiso decir precisamente esto: hoy os protegeré del error de esta forma de pensar y de sus terribles consecuencias. Pero en el futuro, cuando se debilite la sensibilidad de fe de los musulmanes, la influencia de la jahiliyyah seguirá aumentando. Como los judíos y los nasara fueron abriendo el camino a la penetración de la jahiliyyah, los musulmanes harán lo mismo.
La unidad de los musulmanes y la toma de decisiones basada en la consulta
Para protegerse de los ataques de la jahiliyyah y seguir plenamente el camino del Islam, la unidad entre los musulmanes es indispensable. Deben enfrentarse unidos a la jahiliyyah. Por eso se ha establecido como obligatoria la vida de los musulmanes en la jamaat. El Corán y el Hadiz ofrecen instrucciones claras al respecto.
Allah dice: «Aferraos todos juntos a la cuerda de Allah y no os dividáis» (Al Imrán: 103).
Aquí, por «cuerda», se entiende la religión de Allah. Se describe la religión como una cuerda porque, por un lado, mediante la cuerda de esta religión se ata a los creyentes a Allah, es decir, se establece entre ellos y Allah una relación profunda e íntima; y, del mismo modo, por otro lado, esta une a todos los creyentes entre sí y los vincula mediante un profundo lazo de hermandad. Los une y los convierte en una jamaat. Puesto que el objetivo de la vida de los musulmanes es la iqamat al-din, es decir, establecer y mantener establecido el din, esto solo puede lograrse mediante esfuerzos y una lucha unidos. Y para realizar esta tarea hay que enfrentarse a la jahiliyyah y expulsarla de todos los ámbitos de la vida. Por tanto, es indispensable llevar a cabo una lucha unida formando una jamaat.
Aferrarse firmemente al din, o a la cuerda del din, significa que, a los ojos del musulmán, la verdadera importancia corresponde al din. Dedicará todos sus esfuerzos a establecerlo y, después de establecerlo, a conservarlo intacto y puro. Para esta tarea, se ayudarán unos a otros. Pero si los musulmanes se apartan de las enseñanzas fundamentales del din y del objetivo de establecerlo, y crean desacuerdos por asuntos pequeños e innecesarios, entonces, al dividirse en grupos y subgrupos como las comunidades anteriores, se desviarán del objetivo principal de la vida y sufrirán la máxima humillación en este mundo y en el Más Allá. Cuando destruyen la unidad y se dividen en grupos y subgrupos, la jahiliyyah, es decir, la fuerza de la falsedad, puede extender su influencia y autoridad. Por eso Allah ha ordenado precisamente una lucha unida contra la falsedad.
Aunque el edificio estatal del islam se consolidó firmemente mediante la lucha unificada bajo el liderazgo del Profeta Muhammad (s. a. s.), posteriormente quedó hecho añicos debido a las discrepancias y desacuerdos mutuos entre los musulmanes; este tema se tratará más adelante.
En los hadices se encuentra una descripción detallada de la formación de la Jamaat islámica, de sus objetivos y propósitos, y de las terribles consecuencias de abandonarla.
Para proteger a la Jamaat islámica, a la sociedad y al Estado de la decadencia, junto con muchas otras cualidades de la fe que se exigen a los musulmanes, se ha concedido especial importancia a otro asunto: la toma de decisiones basada en la consulta. El Noble Corán ha dado instrucciones claras al respecto.
Si no se toman decisiones mediante la consulta en los asuntos de la Jamaat, de la sociedad y del Estado, surge la desconfianza hacia el liderazgo y se allana el camino para la desunión y el faccionalismo. Por ello se ha concedido especial importancia a la toma de decisiones basada en la consulta.
El Corán dice: «(¡Oh, Profeta!) Pasa por alto sus faltas y errores, pide perdón por ellos y consúltales en los asuntos de la religión» (Al Imran: 189).
En otro lugar del Corán se dice: «Y quienes responden a la llamada de su Señor (obedecen cada mandato de su Señor), establecen la oración y llevan a cabo sus asuntos mediante la consulta mutua» (Shura: 38).
Aquí se ha incluido el hecho de actuar mediante el diálogo y la consulta mutuos entre las mejores cualidades de la fe. También se ha dado esta instrucción en la sura Al Imran mencionada anteriormente. Por ello, la toma de decisiones basada en la consulta ha sido descrita como un pilar importante del modo de vida islámico. Actuar sin consulta según el capricho de una persona o de un grupo y colectivo particular no solo es una práctica propia de la Jahiliyyah, sino también algo completamente contrario al modo establecido por Allah.
Si se reflexiona profundamente sobre por qué se ha concedido tanta importancia a actuar basándose en la consulta, se hacen evidentes tres cuestiones.
Una de ellas es que, cuando los intereses de dos o más personas están relacionados con un asunto, decidirlo según el capricho de una sola persona, sin prestar atención a las demás personas implicadas, es sin duda una injusticia y un exceso intolerable. En las actividades colectivas y relacionadas con muchas personas, nadie puede tener derecho a actuar arbitrariamente. Cuando los intereses de muchas personas están relacionados con un asunto, es conveniente aceptar la opinión independiente de todas ellas, y eso es precisamente lo que exige la justicia. Si el número de personas implicadas es muy elevado, lo conveniente es incluir en la consulta a sus representantes de confianza.
En segundo lugar, solo quien desea satisfacer sus propios intereses pretende ejercer su arbitrariedad en los asuntos colectivos generales sin consultar a los demás. Detrás de su negativa a consultar opera la mentalidad de considerarse más grande e inteligente que todos los demás y de considerar a los otros insignificantes e indignos de ser consultados. Esta es la mentalidad creada por la jahiliyya, es decir, la mentalidad de Iblis. Un creyente no puede ser tan egoísta como para satisfacer sus propios intereses interfiriendo en los derechos de los demás, ni puede enorgullecerse y jactarse de ser el único inteligente y omnisciente. ¡Y qué cantidad de necios y burros! Un creyente ni siquiera puede pensar de esa manera.
En tercer lugar, decidir sobre asuntos relacionados con los derechos y los intereses de los demás es una enorme responsabilidad. El anuncio claro del islam es que toda persona a la que se le haya confiado una responsabilidad tendrá que rendir cuentas ante Dios en el Más Allá sobre si cumplió correctamente con ella. Por tanto, quien teme a Dios y cree de todo corazón en la difícil rendición de cuentas que tendrá ante Él no puede atreverse a cargar voluntariamente sobre sus hombros una responsabilidad tan ardua. Solo puede hacerlo quien no teme a Dios ni se preocupa por rendir cuentas en el Más Allá. Quien posee temor de Dios y conciencia de la rendición de cuentas en el Más Allá se esforzará sin duda por incluir en la deliberación para decidir un asunto a todas las personas cuyos intereses estén relacionados con él, o a los representantes designados por ellas, para poder alcanzar una decisión correcta y justa.
Al reflexionar profundamente sobre los tres puntos anteriores, queda claro que, para formar el tipo de personas de carácter que el islam desea formar y establecer la justicia en la sociedad por medio de ellas, tomar decisiones basadas en la consulta mutua es una exigencia absolutamente indispensable. No cumplir con esta exigencia es precisamente una característica de la jahiliyya. La exigencia del sistema de vida islámico es que todo asunto colectivo, grande o pequeño, debe resolverse mediante la deliberación mutua. Este principio debe observarse en todos los niveles de la sociedad. Si se trata de un asunto familiar, el esposo y la esposa decidirán después de consultarse mutuamente, y cuando los hijos alcancen la edad adulta también deberán participar en la deliberación. Si se trata de un asunto tribal o vecinal y no es posible que todos deliberen juntos, se resolverá por medio de un panchayat o de representantes fiables, elegidos mediante un procedimiento consensuado y aceptable para todos. Si se trata de un asunto de una comunidad, se confiará su administración a una persona sobre la base de la opinión independiente de todos los miembros de la comunidad o de sus dirigentes. Entonces esa persona tomará decisiones consultando a todos o, si ello no es posible, a sus representantes elegidos. El liderazgo de esa persona o la responsabilidad que se le haya confiado continuará mientras la gente siga depositando su confianza en ella. Si pierde esa confianza, también podrán destituirla del liderazgo. Un creyente no puede intentar convertirse en líder ni seguir siéndolo por la fuerza. Tampoco puede recurrir al engaño de apoderarse por la fuerza del liderazgo de la nación y obtener su apoyo mediante la opresión. No puede emplear la artimaña de impedir que el pueblo elija libremente, según su voluntad, a los miembros del consejo consultivo (shura o parlamento), haciendo que los elija conforme a las preferencias de la persona que ha tomado el poder. Solo puede recurrir a la fuerza, el engaño y el fraude, apartándose de los métodos prescritos por el islam, quien no alberga temor de Dios ni tiene conciencia alguna de rendir cuentas en el Más Allá.
El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) observaba personalmente este principio. Recibía instrucciones claras mediante la revelación de Allah. Una instrucción clara de Allah está fuera de toda cuestión; no hay necesidad de consulta ni deliberación al respecto. Sin embargo, puede surgir la necesidad de deliberar y consultar sobre cómo, mediante qué procedimiento y en qué circunstancias debe aplicarse una instrucción, y en tales casos el Profeta Mustafa lo hacía. Después del Profeta, este principio también se observó plenamente durante la época de los Califas Rectamente Guiados.
Elresurgimiento de la jahiliyya
Puesto que el conflicto y la lucha entre el islam y la jahiliyya son permanentes y eternos, después de ser derrotada y vencida por el islam, la jahiliyya continúa intentando resurgir gradualmente. Allah ha enviado profetas y mensajeros en todas las épocas para liberar a la humanidad de la influencia de la jahiliyya y guiarla por el camino correcto de la vida. Ellos purifican y liberan de la influencia de la jahiliyya los pensamientos, las creencias, el carácter y la conducta de las personas, las guían por el camino elegido por Allah y hacen sus vidas felices y hermosas. Bajo su liderazgo, las personas llevan una vida purificada. Pero después de su desaparición, comienzan a alejarse poco a poco de sus ideales y enseñanzas, y la jahiliyya encuentra la oportunidad de extraviarlas, encerrándolas en diversas redes de error. Entonces toda la sociedad humana queda atrapada en los tentáculos de la jahiliyya. Mientras las personas se aferren a los ideales y principios de los profetas, la jahiliyya permanece oculta, buscando una oportunidad, y continúa sembrando una y otra vez insinuaciones en los corazones de los sinceros y de quienes siguen la verdad. El instigador de estas insinuaciones es el propio Iblis, el Shaytán, junto con sus innumerables seguidores, los genios y los seres humanos, y el nafs o las malas inclinaciones de la propia persona. Las flechas de esta instigación son lanzadas una y otra vez; tras desviarse del blanco en varias ocasiones, finalmente alcanzan el lugar correcto y comienza el resurgimiento de la jahiliyya.
Ciertamente, Allah ha ordenado a las personas que busquen refugio en Él frente a las insinuaciones de estos instigadores. Al ignorar esta orden y debido a diversos intereses mundanos, las personas se convierten en víctimas de la instigación. Así, la jahiliyya avanza llevando consigo todas las armas de su extravío.
La historia es testigo de que la victoria total del islam no comenzó por primera vez únicamente en la primera mitad del siglo VII. Por el contrario, antes de ello también llegaron repetidamente las épocas doradas del islam. Pues es una verdad histórica que, para mostrar el camino recto a los siervos de Dios, los profetas y mensajeros acudieron una y otra vez al mundo. Ellos abandonaron el mundo en una situación en la que la yahiliyyah se había sometido ante la verdad. Pero, después de algún tiempo, la yahiliyyah inició sus actividades malignas, y los seres humanos fueron cayendo gradualmente en la confusión y el extravío, hasta entregarse al politeísmo y la incredulidad. También se encuentran ejemplos de ello en la historia de los hijos de Israel. Después de Moisés —la paz y las bendiciones sean con él—, durante la vida de su digno y sincero sucesor, Josué hijo de Nun, y durante algún tiempo posterior, la religión de Allah estuvo establecida en todos los ámbitos de la vida humana; por ello, su supremacía sobre los pueblos del mundo quedó afianzada. Al mencionar esto, se dice en el Sagrado Corán: «¡Oh, hijos de Israel! Recordad el favor que os concedimos y recordad también que os distinguí sobre las naciones del mundo» (suras Al-Baqara: 47, 122).
Pero más tarde, cuando su vitalidad religiosa se debilitó y comenzaron a manifestarse desviaciones en su pensamiento, carácter y conducta, la yahiliyyah se abalanzó sobre ellos con todas sus fuerzas. Entonces la situación llegó a tal punto que los hijos de Israel se fundieron por completo en la yahiliyyah. No puede negarse que, aunque la yahiliyyah adopte temporalmente una actitud silenciosa ante las circunstancias, no abandona el campo de batalla: simplemente espera una oportunidad. Puesto que el origen de la yahiliyyah es el propio Satanás, Iblís, y debido a la sabiduría y voluntad especiales del Creador del universo, Allah el Altísimo, se decretó que Satanás viviría hasta el Día de la Resurrección, el conflicto entre la verdad y la falsedad, entre el bien y el mal, continuará eternamente. En realidad, este conflicto existe para poner a prueba al ser humano, y para eso fue creado.
Por consiguiente, puesto que Iblís, Satanás, vivirá hasta el Día de la Resurrección, es completamente natural que su trato posterior hacia el islam y la comunidad musulmana sea el mismo que tuvo con las comunidades de todos los profetas anteriores.
El Profeta Muhammad —la paz y las bendiciones sean con él— también predijo esto. Dijo: «Seguiréis e imitaréis paso a paso a quienes os precedieron, hasta el punto de que, si ellos entraran en la madriguera de un lagarto, vosotros también entraríais en ella». Los Compañeros preguntaron: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Te refieres a los judíos y los cristianos al hablar de quienes nos precedieron?». Él respondió: «¿A quiénes si no?» (Bujari).
El significado de la anterior profecía del Noble Profeta era que estableceríais naturalmente vínculos y relaciones con las naciones destacadas en el escenario religioso y cultural del mundo. Mientras vuestra firmeza en la fe permaneciera intacta, en lugar de ser influidos por ellas, seguiríais influyéndolas. Como consecuencia, los musulmanes comenzarían a seguirlas paso a paso. Adoptaríais sus costumbres, sus métodos de pensamiento y sus ritos y ceremonias. No sentiríais ningún reparo en obedecer a naciones extraviadas y comunidades pecadoras. Después de que ocurriera todo esto, naturalmente ya no podrían preservar su distinción, singularidad ni conciencia religiosa. Entonces, en lo relativo al pensamiento, la conducta, las costumbres y todas las actividades, el muro inexpugnable que se había levantado entre el islam y la yahiliyyah —cuya preservación era tan indispensable como la preservación de la religión y la fe— comenzaría a derrumbarse en distintos lugares, y los musulmanes perderían su singularidad y su identidad nacional.
El ataque de la yahiliyyah desde cuatro frentes
La yahiliyyah borró la humillación de su derrota y volvió a levantar la cabeza. No solo eso, sino que lanzó un ataque desde cuatro frentes contra el islam con todas sus fuerzas. Su ataque se dirigió contra las creencias religiosas, contra la ley islámica, contra los principios y conceptos fundamentales del islam y contra la unidad nacional de los musulmanes. Su primer objetivo fueron las creencias fundamentales del islam. Si se logra destruir los cimientos sobre los que está construido todo el edificio religioso, las demás concepciones, la guía y los mandamientos pueden eliminarse fácilmente. Así, fue intensificando sus ataques, uno tras otro, contra los fundamentos esenciales del islam.
La creencia en la profecía
La creencia en el tawhid era absolutamente insoportable para la yahiliyya. Pero al principio no tenía ningún medio para atacarlo directamente. Por eso, su ataque comenzó contra la doctrina de la profecía de Muhammad. Es decir, si se lograba debilitar o destruir la creencia en la profecía de Muhammad, sería fácil borrar de la mente las demás creencias fundamentales del islam. Con este propósito, la yahiliyya creó varios frentes de batalla.
El primer frente de batalla consistió en fabricar falsos profetas. Es decir, incluso después del último profeta, Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él), seguirían apareciendo personas que reclamarían falsamente la profecía. Aunque los preparativos para ello ya estaban en marcha durante la vida del profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él), esta actividad se intensificó después de su fallecimiento, y dos hombres llamados Musailima y al-Aswad al-Ansi fueron presentados como pretendientes de la profecía. Algunas personas, incluida la tribu de Banu Hanifa, apoyaron a Musailima, y los yemeníes apoyaron a al-Aswad al-Ansi. Pero el primer califa, Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él), extirpó esta fitna con todas sus fuerzas.
Después, hacia el final del califato rectamente guiado, apareció la secta chií; y cuando posteriormente se dividió en numerosas ramas y subramas, comenzaron a surgir falsos profetas de entre ellas. Así, Abu Mansur, fundador de la secta Mansuriyya, declaró: «Alí (que Allah esté complacido con él) fue el Mensajero de Allah y un profeta. Después, Hasan (que Allah esté complacido con él), Husayn, Alí ibn Husayn y Muhammad ibn Alí fueron todos mensajeros y profetas. Yo también soy un mensajero y un profeta, y después de mí la sucesión de la profecía continuará durante seis generaciones».
También afirmó que la sucesión de la profecía nunca terminaría (Al-Milal wa al-Nihal, al-Shahrastani).
Abu Jattab, fundador de la secta Jattabiyya, afirmó que todos los imanes de los chiíes eran profetas. Mugira, fundador de la secta Mugiriyya, reclamaba para sí la profecía. Muhammad ibn Nasirun al-Nusayri, líder de la secta Nusayriyya, también reclamó la profecía (obra citada). No existe ningún argumento, ninguna prueba ni ninguna autorización otorgada por Allah que respalde estas afirmaciones. ¿Acaso hacía falta? En cuanto se planteara la cuestión de los argumentos y las pruebas, surgiría el conflicto y todo quedaría arruinado. Solo era necesario crear un fanatismo religioso entre los musulmanes de fe débil y mentalidad desviada. Y detrás de todo ello estarían la intensa instigación y el engaño de Satanás.
Aunque estos pretendientes de la falsa profecía fueron generalmente rechazados, ciertamente algunas personas se dejaron engañar. Se extraviaron al caer en la trampa tendida por la yahiliyya y se desviaron del camino.
Este es el relato de los primeros cien o ciento cincuenta años de la nueva campaña de la yahiliyya. Es posible que en otros lugares del mundo musulmán hayan ocurrido más acontecimientos de este tipo. Especialmente durante la época de decadencia de los musulmanes, era muy natural que sucedieran hechos semejantes, y de hecho sucedieron. Cuando los musulmanes se apartan en cierta medida de las creencias fundamentales del tawhid, la risala y el Más Allá, abandonan la obediencia a Allah y el liderazgo del Mensajero en todos los ámbitos de la vida, e inclinan la cabeza ante las fuerzas del tagut, la yahiliyya lanza con toda su fuerza un golpe devastador contra las creencias doctrinales de los musulmanes y obtiene una victoria, aunque no sea completa, sí parcial.
Instauración de una nueva religión
El emperador de la India, Akbar, intentó establecer una religión extravagante llamada «Dīn-e Ilāhī» con el propósito de erradicar el islam. La intención de Akbar era instaurar esta nueva religión precisamente como alternativa al islam. La mentalidad que impulsaba la creación de esta nueva religión era la siguiente: para hacer duradero y firme su gobierno en un territorio tan vasto como la India, debía ganarse necesariamente el corazón de la mayoría hindú y de las demás comunidades del país. Consideraba conveniente conquistar sus corazones mediante el instrumento de la religión. Por eso, su empeño consistía en establecer una nueva religión que combinara todas las religiones. En esta nueva religión se abandonaron los principios fundamentales del islam y se hicieron obligatorias para los musulmanes muchas prácticas y rituales del hinduismo. Por ejemplo, los musulmanes no podrían conservar sus nombres musulmanes tradicionales, no podrían circuncidar a sus hijos varones, no podrían dejarse crecer la barba ni comer carne de vaca. También podrían establecerse libremente relaciones matrimoniales entre musulmanes y no musulmanes, sin que estos últimos tuvieran que aceptar el islam para ello.
Lo curioso es que, bajo esta religión, los seguidores del hinduismo, el jainismo, el budismo y de todas las demás religiones podían practicar plenamente sus respectivas religiones. Solo se abolieron muchas normas y disposiciones de la sharía islámica. Queda absolutamente claro que esta religión fue inventada con el propósito de eliminar el islam.
Es cierto que las comunidades no musulmanas quedaron sumamente complacidas con Akbar, pero tampoco aceptaron esta religión. Sin embargo, un reducido número de musulmanes oportunistas y descarriados se sintió atraído por ella. La mayoría de los musulmanes la rechazó. El célebre erudito y asceta de aquella época, el shayj Ahmad Sirhindī Mujaddid Alf-e Sānī (que Allah tenga misericordia de él), declaró el yihad contra la propagación de esta nueva religión. Tras la muerte de Akbar, su hijo Jahāngīr se presentó como protector y portador de la religión «Dīn-e Ilāhī» y se esforzó al máximo por instaurarla. Aunque encarceló a Alf-e Sānī en la fortaleza de Gwalior y empleó todo el poder del Estado, no pudo impedir la prematura desaparición de esta religión extravagante. Finalmente, liberó a Alf-e Sānī para proteger su trono, se arrepintió ante él y volvió a hacerse musulmán. La estrategia que Akbar adoptó para hacer duradero y firme su propio gobierno y el de los mogoles sembró las semillas de la caída del Imperio mogol.
El resurgimiento del falso profeta
Durante el dominio británico de la India se tendió una red conspirativa en torno a la falsa profecía de Mirza Ghulam Ahmad. El Gobierno británico ayudó plenamente en esta conspiración. La promesa de importantes cargos públicos, ascensos y diversas ventajas económicas engañó y descarrió a muchos musulmanes ignorantes del islam. La amplia actividad de los misioneros cristianos, bajo la protección del Estado, solo logró convertir al cristianismo a un reducido número de musulmanes. Pero, como resultado de creer en la falsa profecía, se inventaron un nuevo profeta y una nueva comunidad musulmana; con ello, por una parte, se negó la autenticidad del Corán y, por otra, se declaró kāfir a quien no creyera en este nuevo profeta. Sin duda, esto constituyó un logro temporal de la jāhiliyya. Sin embargo, aunque casi todos los países musulmanes del mundo se convirtieron en colonias de potencias extranjeras y no musulmanas, y aunque un gran número de musulmanes se alejó de las prácticas islámicas, la umma musulmana en su conjunto rechazó con repugnancia la pretensión de falsa profecía de Mirza Ghulam Ahmad Qadianí.
Como Mirza Ghulam Ahmad nació en un lugar llamado Qadian, en el Punjab oriental, sus seguidores son conocidos como qadianíes. También se los llama ahmadíes. Ya en el primer cuarto de este siglo, la comunidad de los qadianíes o ahmadíes fue declarada no musulmana o kāfir por los eruditos religiosos de todo el mundo. También se escribieron numerosas obras documentadas que demostraban que esta profecía era falsa y fraudulenta. Después, tras la creación del Estado independiente de Pakistán como consecuencia de la partición de la India en 1947, comenzó un intenso movimiento contra esta falsa profecía. Su propaganda fue prohibida en los países árabes. Finalmente, en 1974, la Asamblea Nacional de Pakistán aprobó una ley que declaraba no musulmana a la comunidad qadianí.
El shirk en la profecía
El primer frente de batalla (WAR FRONT) de la jāhiliyya contra el islam se abrió en torno a la pretensión de la falsa profecía. Esta pretensión se ha formulado en distintas épocas. El segundo frente de batalla de la jāhiliyya es el shirk en la profecía. Es decir, se inventó una creencia extravagante en una participación compartida en la profecía. Para ello, se utilizó primero y de manera especial la persona de Hazrat Alí, que Allah esté complacido con él, como cobertura. Fue un episodio sumamente doloroso de la historia islámica que una controversia indeseable sobre el califato dividiera en dos a la umma musulmana y diera origen a una secta permanente llamada chiismo. Los miembros de esta secta adoptaron como parte integrante de su fe la creencia de que el Profeta Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz, designó a Hazrat Alí, que Allah esté complacido con él, como su representante y califa. Aún más doloroso es que creen que Hazrat Alí y sus imanes eran infalibles. Hasta entonces, la creencia fundamental de los musulmanes era que, entre la humanidad, solo los profetas son infalibles, y que esta infalibilidad no es mérito propio de ellos. Más bien, como Allah los eligió de entre la humanidad para la grandiosa tarea de la profecía, los mantuvo infalibles mediante Su gracia especial. Si ahora se considera infalible a alguien que no sea un profeta, desaparece la diferencia fundamental entre el profeta y quien no lo es.
En el corazón de los chiitas se consolidó la creencia de que no solo el honorable Alí (que Allah esté complacido con él), sino también todos los imames descendientes de él, eran igualmente infalibles, tal como lo fue Muhammad, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Esta es una gran conquista de la jahiliyyah, contraria a la doctrina islámica relativa a la profecía. Pues la exageración en la devoción y el respeto hacia la Gente de la Casa o familia del Profeta llega al grado del shirk en la profecía. Considerar infalible a alguien que no es profeta significa, en realidad, conferirle una posición y unos derechos equivalentes a los de la profecía. Entonces, la creencia en la misión de Muhammad deja de ser una creencia islámica. Por consiguiente, ya no puede esperarse alcanzar aquel gran objetivo para el cual Allah, Señor de los mundos, estableció la dignidad de esta misión universal y eterna y envió al Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) como el último de los profetas. En tal situación, él —el Profeta Mustafá— ya no permaneció como la única fuente de guía ni como la única medida reconocida de la verdad. Tampoco quedó reservado para él el derecho a la obediencia incondicional. Por el contrario, quienes son considerados infalibles alcanzaron en estos asuntos una posición equivalente a la del Profeta.
Del Califato al régimen monárquico
La abolición del Califato Rectamente Guiado y el establecimiento de la monarquía constituyeron una gran victoria de la jahiliyyah. Tras el martirio del cuarto califa, el honorable Alí (que Allah esté complacido con él), quedó allanado el camino hacia la monarquía; y cuando el honorable Muawiya (que Allah esté complacido con él) tomó el poder del Estado islámico, cayó el Califato Rectamente Guiado.
La caída del Califato Rectamente Guiado se considera una gran victoria de la jahiliyyah porque dicho califato no era simplemente una fuerza política ni un gobierno, sino la representación plena de la misión de Muhammad. Su función no se limitaba a administrar la ley y el orden del país, establecer la paz y la seguridad y proteger las fronteras. Más bien, en la vida colectiva de los musulmanes desempeñaba las responsabilidades de maestro, educador y guía, responsabilidades que el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había desempeñado durante su vida. También era responsabilidad del califato mantener vivo, dentro de la Morada del Islam, todo el sistema de la religión de la verdad, con su forma, naturaleza y fuerza vital auténticas, y mantener las fuerzas colectivas de los musulmanes del mundo consagradas a exaltar la palabra de Allah. No hay aquí ocasión para narrar la extensa historia de cómo comenzó el proceso de declive del Califato Rectamente Guiado durante el califato del honorable Uzmán, Dhun-Nurayn, que Allah esté complacido con él, y cómo se transformó en monarquía después del califato del honorable Alí (que Allah esté complacido con él). Todo estudiante de historia debería conocerla. Sin embargo, después del fin del Califato Rectamente Guiado, a la jahiliyyah le resultó más fácil abrir nuevos frentes contra el islam.
Después del Califato Rectamente Guiado
Después del fin del Califato Rectamente Guiado se estableció la monarquía, aunque se la denominara califato, y en ella se abandonaron los ideales y principios islámicos. El sistema social plenamente basado en la justicia que el Profeta Muhammad Mustafá (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había establecido permaneció intacto e incorrupto durante la época del Califato Rectamente Guiado, pero bajo la monarquía ya no conservó ninguna existencia. En lugar del gobierno islámico orientado al bienestar público, se exigió la aceptación de la obediencia mediante la fuerza. Ya no quedó oportunidad alguna para que las personas expresaran libremente sus opiniones, y muchos incluso tuvieron que entregar la vida por expresar una opinión independiente.
Es cierto que bajo la monarquía se conquistaron países uno tras otro y se amplió la extensión del Estado. Pero, al sustituirse las decisiones basadas en la consulta islámica por decisiones tomadas según la voluntad de una sola persona, se destruyó la unidad de pensamiento entre los musulmanes y estos comenzaron a dividirse en numerosos grupos y subgrupos. Los ideales y las corrientes de pensamiento contrarios al islam comenzaron a ejercer influencia sobre ellos.
Después de que se aboliera el gobierno del Califato Rectamente Guiado, es decir, el gobierno del Corán y la Sunna, comenzaron las deformaciones en la sociedad musulmana y en la mentalidad, el pensamiento y el carácter de los musulmanes. Las personas dotadas de conocimiento y carácter islámicos mostraron poca disposición a desempeñar cargos oficiales bajo la monarquía y se retiraron del escenario social.
Cabe señalar que, con el establecimiento de un Estado islámico plenamente constituido por el Profeta Mustafá, multitudes de personas buscaron refugio bajo la bandera del islam. Después, muchas de ellas ni siquiera tuvieron la oportunidad de purificar sus vidas. Tampoco muchos tuvieron la dicha de encontrarse con el Noble Profeta.
Después del fallecimiento del Noble Profeta, durante los califatos de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y Uthmán (que Dios esté complacido con él), continuaron la predicación y las conquistas islámicas. Durante ese período, innumerables personas de diversos países, regiones, pueblos y clases sociales abandonaron la religión de sus antepasados y buscaron refugio bajo la sombra acogedora del islam. Por lo general, aceptaron de corazón el islam como la verdadera religión. Sin embargo, entre ellos también había muchos que no tenían ninguna buena intención al abrazar el islam. En su interior sufrían una profunda angustia por causa del islam y albergaban resentimiento y hostilidad hacia él. Esperaban una oportunidad para asestarle un golpe devastador. Para cumplir sus malos propósitos, se incorporaron al grupo de los musulmanes. En realidad, eran hipócritas. Entre ellos destacaba especialmente un erudito judío llamado Abdullah ibn Saba. En nombre del islam, logró dividir en dos a la comunidad musulmana e introducir entre sus miembros una doctrina, una forma de pensar y unas prácticas distintas.
Después del establecimiento de la monarquía, las riendas de la autoridad pasaron de manos del islam a las de la jahiliyyah. Y, una vez perdida la autoridad estatal, el islam ya no tenía la fuerza necesaria para impedir el avance de la jahiliyyah. Además, para el islam era muy difícil enfrentarse a la jahiliyyah porque esta no apareció en la escena con su verdadero rostro, sino bajo la apariencia de «musulmana». Si la jahiliyyah hubiera atacado al islam adoptando la forma de ateos, incrédulos o politeístas, como enemigos declarados del islam, toda la comunidad musulmana se habría unido para combatirla. Pero la jahiliyyah proclamaba en sus labios el tawhid y la risalah, y todo lo que hacía lo hacía en nombre del islam. Bajo la cobertura del islam, la jahiliyyah siguió fortaleciendo sus raíces.
La jahiliyyah se apoderó del Estado y de las riquezas y lo llamó califato. Pero, en realidad, era una monarquía, precisamente aquello que el islam se había propuesto eliminar. Bajo la protección de esta monarquía, las ideas y la visión de la jahiliyyah se extendieron en la vida de la clase gobernante, de los emires y dignatarios subordinados a ella, de los gobernadores, del ejército y de las personas influyentes de la sociedad. Al mismo tiempo, también se propagaron la filosofía, la literatura y las artes de la jahiliyyah.
Puesto que la jahiliyyah había obtenido el poder estatal, también ejerció influencia sobre los ulemas, los sufíes y las personas temerosas de Dios. Como resultado, en la sociedad musulmana se propagaron la filosofía de Platón, el ideal de carácter ascético y una visión pesimista en todos los ámbitos de la vida.
Apartó de la autoridad y el liderazgo de la sociedad a las personas de carácter virtuoso, con el pretexto de la piedad y la abstinencia, y entregó el poder a los abanderados de la jahiliyyah.
Tasawwuf no islámico
Como se ha descrito anteriormente, el primer y el segundo frente de batalla de la jahiliyyah contra el islam se establecieron sobre las pretensiones de una falsa profecía y de compartir la dignidad profética. Aunque la jahiliyyah no pudo triunfar en el primero de estos dos frentes, en el segundo extendió su predominio, destruyó la unidad de la comunidad musulmana y redujo a escombros el palacio del califato islámico. Después, bajo la protección de la monarquía establecida, la jahiliyyah continuó extendiendo su mano negra. Incluso allí, donde las personas piadosas y temerosas de Dios que, presionadas por las circunstancias, se habían retirado del escenario político y se habían dedicado al tasawwuf —es decir, a la purificación espiritual, al dhikr y los adhkar, y al estudio y la enseñanza del conocimiento religioso—, la jahiliyyah siguió extendiendo su influencia. Como resultado, frente al tasawwuf basado en el islam apareció el tasawwuf de la jahiliyyah. Este fue el tercer FRENTE DE GUERRA o campo de batalla de la jahiliyyah contra el islam.
Este tasawwuf jahilí intentaba borrar del corazón la creencia en la profecía. La idea fundamental de este tasawwuf era que, para la adoración cuyo objetivo es llegar a Dios, no se necesita la mediación de ningún profeta ni tampoco obedecerlo. También se puede llegar a este destino deseado por otros medios. Probablemente, estos seguidores de este tasawwuf falso tomaron esta idea de una secta chií. El fundador de la secta chií llamada Qayaliyya, Ahmad ibn al-Qayyal, sostenía que quienes carecen de visión interior son los que siguen ciegamente a los profetas.
Esta idea se expresa, tras pulirla un poco, de la siguiente manera: así como es indispensable la mediación de un abogado para presentar una petición propia ante un gobernante, del mismo modo es indispensable la mediación de un pír para presentar algo de parte del siervo ante Dios. De este modo, se abandona la relación con el profeta —cuya mediación entre el siervo y Dios, es decir, cuya obediencia, es el medio para obedecer a Dios y alcanzar a Dios, y cuya vía fácil y directa hacia Dios él mismo mostró—, y se considera la obediencia al pír como el único medio para llegar a Dios. Pero, en realidad, toda la obediencia del siervo queda limitada al pír, y el concepto de obediencia no puede elevarse por encima de él. En consecuencia, el único criterio de lo lícito y lo ilícito, de lo bueno y lo malo, y de la adoración y la desobediencia pasa a ser el pír. Así se rompe la relación del siervo con Dios y con el profeta.
Si se acepta esta corriente de pensamiento y esta filosofía, entonces la «profecía de Muhammad» y hasta la «fe en la misión profética» se vuelven innecesarias. ¿Puede alguien que cree en el islam, en el Corán y en el profeta albergar semejantes ideas? Pero lo sumamente lamentable es que la jahiliya ha contagiado esta grave enfermedad de pensamiento erróneo a un sector de los musulmanes, y, precisamente en nombre del islam, algunas personas se han convertido en portadoras, defensoras y propagadoras de esta idea.
Cabe señalar que, aunque en la sociedad existen el tasawwuf conforme al islam y sus seguidores, su número es muy reducido. Puesto que bajo los seguidores del tasawwuf falso no es necesario observar ningún precepto de la sharía, el grupo de los oportunistas se inclina más hacia este lado. La propaganda de la jahiliya también es muy contundente a su favor.
de la jahiliyalas armasmortíferas
No cabe duda de que el tasawwuf jahilí desvió a algunos musulmanes del camino verdadero, correcto, fácil y directo del islam (sirat al-mustaqim). Pero posteriormente, las tres armas sumamente mortíferas de la jahiliya han debilitado los propios cimientos del islam. Son: (1) un sistema de vida sin Dios o rebelde contra Dios (SECULARISMO), (2) el culto a la nación, es decir, el nacionalismo (NACIONALISMO), y (3) la democracia que reivindica la soberanía (DEMOCRACIA). Al analizar estas tres armas mortíferas, se comprenderá hasta qué punto han influido en la fe, el pensamiento y la conciencia islámicos, y hasta qué punto se han establecido filosofías y doctrinas de vida contrarias al islam.
Secularismo
Comencemos examinando el SECULARISMO (secularismo). Su esencia consiste en rechazar, en cada ámbito de la vida, las normas y la orientación del Creador del universo, y vivir conforme a las normas y orientaciones elaboradas por nosotros mismos. Sin embargo, se dice con gran astucia que, si la conciencia de alguien atestigua que existe un Dios y que se le debe alabar y adorar, puede hacerlo en su vida privada. Pero, en cuanto al mundo, la sociedad y todo lo relacionado con ellos, Dios y la religión no tienen ninguna relación. Dentro del sistema de vida cuyo edificio se ha levantado sobre esta teoría, todos los niveles de las relaciones del ser humano con otros seres humanos y con el mundo son completamente independientes de Dios y de la religión. Toda la organización social es independiente de la religión; el sistema educativo es independiente; las leyes y normas son independientes; el parlamento del país es independiente; la política, la economía, toda la administración del país y las relaciones internacionales son independientes de Dios y de la religión. En cualquier decisión que se adopte en estos diversos ámbitos y dimensiones de la vida humana, se considera irrelevante, fundamentalmente carente de sentido y fruto de un pensamiento ciego y supersticioso preguntar si Dios ha establecido para nosotros algún principio o directriz respecto a estos asuntos. Y, aunque lo hubiera hecho, se afirma que no es posible seguirlo dadas las circunstancias y la situación. Queda ahora la vida privada. Pero, debido a un sistema educativo sin religión y a la influencia de la vida social, la vida privada también se ha vuelto y sigue volviéndose, en la mayoría de los casos, desprovista de religión. Porque hoy son muy pocas las personas cuya conciencia atestigua que existe un Dios y que hay que obedecer sus mandatos. En particular, para quienes dirigen la sociedad y la civilización construidas sobre la base de este secularismo, la religión ya ni siquiera es un asunto de la vida privada. También se ha roto su relación personal con Dios.
Este secularismo, es decir, la irreligiosidad o la rebelión contra Dios, nació en Europa y también tiene un trasfondo (BACKGROUND). Parece difícil comprender el tema sin analizarlo, aunque sea brevemente.
Los sacerdotes cristianos elaboraron, basándose en un cristianismo deformado, su propia sharía o normas religiosas inventadas, y comenzaron a gobernar en nombre de la religión. La Torá contenía normas de la sharía aptas para administrar la sociedad. Aunque los eruditos judíos deformaron la Torá tanto como pudieron, los cristianos rechazaron la Torá original. No se había revelado ninguna nueva sharía por medio de la Biblia. Por ello, los sacerdotes cristianos siguieron deformando la religión en beneficio de sus propios intereses y administrando el gobierno en nombre de ella. En lugar de la ley enviada por Dios, era absolutamente imposible establecer en la sociedad la paz, la seguridad y la justicia mediante leyes inventadas por los seres humanos. Aunque bajo este gobierno continuaban la corrupción, la injusticia, la opresión y la persecución, la gente común las aceptaba en silencio y a regañadientes porque llevaban el sello de la religión. En toda Europa había numerosos reinos, grandes y pequeños, gobernados por sacerdotes, que eran llamados PAPAL STATES. Sobre todos ellos se estableció un imperio cristiano llamado HOLY ROMAN EMPIRE.
Cabe señalar que, al comienzo del siglo VIII, se estableció el gobierno musulmán en España y este se mantuvo durante varios cientos de años (711-1492 d. C.). Durante el gobierno musulmán se fundaron en Córdoba y Granada las dos universidades más grandes, y personas sedientas de conocimiento de diversas partes de Europa acudían en grupos a estos eminentes centros de enseñanza para adquirir conocimientos. Con su educación superior, estas instituciones encendieron en Europa la antorcha del conocimiento y la ciencia. En el mundo de aquella época, Bagdad, Córdoba y Constantinopla (CONSTANTINOPLE) eran centros de educación, civilización y cultura para todo el mundo. Sin embargo, Córdoba ocupaba el lugar más elevado de todos. La fama de Córdoba (CORDOVA) en el estudio del conocimiento y la ciencia era mundial. Como resultado de la amplia práctica del conocimiento y la ciencia, surgió entre la sociedad educada un pensamiento libre e independiente. Al mismo tiempo, comenzaron a producirse nuevos descubrimientos científicos. Se inició un intenso conflicto entre las ideas científicas y las anticuadas concepciones supersticiosas de los sacerdotes. Se promulgaron nuevas leyes para impedir el pensamiento y los descubrimientos científicos. Se establecieron castigos severos y estremecedores contra quienes desobedecieran las leyes. Puesto que todo esto se hacía invocando la religión, la sociedad educada comenzó a sentir aversión por la religión misma.
Los eruditos y filósofos cristianos de la Antigüedad construyeron todo el edificio de sus creencias religiosas y de sus concepciones sobre el ser humano y la naturaleza del universo sobre las ideas, doctrinas, argumentos, pruebas y datos de la filosofía y la ciencia griegas. También creían que, si se atacaba cualquiera de los fundamentos sobre los que se había construido el edificio de sus doctrinas, todo el edificio se desmoronaría por completo. Y con él terminaría también la religión cristiana. De ningún modo estaban dispuestos a tolerar críticas o investigaciones que suscitaran dudas sobre las verdades universalmente aceptadas de la filosofía y la ciencia griegas. Tampoco estaban dispuestos a aceptar ninguna corriente de pensamiento filosófico que, apartándose de esas verdades universalmente aceptadas, presentara otra forma de pensar que hiciera sentir al clero la necesidad de reconsiderar su filosofía. No se permitía ninguna investigación que pudiera demostrar que alguna parte de las concepciones sobre el ser humano y la naturaleza del universo presentadas en la Biblia, o de las doctrinas aceptadas por los filósofos, era errónea. Consideraban cada uno de estos asuntos un peligro directo para la religión y para todo el sistema cultural, político y económico establecido sobre ella. Por otro lado, a cada paso de quienes realizaban labores de crítica, investigación y búsqueda de datos conforme al movimiento renacentista y a sus demandas, se hacían evidentes las debilidades de aquellas filosofías y ciencias sobre cuyos fundamentos se había construido todo el edificio de las creencias religiosas. Sin embargo, cuanto más avanzaban en sus investigaciones, más el clero o la comunidad cristiana intentaba, aplicando su poder religioso o político, bloquear su camino con una severidad cada vez mayor. Muchas cosas contrarias a numerosas verdades aceptadas de épocas anteriores se mostraban con la claridad de la luz del día. El clero decía que, en lugar de reconsiderar las verdades universalmente aceptadas, había que arrancarles los ojos a los críticos. A los investigadores les parecía que entre las doctrinas consideradas pruebas irrefutables de las creencias religiosas había numerosos errores. El clero decía que había que hacer añicos el cerebro de quienes concibieran pensamientos de ese tipo. El resultado de este conflicto fue que, desde el primer amanecer del renacimiento del conocimiento, la ciencia y la intelectualidad, surgió una actitud obstinada contra la religión y las personas religiosas, y por las venas y arterias de la nueva civilización se propagó una mentalidad de alejamiento de Dios e irreligiosidad. Después, no podía esperarse que los defensores de estos pensamientos independientes distinguieran las demás religiones del cristianismo de la Iglesia. Por ello, naturalmente, su obstinación no quedó limitada al cristianismo y a su Iglesia. Más bien, todo lo que se entendía por religión se convirtió en víctima de su obstinación. Cuando este conflicto, acompañado de semejante estado psicológico de hostilidad contra la religión, pasó del ámbito del conocimiento a diversos campos de la política, la economía y la organización social, tras la derrota de las autoridades eclesiásticas, bajo el liderazgo de los abanderados de la nueva civilización se construyó un nuevo edificio religioso de la vida, con una filosofía de vida permanente, llamado «secularismo». Su principio fundamental era que la religión no tendría derecho a intervenir en ningún ámbito de la política, la economía, la moral, las leyes ni, en suma, la vida social. La religión sería un asunto puramente personal. Quien quisiera creer en Dios y en los profetas en su vida privada podría hacerlo. Pero, al formular todas las normas de la vida social, sería irrelevante preguntar qué orientación ofrece Dios al respecto.
El fundamento inicial de los sistemas intelectual, social, político y económico de la nueva civilización del mundo moderno es el secularismo (SECULARISM). El fascismo, el capitalismo, el nazismo, el socialismo, el comunismo, el nacionalismo, la democracia que reclama la soberanía, el hedonismo (EPICURIANISM), el utilitarismo (UTILITARIANISM), el ateísmo, el darwinismo (DARWINISM) y otras doctrinas no son más que ramas y ramificaciones del secularismo, cuya fuerza vital se ha infundido en todas ellas.
La piedra angular de este sistema de vida es la irreligiosidad, la rebelión contra Dios o el puro mundanalismo. La doctrina según la cual la relación entre Dios y la religión se limita únicamente a la vida privada del ser humano es una doctrina absurda e irrelevante, que no guarda ni la más remota relación con el conocimiento y la conciencia. Lo cierto es que, en lo concerniente a Dios y al ser humano, necesariamente debe darse una de estas dos posibilidades: o bien Dios es el Creador, Señor, Gobernante y Legislador del ser humano y del universo, o no es nada de eso. Si no es el Creador, Señor y Gobernante, entonces tampoco hay necesidad de mantener una relación personal con Él. Y adorar a una entidad con la que no existe relación carece por completo de sentido. Incluso es una muestra de falta de conciencia pensar que Dios es ciertamente el Creador, pero que no ha dicho cómo debe vivir el ser humano en este mundo, ni cómo deben ser sus sistemas político, económico, cultural y social, o que —Dios no lo quiera— es incapaz de decirlo. ¿Hay alguna necesidad de creer en un Dios así? Pero si Él es el Creador, Señor y Gobernante de nosotros y del universo, entonces pensar que Su gobierno se limitará únicamente a la vida privada, o que, en vez de gobernar, se limitará meramente a la adoración, no es sino una extrema necedad. Cuando una persona se relaciona con otra y comienzan las relaciones sociales, decir que allí ya no regirán ni ejercerán control el Creador y Su gobierno sería una afirmación propia de alguien sin conciencia. Si, en la vida social, el ser humano se vuelve independiente y arbitrario, sin necesitar de su Creador, eso constituirá una rebelión extrema contra su Creador, Señor y Gobernante. Después de esta rebelión, quien diga: «Yo obedezco a Dios en mi vida privada» debe ser considerado mentalmente perturbado. Esto no puede ser otra cosa que engaño, fraude e hipocresía hacia el Creador.
¿Acaso no es una afirmación propia de alguien sin conciencia decir que cada individuo, por separado, es siervo de Dios y está obligado a obedecer Sus mandatos, pero que, cuando esas individualidades separadas se unen para formar una sociedad, dejan de ser siervos de Dios? Cada una de las partes es sierva, pero el conjunto de las partes no lo es. Tal afirmación solo podría provenir de un loco privado de razón y entendimiento. ¿Cómo puede aceptarse que, si no necesitamos a Dios ni Su guía en nuestra vida familiar, en nuestros barrios y ciudades, en nuestras instituciones educativas, en nuestros mercados, en nuestros parlamentos y casas de gobierno, en la administración, en los tribunales superiores, en los cuarteles, en los cuerpos de policía, en la guerra y en la paz, entonces dónde Lo necesitaremos? Si Dios es tan impotente e incompetente —Dios no lo quiera— que no puede guiarnos en ningún ámbito de la vida, ni decirnos qué es beneficioso y qué es perjudicial para nosotros, ni ofrecernos soluciones a los problemas de nuestra vida, ¿de qué sirve creer en un Dios así? Pero si Él es verdaderamente competente para todo ello y nos ha dado un sistema de vida, entonces rechazarlo significa declarar la rebelión contra Él. Por eso, la traducción adecuada al bengalí de la palabra inglesa SECULARISM no puede ser otra que rebelión contra Dios. En la vida real, las consecuencias de esta doctrina son extremadamente graves. Si se priva a cualquier ámbito o aspecto de la vida de Dios o de la religión, necesariamente queda sometido a la influencia de Satanás. No existe algo que pueda llamarse vida privada del ser humano. La vida social de un ser humano comienza desde el mismo momento en que nace del vientre materno. A su alrededor ve a su madre, padre, hermanos, abuelos, tíos maternos, tías maternas, tías paternas y muchos otros parientes. Al abrirse sus ojos al conocimiento, queda vinculado a una sociedad, a un grupo de parentesco, a un barrio, a una nación y a un sistema cultural, económico y político. Numerosos vínculos de este tipo lo relacionan con otras personas, y a estas con él. Solo cuando estas relaciones son correctas, armoniosas y justas es posible el bienestar y la prosperidad de cada ser humano y, en conjunto, de toda la humanidad. En este asunto, solo Allah, el Altísimo, es la Entidad Omnisapiente que ha indicado a los seres humanos principios y límites justos y permanentes para estas relaciones. Cuando, rechazando la guía y orientación de Allah, el Altísimo, se actúa según el propio deseo y con independencia en cualquier ámbito o aspecto de la vida, no queda lugar para principios permanentes, justicia ni honestidad. Por ello, después de verse privado de la guía de Dios, el ser humano no tiene nada más a lo que pueda recurrir en busca de orientación, salvo sus pasiones, supersticiones, conocimientos defectuosos e incompletos y experiencia. Las consecuencias de ello pueden observarse en toda sociedad regida por los principios de la irreligiosidad o del puro mundanalismo (SECULARISM). En esos lugares se ve que, para satisfacer los deseos de las pasiones, cada día se formulan y se abrogan nuevos principios. Es evidente para todo el mundo hasta qué punto cada aspecto y ámbito de las relaciones humanas está contaminado por la injusticia, la opresión, la persecución y la desconfianza mutua. En todos los asuntos humanos existe una fuerte influencia del egoísmo personal, grupal, nacional y de linaje. Cada nación y cada país, dentro de su propia jurisdicción, han establecido principios, leyes y procedimientos para satisfacer sus propios deseos con todo el egoísmo que les es posible. No les importa qué efecto pueda tener esto sobre otras personas, grupos y naciones. Por tanto, puede afirmarse sin vacilación que la consecuencia del secularismo, es decir, de la rebelión contra Dios o del mundanalismo, es únicamente que todo aquel —ya sea una persona, un grupo, un país, una nación o el conjunto de las naciones— que adopte este sistema de conducta conforme a dicha doctrina terminará sin freno, sin responsabilidad y convertido en esclavo de sus pasiones.
De la discusión anterior se pudo saber que el secularismo nació en Europa durante la época de máxima decadencia del judaísmo y el cristianismo, y que expulsó a Dios y a la religión de todos los ámbitos de la vida humana, permitiendo practicar la religión únicamente dentro del ámbito sumamente estrecho de la vida personal. En resumen, el secularismo consiste en decidir todos los asuntos de la vida humana ignorando la soberanía y la guía de Dios, y en adoptar como objetivo de la vida la vida mundana y su éxito, en lugar del éxito en el Más Allá (la vida después de la muerte). El «secularismo», con este significado y esta interpretación, ha extendido sus tentáculos sobre todo el mundo como un pulpo. Aunque todavía hoy el número de personas que creen en Dios y en la religión es el mayor del mundo, esta religiosidad está limitada al ámbito sumamente estrecho de la vida individual, separada de la sociedad; e incluso dentro de ese ámbito, la mayoría de quienes se presentan como creyentes en la religión no son fieles a la religiosidad. Bajo la influencia del entorno exterior, van perdiendo gradualmente la confianza en la religión y en Dios. En Europa y América se observa que las iglesias y las sinagogas están siendo abandonadas. La juventud judía y cristiana se inclina hacia el ateísmo. Fuera del ámbito sumamente estrecho de la vida personal, el dominio y la autoridad del «secularismo» se ejercen sobre toda la vida en lugar de Dios y, por así decirlo, sobre todo el mundo humano reina no la religión, sino el «secularismo». Entre las demás doctrinas que nacieron de él, como el fascismo, el socialismo, el nazismo, el comunismo, el nacionalismo y otras que ya se han mencionado, existe como valor universal el hecho de que no están fundadas en la satisfacción de Allah, el Altísimo, sino en los impulsos humanos. Todas estas doctrinas y sistemas no han sido adoptados sobre la base de la guía de Allah, el Altísimo, sino que son fruto de pensamientos y perspectivas rebeldes contra Dios. Por tanto, puede afirmarse sin vacilación que la irreligiosidad y la rebelión contra Dios no son sino otro nombre del «secularismo».
Se denomina al «secularismo» un arma letal de la yahiliya contra el islam porque incluso la nación musulmana, que cree en el tawhid, la risalat y el ájira, ha adoptado sin vacilación el «secularismo» como doctrina rectora de su vida social y política. Esta doctrina surgió cuando los pensadores modernos y los científicos se rebelaron contra el gobierno arbitrario y las supersticiones impuestos en nombre de la religión por los eruditos religiosos cristianos. La Torá y el Evangelio (la Biblia) han sido tan distorsionados y alterados que en ellos apenas puede encontrarse una pequeña parte del mensaje original revelado por Dios. Además, la Biblia no establece ningún principio sobre la política, la economía, el poder judicial, la guerra, la paz y otros asuntos semejantes. Por ello, no era posible adoptar una política equilibrada y justa para gobernar el país ni para llevar a cabo las diversas actividades políticas y económicas. Los eruditos religiosos, es decir, los sacerdotes, mantuvieron, en beneficio de sus propios intereses y en nombre de la religión, un gobierno irreligioso y explotador, como reacción al cual nació el «secularismo». Pero la situación de los musulmanes es completamente distinta. Ante ellos estaban, y siguen estando, el Corán y la Sunna. También tienen ante sí el ejemplo sin precedentes de un Estado islámico de bienestar que existió durante casi medio siglo sin sufrir alteraciones. A pesar de todo ello, someterse a las doctrinas y leyes elaboradas por los seres humanos, rechazando la soberanía de Alá —es decir, Su señorío y autoridad sobre todos los ámbitos de la vida—, debe considerarse un gran triunfo de la yahiliya.
Sin embargo, es cierto que, cuando los musulmanes, después de ser apartados del poder político a causa de su decadencia moral, vivían una vida de esclavitud, las ideas, la visión de la vida y los valores de la vida de las potencias victoriosas los influían. Finalmente se convirtieron en esclavos mentales de tal magnitud de las potencias victoriosas que empezaron a pensar en todo con sus mentes y a verlo todo con sus ojos.
El secularismo bajo el dominio colonial europeo
En la región oriental del subcontinente, es decir, en Bengala, Bihar y Orisa, el dominio colonial de los ingleses comenzó en 1757. Mediante la astucia, el engaño, el soborno y la traición, derrotaron y mataron sin librar una guerra a Sirajuddaula, el gobernante independiente de Bengala, Bihar y Orisa; así establecieron el dominio inglés en esta región y, durante el siglo siguiente, en todo el subcontinente. Antes del dominio inglés, el dominio musulmán había prevalecido en todo el subcontinente durante varios siglos. Cabe señalar que, durante el dominio musulmán, la ley islámica estaba vigente en todo el país y se había establecido una justicia plena entre todas las razas y comunidades religiosas. Después de despojar a los musulmanes del poder, los ingleses se convirtieron en los gobernantes y abolieron la ley islámica vigente en el país, sustituyéndola por leyes elaboradas por los seres humanos.
El dominio musulmán llegó a su fin debido a la extrema decadencia moral, la vida de placeres y la irresponsabilidad de los gobernantes musulmanes. Sin embargo, los musulmanes no pudieron aceptar el dominio de extranjeros y no creyentes por dos razones. Primera: siendo la nación gobernante, tuvieron que llevar las cadenas de la dependencia, es decir, de la esclavitud, algo absolutamente vergonzoso e insoportable para ellos. Segunda: en lugar de la ley islámica, se les impusieron leyes seculares, sin Dios y elaboradas por los seres humanos. Eso era contrario a su fe y a sus creencias.
Según las creencias fundamentales del islam, Alá no es solamente el Creador del universo, incluida la humanidad; también es el Proveedor, Sustentador, Señor, Rey y Legislador de todos los seres vivos. En la sura «An-Nas», el Corán denomina a Alá Rey de la humanidad y ordena buscar refugio en Él. Alá es el Rey de la humanidad y los seres humanos son Sus súbditos. El Rey debe establecer necesariamente para sus súbditos las leyes y normas necesarias, cuyo cumplimiento es obligatorio para ellos. De lo contrario, deben ser necesariamente merecedores de castigo por el delito de infringir la ley.
Para los musulmanes de este subcontinente se hizo evidente la cuestión de cómo podía aceptarse una ley elaborada por los seres humanos en lugar de la ley de Alá. Quienes abolieran el gobierno de la ley de Alá y quisieran hacer efectivo en la sociedad humana su propio gobierno de la ley eran fuerzas falsas que se atribuían la divinidad; en el lenguaje del Corán se las denomina tagut. Solo rechazando el mandato, el gobierno, el señorío y la autoridad del tagut se puede creer en Alá. Obedecer simultáneamente a Alá y al tagut es irracional y contrario a las creencias fundamentales del islam. Ciertamente, es verdad que durante sus casi doscientos años de dominio en este subcontinente, el Gobierno británico no impidió a los musulmanes cumplir sus prácticas religiosas, como la oración, el ayuno, el hach y el zakat. Su postura era que cada persona gozaría de plena libertad para practicar su propia religión. Pero la religión no tendría ninguna autoridad normativa sobre las leyes y normas del país, el sistema judicial, la política, la economía, la civilización y la cultura, la educación y otros ámbitos. En la terminología moderna, a esto se le llama «secularismo». Con ello se niegan por completo la ley, el señorío y la autoridad de Dios en todos los ámbitos de la vida fuera de la vida individual. ¿Cómo podría llamarse esto sino una extrema rebelión contra Dios?
Los musulmanes no pudieron aceptar esta doctrina y este sistema social contrarios al islam; por ello, Sayyid Ahmad Shahid Barelvi (que Dios tenga misericordia de él) inició un verdadero movimiento islámico llamado «Tahrik-e Muyahidín». Miles de musulmanes de todas las regiones del subcontinente se unieron espontáneamente a este movimiento. Después, emprendieron una lucha armada por la causa de Alá y establecieron también un Estado islámico genuino. Aunque no pudo perdurar por diversas razones, los verdaderos siervos de Alá cumplieron su responsabilidad de fe al derrocar el gobierno de la ley del tagut y establecer, aunque solo fuera por un breve período, el gobierno de la ley de Alá.
Hay que considerar un gran logro de la yahiliya, es decir, de Satanás, el hecho de que haya sido capaz de influir y estimular en su conjunto a la nación musulmana hacia esta filosofía rebelde contra Dios (el secularismo). Quienes no creen en la existencia de Dios, o quienes creen en la existencia de tres dioses o de muchos dioses, no tienen ninguna dificultad en aceptar esta filosofía. En las religiones distintas del islam no se ha proclamado ningún código de vida. Salvo algunas prácticas de adoración y ceremonias religiosas, no se ha proporcionado ninguna orientación acerca de los diversos aspectos y ámbitos de la vida. Incluso en el libro celestial, el Evangelio, no se ha dicho nada sobre el sistema social y estatal. En el último Libro divino de Allah, el Noble Corán, se ha establecido una normativa completa para toda la vida humana. Cuando haya que juzgar y resolver cualquier asunto en cualquier ámbito de la vida, debe hacerse conforme a las leyes y normas reveladas por Allah. Quienes no lo hacen han sido llamados explícitamente «kafir», «opresores» y «transgresores». Sin embargo, las personas y grupos conocidos como musulmanes continúan violando sin reparos esta instrucción clara. ¿Cuál puede ser la única causa de ello, si no que estos desdichados musulmanes viven sometidos políticamente bajo fuerzas contrarias al islam y han aceptado la educación que estas promovieron? Esto no es más que su extrema inferioridad y esclavitud mental.
Es profundamente lamentable que, entre los países del mundo musulmán, Turquía fuera el primero en adoptar el secularismo como fundamento para la reconstrucción de la sociedad, el Estado y la civilización y la cultura. El arquitecto de este Estado y sistema social rebelde contra Dios fue Mustafa Kemal Pasha.
Kemal Pasha nació en 1881, en una choza deteriorada de Salónica. Su padre, Ali Riza, trabajaba como empleado en una oficina gubernamental. Incapaz de soportar la opresión de la pobreza, dejó su empleo y comenzó un negocio con la esperanza de cambiar su suerte. Pero no logró progresar en los negocios. Al contrario, se enfrentó cada vez a una pobreza mayor. Finalmente, la extrema desesperación respecto de la vida lo volvió adicto a las drogas, y murió de tuberculosis. Su esposa, es decir, la madre de Mustafa Kemal, era una musulmana sumamente piadosa y llevaba el velo. Quería convertir a su hijo en un erudito religioso. Pero desde la infancia Kemal tuvo un carácter rebelde e indisciplinado. Humillar e insultar públicamente a sus maestros era parte de su conducta habitual. Por ello, no pudo estudiar en la escuela. Más tarde, su tío lo matriculó en una escuela militar. Así tuvo la oportunidad de incorporarse al ejército.
Desde su infancia, Kemal Pasha sentía una profunda aversión hacia el islam y las prácticas y ceremonias islámicas. En estos asuntos no solo rechazaba los consejos y exhortaciones de su madre, sino que además la trataba con mucha rudeza. Su incredulidad respecto de Dios, la revelación, la profecía y el Más Allá, entre otras cosas, fue arraigando, y en su madurez se declaró ateo.
La Primera Guerra Mundial
En la Primera Guerra Mundial, Turquía, «el enfermo de Europa» (The Sick Man of Europe), combatió del lado de Alemania contra los ingleses. Hasta entonces, el Imperio otomano de Turquía era considerado el protector del califato. Con el propósito de asestar un golpe decisivo al adversario y destrozar la unidad musulmana, los ingleses enviaron a Lawrence de Arabia a los países árabes como propagandista del nacionalismo árabe. El entonces gobernante de La Meca, el jerife Husayn Hashimi, quedó tan influido por la propaganda de este nacionalismo que, a mediados de 1915, tomó las armas contra los musulmanes por la independencia nacional de los árabes y apuñaló a Turquía por la espalda. En la Primera Guerra Mundial vencieron los ingleses, es decir, las fuerzas aliadas (Allied Force). Desde el comienzo de la guerra habían acordado en secreto repartirse entre ellos el Imperio otomano. Al terminar la guerra, en 1919, el Imperio turco fue desmembrado. Su parte europea se perdió. Como consecuencia del veneno del nacionalismo árabe, los países árabes se separaron del Imperio turco, pero fueron repartidos entre Inglaterra, Francia y Grecia. Finalmente, el Imperio otomano quedó limitado a la antigua Anatolia (Estambul). En mayo de 1919, en la capital otomana solo quedó la existencia nominal de un sultán. Pero incluso allí su independencia estaba en peligro.
Mientras tanto, los dirigentes musulmanes de la India británica, es decir, de este subcontinente, habían inculcado en los musulmanes la creencia de que el califa de los musulmanes y el sistema del califato eran partes integrantes de su verdadera fe. Después, al contemplar la caída y el desmembramiento del Imperio otomano, surgió en los musulmanes del subcontinente la sospecha de que los británicos quizá destruirían precisamente el centro del califato, que los musulmanes consideraban su centro religioso y espiritual.
Después, los dirigentes musulmanes se reunieron con el virrey de la India y expusieron su posición. El encuentro no fue satisfactorio. Posteriormente, una delegación dirigida por dirigentes como Maulana Muhammad Ali Jauhar y Maulana Sayyid Sulayman Nadwi se reunió en Londres con las autoridades británicas y les presentó sus argumentos. En respuesta, se les dijo que no se les entregarían otros territorios aparte del territorio de la Turquía propiamente dicha.
El comportamiento antimusulmán de este tipo por parte del Gobierno británico enfureció sobremanera a los musulmanes del subcontinente, y en la India comenzó un intenso movimiento del Califato para preservar la existencia del Califato. El 10 de agosto de ese año (1919) se celebró el Día del Califato en todo el subcontinente. A partir de entonces comenzaron a organizarse huelgas en diversos lugares. En resumen, comenzó una tremenda explosión de oposición contra los británicos en el subcontinente. En el plazo de un mes, unos veinte mil musulmanes se presentaron voluntariamente para ser encarcelados. Este movimiento continuó hasta 1922. Pero, lamentablemente, un movimiento tan grande y todas las explosiones de protesta contra los británicos acabaron en fracaso.
La razón fue que Kemal Bajá aprovechó el espíritu yihadista de los musulmanes turcos y dirigió la guerra con extraordinario valor y sagacidad, recuperando numerosas zonas de manos de los ingleses. Unió a los turcos y logró restaurar su dignidad y gloria perdidas. Después de hacerse con el poder absoluto, Kemal Bajá depuso en noviembre de 1922 al sultán Muhammad Hashim del Califato otomano y, en marzo de 1924, expulsó del país al último sultán títere, Abdul Mayid, y abolió el Califato.
Inmediatamente después de asumir el poder, Kemal Bajá declaró que borraría todos los signos del islam de la vida de la nación turca. Solo después de eliminar la autoridad del islam podrían los turcos progresar y convertirse en una nación moderna y respetada. De este modo, continuó pronunciando públicamente, uno tras otro, discursos contra el islam y contra todos sus aspectos.
El 3 de marzo de 1924 presentó ante el Parlamento un proyecto de ley para establecer una nación turca completamente «secular». Dijo que había que separar la religión del Estado. La República turca debía convertirse verdaderamente en un Estado secular.
Declaró que oponerse al proyecto de ley constituía un delito grave y advirtió a todos de sus terribles consecuencias. Posteriormente, el proyecto fue aprobado sin ningún debate.
El significado implícito de la palabra «secularismo», es decir, la irreligiosidad o la rebelión contra Dios, quedó demostrado en las actividades del Estado. Siguiendo el modelo de la civilización occidental materialista y atea, se declararon símbolos nacionales de Turquía la comida y la bebida, la vestimenta, las costumbres, los bailes y canciones obscenos, el consumo de alcohol y otras culturas contrarias al islam. Se eliminó la enseñanza islámica de las instituciones educativas islámicas. Como consecuencia, fueron destruidas numerosas madrasas y escuelas coránicas. Se sustituyó el antiguo alfabeto de la lengua propia de Turquía por el alfabeto romano. Se prohibió el adhan en árabe. De repente, solo por el peso del poder, una nación musulmana fue convertida en una nación alejada del islam.
Algún tiempo después, una delegación turca llegó a Delhi. Se enorgullecían de identificarse repetidamente como una nación europea. Los musulmanes de Delhi los invitaron a realizar la oración del viernes en la Gran Mezquita de Delhi. Sin embargo, rechazaron la invitación. También rechazaron la invitación de la Universidad Musulmana de Aligarh. En cambio, aunque no había ningún programa previsto de antemano, visitaron con entusiasmo la Universidad Hindú de Benarés. Es decir, no estaban dispuestos a identificarse como musulmanes. Este es el resultado práctico del secularismo.
Los abanderados del secularismo dicen que el secularismo no es contrario a la religión, sino que considera que la religión debe estar separada del Estado. Esto no es más que un engaño seductor. El arquitecto del secularismo turco no tenía ninguna fe en la religión y deseaba erradicar el islam. Decía que el islam era una cosa muerta practicada por un árabe sin principios teológicos. No cabe duda de que se refería aquí al profeta Muhammad (la paz sea con él).
También dijo que quizá esto había sido adecuado para las tribus del desierto. Pero para el Estado moderno y progresista actual no tiene mucho valor. ¿La revelación de Dios? ¡Si ni siquiera existe Dios! Estas son cadenas con las que los mulás y los gobernantes corruptos obligan al pueblo a permanecer con la cabeza inclinada.
El carácter de quien no cree en Dios ni en la religión también suele ser así. Se vuelve extremadamente despótico, cruel, inmoral y orgulloso. Pachá Kemal también tenía ese carácter. Se casó con una hermosa mujer instruida llamada Latifa. La animó a vestir ropa de hombre y a exigir una igualdad absoluta para las mujeres. Pero cuando ella, consciente de su dignidad, exigió que la tratara como a una esposa respetable, Kemal, enfurecido, se divorció de ella. Después del divorcio, su desvergüenza llegó a extremos. Comenzó a beber tanto que se convirtió en un alcohólico desenfrenado y casi siempre estaba ebrio. Los jóvenes apuestos se convirtieron en objeto de la satisfacción de sus deseos sexuales. Su conducta hacia las esposas y las hijas de sus partidarios políticos llegó a ser tan indecente que estos procuraban mantener a sus mujeres lo más alejadas posible de él. Su salud se quebrantó a causa de las enfermedades venéreas.
No confiaba en nadie. No prestaba atención a ninguna opinión que contradijera la suya. Consideraba todas las acciones según el criterio de su propio interés.
Ningún gobernante despótico puede tolerar de ninguna manera a sus rivales. Pachá Kemal tampoco dejó escapar ninguna oportunidad de eliminar a sus rivales políticos. Se estableció un tribunal despótico para juzgarlos. Fueron condenados a muerte sin ningún procedimiento judicial ni pruebas.
El pueblo turco no pudo aceptar la campaña de reformas antislámicas de Kemal. Sus protestas comenzaron a cobrar fuerza. En 1926, las tribus kurdas de las regiones montañosas proclamaron abiertamente una rebelión contra la administración de Kemal. Pachá Kemal inició una brutal persecución en el Kurdistán turco. Incendió aldeas enteras, una tras otra. Destruyeron el ganado y los campos de cultivo. Mujeres y niños fueron violados y asesinados en masa. Muchos líderes kurdos fueron ahorcados públicamente. Entre gritos, lamentos y endechas fúnebres, Kemal consolidó su gobierno despótico, secular y contrario al islam.
Pero no se pudo erradicar el islam de Turquía. Ha comenzado la caída del kemalismo y también ha comenzado el renacimiento del islam: entre la juventud, en las instituciones educativas y en los cuarteles. El kemalismo, arma de la jahiliyyah, se encuentra ahora en decadencia. Ya no tiene fuerza para detener el renacimiento del islam.
La influencia y el prestigio de la cosmovisión que se había construido sobre la base del «secularismo», de los criterios establecidos para distinguir lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo, la ganancia de la pérdida, la victoria de la derrota y el pecado de la virtud, y del palacio de civilización y cultura que se había levantado, se extendieron gradualmente por todo el mundo. Mediante el desarrollo y el progreso de la ciencia y la tecnología, esta nueva civilización creó asombro y atractivo en la mente de las personas. Las nuevas ideas de pensadores eruditos como Francis Bacon, Voltaire, Darwin, Hegel, Karl Marx y Freud convirtieron esta civilización y cultura en abanderada del ateísmo y el materialismo. Los países musulmanes fueron inclinándose uno tras otro ante esta civilización y cultura y su dominio político. La vida de servidumbre produjo en ellos un cambio mental. Perdieron la creencia en la aqidah islámica, los valores morales, así como el valor indomable, la enorme fortaleza de espíritu y la valentía nacidos de la fe en el tawhid. El sistema educativo secular, es decir, ateo, impuesto por la civilización vencedora los convirtió por completo en personas alejadas de Dios. Aunque siguieron siendo musulmanes de nombre, en su corazón ya no quedó ningún sentimiento de rendir cuentas ante Dios en la Otra Vida.
Pero la situación de toda la sociedad musulmana no era uniforme. Entre el pueblo, la mayoría estaba formada por personas que, aunque habían sufrido cierta deformación, conservaban la conciencia islámica y la vitalidad espiritual. Sin embargo, no estaban unidas y había una gran escasez de personas capaces de guiarlas por el camino correcto. La comunidad de los ulemas hizo lo siguiente para mantener vivo el islam: por iniciativa propia, mantuvo establecidas madrasas-maktabs y Darul Uloom para la educación islámica, y preservó el estudio del conocimiento del Corán y el Hadiz. También se establecieron khanqahs en diversos lugares para impartir el conocimiento del tasawwuf. Pero con todo ello no pudieron detener el avance de la jahiliyyah. La jahiliyyah estableció su autoridad y dominio absolutos en todos los ámbitos de la vida humana: desde las instituciones educativas hasta la administración pública y los tribunales; desde los diversos medios de comunicación hasta las relaciones y los vínculos internacionales; en la alimentación y la forma de vivir, los deportes, las diversiones y la hospitalidad, los matrimonios, y las distintas ceremonias y festividades. Los gobiernos taghutíes continuaron formando, mediante el sistema educativo que habían implantado, a personas que los ayudarían en la administración y a quienes, llegado el momento, se confiaría el gobierno del país. Estas personas, desprovistas de conocimiento y carácter islámicos, continuaron imitándolos ciegamente para complacer a sus amos occidentales. Habían expulsado el islam de sus corazones, porque creían que el islam era un gran obstáculo para el desarrollo y el progreso de la nación musulmana.
En cierta ocasión, el Gobierno británico anunció buenas noticias a estos deformados y descarriados hijos de la civilización y la cultura occidentales. Lord Cromer, en su obra «Historia del Egipto moderno», afirmó como portavoz del Gobierno británico:
Inglaterra está dispuesta a conceder finalmente la libertad política a todas sus posesiones coloniales tan pronto como una generación de intelectuales y políticos, imbuidos mediante la educación inglesa de nuestros ideales y nuestra cultura, esté preparada para asumir el poder. Pero no toleraremos ni por un solo instante el establecimiento de un Estado islámico independiente en ningún lugar del mundo.
Es decir, Inglaterra está dispuesta a conceder la independencia política definitiva a los países sometidos a su dominio colonial cuando una generación de políticos e intelectuales, inspirada mediante la educación inglesa por nuestros ideales y nuestra cultura, esté preparada para asumir el poder. Pero no toleraremos ni por un solo instante un Estado islámico independiente en ningún lugar del mundo.
Lord Cromer no expresó únicamente lo que pensaban los gobernantes británicos; eso era también lo que pensaban todas las potencias imperialistas de Europa. Vemos que, cuando después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron los movimientos de independencia en los países musulmanes, las masas musulmanas, inspiradas por el espíritu de la yihad islámica, se lanzaron a la lucha por la independencia. Pero en todas partes se observa la misma escena. Después de obtener la independencia, un círculo particular —seguidores ciegos de la civilización occidental— se apodera del poder y, anulando las esperanzas y aspiraciones de los musulmanes, establece un gobierno tagutí en lugar del gobierno islámico. Así, la jahiliya obtiene la victoria. En casi todos los países musulmanes que han alcanzado recientemente la independencia se observa la misma situación.
El movimiento independentista comenzó en este subcontinente justo después de la Primera Guerra Mundial. En la década de 1930, el movimiento cobró fuerza. Aunque dos naciones distintas, hindúes y musulmanes, han vivido lado a lado en este subcontinente durante varios siglos, han conservado intactas sus respectivas identidades y singularidades nacionales. Los hindúes son la nación mayoritaria aquí. Reivindicaron una nacionalidad geográfica y afirmaron que en este país todos, sin distinción de nación o religión, formaban una sola nación, y que aquí no existía ninguna nación separada llamada «musulmana». Esta afirmación era ridícula, irreal y contraria a la verdad.
En nombre de los cien millones de musulmanes del subcontinente, se rechazó la reivindicación de los hindúes y se declaró: los musulmanes constituyen una nación completamente distinta sobre la base de sus creencias religiosas. Musulmanes y no musulmanes nunca fueron una sola nación ni pueden llegar a serlo.
La reivindicación de la organización política de los hindúes, el Congreso Nacional Indio, era establecer aquí un Estado secular sobre la base de una sola nacionalidad.
La reivindicación de los musulmanes era la siguiente: dado que los musulmanes constituyen una nación separada y que, conforme a las exigencias de su fe y su aqida, debe establecerse el gobierno pleno del islam, es decir, del Corán, para este gobierno islámico los musulmanes necesitan necesariamente un territorio propio. Con las regiones de mayoría musulmana del subcontinente se formaría un Estado separado para los musulmanes, cuyo nombre sería Pakistán.
Tras casi ocho años de intensos movimientos y luchas, el 14 de agosto de 1947 nació un Estado separado para los musulmanes, con el nombre de Pakistán. Millones de personas del subcontinente entregaron sus vidas sin vacilar por Pakistán y por el establecimiento allí del gobierno islámico. La tierra quedó teñida con la sangre fresca de millones de mujeres y niños; después del 14 de agosto, millones de personas llegaron a pisar el suelo del recién nacido Pakistán tras atravesar un río de sangre.
Todos tenían el corazón lleno de esperanza: estaba a punto de establecerse el Estado islámico anhelado durante tanto tiempo. Toda injusticia, opresión, lamento y angustia serían reparados. Se establecería una sociedad de verdad plena y justicia. Los muros de la desigualdad y la división entre las personas serían derribados y reducidos a polvo; el saqueo, la explotación y la privación llegarían a su fin. Bajo la ley del Corán y la Sunna, se construiría nuevamente en el mundo una sociedad celestial.
Pero ocurrió lo contrario. Las palabras de lord Cromer y sus semejantes se reflejaron al pie de la letra. Para empezar, no se había formado a ninguna persona para dirigir un Estado islámico, ni existía plan alguno para ello. Muchos albergaban la gravísima idea errónea de que, para gobernar un Estado islámico, bastaba con ser musulmán. Que no se necesitaba ninguna otra cualidad. Esta concepción resultó ser completamente equivocada.
La razón es que el sistema educativo implantado por los británicos en el subcontinente había empujado a los musulmanes en una dirección completamente opuesta a las normas eternas del islam. La columna vertebral moral de un pueblo cuya política educativa consiste en dejarse arrastrar por la corriente nunca puede fortalecerse. El islam nos enseña precisamente que, cualquiera que sea la dirección y el sentido de la corriente, en toda circunstancia debemos avanzar con firmeza únicamente por el camino establecido por Alá. Aunque obtengan la autoridad de un Estado independiente, los dirigentes formados bajo un sistema educativo secular o irreligioso son absolutamente incapaces de administrarlo conforme a los ideales del islam. Porque no se había establecido ningún medio para formar a personas con la mentalidad y la fuerza de carácter necesarias para dirigir, en un Estado islámico, la policía, los tribunales, el ejército, los departamentos administrativos y educativos, la economía y la política exterior. Es cierto que la educación impartida bajo el sistema educativo vigente podía proporcionar, para un Estado no islámico o taghutí, responsables de todos los niveles, desde el jefe de Estado en adelante. Pero no puede formar ni siquiera a un ordenanza para un Estado islámico o a un soldado raso del departamento de policía islámica.
Lamentablemente, en el subcontinente existían innumerables madrasas, dar al-ulums y otras instituciones semejantes. Sin embargo, en la época moderna, nuestro antiguo sistema educativo de las madrasas no pudo formar ni siquiera a una sola persona del tipo de jueces, secretarios de los distintos departamentos y embajadores que necesita un Estado islámico. En tales circunstancias quedó demostrado cuán equivocadas eran las ideas de quienes pensaban que el mero hecho de que el poder estatal pasara a manos de personas llamadas «musulmanas» conduciría al establecimiento de un Estado islámico.
De las escuelas, colegios y universidades del subcontinente no se formó a ninguna persona con el propósito de dirigir un gobierno islámico, y las madrasas y dar al-ulums tampoco realizaron esa tarea. Como resultado, la responsabilidad de gobernar el país cayó en manos de las personas formadas por los señores Cromer. Con todas sus fuerzas, cerraron todos los caminos para que el islam llegara al Pakistán creado en nombre del islam.
El señor Altaf Gohar ha ofrecido una excelente descripción de cómo, después de la creación de Pakistán, la responsabilidad de gobernarlo pasó a manos de personas locales llamadas musulmanas, formadas por los ingleses. Se incorporó al servicio durante la época británica y posteriormente ocupó cargos de gran importancia en el Gobierno de Pakistán hasta la década de 1960. Dice:
Los británicos enseñaron a nuestra clase gobernante la habilidad de proteger los intereses coloniales y administrar instituciones de un tipo específico. Los gobernantes locales (burócratas) habían llegado a pensar que su propia existencia estaba vinculada a la existencia de las instituciones de los gobernantes anteriores. La independencia los elevó de la condición de quienes ejercían una supremacía indirecta a la posición de gobernantes directos. Según ellos, no podía existir ningún sistema mejor para proteger los intereses del país que las antiguas instituciones y el sistema (el método de gobierno británico).
Altaf Gauhar también dice: «En aquel entonces, eran ingleses de pura cepa quienes ocupaban los cargos de jueces y magistrados de nuestros tribunales. ¡Miren la ciega afición imitativa de nuestros nuevos gobernantes! Aunque no tenían ocasión de casarse con miembros de las familias de aquellos jueces ni de participar en sus entierros, seguían ciegamente las costumbres y los métodos de estos y de los anglosajones (Anglo-saxsons). Del mismo modo, no estaban dispuestos a apartarse ni una pulgada del sistema de gobierno y del sistema económico establecidos por los británicos».
El pueblo sacrificó de buen grado todo cuanto poseía para obtener Pakistán, con la esperanza de poner en práctica sus propias creencias y su propio modo de vida en su tierra natal. Pero quedó agitado, afligido y desesperado. Su moral se derrumbó por completo cuando vio que Pakistán se había convertido simplemente en una continuación del dominio inglés.
Oímos de labios de Lord Cromer que Gran Bretaña, es decir, la yahiliya, no toleraría ni por un instante un Estado islámico independiente en ningún lugar del mundo. Todas las fuerzas contrarias al islam en el mundo se oponen al gobierno islámico, y quienes llegaron al poder en el nuevo Pakistán también se oponían al gobierno islámico. Sin embargo, el pueblo del país y los ulemas continuaron impulsando la elaboración de una constitución islámica y el movimiento por el gobierno islámico. Este movimiento fue dirigido por la Jamaat-e Islami de Pakistán, fundada por el Maulana Sayyid Abul A’la Maududi. Esta organización se formó en 1941. En aquel momento, la Segunda Guerra Mundial hacía estragos en toda Asia y Europa. En el subcontinente, por un lado, el Congreso Nacional Indio luchaba por arrebatar el poder a los británicos con el objetivo de establecer un Estado secular basado en la unidad nacional; por otro, los musulmanes luchaban por identificar una patria separada para ellos y establecer allí el Hukumat-e Ilahiya, es decir, un Estado islámico. En tales circunstancias, muchos se preguntaban qué necesidad había de formar un partido llamado Jamaat-e Islami. Para obtener la respuesta correcta a esta pregunta, es necesario adquirir una comprensión adecuada del movimiento por Pakistán, que se desarrollaba con el objetivo de establecer el Hukumat-e Ilahiya, es decir, un Estado islámico.
Toda la estructura del Hukumat-e Ilahiya, es decir, del Estado islámico, se establece sobre los fundamentos de la soberanía y la autoridad de Allah. El único Creador, Señor, Rey y Legislador del universo es Allah. Este es el concepto fundamental de la política islámica. Ninguna persona, familia, grupo o nación tiene derecho a ejercer dominio o gobierno sobre los seres humanos. Puesto que toda la creación pertenece a Allah, solo Él tiene derecho a gobernarla y regirla. El ser humano actuará como Su califa o representante. El ser humano debe recordar siempre que la responsabilidad de ejercer el califato o la representación de Allah que le ha sido confiada no le fue otorgada para que se erija en señor de los demás, los convierta en sus esclavos, se haga pasar por su amo y satisfaga sus deseos y tendencias animales. Por el contrario, la responsabilidad del califato le ha sido encomendada precisamente para que, junto con todos los demás, aplique la ley de Allah sobre los siervos de Allah. Ellos mismos también deberán obedecer plenamente esa ley. Deben mantener siempre viva la convicción de que, si muestran cualquier negligencia o deficiencia al aplicar la ley de Allah sobre los demás, o si incurren siquiera en un poco de egoísmo, arbitrariedad, odio, hostilidad, parcialidad o traición, aunque no sean juzgados por ello en esta vida mundana, sin duda serán castigados en la otra vida ante el tribunal de Allah.
El sistema estatal que se establece sobre la base de los ideales, las creencias y la cosmovisión anteriores es lo que se denomina Estado islámico, y cada uno de sus departamentos, desde sus fundamentos hasta sus ramas, es completamente distinto del Estado irreligioso (Estado secular). No puede compararse en absoluto con ningún otro sistema estatal. Su ejército, policía, tribunales, política, economía, así como sus políticas y actividades relacionadas con la guerra y la paz, son completamente diferentes de las de un Estado irreligioso. La persona que ocupa la máxima responsabilidad en un Estado secular ni siquiera puede ser considerada apta para desempeñar el cargo más insignificante de un Estado islámico. Para cada departamento y cargo de un Estado islámico se necesitan personas desinteresadas, sin ambición de riquezas ni deseo de lujos y placeres. Han de ser sumamente dignas de confianza y honradas. Desempeñarán cada tarea con pleno sentido de la responsabilidad. Aunque se les confiara un inmenso tesoro, no malversarían ni una sola moneda. Mantienen siempre viva en su corazón la conciencia de que tendrán que rendir cuentas ante Allah en la otra vida sobre si cumplieron sus responsabilidades correcta y honestamente. Ningún pensamiento ni concepto propio de la yahiliya puede apoderarse de sus mentes.
Pero ¿se ha formado una fuerza de trabajadores de este tipo para el Estado islámico propuesto o deseado, o existe algún plan para formarla?
Antes de la formación de la Jamaat-e Islami, su fundador, el Maulana Sayyid Abul A’la Maududi, describió la trágica situación moral y religiosa de la sociedad musulmana y dijo:
«En esta sociedad están presentes personas de toda clase, buenas y malas. En cuanto al carácter, entre esta nación que lleva el nombre de musulmana existen personas de tantos tipos como las que se encuentran entre las naciones no musulmanas del mundo. En lo que respecta a prestar falso testimonio ante los tribunales, un musulmán no es en absoluto inferior a un no musulmán. En cuanto a la usura, el soborno, el robo, el bandolerismo, el adulterio, la mentira, el engaño, el fraude y toda clase de delitos, los musulmanes no cometen ninguno de ellos en menor medida que los no musulmanes. Los musulmanes tampoco dudan en emplear las mismas tácticas que los infieles para obtener beneficios particulares y ganar dinero. El abogado musulmán defiende deliberadamente en los tribunales aquello que contradice la verdad manifiesta. En el momento en que un no musulmán olvida a Allah, el abogado musulmán también lo olvida en igual medida. …Si se reuniera a esa gran multitud de personas de opiniones y naturalezas diversas, pertenecientes a una nación cuyo estado moral es tan bajo y degradado, para formar un ejército; si mediante la educación y la formación políticas se las hiciera más astutas que los zorros; o si, adiestrándolas en el arte de la guerra, se creara en ellas la ferocidad de los tigres, quizá resultaría fácil dominar el mundo de la selva. Pero con su ayuda no sería posible establecer el gobierno islámico de ninguna manera. Porque, en tal situación, nadie reconocería su superioridad moral ni ninguna mirada se inclinaría ante ellos con respeto. Al verlos, nadie sentiría en su corazón la emotiva cosmovisión ni la inspiración del islam y, por todas estas razones, nunca tendrían la dicha de contemplar la fascinante escena de que las gentes del mundo entraran en masa en los límites del islam».
El maulana añade: «Como consecuencia de que el poder estatal quede en manos de personas de este tipo, incluso después de obtener un Estado independiente nos veremos obligados a vivir exactamente en la misma situación en la que vivíamos antes de alcanzar la independencia, bajo el dominio de un Estado no musulmán. Es más, podría surgir una situación aún peor y más peligrosa. Porque un Estado que lleve la etiqueta de “Estado islámico” será más audaz e intrépido que un Estado no musulmán a la hora de impedir el camino de la revolución islámica. Incluso en casos por los que un Estado no musulmán impondría una pena de prisión, este “Estado nacional musulmán” impondría la pena de muerte o el exilio».
Estas predicciones del perspicaz y visionario maulana se han reflejado literalmente en Pakistán. Desde 1947 hasta hoy, allí continúa el intenso conflicto y enfrentamiento entre el islam y la jahiliya. El islam aún no ha logrado establecerse como fuerza victoriosa.
Ahora resulta muy fácil responder a la pregunta de por qué se fundó la Jamaat-e Islami. Como resultado del movimiento quizá se pudiera obtener un país llamado Pakistán. Para proteger a ese país de convertirse en una segunda Turquía y proteger a los cuarenta o cincuenta millones de musulmanes que inevitablemente quedarían en la India tras la partición del país, era indispensable formar una Jamaat-e Islami ideológica y sólida. Con este propósito se fundó el grupo y, desde 1941 hasta 1947, apartándose de toda otra clase de actividad, se dedicó a entrenar tranquilamente a sus militantes para que pudieran enfrentarse a todas las actividades contrarias al islam y luchar con todas sus fuerzas para convertir el Pakistán deseado en un verdadero Estado islámico.
La historia de las últimas décadas de Pakistán atestigua que la Jamaat-e Islami ha luchado desde el nacimiento de Pakistán hasta hoy, y continúa luchando, precisamente por el objetivo para el que fue fundada.
Después del nacimiento del Estado de Pakistán, la jahiliya comenzó a manifestarse con toda su forma y apariencia. Durante los siete años anteriores, la Jamaat había recibido formación para una tarea que no había tenido que realizar; ahora se consagró a ella. La Jamaat-e Islami inició el movimiento islámico con todas sus fuerzas, reprimiendo la cabeza alzada de la serpiente de la jahiliya y bloqueando su avance. Los abanderados de la jahiliya estaban decididos a convertir Pakistán en un Estado secular o irreligioso como Turquía; pero, bajo la intensa presión del movimiento islámico, el 12 de febrero de 1949 se vieron obligados a aprobar la histórica Resolución de Objetivos como principio fundamental del gobierno islámico. Tuvieron que hacerlo contra su voluntad, presionados por el movimiento popular. Por ello, el maulana Sayyid Abul A‘la Maududi, líder del movimiento islámico, se convirtió en objeto de toda la ira y hostilidad de la clase gobernante. Mediante una conspiración se le formularon acusaciones infundadas, se representó una farsa de juicio ante un tribunal militar y se le impuso la pena de muerte. La jahiliya pensaba que, si lograba eliminar de la faz de la tierra al gran líder del islam, nadie tendría ya capacidad para detener su avance. Pero la jahiliya tuvo que ser derrotada y humillada. La sentencia de muerte del maulana no pudo ejecutarse. Por el contrario, mucho antes de su muerte natural, los abanderados de la jahiliya tuvieron que morir en una extrema humillación. Aun así, el conflicto entre el islam y la jahiliya, y sus victorias y derrotas, continúa y sigue hasta hoy.
Otra imagen dolorosa que emerge de este conflicto y lucha entre el islam y la jahiliya es que algunas personas conocidas y reconocidas como autoridades religiosas, con su conducta, han fortalecido la mano de la jahiliya en lugar de la del islam. Se comenzaron a inventar toda clase de acusaciones infundadas y sin base contra el líder del movimiento islámico, mientras desde la ametralladora de quienes emiten fatwas se disparaban ráfagas de veredictos religiosos. Entre las numerosas acusaciones también se afirmaba que el líder del movimiento islámico y su grupo no creían en el conocimiento del tasawwuf. Decían que tampoco había en ellos nada de espiritualidad y que, además, padecían una terrible falta de taqwa. Incluso calificaron al líder del movimiento de extraviado y peor que los judíos y los qadianíes. Pero de sus bocas no salió ni una sola palabra contra la jahiliya.
Muchos miembros de la población de orientación islámica, y especialmente muchos musulmanes partidarios del tasawwuf, se dejaron confundir por la propaganda mencionada y llegaron a sentir aversión por el movimiento islámico. En diversos círculos hubo también todo tipo de conversaciones, especulaciones y conjeturas al respecto. Muchos percibían la necesidad de una explicación y un análisis islámicos e intelectuales del asunto. Así, cabía esperar que saliera a la luz la verdad y se disipara toda confusión. Veamos ahora si el líder del movimiento islámico ha arrojado alguna luz sobre esta cuestión.
Tazkiya an-nafs (tasawwuf) y espiritualidad
La opinión sabia que uno de los principales pensadores islámicos y muyahidines del siglo, Sayyid Abul A‘la Maududi, expresó tras examinar minuciosamente el asunto es, sin duda, digna de consideración. Él dice:
«Como, debido a siglos de decadencia y deformación, se han producido múltiples cambios entre los musulmanes, también su concepción de la tazkiya del nafs (purificación espiritual del alma) se ha vuelto bastante diferente de la concepción islámica genuina. Su objetivo ha cambiado, su perspectiva se ha limitado y el método de la “tazkiya del nafs” también ha llegado a diferir de los métodos que se practicaban en la época del Profeta. Como resultado, gracias a las grandes instituciones y a las cadenas de enseñanza y formación de los grandes sabios de la religión que se han mantenido durante siglos, también se han formado personas de gran talla. Pero todavía no han surgido personas de esa calidad que se enfrenten a las enormes fuerzas que dirigen el mundo por el camino de la jahiliya y que, al medir sus fuerzas contra ellas, intenten establecer el islam en el mundo como la religión dirigente y dominante. Esta es una tarea enorme. Aquí ni siquiera se ha formado una sola persona capaz, al menos, de impedir el avance de la jahiliya en el ámbito sometido a la influencia del islam. Existieron, y todavía existen, grandes personalidades de carácter sumamente puro. Por su conocimiento y práctica, su integridad, su piedad y la pureza de sus vidas, son ciertamente dignas de elogio. Sin embargo, aun en presencia de estas grandes personas, la jahiliya, mediante su espada, su pluma, su conocimiento, su ciencia y sus artes, y mediante su civilización y cultura, continuaba y continúa derrotando no solo al mundo, sino también a los países y pueblos musulmanes. Naturalmente, debe haber una causa para esta debilidad. Y cualquiera que sea esa causa, un respeto indebido e irracional hacia alguien no debería impedir determinarla.»
Entre nosotros, para cierto grupo, el objetivo de la “tazkiya del nafs” era alcanzar, ya en esta vida, la dicha de contemplar la verdad. Se pretendía, superando la etapa de la fe en lo oculto, alcanzar la riqueza de la fe mediante la visión directa. A primera vista, este parece un objetivo sumamente grandioso y sagrado. Pero en ninguna parte el Corán nos enseña que debamos considerarlo nuestro objetivo y esforzarnos por ese camino. Por el contrario, aun si lo consideráramos nuestro objetivo, el Corán nos asegura que, en esta vida, nadie podrá alcanzar ese don salvo un profeta.
En el Corán se dice:
Él (Alá) posee el conocimiento de lo oculto. No revela Su oculto a nadie, salvo al Mensajero que Él ha elegido (para concederle algún conocimiento de lo oculto). Entonces dispone ángeles para que lo custodien por delante y por detrás, a fin de saber que han transmitido los mensajes de su Señor (sura de los Genios, 26-28).
De esto se sabe que intentar observar las realidades ocultas tras el velo de lo invisible, es decir, los datos sobrenaturales, es innecesario y erróneo. No existe ninguna posibilidad de éxito. Todo el conocimiento de esas realidades que el ser humano necesitaba, y en la medida en que lo necesitaba, Alá se lo concedió por medio de Sus mensajeros. Y es una enorme gracia de Alá que, de este modo, haya protegido al ser humano de la dificultad de tales investigaciones. Ahora la tarea del ser humano consiste únicamente en mantener la fe en lo oculto basándose en el conocimiento transmitido por los mensajeros y dedicarse, con satisfacción, a cumplir la responsabilidad que le ha sido encomendada.
El objetivo que se menciona para un nivel inferior de la “tazkiya del nafs” es el “progreso espiritual”. Pero este “progreso espiritual” es tan ambiguo y misterioso que, aun después de pasar toda la vida persiguiendo una ilusión, la persona no puede saber a qué rango ha llegado. Su terminología, sus niveles y sus resultados están todos envueltos en misterio y son incomprensibles para personas comunes como nosotros. Lo único que podemos observar es que, entre los niveles que se atraviesan por este camino, nunca aparece el nivel que atravesaron Bilal (que Alá esté complacido con él), Ammar (que Alá esté complacido con él) y Suhaib (que Alá esté complacido con él). Tampoco cabe esperar que aparezca jamás el nivel que atravesaron Abu Bakr (que Alá esté complacido con él) y Umar (que Alá esté complacido con él).
Quienes desean alcanzar la taqwa mediante la “tazkiya del nafs” tienen un objetivo que es el más cercano a la finalidad del islam. Pero aquí reside el peligro: por lo general, la perspectiva de la gente sobre la taqwa ha permanecido muy limitada. Para la mayoría de los sabios, la taqwa consiste en moldear la vida según un modelo externo, detallado en los hadices, en cuestiones como la vestimenta y su estilo particular, la manera de sentarse y levantarse, la comida y la bebida, etc. Además, se alcanza la perfección de la taqwa si se practican regularmente ciertos actos rituales propios de una escuela jurídica y se realizan más actos de adoración de los acostumbrados. Como resultado, quienes adoptan esta forma y apariencia externa de la taqwa son llamados y considerados muttaqíes. Ellos también se quedan tranquilos, convencidos de haber producido taqwa en sí mismos. En realidad, suelen carecer enormemente de taqwa y, en las diversas pruebas de fuego de la vida práctica, con frecuencia cometen conductas contrarias a la taqwa que destruyen incluso la dignidad de esa forma y apariencia externa de la taqwa. La concepción más elevada y amplia que se encuentra entre ciertas personas tampoco es mucho más que esto: que, en su vida personal, el ser humano sea temeroso de Dios, dedicado a la adoración, al recuerdo y al agradecimiento; que sea digno de confianza y honrado en sus negocios y actividades, y que se conduzca respetando los límites de Alá. Asimismo, que en la sociedad trate a los demás con bondad, compasión y fraternidad, practique la justicia y observe los métodos para garantizar sus derechos. Pero esta concepción limitada no deja lugar para comprender los problemas sociales y colectivos más amplios. Por eso, el resultado de la “tazkiya del nafs” que se practica incluso entre nuestras personas más piadosas no suele ser más que proporcionar a los gobiernos rebeldes contra Dios súbditos temerosos de Dios y empleados religiosos. Los súbditos y empleados que esos mismos gobiernos forman mediante su propia educación poseen otras capacidades, pero carecen de honestidad y rectitud. Por ello también causan grandes perjuicios al gobierno. Esta carencia se compensa mediante nuestras instituciones de “tazkiya del nafs”. Estas instituciones forman personas sinceras para luchar por establecer el dominio de las fuerzas de la incredulidad y para administrar un gobierno incrédulo, y forman para el gobierno incrédulo súbditos que rara vez les causan preocupación. Incluso si entre nosotros una persona se consagrara públicamente a establecer un sistema ateo, seguiría siendo exactamente un muttaqí. La condición sería únicamente que en su vida se encontraran los detalles de la taqwa descritos anteriormente. Este es el resultado inevitable de la concepción limitada de la taqwa y de la tazkiya del nafs que se ha difundido entre todos, sin distinción entre el pueblo y la élite, en nuestros círculos religiosos» (Tarjumán al-Qurán, julio-agosto de 1953).
La influencia del secularismo sobre la vida humana
Aunque el «secularismo» parece ser una concepción o doctrina sencilla, ahora se ha convertido en una visión integral de la vida que ejerce una influencia de gran alcance sobre la vida humana y moldea toda la vida según un nuevo patrón. Analicemos algunos de sus efectos e implicaciones fundamentales. El primer mal inevitable del «secularismo», es decir, de la ausencia de religión, consiste en que concede al ser humano una libertad sin freno y elimina el sentido de rendir cuentas ante cualquier poder superior. Esta mentalidad irresponsable se aplica por igual al individuo y a la nación. Si una persona o nación poderosa provoca opresión y corrupción en la sociedad humana y hace insoportable la vida de las personas, ¿qué fuerza puede impedirle hacerlo? Algunas personas y naciones, embriagadas de poder, suelen teñir sus manos con la sangre de personas y naciones débiles. La razón es que tienen firmemente arraigada en el corazón la idea de que no tendrán que rendir cuentas ante nadie por ello. Si hubiera que aceptar la existencia del Dios Todopoderoso, quien exigirá una cuenta detallada de las acciones de cada persona o nación y otorgará recompensa o castigo, entonces se derrumbaría la base misma de la filosofía del «secularismo». La función del «secularismo» es precisamente hacer que las personas sean indiferentes a Dios y al Más Allá. Por tanto, la idea central de esta filosofía es: (MIGHT IS RIGHT, SURVIVAL OF THE FITTEST), es decir, quien tiene la fuerza tiene el dominio. Apoderarse de algo por la fuerza es lo justo. No habrá que rendir cuentas ante nadie por ello. La cuestión de lo justo y lo injusto carece de importancia. Y quien sea más fuerte será quien se imponga, aunque lo haga injustamente. En cambio, por mucho que el débil se mantenga aferrado a la justicia, no tiene derecho a sobrevivir.
En el mundo moderno se observa que esta filosofía del «secularismo» funciona en todas partes. A pesar del enorme desarrollo y progreso de la ciencia y el conocimiento, así como de la cultura y la civilización, el ser humano sin religión (SECULAR MAN) se ha vuelto ávido de poder y sediento de sangre; como resultado, se han mantenido encendidas las llamas inextinguibles de la guerra y el conflicto entre personas y entre naciones, de las que el mundo todavía no ha podido librarse. Tanto la Liga de las Naciones como la ONU (Organización de las Naciones Unidas) han fracasado por completo en detener la locura de la guerra. La razón es que las naciones implicadas, especialmente las poderosas, están liberadas del sentido de la responsabilidad. No creen que tengan que rendir cuentas ante ninguna entidad poderosa. Por ello, los gritos y lamentos de las personas y naciones oprimidas jamás podrán cesar del seno del mundo.
El segundo mal del «secularismo» es la esclavitud de las pasiones. La esclavitud de las pasiones o el culto a los deseos es la base de la falta de carácter y la causa fundamental de todas las malas acciones. Los deseos insaciables de las pasiones conducen al ser humano por el mal camino si no existe ninguna fuerza que lo obstaculice. Entonces se acumulan en la sociedad diversas formas de inquietud y corrupción.
Estos deseos insaciables de las pasiones empujan al ser humano hasta los niveles más bajos de la animalidad y, para satisfacerlos, se tiñen de sangre las manos con la sangre de individuos y naciones, mientras los gritos de niños, mujeres y hombres hacen estremecer el cielo y la tierra. El único obstáculo para satisfacer los deseos de las pasiones es el temor de Dios y el intenso sentido de rendirle cuentas en el Más Allá. Este temor de Dios y este sentido de rendir cuentas desempeñan a cada instante el papel de un policía invisible que impide al ser humano cometer malas acciones. Pero, puesto que el «secularismo» ha borrado de la mente humana la creencia en que Dios está en todo momento y en todas partes «presente y vigilante» (existente como el Omnividente), con conocimiento directo de cada acción secreta y manifiesta del ser humano, así como el temor de Él y el sentido de rendirle cuentas, ya no queda ningún medio para eliminar de la sociedad humana la corrupción y la injusticia, la corrupción, el nepotismo, el asesinato, el saqueo y demás actos pecaminosos.
Cabe señalar que, al establecer un sistema educativo secular que excluye a Dios y la religión de todos los niveles de la vida, especialmente desde el nivel inicial hasta todos los niveles del sistema educativo, ha aumentado de manera anormal la tendencia a la delincuencia entre la juventud, y se cometen delitos cuyo solo recuerdo eriza la piel. La sociedad humana vive aterrorizada. A una edad extremadamente temprana, muchachas y muchachos, jóvenes de ambos sexos, se acostumbran a los delitos sexuales y a los asesinatos derivados de ellos, así como al robo, el atraco, el arrebato y el saqueo. Por la misma razón, la enfermedad de copiar en los exámenes está adquiriendo entre ellos proporciones alarmantes. Todo esto constituye un mal grave del secularismo.
El tercer mal del secularismo es el egoísmo y el oportunismo. Es una verdad innegable que el esfuerzo, la dedicación y las acciones del ser humano, así como su vida, deben tener necesariamente un propósito y una meta. Para quienes creen en Dios y en el Más Allá, el propósito de su vida es obtener la complacencia de Allah, y la meta de todos sus esfuerzos y acciones es el éxito y la salvación en el Más Allá. Toda su atención está concentrada en estas dos cosas: la complacencia de Allah y el éxito en el Más Allá. En lugar de los insignificantes y pasajeros intereses mundanos, se sienten atraídos por el grandioso y eterno éxito del Más Allá. Mantienen con el mundo solo la relación que resulta útil para alcanzar el éxito en el Más Allá. Se mantienen alejados de toda clase de conflictos y luchas por obtener las ventajas y los intereses mundanos. Adoptan actividades destinadas a establecer la veracidad, la justicia, la paz y la seguridad, y aceptan estas mismas actividades como la vía principal para llegar al destino.
Por el contrario, para aquellos que no tienen una convicción firme en Dios y en el Más Allá, la meta de todos sus esfuerzos y acciones es obtener los mezquinos intereses mundanos. En consecuencia, el conflicto, la confrontación y la guerra se vuelven inevitables para obtener beneficios terrenales. En el mundo actual, que en realidad es un mundo secular (SECULAR WORLD), se observan encendidas las llamas de la guerra y el conflicto entre personas, entre países y entre naciones. ¿De qué otra cosa puede ser expresión esto sino del egoísmo y el oportunismo? Hoy, los conflictos y enfrentamientos interminables entre los llamados intelectuales, ávidos de ventajas y beneficios y movidos por sus intereses, han empujado y siguen empujando repetidamente a la humanidad hacia guerras terribles y sangrientas. ¿Quiénes son estos intelectuales interesados? Son precisamente los portadores y propagadores del «secularismo».
El oportunismo también está corrompiendo la política y, en algunos países, en lugar de establecer un sistema político beneficioso y estable, está creando anarquía y desorden, brindando a los saqueadores la oportunidad de apoderarse de los recursos nacionales. Está destruyendo el respeto de la gente por la ley y obstruyendo el camino para establecer el Estado de derecho en el país. El partido gobernante está estableciendo el oportunismo en la vida nacional mediante la compraventa de líderes y activistas políticos a cambio de dinero y cargos, quebrando y pulverizando la columna vertebral moral de la nación. El interés personal y el oportunismo son dos objetos sumamente atractivos del «secularismo», de los cuales es muy difícil mantenerse alejado sin un carácter humano elevado. Solo quienes intentan y se esfuerzan por construir su vida sobre la base de las enseñanzas del islam pueden evitar ambos considerándolos «intocables».
El cuarto efecto nocivo del «secularismo» es la extrema decadencia moral. Puesto que los fundamentos de los valores morales existen en la naturaleza humana, no es en absoluto difícil conocerlos y comprenderlos. Más bien, lo verdaderamente difícil es seguir los valores morales en la práctica y moldear la vida conforme a su modelo específico. Estos valores exigen al ser humano ciertas restricciones y prohibiciones a cada paso. Y para el ser humano no hay nada más difícil que estas restricciones y prohibiciones. Seguir estos valores se vuelve sumamente difícil cuando entran en conflicto con los deseos insaciables y las cosas queridas por la persona. La exigencia misma de los valores morales es que deben rechazarse con desprecio esos deseos e inclinaciones instintivos, los intereses mezquinos y las comodidades y ventajas mundanas. Por ello, para elevar moralmente a la humanidad no basta con exponer ante ella los valores morales. Lo más necesario es, más bien, un proceso de acción poderoso y motivador que pueda preparar la mente humana para aceptar las restricciones y prohibiciones morales. El secularismo no ha satisfecho esta necesidad. Por el contrario, en vez de reducir las exigencias de los deseos e inclinaciones instintivos, las ha multiplicado y ha convertido al ser humano en su esclavo. Como consecuencia natural e inevitable del secularismo, el vacío del sentido de responsabilidad, la esclavitud de los instintos y los conflictos y enfrentamientos por la satisfacción de los intereses y la obtención de ventajas y comodidades han provocado la decadencia moral y espiritual de la humanidad. Al contemplar actos inhumanos como la indescriptible tortura diabólica infligida a seres humanos, sin distinción de mujeres, hombres y niños; el encarcelamiento durante años y, en algunos casos, durante la mayor parte de la vida, sin juicio; las matanzas y las violaciones de mujeres; y la obligación impuesta a países y pueblos débiles de llevar las cadenas de la esclavitud política y económica mediante el imperialismo y el colonialismo, parece que la humanidad ha muerto y que, en todo el mundo, reina una fiera con forma humana. La humanidad está sufriendo las consecuencias de la extrema decadencia que el secularismo ha provocado en el pensamiento, la moral y la espiritualidad. Solo existe una solución: expulsar el secularismo de la mente, el intelecto y todos los ámbitos de la vida, someterse humildemente a la ley del Creador misericordioso del universo, otorgada para la humanidad, y construir toda la vida sobre la base de un intenso sentido de rendición de cuentas en la otra vida. Y la base para construir esta vida debe ser el sistema educativo nacional.
Nacionalismo
Después de analizar el «secularismo», la primera arma de la ignorancia, examinemos la segunda arma, el nacionalismo, para ver hasta qué punto es mortal para toda la humanidad.
El nacionalismo, es decir, el culto a la nación, surgió de la explosión de reacción contra el dominio autocrático mundial de los papas cristianos y los emperadores romanos. Al principio, solo significaba que las distintas naciones tendrían plena autoridad sobre su propia política y sus propios juicios. No serían utilizadas como peones de ninguna fuerza espiritual o política universal. Pero, cuando esta idea, nacida de aquel comienzo inocente, avanzó, llegó a un punto en el que instaló el nacionalismo precisamente en el lugar desde el cual el movimiento de la irreligión, es decir, del secularismo, había expulsado a Dios. Gradualmente, el valor moral supremo de cada nación pasó a ser su interés nacional, sus esperanzas, aspiraciones y ambiciones nacionales. Ahora se considera una obra virtuosa todo aquello que beneficia a la nación, ya sea mentira, traición, opresión y tiranía u otra actividad cualquiera, por gran pecado que pudiera parecer desde la perspectiva de la antigua religión y moralidad. Y se considera pecaminoso todo aquello que perjudica el interés nacional, ya sea la veracidad, la justicia, el cumplimiento de los derechos o cualquier acto que en otro tiempo se considerara una virtud de carácter. El criterio para juzgar las cualidades, la vida y las actividades de los miembros de una nación es que no duden en realizar cualquier sacrificio que el interés nacional les exija, ya sea el sacrificio de la vida y los bienes o el de la moralidad, la humanidad y el respeto propio, y que, unidos, permanezcan decididos a satisfacer las ambiciones cada vez mayores de la nación. El objetivo de todos los esfuerzos colectivos es ahora que cada nación cree unidad y disciplina entre sus miembros, para poder mantener en alto su propia bandera nacional frente a las demás naciones.
Por supuesto, nadie debería tener objeciones contra la nacionalidad (NATIONALITY), porque es una realidad natural. Por tanto, no puede condenarse el interés por el bienestar de la nación, siempre que no albergue odio, rencor ni hostilidad hacia otras naciones. El amor y el afecto por la propia nación nunca pueden ser censurables, siempre que ese amor y afecto no sean causa de un favoritismo injusto hacia la propia nación ni de odio y hostilidad hacia las demás. También debe apoyarse la independencia de cada nación, pues es derecho de cada nación resolver por sí misma sus propios asuntos y cuestiones, y encargarse de su administración interna; además, el dominio de una nación sobre otra jamás puede ser justo. Lo injusto y rechazable es el nacionalismo (NATIONALISM), o la adoración de la nación. El nacionalismo no es sino otro nombre para el egoísmo nacional ciego. Su principio es que solo es verdadero y correcto aquello que favorece los intereses nacionales, mientras que es falso e injusto aquello que no los favorece. Bajo el impulso ciego del interés nacional, beber la sangre de otras naciones, apoderarse por la fuerza de otros países, saquear las riquezas de otros países y pueblos, y establecer un derecho ilimitado a disfrutar de todos los bienes y mujeres de los países conquistados no se considera injusto; al contrario, se considera un motivo de orgullo nacional. Conquistar territorio tras territorio para demostrar que la propia nación es superior y más poderosa que las demás es una exigencia del nacionalismo. Por eso, el nacionalismo ha sido considerado una gran maldición para la humanidad en el mundo. Si dentro de una sociedad es una maldición la existencia de la persona que se ha convertido en esclava de sus pasiones e intereses y está dispuesta a hacer cualquier cosa por su propio beneficio; si dentro de una comunidad es una maldición la familia cuyos miembros se convierten en adoradores ciegos de los intereses familiares y se empeñan en conseguir el beneficio de la familia por cualquier medio, justo o injusto; si dentro de un país es una maldición la clase que adora ciegamente sus intereses de clase y, sin preocuparse por el bien o el mal de los demás, persigue únicamente la consecución de sus propios intereses, involucrándose en actividades antisociales como el robo, el bandidaje, el asalto, el mercado negro y el contrabando, ¿por qué no habría de ser una maldición, en una esfera vasta y extensa, esa nación cegada por sus intereses cuyo comportamiento ha sido descrito anteriormente? El fervor y la pasión de esta adoración ciega de la nación han encendido el fuego de muchas guerras grandes y pequeñas, incluidas las dos guerras mundiales; han reducido a ruinas a numerosas naciones y países, han arrojado a millones y millones de seres humanos a las fauces de la muerte y han dejado lisiados y discapacitados a millones y millones de personas.
No el nacionalismo, sino la hermandad universal habría podido salvar a la humanidad de la destrucción, y fue el islam quien proclamó este generoso llamamiento a la hermandad universal. Pero, por desgracia, la nación musulmana, que era portadora del mensaje del islam, ha colocado hoy al nacionalismo en el lugar de Dios. Hoy, en todo el mundo, este nacionalismo —ya sea nacionalismo geográfico, nacionalismo basado en la lengua o nacionalismo basado en el linaje, la tribu y la raza— se ha convertido en una gran maldición para la humanidad. El principio del nacionalismo, es decir, de la adoración de la nación, es que solo es verdadero y correcto aquello que sirve a los intereses nacionales, mientras que es falso e injusto aquello que no sirve a dichos intereses. La conciencia de todos deberá atestiguar que, al igual que todo egoísmo y toda adoración del yo son una gran maldición, también lo son este egoísmo nacional y esta adoración de la nación. Hoy el mundo entero está afligido por esta maldición.
Es profundamente lamentable que los musulmanes, entre quienes se conservan íntegros e inalterados el Sagrado Kalam de Allah y la Sunna del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y entre quienes se encuentra el mensaje islámico de la hermandad universal, estén hoy afligidos por la maldición del nacionalismo geográfico y lingüístico; y esto es precisamente el triunfo o el mérito de la Yahiliya.
En la época de la antigua Yahiliya, el odio mutuo, los conflictos y los enfrentamientos que se prolongaban de linaje en linaje, de tribu en tribu y de región en región, durante épocas y siglos, llegaron a su fin cuando vino el islam, que reunió a todos mediante el vínculo de la hermandad y unificó a todos los grupos y comunidades sobre la base del ideal islámico. Esta nacionalidad islámica y esta hermandad universal crearon una historia gloriosa para los musulmanes e hicieron ondear la bandera victoriosa del islam sobre casi la mitad del mundo. Después, la Yahiliya los impulsó a adorar a la nación. El único objetivo de la vida del musulmán es obtener la complacencia de Allah, y para ello ofrece todos sus esfuerzos, empeño, sacrificios y bienes y su propia vida. Ahora, todos sus esfuerzos y sacrificios han pasado a estar dirigidos a obtener la complacencia del dios-nación. Para alcanzar esta complacencia, ninguna injusticia contra otra nación, ni siquiera una agresión contra un país musulmán hermano, se considera en absoluto censurable. Apoderarse por la fuerza de cualquier país, sea musulmán o no musulmán, para alcanzar los intereses de la nación se considera una buena obra. Quienes no creen en Dios ni en la otra vida pueden iniciarse en el credo del nacionalismo, saquear la vida, los bienes, el honor y la dignidad de otras naciones en nombre del interés nacional, y sus ambiciones y deseos nacionales han provocado dos guerras mundiales. Al no tener conciencia de que deberán rendir cuentas ante un Ser supremo y poderoso, han convertido el interés nacional en el objetivo de su vida. Pero haber arrastrado a los musulmanes por este camino debe considerarse, sin duda, un mérito de la Yahiliya.
Democracia
El tercer arma mortífera de la Yahiliya es la democracia, es decir, la soberanía del pueblo. La idea de la democracia fue presentada para poner fin al dominio exclusivo de los reyes y monarcas, poseedores de un poder de gobierno absoluto, y de los demás gobernantes autocráticos. Es decir, el sistema de gobierno se administraría basándose en la opinión del pueblo y teniendo en cuenta sus comodidades, necesidades, quejas y dificultades. Es sumamente justo el concepto de que una persona, una familia o un grupo no puede tener ningún derecho a imponer sus caprichos y deseos sobre millones y millones de personas ni a utilizarlas para satisfacer sus propios intereses y deseos. Pero, junto con este aspecto negativo, existía un aspecto positivo: los habitantes de cada país y de cada región eran sus propios gobernantes y sus propios dueños. A medida que la democracia avanzó sobre la base de este aspecto positivo, adquirió la forma siguiente: cada nación pasó a ser absolutamente soberana para satisfacer sus propios deseos y voluntad. Ya nadie tiene poder para reprimir su voluntad general o la voluntad de su mayoría. Ya se trate de principios morales y éticos, de civilización y cultura, de relaciones sociales o de política, en cada ámbito el principio correcto será el que se determine sobre la base de las aspiraciones nacionales. El principio que rechace la opinión pública será erróneo e injusto. La ley depende de la voluntad de la nación. Si quiere, promulgará cualquier ley, y si quiere, derogará cualquier ley. El gobierno se formará conforme a la voluntad de la nación y estará obligado a cumplirla. El gobierno empleará todas sus fuerzas en satisfacer la voluntad de la nación.
Las tres doctrinas mencionadas anteriormente, inventadas por la Yahiliya —el secularismo, es decir, la ausencia de religión o la rebelión contra Dios; el nacionalismo; y la democracia— han rechazado la soberanía, la autoridad y la obediencia debidas a Dios en todos los ámbitos de la vida y en todos los campos de la sociedad y del Estado. Han colocado a la nación y al pueblo en el lugar de Dios.
La declaración inequívoca del islam es que únicamente Alá posee la soberanía (SOVEREIGNTY BELONGS TO ALLAH ALONE). Y esto forma parte de la fe y la doctrina islámicas. El único creador de los cielos, la tierra y de toda criatura y animal, incluido el ser humano, es Alá. Él es el Señor y Sustentador de todos. También es el Rey de la humanidad. Los seres humanos son Sus súbditos. Es sumamente natural y justo que sobre la creación y los súbditos rijan la ley, el gobierno y la autoridad del Creador y del Rey. Este derecho natural y justo de gobernar mediante la ley —que se denomina soberanía— está siendo arrebatado a Alá y entregado al pueblo. La primera y fundamental premisa de la democracia es: SOVEREIGNTY BELONGS TO THE PEOPLE: la soberanía pertenece al pueblo. Este elaborará leyes para el país y la nación como le plazca y derogará cualquier ley cuando quiera. Al otorgar al pueblo el derecho de elaborar leyes, se observa que una misma cosa a veces es declarada lícita y otras veces ilícita. En Estados Unidos, tras observarse en una ocasión las desastrosas consecuencias del consumo de alcohol, este fue prohibido por ley. Pero, bajo la presión del mismo pueblo que posee el derecho de elaborar las leyes, el consumo de alcohol volvió a ser declarado lícito. El aborto o la eliminación del feto están prohibidos en todas las religiones, y la conciencia también lo afirma. Sin embargo, cuando, como consecuencia de la extrema decadencia moral y la inmoralidad sexual, la opinión pública exige el aborto, este es declarado lícito por ley. La homosexualidad (HOMO SEXUALITY) es una práctica sumamente detestable y vergonzosa. Cuando la enfermedad de la homosexualidad se extendió entre el pueblo como una epidemia, esta práctica tan abominable y pecaminosa fue declarada lícita por ley. Si se concede plena libertad para elaborar leyes al ser humano, que nunca puede estar por encima de los errores y cuya inteligencia es sumamente limitada, la sociedad humana puede llenarse de desorden, injusticia y corrupción.
La realidad es que únicamente Alá tiene el conocimiento completo de qué es bueno y qué es malo, qué es beneficioso y qué es perjudicial. Por eso, lo que Él ha establecido para los seres humanos como bueno y malo, lícito e ilícito, y la ley o los principios legales que ha promulgado, son infalibles y constituyen el único bien para los seres humanos. Aquel que es el Creador y Administrador del universo está por encima de todo error. Por tanto, Su ley necesariamente es perfecta. Ninguna persona, grupo ni parlamento de ningún país tiene derecho a modificar Su ley o Su decisión respecto de cualquier asunto. Si alguien lo hace, por un lado será una rebelión contra Dios y, por otro, solo atraerá perjuicio sobre los seres humanos.
«Alá dice: Ningún hombre creyente ni ninguna mujer creyente tiene derecho a tomar una decisión propia sobre un asunto respecto del cual Alá y Su Mensajero ya hayan dictado una decisión» (Sura Al-Ahzab: 36).
Como Creador, Señor y Rey de toda la naturaleza y de los seres humanos, únicamente Alá puede elaborar leyes rectas y beneficiosas para los seres humanos, y Su Mensajero también podía elaborar leyes por mandato Suyo. Pero la jahiliya ha entregado de manera absoluta el derecho de elaborar leyes al pueblo, es decir, a los representantes populares. Esto es contrario a la doctrina y creencia islámicas, contrario a la conciencia y contrario al bienestar humano.
En respuesta a las tres peligrosas doctrinas o principios de la jahiliya discutidos anteriormente, el islam ha presentado otros tres principios. Apelaremos ciertamente a la conciencia humana para que examine y ponga a prueba estos tres principios, a fin de determinar en cuáles de ellos reside verdaderamente el bienestar de la humanidad. Estos son los tres principios del islam:
1. Frente al secularismo, es decir, la ausencia de religión: la servidumbre y obediencia a Dios en todos los ámbitos de la vida.
2. Frente al culto a la nación: la humanidad.
3. Frente a la soberanía del pueblo: la soberanía de Dios y el califato del pueblo.
El sentido del primer principio es que todos aceptaremos como nuestro Señor a Dios, quien es el Creador, Dueño y Gobernante de nosotros y de toda la creación universal. No viviremos independientemente de Él y de manera desenfrenada, sino sometidos a Él y siguiendo Su guía. No solo Lo adoraremos, sino que también obedeceremos y serviremos a Él. No seguiremos Sus mandatos y Su guía únicamente en nuestra vida individual, sino que permaneceremos sometidos a Él en cada ámbito y sector de nuestra vida colectiva y social. Nuestra sociedad, civilización y cultura, política, economía, sistema educativo, nuestros sistemas de gobierno y justicia, nuestra guerra y paz, nuestras relaciones internacionales; en resumen, todo se desarrollará dentro de los principios y límites que Dios ha establecido. En la determinación de los asuntos mundanos no seremos completamente libres; más bien, nuestra libertad estará limitada dentro de los límites trazados por los principios establecidos por Dios. Estos principios y límites estarán en todo momento fuera de nuestro ámbito de competencia.
El sentido del segundo principio es que, en el sistema de vida construido sobre la base de la devoción a Dios, no habrá lugar para ningún tipo de favoritismo ni egoísmo basados en las diferencias de nación, linaje, patria, raza o idioma. En lugar de un sistema nacional, es preferible que sea un sistema basado en principios, cuyas puertas estén abiertas a toda persona que acepte sus principios. Y cualquiera que los acepte podrá participar en él sobre la base de la igualdad de derechos, sin ningún tipo de discriminación. Bajo este sistema, la ciudadanía (CITIZENSHIP) no estará limitada simplemente a las fronteras geográficas de un Estado, sino que será universal, basada en los principios. A quienes no estén de acuerdo con estos principios o no estén dispuestos a aceptarlos por alguna razón no se los podrá oprimir ni exterminar. Más bien, vivirán seguros bajo este sistema, con derechos específicos, y siempre tendrán la oportunidad de que, cuando reconozcan la veracidad de estos principios y estén convencidos de ellos, puedan asumir autoridad en este sistema según su libre voluntad y con igualdad de derechos.
A esto lo denominamos el principio de humanidad, y no es contrario a la nacionalidad. Más bien, queremos mantenerla dentro de sus límites naturales y genuinos. En él hay lugar para el amor a la nación, pero no para el favoritismo nacional. También está permitido desear el bien de la nación, pero el egoísmo nacional es ilícito. La independencia nacional es universalmente reconocida, y tampoco se puede aceptar el dominio de una nación sobre otra, pues eso divide a la humanidad dentro de límites infranqueables. La exigencia del principio de humanidad es que, aunque cada nación administre por sí misma sus asuntos internos y ninguna nación, como tal, esté sometida a otra, entre las naciones que estén de acuerdo con los principios fundamentales de la civilización humana habrá plena cooperación para el bienestar y el progreso de la humanidad. En lugar de competencia (COMPETETION), habrá cooperación. No habrá diferencias, hostilidad ni divergencias mutuas. Habrá libre intercambio de la civilización y la cultura, así como de los medios y recursos de vida. Y cada persona del mundo que viva bajo este civilizado sistema de vida será ciudadana no de una sola nación ni de un solo país, sino de todo este mundo, de modo que pueda decir: puesto que todos los países pertenecen a mi Dios, cada país también me pertenece. Actualmente prevalece una situación indeseable en la que una persona no puede ser leal a ninguna nación ni país que no sean su propia nación y su propio país. Tampoco una nación puede confiar en los habitantes de otra nación que no sean sus propios compatriotas. En cuanto una persona cruza las fronteras de su país, siente que en cada lugar del mundo de Dios solo hay obstáculos para ella. En todas partes se la mira con sospecha, como si fuera un ladrón o un bandido. En todas partes hay interrogatorios y registros. Restricciones en sus palabras y movimientos. En ningún lugar tiene libertad ni derechos. Frente a ello, queremos ver un sistema universal en el que, sobre la base de la unidad de principios, se establezca una federación entre las naciones, y dentro de esta federación se implanten una ciudadanía igual y universal (COMMON CITIZENSHIP) y un sistema de libre circulación. Ojalá nuestros ojos puedan contemplar una vez más esta escena: que algún «Ibn Battuta» de nuestros días viaje desde la costa del Atlántico hasta la costa del mar Negro de tal manera que en ningún lugar sea considerado extranjero (FOREIGNER).
Consideremos ahora el tercer principio fundamental. En lugar de la soberanía del pueblo o la monarquía (SOVEREIGNTY), queremos el califato del pueblo. Nos oponemos al poder gobernante de la monarquía individual o del rey (MONARCHY), al poder de gobierno de los emires y nobles, y a los privilegios exclusivos de las clases tanto como se opondría un demócrata radical de la época moderna. Al igual que los partidarios entusiastas de la democracia occidental, también exigimos en la vida social igualdad de derechos y oportunidades para todos. Asimismo, sostenemos que la administración del gobierno y la elección de los gobernantes deben basarse en la libre opinión del pueblo. Al mismo tiempo, nos oponemos enérgicamente a todo sistema de vida en el que no exista libertad de reunión ni libertad para emprender movimientos y luchas, o en el que se reserven derechos especiales para ciertas personas por razón de nacimiento, linaje o clase, mientras se impongan obstáculos especiales a los demás. Esta es la esencia fundamental de la democracia, y en este aspecto no existe ninguna diferencia de opinión entre nuestra democracia y la democracia occidental. No hay en ella ni un solo elemento que Occidente nos haya enseñado. Ya conocíamos esta democracia desde aquella época y habíamos presentado ante el mundo brillantes ejemplos de ella, muchos siglos antes de que surgiera la democracia moderna de Occidente. En realidad, aquello en lo que discrepamos de esta democracia recién nacida es que en ella se propone el principio de la soberanía absoluta del pueblo o de la monarquía, un principio falso en términos de realidad y sumamente peligroso en sus consecuencias. En realidad, el derecho de soberanía (SOVEREIGNTY) pertenece únicamente a Aquel que ha creado a la humanidad, que le proporciona los medios para su sustento y desarrollo, por cuya voluntad existen la humanidad y toda la creación, y bajo cuyas poderosas leyes está sujeto cada ser del universo. Bajo Su soberanía real y verdadera, cualquier soberanía que se reivindique —ya sea la de un individuo o una familia, o la de una nación y su pueblo— no es, en todos los casos, más que una ilusión. El golpe de esta ilusión no alcanzará al Soberano verdadero, sino al insensato que la reivindica y desconoce su propia dignidad. A la luz de esta verdad, lo correcto es reconocer a Dios como Dios y establecer el sistema de gobierno de la vida humana sobre el concepto y la doctrina del califato. Este califato debe ser, sin duda, democrático. El jefe de gobierno debe ser elegido sobre la base de la libre opinión pública. Los miembros del Parlamento (shura) deben ser elegidos conforme a la opinión del pueblo. Toda la administración del gobierno debe funcionar siguiendo sus consultas. Deben tener pleno derecho a criticar e interrogar al gobierno. Pero todo esto debe hacerse con la conciencia de que el país pertenece a Dios. Nosotros no somos sus propietarios, sino Sus representantes. Debemos rendir cuentas de cada uno de nuestros actos ante el Propietario verdadero. Los principios morales, las disposiciones legales y los límites que Alá ha establecido para nuestra vida deben mantenerse debidamente vigentes e inalterables, cada uno en su lugar. La perspectiva fundamental de nuestro Parlamento debe ser que el Corán de Alá y la Sunna de Su Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) sean la fuente de todas las leyes. En los asuntos sobre los que Dios y Su Mensajero han dado orientación y disposiciones legales, no se deben promulgar nuevas leyes, sino adoptar procedimientos detallados para poner en práctica Sus instrucciones. En aquellos asuntos sobre los que no exista orientación suya, debemos considerar que se nos ha concedido libertad de acción. Por tanto, solo en esos asuntos podremos elaborar leyes mediante la consulta. Sin embargo, esas leyes deberán ser necesariamente compatibles con el espíritu y la naturaleza de la estructura general que la guía fundamental de Dios ha establecido para nosotros.
Después de esto, lo más necesario es que la responsabilidad de dirigir y administrar toda esta actividad política y cultural se confíe a personas que siempre teman a Dios, Le obedezcan y deseen obtener Su complacencia en cada uno de sus actos. Su vida misma da testimonio de que tienen una firme convicción en la rendición de cuentas ante Dios cuando comparezcan ante Él.
En las páginas anteriores se han examinado las tres peligrosas doctrinas y filosofías de la jahiliya, y al mismo tiempo se han expuesto la aqida, la doctrina y la perspectiva islámicas. Toda persona sensata debe preguntarse: el edificio político, económico y civilizatorio-cultural levantado, sobre la base de estas tres doctrinas de la jahiliya, en casi todos los países del mundo, ¿ha logrado establecer en la vida humana felicidad y paz, seguridad para las vidas y los bienes, justicia, paz y orden? Las guerras y conflictos entre personas y entre naciones, las pérdidas irreparables de vidas y bienes, el hambre, la inanición y la pobreza, las epidemias, las enfermedades sexuales incurables, la extrema decadencia moral, el odio y la animosidad, la violencia y la envidia por los bienes ajenos, que son las principales causas de la inquietud en la sociedad humana, ¿han cesado o existe alguna posibilidad de que cesen? Si no han cesado, ha llegado el momento de decidir si nos aferraremos a la doctrina de la jahiliya y provocaremos nuestra propia destrucción, o si construiremos toda nuestra vida conforme a la ley enviada por Alá, el Creador del mundo, y edificaremos en este mundo un hogar de paz, y en el Más Allá, de salvación y felicidad eterna.
Lanuevaestrategia de la jahiliya
Considero que en la extensa exposición titulada «El conflicto eterno entre el islam y la jahiliyyah» ha quedado claro que, en todas las épocas, este enfrentamiento y conflicto ha sido el de la jahiliyyah contra el islam; es decir, el de las fuerzas contrarias al islam contra sus seguidores y abanderados. La razón por la que el islam y la jahiliyyah son dos fuerzas opuestas es que la existencia y el predominio de una resultan insoportables para la otra. La jahiliyyah no pudo eliminar el islam, pese a haber empleado todas sus fuerzas, porque el islam es la gran verdad y la gran belleza. La atracción de la mente humana hacia la verdad y la belleza es innata y natural. Sin embargo, puesto que el renacimiento del islam es insoportable para la jahiliyyah, esta adoptó una nueva estrategia o táctica de guerra y logró, aunque fuera temporalmente, cierto éxito. Ha recurrido a esta táctica en todas las épocas. La historia del islam y de los musulmanes demuestra que, mientras los musulmanes se aferren unidos y con firmeza a la cuerda del islam, la jahiliyyah no puede siquiera acercarse a ellos. Por eso, la jahiliyyah adoptó la estrategia de atacar al islam por medio de los propios musulmanes. Si la jahiliyyah atacara abiertamente al islam en su propio nombre, existiría la posibilidad de que los musulmanes se unieran para repeler el ataque. Pero si un musulmán pretende perjudicar al islam en nombre del islam, es inevitable que se produzca una fisura en la unidad musulmana. La jahiliyyah fomentó e inspiró secretamente la abolición del sistema del califato islámico, mientras que quienes actuaron abiertamente fueron musulmanes nominales. Después de que el califato se transformara en monarquía, quienes tenían en sus manos el poder de gobierno no pudieron prestar atención al establecimiento de la justicia islámica, la equidad ni la seguridad de las vidas y los bienes. Intentaron mantener viva la fuerza vital del islam y preservar intactas sus enseñanzas fundamentales.
En distintas épocas, los seguidores de la jahiliyyah han utilizado contra el islam y los musulmanes a ciertos musulmanes, tentándolos con dinero y cargos. Incluso los enemigos del islam lograron poner al servicio de su lucha contra la comunidad musulmana y el islam a algunas personas que se presentaban como ulemas.
El toque de victoria de la jahiliyyah comenzó a resonar por todo el mundo cuando, salvo dos o tres, todos los países musulmanes se sometieron a las potencias coloniales europeas. Los gobernantes introdujeron en los países musulmanes conquistados una visión secular de la vida y un sistema educativo secular, creando entre los musulmanes una generación de políticos e intelectuales alejados del islam. Los gobernantes occidentales se abstuvieron de intervenir directamente en lo que quedaba de las costumbres y los valores islámicos. Después de su partida, los musulmanes que los reemplazaron continuaron apuñalando al islam. El dominio colonial occidental y el sistema educativo que introdujo dieron origen a numerosos Kemal Atatürk, coroneles Nasser, Ayub Khan y Sukarno, grandes y pequeños.
Estos políticos e intelectuales confundidos de la nueva generación se dedicaron a reformar el islam. Personas como el jeque Muhammad Abduh, Sir Syed Ahmad y Ghulam Ahmad Parvez promovieron la idea de remodelar el islam según un nuevo molde, conciliándolo con las corrientes de pensamiento occidentales. Mirza Ghulam Ahmad llegó incluso a inventar un islam nuevo. Sin embargo, el abandono de los preceptos fundamentales del islam, las reuniones mixtas de hombres y mujeres, la coeducación, el baile y el canto, el consumo de alcohol y el movimiento por la libertad de la mujer atraen e influyen en los musulmanes modernos instruidos. Cuando en algún lugar aparece la posibilidad de un renacimiento islámico, o cuando se desarrolla un movimiento islámico, los musulmanes de la clase mencionada son los primeros en crear obstáculos. No solo eso: emplean la fuerza, adoptan tácticas fascistas e incluso intentan por todos los medios eliminar el movimiento islámico mediante asesinatos. Por esta razón, en ningún lugar del mundo logra triunfar el movimiento por establecer un verdadero sistema de vida islámico.
El establecimiento de un sistema de vida islámico completo en todos los niveles y ámbitos de la vida es lo más insoportable para la jahiliyyah, es decir, para Iblis. Sin embargo, Iblis no se opone a ciertas alabanzas y actos de adoración a Dios en ámbitos muy limitados y específicos de la vida, como la oración, el ayuno, la recitación del testimonio de fe y algunas limosnas y actos de caridad. En los ámbitos más amplios de la vida —la sociedad, el Estado y el sistema educativo, la civilización y la cultura, la economía y la política— considera suficiente que se acepte su predominio. Así como Iblis no está dispuesto a tolerar que el islam se establezca en algún lugar como un sistema de vida completo, tampoco están dispuestos a tolerarlo los abanderados de la civilización y la cultura occidentales, sus siervos más fieles. El éxito aparente de la jahiliyyah consiste en que ha logrado colocar en la primera línea de la lucha abierta contra el islam a ciertos musulmanes nominales y supuestos. Las fuerzas estatales contrarias al islam les proporcionan desde la retaguardia dinero, medios, recursos, inspiración y valor. Pero, a pesar de todo ello, han surgido grandes posibilidades de un renacimiento islámico. En todas partes, las personas instruidas y reflexivas están comprendiendo esta verdad: la solución a todos los problemas de la humanidad, aquejada de problemas, se encuentra únicamente en el islam. Fuera del islam no existe otro camino para el bienestar integral y la salvación de la humanidad.
Junto con esto, es necesario comprender también que aquello que se considera el único remedio definitivo para una enfermedad debe ser necesariamente puro y estar libre de adulteración. Un medicamento adulterado no alivia la enfermedad, aunque se aplique repetidamente; al contrario, puede hacer que empeore. Por tanto, debemos escoger el islam puro y auténtico predicado y establecido por el último Profeta. No puede aceptarse la más mínima modificación o ampliación de sus enseñanzas fundamentales. En este asunto, debemos seguir e imitar plenamente al Profeta universal Muhammad Mustafa (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
Lo curioso es que la jahiliyyah o los opositores del islam no tienen objeción alguna contra un islam adulterado. Ignorar la explicación del tawhid que aparece en el Corán y el hadiz, practicar actos de shirk como la veneración de tumbas, considerar al ser humano poseedor de autoridad y poder soberanos, imitar la civilización materialista occidental, tolerar la usura, el soborno, la fornicación, la injusticia y la iniquidad, y revestir todo ello con el ropaje del islam es precisamente lo que desean los opositores del islam. La jahiliyyah se dedica a dividir a la humanidad en diversos grupos y subgrupos sobre la base del regionalismo, el nepotismo, el favoritismo, la lengua, la raza, la tribu y la aristocracia. El intento de construir la sociedad sobre la base de la fe en el tawhid, la risalah y el Más Allá, en oposición a todo ello, es la causa de la máxima objeción de las fuerzas contrarias al islam. La jahiliyyah lo denomina fundamentalismo y le ha declarado la guerra. Se han solidarizado con esta guerra aquellos gobernantes musulmanes y sus grupos favorecidos que consideran el islam puro contrario a sus intereses. Los verdaderos soldados del islam también están en el campo de batalla y entregan sus vidas generosamente. Y esta guerra no es nueva, porque el conflicto entre el islam y la jahiliyyah tampoco lo es. Este conflicto se ha prolongado durante siglos, desde Karbala hasta Balakot. Continuó después de Balakot y seguirá haciéndolo hasta que se inicie la victoria completa del islam puro y auténtico.
Lo necesario para la victoria final
Lo primero que se necesita es esto: quienes desean ver el renacimiento del islam y quieren que, sobre la tierra creada por Allah y en la sociedad humana, se establezca únicamente el pleno gobierno de la ley de Allah, deben establecer la unidad entre ellos con el único propósito de obtener la complacencia de Allah. La fuente de la unidad serán el Corán y la Sunna, y la relación de hermandad mutua entre los nobles Compañeros será el modelo y la fuente de inspiración de esta unidad. Que la jahiliyyah no pueda mantener a los partidarios del islam divididos en cientos de grupos y dispersos bajo nombres como hanafíes y ahl al-hadiz, shafiíes y hanbalíes, deobandíes y barelvíes, entre otros.
En segundo lugar, hay que presentar claramente el islam y sus beneficios a personas de todas las clases, en un lenguaje conmovedor. Deben eliminarse las ideas erróneas sobre el islam creadas por el moderno sistema educativo ateo. Hay que difundir y ampliar ampliamente la enseñanza islámica.
En tercer lugar, debe llevarse a cabo una lucha total y unificada para eliminar los regímenes despóticos que constituyen el principal obstáculo para el establecimiento del islam. En este asunto debe seguirse precisamente el programa de los profetas y mensajeros.
Por último, dado que esta tarea no es posible en absoluto sin la ayuda de Allah Todopoderoso, hay que establecer con Él una relación sumamente profunda y estrecha. Debe cultivarse la disposición a entregar toda la vida por Su complacencia. Así se establecieron los cimientos del Estado islámico de bienestar en Medina bajo el liderazgo del Profeta del universo. Si hoy se adoptan el programa y los métodos que entonces se adoptaron, es completamente natural obtener los mismos buenos resultados.
Conclusión
En esta obra se ha intentado exponer la verdad de que el objetivo de la jahiliyyah es exterminar el islam, deformarlo o establecer su dominio sobre él. Nunca se ha apartado de este objetivo. Por ello se observa que, desde el comienzo de la humanidad, en todas las épocas se han mantenido los ataques de la jahiliyyah contra el islam. En cierto sentido, toda la historia de la humanidad es la historia del conflicto y la lucha, de la victoria y la derrota, entre el islam y la jahiliyyah. En unas épocas ha vencido el islam y en otras, la jahiliyyah.
Ahora bien, la pregunta es: ¿es el islam algo susceptible de ser derrotado? Por supuesto que no. El islam nunca es algo destinado a ser derrotado, borrado o exterminado. El islam es el sistema de vida completo, eternamente verdadero, hermoso y beneficioso, que Allah Todopoderoso, Creador del universo, ha dado a la humanidad. Quienes creen en él son llamados musulmanes. Cuando el musulmán cumple plenamente las normas islámicas en cada ámbito y esfera de la vida, refleja el ideal islámico en su mente y cerebro, en su forma de pensar, en sus gustos y facultades reflexivas, en su carácter y conducta, en su civilización y cultura; cuando las personas, en todos los niveles, comienzan a seguir los preceptos del islam y se construye una estructura social pura, justa y ordenada, entonces esto es lo que se denomina la victoria de los musulmanes, es decir, del islam. Por el contrario, cuando los musulmanes olvidan o abandonan el ideal y las normas islámicas, o cuando la población de un país o una región rechaza el islam, no son el islam, la verdad y la belleza los que sufren la derrota; derrotados son los musulmanes que han olvidado el islam o las personas que lo han rechazado. Ahora bien, la pregunta es cómo puede la jahiliyyah obtener acceso al islam, a pesar de que sus vínculos y su estructura son tan firmes. En la obra se han señalado algunos indicios al respecto. La jahiliyyah permanece siempre al acecho, esperando la oportunidad de golpear al islam. Por eso, cuando encuentra una ocasión, incluso en una situación victoriosa del islam, penetra en su esfera: en algunos lugares como prácticas y ceremonias inocentes e inofensivas, en otros adoptando la apariencia del islam, y en otros suscitando un sentimiento de devoción y veneración excesivas hacia alguna personalidad. Después extiende gradualmente su influencia en la mente de las personas y comienza a desviarlas poco a poco del pensamiento y la conciencia fundamentales del islam, de sus principios y del camino verdadero y recto (Sirat al-Mustaqim). Finalmente, las aleja mucho del islam y la jahiliyyah proclama su grito de victoria. Así se observa la penetración de la jahiliyyah en la esfera del islam hacia el final del Califato Rashidún.
Más tarde se observa que la jahiliyyah penetró de este modo, inadvertida para todos, en el cuerpo del islam como una herida putrefacta (CÁNCER). En el ámbito del tasawwuf, los sufíes y ascetas, con buenas intenciones y con el propósito de alcanzar el amor de Allah, adoptaron ciertas prácticas adicionales (amal) que, aunque no fueron realizadas por el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ni por los nobles Compañeros (que Allah esté complacido con ellos), no se consideraron censurables desde el punto de vista del islam. Sin embargo, con el paso del tiempo, fueron víctimas de la deformación y adquirieron la forma de una herida putrefacta en la estructura corporal del islam.
El comandante de la primera campaña yihadista del subcontinente, mientras luchaba por eliminar toda la basura de la jahiliyya y establecer una sociedad y un Estado islámicos verdaderos y puros, se sumergió en el océano de la dulce recompensa del martirio en Balakot y alcanzó el Paraíso.
Cabe señalar que el islam enseña a amar a los seres humanos. Puesto que el Creador, Allah Altísimo, ama Él mismo a los seres humanos que ha creado, el ser humano también debe amar a sus semejantes. Sin embargo, se ha establecido un límite para el amor y el respeto de unas personas hacia otras, un límite que jamás puede transgredirse. El objeto del amor supremo es Allah Altísimo. El amor que el ser humano le profesa debe regular todos los demás amores. Hay que amar a Allah más que a la propia vida y los propios bienes, y amar a todos los demás únicamente por amor a Él. Después del amor a Allah, el objeto del amor supremo es el amado Profeta de Allah, Muhammad Mustafa —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. El amor a Allah debe ser ilimitado. Pero se ha establecido un límite para el amor al Profeta: no debe transgredir los límites hasta atribuirle los atributos de Allah, es decir, elevarlo a la dignidad de la uluhiyya, la divinidad. Las comunidades anteriores se desviaron por completo al cometer el error de transgredir este límite. Asimismo, ningún ser humano que no sea profeta merece recibir un amor como el que se debe al Profeta. Del mismo modo, el amor de los hijos hacia sus padres no puede recibirlo cualquier otra persona. Sin embargo, el límite del amor hacia los demás debe determinarse en función de la piedra de toque del amor a Allah.
Cuando el amor y el respeto hacia una personalidad sobrepasan sus límites, entran en el ámbito de la idolatría de la persona, y eso es precisamente lo que la jahiliyya desea. Al comandante de cualquier movimiento islámico se le deben conceder, sin duda, el respeto, el amor y la dignidad que merece. Pero un amor excesivo hacia él es contrario al ideal islámico y a las creencias fundamentales. El yihad o movimiento islámico está, indudablemente, dirigido por un amir o líder. Sin embargo, un respeto y un amor excesivos hacia el líder pueden perjudicar al movimiento, algo que de ningún modo es deseable.
Aunque el comandante de la primera campaña yihadista del subcontinente, el honorable Sayyid Ahmad Barelvi, y sus compañeros muyahidines eran todos sufíes, su conducta en el campo de batalla y en los campamentos de guerra llevaba la impronta de la conducta de los nobles Compañeros. Sin embargo, entre los muyahidines había algunos, aunque pocos, cuya devoción y veneración por el amir eran excesivas. Por ello no pudieron creer en el martirio del señor Sayyid. Creían que se encontraba oculto de la vista de la gente y que necesariamente se manifestaría en algún momento. Quienes albergaban tales ideas y creencias se apartaron del yihad.
Algunos de los nobles sufíes del pasado introdujeron en sus cortes la práctica del sama. «Sama» es una palabra árabe que significa escuchar, o algo digno de ser escuchado y atendido. Se componían poemas de alabanza a Allah y a Su Mensajero, basados en el tawhid y la risala, y se cantaban con voz melodiosa en las cortes de los sufíes. En la corte donde se cantaban no había niños, niñas ni mujeres. Tampoco se utilizaban instrumentos musicales. En un ambiente sumamente solemne, el sama, embriagado por el éxtasis del amor a Allah, se entonaba con una voz dulce, y los oyentes quedaban absortos por la emoción. Aunque este sama no era aparentemente ni en su significado contrario al islam, muchos sufíes no pudieron aceptarlo porque no había sido aprobado ni establecido por el Último Profeta de Allah. Parece que la forma deformada del sama es la qawwali que se practica actualmente.
La qawwali se canta con melodía y acompañamiento de instrumentos musicales en reuniones mixtas de hombres y mujeres. Estas sesiones de qawwali duran toda la noche. El cantante de qawwali, o qawwal, es un artista profesional. Tanto los qawwals como los oyentes tienen poca relación con el islam. En la hospitalidad ofrecida a los invitados también se transgreden los límites del islam.
Muchas prácticas y ceremonias de este tipo se visten con el ropaje del islam y pasan a incluirse entre las prácticas y ceremonias islámicas. Todo ello son actividades de la jahiliyya. Para mantener intactos y libres de contaminación el islam y la cultura islámica, hay que levantar un muro firme entre el islam y la jahiliyya y permanecer siempre alerta y vigilante para impedir que la jahiliyya entre siquiera por la más pequeña grieta del muro.
Entre las manifestaciones de la jahiliyya se encuentran las siguientes: el regionalismo; las costumbres contrarias al islam heredadas de los antepasados; interpretar caprichosamente las instrucciones de Allah y Su Mensajero; entristecerse al ver la vida feliz y próspera de los no musulmanes y considerar al islam un obstáculo para ella; venerar las tumbas; hacer votos y ofrecer nazr-niyaz en nombre de las tumbas; conservar en casa, con reverencia, la imagen de un pir o de cualquier persona; colocar guirnaldas en una tumba o en cualquier pilar de ladrillo o piedra; poner nombres no islámicos; considerar un lugar tan venerable como la Casa de Allah; y depender de una persona para obtener la salvación en la Otra Vida, entre otras cosas. No es necesario explicar nada de esto.
Los musulmanes del subcontinente
Salvo un breve intervalo, el dominio musulmán se mantuvo en este subcontinente durante ochocientos o novecientos años, desde la conquista de Sindh por Muhammad bin Qasim en el año 711 d. C. hasta el establecimiento completo del dominio británico en 1865. Todos aquellos que llegaron a este subcontinente con la actitud de conquistadores eran forasteros. Pero no llegaron con la intención de regresar de este subcontinente, ni impulsados por la obsesión de expandir un imperio ni para establecer un dominio colonial. Llegaron para establecer en este país un sistema de gobierno hermoso y ordenado, y para garantizar una paz, un orden y una seguridad plenos. Las innumerables personas que llegaron con ellos —militares, comerciantes, poetas, artistas, escritores y eruditos— llegaron a amar este país, lo consideraron su propia tierra y aquí exhalaron su último aliento. Sus descendientes también siguieron sus pasos. Aunque todos eran musulmanes y pertenecían a la clase gobernante, nunca intentaron convertir por la fuerza a los habitantes no musulmanes de este país. Por el contrario, convivieron durante cientos de años mediante el establecimiento de relaciones cordiales y mutuas. A pesar de haber vivido juntos durante un largo período, las dos comunidades, musulmana y no musulmana, no perdieron sus respectivas identidades nacionales ni se fusionaron en una sola.
Pero ciertamente cada una recibió la influencia de la otra. Muchos carecían del conocimiento y la formación islámicos necesarios para llevar una vida plenamente islámica, y tampoco contaban con ningún programa para formar una mente, un espíritu y un carácter islámicos. Por ello, en muchos de ellos surtió efecto la influencia cultural local, y numerosas costumbres y ceremonias paganas, revestidas con un ropaje islámico, pasaron a formar parte de la cultura musulmana. De este modo, la jahiliya logró extender su dominio, aunque fuera parcialmente, sobre el cuerpo de la sociedad musulmana. Como consecuencia, muchos musulmanes llevaron durante varios siglos una vida mitad musulmana y mitad hinduizada.
La influencia del dominio europeo en los países musulmanes
A partir del siglo XVIII, por diversas razones, comenzó a establecerse el dominio colonial europeo sobre los países musulmanes. La jahiliya estableció su supremacía sobre los musulmanes, respaldada por el poder estatal. Las ideas europeas, la visión de la vida, los valores y la filosofía de vida comenzaron a influir en la mente y el pensamiento de los musulmanes. El sistema educativo implantado por los gobernantes vencedores continuó alejando del islam a los musulmanes derrotados. Los fundamentos de esa educación eran el materialismo, el ateísmo, la irreligión (SECULARISMO) y el nacionalismo. La civilización occidental se construyó sobre estas bases. La ciencia y la tecnología fortalecieron esta civilización.
La ciencia y la tecnología pueden utilizarse para cualquier propósito bueno o malo. Si los musulmanes del mundo hubieran cultivado la ciencia y la tecnología manteniéndose firmes en el ideal islámico, podrían haberlas puesto al servicio del bienestar de la humanidad. Pero se alejaron también del islam y tampoco prestaron atención al cultivo de la ciencia y la tecnología. Aprovechando esta doble debilidad, las potencias occidentales portadoras de la bandera de la jahiliya se convirtieron en sus amos políticos, económicos y culturales. Los musulmanes cayeron víctimas de un complejo de inferioridad extremo. Los musulmanes aceptaron la civilización occidental, su educación y su filosofía política (secularismo) como la clave del progreso y el desarrollo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los países musulmanes comenzaron a obtener su independencia, rompiendo uno tras otro las cadenas de la esclavitud. Lo desafortunado fue que, después de alcanzar la independencia, el poder de gobierno cayó en manos de quienes consideraban el islam un obstáculo para el progreso y el desarrollo. Así, el dominio de la jahiliya quedó establecido con todo su poder. Sin embargo, las poblaciones musulmanas de ningún país pudieron aceptar ese dominio. Salvo la clase gobernante, esclavizada mentalmente por la civilización occidental, la inmensa mayoría de la población de cada país exige un modo de vida islámico. Por ello, en casi todas partes continúa el conflicto y el enfrentamiento entre gobernantes y gobernados, y su final aún no ha llegado.
Es motivo de alegría que en todas partes haya comenzado una nueva oleada de inspiración islámica entre los musulmanes y, especialmente, entre la juventud educada. También está en marcha el movimiento para establecer el islam como un sistema de vida completo. En las olas de la marea juvenil de la inspiración islámica y yihadista de la juventud, la fuerza militar rusa se hundió en la derrota en Afganistán. La Intifada izó la bandera de la yihad en el movimiento de liberación de Palestina. Los musulmanes de Cachemira, ansiosos por la libertad, también luchan por liberarse de toda la tiranía y opresión del Estado indio. La jahiliya no permanece inactiva. Para frustrar estas tres luchas, Sadam Husein, de Irak, actuando como títere de India, Rusia y Estados Unidos, ocupó por la fuerza el Estado musulmán independiente de Kuwait; por un lado, destruyó la unidad musulmana mundial y, por otro, apuñaló por la espalda los movimientos de liberación de Palestina, Afganistán y Cachemira. En el conflicto eterno entre el islam y la jahiliya, el jefe de Estado de un país musulmán desempeñó el papel de títere de la jahiliya. Este es uno de los episodios más vergonzosos de la historia del islam.
¡Es motivo de reflexión cómo el ejército musulmán de un país musulmán puede ocupar por la fuerza otro Estado musulmán inocente; cómo puede matar a innumerables ciudadanos musulmanes inocentes y saquear sus riquezas; cómo puede cometer atrocidades contra mujeres musulmanas recatadas y piadosas, y arrebatarles sus invaluables bienes, su honor y su pudor! Aunque se hagan llamar musulmanes, ¿acaso estas bestias humanas creen en Dios y en el Más Allá? Esta no es sino una victoria histórica de la jahiliyya, es decir, de la incredulidad, sobre los musulmanes. ¿Podrán los seguidores del islam aprender de esto? Porque los ataques de la jahiliyya contra el islam continuarán de esta manera.
La luz de la esperanza
En el subcontinente, durante el siglo pasado, el Movimiento de los Muyahidines de Sayyid Ahmad Shahid Barelvi (que Dios tenga misericordia de él) infundió entre los musulmanes un indomable espíritu de yihad. Las inhumanas y estremecedoras persecuciones y opresiones de los gobernantes británicos no pudieron extirpar de los corazones de los musulmanes el espíritu de yihad. Cien años después del martirio de Sayyid Ahmad Shahid en Balakot, en 1831, se inició nuevamente la yihad fi سبيل الله, es decir, el movimiento islámico. En 1941, este movimiento se transformó en una poderosa organización denominada Jamaat-e Islami. El fundador y artífice de este movimiento y organización fue uno de los principales pensadores islámicos y eruditos religiosos del mundo contemporáneo, el maulana Sayyid Abul A’la Maududi (que Dios tenga misericordia de él). Trece años antes, en 1928, había comenzado en Egipto un movimiento islámico llamado Ikhwan al-Muslimun. Su fundador fue el jeque Hasan al-Banna Shahid (que Dios tenga misericordia de él). En el mundo actual, estas dos son las únicas organizaciones poderosas, disciplinadas y cohesionadas que están llevando adelante, en sentido auténtico, el movimiento para establecer una sociedad y un Estado islámicos.
Los gobernantes egipcios contrarios al islam no se limitaron a colgar en la horca a numerosos dirigentes y activistas de Ikhwan al-Muslimun, obligarlos a morir lentamente tras sufrir torturas físicas y psicológicas dentro de las prisiones, y forzar a cientos de dirigentes y activistas a abandonar el país; además, declararon ilegal la organización, una prohibición que todavía sigue vigente.
Por otro lado, Jamaat-e Islami no limitó sus actividades a Pakistán, India, Bangladesh, Sri Lanka y Jammu y Cachemira. Muchos de los responsables de este movimiento se han dispersado por todo el mundo y en todas partes dirigen movimientos islámicos bajo diferentes nombres.
Es motivo de esperanza que actualmente no haya ningún país del mundo donde no se esté llevando adelante, de una forma u otra y bajo algún nombre, un movimiento o una organización islámica. Activistas formados por Ikhwan al-Muslimun y Jamaat-e Islami están dirigiendo estos movimientos. Se ha creado un vasto acervo de literatura islámica en las principales lenguas del mundo, y en todas partes se está difundiendo el conocimiento islámico entre todos, musulmanes y no musulmanes por igual.
Jóvenes instruidos y eruditos de diversas religiones, especialmente del cristianismo, el judaísmo y el hinduismo, se sienten atraídos por el islam y buscan refugio bajo su refrescante sombra.
Puede decirse que el renacimiento del islam ha comenzado en todas partes del mundo. También se observa un cambio en la sociedad materialista de Occidente. En la búsqueda desenfrenada de placeres, en sumergirse día y noche en el océano del alcohol y del amor por las mujeres, en la inmoralidad sexual, no hay satisfacción, alegría ni tranquilidad mental. Los deseos insaciables de placer vuelven al ser humano inquieto y ansioso por disfrutar cada vez más. Embriagado por los placeres, olvida la meta y el propósito de la vida. En lugar de aferrarse a algo permanente y estable, se aferra a lo efímero. Finalmente, su propia vida se convierte para él en una enorme carga. La llama ardiente de la pasión por los placeres mundanos se transforma en la llama ardiente de la desesperanza y las falsas esperanzas. Incluso el sistema familiar destinado a proporcionar felicidad y paz en la vida se desmorona por completo. Entonces corre de un lado a otro en busca de tranquilidad mental. Tras muchas pruebas y experiencias, su conciencia despierta elige al islam como último refugio. Comprende que creer en el islam significa aferrarse a una cuerda firme que jamás se romperá; una cuerda en la que no hay fracaso ni desesperanza, sino pleno éxito y solución para todos los problemas de la vida. La declaración categórica del islam es que no todo termina con la muerte; por el contrario, con ella se abre la puerta a una nueva vida de dicha y felicidad eternas, o de dolor y sufrimiento.
Quienes tienen arraigados en el corazón un odio acumulado durante largo tiempo y conceptos erróneos acerca del islam no tienen ante sí más que la frustración. Pero quienes intentan conocer el islam con una mente imparcial y sana se sienten atraídos por sus ideales y enseñanzas universales. No dudan en aceptarlo como un sistema de vida dinámico, eterno y plenamente hermoso. Esta es una señal clara del brillante futuro del islam.
El hecho de que recientemente una gran superpotencia como Rusia se haya visto obligada a huir tras sufrir una derrota aplastante a manos de un reducido grupo de muyahidines en Afganistán proclama la victoria del islam. Las violentas oleadas de conciencia e inspiración islámicas están haciendo tambalearse la muralla de hierro de Rusia. Hoy, el resurgimiento del islam es lo que más temor inspira a Rusia.
La labor del movimiento islámico ha comenzado en casi todas las ciudades de los países occidentales. Incluso en España, desde donde en otro tiempo fueron exterminados los musulmanes, ha comenzado el resurgimiento del islam. En los países europeos, así como en Estados Unidos, Canadá, Australia, Japón, Singapur, Corea del Sur, Filipinas, Tailandia y Taiwán, las organizaciones islámicas llevan ya bastante tiempo trabajando. Recientemente se han establecido organizaciones islámicas propiamente dichas en México, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Nicaragua y las islas del Caribe. En todos estos lugares se están estableciendo centros islámicos y extendiendo ampliamente la labor de la da‘wah islámica. Alhamdulillah. Los promotores de estos movimientos son los miembros activos de los Hermanos Musulmanes y de la Jamaat-e-Islami de diversos países. En todas partes, estos movimientos llevan en sí el indicio del brillante futuro del islam.
La jahiliya está intentando frenar el avance del islam con todas sus fuerzas y armas. Ahora, la victoria del islam depende de la firmeza de los musulmanes hacia el islam; de una lucha incesante con unidad, sacrificio, entrega y perseverancia. No es posible ninguna victoria sin la ayuda de Allah el Altísimo. Por eso, si logramos obtener Su complacencia mediante una obediencia plena en cada instante, Su ayuda estará garantizada y la victoria estará muy cerca.
Que Allah el Altísimo despierte la fe y la conciencia de los musulmanes, proteja su fe y les conceda la capacidad de repeler los contraataques de la jahiliya, para que el islam pueda restablecerse en el mundo como una fuerza victoriosa.
।।Fin।।