Nuestras palabras
Maulana Sayyid Abul A‘la Maududi (r.) no pudo completar su célebre obra Sira del Señor de los Mundos. Después de escribir hasta la Hégira, falleció. Esta obra se publicó en urdu en dos tomos. Nosotros publicamos en bengalí, en cinco tomos, los dos tomos en urdu que llegan hasta la Hégira: el primer tomo urdu, en dos tomos bengalíes, y la tercera parte del segundo tomo urdu.
En el primer tomo bengalí se expone principalmente un análisis teórico sobre la profecía y la misión profética. En el segundo tomo se analiza la historia de la destrucción de los pueblos del pasado. A partir del tercer tomo comienza el análisis de la historia de la vida del Mensajero de Allah, Muhammad (s.a.).
La Academia de Investigación Sayyid Abul A‘la Maududi ha planeado presentar todas las obras del Maulana a los lectores de habla bengalí. Hasta ahora, casi todas sus obras han sido traducidas y publicadas en bengalí. La presente obra ha sido traducida por el señor Abbas Ali Khan, estrecho colaborador del Maulana y distinguido escritor. No creemos que sea necesario decirles nuevamente a los respetados lectores algo acerca de la competencia de su labor de traducción, la maestría en el uso de las palabras y la fuerza de su lenguaje.
Damos gracias a Allah Todopoderoso por haber podido publicar esta obra en nombre de la Academia. Que Él conceda a todos los lectores de esta obra la capacidad de comprender la verdadera misión de la profecía. Amén.
Abdus Shahid Nasim
Director
Academia de Investigación Sayyid Abul A‘la Maududi
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En realidad, el islam es el nombre del movimiento que desea construir todo el edificio de la vida humana sobre la idea y la convicción de la soberanía del Dios único. Este movimiento se ha desarrollado desde tiempos muy antiguos sobre la misma base y siguiendo el mismo método. Lo han dirigido aquellos a quienes se llama profetas y mensajeros de Dios Altísimo. Si nosotros debemos dirigir este movimiento, necesariamente tendremos que seguir el método de acción de esos líderes. Porque, aparte de este, no existe ni puede existir otro método de acción para un movimiento de esta naturaleza. Cuando intentamos rastrear las huellas de los nobles profetas (la paz sea con ellos) a este respecto, nos enfrentamos a una enorme dificultad. No podemos saber mucho sobre las obras y actividades de los profetas que vivieron en tiempos antiguos. En el Corán se encuentran algunas indicaciones breves, pero a partir de ellas no es posible reconstruir el plan completo. En el Nuevo Testamento de la Biblia se hallan algunas palabras poco fiables de Jesús (la paz sea con él) que arrojan cierta luz sobre un aspecto: cómo puede dirigirse el movimiento islámico en su etapa más inicial y a qué problemas debe enfrentarse. Sin embargo, Jesús (la paz sea con él) no tuvo que afrontar la etapa posterior, y tampoco se encuentra ninguna indicación al respecto. Sobre este asunto recibimos una guía clara y completa de un único lugar, y ese lugar es la vida del profeta Muhammad Mustafa (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Nuestro regreso a él no se debe únicamente a nuestro respeto por él; en realidad, estamos obligados a volver a él para adquirir conocimiento de las dificultades y los obstáculos de este camino. Entre todos los líderes del movimiento islámico, el profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) es el único líder cuya vida nos permite conocer, desde la invitación inicial de este movimiento hasta el establecimiento del Estado islámico y, después, la estructura del Estado, su constitución, sus políticas internas y exteriores y los principios y métodos de su administración, cada etapa y cada detalle completo, además de una descripción sumamente fiable.
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Introducción
El señor Naím Siddiqui y el señor Abdul Wakil Alvi reunieron de manera excelente las discusiones relacionadas con la misión profética y la noble biografía del Profeta contenidas en mis diversas obras, y prepararon el primer volumen de esta obra (los volúmenes primero y segundo en bengalí). Allí no consideré que hubiera mucha necesidad de añadir o revisar el material.
Sin embargo, los escritos míos que ellos recopilaron para este volumen presentaban ocasionalmente algunas lagunas. Con esas lagunas, de ninguna manera podía componerse una obra biográfica sobre el Profeta. Por ello, he realizado amplias adiciones y ampliaciones. Ahora se ha convertido en una obra biográfica continua y coherente.
Este segundo volumen (el original) concluye con el relato de la Hégira. Inmediatamente después comenzará la etapa medinense. Esa etapa es, en esencia, como un océano sin orillas. Ruego a Dios Altísimo que me conceda la fuerza y la gracia necesarias para completar esta obra y que la haga beneficiosa para Sus siervos.
Abul Ala
Capítulo séptimo
El inicio de la predicación pública
De lo expuesto en los dos capítulos anteriores se puede comprender claramente por qué, después de predicar el islam en secreto durante tres años, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comenzó a proclamarlo públicamente, por qué los qurayshíes y los árabes en general se enfurecieron tanto y por qué se entregaron a oponer obstáculos, hostilidad y comportamientos insolentes contra el Profeta. Asimismo, esta exposición permite comprender claramente con qué poderosas armas de la razón y del carácter se presentó esta predicación del islam, hasta el punto de que la antigua yahiliya quedó impotente ante ella, a pesar de todas sus estrategias, engaños, artimañas, opresión y tiranía. Ahora retomamos la continuidad del relato histórico desde el punto en que lo dejamos en el cuarto capítulo.
La primera manifestación pública del islam
Aunque los historiadores y los autores de la sira no han explicado ni analizado este asunto, al reflexionar sobre el modo en que, después de los primeros cinco versículos de la sura Al-Alaq del Noble Corán, se relata repentinamente, en los versículos 6 al 21, el episodio de un hombre que prohíbe a un siervo de Allah realizar la oración e intenta impedírselo mediante amenazas, se comprende claramente que, según la explicación de este episodio en los libros fiables de hadices, quien realizaba la oración era el propio Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y quien intentaba impedírselo era Abu Yahl. Esto demuestra que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) manifestó por primera vez su religión realizando la oración según el método islámico en el recinto sagrado de la Kaaba. Hasta entonces, los musulmanes rezaban en secreto. Nadie se atrevía a rezar públicamente ni siquiera en un lugar abierto, mucho menos en el recinto sagrado de la Kaaba. Solo una vez, en un valle deshabitado de La Meca, los politeístas vieron a algunos musulmanes rezando junto con Sa‘d ibn Abi Waqqas (que Allah esté complacido con él), lo que provocó un gran alboroto, tal como hemos expuesto anteriormente. Pero cuando Allah Todopoderoso quiso que el islam fuera proclamado abiertamente, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) acudió sin temor ni vacilación al recinto sagrado y comenzó a rezar. Nadie, aparte de él, habría podido tener ese valor. (Añadido por el autor.)
A partir de entonces, la gente común de Quraysh percibió por primera vez que la religión de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se había vuelto diferente de la suya. Quienes lo presenciaron quedaron asombrados. Pero la pasión de la yahiliya de Abu Yahl se encendió, y este intentó varias veces impedir que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) rezara, amenazándolo. Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) relata que Abu Yahl preguntó a los qurayshíes: «¿Acaso Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pone su rostro en el suelo delante de vosotros?». Ellos respondieron: «Sí». Entonces Abu Yahl dijo: «Por Lat y Uzza, si lo veo rezar así, pondré mi pie sobre su cuello y aplastaré su rostro contra el suelo». Después, casualmente, al ver al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) rezando, avanzó para poner el pie sobre su cuello. Pero de pronto la gente lo vio retroceder e intentar protegerse el rostro con algo. Le preguntaron qué le había ocurrido, y respondió: «Entre él y yo había un foso de fuego, algo terrible y también alas».
El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Si se hubiera acercado a mí, los ángeles le habrían arrancado la cabeza» (Ahmad, Muslim, Nasa’i, Ibn Yarir, Ibn Abi Hatim, Ibn al-Mundhir, Ibn Marduya, Nu‘aym, Isfahani y Bayhaqi).
Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) relata que Abu Yahl dijo: «Si veo a Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) rezando cerca de la Kaaba, aplastaré su cuello bajo mis pies». Cuando esta noticia llegó al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), dijo: «Si intentan hacer eso, los ángeles lo apresarán públicamente» (Bujari, Tirmidhi, Nasa’i, Ibn Yarir, Abd al-Razzaq, Abd ibn Hamid, Ibn al-Mundhir e Ibn Marduya).
Ibn Abbás (ra) relata que el Profeta (saw) estaba rezando en el Maqam de Ibrahim. Abu Yahl pasaba por allí y dijo: «Muhammad (saw), ¿acaso no te había prohibido hacerlo?». Dicho esto, comenzó a reprenderlo. En respuesta, el Profeta Muhammad (saw) lo reprendió severamente. Entonces Abu Yahl dijo: «¡Oh, Muhammad (saw)! ¿Con quién me amenazas? ¡Por Dios!, en este valle tengo más partidarios que nadie» (Ibn Yarir, Ahmad, Tirmidhi, Nasai, Ibn Abi Shayba, Ibn al-Mundhir, Tabarani, Ibn Marduyah). (Tafhim al-Qur’an, vol. 6, introducción a la sura «Al-Alaq».)
Después, otros miembros de los coraichitas también se reunieron y trataron de impedir que el Profeta Muhammad (saw) rezara en el recinto sagrado de la Kaaba. Pero fracasaron. El Corán dice:
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Y cuando el siervo de Allah se levantó para invocarlo, ellos estuvieron a punto de abalanzarse sobre él (yinn: 19).
También aquí los exegetas han entendido que por «el siervo de Allah» se alude al Profeta Muhammad (saw). Y la aleya demuestra que el Profeta (saw) no dejó de rezar públicamente, aunque, además de Abu Yahl, otros miembros de los coraichitas también comenzaron a prepararse para abalanzarse sobre él.
La invitación dirigida a sus familiares
La segunda medida que adoptó el Profeta Muhammad (saw) fue poner en práctica esta orden de Allah, el Altísimo:
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De acuerdo con ello, invitó a sus propios familiares a su casa. Entre ellos había miembros de los Banu Abd al-Muttalib y de los Banu Hashim, además de algunos miembros de los Banu al-Muttalib y de los Banu Abd Manaf. Baladhuri e Ibn Kathir dicen que en aquella invitación participaron en total cuarenta y cinco personas. Antes de que el Profeta (s) pudiera decir algo, Abu Lahab comenzó a hablar: «Aquí están tus tíos y tus primos. Puedes decir lo que quieras, pero no hables de abandonar la religión. Debes recordar que tu pueblo no tiene fuerza para luchar contra toda Arabia. Los miembros de tu familia son quienes tienen mayor derecho a detenerte y refrenarte. Si permaneces firme en lo que estás haciendo, todos los qurayshíes se abalanzarán contra ti y los árabes acudirán en su ayuda. Nunca he visto a nadie que haya traído sobre su propia familia una calamidad mayor que la que tú has traído».
Así fue como Abu Lahab hizo fracasar la primera reunión. Al día siguiente, el Profeta (s.a.s.) volvió a invitar a los miembros de su familia y les expuso su llamamiento religioso. Abu Talib dijo: «No quiero abandonar la religión de Abd al-Muttalib. Sin embargo, continúa realizando la tarea que se te ha ordenado. Yo te apoyaré y te protegeré».
Abu Lahab dijo: «¡Por Dios! Esto es algo muy grave. Tómalo de la mano antes de que otro lo haga». Abu Talib dijo: «¡Por Dios! Mientras tenga vida, lo protegeré». Esta narración fue transmitida por Baladhuri e Ibn Amir, citando a Yafar ibn Abd ibn Abi al-Hakam, quien era un transmisor fiable (Ansab al-Ashraf de Baladhuri, tomo 1, páginas 118-119; Tarikh al-Kamil de Ibn Amir, tomo 2, páginas 49-41). (Añadido del autor.)
Según fuentes fiables, el sermón que pronunció el Profeta (s.a.s.) fue dirigido mencionando a cada uno por su nombre: «¡Oh, hijos de Abd al-Muttalib! ¡Oh, Abbas! ¡Oh, Safiyya!» (tía paterna del Mensajero de Allah), «¡Oh, Fatima!» (hija del Profeta). «Salvaos del fuego del Infierno, pues no tengo autoridad para salvaros del castigo de Allah. Sin embargo, podéis pedirme de mis bienes lo que queráis». Su sermón fue el siguiente:
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Este sermón no fue solamente un llamamiento a la verdad dirigido a sus allegados. También puso de manifiesto que la religión de Allah es imparcial. En ella no hay ningún privilegio ni concesión especial para la persona del Profeta (s.a.s.) ni siquiera para sus parientes más cercanos. Aquí, el trato que se dé a cada persona se basará en sus cualidades. Asimismo, el honor del linaje y la relación de una persona con otra no servirán de nada. El temor al castigo de Allah por la desviación y las malas acciones es igual para todos. No ocurrirá que los demás sean castigados mientras los parientes del Profeta queden a salvo. Como era necesario dejar este principio claramente establecido, el Mensajero (s.a.s.) mencionó en su sermón incluso el nombre de su propia hija, la honorable Fatima (r.a.). En aquel momento ella no tenía más de dos años y medio. Es evidente que, en modo alguno, estaba incluida en una responsabilidad respecto de la cual pudiera plantearse la cuestión de un castigo o una recompensa. Sin embargo, el propósito de esto era poner de manifiesto esta verdad: en la religión del Islam no existe ningún privilegio especial para el Profeta ni para su familia del que los demás estén privados. Lo que es un veneno mortal lo es para todos. La tarea del Profeta consiste en apartarse de ello él mismo antes que nadie y advertir de ello a sus parientes cercanos. Después debe advertir a todo el mundo que quien lo consuma morirá. Y lo que es beneficioso es beneficioso para todos. La tarea del Profeta consiste precisamente en adoptarlo él mismo antes que nadie y aconsejar a sus seres queridos que lo adopten, para que todos puedan ver que este consejo beneficioso no está dirigido solamente a los demás. Al contrario, el Profeta (s.a.s.) es completamente sincero en su llamamiento: él mismo lo sigue y aconseja a los demás que también lo sigan. (Tafhim al-Qur’an, tomo 3, al-Shuara, nota 35.)
El llamamiento del Islam a todas las familias de Quraysh
Después, el tercer paso que emprendió fue que, un día, muy de madrugada, se situó en la cima más alta del monte Safa y gritó en voz alta: «¡Ya sabaha!» (¡Oh, peligro de la mañana!). «¡Oh, gente de Quraysh! ¡Oh, descendientes de Ka’b ibn Lu’ayy! ¡Oh, Banu Murra! ¡Oh, gente de Qusayy! ¡Oh, Abd Manaf! ¡Oh, Abd Shams! ¡Oh, gente de Abd al-Muttalib!». De este modo llamó a cada una de las tribus y familias de Quraysh por su nombre. Era costumbre entre los árabes que, cuando al amanecer se temía un ataque repentino, quien se enteraba de ello gritara de esta manera, y la gente, al oír su voz, corriera hacia allí desde todas partes. En efecto, al oír un grito semejante del Profeta (s.a.s.), todos salieron de sus casas. Quien no pudo acudir envió a otra persona para averiguar lo que ocurría. Cuando todos se reunieron, el Profeta (s.a.s.) dijo: «¡Oh, gente! Si os dijera que al otro lado de la montaña hay un gran ejército que quiere abalanzarse sobre vosotros, ¿creeríais que digo la verdad?». Todos respondieron al unísono: «Nuestra experiencia nos dice que nunca has mentido». El Profeta (s.a.s.) dijo: «Entonces os advierto antes de que llegue el castigo de Allah. Preocupaos por protegeros de él. Yo no podré serviros de nada frente a Allah. En el Día de la Resurrección, mis parientes serán solamente quienes teman a Allah. No permitáis que ocurra que otros lleguen con buenas obras mientras vosotros os presentáis cargando con toda la paz y todo el sufrimiento de este mundo. En ese momento llamaréis: “¡Oh, Muhammad!”, pero yo me veré obligado a apartar el rostro de vosotros. Ciertamente, en este mundo existe entre nosotros un vínculo de sangre y aquí os trataré con la consideración propia de los parientes». Transmitido en Bujari, Muslim, Musnad de Ahmad, Tirmidhi, Nasa’i y el Tafsir de Ibn Yarir, según Aisha (r.a.), Abu Hurayra (r.a.), Abd Allah ibn Abbas (r.a.), Zubayr ibn Amr (r.a.), Qabisa ibn Mujariq (r.a.) y otros. (Tafhim al-Qur’an, tomo 3, al-Shuara, nota 35.)
Los muhadizun han transmitido por diversas cadenas esta narración de Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él): cuando se ordenó al Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) invitar a toda la gente y descendió en el Corán la instrucción de que primero debía advertir a sus parientes más cercanos del castigo de Dios, subió muy temprano al monte Safa y gritó en voz alta: «¡Ya Sabaha!» («¡Oh, calamidad de la mañana!»). En Arabia, esta era la llamada que hacía quien, al ver por la mañana a un grupo que avanzaba con ímpetu para atacar, quería saber quién estaba dando el aviso. Se respondió: «Es Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él)». Como consecuencia, los miembros de todas las familias de Quraysh corrieron hacia él. Quien no pudo ir envió a otra persona en su lugar. Cuando todos se hubieron reunido, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) llamó uno por uno a los clanes de Quraysh: «¡Oh, Banu Hashim! ¡Oh, Banu Abd al-Muttalib! ¡Oh, Banu Fihr! ¡Oh, Banu Fulano! ¡Oh, Banu Mengano! Si os dijera que, detrás de esta montaña, hay un ejército preparado para atacaros, ¿me creeríais?». Todos respondieron: «Sí, creemos en tus palabras», pues no tenían experiencia alguna de que él dijera mentiras. El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Os advierto que en el futuro se aproxima un castigo severo». Entonces, antes de que nadie pudiera decir nada, su tío Abu Lahab dijo:
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«¡Que perezcas! ¿Nos has reunido aquí para esto?»
En otra narración se cuenta que Abu Lahab tomó una piedra para arrojársela al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). (Musnad de Ahmad, Bujari y Muslim, Tirmidhi, Ibn Yarir y otros). (Tafhim al-Corán, sexto tomo, introducción, sura Al-Lahab).
Entre lo que Ibn Sa’d dijo, citando la narración de Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él), se encontraban también estas palabras: Dirigiéndose a los qurayshíes, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Allah me ha ordenado advertir a mis parientes cercanos, y vosotros, miembros de Quraysh, sois mis parientes cercanos. No tengo autoridad para mostraros nada de parte de Allah ni para concederos participación alguna en la otra vida. Sin embargo, si aceptáis “la ilaha illallah”, daré testimonio de vuestra parte ante vuestro Señor. Y por medio de esta profesión de fe, los árabes os obedecerán y los no árabes serán sometidos». En respuesta, Abu Lahab dijo: «¡Que perezcas! ¿Para esto nos has convocado?»
La conducta de Abu Lahab
Así, Abu Lahab [El verdadero nombre de este hombre era Abd al-Uzza ibn Abd al-Muttalib. Su kunya era Abu Utba. Sin embargo, debido a su rostro resplandeciente, del color de la leche y rojo como la laca, se hizo famoso con el nombre de Abu Lahab («belleza resplandeciente»). Ibn Sa’d dice que el propio Abd al-Muttalib lo llamaba Abu Lahab. Por ello, su verdadero nombre cayó en el olvido —el autor—.] Desde el primer día se empeñó en oponerse al Profeta y, hasta el final de su vida, mantuvo contra él y, por causa de él, contra su propia familia, una enemistad como la que mostraría un enemigo acérrimo. Aunque otro miembro de los Banu Hashim, Abu Sufyan ibn al-Harith ibn Abu Talib, también llegó a oponerse al Profeta, su oposición no fue mayor que la de Abu Lahab. Durante veinte años, Abu Lahab recitó poemas satíricos contra el Profeta y sus compañeros, y después de la Hégira combatió contra el Profeta en las guerras. La gran diferencia entre Abu Lahab y Abu Sufyan era que el corazón de este último se inclinó hacia el islam. De hecho, antes de la conquista de La Meca, prestó juramento de fidelidad al Profeta en un lugar llamado Abwa.[Según Tabaqat Ibn Sa’d, tomo IV, páginas 49-50, este era primo paterno del Profeta. Debido a que fue amamantado por Halima Sa’diyya, también era su hermano de leche. En la época de la ignorancia sentía un profundo amor por el Profeta, pero después de que este recibiera la profecía se convirtió en un encarnizado opositor. Baladhuri, en Ansab al-Ashraf, tomo I, página 361, dice lo mismo. Añade únicamente que el Profeta lo perdonó gracias a la intercesión de Abbas. Menciona como débil el relato de su presencia en Abwa. Da preferencia al relato según el cual se presentó para solicitar ese perdón en un lugar llamado ‘Nik al-Uqab’ (un lugar situado cerca de Hujfa, entre La Meca y Medina). ‘Mu’‘jam al-Buldan’ también menciona esto. El autor.]
Pero el caso de Abu Lahab era completamente distinto: no solo transgredió todos los límites de la humanidad, sino también los de las tradiciones morales universalmente reconocidas por los árabes, y, en su enemistad hacia el Profeta, descendió a una vileza extrema en lugar de mostrar humanidad y decoro. Y, sin embargo, ambos estaban unidos por lazos de sangre. Debido a este parentesco, su oposición se convirtió en un obstáculo enorme para la causa de la religión, en comparación con la oposición de los demás. (Adición.)
Esta es la razón por la que, entre todos los enemigos del islam de aquella época, Abu Lahab fue la única persona cuyo nombre aparece en el Corán para ser condenado. Y, sin embargo, tanto en La Meca como después de la Hégira en Medina, había muchas personas que no eran inferiores a él en ningún aspecto en su enemistad hacia el islam y Muhammad. La pregunta es: ¿qué característica tenía este hombre para que el Corán expresara su ira mencionándolo por su nombre? Para comprenderlo, es necesario conocer la sociedad árabe de aquella época y observar la conducta de Abu Lahab en ese contexto.
Razón por la que el Corán condenó a Abu Lahab mencionándolo por su nombre
En tiempos antiguos, puesto que por toda Arabia se habían extendido la inseguridad, el desorden, los asesinatos, el saqueo y otros males, y durante cientos de años la situación había sido tal que nadie tenía garantía alguna de proteger su vida, sus bienes y su honor sin el apoyo de su propia familia y clan, en los valores morales de la sociedad árabe se concedía especial importancia al buen trato hacia los parientes. Romper los lazos familiares se consideraba un gran pecado. La influencia de estas tradiciones árabes era tal que, cuando el Mensajero de Allah (s) apareció con la invitación islámica, las demás familias y jefes de Quraysh comenzaron a oponerse encarnizadamente al Profeta (s). Sin embargo, los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib (los descendientes de al-Muttalib, hermano de Hashim) no se opusieron a él, sino que, por el contrario, continuaron apoyándolo públicamente. Esto, aunque la mayoría de ellos no creía en la profecía del Profeta (s). Las demás familias de Quraysh consideraban que el apoyo que estos clanes del propio Profeta (s) le brindaban era precisamente conforme a las costumbres de la tradición moral árabe. Por ello, nunca reprocharon a los Banu Hashim ni a los Banu al-Muttalib que, al apoyar a un predicador de una religión diferente, se hubieran apartado de la religión de sus antepasados. Sabían y reconocían que jamás podrían entregar a un miembro de su propia familia en manos del enemigo, y que ayudar y apoyar a los propios parientes era algo natural e instintivo para todos.
Incluso en la época de la ignorancia, los árabes respetaban profundamente este valor moral. Solo un hombre, cegado por su enemistad hacia el islam, hizo añicos todas las tradiciones y valores morales.
Y ese hombre era Abu Lahab ibn Abd al-Muttalib. Era tío del Profeta (s). El padre del Profeta (s) y el padre de Abu Lahab eran la misma persona, aunque sus madres eran distintas. En Arabia se consideraba que el tío ocupaba el lugar del padre, especialmente cuando el padre del sobrino fallecía. En la sociedad árabe se esperaba que el tío considerara a su sobrino como a su propio hijo. Pero este hombre, debido a su enemistad hacia el islam y a su amor por la incredulidad, destruyó todas las tradiciones árabes.
El peor vecino del Profeta (s)
En La Meca, Abu Lahab era el vecino más cercano del Profeta (s). Sus dos casas estaban separadas únicamente por un muro. Además, al-Hakam ibn As (padre de Marwan), Uqba ibn Abi Muayt, Sa’d ibn Hamrayek al-Thaqafi e Ibn al-Asdayel al-Hudhali también eran vecinos del Profeta.Ibn Sa’d dice que, entre ellos, Abu Lahab y Uqba eran los vecinos más cercanos. Citando una narración de Aisha, dice que el Profeta (s) afirmó: «Vivía entre dos’ vecinos sumamente malos. Uno era Abu Lahab y el otro, Uqba». De esto se sabe que la casa del Profeta (s) estaba entre las casas de estos dos’ hombres». —AutorEllos no permitían que el Profeta (s) viviera tranquilamente en su casa. A veces, mientras él estaba rezando, arrojaban desde arriba las vísceras de una cabra. Otras veces, cuando se estaba preparando la comida en el patio, arrojaban suciedad y basura sobre la olla. El Profeta (s) salía y les decía: «¡Oh, descendientes de Abd Manaf! ¿Qué clase de conducta vecinal es esta?»
La esposa de Abu Lahab, Umm Jamil (hermana de Abu Sufyan), había convertido en una costumbre permanente dejar por la noche un manojo de arbustos espinosos ante la puerta de la casa del Profeta, para que, cuando el Profeta o sus hijos salieran, sus pies quedaran heridos por las espinas.
—Bayhaqi, Ibn Abi Hatim, Ibn Jarir, Ibn Asakir, Baladhuri e Ibn Hisham.
Abu Lahab obligó a sus hijos a divorciarse de las hijas del Profeta (s)
Antes de la misión profética, las dos hijas del Mensajero de Dios (s) habían contraído matrimonio con Utbah y Utaibah, los dos hijos de Abu Lahab. [En una narración de Qatadah transmitida por al-Tabarani se afirma que la honorable Umm Kulthum (ra) se casó con Utaibah y la honorable Ruqayyah (ra) con Utbah. Ibn Qutaybah también lo mencionó en al-Ma’arif, y al-Suhayli en Rawd al-Unuf. Sin embargo, Ibn Ishaq dijo que hay dudas sobre si Utbah se casó con la honorable Ruqayyah o con la honorable Umm Kulthum (ra)–al respecto. Ibn Qutaybah en al-Ma’arif, al-Zurqani en su comentario de al-Mawahib y al-Tabari en su Historia escribieron que su matrimonio fue concertado con el honorable Uthman (ra). —El autor.] Después de la misión profética, cuando el Profeta (s) comenzó a invitar al islam, Abu Lahab dijo a sus dos hijos: «Si no os divorciáis de las hijas de Muhammad (s), me será ilícito ver vuestros rostros». Por tanto, ambos se divorciaron. Utaibah llegó tan lejos en su ignorancia que se presentó ante el Profeta (s) y dijo: «No creo en ********************* ni en *********************». Después de decir esto, escupió hacia el Profeta (s), pero el escupitajo no cayó sobre su cuerpo. El Profeta (s) dijo: «¡Oh Dios!, haz que uno de sus perros se abalance sobre él». Luego Utaibah emprendió con su padre un viaje comercial a Siria. Durante el viaje acamparon en un lugar cuyos habitantes les dijeron que por la noche solían rondar allí animales feroces. Abu Lahab dijo a sus compañeros qurayshíes: «Proteged a mi hijo, pues temo la maldición de Muhammad (s)».Esto significa que aquel miserable reconocía interiormente la grandeza del Profeta (s) y temía que la maldición salida de sus labios no pudiera fallar.– El autor.] Los hombres de la caravana colocaron camellos alrededor de Utaibah y se durmieron. Durante la noche, un tigre avanzó entre los camellos y devoró a Utaibah. (Al-Isti’ab, de Ibn Abd al-Barr; al-Isabah, de Ibn Hajar; Ansab al-Ashraf, de al-Baladhuri; Dala’il al-Nubuwwah, de Abu Nu’aym al-Isfahani; Rawd al-Unuf, de al-Suhayli).
Existe cierta discrepancia al respecto. Algunos dicen que el divorcio tuvo lugar antes de la misión profética, mientras que otros dicen que ocurrió después de que descendiera *********************. También hay desacuerdo sobre si el hijo devorado por el tigre fue Utaibah o Utbah. Pero está probado que, después de la conquista de La Meca, Utbah aceptó el islam y prestó juramento de fidelidad personalmente en manos del Noble Profeta (s). Por tanto, lo correcto es que el hijo mencionado anteriormente era Utaibah.
Expresar alegría por la muerte del hijo del Profeta
La bajeza y vileza de su corazón eran tales que, después del fallecimiento del honorable Qasim (ra), hijo del Profeta (s), también falleció su segundo hijo, el honorable Abdullah (ra). En lugar de compartir el dolor por la muerte de su propio sobrino, corrió, impaciente de alegría, hasta los jefes de Quraysh y les dijo: «Hoy se ha borrado todo rastro de Muhammad (s)».
Obstaculizar la invitación islámica
Adondequiera que el Profeta (s) iba para difundir el mensaje islámico, él lo seguía y disuadía a la gente de escuchar sus palabras. Rabia bin Abbad (Abad) [Ibn Ishaq ‘Abad’ y Ibn Hisham ‘Abbad’ escribieron– El autor] al-Dili dice: «Cuando era niño, fui con mi padre al mercado de Dhu al-Majaz. Allí oí al Mensajero de Allah (s) decir: “¡Oh, gente! Decid: ‘No hay más divinidad que Allah’, y alcanzaréis el éxito”. Detrás de él, un hombre decía: “¡Es un mentiroso; se ha apartado de la religión de sus antepasados!”
«Pregunté: “¿Quién es este hombre?”. La gente respondió: “Es su tío, Abu Lahab”».
(Musnad de Ahmad, al-Tabarani, al-Bayhaqi)
En otra narración transmitida por el mismo venerable Rabia se dice: «Vi al Profeta (s) presentarse ante el campamento de una tribu y decir: “¡Oh, hijos de tal y tal! He venido a vosotros como Mensajero de Allah. Os exhorto a adorar únicamente a Allah y a no asociarle a nadie. Reconocedme como veraz y ayudadme, para que pueda cumplir la misión para la que Allah me ha enviado”».
Detrás de él venía otro hombre diciendo: «¡Oh, hijos de tal y tal! Este quiere apartaros de Lat y Uzza y llevaros hacia la innovación que ha traído. No escuchéis jamás sus palabras ni le obedezcáis». Pregunté a mi padre: «¿Quién es este hombre?». Él respondió: «Es su tío, Abu Lahab» (Musnad de Ahmad, al-Tabarani, Ibn Hisham, al-Tabari).
Tariq bin Abdullah al-Muharibi relató algo casi idéntico. Dijo: «Vi al Mensajero de Allah (s) en el mercado de Dhu al-Majaz proclamando en voz alta: “¡Oh, gente! Decid: ‘No hay más divinidad que Allah’, y alcanzaréis el éxito”. Detrás de él caminaba un hombre que le arrojaba piedras al Profeta, hasta que sus pies sangraban. Decía: “¡Es un mentiroso! No escuchéis sus palabras”. Pregunté a la gente: “¿Quién es ese hombre?”. Respondieron: “Es su tío, Abu Lahab”» (Ibn Abi Shayba, Abu Ya’la, Ibn Hibban, al-Hakim, al-Tabarani, al-Nasa’i e Ibn Maya registraron esta narración de forma resumida).
La conducta de Abu Lahab durante el asedio en el barranco de Abu Talib
En el séptimo año de la misión profética, cuando todas las familias de los qurayshíes rompieron sus relaciones sociales y económicas con Banu Hashim y Banu al-Muttalib, y estas dos familias permanecían sitiadas en el barranco de Abu Talib, firmes en su apoyo al Profeta (s), Abu Lahab fue el único que, en lugar de permanecer con su propia familia, se unió a los incrédulos de Quraysh. El asedio duró tres años, durante los cuales Banu Hashim y Banu al-Muttalib pasaron los días sufriendo hambre. Pero la conducta de Abu Lahab era tal que, cuando llegaba a La Meca una caravana de comerciantes y alguno de los sitiados en el barranco de Abu Talib acudía a La Meca para comprar alimentos, Abu Lahab decía a aquellos comerciantes: «Ponedles un precio tan elevado que no puedan comprar nada. Si sufrís alguna pérdida por ello, yo os la compensaré». Los comerciantes fijaban precios exorbitantes y los compradores regresaban junto a sus hijos con las manos vacías y hambrientos. Después, Abu Lahab compraba a aquellos comerciantes sus mercancías al precio de mercado.
Su oposición creaba toda clase de obstáculos para la labor de la predicación islámica.
Los árabes que vivían fuera de La Meca acudían a ella para realizar el Hayy o se reunían en los mercados que se instalaban en diversos lugares. Cuando, delante de ellos, el propio tío del Profeta (s) lo seguía y se oponía a él, según la famosa tradición árabe no cabía esperar que un tío hablara mal de su sobrino ante otras personas sin motivo, le arrojara piedras y presentara acusaciones contra él. Por eso, influenciados por las palabras de Abu Lahab, empezaban a desconfiar del Mensajero de Allah (s) y decían: «Sus propios familiares lo conocen mejor que nadie». (Tafhim al-Qur’an, tomo VI, introducción a la sura Al-Lahab.)
La conducta de su esposa
La esposa de Abu Lahab era hermana de Abu Sufyan, de la tribu de los Banu Umayya. En el Corán se la califica de ********************* (portadora de leña, calumniadora). Su verdadero nombre era Arwa y Umm Yamil era su kunya. En su hostilidad contra el Profeta no era inferior a su marido en ningún aspecto. Hazrat Asma (r.a.), hija de Hazrat Abu Bakr (r.a.), relata que, cuando fue revelada la sura Al-Lahab y Umm Yamil la escuchó, salió sumamente enfurecida en busca del Mensajero de Allah (s). Llevaba en la mano un puñado de piedras que arrojaría al Profeta. Mientras caminaba, recitaba unos versos satíricos contra él. Al llegar al Haram de la Kaaba, vio que el Honorable (s) estaba sentado con Hazrat Abu Bakr (r.a.). Abu Bakr (r.a.) dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Mire, ahí viene. Temo que diga algo ofensivo contra usted». El Honorable (s) respondió: «Ella no podrá verme». Y así ocurrió: a pesar de que el Honorable (s) estaba presente, no pudo verlo, y le dijo a Abu Bakr (r.a.): «He oído que tu compañero se ha burlado de mí». Hazrat Abu Bakr (r.a.) respondió: «Por el Señor de esta Casa, él no se ha burlado de ti». Después, ella se marchó. (Ibn Abi Hatim, Ibn Hisham y al-Bazzar han transmitido relatos similares de Hazrat Abdullah ibn Abbas (r.a.).) (Tafhim al-Qur’an, tomo VI, nota 3.)
El destino de Abu Lahab
Aunque, cuando fue revelada la sura Al-Lahab del Noble Corán, Abu Lahab y su esposa quedaron sumamente perturbados, lo que se dijo en ella era una sentencia inalterable. Se declaró: «¡Que perezcan las manos de Abu Lahab!». Era una profecía expresada en tiempo pasado porque su cumplimiento era absolutamente cierto, y así sucedió. La rotura de las manos no significa que se le rompieran físicamente, sino que fracasaran los objetivos de una persona para los que emplea todas sus fuerzas. En realidad, esto fue lo que ocurrió: pocos años después de comenzar su oposición al Honorable (s), Abu Lahab sufrió un fracaso de proporciones ejemplares. En la batalla de Badr murió la mayoría de los principales jefes de Quraysh que lo habían apoyado en su enemistad contra el islam. Cuando la noticia de esta derrota llegó a La Meca, quedó tan abrumado por la tristeza que no pudo vivir ni siquiera una semana. Murió de una enfermedad llamada pústula maligna (MALIGNANT PUTULE), semejante a la peste. Sus familiares se mantuvieron alejados de él durante su agonía, por miedo a contagiarse de aquella enfermedad. Incluso después de su muerte, nadie se acercó a él durante tres días. Su cadáver comenzó a descomponerse y a despedir un olor fétido. Finalmente, los habitantes del barrio empezaron a reprender a sus hijos. Según una versión, estos pagaron a unos trabajadores abisinios para que levantaran y enterraran el cadáver. Otra versión dice que cavaron una fosa, empujaron el cadáver con ayuda de un palo hasta hacer que cayera en ella y lo cubrieron con tierra y piedras. Después, su derrota final se manifestó de la siguiente manera: la religión que había intentado erradicar empleando todas sus fuerzas fue aceptada por sus propios hijos. La primera fue su hija Durra (r.a.), que emigró, llegó de La Meca a Medina y aceptó el islam. Después de la conquista de La Meca, sus dos hijos, Utba (r.a.) y Muattib (r.a.), se presentaron ante el Honorable (s) por mediación de Hazrat Abbas (r.a.) y le prestaron juramento de lealtad tomando su bendita mano.
La difusión del islam entre el público en general
Después de transmitir el mensaje de Dios a su propia familia y tribu, el Mensajero de Allah (la paz sea con él) comenzó la labor general de predicación entre la gente de La Meca y Arabia. Durante los diez años que permaneció en La Meca, en toda circunstancia y lugar, recitaba continuamente el Corán a la gente y la invitaba a aceptar la religión de Allah. Realizaba esta labor en reuniones privadas, en asambleas públicas y en la Kaaba del Santuario. Continuó con esta tarea, y ninguna fuerza pudo apartarlo de ella. También se reunía con quienes llegaban a La Meca desde el exterior para comerciar, realizar la umra, visitar los lugares sagrados o con cualquier otro propósito. Iba a las ferias de Ukaz, Majanna y Dhu al-Majaz [Además de Mina, estos tres lugares eran sitios a los que acudía gente de todas las regiones de Arabia y donde se celebraban grandes ferias. La mayor era la de Ukaz: viajando a la velocidad de un camello, se tardaba un día desde Taif y tres días desde La Meca. Allí se congregaba una gran multitud desde el comienzo hasta el final de Shawwal. No solo se realizaban compraventas, sino que también acudían poetas, oradores y emires y nobles. Se celebraban concursos de poesía y oratoria. También se resolvían las disputas entre las tribus. Se recaudaban rescates para liberar a los prisioneros. Las reclamaciones de unos contra otros se presentaban igualmente ante el consejo arbitral. Después, desde el primero de Dhu al-Qada, comenzaba la concentración de gente en “Marr al-Zahran”, ‘Marr al-Zahran’ (el actual valle de Fátima). Durante los últimos diez días de Dhu al-Qada se celebraba una feria cerca de la montaña llamada Majanna. Después, durante los primeros ocho días de Dhu al-Hiyya, se celebraba la feria de Dhu al-Majaz en el lugar situado entre Mina y Arafat. Luego comenzaban los días del Hayy. La gente de toda Arabia se reunía en Mina para realizar el Hayy. —El autor] En estas ferias invitaba a los miembros de las tribus a la religión de la verdad. Durante el Hayy, cuando la gente permanecía en Mina, también visitaba el campamento de cada tribu y no dejaba de transmitir la invitación a la verdad ante personas distinguidas y gente común por igual. Tanto si aceptaban como si no, tanto si escuchaban en silencio como si respondían con dureza, tanto si se le enfrentaban con hostilidad como si los malvados de Quraysh creaban obstáculos, él continuaba cumpliendo su misión en toda circunstancia. Nadie pudo apartarlo de ella.
Ibn Yarir al-Tabari escribió en su Historia, y también Ibn al-Amir, que incluso durante la difícil situación de la ruptura de las relaciones económicas y sociales por parte de Quraysh y del confinamiento en el valle de Abu Talib, el Profeta (la paz sea con él) no abandonó la labor de invitación y predicación. Por el contrario, continuó invitando públicamente y en secreto, de día y de noche. Recitaba públicamente las suras y versículos del Corán que descendían como una lluvia incesante. Daba respuestas contundentes que dejaban sin argumentos a los incrédulos en sus discusiones y razonamientos, y también continuó esforzándose por persuadirlos de aceptar la verdad.
Ibn Sa’d dice que, después de transcurrir el período de la predicación secreta, durante diez años su método consistió en visitar los campamentos de cada tribu en Mina, Ukaz y Dhu al-Majaz, y decir:
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—Di: «No hay divinidad sino Allah» y alcanzarás el éxito. Gracias a esta declaración, os convertiréis en los gobernantes de Arabia y los pueblos no árabes os obedecerán. Y cuando creáis, seréis reyes en el Paraíso.
Mientras tanto, cuando Abu Lahab lo seguía y se oponía a él, ellos decían: «Tu familia, tu tribu y la gente de tu pueblo te conocen bien. Si ellos no han aceptado obedecerte, ¿cómo vamos a hacerlo nosotros?». Al escuchar esta respuesta, el Profeta (la paz sea con él) solo decía:
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—¡Oh, Señor! Si Tú hubieras querido, ellos no habrían sido así.
Tabari cita relatos casi idénticos transmitidos por Haris ibn al-Haris y Manbatu al-Azdi, en los que se dice: «Vimos al Mensajero de Allah (s) invitar a la gente al monoteísmo y decir: “Di: no hay más divinidad que Allah, y alcanzarás el éxito”».
Veíamos que la gente lo acosaba de diversas maneras. Algunos le escupían, otros le arrojaban tierra y otros lo insultaban. Después, cuando llegó el mediodía, todos se marcharon. Entonces vimos llegar a una joven con un gran recipiente de agua y un pañuelo. Tenía descubierta la parte delantera del cuello. El Mensajero de Allah (s) bebió agua y realizó la ablución. Luego le dijo a la joven: «Hija mía, cúbrete el cuello». Al preguntar, supimos que la joven era su hija, la honorable Zaynab (ra).
Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, dice que el Profeta (s) acudía a toda feria y reunión para presentar su invitación. Así, cuando alguna persona notable de Arabia llegaba a La Meca, se entrevistaba con ella y le transmitía la invitación a la religión de Allah.
Ibn Kazir escribió en Al-Bidaya wa-n-Nihaya que el Profeta (s) continuó invitando día y noche, en secreto y públicamente, sin desistir ante la oposición de nadie. Invitaba a la gente en sus reuniones. Acudía a las ferias y a los lugares donde se alojaban los peregrinos durante el Hayy, y allí les presentaba su invitación. Se relacionaba con personas de todas las clases: libres y esclavos, débiles y fuertes, ricos y pobres, y los llamaba hacia Allah.
El pleno respaldo de estos relatos históricos se encuentra en las suras mecánicas del Noble Corán, que están llenas de respuestas a las diversas objeciones y acusaciones de los qurayshíes. Es evidente que, si el Corán no les hubiera sido recitado públicamente y Muhammad Mustafá (s) no los hubiera invitado abiertamente a aceptar su condición profética, ¿por qué y cómo habrían provocado contra él una tormenta de objeciones, acusaciones, dudas y sospechas contra el Corán, el Más Allá y las enseñanzas del islam? Y ¿qué sentido tendría que el Corán respondiera a sus argumentos si no se les hubiera hecho escuchar a los opositores?
La influencia moral del Santo Profeta (s)
La cuestión es: ¿qué razón había para que los qurayshíes no pudieran impedir que el Profeta (s) rezara en el Santuario ni que recitara públicamente el Corán? En realidad, ambas cosas les resultaban insoportables. Ningún otro musulmán se atrevía a hacer siquiera una de ellas. Y quien se hubiera atrevido habría recibido una paliza terrible. La realidad es que la verdadera razón no era únicamente que los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib estuvieran dispuestos a dar la vida en apoyo del Profeta y que los qurayshíes les tuvieran miedo por ello; también se debía a la enorme influencia del Profeta (s), que mantenía a los qurayshíes sobrecogidos. Se descontrolaban ante su invitación, lo insultaban, le arrojaban piedras y lo afligían de diversas maneras. Pero aquella influencia moral los había vaciado interiormente hasta tal punto que no podían impedirle cumplir su misión profética.
Había varias razones para esta influencia que inspiraba temor. Una de ellas era que, gracias al conocimiento, la observación y la experiencia que habían acumulado sobre él desde su infancia, toda la nación sabía desde el principio que había nacido entre ellos una personalidad extraordinaria. Por eso, incluso antes de su profecía, era visto con respeto en La Meca. La segunda razón era que nadie había oído jamás una palabra equivocada de sus labios puros. La gente creía que cualquier palabra que saliera de su boca se convertía en realidad. Por eso temían que de sus labios saliera contra ellos alguna palabra que les acarreara una desgracia. Más arriba se relató la historia de que, cuando un enemigo como Abu Lahab oyó la maldición del Profeta (s) contra su hijo, quedó aterrorizado. Durante su viaje a Siria, pidió a sus compañeros que lo ayudaran a proteger a su hijo, pues temía por la vida de este debido a lo que el Profeta Muhammad (s) había dicho sobre él. Pero todas sus medidas preventivas fracasaron. Un ‘perro’ de Allah atravesó el cercado de los camellos, despedazó a aquel hijo y lo devoró.
La tercera razón era el carácter intachable del Santo Profeta (s), contra el cual no había ningún margen para formular acusación alguna. Toda la nación conocía este noble carácter suyo y también lo había reconocido. Centenares de personas de La Meca y de las regiones circundantes habían quedado cautivadas por su comportamiento, que conquistaba los corazones; debido a su honestidad, fidelidad y confianza, incluso sus enemigos depositaban su confianza en él. Incluso hasta el momento de su emigración a Medina, según el relato de Ibn Yarir, la situación era tal que no había en La Meca ninguna persona que deseara confiarle la custodia de sus bienes valiosos y que pudiera depositar esa confianza en alguien distinto del Profeta Muhammad (s). Precisamente por esta influencia moral, hasta su más acérrimo enemigo perdía todo su valor al enfrentarse con él y no se atrevía a hablar en su presencia. Dos incidentes ocurridos entre Abu Yahl y el Santo Profeta (s) demuestran la veracidad de esto. (Adición.)
El incidente que atemorizó a Abu Yahl
Ibn Ishaq dice que, en cierta ocasión, un hombre de un lugar llamado «Erash» [Este nombre de lugar aparece en Muyam al-Buldan. Es posible que Erash fuera también el nombre de la tribu que residía allí. —El autor.] llegó a La Meca con varios camellos para venderlos. Abu Yahl compró sus camellos. Cuando el vendedor vino a reclamar su precio, Abu Yahl empezó a dar toda clase de excusas y evasivas. Finalmente, el hombre de Erash, desesperado, acudió un día a los jefes de Quraysh en el Santuario de la Kaaba, les contó todo lo sucedido y suplicó encarecidamente a la gente reunida que le hiciera justicia. Por otra parte, el Profeta (s) estaba sentado en un rincón del Santuario. Los jefes de Quraysh le dijeron al hombre: «No podemos hacer nada. Ve y dile al hombre que está sentado allí, en aquel rincón, que él te hará pagar lo que se te debe».
El hombre de Erash se dirigió hacia el Profeta (s). Mientras tanto, los jefes de Quraysh comenzaron a decirse unos a otros: «Hoy veremos algo divertido». En cuanto el hombre de Erash le presentó su queja al Profeta (s), este se levantó y se dirigió con él a la casa de Abu Yahl. El Santo Profeta (s) fue directamente a la puerta de Abu Yahl y comenzó a golpearla. Desde dentro, este preguntó: «¿Quién es?». El Santo Profeta (s) respondió: «Muhammad (s)». Él salió completamente desconcertado. El Profeta (s) le dijo: «Paga lo que le debes a este hombre». Sin decir palabra, entró en la casa, trajo el precio de los camellos y se lo entregó al hombre.
Después de presenciar esta escena, el espía de Quraysh corrió apresuradamente hacia el Santuario de la Kaaba y relató el suceso a los jefes de Quraysh. Dijo: «Juro por Dios que nunca había visto algo semejante a lo que he visto hoy. En cuanto Abu Yahl salió y vio a Muhammad (s), su rostro palideció. Después, cuando Muhammad (s) le dijo que pagara lo que debía, pareció que su cuerpo se había quedado sin vida». (Ibn Hisham, vol. 2, págs. 29-30; Ansab al-Ashraf de Baladhuri, vol. 1, págs. 128-129). (Tafhim al-Corán, vol. 3, Al-Maún, nota 5)
El segundo incidente
El segundo incidente fue relatado por el cadí Abu al-Hasan al-Mawardi en su obra «A‘lam al-Nubuwwa» *******************. Dice que Abu Yahl era el tutor de un niño huérfano. Este niño llegó completamente desnudo ante Abu Yahl y le dijo: «Deme algo de los bienes que dejó mi padre». Pero el opresor ni siquiera volvió la mirada hacia él. El niño permaneció allí durante algún tiempo y, finalmente, regresó desesperado. Los jefes de Quraysh le dijeron con intención de burlarse: «Ve a quejarte ante Muhammad (s). Él intercederá ante Abu Yahl y conseguirá algo para ti». El desdichado niño no sabía cuál era la relación entre Abu Yahl y Muhammad (s), ni con qué propósito aquellos hombres malvados le daban ese consejo; así que fue directamente ante el Santo Profeta (s) y le contó su situación. Inmediatamente, él lo llevó consigo a la casa de Abu Yahl. Abu Yahl recibió cordialmente al Santo Profeta (s). Este le dijo: «Dale a este niño lo que le corresponde». Él aceptó de inmediato, trajo los bienes que el niño necesitaba y se los entregó al huérfano.
Mientras tanto, los jefes de Quraysh esperaban para ver si ocurría algún incidente desagradable entre ambos. Pero cuando conocieron lo que realmente había sucedido, se acercaron asombrados a Abu Yahl y comenzaron a reprenderlo, diciéndole: «¿Has abandonado tu propia religión?». Él respondió: «Juro por Dios que no he abandonado mi religión. Sin embargo, me pareció que había un arma mortal a su derecha y otra a su izquierda. Si hacía algo contra su voluntad, aquellas armas partirían mi cuerpo en dos».
Estos incidentes muestran hasta qué punto la influencia del Profeta (P) mantenía aterrorizados a sus enemigos (Tafhim al-Qur’an, tomo VI, Al-Ma’un, nota 5).
El tercer incidente
Según el relato de Baladhuri, un día el Profeta (P) estaba sentado en la Mezquita Sagrada junto con Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), Umar (que Allah esté complacido con él) y Sa’d ibn Abi Waqqas (que Allah esté complacido con él). En ese momento llegó un hombre de los Banu Zubayad. Dijo: «¡Oh, habitantes de Quraysh! ¿Quién traería aquí mercancías? Porque saqueáis a quienes vienen de fuera». El Profeta (P) le preguntó: «¿Quién te ha oprimido?». Respondió: «Abul Hakam, es decir, Abu Yahl. Quiso comprar mis tres mejores camellos y fijó para ellos un precio irrisorio. Ahora nadie está dispuesto a pagar más que él. Y si los vendo a ese precio, sufriré una pérdida enorme». El Profeta (P) compró los tres camellos. Abu Yahl observaba todo en silencio desde lejos. El Profeta (P) se acercó a él y le dijo: «¡Cuidado! No vuelvas a tratar así a nadie como has tratado a este beduino. De lo contrario, te trataré de la misma manera». Él no dejaba de repetir: «No volveré a hacerlo jamás». Umayya ibn Jalaf y los demás politeístas presentes comenzaron a reprochar a Abu Yahl, diciéndole: «Has mostrado tal debilidad ante Muhammad (P) que sospechamos que te has convertido en su seguidor». Él respondió: «¡Por Dios! Jamás le obedeceré. Pero vi que había varios hombres armados con lanzas de pie a su derecha y a su izquierda, y me pareció que, si desobedecía aunque fuera un poco la orden de Muhammad (P), se abalanzarían sobre mí» (Ansab al-Ashraf, tomo I, pág. 13).
Los opositores reconocían la honestidad y la veracidad del Profeta (P).
Además, había otra razón importante: incluso los más encarnizados adversarios del Profeta (P) reconocían en su fuero interno su honestidad y veracidad, y consideraban que ellos mismos eran unos mentirosos. Sin embargo, se oponían a él por sus malas intenciones, su ignorancia, su orgullo, su fanatismo por la religión de sus antepasados y sus intereses personales. Quienes albergaban estas debilidades no tenían el valor de enfrentarse abiertamente a él, aunque recurrieran a toda clase de medios para bloquear su camino. Mencionaremos diversos acontecimientos históricos relacionados con este asunto. Aquí solo queremos hablar de Abu Yahl: cómo el mayor enemigo del Profeta (P) reconoció una y otra vez su honestidad y veracidad, y cómo describió de la manera más vergonzosa las verdaderas razones de su oposición.
Bayhaqi, citando el relato de Mugira ibn Shu’ba transmitido por Zayd ibn Aslam, narra cómo tuvo su primer encuentro con el Profeta (P) en la época del politeísmo. Dice: «Abu Yahl y yo caminábamos por una calle de La Meca. En ese momento nos encontramos con el Profeta (P). Él le dijo a Abu Yahl: “¡Oh, Abul Hakam! Ven hacia Allah y Su Mensajero. Te invito a Allah”. Él respondió: “¡Oh, Muhammad (P)! ¿Acaso dejarás de insultar a nuestros dioses? Lo único que quieres es que demos testimonio de que has transmitido tu mensaje. Pues bien, damos testimonio de que has transmitido tu mensaje. Pero, ¡por Dios!, si supiera que estás en la verdad, te seguiría”.»
Después, el Profeta (P) siguió adelante. Entonces Abu Yahl se volvió hacia mí y dijo: «¡Por Dios! Sé que lo que dice este hombre es verdad. Pero hay una cosa que me lo impide. Los descendientes de Qusayy dijeron: “¿Seguirá siendo nuestra la responsabilidad de alimentar a los peregrinos cuando llegue el tiempo de la verdad?”». Respondí: «Sí».
Ellos dijeron: «¿Seguirá siendo nuestra la responsabilidad de proporcionar agua?»
Respondí: —Sí.
—¿La Nadwa es nuestra?
—Sí.
—¿El estandarte permanecerá con nosotros?
—Sí.
Después nos dieron de comer, y nosotros también les dimos de comer. Luego nuestras rodillas tocaron las suyas, y entonces dijeron: «Entre nosotros hay un profeta».
Respondí: «¡Por Dios! No aceptaré esto».
Ibn Abi Hatim, citando a Yazid al-Madani, relata que en cierta ocasión el Profeta (s) se encontró con Abu Yahl y este le estrechó la mano. Alguien le dijo: «¿Cómo es que te veo estrechando la mano de un sābir (alguien que se aparta de la religión)?». Abu Yahl lo llevó aparte y le dijo en secreto: «¡Por Dios! Sé que él es realmente un profeta. Pero ¿cuándo hemos quedado nosotros bajo la autoridad de los Banu Abd Manaf?»
El imán Sufyan al-Thawri, citando las narraciones de al-Tirmidhi, al-Hakim y Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él), dice que Abu Yahl le dijo al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «No te consideramos un mentiroso; pero consideramos falsa la revelación que has traído».
Al-Bayhaqi e Ibn Hisham, transmitiéndolo de Ibn Ishaq, quien a su vez lo cita del imán al-Zuhri, narran este interesante episodio: una noche, Abu Yahl, Abu Sufyan y Ajناس ibn Shurayk salieron por separado para escuchar el Corán que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recitaba durante la oración nocturna. Ninguno de los tres sabía de los otros. Al amanecer se encontraron, se reprocharon mutuamente lo ocurrido y juraron que no volverían a hacerlo, pues, si la gente los veía escuchando el Corán de ese modo, este terminaría arraigándose en sus corazones. Lo mismo ocurrió la segunda noche. Después de encontrarse, volvieron a jurar que no lo harían otra vez. Cuando el tercer día sucedió lo mismo, a pesar de lo que habían jurado no hacer, Ajناس tomó un bastón, fue a ver a Abu Sufyan y le dijo: «¡Abu Hanzala! Dime sinceramente: ¿qué opinas de lo que has oído de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?»
Él respondió: «¡Abu Salaba! Por Allah, he oído cosas que puedo comprender y cuyo significado entiendo, y también otras cuyo significado no he podido comprender». Ajناس dijo: «Mi situación es la misma».[El hafiz Ibn Hayar, en su obra ‘al-Isaba’, cita del imán al-Zuhri una narración de Hazrat Sa’id ibn al-Musayyab sobre este episodio, en la que se dice que Abu Sufyan preguntó a Ajناس: «¿Cuál es tu opinión?». Él respondió: «Yo lo considero veraz». Esta afirmación recibe un apoyo adicional en la narración de Hazrat Muawiya (que Allah esté complacido con él), citada por al-Tabarani en ‘al-Awsat’. Él relata: «En cierta ocasión, mi padre, Abu Sufyan, llevaba a mi madre, Hind bint Utbah, montada en un burro y se dirigía hacia la región desértica. Yo iba delante de ellos, montado en otro burro. En el camino nos encontramos con el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Mi padre me dijo: “¡Muawiya! Baja para que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pueda montar tu burro”. Así que bajé, y el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) montó en él. Luego se dirigió a mi padre y a mi madre diciendo: “¡Oh, Abu Sufyan, y oh, Hind bint Utbah! Por Allah, todos moriréis algún día. Después seréis resucitados. Quien sea virtuoso entrará en el Paraíso, y quien sea pecador entrará en el Infierno”. Luego les recitó las primeras once aleyas de la sura Ha-Mim as-Sayda. Después bajó del burro y yo monté en él. En el camino, mi madre le dijo a mi padre: “¿Bajaste a mi hijo del burro para hacer montar a este mentiroso y hechicero?”. Mi padre respondió: “Por Allah, este hombre no es ni hechicero ni mentiroso”. —El autor]»Después fue a ver a Abu Yahl y le preguntó: «¡Abu al-Hakam! ¿Qué opinas de todo lo que has oído de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?». Él respondió: «¿Qué he oído? Entre nosotros y los Banu Abd Manaf había una competencia para ver quién era superior en prestigio. Ellos alimentaban a la gente y nosotros también. Ellos asumían responsabilidades y nosotros también. Ellos donaban riquezas y nosotros también. Finalmente, cuando quedamos igualados en todos los aspectos, comenzaron a decir: “Entre nosotros hay un profeta a quien le llega la revelación del cielo”. ¿De dónde vamos a obtener algo así? ¡Por Allah! No creeremos en él ni reconoceremos su veracidad». Abu Yahl expresó palabras casi idénticas a Ajناس ibn Shurayk cuando este se reunió con él en privado durante la batalla de Badr. Ibn Yarir al-Tabari cita en su exégesis, por autoridad de al-Suddi, que Ajناس dijo a Abu Yahl: «En este momento no hay nadie aquí aparte de tú y yo. Dime la verdad: ¿Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es un mentiroso o dice la verdad?». Él respondió: «¡Por Allah! Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dice la verdad. Nunca ha mentido. Pero si los Banu Qusayy se llevan también la profecía, junto con el estandarte, la custodia y el suministro de agua, ¿qué les quedará a los quraysh?» {Después de que la autoridad sobre la Casa pasó a los Banu Qusayy, durante el Hayy debían desempeñar ciertas funciones. Uno de ellos era el portaestandarte; ese cargo se llamaba al-liwa. Otra de sus responsabilidades era proporcionar agua a los peregrinos, lo que se llamaba al-siqaya. Las llaves de la Kaaba también estaban en sus manos, y les correspondía abrirla y cerrarla para los peregrinos; esto se llamaba al-hiyaba. Este asunto se ha mencionado en esta obra. —El traductor»Además de todo eso, si también se llevan la profecía, ¿qué les queda a los quraysh?»
Si la actitud de un enemigo tan acérrimo del islam como Abu Yahl era esta, resulta fácil imaginar cuál sería la de los demás.
Las ideas y creencias de los quraysh acerca del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)
También cabe señalar que aquellos miembros de los coraichitas que se oponían abiertamente a él estaban convencidos de la grandeza del Profeta (la paz sea con él). Justo cuando se desarrollaba el más intenso conflicto y enfrentamiento entre el Profeta (la paz sea con él) y los musulmanes, una terrible hambruna azotó La Meca. Entonces todos sus habitantes comenzaron a clamar. Los jefes de La Meca pidieron al Profeta (la paz sea con él) que suplicara para salvar a su pueblo de aquella calamidad. El imán Bujari y Bayhaqi transmiten, con algunas diferencias de redacción y citando a Masruq, el relato de Abd Allah ibn Masud (que Allah esté complacido con él): cuando el Mensajero de Allah (la paz sea con él) vio que los coraichitas estaban decididos a rebelarse contra él, suplicó: «¡Oh, Dios! Haz que padezca contra esta gente una hambruna de siete años, como la hambruna de siete años del profeta José (sobre él la paz)». Como consecuencia, se produjo una hambruna tan terrible que la gente comenzó a comer cadáveres, huesos e incluso pieles de animales. Finalmente, Abu Sufian y varias personas de La Meca acudieron al Profeta (la paz sea con él) y le suplicaron: «¡Oh, Muhammad (la paz sea con él)! Usted afirma que ha sido enviado como misericordia, pero ahora su pueblo está a punto de perecer. Suplique por ellos».
Después de esta súplica, el Profeta (la paz sea con él) oró y cayó tanta lluvia que la gente volvió a pedirle que suplicara para protegerlos de las lluvias torrenciales. Entonces suplicó: «¡Oh, Dios! Que la lluvia caiga alrededor de nosotros, no sobre nosotros». Después, el cielo quedó despejado.
El imán Bujari transmite, citando a Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él), que Abu Sufian acudió al Profeta (la paz sea con él) para pedirle que los salvara del hambre. Gracias a su súplica, desapareció la calamidad de la hambruna.
Estos acontecimientos dejan claro por qué los jefes de los coraichitas no se atrevían a enfrentarse directamente al Profeta ni a poner fin por la fuerza a su predicación. Pero, al mismo tiempo, tampoco toleraban que su predicación continuara, que la religión de sus antepasados fuera erradicada, que se extendiera un sistema de vida completamente opuesto al suyo y que la gente siguiera aceptando el islam. Por ello, habían decidido que su mensaje no debía extenderse bajo ninguna circunstancia y que debía ser obstaculizado a cualquier precio. Impulsados por este resentimiento, en algunas ocasiones llegaban incluso a maltratarlo. (Adición.)
Capítulo octavo
Las intrigas de los coraichitas para resistir la predicación islámica
Antes de comenzar esta exposición, es necesario saber primero que no todas las tribus coraichitas se comportaban del mismo modo respecto al islam y al Mensajero de Allah (la paz sea con él). Por el contrario, estaban divididas en diferentes grupos.
Había un grupo que se oponía ferozmente. Estaba compuesto por grandes notables y jefes. Ibn Saad, en su Tabaqat, menciona sus nombres de la siguiente manera: Abu Yahl, Abu Lahab, Asuad ibn Abd Yaguz (era miembro de los Banu Zuhra y primo materno del Profeta, la paz sea con él), Hariz ibn Qais ibn Adi (era de la tribu de Banu Sahm y conocido como Ibn al-Gaitala), Walid ibn Mugaira (Banu Majzum), Umayya ibn Jalaf y Ubayy ibn Jalaf (Banu Yumah), Abu Qais ibn Fakiha ibn Mugaira (Banu Majzum), Asi ibn Wail al-Sahmi (padre de Amr ibn al-As), Nadr ibn al-Hariz (de Banu Abd Allah), Munabbih ibn Saifi ibn Abid (Banu Majzum), Asuad ibn Abd al-Asad al-Majzumi, Asi ibn Said ibn al-As (Banu Umayya), Abu al-Bajtari Asi ibn Hisham (Banu Asad), Uqba ibn Abi Muait (Banu Umayya), Ibn al-Asadi al-Huzali Hakam ibn Abi al-As (Banu Umayya) y Sadi ibn Hamra al-Zaqafi.
La segunda categoría estaba compuesta por aquellos jefes de Quraysh que, aunque ciertamente eran enemigos, no lo eran de tal manera que se opusieran al Profeta (s) y a los musulmanes con todas sus fuerzas, como el grupo mencionado anteriormente. Sin embargo, apoyaban cualquier medida que se tomara contra el islam. Ibn Sa’d incluía a Utba bin Rabia, Shayba bin Rabia y Abu Sufyan entre este tipo de enemigos. No obstante, la conducta de quienes eran los más acérrimos adversarios está descrita así en el Corán:
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Mira, ellos encorvan sus pechos para ocultarse de Él (Hud: 6).
Es decir, sentían tal aversión por la invitación del Profeta (s) que querían evitarlo. Si lo veían sentado en algún lugar, se marchaban. Si lo veían acercarse de frente, se desviaban hacia otro lado o se cubrían el rostro con el borde de sus prendas, por temor a que, si se encontraban cara a cara, él se dirigiera a ellos y les dijera algo.
Quedan ahora los habitantes comunes de La Meca. Entre ellos, algunos eran neutrales y otros apoyaban secretamente al islam, pero mantenían oculta su fe. Algunos aceptaban el islam. Un gran número de personas, animadas por sus jefes y para preservar la dignidad de la religión ancestral, se involucraba en aquellas actividades hostiles que se llevaban a cabo contra el islam.
Ahora describiremos por separado las diversas maniobras que se empleaban para impedir el avance de la invitación islámica.
Uno. Intentos de llegar a un acuerdo con el Profeta (s)
Como los opositores percibían la extraordinaria personalidad del Profeta (s) y la irresistible influencia del Corán, intentaban repetidamente entablar conversaciones con él para ver si podían convencerlo de llegar de algún modo a un acuerdo respecto a la religión. Con este propósito, diversas delegaciones se reunieron con él, y también hablaron con él personas destacadas.
El encuentro de Utba ibn Rabi‘a con él
Entre estos encuentros, el de Utba ibn Rabi‘a fue importante; diversos expertos en hadices lo han narrado de distintas maneras. Sin embargo, no hubo mucha discrepancia respecto al resultado. Ibn Abi Shayba lo narra de Ibn Umar (r.a.), y Abd Allah ibn Hamid, Abu Ya‘la y al-Bayhaqi lo narran de Jabir ibn Abd Allah al-Ansari (r.a.): un día, algunos hombres de Quraysh se reunieron y se dijeron unos a otros: «Veamos quién de vosotros es el más diestro en magia, adivinación y poesía. Que vaya a ver a ese hombre que ha provocado divisiones entre nosotros, ha causado desgracias y calamidades en nuestros asuntos y ha desacreditado nuestra religión. Hablemos con él y veamos qué responde». Dijeron: «En nuestra opinión, no hay nadie más indicado para ello que Utba ibn Rabi‘a». Entonces todos dijeron: «¡Abu al-Walid! Hazlo tú». Así pues, fue hasta donde estaba el Profeta (s). (Ampliación del autor.)
La segunda narración fue citada por Muhammad ibn Ishaq y al-Bayhaqi, basándose en Muhammad ibn Ka‘b al-Qurazi. En ella se relata que, en cierta ocasión, algunos jefes de Quraysh estaban sentados reunidos en la Mezquita Sagrada, mientras el Mensajero de Allah (s) estaba sentado solo al otro lado de la mezquita. Esto ocurrió cuando Hamza (r.a.) ya había aceptado la fe y los qurayshíes estaban muy preocupados al ver que el número de musulmanes aumentaba continuamente. En esa situación, Utba ibn Rabi‘a, suegro de Abu Sufyan, dijo a los jefes de Quraysh: «Si os parece bien, hablaré con Muhammad (s) y le presentaré algunas propuestas. Quizá acepte alguna de ellas y nosotros también podamos aceptarla. De este modo, quizá deje de oponerse a nosotros». Todos los presentes estuvieron de acuerdo y dijeron: «¡Abu al-Walid! Confiamos plenamente en ti; habla con él sin falta».
Utba se levantó, fue hasta donde estaba el Profeta y se sentó. Cuando el Profeta le prestó atención, dijo: «¡Sobrino! Sabes que eras alguien a quien respetábamos, y por linaje también eres hijo de una familia noble. Ahora, ¿qué calamidad has traído sobre nuestra gente? Has provocado divisiones entre nosotros. Consideras necia a toda nuestra gente. Insultas nuestra religión y nuestras divinidades. Consideras incrédulos a nuestros antepasados fallecidos. Ahora escucha algunas palabras mías. Voy a presentarte varias propuestas; piénsalas bien. Quizá aceptes alguna de ellas».
El Mensajero de Allah (s) dijo: «¡Abu al-Walid! Hable, lo escucharé».
Él dijo: «¡Sobrino! Si el propósito de lo que has emprendido es obtener riquezas, todos nosotros reuniremos para darte tanto que serás el más rico de entre nosotros. Si deseas alcanzar la superioridad, te convertiremos en nuestro jefe. No tomaremos ninguna decisión sin ti. Y si deseas el reino, te haremos nuestro rey. Si has sido afectado por algún yinn y no puedes librarte de ello, de modo que ves cosas durante el sueño y la vigilia, llamaremos a los mejores médicos y todos asumiremos los gastos de tu tratamiento». Utba continuaba hablando, y el Profeta (s) lo escuchaba en silencio.
Después, él dijo: «¡Abu al-Walid! ¿Has terminado todo lo que tenías que decir, o tienes algo más que añadir?». Él respondió: «No; ya he dicho todo lo que tenía que decir». El Profeta (s) dijo: «Bien. Ahora escucha mis palabras». Luego comenzó a recitar, diciendo «Bismillahir Rahmanir Rahim», la sura Ha-Mim-Sajdah. Utba permaneció escuchando atentamente, apoyando las dos manos detrás de sí. Cuando llegó al versículo de la prosternación (versículo 38), el Profeta (s) se postró. Al levantar la cabeza, dijo: «¡Abu al-Walid! Ya has escuchado mi respuesta. Ahora tú sabes, y tu tarea sabe».
Utba se levantó y se dirigió hacia la reunión de los jefes de Quraysh. Al verlo desde lejos, algunos comentaron: «¡Por Allah! El rostro de Utba ha cambiado. Ya no tiene el mismo rostro con el que se fue». Cuando llegó y se sentó entre ellos, le preguntaron: «¿Qué has escuchado?»
Dijo: «¡Por Dios! He escuchado unas palabras que nunca había escuchado antes. ¡Por Dios!, esto no es poesía, ni magia ni adivinación. ¡Oh, gente de Quraish! Escuchadme y dejadlo seguir en su situación. Creo que estas palabras se harán realidad. Suponed que los árabes lo vencen; así os libraréis de levantar la mano contra vuestro propio hermano, y otros se encargarán de él. Pero si él vence a los árabes, entonces su reinado será vuestro reinado y su honor y dignidad serán vuestro honor y dignidad».
Al oírlo, los jefes de Quraish dijeron: «¡Padre de Walid! ¿Acaso finalmente su magia también ha surtido efecto en ti?»
Utba dijo: «Os he expresado mi opinión. Ahora haced lo que queráis».
Entre las narraciones que Al-Bayhaqi recopiló sobre este acontecimiento se añade que, cuando el Profeta (s) llegó al versículo 13 de Ha-Mim-Sachda—
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«Si vuelven la espalda, diles: “Os advierto de un castigo repentino como el que cayó sobre Ad y Zamud”», Utba puso espontáneamente su mano sobre la boca del Profeta (s) y, apelando a los lazos de parentesco, comenzó a decirle: «No digas algo así». Más tarde explicó a la gente la razón de sus palabras: «Sabéis que, cuando Muhammad (s) dice algo, no queda sin cumplirse. Por eso temí que el castigo me alcanzara». (Tafhim, tomo 3, Al-Anbiya, nota 5; tomo 4, introducción a Ha-Mim-Sachda).
El encuentro con otra delegación
Muhammad ibn Ishaq, citando el relato de Ibn Abbas (ra), dice que una vez, después de la puesta del sol, Utba ibn Rabia, Shayba ibn Rabia, Abu Sufyan ibn Harb, Nadr ibn Hariz, Abu al-Bajtari ibn Hisham, Aswad ibn al-Muttalib, Umayya ibn Jalaf, As ibn Wa’il, y Nubayya y Munabbih, hijos de al-Hayyach ibn Shihamír, se reunieron junto al muro de la Kaaba y comenzaron a decirse unos a otros: «Llamemos a Muhammad (s), hablemos con él y dejémosle clara nuestra posición final». Por su parte, se informó al Profeta (s) de que los hombres prominentes de su pueblo se habían reunido para hablar con él. Como estaba muy ansioso por guiarlos al camino recto, se presentó inmediatamente ante ellos. Ellos dijeron: «¡Oh, Muhammad (s)! Te hemos llamado para dejar clara nuestra posición definitiva respecto a ti. ¡Por Dios!, no conocemos a ningún hombre entre los árabes que haya provocado entre su pueblo una discordia como la que tú has provocado entre tu gente. Has insultado a nuestros antepasados, has señalado defectos en la religión, has considerado necios a nuestros hombres, has hablado contra nuestros dioses, has dividido al grupo y no hay ningún asunto desagradable que no hayas provocado entre tú y nosotros. Si has hecho todo esto con el propósito de obtener riquezas, reuniremos dinero y te daremos tanto que llegarás a ser el más rico de nosotros. Si quieres imponerte sobre nosotros, te nombraremos nuestro jefe. Si deseas el reinado, te haremos rey. Y si algún yinn se ha apoderado de ti, gastaremos nuestros propios bienes en tratarte para que puedas librarte de su influencia. Después de hacer todo esto, al menos habremos cumplido nuestra responsabilidad ante ti».
En respuesta, el Profeta (s) dijo: «No padezco ninguna de esas enfermedades de las que habláis. Tampoco os pido dinero por lo que os he traído. Ni deseo alcanzar superioridad sobre vosotros ni convertirme en vuestro rey. Al contrario, Allah me ha enviado a vosotros como Mensajero. Está haciendo descender sobre mí un Libro y me ha ordenado ser para vosotros portador de buenas nuevas por creer y amonestador por no creer. Por tanto, os he transmitido el mensaje de mi Señor y os he aconsejado. Si aceptáis lo que he traído, será causa de felicidad para vosotros en este mundo y en el Más Allá. Pero si lo rechazáis, continuaré teniendo paciencia por orden de Allah hasta que Allah juzgue entre vosotros y yo». En respuesta, los jefes incrédulos le exigieron diversos tipos de milagros.[Nota: como ejemplo, en el Corán se dice—
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—Si hubiéramos hecho descender sobre ti un Libro escrito en papel y esta gente lo hubiera tocado y visto con sus propias manos, quienes no creyeron habrían dicho: «Esto no es sino magia evidente»— (Al-An‘am: 7).
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—Y si les abriéramos una puerta del cielo y comenzaran a subir por ella, dirían: «Nuestros ojos están siendo engañados; más bien, se ha hecho magia contra nosotros»— (Al-Hiyr: 14-15).]
En el relato de este acontecimiento que Ibn Hisham transmitió de Ibn Ishaq se añade que, después de que le exigieran milagros, el Profeta (s) dijo: «No he venido a vosotros para realizar tales cosas. Os he comunicado aquello para cuya exposición Allah me envió».
Finalmente, lo amenazaron diciendo: «¡Por Allah! No te dejaremos impune por todas estas acciones tuyas. O acabaremos contigo o tú acabarás con nosotros».(Añadido por el autor.)
Más intentos de reconciliación
Además, en distintas ocasiones, los qurayshíes siguieron presentando diversas propuestas al Profeta (s), con la esperanza de que, si aceptaba alguna de ellas, cesaran el conflicto y la confrontación entre ambas partes. Hazrat Abdullah ibn Abbas (ra) relata que los qurayshíes dijeron al Profeta (s): «Le daremos tanta riqueza que se convertirá en la persona más rica de La Meca. Lo casaremos con la mujer que usted elija. Estamos dispuestos a seguirle. Solo acepte de nosotros una cosa: absténgase de insultar a nuestros dioses. Si no desea aceptar esto, le presentamos otra propuesta que será beneficiosa tanto para usted como para nosotros».
El Profeta (s) preguntó: «¿Cuál es?»
Ellos dijeron: «Adore durante un año a nuestras divinidades, Lat y Uzza, y durante un año adoraremos a su Dios».
El Profeta (s) dijo: «De acuerdo, esperen un poco; veré qué mandato llega de parte de mi Señor». [Esto no significa que el Mensajero de Allah (s) considerara aceptable o digno de consideración, en algún sentido, aquel ofrecimiento, ni —Dios nos libre— que hubiera dado esa respuesta a los incrédulos con la esperanza de que quizá Allah lo aprobara. En realidad, sus palabras fueron exactamente como cuando se presenta una propuesta improcedente ante un funcionario subordinado, quien sabe que su gobierno jamás puede aceptar semejante demanda. Sin rechazarla, dice a quienes la formularon: «Enviaré su solicitud a las autoridades y luego les comunicaré las instrucciones que lleguen». La diferencia es que, si un funcionario inferior rechaza por sí mismo la demanda, la gente seguirá insistiendo; pero si dice que la respuesta de las autoridades ha llegado en contra de su demanda, perderán toda esperanza. —El autor.] Entonces fue revelada la wahy:
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Di: «¡Oh incrédulos! Yo no adoro aquello que adoráis, ni vosotros adoráis a Aquel a quien adoro. Y yo no adoraré aquello que habéis adorado, ni vosotros adoraréis a Aquel a quien adoro. Para vosotros, vuestra religión; y para mí, mi religión».
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Diles: «¡Oh insensatos! ¿Acaso me ordenáis que adore a alguien distinto de Allah?» (Ibn Yarir, Ibn Abi Hatim, at-Tabarani).
En una narración de Ibn Abbás (r.a.) se dice que la gente de Quraysh le dijo al Profeta (s): «¡Oh, Muhammad (s)! Si besas a nuestros dioses, adoraremos a tu Dios». Como respuesta, fue revelada la sura Al-Kafirun (Abd ibn Hamid).
Se ha narrado de Saíd ibn Sina —el esclavo liberado de Abu al-Bajtarí— que Walid ibn Mugira, As ibn Waíl, Aswad ibn al-Muttalib y Umayya ibn Jalaf se reunieron con el Mensajero de Dios (s) y le dijeron: «¡Oh, Muhammad (s)! Ven, te haremos partícipe de todos nuestros asuntos. Si lo que has traído es mejor que lo que tenemos, participaremos en ello y recibiremos nuestra parte. Y si lo que tenemos es mejor que lo que tú has traído, tú participarás con nosotros en ello y recibirás tu parte». Como respuesta, fue revelada la revelación ************************************************* (Ibn Yarir, Ibn Abi Hatim, Ibn Hisham y Baladhuri también han citado esta narración).
Wahb ibn Munabbih narra que la gente de Quraysh le dijo al Profeta (s): «Si quieres, durante un año entraremos en tu religión y durante un año tú entrarás en nuestra religión» (Abd ibn Hamid, Ibn Abi Hatim).
De estas narraciones se sabe que no presentaron este tipo de propuestas en una sola reunión, sino en diferentes momentos y bajo distintas circunstancias, y que era necesario darles una respuesta definitiva de una vez para frustrar para siempre su esperanza de que el Mensajero (s) adoptara una política de dar y recibir (GIVE AND TAKE POLICY) en materia de religión y llegara a algún compromiso con ellos. (Introducción de la sura Al-Kafirun, Tafhim, tomo 6).
Intentos de presionar a Abu Talib
La segunda estrategia de Quraysh para impedir la predicación del Mensajero de Dios (s) consistió en visitar continuamente a Abu Talib, presionarlo y decirle: «Retire su apoyo a Muhammad (s) y presiónelo también para que abandone su misión».
La primera delegación
Muhammad ibn Ishaq dice que, cuando Quraysh vio que Abu Talib apoyaba al Profeta (s) y no lo apartaba de aquellas actividades que les resultaban insoportables, una delegación de los hombres notables de Quraysh fue a verlo. Entre ellos estaban Utba ibn Rabia y Shayba ibn Rabia, de los Banu Abd Shams ibn Abd Manaf; Abu Sufyan, de los Banu Umayya; Abu al-Bajtarí, As ibn Hisham y Aswad ibn al-Muttalib, de los Banu Asad ibn Abd al-Uzza; Abu Yahl y Walid ibn Mugira, de los Banu Majzum; Nubayha y Munabbih, hijos de al-Hayyach, de los Banu Sahm; y también As ibn Waíl. Dijeron: «¡Oh, Abu Talib! Tu sobrino ha insultado a nuestros dioses, ha censurado nuestra religión, ha considerado necedad nuestra inteligencia y ha declarado extraviados a nuestros antepasados. Ahora impídele que hiera nuestros sentimientos, o apártate de entre nosotros y él. Porque tú mismo, al igual que nosotros, te opones a la religión que ha traído. Después nos ocuparemos de él».
Abu Talib los tranquilizó hablándoles con mucha amabilidad, y ellos se marcharon (Ibn Hisham, Tabari, al-Bidaya wa an-Nihaya).
La segunda delegación
Después, cuando el Mensajero de Allah (s) continuó con su misión, la paciencia de los qurayshitas llegó a su límite. Entonces una segunda delegación se dirigió a Abu Talib. Le dijeron: «¡Oh, Abu Talib! Usted es el más anciano y honorable de todos nosotros. Le habíamos pedido que dejara de apoyarlo, pero no lo hizo. No toleraremos de ninguna manera que se insulte a nuestros antepasados, se menosprecie nuestra inteligencia y entendimiento, ni se señalen los defectos de nuestros ídolos. O bien lo hace desistir, o nos enfrentaremos a usted hasta que uno de los dos bandos sea destruido». Después, existen discrepancias entre las narraciones.
En la historia del imán Bujari y en la narración de Aqil ibn Abu Talib citada por el hafiz Abu Ya’la en su Musnad, se relata que, en presencia de ellos, mi padre (Abu Talib) me dijo: «Ve a llamar a Muhammad (s)». Lo busqué bajo un calor intenso y lo traje conmigo. Cuando llegó, Abu Talib le dijo: «¡Sobrino! Tus parientes se quejan de ti, alegando que hieres sus sentimientos en sus reuniones y en la Mezquita Sagrada. Deja de hacer esas cosas».
Al oír esto, el Profeta (s) miró hacia el cielo y dijo a los jefes de Quraysh: «¿Ven ese sol?». Ellos respondieron: «Sí». El Profeta (s) dijo: «Así como este sol no puede dejar de emitir sus rayos, yo tampoco puedo abandonar esta misión». Dicho esto, se levantó y se marchó. Entonces Abu Talib dijo: «Mi sobrino nunca ha dicho una mentira. Por tanto, pueden marcharse». At-Tabarani citó esta narración en al-Awsat y al-Kabir, y Abu Ya’la la mencionó brevemente.
Ibn Hisham, Tabari, al-Bayhaqi y al-Baladhuri han relatado este suceso de la siguiente manera: después de que la gente se marchara, Abu Talib llamó al Profeta (s) y le dijo: «¡Sobrino! Tu pueblo ha venido a mí y me ha dicho estas cosas. Deja algún margen para que tanto yo como tú podamos vivir. No me impongas una carga que ni yo ni tú tenemos fuerza para soportar. Por tanto, deja de decir cosas que para ellos son insoportables». Al oír las palabras de Abu Talib, el Profeta (s) pensó que estaba dispuesto a dejarlo a su suerte. Entonces dijo: «¡Querido tío! Aunque me pusieran el sol en mi mano derecha y la luna en mi mano izquierda, no abandonaría esta misión. Allah hará que esta misión triunfe, o yo pereceré». Después, el Profeta (s), profundamente afligido, rompió a llorar y se dispuso a marcharse. Abu Talib comprendió cuánto le había dolido al Profeta (s) lo que le había dicho. Entonces lo llamó y, cuando volvió, le dijo: «Continúa con tu misión y haz lo que quieras hacer. ¡Por Allah!, jamás, por ninguna razón, te entregaré en manos de tus enemigos».
Abu Yahl decide asesinar al Profeta (s)
Muhammad ibn Ishaq relata que Abu Yahl dijo a los qurayshitas: «¡Oh, grupo de Quraysh! Habéis visto cómo Muhammad (s) ha declarado claramente que no dejará de ninguna manera insultar nuestra religión, llamar descarriados a nuestros antepasados y ofender a nuestros ídolos, entre otras cosas. Ahora juro por Allah que mañana me sentaré con una piedra y, cuando se postre en la oración, le aplastaré la cabeza. Después, que los Banu Abd Manaf hagan lo que quieran».
Al segundo día, permaneció esperando al Profeta (s) con una piedra. Como de costumbre, el Profeta (s) llegó y se ocupó en la oración. La gente de Quraysh también se reunió para ver qué ocurría. Cuando el Profeta (s) se postró, Abu Yahl avanzó hacia él con la piedra. Pero al acercarse, de repente se volvió atrás. Se quedó terriblemente asustado y aterrado; su rostro palideció, y la piedra también cayó de su mano. La gente de Quraysh se levantó, se acercó a él y dijo: «¡Abul Hakam! ¿Qué te ha ocurrido?». Él respondió: «Avancé para hacer aquello de lo que os había hablado. Pero cuando me acerqué, apareció ante mí un camello enorme. Nunca había visto un camello con una cabeza tan grande, un cuello semejante y una joroba así. Se disponía a masticarme y devorarme».
Después, el Profeta (s) dijo que el honorable Yibril (a) había aparecido bajo esa forma.
La tercera delegación
Ibn Sa‘d relata que los jefes de Quraysh acudieron una vez más ante Abu Talib y le dijeron: «Usted es el mayor y el jefe de todos nosotros. Venimos ante usted para pedir justicia. Sea también justo entre nosotros y él. Llame a su sobrino y dígale que abandone las palabras ofensivas contra nuestros dioses. Y nosotros lo dejaremos a él y a su Dios en su situación». Entonces Abu Talib mandó llamar al Profeta (s) y le dijo: «¡Sobrino! Aquí están tus tíos, los nobles jefes de tu pueblo. Han venido y desean llegar contigo a un acuerdo justo».
El Profeta (s) dijo: «Hablad; os escucho». Ellos dijeron: «Déjanos a nosotros y a nuestros dioses en nuestra propia situación y abstente de insultarlos. Nosotros te dejaremos a ti y a tu Dios en vuestra situación».
Abu Talib dijo: «Ciertamente, están hablando con justicia; acepta esto».
El Profeta (s) dijo: «¡Querido tío! ¿Acaso no debo invitarlos a algo mejor que esto?». Abu Talib dijo: «¿Y qué es?».
El Profeta (s) dijo: «Entonces decid: “No hay más dios que Allah”».
Entonces, irritados, se dieron la vuelta con desprecio y se marcharon—
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Mantente firme en la adoración y el culto de vuestros propios dioses. Estas palabras tienen, en realidad, otro significado. (Nota del autor.)
Existen discrepancias en los relatos sobre este acontecimiento. Ibn Sa‘d lo narró en su Tabaqat, y al-Tabari lo relató en su Historia sin precisar cuándo ocurrió. Ibn Ishaq lo presentó como un acontecimiento posterior a la conversión al islam de Hamza (que Dios esté complacido con él) y de Umar (que Dios esté complacido con él). Esta misma opinión fue adoptada por destacados exegetas como Zamajshari, Razi y Nishapuri. Sin embargo, otros relatos lo sitúan en el momento en que Abu Talib yacía en su lecho de muerte. El episodio que el imán Ahmad, Nasai, Tirmidhi, Bayhaqi, Ibn Abi Shayba e Ibn Yarir al-Tabari narraron en sus exégesis e historias puede resumirse así:
Cuando Abu Talib enfermó y los jefes de Quraysh comprendieron que se acercaba el final de su vida, deliberaron y decidieron que debían hablar con él. Sería conveniente que resolviera la disputa entre nosotros y su sobrino. No debía suceder que él muriera y que después adoptáramos alguna medida severa contra Muhammad (s), y que los árabes comenzaran a reprocharnos diciendo: «Mientras vivía el anciano, lo respetaban; ahora, después de su muerte, han intervenido contra su sobrino». Todos estuvieron de acuerdo con ello, y cerca de veinticinco jefes de Quraysh se presentaron ante Abu Talib. Entre ellos se encontraban, notablemente, Abu Yahl, Abu Sufyan, Umayya ibn Jalaf, As ibn Wa’il, Aswad ibn Abd al-Muttalib, Uqba ibn Abi Muayt, Utba y Shayba. Primero formularon numerosas acusaciones contra el Profeta (s). Luego dijeron: «Hemos venido a proponerte algo justo. Tu sobrino debe dejarnos seguir nuestra religión, y nosotros le permitiremos seguir la suya. Que adore a la divinidad que quiera; no tenemos ninguna objeción. Pero que no critique a nuestros dioses ni intente que rompamos nuestra relación con ellos. Haz que lleguemos a un acuerdo con él bajo esta condición».
Abu Talib mandó llamar al Profeta (s) y le dijo: «Sobrino, la gente de tu pueblo ha venido a verme. Desean que aceptes con ellos una propuesta justa, para que termine la disputa entre tú y ellos». Luego le transmitió al Profeta (s) lo que le habían dicho los jefes de Quraysh.
El Profeta (s) respondió: «¡Tío! Les he presentado una palabra que, si aceptan, hará que Arabia les obedezca y que los no árabes se conviertan en tributarios.Los distintos narradores citaron estas palabras del Profeta (s) con diferentes expresiones. A pesar de estas diferencias verbales, todos pretendían decir lo mismo. Es decir, el Profeta (s) les dijo: «Si os presento una palabra y la aceptáis, Arabia y los no árabes quedarán sometidos a vosotros. Decidme: ¿es esto mejor que la propuesta que me presentáis hablando de justicia? ¿Vuestro bien está en aceptar esta palabra, o en que os deje permanecer en la situación en la que os encontráis mientras yo adoro únicamente a Dios?»(Introducción a la sura Sad, Tafhim, volumen 4.) Al oír esto, al principio quedaron desconcertados. No lograban entender qué podían decir para rechazar una palabra tan beneficiosa. Después de recobrarse un poco, dijeron: «¿Hablas de una sola palabra? Nosotros estamos dispuestos a pronunciar incluso diez palabras. Pero dinos, ¿cuál es esa palabra?»
El Profeta (s) dijo: «La ilaha illallah». Entonces se levantaron todos juntos y se marcharon repitiendo lo que se menciona en la primera parte de la sura Sad. (Introducción a la sura Sad, Tafhim, volumen 4.)
La cuarta delegación
Ibn Hisham, Ibn Yarir al-Tabari, Ibn Sa’d al-Baladhuri e Ibn Kathir dicen que, cuando los qurayshitas vieron que Abu Talib no estaba dispuesto bajo ninguna circunstancia a abandonar al Profeta (P), y que estaba dispuesto a asumir, por su propio sobrino, incluso el riesgo de la enemistad de su pueblo y de quedar finalmente separado de él, llevaron ante él a Umarah ibn al-Walid, hijo de al-Walid ibn al-Mughira, y le dijeron: «¡Oh, Abu Talib! Este es Umarah ibn al-Walid, un joven célebre y apuesto de Quraysh. Tómalo como hijo tuyo y, a cambio, entréganos a tu sobrino. Pues él se ha opuesto a la religión de tus padres y antepasados, ha provocado la división entre tu pueblo y nos considera a todos unos necios. Te damos uno por otro para que podamos matarlo».
Abu Talib respondió: «¡Por Dios! Me habéis hecho la peor de las propuestas. Me dais a vuestro propio hijo para que yo lo críe, mientras queréis que os entregue a mi hijo para matarlo. Eso jamás podrá suceder». Mut’im ibn Adi, descendiente de Nawfal, hermano de Hashim, dijo: «¡Por Dios, oh Abu Talib! Tu pueblo ha sido justo contigo y ha intentado salvarte de la dificultad en la que te encuentras. Pero veo que no aceptas ninguna de sus palabras».
Abu Talib respondió: «¡Por Dios! Ellos no han sido justos conmigo en absoluto, pero tú me has abandonado y te has unido a ellos contra mí. Está bien, haz lo que quieras».
Ibn Ishaq dice que, después de este intercambio de palabras, la disputa llegó al punto de convertirse en una lucha y decidieron enfrentarse mutuamente.
Abu Talib reunió a los Banu Hashim y a los Banu al-Muttalib
Ibn Ishaq dice que después Abu Talib reunió a los Banu Hashim y a los Banu al-Muttalib y los exhortó a que todos, unánimemente, apoyaran y protegieran al Mensajero de Dios (P). Todos aceptaron sus palabras y se prepararon para ayudar a Abu Talib; sólo Lahab sostuvo una opinión diferente.
La amenaza de Abu Talib a los qurayshitas
Ibn Sa’d dice que, cuando el Noble Profeta (s) estaba siendo objeto de una oposición extrema, pero aún no había comenzado la emigración a Abisinia, un día Abu Talib y los demás miembros de la familia fueron a la casa del Profeta (s), pero no lo encontraron. Abu Talib sospechó que el Profeta (s) había sido asesinado. Inmediatamente reunió a los jóvenes de los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib. Luego les dijo: «Ocultad cada uno una espada o cualquier otra arma bajo vuestra ropa y venid detrás de mí. Cuando entre en la Mezquita Sagrada, veréis en qué reunión de los jefes de Quraysh está sentado Ibn al-Hanzaliyya (Abu Yahl). Entonces no dejaré con vida a ninguno de los presentes en esa reunión, pues ciertamente ellos han asesinado a Muhammad (s)».
Con este propósito, Abu Talib partió y en el camino se encontró con Zayd ibn Hariza (ra). Por él supo que el Profeta (s) se encontraba bien.
Al día siguiente, Abu Talib fue por la mañana a la casa del Profeta (s), lo tomó de la mano y, acompañado por los jóvenes y los ancianos de los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib, se presentó ante la reunión de los jefes de Quraysh y les dijo: «¡Oh, gente de Quraysh! ¿Sabéis qué había querido hacer?». Ellos respondieron: «No, no lo sabemos». Abu Talib relató todo el suceso y dijo a los jóvenes: «Apartad vuestras capas». Cuando apartaron sus capas, todos vieron que cada uno llevaba en la mano un arma afilada. Abu Talib dijo: «¡Por Dios! Si matáis a Muhammad (s), no dejaré con vida a ninguno de vosotros. Después lucharemos hasta morir».
Después de este incidente, quedó claro para los qurayshíes que no era fácil tomar ninguna medida contra Muhammad (s). Y este suceso fue, sobre todo, motivo de gran frustración para Abu Yahl.
3. La conducta pueril y ruin de Quraysh
La conducta de la gente de Quraysh contra el Profeta (s) era sumamente ruin y pueril, y su objetivo era desalentarlo y mantenerlo incómodo.
El intento de hacer que Hazrat Zaynab (ra) se divorciara
Una de sus maniobras consistía en presionar al yerno del Profeta (s), Abu al-As ibn al-Rabi, para que se divorciara de Hazrat Zaynab (ra), la hija mayor del Profeta (s), tal como Abu Lahab había obligado a sus dos hijos a divorciarse de las hijas del Profeta (s), Hazrat Ruqayya (ra) y Hazrat Umm Kulthum (ra). Este Abu al-As pertenecía a la tribu de los Banu Abd al-Uzza ibn Abd Shams. Su madre, Hala bint Khuwaylid, era hermana de Hazrat Khadija (ra). Era uno de los hombres ricos de La Meca. Por su riqueza, sus negocios y su honradez, era uno de los pocos hombres destacados de La Meca. Se había casado con Hazrat Zaynab (ra) antes de que el Profeta (s) recibiera su misión profética. Hazrat Khadija (ra) lo consideraba como a un hijo propio. Aunque después de la misión profética no se hizo musulmán y continuó inmerso en el politeísmo, no cedió ante la presión de Quraysh ni se divorció de Hazrat Zaynab (ra).Cabe señalar que Hazrat Zaynab (ra) abrazó el islam al mismo tiempo que su madre. Pero, como hasta entonces no se había establecido la disposición que prohibía el matrimonio entre creyentes y politeístas, permaneció unida en matrimonio a Abu al-As.–El autor.Al-Baladhuri ha dicho en Ansab al-Ashraf que los jefes de Quraysh le dijeron a Abu al-As: «Divórciate de Zaynab. Después te casaremos con la mujer que elijas de entre las mujeres de Quraysh».
Dice que al-Tabari e Ibn Hisham lo transmiten bajo la autoridad de Muhammad ibn Ishaq. Añaden también que unos miembros de Quraysh acudieron ante Utba, hijo de Abu Lahab, y le dijeron: «Divórciate de la hija de Muhammad (s); te casaremos con cualquier muchacha de Quraysh que elijas». Él respondió: «Si conseguís para mí a la hija de Sa‘id ibn As o a la hija de su hijo Abán, aceptaré vuestra propuesta». Entonces le consiguieron una muchacha conforme a su deseo y él se divorció de la hija del Profeta (s), incluso antes de la rukhsati, es decir, antes de que la novia fuera llevada a su nuevo hogar.
Alegría por la muerte del hijo del Profeta
Aún más vil fue su actitud: después de que el primer hijo del Profeta (s), el honorable Qasim (s), muriera durante su infancia, y cuando también su segundo hijo, el honorable Abdullah (ra), murió en la infancia, los miembros de Quraysh ni siquiera mostraron ante el dolor y el duelo del Profeta (s) la compasión que exigían las mínimas normas de cortesía y humanidad. Por el contrario, se regocijaron y comenzaron a llamarlo «sin descendencia», es decir, que después de él no quedaría nadie que pronunciara su nombre. (Añadido.)
Ibn Sa‘d e Ibn Asakir dicen, bajo la autoridad del honorable Abdullah ibn Abbas (ra), que el hijo mayor del Profeta (s) era el honorable Qasim (ra). Después de él nació la honorable Zaynab (ra), y después de ella, el honorable Abdullah (ra). Luego nacieron sucesivamente tres hijas: Umm Kulsum (ra), Fatima (ra) y Ruqayya (ra). De ellos, primero falleció el honorable Qasim (ra), y después falleció también el honorable Abdullah (ra). Entonces As ibn Wa’il dijo: «Su linaje se ha extinguido. Ahora está sin descendencia; sus raíces han sido cortadas».
En algunas narraciones se añade que As dijo: «Muhammad (s) está sin descendencia. No tiene ningún hijo que pueda sucederlo. Cuando muera, os libraréis de él». Abd al-Hamid dice, bajo la autoridad de Ibn Abbas (ra), que después de la muerte de Abdullah (ra), hijo del Profeta (s), Abu Yahl hizo también un comentario de esta índole.
Ibn Abi Hatim dice, bajo la autoridad de Shamir ibn Atiyya, que Uqba ibn Abi Muayt también manifestó una mentalidad tan vil al regocijarse por el dolor y el duelo del Profeta (s). Ata dice que, después de la muerte del segundo hijo del Profeta (s), su propio tío Abu Lahab —cuya casa estaba junto a la del Profeta (s)— corrió hacia los politeístas y les anunció esta «buena noticia»: esa noche Muhammad (s) se había quedado sin hijos; es decir, había quedado sin descendencia.
Tal era la situación, sumamente desgarradora, cuando fue revelada la sura al-Kawthar. Los miembros de Quraysh se habían enfurecido contra el Profeta porque adoraba únicamente a Allah y rechazaba públicamente su politeísmo. Por ello le arrebataron la estima y la posición que había tenido entre todo su pueblo antes de la profecía. Era como si lo hubieran separado de sus propios parientes y clan. Sus pocos compañeros también habían quedado desamparados y sin apoyo, y eran golpeados. Además, como había perdido sucesivamente a sus hijos, una montaña de dolor se había desplomado sobre él. En tales circunstancias, en vez de recibir condolencias de sus amigos, familiares, parientes, miembros de su tribu y clan y sus vecinos, se celebraban manifestaciones de alegría y regocijo. Incluso hacían comentarios que resultaban sumamente desgarradores para un hombre tan noble, que se comportaba bondadosamente no solo con sus allegados, sino también con los demás.
En respuesta a todo esto, Allah, el Altísimo, dijo en la sura al-Kawthar:
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- Es decir, vosotros, los enemigos, sois los abtar, los desarraigados.
Esto no fue simplemente un ataque de réplica, sino que, en realidad, fue una de las importantes profecías del Corán, que se cumplió al pie de la letra. Cuando se hizo esta profecía, la gente consideraba al Profeta (s) un abtar (desarraigado), y nadie podía siquiera imaginar cómo quedarían desarraigados aquellos grandes jefes de Quraysh, que eran célebres y exitosos no solo en la ciudad de La Meca, sino en toda Arabia. No solo habían sido favorecidos con riquezas y descendencia, sino que también contaban con colaboradores y ayudantes en distintos lugares de todo el país. Debido a su monopolio en el comercio y a su administración del peregrinaje, mantenían estrechas relaciones con todas las tribus árabes. Sin embargo, en pocos años la situación cambió por completo.
Cuando, en el quinto año de la Hégira, durante la batalla de los Ahzab, los qurayshíes sitiaron Medina junto con numerosas tribus árabes y judías, y el Profeta (s) tuvo que organizar la defensa excavando una trinchera mientras se hallaba sitiado, apenas tres años después, en el octavo año de la Hégira, cuando el Profeta (s) atacó La Meca, los qurayshíes ya no contaban con ningún auxiliador y, completamente impotentes, tuvieron que deponer las armas. Después, en apenas un año, toda Arabia quedó bajo el dominio del Profeta (s). Delegaciones de distintas tribus llegaban desde diversas regiones del país para prestar juramento de fidelidad ante el Profeta. El enemigo quedó completamente impotente y sin amigos. Su nombre y sus huellas fueron borrados de tal manera que, aunque en algún lugar del mundo pueda haber descendientes suyos, hoy ninguno de ellos sabe que desciende de enemigos del islam como Abu Yahl, Abu Lahab, As ibn Wail o Uqba ibn Abi Muayt, entre otros. Y, aun si lo supiera, ninguno estaría dispuesto a decir que sus antepasados fueron aquellas personas. En cambio, hoy se invocan bendiciones sobre la familia del Mensajero de Allah (s) en todo el mundo. Millones y millones de musulmanes se enorgullecen de estar vinculados con él. Cientos de miles de personas consideran un honor ser descendientes no solo de él, sino también de su familia y de las familias de sus compañeros. Algunos son sayyid, otros alavíes, abasíes, hachemíes, siddiqíes, faruqíes, uzmaníes, zuhayríes y ansaríes. Pero no se encuentra a nadie con los nombres de Abu Yahli o Abu Lahabi. La historia demuestra que el abtar no era el Profeta (s), sino que lo fueron y lo son sus enemigos. (Tafhim, tomo 6, sura Al-Kawzar, introducción, nota 4).
Hacer alboroto apenas se oye la recitación del Corán
Otro comportamiento vil y despreciable que adoptaron fue que, cuando se recitaba el Corán, armaban alboroto y huían corriendo en todas direcciones, para no oírlo ellos mismos ni permitir que otros lo escucharan. En el Corán se dice:
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Estos negadores de la verdad dicen: «No escuchéis nunca este Corán y, cuando sea recitado, armad alboroto; quizá así logréis vencer» (Ha-Mim As-Sajdah, 26).
Este era uno de los planes de los incrédulos de La Meca. Con ello querían hacer fracasar la prédica y la transmisión del mensaje del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Sabían muy bien que el Corán tenía un efecto casi mágico y que quien lo recitaba ante la gente era una persona de elevada categoría. Además, ¡qué cautivadora era su recitación junto con la personalidad de aquel hombre! Pensaban que cualquiera que escuchara, de labios de una persona tan eminente y con una forma de expresarse tan fascinante, aquellas palabras incomparables quedaría hechizado. Por ello idearon este plan: no escucharían ellos mismos aquel discurso ni permitirían que otros lo escucharan. Cada vez que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comenzara a recitarlo, armarían alboroto, aplaudirían, gritarían, protestarían enérgicamente y elevarían tanto sus voces que la suya quedara ahogada. Adoptando esta estrategia, esperaban derrotar al Profeta de Allah. (Tafhim, tomo 4, Ha-Mim-Sayda, nota 30)
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Entonces, ¿qué les pasa a estos negadores, que corren hacia ti en grupos desde tu derecha y desde tu izquierda?
Aquí se habla de quienes acudían corriendo desde todas partes al oír la prédica y la transmisión del mensaje del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), así como la recitación del Corán, para burlarse y armar alboroto. (Tafhim, tomo 6, Al-Maárij, nota 124.)
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No reces en voz demasiado alta ni demasiado baja; recita con una voz intermedia entre ambas.
En el Musnad de Ahmad se narra, según Ibn Abbas, que cuando en La Meca el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recitaba el Corán en voz alta durante la oración, ya fuera en su propia casa o en Dar al-Arqam, los incrédulos comenzaban a armar alboroto y a veces incluso lo insultaban. Por ello se ordenó: no lo recites en una voz tan alta que los incrédulos, al oírte, se congreguen, ni en una voz tan baja que tus compañeros tampoco puedan oírte. (Tafhim, tomo 2, Bani Israil, nota 24.)
Desviar mediante una interpretación perversa del Corán
En el Corán se menciona esta táctica de los incrédulos de La Meca:
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No se nos ocultan quienes presentan interpretaciones tergiversadas de Nuestros signos. Reflexiona por ti mismo: ¿acaso es mejor quien será arrojado al fuego o quien comparecerá a salvo el Día de la dicha? Haced lo que queráis; ciertamente, Allah ve todo cuanto hacéis.
«Ilhad» significa desviarse, apartarse del camino recto hacia un camino tortuoso y adoptar la desviación. En los signos de Allah, «ilhad» significa que una persona intenta extraer alguna torcida interpretación de palabras sencillas y claras. No acepta el sentido correcto y manifiesto del signo divino, sino que lo interpreta mal de diversas maneras; así, se desvía a sí misma y también desvía a los demás. Entre las artimañas que los incrédulos de La Meca emplearon para impedir el llamamiento del Corán estaba también esta: escuchaban los versículos del Corán y luego separaban alguno de su contexto anterior y posterior, daban a otro una interpretación literal incorrecta, atribuían un significado erróneo a alguna palabra o frase, planteaban objeciones de diversos tipos y confundían a la gente diciendo: «¿Qué es lo que ha dicho este señor Profeta?». (Tafhim, tomo 4, nota sobre Ha-Mim-Sajdah.)
Involucrar a los musulmanes en discusiones innecesarias y vanas
Esta conducta de los incrédulos se menciona así en el Corán:
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Después de responder al llamamiento de Allah, quienes entablan disputas y discusiones con quienes respondieron acerca de la religión de Allah, presentan ante su Señor argumentos y pruebas que son considerados inválidos.
Esto alude a la situación que ocurría diariamente en La Meca. Cuando se sabía que alguien se había hecho musulmán, todos se lanzaban tras él. Se le hacía la vida insoportable. No podía vivir tranquilo ni en su casa, ni en su barrio, ni entre sus parientes.
Dondequiera que iba, comenzaba una interminable discusión, cuyo propósito era lograr de algún modo que abandonara su relación con los Banū Muhammad (s) y regresara a aquella ŷāhiliyyah de la que había salido. (Tafhīm, tomo 4, Sura ash-Shūrā, nota 31.)
Burlarse de los musulmanes y humillarlos
A este respecto, el Corán dice:
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Los criminales se burlaban de los creyentes y, cuando pasaban junto a ellos, les hacían señas guiñándoles el ojo. Y cuando regresaban con los suyos, volvían rebosantes de alegría. Al verlos, decían: «Estos son unos extraviados». Sin embargo, no habían sido enviados para vigilarlos. (Al-Muṭaffifīn: 29-33)
Regresar rebosantes de alegría significa que, cuando volvían a casa, pensaban: «Hoy nos hemos divertido mucho. Nos burlamos muchísimo de tal musulmán, disfrutamos ridiculizándolo en voz alta y la gente reaccionó bien». (Tafhīm, tomo 4, Sura ash-Shūrā, nota 31.)
Al-Balādhurī, citando en Ansāb al-Ashrāf el relato de ʿUrwah ibn az-Zubayr, dice que, cuando los qurayshíes veían sentados en la Mezquita Sagrada al Profeta (s) junto a personas como ʿAmmār ibn Yāsir (ra), Khabbāb ibn al-Aratt (ra), Suhayb ibn Sinān (ra), Bilāl ibn Rabāḥ (ra), Abū Fukayha (ra) y ʿĀmir ibn Fuhayra (ra), decían: «¿Acaso todas estas personas eran merecedoras de la gracia de Allah?»
Arrojar a los ignorantes en la confusión
A este respecto, el Corán dice:
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Cuando alguno de ellos les pregunta: «¿Qué es eso que vuestro Señor ha hecho descender?», responden: «¡No es más que antiguas historias gastadas!» (An-Nahl: 24).
Cuando la prédica del Profeta (s) se extendió por todas partes, adondequiera que fueran los habitantes de La Meca, se les preguntaba: «¿Cuál es la enseñanza del hombre que ha aparecido entre vosotros como profeta? ¿Qué clase de libro es el Corán? ¿Cuál es su contenido?», y cosas por el estilo.
Los incrédulos de La Meca respondían siempre a este tipo de preguntas con palabras que provocaban en la mente del interlocutor alguna clase de duda acerca del Profeta (s) y del Libro que había traído, o, al menos, impedían que conservara cualquier simpatía por el Profeta y su profecía. (Tafhim, tomo 2, An-Nahl, nota 22).
4. Programa cultural
Además de estas despreciables artimañas, empleaban otra para resistir la prédica del Profeta (s). También habían ideado mantener a la gente absorta en historias, cantos, música, diversión y placeres, paralizándola en cuanto a la reflexión y el pensamiento, para que no pudiera prestar atención a ningún asunto serio de los que el Corán y Muhammad (s) les presentaban.
Ibn Hisham, citando el relato de Muhammad ibn Ishaq en la Sira, dice que Nadr ibn al-Harith ibn Alqama, de los Banu Abdud-Dar, dijo en una reunión de los qurayshíes: «La manera en que estáis enfrentándoos a Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) no dará ningún resultado. Cuando Muhammad era joven, era el más amable entre vosotros, el más veraz y digno de confianza. Ahora que su cabello se ha vuelto blanco, os ha traído algo por lo que lo llamáis hechicero, adivino, poeta y loco. ¡Por Dios! No es hechicero. Hemos visto hechiceros y sus encantamientos. ¡Por Dios! No es adivino. Hemos escuchado las rimas insípidas de los adivinos y conocemos también sus palabras incoherentes. Su discurso no pertenece a ninguna de esas categorías. ¡Por Dios! Tampoco está loco. ¿Acaso no conocemos el estado de un loco y el tipo de palabras sin sentido que balbucea? ¡Oh, jefes de Quraysh! Pensad en algún otro medio. Aquello a lo que debéis enfrentaros es mucho más importante que intentar derrotarlo inventando algo contra él».
Después propuso que se recopilaran y difundieran relatos y leyendas de Rustam e Isfandiyar procedentes de países no árabes, para que la gente se aficionara a ellos y los considerara más maravillosos que el Corán. Esta actividad continuó durante algún tiempo, y el propio Nadr se dedicaba a contar aquellas leyendas. (Tafhim, tomo 3, Al-Anbiya, nota 7.)
Este mismo relato fue citado en Asbab an-Nuzul, bajo la autoridad de Wahidi, Kalbi y Muqatil. Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) añadió que, con ese propósito, Nadr también había comprado esclavas cantoras. Cada vez que oía que alguien se había dejado influir por las palabras de algún profeta (que la paz sea con él), enviaba tras él a una esclava y le decía: «Trátalo muy bien, dale de comer y sigue cantándole, para que, embelesado contigo, se aparte de aquello». (Tafhim, tomo 4, Luqman, nota 6.)
5. La campaña de mentiras y sus efectos
Junto con estas tácticas, los qurayshíes, desde el comienzo de la predicación pública del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), emprendieron también una campaña de propaganda falsa para hacer que la gente sintiera aversión hacia él. Como en esta campaña no había el menor rastro de verdad, sino que su único propósito era difamarlo y mantener a la gente alejada de él, difundían cualquier cosa que se les ocurría. Unos decían que era poeta; otros, adivino; otros, hechicero. Algunos decían que había sido hechizado, y otros lo llamaban loco. En resumen, no había una sola afirmación que no hicieran acerca de él. Esta campaña de difamación no se limitaba a los distintos rincones de La Meca; a toda persona que llegaba a La Meca para visitar, comerciar o por cualquier otro motivo le decían estas cosas. Con ello intentaban impedir que alguien escuchara siquiera sus palabras, pues temían que pudiera dejarse influir por ellas. (Ampliación.)
La deliberación de los qurayshíes durante el Hayy
Así transcurrieron varios meses y llegó el tiempo del Hayy. Los habitantes de La Meca comenzaron a preocuparse, pensando que en esa época llegarían caravanas de peregrinos procedentes de toda Arabia. Si Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) acudía a los lugares donde se encontraban esas caravanas para reunirse con los peregrinos, y se ponía de pie aquí y allá en las reuniones del Hayy para recitarles un discurso sin parangón y de gran poder de influencia, como el Corán, entonces su predicación llegaría a todos los rincones de Arabia. Y quién sabe cuántos podrían dejarse influir por ella. Ibn Ishaq, Hakim y Bayhaqi narran este acontecimiento con una excelente cadena de transmisión:
Con este propósito, los jefes de Quraysh celebraron una reunión y decidieron que, en cuanto comenzaran a llegar los peregrinos, iniciarían entre ellos una campaña contra el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Después de que todos estuvieron de acuerdo, Walid ibn al-Mugira dijo a los presentes: «Si decís a la gente cosas diferentes acerca de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), perderemos su confianza. Por eso, decidid una sola versión que todos acordemos repetir».
Algunos dijeron: «Llamaremos adivino a Muhammad (la paz sea con él)». Al-Walid respondió: «No, ¡por Dios!, no es adivino. Hemos visto adivinos. La manera en que murmuran sus palabras y el tipo de frases que componen no tienen la menor relación con el Corán». Alguien dijo: «Llamémoslo loco». Al-Walid respondió: «Tampoco está loco. También hemos visto locos. Nadie ignora cómo habla alguien como un borracho y hace gestos incoherentes. ¿Quién creerá que las palabras que Muhammad (la paz sea con él) presenta son las fanfarronadas de un loco o que alguien habla así cuando está loco?». La gente dijo: «De acuerdo, entonces lo llamaremos poeta». Al-Walid respondió: «Tampoco es poeta. Conocemos todas las formas de poesía, y este discurso no se parece a la poesía en ningún aspecto». La gente dijo: «Entonces llamémoslo hechicero». Al-Walid respondió: «Tampoco es hechicero. Conocemos a los hechiceros y también conocemos los métodos que emplean para hacer magia. Esto tampoco se aplica a Muhammad (la paz sea con él). Cualquier cosa que digáis entre todas estas acusaciones, la gente la considerará una acusación injusta. ¡Por Dios! Este discurso posee una gran dulzura; sus raíces son profundas y sus ramas están cargadas de frutos».
Ibn Yarir añade en su exégesis, citando a Ikrima, que después Abu Yahl presionó a Al-Walid diciéndole: «Tu pueblo no estará satisfecho contigo mientras no digas algo sobre Muhammad (la paz sea con él)». Al-Walid dijo: «Está bien, déjame pensar». Después de reflexionar, dijo: «Lo mínimo que se puede decir es esto: decid a los árabes que este hombre es un hechicero. Presenta un discurso que separa a la gente de sus padres, hermanos, esposas, hijos y de toda su familia». Todos aceptaron lo que dijo Al-Walid. Luego, conforme a un plan, durante la peregrinación la delegación de los qurayshíes se dispersó entre los peregrinos. Comenzaron a advertir a los visitantes: «Aquí ha aparecido un hombre que es un gran hechicero. Su hechicería provoca divisiones en las familias. Hay que tener cuidado con él». (Tafhim, tomo 6, introducción a la sura Al-Muddaththir.)
Análisis coránico de este acontecimiento
La propuesta de Al-Walid ibn al-Mughira fue examinada en los versículos 11-25 de la sura Al-Muddaththir: «Déjame a Mí y a aquel hombre; es decir, Yo me ocuparé de él. No necesitas preocuparte por él. Lo creé solo y desamparado; es decir, no trajo nada consigo a este mundo. Le concedí abundantes riquezas y numerosos hijos que permanecieran a su lado; es decir, le di diez o doce hijos varones jóvenes, todos ellos ilustres, que se sentaban con él en sus reuniones (entre ellos había hijos capaces, como Jálid ibn al-Walid, que Dios esté complacido con él). Le facilité el camino hacia el liderazgo y la autoridad. A pesar de todo ello, ambicionaba que Yo le diera aún más. ¡De ninguna manera! Lo haré subir por una cuesta escarpada. Reflexionó e intentó componer algunas palabras. ¡Que perezca! ¡Cómo intentó componer palabras! Sí, ¡que perezca! ¡Cómo intentó componer palabras! Luego miró a la gente, después frunció el ceño, torció el rostro, se volvió y cayó en la arrogancia. Finalmente dijo: “Esto no es más que el Corán: una magia transmitida desde antiguo. No es sino discurso compuesto por un ser humano”».
El acontecimiento mencionado arriba deja claro que Al-Walid estaba convencido en su fuero interno de que el Corán era la palabra de Dios. Estos versículos describen cómo, para preservar su liderazgo, autoridad y honor entre su pueblo, luchó contra su propia conciencia y, después de permanecer largo tiempo sumido en aquel conflicto mental, compuso una afirmación contra el Corán. (Tafhim, tomo 6, exégesis de la sura Al-Muddaththir.)
Una campaña permanente y generalizada de propaganda falsa
Esta campaña de mentiras no se llevaba a cabo únicamente durante la peregrinación. Al contrario, se realizaba durante los doce meses del año, los treinta días de cada mes, día y noche. También se incitaba constantemente a la población de La Meca contra el Profeta (la paz sea con él). Se advertía a los forasteros que permanecieran alerta y se les insistía en que no se acercaran al Profeta. En las ferias de Arabia, como Ukaz, Majanna y Dhu al-Majaz, los representantes de los qurayshíes se dispersaban y les dirigían toda clase de instigaciones contra el Profeta (la paz sea con él). En particular, cada año, durante la peregrinación, sus representantes iban de campamento en campamento entre los peregrinos y difundían toda clase de acusaciones contra el Profeta (la paz sea con él), para que la gente se mantuviera alejada de escucharle y lo considerara un peligro para sí misma.
La difusión del islam fuera de La Meca
Los coraichitas pensaban que de este modo impedirían al Profeta Muhammad (s) y al Corán. Pero, en realidad, así hicieron llegar ellos mismos su nombre a todos los rincones de Arabia. Lo que no había sido posible lograr durante años de esfuerzos de los musulmanes en cuanto a la difusión de su nombre y de su llamamiento, se consiguió en poco tiempo mediante esta campaña de los coraichitas. Aunque la gente común adoptaba una opinión negativa al respecto, en muchos surgía espontáneamente esta pregunta: era necesario saber qué clase de hombre era aquel contra quien se había levantado semejante tormenta. Algunos incluso empezaron a pensar: escuchemos al menos lo que dice aquel de quien tanto nos están advirtiendo. De este modo, también en otras regiones fuera de La Meca se abrió el camino para la difusión del islam.
La conversión al islam de Tufail ibn Amr al-Dawsí
Era un noble jefe de la tribu de Daws. Ibn Ishaq e Ibn Sa’d han citado detalladamente el relato de su conversión al islam, conforme a su propia narración. Al-Dawsí cuenta: «Yo era un poeta de la tribu de Daws. Había ido a La Meca por un asunto. Apenas llegué, algunos coraichitas me rodearon y me llenaron los oídos de calumnias contra el Profeta (s). Como consecuencia, llegué a sentir una gran aversión por él. Decidí mantenerme completamente alejado de él. Al día siguiente me presenté en el Haram y lo vi rezando. Al oír algunas de las palabras que recitaba, sentí que eran palabras sumamente hermosas. Pensé para mis adentros: “Soy poeta, soy joven y tengo conocimiento y discernimiento; no soy un niño pequeño incapaz de distinguir entre lo bueno y lo malo. ¿Por qué no me encuentro con este hombre para saber qué dice?”. En efecto, cuando el Profeta (s) terminó la oración y regresaba a su casa, caminé detrás de él. Al llegar a su casa le dije: “Tu pueblo me habló de ti de tal manera que llegué a formarme una opinión tan mala de ti que me había puesto algodón en los oídos para no escuchar ninguna de tus palabras. Sin embargo, las pocas palabras que acabo de oír de tu boca me han parecido muy buenas. Explícame con más detalle qué es lo que quieres decir”. En respuesta, el Profeta (s) me recitó una parte del Corán. Quedé tan profundamente impresionado por ello que acepté la fe de inmediato. Cuando regresé a casa, se acercó mi anciano padre. Le dije: “Padre, mantente alejado de mí. Ya no soy de los tuyos ni tú eres de los míos”. Él preguntó: “¿Por qué?”. Respondí: “Me he hecho musulmán y he adoptado la obediencia a la religión de Muhammad”. Él dijo: “Hijo mío, tu religión es también mi religión”. Le dije: “Entonces, báñate, ponte ropa limpia y purificada, y ven. Después te enseñaré esa religión que he venido a aprender”. Así lo hizo y se hizo musulmán. Luego vino mi esposa. Le dije lo mismo que había dicho a mi padre. Ella exclamó: “¡Que mis padres sean sacrificados por ti! ¿Qué estás diciendo?”. Respondí: “El islam ha establecido una separación entre tú y yo. Me he convertido en seguidor de la religión de Muhammad”. Ella dijo: “Dime cuál es tu religión”. Le respondí: “Ve al recinto sagrado de Yushshara (el ídolo de la tribu de Daws) y báñate en el manantial que desciende de la montaña”. Ella preguntó: “¿No hay peligro de que Yushshara haga daño a mis hijos?”. Respondí: “No; yo me hago responsable de ello”. Fue, se bañó y regresó. Le expuse el islam y se hizo musulmana. Después comencé a predicar el islam entre la tribu de Daws, pero ellos vacilaban en aceptarlo. Regresé a La Meca ante el Profeta (s) y le dije: “Daws ha caído en la negligencia y está obstaculizando mi labor”. Él suplicó por ellos y dijo: “¡Oh Dios, guía a Daws!”. Luego me aconsejó: “Regresa y continúa predicando entre ellos, y trátalos con amabilidad”. Seguí trabajando en la predicación entre Daws hasta que, finalmente, durante la campaña de Jaibar, acudí de allí acompañado de setenta u ochenta familias.» [Himá se denomina al espacio o recinto reservado para un jefe, líder o divinidad. Entrar en él significaba incurrir en su desagrado —autor—.]
La conversión al islam de Hazrat Abu Dharr al-Gifarí (ra)
Era miembro de la tribu de Banu Gifar. Esta tribu era famosa por el bandolerismo en los caminos. En cierta época, el propio Abu Dharr era un bandido tan intrépido que atacaba él solo una caravana de tal manera que parecía el ataque de una fiera. Sin embargo, tres años antes de aceptar el islam se produjo un cambio en su corazón y comenzó a rezar de algún modo. En las narraciones de Musnad Ahmad e Ibn Sa’d se cuenta que decía: “Desde hacía tres años, rezaba a Allah volviendo mi rostro hacia cualquier dirección que me fuera posible”.
Su verdadero nombre era Jundub ibn Junadah. En Bujari se narra que, cuando le llegó la noticia de la aparición del Profeta (s), envió a su hermano Unais a La Meca —según la narración de Musnad Ahmad— para investigar acerca de aquel hombre que decía: “Yo soy un profeta”. Unais fue y, al regresar, dijo: “Él enseña una moral de altísimo nivel y presenta unas palabras que no son poesía”. Hazrat Abu Dharr dijo: “No has averiguado lo que yo quería saber”. Entonces fue él mismo a La Meca y comenzó a buscar al Profeta (s) en la Mezquita Sagrada. Pero, como no conocía al Profeta y tampoco quería preguntar a nadie, no logró encontrarlo. Hazrat Ali (ra) lo vio y pensó que sería algún viajero desconocido. No intercambió palabra alguna con él. Al tercer día, Hazrat Ali (ra) le preguntó: “¿Por qué has venido?”. Él respondió: “Si prometes que, si me conduces hasta aquel a quien busco, te diré por qué he venido”. Hazrat Ali hizo la promesa, y entonces él explicó su propósito. Ali (ra) le dijo: “Él está firmemente establecido sobre la verdad y es el Mensajero de Allah. Mañana por la mañana caminarás detrás de mí. Si yo sigo andando, tú también seguirás andando. Dondequiera que yo entre, tú entrarás también. Si veo algo que considere peligroso para ti, me detendré como si estuviera vertiendo agua; al verlo, tú te detendrás”. Así, Abu Dharr (ra) llegó hasta el Profeta (s). En cuanto escuchó sus palabras, se hizo musulmán. El Profeta (s) le dijo: “Regresa a tu pueblo y continúa informando a la gente acerca de la religión, hasta que finalmente conozcas mi situación”. Hazrat Abu Dharr (ra) dijo: “¡Juro por Aquel que te ha enviado que proclamaré la verdad ante los habitantes de La Meca!”. Luego llegó a la Mezquita Sagrada y proclamó en voz alta: “Ashhadu an la ilaha illallah wa ashhadu anna Muhammadan rasulullah” (Atestiguo que no hay divinidad sino Allah y atestiguo que Muhammad es el Mensajero de Allah). Apenas oyeron esto, la gente se abalanzó sobre él y lo golpeó tan brutalmente que cayó al suelo. Al ver aquello, Hazrat Abbas (ra) intervino entre él y la gente y dijo: “¡Desgraciados! ¿Acaso no sabéis que este hombre pertenece a la tribu de Banu Gifar? ¿No sabéis que ellos se encuentran en vuestro camino cuando vais a Siria para comerciar?”. De este modo, Hazrat Abbas (ra) lo protegió. Al día siguiente volvieron a tratarlo de la misma manera, y Hazrat Abbas (ra) lo liberó de nuevo.
El imán Ahmad citó en su Musnad este relato del propio Abu Dharr (ra). Él (Abu Dharr) cuenta: «Mi hermano Unais, mi madre y yo nos encontrábamos fuera. Unais dijo: “Voy a dar una vuelta por la ciudad de La Meca. Esperadme aquí”. Después regresó tras una larga demora. Le pregunté: “¿Dónde te has entretenido tanto?”. Respondió: “Me encontré con un hombre que afirma ser el Mensajero de Allah, y Allah lo ha enviado con la misma religión que la tuya —es decir, el rechazo del politeísmo y la aceptación del tawhid—”».
«Pregunté: “¿Qué dice la gente de él?”. Respondió: “Dicen que es poeta, adivino y hechicero”. Unays era poeta él mismo. Dijo: “También he escuchado las palabras de los adivinos y sé componer poesía. Pero sus palabras no tienen ninguna relación con nada de eso. ¡Por Dios!, él dice la verdad y esos hombres son los mentirosos.”
Dije: “¿Podrías vigilar un poco en mi lugar para que yo mismo pueda ir allí?”. Respondió: “Está bien, pero ten cuidado con los habitantes de La Meca, porque se han empeñado en oponerse a él”. Llegué a La Meca. Luego, al considerar que cierto hombre parecía débil, le pregunté: “¿Dónde está el hombre al que la gente llama sābi —es decir, alguien que ha abandonado la religión—?”. En cuanto aquel hombre me señaló, la gente se abalanzó sobre mí. Me arrojaron todo lo que tenían en las manos y, finalmente, perdí el conocimiento. Cuando recobré el sentido, fui al Santuario, bebí agua de Zamzam y lavé mis heridas. Permanecí escondido detrás de las cortinas de la Kaaba durante treinta días. Durante ese tiempo, aparte del agua de Zamzam, no tuve ningún otro alimento. Aun así, llegué a engordar y a cobrar buen aspecto.
Luego, Abu Dharr (que Dios esté complacido con él) dijo: «Un día, el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) llegaron al Santuario, besaron la Piedra Negra, dieron las vueltas rituales y rezaron.
Salí y, por primera vez, lo saludé según la forma islámica. Él respondió: «Wa ‘alayka as-salam». Preguntó: «¿Quién eres?». Respondí: «Soy de los Banū Ghifār». Preguntó: «¿Desde cuándo estás aquí?». Respondí: «Desde hace treinta días y treinta noches». Preguntó: «¿Quién te daba de comer?». Respondí: «No tenía otro alimento aparte de Zamzam. Con ella no solo se me quitó el hambre, sino que incluso engordé un poco y cobré buen aspecto». Él dijo: «Es un agua bendita; no solo sirve para beber, sino también como alimento».
Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dijo: «Si lo permites, esta noche comerá en mi casa». El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se lo permitió. Luego se marchó, y yo fui a la casa de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Me dio pasas de Ta’if. Permanecí algún tiempo con él. Después, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Se me ha señalado la dirección de una tierra donde hay palmerales, y me parece que no puede ser otro lugar que Yathrib. ¿Llevarás mi mensaje a tu pueblo? Quizá eso les beneficie a ellos y te proporcione recompensa a ti».
Abu Dharr (que Dios esté complacido con él) dijo: «Después regresé junto a mi madre y mi hermano. Me preguntaron: “¿Cómo has vuelto?”. Respondí: “He vuelto con el islam y he dado testimonio de su verdad”. Unays dijo: “Yo tampoco quiero mantenerme alejado de tu religión”. Acepté el islam y di testimonio de su verdad. Nuestra madre dijo: “Yo tampoco quiero apartarme de la religión de vosotros dos”. También acepté el islam y doy testimonio de su verdad. Luego regresamos a nuestro pueblo, Ghifār. Algunos de sus miembros aceptaron el islam antes de que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) emigrara a Medina. Khufāf ibn Ayma ibn Rahādat al-Ghifārī dirigía sus oraciones, pues era el jefe del pueblo. Después de la emigración, los ghifaríes restantes también aceptaron el islam (el imán Muslim narró asimismo esta historia de la misma manera. Al-Tabarānī ofreció un relato detallado de ella en al-Awsat)».
En la narración de Ibn Sa‘d, aunque esta historia está registrada prácticamente de la misma manera que la anterior, también se ha añadido la siguiente declaración de Abu Dharr al-Ghifārī (que Dios esté complacido con él). Él dijo:
«Cuando estaba escondido detrás de las cortinas de la Kaaba, en el lugar de la circunvalación no había nadie salvo dos mujeres. Las escuché mencionar a Isāf y Nā’ila. No pude soportarlo y dije: “¡Que casen a estos dos!”. Entonces se enfurecieron terriblemente y empezaron a decir: “¡Ojalá hubiera aquí alguno de nuestros hombres!”. Mientras tanto, el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) bajaban de la montaña y se acercaban hacia allí. Probablemente aquellas dos mujeres no los conocían. Les preguntaron: “¿Por qué estáis tan enfadadas?”. Ellas respondieron: “Hay un compañero escondido detrás de las cortinas de la Kaaba”. El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) preguntó: “¿Qué os ha dicho?”. Ellas respondieron: “Ha dicho algo que no puede expresarse con palabras”».
La conversión al islam de Amr ibn Abasa al-Sulami
Pertenecía a Banu Sulaym. Creía que había sido el cuarto musulmán. Sin embargo, por el relato de su propia conversión se sabe que también aceptó el islam por invitación del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), después de que comenzara la predicación pública. En un relato de Ibn Sa’d se dice que se encontró con el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en el mercado de Ukaz, y que allí aceptó el islam. Esto significa que, en aquella época, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había comenzado a salir para predicar. En el segundo relato, citado por Ibn Sa’d y Muslim bajo la autoridad de Abu Umama al-Bahili, Amr ibn Abasa dice: «Durante la época de la ignorancia consideraba extraviadas a las personas y creía que los ídolos carecían de sentido. Luego oí que en La Meca había un hombre que anunciaba ciertas noticias y pronunciaba ciertas palabras. Fui, pues, a La Meca y vi que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) permanecía oculto y que su pueblo se había dividido en dos grupos por causa de él. Me acerqué a él con cautela y pregunté: “¿Quién eres?”. Respondió: “Un profeta”. Pregunté: “¿Qué es un profeta?”. Respondió: “El Mensajero de Allah”. Pregunté: “¿Es Allah quien te ha enviado?”. Respondió: “Sí”. Pregunté: “¿Con qué enseñanza te ha enviado?”. Respondió: “Debéis reconocer como único dios digno de adoración a Allah y no asociarle a nadie; y debéis tratar bien a los parientes”. Pregunté: “¿Quiénes están contigo?”. Respondió: “Tanto hombres libres como esclavos”. En aquel momento estaban presentes Abu Bakr y Bilal, que Allah esté complacido con ambos». (De ahí surgió su idea equivocada de que había sido el cuarto.)
Dije: «Permaneceré contigo». Él respondió: «En este momento no puedes hacerlo. Cuando oigas que he comenzado a predicar públicamente, entonces ven y únete a mí».
«Así que regresé con mi pueblo».
La conversión al islam de Dimaad al-Azdi, que Allah esté complacido con él
Pertenecía a la tribu de Azd Shanua. Su profesión consistía en practicar ensalmos y exorcismos. Hafiz Ibn Abd al-Barr, Hafiz Ibn Hayar y Hafiz Ibn Hibban dicen que, durante la época de la ignorancia, era amigo del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Muslim, Nasa’i, Bayhaqi e Ibn Sa’d dicen que, cuando llegó a La Meca, los habitantes de la ciudad dijeron que se había vuelto loco. El azdi preguntó: «Decidme dónde está. Quizá Allah lo cure por medio de mí».
Después se acercó al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: «Practico ensalmos. Allah cura por medio de mis manos a quien quiere. Ven, déjame tratarte».
El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recitó primero la profesión de fe. Después alabó a Allah y recitó algunas palabras. Estas palabras agradaron mucho a Dimaad al-Azdi. Él dijo: «Repítelas». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) las repitió tres veces. Dimaad dijo: «Nunca había oído palabras semejantes. He escuchado las palabras de los adivinos, de los poetas y de los hechiceros, pero nunca había oído algo así. Estas palabras llegan hasta el fondo del mar». Entonces aceptó el islam y prestó juramento de fidelidad al Profeta en su propio nombre y en el de su pueblo.
La aceptación del islam por parte de Abu Musa al-Ashari (r.a.)
Este aceptó el islam en La Meca, adonde había llegado desde Yemen. Después regresó a su tierra y condujo al islam a sus hermanos Abu Burda y Abu Rahm, así como a unas cincuenta personas. Luego, aquellos musulmanes partieron en un barco, y el viento los llevó hasta la costa de Abisinia; allí se encontraron con el honorable Ya‘far ibn Abi Talib y los demás emigrantes. Esta es la narración de Ibn Sa‘d e Ibn Abd al-Barr. Ibn Hajar dice que no fueron a Abisinia, sino que, cuando partieron de La Meca hacia Medina, su barco se encontró con el de aquellos emigrantes, que se dirigía hacia Medina. Después llegaron juntos a Jaybar, ante el Profeta (s.).
La aceptación del islam por parte de Mu‘ayqib ibn Abi Fatima al-Dawsi
Ibn Sa‘d dice que también pertenecía a la tribu de Daws y que aceptó el islam en La Meca. Según una narración, después de abrazar el islam regresó a su tierra. Según otra, participó en la segunda emigración a Abisinia. Ibn Hajar e Ibn Abd al-Barr dicen que pertenecía al grupo de quienes aceptaron el islam en La Meca y participaron en la segunda emigración a Abisinia.
Yuwal ibn Suraqa (r.a.)
Pertenecía a Banu Dhamra. Ibn Sa‘d e Ibn Abd al-Barr dicen que también aceptó el islam en La Meca.
Abdullah (r.a.) y Abd al-Rahman al-Kinani (r.a.)
Según la narración de Ibn Sa‘d, estos dos hermanos eran hijos de Luhayb, un hombre de Banu Misan. Ellos también aceptaron el islam en La Meca.
La conversión al islam de Burayda ibn al-Musayyab
Según Ibn Sa‘d e Ibn Abd al-Barr, él procedía de una rama de los Banu Juzaya, que se había separado de los clanes de Juzaya. Durante la Hégira, cuando el Profeta (s) viajaba de La Meca a Medina, este hombre se encontró con el Profeta (s) en un lugar llamado Gamim, y junto con él aceptaron el islam los miembros de ochenta familias. Esto mismo escribió Ibn Hayar en al-Isaba. Esto significa que aquellas personas ya habían sido influenciadas anteriormente por el islam. De lo contrario, como resultado de un encuentro repentino durante el viaje, no habría sido posible que tantas personas se hicieran musulmanas.
Estos son algunos ejemplos de los que se puede saber que, aunque los coraixíes no escatimaron esfuerzos en lanzar una campaña de mentiras contra el Profeta (s) para hacer que los árabes sintieran aversión hacia él, al adoptar este método no solo hicieron que el propio Profeta fuera ampliamente conocido entre los árabes, sino que también atrajeron hacia él la atención de muchas almas puras. Como consecuencia de esta campaña, personas de diversas regiones y tribus se sintieron atraídas hacia el Profeta en busca de la verdad, y así el islam llegó a otras tribus fuera de La Meca. Por eso se dice en la sura Alam Nashrah ***********************; es decir: «¿Por qué te desanimas por esta propaganda falsa? Nosotros hemos difundido tu fama por medio de tus enemigos».
6. Opresión y persecución infligidas a los musulmanes
Además de emplear otras tácticas de oposición y obstrucción, los incrédulos coraixíes actuaban con extrema crueldad: en cuanto se enteraban de que alguien se había hecho musulmán, o de que alguna persona había dado a conocer de cualquier manera su aceptación del islam, comenzaban a someterla a una severa persecución y tortura. No dejaban ningún medio sin intentar para presionarla a renunciar al islam. Al principio adoptaron la estrategia de reprochar a quienes, entre los que habían aceptado el islam, gozaban de cierto honor, prestigio familiar y apoyo, diciéndoles: «Has abandonado la religión de tus antepasados, aunque ellos tenían más conocimiento del bien y del mal que tú. Ahora, si no regresas, te humillaremos y deshonraremos, te consideraremos un necio y cubriremos de polvo tu honor y tu dignidad».
A quienes se dedicaban al comercio se les amenazaba diciéndoles: «Abandonad el islam; de lo contrario, destruiremos vuestros negocios y paralizaremos vuestro oficio. Después tendréis que morir de hambre».
Después, quienes carecían de apoyo y recursos y eran débiles tenían que soportar una tortura despiadada. La situación llegó a tal extremo que incluso a personas nobles se las encarcelaba y se las sometía a castigos físicos.
Persecución y tortura contra los miembros dependientes de las familias
Ibn Ishaq y al-Tabari narran, citando a Urwa ibn al-Zubayr (ra), que los jefes de Quraysh se reunieron y decidieron que debían torturar a todos aquellos de entre sus hijos, hermanos y miembros de sus tribus que hubieran aceptado obedecer al Mensajero de Allah (s), e intentar obligarlos por la fuerza a renunciar al islam. Como resultado, los seguidores del Profeta (s) se enfrentaron a una gran prueba de fuego.
A una persona tan respetable como Abu Bakr (ra), Nawfal ibn Juwaylid ibn al-Adawiyya, conocido como el león de Quraysh, lo ató junto con Talha (ra). Sus familiares, los Banu Taym, no hicieron ningún intento por salvarlos. Por ello, el Profeta (s) suplicó: «Oh Dios, encárgate Tú de protegernos del mal de Ibn al-Adawiyya» (al-Bayhaqi, Ibn Sa’d). El tío de al-Zubayr ibn al-Awwam (ra) lo envolvía en una estera y lo colgaba. Después hacía humo debajo de él y le decía: «Renuncia al islam». Él respondía: «Nunca cometeré kufr» (Ibn Sa’d, al-Tabarani). El tío de Uthman (ra), al-Hakam —padre de Marwan—, lo ató y le dijo: «¿Has abandonado la religión de tus antepasados y aceptado la religión de Muhammad (s)? No te soltaré de ningún modo hasta que abandones esa religión». Él respondía: «Pase lo que pase, jamás abandonaré esta religión» (Ibn Sa’d). El primo de Mus’ab ibn Umayr (ra), Uthman ibn Talha —guardián de las llaves de la Kaaba—, lo sometió a terribles torturas. Su familia lo mantuvo prisionero. Él logró escapar de algún modo y emigró uniéndose al primer grupo de emigrantes a Abisinia (Ibn Sa’d). La madre de Sa’d ibn Abi Waqqas (ra) y de su hermano Amir (ra) los sometió a diversas torturas, pero no pudo apartarlos de la religión del islam (Ibn Sa’d). En el Musnad de Ahmad, Muslim, al-Tirmidhi, Abu Dawud y al-Nasa’i se narra que la madre de Sa’d ibn Waqqas, Hamna bint Sufyan ibn Umayya —sobrina de Abu Sufyan—, les dijo: «Mientras no abandonéis la religión de Muhammad (s), no comeré ni beberé, ni me sentaré siquiera a la sombra. Cumplir los derechos de la madre es una orden de Allah. Si no me obedecéis, también estaréis desobedeciendo a Allah». Sa’d se angustió mucho por ello y acudió ante el Profeta para exponerle todo lo sucedido. Entonces fue revelado, por parte de Allah el Altísimo, el siguiente versículo:
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«Y hemos ordenado al ser humano que trate bien a sus padres. Pero si ambos se esfuerzan para que Me asocies aquello de lo que no tienes conocimiento, no les obedezcas» (al-Ankabut: 8).
Relato de Jalid ibn Sa’id (ra)
Cuando Jalid ibn Sa’id ibn al-As (ra) supo que su padre, Abu Uhayha, se había enterado de que él se había hecho musulmán, se ocultó por miedo. Después de encontrarlo, su padre comenzó a golpearlo mientras lo reprendía, hasta que se rompió el bastón con el que lo golpeaba. Luego le dijo: «Has aceptado obedecer a Muhammad (s), aunque veías que se oponía a su propio pueblo, señalaba los defectos de la religión ancestral y llamaba extraviados a los antepasados que habían seguido esta religión».
Jalid (ra) dijo: «¡Por Dios!, él es veraz y yo soy su seguidor».
Abu Uhayha volvió a golpearlo y reprenderlo, y le dijo: «¡Inútil, vete donde quieras; en mi casa no comerás más!». Él respondió: «Si usted me priva de mi sustento, Allah me proveerá». Después permaneció junto al Profeta (s). Un día estaba rezando en un lugar desierto de las inmediaciones de La Meca. Su padre, Uhayha, se enteró de ello. Lo llamó y le dijo: «Abandona la religión de Muhammad (s)». Él respondió que jamás abandonaría esa religión mientras viviera. Uhayha, enfurecido, comenzó a golpearle la cabeza con un trozo de madera, hasta que finalmente este se rompió. Después lo mantuvo prisionero durante tres días, sin darle alimento. En el calor abrasador de La Meca, continuó sufriendo este castigo. Luego logró escapar cuando se presentó una oportunidad. Después anduvo errante por los alrededores de La Meca. Finalmente emigró a Abisinia como miembro del primer grupo que emigró desde La Meca. Ibn Sa’d y al-Bayhaqi también mencionan brevemente este acontecimiento.
La inhumana tortura infligida a Hazrat Abu Bakr (ra)
Un día, el noble Profeta (s) y Hazrat Abu Bakr (ra) salieron de Dar al-Arqam y fueron a la Mezquita Sagrada. Allí, de repente, Abu Bakr (ra) se puso de pie y comenzó a pronunciar un discurso. Invitó a la gente hacia Allah y Su Mensajero. Esta fue la primera vez que se proclamó públicamente la invitación islámica en la Mezquita Sagrada. Al oír el discurso, los politeístas se abalanzaron sobre él, lo tiraron al suelo y comenzaron a pisotearlo. Utba ibn Rabi‘a lo golpeó repetidamente en el rostro con sus zapatos, hasta que toda su cara se hinchó y su nariz quedó hundida en la sangre. Al ver su estado, los miembros de su clan, Banu Taym, avanzaron, lo rescataron y lo llevaron a su casa. No tenían la menor duda de que moriría. Por ello regresaron a la Mezquita y dijeron: «¡Por Allah! Si Abu Bakr (ra) muere, no dejaremos con vida a Utba». Hazrat Abu Bakr (ra) permaneció inconsciente hasta la tarde. Al recuperar el conocimiento, su primera pregunta fue: «¿Cómo está el Mensajero de Allah (s)?». Al oír aquello, los miembros de Banu Taym lo insultaron y lo reprendieron, y luego se marcharon. Antes de irse, dijeron a la madre de Hazrat Abu Bakr (ra), Umm al-Jayr, que le diera comida y bebida. Cuando no quedó nadie más que la madre y el hijo, Hazrat Abu Bakr (ra) volvió a hacer la misma pregunta. Dijo: «Ve a preguntarle a Umm Yamil (la hermana de Hazrat Umar (ra), Fátima bint Jattab)». Ella ya se había hecho musulmana, pero mantenía oculto su islam. Cuando la madre de Hazrat Abu Bakr le dijo que Abu Bakr (ra) quería saber cómo estaba Muhammad (s), hijo de Abd Allah, ella respondió: «Yo no conozco ni a Muhammad (s), hijo de Abd Allah, ni conozco a Abu Bakr. Sin embargo, si usted quiere, iré a ver a Abu Bakr». Ella respondió: «De acuerdo, vamos».
Cuando llegó, vio que Hazrat Abu Bakr se encontraba en un estado muy grave. Al verlo, exclamó: «¡Por Allah! Quienes te han hecho esto son incrédulos y malvados. Espero que Allah se vengue de ellos».
Abu Bakr preguntó: «¿Cómo está el Mensajero de Allah (s)?». Ella respondió en voz baja: «Tu madre está escuchando». Abu Bakr (ra) dijo: «No hay motivo para temer por ella». Entonces Umm Yamil dijo: «El Profeta (s) está completamente bien». Abu Bakr (ra) preguntó: «¿Dónde está?». Ella respondió: «Está en Dar al-Arqam». Hazrat Abu Bakr (ra) dijo: «¡Por Allah! No comeré ni beberé hasta que vaya junto al Profeta (s)». Umm Yamil dijo: «Tenga un poco de paciencia». Después, cuando la situación en la ciudad se calmó, ella y Umm al-Jayr lo llevaron juntas, sosteniéndolo, hasta Dar al-Arqam. Al ver su estado, el Mensajero de Allah (s) se conmovió profundamente. Se inclinó hacia él y observó su estado.
Hazrat Abu Bakr (ra) dijo: «¡Que mis padres sean sacrificados por usted! No he sufrido demasiado. Aparte del dolor que aquel pecador me causó al golpearme el rostro con su zapato, no tengo ninguna otra dolencia. Aquí está mi madre con su hijo. Usted es sumamente bondadoso. Invítela hacia Allah y ruegue para que Allah la proteja del Infierno». Entonces el Profeta (s) suplicó por ella, la invitó hacia Allah y ella se hizo musulmana. Este acontecimiento fue narrado por el hafiz Ibn Kazir en Al-Bidaya wa’n-Nihaya; el hafiz Abu al-Hasan Jaysan ibn Sulayman al-Atba lo citó extensamente del libro Fada’il al-Sahaba, de Bulsiri. Asimismo, el hafiz Ibn Hajar describió brevemente la situación de Umm al-Jayr en Al-Isaba. (Ampliación).
Hazrat Abd Allah ibn Masud fue golpeado brutalmente
Ibn Ishaq relata este acontecimiento de Hazrat Urwa ibn Zubayr y dice que un día los nobles Compañeros se decían unos a otros: «Los qurayshíes nunca han oído a ninguno de nosotros recitar el Corán en voz alta y públicamente. ¿Quién de nosotros podría hacerles escuchar una vez esta Palabra purísima?»
Hazrat Abd Allah ibn Masud (ra) dijo: «Yo haré esto». Los Compañeros dijeron: «Tememos que se excedan contigo». En nuestra opinión, si intervinieran injustamente contra un hombre de una familia poderosa, los miembros de su familia acudirían en su apoyo.
Hazrat Abdullah dijo: «Déjame hacer esto. Dios es mi protector».
Después, cuando ya había avanzado un poco el día, llegó al Santuario, mientras los jefes de Quraysh estaban sentados reunidos en sus respectivos lugares. Hazrat Abdullah llegó al maqam de Ibrahim y comenzó a recitar en voz alta la sura Ar-Rahman. Al principio, la gente de Quraysh intentó comprender qué estaba recitando Abdullah. Pero cuando comprendieron que aquellas eran las palabras que Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) presentaba como la palabra de Dios, se abalanzaron sobre él y empezaron a abofetearlo repetidamente. Sin embargo, Abdullah permaneció firme, sin preocuparse por nada. Cuanto más lo golpeaban, más recitaba él. Siguió haciendo que escucharan el Corán mientras tuvo fuerzas. Finalmente, cuando regresó con el rostro cubierto de heridas, sus compañeros le dijeron: «Eso era precisamente lo que temíamos». Él respondió: «Nunca antes estos enemigos de Dios habían sido tan débiles frente a mí como hoy. Si queréis, mañana volveré a hacerles escuchar el Corán». Todos dijeron: «Ya basta. Les has hecho escuchar aquello que no querían escuchar» (Ibn Hisham, tomo 1, p. 336). (Tafhim, tomo 5: Introducción a la sura Ar-Rahman).
La cruel persecución de los esclavos y esclavas indefensos
Las torturas y los sufrimientos más dolorosos se infligieron a aquellos esclavos y esclavas que abrazaron el islam y no tenían ningún protector en La Meca. He aquí algunos ejemplos:
Hazrat Bilal
Uno de ellos fue Hazrat Bilal ibn Rabah. Era esclavo de un miembro de los Banu Yumah y había nacido en su casa en condición de esclavo. Era conocido por ser abisinio. Cuando se hizo público que había abrazado el islam, Umayya ibn Jalaf al-Yumahi lo torturó de diversas maneras. Ibn Hisham y al-Baladhuri dicen que, bajo el intenso sol del mediodía, lo sacaba de la casa, lo tendía sobre la arena ardiente de La Meca y le colocaba una pesada piedra sobre el pecho. Luego le decía: «Juro por Dios que permanecerás en esta posición hasta que reniegues de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y adores a Lat y Uzza». Pero él (Bilal) no dejaba de responder únicamente: «Ahad, Ahad».
Al-Baladhuri, citando el relato de Hazrat Amr ibn al-As, dice: «Vi a Bilal (que Dios esté complacido con él) tendido sobre una tierra tan ardiente que, si se colocara carne sobre ella, se cocinaría. Pero incluso en ese estado decía claramente: “Reniego de Lat y Uzza”».
Hazrat Hassan ibn Thabit relata lo que vio con sus propios ojos: «Fui a La Meca para realizar el hach o la umra y vi que Bilal estaba atado con una cuerda, mientras un grupo de muchachos lo arrastraba de un lado a otro. Pero él no dejaba de decir: “Reniego de Lat, Uzza, Hubal, Isaf, Naila y Buana, de todos ellos”». Al-Baladhuri también transmitió así el relato del propio Hazrat Bilal (que Dios esté complacido con él): «Un día y una noche me mantuvieron sediento y luego me arrojaron sobre la arena ardiente».
Ibn Sa’d dice que le ataban una cuerda al cuello y lo entregaban a los muchachos. Estos lo arrastraban por los valles de La Meca. Después lo tendían boca abajo sobre la arena ardiente y le colocaban piedras encima. Pero él solo decía: «Ahad, Ahad». La casa de Hazrat Abu Bakr (ra) estaba precisamente en el barrio de Banu Yumah. Al ver aquella opresión y persecución, se angustió profundamente. Compró a Hazrat Bilal y lo liberó a cambio de un esclavo abisinio robusto.
Hazrat Ammar ibn Yasir (ra)
Ibn Sa’d dice que Yasir era originario del Yemen. Desde allí llegó a La Meca y estableció una relación de amistad con Abu Hudhayfa ibn al-Mughira al-Majzumi. Abu Hudhayfa lo casó con su esclava Sumayya. Después de la llegada del islam, Yasir, Sumayya, Ammar y su hermano Abd Allah se hicieron musulmanes. Como consecuencia, toda la familia tuvo que enfrentarse a un severo castigo. Al-Baladhuri transmite de Ummuhaní, y al-Tabarani de Hazrat Uthman (ra), que una vez el Mensajero de Dios (s) pasaba por el lugar donde los estaban castigando. Se entristeció profundamente y dijo:
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- ¡Oh familia de Yasir, tened paciencia! Para vosotros está la promesa del Paraíso.
El imán Ahmad e Ibn Sa’d, citando a Hazrat Uthman (ra), dicen que una vez él pasaba con el Mensajero (s) por el lugar donde estaban castigando a aquella familia. El Mensajero (s) dijo: «Ten paciencia. ¡Oh Dios!, concede el perdón a la familia de Yasir; y Tú ya les has perdonado.»
Ibn Sa’d, citando el relato de Muhammad ibn Ka’b al-Qurazi, dice que un hombre vio a Hazrat Ammar con la ropa quitada y observó que toda su espalda estaba cubierta de marcas de quemaduras. Le preguntó: «¿Qué son estas marcas?». Él respondió: «Son las huellas del castigo que me infligieron sobre la tierra ardiente de La Meca».
Ibn Sa’d, citando a Amr ibn Maymun, dice que los politeístas marcaron a Hazrat Ammar con brasas encendidas, y el Mensajero (s) dijo: «¡Oh fuego, enfríate para Ammar del mismo modo que te enfriaste para Hazrat Ibrahim (a)!». Su padre, Yasir, murió al no poder soportar aquel tormento inhumano. Después, Abu Yahl asesinó a su madre, Sumayya. Su hermano Abd Allah también fue asesinado. Solo quedó Hazrat Ammar. Lo sumergían en el agua. Su resistencia llegó a quebrarse, y salvó la vida negando al Profeta y elogiando a sus ídolos. Después se presentó llorando ante el Profeta y le contó todo. Él le preguntó: «¿Cuál era el estado de tu corazón?». Respondió: «Estoy completamente seguro de mi fe». El Profeta (s) le dijo: «Si en el futuro vuelves a encontrarte en una situación así, di esas mismas palabras». Bayhaqi, Ibn Sa’d, Ibn Yarik, al-Baladhuri, Awfi y otros eruditos narran este suceso y citan la declaración de varios comentaristas, según la cual la aleya 104 de la sura An-Nahl fue revelada precisamente a este respecto. En ella se dice: «A quien después de haber creído incurra en la incredulidad, salvo a quien sea obligado a ello mientras su corazón permanezca tranquilo en la fe, se le perdonará. Pero sobre quien adopte la incredulidad con plena satisfacción recaerá la ira de Dios, y tendrá un castigo terrible».
Hazrat Jabbab ibn al-Aratt
Era originario de Irak. Un grupo de la tribu de Rabi‘a lo capturó, lo esclavizó y lo llevó a La Meca, donde lo vendió a ‘Al-Saba’, una familia de Banu Juza‘a, que estaba ligada a Banu Zuhra mediante un pacto de amistad. Era un artesano hábil. Se dedicaba a la herrería y fabricaba espadas. Como castigo por haberse hecho musulmán, primero lo llevaron a la ruina económica. En el Musnad de Ahmad, así como en Bujari y Muslim, se recoge su propio relato. Dijo: «Yo tenía una deuda pendiente con As ibn Wa’il al-Sahmi. Cuando fui a él para reclamarla, decía: “No te daré nada si no reniegas de Muhammad (s)”. Le respondía: “Jamás renegaré de él, aunque mueras y vuelvas a la vida; aun así, no lo haré”. Ibn Sa‘d dice que, en respuesta, As decía: “Está bien; cuando muera y vuelva junto a mis bienes y mis hijos, saldaré tu deuda”».
Ibn Hisham relató el hecho de la siguiente manera: As le encargaba fabricar muchas espadas, y la deuda iba aumentando. Cuando él le exigía que pagara la deuda, As le decía: «Tu señor Muhammad (s), cuya religión has aceptado, dice que en el Paraíso hay mucho oro, plata, vestiduras y servidores».
Jabbab respondió: «Sí, es verdad». As dijo: «Entonces dame plazo hasta el Día de la Resurrección; allí pagaré la deuda. Porque allí ni tú ni tu señor Muhammad seréis más queridos que yo».
Cuando los opresores no se dieron por satisfechos ni siquiera después de arruinarlo económicamente, comenzaron a someterlo a duros castigos. Ibn Sa‘d y al-Baladhuri, citando el relato de al-Sha‘bi, dicen que una vez, durante el califato de Hazrat Umar (r), él —Jabbab— mostró su espalda, que parecía completamente afectada por la lepra blanca. Dijo: «Los politeístas encendían un fuego y me arrastraban sobre él; uno de ellos se ponía de pie sobre mi pecho. Entonces mi grasa se derretía y apagaba el fuego». (Adición.)
La súplica de Hazrat Jabbab ante el Mensajero (s) y su respuesta
Mientras continuaban este tipo de torturas, ocurrió el episodio que el imán Ahmad ibn Hanbal, Bujari, Abu Dawud y Nasai transmitieron del propio Hazrat Jabbab. Él dijo: «Cuando ya no podíamos soportar la persecución y las torturas de los politeístas, un día vi al Profeta (s) sentado a la sombra de la pared de la Kaaba. Me acerqué y le dije: “¡Oh, Mensajero de Dios! La opresión ha llegado ahora a su punto culminante. ¿No suplicas por nosotros?”»
Al oír esto, el rostro del Profeta (s) se puso rojo y dijo: «Antes de vosotros, los creyentes que ya pasaron fueron sometidos a torturas aún mayores. A algunos se les cavaba un hoyo, se los sentaba en él y se los partía en dos desde la cabeza con una sierra. A otros se les clavaban peines de hierro entre las articulaciones, para que abandonaran la fe. Sin embargo, no se apartaban de la religión. Creedme: Dios llevará esta obra hasta su cumplimiento. Finalmente llegará un día en que una persona viajará desde Saná hasta Hadramaut sin temor ni vacilación, y no tendrá miedo de nadie salvo de Dios. Pero vosotros os apresuráis». (Tafhim, tomo 3: Introducción a la sura Maryam; notas de la sura al-‘Ankabut, nota 1.)
La compra y liberación por Hazrat Abu Bakr (ra) de esclavos oprimidos
Durante este período de opresión y persecución, Hazrat Abu Bakr (ra), gastando grandes sumas de dinero, compró y liberó a numerosos esclavos y esclavas oprimidos. Ibn Hisham menciona los nombres de siete de ellos. Sin embargo, según la lista de nombres proporcionada por al-Bayhaqi, Ibn Ishaq, Ibn Abd al-Barr, Ibn Hayar y otros, el total asciende a nueve.
1. Hazrat Bilal (mencionado anteriormente).
2. Su madre, Hamama. Ibn Abd al-Barr dice que ella también era torturada por la causa de Dios.
3. Amir ibn Fuhayra. Ibn Sa’d, al-Tabari y al-Baladhuri dicen que era esclavo de Tufayl ibn al-Harith, hermano carnal de Hazrat Aisha (ra), y que se contaba entre aquellos oprimidos que eran torturados.
4. Abu Fukayha. Sobre él, Ibn Ishaq dice que Umayya ibn Jalaf lo castigaba severamente. En las Tabaqat de Ibn Sa’d y en Usd al-Ghaba se relata que algunos hombres de los Banu Abd al-Dar, a quienes servía como esclavo, lo tendían bajo el calor abrasador del mediodía. También colocaban una pesada piedra sobre su espalda. Finalmente, perdía el conocimiento.
5. Lubayna o Lubaiba. Al-Baladhuri menciona su nombre, mientras que Ibn Hisham, sin mencionar su nombre, dice que era esclava de los Banu Muammal (una rama de los Banu Adi). Él dice que Hazrat Umar (ra) la golpeaba duramente cuando aún se encontraba en la incredulidad, y cuando se cansaba de golpearla, decía: «Solo te dejo porque me he cansado». Ella respondía: «Que Allah te trate de la misma manera».
6 y 7. Nahdiyya y su hija. Ambas eran esclavas de una mujer de los Banu Abd al-Dar. Su señora también las oprimía.
8. Zinnira (en al-Isti‘ab se menciona su nombre como Zambura). Según un relato de Ibn Asir, era esclava de los Banu Adi y Umar ibn al-Jattab (que Dios esté complacido con él) la castigaba. Según otro relato, era esclava de los Banu Majzum y Abu Yahl la castigaba. Finalmente, perdió la vista. Abu Yahl dijo: «Al-Lat y al-Uzza te han dejado ciega». Ella respondió: «Al-Lat y al-Uzza ni siquiera saben quién las adora. Esta decisión procede del cielo, y mi Señor tiene poder para devolverme la vista». Y, en verdad, a la mañana siguiente, cuando despertó, se comprobó que Dios Altísimo le había devuelto la vista. Baladhuri registró este mismo relato.
Por su parte, Ibn Hisham afirma que, cuando Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) la compró, ella seguía diciendo que Al-Lat y al-Uzza la habían dejado ciega. Él dijo: «¡Por el Señor de la Casa Sagrada! Están mintiendo. Al-Uzza no puede beneficiar ni perjudicar a nadie». Después, Dios Altísimo le devolvió la vista.
9. Umm Ubayس. Algunos han dicho Unays y otros Umays. Baladhuri dice que era esclava de los Banu Zuhra. Aswad ibn Abd Yaghuz la maltrataba. (Adición.)
La objeción del padre de Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y su respuesta
Ibn Ishaq, Ibn Yarir e Ibn Asakir, citando el relato de Hazrat Amir ibn Abdullah ibn al-Zubayr (que Dios esté complacido con él), dicen que, al ver a Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) gastar tanto dinero liberando de ese modo a aquellos desafortunados esclavos y esclavas, su padre Abu Quhafa —que en aquel entonces todavía era politeísta— le dijo: «Hijo mío, veo que estás liberando a personas débiles. Si gastaras este dinero en liberar a jóvenes fuertes, ellos serían tus poderosos brazos derechos». Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) respondió: «Padre mío, yo solo deseo la recompensa que está junto a Dios».
Este acontecimiento constituye un hermoso testimonio de los versículos de la sura «Al-Layl», en los que se dice: «Y será apartado de ese fuego del Infierno el más temeroso de Dios, aquel que gasta sus bienes para purificarse. No tiene ninguna gracia que alguien le haya concedido y que él deba compensar. Solo hace esto buscando la complacencia de su Señor, el Altísimo» (versículos 17-20).
Es decir, aquellos en favor de quienes gasta sus bienes no le habían concedido previamente ningún favor, ni les ofrece regalos o presentes para obtener de ellos en el futuro beneficios o ventajas adicionales. Por el contrario, busca la complacencia de su Señor, el Altísimo, ayudando a personas que nunca le habían concedido ningún favor y de cuya gratitud futura tampoco espera recibir nada. (Adición.)
Las consecuencias de la opresión y la persecución
Los coraichitas infligían tormentos y persecuciones a los musulmanes, intentando obtener abiertamente la ventaja de sembrar el terror entre ellos para detener la difusión y expansión del islam. Pero, en realidad, el resultado que obtuvieron fue algo que estaba más allá de sus cálculos. En primer lugar, quedó claro que la incredulidad no tenía respuesta alguna para el carácter y los argumentos que había traído el islam, salvo las intrigas contrarias a la humanidad. En segundo lugar, después de presenciar semejante crueldad, toda persona de naturaleza noble comenzó a mirar con desprecio a la incredulidad y a quienes llevaban su estandarte; y, debido a la paciencia y firmeza con que los musulmanes soportaban aquella injusticia y opresión, surgió simpatía hacia ellos en todo corazón imparcial, junto con respeto y consideración. Más aún, en realidad esto estableció la dignidad del islam de tal manera que, de la propia sociedad de La Meca, surgieron hombres firmes, resueltos y fortalecidos por la fuerza de la fe, capaces de soportar enormes peligros y calamidades, no por ningún interés mundano, sino únicamente por la verdad. Además, estas artimañas de los incrédulos no pudieron impedir la difusión y expansión del islam. A pesar de todas estas persecuciones, salieron a la causa hombres de Dios que aceptaron el islam contra la voluntad de los incrédulos, y muchos abrazaron la fe en su interior, aunque no la manifestaron. Por ello, los enemigos del islam no pudieron hacerse una idea exacta de cuántas personas que apoyaban esta religión permanecían ocultas entre ellos. Ese apoyo secreto podía abrir una grieta en la fortaleza de la incredulidad.
El mayor beneficio que el islam obtuvo de todas estas opresiones y persecuciones fue que quienes, tras atravesar esta prueba de fuego, se unieron al Noble Profeta (la paz sea con él) eran las mejores personas de la humanidad. En tales circunstancias, ninguna persona de carácter débil se habría atrevido a acercarse a este camino. (Adición editorial)
El período en que cesó la revelación
Las obras llenas de sabiduría de Allah son de una naturaleza tan extraordinaria que la razón no puede comprenderlas. En un momento en que el conflicto y el enfrentamiento entre la incredulidad y el islam habían llegado a su punto culminante, y cada instante de la vida del Profeta (la paz sea con él) y de los musulmanes se había vuelto insoportable, era natural esperar que la revelación siguiera descendiendo sobre el Profeta (la paz sea con él). Por medio de ella se ofrecería orientación ante las nuevas situaciones que surgían cada día, se consolaría y animaría al Profeta (la paz sea con él) y a sus compañeros, y se advertiría a los incrédulos por sus actos de opresión y persecución. Sin embargo, en aquel momento cesó la revelación proveniente de Allah. Por ello, el Profeta (la paz sea con él) quedó profundamente angustiado, y los incrédulos tuvieron también la oportunidad de burlarse y ridiculizarlo.
No se sabe cuándo tuvo lugar el período en que cesó esta revelación. Sin embargo, a partir de las diversas narraciones transmitidas en los hadices y del propio contenido de las dos suras que fueron reveladas al concluir este cese de la revelación, se sabe claramente que este acontecimiento tuvo lugar después del inicio de la predicación pública y de que se intensificara el conflicto entre el islam y la incredulidad. En distintas narraciones se ha señalado una duración diferente para este cese de la revelación. Ibn Yuraij la fijó en doce días; Kalbí, en quince; Ibn Abbás (que Allah esté complacido con él), en veinticinco; y Suddi y Muqatil, en cuarenta días. En cualquier caso, el período fue tan prolongado que el Profeta (la paz sea con él) se encontraba profundamente afligido. Sus opositores también continuaron burlándose de él, pues cada vez que le era revelada una nueva sura, él se la recitaba a la gente. Por eso, cuando durante cierto tiempo no pudo recitarles ninguna revelación nueva, los opositores pensaron que se había cerrado la fuente de la que procedían estas palabras sagradas. Yundub ibn Abdullāh al-Bajalí relata que, cuando cesó la llegada de Gabriel (la paz sea con él), los politeístas comenzaron a decir que su Señor había abandonado a Muhammad (la paz sea con él) (Ibn Yarir, Tabari, Tabarani, Abd ibn Hamid, Said ibn Mansur e Ibn Marduyah).
En otras narraciones se dice que Ummu Yamil, la esposa de Abu Lahab —tía paterna del Noble Profeta (la paz sea con él) y su vecina más cercana—, le dijo al Profeta (la paz sea con él): «Parece que tu demonio te ha abandonado».
Awfí e Ibn Yarir, citando una narración de Ibn Abbás (que Allah esté complacido con él), dicen que, al cesar durante varios días la llegada de Gabriel, el Profeta (la paz sea con él) se angustió, mientras los politeístas decían que su Señor se había enojado con él y lo había abandonado. En las narraciones mursal de Qatada y Dahhak se transmite prácticamente lo mismo. Diversas narraciones también describen el estado de tristeza y dolor del Noble Profeta (la paz sea con él) en aquellas circunstancias. ¿Y cómo podría haber sido de otro modo? Después de que comenzara el enfrentamiento entre la incredulidad y la fe, se vio privado de la fuente de fuerza que era su único apoyo en medio de la impetuosa corriente de aquel agotador conflicto; a ello se sumaron la supuesta indiferencia del Ser amado y las burlas de los enemigos. Todo esto se convirtió en causa de una terrible angustia para el Profeta (la paz sea con él), hasta el punto de que pensaba: «¿Acaso habré cometido algún error por el que Él se haya disgustado conmigo y me haya dejado solo en la lucha entre la verdad y la falsedad?»
La revelación de la sura Ad-Duha
En esta situación fue revelada la sura «Ad-Duha», en la que se dijo:
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- Por el día resplandeciente y por la noche cuando se cubre con serenidad, ¡oh, Profeta! Tu Señor jamás te ha abandonado ni se ha disgustado contigo.
Es decir, el hecho de que el día se vuelva luminoso y de que la noche cubra todo con oscuridad y serenidad no se debe a que Allah esté complacido con las personas durante el día y disgustado con ellas durante la noche. Más bien, ambos estados se producen conforme a una gran sabiduría y utilidad. Esto no tiene ninguna relación con la idea de que, cuando Allah esté complacido contigo, enviará la revelación, y que, cuando no la envíe, eso significará que está disgustado contigo y te ha abandonado. Si la luz del día cayera continuamente sobre las personas, las fatigaría y agotaría. Por ello, lo razonable es que después del día llegue la noche, para que las personas puedan descansar. Del mismo modo, si la luz de la revelación descendiera sobre ti sin interrupción, tus venas y nervios no podrían soportarla. Por esta razón, Allah también ha establecido, conforme a esta sabiduría, periodos de interrupción de la revelación, para que desaparezca el efecto de la enorme carga que recae sobre ti cuando desciende la revelación y puedas descansar. [Cuán difícil y penosa era para el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la carga de recibir la revelación puede deducirse de los relatos que se encuentran en los hadices al respecto. Zayd ibn Thabit (que Allah esté complacido con él) dijo: En una ocasión, la revelación descendió sobre el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) mientras estaba sentado con su rodilla apoyada sobre la mía. Entonces sentí sobre mi rodilla una presión tan intensa que pensé que se quebraría en pedazos.
Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: Vi al Profeta recibir la revelación en medio de un frío intenso. En ese momento, el sudor le caía gota a gota de la frente (Bujari, Muslim, Muwatta del imam Malik, Tirmidhi, Nasai). Aisha (que Allah esté complacido con ella) también dijo: Cuando la revelación descendía sobre él mientras estaba sentado sobre una camella, esta apoyaba el pecho contra el suelo y no se movía hasta que terminaba de descender la revelación (Musnad de Ahmad, Hakim, Ibn Yarir). (Tafhim, tomo VI, nota sobre Al-Muzzammil).
Luego se dijo:
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- Y, ciertamente, lo que viene será mejor para ti que lo que pasó antes.
Allah concedió esta buena noticia al Profeta (s) en un momento en que solo un puñado de personas estaba con él. La lámpara del islam apenas parpadeaba en La Meca. Por todas partes se levantaban tormentas para apagarla. Toda la nación estaba decidida a oponerse, y públicamente no se veía señal alguna del éxito de los musulmanes, ni siquiera a lo lejos. En aquel momento, Allah dijo al Profeta (s): «No te angusties por las penas, los sufrimientos y las calamidades de la etapa inicial. Cada etapa posterior demostrará ser superior a la anterior. Tu fuerza, honor, influencia y rango seguirán aumentando, y tu influencia continuará extendiéndose. Y esta promesa no se limita a este mundo; por el contrario, el Más Allá será para ti superior a este mundo».
Luego se dice:
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- Y pronto tu Señor te dará tanto que quedarás complacido. (Versículo 5)
Es decir, aunque habrá cierta demora en la concesión, no está lejano el momento en que los dones de tu Señor se derramarán sobre ti de tal manera que quedarás complacido. Esta promesa se cumplió durante la vida del Noble Profeta (s) de tal forma que todo el territorio árabe —desde las costas meridionales del mar hasta Sham, perteneciente al Imperio romano, y la frontera iraquí del Imperio persa, al norte; desde el golfo Pérsico, al este, hasta el mar Rojo, al oeste— quedó sometido a su autoridad. Por primera vez en la historia de Arabia, este territorio quedó sujeto a un único ordenamiento jurídico. Toda potencia que se enfrentó a él quedó completamente destruida. En todo el territorio resonó la profesión de fe: «La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah». Los politeístas y la Gente del Libro de esta región fracasaron, a pesar de haber empleado todas sus fuerzas para mantener en alto sus falsas profesiones de fe. No solo inclinaron sus cabezas en obediencia, sino que también sus corazones quedaron sometidos. Se produjo una gran revolución en la fe, las obras y la moral. En toda la historia de la humanidad no hay otro ejemplo de una nación sumida en la ignorancia preislámica que haya cambiado tanto en apenas veintitrés años. Después, el movimiento fundado por el Noble Profeta (s) se hizo tan poderoso que se extendió por grandes partes de Asia, África y Europa, y su influencia se propagó por las aldeas más remotas y por todos los caminos y confines del mundo. Esto es algo de lo que Allah, Exaltado sea, concedió a Su Mensajero en este mundo. No es posible siquiera concebir la grandeza de cuanto le concederá en el Más Allá.
Revelación de la sura «Alam Nashrah»
Poco después, cuando surgieron las dificultades al inicio del movimiento islámico y el Profeta (s) se sintió sumamente atribulado por ellas, fue revelada la sura «Alam Nashrah» para consolarlo. A continuación se citan, con su explicación, los pasajes pertinentes.
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- ¡Oh Profeta! ¿Acaso no te hemos abierto el pecho? (Versículo n.º 1)
El inicio del discurso mediante esta pregunta y el contenido posterior dejan claro por sí mismos que, en aquel momento, el Mensajero de Allah (s) se encontraba sumamente angustiado al afrontar todas aquellas dificultades, obstáculos y adversidades que enfrentaba en los primeros tiempos, después de comenzar públicamente la labor de la prédica islámica. En esa situación, Allah Altísimo se dirigió a él para consolarlo y le dijo: «¡Oh Profeta! ¿Acaso no te he concedido todas estas bendiciones? Entonces, ¿por qué te angustias por estas dificultades de la etapa inicial?»
Al observar los asuntos en relación con los cuales se emplea en el Noble Corán la expresión «abrir el pecho», se puede comprender que tiene dos significados.
1. En el versículo 125 de la sura Al-An’am se dice:
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- Por tanto, a quien Allah conceda la guía, le abre el pecho al islam. En el versículo 22 de la sura Az-Zumar se dice:
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- Entonces, aquel cuyo pecho Allah ha abierto al islam camina sobre una luz procedente de su Señor.
En estos dos pasajes, «abrir el pecho» significa quedar libre de toda clase de preocupación, vacilación y conflicto interior, y estar convencido de que el camino del islam es el verdadero; que la doctrina y las creencias, los principios morales, la civilización y la cultura, así como las directrices y la guía que el islam ha dado a la humanidad, son absolutamente verdaderas y correctas.
2. En los versículos 12 y 13 de la sura Ash-Shu‘ara se menciona que, cuando Dios Altísimo honró a Moisés (la paz sea con él) con el rango de profeta y le ordenó enfrentarse al faraón y a su enorme poder estatal, este suplicó:
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—¡Señor mío! Temo que me desmientan y me rechacen. Mi pecho se está estrechando (por el temor y la desesperanza).
En los versículos 22-25 de la sura Ta-Ha se dice que, en aquella ocasión, Moisés (la paz sea con él) suplicó a Dios:
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- ¡Señor mío! Ábreme el pecho y facilítame mi tarea.
Aquí, la estrechez del pecho significa no tener el valor para soportar la pesada carga de una tarea tan difícil como la profecía y enfrentarse, estando solo, a una enorme fuerza de incredulidad. Por el contrario, abrir el pecho significa que aumenten el valor, el ánimo y el entusiasmo de la persona; no retraerse ante la conducción de una empresa de extremo riesgo ni ante la realización de una tarea terriblemente difícil. Como resultado, surge el valor necesario para cumplir la enorme responsabilidad de la profecía.
Al reflexionar, se puede comprender que en esta aleya («Alam Nashrah») están implícitos ambos sentidos anteriores en relación con el Mensajero de Allah (la paz sea con él) y la apertura del pecho. Si se adopta el primer sentido, su significado sería que, antes de recibir la profecía, el Mensajero de Allah (la paz sea con él) consideraba erróneas las religiones de todos los politeístas, cristianos, judíos y adoradores del fuego de Arabia. Además, tampoco estaba satisfecho con aquella orientación hacia Allah que se encontraba entre algunos monoteístas árabes, pues se trataba de una creencia ambigua, en la que no se encontraba ninguna explicación del camino recto (véase la nota 5 de la sura Ha Mim As-Sajda en Tafhim al-Qur’an). Pero, como tampoco conocía la vía correcta, sufría una intensa perplejidad y conflicto interior. Al concederle la profecía, Allah eliminó su perplejidad y conflicto, y le hizo claro el camino verdadero y correcto; por ello quedó plenamente convencido.
Si se adopta el segundo sentido, su significado sería que, después de concederle la profecía, Allah le otorgó el entusiasmo, el ímpetu, el valor, la firmeza de resolución y la amplitud de corazón necesarios para cumplir la gran responsabilidad de este cargo. Adquirió un conocimiento tan amplio y vasto que ningún ser humano podría abarcarlo. Obtuvo una sabiduría que le permitía eliminar la extrema decadencia y organizarla y regularla de manera sistemática. Alcanzó tal capacidad que, en una sociedad sumida en la ignorancia, incivilizada y bárbara, sin medios ni recursos y aparentemente obligado a enfrentarse a las tempestades de fuerzas protectoras adversas, no quedó desconcertado. Soportó con paciencia las penas, dificultades y calamidades que encontró en este camino. Ninguna fuerza pudo desviarlo de su posición. Por tanto, el significado de la declaración de Allah es: «¡Oh, Profeta! Puesto que Allah te ha concedido el tesoro inagotable de la apertura del pecho, ¿por qué te afliges por las dificultades que aparecen en esta etapa inicial de la misión?». [1. Algunos exegetas han entendido la apertura del pecho en el sentido de la incisión del pecho y han considerado esta aleya una prueba del milagro de la incisión del pecho mencionado en las narraciones de los hadices. Pero la realidad es que la prueba de este milagro depende de las narraciones de los hadices; no es correcto intentar demostrarlo a partir del Corán. Desde el punto de vista de la lengua árabe, «apertura del pecho» no puede interpretarse de ningún modo como incisión del pecho. El sabio al-Alusi dice en Ruh al-Ma‘ani:
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Para los investigadores, interpretar «apertura» en esta aleya como «incisión» es una opinión débil.]
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- y hemos elevado tu renombre.
Estas palabras fueron pronunciadas en una época en la que todos los enemigos del Islam entre los coraichitas se dedicaban a difamar al Profeta (la paz sea con él). Especialmente durante la peregrinación, siguiendo el plan propuesto por al-Walid ibn al-Mugira, iban de campamento en campamento de los peregrinos difundiendo toda clase de afirmaciones sobre el Profeta, de modo que la gente formaba una mala opinión de él y huía de su lado. Entonces, ¿cómo podía cumplirse en tales circunstancias la buena nueva de que el renombre del Profeta sería elevado?
En primer lugar, Allah hizo que fueran los propios enemigos quienes elevaran su renombre. Precisamente por los métodos que los incrédulos de La Meca adoptaron para humillarlo, su nombre llegó a todos los pueblos y aldeas de Arabia; y, al sacarlo de su rincón oculto de La Meca, fueron los propios enemigos quienes lo dieron a conocer a todas las tribus del país. Era completamente natural que la gente quisiera saber quién era aquel hombre: ¿qué decía?, ¿qué clase de persona era?, ¿cómo eran aquellos que habían sido influenciados por su magia?, ¿qué efecto había producido su magia sobre ellos? Cuanto más aumentaba la propaganda de los incrédulos de La Meca, más crecía también entre la gente la curiosidad por investigar. Después, como resultado de esa investigación, cuando la gente conoció su carácter y conducta, cuando escuchó el Corán y supo cuál era la enseñanza que transmitía, y cuando los observadores vieron cuánto más elevada y pura se había vuelto la vida de quienes estaban influenciados por aquel a quien llamaban mago, en comparación con la de la gente común de Arabia, aquella mala fama comenzó a transformarse en buena reputación. Finalmente, cuando llegó el momento de la emigración a Medina, la situación había llegado a tal punto que, entre las tribus árabes cercanas y lejanas, no había ninguna cuyos miembros o familias no hubieran aceptado el Islam y entre cuyos integrantes algunos no se hubieran vuelto simpatizantes del Profeta (la paz sea con él) y de su llamamiento. Esta es la primera etapa de la elevación del renombre del Profeta (la paz sea con él), que estaba transcurriendo en el momento en que fue revelada esta sura y cuyos efectos todos podían observar.
Varios años después comenzó su segunda etapa, que en aquel momento nadie podía ver ni imaginar. Solo Allah Todopoderoso la conocía, y Él mismo dio al Profeta la buena noticia de ella. Después de la Hégira, por un lado, los hipócritas, los judíos y todos los politeístas influyentes de Arabia se dedicaban a difamar al Profeta; por otro, el Estado islámico de Medina presentaba ejemplos concretos de devoción a Dios, temor de Dios, pureza moral, una vida social feliz y noble, justicia, igualdad, generosidad de los ricos, cuidado de los pobres, respeto de los tratados y compromisos, y honestidad en las acciones, con lo que conquistaba los corazones de la gente. Los enemigos intentaron frenar esta influencia creciente mediante la guerra. Pero el grupo de creyentes formado bajo el liderazgo del Profeta demostró de tal manera su superioridad —por su disciplina, valentía, ausencia de temor a la muerte y observancia de los límites morales incluso en tiempos de guerra, entre otras virtudes— que toda Arabia reconoció esa superioridad. En el transcurso de diez años, el recuerdo del Profeta se elevó de tal modo que en cada rincón del mismo país donde sus adversarios habían empleado todas sus fuerzas para difamarlo resonaba el clamor de ************************************* -. Después, durante la época de los Califas Rectamente Guiados, su santo nombre continuó elevándose por todo el mundo. Esta continuidad ha seguido creciendo hasta hoy y, si Allah quiere, seguirá creciendo hasta el Día de la Resurrección. No existe lugar en el mundo donde haya un asentamiento de musulmanes en el que, cinco veces al día, el adhan no proclame en voz alta la condición de mensajero de Muhammad (la paz sea con él); donde no se pronuncien bendiciones sobre él en la oración; donde no se mencione su nombre en el sermón del viernes. Y entre los doce meses del año no hay un solo día, ni entre las veinticuatro horas de un día un solo momento, en que su nombre no sea pronunciado en algún lugar del mundo. Por tanto, el sentido del versículo es: «¡Oh, Profeta! ¿Por qué te angustias ante las difíciles pruebas y calamidades de este momento? He dispuesto para elevar tu recuerdo algo que nadie podía siquiera imaginar en sueños». En un hadiz transmitido por Abu Sa’id al-Judri se relata que el Profeta (la paz sea con él) dijo: «Yibril vino a mí y me dijo: “Mi Señor y tu Señor pregunta: ¿Cómo he elevado tu recuerdo?”. Respondí: “Allah lo sabe mejor”. Él dijo: “Allah Todopoderoso ha declarado: Cuando se Me recuerda, tú también eres recordado junto conmigo”». (Ibn Yarir, Ibn Abi Hatim, Abu Ya’la, Ibn al-Mundhir, Ibn Hibban, Ibn Marduyah, Abu Nu’aym).
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Por tanto, la verdad es que junto con la dificultad hay facilidad. Sin duda, junto con la dificultad hay facilidad.
Esto se repite dos veces para consolar plenamente al Profeta (la paz sea con él), haciéndole saber que la difícil situación por la que atraviesa no durará mucho; al contrario, después de ella llegará pronto una situación mejor. A primera vista parece contradictorio decir que junto con la dificultad habrá facilidad, pues ambos estados no pueden darse simultáneamente. Sin embargo, en lugar de decir «después de la dificultad habrá facilidad», se emplean las palabras «junto con la dificultad habrá facilidad» para expresar que el momento de la facilidad está tan próximo que parece estar llegando unido al primero. (Tafhim, vol. 6, Alam Nashrah, notas 1, 3 y 4).
Capítulo noveno
La Hégira a Abisinia
La importancia de la Hégira en la religión del islam
Después del yihad, la segunda cuestión importante y digna de mención en el Corán es la Hégira. ¿Por qué tiene tanta importancia la Hégira en el islam? La razón es que, para un musulmán, lo más importante no es su propia patria, ni su pueblo, ni su pan o su estómago. Por el contrario, lo más importante para él es vivir conforme a los principios en los que ha creído, para poder obtener la complacencia de Allah. Si no puede vivir de acuerdo con esos principios, entonces no solo su libertad, sino su propia vida, perderá todo sentido. En vez de renunciar a los principios de los que depende su fe y de los cuales está firmemente convencido de que son la verdad absoluta, que han sido dados por Dios y Su Mensajero, preferirá sacrificar su vida por la causa de Dios.
Los seguidores del Mensajero que emigraron de Arabia a Abisinia lo hicieron porque, por ser árabes, qurayshíes y habitantes de La Meca, gozaban de toda clase de libertad en su propio país, entre su tribu y en su ciudad. Pero de la libertad de la que estaban privados era de la libertad de ser musulmanes. Por eso abandonaron su tierra natal y se marcharon a otro país. Cuando el Mensajero de Allah (s) emigró de La Meca a Medina, ¿por qué lo hizo? Él era habitante de La Meca. En La Meca disfrutaba de los derechos que disfrutaba cualquier ciudadano de aquella ciudad. Sus compañeros también disfrutaban de los derechos que les correspondían por ser qurayshíes. Pero la razón por la que él y sus compañeros abandonaron sus hogares, dejaron a sus familiares, renunciaron a sus bienes y posesiones y salieron llevando únicamente la ropa que vestían era que, en cuanto musulmanes, no tenían libertad alguna. Por esa libertad abandonaron su tierra natal y salieron llevando únicamente la ropa que vestían; es decir, no tenían libertad alguna en cuanto musulmanes. Por esa libertad abandonaron su tierra natal y se establecieron en otra ciudad. (Folleto: Azadí, [del autor], págs. 11-12.)
En el Corán se preparó a los musulmanes para la emigración
Cuando la persecución y la opresión contra los musulmanes en La Meca llegaron a su punto culminante, comenzó en el Corán la tarea de prepararlos para la emigración. Se declaró:
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«¡Oh, Mis siervos que habéis creído! En verdad, Mi tierra es espaciosa. Adoradme, pues, solo a Mí —obedeciendo Mi mandato y sometiéndoos a Mi gobierno—. Toda alma probará la muerte. Luego seréis devueltos todos a Mí. A quienes hayan creído y obrado rectamente los instalaremos en las elevadas moradas del Paraíso, bajo las cuales corren ríos; allí permanecerán eternamente. ¡Qué excelente recompensa para quienes obran! Ellos son quienes perseveraron y confiaron en su Señor. ¡Cuántos animales hay que no llevan consigo su sustento! Allah les provee a ellos y también a vosotros. Él es Quien todo lo oye, todo lo sabe.» (La Araña, 56-60)
En la primera aleya se alude a la emigración. El propósito es este: si en La Meca resulta difícil adorar a Allah, abandonad el país; la tierra de Allah no es estrecha. Id adonde podáis vivir como siervos de Allah. No debéis adorar a vuestro pueblo ni a vuestra tierra natal, sino a Allah. Aquí se enseña que lo esencial no es el pueblo, la tierra natal o el país, sino la adoración de Allah. Si alguna vez las exigencias del amor al pueblo, a la tierra natal y al país entran en conflicto con las exigencias de la adoración de Allah, ese es precisamente el momento en que se pone a prueba la fe del creyente. El creyente sincero adorará a Allah y rechazará al pueblo, la tierra natal y el país. Quien falsamente afirma tener fe abandonará la fe y se aferrará a su nación y a su país. En detalle, se dice a los musulmanes que una persona verdaderamente devota de Allah puede también amar a su nación y a su país, pero no puede convertirlos en objetos de adoración. Para ella, la adoración de Allah es más querida que cualquier otra cosa; por ella sacrificará todo cuanto hay en el mundo, pero no abandonará la adoración de Allah por ninguna cosa mundana.
En la segunda aleya se dice: no os preocupéis por vuestra vida; esta terminará en cualquier momento. Nadie ha venido al mundo para permanecer eternamente. Por tanto, lo que debe preocuparos no es cómo conservar la vida en este mundo, sino cómo conservar la fe y cómo cumplir la exigencia de la devoción a Allah. Si, para salvar la vida, abandonáis la fe, el resultado será el mismo. Así pues, preocupaos de esto: cuando regreséis a Mí, ¿con qué regresaréis? ¿Con una fe sacrificada por la vida, o con una vida sacrificada por la fe?
En la tercera y la cuarta aleya se dice: suponed que, por seguir el camino de la fe y las buenas obras, habéis quedado privados de todas las bendiciones del mundo y habéis fracasado desde la perspectiva mundana; creed entonces que esa pérdida será ciertamente compensada. No solo será compensada, sino que recibiréis la mejor de las recompensas. La recompensa de los creyentes y siervos rectos que permanecen firmes en la fe frente a toda clase de sufrimientos, calamidades, aflicciones y pérdidas; que han asumido todos los riesgos de abrazar la fe y no le han vuelto la espalda; que han visto con sus propios ojos las ventajas de abandonar la fe y los beneficios mundanos, pero no han mostrado por ellos el menor apego; que han visto ante sus ojos cómo los incrédulos y los corruptos prosperaban extraordinariamente, pero no han confiado en ellos, ni en los negocios, el comercio y la tribu, sino en su propio Señor; que, despreciando los medios y recursos mundanos, confían únicamente en su Señor; que han estado dispuestos a soportar toda calamidad por causa de la fe, a enfrentarse a toda fuerza y, cuando el momento lo exigió, a abandonar sus hogares y salir, nunca se perderá ante su Señor. Él los protegerá y ayudará también en este mundo, y en la otra vida les concederá la mejor recompensa por sus obras.
Finalmente, se les infunde el ánimo de que, durante la emigración, no deben angustiarse por el sustento, del mismo modo que no deben preocuparse por sus vidas. Entre las innumerables bestias, aves y criaturas acuáticas que se desplazan por el aire, el cielo, el agua y la tierra, ¿quién de ellas lleva consigo su propio sustento? Solo Allah las sustenta. Vayan adonde vayan, Allah les proporciona el sustento de una u otra manera. Por tanto, los creyentes no deben perder el valor pensando: «Si abandono mi hogar por causa de la fe y me marcho a otro lugar, ¿de dónde obtendré alimento?». Allah también les dará sustento a ellos, del mismo lugar de donde provee a Sus innumerables criaturas.
En el camino de la invitación a la verdad llega también una etapa en la que una persona recta no tiene más opción que apartar la mirada de todos los apoyos y recursos del mundo de los medios y arriesgar su vida confiando únicamente en Allah. En una situación así, nada pueden hacer quienes calculan, examinan y sopesan las posibilidades futuras, y antes de dar cualquier paso buscan seguridad para su vida y garantías para su sustento. En realidad, esta situación cambia gracias al sacrificio de quienes se levantan como si llevaran un sudario sobre la cabeza y se preparan sin reservas para afrontar toda calamidad y desgracia. Su sacrificio es el que finalmente trae ese momento auspicioso en el que la palabra de Allah se eleva y, frente a ella, todas las palabras de la falsedad quedan humilladas y abatidas. (Tafhim al-Qur’an, tomo 3, Al-Ankabut, notas 94-99.)
En otro lugar se dice:
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(Di, oh Profeta): «Oh Mis siervos que habéis creído, temed a vuestro Señor. Quienes hayan obrado rectamente en este mundo recibirán el bien. Y la tierra de Allah es vasta. A los pacientes se les concederá su recompensa sin medida». (Az-Zumar: 10)
También aquí se guía a los creyentes: si algún lugar se ha vuelto estrecho para servir a Allah, Su tierra es amplia. Salid hacia otro lugar para preservar vuestra religión. Al mismo tiempo, se les anuncia la buena noticia de que para ellos habrá bien tanto en este mundo como en el Más Allá. Su vida mundana también se ordenará, y lo mismo ocurrirá en el Más Allá, porque han dado prioridad a la religión sobre el mundo y sus placeres. Únicamente por causa de la religión han emigrado de sus hogares, quedando sin hogar, y de sus países, quedando sin patria, hacia otra ciudad o región. Cuando una ciudad, región o país se volvió estrecho para servir a Allah, se marcharon a otro lugar. Por tanto, habrá una recompensa innumerable para quienes soportaron toda clase de peligros, calamidades, penas y sufrimientos por seguir el camino de la devoción a Allah y la virtud, sin apartarse del camino de la verdad. La promesa de esta recompensa innumerable no se hizo solamente a los emigrantes, sino también a quienes permanecen firmes en tierras de opresión y persecución, afrontando toda adversidad. (Tafhim al-Qur’an, tomo 4, introducción a Az-Zumar, notas 30-32.)
Guía durante la emigración
En el Noble Corán no solo se infundió a los musulmanes oprimidos de La Meca el ánimo de emigrar, sino que también se les impartieron dos tipos de guía. Puesto que los musulmanes emigraban a un país cristiano, en aquellas circunstancias fue revelada la sura Maryam, cuyos dos primeros rukus narran las historias del profeta Yahya y del profeta Isa, la paz sea con él. Esto significa que, aunque se dirigían allí como refugiados oprimidos, Allah no les enseñó en absoluto a mostrar la menor flexibilidad respecto de su religión. Por el contrario, les entregó esta sura como provisión para el viaje, a fin de que pudieran presentar en el país de los cristianos la verdadera identidad y dignidad de Isa (la paz sea con él), y negar claramente que fuera «el hijo de Dios», cualesquiera que fueran las consecuencias.
La segunda guía fue impartida así:
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—Y no discutáis con la Gente del Libro sino de la mejor manera, excepto con los injustos. Y decidles: «Creemos en lo que se nos ha revelado y en lo que se os ha revelado. Nuestro Dios y vuestro Dios es uno, y a Él nos sometemos». (Al-Ankabut: 46)
Es decir, cuando os encontréis con la Gente del Libro (los cristianos), evitad discutir con los injustos de entre ellos y conversad con los sensatos de una manera sumamente razonable, con un lenguaje cortés y decoroso y de forma conmovedora. Decidles: «No somos un grupo fanático que acepta el Libro enviado a nosotros, pero no acepta el Libro enviado a vosotros. También seguimos la verdad, es decir, aceptamos la verdad. Así como aceptamos como verdadera toda revelación que nos ha llegado de parte de Dios, también creemos en lo que os ha llegado a vosotros. Nuestro Dios y vuestro Dios no son distintos; al contrario, es el mismo Dios, a quien tanto nosotros como vosotros reconocemos. Hemos adoptado el camino de adorar y obedecer a ese mismo Dios». (Tafhim, tomo 6.º, introducción a la sura Al-Haqqah.)
La primera hégira a Abisinia
Cuando la situación hubo colmado el límite de la paciencia, en el mes de Rayab del quinto año de la profecía, el Profeta (s) dijo a sus compañeros:
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—Sería mejor que partieseis y os marchaseis a Abisinia. Allí hay un rey bajo cuyo gobierno nadie sufre injusticia. Es una tierra de bondad. Permaneced allí hasta que Dios Altísimo disponga alguna manera de libraros de esta dificultad.
De acuerdo con esta instrucción, tuvo lugar la primera hégira a Abisinia, en la que participaron once hombres y cuatro mujeres. Los qurayshíes los persiguieron hasta la costa. Pero, afortunadamente, en el puerto marítimo de Shuaybah encontraron a tiempo una embarcación que se dirigía a Abisinia y lograron escapar de la captura.
Los participantes en la primera Hégira
Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, dice que la lista de los muhayirun en esta Hégira es la siguiente:
1. De los Banu Umayya, Hazrat Uzmán ibn Affán (ra).
2. Su esposa, Hazrat Ruqayya, hija del Mensajero de Allah (s).
(Ibn Abd al-Barr dice que Umm Ayman también estaba con ellos.)
3. De los Banu Abid Shams ibn Abd Manaf, Hazrat Abu Hudhayfa ibn Utba ibn Rabia (ra).
4. Su esposa, Hazrat Sahl, hija de Suhayl ibn Amr.
5. De los Banu Asad ibn Abd al-Uzza ibn Qusayy, Hazrat Zubayr ibn al-Awwam (ra).
(Era sobrino de Hazrat Jadiya (que Allah esté complacido con ella) y primo materno del Profeta (s).)
6. De Banu Abdud-Dar ibn Qusayy: Hazrat Musab ibn Umayr (que Allah esté complacido con él).
7. De Banu Zuhra ibn Kilab: Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él).
8. De Banu Majzum: Hazrat Abu Salama ibn Abd al-Asad (que Allah esté complacido con él).
9. Su esposa, Umm Salama (que Allah esté complacido con ella) (prima hermana paterna de Abu Yahl).
10. De Banu Yumah: Uthman ibn Mazun (que Allah esté complacido con él), tío materno de Hazrat Hafsa (que Allah esté complacido con ella), la Madre de los Creyentes.
11. De los aliados de Banu Adi: Hazrat Amir ibn Rabia al-Anzi (que Allah esté complacido con él).
12. Su esposa, Layla bint Abi Hasma (que Allah esté complacido con ella).
13. Abu Sabra ibn Abi Ruhm (que Dios esté complacido con él), de los Banu Amir ibn Lu’ayy.
14. Suhayl ibn Bayda (que Dios esté complacido con él), de los Banu al-Harith ibn Fihr.
Ibn Sa’d, citando a Waqidi, añade otros dos nombres: Hatib ibn Amr ibn Abd Shams y Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él), aliado confederado de los Banu Zuhra. Ibn Ishaq dice que, posteriormente, también se unió a ellos Ja’far ibn Abi Talib. Sin embargo, Musa ibn Uqba afirma en su Maghazi que se unió en la segunda Hégira, no en la primera. Ibn Ishaq dice que Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él) estuvo en la segunda Hégira, no en la primera. Además, al-Zurqani, citando a algunos autores de biografías proféticas, dice que junto con Abu Sabra (que Dios esté complacido con él) estaba también su esposa Umm Kulzum, quien era la segunda hija de Suhayl ibn Amr. El primero en partir fue Uthman (que Dios esté complacido con él). (Al-Bayhaqi)
El trato dispensado a los emigrantes en Abisinia
Ibn Yarir al-Tabari dice que Abisinia era un antiguo centro comercial de los coraichitas. Allí obtenían abundantes medios de subsistencia y obtenían grandes beneficios en sus negocios. Por ello, los emigrantes no tuvieron que afrontar ninguna dificultad allí. Los propios emigrantes declararon: «Vivíamos allí muy bien. Gozábamos de plena seguridad respecto de nuestra religión. Adorábamos a Allah. No se nos infligía ningún tipo de sufrimiento. Tampoco tuvimos que escuchar nada que nos resultara desagradable».
Partida de una delegación de los coraichitas tras ellos
Cuando los coraichitas vieron que aquellas personas habían ido a Abisinia y se encontraban allí a salvo, enviaron a Amr ibn al-As y a Abdullah ibn Abi Rabi’a ante el Nayashi, con muchos valiosos regalos, para que fueran devueltos a La Meca. En Sahih al-Bujari se menciona que el nombre de este rey era Ashama (*************). Sin embargo, el Nayashi no prestó atención a sus palabras y los devolvió a La Meca fracasados. Existen discrepancias en los relatos sobre esta delegación. Según algunos relatos, junto con estos dos representantes fue enviado también Umara ibn al-Walid ibn al-Mughira. Otros relatos dicen que Amr ibn al-As fue enviado ante el Nayashi tanto durante la primera como durante la segunda Hégira. Pero Umara estaba con la primera delegación y Abdullah con la segunda; Ibn Ishaq, en cambio, menciona el nombre de Abdullah en ambas delegaciones. (Ampliación del autor.)
El regreso de los emigrantes y sus causas
En el mes de Ramadán de ese año ocurrió un acontecimiento cuya noticia llegó a Abisinia de la siguiente manera: los incrédulos de La Meca se habían hecho musulmanes.
El acontecimiento fue el siguiente:
Un día, cuando la gente de Quraysh se encontraba reunida en el Sagrado Haram, de repente el Mensajero de Allah (s) se levantó para pronunciar un sermón, y Allah Ta‘ala hizo que recitara la sura An-Najm. El efecto de la Palabra de Allah fue tan intenso y poderoso que, mientras el Profeta (s) continuaba recitándola, el alboroto de los opositores hizo que todos perdieran la conciencia de lo que ocurría. Al terminar la recitación, cuando se postró, todos los presentes se postraron también. Según el relato de Hadrat Abdullah bin Mas‘ud (ra), transmitido en Bujari, Muslim, Abu Dawud y Nasai, esta fue la primera sura del Noble Corán que el Profeta (s) recitó ante una asamblea general de Quraysh. Según el relato de Ibn Marduyah, en la reunión del Haram había tanto incrédulos como creyentes. Finalmente, cuando el Profeta (s) recitó el versículo de la postración y se postró, todos los presentes se postraron inmediatamente. Incluso los jefes influyentes de los politeístas, que desempeñaban un papel destacado en la oposición, no pudieron abstenerse de postrarse. Entre los incrédulos, solo se vio a Umayya bin Jalaf, quien se llevó un puñado de tierra al rostro y dijo: «Esto basta».
El segundo testigo presencial de este acontecimiento fue Hadrat Muttalib bin Abi Wada‘a, quien aún no se había hecho musulmán. En Nasai y en el Musnad de Ahmad se cita su propio relato de la siguiente manera:
Cuando el Hazur (s) recitó la sura An-Najm y se postró, y todos los presentes cayeron en postración, yo no me postré. Ahora compenso aquello de esta manera: nunca dejo de realizar la postración de recitación de esa sura.
Ibn Sa‘d, citando la cadena de transmisión de Waqidi, dice que Walid bin Mugira también se llevó un puñado de tierra al rostro, pues no pudo postrarse debido a su avanzada edad. Abu Uhayha Sa‘id bin al-As también se llevó tierra al rostro por causa de la vejez.
De este modo, el acontecimiento se convirtió en un rumor y llegó a Abisinia de la siguiente forma: todos los politeístas de Quraysh se habían hecho musulmanes. Pero la realidad era distinta. Impresionados por la influencia del Corán, los que se postraron lo hicieron en aquel momento; sin embargo, después se sintieron tan avergonzados que se preguntaron qué debilidad habían demostrado. La gente comenzó a reprocharles diciendo que, aunque se prohibía a los demás escuchar aquella Palabra, ellos no solo habían prestado oído para escucharla, sino que también se habían postrado junto con Muhammad (s). Entonces inventaron una historia para acallar a la gente. Decían: «¡Oh, nosotros solo…
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—Después de eso escuchamos de boca de Muhammad (s) estas palabras—
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—(Estas diosas de elevada dignidad y su intercesión ciertamente pueden esperarse).
Por eso pensamos que Muhammad (s) había adoptado nuestro camino. Sin embargo, ¿podría acaso algún loco pensar que estas palabras pudieran tener cabida alguna en el contexto anterior y posterior de la sura Najm? Y ellos afirmaban que habían escuchado esas palabras con sus propios oídos, de boca del Profeta (s). (Tafhim, vol. 5 — Resumen e introducción — Najm.)
El misterio del relato de los gharaniq
Es lamentable que entre nuestros propios comentaristas y muhaddithin se hayan hecho célebres algunas narraciones de este tipo. El resultado es que aquello que los incrédulos afirmaban haber oído de boca del Profeta (s), en realidad salió de la propia boca del Profeta (s). Y habría salido debido al deseo de que, de algún modo, desaparecieran el odio y la animosidad existentes entre él y los incrédulos. Y Satanás, aprovechándose de ese deseo suyo, hizo salir estas palabras de su boca.
Se cuenta el relato de la siguiente manera: nació en la mente del Profeta (s) el deseo de que, ojalá se revelara en el Corán algo que disipara el odio de los incrédulos de Quraysh contra el islam y los acercara un poco. Al menos, que no hubiera una crítica tan severa contra su religión que los provocara. Mientras este deseo estaba presente en su corazón, un día, cuando se había congregado una gran asamblea de los qurayshíes, le fue revelada la sura Najm y él comenzó a recitarla. Cuando él—
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Cuando llegó hasta ese punto, de repente estas palabras salieron de su boca:
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Después continuó recitando los versículos siguientes de la sura. Luego, al terminar la sura, cuando se postró, todos, tanto los idólatras como los musulmanes, cayeron prosternados. Los incrédulos de Quraysh dijeron: «¿Qué diferencia de opinión queda ahora entre nosotros y Muhammad (s)? Nosotros siempre hemos dicho que el Creador y el Sustentador son, en verdad, Allah; por supuesto, estas divinidades nuestras interceden por nosotros ante Él». Por la tarde, Yibril (a) vino y dijo: «¿Qué has hecho? Yo no he traído estas dos frases». Esto entristeció profundamente al Profeta (s). Entonces Allah, el Altísimo, hizo descender este versículo, que se encuentra en la octava sección de la sura Bani Isra’il: [Un orientalista del mundo occidental ha formulado, de manera deshonesta, la afirmación inventada de que, tras abrogar aquellos versículos satánicos, se hicieron descender en su lugar los versículos 21 y 22 de la sura Najm. Sin embargo, esto es una afirmación completamente carente de pruebas racionales o documentales: no menciona ninguna cadena de transmisión y tampoco es capaz de presentar información fiable. —El autor—]
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Es decir, ¡oh Profeta!, esas personas no dejaron de intentar arrojarte a la tribulación y apartarte de la revelación que te he enviado, para que inventaras, atribuyéndomelo, alguna palabra de tu propia cosecha… Entonces no encontrarías ningún auxiliador contra Mí.
Este asunto mantuvo siempre afligido y apesadumbrado el corazón del Profeta. Finalmente, fue revelado el versículo 52 de la sura Hayy, en el que se consolaba así al Hazrat (s): «También con los profetas anteriores a ti ocurrió algo semejante: cuando algún profeta albergaba un deseo, Satanás intervenía en él. Pero Allah elimina todo aquello en lo que Satanás interviene y afirma Sus propios versículos en su lugar».
Mientras tanto, la noticia de que los habitantes de Quraysh se habían postrado junto al Profeta después de escuchar el Corán llegó a Abisinia, adornada de tal manera que se decía que el Profeta (s) y los incrédulos de La Meca habían hecho las paces. Por ello, muchos muháyirun regresaron a La Meca. Pero, al llegar, descubrieron que la noticia de la paz era falsa. El enfrentamiento y el conflicto entre el islam y la incredulidad continuaban como antes.
Esta historia fue citada por Ibn Yarir y muchos comentaristas en sus tafsires; por Ibn Sa‘d en Tabaqat; por al-Wahidi en Asbab al-Nuzul; por Musa ibn Uqba en Magazi; por Ibn Ishaq en Sira; y por Ibn Abi Hatim, Ibn al-Mundhir, al-Bazzar, Ibn Marduyah y al-Tabarani en sus colecciones de hadices. Las cadenas de transmisión mediante las cuales fue citada se remontan a Muhammad ibn Qays, Muhammad ibn Ka‘b al-Qurazi, Urwah ibn al-Zubayr, Abu Salih, Abul-Aliya, Sa‘id ibn Yubayr, Dahhak, Abu Bakr ibn Abd al-Rahman ibn al-Harith, Qatada, Muyahid, Suddi e Ibn Shihab al-Zuhri, y finalmente a Ibn Abbas (r). (Salvo Ibn Abbas (r), ninguno de ellos era compañero). Además de pequeñas diferencias en los detalles de la historia, existen dos discrepancias muy importantes. La primera: cada relato difiere de los demás en las palabras atribuidas al Profeta como elogio de las divinidades. La segunda gran discrepancia es que, según algunos relatos, mientras se estaba revelando la vahy, Satanás inculcó estas palabras al Profeta o se las hizo concebir, y él creyó que las había traído Yibril (a). Según otro relato, estas palabras salieron accidentalmente de su boca como reacción involuntaria a su deseo. Otro relato afirma que las pronunció deliberadamente, pero en forma de pregunta, con la intención de rechazarlas. Según otro, Satanás mezcló su voz con la del Profeta y pronunció esas palabras, por lo que se creyó que las había dicho él (el Profeta). Finalmente, según otro relato, alguien de entre los idólatras pronunció esas palabras.
Ibn Kazir, Bayhaqi, Qadi Iyad, Ibn Juzayma, Qadi Abu Bakr Ibn al-Arabi, el imán Razi, Qurtubi, Badruddin Ayni, Shawkani, Alusi y otros grandes eruditos declararon completamente falsa esta historia. Ibn Kazir dice: todas las cadenas de transmisión en las que se ha registrado el relato de este asunto son mursal y munqati. No he encontrado esta historia con ninguna cadena muttasil auténtica. Bayhaqi dice que esta historia no está demostrada desde el punto de vista de la transmisión. Cuando se preguntó a Ibn Juzayma acerca de esto, respondió: «Es una historia inventada por los zindiq; su debilidad queda demostrada por el hecho de que ninguno de los compiladores del Sihah al-Sitta la citó en sus libros. Tampoco ha sido transmitida por narradores fiables mediante una cadena muttasil auténtica e irreprochable». El imán Razi, Qadi Abu Bakr y el imán Alusi la rechazaron, tras un análisis detallado y con argumentos sólidos. Por otro lado, destacados especialistas del hadiz como Hafiz Ibn Hayar, famosos juristas como Abu Bakr Yassas, así como Zamajshari e Ibn Yarir, la consideran auténtica y la tienen por una exégesis de la aleya 52 de la sura Al-Hayy. El argumento de Ibn Hayar es el siguiente:
Aparte de la versión de Saíd ibn Yubayr, las demás vías por las que se encuentra esta narración son débiles o munqati. Sin embargo, la multiplicidad de las vías demuestra que debe tener un fundamento.
Además, existe una vía en la que fue transmitida con una cadena muttasil auténtica, registrada por Bazzar (es decir: Yusuf ibn Hammad, de Umayya ibn Jalid, de Shu’ba, de Abi Bishr, de Saíd ibn Yubayr, de Ibn Abbas). En otras dos vías es mursal, pero sus narradores cumplen las condiciones de los dos Sahih. Estas dos narraciones fueron citadas por Tabari: una por la vía de Yunus ibn Yazid, de Ibn Shihab; y la otra por la vía de Mu’tasir ibn Sulayman y Hammad ibn Salama, de Dawud ibn Abi Hind, de Abil Aliya. En cuanto a quienes comparten esta opinión, ellos la han aceptado como auténtica. Por lo general, sus opositores tampoco han cumplido debidamente con el deber de examinarla y criticarla en este asunto. Un grupo la rechaza porque su cadena de transmisión no les parece auténtica. Esto significa que, si la cadena fuera sólida, estos venerables eruditos aceptarían la historia como verdadera. Otro grupo la rechaza porque, a partir de ella, toda la religión quedaría sumida en la duda y surgirían sospechas sobre cada asunto de la religión, al pensar que quizá la insinuación satánica o la intervención de las bajas pasiones haya penetrado aquí y allá. Sin embargo, semejante argumento solo puede convencer a quienes están firmemente decididos a abrazar la fe. Pero no suscitará en las personas que ya albergaban dudas desde el principio, o que ahora desean examinar la cuestión para decidir si creerán o no, el impulso de rechazar aquellos asuntos que hacen que la religión sea considerada dudosa. Ellas dirán: si un acontecimiento queda demostrado por la narración de al menos un Compañero eminente y de numerosos tabi‘in, tabi‘ al-tabi‘in y diversos transmisores fiables de hadices, ¿por qué habría de rechazarse por el hecho de que hace dudosa vuestra religión? En lugar de eso, ¿por qué no habría de considerarse dudosa vuestra religión, cuando este acontecimiento es lo que la vuelve dudosa?
Ahora hay que examinar cuál puede ser el método correcto de crítica o investigación mediante el cual, tras someterla a examen, pueda considerarse inaceptable, por sólida que sea su cadena de transmisión.
El primer elemento es la propia evidencia interna de la historia, que demuestra que es falsa. Se afirma en el relato que este acontecimiento tuvo lugar cuando había concluido la primera emigración a Abisinia y un grupo de emigrantes había regresado a La Meca al enterarse de la noticia. Obsérvese ahora la diferencia entre las fechas:
—Según las narraciones fiables, la emigración a Abisinia tuvo lugar en el mes de Rayab del quinto año de la misión profética. Un grupo de emigrantes regresó a La Meca tres meses después —es decir, probablemente en el mes de Shawwal de ese mismo año—, tras escuchar por error la noticia de una reconciliación. De esto se sabe que el acontecimiento tuvo lugar en el quinto año de la misión profética.
—Se dice que una aleya de la sura Bani Israil fue revelada para expresar el descontento por este acto del Profeta (s), y que fue revelada después del Mi‘ray. Según las narraciones fiables, el Mi‘ray tuvo lugar en el undécimo o duodécimo año de la misión profética. Esto significa que Allah expresó su descontento cinco años después de este acontecimiento.
—Luego, el contexto anterior y posterior de la aleya 52 de la sura Al-Hayy indica que fue revelada en el primer año de la Hégira. Es decir, dos años y medio después de que se expresara el descontento hacia el Profeta, se anunció que, puesto que esta interpolación había sido realizada por Satanás, había sido abrogada o anulada.
¿Puede una persona sensata creer que la interpolación tuvo lugar hoy, que la protesta se expresó seis años después y que el anuncio de la anulación de la interpolación se hizo nueve años más tarde?
Después, en este relato se afirma que la interpolación tuvo lugar en la sura An-Najm, de la siguiente manera: desde el principio, el Profeta (s) recitaba las palabras originales de la sura. De repente, al llegar a ******************************, esta frase fue añadida por él mismo o por instigación satánica. Luego continuó recitando los versículos siguientes de la sura An-Najm. Se dice al respecto que los incrédulos de La Meca se alegraron mucho al oírla y dijeron: «Ahora han terminado nuestras diferencias con Muhammad (s)». Pero incluyan esta frase añadida en la continuidad del discurso de la sura An-Najm y vean.
«¿Habéis considerado a Al-Lat y Al-Uzza, y a Manat, la tercera, otra diosa? Estas son diosas de elevada dignidad. Ciertamente se puede esperar su intercesión. ¿Acaso os corresponderán hijos varones y a Él (Allah) hijas? ¡Qué reparto tan injusto! En realidad, todo esto no son más que nombres que vosotros y vuestros antepasados habéis dado; Allah no ha hecho descender ninguna autoridad que demuestre su verdad. La gente solo sigue conjeturas y opiniones inventadas. Sin embargo, les ha llegado la guía correcta de parte de su Señor.»
Observen cómo las dos frases subrayadas del pasaje anterior producen una contradicción manifiesta. En un mismo aliento se afirma que, verdaderamente, vuestras diosas son de elevada dignidad y que ciertamente se puede esperar su intercesión. En el aliento siguiente se las ataca diciendo: «¡Oh, necios! ¿Cómo habéis atribuido hijas a Allah? ¿Qué clase de proceder ilegítimo es este, según el cual vosotros obtendréis hijos varones y a Allah le corresponderán hijas? Todo esto son invenciones vuestras, sin ninguna autoridad procedente de Allah». Dejemos por un momento la cuestión de si tales palabras sin sentido podrían salir de la boca de una persona sabia. Admitamos que Satanás tomó el control y le hizo pronunciar esas palabras. Pero ¿acaso toda la asamblea de Quraysh que las escuchaba estaba loca, para que, incluso después de oír la refutación manifiesta de aquellas palabras laudatorias en los versículos siguientes, siguiera creyendo que en realidad se había elogiado a sus diosas? Hasta el final de la sura An-Najm, todo el contexto es completamente opuesto a esa frase laudatoria. ¿Cómo se puede creer que, aun después de escucharla hasta el final, los hombres de Quraysh gritaran de alegría: «¡Vamos, hoy han terminado nuestras diferencias con Muhammad (s)!»?
Esta es la evidencia interna del relato, que señala precisamente que es una invención absurda. Después, lo segundo que hay que examinar es si la sucesión del Corán acepta la ocasión de revelación que se atribuye en él a los tres versículos. El relato afirma que la interpolación tuvo lugar en la sura An-Najm, revelada en el quinto año de la misión profética. A causa de esta interpolación se expresó una protesta en la sura Bani Isra’il. Después, su refutación y explicación se expusieron en los versículos de la sura Al-Hajj. Ahora, necesariamente tuvo que ocurrir una de estas dos situaciones: o bien los versículos de protesta y de refutación fueron revelados también en el momento en que ocurrió la interpolación, o bien el versículo de protesta fue revelado posteriormente junto con la sura Bani Isra’il y el versículo de refutación junto con la sura Al-Hajj.
Si se trata de la primera situación, ¡qué extraño sería que estos dos versículos no fueran incluidos en la misma sura An-Najm, sino que el versículo de protesta se dejara sin más durante seis años y, cuando fue revelada la sura Bani Isra’il, se colocara en algún lugar de ella! Luego, los versículos que refutaban la interpolación se dejaron durante dos años y medio y no se insertaron en ninguna parte hasta que fue revelada la sura Al-Hajj. ¿Acaso la sucesión de la revelación del Corán tuvo lugar de tal manera que los versículos revelados en un mismo período permanecían separados y dispersos, y varios años después unos se unían a una sura y otros a otra?
Pero si se trata de la segunda situación —que los versículos de protesta fueron revelados seis años después del acontecimiento y los de refutación ocho o nueve años después—, además de la falta de pertinencia que ya hemos mencionado, surge la pregunta: ¿qué lugar había para que fueran revelados en las suras Bani Isra’il y Al-Hajj?
Al llegar aquí, se nos presenta el método correcto de crítica y verificación. Es decir, hay que examinar si el contexto anterior y posterior del Corán acepta la exégesis que se ofrece de un versículo. Lean el octavo rukū de la sura Bani Isra’il y observen también el pasaje anterior y el posterior. ¿Hay lugar, dentro de la continuidad de este discurso, para que se reprenda al Profeta por un acontecimiento ocurrido seis años antes? (Por supuesto, también hay que examinar si en el versículo ***************************** se reprende al Profeta (s), y si las palabras del versículo protestan contra la participación del Profeta en la sedición creada por los incrédulos o reconocen su veracidad). Del mismo modo, lean la sura Al-Hajj: lean el discurso anterior al versículo 52 y también el posterior. ¿Pueden encontrar alguna razón lógica para que, en medio de ese contexto anterior y posterior, aparezca de repente lo siguiente?: «¡Oh, Profeta! No te preocupes por la interpolación que cometiste en el Corán nueve años atrás. Satanás también hizo que los profetas anteriores cometieran este acto, y cuando los profetas lo hicieron, Allah lo abrogó y volvió a consolidar Sus versículos».
Ya hemos dicho repetidamente, y lo reiteramos una vez más, que ninguna narración, por brillante que sea su cadena de transmisión, puede aceptarse si se observa que su texto original da un testimonio claro de que es erróneo y que las palabras del Corán, su contexto anterior y posterior, la secuencia de sus afirmaciones y todo lo demás se niegan a aceptarlo. Estos argumentos crearán incluso en la mente de un investigador escéptico e imparcial la firme convicción de que esta historia es completamente falsa. Ahora bien, queda el caso del creyente. Este no puede aceptarla de ningún modo cuando ve claramente que dicha narración contradice no uno, sino muchos versículos del Corán. Para un musulmán es muy fácil aceptar que los autores de esta narración fueron inducidos al error. Pero no puede creer de ninguna manera que el Mensajero de Allah (s) pudiera añadir jamás al Corán una sola palabra según su propia voluntad. Ni que en la mente del Profeta (s) pudiera surgir siquiera por un instante la idea de mezclar algo de politeísmo con el monoteísmo para complacer a los incrédulos. Ni que pudiera albergar, respecto a los mandamientos de Allah Todopoderoso, el deseo de que Allah no pronunciara alguna palabra que disgustara a los incrédulos. Ni tampoco la idea de que la revelación le llegara de manera insegura y dudosa, de modo que Satanás, junto con Yibril (a), pudiera insertar alguna palabra en ella y él creyera equivocadamente que también la había traído Yibril (a). Cada una de estas afirmaciones contradice las claras explicaciones del Corán. Además, contradice las creencias comprobadas que sostenemos acerca del Corán y de Muhammad (s). ¡Que Allah nos proteja de tal veneración ciega de las narraciones, una tendencia que, basándose únicamente en la continuidad de la cadena de transmisión, la confiabilidad de los transmisores y la abundancia de los métodos de narración, prepara a un musulmán para aceptar incluso afirmaciones tan graves contra el Libro de Allah y Su Mensajero!
También considero apropiado disipar la duda que surge al ver que un número tan grande de transmisores participa en la narración de esta historia. Alguien podría preguntar: si esta historia no tiene fundamento alguno, ¿cómo llegó a difundirse esta enorme falsedad contra el Profeta (s) y el Corán por medio de transmisores tan confiables de hadices? La respuesta es que sus causas se encuentran en las propias colecciones de hadices. En Bujari, Muslim, Abu Dawud, Nasai y el Musnad de Ahmad, el hecho real se narra de la siguiente manera:
El Profeta (s) recitó la sura An-Naym y, cuando al final se postró, todos los presentes, tanto musulmanes como politeístas, cayeron en postración. Eso fue todo lo que ocurrió. Y no era nada sorprendente. Primero, estaba el poderoso discurso del Corán y su estilo conmovedor; después, su recitación por boca del Profeta (s) con la dignidad de la revelación. Si, después de escucharlo, toda la asamblea se conmovió y todos se postraron junto al Profeta (s), no había nada de extraño en ello. Precisamente por eso la gente de Quraysh decía que aquel hombre era un hechicero. Sin embargo, se sabe que más tarde la gente de Quraysh se avergonzó de aquella reacción colectiva, y que una persona o varias de entre ellos determinaron que la razón de su conducta era que habían oído con sus propios oídos de boca de Muhammad (s) algunas palabras de elogio a sus divinidades, por lo cual se habían postrado con él. [Yaqut escribió en Mu’jam al-Buldan, bajo la entrada «Uzza», que la gente de Quraysh decía mientras circunvalaba la Kaaba:
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De esto se puede deducir que, después de oír de boca del Profeta (s) la mención de Lat y Uzza, alguien pudo haber repetido estas palabras al mismo tiempo que su voz, y quienes las oyeron desde lejos pudieron haberse formado por ello una idea equivocada, —el autor.]
Por otro lado, este acontecimiento llegó a oídos de los emigrantes de la siguiente manera: que se había establecido un acuerdo entre el Profeta (s) y los qurayshíes, porque los espectadores habían visto al Profeta (s) y a los politeístas postrarse juntos. Este rumor provocó tal conmoción que todos los emigrantes, o la mayoría de ellos, regresaron a La Meca. En una sola narración, estas tres cosas —la postración de los qurayshíes, la causa de dicha postración y el regreso de los emigrantes— se combinaron y adquirieron la forma de esta historia, y algunos narradores confiables acabaron implicados en su transmisión. Pero el ser humano sigue siendo humano. Incluso las personas de gran piedad e inteligencia se equivocan a veces. Sus errores pueden resultar más perjudiciales que los de la gente común. Quienes exceden los límites en su veneración aceptan ciegamente, junto con las palabras correctas de estos grandes hombres, también sus palabras erróneas. Y quienes actúan movidos por la hostilidad seleccionan y reúnen sus errores y los presentan como prueba de que todo lo que nos ha llegado por medio de ellos debe ser rechazado. (Tafhim, tomo 3, Hayy, nota 99.)
La situación de los emigrantes que regresaron
Al enterarse de que los habitantes de La Meca se habían hecho musulmanes, los emigrantes regresaron de Abisinia a La Meca en el mes de Shawwal del quinto año de la misión profética. Ibn Sa’d dice que todos los emigrantes regresaron a La Meca. Pero Ibn Ishaq dice que algunos regresaron y otros no. Baladhuri no solo menciona el regreso de todos los primeros emigrantes a Abisinia, sino que también presenta una lista de todos ellos y dice quién entró en La Meca bajo la protección de quién. Cuando llegaron cerca de La Meca, se encontraron con un hombre de Banu Kinana. Le preguntaron por la situación de Quraysh. Él respondió que Muhammad (s) había mencionado elogiosamente a sus divinidades. Por eso todos se habían puesto del lado de Muhammad (s). Sin embargo, cuando ellos (los emigrantes) volvieron a censurar a sus divinidades como antes, también los trataron con dureza.
En estas circunstancias, los emigrantes se consultaron entre sí y dijeron: «¿Regresaremos nuevamente a Abisinia o, ya que hemos llegado hasta aquí, por qué no entramos en La Meca? Después veremos qué se puede hacer». Así pues, cada uno de ellos entró en La Meca bajo la protección de alguien. La única excepción fue Ibn Mas‘ud —que Allah esté complacido con él—, quien entró en La Meca sin la protección de nadie y, después de permanecer allí algún tiempo, partió hacia Abisinia. Esto es lo que dicen Ibn Sa‘d, Baladhuri y otros acerca de Ibn Mas‘ud —que Allah esté complacido con él—. Sin embargo, Ibn al-Qayyim afirmó en Zad al-Ma‘ad que él permaneció en La Meca. Por otra parte, ya hemos citado anteriormente la declaración de Ibn Ishaq de que él nunca emigró.
Baladhuri relató detalladamente quién protegió a cada uno de los emigrantes que regresaron cuando entraron en La Meca.
1. Abu Uhayha Sa‘id ibn al-‘As protegió a ‘Uthman —que Allah esté complacido con él—.
2. Umayya ibn Jalaf protegió a Abu Hudhayfa ibn ‘Utba ibn Rabi‘a —que Allah esté complacido con él—.
3. Zubayr ibn al-‘Awwam —que Allah esté complacido con él—; su protector fue Zama‘a ibn al-Aswad.
4. Mus‘ab ibn ‘Umayr —que Allah esté complacido con él—; su protector fue Nadr ibn al-Harith ibn Kalada (o Abu ‘Aziz ibn ‘Umayr).
5. ‘Abd al-Rahman ibn ‘Awf —que Allah esté complacido con él—; su protector fue Aswad ibn ‘Abd Yaghuth.
6. ‘Amir ibn Rabi‘a; su protector fue ‘As ibn Wa’il al-Sahmi.
7. Hazrat Abu Sabra (ra), hijo de Abu Ruhm: su protector fue Ujñas ibn Shuraik.
8. Hazrat Hatib (ra), hijo de Amr: su protector fue Huwaytib ibn Abd al-Uzza.
9. Hazrat Suhayl (ra), hijo de Bayda: su protector fue un miembro de su propio clan. (Según otra narración, permaneció oculto en La Meca y después partió hacia Abisinia).
Al-Baladhuri, citando a al-Waqidi, e Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq aunque con algunas diferencias, dicen que Hazrat Uthman (ra), hijo de Mazun, se acogió a la protección de al-Walid ibn al-Mughira. Pero cuando vio que los demás musulmanes sufrían una cruel persecución, mientras él vivía y se desplazaba tranquilamente bajo la protección de al-Walid, sintió vergüenza y empezó a pensar: «Mientras mis compañeros y correligionarios se encuentran en dificultades, yo estoy bajo la protección de un idólatra; esto es una gran debilidad de mi parte». Entonces dijo a al-Walid: «Libérame de tu protección». Al-Walid respondió: «Hijo mío, ¿has visto bajo mi protección algo aparte del bienestar? ¿Acaso alguien te ha tratado mal?». Hazrat Uthman (ra), sin formular ninguna queja, respondió: «Busco la protección de Allah. No deseo permanecer bajo la protección de nadie salvo Él». Al-Walid dijo: «Entonces ve al recinto sagrado y anuncia que renuncias a mi protección, tal como yo anuncié que te concedía mi protección». Hazrat Uthman (ra) se preparó con satisfacción. Él y al-Walid fueron juntos al recinto sagrado. Al-Walid dijo: «Este es Uthman, que ha venido a devolverme mi protección». Hazrat Uthman (ra) dijo: «Es verdad. He encontrado la protección de al-Walid como la protección de un hombre noble y digno de confianza. Pero ahora no deseo permanecer bajo la protección de nadie excepto Allah; por eso he renunciado a su protección». En aquella época, el célebre poeta árabe Labid ibn Rabi‘a había llegado a La Meca. Cuando recitaba su poesía, también recitó este verso:
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«Tened cuidado: todo es falso excepto Allah».
Hazrat Uthman (ra), hijo de Mazun, gritó: «Tiene usted razón».
Después, cuando recitó el segundo verso—
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«Y ciertamente toda bendición es perecedera».
Hazrat Uzman (ra) dijo: «Esto es una mentira. Las bendiciones del Paraíso no perecerán».
Labid se enfureció y les dijo a los qurayshíes: «Nunca fue humillante sentarse con vosotros, ni la grosería y la insolencia os eran propias». Entonces, un hombre de los Banu Mughira se levantó y abofeteó con fuerza a Hazrat Uzman en el rostro, haciendo que su ojo se volviera azul. Walid se burló y dijo: «Hijo mío, ¿qué beneficio has obtenido con esto?». Uzman respondió: «Mi segundo ojo también espera recibir el golpe que recibió su compañero». Walid dijo: «Estabas bajo la protección de alguien que te protegía». Hazrat Uzman (ra) dijo: «¡Por Dios! Ahora no aceptaré la protección de nadie salvo la de Allah». Durante esta conversación, Abdullah ibn Abi Umayya ibn Mughira golpeó en la nariz y dejó gravemente herido al hombre que había abofeteado a Hazrat Uzman.
Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, dice que Hazrat Abu Salama buscó la protección de su tío materno Abu Talib, pues era hijo de Barra, hija de Abd al-Muttalib, hermana de Abu Talib. Los Banu Makhzum le dijeron a Abu Talib: «Has acogido bajo tu protección a tu propio sobrino, pero ¿qué relación tienes con nuestro hombre para protegerlo también?». Él respondió: «Muhammad (s) es mi sobrino por línea paterna, y Abu Salama es mi sobrino por línea materna. Si puedo proteger a mi sobrino por línea paterna, ¿por qué no habría de poder proteger al hijo de mi hermana?». Cuando los Banu Makhzum estaban a punto de discutir, Abu Lahab se puso de pie y dijo: «¡Oh, gente de Quraysh! Habéis hecho muchas cosas contra nuestro anciano y seguís presionándolo para que expulse de su protección a quienquiera que acoja de entre su propio pueblo. ¡Por Dios! O dejáis de molestarlo, o yo también me pondré de su lado».
Al oír esto de Abu Lahab, los Banu Makhzum se alarmaron y dijeron: «Oh, Abu Utba, no queremos disgustaros».
Al-Tabari dice que, entre los que regresaron, Hazrat Uzman (ra) ibn Affan y su esposa, Hazrat Ruqayya (ra), hija del Mensajero de Allah (s), así como Hazrat Abu Hudhayfa (ra) y su esposa Sahla, hija de Suhayl ibn Amr, permanecieron en La Meca y allí se quedaron hasta emigrar a Medina. Sin embargo, hay dudas sobre este relato, porque Ibn Ishaq menciona su nombre entre los que realizaron la segunda emigración a Abisinia y lo incluye en el grupo de treinta y tres hombres y ocho mujeres que regresaron de Abisinia a La Meca antes de que el Profeta (s) emigrara a Medina. De ellos, dos murieron, siete fueron hechos prisioneros y veinticuatro participaron en la batalla de Badr.
La segunda emigración a Abisinia
Cuando la persecución y la opresión contra los musulmanes de La Meca llegaron al extremo, y el Profeta (s) vio que Abisinia había demostrado ser un refugio seguro para los musulmanes, ordenó nuevamente que los oprimidos emigraran a Abisinia. Así pues, en el sexto año de la profecía (615 d. C.) tuvo lugar la segunda hégira. Aunque los quraysh hicieron todo lo posible por impedir la emigración y hostigaron y molestaron de diversas maneras a los emigrantes, esta vez más de ochenta hombres y dieciocho o diecinueve mujeres llegaron sanos y salvos a Abisinia. Ibn Sa‘d indicó que el número de hombres era de 83, y mencionó a 11 mujeres qurayshíes y 7 no qurayshíes. Entre los 83 hombres también se menciona el nombre de Ammar ibn Yasir (ra). Sin embargo, Ibn Ishaq expresó dudas sobre su participación. Los historiadores Waqidi, Ibn Uqba y otros afirmaron con plena convicción que no estaba entre ellos. Por otra parte, Ibn Abd al-Barr sostuvo firmemente que sí estaba entre ellos. Asimismo, entre estos emigrantes se menciona el nombre de Abu Musa al-Ashari (ra). Pero lo cierto es que él no emigró de La Meca. Más bien, primero llegó allí, se hizo musulmán, regresó a Yemen y continuó allí la labor de propagar el islam. Después partió de Yemen en una embarcación junto con algunos miembros de su pueblo —cuyo número se cifra en 52 o 53—. Sin embargo, el viento llevó su embarcación hasta la costa de Abisinia. De este modo se reunieron con los emigrantes. En al-Bujari y Muslim se encuentra precisamente este relato del propio Abu Musa (ra). Él dice: «Cuando oímos el anuncio de la profecía del Mensajero de Allah (s), mientras nos encontrábamos en Yemen, emprendimos el viaje en una embarcación. Pero nuestra embarcación nos llevó a Abisinia. Allí nos reunimos con Yafar ibn Abi Talib. Después, junto con él, llegamos a Jaibar en la época de la conquista de Jaibar». Ibn Sa‘d cita la siguiente declaración de Abu Musa: «Salimos de Yemen con más de cincuenta personas de nuestro pueblo, y nuestra embarcación nos llevó al territorio del Nayashi (el rey de Abisinia). Desde el principio, Yafar (ra) ibn Abu Talib se encontraba allí.
Lista de los emigrantes
Al observar esta lista de los emigrantes, puede comprenderse la importancia de esta emigración, que Ibn Hisham recopiló citando a Ibn Ishaq.
De los Banu Hashim
1. Yafar ibn Abi Talib (ra).
2. Su esposa, Asma bint Umays al-Jathamiya.
De los Banu Umayya
3. Uzman ibn Affan (ra).
4. Su esposa, Hazrat Ruqayya (que Allah esté complacido con ella), hija del Mensajero de Allah (la paz sea con él).
5. Amr ibn Sa’id ibn al-As (que Allah esté complacido con él).
6. Su esposa, Fátima bint Safwan.
7. Su hermano, Jalid ibn Sa’id ibn al-As (que Allah esté complacido con él).
8. Su esposa, Umaima Jalaf.
De la tribu vinculada por un pacto con los Banu Umayya
9. Hazrat Abd Allah ibn Yahsh (que Allah esté complacido con él). (De los Banu Ghanm ibn Dudan y hermano de la Madre de los Creyentes, Hazrat Zaynab (que Allah esté complacido con ella))
10. Su hermano, Ubayd Allah ibn Yahsh (que Allah esté complacido con él).
11. Su esposa Umm Habiba.
12. Qais ibn Abdullah.
13. Su esposa Baraka bint Yasar.
14. Muayqib ibn Abi Fatima.
De los Banu Abd Shams ibn Abd Manaf
15. Abu Hudhayfa (ra) ibn Utba ibn Rabia.
16. Utba ibn Ghazwan (ra).
17. Zubayr (ra) ibn al-Awwam ibn Juwaylid.
18. Aswada (que Dios esté complacido con ella), bin Nawfal bin Juwaylid,
(Zubayr y Aswad eran sobrinos de Jadiya, que Dios esté complacido con ella).
19. Yazid (que Dios esté complacido con él), bin Umayya bin Hariz bin Asad.
De los Banū Abd bin Qusay
21. Tulaib (que Dios esté complacido con él), bin Umayr bin Wahb (era primo paterno del Profeta, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él).
De los Banū Abd al-Dar bin Qusay
22. Musab (que Dios esté complacido con él), bin Umayr bin Hashim.
23. Suwaybit (que Dios esté complacido con él), bin Sad.
24. Jahm (que Dios esté complacido con él), hijo de Qays.
25. Su esposa, Umm Harmala (que Dios esté complacido con ella), hija de Abd al-Aswad.
26. Su hijo Amr (que Dios esté complacido con él), hijo de Jahm.
27. Su otro hijo, Khuzayma (que Dios esté complacido con él), hijo de Jahm.
28, Abur Rum (que Dios esté complacido con él), hijo de Umayr, hijo de Hashim.
29. Kiram (que Dios esté complacido con él), hijo de Nadar, hijo de Harith, hijo de Qalada.
30. Abd al-Rahman ibn Awf (que Dios esté complacido con él).
31. Amir ibn Abi Waqqas (que Dios esté complacido con él).
(hermano de Sa’d bin Abi Waqqas)
32. Muttalib bin Azhar (que Dios esté complacido con él).
33. Su esposa, Ramla bint Awf.
Ligado por un pacto con los Banu Zuhra
34. Abdullah bin Masud (que Dios esté complacido con él).
35. Su hermano Utba Masud (que Dios esté complacido con él).
36. Miqdad bin Amr (que Dios esté complacido con él).
De los Banu Taym
37. Harith bin Khalah (que Allah esté complacido con él).
38. Su esposa, Rayta bint al-Harith bin Habala (que Allah esté complacido con ella).
39. Amr bin Uthman (que Allah esté complacido con él).
De los Banu Majzum
40. Abu Salama bin Abd al-Asad (que Allah esté complacido con él).
41. Su esposa, Uthman (que Allah esté complacido con ella).
42. Shammas bin Uthman (que Allah esté complacido con él).
43. Habbar bin Sufyan (que Allah esté complacido con él).
44. Su hermano, Abdullah ibn Sufyan (que Allah esté complacido con él).
45. Hisham ibn Abi Hudhayfa ibn al-Mughira (que Allah esté complacido con él).
46. Salama ibn Hisham ibn al-Mughira (que Allah esté complacido con él).
47. Ayyash ibn Abi Rabi’a (que Allah esté complacido con él).
Vinculado por un pacto con los Banu Makhzum.
48. Mu’attib ibn Awf (que Allah esté complacido con él).
De los Banu Jumah
49. Uthman ibn Maz’un (que Allah esté complacido con él).
50. Su hijo, Saib ibn Uthman (que Dios esté complacido con él).
51. Qudama ibn Mazun (hermano de Uthman) (que Dios esté complacido con él).
52. Su segundo hermano, Abdullah ibn Mazun (que Dios esté complacido con él).
53. Hatib ibn al-Harith (que Dios esté complacido con él).
54. Su esposa, Fátima bint Mujallil al-Amiriyya.
55. Su hijo, Muhammad ibn Hatib (que Dios esté complacido con él).
56. Su segundo hijo, al-Harith ibn Hatib (que Dios esté complacido con él).
57. Su hermano, Khattab ibn al-Harith (que Dios esté complacido con él).
58. Su esposa, Fukayha bint Yasar.
59. Sufyan bin Ma’mar (que Allah esté complacido con él).
60. Su hijo, Jabir bin Sufyan (que Allah esté complacido con él).
61. Su segundo hijo, Junada bin Sufyan (que Allah esté complacido con él).
62. Su esposa, Hasana (que Allah esté complacido con ella), madre de Jabir y Junada.
63. El hijo de Hasana por parte de su segundo esposo, Shur Jabil Hasana (que Allah esté complacido con él).
64. Uthman bin Rabia bin Uhban (que Allah esté complacido con él).
De Banu Sahm
65. Khunays ibn Hudhafa (que Allah esté complacido con él), (yerno de Umar, que Allah esté complacido con él).
66. Abdullah ibn Harith (que Allah esté complacido con él).
67. Hisham ibn As ibn Wa’il (que Allah esté complacido con él).
68. Qays ibn Hudhafa (que Allah esté complacido con él).
69. Abu Qays ibn Harith (que Allah esté complacido con él).
70. Abdullah ibn Hudhafa (que Allah esté complacido con él).
71. Harith ibn Harith ibn Qays (que Allah esté complacido con él).
72. Muammar ibn Harith ibn Qays (que Allah esté complacido con él).
73. Bishan bin Harith bin Qays (que Allah esté complacido con él).
74. Su medio hermano, Sa’id bin Amr (que Allah esté complacido con él).
75. Sa’id bin Harith bin Qays (que Allah esté complacido con él).
76. Sa’ib bin Harith bin Qays (que Allah esté complacido con él).
77. Umayr bin Riyab (que Allah esté complacido con él).
Vinculado por un pacto con los Banu Sahm
78. Mahmiya bin al-Jazya (que Allah esté complacido con él).
79. Mu’ammar bin Abdullah bin Nadla (que Allah esté complacido con él).
80. Urwa ibn Abd al-Uzza (que Dios esté complacido con él).
81. Adi ibn Nadla (que Dios esté complacido con él).
82. Su hijo, Nu’man ibn Adi (que Dios esté complacido con él).
83. Amir ibn Rabia al-Anzi (que Dios esté complacido con él).
84. Su esposa, Layla bint Abi Hasma (que Dios esté complacido con ella).
De los Banu Amir ibn Lu’ayy
85. Abu Sabra ibn Abi Ruhm (que Dios esté complacido con él).
86. Su esposa, Umm Kulthum bint Suhayl ibn Amr.
87. Abdullah ibn Makhrama (r.a.).
88. Abdullah ibn Suhayl ibn Amr (r.a.).
89. Sulayt ibn Amr (r.a.).
90. Su hermano Sakram ibn Amr (r.a.).
91. Su esposa Sawda bint Zam’a (r.a.).
(Más tarde tuvo el honor de convertirse en una de las Madres de los creyentes).
92. Malik ibn Zam’a (r.a.) (hermano de Sawda).
93. Su esposa Amra bint al-Sa’di (r.a.).
94. Hatib ibn Amr (que Dios esté complacido con él).
Ligado por un pacto con Banu Amr
95. Sa’d ibn Khawla (que Dios esté complacido con él).
de Banu Harith ibn Fihr
96. Abu Ubayda ibn al-Jarrah (que Dios esté complacido con él).
97. Suhayl ibn Bayda (que Dios esté complacido con él).
98. Amr ibn Abi Sarh (que Dios esté complacido con él).
99. Iyad ibn Zuhayr (que Dios esté complacido con él).
100. Amr ibn al-Harith ibn Zuhayr (que Allah esté complacido con él).
101. Utmán ibn Abid Ganam ibn Zuhayr (que Allah esté complacido con él).
102. Sa’d ibn Abd Qays (que Allah esté complacido con él).
103. al-Harith ibn Abd Qays (que Allah esté complacido con él). (Añadido por el autor.)
Repercusiones de esta emigración en La Meca
Como consecuencia de esta emigración, comenzaron los lamentos y los gritos de dolor en cada hogar de La Meca. Pues no había familia, grande o pequeña, de Quraysh que no tuviera un hijo querido entre aquellos emigrantes. A algunos se les había ido el hijo; a otros, el yerno. A unos, la hija; a otros, el hermano o la hermana. Salama ibn Hisham (que Allah esté complacido con él), hermano de Abu Yahl; sus primos Hisham ibn Abi Hudhayfa (que Allah esté complacido con él) y Ayyash ibn Abi Rabi’a (que Allah esté complacido con él); su prima paterna, la honorable Umm Salama (que Allah esté complacido con ella); Umm Habiba (que Allah esté complacido con ella), hija de Abu Sufyan; Abu Hudhayfa (que Allah esté complacido con él), hijo de Utba ibn Rabi’a y hermano carnal de Hind, la devoradora de hígados; y los hijos, hijas y yernos de Suhayl ibn Amr. De este modo, los propios hijos de los demás jefes de Quraysh y de sus célebres enemigos del islam abandonaron sus hogares por causa de la religión. Por ello, no hubo casa que no quedara afligida por este acontecimiento. Algunas personas se volvieron aún más hostiles al islam que antes. En cambio, en el corazón de otras produjo tal efecto que se hicieron musulmanas. (Tafhim, tomo 3, introducción a la sura Maryam.)
La intención de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) de emigrar
Después, Quraysh recibió otro golpe cuando un hombre tan honorable como Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) salió de La Meca, tras pedir permiso al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), para reunirse con los demás emigrantes. Según el relato de Aisha (que Allah esté complacido con ella) transmitido en Bujari, cuando llegó a un lugar llamado Barqul Gamad (hay diferencias en su pronunciación; la que hemos escrito se ha tomado de Fath al-Bari. En Mu’jam al-Buldan aparece otra pronunciación y también se registra una variante distinta; autor), situado a cinco días de camino de La Meca en dirección al Yemen, se encontró con Ibn al-Dughunna, jefe de la tribu de Qara. Ibn Ishaq lo transmite por medio de al-Zuhri, luego de Urwa y luego de Aisha (que Allah esté complacido con ella): Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se encontró con Ibn al-Dughunna después de haber recorrido uno o dos días de camino desde La Meca. En aquella época, Ibn al-Dughunna era jefe de los Ah abish. Le preguntó: «¡Abu Bakr! ¿Adónde te diriges?». Él respondió: «Mi pueblo me ha expulsado. Me ha hecho sufrir mucho y ha vuelto insoportable mi vida». Le preguntó: «¿Por qué? Dímelo». Y añadió: «Un hombre como Abu Bakr no puede salir por voluntad propia ni nadie puede expulsarlo. ¡Por Dios!, tú eres un ornamento de la sociedad: ayudas a ganarse la vida a quien no puede trabajar, mantienes buenas relaciones con los parientes, cargas con las obligaciones de los incapacitados, honras a los huéspedes y ayudas en las buenas obras. Regresa; yo te tomaré bajo mi protección. Adora en tu propia ciudad a tu propio Señor». Después regresó con Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) a La Meca y se dirigió a los nobles jefes de Quraysh, diciéndoles: «Un hombre como Abu Bakr no puede marcharse ni puede ser expulsado. ¿Podéis expulsar a alguien que posee cualidades como estas?». En el relato de Ibn Ishaq se dice que proclamó en La Meca: «He dado protección al hijo de Quhafa; que nadie le haga otra cosa que tratarlo bien». Quraysh no rechazó esta protección, pero impuso la condición de que Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) adorara a su propio Señor y recitara cuanto quisiera dentro de su casa, como quisiera. Sin embargo, no debía molestarlos recitando en voz alta ni comenzar a recitar fuera de su casa, pues temían que sus mujeres y sus hijos cayeran en la discordia. Entonces Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) construyó una mezquita dentro del recinto de su casa y comenzó allí a rezar y a recitar el Corán. Su recitación tenía tal intensidad y fervor, y ejercía una atracción tan poderosa, que las mujeres, los niños y los jóvenes de los politeístas acudían en gran número a escuchar el Corán. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) comenzaba a llorar mientras recitaba, y los oyentes también quedaban profundamente conmovidos. Esto inquietó a los jefes politeístas. Mandaron llamar a Ibn al-Dughunna y le dijeron: «Lo protegimos por consideración hacia ti, para que pudiera adorar a su propio Señor en su casa. Pero ha construido una mezquita dentro del recinto de su casa y ha comenzado a rezar y recitar el Corán públicamente. Tememos que por ello nuestras mujeres y nuestros hijos se extravíen. Impídele hacer esto. O bien adorará tranquilamente a su propio Señor dentro de su casa, o bien devuélvenos tu protección. Nosotros no queremos violar tu garantía».
Después, Ibn al-Dughunna fue y le dijo esto a Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Dijo: «No quiero que se extienda por Arabia que yo había concedido protección a un hombre y que mi protección ha sido quebrantada». En respuesta, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dijo: «De acuerdo; entonces te devuelvo tu protección y estoy satisfecho con la protección de Dios». Ibn al-Dughunna se levantó, fue ante los qurayshíes y dijo: «Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) me ha devuelto mi protección. Ahora ustedes y su gente quedan por su cuenta». (Adición.)
Los representantes de los politeístas ante el Negus para traer de vuelta a los emigrantes
Después de la Hégira, los jefes de Quraysh se reunieron y decidieron enviar a Abdalá ibn Abi Rabía. [Algunos han escrito Abdalá ibn Rabía. Sin embargo, Ibn Hisham escribió: ibn Abi Rabía. Él era hermano de padre y madre de Ayyash ibn Abi Rabía (que Dios esté complacido con él), según el autor.] (hermano por parte de padre de Abu Hal) y a Amr ibn al-As a Abisinia, con muchos obsequios de gran valor, para que persuadieran de algún modo al Negus (rey de Abisinia) a fin de que enviara de regreso a los emigrantes a La Meca.
Relato de Umm Salama (que Dios esté complacido con ella)
Umm al-Mu’minin Umm Salama (que Dios esté complacido con ella), una de las emigrantes, narró detalladamente este suceso; Ibn Ishaq y el imán Ahmad lo citaron. Ella dijo que estos dos experimentados enviados políticos llegaron a Abisinia buscándonos y entregaron numerosos obsequios a los cortesanos del Negus. Estos aceptaron unirse para ejercer una terrible presión sobre el Negus con el fin de que devolviera a los emigrantes a su país. Luego se entrevistaron con el Negus y, tras ofrecerle valiosos obsequios, dijeron: «Algunos jóvenes necios de nuestra ciudad han huido y han venido aquí, y los nobles de su pueblo nos han enviado ante usted para pedirle que los devuelva. Estos jóvenes también han abandonado nuestra religión. Tampoco han adoptado su religión; más bien, han inventado una religión extraña».
En cuanto terminó de hablar, los miembros del consejo real exclamaron desde todos los lados: «Sin duda, hay que devolver a esa gente. Los miembros de su propio pueblo conocen mejor cuáles son sus faltas y defectos. No está bien retenerlos».
El Negus se enfadó y dijo: «No puedo entregarlos de ese modo a estas personas. No puedo traicionar a quienes abandonaron otro país, confiaron en mi país y vinieron aquí a buscar refugio. Primero los llamaré y les preguntaré hasta qué punto es cierto lo que estos dicen acerca de ellos». Por consiguiente, el Negus mandó llamar a su corte a los compañeros del Mensajero de Dios (que Dios esté complacido con ellos).
Después de escuchar el mensaje del Negus, todos los emigrantes deliberaron juntos sobre qué debían decir ante el rey. Finalmente, decidieron por unanimidad que dirían exactamente lo que había enseñado el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), tanto si el Negus les permitía quedarse allí como si los expulsaba.
Tan pronto como llegaron a la corte, el Negus preguntó:
¿Qué os ha ocurrido, que abandonasteis vuestra propia religión, no aceptasteis la mía ni adoptasteis ninguna otra religión del mundo? ¿Qué clase de nueva religión es la vuestra?
En respuesta, el honorable Ja‘far ibn Abi Talib pronunció, en nombre de los emigrantes, un discurso improvisado en el que describió los defectos religiosos, sociales y morales de la ignorancia árabe. Luego mencionó la llegada del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y explicó lo que él enseñaba. Después mencionó las injusticias y persecuciones infligidas a sus seguidores. Concluyó su discurso diciendo: «En vez de ir a cualquier otro país, hemos venido al vuestro porque aquí no seremos objeto de ninguna injusticia». El discurso literal del honorable Ja‘far (que Dios esté complacido con él), citado por Ibn Ishaq a partir del relato de la honorable Umm Salama (que Dios esté complacido con ella), es el siguiente:
¡Oh ilustre rey! Éramos un pueblo sumido en la ignorancia. Adorábamos ídolos y comíamos animales muertos. Estábamos acostumbrados a las obscenidades, rompíamos los lazos de parentesco, tratábamos mal a nuestros vecinos y no cumplíamos nuestras promesas. El fuerte mataba al débil. Nos encontrábamos en tal estado cuando Dios Todopoderoso envió de entre nosotros mismos a un Mensajero. Conocíamos su linaje, su honradez, su veracidad y su carácter intachable. Nos invitó a creer en la unicidad de Dios y a adorarlo solamente a Él, y a abandonar los ídolos de piedra que nosotros y nuestros antepasados adorábamos. Nos ordenó decir la verdad, ser dignos de confianza, tratar bien a los parientes, ayudar y mostrar compasión a los vecinos, cumplir las promesas y abstenernos de los actos ilícitos y del asesinato. Nos prohibió toda clase de obscenidad, las palabras falsas, consumir los bienes de los huérfanos y lanzar falsas acusaciones contra las mujeres castas y virtuosas. Nos ordenó adorar únicamente a Dios y no asociarle nada. También nos guio a realizar la oración, ayunar y pagar el azaque. La honorable Umm Salama (que Dios esté complacido con ella) dice: «De este modo, el honorable Ja‘far (que Dios esté complacido con él) expuso al rey también las demás disposiciones y mandatos del islam». Por ello reconocimos su veracidad y creímos en él. Aceptamos todo lo que trajo de parte de Dios y adoramos solamente a Dios, sin asociarle a nadie. Declaramos ilícito lo que él declaró ilícito para nosotros y lícito lo que declaró lícito. Entonces nuestro pueblo se alzó contra nosotros. Comenzaron a castigarnos y a oprimirnos por causa de nuestra religión, como si adorásemos ídolos en lugar de adorar a Dios. Y nosotros declaramos lícitas aquellas cosas abominables que antes habíamos considerado lícitas. Finalmente, cuando con sus abusos y persecuciones hicieron insoportable nuestra vida y se interpusieron en nuestro camino religioso, partimos hacia vuestro país. Preferimos vuestro país a los demás y buscamos refugio en él, con la esperanza de que aquí no sufriríamos ninguna injusticia. —El autor.
Hazme escuchar las palabras que decís que fueron reveladas por Dios a vuestro Profeta.
En respuesta, el honorable Ja‘far (que Dios esté complacido con él) recitó y les hizo escuchar el comienzo de la sura de María, relacionado con el honorable Juan (la paz sea con él) y el honorable Jesús (la paz sea con él). El Negus lo escuchaba y derramaba lágrimas, hasta que su barba quedó empapada. También lloró su sacerdote, y lloraron asimismo sus cortesanos. Cuando el honorable Ja‘far (que Dios esté complacido con él) terminó la recitación, el Negus dijo: «Ciertamente, estas palabras y lo que trajo Jesús (la paz sea con él) proceden ambos de una misma fuente. ¡Por Dios!, no os entregaré a ellos». Luego dijo a los enviados de Quraysh: «Regresad. Jamás os los entregaré; eso nunca sucederá».
La honorable Umm Salama (que Dios esté complacido con ella) dice: «Abdullah ibn Abi Rabi‘a sentía cierta simpatía por nosotros y quería que nos salváramos. Pero Amr ibn al-As dijo: “¡Por Dios!, mañana diré algo que los destruirá por completo. Le diré al Negus que ellos consideran a Jesús ibn María (la paz sea con él) simplemente un siervo”. Abdullah le dijo: “No hagas eso. Aunque se opongan a nosotros, son nuestros parientes. Además, tenemos ciertos derechos que respetar para con ellos”. Amr ibn al-As no prestó atención a sus palabras y al día siguiente dijo al Negus: “Llámelos y pregúnteles también cuál es su creencia acerca de Jesús ibn María. En cuanto a él, sostienen algo muy grave”. El Negus volvió a convocar a los emigrantes. Ellos ya estaban enterados de la conspiración de Amr ibn al-As. Se reunieron y deliberaron sobre qué respuesta dar si el Negus les preguntaba acerca de Jesús (la paz sea con él). La situación era sumamente delicada y todos se encontraban muy preocupados. Pero los compañeros del Mensajero decidieron: “Que ocurra lo que tenga que ocurrir. Diremos lo mismo que Dios ha dicho y que Su Mensajero nos ha enseñado”. Finalmente, cuando acudieron a la corte del rey, el Negus les planteó la pregunta de Amr ibn al-As. Ja‘far ibn Abi Talib se levantó y dijo sin vacilar:
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—Él es siervo de Allah, Su Mensajero, un espíritu procedente de Él y una palabra que Allah infundió en la virgen María.
Después de escuchar esto, el Negus arrancó una brizna de hierba del suelo y dijo: «¡Por Dios! Jesús no fue más que eso de lo que has dicho». Al oír estas palabras, los sacerdotes comenzaron a sisear como serpientes. Pero el Negus dijo: «¡Por Dios!, así es, por mucho que sigáis siseando». Luego nos dijo: «Id y permaneced seguros en mi país. Si alguien os causa algún daño, será castigado. Aunque alguien me ofreciera una montaña de oro, no me gustaría causaros sufrimiento a cambio de ello». Después ordenó: «Devolved a estos dos enviados sus regalos; no los necesito. Cuando Allah me devolvió mi reino, no me exigió ningún soborno; por tanto, yo no aceptaré sobornos en lo concerniente a Allah». (Tafhim, tomo 3, introducción a la sura Maryam.)
Relato de Abdullah ibn Masud
Otro testigo presencial de este acontecimiento fue Abdullah ibn Masud. Él estuvo presente en aquella reunión. Su relato aparece transmitido de la siguiente manera en el Musnad de Ahmad y en al-Tabarani:
Cuando el Negus convocó a los emigrados ante él y escuchó de labios de Ya‘far ibn Abi Talib las enseñanzas del Profeta, dijo: «¡Por Dios! Ellos no dicen nada sobre Jesús que sea distinto de lo que nosotros decimos. ¡Bienvenidos vosotros y Aquel de quien venís! Doy testimonio de que él es el Mensajero de Allah y que es la misma persona cuya mención encontramos en el Evangelio. Él es el Mensajero cuya llegada fue anunciada por Jesús, hijo de María». (Tafhim, tomo 5, sura Saf, nota 8.)
En el relato de Abdullah ibn Masud también se menciona que los dos enviados de los coraichitas se presentaron ante el Negus, se postraron primero ante él y se sentaron a su derecha y a su izquierda. Dijeron: «Algunos de nuestros parientes han venido aquí y se han separado de nosotros y de nuestra religión. Por eso hablaremos en nombre de todos». Todos caminaban detrás de él. Al entrar en la corte, Ya‘far lo saludó. Los miembros del consejo dijeron: «¿Por qué no te has postrado?»
Ya‘far respondió: «Nosotros no nos postramos ante nadie salvo Allah». Después mencionó al Profeta y sus enseñanzas, y luego expuso la creencia de los musulmanes acerca de Jesús, hijo de María. En este relato también se transmiten estas palabras del Negus: después de reconocer la veracidad del Profeta, dijo: «¡Por Dios! Si no estuviera atado a las responsabilidades del reino, iría a servirle, llevaría sus sandalias y le haría la ablución».
Relato de Abu Musa al-Ashari
Hafiz Abu Nuaym y al-Bayhaqui han transmitido un relato casi idéntico, citándolo de Abu Musa al-Ashari. En él se añade que, antes de que los emigrantes llegaran a la corte real, el representante de Quraysh dijo al Nayashi, para incitarlo contra ellos: «Verá que no se postrarán ante usted». Cuando llegamos a la corte, los cortesanos dijeron: «Póstrense ante el rey». Yafar (r. a.) dijo: «No nos postramos ante nadie excepto ante Allah». Cuando avanzamos y llegamos ante el Nayashi, él preguntó: «¿Qué os ha impedido postraros ante mí?». Él dio la misma respuesta: «No nos postramos ante nadie excepto ante Allah». Lo que ocurrió después fue lo mismo que relató Ibn Masud (r. a.). Finalmente, el Nayashi nos dijo: «Permaneced en mi territorio tanto como queráis». También ordenó que se dispusiera alimento y vestimenta para nosotros.
El relato del propio Yafar (r. a.)
Hafiz Ibn Asakir y al-Tabarani han transmitido el relato de Yafar (r. a.), citándolo de su hijo Abd Allah ibn Yafar. En este relato se añade que, cuando explicamos nuestras diferencias religiosas con ellos en respuesta a las acusaciones de los representantes de Quraysh, el Nayashi preguntó a estos: «¿Son vuestros esclavos?». Respondieron: «No». Él preguntó: «¿Os deben alguna deuda?». Respondieron que no. Entonces dijo: «Dejadlos, pues». Después, Yafar (r. a.) también relató lo mismo que los demás: que Amr ibn al-As expuso ante el Nayashi nuestras creencias acerca de Jesús, hijo de María (a. s.). El Nayashi reconoció su verdad y nos preguntó: «¿Hay aquí alguien que os cause daño?». Respondimos: «Sí». Entonces anunció que quien causara daño sería multado con cuatro dirhams. Luego nos preguntó: «¿Es esto suficiente?». Dijimos: «No». Entonces duplicó la multa. (Ampliación.)
La veraz actitud de los emigrantes
De este modo, los emigrantes a Abisinia no solo demostraron que, por causa de la verdad en la que habían creído, estaban dispuestos a abandonar sus hogares, familiares, negocios, bienes y patria, y a soportar el exilio. También demostraron que, incluso durante aquel exilio y en una situación de desamparo, no estaban dispuestos a mostrar la menor debilidad respecto de la verdad. Su fuerza de fe era tan asombrosa que, incluso en un entorno delicado como una corte real, expusieron claramente su creencia acerca de Jesús (a. s.), cuando todos los consejeros del Nayashi, tras aceptar sobornos, estaban decididos a entregarlos en manos de sus enemigos. En aquel momento existía el temor de que, después de escuchar la declaración inequívoca del islam sobre las creencias fundamentales del cristianismo, el propio Nayashi pudiera enfurecerse y entregar a los musulmanes oprimidos a los carniceros de Quraysh. Sin embargo, aun así, no vacilaron lo más mínimo en presentar la verdad. Esto muestra al mundo qué clase de personas de carácter firme y entregadas de todo corazón difunden la invitación islámica. (14)
La llegada de una delegación cristiana desde Abisinia
La magnitud de la influencia que el carácter de los emigrantes y su invitación ejercieron sobre los habitantes de Abisinia puede estimarse por el hecho de que una delegación de unos veinte hombres llegó desde allí a La Meca y se reunió con el Profeta (s. a. s.).
Ibn Hisham, al-Bayhaqui y otros han relatado este acontecimiento, citándolo de Muhammad ibn Ishaq, de la siguiente manera: después de la emigración a Abisinia, cuando la llegada del Profeta (s. a. s.) y la difusión de su invitación comenzaron a extenderse en Abisinia, una delegación de unos veinte hombres llegó desde allí y se reunió con el Profeta (s. a. s.) en la Mezquita Sagrada. (Según una versión, se reunieron con él y le hicieron algunas preguntas). Muchos miembros de Quraysh también se apostaron alrededor para presenciar el acontecimiento. Cuando la delegación le hizo algunas preguntas, el Profeta (s. a. s.) respondió. Después los invitó al islam y recitó ante ellos algunos versículos del Corán. Al escuchar el Corán, las lágrimas brotaron de sus ojos. Reconocieron que era verdaderamente la palabra de Allah y creyeron en el Profeta. Al terminar la reunión, Abu Yahl y algunos de sus compañeros se encontraron con ellos en el camino y los reprendieron diciendo: «¡Que vuestra vida fracase! Vuestros correligionarios os enviaron para que examinarais la situación de este hombre y les llevarais un informe exacto. Pero apenas os sentasteis con él, abandonasteis vuestra religión y creísteis en él. Nunca hemos visto gente más necia que vosotros». Ellos respondieron: «Hermanos, la paz sea con vosotros. No podemos discutir con vosotros al modo de los ignorantes. Dejadnos seguir nuestro camino y seguid vosotros el vuestro. No podemos privarnos conscientemente del bien». Este acontecimiento se menciona en la sura al-Qasas:
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-Aquellos a quienes dimos el Libro antes de él creen en este Corán y, cuando se les recita, dicen: «Creemos en él. En verdad, es la verdad procedente de nuestro Señor. Ya antes de él nos habíamos sometido a esta religión del islam». (Al-Qasas: 52-53)
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-Quienes, cuando oyen palabras vanas, se apartan de ellas y dicen: «Nuestras obras son para nosotros y vuestras obras son para vosotros. La paz sea con vosotros; no podemos adoptar el camino de los ignorantes». (Al-Qasas: 55) (Tafhim, tomo 3, Al-Qasas, nota 72).
Primera lista de los muhayirun que regresaron de Abisinia
Cabe señalar que un grupo de los muhayirun permaneció en Abisinia junto a Hazrat Ya’far (ra) y regresó durante la batalla de Jaibar. Los siguientes emigrantes regresaron en distintos momentos, antes de la Hégira del Profeta a Medina, según el relato de Ibn Ishaq.
1. Hazrat Uthman (ra) y su esposa, Hazrat Ruqayya bint Rasul (s).
2. Hazrat Abu Hudhayfa ibn Utba ibn Rabi’a (ra) y su esposa, Sahla bint Suhayl ibn Amr.
3. Hazrat Abdullah bin Jahsh (r. a.)
4. Hazrat Utba bin Ghazwan (r. a.)
5. Hazrat Zubair bin al-Awwam (r. a.)
6. Hazrat Musab bin Umair (r. a.)
7. Hazrat Suwaibit bin Saad bin Hamala (r. a.)
8. Hazrat Tulaib bin Umair (r. a.)
9. Hazrat Abdurrahman bin Awf (r. a.)
10. Hazrat Miqdad bin Amr (r. a.)
11. Hazrat Abdullah bin Masud (que Allah esté complacido con él)
12. Hazrat Abu Salama (que Allah esté complacido con él) y su esposa, Hazrat Umm Salama (que Allah esté complacido con ella)
13. Hazrat Shammas bin Uthman (que Allah esté complacido con él)
14. Hazrat Salama bin Hisham (que Allah esté complacido con él)
15. Hazrat Ayyash bin Abi Rabi‘a (que Allah esté complacido con él)
16. Hazrat Mu’attab bin Awf (que Allah esté complacido con él)
17. Hazrat Uthman bin Maz‘un (que Allah esté complacido con él), su hijo Hazrat Sa’ib (que Allah esté complacido con él) y sus dos hermanos, Hazrat Qudama (que Allah esté complacido con él) y Abdullah (que Allah esté complacido con él)
18. Hazrat Khunais bin Huzafa (que Allah esté complacido con él)
19. Hazrat Hisham ibn As ibn Wa’il (que Dios esté complacido con él)
20. Hazrat Amir ibn Rabi’a (que Dios esté complacido con él) y su esposa Layla bint Abi Hasma.
21. Hazrat Abdullah ibn Makhzama (que Dios esté complacido con él)
22. Hazrat Abdullah ibn Suhayl ibn Amr (que Dios esté complacido con él). Después de que fue apresado en La Meca, su padre lo golpeó con tal brutalidad que exteriormente se hizo pasar por incrédulo, pero en su fuero interno era musulmán. En la batalla de Badr marchó con los incrédulos y, justo en el momento de la batalla, se unió a los musulmanes.
23. Hazrat Abu Sabra ibn Abi Ruham (que Dios esté complacido con él) y su esposa Umm Kulthum bint Suhayl ibn Amr.
24. Hazrat Sakran ibn Amr (que Dios esté complacido con él). Ibn Ishaq y al-Waqidi dicen que murió después de regresar a La Meca. Musa ibn Uqba y Abu Ma’shar dicen que murió en Abisinia.
25. Hazrat Sawda bint Zam’a (que Dios esté complacido con ella)
26. Hazrat Sa’d ibn Khawla (que Dios esté complacido con él)
27. Hazrat Abu Ubaidah ibn al-Yarrah (que Dios esté complacido con él)
28. Hazrat Amr ibn Hariz (que Dios esté complacido con él)
29. Hazrat Suhail ibn Bayda (que Dios esté complacido con él)
30. Hazrat Amr ibn Abi Sarah (que Dios esté complacido con él). (Ampliación.)
La profecía de la sura de los Romanos
Durante la emigración a Abisinia ocurrió un acontecimiento importante que finalmente se consideró una prueba irrefutable de la veracidad del Mensajero de Dios y del Corán. No era posible presentar ningún argumento contra el hecho de que el Corán es, en realidad, la santa palabra de Dios Altísimo, revelada al Profeta mediante la revelación. Los primeros versículos de esta sura de los Romanos decían:
Los romanos han sido derrotados en la tierra cercana, pero, después de su derrota, vencerán en unos pocos años. El mandato pertenece únicamente a Dios, antes y después. Y ese será el día en que los musulmanes se regocijarán (aleyas 2 a 4). Relataremos brevemente este acontecimiento.
El acontecimiento ocurrido ocho años antes de la misión profética del Profeta fue el siguiente: estalló una rebelión contra Mauricio (MARICE), rey de Roma. Como consecuencia, un hombre llamado Focas (PHOCAS) ascendió al trono. Primero, asesinó ante los ojos del emperador Mauricio a sus cinco hijos y después asesinó también al emperador. Luego colgó las cabezas cortadas del padre y de los hijos en un lugar público de Constantinopla. Pocos días después, asesinó también a su esposa y a sus tres hijas. Esto proporcionó al emperador iraní Cosroes Parviz un pretexto moral para invadir el Imperio romano, pues el emperador Mauricio había sido su protector. Con su ayuda, Parviz había obtenido el trono de Irán. Lo consideraba su padre. Basándose en ello, declaró: «Quiero vengar por la fuerza la opresión cometida por Focas, que había tomado el poder mediante la violencia, contra mi padre adoptivo y sus hijos». En el año 603 d. C. declaró la guerra al Imperio romano y, en pocos años, tras derrotar uno tras otro a los ejércitos de Focas, avanzó victorioso, por un lado, hasta la actual Urfa, en Asia Menor, y, por otro, hasta Alepo y Antioquía, en el territorio de Siria. Cuando los altos dignatarios del Imperio romano vieron que Focas no podría defender el país, solicitaron la ayuda del gobernante de África. Este envió a su hijo Heraclio a Constantinopla con un poderoso regimiento. Tan pronto como llegó allí, Focas fue depuesto y Heraclio fue nombrado césar, es decir, emperador romano, en su lugar. Después de que asumió el poder, Focas recibió el mismo trato que él había dado a Mauricio. Este fue el acontecimiento del año 610 d. C., y en ese mismo año Muhammad fue investido con la dignidad de Profeta.
La justificación moral con la que Cosroes Parviz declaró la guerra dejó de existir después de la destitución y el asesinato de Focas. Si realmente su propósito hubiera sido vengar la opresión y las injusticias cometidas por Focas, que había tomado el poder por la fuerza, lo correcto habría sido concertar la paz con el nuevo emperador después de matarlo. Sin embargo, Cosroes continuó la guerra. La presentó como una guerra religiosa entre los adoradores del fuego y los cristianos. Las sectas cristianas que la Iglesia oficial del Imperio romano había declarado heréticas y que había sometido durante años a la rueda de la persecución y la opresión se convirtieron en aliadas de los invasores adoradores del fuego. La comunidad judía también se unió a ellos. En el ejército de Cosroes Parviz se alistaron 206.000 judíos. Heraclio no pudo hacer frente a aquella inundación. La primera noticia que recibió al ascender al trono fue la toma de Antioquía por los iranios; después, en el año 613 d. C., tomaron Damasco. Luego, en el año 614 d. C., tomaron Bayt al-Maqdis y provocaron una catástrofe extrema para el mundo cristiano. En aquella ciudad fueron asesinados noventa mil cristianos y fue destruida su iglesia más venerada, la «Kanisatul Qiyama». Los iranios se apoderaron de la verdadera «Cruz», sobre la cual, según la creencia religiosa de los cristianos, el Mesías entregó su vida, y la llevaron a Mada’in, la capital de Irán. También capturaron al sacerdote Zacarías y destruyeron las grandes iglesias de la ciudad. La magnitud de la embriaguez de Cosroes por esta victoria puede calcularse por la carta que escribió a Heraclio desde Bayt al-Maqdis. En ella decía:
«De parte de Cosroes, el más grande de todos los dioses, señor del universo, a Heraclio, vil e insensato siervo».
Tú dices que confías en tu propio Señor; entonces, ¿por qué tu dios no pudo proteger Jerusalén de mis manos?
En el plazo de un año después de esta victoria, el ejército iranio conquistó toda la región de Jordania, Palestina y el valle del Sinaí, y llegó hasta Egipto. Esto ocurrió precisamente en la época en que en La Meca se desarrollaba una guerra, o conflicto, históricamente mucho más importante. Allí, bajo el liderazgo de Sayyiduna Muhammad (la paz sea con él), portador de la bandera del tawhid, y por orden de los jefes coraichitas seguidores del shirk, ambos bandos estaban enfrascados en la lucha mutua. La situación llegó a tal extremo que, en el año 615 d. C., durante el quinto año de la misión profética, un gran número de musulmanes se vio obligado a abandonar sus hogares y buscar refugio en el reino cristiano de Abisinia. En aquel entonces Abisinia estaba vinculada a Roma por lazos de amistad. Todos hablaban de la victoria de Irán sobre el Imperio romano. Los politeístas de La Meca se regocijaban por ello. Decían a los musulmanes: «Mirad, los politeístas adoradores del fuego de Irán están triunfando, mientras que los cristianos creyentes en el tawhid y la misión profética solo sufren derrota. Del mismo modo, nosotros, los paganos árabes, os exterminaremos a vosotros y a vuestra religión».
En esta situación fue revelada esta sura del Corán, y se predijo que los romanos habían sido derrotados en la tierra más cercana. Pero, dentro de unos pocos años después de esta derrota, resultarían victoriosos, y ese sería el día en que los musulmanes se alegrarían por la victoria concedida por Allah.
Aquí hay dos predicciones en lugar de una. Primera: los romanos vencerían. Segunda: los musulmanes también obtendrían la victoria en ese mismo tiempo. A simple vista, hasta donde alcanzaba la vista, no se veía ninguna señal de que alguna de estas dos predicciones pudiera cumplirse en unos pocos años. Por un lado estaban los pocos musulmanes, que eran aplastados bajo la rueda de la persecución y la tortura. Y durante ocho años después de esta predicción no se veía ninguna posibilidad de que vencieran. Por otro lado, la derrota de Roma aumentaba día tras día. Hasta el año 619 d. C., todo Egipto pasó a estar bajo el dominio de Irán. Las tropas iranias llegaron cerca de Tarabulus y izaron allí su bandera. En Asia Menor, los soldados iranios, golpeando a los romanos sin cesar, llegaron hasta las costas del Bósforo. En el año 617 d. C. tomaron Calcedonia (CHALCEDON), frente a Constantinopla. El césar envió un representante a Cosroes para proponer la paz a cualquier precio. Él respondió: «No concederé seguridad al césar hasta que se presente ante mí encadenado, abandone al dios de la Cruz y acepte adorar al dios del fuego». Finalmente, el césar quedó tan abatido por la derrota que quiso abandonar Constantinopla y trasladarse a Cartago. El historiador Gibbon dice que, incluso después de esta predicción coránica, durante siete u ocho años la situación era tal que nadie podía imaginar que el Imperio romano vencería a Irán. Más aún, lejos de esperar la victoria, en aquella época nadie albergaba siquiera la esperanza de que este imperio siguiera existiendo (Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire, vol. II, p. 788, Modern Library, Nueva York).
Cuando fueron revelados estos versículos del Corán, los incrédulos de La Meca comenzaron a burlarse intensamente, y Ubayy ibn Jalaf hizo esta apuesta con Abu Bakr (que Allah esté complacido con él): «Si los romanos vencen en el plazo de tres años, te daré diez camellos; de lo contrario, tú tendrás que darme diez camellos». Cuando el Profeta (la paz sea con él) se enteró de esto, dijo: «En el Corán se han utilizado las palabras **********************». En árabe, se considera que este significado abarca hasta diez. Por eso, fija la apuesta en diez años y aumenta el número de camellos a cien. Así pues, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) volvió a hablar con Ubayy, y se estableció una nueva apuesta: la parte cuya afirmación resultara falsa debería entregar cien camellos a la otra.
Mientras tanto, en el año 622 d. C., el Profeta (la paz sea con él) emigró a Medina, y por otro lado Heraclio partió secretamente de Constantinopla rumbo a Trebisonda, por la ruta del mar Negro, donde se preparó para atacar Irán por la retaguardia. Para preparar este contraataque, el césar pidió ayuda financiera a las iglesias, y el arzobispo Sergio (SERGIUS) prestó con interés las enormes sumas de dinero acumuladas en las iglesias como ofrendas, para proteger al cristianismo de la religión de los adoradores del fuego. Heraclio inició su ataque desde Armenia y, al año siguiente (624 d. C.), entró en Azerbaiyán, destruyó Urmía, lugar de nacimiento de Zaratustra, y arrasó hasta los cimientos el mayor templo del fuego de los iranios. Contemplad la maravillosa manifestación del poder de Dios: aquel fue el mismo año en que los musulmanes obtuvieron su primera victoria decisiva contra los politeístas en el campo de Badr. De este modo, las dos predicciones hechas en el Corán se cumplieron simultáneamente antes de que transcurrieran diez años.
Después, el ejército romano continuó derrotando a los iraníes de manera ininterrumpida. En la decisiva batalla de Nínive (627 d. C.), quebraron la columna vertebral del Imperio iraní. Luego fue destruida Dastagard, la residencia del emperador iraní, y las tropas romanas avanzaron hasta llegar frente a Ctesifonte, que en aquella época era la capital de Irán. En 628 d. C. estalló una rebelión en el propio hogar de Cosroes Parviz contra él mismo. Fue capturado. Dieciocho de sus hijos fueron asesinados ante sus propios ojos. Uno de sus hijos, Sherbaya, ascendió al trono. Ese mismo año se firmó el Tratado de Hudaybiyya, que el Corán calificó de gran victoria. También ese año el emperador iraní renunció a sus derechos sobre todos los territorios ocupados de Roma y firmó la paz con Roma. En 629 d. C., el César fue personalmente a Bayt al-Maqdis para devolver la Gran Cruz a su lugar, y ese mismo año el Profeta (la paz sea con él) entró en La Meca por primera vez desde la Hégira para realizar la «Umrat al-Qada».
Después de esto, ya no quedó lugar para que nadie dudara de que la profecía del Corán era absolutamente verdadera. Muchos politeístas creyeron en ella. Al aceptar la derrota ante los herederos de Ubayy ibn Jalaf, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) tuvo que entregarles el camello apostado. Lo llevó ante el Profeta (la paz sea con él), quien ordenó que se diera como limosna. Esto se debía a que la apuesta se había hecho cuando el juego de azar aún no había sido prohibido por la sharía. En ese momento llegó la orden de prohibirlo. Por ello se permitió aceptar de los incrédulos combatientes los bienes obtenidos mediante apuestas, pero se ordenó que no fueran utilizados personalmente, sino entregados como limosna. (Tafhim, tomo 3, introducción a la sura Ar-Rum.)
Capítulo décimo
Desde el sexto año de la misión profética hasta después del décimo año
Después de la emigración a Abisinia, quedaron en La Meca muy pocos compañeros del Profeta (la paz sea con él), entre los cuales también había algunas mujeres. Los enemigos del islam ya se habían visto sumidos en una situación extremadamente incómoda a causa de la emigración; además, su resentimiento se debía principalmente a que los emigrantes habían encontrado un refugio muy seguro en Abisinia y la delegación de los politeístas había regresado frustrada. En estas circunstancias, no vacilaron siquiera en atacar al Profeta (la paz sea con él). (Añadido por el autor.)
La persecución de Quraysh contra el Profeta (la paz sea con él)
En Sahih al-Bujari se cita una narración de Urwa ibn az-Zubayr según la cual se preguntó a Abd Allah ibn Amr ibn al-As (que Dios esté complacido con él): «¿Cuál es el trato más cruel que vio usted de parte de los politeístas contra el Profeta (la paz sea con él)?»
Él respondió: «Un día, el Profeta (la paz sea con él) estaba rezando en el patio de la Kaaba (según otra versión, en el Hiyr de la Kaaba). De repente, Uqba ibn Abi Muayt se adelantó, rodeó su cuello con una tela y comenzó a retorcerla para estrangularlo y matarlo. Justo entonces llegó Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Lo apartó empujándolo. Abd Allah (que Dios esté complacido con él) dijo que, mientras Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) forcejeaba con él, repetía estas palabras:»
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¿Acaso quieres matarlo únicamente por decir: «Mi Señor es Allah»? Ibn Jarir relató este suceso en su Historia, transmitiéndolo de Abu Salama ibn Abd al-Rahmán. Sin embargo, al-Nasa’i e Ibn Abi Hatim lo transmitieron, con algunas variaciones verbales, de Amr ibn al-As, padre de Abdullah, en lugar de hacerlo de Abdullah; y en ese relato, en vez de mencionar a Uqba ibn Abi Mu‘ayt, dijeron que quienes habían cometido aquel acto eran unos hombres de Quraysh. Mientras tanto, Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, siguió pronunciando estas palabras entre lágrimas mientras protegía al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz. (Tafhim, tomo 4: Introducción a la sura al-Mu’min.)
El imán Bujari citó este suceso en varias partes de su obra. En un lugar transmitió el relato de Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él, y en otro, el de Abdullah ibn Amr ibn al-As. [Lo correcto parece ser que el relato original procede de Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él, pues Abdullah ibn Amr, que Allah esté complacido con él, falleció en el año 64 de la hégira, cuando tenía setenta y dos años. Desde este punto de vista, no pudo haber sido testigo presencial de este suceso, ya que nació siete años antes de la hégira, es decir, en el sexto año de la misión profética —autor—.] En uno de los relatos de Amr ibn al-As se dice: «Nunca vi que Quraysh tuviera la intención de matar al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, salvo en una ocasión. Estaban sentados a la sombra de la Kaaba y el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, rezaba en el Maqam Ibrahim. Entonces comenzaron a incitarse mutuamente contra el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Finalmente, Uqba ibn Abi Mu‘ayt se levantó, rodeó con su manto el cuello del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y comenzó a tirar de él. Al final, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, cayó de rodillas, y se produjo un gran alboroto entre la gente. En ese momento, Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, corrió hasta allí, lo levantó sujetándolo por ambos brazos desde atrás y empezó a decir: “¿Acaso vais a matar a un hombre únicamente por decir: ‘Mi Señor es Allah’?”»
Después, aquellos hombres se alejaron de él. Al terminar la oración, cuando el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasó junto a aquellos hombres de Quraysh, dijo: «Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que he sido enviado contra vosotros para degollaros». Abu Yahl respondió: «¡Oh, Muhammad!, nunca fuiste un ignorante» (Abu Ya‘la, Ibn Hibban, al-Tabarani y al-Bayhaqi citaron este suceso transmitiéndolo de Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él).
En otro relato de Sahih Bujari se dice que los politeístas le arrancaron al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, la barba y el cabello. Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, acudió en su ayuda y, entre lágrimas, no dejaba de decir: «¿Acaso queréis matar a un hombre únicamente por decir: “Mi Señor es Allah”?»
El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Abu Bakr, déjalo. Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que he sido enviado contra ellos para degollarlos». Al oír esto, la gente que se había aglomerado allí se dispersó.
Ibn Hisham, Jarir al-Tabari y al-Bayhaqi citaron este suceso, transmitiéndolo de Ibn Ishaq, de la siguiente manera: Urwa ibn al-Zubayr preguntó a Abdullah ibn Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él: «Entre las hostilidades que Quraysh manifestó contra el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, ¿cuál fue el acto más cruel que presenciaste?». Él respondió: «Una vez fui a una reunión de Quraysh, cuyos jefes se habían congregado en el Hiyr. Hablaban del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y decían: “Nunca hemos soportado de nadie algo semejante a lo que hemos soportado de este hombre. Considera nuestra inteligencia como necedad, insulta a nuestros antepasados, critica nuestra religión y provoca divisiones entre nosotros. En verdad, hemos tenido mucha paciencia; aun así, sigue diciendo todas estas cosas”. En ese momento apareció el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Avanzó y besó la Piedra Negra. Después, mientras hacía la circunvalación de la Kaaba, pasó junto a ellos, y ellos le lanzaron una burla. Observé una expresión de disgusto en su rostro. Cuando pasó junto a ellos por segunda vez, volvieron a burlarse de él, y también advertí en él una reacción de disgusto. La tercera vez que repitieron el mismo comportamiento, él se detuvo y dijo: “¡Oh, hombres de Quraysh, escuchad! Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que he venido a vosotros para degollaros”».
Abdullah ibn Amr, que Allah esté complacido con él, dijo: «Al oír estas palabras del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, todos quedaron estupefactos. Parecía como si hubiera un pájaro posado sobre sus cabezas; es decir, como si hubieran quedado fulminados por un rayo. Entonces, el que entre ellos había hablado con mayor dureza se dirigió cortésmente al Profeta para calmarlo y dijo: “¡Oh, Abu al-Qasim, sigue tu camino tranquilamente! Por Allah, nunca fuiste un ignorante”. El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, se alejó de allí».
Al día siguiente volvieron a reunirse en al-Hijr, y yo también estaba con ellos. Se dijeron entre sí: «¿Recordáis hasta qué punto este hombre se está excediendo contra vosotros? Ayer incluso lo declaró claramente. Y, aun así, lo dejasteis marchar». En ese momento se vio al Profeta (s) acercarse de frente. En cuanto llegó, todos se abalanzaron sobre él, lo rodearon y empezaron a decirle: «¿No eres tú quien dice esto y aquello?». Él respondió: «Sí, soy yo quien dice esto y aquello». Entonces vi que uno de ellos agarró el manto del Profeta (s) por el cuello y lo apretó con el puño. Abu Bakr (ra) se levantó para ayudarlo y, entre lágrimas, empezó a decir: «¿Acaso queréis matar a un hombre únicamente por decir: “Mi Señor es Allah”?»
Entonces aquellas personas lo dejaron y se marcharon. Este fue el trato sumamente cruel y despiadado que vi infligir a los qurayshíes al Mensajero de Allah (s) (esta historia también ha sido transmitida de este modo en el Musnad de Ahmad).
La aceptación del islam por Hamza (ra)
Fue entonces cuando ocurrió un día un suceso que llevó a Hamza (ra) al seno del islam. Existe discrepancia entre los historiadores acerca de la fecha en que aceptó el islam. Ibn Hayar escribió en al-Isaba que fue en el segundo año de la misión profética. Ibn Abd al-Barr escribió primero que fue en dicho segundo año, pero luego volvió a escribir que se hizo musulmán en el sexto año de la misión profética, después de que el Profeta (s) entrara en la casa de al-Arqam. Sin embargo, Ibn Sa‘d, Ibn al-Yawzi y al-Utabi afirmaron con certeza que fue en el sexto año de la misión profética. Ibn al-Qayyim también lo mencionó en Zad al-Ma‘ad después de la segunda emigración a Abisinia, y esto mismo aparece en Tarij al-Kamil de Ibn Kazir. Además, el propio suceso que fue la causa de que Hamza (ra) aceptara el islam demuestra que no pudo haber ocurrido en el segundo año de la misión profética. Más bien, debió ocurrir después de que el conflicto entre los qurayshíes y el Profeta (s) alcanzara su punto culminante, pues en el segundo año, ¿qué posibilidad tenía Abu Yahl siquiera de insultar al Profeta, y mucho menos de hablarle mirándolo a los ojos?
El suceso fue el siguiente: un día el Profeta (s), según la narración de Ibn Ishaq, pasaba cerca del monte Safa o, según otra versión, cerca de Hayun. En ese momento Abu Yahl lo insultó duramente y pronunció palabras ofensivas contra él y contra la religión que predicaba. Pero él no respondió a ninguna de sus palabras. Según la narración de Ibn Ishaq, la noticia llegó a Hamza (ra) por medio de una esclava liberada por Abd Allah ibn Yud‘an, uno de los jefes de los Banu Taym; según otros, por medio de Safiyya (ra), hermana de Hamza (ra); y según la narración de Ibn Abi Hatim, por medio de dos mujeres. Hamza era uno de los hombres fuertes, valientes y orgullosos de Quraysh. Era tío del Profeta (s) y hermano de leche. Su madre era prima hermana de la señora Amina. Era dos, tres o cuatro años mayor que el Profeta (s), a quien quería muchísimo. Le apasionaba la caza. Cuando regresaba con su arco y sus flechas, oyó lo ocurrido. Lleno de ira, llegó al Santuario, donde estaba sentado Abu Yahl. Apenas llegó, lo golpeó en la cabeza con el arco con tanta fuerza que se la abrió, y dijo: «¿Lo insultas? Yo sigo su religión y afirmo lo mismo que él afirma. Si te atreves, insúltame a mí una sola vez».
Entonces algunos hombres de los Banu Majzum se levantaron en apoyo de Abu Yahl. Pero Abu Yahl dijo: «Dejad marchar a Abu Umarah. En verdad, insulté gravemente a su sobrino». Al-Tabarani e Ibn Abi Hatim dicen que Hamza (ra) declaró: «Mi religión también es la religión de Muhammad (s); intentad impedirme seguirla, si podéis».
Yunus ibn Bukayr, autor de una obra sobre las campañas militares, transmitió de Ibn Ishaq algunos detalles adicionales: Hamza (ra) ciertamente actuó dominado por su sentido del honor, pero, al regresar a casa, su conciencia lo reprendió de este modo: «Tú eres uno de los jefes de Quraysh; ¿te has convertido en seguidor de este hombre que ha abandonado la religión y has abandonado la religión de tus antepasados? Después de lo que has hecho, la muerte sería mejor para ti que eso».
Después suplicó a Allah: «¡Oh Dios! Si esto es el camino recto, haz que su verdad penetre en mi corazón; de lo contrario, ábreme un camino para apartarme de él». Pasó toda la noche en una profunda angustia e inquietud, atormentado por las insinuaciones de Satanás. Por la mañana fue ante el Profeta (s) y le dijo: «¡Sobrino! Me he visto envuelto en un asunto del que no encuentro salida. Que un hombre como yo permanezca firme en algo sin saber si es correcto o incorrecto es algo sumamente grave».
Después de escuchar sus palabras, el Profeta (s) lo aconsejó, le advirtió que temiera a Dios y le dio la buena nueva de aceptar la fe. Finalmente, Allah hizo que la fe entrara en su corazón, y Hazrat Hamza (r) dijo: «Doy testimonio de que usted es veraz». Este suceso ha sido citado con referencia a al-Bayhaqi y Yunus ibn Bukayr.
La conversión de Hazrat Umar (r) al islam
Después, el segundo y enorme golpe devastador para los quraysh fue que un día llegaron a saber que también Umar ibn al-Jattab había creído en el Profeta (s). Él era uno de los pilares de la oposición de los quraysh al islam. Desempeñaba un papel destacado en la persecución y las torturas infligidas a quienes abrazaban la fe. Gozaba de una posición importante entre los quraysh. Era un célebre erudito de la genealogía árabe. Los quraysh también lo enviaban como emisario. En las disputas y desacuerdos entre las tribus, se lo aceptaba como árbitro y se acataban sus veredictos. Era un héroe fuerte y valiente. Poseía una gran elocuencia y era un excelente orador, capaz de hechizar a sus oyentes. Los quraysh jamás imaginaron que un hombre como él llegaría un día a alzarse contra ellos como abanderado del islam. Sin embargo, en su interior operaba una corriente de acción que avanzaba gradualmente y que finalmente lo atrajo hacia el islam. (Adición del autor.)
Su reacción inicial
Su reacción inicial ha sido citada a partir de su propio relato en el Musnad de Ahmad y en al-Tabarani. Dice: «Un día, antes de abrazar el islam, salí de casa con la intención de importunar al Mensajero de Allah (s). Pero él había entrado en el recinto sagrado antes que yo. Cuando llegué, estaba recitando la sura al-Haqqah durante la oración. Me situé detrás de él y comencé a escuchar. Me maravillaba la elocuencia del Corán, y de repente pensé que aquel hombre seguramente era un hechicero, tal como decían los quraysh. En ese instante, estas palabras salieron de la boca del Profeta (s):»
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«Estas son las palabras de un Mensajero honorable, no las de un poeta. ¡Qué poco creéis!» (aleyas 40-41)
Pensé para mis adentros: «Si este hombre no es poeta, entonces sin duda es un adivino». Inmediatamente, estas palabras salieron de su boca:
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—Ni son palabras de ningún adivino. Pensad un poco.
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—Ha sido revelado por parte del Señor de los mundos.
Al oír esto, el islam penetró profundamente en el corazón de Amr. (Añadido por el autor.)
La repercusión de la emigración a Abisinia en su corazón
Su segunda reacción fue citada por Ibn Hisham en su Sira, por al-Tabari en su Historia y por Ibn Athir en Usd al-Gaba, bajo la autoridad de Ibn Ishaq, a partir del relato de Jadiya Laila bint Abi Hasma. Ella era pariente cercana de Umar y emigró a Abisinia junto con su esposo, Amir ibn Rabia al-Anzi. Ella cuenta: «Yo estaba preparando el equipaje para la emigración, mientras mi esposo había salido para atender un asunto. En ese momento llegó Umar, que todavía estaba entregado al politeísmo. Habíamos sufrido muchas persecuciones a manos suyas. Sin embargo, aquella vez se quedó de pie observando mis afanes. Luego dijo: “Madre de Abdullah, ¿entonces os vais?”»
Respondí: «Sí. Puesto que nos habéis atormentado enormemente y habéis cometido injusticias contra nosotros, nos marcharemos a algún lugar de la tierra de Dios, donde Dios nos procurará una salida de esta aflicción». Entonces Umar dijo: «Que Dios esté con vosotros». En aquel momento lo vi con los ojos tan llenos de lágrimas como nunca antes. Al vernos abandonar nuestra tierra, se marchó profundamente apenado.
Después, cuando Amir regresó con las cosas que necesitábamos, le dije: «¡Padre de Abdullah! ¡Ay, si hubieras visto en ese momento a Umar y su rostro afligido por nuestra situación! Se marchó de aquí hace un instante». Amir dijo: «¿Esperas que se haga musulmán?». Respondí: «Sí». Él dijo: «El hombre que acabas de ver no se hará musulmán hasta que el burro de Jattab se haga musulmán».
El relato de su conversión al islam
Finalmente, un día, este conflicto mental lo impulsó a matar al Mensajero de Allah (s), para poner fin a la lucha en la que estaba sumido. Ibn Ishaq dice que salió con la espada desenvainada con ese propósito. Pero en el camino se encontró con Nu‘aym ibn Abdullah al-Najjam. Este era uno de los nobles de la tribu de Hazrat Umar (ra), aunque se había hecho musulmán en secreto. Le preguntó: «¿Adónde vas?». Respondió: «Quiero matar a ese sábi —ese apóstata— que ha creado divisiones entre los quraysh, nos considera a todos unos necios, ha señalado los defectos de nuestra religión y ha insultado a nuestros ídolos». Nu‘aym dijo: «¡Por Dios! ¡Oh, Umar! Tu mente te ha atrapado en una red de engaño. ¿Crees que, después de matar a Muhammad (s), los Banu Abd Manaf os dejarán con vida? Primero ve a informarte sobre la gente de tu propia casa». Hazrat Umar (ra) dijo: «¿A qué familiares míos te refieres?». Nu‘aym respondió: «A tu cuñado y primo, Sa‘id ibn Zayd, y a tu hermana Fátima. Ambos se han hecho musulmanes y han aceptado seguir a Muhammad (s)». Hazrat Umar (ra) se dio la vuelta y llegó directamente a la casa de su hermana. Allí estaba presente Jabbab ibn al-Aratt, que tenía en la mano una hoja en la que estaba escrita la sura Ta-Ha. Se la estaba enseñando a Hazrat Fátima. Al darse cuenta de la llegada de Umar (ra), Jabbab se escondió en un rincón de la casa. Hazrat Fátima ocultó la hoja bajo el muslo. Sin embargo, Hazrat Umar oyó desde la puerta la recitación de Jabbab. Entró y dijo: «¿Qué estabais diciendo entre murmullos que he podido oír?». Sa‘id respondió: «No has oído nada». Él dijo: «Sí, lo he oído. ¡Por Dios!, me he enterado de que ambos habéis aceptado seguir la religión de Muhammad (s)». Entonces comenzó a golpear a su cuñado. Cuando Hazrat Fátima se adelantó para salvar a su esposo, también la golpeó de tal manera que le abrió la cabeza. Entonces ambos esposos dijeron: «Sí, nos hemos hecho musulmanes y hemos creído en el Mensajero de Allah. Haz ahora lo que quieras». Cuando Hazrat Umar (ra) vio correr la sangre de su hermana, se avergonzó de su conducta y abandonó su ignorancia. Dijo a su hermana: «Muéstrame la hoja que estabais leyendo hace un momento. Quiero ver qué es eso que ha traído Muhammad (s)». Hazrat Umar (ra) era un hombre instruido, por eso quería leerla. Su hermana dijo: «Temo que la destruyas». Él respondió: «No tengas ese temor». Juró por sus ídolos que, después de leerla, se la devolvería. Entonces nació en el corazón de su hermana cierta esperanza de que se hiciera musulmán. Ella dijo: «Hermano, estás impuro a causa del politeísmo, y esta hoja solo puede tocarla una persona pura». Hazrat Umar (ra) se levantó, se bañó y regresó. Entonces Fátima puso la hoja en sus manos. Él leyó el comienzo de la sura Ta-Ha y dijo: «¡Qué hermoso y sublime discurso!». Al oír estas palabras, Hazrat Jabbab (ra) salió de inmediato y dijo: «¡Oh, Umar! Espero que Allah te haya escogido para hacerte digno de la súplica del Profeta. Ayer mismo oí al Profeta (s) suplicar: “¡Oh, Dios! Fortalece el islam por medio de Abu al-Hakam ibn Hisham (Abu Yahl) o de Umar ibn Jattab”. Así que, ¡oh, Umar!, ven hacia Allah, ven hacia Allah».
Hazrat Umar (ra) dijo: «Llévame ante Muhammad (s), para que me haga musulmán». Hazrat Jabbab (ra) respondió: «Está en una casa cercana a Safa (Dar al-Arqam), junto con sus compañeros». Hazrat Umar (ra) se ciñó la espada y llegó a la morada del Profeta (s) y sus compañeros, donde golpeó la puerta. Uno de los compañeros del Profeta miró por la abertura de la puerta y vio a Umar (ra) de pie con la espada. Asustado, regresó y se lo comunicó al Profeta (s). Hazrat Hamza (ra) dijo: «Dejadle entrar. Si ha venido con buenas intenciones, también nosotros lo trataremos bien; de lo contrario, acabaremos con él usando su propia espada». El Profeta (s) dijo: «Dejadle entrar». Conforme a la orden, se permitió a Hazrat Umar (ra) entrar. En cuanto llegó, el Profeta (s) avanzó hacia él, agarró con el puño su manto y tiró de él con fuerza, diciendo: «¡Ibn Jattab! ¿Qué te trae aquí? ¡Por Dios!, creo que no regresarás hasta que Allah haga descender sobre ti una grave calamidad». Hazrat Umar (ra) dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! He venido para creer en Allah, en Su Mensajero y en las enseñanzas que el Mensajero ha traído». Al oír esto, el Profeta (s) exclamó en voz alta: «¡Allahu Akbar!», de modo que todos los que estaban en la casa supieron que Umar se había hecho musulmán. Esto infundió un gran valor a los musulmanes, pues después de Hazrat Hamza (ra), también Hazrat Umar (ra) se había hecho musulmán. Ahora ambos se convirtieron en pilares de fuerza para los musulmanes. Ibn Ishaq dice que este es el relato de los narradores medinenses sobre la conversión de Hazrat Umar (ra). Hafiz Abu Ya‘la lo transmitió de Hazrat Anas ibn Malik (ra), y al-Bazzar lo transmitió del propio Umar (ra).
El relato de Hazrat Umar (ra)
Los historiadores de la sira —al-Bazzar, al-Tabarani, al-Bayhaqi, Ibn Asakir, Abu Nu‘aym, al-Daraqutni y otros— han citado a este respecto relatos transmitidos por Hazrat Ibn Abbas (ra), Anas ibn Malik (ra), Aslam y otros, así como el propio relato de Umar (ra), que, aunque difieren en algunos detalles, coinciden en gran medida con el relato anterior de Ibn Ishaq. Sin embargo, en el relato de la declaración de Hazrat Umar (ra) que Abu Nu‘aym e Ibn Asakir transmitieron de Hazrat Abdullah ibn Abbas, se añade que Hazrat Umar (ra) dijo: «Pregunté: “¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Acaso no estamos establecidos sobre la verdad, tanto si morimos como si vivimos?”. El Profeta (s) dijo: “¡Por Dios! Tanto si morís como si vivís, estáis en la verdad”. Dije: “Entonces, ¿qué necesidad hay de ocultarnos? Si nosotros estamos en la verdad y ellos en la falsedad, ¿por qué hemos de ocultar nuestra religión?”»
El Profeta (s) dijo: «¡Oh, Umar! Somos muy pocos en número, y tú ves por qué situación estamos atravesando».
«Dije: “Juro por Aquel que te envió como Profeta con la verdad: no abandonaré ninguna reunión en la que antes me sentaba junto a los incrédulos, ni volveré a sentarme con ellos bajo el islam”».
“Después salimos divididos en dos grupos: en uno iba yo y en el otro, Hamza (que Dios esté complacido con él). Finalmente entramos en la Mezquita Sagrada. Cuando los qurayshíes nos vieron, quedaron consternados como nunca antes lo habían estado. Este acontecimiento fue transmitido de diversas maneras por Ibn Maya, Hakim e Ibn Sa‘d. Ibn Hisham cita una declaración de Umar (que Dios esté complacido con él), en la que dice: la misma noche en que abracé el islam, recordé que debía informar de mi conversión al mayor enemigo del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Así que fui directamente a la casa de Abu Yahl y llamé a la puerta. Salió, me vio y dijo: «¡Bienvenido, sobrino mío! ¿Qué te trae por aquí?»
Le dije: «He venido a informarte de que he abrazado el islam». Él dijo: «¡Que perezcan tú y las consecuencias de esta noticia tuya!». Luego cerró la puerta.
Relato de Ibn Umar
Ibn Ishaq cita, por medio de Nafi‘, el relato de Abd Allah ibn Umar (que Dios esté complacido con él), según el cual, después de abrazar el islam, Umar (que Dios esté complacido con él) preguntó: «¿Quién es el que puede difundir noticias con mayor rapidez entre los qurayshíes?». Le respondieron: «Yamil ibn Ma‘mar ibn Habib al-Yumahi». Umar (que Dios esté complacido con él) salió en su busca y yo lo seguí. En aquel entonces tenía la edad suficiente para comprender lo que veía. [Ibn Sa‘d cita la declaración de Abd Allah ibn Umar (que Dios esté complacido con él), quien dice: «Entonces tenía seis años». El hafiz Ibn Hayar afirma en Fath al-Bari que tenía cinco años (el autor).] Umar (que Dios esté complacido con él) se acercó a él y le dijo: «He abrazado el islam y he adoptado la religión de Muhammad». Él no dijo nada; salió arrastrando su manto por el suelo. Umar iba detrás de él y yo detrás de Umar. Al llegar a la puerta de la Mezquita Sagrada, comenzó a gritar: «¡Qurayshíes!». Los jefes de Quraysh estaban reunidos junto a la Kaaba. Al oír su voz, prestaron atención. Él dijo: «¡Escuchad! Umar ha abandonado la religión». Umar (que Dios esté complacido con él) gritó en voz alta desde atrás: «¡Está mintiendo! He abrazado el islam y doy testimonio de que no hay divinidad excepto Dios y de que Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) es Su siervo y Su Mensajero».
Entonces la gente comenzó a golpearlo, y él también empezó a golpearlos. Finalmente llegó el mediodía. Umar (que Dios esté complacido con él) se sentó, exhausto. La gente permanecía de pie a su alrededor, y él decía: «Haced lo que queráis». En ese momento, un anciano notable de Quraysh avanzó y preguntó a la multitud: «¿Qué sucede?»
Ellos respondieron: «Umar ha abandonado la religión». Él dijo: «¿Y qué? Un hombre ha hecho lo que quería. ¿Qué pretendéis ahora? ¿Acaso queréis que los Banu Adi entreguen así a uno de los suyos en vuestras manos? Apartaos de él». Entonces se retiraron. Después le pregunté a mi padre: «¿Quién era ese hombre?»
Él respondió: «Hijo mío, era As ibn Wa’il al-Sahmi, es decir, el padre de Amr ibn al-As». Al-Tabarani y al-Bazzar transmitieron resumidamente este relato de Ibn Umar (que Dios esté complacido con él).
En Sahih al-Bujari aparece un relato de Abd Allah ibn Umar (que Dios esté complacido con él) según el cual, cuando Umar (que Dios esté complacido con él) estaba sentado, atemorizado y angustiado, en su casa, As ibn Wa’il —que en la época de la ignorancia había sido aliado de nuestro bando— fue a verlo y le dijo: «¿Por qué estás sentado con ese rostro tan afligido?». Él respondió: «Tu pueblo quiere matarme porque he abrazado el islam». As dijo: «Nadie podrá tocarte, pues te he concedido mi protección». Luego, cuando As salió, vio el valle abarrotado de gente. Les preguntó: «¿Qué queréis?». Ellos respondieron: «Queremos ocuparnos de Ibn al-Jattab, que ha abandonado la religión». Él dijo: «Nadie podrá tocar a Umar». Entonces todos se marcharon.
La fecha de la conversión de Umar (que Dios esté complacido con él) al islam
El episodio de la conversión de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) al islam tuvo lugar en el sexto año de la misión profética. Así lo escribieron el imán Nawawi en «Tahdib al-Asma wa al-Lugat» y Mulla Ali Qari en su comentario de «Arbain Nawawi». Algunos dicen que abrazó la fe tres días después de que Hazrat Hamza (que Dios esté complacido con él) se hiciera musulmán; otros dicen que fue tres meses después. Sin embargo, Abu Nuaym al-Isfahani cita la siguiente narración de Hazrat Abdullah ibn Abbas (que Dios esté complacido con él): «Yo mismo pregunté a Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) acerca del episodio de su conversión al islam». En respuesta, dijo: «Salí tres días después de que Hazrat Hamza (que Dios esté complacido con él) se hiciera musulmán». Ibn Sad, citando a Aslam, sirviente de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él), dice que esto ocurrió en el mes de Dhu al-Hiyya del sexto año de la misión profética. Pero probablemente sucedió bastante antes. Masahili dice que en aquel momento había algo más de cuarenta personas con el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Wahidi añadió que había diez mujeres. Sin embargo, el hafiz Ibn Hayar, en «Manaqib Umar», citando a Ibn Abi Jayzama, transmite la declaración de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él): «Había treinta y nueve personas con el Mensajero de Dios; conmigo éramos cuarenta». Probablemente Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) solo conocía entonces ese número de personas, porque muchos musulmanes mantenían oculta su fe.
Mientras se hallaban sitiados en Shiab Abi Talib
En ese tiempo, la ira de los qurayshíes contra el islam y el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) aumentaba día tras día. Veían que, pese a todos sus esfuerzos, el islam seguía extendiéndose clandestinamente incluso dentro de la ciudad de La Meca. Personas de las tribus exteriores también se hacían musulmanas una tras otra. Además, el asunto ya no estaba limitado solamente a Arabia; por el contrario, su influencia se extendió hasta Abisinia. El Negus se convirtió abiertamente en defensor de los musulmanes. Desde allí comenzaron a llegar delegaciones ante el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) para abrazar el islam. Por otra parte, echaba leña al fuego de su ira el hecho de que, al incorporarse a las filas de los musulmanes jefes valientes e influyentes como Hazrat Hamza (que Dios esté complacido con él) y Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él), aumentara el valor y el ánimo de aquellos musulmanes que habían permanecido en La Meca después de la emigración a Abisinia. Ibn Abi Shayba y Tabarani citan la siguiente declaración de Hazrat Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él): «¡Por Dios! No podíamos rezar junto a la Casa de Dios hasta que Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) se hizo musulmán». En Bujari también aparece esta declaración del mismo Ibn Masud (que Dios esté complacido con él):
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—Desde que Umar (que Dios esté complacido con él) se hizo musulmán, siempre hemos sido fuertes.
La combinación de estas circunstancias terminó por exaltar tanto la ignorancia de los qurayshíes que, de común acuerdo, redactaron un documento en el que juraban por Dios que, mientras no se rompieran todas las relaciones con ellos —la convivencia, los matrimonios, las conversaciones, las transacciones comerciales y demás—, no habría ningún vínculo. Los jefes de todas las familias de Quraysh ratificaron este documento y lo colgaron en la Kaaba. Ibn Sad e Ibn Abd al-Barr dicen que esto ocurrió el primero de Muharram del séptimo año de la misión profética.
Musa ibn Uqba escribe en su Magazi, citando al imán Zuhri: [Ibn Abd al-Barr cita este relato en su Sira, además de transmitirlo bajo la autoridad de Mura ibn Uqba, Muhammad ibn Abd al-Rahman Abu al-Aswad y Yaqub ibn Hamid ibn Kasib (el autor).] Cuando Abu Talib se enteró de que los qurayshíes estaban decididos a matar al Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), convocó a los Banu Hashim y a los Banu Muttalib y les dijo que todos se reunieran con Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en Shiab Abi Talib [Shiab significa fortaleza. Shiab Abi Talib era uno de los desfiladeros de la montaña de Quraysh donde vivía Abu Talib. Ahora se llama Shiab Ali. También se le denomina Sukul Lay; el autor.] y lo protegieran hasta el final. Ambas familias aceptaron la propuesta, y todos sus miembros, tanto incrédulos como musulmanes, se reunieron en Shiab Abi Talib. Después, las demás familias de Quraysh celebraron entre sí el pacto mencionado anteriormente. [Ibn Abd al-Barr, citando a Musa ibn Uqba, transmite este extraño relato del imán Zuhri: que, después del sitio de Shiab Abi Talib, el Honorable Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) ordenó a los musulmanes oprimidos de La Meca emigrar a Abisinia. Esto contradice el relato conocido por todos; el autor.]
Por otra parte, Ibn Sa‘d, citando a Waqidi, e Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, transmiten que, en primer lugar, los miembros de Quraysh redactaron un pacto jurando romper relaciones con Banu Hashim y Banu al-Muttalib; después, ambas familias, siguiendo la indicación de Abu Talib, se refugiaron y quedaron sitiadas en el desfiladero de Abu Talib. Ibn Abd al-Barr también lo menciona en su Sira. Abu Lahab se mantuvo separado de su propia familia durante ese período y se unió al grupo de los sitiadores. Las otras dos familias restantes de Banu Abd Manaf —Banu Abd Shams y Banu Nawfal— también abandonaron a sus parientes por parte de abuela y se unieron a los enemigos sitiadores.
Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, menciona que el sitio duró dos o tres años. Sin embargo, Ibn Sa‘d y Musa ibn Uqba afirman con certeza que su duración fue de tres años. Durante todo ese período, el sitio impuesto por Quraysh se mantuvo con extrema severidad. Los sitiados fueron confinados de tal manera que se cerraron todos los caminos por los que podían llegarles alimentos y bebidas. Musa ibn Uqba dice que, cuando algún comerciante llegaba a La Meca desde fuera, los miembros de Quraysh se apresuraban a comprarle todas sus mercancías, para impedir que los sitiados pudieran comprar algo. Abu Lahab decía a los comerciantes: «Ponedles precios tan altos que no puedan comprar; luego yo os compraré esas mercancías y no permitiré que sufráis ninguna pérdida». Ibn Sa‘d y al-Bayhaqi dicen que la situación de los sitiados llegó a tal extremo que los llantos de los niños, provocados por el hambre y la sed, se oían fuera del desfiladero de Abu Talib. Solo salían durante la peregrinación y permanecían confinados en su barrio hasta la siguiente peregrinación.
Durante ese período, solo Hakim ibn Juzam, sobrino de Jadiya (que Dios esté complacido con ella), e Hisham ibn Amr al-Amiri, sobrino de Nadla ibn Hashim ibn Abd Manaf, continuaron cumpliendo en secreto sus deberes de parentesco. Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, dice que en cierta ocasión Abu Yahl sorprendió a Hakim ibn Juzam cuando llevaba alimentos a su tía paterna y le dijo: «¿Llevas comida para Banu Hashim? Muy bien. No te dejaré hasta haberte humillado y deshonrado ante toda La Meca». En ese momento llegó Abu al-Bajtari ibn Hisham —miembro de Banu Asad ibn Abd al-Uzza ibn Qusayy y pariente cercano de Jadiya (que Dios esté complacido con ella)— y preguntó qué ocurría. Abu Yahl respondió: «Está llevando alimentos para Banu Hashim». Él dijo: «Déjalo. Está llevando a su tía paterna los alimentos que le pertenecen. ¿No le permitirás que sus propias cosas lleguen hasta ella?». Abu Yahl no aceptó aquello, y ambos comenzaron a discutir y a pelear. Finalmente, Abu al-Bajtari golpeó a Abu Yahl en la cabeza con un maxilar de camello, haciéndosela sangrar. Hamza (que Dios esté complacido con él) estaba observando el incidente. Entonces ambos idólatras incrédulos, avergonzados, pusieron fin a su disputa, para que Banu Hashim no se alegrara. En cuanto a Hisham ibn Amr al-Amiri, Ibn Hisham cita la transmisión de Ibn Ishaq, según la cual él también continuó tratando en secreto con bondad y espíritu de parentesco a Banu Hashim y Banu al-Muttalib. El método que empleaba consistía en cargar mercancías sobre un camello durante la noche y hacerlo entrar en el desfiladero de Abu Talib. Los sitiados agarraban el camello, descargaban las mercancías y luego lo dejaban salir. Los miembros de Quraysh también lo reprendían, pero Abu Sufyan decía: «Dejadlo; está mostrando compasión hacia sus parientes».
El acontecimiento de la división de la luna
El sitio continuaba con gran severidad. Sin embargo, como dijimos en el capítulo «La invitación pública» (al comienzo de este volumen), a pesar de ello el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) no dejó ni un solo día de realizar su labor de predicación, y nadie tenía poder para impedirle hacerlo. Apenas habían transcurrido dos años de sitio cuando ocurrió el gran acontecimiento de la división de la luna. Los incrédulos de La Meca lo presenciaron con sus propios ojos. Los expertos en hadices y los comentaristas del Corán coinciden en que ocurrió cinco años antes de la Hégira. El acontecimiento tuvo lugar en Mina. En el Corán se menciona de la siguiente manera:
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La Hora se ha acercado y la luna se ha partido. (Pero su actitud es tal que), aunque vean cualquier signo, se apartan y dicen: «Esto no es más que una magia habitual». (Al-Qamar: 1-2)
Algunos racionalistas consideran imposible que un cuerpo celeste como la luna se parta y dan a ******************* el sentido de «la luna se partirá». Si se traduce «se partirá» en lugar de «se ha partido», el significado de los dos versículos se vuelve irracional. En el primer versículo, la división de la luna se presenta como una señal de la proximidad de la Hora. Si se entiende que ocurrirá en el futuro, ¿cómo puede la división de la luna considerarse una señal de que la Hora está próxima? Además, al adoptar este significado, el versículo siguiente queda completamente desprovisto de sentido, pues afirma que son tan obstinados que, cualquiera que sea el signo que vean, se apartan de él y lo consideran una manifestación extraordinaria de la magia. El contexto anterior y posterior de ***************** confirma que, en aquel momento, la luna se había partido realmente. Las narraciones auténticas de los hadices reconocen precisamente la veracidad de este significado. (Añadido por el autor.)
Las narraciones sobre el acontecimiento de la división de la luna fueron citadas por Bujari, Tirmidhi, Ahmad, Abu Awama, Abu Dawud, Tiyalisi, Abd al-Razzaq, Ibn Yarir, Bayhaqi, Tabarani, Ibn Marduyah y Abu Nuaym. Ellos transmitieron, con múltiples cadenas de transmisión, narraciones de Ḥadrat Abd Allah ibn Umar (que Dios esté complacido con él), Ḥadrat Abd Allah ibn Masud (que Dios esté complacido con él), Ḥadrat Hudhayfa ibn al-Yaman (que Dios esté complacido con él), Ḥadrat Anas ibn Malik (que Dios esté complacido con él) y Ḥadrat Jubayr ibn Mutim (que Dios esté complacido con él). Tres de estos venerables —Ḥadrat Abd Allah ibn Masud (que Dios esté complacido con él), Ḥadrat Hudhayfa (que Dios esté complacido con él) y Jubayr ibn Mutim (que Dios esté complacido con él)— explicaron y analizaron el asunto, afirmando que habían sido testigos presenciales de dicho acontecimiento.
Al reunir todas las narraciones, el relato detallado que se conoce es el siguiente: el acontecimiento tuvo lugar aproximadamente cinco años antes de la Hégira. Era la noche del día catorce del mes lunar. La luna acababa de salir cuando, de repente, se dividió en dos; una parte apareció a un lado de la montaña situada enfrente y la otra al otro lado. Esta situación duró solamente un instante, y después las dos partes volvieron a unirse. El Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se encontraba entonces en Mina. Les dijo a las personas: «Mirad y sed testigos». Los incrédulos dijeron: «Mahoma puede hechizarnos a nosotros, pero no puede hechizar a todos. Dejad que lleguen los forasteros; se les preguntará si también han observado este acontecimiento». Cuando llegaron algunas personas de fuera, dieron testimonio de que también habían visto aquella escena.
Algunas narraciones procedentes de Ḥadrat Anas (que Dios esté complacido con él) han dado lugar a la idea errónea de que el acontecimiento de la división de la luna ocurrió no una vez, sino dos. En primer lugar, ninguno de los Compañeros afirmó tal cosa. En segundo lugar, en algunas narraciones del propio Ḥadrat Anas (que Dios esté complacido con él) aparecen las palabras ************ («dos veces») y las palabras «dos partes». En tercer lugar, el Corán solo menciona una división. Por ello, lo correcto es que este acontecimiento ocurrió una sola vez. Después, en el relato que circula, se dice que este acontecimiento ocurrió una sola vez. Luego, la historia difundida de que, por una señal del dedo del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), la luna se partió en dos, que una de las partes entró por dentro de su vestidura y salió por una de sus mangas, carece por completo de fundamento.
Ahora la cuestión es cuál fue la verdadera naturaleza de este acontecimiento. ¿Fue un milagro que el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) mostró en La Meca, frente a los incrédulos, como prueba de su misión profética? ¿O fue un fenómeno que ocurrió en la luna por el poder de Dios, y Él dirigió hacia ella la atención de la gente con el propósito de que sirviera como señal de la posibilidad de la llegada de la Hora y de su proximidad? Un numeroso grupo de ulemas incluye este acontecimiento entre los milagros del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Según ellos, este milagro fue mostrado para satisfacer la exigencia de los incrédulos. Sin embargo, esta idea se origina en ciertas narraciones transmitidas de Ḥadrat Anas (que Dios esté complacido con él). Ningún otro Compañero afirmó esto. En Fath al-Bari, Ibn Hayar dice que, entre las diversas formas en que se ha transmitido este relato, aparte del hadiz de Ḥadrat Anas (que Dios esté complacido con él), no ha encontrado ninguna mención de que la división de la luna ocurriera a petición de los politeístas. Abu Nuaym al-Isfahani citó sobre este asunto una narración de Ḥadrat Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) en Dala’il al-Nubuwwa, pero su cadena de transmisión es débil. Ninguna de las narraciones de Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) transmitidas en las colecciones de hadices mediante cadenas fiables menciona tal cosa. Además, ni Ḥadrat Anas (que Dios esté complacido con él) ni Ḥadrat Abd Allah ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) fueron contemporáneos de este acontecimiento. Por el contrario, ninguno de los Compañeros que estaban presentes en aquella época —como Ḥadrat Abd Allah ibn Masud (que Dios esté complacido con él), Ḥadrat Hudhayfa (que Dios esté complacido con él), Ḥadrat Jubayr ibn Mutim (que Dios esté complacido con él), Ḥadrat Ali (que Dios esté complacido con él) y Ḥadrat Abd Allah ibn Umar (que Dios esté complacido con él)— afirmó que los politeístas de La Meca hubieran exigido una señal como prueba de la veracidad del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y que, como consecuencia, se les hubiera mostrado este milagro de la división de la luna. Lo más importante es que el propio Sagrado Corán presentó este acontecimiento no como un milagro de la misión de Muhammad, sino como una señal de la proximidad de la Hora. Naturalmente, desde este punto de vista constituía también una prueba clara de la veracidad del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), pues este acontecimiento confirmaba la noticia sobre la llegada de la Hora que él había comunicado a la gente.
Los opositores plantean dos objeciones al respecto. En primer lugar, desde su perspectiva, es absolutamente imposible que un cuerpo celeste enorme como la luna se parta en dos, que una de sus partes se separe de la otra, que después de alejarse cientos de millas vuelva a unirse con ella. En segundo lugar, dicen que, si hubiera ocurrido algo así, el acontecimiento se habría hecho famoso en todo el mundo, habría sido mencionado en la historia y también en la astronomía. Sin embargo, en realidad ambas objeciones carecen de importancia. En el pasado quizá se habría podido discutir si esto era posible o no. Pero, basándose en el conocimiento que el ser humano ha adquirido en la época moderna sobre la composición de los cuerpos celestes, es completamente posible que un planeta se fracture debido a una erupción interna y que, durante esta terrible erupción, sus dos partes se alejen mucho para luego volver a unirse por la fuerza magnética de su propio centro. Queda ahora la segunda objeción. Carece de importancia porque este fenómeno no ocurrió únicamente durante un instante. Tampoco hubo ningún estruendo de explosión que atrajera hacia él la atención de la gente. No se había difundido previamente ninguna noticia que hiciera que las personas permanecieran mirando al cielo. Además, no era posible observarlo en todo el mundo. Más bien, en ese momento la luna solo había salido en Arabia y en los países situados al este de ella. En aquella época, el interés de la gente por escribir la historia no era tan grande ni el arte de la historiografía estaba tan desarrollado como para que quienes lo hubieran presenciado en los países orientales lo dejaran por escrito y algún historiador reuniera esos testimonios y los citara en una obra histórica. No obstante, en la historia de Malabar se menciona que aquella noche un rey de la región contempló esta escena. Quedan ahora la astronomía y los libros de calendarios. Solo habría sido mencionado en los tratados de astronomía o en los calendarios si se hubiera detectado alguna diferencia en el movimiento de la luna, su revolución en su órbita o sus horas de salida y puesta. Como no se produjo ninguna irregularidad de ese tipo, la atención de los astrónomos de la Antigüedad no se dirigió hacia ella. En aquella época los telescopios tampoco estaban suficientemente desarrollados como para registrar y conservar de inmediato cualquier fenómeno que ocurriera en el firmamento. (Tafhim, tomo 5: Al-Qamar, nota 1.)
Cómo terminó el asedio
Aunque los jefes fanáticos y obstinados de los incrédulos de La Meca, impulsados por una ira pasajera, mantuvieron sitiadas a dos grandes familias entre las demás familias de la ciudad, en La Meca no había ninguna familia que no tuviera vínculos de parentesco con Banu Hashim y Banu al-Muttalib. Por eso, desde el principio, para muchos resultaba insoportable el asedio impuesto a sus propios hermanos y parientes. Cuanto más se prolongaba el asedio, más se amargaban sus corazones contra él. Esto se debía a que Banu Hashim y Banu al-Muttalib habían quedado sometidos al hambre. En los barrios vecinos se escuchaban los llantos y lamentos de sus niños. Sus parientes de otras familias, que vivían cerca, se agitaban al oír todos aquellos gritos y gemidos de dolor. Musa ibn Uqba dice que, al final del tercer año, Banu Abd Manaf, Banu Qusay y quienes habían emparentado por matrimonio con Banu Hashim comenzaron a reprocharse mutuamente y a decir claramente: «Hemos cometido el delito de romper estos lazos de parentesco. Con esta conducta hemos vulnerado los derechos familiares».
Al-Tabari e Ibn Hisham, citando a Ishaq, y al-Baladhuri, citando a al-Waqidi, dicen que finalmente Hisham ibn Amr al-Amiri asumió la responsabilidad de esta tarea y declaró que no descansaría hasta poner fin a este bloqueo. Primero se reunió con Zubayr ibn Abi Umayya, jefe de los Banu Majzum, quien era hermano de la honorable Umm Salama y primo, por parte materna, del tío paterno del Profeta, Atika bint Abd al-Muttalib. Le dijo: «¡Oh, Zubayr! ¿Te complace comer y beber y casarte tranquilamente mientras los parientes de tu abuelo materno mueren de hambre? ¿Se romperán las relaciones comerciales y matrimoniales con ellos? Juro por Dios que, si esta situación afectara a Abu Yahl y te pidiera que trataras así a los parientes de su abuelo materno como él te ha pedido que trates a los parientes de tu abuelo materno, jamás lo harías». Zubayr respondió: «¡Hisham! ¿Qué puedo hacer yo solo? Si alguien más nos ayudara, no cejaría hasta romper el documento del bloqueo». Hisham dijo: «Yo ya soy uno». Zubayr respondió: «Busca a otro».
Luego Hisham se reunió con Mut’im ibn Adi, jefe de los Banu Nawfal ibn Abd Manaf. Le dijo: «¡Oh, Mut’im! ¿Te alegra que dos familias de los Banu Abd Manaf sean destruidas mientras tú observas el espectáculo? Si apoyas a Quraysh contra ellos y permites que Quraysh los elimine de esta manera, pronto llegará un día en que tú también te encontrarás en esta situación». Él respondió: «¿Qué puedo hacer yo solo? Busca a alguien más». Hisham dijo: «Ya somos dos: yo y Zubayr ibn Abi Umayya». Mut’im respondió: «Busca a otro».
Después, Hisham se reunió con Abu al-Bakhtari, As ibn Hisham, jefe de los Banu Asad ibn Abd al-Uzza, y le dijo lo mismo que había dicho a Mut’im. Él preguntó: «¿Hay alguien más que se una a nosotros?». Hisham respondió: «Estamos yo, Zubayr ibn Abi Umayya y Mut’im ibn Adi». Él dijo: «Bien, busca a uno más». Entonces Hisham habló con Zam’a ibn al-Aswad ibn al-Muttalib. Era uno de los jefes de los Banu Asad ibn Abd al-Uzza, y también fue persuadido para participar en esta empresa.
Después, estos cinco —Hisham, Zubayr, Mut’im, Abu al-Bakhtari y Zam’a— se reunieron en Hajun, en las tierras altas de La Meca, y decidieron cómo intentar destruir el documento del bloqueo. Zubayr dijo: «Yo comenzaré a hablar y ustedes me apoyarán». A la mañana siguiente se dirigieron al lugar de reunión de Quraysh. Zubayr dio siete vueltas alrededor de la Kaaba y se dirigió a los habitantes de La Meca: «¡Oh, habitantes de La Meca! ¿Nosotros vamos a comer y vivir cómodamente mientras los Banu Hashim son destruidos? No se puede comprar nada de ellos ni venderles nada. Juro por Dios que no me sentaré hasta que el documento del bloqueo haya sido desgarrado».
Abu Yahl se levantó y dijo: «Mientes; jamás será desgarrado». Zam’a respondió: «Juro por Dios que tú eres el mayor mentiroso. Incluso cuando se redactó este documento, nosotros no estábamos de acuerdo». Abu al-Bakhtari apoyó sus palabras: «Zam’a tiene razón. No aprobábamos en absoluto nada de lo que estaba escrito en ese documento, ni lo reconocemos». Mut’im ibn Adi dijo: «Ambos han dicho la verdad; el mentiroso es quien afirma lo contrario. Ante Dios, nos declaramos libres de toda responsabilidad por este documento y por lo que está escrito en él». Hisham ibn Amr también lo apoyó. Abu Yahl dijo: «Esto es una conspiración tramada durante la noche en algún lugar».
Una manifestación maravillosa del poder de Dios
Ibn Sa’d, Ibn Hisham y al-Baladhuri dicen que al Mensajero de Dios se le informó, por parte de Dios, que las termitas habían devorado todo lo escrito en el documento de ruptura de relaciones —las palabras de injusticia y opresión y las relativas a la ruptura de los lazos de parentesco—, y que solo había quedado el nombre de Dios.
Las narraciones de Ibn Ishaq, Musa ibn Uqba y Urwa dicen lo contrario: las termitas habían devorado el lugar donde estaba escrito el nombre de Dios, mientras que las palabras relativas a la injusticia, la opresión y demás permanecían intactas. Sin embargo, esto no parece aceptable. La versión correcta es la que transmitieron Ibn Sa’d, al-Baladhuri e Ibn Hisham. El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— mencionó esto a su tío Abu Talib. Él preguntó: «¿Acaso tu Señor te ha informado de ello?». El Profeta respondió: «Sí». Abu Talib lo comunicó a sus hermanos, quienes preguntaron: «¿Cuál es tu opinión?». Abu Talib respondió: «Juro por Dios que Muhammad jamás nos ha dicho una mentira».
Entonces Abu Talib dijo: «¿Qué debemos hacer ahora?». El Profeta dijo: «Mi opinión es que os pongáis vuestras mejores vestiduras, vayáis ante los qurayshíes y les digáis esto». Así pues, todos salieron y fueron al Hiyr, donde se habían reunido los notables de Quraysh. Al verlos llegar, todos fijaron la mirada en ellos y comenzaron a preguntarse qué querrían decir finalmente.
Aunque los historiadores no han explicado ni analizado este hecho, al considerar conjuntamente el relato anterior y este, parece claro que Abu Talib y sus compañeros llegaron al Haram precisamente cuando Zubayr y sus compañeros estaban discutiendo con Abu Yahl y los jefes de Quraysh deliberaban sobre aquella disputa. En cuanto Abu Talib llegó allí, se dirigió a todos y dijo: «Hemos venido con un asunto cuya respuesta será la que consideréis correcta».
Los jefes de Quraysh dijeron: «¡Bienvenidos, ahlan wa sahlan! Tenemos algo que os complacerá. Decid, pues, ¿qué queréis?». Abu Talib dijo: «Mi sobrino me ha informado de esto y, por Dios, jamás ha mentido. Ahora haced traer el documento del pacto y comprobadlo. Si las palabras de mi sobrino son ciertas, absteneos de romper las relaciones con nosotros y borrad lo que está escrito en él. Pero si sus palabras son falsas, os lo entregaré. Entonces tendréis la opción de matarlo o dejarlo con vida». Ellos dijeron: «En verdad, has hablado con justicia».
Después trajeron el documento del pacto y, al abrirlo y examinarlo, se comprobó que era cierto lo que Allah había comunicado a Su Mensajero. Como resultado, todas las conspiraciones de los incrédulos de Quraysh fracasaron y quedaron humillados. Abu Talib dijo: «Ahora os ha quedado claro que vosotros sois responsables de esta injusticia, esta opresión y esta ruptura de relaciones. ¿Por qué delito debemos seguir sitiados?». Luego Abu Talib, junto con sus compañeros, fue detrás de la cortina de la Kaaba, se adhirió con el cuerpo a la pared de la Casa Sagrada y suplicó: «¡Oh, Dios! Ayúdanos contra quienes nos han oprimido, han roto los lazos de parentesco con nosotros y se han permitido a sí mismos aquello que Tú les has prohibido respecto de nosotros». Después de decir esto, partió con sus compañeros hacia su propio barranco. Tan pronto como se marcharon, muchos miembros de Quraysh censuraron la opresión y los abusos cometidos contra los Banu Hashim. Entre ellos destacaban Mut’im ibn Adi, Adi ibn Qays, Zam’a ibn al-Aswad, Abu al-Bajtari ibn Hashim y Zubayr ibn Abi Umayya. Luego aquellos hombres, armados, fueron al barranco de Abu Talib y dijeron a los Banu Hashim y a los Banu al-Muttalib: «Ahora regresad a vuestras casas y vivid en ellas».
Ibn Sa’d, al-Baladhuri, Ibn Abd al-Barr y otros afirman que este sitio terminó en el décimo año de la misión profética.
El fallecimiento de Jadiya y del señor Abu Talib
La alegría y la tranquilidad que el Profeta había experimentado tras el fin del sitio se transformaron en tristeza a causa de dos acontecimientos luctuosos sucesivos. El fallecimiento de su tío Abu Talib, su principal defensor y apoyo, y de la señora Jadiya, su esposa sumamente fiel, que lo consolaba en las dificultades, lo sumió en una profunda aflicción. Estos dos acontecimientos dolorosos tuvieron lugar en el décimo año de la misión profética, el mismo año en que terminó el sitio.
Algunos historiadores han dicho que Jadiya falleció antes que Abu Talib. Al-Waqidi afirma que fue treinta y cinco días antes. Sin embargo, la opinión más difundida y fiable es que Abu Talib murió primero y que, poco después, falleció Jadiya. Al-Bayhaqi e Ibn Hisham, citando el breve relato de Muhammad ibn Ishaq, afirman que ambos murieron el mismo año, tres años antes de la Hégira.
Ibn Abd al-Barr dice que Abu Talib falleció seis meses después de salir de Shiab. Tres días después falleció Jadiya (r.a.). Ibn Sa‘d dice que Abu Talib falleció en Shawwal del décimo año de la profecía. En ese momento tenía 80 años. Un mes y cinco días después falleció Jadiya (r.a.). En ese momento tenía 65 años. Ibn Asir sitúa el fallecimiento de Abu Talib en el décimo año de la profecía, en Shawwal o en Dhu al-Qa‘da. Entre las distintas opiniones se ha dado preferencia a aquella según la cual solo transcurrieron 35 días entre los fallecimientos de Abu Talib y Jadiya (r.a.). El hafiz Abu al-Faray Ibn al-Yawzi dijo que la diferencia entre ambas muertes fue de cinco días, y Qutayba dijo que fue de tres días. Al-Mawahib al-Ladunniyya, de Qastallani, dice que la verdad es que Jadiya falleció en Ramadán (en el décimo año de la profecía). Baladhuri, citando a Hakim ibn Hizam, menciona como fecha de su fallecimiento el 10 de Ramadán (del décimo año de la profecía).
La persecución de los incrédulos contra los musulmanes
El Profeta (s) solía llamar a este año el año de la tristeza. Después de estos dos sucesos, una montaña de pesar y tristeza se abatió sobre el Mensajero (s). Por otra parte, al quedarse de repente el Mensajero (s) sin ningún protector, los miembros de Quraysh cobraron mucho valor. Comenzaron entonces las persecuciones y vejaciones que no habían podido infligir al Profeta durante la vida de Abu Talib. Bayhaqi, citando el relato de Urwa ibn al-Zubayr, dice que el Profeta (s) dijo: «Hasta la muerte de Abu Talib, Quraysh fue cobarde». Hakim también citó este mismo relato de Urwa ibn al-Zubayr, transmitido por Aisha (r.a.), con estas palabras: ella oyó al Profeta (s) decirlo.
Ibn Ishaq cita, por mediación de Urwa ibn al-Zubayr, un ejemplo del valor cada vez mayor de Quraysh: un día, un hombre de Quraysh arrojó tierra sobre la cabeza del Mensajero (s) en el mercado, y él regresó a casa en ese estado. Una de sus hijas le estaba lavando la cabeza y lloraba. El Mensajero (s) le decía para consolarla: «Hija mía, no llores; Allah es el protector de tu padre».
El imán Bujari cita en diversos lugares de Kitab al-Taharah, Kitab al-Yizya, Kitab al-Yihad y Kitab al-Maghazi este relato de Abd Allah ibn Masud (r.a.): un día, el Mensajero (s) estaba rezando cerca de la Kaaba. Los miembros de Quraysh estaban sentados en sus respectivas reuniones. Uno de ellos —según la explicación de Muslim, era Abu Yahl— dijo: «¿Quién de vosotros puede ir a la casa de fulano, traer una canasta con las entrañas y la sangre de un camello sacrificado y colocársela sobre la espalda mientras está postrado?». Al oír esto, se levantó el más perverso y de peor carácter de ellos, Uqba ibn Abi Mu‘ayt, y colocó aquellos desperdicios sobre la espalda del Mensajero (s), o entre sus dos hombros, mientras estaba postrado. Debido a su peso, el Mensajero (s) permaneció postrado y no pudo levantar la cabeza. Al ver la escena, los miembros de Quraysh se echaron a reír a carcajadas y se desplomaban unos sobre otros. Entretanto, alguien fue a informar a la casa del Mensajero (s). Fátima (r.a.) lo oyó, acudió corriendo y retiró aquellos desperdicios, arrastrándolos. Después reprendió duramente a los miembros de Quraysh y maldijo a quienes habían cometido aquel acto. El hafiz Bazzar añade que ninguno de los incrédulos de Quraysh respondió palabra alguna a Fátima (r.a.). Al terminar la oración, el Mensajero (s) dijo: «¡Oh, Dios! Juzga entre Tú y Quraysh». Algunos dicen que lo repitió dos veces y otros, tres. En el relato de Bujari se dice que Quraysh consideró sumamente desagradable esta imprecación del Mensajero (s). En Muslim se afirma que sus risas cesaron al oír las palabras del Mensajero (s) y que quedaron atemorizados y alarmados por su imprecación. Abd Allah ibn Masud dice que después el Mensajero (s) maldijo, nombrándolos uno por uno, a Abu Yahl, Utba ibn Rabia, Shayba ibn Rabia, Walid ibn Utba ibn Rabia, Umayya ibn Jalaf, Uqba ibn Abi Mu‘ayt y Umara ibn Walid. Además de Bujari y Muslim, este hadiz fue citado también por el imán Ahmad, Nasa’i, Bazzar, Tabarani, Abu Dawud al-Tayalisi y otros. En el relato de al-Tayalisi también se cita esta afirmación de Abd Allah ibn Masud (r.a.): fuera de aquel día, nunca volvió a oír al Mensajero (s) maldecirlos.
Aunque los muhaddizun que transmitieron este hadiz no dijeron en qué momento ocurrió el suceso, en él se encuentra una información que permite determinarlo casi con exactitud. Cuando colocaron sobre el Mensajero (s), mientras estaba postrado, las entrañas de una camella, y la noticia llegó a Fátima (r.a.), ella acudió corriendo y retiró de la cabeza de su padre las entrañas, arrastrándolas. Ibn Abd al-Barr menciona sobre ella en al-Isti‘ab que, cuando nació, el Mensajero (s) tenía cuarenta y un años. Zurqani considera correcta esta afirmación en su comentario de al-Mawahib. Ahora bien, es evidente que en el momento de este suceso Fátima debía tener nueve años, pues para una niña menor habría sido muy difícil retirar las entrañas de una camella. Por eso creemos que los incrédulos cometieron esta insensatez en la época en que Jadiya (r.a.) y Abu Talib ya habían fallecido.
El testamento de Abu Talib
El sabio Qastallani dice en al-Mawahib al-Ladunniyya, y el sabio Zurqani en su comentario, citando a Hisham ibn Muhammad ibn al-Sa’ib al-Kalbi, que en los últimos momentos de Abu Talib los jefes de Quraysh fueron a visitarlo. Después de mencionar ante ellos las virtudes y la grandeza de Quraysh, les dijo: «Mirad: preservad intacta la dignidad de esta Casa de la Kaaba. En ello está la complacencia del Señor. Cumplid los derechos de los parientes. No os excedáis unos contra otros ni violéis los derechos ajenos. Aceptad la invitación de quien invita. Satisfaced las necesidades de quien pide ayuda. Practicad la honestidad y la custodia fiel. A este respecto, os encomiendo a Muhammad (s): tratadlo bien. Pues él es el Amín (digno de confianza) entre Quraysh y el más veraz de toda Arabia. Posee todas esas cualidades que os he mencionado. Ha traído algo que el corazón desea, pero la gente lo niega verbalmente por temor a la enemistad. ¡Por Dios! Es como si viera con mis propios ojos que los necesitados de Arabia y los débiles de todas partes avanzarán y aceptarán su invitación, declararán la verdad de su palabra, fortalecerán su causa y él se lanzará con ellos a un campo lleno de peligros. Mientras tanto, los jefes de Quraysh permanecerán sentados, con el rabo entre las piernas».
Ibn Sa‘d dice que, al momento de su muerte, Abu Talib encomendó a sus hijos lo siguiente: «Mientras sigáis escuchando a Muhammad (s) y obedeciendo sus órdenes, siempre estaréis bien. Por tanto, obedecedle y ayudadle; así permaneceréis en el camino recto».
El Profeta (s) dijo: «¡Tío! Has aconsejado a ellos, pero ¿por qué te mantienes fuera de ese consejo?»
Él respondió: «Pero no deseo que, al sentirme desconcertado en el momento de la muerte, se me considere descarriado, ni que los coraichitas digan que Abu Talib rechazó algo mientras gozaba de buena salud y, al desconcertarse en el momento de la muerte, lo adoptó».
Ibn Sa‘d, citando al imán Muhammad ibn Sirin, dice que cuando Abu Talib estaba a punto de morir llamó al Profeta (s) y le dijo: «Cuando yo muera, ve a Medina, junto a la familia de tu abuelo materno, los Banu Nayyar, pues son muy estrictos en la protección de los miembros de su propia familia».
De estas recomendaciones se puede comprender cuán sabio y perspicaz era Abu Talib: la opinión que expresó sobre Medina tres años antes de la hégira terminó haciéndose realidad. Sin embargo, en aquel momento nadie podía imaginar que Medina se convertiría en una ciudad dispuesta a sacrificar su vida por el islam y por el Profeta Muhammad (s), y que de allí el Profeta (s) obtendría una fuerza que sometería a toda Arabia. Así, todo cuanto dijo entonces ante los jefes de los coraichitas se hizo realidad, palabra por palabra, pocos años después. Otras personas se beneficiaron al apoyar al Profeta (s), mientras que aquellos jefes coraichitas fueron relegados a las últimas filas. Ibn Abd al-Barr relata en al-Isti‘ab un episodio ocurrido durante el gobierno de ‘Umar (ra): un día, los jefes coraichitas —entre ellos Suhayl ibn ‘Amr y Abu Sufyan— estaban sentados afuera, esperando permiso para entrevistarse con el Comandante de los Creyentes. En ese momento fueron llamados al interior Bilal (ra), Suhayb (ra) y otros participantes de Badr. Abu Sufyan dijo a sus compañeros en tono de queja: «¿Ha llegado acaso el momento de que nuestra gente tenga que sentarse afuera mientras se llama adentro a los esclavos?». Suhayl ibn ‘Amr respondió: «Quejaos de esto ante vosotros mismos. Cuando se hizo el llamamiento al islam, ellos avanzaron y vosotros os quedasteis atrás».
Abu Lahab avanza para apoyar al Profeta (s), pero luego retrocede
Ibn Sa‘d dice que, cuando la persecución contra el Profeta (s) en La Meca llegó a su punto culminante, un día Abu Lahab se acercó a él y le dijo: «¡Oh, Muhammad! Continúa haciendo lo que quieras. Sigue haciendo lo que hacías durante la vida de Abu Talib. ¡Por Lat y ‘Uzza! Mientras yo esté vivo, nadie podrá poner una mano sobre ti».
Después, el Profeta (s) salió de su casa, y cuando Ibn al-Gaytala —cuyo verdadero nombre era Harith ibn Qays ‘Adiyy al-Sahmi. La esposa de Qays ibn ‘Adiyy era una prostituta llamada Gaytala, perteneciente a los Banu Murra. Todos sus hijos eran llamados Gayatila— lo insultó en el mercado público, Abu Lahab salió de su casa y reprendió a Ibn al-Gaytala. Este huyó gritando: «¡Oh, coraichitas, escuchad! Abu ‘Utba también se ha apartado de la religión de sus antepasados». Al oír aquel alboroto, la gente se acercó a Abu Lahab y le preguntó qué ocurría. Él respondió: «No he abandonado la religión de ‘Abd al-Muttalib. Pero ahora ayudaré a mi sobrino, porque ya no tiene ningún protector». Los jefes coraichitas le dijeron: «Has hecho bien al prepararte para cumplir los derechos del parentesco». Durante algunos días, el Profeta (s) permaneció a salvo, y la gente, al ver la actitud de Abu Lahab, dejó de hostigarlo. Finalmente, un día Abu Yahl y ‘Utba ibn Abi Mu‘ayt deliberaron entre sí, fueron ante Abu Lahab y le dijeron: «Pregúntale un poco a tu sobrino adónde irán su abuelo y tu padre, ‘Abd al-Muttalib». Cuando Abu Lahab le hizo esta pregunta al Profeta (s), él respondió: «Adonde vaya su pueblo, él también irá». Abu Lahab transmitió esta respuesta del Profeta (s) a sus amigos. Ellos le dijeron: «¡Hombre, ¿no lo entiendes? Eso significa que tu padre también irá al Infierno!»
Abu Lahab se acercó y preguntó al Profeta (s): «¡Oh, Muhammad! ¿Acaso Abd al-Muttalib irá al Infierno?». Él respondió: «Sí. Y toda persona que muera siguiendo la misma religión en la que murió Abd al-Muttalib irá al Infierno». Al oír esto, Abu Lahab se enfureció y exclamó de inmediato: «¡Por Dios! Seré tu enemigo para siempre. ¿Acaso crees que Abd al-Muttalib está condenado al Infierno?»
Así, aquel enemigo de Dios que durante algunos días había apoyado la verdad volvió a su posición original.
Matrimonio con Sawda (ra)
Después del fallecimiento de Jadiya (ra), surgió para el Mensajero (s) el difícil problema de que en la casa solo quedaban sus hijas aún muy jóvenes, Umm Kulzum (ra) y Fátima (ra). No había nadie que cuidara de ellas. Si ahora salía de casa para cumplir la peligrosa responsabilidad de la misión profética, sus dos hijas quedarían desamparadas. Por ello, pocos días después del fallecimiento de Jadiya (ra), se casó con Sawda bint Zam’a. [Ibn Sa’d, citando a Waqidi, dice que este matrimonio tuvo lugar en el mes de Ramadán del décimo año de la profecía. Qastallani dice en Mawahib al-Ladunniyya que Jadiya (ra) falleció en el mes de Ramadán y que el matrimonio con Sawda (ra) tuvo lugar en el mes de Shawwal. —El autor.] Ella era una mujer de edad avanzada y muy apropiada para cuidar de las niñas. Pertenecía a la tribu de Banu Amir ibn Lu’ayy. Su anterior esposo, Sakran ibn Amr, era su primo paterno y hermano de Suhayl ibn Amr. Ambos esposos eran de los primeros musulmanes y participaron en la segunda emigración a Abisinia. Musa ibn Uqba y Abu Ma’shar dicen que Sakran (ra) falleció en Abisinia. Sin embargo, Muhammad ibn Ishaq y Waqidi dicen que regresó de Abisinia a La Meca y que murió allí. [Tabari e Ibn Kazir escribieron en sus historias que regresó de La Meca a Abisinia y murió siendo cristiano. Baladhuri, en cambio, aceptó como verdadera la versión de Ibn Ishaq y Waqidi. Asir explicó en su obra Usd al-Ghaba que permaneció musulmán hasta el momento de su muerte. Hafiz Ibn Hayar escribió junto a su nombre «que Dios esté complacido con él» en Al-Isaba. —El autor.] En el relato de Waqidi citado por Ibn Sa’d se menciona que, cuando el Mensajero (s) le propuso matrimonio, ella respondió: «Usted tiene autoridad para decidir cualquier asunto relacionado conmigo». El Mensajero (s) le envió este mensaje: «Designa de tu parte a alguien que celebre tu matrimonio conmigo». Para este propósito, ella designó a Hatib ibn Amr, hermano de Suhayl ibn Amr y uno de los primeros musulmanes, y él celebró su matrimonio con el Mensajero (s).
La mayoría de los relatos indican que, después de Jadiya (ra), ella fue la primera mujer que se convirtió en esposa del Profeta, y que este matrimonio tuvo lugar antes de su matrimonio con Aisha (ra). Ibn Abd al-Barr, Qatada, Abu Ubayda e incluso el imam Zuhri también lo afirmaron citando esta tradición. Ibn Sa’d asimismo lo explicó de esta manera. Ibn Ishaq, citando a Ali ibn Husayn (ra), dice que la primera mujer con la que el Mensajero se casó después de Jadiya (ra) fue Sawda bint Zam’a (ra).
Matrimonio con Aisha (ra)
Sin embargo, el imam Ahmad, Tabarani, Ibn Yarir al-Tabari y Bayhaqi transmitieron un relato detallado contrario a esto. En él se menciona que, cuando falleció Jadiya (ra), Khawla bint Hakim al-Sulamiyya, esposa de Uthman ibn Ma’un, se presentó ante el Mensajero (s) y le preguntó: «¡Oh, Mensajero de Dios! ¿Con quién te casarás?». Él respondió: «¿Con quién me casaré?». Khawla dijo: «Si deseas una virgen, también puedes tenerla; y si deseas una viuda, también puedes tenerla». El Mensajero (s) preguntó: «¿Quién es la virgen?». Ella respondió: «La hija de la persona que más amas de toda la creación, es decir, Aisha bint Abi Bakr (ra)». Entonces el Mensajero (s) preguntó: «¿Y quién es la viuda?». Ella respondió: «Sawda bint Zam’a, que ha creído en ti y te ha obedecido». El Mensajero (s) dijo: «Ve a hablar con ambas familias».
Primero fue a ver a Abu Bakr (ra) y dijo a su esposa, Umm Ruman: «¡Cuánto bien y bendición os ha concedido Dios!»
Él preguntó: «¿Qué es eso?»
Jawla dijo: «El Mensajero de Allah (s) me ha enviado para pedir la mano de Aisha (r.a.)». Umm Ruman dijo: «Deja que venga Abu Bakr». Cuando llegó Abu Bakr (r.a.), Umm Ruman le dijo: «¡Cuánto bien y bendición te ha concedido Allah!». Él preguntó: «¿Qué es eso?». Umm Ruman respondió: «El Mensajero de Allah (s) me ha enviado una propuesta para Aisha (r.a.)». Él preguntó: «¿Sería lícito para él casarse con ella? ¿Acaso no es su sobrina?»
Jawla fue ante el Profeta (s) y le comunicó aquello. Él dijo: «Dile que él es mi hermano de religión, y que su hija me es lícita». Jawla transmitió esta respuesta a Abu Bakr (r.a.). Él dijo: «Espera un momento», y se marchó.
Umm Ruman dijo a Jawla: «Mut‘im ibn Adi había pedido a Aisha para su hijo. ¡Por Allah! Abu Bakr nunca había roto una promesa hecha a nadie». Entonces Abu Bakr (r.a.) fue a ver a Mut‘im. Allí estaba sentada la esposa de este, cuyo hijo había recibido la propuesta de matrimonio. Ella dijo: «Abu Bakr, tememos que, si casamos a nuestro hijo con alguien de vuestra familia, vosotros lo apartéis de su religión». Abu Bakr (r.a.) dijo a Mut‘im: «Lo que dice tu esposa, ¿es también lo que tú piensas?». Él respondió: «Eso es precisamente lo que ella está diciendo». Tras oír esta respuesta, Abu Bakr (r.a.) salió de allí, y Allah lo liberó de la dificultad en la que se había metido al prometerle algo a Mut‘im. Después dijo a Jawla: «Trae al Mensajero de Allah (s) a mi casa». Cuando ella llevó al Profeta (s), Abu Bakr (r.a.) lo casó con Aisha (r.a.). En aquel momento ella tenía seis años.
Después, Jawla salió de allí y fue a ver a Sawda bint Zam‘a, y le dijo: «¡Cuánto bien y bendición te ha concedido Allah!». Ella preguntó: «¿Qué es eso?». Jawla respondió: «El Mensajero de Allah (s) me ha enviado a ti con una propuesta de matrimonio». Ella dijo: «Habla de esto con mi padre». Él era ya muy anciano. Jawla fue ante él, lo saludó según la costumbre de la época de la ignorancia y se presentó. Luego dijo: «Muhammad (s) me ha enviado para pedir a Sawda en matrimonio». Él respondió: «¡Qué magnífica pareja! Pero ¿qué dice tu amiga?». Jawla dijo: «A ella también le agrada este asunto». Él llamó a Sawda y le preguntó cuál era su deseo. Cuando ella expresó su conformidad, él invitó al Profeta (s) a su casa y concertó el matrimonio. Cuando oyó que su hermana se había casado con el Profeta (s), comenzó a echarse tierra sobre la cabeza. Después, cuando él mismo se hizo musulmán, decía: «En aquel entonces era un necio; me echaba tierra sobre la cabeza porque mi hermana se había casado con el Profeta (s)».
La fecha del matrimonio de Aisha (r.a.)
Este relato no solo deja claro que el matrimonio de Aisha (r.a.) tuvo lugar antes que el de Sawda (r.a.), sino también que, cuando Aisha (r.a.) se casó con el Profeta (s) en el mes de Shawwal del décimo año de la profecía, tenía seis años. Aquí podría plantearse la pregunta de que, si tenía seis años en Shawwal del décimo año de la profecía, debería haber tenido nueve años en el momento de la Hégira y, según los relatos fiables, once años cuando fue trasladada al hogar conyugal en Shawwal del segundo año de la Hégira. Algunos eruditos han respondido a esta pregunta diciendo que el traslado de Aisha al hogar conyugal tuvo lugar siete meses después de la Hégira. El hafiz Ibn Hayar dio preferencia a esta opinión. Sin embargo, el imán Nawawi, en «Tahdib al-Asma wa al-Lugat», el hafiz Ibn Kazir, en «Al-Bidaya», y el sabio Qastallani, en «Al-Mawahib al-Ladunniyya», han afirmado categóricamente que el traslado tuvo lugar en el segundo año de la Hégira. El hafiz Badruddin Ayni escribió en «Umdat al-Qari» que Aisha (r.a.) fue trasladada al hogar conyugal en Shawwal del segundo año de la Hégira, después de que el Profeta (s) regresara de la batalla de Badr.
Tanto el imán Nawawi como el sabio Ayni consideraron carente de sentido la afirmación de que este traslado tuvo lugar siete meses después de la Hégira. Después surge necesariamente una segunda pregunta: si el traslado tuvo lugar en el segundo año de la Hégira, ¿cuál fue la fecha del matrimonio, cuando ella tenía seis años al casarse y nueve cuando, como esposa, fue a la casa de su marido? ¿Cómo puede conciliarse esto? La respuesta se encuentra en el relato de Bujari transmitido por Urwa ibn Zubayr. En él, Urwa (r.a.) dice que Jadiya (r.a.) falleció tres años antes de la Hégira. Dos años después, o poco más tarde, el Profeta (s) se casó con Aisha (r.a.), cuando ella tenía seis años. Después, a los nueve años, fue trasladada al hogar conyugal. Así, el cálculo resulta correcto: Aisha (r.a.) se casó a los seis años, aproximadamente un año antes de la Hégira, y fue trasladada al hogar conyugal en el segundo año de la Hégira. Aunque este relato de Urwa (r.a.) es mursál, el hafiz Ibn Hayar dice que, puesto que Urwa (r.a.) afirmó esto tras haberlo oído de Aisha (r.a.), debe considerarse del grado de muttasíl. [Es evidente que Urwa ibn Zubayr (r.a.) era sobrino de Aisha (r.a.). Por eso, lo que dice sobre su propia tía lo oyó de ella misma; que mencione o no su autoridad en la transmisión no cambia nada. —El autor.]
La crítica adversa al matrimonio de Aisha (que Allah esté complacido con ella)
Puesto que aquí se ha mencionado el matrimonio de Aisha (que Allah esté complacido con ella), antes de continuar parece apropiado responder a las críticas formuladas contra su matrimonio, contra el hecho de que él la dejara viuda a los dieciocho años y contra la supuesta imposibilidad, según el Corán, de que volviera a casarse en otro lugar. ¿Acaso esto —¡Dios no lo permita!— no sería una injusticia y una opresión? Y que un hombre de edad tan avanzada se casara con una muchacha tan joven, ¿no entraría —¡Dios no lo permita!— en la definición de satisfacer los deseos carnales? ¿Acaso nueve años son una edad a la que se puede imponer a una niña la pesada carga de la vida conyugal?
En realidad, este tipo de acusación solo puede formularse cuando se considera el matrimonio del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y Aisha (que Allah esté complacido con ella) como el matrimonio entre un hombre común y una muchacha común; pero el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era el Mensajero de Allah, y tenía la responsabilidad de provocar una revolución integral en la vida humana y preparar a la sociedad para ella. Aisha (que Allah esté complacido con ella) era una joven dotada de cualidades extraordinarias; gracias a sus enormes capacidades intelectuales, colaboró con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en la construcción de la sociedad y realizó una labor tan inmensa como ninguna mujer, incluidas todas las esposas de los profetas, había realizado. Más aún, sin ninguna exageración puede afirmarse que ninguna esposa de un líder del mundo ayudó y cooperó de manera tan completa en el cumplimiento de las responsabilidades y deberes de su esposo como lo hizo Aisha (que Allah esté complacido con ella) con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Desde su infancia, nadie salvo Allah conocía estas capacidades suyas. Por eso Allah mismo la escogió para que acompañara a Su Mensajero. En Bujari, en el capítulo «El matrimonio de Aisha (que Allah esté complacido con ella)», se relata que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dijo a Aisha (que Allah esté complacido con ella): «Te vi dos veces en sueños y se me dijo: “Esta es tu esposa”». En Tirmidhi, en Abwab al-Manaqib, se relata que Gabriel llevó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la imagen de Aisha (que Allah esté complacido con ella) envuelta en una tela de seda y dijo: «Esta es su esposa en este mundo y en el Más Allá». Por tanto, la elección de esta compañera de vida no fue del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), sino de Allah Todopoderoso. Y solo Allah sabía cuán necesario era educar a aquella niña de seis años mediante la enseñanza y la formación de Su Santo Mensajero, para que prestara un servicio tan inmenso a la formación de la sociedad islámica.
Quienes acusan al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de satisfacer sus deseos carnales en este asunto, que consulten su propia conciencia y digan: ¿puede acaso ser esclavo de sus pasiones un hombre que, desde los veinticinco hasta los cincuenta años, se contentó con una sola esposa, quince años mayor que él? ¿Un hombre que, tras la muerte de su primera esposa, se casó con una viuda muy anciana y permaneció satisfecho con ella durante otros cuatro o cinco años? Si hubiera querido casarse para satisfacer sus deseos carnales, gozaba de una popularidad tan grande en la sociedad que, por muy hermosa y joven que quisiera que fuera la doncella con la que se casara, sus padres habrían estado dispuestos a presentársela, considerándolo un honor para sí mismos. Además, salvo una doncella, todas las mujeres con las que se casó habían pasado ya la juventud: eran viudas o habían sido abandonadas por sus esposos. En realidad, estos críticos solo tienen en mente la imagen de satisfacer el deseo sexual. Su mentalidad mezquina no puede elevarse lo suficiente para comprender el propósito de la vida conyugal de aquel gran hombre, que tomó a ciertas mujeres como compañeras de vida teniendo en cuenta la utilidad de una obra sumamente grandiosa.
Ahora queda la acusación de injusticia. También en este asunto los críticos se limitan a presentar este sencillo hecho: un hombre mayor se casó con una niña de nueve años y la dejó viuda a los dieciocho, cuando ya no tenía posibilidad alguna de volver a casarse, por lo que tuvo que pasar toda su juventud en estado de viudez. Estas personas nunca intentan, ni quieren, comprender que, en una obra cuyos beneficios para la humanidad no están destinados a un período limitado, sino a todos los tiempos, ni a una región determinada, sino al mundo entero, el sacrificio de la vida y los bienes de millones de personas no se considera una pérdida; sin embargo, el hecho de que la juventud de una mujer se consumiera en ella es llamado injusticia en vez de sacrificio. Y si esa juventud fue sacrificada, lo fue únicamente en el sentido de que ella se vio privada de disfrutar de las alegrías de la vida conyugal. No pueden señalar ningún otro perjuicio que aquella mujer noble hubiera tenido que soportar. Pero, por otro lado, observen qué inmenso servicio prestó aquella gran personalidad al quedar libre de todos los problemas y ocupaciones de la vida familiar y dedicar el resto de su vida entera a enseñar a hombres y mujeres el islam, sus mandatos y normas, sus leyes, su moral y sus buenos modales. Todo aquel que haya estudiado la ciencia del hadiz sabe cuánto conocimiento religioso llegó a los musulmanes y cuánto conocimiento de la jurisprudencia islámica obtuvieron a través de Aisha (que Allah esté complacido con ella). En comparación, no solo entre las mujeres de la época del Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), sino también entre los hombres, fueron muy pocos aquellos cuya labor erudita pueda mencionarse. Si Aisha (que Allah esté complacido con ella) no se hubiera casado con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y no hubiera tenido la oportunidad de recibir su enseñanza y formación, puede suponerse que la comunidad musulmana habría quedado privada de una gran parte del conocimiento islámico. Se han narrado 2210 hadices de Aisha (que Allah esté complacido con ella). No fue únicamente narradora de hadices, sino también jurista, exegeta, intérprete independiente de la ley y muftí. Entre las mujeres musulmanas se la consideraba unánimemente la mayor experta en jurisprudencia. Los compañeros más destacados acudían a ella para conocer las cuestiones jurídicas. Incluso Umar (que Allah esté complacido con él) y Uzmán (que Allah esté complacido con él) recurrían a ella acerca de diversos asuntos de la ley islámica. Era una de los pocos eruditos de Medina la Ilustre en quienes el pueblo depositaba plena confianza. Frente a estos innumerables beneficios colectivos, el pequeño perjuicio personal que Aisha (que Allah esté complacido con ella) sufrió después de enviudar no era, en realidad, nada. Y lo asombroso es que esta acusación la formulan eruditos cristianos que consideran que, a sus ojos, llevar una vida de celibato perpetuo y sin propósito, sin ningún beneficio colectivo, no solo es digno de elogio para los ascetas, sino incluso indispensable para quienes sirven a la religión.
Luego, quienes critican que Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) mantuviera relaciones con su esposo a los nueve años, no saben que el islam es una religión natural y que, desde el punto de vista natural, si el desarrollo físico de una niña es tan bueno que a esa edad se la considera ya madura, entonces mantener relaciones con su esposo es completamente lícito y apropiado. Solo una ley contraria a la naturaleza y a la moral puede fijar una edad determinada para el matrimonio de los muchachos y las muchachas. Esto se debe a que tal restricción se aplica únicamente a las relaciones conyugales lícitas, y no a las relaciones sexuales entre hombres y mujeres fuera del matrimonio. Y el asunto no se limita a que esos legisladores no tengan objeción alguna a los actos de fornicación cometidos antes de la edad matrimonial; de hecho, en sus sociedades, niños y niñas de nueve o diez años mantienen relaciones sexuales, y si como consecuencia una niña se convierte en madre soltera, toda su compasión se dirige hacia ella. En ese momento, no se formula ninguna objeción contra la niña por haber sido madre antes del matrimonio, ni contra el muchacho que convirtió en madre a una niña antes de la edad matrimonial. ¿Con qué autoridad pueden quienes sostienen valores morales tan bajos criticar la ley islámica, que establece que el matrimonio de los muchachos y muchachas que hayan alcanzado la madurez es lícito, sin que pueda imponerse para ello ninguna condición de edad determinada? Fijar legalmente una edad para el matrimonio significa precisamente que, antes de alcanzar esa edad, el matrimonio lícito no puede celebrarse de ningún modo, por mucho que se practique el acto ilícito, es decir, la fornicación.
El viaje a Taif
Después de esta discusión pertinente y necesaria para comprender la secuencia de los acontecimientos, volvemos al curso de los hechos. Tras liberarse de sus asuntos familiares, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), según las narraciones de Ibn Sa‘d y al-Baladhuri, se dirigió a Taif al final del décimo año de la profecía, en el mes de Shawwal. Taif se encontraba a cincuenta millas al este de La Meca. El propósito de este viaje era que se había exasperado por la opresión y las persecuciones de los coraichitas. Después de observar su intensa oposición y sus obstáculos, ya no esperaba que aquellas personas, lejos de aceptar la invitación a la verdad, le permitieran siquiera continuar con ella. Por ello quería invitar al pueblo de Taif al islam y, al menos, conseguir que la poderosa tribu de Banu Thaqif aceptara darle refugio allí y ayudarlo y apoyarlo en la tarea de difundir la invitación islámica. Ibn Sa‘d, citando a Jubayr ibn Mut‘im ibn ‘Adi, dice que en este viaje acompañó al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) Hazrat Zayd ibn Haritha (que Allah esté complacido con él). Así lo afirman también Ibn Qutayba y al-Baladhuri. Sin embargo, Musa ibn ‘Uqba e Ibn Ishaq dicen que fue solo. Hizo este viaje a pie, pues no pudo conseguir ningún medio de transporte. Ibn Sa‘d dice que permaneció allí diez días, pero el hafiz al-Sajawi afirma que continuó reuniéndose con los habitantes de Taif durante veinte días. Permaneció diez días después de reunirse con ‘Abd Yalil.
La gran opresión infligida al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) por los habitantes de Taif
Ibn Ishaq, al-Waqidi y otros dicen que en aquel tiempo el gobierno de Taif estaba en manos de los tres hijos de ‘Amr ibn ‘Umayr ibn ‘Awf: ‘Abd Yalil, Mas‘ud y Habib. En la casa de uno de ellos vivía una mujer de Quraysh, Sufiyya bint Ma‘mar al-Yumahi. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se reunió con ellos, los invitó a dirigirse hacia Allah y les dijo: «He venido a ustedes para que me ayuden en la causa del islam y me apoyen contra quienes de mi pueblo se oponen a mí». Entonces uno de ellos dijo: «Si Allah te ha hecho Mensajero, yo rasgaría las cortinas de la Kaaba». El segundo dijo: «¿Acaso no encontró Allah a nadie más que a ti para enviar como Mensajero?». El tercero dijo: «De ningún modo hablaré contigo. Si realmente eres el Mensajero de Allah, entonces eres demasiado noble para que te responda; y si mientes invocando el nombre de Allah, no eres digno de que se hable contigo». Al oír esto, el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se levantó. Ya no quedaba esperanza alguna de recibir de ellos algo bueno. Antes de partir, les dijo: «Han hecho conmigo lo que han hecho, pero al menos hagan esto: mantengan en secreto lo que les he dicho».
Les dijo esto porque temía que, si la noticia llegaba a los coraichitas, estos cobrarían aún más valor. Pero no lo hicieron; en cambio, incitaron contra él a sus maleantes, matones y esclavos. Lo condujeron hasta un huerto y allí lo abandonaron. El huerto pertenecía a ‘Utba ibn Rabi‘a y a Shayba ibn Rabi‘a.
En el relato de Ibn Sa‘d transmitido por al-Waqidi se dice que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) acudió a cada uno de los jefes y nobles de Thaqif, pero ninguno prestó atención a sus palabras. Más bien, temían que corrompiera a sus jóvenes. Por eso dijeron: «¡Oh, Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), sal de nuestra ciudad! Y si tienes algún amigo en la tierra, ve a reunirte con él». Luego incitaron contra él a sus vagabundos y esclavos. Estos comenzaron a insultarlo y a reunir a la gente a gritos. Musa ibn ‘Uqba dice que le arrojaban piedras deliberadamente a los tobillos y los talones. Se alinearon a ambos lados del camino y, mientras el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) avanzaba levantando los pies, le lanzaban piedras.
Finalmente, sus sandalias se llenaron de sangre. Sulayman al-Taymi dice que, cuando se sentaba por el dolor de las heridas, ellos lo agarraban y lo obligaban a ponerse de pie para poder volver a apedrearlo. Cuando, obligado, reanudaba la marcha, le arrojaban piedras y continuaban burlándose y mofándose de él. Ibn Sa‘d, citando el relato de al-Waqidi, dice que en esa situación Hazrat Zayd ibn Haritha (que Allah esté complacido con él), para protegerlo de las pedradas, recibía él mismo las piedras que le arrojaban. Finalmente, le abrieron la cabeza.
La conmovedora súplica del Profeta (la paz sea con él)
Finalmente, cuando el Profeta (la paz sea con él) salió de Taif y todos aquellos malvados que lo perseguían se marcharon, se sentó, herido y ensangrentado, a la sombra de una vid junto al muro del jardín de Utba y Shayba. Profundamente afligido por lo sucedido, volvió su rostro hacia su Señor y elevó una súplica cuyas conmovedoras palabras han sido citadas por al-Tabarani en Kitab al-Du’a y al-Mu’jam al-Kabir; por Ibn Hisham y Muhammad ibn Ishaq en sus obras de sira; por al-Tabari en su Historia; por Ibn al-Qayyim en Zad al-Ma’ad; y por el hafiz Ibn Kazir en al-Bidaya. Dice así:
«¡Oh Dios! Ante Ti únicamente expongo mi impotencia y mi falta de consideración a los ojos de la gente. ¿A quién me encomiendas? ¿A un desconocido que me tratará con dureza? ¿O a un enemigo al que has dado poder para prevalecer sobre mí? Si no estás enojado conmigo, no me preocupa ninguna calamidad. Pero, si recibo seguridad de Tu parte, eso será para mí mucho más grato. Busco refugio en la luz de Tu esencia, que ilumina las tinieblas y ordena los asuntos de este mundo y del Más Allá. Protégeme de que Tu ira descienda sobre mí y de convertirme en merecedor de Tu castigo. Haz que me conforme con Tu voluntad y que Tú estés complacido conmigo. No hay poder alguno excepto en Ti».
La descripción de la misericordia del Profeta (la paz sea con él) para todos los mundos
Al-Bujari, en «Bad’ al-Jalq» y «Dhikr al-Mala’ika»; Muslim, en su libro de expediciones militares; y al-Nasa’i, en «Ba’z», citan un hadiz de Aisha (que Allah esté complacido con ella), quien dice que preguntó al Profeta (la paz sea con él): «¿Te enfrentaste alguna vez a una situación más difícil que la batalla de Uhud?». En respuesta, él mencionó el suceso de Taif y dijo: «En mi aflicción, adondequiera que miraba, me dirigía hacia allí» (es decir, estaba confundido y no sabía adónde ir). «No logré librarme de ese estado hasta que, de repente, me encontré en un lugar llamado Qarn al-Tha’alib». Este lugar también es llamado Qarn al-Manazil. Es el miqat de los habitantes de Nayad, desde donde deben ponerse el ihram para visitar la Kaaba. Está a un día y una noche de viaje desde La Meca a lomos de camello, según el autor. «Alcé la vista y vi una nube que me daba sombra. Vi que en ella estaba el ángel Gabriel (la paz sea con él). Me llamó y dijo: “Allah ha escuchado todo lo que tu pueblo te ha dicho y la respuesta que ha dado a tu invitación. Ha enviado al ángel de las montañas. Ordénale lo que desees”. Entonces el ángel de las montañas me saludó y dijo: “¡Oh, Muhammad! Allah ha escuchado lo que tu pueblo ha dicho y la respuesta que ha dado a tu invitación. Yo soy el ángel de las montañas. Tu Señor me ha enviado a ti para que me ordenes lo que quieras”». Estas palabras aparecen en la narración de Muslim.
En al-Tabarani se dice: «Da la orden que desees». La versión de al-Bujari dice: «Entonces dijo: “¡Oh, Muhammad (la paz sea con él)! Tienes plena facultad para pedir lo que quieras. Si lo deseas, reuniré sobre ellos —sobre los coraichitas— las montañas situadas a ambos lados de La Meca, Abu Qubays y Qu’ayqi’an, y las aplastaré”». El ángel pidió permiso al Profeta (la paz sea con él) para cubrir a los coraichitas con las montañas porque la calamidad que él había sufrido se debía precisamente a su opresión y hostilidad. Si no lo hubieran perseguido con una crueldad desmedida, ¿qué necesidad habría tenido de ir a Taif? Nota del autor. El Profeta (la paz sea con él) respondió: «¡No, no! Espero que Allah haga surgir de su descendencia personas que adoren y obedezcan a Allah, el Único, sin asociado alguno».
La conversión al islam de Addas, el cristiano
Ibn Hisham, citando la narración de Ibn Ishaq, dice que cuando el Profeta (la paz sea con él) se sentó, herido y ensangrentado, a la sombra de una vid junto al muro del jardín de Utba ibn Rabia y Shayba ibn Rabia, estos dos jefes de los coraichitas lo vieron en ese estado y sintieron compasión y respeto por él. También se menciona que una mujer de los Banu Yumah, que se encontraba en la casa de un jefe de Taif, se reunió con el Profeta (la paz sea con él). Él le dijo: «¿Cómo han podido tratarme así los miembros de la familia de tu suegro?». Utba y Shayba llamaron a un esclavo cristiano suyo y le dijeron: «Pon un racimo de uvas en un gran recipiente y dile que coma». Cuando este colocó el recipiente ante él, el Profeta puso la mano sobre las uvas diciendo «Bismillah» —según una narración, «Bismillahi al-Rahmani al-Rahim»—. Addas dijo: «¡Por Dios! En este país no hay nadie que pronuncie estas palabras». El Profeta (la paz sea con él) le preguntó: «¿De dónde eres y cuál es tu religión?». Él respondió: «Soy cristiano y soy de Nínive». El Profeta dijo: «¿Eres de la ciudad del hombre virtuoso Yunus ibn Matta?». Él preguntó: «¿Cómo lo conoces?». Según al-Suhayli, quien lo relató citando a al-Taymi, después de oír mencionar al Profeta (la paz sea con él) a Yunus (la paz sea con él), Addas dijo: «¡Por Dios! Cuando me marché de Nínive, la gente ni siquiera sabía quién era Matta. Entonces, ¿cómo pudo él conocerlo, siendo iletrado y nacido entre un pueblo iletrado?». Nota del autor. El Profeta (la paz sea con él) dijo: «Él es mi hermano. También fue profeta, y yo también soy profeta».
Al oír esto, Addas se inclinó hacia él y comenzó a besarle la cabeza, las manos y los pies.
Sulaymán al-Taymí dice en su obra biográfica que Addas declaró: «Doy testimonio de que usted es siervo de Allah y Su Mensajero».
Cuando los dos hijos de Rabía vieron aquella escena, uno le dijo al otro: «Mira, este hombre también ha corrompido a nuestro esclavo». Cuando Addas regresó, le preguntaron: «¿Qué te ha pasado, que has comenzado a besarle la cabeza, las manos y los pies?». Él respondió: «¡Señor mío! No hay en la tierra nadie mejor que él. Me ha informado de algo que nadie conoce salvo un profeta». Ellos dijeron: «¡Addas! No abandones tu religión; tu religión es mejor que la suya». (Añadido por el autor.)
La escucha del Corán por parte de los yinn
Después de regresar de Taif, el Profeta (s) permaneció algunos días en un lugar llamado Najla. Estaba angustiado, preocupado por cómo regresaría a La Meca. Ellos ya se habían enterado de todo lo ocurrido en Taif. En consecuencia, el valor de los incrédulos aumentaría aún más. En una ocasión, mientras recitaba el Corán durante la oración, pasó por allí un grupo de yinn. Escucharon el Corán y abrazaron la fe. Luego regresaron y comenzaron a transmitir el islam entre su pueblo. Allah Ta‘ala dio a Su Profeta la buena noticia de que, aunque los seres humanos huían de su invitación, los yinn se habían sentido atraídos por ella y la estaban difundiendo entre los suyos. [Estas eran las aleyas 29 a 32 de la sura Al-Ahqaf, en las que Allah Ta‘ala informó al Profeta (s) de la influencia que los yinn habían recibido al escuchar el Corán de su boca; nota del autor.] (Tafhim, tomo 4, Al-Ahqaf, introducción.)
Hazrat Abdullah ibn Masud (r.a.), Hazrat Zubayr (r.a.), Hazrat Abdullah ibn Abbas (r.a.), Hasan al-Basrí, Saíd ibn Yubayr, Zirr ibn Hubaysh, Muyahid, Ikrima y otros eruditos han relatado la llegada de los yinn. Todos coinciden en que este acontecimiento tuvo lugar en el interior de Najla. Ibn Ishaq, Abu Nuaym al-Isfahani y Waqidi dicen que ocurrió cuando el Profeta (s) regresaba hacia La Meca, decepcionado de Taif. En el camino se detuvo en Najla. Allí recitaba el Corán durante la oración de la tarde, la del alba o la de taháyyud. En ese momento, un grupo de yinn pasaba por allí. Se detuvieron para escuchar su recitación. Asimismo, todas las narraciones coinciden en que, en aquella ocasión, los yinn no se presentaron ante el Profeta (s), ni él percibió su llegada. Más bien, posteriormente Allah Ta‘ala le informó mediante la revelación de su llegada y de que habían escuchado el Corán.
El lugar donde ocurrió este acontecimiento era ‘Azzayma’ o ‘As-Saylul Kabir’, pues ambos lugares se encuentran en el valle de Najla. En los dos había agua y una vegetación verde y frondosa. Si quienes llegaban de Taif tenían que acampar en algún lugar del valle, podían establecerse en cualquiera de estos dos sitios. (Tafhim, tomo 4, Al-Ahqaf, nota 33.)
La sura del Corán que los yinn escucharon en aquella ocasión de boca del Profeta (s) fue la sura Ar-Rahmán. Al-Bazzar, Ibn Yarir e Ibn Abd Allah relatan esta tradición de Ibn Umar (r.a.) y dicen que, en cierta ocasión, el Profeta (s) recitó personalmente la sura Ar-Rahmán, o se recitó ante él. Después preguntó a la gente: «¿Por qué no recibo de vosotros una respuesta tan hermosa como la que los yinn dieron a su Señor?». La gente preguntó: «¿Cuál fue esa respuesta?». Él dijo: «Cuando llegué a las palabras de Allah Ta‘ala»
****************************************************** leí; entonces los genios respondieron:
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«No negamos ninguna de las bondades de nuestro Señor». Tirmidhi, Hakim y el hafiz Abu Bakr al-Bazzar también transmiten un relato similar, citando a Jabir ibn Abdullah (que Dios esté complacido con él). Según su relato, cuando la gente escuchaba la sura Ar-Rahman y permanecía en silencio, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) decía: «Recité esta sura a los genios aquella noche en que se reunieron para escuchar el Corán. Ellos respondían mejor que vosotros. Cuando llegué a esta aleya: “¡Oh, genios y seres humanos! ¿Cuál de las bondades de vuestro Señor negaréis?”, ellos respondían:
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—¡Oh, nuestro Señor! No negamos ninguna de Tus bondades. Por tanto, a Ti pertenece toda alabanza.
Aunque en otros relatos se afirma que en aquel momento el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) no sabía que los genios estaban escuchando el Corán de su boca, Dios Altísimo le informó (sura Al-Ahqaf, aleyas 29-32) de que estaban escuchando su recitación. Sin embargo, no sería incorrecto suponer que, del mismo modo que Dios Altísimo informó al Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) de que los genios escuchaban el Corán, también le informó de lo que respondían cuando escuchaban la sura Ar-Rahman.
Cómo entró el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en La Meca después de su regreso
Ibn Sa’d, citando el relato de al-Waqidi, dice que cuando él quiso ir a La Meca desde Najla, Zayd ibn Haritha (que Dios esté complacido con él) le preguntó: «¿Cómo entraréis allí, puesto que os han expulsado?». El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) respondió: «¡Oh, Zayd! Dios abrirá un camino para librarte de la situación que ves. Él es el protector y auxiliador de Su religión, y hará triunfar a Su Profeta». Al-Waqidi resume lo que sigue, pero Ibn Ishaq lo relata detalladamente. Dice que, al llegar a Hira, envió a Abdullah ibn al-Urayqit (este hombre era un politeísta, pero el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) lo consideraban digno de confianza. Por eso, durante la peligrosa emigración a Medina, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo llevó consigo para que les mostrara el camino. Cumplió este servicio con absoluta lealtad, aunque podría haber obtenido una gran recompensa informando de ello a los coraichitas; nota del autor) a Akhnas ibn Shurayq, para pedirle que lo acogiera bajo su protección. Él respondió: «Estoy ligado por un pacto de amistad». (Este hombre pertenecía en realidad a la tribu de Banu Thaqif, pero en La Meca mantenía relaciones amistosas con Banu Zuhra, parientes del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) por parte de su abuelo materno. Debido a sus aptitudes, alcanzó entre Banu Zuhra la dignidad de jefe; nota del autor). Al estar ligado por un pacto, no podía conceder protección a una persona frente a las tribus principales de Quraysh. Después, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) envió a Ibn al-Urayqit a Suhayl ibn Amr, quien respondió: «Banu Amir ibn Lu’ayy no puede conceder protección frente a Banu Ka’b». Entonces el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo envió a Mut’im ibn Adi, que pertenecía a Banu Nawfal, una rama de Banu Abd Manaf. Al-Urayqit fue y le dijo: «Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) pregunta si estás dispuesto a concederle protección para que pueda transmitir el mensaje de su Señor». Él respondió: «De acuerdo; dile que venga a La Meca». Así pues, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) entró en la ciudad y pasó la noche en su propia casa. Por la mañana, Mut’im y seis o siete de sus hijos, armados, llevaron al Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) al Santuario y le dijeron: «Haz la circunvalación». Durante la circunvalación, todos permanecieron de pie para protegerlo. Abu Sufyan (según at-Tabarani, Abu Yahl) preguntó: «¿Sois sus protectores o sus seguidores?». Mut’im respondió: «No, solo sus protectores». Él dijo: «No se puede quebrantar vuestra protección. A quien vosotros habéis protegido, también nosotros lo protegemos». (Añadido por el autor.)
Fue gracias a esta benevolencia de Mut‘im ibn Adi que el Profeta dijo, con respecto a los prisioneros de la batalla de Badr:
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Es decir, si Mut‘im ibn Adi estuviera vivo y hablara conmigo acerca de estas personas despreciables, los liberaría por consideración a él. (Tafhim, tomo 5, sura Muhammad, introducción.)
Capítulo undécimo
El significado esencial del Isra y el Mi‘ray
Antes de narrar la historia de los últimos tres años de la vida del Profeta Mustafa (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en La Meca, considero razonable presentar un relato detallado del acontecimiento más importante de aquel período. Se veía que este acontecimiento realzaba la vida y el carácter del Santo Profeta como una brillante corona. Es una corona o diadema que no pudo iluminar la vida de ninguna otra persona de la historia de la humanidad, incluidos los profetas. Se trata del acontecimiento del Isra y el Mi‘ray. Isra significa llevar al Profeta, durante la noche, desde la Mezquita Sagrada hasta la Mezquita de Al-Aqsa (Bayt al-Maqdis). Esto se menciona al comienzo de la sura Bani Isra’il del Corán. Mi‘ray significa que el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) ascendió desde Bayt al-Maqdis hasta Sidrat al-Muntaha. Su relato completo se encuentra en los hadices. En ocasiones también se ha afirmado que los acontecimientos del Isra y el Mi‘ray ocurrieron en momentos distintos. Sin embargo, un gran número de eruditos de los ulemas de la comunidad, así como de los juristas, tradicionistas y teólogos, coinciden en que ambos acontecimientos tuvieron lugar al mismo tiempo. En una misma noche, el Profeta Mustafa fue llevado corporalmente, es decir, con cuerpo y alma y en estado de vigilia, desde la Mezquita Sagrada hasta Bayt al-Maqdis. Esa misma noche atravesó los niveles más elevados del mundo celestial y llegó ante el Señor de la Majestad. Y antes del amanecer regresó a La Meca.
La fecha del Mi‘ray
Existe desacuerdo sobre cuándo ocurrió este acontecimiento. Ibn Sa‘d, citando el relato de Waqidi, dice que ocurrió el 17 de Ramadán, doce años después del comienzo de la misión profética, es decir, dieciocho meses antes de la Hégira. [Aquí considero necesario aclarar este asunto: la historia del período posterior al comienzo de la misión profética y anterior a la emigración a Medina que establecemos se basa en el hadiz narrado por Bujari y Muslim de Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él). En él dice que, cuando la revelación descendió sobre el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), tenía cuarenta años. Después pasó trece años en La Meca y diez años en Medina. Basándonos en este relato, consideramos que la Hégira tuvo lugar después de trece años del comienzo de la misión profética. —El autor.] En otra cadena de transmisión, el propio Ibn Sa‘d menciona que este acontecimiento ocurrió el 17 de Rabi al-Awwal, trece años después del comienzo de la misión profética, es decir, un año antes de la Hégira. Bayhaqi cita esta misma fecha del Mi‘ray basándose en Musa ibn Uqba, quien a su vez la cita del imán Zuhri. El relato de Urwa ibn al-Zubayr también coincide con ello. Ibn Lahi‘a lo transmitió citando a Abu al-Aswad. Basándose en esto, el imán Nawawi declaró que esta era la fecha correcta del Mi‘ray. Ibn Hazm afirmó que había consenso al respecto, aunque tal afirmación no es correcta. Se han transmitido dos opiniones de Isma‘il al-Suddi. En el relato que Tabari y Bayhaqi transmitieron de él, se afirma que el Mi‘ray ocurrió un año y cinco meses antes de la Hégira, en el mes de Shawwal del duodécimo año de la misión profética. Según el relato de Hashim, ocurrió un año y cuatro meses antes, por lo que se determina que tuvo lugar en el mes de Dhu al-Qa‘da. Ibn Abd al-Barr y Qutayba relatan que ocurrió un año y ocho meses antes de la Hégira, en el mes de Rayab del duodécimo año de la misión profética. Ibn Faris lo sitúa un año y tres meses antes de la Hégira; Ibn al-Yawzi, ocho meses antes; y Abu al-Rabi ibn Malik, seis meses antes. También existe una opinión que lo sitúa once meses antes. Ibn al-Munir le dio preferencia en su explicación de la Sira de Ibn Abd al-Barr. Ibrahim ibn Ishaq al-Harbi afirmó con certeza que esta era la fecha correcta del Mi‘ray. Sin embargo, se hizo célebre la opinión de que el Mi‘ray ocurrió el 27 de Rayab. El erudito al-Zurqani dice: si no se encuentran pruebas suficientes para dar preferencia a una opinión sobre otra, lo mejor es aceptar la opinión más conocida.[]
Contexto histórico:
Este acontecimiento tuvo lugar en una etapa del movimiento islámico en la que habían transcurrido aproximadamente doce años desde que el Profeta (s) alzó la voz del tawhid. Los opositores habían empleado todos sus esfuerzos para bloquear su camino. Pero, a pesar de sus obstáculos, la voz del Profeta llegó a todos los hogares de Arabia. No había tribu árabe en la que al menos dos o cuatro personas no hubieran sido influenciadas por su invitación. En la propia Meca se había formado un pequeño grupo de personas sinceras, dispuestas a afrontar cualquier riesgo en la vida por el éxito de esta invitación a la verdad. En Medina, un gran número de miembros de las poderosas tribus de Aws y Jazray se habían convertido en colaboradores y partidarios del Profeta. Se aproximaba el momento en que surgiría la oportunidad de reunir en un solo lugar a los musulmanes que habían emigrado del Profeta desde La Meca a Medina y se habían dispersado por distintos lugares, y de establecer un Estado basado en los ideales y principios del islam. En una situación así tuvo lugar el Mi’ray, y, al regresar del Mi’ray, el Profeta (s) transmitió a la gente el mensaje que está incluido en la sura Bani Israil.
Breve descripción del acontecimiento
En el primer versículo de la sura Bani Israil solo se menciona que el Profeta (s) fue llevado desde la Mezquita Sagrada (Baytullah) hasta la Mezquita de Al-Aqsa (Bayt al-Maqdis). Se declara que el propósito era que Allah Todopoderoso mostrara a Su siervo algunos de Sus signos. El Corán no ofrece más detalles que estos. Sin embargo, en los libros de hadices y de la Sira se ha transmitido una descripción detallada de este acontecimiento por numerosos sahabah, cuyo número llega hasta veinticinco, e incluso, después de investigar y examinar las fuentes, hasta cuarenta y cinco. Entre ellos, las narraciones más detalladas proceden de Anas ibn Malik (ra), Abu Huraira (ra), Abu Saíd al-Judri (ra), Malik (ra), Malik ibn Sa’sa’a (ra), Abu Dharr al-Gifari (ra), Shaddad ibn Aws (ra), Abdullah ibn Abbas (ra), Abdullah ibn Masud (ra) y Umm Hani (ra).
El resumen de la descripción detallada que se encuentra en los hadices es el siguiente: durante la noche, Yibril (a) despertó al Profeta (s) y lo llevó montado en el Buraq desde la Mezquita Sagrada hasta la Mezquita de Al-Aqsa. Allí, en Bayt al-Maqdis, el Profeta (s) realizó la oración junto con los profetas, que la paz sea con todos ellos. Después, Yibril (a) lo condujo a los mundos superiores. En los distintos cielos se encontró con diferentes profetas. Finalmente, tras alcanzar una altura extremadamente elevada, se presentó ante su Señor. Durante esta comparecencia, además de otras importantes orientaciones, se le hicieron obligatorias las cinco oraciones diarias. Luego regresó a Bayt al-Maqdis y desde allí volvió a la Mezquita Sagrada. Muchos hadices indican que también le fueron mostrados el Paraíso y el Infierno. Además, relatos fiables informan de que, al día siguiente, cuando mencionó este acontecimiento ante la gente, los incrédulos de La Meca se burlaron y mofaron intensamente de ello, y la fe de algunos musulmanes se debilitó.
Esta descripción adicional de los hadices no contradice al Corán; más bien, añade algo después de la descripción coránica. Es evidente que no se puede rechazar una narración adicional alegando que contradice al Corán.
¿Fue el Mi’ray corporal o espiritual?
¿Cómo fue este relato del viaje del Mi’ray? ¿Ocurrió en un sueño o mientras estaba despierto? ¿Fue el propio Profeta (s) quien realizó el viaje, o permaneció en su lugar y todo aquello le fue mostrado espiritualmente? Las respuestas a todas estas preguntas se encuentran en las propias palabras del Corán.
El inicio de la narración a partir de *********************************** indica precisamente que se trató de un acontecimiento milagroso, extraordinario y grandioso, ocurrido por el poder y la omnipotencia de Allah. Es cierto que ver algo semejante en un sueño, o contemplarlo mediante el kashf, no tendría tal importancia como para requerir esta introducción al relatarlo. ¿Cómo podría ser de otro modo, tratándose de Aquel que está por encima de todo defecto, limitación e incapacidad, y que hizo que Su siervo viera aquello en sueños o mediante el kashf? Además, estas palabras: «En una noche, llevó a Su siervo» indican un viaje físico. Las expresiones «llevar» a alguien en un sueño a realizar un viaje, o llevarlo mediante el kashf a emprenderlo, no son apropiadas en absoluto. Por tanto, no tenemos más alternativa que aceptar que no se trató de una mera observación espiritual, sino de un viaje físico y una observación directa que Allah mostró al Profeta (s).
Si en una sola noche fue posible, por el poder de Allah, ir y regresar de La Meca a Bayt al-Maqdis sin un avión, ¿por qué habría que rechazar como imposible el resto de los detalles relatados en los hadices? El debate sobre lo posible y lo imposible solo puede plantearse cuando se trata de una acción realizada por una criatura según su propia capacidad. Pero cuando se afirma que Dios hizo algo, solo puede plantear la cuestión de su posibilidad quien no cree en el poder de Dios. Allah puede llevar a quien quiera, en un instante, a un lugar al que la luz, el objeto más veloz del mundo material, necesitaría miles de millones de años luz para llegar. Las limitaciones del tiempo y del espacio fueron creadas para las criaturas, no para el Creador del universo.
Objeciones y acusaciones de quienes niegan los hadices
Respecto al relato detallado del viaje del Mi‘ray, tal como aparece en los hadices, quienes niegan los hadices han formulado diversas objeciones y acusaciones. Sin embargo, entre todas ellas solo hay dos que pueden considerarse mínimamente importantes.
Primera: esto implica necesariamente que Allah se encuentra en un lugar determinado. De lo contrario, ¿qué necesidad habría de hacer viajar al siervo y llevarlo a un lugar específico para que compareciera ante Él?
Segunda: ¿cómo se mostró al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, el Infierno y el Paraíso, así como escenas de algunas personas sufriendo castigo, cuando aún no se había emitido el juicio definitivo sobre los siervos? ¿Cómo puede ser que el castigo o la recompensa deban decidirse después de que tenga lugar la Resurrección, pero que algunas personas fueran castigadas de antemano?
En realidad, ambas objeciones son el resultado de un razonamiento defectuoso. La primera es errónea porque el Creador posee, sin duda alguna, un poder infinito en Su propia esencia. Sin embargo, al tratar con la creación, adopta medios limitados, no por una debilidad propia, sino debido a la debilidad de las criaturas. Por ejemplo, cuando habla con la creación, emplea la forma limitada de comunicación que un ser humano puede oír y comprender. En realidad, la palabra de Allah posee una majestad soberana propia. Del mismo modo, cuando quiere mostrar a Su siervo los grandiosos y magníficos signos de Su reino, lo lleva consigo y, allí donde haya algo que mostrarle, se lo muestra tal como Dios lo ve. Para observar algo, Dios no necesita ir a ningún lugar, pero el siervo sí lo necesita. Lo mismo ocurre con la comparecencia ante el Creador. El Creador no está situado en ningún lugar. Sin embargo, el siervo necesita un lugar para encontrarse con Él, un lugar en el que se concentre para él la manifestación de Allah. De otro modo, para un siervo de poder limitado no sería posible encontrarse con Él en Su majestad soberana.
Ahora queda la segunda objeción. También es errónea, porque durante el Mi‘ray se hizo contemplar al Profeta muchas cosas, y algunas realidades le fueron mostradas en forma de alegorías. Por ejemplo, como representación de un asunto que provoca fitna, se mostró a un toro grande y corpulento que salía por una pequeña grieta o abertura y luego ya no podía volver a entrar en ella. Como representación de los adúlteros, se mostró que, aunque tenían delante carne fresca y hermosa, la dejaban y comían carne podrida. Del mismo modo, el castigo por las malas acciones que se le mostró era una contemplación anticipada, en forma alegórica, del castigo del Más Allá.
Lo que debe comprenderse verdaderamente acerca del Mi‘raj es que Allah Todopoderoso hizo que cada uno de los profetas —la paz sea con ellos— observara, conforme a su rango, el sistema de gobierno de los cielos y de la tierra. Se levantó el velo material y se les mostraron con sus propios ojos aquellas realidades que se les había ordenado creer sin haberlas visto y a cuya creencia debían invitar a los demás, de modo que su rango se distinguiera del de un filósofo. El filósofo afirma cuanto dice basándose en conjeturas y suposiciones. Si es consciente de su propia condición, jamás dará testimonio de la veracidad de ninguna de sus opiniones. En cambio, los profetas, todo cuanto dicen lo dicen basándose en pruebas directas y en la observación. Pueden testimoniar ante la creación: «Nosotros sabemos todo esto y estas son realidades que hemos visto con nuestros propios ojos». (Tafhim al-Qur’an, Bani Israil, introducción y nota 1.)
Examen de los argumentos de quienes califican el Mi‘raj de sueño
Se han presentado dos argumentos para calificar este acontecimiento de sueño. Uno es que en la aleya 60 de la sura Bani Israil se emplea para designarlo la palabra ru’ya ********. El segundo es que en un hadiz se ha transmitido la siguiente declaración de Aisha —que Allah esté complacido con ella—:
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El cuerpo bendito del Profeta (s) no se apartó de su lugar; lo que fue llevado fue su espíritu.
El propio Corán refuta el primero de estos dos argumentos. Veamos la frase completa en la que se emplea la palabra ******** en referencia al Mi‘raj.
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Y hemos dejado la ru’ya que te mostramos como una prueba para la gente.
Si en esta frase se toma la palabra ***** en el sentido de sueño, ¿qué motivo habría para que ello se convirtiera en una prueba para la gente? En un sueño, una persona puede ver toda clase de cosas. Si el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) hubiera dicho ante la gente: «Anoche soñé que fui de La Meca a Bayt al-Maqdis», ningún musulmán habría caído en la prueba ni apostatado, y ningún incrédulo se habría burlado de ello. Tampoco nadie habría preguntado: «Demuestra que tu viaje fue real». Solo habría podido ser una prueba si el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) hubiera dicho a la gente que este acontecimiento había ocurrido estando despierto y hubiera afirmado también: «Mi viaje no fue espiritual, sino corporal».
Además, tampoco es correcto afirmar que en la lengua árabe la palabra ******* se use únicamente para designar un sueño. En realidad, en los diccionarios árabes, ***** y ***** tienen el mismo significado y se emplean indistintamente. Por ejemplo, ********* y ********. Al explicar esta aleya del Corán, el venerable ʿAbdullah ibn ʿAbbas, considerado una autoridad eminente en la lengua árabe, dijo:
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«Fue una visión ocular que aquella noche se le mostró al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), cuando fue llevado a Bayt al-Maqdis». En la transmisión que Saʿid ibn Mansur cita de esta declaración de Ibn ʿAbbas se añade lo siguiente: «No fue *********** ni una visión semejante a un sueño ***** (ruʾya)».
En otra cadena de transmisión, Ibn Mansur transmitió esta declaración de Ibn ʿAbbas:
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Con ello se aludía a la observación que se le hizo realizar al Profeta durante el camino hacia Bayt al-Maqdis.
Queda ahora la declaración de Aisha (que Allah esté complacido con ella). Desde el punto de vista de su cadena de transmisión, es sumamente débil. Muhammad ibn Ishaq la transmitió con estas palabras: «Algunas personas de la familia de Abu Bakr dijeron a alguien que Aisha (que Allah esté complacido con ella) solía decir esto». ¿Cómo puede demostrarse, mediante una cadena de transmisión desconocida como esta, que aquello que se atribuye a Aisha (que Allah esté complacido con ella) fue realmente una declaración suya? Frente a esta débil narración, los libros fiables de hadices registran, a través de numerosas cadenas auténticas, el relato del viaje del Isra y el Miʿray narrado por el propio Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Estas narraciones proceden de Anas (que Allah esté complacido con él), Malik ibn Saʿsaʿa (que Allah esté complacido con él), Abu Huraira (que Allah esté complacido con él), Abu Saʿid al-Judri (que Allah esté complacido con él), Abu Dharr al-Gifari (que Allah esté complacido con él), Shaddad ibn Aws (que Allah esté complacido con él) y otros honorables compañeros. ¿Cómo pueden rechazarse todas ellas? ¿Y qué explicación puede darse a esta narración de Aisha (que Allah esté complacido con ella), que al-Bayhaqi transmitió con una cadena íntegramente conectada, según la cual, al amanecer, después de la noche del Isra, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) relataba a la gente lo sucedido durante la noche, y muchos de quienes, tras haber abrazado la fe, habían reconocido la profecía del Profeta apostataron? Entonces fueron a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) con esta noticia y le dijeron: «Infórmate un poco sobre tu amigo. Dice que anoche fue llevado a Bayt al-Maqdis».
Abu Bakr dijo: «¿Acaso él dijo algo así?». Ellos respondieron: «Sí». Abu Bakr dijo: «Si él lo ha dicho, entonces ciertamente ha dicho la verdad». Ellos preguntaron: «¿Crees realmente que viajó a Bayt al-Maqdis en una sola noche y regresó antes del amanecer?». Abu Bakr respondió: «Yo acepto como verdadera cualquier noticia del cielo que recibo de él por la mañana y por la tarde».
¿Puede alguien aceptar que la declaración que se atribuye a Aisha mediante una cadena de transmisión desconocida —según la cual el cuerpo del Profeta permaneció en su lugar y solo fue llevado su espíritu— fuera realmente una declaración de Aisha? (Ampliación del autor.)
El verdadero significado del Mi‘ray
Este acontecimiento del Mi‘ray es uno de los acontecimientos más grandiosos de la historia humana: cambió el curso del tiempo y dejó una huella permanente en la historia. La verdadera importancia del Mi‘ray no reside en cómo tuvo lugar, sino en su propósito y sus consecuencias.
La verdad es que el mundo en que vivimos no es más que una provincia diminuta del vasto y grandioso reino de Allah. La posición de cada profeta enviado por Dios a esta provincia era, en cierto modo, semejante a la de los gobernadores o virreyes que los gobiernos terrenales envían a los países sometidos a su autoridad. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre ambos. Los gobernadores y virreyes de los gobiernos o administradores estatales del mundo son nombrados únicamente para administrar el país. En cambio, los gobernadores y virreyes del Soberano del universo son designados para enseñar a los seres humanos los principios de una civilización correcta, un carácter puro y un conocimiento y unas obras verdaderos; principios que permanecen como faros en la gran vía de la vida humana y muestran el camino recto durante siglos y siglos. A pesar de ello, también puede observarse una semejanza entre ambos. Los Estados del mundo confían la responsabilidad del gobierno a personas dignas de confianza. Cuando las nombran para ese cargo, les explican cómo funciona la administración interna del Estado y sobre qué política se basa. También les revelan informaciones secretas que no se dan a conocer al pueblo en general. La situación en el reino de Dios es semejante. Allí también la responsabilidad de la profecía o del nabuwat se confía únicamente a quienes son los más fieles y dignos de confianza. Después, cuando son designados para ese cargo, Allah mismo les permite observar la administración interna de todos Sus reinos. Les revela secretos y datos del mundo creado que no se dan a conocer a la gente común. Así, por ejemplo, hizo que Abraham observara la administración interna de los cielos y de la tierra (sura al-An‘am, aleya 75). También le mostró cómo Dios da vida a los muertos (sura al-Baqara, aleya 260). A Moisés se le mostró la manifestación de Allah en el monte Tur (sura al-A‘raf, aleya 143). Lo hizo viajar durante algún tiempo junto a un siervo distinguido, para que viera y comprendiera cómo funciona, por voluntad de Allah, la administración del mundo (sura al-Kahf, aleyas 60-82). El profeta Muhammad obtuvo algunas experiencias reales de este tipo. A veces veía abiertamente en el mundo superior al ángel cercano a Dios (al-Takwir, aleya 23). En otras ocasiones, ese ángel se acercaba tanto a él que entre ambos quedaba una distancia de dos arcos, o incluso menor (sura al-Najm, aleyas 6-9). Y en otras ocasiones veía a ese ángel en Sidrat al-Muntaha, es decir, en el límite final del mundo material, y allí contemplaba los grandiosos y sublimes signos de Dios (al-Najm, aleyas 13-18). Pero el Mi‘ray no se limitó a una simple observación y examen; fue algo de rango aún más elevado. Imaginen algo semejante a esto: un gobernante dotado del máximo poder convoca directamente a la capital a un funcionario de rango inferior que él mismo ha designado, le confía una tarea especial de gran importancia y le imparte las instrucciones políticas necesarias para llevarla a cabo. Del mismo modo, el Mensajero de Allah fue convocado ante la presencia divina. El giro decisivo del movimiento islámico estaba muy próximo. En aquellas circunstancias, se pretendía darle una guía especial. (Discurso radiofónico del 20 de agosto de 1941, abreviado.)
Relato del viaje del Mi‘ray
Primero presentaremos un resumen de aquellos hadices en los que se narra el extraordinario relato del viaje del Mi‘ray. Después explicaremos qué mensaje transmitió el Mensajero de Allah a los habitantes del mundo tras regresar del Mi‘ray.
Habían transcurrido aproximadamente doce años desde que el Mensajero de Allah había recibido la profecía. Tenía cincuenta y dos años. Estaba acostado en el recinto de la Kaaba. De repente, llegó el ángel Gabriel y lo despertó. En un estado entre el sueño y la vigilia, lo levantó y lo llevó junto al pozo de Zamzam. Le abrió el pecho, lo lavó con agua de Zamzam y después lo llenó de paciencia, sabiduría, fe y certeza. [Estas son las narraciones de Abu Huraira y Malik ibn Sa‘sa‘a, entre otros, recogidas por Bujari, Muslim, el Musnad de Ahmad, Ibn Yarir, Bayhaqi, el hafiz Ibn Abi Hatim, Tabarani y Bazzar. En algunas otras narraciones se dice que el Isra comenzó en la casa de Umm Hani, prima paterna del Profeta e hija de Abu Talib. Allí él había rezado la oración de la noche y se había quedado dormido. Ibn Yarir, Abu Ya‘la y Tabarani narraron este acontecimiento de la propia Umm Hani, mientras que Bayhaqi lo narró de Ali ibn Abi Talib, Abdullah ibn Mas‘ud y Abdullah ibn Abbas. En las Tabaqat de Ibn Sa‘d se encuentra la narración de Waqidi según la cual el Isra comenzó en el valle de Abu Talib. En Bujari y Muslim se transmite de Abu Dharr, y en el Musnad de Ahmad de Ubayy ibn Ka‘b, que Gabriel entró en la casa atravesando el techo y se llevó al Profeta. En realidad, no hay contradicción entre estas narraciones. La casa de Umm Hani estaba en el valle de Abu Talib. Gabriel descendió a la casa atravesando su techo y llevó al Profeta, mientras dormía, a la Mezquita Sagrada. Lo que ocurrió después, entre el sueño y la vigilia, ya se ha expuesto anteriormente. —El autor.]
Después, Yibril (a) presentó un animal para la cabalgata. Era de color blanco, algo más grande que un asno y más pequeño que una mula. Se desplazaba con la velocidad del relámpago. Cada una de sus zancadas alcanzaba el límite de la vista. Por eso se llamaba Buraq. [Todas las narraciones de los hadices sobre Buraq y sus cualidades son unánimes —el autor—.] En tiempos anteriores, los profetas también utilizaban monturas de este tipo para viajes semejantes. [Ibn Yarir, Bayhaqi en su Dalail, Ibn Abi Hatim, Ibn Ishaq, Ibn Marduyah, Nasai, Magazi de Ibn Aiz y Suyuli han escrito en Rawd al-Unuf que el profeta Ibrahim (a) viajó a La Meca montado en Buraq, llevando consigo a Hayar y a su hijo lactante Ismail (a). Sin embargo, no indicaron la fuente de esta narración —el autor—.] Cuando el Santo Profeta (s) se disponía a montarlo, este se estremeció. Yibril (a) le dio un suave golpe en el cuerpo y le dijo: «Mira lo que estás haciendo. Hasta hoy, ninguna personalidad más noble que Muhammad (s) ha montado sobre ti». Al oír esto, el animal comenzó a sudar de vergüenza. [Musnad de Ahmad, Tirmizi, Ibn Hibban, Ibn Yarir, Ibn Ishaq, Ibn Sad —el autor—.]
Después, el Santo Profeta montó sobre él y Yibril partió con él. [En las narraciones citadas por Ibn Yarir, Bayhaqi, Nasai, Ibn Hisham, Ibn Abi Hatim, Tabarani, Bazzar e Ibn Sad se afirma que Yibril (a) acompañó siempre al Profeta durante este viaje. En la narración de Abd al-Rahman ibn Abi Layla transmitida por Tabarani se dice que Yibril (a) sentó al Profeta delante de él sobre Buraq. Abu Yala e Ibn Hibban citan una narración de Abd Allah ibn Masud (ra) según la cual Yibril (a) se sentó delante y colocó al Santo Profeta (s) detrás de él. En Tirmizi, Nasai y el Musnad de Ahmad aparece una narración de Hudhaifa (ra) según la cual el Santo Profeta (s) y Yibril (a) montaron ambos sobre Buraq, pero no se indica quién iba delante y quién detrás —el autor—.] La primera etapa fue Medina, donde el Profeta (s) descendió y realizó la oración. Yibril (a) le dijo: «Aquí emigrarás». La segunda etapa fue el monte Sinaí, donde Allah habló con el profeta Musa (a); la tercera fue Bayt Lahm, donde nació el profeta Isa (a). La cuarta etapa fue Bayt al-Maqdis, donde terminó el viaje de Buraq. [La narración de Anas ibn Malik (ra) en Nasai y la de Shaddad ibn Aws (ra) en Bayhaqi difieren un poco. En ellas se menciona que, en lugar del monte Sinaí, el Profeta oró cerca del árbol de Madián bajo el cual se sentó Musa (a) después de dar de beber al ganado de las dos mujeres —el autor—.]
Diversas fuerzas extraviadas y desviadoras
En un punto de este viaje, alguien gritó: «Ven por aquí». El Profeta (s) no dirigió la mirada hacia ese lado. Yibril (a) dijo: «Este está invitando al judaísmo». Desde otra dirección llegó una voz: «Ven por aquí». El Profeta (s) tampoco miró hacia allí. Yibril (a) dijo: «Este es quien invita al cristianismo». Después apareció una mujer con gran ornato y esplendor. También ella invitó al Santo Profeta a dirigirse hacia ella, pero él apartó el rostro de aquel lado. Yibril (a) dijo: «Esta es el mundo». Luego apareció delante de ellos una anciana. Yibril (a) dijo: «Calcula la edad que le queda al mundo a partir de los años que le quedan a esta anciana». Después se encontraron con otro hombre que quiso atraer al Profeta hacia sí; pero él también lo dejó atrás y continuó avanzando. Yibril (a) dijo: «Este era Satanás, que quería desviarte del camino». [Diversas partes de estos acontecimientos aparecen en distintos libros de hadices y de la Sira: Bayhaqi (Dalail), Tabarani (Awsat), Ibn Yarir, Ibn Hatim, Ibn Ishaq e Ibn Marduyah —el autor—.]
La oración en Bayt al-Maqdis
Al llegar a Bayt al-Maqdis, el Santo Profeta (s) descendió de Buraq. Allí mismo ataron a Buraq, en el lugar donde los demás profetas solían atarlo. [Musnad de Ahmad, Muslim, Ibn Yarir, Bayhaqi, Ibn Abi Hatim, Ibn Ishaq, Ibn Sad e Ibn Marduyah. En algunas otras narraciones también se dice que Yibril (a) perforó una piedra con un golpe de su dedo y ató a Buraq a aquella perforación (Tirmizi, Hatim, Ibn Abi Hatim).] Cuando entró en el Haykal de Sulayman (en aquella época había sido destruido, aunque el lugar seguía existiendo y el César Justiniano había construido allí una iglesia), vio a todos los profetas que habían nacido en el mundo desde el comienzo de la humanidad hasta ese momento. En cuanto llegó, se formaron las filas para la oración y todos esperaron para ver quién dirigiría la oración. Yibril (a) lo tomó de la mano y lo llevó al frente, y todos realizaron la oración detrás de él. [Ibn Yarir, Bayhaqi, Tabarani, Nasai, Ibn Abi Hatim, Musnad de Ahmad e Ibn Sad.]
Después colocaron delante de él tres recipientes para beber: uno contenía agua, el segundo leche y el tercero vino. Tomó el recipiente de leche y bebió de él. Yibril (a) lo felicitó y dijo: «Has seguido el camino de la naturaleza». [La narración transmitida por Tabarani de Suhayb (ra), las transmitidas por Ibn Yarir de Anas (ra) y Abu Huraira (ra), y la de Ibn Ishaq transmitida por diversos eruditos son las que hemos citado arriba. Sin embargo, existen muchas divergencias entre las narraciones sobre este asunto. En las narraciones que Ibn Yarir, Bayhaqi e Ibn Abi Hatim citan de Abu Said al-Judri (ra), se mencionan dos copas: una contenía agua y la otra vino. En una narración de Anas (ra) transmitida por el Musnad de Ahmad y Muslim, en la de Abu Huraira transmitida por Bujari y en la de Said ibn al-Musayyab transmitida por Bayhaqi, se mencionan dos recipientes: uno contenía leche y el otro vino. En la narración de Shaddad ibn Aws transmitida por Bayhaqi, Ibn Hatim, Bazzar y Tabarani también se mencionan dos recipientes, pero uno contenía leche y el otro miel. Por otro lado, en las narraciones de Malik ibn Sasaa (ra) transmitidas por el Musnad de Ahmad, Bujari y Muslim, se dice que cerca de Sidrat al-Muntaha o de Bayt al-Mamur se presentaron ante el Santo Profeta (s) tres recipientes: uno con vino, el segundo con leche y el tercero con miel. Todas las narraciones, sin embargo, coinciden en que el Santo Profeta (s) eligió el recipiente de leche —el autor—.]
Después le presentaron delante una escalera. Con su ayuda, Yibril (a) lo condujo hacia el cielo. En árabe, la escalera se llama mi’raj. Por eso todo este acontecimiento recibe el nombre de Mi’raj. [Ibn Yarir, Bayhaqi, Ibn Abi Hatim, Ibn Ishaq e Ibn Marduyah lo transmitieron de Abu Said al-Judri (ra). Sin embargo, Ibn Hatim cita una narración de Anas (ra) según la cual Yibril (a) ascendió hacia el cielo llevando de la mano al Santo Profeta (s) —el autor—.]
En el primer cielo
Cuando subieron al primer cielo, la puerta del cielo estaba cerrada.
El ángel guardián de la puerta preguntó: «¿Quién ha venido?»
Hazrat Jibril (a) dijo su propio nombre.
El ángel preguntó: «¿Quién está contigo?»
Jibril: Muhammad (s).
El ángel preguntó: «¿Ha sido llamado?»
Jibril: «Sí, así es.»
Después se abrió la puerta y el Profeta (s) fue recibido con todos los honores. [Existe consenso sobre el hecho de que, al entrar en cada cielo durante la Ascensión, se interrogaba de esta manera a Gabriel (a). Una vez que se confirmó que el visitante era Gabriel (a), que Muhammad (s) estaba con él y que había sido llamado, se abrió la puerta y se recibió al Profeta (s) —el autor—.] Aquí el Santo Profeta (s) conoció a aquellas grandes personalidades de los ángeles y de las almas humanas que se encontraban en ese nivel. Entre ellas destacaba la personalidad de un venerable anciano que era un modelo completo de la forma humana. No había ningún defecto ni imperfección en sus rasgos faciales ni en la conformación de su cuerpo. Gabriel (a) dijo: «Este es Adán (a), su padre primigenio».
A la derecha y a la izquierda de este venerable anciano había muchas personas. Cuando miraba hacia la derecha, se alegraba; cuando miraba hacia la izquierda, lloraba. Se preguntó: «¿Qué ocurre?»
Se respondió: «Todos ellos son descendientes de Adán. Adán se alegraba al ver a sus descendientes virtuosos y lloraba al ver a los malvados». [El autor ha transmitido este relato de Bujari, Muslim y el Musnad de Ahmad, según la narración de Malik ibn Sa’sa’a; de Bujari y Muslim, según la narración de Abu Dharr (ra); de Ibn Jarir, Bayhaqi, Ibn Abi Hatim, Ibn Marduyah e Ibn Ishaq, según la narración de Abu Sa’id al-Judri (ra); de Ibn Jarir, Bayhaqi, Hafiz Ibn Abi Hatim, Tabarani y Bazzar, según la narración de Abu Huraira (ra); y de Abdullah ibn Ahmad Hanbal, en los Zawa’id del Musnad, según la narración de Ubayy ibn Ka’b (ra).]
Después se le permitió al Profeta (s) observar detalladamente. En cierto lugar vio a unas personas segando una cosecha; cuanto más segaban, más aumentaba. Se preguntó: «¿Quiénes son?» Se respondió: «Son quienes combaten por la causa de Dios».
Después se vio que a algunas personas les aplastaban la cabeza a pedradas. Se preguntó: «¿Quiénes son?» Se respondió: «Son aquellos cuya desgana y descontento no les permitían levantarse para la oración».
Vio a algunas personas cuyas ropas estaban remendadas por delante y por detrás, y que comían hierba como los animales. Se preguntó: «¿Quiénes son?» Se respondió: «Son quienes no daban nada de sus bienes en concepto de zakat ni de caridad».
Después apareció un hombre que reunía leña e intentaba levantar su carga. Cuando no podía levantarla, añadía más leña. Se preguntó: «¿Quién es?» Se respondió: «Es una persona sobre la que pesaba una carga de responsabilidades tan grande que no podía soportarla. Sin embargo, en vez de reducirla, cargaba sobre sus hombros aún más responsabilidades».
Después se vio que a algunas personas les cortaban la lengua y los labios con tijeras. Se preguntó: «¿Quiénes son?» Se respondió: «Son personas que hablaban sin responsabilidad, decían todo lo que les venía a la boca y provocaban fitna en la sociedad».
Después se vio una piedra que tenía una pequeña grieta. De ella salió un toro enorme y robusto. Luego intentaba volver a entrar en ella, pero no podía. Se preguntó: «¿Qué significa esto?». Se respondió: «Es el ejemplo de quien, de manera irresponsable, pronuncia palabras que provocan discordia. Después, arrepentido, quiere reparar el daño, pero no puede».
En un lugar se vio a unas personas cortando trozos de su propia carne y comiéndolos. Se preguntó: «¿Quiénes son?». Se respondió: «Son quienes lanzaban falsas acusaciones y proferían insultos contra los demás».
Muy cerca de ellos había unas personas cuyas uñas eran de cobre. Con ellas se arañaban el rostro y el pecho. Cuando se preguntó quiénes eran, se respondió: «Eran quienes, a espaldas de la gente, difundían sus malas acciones y atentaban contra su honor».
Se vio a unas personas cuyos labios eran como los labios de los camellos y que devoraban fuego. Se preguntó: «¿Quiénes son estos?». Se respondió: «Son quienes devoraban los bienes de los huérfanos».
Se vio a unas personas cuyos vientres eran desmesuradamente grandes y estaban llenos de serpientes venenosas. La gente las pisoteaba y pasaba por encima de ellas, pero no podían moverse de su lugar. Cuando se preguntó quiénes eran, se respondió: «Eran quienes cobraban intereses usurarios».
Después se vio a unas personas ante las cuales había, por un lado, carne fresca y apetitosa y, por otro, carne podrida de la que emanaba un hedor insoportable. Dejaban la carne buena y comían la podrida. Se dijo: «Eran personas que, pese a tener esposas lícitas, satisfacían ilícitamente sus deseos sexuales».
Después se vio a unas mujeres colgadas de sus pechos. Se preguntó: «¿Quiénes son?». Se respondió: «Son mujeres que atribuían a sus maridos hijos que no eran hijos de estos.[Existe discrepancia sobre si estas observaciones tuvieron lugar durante el trayecto hacia Bayt al-Maqdis o en el primer cielo. Además, no todas estas observaciones fueron mencionadas conjuntamente en todas las narraciones; más bien, las distintas observaciones aparecen en diferentes hadices. Aquí hemos reunido todas las referencias en un solo lugar. Musnad de Ahmad, Ibn Maya, Ibn Yarir, Bayhaqi, Ibn Hisham, Ibn Abi Hatim, Tabarani y Bazzar: narración de Abu Huraira (r.a.); Ibn Yarir, Ibn Abi Hatim, Ibn Ishaq e Ibn Marduyah: narración de Abu Saíd al-Judri (r.a.); Musnad de Ahmad y Abu Dawud: narración de Anas bin Malik (r.a.).—El autor.]
Durante estas observaciones, el Profeta (s.a.s.) se encontró con un ángel de temperamento extremadamente severo y áspero. El Profeta (s.a.s.) preguntó a Yibril (a.s.): «Hasta ahora, todos los ángeles con los que nos hemos encontrado nos han recibido alegres y sonrientes. Pero ¿por qué este tiene un carácter tan seco?». Yibril (a.s.) respondió: «La alegría y las risas no tienen nada que ver con él. Este es el guardián del Infierno». Al oír esto, el Profeta (s.a.s.) expresó su deseo de ver el Infierno. Inmediatamente se levantó el velo que ocultaba su vista, y el Infierno apareció ante él con su terrible aspecto.[Sira de Ibn Hisham; referencias de Ibn Ishaq e Ibn Abi Hatim. Narración de Anas bin Malik (r.a.).—El autor.]
en los cielos siguientes
Tras atravesar estos niveles, el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llegó al segundo cielo. Entre las personalidades distinguidas de allí había dos jóvenes dotados de cualidades especiales. Al identificarlos, se supo que eran el Hazrat Yahya (la paz sea con él) y el Hazrat Isa (la paz sea con él).
En el tercer cielo fue presentado un venerable hombre cuya belleza, en comparación con la de la gente común, era como la luna llena frente a las estrellas. Se supo que era el Hazrat Yusuf (la paz sea con él).
En el cuarto cielo, el Hazrat Idris (la paz sea con él); en el quinto, el Hazrat Harun (la paz sea con él); y en el sexto, el Hazrat Musa (la paz sea con él), se encontraron con el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Al llegar al séptimo cielo, vio un enorme palacio —el Bait al-Ma’mur—, donde todos los que estaban allí se parecían mucho a él en su aspecto. Al identificarlo, se supo que era el Hazrat Ibrahim (la paz sea con él). [Musnad Ahmad, Bujari y Muslim: narración de Malik ibn Sa’sa’a. Musnad Ahmad, Muslim e Ibn Abi Hatim: narración de Anas ibn Malik (que Allah esté complacido con él). Ibn Yarir, Bayhaqi, Ibn Abi Hatim, Tabarani, Bazzar, Hakim e Ibn Ishaq: narración de Abu Hurayra (que Allah esté complacido con él). En algunas narraciones se han expresado opiniones diferentes sobre las moradas de los profetas. En las narraciones de Anas (que Allah esté complacido con él) recogidas por Nasai y Muslim, se indica que el Hazrat Harun (la paz sea con él) estaba en el cuarto cielo y el Hazrat Idris (la paz sea con él), en el quinto. Citando la narración de Abu Sa’id al-Judri (que Allah esté complacido con él), Ibn Yarir, Bayhaqi e Ibn Marduyah señalan que el Hazrat Yusuf (que Allah esté complacido con él) estaba en el segundo cielo, y el Hazrat Yahya (la paz sea con él) y el Hazrat Isa (la paz sea con él), en el tercero. —El autor.]
Sidrat al-Muntaha
Después, el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) emprendió su ascensión a las regiones superiores y llegó a Sidrat al-Muntaha. Este lugar posee la categoría de un límite divisorio entre la corte del Magnífico Señor de la Gloria y el mundo material. Allí termina el conocimiento de toda la creación. Todo lo que existe más allá pertenece a lo invisible, cuyo conocimiento no posee ningún profeta ni ningún ángel cercano, salvo que Allah quiera comunicar a alguien parte de ese conocimiento. Todo lo que asciende desde abajo es llevado allí, y todo lo que desciende desde arriba es recibido allí. Cerca de este lugar se le mostró al Profeta el Paraíso. Vio que Allah el Altísimo había dispuesto para Sus siervos piadosos tales bendiciones que ningún ojo había visto, ningún oído había escuchado y ninguna mente había podido imaginar. [Bujari y Muslim: narración de Abu Dharr (que Allah esté complacido con él). Muslim, Nasai, Tirmidhi y Bayhaqi: narración de Abdullah ibn Masud (que Allah esté complacido con él). Ibn Yarir, Bayhaqi, Ibn Abi Hatim e Ibn Marduyah: narración de Abu Sa’id al-Judri (que Allah esté complacido con él). —El autor.]
Jibril (la paz sea con él) se quedó en Sidrat al-Muntaha. Entonces el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) avanzó solo. Después, en un elevado y favorable lugar llano, vio delante de sí la majestuosa corte. Entonces se le concedió el honor de conversar. [Ibn Hatim: narración de Anas ibn Malik (que Allah esté complacido con él). Bujari, Kitab al-Salat: narración de Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) y de Abu Hubba al-Ansari. Qastallani dice en sus Mawahib, sin citar una referencia, que el Hazur (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Cuando Jibril llegó a su lugar, dijo: “Ahora, lo que queda por delante es asunto suyo y de su Señor. Este es mi lugar; no puedo ir más allá”».] Entre lo que le fue comunicado estaba lo siguiente:
1. Se hicieron obligatorias cincuenta oraciones cada día.
2. En la sura Al-Baqara se enseñan las dos últimas aleyas.
3. Se expresa la intención de perdonar todos los pecados excepto el shirk.
4. Se declara que quien tiene la intención de realizar una buena acción recibe el registro de una buena obra. Luego, cuando la lleva a cabo, se le registran diez buenas obras. Pero a quien tiene la intención de cometer una mala acción no se le registra nada en su contra. Después, cuando la lleva a cabo, se le registra un pecado.[En primer lugar, todos los hadices coinciden unánimemente en que, durante el Mi‘ray, fueron prescritas cincuenta oraciones. Los demás asuntos se mencionan en los siguientes libros de hadices:
Muslim, Nasai, Tirmidhi y Bayhaqi: narración de Abdullah ibn Masud (ra); Musnad Ahmad y Muslim: narración de Anas ibn Malik (ra). Ibn Yarir, Bayhaqi, Ibn Abi Hatim e Ibn Marduyah: narración de Abu Sa‘id al-Judri (ra), según el autor.]
Después de presentarse ante Dios, durante el descenso para regresar, el Profeta (s) se encontró con el profeta Moisés (a). Tras escuchar el relato, este dijo: «Tengo una amarga experiencia con los Hijos de Israel. Creo que tu comunidad no podrá cumplir con cincuenta oraciones; pide que se reduzcan». Cuando regresó, Allah, exaltado sea, redujo diez oraciones.
El profeta Moisés (a) volvió a decirle lo mismo. Entonces el profeta Muhammad (s) subía una y otra vez, y las oraciones se reducían de diez en diez. Finalmente, se prescribieron cinco oraciones y se dijo que equivalían a cincuenta.[Todos los hadices coinciden unánimemente en que, siguiendo las palabras del profeta Moisés (a), el Profeta (s) acudió repetidas veces ante Allah para pedir una reducción, hasta que finalmente quedaron prescritas cinco oraciones. Allah las consideró equivalentes a cincuenta. Sin embargo, en la mayoría de las narraciones se menciona que se redujeron de cinco en cinco; en algunas se menciona simplemente una reducción y en otras una reducción de cinco en cinco, según el autor. (Un pequeño grupo de personas de orientación occidental, especialmente quienes niegan los hadices, objeta esta narración diciendo: si la intención de Dios era prescribir únicamente cinco oraciones, ¿qué sentido tiene comenzar hablando de cincuenta y negociar gradualmente? La respuesta es que Allah Todopoderoso deja claro a Sus siervos que, para agradecer Sus bendiciones, el ser humano debería ser tan devoto que, aunque rezara cincuenta veces al día, eso no sería demasiado. Pero, teniendo en cuenta la debilidad y la naturaleza humanas, se concedió esta facilidad. Además, el hecho de que el Profeta (s), siguiendo el consejo del profeta Moisés (a), pidiera repetidamente una reducción y que su petición fuera aceptada eleva la dignidad del Profeta (s). Este acontecimiento constituye una prueba de la intercesión del Profeta (s) y de los demás profetas en la Otra Vida, según el autor.)]
Regreso
De regreso, el Profeta (s) llegó de nuevo a Bayt al-Maqdis por aquella escalera. Allí estaban presentes otra vez todos los profetas. Él dirigió la oración para ellos y posiblemente se trataba de la oración del alba. Después montó en Buraq y regresó a La Meca (Al-Bidaya wa an-Nihaya, tomo III, pp. 112-113).
Al amanecer, antes que nadie, le contó los detalles de este acontecimiento a su prima, Umm Hani (que Dios esté complacido con ella). Después quiso salir. Pero ella (Umm Hani) tiró de su manto y dijo: «Por el amor de Dios, no cuentes este asunto a nadie; de lo contrario, encontrarán otro motivo para burlarse y mofarse de ti». Sin embargo, Su Eminencia (s) salió diciendo: «Sin duda, lo contaré» (Tabarani, Ibn Ishaq, Ibn Sa’d y Abu Ya’la narraron esto citando a Umm Hani —que Dios esté complacido con ella—).
Al llegar al recinto de la Kaaba, Su Eminencia (s) vio frente a él a Abu Yahl. Este le preguntó: «¿Hay alguna noticia nueva?». Su Eminencia (s) respondió: «Sí, ciertamente». Abu Yahl dijo: «Dime, ¿de qué se trata?»
Su Eminencia (s) dijo: «Esta noche fui a Bayt al-Maqdis». Abu Yahl preguntó: «¿Bayt al-Maqdis? ¿Fuiste y regresaste durante la misma noche? ¿Y por la mañana ya estás aquí?»
Su Eminencia (s) respondió: «Sí, así es».
Abu Yahl dijo: «Entonces, ¿reuniré a la gente? ¿Contarás esto delante de todos?»
Su Eminencia (s) respondió: «Por supuesto».
Abu Yahl reunió a todos a gritos y le dijo a Su Eminencia (s): «Ahora habla».
Su Eminencia (s) relató todo el acontecimiento delante de todos. La gente comenzó a burlarse y mofarse. Algunos aplaudían, mientras otros se llevaban las manos a la cabeza, completamente asombrados. Decían: «¿Un viaje de dos meses en una sola noche? ¡Imposible, absolutamente irreal! Antes solo sospechábamos, pero ahora estamos firmemente convencidos de que en verdad estás loco» (Musnad Ahmad, Nasa’i, Bayhaqi, Bazzar y Tabarani lo narraron citando a Ibn Abbas —que Dios esté complacido con él—. Ibn Yarir, Bayhaqi e Ibn Abi Hatim lo narraron citando a Abu Sa’id al-Judri —que Dios esté complacido con él—).
Reconocimiento de la veracidad de Hazrat Siddiq (que Allah esté complacido con él)
En un instante, la noticia se difundió por toda La Meca. Al oírla, algunos musulmanes renunciaron al islam. (Musnad Ahmad, Bujari, Tirmidhi, Bayhaqi; narrado por Jabir; Bayhaqi, narrado por Hazrat Aisha, que Allah esté complacido con ella).
Entonces la gente acudió a Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), esperando que, puesto que era la mano derecha del Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), si él se apartaba del Profeta, este movimiento moriría. Después de escuchar lo sucedido, Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dijo: «Si Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ha dicho eso, entonces sin duda será verdad. ¿Qué tiene de sorprendente? Yo oigo cada día que recibe mensajes del cielo. También reconozco su veracidad». (Ibn Jarir, Bayhaqi; narrado por Abu Salama ibn Abd al-Rahman. Ibn Abi Hatim; narrado por Anas ibn Malik. Bayhaqi; narrado por Hazrat Aisha, que Allah esté complacido con ella).
Después, Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) llegó al recinto sagrado de la Kaaba, donde se encontraba el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), junto con la multitud que se burlaba de él. Le preguntó al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «¿De verdad ha dicho usted todas estas cosas?»
El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Sí, las he dicho».
Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dijo: «He visto Bayt al-Maqdis. Describa usted cómo es aquel lugar».
El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comenzó inmediatamente a describirlo. Describía cada cosa de tal manera que parecía que Bayt al-Maqdis se encontraba delante de él y que estaba relatando su estado mientras lo observaba. Esta actitud de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) asestó un duro golpe a los corazones de los negadores. (El hafiz Ibn Kathir dice en Al-Bidaya wa al-Nihaya que Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) pidió que se describiera Bayt al-Maqdis ante los politeístas para que, si podía describirlo correctamente, los politeístas quedaran sin argumentos. Sin embargo, Abu Ya‘la ha transmitido, citando a Umm Hani (que Allah esté complacido con ella), que quien preguntó por la descripción de Bayt al-Maqdis fue Mut‘im ibn Adi. Ibn Jarir e Ibn Abi Hatim han transmitido, citando a Abu Sa‘id al-Judri (que Allah esté complacido con él), que la persona de entre la multitud que hizo esta pregunta consideraba mentiroso al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En Muslim se encuentra una narración de Hazrat Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) según la cual la gente interrogaba al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). La verdadera razón de estas preguntas era que ellos sabían que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nunca había visto Bayt al-Maqdis en su vida. Por ello le resultaba difícil describirlo, especialmente porque lo había visto de noche. Entonces, durante su interrogatorio, Allah Todopoderoso hizo aparecer Bayt al-Maqdis ante su mirada, y él respondía una a una sus preguntas mientras lo observaba. Finalmente tuvieron que admitir que la descripción que había dado de aquel lugar era completamente veraz. Bujari, Muslim, Musnad Ahmad, Ibn Jarir, Tirmidhi y Bayhaqi; narrado por Jabir ibn Abd Allah (que Allah esté complacido con él). Muslim e Ibn Sa‘d; narrado por Abu Huraira (que Allah esté complacido con él). Bayhaqi, Ibn Abi Hatim, Bazzar y Tabarani; narrado por Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él). —El autor.)
Más testigos
En la asamblea había muchos que viajaban a Bayt al-Maqdis con fines comerciales. Interiormente decían: «Ha descrito exactamente lo ocurrido». Entonces la gente empezó a exigir más pruebas de la veracidad de su relato.
El Profeta (s) dijo: «Mientras iba, pasé junto a cierta caravana que llevaba tales y cuales mercancías. Los camellos de los miembros de la caravana se asustaron al ver al Buraq. Uno de ellos huyó corriendo hacia cierto valle. Les indiqué a los caravaneros dónde había ido».
Al regresar, me encontré en cierto lugar con una caravana de cierta tribu. Todos estaban dormidos. Bebí agua de uno de sus recipientes y dejé también la señal de que había bebido de él.
El Profeta (s) relató algunos otros acontecimientos de este tipo. Más tarde, cuando llegaron los miembros de la caravana, se obtuvo de ellos el reconocimiento de la veracidad de sus palabras (Ibn Abi Hatim lo transmite de Anas ibn Malik (ra); al-Bayhaqi, Ibn Abi Hatim, al-Bazzar y al-Tabarani lo transmiten de Shaddad ibn Aws; y al-Tabarani reproduce el relato de Umm Hani, transmitido por Abu Ya‘la).
Así quedaron sin palabras los opositores. Pero interiormente seguían preguntándose cómo podía haber sucedido aquello. Incluso hoy muchas personas se preguntan cómo fue posible.[]
La enseñanza al Profeta (s) de las cinco oraciones diarias
Durante los dos días posteriores a la noche en que tuvo lugar el Mi‘ray, Yibril (a) venía, por orden de Allah Ta‘ala, en cada momento de oración para indicar los horarios de las cinco oraciones obligatorias. El primer día dirigió al Mensajero de Allah (s) en cada oración al comienzo de su horario, y el segundo día, al final de este. Después dijo: «El horario de cada oración se encuentra entre estos dos momentos». Esta narración fue transmitida por el Imam Ahmad, al-Nasa’i, al-Tirmidhi, Ibn Hibban y al-Hakim, de Hadrat Jabir ibn ‘Abdullah. El Imam al-Bukhari la consideró la más auténtica en lo relativo a los horarios de las oraciones. El Imam Ahmad, al-Tirmidhi, Abu Dawud, Ibn Khuzayma, al-Daraqutni, al-Hakim y ‘Abd al-Razzaq también la transmitieron, con algunas diferencias, de Hadrat ‘Abdullah ibn ‘Abbas (ra). Ibn ‘Abd al-Barr y el juez Abu Bakr ibn al-‘Arabi la consideraron asimismo correcta.
El Imam al-Zuhri dice: Cuando ‘Urwa ibn al-Zubayr dijo ante Hadrat ‘Umar ibn ‘Abd al-‘Aziz (rah) que Yibril (a) había dirigido al Mensajero de Allah (s) en la oración, este, muy sorprendido, le dijo: «¡Urwa! Piensa por un momento en lo que estás diciendo. ¿Acaso Yibril (a) dirigió al Profeta (s) en la oración?»
Urwa dice: «Escuché esto de Bashir ibn Abi Masud. Él dijo que lo había escuchado de Abu Masud al-Ansari (que Dios esté complacido con él). Este (Masud al-Ansari) dijo: “Yo mismo escuché al Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) decir esto de Bashir ibn Abi Masud. Él dijo que lo había escuchado de Abu Masud al-Ansari (que Dios esté complacido con él). Este (Masud al-Ansari) dijo: ‘Yo mismo escuché al Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) decir esto: Gabriel descendió y dirigió mi oración. Recé con él las cinco oraciones diarias’” (Muwatta, Bujari, Muslim, Abd al-Razzaq, Tabarani).[]
El mensaje del Mi‘ray
El mensaje que el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) transmitió a los habitantes del mundo de parte de Allah después de regresar del viaje del Mi‘ray está conservado palabra por palabra en los versículos 2 a 39 de la decimoséptima sura del Noble Corán, Bani Isra’il. Si se examina este pasaje y se presta atención a su contexto histórico, se sabrá que esta guía fue otorgada un año antes de la Hégira. El lector comprenderá claramente que esta guía fue dada antes de colocar los cimientos de un nuevo Estado sobre los principios fundamentales del islam, Estado sobre cuya base el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y sus nobles compañeros tendrían que actuar posteriormente.
Aprender de la historia de Bani Isra’il
Después de mencionar el Mi‘ray en este mensaje, lo primero que se enseña es una lección tomada de la historia de Bani Isra’il. Cuando Bani Isra’il comenzó a vivir una vida independiente tras liberarse de la esclavitud de los egipcios, el Señor de los mundos les concedió un Libro para guiarlos. Al mismo tiempo, se les advirtió: «A partir de ahora, no confiéis en la guía de nadie, aparte de Mí, en vuestros asuntos y actividades».
Pero, en lugar de agradecer a Dios por esta gracia, Bani Isra’il la rechazó y, en vez de actuar como reformadores en la tierra, permaneció creando corrupción y rebelándose. El resultado fue que Dios hizo que los babilonios los exterminaran una vez y, la segunda vez, convirtió a los romanos en sus gobernantes. Al mencionar esta historia aleccionadora, Allah advierte a los musulmanes que el Corán es el único Libro que les mostrará el camino recto. Si lo seguís, hay para vosotros la buena noticia de una grandiosa recompensa.
Cada persona es responsable
La segunda verdad importante a la que se llama la atención es que cada ser humano posee por sí mismo una responsabilidad moral permanente. Sus propios actos son el juez definitivo a su favor. Si sigue el camino recto, su propio bienestar estará asegurado; si sigue el camino equivocado, tendrá que enfrentarse a la pérdida. Nadie comparte con otro esta responsabilidad personal. Nadie tendrá que cargar con el peso de la responsabilidad de otro. Por tanto, toda persona de una sociedad virtuosa debe prestar especial atención a sus propias responsabilidades. Haga lo que haga la demás gente, lo primero que debe preguntarse es qué está haciendo ella misma.
La decadencia de los grandes y poderosos
El tercer asunto sobre el que se ha advertido es que lo que finalmente destruye a una sociedad es la decadencia de los grandes y de quienes poseen influencia y poder. Cuando la ruina del destino de una nación se vuelve inevitable, sus personas acomodadas y poderosas se entregan al pecado. Comienzan a cometer injusticias, opresión, abusos, actos pecaminosos y malas acciones. Finalmente, esta sedición sumerge a toda la nación en el abismo de la destrucción. Por tanto, una sociedad que no quiera convertirse en su propia enemiga debe reflexionar sobre este asunto, para que las llaves del poder político y de la riqueza económica de esa sociedad no caigan en manos de personas carentes de carácter.
La importancia del más allá en relación con este mundo
Después se recuerda a los musulmanes aquello que se repite una y otra vez en el Corán. Se dice: si vuestro objetivo es este mundo, con sus éxitos, felicidad y bienestar, podéis obtener aquí todas esas cosas. Pero su desenlace final será sumamente terrible. El éxito permanente y eterno, que comienza en esta vida y continúa en la vida futura sin llevar en ninguna parte la humillación del fracaso, solo podréis alcanzarlo cuando, en vuestros esfuerzos y conducta, mantengáis ante vosotros el más allá y el sentido de la rendición de cuentas ante él. La prosperidad de los adoradores de este mundo parece exteriormente creadora. Sin embargo, dentro de esa creatividad se ocultan las semillas del daño y la corrupción. Estas personas carecen de la grandeza de carácter que solo nace del sentido de la rendición de cuentas en el más allá. Esta diferencia podéis verla ya en este mundo entre ambos tipos de personas. En las etapas posteriores de la vida se hará aún más clara. Finalmente, la vida de uno será completamente fracasada, mientras que la del otro estará coronada por un éxito pleno.
Principios fundamentales de la civilización islámica
Después de presentar, a modo de introducción, todas estas exhortaciones, se han expuesto los importantes principios sobre cuya base debían construirse el futuro Estado y la futura sociedad islámicos. Estos principios son catorce. Los presentamos en el mismo orden en que fueron expuestos en este mensaje de la Ascensión.
1. No se debe reconocer el dominio ni la autoridad de ninguna fuerza o ser aparte de Allah, el Único, sin asociado. Él es vuestro Dios; rendid culto y obediencia exclusivamente a Él. Cumplir Sus mandatos es precisamente la señal de vuestra identidad y singularidad. Si reconocéis el dominio y la autoridad de alguien distinto de Él, ya sea otra persona o vuestros propios deseos, finalmente sufriréis la máxima humillación y quedaréis privados de aquellas mercedes que solo pueden obtenerse con la ayuda de Dios. [Esto no era únicamente una creencia religiosa; también era el principio fundamental del sistema político que el Profeta (la paz sea con él) estableció al llegar a Medina. Todo su edificio se construyó sobre la concepción de que el Señor de los mundos es el dueño y rey del país, y que Su sharía es la ley del país. —Autor.]
2. Entre los derechos humanos, los más importantes y prioritarios son los derechos de los padres. Los hijos deben ser obedientes a sus padres, servirlos y tratarlos con buenos modales. Las normas sociales y morales de la sociedad deben ser de tal naturaleza que los hijos no sean independientes de sus padres ni desobedientes, sino que, por el contrario, sean sumamente bondadosos con ellos. Deben honrarlos y respetarlos, atenderlos y satisfacer todas sus necesidades en su vejez, tal como sus padres hicieron con ellos durante su infancia. [A la luz de este principio quedó establecido que el sistema social islámico se basaría en la familia, y que la columna vertebral del sistema familiar sería la devoción y el respeto hacia los padres. Posteriormente, conforme a este principio, se determinaron los derechos de los padres reconocidos por la sharía, cuya descripción detallada encontramos en los libros de hadiz y fiqh. Además, en la formación mental y moral de la sociedad islámica y en las normas de civilidad y buenos modales de los musulmanes se incorporaron ideas y conductas que conceden a los padres la máxima importancia después de Dios y Su Mensajero. Todo esto estableció para todos los tiempos el principio de que el Estado islámico, mediante sus leyes y directivas administrativas, debe fortalecer y proteger la familia en lugar de debilitarla. —Autor.]
3. En la vida social debe mantenerse vigorosa la fuerza vital para establecer la ayuda y cooperación mutuas, la compasión y la justicia. Cada pariente debe ser un ayudante de sus parientes, y cada persona debe tener derecho a recibir la ayuda de los demás. Cuando un viajero llegue a una aldea o localidad, debe encontrarse entre gente hospitalaria. La conciencia de los derechos (haq) en la sociedad debe ser tan intensa y amplia que cada persona sea sumamente consciente de los derechos de aquellos entre quienes vive. Cuando les preste algún servicio, debe considerar que está cumpliendo con su derecho, no que les está haciendo un favor. Si no hubiera nadie que pudiera prestar el servicio, expresará humildemente su incapacidad y suplicará la misericordia de Dios, para poder ser útil a los demás.[Sobre la base de este principio, en la sociedad de Medina se establecieron la sadaqa obligatoria y la sadaqa voluntaria. Se determinaron las normas relativas a los legados para los huérfanos y el waqf. Se adoptaron medidas para proteger los derechos de los huérfanos. Se estableció el derecho del viajero en una localidad a recibir hospitalidad durante al menos tres días. Después, mediante la educación moral, se creó en toda la sociedad una fuerza vital de generosidad, compasión, ayuda y cooperación tan intensa que, además de los derechos legales, surgió entre la gente una amplia conciencia de los derechos morales. Sobre esa base, las personas comenzaron por sí mismas a reconocer entre sí este tipo de derechos y a cumplirlos, derechos que no podían reclamarse por la fuerza de la ley ni hacerse cumplir mediante ella —el autor.]
4. Las personas no deben malgastar sus riquezas de manera incorrecta. Gastarlas en lujos y pecados para presumir y ostentarse ante la gente, y emplear la riqueza por caminos equivocados en lugar de atender las necesidades reales de las personas y las obras beneficiosas, equivale a negar las bendiciones de Dios. Quienes gastan sus riquezas de ese modo son, en realidad, hermanos de Satanás, y es deber indispensable de una sociedad reformada impedir, mediante la formación moral y las disposiciones legales, el despilfarro de esa clase de bienes.
5. Debe existir entre las personas un equilibrio suficiente para que no acumulen riquezas por avaricia ni destruyan su capacidad económica mediante gastos excesivos. Entre los miembros de la sociedad debe haber un sentido correcto del equilibrio, de modo que, por un lado, no se abstengan de realizar gastos legítimos y, por otro, no incurran en el pecado de gastar por caminos ilícitos.[En la sociedad de Medina, estos dos principios se explicaron de diversas maneras. Por un lado, muchos medios y métodos de ostentación y lujo fueron declarados legalmente haram; por otro, mediante la ley se cerraron indirectamente los caminos del gasto injusto e irracional de la riqueza. Asimismo, se otorgó al gobierno la facultad de poner fin, mediante instrucciones administrativas, a las actividades que evidenciaran un gasto excesivo. Las propiedades de quienes continuaran gastando injustamente sus riquezas serían, en general, asumidas por el gobierno para administrarlas. Además de estas medidas, se creó en la sociedad una opinión pública que, en vez de elogiar el derroche, lo censuraba. Luego, mediante la educación moral, también se reformó la mentalidad, para que las personas pudieran comprender la diferencia entre el gasto injusto y el legítimo y se abstuvieran de aquel por iniciativa propia. Del mismo modo, la avaricia fue restringida por la ley tanto como fue posible. Las medidas reformadoras contra las prácticas injustas se llevaron a cabo mediante la presión de la opinión pública y la educación moral.]
6. Las personas no deben interferir artificialmente en el sistema de distribución del sustento que Dios ha establecido. Él no ha hecho iguales a todos Sus siervos en cuanto al sustento, sino que ha establecido entre ellos diferencias de abundancia y escasez. Esto encierra muchos significados, y Él mismo los conoce mejor.
Por tanto, un sistema económico correcto es aquel que se aproxima más al camino establecido por Dios. Transformar la desigualdad natural en una igualdad artificial, o ampliar la desigualdad más allá de los límites de la naturaleza hasta llevarla al límite de la injusticia, son errores del mismo tipo.[Debido al principio de la ley de la naturaleza señalado en este principio, el programa reformador de Medina no dio lugar a la idea de que las diferencias, desigualdades y superioridades naturales en el sustento y en los medios para obtenerlo constituyeran una injusticia, ni a la idea de que, para establecer la justicia, hubiera que eliminar la diferencia entre ricos y pobres e intentar construir una sociedad sin clases. Por el contrario, el camino adoptado en Medina para establecer la civilización humana sobre bases rectas consistió en dejar en su estado natural exacto las diferencias que la fitra de Allah ha creado entre las personas, de modo que, conforme a los principios tercero, cuarto y quinto, en lugar de convertirse en causa de corrupción en las costumbres, el carácter y la conducta de la sociedad, fueran causa de innumerables oportunidades y beneficios morales, espirituales y civilizatorios. En realidad, por eso mismo el Creador del universo dejó estas diferencias entre Sus siervos —el autor.]
7. Es un grave error recurrir al control de la natalidad por temor a que, al aumentar la descendencia, se estrechen los medios de subsistencia. Quienes, por ese temor, destruyen la descendencia futura, es decir, recurren al control de la natalidad, incurren en la falsa idea de que la administración del sustento está en sus manos. Sin embargo, el Proveedor del sustento es Dios, quien ha dispuesto que el ser humano habite en esta Tierra. Él ha administrado el sustento de las generaciones anteriores y también administrará el de las posteriores. Cuanto más aumenta la población, Dios amplía proporcionalmente los medios de vida y subsistencia. Por tanto, nadie debe interferir injustamente en la administración que Dios ha establecido para Sus criaturas, ni debe surgir en ninguna circunstancia entre ellas la tendencia a exterminar la descendencia.[Este principio elimina por completo la base económica sobre la que, desde la antigüedad hasta nuestros días, han surgido movimientos de control de la natalidad en distintas épocas. En tiempos antiguos, el temor a la pobreza llevaba a las personas a matar niños y a provocar abortos. Ahora se está empujando al mundo hacia un tercer camino: el control de la natalidad. Pero este principio del mensaje de la Mi’raj guía al ser humano a abandonar el esfuerzo destructivo de reducir el número de quienes comen y a dedicar sus fuerzas y capacidades a realizar esfuerzos constructivos para aumentar los medios de obtener alimentos —el autor.]
8. Mediante la fornicación se establece entre el hombre y la mujer una relación completamente errónea e ilícita. No basta con prohibirla; también deben eliminarse de raíz todos los medios y factores que acercan a las personas a la fornicación.[Finalmente, este principio se convirtió en la base de un capítulo detallado del sistema de vida islámico. Conforme a él, la fornicación y la acusación de fornicación fueron consideradas delitos penales. Se impusieron restricciones a la difusión de la obscenidad. También se impusieron restricciones al consumo de alcohol, la música, el baile y las estatuas e imágenes de seres vivos. Después se estableció una legislación matrimonial que hizo que el matrimonio resultara muy fácil y se eliminaron los medios extendidos en la sociedad que conducían a la fornicación —el autor.]
9. Alá Altísimo ha considerado la vida humana digna de respeto y honor. Nadie puede suicidarse ni matar a otra persona. Esta prohibición establecida por Dios solo puede infringirse cuando se alza contra alguien un derecho igualmente establecido por Dios. Una vez establecido ese derecho, el derramamiento de sangre debe limitarse a la medida que dicho derecho exige. Deben cerrarse todos los caminos que conduzcan a excesos en materia de homicidio; por ejemplo, matar, llevado por la excitación, a otra persona en lugar del culpable contra quien no se ha probado ningún derecho; matar al culpable infligiéndole tormentos; deshonrar su cadáver después de matarlo; o cualquier otro exceso vengativo de esa índole, que era habitual en el mundo. [Sobre la base de este principio, la ley islámica ha declarado ilícito el suicidio. El homicidio intencional ha sido considerado delito. Para las diversas circunstancias del homicidio involuntario se han establecido indemnizaciones y expiaciones. El homicidio legítimo se ha limitado a cinco situaciones:
Una. Si alguien mata intencionalmente.
Dos. Si un grupo crea tales obstáculos en el camino de la religión de la verdad que se vuelve inevitable combatirlo.
Tres. Si un hombre o una mujer casados cometen adulterio.
Cuatro. Si un grupo intenta derrocar el sistema estatal islámico o se rebela armadamente contra el grupo que dirige el sistema social islámico.
Cinco. Si alguien, después de hacerse musulmán, se convierte en apóstata. Además, se ha otorgado al cadí de la sharía la autoridad para decidir sobre los homicidios legítimos. También se establecieron para ello normas decorosas y dignas —autor—.]
10. Hay que proteger los intereses de los huérfanos hasta que sean capaces de valerse por sí mismos. Sus bienes no deben gastarse de una manera que no sea beneficiosa para ellos. [Esto tampoco era una mera orientación moral. Por el contrario, para proteger los derechos de los huérfanos se adoptaron, dentro del sistema estatal islámico, medidas tanto legales como administrativas, cuyos detalles encontramos en los libros de hadices y de jurisprudencia islámica. De este principio se extrajo además el amplio principio de que el propio Estado islámico es el protector de los intereses de aquellos ciudadanos que no son capaces de protegerlos por sí mismos. El dicho del Profeta (s):
************************************ (Yo soy el tutor de quien no tiene tutor) transmite precisamente esa indicación —autor—.]
11. Los contratos y las promesas, ya sea con una persona o con una nación, o entre una nación y otra, deben cumplirse con honestidad en toda circunstancia. Si se rompe un contrato, habrá que rendir cuentas ante Dios. [Esto tampoco era simplemente un punto importante de la ética islámica; más bien, posteriormente el Estado islámico lo consideró la piedra angular de su política interna y exterior: el autor.]
12. Deben mantenerse en buen estado los instrumentos para medir la cantidad de las mercancías, de modo que en las transacciones puedan entregarse las cantidades debidamente medidas. [Conforme a este punto, además de sus otras responsabilidades, se impuso al departamento de policía del Estado islámico la obligación de supervisar en los mercados los instrumentos de peso y medida, y de impedir por la fuerza que se entregaran cantidades menores en las medidas y los pesos. De aquí se adoptó después este amplio principio: corresponde al gobierno erradicar toda forma de deshonestidad, usurpación de derechos, engaño y fraude en el comercio y en las transacciones: el autor.]
13. No te empeñes en aquello cuya verdad desconoces. Ante Dios tendrás que rendir cuentas detalladas de tu oído, tu vista y las intenciones, opiniones, pensamientos y deseos de tu corazón. [El propósito de este punto es que el musulmán base su vida personal y social en el conocimiento, en lugar de en las supersticiones, las conjeturas y las suposiciones. Este propósito se llevó ampliamente a la práctica de diversas maneras en la moral, la ley, el orden jurídico del país y el sistema educativo. Así se protegió a la sociedad islámica de las innumerables injusticias que surgen en distintos ámbitos de la vida cuando esta se basa en conjeturas y suposiciones en vez de en el conocimiento. Desde el punto de vista moral, se ordenó mantenerse alejado de los malos pensamientos y no presentar ninguna acusación contra una persona o un grupo sin haberlo verificado debidamente. En la ley se estableció como principio permanente que arrestar a alguien, golpearlo o encarcelarlo por mera sospecha es absolutamente injusto e ilegal. También en el trato con los extranjeros se estableció el principio de que no podía tomarse ninguna medida contra nadie sin una investigación. Tampoco debían difundirse rumores por simple sospecha. En el sistema educativo también se consideraron indeseables aquellos conocimientos y disciplinas llamados tales cuya base era únicamente la conjetura y la fantasía irreal. De este modo se creó entre los musulmanes una mentalidad veraz y basada en la verdad: el autor.]
14. No camines por la tierra como los opresores y los arrogantes. No puedes hender la tierra con tu arrogancia y altivez, ni alcanzar con tu orgullo la altura de las montañas. [Esto tampoco es simplemente una exhortación; en realidad, se advirtió a los musulmanes que, después de convertirse en el grupo gobernante, su gente no debía entregarse al orgullo y la arrogancia. Vemos la manifestación práctica de esta instrucción en que, conforme a este manifiesto o declaración de catorce puntos, los gobernantes, gobernadores y generales del gobierno establecido en Medina Sharif no pronunciaron, ni de manera fundamental ni por escrito, nada en lo que pudiera encontrarse el menor rastro de orgullo o arrogancia. Ni siquiera durante la guerra pronunciaron palabras que expresaran orgullo o arrogancia. En su conversación, su conducta y sus modales, así como en su manera de levantarse y sentarse, solo se reflejaban la humildad y la modestia. Cuando entraban en una ciudad con el aspecto de vencedores, no intentaban extender su influencia y autoridad con orgullo, arrogancia y ostentación: el autor.]
Estos eran los principios sobre los que el Profeta (s) estableció los fundamentos del Estado islámico en Medina después de la Hégira.
Enseñanza al Profeta (s) de la súplica de la Hégira
En esta sura de Bani Israel, Allah enseñó a Su Profeta una súplica que, en realidad, puede llamarse la súplica de la Hégira. Tirmidhi y Hakim, citando el testimonio de Ibn Abbas (r.a.), dicen que en el versículo siguiente se concedió al Profeta (s) permiso para emigrar:
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Y ruega, oh Profeta: «Señor mío, hazme entrar con verdad allí dondequiera que me lleves, y hazme salir con verdad de dondequiera que me hagas salir, y concédeme, de Tu parte, una autoridad estatal que me auxilie». (Bani Isra’il: 80)
De la enseñanza de esta súplica se puede comprender claramente que el momento de la Hégira está próximo. Por eso se dice que tu súplica debe ser que, en cualquier circunstancia, no te apartes de la verdad. Salgas de donde salgas, debes salir con verdad, y vayas adonde vayas, debes ir con verdad.
«Y concédeme, de Tu parte, una autoridad estatal que me auxilie».
Es decir: concédeme Tú mismo una autoridad estatal o convierte a alguna autoridad estatal o gobierno en mi auxiliar, para que, con su ayuda, pueda eliminar de este mundo la decadencia y la injusticia, detener la avalancha de obscenidad y pecaminosidad, y aplicar Tu ley basada en la justicia. De esto se puede saber que la reforma que el islam desea en el mundo no consiste únicamente en exhortaciones y consejos, sino que también necesita poder político para hacer realidad el islam. Además, puesto que Allah mismo enseñó esta súplica a Su Profeta y en los hadices se encuentra que…
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Es decir, cuando Allah Todopoderoso bloquea mediante la autoridad estatal el camino de aquellas cosas que el Corán no puede impedir, queda demostrado que no solo está permitido, sino que es deseable pedir una autoridad estatal y esforzarse por obtenerla para establecer la religión (iqamat al-din) y aplicar la sharía y las leyes punitivas de Allah (hudud). Quienes califican esto de mundanalidad o de adoración de lo mundano están sumidos en el error. La mundanalidad se da cuando alguien desea obtener autoridad estatal para su propio interés. En cambio, aspirar a la autoridad estatal para establecer la religión de Allah no es mundanalidad, sino una exigencia de la adoración de Allah.
Enseñanza de una súplica para ayudar a los musulmanes oprimidos
Durante el período del Mi’raj, fueron concedidos al Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones sean con él— los últimos versículos de la sura al-Baqara. Anteriormente citamos la narración de Abdullah ibn Masud —que Allah esté complacido con él— y expusimos este asunto. Estos versículos concluyen con la siguiente súplica:
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¡Oh, nuestro Señor! No nos hagas rendir cuentas por nuestros olvidos o errores. ¡Oh, Dios! No nos impongas la carga que impusiste a quienes nos precedieron. ¡Señor nuestro! No nos impongas aquello que no tenemos fuerza para soportar. Sé indulgente con nosotros, perdónanos y ten misericordia de nosotros. Tú eres nuestro Señor. Ayúdanos, pues, contra los incrédulos. (Al-Báqara: 286)
Debe tenerse presente que esta súplica fue enseñada en una situación en la que el conflicto entre el islam y la incredulidad había llegado a su punto culminante en La Meca. No había ningún lugar en el que los musulmanes no estuvieran expuestos a la adversidad: allí donde un siervo de Dios comenzaba a seguir la verdad religiosa, se creaba para él una situación asfixiante sobre la tierra. En esas circunstancias se enseñó a los musulmanes que suplicaran así a su Señor. Naturalmente, si el Dador mismo indica cómo y de qué manera se debe pedir, surge por sí sola la certeza de recibir. Por eso, en aquella época esta súplica proporcionó a los musulmanes un extraordinario alivio mental. Además, en ella se les enseñaba incidentalmente que no debían permitir que sus emociones fluyeran en una dirección indeseable, sino moldearlas conforme a esta súplica. Por un lado, contemplad la desgarradora opresión y persecución que se les infligía únicamente por defender la verdad y mantenerse fieles a ella; y, por otro, contemplad esta súplica, en la que no se encuentra el menor rastro de amargura contra el enemigo. Por un lado, contemplad las torturas físicas y las pérdidas económicas de las que fueron víctimas; y, por otro, la súplica, en la que no hay ni la más mínima mención de obtener un interés mundano. Por un lado, contemplad la extrema aflicción de aquellos defensores de la verdad y fieles a ella; y, por otro, la grandeza y pureza de los sentimientos que llenan esta súplica. Solo mediante este examen y análisis comparativos puede formarse una idea correcta del tipo de formación moral y espiritual que se impartía entonces a los musulmanes creyentes.[]
Otro aspecto del Mi’raj
En relación con este relato, será apropiado presentar también a los lectores otro aspecto del Mi’raj, a partir del cual podrán obtener respuesta muchas de las preguntas que surgen en la mente al estudiar sus diversos estados y detalles.
El primer encuentro del Profeta (s) con Gabriel (a) sobre la tierra
En la sura An-Najm del Sagrado Corán se menciona en primer lugar el encuentro del Profeta (s) con Gabriel (a), cuando este último fue visto en el horizonte con su verdadera forma. Después, al acercarse cada vez más, llegó a estar tan cerca que entre el Profeta (s) y él quedó una distancia equivalente a la de dos arcos, o incluso menor. En ese momento transmitió la revelación de parte de Allah, el Altísimo. Después de mencionar esto, se declara:
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El corazón no negó lo que los ojos habían visto. ¿Acaso discutís con él sobre aquello que está viendo con sus ojos? (An-Naym: 11-12)
Es decir, respecto de lo que el Profeta Muhammad (s) observó con los ojos abiertos, a plena luz del día y completamente despierto, su corazón no le dijo que aquello no era más que una ilusión óptica. Tampoco que lo que estaba viendo era un genio o un demonio. Ni que era una forma imaginaria que había aparecido ante él. Ni que estaba soñando mientras permanecía despierto. No, no fue así. Al contrario, su corazón percibía exactamente aquello que sus ojos veían. No tenía la menor duda de que, en realidad, aquel era Yibril (a) y de que el mensaje que había traído era una revelación procedente de Allah.
La razón por la que el Profeta no albergó ninguna duda después de una observación tan extraordinaria
Aquí surge la pregunta de cómo es posible que, ante una observación tan novedosa y extraordinaria, no surgiera ninguna duda en el corazón del Santo Profeta (s), y que él creyera firmemente que todo cuanto habían visto sus ojos era verdaderamente real, no una forma imaginaria ni un genio o demonio. ¿Cuál fue la razón? Si reflexionamos sobre esta cuestión, podemos comprender cinco razones.
La primera es que las condiciones externas en las que tuvo lugar esta observación garantizaban su autenticidad. La observación del Mensajero de Allah (s) no ocurrió en la oscuridad de la noche, ni durante una contemplación espiritual, ni en sueños, ni en un estado de semivigilia. Al contrario, se había extendido la brillante luz de la mañana. El Profeta (s) estaba completamente despierto. En un cielo abierto y despejado, y a plena luz del día, contempló con sus propios ojos aquella escena exactamente del mismo modo en que cualquier persona observa las demás escenas del mundo. Si hubiera algún margen para la duda en esto, entonces también podría ser dudoso y una ilusión óptica todo cuanto vemos durante el día: el mar, las montañas, las personas, las casas y todo lo demás.
La segunda razón es que el estado interior del Santo Profeta (s) también confirmaba la autenticidad de aquello. Se hallaba plenamente consciente. No había tenido previamente en su mente ninguna idea de que tal observación debiera ocurrir o estuviera a punto de ocurrir. Su mente estaba completamente libre de tales pensamientos e investigaciones. En ese estado, el acontecimiento se produjo súbitamente ante él. Por ello, no había lugar para la duda de que sus ojos no estuvieran viendo una escena real, sino que una forma imaginaria hubiera aparecido ante él.
La tercera razón es que el ser que apareció ante el Profeta en aquella ocasión era tan grandioso, honorable, hermoso y luminoso que jamás antes había albergado en su corazón una idea de un ser semejante. De lo contrario, habría pensado que aquella escena era producto de sus propias ideas e imaginación. Un genio o un demonio tampoco podía poseer tal dignidad como para que él pudiera considerarlo algo distinto de un ángel.
Según una narración de Hadrat Abdullah ibn Masud (ra), el Mensajero de Allah (s) dijo: «Vi a Yibril (a) con una forma en la que tenía doscientas alas» (Musnad Ahmad). En otra narración, Ibn Masud (ra) explica además que cada una de las alas de Yibril (a) era tan enorme y vasta que parecía cubrir todo el cielo superior (Musnad Ahmad).
La cuarta razón es que la enseñanza impartida por ese Ser también garantizaba la veracidad de esta observación. El conocimiento que de repente adquirió por medio de ella, el conocimiento relacionado con la realidad de toda la creación del universo, era algo de lo que antes no tenía ninguna noción que le permitiera sospechar que no eran más que ideas y pensamientos propios que habían tomado forma y se habían presentado ante él. Del mismo modo, no había lugar para sospechar que Satanás lo estaba engañando adoptando aquella forma. Porque Satanás jamás podría hacer tal cosa: ¿cuándo había realizado él una acción semejante, enseñando a los seres humanos el tawhid puro en contra del shirk y la idolatría? ¿Advirtiéndoles sobre el interrogatorio del Más Allá? ¿Haciéndoles sentir aversión por la ignorancia y sus costumbres? ¿Invitándolos a alcanzar la grandeza moral? ¿Y diciéndole a un hombre que no solo debía aceptar esto, sino que debía levantarse en su lugar para establecer el tawhid, la justicia, la piedad y el bien?
La quinta razón, y la más importante, es que cuando Allah elige a una persona para la profecía, libera su corazón de toda duda, incertidumbre e insinuación, y crea en él una firme convicción y confianza. En ese estado, jamás puede surgir en su corazón la más mínima duda sobre la veracidad de lo que sus ojos ven y sus oídos oyen. Acepta con plena confianza cada verdad que le es revelada por su Señor. Esto puede presentarse en forma de una visión que se le muestra con sus propios ojos, o en forma de conocimiento islámico que se le hace escuchar palabra por palabra. En todos estos estados, el profeta tiene plena conciencia de que, al igual que todas las percepciones otorgadas por Allah, su percepción de la profecía es también una certeza absoluta en la que no hay lugar para la confusión. Así como la percepción de que el pez es pez, la del ave de que es ave y la del ser humano de que es humano son completamente otorgadas por Allah y no admiten ninguna confusión, del mismo modo la percepción del profeta de que él mismo es profeta también es otorgada por Allah. La idea negativa de que en su corazón hubiera surgido una falsa noción acerca de su condición profética no podría tener cabida en él ni siquiera por un instante.
El segundo encuentro con Gabriel (la paz sea con él) en Sidrat al-Muntaha
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Y ciertamente lo vio descender otra vez junto a Sidrat al-Muntaha, cerca de la cual se encuentra el Jardín de la Morada. En aquel momento, cubría el sidra aquello que lo cubría. La mirada no se desvió ni traspasó el límite. Y vio uno de los grandes signos de su Señor. (An-Najm: 13-18)
Aquí se menciona el segundo encuentro del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) con Gabriel (la paz sea con él), en el que este se apareció ante el Profeta en su forma original. Se dice que el lugar de este encuentro era Sidrat al-Muntaha. Asimismo, se afirma que cerca de ella se encuentra el Jardín de la Morada.
Sidrat al-Muntaha
En árabe, sidra se refiere al azufaifo. Y muntaha significa el extremo final. El significado lexicográfico de Sidrat al-Muntaha es el azufaifo situado en el extremo más lejano. El erudito Alusi explicó esto de la siguiente manera en su exégesis Ruh al-Ma’ani:
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Aquí termina el conocimiento de todos los conocedores. Después de esto, nadie conoce lo que hay, excepto Allah. Ibn Jarir ofrece prácticamente esta misma explicación en su Tafsir, y también Ibn Athir en «An-Nihaya fi Gharib al-Hadith wal-Athar». Nos resulta muy difícil decir cómo es ese árbol de loto en el extremo más lejano del mundo material, y cuál es exactamente su naturaleza y condición. Este es uno de los misterios de la creación de Allah que de ningún modo podemos comprender. En cualquier caso, se trata de algo para lo cual quizá Allah no haya encontrado en el lenguaje humano una palabra más apropiada que sidra o árbol de loto.
Jannatul-Mawa
El significado lexicográfico de Jannatul-Mawa es un paraíso apto para habitar. Hasan Basri dice que este es el Paraíso reservado en la otra vida para los creyentes y los piadosos. Fundamenta esta opinión en este versículo, sosteniendo que dicho Paraíso se encuentra en el cielo. Qatada dice que es el Paraíso donde se conservan las almas de los mártires. No se refiere al Paraíso que se obtendrá en la otra vida. Ibn Abbas también sostiene esto y añade que el Paraíso que se concederá a los creyentes en la otra vida no está en el cielo, sino que su lugar se encuentra en esta tierra.
La sobriedad y paciencia del Profeta (s)
Después, se elogia al Santo Profeta (s), diciendo que, tras contemplar aquella manifestación, su mirada no se deslumbró ni transgredió los límites. Es decir, por un lado, su extrema resistencia era tal que aquel torrente de luz sumamente brillante no cegó su vista; y, por otro, su concentración era tal que mantuvo su mente y su mirada centradas únicamente en el propósito para el que había sido convocado. No comenzó a mirar en todas direcciones como un espectador que contempla un espectáculo, para observar la maravillosa escena que se encontraba allí. El ejemplo es el de una persona que tiene la oportunidad de presentarse ante la corte de un rey de enorme poder y autoridad, y allí ve todo tipo de esplendor y magnificencia que jamás había podido imaginar. Si pertenece a una clase baja, apenas llegue quedará completamente desconcertada y aturdida. Si desconoce la etiqueta de la corte, se pondrá a recorrerla y mirar en todas direcciones para disfrutar de sus adornos y escenas. Pero una persona noble, refinada, educada y responsable, al llegar allí, no se queda atónita ni se entretiene contemplando los adornos y la magnificencia de la corte; por el contrario, se presentará con suma dignidad y concentrará toda su atención en el propósito por el cual fue convocada a la corte real. Esta era precisamente la cualidad del Santo Profeta (s) que se elogia en este versículo.
¿Vio el Profeta (s) a Allah?
En el último versículo se dice que él vio las grandes señales de su Señor.
Este versículo presenta la explicación de que el Mensajero de Allah (s) no vio a Allah, sino Sus grandes signos. Puesto que, a la luz del contexto anterior y posterior, este segundo encuentro también tuvo lugar con el mismo Ser con quien había tenido lugar el primero, hay que admitir necesariamente que Aquel a quien vio por primera vez en lo alto, en el vacío, y que, acercándose cada vez más, llegó a estar tan cerca que entre ambos quedó una distancia de dos arcos o incluso menor, tampoco era Allah. Si hubiera visto a Allah, exaltado sea, en cualquiera de estos dos acontecimientos, se trataría de un hecho tan grande e importante que sin duda se habría explicado explícitamente. Con respecto al honorable Moisés (a), el Corán dice que pidió ver a Allah. En respuesta, se declaró claramente: «No puedes verme» (Al-A‘raf, 143). Ahora bien, si este rango no fue concedido al honorable Moisés (a), pero hubiera sido concedido al Profeta Muhammad (s), dada su importancia se habría expresado con toda claridad. Sin embargo, vemos que en ninguna parte del Corán se dice que el Profeta (s) haya visto a su Señor. Por el contrario, al mencionar el acontecimiento de la Ascensión, en la sura Bani Isra’il se declara: «Lo llevamos para mostrarle Nuestros signos», y aquí, al hablar de su llegada al Sidrat al-Muntaha, también se dice: «Vio los grandes signos de su Señor».
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Por todas estas razones, aparentemente no hay lugar para debatir si el Mensajero de Allah (s) vio a Allah en ambas ocasiones o al honorable Gabriel (a). Sin embargo, el motivo por el que surgió esta controversia es que en las colecciones de hadices se encuentran opiniones divergentes al respecto. A continuación presentamos, en orden, los hadices transmitidos de diversos honorables Compañeros sobre este asunto.
Relato de la honorable Aisha (ra)
En el Libro de la Exégesis de al-Bujari se encuentra el relato de Masruq. Él dice: «Pregunté a Aisha (ra): “Madre, ¿vio Muhammad (s) a su Señor?”»
Ella dijo: «Al oír tus palabras, se me ha erizado el cuerpo. ¿Cómo has podido olvidar que hay tres cosas que, si alguien afirma cualquiera de ellas, está mintiendo?»
La honorable Aisha (ra) dijo: «La primera es que, si alguien te dice que Muhammad (s) vio a su Señor, está mintiendo». Luego la honorable Aisha recitó este versículo: «Ninguna mirada puede verlo». Después recitó este versículo.
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No corresponde a ningún ser humano que Allah le hable, excepto por medio de la revelación, o desde detrás de un velo, o enviando a un ángel que le revele, con permiso de Allah, lo que Él quiera.
Luego Hazrat Aisha (ra) dice: sin embargo, el Mensajero de Allah (s) vio a Jibril (a) dos veces en su verdadera forma.
Una parte de este hadiz está narrada en el Bujari, Kitab at-Tawhid, capítulo 4. Y *************** en la narración de Masruq citada por el imán Bujari, él dijo: al oír esto de Hazrat Aisha (ra), pregunté: entonces, ¿cuál es el significado de esta declaración de Allah el Altísimo?
************************************
Ella respondió: con ello se quiso decir a Jibril (a). Él siempre se presentaba ante el Mensajero de Allah (s) con forma humana. Pero en aquella ocasión se acercó al Mensajero de Allah (s) en su verdadera forma y cubrió todo el espacio celeste.
En Muslim, Kitab al-Iman, capítulo sobre Sidrat al-Muntaha, se narra detalladamente esta conversación de Masruq con Hazrat Aisha (ra). La parte más importante es que Hazrat Aisha (ra) dice: quien afirma que Muhammad (s) vio a su Señor, formula una terrible acusación contra Allah.
Masruq dice: estaba sentado apoyado. Al oír esto, me incorporé y me senté correctamente, y dije respetuosamente: ¡Madre de los creyentes! No se apresure. ¿Acaso Allah el Altísimo no dice esto?
********************************* y *******************************
Hazrat Aisha responde: «Dentro de esta comunidad, fui la primera en preguntar al Mensajero de Allah (s) acerca de este asunto». Él dijo:
«Era Gabriel (a). Nunca lo vi en la forma original en que Allah lo creó, salvo en dos ocasiones. En esas dos ocasiones lo vi descender del cielo; su enorme figura se extendía por todo el vasto espacio vacío entre el cielo y la tierra.»
Ibn Marduyah citó la narración de Masruq con estas palabras:
*****************************************************
Hazrat Aisha (ra) dijo: «Fui la primera en preguntar al Mensajero de Allah (s): “¿Has visto a tu Señor?”»
El Profeta (s) respondió: «No; vi a Gabriel (a) descender del cielo.»
La narración de Hazrat Abdullah ibn Masud (ra)
En la narración de Zir ibn Hubaysh, recogida por Bujari en Kitab at-Tafsir, por Muslim en Kitab al-Iman y por Tirmidhi en Abwab at-Tafsir, se dice que Hazrat Abdullah ibn Masud (ra) — ************************ ofreció esta interpretación:
El Mensajero de Allah (s) vio a Yibril (a) en esta forma: tenía seiscientas alas. En una segunda narración de Muslim—
******************************************************
Esta misma interpretación también fue transmitida por Zirr ibn Hubaysh, citando a Abdullah ibn Masud (r.a.).
En el Musnad de Ahmad, esta interpretación de Ibn Masud (r.a.) fue transmitida, además de por Zirr ibn Hubaysh, por Abd al-Rahman ibn Yazid y Abu Wa’il. Asimismo, en el Musnad de Ahmad se reprodujeron otras dos narraciones de Zirr ibn Hubaysh, en las que Abdullah ibn Masud (r.a.)
************************************************
al relatar su interpretación, dice:
************************************************
—es decir, el Mensajero de Allah (s) dijo: Vi a Yibril cerca de Sidrat al-Muntaha. Tenía seiscientas alas.
El Imam Ahmad también transmitió esta narración de Shaqiq ibn Salama. En ella dice: «Escuché estas palabras de boca de Abdullah ibn Masud (ra). Él dice: El Mensajero de Allah (s) dijo: Vi a Gabriel (a) en esta forma en Sidrat al-Muntaha.»
Narración de Hazrat Abu Huraira (ra)
Ata ibn Rabah, de Hazrat Abu Huraira (ra): *******************************
-Al preguntarle el significado, respondió: ************************************************
-El Profeta (s) había visto a Gabriel (a) (Muslim—Kitab al-Iman).
Narración de Hazrat Abu Dharr (ra)
El Imam Muslim ha transmitido en Kitab al-Iman dos narraciones de Abdullah ibn Shaqiq, de Hazrat Abu Dharr al-Ghifari (ra). En una narración dice: «Le pregunté al Mensajero de Allah (s): “¿Habías visto a tu Señor?”» El Profeta (s) respondió:
************************ En la segunda narración dice: A mi pregunta, respondió:
*************************** El significado de la primera declaración del Profeta (s) lo expone Ibn al-Qayyim en su Zad al-Ma‘ad de la siguiente manera: entre mi visión de mi Señor y yo había una luz que hacía de barrera. El significado de la segunda declaración lo explica así: no vi a mi Señor; más bien, solo vi una luz.
Al-Nasa’i e Ibn Abi Hatim transmitieron las palabras del honorable Abu Dharr al-Ghifari (ra) en estos términos: el Mensajero de Allah (s) vio a su Señor con el corazón, no con los ojos.
Relato del honorable Abu Musa al-Ash‘ari (ra)
Muslim citó en el Libro de la Fe este relato del honorable Abu Musa al-Ash‘ari (ra): el Profeta (s) dijo ***************************** que ninguna mirada de criatura alguna entre las criaturas de Allah el Altísimo llegó hasta Él.
Relato del honorable ‘Abd Allah ibn ‘Abbas (ra)
En el relato de Muslim se cuenta que preguntaron al honorable ‘Abd Allah ibn ‘Abbas (ra): ********************* y ************************
¿Cuál es el significado de estos dos versículos?
Él respondió: el Mensajero de Allah (s) vio a su Señor dos veces con los ojos del corazón. Este relato también aparece en el Musnad de Ahmad.
Ibn Marduyah cita, por mediación de Ata bin Abi Rabah, esta declaración de Ibn Abbas (ra): «El Profeta (s) no vio a Allah Ta‘ala con los ojos, sino con el corazón».
En Sunan an-Nasa’i se transmite de Ikrimah que Ibn Abbas (ra) dijo:
*************************************************
¿Acaso os sorprende que Allah Ta‘ala haya convertido a Ibrahim (a) en Su jalil (amigo), haya hablado con Musa (a) y haya concedido a Muhammad (s) el honor de contemplarlo?
Al-Hakim transmitió esta narración y la declaró auténtica.
En la narración de ash-Sha‘bi transmitida en At-Tirmidhi se dice que Ibn Abbas (ra) declaró en una reunión: «Allah repartió Su visión y Su conversación entre Muhammad (s) y Musa (a). Habló con Musa (a) dos veces y Muhammad (s) lo vio dos veces».
Después de escuchar esta declaración de Ibn Abbas (ra), Masruq acudió ante Aisha (ra) y le preguntó: «¿Vio Muhammad (s) a su Señor?»
Ella respondió: «Tus palabras me han hecho estremecer».
Después, hemos mencionado más arriba, en la narración de Aisha (que Dios esté complacido con ella), la conversación que tuvo lugar entre Aisha (que Dios esté complacido con ella) y Masruq.
En la segunda narración de Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) transmitida en el Tirmidhi, en un lugar dice que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) vio a Dios; en un segundo lugar, dice que lo vio dos veces; y en un tercero, que lo vio con el corazón.
En el Musnad de Ahmad se encuentra una narración de Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) de este tenor:
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He visto a mi grandioso Señor, Dios Todopoderoso. En la segunda narración, dice:
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El Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Esta noche mi Señor vino a mí con una forma sumamente hermosa». Creo que con estas palabras el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) quiso decir que había visto a Dios Todopoderoso en sueños.
At-Tabarani e Ibn Marduyah también transmitieron de Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) una narración de este tenor: el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) vio a su Señor dos veces: una vez con los ojos y la segunda con el corazón.
Narración de Muhammad ibn Ka’b al-Qurazi
Muhammad ibn Ka’b al-Qurazi dice: Algunos compañeros preguntaron al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «¿Has visto a tu Señor?». El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Lo vi dos veces con el corazón» (Ibn Hatim). Ibn Yarir transmitió esta narración con estas palabras: «Lo vi dos veces con el corazón, no con los ojos».
Narración de Hazrat Anas (que Allah esté complacido con él)
Una narración de Hazrat Anas ibn Malik, que el imán Bujari citó en el Kitab al-Tawhid por referencia a Sharik ibn Abd Allah en relación con el Mi’raj, dice lo siguiente:
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—Es decir, cuando llegó al Sidrat al-Muntaha, Allah, el Señor de la Majestad, se acercó a él y se cernió sobre él. Tanto que entre él y Allah quedó una distancia de dos arcos, o incluso menor. Luego, entre las revelaciones que Allah le hizo, estaba la orden de realizar cincuenta oraciones.
La principal objeción entre todas las excusas y objeciones que el imán Jattabi, el hafiz Ibn Hayar, Ibn Hazm y el hafiz Abd al-Haqq han planteado respecto a la cadena de transmisión y al contenido de esta narración es que contradice claramente el Corán, pues el Corán menciona dos visiones distintas. Una tuvo lugar primero en el horizonte más elevado, y luego, al acercarse cada vez más, llegó a tal proximidad que entre el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y Él quedó una distancia de dos arcos, o incluso menor. Este fue el primer acontecimiento. El segundo tuvo lugar cerca del Sidrat al-Muntaha. Pero esta narración ha fusionado y confundido ambas visiones; por ello, al entrar en conflicto con el Corán, no puede aceptarse de ninguna manera.
Quedan ahora las narraciones que hemos citado anteriormente. Sin embargo, la más importante de todas ellas es la transmitida por Hazrat Abd Allah ibn Masud (que Allah esté complacido con él) y Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella), porque ambos transmiten unánimemente estas palabras del propio Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): en ninguna de las dos ocasiones vio a Allah; más bien, vio a Hazrat Yibril (la paz sea con él). Estas narraciones concuerdan plenamente con la explicación y las indicaciones del Corán. Además, reciben apoyo de las declaraciones del Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) transmitidas por Hazrat Abu Dharr al-Gifari (que Allah esté complacido con él) y Hazrat Abu Musa al-Ashari (que Allah esté complacido con él). En cambio, entre las narraciones transmitidas de Hazrat Abd Allah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) en los libros de hadices se encuentra una enorme discrepancia. En unas dice que ambas visiones fueron oculares; en otras, que ambas fueron visiones del corazón. En una narración dice que una fue ocular y la otra, del corazón. En otra narración, al describir la visión ocular, dice que una fue ocular y la otra, del corazón. En alguna narración niega por completo la visión ocular. Ninguna de estas narraciones cita una declaración propia del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Allí donde él transmite directamente las palabras del Profeta, en primer lugar no se menciona ninguna de las dos visiones descritas en el Corán. Además, al explicar una de sus narraciones mediante otra, se llega a saber que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) vio a Allah en sueños, no mientras estaba despierto. Por esta razón, no se puede confiar en la narración de Hazrat Abd Allah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) para interpretar estos versículos. Del mismo modo, aunque la narración de Muhammad ibn Ka’b al-Qurazi cita una declaración del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), no proporciona los nombres de los honorables compañeros que escucharon estas palabras del Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Además, en una de sus versiones se afirma que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) negó por completo haber tenido una visión ocular.
Capítulo duodécimo
Los últimos tres años del período de La Meca
Anteriormente mencionamos el viaje del Profeta (s) a Taif, que tuvo lugar en el décimo año de su misión profética. A la luz de aquella experiencia, el Profeta (s) comprendió que no podía esperar ningún bien de parte de los quraysh, y que tampoco podía esperarlo de los Banu Saqif. No solo no estaban dispuestos a aceptar su invitación, sino que ni siquiera estaban dispuestos a tolerarla. Por el contrario, los abusos y persecuciones que sufrió en Taif no le habían sido infligidos ni un solo día en La Meca durante los diez largos años de conflictos y enfrentamientos. Así, desesperanzado de los habitantes de La Meca y de Taif, dirigió su atención hacia las demás tribus de Arabia, que se reunían en las ferias de Ukaz, Majanna y Dhu al-Majaz, así como en Mina durante la peregrinación. Aunque anteriormente acudía a los campamentos de cada tribu en esas reuniones para presentarles la invitación general, en aquel momento su propósito era únicamente presentar la invitación hacia Allah. Pero ahora, además de presentarles esta invitación, comenzó también a decirles: «Acogedme bajo vuestra protección y ayudadme, para que pueda transmitir a la gente el mensaje de mi Señor».
En esos lugares, Abu Yahl, Abu Lahab y los demás demonios de Quraysh perseguían al Profeta (s) y advertían a las tribus que no escucharan sus palabras; de lo contrario, se extraviarían. Muchas veces, aquellos malvados incluso arrojaban piedras contra el Profeta (s). Algunos le arrojaban tierra. A pesar de todo ello, el Profeta (s) continuaba realizando su misión. Además, cuando alguna persona influyente venía de fuera de La Meca con motivo de la umra, una visita piadosa o el comercio, también se reunía con ella y le presentaba la invitación a la religión. Asimismo, le decía: «Ayudadme en esta labor de transmitir la verdad y llevadme a vuestra región».
Las tribus con las que se reunió
El Profeta (s) acudió a la mayoría de las tribus para transmitirles su invitación. Al examinar la lista, se observa que, desde el extremo oriental de Arabia hasta el occidental, y desde el extremo meridional hasta el septentrional, no hubo ninguna tribu influyente y poderosa con la que no estableciera contacto. Entre las más destacadas se encuentran las siguientes:
1. Kinda: una gran tribu del sur de Arabia. Su territorio se extendía desde Hadramaut hasta Yemen.
2. Kalb: una rama de Qudaa. Su territorio se extendía desde Dumat al-Yandal, en el norte de Arabia, hasta Tabuk.
3. Banu Bakr ibn Wa’il era una de las grandes tribus belicosas de Arabia.
Las regiones de las tribus árabes en la época del Mensajero
Sus ramas se extendían desde Arabia central hasta el extremo oriental. En el año 330 d. C., esta tribu se enfrentó por primera vez al Imperio iraní. Después, en la época del Profeta, volvió a entrar en guerra con Irán, que sufrió la derrota. En la historia, esta guerra es conocida como la «batalla de Dhi Qar».
4. Banu al-Bakka: una rama de Banu Amir ibn Sa’sa’a. Se asentaban en la ruta fronteriza entre La Meca e Irak.
5. Sa’laba ibn Uqaba: una rama de Banu Sa’laba ibn Uqaba.
6. Banu Shayban ibn Sa’laba: una rama de Banu Sa’laba ibn Uqaba.
7. Banu al-Harith ibn Ka’b: una rama de Banu Tamim.
8. Banu Hanifa: era una rama de Banu Bakr ibn Wa’il que habitaba en Yamama. Musaylima el Mentiroso pertenecía a esta tribu. Durante la época de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), esta tribu fue la que entabló una feroz guerra contra los musulmanes en la fitna de la apostasía que había cobrado fuerza. Era una de las célebres tribus belicosas de Arabia.
9. Banū Sulaym: era una de las grandes tribus de Qays ʿAylān. Su morada se encontraba en la región elevada de Naŷd, cerca de Jaybar. Se extendían hasta Wādī al-Qurā y Taymāʾ.
10. Banū ʿĀmir ibn Ṣaʿṣaʿa: una rama de Hawāzin. Hawāzin formaba parte de Qays ʿAylān. Vivían en Naŷd y posteriormente llegaron también a una zona de Tāʾif. Pasaban el verano en Tāʾif y el invierno en Naŷd.
11. Banū ʿAbs: una gran tribu subordinada de Banū Ghaṭafān, una rama de Qays ʿAylān. Vivían en Naŷd y eran belicosos. Durante la época de la ignorancia preislámica mantuvieron guerras prolongadas con otras tribus. Entre ellas, las guerras de Dāḥis y al-Ghabrāʾ fueron célebres en la historia.
12. Banū ʿUdhra: era una rama de Banū ʿAbdullāh ibn Ghaṭafān.
13. Ghassān: un gran pueblo del sur de Arabia que se trasladó a vivir al norte de Arabia. Entre ellos había diversas tribus, tanto cristianas como politeístas. Bajo el dominio del Imperio romano, los gasánidas también tenían un Estado.
14. Fazāra: era una gran tribu entre las tribus subordinadas de Ghaṭafān. Vivían en Naŷd y Wādī al-Qurā.
15. Banū ʿAbdullāh: era una de las tribus subordinadas de Kalb.
16. Banū Muḥārib ibn Khaṣāma: era una de las tribus adnanitas.
Entre las numerosas tribus, aquí solo se han mencionado algunas con las que el Profeta (s) se reunió y a las que presentó la invitación al Islam. Esta breve lista se ofrece porque, en esta etapa de su misión, el Profeta (s) acudía deliberadamente a aquellas tribus que, por su número, su posición, su fuerza general y sus relaciones con las demás tribus, gozaban de tal prestigio que, si alguna de ellas hubiera aceptado sus palabras y se hubiera comprometido firmemente con la invitación islámica, podía esperarse que, gracias a ello, la religión adquiriera gran fuerza.
Relato de los encuentros con las tribus
Durante sus encuentros con las tribus árabes, el Mensajero de Allah (s) tuvo que enfrentarse a personas de diversa índole. Musa ibn Uqba dice en al-Maghazi que la respuesta de la mayoría de las tribus era: «La propia gente del hombre lo conocía mejor. ¿Puede sernos beneficioso un hombre que ha provocado discordia, oposición y conflicto dentro de su propio pueblo, y cuyo pueblo lo ha rechazado?». Algunas tribus no solo rechazaron su invitación, sino que también se comportaron mal con él. Citando a Ibn Ishaq, Ibn Yarir, Ibn Hisham e Ibn Kazir dicen que el Profeta (s) acudió al campamento de Kinda y les pidió su apoyo, pero ellos se negaron a aceptar su propuesta. Al reunirse con Banu Abdullah, les dijo: «Allah, exaltado sea, ha dado a vuestro padre un hermoso nombre. Sed mis partidarios». Pero ellos también se negaron. Cuando se reunió con Banu Hanifa, su respuesta fue peor que la de todas las demás tribus. Asimismo, los expertos en hadiz e historia han transmitido encuentros muy notables del Profeta (s) con algunas otras tribus.
La expresión de duda de un hombre de Banu Hamdan
El imam Ahmad, al-Hakim y otros muhaddizun narran, citando a Yabir ibn Abdullah, que el Profeta (s) iba diciendo: «¿Hay alguien que me lleve consigo ante su pueblo?»
En ese momento se acercó a él un hombre de la tribu de Hamdan y aceptó sus palabras. Después le asaltó el temor de que su pueblo quizá no aceptara lo que él había aceptado. Por ello regresó y dijo: «Iré a hablar con mi pueblo. Después me reuniré con usted el año próximo, durante el Hayy».
El encuentro con Banu Bakr ibn Wa’il
El hafiz Abu Nuaym y Ehiya ibn al-Umabi dicen, citando sus fuentes, que el Profeta (s) se reunió con Banu Bakr ibn Wa’il y, en el curso de la conversación, preguntó: «¿Cómo es vuestra fuerza militar?»
Ellos dicen: «No tenemos fuerzas para luchar contra los persas, ni podemos garantizar la protección de nadie frente a ellos».
El Profeta (s) dijo: «Llegará un tiempo en que llegaréis a sus ciudades, os casaréis con sus mujeres y convertiréis a sus hijos en esclavos». Después de decir esto, se retiró de allí, y Abu Lahab llegó al lugar. Les dijo: «Este hombre gozaba de gran estima entre nosotros, pero ha perdido la razón».
Ellos respondieron: «Eso mismo pensamos cuando mencionó a los persas».
De esto se puede deducir que, en aquella época, ningún árabe podía imaginar que los árabes vencerían a un imperio tan vasto como el de Persia. Desde su perspectiva, solo un loco podía decir algo semejante. Sin embargo, antes de que transcurrieran quince o dieciséis años desde aquella conversación, vieron con sus propios ojos aquello cuya mención habían considerado una locura.
Encuentro con los Banu Amir ibn Sa’sa’a
Ibn Ishaq, citando al imán Zuhri, relata que el Profeta (s) fue al campamento de los Banu Amir ibn Sa’sa’a y les expuso su mensaje. Uno de ellos, Buhayra ibn Firas, dijo: «Juro por Dios que, si tomo conmigo a este joven de Quraysh, por medio de él someteré a todos los árabes». Luego le dijo al Profeta (s): «Si te apoyamos y Dios te concede la victoria sobre tus adversarios, ¿pasará el poder de gobierno a nuestras manos después de ti?». El Profeta (s) respondió: «Este asunto está en manos de Dios; Él concede el poder de gobierno a quien quiere». Entonces aquel hombre dijo: «¿Acaso vamos a ofrecer nuestros cuellos como blanco de los árabes por tu causa, para que, cuando Dios te conceda la victoria, otros obtengan el poder de gobierno en lugar de nosotros? Vete; no tenemos ninguna necesidad de ti».
Cuando, al terminar el Hayy, aquellos hombres regresaron a sus hogares, le contaron cómo les había ido en el Hayy a un venerable anciano que, debido a su avanzada edad, no podía participar en el Hayy ni en las demás ferias. También le dijeron: «Vino a nosotros un joven de los Banu Abd al-Muttalib, perteneciente a Quraysh, que afirmaba ser un profeta y nos decía: “Ayudadme y llevadme a vuestro territorio”. Pero tuvimos esta conversación con él y finalmente lo despedimos con aquella respuesta». Al oírlo, el anciano se llevó las manos a la cabeza y exclamó: «¡Banu Amir! ¿Acaso esto puede repararse? ¿Puede volver a presentarse una oportunidad como esta? Juro por Dios, en cuya mano está mi vida, que ningún ismaelita podría decir jamás algo semejante bajo el manto de la mentira. Él es, sin duda, un profeta. ¿Dónde estaba vuestro entendimiento entonces?»
Encuentro con los Banu Shayban ibn Tha’laba
Abu Nu‘aym, al-Hakim y al-Bayhaqi citan esta narración de ‘Abdullah ibn ‘Abbas, transmitida por ‘Ali (que Allah esté complacido con él), quien dijo: «Una vez acompañaba al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) en las visitas a las tribus en Mina. Mientras recorríamos el lugar, llegamos a una asamblea de gran prestigio. Sus dirigentes eran hombres de gran personalidad. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) preguntó: “¿Quiénes son ustedes?”. Ellos respondieron: “Somos miembros de los Banú Shayban ibn Tha‘laba”. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dijo al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): “Que mis padres sean sacrificados por usted, en ningún otro lugar se encontrarán personas más honorables que estas”. En aquella reunión estaban presentes Mafruq ibn ‘Amr, Hani ibn Qabisa, al-Muthanna ibn Haritha y Nu‘man ibn Sharik. Mafruq estaba sentado muy cerca de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él).»
Él dijo: «¿Acaso son ustedes de Quraysh?». Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) respondió: «Probablemente hayan oído que aquí ha sido enviado el Mensajero de Allah. Este es él». Mafruq dijo: «Sí, nos ha llegado esa noticia». Entonces se volvió hacia el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Los invito a atestiguar que no hay ninguna divinidad excepto Allah y a atestiguar que yo soy el Mensajero de Allah. También les pido que me den refugio en su territorio y me ayuden, para que pueda cumplir la misión que Allah me ha confiado. Pues Quraysh se ha aliado para impedir la obra de Allah; ha negado al Mensajero de Allah y se ha ocupado de la falsedad en lugar de la verdad. Sin embargo, Allah no necesita de la gente y es digno de toda alabanza por Su propia esencia».
Mafruq dijo: «¡Oh, hermano de Quraysh! ¿A qué otra cosa invitas?». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recitó los versículos 151-153 de la sura al-An‘am:
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(151) ¡Oh, Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)!, diles: «Venid, os recitaré lo que vuestro Señor os ha prohibido: que no asociéis nada con Él; que tratéis bien a vuestros padres; que no matéis a vuestros hijos por temor a la pobreza. Nosotros os proveemos a vosotros y también a ellos. No os acerquéis siquiera a las obscenidades, sean manifiestas u ocultas. No matéis a ninguna persona que Allah haya honrado, salvo con justo derecho. Estas son las cosas que Él os ha ordenado observar. Quizá comprendáis y actuéis con conocimiento».
(152) Y también: «No os acerquéis a los bienes del huérfano, salvo de la mejor manera, hasta que alcance la madurez. Y dad la medida y el peso con plena justicia. No imponemos a ninguna persona una carga mayor que la que puede soportar. Cuando habléis, hablad con justicia, aunque se trate de un pariente. Cumplid el pacto de Allah. Estas son las instrucciones que Allah os ha dado; quizá aceptéis la exhortación».
Mafruq dijo: «¡Oh, hermano de Quraysh! ¿A qué otra cosa invitas? ¡Por Allah!, estas no son palabras de un habitante de este mundo. Si fueran palabras humanas, las reconoceríamos». Entonces el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recitó el versículo 90 de la sura an-Nahl:
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—Allah os ordena practicar la justicia, hacer el bien y dar a los parientes. Y os prohíbe la indecencia, la perversidad y la opresión. Os exhorta para que reflexionéis.
Mafruq dijo: «Por Dios, hermano quraisí, has invitado a las virtudes morales más excelentes y a las buenas obras. ¡Qué pueblo tan carente de entendimiento es aquel que te ha rechazado y se ha coaligado contra ti!». Luego, señalando a Hani ibn Qabisah, Mafruq dijo: «Este es nuestro anciano respetado y líder religioso».
Hani dijo: «Hermano quraisí, he escuchado tus palabras y las reconozco como verdaderas. Pero abandonar nuestra religión y jurarte obediencia en una sola reunión sería una gran precipitación. Detrás de nosotros hay un pueblo. No sería correcto tomar una decisión sin su consejo y opinión e imponérsela. Nosotros regresaremos, y tú también puedes marcharte. Reflexionaremos sobre sus consecuencias, y tú también observa hasta dónde llega este asunto».
Dicho esto, Hani presentó al Mensajero a Musanna ibn Haritha y dijo: «Este es nuestro jeque y comandante militar».
Musanna dijo: «Hermano quraisí, he escuchado tus palabras y me han agradado. Pero mi respuesta es la misma que ha dado Hani. No sería correcto abandonar nuestra religión y reconocer tu obediencia en una sola reunión. Vivimos en un lugar donde nos enfrentamos a dos obstáculos: uno es Yamama y el segundo es Samawa (la parte de Irak colindante con la península arábiga; el autor).»
El Mensajero de Allah preguntó: «¿Cuáles son esos dos?»
Musanna respondió: «Uno son las montañas y el territorio árabe; el segundo, la región de Irán y los ríos de Kisra. Kisra nos ha hecho jurar que ni nosotros mismos emprenderemos ninguna innovación contraria a las normas vigentes, ni daremos refugio entre nosotros a quien quiera hacer algo semejante. Es posible que los reyes no toleren aquello a lo que nos invitas. En cuanto al territorio árabe, nuestros errores podrían ser perdonados allí. Si quieres que te ayudemos contra los árabes, podemos hacerlo. Pero enfrentarnos a Persia está más allá de nuestras posibilidades».
El Mensajero de Allah dijo: «Si habéis dicho la verdad, no habéis hecho nada malo. Pero la realidad es que quien se alza por la religión de Allah no deja nada de lado, sino que la apoya en todos los aspectos. Tened un poco de paciencia; entonces Allah os concederá las tierras y las riquezas de los persas, y someterá a vuestro dominio a sus hijas. ¿Glorificaréis y santificaréis a Allah?»
Nu’man ibn Sharik dijo: «Oh, hermano qurayshí, hemos aceptado lo que dices. Después, el Profeta (s)-
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Se levantó mientras recitaba, tomó la mano de Hazrat Abu Bakr (ra) y se marchó.
Encuentro con los Banu Abbas
Al-Waqidi cita el siguiente relato de Abdallah ibn Wabisat al-Absi, quien a su vez lo recibió de su abuelo: «Nuestra tribu, los Banu Abs, se encontraba cerca de la mezquita de Jaif, junto a Yamrat al-Ula. El Mensajero de Allah (s) vino hasta nuestro campamento. Zayd ibn Hariza (ra) estaba con él. Nos invitó a seguir el camino de Allah y nosotros aceptamos. También había venido anteriormente a nuestro campamento durante cada peregrinación, pero nunca habíamos aceptado su invitación. Esta vez, cuando vino a nosotros, Maysara ibn Masruq al-Absi se encontraba con nosotros. Dijo: “¡Por Dios! Si reconocemos su veracidad, lo llevamos con nosotros y lo instalamos en el lugar central de nuestra región, sería una opinión justa. Porque, ¡por Dios!, él ciertamente triunfará, y triunfará por completo”. Pero los miembros de la tribu dijeron: “Déjalo, hermano; no nos empujes a una tarea cuya carga no tenemos capacidad de soportar”».
El Profeta (s), al albergar alguna esperanza respecto de Maysara, lo llamó y habló con él. Este dijo: «Qué hermosas y claras son tus palabras. Pero mi pueblo se opone a mí. Si ellos mismos no me apoyan, los demás se mantendrán aún más alejados».
Mucho tiempo después, cuando Maysara se encontró con el Profeta (s) durante la peregrinación de despedida, este lo reconoció. Maysara dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Desde la primera vez que viniste a nuestro campamento, siempre anhelé obedecerte. Pero lo que tenía que suceder, sucedió. Ahora me hago musulmán con tanto retraso».
De este modo, todas las tribus árabes quedaron privadas de esa bendición a la que algunos acudían a pie y que obtenían. Retrocederemos un poco para explicar por qué los habitantes de esta afortunada población estaban mentalmente preparados para aceptar la invitación de Muhammad el Árabe (s).
Historia temprana de Aws y Jazray
En el año 450 o 451 d. C., como consecuencia de la ruptura de la presa o dique de Ma’rib, se produjo una enorme inundación en Yemen. Por esta razón, un miembro de la tribu de Saba, Amr ibn Amir, emigró hacia el norte junto con su familia. Los descendientes de uno de sus hijos, Yufna, se establecieron en la región de Siria. Esta región recibió el nombre de Gasan. Su segundo hijo, Hariza, comenzó a vivir en la extensa zona situada entre las montañas del Hiyaz y la costa del mar Rojo, lugar llamado Tihama. Sus descendientes fueron conocidos como Juzaa. Entre los hijos de su tercer hijo, Za’laba, había uno llamado Hariza, cuyos dos hijos nacieron de la misma madre, Kayla. Estos dos hijos se llamaban Aws y Jazray. Sus descendientes fueron a establecerse en Yathrib (Medina), donde los judíos ya habían establecido su dominio. Durante mucho tiempo, los judíos no permitieron que los descendientes de Aws y Jazray entraran en la ciudad principal ni en sus tierras verdes y fértiles. Por ello, tuvieron que vivir con grandes dificultades en las tierras áridas de los alrededores. Finalmente, solicitaron la ayuda de los gasánidas, sus parientes de linaje. Estos llegaron con tropas y expulsaron a los judíos de la ciudad, dejando espacio para Aws y Jazray. Dos tribus judías, Banu Qurayza y Banu Nadir, fueron obligadas a vivir en las afueras de la ciudad, mientras que otra tribu, Banu Qaynuqa, se refugió bajo la protección de la tribu de Jazray y vivió en uno de los barrios de la ciudad. Cuando Banu Qurayza y Banu Nadir vieron que su tribu rival, Banu Qaynuqa, se había convertido en amiga de Jazray, hicieron un pacto con la tribu de Aws y la tomaron como aliada. Después, Aws y Jazray vivieron durante poco menos de doscientos años junto a los judíos, en la misma ciudad y en sus alrededores. Durante ese período, aunque estas dos tribus árabes eran del mismo linaje y estaban unidas por vínculos matrimoniales, se enfrentaban entre sí en guerras basadas en la ignorancia preislámica. Las tribus judías también instigaban a sus respectivas tribus aliadas a luchar unas contra otras, pues consideraban beneficiosas para ellas las guerras entre Aws y Jazray, y su unidad significaba para los judíos una sentencia de muerte. Así, en el transcurso de poco menos de dos siglos, además de muchas guerras menores, se produjeron once enfrentamientos sangrientos. El último de ellos, la batalla de Bu’az, tuvo lugar apenas cinco años antes de la Hégira (en el octavo año de la misión profética, 619 d. C.), y en él murieron los principales jefes de ambas tribus. [Según el relato de Ibn Sa’d, la batalla de Bu’az tuvo lugar seis años antes de la Hégira. Bu’az era el nombre de un lugar, una pequeña fortaleza o un campo de cultivo situado cerca de Banu Qurayza, a dos millas de Medina. En un bando estaba la tribu de Aws, cuyo jefe era Hudayr, padre de Usayd ibn Hudayr. Banu Qurayza y Banu Nadir participaron en la guerra junto a ellos. En el otro bando estaba la tribu de Jazray, cuyo jefe era Amr ibn Nu’man al-Bayadi. Banu Qaynuqa, de los judíos, estaba con ellos. Aws resultó victoriosa en la batalla. Sin embargo, ambos bandos sufrieron pérdidas tan enormes que sus personas reflexivas comprendieron que, si continuaban siendo enemigos de esa manera, acabarían exterminándose en la guerra. —El autor.] A pesar de todas estas guerras y conflictos, la influencia religiosa de los judíos sobre los habitantes de Medina era tan grande que, cuando una mujer perdía repetidamente a sus hijos, hacía el voto de que convertiría al judaísmo al hijo que tuviera después. Ibn Yarir menciona esta situación en su exégesis, citando a Abd Allah ibn Abbas. Abu Dawud, al-Nasa’i, Ibn Abi Hatim e Ibn Hibban también han transmitido diversos relatos al respecto, procedentes de Ibn Abbas, Muyahid, Sa’id ibn Yubayr, al-Sha’bi, al-Hasan al-Basri y otros.
Influencia de este trasfondo histórico
La breve situación histórica que se ha expuesto produjo tres efectos importantes sobre Aws y Jazray. A diferencia de todas las demás tribus árabes, los había preparado mentalmente para aceptar el islam; por eso, en cuanto se presentó la oportunidad, se inclinaron hacia esta religión y hacia su predicador, Sayyiduna Muhammad, como el sediento se inclina hacia el agua.
El primero de estos efectos fue que, debido a sus prolongadas relaciones y contactos con los judíos, palabras como revelación, Escritura y sharía, así como sus significados, les resultaban familiares. Por ello, estas cosas no les eran tan desconocidas como lo eran para los demás árabes.
El segundo efecto, según los relatos de Ibn Hisham y al-Tabari, citando a Ibn Ishaq, fue que en sus conversaciones con los judíos vecinos solían enterarse de que estos —los judíos— esperaban con gran ansiedad la llegada de un profeta cuya venida había sido anunciada en sus Escrituras celestiales. Solían orar diciendo que, si llegaba pronto, terminaría el dominio de las tribus no judías y comenzaría la era de su propio progreso. Especialmente cuando surgían disputas y conflictos con Aws y Jazray, decían: «Pronto llegará un profeta. Cuando llegue, le obedeceremos y, permaneciendo a su lado, os golpearemos como fueron golpeados Ad e Iram». El Corán también alude a estas palabras suyas:
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—y anteriormente pedían la victoria sobre los incrédulos. (Al-Báqara: 89)
Las palabras de los judíos habían suscitado entre los habitantes de Aws y Jazray el impulso de que, si aparecía aquel profeta, ellos serían los primeros en adelantarse y prestarle obediencia, para que los judíos no se les anticiparan.
La tercera influencia fue que se hallaban abatidos por la guerra civil y anhelaban un liderazgo capaz de crear entre ellos unidad y hermandad. También se hizo alusión a esta situación suya:
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—Os encontrabais al borde de un abismo de fuego, y Allah os salvó de él. (Alí Imrán: 103)
Para poner fin a este peligro, los habitantes de Medina habían llegado al punto de estar dispuestos a convertir en rey a Abdullah ibn Ubayy, jefe de Jazray, a fin de que se resolvieran sus discrepancias y todos se unieran bajo el gobierno de un solo hombre. En estas circunstancias, finalmente llegó ante ellos aquella gracia que, en realidad, habían estado anhelando. (Ibn Hisham, vol. 2, p. 234)
El encuentro del primer medinense con el Profeta (s)
Ibn Hisham y al-Tabari han citado, tomándola de Ibn Ishaq, la narración de Asim ibn Umar ibn Qatada según la cual el primer hombre de Medina que se encontró con el Mensajero de Allah (s) fue Suwayd ibn Samit. Entre su pueblo era conocido como «Kamil» por su competencia, valentía, poesía y nobleza de linaje. Ibn Sa’d explica que, en la época de la ignorancia, se llamaba «Kamil» a la persona respetada y sensata entre su pueblo, capaz de expresar una opinión correcta, instruida y hábil en el tiro con arco y la natación. (Tabaqat, vol. 3, p. 603)
Este hombre tenía lazos de parentesco con el Mensajero de Allah (s): su madre, Layla bint Amr, era hermana carnal de Salma bint Amr, la madre del abuelo del Profeta (s). Cuando él acudía a La Meca para realizar el Hayy o la Umra, el Profeta (s) se reunía con él como de costumbre y le presentaba la invitación al Islam. Él dijo: «Es posible que también tengas algo semejante a lo que yo tengo». El Profeta (s) preguntó: «¿Qué es?». Él respondió: «El Mujallat de Luqman», es decir, la sabiduría y perspicacia de Luqman. El Profeta (s) dijo: «Recítamelo». Él se lo recitó. El Profeta (s) dijo: «¡Qué hermosas palabras! Sin embargo, lo que yo tengo es mejor que esto: es el Corán, que Allah me ha revelado. Es guía y luz». Después, el Profeta (s) le recitó el Corán y lo invitó al Islam. Sin apartarse de ello, dijo: «En verdad, estas son palabras muy hermosas». Luego regresó a Medina. Unos días después, Jazray lo mató. Este acontecimiento tuvo lugar antes de la batalla de Bu’az. [Al-Baladhuri dice en Ansab al-Ashraf que la batalla de Bu’az se produjo a causa del asesinato de Suwayd. —El autor.]
Encuentro con otra delegación de Medina
Ibn Hisham y al-Tabari han citado el siguiente relato de Muhammad ibn Ishaq: antes de la batalla de Bu’ath, cuando el fuego de la enemistad entre los Aws y los Jazray estaba a punto de encenderse, una delegación de una rama de los Aws —los Banu Abd al-Ashhal— llegó a La Meca bajo el liderazgo de Abu al-Haysar o Haysar, con el fin de hacer de Quraysh sus aliados contra los Jazray. Al enterarse de su llegada, el Profeta (s) se reunió con ellos. Les dijo: «¿Preferís aceptar algo mejor que aquello por lo que habéis venido aquí?»
Ellos preguntaron: «¿Qué es?» El Profeta (s) respondió: «Soy el Mensajero enviado por Allah a Sus siervos. He venido a invitarlos a que no adoren a nadie sino a Él y no asocien a nadie con Él. Se me ha revelado un Libro.»
Después les enseñó algunos preceptos del islam y les recitó el Corán. Entre los miembros de la delegación se encontraba también un joven llamado Iyas ibn Mu’adh. Al escuchar las palabras del Profeta (s), dijo: «¡Oh, gente! Esto es mejor que aquello por lo que habéis venido aquí». Pero Abu al-Haysar tomó un poco de tierra del batḥā y se la arrojó al rostro, diciendo: «Déjanos en paz con estas palabras. Hemos venido por otro asunto».
Iyas permaneció en silencio y el Profeta (s) se levantó y se marchó. Después de que aquellos hombres regresaran a Medina, comenzó la batalla de Bu’ath. Poco tiempo después, Iyas murió. Quienes estuvieron presentes en el momento de su muerte dicen que, hasta el último instante, oyeron de sus labios la glorificación y la proclamación de la unicidad de Allah. Por eso no tenían ninguna duda de que Iyas había regresado de aquella reunión después de aceptar el islam y de que había exhalado su último aliento aferrado al islam.
En el relato detallado de este acontecimiento que Ibn Sa’d transmitió de al-Waqidi hay algunos datos adicionales a los de la narración de Ibn Ishaq. De él se sabe que la delegación de los Banu Abd al-Ashhal se alojaba en La Meca en la casa de Utba ibn Rabi’a. Este los había agasajado con gran honor. Cuando le propusieron un pacto de amistad, lo rechazó diciendo que su territorio estaba muy lejos del de ellos. Para cuando llegara hasta allí su solicitud de ayuda, el enemigo ya habría terminado su cometido. Dijo que lo mismo ocurriría con ellos.
Al-Waqidi también afirma que, cuando Iyas propuso aceptar el islam, Abu al-Haysar, mientras le arrojaba tierra, dijo: «Vinimos para conseguir que Quraysh fuera nuestro aliado contra nuestro enemigo, y tú quieres que regresemos habiendo convertido a Quraysh en nuestro enemigo».
En el relato de al-Waqidi también se añade que quienes oyeron a Iyas recitar la glorificación y la proclamación de la unicidad de Allah mientras agonizaba fueron Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él), Salama ibn Salama ibn Waqsh (que Allah esté complacido con él) y Abu Hāshim ibn al-Tayyihān (que Allah esté complacido con él).
La aceptación del islam por el primer grupo de los Ansar y la Primera Bay’a de Aqaba
En el undécimo año de la Profecía (620 d. C.), durante la peregrinación, el Profeta (la paz sea con él), conforme a su costumbre, partió hacia Mina con el propósito de reunirse con las tribus árabes. Mientras recorría la zona, llegó cerca de Aqaba a un grupo de la tribu de los Jazray. Aqaba significa un paso; el paso mencionado aquí se encontraba en la zona de Mina, en el camino hacia La Meca, según el autor. Ibn Hisham y al-Tabari, citando a Muhammad ibn Ishaq, relatan que el Profeta (la paz sea con él) les preguntó: «¿Quiénes son ustedes?». Respondieron: «Algunos hombres de los Jazray». El Profeta (la paz sea con él) les dijo: «¿Se sentarán un momento para que pueda hablar con ustedes?». Ellos respondieron: «Por supuesto». Entonces se sentaron junto al Profeta (la paz sea con él). Él los invitó a dirigirse hacia Allah, les presentó el islam y les recitó el Corán. Ellos se dijeron unos a otros: «¡Hermanos! Sepan que este es el profeta cuya llegada los judíos les advertían. No permitamos que ellos se nos adelanten». Luego, plenamente satisfechos, aceptaron su invitación, reconocieron su veracidad y creyeron en el islam que él les presentó. Después dijeron: «Hemos dejado a nuestro pueblo en una situación en la que no hay pueblo alguno entre cuyos miembros exista una hostilidad mutua mayor que la nuestra. Es posible que Allah los una por medio de usted. Regresaremos a ellos, los invitaremos en su nombre y les presentaremos la religión que hemos aceptado. Si Allah los reúne para usted, nadie será más poderoso que usted».
En algunas narraciones, este asunto se presenta de la siguiente manera: después de la Bay’a, el Profeta (la paz sea con él) les dijo: «¿Me apoyarán para que pueda transmitir el mensaje de mi Señor?». Ellos respondieron: «¡Oh, Mensajero de Allah! La batalla de Buaz acaba de tener lugar entre nosotros. En estas circunstancias, si usted va allí, será difícil que la gente se reúna. Por el momento, permítanos regresar junto a nuestra gente. Tal vez Allah mejore nuestras relaciones mutuas. Nosotros invitaremos a la gente a aquello a lo que usted nos ha invitado. Puede que Allah los reúna para usted. Entonces nadie será más poderoso que usted. Ahora nos encontraremos con usted durante la peregrinación del año próximo».
Ibn Ishaq, al-Shabi y al-Zuhri dicen que eran seis. Ibn Sa’d también cita la opinión de al-Waqidi de que eran seis. La lista es la siguiente:
De los Banu Malik ibn al-Najjar:
1. Abu Usama Asad ibn Zurara (incluso en la época de la ignorancia era monoteísta y se oponía a la adoración de ídolos).
2. Awf ibn al-Harith ibn Rifa’a; su madre se llamaba Afra.
De los Banu Zurayq:
3. Rafi‘ bin Malik (en la época de la ignorancia se le llamaba «Kamil»)
4. Qutba bin Amir bin Hadida.
De los Banu Haram bin Ka‘b:
5. ‘Uqba bin Amir bin Nabi.
De los Banu ‘Ubayd bin ‘Adi:
6. Jabir bin ‘Abdullah bin Ri’ab.
Ibn ‘Abd al-Barr dice que algunos conocedores de la sira, en lugar de Jabir bin Ri’ab, han mencionado a Hadrat ‘Ubada bin Samit. Junto con Musa bin Zurara y Rafi‘ bin Malik, incluyeron los nombres de Mu‘adh bin ‘Afra, Yazid bin Tha‘laba, Abu al-Haytham bin al-Tayyihan y ‘Uwaym bin Sa‘ida; luego, como una narración débil, dijeron que se cuenta que entre ellos también estaban ‘Ubada bin Samit y Zakran bin ‘Abd Qays. Sin embargo, la mayoría de los eruditos aceptó la narración de Muhammad bin Ishaq, y en Fath al-Bari, al-Hafiz Ibn Hajar dio preferencia a esta narración sobre las demás.
Además de la declaración antes citada de al-Waqidi, Ibn Sa‘d también citó otras tres versiones sobre la aceptación del islam por parte de los habitantes de Medina:
1. Al principio, As‘ad ibn Zurara y Dhakwan ibn ‘Abd Qays fueron a La Meca, a ver a ‘Utba ibn Rabi‘a, para enfrentarse a la arrogancia y la jactancia conforme a las costumbres de la época de la ignorancia. Sin embargo, antes de encontrarse con ‘Utba, oyeron las palabras del Mensajero de Dios (s), se reunieron con él y aceptaron el islam. Después, As‘ad fue a Medina y habló del islam a Abu al-Haytham ibn al-Tayyihan; ellos también aceptaron el islam. Luego se unió a los seis que se encontraron con el Profeta (s) en al-‘Aqaba.
2. Al principio, Rafi‘ ibn Malik al-Zuraqi y Mu‘adh ibn ‘Afra fueron a La Meca para realizar la ‘umra. Allí oyeron mencionar al Profeta (s). Después se entrevistaron con él y aceptaron el islam.
3. En Mina, seis —o, más exactamente, ocho— hombres de Medina se encontraron con el Profeta (s). Estos eran los ocho cuyos nombres hemos mencionado anteriormente citando a Musa ibn ‘Uqba.
Llegada de la segunda delegación de Medina y la segunda bay‘a de al-‘Aqaba
Ibn Sa‘d e Ibn Ishaq dicen que, cuando este primer grupo que había aceptado el islam en al-‘Aqaba regresó a Medina, comenzó allí a conversar y hablar sobre el islam. Como resultado, no quedó ningún barrio entre los barrios de los ansar en el que no se mencionara al Mensajero de Dios (s). Al año siguiente —en el duodécimo año de la profecía—, durante la peregrinación, doce hombres de Medina se encontraron con el Profeta (s) en el mismo lugar de al-‘Aqaba donde se había reunido con los hombres de Jazray. Cinco de ellos eran los que habían aceptado el islam el año anterior (Yabir ibn ‘Abdullah ibn Ri’ab no vino esta vez). De los siete restantes, cinco eran de Jazray y dos de Aws. Sus nombres son los siguientes:
De los Banu al-Najjar de Jazray: 1. Mu‘adh al-Harith ibn Rifa‘a.
De los Banu Zurayn de Jazray: 2. Dhakwan ibn ‘Abd Qayem. Ibn Sa‘d e Ibn Hisham dicen que estos dos vinieron de Medina a La Meca, permanecieron con el Profeta (s) y emigraron con él.
De los Banu ‘Awf ibn Al de Jazray: 3. ‘Ubada ibn Samit.
Del Jazray: 4. Yazid bin Sa‘laba.
De los Banu Salim bin Awf del Jazray: 5. Abbas bin Ubadah bin Nadla (Ibn Ishaq dice que él también permaneció con el Mensajero (s) y emigró con él.
De los Banu Abd al-Ashhal de Aws: 6. Abu al-Haitham bin at-Taiyihan (incluso en la época de la ignorancia era monoteísta y se oponía a la adoración de los ídolos.
De los Banu Amr bin Awf de Aws: 7. Waim bin Saida.
La promesa que el Mensajero (s) tomó entonces de estas personas fue denominada «Bay‘at an-Nisa». Esto se debe a que sus palabras eran muy semejantes a las de la promesa que, varios años después de este acontecimiento, se ordenó tomar a las mujeres musulmanas en el versículo 12 de la sura al-Mumtahana. Ibn Ishaq cita la narración de Ubada bin Samit (ra), según la cual el Mensajero (s) tomó de ellos la promesa sobre los siguientes asuntos:
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No asociaremos a nadie con Allah, no robaremos, no cometeremos adulterio, no mataremos a nuestros propios hijos, no presentaremos una calumnia inventada entre nuestras manos y nuestros pies, y no desobedeceremos al Mensajero de Allah (s) en ninguna obra reconocidamente buena. Escucharemos y obedeceremos sus órdenes, tanto en la prosperidad como en la adversidad, sean estas órdenes tolerables o intolerables para nosotros, y aunque se dé preferencia a otro sobre nosotros. No disputaremos ni discutiremos con el gobernante acerca del gobierno. (En el Musnad de Ahmad se añade: aunque creáis que tenéis derecho a participar en el gobierno. En Bujari se añade: o si veis una incredulidad manifiesta.) Y diremos la verdad dondequiera y en cualquier situación en que nos encontremos, sin temer la censura de ningún censurador. Si cumplís este juramento, tendréis el Paraíso. Y si alguien comete uno de los actos prohibidos, su asunto queda en manos de Allah: Él puede perdonarlo si quiere, o castigarlo si quiere. (En una narración se dice que, si cometéis uno de los actos prohibidos, luego sois descubiertos y recibís el castigo correspondiente en este mundo, este será una expiación por esa falta; pero si vuestra falta permanece oculta hasta el Día de la Resurrección, vuestro asunto queda en manos de Allah: si quiere, puede castigaros, y si quiere, puede perdonaros.)
Diversas partes de este hadiz se encuentran en Bujari: Kitab al-Iman, Abwab Manaqib al-Ansar, Kitab al-Hudud, Kitab al-Fitan y Kitab al-Ahkam; en Muslim: Kitab al-Hudud y Kitab al-Imarah; y en el Musnad de Ahmad, en la narración de Ubada bin Samit.
El envío de Mus’ab ibn Umayr a Medina
Ibn Jarir e Ibn Hisham han citado esta narración de Muhammad ibn Ishaq: cuando estas personas regresaban a Medina, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió también con ellos a Mus’ab ibn Umayr, para que les enseñara el Corán y el islam, y despertara en ellos la comprensión de la religión. Así pues, cuando Mus’ab llegó a Medina, se alojó en la casa de As’ad ibn Zurara (que Allah esté complacido con él).
En cambio, según la narración de Musa ibn Uqba, después de que ellos llegaron a Medina enviaron a Mu’adh ibn Afra (que Allah esté complacido con él) y a Rafi’ ibn Malik (que Allah esté complacido con él) ante el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), con el propósito de que enviara a Medina a alguien que les enseñara la religión. En respuesta a esta petición, él envió a Mus’ab (que Allah esté complacido con él). Bayhaqi ha citado una narración ligeramente diferente, transmitida por Ibn Ishaq. Dice que ellos escribieron al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Envíanos a alguien que nos enseñe nuestra religión». Como resultado, fue enviado Mus’ab (que Allah esté complacido con él). Ibn Sa’d también lo ha narrado de al-Waqidi.
Después de este segundo juramento de Al-‘Aqaba, al regresar a Medina, los ansar comenzaron a difundir el islam con gran rapidez bajo el liderazgo de Mus’ab ibn Umayr. Ibn Sa’d, citando a al-Waqidi, dice que Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él), de entre los Banu Abd al-Ashhal, Abbad ibn Bishr ibn Waqsh y sus aliados por pacto, aceptó el islam a manos de Mus’ab. Después, Sa’d ibn Mu’adh, jefe de los Banu Abd al-Ashhal, y Usaid ibn Hudayr se hicieron musulmanes el mismo día bajo su guía. Como consecuencia de su conversión, toda su tribu se hizo musulmana. Incluso en el barrio de los Banu Abd al-Ashhal no quedó una sola persona no musulmana. Ibn Hisham lo ha narrado de Ibn Ishaq, y al-Tabari lo ha transmitido de Sa’d: una historia interesante sobre la conversión de Usaid al islam.
Un día, As’ad ibn Zurara fue con Mus’ab a uno de los jardines de Banu Zufar, una rama de la tribu de Aws. Muchos de los que se habían hecho musulmanes se reunieron allí. Cuando Sa’d ibn Mu’adh y Usaid ibn Hudayr se enteraron de esto, Sa’d le dijo a Usaid: «Ve junto a esos dos hombres, As’ad y Mus’ab, que han venido a nuestro asentamiento para embaucar a los débiles. Repréndelos y prohíbeles venir a nuestra zona. Si no fuera por As’ad ibn Zurara, yo mismo iría allí. Pero sabes que es hijo de mi tía materna; por eso no quiero presentarme ante él». Al oír esto, Usaid tomó sus armas y se dirigió allí. Al verlo acercarse, As’ad le dijo a Mus’ab: «Este es el jefe de su pueblo. Cumple debidamente con tu deber de hacerle llegar el mensaje de Allah». Mus’ab dijo: «Hablaré con él cuando se siente». Usaid se plantó ante ellos con rudeza y dijo: «¿Por qué han venido aquí ustedes dos? Están embaucando a nuestros débiles. Si quieren el bien, no vuelvan a dirigirse nunca hacia este lugar».
Mus’ab dijo: «¿No se sentará usted a escucharnos? Si le agrada lo que decimos, lo aceptará; y si no, dejaremos de hacer aquello que no le agrada». Usaid dijo: «Has hablado con justicia». Entonces clavó sus armas en el suelo y se sentó junto a él. Mus’ab le explicó las enseñanzas del islam y le recitó el Corán. As’ad (que Allah esté complacido con él) y Mus’ab (que Allah esté complacido con él) dijeron ambos: «¡Por Allah!, al ver la alegría en el rostro de Usaid y la suavidad de sus palabras, comprendimos que el islam había entrado en su corazón». Después de escuchar todo, dijo: «¡Qué excelentes y hermosas palabras! Cuando entran en esta religión, ¿qué hacen?». Ambos respondieron: «Báñese para purificar su cuerpo y purifique también sus ropas. Luego dé testimonio de la verdad y después rece». Él se levantó inmediatamente, se purificó y regresó, pronunció la profesión de fe y rezó dos rak’at. Después empezó a decir: «Detrás de mí hay otro hombre. Si él acepta seguirlos, ninguno de los miembros de su pueblo se opondrá a él. Iré a buscarlo y lo enviaré junto a ustedes». Dicho esto, Usaid (que Allah esté complacido con él), llevando sus armas, se dirigió hacia Sa’d ibn Mu’adh, junto a quien estaban reunidos los miembros de su pueblo. Al verlo acercarse, Sa’d dijo: «¡Juro por Allah que ese no es el rostro con el que se marchó!»
Cuando Usaid llegó y se detuvo frente a la reunión, Sa’d le preguntó: «¿Qué ha sucedido?». Él respondió: «He hablado con esos dos hombres y no he visto nada malo en ellos. Cuando les prohibí que siguieran viniendo, dijeron: “Haremos lo que usted quiera”». Luego Usaid dijo: «Había oído que los Banu Haritha habían salido para matar a As’ad ibn Zurara, porque saben que es hijo de tu tía materna y quieren humillarte».
En cuanto oyó esto, Sa’d se enfureció terriblemente y, tomando sus armas, se apresuró para llegar junto a su primo antes de que los Banu Haritha lo atacaran. Mientras caminaba, le dijo a Usaid: «¡Juro por Allah que creo que no ha servido de nada enviarte!»
Hadrat As‘ad ibn Zurara (que Allah esté complacido con él), al verlo marcharse desde lejos, le dijo a Hadrat Mus‘ab (que Allah esté complacido con él): «Este es un jefe que tiene a todo su pueblo detrás de él. Si acepta el islam, no quedarán ni siquiera dos personas que puedan evitar aceptarlo».
Cuando Sa‘d llegó allí y vio que As‘ad y Mus‘ab estaban sentados tranquilamente, comprendió que el verdadero propósito de Usaid había sido hacerle escuchar sus palabras. Se plantó furioso ante ellos y le dijo a As‘ad ibn Zurara: «¡Abu Usama! Si no hubiera parentesco entre tú y yo, este hombre —Mus‘ab— no habría escapado de mis manos. ¿Quieres imponernos en nuestra propia casa algo que no nos gusta?»
Hadrat Mus‘ab dijo: «¿No te sentarás a escucharnos? Si te gusta, lo aceptarás; y si no, apartaremos de ti aquello que no te guste».
Sa‘d dijo: «Has hablado con justicia». Luego clavó su arma en el suelo y se sentó. Hadrat Mus‘ab le presentó el islam y le recitó el Corán. Hadrat As‘ad y Hadrat Mus‘ab dijeron: «Antes incluso de que hablara, comprendimos, al ver la alegría y la humildad en su rostro, que el islam lo había impresionado». Después de escuchar todo, Sa‘d preguntó: «¿Qué hay que hacer para entrar en esta religión?». Ellos le dijeron lo mismo que le habían dicho a Usaid. Entonces se purificó, recitó la profesión de fe, realizó dos rak‘at de oración, tomó su arma y se dirigió a la asamblea o reunión de su tribu.
Cuando Hadrat Sa‘d (que Allah esté complacido con él) llegó junto a su gente, exclamaron: «Este no es el rostro con el que Sa‘d se marchó de aquí». Al acercarse a ellos, les dijo: «¡Oh, gente de los Banu ‘Abd al-Ashhal! ¿Qué sabéis de mí entre vosotros?». Todos respondieron: «Eres nuestro jefe. Entre nosotros eres quien muestra mayor bondad y benevolencia hacia sus parientes; quien ofrece las opiniones más acertadas; y quien posee mayor sensatez y experiencia para nuestro bien». Al oír esto, Sa‘d dijo: «Hasta que no creáis en Allah y en Su Mensajero, me está prohibido hablar con vuestros hombres y mujeres». Antes de que llegara la noche, todos los hombres y mujeres de los Banu ‘Abd al-Ashhal habían aceptado el islam. Solo un hombre, ‘Amr ibn Zabit, permaneció no musulmán. Abrazó la fe durante la batalla de Uhud y murió mártir antes de tener la oportunidad de postrarse. El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Él pertenece al Paraíso». Cabe señalar que entre los Banu ‘Abd al-Ashhal no había ni un solo hipócrita. Ibn Sa‘d, citando a al-Waqidi, dice que, después de aceptar el islam, Hadrat Sa‘d ibn Mu‘adh (que Allah esté complacido con él) y Usaid ibn Hudayr (que Allah esté complacido con él) recorrían los alrededores rompiendo los ídolos de los Banu ‘Abd al-Ashhal.
Ibn Ishaq dice que Hadrat Mus‘ab continuó transmitiendo el mensaje en Medina. Finalmente, no quedó ningún barrio de los Ansar en el que no hubiera hombres y mujeres musulmanes. Solo había tres o cuatro familias que no aceptaron el islam hasta la batalla de la Trinchera.
El establecimiento de la oración del viernes en Medina
Hadrat Ka‘b ibn Malik (que Allah esté complacido con él) e Ibn Sirin dicen que, antes de que se estableciera la obligación de la oración del viernes, los Ansar de Medina decidieron entre sí que celebrarían una oración congregacional un día a la semana. Para este fin, eligieron el viernes, dejando de lado el sabat de los judíos —el sábado— y el domingo de los cristianos. En la época de la ignorancia se lo llamaba «Yawm al-‘Aruba». La primera oración del viernes fue dirigida por Hadrat As‘ad ibn Zurara (que Allah esté complacido con él) en la zona de Bayada, con la participación de cuarenta personas (Musnad Ahmad, Abu Dawud, Ibn Maya, Ibn Hibban, ‘Abd ibn Humayd, ‘Abd al-Razzaq, al-Bayhaqi e Ibn Hisham).
Ad-Daraqutni cita el relato de Hazrat Abdullah ibn Abbas (que Dios esté complacido con él) y dice que, cuando se estableció en La Meca la obligación de la oración del viernes, el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) envió por escrito a Hazrat Mus‘ab ibn Umayr (que Dios esté complacido con él), en Medina, la instrucción de que dirigiera una oración de dos rak‘at después de que el sol hubiera pasado el cenit. La razón por la que se ordenó establecer la oración del viernes en Medina era que en aquel tiempo no era posible realizarla en La Meca.
La última bay‘a de Aqaba
Hasta la llegada del mes de Dhul-Hiyya, durante la peregrinación del decimotercer año de la profecía (622 d. C., junio-julio), el islam se había extendido considerablemente en Medina. El imán Ahmad y at-Tabarani citan este relato de Hazrat Jabir ibn Abdullah al-Ansari (que Dios esté complacido con él): «Durante diez años, el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) recorrió las ferias de Ukaz y Majanna, así como los campamentos de las distintas tribus durante la peregrinación. En esos lugares decía: “¿Quién me dará refugio en su tierra y quién me ayudará para que pueda transmitir el mensaje de mi Señor y, a cambio, obtenga el Paraíso?”. Pero nadie estuvo dispuesto a ayudarlo. Por el contrario, cuando alguien de Yemen o de Mudar salía rumbo a La Meca, sus compatriotas o sus parientes le decían: “Mantente un poco alejado de ese joven de los coraichitas, no vaya a ser que te haga caer en la tentación”».
«Cuando el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) pasaba junto a sus campamentos, le señalaban con el dedo. Finalmente, Dios nos envió desde Yathrib junto al Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), y nosotros lo reconocimos como verdadero. Después la situación llegó a tal punto que alguien salía de su casa, abrazaba la fe y recitaba el Corán, y cuando regresaba, también los miembros de su familia se habían hecho musulmanes. De este modo, no había barrio de los ansar en el que no hubiera un grupo de musulmanes y en el que no proclamaran públicamente el islam. Un día nos reunimos todos y comenzamos a decirnos unos a otros: “¿Cuánto tiempo más dejaremos al Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en esta situación, recorriendo los lugares de las montañas de La Meca, siendo rechazado en todas partes y sin encontrar refugio ni protección en ningún sitio?”. Entonces fuimos setenta a la peregrinación y acordamos encontrarnos con él en Aqaba (el resto de este hadiz lo incluiremos más adelante)».
El imán Ahmad, at-Tabarani, Ibn Yarir at-Tabari e Ibn Hisham transmiten, por referencia de Muhammad ibn Ishaq, el relato de Hazrat Ka‘b ibn Malik (que Dios esté complacido con él): «Partimos para la peregrinación junto con los mushriks de nuestro pueblo. Hakim e Ibn Sa‘d dicen que aquel año quinientos hombres de Aws y Jazray salieron para realizar la peregrinación. Nuestro jefe y anciano, Bara ibn Ma‘rur, también estaba con nosotros. Durante el camino dijo: “Tengo una opinión. No sé si estaréis de acuerdo con ella o no”. Dijimos: “¿Cuál?”. Respondió: “Mi opinión es que, en lugar de rezar dando la espalda a la Kaaba, rezaré mirando hacia ella”. Dijimos: “Hemos sabido por el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) que él reza orientado hacia Sham, es decir, hacia Bayt al-Maqdis. No rezaremos según tu método”. Sin embargo, él siguió rezando orientado hacia la Kaaba, y nosotros continuamos reprochándoselo. Cuando llegamos a La Meca, me dijo: “Sobrino, ven, reunámonos con el Mensajero de Dios. Luego le preguntaremos sobre este acto mío, pues, debido a vuestra oposición, ha surgido una duda en mi corazón”. Nosotros nunca habíamos visto al Profeta ni lo conocíamos. Por eso preguntamos a un hombre de La Meca dónde se encontraba. Nos dijo: “¿Conocéis a su tío Abbas?”. Respondimos: “Sí, porque solía ir a nuestra región con fines comerciales”. Dijo: “Id al Santuario; allí lo veréis sentado con Abbas”».
«Al llegar allí, lo saludamos. Él preguntó a Abbas (que Dios esté complacido con él): “¿Conoces a estos dos hombres?”. Respondió: “Sí; este es Bara ibn Ma‘rur y este es Ka‘b ibn Malik”. Nunca olvidaré que, al oír mi nombre, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: “¿Poeta?”. Abbas (que Dios esté complacido con él) respondió: “Sí”. Después preguntó a Bara por su asunto. Luego, siguiendo la instrucción del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), comenzó a rezar orientado hacia la misma qibla hacia la que rezaba el Profeta. Después el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) nos indicó que nos reuniéramos con él de noche en Aqaba, durante los días de Ayyam at-Tashriq. Esa noche nos acostamos en nuestro campamento. Cuando había transcurrido un tercio de la noche, partimos en secreto para encontrarnos con él, pues queríamos ocultar este asunto a los mushriks de nuestro pueblo. Pero entre nuestros jefes y personas nobles se encontraba Abu Yabir Abdullah ibn Amr ibn Haram, que seguía aferrado a la religión de sus antepasados. Lo llevamos con nosotros y le dijimos: “Usted es uno de nuestros jefes y personas nobles. No queremos que sea combustible del Infierno”. Entonces le presentamos el islam y le dijimos que nos dirigíamos a Aqaba para encontrarnos con el Profeta. Inmediatamente abrazó el islam y participó con nosotros en la bay‘a de Aqaba. En total éramos setenta y tres hombres y había también dos mujeres. Una era Nasiba, o Nusayba, bint Ka‘b, Umm ‘Umara, de los Banu Nayyar. Esta mujer combatió junto con su hijo Abdullah contra Musaylima el Mentiroso y participó personalmente en la batalla. Recibió heridas en doce lugares del cuerpo y perdió una mano. Antes de ello, su hijo Habib fue despedazado y asesinado por Musaylima. Este le preguntaba: “¿Das testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Dios?”. Habib (que Dios esté complacido con él) respondía: “Sí”. Cuando le preguntaba: “¿Das testimonio de que yo soy el Mensajero de Dios?”, él respondía: “No quiero oír nada”. Entonces Musaylima le cortaba una parte del cuerpo. Después de cada respuesta le cortaba otro miembro, hasta que aquel tirano lo descuartizó y lo mató. Pero él jamás reconoció como verdadero a aquel falso profeta. Ibn Hisham, volumen 2, págs. 108-109. La otra era Asma bint Amr, Umm Mani‘, de los Banu Salima».
Hazrat Jabir (que Dios esté complacido con él) dijo que el número de participantes en esta bay‘a fue de setenta y no mencionó a ninguna mujer. Ahmad y al-Bayhaqi también transmiten esta versión por autoridad de ‘Amir ash-Sha‘bi. Sin embargo, Hazrat Ka‘b ibn Malik (que Dios esté complacido con él) mencionó a setenta y dos hombres y dos mujeres, e indicó claramente sus nombres. Ibn Ishaq añadió el detalle de que, de los setenta y tres hombres, once eran de Aws y sesenta y dos de Jazray. Con ellos había dos mujeres. Una era Nusayba bint Ka‘b, que estaba acompañada por su esposo Zayd ibn Asim (que Dios esté complacido con él) y sus dos hijos, Habib (que Dios esté complacido con él) y Ubaydullah (que Dios esté complacido con él). La segunda mujer era Asma bint Amr. La razón de esta discrepancia en los relatos probablemente sea que los árabes suelen omitir las fracciones al indicar las cifras. Si la mayoría del grupo está compuesta por hombres, consideran suficiente mencionarlos. Cuando hay una o dos mujeres, las omiten.
Ibn Sa’d, citando a Waqidi, transmite el relato de Uwaym ibn Sa‘ida: cuando llegamos a La Meca, Sa‘d ibn Jaythama (que Allah esté complacido con él), Ma‘an ibn ‘Adi (que Allah esté complacido con él) y ‘Abdullah ibn az-Zubayr (que Allah esté complacido con él) me dijeron: «Ven, vamos a visitar al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y a saludarlo, pues hemos creído en él, pero hasta ahora no lo hemos visto». Así que salimos. Nos habían dicho que se alojaba en la casa de ‘Abbas ibn ‘Abd al-Muttalib. Llegamos allí, lo saludamos y le preguntamos: «¿Dónde tendrá lugar su encuentro con nuestra delegación, es decir, con el grupo que ha venido de Medina?». ‘Abbas dijo: «Entre vosotros también se encuentran algunos miembros de vuestro pueblo que se oponen a vosotros. Por tanto, mantened el asunto en secreto hasta que los peregrinos se hayan marchado». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) propuso que el encuentro tuviera lugar aquella noche, cuya mañana se conoce como “Yawmun-Nafar al-Ajir” *****************, es decir, el último día en que los peregrinos parten de Mina. Determinó la parte alta de al-‘Aqaba. [Ibn Sa‘d dice: este es el lugar donde actualmente hay una mezquita. (Tabaqat de Ibn Sa‘d, edición impresa en Beirut, 1957 d. C., volumen I, pág. 221). Ibn Sa‘d nació en el año 168 de la hégira y murió en el 230. Esto significa que la mezquita existía ya en el segundo siglo de la hégira. Esta mezquita seguía existiendo cuando Muhammad Husayn Haykal visitó el Hiyaz en 1936. Él la menciona como la mezquita de al-‘Aqaba, en la página 111 de su obra “Fi Manzil al-Wahy”. Pero, lamentablemente, en la actualidad no se encuentra rastro alguno de ella, según el autor.] Se dio la orden de no despertar a ningún durmiente ni esperar a quien no hubiera llegado.
Todos los relatos sobre el Pacto de al-‘Aqaba coinciden en que, cuando aquellas personas llegaron secretamente al lugar designado, de dos en dos o de cuatro en cuatro, durante la noche, depositaron su confianza en él respecto a su propia causa, aunque todavía eran públicamente no musulmanes. [Ibn Sa‘d transmite el relato de Abu Rafi‘ (que Allah esté complacido con él), esclavo del Mensajero de Allah. Dice: «Cuando yo era esclavo de ‘Abbas (que Allah esté complacido con él), el islam entró en nuestra casa. ‘Abbas (que Allah esté complacido con él), su esposa Umm al-Fadl y yo nos hicimos musulmanes. Sin embargo, ‘Abbas (que Allah esté complacido con él) mantuvo en secreto su conversión. Después de la batalla de Badr, mientras en las casas de los incrédulos se celebraban lamentos, en nuestra casa reinaba la alegría», según el autor.] Por eso había acudido allí en aquella delicada situación: para dejar todo completamente acordado antes de que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) marchara a Medina.
Según los relatos del imán Ahmad, al-Bayhaqi y ‘Amir ash-Sha‘bi, cuando todos se reunieron, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Quien quiera hablar, que sea breve y no alargue la conversación, pues los espías de los politeístas os están buscando».
En relación con el relato de Ka‘b ibn Malik, una parte del cual ya hemos citado anteriormente transmitida por el imán Ahmad, Ibn Yarir, at-Tabari e Ibn Hisham, al narrar los acontecimientos posteriores, dice que ‘Abbas (que Allah esté complacido con él) fue el primero en hablar. Dijo: «¡Oh, gente de Jazray! [En aquella época, la reunión de Aws y Jazray se llamaba Jazray, según el autor.] Vosotros conocéis la posición que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ocupa aquí. Nosotros —los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib— lo hemos apoyado y protegido frente a quienes, entre su pueblo, comparten nuestra postura respecto a él, es decir, frente a quienes no han aceptado el islam. Por eso disfruta de una posición firme entre su pueblo y está protegido en la ciudad. Sin embargo, no está dispuesto a nada salvo a marcharse con vosotros. Si creéis que cumpliréis la promesa y el compromiso con los que lo estáis invitando, y que lo protegeréis frente a sus adversarios, asumid entonces la responsabilidad que estáis aceptando. Pero si, después de que salga de aquí y se reúna con vosotros, en algún momento teméis que os veréis obligados a abandonarlo y entregarlo a sus enemigos, será mejor que lo dejéis ahora mismo. Porque él goza de una posición firme entre su pueblo y reside en un lugar protegido de la ciudad».
Dijimos: «Hemos escuchado lo que ha dicho. Ahora, Mensajero de Allah, expón tus condiciones y toma de nosotros la promesa y el compromiso que quieras».
Después, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recitó el Corán en su discurso, invitó hacia Allah, inspiró el amor por el islam y luego dijo: «Tomo de vosotros el pacto de que me apoyaréis y protegeréis exactamente como protegéis vuestras propias vidas y a vuestros hijos».
Bara ibn Ma‘rur (que Allah esté complacido con él) tomó la mano del Profeta entre las suyas y dijo: «Sí, por el Dios que te ha enviado con la verdad, te protegeremos de todo aquello de lo que protegemos nuestras propias vidas y a nuestros hijos. Así pues, Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), acepta nuestro pacto. Somos gente probada en la guerra. Hemos heredado estas cualidades de nuestros padres y antepasados».
Abu al-Haytham ibn at-Tayyihan [algunos escriben su pronunciación como “at-Tayyahan” y otros como “Attihan”, según el autor.] intervino desde el centro y dijo: «¡Mensajero de Allah! Entre nosotros y los demás judíos existen relaciones amistosas que tú romperás. No vaya a ocurrir después que, cuando Allah te conceda la victoria, nos abandones y regreses con tu propio pueblo». El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) sonrió levemente y dijo: «No, no. Más bien, sangre por sangre y tumba por tumba. Es decir, mi muerte y mi vida estarán con vosotros. Yo soy de vosotros y vosotros sois de mí. Combatiré a quienes combatáis y pactaré la paz con quienes pactéis la paz».
En la narración de Hazrat Jabir bin Abdullah al-Ansari (ra), que citamos anteriormente de Musnad Ahmad y al-Tabarani, él continúa diciendo: «Cuando todos nos reunimos en Aqaba, preguntamos: “¡Oh Mensajero de Allah! ¿Sobre qué asunto te prestaremos juramento de fidelidad?”. El Profeta (s) respondió: “Sobre que obedeceréis y acataréis la autoridad en toda circunstancia, favorable o desfavorable; gastaréis vuestra riqueza tanto en la prosperidad como en la adversidad; ordenaréis el bien y prohibiréis el mal; diréis la verdad acerca de Allah y no temeréis la censura de ningún censurador. Y me prestaréis juramento de que, cuando vaya a vosotros, cada uno de vosotros me protegerá de aquello de lo que protege su propia vida y la de sus hijos. A cambio, tendréis el Paraíso”. Al oír esto, nos levantamos y avanzamos hacia él. El joven más joven del grupo, Asyad bin Zurara (ra) —según la narración de al-Bayhaqi, las palabras son: “el más joven de todos, excepto yo”— tomó su mano entre las suyas y dijo: “¡Oh habitantes de Yathrib, deteneos! No hemos venido hasta él, atravesando apresuradamente el desierto a lomos de nuestros camellos, con otro propósito que el de seguir a alguien que sabemos que es el Mensajero de Allah. Hoy, llevárnoslo de aquí con nosotros equivale a comprar la enemistad de toda Arabia. Como consecuencia, vuestros jóvenes serán asesinados y vuestras espadas quedarán teñidas de sangre. Por tanto, si tenéis fuerzas para soportar todo esto, estrechad su mano; vuestra recompensa está en manos de Allah. Pero si teméis por vuestra vida, abandonad ahora mismo este propósito y presentad una excusa clara, pues en este momento ofrecer una excusa será más aceptable ante Allah”. Entonces todos exclamaron: “¡Asyad, apártate de nuestro camino! ¡Por Allah, jamás abandonaremos esta bay‘a ni retiraremos nuestras manos de ella!”. Después de esto, todos prestaron juramento de fidelidad. Al-Hakim, al-Bazzar y al-Bayhaqi también han transmitido esta narración.»
Ibn Jarir al-Tabari, por medio de Ibn Hisham y de Asim bin Umar bin Qatada, cita la narración de Muhammad bin Ishaq: durante la bay‘a, Abbas bin Ubada bin Nadla al-Ansari dijo: «La respuesta de los jázrây fue: “Sí, lo sabemos”. Abbas insistió: “Estáis prestando juramento de luchar contra todos, tanto blancos como negros; es decir, con esta bay‘a estáis convocando a luchar contra el mundo entero. Si pensáis que, cuando temáis por la destrucción de vuestras riquezas y de vuestros nobles, entregaréis a este hombre en manos del enemigo, entonces es mejor que lo abandonéis hoy mismo. ¡Por Allah!, eso sería causa de humillación en este mundo y en el Más Allá. Pero si pensáis que aceptaréis plenamente a este hombre, con el compromiso con el que lo estáis invitando a venir a vosotros, aun temiendo por la destrucción de vuestras riquezas y de vuestros ancianos, entonces tomad su mano. ¡Por Allah!, eso será lo mejor para este mundo y para el Más Allá”. Todos los presentes estuvieron de acuerdo y dijeron: “Estamos preparados para poner en peligro nuestras riquezas y a nuestros ancianos por él”. Entonces preguntaron: “¡Oh Mensajero de Allah! Si cumplimos nuestro compromiso, ¿cuál será nuestra recompensa?”»
Él respondió: «El Paraíso».
Ibn Sa’d cita, por medio de al-Waqidi, la narración de Hazrat Muadh bin Rifa’a bin Rafi’: cuando todos se reunieron en Aqaba, el tío del Profeta (s), Abbas bin Abdul-Muttalib, comenzó a hablar así: «¡Oh grupo de los jázrây! Habéis invitado a Muhammad (s) a ir a vuestro territorio. Sabed que Muhammad (s) posee la posición más firme y honorable entre su familia y sus parientes. Tanto quienes han aceptado su religión como quienes no la han aceptado lo protegen entre nosotros por consideración a su noble linaje. Sin embargo, Muhammad (s) desea dejar a todos y dirigirse precisamente hacia vosotros. Comprended bien la situación y reflexionad antes de decidir. Consultad entre vosotros y tomad una decisión por consenso, pues la mejor palabra es la palabra verdadera».
Después, Hazrat Abbas preguntó: «Decidme, ¿cómo combatís contra el enemigo?». Todos guardaron silencio. Abdullah bin Amr bin Haram —quien había aceptado el Islam justo antes de la bay‘a de Aqaba— respondió a la pregunta. Dijo: «¡Por Allah!, somos gente de guerra. El combate se ha convertido en parte de nuestra naturaleza y estamos acostumbrados a él. Lo hemos heredado de nuestros antepasados. Primero combatimos con arcos; cuando se acaban las flechas, luchamos con lanzas; cuando estas se terminan, comienza el combate con espada. Con estas espadas hacemos frente al enemigo. Después, el primero cuya muerte llegue la acepta».
Hazrat Abbas dijo: «En verdad, sois un pueblo de guerreros». Entonces Bara bin Ma’rur dijo: «Hemos escuchado lo que dices. ¡Por Allah!, si tuviéramos alguna otra intención, la declararíamos abiertamente. Lo que queremos es cumplir sinceramente nuestro compromiso con el Mensajero de Allah (s) y dar la vida por él».
En otra narración, al-Waqidi cita estas palabras del discurso de Hazrat Bara bin Ma’rur: «Poseemos abundantes armas y fuerza para combatir. Cuando adorábamos ídolos de piedra, ya nos encontrábamos en esta situación; y cuánto mejor es ahora nuestra condición, cuando Allah nos ha mostrado la verdad acerca de la cual los demás viven en la oscuridad y nos ha ayudado por medio de Muhammad (s)». (Añadido por el autor.)
La importancia de la bay‘a de Aqaba
Este fue un acontecimiento revolucionario en la historia del islam, que Dios hizo realidad con Su misericordia y del que el profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) aprovechó la oportunidad. Los habitantes de Yathrib invitaban al Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) a su ciudad no simplemente como a un solicitante de refugio, sino como representante de Dios y como su propio líder y gobernante. Su invitación a los seguidores del islam no tenía por objeto que él encontrara un lugar en una tierra desconocida simplemente como un emigrante; más bien, su propósito era que todos los musulmanes dispersos por las distintas tribus y regiones de Arabia acudieran a Yathrib, se reunieran con los musulmanes yathribíes y formaran una sociedad islámica organizada. De este modo, Yathrib se presentó en realidad como Madinat al-Islam (la ciudad del islam), y el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) aceptó la invitación y estableció en Arabia el primer Dar al-Islam. Los habitantes de Medina no desconocían las implicaciones de esta iniciativa. Su significado claro era que una pequeña ciudad se disponía a enfrentarse al boicot militar, económico y civilizatorio de todo el país. En efecto, en aquella reunión de la noche del Pacto de Aqaba, estos primeros auxiliares del islam —los ansar— pusieron sus manos en la mano del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) plenamente conscientes de este desenlace. Todo ello quedó expresado en sus discursos. (Tafhim al-Qur’an, tomo II, introducción a la sura Al-Anfal.)
La motivación de los ansar para entregar sus vidas
Aunque conocían perfectamente el peligro que corrían, los ansar de Medina no solo no se inquietaron por el pacto que habían hecho con el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), sino que se sentían orgullosos de él. Su motivación para ser los primeros en avanzar por este camino era tan grande que entre ellos comenzaron a debatir quién había tenido el honor de poner primero su mano en la mano del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) al realizar el pacto. Ibn Ishaq dice que los Banu Nayyar afirmaban que el primero en prestar el pacto había sido As‘ad ibn Zurara (que Dios esté complacido con él). Los Banu Abd al-Ashhal afirmaban que ese honor correspondió a Abu al-Haytham ibn al-Tayyihan. Ibn al-Athir escribió en Usd al-Ghaba que los Banu Salama decían que el primero en prestar el pacto había sido Ka‘b ibn Malik (que Dios esté complacido con él). Ibn Sa‘d, citando a Waqidi, dice que entre los Aws y los Jazray comenzó una mutua jactancia y rivalidad sobre si el primero en prestar el pacto había pertenecido a los Aws o a los Jazray. Finalmente, la gente dijo que nadie conocía este asunto mejor que el honorable Abbas ibn Abd al-Muttalib, pues en aquel momento se encontraba con el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Cuando le preguntaron, respondió: «El primero en poner su mano en la mano del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) fue As‘ad ibn Zurara; después, Bara ibn Ma‘rur, y luego, Usaid ibn Hudayr».
Nombramiento de los naquib
Al final del relato del honorable Ka‘b ibn Malik (que Dios esté complacido con él) que citamos anteriormente, él declara que, después del pacto, el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) nos dijo: «Elegid de entre vosotros a doce naquib y presentádmelos; ellos serán responsables de sus respectivas tribus». En al-Tabaqat de Ibn Sa‘d se encuentra un relato de Ibn Ishaq según el cual el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Ellos serán los garantes de sus respectivos pueblos, como los discípulos de Jesús, hijo de María, fueron garantes». En al-Tabaqat de Ibn Sa‘d también hay otro relato transmitido por Waqidi según el cual Moisés (la paz sea con él) había elegido doce naquib de entre los Hijos de Israel. Conforme a esta orden del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), todos propusieron a doce personas: nueve de los Jazray y tres de los Aws. Según el relato de Ibn Ishaq, la lista es la siguiente:
De los Jazray:
1. As‘ad ibn Zurara (que Dios esté complacido con él). El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo nombró líder de los naquib (naquib al-naquba).
2. Sa‘d ibn al-Rabi‘ (que Dios esté complacido con él). Durante la época de la ignorancia, fue uno de los habitantes instruidos de Medina.
3. Abdullah bin Rawaha (que Dios esté complacido con él). Se le llamaba «Kamil».
4. Rafi bin Malik (que Dios esté complacido con él). En la época de la ignorancia se le llamaba «Kamil».
5. Bara bin Ma’rur (que Dios esté complacido con él). Falleció poco antes de la Hégira. El Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) realizó la oración fúnebre sobre su tumba.
6. Abdullah bin Amr bin Haram (que Dios esté complacido con él). Abrazó la fe la noche del Pacto de Aqaba.
7. Ubadah bin Samit (que Dios esté complacido con él).
8. Sa’d bin Amr (que Dios esté complacido con él). Él también sabía leer y escribir.
Entre los Aws:
1. Usaid bin Hudayr (que Dios esté complacido con él). Se le llamaba «Kamil».
2. Rifa’a ibn Abd al-Mundhir (que Allah esté complacido con él). (Ibn Ishaq dice que los eruditos mencionaron en su lugar a Abu al-Haytham ibn al-Tayyihan).
Entonces el Profeta (s) dijo: «Regresad cada uno a vuestro alojamiento».
La primera reacción de Quraysh al enterarse de la bay’a
El imán Ahmad, Ibn Yarir al-Tabari e Ibn Hisham citan, por autoridad de Muhammad ibn Ishaq, el relato de Ka’b ibn Malik (que Allah esté complacido con él). Al-Waqidi también transmite un relato similar con diversas cadenas de transmisión, que Ibn Sa’d incluyó en al-Tabaqat. El relato dice que, la misma noche en que se celebró la bay’a en Aqaba, la noticia llegó a oídos de Quraysh, y por la mañana sus dirigentes llegaron al campamento de los habitantes de Medina en Mina. Dijeron: «¡Oh, gente de Jazray! Nos ha llegado la noticia de que os habéis reunido con este hombre nuestro —Muhammad (s)—. Queréis sacarlo de entre nosotros y os habéis comprometido con él a combatir contra nosotros. ¡Por Dios! Entre los árabes no hay ningún pueblo con el que nos resulte más desagradable luchar que con vosotros».
En respuesta, los habitantes de Medina que eran idólatras se levantaron y juraron diciendo: «Nada de eso ha ocurrido; no sabemos nada al respecto».
Lo que dijeron era cierto, pues realmente no sabían nada de aquello. Sin embargo, los musulmanes se miraban unos a otros. Después fueron ante el jefe de Quraysh, Abd Allah ibn Ubayy, y le preguntaron sobre el asunto. Él respondió: «Es un asunto tan importante que mi pueblo no podría haberlo hecho sin mí. No sé que haya ocurrido algo así».
Quraysh no quedó satisfecho con estas respuestas y comenzó a investigar en secreto. Después se convenció de que el suceso había ocurrido. Cuando los participantes en la bay’a regresaban a Medina, Quraysh los persiguió. Cerca de las afueras de La Meca, en un lugar llamado Azajir, capturaron a Sa’d ibn Ubada (que Allah esté complacido con él) y a Mundhir ibn Amr (que Allah esté complacido con él). Mundhir logró escapar de ellos. Pero detuvieron a Sa’d ibn Ubada (que Allah esté complacido con él), le ataron las manos al cuello y lo llevaron a La Meca a golpes.
Sa’d (que Allah esté complacido con él) dijo: «Cuando me estaban tratando de aquella manera en La Meca, se presentó ante mí un joven corpulento de tez clara (era Suhayl ibn Amr). Pensé: “Si hay algo bueno en alguno de ellos, debe estar en este”. Pero cuando se acercó a mí, me propinó un puñetazo muy fuerte. Pensé para mis adentros: “No hay nada bueno en él”. Mientras me arrastraban, un hombre me dijo (era Abu al-Bakhtari Hisham): “¡Siervo de Allah! ¿No existe entre vosotros y alguno de Quraysh algún pacto o relación de protección?”. Respondí: “En mi tierra suelo dar protección a las caravanas comerciales de Jubayr ibn Mut’im y de al-Harith ibn Umayya ibn Abd Shams”. (Ibn Sa’d menciona, en lugar de Jubayr, el nombre de su padre, Mut’im ibn Adi). Él dijo: “Entonces invócalo y dile cuál es tu relación con él”. Así lo hice. Entonces él (Abu al-Bakhtari) salió en busca de aquellos dos hombres. Los encontró en el recinto sagrado de la Kaaba y les dijo: “Un hombre de Jazray está siendo golpeado en el valle de Muhassab, entre La Meca y Mina, y os llama a los dos por vuestro nombre. Dice que existe entre él y vosotros una relación de protección”. Ellos preguntaron: “¿Quién es ese hombre?”. Él respondió: “Sa’d ibn Ubada”. Al oírlo, ambos dijeron: “¡Por Dios! Dice la verdad. Él daba protección a nuestros comerciantes y no permitía que nadie los oprimiera”. Fueron y rescataron a Sa’d de manos de los opresores».
Waqidi dice que, cuando los Ansar se enteraron de que Hazrat Sa‘d había desaparecido, se dirigieron hacia La Meca en su búsqueda. Sin embargo, en el camino vieron que Sa‘d regresaba.
La difusión del islam en Medina después de la bay‘a
Después de regresar a Medina, los Ansar comenzaron a difundir el islam con gran rapidez y, impulsados por el fervor religioso, se dedicaron a destruir los ídolos. Ibn Sa‘d ofrece un relato detallado: Abu Abs ibn Yabr y Abu Burda ibn Niyar destruyeron los ídolos de los Banu Haritha; Umara ibn Hazm, As‘ad ibn Zurara, Awf ibn Afra, Salit ibn Qays y Abu Siram, los ídolos de los Banu Nayyar; Ziyad ibn Labid y Farwa ibn Amr, los ídolos de los Banu Bayada; Sa‘d ibn Ubada, Mundhir ibn Amr y Abu Dujana, los ídolos de los Banu Sa‘ida; y Mu‘adh ibn Yabal, Tha‘laba ibn Ghanama y Abdullah ibn Unays, los ídolos de los Banu Salima. Esto permite comprender que, en aquel momento, los musulmanes habían adquirido tal influencia sobre los politeístas de Medina que estos no pudieron impedir la destrucción de aquellos ídolos.
Ibn Hisham relata un episodio curioso al respecto. Entre los jefes de Medina, Amr ibn Yamh, jefe de los Banu Salima, permanecía aferrado al politeísmo. Sin embargo, su hijo Mu‘adh ibn Amr se había hecho musulmán y había regresado después de prestar la bay‘a en Aqaba. En su casa conservaba, con gran veneración, un ídolo de madera llamado Manat. Por lo general, los jefes de los politeístas guardaban en sus casas ídolos de ese tipo. Los jóvenes de la tribu de los Banu Salima, incluido el propio hijo de Amr ibn Yamh, se hicieron musulmanes. Los jóvenes de la tribu de los Banu Samo, incluido el propio hijo de Amr ibn Yamh, se hicieron musulmanes. Por la noche entraban en el santuario de los ídolos, ponían aquel ídolo boca abajo y lo arrojaban a un hoyo donde la gente tiraba desperdicios. Por la mañana, cuando Amr no encontraba su ídolo, armaba un gran alboroto y se ponía a buscarlo. Luego lo sacaba del hoyo, lo lavaba, lo limpiaba, le aplicaba perfume y lo devolvía a su sitio. Después decía: «Si encontrara a quien te ha hecho esto, lo humillaría severamente». Este juego continuó durante algunos días. Un día sacó su ídolo del hoyo y le colgó una espada del cuello. Luego le dijo: «No sé quién te hace esto. Ahora, si tienes alguna fuerza, defiéndete con esta espada».
Durante la noche, el grupo de jóvenes retiró la espada del cuello del ídolo, ató a él un perro muerto y lo arrojó con él a un pozo de los Banu Salima. Por la mañana, mientras lo buscaba, lo encontró dentro del pozo, tendido boca abajo entre desperdicios junto a un perro muerto. Entonces, después de que los musulmanes de su pueblo intentaran convencerlo insistentemente, se le abrieron los ojos y aceptó el islam de todo corazón. (Añadido por el autor.)
Capítulo decimotercero
La emigración a Medina
El primer muháyir
Ibn Yarir e Ibn Hisham dicen que todavía no se había creado en Medina un ambiente general para la hégira; únicamente se había celebrado el segundo juramento de Aqaba (en el duodécimo año de la profecía, durante el mes de Dhul Hiyya). Fue entonces cuando Hazrat Abu Salama (ra), hermano de leche del Profeta (s) e hijo de su tía paterna Barra bint Abd al-Muttalib, decidió emigrar a Medina. Después de haber emigrado a Abisinia y regresar nuevamente a La Meca, había quedado extenuado por las persecuciones y torturas de los incrédulos de La Meca y de su propio clan, los Banu Majzum. Sin embargo, los opresores no le permitieron salir en condiciones seguras para emprender la hégira.
La historia de las dificultades de Hazrat Umm Salama
Ibn Hisham cita, bajo la autoridad de Muhammad ibn Ishaq, el propio relato de Umm Salama: «Cuando mi esposo partió con la intención de emigrar a Medina, yo también salí con él, llevando en brazos a nuestro pequeño Salama. Me sentó a mí y a mi hijo sobre el camello y comenzó a avanzar llevando su rienda. Los familiares de mis padres (los Banu Mughira), al verlo partir, le cerraron el paso y le dijeron: “Tú ya has escapado de nuestro control; vete adonde quieras. Pero no podemos permitir que te lleves a este niño nuestro y vagues con él como un desamparado”. Entonces le arrebataron a Abu Salama la rienda del camello y me llevaron de vuelta. Por otro lado, los familiares de Abu Salama (los Banu Abd al-Asad) se enfurecieron, se presentaron ante ellos y dijeron: “Ya que habéis separado al niño de nuestro hombre, ¿por qué vamos a permitir que nuestro hijo Salama se quede con vosotros?”. Dicho esto, me arrebataron por la fuerza a mi hijo. En medio de aquel forcejeo y tironeo, el brazo del niño se dislocó o quedó descoyuntado (al-Baladhuri dice que permaneció así hasta su muerte). La situación quedó así: ellos se llevaron al niño, y los Banu Mughira me llevaron consigo y me retuvieron. El pobre Abu Salama partió solo hacia Medina. Durante casi un año, mi situación fue tal que salía cada día, me sentaba en un lugar llamado Abtah y lloraba. Un día, uno de los Banu Mughira, que era pariente de mi tío, al ver mi dolorosa situación se compadeció de mí. Fue a decir a los Banu Mughira: “¿Por qué no dejáis marchar a esta pobre desdichada? La habéis separado de su esposo y también de su hijo”. Finalmente me dijeron: “Si quieres ir con tu esposo, puedes marcharte”. Abd al-Asad también me devolvió a mi hijo. Monté en mi camello con él y partí sola hacia Medina. Cuando llegué cerca de Tan‘im, me encontré en el camino con Uthman ibn Talha ibn Abi Talha, de los Banu Abd al-Dar [era el guardián de las llaves de la Kaaba; en las guerras, el estandarte de Quraysh estaba en sus manos. Era uno de los jefes más poderosos de La Meca. En aquella época no solo era politeísta, sino también un acérrimo enemigo del islam y de los musulmanes. Cuando su primo Musab ibn Umayr aceptó el islam, lo sometió a terribles torturas. No tenía ningún parentesco cercano con Hazrat Umm Salama. Abrazó el islam después del Tratado de Hudaybiyya y emigró junto con Jalid ibn al-Walid, según el autor]. Me dijo: “Hija de Abu Umayya, ¿adónde vas?”. Respondí: “A Medina, junto a mi esposo”. Preguntó: “¿No hay nadie contigo?”. Contesté: “Nadie salvo Dios y este niño”. Entonces dijo: “Por Dios, no permitiré que vayas sola”».
Después tomó la rienda de mi camello y siguió caminando. Por Dios, jamás he visto a un hombre más noble que él. Cada vez que llegábamos a una parada, hacía que mi camello se sentara y se alejaba para quedarse de pie a distancia. Cuando yo bajaba del camello con mi hijo, él ataba el animal a algún árbol y se sentaba bajo otro árbol, lejos de mí. Cuando llegaba el momento de reanudar la marcha, traía el camello y lo hacía sentarse; luego se alejaba y me decía: “Monta en el camello”. Una vez que yo había montado, tomaba su rienda y continuaba caminando. Recorrió de este modo todo el camino hasta Medina. Cuando divisó la aldea de los Banu Awf en Quba, me dijo: “Tu esposo está allí. Ve con él. Que Dios te bendiga”. Después regresó a La Meca caminando, del mismo modo que había venido a pie. Al-Baladhuri también relató este suceso en Ansab al-Ashraf.
De esto puede deducirse que, al observar cómo los incrédulos de Quraysh transgredían todos los límites en sus abusos y persecuciones contra los musulmanes, incluso entre los miembros de su propio grupo comenzó a surgir repugnancia hacia aquella opresión y compasión por los musulmanes oprimidos. Quienes poseían cualidades de humanidad y nobleza en aquella sociedad, aunque albergaran hostilidad hacia el islam, comenzaron a mirar con respeto a aquellos hombres de gran carácter de su propio pueblo que, no por ningún interés mundano, sino únicamente por la causa de su fe, soportaban toda clase de opresión y persecución, y que no se apartaban de aquello que, tras haber sido sometidos a toda clase de tormentos, habían aceptado como la verdad.
La orden general de emigrar
Después del último pacto de al-‘Aqaba, en el decimotercer año de la Profecía, durante el mes de Dhul-Hiyya, el Profeta (s) ordenó a los musulmanes de La Meca emigrar a Medina y dijo: «Allah Todopoderoso os ha dado hermanos y ha establecido para vosotros una ciudad donde podéis vivir seguros» (Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq). Tan pronto como recibió esta orden, el primero en partir fue el venerable Amir ibn Rabi‘a al-‘Anzi (ra), acompañado de su esposa Layla bint Abi Hasma. Después emigraron ‘Ammar ibn Yasir (ra), el venerable Bilal (ra) y el venerable Sa‘d ibn Abi Waqqas (ra). Luego partió el venerable ‘Uthman ibn ‘Affan (ra), acompañado de su esposa Ruqayya (ra), hija del Mensajero (ra). Así comenzó una sucesión continua de emigraciones y la gente empezó a dirigirse constantemente hacia este nuevo lugar de emigración. Incluso todos los miembros de algunas familias abandonaron sus casas y partieron. Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, menciona tres familias cuyos miembros emigraron todos, dejando sus casas vacías: primera, los Banu Maz‘un; segunda, los Banu al-Bukayr; tercera, los Banu Jahsh ibn Riyab. Ibn ‘Abd al-Barr dice que, junto con los Banu Jahsh, partieron todos los hombres, mujeres y niños de los Banu Asad ibn Khuzayma. En total, emigraron treinta personas de estas dos familias, entre ellas el primo del Profeta (s), ‘Abdullah ibn Jahsh (ra), y Abu Ahmad Jahsh (ra), cuyo nombre era ‘Abd; sus dos hermanas: la venerable Zaynab bint Jahsh (ra), que más tarde sería una de las Madres de los creyentes, y Hasna bint Jahsh (ra), esposa del venerable Mus‘ab ibn ‘Umayr; así como Umm Habib bint Jahsh (ra), esposa del venerable ‘Abd al-Rahman ibn ‘Awf (ra). Después de que se marcharan, ‘Utba ibn Rabi‘a, ‘Abbas ibn ‘Abd al-Muttalib y Abu Yahl pasaron por aquel lugar. ‘Utba ibn Rabi‘a suspiró profundamente y dijo con tristeza: «Hoy la casa de los Banu Jahsh ha quedado completamente desierta». Abu Yahl dijo: «¿Por qué lloras? Todo esto es obra del sobrino de nuestro hermano (‘Abbas). Ha dividido nuestro grupo, ha roto nuestras relaciones mutuas y ha sembrado la discordia entre nosotros». Después le tocó el turno a Abu Sufyan. Se apoderó de la casa de los Banu Jahsh y la vendió. La razón era que su hija Far‘a o Fari‘a estaba casada con Abu Ahmad ibn Jahsh; así, la herencia de toda la familia de su yerno llegó, mientras él aún vivía, a manos de su suegro. Cuando el venerable ‘Abdullah ibn Jahsh (ra) se quejó ante el Profeta (s) por este abuso de Abu Sufyan, él le dijo: «¿No te satisface obtener una casa en el Paraíso a cambio de tu casa?». Después de la conquista de La Meca, el venerable Abu Ahmad (ra) solicitó al Profeta (s): «Que nos sea devuelta nuestra casa». Ante esto, el Profeta (s) guardó silencio. Los Compañeros (ra) le dijeron: «Al Profeta (s) no le agrada que los emigrados intenten recuperar los bienes que fueron gastados por la causa de Allah». La propia casa del Profeta (s), que estaba en La Meca, fue ocupada después de la emigración por ‘Aqil ibn Abi Talib, quien todavía no había abrazado la fe. Después de la conquista de La Meca, el Profeta (s) no le reclamó aquella casa. (Abu Dawud, Kitab al-Hajj)
Los esfuerzos de los quraysh para impedir que los musulmanes emigraran
Cuando el venerable Suhaib (ra) se dispuso a emigrar, los qurayshitas le dijeron: «Llegaste aquí completamente pobre y te enriqueciste viviendo en nuestra ciudad. ¿Ahora pretendes llevarte de aquí, junto con tu vida, también tus bienes? ¡Por Allah!, eso no puede suceder». El venerable Suhaib respondió: «Si os entrego todas mis riquezas, ¿me dejaréis partir?». Ellos dijeron: «Sí». El venerable Suhaib (ra) les entregó todas sus riquezas y partió con las manos vacías por la causa de Allah. Al enterarse de ello, el Profeta (s) dijo: «Suhaib ha hecho un negocio rentable; Suhaib ha hecho un negocio rentable». Esta es la narración de Ishaq ibn Rahwayh, Ibn Mardawayh, Ibn Hisham y al-Baladhuri, quienes la transmitieron de Abu ‘Uthman al-Nahdi.
Ibn ‘Abd al-Barr escribió en «al-Durar fi Ikhtisar al-Maghazi wa al-Siyar» que, cuando el venerable Suhaib (ra) partió de La Meca, los qurayshitas lo persiguieron con la intención de matarlo y apoderarse de sus riquezas. Al ver que se acercaban, les dijo: «Sabéis que soy el mejor arquero entre vosotros. ¡Por Allah!, ninguno de vosotros podrá acercarse a mí mientras no muera aquel cuya muerte está decretada». Ellos dijeron: «Vete y deja tus bienes». Suhaib (ra) respondió: «Mis bienes ya los he dejado en La Meca. Id a tal lugar y sacadlos de allí». Entonces se marcharon y se apoderaron de sus bienes. Al-Baladhuri transmitió una narración semejante del venerable Sa‘id ibn al-Musayyab (ra).
Al-Bayhaqi y al-Tabarani transmitieron del propio venerable Sa‘id ibn al-Musayyab esta narración del venerable Suhaib (ra): «Cuando partí con la intención de emigrar, unos jóvenes qurayshitas me detuvieron. Cuando se quedaron dormidos, escapé. Sin embargo, en el camino algunos de ellos me alcanzaron y me capturaron. Les dije: “Si regreso a La Meca y os entrego varias uqiyyas de oro —una uqiyya equivale a tres tolas y media, según el autor—, ¿me dejaréis marchar?”. Ellos prometieron dejarme libre. Regresé a La Meca y les dije: “Cavad en tal lugar y sacad el oro; y tomad dos pares de prendas de tal mujer”. De este modo me liberé de ellos y llegué a Quba, donde me presenté ante el Profeta (s). Él me dijo: “Has obtenido una gran ganancia en este negocio”. Yo respondí: “Nadie más conocía este acontecimiento. ¿Quién pudo informarle de ello sino Gabriel?”»
Relato de ‘Ayyash ibn Abi Rabi‘a (ra)
Los demás emigrantes partieron secretamente. Pero Umar (que Dios esté complacido con él) salió abiertamente acompañado de veinte jinetes. Con él iban su hermano Zayd ibn al-Jattab (que Dios esté complacido con él), su cuñado Sa‘id ibn Zayd ibn Amr ibn Nufayl, su yerno Junays ibn Hudhafa (que Dios esté complacido con él), antiguo esposo de Hafsa, y muchos otros compañeros. Al-Bazzar e Ibn Ishaq citan, con una cadena de transmisión auténtica, el relato del propio Umar (que Dios esté complacido con él), quien dijo: «Había acordado con Ayyash ibn Abi Rabi‘a y Hisham ibn As ibn Wa’il que se reunirían con nosotros en un lugar llamado Tanadib, a diez millas de La Meca. Si no llegaban allí a la hora señalada, supondríamos que habían sido detenidos, y los demás avanzarían sin esperarlos. Hisham fue capturado en La Meca, mientras que Ayyash llegó con nosotros a Medina. Abu Yahl ibn Hisham y Hariz ibn Hisham, primos paternos y hermanos uterinos de Ayyash, llegaron después a Medina y, mediante muchos engaños y artimañas, lograron persuadir a Ayyash, diciéndole: “Tu madre ha jurado que, hasta que te encuentre, no se peinará ni pasará del sol a la sombra”. Yo le advertí repetidamente: “Quieren atraparte en una trampa de engaño; no caigas en ella. Cuando los piojos molesten a tu madre, se peinará por sí misma, y cuando el calor del sol en La Meca se vuelva insoportable, se refugiará en la sombra”. Pero el amor filial de Ayyash prevaleció hasta tal punto que me dijo: “Regresaré para cumplir el juramento de mi madre y llevaré conmigo mis bienes”. Le dije: “Te doy la mitad de mis bienes; no te vayas con ellos”. Pero no me hizo caso. Entonces le dije: “Si de todos modos vas a ir y sospechas que las intenciones de esos dos son malas, escapa inmediatamente en esta camella”. Él aceptó esto.»
En cierto punto del camino, Abu Yahl le dijo: «Hermano, mi camello no avanza muy bien. ¿No me llevarás sobre tu camella?». Ayyash respondió: «¿Por qué no?». Entonces ambos desmontaron para que Abu Yahl pudiera subir a la camella de Ayyash; Hariz también hizo arrodillarse a su camello y desmontó. Luego, entre los dos, ataron a Ayyash.
Ibn Ishaq dice: La familia de Ayyash ibn Abi Rabi‘a (que Dios esté complacido con él) me contó que Abu Yahl y Hariz llevaron a Ayyash a La Meca a plena luz del día, atado con una cuerda, mientras los dos hermanos proclamaban: «¡Oh habitantes de La Meca! Enderezad así a vuestros hijos desobedientes, tal como nosotros lo hemos hecho».
Ibn Hisham relata: Personas dignas de confianza me dijeron que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) estaba preocupado y angustiado por Hisham ibn As (que Dios esté complacido con él) y Ayyash ibn Abi Rabi‘a (que Dios esté complacido con él). Dijo: «¿Quién está dispuesto a traerme a estos dos?». Walid ibn al-Mughira, hermano de Jalid ibn al-Walid, dijo: «¡Oh Mensajero de Dios! Estoy dispuesto a realizar este servicio». Entonces fue a La Meca y buscó secretamente a los dos cautivos. Cuando supo que estaban presos en un recinto sin techo, saltó el muro durante la noche, entró, les cortó las cadenas y los llevó a Medina montados en su camello.
La prueba de Abd Allah ibn Suhayl
Entre quienes fueron impedidos por la fuerza de emigrar se encontraba Abd Allah ibn Suhayl ibn Amr. Al-Baladhuri dice que, al enterarse de la emigración a Medina, vino de Abisinia a La Meca con el propósito de emprender una nueva y gran emigración junto al Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Pero su padre, Suhayl ibn Amr, lo encarceló por la fuerza. Él ideó una estratagema para tranquilizar a su padre, haciéndole creer que había regresado a la religión de sus antepasados. Con esta convicción, su padre lo llevó consigo a la batalla de Badr. Cuando los ejércitos se encontraron frente a frente, Abd Allah se unió a los musulmanes. Varios años después, durante la conquista de La Meca, su padre se hizo musulmán y decía: «Dios había reservado para mí un gran bien en la fe de mi hijo Abd Allah».
La permanencia del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en La Meca hasta el último momento
Según el relato de Ibn Ishaq, en total, entre quienes habían llegado a La Meca desde Abisinia con la intención de emigrar a Medina, siete fueron apresados y no pudieron emigrar. Además, en La Meca había bastantes personas que fueron capturadas cuando intentaban emigrar, o que eran tan incapaces que no podían hacerlo, o que conservaban la fe en sus corazones, pero no se atrevían a emigrar debido a su debilidad. Aparte de ellos, todos los que pudieron emigrar se marcharon, y en La Meca solo quedaron el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y Ali (que Dios esté complacido con él).
En Al-Bujari se encuentra un relato de Aisha (que Dios esté complacido con ella) según el cual, cuando Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) manifestó su intención de emigrar a Medina, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) le dijo: «Quédate un poco en tu lugar, pues espero que se me conceda permiso para emigrar». Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dijo: «¡Que mis padres sean sacrificados por usted! ¿Espera usted eso?». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) respondió: «Sí». Por eso Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) permaneció allí para poder emigrar junto con el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Compró dos camellas y se dedicó a cuidarlas. Ibn Hisham e Ibn Yarir, citando un relato de Ibn Ishaq, dicen que cada vez que Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) pedía permiso al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), este le decía: «No te apresures; quizá Dios te conceda un compañero». Por ello, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) esperaba que ese compañero fuera el propio Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Al-Hakim transmite, por autoridad de Ali (que Dios esté complacido con él), que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) preguntó a Gabriel (la paz sea con él): «¿Quién será mi compañero en la emigración?». Él respondió: «Abu Bakr (que Dios esté complacido con él)». Ibn Yarir, citando a Urwa ibn al-Zubayr (que Dios esté complacido con él), dice que Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) había comprado dos camellas para partir con los demás compañeros emigrantes. Cuando esperaba tener el honor de acompañar al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), alimentó y preparó cuidadosamente aquellas dos camellas.
Ibn Hisham e Ibn Yarir, citando a Ibn Ishaq, dicen que el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) no permitió que Ali (que Dios esté complacido con él) partiera, para que permaneciera en La Meca después de él y devolviera los depósitos de aquellas personas que habían confiado al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) sus valiosos bienes para que los custodiara. A este respecto, Ibn Ishaq dice que en La Meca no había nadie que poseyera algo que temiera que fuera robado y que no lo hubiera dejado en depósito al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Esto se debía a que tanto amigos como enemigos confiaban en su honradez y fidelidad.
De este modo, desde el último juramento de fidelidad en Aqaba (12 de Dhul-Hiyya, decimotercer año de la misión profética) hasta Safar (decimocuarto año de la misión profética), el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) permaneció en su lugar durante aproximadamente dos meses y medio, mientras una corriente de emigrantes se dirigía a Medina; y pasó los últimos días en una situación en la que todos sus compañeros habían abandonado La Meca. Permaneció entre los enemigos, solo y acompañado por dos compañeros, porque no le era posible abandonar su campo de acción antes de que llegara la orden de emigrar por parte de Dios, exaltado sea. Al reflexionar, se puede comprender qué inmenso sentido del deber fue el que lo mantuvo firme en su lugar en aquella situación extremadamente peligrosa, y cuán intrépidos fueron quienes permanecieron junto al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), sin temor ni recelo, entre aquellas fieras con forma humana. (Añadido por el autor.)
La preocupación de los coraichitas
Los incrédulos coraichitas estaban ahora seguros de que el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) emigraría a Medina en cualquier momento. También conocían bien las consecuencias de ello. No ignoraban su gran personalidad, sus extraordinarias capacidades ni la fuerza del Corán para conquistar los corazones. Ahora veían que había encontrado un lugar seguro donde establecerse. Dos tribus poderosas y experimentadas en la guerra se habían puesto a su lado como fuerzas auxiliares. Además, se le habían unido algunos de los hombres más valientes y entregados de los propios coraichitas, quienes durante trece años habían soportado toda clase de calamidades, demostrando su firme resolución y constancia, y quienes, al emigrar una y otra vez, habían demostrado también que eran capaces de sacrificar por su causa sus hogares, riquezas, familiares, pueblo y patria. Que un Estado urbano de personas tan entregadas quedara bajo el gran liderazgo del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) equivalía, para el antiguo orden social, a la muerte misma. Además, la situación de Medina era especialmente tal que, al consolidarse allí el poder de los musulmanes, se convirtió en motivo de preocupación para los coraichitas. Esto se debía a que la vida económica de los coraichitas y de las demás grandes tribus politeístas dependía de la seguridad de la gran ruta comercial que iba de Yemen a Siria por la costa del mar Rojo. Ahora esa ruta quedaría bajo la influencia de los musulmanes, quienes, al intervenir en ella, harían extremadamente difícil la supervivencia del sistema de vida pagano. Solo el comercio de los habitantes de La Meca que pasaba por esta ruta desde La Meca hasta Siria, Roma y Egipto superaba anualmente los doscientos cincuenta mil ashrafíes. El comercio de Taif y de otros lugares se sumaba a esa cantidad. Por eso, la noticia del juramento de fidelidad en Aqaba provocó agitación entre los coraichitas. Primero hicieron todo lo posible por separar a los habitantes de Medina del Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), pero fracasaron. Después emplearon todos los medios y estratagemas para impedir la emigración de los musulmanes desde La Meca. Sin embargo, solo lograron retener a un puñado de personas, mientras que un gran número de creyentes llegó a Medina. Finalmente, se prepararon para recurrir al último medio con el fin de conjurar aquel peligro. (Tafhim al-Qurán, tomo 2, introducción a la sura Al-Anfal.)
La decisión de asesinar al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él)
Ibn Hisham, Ibn Saad, Ibn Yarir y Al-Baladhuri dicen que, con el propósito de tomar una decisión definitiva, se celebró una reunión secreta de todos los jefes tribales en Dar al-Nadwa. Se debatió cómo podía cerrarse el camino a aquel peligro. Algunos propusieron encadenar a aquel hombre y mantenerlo prisionero en un lugar, sin liberarlo mientras viviera. Pero esta opinión no fue aceptada, porque muchos consideraban que, si lo encarcelaban, quienes estaban fuera continuarían realizando sus actividades y, una vez que adquirieran cierta fuerza, no vacilarían en arriesgar sus vidas para liberarlo. Otros dijeron que debía ser expulsado de allí: mientras no permaneciera entre ellos, no tendrían que preocuparse por dónde estaba ni por lo que hacía; además, cesaría el desorden que su presencia provocaba en su sistema de vida. Pero esta propuesta también fue rechazada con el argumento de que sus palabras actuaban como la magia y que poseía un enorme poder para conquistar los corazones. Si salía de allí, quién sabe a qué tribus ganaría para su causa; luego adquiriría tal poder que atacaría a los demás para someter el centro de Arabia a su dominio. Finalmente, Abu Yahl dijo: «Elijamos de cada una de nuestras tribus a un hombre noble, astuto y hábil; lancémonos todos juntos contra él y matémoslo. De este modo, la sangre de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) quedará repartida entre todas las tribus. Entonces a los Banu Abd Man af les resultará imposible luchar contra todos y se verán obligados a aceptar el precio de sangre (BLOOD MONEY).»
Todos aprobaron esta opinión y también se designaron los hombres que llevarían a cabo el asesinato. Se fijó asimismo la hora del asesinato. Toda esta deliberación se mantuvo tan en secreto que la noticia no llegó a oídos de nadie, ni siquiera en susurros.
Se ha hecho alusión a este asunto en la sura Al-Anfal:
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(Y, oh Profeta, recuerda también aquel momento) en que los incrédulos tramaban diversas intrigas contra ti: apresarte, matarte o expulsarte. Ellos urdían sus planes, y Allah hacía prevalecer Su plan. Ciertamente, el plan de Allah es el mejor (aleyah 30). (Tafhim al-Qurán, tomo 2, nota 25.)
La autorización para que el Profeta (s) emigrara y sus preparativos
Tirmidhi y Hakim, citando una narración de Ibn Abbas (ra), dicen que cuando la situación llegó a este punto, Allah Todopoderoso autorizó a Su Profeta a emigrar de La Meca y le dijo:
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(Y, oh Profeta,) suplica diciendo: «¡Oh, mi Señor! Hazme entrar con verdad en el lugar de entrada y hazme salir con verdad del lugar de salida, y concédeme una fuerza que me auxilie» (Bani Israil: 80). [No es correcto plantear aquí la objeción de que la aleya mencionada fue revelada mucho antes de la emigración de los Bani Israil. ¿Cómo puede ser correcto presentarla aquí como autorización para la emigración? En realidad, existen muchos ejemplos de que una aleya fue revelada inicialmente y que, posteriormente, fue repetida en una circunstancia particular para que el Profeta (s) supiera que el mandato de esta aleya se aplicaba a tal situación. —El autor.]
Esta autorización se obtuvo el día cuya noche siguiente había sido fijada para asesinar al Profeta (s). [Por eso Allah Todopoderoso había retenido al Profeta (s) en La Meca hasta ese momento: para que los incrédulos de Quraysh llegaran al límite extremo de su enemistad contra la verdad, y entonces se ordenara al Profeta salir de entre ellos. —El autor.] Ibn Sa’d, citando a Waqidi, y al-Tabari e Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, dicen que ese mismo día Yibril (as) acudió al Profeta (s), le informó de las intenciones de Quraysh y le dijo: «Esta noche no dormirás en tu propio lecho».
Luego, al mediodía, fue a la casa de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), cubriéndose el rostro con una tela. En el Sahih al-Bujari se recoge, por autoridad del imán al-Zuhri, el siguiente relato de Urwa ibn al-Zubayr: Aisha (que Dios esté complacido con ella) dijo: «Estábamos sentados en casa al mediodía cuando alguien le dijo a Abu Bakr (que Dios esté complacido con él): “El Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) ha venido aquí con el rostro cubierto, a una hora en la que nunca suele venir”». En al-Tabarani se encuentra el relato de Asma bint Abi Bakr (que Dios esté complacido con ella), quien dijo: «El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) venía diariamente a nuestra casa por la mañana y por la tarde». Este relato también se transmite en el Sahih al-Bujari, en el capítulo sobre la emigración, por autoridad de Aisha (que Dios esté complacido con ella). En Ibn Hisham, por autoridad de Ibn Ishaq, se recoge el relato de Aisha (que Dios esté complacido con ella): «El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) solía visitarnos cada día por la mañana o por la tarde. Sin embargo, aquel día vino al mediodía, una hora en la que normalmente no venía». Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dijo inmediatamente: «Que mis padres sean sacrificados por él; sin duda ha venido a esta hora por algún asunto importante». Entonces el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) pidió permiso para entrar. Una vez dentro, dijo: «Haz que todos salgan de aquí». Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) respondió: «No hay nadie aquí salvo los miembros de tu propia familia». (En un relato transmitido por Musa ibn Uqba, por autoridad de Aisha (que Dios esté complacido con ella), se dice: «En aquel momento no había nadie con Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), excepto mi hermana Asma (que Dios esté complacido con ella) y yo». En Ibn Hisham aparece un relato semejante de Ibn Ishaq. Sin embargo, el relato de Ibn Uqba añade que Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dijo: «Aquí solo están mis hijas; no hay ningún espía que esté tratando de averiguar algo sobre ti».) Entonces el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Se me ha dado permiso para partir de aquí». Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dijo: «Que mis padres sean sacrificados por ti; ¿podré acompañarte?». El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) respondió: «Sí». Abu Bakr dijo: «Toma una de estas dos camellas mías». El Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) respondió: «La tomaré, pero pagando su precio». Ibn Ishaq dice que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) añadió: «La tomaré por el mismo precio que tú pagaste al comprarla». Cuando Abu Bakr mencionó el precio, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Yo te pagaré esa cantidad». Después, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) contrataron, por una remuneración, a Abdullah ibn Uraiqit, un hombre de los Banu Adi, para que les sirviera de guía. Era un experto conocedor de los caminos. (Algunos han dicho que su nombre era Arqad y otros, Arqat, pero el nombre correcto es Uraiqit. Así lo afirmaron Musa ibn Uqba, al-Baladhuri e Ibn Sa’d. Este es el hombre a quien el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), después de regresar de Taif, envió a La Meca como mensajero ante los jefes. Aunque era politeísta, era tan digno de confianza que demostró ser completamente fiable en las delicadas circunstancias de la emigración. Esto ocurrió a pesar de que los coraichitas habían ofrecido una cuantiosa recompensa por información sobre el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). —El autor.)
Lo contrataron para que los guiara, a cambio de una remuneración. Era un experto conocedor de los caminos. Las dos camellas quedaron bajo su responsabilidad, con la condición de que acudiera al lugar que se le indicara y en el momento en que se le convocara.
El suceso de la noche del asesinato
Luego, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) regresó a su casa y permaneció allí hasta la noche, para que los enemigos no sospecharan lo más mínimo que conocía sus intenciones. A la hora fijada de la noche llegaron todos aquellos a quienes se les había ordenado asesinarlo. Según el relato de Ibn Sa’d, eran doce en total: Abu Yahl, Hakam ibn Abi al-As, Uqba ibn Abi Muayt, al-Nadr ibn al-Harith, Umayya ibn Jalaf, al-Harith ibn Qays ibn al-Ghaytala, Zama’a ibn al-Aswad, Tu’ayma ibn Adi, Abu Lahab, Ubayy ibn Jalaf, Nubayh ibn al-Hayyay y Munabbih ibn al-Hayyay. Sin embargo, antes de que llegaran, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) acostó a Ali (que Dios esté complacido con él) en su cama, cubriéndolo con su manto verde de Hadramaut. Por eso, cada vez que los enemigos miraban furtivamente desde fuera, creían que aquel era el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), durmiendo en su cama. Suhayli, citando a algunos eruditos autores de biografías, dice que intentaron saltar el muro para entrar. Pero, al oír desde el interior los gritos de una mujer, se asustaron y se dijeron unos a otros: «¡Por Dios! Sería una terrible deshonra para nosotros en todo el país que no hubiéramos respetado siquiera el honor y la decencia de las mujeres de nuestra tribu». Por esa razón permanecieron sentados fuera durante toda la noche. Esperaban que, muy temprano, cuando el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se levantara, todos pudieran abalanzarse sobre él al mismo tiempo.
El arresto y la liberación de Ali (que Dios esté complacido con él)
Mientras los enemigos mantenían la casa rodeada, en algún momento de la noche el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) salió tranquilamente y pasó entre ellos, arrojándoles tierra. Mientras lo hacía, recitaba los primeros versículos de la sura Ya Sin. Al amanecer, vieron a Ali (que Dios esté complacido con él) levantarse de la cama del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Entonces comprendieron que el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se había marchado mucho antes (Ibn Sa’d, Ibn Hisham, al-Baladhuri, Ibn Yarir y Zad al-Ma’ad).
Ibn Yarir e Ibn Azir escriben que le preguntaron a Ali (que Dios esté complacido con él): «¿Dónde está tu compañero?». Él respondió: «No sé nada de adónde ha ido. No soy su guardián. Vosotros lo expulsasteis y él se marchó». Entonces los enemigos sedientos de sangre se enfurecieron. Lo insultaron, lo golpearon y lo llevaron a la Mezquita Sagrada, donde lo mantuvieron preso durante un tiempo. Pero, pese a su trato cruel, cuando no lograron obtener ninguna información sobre el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), se vieron obligados a liberarlo. No es improbable que la razón de su liberación fuera que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo hubiera dejado encargado de devolver los depósitos confiados por los habitantes de La Meca. Es posible que los incrédulos hubieran sabido que el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) había encomendado esa tarea a Ali (que Dios esté complacido con él), y que por codicia de recuperar sus bienes depositados lo hubieran puesto en libertad. También es posible que sintieran cierta vergüenza: aquel a quien habían ido a matar era un hombre de carácter tan noble que, incluso al abandonar el lugar donde pretendían asesinarlo, estaba preocupado por devolver los bienes confiados por sus enemigos.
El ataque repentino contra la casa de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él)
Después de liberar a Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él), los opresores se dirigieron a la casa de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Ibn Ishaq cita el relato de Hazrat Asma, hija de Abu Bakr (que Dios esté complacido con ella). Se cuenta que, al segundo día, algunos hombres de los quraysh llegaron a nuestra casa. Abu Yahl también estaba con ellos. De pie ante la puerta, me preguntaron: «¿Dónde está tu padre?». Respondí: «No lo sé». Entonces Abu Yahl me dio una bofetada tan fuerte que se me rompió el pendiente y salió despedido. Después se marcharon. (Ibn Hisham e Ibn Yarir).
Salida de La Meca y refugio en la cueva de Zawr
El Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) salió de su casa y se dirigió directamente a la casa de Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Luego, aquella misma noche, ambos se refugiaron en una cueva del monte Zawr, situada a unos tres kilómetros de La Meca. En el Musnad de Ahmad y en el Tirmidhi se relata que, al salir de La Meca, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se detuvo en un lugar llamado «Hazwara», volvió el rostro hacia la Casa de Dios y dijo con voz llena de aflicción:
¡Oh, La Meca! Juro por Dios que eres el lugar que más amo de la tierra de Dios. Y también eres, ante Dios, el lugar que más ama de Su tierra. Si tus habitantes no me hubieran expulsado, jamás te habría dejado.
Después se dirigió hacia Zawr.
El motivo de refugiarse en Zawr
Aquí es necesario comprender por qué razón lógica se eligió el monte Zawr como refugio. Este monte se encuentra al sur de La Meca, en el camino hacia Yemen. Medina Tayyiba, en cambio, está al norte de La Meca, en el camino hacia Siria. Los infieles de La Meca sabían que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) quería emigrar a Medina. Por eso, para
encontrarlo y capturarlo, solo después de fracasar en la búsqueda por los caminos del norte saldrían a buscarlo hacia el este, el sur y el oeste. Por ello, se esperaba que tardaran bastante tiempo en llegar a la cueva de Zawr.
Los preparativos de Abu Bakr durante la estancia en Zawr
Antes de partir hacia la cueva de Zawr, Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— completó todos los preparativos. [En el Musnad de Ahmad, al-Tabarani y la Sira de Ibn Hisham se cita, transmitida por Ibn Ishaq, la narración de Asma bint Abi Bakr —que Dios esté complacido con ella—. Asma dijo: «Cuando nuestro padre se marchó, se llevó consigo todo su dinero, aproximadamente cinco o seis mil dírhams». (Según al-Baladhuri, antes de aceptar el islam poseía cuarenta mil dírhams). Después, nuestro abuelo Abu Quhafa —que era ciego y aún no había aceptado el islam— nos dijo: «Me parece que se ha llevado consigo tanto sus bienes como su vida». Respondimos: «No, abuelo; ha dejado muchas cosas buenas para nosotros». Entonces colocamos algunas piedras en el estante donde nuestro padre guardaba sus bienes y las cubrimos con una tela. Luego llevamos allí a nuestro abuelo y le dijimos: «Tócalas con la mano». Él puso la mano encima y dijo: «Si os ha dejado todo esto, entonces es suficiente». La realidad era que nuestro padre no nos había dejado dinero alguno. Yo solo quería consolar a mi abuelo —el autor—.] En al-Bujari se encuentra la siguiente narración de Aisha —que Dios esté complacido con ella—: «Preparamos apresuradamente el equipaje para dos viajeros y colocamos en una bolsa las provisiones necesarias para el viaje». Abu Bakr ordenó a su inteligente y astuto hijo Abdullah que permaneciera durante el día entre los habitantes de La Meca, recogiera información y por la noche se reuniera con ellos para comunicarles todas las noticias del día. Ordenó a su esclavo liberado, Amir ibn Fuhayra —que Dios esté complacido con él—, que durante el día siguiera pastoreando normalmente nuestras cabras y permaneciera atento a las noticias de los habitantes de La Meca. Luego, por la noche, debía llevarnos también leche e informarnos de todas las novedades. Ibn Ishaq dice que Asma —que Dios esté complacido con ella— enviaba alimentos frescos cada noche. [Aquí surge una duda que es necesario despejar. Se ha mencionado anteriormente que, cuando los incrédulos preguntaron a Ali —que Dios esté complacido con él—: «¿Dónde está tu compañero?», él respondió: «No lo sé». Después se ha mencionado que, cuando fueron a la casa de Abu Bakr y le preguntaron dónde estaba, Asma —que Dios esté complacido con ella— respondió: «No lo sé». Sin embargo, por lo que ocurrió después se sabe que, entre las disposiciones que Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— tomó antes de dirigirse a la cueva de Zawr, se encomendaron a Asma —que Dios esté complacido con ella— algunas tareas de servicio. También se ha mencionado que Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— se llevó todo el dinero de la casa. Pero Asma dijo a su abuelo que había dejado muchas cosas. Esto hace surgir la pregunta de si tales afirmaciones no eran mentiras. La respuesta es que, respecto de los dos primeros asuntos, existen dos posibilidades semejantes. Una posibilidad es que Ali —que Dios esté complacido con él— y Asma —que Dios esté complacido con ella— no supieran en aquel momento dónde se encontraban el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— y Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— cuando se les formularon esas preguntas. La segunda posibilidad, igualmente legítima, es que sí lo supieran, pero se negaran a decírselo al enemigo porque ayudar al opresor a cometer una injusticia diciendo la verdad, en vez de afirmar lo contrario de lo ocurrido, es una acción muchas veces peor; en cambio, proteger al oprimido de la injusticia diciendo algo contrario a lo ocurrido no es en absoluto una mala acción, sino que es perfectamente lícito según la ley religiosa, la moral y la razón. Solo un necio podría considerarlo ilícito y afirmar obstinadamente que se debía haber indicado a los asesinos la ubicación exacta de la cueva de Zawr. O que se les debía haber dicho: «Sabemos dónde están, pero no os lo diremos», con lo cual los asesinos los habrían torturado hasta arrancarles la verdad. En cuanto a las palabras que Asma —que Dios esté complacido con ella— dirigió a su abuelo, son un claro ejemplo de tawriya. Tawriya significa ocultar la realidad por conveniencia o por una circunstancia apropiada, en lugar de decir una mentira manifiesta. Esto es lícito en la ley religiosa. Asma —que Dios esté complacido con ella— no dijo que su padre hubiera dejado una gran riqueza, sino que había dejado muchas cosas buenas. Después hizo que su abuelo pusiera la mano sobre el montón colocado en el estante. El abuelo creyó que se trataba de un montón de dinero, pero Asma no dijo que aquel montón contuviera dinero. Así, sin mentir, protegió a su anciano y ciego abuelo de la angustia en la que estaba sumido por temor a quedar sin recursos —el autor—.] (Ibn Hisham).
Descripción de la cueva de Zawr
Al-Bayhaqi cita, bajo la autoridad de Muhammad ibn Sirin, una narración mursal en la que se relata que, en cierta ocasión, durante una reunión de Umar —que Dios esté complacido con él—, algunas personas dijeron cosas que dejaban claro que estaban considerando a Umar —que Dios esté complacido con él— superior a Abu Bakr —que Dios esté complacido con él—. Entonces Umar —que Dios esté complacido con él— dijo: «¡Por Dios! Una noche de Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— es mejor que toda la familia de Umar, y un día de Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— es mejor que toda la familia de Umar».
Luego relató que, la noche en que el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— se dirigió a la cueva y Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— lo acompañaba, la situación era tal que Abu Bakr caminaba unas veces delante y otras detrás. Cuando el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— le preguntó la razón, respondió: «¡Oh, Mensajero de Dios! Cuando recordaba a quienes nos perseguían, caminaba detrás; y cuando temía que pudiera haber algún peligro delante, avanzaba». El Mensajero —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— dijo: «Quieres decir que, si surgiera algún peligro, este recayera sobre ti y no sobre mí, ¿verdad?». Él respondió: «Sí». Cuando llegaron a la cueva, Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— dijo: «Espere aquí un momento; entraré para limpiar y asegurar la cueva para usted». Entró, aseguró la cueva y salió. Pero recordó que había quedado otro agujero. Volvió a entrar, lo tapó y salió. Entonces invitó al Mensajero —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— a entrar. Algunas narraciones añaden que Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— palpó la oscuridad, buscó los agujeros uno por uno y los fue tapando, rasgando para ello su manto. Hafiz Abu al-Qasim al-Baghawi transmitió una narración semejante bajo la autoridad de Ibn Abi Mulayka. Al final cita el relato de Nafi ibn Umar al-Yumahi, según el cual quedó un agujero en la cueva y Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— lo tapó con el talón para impedir que saliera de allí algún animal venenoso y mordiera al Mensajero —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él—. Esto mismo fue transmitido por al-Bazzar bajo la autoridad de Jabir ibn Abdullah —que Dios esté complacido con él— y por al-Tabarani bajo la autoridad de Asma —que Dios esté complacido con ella—.
El momento de máxima angustia en la cueva de Zawr
Mientras tanto, los coraichitas se dispersaron por las calles y callejuelas de La Meca y sus alrededores en busca del Profeta (s). Balazurí dice que después contrataron a dos rastreadores expertos para que pudieran encontrar al Profeta (s) siguiendo sus huellas. Así llegaron hasta la cueva de Zawr. Pero allí vieron que en la entrada de la cueva había una telaraña tejida. Uno de los rastreadores, Qurayz bin Alqama, dijo: «No hay ninguna señal de que alguien haya pasado más allá de aquí». Uno de los que habían venido con los rastreadores dijo: «¿Por qué no entramos en la cueva para comprobarlo?». Pero Umayya bin Jalaf dijo: «¿Qué vais a encontrar aquí? Parece que esta telaraña de la cueva fue tejida antes del nacimiento de Muhammad (s)». Después de esto, todos se retiraron. Fue entonces cuando Hazrat Abu Bakr (r.a.) vio a los enemigos de pie justo en la entrada de la cueva y le dijo al Profeta (s): «¡Oh, Mensajero de Allah! Si alguno de ellos mira hacia sus pies, nos verá». El Profeta (s) respondió con absoluta serenidad: «¡Oh, Abu Bakr! ¿Qué piensas de dos personas de las cuales Allah es el tercero?» (Bujari, Kitab Fada’il Ashab an-Nabi, Kitab at-Tafsir y Bab al-Hiyra; Muslim, en Fada’il; Tirmidhi, en Tafsir; Musnad Ahmad; y Murabbiyat Abi Bakr).
El hafiz Abu Bakr Ahmad bin Ali al-Usabi ha citado en el Musnad de Abi Bakr as-Siddiq varias narraciones sobre este asunto. En una de ellas se dice que, mientras estaban de pie en la entrada de la cueva, el Profeta (s) estaba rezando y Hazrat Abu Bakr (r.a.) observaba los movimientos del enemigo. Cuando el Profeta (s) terminó la oración, Hazrat Abu Bakr (r.a.) dijo: «Que mis padres sean sacrificados por usted; su pueblo ha llegado hasta aquí buscándolo. ¡Por Allah! No lloro por mí mismo, sino por temor a que, ante mis ojos, le alcance algún daño». El Profeta (s) dijo: «***************************** —No temas; Allah está con nosotros».
Allah ha mencionado precisamente este hecho en el Sagrado Corán:
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«Si no ayudáis al Profeta de Allah, sabed que Allah ya lo ayudó cuando era uno de los dos, cuando ambos estaban en la cueva y él decía a su compañero: “No temas; Allah está con nosotros”» (At-Tawba: 40).
Proclamación general de una recompensa por matar o capturar al Profeta (s) y a Hazrat Abu Bakr (r.a.)
Este fue el último intento que permitió a los enemigos esperar encontrar al Profeta (s). Cuando no lo encontraron aquí, en la cueva, comprendieron que el Profeta (s) había quedado fuera de su alcance. Entonces proclamaron públicamente que a quien trajera capturados o matara a Muhammad (s) y a Abu Bakr (r.a.) se le entregarían cien camellos por cada uno. Esta es la narración de Balazurí, que Ibn al-Qayyim aceptó en Zad al-Ma‘ad. Ibn Hisham e Ibn Yarir solo mencionan una recompensa de cien camellos por traerlos capturados. Balazurí cita esta versión como una opinión débil.
Partida desde la cueva
En Bujari se encuentra el relato de Aisha (que Dios esté complacido con ella), según el cual el Mensajero (s) y Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) permanecieron en la cueva durante tres días y tres noches. En Tabarani aparece un relato similar de Asma (que Dios esté complacido con ella), y lo mismo se desprende de los relatos de Ibn Abd al-Barr, Ibn Sa‘d e Ibn Ishaq. Por ello, no es aceptable el relato citado por Musnad Ahmad y al-Hakim, procedente de Talha al-Basri, según el cual permanecieron en la cueva más de diez días. La realidad es que, durante tres días y tres noches, la búsqueda del Mensajero (s) por parte de los qurayshíes se había debilitado. Por consiguiente, en la última vigilia de la tercera noche, Abd Allah ibn Uraiqit llegó a la cueva de Zawr con las dos camellas que le habían sido confiadas. En el momento preciso, también llegó Asma (que Dios esté complacido con ella) con provisiones en una bolsa. Sin embargo, no había pensado en llevar nada con lo que atarla. Finalmente, se quitó su nitaq y lo desgarró. En aquella época se llamaba nitaq a la tela que las mujeres se envolvían alrededor de la cintura. Con una parte del nitaq ató los alimentos y los colgó de la litera de la camella, y dejó la otra parte con longitud suficiente para ceñírsela a la cintura (según los relatos de Ibn Hisham, Ibn Yarir e Ibn Ishaq). Por ello, Asma (que Dios esté complacido con ella) fue llamada «Dhatu al-Nitaqayn», es decir, «la de los dos cinturones».
En Bujari aparece el propio relato de Asma (que Dios esté complacido con ella): cuando fue necesario atar el recipiente para guardar los alimentos, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) le ordenó que desgarrara su nitaq. Después, la caravana partió de la siguiente manera: el Profeta (s) iba sobre una camella y Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), sobre la otra. Este hizo sentar detrás de él, para servirle, a Amir ibn Fuhayra (que Dios esté complacido con él). Delante de ellos, Abd Allah ibn Uraiqit caminaba a pie para mostrarles el camino. Así comenzó el viaje de aquella gran Hégira, que provocó una revolución en la historia del mundo. Ibn Sa‘d y al-Baladhuri afirman con certeza que la marcha de aquella bendita caravana desde la cueva de Zawr comenzó el lunes 4 de Rabi al-Awwal. El imán Ahmad, citando el relato de Ibn Abbas (que Dios esté complacido con él), dice que el Mensajero (s) partió de la cueva un lunes del mes de Rabi al-Awwal, pero no menciona la fecha. Al-Qastallani escribió en al-Mawahib al-Ladunniyya que el Mensajero de Dios (s) pasó en la cueva el viernes, el sábado y el domingo, junto con tres noches, y partió de allí el lunes por la noche. Ibn Yarir dice que, en Rabi al-Awwal del año 54 del Año del Elefante, el Profeta (s) emigró de La Meca a Medina.
Relato del viaje
De la narración de Ibn Ishaq en la Sira de Ibn Hisham se sabe que, cuando Abd Allah ibn Uraiqit partió con aquella caravana, evitó la ruta habitual y tomó otro camino hacia Medina para protegerse de los enemigos. Ibn Sa‘d dice que, como Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) viajaba con frecuencia por motivos comerciales, la gente lo reconocía al verlo y preguntaba: «¿Quién es este hombre que te acompaña?». Él respondía: **********************************************
—Es un hombre que me muestra el camino. En Tabarani, procedente de Asma, y en el Musnad de Ahmad al-Marwiy, procedente de Anas ibn Malik (que Dios esté complacido con él), así como en el capítulo de la Hégira de Bujari, procedente de Anas (que Dios esté complacido con él), se han transmitido declaraciones casi idénticas. [Este es también un brillante ejemplo de tawriya. Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) no dijo que él era Muhammad (s), sino que dijo: «Mi guía». El interlocutor entendió que le mostraba el camino. Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dijo una verdad exacta: «Él es mi guía».]
En Bujari y Muslim aparece el siguiente relato de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él): «Continuamos viajando hasta el mediodía del segundo día. Cuando el calor del sol se hizo intenso, miramos alrededor para ver si podíamos encontrar alguna sombra. Vimos que había sombra bajo una enorme roca. Fuimos allí, extendí un lecho para el Profeta (s) y le dije: “Descanse un poco”. Luego seguí observando alrededor para ver si alguien venía buscándonos. En ese momento, un muchacho que pastoreaba cabras se dirigió hacia aquella roca para refugiarse en la sombra. Le pregunté: “¿Podrías ordeñar para nosotros la leche de alguna de tus cabras?”. Aceptó. Limpié la ubre de la cabra y las manos del muchacho, y le hice ordeñar la leche en un recipiente. Después le añadí un poco de agua para enfriarla y se la llevé al Profeta (s), quien la bebió.»
Después, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) relató el episodio de Suraqa ibn Malik ibn Yushum, que el imán Bujari cita brevemente en «Los méritos de los emigrantes» y en el capítulo de la Hégira, y el imán Muslim, en el Libro del ascetismo, capítulo de la Hégira. Sin embargo, el relato detallado aparece en una narración de Bujari, en el capítulo de la Hégira, transmitida por el imán al-Zuhri, según las palabras del propio Suraqa y por medio de su sobrino Abd al-Rahman ibn Malik [el autor de Ibn Hisham corrigió su nombre y dijo: Abd al-Rahman ibn al-Harith ibn Malik ibn Yushuma]. También se encuentra con detalle en la Sira de Ibn Hisham, las Tabaqat de Ibn Sa‘d y otras obras.
El episodio de Suraqa
Suraqa era el jefe de los Banu Mudlis. Su territorio se encontraba cerca de Qudayd. Él narró lo siguiente: Un hombre de Quraysh vino a nosotros con el mensaje de que se entregarían cien camellos, es decir, la diyah, a cada persona que matara o capturara a Muhammad (s) y a Abu Bakr (ra). Un día estaba sentado en una reunión de mi pueblo cuando llegó un hombre y me dijo: «Acabo de ver a unas personas avanzando por la costa. Creo que son Muhammad (s) y su compañero». Comprendí que seguramente eran ellos, pero le dije: «No, has visto a fulano y mengano, que acaban de pasar delante de nosotros». Después de permanecer un rato más en aquella reunión, me levanté y regresé a casa. Luego salí discretamente a caballo, para que los demás no supieran que me había marchado. Según una narración de Ibn Shihab, Suraqa dijo: «Lo hice por temor a que los habitantes de la aldea participaran de mi recompensa». Cuando me acerqué a ellos, de repente caí del caballo. Saqué las flechas de adivinación y consulté el augurio, pero salió contrario a mi deseo. Sin hacerle caso, continué avanzando. Me acerqué tanto a ellos que pude escuchar claramente la recitación del Mensajero de Allah (s). El Profeta (s) no volvía la cabeza para mirar a ningún lado; Abu Bakr (ra), en cambio, miraba repetidamente en todas direcciones. De pronto, las patas de mi caballo se hundieron en la tierra hasta las rodillas y caí de su lomo. La narración de Abu Bakr (ra), transmitida por Bara ibn Azib (ra), dice que Abu Bakr (ra) contó: «Estábamos atravesando entonces un terreno duro. Dije: “Nuestro perseguidor se ha acercado mucho”. El Profeta (s) hizo una súplica y el caballo se hundió en la tierra hasta el vientre». Anas (ra) relata que el Profeta (s) dijo: «¡Oh, Allah! Hazlo caer». Suraqa dice: «Volví a sacar las flechas de adivinación, y el resultado fue contrario a mi deseo. Entonces grité pidiendo seguridad. Ellos se detuvieron y me acerqué a ellos montado en mi caballo. Por todo lo que me había ocurrido comprendí que la misión del Mensajero de Allah (s) alcanzaría ciertamente el éxito». En la narración de Muhammad ibn Ishaq transmitida por al-Zuhri y recogida por Ibn Hisham se dice que Suraqa gritó: «Soy Suraqa ibn Ju‘shum. Dadme la oportunidad de hablar. ¡Por Allah! No os haré ningún daño ni saldrá de mi boca palabra alguna que os resulte insoportable». Suraqa dice: «Le dije al Mensajero de Allah: “Tu pueblo ha anunciado una diyah por ti, y la gente anda de un lado a otro con la esperanza de obtener la recompensa”. Después expresé mi deseo de proporcionarles provisiones y pertrechos para el viaje. Él no pidió nada más que que no revelara a nadie su paradero. Le pedí que me escribiera un salvoconducto. Dio la orden a Amir ibn Fuhayra (ra), quien me entregó el documento escrito sobre un trozo de cuero. Anas ibn Malik (ra) relata que Suraqa pidió: “¡Oh, Profeta de Allah! Ordenadme lo que deseéis”. El Profeta (s) dijo: “Quédate en tu lugar y no permitas que nadie llegue hasta nosotros”. Así, quien pocos momentos antes había sido enemigo acérrimo de sus vidas se convirtió en su protector. Ibn Sa‘d dice que, después, cada vez que alguien acudía siguiendo las huellas del Profeta (s) para buscarlo, Suraqa le decía: «Regresa. Estoy seguro de que él no se encuentra por aquí. Y vosotros sabéis cuán aguda es mi vista y cuán experto soy en el espionaje».
Ibn Ishaq y Musa ibn ‘Uqba citan la narración de Suraqa, quien dijo: «Conservé el salvoconducto escrito que había recibido. Años después, cuando el Mensajero de Allah (s), tras regresar de las batallas de Hunayn y Ta’if, se encontraba en Ji‘rana, acudí ante él, le presenté aquel escrito y le dije: “Soy Suraqa ibn Ju‘shum, y este es el documento o salvoconducto que vos me escribisteis”. Él respondió: “Hoy es el día de cumplir la promesa y hacer valer el derecho. Acércate”. Me acerqué al Profeta (s) y abracé el islam». Al-Tabarani narra un breve resumen de todo este episodio de Suraqa basándose en el relato de Asma bint Abu Bakr (ra).
En al-Isti‘ab, Ibn Abd al-Barr, y en al-Isaba, Ibn Hayar, citan, por medio de Sufyan ibn ‘Uyayna, la narración mursal de Hasan al-Basri, según la cual el Mensajero de Allah (s) se dirigió a Suraqa ibn Malik y le dijo: «¿Cómo será el día en que lleves los brazaletes de Cosroes?». Algunos años después de estas palabras, cuando llevaron ante Umar (ra) los brazaletes, el cinturón y la corona del rey de Persia, llamó a Suraqa, se los puso y le dijo: «Levanta las manos y di: “Alabado sea Allah, que arrebató estas cosas a Cosroes ibn Hormuz, quien decía: ‘Yo soy el señor de los hombres’, y se las puso a Suraqa ibn Malik ibn Ju‘shum, un beduino de los Banu Mudlis”». Suhayli ofrece un relato detallado de este acontecimiento en Rawd al-Unuf. Como no se considera necesario ampliar la extensión de la obra, se ha omitido aquí.
La historia de Umm Ma‘bad
Apenas hubo atravesado la región de Qudayd, esta noble caravana llegó a la morada de Umm Ma‘bad, una mujer de los Banu Juza‘a. Algunos autores han señalado que este episodio ocurrió antes del de Suraqa, mientras que otros lo sitúan después. Consideramos anterior el episodio de Suraqa porque Abu Bakr (ra), al relatar los acontecimientos posteriores a la partida de la cueva, menciona primero este episodio. Probablemente por esta razón, el hafiz Ibn al-Qayyim también lo considera anterior en Zad al-Ma‘ad.
Ibn Juzayma, al-Hakim, al-Bayhaqi, al-Bagawi, Ibn Abd al-Barr, al-Tabarani, Ibn Sa‘d y otros lo citan con diversas cadenas de transmisión. El imam al-Bujari también incluyó en su Historia, basándose en el propio relato de Umm Ma‘bad, que cuando la caravana atravesaba Qudayd llegó en el camino a la tienda de Umm Ma‘bad (Atika bint Jalid), perteneciente a los Banu Ka‘b, una rama de la tribu de Juza‘a. Umm Ma‘bad era una anciana honorable. Su familia acostumbraba a hospedar a quienes viajaban por aquella ruta. Cuando el Mensajero de Allah (s) y su compañero llegaron allí, ella estaba sentada en el patio, delante de su tienda. Era una época de hambruna y toda la región padecía grandes dificultades. Los viajeros dijeron a Umm Ma‘bad: «Danos de comer cualquier leche, carne o dátiles que tengas. Te pagaremos su precio». Ella respondió: «¡Por Allah! Si tuviéramos algo, no dudaríamos en hospedaros». En ese momento, la mirada del Mensajero de Allah (s) cayó sobre una cabra en un rincón de la tienda. Preguntó: «Madre de Ma‘bad, ¿cómo está esa cabra?». Ella respondió: «La pobre, por su extrema delgadez y debilidad, no ha podido salir a pastar con las demás cabras». El Profeta (s) preguntó: «¿Puede dar algo de leche?». Ella respondió: «Está demasiado débil para dar leche». El Profeta (s) dijo: «Si me das permiso, puedo ordeñarla». Ella respondió: «¡Que mis padres sean sacrificados por vos! Si podéis extraer de ella algo de leche, hacedlo sin duda». El Profeta (s) hizo que acercaran la cabra, le ató las patas, pasó la mano por sus ubres —o, según otra versión, por su lomo— y suplicó: «¡Oh, Allah! Bendice las cabras de esta mujer». Luego comenzó a ordeñarla pronunciando el nombre de Allah. ¡Qué magnífico es el poder de Allah! La cabra extendió las patas y comenzó a rumiar, mientras la leche brotaba abundantemente de sus ubres. El Profeta (s) pidió un recipiente lo bastante grande como para contener leche suficiente para que bebiera hasta saciarse todo un grupo. Continuó ordeñando hasta llenar el recipiente por completo. Se formó espuma sobre la leche; primero hizo que Umm Ma‘bad bebiera hasta saciarse, después bebieron sus compañeros hasta saciarse y finalmente bebió él mismo. Luego dijo: **************************
—quien da de beber a los demás bebe él mismo al final.
Luego volvió a llenar de leche el recipiente y se lo entregó a Umm Ma‘bad, diciendo: «Cuando llegue el padre de Ma‘bad, le daré esta leche».
Umm Ma‘bad describe el noble aspecto del Profeta (s)
Poco después, su esposo regresó a la vivienda con un rebaño de cabras débiles y demacradas. Al ver el recipiente lleno de leche, preguntó sorprendido: «Madre de Ma‘bad, ¿de dónde ha salido esta leche?». Ella respondió: «¡Por Dios!, por aquí pasó un hombre bendito; él fue quien hizo todo esto». Después le relató a su esposo todo lo sucedido. Él dijo: «Descríbeme un poco su aspecto, para que pueda escucharlo». Ella (Umm Ma‘bad) continuó: «Vi a un hombre de gran belleza. Su rostro era resplandeciente, su carácter, puro y casto; su cuerpo no era ni grueso ni delgado. Era hermoso y alegre. Tenía dos ojos negros, largas pestañas, una voz elevada pero no áspera, pupilas negras y escleróticas blancas. Sus cejas no estaban ni unidas ni demasiado separadas, y entre ambas había unos pocos pelos. Su cabello era completamente negro, su cuello, ancho, y su barba, espesa. Cuando guardaba silencio, inspiraba dignidad; cuando hablaba, su voz se extendía por todas partes, y al hablar parecía que perlas y gemas caían de sus labios. Sus palabras eran dulces y claras; no hablaba ni demasiado poco ni demasiado. Si se le escuchaba desde lejos, su voz parecía muy fuerte, pero resultaba agradable; de cerca, se percibía dulce, melodiosa y refinada. Su complexión era mediana: no era excesivamente alto ni corpulento, pero tampoco bajo o pequeño. Entre sus compañeros era el más apuesto y el más digno. Sus compañeros lo rodeaban, escuchaban con gran atención sus palabras y se apresuraban a cumplir sus órdenes. Era servicial y querido por todos; no era irritable ni de trato áspero».
Al oír esto, Abu Ma‘bad dijo: «¡Por Dios!, este es precisamente el hombre de Quraysh cuya mención hemos escuchado. Si me encontrara con él, le pediría acompañarlo. Si se presenta una oportunidad semejante, sin duda lo intentaré». (Al-Bayhaqi e Ibn Sa‘d citan esta declaración de ‘Abd al-Malik ibn Wahab al-Majzahi: «Me ha llegado la noticia de que Abu Ma‘bad se hizo musulmán, emigró y se presentó al servicio del Profeta (s)». En la narración que el hafiz Abu Nu‘aym cita de ‘Abd al-Malik se añade que Umm Ma‘bad también se hizo musulmana, emigró y llegó al servicio del Profeta (s)).
La espera del pueblo de Medina por la llegada del Profeta (s)
La noticia de que el Mensajero de Allah (s) había salido de La Meca ya había llegado a Medina. Al-Bujari la transmite en el capítulo de la emigración, por la cadena de al-Zuhri, de ‘Urwa ibn al-Zubayr. Ibn Ishaq también la cita. Al-Hakim y Musa ibn ‘Uqba explican que ‘Urwa (ra) escuchó este relato personalmente de su honorable padre, al-Zubayr ibn al-‘Awwam (ra): los musulmanes salían cada mañana, se sentaban en el camino de La Meca y regresaban a sus casas después de permanecer allí hasta que el calor del sol se volvía insoportable. Ibn Sa‘d, citando a al-Waqidi, dice que los emigrantes estaban preocupados por el retraso de la llegada del Profeta (s). Cada día, los ansar y los emigrantes iban a Harra al-‘Asaba y se sentaban allí, esperando hasta que el calor del sol se intensificaba. Cuando una gran roca se quema y ennegrece por la erupción de materia fundida desde el subsuelo, se la llama «harra». Alrededor de Medina se encuentran grandes piedras de este tipo. «Harrat al-‘Asaba» era el nombre de la roca situada fuera de Quba, en el camino de La Meca; también se la llamaba Harra de Quba —autor—. Ibn Jarir e Ibn Hisham, citando a Ibn Ishaq, transmiten el relato de ‘Abd al-Rahman ibn ‘Uwaym ibn Sa‘ida: «Varios compañeros de mi pueblo me contaron que, en cuanto recibimos la noticia de que el Profeta (s) había salido de La Meca, comenzamos a esperar su llegada. Era la estación calurosa; por eso, cuando el calor del sol se intensificaba y no había sombra en ningún lugar, regresábamos a casa al mediodía». Al-Bazzar también transmite un relato semejante de ‘Umar (ra).
Esto constituye una gran señal de que el Mensajero (s) no abandonaba su amada patria natal para dirigirse a un lugar nuevo como quien busca refugio. Por el contrario, gracias a la misericordia de Allah, para su emigración encontró un lugar cuyos habitantes anhelaban contemplar el camino por el que llegaría.
La llegada del Profeta (s) a Quba
Era mediodía, y la gente, después de esperar al Profeta (s), había regresado a sus casas. Fue entonces cuando él llegó a Quba acompañado de sus compañeros. Entre las aldeas cercanas a Medina, Quba era la más famosa. Existen dos relatos sobre la llegada del Profeta (s) a Quba, que aparentemente parecen contradictorios. Según uno de ellos, cuando el Profeta (s) llegó cerca de Harra de Quba, se detuvo en uno de sus lados. Luego enviaron a un hombre para informar a los ansar. En cuanto recibieron la noticia, acudieron, saludaron al Profeta (s) y a Hazrat Abu Bakr (r.a.) y dijeron: «Vengan con toda tranquilidad; nosotros les somos leales». Este es el relato de Hazrat Anas (r.a.) transmitido por Bujari, y también Ibn Sa‘d lo cita con su autoridad. En el relato de Hazrat Anas (r.a.) transmitido por el Musnad de Ahmad y por Bayhaqi se añade que, apenas se supo de la llegada del Profeta (s), quinientas personas corrieron para recibirlo.
Existe otro relato según el cual, cuando el Profeta (s) llegó cerca de Quba, un judío que había subido a la torre de su pequeña fortaleza por algún asunto lo vio acercarse y gritó en voz alta: «¡Oh, Banu Qayla! ¡Aquí ha llegado vuestro jefe!». [Como Aws y Jazray eran hijos de la misma madre, cuyo nombre era Qayla, se los llamaba Banu Qayla. El anuncio del judío —«Ha llegado vuestro jefe»— deja claro que todos los creyentes, politeístas y judíos de Medina ya sabían que el Mensajero de Allah (s) no llegaba como un solicitante de refugio, sino como líder de los ansar de Medina y poderoso gobernante. Los distintos narradores han citado este anuncio del judío con diferentes palabras. Nosotros hemos adoptado las palabras de un solo relato, pues no habría provecho en alargar el artículo citando todas las versiones (el autor).] Al oír esto, los Banu Amr ibn Awf, que vivían en Quba, elevaron al unísono el grito de takbir y, armados, avanzaron para dar una cálida bienvenida al Profeta (s). Mientras tanto, el Mensajero de Allah (s) y Hazrat Abu Bakr (r.a.) habían desmontado de sus respectivas monturas y se encontraban a la sombra de una palmera. Una enorme multitud de ansar llegó al lugar donde el Profeta (s) había desmontado, llena de intensa emoción y entusiasmo. La gente se abalanzaba sobre ellos, impulsada por una emoción incontenible. Sin embargo, no sabían cuál de aquellos dos era el Mensajero de Allah (s). Por eso, al principio comenzaron a saludar a Hazrat Abu Bakr (r.a.). Pero cuando el sol empezó a dar sobre el cuerpo del Profeta (s), Abu Bakr (r.a.) se levantó y lo protegió del sol con su manto. Entonces la gente comprendió cuál de ellos era el Profeta (s), y todos comenzaron a saludarlo. Bujari transmite este relato de Hazrat Urwa ibn Zubayr; Muhammad ibn Ishaq, de Abdurrahman ibn Uwaym ibn Sa‘ida; e Ibn Sa‘d, de Waqidi. Hakim, Musa ibn Uqba, Ibn Jarir al-Tabari, Baladhuri y muchos otros también narran este acontecimiento.
La aparente discrepancia entre estos dos relatos en realidad no es ninguna discrepancia. Parece que, por un lado, después de que el Profeta (s) llegara allí, posiblemente envió a Amir ibn Fuhayra o a Abdullah ibn Urayqit para anunciar su llegada; y, por otro, al verlo, el judío también gritó que había llegado.
La fecha de la llegada a Quba
Existe gran discrepancia entre los transmisores acerca de la fecha de la llegada del Profeta (s) a Quba. Ibn Sa‘d menciona en un pasaje que fue un lunes, el segundo día de Rabi‘ al-Awwal. En otro lugar afirma que salió de la cueva de Sawr el día 4 de Rabi‘ al-Awwal y, con certeza, que llegó a Medina el día 12 de Rabi‘ al-Awwal. En el relato de Urwa ibn Zubayr transmitido por Bujari no se menciona la fecha; solo se dice que fue un lunes del mes de Rabi‘ al-Awwal. Musa ibn Uqba, citando al imán Zuhri, señala el primero de Rabi‘ al-Awwal como la fecha de la llegada a Quba, aunque la mayoría de los transmisores lo consideran la fecha de su salida de La Meca. En el relato de Jarir ibn Hazim procedente de Ibn Ishaq se afirma que el Profeta (s) llegó a Quba el segundo día de Rabi‘ al-Awwal. Sin embargo, en el relato de Asim ibn Adi transmitido por Tabarani, y en los relatos de Ibn Hisham, Ibn Jarir e Ibrahim ibn Sa‘d procedentes de Ibn Ishaq, se menciona el día 12 de Rabi‘ al-Awwal. Baladhuri e Ibn Qutayba dicen que esta es la fecha correcta. Ibn al-Qayyim la menciona también en Zad al-Ma‘ad, e Ibn Abd al-Barr en Ad-Durar. Algunos relatos mencionan los días 8, 13 y 15 de Rabi‘ al-Awwal. Pero la versión correcta y fiable es que el Profeta (s) salió de La Meca el primero de Rabi‘ al-Awwal y se dirigió a la cueva de Sawr. Permaneció allí tres días y tres noches, y partió hacia Medina durante la última noche del día 4 de Rabi‘ al-Awwal. Llegó a Medina (Quba) el día 12 de Rabi‘ al-Awwal. [Debe señalarse que, según el calendario lunar, la noche precede al día, y una nueva fecha comienza después de la puesta del sol. Por ello, la noche del primero de Rabi‘ al-Awwal significa la noche anterior al día, no la noche posterior al final de ese día. Además, es necesario saber que el calendario de la Hégira comenzó durante el califato de Hazrat Umar (r.a.), pero no se inició contando desde el día de la Hégira; comenzó, más bien, el primero de Muharram (16 de julio de 622 d. C.). La Hégira tuvo lugar en el tercer mes del año de la Hégira (el autor).] Según el calendario solar, tanto el mes como el año correspondían al 24 de septiembre de 622 d. C.
La permanencia en Quba
Existe consenso en que la estancia del Profeta (s) en Quba tuvo lugar en la aldea de los Banu Amr ibn Awf, una rama de la tribu de Aws. También está demostrado que allí tuvo la fortuna de ser hospedado por Kulsum ibn Hidam. [Era un anciano venerable. Falleció poco después de la llegada del Profeta (s). No sé cómo apareció en algunos relatos la afirmación de que, durante la estancia del Profeta (s), él era politeísta. Ibn Abd al-Barr afirma claramente en Al-Isti‘ab, e Ibn Hajar en Al-Isaba, que se hizo musulmán antes de la Hégira (el autor).] Sin embargo, el Profeta (s) solía permanecer en la casa de Hazrat Sa‘d ibn Jaythama para reunirse con él, porque no tenía hijos y toda la casa estaba abierta a los hombres. Por ello, se hizo ampliamente conocido entre la gente que el Profeta (s) se había alojado en la casa de Sa‘d. Baladhuri también lo expone detalladamente en Futuh al-Buldan. Dice que oyó esto de un grupo de personas versadas en hadices, biografía del Profeta y expediciones militares.
Durante su estancia allí, el Profeta (s) construyó la mezquita de Quba. El imán Bujari lo cita de Hazrat Urwa bin Zubair (ra), y Ibn Hisham e Ibn Yarir lo citan de Muhammad bin Ishaq. Ibn Yarir incluyó en este asunto toda la cadena de transmisión de Ibn Ishaq, de la cual se sabe que, en realidad, se trata de una narración de Hazrat Alí (ra). Hafiz Ibn Hayar dice que esta fue la primera mezquita construida en la era islámica y la primera en la que el Mensajero de Allah (s), junto con sus compañeros, realizó públicamente la oración en congregación. [La mezquita de Quba todavía se encuentra al suroeste de Medina. En el lugar contiguo a su quibla donde ahora hay una cúpula llamada Maqam al-Umra se encontraba la casa de Hazrat Kulsum bin Hidam. Cerca de ella, la segunda cúpula, adyacente a la mezquita y conocida como Bait Fátima, era la casa de Hazrat Saad bin Jaizama —el autor.]
Por entonces, Hazrat Alí (ra) llegó desde La Meca para ponerse al servicio del Profeta (s). Se alojó con él en la casa de Kulsum bin Hidam. Ibn Hisham e Ibn Yarir, citando la narración de Muhammad bin Ishaq, dicen que permaneció tres días en La Meca y devolvió a sus habitantes los depósitos que habían confiado al Profeta (s). Después emigró de allí. Existe discrepancia sobre cuántos días permaneció el Profeta (s) en Quba. En Bujari, Muslim e Ibn Saad se encuentra la narración de Hazrat Anas bin Malik (ra), según la cual permaneció allí catorce días. Waqidi también habla de catorce días. Se ha transmitido de Hazrat Aisha (ra) y de Urwa bin Zubair (ra) que el Profeta (s) permaneció diez días y luego algunos días más. Algunos miembros de los Banu Amr bin Auf dicen que permaneció allí dieciocho días. Musa bin Uqba transmite del imán Zuhri y de Muyammi bin Yazid bin Hariza que permaneció allí veintidós días, y esta era también la narración de Zubair bin Bakkar, quien la había oído de diversas personas de los Banu Amr bin Auf. Baladhuri cita asimismo una opinión de veintitrés días. Sin embargo, Ibn Saad, Ibn Ishaq, Ibn Hisham, Ibn Yarir, Baladhuri e Ibn Hibban afirman con certeza que el Profeta (s) permaneció en Quba el lunes, martes, miércoles y jueves, y que el viernes partió de allí hacia Medina. Esta es la opinión conocida entre los eruditos de las campañas y las biografías. Aunque Ibn Hibban dijo que el Profeta (s) permaneció tres días en Quba, y Musa bin Uqba también afirmó lo mismo, en realidad no contaron entre esos días el de su llegada a Quba ni el de su partida de Quba. Por ello, sus afirmaciones coinciden con la opinión conocida.
La partida de Quba y la primera oración del viernes
Ibn Hisham también cita la narración de Ibn Ishaq, y las narraciones de Ibn Saad y Baladhuri dicen igualmente que el Profeta (s) partió de Quba el viernes, ya entrada la mañana. Cuando llegó a la aldea de los Banu Salim bin Auf, llegó el momento de la oración del viernes. Allí se detuvo y dirigió la oración del viernes en su mezquita; cien personas participaron en ella, y esta fue la primera oración del viernes dirigida por el Profeta (s). La mezquita de los Banu Salim se encontraba en la llanura de Ranuna [Yakut, bajo la entrada «Ranuna» de su Mu’yam al-Buldan, escribió: «En la llanura de Ranuna». La mención de la mezquita aparece en el resumen de la Sira de Ibn Ishaq redactado por Ibn Hisham; de lo contrario, todos los demás escribieron que el Profeta (s) realizó la oración del viernes en la aldea de los Banu Salim —el autor.] Al principio se la llamaba mezquita de Jubaib. Después de que el Profeta (s) dirigiera allí la oración del viernes, pasó a ser llamada Mezquita del Viernes, y hasta hoy es conocida por ese nombre. Se encuentra al lado izquierdo del camino que va de Medina a Quba.
Ibn Yarir Tabari incluyó en su Historia, palabra por palabra, el sermón que el Profeta (s) pronunció en aquella oración del viernes, citándolo de Saíd bin Abd al-Rahmán al-Yumahi. Sin embargo, en él aparecen varios versículos del Corán que fueron revelados después de la Hégira. Por ello surge la duda de si el discurso atribuido al Profeta (s) fue transmitido con sus palabras exactas.
La entrada en Medina
Después de la oración del viernes, cuando el Profeta (s) se dispuso a dirigirse a Medina, un grupo encabezado por Hazrat Itban bin Malik (ra) y Hazrat Abbas bin Ubada Nadli se presentó ante él y, sujetando las riendas de la camella, le suplicó: «¡Oh Mensajero de Allah! Quédese aquí con nosotros. Somos numerosos, disponemos de armamento y tenemos fuerza para defenderlo». El Profeta (s) dijo: «Dejad libre el camino de mi camella, pues ella ha recibido una orden». Es decir, avanzaba por mandato de Allah. Se detendría precisamente en el lugar donde Allah le ordenara detenerse. Al continuar avanzando, pasó por los barrios de los Banu Baida, los Banu Saida, los Banu al-Hariz y los Banu Adi bin Nayyar. En cada lugar, miembros de aquellas tribus se adelantaban bajo el liderazgo de sus jefes y le rogaban que se alojara allí. El Profeta (s) respondía a todos de la misma manera: «Dejad libre el camino de mi camella, pues ella ha recibido una orden». Había dejado sueltas las riendas de la camella y no le hacía la menor señal para indicarle adónde ir o dónde detenerse. Cuando llegó al barrio de los Banu Malik bin Nayyar [Esta era la familia en la que se casó Salma, hija de Amr, con Hashim, bisabuelo del Profeta (s). De ella nació Abd al-Muttalib. En esta misma familia Abd al-Muttalib fue criado y educado hasta su juventud. En aquel tiempo, miembros de esta familia acompañaron a Abd al-Muttalib a La Meca, cuando su tío se apoderó de su herencia. La relación de esta familia con la del Profeta (s) era tan estrecha que su padre, el señor Abdullah, pasó aquí la última parte de su vida. Aquí fue enterrado. La madre del Profeta (s) lo llevó a Medina durante su infancia para que ellos lo vieran —el autor.] la camella se dirigió exactamente al lugar donde hoy se encuentra la Mezquita del Profeta —según otra opinión, el púlpito del Mensajero— y se sentó. El Profeta (s) permanecía sentado sobre su lomo. La camella se levantó y avanzó un poco, pero luego regresó, se sentó en el mismo lugar y se recostó para descansar; entonces el Profeta (s) descendió de su lomo. [La gran sabiduría divina en ello consistía en que Allah no dejó al propio Profeta (s) la responsabilidad de escoger el lugar donde se alojaría, sino que, por Su mandato, tomó este servicio de la camella. Si el Profeta (s) hubiera escogido por iniciativa propia el lugar donde alojarse, entre las demás tribus de los ansar habría surgido la impresión de que había dado preferencia a los Banu Nayyar sobre las demás —el autor.] Ibn Ishaq transmitió esta narración, que Ibn Hisham citó detalladamente e Ibn Yarir de forma resumida. Ibn Saad y Baladhuri también la relataron brevemente.
La estancia en la casa de Hazrat Abu Ayyub
Hay algunas discrepancias en los relatos posteriores. Según el relato de Ibn Ishaq, cuando el Profeta (s) bajó de la camella, justo delante se encontraba la casa de Hazrat Abu Ayyub al-Ansari (ra) (Jálid ibn Zayd). Él se presentó, bajó las pertenencias del Profeta (s) y las llevó a su propia casa. El Profeta (s) se alojó allí.
En al-Bujari y el Musnad de Ahmad se relata que, después de bajar de la camella, el Profeta (s) preguntó: «¿Cuál de las casas de nuestra gente está más cerca?». Hazrat Abu Ayyub (ra) respondió: «La mía, oh Mensajero de Allah. Esta es mi casa, justo delante, y esta es mi puerta». El Profeta (s) dijo: «Ve y prepara un lugar para mi descanso».
Ibn Sa’d también transmitió esto bajo la autoridad de Hazrat Anas (ra). Ibn Sa’d, citando a al-Waqidi, y al-Baladhuri añaden que Hazrat As’ad ibn Zurara llevó la camella del Profeta (s) a su casa y comenzó a cuidarla.
En algunos relatos se dice que, después de bajar de la camella, el Profeta (s) dijo:
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«—Si Allah quiere, este es el lugar donde me alojaré». Abu Ayyub (ra) se presentó y dijo: «Mi casa es la más cercana. Si me lo permite, llevaré sus pertenencias a mi casa». El Profeta (s) le dio permiso, y él llevó allí sus pertenencias. Al-Tabarani transmitió lo mismo bajo la autoridad de Abdullah ibn al-Zubayr.
En al-Bujari, Muslim y el Musnad de Ahmad se encuentra el relato de Hazrat al-Bara ibn Azib (ra) de que la gente discutió acerca de dónde se alojaría el Profeta (s). Finalmente, el Profeta (s) dijo: «Me alojaré entre los Banu Najjar, que son la familia del abuelo materno de Abd al-Muttalib». Hafiz Ibn Hajar cita en al-Isaba, basándose en el Musnad de Ahmad, la declaración del propio Abu Ayyub de que, cuando la disputa entre los ansar se intensificó, finalmente echaron suertes, y el nombre de Abu Ayyub (ra) resultó elegido.
Al considerar estos diversos relatos, parece que al principio el Profeta (s) se alojó en casa de Abu Ayyub (ra), y que después miembros de las demás tribus expresaron el deseo de compartir también el honor de recibirlo. Como resultado, surgió la necesidad de echar suertes. El Profeta (s) quiso contentar a la gente diciéndoles que desde el principio había existido una relación de parentesco con aquella familia, y los árabes daban prioridad a los derechos de parentesco. (La casa de Hazrat Abu Ayyub al-Ansari (ra) todavía existe al sureste de la Mezquita del Profeta. Cerca de ella se encuentra Bab Yafar al-Sadiq; allí residen actualmente el imán y el jatib de la Mezquita del Profeta. —El autor.)
El imán Abu Yusuf cita en su Kitab al-Dhikr wa-l-Du‘a la narración de Abu Ayyub Ansari (ra), quien dijo: «Cuando el Profeta (s) se instaló aquí, permaneció en la planta baja, mientras que yo y la madre de Ayyub permanecimos en la planta alta. Por la noche le dije a la madre de Ayyub: “El Profeta (s) tiene más derecho a permanecer en la planta alta, pues los ángeles acuden a él y la revelación desciende sobre él”. Debido a este pensamiento, la madre de Ayyub y yo no pudimos dormir durante la noche. Por la mañana le conté todo al Profeta (s). Él dijo: “La planta baja es más cómoda para mí”. Respondí: “Juro por Aquel que os envió con la verdad que no puedo vivir en una casa cuya planta baja ocupáis vos”. Le rogué con tanta insistencia que aceptó permanecer en la planta alta.»
La narración de Abu Ayyub que Ibn Hisham cita de Muhammad ibn Ishaq es algo diferente de esta. En ella se dice que el Profeta (s) prefería la planta baja porque era más conveniente para quienes acudían a visitarlo. Por ello, Abu Ayyub (ra), aunque de mala gana, aceptó permanecer en la planta alta. Pero un día se rompió allí un recipiente de agua. Abu Ayyub (ra) temió que, si el agua se filtraba hacia abajo, el Profeta sufriría molestias. Por eso arrojó sobre el agua la única manta que tenían los dos esposos y la secó. Al-Bayhaqi e Ibn Abi Shayba también han transmitido este suceso de Abu Ayyub (ra) de la misma manera.
Ibn Sa‘d, citando a Zayd ibn Thabit (ra), dice que durante la estancia del Profeta (s) en casa de Abu Ayyub no pasó un solo día sin que se viera a personas de tres o cuatro casas de pie ante su puerta, llevando alimentos y provisiones.
La recepción del Profeta (s) en Medina
Aunque de la narración anterior puede comprenderse claramente con cuánto respeto y amor los habitantes de Medina recibieron al Profeta (s), la recepción que le ofrecieron en la ciudad, con tal entusiasmo, fervor y profunda devoción y veneración, fue incomparable. En Arabia nunca se había ofrecido antes una recepción semejante, ni se ofreció después. En al-Bujari, Muslim y el Musnad de Ahmad se recoge, por medio de Bara ibn Azib, una narración de Abu Bakr al-Siddiq (ra). Él dijo: «Cuando llegamos a Medina, vimos que la gente había salido a las vías principales para recibirnos. Los tejados estaban abarrotados de personas. Los sirvientes y los niños corrían jubilosos por las calles y gritaban: “¡Alá es el más grande! ¡Ha llegado el Mensajero de Alá (s), ha llegado Muhammad (s)!”. En al-Bujari se encuentra la narración de Anas ibn Malik (ra), según la cual el Profeta (s) y Abu Bakr (ra) estaban rodeados por una multitud armada. La gente subía a lugares elevados para intentar ver al Profeta (s), y por toda la ciudad resonaban las voces: “¡Ha llegado el Profeta de Alá! ¡Ha llegado el Mensajero de Alá!”. En la narración de Anas (ra) transmitida en las Tabaqat de Ibn Sa‘d aparecen estas palabras: “Nunca he visto un día tan luminoso y majestuoso”. La narración de Anas (ra) en el Musnad de Ahmad dice: «Los habitantes de Medina salieron a recibirlo con enorme entusiasmo y fervor; las mujeres se reunieron en los tejados y preguntaban a la gente: “¿Cuál de estos dos es el Mensajero de Alá (s)?”. Nunca habíamos visto una escena semejante». Narraciones similares de Anas (ra) han sido citadas por al-Darimi, al-Tirmidhi, Ibn Maja, Abu Dawud y al-Bayhaqi. En al-Bujari aparece la narración de Bara ibn Azib (ra), quien dijo: «Nunca vi a los habitantes de Medina tan felices como los vi el día de la llegada del Profeta (s) a Medina».
Al-Bayhaqi, en Dala’il al-Nubuwwa, y Abu Bakr al-Muqri, autor de Mu‘jam al-Kabir, en Kitab al-Mama’il, han registrado que las mujeres subieron a los tejados y cantaron esta canción:
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—La luna llena se ha alzado sobre nosotros desde los pasos montañosos del valle; nos corresponde dar gracias mientras quede alguien que invoque a Allah.
Razín añadió otro poema:
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—¡Oh, enviado entre nosotros! Has venido con una dignidad cuya obediencia nos es obligatoria.
Ibn al-Qayyim rechaza en Zad al-Ma‘ad esta narración basándose en que Saniyyat al-Wada‘ estaba en dirección a Sham, no en dirección opuesta, hacia La Meca. Y las muchachas cantaron estos poemas cuando el Profeta (s) regresaba de Tabuk hacia La Meca. Así se afirma en Bujari, Abu Dawud y Tirmidhi. Sin embargo, no es imposible ni contrario a la razón que también se llamara ************************** al paso montañoso hasta el cual los habitantes de Medina solían acompañar a los viajeros que se dirigían a La Meca. Saniyya ********** designa todo camino que atraviesa las montañas, y llamar a un camino «Saniyyat al-Wada‘» significa que es el paso montañoso por el que se despide a quienes lo atraviesan.
Cuando el Profeta (s) llegó al barrio de los Banu Najjar, las muchachas salieron tocando el daf y cantaron esta canción:
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—Somos las muchachas de los Banu Najjar; ¡qué buen vecino es Muhammad (s)! Estas palabras fueron transmitidas por Hakim y Bayhaqi, de Anas (ra). El Profeta (s) preguntó a las muchachas: «¿Me amáis?». Ellas respondieron: «Sí, oh Mensajero de Allah». El Profeta (s) dijo tres veces: «¡Por Allah!, os amo, es decir, amo a los ansar».
«Tabarani ha citado estas palabras del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en su Mu’yam al-Saghir: “Allah sabe que mi corazón os ama”».
Bayhaqi e Ibn Maya también lo han narrado de Anas, que Allah esté complacido con él. En el Sahih de Bujari se relata de Anas, que Allah esté complacido con él, que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), al ver que llegaban muchachas y mujeres, se puso de pie y repitió tres veces: «¡Por Allah! Vosotras sois las más queridas para mí». (Añadido por el autor.)
La incómoda situación de los quraysh
El hecho de que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) hubiera llegado sano y salvo a Medina ya era sumamente embarazoso para los quraysh. Pero cuando les llegó la noticia de la recepción regia que se le había ofrecido en Medina, se alarmaron profundamente y enviaron una carta a Abd Allah ibn Ubayy, jefe de Medina, a quien sus habitantes se habían dispuesto a nombrar rey antes de la Hégira, pero cuyas esperanzas habían quedado hechas añicos debido a la llegada del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a Medina y a que la mayoría de los miembros de Aws y Jazray se habían hecho musulmanes. La carta decía:
Habéis dado refugio a uno de los nuestros. Os juramos por Allah que, o bien lucháis contra él, o bien lo expulsáis. De lo contrario, todos marcharemos contra vosotros, os mataremos y convertiremos a vuestras mujeres en esclavas.
Después de recibir la carta, Abd Allah ibn Ubayy se dispuso a cometer algunas fechorías. Pero el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tomó a tiempo las medidas necesarias para impedirlas. Después, el jefe de Medina, Sa’d ibn Mu’adh, que Allah esté complacido con él, fue a La Meca para realizar la umra. Allí, justo en la puerta del recinto sagrado, Abu Yahl se interpuso en su camino y le dijo:
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¿Daréis refugio a los apóstatas de nuestra religión, los ayudaréis y colaboraréis con ellos, y nosotros os permitiremos circunvalar tranquilamente la Kaaba en La Meca? ¡Por Allah!, si no fuera porque tienes una relación con Abu Safwan (es decir, Umayya ibn Jalaf), no habrías podido salir vivo de aquí.
Hazrat Sa‘d respondió:
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¡Por Dios! Si me impedís realizar esta acción, yo os impediré aquello que os resultará más difícil: es decir, el paso de vuestras caravanas comerciales por Medina. (Esta es la narración de Hazrat Abdullah ibn Mas‘ud, que Dios esté complacido con él, recogida en Al-Bujari; él la escuchó personalmente de Hazrat Sa‘d ibn Mu‘adh, que Dios esté complacido con él. En ella se deja claro que, desde la época de la ignorancia, existía una relación amistosa entre Sa‘d y Umayya ibn Jalaf. Cuando este iba a Medina, se alojaba en casa de Sa‘d, y cuando Sa‘d iba a La Meca, se alojaba en casa de Umayya. Basándose en esta amistad, Hazrat Sa‘d ibn Mu‘adh, que Dios esté complacido con él, fue a La Meca para realizar la ‘umra y le dijo: «Llévame al Santuario en un momento en que no haya nadie». Así pues, al mediodía Umayya lo llevó a realizar el tawaf. Pero allí se encontraba Abu Yahl. Con él, Hazrat Sa‘d mantuvo la conversación que hemos mencionado anteriormente. Esta narración también dice que, cuando Hazrat Sa‘d, que Dios esté complacido con él, respondió enérgicamente a Abu Yahl, Umayya le dijo: «No hables con rudeza a Abu al-Hakam; él es el jefe de este valle». Hazrat Sa‘d respondió: «Déjalo, hermano. He oído al Mensajero de Dios, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, decir que ellos te matarán». Al oír esto, Umayya se angustió mucho y preguntó: «¿Me matarán en La Meca?». Hazrat Sa‘d, que Dios esté complacido con él, respondió: «No lo sé». La narración de este suceso transmitida en el Musnad de Ahmad añade que Umayya le contó a su esposa lo que Sa‘d, que Dios esté complacido con él, le había dicho, y ella respondió: «¡Por Dios! Muhammad no miente».
En la narración de Abdullah ibn Mas‘ud, que Dios esté complacido con él, citada por Hafiz Abu Bakr al-Bazzar en su Musnad, en lugar de Umayya ibn Jalaf se menciona a ‘Utba ibn Rabi‘a. Se dice que, cuando este le prohibió a Hazrat Sa‘d hablar con rudeza a Abu Yahl, él respondió: «Escuché al Mensajero de Dios, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, decir que él te matará». Al oír esto, ‘Utba quedó desconcertado y dijo: «Las palabras de Muhammad, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, no pueden ser falsas». Aunque los narradores de este hadiz de al-Bazzar son dignos de confianza, la versión verdadera es la que se expone en Al-Bujari. Umayya ibn Jalaf no estaba dispuesto a ir a la batalla de Badr. Los qurayshíes lo llevaron a la guerra después de reprenderlo repetidamente. Tras ser capturado, no murió a manos del Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, sino a manos de Hazrat Bilal, que Dios esté complacido con él. En cuanto al hombre a quien el propio Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, había anunciado que mataría, no era Umayya ibn Jalaf, sino Ubayy ibn Jalaf. Este murió a manos del Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, en la batalla de Uhud. El autor. La situación era que, por parte de los habitantes de La Meca, se había proclamado que el camino hacia la Casa de Dios estaba prohibido para los musulmanes; y la respuesta de los habitantes de Medina fue que la ruta comercial hacia Siria sería peligrosa para los opositores del islam. Esto indica claramente hacia dónde se encaminaban los acontecimientos. (Tafhim al-Qur’an, tomo II, introducción a la sura Al-Anfal.)
La construcción de la Mezquita del Profeta
Después de que el Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, se alojara en casa de Hazrat Abu Ayyub al-Ansari, que Dios esté complacido con él, pensaba que había que construir una mezquita. El lugar donde se detuvo su camella ya era, según la narración de Ibn Sa‘d, un sitio al que los musulmanes acudían para rezar. As‘ad ibn Zurara, que Dios esté complacido con él, dirigía allí la oración comunitaria, y allí también se celebraba la oración del viernes. El terreno pertenecía a dos huérfanos, Sahl y Suhayl, y estaba bajo la tutela de As‘ad ibn Zurara, que Dios esté complacido con él. Esta es la narración de ‘Urwa ibn al-Zubayr en Al-Bujari y la de Muhammad ibn Ishaq en la Sira de Ibn Hisham. Al-Baladhuri la cita en Futuh al-Buldan como una opinión ampliamente conocida. En la narración de Ibn Ishaq se dice que Hazrat Mu‘adh ibn ‘Afra, que Dios esté complacido con él, era su tutor. En Al-Bujari aparecen las narraciones de Hazrat ‘Aisha, que Dios esté complacido con ella, y de ‘Urwa ibn al-Zubayr; y en la Sira de Ibn Hisham también se recoge la narración de Ibn Ishaq, según la cual en este terreno se secaban dátiles. Las narraciones de Al-Bujari, Muslim, Abu Dawud e Ibn Yarir dicen que había allí algunas palmeras, una parte de terreno cultivado —y, según algunas narraciones, también terreno abandonado— y algunas antiguas tumbas de idólatras. Según las narraciones de Hazrat ‘Aisha, que Dios esté complacido con ella, y de ‘Urwa ibn al-Zubayr, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, habló con los dos muchachos sobre el precio del terreno. Ellos dijeron: «¡Oh, Mensajero de Dios! Te cedemos este terreno como donación». Pero el Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, no aceptó la donación y lo compró pagando su precio. Según la narración de Musa ibn ‘Uqba, transmitida de Imam al-Zuhri, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, lo compró por diez dinares. Ibn Sa‘d transmite lo mismo de al-Waqidi y añade que Hazrat Abu Bakr, que Dios esté complacido con él, pagó el precio. Al-Baladhuri también lo afirma en Futuh al-Buldan.
Ibn Ishaq dice que Hazrat Mu‘adh ibn ‘Afra, que Dios esté complacido con él, pidió: «¡Oh, Mensajero de Dios! Construye aquí una mezquita. Yo convenceré a estos muchachos» (no se ha dicho que tuviera la intención de convencerlos pagando él mismo el precio, ni que quisiera convencerlos para comprarles el terreno después de recibir el precio del Mensajero).
En Al-Bujari y Abu Dawud se recoge una narración de Hazrat Anas, que Dios esté complacido con él, según la cual el Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, mandó llamar a los Banu Najjar y les dijo: «Fijad el precio de este jardín» (originalmente se empleó una palabra que designa un jardín rodeado por un muro. Esto da a entender que al principio era un jardín, pero después quedó destruido y comenzó a utilizarse para otros fines, como se desprende de las narraciones anteriores. El autor). Ellos respondieron: «No queremos precio alguno de nadie excepto de Dios». Esta narración no ofrece detalles sobre si el terreno fue comprado pagando su precio o si fue recibido como donación. Sin embargo, todas las demás narraciones coinciden en que el terreno de la Mezquita del Profeta no se obtuvo gratuitamente.
Después de adquirir el terreno, se limpió, se nivelaron los hoyos y las irregularidades, y se exhumaron las tumbas. Se cortaron las palmeras y sus troncos se utilizaron como pilares de la mezquita. Se construyó un techo de hojas de palmera. Las paredes se levantaron con ladrillos y argamasa de barro. Se dejó una parte del terreno despejada para la oración. Después de que el suelo se embarrara durante la estación de lluvias, se extendieron piedras pequeñas sobre él. Cuando hacía mucho calor bajo el techo de hojas de palmera, se recubrían estas con barro. En el Sahih de Bujari, Aisha y Urwa ibn Zubayr; en Abu Dawud, Anas; y en la biografía del Profeta de Ibn Hisham, Muhammad ibn Ishaq, narran que, en la construcción de esta mezquita, el Mensajero de Allah (s) participó personalmente, junto con los demás, en el transporte de ladrillos y barro.
Construcción de las habitaciones del Profeta (s)
En este lado, junto a la Mezquita del Profeta, el Profeta (s) construyó para sí dos habitaciones: una para Sawda y otra para Aisha. Ibn Sa’d dice que estas dos habitaciones también estaban hechas de ladrillos sin cocer. Se separaron las habitaciones aplicando una capa de barro sobre una cerca de hojas de palmera. El techo también era de hojas de palmera. Se colgó una manta sobre la puerta. Hasan al-Basri dice: «Cuando era pequeño y aún no había llegado a la pubertad, fui a la casa del Profeta (s); el techo era tan bajo que se podía tocar con la mano». El imán Bujari, en su obra histórica, y Hafiz Abu Ya’la, en su Musnad, escribieron que se llamaba a la puerta del Profeta (s) golpeándola con la uña del dedo, porque no tenía aldaba ni anilla.
Llamamiento de la familia desde La Meca
Al-Waqidi narra, citando a Zayd ibn Zabit, que el Profeta (s) permaneció siete meses en casa de Abu Ayyub. Ibn Sa’d y al-Baladhuri también lo citan, y Hafiz Ibn Hayar reconoce su autenticidad.
Antes de trasladarse a su nueva casa, el Profeta (s) envió a La Meca a Zayd ibn Hariza y a su esclavo liberto Abu Rafi, junto con quinientos dírhams [al-Baladhuri dice que el Profeta (s) recibió estos quinientos dírhams de Abu Bakr; nota del autor] y dos camellos ensillados, para que trajeran a su familia y a las personas relacionadas con él. Abu Bakr envió también con ellos a Abdullah ibn Urayqit, entregándole una carta a nombre de su hijo Abdullah, para que trajera a su madre y a sus hermanas. Zayd ibn Hariza trajo a la Madre de los Creyentes, Sawda, a las dos hijas del Profeta (s), Fátima y Umm Kulzum, así como a su esposa Umm Ayman y a su hijo Usama ibn Zayd. Pero no pudo traer a Zaynab, porque su esposo, Abu al-As ibn al-Rabi, no le permitió ir. Abdullah ibn Abi Bakr llegó con Umm Ruman, Asma y Aisha (Tabarani, Ibn Sa’d, al-Baladhuri e Ibn Abd al-Barr).
Aquí terminó el período mequí del movimiento islámico. En las páginas siguientes lo examinaremos.
Capítulo decimocuarto
Panorama general de la época de La Meca
Debemos volver la vista atrás y revisar la historia del período comprendido entre el comienzo de la época de La Meca y la Hégira, para comprender con qué capital comenzó inicialmente el movimiento islámico, qué tipos de crecimiento experimentó ese capital durante trece años y cuál era su capital cuando el movimiento entró en la época de Medina, aprovechando el cual tuvo que avanzar hacia su destino en una situación completamente diferente de la que había prevalecido durante la época de La Meca.
El capital inicial o, más exactamente, el capital fundamental de este movimiento era únicamente la persona de Muhammad ibn Abdullah, que Dios le bendiga y le conceda paz, su personalidad y los cuarenta años de su vida anteriores a la profecía.
La nobleza del linaje del Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz)
Como individuo, el Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz) pertenecía a una familia sumamente noble de Arabia, cuyo linaje era conocido por los árabes. La mayoría de las tribus árabes, que se enorgullecían de su ascendencia, sabían que, por parte de padre o de madre, su propio linaje convergía en algún punto con el del Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz). Por ello, su posición no era la de un desconocido, un hombre de origen oscuro o de baja cuna que hubiera aparecido de repente con una pretensión enorme, ante el cual la gente dijera que semejante pretensión no le correspondía en absoluto. En toda Arabia nadie podía hacer siquiera la menor objeción a la nobleza de su linaje. Incluso en la ciudad de La Meca, todas las familias que, orgullosas de su ascendencia, no reconocían la superioridad de nadie, estaban emparentadas con el Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz) y con su familia. Nadie entre ellas podía afirmar que él fuese inferior a ellos en ningún aspecto de linaje o posición social. Él también pertenecía a la tribu de Quraysh, que gozaba del honor de ejercer el liderazgo en Arabia. No había duda de que los qurayshíes eran descendientes de Ismael. Sus relaciones comerciales se extendían por todas partes, dentro y fuera del país, hasta regiones lejanas. Debido a la custodia de la Kaaba y al atractivo de la peregrinación, personas de lugares remotos de Arabia entraban en contacto con ellos. Por estas razones, esta tribu gozaba en Arabia de una posición tan elevada como ninguna otra. Nacer en una tribu como Quraysh, en una ciudad central como La Meca, constituía una gran ventaja para el líder de este movimiento en el entorno de Arabia.
El nacimiento del Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz) entre los hijos de Ismael
Junto con el honor, el respeto y la dignidad de la familia ismaelita, también tenía especial importancia el hecho de que, en los dos mil quinientos años de historia transcurridos, después del profeta Ismael nadie de este linaje había pretendido jamás la profecía. Un hombre noble de los Banu Amir ibn Sa’sa’a mencionó este hecho cuando los miembros de su tribu regresaron de la peregrinación y le hablaron de su encuentro y conversación con el Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda paz). Le dijeron: «Nos encontramos con un hombre de Quraysh que se presenta como profeta y expresa el deseo de que lo llevemos a nuestra región para que podamos ayudarlo a transmitir el mensaje de Dios. Pero nos negamos a aceptar sus palabras». Entonces el anciano caballero dijo con pesar: «Ningún ismaelita había hecho una afirmación falsa». Este fue otro de los beneficios de que el Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz) hubiera nacido en el linaje de Ismael. La historia también daba testimonio de que la pretensión profética del Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz) estaba fundada en la verdad, pues nadie de este linaje había aparecido jamás con una falsa pretensión de profecía.
Su personalidad
En cuanto a su personalidad, desde la infancia los fisonomistas árabes, al observar su constitución, su forma de hablar, su conducta y su buen comportamiento, decían que aquel ser extraordinario había nacido en la familia de Abd al-Muttalib. En la historia se han conservado las impresiones de su madre, su abuelo, sus tíos y su nodriza, por las que se sabe que quienes lo veían de cerca desde temprana edad percibían en él una grandeza claramente manifiesta. Hay incluso ejemplos de personas completamente desconocidas que, al verlo, exclamaban: «¡Por Dios! Este rostro no puede pertenecer a un mentiroso». Cuando llegó a la juventud, gozaba de tal prestigio que los habitantes de la ciudad y los miembros de su familia comenzaron a verse influidos por su personalidad. La gente lo respetaba espontáneamente, porque lo consideraba muy superior a una persona común. Su dignidad, seriedad, limpieza, generosidad, modestia, humildad y carácter intachable eran tan evidentes que cualquiera que entrara en contacto con él no podía dejar de honrarlo y respetarlo. Esta personalidad atractiva siguió ejerciendo su influencia incluso cuando los miembros de Quraysh se convirtieron en sus enemigos por presentar la invitación islámica. Enloquecidos por la ciega pasión de la enemistad, llegaron a tratarlo con terrible rudeza. Sin embargo, si se tiene en cuenta que el odio ardía en sus corazones como el fuego y que, por causa de esa enemistad, ni siquiera perdonaban a sus propios hijos, hermanos y parientes cercanos los castigos dolorosos, parece que había en él una atracción especial que los dejaba completamente indefensos cuando acudían a enfrentarlo. Después de comenzar la invitación pública, continuó proclamándola abiertamente incluso en medio de una terrible adversidad. A pesar de estar sitiado en el desfiladero de Abu Talib, salía repetidamente del bloqueo para continuar su labor de invitación. Los últimos tres años en La Meca fueron sumamente difíciles; aun así, no solo se reunía con quienes llegaban a La Meca, sino que también acudía públicamente a las reuniones de los jefes tribales en Ukaz, Majanna, Dhu al-Majaz y Mina para presentarles la invitación al islam. Debe reconocerse que había una fuerza inmensa en su personalidad, gracias a la cual nadie pudo impedirle cumplir la responsabilidad de la profecía. En las páginas anteriores también han aparecido ejemplos de hasta qué punto incluso su acérrimo enemigo Abu Yahl estaba influido por él.
La vida anterior a la profecía
Ahora debemos observar cuál fue el efecto de la vida que el Profeta (s) llevó en La Meca durante los cuarenta años anteriores a la profecía. Aquella vida no solo fue intachable, sino también un modelo de carácter sumamente elevado. En la sociedad donde vivió desde la infancia hasta la madurez, y con cuyos miembros estaba relacionado por parentesco, trato, amistad, transacciones, vecindad y, en suma, por vínculos de toda índole, no hubo nadie que no reconociera elogiosamente su honestidad, integridad, cortesía, pureza moral, buen comportamiento, bondad, compasión y espíritu de cooperación. Era la encarnación misma del bien y la prosperidad. Nadie había experimentado de su parte la menor injusticia; ni siquiera había motivo para temerla. La confianza que la gente depositaba en él era tan firme que lo llamaban «el Amín» —el digno de confianza—. Y esa confianza permaneció inquebrantable incluso cuando las personas se convirtieron en sus enemigas debido a que presentó la invitación al islam. Aun en esas circunstancias, todos, amigos y enemigos por igual, le confiaban sus depósitos; nadie albergaba temor alguno de que los traicionara. Al salir del lugar de ejecución, organizó la devolución de los depósitos que se le habían confiado, demostrando así que gozaba de una confianza plena. Su veracidad era tan universalmente reconocida en la sociedad que, cuando comenzó a presentar la invitación al islam y los miembros de Quraysh la rechazaron enérgicamente, sus adversarios ni siquiera se atrevieron a llamarlo mentiroso; en cambio, calificaban de falsa la invitación que él presentaba. Incluso durante el período de máxima enemistad, nadie pudo señalar defecto alguno en su carácter. Las personas que mantenían con él una relación muy estrecha, ante quienes ningún defecto habría podido permanecer oculto —si Dios no lo quiera hubiera existido alguno—, eran precisamente las más profundamente impresionadas por su noble carácter.
Hazrat Jadiya (ra) rechazó las propuestas de matrimonio de los grandes jefes de Quraysh y se casó voluntariamente con él porque estaba cautivada por su noble carácter. Quince años de vida conyugal bastan para que una esposa conozca las virtudes y los defectos de su marido, especialmente cuando ella es mayor que él, sabia e inteligente, y el marido realiza negocios con el capital de ella. Pero el resultado de la prolongada observación directa y experiencia de Hazrat Jadiya (ra) respecto al Mensajero de Dios (s) fue que no lo consideró simplemente un hombre de alto nivel, sino que lo encontró poseedor de una grandeza tan excelsa que no dudó ni un instante en aceptarlo como el Mensajero del Señor de los mundos y creer en él. En cambio, por muchos beneficios y comodidades que la esposa mundana de un impostor obtenga gracias a las actividades engañosas de su marido, en el fondo nunca puede confiar en él ni creer en él.
Hazrat Zayd ibn Hariza (ra) entró en contacto con el Mensajero de Dios (s) mientras se encontraba en condición de esclavo. Aunque exista amor del esclavo hacia su amo, la relación entre ambos rara vez suele ser cordial. Esto se debe a que el esclavo es indefenso y el amo tiene derecho a exigirle cualquier servicio, por difícil que este sea para él. Además, el esclavo tiene la oportunidad de observar todos los aspectos buenos y malos de la vida de su amo y, como sirviente sin autoridad, suele ver ante sí sobre todo los aspectos negativos de la vida de su amo, de espíritu independiente. Pero el Profeta (s) era un amo tal que el esclavo no dejaba de quedar fascinado por él. Incluso cuando su padre y su tío acudieron para liberarlo de la esclavitud, él prefirió continuar al servicio del Profeta (s) antes que ser liberado y marcharse con su padre. Tras permanecer quince años al servicio del Profeta (s), este esclavo —a quien él liberó y adoptó como hijo— quedó tan influido por su carácter y conducta que, cuando supo que su amo había sido investido con el rango de profeta, no vaciló ni un instante en creer en él, al igual que Hazrat Jadiya (ra). No era un niño ingenuo, sino un joven de treinta años, y era tan inteligente y sensato que, en el octavo año de la Hégira, fue enviado como comandante de un ejército en el que estaban bajo su mando hombres como Hazrat Yafar ibn Abi Talib (ra) y Jálid ibn al-Walid (ra). Por ello, no debe pensarse que era un sirviente necio que desconocía la importancia de la profecía y la misión apostólica y que creyó sin comprender, simplemente influido por la personalidad de su amo. Al contrario, durante sus largos quince años de experiencia, encontró en el Profeta (s) a una persona de una dignidad tan elevada que no surgió en su mente ninguna duda acerca de que fuera el Mensajero de Dios. Precisamente por esta grandeza de carácter no se marchó con su propio padre.
Tal era también el caso de Hazrat Abu Bakr (ra). Durante veinte años no solo fue compañero del Profeta (s), sino también su íntimo amigo. Lo mismo puede decirse de Hazrat Ali (ra), quien fue criado en la propia casa del Profeta (s); de Waraqa ibn Nawfal, quien desde la infancia había observado la vida del Profeta (s) y, por ser pariente cercano de Hazrat Jadiya (ra), tuvo mayores oportunidades de conocerlo y comprenderlo; y de Hazrat Uthmán (ra), que era sobrino nieto por parte de tía paterna del Profeta (s). Hazrat Zubayr (ra) era su primo por parte de tía paterna y sobrino de Hazrat Jadiya (ra). Hazrat Yáfar ibn Abi Tálib (ra) era su primo hermano. Hazrat Abdurrahmán ibn Awf (ra) y Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqás (ra) eran parientes por parte de su madre. Ninguno de ellos dejó de observar de cerca su carácter y su conducta, y fueron precisamente esas personas las primeras en aceptar su profecía.
La manifestación de sus nobles cualidades después de la profecía
Si un movimiento comienza bajo el liderazgo de una personalidad tan grandiosa, eso constituye un enorme capital para el movimiento. Sin embargo, durante los trece años posteriores a su inicio, el incremento adicional de ese capital inicial fue tan valioso que la historia de la humanidad no puede presentar otro ejemplo semejante. En primer lugar, observen las cualidades del propio Mensajero de Allah que se hicieron claramente visibles durante ese período y que fueron la causa principal de la expansión de este mensaje.
El sacrificio económico del Profeta (s)
Su primera cualidad fue el sacrificio que hizo por esta gran misión. Al comienzo de la profecía era un comerciante próspero y acomodado. Por un lado estaban los bienes de Hazrat Jadiya (ra), que no eran inferiores a la riqueza total de los demás comerciantes de Quraysh; por otro, estaban la sabiduría, la inteligencia, la buena administración y la reputación de honestidad del Profeta (s), con las que nadie podía competir. Imaginen cuánto habría prosperado un negocio en el que se reunieran ambas cosas. Sin embargo, antes de la profecía, el Profeta (s) y su esposa no destinaban esa riqueza al lujo. Al contrario, la gastaban en ayudar a los necesitados, proteger a los desamparados y hospedar a los viajeros. Él tomaba la iniciativa en toda buena obra. Por eso, al comienzo de la profecía no tenía consigo una gran cantidad de riquezas acumuladas. Después, cuando se le confió la responsabilidad de la profecía, fue gastando gradualmente en el camino de Allah todo lo que llegaba a sus manos. Tampoco le era posible continuar con el comercio al mismo tiempo que transmitía la religión. La situación llegó a tal punto que, cuando tuvo que ir a Taif, debió hacerlo a pie, pues no pudo conseguir ningún medio de transporte. Durante la Hégira, Hazrat Abu Bakr (ra) asumió todos sus gastos. Para traer a su familia de La Meca a Medina, tuvo que recibir quinientos dírhams de Hazrat Abu Bakr (ra). No tenía en sus manos ni un solo dírham ni dinar. Es evidente que, cuando quien presenta una invitación se entrega de ese modo, con sus propios bienes, al trabajo de esa invitación, todos quedan convencidos de que es completamente sincero y desinteresado respecto de su propósito. Incluso un adversario acérrimo, diga lo que diga en público, reconoce interiormente que no tiene ningún interés personal relacionado con ese mensaje. Para quienes aceptan su invitación y se unen a él, el ejemplo de su líder resulta tan aleccionador que aceptan la verdad simplemente por ser verdad; ningún interés personal queda ligado a su fe, y también siguen a su líder en el sacrificio y la entrega.
La firme determinación del Profeta (s)
La segunda cualidad era la firmeza de su determinación: ninguna calamidad, dificultad ni tormenta de oposición pudo vencerla, y ningún temor pudo apartarla de su lugar. Ninguna tentación pudo desviarlo del camino de la verdad. Ninguna situación difícil y mortal pudo sumirlo en la desesperanza ni quebrantarle el corazón. Su constancia era como una montaña; al chocar contra ella, todas las fuerzas adversarias terminaban por desesperarse, convencidas de que ninguna conspiración, ninguna demostración de fuerza, ninguna opresión o persecución, ninguna tentación, campaña de difamación ni vil artimaña podría apartarlo de la misión con la que había aparecido. Después de observar durante años su firme determinación, la gente se vio obligada a expresar esta conclusión: mientras una persona no tenga la firme convicción de estar establecida sobre la verdad y no se haya liberado de todo interés personal, no puede ser tan firme en su determinación. Esta cualidad creó entre sus compañeros una fe sólida y constancia en el camino de la verdad. Y fue esta misma cualidad la que creó en todos los observadores imparciales la firme convicción de que el mensaje que presentaba estaba fundado en una pura adhesión a la verdad.
El valor sin precedentes del Profeta (s)
La tercera cualidad era la intrepidez y el valor del Profeta (s), por los cuales no sabía qué significaban ser doblegado por una gran potencia o sentir miedo ante un enorme peligro. Una multitud enfurecida de incrédulos de Quraysh lo rodeó en el Santuario y le preguntó: «¿Eres tú quien dice esto? ¿Eres tú quien pronuncia ese tipo de palabras?». Él respondió sin la menor vacilación: «Sí, yo digo esto, y también digo aquello». Aunque se veía rodeado por enemigos de su vida, no se desconcertó ni siquiera un poco. El enemigo se acercaba hasta la misma entrada de la cueva de Zawr, mientras él rezaba tranquilamente. Abu Bakr (ra) dijo: «Si este malvado mira hacia sus pies, nos verá». Él respondió con serenidad y sin ninguna preocupación: «Abu Bakr (ra), ¿qué opinas de dos personas cuyo tercero es Allah? No te angusties: Allah está con nosotros». El enemigo había ofrecido una recompensa por su sagrada cabeza. Por todas partes la gente corría con la esperanza de obtenerla. Él avanzaba por el camino con absoluta tranquilidad, recitando el Corán, sin siquiera volverse para ver si alguien lo seguía. Solo personas valientes se acercan a un líder tan valiente. Al contemplar una y otra vez su valor, la valentía de sus compañeros aumentaba aún más. Por muy cegado que estuviera el enemigo por su hostilidad, no podía dejar de respetar esta cualidad suya. Perdía el ánimo al descubrir que se enfrentaba a un hombre que no sabía qué era el miedo. Para cualquier movimiento, y especialmente para el movimiento islámico, que su líder sea intrépido y valiente es una cualidad de enorme importancia. La cobardía del líder, o incluso la más mínima debilidad en su valor, hace fracasar todo el movimiento en el momento de la prueba de fuego.
La magnanimidad del Profeta (s)
La cuarta cualidad importante del Profeta (s) era la paciencia, la tolerancia, el dominio de las pasiones y la nobleza. Ni siquiera después de los ataques más abyectos de sus enemigos se dejaba llevar por la ira. No respondía a los insultos con insultos. Ante ninguna palabra ofensiva ni acusación infundada salía de su boca una expresión contraria a la decencia. El enemigo repetidamente se comportaba de manera sumamente dolorosa, humillante y provocadora. Sin embargo, él soportaba todo en silencio, con gran magnanimidad. Respondía al mal con el bien, en lugar de responder al mal con más mal. Durante el prolongado período de crisis en La Meca no se encuentra un solo ejemplo en que abandonara la cortesía y la decencia. Esta era la noble cualidad que acrecentaba continuamente su prestigio moral en la sociedad que lo rodeaba y que hacía quedar en evidencia a sus adversarios ante cualquiera que poseyera aunque fuera una mínima virtud de moralidad y cortesía. Nunca afrontó una situación más difícil que la de Taif. Pero incluso entonces de su boca solo brotaron súplicas, y no aceptó que descendiera ningún castigo sobre los opresores. Antes de derrotar a sus adversarios en el campo de batalla, los venció en el campo moral. El sello definitivo de esta derrota quedó estampado cuando, al salir del lugar de la ejecución, pensó en devolver los bienes confiados por los habitantes de La Meca. Quien, después de observar su conducta y su actitud, no acepte de corazón que los seguidores de la ignorancia se enfrentaban a un hombre que no solo era el más noble de su pueblo, sino de todo el mundo, tiene la conciencia completamente muerta. Para la formación moral de quienes se unían al movimiento islámico, este ejemplo práctico de su líder era más eficaz que mil sermones y exhortaciones. Tal era su influencia que todo aquel que aceptaba seguirlo se elevaba tanto moralmente en su propia sociedad que cualquiera podía distinguir públicamente entre un idólatra y un adorador de Dios.
La perfecta armonía entre sus palabras y sus actos
La quinta cualidad, y la más importante, era que no había ni la más mínima discrepancia entre sus palabras y sus actos. Hacía lo mismo que decía. De aquello que consideraba malo y que prohibía a la gente hacer, no se encontraba ni el menor indicio en su carácter ni en su conducta. Los habitantes de La Meca podían observar no solo su vida fuera de casa, sino también su vida dentro de ella, pues muchos de ellos eran parientes de su padre, de su madre y de su esposa. Sin embargo, nadie podía decir que en él se encontrara la acción de la que pedía a otros abstenerse, ni siquiera una mala acción en grado mínimo. Del mismo modo, las buenas obras a las que invitaba a la gente eran las que él mismo practicaba en mayor medida. Su vida era el ejemplo práctico de ellas. Nadie pudo señalar jamás que hubiera incurrido en la más mínima falta al realizar esas buenas obras. Para el éxito de cualquier movimiento, y especialmente del movimiento islámico, la mejor garantía es que su líder esté libre de toda discrepancia entre sus palabras y sus actos; que sus enseñanzas no sean simples palabras, sino que su vida real sea la encarnación de esas enseñanzas. Esto también ejercería una profunda influencia sobre quienes siguieran a ese líder. Y tampoco podrían dejar de sentirse influidos quienes lo observaran con una mirada imparcial en busca de la verdad. Incluso un gran número de sus adversarios hostiles quedaron subyugados por él.
Estaba por encima de todo tipo de fanatismo
La sexta cualidad, que no era inferior a las demás, consistía en que estaba libre de todo fanatismo. No albergaba fanatismo alguno por la tribu, el pueblo, la patria, la lengua, el color de piel o el linaje; en una palabra, por nada. No establecía diferencias entre las personas basándose en la riqueza o la pobreza. Para él carecía de sentido que alguien perteneciera a una clase social elevada y otro a una clase inferior. Veía a las personas simplemente como seres humanos, y cualquiera que aceptara la verdad recibía en su comunidad exactamente la misma dignidad. Fuera qurayshí o no, árabe, abisinio o romano, negro o blanco, pobre o rico, considerado honorable o despreciable según el orden social de la ignorancia. Esto fue lo que, desde los albores del movimiento islámico, sentó las bases para que se convirtiera en un movimiento universal. La comunidad musulmana fue elevada a la categoría de comunidad internacional. Entre quienes aceptaban el islam, eliminó el sentimiento de diferenciar a las personas por cualquier criterio distinto del islam y la incredulidad; en su grupo participaban con absoluta igualdad de dignidad esclavos y libres, pobres y ricos, nobles y humildes, árabes y no árabes. Cualquiera podía participar si creía en Allah y en Su Mensajero. Para las masas, salvo unos pocos arrogantes de Arabia, esto poseía un atractivo natural que finalmente demostró ser eficaz.
Estas eran las cualidades del Santo Profeta (s) que se manifestaron durante sus trece años de vida en La Meca y bajo cuya influencia el movimiento islámico siguió avanzando, a pesar de todos los esfuerzos y maquinaciones de sus enemigos. En él permanecían ocultas otras cualidades, cuya manifestación requería circunstancias diferentes; estas surgieron cuando el movimiento islámico avanzó y se expandió en Medina.
El poder cautivador del Corán
El otro capital más importante de este movimiento era el Noble Corán. Algo menos de sus dos terceras partes descendió en La Meca. Los árabes amaban el lenguaje ornamentado y la elocuencia. Este amor los atraía a ferias como la de Ukaz para escuchar a poetas y oradores. Pero, después de escuchar el Corán, los grandes lingüistas dejaron de tener para ellos cualquier prestigio. Los poetas y oradores quedaban atónitos ante él. Desde el punto de vista literario, su lenguaje era de un nivel tan elevado que nadie podía imaginar una literatura superior, ni siquiera una de igual nivel. Su recitación era tan melodiosa que, después de escucharla, la gente no podía dejar de reflexionar sobre ella. Sus adversarios lo calificaban de magia. Las personas imparciales decían: «Esto no puede ser palabra humana». Su efecto mágico era tal que incluso ablandaba el corazón de un enemigo acérrimo del islam como Umar —que Allah esté complacido con él— y lo llevaba a entregarse a los pies benditos del Noble Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Zubayr ibn Mut’im, un célebre jefe de Quraysh, viajó a Medina después de la batalla de Badr para tratar sobre la liberación de los prisioneros de guerra. En aquel momento, el Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dirigía la oración del magrib y recitaba la sura At-Tur. Al-Bujari y Muslim citan así el relato del propio Zubayr ibn Mut’im: «Cuando el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— recitó los versículos 35 al 39, sentí que mi corazón se elevaba desde mi pecho».
Más tarde, la principal razón por la que se hizo musulmán fue que, después de escuchar aquel día esos versículos, los cimientos del islam quedaron establecidos en su corazón. Por eso los enemigos intentaban impedir que la gente los escuchara. Pero él mismo no podía abstenerse: los escuchaba a escondidas. Mediante estas palabras de efecto profundamente poderoso, se había realizado una crítica tan razonada de cada aspecto del politeísmo y la ignorancia preislámica que ninguna persona sensata podía pronunciar siquiera una palabra en defensa de aquellas creencias, costumbres y aberraciones morales sobre las que se fundaban la religión y la cultura de Arabia. Luego, por medio de estas palabras, se exponían de manera sumamente conmovedora las creencias del islam, los principios de su civilización y cultura, y sus enseñanzas morales, de modo que ni siquiera el opositor más extremo encontraba ocasión para abrir la boca en su crítica. Entonces los incrédulos se vieron obligados a emplear, con el propósito de perjudicar al islam, armas como las peleas, la opresión y la persecución, los insultos, la elaboración de acusaciones falsas e inventadas y el alboroto. Pero esto constituía, por parte de ellos mismos, un reconocimiento práctico de su derrota en materia de argumentos y pruebas, así como en moralidad y cortesía. Toda persona que conservaba el menor rastro de razonamiento, después de observar a ambos bandos en esta lucha, comenzó a comprender que los negadores y opositores no tenían respuesta alguna a los argumentos del Corán y a sus sublimes enseñanzas, salvo maniobras evasivas y deshumanizadas. Este conflicto manifiesto no se desarrollaba únicamente ante los habitantes de La Meca; toda Arabia lo observaba. En La Meca, día y noche, personas de todas las clases escuchaban el Corán de una u otra forma, y también veían las acciones que los jefes de Quraysh y sus subordinados emprendían como respuesta al Corán. Durante diez años, cada año, el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— acudía a todas las reuniones celebradas en los lugares comprendidos entre Ukaz y Mina y hacía escuchar el Corán a quienes llegaban de cada región de Arabia. Por otro lado, personas como Abu Yahl y Abu Lahab arrojaban piedras públicamente al Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y le echaban polvo y tierra, diciéndoles que aquello era lo único que tenían para responder a este mensaje. El resultado fue que, a pesar de todos los obstáculos, el islam continuó avanzando incluso en La Meca, y no hubo tribu en todo el territorio árabe en la que alguien no se sintiera atraído por el islam. Durante el período mequí, la situación era tal que el número de quienes aceptaban públicamente el islam era reducido. Pero había veinte veces más personas en cuyo corazón habían arraigado las enseñanzas del Corán, el respeto por el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, la compasión por sus compañeros oprimidos y el odio a las injusticias y persecuciones de Quraysh. Para que la labor de este período diera plenamente sus frutos, solo faltaba Medina; y, llegado el momento, esta salió de su velo y apareció ante ellos.
Las cualidades de quienes creyeron en el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—
El tercer gran capital era aquel grupo escogido de musulmanes creyentes que el movimiento había formado durante trece años. Eran personas de mente, corazón y pensamiento limpios y purificados que, pese a haberse criado en el ambiente oscuro del politeísmo y la ignorancia preislámica, al escuchar el mensaje del Corán aceptaron como falsa la religión de sus antepasados y como verdadera la religión del islam; ninguna obstinación les impidió creer. Sabían lo que significaba aceptar el islam y obedecer al Profeta Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— en contra de las opiniones de sus propias familias, tribus y conciudadanos. Veían con sus propios ojos los castigos infligidos a quienes creían. Pero eran personas de espíritu tan intrépido que ningún temor pudo impedirles rechazar la falsedad y aceptar la verdad. Soportaron toda clase de persecuciones porque de ningún modo estaban dispuestos a seguir aquello que consideraban falso. Y aquello que habían reconocido como verdadero, no estaban dispuestos a abandonarlo. Fueron golpeados cruelmente, colgados cabeza abajo, sometidos al hambre y la sed, encadenados y encarcelados, apretados contra fogatas encendidas y arrastrados sobre arenas ardientes. Sus negocios fueron destruidos y sus personas respetables fueron humilladas y denigradas públicamente. Pero soportaron todo ello únicamente por la verdad, y no se pudo llevar a ningún hombre ni mujer de entre ellos de la fe a la incredulidad. Para proteger su fe, emigraron dos veces a Abisinia y finalmente a Medina. Abandonaron sus casas, campos, riquezas y parientes, y partieron por el camino de Allah. Muchos de ellos no pudieron llevar consigo nada salvo la ropa que vestían. Su conducta demuestra que el movimiento islámico había encontrado personas sumamente sinceras y entregadas: aunque eran pocas, tenían tal intrepidez que podían ofrecer cualquier sacrificio por su religión, afrontar con una sonrisa toda desgracia, soportar cualquier sufrimiento y enfrentarse a cualquier gran poder. Junto con estas cualidades, se produjo en sus vidas, mediante las enseñanzas del Corán y la formación del Noble Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, una revolución moral tan extraordinaria que, por su honestidad, integridad, piedad, pureza, temor de Allah, adoración de Allah, carácter inmaculado, cortesía, decoro y vida firme y digna de confianza, no había igual en Arabia ni en el mundo entero. Así como el Profeta Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— era un faro en aquella sociedad, la revolución moral en la vida de sus compañeros era también tan evidente que cualquiera podía ver con claridad la diferencia entre la condición moral de los incrédulos y la de ellos. Por obstinación y rencor, los opositores no podían reconocerlo públicamente, pero sus corazones sabían qué clase de carácter producía la antigua ignorancia y qué clase de personas estaba formando esta nueva religión.
Las cualidades de los Ansar de Medina
El cuarto gran y valioso capital que el movimiento islámico obtuvo durante los últimos tres años del período de La Meca fue la sinceridad y la pureza de fe de los Ansar de Medina. Ellos no habían tenido la oportunidad de acompañar ni de recibir la formación del Santo Profeta (s), ni habían podido contemplar la vida piadosa que llevaban él y sus compañeros. Tampoco habían adquirido un conocimiento del Noble Corán tan amplio como el de los creyentes de La Meca. Sin embargo, eran personas tan veraces y de mente tan sana que, en cuanto vislumbraron la verdad, barrieron y expulsaron la suciedad y los desechos de la ignorancia politeísta acumulados durante siglos. Comenzaron a caer en el regazo del islam, como frutos maduros, con tal abundancia que, en tres años, en Medina abrazaron la fe muchos más hombres, mujeres, jóvenes y ancianos que los que habían creído en La Meca durante trece años. No se detuvieron ahí; abrazaron la fe con tal sinceridad que invitaron al Mensajero de Allah (s) y a todos los musulmanes que lo acompañaban a emigrar a su tierra. Al hacer esta invitación, sabían perfectamente que, como consecuencia, tendrían que comprar la enemistad de toda Arabia, tal como quedó expresado en su discurso durante el último juramento de lealtad en Aqaba. Y no se limitaron a ofrecer su ciudad como Dar al-Hiyra para el Santo Profeta (s) y sus compañeros de La Meca; además, avanzaron y aceptaron de buen grado que él fuera su gobernante. Se convirtieron en sus súbditos leales y en su ejército entregado. Concedieron a los musulmanes que habían emigrado junto al Santo Profeta (s) los mismos derechos que ellos tenían en su propia ciudad, y les ofrecieron sus casas, sus riquezas e incluso sus tierras.
Esto fue precisamente lo que cambió el rumbo de la historia. Elevó al islam de la condición de una simple llamada y movimiento a la dignidad de una sociedad y un Estado. Al mismo tiempo, concedió al Profeta (s) la oportunidad de poner en práctica, en un Dar al-Islam independiente y soberano, cada aspecto del islam, para presentar ante el mundo el ejemplo de qué clase de personas forma la religión enviada por Allah, el Único sin asociados; qué tipo de sociedad construye; qué clase de civilización y cultura origina; qué fuerza vital moral infunde en toda la sociedad; y qué sistemas establece en la economía, la organización social, la educación, la política, el derecho y la administración de justicia. También se analizará en el tercer volumen cuál es su política en la guerra, cómo trata a los vencidos después de obtener la victoria, cómo cumple los pactos una vez celebrados, cuál es su visión de las relaciones internacionales, cuáles eran los elementos de su modelo y cuáles fueron sus beneficios después de presentarlo en la práctica.
— Fin —