Nuestras palabras

El difunto Maulana no pudo completar esta obra durante su vida. Falleció después de escribir hasta la Hégira. En urdu, esta parte, que llega hasta la Hégira, se publicó en dos volúmenes. Hemos dividido el primer volumen en urdu en dos volúmenes en bengalí. La presente obra es precisamente la segunda de esas partes. Esperamos publicar el segundo volumen en urdu en los volúmenes tercero y cuarto en bengalí.

La Academia de Investigación de Sayyid Abul Ala Maududi está esforzándose por presentar rápidamente todas las obras del Maulana a los lectores de lengua bengalí. La presente obra ha sido traducida por el señor Abbas Ali Khan, estrecho colaborador del Maulana y destacado hombre de letras. No creemos necesario decirles nuevamente a los lectores cultos nada acerca de su competencia en el trabajo de traducción, su destreza en el uso de las palabras y la fuerza de su lenguaje.

Damos gracias a Allah Ta‘ala por habernos permitido publicar esta obra en nombre de la Academia. Que Él conceda a todos los lectores de esta obra el tawfīq para comprender la verdadera misión de la profecía. Amén.

Abdus Shahid Nasim

Director

Academia de Investigación de Sayyid Abul Ala Maududi, Daca.

El islam es, en realidad, el nombre de aquel movimiento que desea construir todo el edificio de la vida humana sobre la concepción y la convicción de la soberanía del Dios único. Este movimiento se ha desarrollado desde tiempos muy antiguos sobre la misma base y mediante el mismo método. Lo han dirigido aquellos a quienes Allah Ta‘ala denomina profetas y mensajeros. Si hemos de dirigir este movimiento, necesariamente tendremos que seguir el método de acción de esos líderes. Pues, aparte de este, no existe ni puede existir otro método de acción para un movimiento de esta naturaleza. Cuando intentamos investigar las huellas de los nobles profetas (la paz sea con ellos), nos enfrentamos a una enorme dificultad. No podemos conocer gran cosa acerca de las actividades de los profetas que vivieron en tiempos antiguos. En el Corán se encuentran algunas indicaciones breves, pero a partir de ellas no puede reconstruirse el plan completo. En el Nuevo Testamento de la Biblia se hallan algunas palabras poco fiables de Jesús (la paz sea con él), que arrojan cierta luz sobre un aspecto: cómo puede dirigirse el movimiento islámico en su etapa absolutamente inicial y a qué problemas debe enfrentarse. Sin embargo, Jesús (la paz sea con él) no tuvo que afrontar la etapa posterior, y tampoco se encuentra ninguna indicación al respecto. Sobre esta cuestión recibimos una orientación clara y completa de un solo lugar, y ese lugar es la vida del Profeta Muhammad Mustafa (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). No nos volvemos hacia él por nuestra veneración hacia su persona; en realidad, estamos obligados a volvernos hacia él para adquirir conocimiento de las dificultades y los altibajos de este camino. Entre todos los líderes del movimiento islámico, el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es el único líder cuya vida nos permite conocer una descripción completa y sumamente fiable de cada etapa y cada aspecto: desde la invitación inicial de este movimiento hasta el establecimiento del Estado islámico y, posteriormente, la estructura del Estado, su constitución, sus políticas internas y exteriores, y los principios y métodos de gobierno del Estado.

Capítulo 13: La decadencia de las comunidades anteriores y sus ruinas

Introducción

Al estudiar la historia de la humanidad, podemos saber qué terribles consecuencias afrontaron sucesivamente las comunidades que, considerando el mundo como un simple centro de placeres y diversión, rechazaron la verdad predicada por los profetas y vivieron conforme a doctrinas erróneas. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Anbiya, nota 17)

Las comunidades malditas y destruidas observaron las antiguas ruinas con simple entretenimiento y curiosidad, pero no extrajeron ninguna lección de ellas. Esto demuestra cuán distinta es la mirada de quienes creen en la otra vida de la de los incrédulos. Uno contempla un espectáculo o, a lo sumo, escribe historia. El otro, en cambio, obtiene de ello una enseñanza moral y alcanza informaciones y conocimientos que no están relacionados con la vida mundana. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Furqan, nota 54)

Todos aquellos que fueron enviados para reformar y corregir a la humanidad eran habitantes de sus respectivas localidades. ¿Quiénes fueron Hazrat Nuh (la paz sea con él), Hazrat Ibrahim (la paz sea con él), Hazrat Musa (la paz sea con él) y Hazrat Isa (la paz sea con él)? Ahora vean cuál fue el destino de las comunidades que no aceptaron su da‘wah y siguieron sus concepciones infundadas y sus deseos desenfrenados. Muchos, al viajar por motivos comerciales, han pasado junto a las ciudades destruidas de ‘Ad, Zamud, Madyan, el pueblo de Lot y otras. ¿Es que no vieron allí nada? El destino que sufrieron en este mundo indica que en el Más Allá sufrirán un destino aún más terrible. Por otro lado, quienes se reformaron en este mundo no solo fueron nobles en él, sino que en la otra vida tendrán una situación mucho mejor y más feliz. (Tafhim al-Qur’an, sura Yusuf, nota 79)

Las comunidades que no prestaron atención a las palabras de los profetas y condujeron su vida negando el tawhid, la risalat y la otra vida, finalmente se hicieron merecedoras de la decadencia y la destrucción. La sucesión de acontecimientos históricos atestigua que las normas morales que Allah Todopoderoso envió por medio de los profetas, así como el interrogatorio al que serán sometidas las obras humanas en la otra vida conforme a ellas, son una verdad absolutamente decisiva. Pues toda comunidad que, sin preocuparse por estas normas morales, se consideró por encima de toda responsabilidad y supuso que no tendría que rendir cuentas ante nadie, terminó enfrentándose a la destrucción. (Tafhim al-Qur’an, sura Adh-Dhariyat, nota 21)

La causa de la destrucción de las comunidades que perecieron en el pasado fue que, cuando Allah Todopoderoso les concedió abundantes riquezas y poder, se embriagaron de placeres y autoridad y comenzaron a sembrar la corrupción en el mundo. Entonces la decadencia moral general de la sociedad llegó a tal extremo que entre ellos ya no quedó ninguna persona virtuosa que les impidiera obrar mal. Y si aún quedaba alguna, eran tan pocos que sus débiles voces no pudieron impedirles cometer malas acciones. Por estas razones, aquellas comunidades se hicieron merecedoras de la maldición de Allah Todopoderoso. (Tafhim al-Qur’an, sura Hud, nota 115)

Para quienes buscan la verdad, en la tierra de Allah hay signos, y más signos, esparcidos por todas partes. Al contemplarlos, pueden comprender la verdad. Pero los obstinados no creyeron aun después de haberlos visto. Hasta que llegue la paz procedente de Allah, permanecen continuamente sumidos en el extravío. En este contexto, la sura Ash-Shu‘ara relata la situación de siete comunidades de la historia. Se comportaban con la misma obstinación que los incrédulos de La Meca en la época del Profeta Mustafa (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Al presentar estos relatos históricos, Allah Todopoderoso ha llamado la atención sobre varios asuntos.

En primer lugar, los signos son de dos clases. Una clase consiste en los signos que están esparcidos por toda la tierra de Allah. Una persona sensata puede observarlos y determinar si es correcta la dirección hacia la que convocan los profetas de Allah. La segunda clase consiste en signos como los que vieron el pueblo de Lot y los compañeros de al-Aykah. Ahora corresponde a los incrédulos de La Meca decidir qué clase de signos desean ver.

En segundo lugar, en todas las épocas, la mentalidad, los razonamientos, las acusaciones y las objeciones de los incrédulos fueron del mismo tipo. Sus artimañas y pretextos para no abrazar la fe fueron del mismo tipo. Finalmente, también su destino fue del mismo tipo. En cambio, en todas las épocas, las enseñanzas de los profetas fueron del mismo tipo, y también lo fueron su carácter y su conducta. Sus argumentos frente a sus adversarios eran del mismo tipo y, del mismo modo, la gracia de Allah se manifestaba de una manera semejante. Estos dos ejemplos están registrados en la historia. (Tafhim al-Qur’an, sura al-Shu‘ara, introducción.)

A los pueblos del pasado se les había dado, en sus respectivas épocas, la oportunidad de desempeñar su misión. Pero adoptaron el camino de la injusticia, la opresión y la rebelión. No prestaron atención a las palabras de los profetas enviados para guiarlos por el camino recto. Por ello fracasaron en la prueba y fueron eliminados de la faz de la tierra. Finalmente llegó el turno de los árabes. Se les dio la oportunidad de actuar en el lugar de quienes los precedieron. Se encuentran en el mismo campo de prueba del que fueron expulsados sus predecesores. Se les dijo que, si no querían sufrir el destino de los pueblos anteriores, debían beneficiarse de la oportunidad que se les había concedido. Debían aprender del destino de los pueblos del pasado y no repetir los errores por los que estos fueron destruidos. (Tafhim al-Qur’an, sura Yunus, nota 18.)

El pueblo de Noé (la paz sea con él)

De las indicaciones del Corán y del relato bíblico se desprende claramente que el país donde vivía el pueblo de Noé (la paz sea con él) es el que hoy se conoce como Irak. La veracidad de esto también queda demostrada por las antiguas inscripciones y tablillas de piedra pre-bíblicas halladas entre las antiguas reliquias de Babilonia. Entre ellas se narra una historia aproximadamente de este tipo, mencionada tanto en el Corán como en la Biblia, en la que se dice que su morada se encontraba en los alrededores de Mosul. Asimismo, las leyendas transmitidas de generación en generación en Kurdistán y Armenia indican que, después de la lluvia y la tormenta, el arca de Noé (la paz sea con él) llegó a algún lugar de esta misma región. Aún se identifican diversos vestigios de Noé (la paz sea con él) junto al monte Ararat, situado al norte de Mosul, en los alrededores de la isla de Ibn Umar y cerca de la frontera con Armenia; y entre los habitantes de Najicheván todavía se cuenta que el profeta Noé (la paz sea con él) fundó esta ciudad.

Ilustración

(La región del pueblo de Noé y el monte Judi)

Ilustración de la evidencia histórica de una violenta tormenta

En la literatura antigua de Grecia, Egipto, la India y China se encuentran leyendas semejantes al relato anterior de Hazrat Nuh (A). Además, desde tiempos remotos han circulado leyendas de este tipo en Birmania, Malasia, las islas de las Indias Orientales, Australia, América y diversas regiones de Europa. Esto demuestra claramente que este relato pertenece a una época en la que toda la humanidad habitaba en un mismo territorio y que, posteriormente, se dispersó desde allí por diferentes partes del mundo. Por esta razón, todas las naciones mencionan en su historia primitiva una gran inundación. Sin embargo, con el paso del tiempo olvidaron sus detalles reales y cada una cubrió el acontecimiento verdadero con una enorme capa de imaginación, conforme a sus propias concepciones. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-A’raf, nota 47)

La montaña de Judi, donde se detuvo el arca de Hazrat Nuh (A), está situada al noreste de la isla de Ibn Umar, en la región del Kurdistán. En la Biblia se dice que el lugar donde esta arca llegó a tierra fue Ararat, nombre de una montaña de Armenia. Se trata de una cadena montañosa. Esta cordillera llamada Ararat se extiende desde las cumbres elevadas de Armenia hacia el sur, hasta el Kurdistán. Una de las montañas de este macizo se llama Judi, y aún hoy es conocida con ese nombre. Las historias antiguas afirman que el arca se detuvo precisamente en este lugar. En realidad, doscientos cincuenta años antes del nacimiento de Hazrat Isa (A), un líder religioso babilonio llamado Berasus (Berasus) escribió, basándose en antiguas tradiciones, una historia de su país, en la cual señaló la montaña de Judi como el lugar donde el arca de Hazrat Nuh (A) llegó a tierra. Abydenus (Abydenus), discípulo de Aristóteles, también confirmó esto en su historia. Además, al describir las condiciones de aquella época, afirmó que muchos habitantes de Irak conservaban fragmentos de aquella arca y que los lavaban para dar de beber esa agua a los enfermos. (Tafhim al-Qur’an, sura Hud, nota 46)

La decadencia moral del pueblo de Nuh

De la situación de Hazrat Nuh (A) y de su pueblo, tal como se describe en el Corán, queda claro que aquel pueblo no negaba la existencia de Allah ni ignoraba quién era Él. Tampoco se oponía a adorar a Allah. Sin embargo, la desviación en la que estaba sumido era la desviación del politeísmo. Es decir, consideraba que otras entidades también compartían la divinidad con Allah y creía que ellas igualmente tenían derecho a recibir alabanzas y adoración. A partir de esta desviación fundamental surgieron en aquel pueblo diversas formas de corrupción. Se creó dentro de la nación una clase especial para representar a los dioses y diosas fabricados por ellos mismos, a los que consideraban socios de Allah en la divinidad. Esta clase se adueñó de todo el poder religioso, político y económico. Estableció distinciones entre superiores e inferiores entre la gente. Llenó la vida social de injusticia y corrupción, mientras que la inmoralidad y la depravación moral vaciaron a la humanidad de su esencia.

El pueblo de Hazrat Nuh (A)

Los esfuerzos reformadores de Hazrat Nuh (A)

*****Árabe*******

Habían extendido una enorme red de engaños. —Sura An-Nuh: 22

El engaño consistía en las tácticas de aquellos dirigentes mediante las cuales intentaban incitar al pueblo contra las enseñanzas de Hazrat Noé (la paz sea con él). Decían, por ejemplo: «Noé no es más que un ser humano como vosotros. ¿Cómo podemos aceptar que haya recibido una revelación de Allah?» (sura Al-A‘raf: 63; sura Hud: 27). «Solo la gente de las clases bajas nos ha seguido sin comprender. Si sus palabras tuvieran realmente alguna importancia, nuestros ancianos las habrían aceptado sin duda» (sura Hud: 27). «Si Allah hubiera querido enviar un profeta o mensajero, habría enviado a un ángel» (sura Al-Mu’minun: 24). «Si de verdad hubiera sido enviado por Allah, habría poseído tesoros, conocido lo oculto y, como los ángeles, habría estado libre de todas las necesidades humanas» (sura Hud: 31). «¿Qué milagro hemos visto en Noé y sus seguidores que nos obligue a reconocer su rango?» (sura Hud: 27). «Este hombre solo quiere imponerse como vuestro jefe y gobernante» (sura Al-Mu’minun: 24). «Algún yinn lo ha poseído y lo ha vuelto loco» (sura Al-Mu’minun: 25). (Tafhim al-Qur’an, sura Al-A‘raf, nota 48)

Hazrat Noé (la paz sea con él) se esforzó durante mucho tiempo, con paciencia y sabiduría, por cambiar aquella situación. Pero ellos habían atrapado al pueblo de tal manera en la red del engaño que ningún intento de reforma dio resultado. Finalmente, Hazrat Noé (la paz sea con él) suplicó a Allah: «¡Señor mío! No dejes con vida sobre la tierra a ninguno de estos incrédulos. Si los dejas, extraviarán a Tus siervos, y de su descendencia solo nacerán malvados, incrédulos e ingratos». Aquí se hace referencia a la súplica de Hazrat Noé (la paz sea con él), que realizó después de esforzarse continuamente durante un largo período por reformar y corregir a su pueblo. Suplicó: «Allah, ya no puedo más; ayúdame» (sura Al-Qamar: 10). «¡Señor! No dejes sobre la tierra a ningún incrédulo» (sura Noé: 26). (Tafhim al-Qur’an, sura Noé, nota 16)

Castigo

La súplica de Hazrat Noé (la paz sea con él) ante Allah (El Corán menciona el prolongado conflicto que se desarrolló durante varios siglos entre la invitación de Hazrat Noé (la paz sea con él) y la obstinación de su pueblo en la incredulidad. En la sura Al-‘Ankabut se dice que este conflicto duró novecientos cincuenta años. Sus descendientes, al observar gradualmente toda su conducta, no solo llegaron a la conclusión de que carecían por completo de capacidad para aceptar la verdad, sino que expresaron la opinión de que tampoco había posibilidad alguna de que en el futuro nacieran personas rectas y creyentes de su descendencia. «¡Oh Allah! Si los dejas, extraviarán a Tus siervos y de su descendencia solo nacerán pecadores y opositores de la verdad». Allah mismo consideró correcta esta opinión de Hazrat Noé y, basándose en Su conocimiento perfecto e infalible, dijo: «De tu pueblo solo han creído aquellos que estaban destinados a creer; nadie más creerá. No te aflijas, pues, por lo que harán» (sura Ash-Shu‘ara, nota 85). La súplica fue aceptada. Entonces el castigo de Allah cayó sobre aquel pueblo. De la clara descripción del Corán se entiende que el diluvio comenzó en un horno particular, de cuya parte inferior brotó un manantial de agua. Después, por un lado, comenzó a llover torrencialmente desde el cielo y, por otro, brotaron manantiales en distintos lugares de la tierra. En la sura Hud solo se menciona que del horno brotó agua caliente; más adelante también se alude a la lluvia. Pero su descripción aparece en la sura Al-Qamar:

(

Abrí las puertas del cielo, de las cuales cayó una lluvia incesante. Y hendí la tierra, haciendo brotar manantiales por todas partes. Ambas clases de agua se unieron para cumplir el decreto de Allah.

Además, parece que el uso en el Corán de la palabra tannur con alif-lam indica que Allah había escogido un horno particular para este propósito. Luego, con una simple señal, en el momento señalado comenzó a brotar de él agua caliente. Más tarde fue llamado el horno que provocó la tormenta y el diluvio. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-A‘raf, nota 48)

¿El diluvio fue universal?

¿Se extendió este diluvio por todo el mundo o estuvo limitado únicamente a la región donde vivía el pueblo de Noé? Esta es una pregunta cuya respuesta aún no se ha encontrado. Según los relatos israelitas, la opinión general es que el diluvio tuvo lugar en todo el mundo (Génesis 7:18-24). Pero en el Corán no se afirma esto en ninguna parte. De las alusiones e indicios del Corán se puede comprender ciertamente que la humanidad de la época posterior al diluvio surgió de la humanidad que fue salvada del diluvio de Noé. Sin embargo, esto no implica necesariamente que el diluvio de Noé se extendiera por todo el mundo. Pues también puede afirmarse correctamente que, en aquel entonces, la humanidad descendiente de Adán estaba limitada a la región del mundo donde ocurrió el diluvio. Y la descendencia humana que nació después del diluvio se extendió gradualmente por todo el mundo. Dos hechos respaldan esta opinión. En primer lugar, en la tierra bañada por el Tigris y el Éufrates se encuentran pruebas de un gran diluvio en los relatos históricos, en los vestigios antiguos y en las distintas capas del suelo. En segundo lugar, entre la mayoría de los pueblos del mundo se conserva desde tiempos antiguos la leyenda de un gran diluvio. Incluso en las antiguas leyendas de países tan lejanos como Australia, América y Nueva Guinea se encuentra una referencia a él. De esto se puede concluir que, en algún momento, quizá los antepasados de estos pueblos vivían en una misma comunidad, donde tuvo lugar aquel diluvio. Después, al dispersarse por distintas partes del mundo, llevaron consigo estas leyendas. (Tafhim al-Qurán, sura Hud, nota 42).

El arca de Noé se convirtió en una señal aleccionadora

*****Árabe *******

Lo convertimos en una señal aleccionadora para todos los mundos. —Sura Al-Ankabut: 15

Esto también puede significar que este terrible castigo o este acontecimiento extraordinario fue convertido en una señal aleccionadora para las generaciones posteriores. Sin embargo, por la manera en que se describe aquí en la sura Al-Qamar (versículo 115), parece que la propia arca era la señal aleccionadora: permaneció en la cima de la montaña y continuó transmitiendo a las generaciones posteriores la noticia de que en el mundo había ocurrido un diluvio de tal magnitud que el arca había quedado varada sobre la montaña. En el comentario de los versículos de la sura Al-Qamar, Ibn Yarir cita un relato de Qatada y dice que, durante la época de los compañeros, cuando los musulmanes llegaron a la región de Al-Yazira, vieron aquella arca sobre el monte Judi (según otra versión, cerca de una aldea llamada Baqirwa). Incluso en la época actual se oye de vez en cuando que se organizan expediciones en busca del arca de Noé. Se dice como explicación que, a menudo, cuando un avión sobrevuela la cordillera del Ararat, los pilotos ven en la cima de la montaña algo parecido a una embarcación. El imán Bujari, Ibn Abi Hatim, Abd al-Razzaq e Ibn Yarir citan un relato de Qatada según el cual, en el momento de la conquista de Irak y Al-Yazira por los musulmanes, aquella arca aún se encontraba sobre el monte Judi (según otra versión, cerca de la aldea de Baqirwa), y los musulmanes de la primera época la vieron. (Tafhim al-Qurán, sura Hud, nota 46)

El pueblo de Ad

Denominación

Era un pueblo muy antiguo de Arabia. La historia de este pueblo se transmitía de boca en boca entre los árabes. Hasta los niños pequeños conocían su nombre. Su esplendor, grandeza, influencia y poder eran proverbiales. También fue proverbial la manera en que su nombre y sus huellas desaparecieron del mundo. Debido a esta fama, en la lengua árabe toda cosa antigua se denomina «adi». A los vestigios antiguos también se les llama «adiyyat». A la tierra que no tiene dueño y queda sin cultivar se la llama «adiyyul ard». En la poesía árabe antigua se encuentran numerosas menciones de este pueblo. Los genealogistas árabes mencionan a este pueblo antes que a todos los demás pueblos antiguos de su país. Se cuenta en un hadiz que una vez acudió ante el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) un hombre de Banu Zuhal ibn Shayban, que vivía en la región del pueblo de Ad. Este hombre relató al Profeta aquellas historias sobre ese pueblo que los habitantes de su región habían transmitido de generación en generación desde tiempos muy antiguos.

El lugar de residencia del pueblo de Ad

Según la perspectiva del Corán, la verdadera morada de este pueblo era la región de Ahqaf (Ahqaf es el plural de la palabra «hiqf», cuyo significado lexicográfico es largas dunas de arena; por su altura, desde luego, no son como montañas. En terminología geográfica, se denomina así a la parte occidental del desierto árabe —Rub al-Jali—, donde no hay asentamientos. El autor), situada entre el Hiyaz, Yemen y Yamama. Desde allí se expandieron y establecieron su influencia y poder desde el oeste de Yemen hasta Irak. Desde el punto de vista histórico, los vestigios de este pueblo casi han desaparecido por completo del mundo. Sin embargo, en algún lugar del sur de Arabia se encuentran antiguas ruinas que se atribuyen al pueblo de Ad.

Se dice que en un lugar se encuentra la tumba del profeta Hud (la paz sea con él). En 1837, un oficial de la marina británica (James R. Wellested) vio en Hisn Ghurab una inscripción en piedra en la que se mencionaba al profeta Hud (la paz sea con él). Por el texto parece claro que fue escrita por personas que seguían la sharía del profeta Hud (la paz sea con él). (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Ankabut, nota 25)

Ibn Ishaq dice que los asentamientos del pueblo de Ad se extendían desde Omán hasta Yemen. El Corán nos dice que su verdadera morada era Ahqaf; desde allí salieron, se dispersaron por las regiones vecinas y se extendieron sobre los pueblos débiles. Hasta hoy, entre los habitantes del sur de Arabia es común la creencia de que el pueblo de Ad vivió en esta región. En Hadramaut, aproximadamente a 125 millas al norte de la actual ciudad de Mukalla, hay un lugar donde han construido sobre una roca la tumba del profeta Hud (la paz sea con él), conocida como la tumba de Hud. Cada año, el día 15 de Shaabán, se celebra allí un urs. Miles de personas se reúnen allí procedentes de diversas regiones de Arabia. Aunque esta tumba no está demostrada históricamente, la reunión allí de un gran número de habitantes del sur de Arabia probablemente demuestra que la leyenda local identifica esta región como la morada del pueblo de Ad. Además, en Hadramaut todavía se encuentran diversos vestigios que indican que sus habitantes siguen considerando este lugar la morada del pueblo de Ad.

El estado actual de la morada del pueblo de Ad

Al contemplar el estado actual de Ahqaf, nadie podría imaginar que en algún tiempo vivió allí un pueblo civilizado y poderoso. Es posible que hace miles de años fuera una región fértil y verde, que con el paso del tiempo se transformó, debido a cambios climáticos ocasionales, en una llanura desértica. Su estado actual es el de un desierto devorador, en cuyo centro nadie se atreve a permanecer. En 1843, un oficial militar de Baviringyar llegó a su extremo meridional. Dice que, al contemplar este desierto desde las tierras altas situadas al norte de Hadramaut, se lo ve mil pies más abajo. Hay lugares donde el terreno es tan blanco que todo lo que cae allí se hunde en un mar de arena y queda destruido. Incluso los beduinos de Arabia sienten un enorme temor por esta región y no aceptan ir allí bajo ninguna circunstancia. En cierta ocasión, como un beduino no quiso llevar allí al oficial militar, este fue solo. Dice que la arena de allí es fina y suave como el polvo. Arrojé desde lejos un cubo en aquel lugar. En cinco minutos se había hundido. La cuerda con la que lo había atado y arrojado también se deshizo inmediatamente. (Para más detalles, véanse: 1. Arabia and the Isles, Harold Ingrams, Londres, 1946. 2. The Unveiling of Arabia, R. H. Kirman, Londres, 1937. 3. The Empty Quarter, Philby, Londres, 1933). (Tafhim al-Qur’an, sura Al-A’raf, nota 51)

La prosperidad anterior a la destrucción

Los relatos históricos de los árabes y los descubrimientos arqueológicos actuales demuestran que el Ad de la primera época fue completamente destruido y que sus vestigios también fueron eliminados del mundo. Los historiadores árabes lo consideran un pueblo desaparecido. Asimismo, existe consenso en la historia árabe en que solo sobrevivió aquella parte del pueblo de Ad que seguía al profeta Hud (la paz sea con él). A esta parte superviviente del pueblo de Ad se la ha llamado el segundo Ad. La inscripción de Hisn Ghurab que hemos mencionado anteriormente es uno de sus vestigios. Se considera que esta inscripción data aproximadamente de mil ochocientos años antes de Cristo. A continuación se ofrecen algunas frases del texto original de la inscripción, tal como lo han leído los especialistas: «Durante mucho tiempo hemos vivido en esta fortaleza con tal influencia y poder que ni la pobreza ni la prosperidad han podido afectarnos. Nuestros ríos permanecían llenos hasta los bordes, y los gobernantes eran reyes cuyos pensamientos eran puros y limpios y que se mostraban severos con la injusticia y la maldad. Gobernaban sobre nosotros conforme a la sharía de Hud (la paz sea con él), y las decisiones acertadas se registraban en un libro. Creíamos en los actos milagrosos y en la resurrección después de la muerte».

Esta declaración atestigua la veracidad de la descripción coránica según la cual, finalmente, fueron quienes creyeron en el profeta Hud (la paz sea con él) los que heredaron la antigua influencia, poder y prosperidad del pueblo de Ad. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Ahqaf, nota 25)

Mención coránica de su prosperidad, orgullo y arrogancia

(******árabe ******)

Recordad el favor y la gracia de Dios Todopoderoso: después del pueblo de Noé, os hizo sus sucesores. (Sura Al-A’raf: 69)

Físicamente, eran muy corpulentos y fuertes.

(*****árabe *****)

Físicamente, Él os hizo muy saludables y corpulentos.

En su época, eran un pueblo sin igual. Ningún otro pueblo podía compararse con ellos.

(*****আরবী******)

Semejantes a los cuales no se había creado ningún otro pueblo en la tierra. Sura Al-Fajr: 8

Su civilización era muy avanzada. Su característica distintiva era la construcción de altos edificios sobre elevadas columnas. Y por ello alcanzaron fama en el mundo.

(*****আরবী********)

¿Acaso no has visto cómo trató tu Señor a Ad, Iram, el de las altas columnas? Sura Al-Fajr: 6-7.)

Su fuerza y poderío material y físico los llenaron de orgullo. Se embriagaron de poder.

(*****আরবী******)

Ahora, sobre Ad. Se desviaron del camino de la verdad en el mundo y adoptaron una conducta de orgullo y arrogancia, y comenzaron a decir: «¿Quién es más fuerte que nosotros?» Sura Ha Mim as-Sajdah: 15

Su poder político estaba en manos de unos cuantos grandes tiranos, ante quienes nadie se atrevía siquiera a decir una palabra.

(*****árabe*****)

Y obedecían las órdenes de todo tirano enemigo de la verdad. — Sura Hud: 59

Desde el punto de vista religioso, no negaban a Alá, sino que estaban inmersos en el shirk. No aceptaban que la servidumbre y la obediencia debían rendirse únicamente a Alá.

(*****árabe*****)

Ellos le dijeron (a Hud): «¿Has venido a nosotros para que adoremos únicamente a Alá y abandonemos aquello que adoraban nuestros antepasados? Sura Al-A‘raf: 70 (Tafhim al-Qur’an, Sura Al-Ahqaf, nota 25)»

La causa de que el castigo descendiera sobre ellos

La antigua nación de ‘Ad no fue destruida porque Alá tuviera enemistad alguna con ella y quisiera destruirla por eso. Más bien, ellos mismos adoptaron un modo de vida que los condujo hacia la destrucción. Alá Todopoderoso les había dado la oportunidad de reflexionar y de corregirse. Envió mensajeros para guiarlos. Por medio de los mensajeros, les advirtió sobre las consecuencias de seguir el camino errado. Les explicó claramente cuál era el camino de su bienestar y cuál el camino de la destrucción. Pero cuando no aceptaron ninguna oportunidad de reforma y corrección, y se obstinaron en seguir el camino de la destrucción, entonces inevitablemente les sobrevino el destino que les estaba reservado. (Tafhim al-Qur’an, Sura Al-A‘raf, nota 56

La descripción coránica del castigo

(*****আরবী****)

Finalmente, envié sobre ellos una tormenta terrible durante algunos días nefastos, para hacerles probar la humillación en la vida mundana. – (Sura Fussilat: 16)

La descripción de este castigo que aparece en distintos lugares del Noble Corán es la siguiente: un viento tempestuoso sopló continuamente durante siete noches y ocho días. Debido a su violencia, la gente iba cayendo y muriendo de tal manera que parecía que los troncos secos de las palmeras yacían derribados (Sura al-Haqqah: 7). Todo aquello sobre lo que pasó este viento quedó reducido a ruinas (Sura adh-Dhariyat: 42). Cuando este viento comenzó a soplar, la gente del pueblo de ‘Ad se alegraba. Decían: «¡Vaya! Han aparecido nubes muy densas; lloverá y las cosas secas volverán a cobrar vida».

Pero el viento llegó con tal fuerza que destruyó toda la población. (Tafhim al-Qur’an, Sura ash-Shu‘ara, nota 86)

( *****আরবী******)

Envié sobre ellos una violenta tormenta durante un día nefasto. Esta tormenta los levantaba y luego los arrojaba al suelo de tal manera que parecían troncos de palmeras arrancadas de raíz. –Sura al-Qamar: 19-20)

Es decir, un día cuya calamidad continuó durante varios días. En la aleya 16 de la Sura Fussilat se han utilizado las palabras (*****আরবী***). En la aleya 7 de la Sura al-Haqqah se dice que esta tormenta duró siete noches y ocho días. (Se cuenta que el día en que comenzó este castigo fue miércoles. Así surgió entre la gente la creencia de que el miércoles era un día nefasto y que no era correcto comenzar ningún trabajo ese día. En apoyo de esta idea también se citan algunos hadices débiles. Como resultado, la creencia en el carácter nefasto de ese día se arraigó entre la población. Por ejemplo, la narración de Ibn Mardawayh y del Jatib al-Bagdadí (*****আরবী******), es decir: «El último miércoles del mes es un día nefasto cuya calamidad continúa». Ibn al-Yawzí califica este hadiz de ficticio. Ibn Rajab dice que este hadiz no es auténtico. Hafiz Sakharbí dice que todas las formas en que se ha transmitido este hadiz son inventadas. Asimismo, los expertos en hadices consideraron débil el hadiz de at-Tabaraní. El hadiz dice (*****আরবী******), es decir: «El miércoles es un día maldito o nefasto». En algunas otras narraciones se afirma que no es correcto viajar en miércoles, realizar transacciones ni cortarse las uñas ese día. Tampoco sería correcto visitar a los enfermos, porque la lepra habría comenzado ese día. Sin embargo, todas estas narraciones son débiles y poco fiables, y no pueden servir de fundamento para ninguna creencia. El investigador Munadí dice (*****আরবী****), es decir: «Es estrictamente ilícito sostener sobre este asunto una creencia semejante a la de los adivinos». Porque todos los días pertenecen a Alá. Ningún día es por sí mismo auspicioso o nefasto.

El erudito al-Alusi dice: Todos los días son iguales. El miércoles no posee ninguna particularidad. No hay ningún momento entre la noche y el día que sea bueno para unos y malo para otros. En todo momento, Allah Todopoderoso crea condiciones favorables para unos e inconvenientes para otros. El autor (Tafhim al-Qur’an, Sura Ha-Mim as-Sajdah, nota 20).

El pueblo de Zamud

Identidad

El pueblo de Zamud fue el segundo entre los pueblos más antiguos de Arabia que alcanzaron mayor renombre después de Ad. Antes de la revelación del Corán, sus relatos e historias eran conocidos por todos los árabes. En la poesía y los discursos de la época de la ignorancia se los mencionaba con frecuencia. También se encuentran referencias a ellos en las inscripciones asirias y en los libros de los antiguos historiadores y geógrafos de Grecia, Alejandría y Roma. Algunos vestigios de este pueblo existieron hasta poco antes del nacimiento de Jesucristo (la paz sea con él). Los historiadores romanos dicen que miembros de este pueblo se incorporaron al ejército romano y combatieron contra los nabateos, porque mantenían enemistad con ellos.

El asentamiento del pueblo de Zamud

Los habitantes de este pueblo vivían en la región del noroeste de Arabia que todavía hoy se conoce como al-Hiyr. En la actualidad, una estación del ferrocarril del Hiyaz, situado entre Medina y Tabuk, se llama Mada’in Salih. Este era el principal asentamiento del pueblo de Zamud y en la antigüedad se lo llamaba Hiyr. Hasta hoy pueden verse allí, extendidos por miles de acres, edificios de piedra que los miembros del pueblo de Zamud construyeron excavando las montañas. Basta contemplar esta ciudad silenciosa y desierta para deducir que en algún tiempo su población no debió de ser inferior a cuatrocientos o quinientos mil habitantes. (Toda la región del norte del Hiyaz, desde Rabeg hasta Uqba, y desde Medina y Jaybar hasta Tayma y Tabuk, está aún llena de los vestigios de Zamud. En la época de la revelación del Corán, es de suponer que estos vestigios eran mucho más visibles que en la actualidad. El autor [Sura al-Qamar, nota 16]).

En la época de la revelación del Corán, las caravanas comerciales del Hiyaz atravesaban estos vestigios. Sin embargo, cuando el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pasó por este camino durante una expedición, mostró estos vestigios a los musulmanes y les pidió que extrajeran una lección de estas antiguas ruinas. En un lugar señaló un pozo y dijo: «Este es el pozo del que bebía la camella del profeta Salih (la paz sea con él)». Ordenó a los musulmanes beber agua únicamente de este pozo. Señalando un valle montañoso, dijo: «De aquí bebía agua esa camella». Aún hoy ese lugar es conocido con el nombre de Fayy an-Naqa. (De camino a la expedición de Tabuk, los musulmanes recorrían repetidamente estas ruinas de Zamud. El Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) los reunió y dijo: «Aprended una lección del destino del pueblo de Zamud». También dijo: «Este fue el hogar de un pueblo sobre el que descendió el castigo de Allah. No es un lugar para hacer turismo por placer, sino un lugar para llorar. Por tanto, atravesad pronto este lugar y seguid vuestro camino». El autor [Tafhim al-Qur’an, Sura al-A’raf, nota 59] [Tafhim al-Qur’an, Sura al-Qamar, nota 16]).

Los vestigios del pueblo de Zamud

(*****আরবী******)

Recordad cuando Allah os hizo sucesores del pueblo de Ad y os concedió tal dignidad que hoy construís enormes palacios en terrenos apropiados que ellos prepararon, y excaváis las montañas para construir viviendas. —Sura Al-A‘raf: 74

La arquitectura del pueblo de Zamud —la excavación de las montañas— era exactamente como la que puede verse en Barte, Ellora, Ajanta y otros lugares. En Madain Salih todavía se conservan intactos aquellos edificios. Al contemplarlos, se puede apreciar cuánto había avanzado este pueblo en la ingeniería. (Tafhim al-Qurán, sura Al-Ankabut, nota 65)

Al-Hijr era el asentamiento central del pueblo de Zamud. Sus ruinas pueden verse a varios kilómetros de la actual ciudad de Al-Ula, situada al noroeste de Medina. Este lugar se encuentra precisamente junto a la carretera principal que conduce de Medina a Tabuk. Las caravanas pasan por este valle, pero, siguiendo las instrucciones del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), nadie permanece allí.

En el siglo VIII de la hégira, Ibn Battuta llegó aquí mientras se dirigía a realizar el hayy. Dice que en estas montañas rojizas aún se conservan los edificios del pueblo de Zamud. Los construyeron excavando las montañas. Las ornamentaciones que realizaron están todavía tan vivas que parece que acabaran de ser hechas. En estos lugares aún pueden verse huesos humanos calcinados. (Tafhim al-Qurán, sura Al-A‘raf, nota 57)

Progreso material y decadencia moral

De las descripciones de este pueblo que aparecen en el Noble Corán —en los versículos 73-79 de la sura Al-A‘raf, 61-68 de la sura Hud, 80-84 de la sura Al-Hiyr, 45-53 de la sura An-Naml, 43-45 de la sura Adh-Dhariyat, 23-31 de la sura Al-Qamar, 4-5 de la sura Al-Haqqah, el versículo 9 de la sura Al-Fayr y el versículo 11 de la sura Ash-Shams— se sabe que el pueblo al que se concedió prosperidad después del pueblo de Ad fue precisamente el pueblo de Zamud. (*****আরবী*****) Sin embargo, su desarrollo civilizatorio y su prosperidad tuvieron el mismo desenlace que los del pueblo de Ad. Es decir, mientras el nivel de vida ascendía cada vez más hacia las cumbres del progreso, el nivel de humanidad descendía cada vez más. Por un lado, en las llanuras abiertas se excavaban las rocas, como en Ellora y Ajanta, y se construía palacio tras palacio. Por otro, el politeísmo y la idolatría se extendían por la sociedad. La sociedad estaba afligida por la opresión y la injusticia. El liderazgo social había quedado establecido en manos de personas inmorales. Los miembros de las clases superiores, cegados por el orgullo y la arrogancia, se creían dueños del mundo. Solo las personas de las clases inferiores respondieron a la invitación hacia la verdad que presentó el profeta Salih (la paz sea con él). Las personas de las clases superiores se negaron a aceptar la invitación del profeta diciendo: «No creemos en aquel en quien vosotros habéis creído».

(*****আরবী *****)

No creemos en aquel en quien vosotros habéis creído.

Las tres razones para rechazar la verdad

El pueblo de Zamud se negó a seguir a Hazrat Sálih (A) por tres razones. La primera era que él era un ser humano. No era un superhombre. Por eso, no podían aceptar su superioridad. En segundo lugar, pertenecía a su propio pueblo. Por lo tanto, según ellos, no podía haber ninguna razón para que fuera superior a ellos. En tercer lugar, según ellos, era simplemente uno de los hombres comunes. No era un jefe poderoso; no tenía consigo un grupo de hombres, tropas ni ejército, ni poseía influencia o autoridad. Por eso no se podía aceptar su superioridad. Ellos pensaban que un profeta debía ser un superhombre. Y si había de ser un ser humano, no debía nacer en su propio país ni entre su propio pueblo. Debía venir de algún otro lugar, o ser enviado desde el exterior. Y si tampoco era así, al menos debía ser una persona adinerada. Debía tener fama, influencia y autoridad, de modo que pudiera aceptarse que Dios había fijado Su mirada en él para designarlo como guía. (Tafhīm al-Qur’an, sura Al-A‘raf, nota 57)

El conflicto entre el bien y el mal

Después de que Hazrat Saleh (la paz sea con él) iniciara su predicación, su pueblo quedó dividido en dos grupos.

(*****Árabe*****)

Se dividieron repentinamente en dos grupos enfrentados. Sura An-Naml, 45

Un grupo cree y el otro se niega a creer. Debido a esta discrepancia, comenzó el enfrentamiento entre ellos. En otro lugar del Corán se dice:

(*****আরবী******)

Los orgullosos jefes de aquel pueblo decían a los creyentes débiles: «¿De verdad sabéis que Salih ha sido enviado por su Señor?». Ellos respondían: «Creemos en la verdad con la que él ha sido enviado». Entonces aquellos orgullosos decían: «No creemos en aquello en lo que vosotros creéis».

En otro lugar, las palabras de los jefes de este pueblo se describen así: «¡Oh, Salih! Tráenos el castigo con el que nos amenazas, si realmente eres uno de los mensajeros». Sura Al-A‘raf: 77.

Petición de mostrar un milagro

(*****আরবী****)

Estamos enviando la camella como una prueba para ellos. Ahora observa pacientemente cuál será su destino. Infórmales de que el agua será repartida entre ellos y la camella: cada parte acudirá a beber agua el día que le corresponda. —Sura Al-Qamar: 27-28.

La explicación de las palabras «Estamos enviando la camella como una prueba para ellos» es que, de repente, llevaron una camella y la presentaron ante ellos, y se les dijo: «Ella beberá agua sola un día, y vosotros y vuestros animales podréis beber al día siguiente. El día que le corresponda, ninguno de vosotros vendrá a sacar agua de ningún pozo o manantial, ni traerá a sus animales para que beban». Este desafío fue planteado por aquel de quien ellos mismos decían que no tenía soldados ni partidarios que lo apoyaran. (Tafhim al-Qur’an, Sura Al-Qamar, nota 17)

La señal decisiva

En los versículos 154-156 de la sura Ash-Shu‘ara se afirma que el pueblo de Zamud exigió al Hazrat Salih (A.S.) una señal que demostrara directamente que había sido enviado por Allah. En respuesta, el Hazrat Salih (A.S.) presentó esta camella. (Esto mismo se afirma en el versículo 73 de la sura Al-A‘raf. El autor.) De ello se demuestra claramente que la camella apareció como un milagro. Además, era un milagro del tipo que algunos profetas presentaron como prueba de su profecía para satisfacer las exigencias de los que negaban la verdad. Asimismo, la aparición milagrosa de la camella queda demostrada por el hecho de que el Hazrat Salih (A.S.), al presentarla, amenazó a los incrédulos diciéndoles: «Vuestras vidas están inseparablemente vinculadas a la vida de esta camella. Ella podrá vagar libremente por vuestros campos y tierras de cultivo. Un día beberá ella, y al día siguiente beberán todos vuestros animales. Si le hacéis algún daño, el castigo de Allah caerá inmediatamente sobre vosotros». Es evidente que una certeza y convicción tan absolutas solo pueden expresarse respecto de algo que el ser humano ve con sus propios ojos y reconoce como extraordinario. Después, la camella continuó vagando libremente de un lugar a otro durante bastante tiempo; un día bebía ella sola y al día siguiente bebían los demás animales. Ellos soportaron todo esto, aunque de muy mala gana. Finalmente, tras muchas deliberaciones y conspiraciones, mataron a la camella, pese a que el Hazrat Salih (A.S.) no disponía de ninguna fuerza que pudiera hacerles temerle. Otra prueba de este hecho es que sentían temor ante la camella y sabían que detrás de ella debía haber alguna fuerza gracias a la cual se movía entre ellos con total libertad. (El Corán no ofrece una explicación detallada de cómo era la camella ni de cómo apareció. Tampoco se encuentra una descripción de ello en ningún hadiz auténtico. Por consiguiente, no es necesario aceptar los relatos en los que los exegetas han descrito el origen de la camella basándose en diversas tradiciones. Sin embargo, el Corán demuestra que la camella apareció de manera milagrosa.) (Tafhim al-Qur’an, sura An-Naml, nota 58)

El asesinato de la camella

(*****árabe******)

Mataron a la camella y transgredieron la orden de su Señor. —Sura Al-A‘raf: 77

Durante bastante tiempo, la camella se había convertido en un problema para toda la nación. La gente se había sentido interiormente molesta con ella. Entonces continuaron las deliberaciones, hasta que finalmente un jefe obstinado asumió la responsabilidad de librar a la nación de este peligro. En la sura Ash-Shams, esa persona es mencionada de la siguiente manera (*****আরবী******). De repente, uno de los mayores malhechores de la nación se preparó para cumplir esta tarea. En la sura Al-Qamar se dice (*****আরবী*****): «Ellos instaron a su compañero, y él aceptó esta responsabilidad». Luego cortó la joroba de la camella. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Qamar, nota 19)

Aunque fue una sola persona quien mató a la camella, como se afirma en las suras Ash-Shams y Al-Qamar, puesto que toda la nación estaba detrás de él y, en realidad, mediante este crimen satisfizo la voluntad de toda la nación, se hizo responsable del crimen a toda la nación. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-A‘raf, nota 58). (El crimen cometido conforme a la voluntad de la nación, o aquel cuya perpetración recibe la aprobación de la nación, se considera un crimen nacional, aunque quien lo cometa sea una sola persona. Más aún, el Corán también afirma que un crimen cometido públicamente y aceptado por la nación se considera igualmente un crimen nacional. —El autor—)

La conspiración de los malhechores contra el venerable Salih (la paz sea con él)

(*****আরবী******)

En aquella ciudad había nueve cabecillas que difundían el desorden por el país y no realizaban ninguna labor reformadora. Se dijeron unos a otros: «Jurad por Allah que atacaremos por sorpresa a Salih y a su familia durante la noche. Después diremos a su responsable que no estuvimos allí en absoluto cuando destruyeron a su familia. Estamos diciendo toda la verdad».

Ellos llevaron a cabo esta intriga, pero Nosotros también urdimos un plan que ellos no percibieron en absoluto. Ahora ved cuál fue el resultado de su intriga. Los destruimos a ellos y a toda su nación. —Sura an-Naml: 48-51

Antes de que atacaran a Salih (la paz sea con él) en el momento que habían fijado, Allah Todopoderoso los destruyó a ellos y a toda su nación.

Parece que tramaron esta conspiración después de cortar la joroba de la camella. En la sura Hud se menciona que, cuando mataron a la camella, Salih (la paz sea con él) les advirtió diciendo: «Está bien; ahora disfrutad durante tres días en vuestras casas, y después os llegará el castigo de Allah» (*****ÁRABE*****). Entonces quizá pensaron: «Llegue o no llegue el castigo que Salih ha anunciado, ¿por qué no acabamos todos juntos con él también, al igual que con la camella?». Es muy probable que decidieran atacar precisamente la noche en que estaba previsto que descendiera sobre ellos el castigo. Pero ocurrió que, antes de que pudieran siquiera tocar a Salih (la paz sea con él), la poderosa mano de Allah cayó sobre ellos. (Tafhim al-Qur’an, sura al-A‘raf, nota 58)

Descripción del castigo

(*****আরবী*****) El castigo cayó sobre ellos.

En otra parte del Corán, la descripción de este castigo se presenta así: cuando mataron a la camella, Salih (la paz sea con él) dijo

(*****আরবী*****)

Seguid viviendo en vuestras casas solamente tres días más.

Una vez cumplido el plazo de este aviso, hacia el final de la última noche se produjo una tremenda explosión y, junto con ella, comenzó un terremoto que en un instante hizo pedazos a toda la nación. A la mañana siguiente se encontraron allí los cadáveres aplastados, como un matorral junto a una cerca que hubiera sido pisoteado, aplastado y destruido por el paso de los animales. No, ni sus palacios construidos de piedra ni sus viviendas excavadas en las montañas pudieron protegerlos. (Tafhim al-Qurán, sura Al-A‘raf, nota 61) (Véanse la sura Al-Qamar, aleya 31; la sura Al-A‘raf, aleya 78; y la sura Al-Hijr, aleyas 83-84. El autor.)

Los creyentes fueron salvados

(*****আরবী*****)

Finalmente, cuando llegó el momento de Nuestro decreto, salvé por Mi misericordia a Salih y a quienes habían creído con él, y los protegí de la humillación de aquel día. Sura Hud: 66

Según las leyendas que circulan en la península del Sinaí, cuando cayó el castigo sobre el pueblo de Thamud, Hazrat Salih (la paz sea con él) emigró y se dirigió allí. Cerca del monte de Hazrat Moisés (la paz sea con él) hay otra montaña llamada el monte del profeta Salih. Se cuenta que este fue su lugar de residencia. (Tafhim al-Qurán, sura An-Naml, nota 65)

El desarrollo civilizatorio de Thamud y sus ruinas

Así como una característica distintiva del pueblo de Ad era que construía edificios sobre columnas muy elevadas, una característica igualmente distintiva del pueblo de Thamud era que excavaba las montañas y construía edificios en su interior. Por ello, eran famosos entre los pueblos antiguos. En la sura Al-Fajr, Ad recibe el título de Dhat al-Imad (la poseedora de las columnas); del mismo modo, acerca de Thamud se dice que excavaron las montañas en los valles (*****আরবী******). Además, en el Corán se afirma que construían grandes palacios en terrenos rocosos (*****আরবী******). ¿Cuál era la razón de que construyeran palacios de ese tipo? El Corán lo ha explicado mediante la palabra (*****আরবী***). Es decir, hicieron todo esto por orgullo y arrogancia, por riqueza y poder, y para exhibir su arte arquitectónico. Además, ninguna necesidad real los impulsaba a realizar esta obra. Tal es la condición de una civilización desenfrenada. Cuando, por un lado, los pobres de la sociedad no encuentran siquiera un pequeño lugar donde cobijarse y, por otro, los nobles y los ricos construyen palacios más allá de sus necesidades, comienzan a edificar palacios monumentales destinados a la ostentación.

Entre estos palacios del pueblo de Zamud todavía existen algunos. Los vi personalmente en diciembre de 1959. Se incluyen aquí algunas fotografías de ellos. Este lugar está situado a varios kilómetros al norte de Al-‘Ula, un lugar célebre del Hiyaz, entre Medina y Tabuk. En la época del Profeta (la paz sea con él) se lo llamaba Wadi al-Qura. Aún hoy sus habitantes lo recuerdan como Al-Hiyr y Mada’in Salih.

En esta región, Al-‘Ula sigue siendo un valle fértil y verde. En él se encuentran numerosos manantiales y jardines. Pero en los alrededores de Al-Hiyr se percibe un ambiente terriblemente siniestro. La población es casi inexistente. Falta fertilidad. Hay varios pozos allí, y entre los habitantes locales circula una leyenda acerca de uno de ellos. Actualmente se puede ver ese pozo dentro de un antiguo campamento militar; está completamente seco. También se incluye una fotografía suya.

Cuando entramos en esta zona, apenas nos acercamos a Al-‘Ula, vimos unas montañas completamente abrasadas y calcinadas. Parecía evidente que un terremoto espantoso las había trastornado y desgarrado desde la base hasta la cima. También se incluyen fotografías de estas montañas. Se encontraron montañas de este tipo hacia el este, en el camino de Al-‘Ula a Jaybar, a lo largo de unas cuarenta millas, y hacia el norte, dentro de Jordania, a lo largo de treinta o cuarenta millas. Esto significa que un terremoto devastó una región de trescientas o cuatrocientas millas de longitud y cien millas de anchura. Algunos edificios semejantes a los que vimos en Al-Hiyr, pertenecientes a los zamudíes, también los vimos en Madian, a orillas del golfo de Aqaba, y en el lugar llamado Petra, en el reino de Jordania. En particular, en Petra coexisten lado a lado edificios de los zamudíes y edificios construidos por los nabateos. Existe una diferencia tan clara entre sus ornamentos y sus métodos de construcción que cualquiera puede comprender a primera vista que no pertenecen ni a la misma época ni al mismo pueblo.

El orientalista inglés Dayghty afirma, con el propósito de demostrar que el Corán es falso, que los edificios de Al-Hiyr no fueron construidos por los zamudíes, sino por los nabateos. Sin embargo, la diferencia entre ambos tipos de edificios es tan evidente que solo un ciego podría considerarlos construidos por el mismo pueblo. Mi opinión es que el arte de construir edificios excavando las montañas comenzó con el pueblo de Zamud. Varios miles de años después, en los siglos II y I antes de Cristo, los nabateos llevaron esta arquitectura a un nivel superior. Después, en Ellora, este arte arquitectónico alcanzó la cima de su desarrollo. Naturalmente, las cuevas de Ellora son unos setecientos años posteriores a Petra. (Tafhim al-Qur’an, sura Ash-Shu‘ara, nota 106)

El pueblo de Abraham

Después de Noé, Abraham fue el primer profeta que Allah Ta‘ala designó para transmitir el llamamiento universal del islam. Primero recorrió personalmente las regiones desde Irak hasta Egipto, y desde Siria y Palestina hasta distintas zonas del desierto árabe, invitando a la gente a obedecer y adorar a Allah Ta‘ala, es decir, al islam. Después nombró a sus sucesores en distintas regiones para difundir su misión. En la Jordania oriental nombró a su sobrino Lot; en Siria y Palestina, a su propio hijo Isaac; y en el interior de Arabia, a su hijo mayor, Ismael. Luego, por orden de Allah Ta‘ala, construyó en La Meca una casa llamada la Kaaba. Por mandato de Allah, consideró esta casa el centro de su misión. (Tafhim al-Qur’an, sura Hud, nota 74)

El lugar de nacimiento de Abraham

La ciudad en la que nació Abraham no solo pudo conocerse gracias a las investigaciones arqueológicas modernas, sino que también se ha arrojado luz sobre la situación de los habitantes de aquella región en su época. A continuación se ofrece un breve resumen de los resultados de la investigación publicados por Sir Leonard Woolley en su obra titulada Abraham, Lindon, 1953.

Aspectos históricos y civilizatorios que conviene conocer sobre la ciudad de Ur

Los especialistas admiten hoy generalmente que el profeta Ibrahim (la paz sea con él) apareció aproximadamente hacia el año 2100 a. C. En aquella época, la población de la ciudad de Ur rondaba los doscientos cincuenta mil habitantes; quizá llegara incluso a quinientos mil. La ciudad era un gran centro comercial e industrial. Por un lado, llegaban allí mercancías desde el Pamir y los montes Nilgiri, y por otro mantenía relaciones comerciales con Anatolia. Las fronteras del reino cuya capital era Ur se extendían algo menos hacia el norte y algo más hacia el oeste que las del Irak actual. La mayoría de los habitantes del país se dedicaba a la industria y al comercio. Las inscripciones de aquella época halladas entre las ruinas antiguas permiten saber que su concepción de la vida era puramente materialista. Adquirir riquezas y acumular en grandes cantidades bienes destinados al lujo y al placer constituían el objetivo de sus vidas. El mercado de los intereses estaba muy activo. La gente tenía una mentalidad mercantil. Se miraban unos a otros con desconfianza y abundaban los litigios entre ellos. La mayoría de sus oraciones a sus dioses y diosas pedía larga vida, prosperidad y éxito en los negocios. La población estaba dividida en tres clases.

Primera: los amilu. Eran la clase alta. Los sacerdotes y los funcionarios civiles ordinarios pertenecían a esta clase.

Segunda: los mishkinu. Eran comerciantes, industriales y agricultores.

Tercera: los ardu, es decir, los esclavos.

De estas tres clases, la primera gozaba de un estatus especialmente elevado. Sus derechos penales y civiles eran distintos de los de las demás. El valor de sus vidas y de sus bienes también era mayor que el de los demás.

—————— Figura:

La ruta de la emigración del profeta Ibrahim (la paz sea con él)

Esta era la ciudad y la sociedad en la que Abraham (la paz sea con él) abrió los ojos. Por la situación de él y de su familia que encontramos en el Talmud, parece que pertenecía a la clase de los Amilu. Su padre ocupaba el cargo más elevado del reino. Ante Nimrod, era el funcionario de más alto rango del Estado (principal funcionario del Estado).

Dioses y diosas, templos y rituales de adoración

En las inscripciones de Ur se encuentran los nombres de aproximadamente cinco mil dioses y diosas. En las distintas ciudades del país había diferentes deidades veneradas. Cada ciudad tenía un protector. Se le llamaba Rabbul Balad o el Señor de la Ciudad. Se le consideraba el gran dios o el jefe de los dioses, y se le rendía mayor reverencia que a todos los demás dioses y diosas. El Rabbul Balad de la ciudad de Ur era Nannar (la deidad lunar). Más tarde, la gente llamó a esta deidad Kamrima, por su nombre. La segunda gran ciudad era Larsa, que posteriormente se convirtió en la capital en lugar de Ur. Su Rabbul Balad era Shamash (la deidad solar). Bajo estos grandes dioses y diosas había también muchos dioses y diosas menores. La mayoría de ellos eran escogidos entre los planetas y las estrellas del cielo, y unos pocos de entre los elementos de la tierra. Estos estaban relacionados con las necesidades más pequeñas de la gente. Se fabricaban sus imágenes en forma de muñecos y delante de ellas se realizaban toda clase de rituales de adoración. Las necesidades menores de la gente también estaban relacionadas con ellos. Se fabricaban sus imágenes en forma de muñecos y delante de ellas se realizaban toda clase de rituales de adoración. La imagen de Nannar estaba instalada en un magnífico edificio situado sobre la montaña más alta de la ciudad de Ur. Cerca de allí se encontraba el templo de Nangul, la esposa de Nannar. El templo de Nannar era como un palacio real. Cada noche, en su dormitorio, una sacerdotisa se vestía como su esposa. En el templo había muchas mujeres consagradas al dios. Se las llamaba devadasis (prostitutas religiosas). Se consideraba con gran respeto a las mujeres que consagraban su virginidad en nombre de su dios o deidad. Probablemente se consideraba un camino de salvación entregarse una vez como compañera sexual de un hombre desconocido en nombre del dios. No hace falta decir que la mayoría de los sacerdotes disfrutaba de los placeres derivados de esta prostitución religiosa.

La dignidad divina de Nannar

Nannar no era solamente una deidad. Era, además, el mayor terrateniente del país, un gran comerciante, un importante industrial y un poderoso gobernante de la esfera política nacional. Numerosos jardines, tierras y viviendas eran entregados como waqf al templo. Además de los ingresos de estos bienes, los campesinos, terratenientes y comerciantes enviaban al templo, como ofrendas, toda clase de cereales, leche, oro, plata, telas y demás productos. El templo mismo realizaba negocios a gran escala. Se consideraba que los sacerdotes y sus dioses gobernantes realizaban todas estas actividades para obtener la cercanía de la deidad, y que sus decisiones eran las decisiones de los dioses. La fuente de la autoridad y del poder de gobierno de la propia familia real también era este dios Nannar. El verdadero rey era Nannar, y el gobernante del país gobernaba en su nombre. Según este principio, el rey del país era considerado una de las deidades veneradas y también se le rendía culto como a los dioses.

Comienzo, auge y decadencia del reino de Nimrod

El primer fundador de la dinastía real de Ur, que gobernaba en la época de Abraham (la paz sea con él), se llamaba Ur-Nammu. Dos mil trescientos años antes del nacimiento de Jesús (la paz sea con él), estableció un vasto reino. Su reino se extendía al este hasta Susa y al oeste hasta el Líbano. De su nombre, esta familia adoptó el nombre Nammu, que en árabe pasó a convertirse en Nimrod. Después de que Abraham (la paz sea con él) emigrara de su país, comenzaron a sucederse las devastaciones contra esta familia. Primero, los elamitas destruyeron la ciudad de Ur y se llevaron cautivos a Nimrod junto con su dios Nannar. Después se estableció en Larsa un gobierno elamita, bajo el cual los habitantes de la región de Ur se convirtieron en esclavos. Más tarde, una familia de origen árabe se fortaleció en Babilonia y sometió tanto a Larsa como a Ur. Después de estas devastaciones, la fe que los habitantes de Ur profesaban en Nannar quedó debilitada, porque Nannar no había podido protegerlos.

La influencia de las enseñanzas de Abraham (la paz sea con él) en épocas posteriores

No se puede afirmar con certeza hasta qué punto influyeron las enseñanzas de Hazrat Ibrahim (la paz sea con él) en los habitantes de aquel país en épocas posteriores. Sin embargo, en las leyes que el rey de Babilonia Hammurabi (Amrafel de la Biblia) redactó en 1910 a. C. se había recurrido, directa o indirectamente, a la luz recibida de las antorchas luminosas de los profetas. Las inscripciones detalladas de estas leyes llegaron a manos de un investigador francés de arqueología antigua en 1902 d. C. Él publicó su traducción al inglés en 1903 d. C. con el título C. H. W. John, The Oldest Code of Law. En los principios y los detalles de estas leyes existe semejanza con la sharía de Hazrat Musa (la paz sea con él).

Un sistema civilizatorio completamente politeísta

Si las investigaciones arqueológicas realizadas hasta ahora son correctas, queda claro que el shirk en el que estaba sumida la nación de Hazrat Ibrahim (la paz sea con él) no era solamente un conjunto de creencias religiosas y ritos de adoración de ídolos. En realidad, todo el sistema económico, cultural, político y social de aquella nación funcionaba sobre la base de esas creencias. Frente a ello, la influencia de la invitación al tawhid con la que Hazrat Ibrahim (la paz sea con él) se alzó no recayó únicamente sobre la adoración de ídolos; también asestó un golpe decisivo a la pretensión de divinidad de la familia real, a su autoridad y dominio, a la situación económica y política de los sacerdotes y las clases altas, y al sistema general de vida de todo el país. Transmitir su invitación significaba que había que hacer añicos toda la estructura social, desde abajo hasta arriba, y luego reconstruirla de nuevo sobre la base del tawhid. Por eso, en cuanto resonó la voz de Hazrat Ibrahim (la paz sea con él), el pueblo en general, Nimrod y los sacerdotes se decidieron conjuntamente a silenciarla. (Tafhim al-Qur’an, sura Ash-Shu‘ara, nota 99)

Análisis del sistema politeísta de Nimrod

Desde el principio hasta nuestros días, todos los pueblos politeístas han compartido esta misma característica: reconocen a Allah como Rabb al-Arbab, es decir, el Señor de todos los señores y el Dios de todos los dioses, pero no reconocen únicamente a ese Señor y a ese Dios como su único objeto de adoración.

Los politeístas siempre han dividido la divinidad en dos categorías. Una es la divinidad sobrenatural, que domina la cadena de causas y efectos y hacia la cual el ser humano se dirige para satisfacer sus necesidades y alejar las calamidades. En esta divinidad, los politeístas asocian con Allah a los espíritus, los ángeles, los genios y muchas otras entidades. Les suplican, celebran ante ellos ceremonias de adoración y les ofrecen presentes votivos en sus santuarios. La segunda es la divinidad, o autoridad y dominio, en los asuntos culturales y políticos, que tiene el derecho de elaborar las leyes para la vida y de exigir obediencia. En casi todas las épocas, todos los politeístas del mundo han separado esta segunda clase de divinidad de Allah o la han repartido entre Él, la familia real, los sacerdotes religiosos y los grandes antepasados de la sociedad. La mayoría de las familias reales llegaron a reclamar esta segunda forma de divinidad. Para consolidar su divinidad, afirmaron ser hijos del dios en el primer sentido. En este asunto, la clase religiosa conspiró con ellos.

La pretensión de divinidad de Nimrod también pertenecía a la segunda clase. Él no negaba la existencia de Allah. No afirmaba ser el creador de la tierra y el cielo ni el administrador del mundo creado. Su pretensión era, más bien, ser el gobernante absoluto de este país de Irak y de sus habitantes. Su palabra era la ley, y por encima de él no existía ninguna fuerza ni entidad superior ante la cual tuviera que rendir cuentas. Desde este punto de vista, cualquier habitante de Irak que no lo reconociera como señor y reconociera como señor a alguien distinto de él era un rebelde y un traidor.

El golpe de la invitación al tawhid de Hazrat Ibrahim (la paz sea con él)

Cuando Hazrat Ibrahim (a) declaró: «Acepto únicamente a Rabb al-‘Alamīn como Dios, Señor y Amo, y rechazo por completo toda autoridad y señorío aparte de Él», la cuestión no era solamente hasta qué punto resultaba aceptable su nueva doctrina respecto a la religión nacional y sus divinidades, sino que también surgió la pregunta de cómo podía ignorarse el golpe que dicha doctrina asestaba al Estado nacional y al poder central de su gobierno. Por eso, Hazrat Ibrahim (a) fue presentado ante Nimrod bajo la acusación de rebelión.

Los argumentos irrefutables de Hazrat Ibrahim (a)

Cuando Hazrat Ibrahim (a) dijo a Nimrod que su Señor era Aquel en cuyas manos están la vida y la muerte, Nimrod respondió: «La vida y la muerte están en mis manos».

Hazrat Ibrahim (a) dijo: «Bien, Allah hace que el sol salga por el este; hazlo salir una vez por el oeste, a ver». Al oír esto, el obstinado negador quedó desconcertado.

Aunque las primeras palabras de Hazrat Ibrahim (a) habían dejado claro que nadie salvo Allah puede ser Rabb o Señor, Nimrod, aun así, respondió con insolencia. Después de las segundas palabras, le resultaba difícil responder con una insolencia aún mayor, porque él mismo sabía que el sol y la luna estaban sometidos a la orden de Allah, a quien Ibrahim (a) había aceptado como Rabb. ¿Qué podía decir ahora en respuesta? Sin embargo, reconocer la verdad que se hacía evidente ante él significaba renunciar a su señorío y autoridad absolutos, algo para lo que su tiránico ego no estaba dispuesto. Por eso se limitó a quedar desconcertado. No salió del santuario de su culto a sí mismo para dirigirse hacia la luz de la verdad. Si, en lugar de ese tirano interior, hubiera reconocido a Allah como su Protector y Auxiliador, después de esta predicación de Hazrat Ibrahim (a) se le habría abierto el camino de la verdad.

La hoguera de Nimrod y el jardín de flores de Jalil

Se menciona en el Talmud que después, por orden del rey, Hazrat Ibrahim (a) fue encarcelado y pasó diez días en prisión. El consejo del rey decidió quemarlo vivo. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Baqarah, nota 123)

Según el relato coránico, también llevaron a cabo su decisión. Después de preparar la hoguera, arrojaron a Hazrat Ibrahim (a) en ella. (Sobre el hecho de arrojar a Hazrat Ibrahim (a) al fuego, véanse los siguientes pasajes del Corán: sura Al-Anbiya, 68-70; sura Al-‘Ankabut, 24; As-Saffat, 97-98. Los dos compiladores.)

Entonces Allah Todopoderoso ordenó al fuego: «Hazte frío e inofensivo para Abraham». (Esto también es claramente uno de los milagros mencionados en el Corán. Si alguien interpreta estos milagros diciendo que, según su opinión, ni siquiera para Allah es posible realizar algo extraordinario apartándose del curso habitual de la administración del universo, ¿por qué se ahorra entonces la dificultad de creer en Allah? Y si ofrece semejante interpretación porque los llamados racionalistas de la época actual no están dispuestos a aceptar tales cosas, queremos preguntarle: «Oh siervo de Allah, ¿quién te ha impuesto la carga de que yo deba admitir esto de una u otra manera?». A quien no esté dispuesto a aceptar el Corán exactamente tal como es, déjalo en su propia posición. ¿Qué clase de predicación del islam sería moldear el Corán según sus deseos para obligarlo a aceptarlo, y qué persona sensata consideraría eso justo? (Tafhīm al-Qur’an, sura al-An‘ām, nota 52; Tafhīm al-Qur’an, sura al-Baqara, nota 258.)

El pueblo de Abraham desapareció de la faz de la tierra de tal manera que no queda rastro alguno de él en ninguna parte. Si alguien tuvo la fortuna de sobrevivir entre ellos, fue únicamente a través de los descendientes de Abraham y de sus dos hijos afortunados, Ismael e Isaac. (Allah Todopoderoso declaró, dirigiéndose a Abraham: «Es decir, te nombro líder de toda la humanidad».) Hoy, los seguidores de todas las religiones basadas en la revelación del mundo —musulmanes, judíos y cristianos— están vinculados de la misma manera con Abraham. Los compiladores. Aunque el castigo que cayó sobre el pueblo de Abraham después de que él abandonara su patria no se menciona en el Corán, se lo ha contado entre los pueblos castigados. (Tafhīm al-Qur’an, sura al-Baqara, notas 291-292.)

Los gobernantes y sacerdotes eruditos de Babilonia que quisieron silenciar la prédica de Abraham, así como los habitantes politeístas que obedecieron a esos opresores, desaparecieron de la faz de la tierra de tal manera que no queda rastro de ellos en ninguna parte. Pero a aquel a quien quisieron quemar y reducir a cenizas por el delito de exaltar la palabra de Allah, y que finalmente se vio obligado a abandonar su patria con las manos vacías, Allah Todopoderoso le concedió la gracia de que su nombre brillara en el mundo durante cuatro mil años y siguiera brillando hasta el Día de la Resurrección. Todos los musulmanes, judíos y cristianos del mundo reconocen unánimemente a este amado siervo del Señor de los mundos como líder religioso. Toda la luz de la guía que ha llegado al mundo durante los últimos cuarenta siglos se debe a ese hombre y a sus hijos puros. En el Más Allá recibirán, por supuesto, una enorme recompensa. Pero también en este mundo han obtenido un honor que ningún luchador por conquistar el mundo mediante esfuerzos engañosos ha tenido la fortuna de alcanzar. (Tafhīm al-Qur’an, sura al-Anbiyā’, nota 62.)

El relato del Talmud

La Biblia no menciona este importante episodio de la vida de Abraham. Ni siquiera se ha incluido en este libro ningún acontecimiento de su vida en Irak. Su encuentro cara a cara con Nimrod, su conflicto y enfrentamiento con su padre y su pueblo, sus esfuerzos y su lucha contra la idolatría, el episodio de su lanzamiento al fuego y, finalmente, su obligación de emigrar: todos estos asuntos eran, a los ojos del autor del Génesis del Antiguo Testamento, dignos de ser omitidos. Solo menciona su emigración, y lo hace como si una familia se trasladara de un país a otro en busca de sustento. La mayor diferencia entre el Corán y la Biblia a este respecto es que, según el relato coránico, el padre politeísta de Abraham fue quien tomó la iniciativa de oprimirlo. La Biblia, en cambio, dice que su padre se estableció en Harán llevando consigo a su hijo, su nieto y sus nueras —Antiguo Testamento, Génesis, capítulo 11, versículos 27-32—. Después, de repente, Dios le dice a Abraham: «Deja Harán y ve a establecerte en Canaán. Haré de ti una gran nación y te bendeciré; serás fuente de bendición. Bendeciré a quienes te bendigan, maldeciré a quien te maldiga, y por medio de ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» —el mismo libro del Génesis, capítulo 12, versículos 2-3—. No se entiende por qué, de repente, Abraham se convirtió en objeto de semejante favor. En el Talmud, ciertamente, se encuentran la mayoría de los relatos sobre el período iraquí de la vida de Abraham que se mencionan en diversos lugares del Corán. Sin embargo, al comparar ambos relatos, no solo se observan diferencias en las partes importantes de la historia, sino que también se percibe claramente que la mayoría de las narraciones talmúdicas están llenas de afirmaciones incoherentes e inconcebibles. En cambio, el Corán ofrece un relato claro de los acontecimientos importantes de la vida de Abraham, sin ninguna necedad. Para conocimiento del lector, citamos aquí un breve resumen de la historia narrada en el Talmud. Así quedará clara la equivocación de quienes creen que el Corán depende de la Biblia y de la literatura judía.

El Talmud dice que, cuando nació Abraham, los astrólogos vieron ciertas señales en el cielo y aconsejaron a Nimrod que matara al niño nacido en la casa de Taré. Nimrod se preparó para matarlo. Pero Taré presentó en lugar de su propio hijo al hijo de uno de sus esclavos y así salvó a su propio hijo. Después, Taré escondió a su esposa y a su pequeño hijo en una cueva. Allí pasaron diez años. En el undécimo año, Taré envió a Abraham junto a Noé. Abraham permaneció durante treinta y nueve años junto a Noé y se casó con su propia sobrina Sara, que era cuarenta y dos años menor que él. La Biblia no dice que Sara fuera sobrina de Abraham. Según la Biblia, la diferencia de edad entre ambos era de apenas diez años. Antiguo Testamento, Génesis, capítulo 11, versículo 29, y capítulo 17, versículo 17.

Después, el Talmud dice que, a los cincuenta años, Abraham abandonó la casa de Noé y regresó junto a su padre. Vio que su padre era idólatra y que en su casa había doce ídolos, uno por cada mes del año. Tras fracasar en sus muchos intentos de hacer comprender la verdad a su padre, un día aprovechó la oportunidad y rompió todos los ídolos del templo familiar. Al ver en qué estado se encontraban sus dioses, Taré fue directamente ante Nimrod y presentó una queja, diciendo: «El hijo que nació en mi casa hace cincuenta años ha hecho esto en mi hogar. Ahora, juzga tú el caso».

Nimrod llamó a Abraham y lo interrogó. Él respondió con dureza. Nimrod lo envió inmediatamente a la cárcel y presentó el asunto ante su consejo. Después de deliberar, el consejo recomendó quemarlo vivo. De acuerdo con ello, se preparó una enorme hoguera y Abraham fue arrojado en medio de ella. Junto con Abraham, también fueron arrojados al fuego su hermano y su suegro Harán. Esto se debió a que, cuando Nimrod le preguntó a Taré: «Yo había querido matar a ese hijo tuyo el mismo día de su nacimiento. ¿Por qué presentaste en su lugar a otro niño para que fuera asesinado?»

En respuesta, Taré dijo: «Hice esto por lo que me dijo Harán». Después de estas palabras, se dejó libre al hombre que había realizado personalmente el acto, pero el consejero fue arrojado al fuego junto con Ibrahim (a). Apenas cayó al fuego, Harán ardió y quedó reducido a cenizas. Sin embargo, la gente vio a Ibrahim (a) paseando tranquilamente. Se informó a Nimrod. Entonces Nimrod llegó y, al contemplar con sus propios ojos aquel hecho extraordinario, gritó: «¡Siervo del Dios celestial! ¡Sal del fuego y ponte delante de mí!». Hazrat Ibrahim (a) salió del fuego. Nimrod quedó impresionado por él y lo despidió después de entregarle muchos valiosos regalos.

Después, según el relato del Talmud, Hazrat Ibrahim (a) permaneció allí durante dos años. Entretanto, Nimrod tuvo un sueño aterrador. Los astrólogos lo interpretaron y dijeron que Ibrahim (a) sería la causa de la decadencia de aquel reino. Por tanto, debía ser asesinado. Se enviaron hombres para matarlo. Pero el esclavo Alaiyazar, que el propio Nimrod había regalado como obsequio a Hazrat Ibrahim (a), reveló el plan del asesinato antes de que llegara el momento. En consecuencia, Hazrat Ibrahim (a) huyó y se refugió en la casa de Hazrat Nuh (a). Allí Taré continuó reuniéndose secretamente con él. Después, padre e hijo decidieron que lo apropiado era abandonar el país. Hazrat Nuh (a) y Sam aprobaron esta propuesta. Entonces Taré partió de Ur hacia Harán con su hijo Ibrahim (a), su nieto Lot (a) y su nuera Sara. —Seleccionado del Talmud por H. Polanev, Londres, pp. 30-42; Tafhim al-Qur’an, sura Al-Anbiya, nota 62.

El pueblo de Lot

Según la Biblia, Hazrat Ibrahim (a) tenía dos hermanos: Nahor y Harán. Hazrat Lot (a) era hijo de Harán (Antiguo Testamento, Génesis, capítulo 11, versículo 26). De la mención de Hazrat Ibrahim (a) en el versículo 26 de la sura Al-Ankabut se desprende claramente que, entre su pueblo, el único que creyó en él fue Hazrat Lot (a). (Tafhim al-Qur’an, sura Ash-Shu‘ara, nota 73).

Hazrat Lot (a) era sobrino de Hazrat Ibrahim (a). Salió de Irak con su tío y durante algún tiempo recorrió Sham, Palestina y Egipto, adquiriendo experiencia en la invitación y la predicación. Después, al ser investido permanentemente con el rango de profeta, recibió la misión de reformar y corregir a un pueblo extraviado. Este pueblo llegó a ser conocido como el pueblo de Lot. Se llama pueblo de Lot a los habitantes de Sodoma porque, posiblemente, él tenía vínculos de parentesco con ese pueblo.

La región del pueblo de Lot

Este pueblo habitaba en la región que actualmente se llama Transjordania. Está situada entre Irak y Palestina. En la Biblia, la ciudad principal de este pueblo recibe el nombre de Sodoma. Se encontraba en algún lugar cercano al mar de Lot (Mar Muerto). El Talmud afirma que, además de Sodoma, había otras cuatro grandes ciudades en aquella región. Las zonas situadas entre esas ciudades eran tan hermosas que había un solo jardín que se extendía por varios kilómetros y cuya belleza cautivaba a la gente. Sin embargo, hoy el nombre y la existencia de este pueblo han desaparecido por completo de la faz de la tierra. Ya ni siquiera puede determinarse con precisión dónde estaban situados sus asentamientos. Actualmente solo permanece el Mar Muerto como su único vestigio, y hoy se lo llama mar de Lot. Entre las calumnias atribuidas a Hazrat Lot (a) en la Biblia adulterada por los judíos figura también la afirmación de que, tras disputar y pelearse con Hazrat Ibrahim (a), se trasladó a la región de Sodoma (Antiguo Testamento, Génesis, capítulo 13, versículos 1-12). Pero el Corán refuta esta afirmación y declara que Allah lo envió como profeta a aquel pueblo. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Anbiya, nota 66; Tafhim al-Qur’an, sura Al-Ankabut, nota 49).

Esta zona devastada puede verse en el camino que va del Hiyaz a Sham y de Irak a Egipto. Por lo general, los grupos de viajeros contemplan estas ruinas, que aún son claramente visibles. Esta región está situada al sudeste del mar de Lot. En particular, acerca de su parte meridional, los geógrafos dicen que allí se encuentran tantos restos de ruinas como no pueden verse en ningún otro lugar del mundo. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Anbiya, nota 63).

La decadencia del pueblo de Lot

(*****árabe*****)

Uno: ¿Acaso os acercáis a los hombres de entre las criaturas del mundo y abandonáis lo que vuestro Señor ha creado para vosotros en vuestras esposas? Al contrario, sois gente que ha transgredido los límites. —Sura Ash-Shuará, 165-166

(*****árabe*****)

Dos: ¿Acaso cometéis esa obscenidad que ninguna criatura del mundo había cometido antes que vosotros? Sura Al-Ankabut, 28

(*****árabe*****)

Tres: ¿Acaso vuestra conducta consiste en acercaros a los hombres, practicar el bandolerismo y cometer malas acciones en vuestras reuniones? Sura Al-Ankabut, 29

Es decir, mantenéis relaciones sexuales con ellos. Como se dice en la Sura Al-Araf:

(*****আরবী*****)

Os acercáis a los hombres, en vez de a las mujeres, para satisfacer vuestro deseo sexual. Y lo sorprendente es que no cometéis este acto obsceno en secreto, sino que lo practicáis abiertamente unos delante de otros en vuestros lugares de reunión. Esto mismo se ha mencionado en la sura An-Naml: (*****আরবী*****) ¿Habéis caído tan bajo que cometéis este acto obsceno ante los espectadores? (Tafhim al-Qur’an, sura Al-A‘raf, nota 63)

La gente de Lot será recordada para siempre por el acto abominable por el que se hizo tristemente célebre; sin embargo, las personas de carácter recto nunca se han abstenido por completo de las malas acciones. Pero la nación griega es la única que se ha arrogado este «honor»(?), pues su filosofía intenta elevar este abominable delito a la categoría de virtud moral. Después, la Europa y la América modernas colmaron cuanto faltaba en este asunto. Se emprendió públicamente una enorme campaña en su favor. Incluso el parlamento de un país como Alemania lo declaró legal. También en otros países occidentales fue legalizado desde el punto de vista jurídico. Sin embargo, es una verdad evidente que la homosexualidad es absolutamente contraria al orden natural. Alá creó todos los seres vivos. Entre los seres humanos, uno de los propósitos de ello es que el hombre y la mujer formen una familia y establezcan a partir de ella los fundamentos de una civilización. Con este fin fueron creados dos sexos distintos: el masculino y el femenino. Se creó entre ellos una atracción sexual mutua. Su constitución física y su configuración psicológica fueron hechas plenamente aptas para el propósito de la vida conyugal mediante la satisfacción recíproca de sus deseos. En su atracción y en su satisfacción hay un deleite que, para cumplir el propósito de la naturaleza, es a la vez un incentivo y una fuerza activa, además de ser la recompensa por esta acción. Pero quien actúa contra este orden natural y busca placer sexual mediante la homosexualidad comete simultáneamente diversos delitos. En primer lugar, lucha contra su propia constitución natural universal y contra su configuración psicológica. De este modo provoca en sí mismo una enorme confusión y desorden, que producen efectos adversos sobre el cuerpo, la mente y el carácter de ambos. En segundo lugar, comete el delito de traicionar y apropiarse indebidamente de lo que pertenece a la naturaleza. Pues obtiene por una vía clandestina, sin prestar ningún servicio ni cumplir deber, derecho o responsabilidad alguna, el placer sexual que la naturaleza había convertido en un don al servicio de la especie y de la civilización, y cuya obtención había vinculado con deberes, responsabilidades y derechos. En tercer lugar, actúa con manifiesto egoísmo y traición hacia la sociedad humana. Se beneficia de las instituciones civilizatorias establecidas en la sociedad, pero cuando llega su turno, en vez de soportar la carga de los derechos, deberes y responsabilidades, utiliza todas sus capacidades de manera totalmente egoísta y de un modo que no solo resulta inútil para la sociedad, la civilización y la moralidad, sino indudablemente perjudicial para ellas. Se vuelve incapaz de servir a la continuidad de la estirpe y a la familia. Además, convierte al menos a un hombre en partícipe de prácticas anormales y afeminadas, abriendo así el camino al desenfreno sexual y a la degradación moral para al menos dos mujeres. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-A‘raf, nota 63)

( *****আরবী****)

Cuarto: Cuando Nuestros ángeles llegaron ante Lot, este quedó desconcertado y se angustió con su llegada. Entonces comenzó a decir: «Hoy es un día de gran calamidad». Al ver llegar a estos huéspedes, los miembros de su pueblo corrieron espontáneamente hacia su casa. Ya estaban acostumbrados desde antes a semejante perversidad. Lot les dijo: «¡Hermanos! Aquí están mis hijas. Ellas son lo más puro y casto para vosotros. Temed a Allah y no me humilléis ni me deshonréis a causa de mis huéspedes. ¿Acaso no hay entre vosotros ningún hombre sensato?». Ellos respondieron: «Bien sabes que no tenemos ningún interés en tus hijas, y sabes también lo que queremos». Sura Hud: 77-79

Por la forma en que el Corán expone los detalles de este acontecimiento, queda claro que estos ángeles llegaron a la casa de Lot (la paz sea con él) con la apariencia de jóvenes apuestos. Él no sabía que eran ángeles. Por eso se preocupó mucho con la llegada de aquellos huéspedes y se llenó de inquietud. Sabía hasta qué punto su pueblo era inmoral y desvergonzado.

Es posible que Lot (la paz sea con él) se refiriera a las mujeres del pueblo, pues el profeta es como un padre para su pueblo, y las mujeres de este son para él como sus propias hijas. También es posible que se refiriera a sus propias hijas. En cualquier caso, no hay razón alguna para suponer que Lot (la paz sea con él) les estaba proponiendo mantener relaciones sexuales con ellas. No hay ningún margen para interpretar perversamente sus palabras: «Ellas son lo más puro y casto para vosotros». La intención de Lot (la paz sea con él) era claramente que satisficieran su impulso sexual mediante el modo natural y lícito que Allah, exaltado sea, había establecido, y para ello no faltaban mujeres.

(*****আরবী******) «Y no me humilléis ni me deshonréis a causa de mis huéspedes»: estas palabras trazan un retrato completo de su mentalidad y muestran hasta qué punto se habían hundido en el libertinaje. No se trataba únicamente de que hubieran abandonado el camino de la naturaleza y la pureza para seguir una senda antinatural y obscena; su degradación había llegado a tal extremo que todas sus inclinaciones, deseos y pasiones estaban dirigidos exclusivamente hacia aquel único camino impuro y repugnante. En sus corazones solo quedaba el deseo de esa impureza, y no sentían vergüenza de decir, respecto del camino de la naturaleza y la pureza, que ese camino no era para ellos. Este es el grado más bajo de degradación moral y mental que se pueda imaginar. El caso de una persona que, debido a una debilidad mental, se entrega a un acto haram es relativamente leve. Sin embargo, considera lo halal como algo deseable y el haram como algo de lo que debe abstenerse. Una persona así puede llegar a reformarse algún día. Y aunque no se reforme, como mucho puede decirse que es una persona extraviada. Pero cuando todas las inclinaciones de una persona se orientan únicamente hacia los actos haram y considera que lo halal no es para ella, ya no puede ser contada entre los seres humanos. En realidad, es un insecto repugnante e impuro, criado en medio de los excrementos, cuya naturaleza no guarda ninguna afinidad con la pureza. Si un insecto semejante naciera en la casa de una persona limpia y de buen gusto, esta, en la primera oportunidad, echaría fenil para librar su casa de su presencia y mantenerla limpia. Entonces, ¿cuánto tiempo podría Allah soportar sobre Su tierra la infestación de semejantes insectos repugnantes e impuros? (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Hijr, nota 42)

árabe

Quinto: Entretanto, los habitantes de la ciudad, embargados por la alegría, irrumpieron en la casa de Lot. Lot dijo: «¡Hermanos! Ellos son mis huéspedes. No me deshonréis. Temed a Dios y no me humilléis ni me cubráis de oprobio». Ellos respondieron: «¿Acaso no te hemos prohibido repetidamente que te erijas en protector de todo el mundo?». Lot, sin otra alternativa, dijo: «Si tenéis que hacer algo, aquí están mis hijas». —Sura al-Hiyr: 66-71

Esto permite imaginar hasta qué punto había llegado la inmoralidad de aquel pueblo. Bastaba con que varios huéspedes apuestos llegaran a la casa de alguien del poblado para que, de inmediato, una multitud se congregara allí y exigiera abiertamente: «Entréganos a tus huéspedes; cometeremos actos indecentes con ellos».

En toda aquella población no había una sola persona que alzara la voz contra sus actos perversos. Tampoco les quedaba ningún sentido moral, por lo que, al presenciar públicamente tales excesos, no podían sentir la menor vergüenza. Si unos malhechores podían atacar sin temor incluso la casa de un gran hombre como Lot, maestro de la moralidad, es fácil imaginar cómo debían tratar en aquella población a la gente común. (Tafhim al-Qurán, Sura al-Ankabut, notas 51-52)

El relato del Talmud

Aquí se ofrece un breve resumen de la situación de este pueblo tal como la registró el Talmud. Esto permitirá comprender claramente hasta qué bajo nivel de anarquía moral había descendido este pueblo. El Talmud relata que, en cierta ocasión, un viajero elamita atravesaba su territorio. Como cayó la noche durante el trayecto, tuvo que alojarse en la ciudad de Sadom (Sadom). Llevaba provisiones consigo. Nadie lo invitó a hospedarse. Se instaló bajo un árbol. Más tarde, un hombre de Sadom insistió en llevarlo a su casa y lo alojó allí durante la noche. Antes del amanecer, hicieron desaparecer su burro junto con todas sus pertenencias. Comenzó a gritar, pero nadie prestó atención a sus palabras. Por el contrario, los habitantes de la ciudad le arrebataron todo lo que aún tenía y lo expulsaron de la ciudad.

En cierta ocasión, Sara, la esposa de Abraham, envió a su siervo Ali Izr a Sadom para informarse sobre Lot. Al entrar en la ciudad, Ali Izr vio que un hombre de Sadom estaba golpeando a un forastero. Cuando Ali Izr preguntó por qué golpeaban a un viajero indefenso, todos los presentes en el mercado se unieron y le cortaron la cabeza.

En cierta ocasión, un hombre pobre llegó a aquella ciudad. Al no encontrar nada que comer en ningún lugar, agotado por el hambre, cayó y permaneció tendido en un sitio. Al verlo, la hija de Lot le llevó comida. Por ello, Lot y su hija fueron severamente reprendidos, y se les dijo con amenazas que, si hacían algo semejante, no se les permitiría permanecer en la ciudad. Después de relatar diversos episodios de este tipo, el autor del Talmud dice que, en la vida cotidiana, aquellas personas eran grandes opresores, embaucadores y deshonestos en sus tratos. Ningún viajero podía atravesar su territorio a salvo. Ningún pobre podía obtener de ellos ni siquiera un trozo de pan. Muchas veces ocurrió incluso que alguien llegara desde el exterior, muriera allí de hambre y entonces ellos le quitaran la ropa y lo enterraran desnudo. Si por desgracia algún comerciante de fuera llegaba a su territorio, le robaban todos sus bienes. Nadie escuchaba sus quejas. En su valle habían creado jardines y huertos que se extendían por varios kilómetros. En aquellos jardines cometían públicamente actos indecentes con la máxima desvergüenza. A excepción de la voz de Lot, ninguna otra voz se alzaba contra ellos.

Breve descripción del Corán

En el Noble Corán, toda esta historia se relata únicamente en dos frases: ya había venido cometiendo graves actos perversos. Vosotros satisfacéis vuestro deseo sexual con hombres, asaltáis a los viajeros y cometéis abiertamente actos sexuales en vuestras reuniones. (Ta‘fhim al-Qur’an, sura Al-A‘raf, nota 64)

Reacción al llamamiento del Profeta

Cuando el profeta Lot (la paz sea con él) los invitó a reformarse, los miembros de su pueblo, enfurecidos, dijeron:

(*****árabe*******)

(¡Oh, Lot!) Si no cesas de decir todas estas cosas, también estarás entre quienes han sido expulsados de esta ciudad. — Sura Ash-Shu‘ara: 167

Es decir, sabes que anteriormente cualquiera que hablara contra nosotros, protestara contra nuestras acciones o actuara en contra de nuestra voluntad era expulsado de nuestra ciudad. Ahora, si haces eso, tú también sufrirás ese mismo destino.

En la sura Al-A‘raf y en la sura An-Naml se dice que, antes de dar este aviso al profeta Lot (la paz sea con él), los malvados de su pueblo habían decidido: (*****árabe*****) «Expulsad a Lot y a los miembros de su familia de su ciudad. Quieren mantenerse sumamente puros y castos». (Ta‘fhim al-Qur’an, sura Hud, notas 86-88)

La llegada de los ángeles

(*****আরবী********)

Y cuando nuestros ángeles llegaron ante Ibrahim con buenas nuevas, se presentaron primero ante Ibrahim (a.s.). Le anunciaron el nacimiento de Hazrat Ishaq (a.s.) y después el de Hazrat Yaqub (a.s.). Luego dijeron que habían sido enviados para destruir al pueblo de Lut, porque sus habitantes habían transgredido los límites. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Hiyr, nota 39)

(*****আরবী*****)

.Ibrahim dijo: «Pero allí está Lut». Sura Al-Ankabut: 32

Al principio, Hazrat Ibrahim (a.s.) se alarmó al ver a los ángeles con apariencia humana, porque cuando los ángeles vienen adoptando tal forma, suele haber detrás de ello una misión terrible. Después, cuando le anunciaron las buenas nuevas, su temor desapareció. Pero al enterarse de que aquella misión estaba dirigida contra el pueblo de Lut, pidió clemencia para ese pueblo (*****আরবী********). Sin embargo, su petición no fue aceptada. Le dijeron: «No diga nada sobre este asunto. El decreto de su Señor ya se ha cumplido y ahora nada podrá cambiarlo (*****আরবী**********)». Al comprender por estas palabras que ya no quedaba ninguna esperanza, Hazrat Ibrahim (a.s.) se preocupó por Hazrat Lut (a.s.). Por él dijo: «Allí está Lut». Es decir, si este castigo se producía mientras Hazrat Lut (a.s.) se encontraba allí, ¿cómo podrían él y su familia salvarse de él? (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Hiyr, nota 39)

( *****আরবী*******)

Ellos dijeron: «Sabemos muy bien quiénes se encuentran allí. Exceptuando a su esposa, lo salvaremos a él y a los demás miembros de su familia. Su esposa estará entre los que se queden atrás». —Sura Al-Ankabut: 32

Acerca de la esposa del profeta Lot (la paz sea con él), se dice en la aleya 10 de la sura At-Tahrim que no era obediente al profeta Lot (la paz sea con él). Por ello se decretó respecto de ella que, aunque era la esposa de un profeta, sería sometida al castigo. Es posible que, cuando el profeta Lot (la paz sea con él) emigró y se estableció en la región de Jordania, se casara con una mujer de aquel pueblo. Sin embargo, aunque pasó una larga parte de su vida en su compañía, no creyó y su lealtad permaneció con su propio pueblo. Puesto que ante Allah Altísimo no tienen ningún valor los lazos de parentesco ni de hermandad, cada persona es tratada según su fe y su carácter. Por eso, ser la esposa de un profeta no le sirvió de nada: su destino no fue el de su esposo, sino el de aquel pueblo con el que había vinculado su religión y su conducta moral. (Tafhim al-Qur’an, sura Ash-Shu‘ara, nota 111)

La preocupación del profeta Lot (la paz sea con él)

(*****আরবী*******)

Y cuando Nuestros ángeles llegaron ante Lot, este se angustió y quedó abatido por su llegada. —Sura Al-‘Ankabut: 33

La causa de esta preocupación era que los ángeles habían venido con la apariencia de jóvenes sumamente apuestos. El profeta Lot (la paz sea con él) conocía el carácter de su pueblo. Por eso, apenas llegaron, se puso muy inquieto, pensando cómo protegería a aquellos huéspedes de las manos de su pueblo pecador si les proporcionaba alojamiento. Pero, si no les permitía quedarse, sería una enorme descortesía. Además, temía que, si no daba refugio a aquellos viajeros, él mismo los arrojara a las fauces de los lobos. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-‘Ankabut, nota 53)

En la sura Hud se dice que, cuando la gente comenzó a entrar en la casa del profeta Lot (la paz sea con él), este pensó que ya no había manera alguna de salvar a los huéspedes. Entonces gritó: (*****আরবী*******) «¡Ojalá tuviera fuerza para corregiros, o contara con el apoyo de alguien poderoso!». Entonces los ángeles dijeron: (*****আরবী*******) «¡Oh, Lot! Somos ángeles enviados por tu Señor. Ellos no podrán llegar hasta ti en absoluto». (Tafhim al-Qur’an, sura Al-‘Ankabut, nota 55)

( *****আরবী********)

Ellos dijeron: «No hay temor ni motivo alguno de preocupación». —Sura Al-‘Ankabut: 33

Es decir, no te preocupes por si ellos pueden hacernos algo, ni por cómo podremos protegernos de ellos. Aprovechando esta ocasión, los ángeles revelaron al profeta Lot (la paz sea con él) el secreto de que no eran seres humanos, sino ángeles. Habían sido enviados para hacer descender el castigo sobre este pueblo. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Ankabut, nota 56)

Del significado implícito del relato detallado de este suceso que se ofrece en el Noble Corán se hace evidente que los ángeles habían llegado a la casa del profeta Lot (la paz sea con él) disfrazados de hermosos jóvenes. El profeta Lot (la paz sea con él) no sabía que eran ángeles. Por eso, ante la llegada de los huéspedes, se sintió sumamente angustiado y su ánimo se vio constreñido. Conocía a su pueblo. Sabía cuán inmoral se había vuelto y hasta qué punto había perdido toda vergüenza. (En cuanto llegaron estos huéspedes, los hombres de su pueblo comenzaron a correr sin reparos hacia su casa. Ya estaban acostumbrados desde antes a semejantes malas acciones. Lot les dijo: «¡Hermanos! Aquí están mis hijas; ellas son más puras para vosotros. Temed a Allah y no me deshonréis con respecto a mis huéspedes. ¿Acaso no hay entre vosotros ni siquiera un hombre recto?». Ellos respondieron: «Tú sabes bien que no tenemos ningún interés en tus hijas, y sabes también lo que queremos». —Sura Hud: 78 (sura Al-Ankabut, nota 57)

( *****árabe********)

Luego intentan impedir que el profeta Lot (la paz sea con él) proteja a sus huéspedes. Finalmente, cegamos sus ojos. (Dijimos:) Ahora probad Mi castigo y la advertencia. — Sura Al-Qamar: 37

El profeta Lot (la paz sea con él) suplicó a la turba enfurecida que desistiera de aquel acto abominable. Pero no le hicieron caso. Entraron en la casa e intentaron sacar por la fuerza a los huéspedes. En ese último momento, de repente quedaron ciegos. Entonces los ángeles ordenaron al profeta Lot (la paz sea con él) que saliera de aquella ciudad con su familia antes del amanecer. En cuanto salieron, un terrible castigo cayó sobre ese pueblo.

En la Biblia, este suceso se describe así: Entonces ellos dijeron: «¡Apártate!». Y añadieron: «Este forastero vino aquí solo y ahora pretende ser nuestro juez; ahora te trataremos peor que a ellos». Dicho esto, se abalanzaron violentamente sobre Lot e intentaron romper la puerta. Entonces los dos hombres extendieron la mano, introdujeron a Lot dentro de la casa junto a ellos y cerraron la puerta; e hirieron con ceguera a todos, tanto pequeños como grandes, que estaban cerca de la entrada de la casa, de modo que se cansaron buscando la puerta. —Génesis 19:9-11 (Tafhim al-Corán, Sura Al-Ankabut, nota 58)

(*****ÁRABE********)

Dijeron: «Hemos sido enviados al pueblo pecador. Arrojaremos sobre ellos piedras de arcilla cocida. Estas han sido marcadas por tu Señor para los transgresores». Sura Adh-Dhariyat: 32-34

Es decir, cada piedra había sido marcada para indicar sobre cuál de los pecadores sería arrojada. (Sura Al-Ankabut, nota 58)

Descenso del castigo

(*****আরবী*********)

Y cuando llegó el momento que habíamos fijado, trastornamos aquella ciudad y sobre ella hicimos llover continuamente piedras de arcilla endurecida. Cada una de esas piedras estaba marcada ante tu Señor, y este castigo no estaba lejos de los injustos. Sura Hud: 82-83 (*****আরবী********)

Y descargamos sobre ellos una lluvia torrencial. Esta lluvia cayó sobre aquellos a quienes se había advertido previamente. — Sura Ash-Shu‘ara: 173

Es posible que este castigo llegara en forma de un terremoto espantoso y de una explosión que arrojaba fuego. El terremoto dejó aquella población completamente devastada, y la materia volcánica, al estallar, hizo llover piedras sobre ellos. Las piedras de arcilla cocida probablemente eran aquellas tierras que, en las regiones volcánicas, se transforman en piedra mediante la combinación del calor subterráneo y la materia fundida. En la región sudoriental del mar de Lut todavía pueden verse por todas partes los restos de la destrucción causada por la lluvia de piedras. (Tafhim al-Qur’an, Sura Hud, nota 86)

( *****árabe*******)

Donde no encontramos ninguna casa musulmana, salvo una sola.

En toda la nación y en toda la región había solamente una casa en la que se encontraba la luz de la fe y del islam. Y esa única casa era la de Hazrat Lot (la paz sea con él). El resto de la nación estaba sumido en el pecado, y su tierra estaba llena de impureza y corrupción. Por eso, Allah Ta’ala sacó con vida a los habitantes de aquella única casa. Después, sobre aquella tierra descendió tal destrucción que ninguno de los miembros de aquella nación pecadora pudo sobrevivir. (La ley de Allah Ta’ala sobre la retribución o el castigo (Ley de la Retribución) es que ninguna nación es destruida por completo mientras quede en ella alguna bondad significativa. Si, frente a la mayoría de los malvados, existe siquiera un pequeño grupo que intenta resistir la corrupción y exhortar a la gente al camino recto, Allah Ta’ala le concede la oportunidad de actuar. Pero cuando se llega a una situación en la que no se encuentra ni la más mínima bondad en una nación, la norma de Allah Ta’ala es que, mediante Su poder, protege a los pocos que se han agotado luchando contra la corrupción de la comunidad, y trata al resto como un propietario sensato trata a sus frutos podridos. (Tafhim al-Qur’an, sura Adh-Dhariyat, nota 32) (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Qamar, nota 22)

El relato del castigo en la Biblia

A continuación se presenta un breve resumen de la luz que arrojan sobre el relato de aquel castigo las narraciones bíblicas, los antiguos documentos de Grecia e Italia, las investigaciones arqueológicas de la época moderna y la observación de las antiguas ruinas.

La región situada al este y al sur del mar de Lot (Mar Muerto), que permanece deshabitada, contiene numerosas ruinas de antiguos asentamientos que atestiguan que en algún tiempo fue una región densamente poblada. Incluso hoy se encuentran allí vestigios de cientos de asentamientos destruidos. Actualmente, esta región no es tan fértil como para soportar el peso de una población tan numerosa. Los especialistas en arqueología consideran que el poblamiento y la prosperidad de esta región se mantuvieron hasta el año 1900 a. C., desde el 2300 a. C., y los historiadores creen que Hazrat Abraham (la paz sea con él) vivió dos mil años antes de Jesucristo. En este sentido, las ruinas atestiguan que esta región fue destruida en la época de Hazrat Abraham (la paz sea con él) y de su sobrino Hazrat Lot (la paz sea con él).

En la Biblia, la parte más densamente poblada y fértil de esta región es llamada valle de Siddim. Era sumamente fértil, como el jardín de Dios (Edén) y como Egipto (Génesis 13:10). Los especialistas de la época moderna opinan que aquel valle está ahora sumergido en el mar de Lot (Mar Muerto). Los vestigios diversos dan testimonio de ello. En la antigüedad, el mar de Lot no se extendía hacia el sur tanto como lo hace ahora. Frente a la actual ciudad transjordana de Al-Karak, en la parte occidental de este mar, había una pequeña isla llamada al-Lisan; en la antigüedad, esta constituía el límite extremo de las aguas. La parte inferior de ella, donde ahora se extienden las aguas, existía antes como un valle fértil. Y este era precisamente el valle de Siddim, en el que se encontraban las grandes ciudades del pueblo de Lot: Sodoma, Gomorra, Admá, Zeboím y Zoar. Aproximadamente dos mil años antes de Jesucristo, un terrible terremoto abrió y hundió este valle, y las aguas del mar de Lot lo cubrieron. Aún hoy, esta es la zona más agitada del mar de Lot. Sin embargo, durante el dominio romano no estaba tan agitada ni tan turbulenta, por lo que la gente podía desplazarse desde al-Lisan hasta la orilla occidental atravesando las aguas. Hasta aquel entonces, junto con la orilla meridional, podían verse claramente los bosques sumergidos en el agua. También se sospechaba que había algunos edificios sumergidos.

De la Biblia y de los antiguos libros griegos e italianos se sabe que en distintos lugares de esta región había pozos de petróleo y de esfalerita, y que en algunos sitios también emanaban gases inflamables del suelo. Todavía hoy se encuentran allí, bajo tierra, petróleo y gas. Las investigaciones arqueológicas han llevado a suponer que, junto con la violenta convulsión del terremoto, el petróleo, el gas y la esfalerita brotaron explosivamente del suelo, y que toda la región quedó destruida por aquella explosión. La Biblia dice que, al enterarse de esta destrucción, cuando Hazrat Abraham (a.s.) vino desde Hebrón para observar el estado de este valle, vio que del suelo salía humo de tal manera como sale de un horno. (Génesis, capítulo 19, versículo 28) (Tafhim al-Qur’an, sura Hud, nota 91)

(árabe)

Hemos dejado en esta población una señal clara.

Con esta señal manifiesta se hace referencia al mar de Lot (Deas sea). En varios pasajes del Sagrado Corán se les dijo a los incrédulos de La Meca que aún existe, en la ruta pública, una señal del castigo que cayó sobre aquel pueblo injusto por sus actos; la veis día y noche cuando viajáis hacia Siria con fines comerciales.

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Descubrimientos recientes

En la actualidad se admite casi con certeza que la parte meridional del mar de Lot adquirió su forma actual al hundirse bajo tierra a causa de un terrible terremoto. Precisamente en esta zona hundida se encontraba la ciudad central del pueblo de Lot, Sadum (Sodom). En esta región se han encontrado bajo el agua restos de algunos asentamientos sumergidos. Recientemente se intentó descender bajo el agua, con ayuda de modernos equipos de buceo, para buscar restos. Sin embargo, no se conoce ningún resultado de este esfuerzo. (Tafhim al-Corán, sura adh-Dhariyat, nota 34)

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Después dejamos allí una señal para quienes temen el castigo doloroso. —Sura adh-Dhariyat: 37

Esta señal es el mar de Lot (mar Muerto), cuya parte meridional aún conserva las huellas de una enorme destrucción. Los arqueólogos creen que la gran ciudad del pueblo de Lot probablemente se hundió bajo tierra a causa de un terrible terremoto y que las aguas del mar se extendieron sobre ella. Pues se considera que la parte de este mar situada al sur de la pequeña isla llamada al-Lisán se formó posteriormente, y los restos del antiguo mar de Lot que pueden verse dentro de esa isla son de un tipo diferente de los restos de la zona meridional. De ello puede deducirse que al principio la parte meridional estaba por encima de la superficie de aquel mar. Posteriormente, en algún momento, se hundió. También parece que este hundimiento tuvo lugar dos mil años antes de Jesucristo. Desde el punto de vista histórico, esta fue la época de Abraham y Lot, la paz sea con ambos. En 1965, un equipo estadounidense que investigaba los restos descubrió en al-Lisán un enorme cementerio con más de veinte mil tumbas. De ello se deduce que necesariamente había una gran ciudad cerca. Sin embargo, en los alrededores no existen restos de ninguna ciudad junto a la cual pudiera haber un cementerio tan grande. Esto refuerza la sospecha de que la ciudad a la que pertenecía aquel cementerio se hundió en el mar. También se observan señales de destrucción por toda la región situada al sur del mar. En el suelo se encuentran azufre, alquitrán, gas natural y otras sustancias en tal abundancia que, al verlo, parece que en algún momento se creó allí un infierno por la caída de un rayo o por la explosión de materiales fundidos causada por un terremoto. (Tafhim al-Corán, sura adh-Dhariyat, nota 34)

El pueblo de Saba

La región del pueblo de Saba

Saba era un pueblo de comerciantes muy célebre del sur de Arabia. Su capital, Ma’rib, estaba situada cincuenta y cinco millas al noreste de la actual capital del Yemen, Saná. Tras la caída del reino de Ma’in, alrededor del año 1100 a. C., comenzó el auge del pueblo de Saba, que mantuvo una gran influencia en Arabia durante mil años. Después, en el año 115 a. C., Himyar, el segundo pueblo célebre del sur de Arabia, lo sucedió. Establecieron su dominio sobre Yemen y Hadramaut, al oeste, y sobre la región de Abisinia, en África.

Un pueblo muy célebre y poderoso

La mayor parte del comercio que se realizaba entre África Oriental, la India, el Lejano Oriente y la propia Arabia, por un lado, y Egipto, Siria, Grecia y Roma, por otro, estaba en manos de los sabeos. Por ello, en la antigüedad este pueblo era famoso por sus riquezas. Más aún, los historiadores griegos lo mencionan como el pueblo más rico del mundo. Además del comercio, una causa importante de su prosperidad era que habían construido presas en diversos lugares del país y organizado un excelente sistema de irrigación. Como resultado, toda su región era verdeante, cubierta de cultivos y adornada de frutos y flores. Los historiadores griegos también han mencionado la extraordinaria fertilidad y exuberancia agrícola de su tierra. En el Corán, esto también se indica en el segundo rukūʿ de la sura de Saba. Desde el punto de vista histórico, Saba es el nombre de un pueblo muy poderoso del sur de Arabia. Estaba compuesto por grandes grupos tribales. El imán Ahmad, Ibn Yarir, Ibn Abi Hatim, Ibn Abd al-Barr y al-Tirmidhi citan una narración del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), según la cual Saba era el nombre de un hombre de Arabia, de cuya descendencia surgieron las siguientes tribus: Kinda, Himyar, Azd, Ash’ariyyan, Madhhij, Anmar —cuyas dos ramas eran Jath’am y Bajila—, Amila, Yudam, Lajm y Gassan.

Desde tiempos muy antiguos, este pueblo árabe gozaba de gran renombre en el mundo. Una inscripción de Ur, fechada en 2400 a. C., menciona a este pueblo con el nombre de Sabum. Después fue mencionado repetidamente en las inscripciones de Babilonia y Asiria y, de este modo, también en la Biblia (por ejemplo, Salmos 72:15; Jeremías 6:20; Ezequiel 27:22 y 38:13; Job 6:19). Los historiadores y geógrafos griegos y romanos, entre ellos Teofrasto (Theofrastes), lo mencionan continuamente desde el año 288 a. C. hasta varios siglos después de Jesucristo. Su morada estaba en el extremo suroccidental de Arabia, región que hoy recibe el nombre de Yemen. Su edad de oro comenzó alrededor del año 1100 a. C.; durante la época de David y Salomón, la fama de Saba se extendió como la de un pueblo próspero. (Tafhim al-Qur’an, sura de los Poetas, nota 114)

Historia religiosa de Saba

Al principio, este pueblo adoraba al sol. (De la sura coránica de las Hormigas, aleya 24, se sabe que cuando la abubilla informó al profeta Salomón (la paz sea con él) sobre la situación de aquel pueblo, sus habitantes adoraban al sol. Las antiguas tradiciones árabes también indican que esa era su religión. Ibn Ishaq, citando las declaraciones de los genealogistas, dice que el antepasado del pueblo de Saba era Abd Shams (adorador del sol) y que su título era Saba. Las tradiciones de los Hijos de Israel también lo confirman. Según ellas, cuando la abubilla llevó la carta de Salomón (la paz sea con él) a la reina de Saba, se dirigía a adorar al dios solar. Por el camino, la abubilla arrojó la carta ante la reina.) Cuando su reina creyó en manos del profeta Salomón (la paz sea con él) (965–926 a. C.), es muy probable que la mayoría de ellos se hiciera musulmana. Sin embargo, posteriormente, en algún momento, se extendieron entre ellos el politeísmo y la idolatría, y comenzaron a adorar a muchos dioses y diosas, como Almaqah (dios lunar), Ashtar (Zohra), Dhat Hamim y Dhat Badan (dioses solares), Hobis, Harastam o Harimat, y otros semejantes. Su dios principal era Almaqah. Su rey se consideraba a sí mismo, como representante de aquella divinidad, digno de obediencia. En Yemen se han encontrado numerosas inscripciones que muestran que todo el país estaba lleno de templos de esos dioses y diosas, especialmente de Almaqah. Se les expresaba gratitud en todos los asuntos. (La historia indica que, en la antigüedad, entre el pueblo de Saba existía un grupo que creía en un solo Dios en lugar de los dioses y diosas. Recientemente, las inscripciones halladas mediante investigaciones arqueológicas entre las ruinas del Yemen han dejado vestigios de este pequeño grupo. Algunas inscripciones de alrededor del año 650 a. C. atestiguan que, en distintos lugares del reino de Saba, se habían construido santuarios destinados al culto del Señor del cielo. En algunos lugares aparece escrito el nombre de Dios, descrito como un rey que es el Señor del cielo. Este grupo existió en Yemen durante varios siglos consecutivos. En una inscripción del año 378 d. C. aparecen estas palabras, cuyo significado es: «con la ayuda y el auxilio de aquel Dios que es dueño del cielo y de la tierra». En otra inscripción de aquella época (458 d. C.), se emplea para ese Dios la palabra Rahmán. Las palabras principales significan: «con la ayuda del Rahmán». (Tafhim al-Qur’an, sura de los Vientos que esparcen, nota 35)

En el marco de las investigaciones modernas sobre las antiguas ruinas, se han recogido en Yemen cerca de tres mil inscripciones que arrojan luz sobre la historia de aquel pueblo. Si a ellas se añaden los relatos de las historias árabe, romana y griega, es posible elaborar una historia detallada. Según estos relatos, las épocas importantes de su historia son las siguientes:

La época anterior al año 650 a. C.

En esta época, el título de los reyes de Saba era Mukarrib; muy probablemente, esta palabra era sinónima de otra palabra árabe. Esto significa que aquel rey se consideraba un intermediario entre los seres humanos y Dios o, dicho de otro modo, que eran reyes sacerdotes (Priest King). En aquel tiempo, su capital era Sirwah, cuyas ruinas todavía pueden verse a un día de camino al oeste de Mareb, en un lugar conocido como Jariba. En esta época se colocaron los cimientos de la célebre presa de Mareb, que los reyes de Saba ampliaron en diferentes períodos.

El período comprendido entre el año 650 a. C. y el año 115 a. C.

En esta época, los reyes de Saba abandonaron el título de Mukarrib y adoptaron el de Malik, es decir, rey. Esto significa que, en la administración del reino, la política y la irreligiosidad fueron cobrando influencia en lugar de la religión. En aquel tiempo, los reyes de Saba establecieron su capital en Mareb en vez de Sirwah y la desarrollaron extraordinariamente. Este lugar está situado a 3.900 pies sobre el nivel del mar, a sesenta millas al este de Saná. Hasta hoy, sus ruinas atestiguan que en otro tiempo fue la sede de una nación muy civilizada.

El período comprendido entre el año 115 a. C. y el año 300 d. C.

En esta época, la tribu de Himyar conquistó el reino de Saba; era una de las tribus de Saba y superaba en número a todas las demás tribus. En aquel tiempo, Mareb quedó despoblada y la capital fue establecida en Raydan. Esta era la residencia central de la tribu de Himyar. Más tarde, esta ciudad recibió el nombre de Zafar. Hoy pueden verse sus ruinas sobre una colina circular cerca de la actual ciudad de Iarim. En la región próxima a ella vive una pequeña tribu llamada Himyar, y al verla nadie podría imaginar que esta tribu conserva la memoria de aquellos que en otro tiempo gozaron de una influencia mundial. En esta época se utilizó por primera vez, como nombre de una parte del reino, una palabra árabe, y gradualmente el nombre de toda la región pasó a ser Yemen. Yemen se extiende desde Asir hasta Adén, en el extremo suroccidental de Arabia, y desde Bab al-Mandab hasta Hadramaut. Fue también en esta época cuando comenzó la decadencia de los sabeos.

El período comprendido desde el año 300 d. C. hasta el surgimiento del islam

Esta fue la época de la destrucción de la nación de Saba. Durante este período, las continuas guerras civiles entre ellos hicieron que las naciones extranjeras comenzaran a intervenir. El comercio y la agricultura sufrieron un deterioro extremo y, finalmente, la nación de Saba perdió también su independencia. Aprovechando las disputas entre Rayadana, los himyaríes y los hamdaníes, los abisinios mantuvieron Yemen bajo su dominio desde el año 340 hasta el 378 d. C. Aunque después se restableció la independencia, comenzaron a aparecer grietas en la célebre presa de Mareb. Finalmente, en el año 450 o 451 d. C., la ruptura de la presa provocó una enorme inundación, mencionada en la sura Saba. Aunque después la presa continuó siendo reparada durante la época de Abraha, la población que se había dispersado por todas partes no pudo reunirse de nuevo. Una vez destruidos los sistemas de riego y la organización agrícola, ya no pudieron restablecerse. La nación de Saba quedó tan dispersa y desmembrada que esto se convirtió en un proverbio. Incluso hoy, cuando un árabe menciona que alguien se ha dispersado, dice que se ha dispersado y quedado esparcido como la nación de Saba. Cuando, por voluntad de Allah Todopoderoso, su bienestar y comodidad comenzaron a disminuir, sus diversas tribus abandonaron sus tierras y se trasladaron a distintas regiones de Arabia. Las tribus de Aws y Jazray se establecieron en Yathrib. La tribu de Juzama continuó viviendo en la región de Tihama, cerca de Yeda. La tribu de Azd se estableció en Omán. Lakm, Juzam y Kimmá se vieron obligadas a abandonar el país. Finalmente, en el mundo no quedó ni siquiera el nombre de una nación llamada Saba. Su mención sobrevivió únicamente en relatos y leyendas. (Sura an-Naml, nota 29). En el año 523 d. C., el rey judío de Yemen, Dhu Nuwas, infligió una cruel persecución y tormentos a los cristianos de Nayrán; el Sagrado Corán se refiere a ellos como los Compañeros de la Fosa. Después, el gobierno cristiano de Abisinia invadió Yemen en busca de venganza y conquistó todo el país. Más tarde, Abraha, el virrey abisinio de Yemen, atacó La Meca en el año 570 o 571 d. C., pocos días antes del nacimiento del Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, con el propósito de destruir la posición central de la Kaaba y someter toda la región occidental de Mareb a la influencia abisinia de los romanos. Pero sobre todo su ejército cayó una devastación semejante que el Sagrado Corán la describe con el nombre de los Compañeros del Elefante. Finalmente, en el año 575 d. C., los iraníes se apoderaron de Yemen, y el dominio iraní sobre Yemen terminó en el año 628 d. C., después de que Bazán, el gobernador iraní, abrazara el islam.

El desarrollo material del pueblo de Saba

En realidad, el desarrollo del pueblo de Saba se debió a dos factores: la agricultura, en primer lugar, y el comercio, en segundo. Mediante una excelente gestión del riego, la agricultura alcanzó tal grado de desarrollo que, en tiempos antiguos, no existía en ningún otro lugar un sistema de riego semejante, salvo en Babilonia. En su país no había ríos naturales. Durante la estación de las lluvias, el agua descendía de las montañas por los cauces. Construyendo represas en estos cauces en distintos lugares, formaban depósitos de agua y, abriendo canales desde ellos, distribuían el agua por todo el país de tal manera que, según el relato del Corán, por todas partes solo se veían jardines y huertos. El mayor depósito de este sistema de riego se encontraba en el valle situado entre los montes Balak, cerca de la ciudad de Marib, y había sido formado mediante la construcción de una represa. Pero cuando Allah el Altísimo apartó de ellos Su mirada misericordiosa, en el siglo V de la era cristiana, aquella enorme represa se rompió y, como consecuencia de la corriente impetuosa que se desbordó de ella, las demás represas fueron destruyéndose una tras otra. Así quedó destruido todo el sistema de riego. Ya no fue posible restaurarlo. (En el Sagrado Corán se encuentra una descripción clara de este castigo devastador.) Para el comercio, Allah había concedido a este pueblo el territorio geográfico más ventajoso, y ellos aprovecharon ampliamente sus oportunidades. Durante más de mil años, este pueblo sirvió de intermediario comercial entre Oriente y Occidente. Por un lado, a sus puertos llegaban la seda de China, las especias picantes de Indonesia y Malabar, las telas y verduras de la India, esclavos negros, monos, plumas de avestruz y marfil de África Oriental; por otro, ellos enviaban estos productos a los mercados de Egipto y Siria, desde donde llegaban a Roma, Grecia y otros países. Además, en su país se encontraban incienso, sándalo, almizcle y muchas otras sustancias aromáticas y sus extractos. Los habitantes de Egipto, Siria, Roma y Grecia se llevaban estos productos directamente. Este vasto comercio tenía dos rutas: una marítima y otra terrestre. Los sabeos mantuvieron durante mil años el monopolio del comercio marítimo, porque solo ellos conocían los secretos de los vientos monzónicos del mar Rojo, de las montañas sumergidas y de los lugares donde podían anclarse los barcos. Ningún otro pueblo se atrevía a navegar por aquel mar peligroso. Por esta ruta marítima transportaban sus mercancías hasta los puertos de Jordania y Egipto. La ruta terrestre, procedente de Adén y Hadramaut, se unía en Marib. Desde allí, una carretera principal llegaba hasta Petra pasando por La Meca, Yeda, Yasrib, Al-Ula, Tabuk y Ayla. Después, una ruta se dirigía hacia Egipto y otra hacia Siria, tal como se menciona en el Corán. Sus colonias se extendían de manera continua desde Yemen hasta la frontera de Siria, y día y noche sus caravanas comerciales transitaban por este camino. Aún hoy existen en esta región las ruinas de muchas de sus colonias, y allí se encuentran inscripciones en las lenguas sabea y himyarita.

El comienzo de la decadencia comercial

Hacia el siglo I de la era cristiana comenzó la decadencia de su comercio. Cuando se establecieron en Oriente Medio los poderosos reinos de los griegos y, posteriormente, de los romanos, estos empezaron a sostener que, puesto que los comerciantes árabes habían obtenido el monopolio del comercio y cobraban a su antojo por las mercancías orientales, era necesario avanzar y apoderarse ellos mismos de ese comercio. Con este propósito, el primer gobernante de Egipto de origen griego, Ptolomeo II (285-246 a. C.), volvió a abrir el antiguo canal que el faraón Sesostris había excavado mil setecientos años antes para unir el Nilo con el mar Rojo. Por este canal entró por primera vez un buque de guerra egipcio en el mar Rojo. Sin embargo, este intento no produjo resultados significativos frente a los sabeos. Después, los romanos establecieron su dominio sobre Egipto. Entonces enviaron al mar Rojo barcos mercantes más poderosos y detrás de ellos enviaron también un buque de guerra. Los sabeos no estaban en condiciones de hacer frente a esta fuerza. Los romanos establecieron colonias comerciales en los puertos, en distintos lugares, y en ellas dispusieron todo lo necesario para los barcos. Luego desplegaron fuerzas militares donde lo consideraron necesario. Finalmente establecieron su dominio militar en Adén. En este asunto, los gobernantes romanos y abisinios se aliaron para privar a los sabeos de su independencia.

Después de perder el comercio marítimo, a los sabeos solo les quedó el comercio por tierra. Pero existían muchos obstáculos que fueron debilitando gradualmente su poder. En primer lugar, los nabateos expulsaron a los sabeos de la meseta del Hiyaz, desde Petra hasta Al-Ula, y de todas sus colonias en Jordania. Luego, en el año 106 de la era cristiana, los romanos pusieron fin al imperio sabeo y se apoderaron de todas las regiones de Siria y Jordania a lo largo de la frontera del Hiyaz. Después, Abisinia y Roma emprendieron conjuntamente la destrucción del comercio sabeo, aprovechando las disputas y conflictos internos de los sabeos. Por ello, Abisinia intervino repetidamente en Yemen. Finalmente, se apoderó de todo el país.

Su civilización opulenta antes de que descendiera el castigo

Así, la ira de Allah el Altísimo arrojó a este pueblo desde la cumbre del progreso a un abismo de destrucción del que ningún pueblo maldito pudo volver a levantar la cabeza. Hubo un tiempo en que, al escuchar los relatos sobre sus riquezas, a griegos y romanos se les hacía agua la boca. Estrabón dice que utilizaban utensilios de oro y plata. Los techos, paredes y puertas de sus casas estaban adornados con marfil, oro, plata y piedras preciosas. Plinio dice que las riquezas de Roma y Persia fluían hacia ellos. Este pueblo era el más rico del mundo de aquella época, y su tierra fértil y bien regada estaba llena de jardines, campos de cultivo y animales domésticos. R. T. Midoras dice que vivían absortos en el lujo y que, en lugar de leña, quemaban canela, sándalo y otras maderas aromáticas como combustible. Del mismo modo, otros historiadores romanos relatan que, cuando los barcos mercantes navegaban frente a las costas cercanas a su región, se percibía el aroma de aquellas maderas fragantes. La historia registra que fueron los primeros en construir rascacielos en la elevada meseta de Saná, los cuales alcanzaron fama durante varios siglos con el nombre de Qasr Ghumdan (palacio de Ghumdan). Los historiadores árabes dicen que el edificio tenía veinte pisos y que la altura de cada piso era de 36 pies.

Su época de felicidad duró mientras contaron con la gracia de Allah el Altísimo. Cuando, en lugar de mostrar gratitud por los bienes que Allah les había concedido, traspasaron los límites de la ingratitud y la deslealtad, la mirada misericordiosa de Allah el Altísimo, el Señor Todopoderoso, se apartó de ellos para siempre y hasta su nombre y sus huellas desaparecieron. (Tafhim al-Qur’an, sura An-Naml, nota 30)

Figura: la región del pueblo de Zamud.

La gente de Madián y los compañeros de al-Aykah

Existe desacuerdo entre los comentaristas sobre si la gente de Madián y los compañeros de al-Aykah eran dos pueblos diferentes o dos nombres distintos de un mismo pueblo. Un grupo sostiene que eran dos pueblos separados, y presenta como la prueba más importante que en la sura Al-A‘raf se llama a Hazrat Shu‘ayb (la paz sea con él) hermano de la gente de Madián, mientras que aquí, al mencionar a los compañeros de al-Aykah, solo se dice: «Cuando Shu‘ayb les dijo», sin emplear la expresión «su hermano». Por otro lado, algunos comentaristas consideran que ambos eran un mismo pueblo, porque en las suras Al-A‘raf y Hud también se habla de los compañeros de al-Aykah. La invitación y la exhortación de Hazrat Shu‘ayb (la paz sea con él) eran del mismo tipo, y finalmente tampoco hubo diferencia en su destino.

Investigación histórica

La investigación demuestra que ambas afirmaciones son correctas. Los compañeros de Madián y los compañeros de al-Aykah eran, sin duda, dos tribus diferentes, pero constituían dos ramas distintas de una misma estirpe. Entre los descendientes de Hazrat Abraham (la paz sea con él), los nacidos de su esclava Qatura eran llamados Banu Qatura en las historias árabe e israelita. Entre ellos había una tribu muy famosa que, por descender de Madián, hijo de Abraham, era llamada madianita o gente de Madián. Su población se extendía desde el norte del Hiyaz hasta el sur de Palestina y, desde allí, hasta el extremo del valle del Sinaí, a lo largo de las costas del golfo de Aqaba y del mar Rojo. La ciudad de Madián era su principal centro. Según Abu’l-Fida, se encontraba a cinco días de viaje desde Ayla —la actual Aqaba—, en la costa occidental del golfo de Aqaba. El resto de los Banu Qatura se estableció en el norte de Arabia, entre Tayma, Tabuk y al-Ula. Entre ellos, los Banu Dedan (dedanitas) eran los más célebres. Tabuk era su principal centro y en la antigüedad era llamada al-Aykah. En la explicación de la palabra al-Aykah en el Mu‘yam al-Buldan se dice que era el antiguo nombre de Tabuk, y entre los habitantes de Tabuk está muy extendida la tradición de que, en cierta época, al-Aykah habitó precisamente en ese lugar.

¿Por qué el mismo profeta fue enviado a ambas tribus?

La razón por la que probablemente se envió al mismo profeta a los compañeros de Madián y a los compañeros de al-Aykah era que ambos descendían del mismo linaje. Hablaban la misma lengua y sus zonas de residencia eran contiguas. También es posible que en algunas regiones vivieran juntos y que, mediante vínculos matrimoniales, hubieran llegado a formar una misma sociedad. Además, la actividad de estas ramas de los Banu Qatura era el comercio, y ambos grupos padecían ese tipo de corrupción en sus transacciones comerciales. También compartían las mismas enfermedades religiosas y morales. En diversos pasajes de los primeros libros de la Biblia se menciona que adoraban a Baal-Peor, y que cuando los hijos de Israel salieron de Egipto y llegaron a su región, ellos también propagaron entre estos la epidemia del politeísmo y la fornicación (Libro de los Números, capítulo 25, versículos 1-5). Sus asentamientos se encontraban en dos grandes rutas del comercio internacional. Una de ellas iba de Yemen a Siria, y la otra, del golfo Pérsico a Egipto. Debido a que sus asentamientos estaban situados sobre estas rutas, practicaban ampliamente el bandolerismo y el saqueo. No permitían que las caravanas comerciales de otros pueblos pasaran sin pagarles fuertes tributos. Para conservar su monopolio sobre el comercio internacional, habían puesto en peligro la seguridad de estas dos rutas. En el Sagrado Corán se describe así su situación: «Estos dos pueblos —el de Lot y el de al-Aykah— estaban apostados en el camino abierto». Su bandolerismo se menciona en la sura Al-A‘raf de la siguiente manera: «No os sentéis en cada camino para atemorizar a la gente». Por todas estas razones, Allah el Altísimo envió el mismo profeta a estas dos tribus y les impartió enseñanzas del mismo tipo. (Tafhim al-Qur’an, sura Saba, nota 35)

Más detalles sobre la gente de Madián (puesto que era una tribu más grande y el Corán menciona a Hazrat Shu‘ayb (la paz sea con él) como alguien estrechamente relacionado con ellos, se ofrecen algunos detalles sobre ellos. —Compilador)

La verdadera ubicación de Madián se encontraba en la costa del mar Rojo y del golfo de Aqaba, al noroeste del Hiyaz y al sur de Palestina, aunque también había algunos asentamientos suyos dispersos en la orilla oriental del valle del Sinaí. Era un pueblo dedicado al comercio. En la antigüedad, en la confluencia de dos rutas comerciales —una que bordeaba el mar Rojo desde Yemen hasta Siria (Sham), pasando por La Meca y Yanbu, y otra que iba de Irak a Egipto— se encontraban los asentamientos de este pueblo. Incluso después de su exterminio, su fama permaneció intacta, pues las caravanas comerciales de los árabes, al dirigirse a Egipto y Siria, pasaban día y noche por las ruinas de aquel lugar.

Hay otro dato necesario sobre los habitantes de Madián que debe recordarse especialmente: eran descendientes de Madián, hijo de Qatoura, nacido de la tercera esposa de Abraham (la paz sea con él). Según la costumbre de la antigüedad, quienes tenían vínculos de parentesco con algún gran hombre eran llamados hijos de Fulano. Todos los que aceptaron el islam por medio de los descendientes de Jacob (la paz sea con él) fueron llamados hijos de Israel. Del mismo modo, todos los habitantes de la región de Madián que estaban bajo la influencia de Madián hijo de Abraham (la paz sea con él) fueron llamados hijos de Madián, y el nombre de su país pasó a ser Madián o Midian. Después de conocer este hecho histórico, no puede haber razón alguna para pensar que el mensaje de la religión verdadera fue transmitido por primera vez a este pueblo por el profeta Shuayb (la paz sea con él). En realidad, al principio también eran musulmanes, como los hijos de Israel, y en la época de la aparición del profeta Shuayb (la paz sea con él), su estado era el de un pueblo degenerado, tal como era el estado de los hijos de Israel en la época de la aparición del profeta Moisés (la paz sea con él). Tras vivir durante seiscientos o setecientos años entre pueblos politeístas y depravados, después de Abraham (la paz sea con él), contrajeron la enfermedad del politeísmo y se hundieron en la inmoralidad. Aun así, conservaron intactas su pretensión de tener fe y su orgullo por ella. (Tafhim al-Qur’an, sura Saba, nota 35)

La reacción al llamamiento a la reforma y la rectificación

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Los jefes del pueblo que se habían negado a aceptar las palabras de Shuayb (a.s.) se decían unos a otros: «Si obedecéis a Shuayb, estaréis perdidos». —Sura Al-A’raf: 90

En respuesta al llamamiento a la reforma y rectificación presentado por el profeta Shuayb (a.s.), los jefes y líderes de Madián decían, asegurando esto a su pueblo: «Si aceptáis el tipo de fe y honestidad al que os exhorta Shuayb (a.s.), y seguís los principios eternos de carácter y lealtad que os insta a observar, seréis destruidos. ¿Cómo funcionarán nuestros negocios y nuestro comercio si seguimos la honestidad y compramos y vendemos con rectitud? Vivimos en la confluencia de las mayores rutas comerciales del mundo y nos encontramos en las fronteras de dos grandes reinos civilizados, como Egipto e Irak. Si dejamos de perjudicar a las caravanas comerciales y nos volvemos pacíficos, como personas honradas, cesarán todas las ventajas económicas y políticas de las que disfrutamos gracias a nuestra actual posición geográfica. Además, perderemos la influencia que ejercemos sobre las naciones vecinas».

Esta idea y esta perspectiva no estaban limitadas únicamente a los jefes del pueblo de Shuayb (a.s.). En todas las épocas, las personas extraviadas han sentido este mismo temor con respecto a la verdad, la honestidad y la lealtad. En cada época, los malhechores sostenían la misma idea: que los negocios y el comercio, la política y las demás actividades mundanas y materiales no pueden funcionar sin deshonestidad y corrupción. En todos los lugares, entre las excusas y objeciones presentadas contra el llamamiento a la verdad, también se encuentra esta: que, si una nación abandona los caminos y métodos habituales del mundo y sigue el llamamiento a la verdad, será destruida. (Tafhim al-Qur’an, Sura Saba, nota 37)

El castigo sobre el pueblo de Madián

Sobre el pueblo de Madián descendió un castigo en forma de una terrible explosión y un terremoto (árabe*). Durante mucho tiempo, su destrucción sirvió de ejemplo para las naciones vecinas. En un pasaje del Libro de los Salmos se dice: «¡Oh Dios! Tal y tal pueblo ha conspirado contra Ti. Por tanto, haz con ellos lo mismo que hiciste con Madián» (83:5-9). En cierta ocasión, el profeta Yahya, al consolar a los israelitas, dijo: «No temáis a los asirios. Aunque se han vuelto tan opresores para vosotros como los egipcios, pronto el Señor de todos los ejércitos descargará sobre ellos Su látigo, y su destino será el mismo que el de los madianitas» (Isaías 10:21-26) (Surat ash-Shu‘ara, nota 115).

El castigo del pueblo de al-Aykah

(*****árabe*****)

Lo habían desmentido. Finalmente, el castigo del día de la sombra los alcanzó. Y fue el castigo de un día terrible. Sura ash-Shu‘ara: 189

No se encuentra en el Corán ni en ningún hadiz auténtico una descripción del castigo que descendió sobre ellos. Lo que puede entenderse de las palabras, en su sentido aparente, es que, como habían pedido un castigo celestial, Allah les envió una nube que comenzó a extenderse sobre ellos como una sombrilla, hasta que el castigo los destruyó. Del Corán se sabe con claridad que la naturaleza del castigo del pueblo de Madián era diferente de la del castigo del pueblo de al-Aykah. Aquí se dice que fueron destruidos mediante el castigo de la sombra, mientras que sobre ellos descendió un castigo en forma de explosión y terremoto. Por ello, no es correcto intentar combinar ambos hechos en una sola historia. Algunos exegetas han ofrecido ciertas explicaciones sobre el castigo del día de la sombra. Pero no sabemos cuál es la fuente de ese conocimiento. Ibn Yarir, citando una declaración de Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él), dice: (*****árabe*****)

Si alguno de los eruditos afirma qué fue el castigo del día de la sombra, no lo consideréis correcto. (Tafhim al-Qur’an, sura al-A‘raf, nota 69)

El pueblo de Hazrat Yunus (la paz sea con él)

La historia de la vida de Hazrat Yunus (la paz sea con él)

En la Biblia, Hadrat Jonás (la paz sea con él) es llamado Joná, y vivió entre 860 y 784 a. C.

Hadrat Jonás (la paz sea con él) es mencionado en el Corán en algunos lugares por su nombre, en otros como Dhun-Nun y en otros como Sahib al-Hut o Mawla. No se le llamó «el hombre del pez» porque pescara o comerciara con pescado, sino porque, por mandato de Dios, un pez lo tragó. Véase la sura As-Saffat, aleya 42.

Aunque era israelita, fue enviado a Irak para guiar a los asirios. Por eso se llamó a los asirios el pueblo de Jonás. En aquella época, el principal asentamiento de este pueblo era la famosa ciudad de Nínive, cuyas numerosas ruinas todavía pueden verse justo frente a la ciudad de Mosul, en la orilla oriental del río Tigris. En esta región también existe un lugar llamado «Jonás el Profeta». Puede deducirse cuán próspero era este pueblo del hecho de que su capital, Nínive, se extendía por casi sesenta millas cuadradas.

La mención de Jonás (la paz sea con él) en el Corán y en la Biblia

En el Corán, esta historia solo se menciona indirectamente en cuatro lugares. No se ofrece ningún relato detallado. Por ello, no puede afirmarse con certeza por qué razón especial este pueblo quedó exceptuado de la ley de Dios según la cual, una vez tomada la decisión de hacer descender el castigo, la fe de nadie le resulta beneficiosa. En la Biblia existe un breve libro llamado Jonás —un escrito sagrado— en el que se encuentra cierta información, pero no es digno de confianza. En primer lugar, no puede considerarse un libro celestial, y tampoco fue escrito de puño y letra por Jonás (la paz sea con él). Más bien, cuatro o cinco siglos después de él, una persona desconocida registró lo que presentó como la historia de Jonás y lo incorporó a la Biblia. En segundo lugar, contiene algunas afirmaciones absurdas que no son creíbles. No obstante, de las indicaciones del Corán y del relato del libro de Jonás se desprende claramente lo mismo que han narrado los comentaristas: como Hadrat Jonás (la paz sea con él), después de recibir la noticia del castigo, abandonó su lugar de misión y se marchó sin el permiso de Dios (es decir, antes de que llegara de parte de Dios la orden de emigrar, abandonó el país, disgustado con su pueblo. Si hubiera abandonado su lugar de misión después de recibir la orden, habría sido lícito hacerlo; véase la sura Al-Araf, nota 74), cuando los asirios, al ver el castigo, se arrepintieron y pidieron perdón, Dios Altísimo los perdonó (para un análisis detallado, véase Tafhim al-Qur’an, sura As-Saffat, nota 85; allí se responden muchas objeciones). Uno de los principios permanentes de la ley divina descrita en el Sagrado Corán es que Dios Altísimo no castiga a ningún pueblo mientras no se hayan cumplido las condiciones establecidas por Él. Por tanto, como el profeta no continuó aconsejando a aquel pueblo hasta el final del plazo que se le había concedido y emigró por decisión propia antes del momento fijado por Dios Altísimo, la justicia divina no consideró apropiado castigar a ese pueblo, porque no se habían cumplido en él la consumación de la prueba ni las condiciones legales.

La destrucción final del pueblo de Hadrat Jonás (la paz sea con él)

Después de que este pueblo creyó, se prolongó el plazo concedido a su vida. Luego volvió a entregarse al extravío en sus ideas y sus actos. El profeta Nahúm (720–698 a. C.) les advirtió, pero ello no produjo ningún resultado. Después, el profeta Sofonías (640–609 a. C.) les hizo una última advertencia. También fue inútil. Finalmente, hacia el año 602 a. C., Dios Altísimo hizo que los medos vencieran a los asirios. El rey de Media atacó a los asirios con la ayuda de los babilonios. El ejército asirio fue derrotado y quedó sitiado en Nínive. Durante algún tiempo continuaron resistiendo. Luego, una crecida del Tigris derribó las murallas de la ciudad y los atacantes entraron en ella. Después prendieron fuego y destruyeron toda la ciudad. Incluso las regiones circundantes quedaron devastadas. El rey de los asirios prendió fuego a su propio palacio y se suicidó. Con él, el reino y la civilización asirios quedaron eliminados para siempre. En las excavaciones arqueológicas que se realizan actualmente en esa región se han encontrado numerosos vestigios de incendios (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Araf, nota 75).

 

Los hijos de Israel

Las dos ramas del linaje de Abraham

Del linaje de Abraham surgieron dos grandes ramas. En una de ellas nacieron los descendientes de Ismael, quienes se establecieron en Arabia. Los qurayshíes y algunas otras tribus árabes pertenecían a esta rama. Puesto que las tribus árabes que no eran descendientes de Ismael también habían sido influenciadas por la religión que él predicó, se vinculaban igualmente con él.

La segunda rama se originó en Isaac. En esta rama nacieron Jacob, José, Moisés, David, Salomón, Yahya, Jesús y muchos otros profetas. Como el nombre de Jacob era Israel, este linaje fue llamado Bani Israel, los Hijos de Israel. Como resultado de su predicación, las demás naciones que aceptaron su religión quizá perdieron su identidad al integrarse en ella, o, aunque fueran distintas por linaje, se convirtieron en sus seguidoras en el aspecto religioso. Cuando esta rama fue víctima de la humillación y la decadencia, surgieron entre ellos el judaísmo y el cristianismo. (Sura Ash-Shu‘ara, nota 117)

En la aleya 20 de la sura Al-Ma’ida, Dios Todopoderoso alude a la antigua influencia y poder de los Hijos de Israel. La época de su poder y prosperidad fue muy anterior a Moisés. Por una parte, grandes profetas como Abraham, Isaac, Jacob y José nacieron en el seno de esta nación; por otra, durante la época de José y después de él, tuvieron la fortuna de alcanzar un gran poder de gobierno y autoridad en Egipto. Durante mucho tiempo fueron los gobernantes más poderosos del mundo civilizado de aquella época. Su influencia y autoridad prevalecían por todas partes. Generalmente, la gente comienza la historia del progreso de los Hijos de Israel con Moisés. Pero el Corán afirma claramente que la época de esplendor de los Hijos de Israel ya había pasado antes de Moisés. Moisés presentaba precisamente esa época como la antigua herencia de su pueblo. (Sura Al-Anbiya, nota 83)

La época del tipo más degradado de idolatría en Palestina

Después de la muerte de Moisés, cuando los Hijos de Israel entraron en Palestina, allí vivían diversas naciones, como los hititas, los amorreos, los cananeos, los jebuseos, los filisteos y otras. Entre ellos estaba extendida la forma más degradada de idolatría. El nombre de su dios principal era El, a quien llamaban el padre de los dioses. Se lo comparaba con un toro. Su esposa se llamaba Asera; de ellos se extendió una vasta genealogía de dioses y diosas, cuyo número llegó hasta setenta. El más poderoso de sus hijos era Baal, considerado el dios que hacía llover y favorecía el crecimiento de los cereales, así como el señor del cielo y de la tierra. En las regiones del norte era conocido con el nombre femenino de Anat, y en Palestina se lo llamaba Astarté. Estas dos divinidades femeninas eran consideradas diosas del amor sexual y de la fertilidad. Además, había un dios que era el señor de la muerte; otro tenía a su cargo la protección de la salud; y a otro se le había encomendado provocar epidemias y hambrunas. De este modo, toda la divinidad estaba distribuida entre muchos dioses. A estas divinidades se les atribuían epítetos y actos tan repugnantes que ni siquiera la persona moralmente más depravada deseaba relacionarse con ellas. Ahora bien, es evidente que quienes convierten en dioses a seres tan obscenos y viles y los adoran, ¿cómo pueden evitar hundirse en el nivel más bajo de la moralidad? Esta es la razón por la que el estado de estos pueblos, revelado por las excavaciones arqueológicas, da testimonio de una extrema decadencia moral. En su sociedad existía la costumbre de sacrificar niños. Sus santuarios eran centros de prostitución. Convertir a las mujeres en hieródulas (prostitutas religiosas), mantenerlas en los lugares de culto y fornicar con ellas se consideraba parte de la adoración. Muchas otras formas de inmoralidad de este tipo se extendieron entre ellos.

La causa de la decadencia moral de los Hijos de Israel

En la Torá se había declarado claramente, dentro de la guía transmitida a los Hijos de Israel por medio de Moisés, que Palestina debía ser arrebatada de manos de aquellas naciones idólatras; que debían mantenerse alejados de vivir y relacionarse con ellas, así como de la nocividad de sus costumbres morales y de sus creencias e ideas. Sin embargo, cuando los Hijos de Israel entraron en Palestina, olvidaron la guía mencionada. No establecieron un reino unificado. Se entregaron al fanatismo tribal. Cada tribu prefirió separarse y tomar una parte del territorio conquistado. Debido a esta fragmentación, ninguna de sus tribus llegó a ser lo bastante poderosa como para purificar por completo su territorio de los politeístas. Finalmente, aceptaron convivir con ellos. No solo eso: en distintos lugares de los territorios conquistados también existían pequeñas ciudades-Estado de aquellas naciones politeístas, que los israelitas no habían podido someter. Esta es precisamente la acusación formulada en el Libro de los Salmos. En boca de David se expresa una acusación de este tenor: «Conforme a la orden de Dios, no destruyeron a aquellas naciones, sino que se mezclaron con ellas, aprendieron sus malas acciones y comenzaron a adorar a sus dioses, lo cual se convirtió en una trampa para ellos. Sacrificaron a sus hijas al demonio y derramaron la sangre de sus hijos e hijas inocentes. Por ello, la ira de Dios cayó sobre ellos; aborreció su heredad y la entregó al dominio de aquellas naciones, y sus enemigos se convirtieron en sus gobernantes». Salmos, capítulo 106, versículos 34-41.

Castigo

El primer castigo que los israelitas tuvieron que sufrir fue que, por medio de esas naciones, el politeísmo penetró entre ellos y, junto con él, se abrió el camino a otras enfermedades morales. En el libro bíblico de los Jueces se les acusa de este modo: «Los hijos de Israel hicieron lo malo ante el Señor y comenzaron a adorar a los baales. Abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y siguieron a los dioses de las naciones vecinas, se postraron ante ellos y provocaron la ira del Señor. Abandonaron al Señor y adoraron a Baal y a Astarot; por eso se encendió contra Israel la ira del Señor». Capítulo 2, versículos 11-13

El segundo castigo que tuvieron que sufrir fue que las naciones cuyos Estados-ciudad habían dejado independientes, junto con los filisteos, cuyo territorio no había sido conquistado por completo, se unieron y formaron una coalición contra los israelitas. Después lanzaron repetidos ataques y los expulsaron de gran parte de Palestina. Incluso les arrebataron el Arca del Pacto de Dios (Tabut). Finalmente, los israelitas sintieron la necesidad de establecer un reino unido bajo un solo gobernante. A petición de ellos, el profeta Samuel (1020 a. C.) hizo rey a Saúl. (Este relato aparece en la sura Al-Baqara, sección 32).

La era de la prosperidad y las bendiciones

Este reino unido tuvo tres gobernantes: Saúl (1020-1004 a. C.), el profeta David (la paz sea con él) (1004-965 a. C.) y el profeta Salomón (la paz sea con él) (965-926 a. C.). Estos gobernantes completaron las obras que los hijos de Israel habían dejado inconclusas después del profeta Moisés (la paz sea con él). Solo permanecían intactos, al norte, junto a la costa del mar, los reinos de los fenicios y, al suroeste, junto a la costa, el de los filisteos. No pudieron ser conquistados; se consideró suficiente convertirlos en aliados tributarios.

La era de la anarquía y la crisis

Después del profeta Salomón (la paz sea con él), los hijos de Israel volvieron a quedar absortos en la codicia y los deseos mundanos. A causa de sus disputas y conflictos mutuos, establecieron dos reinos separados. El reino de los israelitas, formado en el norte de Palestina y el este del Jordán, tuvo por capital Samaria, mientras que la capital del reino de Judea, establecido en el sur de Palestina y Edom, fue Jerusalén. Desde el primer día hubo rivalidad y enfrentamientos entre ambos reinos, y estos continuaron hasta el final. Los gobernantes y habitantes del reino de Israel fueron los primeros y los más profundamente influidos por las creencias politeístas y la inmoralidad de las naciones vecinas. La situación llegó a su extremo cuando el gobernante Acab se casó con Jezabel, una princesa idólatra sidonia. En aquel tiempo, con la ayuda del poder estatal y de todos sus recursos y medios, el politeísmo y la inmoralidad comenzaron a extenderse entre los israelitas como una inundación devastadora. El profeta Elías (la paz sea con él) y el profeta Eliseo (la paz sea con él) hicieron todo lo posible para detener aquella inundación. Pero la nación no se apartó del camino de decadencia por el que se precipitaba. Finalmente, la ira de Dios cayó sobre el reino de Israel en la forma de los asirios, y desde el siglo IX a. C. comenzaron los continuos ataques asirios. En aquella época, el profeta Amós (787-747 a. C.) y, después, el profeta Oseas (747-735 a. C.) advirtieron repetidamente a los israelitas. Pero estaban tan sumidos en la negligencia y la indiferencia que las advertencias produjeron el efecto contrario. Finalmente, el gobernante israelita notificó al profeta Amós que abandonara el país y cesara su labor profética dentro del reino de Samaria. Poco después, el castigo de Dios cayó sobre el reino de Israel y sus habitantes. En 721 a. C., el poderoso gobernante asirio Sargón conquistó Samaria y puso fin al reino de Israel; miles de israelitas fueron asesinados. Más de veintisiete mil israelitas influyentes fueron expulsados del país y obligados a dispersarse de forma aislada por los distritos orientales del reino asirio. Se trasladó desde el exterior a gente de otras naciones y se la reasentó en las regiones israelitas. Los pocos israelitas que permanecieron, al vivir junto con los recién llegados, olvidaron su propia civilización y cultura nacional.

El segundo Estado de los hijos de Israel, establecido en el sur de Palestina con el nombre de Judea, también cayó muy pronto, después del profeta Salomón (la paz sea con él), en el politeísmo y la inmoralidad. Sin embargo, comparativamente, su decadencia avanzó más lentamente que la del reino de Israel. Por ello se les concedió un plazo algo mayor. Aunque, al igual que contra el reino de Israel, los asirios lanzaron repetidos ataques contra ellos, destruyeron sus ciudades y sitiaron su capital, este Estado no fue destruido por los asirios. Solo sobrevivió como aliado tributario. Después, cuando, pese a los esfuerzos constantes de los profetas Isaías y Jeremías, los habitantes de Judea no abandonaron la idolatría ni la inmoralidad, en 598 a. C. el rey de Babilonia, Nabucodonosor, se apoderó de todo el reino de Judea, incluida Jerusalén, y su rey fue hecho prisionero. Pero sus malas acciones no terminaron con ello. A pesar de los consejos del profeta Jeremías, en vez de reformar su carácter, se rebelaron contra Babilonia e intentaron cambiar su destino. Finalmente, en 587 a. C., Nabucodonosor lanzó un ataque repentino y destruyó todas las ciudades grandes y pequeñas de Judea. Arrasó Jerusalén y el Templo de Salomón de tal manera que no quedó en pie ni uno solo de sus muros. Expulsó del país a numerosos judíos y los dispersó por todas partes. Los que permanecieron también quedaron humillados y sometidos a manos de las naciones vecinas. (Sura Yunus, notas 98-100)

El papel de los Hijos de Israel durante su vida de cautiverio bajo Babilonia

Y comenzaron a aceptar todo lo que los demonios presentaban bajo el nombre del reino de Salomón. Sin embargo, Salomón jamás incurrió en incredulidad. Quienes incurrían en incredulidad eran esos demonios, que enseñaban magia a la gente. Ellos se sintieron especialmente atraídos por aquello que había sido revelado a los dos ángeles, Harut y Marut, en Babilonia. Pero cada vez que estos ángeles enseñaban tales cosas a alguien, le advertían claramente: «Tened cuidado; nosotros solo somos una prueba. No os entreguéis a la incredulidad». A pesar de ello, aprendían de los ángeles aquello mediante lo cual podían separar al marido de su esposa. Sin embargo, es evidente que no podían perjudicar a nadie por ese medio sin el permiso de Allah. Aun así, aprendían cosas que no les eran beneficiosas, sino perjudiciales, y sabían muy bien que quien adquiriera esas cosas no tendría ninguna parte del bien en la Otra Vida. ¡Qué ruin es aquello a cambio de lo cual venden sus propias vidas! ¡Ojalá lo supieran! —Sura al-Baqara, 102

Por demonios se entienden tanto los demonios de entre los yinn como los demonios humanos. Aquí se hace referencia a ambos. Cuando llegó la época del declive moral y material de los Hijos de Israel, la esclavitud, la ignorancia, la desgracia, la pobreza, la humillación y los reproches no dejaron entre ellos ningún entusiasmo ni determinación firme. Entonces su atención se volvió hacia la magia, los hechizos, las prácticas ocultas y los amuletos. Comenzaron a buscar métodos mediante los cuales pudieran resolver todos los asuntos únicamente con soplidos, fórmulas mágicas y encantamientos, sin ningún esfuerzo ni empeño. En aquella época, Satanás los engañaba diciéndoles que el vasto reino de Salomón y su extraordinario poder eran enteramente resultado de ciertos diseños y encantamientos, y que él les revelaría cuáles eran. Consideraron todo aquello dones inesperados y se volvieron frenéticos por obtenerlos. Después de eso, ya no les quedó interés ni afecto por el Libro de Allah, ni llegó a sus oídos voz alguna de quienes llamaban a la verdad.

Se han expresado diversas opiniones al explicar la aleya mencionada. Pero lo que he podido comprender es que, cuando toda la nación de los Hijos de Israel llevaba en Babilonia una vida de cautiverio y esclavitud, Allah debió de haber enviado hacia ellos a dos ángeles con forma humana para ponerlos a prueba. Del mismo modo que los ángeles acudieron al pueblo de Lot con la apariencia de jóvenes apuestos, estos dos ángeles debieron de presentarse ante aquellos israelitas con la apariencia de pirs y faquires. Allí, por un lado, abrieron un mercado de magia y, por otro, les advertían como prueba y evidencia definitiva: «Mirad, hemos venido únicamente para poneros a prueba. No arruinéis vuestra vida futura». A pesar de todo ello, se volvieron locos por aceptar las prácticas ocultas y los amuletos que ofrecían los ángeles.

No hay nada sorprendente en que los ángeles adopten forma humana para realizar una tarea. Son servidores del vasto reino de Allah. Para cumplir sus responsabilidades, pueden adoptar en cada momento el método que sea necesario. ¿Cuánto sabemos nosotros de cuántos ángeles actúan a nuestro alrededor adoptando forma humana? Ahora bien, que se enseñara a los ángeles algo esencialmente malo puede compararse, por ejemplo, con un soldado de policía sin uniforme que entrega como soborno a un funcionario corrupto un billete marcado. El propósito sería atraparlo en el acto de cometer el delito, de modo que después ya no tuviera ninguna oportunidad de presentar una defensa de su inocencia.

En aquellos días, lo que más demandaba la gente eran las prácticas ocultas y los amuletos, mediante los cuales un hombre separaba a otra persona de su esposa y hacía que ella se enamorara de él. Este era el grado más bajo de degradación moral al que habían llegado. Si lo que más apreciaban los miembros de una nación era intentar seducir a la esposa de otro, separar a una mujer casada de su marido y atraerla hacia sí, y consideraban esa acción una gran victoria, ¿qué degradación moral podría ser mayor que esta?

La relación matrimonial es, en realidad, la base de la civilización humana. Si la relación entre la mujer y el hombre es sana y correcta, la civilización humana será sana y correcta. En cambio, si se abre una grieta en la relación entre la mujer y el hombre, la civilización humana también quedará hecha añicos. Por eso, el peor de los malhechores y causantes de desorden es quien descarga un hachazo contra un árbol de cuya firme permanencia dependen su propia existencia y la de toda la sociedad. Se relata en un hadiz que Iblís envía desde su sede central un representante a cada lugar de la tierra. Luego esos representantes regresan y presentan sus informes. Uno dice: «He provocado tal y cual sedición o calamidad». Otro dice: «He iniciado tal y cual acto de depravación». Pero Iblís les dice a todos: «No habéis hecho nada». Entonces llega uno y dice: «He separado al marido de su esposa». Al oírlo, Iblís lo abraza por el cuello y le dice: «Tú sí has hecho un trabajo digno de reconocimiento».

Al reflexionar sobre este hadiz, se puede comprender claramente por qué se ordenó a los ángeles enviados para poner a prueba a los Hijos de Israel que les enseñaran la práctica destinada a separar al marido de su esposa. (Sura al-Baqara, nota 100)

La era del renacimiento

Los samaritanos y los israelitas no pudieron salir del abismo de decadencia moral y doctrinal en el que se habían hundido. Sin embargo, entre los habitantes de Judea que habían sobrevivido había un hombre que, manteniéndose firme en el bien, convocaba a él. Continuó trabajando por la reforma y la rectificación entre los judíos restantes. También inspiró al arrepentimiento a quienes habían sido exiliados a Babilonia y a otras regiones. Finalmente, la misericordia de Alá vino en su ayuda. El reino de Babilonia cayó. En el año 539 a. C., el conquistador iraní Ciro —o Cosroes— conquistó Babilonia. Al año siguiente promulgó un decreto en el que declaraba que se permitía a los israelitas regresar a su tierra natal y establecerse nuevamente allí. Entonces los judíos comenzaron a marchar en grupos hacia Judea. Esta labor continuó durante mucho tiempo. Ciro permitió a los judíos reconstruir el Templo de Salomón. Pero algunos pueblos vecinos que se habían establecido allí desde hacía cierto tiempo les pusieron obstáculos. Finalmente, Darío I —Darío— nombró gobernador de Judea, en el año 522 a. C., a Zorobabel, nieto del último rey de Judea. Bajo la supervisión de los profetas Hageo, Zacarías y Josué, este reconstruyó el Templo Sagrado. Después, en el año 450 a. C., el profeta Esdras llegó a Judea junto con un grupo de exiliados. Por un decreto del emperador iraní Artajerjes, se le concedieron los siguientes poderes: «Nombra gobernantes y jueces basándote en el conocimiento que te ha otorgado tu Dios, para que se haga justicia a todos los que están más allá del río y conocen la ley de tu Dios. Enseña a quienes no la conocen y castiga inmediatamente conforme a la ley a todo aquel que desobedezca la ley de tu Dios o el decreto del rey, ya sea con la pena de muerte, el destierro, la confiscación de bienes o el encarcelamiento». Libro de Esdras, capítulo 8, versículos 25-26.

Aprovechando este decreto, el profeta Esdras emprendió la gran tarea de revivir la religión de Moisés (la paz sea con él). Reunió de todas partes a los hombres rectos de la nación judía y estableció una organización sólida. Tras editar el quinto libro de la Biblia, en el que está incorporada la Torá, lo publicó. Organizó la educación religiosa de los judíos. Mediante la aplicación de la ley de la religión, trató de eliminar los defectos doctrinales y morales que habían penetrado entre los hijos de Israel bajo la influencia de otros pueblos. Ordenó divorciarse de las mujeres politeístas con las que los judíos se habían casado. Obtuvo de los hijos de Israel un nuevo juramento de servir a Alá y obedecer Su ley.

En el año 445 a. C., otro grupo de exiliados regresó a Judea bajo el liderazgo de Nehemías. El emperador iraní nombró a Nehemías gobernador de Jerusalén y le permitió reconstruir la ciudad para establecer allí a sus habitantes. Así, después de ciento cincuenta años, Bayt al-Maqdis volvió a estar poblada y se convirtió en el centro de la religión y la civilización judías. Sin embargo, los israelitas del norte de Palestina y de Samaria no obtuvieron ningún beneficio de la labor de reforma y renacimiento emprendida por el profeta Esdras. Por el contrario, construyeron un centro religioso propio en el monte Garizim, frente a Bayt al-Maqdis, e intentaron convertirlo en la qibla de la Gente del Libro. De este modo, la distancia entre judíos y samaritanos aumentó aún más.

La dominación griega y la lucha contra ella

Como consecuencia de la caída del Imperio iraní, las conquistas de Alejandro y el posterior resurgimiento de los iraníes, la suerte de los judíos sufrió durante algún tiempo. Tras la muerte de Alejandro, su imperio se dividió en tres reinos. La región de Siria correspondió al reino seléucida, cuya capital era Antioquía. Su gobernante, Antíoco III, se apoderó de Palestina en el año 198 a. C. Era politeísta y no podía tolerar la religión ni la civilización judías. Mediante presiones políticas y económicas, inició la expansión de la civilización griega. Incluso una parte importante de los propios judíos se convirtió en instrumento suyo. Esta intervención externa provocó divisiones entre la nación judía. Un grupo adoptó la vestimenta, la lengua, el modo de vida y los deportes griegos. El segundo grupo permaneció firme en su propia civilización. Cuando Antíoco IV, cuyo título era Epífanes, es decir, «manifestación de Dios», ascendió al trono en el año 175 a. C., intentó extirpar la religión y la civilización judías mediante su poder despótico. Hizo colocar una enorme estatua en el Templo de Bayt al-Maqdis y obligó a los judíos a postrarse ante ella. Prohibió los sacrificios en el altar. En su lugar, ordenó a los judíos ofrecer sacrificios en el altar de los politeístas. Decretó la pena de muerte para todos los que conservaran la Torá en sus casas, observaran los preceptos del sábado o circuncidaran a sus hijos. Pero los judíos no se sometieron a esta tiranía. Entre ellos comenzó un gran movimiento, conocido en la historia como la rebelión macabea. Aunque durante este conflicto los judíos simpatizantes de los griegos les mostraron toda clase de apoyo y, en la práctica, ayudaron a los opresores de Antioquía a frustrar la rebelión macabea, la influencia de la fuerza espiritual de la piedad que el profeta Esdras había infundido en los corazones de los judíos comunes era tan grande que todos se unieron a los macabeos. Finalmente expulsaron a los griegos y establecieron su propio Estado religioso independiente, que permaneció intacto hasta el año 67 a. C. Las fronteras de este Estado se expandieron hasta abarcar todo el territorio que antiguamente había estado bajo el dominio de los Estados de Judea e Israel. Incluso una gran parte de Filistia quedó bajo su control, aunque tampoco se había sometido durante las épocas del profeta David (la paz sea con él) y del profeta Salomón (la paz sea con él). (Sura al-Maida, nota 42.)

La era de la segunda calamidad

La fuerza moral y religiosa con la que había comenzado el movimiento macabeo fue debilitándose gradualmente. Después, el apego al mundo se apoderó de ellos. Finalmente, surgieron divisiones entre ellos y fueron ellos mismos quienes invitaron al conquistador romano Pompeyo a apoderarse de Palestina. Por ello, en el año 63 a. C., Pompeyo tomó Bayt al-Maqdis y privó a los judíos de su independencia. La política permanente de los conquistadores romanos consistía en preferir alcanzar sus objetivos mediante gobernantes locales, en lugar de establecer directamente el orden y la ley en los territorios conquistados. Por eso establecieron en Palestina, bajo su supervisión, un Estado nativo que en el año 40 a. C. pasó a manos de un judío astuto llamado Herodes. Este fue conocido como Herodes el Grande. Su autoridad se extendió sobre toda Palestina y la Transjordania desde el año 40 a. C. hasta el año 4 a. C. Por un lado, patrocinó a los dirigentes religiosos para mantener satisfechos a los judíos y, por otro, enriqueció la civilización romana, demostrando el máximo grado de lealtad al Imperio romano. Así obtuvo el favor del emperador romano César. En ese período, la decadencia religiosa y moral de los judíos alcanzó su punto culminante.

Después de Herodes, su reino se dividió en tres partes:

Uno de sus hijos, Arquelao, se convirtió en gobernante de Samaria, Judea y el norte de Idumea. Pero en el año 6 d. C., el emperador romano Augusto lo depuso y puso todo su territorio bajo la autoridad de su propio gobernador; este sistema se mantuvo hasta el año 41 d. C. Fue precisamente en este período cuando apareció el profeta Jesús (la paz sea con él) para reformar y corregir a los hijos de Israel. Todos los dirigentes religiosos de los judíos se opusieron conjuntamente a él, y el gobernador romano Poncio Pilato intentó condenarlo a muerte.

El segundo hijo de Herodes, Herodes Antipas, se convirtió en gobernante de la región de Galilea, en el norte de Palestina, y de la zona al este del Jordán. Este fue el hombre que, por orden de una bailarina, decapitó al profeta Juan (la paz sea con él) y le entregó su cabeza como regalo.

Su tercer hijo, Filipo, se convirtió en rey de la extensa región comprendida entre el monte Hermón y el río Yarmuk. Era más devoto y estaba más fervientemente entregado a las civilizaciones romana y griega que su padre y sus hermanos. En su territorio no había ni siquiera la poca libertad que existía en otras regiones de Palestina para predicar un mensaje de bien.

En el año 41 d. C., los romanos nombraron gobernador de aquellas regiones, que habían estado bajo el dominio de Herodes el Grande, a su nieto Herodes Agripa. Después de obtener el poder, comenzó una feroz persecución contra los seguidores del profeta Jesús (la paz sea con él) y empleó todas sus fuerzas en eliminar el movimiento de piedad a Dios y reforma moral que se desarrollaba bajo el liderazgo de los apóstoles.

Para comprender correctamente cuál era en aquella época la situación de los judíos comunes y de sus dirigentes religiosos, es necesario leer las críticas que el profeta Jesús (la paz sea con él) pronunció en sus discursos. Estos discursos están registrados en los cuatro Evangelios. Sin embargo, para hacerse una idea basta saber que, cuando ante los ojos de aquella nación fue decapitado un sabio tan puro y virtuoso como el profeta Juan (la paz sea con él), no se alzó ni una sola palabra contra aquella atrocidad extrema. No solo eso: todos los dirigentes religiosos de la nación exigieron la ejecución del profeta Jesús (la paz sea con él). Pero, salvo un puñado de personas sinceras, no hubo nadie que lamentara aquella desgracia. La máxima desdicha fue que, cuando Poncio Pilato preguntó a aquellos desventurados: «Hoy es vuestro día de celebración. Según la costumbre, tengo derecho a liberar a uno de los condenados a muerte. Decidme: ¿debo liberar a Jesús o al ladrón Barrabás?», la multitud respondió a una sola voz: «¡Libere a Barrabás!». Era como la última oportunidad que Dios había concedido a aquella nación para aceptar la verdad.

El castigo de la catástrofe

Poco después comenzaron violentos conflictos y enfrentamientos entre los judíos y los romanos. Entre los años 64 y 66 d. C., los judíos proclamaron abiertamente la rebelión. Herodes Agripa II y el procurador romano Floro fracasaron ambos en sofocarla. Finalmente, el Imperio romano emprendió una severa acción militar, aplastó la rebelión y Tito conquistó Jerusalén con la espada en el año 70 d. C. En la masacre que siguió murieron ciento treinta mil personas. Sesenta y siete mil fueron capturadas y convertidas en esclavas. Miles de personas fueron apresadas y enviadas a trabajar en las minas de Egipto. A miles de personas las llevaron a distintas ciudades, donde las empujaron ante fieras salvajes en los anfiteatros y coliseos, o las obligaron a participar en combates de espada, convirtiendo todo ello en un espectáculo festivo. Todas las muchachas altas y hermosas fueron seleccionadas para el disfrute de los vencedores. La ciudad de Jerusalén y el Templo quedaron reducidos a ruinas. Después, la influencia y el poder de los judíos fueron borrados de Palestina de tal manera que durante dos mil años no tuvieron oportunidad de volver a levantar la cabeza. El sagrado Templo de Jerusalén tampoco pudo ser reconstruido. Más tarde, el césar Adriano volvió a poblar la ciudad y entonces le dio el nombre de Aelia. Después, durante mucho tiempo, se prohibió a los judíos entrar allí. (Sura Al-Isra, notas 6-7)

La última oportunidad

Puesto que los Banu Israel permanecieron sumidos en el pecado durante varios siglos consecutivos, sus costumbres y conducta nacionales siguieron deteriorándose pese a las repetidas advertencias y reprimendas. Mataron a varios profetas uno tras otro, y se volvieron sedientos de la sangre de todo hombre noble que los exhortara a las buenas obras y al camino verdadero y recto. Por ello, Allah envió simultáneamente a dos grandes profetas, como Hazrat Isa (la paz sea con él) y Hazrat Yahya (la paz sea con él), para completar la prueba contra ellos y presentarles la verdad de manera definitiva. Poseían señales tan claras de haber sido enviados por Allah que solo podían negarlas quienes albergaban una enemistad ciega contra la verdad y cuya insolencia frente a ella había llegado al extremo. Pero los Banu Israel también perdieron esta última oportunidad. No se limitaron a rechazar la invitación de estos dos profetas; además, por orden de una bailarina, decapitaron a un sabio como Hazrat Yahya (la paz sea con él), uno de sus principales hombres. Después de eso, gastar más tiempo y esfuerzo en reprender y amonestar a los Banu Israel habría sido inútil. Por ello, Allah llamó a Su profeta a Su presencia y escribió sobre la frente del destino de los Banu Israel la maldición de la humillación hasta el Día del Juicio. (Sura Al-Báqara, notas 104-106)

Hazrat Yahya (la paz sea con él) y el trato de los Banu Israel hacia él

Aquí se presenta un retrato de su vida santa, reuniendo los datos sobre Hazrat Yahya (la paz sea con él) que aparecen dispersos en diversos pasajes de la Biblia:

Según el relato de Lucas, Hazrat Yahya (la paz sea con él) era seis meses mayor que Hazrat Isa (la paz sea con él). Sus madres eran parientes cercanas entre sí. Alrededor de los treinta años se le confió la responsabilidad de la profecía. Según el relato de Juan, comenzó su labor de invitar hacia Allah en la región del Jordán oriental. Decía: «Soy la voz de un pregonero en el desierto. Enderezad y allanad el camino de Dios». Juan 1:23

Marcos dice que hacía que la gente se arrepintiera de sus pecados y bautizaba a los arrepentidos (Baptize: instrucción religiosa), es decir, les hacía bañarse después del arrepentimiento para que el alma y el cuerpo quedaran purificados. Muchos habitantes de Judea y Jerusalén se hicieron sus devotos. Acudían a él para ser bautizados (Marcos 1:4-5). Por ello alcanzó fama como Juan el Bautista. Por lo general, los israelitas habían reconocido su profecía. Esta es la afirmación de Isa (la paz sea con él) (Mateo 21:26): entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista o Juan (Mateo 11:11). Vestía ropas de pelo de camello y llevaba ceñido un cinturón en la cintura. Su alimento eran langostas y miel silvestre (Mateo 3:4). Mientras llevaba aquella vida de pobreza, proclamaba: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está próximo» (Mateo 3:2). Es decir, se aproximaba el comienzo de la invitación de Hazrat Isa (la paz sea con él). Por eso se le llamaba Hazrat Samih (Isa), Arhas (el que confirma). Esto mismo se dice de él en el Corán: el que confirma la veracidad de un decreto de Allah relacionado con Hazrat Isa (la paz sea con él).

Exhortaba a la gente a la oración y al ayuno. Mateo 9:14; Lucas 5:33; Lucas 11:1.

Decía a la gente: «Quien tenga dos prendas debe repartirlas con quien no tenga ninguna. Y quien tenga alimento debe hacer lo mismo». Los recaudadores de impuestos preguntaron: «Señor, ¿qué debemos hacer?». Él respondió: «No cobréis más de lo que se os ha asignado». Los soldados preguntaron: «¿Y qué orden tenemos nosotros?». Él respondió: «No oprimáis a nadie ni toméis injustamente nada de nadie. Conformaos con vuestro salario». Lucas 3:10-14.

Cuando los eruditos corrompidos de los hijos de Israel, los fariseos y los saduceos acudieron a él para recibir instrucción, los reprendió diciendo: «¡Crías de víboras! ¿Quién os advirtió que podríais escapar del castigo inminente? No penséis siquiera: “Abraham es nuestro padre”. Ahora el hacha está puesta en la raíz de los árboles. Todo árbol que no produzca buenos frutos será cortado y arrojado al fuego». Mateo (Mathew) 3:7-10.

En el reino de Herodes Antipas, el gobernante judío de su época, él se dedicaba a proclamar la verdad. Herodes Antipas estaba completamente sumergido en la civilización romana. Por su causa, la inmoralidad y la corrupción se extendían por todo el país. Él había llevado a su propia casa a Herodías, la esposa de su hermano Filipo, y la tenía como concubina. Por ello, el profeta Juan (la paz sea con él) reprendió a Herodes y criticó su inmoralidad. Debido a este delito, Herodes lo arrestó y lo envió a la cárcel. Sin embargo, lo consideraba un hombre piadoso y veraz, lo respetaba y también le tenía mucho miedo al ver su enorme influencia entre el pueblo. Pero Herodías pensaba que la fuerza moral que el profeta Juan (la paz sea con él) estaba infundiendo en la nación hacía que una mujer como ella apareciera ante los ojos de la gente como sumamente despreciable y vil. Por eso se resolvió a acabar con su vida. Finalmente, aprovechó la ocasión durante la celebración del cumpleaños de Herodes. En el banquete, su hija bailó magníficamente. Herodes, fascinado por ella, le dijo: «Pídeme lo que quieras». La muchacha preguntó a su madre adúltera qué debía pedir. Su madre respondió: «Pide la cabeza decapitada de Juan». Entonces ella, juntando las manos, dijo a Herodes: «Ordena que me traigan ahora mismo la cabeza decapitada de Juan en una bandeja y la coloquen delante de mí». Herodes quedó preocupado. Pero ¿cómo podía rechazar la petición de su amada hija? Inmediatamente presentó como regalo la cabeza decapitada del profeta Juan en una bandeja delante de la bailarina. Mateo 14:3-12; Marcos 6:17-29; Lucas 3:19-20. (Sura de Al-Isra, nota 8).

El profeta Jesús (la paz sea con él) y el trato de los hijos de Israel hacia él

Y recuerda en este Libro la historia de María, cuando se apartó de su gente hacia un lugar solitario, al este, y se ocultó de ellos detrás de un velo. —Sura de María: 16.

En la Sura de Al Imrán se dice que la madre de María, conforme a su voto, la consagró al servicio de Dios en Bayt al-Maqdis, y que el profeta Zacarías (la paz sea con él) asumió su cuidado y manutención. Allí se menciona que el mihrab donde María se recluyó estaba en la parte oriental de Bayt al-Maqdis. Según la costumbre, ella había colgado un velo para protegerse de las miradas de la gente. Quienes, únicamente para mantener la concordancia con la Biblia, han interpretado esta expresión como Nazaret, se han equivocado. Nazaret está al norte de Jerusalén, no al este.

En esas circunstancias le envié Nuestro espíritu —el ángel—. Este se le apareció con la forma de un hombre perfecto. María exclamó de repente: «Si eres temeroso de Dios, busco refugio en el Misericordioso contra ti». Él respondió: «No soy sino el ángel de tu Señor. He sido enviado para concederte un hijo puro». María dijo: «¿Cómo podré tener un hijo, si ningún hombre me ha tocado y no soy una mujer inmoral?». El ángel respondió: «Así será. Tu Señor ha dicho: “Eso es fácil para Mí, y lo haremos para convertir a este niño en un signo para la gente y en una misericordia procedente de Mí”. Y es un asunto decretado». —Sura de María: 17-21.

Ante el asombro de María, el ángel dijo: «Así será». Esto nunca puede significar que un hombre la tocaría y de ese modo se formaría un hijo en su vientre. Su significado claro es, más bien, que tendría un hijo aunque ningún hombre la hubiera tocado. El mismo tipo de expresión provocó el asombro del profeta Zacarías (la paz sea con él), y allí el ángel dio precisamente esta respuesta. Es evidente que el significado que se le atribuye allí debe ser el mismo aquí. Del mismo modo, en la Sura de Adh-Dhariyat (versículos 28-30), cuando el ángel anunció al profeta Abraham (la paz sea con él) la buena nueva de un hijo, Sara dijo: «¿Cómo podrá tener un hijo una anciana estéril como yo?». El ángel le dio entonces la misma respuesta: «Así será». Su significado era que tendría un hijo a pesar de ser anciana y estéril. Además, si se interpreta esta expresión como que un hombre tocaría a María y ella tendría un hijo de la manera habitual de todas las mujeres del mundo, las dos frases siguientes quedarían sin sentido. ¿Qué necesidad habría de decir entonces que su Señor afirmaba: «Eso es muy fácil para Mí» y que quería convertir a ese niño en un signo? La palabra «signo» se emplea aquí claramente en el sentido de un milagro, y la frase apunta precisamente a ello: «Eso es muy fácil para Mí». Por tanto, el significado de esta declaración de Allah Todopoderoso no es otro que este: quería presentar precisamente a ese niño ante los hijos de Israel como un milagro. La explicación posterior deja claro por sí misma cómo la persona del profeta Jesús (la paz sea con él) es presentada como un milagro. María concibió entonces al niño y se retiró con su embarazo a un lugar lejano. Los dolores del parto la llevaron hasta el tronco de una palmera. Ella dijo: «¡Ojalá hubiera muerto antes de esto y hubiera quedado completamente olvidada!». Entonces el ángel la llamó desde debajo de ella: «No te aflijas. Tu Señor ha hecho correr un arroyo bajo tus pies. Sacude hacia ti el tronco de esta palmera y caerán sobre ti dátiles frescos y maduros. Come de los dátiles, bebe del agua y alegra tus ojos. Y si ves a algún ser humano, dile: “He hecho un voto de ayuno por el Misericordioso; por eso hoy no hablaré con nadie”». Después llevó a su hijo ante su gente. Ellos dijeron: «¡Oh, María! Has cometido algo terrible. ¡Oh, hermana de Aarón! Tu padre no era un hombre malvado, ni tu madre una mujer de mala conducta». Sura de María: 22-28.

El lugar lejano significa Belén. Era completamente natural que María se dirigiera allí al salir de su lugar de retiro espiritual. La hija de la familia más piadosa de los hijos de Israel, la familia de Aarón, estaba consagrada al culto de Allah en Bayt al-Maqdis. De repente quedó embarazada. Si en esas circunstancias hubiera permanecido en el lugar de su retiro y la gente hubiera descubierto su embarazo, no solo sus familiares, sino también los demás miembros de la sociedad, le habrían hecho imposible seguir con vida. Por eso, la pobre mujer, después de verse sometida a esta dura prueba, salió silenciosamente de su cámara de retiro. Así quedaría protegida, durante el tiempo que Allah quisiera, de los reproches y censuras de su pueblo y de la deshonra pública. Este hecho constituye por sí mismo una gran prueba de que el profeta Jesús (la paz sea con él) nació sin padre. Si María hubiera estado casada y el niño hubiera sido concebido de su esposo, no habría ninguna razón para que abandonara todo y se marchara sola a un lugar lejano para dar a luz, en vez de dirigirse a la casa de sus padres o a la de sus suegros.

De todo esto puede inferirse la angustia que padecía. Si se tiene en cuenta la delicadeza de la situación, cualquiera puede comprender que estas palabras no salieron de sus labios a causa de los dolores del parto. Más bien, se encontraba afligida pensando cómo podría librarse dignamente de la terrible prueba a la que Al-lah la había sometido. Hasta entonces había logrado ocultar su embarazo de algún modo. Pero ¿adónde iría ahora con aquel niño? Las palabras posteriores del ángel dejan claro por qué la honorable Maryam había pronunciado también estas palabras. Cuando una mujer casada tiene su primer hijo, por mucho que se retuerza a causa de los dolores del parto, no debería tener motivo para preocuparse. El significado de «no te aflijas» es que no tendrás que decir nada acerca del niño. Si alguien pregunta por su nacimiento, nosotros asumiremos la responsabilidad de responderle. (Debe señalarse que en la sociedad de los Hijos de Israel existía la costumbre de observar un ayuno de silencio, es decir, permanecer callado sin hablar. Estas palabras dejan claro cuál era la verdadera causa de la preocupación de la honorable Maryam. Cabe señalar que, si el primer hijo de una mujer casada hubiera nacido conforme a la costumbre habitual del mundo, ¿qué necesidad habría de observar un ayuno de silencio?)

(*****আরবী****) («¡Oh, hermana de Aarón!») puede tener dos significados. Uno es aceptar su sentido aparente y considerar que Maryam tenía un hermano llamado Aarón. El segundo es entender «hermana de Aarón», conforme al uso de la lengua árabe, como «una mujer de la familia de Aarón», pues en árabe es habitual esta forma de expresión. Por ejemplo, a un miembro de la tribu de Mudar se le llamaba (*****আরবী***)(«¡Oh, hermano de Hamdan!»). La prueba a favor del primer significado es que también se ha transmitido una interpretación semejante del Profeta (s. a. s.). La prueba que apoya el segundo significado es que las circunstancias y el contexto exigían adoptarlo. Pues, aparentemente, la conmoción que se produjo entre los miembros de la nación no se debió a que la hermana soltera de un desconocido llamado Aarón hubiera aparecido con un niño en brazos. Más bien, la razón por la que la gente se congregó alrededor de Maryam tuvo que ser que una mujer de la descendencia de Aarón, perteneciente a una de las familias más puras de los Hijos de Israel, había sido hallada en tal situación. Aunque, mientras exista un hadiz marfū‘, en principio no puede aceptarse ninguna otra interpretación, el sentido en que este hadiz aparece citado en obras como Muslim, Nasā’ī y Tirmidhī no permite concluir que estas palabras deban significar necesariamente «hermana de Aarón». Lo único que se relata de Mugīra ibn Shu‘ba es que los cristianos de Nayrán le preguntaron: en el Corán, Maryam es llamada hermana de Aarón, aunque Aarón había muerto varios siglos antes. ¿Cuál es el significado de estas palabras del Corán?

El honorable Mugīra (que Al-lah esté complacido con él) no pudo responder a esta pregunta. Más tarde expuso el asunto ante el Profeta (s. a. s.). El Profeta (s. a. s.) dijo: «¿Por qué no respondiste diciendo que los israelitas solían poner a sus hijos los nombres de los profetas y de las personas piadosas?». Esta afirmación del Profeta (s. a. s.) deja claro que, en lugar de quedarse sin respuesta, se puede afrontar la pregunta con una contestación de este tipo. (*****আরবী****) Maryam señaló al niño. La gente dijo: «¿Cómo vamos a hablar con él? No es más que un niño tendido en una cuna». Entonces el niño dijo: «Soy siervo de Al-lah. Él me ha dado el Libro y me ha hecho profeta. Me ha bendecido dondequiera que me encuentre y me ha ordenado cumplir regularmente la oración y dar el zakat mientras viva. Me ha hecho bondadoso con mi madre y no me ha hecho arrogante ni desdichado. La paz sea conmigo el día en que nací, el día en que muera y el día en que sea resucitado». Este es ‘Īsā, hijo de Maryam, y esta es la verdad acerca de él, sobre la cual la gente duda. —Sura Maryam: 29-34

Esta es la señal que fue presentada a los Hijos de Israel en la persona del honorable ‘Īsā. Antes de infligir a los Hijos de Israel un castigo ejemplar por sus continuas maldades, transgresiones y pecados, Al-lah quiso presentarles definitivamente la verdad esencial y brindarles la última oportunidad de reformarse. Por eso adoptó este procedimiento: hizo que la muchacha casta y devota de la familia de Aarón, que se encontraba recluida en retiro espiritual en Bayt al-Maqdis y estaba bajo la tutela del honorable Zakariyyā (a. s.), quedara embarazada siendo soltera. El propósito era que, cuando regresara a la población con el recién nacido, se produjera una gran conmoción en toda la nación y todas las miradas se dirigieran hacia ella. Luego, conforme a este plan, cuando la gente comenzó a congregarse ante la honorable Maryam, Al-lah hizo hablar al recién nacido. Así, cuando este niño creciera y fuera honrado con la dignidad de la profecía, habría innumerables personas de la nación que pudieran testimoniar que habían visto en él, desde su infancia, un milagro extraordinario. Y si, aun después de ello, esta nación se negaba a aceptar su profecía y, en lugar de reconocer su obediencia, rechazaba su profecía e intentaba presentarlo como un criminal y crucificarlo, recibiría un castigo educativo tan severo como jamás se había impuesto a ninguna nación del mundo. (Sura Al-Isrā’, nota 9)

(Para una explicación detallada, véase Tafhīm al-Qur’ān, volumen I, Sura Āl ‘Imrān, notas 44 y 53; Sura an-Nisā’, notas 212 y 213; volumen III, Sura al-Anbiyā’, notas 88-90; y Sura al-Mu’minūn, nota 43.) Estos fueron mencionados por primera vez en la aleya 38 de la Sura al-Furqān. Después fueron mencionados por segunda vez en la aleya 12 de la Sura Qāf. Sin embargo, en ambos lugares sus nombres aparecen junto a los de quienes quisieron desmentir y rechazar a los profetas. No se ofrece ningún detalle. (No ha sido posible investigar quiénes eran los Compañeros de ar-Rass. Los comentaristas han presentado diversas narraciones, pero ninguna puede aceptarse con certeza. A lo sumo, puede decirse que se trataba de una nación que mató a su profeta arrojándolo a un pozo o dejándolo colgado. En árabe, rass significa «pozo antiguo». —Tafhīm al-Qur’ān, volumen III, al-Furqān, nota 52.)

Según la tradición árabe, hay dos lugares famosos llamados Rass: uno se encuentra en Nayud y el otro en el norte del Hiyaz. Ahora es difícil determinar cuál de estos dos lugares habitaban los Compañeros de ar-Rass. No se encuentra ningún relato fiable sobre su historia. Como máximo, puede afirmarse con certeza que se trataba de una nación que arrojó a su profeta a un pozo. Sin embargo, dado que en el Sagrado Corán se hace apenas una alusión a ellos y se deja el asunto ahí, puede suponerse que, en el momento de la revelación del Corán, los árabes conocían generalmente a esta nación. Posteriormente, su historia no pudo conservarse en los registros históricos. (Sura Āl ‘Imrān, nota 51)

Una visión general de toda la humanidad

Cuando el Profeta Muhammad (la paz sea con él) recibió la orden de llamar al islam, el mundo exigía soluciones para diversos problemas morales, civilizatorios, económicos y políticos. En aquel tiempo existían también los imperios romano y persa. Había divisiones de clase y estaba en marcha una injusta explotación económica. La corrupción moral se había extendido. Incluso en la propia tierra del Profeta existían numerosos problemas complejos. Las regiones orientales y meridionales de Arabia, incluidos los fértiles territorios de Irak y hasta Yemen, estaban bajo el dominio persa. Al norte, el dominio romano se extendía hasta la frontera del Hiyaz. En el propio Hiyaz se habían levantado grandes fortalezas de capitalistas judíos. Estos habían atrapado a los árabes en la red de la usura. Justo frente a la costa occidental estaba establecido el gobierno cristiano de Abisinia, que apenas unos años antes había atacado La Meca. Un grupo perteneciente a su misma religión y vinculado a él por una relación económica y política de cierta índole vivía en Nayrán, entre el Hiyaz y Yemen. (Sura Maryam, nota 12)

Roma, Grecia e India

La historia del Coliseo de Roma aún se conserva en las páginas de la historia. Miles de desdichados eran víctimas de los combates de espadas de gladiadores y del entretenimiento de los emires y nobles romanos. En la mayoría de los países de Europa y Asia no se consideraba reprobable empujar a los esclavos ante fieras feroces para divertir a los invitados o agasajar a los amigos, degollarlos como animales o quemarlos en el fuego para contemplar el espectáculo. Castigar y matar de diversas maneras a prisioneros y esclavos era una práctica común de aquella época. No solo para los emires y nobles ignorantes y sedientos de sangre, sino también en las reflexiones e investigaciones de los grandes sabios y filósofos de Grecia y Roma se consideraban lícitos muchos métodos brutales de matar a personas inocentes. Maestros de la moral como Aristóteles y Platón no consideraban censurable conceder a la madre el derecho de separar de su cuerpo una parte de él (el embrión o el hijo en el vientre). Por tanto, matar embriones no era ilegal en Grecia y Roma. El padre tenía derecho a matar a su hijo, y los legisladores romanos se enorgullecían de que el derecho del padre sobre sus hijos fuera tan ilimitado. Para los discípulos de Zenón, los estoicos, indiferentes ante la felicidad y el sufrimiento, el suicidio no era una falta; al contrario, se consideraba un acto honorable, hasta el punto de convocar una asamblea y suicidarse en ella. Incluso un sabio como Platón no lo consideraba un delito. Que el marido degollara a su esposa era exactamente igual que degollar a un animal doméstico; la ley griega no imponía castigo alguno por ello. India, la cuna de la preservación de la vida, estaba en este aspecto más avanzada que todos los demás. Allí era lícito quemar viva a la viuda junto al cadáver de su marido. (Podría preguntarse si la esposa no era quemada en la pira funeraria de su marido, sino que se quemaba a sí misma. Pero el hecho es que la presión social, de diversas formas, la obligaba a cometer aquel terrible suicidio, y además la religión lo exigía.) La vida de los shudras no tenía ningún valor. Como aquellos desdichados habían nacido de los pies de Brahma, matarlos era lícito para Brahma; escuchar las palabras de los Vedas era un pecado tan grave para los shudras que no solo era lícito, sino obligatorio, matarlos vertiendo metal fundido en sus oídos. La costumbre de arrojar al agua era tradicional y, según ella, los padres arrojaban a su primer hijo al Ganges. Consideraban aquella crueldad causa de buena fortuna. (Sura Maryam, notas 14-19 y 21)

La enfermedad universal del shirk

¿Cuáles eran las concepciones religiosas del mundo cuando el Mensajero de Allah (la paz sea con él) comenzó a llamar al tawhid? Los politeístas adoraban a aquellos dioses y diosas que estaban hechos de diversos materiales, como madera, piedra, oro y plata. Tenían forma, figura y cuerpo. Los dioses y diosas se reproducían normalmente. No había diosa sin marido ni dios sin esposa. También necesitaban comer y beber. Sus sacerdotes hacían de ello un negocio. Muchos politeístas creían que Dios aparecía bajo forma humana y que algunas personas eran sus encarnaciones. Aunque los cristianos afirmaban reconocer a un solo Allah, su Allah tenía al menos un hijo. Junto al Padre y al Hijo, el Ruh al-Qudus también tenía el honor de compartir la divinidad. Incluso Dios tenía madre y suegra. Los judíos también afirmaban reconocer a un solo Dios. Pero su dios tampoco carecía de cualidades terrenales, corporales y otras cualidades humanas. Caminaba de un lado a otro, se manifestaba bajo forma humana y hasta luchaba cuerpo a cuerpo con alguno de sus siervos. También tenía un hijo, Uzair. Además de estos grupos religiosos, los magos adoraban el fuego y los sabeos adoraban las estrellas. (El camino de la revolución islámica, pág. 24-25, en urdu)

La calamidad de las falsas divisiones de castas de la humanidad

Desde tiempos muy antiguos hasta hoy, en cada época los seres humanos han dibujado generalmente un círculo a su alrededor, ignorando a la humanidad; consideraban propios a quienes nacían dentro de él y extraños a quienes nacían fuera. Este círculo no se trazaba sobre ninguna base intelectual ni moral, sino sobre la base del nacimiento fortuito. En algunos lugares, su fundamento era nacer en una determinada familia, tribu o linaje; en otros, nacer en una región geográfica, o pertenecer a una raza específica o a un pueblo de una lengua determinada. Sobre esta base se estableció una diferencia entre unos y otros que no se limitó a que aquellos considerados propios recibieran simplemente más amor, ayuda y simpatía que los demás; por el contrario, esta diferencia adoptó las formas más viles de odio, hostilidad, desprecio, opresión y persecución hacia los otros. Para justificarla se elaboraron filosofías, se inventaron religiones, se crearon leyes y se formularon principios morales. Las naciones y los Estados la adoptaron como doctrina permanente y la aplicaron durante siglos. Sobre esta base, los judíos consideran a los Hijos de Israel criaturas elegidas por Alá y, conforme a sus preceptos religiosos, incluso han situado los derechos y la dignidad de los no israelitas por debajo de los de los israelitas. Esta división de clases dio origen entre los hindúes al sistema de castas, según el cual se estableció la alta dignidad de los brahmanes. En comparación con las personas de las castas superiores, todos los demás seres humanos eran considerados inferiores e impuros, y se arrojaba a los blancos a la extrema humillación. No es necesario buscar en las páginas de la historia los abusos y las injusticias cometidos contra los negros en África y América a causa de la discriminación entre blancos y negros: en el siglo XX todos pueden verlo con sus propios ojos. Detrás del trato que los europeos dieron a los pueblos de origen amerindio al entrar en el continente americano, y del trato que dieron a las naciones débiles de Asia y África al dominarlas, operaba la idea de que tenían derecho a disponer de la vida, los bienes, el honor y la dignidad de quienes nacían fuera de las fronteras de su país y su nación, así como a saquearlos, convertirlos en esclavos y, si era necesario, exterminarlos de la faz de la tierra. El nacionalismo de los pueblos occidentales, o culto a la nación, ha hecho que una nación se vuelva tan feroz contra las demás; sus peores ejemplos se han visto en las guerras de tiempos recientes y todavía pueden observarse hoy. En particular, al considerar el asombro provocado en la última gran guerra por la filosofía racista de la Alemania nazi y la idea de la superioridad de la raza nórdica, se puede comprender fácilmente cuán enorme y destructivo era el extravío cuya corrección y reforma motivó la revelación de este versículo del Corán. (****árabe******)

¡Oh, humanidad! Os hemos creado de un hombre y una mujer. Luego os hemos convertido en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. En verdad, el más honorable de vosotros ante Alá es el más temeroso de Él y el más íntegro. Ciertamente, Alá lo sabe todo y está bien informado de todo. —Sura al-Huyurat, 13

La religión y las costumbres sociales de los politeístas árabes

La sociedad politeísta árabe de un vistazo

En aquella época de oscuridad había un lugar del mundo donde las tinieblas se habían vuelto aún más densas. Entre los países que, según los criterios de la civilización de aquella época, estaban civilizados, Arabia había quedado aislada. En los países vecinos, Irán, Roma y Egipto, se podían encontrar algunos destellos de conocimiento, ciencia, artes, civilización y urbanidad. Pero grandes mares de arena mantenían a los árabes separados de ellos. Los comerciantes árabes viajaban a esos países para comerciar, montados en camellos y recorriendo durante meses el camino, y regresaban después de limitarse a intercambiar mercancías. Ninguna luz de conocimiento ni de civilización llegaba con ellos. En su país no había maestros ni bibliotecas. Entre la gente no existía ni práctica de la educación ni interés por el conocimiento, la ciencia y las artes. En todo el país solo había unas pocas personas dignas de mención que sabían leer y escribir. Sin embargo, poseían una lengua elevada, mediante la cual tenían una capacidad extraordinaria para expresar ideas profundas. También tenían un gusto literario muy refinado. Pero, al examinar lo poco que ha llegado hasta nosotros de su literatura, se comprende cuán limitados eran sus conocimientos, cuán bajo era su nivel de civilización y cultura, cuán supersticiosos eran, cuánto ignorancia y brutalidad marcaban su pensamiento y su carácter, y cuán repulsivas eran sus concepciones morales.

Allí, como era de esperar, no había gobierno ni leyes. Cada tribu era independiente en su propio territorio. Solo regía la ley de la selva. Quien tenía poder sobre otra persona la mataba y se apoderaba de sus bienes. Un beduino árabe ni siquiera podía entender por qué no debía matar a quien no perteneciera a su tribu ni por qué no debía convertirse en dueño de sus bienes.

Las nociones de moralidad, civilización y urbanidad que tenían eran sumamente rudimentarias y desordenadas. Casi desconocían la diferencia entre lo puro y lo impuro, lo permitido y lo prohibido, la cortesía y la grosería. Su modo de vida era extremadamente sucio. Sus costumbres eran brutales. El adulterio, la embriaguez, el robo, el bandolerismo, el asesinato y el derramamiento de sangre se habían convertido en hábitos comunes de su vida. Se desnudaban sin reparo delante de los demás. Incluso sus mujeres daban vueltas desnudas alrededor de la Kaaba. Enterraban vivas con sus propias manos a sus hijas, debido únicamente a la idea nacida de la ignorancia de que nadie debía convertirse en su yerno. Después de la muerte del padre, se casaban con sus madrastras. Ni siquiera tenían un sentido común elemental respecto a la comida y la bebida, la vestimenta y la tahara, es decir, la pureza. En materia religiosa, compartían la ignorancia y el extravío en los que estaba sumido el mundo de aquella época (la situación religiosa de Arabia se tratará más adelante; nota de los compiladores). Entre ellos estaban extendidas todas las formas de culto y adoración que existían entonces en el mundo, en lugar de la adoración y obediencia a un solo Dios: culto a los ídolos, a los espíritus de los muertos y a los astros y las estrellas; en suma, toda clase de adoración. No tenían un conocimiento correcto de los profetas anteriores ni de sus enseñanzas. Solo sabían que Abraham (la paz sea con él) e Ismael (la paz sea con él) eran sus antepasados. Pero no sabían cuál era la religión de estos dos padres e hijos ni a quién adoraban. También conocían bien las historias de Ad y Zamud. Sin embargo, al leer los relatos que registraron los historiadores árabes, se observa que en ellos no hay ni siquiera rastro de las enseñanzas del profeta Salih (la paz sea con él) y del profeta Hud (la paz sea con él). A través de los judíos y los cristianos también les habían llegado relatos de la vida de los profetas de los Hijos de Israel. Basta echar un vistazo a las narraciones israelitas que los comentaristas musulmanes citaron para hacerse una idea de cómo eran. Así se podrá saber qué clase de hombres eran los profetas de los que los árabes y los propios Hijos de Israel tenían conocimiento, y cuán degradada era su concepción de la profecía. (Tafhim al-Qurán, introducción a la sura al-Ijlas)

El orgullo de seguir a Abraham y a Ismael (la paz sea con ambos)

Los árabes de la época de la ignorancia se consideraban seguidores del profeta Abraham (la paz sea con él) y del profeta Ismael (la paz sea con él). Por ello, creían que la religión que practicaban era la religión agradable a Allah. Sin embargo, a la enseñanza religiosa que habían recibido del profeta Abraham y del profeta Ismael, durante los siglos posteriores los líderes religiosos, los jefes tribales, los ancianos de las familias y otras personas añadieron diversas creencias doctrinales, mandatos, costumbres y usos. Las generaciones posteriores siguieron todo aquello con veneración y respeto, considerándolo parte de la religión verdadera. Puesto que en las narraciones históricas o en algún libro no se había conservado ningún registro que permitiera saber cuál había sido la religión verdadera, ni cuándo, quién y cómo había añadido posteriormente cada elemento, toda su religión se volvió dudosa para los árabes. No podían afirmar con certeza que algo formara parte de la religión verdadera enviada por Allah. Tampoco sabían que aquellas cosas eran innovaciones religiosas —invenciones introducidas en nombre de la religión— ni costumbres y usos erróneos que la gente había añadido posteriormente. (Sura Al-Huyurat, nota 12)

Algunos ídolos muy famosos de los politeístas árabes

Al-Lat

Su templo estaba en Taif. Los miembros de Banu Thaqif sentían tanta devoción por ella que, cuando Abraha avanzaba con su ejército de elefantes para atacar La Meca con el propósito de destruir la Kaaba, los miembros de Banu Thaqif, únicamente para proteger el santuario de su dios, pusieron a su disposición una escolta armada para conducir al tirano Abraha por el camino hacia La Meca. Así evitarían que pusiera la mano sobre Al-Lat. Sin embargo, al igual que todos los árabes, los miembros de Banu Thaqif también reconocían que la Kaaba era la Casa de Allah.

Existe desacuerdo entre los eruditos acerca del significado de Al-Lat. Según la investigación de Ibn Jarir al-Tabari, es la forma femenina de Allah. Es decir, la palabra original era «Allahātun», que fue transformada en «Al-Lat». Según al-Zamajshari, deriva de una raíz cuyo significado es apartarse o inclinarse hacia alguien. Puesto que los politeístas volvían el rostro hacia ella para adorarla, se inclinaban ante ella y daban vueltas a su alrededor, se la llamó Al-Lat. Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) decía que derivaba de una raíz cuyo significado es batir y amasar. Él y Mujahid dicen que se trataba de un hombre que vivía sobre una roca montañosa cerca de Taif y daba de comer sattu y kana a los peregrinos del Hayy. Después de su muerte, la gente construyó un templo sobre aquella roca y comenzó a adorarlo. Sin embargo, dos venerables eruditos como Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) y Mujahid, al hablar de Al-Lat, dijeron esta forma, «Al-Lat», y no la otra. En segundo lugar, el Corán menciona a Al-Lat, Al-Uzza y Manat como diosas; pero, según la descripción anterior, Al-Lat era un hombre, no una mujer.

Al-Uzza

La palabra Al-Uzza deriva de «izzat», cuyo significado es «la que posee honor». Era la diosa principal de los quraysh, y su templo estaba situado en un lugar llamado Huraz, en el valle de Najla, entre La Meca y Taif. Los miembros de Banu Shayban, aliados de Banu Hashim, eran los custodios de ese templo. Los quraysh y los miembros de otras tribus lo visitaban y le ofrecían presentes. También ofrecían sacrificios en su nombre. Como a la Kaaba, se llevaban hacia ella animales destinados como ofrendas, y se le rendía mayor honor que a todos los demás dioses y diosas. Ibn Hisham relata que, cuando Abu Luhayha estaba a punto de morir, Abu Lahab fue a visitarlo. Lo encontró llorando. Abu Lahab le preguntó: «¿Por qué lloras?». «No lloro por miedo a la muerte. Lloro porque no sé cómo será adorada Al-Uzza después de mí». Abu Lahab dijo: «Su adoración no se realizaba durante tu vida por consideración hacia ti, ni dejará de ser adorada después de ti». Abu Luhayha respondió: «Ahora estoy tranquilo, pues sé que después de mí alguien ocupará mi lugar».

Manat

Su templo se encontraba en un lugar llamado Qudayma, en la costa del mar Rojo, entre La Meca y Medina, y especialmente los miembros de Banu Juzāʿa, así como los de Aws y Jazray, le profesaban una gran devoción. Se realizaban su visita ritual y su circunvalación, y se ofrecían sacrificios votivos en su honor. Durante el Hayy, cuando los peregrinos terminaban la circunvalación de la Casa de Dios y los ritos de Arafat y Mina, partían de allí hacia la visita ritual de Manāt, avanzando mientras exclamaban: «Labbayka, labbayka». Quienes tenían la intención de realizar este segundo Hayy no hacían el sa‘y entre Safa y Marwa.

Los dioses y diosas del pueblo de Noé

Entre los dioses y diosas del pueblo de Noé, en la sura de Noé solo se mencionan los nombres de aquellos a quienes posteriormente los árabes comenzaron a adorar. Al comienzo del islam, había templos dedicados a ellos en distintos lugares de Arabia. Es posible que las generaciones posteriores hubieran oído de boca de quienes sobrevivieron al Diluvio acerca de los antiguos dioses y diosas del pueblo de Noé; y cuando la ignorancia preislámica volvió a extenderse entre sus descendientes, fabricaron estatuas de aquellos dioses y diosas y reanudaron su adoración.

Los dioses y diosas del pueblo de Noé

Entre los dioses y diosas del pueblo de Noé, en la sura de Noé solo se mencionan los nombres de aquellos a quienes posteriormente los árabes comenzaron a adorar. Al comienzo del islam, había templos dedicados a ellos en distintos lugares de Arabia. Es posible que las generaciones posteriores hubieran oído de boca de quienes sobrevivieron al Diluvio acerca de los antiguos dioses y diosas del pueblo de Noé; y cuando la ignorancia preislámica volvió a extenderse entre sus descendientes, fabricaron estatuas de aquellos dioses y diosas y reanudaron su adoración.

Uno: La deidad de Banu Kalb ibn Wabra, una rama de la tribu de Qudāʿa, era Ward, cuyo templo habían construido en Dūmat al-Jandal. En antiguas inscripciones árabes se encuentra escrito su nombre como Waddām Abām. Según el relato de Kalb, la estatua había sido modelada con la figura de un hombre de enorme complexión. Los qurayshíes también lo reconocían como dios y entre ellos se llamaba Wudd. En la historia se menciona a un hombre llamado ʿAbd Wudd, cuyo nombre derivaba del suyo.

Dos: Suā

Era la diosa de la tribu de Hudhayl, y su estatua tenía forma de mujer. Su templo se encontraba en un lugar llamado Rūbīt, cerca de Yanbu.

Tres: Yaghuz

Yaghuz era el dios de la rama An’um de la tribu de Ta’i y de algunas ramas de la tribu de Muzhayj. Los miembros de la tribu de Muzhayj habían instalado su ídolo en un lugar llamado Jurna, entre Yemen y Hiyaz. Tenía forma de tigre. Entre los qurayshíes también se encuentran nombres como Abd Yaghuz.

Cuatro: Yauq

Era el dios de la rama Jaywan de la tribu de Hamdan, en la región del Yemen. Tenía forma de caballo.

Cinco: Nasr

Nasr era el dios de la rama Zul Kula de la tribu de Himyar, en la región de Himyar. En un lugar llamado Balkha se había instalado su ídolo con forma de asno. En las antiguas inscripciones rupestres del pueblo de Saba se encuentra escrito su nombre como Nasur. La gente llamaba a su templo Bayt Nasur y a sus adoradores Ahl Nasur. Entre las ruinas de antiguos templos halladas en Arabia y sus regiones circundantes, en las puertas de muchos templos pueden verse estatuas de asnos. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-An’am, nota 109)

El famoso ídolo Baal (árabe)

¿Acaso invocáis a Baal y abandonáis al mejor de los creadores? —Sura as-Saffat: 125

El significado lexicográfico de Baal es señor, jefe y dueño. Esta palabra también se utiliza para referirse al esposo. En diversos pasajes del Corán se emplea con este último significado, como en la sura Al-Báqara, aleya 228; la sura An-Nisá, aleya 128; la sura Hud, aleya 72; y la sura An-Nur, aleya 31. Sin embargo, los pueblos de la antigüedad pertenecientes a la dinastía sasánida utilizaban esta palabra con el significado de dios o divinidad. Llamaban Baal a una deidad específica. En particular, Baal era la principal divinidad de los fenicios del Líbano (Phoenicians), y su esposa Astarté (Ashtoreth) era la mayor de todas las diosas. Existe desacuerdo entre los investigadores sobre si Baal representaba al sol o al planeta Júpiter (Jupiter), y si Astarté representaba a la luna o al planeta Venus (Venus). En cualquier caso, está históricamente demostrado que el culto a Baal se extendió por todo Oriente Medio, desde Babilonia hasta Siria. En particular, los pueblos politeístas del Líbano, Siria y Palestina estaban profundamente entregados a él.

Cuando los israelitas salieron de Egipto y se establecieron en Palestina y en la región oriental del Jordán, comenzaron a casarse y a entablar relaciones sociales con pueblos politeístas, desobedeciendo las estrictas prohibiciones de la Torá. Entonces también fueron afectados por esta enfermedad. La Biblia dice que esta decadencia moral y religiosa comenzó entre los israelitas inmediatamente después de la muerte de Josué hijo de Nun, el primer sucesor de Moisés (la paz sea con él).

Los israelitas hicieron lo que era malo ante los ojos del Señor y sirvieron a los dioses de Baal. Abandonaron al Señor y siguieron a otros dioses, es decir, a los dioses de los pueblos que los rodeaban, y se postraron ante ellos. Jueces 2:11-13

Por ello, los israelitas habitaron entre los cananeos, hititas, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos; tomaron a sus hijas por esposas, dieron sus propias hijas en matrimonio a los hijos de aquellos y sirvieron a sus dioses. Jueces 3:5-6

En aquel tiempo, el culto a Baal penetró entre los israelitas de tal manera que, según el relato de la Biblia, en uno de sus poblados se había construido un altar de sacrificios a Baal, donde se ofrecían sacrificios. Un israelita devoto de Dios, incapaz de soportar aquella situación, destruyó en secreto durante la noche el lugar de sacrificio. Al día siguiente, en una gran asamblea, la gente exigió la pena de muerte para el hombre que había destruido aquel centro de idolatría. Finalmente, el profeta Samuel, Talut, el profeta David (la paz sea con él) y el profeta Salomón (la paz sea con él) cambiaron radicalmente esta situación. No solo reformaron a los israelitas, sino que también suprimieron en general el politeísmo y la idolatría en todo su reino. Sin embargo, después de la muerte del profeta Salomón (la paz sea con él), la sedición volvió a levantar la cabeza y, especialmente, el Estado israelita del norte de Palestina quedó sumido en el culto a Baal. (Sura An-Naym, nota 15)

Una concepción elevada de Dios junto con la idolatría

Los politeístas árabes reconocían que Allah es el Creador de los cielos y de la tierra. Él es quien hace alternarse el día y la noche. Él es quien dio existencia al sol y a la luna. Ninguno de ellos creía que esas acciones pertenecieran a Lat, Hubal, Uzza o a cualquier otra divinidad. (Sura Nuh, nota 17)

El Corán menciona en diversos lugares cuál era la concepción y la creencia de los politeístas árabes acerca de Allah. Por ejemplo, en la sura Az-Zujruf se dice: «Si les preguntas quién los creó, seguramente responderán: Allah» (aleya 87). En la sura Al-Ankabut se dice: «Si les preguntas quién creó los cielos y la tierra y quién sometió al sol y a la luna, seguramente responderán: Allah». Y si les preguntas quién hace descender agua del cielo y devuelve la vida a la tierra que yace muerta, seguramente responderán: Allah. Aleyas 61 y 63.

En la sura Al-Mu’minun se dice: «Pregúntales: “¿De quién es la tierra y todos sus habitantes? Decidlo, si lo sabéis”. Sin duda responderán: “De Allah”. Pregúntales: “¿Quién es el Señor de los siete cielos y del Trono majestuoso?”. Sin duda responderán: “Allah”. Diles: “Si lo sabéis, decidme: ¿Quién tiene autoridad y dominio sobre todas las cosas? ¿Y quién protege, mientras que nadie puede proteger frente a Él?”. Seguramente responderán: “Todo eso pertenece a Allah”». (Aleyas 84-89)

En la sura Yunus se dice: «Pregúntales: “¿Quién os provee de sustento desde los cielos y la tierra? ¿Quién tiene bajo su poder el oído y la vista que poseéis? ¿Quién extrae lo vivo de lo muerto y lo muerto de lo vivo? ¿Y quién gobierna el orden del universo?”. Sin duda responderán: “Allah”» (aleya 31). En otro pasaje de la sura Yunus se dice: «Cuando os embarcáis en una nave y navegáis alegremente con viento favorable, y luego el viento se vuelve tempestuoso, las olas os golpean por todas partes y los viajeros creen estar rodeados por la tormenta, entonces invocan a Allah, consagrándole sinceramente su religión: “Si nos salvas de este peligro, seremos ciertamente Tus siervos agradecidos”. Pero cuando Él los salva, son ellos mismos quienes se apartan de la verdad y comienzan a rebelarse en la tierra» (aleyas 22-23). Esto se expresa así en la sura Bani Isra’il: «Cuando os sobreviene una desgracia en el mar, desaparecen aquellos a quienes invocáis aparte de ese único Allah; pero cuando Él os salva y os lleva a tierra firme, os apartáis de Él» (aleya 67). (Sura As-Saffat, nota 71)

La participación de los dioses y diosas junto a Allah en los bienes

Los asociadores reconocían que la tierra pertenece a Allah y que Él produce las cosechas. También reconocían que Allah es el Creador de esos animales y que durante su vida se benefician de ellos. Sin embargo, creían que, como esos dioses y diosas, los ángeles, los yinn, las estrellas del cielo y las almas de los venerables difuntos los miraban con benevolencia, el favor de Allah les había llegado por su intercesión y bendición. Por eso separaban dos partes de las cosechas de sus campos y de sus animales. Una parte era ofrecida en nombre de Allah, como expresión de gratitud porque Él les había dado esas cosechas y animales. La segunda parte se destinaba a las ofrendas votivas para los dioses y diosas protectores de su tribu o familia, para que su favor se derramara sobre ellos. (Sura Al-Ijlas, nota 2)

Dar prioridad a los ídolos sobre Allah

La parte de los bienes que separaban en nombre de Allah también la reducían mediante diversos engaños y subterfugios. Intentaban por todos los medios aumentar la parte de sus asociados inventados. Esto demuestra que concedían a esos asociados una importancia que no concedían a Allah. Por ejemplo, si se caía algo de los cereales, frutos u otros alimentos separados en nombre de Allah, se lo entregaban a los asociados. Y si se caía algo de la parte de los asociados o se mezclaba con la parte de Allah, se lo entregaban a los asociados. Pero, en el caso contrario, no se añadía nada a la parte de Allah. Si, debido a una sequía, necesitaban comer las cosechas destinadas a las ofrendas votivas, se comían la parte de Allah. Sin embargo, temían tocar la parte de los asociados de Allah, pensando que quizá les sobrevendría alguna desgracia. Si por alguna razón faltaba algo en la parte de los asociados, lo compensaban con la parte de Allah. Pero si faltaba algo en la parte de Allah, no daban ni un solo grano de la parte de los asociados. Cuando alguien criticaba semejante conducta, presentaban toda clase de pretextos engañosos. Decían, por ejemplo: “Allah es rico; si se reduce algo de Su parte, no le afecta. En cambio, estos pobres siervos no son ricos como Allah; por eso, si falta o sobra algo, nos lo reclamarán”.

Para comprender qué había en la raíz de estas supersticiones, conviene saber que la parte de sus bienes que los árabes ignorantes separaban para Allah se gastaba en ayudar a los pobres, necesitados, huérfanos, viajeros y otros. En cambio, la parte que separaban para las ofrendas votivas de los asociados de Allah iba quizá directamente al estómago de los líderes religiosos o se entregaba como ofrenda en los santuarios. Así, indirectamente, terminaba en el estómago de los sacerdotes idólatras. Por eso, sus líderes religiosos interesados habían inculcado en sus mentes, mediante siglos de prédicas religiosas, la idea de que no importaba reducir algo de la parte de Allah, pero que no debía reducirse la parte de los allegados de Allah; más aún, era mejor aumentarla. (Sura Al-Ijlas, nota 2)

¿Cuál era la verdadera desviación de los asociadores?

Aunque los politeístas de La Meca no negaban que toda riqueza era otorgada por Allah y reconocían también la gracia de Allah sobre esas riquezas, el error que cometían era que, además de agradecer a Allah por esas riquezas y bendiciones, expresaban con palabras y acciones su gratitud también a muchas de aquellas entidades. Pues, sin ninguna prueba ni argumento, las consideraban intermediarias y partícipes en la concesión de esas bendiciones o riquezas.

El Corán se ha referido precisamente a esto como una negación de la gracia de Allah. En el Corán se presenta como una regla general que, si se muestra ingratitud por la gracia del benefactor ante alguien que no es el benefactor, en realidad se está negando la gratitud al verdadero benefactor y actuando con ingratitud hacia él. Del mismo modo, el Corán establece como principio que, si sin ninguna prueba ni argumento se supone del benefactor o proveedor de riquezas que no concede esos dones por su propia gracia y benevolencia, sino que los concede por medio de cierta persona, en honor de cierta persona o por su intercesión o intervención, eso constituye en realidad una negación de sus dones. (Sura Al-An’am, nota 105)

La concepción de los árabes sobre sus dioses

Aunque los árabes estaban entregados al shirk y eran extremadamente fanáticos en este asunto, la raíz de su shirk se limitaba únicamente a la superficie y no había penetrado en lo profundo. En ningún lugar ni en ningún momento la raíz del shirk ha podido penetrar profundamente en la naturaleza humana. En cambio, la grandeza del verdadero culto exclusivo a Allah estaba presente en lo más profundo de su corazón. Para despertarlo y conmoverlo, solo era necesario frotar vigorosamente un poco la superficie.

Diversos acontecimientos de la historia de la Yahiliyyah dan testimonio de estos dos aspectos. Por ejemplo, durante el ataque de Abraha, todos los habitantes de Quraysh, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, sabían que los ídolos guardados en la Kaaba no podían impedir aquella calamidad; solo Allah podía proteger esa Casa. Aún se conservan los poemas y cantos laudatorios que los poetas de aquella época recitaron al celebrar la destrucción de los Compañeros del Elefante. Cada una de sus palabras atestigua que consideraban aquel acontecimiento una manifestación extraordinaria del poder de Allah. No albergaban ni la más mínima idea de que sus dioses hubieran tenido alguna participación en ello. En este acontecimiento también quedó al descubierto ante Quraysh y todos los politeístas la forma más abyecta del shirk: cuando Abraha llegó a Taif, en su camino hacia La Meca, los habitantes de Taif se llenaron de miedo, temiendo que destruyera también el templo de su dios Lat. Por eso ofrecieron sus servicios a Abraha para la destrucción de la Kaaba y enviaron con él su propia guardia armada, para que pudiera llegar sano y salvo a La Meca por los caminos montañosos. La amarga experiencia de este acontecimiento siguió atormentando a Quraysh durante mucho tiempo, y durante varios años arrojaron piedras contra la tumba del hombre que había dirigido la guardia de Taif.

Además, Quraysh y los demás árabes vinculaban su religión con el profeta Ibrahim (la paz sea con él). Consideraban que muchas de sus costumbres religiosas y sociales, especialmente los ritos del Hajj, formaban parte de la religión de Ibrahim.

También sabían que el profeta Ibrahim (la paz sea con él) era un auténtico adorador exclusivo de Allah. Nunca adoró ídolos. En sus tradiciones también estaba registrado cuándo se introdujo entre ellos la idolatría y quién trajo cada ídolo, cuándo y de dónde.

La medida de la devoción y el respeto que los árabes comunes sentían por sus dioses puede comprenderse por el hecho de que, cuando ocurría algo contrario a sus plegarias y deseos, a menudo insultaban incluso a sus dioses y dejaban de presentarles ofrendas. Un árabe quiso vengar el asesinato de su padre y acudió al dios Dhu al-Khalasa, donde echó suertes para consultar el destino. La tablilla que salió como respuesta decía: «No hagas eso». Entonces, enfurecido, comenzó a decir

Oh Zul-Jalasa, si tú hubieras estado en mi lugar y hubieran matado a tu padre, jamás habrías dicho esta mentira: «No tomes venganza contra el opresor».

Otro árabe llevó su rebaño de camellos a un templo llamado Sa‘d, con la esperanza de obtener alguna bendición. Pero el ídolo era alto, ancho y deforme, y tenía sangre de sacrificios adherida al cuerpo. Al verlo, los camellos huyeron atemorizados en todas direcciones. Al verlos escapar así, se enfureció terriblemente y, mientras arrojaba piedras contra la divinidad, comenzó a decir: «¡Que Allah te destruya! Yo vine para obtener una bendición, ¿y tú has ahuyentado a mis camellos?». Si se examinan estos hechos desde distintos ángulos, se comprende fácilmente que en sus corazones existía un profundo respeto por la adoración de Allah. Sin embargo, por un lado, su conservadurismo nacido de la ignorancia y, por otro, los sacerdotes de los ídolos de Quraysh se dedicaban a difundir hostilidad contra la adoración de Allah. Temían que, si desaparecía la devoción y el respeto por los dioses y las diosas, terminaría la posición central que ocupaban en Arabia. Además, perderían sus medios de subsistencia. La religión del politeísmo, establecida sobre estos apoyos, no podía mantenerse dignamente frente a la invitación al monoteísmo. Por ello, el Corán, al dirigirse a los politeístas, declara que la razón principal por la que los seguidores del profeta Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— habían alcanzado superioridad en vuestra sociedad era que estaban libres del politeísmo y firmemente establecidos en la adoración pura de Allah. En este sentido, reconocieran o no los politeístas con sus labios la superioridad de los musulmanes, en su interior percibían su importancia. (Sura An-Nahl, nota 64)

Había muchas divinidades sobre las que se contaban historias repugnantes y obscenas. Las estatuas de Isaf y Na’ila estaban colocadas sobre los dos montes de Safa y Marwa. Era famosa la historia de que eran un hombre y una mujer que habían cometido adulterio en la Kaaba. Por este delito, Allah los convirtió en piedra. Cuando esta es la verdadera identidad de las divinidades, no puede haber lugar en el corazón de los adoradores para la devoción y el respeto hacia ellas. (Sura Al-An‘am, nota 106)

La adoración de los ídolos de los salaf salihín

Entre las diversas tribus árabes, como Rabí‘a, Ghassán, Kalb, Taglib, Quda‘a, Kuna, Hariz, Ka‘b y Kinda, había numerosos judíos y cristianos. Ambas religiones estaban entregadas a la veneración y adoración de los profetas, los santos y los mártires. Además, aunque no todos, muchos de los objetos de culto de los politeístas árabes habían sido originalmente seres humanos. Las generaciones posteriores los convirtieron en dioses. En Al-Bujari se narra, por autoridad de Ibn Abbas —que Allah esté complacido con él—, que Wadd, Suwa‘, Yaghuz, Ya‘uq y Nasr eran nombres de hombres piadosos. Las generaciones posteriores los convirtieron en divinidades adoradas. De Aisha —que Allah esté complacido con ella— se narra que Isaf y Na’ila también eran seres humanos. Se encuentran relatos semejantes acerca de Lat, Manat y Uzza. También se ha transmitido la creencia de los politeístas de que Lat y Uzza eran tan queridos por Allah que Allah permanecía junto a Lat durante el invierno y junto a Uzza durante el verano. ¡Allah nos libre! ¡Glorificado y exaltado sea por encima de lo que describen! (Sura Al-Furqan, nota 84)

La adoración de los moradores de las tumbas

Las divinidades inventadas cuya refutación se expone especialmente en la aleya 21 de la sura An-Nahl no eran ángeles, genios, demonios ni ídolos hechos de madera o piedra. Eran, más bien, moradores de las tumbas. Esto se debe a que los ángeles y los demonios son seres vivos; por tanto, no se les pueden aplicar esos términos. Y en el caso de los ídolos de madera y piedra, ni siquiera se plantea la cuestión de su resurrección después de la muerte. Por ello, esas expresiones también los excluyen necesariamente. En consecuencia, el significado de la expresión empleada en esta aleya necesariamente se refiere a profetas, santos, mártires, justos y otros musulmanes eminentes, a quienes grupos de devotos extremistas comenzaron a dirigir súplicas y peticiones para satisfacer sus deseos, atribuyéndoles títulos como «dador», «el que elimina las calamidades», «el que escucha las súplicas», «benefactor de los pobres», «salvador de los pobres», «Ganjbakhsh» y muchos otros semejantes. Si alguien respondiera que en Arabia no existía ninguna divinidad de este tipo, diríamos que eso solo demuestra su ignorancia de la historia de la época de la ignorancia en Arabia. (Sura Al-Furqan, nota 84)

La adoración de las representaciones femeninas de los ángeles

De los relatos fundamentales se puede saber que, entre los Quraysh, los Yuhayna, los Banu Salama, los Juzā‘a, los Banu Mulaya y otras tribus de Arabia, existía la creencia de que los ángeles eran hijas de Allah, exaltado sea. (Esta creencia, nacida de su ignorancia, fue refutada en diversos lugares del Corán. Véanse, por ejemplo, la sura an-Nisā’, aleya 117; la sura an-Naml, aleyas 57-58; Banī Isrā’īl, aleya 40; az-Zujruf, aleyas 16-19; y an-Najm, aleyas 21-27). Consideraban divinidades a los ángeles, fabricaban estatuas de ellos con forma femenina, las vestían con ropas de mujer y las adornaban con joyas, y decían: «Todas ellas son hijas de Allah». Las adoraban y hacían votos en su nombre para que se cumplieran sus deseos.

Apelar al destino

Cuando se refutaba su ignorancia, apelaban al destino. Decían: «Si Allah no hubiera querido esta acción, ¿cómo íbamos a adorar estas estatuas?»

Sin embargo, el medio para conocer lo que Allah aprueba y desaprueba son Sus Libros, no aquellas acciones que ocurren en el mundo por Su voluntad. En el mundo ocurren por Su voluntad no solo la adoración de ídolos, sino también el robo, el saqueo, el asesinato y el adulterio. ¿Acaso puede justificarse o considerarse justo, con este argumento, cada una de esas malas acciones que ocurren en la tierra? Que una acción ocurra en el mundo por voluntad de Allah no significa que Allah esté complacido con ella.

El seguimiento ciego de los antepasados

Si se les preguntaba si, aparte de ese razonamiento erróneo, tenían algún argumento probatorio, respondían: «Esto nos ha llegado de nuestros padres y abuelos». Es decir, para ellos esto constituía una prueba suficiente de la verdad de cualquier religión. Sin embargo, Ibrahim —cuyo linaje era para ellos motivo de todo orgullo y honor— abandonó la religión de sus padres y abuelos y salió de su hogar. Rechazó ese seguimiento ciego de sus antepasados, porque no se basaba en ninguna prueba racional. Si estas personas tenían que seguir a sus antepasados, ¿por qué, en lugar de seguir a sus más grandes antepasados, el venerable Ibrahim y el venerable Ismail —la paz sea con ambos—, siguieron a sus antepasados más ignorantes?

La argumentación de los árabes politeístas a partir del extravío de los cristianos

Si se les decía: «¿Acaso algún profeta o algún Libro enviado por Allah enseñó alguna vez que alguien distinto de Allah merece ser adorado?», presentaban como prueba las acciones de los cristianos y decían: «Ellos también aceptaron a Isa ibn Maryam como hijo de Allah y lo adoran». Sin embargo, la cuestión no era si los seguidores de algún profeta habían cometido politeísmo, sino si algún profeta mismo había enseñado el politeísmo. ¿Acaso Isa ibn Maryam dijo alguna vez: «Yo soy el hijo de Allah y vosotros debéis adorarme»? La enseñanza de todos los profetas del mundo era también la suya: «Mi Dios es Allah y vuestro Dios es Allah. Adoradlo, pues». (Sura an-Nahl, nota 19)

Clases de dioses y divinidades adorados por los politeístas

Las entidades a las que los politeístas de todo el mundo, y también los árabes, dirigían sus súplicas aparte de Allah eran de tres clases. (El autor ha expresado esta idea de otra manera en otro lugar: en las religiones paganas se encuentran tres cosas distintas. La primera son las imágenes de dioses, las representaciones o los símbolos que se convierten en objetos de culto. La segunda son las personas o las cosas que en realidad son consideradas divinidades y que son representadas mediante ídolos, imágenes y formas semejantes. La tercera son las ideas y creencias que rigen estos cultos paganos y sus prácticas. (Sura an-Nahl, nota 19). Primero: una criatura sin vida ni conocimiento. Segundo: los hombres piadosos y venerables que han partido de este mundo. Tercero: las personas extraviadas que estaban descarriadas y también desviaron a otros. Es completamente evidente que los dioses o divinidades de la primera clase desconocen por completo las súplicas de sus adoradores. En cuanto a las divinidades de la segunda clase, aquellos que en este mundo eran amados por Allah, hay dos razones por las que también permanecen ignorantes. Una es que se encuentran ante Allah en una condición tal que ninguna voz humana les lleva la noticia de que aquellos a quienes enseñaron durante toda su vida a suplicar a Allah ahora, por el contrario, les dirigen sus súplicas a ellos. No se les comunica esta noticia porque no podría llegarles ninguna más dolorosa. Y Allah no desea en absoluto afligir las almas de Sus siervos piadosos. Luego, al reflexionar sobre las divinidades de la tercera clase, se sabrá que también hay dos razones por las que permanecen ignorantes. Una es que están encarcelados como acusados en la prisión de Dios, donde no llega ninguna voz del mundo. La segunda es que Allah y Sus ángeles les hacen llegar la noticia de que su misión en el mundo está teniendo mucho éxito y que, después de su muerte, la gente los ha convertido en dioses. Una noticia así les resultaría muy grata. Pero Allah no desea en absoluto alegrar las almas de los opresores pecadores. (Sura az-Zujruf, introducción).

Aquellos ángeles que en el mundo fueron considerados dioses y diosas y adorados, y aquellos genios, espíritus, antepasados, profetas, santos y mártires, entre otros, a quienes se consideró partícipes de los atributos de Dios y se les concedieron derechos que en realidad pertenecían a Dios, allí, en la otra vida, dirán claramente a sus adoradores: «No sabíamos en absoluto que nos adorabais. Ninguna de vuestras súplicas, ruegos, invocaciones, lamentos, votos, ofrendas, alabanzas, recitaciones en nuestro nombre, postraciones, besos a santuarios ni adoración de mausoleos llegó a nosotros». (Sura al-A‘raf, nota 148).

Métodos de prostitución en Arabia

En Arabia se practicaban dos formas de prostitución. Una era la prostitución doméstica (prostitución privada); la segunda, la prostitución en burdeles públicos. La prostitución doméstica era practicada principalmente por esclavas liberadas que no tenían tutor, o por alguna mujer libre que no contaba con el respaldo de una familia o tribu. Estas permanecían en una casa para ejercer este oficio y celebraban acuerdos con varios hombres, quienes se comprometían a mantenerlas y a satisfacer sus necesidades. Cuando nacía un hijo, el hombre al que la mujer declaraba padre de la criatura lo reconocía como suyo. Era, por así decirlo, una institución reconocida dentro de la sociedad que los habitantes de la época de la ignorancia consideraban una clase de matrimonio. Abu Dawud

La segunda forma, es decir, la prostitución propiamente dicha, era practicada por todas las esclavas. También se dividía en dos tipos. Uno consistía en que los hombres fijaban una cantidad para sus jóvenes esclavas y les decían que debían ganar determinada suma cada mes. Las desdichadas satisfacían las exigencias de sus amos mediante la prostitución. No tenían ningún otro medio de obtener una cantidad semejante. Además, no había otra forma de que las jóvenes esclavas recibieran una remuneración varias veces superior a la paga habitual.

El segundo consistía en que los hombres instalaban a sus jóvenes esclavas en aposentos y colgaban banderas sobre sus puertas, de modo que desde lejos se pudiera entender que allí se podía satisfacer la necesidad de los hombres. A estas mujeres se las llamaba kalikiyyat y sus aposentos recibían el nombre de mawajir. Los grandes hipócritas mantenían abiertos burdeles de este tipo. El propio Abd Allah ibn Ubayy, jefe de los hipócritas, tenía también un burdel semejante. Y, sin embargo, antes de la llegada del Noble Profeta a Medina, los habitantes de Medina habían decidido convertirlo en su rey; fue precisamente él quien estuvo al frente de quienes difundieron la falsa acusación contra Aisha. En su burdel había seis hermosas esclavas. No solo obtenía dinero por medio de ellas, sino que también las utilizaba para agasajar a los huéspedes que llegaban de distintas regiones de Arabia. Los hijos ilegítimos que nacían de ellas servían para aumentar el número de sirvientes y subordinados de su séquito. (Sura al-Ahqaf, nota 6).

Adivinación del destino en los templos de los dioses

Los politeístas de La Meca habían designado al ídolo Hubal, situado en el interior de la Kaaba, para practicar la adivinación. Acudían a él para consultar lo que estaba escrito en el destino, conocer noticias del futuro o resolver sus disputas y conflictos mutuos. En su templo se guardaban siete flechas, en las cuales estaban impresas diversas palabras y frases. Cuando surgía la cuestión de hacer o no hacer algo, la gente acudía al guardián de las flechas adivinatorias de Hubal. Este determinaba el destino mediante las flechas. Se aceptaba como decisión de Hubal lo que estuviera escrito en la flecha que saliera. (Sura Yunus, nota 37)

El método de los votos y las ofrendas

Era costumbre de los árabes hacer votos respecto de algún animal o de los frutos de un campo, declarando que estaban destinados a las ofrendas de cierto templo o de cierto ídolo. No todos podían comer de estas ofrendas. Existían ciertas reglas y procedimientos, en virtud de los cuales las distintas ofrendas y votos solo podían ser consumidos por personas determinadas de diferentes categorías. (Sura An-Nur, nota 59)

Había ciertos animales consagrados por los votos y ofrendas de los árabes sobre los cuales consideraban ilícito pronunciar el nombre de Allah. Estaba prohibido realizar el hach sobre ellos montándolos, porque para el hach había que recitar: «Labbayka, Allahumma, labbayka». Asimismo, al ordeñarlos, montarlos, sacrificarlos o comer su carne, se tomaban precauciones para que el nombre de Allah no fuese pronunciado. (Sura Al-Ma’ida, nota 14)

También tenían, respecto de los animales consagrados por sus votos, una norma de su ley inventada: si el animal daba a luz una cría, solo los hombres podían comerla y estaba prohibido que las mujeres lo hicieran. Pero si la cría nacía muerta o moría después, estaba permitido que todos, hombres y mujeres por igual, comieran de ella. (Sura Al-An’am, nota 111)

Dejar en libertad animales consagrados en nombre de la religión

En la época de la ignorancia, los árabes dejaban en libertad animales de diversas maneras en nombre de la religión. A los animales que dejaban así se les daban distintos nombres.

Se llamaba bahira a aquellas camellas que habían parido cinco veces y que en el último parto habían dado a luz una cría macho. Se les hendía la oreja y se las dejaba en libertad. Después, nadie podía montarlas; no se podía beber su leche, ni sacrificarlas, ni esquilarlas. Podían pastar libremente donde quisieran y beber agua de cualquier lugar que escogieran.

Se llamaba sā’iba a aquellas camellas o camellos que eran dejados en libertad como muestra de agradecimiento después de que se cumplía un voto, se curaba una enfermedad o pasaba una calamidad. Además, también se dejaba en libertad a la camella que había parido diez veces y en cada ocasión había dado a luz una cría hembra.

Si la primera cría de una cabra era macho, se sacrificaba en nombre de Alá. Si la primera cría era hembra, se la conservaba para sí. Pero si del vientre de una cabra nacían a la vez una cría macho y una hembra, se dejaba en libertad al macho en nombre de Alá, en lugar de sacrificarlo. Se llamaba wāṣila.

Si el nieto de un camello llegaba a ser apto para montar, se dejaba en libertad al camello viejo. Además, también se dejaba en libertad al camello que hubiera engendrado diez crías (sura al-Anʿām, nota 112).

El ḥajj de los árabes en la época de la ignorancia

En resumen, entre las costumbres supersticiosas de culto y celebración que estaban extendidas en Arabia había una según la cual, cuando alguien se consagraba para el ḥajj y vestía el iḥrām, al regresar a su casa no entraba por la puerta. Más bien, saltaba el muro por la parte trasera o hacía un agujero en él y entraba por allí. Asimismo, después de regresar de un viaje, entraba en su casa saltando el muro por detrás o haciendo un agujero en él, y también entraba por la puerta trasera. (Sura al-Anʿām, nota 114.) Otra creencia fruto de la ignorancia de los antiguos árabes era considerar censurable realizar cualquier actividad para ganarse el sustento durante el ḥajj. Según ellos, ganarse el sustento era una actividad mundana, y hacerlo durante una práctica religiosa como el ḥajj era sumamente reprobable. (Sura al-Māʾida, nota 118.) Al terminar el ḥajj, los árabes se reunían; en aquella asamblea relataban con orgullo las hazañas de sus antepasados y se dedicaban a proclamar su propia gloria y arrogancia. (Sura al-Baqara, nota 199.)

Extraer presagios favorables o desfavorables de los fenómenos naturales

El aumento y la disminución de la luna es un fenómeno que ha atraído la atención de las personas en todas las épocas; en relación con él, entre los pueblos del mundo se han difundido y todavía existen diversas supersticiones, creencias, convicciones y costumbres. Entre los árabes también estaban extendidas supersticiones de este tipo. Tomaban de la luna presagios favorables o desfavorables; fijaban determinadas fechas para viajar y otras para comenzar una actividad; consideraban ciertas fechas favorables o desfavorables para casarse, y creían que la salida y la puesta de la luna, su aumento y disminución, su movimiento y los astros influían en el destino de las personas. Estas creencias también existían entre los árabes, al igual que entre otros pueblos. Entre ellos estaban extendidas diversas prácticas y costumbres supersticiosas relacionadas con ello. (Sura al-Baqara, nota 221.)

Supersticiones acerca de los genios

Hazrat Ibn Abbas dice: en la época de la ignorancia, cuando un árabe pasaba la noche en un lugar deshabitado, gritaba: «Buscamos la protección del dueño (yinn) de esta tierra». También se menciona esto en otras narraciones sobre la época de la ignorancia. Por ejemplo, cuando en algún lugar se acababan el agua y el forraje para los animales, los beduinos nómadas enviaban a uno de los suyos a buscar agua y forraje en otro sitio. Después, cuando llegaban al nuevo lugar señalado por aquel hombre, antes incluso de desmontar de sus cabalgaduras gritaban: «Buscamos la protección del señor de esta tierra, para poder estar aquí a salvo de todos los peligros». Creían que todo lugar donde no vivía ningún ser humano pertenecía a algún yinn, y que, si alguien se instalaba allí sin buscar su protección, este lo molestaría personalmente o permitiría que otros yinn lo molestaran. (Sura an-Nisa, nota 88)

Poligamia

En la época de la ignorancia no había un límite establecido para el número de matrimonios. Algunos tenían diez o doce esposas. Cuando los gastos aumentaban por tener tantas esposas, se veían obligados a usurpar los derechos de sus sobrinos huérfanos, tanto varones como mujeres, y de otros parientes desamparados. (Sura al-Baqara, nota 198) Incluso llegaban a casarse con sus madrastras. (Sura al-Yinn, nota 7).

Trato hacia las mujeres menstruantes

Puesto que los habitantes de Medina estaban influidos por los judíos, en su sociedad se consideraba impuras a las mujeres durante la menstruación, igual que entre los judíos. No se podía comer la comida preparada por ellas ni beber agua de sus manos. No se podía sentarse con ellas en la misma cama. Incluso se consideraba malo tocarles las manos. Durante esos días, la mujer permanecía como una intocable en su propio hogar. (Sura an-Nisa, nota 4)

La costumbre de divorciarse una y otra vez

Una gran injusticia social de la época de la ignorancia en Arabia era que un hombre tuviera derecho a divorciarse repetidamente de su esposa. Cuando un marido estaba disgustado con su esposa, se divorciaba de ella una y otra vez y luego volvía a aceptarla. Como consecuencia, la desdichada no podía vivir con su esposo ni liberarse de su vínculo para casarse con otro marido. (Sura an-Nisa, nota 88)

Extralimitarse con los huérfanos

En la época de la ignorancia, se casaban con las niñas huérfanas que vivían bajo la tutela de otras personas, ya fuera al ver sus riquezas y su belleza, o pensando que, como no tenían tutor, podían someterlas a su antojo; y las oprimían. (Sura An-Nisá, nota 49)

Su explicación, transmitida por Aisha (que Allah esté complacido con ella), dice que trataban con toda clase de injusticias a las huérfanas de ese tipo que estaban bajo su tutela y cuyos bienes heredados de sus padres se encontraban en su poder. Si la muchacha, además de rica, era hermosa, ellos mismos querían casarse con ella para disfrutar tanto de sus bienes como de su belleza. Pero si era de aspecto desagradable, no se casaban con ella ni permitían que otro lo hiciera, para que nadie pudiera asumir el papel de su tutor y reclamar que se le restituyeran sus derechos. (Sura Al-Báqara, nota 250)

¿Cómo trataban a las niñas huérfanas?

El cadí Abu al-Hasan al-Mawardi narró un extraño suceso relacionado con esto en su obra A‘lām an-Nubuwwa. Dijo que Abu Yahl era el tutor de una niña huérfana. Un día, la muchacha acudió desnuda ante él y le pidió que le entregara una parte de los bienes dejados por su padre. Pero el injusto Abu Yahl ni siquiera volvió la mirada hacia ella. La pobre se quedó allí de pie y luego se marchó desesperanzada. Los jefes de Quraysh se burlaron de ella y le dijeron: «Ve a quejarte ante Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Él intercederá ante Abu Yahl y hará que te entregue tus bienes». La pobre no sabía qué relación había entre Abu Yahl y el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), ni con qué propósito aquellos malvados le daban tal consejo. Fue directamente ante el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y le contó su situación. El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se levantó de inmediato y fue con ella ante Abu Yahl, su peor enemigo. Al verlo, Abu Yahl le dio la bienvenida. Entonces, cuando el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le pidió que entregara a la niña huérfana lo que le correspondía, él le dio inmediatamente sus bienes. Los jefes de Quraysh habían estado esperando aquella ocasión para divertirse viendo qué ocurriría entre ambos. Pero, al ver lo sucedido, se acercaron asombrados a Abu Yahl y lo reprendieron diciendo: «¿Has abandonado tu religión?». Abu Yahl respondió: «¡Por Allah! No he abandonado mi religión. Pero me parecía que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tenía un arma a cada lado y que, si no obedecía sus palabras, esas armas penetrarían en mi cuerpo». (Sura An-Nisá, nota 4) Este relato no solo nos permite saber cómo trataban en aquella época los jefes de las tribus árabes más avanzadas y nobles a los huérfanos y a otras personas indefensas, sino que también muestra qué noble carácter poseía el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y cuánto temor inspiraba ese carácter en el corazón de su peor enemigo. Otro suceso semejante se menciona en Tafhim al-Qurán, volumen III, página 146. 390)

Métodos de matar a los hijos

Entre los árabes estaban extendidos tres métodos de matar a los hijos.

1. Si la hija sobrevivía, alguien acabaría convirtiéndose en su yerno; en una guerra tribal podía caer en manos del enemigo, o podía convertirse en motivo de vergüenza de alguna otra manera. Dominados por esta idea, mataban a las hijas.

2. Mataban a los hijos pensando que así no tendrían que asumir la responsabilidad de mantenerlos y que, debido a sus escasos ingresos, se convertirían en una carga insoportable.

3. Se sacrificaba a los hijos para obtener la satisfacción de los dioses y las diosas. (Sura Al-Maún, nota 5)

Privación de la herencia a las mujeres y los niños

En Arabia se privaba a las mujeres y a los niños de la herencia, y la idea que predominaba al respecto era que solo eran dignos de recibirla los hombres capaces de luchar y de mantener a la familia. Además, entre los herederos del difunto, el más fuerte reunía y usurpaba toda la herencia sin impedimento alguno, y privaba de su parte a quienes no tenían fuerza para reclamarla. No concedían ninguna importancia a los derechos y las responsabilidades, de modo que pudieran, considerándolo un deber propio y con honestidad, entregar los derechos de aquellas personas, tuvieran o no la fuerza para hacerlos valer. (Sura Al-Maún, nota 5)

Una costumbre relativa a la herencia

Entre los árabes existía la costumbre de que quienes habían establecido un pacto de amistad o de hermandad se convertían en herederos de los bienes de los demás. Del mismo modo, también recibían la herencia los hijos adoptivos o aquellos a quienes se llamaba hijos. (Sura Al-Anam, nota 107)

Enterramiento de las hijas vivas

En Arabia, la cruel costumbre de enterrar vivas a las niñas se había extendido desde tiempos antiguos por diversas razones. La primera era la pobreza, debido a la cual la gente quería reducir el número de bocas que alimentar y evitar la pesada responsabilidad de criar a muchos hijos. Los varones eran criados con la esperanza de que más adelante ayudarían a ganarse el sustento. En cambio, se mataba a las niñas porque habría que mantenerlas hasta que alcanzaran la juventud. La segunda razón era la inseguridad: se criaba a los hijos varones porque cuantos más hijos tuviera un hombre, más ayudantes tendría. Por el contrario, se mataba a las niñas porque habría que protegerlas durante las guerras tribales. No servían en absoluto para la defensa. En tercer lugar, en medio de la inseguridad general existía el temor de que, cuando las tribus enemigas atacaban repentinamente unas a otras, se llevaran a las mujeres que caían en sus manos para convertirlas en esclavas o venderlas a alguien en algún lugar. Por estas razones, se había establecido en Arabia la costumbre de cavar un hoyo delante de la mujer durante el parto, para que, si nacía una niña, pudieran arrojarla allí y cubrirla de tierra. Si la madre no aceptaba, o si los miembros de su familia se oponían, el padre la criaba a regañadientes durante algún tiempo. Después, en algún momento, la llevaba al campo y la enterraba viva. Un hombre relató ante el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) un episodio de su época de la ignorancia relacionado con las atrocidades que se cometían en este asunto. Dijo: «Tenía una hija que me quería mucho. Cuando la llamaba, venía corriendo hacia mí. Un día la llamé y me la llevé conmigo. En el camino encontramos un pozo; la tomé de la mano, la empujé y la arrojé dentro. Las últimas palabras que oí de ella fueron: “¡Ay, papá! ¡Ay, papá!”». Al oír esto, el Profeta rompió a llorar y las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. Uno de los presentes dijo: «Hombre, ¿has afligido al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?». El Profeta dijo: «No se lo impidas; deja que le pregunten sobre aquello que le provoca sentimientos tan intensos». Luego le dijo: «Relata tu historia». El hombre volvió a contar su historia. Esta vez el Profeta de la misericordia lloró tanto que su noble barba quedó empapada de lágrimas. Después dijo: «Allah ha perdonado todo lo que ocurrió durante la época de la ignorancia. Ahora comienza de nuevo tu vida». (Sunan al-Darimi, primer capítulo)

No debe suponerse que los árabes no sentían en absoluto la extrema e inhumana crueldad de semejantes actos. Es cierto que, por muy degradada que esté una sociedad, el ser humano no puede volverse insensible ante este tipo de actos opresivos. Por eso el Noble Corán no ha descrito detalladamente la atrocidad de esta práctica. Sin embargo, con un lenguaje que estremece el cuerpo, solo se ha dicho que llegará un momento en que se preguntará a las niñas enterradas vivas por qué delito fueron asesinadas. (Y cuando se pregunte a las niñas enterradas vivas por qué delito fueron asesinadas —Sura At-Takwir, 8-9—). En la forma de expresión de estos versículos se manifiesta una ira tan intensa que no puede imaginarse otra mayor. A los ojos de Allah, los padres que enterraron vivas a sus propias hijas son tan despreciables que no se les preguntará directamente: “¿Por qué matasteis a estas criaturas inocentes?”. Más bien, apartando la mirada de ellos, se preguntará a las niñas inocentes: “¡Desdichadas! ¿Por qué delito fuisteis asesinadas?”. Entonces ellas relatarán su estremecedora historia: cuánto daño les infligieron sus padres opresores y cómo las enterraron vivas. Además, en este breve versículo están contenidas dos grandes cuestiones que, aunque no se expresan con palabras, pueden comprenderse por la forma del discurso. La primera es que se ha despertado entre los árabes la conciencia de que la ignorancia los había llevado a un grado extremo de decadencia moral: mataban con sus propias manos, enterrándolos vivos, a sus propios hijos. Y, aun así, se obstinaban en permanecer aferrados a aquella ignorancia y no estaban dispuestos a aceptar de ningún modo la reforma que el Profeta Muhammad quería introducir en su sociedad extraviada y degradada. La segunda es que aquí se presenta una prueba clara de la inevitabilidad de la Otra Vida. En algún lugar debería hacerse justicia a los niños que fueron enterrados vivos y asesinados, y debería llegar un momento en que se interrogara a los opresores que cometieron semejante crueldad inhumana. En este mundo no hay nadie que escuche el clamor de los niños enterrados vivos. En la sociedad de la ignorancia, aquello se había declarado completamente lícito. Ni los padres sentían vergüenza por ello, ni había en la familia alguien que los reprendiera. Tampoco había en la sociedad nadie que los detuviera por ese acto. Entonces, ¿quedará sin reparación esta injusticia en el reino de Dios? (Sura An-Nisa, nota 55)

También se puede saber por la historia de Arabia que, incluso en la época de la ignorancia, muchas personas sentían rechazo hacia esta cruel costumbre. Al-Tabarani relata que Farazdaq al-Kabir, Sa’sa’a ibn Najiyah al-Mujashi’i, se presentó ante el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Durante la época de la ignorancia también hice algunas buenas obras. Una de ellas fue que salvé de ser enterradas vivas a 360 niñas. Para salvar la vida de cada una, entregué dos camellos como rescate. ¿Recibiré alguna recompensa por ello?». El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Ciertamente recibirás una recompensa por ello, y consiste en que Allah te ha concedido la bendición del islam».

La venganza por el asesinato

En la época de la ignorancia, la costumbre era que, cuanto valor atribuía un grupo o una tribu a la sangre de uno de sus miembros asesinados, en esa misma medida quería cobrar sangre a la familia, tribu o grupo al que pertenecía el asesino. No se sentían satisfechos con quitarle la vida al asesino como única venganza por la persona asesinada. Estaban dispuestos a quitar cientos de vidas a cambio de una sola. Si una persona respetada de su grupo era asesinada por alguien de bajo rango de otro grupo, no consideraban suficiente matar al verdadero asesino. Al contrario, deseaban que se matara a una persona respetada de la tribu del asesino, o que se matara a varios miembros del grupo rival en lugar de la persona asesinada. Por otro lado, si, según su criterio, la persona asesinada era de bajo rango y el asesino gozaba de mayor respeto, no toleraban de ningún modo que el asesino fuera ejecutado en compensación por la persona asesinada. (Sura At-Tanwir, nota 9)

La concepción de la vestimenta y la desnudez

Los árabes usaban ropa únicamente para proteger el cuerpo de los efectos de la belleza y del clima. Sin embargo, no concedían ninguna importancia a su propósito fundamental, es decir, cubrir las partes íntimas del cuerpo. No sentían ningún temor ni vergüenza de descubrir sus partes íntimas ante los demás. Bañarse desnudos en lugares públicos, sentarse a orinar o defecar mientras caminaban y no preocuparse de que sus partes íntimas quedaran expuestas al quitarse la ropa eran actividades habituales de su vida cotidiana. Lo más vergonzoso era que, durante el peregrinaje, la mayoría de ellos circunvalaba desnuda la Kaaba, y las mujeres eran aún más desvergonzadas que los hombres en este aspecto. A sus ojos, aquello era un acto religioso, y lo hacían creyendo que era una buena obra. (Sura At-Tanwir, nota 9)

Inseguridad y anarquía en toda Arabia

En toda Arabia reinaba la inseguridad, por lo que el terror se había extendido por todo el país; por todas partes había asesinatos, violencia y saqueos. Las tribus lanzaban ataques repentinos unas contra otras. Nadie podía pasar la noche seguro, porque todos temían que, en cualquier momento, el enemigo atacara su poblado. Era una situación de la que todos estaban informados y cuya gravedad todos sentían. Aunque quienes habían sido despojados de sus bienes se lamentaban y los saqueadores se regocijaban, cuando llegaba el turno de la desgracia para el saqueador, también él comprendía que se trataba de una acción reprobable en la que estaba involucrado. (Sura Al-Baqara, nota 177)

Era costumbre de los árabes que, cuando iban a atacar un poblado, avanzaran en la oscuridad de la noche para que el enemigo no pudiera alertarse, y al amanecer se abalanzaran de repente sobre él, de modo que pudieran verlo todo con la luz del alba, pero que la luz del día aún no fuera tan intensa como para que el enemigo pudiera observar sus movimientos, ponerse en guardia y enfrentarlos. (Sura Al-A’raf, nota 15)

La situación de Arabia en aquella época era tal que no había en todo el país ninguna población cuyos habitantes pudieran vivir en paz, pues siempre temían que en cualquier momento un grupo de saqueadores lanzara un ataque repentino. No había nadie que pudiera salir de los límites de su tribu, porque para una o dos personas era prácticamente imposible regresar con vida y librarse de ser capturadas y convertidas en esclavas. No había caravana que pudiera viajar con seguridad, ya que temían ser asaltadas en diversos lugares del camino. Sin embargo, las caravanas podían atravesar el camino a salvo sobornando a los jefes de las tribus influyentes de todas las rutas. (Sura Al-‘Adiyat, introducción)

Algunas otras religiones de los árabes

Los hunafa

Aunque en la época de la ignorancia la gente no poseía un conocimiento detallado de la religión, tampoco ignoraba que la verdadera religión era el tawhid y que los profetas, la paz sea con ellos, nunca enseñaron la adoración de ídolos. Esta verdad se conservaba en los relatos que habían llegado a los árabes procedentes de los profetas de su propia tierra. También conocían esta verdad por medio de las enseñanzas de profetas que habían llegado a las tierras vecinas, como Moisés, David, Salomón y Jesús, la paz sea con todos ellos.

Era muy conocido en la tradición árabe que, en la antigüedad, la verdadera religión de los árabes era la religión de Abraham y que la adoración de ídolos había sido introducida entre ellos por un hombre llamado ‘Amr ibn Luhayy. A pesar de la difusión general del politeísmo y de la idolatría, en diversos lugares había personas que rechazaban el politeísmo, proclamaban el tawhid y condenaban públicamente la adoración de ídolos. Poco antes de la época del Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, hubo muchas personas de cuya situación se sabe por la historia que eran hunafa. Entre ellos destacaban Quss ibn Sa‘idah al-Iyadi, Umayya ibn Abi as-Salt, Suwayd ibn ‘Amr al-Mustaliqi, Waki‘ ibn Salam ibn Zuhayr al-Iyadi, ‘Amr ibn Jundub al-Juhani, Abu Qays Salamah ibn Abi Anas, Zayd ibn ‘Amr ibn ‘Amr ibn Jundub al-Juhani, Abu Qays Salamah ibn Abi Anas, Zayd ibn ‘Amr ibn ‘Amr ibn Nufayl, Waraqah ibn Nawfal, ‘Uthman ibn al-Huwayrith, ‘Ubaydullah ibn Jahsh, ‘Amir ibn az-Zarib al-‘Adwani, ‘Allaf ibn Shihab at-Tamimi, al-Mutalammis ibn Umayya al-Kinani, Zuhayr ibn Abi Sulma, Khalid ibn Sinan ibn Qays al-‘Absi, ‘Abdullah al-Quda‘i y muchos otros. Estas personas proclamaban públicamente que el tawhid era la verdadera religión y declaraban claramente que no tenían ninguna relación con la religión de los politeístas. Es cierto que esta concepción se había formado en sus corazones por la influencia de las enseñanzas de los profetas. Además, gracias a las investigaciones arqueológicas realizadas en los siglos IV y V de la era cristiana, se sabe por las inscripciones halladas en Yemen que en aquella época existía allí una religión monoteísta cuyos seguidores reconocían a ar-Rahman y al Señor del cielo y de la tierra como el único Dios. Se encontró una inscripción del año 378 de la era cristiana entre las ruinas de un lugar de culto, en la que estaba escrito que este lugar había sido construido para adorar al Dios o Señor del cielo. En una inscripción del año 465 aparecían palabras que demostraban la creencia monoteísta. Otra inscripción de aquella época fue hallada en una tumba, con ciertas palabras grabadas en ella. Asimismo, en el norte de Arabia, en un lugar llamado Zabad, entre los ríos Éufrates y Qinnasrin, se encontró una inscripción del año 512 que contenía ciertas palabras. Todo esto demuestra que, antes de la llegada del Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, la influencia de las enseñanzas de los profetas no se había borrado por completo del territorio árabe. Al menos, existían numerosos medios para recordarles que su Dios era uno solo. (Sura Al-‘Adiyat, nota 3)

Los monoteístas que se encontraban entre los árabes se abstenían de tres pecados en los que estaba sumida la mayoría de los árabes: asociar copartícipes a Allah, matar injustamente y cometer adulterio. (El Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, mencionó esto en numerosos hadices. Por ejemplo, ‘Abdullah ibn Mas‘ud, que Allah esté complacido con él, relata que una vez se preguntó al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él: «¿Cuál es el pecado más grave?». El Profeta respondió: «Que atribuyas un rival a Allah, aunque Él te creó». Se preguntó: «¿Y después?». El Profeta respondió: «Que mates a tu hijo por temor a que comparta contigo el alimento». Luego se preguntó: «¿Y después?». El Profeta respondió: «Que cometas adulterio con la esposa de tu vecino» (Bujari, Muslim, Tirmidhi, Nasa’i y Ahmad). Aunque existen muchos otros pecados graves, estos tres eran los más extendidos en la sociedad árabe de aquella época. Por eso se ha destacado esta característica de los musulmanes: que en el conjunto de la sociedad había algunas personas que se abstenían de esos pecados. (Sura Quraysh, nota 5)

Los sabeos

En la antigüedad se conocían dos grupos con el nombre de sabeos. Uno de ellos estaba formado por seguidores de Juan, la paz sea con él, muchos de los cuales vivían en la Jazira, la región septentrional de Irak. Siguiendo a Juan, la paz sea con él, practicaban la iniciación religiosa mediante el bautismo (Baptism). El segundo grupo adoraba a los astros. Decían que su religión procedía de Set, la paz sea con él, y de Idris, la paz sea con él. Creían que los planetas y satélites gobernaban los elementos, y que los ángeles gobernaban los planetas y satélites. Harbán era su centro. Sus ramas se extendían por distintas partes de Irak. Este segundo grupo era más famoso debido a sus grandes avances en filosofía, ciencias y medicina; muy probablemente aquí se hace referencia al primer grupo, pues es posible que el segundo no fuera conocido con este nombre en la época de la revelación del Corán. (A este respecto, Mahmud Shukri Alusi recopiló la siguiente información: los sabeos eran una de las mejores comunidades. Hay tanta discrepancia sobre su religión como conocimiento posee la gente acerca de ella. Se dividían en dos grupos: creyentes y no creyentes. Eran el pueblo de Abraham el íntimo, la paz sea con él, y Abraham había sido enviado precisamente a ellos. Su lugar de residencia era Harbán, donde se encontraban sus casas. Se dividían en dos grupos: uno establecido sobre la religión hanifa y otro politeísta. Los politeístas veneraban siete astros y doce grandes seres, y colocaban sus representaciones en sus templos. Tenían templos especiales para cada uno de esos astros. Estos eran sus mayores lugares de culto, como las iglesias de los cristianos y las sinagogas de los judíos. Construyeron un gran templo para el sol, otro para la luna, otro para Venus, otro para Júpiter, otro para Mercurio, otro para Mercurio, otro para Marte, otro para Saturno y otro también para la causa primera. Para ellos había un culto y una súplica específicos para cada astro; al igual que los musulmanes, también realizaban cinco oraciones al día.

Algunos de ellos también ayunaban durante el mes de Ramadán. Rezaban orientados hacia la Kaaba. También veneraban La Meca y creían que debían peregrinar allí para realizar el hach. Consideraban ilícitos los animales muertos, la sangre y la carne de cerdo. En materia de matrimonio, también consideraban ilícitas las mismas mujeres que los musulmanes consideraban ilícitas. Un grupo del consejo real de Bagdad pertenecía a esta religión. Uno de ellos, llamado Bilal ibn al-Muhsin al-Sabi, era experto en escribir ensayos y poesía, y era editor de una célebre revista militar. Ayunaba con los musulmanes, adoraba con ellos, pagaba el azaque y consideraba ilícito lo que era ilícito. Se considera que la esencia de su religión consistía en que aceptaban los aspectos buenos de las religiones existentes en el mundo y se mantenían alejados de sus aspectos malos. Por eso se los llamaba sabeos, o jariy, es decir, «el que ha salido». Abandonaban las normas y prácticas generales de cada religión y solo observaban aquello que consideraban correcto.

Los incrédulos de Quraysh llamaban sabeo al Profeta Muhammad (la paz sea con él) y subat a sus compañeros. Esta expresión proverbial se utilizaba cuando alguien salía de una cosa y pasaba a otra. (Tomado de la traducción urdu de Bulug al-Adab, recopilada por los compiladores.) (Sura as-Sajda, nota 5)

Magu­so

A las naciones, aparte de los judíos y los cristianos, a las que se habían enviado Libros celestiales, no se las puede llamar gente del Libro, puesto que habían abolido o distorsionado sus libros y en sus creencias y prácticas ya no quedaba nada de las enseñanzas de los profetas. Por esta razón, a los magos no se los denominó gente del Libro, aunque seguían a Zoroastro, de quien se puede sospechar que fue un profeta. Respecto de los magos de Hajar, el Profeta Muhammad (la paz sea con él) dijo: «Trátalos como a la gente del Libro». No dijo que fueran gente del Libro. Después, cuando escribió a los magos de Hajar, dejó claramente escrito: «Si aceptáis el islam, tendréis los mismos derechos que nosotros y se os impondrán las mismas obligaciones que a nosotros. A quienes de entre vosotros no acepten se les impondrá la yizia. Sin embargo, no se podrá comer de los animales sacrificados por ellos ni se podrá contraer matrimonio con sus mujeres.»

Los adoradores del fuego de Irán (acerca de los adoradores del fuego de Arabia, Mahmud Shukri al-Alusi dice: Entre los árabes había varias clases de personas de este tipo. Parece que esta religión penetró entre ellos por medio de los iraníes y los magos. Se dice que el culto al fuego existe en el mundo desde la época de sus primeros adoradores. Caín fue la primera persona que construyó un templo del fuego y lo adoró. Después, esta religión encontró un lugar entre los magos. Construyeron numerosos templos del fuego y establecieron para ellos legados píos, guardianes, vigilantes y otras disposiciones. No permitían que este fuego fuera apagado ni sufriera daño ni por un solo instante. Los faridíes erigieron un templo del fuego y construyeron otro en Bujará. Bahman construyó uno en Sistán y Abu Qatada construyó otro junto a Bujará.

Hay varias clases de adoradores del fuego. Un grupo de ellos considera ilícito arrojar cualquier ser vivo al fuego y quemarlo con él. Hay otro grupo que lleva tan lejos la adoración del fuego que se ofrece a sí mismo y a sus hijos en sacrificio al fuego.

Entre los adoradores del fuego también hay algunos que son devotos. Se sientan junto al fuego mientras ayunan y realizan retiros espirituales. Su práctica consiste en exhortar a la veracidad, la fidelidad, la honestidad, la castidad y la justicia.

Ibn Qutayba dice en su obra Kitab al-Ma’arif que las prácticas de la religión de los magos existían entre los Banu Tamim. Zurara ibn Udas at-Tamimi y su hijo Hajib ibn Zurara formaban parte de ellos. Este había contraído matrimonio con su hija, pero después se arrepintió. Uno de ellos, Aqra ibn Habis, más tarde aceptó el islam y se unió a los compañeros. Abu al-Aswad, abuelo de Waki ibn Hassán, también era mago. —Tomado de la traducción de Bulug al-Adab, volumen 3, pp. 138-141.— Dos dioses de la luz y la oscuridad (creemos que las distintas ramas de los magos y sus formas llegaron a Arabia. Entre los árabes se escribió un capítulo titulado «Los dos dioses del grupo zoroastriano y la doctrina de la luz y la oscuridad», cuyo contenido es el siguiente:)

Estas personas decían que hay dos creadores. El creador del bien es Nur, es decir, la luz, y el creador del mal es la oscuridad. Son eternos y sempiternos, poderosos, sensibles y dotados de percepción sensorial, de oído y de vista.

Algunas personas creían que, después de permanecer solo durante cierto tiempo, Dios se entristeció, surgieron en Su mente malos pensamientos —¡Dios nos libre!—, adoptó un cuerpo y cayó en la oscuridad; de Él nació Iblís. —Tomado de la traducción de Bulug al-Adab, tomo III, pp. 130-131— (los compiladores). Manat. Se consideraban seguidores de Zaratustra. La desviación de la comunidad mazdaquita dejó corrompidas su religión y su moral. Incluso entre ellos llegó a difundirse la costumbre de casarse con las hermanas carnales.

Ateísmo

La esencia del ateísmo

A quienes solo observan la superficie de las cosas, la vida mundana los sumerge en muchas confusiones. Algunos creen que la vida y la muerte están limitadas únicamente a este mundo y que después no existe ninguna otra vida. Por tanto, haz aquí todo lo que tengas que hacer. (Tafhimat, tomo II, pp. 322-323).

Algunas personas no admiten en absoluto que Allah Taala sea el creador de todas estas cosas. Dicen que todo ello es el resultado de las vibraciones de la materia, o el resultado de un accidente en el que no intervino la mano de ningún artífice ni habilidad artística alguna. (Cabe señalar que el Corán también ofrece una breve descripción de los ateos y refuta el error de su doctrina. Esto significa que la existencia de este grupo también se daba en Arabia, aunque en número muy reducido. Sobre esta base, Maulana Maududi ha tratado brevemente este grupo. En relación con los ateos de Arabia, el erudito Mahmud Ali ha expuesto el siguiente comentario. Sobre los ateos de Arabia, el erudito Shukri Alusi ha formulado el siguiente comentario: En Arabia existía una clase de ateos que consideraba la obra completamente separada del artista. Su afirmación, tal como se menciona en el Corán, era la siguiente: (árabe******), es decir, que la vida no es sino la vida de este mundo. (Nacemos y morimos) y nada salvo el tiempo, o el ciclo del tiempo, nos destruye.

Entre sus dos clases, la doctrina más aceptada se ha descrito de la siguiente manera:

En realidad, no existe absolutamente ningún origen ni comienzo. En realidad, todo procede de la energía (Energy), avanzando hacia la acción. Por tanto, cuando la materia que al principio posee energía se manifiesta en forma de acción, su composición (Compound) y sus propiedades se originan por sí mismas; no se crean a partir de ninguna otra cosa. Además, afirman que el universo existe desde el principio de los tiempos y continuará existiendo así eternamente. No sufrirá ningún cambio ni, pese a estar activo, será destruido.

En la obra Al-Milal wa an-Nihal de Shah Rastani se ha tratado el tema de los ateos; el resumen de ello es el siguiente:

Niegan la resurrección de la creación. Dicen que la naturaleza (Nature) da la vida y el tiempo destruye. —Tomado de la traducción al urdu de Bulugh al-Adab—, los recopiladores

Refutación del ateísmo junto con el politeísmo

Véase al respecto la aleya 60 de la sura an-Naml. Se ha dicho: «¿Quién es Aquel que creó los cielos y la tierra, hizo descender para vosotros agua del cielo y, mediante ella, hizo crecer hermosos jardines cuyos árboles no habríais podido hacer crecer? ¿Acaso existe otra divinidad asociada a Allah en estas obras?» (No existe.) Sin embargo, estas personas se desvían del camino recto. —Tafhim al-Qurán

En esta pregunta y en las que le siguen no solo se refuta el politeísmo de los idólatras, sino también el ateísmo. Por ejemplo, en esta primera pregunta se pregunta: ¿Quién hace descender la lluvia y produce, mediante ella, plantas de diversas clases? Si se reflexiona profundamente, se comprenderá que la concentración en la tierra, en la cantidad exacta o en una cantidad algo menor, de los elementos necesarios para la vida de las distintas especies vegetales; su elevación continua desde el mar y su correcta distribución en diferentes partes de la tierra y en distintos momentos; el cuidado y crecimiento del mundo vegetal; y el establecimiento de proporciones, ayuda y cooperación mutuas entre fuerzas como la tierra, el agua, el aire y el calor, con el fin de satisfacer todas las necesidades del mundo de las aves: ¿podrían producirse espontáneamente y por azar sin el perfecto plan de un Sapientísimo, Su administración llena de sabiduría, Su poder invencible y Su voluntad incontenible? ¿Es posible que cada acontecimiento fortuito continúe produciéndose correctamente durante miles de años, o más bien durante millones de millones de años? Solo una persona obstinada, impulsada por una ciega hostilidad, puede afirmar que esto es un acontecimiento fortuito. Para una persona veraz y dotada de conciencia, es absolutamente imposible formular una afirmación tan absurda y aceptarla como verdadera. (Sura as-Saba, nota 76)

El orden y la armonía no son acontecimientos fortuitos

Tampoco es sencillo que la tierra sea el lugar de innumerables asentamientos de diversas clases. Este globo terráqueo permanece suspendido en el espacio. No se apoya en nada. Sin embargo, a pesar de ello, no hay en él inestabilidad ni vibración. Si vibrara aunque fuera ligeramente, podemos imaginar fácilmente las terribles consecuencias que tendría un terremoto. Entonces no sería posible ningún asentamiento sobre él. Sobre este globo terráqueo se conserva, hasta una altura de quinientas millas, una fina y densa capa de aire que protege la Tierra del impacto de la caída de meteoritos destructivos. De lo contrario, los veinte millones de meteoritos que cada día caen hacia la Tierra a una velocidad de treinta millas por segundo provocarían una devastación total sobre su superficie. Esta capa de aire regula la temperatura. Eleva el vapor de este mar, forma nubes y hace llover en diferentes lugares. Proporciona los gases necesarios para los seres humanos, los animales y el reino vegetal. (Este es el medio por el que transmitimos y recibimos los sonidos, sin el cual no sería posible conversar.) Se han proporcionado minerales y sustancias químicas en abundancia, indispensables para las plantas, los animales y los seres humanos. En esta tierra firme se han dispuesto reservas inagotables de agua bajo tierra, en forma de mares, ríos, lagos, estanques, cascadas y manantiales. Incluso en las cumbres de las montañas se ha dispuesto que el agua se congele y luego se derrita y fluya. Además, se ha establecido la fuerza de atracción para reunir y conservar esta agua, el aire y todas las sustancias disponibles en la Tierra. — Además, se ha establecido la fuerza de atracción para reunir y conservar todas las sustancias disponibles en esta Tierra. — Asimismo, esta Tierra ha sido colocada a una distancia especial del Sol, sumamente favorable para todos los seres vivos que habitan en ella.—

Aquí solo se han mencionado algunas de las armonías gracias a las cuales la Tierra se ha vuelto actualmente habitable. Si una persona sensata reflexiona teniendo presentes estos hechos, no podrá imaginar ni por un instante que, sin el plan de un Creador Sabio, estas armonías se hayan establecido por sí solas como resultado de un accidente. Tampoco podrá imaginar que alguna deidad masculina o femenina, genio, profeta, santo o ángel posea siquiera la mínima autoridad para concebir este vasto plan creativo y ponerlo en ejecución. (Rasail wa Masail, vol. 1, pág. 38)

La vida y su reanimación o repetición

La doctrina de que los factores necesarios para el surgimiento de la vida se reunieron de manera absolutamente fortuita, en las cantidades exactas requeridas, y que así la vida llegó a existir por sí misma, puede ser, ciertamente, una fantasía acientífica de los ateos. Pero, si se aplica a esto la ley de los cambios repentinos de las matemáticas (Law of Changes), la probabilidad de que ocurra semejante acontecimiento no será otra cosa que cero.

La vida no se encuentra en una sola forma, sino en innumerables formas. Hasta el presente, se han descubierto en la Tierra aproximadamente un millón de especies animales y unas doscientas mil especies vegetales. Estas millones de especies de seres vivos se distinguen claramente unas de otras por su estructura y sus características específicas. Esta diferencia es tan evidente e irrefutable que, desde los tiempos más antiguos de los que se tiene conocimiento, han conservado continuamente sus propias formas y estructuras específicas; por ello, ni siquiera un darwinista podría ofrecer ninguna explicación o análisis racional de esta enorme diversidad de diferencias entre las especies de la vida, aparte del plan creador (Desing) del Dios único.

Consideremos ahora un poco la repetición de la creación. El Creador ha dispuesto en la forma, estructura y composición de cada especie animal y vegetal un mecanismo (Mechanism) que, a partir de sus innumerables individuos, produce continuamente incontables descendientes con formas, hábitos y características específicas exactamente iguales a las suyas. En estas miles de millones de diminutas fábricas, la fábrica creadora de una especie jamás produce, ni siquiera por error, un ejemplar de otra especie. Los experimentos y observaciones de la ciencia moderna de la reproducción (Genetics) han presentado hechos asombrosos al respecto. En cada semilla de árbol se ha depositado la capacidad de asegurar la continuidad de su propia especie hasta las generaciones posteriores mediante un sistema tan completo que los descendientes puedan poseer todas las características distintivas de su especie, y que cada uno de sus individuos pueda conservar correctamente, frente a los individuos de todas las demás especies, su forma y estructura específicas propias de manera diferenciada. Los elementos de la estabilidad y la reproducción de la especie están protegidos en una parte de una célula (Cell) de cada semilla. No pueden verse en absoluto sin un microscopio más potente. Este diminuto ingeniero controla con precisión la crianza y el desarrollo de la planta por un camino determinado, o por el camino propio de la forma de su especie… En el mundo animal y en la humanidad se observa una situación semejante.

La creación de ninguno de ellos se detuvo después de ocurrir una sola vez. Por el contrario, no puede imaginarse cuán vastamente funciona por todas partes una enorme fábrica de repetición de la creación. Allí, a partir de los diversos individuos de cada especie, innumerables seres de la misma especie continúan llegando a existir.—-

El inicio de estos sistemas no solo hace indispensable la existencia de un Creador sapientísimo y sumamente conocedor, sino que, para que continúen correctamente a cada instante, es absolutamente necesario un Director y Controlador, y una entidad eterna y perpetuamente viviente (Dios), que no sea negligente ni por un instante en la dirección de esta fábrica.

Así como estas grandes verdades y realidades desarraigan la incredulidad del ateo, del mismo modo desarraigan el politeísmo del politeísta (Tafhim al-Qur’an, sura an-Naml, nota 73).

Dos aspectos esenciales de la naturaleza del universo

(Árabe*****)

¿Acaso nunca han reflexionado entre sí? Allah creó la tierra, los cielos y todo cuanto hay entre ellos con verdad y por un plazo determinado. — Sura Ar-Rum: 8

En esta frase se presentan dos argumentos adicionales acerca de la otra vida. Se afirma que, si el ser humano observa con profunda atención el orden del universo que existe fuera de su propia existencia, descubrirá dos verdades.

La primera es que este universo ha sido creado con verdad. No es el juego de un niño que, simplemente para entretenerse, construye una casita de barro; construirla y derribarla serían igualmente absurdos. Por el contrario, este universo es un sistema regido por un propósito y una responsabilidad. Cada uno de sus átomos da testimonio claro de haber sido creado con perfecta inteligencia y sutil discernimiento. En cada cosa suya opera una ley y un orden; todo cuanto existe en él tiene un propósito. La civilización humana en su conjunto, todo su sistema económico y todas las ciencias, los conocimientos y las artes atestiguan por sí mismos que, si después de conocer las leyes activas que subyacen a cada cosa del mundo y el propósito de la creación de cada objeto, este hubiera sido dejado como un juguete sin finalidad, semejante a una muñeca, no habría sido posible concebir aquí ninguna ciencia ni ninguna civilización o cultura. ¿Cómo podría la conciencia y la razón humanas aceptar que la Sabiduría Suprema que creó este mundo con tan sutil inteligencia, propósito y objetivo, y que puso en manos de una criatura semejante al ser humano —dotada de elevadas facultades mentales y físicas, poder, capacidad de decisión, libertad de elección y sensibilidad moral— innumerables bienes del mundo que ella misma creó, hubiera creado al ser humano sin finalidad? El ser humano realizaría en la tierra obras constructivas o destructivas, cometería pecados o haría el bien, actuaría con justicia o injusticia, adoptaría la honestidad o la falsedad, y luego moriría sin más y se convertiría en polvo, sin que hubiera ninguna retribución por sus buenas o malas obras? Dejaría, mediante cada una de sus acciones, una influencia buena o mala en su propia vida, en la de innumerables personas semejantes a él y en innumerables cosas del mundo, y luego, en el mismo instante de su muerte, se cerraría por completo el expediente de sus actos y se arrojaría al río? ¿Qué podría ser más absurdo que esto? Al observar profundamente el orden del universo, la segunda verdad se vuelve evidente. Esta es que nada aquí es eterno. Cada cosa tiene asignado un plazo y, al alcanzarlo, llega a su fin. Lo mismo ocurre, en conjunto, con toda la creación. Todas las fuerzas activas aquí son limitadas; permanecen operativas hasta cierto momento. En algún momento, inevitablemente, su existencia desaparece y este sistema también llega a su fin. En la antigüedad, debido a la limitada extensión del conocimiento, las palabras de ciertos filósofos y científicos que afirmaban que la Tierra era sin principio e indestructible gozaban de cierta aceptación. Pero en la prolongada controversia entre ateos y creyentes en Allah acerca de la eternidad y la novedad de la Tierra, la ciencia moderna ha apoyado definitivamente la opinión de los creyentes en Allah. Ya no queda a los ateos ninguna posibilidad de afirmar, en nombre de la inteligencia y de la ciencia, que el mundo existe desde toda la eternidad, que permanecerá para siempre y que el Día de la Resurrección jamás tendrá lugar. El materialismo antiguo se basaba en la idea de que la materia nunca se destruye, sino que solo puede cambiar de forma. Sobre esa base se podía afirmar que este mundo material no tiene ni principio ni fin. Pero el descubrimiento actual de la energía atómica ha demostrado que esa idea es completamente errónea. Ahora se ha descubierto que la energía se transforma en materia y la materia en energía, hasta el punto de que entonces ya no conserva ni forma ni figura, ni tampoco una forma informe. La segunda ley de la termodinámica ha demostrado ahora que este mundo material no es sin principio, ni eterno e indestructible. Inevitablemente debe tener un principio y un fin. Por eso ya no es posible negar el Día de la Resurrección basándose en la ciencia. Si la propia ciencia se ha rendido en este asunto, ¿con qué argumento negará la filosofía el Día de la Resurrección? (Tafhim al-Qurán, Sura An-Naml, nota 74)

La época anterior a Hazrat Musa (la paz sea con él)

De la descendencia de Hazrat Yaqub, hijo de Hazrat Ishaq (la paz sea con él), nacieron Hazrat Yusuf, Hazrat Musa, Hazrat Dawud, Hazrat Sulayman, Hazrat Isa y otros nobles profetas, la paz sea con todos ellos. Puesto que el nombre de Hazrat Yaqub era Israel, sus descendientes fueron llamados los Hijos de Israel. Como resultado de su predicación, las naciones que adoptaron su religión quizá abandonaron su propia identidad y se fundieron con ellos, o, aunque genealógicamente fueran distintas de ellos, se convirtieron en sus seguidores en materia de religión. (Tafhim al-Qurán, Sura An-Naml, nota 80)

La leyenda de este pueblo cuenta que Allah luchó cuerpo a cuerpo con su ilustre antepasado Hazrat Yaqub. La lucha continuó durante toda la noche. Llegó el amanecer, pero Allah no pudo vencerlo. Entonces Allah dijo: «Ahora déjame ir». Yaqub respondió: «No te dejaré ir hasta que me concedas una bendición». Allah dijo: «Tu nombre ya no será Yaqub, sino Israel, porque has vencido en la prueba de fuerza entre Dios y el hombre». (¡Allah nos libre de semejante afirmación!) (Véase la traducción moderna de The Holy Sepulchre, Jewish Publication Society of America, 1954, Génesis, capítulo 32, versículos 25-29. La Biblia traducida por los cristianos también relata el asunto de esta manera. En la nota de la traducción judía, el significado de la palabra Israel aparece como «He who striveth with God», es decir, «el que lucha con Dios». Después, en la enciclopedia de la literatura bíblica, eruditos cristianos explicaron la palabra Israel como «Wrestler with God», es decir, «el que lucha cuerpo a cuerpo con Dios». En el libro bíblico de Oseas, la descripción de Hazrat Yaqub aparece en estos términos: mientras tuvo fuerza, luchó cuerpo a cuerpo con Dios; después, con los ángeles, y venció —capítulo 12, versículo 4—. 418 (Sura Ar-Rum, nota 6)

El glorioso pasado de los Hijos de Israel

Por un lado, en este linaje nacieron grandes profetas como el profeta Ibrahim (la paz sea con él), el profeta Ishaq (la paz sea con él) y el profeta Yusuf (la paz sea con él); por otro, durante la época del profeta Yusuf (la paz sea con él) y después de ella, tuvieron la fortuna de obtener el dominio y la autoridad sobre Egipto. Durante mucho tiempo fueron los gobernantes más poderosos del mundo civilizado de entonces, y su influencia y prestigio prevalecían por todas partes.

Por lo general, la gente comienza la historia del desarrollo y progreso de los Hijos de Israel con el profeta Musa (la paz sea con él). Sin embargo, la explicación coránica sobre este asunto es que la verdadera época de desarrollo y progreso de los Hijos de Israel había pasado ya antes del profeta Musa (la paz sea con él). El profeta Musa (la paz sea con él) presentaba ante su pueblo su glorioso pasado. (Sura al-Ma’ida, 20) — Sura al-Baqara, nota 123

El inicio y la denominación del judaísmo

La religión de la verdad que predicaron el profeta Musa (la paz sea con él) y los profetas anteriores era, en realidad, el islam. Ninguno de esos profetas era judío, ni el judaísmo se originó en su época. Según su denominación, esta religión surgió mucho más tarde. Fue atribuida a Judá, el cuarto hijo de Yaqub (la paz sea con él), cuando esta familia pasó a ser dueña del Estado que recibió el nombre de Judea. Las demás tribus de los Hijos de Israel establecieron un Estado separado, que se hizo famoso con el nombre de Samaria. Después, los asirios no solo destruyeron Samaria, sino que también borraron todo rastro de las tribus israelitas que habían fundado aquel Estado. Finalmente, solo sobrevivieron los descendientes de Judá y de Benjamín. Debido a la influencia y el prestigio de la tribu de Judá, fueron llamados judíos. La estructura de ideas y creencias, costumbres, prácticas y normas religiosas que los sacerdotes, rabinos y eruditos de este linaje fueron elaborando durante cientos de años, conforme a sus propias concepciones y tendencias, recibió el nombre de judaísmo o religión judía. La formación de esta estructura comenzó en el siglo IV a. C. y continuó hasta el siglo V d. C.

En ella solo se incorporó una parte muy pequeña de la guía divina que había llegado a los profetas, y sus aspectos fundamentales fueron distorsionados. Por eso, en muchos lugares del Corán se les llama «oh vosotros que os habéis hecho judíos», es decir, «oh gente que os habéis convertido en judíos». No todos ellos eran israelitas; también había personas que habían adoptado la religión judía. Allí donde el Corán se dirige a los Hijos de Israel, utiliza las palabras «Hijos de Israel». Y allí donde se dirige a los seguidores de la religión judía, utiliza la expresión «judíos». (Sura al-Ma’ida, nota 42)

Los judíos en la época del profeta Yusuf (la paz sea con él)

Tras comparar la Biblia con la historia egipcia, los investigadores modernos sostienen que el gobernante de los reyes pastores (Kykoss Kings) cuyo nombre aparece en la historia egipcia como Apofis (Apophis) fue contemporáneo del profeta Yusuf (la paz sea con él).

La capital de Egipto era Menfis. Sus ruinas pueden verse catorce millas al sur de El Cairo. El profeta Yusuf (la paz sea con él) llegó allí a los diecisiete o dieciocho años. Permaneció dos o tres años en la casa de Aziz de Egipto y pasó ocho años en prisión. A los treinta años se convirtió en gobernante de Egipto y continuó administrando el país con autoridad absoluta durante ochenta años. En el noveno o décimo año de su gobierno, llevó a su padre desde Palestina a Egipto junto con toda la familia. Los reasentó en la región situada entre El Cairo y Damieta. En la Biblia, esta región recibe el nombre de Gosén o Dushán. (El Talmud relata que, cuando la noticia de la llegada del profeta Yaqub (la paz sea con él) alcanzó la capital, el profeta Yusuf (la paz sea con él) salió a recibirlo acompañado de los nobles y dignatarios del reino y de altos funcionarios militares y civiles, y lo condujo a la capital con gran pompa. Las celebraciones duraron dos días. Todos participaron en la procesión festiva, mujeres, hombres y niños por igual. Una oleada de alegría y júbilo recorrió todo el país. (Sura al-Hashr, nota 4) Permanecieron en esta región hasta la época del profeta Musa (la paz sea con él). Según el relato bíblico, el profeta Yusuf (la paz sea con él) vivió ciento diez años. Al morir, encomendó a los Hijos de Israel que, cuando abandonaran Egipto, llevaran consigo sus restos. (Sura al-Yumu’a, nota 10)

Gracias a él, se establecieron en Egipto. Él, es decir, el honorable José (la paz sea con él), era un profeta. Después de él, durante cuatro o cinco siglos, el poder gobernante de Egipto permaneció en sus manos. Durante ese período, seguramente llevaron a cabo una amplia labor de difusión del islam en Egipto. Los egipcios que aceptaron el islam no solo se diferenciaron de los egipcios no musulmanes en su religión, sino también en su cultura y en todo su modo de vida, y adoptaron la misma identidad que los israelitas. Así como los hindúes de la India consideraban extranjeros a los musulmanes durante el período anterior a la partición, los egipcios también consideraban forasteros a todos ellos. Llamaban israelitas a los musulmanes egipcios, del mismo modo que a los musulmanes no árabes se les llamaba mahometanos. Ellos mismos, debido a sus vínculos religiosos, culturales y matrimoniales, se habían separado de los egipcios no musulmanes y habían quedado vinculados a los israelitas. Por eso, cuando comenzó en Egipto un poderoso movimiento nacionalista, la persecución y la opresión no recayeron únicamente sobre los israelitas, sino que los musulmanes egipcios también fueron víctimas de ellas. Luego, cuando los israelitas abandonaron el país, los musulmanes egipcios salieron con ellos y fueron considerados parte de los israelitas. Esta idea encuentra apoyo en diversas alusiones e indicios de la Biblia. Por ejemplo, al describir en el libro del Éxodo el abandono de Egipto por parte de los israelitas, el autor de la Biblia dice que con ellos había una gran multitud semejante (12:38). A estos musulmanes no israelitas se les llamaba extranjeros y forasteros. Entre las instrucciones dadas a Moisés (la paz sea con él) en la Torá se encuentra lo siguiente: «Para vosotros y para estos extranjeros que residen con vosotros habrá una misma ley, generación tras generación. Ante Dios, los extranjeros tendrán el mismo rango que vosotros» (25:14-15). El autor. (Sura José, nota 69)

La revolución nacionalista en Egipto

Después de que terminó la época del honorable José (la paz sea con él), tuvo lugar en Egipto una revolución nacionalista. Cuando los coptos recuperaron el poder, el gobierno nacionalista emprendió todos los esfuerzos para destruir el poder de los israelitas. No se limitaron a humillar y deshonrar a los israelitas y a destinarlos a trabajos de baja categoría, sino que también adoptaron la política de matar a sus hijos varones y dejar con vida a sus hijas, con el propósito de reducir su población, para que sus mujeres fueran cayendo gradualmente bajo el control de los coptos y de ellas naciera una estirpe copta en lugar de una estirpe israelita. El Talmud añade que esta revolución tuvo lugar algo más de un siglo después de la muerte del honorable José (la paz sea con él). Al principio, el nuevo gobierno nacionalista privó a los israelitas de sus fértiles tierras, sus casas y demás bienes, y después los expulsó de todos los cargos importantes del gobierno. Aun después, cuando los gobernantes coptos percibieron que los israelitas y los egipcios de su misma religión tenían una influencia considerable, comenzaron a humillarlos y deshonrarlos de diversas maneras. Continuaron imponiéndoles trabajos pesados a cambio de una escasa remuneración. Esta es la explicación de la descripción coránica en la que se dice que el faraón humillaba y deshonraba a un grupo de los habitantes de Egipto (árabe****), y de lo que Dios Altísimo declara en la sura Al-Baqara: la gente del faraón infligía un severo castigo a los israelitas. (Sura José, nota 68)

La llegada del honorable Moisés (la paz sea con él)

Durante varios siglos, los israelitas vivieron una vida de humillación y pobreza. En esas circunstancias, Dios Altísimo hizo nacer entre ellos a Moisés (la paz sea con él). Por medio de él liberó a esta nación de las cadenas de la esclavitud. Después hizo descender sobre ellos un Libro, y bajo su influencia aquella nación pisoteada y oprimida recibió la luz de la guía y se convirtió en una nación célebre del mundo. (Sura José, nota 68)

La predicación del honorable Moisés (la paz sea con él)

El honorable Moisés (la paz sea con él) acudió al faraón con una invitación basada en dos asuntos. Primero: que aceptara la adoración de Dios (el islam); y segundo: que liberara de su opresión y persecución a la nación de los israelitas, que ya eran musulmanes desde antes. (Sura Al-Qasas, nota 5)

Por otro lado, el honorable Moisés (la paz sea con él) enseñó a los israelitas lo siguiente:

Buscad la ayuda de Alá y tened paciencia. Esta tierra pertenece a Alá, y Él hace heredero de ella a quien quiere. El éxito final pertenece a quienes actúan temiéndole.

La mentalidad mezquina de los Hijos de Israel

En ese período de crisis, algunos jóvenes, hombres y mujeres, demostraron el valor de aceptar la verdad y reconocer como su líder al portador de la bandera de la verdad, Moisés (la paz sea con él). Pero los padres y los ancianos de la nación no tuvieron esa dicha. La mentalidad de buscar oportunidades, perseguir intereses mundanos y llevar una vida tranquila y sin complicaciones los había dominado de tal manera que no pudieron aceptar esta verdad. Pues consideraban este camino sumamente arriesgado. Más bien, impedían a los jóvenes y les decían: «No os acerquéis a Moisés (la paz sea con él); de lo contrario, vosotros mismos caeréis bajo la ira del Faraón y atraeréis también la desgracia sobre nosotros». (Sura As-Sajdah, nota 36)

La razón de su conducta no era que albergaran la más mínima duda de que Moisés (la paz sea con él) fuera un hombre veraz y de que su predicación estuviera fundada en la verdad. La razón era, más bien, que ellos y sus ancianos y mayores no estaban dispuestos a colaborar con Moisés (la paz sea con él) y convertirse en víctimas de la crueldad del Faraón. Aunque, por linaje y religión, pertenecían a la comunidad de Abraham, Isaac, Jacob y José (la paz sea con ellos), la cobardía producida por la vida de esclavitud no les había dejado fuerza alguna para convertirse ellos mismos en portadores de la bandera de la fe y la guía frente al dominio de la incredulidad y el extravío, ni para ayudar a quien la portaba. (Sura Al-Araf, nota 86) Cabe señalar que hubo un período de opresión y persecución durante el reinado de Ramsés II, antes del nacimiento de Moisés (la paz sea con él). El segundo período de persecución comenzó después de la llegada de Moisés, durante el reinado del Faraón Merneptah. En ambos períodos existía la misma práctica: se mataba a los hijos varones de los Hijos de Israel y se dejaba vivir a las hijas. (Sura Yunus, nota 78)

El siguiente pasaje de la Biblia permite deducir cuál fue el papel de los israelitas comunes en este conflicto entre Moisés (la paz sea con él) y el Faraón:

Cuando ellos (Moisés y Aarón) salieron de la presencia del Faraón, vieron que ellos (los israelitas) estaban de pie en el camino esperándolos. Dijeron: «Que Dios os haga justicia; nos habéis hecho odiosos ante el Faraón y sus subordinados, y habéis puesto una espada en su mano para que nos mate». Éxodo 6:20–21.

Se narra en el Talmud que los Hijos de Israel les decían a Moisés (la paz sea con él) y a Aarón (la paz sea con él): «Nuestro ejemplo es como el de una cabra atrapada por un lobo, mientras el pastor intenta salvarla. Luego, al tirar de ella ambos, la cabra quedó despedazada. Del mismo modo, acabaremos destruidos por el forcejeo entre vosotros y el Faraón». (Sura Yunus, nota 79)

La emigración de los Hijos de Israel desde Egipto (dejando de lado el análisis detallado de las formas en que Moisés (la paz sea con él) presentó su mensaje al Faraón, las acusaciones que se formularon contra él, los castigos aleccionadores que descendieron sobre los faraonitas durante su época y la situación de los propios israelitas, destacamos aquí este aspecto de importancia histórica: puesto que respondieron al mensaje de Moisés (la paz sea con él) con una negativa, por mandato de Alá, Moisés (la paz sea con él) adoptó el camino de la emigración para liberar a los Hijos de Israel. —Los compiladores)

La vida nómada del pueblo de Moisés

El profeta Moisés (la paz sea con él), llevando consigo a los Hijos de Israel, llegó hacia el monte Sinaí pasando por Mara, Elim y Refidim, en la península del Sinaí. Después permanecieron allí algo más de un año. (La historia de la vida nómada de los Hijos de Israel es muy importante en muchos aspectos. Durante este período, fueron provistos milagrosamente de bienes especiales. En ese tiempo, las huellas de su antigua vida de esclavitud salieron a la luz mediante diversas prácticas erróneas. El profeta Moisés (la paz sea con él) trabajó arduamente para corregirlos. Desde este punto de vista, fue una época de formación. —Los compiladores—. Fue allí donde le fueron reveladas la mayoría de las disposiciones de la Torá.

La orden de conquistar Palestina

Después se le ordenó: «Conquista Palestina junto con los Hijos de Israel. Os ha sido destinada como herencia». Entonces el profeta Moisés (la paz sea con él), junto con los Hijos de Israel, llegó al desierto de Parán pasando por Abir y Hazerot. Desde allí envió una delegación para examinar la situación de Palestina. Al llegar al lugar llamado Cades, la delegación presentó su informe. Excepto Josué y Caleb, el informe de la delegación era desalentador. Al escucharlo, los Hijos de Israel rompieron en lamentos y se negaron a emprender la campaña contra Palestina.

El segundo período de vagar errantes por el desierto como castigo

Por decisión de Allah, los Hijos de Israel vagarían por esta región durante cuarenta años, como extraviados, y, salvo Josué y Caleb, ninguno de sus descendientes de la generación presente vería Palestina. Después, los Hijos de Israel continuaron vagando desorientados entre el desierto de Parán, el desierto de Shur y el desierto de Sin, y entablaron disputas y conflictos con los amalecitas, amorreos, edomitas, madianitas, los habitantes de Moab y otros pueblos.

La conquista de Palestina y el período posterior

La conquista de Palestina

Poco antes de cumplirse los cuarenta años, Hazrat Harún (la paz sea con él) falleció en el monte Hor. Después, Hazrat Musa (la paz sea con él) entró en la región de Moab junto con los Banu Israel, conquistó toda aquella región y llegó hasta Hesbón y Sitim. Allí, en el monte Abarim, Hazrat Musa (la paz sea con él) exhaló su último aliento. Tras su muerte, su primer califa, Hazrat Josué, cruzó el río Jordán desde el este y conquistó la ciudad de Jericó o Ariha. Esta fue la primera ciudad de Palestina que cayó en manos de los Banu Israel; poco después, toda Palestina quedó bajo su dominio. (Antes de la conquista de Palestina, los Banu Israel estaban envueltos en diversas sediciones. Después de la conquista, la injusticia y la corrupción cobraron fuerza entre ellos. También tuvieron que sufrir las consecuencias de ello.

La exhortación de Hazrat Musa (la paz sea con él) para proteger a los Banu Israel de la decadencia

En el versículo 7 de la sura Ibrahim, Hazrat Musa (la paz sea con él) les exhortó así: «Y recordad que vuestro Señor había anunciado: “Si sois agradecidos, os colmaré de abundantes bienes; pero si sois ingratos con Mis favores, tendréis de Mi parte un castigo severo”». (Esta exhortación era necesaria porque, después de que Allah colmara a los Banu Israel de bienes, ellos continuaron manifestando desobediencia e ingratitud una y otra vez. Hazrat Musa, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, intentó reformarlos y los animó a arrepentirse. No carecía de fundamento sospechar que, si alcanzaban la cumbre de la conquista de Palestina, Satanás los sumiría fácilmente en la desobediencia. Por ello se llamó su atención sobre este principio de Allah, que se manifiesta en forma de desobediencia de las naciones que han recibido riquezas. —Los compiladores)

La explicación detallada del discurso pronunciado sobre este tema aparece citada en el quinto libro de la Torá, dentro de la Biblia. Poco antes de su muerte, Hazrat Musa (la paz sea con él), en este discurso, pidió a los Banu Israel que recordaran los acontecimientos importantes de su historia. Luego repitió, tomándolas del libro de la Torá, las instrucciones que habían sido transmitidas por medio de él a los Banu Israel. Después pronunció un largo discurso. —- Algunas partes de su discurso son sumamente conmovedoras e instructivas. A modo de ejemplo, a continuación se citan algunas de ellas:

Pero si no escuchas la voz del Señor tu Dios y no observas cuidadosamente todos los mandamientos y estatutos que hoy te ordeno, todas estas maldiciones caerán sobre ti y te alcanzarán. Serás maldito en la ciudad y serás maldito en el campo. —— En cualquier tarea que emprendas, el Señor enviará sobre ti maldición, angustia y reprensión. —- Hasta que seas exterminado de la tierra que vas a ocupar, el Señor te entregará a la peste. —- El cielo sobre tu cabeza será de bronce y la tierra debajo de ti será como hierro. —- El Señor hará que seas derrotado ante tus enemigos; irás contra ellos por un camino, pero huirás de su presencia por siete caminos. Tu hija se casará contigo, pero otro hombre se acostará con ella. Construirás una casa, pero no podrás habitar en ella; plantarás una viña, pero no disfrutarás de su fruto. Tu ganado será degollado ante tus ojos; — los enemigos que el Señor enviará contra ti te harán servirles mientras padeces hambre, sed, desnudez y carencia de todo, y hasta que Él te destruya, tus enemigos pondrán sobre tu cuello un yugo de hierro. — Y el Señor te dispersará entre todas las naciones, de un extremo de la tierra hasta el otro. —(28:15-16) (Sura Taha, notas, 53-54)

El llamamiento reformador de Hazrat Josué

Setenta años después de la salida de Egipto (cuando los Banu Israel se entregaron a la adoración idolátrica, nota de los compiladores), de las palabras pronunciadas por Hazrat Josué hijo de Nun, primer califa de Hazrat Musa (la paz sea con él), en su último discurso ante la asamblea, puede deducirse fácilmente hasta qué punto la vida de esclavitud en Egipto había deformado la mentalidad de los Banu Israel. Su discurso fue el siguiente:

Por tanto, temed ahora al Señor, servidle con integridad y verdad, y apartad a los dioses a los que sirvieron vuestros antepasados al otro lado del río Éufrates y en Egipto; servid al Señor. Y si os parece mal servir al Señor, escoged hoy a quién serviréis; —- pero yo y mi familia serviremos a mi Señor. —Josué 24:14-15

De esto se puede deducir que, incluso después de vivir durante cuarenta años bajo la guía de Moisés (la paz sea con él) y durante veintiocho años bajo la guía y formación de Josué, este pueblo no pudo eliminar de su mente y de su corazón aquellas influencias que se habían extendido hasta su médula durante la época de obediencia al Faraón. (La deformación de la naturaleza y el carácter cobarde de este pueblo han sido descritos detalladamente en el Noble Corán. Su renuencia a responder en Egipto a la prédica de Moisés (la paz sea con él); la adoración del becerro bajo la influencia de Samirí inmediatamente después de ser liberados de Egipto; sus repetidas preguntas, en lugar de aceptar sinceramente la orden de Moisés (la paz sea con él) de sacrificar una vaca; exigir alimentos ordinarios de la ciudad en vez de expresar gratitud por recibir gratuitamente el maná y las codornices como una bendición de Allah en el desierto del Sinaí; negarse a obedecer las órdenes durante la yihad; violar las disposiciones del día de sábado; alterar el Libro de Allah; asesinar a los profetas y atribuirles falsamente acusaciones, impartiendo conocimientos a cambio de dinero; ocultar la verdad; en suma, toda la historia de los hijos de Israel está marcada por estas manchas. —Los compiladores

Después de la conquista de Palestina

Cuando, tras la muerte de Moisés (la paz sea con él), los hijos de Israel entraron en Palestina, allí vivían diversos pueblos: los hindeos, los amorreos, los cananeos, los heveos, los jebuseos, los filisteos y otros. Entre ellos estaba extendida una forma sumamente degradada de politeísmo. Toda la divinidad estaba repartida entre numerosos dioses y diosas. A estos dioses y diosas se les atribuían calificativos y actos tan abominables que incluso las personas moralmente más depravadas no deseaban relacionarse con ellos. En su sociedad, el sacrificio de niños era una práctica generalizada. Sus lugares de culto se habían convertido en centros de adulterio. Se consideraba parte de la adoración convertir a las mujeres en diosas, mantenerlas en los lugares de culto y cometer adulterio con ellas.

En las instrucciones que, por medio de Moisés (la paz sea con él), se habían dado a los hijos de Israel en la Torá, se decía claramente que debían destruir a aquellos pueblos y arrebatarles Palestina, así como mantenerse alejados de vivir con ellos y de sus defectos morales y doctrinales.

Pero, al entrar en Palestina, los hijos de Israel olvidaron estas instrucciones. No establecieron un Estado unido. Se entregaron al fanatismo tribal. Cada tribu prefería separarse y tomar una parte de los territorios conquistados. (Las tribus entre las que se dividió el pequeño territorio de Palestina eran: la tribu de Judá, la de Simeón, la de Dan, la de Benjamín, la de Efraín, la de Rubén, la de Gad, la de Manasés, la de Isacar, la de Zabulón, la de Neftalí, la de Aser y otras. —Investigación del autor).

Debido a esta separación, ninguna de sus tribus era lo bastante poderosa como para mantener completamente purificada su propia zona de los politeístas. Finalmente, aceptaron coexistir con ellos. La primera consecuencia que tuvieron que sufrir fue que, por medio de aquellos pueblos, el politeísmo penetró entre ellos y, junto con él, se abrieron las puertas a toda clase de inmundicia y corrupción moral. (La segunda consecuencia que tuvieron que sufrir fue que aquellos pueblos a los que se había dejado conservar independientemente sus ciudades-Estado, junto con los filisteos —cuyo territorio entero permanecía sin conquistar—, formaron una alianza contra los hijos de Israel y lanzaron ataques repetidos, arrebatándoles grandes extensiones de territorio. Incluso les quitaron el Arca del Pacto de Allah. Finalmente, los hijos de Israel comprendieron la necesidad de establecer un reino unido bajo un solo gobernante. Los tres gobernantes de este reino unido fueron Saúl, David (la paz sea con él) y Salomón (la paz sea con él). Estos gobernantes llevaron a cabo las tareas que los hijos de Israel habían dejado inconclusas después de Moisés (la paz sea con él). —Autor, 437 (Sura Ibrahim, nota 12)

Según se sabe por la Biblia, hasta la época de Saúl las ciudades de Sidón, Tiro, Dor, Meguido, Bet-semes, Gezer, Jerusalén y otras estaban en manos de los politeístas, y la civilización idólatra de estas ciudades ejercía una enorme influencia sobre los hijos de Israel. Además, en las fronteras de las tribus israelitas se habían establecido Estados sumamente poderosos de filisteos, edomitas, moabitas y ammonitas. Estos lanzaban ataques sucesivos y arrebataban vastas zonas a los israelitas. Finalmente, la situación llegó a tal extremo que los hijos de Israel habrían sido expulsados de allí agarrándolos por las orejas, si Allah Todopoderoso no hubiera reunido a los israelitas bajo el liderazgo de Saúl en el momento oportuno. (Sura Al-A‘raf, nota 98)

La época de la primera calamidad de los hijos de Israel

Después de Hazrat Sulaimán, los israelitas quedaron terriblemente dominados por la codicia y el afán mundano. Se enfrentaron entre sí y establecieron dos reinos separados. En el norte de Palestina y el este del Jordán se estableció el Estado de Israel. Finalmente, su capital fue fijada en Samaria. En el sur de Palestina y la región de Edom se estableció el Estado de Judea. Jerusalén se convirtió en su capital. Desde el primer día comenzó entre estos dos Estados una intensa rivalidad, discordia y conflicto, que continuó hasta el final.

Entre ellos, los gobernantes y habitantes del Estado de Israel fueron los primeros y los más profundamente influidos por las creencias politeístas y la corrupción moral de las naciones vecinas. Hazrat Elías y Hazrat Eliseo, la paz sea con ambos, hicieron todo lo posible para detener esta oleada. Pero aquella nación no volvió atrás del camino de decadencia por el que se precipitaba. Finalmente, la ira de Dios cayó sobre los israelitas en la forma de los asirios, y hasta el siglo IX a. C. continuaron los incesantes ataques de los asirios, victoriosos sobre Palestina.

En el año 620 a. C., Sargón, el despiadado gobernante de Asiria, conquistó Samaria y puso fin al Estado de Israel.

El segundo Estado de los Hijos de Israel, establecido en el sur de Palestina con el nombre de Judea, también cayó muy pronto, después de Hazrat Sulaimán, en el politeísmo y la inmoralidad.

Aunque los asirios también lanzaron continuos ataques contra este Estado, como habían hecho contra el Estado de Israel, destruyeron sus ciudades y sitiaron su capital, el Estado no llegó a su fin a manos de los asirios. Solo permaneció como un aliado tributario. Finalmente, en el año 587 a. C., el rey de Babilonia, Nabucodonosor, lanzó un ataque a gran escala y convirtió en ruinas todas las ciudades grandes y pequeñas de Judea. Arrasó Jerusalén y el Templo de Salomón de tal manera que no quedó en pie ni uno solo de sus muros. Expulsó de su región a gran número de judíos y los dispersó por distintos países. (Sura Al-Isra, nota 7)

Otra oportunidad concedida por Dios

Después de la victoria de los asirios, los habitantes de Samaria e Israel ya no pudieron recuperarse de la extrema decadencia de la fe, la doctrina y la moral. Sin embargo, entre los habitantes de Judea quedaron algunas personas. Entre los que permanecieron en Judea, continuaron trabajando por la reforma y la corrección, e inspiraron al arrepentimiento a los que habían sido exiliados en Babilonia y otras regiones. Después, la gracia de Dios vino en su ayuda. El Estado de Babilonia cayó. En el año 531 a. C., el conquistador iraní Ciro (Curs o Cosroes) conquistó Babilonia. En su segundo año promulgó un decreto por el que se permitía a los israelitas regresar a su país y reasentarse allí.

Ciro concedió a los judíos permiso para reconstruir el Templo de Salomón. Pero las tribus vecinas que se habían asentado en aquella región continuaron creando obstáculos durante algún tiempo. Finalmente, en el año 522 a. C., Darío I (Darā) nombró gobernador de Judea a Zorobabel, nieto del último rey de Judea. Bajo la supervisión del profeta Hageo, del profeta Zacarías y del sumo sacerdote Ishr, reconstruyó el Templo sagrado.

En ese tiempo, Uzair (la paz sea con él) realizó una gran labor para restablecer la religión del profeta Moisés (la paz sea con él). Reunió de todos los lugares a todas las personas honestas y benéficas del pueblo judío, y estableció una organización firme. Editó y publicó los libros de la Biblia, incluida la Torá. Organizó la educación religiosa de los judíos. Al aplicar las leyes de la Sharía, comenzó a corregir los defectos mentales y morales que habían penetrado entre los israelitas debido a la influencia de otros pueblos. Se obligó a los judíos a divorciarse de las mujeres politeístas con las que se habían casado. Se tomó nuevamente de los Hijos de Israel el juramento de adorar a Dios y obedecer Su ley. Ciento cincuenta años después, Bayt al-Maqdis volvió a poblarse y se convirtió en el centro de la religión y la civilización judías.

La dominación griega y el movimiento macabeo

Antíoco III conquistó Palestina en el año 198 a. C. Era el gobernante del reino seléucida y su capital era Antioquía. Este conquistador griego era politeísta en materia religiosa y además despótico. No toleraba la religión, la civilización ni la cultura judías. Para enfrentarse a ellas, ejerció presión política y económica y comenzó a expandir la civilización griega; incluso una gran parte de los propios judíos se convirtió en instrumento suyo. Esta injerencia externa provocó una división en el pueblo judío. Un grupo adoptó la vestimenta, la lengua, la organización social y los deportes griegos, mientras que el otro permaneció firme en su propia civilización.

Cuando Antíoco IV ascendió al trono en el año 157 a. C., quiso, mediante el uso de la fuerza despótica, desarraigar la religión y la civilización judías (aquí no se han mencionado las detalladas disposiciones que promulgó y que estaban dirigidas contra las creencias religiosas comunes de los judíos, sus actos de adoración, sus símbolos religiosos y los principios fundamentales de su organización social). Sin embargo, los judíos no se sometieron a esta tiranía. Por el contrario, entre ellos comenzó un gran movimiento que pasó a la historia con el nombre de revuelta macabea. Aunque los judíos influidos por los griegos mostraron simpatía por estos y colaboraron plenamente con los tiranos de Antioquía para sofocar la revuelta macabea, la fuerza espiritual de la devoción religiosa que Uzair había infundido en los judíos comunes era tan intensa que todos se unieron al bando de los macabeos. Finalmente expulsaron a los griegos y establecieron su Estado religioso. Este Estado subsistió hasta el año 67 a. C. Sus fronteras se expandieron hasta abarcar toda la región que en otro tiempo había estado bajo el dominio de los dos Estados de Judea e Israel. Además, obtuvieron una gran parte de Filistea que ni siquiera había podido ser conquistada en tiempos del profeta David (la paz sea con él). (Sura Al-Isra, nota 7)

La segunda calamidad y sus consecuencias

La inspiración religiosa y moral con la que se había desarrollado el movimiento macabeo comenzó a desaparecer gradualmente. La inspiración religiosa se redujo a la codicia por los bienes mundanos y a ceremonias externas carentes de espíritu. Finalmente surgió una división entre ellos y solicitaron la llegada a Palestina del conquistador romano Pompeyo. Por ello, Pompeyo se concentró en conquistar Palestina en el año 63 a. C., ocupó Bayt al-Maqdis y destruyó la independencia de los judíos. Sin embargo, la política permanente de los conquistadores romanos consistía en que, en lugar de gobernar directamente las regiones conquistadas, preferían nombrar gobernantes locales y lograr sus objetivos por medio de ellos. Por eso estableció en Palestina un Estado autóctono bajo su autoridad. Finalmente, en el año 40 a. C., este Estado pasó a manos de un astuto judío llamado Herodes. Se hizo famoso como Herodes el Grande. Por un lado, mantenía satisfechos a los judíos patrocinando a sus dirigentes religiosos y, por otro, satisfacía al césar promoviendo la civilización romana y mostrando el máximo grado de lealtad al Imperio romano. En aquella época, la decadencia religiosa y moral de los judíos llegó a su punto culminante.

En el año 41 d. C., los romanos nombraron a Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, gobernante de todos aquellos territorios que habían estado bajo el dominio de Herodes el Grande. Después de obtener el poder, Herodes Agripa desató una persecución extrema contra los seguidores del Mesías (la paz sea con él).

Para comprender correctamente la situación de los dirigentes religiosos judíos de aquella época, es necesario conocer la crítica que el profeta Jesús (la paz sea con él) les dirigió en su discurso.

Ante los ojos de esta nación, fue decapitado un hombre de carácter intachable como Hazrat Yahya (la paz sea con él). Pero nadie alzó la voz contra esta atrocidad. Después, toda la nación exigió la condena a muerte de Hazrat Isa (la paz sea con él). —Incluso cuando Poncio Pilato preguntó a aquellos desdichados: «Decidme, ¿debo liberar a Isa o a Barrabás, el ladrón?», todo el pueblo respondió al unísono: «¡Liberad a Barrabás!». Esto fue como la culminación de todas las pruebas y argumentos de parte de Allah contra esta nación.

Poco después comenzaron los enfrentamientos más graves entre los judíos y los romanos. Entre los años 164 y 166 d. C., los judíos proclamaron abiertamente la rebelión.——

Finalmente, el Imperio romano emprendió una severa acción militar, sofocó la rebelión y, en el año 70 d. C., Tito conquistó Jerusalén por la fuerza. En aquella ocasión, ciento treinta y tres mil personas murieron en la masacre. Setenta y seis mil fueron capturadas y convertidas en esclavas. Miles y miles de personas fueron enviadas por la fuerza a trabajar en las minas egipcias. En diversas ciudades, miles de personas fueron utilizadas para ser arrojadas ante animales feroces en los anfiteatros y los circos, o para convertirse en víctimas de los combates de espada. Se escogió a muchachas altas y hermosas para los vencedores. La ciudad de Jerusalén y el Templo quedaron reducidos a ruinas. Después, la influencia judía en Palestina desapareció de tal manera que durante dos mil años no tuvieron oportunidad de volver a levantar la cabeza. (Sura Al-Isra, nota 7)

Alteraciones en la Torá (la estructura del judaísmo se formó a partir de las modificaciones y adiciones que los predicadores, comentaristas, oradores y eruditos judíos incorporaron por su propia cuenta al Kalam de Allah en la Torá. —Los compiladores)

En el quinto libro de la Torá se cita el último discurso de Hazrat Musa (la paz sea con él), en el que se exige repetidamente a los hijos de Israel el siguiente juramento:

Grabad firmemente en vuestro corazón las instrucciones que os he transmitido; enseñádselas a las generaciones futuras; hablad de ellas al levantaros y al sentaros, al dormir y al despertar, y escribidlas en los dinteles de vuestras casas.

Después, en su testamento, dijo que, tras entrar en los límites de Palestina, la primera tarea de ellos sería colocar grandes piedras sobre el monte Ebal y grabar en ellas las instrucciones de la Torá.

Además, Hazrat Musa (la paz sea con él) entregó un ejemplar de la Torá a los hijos de Leví y les ordenó que, cada siete años, el día de la fiesta de los Tabernáculos, reunieran en distintos lugares a todos, hombres y mujeres, sin excluir a los niños, y les recitaran el Libro entero (la Torá), palabra por palabra. Sin embargo, a pesar de ello, la indiferencia de los hijos de Israel hacia el Libro de Allah aumentó gradualmente hasta tal punto que, setecientos años después de Hazrat Musa (la paz sea con él), ni el heredero del Templo de Salomón ni el gobernante judío de Jerusalén sabían siquiera que poseían un libro llamado la Torá.

El mayor defecto de los eruditos judíos era que, en lugar de distribuir el conocimiento del Libro de Alá, lo mantenían oculto dentro de una clase particular de rabinos y comerciantes de la religión, y lo mantenían alejado incluso del contacto del pueblo judío en general, por no hablar de la gente común. Luego, cuando, debido a la ignorancia general, la corrupción comenzó a extenderse entre ellos, los eruditos no solo no intentaron reformarlos y corregirlos, sino que, para conservar su popularidad entre el pueblo, otorgaban, mediante sus palabras y actos o por medio de su silencio, un certificado de legitimidad a los extravíos y las innovaciones religiosas que se difundían entre la gente. (Sura Al-Isra, nota 9)

No solo cambiaron a su antojo el significado de la Palabra divina, sino que mezclaron con ella, en la Biblia, sus propias interpretaciones, la historia nacional, las supersticiones y las conjeturas, las filosofías imaginarias y las leyes formuladas según sus propios pensamientos. (Según el Corán, la situación de los eruditos judíos era la siguiente: la mayoría de los sabios, ascetas y derviches judíos se apropiaban ilegalmente de las riquezas de la gente y la apartaban del camino de Alá (Sura At-Tawba: 34). Los opresores vendían dictámenes religiosos, aceptaban sobornos, saqueaban las ofrendas votivas y creaban prácticas religiosas de tal índole que la gente pudiera comprarles sus argumentos. Nada relacionado con su vida, su muerte o su matrimonio podía realizarse sin complacerlos, y la gente los consideraba los encargados de determinar su destino. Y no solo eso, sino que, por interés propio, aquellos comerciantes de la religión envolvían a la gente en las redes del extravío. Si se alzaba alguna voz en favor de la verdad, se empeñaban, antes que nadie, en tender sus redes de engaño para cerrarle el camino.) Presentaban todo esto ante la gente como si hubiese venido de parte de Alá. Toda filosofía histórica, toda interpretación de los comentaristas, toda concepción y creencia sobre Alá de los eruditos filósofos y toda investigación jurídica de los expertos en las Escrituras encontraron un lugar en la Biblia, y todo ello se convirtió en la Palabra de Alá. Era obligatorio creer en ello, y apartarse de ello significaba apartarse de la religión.

Según sabemos, los cinco libros del Antiguo Testamento (Pentateuco) no son la Torá verdadera. La Torá verdadera ha desaparecido de la faz de la tierra. El propio Antiguo Testamento ofrece apoyo a esta doctrina. Por él sabemos que el profeta Moisés (la paz sea con él), al final de su vida, compiló la Torá con la ayuda del profeta Josué y la depositó en un arca (Génesis 31:24-27). Después de su muerte, cuando en el siglo VI antes de Cristo Nabucodonosor incendió Bayt al-Maqdis, también ardió aquella arca sagrada, junto con los libros que los reformadores de su ley habían redactado después del profeta Moisés (la paz sea con él). Doscientos o doscientos cincuenta años después de esta destrucción, el profeta Uzair (la paz sea con él), según el relato de la propia Biblia, volvió a redactar este libro con la ayuda de la inspiración celestial y en colaboración con los sacerdotes y clérigos de los Hijos de Israel. Pero el curso del tiempo tampoco permitió que este libro recién redactado permaneciera en su estado original. Cuando la oleada de las conquistas universales de Alejandro Magno se extendió por Oriente Medio junto con el Imperio griego, llevando consigo las ciencias, los conocimientos y la literatura, en el año 280 antes de Cristo todos los libros de la Torá fueron traducidos al griego. Después, poco a poco, las copias hebreas fueron abandonadas y la traducción griega pasó a ser la que circulaba. Por consiguiente, la cadena de transmisión de la Torá que hoy tenemos ante nosotros no llega de ningún modo hasta el profeta Moisés (la paz sea con él). Pero esto no significa que en la Torá actual no se conserve ninguna parte de la Torá verdadera ni que sea enteramente una falsificación. Lo que en realidad queremos decir es que en esta Torá se ha mezclado mucho más con la Torá original. Y tampoco es imposible que muchas partes de la Torá original no hayan sido incorporadas en ella. Si hoy alguien estudia este libro con profunda perspicacia, sentirá claramente que en él se han mezclado de tal manera la palabra de Alá con las interpretaciones de los eruditos judíos, la historia nacional de los Hijos de Israel, las investigaciones jurídicas de los expertos israelitas en las Escrituras y muchas otras cosas, que resulta sumamente difícil separar y distinguir la palabra de Alá de todo ello. Resulta sumamente difícil separar y distinguir la palabra de Alá de todo ello.

Al mismo tiempo, queremos dejar claro que, desde la perspectiva del Corán, la religión de la Torá era la misma que la religión del Corán; y, así como Muhammad (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) era un profeta del islam, también el profeta Moisés (la paz sea con él) era un profeta del islam. Al principio, los Hijos de Israel seguían precisamente esta religión. Pero más tarde, introduciendo en la religión original muchos cambios y alteraciones conforme a sus propios deseos, elaboraron bajo el nombre de judaísmo un nuevo sistema religioso. (Es decir, la Torá actual no es el islam traído por el profeta Moisés (la paz sea con él), sino la manifestación del judaísmo, la forma distorsionada de esa religión del islam. —Los compiladores—) (Sura Al-Baqara, nota 16)

En realidad, por Torá se entienden aquellas instrucciones que fueron reveladas a Hazrat Musa (a.s.) durante aproximadamente cuarenta años, desde el comienzo de su profecía hasta su muerte. Entre ellas había diez mandamientos que le fueron entregados grabados en tablas de piedra. Hazrat Musa hizo que se escribieran las instrucciones restantes y preparó doce copias, que distribuyó entre las doce tribus de los Hijos de Israel. También entregó una copia a los hijos de Leví, para que pudieran conservarla. El nombre de este libro es la Torá. Fue conservado como un libro permanente hasta la primera destrucción de Bayt al-Maqdis. La copia entregada a los hijos de Leví fue colocada, junto con las tablas de piedra, en el Arca de la Alianza. Los Hijos de Israel lo conocían precisamente como la Torá. Su negligencia hacia ella llegó a tal extremo que, durante el reinado del rey Josías de Judea, cuando se reparaba el Templo de Salomón, el sumo sacerdote (es decir, el sustituto del encargado del Templo y el principal dirigente religioso de la nación) encontró de repente el libro de la Torá guardado en un lugar. Considerándolo algo asombroso, se lo entregó al escriba real. A su vez, el escriba lo presentó ante el rey como si se hubiera descubierto algo extraordinario. Por eso, cuando Nabucodonosor conquistó Jerusalén y convirtió toda la ciudad, incluido el Templo, en ruinas, los pocos ejemplares del verdadero libro de la Torá de los Hijos de Israel, que había sido olvidado, desaparecieron para siempre. Después, en la época de Uzair, cuando los supervivientes de los Hijos de Israel fueron liberados del cautiverio babilónico, regresaron a Jerusalén y se reconstruyó Bayt al-Maqdis, Uzair compiló, con la ayuda de algunos ancianos de la nación, toda la historia de los Hijos de Israel. Actualmente está incorporada en los primeros diecisiete libros de la Biblia. En cuatro libros de esta historia —el segundo libro (Éxodo), el tercero (Levítico), el cuarto (Números) y el quinto (Deuteronomio)— se narra la vida de Hazrat Musa; asimismo, las palabras de la Torá que llegaron a manos de Hazrat Uzair y de los ancianos que lo ayudaban fueron incorporadas, en el lugar correspondiente de esta biografía, siguiendo el orden cronológico de su revelación. Ahora bien, el conjunto de las partes de la Torá que aparecen dispersas y fragmentadas en la historia de la vida de Musa es lo que se llama Torá. El indicio para reconocerlas es que, cuando el autor de la biografía dice, durante la narración histórica, «Dios dijo esto a Musa» o «Musa dijo: “Esto dice vuestro Dios”», allí comienza una parte de la Torá. Cuando vuelve a comenzar el relato biográfico, comienza otra parte de la Torá. Y cuando vuelve a iniciarse el relato de la vida, termina una parte de la Torá. En los pasajes intermedios, donde los autores de la Biblia añadieron sus comentarios y explicaciones, resulta muy difícil para la gente común determinar si se trata de una parte de la Torá original o de una explicación y comentario suyo. Esta Torá alterada es la fuente del judaísmo. Pero lo instructivo es que los judíos nunca intentaron establecer la Torá tal como era y en su forma original. Tampoco difundieron fielmente sus instrucciones ni las pusieron en práctica. Por eso el Corán planteó la pregunta. (Árabe *****) (Sura al-Baqara, nota 90)

La situación religiosa y social de los judíos en la época de la llegada del Profeta Muhammad (s.a.s.)

No existe una historia fiable de los judíos de Arabia

En ningún lugar del mundo existe una historia fiable de los judíos de Arabia. No dejaron escrito en ningún libro ni en ninguna inscripción un relato que pudiera arrojar luz sobre su pasado. Tampoco los mencionó ningún historiador ni autor judío de fuera de Arabia. Por ello se dice que, después de llegar a tierras árabes, se separaron de los miembros de su propio pueblo, de modo que los judíos del mundo no los consideraban en absoluto parte de los suyos. Esto se debió a que habían abandonado incluso la lengua, la civilización y los nombres hebreos, y habían adoptado el modo de vida árabe. En las ruinas del Hiyaz se han encontrado inscripciones, pero en ellas no aparece ningún rastro de judíos anterior al siglo I de la era cristiana; solo se encuentran algunos nombres judíos. Por ello, la mayor parte de la historia de los judíos de Arabia depende de las leyendas difundidas entre los árabes, y una parte de ellas fue propagada por los propios judíos.

Los judíos del Hiyaz afirmaban que fueron los primeros en establecerse aquí, al final de la época de Hazrat Musa (a.s.). Relataban su historia de la siguiente manera: Hazrat Musa envió un grupo de soldados para expulsar a los amalecitas de Yathrib. También les ordenó que no dejaran vivo a ningún miembro de aquel pueblo. Ese grupo de soldados de los Hijos de Israel llegó aquí y cumplió la orden del profeta. Sin embargo, un joven hijo del rey de los amalecitas era muy apuesto. Lo dejaron con vida y regresaron con él a Palestina. Para entonces Hazrat Musa (a.s.) ya había fallecido. Sus sucesores criticaron severamente el hecho y dijeron que dejar vivo a un amalecita era completamente contrario al mandato del profeta y a las normas de la sharía. Por esta razón expulsaron a aquellos soldados de su grupo, y estos tuvieron que regresar a Yathrib y establecerse allí. —Kitab al-Aghani, tomo 19, pág. 94.

Así, los judíos afirmaban que se habían establecido aquí mil doscientos años antes de Hazrat Isa (a.s.). Sin embargo, no existe ninguna prueba histórica de ello. Probablemente los judíos inventaron esta historia para ejercer influencia y autoridad sobre los árabes, presentándose como descendientes de un linaje antiguo y noble.

Según sus propios relatos, la segunda migración de los judíos tuvo lugar en el año 587 a. C., cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, destruyó Bayt al-Maqdis y dispersó a los judíos por todo el mundo. Los judíos de Arabia decían que, en aquella época, sus diversas tribus llegaron a tierras árabes y se establecieron en Wadi al-Qura, Tayma y Yathrib (Futuh al-Buldan, al-Baladhuri). Pero tampoco existe ninguna prueba histórica de ello. Probablemente también pretendían demostrar así su antigüedad.

La verdad demostrada es que, en el año 77 de la era cristiana, cuando los romanos masacraron en masa a los judíos de Palestina y luego, en el año 102, los expulsaron de allí, muchas tribus judías huyeron y buscaron refugio en el Hiyaz. Como esta era una región contigua al sur de Palestina, después de llegar se quedaron en todos los lugares donde encontraron manantiales y tierras fértiles y bien irrigadas. Luego, gradualmente, extendieron su influencia y autoridad sobre la región mediante conspiraciones y el negocio de la usura. Fue entonces cuando establecieron su dominio sobre Aylah, Maqna, Tabuk, Tayma, Wadi al-Qura, Fadak y Jaibar. Las tribus de Banu Qurayza, Banu Nadir, Banu Bahdal y Banu Qaynuqa, entre otras, también ocuparon Yathrib en aquella época.

Entre los colonos de Yathrib, las tribus de Banu Nadir y Banu Qurayza eran las más célebres, porque pertenecían a la clase de sacerdotes y clérigos. Entre los judíos eran consideradas nobles. Dentro de su propio pueblo poseían la autoridad de un Estado religioso. Cuando se establecieron en Medina, allí vivían algunas tribus árabes. Tras derrotarlas, se apoderaron de aquellas tierras fértiles y bien regadas. Aproximadamente tres siglos después, en el año 450 o 451 de la era cristiana, ocurrió en Yemen una gran inundación, mencionada en el segundo rukū de la sura Saba. Debido a esta inundación, varias tribus del pueblo de Saba se vieron obligadas a abandonar Yemen y dispersarse por distintas regiones de Arabia. Entre ellas, los gassaníes se establecieron en Siria, los lakhmíes en Hira (Irak), Banu Juzāʿa en la región situada entre Yeda y La Meca, y Aws y Jazray en Yathrib. Puesto que los judíos habían establecido su dominio sobre Yathrib, al principio no dieron a Aws y Jazray ninguna oportunidad de afirmarse. Estas dos tribus árabes se vieron obligadas a vivir en terrenos estériles. Entonces trajeron un grupo de soldados y quebrantaron el poder de los judíos. Así, la autoridad plena sobre Yathrib pasó a Aws y Jazray. Las dos grandes tribus judías, Banu Nadir y Banu Qurayza, se vieron obligadas a trasladarse fuera de la ciudad. La tercera tribu, Banu Qaynuqa, debido a su enemistad con aquellas dos tribus, permaneció dentro de la ciudad. Sin embargo, para poder quedarse allí tuvo que ponerse bajo la protección de la tribu de Jazray. En cambio, Banu Nadir y Banu Qurayza buscaron la protección de la tribu de Aws, para poder vivir seguras en los suburbios de Yathrib.

La situación de los judíos en la época de la aparición del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)

La situación de los judíos en general en el Hiyaz, y particularmente en Yathrib, desde antes de la llegada del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a Medina hasta el comienzo de la Hégira era la siguiente:

En todos los aspectos —vestimenta, idioma, civilización y cultura— estaban impregnados del modo de ser de los árabes. Incluso los nombres de la inmensa mayoría de ellos se habían vuelto árabes. De las doce tribus judías que se establecieron en el Hiyaz, ninguna tenía un nombre hebreo, salvo Banu Zawra. A excepción de unos pocos de sus eruditos, nadie conocía siquiera la lengua hebrea. En la poesía de los poetas judíos de la época de la ignorancia preislámica que ha llegado hasta nosotros, no se aprecia, en su lenguaje, visión ni temática, ninguna característica que la distinga de la poesía de los poetas árabes. También se establecieron vínculos matrimoniales entre ellos y los árabes. En realidad, entre ellos y los árabes comunes no había ninguna diferencia aparte de la religión; pero, aun así, no se fundieron con los árabes y mantuvieron estrictamente su fanatismo judío. Adoptaban externamente la identidad árabe porque, de otro modo, no habrían podido vivir en Arabia.

Ilustración: ——————–

Debido a que adoptaban esta identidad árabe, los orientalistas cayeron en la confusión de pensar que quizá no eran israelitas, sino árabes seguidores del judaísmo o, al menos, que la mayoría de ellos eran judíos árabes. Sin embargo, no existe ninguna prueba histórica de que los judíos hubieran realizado alguna vez labores de proselitismo religioso en el Hiyaz, ni de que sus eruditos hubieran llamado a los árabes al judaísmo, como lo hicieron los sacerdotes y misioneros cristianos. Por el contrario, vemos entre ellos un fanatismo feroz por su identidad israelita y un orgullo y arrogancia basados en su linaje. Llamaban a los árabes ummiyyūn. Ummī no significa analfabeto, sino salvaje y bárbaro. Su creencia era que los derechos humanos que merecían los israelitas no los merecían esos ummiyyūn. Para los israelitas era lícito y puro saquear, por medios lícitos o ilícitos, las riquezas y bienes de estos. No consideraban a los árabes comunes, aparte de sus jefes, suficientemente dignos como para ser convertidos al judaísmo y recibir la misma dignidad. No se encuentra ninguna prueba histórica, ni existe testimonio alguno en la tradición árabe, de que una tribu árabe o una gran familia hubiera adoptado el judaísmo. Sin embargo, sí se encuentran menciones de algunos individuos que se hicieron judíos. Además, en lugar de interesarse por propagar la religión, los judíos solo mostraban interés por el comercio. Por ello, el judaísmo no se difundió en el Hiyaz como religión. Lo único que prosperó fue el orgullo y la arrogancia de algunas tribus israelitas. No obstante, los eruditos y santones judíos mantenían muy lucrativo el negocio de los amuletos, los presagios y la magia, por lo que sus conocimientos y prácticas ejercían influencia sobre los árabes. (Al-Yihād fī al-Islām, pp. 380-382)

Su situación económica

En comparación con las tribus árabes, su situación económica era muy sólida. Puesto que procedían de las regiones más civilizadas de Palestina y Siria, conocían muchas técnicas y habilidades que los árabes ignoraban. También mantenían relaciones comerciales con el mundo exterior. Por estas razones, estaban en sus manos tanto la importación de los cereales que llegaban a Yathrib y al norte del Hiyaz como la exportación de los dátiles desde allí. Controlaban la mayor parte de la cría de aves de corral y de la pesca. También fabricaban tejidos. En distintos lugares mantenían tabernas, e importaban vino de Siria para venderlo allí. La mayoría de los miembros de Banu Qaynuqa trabajaban como orfebres, herreros y fabricantes de recipientes. En estos negocios y actividades comerciales, los judíos practicaban una usura desmedida. Pero su negocio más importante era el interés. Habían atrapado en sus redes de usura a los habitantes árabes de los alrededores. En particular, los jeques y jefes de las tribus árabes estaban afectados por la enfermedad de endeudarse para exhibir su esplendor y su poder. Así quedaban atrapados en las redes de deuda de los judíos. Estos prestaban dinero a tasas usurarias elevadas, y luego el prestatario quedaba tan enredado en el interés compuesto que le resultaba muy difícil liberarse. De este modo, habían dejado a los árabes completamente vaciados en el aspecto económico. La consecuencia natural era que, por lo general, los árabes sentían odio hacia ellos. Sus intereses comerciales y económicos exigían que no se convirtieran en amigos de unos árabes y enemigos de otros, ni participaran en sus disputas mutuas. Pero, por otro lado, esos mismos intereses exigían que no se permitiera a los árabes permanecer unidos, sino que se los mantuviera ocupados luchando y disputando unos contra otros. Sabían que, si las tribus árabes se unían, ya no les permitirían conservar las enormes propiedades, huertos y tierras fértiles de las que se habían apoderado mediante sus negocios usurarios. Además, para garantizar su propia seguridad, cada tribu necesitaba que alguna tribu poderosa impidiera que se le atacara. Por ello, no solo tenían que participar en las luchas entre las tribus árabes, sino que muchas veces una tribu judía se unía a su tribu árabe aliada para luchar contra otra tribu judía, junto con la tribu de Jazray. Poco antes de la Hégira, en la sangrienta batalla que tuvo lugar entre Aws y Jazray en un lugar llamado Buʿāth, combatieron junto a sus respectivos aliados. (Tafhīm al-Qurʾān, sura Āl ʿImrān, nota 2)

La apariencia externa ostentosa de piedad

Los judíos creían en el tawhid, la risalat, la revelación, el Más Allá y los ángeles. También aceptaban las disposiciones de la sharía que habían sido reveladas por parte de Allah a su profeta, el honorable Musa (la paz sea con él). En principio, su religión también era el islam, cuya enseñanza impartía el profeta Muhammad (la paz sea con él). Sin embargo, varios siglos de decadencia los habían alejado mucho de la religión original. (Para entonces habían transcurrido aproximadamente diecinueve siglos desde la desaparición de Musa (la paz sea con él). Según la historia israelita, el honorable Musa (la paz sea con él) falleció en 1272 a. C., mientras que el profeta Muhammad (la paz sea con él) recibió la dignidad de la profecía en el año 610 d. C. —el autor—.)

Intentaban impedir que él tuviera éxito en su labor reformadora. En realidad, eran musulmanes desviados. Debido a la innovación religiosa, la distorsión de la verdad, la preocupación excesiva por cuestiones minuciosas, el sectarismo, el abandono de los asuntos importantes para perder el tiempo en cuestiones innecesarias (masticar huesos después de tirar el cerebro), la inmersión en la codicia y los deseos mundanos olvidando a Allah, y otras causas semejantes, su decadencia llegó a tal extremo que incluso olvidaron su verdadero nombre, musulmanes, y, en vez de llamarse musulmanes, permanecieron simplemente como judíos. Convirtieron la religión de Allah en una propiedad heredada de la estirpe israelita. (Sura Al-Hashr, introducción)

Fanatismo religioso y tribal

Los judíos sostenían que la honradez, la integridad, la honestidad y la lealtad debían observarse únicamente en las relaciones mutuas entre judíos. No había ningún inconveniente en apropiarse de los bienes de quienes no fueran judíos. Esto no era solamente una concepción fruto de la ignorancia del pueblo judío; en realidad, todo el sistema religioso del judaísmo fue elaborado de tal manera que, en las cuestiones morales, establece a cada paso una diferencia entre Israel y los no israelitas: una misma cosa que es ilícita para los israelitas es lícita para los demás. La misma cosa que es un derecho de los israelitas no es un derecho de los no israelitas. Por ejemplo, la instrucción de la Biblia dice: «Podrás exigirlo de los extranjeros, pero tu mano perdonará lo que tengas de tu hermano». (Deuteronomio 15:3). En un lugar se prohíbe cobrar intereses. Pero se permite prestar con intereses a un extranjero, mientras que no se debe prestar con intereses al propio hermano. (Deuteronomio 23:20). En otro lugar está escrito: «Si alguien roba a una persona de entre sus hermanos, los hijos de Israel, y la trata como esclava o la vende, y es descubierto, ese ladrón será ejecutado». (Deuteronomio 24:7). En el Talmud se dice que, si un buey de los israelitas cornea al buey de un no israelita, no hay que pagar ninguna indemnización. Pero si el buey de un no israelita hiere al buey de un israelita, hay que pagar una indemnización. Si alguien ve en algún lugar algo que yace abandonado, debe averiguar a qué gente pertenece el asentamiento vecino. Si pertenece a israelitas, debe anunciarlo. Si pertenece a no israelitas, debe quedarse con el objeto. El rabino Ismael dice: si llega ante el cadí un litigio entre un ummí y un israelita, y el cadí puede hacer prevalecer al hermano religioso conforme a la ley israelita, debe hacerlo prevalecer y decir que se ha decidido según su ley. Y si puede hacerlo prevalecer en el litigio conforme a la ley de los ummíes, debe hacerlo prevalecer y decir: «Esto se ha hecho conforme a vuestra ley». Pero si no puede hacerlo prevalecer según ninguna de las dos leyes, debe emplear cualquier artimaña para hacerlo ganar el litigio. El rabino Samuel dice: hay que aprovecharse de cada error de los no israelitas. (Sura Al-Hashr, introducción)

Aferrarse a los detalles dejando de lado lo esencial

Los eruditos judíos observaban con gran esmero los asuntos menores de la sharía. Más bien, dedicaban todo su tiempo al análisis minucioso y exhaustivo de cuestiones secundarias. Sus doctores de la ley, después de mucha reflexión, habían establecido dictámenes sobre esos detalles. Pero el shirk era para ellos un asunto tan insignificante que no pensaban en protegerse de él ni intentaban proteger al pueblo de las ideas y prácticas politeístas. Tampoco les remordía la conciencia entablar amistad con los politeístas y prestarles ayuda y apoyo. (Sura Al-Baqara, introducción)

La distorsión de la sharía en favor de las personas nobles

La manera en que los judíos se apartaron de los preceptos de su religión queda ilustrada por el caso que los judíos de Jaibar presentaron ante el Profeta (la paz sea con él) para que lo resolviera. El caso era el siguiente: una mujer de una familia noble de Jaibar había mantenido una relación sexual ilícita con un hombre. Según la Torá, su castigo era el rajm, es decir, la muerte por lapidación (Deuteronomio 22:23-24). Pero los judíos no querían aplicar ese castigo. Por ello, deliberaron entre ellos y decidieron reconocer al Profeta Muhammad (la paz sea con él) como árbitro en este caso. Si emitía un veredicto distinto del rajm, lo aceptarían; pero si dictaminaba el rajm, no lo aceptarían. Entonces presentaron el caso ante el Profeta. Él ordenó que fueran lapidados, pero ellos se negaron a aceptarlo. El Profeta (la paz sea con él) les preguntó: «¿Cuál es el castigo de este delito en vuestra religión?». Respondieron: «Azotar al culpable, ennegrecerle el rostro con cal y hacerlo montar de espaldas sobre un asno». El Profeta (la paz sea con él) preguntó bajo juramento a sus sabios: «¿Acaso la Torá establece este castigo para el adúltero y la adúltera casados?». Ellos volvieron a responder con mentiras. Sin embargo, un hombre llamado Ibn Suriyya era, según el propio testimonio de los judíos, el mayor sabio de la Torá de aquel tiempo, y permanecía callado. El Profeta (la paz sea con él) se dirigió a él y le dijo: «Te pregunto, poniéndote por Dios, que os liberó de las manos del Faraón y que os dio la ley religiosa en el monte Tur: ¿qué castigo está escrito realmente en la Torá para el adulterio?». Él respondió: «Si no me hubieras puesto bajo un juramento como este, no lo habría dicho. La verdad es que el castigo del adulterio es ciertamente el rajm. Pero cuando el adulterio se extendió en nuestra sociedad, nuestros gobernantes adoptaron la costumbre de dejar libre al noble que cometiera adulterio, mientras que al de clase baja que cometiera adulterio lo lapidaban. Después, cuando comenzó a crecer el descontento entre el pueblo, cambiaron la ley y establecieron que, después de azotar al adúltero o a la adúltera, se le ennegreciera el rostro con cal y se le hiciera montar de espaldas sobre un asno». (Sura Al Imrán, nota 64)

Alteración de lo lícito y lo ilícito de la ley religiosa

Cuando los judíos se rebelaron contra la ley religiosa revelada por Allah y se erigieron ellos mismos en legisladores de la ley religiosa, sometieron muchas cosas puras y lícitas a un análisis minucioso y quisquilloso. Entre ellas estaban los animales provistos de pezuñas, como el avestruz, el ganso, etcétera. En segundo lugar, la grasa del ganado vacuno y caprino. En la Biblia, la prohibición de estas dos clases de cosas fue incorporada a la Torá. Sin embargo, estas cosas no eran ilícitas en la Torá; fueron declaradas ilícitas después de Moisés (la paz sea con él). La historia también atestigua que la actual ley religiosa judía fue compilada por el rabino Yehuda hacia finales del siglo II de la era cristiana. (Sura An-Nisa, nota 80)

La actitud irracional de los judíos hacia el Profeta Muhammad

El Corán dice: Y ahora, cuando les llegó de parte de Allah un Libro, ¿qué clase de actitud mostraron hacia él? Aunque este Libro confirma la verdad de lo que ya tenían, y antes de su llegada pedían la victoria y la ayuda contra los incrédulos, cuando aquello que reconocían llegó ante ellos, se negaron a aceptarlo. — Sura Al Baqara: 89

Antes de la llegada del Profeta (la paz sea con él), los judíos esperaban ansiosamente a aquel Profeta cuya venida había sido anunciada por sus profetas. Rogaban que llegara pronto, pues entonces terminaría el dominio de los incrédulos y comenzaría su época de prosperidad. Los propios habitantes de Medina fueron testigos de que, antes de la llegada del Profeta Muhammad (la paz sea con él), los judíos contaban los días esperando al Profeta que habría de venir y repetían continuamente: «Está bien, haced todo el daño que queráis a quienes queráis. Cuando llegue ese Profeta, ya veremos qué hacemos con los opresores». Los habitantes de Medina escuchaban estas palabras. Por eso, cuando conocieron la realidad del Profeta (la paz sea con él), comenzaron a decirse unos a otros: «Mirad, no permitamos que estos judíos se nos adelanten. Vamos a creer en él antes que ellos». Pero lo sorprendente fue que aquellos mismos judíos que habían contado los días esperando al Profeta venidero se convirtieron, después de su llegada, en sus más encarnizados adversarios.

También se encontraron en aquella época diversas pruebas de esta afirmación coránica: «y lo reconocieron». El testimonio más fiable es el de la Madre de los Creyentes, la señora Safiyya (que Allah esté complacido con ella). Era hija de un célebre sabio judío y sobrina de otro sabio. Ella cuenta: «Cuando el Profeta (la paz sea con él) llegó a Medina, mi padre y mi tío fueron ambos a verlo y conversaron largo rato con él. Cuando regresaron a casa, los oí con mis propios oídos hablar así:

Tío: ¿Es realmente este el Profeta cuya buena nueva se nos anunció en nuestros libros?

Padre: Por Dios, así es.

Tío: ¿Crees en ello?

Padre: Sí, creo.

Tío: Entonces, ¿qué piensas hacer ahora?

Padre: Mientras tenga vida, seguiré oponiéndome a él y no le permitiré decir nada. (Ibn Hisham, tomo 2, pág. 165, nueva edición) (Sura Al-Maida, nota 70)

La instigación hostil de los judíos

Por lo general, los árabes eran iletrados. En comparación con ellos, la práctica de la educación estaba mucho más extendida entre los judíos. Entre estos había personalmente grandes eruditos cuya fama se había difundido incluso fuera de Arabia. Por ello, la influencia educativa de los judíos en Arabia era muy considerable. Además, sus sabios y sacerdotes reforzaban y ampliaban esa influencia mediante el esplendor externo de sus instituciones religiosas y el negocio de los exorcismos, los amuletos y los talismanes. En particular, los habitantes de Medina estaban muy influidos por ellos, pues en sus alrededores vivían grandes tribus judías y mantenían con ellas un trato continuo, día y noche. A través de esa convivencia estaban profundamente influidos, del mismo modo que una población iletrada suele verse influida por un vecino más instruido, más civilizado y dotado de destacadas figuras religiosas. En tales circunstancias, cuando el Profeta (la paz sea con él) se presentó como profeta y comenzó a predicar el islam, era natural que los iletrados acudieran a los judíos, la Gente del Libro, y les preguntaran: «Vosotros seguís a un profeta y observáis un Libro; decidnos: este hombre que, entre nosotros, afirma ser profeta, ¿qué opináis de él y de sus enseñanzas?». Incluso después de que el Profeta (la paz sea con él) llegara a Medina, muchas personas continuaron acudiendo de ese modo a los sabios judíos para preguntarles. Pero aquellos sabios judíos nunca les decían la verdad. Les resultaba difícil afirmar que el tawhid que él predicaba no era correcto, o que había algún error en lo que decía acerca de los profetas, los Libros celestiales, los ángeles y la otra vida, o que alguno de los principios morales que enseñaba era erróneo. Sin embargo, tampoco estaban dispuestos a reconocer abiertamente que todo lo que él presentaba era verdad. No podían negar la verdad de forma explícita, pero tampoco estaban dispuestos a aceptarla sencillamente. Entre estos dos caminos adoptaron el método de sembrar en la mente de cada interrogador alguna insinuación contra el Profeta (la paz sea con él), contra su grupo y contra su noble misión; le atribuían alguna acusación y lanzaban contra él una calumnia tan absurda que pudiera suscitar en la gente dudas, vacilación y confusión, y planteaban distintas preguntas desconcertantes, de modo que la gente se sintiera incómoda y tratara también de incomodar al Profeta y a sus compañeros. Esta era su conducta, por la cual se les dijo en la Sura Al-Baqara: «No cubráis la verdad con el velo de la falsedad; no intentéis suprimir y ocultar la verdad mediante la propaganda falsa, la creación maliciosa de dudas y las acusaciones, ni intentéis engañar al mundo mezclando la verdad con la falsedad». —Sura Al-Baqara, 42. (El alcance de los daños causados por los judíos es muy amplio. Atrapados en las redes de sus insinuaciones, surgieron hipócritas dentro de la comunidad islámica. Mostraron alguna insolencia contra el Profeta (la paz sea con él) en cada asunto, intentaron matarlo repetidas veces, y su insolencia suprema consistió en dedicarse a actividades destructivas en los momentos decisivos de la guerra. Estas insolencias serán mencionadas en los lugares correspondientes. —El autor)

Aparición y desarrollo del cristianismo

Explicación de la palabra Nasara

Es errónea la creencia de algunas personas de que la palabra Nasara deriva de Nasera, que era la patria de nacimiento del Mesías (la paz sea con él). En realidad, esta palabra deriva de nusrat. Su fundamento se encuentra en la respuesta que los discípulos dieron a la pregunta del Mesías (la paz sea con él): «¿Quién me ayudará en el camino de Allah?»: «Nosotros ayudaremos en la obra de Allah». Los autores cristianos, al observar generalmente la semejanza externa entre ambas palabras, han caído en la equivocada creencia de que el Corán utilizó para todos los cristianos el nombre del grupo llamado nazarenos (Nazarenes), que existía en la historia temprana del cristianismo y cuyos miembros eran llamados despectivamente nazarenos e ebionitas. Sin embargo, el Corán afirma claramente que ellos mismos dijeron: «Somos nasara» (sura Al Imrán, 52), y es cierto que los cristianos nunca se llamaron a sí mismos nazarenos. (Sura Al Baqara, nota 95)

Cabe señalar a este respecto que Hazrat Isa (la paz sea con él) nunca llamó a sus seguidores «isaíes» ni «mesianistas». Esto se debe a que no vino a fundar una nueva religión en su propio nombre. El propósito de su misión era revitalizar la religión que habían traído Hazrat Musa (la paz sea con él) y los profetas anteriores y posteriores. Por ello, no formó una comunidad separada de los hijos comunes de Israel ni de los seguidores de la Ley de Musa, ni les dio un nombre permanente. Sus primeros seguidores no se consideraban separados de la comunidad israelita; tampoco se convirtieron en un grupo permanente ni determinaron para sí mismos un nombre o símbolo distintivo. Acudían a adorar junto con los judíos comunes en el templo de Bayt al-Maqdis y se consideraban seguidores de la Ley de Musa. Véase Hechos de los Apóstoles 3:1; 10:14-15; 21:21.

La separación de los isaíes del pueblo israelita

Posteriormente, el proceso de separación comenzó por dos vías. Por un lado, san Pablo, entre los seguidores de Hazrat Isa (la paz sea con él), abolió la obligatoriedad de la Ley y declaró que bastaba con creer en el Mesías para alcanzar la salvación. Por otro lado, los eruditos judíos consideraron a los seguidores del Mesías un grupo extraviado y los separaron del pueblo israelita. A pesar de esta separación, al principio no se dio ningún nombre particular a este nuevo grupo. Los propios seguidores del Mesías usaban a veces para sí la palabra «discípulos» («alumnos»), y otras veces empleaban las palabras «creyentes» y «fieles» para referirse a sus compañeros. En ocasiones también se les llamaba «santos» (Hechos de los Apóstoles 2:44; 4:32; 9:26; 11:29; 13:52; 15:1-23; Romanos 15:25; Colosenses 1:2). Por su parte, los judíos los llamaban a veces galileos y otras veces una secta herética de los nazarenos (Hechos de los Apóstoles 24:5; Lucas 13:2). Se los llamaba así burlonamente porque la patria de nacimiento de Hazrat Isa (la paz sea con él) era Nazera, que pertenecía a la región palestina de Galilea. Sin embargo, este nombre burlesco no llegó a difundirse tanto como para adquirir prestigio como designación de los seguidores del Mesías.

¿Cómo llegaron a llamarse mesianistas o cristianos?

Los habitantes paganos de Antioquía dieron por primera vez a este grupo el nombre de cristianos en el año 43 o 54 de la era cristiana, cuando Pablo y Bernabé fueron allí y comenzaron la predicación religiosa (Hechos de los Apóstoles 11:26). Los adversarios les dieron este nombre como burla, y los seguidores del Mesías se negaron a aceptarlo. Pero cuando sus enemigos continuaron dirigiéndose a ellos con ese nombre, sus dirigentes dijeron: «Si se os llama mesianistas por estar vinculados al Mesías, ¿qué vergüenza hay en ello?» (1 Pedro 4:16). De este modo, ellos mismos fueron adoptando gradualmente el nombre que sus enemigos les habían impuesto en tono de burla. Finalmente, desapareció entre ellos incluso la conciencia de que era un nombre burlón con el que se los había llamado.

Por eso, el Noble Corán no llamó a los seguidores del Mesías «mesianistas» ni «isaíes». Más bien les recordó que, en realidad, son descendientes de aquellas personas a quienes Isa, hijo de María (la paz sea con él), se dirigió diciendo: «¿Quién me ayudará en el camino de Allah?», y que respondieron: «Nosotros ayudaremos en el camino de Allah». Por eso, en su sentido original y fundamental, son nasara o ansar. Sin embargo, hoy los misioneros isaíes, en vez de expresar gratitud al Corán por este recordatorio, se quejan de que el Corán los llama nasara en lugar de llamarlos mesianistas o cristianos. (Sura Al Baqara, nota 58)

La época del surgimiento del cristianismo

El judaísmo y el cristianismo son creaciones de épocas posteriores. El judaísmo nació, con su nombre, sus características y sus ritos y métodos, en los siglos tercero y cuarto antes de Cristo. El conjunto de ideas, creencias y doctrinas religiosas específicas que recibe el nombre de cristianismo no existió sino mucho tiempo después del profeta Mesías (la paz sea con él). Ahora surge naturalmente esta pregunta: si alcanzar la guía o permanecer en el camino verdadero depende del judaísmo, del cristianismo o exclusivamente del cristianismo, entonces ¿de qué recibieron la guía el profeta Abraham (la paz sea con él) y los demás profetas, que nacieron muchos siglos antes de estas dos religiones y a quienes incluso los judíos y los cristianos reconocen como guiados? Es evidente que aquello no era el judaísmo ni el cristianismo. Por tanto, queda claro por sí mismo que alcanzar la guía no depende de esas características religiosas a causa de las cuales surgieron diversos grupos, como los judíos y los cristianos. Más bien, depende en realidad de seguir ese camino recto universal mediante el cual la humanidad ha recibido la guía en todas las épocas.

En segundo lugar, las propias Escrituras sagradas de los judíos y los cristianos atestiguan que el profeta Abraham (la paz sea con él) no adoraba, glorificaba, servía ni obedecía a nadie aparte del Dios único. Su misión consistía también en no asociar a nadie con Allah en Sus atributos y características. Por consiguiente, resulta absolutamente claro que tanto el judaísmo como el cristianismo se han desviado del camino verdadero por el que transitaba el profeta Abraham (la paz sea con él), pues ambas religiones han incorporado el shirk. (Sura Al-Maida, nota 36)

Que los cristianos llamen dios al profeta Isa (la paz sea con él)

En primer lugar, los cristianos cometen el error de considerar la personalidad del Mesías como una entidad compuesta de humanidad y divinidad (Divinity), con lo cual la realidad del Mesías se ha convertido para ellos en un enigma. Cuanto más han intentado sus eruditos resolver este enigma mediante la grandilocuencia verbal y las conjeturas, más se han visto envueltos en complicaciones. Aquel de entre ellos en cuya mente predominó el aspecto humano de esa personalidad compuesta insistió en que el Mesías era hijo de Dios y uno de los tres dioses eternos. Aquel en cuya mente predominó el aspecto de la divinidad (uluhiyya) consideró al Mesías una manifestación corpórea de Allah, lo convirtió completamente en Allah y lo adoró como tal. Quienes intentaron hallar un camino intermedio entre ambas posiciones emplearon todas sus fuerzas en interpretaciones puramente verbales, por medio de las cuales se siguió llamando humano al Mesías y, al mismo tiempo, se lo consideró Allah. Allah y el Mesías son dos entidades separadas y, a la vez, una sola. (Sura Al-Maida, nota 36)

El significado de que el profeta Isa (la paz sea con él) sea la Palabra de Allah

(Árabe*****)

El Mesías Isa, hijo de Maryam, no es sino el Mensajero de Allah y una orden Suya. — Sura An-Nisa: 171

En realidad, se utilizó la palabra kalima. El significado de enviar una kalima a María es que Allah reveló este mandato al útero de María: que concibiera sin haber sido fecundada por ningún hombre. Al principio, a los cristianos se les había explicado precisamente este misterio del nacimiento del Mesías sin padre. Pero, confundidos por la filosofía griega, primero consideraron que la palabra kalima era sinónima de palabra o facultad del habla. Después interpretaron esta palabra y facultad del habla como el atributo propio de Allah de hablar. Luego llegaron a la conclusión especulativa de que ese atributo propio de Allah entró en el vientre de María, adoptó una forma corporal y se manifestó como el Mesías. Así surgió entre los cristianos la falsa idea de que el Mesías era Allah, y se arraigó la creencia errónea de que Allah mismo, o el atributo del habla entre Sus atributos eternos, se manifestó bajo la forma del Mesías. (Sura al-Baqara, nota 135)

La concepción de la Trinidad

En la aleya 171 de la sura an-Nisa se llama al Mesías un ruh (árabe**)procedente de Allah, y en la sura al-Baqara el asunto se expresa así: «Lo ayudamos mediante el Espíritu Puro». (árabe*****) El sentido de ambas expresiones originales es que Allah concedió al Mesías un espíritu puro, elevado por encima del pecado, completamente veraz y adornado con una nobleza moral perfecta. Esta era la definición que se había dado a los cristianos. Ellos la exageraron: consideraron a ruhun min Allah como el propio Espíritu de Allah e interpretaron Ruh al-Qudus (Holy Ghost) como el Espíritu Santo de Allah, que tomó forma dentro del Mesías. Así convirtieron a Ruh al-Qudus en un tercer dios junto a Allah y el Mesías. Esta fue la segunda exageración extrema de los cristianos, por la cual se desviaron. Lo sorprendente es que hasta hoy se encuentra en el Evangelio de Mateo lo siguiente: «Cuando el ángel le dijo en sueños a José el carpintero: “¡Oh, José, hijo de David! No temas llevar contigo a tu esposa María, pues lo que hay en su vientre es por poder del Espíritu Santo”» (capítulo 1:2). (Sura al-Ma’ida, nota 39)

La realidad es que los cristianos reconocen simultáneamente el tawhid y la Trinidad. Basándose en las declaraciones claras del Mesías que se encuentran en los Evangelios, ningún cristiano puede negar que Allah es uno solo y que no existe otro dios aparte de Él. No tienen más remedio que admitir que el tawhid es la verdadera religión. Sin embargo, desde el principio quedaron sometidos a la falsa idea de que la Palabra de Allah se manifestó en forma de Mesías y que el Espíritu de Allah adoptó una forma dentro de él. Por ello se impusieron innecesariamente como obligación reconocer, junto con la divinidad de Allah, Creador del universo, la divinidad del Mesías y del Espíritu Santo. Al imponerse esto por la fuerza, el asunto se convirtió para ellos en un enigma insoluble: ¿cómo pueden aceptar la doctrina de la Trinidad pese a creer en el tawhid, y la doctrina del tawhid pese a creer en la Trinidad? Durante casi mil ochocientos años, los eruditos cristianos han reflexionado para resolver este problema creado por ellos mismos. Debido a las diversas interpretaciones surgieron numerosos grupos pequeños; cada grupo calificaba al otro de incrédulo o kafir, y, a causa de las disputas, iglesia tras iglesia se separaba. Toda la fuerza de su teología se consagró a esta tarea. Sin embargo, este problema no fue creado ni por Allah ni por el Mesías enviado por Él, y no existe solución alguna para la idea de que hay que aceptar tres dioses y, al mismo tiempo, conservar la unidad de Dios. Sus exageraciones y excesos crearon este problema. La única solución es que abandonen la exageración y la hipérbole, renuncien a la idea de la divinidad del Mesías y del Espíritu Santo, reconozcan únicamente a Allah como el único Dios y consideren al Mesías Su profeta, sin considerarlo en ningún sentido partícipe de la divinidad o de la uluhiyya. (Sura an-Nisa, nota 212)

El politeísmo y la adoración de las figuras religiosas

A mediados del siglo V cristiano, el politeísmo, la adoración de las figuras religiosas y el culto a las tumbas adquirieron gran fuerza entre los cristianos comunes y, especialmente, en las iglesias católicas romanas. Se comenzó a rendir culto en los santuarios de los santos, y se colocaron en las iglesias estatuas del Mesías, de María y de las huríes celestiales. Poco antes de la aparición de los Compañeros de la Cueva, en el año 431 d. C., se celebró en un lugar llamado Éfeso un concilio de los líderes religiosos de todo el mundo cristiano. En esa reunión se establecieron como doctrina la divinidad del Mesías y la creencia de que María era la madre de Allah. Al observar esta historia, se puede comprender claramente que en esta afirmación del Corán (árabe***) se alude a quienes, frente a los seguidores sinceros del Mesías, se habían convertido en aquella época en los líderes y funcionarios de la población cristiana, y tenían en sus manos la autoridad religiosa y política. Ellos fueron, en realidad, los abanderados del politeísmo. Fueron ellos quienes decidieron construir un mausoleo sobre los Compañeros de la Cueva y rendirle culto. (Sura an-Nisa, nota 212)

El cristianismo actual y san Pablo

Los primeros seguidores de Jesús lo reconocían únicamente como profeta. Seguían la ley religiosa de Moisés. En materia de creencias, mandamientos, normas y adoración, no se consideraban en absoluto diferentes de los demás israelitas. Su única discrepancia con los judíos consistía en que ellos reconocían a Jesús como el Mesías y habían creído en él, mientras que los judíos se negaban a reconocerlo como tal. Más tarde, cuando san Pablo se incorporó a este grupo —el grupo de los seguidores de Jesús—, comenzó a difundir esta religión entre los romanos, los griegos y otros pueblos no judíos y no israelitas. Con este propósito fundó una nueva religión cuyas creencias, principios fundamentales y preceptos eran completamente distintos de la religión que Jesús estaba predicando. San Pablo no tuvo ninguna compañía de Jesús; por el contrario, durante su vida fue su más acérrimo adversario. Incluso después de su muerte, durante varios años siguió siendo un enemigo acérrimo de sus seguidores. Cuando se incorporó a este grupo y comenzó a fundar una nueva religión, tampoco presentó como autoridad ninguna declaración de Jesús. Por el contrario, la base de esta nueva religión eran sus revelaciones e inspiraciones, o sus impulsos emocionales y exaltaciones espontáneas. Su objetivo al fundar esta nueva religión era que fuera una religión que las masas no judías del mundo (gentiles) pudieran aceptar. Declaró que un cristiano estaba libre de todas las obligaciones de la ley judía. Abolió las prohibiciones de lo lícito y lo ilícito en la comida y la bebida. También eliminó la circuncisión, que los pueblos no judíos del mundo desaprobaban. Finalmente, formuló también la doctrina de la divinidad del Mesías, de que era hijo de Dios y de que, al ser crucificado, expiaba los pecados de toda la humanidad, porque esto concordaba con la naturaleza de los politeístas comunes. Los primeros seguidores del Mesías se opusieron a esta nueva innovación y creencia religiosa. Sin embargo, por la puerta que san Pablo había abierto entró en esta nueva religión una inundación tan grande de cristianos no judíos que aquellos pocos no pudieron resistir frente a ella. Aun así, hasta finales del siglo III cristiano había todavía numerosos hombres que negaban la divinidad del Mesías.

La difusión de la doctrina paulina

A comienzos del siglo IV (325 d. C.), el Concilio de Nicea (Nicaea Council) declaró la doctrina paulina como la religión indiscutible y universalmente reconocida del cristianismo. Después, el emperador romano adoptó el cristianismo, y durante el reinado del emperador Teodosio esta religión se convirtió en la religión oficial del Estado. Naturalmente, se rechazaron todos los libros que eran contrarios a esta doctrina, y se aceptaron como fiables aquellos que concordaban con esta nueva doctrina. En el año 367 d. C., Atanasio I anunció, mediante una carta, el nombre de la colección de libros fiables y universalmente reconocidos. Después, esta fue aprobada en una asamblea celebrada bajo la presidencia de Damasio (Damasias). A finales del siglo V, cuando el papa Gelasio (Gelasius) declaró universalmente reconocida esta colección de libros, preparó también una lista de los libros que eran inaceptables. Sin embargo, ningún erudito cristiano pudo afirmar jamás que, respecto a la doctrina paulina sobre cuya base se decidió qué libros religiosos eran fiables y cuáles no, alguna de sus creencias hubiera sido enseñada por el profeta Jesús (la paz sea con él). Más aún, ni siquiera en las palabras del profeta Jesús (la paz sea con él) contenidas en los libros bíblicos incluidos en la colección de libros fiables se encuentra prueba alguna de esta nueva doctrina. (Sura An-Nisa, nota 215)

La aparición del ascetismo y sus causas

Durante doscientos años después del profeta Jesús (la paz sea con él), el ascetismo no tocó a las iglesias cristianas. Sin embargo, desde el comienzo ya podían encontrarse sus semillas en el cristianismo (deformado), y en su interior existían aquellas ideas que dieron origen a esta práctica. Considerar la renuncia y la indiferencia hacia los bienes materiales como el carácter ideal, y juzgar superior la vida ascética a la vida matrimonial y terrenal: ambos elementos existían en el cristianismo desde el principio. En particular, como se consideraba la virginidad sinónimo de pureza, se estimaba indeseable que quienes desempeñaban labores religiosas en la iglesia se casaran y, al convertirse en padres, soportaran las preocupaciones de la vida familiar. Hacia el siglo III, esto adquirió la forma de una herejía, y el ascetismo comenzó a extenderse por el cristianismo como una epidemia.

Tres causas

Desde el punto de vista histórico, hubo tres causas principales:

Primera: Para contrarrestar la inmensa difusión de la inmoralidad sexual, la vida pecaminosa y el apego al mundo en la antigua sociedad politeísta, los eruditos cristianos adoptaron una postura extremista en vez de mantener el equilibrio. Dieron tanta importancia a la castidad que consideraron impura la relación entre hombres y mujeres, incluso cuando se produjera mediante el matrimonio. Adoptaron una postura tan severa contra los asuntos mundanos que se llegó a considerar pecado que una persona religiosa poseyera bienes, y se estableció como norma de conducta que el ser humano debía carecer de dinero y renunciar por completo a la vida familiar. Así, en respuesta a los placeres y lujos de la sociedad politeísta, adoptaron tal extremismo que renunciar a los deseos de goce, destruir las pasiones y eliminar los anhelos se convirtieron en objetivos del carácter. Se consideraba que infligir sufrimiento al cuerpo mediante diversas formas de mortificación era la culminación de la espiritualidad y su prueba.

Segunda: Cuando el cristianismo alcanzó el éxito y comenzó a extenderse entre el pueblo, la Iglesia, con la esperanza de promover y expandir su religión, fue incorporando a su ámbito toda práctica pecaminosa que agradaba a la gente. En lugar de la antigua idolatría comenzó el culto a santos, ascetas y sabios. En lugar de las estatuas de Horus (Horus) e Isis (Isis), comenzó el culto a las estatuas del Mesías y de María. En lugar de las Saturnalia (Saturnalia), comenzó a celebrarse la fiesta de Shams. Todos los ascetas cristianos comenzaron a practicar los amuletos y talismanes, la magia, la adivinación y los rituales para expulsar a los genios y demonios que existían en la antigüedad.

Así, puesto que el pueblo consideraba enviado por Allah a quien permanecía sucio y desnudo y vivía en algún agujero o cueva de montaña, esta concepción de ser amado por Allah se hizo popular en la Iglesia cristiana, y entre los cristianos se escribieron libros de relatos milagrosos sobre personas de ese tipo.

Tercero: los cristianos no contaban con una sharía detallada ni con una sunna o tradición clara para establecer los límites de la religión. Habían rechazado la ley de Moisés, y en el Evangelio por sí solo no se encontraba ninguna orientación completa. Por ello, los eruditos cristianos, influidos por ciertas filosofías y costumbres externas y basándose en algunas de sus propias inclinaciones y tendencias, continuaron introduciendo diversas innovaciones religiosas en la religión. El ascetismo fue una de ellas.

El origen del ascetismo y sus principales impulsores

Los eruditos y dirigentes del cristianismo adoptaron la filosofía y las prácticas del ascetismo de los monjes mendicantes y ascetas budistas, de los yoguis y ascetas hindúes, de los ascetas ermitaños del antiguo Egipto (Anchorites), de los ascetas de Irán y de Pelto y sus seguidores. Consideraron este método de purificación del alma, este medio de desarrollo espiritual y de alcanzar la proximidad a Allah. No fue un error cometido por personas de rango común. Desde el siglo III hasta el siglo VII, es decir, hasta la época de la revelación del Corán, todos aquellos que en Oriente y Occidente eran reverenciados como eruditos religiosos, pensadores y dirigentes de alto rango del cristianismo —como San, Atanasio, San Basilio, San Gregorio, San Crisóstomo, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín, San Benito, Gregorio el Grande y otros— habían renunciado al mundo y eran abanderados del ascetismo. Gracias a sus esfuerzos, el ascetismo se estableció en la Iglesia.

El primer monje y el primer janqah o monasterio

La historia muestra que el ascetismo entre los cristianos comenzó en Egipto. Su fundador fue San Antonio (250 d. C.-350 d. C.). Él fue el primer monje cristiano. Estableció su primer janqah en un lugar llamado Paspier, en la región de Fayún (hoy conocido como Deir al-Maimun). Después construyó un segundo janqah o monasterio en la costa del mar Rojo, que hoy se llama Deir Mar Antonios. Las normas y prácticas fundamentales del ascetismo entre los cristianos fueron adoptadas a partir de sus escritos y enseñanzas.

Construcción de monasterios por doquier

Después de este comienzo, se inició en todo Egipto una intensa construcción de monasterios, y se levantaron monasterios de monjes y monjas en distintos lugares. Algunos de ellos fueron construidos para albergar conjuntamente a tres mil monjes. En el año 325 d. C. apareció en Egipto un monje cristiano llamado Khumiyus, que construyó diez grandes monasterios para monjes y monjas. Después, esta práctica se extendió a Siria, Palestina y diversos países de África y Europa. Al principio, los administradores de la Iglesia se enfrentaron a enormes dificultades con respecto a este ascetismo. Consideraban el abandono del mundo, el celibato, la pobreza y la carencia absoluta de bienes como ideales de la vida espiritual, pero no consideraban pecado casarse, tener hijos y poseer bienes, como hacían los monjes. Finalmente, bajo la influencia de personas como Atanasio (fallecido en 303 d. C.), San Basilio (fallecido en 379 d. C.), San Agustín (fallecido en 430 d. C.) y Gregorio el Grande (fallecido en 609 d. C.), muchas prácticas y normas del ascetismo entraron debidamente en la administración de la Iglesia.

Características de la continuidad del ascetismo

A continuación se describen brevemente algunas características de esta innovación ascética (bid’a):

Uno: su primera característica es la austeridad extrema y el hecho de infligir sufrimiento al cuerpo mediante métodos cada vez más novedosos.

Dos: permanecer siempre sucio y desaseado es la segunda característica. Se mantenían alejados de la limpieza y la higiene. Para ellos, bañarse o mojarse el cuerpo era contrario a la adoración de Alá. Consideraban la limpieza del cuerpo como una impureza del alma.

Tres: el ascetismo convirtió prácticamente en completamente ilícita la vida conyugal y erradicó cruelmente las relaciones matrimoniales. Todos los escritos de los siglos IV y V están repletos de la idea de que la virginidad es la norma moral suprema, y que la castidad significa abstenerse por completo de las relaciones sexuales, incluso entre marido y mujer. Se consideraba que la perfección de una vida santa consistía en destruir por completo el nafs y no dejar en él ningún deseo de placer físico. Según ellos, era necesario eliminar los deseos y las pasiones porque estos fortalecían los instintos animales. Para ellos, el placer y el pecado se empleaban como términos equivalentes. Incluso disfrutar de la alegría era, a sus ojos, semejante a olvidar a Dios. San Basilio declaró prohibidas tanto la risa como la sonrisa. Sobre la base de estas ideas, las relaciones matrimoniales entre hombres y mujeres eran consideradas impuras. No solo estaba prohibido que un monje se casara, sino incluso que contemplara la figura de una mujer. Si estaba casado, debía abandonar a su esposa y marcharse. También se inculcaba firmemente a las mujeres la idea de que, si querían entrar en el reino celestial, debían permanecer vírgenes toda la vida; serían las esposas o prometidas del Mesías y tendrían la fortuna de convertirse en la madre de Dios, es decir, en la suegra del Mesías (Mother in Law of God). En otro lugar, él dice que la primera tarea del caminante de este sendero (el salik) es cortar con el hacha de la castidad la madera de la relación conyugal. Como resultado de estas enseñanzas, una vez despertaba la motivación religiosa, el primer efecto sobre un hombre cristiano y una mujer cristiana era que su feliz vida matrimonial terminaba para siempre.

La administración de la Iglesia se opuso durante tres siglos, en la medida de sus posibilidades, a esta concepción extrema y radical. En el siglo IV se arraigó gradualmente la idea de que era sumamente abominable que una persona encargada de desempeñar funciones en la Iglesia estuviera casada. En el año 362 d. C., el Concilio de Gengra (Council of Gengra) fue la última institución o asamblea en considerar contrarias a la religión las creencias de este tipo. Sin embargo, poco después, en el año 386 d. C., el Sínodo Romano aconsejó a todos los sacerdotes que se mantuvieran alejados de las relaciones conyugales. Al año siguiente, Siricio ordenó que todo sacerdote que se casara o mantuviera relaciones con su esposa después del matrimonio fuera destituido.

Cuatro: lo más doloroso del ascetismo es que también rompió las relaciones entre padres e hijos, hermanos y hermanas, y progenitores y descendientes. A los ojos de los santos y monjes cristianos, el amor de los hijos por sus padres, el amor entre hermanos y hermanas, y el amor de los padres por sus hijos eran también pecados. Para ellos, era indispensable para el progreso espiritual que la persona rompiera todos sus vínculos. Desde la perspectiva del ascetismo, quien deseara el amor de Dios debía romper todos los lazos del amor humano que en este mundo lo vinculaban con sus padres, hermanos, hermanas e hijos.

Cinco: como consecuencia del hábito de tratar con crueldad, brutalidad y dureza a sus parientes cercanos, sus sentimientos humanos se extinguían. El resultado era que ejercían una opresión y persecución extremas contra aquellos con quienes tenían diferencias religiosas. Hasta el siglo IV, el cristianismo llegó a dividirse en ochenta o noventa grupos pequeños. San Agustín contó 88 de estos grupos en su propia época. Estos grupos sentían un odio extremo unos hacia otros. Eran los monjes quienes encendían el fuego de ese odio. Los monjes también estaban a la vanguardia a la hora de quemar vivos a sus adversarios disidentes. El punto culminante de estos conflictos entre grupos se encontraba en Eskandaría o Alejandría.

Sexto: tampoco faltaron, junto con la renuncia y el desapego de los bienes materiales y la vida de faquir y derviche, los esfuerzos por adquirir las riquezas mundanas y por incrementarlas. A comienzos del siglo V, la situación había llegado a tal punto que el obispo de Roma vivía en su propio palacio como un rey. Cuando sus vehículos salían a las calles, su pompa y esplendor no eran en modo alguno inferiores a los del emperador romano. Para cuando el flujo de riquezas hacia los monasterios y las iglesias llegó hasta el siglo VII (la época del descenso del Corán), se había convertido en una poderosa inundación.—– En particular, la causa de esta decadencia fue que, cuando el pueblo empezó a venerar en exceso a los monjes al contemplar su extraordinaria austeridad y el extremo de su lucha contra las pasiones, muchos individuos ávidos de riquezas se vistieron con ropas de derviche y se unieron a las filas de los monjes. Bajo el disfraz de renunciar al mundo, hicieron tan próspero el negocio de obtener riquezas mundanas que incluso los mayores ambiciosos del mundo quedaron por debajo de ellos.

Séptimo: también en materia de castidad, el ascetismo sufrió repetidas derrotas al luchar contra la naturaleza.—- En los monasterios existían prácticas tan rigurosas para dominar las pasiones que los sacerdotes ascetas vivían juntos y, en ocasiones, para realizar ejercicios aún más severos, pasaban la noche ambos en el mismo lecho. San Evagrio (St. Evagrius), elogiando el dominio de las pasiones de esta clase de sacerdotes de Palestina, dice que se bañaban junto con mujeres ascetas; se miraban, se tocaban e incluso se abrazaban. Pero, aun así, la naturaleza no podía ser vencida. —– La naturaleza no deja de vengarse de quienes luchan contra ella. La vergonzosa historia de cómo el ascetismo, al oponerse a la naturaleza, terminó cayendo en el profundo abismo de la inmoralidad, constituye una mancha imborrable en la historia religiosa del período comprendido entre los siglos VIII y XI. —- En las obras escritas por autores medievales se han consignado numerosas acusaciones de que las jānqāh o los monasterios de los sacerdotes se habían convertido en escenarios de inmoralidad. Dentro de sus cuatro paredes se llevaba a cabo sin freno la matanza de recién nacidos. Los sacerdotes y los servidores religiosos de las iglesias mantenían relaciones ilícitas incluso con aquellas personas con quienes tenían prohibido casarse. Los delitos contra la naturaleza en los monasterios también alcanzaron grandes proporciones. (Sura al-Kahf, nota 20)

La importancia histórica de los libros de la Biblia

Al igual que los judíos, los cristianos tampoco pudieron conservar sus Escrituras celestiales. Por esta razón, ideas, creencias y preceptos erróneos entraron en la religión siguiendo el camino de la distorsión. Si la Biblia original (el Evangelio) se hubiera conservado, el cristianismo no habría aparecido en su forma actual. A continuación se presenta la investigación del maulana Sayyid Abul Ala Maududi sobre los libros de la Biblia. (Los compiladores)

Investigación sobre las fuentes

En realidad, el conjunto de libros que hoy llamamos el Evangelio o la Biblia contiene cuatro grandes libros: Mateo (Mathew), Marcos (Mark), Lucas (Luke) y Juan (John). Sin embargo, ninguno de ellos es un libro revelado a Hazrat Jesús (la paz sea con él). Del mismo modo que en el Noble Corán están reunidas todas las aleyas y suras reveladas por Dios y descendidas sobre Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), no existe ningún libro en el que estén reunidas todas las revelaciones que descendieron sobre Hazrat Jesús (la paz sea con él). Además, estos libros contienen los buenos consejos y la guía transmitidos por los apóstoles de Hazrat Jesús (la paz sea con él) o por los discípulos de los apóstoles. En ellos consignaron, según su conocimiento, las circunstancias de Hazrat Jesús (la paz sea con él) y sus enseñanzas.

El libro atribuido a Mateo

Puesto que no se conoce la fuente de ninguno de los libros mencionados, no son particularmente fiables. El primer libro ha sido atribuido al apóstol Mateo de Hazrat Mesías, pero la historia demuestra que no fue escrito por Mateo. El libro original de Mateo, Ligia (Ligia), se ha perdido. El libro atribuido a Mateo fue escrito por un autor anónimo. Para redactarlo, este se sirvió, además de otros libros, del libro de Ligia. En él, el propio Mateo es descrito como se describiría a una persona desconocida. (Mateo, capítulo 9, versículo 9, dice: «Yasu avanzó y vio a un hombre llamado Mateo en el puesto de recaudación de impuestos». Es evidente que el autor de un libro no puede describirse de ese modo). Además, al leer este libro se descubre que la mayor parte de su contenido fue tomada del Evangelio de Marcos. Pues, de sus 1.068 versículos, 470 aparecen literalmente en el Evangelio de Marcos. Si su autor hubiera sido un apóstol, no habría tenido ninguna necesidad de recurrir a la ayuda de alguien que no era apóstol y que jamás había visto a Hazrat Jesús (la paz sea con él). Los eruditos cristianos dicen que este libro fue escrito en el año 70 d. C., es decir, 41 años después de Hazrat Jesús (la paz sea con él). Algunos dicen que este libro fue compuesto en el año 70 d. C.

Obra atribuida a Marcos

La segunda obra está atribuida a Marcos, y generalmente se acepta que el propio Marcos es su autor. Sin embargo, está demostrado que nunca se encontró con Jesús (la paz sea con él) ni fue su discípulo. Algunos dicen que, cuando Jesús (la paz sea con él) fue crucificado, él permaneció de pie contemplando el espectáculo. Por supuesto, tampoco hay ninguna prueba de ello —autor—. En realidad, fue discípulo del apóstol Pedro (San Pedro). Escribía en griego todo lo que escuchaba de él. Por eso, los autores cristianos lo llamaban portavoz de Pedro. Se estima que esta obra fue escrita entre los años 63 y 70 d. C.

Obra atribuida a Lucas

La tercera obra está atribuida a Lucas. Se acepta universalmente que Lucas nunca vio al Mesías ni recibió nada de él. Fue discípulo de san Pablo. Siempre acompañó a Pablo y en su Evangelio registró todo como portavoz de este. Sin embargo, el propio Pablo llama a este Evangelio su Evangelio. Pero está demostrado que san Pablo nunca gozó de la compañía del Mesías y, según el relato de los cristianos, abrazó el cristianismo seis años después de la crucifixión del Mesías. Por ello, no se encuentra en absoluto un vínculo entre la cadena narrativa de Lucas y el Mesías. Tampoco se ha establecido una fecha para la composición del Evangelio de Lucas. Según algunos, fue escrito en el año 57 d. C., y según otros, en el 74 d. C. Sin embargo, según eminentes investigadores como Heringke, Miksgifart y Plumer, esta obra no fue escrita antes del año 80 d. C.

Obra atribuida a Juan

La cuarta obra está atribuida a Juan. Según las investigaciones modernas, esta obra no fue escrita por el célebre apóstol Juan. Más bien, es obra de una persona de origen desconocido cuyo nombre era Juan (Yahya o John). Esta obra fue escrita mucho después del Mesías, en el año 90 d. C. o más tarde. Heringke retrasa la fecha hasta el año 110 d. C. La cadena narrativa de ninguno de estos libros se remonta hasta el Mesías. En cuanto a su cadena de transmisión, no puede afirmarse con certeza qué dijo el Mesías y qué no dijo. Sin embargo, una investigación profunda revela que las pruebas y evidencias de estos libros dejan amplio margen para la duda.

Seis razones de la falta de fiabilidad de los Evangelios

Existen discrepancias en los relatos de los cuatro primeros Evangelios. Incluso el Sermón del Monte, que constituye la base de la enseñanza y la formación cristianas, aparece descrito de maneras diferentes y con sentidos contradictorios en Mateo, Marcos y Lucas.

Segundo: En los cuatro Evangelios son evidentes las ideas y reacciones de sus autores. Parece que Mateo se dirigió a los judíos y que les concedió una última oportunidad. Marcos se dirigió a los romanos y quiso familiarizarlos con la doctrina israelita. Lucas fue portavoz de San Pablo y quiso respaldar sus afirmaciones contra los demás apóstoles. Parece que estuvo influido por las corrientes filosóficas que se difundieron entre los cristianos a finales del siglo I. Así, las diferencias de significado entre estos cuatro Evangelios llegaron a ser mayores que sus diferencias literales.

Tercero: Todos los libros de los Evangelios fueron escritos en griego. Sin embargo, la lengua del Mesías Jesús y de todos sus apóstoles era el siríaco. Debido a la diversidad lingüística, es muy natural que también surgieran diferencias en la interpretación de las ideas.

Cuarto: No se hizo ningún intento de poner por escrito los Evangelios antes del siglo II de la era cristiana. Hasta el año 150 d. C., la opinión general era que la transmisión oral era más útil que la escrita. A finales del siglo II surgió el deseo de ponerlos por escrito. Sin embargo, los escritos de aquella época no se consideraban fiables. El primer texto autorizado y fiable del Nuevo Testamento fue aprobado en el Concilio de Cartago, celebrado en el año 397 d. C.

Quinto: Las versiones antiguas de los Evangelios que se encuentran actualmente datan de mediados del siglo IV de la era cristiana. La segunda versión es del siglo V, y la tercera, una versión incompleta que se encuentra en la biblioteca del papa romano, tampoco es anterior al siglo IV. Por tanto, es difícil decir hasta qué punto los Evangelios que circulaban durante los tres primeros siglos coinciden con los Evangelios actuales.

Sexto: No se hizo ningún esfuerzo por memorizar los libros de los Evangelios como se hizo con el Corán. La transmisión de estos dependía de relatos basados en el significado. Naturalmente, no podían estar libres de las deficiencias de la memoria ni de la influencia de las ideas personales de los transmisores. Más tarde, cuando comenzó la labor de escritura, esta quedó sometida a la voluntad de los copistas. Al copiar, cada uno podía eliminar fácilmente todo aquello que considerara contrario a sus ideas y añadir lo que echara de menos y fuera de su agrado.

Por estas razones no podemos afirmar con certeza que los cuatro Evangelios contengan las verdaderas enseñanzas del Mesías. Todo este análisis se ha realizado a la luz de las siguientes obras:

Dum,ellow – Comentario sobre la SANTA BIBLIA

W. K. Cheyne – ENCICLOPEDIA BÍBLICA

Willman – Historia del cristianismo

 

La verdadera enseñanza de Jesús (la paz sea con él)

El documento probatorio supremo sobre la enseñanza y formación de Jesús (la paz sea con él)

Los cuatro Evangelios que la Iglesia cristiana denomina escrituras religiosas fiables y universalmente aceptadas (Lanocical Gospcls) no constituyen un medio fiable para conocer la vida y las enseñanzas de Jesús (la paz sea con él); por el contrario, el Evangelio de Bernabé constituye un medio mucho más fiable. Los cristianos han hecho esfuerzos especiales por mantenerlo oculto. Durante varios siglos no pudo encontrarse en ningún lugar del mundo. (En el siglo XVI, un ejemplar de la traducción italiana de esta obra se encontraba en la biblioteca del papa Sictas (Sixtas), y nadie tenía permiso para leerlo. A comienzos del siglo XVIII llegó a manos de un hombre llamado John Tuckland. Después de pasar por diversas manos, en 1738 d. C. llegó a la Biblioteca Imperial de Viena. En 1907 d. C. se publicó la traducción inglesa de aquel libro en la Clarendon Press de Oxford. Probablemente, tan pronto como fue publicado, el mundo cristiano comprendió que aquel libro estaba socavando desde sus raíces la religión que se atribuye a Jesús. Por ello, los ejemplares impresos fueron hechos desaparecer mediante maniobras especiales. Después ya no hubo ninguna oportunidad de reeditarlo. En el siglo XVIII existía otro ejemplar, que fue traducido del italiano al español. George Sale lo menciona en el prólogo de su traducción inglesa del Corán. Ese ejemplar también fue hecho desaparecer. Ahora no queda rastro alguno de él. (El autor). Es una muestra de la liberalidad intelectual del mundo occidental que no se haya permitido que ninguna obra sobreviviera, ya fuera para la investigación pura o como documento histórico (registro). —Los compiladores

Recientemente, Lonsdale y Laura Ragg han traducido al italiano el manuscrito del Evangelio de Bernabé conservado en la Biblioteca Imperial de Viena. Esta obra ha sido publicada por el Begum Ayesha Bawany Waqf de Karachi. —El traductor

Tuve la oportunidad de leer una copia fotostática de la traducción inglesa publicada en Oxford, y la leí minuciosa y detenidamente de principio a fin. Comprendí que se trata de un tesoro inmenso del que los cristianos, debido a su extremo fanatismo, se han privado obstinadamente. (En la literatura cristiana, cada vez que se ha mencionado el Evangelio citado anteriormente, se lo ha rechazado alegando que es un evangelio apócrifo, probablemente escrito por algún musulmán y atribuido a Bernabé. Pero esto es una mentira tremenda. La razón de esta mentira es que en él se profetiza claramente en varias ocasiones acerca del profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). En primer lugar, al leer el libro queda claro que no es obra de un musulmán. En segundo lugar, si hubiera sido escrito por un musulmán, se encontraría en gran cantidad entre los musulmanes y sería mencionado en los libros escritos por los eruditos musulmanes. Sin embargo, el hecho es que, hasta el prólogo de la traducción inglesa del Corán de George Sale, ningún musulmán conocía la existencia previa de esta obra. Entre al-Tabari, al-Yaqubi, al-Masudi, al-Biruni, Ibn Hazm y los demás autores que, entre los musulmanes, conocían la literatura cristiana, ninguno hizo siquiera la menor alusión al Evangelio de Bernabé al tratar sobre el cristianismo. Entre los libros que se encuentran en las bibliotecas del mundo islámico, destacan como los catálogos más completos Ibn al-Nadim y su Al-Fihrist, y Haji Khalifa y su Kashf al-Zunun. Tampoco en ellos se hace mención alguna de esta obra. Antes del siglo XIX, ningún erudito musulmán había pronunciado siquiera el nombre del Evangelio de Bernabé. La tercera prueba, y la mayor de todas, es que el Evangelio de Bernabé (Evngelium Barnabe) figuraba entre los libros cuya prohibición fue declarada en la época del primer Gelasio, setenta y cinco años antes del nacimiento del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). La pregunta es: ¿qué musulmán pudo escribir aquel libro apócrifo en esa época? (El autor)

Ninguno de los autores de los cuatro libros que fueron considerados legítimos y fiables e incorporados a la Biblia fue discípulo de Jesús (la paz sea con él). Ninguno de ellos afirmó tampoco que hubiera obtenido información de los discípulos de Jesús y la hubiera incorporado al Evangelio que escribió. No mencionaron ninguna de las fuentes de las que obtuvieron tales conocimientos, de modo que pudiera decirse que el narrador relató únicamente los acontecimientos que había presenciado personalmente y cuanto había oído, o que esas informaciones le habían llegado por una o varias fuentes. En cambio, el autor del Evangelio de Bernabé declara: «Soy uno de los doce primeros apóstoles del Mesías. Estuve con el Mesías desde el principio hasta el final, y en este libro registro los acontecimientos que vi con mis propios ojos y las palabras que escuché con mis propios oídos». No solo eso: al final del libro dice que, cuando el Mesías estaba a punto de partir de este mundo, le dijo: «Es tu responsabilidad eliminar la idea equivocada que se ha difundido entre la gente acerca de mí y presentar ante ellos la realidad». (¿Quién era este Bernabé? En el libro original de la Biblia se menciona repetidamente el nombre de esta persona, que pertenecía a una familia judía de Chipre. Se elogia su contribución a la propagación del cristianismo y a la ayuda y el apoyo prestados al Mesías. Sin embargo, en ninguna parte se dice cuándo abrazó el cristianismo. Su nombre no figura en la lista de los doce primeros apóstoles que aparece en el Evangelio. Por ello, no puede afirmarse si el autor de este Evangelio fue aquel Bernabé u otra persona. Hay dos discrepancias entre la lista de los apóstoles (Apostles) presentada por Mateo y Marcos y la lista de Bernabé. Una es Lucas, cuyo lugar Bernabé ocupa escribiendo su propio nombre. La segunda es Simón el Cananeo, en cuyo lugar menciona el nombre de Judas, hijo de Jacob. Este segundo nombre también aparece en el Evangelio de Lucas. Por ello, es correcto suponer que, en algún momento posterior, se puso el nombre de Lucas para excluir a Bernabé de los apóstoles y librarse así de su Evangelio. Para los eruditos cristianos, realizar este tipo de cambios en los libros religiosos no es ninguna acción ilícita. —El autor)

Características distintivas del Evangelio de Bernabé

Si alguien estudia este Evangelio con una mente clara, libre de toda clase de prejuicio ciego, y lo compara con los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, no tendrá más remedio que pensar que el Evangelio de Bernabé es muy superior a esos cuatro Evangelios. En él se ofrece una descripción detallada de la situación de Hazrat Isa (la paz sea con él), narrada de tal manera que parece que alguien estuviera viendo realmente todo cuanto ocurrió. En comparación con los relatos discordantes de los cuatro Evangelios relacionados con esos acontecimientos, estas descripciones históricas de Bernabé son mucho más coherentes y permiten comprender mejor la sucesión de los hechos.

Las verdaderas enseñanzas de Hazrat Isa (la paz sea con él) y un estilo narrativo cautivador

En comparación con los cuatro Evangelios, el Evangelio de Bernabé expone las enseñanzas de Hazrat Isa (la paz sea con él) con mayor detalle y en un lenguaje conmovedor. Los temas de la enseñanza del tawhid, la refutación del shirk, los atributos de Allah, la fuerza vital de la adoración y el carácter sublime están descritos de forma muy razonada y detallada. En los cuatro Evangelios no se encuentra ni una décima parte de los ejemplos didácticos mediante los cuales Hazrat Mesías explicó estos temas. Esto también deja claro con qué sabiduría Hazrat Mesías educaba y formaba a sus discípulos. Si alguien conoce siquiera ligeramente su lenguaje, su estilo narrativo, su temperamento y su gusto, después de leer este Evangelio se verá obligado a admitir que no se trata de una historia inventada que alguien pudiera haber escrito posteriormente. Por el contrario, en esta obra no se encuentra rastro alguno de las contradicciones que aparecen en los distintos dichos suyos recogidos en los cuatro Evangelios.

Concordancia con las enseñanzas de todos los profetas

En el Evangelio en cuestión, la vida y las enseñanzas de Hazrat Isa (la paz sea con él) aparecen exactamente como la vida y las enseñanzas de un profeta. Se presenta como un profeta y declara la veracidad de todos los profetas y libros anteriores. Dice claramente que no existe otro medio de alcanzar la verdad aparte de las enseñanzas de los profetas. Quien abandona a los profetas, en realidad abandona a Allah. Presenta exactamente el mismo concepto del tawhid, la risalat y la vida futura que enseñaron todos los profetas. Inspira a la oración, el ayuno y el zakat. De las descripciones de sus oraciones que Bernabé ofrece en muchos lugares se sabe que oraba en los momentos del fajr, zuhr, asr, magrib, isha y taháyyud. Siempre realizaba también el wudu antes de la oración. Reconocía como profetas a Hazrat Daud (la paz sea con él) y Hazrat Sulaimán (la paz sea con él), aunque los judíos y los cristianos los han excluido de su lista de profetas. Consideraba a Hazrat Ismail (la paz sea con él) como el sacrificado y hace que un erudito reconozca que, en realidad, Ismail era quien debía ser sacrificado. Los israelitas, mediante interpretaciones forzadas, han convertido a Hazrat Ishaq (la paz sea con él) en el sacrificado. Sus enseñanzas sobre la vida futura, el Día de la Resurrección, el Infierno y el Paraíso son prácticamente idénticas a las del Corán.

Propósito de la redacción de la obra

Como se ha dicho anteriormente, al comienzo de esta obra su autor explicó el propósito de redactarla. Dice que el objetivo de escribirla es corregir las ideas de quienes, instigados por Satanás, consideran a Yasū hijo de Allah, creen innecesaria la circuncisión y hacen lícitos los alimentos prohibidos; entre ellos se encuentra también el engañado Pablo.

Añade que, cuando Hazrat Isa (la paz sea con él) se encontraba en el mundo, durante su época, al ver sus milagros, los soldados romanos fueron los primeros en comenzar a llamarlo dios, y algunos incluso empezaron a llamarlo hijo de Dios. Después, esta influencia alcanzó al pueblo israelita. Como consecuencia, Hazrat Isa (la paz sea con él) quedó sumamente afligido. Rechazó repetida y enérgicamente esta falsa idea acerca de él y maldijo a quienes hablaban de él de ese modo. Luego envió a sus discípulos por toda Judea para refutar la creencia en esa idea, y, mediante su súplica, hizo que los discípulos también manifestaran esos milagros, para que la gente abandonara la idea de que quien realiza tales milagros es Dios o el hijo de Dios. En esta obra registra detalladamente cómo Hazrat Isa (la paz sea con él) refutó con tanta severidad esta falsa creencia. También dice en varios pasajes cuánto se afligía Hazrat Isa (la paz sea con él) debido a la propagación de este extravío.

Además, refuta también la creencia de san Pablo de que el Mesías murió crucificado. Al relatar el acontecimiento que presenció, dice que, cuando Judas Iscariote, tras aceptar un soborno del sumo sacerdote de los judíos, llevó consigo a los soldados para arrestar a Jesús, por orden de Allah Todopoderoso cuatro ángeles elevaron a Jesús, y el aspecto, la apariencia y la voz del propio Judas Iscariote se volvieron exactamente iguales a los de Jesús. Fue él, y no Jesús, quien fue crucificado. De este modo, este Evangelio corta de raíz el cristianismo establecido por san Pablo, y el clero cristiano lo había rechazado basándose precisamente en el relato presentado en el Corán. (Es una gran desgracia para los cristianos que, por mera obstinación, perdieran la oportunidad que habían recibido, mediante el Evangelio de Bernabé, de corregir sus creencias y aprender las verdaderas enseñanzas de Jesús.) —El autor— (Sura al-Hadid, nota 54)

 

Las enseñanzas de Jesús en los cuatro Evangelios aceptados

Dado que las circunstancias y la situación en cuyo contexto el señor Mesías presentó a los habitantes de Palestina la invitación al Gobierno divino guardan semejanza con nuestra situación actual, su método de acción contiene una guía para nosotros.

La invitación al monoteísmo

Y uno de los maestros le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús respondió: «El primero es este: Escucha, Israel: nuestro Dios y Señor es un solo Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». El maestro le dijo: «Bien, Maestro, has dicho la verdad: Él es uno, y no hay otro fuera de Él». Marcos 12:28-32

Adorarás al Señor tu Dios y solo a Él rendirás culto. —Lucas 4:8

El Gobierno divino

Por tanto, orad así: «Padre nuestro que estás en los cielos, sea santificado tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad, así en el cielo como en la tierra». —Mateo 6:9-10

En el último versículo, el Mesías deja clara su meta. La idea errónea generalizada era que el reino de Dios significaba un reino espiritual. El versículo citado demuestra que esa idea es falsa. Su propósito explícito era que la ley de Dios y los mandamientos de la sharía se aplicaran del mismo modo que su ley natural está vigente en todo el universo creado. Para esta revolución estaba formando personas.

Llamado a luchar contra la falsedad

No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner al hijo contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra; y los propios familiares del hombre serán sus enemigos. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.

La prueba es inevitable en el camino de la verdad

Y quien no tome su cruz y me siga no es digno de mí (tomar la cruz significa estar preparado para morir; como se dice en urdu, poner la cabeza en la palma de la mano, es decir, estar preparado para la muerte —el autor—). Quien quiera salvar su vida la perderá, y quien pierda su vida por causa mía la salvará. —Mateo 10:38-39

Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo (el «yo» significa la adoración de uno mismo y el interés personal —el autor—), tome su cruz y me siga. —Mateo 16:24

El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra sus padres y harán que los maten. Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin será salvo. Mateo 10:21-22

Si alguien viene a mí y no considera menos importantes a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a su propia vida, no puede ser mi discípulo. Quien no lleve su propia cruz tampoco puede ser mi discípulo. En efecto, si alguno de vosotros quiere construir una torre, ¿no se sentará primero a calcular el costo y a ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de echar los cimientos, no pueda acabarla, y todos los que la vean comiencen a burlarse de él, diciendo: «Este hombre comenzó a construir, pero no pudo terminar». ¿O qué rey, al ir a enfrentarse en guerra con otro rey, no se sentará primero a considerar si puede hacer frente con diez mil soldados al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro todavía está lejos, enviará embajadores para preguntar por las condiciones de paz. Del mismo modo, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee no puede ser mi discípulo. —Lucas 14:26-34

Un movimiento revolucionario

Estos versículos o himnos demuestran claramente que Hazrat Jesús no apareció únicamente para predicar una religión. Más bien, su objetivo principal era transformar todo el sistema civilizacional y político; por ello, era de esperar un conflicto y una confrontación con el Estado judío, los juristas y la autoridad gobernante de los fariseos; en suma, con todos los adoradores de sus pasiones y de sus intereses. Por eso, les decía claramente a las personas que la tarea que estaba a punto de emprender era sumamente peligrosa, y que solo podían acompañarlo quienes estuvieran preparados para afrontar toda clase de peligros y calamidades.

La inspiración para la tolerancia

Pero yo os digo: no resistáis al mal; al contrario, si alguien te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y si alguien quiere llevarse tu manto después de pleitear contigo en el tribunal, déjale llevarse también tu túnica. Y si alguien te obliga a caminar una milla, ve con él dos. – Mateo 5:39-41

Y no temáis a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede destruir en el infierno tanto el alma como el cuerpo. – Mateo 10:28

Invitación a abandonar el apego al mundo y a preocuparse por el Más Allá

No acumuléis tesoros para vosotros en la tierra, donde la polilla y el óxido los destruyen, y donde los ladrones fuerzan la entrada y roban. Pero acumulad tesoros para vosotros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido los destruyen, y donde los ladrones no fuerzan la entrada ni roban. – Mateo 6:19-20

Nadie puede servir a dos señores, porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: no os preocupéis por vuestra vida, pensando qué comeréis o qué beberéis, ni por vuestro cuerpo, pensando qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros, por mucho que se preocupe, puede añadir un solo codo a la duración de su vida? ¿Y por qué os preocupáis por el vestido? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan. Sin embargo, os digo que ni Salomón, con toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy existe y mañana será arrojada al horno, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? Por tanto, no os preocupéis diciendo: «¿Qué comeremos?», «¿Qué beberemos?» o «¿Qué vestiremos?». Porque los gentiles buscan todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que necesitáis todas ellas. Buscad primero su reino y su justicia, y todas esas cosas os serán añadidas. – Mateo 6:24-33

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad a la puerta, y se os abrirá. — Mateo 7:7

El propósito de enseñar la perseverancia ante las dificultades

Es una idea equivocada bastante extendida que Hazrat Isa (la paz sea con él) enseñó el rechazo del ascetismo y la indiferencia hacia los bienes materiales. Sin embargo, al comienzo de este movimiento revolucionario no había otra opción que enseñar a la gente la paciencia, la tolerancia y la confianza en Allah, entre otras cosas. Cuando un sistema cultural y político está firmemente establecido y extendido por el mundo con todo su poder, y tiene en sus manos todos los medios y recursos necesarios para la vida, ningún grupo puede levantarse allí para hacer una revolución mientras no haya expulsado de su corazón el amor a la vida y a los bienes, no esté dispuesto a soportar sufrimientos y no se haya preparado para aceptar grandes pérdidas. Luchar contra el sistema establecido significa, en realidad, atraer sobre uno mismo toda clase de peligros y calamidades. Quienes deben realizar esta tarea tienen que estar dispuestos a recibir una segunda bofetada después de haber recibido la primera. Si pierden la ropa que llevan puesta, también deben estar preparados para desprenderse de su manto. Deben borrar de su corazón la preocupación por el alimento y el vestido. No se puede esperar obtener el sustento luchando contra quienes tienen en sus manos los tesoros del sustento. Por tanto, solo puede luchar contra ellos quien sea capaz de apartarse de todos los medios y recursos, confiar únicamente en Allah y lanzarse por este camino.

El amplio manifiesto del Gobierno Divino

Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os daré descanso. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera. — Mateo 11:28-30

Probablemente no pueda redactarse el manifiesto del Gobierno Divino en un lenguaje más breve y, sin embargo, más conmovedor. El yugo del gobierno de unos seres humanos sobre otros es sumamente duro y pesado. Al ser humano aplastado bajo el peso de esta carga dura y pesada, el heraldo del Gobierno Divino puede transmitirle este mensaje: el yugo del gobierno, o la gran responsabilidad, que él quiere imponerles es tan suave como ligero.

El poder de gobernar es un gran servicio

Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que ejercen autoridad sobre ellas son llamados benefactores. Pero vosotros no seáis así; antes bien, el mayor entre vosotros sea como el menor, y el que gobierna, como el que sirve. — Lucas 22:25-26

El Mesías les impartía estas enseñanzas a sus discípulos y apóstoles. En los Evangelios hay diversos dichos sobre este tema. El sentido de todos ellos es que, después de expulsar a los faraones y a los Nimrodes, no os convirtáis vosotros mismos en faraones y Nimrodes.

Crítica de los sabios y líderes religiosos judíos

Entonces Jesús habló a la gente y a sus propios discípulos, diciendo: «Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. Por tanto, todo cuanto os digan, hacedlo y observadlo, pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen. Atan pesadas cargas, difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de la gente, pero ellos mismos no quieren moverlas ni con un dedo. Hacen todas sus obras para ser vistos por la gente, porque ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus vestiduras; aman los primeros lugares en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas, los saludos en las plazas y que la gente los llame “Rabí” (maestro).» —Mateo 23:2-7

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; vosotros mismos no entráis, y a los que están entrando no les permitís entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.» —Mateo 23:13-15

«¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, pero os tragáis el camello!» —Mateo 23:24

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se ven hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera os mostráis justos ante la gente, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.» —Mateo 23:27-28

Tal era la condición de quienes en aquella época portaban y transmitían la sharía. Aunque poseían conocimiento de la religión, también se extraviaban por adorar sus propias pasiones. En el camino de esta revolución, ellos eran quienes creaban más obstáculos, incluso más que los gobernantes romanos.

La conspiración de los líderes religiosos contra Jesús

Entonces los fariseos se reunieron en consejo para idear cómo podían atraparlo con sus palabras. Y enviaron a sus discípulos junto con los herodianos (en la época de Hazrat Isa, en una parte de Palestina existía un Estado judío semejante a un reino autóctono, que reconocía la soberanía del Imperio romano. Generalmente se lo llamaba Estado herodiano, por el nombre de su fundador, Herodes. Aquí, por herodianos se entiende a los miembros de la policía y del CID del Estado.–El autor.) para decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas verdaderamente el camino de Dios, y que no temes a nadie, porque no te dejas influir por los hombres. Dinos, pues, ¿cuál es tu opinión? ¿Está permitido pagar tributo al César?». Pero Jesús, comprendiendo su malicia, les dijo: «¡Hipócritas! ¿Por qué me ponéis a prueba? Mostradme la moneda del tributo». Entonces le llevaron un denario. Él les dijo: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». Ellos respondieron: «Del César». Entonces les dijo: «Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».–Mateo 22:15-21

De este acontecimiento se sabe que esto era, en realidad, una estratagema. Para frustrar este movimiento, los fariseos querían provocar prematuramente un enfrentamiento entre Hazrat Isa y el Gobierno, y que, antes de que el movimiento se fortaleciera, fuera aplastado mediante el poder del Gobierno. Por eso plantearon ante el CID herodiano la pregunta de si se podía pagar tributo al César. La significativa respuesta que dio Hazrat Masih ha sido entendida por todos, cristianos y no cristianos por igual, en el sentido de que la adoración corresponde a Dios y la obediencia, al Gobierno existente entre vosotros. Pero, en realidad, ni dijo que fuera correcto pagar tributo al César, porque eso habría sido contrario a su da‘wa, ni dijo que no se le pudiera pagar. Pues hasta entonces su movimiento no había llegado a una etapa en la que pudiera ordenar que se dejara de pagar el tributo. Por eso pronunció esta sutil frase: devolved al César su nombre y su imagen, y gastad en el camino de Dios el oro que Allah ha creado. Después de que su conspiración fracasara, los fariseos sobornaron a otro de los discípulos de Masih y lo convencieron de que había que arrestar a Masih en un momento en que no hubiera riesgo de un enfrentamiento multitudinario. Esta estrategia dio resultado. El judío Iscariote hizo que arrestaran a Masih.

El proceso de los judíos notables contra Hazrat Isa (la paz sea con él)

Después, todos ellos se levantaron en grupo y llevaron a Jesús ante Pilato. Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos descubierto que este hombre está corrompiendo a nuestra nación, prohíbe pagar tributo al César y afirma que él es el Cristo, el rey».–Lucas 23:1-2. Entonces Pilato dijo a los principales sacerdotes y a la multitud reunida: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Pero ellos insistían con mayor fuerza, diciendo: «Este hombre alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí» (Lucas 23:4-5). —- Pero ellos continuaban pidiendo a gritos y con vehemencia que lo crucificaran, y sus gritos se hicieron más fuertes.–Lucas 23:23

Correspondencia con la da‘wa del período mequí del Profeta Muhammad (s. a. s.)

De este modo, la misión de Hazrat Masih en el mundo fracasó debido a los esfuerzos de quienes se consideraban herederos de Hazrat Musa (a. s.). Según las evidencias y testimonios históricos, la duración total de la profecía de Hazrat Masih (a. s.) fue de entre un año y medio y tres años. En este breve período, realizó tanto trabajo como el Profeta Muhammad (s. a. s.) durante los primeros tres años de su vida mequí. Si alguien examina comparativamente estas afirmaciones del Evangelio con las suras mequíes del Corán y los hadices del período en que permaneció en La Meca, encontrará una considerable similitud entre ambos. (Al Jihad fil Islam, páginas 407–410)

La verdadera causa del extravío de los cristianos

(Árabe)————————

Di: «¡Oh, gente de la Escritura! No excedáis injustamente los límites en vuestra religión ni sigáis las ideas de quienes, antes que vosotros, se extraviaron por sí mismos, extraviaron a muchos y se apartaron del camino recto». — Sura Al-Ma’ida: 77

El extremismo de los cristianos y la enfermedad de la imitación ciega de otros

Aquí se alude a aquellas naciones extraviadas cuyas ideas erróneas, creencias y métodos equivocados adoptaron los cristianos. En particular, se alude a la filosofía griega, bajo cuya influencia intelectual se apartaron del camino recto hacia el cual habían sido guiados originalmente. Las ideas y creencias que profesaban los primeros seguidores del Mesías se asemejaban en gran medida a la verdad que ellos mismos habían presenciado y cuya enseñanza les había impartido su guía y líder. Pero los cristianos posteriores, por un lado, llevaron al extremo la manifestación de su reverencia hacia el Mesías y, por otro, influidos por las creencias ciegas y las filosofías de las naciones vecinas, comenzaron a ofrecer interpretaciones filosóficas exageradas de sus propias doctrinas y creencias. Después crearon una religión completamente nueva, que no guardaba ni la más remota relación con las verdaderas enseñanzas del Mesías.

Una revisión crítica de un erudito cristiano

A este respecto, resulta especialmente digno de atención el relato de un erudito religioso cristiano llamado reverendo Charles Anderson Scott. Su extenso artículo titulado Jesús el Mesías (Jesus Christ) 0024462 0923620 aparece en la decimocuarta edición de la Encyclopaedia Britannica. En este artículo dice:

En los tres primeros Evangelios (Mateo, Marcos y Lucas) no hay nada que permita pensar que sus autores consideraran a Jesús algo distinto de un ser humano. A sus ojos, era un hombre; un hombre que había sido bendecido al recibir el espíritu de Dios y que mantenía con Dios una relación tan estrecha e ininterrumpida que era apropiado llamarlo hijo de Dios. El propio Mateo lo menciona como hijo del carpintero, y en otro pasaje dice que, después de que Pedro lo reconociera como el Mesías, lo llevó aparte y lo reprendió (Mateo 16:22). En Lucas vemos que, después de la crucifixión, mientras dos discípulos de Jesús se dirigían a Emaús, se refirieron a él de esta manera: era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo (Lucas 24:19).

Es especialmente digno de atención que, aunque antes de la redacción del libro de Marcos ya se había generalizado entre los cristianos la costumbre de utilizar para Jesús la palabra «Señor» (Lord), ni en el Evangelio de Marcos ni en el de Mateo se recuerda a Jesús en ningún lugar con este término. Por el contrario, en ambas obras este término se utiliza con mucha mayor frecuencia para Dios. Los tres Evangelios mencionan enérgica y debidamente, con el respeto apropiado, la desgracia de Jesús. Pero, salvo las palabras de Marcos relativas al rescate (Marcos 10:45) y algunas palabras del final, en ninguna parte se encuentra indicio alguno de que la muerte de Jesús tuviera relación con el pecado de los seres humanos y su expiación.

También dice:

Que Jesús se presentaba a sí mismo como un profeta queda claro por varios discursos de los Evangelios. Por ejemplo: «Hoy, mañana y pasado mañana debo seguir adelante, porque no puede ser que un profeta perezca fuera de Jerusalén». (Lucas 13:33). La mayor parte del tiempo se refería a sí mismo como hijo de Adán. Jesús nunca se llamó a sí mismo hijo de Dios. Cuando otras personas de su época usaban esta expresión en relación con él, no significaba otra cosa sino que lo consideraban el Mesías. Sin embargo, él quería designarse a sí mismo simplemente con la palabra «hijo». Además, utilizaba metafóricamente la palabra «Padre» para describir su relación con Dios. No se consideraba único en cuanto a esta relación. Al contrario, consideraba compañeros suyos, en esta profunda relación con Dios, también a los hombres de las primeras generaciones. Sin embargo, las experiencias posteriores y el estudio profundo de la naturaleza humana lo obligaron a considerar que era único y estaba solo en este asunto.

Este autor vuelve a decir:

Estas palabras pronunciadas por Pedro durante la festividad de Pentecostés presentan a Jesús, un hombre enviado por Dios, tal como lo conocían y consideraban sus contemporáneos. Por los Evangelios sabemos que Jesús atravesó desde la infancia hasta la juventud las etapas de su desarrollo físico y mental de manera completamente normal. Tenía hambre y sed, se cansaba y dormía. Se sorprendía y se desconcertaba. También necesitaba informarse de los hechos preguntando a la gente. Sufrió penas y aflicciones, y murió. No solo no afirmó que podía oírlo y verlo todo, sino que negó tal cosa. En realidad, afirmar que era omnioyente y omnividente sería contrario a toda la concepción que obtenemos de los Evangelios. Además, tal afirmación no guarda ninguna concordancia con los acontecimientos de la prueba de fuego en los lugares llamados Getsemaní y Calvario. Para hacerla concordar, habría que considerar esos acontecimientos completamente infundados. Hay que admitir que, cuando el Mesías afrontó esas situaciones, estaba sujeto a las limitaciones generales del conocimiento humano. Y si hubo alguna excepción dentro de esas limitaciones, consistió únicamente en que poseía una previsión profética y un conocimiento directo y seguro de Dios. Por otra parte, en los Evangelios hay aún menos fundamento para considerar omnipotente al Mesías. En ninguna parte se encuentra indicio alguno de que actuara independientemente, sin preocuparse por Dios. Por el contrario, al orar repetidamente de esa manera —que no había otro medio de salvarse de aquella calamidad sino mediante la oración— reconocía claramente que dependía por completo de Dios. El hecho de que estos Evangelios conserven, por un lado, el testimonio de que el Mesías era realmente un ser humano y, por otro, no contengan ningún testimonio de que el Mesías se considerara Dios, constituye una prueba importante de su fiabilidad histórica: aunque no fueron redactados antes de que la Iglesia cristiana comenzara a considerar divino al Mesías, estos documentos preservan ambas cosas.

El reverendo Scott añade:

Solo san Pablo declara que, en el momento de la resurrección, mediante ese acto de resurrección Jesús fue públicamente investido con plena autoridad y con la dignidad de ser hijo de Dios. La expresión «hijo de Dios» lleva consigo la indicación de una filiación física real. En otro pasaje, san Pablo deja claro el asunto al llamar a Jesús el propio hijo de Dios. No se puede determinar ahora quién empleó en sentido propiamente religioso el término «Señor» como forma de dirigirse al Mesías: los primeros cristianos o san Pablo. Probablemente fue el primer grupo. Pero no cabe duda de que Pablo comenzó a emplear este tratamiento en todo su sentido. Después utilizó, respecto del Señor Jesús el Mesías, muchas ideas y términos técnicos que en las antiguas Escrituras sagradas estaban reservados para el Señor Jehová (Allah). De este modo hizo aún más clara su exposición. Al mismo tiempo, consideró al Mesías igual a Dios en conocimiento, inteligencia y grandeza, y lo llamó hijo de Dios en el sentido ordinario. Pero, pese a haber igualado al Mesías con Dios en diversos aspectos, se abstuvo de proclamarlo Dios en sentido absoluto.

La valoración de otro especialista cristiano

En un artículo titulado «Cristianismo» de la Encyclopaedia Britannica, el reverendo George William Fawkes dice, al tratar las creencias fundamentales de la Iglesia cristiana: «La estructura intelectual del trinitarismo fue tomada de los griegos. Sobre ella se dispuso y reorganizó la doctrina judía. Desde este punto de vista, es para nosotros una mezcla extraordinariamente confusa. El pensamiento religioso es bíblico, pero fue reorganizado bajo la forma de una filosofía extranjera.»

Los términos «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» fueron tomados de fuentes judías. Aunque Jesús utilizó muy pocas veces el último término, y, aun cuando san Pablo lo empleó, su significado era completamente impreciso. No obstante, en la literatura judía esta palabra había adquirido casi una forma personal. Por tanto, los elementos de esta creencia pertenecen a la religión judía —aunque, antes de incorporarse a aquella composición, esta también había sido influida por las ideas griegas—, mientras que el asunto es puramente griego. La cuestión sobre la que se basó el origen de esta creencia no era ni moral ni religiosa. Más bien era enteramente una cuestión filosófica: ¿cuál es la naturaleza de la relación mutua entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, estos tres? La respuesta que dio la Iglesia está incluida en la doctrina adoptada en el Concilio de Nicea. En todos sus rasgos, es un reflejo del pensamiento griego.

El testimonio de la historia de la Iglesia

A este respecto, merece especial atención el artículo titulado «Historia de la Iglesia» de la Encyclopaedia Britannica:

Antes de que terminara el siglo III de la era cristiana, generalmente se había aceptado que el Mesías era la manifestación corporal del Verbo. Sin embargo, numerosos cristianos no reconocían al Mesías como Dios. En el siglo IV surgió una intensa controversia sobre este asunto, que sacudió los cimientos de la Iglesia. Finalmente, en el año 325, en el Concilio de Nicea, la doctrina de la divinidad del Mesías fue reconocida oficialmente como doctrina cristiana y quedó formulada mediante una terminología específica. Aunque la controversia continuó durante algún tiempo, al final triunfó la decisión de Nicea. En Oriente y Occidente fue aceptada de tal manera que se consideró que los cristianos que profesaban la doctrina correcta debían creer en ella. Junto con reconocer al Hijo como Dios, también se reconoció al Espíritu como Dios, y se le otorgó un lugar junto al Padre y al Hijo en la fórmula del bautismo y en los símbolos religiosos establecidos. Así, como consecuencia del concepto del Mesías establecido en Nicea, la doctrina de la Trinidad se convirtió en una parte inseparable de la religión cristiana. Después, la afirmación de que la divinidad del Hijo se había encarnado en la persona del Mesías creó un segundo problema. Sobre este asunto continuaron las controversias durante el siglo IV y durante bastante tiempo después. La cuestión era: ¿qué relación había, en la persona del Mesías, entre su divinidad y su humanidad? En el año 451, el Concilio de Calcedonia ofreció la solución de que en la persona del Mesías había dos naturalezas completas. Aunque ambas se unieron, conservaron sus características distintivas sin ningún cambio. En el año 680, el Concilio celebrado en Constantinopla añadió que ambas naturalezas poseían también sus propias voluntades separadas. Es decir, el Mesías poseía simultáneamente dos voluntades. —- Durante este período, la Iglesia occidental se ocupó especialmente de las cuestiones del pecado y la gracia, y durante mucho tiempo continuó la controversia sobre cuál era la función de Dios y cuál la del ser humano en la salvación. Finalmente, en el año 529, en el Segundo Concilio de Orange, se adoptó la doctrina de que, debido a la expulsión de Adán del Paraíso, la condición de cada ser humano es tal que no puede dar ni un solo paso hacia la salvación hasta recibir una nueva vida por la gracia de Dios mediante el bautismo cristiano. Incluso después de comenzar esta nueva vida, no permanecerá firme en un estado bueno mientras la gracia de Dios no lo sostenga eternamente. Y esta gracia eterna de Dios solo puede obtenerse por medio de la Iglesia católica.

El resultado de la controversia

De estas exposiciones de los eruditos cristianos queda claro que lo primero que desvió a los cristianos fue la doctrina y el exceso de devoción y veneración. Sobre la base de este exceso se utilizaron para el Mesías, la paz sea con él, las palabras «Señor» e «Hijo de Dios». Se le atribuyeron los atributos de Dios y se inventó la doctrina de la expiación. Sin embargo, no había ni el menor rastro de estas ideas en las enseñanzas del Mesías, la paz sea con él. Después, cuando la atmósfera venenosa de la filosofía penetró en el corazón y el espíritu de los cristianos, en lugar de comprender esta desviación inicial y tratar de librarse de ella, comenzaron a justificar el error de sus predecesores y a explicarlo. Sin regresar a las verdaderas enseñanzas del Mesías, continuaron inventando nuevas doctrinas con la ayuda únicamente de las Escrituras y la filosofía. Estos versículos del Sagrado Corán advierten a los cristianos sobre tales desviaciones. (Tafhim al-Qur’an, sura As-Saff, nota 8)

La creencia en la idea de que el ser humano es pecador por naturaleza

Los Libros celestiales no presentaron ninguna idea de que el ser humano fuera pecador por naturaleza, idea que el cristianismo ha considerado su doctrina fundamental durante mil quinientos o dos mil años. Hoy, los propios eruditos católicos han comenzado a afirmar que esta doctrina no tiene fundamento. El reverendo Herbert Haag (Haag), un destacado estudioso de la Biblia, dice en su reciente obra «Is Original Sin In Scripture» que, entre los cristianos de los primeros tiempos, al menos hasta el siglo III, no existía en absoluto la doctrina de que el ser humano fuera pecador por naturaleza. Cuando esta idea comenzó a difundirse entre la gente, los eruditos cristianos continuaron oponiéndose a ella durante dos siglos. Finalmente, en el siglo V, san Agustín continuó oponiéndose a ella. Finalmente, en el siglo V, san Agustín, gracias a la fuerza de su argumentación, la incorporó a las doctrinas fundamentales de los cristianos: la humanidad había heredado la carga del pecado de Adán. Ahora no hay más alternativa que alcanzar la salvación mediante la expiación del Mesías. (El movimiento por la independencia en la India y los musulmanes, tomo 2, pp. 191-199)

Llamar a Hazrat Maryam la madre de Dios

En el año 431 d. C. se celebró en Éfeso un concilio de los líderes religiosos del mundo cristiano. En esta asamblea, la doctrina de la divinidad de Jesús y la doctrina de que María era únicamente la madre de Dios se convirtieron en doctrinas oficiales de la Iglesia. Los cristianos no se limitaron a convertir en dioses al Mesías y al Espíritu Santo, sino que también convirtieron a la madre del Mesías en una diosa permanente. En la Biblia no se encuentra ninguna indicación de que María fuera divina ni de su santidad semejante a la de Dios. Durante trescientos años después del Mesías, el mundo cristiano desconoció esta idea. Hacia finales del siglo III, algunos teólogos de Alejandría difundieron por primera vez la doctrina de la divinidad de María y el culto a María. Pero al principio la Iglesia no estaba dispuesta a aceptarlo; más bien consideraba el culto a María una doctrina errónea. Luego, cuando en el mundo cristiano comenzó una tormenta de debates en torno a la idea de Nestorio de que en la esencia del Mesías se hallaban reunidas dos entidades permanentes y separadas, se celebró este concilio en la ciudad de Éfeso en el año 431 d. C. para resolver la cuestión. Después de esta asamblea, el culto a María comenzó a expandirse rápidamente dentro de la Iglesia. Tanto fue así que, para cuando llegó el momento de la revelación del Corán, María se había convertido en una diosa tan grande que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habían quedado insignificantes frente a ella. Se erigieron estatuas suyas en iglesias de diversos lugares. Se celebraban ritos de adoración ante sus imágenes. Se le pedían súplicas. Ella era quien escuchaba los ruegos, alejaba las desgracias y ayudaba a los desamparados. Para un siervo cristiano, el mayor medio de alcanzar la fidelidad era obtener la ayuda y el patrocinio de la madre de Dios. En el preámbulo de una ley, el emperador Justiniano declaró a María protectora de su reino. Su famoso general Narsés pidió la ayuda de María en el campo de batalla. El emperador Heraclio, contemporáneo del profeta Mahoma, creía que, por la bendición de aquel retrato, aquella bandera no sería abatida. Aunque más tarde, bajo la influencia de la Reforma, los cristianos protestantes alzaron la voz contra el culto a María, la Iglesia católica romana aún cree hoy en esa doctrina. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Ma’ida, nota 101)

Las profecías sobre el último profeta en la Torá y el Evangelio

(Las profecías mencionadas en la Torá deberían haberse expuesto en el capítulo dedicado a los judíos, y las palabras del Evangelio, por separado. Sin embargo, el erudito autor ha expuesto ambas profecías juntas de tal manera que, si se separaran, perderían importancia la exposición. Por eso las ha presentado juntas.)

(Árabe———-)

Y recuerda lo que dijo Jesús, hijo de María: «¡Oh, hijos de Israel! En verdad, soy el Mensajero de Allah enviado a vosotros, confirmador de la Torá que vino antes de mí y que aún existe, y anunciador de un Mensajero que vendrá después de mí, cuyo nombre será Ahmad». —Sura As-Saff, 6. (Se ha presentado una exposición importante sobre esta aleya controvertida; la discusión aparecerá más adelante.)

Estas palabras de Jesús aluden a la buena nueva que Moisés anunció a su pueblo acerca del Mensajero de Allah. (Los cristianos también creen en las enseñanzas de Moisés y en la Torá.) En ella dice:

surgirá un profeta

«El Señor tu Dios te suscitará, de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta semejante a mí para ti; escucharéis sus palabras. Porque el día de la asamblea en Horeb pediste al Señor tu Dios, diciendo: “No vuelva yo a oír la voz del Señor mi Dios ni vuelva a ver este gran fuego, para no morir”. Entonces el Señor me dijo: “Bien han hablado. Les suscitaré de entre sus hermanos un profeta semejante a ti; pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo cuanto yo le mande”». —Deuteronomio 18:15-19

La clara profecía de la Torá

Esta es la clara profecía de la Torá, que no puede atribuirse a nadie más que al profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En ella, Moisés (la paz sea con él) transmite a su pueblo esta instrucción de Allah el Altísimo: «Haré surgir para vosotros un profeta de entre vuestros hermanos». Cabe señalar que «los hermanos» de una nación no puede significar una tribu o linaje perteneciente a esa misma nación, sino una nación con la que existe una estrecha relación genealógica. Si el profeta hubiera de surgir de entre los propios hijos de Israel, se habría dicho: «Haré surgir para vosotros un profeta de entre vosotros mismos». Por tanto, los «hermanos» de los hijos de Israel necesariamente son los hijos de Israel, quienes, por ser descendientes de Abraham (la paz sea con él), son sus parientes por linaje. Además, esta profecía no puede referirse a ningún profeta de los hijos de Israel, porque después de Moisés (la paz sea con él) no vino entre ellos un solo profeta, sino muchos, cuyas menciones aparecen por toda la Biblia.

Lo segundo que se afirma en esta buena nueva es que el profeta que sería enviado sería semejante a Moisés. Es completamente evidente que la semejanza no se refiere al rostro, la apariencia física ni las circunstancias de la vida, pues en estos aspectos ninguna persona es igual a otra. Tampoco significa simplemente semejanza en las cualidades proféticas, ya que esas cualidades se encuentran por igual en los profetas que vinieron después de Moisés (la paz sea con él). Por consiguiente, no puede ser una característica exclusiva de ningún profeta que sea semejante a Moisés en este aspecto. Una vez descartada la semejanza en estas dos dimensiones, no queda otra base para comprender la característica del profeta que habría de venir que esta: que sería semejante a Moisés en traer una ley islámica permanente y completa. Esta característica no se encuentra en nadie más que en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), pues todos los profetas que vinieron antes de él entre los hijos de Israel siguieron la ley de Moisés. Ninguno de ellos vino con una ley permanente y completa.

Esta interpretación se ve reforzada por estas palabras de la profecía, según las cuales esto ocurriría conforme a aquella súplica que tú —es decir, los hijos de Israel— dirigiste a tu Dios, el Señor, en Horeb el día de la asamblea: «Para no volver a oír la voz del Señor, mi Dios, ni volver a ver este gran fuego, no sea que muera». Entonces el Señor me dijo: «Han hablado bien. Les suscitaré un profeta de entre sus hermanos, semejante a ti, y pondré Mis palabras en su boca».

Aquí, Horeb se refiere a la montaña donde Moisés (la paz sea con él) recibió por primera vez las instrucciones de la ley. El significado de la súplica de los hijos de Israel mencionada aquí es que, si en el futuro se les otorgaba una ley, no les fuera dada en aquella situación aterradora que se había producido al impartirse la ley al pie del monte Horeb. Esta situación se menciona tanto en el Corán como en la Biblia y se produjo durante la prestación del juramento de fidelidad. Se menciona en el Corán y también en la Biblia (sura al-Baqara, aleyas 55-56; sura al-A‘raf, aleyas 155 y 171; Biblia, Éxodo 19:17-18). En respuesta, Moisés (la paz sea con él) dijo a los hijos de Israel que Allah, exaltado sea, había aceptado su súplica. Sus palabras fueron: «Les enviaré un profeta en cuya boca pondré Mi palabra». Es decir, al otorgar la ley futura no se produciría aquella situación aterradora que había ocurrido al pie del monte Horeb. Por el contrario, cuando se le confiriera la dignidad de profeta, la palabra de Allah sería puesta en su boca y él la comunicaría al público. Después de considerar estas palabras tan claras, no puede quedar ninguna duda de que aquel sobre quien se hizo la profecía no puede ser otro que el profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Después de Moisés (la paz sea con él), la ley permanente y completa fue otorgada únicamente al profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Al otorgarse esta ley no se reunió ninguna asamblea pública, como ocurrió con los hijos de Israel al pie del monte Horeb. Tampoco se produjo, al establecerse las disposiciones de la ley, una situación semejante a la que tuvo lugar allí. (Sura at-Tagabun, nota 5)

Análisis detallado de la aleya anteriormente mencionada de la sura as-Saff

La aleya de la sura as-Saff cuya traducción se presentó al comienzo de este capítulo es una de las aleyas más importantes del Noble Corán. Los opositores del islam han planteado una objeción terrible contra esta aleya y han cometido una grave falta de quebrantamiento de la confianza. Esto se debe a que en ella se afirma que Jesús (la paz sea con él) anunció la buena nueva de su venida mencionando expresamente su nombre. Por ello es necesario examinar este asunto detalladamente.

Primero: en ella se menciona al profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) por el nombre Ahmad. Ahmad tiene dos significados. El primero es una persona que alaba más que nadie a Allah, el Altísimo. El segundo es la persona más alabada, o la más digna de alabanza entre los siervos. Los hadices auténticos demuestran que este también era uno de los nombres del profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Según la narración de Abu Musa al-Ash‘ari (que Allah esté complacido con él) en Muslim y Abu Dawud, el profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: (árabe——) «Soy Muhammad, soy Ahmad y soy al-Hashir». Esta misma declaración fue transmitida de Yubair ibn Mut‘im (que Allah esté complacido con él) por el imán Malik, al-Bujari, Muslim, ad-Darimi, at-Tirmidhi y an-Nasa’i. Este nombre del profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era conocido entre los nobles compañeros. Hassán ibn Zabit (que Allah esté complacido con él) dice en su poema: (árabe*******)

Allah, los ángeles que se aglomeran alrededor de Su Trono y todas las criaturas puras invocan bendiciones sobre Ahmad, el bendito.

También está demostrado por la historia que el nombre del Profeta (s.a.s.) no era solamente Muhammad, sino también Ahmad. En toda la literatura árabe no se encuentra ningún ejemplo de que alguien se llamara Ahmad antes del Profeta (s.a.s.). Después de él, innumerables personas han recibido los nombres de Ahmad y Ghulam Ahmad. ¿Qué prueba mayor podría haber de que, desde la época de su profecía hasta hoy, este nombre suyo es tan célebre y conocido entre toda la comunidad musulmana? Si ese no hubiera sido su nombre, entonces, ¿a qué Ahmad consideraban siervos quienes pusieron a sus hijos el nombre de Ghulam Ahmad?

Dos: El Evangelio de Juan (John) atestigua que, en la época de la venida del Mesías, los Hijos de Israel esperaban a tres personas: una, el Mesías; segunda, Elías, es decir, el regreso de Hazrat Elías; y tercera, aquel Profeta.

El texto del Evangelio es el siguiente:

Este es el testimonio de Juan: cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a algunos sacerdotes y levitas para preguntarle: «¿Quién eres tú?», él confesó y no lo negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Le preguntaron: «Entonces, ¿qué? ¿Eres Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres aquel Profeta?». Él respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, para que podamos dar respuesta a quienes nos enviaron? ¿Qué dices de ti mismo?». Él dijo: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: “Enderezad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Ellos habían sido enviados por los fariseos. Y le preguntaron: «Si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni aquel Profeta, ¿por qué bautizas?». —Juan 1:19-25

De estas palabras se demuestra que los Hijos de Israel esperaban a otro Profeta además de Hazrat el Mesías y Hazrat Elías. Y tampoco era Hazrat Yahya. La creencia en la venida de aquel Profeta era tan célebre y universalmente conocida entre los Hijos de Israel que bastaba decir «aquel Profeta» para señalarlo. No era necesario decir que su venida había sido anunciada en la Torá. Además, se supo que la venida del Profeta al que señalaban era segura. Pues cuando le hicieron estas preguntas a Hazrat Yahya, no dijo: «No vendrá ningún otro Profeta; ¿de quién habláis?»

El Evangelio escrito por Juan

Tres: Ahora veamos aquellas profecías que fueron mencionadas sucesivamente en los capítulos 14 al 16 del Evangelio de Juan: «Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador, para que permanezca con vosotros para siempre: el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no ve ni conoce; pero vosotros lo conocéis, porque permanece con vosotros y estará en vosotros». —Juan 14:25-26

No hablaré mucho más con vosotros, porque viene el príncipe del mundo, y en mí no tiene nada. —14:30

A quien os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que sale del Padre; cuando venga ese Ayudador, él dará testimonio de mí. —15:26

Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, ese Ayudador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. —16:7

Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas. Sin embargo, cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará y os llevará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá todo lo que oiga, y os anunciará también los acontecimientos venideros. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo anunciará. 16:12-15

El que ha de venir será un líder mundial

En las declaraciones anteriores del Evangelio escrito por Juan, Hazrat Isa (la paz sea con él) anuncia la buena nueva de la venida de alguien después de él. Dice acerca de él que será el señor del mundo o líder mundial (Sarwar-e Alam), que permanecerá para siempre, mostrará todos los caminos de la verdad y dará testimonio del propio Hazrat Isa. En estas declaraciones de Juan se ha intentado oscurecer el tema empleando expresiones como Ruhul Qudus y el Espíritu de la verdad, entre otras. Sin embargo, si se leen atentamente todas las palabras, queda claro que aquel cuya venida se anuncia no es ningún espíritu, sino un ser humano, y además una persona extraordinaria cuya enseñanza será amplia y universal y permanecerá intacta hasta el Día de la Resurrección. En la traducción urdu, a esa persona especial se la ha llamado Ayudador, y los cristianos insisten en que la palabra utilizada en griego en el Evangelio original escrito por Juan era Paracletus.

Confusión entre los cristianos en torno a la palabra Paracletus

Los propios eruditos cristianos se enfrentan a una extrema dificultad para determinar el significado de la palabra. En la lengua griega original, la palabra Paraclete tiene varios significados: llamar hacia algún lugar, gritar pidiendo ayuda, advertir, inspirar, incitar, suplicar, etcétera. Asimismo, el significado griego de esta palabra también se interpreta de las siguientes maneras: consolar, calmar y alentar. En ningún pasaje de la Biblia donde se emplea esta palabra su significado resulta apropiado. En algunos lugares Origen utilizó en su traducción la palabra Consolator (el que consuela), y en otros, Deperecator. Sin embargo, los demás comentaristas rechazaron ambas. En primer lugar, según la gramática griega, no es correcto. En segundo lugar, este significado no resulta válido en ninguno de los lugares donde aparece la palabra. Algunos otros comentaristas utilizaron la palabra Teacher en su traducción, pero, de acuerdo con las reglas de uso de la lengua griega, no puede aceptarse este significado. Tertuliano y Agustín dieron preferencia a la palabra Advocate. Otros emplearon palabras como Assistant, Confortur y Consoler. —(Véase Encyclopaedia of Biblical Literature, entrada «Word Paracleture»).

La posibilidad de una alteración verbal

Ahora bien, lo interesante es que en griego existe otra palabra: Periclytos. Su significado es «elogiado». Esta palabra es totalmente equivalente en significado a Muhammad, y existe una gran semejanza en la pronunciación entre Periclytos y Paracletus. No es imposible que los eruditos y sacerdotes cristianos, acostumbrados a modificar sin dificultad las Escrituras según su propia voluntad, consideraran esta palabra de la profecía citada por Juan contraria a sus creencias doctrinales y le introdujeran cierta alteración. Puesto que el Evangelio escrito por Juan en el griego original ya no existe en ninguna parte, resulta difícil demostrar cuál de estas dos palabras se utilizó allí.

La palabra siríaca original

No se puede decidir basándose únicamente en qué palabra utilizó realmente Juan en griego, porque se trataba de una traducción de la lengua original. Y la lengua del Mesías era el siríaco de Palestina. Por tanto, la palabra que utilizó en su Evangelio tuvo necesariamente que ser una palabra siríaca. Afortunadamente, podemos encontrar esa palabra siríaca original en la biografía escrita por Ibn Hisham (la Sira de Ibn Hisham). Asimismo, ese libro nos permite saber cuál era su palabra griega equivalente. Citando a Muhammad ibn Ishaq, Ibn Hisham reproduce la traducción completa de los capítulos 15, versículos 23-27, y 16, versículo 1, del Evangelio escrito por Juan. En ella, en lugar de utilizar la palabra griega Farqlit (Paracletus/Periclytos), emplea la palabra Munhamanna. Después, Ibn Ishaq o Ibn Hisham explica que Munhamanna significa Muhammad en siríaco y Periclytos en griego (Ibn Hisham, tomo 1, p. 248).

Ahora debe observarse que, históricamente, la lengua de los habitantes comunes de Palestina fue el siríaco hasta el siglo IX. Esta región pasó a formar parte de los territorios conquistados por el islam desde mediados del siglo VII. Ibn Ishaq murió en el año 768 d. C. e Ibn Hisham en el año 828 d. C. Esto significa que, durante la época de ambos, los cristianos de Palestina hablaban siríaco. Para estos dos historiadores no era demasiado difícil comunicarse con los súbditos cristianos de su propio país. Además, en aquella época millones de cristianos de habla griega vivían en los territorios conquistados por el islam. Por ello, no les resultaba en absoluto difícil saber cuál era la palabra griega equivalente a una determinada palabra siríaca. Ahora bien, si en la traducción de Ibn Ishaq se utilizó la palabra siríaca Munhamanna, y en su explicación Ibn Ishaq empleó en árabe su equivalente Muhammad y en griego Periclytos, entonces no queda lugar a duda de que Jesús había anunciado, mencionando por su nombre al Profeta Muhammad, su propia llegada. Al mismo tiempo, también se sabe que en el Evangelio escrito por Juan se había utilizado originalmente la palabra griega Periclytos, que posteriormente los eruditos cristianos cambiaron por Paracletus.

El reconocimiento de la verdad por parte del rey Negus

Un testimonio histórico aún más antiguo se encuentra en el relato de Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él). Dice que, cuando el Negus convocó ante su corte a los emigrantes que habían viajado a Abisinia y escuchó de Jaafar ibn Abi Talib las enseñanzas del Profeta Muhammad, dijo:

Bendiciones para vosotros y para Aquel de quien procedéis. Doy testimonio de que él es el Mensajero de Allah y que es precisamente aquel cuya llegada fue anunciada por Jesús, hijo de María.

Esta historia se encuentra narrada en diversos hadices por el propio Hazrat Yafar y Hazrat Umm Salama. De ella no solo se demuestra que, a comienzos del siglo VII, el Nayashi sabía que Hazrat Jesús había profetizado la venida de un profeta, sino también que en el Evangelio existía una indicación clara de ese profeta, por lo que al Nayashi no le resultó difícil llegar a la conclusión de que el profeta Muhammad —que Dios le bendiga y le conceda paz— era precisamente ese profeta. Sin embargo, este relato no permite saber si el Nayashi conoció la buena nueva anunciada por Hazrat Jesús a través del Evangelio escrito por Juan o si la conoció por algún otro medio.

La buena nueva del Evangelio de Bernabé

En las profecías que Bernabé cita en su Evangelio acerca del Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz—, en algunos pasajes Hazrat Jesús menciona por su nombre al profeta Muhammad —que Dios le bendiga y le conceda paz—; en otros lo llama el Mensajero de Dios; en otros utiliza para él la palabra Mesías; en otros, Admirable; y en otros emplea expresiones tan claras que son completamente equivalentes a «No hay divinidad sino Dios; Muhammad es el Mensajero de Dios» —que Dios le bendiga y le conceda paz—. No es posible citar íntegramente todas estas buenas nuevas, pues son tan numerosas y están expuestas en distintos lugares siguiendo diferentes formas de presentar el contexto anterior y posterior, que con ellas podría componerse un libro entero. A continuación se ofrecen algunas citas a modo de ejemplo: (El Evangelio de Bernabé fue traducido al inglés por Lonsdale y Laur Raag, y publicado en 1907 por Claregun Press, Oxford. Para los lectores instruidos en inglés, la cita de dicha obra se ofrece en lengua inglesa —el traductor—).

Los profetas que Dios envió al mundo, cuyo número era de ciento cuarenta y cuatro mil, hablaron de manera oscura. Pero después de mí aparecerá el esplendor de todos los profetas y santos, e iluminará la oscuridad de todo lo que dijeron los profetas, porque él es el Mensajero de Dios. (Pues todos los profetas, que son ciento cuarenta y cuatro mil y a quienes Dios ha enviado al mundo, han hablado de manera oscura. Pero después de mí vendrá el esplendor de todos los profetas y santos, y arrojará luz sobre la oscuridad de todo lo que han dicho los profetas, porque él es el Mensajero de Dios. Capítulo 17, El Evangelio de Bernabé). (Capítulo 17)

Los fariseos y los levitas dijeron: «Si no eres el Mesías, ni Elías, ni tampoco otro profeta, ¿por qué impartes una nueva enseñanza y te presentas como superior incluso al Mesías?». Jesús respondió: «Los milagros que Dios realiza por medio de mis manos muestran que hago aquello que Dios quiere. De hecho, no me considero digno de ser superior a aquel de quien habláis. No soy digno de desatar las correas de las sandalias ni los cordones de los zapatos del Mensajero de Dios, a quien llamáis Mesías, que fue preparado antes que yo, que vendrá después de mí y traerá la palabra de la verdad, de modo que su religión no tenga fin». —Versículo 42. (Dijeron: «Si no eres el Mesías, ni Elías, ni otro profeta, ¿por qué predicas una nueva doctrina y te haces valer más que el Mesías?».

Jesús respondió: «Los milagros que Dios realiza por medio de mis manos muestran que hago aquello que Dios quiere; de hecho, no me considero digno de ser aquel de quien habláis, pues no soy digno de desatar las correas de las sandalias ni los cordones de los zapatos del Mensajero de Dios, a quien llamáis Mesías, que fue preparado antes que yo, que vendrá después de mí y traerá las palabras de la verdad, de modo que su fe no tenga fin». (Capítulo 42, El Evangelio de Bernabé).

Os digo ciertamente que todo profeta que ha venido nació como signo de la misericordia de Dios para una sola nación. Por eso, las palabras de los profetas no llegaron a nadie salvo a aquel pueblo para el que fueron enviados. Pero cuando venga el Mensajero de Dios, Dios le dará, por así decirlo, el sello de Su propia mano. Él ejercerá autoridad sobre los impíos y destruirá la idolatría de tal manera que Satanás quedará desconcertado. (Después de una larga conversación con sus discípulos), Hazrat Jesús —la paz sea con él— declara con palabras claras que ese profeta nacerá entre los hijos de Ismael, no entre los hijos de Isaac. —Capítulo 43. (En verdad os digo que todo profeta, cuando ha venido, ha sido enviado a una sola nación como señal de la misericordia de Dios. Por eso, sus palabras no se extendieron más allá del pueblo al que fueron enviados. Pero cuando venga el Mensajero de Dios, Dios le dará, por así decirlo, el sello de Su mano, de modo que llevará salvación y misericordia a todas las naciones del mundo que acepten su doctrina. Vendrá con poder contra los impíos y destruirá la idolatría, hasta dejar confundido a Satanás. Creedme, pues en verdad os digo que la promesa fue hecha a Ismael, no a Isaac. —Capítulo 43, El Evangelio de Bernabé).

Por eso os digo que el Mensajero de Dios es un resplandor por medio del cual casi todo lo que Dios ha creado encontrará dicha. Pues está adornado con el espíritu de entendimiento y consejo, el espíritu de sabiduría y poder, el espíritu de temor y amor, el espíritu de prudencia y templanza. Está adornado con el espíritu de caridad y misericordia, el espíritu de justicia y piedad, el espíritu de mansedumbre y paciencia. Dios le ha concedido estas cualidades en una medida tres veces mayor que la que ha otorgado a todas Sus criaturas. ¡Qué bendito será el tiempo en que venga al mundo! Creedme: lo he visto y le he rendido homenaje, tal como todos los profetas lo han visto. Al ver su espíritu, Dios les concedió la profecía. Y cuando lo vi, mi alma se llenó de consuelo y dije: «¡Oh, Muhammad! Que Dios esté contigo y que me haga digno de atar los cordones de tus zapatos; pues, si obtengo ese honor, seré un gran profeta y un santo de Dios». —Capítulo 44. (Por eso os digo que el Mensajero de Dios es un resplandor que dará alegría a casi todo lo que Dios ha creado, pues está adornado con el espíritu de entendimiento y consejo, el espíritu de sabiduría y poder, el espíritu de temor y amor, el espíritu de prudencia y templanza. Está adornado con el espíritu de caridad y misericordia, el espíritu de justicia y piedad, el espíritu de mansedumbre y paciencia, que ha recibido de Dios tres veces más que lo que ha dado a todas Sus criaturas. ¡Oh, bendito tiempo en que vendrá al mundo! Creedme: lo he visto y le he rendido homenaje, tal como todos los profetas lo han visto; pues, al contemplar su espíritu, Dios les concede la profecía. Y cuando lo vi, mi alma se llenó de consuelo y dije: «Oh, Muhammad, que Dios esté contigo y que Él me haga digno de atar los cordones de tus zapatos, pues, si obtengo esto, seré un gran profeta y un santo de Dios». —Capítulo 44).

No os entristezcáis ni tengáis miedo. Porque yo no os he creado; más bien, Dios es nuestro Creador y Él os ha creado. Él cuidará de vosotros. En cuanto a mí, he venido ahora al mundo para preparar el camino al Mensajero de Dios, quien traerá la salvación al mundo. Pero cuidado, no os dejéis engañar, porque vendrán muchos falsos profetas y, invocando mi nombre, corromperán mi Biblia.

Entonces Andrés dijo: «Maestro, díganos algunas de sus señales, para que podamos reconocerlo».

Jesús dijo: «Él no vendrá en vuestra época. Vendrá algunos años después de vosotros, cuando mi Evangelio (la Biblia) haya sido tan corrompido que, a lo sumo, quedarán treinta creyentes. En ese momento Dios tendrá misericordia del mundo y enviará a Su Mensajero, sobre quien una nube dará sombra. Por medio de ella se le reconocerá como elegido de Dios, y a través de él Dios será conocido en el mundo. Tendrá un poder enorme contra los impíos y erradicará la idolatría del mundo. Me alegro mucho, porque por medio de él podremos conocer a nuestro Dios y se describirá Su santidad. El mundo conocerá mi veracidad. Él se vengará de quienes me consideren algo superior a un ser humano. Traerá una verdad más clara que la verdad de todos los profetas». —Capítulo 72—. «Que vuestro corazón no se turbe ni tengáis miedo, porque yo no os he creado, sino que Dios, nuestro Creador, os ha creado y os protegerá. En cuanto a mí, ahora he venido al mundo para preparar el camino al Mensajero de Dios, quien traerá la salvación al mundo. Pero cuidado, no os dejéis engañar, porque vendrán muchos falsos profetas que tomarán mis palabras y corromperán mi Evangelio». Entonces Andrés dijo: «Maestro, díganos alguna señal para que podamos reconocerlo». Jesús respondió: «Él no vendrá en vuestro tiempo, sino algunos años después de vosotros, cuando mi Evangelio haya sido anulado, de modo que apenas quedarán treinta fieles. En ese momento Dios tendrá misericordia del mundo y enviará a Su Mensajero; sobre su cabeza se posará una nube blanca, por la cual será reconocido como elegido de Dios, y por medio de él Dios se manifestará al mundo. Vendrá con gran poder contra los impíos y destruirá la idolatría sobre la tierra. Y me alegra, porque por medio de él nuestro Dios será conocido, glorificado y reconocido como verdadero, y él ejecutará venganza contra quienes digan que soy más que un ser humano. Vendrá con una verdad más clara que la de todos los profetas». —Capítulo 72, El Evangelio de Bernabé—

El juramento de Dios se hizo en Jerusalén, en la mezquita de Salomón, y no en ningún otro lugar. Pero creedme: llegará un tiempo en que Dios hará descender Su misericordia sobre otra ciudad. Entonces será posible adorarle verdaderamente en todos los lugares, y Dios aceptará, por Su misericordia, la oración correcta en cada lugar.

Jesús dijo: «En verdad he sido enviado como profeta de salvación para el pueblo de Israel. Pero después de mí vendrá el Mesías, enviado por Dios para todo el mundo, para quien Dios creó este mundo entero. Entonces se adorará a Dios en todo el mundo y descenderá Su misericordia». —Capítulo 82—. «La promesa de Dios se hizo en Jerusalén, en el templo de Salomón, y no en ningún otro lugar. Pero creedme: llegará un tiempo en que Dios otorgará Su misericordia a otra ciudad, y en todos los lugares será posible adorarle con verdad. Y Dios aceptará en cada lugar la oración verdadera con misericordia. En verdad he sido enviado a la casa de Israel como profeta de salvación, pero después de mí vendrá el Mesías, enviado por Dios a todo el mundo, para quien Dios creó el mundo. Entonces Dios será adorado en todo el mundo y se recibirá misericordia». —Capítulo 82, El Evangelio de Bernabé—

Jesús dijo: «Por el Dios viviente, en cuya mano está mi vida, yo no soy el Mesías cuya llegada esperan todas las naciones del mundo, aquel acerca de quien Dios prometió a nuestro padre Abraham diciendo: “Por medio de tu descendencia serán bendecidas todas las naciones del mundo”».

Pero cuando Dios me retire del mundo, cuando Satanás se rebele de tal manera que los impíos crean que soy Dios y el hijo de Dios, por ello corromperán mis palabras y mis enseñanzas. Hasta tal punto que, con gran dificultad, quedarán entonces treinta creyentes. En ese momento Dios mostrará misericordia al mundo y enviará a Su Mensajero, para quien creó todas las cosas del mundo; él vendrá desde el sur con poder y destruirá los ídolos y a los idólatras. Le arrebatará a Satanás el dominio que ha obtenido sobre los seres humanos. Traerá la misericordia de Dios para quienes crean en él. Bienaventurados quienes acepten sus palabras». —Capítulo 96—. «Jesús respondió: “Por Dios, que vive y ante cuya presencia está mi alma, yo no soy el Mesías cuya llegada esperan todas las tribus de la tierra, tal como Dios prometió a nuestro padre Abraham, diciendo: ‘En tu descendencia bendeciré a todas las tribus de la tierra’. Pero cuando Dios me retire del mundo, Satanás volverá a suscitar esta maldita sedición, haciendo que los impíos crean que soy Dios y el hijo de Dios; por eso mis palabras y mi doctrina serán corrompidas, hasta el punto de que apenas quedarán treinta fieles. Entonces Dios tendrá misericordia del mundo y enviará a Su Mensajero, para quien creó todas las cosas; él vendrá del sur con poder y destruirá los ídolos y a los idólatras, y arrebatará a Satanás el dominio que tiene sobre los seres humanos. Traerá consigo la misericordia de Dios para la salvación de quienes crean en él. Bienaventurado quien crea en sus palabras”». —Capítulo 96, El Evangelio de Bernabé—

El sacerdote preguntó: «¿Con qué nombre será llamado ese Mesías y qué señales anunciarán su llegada?»

Jesús respondió: El nombre del Mesías es Admirable. Porque cuando Dios creó su espíritu, Él mismo le dio ese nombre y lo colocó en una dignidad celestial. Dios dijo: «Espera, Muhammad, porque por ti crearé el Paraíso, el mundo y muchas otras cosas, y te las concederé como recompensa. Serán bendecidos quienes te bendigan, y serán malditos quienes te maldigan. Cuando te envíe al mundo, te enviaré como profeta de la salvación. Tu palabra será verdadera, de modo que la tierra y el cielo no permanecerán, pero tu religión sí permanecerá. Por tanto, su bendito nombre es Muhammad». —Capítulo 97— (Entonces dijo el sacerdote: ¿Cómo se llamará el Mesías y qué señal revelará su venida?)

Jesús respondió: El nombre del Mesías es Admirable. Porque Dios mismo le dio ese nombre cuando creó su alma y la colocó en un esplendor celestial. Dios dijo: «Espera, Muhammad, porque por ti crearé el Paraíso, el mundo y una gran multitud de criaturas, y te los regalo; de modo que quien te bendiga será bendecido y quien te maldiga será maldito. Cuando te envíe al mundo, te enviaré como mi mensajero de salvación, y tu palabra será verdadera, de modo que el cielo y la tierra desaparecerán, pero tu fe nunca desaparecerá. Muhammad es su bendito nombre». (Capítulo 97, El Evangelio de Bernabé).

El sacerdote preguntó: Después de ese mensajero de Dios, ¿vendrá también algún otro profeta? Jesús respondió: Después de él no vendrá ningún profeta verdadero enviado por Dios. Pero vendrán muchos profetas falsos, por lo cual me entristezco mucho. Porque Satanás los hará aparecer por el justo decreto de Dios, y se ocultarán bajo el pretexto de mi Biblia. —(Capítulo 97)— (El sacerdote respondió: Después de la venida del mensajero de Dios, ¿vendrán otros profetas? Jesús respondió: Después de él no vendrán profetas verdaderos enviados por Dios, pero vendrá una gran cantidad de profetas falsos, por lo que me aflijo, pues Satanás los suscitará por el justo juicio de Dios y se esconderán bajo el pretexto de mi Evangelio. —Capítulo 97, El Evangelio de Bernabé—) Jesús dijo: Sabed, Bernabé, que uno solo de mis discípulos me venderá a mis enemigos por treinta monedas. Estoy seguro de que quien me venda será ejecutado en mi nombre. Porque Dios me elevará de la tierra y cambiará el aspecto del traidor, de modo que todos creerán que él soy yo. Sin embargo, cuando muera con una muerte vergonzosa, durante mucho tiempo se describirá en el mundo mi propia deshonra. Pero cuando llegue Muhammad, el santo Mensajero de Dios, mi mala fama será eliminada. Dios hará esto porque he reconocido su verdad. Me recompensará de tal manera que la gente sabrá que estoy vivo y que no tengo ninguna relación con esa muerte deshonrosa. —(Capítulo 112)— (Sabed, oh Bernabé, que uno de mis discípulos me venderá por treinta monedas; por eso estoy seguro de que quien me venda será ejecutado en mi nombre, pues Dios me elevará de la tierra y cambiará la apariencia del traidor, de modo que todos creerán que él soy yo. Sin embargo, cuando muera con una muerte vergonzosa, permaneceré durante mucho tiempo en el mundo bajo esa deshonra. Pero cuando llegue Muhammad, el sagrado Mensajero de Dios, esa infamia será retirada. Y Dios hará esto porque he reconocido la verdad del Mesías, quien me concederá esta recompensa: que se sepa que estoy vivo y que soy ajeno a esa muerte infamante. —Capítulo 112, El Evangelio de Bernabé—)

En verdad os digo que, si la verdad no hubiera sido deformada en el libro de Moisés, Dios no habría dado a David, nuestro padre, el segundo libro. Y si el libro de David no hubiera sido corrompido, Dios no me habría dado el Evangelio. Porque nuestro Dios no cambia y ha dado un mismo mensaje a todos los hombres. Por tanto, cuando llegue el Mensajero de Dios, eliminará la deformación que los impíos han introducido en mi libro. —(Capítulo 124)— (En verdad os digo que, si la verdad no hubiera sido borrada del libro de Moisés, Dios no habría dado a David, nuestro padre, el segundo libro. Y si el libro de David no hubiera sido contaminado, Dios no me habría confiado el Evangelio, pues el Señor nuestro Dios es inmutable y ha hablado un solo mensaje a todos los hombres. Por ello, cuando venga el Mensajero de Dios, vendrá para limpiar todo aquello con lo que los impíos han contaminado mi libro. —Capítulo 124, El Evangelio de Bernabé).

El cristianismo en Arabia

Añadido por los dos compiladores

[Cuando se reunieron algunos materiales o elementos para este título, se advirtió que faltaban los temas necesarios para iniciar la discusión. Era posible llenar este vacío recopilando materiales de las obras de otros autores. Estos se presentan a continuación como citas. —[Los dos compiladores]]

Uno: El cristianismo entró en Arabia en el siglo III cristiano, cuando la inmoralidad y las innovaciones religiosas (doctrinas nuevas inventadas) se estaban extendiendo gradualmente por las iglesias de Oriente. Los historiadores en general dicen que esta fue la época de Dhu Nuwas. Pero no estoy de acuerdo con ellos, porque él murió unos cuatrocientos años antes. La expansión de esta religión fue mayor en Nayrán, y no se extendió mucho por el resto de Arabia. Sin embargo, el cristianismo se difundió entre las tribus de Banu Rabi’a y Ghassan, y en cierta medida entre los Quda’a. Nota de la traducción al urdu, primer volumen, de la Historia de Ibn Jaldún, por el erudito Hakim Ahmad Husain Allahabadi.

Dos: el cristianismo se difundió en Rabia, Gassán y algunas partes de Qudāʿa. Parece que lo adoptaron de los romanos, pues los árabes viajaban con frecuencia a sus tierras por motivos comerciales. En Hira, las diversas tribus árabes adoptaron el cristianismo colectivamente. Se les llamaba los ʿAbbād. Entre ellos se encontraba también ʿAdī ibn Zayd al-ʿAbbādī. Entre los Banū Agl también había árabes cristianos. (Bulūgh al-Adab, traducción urdu de Pīr Muhammad Hasan, tomo III, pág. 152).

Tres: los Banū Gassān adoptaron el cristianismo en el año 330 d. C. Después, esta religión se extendió por Irán, Arabia, Baréin, el desierto de Fārān, Dūmat al-Jandal y las regiones situadas a orillas del Éufrates y el Tigris. El Nayāshī y el César se esforzaron conjuntamente por propagarla. Desde el año 395 hasta el 513 d. C. se intensificaron especialmente los esfuerzos para difundir esta religión, y numerosos ejemplares del Evangelio se distribuyeron en Yemen. —Raḥmatul-lil-ʿĀlamīn, tomo I, pág. 31, nota.

Cuatro: antes de los Tubbaʿ, todas las clases de los sabeos eran adoradoras de las estrellas. Sus mayores divinidades eran Shams y al-Makka. En la lengua himyarita, la luna se llama al-Makka. En el año 330 d. C., el cristianismo provocó disturbios bajo la influencia de los romanos egipcios en la costa africana, detrás de Yemen. Con la ayuda de los romanos de Siria, la ciudad de Nayrán, en los confines de Yemen, adoptó el cristianismo. Debido a las influencias de todos sus alrededores, los Tubbaʿ de Yemen tampoco pudieron protegerse del cristianismo. Aunque cesó la adoración de las estrellas, sus ídolos no fueron retirados. Entonces, junto a Shams, al-Makka y Astar, empezó a aparecer también el nombre de Raḥmān, nombre que en la época preislámica estaba reservado para los judíos y los cristianos.

Cinco: en esta región, el judaísmo y el cristianismo eran las dos religiones civilizadas y reveladas. Eran rivales entre sí. En el capítulo anterior se ha sabido que la nación sabea de Himyar mantenía conflictos y enfrentamientos con los romanos y los abisinios. Por eso, los Tubbaʿ de Himyar daban preferencia al judaísmo sobre el cristianismo. No se ha encontrado ninguna prueba de que algún otro Tubbaʿ, aparte de ʿAbd Kalīl, adoptara el cristianismo. Según los relatos de los árabes, ʿAbd Kalīl también era cristiano. Una inscripción en piedra demuestra asimismo que eran cristianos. Entre los Tubbaʿ restantes había un pequeño número de adoradores de las estrellas y un número mayor de judíos. La historia de al-Ṭabarī afirma que el primero de todos en adoptar el judaísmo fue Aswad Abū Karib (árabe***). La religión de la realeza se extendió también entre el pueblo. Así, en Yemen estalló un conflicto entre el judaísmo y el cristianismo.

Seis: los romanos, al abrir las rutas marítimas, hundieron el mercado de Saba. No satisfechos con ello, invadieron Yemen en el año 20 a. C. El aksumita abisinio, que al principio había nacido en el mismo país que los romanos egipcios y después había adoptado esta religión, expresaba repetidamente su irritación ante las provocaciones de los romanos. Himyar no dejaba pasar ninguna oportunidad. Siempre que podía, saqueaba en el mar a los comerciantes romanos. En el norte de Arabia, Irán y Roma estaban enfrentados entre sí. Era natural que Himyar simpatizara con los iraníes.

Los romanos quisieron poner fin al conflicto mediante un tratado. Hacia finales del siglo VI cristiano, el César de Roma, Justi Nais, envió un embajador a Yemen, ante el Tubbaʿ. ——- Esta propuesta de paz no pudo extinguir el fuego de la hostilidad. En aquel tiempo, Yu Nuwās era el gobernante.

Siete: los comerciantes romanos llegaban a las regiones costeras de Yemen con mercancías comerciales y, por los lugares que atravesaban, distribuían junto con ellas también los obsequios del cristianismo. Los sacerdotes cristianos viajaban asimismo al interior del país con propósitos especiales. Primero en Adén y después en Adnán, donde antes se adoraban los árboles, el cristianismo floreció y prosperó. Las técnicas y artes que hoy se observan en Europa ya existían en el pasado. Tras el comercio siempre se han perseguido objetivos religiosos y políticos. También en aquella época, tras este comercio, se perseguían objetivos religiosos y políticos. Mediante estas técnicas, Nayrán se transformó en el centro del cristianismo en Yemen. Es decir, se convirtió para los romanos y los abisinios en un lugar de esperanza y refugio. Los judíos himyaritas ardían de ira al verlo.

La historia de los Compañeros de al-Ujdud

(Aquí comienza el texto escrito por el propio autor)

Se narran diversos episodios en los que se encendieron fuegos en fosas y se arrojó en ellos a los creyentes. De ello se sabe que muchas veces se han perpetrado en el mundo persecuciones de este tipo, propias de demonios.

Relato transmitido por Suhayb al-Rumi (que Allah esté complacido con él)

Uno de estos episodios fue narrado por Suhayb al-Rumi (que Allah esté complacido con él) al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Se trata de lo siguiente: un rey tenía un mago. Cuando este envejeció, le dijo al rey: «Dame un muchacho para que aprenda magia conmigo». El rey puso a un muchacho a su servicio. Mientras iba y venía a casa del mago, el muchacho comenzó a encontrarse con un sacerdote, que posiblemente era seguidor de Jesucristo (la paz sea con él). Influido por las palabras del sacerdote, el muchacho abrazó la fe. Después, bajo la formación del sacerdote, adquirió poderes milagrosos. Por medio de él, los ciegos comenzaron a recuperar la vista y los leprosos a curarse. Cuando el rey supo que el muchacho había creído en el monoteísmo, primero mató al sacerdote y luego quiso matar al muchacho. Sin embargo, no fue posible matarlo con ningún instrumento. Finalmente, el muchacho dijo: «Si quiere matarme, reúnan a la gente y dispare contra mí una flecha diciendo: “En el nombre del Señor de este muchacho”».

El rey mató así al muchacho. Después de este suceso, la gente exclamó al unísono: «¡Hemos creído en el Señor de este muchacho!». Los consejeros del rey dijeron: «Esto es precisamente aquello de lo que usted quería protegerse. La gente ha abandonado su religión y ha adoptado la religión de este muchacho». Al ver esta situación, el rey se enfureció terriblemente. Luego mandó cavar fosas junto al camino y las llenó de fuego ardiente. Después, a toda persona que no aceptaba abandonar su fe la arrojaban al fuego (Ahmad, Muslim, al-Nasa’i, al-Tirmidhi, Ibn Yarir, Abd al-Razzaq, Ibn Abi Shayba, al-Tabarani y Abd ibn Humayd).

Relato transmitido por Ali (que Allah esté complacido con él)

Un segundo episodio fue narrado por Ali (que Allah esté complacido con él). Él dijo: un rey de Irán, después de beber vino y embriagarse, cometió adulterio con su propia hermana. Como consecuencia, entre ambos se estableció una relación ilícita. Cuando el hecho salió a la luz, el rey proclamó que Dios había declarado lícito el matrimonio con la hermana. La gente no aceptó sus palabras, por lo que el rey obligó a la población a aceptarlas mediante diversos castigos. A quienes se negaban a aceptar aquello comenzaron a arrojarlos a fosas de fuego. Ali (que Allah esté complacido con él) dijo que desde entonces comenzó entre los mazdeístas (adoradores del fuego) la costumbre de casarse con mujeres prohibidas. —Ibn Yarir

Relato israelita

El tercer relato lo transmitió Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él). Probablemente citó este acontecimiento de una narración israelita. Dice que los babilonios obligaron a los Banu Israel a abandonar la religión de Moisés (la paz sea con él). A quienes se negaron a abandonarla los arrojaron a fosas llenas de fuego. —Ibn Yarir, Abd ibn Humayd.

El acontecimiento de Nayrán

El acontecimiento de Nayrán es el más famoso. Historiadores islámicos como Ibn Hisham, Tabari, Ibn Jaldún y el autor de la obra Mu’jam al-Buldan, entre otros, relatan este acontecimiento. En resumen, el rey himyarita de Yemen, Tubban As’ad Abu Karib, viajó una vez a Yathrib y, influido por los judíos, adoptó el judaísmo. Después llevó a Yemen a dos sabios de los Banu Qurayza. Allí difundió ampliamente el judaísmo. Tras su muerte, su hijo Dhu Nuwas lo sucedió. Este atacó Nayrán, una sólida fortaleza de los cristianos en el sur de Arabia, con el propósito de erradicar de allí el cristianismo y obligar a sus habitantes a adoptar el judaísmo. Ibn Hisham dice que estas personas eran seguidores de la verdadera religión de Jesús (la paz sea con él). Al llegar a Nayrán, convocó a la población a abrazar el judaísmo, pero ellos se negaron. Entonces arrojó a un gran número de personas a fosas llenas de fuego, donde fueron quemadas vivas, y mató a muchas otras. En total murieron veinte mil personas. Entre los habitantes de Nayrán, un hombre llamado Dhu Tha’laban logró escapar. Según una versión, acudió al César de Roma, y según otra, al rey de Abisinia, el Negus, para pedir reparación por aquella persecución. De acuerdo con la primera versión, el César informó al Negus; según la segunda, el Negus pidió al César que le enviara barcos de guerra. En cualquier caso, finalmente un ejército abisinio de setenta mil soldados, bajo el mando de un comandante llamado Aryat, invadió Yemen. Dhu Nuwas murió, el Estado judío llegó a su fin y Yemen se convirtió en parte del reino cristiano de Abisinia.

Misioneros cristianos en Yemen

Los relatos de los historiadores islámicos no solo son confirmados por otras fuentes históricas, sino que estas también proporcionan muchos detalles adicionales. El primer dominio de los abisinios cristianos radicales sobre Yemen se estableció en el año 34 d. C. y permaneció intacto hasta el año 378. Desde entonces comenzaron a entrar misioneros cristianos en Yemen. En una época cercana a ese período llegó a Nayrán un viajero cristiano llamado Faymiyun, un asceta piadoso dotado de revelaciones y milagros. Explicó a sus habitantes cuán abominable era la idolatría. Como resultado de su predicación, los habitantes de Nayrán abrazaron el cristianismo. Su sistema de gobierno estaba dirigido por tres autoridades. La primera era un jefe poderoso, semejante a los líderes tribales. Se le confiaban los asuntos exteriores, los tratados internacionales y el mando del ejército. La segunda era el custodio, encargado de los asuntos internos. La tercera era el usquf o obispo, cuya función consistía en proporcionar liderazgo religioso. Nayrán era una ciudad de gran importancia en el sur de Arabia. Era un centro de comercio, negocios e industria. Allí había fábricas de seda, cuero y armas. Allí se confeccionaba la famosa hulla yemení (una prenda). Por ello, Dhu Nuwas atacó este lugar importante no solo por motivos religiosos, sino también políticos y económicos. Mató a Haritha, el principal personaje de Nayrán (Arethas, según los historiadores siríacos). Delante de su esposa Ruma fueron asesinadas sus dos hijas y ella fue obligada a beber su sangre. Después también la mataron. Los huesos del obispo Pablo fueron sacados de su tumba y quemados. Hombres y mujeres, niños y ancianos, sacerdotes y clérigos, todos fueron arrojados a fosas llenas de fuego. Se relata que murieron entre veinte y cuarenta mil personas. Este acontecimiento tuvo lugar en el año 523, y en el año 525 los abisinios invadieron Yemen, mataron a Dhu Nuwas y pusieron fin a su reino himyarita. La veracidad de estos hechos está respaldada por la inscripción de Hisn Ghurab, descubierta en Yemen por arqueólogos modernos.

Testimonios presenciales del acontecimiento de los Compañeros de la Fosa

En diversos escritos y tratados del siglo VI cristiano se ofrece un relato detallado del acontecimiento de los Compañeros de la Fosa; algunos fueron escritos en aquella misma época y a partir de testimonios de testigos presenciales. Entre sus autores hubo tres contemporáneos del acontecimiento. El primero se llamaba Procopio y el segundo, Cosmos Indico-Pleustis. Por orden del Negus Elesboan, este traducía al inglés las obras griegas de Ptolomeo y vivía en la ciudad costera abisinia de Adulis. El tercero era Juan Malalas (Johannes Malala). Historiadores posteriores citaron este acontecimiento basándose en su obra. Después, Johannes de Éfeso (fallecido en 585) registró en su historia de la Iglesia el relato de la persecución de los cristianos de Nayrán. Lo citó de una carta del obispo Simeón, un narrador contemporáneo. La carta estaba dirigida al abad Von Gabula. En ella, Simeón citó el acontecimiento a partir de relatos presenciales de habitantes de Yemen. Esta carta se publicó en Roma en 1881 y volvió a publicarse en 1890, en relación con la situación de los mártires cristianos. El patriarca Dionisio y Zacarías de Mitilene también relataron este acontecimiento en sus historias siríacas. Pablo, obispo de Edesa, escribió una elegía por los muertos de Nayrán, que todavía se conserva. El libro escrito en siríaco Al-Himyar y su traducción inglesa, Book of Himyarites, se publicaron en Londres en 1924. Esta obra reconoce la veracidad del relato de los historiadores musulmanes. En el Museo Británico se conservan algunos manuscritos abisinios de aquella época y de períodos cercanos, que respaldan este relato. Philby escribió en su libro de viajes Arabian Highlands que el lugar de Nayrán donde ocurrió el acontecimiento de los Compañeros de la Fosa sigue siendo ampliamente conocido. Cerca de Umm Jaraq se han encontrado unas imágenes grabadas en piedra, y los habitantes actuales de Nayrán conocen el lugar donde se encontraba la Kaaba de Nayrán (ellos la llamaron Kaaba y fue conocida como la Kaaba de Nayrán; nota del autor).

Construcción de un palacio con la forma de la Kaaba

Después de que los cristianos abisinios conquistaron Nayrán, construyeron allí un edificio con forma de la Kaaba. Querían otorgarle una posición central en lugar de la Casa de la Kaaba situada en La Meca. Sus sacerdotes llevaban turbantes y consideraban aquel lugar un haram. El Imperio romano enviaba ayuda financiera para esta Kaaba. En esta Kaaba de Nayrán, los sacerdotes, encabezados por su obispo principal y otros dignatarios, se presentaron ante el Profeta Muhammad (la paz sea con él) con el propósito de debatir, y tuvo lugar el célebre acontecimiento de la mubáhala, mencionado en la aleya 61 de la sura Al Imrán. (Sura As-Saff, nota 7)

Establecimiento de la autoridad cristiana en Yemen

Para vengarse de las persecuciones que Dhu Nuwas, el gobernante judío de Yemen en Nayrán, había llevado a cabo contra los seguidores del Mesías (la paz sea con él), el gobierno cristiano de Abisinia invadió Yemen, puso fin al gobierno himyarí y estableció el dominio abisinio sobre toda la región en el año 525 de la era cristiana. Todo esto ocurrió con la cooperación mutua entre el gobierno romano de Constantinopla y el gobierno de Abisinia. En aquel tiempo, los abisinios no poseían ninguna flota de guerra importante. Los romanos les proporcionaron barcos de guerra, y con su ayuda los abisinios desembarcaron en la costa de Yemen con setenta mil soldados. Conviene señalar desde el principio que todo esto no fue simplemente resultado de una inspiración religiosa; detrás de ello había objetivos económicos y políticos, y estos fueron los que los impulsaron a actuar. La venganza por la sangre de los cristianos perseguidos no fue más que un pretexto. Desde el día en que el Imperio romano estableció su dominio sobre Egipto y Siria, su empeño había sido arrebatar a los árabes y poner en sus propias manos el comercio entre los países de África oriental, la India, Indonesia y otros territorios, por una parte, y los países sometidos al Imperio romano, por otra, comercio del que los árabes habían disfrutado de un monopolio durante varios siglos. Así podría apropiarse de todas las ganancias y desaparecería la intermediación de los comerciantes árabes. Con este propósito, en el año 24 o 25 antes de Cristo, el césar Augusto envió una gran flota a la costa occidental de Arabia, bajo el mando del general Elio Galo (Aelius Gallus), para someter el territorio que se extendía desde el sur de Arabia hasta Siria. Sin embargo, la difícil geografía de Arabia hizo fracasar este intento. Después, los romanos estacionaron su flota en el mar Rojo, con lo que quedó interrumpido todo el comercio marítimo de los árabes. Solo les quedó la posibilidad de comerciar por tierra. Para apoderarse también de esta ruta terrestre, formaron una alianza con el gobierno cristiano de Abisinia y lo ayudaron, mediante su flota, a conquistar Yemen.

Cómo se convirtió Abraha en gobernante de Yemen

Los historiadores han transmitido distintas versiones acerca del ejército abisinio que invadió Yemen. Ibn Kazir dice que la expedición estuvo dirigida por dos comandantes: uno era Aryat y el otro, Abraha. Muhammad ibn Ishaq dice que ambos coinciden en que posteriormente Aryat y Abraha entraron en conflicto y Aryat murió. Abraha pasó a ejercer el poder sobre el país. Después persuadió al emperador para que lo nombrara representante del emperador de Abisinia en Yemen. Por otra parte, los historiadores griegos y siríacos dicen que, después de la conquista de Yemen, cuando los abisinios comenzaron a matar uno tras otro a los jefes yemeníes que ofrecían resistencia, cierto jefe —cuyo nombre los historiadores griegos dan como Esymphaesus— aceptó someterse a los abisinios y pagar tributo, y obtuvo del emperador de Abisinia un nombramiento como gobernador de Yemen. Sin embargo, el ejército abisinio se rebeló contra él y nombró gobernador a Abraha en su lugar. Este hombre era esclavo de un comerciante griego del puerto abisinio de Adulis. Logró ampliar su influencia en el ejército abisinio invasor de Yemen. Todos los ejércitos que el emperador de Abisinia envió para someterlo se unieron a él o fueron derrotados. Finalmente, tras la muerte del emperador de Abisinia, su sucesor reconoció a Abraha como su representante en Yemen. Los historiadores griegos lo mencionan como Abrames, y los historiadores siríacos, como Abraham. Abraha probablemente sea la pronunciación abisinia; en árabe se pronuncia Ibrahim.

Con el tiempo, este hombre, Abraha, se convirtió en rey independiente de Yemen, aunque reconocía la soberanía nominal del emperador de Abisinia. Se presentaba como representante del emperador. Puede apreciarse hasta qué punto había extendido su influencia por el hecho de que, cuando terminó de reparar la presa de Ma’rib y celebró una gran festividad, asistieron a ella los embajadores del emperador romano, del emperador de Irán, del gobernante de Hira, del gobernante de Gassán y de otros. Su relato se encuentra en una inscripción colocada en la presa de Ma’rib. Esta inscripción todavía existe y Glaser la citó.

La campaña para establecer la autoridad política, comercial y religiosa sobre los árabes

Después de consolidar por completo su poder en Yemen, Abraha comenzó a poner en práctica aquello que el Imperio romano y sus aliados cristianos abisinios habían pretendido desde el comienzo de esta expedición: por un lado, predicar y expandir el cristianismo en Arabia y, por otro, apoderarse del comercio que, por medio de los árabes, se realizaba entre los países del Oriente y los territorios bajo dominio romano. Esta necesidad se volvió más apremiante porque, como consecuencia del conflicto por el poder entre Roma y el reino sasánida de Irán, quedaron cerradas todas las rutas comerciales de los romanos con los países orientales. Por ello, Abraha construyó una enorme iglesia en Saná, la capital de Yemen. Los historiadores árabes la llaman al-Qalís, al-Qulays o al-Qulayyas. Esta es la pronunciación árabe de la palabra griega Ekklesia/Ecclesia. La palabra urdu qalisa deriva del griego. Muhammad ibn Ishaq dice que, una vez terminada la obra, informó al emperador de Abisinia de que no descansaría hasta desviar el hajj de los árabes de la Kaaba hacia aquella iglesia. (Después de obtener el dominio político sobre Yemen, el empeño constante de los cristianos fue establecer una segunda Kaaba frente a la Kaaba y convertirla en el centro de los árabes. También construyeron una Kaaba en Najrán, mencionada anteriormente. —El autor.) Ibn Kathir dice que Abraha proclamó abiertamente su propósito en Yemen y lo difundió entre la gente. El objetivo de esta medida era enfurecer a los árabes, para que cometieran algún acto que pudiera servir de pretexto para invadir La Meca y destruir la Kaaba. Muhammad ibn Ishaq dice que, después de aquella proclamación, un árabe logró entrar de algún modo en su iglesia y defecó y orinó en ella. Ibn Kathir dice que lo hizo un qurayshí. Muqatil ibn Sulayman dice que algunos jóvenes de Quraysh fueron y prendieron fuego a la iglesia. Si hubiera ocurrido cualquiera de estos hechos, no habría nada sorprendente en ello, pues una proclamación semejante de Abraha provocó una intensa agitación, y en las condiciones de la época de la antigua ignorancia no habría sido inconcebible que cualquier árabe, algún qurayshí o unos jóvenes, exaltados por la ira, profanaran la iglesia o le prendieran fuego. Tampoco es imposible que Abraha hubiera hecho realizar secretamente el acto por medio de alguien, a fin de crear un pretexto para atacar La Meca. De este modo pretendía alcanzar sus dos objetivos: destruir a los qurayshíes y aterrorizar a todos los árabes. En cualquier caso, cualquiera que fuera la versión verdadera, cuando Abraha supo que personas reverentes hacia la Kaaba habían profanado su iglesia, juró que no se sentaría tranquilo hasta haber reducido la Kaaba a polvo.

La agresión de Abraha contra La Meca

Entonces, en el año 570 o 571 de la era cristiana, marchó hacia La Meca con sesenta mil soldados y treinta y un elefantes —según otra versión, nueve elefantes—. En el camino, primero un jefe yemení llamado Dhū Nufar le hizo frente con un ejército de árabes, pero fue derrotado y capturado. Después, en la región de Khath’am, un jefe árabe llamado Nufayl ibn Habib al-Khath’amí se preparó para enfrentarlo junto con los miembros de su tribu. También fue derrotado y capturado, y aceptó servirles de guía para salvar la vida. Cuando llegaron cerca de Taif, los Banu Saqif comprendieron que no tenían capacidad para resistir a aquel enorme ejército. Temieron que destruyeran el templo de su dios al-Lat. Por ello, su jefe Mas’ud se entrevistó con Abraha acompañado de una delegación. Le dijo: «El templo que has venido a destruir no es este; está en La Meca. No destruyas este templo. Te proporcionaremos hombres como escolta para mostrarte el camino a La Meca». Abraha aceptó lo que le dijeron. Entonces los Banu Saqif enviaron con Abraha a un hombre llamado Abu Righal. Cuando se encontraban a tres leguas de La Meca, Abu Righal murió en un lugar llamado al-Mughammas o al-Mughammis. Durante mucho tiempo, los árabes siguieron arrojando piedras sobre su tumba. Durante años y años censuraron a los Banu Saqif, porque habían ayudado a los invasores de La Meca a proteger el templo de al-Lat.

La reacción de los habitantes de La Meca

Ibn Ishaq dice que Abraha ordenó a su vanguardia avanzar desde al-Mughammas. Saquearon numerosos animales domésticos de los habitantes de Tihama y de los qurayshíes; entre ellos había doscientos camellos del abuelo del Profeta —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—, Abd al-Muttalib. Después, Abraha envió a uno de sus representantes a La Meca. Por medio de él hizo saber: «No he venido a luchar contra vosotros. He venido a destruir esa Casa de la Kaaba. Si no lucháis, no atentaré contra vuestras vidas ni vuestros bienes».

También hizo saber por medio de su representante que, si los habitantes de La Meca tenían algo que decir, enviaran a su jefe ante él. En aquel tiempo, el jefe más importante de La Meca era Abd al-Muttalib. El representante de Abraha se reunió con él y le transmitió el mensaje de Abraha. Abd al-Muttalib dijo: «No tenemos fuerzas para luchar contra Abraha. Esta es la Casa de Dios; si Él quiere, la protegerá». El representante dijo: «Ven conmigo ante Abraha». Él aceptó y partió con él.

Abd al-Muttalib era un hombre tan imponente que Abraha quedó impresionado por él. Se bajó de su trono, se acercó a él y le dijo: «¿Qué deseas?». Él respondió: «Devuélveme los camellos que has capturado». Abraha dijo: «Al verte, había quedado sumamente impresionado. Pero ahora pides que te devuelva tus camellos y no dices nada sobre la Casa que es el refugio de la religión de vosotros y de vuestros antepasados. Por eso has disminuido ante mis ojos». Él respondió: «Yo solo soy el dueño de mis camellos y por ellos te presento mi petición. En cuanto a la Casa, ¿por qué hablas de ella? Esa Casa tiene un Señor, y Él mismo la protegerá». Abraha dijo: «Él no podrá proteger su Casa de mi ataque». Abd al-Muttalib respondió: «Tú sabes, y Él sabe». Dicho esto, se levantó, y Abraha le devolvió sus camellos.

La versión transmitida por Ibn Abbas —que Dios esté complacido con él— es diferente. En ella no se menciona que se reclamaran los camellos. En la narración que Abd ibn Humayd, Ibn al-Mundhir, Ibn Mardawayh, al-Hakim, Abu Nu’aym y al-Bayhaqi transmitieron de él se dice que, cuando Abraha llegó a un lugar llamado al-Safah —situado entre las montañas de Arafat y Taif, cerca del límite del Haram—, Abd al-Muttalib fue personalmente a su encuentro y le dijo: «¿Qué necesidad tenías de venir hasta aquí? Si necesitabas algo, debías habérnoslo comunicado; nosotros te lo habríamos llevado». Él respondió: «He oído que esta Casa es una casa de paz y seguridad. He venido a poner fin a su seguridad». Abd al-Muttalib dijo: «Esta es la Casa de Dios. Hasta hoy, Él no ha permitido que nadie interfiera con ella». Abraha respondió: «No nos iremos sin reducirla a polvo». Abd al-Muttalib dijo: «Toma de nosotros lo que quieras y regresa». Pero Abraha no aceptó y ordenó a su ejército avanzar, dejando atrás a Abd al-Muttalib.

Si dejamos que la discrepancia entre estos dos relatos permanezca en su lugar y no damos prioridad a ninguno sobre el otro, queda claro que La Meca y las tribus de sus alrededores no tenían fuerza para luchar contra un ejército tan enorme y proteger la Kaaba. Por tanto, se entiende que los qurayshíes no hicieron ningún intento de resistirlo. Durante la batalla de los Confederados, los qurayshíes apenas pudieron reunir, junto con las tribus politeístas y judías, entre diez y doce mil hombres. ¿Cómo iban a enfrentarse a sesenta mil soldados?

Muhammad ibn Ishaq dice que, al regresar del lugar donde se encontraba el ejército de Abraha, Abd al-Muttalib pidió a los qurayshíes que se refugiaran en las montañas con sus familias e hijos, para que no pudieran masacrarlos indiscriminadamente. Después, él y varios jefes qurayshíes se presentaron en el Santuario y, junto a la cadena de la puerta de la Kaaba, comenzaron a suplicar a Allah Ta’ala que protegiera Su Casa y a sus guardianes. En aquel entonces había 360 ídolos dentro de la Kaaba. Sin embargo, en ese momento extremo se olvidaron de ellos y alzaron las manos únicamente para suplicar a Allah. En las súplicas de ellos que han sido recogidas por la historia no se menciona el nombre de nadie aparte del de Allah, el Único. Ibn Hisham transcribió de la biografía de Abd al-Muttalib los siguientes versos: (árabe**********)

¡Oh Allah! El siervo protege su propia casa; protege Tú también Tu Casa.

(Árabe *******)

Que mañana no triunfe sobre su cruzada y sus artimañas.

(Árabe*******)

Si quieres dejar a ellos y a nuestra qibla tal como están, entonces haz lo que quieras.

Suhayli cita a este respecto un poema en Rawd al-Unf:

(Árabe ******)

Ayuda hoy a tu propio descendiente contra los descendientes de la Cruzada y sus adoradores.

Ibn Yarir cita el siguiente poema de Abd al-Muttalib, que él recitó mientras hacía la súplica:

(Árabe******)

El enemigo de la Casa es tu enemigo. Impídeles destruir su propia morada.

El milagro de Allah para la protección de la Kaaba

Después de hacer las súplicas anteriores, Abd al-Muttalib y sus compañeros subieron a la montaña. Al día siguiente, Abraha avanzó hacia delante para entrar en La Meca. Pero el elefante especial que tenía, llamado Mahmud, que marchaba al frente de todos, se sentó de repente. Lo golpearon brutalmente y lo hirieron, golpeándolo en los ojos y en el lomo. Sin embargo, no se movió en absoluto. Cuando intentaban hacerlo marchar hacia el este, el sur o el norte, corría; pero cuando lo dirigían hacia La Meca, se sentaba y no quería avanzar de ningún modo. Mientras tanto, bandadas de aves llegaron desde el lado del mar Rojo, llevando pequeñas piedras en el pico y en las patas, y comenzaron a arrojarlas sobre el ejército de Abraha. El cuerpo de cualquiera sobre quien cayera una de esas piedras se deshacía. Muhammad ibn Ishaq e Ikrima dicen que, cuando una piedra caía sobre alguien, su cuerpo comenzaba a picarle. La zona que se rascaba se abría y la carne se desprendía. Según otra narración de Ibn Abbas, la carne y la sangre fluían como agua y los huesos quedaban al descubierto. A Abraha le ocurrió lo mismo. La carne de su cuerpo comenzó a desprenderse en pedazos. Allí donde caía un fragmento, de ese lugar salían pus y sangre. En medio de aquel tumulto y desorden, huyeron hacia Yemen. Encontraron a Nufayl ibn Habib, a quien habían llevado por la fuerza desde Jashayam para que les mostrara el camino, y le dijeron: «Ahora muéstranos el camino de regreso». Él se negó rotundamente y dijo: «(árabe*****) ¿Dónde queda ya un lugar al que huir, cuando Allah os persigue por detrás? El desvergonzado (Abraha) ahora está derrotado, no es un vencedor.»

Durante esta huida, comenzaron a caer y morir por todas partes. Ata ibn Yasir dice que no todos murieron en ese mismo momento: algunos murieron allí mismo y otros cayeron muertos en el camino durante la huida. Abraha murió después de llegar a Jashayam. (Allah no se limitó a castigar de este modo a los abisinios. Más bien, en el plazo de tres o cuatro años, eliminó para siempre el dominio abisinio de Yemen. Según la historia, después del incidente del elefante, su poder quedó completamente destruido en Yemen. Los jefes yemeníes proclamaron rebeliones en distintos lugares. Luego, un jefe yemení llamado Sayf ibn Dhi Yazan solicitó ayuda militar a Irán. De Irán llegaron solamente mil soldados en seis barcos. Eso fue suficiente para eliminar el dominio abisinio. Esto ocurrió en el año 475 d. C. —El autor.)

Este acontecimiento tuvo lugar en un sitio llamado Muhassir, cerca del valle de Muhassab, entre Muzdalifa y Mina. Según las narraciones de Sahih Muslim y Abu Dawud, en el relato de la Peregrinación de Despedida del profeta Muhammad (s.a.s.), transmitido por el imán Ya‘far al-Sadiq de su padre, el imán Baqir, y este de Hazrat Yabir ibn Abdullah, se dice que, cuando el Mensajero de Allah (s.a.s.) se dirigía de Muzdalifa hacia Mina, aceleró el paso al atravesar el valle de Muhassir. El imán Nawawi afirma en su comentario que el acontecimiento de los Compañeros del Elefante tuvo lugar aquí. Por ello, es sunna atravesar rápidamente este lugar. El imán Malik narra en el Muwatta que el Profeta (s.a.s.) dijo: «Toda Muzdalifa es un lugar de estancia, pero no os detengáis en el valle de Muhassir».

Testimonios de este acontecimiento en la literatura árabe

En el poema de Nufail ibn Habib citado por Muhammad ibn Ishaq, este ofrece un relato ocular de este acontecimiento: (árabe********)

¡Oh Rudayna! ¡Si tan solo hubieras visto! Pero no podrás ver lo que nosotros vimos cerca del valle de Muhassab.

(Árabe******)

Doy gracias a Allah cuando vi los pájaros, pues temía que las piedras cayeran sobre nosotros.

(Árabe*******)

Todos ellos buscaban a Nufail, como si los abisinios tuvieran alguna deuda pendiente con él.

Fue un acontecimiento grandioso que alcanzó fama en toda Arabia, y los poetas compusieron poemas sobre él. En esos poemas queda claro que todos calificaron este acontecimiento como una manifestación milagrosa del poder de Allah, el Altísimo. Nadie insinuó siquiera que hubieran intervenido en él aquellos dioses y diosas que eran adorados en la Kaaba. Por ejemplo, Abdullah ibn Aizibara dice:

(Árabe ******)

Eran sesenta mil, y no pudieron regresar a su tierra. Y, después de no haber podido regresar, su enfermo —Abraha— seguía con vida.

(Árabe *******)

Antes que ellos, aquí estuvieron los ‘Ad y los Jurhum. Y Allah permanece presente sobre Sus siervos; Él los ha mantenido establecidos.

Abu Qubais ibn Aslat dice:

(Árabe*******)

Levántate, adora a tu Señor y toca las esquinas de la Casa de Allah entre las montañas de La Meca y Mina.

(Árabe********) Cuando os llegó la ayuda del Señor del Trono, el ejército de aquel rey expulsó a aquella gente de tal manera que unos quedaron tendidos en el suelo y otros fueron asesinados a pedradas.

Algunas narraciones importantes al respecto

Además, Umm Hani y Zubair ibn Awwam (que Allah esté complacido con ambos) dijeron: el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Los coraichitas no adoraron a nadie excepto a Allah, el Único, durante diez años —según otra opinión, siete años—». El relato de Umm Hani fue registrado por el imán Bujari en su Historia, y por Tabarani, Hakim, Ibn Marduyah y Baihaqi en sus respectivas compilaciones de hadices. El relato de Zubair (que Allah esté complacido con él) fue citado por Tabarani, Ibn Marduyah e Ibn Asaf. Encuentra apoyo en el relato mursal de Sa‘id ibn al-Musayyab, registrado por Jatib al-Bagdadi en su Historia.

El nacimiento del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz)

Los árabes llamaron a aquel año en que ocurrió este acontecimiento ‘Am al-Fil, es decir, el Año del Elefante. Fue en ese mismo año cuando nació el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Los especialistas en hadices y los historiadores coinciden casi unánimemente en que el acontecimiento tuvo lugar en el mes de Muharram y que el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) nació en el mes de Rabi al-Awwal. Según la mayoría, nació cincuenta días después del acontecimiento del Elefante.

¿Por qué el Corán menciona brevemente este acontecimiento?

Si se reflexiona sobre la sura al-Fil teniendo presente el detallado relato histórico expuesto anteriormente, queda claro por qué en esta sura solo se menciona brevemente el castigo de Allah a los Compañeros del Elefante. El acontecimiento no era en absoluto antiguo. Todos los niños de La Meca lo conocían, y los árabes en general también. Todos los árabes decían que ningún dios ni ídolo había protegido la Kaaba del ataque de Abraha; por el contrario, Allah Ta‘ala la había protegido cuando los jefes de Quraysh le pidieron ayuda. Durante varios años, los coraichitas quedaron tan impresionados por este acontecimiento que no adoraron a nadie excepto a Allah. Por ello, no era necesario mencionarlo detalladamente en la sura al-Fil. Se consideró suficiente recordar el acontecimiento, para que especialmente los coraichitas y, en general, los árabes reflexionaran sobre que aquello a lo que el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz) los invitaba no era otra cosa que abandonar a todos los dioses y adorar únicamente a Allah Ta‘ala. Además, debían considerar que, si empleaban la fuerza para silenciar esta llamada a la verdad, también se enfrentarían al castigo que había hecho pedazos a los Compañeros del Elefante. (Sura as-Saff, nota 8)

El cristianismo después de la aparición del Sello de los Profetas

[Por ser portadores de los Libros celestiales, tanto los judíos como los cristianos deberían haberse acercado mucho al islam, pues, en esencia, su religión también era el islam. En particular, la relación de los cristianos con el último Profeta, Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), debería haberse estrechado por dos razones. Primero: mediante la misión del Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se completaría la obra que había dejado el Profeta Jesús (la paz sea con él). Segundo: las profecías sobre la aparición del último Profeta estaban presentes en mayor medida en los libros religiosos de los cristianos que en los de los judíos. Muchos de quienes conocían estas profecías esperaban la llegada del último Profeta. El célebre erudito cristiano Waraka ibn Nawfal era uno de ellos. Lo curioso es que ocurrieron ciertos acontecimientos entre los cristianos y el último Profeta que deberían haber hecho que la actitud de los cristianos hacia el último Profeta y los musulmanes fuera diferente. Sin embargo, el judaísmo de los judíos y el cristianismo de los cristianos crearon respecto de los musulmanes una separación que fue adquiriendo proporciones cada vez mayores. En respuesta al noble trato de los musulmanes, ellos comenzaron a albergar una extrema hostilidad. Esta hostilidad se transformó en las Cruzadas. Después de estas cruzadas, la política mundial de los cristianos, junto con los judíos, contra la comunidad islámica se volvió sumamente abominable. —[Los recopiladores]

Reconocimiento de la veracidad de la profecía por parte de Waraka ibn Nawfal (Las fuentes históricas permiten saber que, antes de Waraka ibn Nawfal, cuando el monje Bahira vio al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) durante su viaje a Siria, percibió en él los signos de la profecía. A este respecto, Ibn Jaldún dice: cuando el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) cumplió doce años, viajó a Siria con Abu Talib. Al percibir en él los signos de la profecía, el monje Bahira llamó a los miembros de su pueblo, los reunió y les informó sobre la profecía de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Este relato aparece en los libros de biografía y es ampliamente conocido. Después, por segunda vez, viajó a Siria llevando las mercancías de la honorable Madre de los creyentes Jadiya al-Kubra, hija de Juwailid ibn Asad ibn Abd al-Uzza, acompañado por su esclavo Maisara. Cuando pasó junto al monje Nastura, este percibió en él los signos de la profecía e informó de ello a Maisara. Al regresar, Maisara contó todo a la honorable Jadiya (que Allah esté complacido con ella). Después de escuchar estas cosas, Jadiya propuso que Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se casara con ella. —Ibn Jaldún, traducción al urdu, primer tomo, pág. 36; traductor: el erudito Allama Hakim Ahmad Hasan Usmani. Se otorgue o no algún valor histórico a este relato, si alguien, al contemplar el rostro y la personalidad imponente del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), expresara la opinión de que el profeta prometido cuya descripción se encuentra en los libros antiguos era precisamente este Profeta, no habría razón para sorprenderse. Y el hecho de que dos monjes cristianos —Bahira y Nastura— vieran en el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), durante su infancia, los signos de la profecía constituye, en cierto grado, una prueba irrefutable para los cristianos. Si los cristianos aceptan como verdadera la narración de que sus propios dos monjes vieron en Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) los signos de la profecía, también deberían admitir que el profeta que aparecería en el futuro y recibiría la revelación no podía necesitar que ningún profeta le enseñara nada acerca de las funciones proféticas. Maulana Maududi refutó así la falaz controversia que los cristianos han construido basándose en el relato de Bahira: ninguno de los enemigos contemporáneos del Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo que, cuando se encontró con el monje Bahira durante su infancia, hubiera aprendido de él todas estas cosas. Tampoco dijeron que, cuando viajaba al extranjero en su juventud con fines comerciales, hubiera adquirido estos conocimientos de monjes cristianos y rabinos judíos. Ellos conocían todas las circunstancias de sus viajes de principio a fin. Además, no viajaba solo, sino que cientos de personas de su propia ciudad los habrían desmentido. Todos los habitantes de La Meca les preguntaban: si este hombre hubiera adquirido esos conocimientos de Bahira a los doce o trece años, o hubiera comenzado a adquirirlos cuando, a los veinticinco, empezó a viajar al extranjero por negocios, ¿por qué los ocultasteis hasta que cumplió cuarenta años? Él no vivía en ningún otro lugar; al contrario, vivía entre vosotros. —Los recopiladores

Después del primer encuentro con el ángel en la cueva de Hira, cuando el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llegó a casa profundamente atemorizado y temblando, la honorable Jadiya (que Allah esté complacido con ella) fue la primera en consolarlo. Luego lo llevó ante su primo Waraka ibn Nawfal. Durante la época de la ignorancia, Waraka había adoptado el cristianismo. Escribía el Evangelio en árabe y hebreo. Había llegado a ser muy anciano y se había quedado ciego. La honorable Jadiya (que Allah esté complacido con ella) le dijo: «Querido hermano, escucha lo que le ha ocurrido a tu sobrino».

Waraka le dijo al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Sobrino, dime qué viste».

El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) relató todo lo que había visto. Waraka dijo: «Este es el Namus —el ángel que trae la revelación— que Allah Altísimo envió al Profeta Moisés (la paz sea con él). ¡Ojalá tuviera fuerza y estuviera vivo hasta el momento en que tu pueblo te expulse, durante tu época profética!»

El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¿Acaso esas personas me expulsarán?»

Waraka dijo: «Sí, sin duda. Nunca ha ocurrido que alguien trajera lo mismo que tú has traído sin que su pueblo se enemistara con él. Si vivo hasta ese momento, te ayudaré con todas mis fuerzas».

Pero Waraka murió poco tiempo después. —- Hitni era un habitante muy anciano de La Meca; había visto al Profeta desde su infancia y, debido a quince años de estrecho parentesco, había observado su estado de manera aún más cercana y profunda. Cuando escuchó este acontecimiento, no lo consideró una ilusión ni una sugestión de la mente. Por el contrario, en cuanto lo oyó, dijo: «Este es el mismo Namus que Allah Altísimo envió a Moisés (la paz sea con él)». Esto significa que, a sus ojos, el Profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era una persona de tan elevada categoría que no resultaba sorprendente que recibiera el honor de la profecía. (Sura Al-Buruy, nota 4)

La primera emigración de los musulmanes al reino cristiano

Cuando la situación en La Meca se volvió insoportable, en el mes de Rayab del quinto año de la misión profética, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: (árabe: ******)

Sería mejor que partiesen y se dirigieran a Abisinia. Allí hay un rey bajo cuyo gobierno nadie sufre injusticia. Esa es una tierra de bienestar. Permanecerán allí hasta que Allah aparte de ustedes esta calamidad. (El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pronunció palabras de elogio con tanta generosidad acerca del reino cristiano de Abisinia. Al observar la justicia de su gobernante, este episodio de la emigración de los musulmanes a aquel lugar habría bastado para que las relaciones entre musulmanes y cristianos pudieran haberse vuelto amistosas y sólidas; pero, lamentablemente, ellos levantaron un muro de hostilidad. —Los compiladores)

De acuerdo con esta instrucción del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), primero partieron hacia Abisinia once hombres y cuatro mujeres. Los qurayshíes los persiguieron hasta la costa. Pero, afortunadamente, encontraron barcos a tiempo en el puerto de Shu‘ayba. De este modo escaparon de ser capturados. Luego, unos meses después, emigraron algunas personas más. Finalmente, setenta y tres hombres, once mujeres y siete personas que no eran de Quraysh se reunieron en Abisinia. En La Meca solo quedaron cuarenta personas junto al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). (Sura Al-‘Alaq, introducción)

La sinceridad del rey cristiano de Abisinia

El relato de la emigración se expondrá detalladamente más adelante. Aquí basta señalar que, cuando los representantes diplomáticos de los politeístas de La Meca siguieron a los emigrantes musulmanes, presentaron sus alegaciones contra ellos y formularon objeciones contra la misión profética del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y contra su predicación, el rey cristiano, el Negus, pidió a Yafar (que Allah esté complacido con él) que recitara una parte de la revelación descendida sobre el Profeta. Yafar (que Allah esté complacido con él) recitó el comienzo de la sura Maryam, relacionado con Yahya (la paz sea con él) e Isa (la paz sea con él). El Negus escuchaba y lloraba; tanto, que su barba se empapó. Cuando Yafar (que Allah esté complacido con él) terminó su recitación, el Negus dijo: «Esta revelación y aquello que trajo Isa (la paz sea con él) proceden de una misma fuente». (El rey ante cuya corte comparecieron los emigrantes musulmanes de La Meca reconoció la veracidad de la creencia y la perspectiva de los musulmanes. También aceptó como verdadera la enseñanza del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En este sentido, la perspectiva del rey Negus era la más cercana al islam. Más tarde, cuando el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) presentó por carta la invitación al islam a diversos reyes y gobernantes, envió también una carta de este tipo al rey de Abisinia. Él aceptó la invitación del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y envió una respuesta. —Rahmatul lil-‘Alamín, Qadi Salman Mansurpurí, tomo I, pp. 209-212—Los compiladores.) (Sura Al-Furqan, nota 12)

Aquella delegación diplomática de La Meca sobornó a los líderes religiosos de la corte real y los ganó para su causa; al día siguiente, Amr ibn al-As planteó ante la corte la siguiente pregunta:

Llámenlos y pregúntenles qué creen y cuál es su opinión acerca de Isa ibn Maryam.

El Negus volvió a convocar a los emigrantes. Luego les planteó la pregunta presentada por Amr ibn al-As. Entonces, Hazrat Yafar ibn Abu Talib se puso de pie y dijo con absoluta firmeza:

(Árabe *******)

Al oír esto, el Negus tomó del suelo una brizna de hierba y dijo: «¡Por Dios! Lo que has dicho no es más que esto respecto a Hazrat Jesús». (Introducción a la sura de Maryam)

La actitud particular de los musulmanes hacia Abisinia

En Sunan Abi Dawud y en el Musnad de Ahmad está registrado un dicho del Profeta (s. a. s.) en el que estableció esta norma respecto a Abisinia: (Árabe **********). En otra narración se dice (Árabe ********), es decir: mientras los abisinios os permitan vivir libremente entre ellos, vosotros también permitidles vivir libremente.

Parece que, conforme a esta instrucción, durante la época de los Califas Rectamente Guiados no se emprendió ninguna acción contra Abisinia. Probablemente, el significado de esta instrucción era que debía mostrarse respeto por el refugio que los abisinios habían ofrecido a los musulmanes en tiempos de peligro y que, teniendo esto presente, no se debía avanzar primero contra ellos, para que los habitantes del mundo no alimentaran la falsa idea de que los musulmanes eran un pueblo ingrato. También se vislumbra otra razón. Al considerar la ubicación geográfica de Abisinia y su historia pasada, el Profeta (s. a. s.) había comprendido que, para la defensa del Hiyaz, centro geográfico del islam, era necesario mantener relaciones amistosas con Abisinia. Por ello quizá dio la instrucción de que la invitación islámica llegara a ese país por medios pacíficos y de mantenerse, en la medida de lo posible, alejados de las guerras y los conflictos. (Introducción a la sura de Maryam)

La actitud del Muqawqis de Egipto

Después del tratado de Hudaybiyya, el Profeta —Dios le bendiga y le conceda la paz— escribió a los gobernantes de las regiones circundantes (el autor de La Misericordia para los mundos dice que el Profeta (s. a. s.), el primero de Muharram del séptimo año de la Hégira, escribió cartas dirigidas a diversos gobernantes y las envió por medio de mensajeros). La mayoría de ellos eran cristianos, y sus reacciones también fueron positivas. El rey de Abisinia, el Negus Ashama ibn Abjar, aceptó el islam. El gobernante de Baréin, Mundhir ibn Sawa, aceptó el islam, y la mayoría de sus súbditos se hicieron musulmanes. Los gobernantes de Omán, Yayyafar y Abd, de la dinastía Yalidí, también se sometieron al islam después de reflexionar. El gobernador de Damasco, Mundhir ibn Harith ibn Abu Shamar, expresó gran cólera al recibir la carta del Profeta (s. a. s.), pero después de contenerse despidió al mensajero con regalos y presentes. Hawza ibn Ali, gobernante de Yamama, exigió la mitad del Estado islámico. Sin embargo, murió poco después. En Bayt al-Maqdis gobernaba Heraclio bajo la autoridad del rey de Constantinopla. Al recibir la carta del Profeta (s. a. s.), convocó una gran audiencia. Dispuso todo lo necesario para reunir información sobre el Profeta (s. a. s.). Casualmente, Abu Sufyan se encontraba allí por asuntos comerciales. Heraclio convocó a Abu Sufyan a su corte y le hizo diversas preguntas sobre el Profeta (s. a. s.), para poder formarse una opinión acerca de si era realmente un profeta. Finalmente, dirigiéndose a Abu Sufyan, expuso del siguiente modo su propia reacción:

Se nos han hablado de todos estos signos del Profeta prometido. Yo pensaba que aparecería un profeta, pero no imaginaba que surgiría de Arabia. Abu Sufyan, si has respondido con veracidad, un día él ejercerá necesariamente su autoridad sobre este lugar donde estoy sentado (Siria y Bayt al-Maqdis). ¡Qué bueno sería si pudiera llegar hasta él y tuviera el honor de lavarle los pies! —Rahmatul lil-Alamín, tomo 1, pp. 206-224— Farwa ibn Amr al-Khuza’i era un gobernador de la región de Siria bajo el emperador romano. Aceptó el islam. César lo convocó y le pidió que abandonara el islam. Cuando se negó, fue martirizado. —Los compiladores— Entre aquellos a quienes envió cartas se encontraba el Patriarca, gobernante romano de Alejandría. Los árabes lo llamaban Muqawqis. Cuando Hátib ibn Abi Balta’a (que Allah esté complacido con él) se presentó ante él llevando la carta del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), no aceptó el islam en respuesta a la carta, pero recibió cordialmente al mensajero. En su respuesta dijo: «Sé que todavía queda por venir un profeta, pero creo que aparecerá en Siria. No obstante, he recibido cordialmente a vuestro enviado y os envío dos jóvenes como obsequio. Son de noble linaje copto». —Ibn Sa’d

Una de estas dos jóvenes era Sirin y la otra, Maria al-Qibtiyya (los cristianos llamaban María a la venerable Maryam).

Al regresar de Egipto, Hátib les presentó por el camino la invitación al islam, y ambas aceptaron el islam. Cuando fueron presentadas ante el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), Sirin fue entregada a Hassan ibn Thabit, mientras que Maria (que Allah esté complacido con ella) fue recibida en el sagrado recinto privado del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). En el octavo año de la Hégira, de su bendito vientre nació Ibrahim, hijo del Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). —Al-Isti’ab, Al-Isaba— (Sura Maryam, introducción)

El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) y los cristianos de Najrán

En el noveno año de la Hégira, una delegación cristiana de Najrán se presentó ante el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Najrán está situada entre el Hiyaz y Yemen. En aquella época había setenta y tres localidades en esa región, y se dice que entre sus habitantes se podían encontrar ciento veinte mil hombres aptos para la guerra. Todos sus habitantes eran cristianos y estaban dirigidos por tres jefes. A uno se le llamaba Aqib, y se le concedía la categoría de líder de la nación. Al segundo se le llamaba Sayyid; se ocupaba de los asuntos políticos y culturales. El tercero era el Uskūf (obispo), cuya función consistía en ejercer el liderazgo religioso. Después de la conquista de La Meca, todos los árabes habían llegado a creer que el futuro del país estaba ahora en manos del Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz). Por ello, comenzaron a llegar delegaciones de distintas partes del país a la presencia del Profeta. Tres jefes de Najrán llegaron a Medina acompañados por cuarenta representantes. (En aquella ocasión, ante los delegados, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) presentó la invitación al monoteísmo expuesta en el Corán y, al explicar la continuidad de la profecía, refutó tanto la elevación de Jesús (la paz sea con él) al rango de divinidad como las demás creencias erróneas de los cristianos. Algunos miembros de la delegación se sintieron influenciados por esta invitación, pero la obstinación de los obispos y sacerdotes se convirtió en un obstáculo. Finalmente, por mandato de Allah, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) los invitó a la mubahala y les dijo: «Si tenéis plena confianza en la verdad de vuestra creencia, venid y roguemos juntos a Allah diciendo: ¡Que la maldición de Allah caiga sobre quien de nosotros sea mentiroso!». Pero ninguno de ellos aceptó. Como resultado, tanto para los miembros ingenuos de la delegación como para el público cristiano y no cristiano en general, quedó claramente manifiesto que los dirigentes cristianos de Najrán sostenían una creencia en la que ni siquiera ellos mismos tenían fe.

Finalmente, a petición de los habitantes de Najrán, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) redactó un tratado y se lo envió. Lo registraremos en una sección posterior. —Los compiladores— (Rasa’il wa Masa’il, tomo 1, p. 290)

Apéndice

Hay otros dos asuntos relacionados con este capítulo. Primero: en el conflicto entre Roma e Irán, el apoyo moral de los musulmanes estaba del lado de los cristianos. Segundo: en Tabuk, los musulmanes se vieron obligados a empuñar las armas contra los cristianos.

El relato detallado del conflicto entre Roma e Irán se encuentra en el artículo titulado «La profecía de la victoria de Roma» (véase «Profecías», tomo I). Para la descripción de la expedición de Tabuk, véase el tomo III.

Los amplios vínculos de los árabes con diversos países

Al examinar la historia económica de Arabia en la época preislámica y sus relaciones con el mundo exterior, se puede deducir que el mundo árabe no era un país aislado, cuyos habitantes desconocieran el mundo situado más allá de sus valles y desiertos.

El establecimiento de grandes centros comerciales

Los datos que se conservan de la historia antigua demuestran que, en aquella época, todo el comercio entre China, la India y otros países orientales, así como África oriental, por una parte, y Egipto, Siria, Asia Menor, Grecia y Roma, por otra, se realizaba a través de Arabia. Este comercio se desarrollaba por tres grandes rutas. Una era la ruta principal que, desde Irán, pasaba por Irak y Siria. La segunda era la ruta marítima del golfo Pérsico. Por ella, todas las mercancías desembarcaban en la costa oriental de Arabia y luego continuaban hacia adelante pasando por Dumat al-Yandal o Tadmor (Palmira). La tercera era la ruta marítima del océano. Las mercancías que transitaban por esta ruta atravesaban Hadramaut y Yemen. Estas tres rutas pasaban por zonas habitadas por los árabes. Los árabes compraban las mercancías en un extremo y las vendían en el otro. También se ocupaban del transporte (comercio de acarreo). Cobraban elevados impuestos a los comerciantes que atravesaban su territorio y asumían la responsabilidad de garantizarles un paso seguro. De estas tres maneras mantenían una profunda relación con el comercio internacional. En la Torá se menciona la actividad comercial de los hijos de Israel hacia el año 1700 antes de Cristo. Mil quinientos años antes de Hazrat Isa (a.s.), este comercio se desarrollaba en Madián y Dedán, en el norte del Hiyaz, y continuó durante varios siglos más. En la época de Hazrat Sulaimán (a.s.) y Hazrat Daud (a.s.) (hacia el año 100 antes de Cristo), la tribu sabea de Yemen, y después la tribu himyarita, viajaban por motivos comerciales durante los primeros siglos de la era cristiana. En la época contemporánea de Masih (a.s.), los judíos de Palestina llegaron a Arabia y se establecieron en lugares como Jaibar, Wadi al-Qura (la actual Al-Ula), Tayma y Tabuk. Mantuvieron relaciones religiosas, culturales y comerciales con los judíos de Siria y Egipto. La mayor parte de los cereales y del vino importados de Siria y Egipto era traída por los judíos. A partir del siglo V, los qurayshíes comenzaron a participar activamente en el comercio exterior. Hasta la época del Profeta (s.a.s.), mantenían amplias relaciones comerciales, por un lado, con Yemen y Abisinia y, por otro, con Irak, Egipto y Siria. La mayor parte del comercio iraní que se realizaba con Yemen a través de Arabia oriental pasaba desde Hira por Yamama (la actual Riad) y luego por el territorio de Banu Tamim, hasta llegar a Nayrán y Yemen.

Relaciones políticas y culturales

Además de estas relaciones comerciales, los árabes mantenían profundos vínculos políticos y culturales con los países civilizados vecinos. En el siglo VI antes de Cristo, el rey de Babilonia Naborido (Naboridus) estableció su capital de verano en Tayma, en el norte del Hiyaz. ¿Cómo habría sido posible que los habitantes del Hiyaz desconocieran la organización económica y política de Babilonia? Desde el siglo III antes de Cristo hasta la época del Profeta (s.a.s.), primero existió el Estado nabateo de Petra; después, el Estado sirio de Tadmor (Palmira); y posteriormente, los Estados árabes de Hira y Gassán. Estos Estados se extendían desde Irak hasta la frontera de Egipto, y desde las fronteras del Hiyaz y el Nayd hasta Argelia y la frontera de Siria. Mantenían profundas relaciones políticas, culturales y económicas, por un lado, con Grecia y Roma y, por otro, con Irán. Además, sobre la base de los vínculos de parentesco, las tribus del interior de Arabia también mantenían amplias relaciones con ellos. Los ansar de Medina y el gobernante de Gassán descendían del mismo linaje y mantenían relaciones mutuas. En la época del Profeta (s.a.s.), su célebre poeta, Hazrat Hassan ibn Sabit (r.a.), visitaba a los gobernantes gasánidas. Los qurayshíes mantenían buenas relaciones con los emires de Hira. Incluso aprendieron de ellos diversos conocimientos, y la escritura que obtuvieron de Hira llegó a ser conocida posteriormente como escritura de Kufa.

Además, en todas las regiones de Arabia había numerosos esclavos y esclavas de origen romano, griego e iraní en poder de grandes jeques, familias nobles y célebres comerciantes. En las guerras entre Irán y Roma, los prisioneros de guerra de ambos bandos que eran convertidos en esclavos, cuando se consideraba que excedían las necesidades, se vendían en el mercado abierto. Arabia era un gran mercado para esta mercancía. Entre estos esclavos había muchas personas altamente educadas y civilizadas. También había entre ellos artesanos, comerciantes y profesionales. Los jeques y comerciantes árabes les encomendaban numerosas tareas. En La Meca, Taif, Yathrib y otras ciudades centrales había un gran número de esclavos, que prestaban valiosos servicios a sus amos como trabajadores cualificados.

Una situación económica particular

Hay que observar otro aspecto de la historia económica de Arabia. Arabia nunca fue autosuficiente en cuanto a alimentos, ni se desarrolló ninguna industria capaz de satisfacer las necesidades de la población. En este país siempre se importaban los productos alimenticios, y la mayoría de los productos manufacturados, incluso las telas para vestir, también se importaban del exterior. En la época cercana a la del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), este comercio de importación estaba principalmente en manos de dos grupos. Uno eran los Quraysh y los Banū Thaqīf, y el segundo, los judíos. Sin embargo, ellos importaban las mercancías y solo las vendían al por mayor. No se ocupaban de venderlas al por menor, recorriendo las pequeñas localidades y las tribus del interior del país. Las tribus tampoco estaban dispuestas a aceptar que toda la ganancia del comercio fuera disfrutada por esas personas y que sus propios miembros no obtuvieran ninguna oportunidad en aquel comercio monopolizado por ellos. Por eso, como mayoristas, esas personas vendían mercancías por valor de millones a los comerciantes minoristas del interior del país, y una cantidad considerable de las mercancías se vendía a crédito. (Tafhīm al-Qurʾān, sura al-Taḥrīm, nota 2)

Panorama de la situación política

¿Cuál era la situación política del país cuando el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recibió su misión profética? ¿Qué línea de acción adoptó en esas circunstancias? La historia atestigua que, en aquella época, Arabia estaba rodeada por todos lados de Estados opresores. Incluso en el interior del país, el imperialismo de las naciones vecinas ya había extendido su influencia. Poco antes del nacimiento del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el ejército abisinio avanzó hasta la ciudad en la que él nació. Yemen, la provincia más fértil de Arabia, cayó primero bajo el dominio de los abisinios y después bajo el de los iraníes. Las costas meridional y oriental de Arabia estaban bajo la influencia iraní. La influencia iraní se había extendido hasta las fronteras de Najd. Al norte, la influencia del Imperio romano estaba presente hasta Aqaba y Maʿan, e incluso hasta Tabuk. Los dos Estados vecinos, para favorecer sus propios intereses, mantenían a las tribus árabes enfrentadas y en conflicto entre sí. De este modo extendían su influencia en el interior de Arabia. El césar de Constantinopla intervenía en diversas ocasiones en los asuntos de pequeñas ciudades-Estado como La Meca. Cada gran potencia quería someter a la nación árabe a su dominio. Porque, aunque la tierra de esta nación era estéril, la nación no lo era. De ella podían reclutarse los mejores guerreros para la conquista del mundo. (Sura Āl ʿImrān, nota 29)

El mensaje de la Sīra

[Discurso del Maulana pronunciado en la asamblea convocada por la asociación de estudiantes de dicha universidad en el nuevo campus de la Universidad del Punyab, el 22 de octubre de 1975.]

¡Señor vicerrector, presidente de la asociación de estudiantes, y estudiantes varones y mujeres!

He sido invitado a esta asamblea para decir algunas palabras sobre el mensaje de la Sīra del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Si abordamos este asunto sometiéndolo a la piedra de toque de la razón, la primera pregunta que surge es: ¿por qué el mensaje de la Sīra de un solo profeta? ¿Por qué no el mensaje de cualquier otro? Es necesario comenzar tratando únicamente la Sīra de Sayyidunā Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) entre los profetas, porque estamos seguros de que no es en la biografía de ningún guía de la Antigüedad o de la época moderna, sino únicamente en la biografía de un profeta, donde podemos encontrar guía o el camino. No es en la vida de ningún otro profeta ni de ningún líder religioso, sino en la biografía del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), donde podemos obtener esa guía correcta y completa de la que, en realidad, dependemos.

La necesidad de la guía procedente de Allah Ta‘ala

No hay manera de negar que Allah Ta‘ala es la única fuente del conocimiento. Él creó el universo y al ser humano. ¿Quién, aparte de Él, puede conocer los secretos de la naturaleza del universo y la propia naturaleza humana, así como sus realidades? Solo el Creador puede conocer Su creación; y la creación solo puede conocer aquello que su Creador le dé a conocer. La creación no posee ningún medio propio mediante el cual pueda conocer la verdadera realidad.

En este asunto deben comprenderse claramente dos diferencias, para que no surja ninguna confusión en el debate. Una de ellas se refiere a ciertos datos que pueden obtener mediante los sentidos; a partir de ellos, la reflexión, la investigación, el razonamiento, la experimentación, la observación y el descubrimiento son responsabilidad de ustedes. Investiguen todo cuanto encuentren a su alrededor. Adquieran conocimiento de las fuerzas que actúan en ello. Comprendan las leyes y normas naturales que operan allí. Después, avancen por el camino del progreso. Sin embargo, en este asunto su Creador no los ha dejado solos. En las distintas etapas de la historia, Él ha continuado dándoles a conocer gradualmente, de maneras imperceptibles, el mundo que creó, y ha seguido abriendo ante ustedes las puertas de nuevos conocimientos. A veces, mediante la inspiración, ha dado a ciertas personas indicios que les permiten descubrir algo nuevo o conocer un nuevo principio o método. No obstante, todo esto se encuentra dentro del ámbito del conocimiento humano, para lo cual no se necesita ningún profeta ni ningún Libro celestial. También se han concedido al ser humano los medios y recursos para obtener los conocimientos necesarios en este ámbito. El segundo tipo de realidad es aquel que está por encima de nuestras percepciones sensoriales, completamente fuera de nuestro alcance. No podemos medirla ni conocerla mediante nuestro propio conocimiento. Si un filósofo o un científico expone alguna opinión al respecto, lo hace únicamente basándose en conjeturas y suposiciones. Eso no puede llamarse conocimiento. Estas son sus conclusiones últimas; respecto de ellas, ni siquiera quienes proponen esas teorías controvertidas pueden declarar con certeza cuáles son sus límites. Si conocieran los límites de su conocimiento, no podrían creer ellos mismos en tales afirmaciones ni invitar a otros a creer en ellas.

La necesidad de obedecer a los profetas

Ahora bien, si se obtiene algún conocimiento del segundo tipo mencionado anteriormente, solo puede ser por orden de Allah Ta‘ala, pues Él conoce todas las realidades y todos los datos. El medio mediante el cual Allah Ta‘ala concede este conocimiento al ser humano es la revelación, que desciende únicamente sobre los profetas. Allah Ta‘ala nunca ha hecho hasta ahora lo siguiente: imprimir un Libro, ponerlo en manos de cada persona y decirle: «Lee este libro y descubre cuál es la realidad profunda de ti mismo y del universo; descubre también cuál debe ser tu conducta en el mundo conforme a esta realidad». Por el contrario, para hacer llegar este conocimiento a la humanidad, Él siempre ha utilizado a los profetas como intermediarios, de modo que no se limitaran a enseñarles este conocimiento, sino que se lo explicaran, lo llevaran ellos mismos a la práctica, intentaran guiar por el camino recto a quienes se opusieran a él y organizaran a quienes aceptaran este conocimiento en una sociedad en la que su manifestación se reflejara en todos los ámbitos de la vida.

De esta breve exposición queda claro que, para recibir orientación, dependemos únicamente de la vida ejemplar de un profeta. Si una persona que no es profeta no sigue a un profeta, por grande que sea su erudición, conocimiento o sabiduría, no puede ser nuestra guía. Pues no posee el conocimiento verdadero, y quien no posee el conocimiento verdadero no puede ofrecernos un sistema de vida verdadero y correcto.

La razón por la que no recibimos guía de los profetas distintos de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)

Ahora la pregunta es esta: entre aquellos a quienes conocemos como profetas y los líderes religiosos de quienes puede suponerse que posiblemente fueron profetas, ¿por qué intentamos obtener el mensaje únicamente de la vida ejemplar del profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)? ¿Se debe esto a algún fanatismo, o existe una razón lógica para ello?

Quiero decir que existe una razón sumamente justa para ello. Aunque sabemos y creemos con certeza que los profetas mencionados en el Corán fueron profetas, no nos ha llegado, mediante ninguna fuente fiable, la enseñanza ni la vida de ninguno de ellos de forma que podamos seguirlo. No hay duda de que Noé, Abraham, Isaac, José, Moisés y Jesús —la paz sea con todos ellos— fueron profetas. Creemos en todos ellos. Sin embargo, ninguno de los libros revelados a ellos existe hoy en una forma preservada de la que podamos obtener guía. La biografía de ninguno de ellos nos ha llegado por un medio tan preservado y fiable que podamos adoptarlos como nuestros guías en las distintas dimensiones de nuestra vida personal y colectiva. Si alguien quisiera escribir sobre las enseñanzas y las biografías de estos profetas, no podría escribir más que unas pocas páginas, y aun eso con la ayuda del Corán. Pues, aparte del Corán, no existe ningún material ni fuente auténtica sobre ellos.

El estado de los libros de la religión judía y de los profetas

Se dice que todo lo relativo a Moisés —la paz sea con él—, a los profetas que vinieron después de él y a sus enseñanzas se encuentra en el Antiguo Testamento de la Biblia. Pero examinen la Biblia desde el punto de vista histórico. Fue destruida durante la destrucción de Jerusalén en el siglo VI antes de Cristo. Junto con ella también se destruyeron los rollos de los demás profetas que habían fallecido antes de aquella época. En el siglo V antes de Cristo, cuando los israelitas fueron liberados del cautiverio en Babilonia, Esdras —la paz sea con él— compiló, con la ayuda de otros ancianos, la biografía de Moisés —la paz sea con él— y la historia de los hijos de Israel. En ella insertó, según la ocasión, los versículos que habían llegado a sus manos y a las de sus colaboradores. Después, desde el siglo IV hasta el siglo II antes de Cristo, diversas personas —no sé quiénes— compilaron los rollos de aquellos profetas que habían fallecido varios siglos antes. No sé de qué fuentes lo hicieron. Por ejemplo, trescientos años antes de Jesús —la paz sea con él—, alguien escribió un libro en nombre de Jonás —la paz sea con él— y lo incorporó a la Biblia, aunque este había sido profeta en el siglo VIII antes de Cristo. Los Salmos fueron escritos quinientos años después de la muerte de David —la paz sea con él—, y en ellos se incluyeron, además de los poemas de David, los poemas de otros cien poetas. No sé mediante qué fuentes llegaron estos datos a los compiladores de los Salmos. Salomón —la paz sea con él— murió 933 años antes de Jesús —la paz sea con él—, y sus proverbios fueron escritos 250 años antes de Jesús —la paz sea con él—. En ellos también se incluyeron palabras de muchos otros sabios.

En resumen, la cadena de transmisión de ningún libro de la Biblia llega hasta los profetas a quienes se atribuye. Además, las Biblias escritas en hebreo fueron destruidas cuando Jerusalén fue destruida por segunda vez, en el año 70 de la era cristiana. De ellas solo quedó la traducción al griego. Esta traducción se realizó entre el año 258 antes de Cristo y el siglo I antes de Cristo. En el siglo II de la era cristiana, eruditos judíos compilaron una Biblia hebrea a partir de todos los manuscritos que habían sobrevivido. El libro más antiguo de ella que se conserva fue escrito en el año 916. Aparte de este, no existe ninguna otra Biblia hebrea. Los rollos hebreos encontrados en las cuevas de Qumrán, cerca del mar Muerto, fueron escritos, como mucho, en los siglos II y I antes de Cristo. En ellos solo se hallan algunos fragmentos dispersos de la Biblia. La colección de los cinco primeros libros de la Biblia que circula entre los samaritanos tiene como ejemplar más antiguo un libro escrito en el siglo XI de la era cristiana. La traducción griega realizada en los siglos III y II antes de Cristo contenía innumerables errores. De ella se hizo una traducción al latín en los siglos II y III de la era cristiana. ¿Con qué criterio puede considerarse auténtico este material relativo a la vida y las enseñanzas de Moisés —la paz sea con él— y de los profetas posteriores a él?

Además, entre los judíos se encuentran, transmitidas de generación en generación, algunas narraciones fundamentales llamadas Ley Oral. Permanecieron sin escribirse durante mil trescientos o mil cuatrocientos años. A finales del siglo II y comienzos del siglo III de la era cristiana, el rabino Judah ben Shimon les dio forma escrita con el nombre de Mishná. Los eruditos judíos de Palestina escribieron su comentario con el nombre de Halajá, y los eruditos de Babilonia, con el nombre de Hagadá, en los siglos III y V de la era cristiana. La colección de estas tres obras se denomina Talmud. Ninguna de sus narraciones posee una cadena de transmisión que permita saber qué personas las transmitieron y a quiénes.

El estado de los libros de la religión cristiana de Jesús —la paz sea con él—

La situación de la biografía y las enseñanzas de Jesús —la paz sea con él— es, en cierta medida, similar. El Injil original que había sido revelado por Dios mediante la revelación, Jesús —la paz sea con él— lo transmitía oralmente a la gente. Sus discípulos también lo transmitían oralmente a otros, de tal manera que las circunstancias del profeta y los versículos del Injil acabaron mezclándose. Nada de ello fue escrito durante la vida de Jesús —la paz sea con él— ni después de ella. La tarea de escribirla fue realizada por cristianos cuya lengua era el griego, mientras que la lengua de Jesús —la paz sea con él— era el siríaco o el arameo. Sus discípulos también hablaban esa lengua. Muchos autores de lengua griega escucharon estas narraciones en arameo y las escribieron en griego. Ninguna obra escrita por estos autores fue redactada antes del año 70 de la era cristiana. Ninguno de ellos transmitió la cadena de transmisión de ningún acontecimiento ni de ninguna palabra de Jesús —la paz sea con él— que permitiera saber de quién habían escuchado aquello. Además, tampoco se han conservado sus obras escritas. Se reunieron miles de libros griegos del Nuevo Testamento de la Biblia, pero ninguno de ellos es anterior al siglo IV de la era cristiana; más bien, la mayoría pertenece a los siglos posteriores, hasta el siglo XI. En Egipto se han encontrado algunos fragmentos escritos sobre papiro. Ninguno de ellos es anterior al siglo III. No se sabe quién, cuándo ni dónde tradujo del griego al latín. En el siglo IV fueron revisados por orden del papa. Después, en el siglo XVI, se abandonaron y se hizo una nueva traducción del griego al latín. La traducción de los cuatro Evangelios del griego al siríaco se realizó probablemente alrededor del año 200 de la era cristiana. Sin embargo, el ejemplar más antiguo que se conserva de ella está escrito en el siglo IV. El libro manuscrito del siglo V que se ha encontrado es bastante diferente. Entre las traducciones del siríaco al árabe, ninguna es anterior al siglo VIII. Lo curioso es que se escribieron casi setenta libros sobre los Evangelios, pero los dirigentes cristianos solo aprobaron cuatro y rechazaron los demás. No sé por qué fueron aprobados ni por qué fueron rechazados. ¿Puede considerarse auténtica, en algún grado, la biografía y la enseñanza de Jesús —la paz sea con él— escritas sobre la base de materiales y fuentes de esta naturaleza?

El estado de la biografía y las enseñanzas de Zoroastro

La situación de los demás líderes religiosos tampoco es diferente. Tomemos, por ejemplo, a Zoroastro (Zoroaster), cuya fecha exacta de nacimiento aún no se conoce. A lo sumo, puede decirse que vivió doscientos cincuenta años antes de la conquista de Irán por Alejandro, es decir, quinientos cincuenta años y medio antes de Jesucristo (la paz sea con él). Su libro, el Avesta, ya no existe en su lengua original, y la lengua en la que fue escrito o transmitido oralmente también es una lengua muerta. En el siglo IX de la era cristiana, algunas de sus partes fueron traducidas y comentadas en nueve volúmenes. Sin embargo, los dos primeros volúmenes se perdieron, y el volumen más antiguo que se conserva actualmente fue escrito a mediados del siglo XIII. Este es el estado de la obra presentada por Zoroastro. Queda ahora la cuestión de su propia biografía. Sobre esto no sé mucho más que el hecho de que comenzó a predicar a los cuarenta años. Dos años después, el rey Gushtaspa aceptó su obediencia y su religión se convirtió en la religión oficial. Murió a los setenta y siete años. Cuanto más tiempo transcurrió después de su muerte, más relatos y leyendas disparatados se fueron inventando sobre él. Ninguno de ellos puede recibir valor histórico.

La situación del budismo

Buda es una de las figuras religiosas más famosas del mundo. Al igual que en el caso de Zoroastro, puede suponerse que quizá también fue un profeta. Sin embargo, no presentó ningún libro en absoluto. Sus seguidores tampoco afirmaron que hubiera traído ningún libro. Sus seguidores tampoco afirmaron que hubiera traído ningún libro. Sus seguidores tampoco afirmaron que hubiera traído ningún libro. La recopilación de sus palabras y circunstancias comenzó cien años después de su muerte. Este trabajo continuó durante varios siglos. Pero en ninguno de los libros que se consideran textos fundamentales del budismo se incluyó una cadena de transmisión que permita saber por qué fuente llegaron a sus recopiladores las circunstancias, palabras y enseñanzas de Buda. Solo se han conservado la biografía y las enseñanzas del profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

De esto se sabe que, si recurrimos a otros profetas y líderes religiosos, no encontramos respecto de ellos ningún medio auténtico mediante el cual podamos obtener, con tranquilidad y firme convicción, orientación de sus enseñanzas y biografías. Por tanto, no nos queda otro camino que recurrir a un profeta que nos haya dejado un libro fiable, por encima de toda alteración y mezcla, y cuyos detalles biográficos, palabras y enseñanzas nos hayan llegado por fuentes fiables, de las que podamos obtener orientación. En toda la historia del mundo, tal personalidad es únicamente la persona sagrada del profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

El Corán, el Libro de Allah, está completamente preservado

El profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) presentó un libro —el Corán— afirmando claramente que era la palabra de Allah, revelada a él. Cuando examinamos este libro, percibimos con certeza que no ha sufrido ninguna mezcla. No se incorporó a él ninguna palabra del propio Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él); por el contrario, sus palabras se conservaron completamente separadas. A diferencia de la Biblia, los acontecimientos de su vida y sus acciones, así como la historia de Arabia y los sucesos surgidos durante la revelación del Corán, no fueron mezclados ni añadidos a esta palabra de Allah. En esta pura palabra de Allah (Word of God) no se incorporó ni una sola palabra de nadie aparte de Allah. No se omitió ni una sola palabra de su texto. Ha llegado intacta desde la época del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) hasta nuestros días.

Desde el momento en que comenzó a revelarse este Libro al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), él hizo que se pusiera por escrito. Cada vez que recibía una revelación, llamaba inmediatamente a uno u otro escriba y se la hacía escribir; después de escribirla, se la leían nuevamente y, cuando se cercioraba de que el escriba la había escrito correctamente, la guardaba en un lugar seguro. Respecto de cada revelación recibida, indicaba al escriba en qué sura debía incorporarse y después de qué versículo. De este modo, fue ordenando el Corán sucesivamente, hasta que finalmente quedó completo.

Desde el comienzo mismo del islam se ordenó, con respecto a la oración, que se recitara el Corán durante ella. Por eso, los honorables compañeros comenzaron a memorizarlo en cuanto era revelado. Muchos memorizaron el Corán entero, y un número aún mayor conservó en su memoria diversas partes, en mayor o menor medida. Además, entre los compañeros que sabían leer y escribir, algunos escribían por sí mismos distintas partes del Corán. Así, durante la vida del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el Corán quedó preservado mediante cuatro métodos:

Primero: él mismo hizo que los escribas de la revelación lo escribieran de principio a fin.

Segundo: muchos Compañeros memorizaron el Corán completo, con cada una de sus palabras.

Tercero: entre los honorables Compañeros no hubo nadie que no memorizara alguna parte del Corán, fuera poca o mucha.

Cuarto: numerosos Compañeros instruidos escribieron el Corán por iniciativa propia y, después, se lo recitaron al Mensajero de Allah para cerciorarse de su exactitud.

Por tanto, es un hecho histórico innegable que el Corán que hoy tenemos es, letra por letra, exactamente aquello que el profeta Muhammad (la paz sea con él) presentó como la palabra de Allah. Después del fallecimiento del Profeta, su primer califa, Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él), reunió a todos los memorizadores y las partes escritas, y ordenó que se escribiera el Corán completo en forma de libro. Durante la época de Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él), se enviaron oficialmente copias del mismo a los centros principales del mundo islámico. Dos de esas copias aún existen en el mundo: una en Estambul y la otra en Tashkent. Cualquiera que lo desee puede tomar cualquier ejemplar impreso del Noble Corán y compararlo con ellas. No encontrará ninguna diferencia. ¿Y cómo podría haberla, cuando desde la época del Profeta hasta hoy han existido, generación tras generación, cientos de miles, incluso millones, de memorizadores del Corán? Si alguien cambiara siquiera una palabra, todos esos memorizadores detectarían el error. En la última parte del siglo pasado, un instituto de la Universidad de Múnich, en Alemania, reunió cuarenta y dos mil ejemplares manuscritos e impresos del Noble Corán de todas las épocas, procedentes de distintas partes del mundo islámico. Se investigaron durante cincuenta años. Finalmente, el informe presentado declaró que en esos libros no había ninguna diferencia aparte de los errores de escritura. Eran ejemplares del Noble Corán correspondientes al período comprendido entre el primer y el decimocuarto siglo de la hégira, recopilados de todos los lugares del mundo. Es lamentable que el instituto fuera destruido por los bombardeos de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los resultados de su investigación no desaparecieron del mundo.

Otro aspecto digno de atención respecto del Corán es que la lengua en la que fue revelado es una lengua viva. Desde Irak hasta Marruecos, aproximadamente ciento veinte millones de personas utilizan el árabe como lengua materna, y cientos de millones de personas del mundo no árabe lo leen y lo enseñan. La gramática, los diccionarios, la pronunciación de sus palabras y sus modismos en la lengua árabe siguen siendo hoy tal como eran hace mil cuatrocientos años. Aún hoy, toda persona instruida en árabe puede leerlo y comprenderlo del mismo modo que podían comprenderlo los árabes de hace mil cuatrocientos años.

Esta es una importante característica del profeta Muhammad (la paz sea con él) que no poseyó ningún otro profeta ni líder religioso. El Libro que Allah Altísimo le reveló para guiar a la humanidad existe inalterado en su lengua original y con sus palabras originales.

La plena fiabilidad de la biografía y la Sunna del Mensajero

Al considerar su segunda característica, se observa que, entre todos los profetas y líderes religiosos, él es único en este aspecto. Esta característica consiste en que, al igual que el Libro que le fue revelado, su Sira también se ha conservado, y de ella podemos recibir orientación para cada ámbito de la vida. Un gran número de las personas que lo vieron desde su infancia hasta los últimos momentos de su vida, que observaron su estado y sus actividades, escucharon sus palabras y sus sermones, y lo oyeron ordenar o prohibir algo, grabaron todo en sus corazones y lo transmitieron a las generaciones posteriores. Según algunos especialistas, llegaron a ser cien mil las personas que transmitieron a las generaciones siguientes relatos de acontecimientos que habían visto y oído. El Profeta (saw) hizo escribir ciertas órdenes y disposiciones, y las entregó o envió a algunas personas; las generaciones posteriores recibieron esos documentos. Entre los Compañeros hubo al menos seis personas que escribieron los hadices y se los mostraron al Profeta (saw), para que no contuvieran ningún error. Las generaciones posteriores obtuvieron estos documentos escritos y, después del fallecimiento del Noble Profeta (saw), al menos cincuenta Compañeros reunieron por escrito sus circunstancias, sus actividades y sus palabras. Estos tesoros de conocimiento también llegaron a quienes se dedicaron a reunir y compilar los hadices. Luego, como he dicho hace un momento, el número de los Compañeros que transmitieron oralmente información relacionada con la Sira llegó hasta cien mil. Y esto tampoco es algo sorprendente, pues ciento cuarenta mil personas estuvieron presentes en el Hayy de la Despedida que realizó el Profeta (saw). Un número tan enorme de personas lo vio realizar el Hayy, aprendió de él sus normas y procedimientos, y escuchó el sermón que pronunció durante aquel Hayy. ¿Cómo sería posible que, después de participar con el Profeta en el Hayy en un momento tan importante y regresar a sus respectivas regiones, sus familiares, amigos y vecinos no les hubieran pedido que relataran aquel viaje de peregrinación ni les hubieran preguntado por las normas y procedimientos del Hayy? A partir de esto, puede imaginarse con cuánto interés la gente querría conocer, después de que una personalidad tan grande como el Profeta (saw) partiera de este mundo, sus circunstancias y sus obras, sus palabras, sus órdenes y su guía, de quienes lo habían visto y escuchado sus instrucciones.

Respecto de las narraciones transmitidas por los nobles Compañeros (ra) a las generaciones posteriores, desde el principio se adoptó el método de exigir que cualquiera que atribuyera una palabra al Profeta (saw) dijera de quién la había escuchado y de quién la había escuchado, a su vez, la persona anterior en la cadena. De este modo se examinaba toda la cadena de transmisión hasta el Profeta (saw), para poder tener la certeza de que la palabra había sido transmitida correctamente de él. Si no se encontraban todos los eslabones de la narración, surgían dudas sobre su autenticidad. Y aunque la cadena llegara hasta el Profeta (saw), si alguno de los narradores intermedios resultaba indigno de confianza, una narración de ese tipo no podía aceptarse. Si lo reflexiona un poco, comprenderá que la biografía de ninguna otra persona del mundo se ha recopilado de esta manera. Esta es una característica exclusiva del Profeta Muhammad (saw): no se aceptó ninguna afirmación acerca de él sin una cadena de transmisión. Y en la cadena no solo se comprobó si la transmisión de un hadiz llegaba hasta el Profeta, sino también si todos los narradores relacionados con ella eran dignos de confianza. Con este propósito, las biografías de los narradores fueron examinadas minuciosamente y se redactaron obras detalladas sobre este tema. Gracias a ellas se sabe quién era digno de confianza y quién no, cómo eran el carácter y la conducta de cada uno, quién tenía una memoria fuerte y quién no, quién se había encontrado con la persona de la que copiaba la narración y quién había registrado una transmisión en su nombre sin haberla conocido. Así se recopiló una cantidad tan vasta de información sobre los narradores que todavía hoy podemos saber si un hadiz fue transmitido por una fuente fiable o por una fuente no fiable. ¿Puede encontrarse en toda la historia de la humanidad otra persona cuya biografía haya sido registrada mediante fuentes tan fiables? ¿Existe algún ejemplo de que se hayan escrito obras sobre la vida de miles de personas para determinar la autenticidad de la biografía de un solo individuo, personas que habían transmitido algo acerca de él? En la época actual, la verdadera razón por la que los eruditos cristianos y judíos han empleado todos sus esfuerzos para presentar los hadices como dudosos no es otra que su resentimiento, pues no existe ninguna cadena de transmisión respecto de sus Escrituras ni de las biografías de sus líderes religiosos. Precisamente por el dolor que esto les causa, han abandonado la honestidad intelectual al criticar al islam, al Corán y al Profeta Muhammad (saw).

Cada aspecto de la vida del Profeta Muhammad (saw) era conocido y estaba bien documentado.

No es la única característica de la Sira del Profeta (saw) que haya llegado hasta nosotros mediante fuentes sumamente fiables; otra de sus características especiales es que se dispone de una descripción tan detallada de cada aspecto de su vida como no se dispone de la vida de ninguna otra persona. Cómo era su familia, cómo fue su vida antes de la profecía, cómo recibió la profecía, cómo descendía sobre él la revelación, cómo difundió la invitación al islam, cómo afrontó la oposición y los obstáculos, cómo educó a sus compañeros, cómo vivía con su familia, cómo trataba a sus esposas e hijos, cómo era su trato con amigos y enemigos, qué enseñanzas morales impartía, qué cosas ordenaba mediante su propio carácter, qué acciones prohibía, qué acciones veía sin prohibirlas y qué acciones, al verlas, prohibía: todo esto se encuentra detalladamente en los libros de hadices y de Sira. También fue un general militar, y contamos con descripciones detalladas de todas las guerras y batallas que tuvieron lugar bajo su mando. También fue un juez, y podemos conocer el expediente completo de todos los casos que le fueron presentados. También sabemos qué veredicto pronunció en cada caso. Salía a inspeccionar el mercado y observaba cómo comerciaba la gente. Cuando veía una práctica incorrecta, la prohibía; y cuando veía que algo se hacía correctamente, lo aprobaba. En resumen, no hay ningún ámbito de la vida sobre el que no haya ofrecido una orientación detallada.

Por eso afirmamos, con plena imparcialidad, conocimiento y convicción, que entre todos los profetas y líderes religiosos, el Profeta Muhammad (saw) es la única persona a cuya guía puede recurrir toda la humanidad para obtener orientación y dirección. Esto se debe a que el Libro que él presentó se ha conservado con sus palabras originales, y la descripción detallada de su Sira, indispensable para la guía, ha llegado hasta nosotros mediante fuentes fiables.

Ahora debemos observar qué mensaje y qué guía nos ofrece su noble Sira.

Su mensaje está dirigido a toda la humanidad.

Lo primero que observamos en su da‘wah es que, dejando de lado las distinciones de raza, linaje, lengua y patria, se dirige al ser humano como ser humano y presenta ciertos principios beneficiosos para toda la humanidad. Quien acepte estos principios será musulmán y miembro de una ummah musulmana universal, ya sea negro o blanco, oriental u occidental, árabe o no árabe. Allí donde haya un ser humano, cualquiera que sea el país, la nación o el linaje en que haya nacido, cualquiera que sea la lengua que hable y sea cual sea el color de su piel, la da‘wah del Profeta Muhammad (sallallahu alayhi wa sallam) está dirigida a él. Si acepta los principios que él presentó, pasa a formar parte de la ummah musulmana con iguales derechos. En esta ummah no existen discriminaciones ni gradaciones, ni distinciones de linaje o de clase, ni diferencias lingüísticas, étnicas o geográficas que, después de establecerse la unidad de la fe, separen a una persona de otra.

El mejor remedio contra el fanatismo racial y de linaje

Si reflexiona, comprenderá que esta es una inmensa bendición que la humanidad recibió gracias al Profeta Muhammad el Árabe (sallallahu alayhi wa sallam). Lo que más ha destruido a la humanidad es esta distinción establecida entre las personas. En algunos lugares, a ciertos seres humanos se los ha considerado impuros e intocables; se los privó de los derechos de los que goza el brahmán. En otros lugares se determinó que merecían ser exterminados, porque nacieron en Australia y América en una época en que los forasteros necesitaban expulsarlos de sus tierras. En otros lugares fueron capturados y convertidos en esclavos, y se los obligó a trabajar como animales, porque habían nacido en África y su piel era negra. En resumen, para la humanidad, estas distinciones de nación, patria, linaje, raza y lengua han sido causa de enormes peligros desde la Antigüedad hasta hoy. Sobre esta base se han librado guerras; sobre esta base un país ha ocupado a otro, una nación ha saqueado a otra y numerosos linajes han sido exterminados por completo. El Profeta Muhammad (sallallahu alayhi wa sallam) aplicó a esta enfermedad un remedio que incluso reconocen los enemigos del islam: nadie ha logrado tanto como el islam en resolver el problema de las distinciones de raza, linaje y lugar de nacimiento.

Cuando Malcolm X, célebre líder de los estadounidenses de origen africano y antiguo abanderado de la propagación del odio extremo de los negros contra los blancos, abrazó el islam, viajó al hajj y vio que desde el este y el oeste, desde el norte y el sur, acudían al hajj personas de todos los linajes, razas, países y lenguas; que todos vestían el mismo tipo de ihram, todos pronunciaban al unísono las palabras «labbayk, labbayk», realizaban juntos el tawaf y rezaban en la misma congregación detrás del mismo imán, exclamó: «Esta es la única solución correcta al problema de la raza y el linaje; no lo que hemos estado haciendo hasta ahora». A este pobre hombre lo mataron los opresores, pero su autobiografía publicada aún existe. Por ella podemos saber hasta qué punto quedó profundamente impresionado por el hajj.

El hajj es solo una de las prácticas de adoración del islam. Si alguien observa con los ojos abiertos las enseñanzas del islam en su conjunto, no podrá señalar en ninguna parte y afirmar que estas enseñanzas existen para los intereses de una raza, una tribu, un linaje o una clase determinados. Toda la religión atestigua que es para toda la humanidad y que, a sus ojos, son iguales todas las personas que aceptan sus principios y se integran en la hermandad universal que él ha creado. Tampoco trata a los no musulmanes de la manera en que los blancos trataron a los negros, ni como las potencias imperialistas trataron a los no comunistas bajo su dominio, e incluso a los miembros indeseables de sus propios partidos.

Ahora debemos examinar cuáles son los principios que el Profeta Muhammad (sallallahu alayhi wa sallam) presentó para el bienestar de la humanidad y qué contienen que no solo garantiza el bienestar de la humanidad, sino que también puede unir a toda la humanidad en un mismo vínculo y convertirla en una sola ummah.

La concepción más amplia de la unicidad de Allah Ta‘ala

El asunto principal de este principio es aceptar la wahdaniyyah o unicidad de Allah Ta‘ala. No solo en el sentido de que Allah existe, ni simplemente en el sentido de que Allah es uno, sino en el sentido de que el único Creador, Dueño, Gobernante y Soberano de este universo es Allah Ta‘ala. En toda la creación no existe nadie más que posea autoridad y derecho de gobierno, que tenga derecho a ordenar y prohibir, por cuya declaración algo se vuelva haram o por cuya declaración algo se vuelva halal. Nadie posee esta autoridad ni esta facultad aparte de Allah. Pues solo Aquel que es el Creador, el Dueño y el Señor tiene derecho a ordenar a Sus siervos que hagan, en el mundo que Él ha creado, lo que Él quiera, y a prohibirles lo que Él quiera. La llamada del islam consiste en aceptar a Allah Ta‘ala como tal. Acéptalo de tal manera que no seamos siervos de nadie excepto de Él; que nadie tenga derecho a gobernarnos contra Su ley; que nuestras cabezas no fueron creadas para inclinarse ante nadie salvo Él; y que nuestra vida y nuestra muerte están bajo Su autoridad. Cuando Él quiere, puede darnos la muerte, y puede mantenernos vivos todo el tiempo que quiera. Si la muerte llega por parte de Él, no existe en el mundo ninguna fuerza capaz de salvarnos. Y si quiere mantenernos con vida, ninguna fuerza del mundo puede destruirnos. Esta es la concepción del islam acerca de Allah.

Según este concepto, toda la creación, desde la tierra hasta el cielo, es obediente y sumisa a Allah, y la tarea del ser humano que vive en esta creación también consiste en permanecer obediente y sumiso a Allah. Si se vuelve libre y arbitrario, o acepta obedecer a alguien distinto de Allah, todo el sistema de su vida llegará a estar en contradicción con el sistema del universo. En otras palabras, intenten comprenderlo así: todo el universo funciona sometido al mandato de Allah, y nadie puede cambiar esta realidad. Ahora bien, si obedecemos el mandato de alguien distinto de Allah, o marchamos en cualquier dirección según nuestro propio deseo, eso significará que todo el vehículo de nuestra vida avanza en dirección opuesta al vehículo del universo. Como consecuencia, entre nosotros y el universo se mantiene un conflicto perpetuo.

Por otro lado, reflexionen: según el concepto islámico, el modo de vida correcto para el ser humano consiste únicamente en obedecer a Allah. Pues él es una criatura y Allah es su Creador. Por el hecho de ser una criatura, es igualmente erróneo que actúe con libertad arbitraria y que se someta, obedeciéndolo, a alguien distinto del Creador. Cualquiera de estos dos caminos que adopte será contrario a la verdad, y las amargas consecuencias de entrar en conflicto con la verdad las sufrirá quien se oponga a ella; la verdad no sufrirá ningún daño.

La invitación a servir a Allah

La invitación del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) consiste en poner fin a este conflicto. La ley y el modo de vida que rijan tu vida deberían ser los mismos que rigen todo el universo. No te erijas tú mismo en legislador, ni reconozcas a otros el derecho de imponer su ley sobre los siervos de Allah en la tierra de Allah. La ley del Creador del universo es la verdadera ley, y todas las demás leyes son falsas y nulas.

La invitación a obedecer al Mensajero

Al llegar hasta aquí, se presenta ante nosotros la segunda etapa de la invitación del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Consiste en su declaración inequívoca: «Soy el Profeta de Allah Altísimo, y Él ha enviado por medio de mí Su ley para la humanidad. Yo mismo estoy sometido a esa ley. Ni siquiera yo tengo autoridad para introducir en ella modificación alguna. Solo se me ha ordenado cumplirla. Tampoco tengo derecho a crear nada por iniciativa propia. Este Corán es una ley que me ha sido revelada por Allah. Mi Sunna es una ley que aplico por mandato de Allah. Yo mismo soy el primero en inclinar la cabeza ante esta ley (árabe****)». Después, invito a toda la humanidad a que abandone la obediencia a las leyes ajenas y obedezca esta ley.

El Mensajero de Allah es quien tiene derecho a ser obedecido después de Allah

Que nadie albergue la duda de cómo el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) podía obedecer él mismo su propia Sunna, siendo esta sus propias palabras y acciones. La realidad es que, así como el Corán procede de Allah, también procedían de Allah las órdenes que él daba en calidad de Mensajero, las cosas que prohibía hacer y las normas y métodos que establecía. Esto es lo que se denomina la Sunna del Mensajero, y él mismo la obedecía del mismo modo en que era obligatorio obedecerla para todos los creyentes. Esto queda completamente claro en aquellas ocasiones en que los honorables Compañeros, que Allah esté complacido con ellos, preguntaban al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) sobre algún asunto: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Dices esto por mandato de Allah o es tu propia opinión?». El Profeta respondía: «No es por mandato de Allah; al contrario, es mi opinión personal». Al saberlo, los honorables Compañeros no se limitaban a aceptar lo que había dicho el Profeta, sino que presentaban sus propias propuestas. Entonces el Profeta abandonaba su opinión y aceptaba sus propuestas. Lo mismo quedaba claro cuando el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) consultaba a sus Compañeros. Esta consulta demostraba que no había llegado ninguna instrucción de parte de Allah sobre ese asunto, pues, si se tratara del mandato de Allah, no habría lugar alguno para la consulta. Este tipo de situaciones ocurrió muchas veces en la vida del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y encontramos una descripción detallada de ellas en los hadices. Más bien, los honorables Compañeros (que Allah esté complacido con ellos) dicen: «No hemos visto a nadie que consultara más que al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)». Si reflexionan sobre este asunto, comprenderán que esto también formaba parte de la Sunna del Profeta: consultar sobre aquello respecto de lo cual no existe ninguna instrucción de Allah. Ni siquiera el Mensajero de Allah, mucho menos cualquier otro gobernante, declaró que su opinión personal debiera ser aceptada como autoridad por los demás. De este modo, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) enseñó a la comunidad a actuar basándose en la consulta y mostró a la gente que aquello sobre lo cual exista una instrucción de Allah debe aceptarse sin vacilación, mientras que, allí donde no exista ninguna instrucción de Allah, debe ejercerse sin temor el derecho a la opinión independiente.

La verdadera carta de la libertad

Esta es una carta de libertad para la humanidad, que nadie, salvo la religión de la verdad, le ha otorgado. El siervo de Allah será siervo únicamente de Allah. No será siervo de nadie más. Ni siquiera será siervo del Mensajero de Allah. Esta carta ha liberado al ser humano de la adoración —la servidumbre y obediencia— a todos excepto a Allah, y ha puesto fin para siempre al dominio, la divinidad y la autoridad de unos seres humanos sobre otros.

Junto con esto, el mayor de los favores que este mensaje ha concedido a la humanidad es la supremacía de una ley que ningún rey, dictador, asamblea legislativa democrática ni nación que haya aceptado el islam tiene derecho a abolir, deformar o modificar. Esta ley otorga al ser humano valores permanentes del bien y del mal, que no pueden alterarse para convertir el bien en mal y el mal en bien.

El concepto de rendir cuentas ante Allah

La tercera enseñanza que el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) impartió a la humanidad es que tendrás que rendir cuentas ante Allah. No se te ha dejado en este mundo como a un animal sin brida, para que hagas lo que te plazca, vagues a tu antojo por cualquier campo y nadie te pida cuentas. Por el contrario, tendrás que dar cuenta a tu Creador y Señor de cada una de tus palabras y de todas las acciones de tu vida voluntaria. Después de la muerte serás resucitado y tendrás que comparecer ante tu Señor para ser interrogado. Esta es una fuerza moral tan grande que, si arraiga en la conciencia de una persona, su estado será como si llevara siempre consigo un vigilante que le advierte de cada inclinación hacia la maldad y le impide dar cada paso en esa dirección. Haya o no fuera de él una policía que lo detenga y un gobierno que lo castigue, dentro de él permanecerá un crítico escrutador, y por temor a ser descubierto por él nunca podrá desobedecer a Allah en la intimidad, en los bosques, en la oscuridad más profunda ni siquiera en un lugar deshabitado. No existe un medio mejor que este para reformar y corregir moralmente al ser humano y crear en él un carácter firme. Por mucho que se intente formar el carácter mediante cualquier otro método, no se podrá avanzar más allá de afirmar que las buenas acciones traerán beneficios en la vida mundana, las malas acciones traerán perjuicios y la honestidad es un principio noble. Esto significa que, si en principio las malas acciones y la deshonestidad resultaran beneficiosas y no hubiera temor de sufrir daño, podrían cometerse sin vacilación. El resultado de esta perspectiva es que quienes son honrados en su vida privada se vuelven, en la conducta nacional, extremadamente deshonestos, engañadores, saqueadores, opresores y tiranos. Más aún, incluso en su vida privada pueden ser honestos en algunos asuntos y sumamente deshonestos en otros. Verán que, por un lado, son honrados en sus transacciones y corteses en su trato, mientras que, por otro, son alcohólicos, adúlteros, jugadores, profundamente inmorales, corruptos y deshonrados. Dicen que la vida privada de una persona es una cosa y la vida social o pública es otra. Cuando se les señala algún defecto de su vida privada, responden de inmediato: «Ocúpate de tus propios asuntos».

Exactamente lo contrario es la creencia en la Otra Vida. Esta sostiene que el pecado es siempre pecado, ya sea beneficioso o perjudicial en la vida mundana. En la vida de quien tiene conciencia de rendir cuentas ante Allah, los ámbitos individual y social no pueden estar separados. Si adopta la honestidad, no lo hace porque sea un principio excelente. Más bien, la honestidad forma parte de su propio ser, y ni siquiera puede imaginar que le sea posible actuar deshonestamente. Su creencia le enseña que, si actúa con deshonestidad, descenderá a un nivel inferior al de los animales. Como se ha dicho en el Corán: (Árabe******)

Hemos creado al ser humano en la mejor de las formas. Después lo hicimos descender, devolviéndolo al nivel más bajo.

De este modo, bajo el liderazgo del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), la humanidad no solo obtuvo una ley inmutable que contiene valores morales permanentes, sino también una base absolutamente firme e inquebrantable para el carácter y la conducta individuales y nacionales. Esta ley no depende de que exista un gobierno, una policía o un tribunal para que usted pueda seguir el camino recto; de lo contrario, tendría que convertirse en un delincuente.

La práctica de la virtud en la vida mundana en lugar del ascetismo

La misión del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nos brinda otra enseñanza importante: que la virtud no está destinada a las celdas apartadas de quienes renuncian al mundo ni a las zawiyas de los derviches, sino a manifestarse en todos los ámbitos de la vida mundana. El desarrollo espiritual y moral que el mundo busca entre los pobres y los derviches, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo estableció en el trono del gobierno y en el estrado de los tribunales. Enseñó a trabajar en el comercio con temor de Allah y honestidad, y enseñó a la policía y a los soldados la piedad y el temor de Allah. Eliminó la falsa idea de la gente de que solo puede ser un wali de Allah quien abandona el mundo y se dedica exclusivamente a repetir «Allah, Allah». Dijo que la santidad no consiste en eso; la verdadera santidad consiste en que una persona, aunque sea gobernante, juez, comandante militar, jefe de una comisaría, comerciante, industrial o, en cualquier otro aspecto, un hombre plenamente inmerso en el mundo, demuestre en todo momento que teme a Allah, es honesta y digna de confianza, especialmente cuando su fe se vea sometida a una prueba de fuego. Así, sacó la virtud y la espiritualidad del rincón apartado del ascetismo y las llevó a la economía y a la vida social, a la política y a los tribunales, y al campo de la guerra y la paz. Después estableció en todos esos ámbitos el gobierno de la virtud y el carácter purificado.

Los excelentes efectos de la guía del Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)

Este fue el grandioso efecto de su guía y orientación (আরবী***): dejó a quienes, al comienzo de la misión profética, eran ladrones en tal estado que se convirtieron en personas dignas de confianza y protectoras de la vida, los bienes, el honor y la dignidad de la gente. A quienes había encontrado apoderándose de los bienes ajenos, los dejó convertidos en defensores de los derechos, protectores de los derechos y personas que exhortaban a los demás a respetar los derechos ajenos. Antes de él, el mundo solo conocía gobernantes que sometían a sus súbditos mediante la opresión y la tiranía, y que ejercían su dominio y autoridad desde palacios elevados hasta el cielo. El Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) presentó a ese mismo mundo gobernantes que recorrían los mercados como la gente común y conquistaban los corazones mediante la justicia, la rectitud y el trato equitativo. Antes de él, el mundo conocía soldados que, al entrar en un país, cometían matanzas por todas partes, incendiaban las poblaciones y violaban el honor y la castidad de las mujeres de las naciones vencidas. Él presentó nuevamente a ese mundo ejércitos que, al entrar victoriosos en una ciudad, no dañaban a nadie salvo al ejército enemigo e incluso devolvían a sus habitantes hasta los impuestos recaudados en la ciudad conquistada. La historia de la humanidad está llena de relatos sobre la conquista de diversos países y ciudades. Pero no se encuentra en la historia ningún ejemplo semejante a la conquista de La Meca. La entrada victoriosa del Profeta en aquella misma ciudad cuyos habitantes lo habían oprimido y perseguido durante trece años tuvo lugar de tal manera que él avanzaba con la cabeza inclinada ante Allah. Su frente casi rozaba la howdah del camello y en su conducta no había el menor rastro de orgullo ni arrogancia. Cuando aquellas personas que durante trece años habían perpetrado contra él toda clase de abusos y persecuciones, que habían obligado al Mensajero a emigrar y que, incluso después de la emigración, habían combatido contra él durante ocho años, fueron derrotadas y se presentaron ante él implorando misericordia, el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), en vez de vengarse, dijo: (আরবী*****) «Hoy no habrá reproche contra vosotros. Id; sois libres.»

Si alguien desea comprender la influencia que el ejemplo del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tuvo sobre la comunidad musulmana, que mire la historia. Verá cómo se comportaron los musulmanes cuando entraron victoriosos en España y cómo se comportaron los cristianos cuando vencieron a los musulmanes. Durante las Cruzadas, cuando los cristianos entraron en Bayt al-Maqdis, verá cómo trataron a los musulmanes y cómo trataron los musulmanes a los cristianos cuando recuperaron Bayt al-Maqdis de manos de estos.

La sira del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es un océano tan vasto que no es posible abarcarlo en ningún libro, ni siquiera concebirlo en un solo discurso. Aun así, he procurado arrojar brevemente luz sobre algunos de sus aspectos más destacados. Afortunados serán aquellos que reciban la guía para su vida mediante esta única guía. (আরবী*****)

— Fin —