En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso

Introducción

Alabado sea Allah. Se publica «Relatos de la vida de los Compañeros del Mensajero (tercer tomo)». Deseaba publicarlo antes, pero no fue posible. Por diversos motivos se produjo un retraso. En este tomo se presentan las vidas de veinte nobles Compañeros ansaríes. Al igual que en los dos tomos anteriores, también aquí he intentado presentar, con pocas palabras, la identidad y las obras de estos grandes Compañeros. Desde el principio, nuestro compromiso con los lectores fue presentar, brevemente, la identidad de los nobles Compañeros —que Allah esté complacido con ellos—. Hemos intentado cumplirlo. Sin embargo, ninguna de las palabras aquí expuestas es propia nuestra. Todas han sido tomadas de fuentes fiables.

Después de que «Relatos de la vida (tomo 1 y tomo 2)» llegaran a manos de los lectores, muchos insistieron en que escribiéramos con algo más de detalle. Diferentes personas ofrecieron distintos consejos. Pero no fue posible aceptar ninguno de ellos. Creemos que otros cumplirán sus deseos. Hay mucho que escribir sobre las obras de los nobles Compañeros.

Estoy agradecido a quienes, de diversas maneras, han contribuido a que continúe esta línea de mis escritos. Expreso una gratitud especial al profesor A. K. M. Nazir Ahmad, director del Centro Islámico de Bangladesh, quien continuamente me aconseja y me ayuda en relación con la escritura. Ruego que Allah Todopoderoso le conceda la mejor recompensa.

Finalmente, reconozco humildemente que, si en este libro hubiera algún error o incoherencia, o si en algún lugar se hubiera manifestado el menor atisbo de falta de respeto hacia los nobles Compañeros, todo ello sería un defecto mío. Pido a los lectores benevolentes que me lo hagan notar.

Que Allah acepte este modesto esfuerzo mío como el menor servicio a la religión. Amén.

1 de septiembre de 1993
13 de Rabī‘ al-Awwal de 1414
Muhammad Abdul Mabud
Profesor adjunto,
Departamento de Árabe, Universidad de Dacca,
Dacca-1000.

Presentación de los ansaríes de Medina

La palabra árabe «al-Ansar» es plural. En singular, «nasir» significa ayudante. Después de la hégira del Mensajero de Allah, s. a. s., de La Meca a Medina, se llamó «ansar» a los musulmanes de aquel lugar que le dieron una cálida bienvenida y le ayudaron. En realidad, eran los habitantes de las tribus Aws y Jazray de Medina.
A los habitantes de la Arabia antigua se los divide en tres grupos principales: 1. al-Arab al-Ba’ida; 2. al-Arab al-Ariba; 3. al-Arab al-Musta’riba. Se llama «Ba’ida» a las tribus que, después del diluvio de Noé, a. s., establecieron su autoridad en Arabia y finalmente desaparecieron. Entre ellas se incluyen los pueblos de Ad, Zamud, Amalika, Tasm y Jadis. Las demás tribus contemporáneas de los Ba’ida, que obtuvieron la autoridad sobre Arabia después de ellos, son llamadas «Ariba». Qahtan, Saba, Himyar y Ma’in eran algunas de sus ramas. Se llama «Musta’riba» a las tribus descendientes del profeta Ismael, a. s.; originalmente habitaban la región septentrional de Arabia.
La opinión común acerca de los ansar de Medina es que eran descendientes de al-Arab al-Ariba. Basándose en ello, los genealogistas árabes remontan su genealogía hasta Qahtan ibn Abir, heredero de al-Arab al-Ariba. Sin embargo, a partir de Qahtan los genealogistas se dividieron en dos grupos. Un grupo dice que Qahtan fue el fundador de una familia independiente. El otro no lo considera fundador de una rama familiar separada, sino descendiente de Nabit ibn Ismael. Al-Kalbi y algunos yemeníes sostuvieron esta opinión. Consideraban a Ismael, a. s., el antepasado de todos los árabes. (Sira de Ibn Hisham, 1/7.) Sin embargo, Mas’udi dice que no es correcto que los yemeníes consideren a Qahtan descendiente de Nabit; más bien, lo consideran descendiente de Abir. (Kitab al-Tanbih wa-l-Ashraf, 81.)
En cualquier caso, Qahtan fue fundador de una familia independiente y de un reino independiente. Sus descendientes dominaron Yemen durante mucho tiempo.
Los historiadores árabes consideran a los ansar descendientes de Qahtan. Por eso comienzan la historia de los ansar en la época de Qahtan. En esta línea hubo un hombre llamado Abdi Shams. Su título era «Saba» y se lo considera fundador del reino de Saba en Yemen. Tuvo dos hijos, llamados Himyar y Kahlan. Antes de morir, convocó a sus dos hijos, a los miembros de la dinastía y a los altos funcionarios del reino, y les dejó como testamento: «Dad a mi hijo mayor, Himyar, la parte derecha del reino, y a mi hijo menor, Kahlan, la parte izquierda». Puesto que para la mano derecha se necesitan la espada, el látigo y la pluma, y para la izquierda, las riendas, el escudo y otras cosas semejantes, todos decidieron que Himyar sería rey y que Kahlan se encargaría de la defensa del reino. Así, Himyar se convirtió en rey. Después, ellos y sus descendientes ocuparon el trono generación tras generación, mientras los descendientes de Kahlan continuaron encargándose de la defensa del reino.
Durante el reinado del rey al-Harith al-Rayish, Amr al-Muzayqiya siguió desempeñando esa misma función. La esposa de este Amr, Turaifa bint Yabr, era una «kahina», es decir, una adivina. Una noche soñó que una nube densa y negra había rodeado todo Yemen. Los relámpagos y el insoportable estruendo de los truenos hacían temblar todo alrededor. Allí donde caía un rayo, todo se convertía en ruinas. Se despertó aterrorizada, contó el sueño a Amr y dijo que ya no había ninguna salida. Amr preguntó: «¿Qué debemos hacer ahora?». Ella respondió: «Debemos abandonar Yemen muy pronto y trasladarnos a otro lugar».
Amr poseía grandes riquezas, ganado y otras propiedades. No podía marcharse de repente a cualquier lugar cuando quisiera. Además, ¿qué les diría a las personas? Por eso ideó un plan. Le dijo a su hijo mayor, Zalaba: «Delante de la gente te ordenaré hacer algo, y tú fingirás que no obedeces. Cuando te reprenda, me darás una bofetada en la mejilla». Le repitió a Zalaba: «Delante de la gente te ordenaré hacer algo, y tú fingirás que no obedeces. Cuando te reprenda, me darás una bofetada en la mejilla». Zalaba dijo: «¿Cómo podría yo hacer algo así?». Amr respondió: «En ello está el bien». Conforme al plan, Amr invitó a comer a los dirigentes. Cuando todos estuvieron presentes, ordenó a Zalaba que hiciera algo, pero este se negó a obedecer. En cuanto Amr levantó la mano para golpearlo, Zalaba dio una fuerte bofetada en la mejilla de su padre. Amr exclamó: «¡Qué humillación!». El hermano de Zalaba se levantó para golpearlo. Amr lo detuvo y dijo: «Déjalo. Voy a vender mis bienes y marcharme a otro lugar. Por esta insolencia no le daré ni un solo centavo». Así, Amr vendió sus propiedades a un precio elevado y salió de Yemen con su familia. Después, la presa de Arim se rompió y todo Yemen quedó sumergido y convertido en ruinas.
Amr salió de Marib, se refugió primero en Akka y pidió a sus tres hijos —Harith, Malik y Haritha— que siguieran adelante. Antes de que regresaran, Amr murió y su hijo mayor, «Zalabat al-Anqa», lo sucedió. Más tarde, también emigraron de Akka y se dispersaron por distintas regiones de Arabia. Así, en La Meca del Hiyaz se establecieron los Juza’a, en Siria los Gassan y en Yathrib (Medina) los Aws y los Jazray. De este modo terminó el primer reino de Saba, o «Saba al-Ula». Desde entonces se hizo común el proverbio árabe «tafarraqu ayadi Saba», «se dispersaron como las manos de Saba».
Algunos han expresado la opinión de que esto es una historia inventada.
Otros han dicho que los ansar eran descendientes de Nabit. Consideran que la historia de los ansar comenzó en la época de Nabit. En ese caso, los ansar pertenecerían a al-Arab al-Musta’riba.
En árabe se dice Nabit y en hebreo, Nayabut. En la Torá se lo menciona entre los hijos de Ismael, a. s. Se dice que era el hijo mayor de Ismael, a. s. Los historiadores árabes han dado una descripción muy breve de él. Al-Tabari dijo: «Allah hizo que los árabes se multiplicaran por medio de Nabit y Qaidar». (Tabari, 1/352.) Ibn Hisham escribió en su Sira: «Después de Ismael, a. s., la responsabilidad de custodiar la Kaaba pasó a su hijo Nabit». (Sira de Ibn Hisham, 1/63.) Este relato indica que Nabit era habitante de La Meca y que recibió la responsabilidad de custodiar la Casa de la Kaaba, construida por Ibrahim e Ismael, a. s. No se sabe nada más acerca de él.
La Meca era una tierra montañosa y árida. Por ello, después de la muerte de Nabit, sus propios hijos y los hijos de sus hermanos se establecieron en distintas regiones de Arabia. Los descendientes de Nabit se asentaron en la parte noroccidental de Arabia. Sin embargo, los descendientes de Qaidar permanecieron todavía en La Meca. Más tarde, cuando Mudad ibn Hami se apoderó de la autoridad sobre La Meca, abandonaron la ciudad y se establecieron en regiones como Kazima, Gumar, Yaqanda y Sha’zamim.
Ya se ha mencionado que los descendientes de Nabit se habían establecido en la región septentrional del Hiyaz. Allí fundaron, cuatrocientos años antes del nacimiento de Jesús, a. s., un reino llamado «Anbat». En el siglo II antes de Cristo, este imperio nabateo se hizo muy poderoso y eliminó al imperio de Saba del norte de Arabia. En el año 62 a. C., Harith ascendió al trono. Fue el soberano más poderoso de este imperio. En resumen, estos nabateos gobernaron con gran poder hasta la primera parte del siglo II de la era cristiana.
Existe otra rama de los descendientes de Anbat. En una época desconocida se establecieron en Yemen. Eran la tribu Azd o Asad, descendiente de Nabit ibn Malik. Probablemente llegaron allí durante el asentamiento de los ismaelitas en Yemen o después de este. Vivían en Marib. Con el paso del tiempo, al aumentar su población, se vieron obligados a abandonar Marib debido a la escasez y a otras dificultades. Cuando abandonaron Marib, su líder era Amr ibn Amir, conocido en la historia como «Muzayqiya». En realidad, él fue el antepasado de toda la comunidad de los ansar y de los gassaníes. La historia de los ansar se conoce claramente desde su época.
Al principio, Amr salió de Marib acompañado por Malik ibn Yemen y la tribu Azd. Durante muchas generaciones, sus descendientes vivieron en diversas regiones de Arabia. En cierto momento de la historia, los descendientes de este Amr se establecieron en Yathrib y sus alrededores. Ellos fueron los antepasados de las famosas tribus Aws y Jazray de Medina.
Por más que circulen relatos sobre la antigua historia de los ansar, en realidad todas las tribus de los ansar de Medina se originaron en dos hombres llamados Aws y Jazray. Su padre se llamaba Haritha y su madre, Qayla bint Amr ibn Jafna. Tenían otro hermano llamado Adi, cuyos descendientes también estaban presentes en Medina. No se sabe mucho acerca de Jazray. Sobre Aws se sabe que era un orador y un poeta. Se han conservado algunas palabras sabias atribuidas a él. Los descendientes de Aws, Jazray y Adi aumentaron en Yathrib y se dividieron en diversas subtribus, como sigue:
Adi: No existe una rama tribal independiente con su nombre. Muchos creen que sus hijos se unieron a Aws y Jazray. Esto se debe a que en Arabia los sobrinos, debido a la fama de su tío, llegan a ser conocidos como sus hijos. (Usd al-Ghaba, 5/204.)
Aws: Tuvo un hijo llamado Malik. Este Malik tuvo cinco hijos, cada uno de los cuales fue antepasado de una rama tribal independiente: Amr ibn Malik, Awf ibn Malik, Murra ibn Malik, Imra al-Qays ibn Malik y Jasham ibn Malik.
Jazray: Jazray tuvo cinco hijos: Amr, Awf, Jasham, Ka’b y Harith. Todas las ramas de Banu Najjar, la tribu materna de Abd al-Muttalib, abuelo del Mensajero de Allah, s. a. s., eran descendientes de Amr ibn Jazray.
Los judíos ya se habían establecido allí antes de la llegada a Medina de los antepasados de los ansar. Según algunos, llegaron a Arabia durante la época de Salomón, a. s.; según otros, después de que Nabucodonosor destruyera Bayt al-Maqdis, y establecieron su dominio en Yathrib y sus alrededores. Más tarde, los antepasados de Aws y Jazray llegaron, construyeron fortalezas y casas, y comenzaron a vivir allí. Celebraron un pacto de seguridad con los judíos; pero, con el paso del tiempo, al aumentar su número, los judíos comenzaron a sentir temor, que después se transformó en hostilidad.
Al principio, los miembros de las tribus Aws y Jazray vivían en la misma zona de Yathrib. Más tarde, cuando el poder de los judíos se debilitó un poco, se dispersaron por las zonas bajas y altas de la región y formaron asentamientos separados.
Las dos tribus, Aws y Jazray, vivieron juntas y en armonía durante mucho tiempo. Pero en cierto momento surgió enemistad entre ellas y se vieron envueltas en guerras terribles, una tras otra. Si no hubiera aparecido el islam, quizá habrían desaparecido de la faz de la tierra. El autor de la obra Julasat al-Wafa dice: «Después se produjeron entre ellos tantas guerras que no se ha oído hablar de guerras más numerosas y prolongadas entre ningún otro pueblo». Estas guerras comenzaron con la batalla de Samir y terminaron con la batalla de Bu’ath. La batalla de Bu’ath tuvo lugar cinco años antes de la hégira del Mensajero de Allah, s. a. s., a Medina. No existe registro del número de guerras que tuvieron lugar entre estas dos batallas. La historia solo ha relatado las grandes batallas. (Al-Kamil fi al-Tarij, 1/503.)

Las antiguas creencias religiosas de los Ansar

Si los Ansar eran descendientes de Nabit ibn Ismail, entonces originalmente su creencia religiosa era la misma que tenían Ismail —la paz sea con él— y sus hijos. Más tarde, cuando Amr ibn Luhay introdujo la idolatría en Arabia, ellos también comenzaron a adorar ídolos, al igual que los demás ismaelitas. No se encuentra mucha información sobre las creencias religiosas de los antepasados de los Ansar durante su permanencia en Yemen. Sin embargo, se conoce de manera general su situación desde que se establecieron en Yasrib. Najjar fue el cuarto descendiente del antepasado de la dinastía de Jazray. Él fue el antepasado de los Banu Najjar. En la historia se menciona que su verdadero nombre era Taim al-Lat (Tabari, 1/1085), pero posteriormente fue cambiado por Taim Allah. Ibn Hisham menciona este nombre en su Sira. Probablemente el cambio tuvo lugar después de que los Ansar abrazaran el islam. Hay otros ejemplos de cambios semejantes. Los Banu Samma de la época de la ignorancia adoptaron en la época islámica el nombre de Banu Sumayya. El propio Mensajero —que Dios lo bendiga y le dé paz— les dio este nombre (Usd al-Gaba, 5/179). Al igual que ocurrió con las tribus, también cambiaron los nombres de muchas personas.

En cualquier caso, el nombre «Taim al-Lat» indica que entre los Ansar se adoraba a la diosa Lat. Algunas tribus de los Ansar se identificaban como «Aws Allah». Es posible que anteriormente se llamaran «Aws al-Lat». Los historiadores árabes mencionan a Manat como la diosa de los Ansar. Manat era la diosa de los nabateos. Se habla de ella en la sura «Najm» del Corán. En Mu’jam al-Buldan se afirma que la diosa más antigua de los descendientes de Ismail era Manat (8/167). Después comenzó la adoración de Lat (7/310). Los habitantes de Aws, Jazray y Gassán también adoraban a Manat (Tabaqat, 1/106). Además, otras tribus árabes, como Huzayl, Juzaya, Azd Shanua y Banu Kab, también la adoraban.

No es correcto afirmar que los habitantes de Yasrib adoraban únicamente a Lat y Manat, o que ninguna otra tribu árabe adoraba a estas dos diosas. Más bien, así como los habitantes de Yasrib adoraban, además de Lat y Manat, a muchas otras divinidades grandes y pequeñas, también las demás tribus árabes adoraban a Lat y Manat.

El historiador Tabari relata un episodio al hablar de la emigración del Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le dé paz—. En cierta ocasión, Ali —que Dios esté complacido con él— tuvo que alojarse durante varias noches en la casa de una mujer musulmana en Quba, Medina. Durante ese tiempo, cada noche oía el sonido de una puerta al abrirse. La mujer abría la puerta y metía en la casa algunas cosas que traía de fuera. Era viuda. Un día, Ali —que Dios esté complacido con él— le preguntó por qué abría la puerta de esa manera todas las noches. Ella respondió: «Soy una mujer huérfana. Por eso, Sahl ibn Hunayf rompe por la noche los ídolos de su tribu y, secretamente, me trae su madera para que la use como combustible». (Tabari, 3/1244.) Esto demuestra que en las casas de los habitantes de Yasrib había muchos ídolos de madera.

Amr ibn Yamh fue un hombre muy respetado de los Banu Sulama. Después de que Muadh ibn Yabal —que Dios esté complacido con él— se hiciera musulmán, por la noche sacaba de la casa y arrojaba lejos el ídolo de madera llamado «Manat de Amr». Amr volvía a recogerlo. De este modo, las casas de las personas distinguidas tenían sus propios ídolos. Además, casi todas las tribus tenían templos destinados al culto de los ídolos. Yaqu<PRIVATE_PERSON> al-Hamawi dijo: «Ninguna tribu veneraba a la diosa Manat tanto como las tribus de Aws y Jazray». (Mu’jam al-Buldan, 8/168.)

Entre las tribus de Aws y Jazray había algunas personas que no adoraban ídolos. Creían en un solo Dios. Muchos de ellos estaban influenciados por los judíos de Medina y Jaybar. Algunos eran también seguidores de la religión hanifí. Respecto a las creencias religiosas de los Ansar, Ibn Hisham dijo: «Aws y Jazray eran politeístas. Adoraban ídolos. No sabían nada de Paraíso, Infierno, Resurrección, Reunión, renacimiento, Escritura, lo lícito ni lo ilícito». (Sira, 1/304.) Tal era la situación general.

El comienzo del islam entre los Ansar

En la época de la ignorancia, los Ansar mantenían contacto con La Meca, pues acudían allí con motivo del hach, la ‘umrah, el comercio y otras actividades. A causa de sus guerras civiles y de la hostilidad de los judíos, iban allí con la esperanza de obtener el apoyo y la ayuda de los habitantes de La Meca. Además, por diversas razones, los miembros de las tribus Aws y Jazrach mantenían una estrecha relación con los habitantes de La Meca. También existían vínculos de parentesco y pactos de amistad entre los habitantes de La Meca y los de Medina.

Se relata que Suwaid ibn Samit fue el primero de los habitantes de Medina en recibir la invitación al islam del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y en tener la fortuna de escuchar el Sagrado Corán de sus propios labios. Era un hombre respetado de la tribu de ‘Amr ibn ‘Auf, en Medina. Ya en la época de la ignorancia, los árabes le habían otorgado el sobrenombre de «Kamil». Cuando acudió a La Meca, se encontró con el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Después de escuchar de él la invitación al islam, dijo: «Lo que tienes es casi igual a lo que yo tengo». El Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— preguntó: «¿Qué tienes tú?». Él respondió: «La Sahifa de Luqman». Cuando el Mensajero expresó su deseo de escuchar algo, Suwaid le recitó una parte. El Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— manifestó su satisfacción y dijo: «Lo que tengo es mejor que eso: es el Corán». Al escuchar el Corán, quedó maravillado. Según Ibn Hisham, «no se mantuvo alejado del islam». Cuando regresó a Medina, fue asesinado por los jazrachíes. La gente de la tribu de ‘Amr ibn ‘Auf considera que murió siendo musulmán. Esto ocurrió antes de la batalla de Bu‘az. (Véase: Sira de Ibn Hisham, 1/16.)

Después de esto, Abu al-Maisar Anas ibn Rafi‘ acudió a La Meca acompañado por varios hombres de la tribu de ‘Abd al-Ashhal. Su propósito era establecer un pacto de amistad con los coraichitas. En aquel grupo se encontraba Iyas ibn Mu‘adh. Al enterarse de que estaban en La Meca, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— se reunió con ellos y los invitó al islam. Iyas era joven. Después de escuchar el Corán de labios del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, dijo a sus compañeros: «Esto es mejor que aquello para lo que habéis venido». Al regresar a Medina, murió. Durante su breve compañía del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, comprendió tanto del islam que, en los últimos momentos de su vida, solamente pronunció el takbir e hizo que la gente escuchara la alabanza y la glorificación de Allah. La gente de su tribu consideraba que era musulmán. (Musnad, 5/427.)

Existe desacuerdo entre los historiadores acerca de quién fue el primer musulmán entre los habitantes de Medina. Los nombres mencionados por diversos historiadores son: Rafi‘ ibn Malik al-Zuraqi, Mu‘adh ibn ‘Afra’, As‘ad ibn Zurara, Dhakwan ibn ‘Adi, Yabir ibn ‘Abdullah —que Allah esté complacido con él— y otros. (Véase: Tabaqat, 1/146; Zarqani, 1/361.)

En realidad, la difusión y expansión del islam entre los Ansar de Medina comenzó con el primer juramento de ‘Aqaba. La palabra ‘Aqaba designa una parte montañosa. Aquí, ‘Aqaba se refiere a la zona montañosa contigua a la Yamrat al-‘Aqaba de Mina. En este lugar, los Ansar que llegaban de Medina prestaron juramento en tres ocasiones. El primer juramento tuvo lugar en el undécimo año de la profecía. En aquella ocasión, seis personas —según otra opinión, ocho— aceptaron el islam, prestaron juramento ante el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y regresaron a Medina. Este fue el primer juramento de ‘Aqaba. Como consecuencia, el islam y la enseñanza del Noble Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— comenzaron a difundirse en todos los hogares de Medina.

Al año siguiente, durante la temporada del hach, doce hombres se reunieron allí: cinco de ellos habían participado el año anterior y siete eran nuevos. Todos prestaron juramento ante el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Este fue el segundo juramento de ‘Aqaba. Le solicitaron al Mensajero que enviara allí a alguien para enseñarles el Corán. Él envió a Mus‘ab ibn ‘Umair —que Allah esté complacido con él—. Mus‘ab enseñó el Corán a los musulmanes de Medina y predicó el islam. Como resultado, el islam se extendió rápida y ampliamente en Medina.

Después, en el decimotercer año de la profecía, durante la temporada del hach, setenta hombres —según otra opinión, setenta y tres— y dos mujeres se reunieron nuevamente con el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— en ‘Aqaba y le prestaron juramento. Este fue el tercer y último juramento de ‘Aqaba. Por lo general, cuando se habla del juramento de ‘Aqaba, se hace referencia precisamente a este. Este juramento se tomó con respecto a las creencias y prácticas fundamentales del islam, la lucha contra los incrédulos y la protección, ayuda y asistencia al Gran Profeta cuando emigrara a Medina. Después del juramento, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— nombró entre ellos a doce naqib, es decir, representantes. Todos regresaron y prepararon el camino y las condiciones para la emigración del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— a Medina.

Entre las setenta y dos o setenta y cinco personas que participaron en este tercer y último juramento de ‘Aqaba, once pertenecían a la tribu de Aws y sesenta y cuatro a la tribu de Jazrach, incluidas dos mujeres. (Sira de Ibn Hisham, 1/249-255.)

Los Ansar no escatimaron ningún esfuerzo en ayudar y apoyar al islam. Elevaron la dignidad y el honor del islam mediante sus sacrificios y su ayuda sin precedentes. La historia está llena de relatos sobre su valentía y abnegación. En la batalla de Badr participaron doscientos treinta Ansar: ciento setenta pertenecían a la tribu de Jazrach y los demás, a la tribu de Aws. De los setenta camellos utilizados en aquella batalla, Sa‘d ibn ‘Ubada al-Jazrachi —que Allah esté complacido con él— donó por sí solo veinte. De los catorce mártires de Badr, ocho eran Ansar. En la batalla de Uhud participaron numerosos Ansar, y de los setenta mártires, sesenta y seis eran Ansar. Algunos recibieron setenta heridas en el cuerpo. También hubo un número considerable de Ansar entre los mártires de Bi’r Ma‘una. (Enciclopedia del mundo islámico, tomo 1, «Ansar».)

No es posible describir en pocas palabras los sacrificios y la abnegación de los Ansar por el islam. Lo consagraron todo al islam, incluso sus vidas y sus bienes. Compartieron sus riquezas y sus casas con los emigrantes que llegaron a Medina. Es difícil encontrar en la historia de la humanidad ejemplos de la honestidad y generosidad que ellos establecieron. Por ello, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— sentía un profundo amor por ellos. Consideraba sus contribuciones, sacrificios y ofrendas con el debido reconocimiento. Reconoció sus aportes mediante sus palabras y sus actos. Declaró que amar a los Ansar era parte de la fe. Dijo que nadie que creyera en Allah y en el Más Allá podía albergar hostilidad hacia los Ansar. Describió la aversión hacia ellos como una característica y una naturaleza propias del hipócrita. Suplicó a Allah que derramara Su misericordia sobre los Ansar y sus descendientes. Partió de este mundo estando complacido con ellos.

La palabra Ansar aparece en varios lugares del Sagrado Corán. Entre ellos, una parte de las aleyas 100 y 117 de la sura al-Tawba se refiere directamente a los musulmanes Ansar de Medina. Allah dice:

1. «Y los primeros precursores, de entre los emigrados y los Ansar, y quienes los siguieron con excelencia: Allah está complacido con ellos y ellos están complacidos con Él. Él les ha preparado jardines bajo los cuales corren ríos, donde permanecerán eternamente. Ese es el gran triunfo». (Al-Tawba, 100.)

2. «Allah se volvió con misericordia hacia el Profeta, los emigrados y los Ansar que lo siguieron en la hora difícil, cuando los corazones de un grupo de ellos casi se desviaban. Después se volvió con misericordia hacia ellos. Ciertamente, Él es Compasivo y Misericordioso con ellos». (Al-Tawba, 117.)

Además, en muchas otras aleyas del Corán se alude, de manera directa o indirecta, a la valentía de los Ansar. Por ejemplo, en la aleya 9 de la sura al-Hashr se dice: «Y quienes se establecieron en Medina y abrazaron la fe antes de la llegada de los emigrados aman a quienes emigraron hacia ellos. No sienten en sus corazones necesidad ni envidia por lo que se les ha dado, y los prefieren a sí mismos, aunque estén en necesidad. Quienes se protegen de la avaricia, esos son los triunfadores».

As‘ad ibn Zurara (que Allah esté complacido con él)

Abū Umāma Asʿad, conocido también como Asʿad al-Jayr, era descendiente de la rama de los Banū Najjār de la tribu jazrayí de Medina. Su padre era Zurāra ibn ʿAdās. (Al-Isāba, 1/34; Usud al-Gāba, 1/71) No se conoce nada sobre el año ni la fecha de su nacimiento.

Antes de que el Honorable Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él— recibiera la profecía, toda la península arábiga estaba cubierta por la oscuridad de la incredulidad y el extravío. Sin embargo, incluso en medio de ello había algunas personas que, conforme a las exigencias de una naturaleza pura o fitra, defendían el monoteísmo y la unicidad de Dios. Asʿad ibn Zurāra era uno de ellos. (Tabaqāt, 1/146)

Incluso en la época preislámica, los habitantes de Yathrib (Medina) viajaban a La Meca con el propósito de obtener el apoyo de los qurayshíes en sus disputas y resolverlas. También acudían allí para realizar el hach y la ʿumra. Después, el islam surgió en La Meca. Para entonces, el Honorable Mensajero de Dios ya había transcurrido varios años de su vida profética. Además de invitar al islam a los habitantes de La Meca, acudía a diversas ferias, mercados y bazares, donde invitaba ampliamente a la gente a la verdad. También continuaba cumpliendo la misión de hacer llegar en secreto el mensaje del Corán a los forasteros que llegaban a La Meca por distintos motivos. Ibn al-Azīr, citando a Wāqidī, dice: En cierta ocasión, Asʿad ibn Zurāra y Zakwān ibn ʿAbd al-Qays acudieron ante ʿUtba ibn Rabīʿa, uno de los dirigentes qurayshíes de La Meca, para resolver una disputa propia. Allí, en casa de ʿUtba, se entrevistaron con el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—. El Honorable Mensajero de Dios les presentó el islam y les recitó algunos versículos del Sagrado Corán. En aquella misma entrevista, ambos abrazaron el islam. En vez de regresar junto a ʿUtba, volvieron directamente a Medina desde donde estaban con el Mensajero de Dios. De este modo, ambos fueron los primeros musulmanes en llegar a Medina. Este hecho ocurrió antes del primer juramento de al-ʿAqaba, en el décimo año de la profecía. (Usud al-Gāba, 1/71; Al-Isāba, 1/34; Hayāt al-Sahāba, 1/86)

No obstante, citando a Ibn Ishāq, Ibn al-Azīr afirma que Asʿad ibn Zurāra era uno de los hombres que participaron en el primer juramento de al-ʿAqaba, celebrado en el décimo año de la profecía, y abrazaron el islam. Después también estuvo presente en el segundo y tercer juramento, celebrados en los años undécimo y duodécimo de la profecía. Por ello fue un hombre plenamente perteneciente a al-ʿAqaba. (Usud al-Gāba, 1/71)

Cabe señalar que existe una gran discrepancia entre los especialistas en la sira acerca de quién fue el primer musulmán de Medina. Ibn Hishām dice que Suwayd ibn Sāmit viajó a La Meca con el propósito de realizar el hach o la ʿumra y allí se encontró con el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él—. Los habitantes de Yathrib le otorgaron el título de «Kāmil». Los árabes de aquella época concedían este título a la persona dotada de todas las virtudes: valentía, coraje, talento poético, nobleza de linaje, honor y prestigio; en resumen, a quien poseía todas las cualidades. Entre los habitantes de Medina, él fue el primero en tener la fortuna de recibir la invitación del Mensajero de Dios y escuchar el Corán. Ibn Hishām dice que, después de aquella invitación, no permaneció alejado del islam. (Sīrat Ibn Hishām, 1/426-427) Sin embargo, poco después fue asesinado. En cualquier caso, aunque Suwayd fue el primer musulmán, no tuvo la oportunidad de regresar a Medina y comenzar allí la labor de invitación al islam. Probablemente, Asʿad y Zakwān fueron los dos primeros hombres que iniciaron en Medina la labor de propagación del islam.

Al llegar a Medina, Asʿad se encontró primero con Abū al-Haytham y le habló de su nueva fe. Abū al-Haytham exclamó inmediatamente: «Junto contigo, también creo en su misión profética». (Tabaqāt, 1/146) Muchos han considerado a este Abū al-Haytham el primer musulmán de Medina.

En el décimo año de la profecía, como todos los años, los habitantes de Yathrib llegaron a La Meca con motivo del hach. Seis de ellos, después del hach, se reunieron en secreto con el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones de Dios sean con él— en un lugar llamado la garganta de al-ʿAqaba, en Minā, y le prestaron juramento. Asʿad era uno de esos seis. Al año siguiente, durante la temporada del hach, los habitantes de Yathrib volvieron a La Meca. Doce de ellos se reunieron en secreto con el Mensajero de Dios en al-ʿAqaba y le prestaron juramento. Asʿad también estaba entre esos doce. (Sīrat Ibn Hishām, 1/429, 431, 433, 435, 436, 437)

Después de este juramento de al-ʿAqaba, cuando las perspectivas de la propagación y la invitación al islam en Medina se volvieron bastante prometedoras, solicitaron al Mensajero de Dios un maestro que les enseñara el Corán y la religión. Conforme a su petición, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Dios sean con él— envió a Musʿab ibn ʿUmayr —que Dios esté complacido con él— a Yathrib como predicador y convocador. Hasta que Musʿab partió hacia Medina, Asʿad ibn Zurāra dirigía allí las oraciones. Después, Musʿab asumió la dirección. Sin embargo, según algunos, Asʿad continuó desempeñando la función de imán hasta la llegada a Medina de Sālim, el liberto de Abū Hudhayfa. Musʿab se limitaba a enseñarles el Corán. En Medina realizaban la oración orientándose hacia Bayt al-Maqdis. (Ansāb al-Ashrāf, 1/239, 266) Asʿad acogió al honorable Musʿab en su propia casa, tratándolo como huésped. (Tabaqāt, 3/483)

Después de que el honorable Musʿab llegara a Medina, Asʿad ibn Zurāra comenzó, junto con él, una amplia actividad de invitación al islam. Iban a distintas zonas de Medina e invitaban a la gente al islam, individualmente o en grupos. Ibn Ishāq dice: Un día, Asʿad ibn Zurāra salió acompañado de Musʿab ibn ʿUmayr hacia los Banū ʿAbd al-Ashhal y los Banū Zafar. Entraron en un jardín de los Banū Zafar y se sentaron sobre un muro, junto a un pozo llamado Maʿraq. La gente se reunió a su alrededor. Saʿd ibn Muʿādh y Usayd ibn Hudayr eran los dirigentes de los Banū ʿAbd al-Ashhal. Todavía eran politeístas. Saʿd era primo materno de Asʿad. Al enterarse de la llegada de Asʿad y Musʿab, Saʿd dijo a Usayd: «Usayd, ve a ver a esos dos hombres. Han venido a nuestras casas y están engañando a nuestros débiles. Ve y prohíbeles que lo hagan. Si Asʿad, mi primo materno, no estuviera allí, no necesitaríamos enviarte; yo mismo los expulsaría». Usayd avanzó hacia ellos con una lanza en la mano. Al verlo, Asʿad dijo a Musʿab: «Este hombre es uno de los dirigentes de su tribu y ha venido a verte». El honorable Musʿab habló con él. Por voluntad de Dios, Usayd se hizo musulmán en aquella misma reunión. (Hayāt al-Sahāba, 1/187-190)

Gracias a los esfuerzos conjuntos de Asʿad y Musʿab, el islam se extendió tanto en Medina que, apenas un año después, durante la temporada del hach del duodécimo año de la profecía, un grupo de setenta y tres —según otra versión, setenta y cinco— hombres y mujeres se reunió nuevamente en secreto con el Mensajero de Dios en la garganta de al-ʿAqaba, en Minā. Existe discrepancia entre los especialistas en la sira sobre quién fue el primero que, en este tercer y último juramento de al-ʿAqaba, puso su mano en la del Mensajero de Dios y le prestó juramento. Según una opinión, fue Asʿad, el afortunado. (Al-Isāba, 1/34; Ansāb al-Ashrāf, 1/254; Usud al-Gāba, 1/71)

Se transmite de ʿAbdullāh ibn Abī Bakr: Después del juramento, el Mensajero de Dios dijo: «Elegid entre vosotros a doce naqīb, que sean responsables de sus respectivas tribus, como los discípulos de Jesús». Asʿad asintió y dijo: «Sí, Mensajero de Dios». El Mensajero de Dios dijo: «Tú serás el naqīb de tu tribu». Después anunció los nombres de los demás naqīb. (Tārīj al-Islām wa-Tabaqāt al-Mashāhīr wa-l-Aʿlām, 1/182) De este modo, se convirtió en el naqīb de los Banū Najjār designado por el Mensajero de Dios. Sin embargo, según Ibn Mundah y Abū Nuʿaym, era el naqīb de los Banū Sāʿida. Ibn al-Azīr dice que esa no es más que su suposición. En realidad, era el naqīb de su propia tribu, los Banū Najjār. Por eso, cuando murió, los miembros de los Banū Najjār solicitaron al Mensajero de Dios: «¡Mensajero de Dios! Asʿad ha muerto; él era nuestro naqīb. Ahora designa para nosotros a otro naqīb». El Mensajero de Dios respondió: «Vosotros sois mi tribu materna; yo mismo soy vuestro naqīb». Esto constituyó un gran honor para los Banū Najjār. (Usud al-Gāba, 1/71-72) El Mensajero de Dios no solo lo designó naqīb, sino que también lo proclamó naqīb al-naqabā, es decir, el principal responsable. (Ansāb al-Ashrāf, 1/254) Ibn al-Azīr dice que, con excepción de Jābir ibn ʿAbdullāh, Asʿad era el más joven de aquellos hombres de al-ʿAqaba. (Usud al-Gāba, 1/71; Al-Isāba, 1/34)

Después del tercer juramento de al-ʿAqaba, regresó a Medina cargando sobre sus hombros el peso de una gran responsabilidad. ¿Qué importaba que fuera joven? Su fervor y entusiasmo por la fe eran sumamente intensos. Organizó la oración en congregación en Medina y fue el primero en organizar allí la oración del viernes con cuarenta fieles. Cada vez que salía con cuarenta fieles para realizar por primera vez la oración del viernes en Medina y escuchaba el adān, invocaba el perdón y hacía súplicas por Abū Umāma Asʿad ibn Zurāra. Un día pregunté: «Padre, ¿por qué cada vez que escuchas el adān haces siempre esta súplica por él?». Respondió: «Hijo mío, antes de que el Mensajero de Dios llegara a Medina, él fue el primero en reunirnos y dirigirnos en la oración del viernes en un lugar llamado Naqī al-Jadimāt, cerca de una montaña llamada Hazm al-Nabīt, en Banū Baydāʾ. Éramos cuarenta». (Usud al-Gāba, 1/71; Al-Isāba, 1/34; Sīrat Ibn Hishām, 1/435; Ansāb al-Ashrāf, 1/243; Hayāt al-Sahāba, 3/387) Existe discrepancia acerca de quién estableció por primera vez la oración del viernes en Medina.

Aunque, después de llegar a Medina, el Honorable Mensajero de Dios se alojó en la casa de Abū Ayyūb al-Ansārī —que Dios esté complacido con él—, su camella fue huésped de Asʿad. (Tabaqāt, 1/160) En el primer instante de la llegada del Mensajero de Dios a Medina, la camella se arrodilló por primera vez en el lugar que posteriormente fue elegido para la mezquita y la residencia del Mensajero de Dios. Los dueños de aquel terreno eran dos huérfanos llamados Sahl y Suhayl, y su tutor era Asʿad ibn Zurāra. (Bujārī; Hayāt al-Sahāba, 1/343) El Mensajero de Dios preguntó a Asʿad, tutor de los dos muchachos, por el precio del terreno. Los dos muchachos exclamaron inmediatamente: «Nosotros solo pedimos su precio a Dios». Como el Mensajero de Dios no aceptó recibir el terreno gratuitamente, Abū Bakr —que Dios esté complacido con él— pagó su precio. Sin embargo, según algunas narraciones, Asʿad ibn Zurāra entregó a los dos huérfanos un jardín suyo situado en Banū Baydāʾ a cambio del terreno destinado a la mezquita. (Zarqānī, 1/422)

Balādhurī relata que, después de la llegada del Mensajero de Dios a Medina, mientras se alojaba en la casa de Abū Ayyūb, Asʿad ibn Zurāra le enviaba comida en noches alternas. La noche que correspondía enviar comida desde la casa de Asʿad, el Mensajero preguntaba: «¿Ha llegado el cuenco de Asʿad?». Le respondían: «Sí». Entonces decía: «Traedlo». El compañero que transmite el relato dice que así comprendíamos que la comida de Asʿad era del agrado del Mensajero de Dios. (Ansāb al-Ashrāf, 1/267) Wāqidī lo transmitió de ʿĀʾisha —que Dios esté complacido con ella—. Después de que el Mensajero de Dios se alojara en Medina, en la casa de Abū Ayyūb, un día preguntó: «Abū Ayyūb, ¿tienes alguna cama?». Cabe señalar que los qurayshíes estaban acostumbrados a dormir en camas en La Meca. Abū Ayyūb respondió: «No». Al enterarse de ello Asʿad ibn Zurāra, envió una cama con un poste y patas ornamentadas. El Mensajero de Dios dormía en ella. Después, cuando el Mensajero de Dios se trasladó a mi habitación, durmió en la misma cama que mi madre me había dado. (Ansāb al-Ashrāf, 1/525)

Después de emigrar de La Meca a Medina, el honorable Talha ibn ʿUbaydullāh se alojó en la casa de Asʿad. También se ha transmitido que Hamza se alojó en su casa. (Sīrat Ibn Hishām, 1/477-478)

La construcción de la Mezquita del Profeta estaba en curso. En ese momento, durante el mes de Shawwāl del primer año de la Hégira, le llegó la llamada al Más Allá. Contrajo una enfermedad de la garganta llamada yabha. El Honorable Mensajero de Dios aplicó con sus propias manos un tratamiento caliente en la zona afectada y le puso la mano sobre la cabeza, pero no se observó ninguna mejoría. Murió. Según Wāqidī, falleció en el noveno mes después de la Hégira. El Mensajero de Dios se afligió por su muerte y dijo: «Ahora los judíos dirán: “Si hubiera sido un profeta, su compañero no habría muerto”. Pero ¿acaso puedo curar la muerte?». El Honorable Mensajero de Dios dirigió su oración fúnebre y lo enterró en el cementerio de Baqīʿ, en Medina. (Sīrat Ibn Hishām, 1/507; Usud al-Gāba, 1/71; Al-Isāba, 1/34; Ansāb al-Ashrāf, 1/243)

Se dice que esta fue la primera muerte después de la emigración del Mensajero de Dios a Medina. También se considera que fue la primera vez que el Mensajero de Dios realizó una oración fúnebre. Según la opinión de los ansaríes, Asʿad fue el primer musulmán enterrado en Baqīʿ; según los emigrados, fue ʿUthmān ibn Mazʿūn. (Al-Isāba, 1/34)

Al morir, el honorable Asʿad dejó dos hijas bajo la custodia del Mensajero de Dios. El Mensajero de Dios cuidó de ellas durante toda su vida. Les puso en las manos brazaletes de oro engarzados con perlas. Casó a una de las hijas con Sahl ibn Hunayf, y de ese matrimonio nació Abū Umāma ibn Sahl. (Ansāb al-Ashrāf, 1/243; Al-Isāba, 1/34)

Abul-Haytham ibn al-Tayyihan (que Allah esté complacido con él)

Es conocido en la historia únicamente por su kunya, Abu al-Haytham. Hay discrepancias acerca de su nombre verdadero y de la tribu a la que pertenecía. Según una opinión, su nombre verdadero era Abd Allah; según otra, era Malik. Musa ibn Uqba, Ibn Sa’d, Muhammad ibn Ishaq, Abu Ma’shar y Muhammad ibn Umar coincidieron en esta última opinión. También hay discrepancias respecto a su tribu y al nombre de su padre. Según una opinión, su padre era Bali ibn Amr ibn al-Haf ibn Quda’a; por ello se le llamaba al-Balabi. Esta era la opinión de Ibn Sa’d. Ibn Ishaq y Abd Allah ibn Muhammad ibn Ammara al-Ansari se opusieron a ella. Ibn Ishaq dijo que el nombre de Abu al-Haytham, quien participó en Badr, era Malik, y que su hermano se llamaba Atik. Ambos eran hijos de Tayyihan. Abd Allah ibn Muhammad al-Ansari dijo que Abu al-Haytham pertenecía a la tribu de Aws y que su madre era Layla bint Atik. Esta es la opinión de la mayoría. (Tabakat, 3447; al-Isaba, 4/212; Sira de Ibn Hisham, 1/433). No se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento.

Abu al-Haytham abrazó el islam por medio de su amigo As’ad ibn Zurara. Según una narración, As’ad ibn Zurara y Dhakwan ibn Abd Qays fueron a La Meca, donde se encontraba Utba ibn Rabi’a. Allí, al oír hablar de la predicación del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), se reunieron secretamente con él y abrazaron el islam. As’ad regresó a Medina, se encontró con Abu al-Haytham y le relató su propia conversión al islam, así como lo que había oído acerca del Mensajero de Allah y de su predicación. Ibn Sa’d dice que, desde antes, en Yathrib —en plena época de la ignorancia—, As’ad y Abu al-Haytham habían sido partidarios del tawhid, es decir, de la unicidad de Dios. Al escuchar de labios de su amigo Zurara lo referente al Mensajero de Allah y a su predicación, Abu al-Haytham exclamó inmediatamente, sin ninguna duda ni reserva: «Anu ashhadu ma’aka annahu rasulullah: también yo doy testimonio contigo de que él es el Mensajero de Allah». Así fue como se hizo musulmán por medio de su amigo Zurara.

En la siguiente temporada del hach, cuando ocho —según otra opinión, seis— habitantes de Yathrib se reunieron secretamente en La Meca con el Mensajero de Allah y le prestaron el juramento de fidelidad, Abu al-Haytham se encontraba entre ellos. En la historia, este juramento es conocido como el Primer Juramento de Aqaba. Sin embargo, según otra narración, Abu al-Haytham no participó en aquel juramento. (Tabakat, 1/218-219). Según esta última opinión, As’ad abrazó el islam en la primera Aqaba y, al regresar a Medina, invitó a Abu al-Haytham al islam; fue mediante esta invitación que Abu al-Haytham abrazó la fe. Un año después se reunió nuevamente en Aqaba con el Mensajero de Allah junto con doce hombres, y al año siguiente volvió a encontrarse con él junto con setenta y tres —según otra opinión, setenta y cinco— personas. De este modo obtuvo el honor de participar en todos los juramentos de Aqaba. (Tabakat, 1/22; Sira de Ibn Hisham, 1/433).

Según una narración, en la última Aqaba Abu al-Haytham fue el primero en extender su mano para prestar juramento al Mensajero de Allah. Musa ibn Uqba transmitió esto del imán al-Zuhri. No obstante, existe una considerable discrepancia al respecto. (Sira de Ibn Hisham, 1/447; Ansab al-Ashraf, 1/254).

Cuando, durante el juramento de la tercera Aqaba, los habitantes de Medina invitaron al Mensajero de Allah a trasladarse a Medina, Abu al-Haytham fue uno de los hombres que pronunciaron discursos en nombre de los habitantes de La Meca y de Medina. Al-Tabarani lo transmitió de Urwa. Mientras Abu al-Haytham ibn Tayyihan prestaba juramento al Mensajero de Allah, dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Tenemos pactos con otras personas. ¿Podría suceder que rompiéramos esos pactos, combatiéramos contra ellos y, entretanto, tú regresaras con tu propia tribu?». Al oír sus palabras, el Mensajero de Allah sonrió ligeramente y dijo: «La reclamación por vuestra sangre será mi propia reclamación de sangre, y vuestro derramamiento de sangre será mi propio derramamiento de sangre». Es decir, no habría ninguna diferencia entre él y ellos. Satisfecho por estas palabras del Mensajero de Allah, Abu al-Haytham se dirigió a sus compañeros y dijo: «¡Gentes de mi propia tribu! Este hombre es el Mensajero de Allah. Doy testimonio de que ciertamente dice la verdad. Hoy se encuentra seguro entre sus parientes, en el Santuario de La Meca. Sabed que, si lo sacáis de aquí y lo lleváis con vosotros, todos los árabes os lanzarán flechas desde un mismo arco. Es decir, os convertiréis en el blanco común de todos desde el amanecer. Si estáis dispuestos a combatir en el camino de Allah y a sacrificar vuestras vidas, vuestros bienes y vuestros hijos, entonces invitadlo a vuestra tierra, pues él es verdaderamente el Mensajero de Allah. Pero si teméis arrepentiros después, reflexionad bien». Después de este discurso de Abu al-Haytham, sus compañeros dijeron: «Aceptamos todo lo que Allah y Su Mensajero nos han dado. ¡Oh, Mensajero de Allah! Te entregamos todo lo que nos has pedido. Abu al-Haytham, apártate un poco para que prestemos juramento al Mensajero de Allah». Abu al-Haytham dijo: «Yo seré el primero en prestar juramento». Después de su juramento, los demás prestaron juramento uno tras otro. (Hayat al-Sahaba, 1/247-248; Sira de Ibn Hisham, 1/442). Después de este juramento, el Noble Mensajero de Allah anunció los nombres de doce naquib, es decir, responsables. De la tribu de Aws fueron designados tres naquib: Abu al-Haytham, Usayd ibn Hudayr y Sa’d ibn Khaythama. (Ansab al-Ashraf, 1/252).

Después de que el Noble Mensajero de Allah emigrara a Medina, estableció un vínculo de hermandad entre Abu al-Haytham y el célebre emigrante Uthman ibn Maz’un. (Ansab al-Ashraf, 1/271; al-Isaba, 4/212).

Participó en todas las batallas que tuvieron lugar durante la vida del Mensajero de Allah, entre ellas Badr, Uhud y la del Foso. En Uhud, su hermano Atik ibn Tayyihan fue martirizado a manos de Ikrima ibn Abu Yahl. (Ansab, 1/329). Ibn Sa’d dice que, después de que Abd Allah ibn Rawaha fuera martirizado en Mu’ta, el Noble Mensajero de Allah envió a Abu al-Haytham a Jaybar como medidor de dátiles. Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, Abu Bakr también expresó su deseo de mantenerlo en ese cargo, pero él se negó a aceptarlo. (Tabakat, 3/448).

Falleció en el año 20 de la hégira, durante el califato del califa Umar. Según una narración, murió en el año 37 de la hégira, antes de la batalla de Siffin. El imán al-Asma’i transmitió una narración. Dijo: «Pregunté a los miembros de la tribu de Abu al-Haytham acerca de su muerte, y dijeron que había fallecido durante la vida del Mensajero de Allah». Así como muchos afirmaron que murió en el año 21 de la hégira, otros dijeron que combatió en Siffin del lado de Ali. Algunos fueron aún más lejos y dijeron que combatió en Siffin del lado de Ali y murió como mártir. (Ansab, 1/240; Sira de Ibn Hisham, 1/433). El historiador al-Waqidi declaró claramente que la narración sobre su participación en Siffin carece por completo de fundamento. En cambio, la noticia de su muerte en el año 20 de la hégira fue transmitida por destacados expertos en hadices como el imán al-Zuhri, Salih ibn Kaysan y al-Hakim. Por tanto, no puede aceptarse frente a ella una narración dudosa. (Siyar al-Ansar, 2).

En los libros de hadices aparecen algunos hadices transmitidos por Abu al-Haytham, pero su autenticidad no está fuera de toda duda. Ibn Hayar al-Asqalani dijo: «Todos los hadices que se encuentran transmitidos por Abu al-Haytham son dudosos. No se encuentra una sola cadena de transmisión mediante la cual pueda demostrarse la autenticidad de alguno de ellos». La razón es que había fallecido mucho tiempo antes. (Al-Isaba, 4/213).

Al-Haytham ibn Nasr al-Aslami (que Allah esté complacido con él) dijo: «Serví al Mensajero de Allah. Abu al-Haytham ibn Tayyihan tenía un pozo llamado Yasím. El agua de aquel pozo era muy dulce. Yo llevaba agua de él para el Mensajero de Allah. En cierta ocasión, durante un día caluroso, el Noble Mensajero de Allah fue a la casa de Abu al-Haytham acompañado de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y preguntó: “¿Hay agua fría?”. Abu al-Haytham trajo un cubo de agua muy fría, como hielo, la mezcló con leche de cabra y se la dio de beber al Mensajero de Allah. Después dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! Tenemos una sombra fresca, un arish. Descanse allí un poco durante este mediodía”. Abu al-Haytham roció agua sobre la sombra. El Mensajero de Allah entró allí acompañado de Abu Bakr. Abu al-Haytham les presentó distintas clases de dátiles y un plato lleno de zarid, una comida deliciosa. El narrador, Haytham ibn Nasr, dijo: “El Mensajero de Allah, Abu Bakr y todos nosotros comimos y bebimos de ello. Cuando llegó la hora de la oración, él dirigió la oración en congregación con nosotros en la casa de Abu al-Haytham. En la congregación, la esposa de Abu al-Haytham se encontraba detrás de mí. Después de la oración, regresó nuevamente a la sombra y allí realizó las dos raka’at posteriores a la oración obligatoria del mediodía». (Ansab al-Ashraf, 1/535).

Un día, el Noble Mensajero de Allah salió de su casa en una hora en la que normalmente no salía. Poco después llegó Abu Bakr. El Mensajero le preguntó: «Abu Bakr, ¿qué te ha hecho salir a una hora tan inusual?». Respondió: «He venido para encontrarme contigo». Mientras estaban hablando, también llegó Umar. El Mensajero de Allah le hizo la misma pregunta. Umar respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah! El hambre me ha obligado a venir hasta aquí». El Mensajero de Allah dijo: «Yo también tengo hambre». Los tres fueron juntos a la casa de Abu al-Haytham. Este tenía un palmeral y un rebaño de cabras, pero no tenía sirvientes; realizaba personalmente todos los trabajos. En aquel momento tampoco se encontraba en casa. Cuando llamaron, su esposa dijo que había ido a traer agua. Poco después lo vieron regresar con un odre lleno de agua. Al ver al Mensajero de Allah, dejó el odre en el suelo, lo abrazó y comenzó a decir con gran emoción: «¡Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti!». Luego llevó a todos al jardín y extendió algo para que se sentaran. Después de hacerlos sentar, cortó y trajo un racimo de dátiles. El Mensajero de Allah dijo: «¿Por qué no trajiste dátiles maduros?». Él respondió: «Aquí hay de todos los tipos, maduros e inmaduros; tome los que desee». El Mensajero de Allah comió algunos de aquellos dátiles y luego bebió agua. El agua era muy clara y deliciosa. Después de comer y beber, el Mensajero de Allah dijo: «Observad cuántas bendiciones ha concedido Allah: sombra, excelentes dátiles y agua fría. ¡Por Allah!, sobre todo esto se os preguntará el Día de la Resurrección».

Abu al-Haytham dejó a sus distinguidos huéspedes sentados en el jardín, regresó a su casa y preparó comida. Sacrificó una cabra pequeña, la asó y la presentó a sus huéspedes. Al terminar la comida, el Mensajero de Allah le preguntó: «¿No tenéis ningún sirviente?». Respondió: «No». El Mensajero de Allah dijo: «Cuando llegue a mis manos algún prisionero de guerra, ven a verme». En aquel momento llegaron a manos del Mensajero de Allah dos prisioneros de guerra. Le dijo a Abu al-Haytham que escogiera a cualquiera de los dos. Abu al-Haytham dejó la elección en manos del Mensajero de Allah. El Mensajero le entregó uno de ellos y le dijo: «Trátalo bien». Abu al-Haytham regresó a casa con el esclavo y contó a su esposa el consejo del Mensajero de Allah.

Su esposa era sumamente inteligente. Dijo: «Si quieres obedecer la orden del Mensajero de Allah, libéralo». Siguiendo el consejo de su esposa, Abu al-Haytham liberó al esclavo. Cuando el Mensajero de Allah se enteró de lo que habían hecho, se alegró mucho y elogió a ambos. (Tirmidhi, 391). El relato también aparece en la obra Kanz al-Ummal. El imán Muslim y el imán Malik lo transmitieron de forma resumida. Hafiz al-Mundhiri dijo que este acontecimiento se había narrado tanto acerca de Abu al-Haytham como acerca de Abu Ayyub al-Ansari. (Hayat al-Sahaba, 1/310).

A Abu al-Haytham le preguntaron: «¿Sobre qué asunto prestasteis juramento en Aqaba?». Respondió: «Prestamos al Mensajero de Allah exactamente el mismo juramento que los hijos de Israel prestaron a Moisés (la paz sea con él)». (Ansab al-Ashraf, 1/240).

Usayd ibn Hudayr (que Allah esté complacido con él)

El célebre sahabí ansarí Usaid era descendiente de la rama Banu Abd al-Ashhal de la tradicional tribu medinense de Aws. (Ansab al-Ashraf, 1/240). En diversos libros de la sira aparecen varios de sus kunyas o sobrenombres. Por ejemplo, Abu Yahya, por el nombre de su hijo Yahya; también se narra que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, lo llamó Abu Isa. (Usd al-Ghaba, 1/92). Asimismo, se conocen los nombres Abu Atik, Abu Hudayr y Abu Amr, entre otros. (Véase Siyar al-Ansar, 1/228; Usd al-Ghaba, 1/92; Ansab al-Ashraf, 1/240; Al-Alam, 1/330).

Su padre se llamaba Hudayr ibn Simak y su madre Umm Usaid bint Uskun. Hudayr era un rais, es decir, un jefe de la tribu de Aws. En la época preislámica, dirigió todas las guerras que se libraron entre las eternamente enemistadas tribus de Aws y Jazray, en Medina. Era el principal jinete de la tribu de Aws y poseía también una fortaleza sólida. (Usd al-Ghaba, 1/92). La última y mayor guerra sangrienta entre Aws y Jazray fue la batalla de Buaz. Hudayr fue también su comandante, mientras que el general de la tribu rival de Jazray era Amr ibn Numan Ruzayla. Ambos dirigieron sus tropas con gran habilidad. En cierto momento, la tribu de Aws estuvo cerca de la derrota. Entonces Hudayr entró personalmente en combate. El comandante jazrayí Amr murió y la tribu de Aws obtuvo la victoria. Esta batalla tuvo lugar cinco años antes de la hégira del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, a Medina. (Siyar al-Ansar, 1/228).

Tres años después de terminada la mencionada batalla de Buaz, se celebró en La Meca el juramento de Aqaba y, a petición de los nuevos musulmanes de Medina, el noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, envió a Musab ibn Umayr a Medina para predicar el islam. Usaid aún no había aceptado el islam. Lo aceptó en Medina a manos de Musab ibn Umayr, antes que Muaz ibn Yabal. Algunos opinan que lo aceptó después de la última Aqaba, es decir, después de que setenta y tres o setenta y cinco medinenses prestaran juramento al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, en el lugar de La Meca llamado Aqaba. Sin embargo, esto no es correcto, pues los libros de la sira narran mediante fuentes fiables que él participó en aquella última Aqaba y que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, lo nombró naqib, o responsable, de los Banu Abd al-Ashhal. (Usd al-Ghaba, 1/92; Tarij al-Islam wa Tabaqat al-Mashahir wal-Alam, 1/181; Al-Alam, 1/310; Al-Isaba, 1/49).

Los libros de la sira narran una historia sorprendente sobre la conversión de Usaid. Musab ibn Umayr se hospedaba en Medina en casa de Asad ibn Zurarah y, sentado entre los Banu Yafar, enseñaba el Corán a la gente. El asentamiento de los Banu Yafar estaba cerca de la tribu de Abd al-Ashhal. Un día, Sad ibn Muaz y Usaid ibn Hudayr se enteraron de que Musab estaba sentado en un jardín enseñando el Corán a los musulmanes. Sad dijo a Usaid: «Ve allí y dile que no vuelva jamás a los alrededores de nuestro barrio». Aunque Asad era primo materno o paterno de Sad, Usaid, siguiendo sus palabras, se dirigió al jardín para arrancar de raíz el islam con sus propias manos. Al verlo acercarse, Asad dijo a Musab: «Mire, se acerca un hombre. Es el jefe de su tribu; conviértalo en musulmán».

Usaid dijo con gran irritación: «¿Por qué seguís engañando así a nuestros débiles? Si queréis el bien, marchaos de aquí ahora mismo». Musab, un daí formado en la presencia del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respondió sonriente, con mucha serenidad: «Siéntese y escuche un poco lo que tengo que decir. Si le gusta, lo aceptará; y si no, dejaré de hablar y me marcharé». Usaid dijo: «Esto es verdaderamente sensatez y justicia». La ira de Usaid se disipó ante la conducta humilde de Musab y se sentó. Musab le expuso la esencia del islam y le recitó algunos versículos del Corán. Mientras Musab continuaba recitando, el rostro de Usaid iba cambiando poco a poco. Finalmente quedó profundamente impresionado y dijo espontáneamente: «¿Cómo se entra en esta religión?». Musab respondió: «Primero debes bañarte, ponerte ropa limpia y pronunciar la kalima. Después debes realizar la oración». Antes de que Musab terminara de hablar, Usaid se marchó. Cuando regresó poco después, tenía el cabello mojado y vestía ropa limpia. Luego puso su mano sobre la de Musab y pronunció: «Doy testimonio de que no hay divinidad salvo Allah y doy testimonio de que Muhammad es Su siervo y Su Mensajero». Después, mientras se levantaba para marcharse, dijo: «Me voy y enviaré a los demás jefes. Haced que también se conviertan en musulmanes». (Hayat al-Sahaba, 1/188-189; Siyar al-Ansar, 1/229).

Usaid se levantó y fue directamente hacia Sad ibn Muaz. Al verlo acercarse, quienes estaban sentados con Sad comenzaron a comentar: «Está regresando, pero su rostro ha cambiado. Cuando se fue estaba sumamente exaltado; ahora parece tranquilo, cortés y alegre».

Usaid decidió emplear su inteligencia. Deseaba que Sad escuchara de labios de Musab lo mismo que él había escuchado. Pero si decía directamente: «He aceptado el islam; sígueme», quizá Sad se abalanzaría sobre él. Por eso quiso llevar también a Sad ante Musab. Como Musab era huésped de Asad ibn Zurarah, Usaid dijo, con la intención de enfurecer a Sad: «He oído que los hombres de Banu Hariza han salido para matar a Asad ibn Zurarah. Saben perfectamente que es tu primo».

Sad se enfureció. Tomó inmediatamente una flecha y llegó hasta Musab y Asad. No vio allí ningún alboroto ni señal de disputa; al contrario, en un ambiente tranquilo, Musab recitaba el Corán a la gente y todos lo escuchaban atentamente. Sad comprendió el engaño de su amigo Usaid. También escuchó con atención las palabras de Musab y allí mismo declaró su conversión al islam. (Sira de Ibn Hisham, 1/436-437; Rijal hawla al-Rasul, 460-461).

Pocos días después de la conversión de Usaid, el noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, emigró a Medina. Estableció entre Usaid y el célebre sahabí emigrado Zayd ibn Hariza una muajaja, es decir, un vínculo de fraternidad religiosa. (Usd al-Ghaba, 1/92; Al-Isaba, 1/49).

Usaid participó en todas las batallas libradas durante la vida del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, desde Uhud en adelante. (Al-Alam, 1/330). Existe discrepancia sobre su participación en Badr. Según Waqidi, Ibn Ishaq e Ibn al-Kalbi, no participó en Badr, aunque algunos especialistas en la sira sostienen una opinión distinta. (Usd al-Ghaba, 1/92; Ansab al-Ashraf, 1/240; Tabaqat, 3/605). Ibn Sad afirma que algunos sahabíes distinguidos, entre ellos varios naqib como Usaid, no participaron en la batalla de Badr. Baladhuri dice que el noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, partió hacia Badr, pero algunos de sus compañeros se quedaron atrás porque no imaginaron que habría una guerra contra los coraixíes. Usaid fue uno de los que se quedaron. Cuando el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, regresó a Medina tras terminar la batalla de Badr, Usaid corrió a su encuentro, lo felicitó por la victoria que Allah había concedido contra el enemigo y expresó su pesar y arrepentimiento por no haber participado. Como explicación, dijo: «Pensé que era una caravana comercial de los coraixíes y que usted no combatiría contra ellos. Si hubiera sabido que eran enemigos y que se produciría un enfrentamiento, jamás me habría quedado atrás». El noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, creyó sus palabras. Ibn Sad narró lo mismo. (Ansab al-Ashraf, 1/288; Tabaqat, 3/605).

Participó en la batalla de Uhud. Antes de esta batalla, en Medina, un grupo de hombres dirigido por Sad ibn Muaz, Usaid ibn Hudayr y Sad ibn Ubada fue encargado de custodiar al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Pasaban toda la noche vigilando su puerta. (Ansab al-Ashraf, 1/314). En el momento culminante de la batalla, cuando casi todos los sahabíes se dispersaron y quedaron alejados del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, Usaid permaneció firme junto a unos pocos compañeros. En esta batalla sufrió graves heridas en siete partes de su cuerpo. (Al-Isaba, 1/49; Al-Alam, 1/330). Los familiares de los mártires de Uhud lloraban por ellos. Al verlo, el noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Hoy no hay nadie que llore por Hamza». Al oírlo, Sad y Usaid regresaron a sus tribus y ordenaron a sus mujeres que lamentaran la muerte de Hamza. (Sira de Ibn Hisham, 2/99).

El día de Uhud, Usaid llevaba el estandarte de los Banu Aws. Durante la intensa batalla, algunos soldados musulmanes hirieron por error a sus propios compañeros al tomarlos por soldados incrédulos. Usaid fue herido accidentalmente por Abu Bardah ibn Niyar. Del mismo modo, Abu Yana, sin reconocer a Abu Bardah, lo golpeó dos veces con la espada. El noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo sobre ellos: «Aunque alguno de vosotros fuera muerto de esta manera, sería mártir». (Ansab al-Ashraf, 1/318, 322).

También participó en la batalla del Foso. Incluso diez días después de terminada la batalla, los musulmanes permanecieron sitiados en Medina. El ejército idólatra de La Meca recorría la ciudad por la noche buscando a los dirigentes musulmanes. Usaid defendió entonces el foso con doscientos hombres. Después de la batalla, los hombres de la tribu de Gatafan comenzaron a saquear intensamente. El noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, convocó a Medina a sus jefes, Amir ibn Tufayl y Zayd. Cuando llegaron, dijeron conjuntamente que se podría llegar a un acuerdo si se les entregaba una parte de los frutos producidos en Medina. Usaid estaba de pie cerca. Les dio un toque en la cabeza con la lanza que llevaba y exclamó: «¡Zorros, alejaos de aquí!». Amir se enfureció y preguntó: «¿Quién eres?». «Usaid ibn Hudayr». «¿El hijo de Qatib?». Cabe señalar que Qatib era el sobrenombre de Hudayr, padre de Usaid. «Sí». «Tu padre era mejor que tú». Usaid rugió inmediatamente: «¡Jamás! Soy mucho mejor que todos vosotros y que mi padre, porque él era incrédulo». (Siyar al-Ansar, 1/230).

Probablemente este mismo incidente es el que al-Tabarani narró de Ibn Abbas. Dos hombres llamados Amir ibn Tufayl y Arbad ibn Qays acudieron en Medina a la presencia del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Amir le dijo: «Muhammad, ¿qué me darás si acepto el islam?». El Mensajero respondió: «Para ti habrá lo mismo que para todos los musulmanes y tendrás las mismas obligaciones que ellos». Amir preguntó: «Si me hago musulmán, ¿me concederás el gobierno después de ti?». El Mensajero respondió: «Ni tú ni nadie de tu tribu lo obtendrá. Sin embargo, podrás ser jefe de una caballería». Después de conversar un poco más, se marcharon. Luego conspiraron para matar al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, pero su plan fue descubierto. Huyeron, y Muaz y Usaid los persiguieron. En cierto momento, Usaid les gritó: «¡Oh enemigos de Allah, que la maldición de Allah caiga sobre vosotros!». Ambos murieron accidentalmente en el camino. (Hayat al-Sahaba, 3/548-549).

Antes del tratado de Hudaybiyya, el dirigente coraixí Abu Sufyan envió a un hombre a Medina para matar al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Ocultando un pequeño puñal en la cintura, llegó a la mezquita de los Banu Abd al-Ashhal preguntando por el Mensajero de Allah. El noble Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, reconoció su rostro y exclamó: «Este hombre ha venido para engañar». Cuando el hombre avanzó hacia él con intención de matarlo, Usaid tiró de su túnica y el puñal cayó inmediatamente de su cintura. El hombre comprendió que ya no tenía escapatoria. Para impedir que intentara huir, Usaid le sujetó firmemente la ropa junto al cuello. (Siyar al-Ansar, 1/230).

En el sexto año de la hégira tuvo lugar la batalla de Banu Mustaliq. Después de la batalla, surgió una pequeña disputa entre un emigrado y un ansarí por un incidente insignificante relacionado con dar de beber a los camellos y caballos en un pozo. El hipócrita Abd Allah ibn Ubay intentó infructuosamente avivar la disputa. Dijo a los ansaríes: «Les habéis permitido permanecer en vuestro país y habéis repartido entre ellos vuestra riqueza. ¡Por Allah!, si no lo hubierais hecho, se habrían marchado a otro lugar. Si regresamos a Medina, nosotros, los nobles, expulsaremos a los viles». Zayd ibn Arqam oyó sus palabras e informó de ellas al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El noble Mensajero quedó profundamente afligido.

Después de este incidente, Usaid acudió a visitar al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El Mensajero le preguntó:
—¿Has oído lo que ha dicho vuestro compañero?
—Oh Mensajero de Allah, ¿qué compañero?
—Abd Allah ibn Ubay.
—¿Qué ha dicho?
—Ha dicho que, si regresan a Medina, los nobles expulsarán a los viles.
Usaid respondió: «Oh Mensajero de Allah, ¡por Allah!, si Allah quiere, usted será quien lo expulse. ¡Por Allah!, él es el vil, mientras que usted es el honorable y victorioso». (Sira de Ibn Hisham, 1/1292).

Usaid añadió: «Oh Mensajero de Allah, sea un poco indulgente con él. Allah nos ha traído aquí junto con usted, mientras que sus propios familiares estaban preparando una corona para él, con la intención de convertirlo en rey de Medina y colocarla sobre su cabeza. Ahora puede ver con sus propios ojos que su reino le ha sido arrebatado». (Rijal hawla al-Rasul, 463).

En otra narración se cuenta que, al enterarse Usaid de las palabras anteriores de Abd Allah ibn Ubay, dijo: «Oh Mensajero de Allah, déme permiso para matar al hombre que está provocando discordia entre la gente». El Mensajero preguntó: «¿Lo matarías si te lo ordenara?». Usaid respondió: «Sí. Con su permiso, le cortaré la cabeza con la espada». El Mensajero lo hizo sentarse y lo calmó. (Hayat al-Sahaba, 1/474).

En el viaje de esta batalla de Banu Mustaliq, Aisha, que Allah esté complacido con ella, acompañaba al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Al regresar a Medina, los hipócritas lanzaron una falsa acusación contra el honor de Aisha por causa de un incidente. En los libros de la sira se conoce como la ifk, o historia inventada. Algunos musulmanes de corazón sencillo también fueron confundidos por la propaganda de los hipócritas. Finalmente, Allah Altísimo reveló versículos del Corán y descubrió la verdad.

Cuando el asunto llegó a su punto culminante, Usaid acudió un día ante el Mensajero de Allah y dijo: «Oh Mensajero de Allah, si los hombres de Aws le causan daño, nosotros se lo impediremos. Y si los hombres de nuestra tribu hermana, Jazray, le causan daño, ordénenos actuar. ¡Por Allah!, merecen ser muertos». El jefe jazrayí Sad ibn Ubada protestó inmediatamente: «Puedes decir eso porque son hombres de Jazray; si fueran de tu propia tribu, no hablarías así». Usaid rugió a su vez: «¡Por Allah!, has mentido. Eres un hipócrita y discutes en defensa de los hipócritas». (Sira de Ibn Hisham, 1/300).

En la batalla de Jaybar, Amir, tío de Salama ibn al-Akwa, atacó a un judío, pero el golpe de su espada falló, lo hirió a él mismo y murió. Usaid y otros pensaron que, puesto que había muerto por su propio golpe, aquello era una forma de suicidio y todos sus actos virtuosos habían quedado anulados. Salama comunicó el asunto al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El Mensajero dijo: «No tienen razón quienes han dicho eso. Él recibirá una doble recompensa». (Muslim, 2/96).

En la expedición para conquistar La Meca, el noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estaba con los emigrados y los ansaríes. Su grupo marchaba detrás de todos. Él iba entre Abu Bakr y Usaid. Durante las expediciones de Hunayn y Tabuk, Usaid llevaba el estandarte de la tribu de Aws.

El día de la Saqifa de Banu Saida, después del fallecimiento del noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, un grupo de ansaríes, encabezado por Sad ibn Ubada, reclamó que los ansaríes tenían prioridad para el califato. La noticia se extendió por Medina y comenzaron las discusiones. Usaid era uno de los dirigentes de la tribu ansarí de Aws y desempeñó un papel importante en el control de aquella situación compleja. (Usd al-Ghaba, 1/92). Se levantó y dijo a los ansaríes: «Sabéis que el Mensajero de Allah era uno de los emigrados. Su califa también debe ser de entre los emigrados. Nosotros éramos los ansar, los auxiliadores del Mensajero de Allah». Dirigiéndose a Sad ibn Muaz, dijo: «Hoy también debemos ser los ansar del califa del Mensajero de Allah». (Rijal hawla al-Rasul, 462).

En cierto momento, dirigiéndose a los hombres de su propia tribu de Aws, dijo: «La tribu de Jazray quiere hacer califa a Sad ibn Ubada y apoderarse del liderazgo. Si hoy tienen éxito, alcanzarán para siempre la superioridad sobre vosotros y jamás os concederán parte alguna del califato. En mi opinión, debemos prestar juramento a Abu Bakr». Después ordenó a todos que prestaran juramento a Abu Bakr. Así, la decisión de la tribu de Aws debilitó la fuerza de los partidarios de Sad ibn Ubada. (Siyar al-Ansar, 231).

Cuando se aproximaba la muerte de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, consultó, sin distinguir entre emigrados y ansaríes, a varios sahabíes eminentes sobre a quién confiar el califato. Usaid estaba entre ellos. Cuando Abu Bakr le preguntó su opinión sobre Umar, respondió: «Lo considero adecuado para asumir el califato después de usted. Su interior es mejor que su exterior. No hay nadie más capaz que él para asumir esta responsabilidad». (Hayat al-Sahaba, 2/26). En el año 16 de la hégira, viajó con el califa Umar desde Medina hasta Bayt al-Maqdis. (Usd al-Ghaba, 1/92).

Murió en Medina en el mes de Shaaban del año 20 de la hégira; según otra opinión, en el año 21. El califa Umar, que Allah esté complacido con él, cargó su cuerpo sobre los hombros, dirigió la oración fúnebre y lo enterró en el cementerio de Baqi. (Ansab al-Ashraf, 1/240; Tabaqat, 3/506; Shadharat al-Dhahab fi Ajbar man Dhahab, 1/31).

Antes de morir, Usaid dejó a Umar la disposición de que tomara personalmente sus bienes muebles e inmuebles y pagara todas sus deudas. Después de su muerte, Umar convocó a los acreedores y los convenció de aceptar mil dírhams al año. Así, durante cuatro años se vendieron los frutos del jardín y se pagaron todas las deudas, preservándose de ese modo todo su patrimonio. Umar solía decir: «No quiero ver necesitados a los hijos de mi hermano». (Tabaqat, 3/606; Usd al-Ghaba, 1/93).

La esposa de Usaid murió durante la vida del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. (Siyar al-Ansar, 1/231). Se narró de Aisha, que Allah esté complacido con ella, que dijo: «Una vez regresábamos a Medina después del hach o de la umra. Fuimos recibidos en Dhul Hulayfa. Los miembros de las familias ansaríes se reunieron con sus respectivos familiares. Allí comunicaron a Usaid la noticia de la muerte de su esposa. Se cubrió la cabeza con una manta y comenzó a llorar. Le dije: “Que Allah te perdone. Eres compañero del Mensajero de Allah, aceptaste el islam en la primera época y, sin embargo, ¿lloras así por una mujer?”. Aisha dijo que, al oír esto, se quitó la tela de la cabeza y respondió: “Has dicho la verdad. Después de Sad ibn Muaz no deberíamos llorar por nadie más”». (Hayat al-Sahaba, 2/595; Musnad Ahmad, 2/352).

Probablemente Usaid tuvo un solo hijo, llamado Yahya. Se lo menciona en el capítulo de Sahih al-Bujari titulado «El descenso de la tranquilidad y de los ángeles durante la recitación del Corán».

Realizó una gran contribución a la difusión del Corán y del hadiz. Narró numerosos hadices directamente del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Compañeros muy respetados, como Aisha, Abu Said al-Judri, Anas ibn Malik, Abu Layla al-Ansari y Kab ibn Malik, narraron los hadices que habían escuchado de él. En Sahih al-Bujari y Sahih Muslim se han transmitido en total dieciocho hadices suyos. (Al-Alam, 1/330; Al-Isaba, 1/49).

El padre de Usaid era una persona muy respetada dentro de su tribu. Ibn Sad dijo: «Después de su padre, también él llegó a ser, tanto en la época islámica como en la preislámica, una persona muy cortés y honorable. Fue considerado uno de los hombres inteligentes y reflexivos de la tribu. Todas estas cualidades se reunieron en Usaid». Además, era un arquero hábil y un buen corredor. En aquella época, en Arabia, quien reunía estas tres cualidades recibía el título de kamil. (Tabaqat, 3/604; Al-Alam, 1/330; Usd al-Ghaba, 1/92).

Después de aceptar el islam, progresó tanto en la disciplina espiritual que se descorrieron todos los velos de sus ojos. También recitaba con una voz muy melodiosa. (Usd al-Ghaba, 1/92). Una noche estaba recitando el Corán. Cerca de él había un caballo atado. El caballo comenzó a saltar, pero se detenía cuando cesaba la recitación; al reanudarla, volvía a saltar. Su hijo Yahya dormía cerca. Usaid se asustó pensando que, si aquello continuaba, el niño sería pisoteado por el caballo. La tercera vez salió y vio en el cielo una cubierta semejante a una sombra, en cuyo centro parecía brillar una luz como la de una lámpara. La recitación había terminado, y cuando miró hacia el cielo, la luz desapareció. A la mañana siguiente relató el suceso al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, quien dijo: «Los ángeles habían venido a escuchar la recitación del Corán. Si hubieras continuado recitando hasta la mañana, la gente habría podido verlos a plena luz del día». (Hayat al-Sahaba, 3/543; Usd al-Ghaba, 1/93; Sahih al-Bujari, 2/750).

Usaid contemplaba con sus propios ojos la manifestación real de la sakina, o tranquilidad. Era un hombre delante del cual avanzaba una luz, un nur, cuando caminaba. Al-Bujari narró que, en una noche oscura, Abbad ibn Bishr y Usaid ibn Hudayr salieron de la presencia del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. De sus bastones emanaba una luz que iluminaba el camino. Cuando ambos tomaron direcciones distintas, la luz también se dividió y acompañó a cada uno. (Shadharat al-Dhahab, 1/31; Hayat al-Sahaba, 3/611).

Usaid dijo: «Un día mencioné al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, el caso de una familia ansarí necesitada. Eran muy pobres y la mayoría de sus miembros eran mujeres. Al escucharme, el Mensajero dijo: “Has venido en un momento en que todo lo que tenía en mis manos ya ha sido entregado a la gente. Cuando sepas que ha llegado algo a mis manos, recuérdame a esta familia”. Al cabo de unos días llegaron algunos bienes de Jaybar. Dio una parte mayor a los ansaríes y, especialmente, entregó una gran cantidad a aquella familia. Dije: “Oh Profeta de Allah, que Allah te recompense con la mejor recompensa”. El Mensajero respondió: “Oh ansaríes, que Allah os recompense de la mejor manera. Mi larga experiencia con vosotros me ha mostrado que sois sumamente indulgentes y pacientes. Después de mi muerte, la gente os ignorará y dará prioridad a sus propios intereses. Mantendréis la paciencia hasta que os encontréis conmigo. Nuestro lugar de encuentro será el Hawd”».

Usaid continuó: «Después murió el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y, tras Abu Bakr, Umar asumió el califato. Una vez distribuyó entre los habitantes de Medina algunos bienes del botín y me envió una túnica, pero resultó pequeña. Yo estaba sentado en la mezquita cuando vi a un joven coraixí que llevaba una túnica larga semejante a la mía, tan larga que arrastraba por el suelo. Entonces relaté a mi acompañante las palabras anteriores del Mensajero de Allah y dije: “El Mensajero de Allah dijo la verdad”. Mi acompañante corrió hacia Umar y le comunicó lo que yo había dicho. Umar vino apresuradamente; yo estaba rezando. Umar dijo: “Usaid, termina tu oración”. Cuando terminé, me preguntó: “¿Qué has dicho?”. Le conté lo que había visto y dicho. Él respondió: “Que Allah te perdone. Esa túnica se la había enviado a cierta persona, que es un ansarí, uno de los que prestaron juramento en Aqaba y un muyahid de Badr y Uhud. Este joven coraixí compró la túnica de él. ¿Crees que las palabras del Mensajero de Allah sobre los ansaríes se cumplirán durante mi época?”. Usaid respondió: “¡Por Allah, oh comandante de los creyentes!, no creo que puedan cumplirse durante tu época”». (Hayat al-Sahaba, 1/402-403; Suwar min Hayat al-Sahaba, 3/36-39).

La Madre de los Creyentes Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: «Usaid era un hombre excelente». Él decía: «Si pudiera permanecer siempre en cualquiera de estos tres estados, tendría la certeza de ser habitante del Paraíso y no albergaría ninguna duda al respecto. Son: primero, cuando recito el Corán yo mismo o escucho a otro recitarlo; segundo, cuando escucho el sermón del Mensajero de Allah; y tercero, cuando participo en una oración fúnebre. Cuando asisto a una oración fúnebre, pregunto a mi nafs: “¿Qué hice que realizara y cuál será su destino final?”». (Al-Isaba, 1/49; Hayat al-Sahaba, 3/41-42).

Al-Hakim narró por medio de Abu Layla. Dijo que Usaid era un hombre piadoso, alegre y bromista. Un día, en la reunión del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, hacía reír a la gente con diversos comentarios. El Mensajero, bromeando, le dio un pequeño golpe en la cintura. Usaid exclamó: «¡Me has causado dolor!». El Mensajero dijo: «Toma represalias». Usaid respondió: «Oh Mensajero de Allah, yo no llevaba camisa, pero tú sí». El Mensajero se quitó la camisa, y Usaid lo abrazó inmediatamente y comenzó a besar repetidamente sus costillas. Después dijo: «Oh Mensajero de Allah, que mis padres sean sacrificados por ti. Esto era lo que deseaba hacer». (Hayat al-Sahaba, 2/330-331).

El noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Abu Ubayda ibn al-Yarrah, Muaz ibn Yabal, Usaid ibn Hudayr y Muaz ibn Amr: ¡qué excelentes hombres son!». (Al-Isaba, 1/92). En otra narración se dice que el Mensajero afirmó: «¡Qué excelente hombre es Usaid!». (Tabaqat, 3/603). Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: «Nadie alcanzó en dignidad a tres hombres de los ansaríes. Todos eran de los Banu Abd al-Ashhal: Muaz ibn Yabal, Usaid ibn Hudayr y Abbad ibn Bishr». (Al-Isaba, 1/49).

Por todas estas razones, Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él, lo honraba muchísimo. No prefería a nadie por encima de él. (Usd al-Ghaba, 1/92).

‘Ubada ibn al-Samit (que Allah esté complacido con él)

Abu al-Walid ‘Ubada era descendiente de la rama Banu Salim de la célebre tribu jazrayí de Medina. Nació en Yathrib en el año 586 d. C., treinta y ocho años antes de la Hégira (Al-A‘lam, 4/30). Su padre era Samit ibn Qays y su madre, Qurrat al-‘Ayn. Ella era hija de ‘Ubada ibn Nadla ibn Malik ibn Aylán. Puso a su hijo el nombre de ‘Ubada, en honor a su propio padre (Usud al-Gaba, 3/106). La esposa de Aws ibn Samit, hermano de ‘Ubada, era Juwayla bint Za‘laba. Ella fue la mujer por cuyo caso fueron revelados los versículos sobre el zihār de la sura Al-Muyadila (Ansab al-Ashraf, 1/251).

El asentamiento de Banu Salim se encontraba al oeste de Medina, en una zona rocosa próxima a Quba. Allí tenían varias fortalezas llamadas ‘Utum Qawaqil. Por ello puede decirse que la casa de ‘Ubada se hallaba fuera del centro de Medina.

‘Ubada apenas había entrado en la juventud cuando surgió el islam en La Meca. Fue uno de aquellos pocos afortunados que respondieron en cuanto escucharon el primer llamamiento del islam. Cuando, en el primer juramento de ‘Aqaba, seis habitantes de Medina estrecharon la mano del Mensajero de Dios y le prestaron juramento, él fue uno de ellos. Sin embargo, muchos historiadores no llaman a este juramento «de ‘Aqaba». Según ellos, solo hubo dos Aqabas. En cualquier caso, ‘Ubada obtuvo también el honor de participar en la segunda y la tercera ‘Aqaba. Según muchos, aceptó el islam junto con doce personas en la segunda ‘Aqaba. En la tercera, es decir, la última ‘Aqaba, fue uno de los doce naqib —responsables— elegidos por el Mensajero de Dios. Fue nombrado naqib de Banu Qawaqil (Usud al-Gaba, 3/106; Bulug al-Amani, comentario de Musnad Ahmad, 22/275; Fath al-Bari, 7/172; Tabaqat, 3/546). Conviene señalar que Banu ‘Amr ibn Awf ibn Jazray era conocido desde tiempos antiguos como «Qawaqil». La palabra «qawqala» significa una forma particular de caminar. Se les dio ese nombre porque, cuando alguien buscaba su protección, le ponían una flecha en la mano y le decían: «Ve ahora y recorre libremente cualquier lugar de Yathrib que quieras» (Ibn Hisham, 1/431).

La vida de ‘Ubada estaba llena de vitalidad. Apenas regresó de La Meca después de aceptar el islam, convirtió primero a su madre. En Medina tenía un amigo íntimo llamado Ka‘b ibn ‘Ujra. Este aún era no musulmán y en su casa había un enorme ídolo. La preocupación constante de ‘Ubada era cómo liberar aquella casa del politeísmo. Un día entró en ella aprovechando una ocasión y rompió el ídolo. Finalmente, por voluntad de Dios, Ka‘b se hizo musulmán.

Cuando el Noble Mensajero llegó a Medina, estableció la hermandad entre los emigrados y los auxiliares. Abu Marsad al-Ganawi fue su hermano espiritual (Usud al-Gaba, 3/106; Al-Isaba, 2/268; Ansab al-Ashraf, 1/270). Abu Marsad fue uno de los primeros musulmanes y un aliado pactado de Hamza —que Dios esté complacido con él—.

‘Ubada participó junto al Mensajero de Dios en todas las batallas, incluidas Badr, Uhud y Jandaq (Usud al-Gaba, 3/106). Después de la batalla de Badr surgió cierta diferencia entre los muyahidines acerca del reparto del botín. Entonces fueron revelados varios versículos al comienzo de la sura Al-Anfal y la disputa terminó. Ibn Hisham dice que, cuando preguntaron a ‘Ubada por los versículos mencionados de la sura Al-Anfal, respondió: «Esos versículos fueron revelados acerca de los combatientes de Badr. El día de Badr discrepamos sobre los botines y, cuando nuestra conducta se deterioró por ello, Dios nos los quitó de las manos y se los entregó al Mensajero de Dios. Él los repartió equitativamente entre nosotros» (Sira de Ibn Hisham, 1/66).

Durante aquella misma batalla de Badr, la tribu judía de Banu Qaynuqa, incitada por el hipócrita ‘Abdullah ibn Ubay, se rebeló contra el Mensajero de Dios. La tribu de ‘Ubada, Banu Awf, tenía desde mucho tiempo atrás un pacto de alianza con ellos. También ‘Abdullah ibn Ubay ibn Salul, el hipócrita, tenía un pacto con ellos. Cuando, debido a su rebelión, el Noble Mensajero declaró la guerra contra ellos, ‘Ubada acudió rápidamente ante él y, anunciando públicamente que anulaba el pacto, dijo: «Declaro que rompo toda relación con ellos y me desligo de toda responsabilidad respecto a ellos. Y tomo como amigos a Dios, a Su Mensajero y a los creyentes». En cambio, ‘Abdullah ibn Ubay ibn Salul permaneció firme en su postura anterior. Después de sofocar la rebelión, se decidió expulsarlos de Medina. El Mensajero de Dios encargó a ‘Ubada la ejecución de aquella expulsión. En este contexto fueron revelados los versículos 51 a 58 de la sura Al-Ma’ida. En ellos se elogia claramente a ‘Ubada y se censura al hipócrita ‘Abdullah ibn Ubay (Sira de Ibn Hisham, 2/49).

Participó en el Juramento de la Complacencia, en el sexto año de la Hégira (Musnad Ahmad, 5/319). También participó en la batalla de Banu Mustaliq, o de Muraysi‘, que tuvo lugar en el sexto año de la Hégira. En ella, un hombre de su grupo mató por error a otro combatiente musulmán, creyendo que era un enemigo (Sira de Ibn Hisham, 2/290).

Durante el califato de Abu Bakr al-Siddiq —que Dios esté complacido con él—, ‘Ubada participó en varias de las expediciones realizadas en Siria. Durante el califato de ‘Umar al-Faruq, ‘Amr ibn al-‘As emprendió una campaña en Egipto. Como durante mucho tiempo no pudo lograr la victoria definitiva, escribió al califa en Medina solicitando refuerzos. El califa ‘Umar envió un ejército adicional de cuatro mil soldados —según otra opinión, diez mil—. ‘Ubada era el comandante de una cuarta parte de aquel ejército (Al-Isaba, 2/268). En una carta al califa, ‘Amr ibn al-‘As escribió además que cada uno de aquellos oficiales equivalía a mil soldados.

Cuando el ejército llegó a Egipto, ‘Amr ibn al-‘As reunió a todos los soldados y pronunció un discurso ardiente. Al terminar, llamó a ‘Ubada y le dijo: «Dame tu lanza». Tomó la lanza, se quitó el turbante de la cabeza y lo ató a la punta de la lanza. Luego, al entregársela a ‘Ubada, dijo: «Este es el emblema o estandarte del comandante. Hoy tú eres el comandante». Por voluntad de Dios, la ciudad cayó en el primer ataque.

‘Ubada desempeñó en distintas ocasiones tres importantes cargos administrativos del califato islámico: 1) oficial encargado de la sadaqa; 2) juez de Palestina; y 3) gobernador de Hims.

Al final de su vida, el Noble Mensajero nombró recaudadores de la sadaqa, es decir, del zakat, en diversas regiones de Arabia. También nombró a ‘Ubada para una de ellas. Al partir, el Mensajero de Dios le aconsejó: «Teme a Dios. Que no suceda que, el Día del Juicio, incluso un animal cuadrúpedo se presente para quejarse contra ti» (Usud al-Gaba, 3/106).

Durante el califato de ‘Umar fue nombrado juez de Palestina. En aquel tiempo, esa región estaba bajo el gobierno de Mu‘awiya. En cierta ocasión surgió una discrepancia entre ambos sobre un asunto, y finalmente Mu‘awiya utilizó palabras duras contra él. ‘Ubada le respondió: «En el futuro, donde tú estés, yo no estaré». Se marchó a Medina. Cuando el califa ‘Umar le preguntó por qué había regresado, le contó todo el incidente. Después de escucharlo, ‘Umar le dijo: «Regresa a tu puesto. Esta tierra es adecuada para hombres como tú. Que Dios bendiga el lugar donde tú y los que son como tú no estén». Luego escribió al emir Mu‘awiya: «He liberado a ‘Ubada de tu autoridad» (Usud al-Gaba, 3/106).

El cargo judicial de Palestina fue confiado por primera vez a ‘Ubada. El imán al-Awza‘i dijo: «‘Ubada fue el primer juez de Palestina» (Usud al-Gaba, 3/106).

Cuando Abu ‘Ubayda —que Dios esté complacido con él— era gobernador de Siria, nombró a ‘Ubada ibn al-Samit como su representante en Hims. Mientras se encontraba allí, conquistó Lataquia. En aquella campaña aplicó una nueva técnica militar. Cavó fosas tan grandes que un jinete podía ocultarse fácilmente dentro de ellas junto con su caballo (Futuh al-Buldan, 139).

‘Ubada vivió en Siria —la Gran Siria— hasta el final de su vida. Existe discrepancia acerca del año y el lugar de su muerte. Murió en el año 34 de la Hégira/654 d. C., en Ramla o, según otra opinión, en Bayt al-Maqdis, a la edad de setenta y dos años. Ibn ‘Asakir menciona en la biografía de ‘Ubada algunos incidentes ocurridos entre él y Mu‘awiya que hacen pensar que vivió incluso durante el califato de Mu‘awiya. Por ello, algunos consideran que vivió hasta el año 45 de la Hégira. Ibn al-Azir afirma que la opinión anterior es la correcta (Tabaqat, 3/546; Al-Isaba, 2/269; Usud al-Gaba, 3/107; Ansab al-Ashraf, 1/251).

Antes de morir enfermó. Muchas personas acudían a visitarlo por última vez. También llegó el noble Shaddad ibn Aws acompañado de algunas personas. Le preguntó: «¿Cómo se encuentra?». Respondió: «Estoy bien, por la gracia de Dios». Poco antes de su muerte, su hijo acudió y le pidió que le dejara hacerle algunas recomendaciones. Dijo: «Ayúdame a incorporarme». Después dijo: «Hijo mío, mantén una firme creencia en el decreto divino; de lo contrario, no hay bien alguno en la fe» (Musnad Ahmad, 5/317; Bulug al-Amani, comentario de Musnad Ahmad, 22/276).

En ese momento llegó su discípulo Sanabihi. Al ver el estado terminal de su querido maestro, comenzó a llorar. ‘Ubada le prohibió llorar y dijo: «Estoy satisfecho en toda circunstancia. ¿Por qué lloras? Si me piden que dé testimonio, lo daré. Si intercedo por alguien, intercederé por ti». Luego dijo: «Os he transmitido todos los hadices del Mensajero de Dios que conservaba. Sin embargo, quedaba un hadiz, y ahora lo narraré. Hasta hoy no se lo había narrado a nadie. Oí al Mensajero de Dios decir: “A quien dé testimonio de que no hay divinidad excepto Dios y de que Muhammad es el Mensajero de Dios, Dios le prohibirá el fuego del Infierno”» (Bulug al-Amani, 22/276).

Inmediatamente después de narrar este hadiz, exhaló su último aliento. En aquel momento estaba transcurriendo el califato de ‘Uzman.

Existe discrepancia acerca de dónde fue enterrado. Ibn Sa‘d escribió que fue enterrado en Ramla. Según otra narración, la tierra santa de Bayt al-Maqdis es su última morada y su tumba sigue siendo célebre allí. El imán al-Bujari menciona Palestina como el lugar de su entierro. En realidad, en aquel tiempo Palestina era una provincia, y los dos lugares mencionados eran dos distritos diferentes de ella. Al-Zirikli, autor de Al-A‘lam, afirma que murió en Qibris, Siria. Hasta el día de hoy su tumba existe allí como lugar de visita. Él era el gobernador de aquella región por designación del califa ‘Umar (Al-A‘lam, 4/30).

Cuando se acercó la víspera de la muerte de ‘Ubada, ordenó que reunieran a sirvientes, vecinos, parientes y allegados. Cuando todos estuvieron presentes, dijo: «Este día es mi último día en este mundo, y la noche que viene será la primera noche de mi otra vida. Si alguna vez os he causado algún daño con mi mano o con mi lengua, tomad ahora mismo vuestra qisās, vuestra represalia. Me pongo ante vosotros». Ellos respondieron: «Usted es nuestro padre y nuestro maestro». El narrador dice que nunca había dirigido una palabra ofensiva a ningún sirviente.

Después les hizo sus últimas recomendaciones: «Cuando muera, que nadie llore. Haced bien la ablución, id a la mezquita y rezad. Después de la oración, suplicad por ‘Ubada y por vosotros mismos. Pues Dios ha dicho: “Buscad ayuda en la paciencia y en la oración”» (sura Al-Baqara, 45 y 153). «Enterradme muy pronto» (Hayat al-Sahaba, 3/46).

De los cinco auxiliares que memorizaron todo el Corán durante la vida del Mensajero de Dios, ‘Ubada fue uno. Era uno de los compañeros instruidos y respetados, y poseía una especial competencia en la ciencia de las recitaciones coránicas. Durante la vida del Noble Mensajero, se estableció en Medina la primera madrasa de recitación para los miembros de Ahl al-Suffa, y él estuvo a cargo de ella. Los compañeros de Ahl al-Suffa, sumamente honrados y prestigiosos, recibían allí su enseñanza. En aquella madrasa, además de enseñar el Corán, también se enseñaba a escribir. Muchas personas salieron de ella habiendo aprendido las recitaciones y la escritura (Usud al-Gaba, 3/106; Musnad Ahmad, 5/315).

También proporcionaba alojamiento y comida a algunos de los estudiantes de aquella madrasa. Un hombre se hospedaba en su casa y cenaba con él. Cuando se marchó, le regaló un excelente arco. ‘Ubada informó de ello al Mensajero de Dios, quien le prohibió aceptar el arco (Musnad Ahmad, 5/324; Hayat al-Sahaba, 3/230). En cierta ocasión, ‘Umar lo envió para enseñar correctamente el Corán a los musulmanes de Siria.

En la transmisión de hadices introdujo algunas fórmulas especiales. Los compañeros contemporáneos que narraban hadices solían decir: «Escuché esto del Mensajero de Dios». Algunos utilizaban palabras adicionales que con el tiempo se establecieron como parte de la narración de hadices. ‘Ubada también introdujo algunas expresiones. Por ejemplo, al narrar un hadiz decía: «El Mensajero de Dios me lo dijo directamente, cara a cara. No estoy diciendo que fulano o mengano me haya narrado este hadiz».

Del mismo modo, en cierta reunión pronunció un discurso. Cuando narró un hadiz durante el discurso, Mu‘awiya, que se encontraba entre los oyentes, manifestó cierta duda acerca de su autenticidad. Entonces ‘Ubada dijo: «Doy testimonio de que escuché esto del Mensajero de Dios».

Narraba los hadices del Mensajero de Dios en toda circunstancia y en todo lugar: en las reuniones de exhortación, en las sesiones de estudio e incluso, cuando alguna vez entraba en una iglesia, transmitía allí también las palabras puras del Mensajero de Dios a los oídos de los cristianos.

El número de hadices narrados por ‘Ubada es aproximadamente de 181. Seis de ellos son aceptados por Bujari y Muslim conjuntamente (Al-A‘lam, 4/30). Muchos grandes compañeros y tabi‘ines narraron de él. Entre los compañeros destacan Anas ibn Malik, Yabir ibn ‘Abdullah, Abu Umama, Salama ibn Muhabbaq, Mahmud ibn Rabi‘, al-Miqdam ibn Ma‘dikarib, Rafi‘a ibn Rafi‘, Aws ibn ‘Abdullah al-Zaqafi y Shurahbil ibn Hasana. Entre los tabi‘ines destacan ‘Abd al-Rahman ibn ‘Usayla al-Sanayi, Hittan ibn ‘Abdullah al-Raqqashi, Abu al-Ash‘az al-Sagani, Yubayr ibn Nadir, Yunada ibn Abi Umayya, al-Aswad ibn Za‘laba, ‘Ata ibn Abi Yasar, Abu Muslim al-Jawlani y Abu Idris al-Jawlani (Usud al-Gaba, 3/106).

También era un gran erudito en jurisprudencia. Los compañeros respetaban profundamente sus conocimientos. Jalid ibn Ma‘dan dijo: «Entre los compañeros del Mensajero de Dios que se encuentran en Siria no hay nadie más experto en jurisprudencia ni más digno de confianza que ‘Ubada y Shaddad ibn Aws» (Hayat al-Sahaba, 3/62).

En un discurso, Mu‘awiya mencionó la peste de ‘Amwas. Dijo: «He consultado este asunto con ‘Ubada, y lo que él ha dicho es correcto. Beneficiaos de él, pues es un jurista mayor que yo». Yunada fue a visitar a ‘Ubada y después relató: «‘Ubada había alcanzado una profunda comprensión de la religión de Dios» (Al-Isaba, 2/268; Siyar al-Ansar, 2/56).

Decir la verdad frente al gobernante era una de las características principales de su carácter. Cumplía esta responsabilidad con gran entusiasmo. Al llegar a Siria, vio que en las compraventas se infringían las normas y prohibiciones de la ley islámica. Pronunció un discurso tan ardiente que toda la reunión se agitó intensamente. Mu‘awiya también estaba presente. Él exclamó: «El Noble Mensajero no le dijo eso a ‘Ubada». Entonces el fervor de la fe de ‘Ubada se intensificó. Dijo: «No deseo permanecer junto a Mu‘awiya. Doy testimonio de que el Mensajero de Dios me dijo esto» (Usud al-Gaba, 3/107; Musnad Ahmad, 5/319).

El incidente anterior ocurrió durante el califato de ‘Umar. Sin embargo, durante la época del califa ‘Uzman, el emir Mu‘awiya escribió al califa: «‘Ubada ha alterado la situación de toda Siria. O lo llamas a Medina, o yo abandonaré Siria». El Emir de los Creyentes respondió ordenándole que lo enviara a Medina. Después de recibir la orden del califa, ‘Ubada marchó directamente de Siria a Medina.

Cuando llegó ante el califa, este se encontraba hablando con un emigrado. Fuera de la casa del califa se había reunido mucha gente. ‘Ubada entró y se sentó silenciosamente en un rincón. En cuanto el califa levantó la mirada, lo vio y le preguntó: «¿Qué sucede?». Inmediatamente se puso de pie y comenzó a hablar a los presentes: «El Mensajero de Dios dijo: “Después de mí, los gobernantes convertirán lo bueno en malo y lo malo en bueno; pero no existe obediencia en el pecado. Nunca os involucréis en actos pecaminosos”» (Musnad Ahmad, 5/319).

En medio de sus palabras, Abu Hurayra intentó decir algo. ‘Ubada rugió: «Vosotros no estabais presentes cuando prestamos juramento ante el Mensajero de Dios —por tanto, no intervengáis sin motivo—. Prestamos juramento ante el Mensajero de Dios bajo estas condiciones: obedecerle en toda circunstancia; aportar ayuda económica tanto en la prosperidad como en la dificultad; ordenar a la gente el bien y apartarla del mal; no temer a nadie al decir la verdad; ayudar al Mensajero de Dios cuando llegara a Yathrib; protegerlo como protegemos nuestras vidas, bienes e hijos; y no temer, por la causa de Dios, la censura de ningún censurador. La recompensa por todas estas obras se nos dará en forma de Paraíso. Es nuestro deber cumplir plenamente todos estos compromisos, y quien no los cumpla será responsable de ello» (Ansab al-Ashraf, 1/253; Musnad Ahmad, 5/325; el imán Bujari y el imán Muslim también narraron este hadiz).

‘Ubada cumplía constantemente el deber de ordenar el bien, incluso mientras caminaba por el camino. En cierta ocasión iba de viaje y vio a ‘Abdullah ibn ‘Abbad al-Zarqi cazando aves. Le arrebató el ave de las manos y la dejó volar. Le dijo: «Este lugar forma parte del recinto sagrado; aquí está prohibida la caza» (Musnad Ahmad, 5/317).

‘Ubada sentía un intenso amor por el Noble Mensajero. Después del primer encuentro, volvió dos veces más a La Meca, se reunió con él y le prestó juramento. Tras la llegada del Noble Mensajero a Medina, no hubo acontecimiento ni batalla en la que se viera privado del honor de participar. Por ello, también era muy querido por el Mensajero de Dios.

En cierta ocasión cayó enfermo y el Mensajero fue a visitarlo acompañado de algunos auxiliares. El Mensajero preguntó: «¿Sabéis quién es un mártir?». Todos guardaron silencio. ‘Ubada dijo a su esposa: «Ayúdame a sentarme apoyado en una almohada». Una vez sentado, respondió a la pregunta del Mensajero: «Quien, después de aceptar el islam, emigra y luego muere en combate; quien muere de cólera o ahogado; y la mujer que muere durante el parto: todos ellos cuentan como mártires» (Musnad Ahmad, 5/317).

Mientras estuvo enfermo, el Mensajero lo visitaba por la mañana y por la tarde. En aquella situación le enseñó una súplica y le dijo: «Gabriel me la ha enseñado» (Musnad Ahmad, 5/323).

En el libro Hayat al-Sahaba aparece una narración acerca de la esposa de ‘Ubada. Un día, el Mensajero de Dios fue a visitar a la hija de Milhan y se sentó apoyado en algo. Después se echó a reír. Cuando ella le preguntó la razón de su risa, respondió: «Algunas personas de mi comunidad atravesarán el mar por la causa de Dios». Ella dijo: «Oh, Mensajero de Dios, ruega por mí para que yo también pueda ser una de ellas». El Mensajero suplicó: «Oh Dios, hazla una de ellas». Después volvió a reír. Cuando ella le preguntó de nuevo, le dio la misma respuesta. También esta vez ella le pidió que suplicara por ella como antes. Entonces él dijo: «Serás de las primeras, pero no de las últimas». Anas dijo: «‘Ubada se casó con esta mujer». Más tarde, ella atravesó el mar con la esposa de Mu‘awiya ibn Abi Sufyan, Qaraja, con el propósito de combatir. Después cayó de la montura y murió (Hayat al-Sahaba, 1/592).

‘Uzman ibn Sawda dijo: «Vi a ‘Ubada ibn al-Samit llorando, con el pecho apoyado contra la pared de la mezquita del valle del Infierno. Le dije: “Abu al-Walid, ¿por qué lloras así?”. Respondió: “Este es el lugar acerca del cual el Mensajero de Dios nos dijo que había visto el Infierno”» (Hayat al-Sahaba, 2/626).

Sufyan ibn ‘Uyayna resumió en pocas palabras la identidad y el rango de ‘Ubada —que Dios esté complacido con él— de la siguiente manera: «‘Ubada es ‘Aqabi, Uhudi, Badri y Shajari; además, es naqib» (Bulug al-Amani, comentario de Musnad Ahmad, 22/275).

En efecto, fue miembro del Juramento de ‘Aqaba y combatiente de Badr y Uhud. También fue uno de los miembros del Juramento de la Acacia, es decir, del Juramento de la Complacencia, celebrado durante el pacto de Hudaybiyya. Además, fue uno de los doce naqib de Medina.

Yábir ibn Abdil-lah (que Dios esté complacido con él)

Existe discrepancia respecto al nombre de Ŷābir y a su kunya o sobrenombre: Abū ʿAbdillāh, Abū ʿAbdir-Raḥmān y Abū Muḥammad. Ibn al-Aṯīr consideró más correcta la primera. (Usud al-Gāba 1/257; al-Iṣāba 1/213; Tahḏīb al-Asmāʾ wa-l-Lugāt 1/144). Su padre fue ʿAbdullāh ibn ʿAmr y su madre, Nasība bint ʿUqba. Por medio de Ḥarām ibn Kaʿb, antepasado de su linaje, se unían las genealogías de ambos padres. Los descendientes de Salama, antepasado de la línea paterna de Ŷābir, se extendían desde al-Ḥarra de Medina hasta la mezquita de al-Qiblatayn. Sin embargo, el asentamiento de su tribu, Banū Ḥarām, estaba entre el cementerio y una pequeña mezquita. Su padre, ʿAbdullāh ibn ʿAmr, fue uno de los naqīb designados en el último pacto de al-ʿAqaba. (Ṭabaqāt 3/620, 661; Usud al-Gāba 1/256).

El abuelo de Ŷābir, ʿAmr, era el jefe de su clan. El pozo llamado ʿAyn al-Arzaq, que Marwān ibn al-Ḥakam reparó durante el califato de Muʿāwiya, le pertenecía. Además de varias fortalezas de Banū Salama, también estaban bajo su autoridad otras fortalezas cercanas a las de Ŷābir ibn ʿAtīq. Tras la muerte de ʿAmr, su hijo ʿAbdullāh heredó todos esos bienes. Ŷābir, hijo de ʿAbdullāh, nació en Medina en el año 34 del ʿĀm al-Fīl, equivalente al año 611; según otra opinión, en 607. (Al-Aʿlām 2/92; Siyar Anṣār 1/294).

Ŷābir participó junto con su padre ʿAbdullāh en el último pacto de al-ʿAqaba. Es posible que aceptara el islam en Medina, durante aquel pacto o antes de él, de manos de Muṣʿab ibn ʿUmayr. Después del pacto, el Mensajero de Dios —la paz y las bendiciones sean con él— nombró a su padre naqīb o responsable de Banū Salama. Ŷābir dijo: «Yo era el más joven de los presentes en al-ʿAqaba». Según Ibn Saʿd, tenía entonces dieciocho o diecinueve años; Ibn al-Aṯīr afirma que era apenas un muchacho. (Ansāb al-Ašrāf 1/248-252; Ṭabaqāt 3/561; Usud al-Gāba 1/257).

Ŷābir participó con el Mensajero de Dios en todas las batallas excepto Badr y Uḥud. Los especialistas en la sīra discrepan sobre su participación en esas dos batallas. Ibn ʿAsākir recopiló una narración según la cual Ŷābir decía: «El día de Badr llevé agua en mi recipiente para mi padre». Muḥammad ibn Saʿd transmitió esta narración a Muḥammad ibn ʿUmar, quien respondió que era una opinión infundada de los iraquíes y negó que Ŷābir hubiera participado en Badr. Además, el propio Ŷābir decía: «No participé en Badr ni en Uḥud; mi padre me lo impidió. Pero nunca falté a ninguna otra batalla». (Tārīj Ibn ʿAsākir 3/386; Usud al-Gāba 1/257; Tahḏīb al-Asmāʾ 1/143).

Ŷābir no participó en la batalla de Uḥud. La razón se encuentra en la siguiente narración. Ibn Hišām dijo que Ḥamrāʾ al-Asad estaba a ocho o nueve millas de Medina, y que los qurayšíes se reunieron allí después de retirarse de Uḥud. Esto ocurrió el octavo o noveno día de Šawwāl del tercer año de la hégira. Al enterarse, el Mensajero de Dios ordenó que todos, salvo quienes habían participado en Uḥud, salieran en busca del enemigo. La gente salió, incluso los heridos de Uḥud.

Ŷābir acudió ante el Mensajero de Dios y dijo: «¡Mensajero de Dios! Ayer no pude participar en la yihād porque mi padre me lo impidió. Me dejó al cuidado de mis siete hermanas y me dijo: “Hijo mío, no está bien que las dejemos sin ningún hombre que las atienda. Tampoco puedo preferirte a mí mismo para acompañar al Mensajero de Dios en la yihād”». Ŷābir dijo que entonces el Mensajero de Dios le permitió salir a combatir. (Ansāb al-Ašrāf 1/338; Sīrat Ibn Hišām 2/207).

Los historiadores discrepan sobre el número de expediciones en las que participó junto al Mensajero de Dios, aparte de Badr y Uḥud: algunas narraciones mencionan diecinueve, otras dieciocho y otras diecisiete. (Al-Aʿlām 2/92; Usud al-Gāba 1/257; al-Iṣāba 1/313).

El padre de Ŷābir, ʿAbdullāh, participó en Uḥud y murió como mártir. La noche anterior llamó a su hijo y le dijo que deseaba encontrarse entre los primeros compañeros del Mensajero de Dios que fueran martirizados. Le confió sus deudas y le recomendó tratar bien a sus hermanas. A la mañana siguiente fue el primer mártir. Un incrédulo llamado Sufyān ibn ʿAbd Šams al-Sulamī lo mató. (Ansāb al-Ašrāf 1/333).

Los incrédulos mutilaron el cuerpo de ʿAbdullāh y sus miembros fueron reunidos en una tela. Cuando Ŷābir quiso verlo, la gente intentó impedírselo, pero el Mensajero de Dios le dio permiso. Su tía estaba cerca y, al contemplar a su hermano, gritó. El Mensajero preguntó quién era. Le respondieron: «La hermana de ʿAbdullāh». Entonces dijo: «Lloréis o no lloréis, los ángeles seguirán sombreándolo con sus alas hasta que lo levantéis». (Muslim 2/346; Buḫārī 2/584).

Las hermanas de Ŷābir enviaron un camello para trasladar el cuerpo de su padre desde Uḥud, pues querían enterrarlo en el cementerio de Banū Salama. Al saberlo, el Mensajero de Dios dijo que debía ser enterrado donde habían sido sepultados sus hermanos mártires. Así fue enterrado junto a los demás mártires de Uḥud. (Ṭabaqāt 3/562).

En otra narración, Ŷābir dijo que encontró la tumba de su padre, retiró la tela y comenzó a besarle el rostro. El Mensajero de Dios lo vio y no se lo prohibió. Ŷābir lloraba, y el Mensajero le preguntó por qué. Le dijo: «¿No te complace que ʿĀʾiša sea tu madre y yo tu padre?». Luego pasó la mano por su cabeza. Ŷābir decía que, aunque con el tiempo todos sus cabellos se volvieron blancos, permaneció negro el lugar donde había tocado la mano del Mensajero. (Tārīj Ibn ʿAsākir 3/386).

Ŷābir enterró a su padre en una tumba junto con otro mártir, pero no quedó satisfecho. Seis meses después abrió la tumba y descubrió que la tierra no había afectado al cuerpo salvo en una oreja. Estaba tan intacto como si acabara de ser enterrado. Cuarenta años después, cuando Muʿāwiya hizo excavar un pozo en Uḥud, el cuerpo de ʿAbdullāh salió junto con otros mártires y seguía completamente intacto. (Ṭabaqāt 3/562; Ḥayāt al-Ṣaḥāba 3/593). También se narró que, tras su martirio, Dios lo devolvió a la vida y le preguntó qué deseaba. Respondió: «Deseo regresar al mundo y ser martirizado otra vez». (Tahḏīb al-Asmāʾ 1/143).

El padre de Ŷābir dejó muchas deudas. Después de su muerte, Ŷābir se preocupó por cómo pagarlas. Solo poseía dos huertos, cuyos frutos no bastaban para cubrirlas. Acudió al Mensajero de Dios y le pidió que hablara con los acreedores judíos para que le perdonaran una parte. El Mensajero les pidió que aceptaran la mitad en dos cuotas durante dos años, pero se negaron. Luego le anunció que iría a su casa en determinado día. Allí hizo la ablución y rezó dos rakʿāt. Después se sentó y llegaron Abū Bakr y ʿUmar. El Mensajero ordenó amontonar y dividir los dátiles, se sentó sobre uno de los montones y Ŷābir comenzó a repartirlos mientras él suplicaba. Por voluntad de Dios, después de pagar todas las deudas quedó una gran cantidad. El Mensajero alabó a Dios y Abū Bakr y ʿUmar se alegraron mucho. (Bulūġ al-Amānī 22/208-209; Ṭabaqāt 3/564).

En el quinto año de la hégira, Ŷābir participó en la expedición de Ḏāt al-Riqāʿ. Montaba un excelente camello que de pronto se detuvo. Mientras intentaba hacerlo avanzar, oyó al Mensajero preguntarle qué ocurría. Le respondió que el camello no caminaba. El Mensajero se acercó, lo golpeó una vez con el látigo y el animal comenzó a avanzar rápidamente, llegando delante de todos. Poco después Ŷābir perdió el camello. El Mensajero le indicó varias veces dónde estaba, pero Ŷābir no logró encontrarlo. Finalmente lo llevó de la mano hasta el animal y le dijo: «Aquí tienes tu camello».

El Mensajero propuso comprárselo. Ŷābir aceptó venderlo sin precio, pero el Mensajero insistió en que debía recibir su valor y que lo montaría hasta Medina. Al llegar, Ŷābir llevó el camello a la puerta del Mensajero. Este lo examinó, ordenó a Bilāl que pesara una uqiyya de oro y añadiera algo más, y después le devolvió tanto el camello como su precio, diciéndole que todo era suyo. Ŷābir regresó muy feliz y se lo contó a su tía. (Bulūġ al-Amānī 22/209-210). En otra versión, el precio acordado fue de cuarenta dirhams. (Tārīj Ibn ʿAsākir 3/387).

El dinero adicional que Ŷābir recibió era una donación del Mensajero. Lo guardó en una bolsa separada, pero durante el incidente de al-Ḥarra los sirios atacaron su casa y la robaron junto con otros bienes. En el gobierno de Yazīd ibn Muʿāwiya hubo en Medina una matanza y un saqueo generalizados. Su principal ejecutor fue Muslim ibn ʿUqba al-Murrī, a quien los medineses llamaban Musrif ibn ʿUqba. Los habitantes de Medina habían rechazado reconocer a Yazīd como califa, expulsado a su gobernador Marwān ibn al-Ḥakam y elegido en su lugar a ʿAbdullāh ibn Ḥanẓala. Ningún compañero notable que viviera entonces aprobó aquella acción.

Ŷābir ya era ciego. Caminaba por las calles de Medina mientras delante de él saqueaban las casas y se cometían atrocidades. Tropezaba con los cadáveres y decía: «¡Perdición para quienes aterrorizan al Mensajero de Dios!». Aludía a la palabra del Mensajero: «Quien aterrorice a Medina habrá aterrorizado lo que hay entre mis dos costados». Los agresores lo apresaron para matarlo, pero Marwān le concedió protección y lo refugió en su casa. (Sīrat Ibn Hišām 2/207).

El camello donado por el Mensajero permaneció con Ŷābir hasta el califato de ʿUmar. Este lo tomó y lo incorporó a los camellos destinados a la caridad, ordenando que recibiera buen alimento y agua agradable. (Tārīj Ibn ʿAsākir 3/387).

Después de Ḏāt al-Riqāʿ tuvo lugar la batalla del Foso. Ŷābir relató que, mientras cavaban, encontraron una roca muy dura que no podían romper. Informaron al Mensajero, quien bajó y la golpeó con un gran hacha hasta hacerla pedazos. Ŷābir observó que llevaba una piedra atada al vientre por el hambre. Pidió permiso para ir a su casa, contó a su esposa lo que había visto y le pidió que cocinara lo que hubiera. Sacrificó un cabrito y convidó al Mensajero a comer. El Mensajero aceptó y anunció a todos los trabajadores del foso que Ŷābir los había invitado. Ŷābir solo había preparado comida para el Mensajero y dos o tres personas, pero todos acudieron. Comieron hasta saciarse y todavía sobró comida. (Buḫārī 2/789). El Mensajero ordenó a la esposa de Ŷābir que comieran las sobras y enviaran parte a quienes seguían hambrientos. (Sīrat Ibn Hišām 2/218-219).

En el sexto año de la hégira tuvo lugar la expedición contra Banū al-Muṣṭaliq, en la que participó Ŷābir. Después se produjo la expedición de Anmār, y también estuvo presente. Ese mismo año el Mensajero partió hacia La Meca para realizar la ʿumra. Ŷābir dijo que eran mil cuatrocientos hombres. Durante ese viaje tuvo lugar el célebre pacto de al-Riḍwān, en el que Ŷābir tuvo el honor de participar. Durante el juramento, ʿUmar sostenía la mano del Mensajero y Ŷābir la de ʿUmar. Ŷābir dijo que todos juraron salvo al-Ŷadd ibn Qays, que se ocultó junto a la axila de su camello. El Mensajero dijo a los participantes: «Sois las mejores personas del mundo». Los demás compañeros decían que habían jurado morir, pero Ŷābir afirmaba: «No juramos morir; juramos no huir». (Sīrat Ibn Hišām 2/315-316).

Durante el regreso se detuvieron en Sُuqyā, donde no había agua. Ŷābir salió con algunos ansār en busca de ella y la encontró a veintitrés millas, en un lugar llamado Qursāyā. Tras traerla en odres, después de la oración de la noche vio a un hombre montado en un camello que se dirigía al estanque: era el Mensajero de Dios. Ŷābir sujetó las riendas, hizo sentarse al camello y el Mensajero bajó para rezar; Ŷābir rezó a su lado. (Musnad 3/380).

En el octavo año, el Mensajero envió una expedición hacia la costa bajo el mando de Abū ʿUbayda. El alimento se agotó y los hombres comenzaron a comer hojas. Un día encontraron en la orilla un enorme pez muerto y lo comieron considerándolo una dádiva de Dios. Era tan grande que el comandante sostuvo erguida una de sus costillas y el camello más alto pasó por debajo. Ŷābir se sentó con otros cinco hombres en la cavidad de uno de sus ojos sin sentir estrechez. Trescientos hombres comieron de él durante quince días. El pez se llamaba ʿAnbar. (Musnad Aḥmad 3/308; Ḥayāt al-Ṣaḥāba 2/208-209).

Los autores de la sīra mencionan la participación de Ŷābir en Ḥunayn y Tabūk. También participó en la peregrinación de despedida del décimo año. Estuvo ausente de la expedición de Jaybar, pero el Mensajero le concedió una parte del botín igual a la de los participantes. En la batalla de Ṣiffīn, ocurrida en el año 37, combatió junto a ʿAlī contra Muʿāwiya.

En el año 40, Busr ibn Arṭāt, gobernador de Muʿāwiya, llegó al Ḥiŷāz y al Yemen y pronunció un discurso en Medina. Declaró que Banū Salama no recibiría protección hasta que Ŷābir se presentara. Ŷābir temía por su vida y consultó a Umm Salama. Ella le dijo que había ordenado a sus hijos prestar juramento de obediencia y que él también debía hacerlo. Ŷābir respondió que sería un juramento de extravío. Ella aclaró que sería un juramento bajo coacción, y esa fue su opinión. Siguiendo su consejo, Ŷābir se presentó ante Busr y juró apoyar el califato de Muʿāwiya.

En el año 74, al-Ḥaŷŷāŷ era gobernador de Medina y ni siquiera los compañeros estaban a salvo de su tiranía. Marcó con un sello a algunos de ellos en el cuello y a Ŷābir en la mano. En su vejez, Ŷābir decía que había presenciado al-ʿAqaba y las acciones de al-Ḥaŷŷāŷ, y que habría preferido perder también los oídos, pues así no habría tenido que escuchar tantas cosas. Al-Ḥaŷŷāŷ dijo que, al oírlo, lamentó no haberlo matado como nunca había lamentado nada. ʿAbdullāh ibn ʿUmar le respondió: «Entonces Dios te habría arrojado al Infierno». (Ansāb al-Ašrāf 1/249).

Al final de su vida, Ŷābir quedó muy débil y perdió la vista. También sufrió la opresión del gobierno. Existe discrepancia sobre el año de su muerte: se mencionan los años 78, 77, 74 y 73 de la hégira. La opinión más conocida es que murió en el año 78, a los noventa y cuatro años. Fue el último de los participantes en la tercera ʿAqaba en abandonar este mundo. (Šaḏarāt al-Ḏahab 1/84; Tārīj Ibn ʿAsākir 3/386; al-Iṣāba 1/248).

Al-Wāqidī afirmó que Ŷābir fue el último compañero del Mensajero en Medina, y Qatāda lo apoyó. El imām al-Baġawī consideró que era una opinión infundada: en realidad, Sahl ibn Saʿd fue el último compañero de Medina en morir, en el año 91. Hasta entonces, Ŷābir era el único superviviente de quienes habían estado presentes en la tercera ʿAqaba. La generación de los compañeros estaba llegando a su fin y quedaban muy pocos. Por ello, su existencia era una misericordia y una bendición para la comunidad musulmana de aquella época.

Ŷābir había sufrido personalmente la tiranía de al-Ḥaŷŷāŷ y, antes de morir, legó que este no dirigiera su oración funeraria. Por ello la dirigió ʿAbd al-Raḥmān ibn ʿUṯmān, hijo de ʿUṯmān. Al-Buḫārī y al-Ṭabarī mencionan que al-Ḥaŷŷāŷ asistió al funeral, mientras que Tahḏīb al-Tahḏīb afirma que él mismo dirigió la oración. (Al-Iṣāba 1/213; Tārīj Ibn ʿAsākir 3/391).

Después del martirio de su padre, Ŷābir se casó con una mujer previamente casada. En un viaje de regreso con el Mensajero, al acercarse a Medina le pidió permiso para llegar antes a su familia, pues se había casado recientemente. El Mensajero le preguntó si había tomado una virgen o una mujer previamente casada. Ŷābir respondió que esta última. El Mensajero le preguntó por qué no había tomado una virgen, para poder jugar y bromear juntos. Ŷābir explicó que su padre había muerto en Uḥud dejándole varias hermanas pequeñas, y que necesitaba una mujer madura que pudiera peinarlas, trenzarles el cabello y coserles la ropa. El Mensajero le dijo: «Has hecho lo correcto». (Buḫārī 2/580; Sīrat Ibn Hišām 2/207). Después Ŷābir contrajo un segundo matrimonio en la tribu de Banū Salama. Sus esposas fueron Suhayla bint Masʿūd, de Banū Ŷufar, y Umm al-Ḥāriṯ, hija del ilustre compañero Muḥammad ibn Maslama. Entre sus hijos se mencionan ʿAbd al-Raḥmān, ʿAqīl, Muḥammad, Ḥamīda, Maymūna y Umm Ḥabīb.

Ŷābir comenzó sus estudios en la escuela del Mensajero de Dios y también aprendió en los círculos de estudio de los destacados alumnos de la madrasa profética. Entre sus maestros estuvieron Abū Bakr al-Ṣiddīq, ʿUmar, ʿAlī, Abū ʿUbayda, Ṭalḥa, Muʿāḏ ibn Ŷabal, ʿAmmār ibn Yāsir, Jālid ibn al-Walīd, Abū Qatāda, Abū Hurayra, Abū Saʿīd al-Judrī, Abū Ḥumayd al-Sāʿidī, ʿAbdullāh ibn Unays y varias mujeres pertenecientes a los primeros musulmanes. (Tahḏīb al-Asmāʾ 1/142).

Su deseo de escuchar y recopilar hadices era tan grande que viajaba durante meses para oír uno solo. Al enterarse de que ʿAbdullāh ibn Unays había escuchado directamente del Mensajero un hadiz sobre la ley del talión, compró un camello y viajó durante un mes hasta Siria. Al llegar, se presentó ante él y le pidió que se lo relatara antes de que uno de los dos muriera. Del mismo modo viajó a Egipto para escuchar un único hadiz sobre la protección del creyente. (Ḥayāt al-Ṣaḥāba 3/196-197).

Tras completar sus estudios, se dedicó a enseñar. Tenía un círculo de estudio en la mezquita del Profeta, al que acudían alumnos de La Meca, Medina, Yemen, Kufa, Basora y Egipto. La difusión del hadiz fue uno de los objetivos de su vida. Transmitió 1540 hadices: 60 concordados por al-Buḫārī y Muslim, 26 transmitidos exclusivamente por al-Buḫārī y 126 exclusivamente por Muslim. Era extremadamente cuidadoso al transmitirlos. En una ocasión se detuvo al pronunciar la expresión «samiʿtu» —«escuché»— y transmitió el hadiz como mawqūf, porque no estaba seguro de haber escuchado todas sus palabras directamente del Mensajero. (Musnad 3/333).

Entre sus célebres alumnos estuvieron Saʿīd ibn al-Musayyib, Abū Salama, Saʿīd ibn Mīnā, ʿĀṣim ibn ʿUmar ibn Qatāda, Abū al-Zubayr, Muḥammad ibn al-Munkadir, al-Šaʿbī, Abū Sufyān Ṭalḥa ibn Nāfiʿ, al-Ḥasan al-Baṣrī, ʿAṭāʾ, Sālim ibn Abī Ŷaʿd, ʿAmr ibn Dīnār, Muŷāhid, Muḥammad al-Bāqir y al-Ḥasan ibn Muḥammad al-Ḥanafiyya. Además de los tābiʿūn, numerosos compañeros narraron hadices de él. Al-Ḏahabī lo incluyó entre los muḥaddiṯūn de la primera categoría.

Ŷābir poseía también un profundo conocimiento de la exégesis y del fiqh. Sus narraciones exegéticas, aunque escasas, son muy fiables. Cuando se le preguntó si todos entrarían en el Infierno, respondió que tanto los virtuosos como los pecadores entrarían en él, pero el fuego no tocaría a los virtuosos; luego los piadosos serían salvados y los injustos permanecerían allí. (Musnad 3/329).

Ṭalāq ibn Ḥabīb negaba la intercesión y debatió con Ŷābir sobre los versículos relativos a la permanencia eterna en el Infierno. Ŷābir le explicó que esos versículos se referían a los politeístas, no a quienes serían castigados y luego liberados, pues el Mensajero había hablado de ellos en sus hadices. (Musnad 3/330).

Ŷābir transmitió que los dos primeros versículos de la sura al-Muzzammil hicieron obligatorio para los musulmanes el qiyām al-layl, hasta que la aleya 20 de la misma sura abrogó esa obligación. Según él, las primeras aleyas reveladas fueron algunas de la sura al-Muddattṯir. En jurisprudencia también tenía gran autoridad y fue uno de los muftíes más importantes de Medina.

La moral islámica se basa en aplicar los límites establecidos por Dios, la emoción de la fe, la valentía para proclamar la verdad, ordenar el bien, amar al Mensajero, seguir la sunna y mostrar compasión hacia los musulmanes. Ŷābir manifestó todas estas cualidades. No distinguía entre amigos y familiares al aplicar los límites de Dios. Estuvo presente cuando se aplicó la lapidación a Māʿiz al-Aslamī y arrojó piedras con sus propias manos. (Musnad 3/381).

Tampoco permitía que la influencia de nadie le apartara de la verdad. Cuando al-Barāʾ ibn ʿĀzib transmitió una versión distinta del hadiz sobre Saʿd ibn Muʿāḏ —diciendo que se había estremecido el lecho, no el Trono—, Ŷābir declaró que la versión correcta era la que hablaba del Trono, sin favorecer a al-Barāʾ pese a la antigua rivalidad entre Aws y Jazraŷ.

Cuando al-Ḥaŷŷāŷ modificó los horarios de la oración, Ŷābir explicó públicamente los horarios practicados por el Mensajero: el ẓuhr después del mediodía, el ʿaṣr mientras el sol permanecía claro, el maġrib al ponerse el sol y el faŷr en la oscuridad. Para el ʿišāʾ esperaba a la gente: si se reunían pronto, rezaba pronto; de lo contrario, lo retrasaba. (Musnad 3/369).

Cuando ʿAbdullāh ibn Ŷābir vendió por tres años los frutos de su huerto, Ŷābir acudió con varias personas a la mezquita y declaró que el Mensajero había prohibido tal transacción: los frutos no podían venderse antes de estar aptos para el consumo. (Musnad 3/395).

Su entusiasmo por seguir al Mensajero era tan grande que lo imitaba incluso en asuntos en los que no era necesario. Al verlo rezar con una sola prenda, rezó del mismo modo. Cuando le preguntaron por qué lo hacía teniendo otras prendas, respondió que quería mostrar que la autorización del Mensajero permitía hacerlo. También acudía a la mezquita de al-Fatḥ para suplicar en el momento en que el Mensajero había recibido la aceptación de su súplica.

Ŷābir amaba profundamente al Mensajero y deseaba sacrificarse por él. En muchas ocasiones procuró complacerlo: le ofreció dátiles de excelente calidad; cuando el Mensajero dijo que había pensado que eran carne, Ŷābir regresó a casa, sacrificó una cabra y cocinó carne. En otra ocasión le ofreció una cabra y, cuando el animal baló, el Mensajero preguntó por qué se agotaban su descendencia y su leche. Ŷābir explicó que todavía era joven y había engordado comiendo dátiles. También lo invitó a comer dátiles, carne y agua. Al despedirse, la esposa de Ŷābir pidió una súplica para ambos y el Mensajero dijo: «Allāhumma ṣalli ʿalayhim», es decir: «Oh Dios, derrama Tu misericordia sobre ellos». (Musnad 3/297, 303; Buḫārī 2/580).

En cierta ocasión el Mensajero pidió perdón por Ŷābir veinticinco veces. Cuando Ŷābir enfermó, el Mensajero lo visitó. Estaba inconsciente; tras realizar la ablución y rociarle agua, recuperó el sentido. Como Ŷābir no tenía hijos y su padre había muerto, preguntó cómo se repartiría su herencia. El Mensajero le respondió hasta que descendió la aleya 176 de la sura al-Nisāʾ, la aleya de al-Kalāla, que explica la herencia de quien muere sin padres ni hijos. (Tārīj Ibn ʿAsākir 3/390; Musnad 3/298, 372).

El Mensajero a veces llevaba a Ŷābir consigo a las invitaciones y otras lo invitaba a su propia casa. Un día lo encontró sentado junto a su casa, lo llamó, lo tomó de la mano y lo llevó al interior. Le ofreció tres trozos de pan con un poco de vinagre y dijo que el vinagre era un excelente condimento. Ŷābir afirmaba que desde aquel día lo amó. (Musnad 3/379, 380).

Cuando el Mensajero necesitaba un préstamo, a veces lo tomaba de Ŷābir. Al devolverlo, añadía algo al capital con satisfacción. Al final de su vida, había llegado una riqueza desde Baréin y el Mensajero prometió darle una parte, pero murió antes de entregársela. Cuando Abū Bakr asumió el califato, anunció que quien tuviera una promesa o un crédito del Mensajero debía acudir a él; así cumplió la promesa hecha a Ŷābir.

Ŷābir sentía profunda compasión por la comunidad musulmana. Un vecino que regresó de un viaje le relató la división, las disputas y las innovaciones que había visto entre la gente. Ŷābir lloró y dijo que el Mensajero había dicho la verdad: así como las personas entran en grupos en la religión de Dios, también saldrán de ella en grupos. (Musnad 3/343).

Vivía a una milla de la mezquita del Profeta y acudía allí cada día para las cinco oraciones. Cuando quedaron libres algunas casas cercanas a la mezquita, Ŷābir y otro miembro de Banū Salama pensaron trasladarse para facilitar la oración. El Mensajero les dijo que cada paso que daban desde sus casas quedaba registrado como recompensa. Aceptaron de corazón sus palabras. Al final de su vida construyó una mezquita junto a su casa.

Ŷābir relató que el Mensajero los envió en una expedición bajo el mando de Abū ʿUbayda. Solo llevaban una bolsa de dátiles. Abū ʿUbayda les daba un dátil al día; lo chupaban como los niños y bebían agua, subsistiendo así hasta la noche. (Ḥayāt al-Ṣaḥāba 1/321).

Durante una marcha por territorio romano, Mālik ibn ʿAbdullāh vio a Ŷābir llevando su mula por las riendas. Le dijo que Dios le había dado una montura y debía subir a ella. Ŷābir respondió que le estaba dando descanso, pues había oído al Mensajero decir que Dios haría ilícito el fuego del Infierno para los dos pies cubiertos de polvo en Su camino. (Ḥayāt al-Ṣaḥāba 1/476-477).

Ŷābir realizó varias veces la peregrinación; los hadices mencionan dos de sus peregrinaciones, una de despedida y otra anterior. Era sencillo y sin pretensiones. Cuando un grupo de compañeros visitó su casa, les envió pan y vinagre y les dijo que comieran en el nombre de Dios. Explicó que, cuando un familiar o amigo visita a alguien, debe ofrecerle lo que tenga sin vacilar, y que el invitado debe comer con satisfacción lo que se le ofrezca, pues la afectación perjudica a ambas partes. (Ḥayāt al-Ṣaḥāba 2/181; Musnad 3/371).

Era sincero y generoso en sus relaciones. Las costumbres y el comportamiento del Mensajero habían arraigado profundamente en su corazón. El pacto de al-Riḍwān se realizó bajo un árbol en al-Ḥudaybiyya. La gente comenzó a rezar allí considerándolo un lugar bendito, pero ʿUmar hizo cortar el árbol. Al año siguiente, dice al-Musayyab ibn Duḫun, ya habíamos olvidado el árbol y el lugar. Ŷābir, sin embargo, lo recordó durante muchos años. Ya ciego, dijo que, si aún tuviera vista, podría mostrar el lugar exacto. Afirmaba que el tratado de al-Ḥudaybiyya era la verdadera victoria mencionada en el Corán. (Buḫārī 2/598-599).

Ŷābir también relató que la noticia de la misión profética del Mensajero llegó por primera vez a Medina mediante un ŷinn. Una mujer de Medina tenía un ŷinn a su servicio. Un día adoptó la forma de un pájaro blanco y se posó en el muro de su casa. La mujer le pidió que bajara para conversar y compartir noticias. Él respondió que en La Meca había aparecido un profeta, que había prohibido la fornicación y les había impedido permanecer en la tierra. (Ḥayāt al-Ṣaḥāba 3/573).

Ŷābir relató que una vez compró carne por un dirham. Al enterarse, ʿUmar fue a verlo y preguntó qué era. Ŷābir respondió que su familia deseaba comer carne. ʿUmar repitió varias veces: «Tu familia deseaba comer carne». Ŷābir llegó a desear que hubiera perdido el dirham o que no se hubiera encontrado con ʿUmar. Según otra versión, ʿUmar le preguntó: «¿Cada vez que tenéis un deseo compráis así?». (Ḥayāt al-Ṣaḥāba 2/302-303).

Así, en las obras de hadiz y de sīra se encuentran numerosos relatos fragmentarios sobre la vida de Ŷābir, y en ellos se ocultan muchas enseñanzas para los musulmanes.

Abu Ayyub al-Ansari (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era Jálid y su kunya, Abu Ayyub. Su padre era Zayd ibn Qulayb al-Najjari al-Jazrayi. Algunos también lo mencionan como al-Maliki, por su relación con Malik ibn Najjar, y como al-Azdi, porque los ansaríes eran de origen azdí. (Da’ira-i Ma’arif-i Islamiyya, urdu, 1/742). Su madre era Hind bint Sa‘d. (Usud al-Gaba, 2/80). Sin embargo, según Ibn Sa‘d, era Zahra bint Sa‘d. (Tabaqat, 3/484). Zahra era prima paterna de Abu Ayyub. Abu Ayyub nació en Yasrib cuarenta años después del ‘Año del Elefante’, es decir, treinta y un años antes de la Hégira. En la historia es conocido por la kunya de Abu Ayyub. (Da’ira-i Ma’arif-i Islamiyya, urdu, 1/742).

La familia de Najjar era una de las familias nobles de Yasrib, y su nobleza aumentó aún más por ser el clan materno del Mensajero de Allah. Abu Ayyub era el jefe o líder de esta noble tribu de Najjar.

El Mensajero de Allah continuaba predicando el islam en La Meca. La situación hostil de La Meca hacia la predicación islámica empeoraba día tras día. Mientras tanto, la predicación del islam también se había extendido en Yasrib. En el décimo año de la profecía, seis personas; en el undécimo, doce; y en el duodécimo, setenta y tres —según otra opinión, setenta y cinco— habitantes de Yasrib, es decir, de Medina, llegaron a La Meca con motivo del peregrinaje, aceptaron el islam estrechando sus manos con el Mensajero de Allah y pronunciaron un juramento. En la historia, estos hechos son conocidos como el Primer, Segundo y Tercer Juramento de ‘Aqaba. Abu Ayyub estuvo presente en este último juramento y regresó a Yasrib después de prestar juramento de fidelidad al Mensajero de Allah. (Usud al-Gaba, 2/80; Tabaqat, 3/484).

No pudo quedarse tranquilo hasta comunicar a los demás la gran verdad que había encontrado. Presentó la invitación al islam a sus parientes cercanos, amigos y familiares. Pronto atrajo también a su esposa a la religión verdadera.

Como varias personas de Medina habían aceptado el islam durante los juramentos de ‘Aqaba, y gracias a los esfuerzos de Mus‘ab ibn ‘Umayr, representante del Mensajero de Allah enviado a Medina, la predicación islámica se extendió allí con gran rapidez. Entretanto, por orden del Mensajero de Allah, muchos musulmanes perseguidos comenzaron a emigrar secretamente de La Meca a Medina. Pero el Noble Mensajero aún permanecía en La Meca, en medio del ambiente hostil de los coraixíes. Finalmente, en el decimotercer año de la profecía, también partió hacia Medina por orden de Allah.

Los habitantes de Medina esperaban con impaciencia la llegada del Gran Profeta. Un grupo de ansaríes —Abu Ayyub era uno de ellos— se dirigía cada mañana a un lugar llamado Harra, situado a unos cuatro o cinco millas de Medina, y esperaba hasta el mediodía mirando hacia la posible ruta de llegada del Mensajero de Allah. Después regresaban. Un día, mientras volvían, un judío vio desde lejos al Mensajero de Allah y les dio la buena noticia. Los ansaríes corrieron rápidamente, armados, para recibir al Gran Profeta. Banu Najjar fue el grupo más adelantado entre ellos.

El Noble Mensajero permaneció algunos días en la aldea de Quba, en las afueras de Medina. Luego decidió dirigirse a la ciudad principal. El día en que emprendió el viaje desde Quba hacia Medina fue el día más glorioso y bendito de la historia de Medina. Los miembros de todas las tribus ansaríes de Medina, incluida Banu Najjar, se alinearon a ambos lados del camino por donde pasaría el Gran Profeta, mientras los jefes tribales esperaban en las puertas de sus respectivas casas. Las muchachas recatadas salieron de sus hogares a las calles, y los esclavos abisinios se entregaron con alegría a demostrar sus habilidades militares. Los niños y niñas de Banu Najjar cantaban juntos el himno de bienvenida «Tala‘a al-Badru ‘Alayna». En medio de aquella espléndida y sagrada bienvenida, el Gran Profeta entró en Medina.

Cada habitante de Medina esperaba con impaciencia para ver quién tendría el honor de hospedar al Gran Profeta. Mientras él avanzaba por el camino, los miembros de las distintas tribus vecinas se acercaban diciendo «Ahlan, sahlan wa marhaban», es decir, «bienvenido», e invitándolo a hospedarse en sus casas. Pero Allah había destinado la casa de Abu Ayyub para hospedar al Gran Profeta. El Mensajero de Allah repetía a quienes intentaban detener a su camella: «Dejadle el camino; ella ha recibido una orden». (Usud al-Gaba, 2/80). El imán Malik dice que en aquel momento el Mensajero de Allah se encontraba en un estado relacionado con la revelación y esperaba la revelación acerca del lugar donde debía apearse. (Siyar al-Ansar, urdu, 1/110).

La camella continuó avanzando hasta que finalmente se sentó en un lugar entre Banu Malik ibn Najjar, donde más tarde se levantaría la puerta de la Mezquita del Profeta. Luego miró a un lado y a otro, se levantó, dio unas vueltas y regresó al lugar anterior, donde volvió a sentarse. El Mensajero de Allah descendió. La casa de Abu Ayyub estaba muy cerca. (Usud al-Gaba, 2/81). Abu Ayyub se acercó y dijo respetuosamente: «Mi casa está cerca. Si me lo permite, puedo bajar las pertenencias del lomo de la montura».

La multitud de quienes deseaban hospedar al Mensajero de Allah aún no había disminuido. Todos anhelaban que fuera su huésped. Finalmente, hicieron entre ellos un sorteo, y salió el nombre de Abu Ayyub. Así, Abu Ayyub tuvo la oportunidad de alcanzar el gran honor de hospedar al Gran Profeta. (Siyar al-Ansar, 1/111).

El Noble Mensajero permaneció aproximadamente seis meses en la casa de Abu Ayyub, hasta que se construyeron la mezquita y su residencia contigua. Abu Ayyub cumplió con la responsabilidad de hospedarlo con gran afecto y humildad. Su casa tenía dos plantas, aunque el techo era muy sencillo. Abu Ayyub destinó la planta superior al Mensajero de Allah. Sin embargo, el Mensajero prefirió la planta baja, pensando en la comodidad propia y en la de quienes acudían a visitarlo.

Así transcurrieron los días. Cierto día, una vasija de agua se rompió en la planta superior y el agua comenzó a correr. Como el techo era muy rudimentario, Abu Ayyub y su esposa, Ummu Ayyub, se inquietaron temiendo que el agua se filtrara abajo y causara molestias al Mensajero de Allah. Solo tenían una manta. La extendieron sobre el agua para absorberla. Inmediatamente bajaron y pidieron al Mensajero de Allah que subiera, expresando su deseo de trasladarse ellos a la planta baja. (Usud al-Gaba, 2/81).

Sin embargo, aquella incomodidad no era lo que realmente les preocupaba. Los dominaba otro temor. Sentían intensamente: «Nosotros arriba y el portador de la revelación abajo». Una noche no pudieron dormir. El marido y la esposa permanecieron encogidos en un rincón de la casa, apenas logrando mantenerse despiertos. Por la mañana, Abu Ayyub se presentó ante el Mensajero de Allah y le relató lo sucedido la noche anterior y sus sentimientos. El Noble Mensajero respetó sus sentimientos, aceptó su petición y subió a la planta superior. (Sirat Ibn Hisham, 1/498; Hayat al-Sahaba, 2/328-329).

Después de la muerte de Abu Ayyub, la casa pasó a manos de su esclavo liberado, Aflah. Cuando sus paredes comenzaron a derrumbarse y amenazaban con dejarla en ruinas, Mugira ibn ‘Abd al-Rahman ibn Hariz ibn Hisham la compró a Aflah por mil dinares y la restauró. Aflah distribuyó ese dinero entre los pobres y necesitados de Medina. (Sirat Ibn Hisham, 1/498, nota 3).

Mientras el Noble Mensajero permaneció en la casa de Abu Ayyub, normalmente los ansaríes, por turnos, o el propio Abu Ayyub le enviaban comida. Después de comer, el Mensajero enviaba a Abu Ayyub lo que sobraba. Abu Ayyub observaba las huellas de los dedos del Mensajero en el plato y comía del mismo lado del que él había comido. Un día, el Mensajero devolvió toda la comida sin haberla tocado. Con timidez y vacilación, Abu Ayyub se presentó ante él y preguntó por qué no había comido. El Mensajero respondió: «Había ajo en la comida. No me gusta el ajo, pero vosotros podéis comerlo». Abu Ayyub dijo: «Lo que a usted no le gusta, tampoco me gustará a mí». (Muslim, 2/198; Sirat Ibn Hisham, 1/499; Usud al-Gaba, 2/81).

Después de la Hégira, el Noble Mensajero reunió a los ansaríes y a los emigrantes en la casa de Anas. Según sus gustos, posición social, inclinaciones y demás características, estableció entre cada emigrante y cada ansarí una relación de hermandad religiosa, llamada mu’ajat. Abu Ayyub fue unido en hermandad con Mus‘ab ibn ‘Umayr al-Qurashi, el primer predicador del islam en Yasrib. (Tabaqat, 3/484).

Mus‘ab era un compañero entusiasta, lleno de energía vital. En el camino de la predicación islámica afrontó muchas pruebas difíciles. Antes de la emigración del Mensajero de Allah a Medina, fue enviado allí como el primer predicador. El significado de establecer una relación de hermandad entre él y Abu Ayyub era que Abu Ayyub también poseía un entusiasmo y un fervor semejantes a los de Mus‘ab. Los acontecimientos posteriores de su vida demostraron la verdad de ello.

Abu Ayyub participó junto al Mensajero de Allah en todas las batallas y expediciones, incluidas Badr, Uhud, Jandaq y el Juramento de Ridwan. (Usud al-Gaba, 2/80; al-Isaba, 1/405). Verdaderamente, había vendido su vida y sus bienes a Allah, Señor de los mundos. Después del fallecimiento del Noble Mensajero, no se apartó de ninguna de las guerras que tuvieron lugar durante la época de los califas, a pesar de miles de dificultades y sufrimientos. Su consigna, de día y de noche, en público y en privado, era siempre la palabra de Allah: «Infiru jifafan wa ziqalan»: «Salid al combate, ligeros o pesados». (At-Tawba, 41). Es decir: solos o en grupo, con entusiasmo o sin fuerzas, en la juventud o en la vejez, en la abundancia o en la pobreza; en resumen, en cualquier estado. (Fath al-Qadir, 2/263). Solía decir: «Siempre me he encontrado ligero y pesado». (Hayat al-Sahaba, 1/457-458; Tabaqat, 3/485).

Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, solo una vez dejó de salir de su casa. En aquella guerra, el califa nombró comandante a un joven de poca edad, y Abu Ayyub no pudo sentirse satisfecho con su liderazgo. Según los especialistas en biografía, aquel comandante era Yazid ibn Mu‘awiya. Sin embargo, Abu Ayyub no pudo permanecer mucho tiempo en casa. Se debatió en la duda y la indecisión y se consumió de arrepentimiento. En poco tiempo tomó una decisión. Se dijo a sí mismo: «¿Qué me importa quién sea mi comandante?». Sin perder un instante después de aquel pensamiento, salió inmediatamente de su casa. Consideraba el hecho de vivir como soldado del ejército islámico y mantener elevada la dignidad del islam luchando bajo su bandera como el mayor logro de su vida. (Rijal hawla ar-Rasul, 406; Hayat al-Sahaba, 1/458).

Con el propósito del yihad viajó a los tres continentes: Asia, África y Europa. (Da’ira-i Ma‘arif-i Islamiyya, 1/743).

En el año 35 de la Hégira, cuando el califa ‘Uzman fue sitiado por los rebeldes, Abu Ayyub se encontraba en Medina. Durante aquel período de calamidad, a veces dirigía la oración en la Mezquita del Profeta. En el momento crítico de conflicto y enfrentamiento entre ‘Ali y Mu‘awiya, Abu Ayyub apoyó sin vacilar a ‘Ali. Según él, ‘Ali era el imán y los musulmanes le habían jurado obediencia. (Rijal hawla ar-Rasul, 407). Según Ibn al-Azir, participó junto a ‘Ali en todas las batallas. (Usud al-Gaba, 2/81). Mas‘udi, en su obra Muruy adh-Dhahab, menciona que en el año 36 de la Hégira participó junto a ‘Ali en la Batalla del Camello. Ibn ‘Abd al-Barr apoyó el relato de Mas‘udi en su obra al-Isti‘ab. Sin embargo, no se sabe que ningún historiador anterior a Mas‘udi, historiador del siglo IV de la Hégira, haya mencionado que Abu Ayyub participara en la Batalla del Camello.

Participó en la batalla de Nahrawan, emprendida contra los jariyíes. Antes de la batalla, Abu Ayyub fue uno de quienes intentaron reconciliarse con los jariyíes. Acompañó a ‘Ali a Mada’in. ‘Ali tenía una profunda confianza en él. Cuando la capital del califato fue trasladada de Medina a Kufa, llamada Dar al-Jilafa, ‘Ali dejó a Abu Ayyub como su representante en Medina. Abu Ayyub desempeñó entonces el cargo de gobernador de Medina. (Siyar al-Ansar, 1/111; Da’ira-i Ma‘arif-i Islamiyya, urdu, 1/743).

En el momento del martirio de ‘Ali, Abu Ayyub se hallaba en Medina. Después, Mu‘awiya asumió el califato. Abu Ayyub no era un hombre que buscara ganancias mundanas. Su único deseo era obtener un pequeño lugar en el campo del yihad y en las filas de los muyahidin. En el año 42 de la Hégira aumentaron las expediciones musulmanas contra los romanos bizantinos. En esa ocasión participó en el yihad bajo el mando de ‘Abd al-Rahman, hijo de Jálid ibn al-Walid. Tenía entonces setenta y cinco años. En el mismo año viajó a Egipto para participar en una expedición naval.

El Noble Mensajero había anunciado la futura conquista de Constantinopla, la fortaleza de los romanos bizantinos. Los emires musulmanes siempre deseaban saber por medio de quién se realizaría aquella conquista. En el año 52 de la Hégira, según otra opinión en el 49, Mu‘awiya declaró el yihad contra los romanos. Nombró comandante a su hijo Yazid y le ordenó sitiar Constantinopla. Abu Ayyub se incorporó a aquel ejército como un soldado común, junto a compañeros distinguidos como Ibn ‘Umar, Ibn ‘Abbas e Ibn az-Zubayr.

A aquella campaña se unieron distintas unidades militares procedentes de varias regiones del califato musulmán, entre ellas Egipto y Siria. El comandante de la unidad egipcia era el célebre compañero ‘Uqba ibn ‘Amir al-Yuhani, gobernador de Egipto. También se incorporaron dos unidades bajo el mando de Fudala ibn ‘Ubayd y de ‘Abd al-Rahman ibn Jálid ibn al-Walid.

Los romanos se prepararon plenamente y avanzaron para luchar contra el ejército musulmán. Los musulmanes tampoco carecían de preparación. Su número era aproximadamente igual al del enemigo. El entusiasmo y el fervor de los soldados musulmanes eran tan intensos que, en ciertos casos, un solo soldado musulmán luchaba contra una fila entera de romanos. En una ocasión, un soldado musulmán penetró solo en las filas romanas y se introdujo en medio de ellas. Al ver su audacia, los demás musulmanes exclamaron al unísono este versículo del Corán: «La tulqu bi aydikum ila at-tahlukah»: «No os arrojéis con vuestras propias manos a la destrucción». (Al-Baqara, 195).

Al escuchar aquello, Abu Ayyub se adelantó y dijo: «¿Habéis entendido así el significado del versículo? Este versículo fue revelado en relación con el propósito y la actitud de los ansaríes respecto al comercio. Una vez, los ansaríes dijeron: “El año pasado sufrimos pérdidas comerciales por participar en el yihad; este año debemos compensarlas”. En ese contexto fue revelado el versículo. Su significado es que la destrucción no está en el yihad, sino en abandonar el yihad y ocuparse de acumular riquezas adicionales». (Siyar al-Ansar, 1/112; Hayat al-Sahaba, 1/470-471, 458-459; Tabaqat, 3/484-485).

Durante el viaje de aquella expedición a Constantinopla apareció una epidemia. Muchos muyahidin murieron a causa de ella, y Abu Ayyub también fue afectado. Se encontraba en el lecho de su enfermedad final. Yazid ibn Mu‘awiya, comandante del ejército musulmán, fue a visitarlo por última vez. Le preguntó: «Abu Ayyub, ¿desea algo? Intentaré cumplir su última voluntad».

Pero ¿qué podía desear en este mundo perecedero quien había vendido todo lo que poseía a cambio del Paraíso? Lo que pidió a Yazid en el último momento de su vida no podía imaginarlo ninguna persona. Dijo serenamente: «Cuando muera, colocad mi cuerpo sobre un caballo, llevadlo lo más lejos posible dentro del territorio enemigo y enterradlo en el extremo más avanzado. Conducid rápidamente al ejército musulmán por este camino, de modo que los cascos de sus caballos pasen sobre mi tumba y yo pueda saber que han obtenido la ayuda y la victoria que buscan». (Rijal hawla ar-Rasul, 407; al-Isaba, 1/405).

Después de la muerte de Abu Ayyub, se cumplió su última voluntad. Una noche, el ejército musulmán, armado, levantó el cadáver y lo enterró junto a las murallas de Constantinopla, la actual Estambul. Todos los miembros del ejército musulmán participaron en su oración funeraria. Temiendo que los no creyentes profanaran su tumba, Yazid la niveló con el suelo.

A la mañana siguiente, los romanos preguntaron a los muyahidin musulmanes: «Anoche os vimos muy ocupados. ¿Qué ocurrió?». Ellos respondieron: «Ha muerto un compañero muy honorable de nuestro Profeta y estábamos ocupados con su entierro. Sabéis dónde ha sido enterrado. Si su tumba es profanada, sabed que en ningún lugar del vasto califato islámico volverán a sonar vuestras campanas». (Siyar al-Ansar, 1/113).

La tumba de Abu Ayyub, cerca de Estambul, continúa siendo hoy un lugar de peregrinación para personas de todas las razas y religiones. Durante las épocas de hambre y sequía, los romanos se reunían cerca de su tumba, pedían la misericordia de Allah y suplicaban agua. (Da’ira-i Ma‘arif-i Islamiyya, 1/745; Usud al-Gaba, 2/82).

Existe discrepancia acerca del año de la muerte de Abu Ayyub. Ibn al-Azir menciona tres opiniones en Usud al-Gaba (2/81): los años 50, 51 y 52 de la Hégira. Sin embargo, comenta que la opinión de la mayoría es que murió en el año 52. Según una opinión mencionada por Ibn ‘Asakir, murió en el año 55. Tenía aproximadamente ochenta años al morir.

En los libros de hadices y de biografías se encuentran numerosos relatos sobre la virtud y la dignidad de Abu Ayyub. Se conocen muchos acontecimientos de su vida que contienen grandes enseñanzas. No es posible describirlos detalladamente en este breve artículo.

Ibn ‘Abbas relata: «En un día de calor intenso, exactamente al mediodía, Abu Bakr salió de su casa y se dirigió a la mezquita. Al verlo, ‘Umar le preguntó:

—¿Por qué has salido a una hora tan inoportuna?

—¿Qué podía hacer? El hambre insoportable me ha obligado a salir.

—Por Allah, yo me encuentro en la misma situación.

Antes de que terminaran de hablar, el Noble Mensajero llegó allí, los vio y les dijo:

—¿Qué os ocurre? ¿Qué hacéis aquí a esta hora?

—Hemos salido de nuestras casas por el hambre.

El Mensajero dijo:

—Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que yo tampoco he podido permanecer en casa por el hambre. Venid conmigo.

Los tres caminaron hasta llegar a la puerta de la casa de Abu Ayyub. Abu Ayyub tenía la costumbre de preparar cada día comida para el Noble Mensajero. Si este se retrasaba o no comía, los miembros de su familia la repartían entre ellos. Al oír la llegada de los tres, Ummu Ayyub, la esposa de Abu Ayyub, salió y dijo:

—¡Bienvenidos sean el Mensajero de Allah y sus dos compañeros!

—¿Dónde está Abu Ayyub?

Abu Ayyub estaba trabajando en su huerto de palmeras, muy cerca. Al oír la voz del Mensajero de Allah, corrió hacia ellos diciendo:

—Oh, Mensajero de Allah, no es habitual que vengas a esta hora.

—Tienes razón.

Abu Ayyub corrió al huerto, cortó un racimo de dátiles secos, maduros y verdes, y lo llevó. El Mensajero dijo:

—No te pedí que cortaras esto.

—Mi mayor deseo es que comáis algunos dátiles secos, maduros y verdes. Ahora mismo sacrificaré una cabra para vosotros.

El Mensajero dijo:

—Si sacrificas una, no sacrifiques una cabra que esté dando leche.

Abu Ayyub sacrificó una cabra que no daba leche y dijo a su esposa:

—Asa la carne y prepara pan. Tú sabes preparar bien el pan.

Abu Ayyub se puso a cocinar la mitad de la cabra. Cuando terminó, presentó la comida ante el Mensajero de Allah y sus dos compañeros. El Mensajero tomó un trozo de carne, lo puso sobre un pedazo de pan y dijo:

—Abu Ayyub, lleva rápidamente este trozo a Fátima. Hace mucho que no ve una comida como esta.

Todos comieron hasta saciarse. Luego el Mensajero dijo: «Pan, carne, dátiles secos, dátiles maduros y semimaduros». Sus ojos se llenaron de lágrimas. Después dijo:

«Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que el Día de la Resurrección se os preguntará acerca de esta bendición. Cuando recibáis una bendición como esta, comenzad a comer diciendo “Bismillah” y, después de comer hasta saciaros, decid: “Alhamdulillah alladhi ashba‘ana wa an‘ama ‘alayna fa afdala”».

Cuando el Mensajero de Allah se disponía a marcharse, dijo a Abu Ayyub:

—Ven a verme mañana.

Al día siguiente, Abu Ayyub se presentó ante el Mensajero de Allah. Este le entregó una pequeña esclava y le dijo:

—Abu Ayyub, trátala bien. Mientras estuvo con nosotros no vimos en ella otra cosa que bondad.

Abu Ayyub regresó a su casa acompañado de la muchacha. Su esposa preguntó:

—Padre de Ayyub, ¿quién es esta?

—El Mensajero de Allah nos la ha regalado.

—El donante es grandioso y el regalo también es honorable —comentó su esposa.

—El Mensajero de Allah me ha recomendado tratarla bien.

—¿Cómo cumplirás esa recomendación?

—No existe mejor manera de cumplir la recomendación del Mensajero de Allah que liberarla.

—Has recibido la guía correcta. Eres una persona favorecida por la ayuda de Allah.

Después de esto, liberaron a la muchacha. (Suwar min Hayat as-Sahaba, 1/124-130; Hayat al-Sahaba, 1/308-310).

La noche en que el Mensajero de Allah consumó por primera vez su matrimonio con Safiyya bint Huyayy, una de las Madres de los Creyentes, Abu Ayyub permaneció toda la noche, sin que nadie lo supiera, ante la puerta del Mensajero de Allah, con una espada desenvainada en la mano. Al amanecer, el Mensajero salió y vio a Abu Ayyub. Abu Ayyub dijo:

—Oh, Mensajero de Allah, has matado a su padre, a su hermano y a su esposo; por eso no me sentía seguro de que estuvieras a salvo.

Al oírlo, el Mensajero sonrió y suplicó por él. (Ansab al-Ashraf, 1/443; Hayat al-Sahaba, 2/663).

Su posición entre los compañeros era tan elevada que otros compañeros le consultaban acerca de diversos asuntos. Compañeros distinguidos como Ibn ‘Abbas, Ibn ‘Umar, al-Bara ibn ‘Azib, Anas ibn Malik, Abu Umama, Zayd ibn Jálid al-Yuhani, Miqdam ibn Ma‘dikarib, Yabir ibn Samura y ‘Abdullah ibn Yazid al-Jatami narraron hadices a través de él. También fueron sus discípulos destacados tabi‘íes como Sa‘id ibn al-Musayyib, ‘Urwa ibn az-Zubayr, Salim ibn ‘Abdullah, ‘Ata ibn Yasar, ‘Ata ibn Yazid al-Layzi, Abu Salama y ‘Abd ar-Rahman ibn Abi Layla. Todos ellos narraron hadices a través de él. (Usud al-Gaba, 2/81; al-Isaba, 1/405).

Abu Ayyub era una figura central entre los compañeros. Cuando surgía una discrepancia entre ellos sobre alguna cuestión, todos acudían a él. En cierta ocasión, Ibn ‘Abbas y al-Miswar ibn Majrama discreparon acerca de si era lícito frotarse la cabeza con la mano al realizar el baño de janaba mientras se estaba en estado de ihram. Enviaron a ‘Abdullah ibn Hunayn a Abu Ayyub para conocer el asunto. Cuando ‘Abdullah llegó, Abu Ayyub se estaba bañando. Al enterarse del propósito de su visita, sacó la cabeza fuera, se la frotó y dijo: «Mira, así se bañaba el Mensajero de Allah». (Bujari, 1/248).

Durante el califato del emir Mu‘awiya, cuando ‘Uqba ibn ‘Amir al-Yuhani era gobernador de Egipto, Abu Ayyub visitó Egipto dos veces. El primer viaje fue en busca de un hadiz. Había oído que ‘Uqba narraba un hadiz del Mensajero de Allah. Para escuchar aquel único hadiz directamente de ‘Uqba, recorrió el largo camino desde Medina hasta Egipto. Al llegar, fue a la casa de Maslama ibn Majlad. Maslama lo recibió con alegría y lo abrazó. Abu Ayyub le dijo: «Muéstrame, por favor, la casa de ‘Uqba».

Cuando llegaron, dijo a ‘Uqba: «Quiero preguntarte algo. Entre los compañeros del Mensajero de Allah que estaban presentes entonces, aparte de tú y yo, ya no queda ninguno con vida. ¿Qué escuchaste decir al Mensajero de Allah acerca de la intimidad del musulmán, del “satr al-muslim”?».

‘Uqba respondió: «Escuché al Mensajero de Allah decir: “Quien oculte en este mundo un asunto privado de un creyente, Allah ocultará sus faltas y defectos el Día de la Resurrección”».

Al escuchar esto, Abu Ayyub emprendió el regreso a Medina. No se detuvo a descansar ni siquiera después de dejar su montura. Más tarde solía narrar el hadiz de esta manera. (Hayat al-Sahaba, 3/198; Musnad del imán Ahmad, 4/154).

El deseo de Abu Ayyub de adquirir conocimiento y difundirlo era tan intenso que no dejó de hacerlo ni siquiera en el lecho de muerte. Después de su fallecimiento, dos hadices fueron difundidos entre la gente mediante un anuncio general. (Musnad Ahmad, 5/414).

Abu Ayyub era un hafiz del Corán. Ibn Sa‘d relata que, durante la época del Mensajero de Allah, cinco ansaríes reunieron y memorizaron el Corán: Mu‘adh ibn Yabal, ‘Ubada ibn Samit, Ubayy ibn Ka‘b, Abu Ayyub y Abu Darda.

Durante el califato del segundo califa, ‘Umar, Yazid ibn Abi Sufyan le escribió: «Los habitantes de Siria recitan el Corán de diversas maneras. Envíales algunos maestros eruditos que puedan enseñarles correctamente el Corán». Al recibir la carta, ‘Umar convocó a los cinco mencionados. Cuando se presentaron, les dijo: «Vuestros hermanos de Siria me han pedido ayuda para enseñar el Corán. Que al menos tres de vosotros nos ayudéis en este asunto. Si queréis, podéis participar todos».

Ellos respondieron al llamado del califa. Dijeron: «Abu Ayyub está debilitado por la edad y Ubayy ibn Ka‘b está enfermo». Entonces los otros tres se prepararon para partir. (Hayat al-Sahaba, 3/195).

Los libros de biografía mencionan que se narraron ciento cincuenta hadices de Abu Ayyub. Sin embargo, el autor de Yala al-Qulub afirma que el número de hadices narrados por él es de doscientos diez, cinco de los cuales son aceptados por Bujari y Muslim. El imán Ahmad recopiló en el quinto volumen de su Musnad, entre las páginas 412 y 423, ciento doce hadices, y en las páginas 113-114, algunos otros hadices narrados por él. (Da’ira-i Ma‘arif-i Islamiyya, urdu, 1/745).

En el carácter de Abu Ayyub destacaban especialmente tres cualidades: 1. un profundo amor por el Mensajero de Allah; 2. fervor y entusiasmo de fe; 3. decir la verdad.

Amó al Mensajero de Allah con tanta profundidad que, después de su fallecimiento, acudía a la Noble Tumba y permanecía allí. La prueba de su fervor y firmeza de fe es que no estuvo ausente de ninguna batalla librada durante la época del Mensajero de Allah. Y al final de su vida, incluso a los ochenta años, cruzó el mar romano por la ruta de Egipto y viajó hasta las cercanías de las murallas de Estambul para cumplir con la responsabilidad de la predicación islámica.

Nunca dejó de decir la verdad por temor a ninguna persona ni a ningún Estado. En cierta ocasión, ‘Uqba ibn ‘Amir al-Yuhani, gobernador de Egipto y compañero del Profeta, retrasó un poco la oración del magrib por estar ocupado en un asunto. Abu Ayyub se levantó y le preguntó: «Ma hadhihis-salatu ya ‘Uqba? —Oh, ‘Uqba, ¿qué clase de oración es esta?».

‘Uqba respondió: «Me retrasé porque estaba ocupado en un asunto». Abu Ayyub le dijo: «Eres compañero del Mensajero de Allah. Con tu conducta, la gente pensará que el Mensajero de Allah realizaba la oración a esta hora, aunque insistió mucho en que la oración del magrib se realizara pronto». (Musnad Ahmad, 5/417).

Abu Ayyub observaba plenamente las normas islámicas y esperaba que los demás también las observaran. Si advertía en alguien la menor desviación, la corregía. En cierta ocasión, ‘Abd ar-Rahman, hijo de Jálid ibn al-Walid, mató en una batalla a cuatro prisioneros después de atarles las manos y los pies. Al enterarse, Abu Ayyub le dijo: «El Mensajero de Allah prohibió matar de esta manera, como se mata a un animal. Yo ni siquiera apruebo sacrificar así una gallina». (Musnad Ahmad, 5/422).

Durante una guerra contra los romanos, había numerosos prisioneros de guerra en un barco bajo la supervisión de un oficial. Un día, Abu Ayyub vio que una prisionera lloraba con gran desesperación. Preguntó por la razón. Le respondieron: «La han separado de su hijo». Abu Ayyub tomó al niño de la mano y lo devolvió a su madre. El oficial presentó una queja contra Abu Ayyub ante el comandante. Cuando este le preguntó por qué había actuado así, Abu Ayyub respondió: «El Mensajero de Allah prohibió causar este tipo de sufrimiento». (Musnad Ahmad, 5/412).

Fue a Siria y a Egipto y vio que allí las letrinas estaban construidas orientadas hacia la qibla. Repetía una y otra vez: «¿Qué puedo decir? Aquí han construido las letrinas orientadas hacia la qibla, aunque el Mensajero prohibió hacerlo». (Musnad Ahmad, 5/412).

Salim ibn ‘Abdullah ibn ‘Umar relata: «Durante la vida de mi padre, ‘Abdullah ibn ‘Umar, se celebró una boda en nuestra casa. Mi padre invitó también a Abu Ayyub junto con otras personas. Cubrieron las paredes de nuestra casa con hermosas telas verdes. Abu Ayyub llegó, levantó la cabeza y miró una vez. Luego dijo seriamente:

—‘Abdullah, ¿habéis cubierto las paredes?

Mi padre respondió avergonzado:

—Abu Ayyub, las mujeres nos han vencido.

Abu Ayyub dijo:

—Tengo ese temor respecto a todos, pero no lo tenía respecto a ti. No entraré en tu casa ni comeré.

(Hayat al-Sahaba, 2/305).

El episodio de la calumnia contra ‘Aisha demuestra cuán elevado era el carácter de Abu Ayyub. Su actitud en aquel incidente, conocido como al-Ifk, fue sumamente correcta. Un día, su esposa le preguntó:

—Abu Ayyub, ¿has oído lo que la gente está diciendo acerca de ‘Aisha?

—Sí, lo he oído. Es una mentira evidente. Ummu Ayyub, ¿podrías hacer algo así?

—¡Por Allah! Jamás podría hacer algo semejante.

Abu Ayyub dijo:

—Entonces, ¿cómo podría hacerlo ‘Aisha, que es mejor que tú?

(Sirat Ibn Hisham, 2/302).

Durante la guerra de Constantinopla, un soldado musulmán invitó un día a Abu Ayyub a comer en su barco. Abu Ayyub acudió y dijo: «Me habéis invitado, aunque hoy estoy ayunando. No tenía otra opción que aceptar vuestra invitación, pues escuché al Mensajero de Allah decir: “Un musulmán tiene seis derechos sobre otro musulmán. Si deja uno de ellos, habrá abandonado uno de esos derechos: 1. saludarlo cuando se encuentren; 2. aceptar su invitación cuando lo invite; 3. responderle ‘yarhamuk Allah’ cuando estornude y diga ‘al-hamdulillah’; 4. visitarlo cuando esté enfermo; 5. participar en su oración funeraria cuando muera; 6. aconsejarlo cuando pida consejo”». (Hayat al-Sahaba, 2/505).

Abu Ayyub era extremadamente recatado. Incluso cuando se bañaba junto a un pozo, colocaba telas alrededor para cubrirse por todos lados. (Bujari, 1/248).

Era muy severo con los incrédulos y los hipócritas. Esta severidad se manifestó de diversas maneras en distintas ocasiones. En aquella época, los hipócritas de Medina acudían a la mezquita y escuchaban atentamente las conversaciones de los musulmanes. Luego salían y se burlaban de la religión de los musulmanes. Un día, varios hipócritas se reunieron en la Mezquita del Profeta. Mientras estaban muy juntos, conspirando en voz baja, el Mensajero los vio. Ordenó que fueran expulsados de la mezquita.

Abu Ayyub corrió inmediatamente, agarró a ‘Amr ibn Qays por una pierna y lo arrastró fuera de la mezquita. Mientras lo arrastraba, ‘Amr gritaba: «Abu Ayyub, ¿me estás sacando así del mirbad de Banu Za‘laba?». Antes de que se construyera la mezquita, aquel lugar había sido un corral de camellos y cabras.

Después, Abu Ayyub se dirigió hacia Rafi‘ ibn Wadi‘a, le enrolló la capa alrededor del cuello y lo sacó de la mezquita arrastrándolo, golpeándolo y dándole patadas. Mientras lo arrastraba, Abu Ayyub decía: «¡Aléjate, hipócrita malvado! Regresa por el camino por el que viniste». (Sirat Ibn Hisham, 1/528).

Por la manera en que Abu Ayyub y su esposa dieron refugio al Mensajero de Allah y lo sirvieron con toda su vida, alcanzaron una posición especial de honor, especialmente ante los miembros de la familia del Profeta y, en general, ante todos los musulmanes. Durante el califato de ‘Ali, Ibn ‘Abbas era gobernador de Basora. En cierta ocasión, Abu Ayyub fue allí. Ibn ‘Abbas le dijo: «Deseo vaciar hoy mi casa para ti, del mismo modo que tú vaciaste tu casa para el Mensajero de Allah». Dicho esto, trasladó a todos los miembros de su familia a otro lugar y dejó la casa, con todos sus muebles y pertenencias, para que Abu Ayyub se alojara en ella. (Hayat al-Sahaba, 1/405).

Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, se fijaron las asignaciones de los compañeros según sus servicios y sacrificios anteriores. La asignación de Abu Ayyub fue establecida inicialmente en cuatro mil dirhams. ‘Ali la aumentó a veinte mil. Para cultivar sus tierras había inicialmente ocho esclavos; ‘Ali aumentó su número a cuarenta.

La afortunada esposa de Abu Ayyub se llamaba Ummu Hasan bint Zayd. Era una noble mujer ansarí. Según el relato de Ibn Sa‘d, de ella nació su único hijo, ‘Abd ar-Rahman.

Aunque la vida de Abu Ayyub transcurrió en los campos de batalla y no tuvo ocasión de bajar la espada de su hombro para descansar, aquella vida era serena como la suave y fresca brisa de la mañana. Esto se debía a que había escuchado de labios del Mensajero de Allah: «Cuando realices la oración, hazla como si fuera la última que vas a realizar. No pronuncies jamás una palabra por la que después tengas que rendir cuentas. Nunca esperes obtener lo que está en manos de la gente».

Su lengua nunca se descontroló en una disputa o discusión. Ningún deseo mundano pudo dominar su corazón. Como un adorador devoto, como alguien que en ese mismo instante se despide del mundo, pasó toda su vida. (Rijal hawla ar-Rasul, 408).

Sa‘d ibn Mu‘adh (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Sa‘d; su kunya, Abu ‘Amr, y su laqab o título, Sayyid al-Aws. Era descendiente de la rama de Abd al-Ashhal, perteneciente a la célebre tribu de Aws de Medina. Su padre se llamaba Mu‘adh ibn Nu‘man y su madre, Kabsha —según otra opinión, Qubaysha bint Rafi‘—, prima del célebre compañero Abu Sa‘id al-Judri. Su padre, Mu‘adh, murió todavía en la época de la ignorancia. Sin embargo, su madre Kabsha abrazó la fe después de la Hégira y vivió muchos años incluso después de la muerte de Sa‘d. Entre toda la tribu de Aws, la rama de Abd al-Ashhal era la más noble, y el liderazgo hereditario estaba en sus manos. Sa‘d fue un dirigente de gran talla en su época. (Véase: Sira de Ibn Hisham, 2/252; Usd al-Gaba, 2/296; Tabaqat, 3/420; Tahdhib al-Tahdhib, 3/481.) No se dispone de información precisa sobre el año de su nacimiento.

Aunque, después del Primer Juramento de al-‘Aqaba, la influencia del islam comenzó a extenderse en Medina, en realidad estaba vinculada a la personalidad de Mus‘ab ibn ‘Umayr. Después del juramento de al-‘Aqaba, a petición de los medineses, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, envió a Mus‘ab a Medina con la responsabilidad de ser un da‘i del islam, es decir, un predicador. En la historia del islam se le reconoce como un da‘i exitoso. Mediante esfuerzos incansables hizo llegar el mensaje del islam a los oídos de todos los habitantes de Medina.

Cuando Mus‘ab llegó a Medina y comenzó a invitar al islam, Sa‘d ibn Mu‘adh era uno de sus más acérrimos opositores. Esta situación no duró mucho. Muy pronto también él respondió a la invitación de Mus‘ab. Ibn Ishaq narró así el relato de su conversión:

Un día, As‘ad ibn Zurarah fue con Mus‘ab ibn ‘Umayr, el da‘i enviado por el Mensajero de Allah, a realizar la labor de predicación entre las tribus de Banu Abd al-Ashhal y Banu Zafar. Se sentaron sobre un muro, junto a un pozo llamado Maraqq. Algunas personas que ya habían abrazado el islam se reunieron a su alrededor. En aquel momento, Sa‘d ibn Mu‘adh y Usayd ibn Hudayr eran ambos dirigentes de Banu Abd al-Ashhal, aunque todavía eran idólatras. Cabe señalar que Sa‘d era primo materno de As‘ad ibn Zurarah.

Cuando la noticia llegó a oídos de Sa‘d y Usayd, Sa‘d dijo inmediatamente a Usayd: «¡Que tu padre perezca! Ve ahora mismo a esos dos hombres. Han irrumpido en nuestro barrio para engañar a nuestros débiles. Expúlsalos y prohíbeles volver a transitar por este camino. Si aquel segundo hombre no estuviera acompañado por mi primo materno As‘ad ibn Zurarah, no te enviaría: iría yo mismo. No sería apropiado que me presentara ante él».

Usayd se armó y fue hacia ellos. El resultado fue exactamente el contrario. Al ir a expulsarlos, él mismo se dejó influir por sus palabras y aceptó el islam. Dijo a Mus‘ab y a As‘ad: «He dejado detrás de mí a un hombre que, si escucha vuestras palabras, hará que nadie de la tribu se mantenga alejado de vosotros. Ahora mismo os enviaré a Sa‘d ibn Mu‘adh». Dicho esto, regresó hacia su tribu.

Sa‘d estaba sentado en una reunión tribal. Al ver regresar a Usayd, comentó: «Juro por Allah que Usayd vuelve ante vosotros con un rostro diferente del que tenía cuando se marchó». Cuando Usayd se acercó, Sa‘d le preguntó: «¿Qué has hecho?». Usayd respondió: «He hablado con los dos. No he visto en ellos nada particularmente malo. Aun así, les prohibí venir aquí, y ellos dijeron: “Se hará lo que consideréis conveniente”. Sin embargo, he oído que los hombres de Banu Haritha han salido con intención de matar a As‘ad ibn Zurarah. Ellos saben que As‘ad es tu primo materno».

Sa‘d se levantó de inmediato, excitado, tomó su lanza y corrió hacia los dos hombres. Cuando se aproximó y los vio sentados con absoluta calma y serenidad, comprendió que Usayd lo había engañado para que escuchara sus palabras. Mientras los insultaba, dijo a As‘ad: «Escucha, Abu Usama. Si no existiera entre tú y yo un vínculo de parentesco, no te hablaría tanto. Has venido a nuestro barrio a hacer precisamente lo que no aprobamos».

Al ver que Sa‘d se acercaba, As‘ad había dicho a Mus‘ab: «¡Mus‘ab! Se acerca a ti un jefe tribal. Si este hombre acepta tus palabras, ni siquiera dos personas de la tribu podrán mantenerse alejadas de ti». Mus‘ab dijo a Sa‘d con gran suavidad: «¿Te sentarás un momento para escucharme? Si mi mensaje te parece bueno y te agrada, lo aceptarás; si no te gusta, nos iremos». Sa‘d respondió: «Eso es muy justo». Clavó su lanza en el suelo y se sentó.

Mus‘ab le expuso el mensaje del islam con calma y serenidad, y le recitó el Corán. Mus‘ab y As‘ad narraron: «Después de presentarle la invitación al islam, antes de que Sa‘d pronunciara una sola palabra, observamos en su rostro el resplandor del islam». Tras escuchar la invitación, Sa‘d preguntó: «¿Qué hay que hacer para entrar en vuestro islam y en esta religión?». Ellos respondieron: «Hay que bañarse y purificarse, ponerse ropa limpia, pronunciar el testimonio de fe y realizar dos rak‘at de oración». Sa‘d hizo todo ello.

Después tomó su lanza y se dirigió con Usayd hacia la reunión tribal. Al verlos regresar, la gente comentaba: «Sa‘d ya no tiene el rostro con el que se marchó; ahora se le ve con un rostro diferente». Sa‘d se acercó y dijo a los hombres de la tribu: «¡Oh, hombres de Banu Abd al-Ashhal! ¿Cómo consideráis mi conducta en los distintos asuntos?». Respondieron al unísono: «Eres nuestro jefe, el hombre de mejor criterio entre nosotros y nuestro naquib, nuestro responsable digno de confianza».

Sa‘d dijo: «Entonces, mientras no creáis en Allah y en Su Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, me está prohibido hablar con cualquiera de vuestros hombres o mujeres». As‘ad y Mus‘ab dijeron: «¡Por Allah! Antes de que llegara la noche, todos los hombres y mujeres de Banu Abd al-Ashhal habían abrazado el islam tras la declaración de Sa‘d». Después de la conversión de Sa‘d, As‘ad y Mus‘ab permanecieron en su casa invitando al islam. Como resultado, antes de la Hégira del Mensajero de Allah a Medina, no había allí casa ni tribu en la que no hubiera una o dos personas que hubieran abrazado el islam. Después, Sa‘d ibn Mu‘adh y Usayd ibn Hudayr comenzaron juntos a destruir los ídolos de Banu Abd al-Ashhal. (Véase: Tabaqat, 3/420-421; Sira de Ibn Hisham, 1/435, 437, 479; al-Bidaya, 3/152; Usd al-Gaba, 3/296; Hayat al-Sahaba, 1/187-190.)

La contribución de Sa‘d al llamamiento y a la difusión del islam en Medina fue incomparable. Ningún otro compañero igualó su honor en este aspecto. La razón es que no se conoce otro caso en el que la conversión de un solo hombre haya provocado la conversión de toda una tribu, salvo el suyo. Por ello, el Mensajero de Allah dijo: «La mejor casa de los ansar es la de Banu Najjar; después viene la de Abd al-Ashhal». La conversión de Sa‘d y de su tribu tuvo lugar entre el Primer y el Segundo Juramento de al-‘Aqaba.

Ibn ‘Asakir narró de al-Bujari y de al-Kalbi el siguiente relato. Después de que el Mensajero de Allah emigrara de La Meca, los qurayshíes no recibían ninguna noticia suya. Estaban sentados en su casa de consulta, junto a la Kaaba, cuando oyeron desde la dirección del monte Abu Qubays la voz de alguien recitando un poema. Algunos de sus versos decían: «Si los dos Sa‘d abrazan el islam, Muhammad estará a salvo del temor de sus adversarios. ¡Oh Sa‘d de Aws, oh Sa‘d de Jazray! Convertíos en protectores de Muhammad». Al escuchar el poema, los qurayshíes comprendieron que los dos Sa‘d que ayudarían al Mensajero de Allah entre las tribus de Aws y Jazray eran Sa‘d ibn Mu‘adh y Sa‘d ibn ‘Ubada. (Tahdhib de Ibn ‘Asakir, 6/89.)

Poco después de abrazar el islam, Sa‘d viajó a La Meca para realizar la ‘umra. Umayya ibn Jalaf, uno de los notables dirigentes qurayshíes de La Meca, era su amigo íntimo. Sa‘d se alojó en su casa, y cuando Umayya iba a Medina se alojaba en la casa de Sa‘d. Sa‘d le dijo: «Avísame cuando el recinto sagrado, es decir, los alrededores de la Kaaba, quede vacío». Al mediodía, Umayya salió con él hacia el recinto sagrado. En el camino se encontraron con Abu Yahl, quien preguntó a Umayya: «¿Quién es este hombre?». Umayya respondió: «Sa‘d ibn Mu‘adh». Abu Yahl dijo: «Es muy extraño que hayas dado refugio a un apóstata y que pasees tranquilamente por La Meca ayudándolo. Si no estuvieras con él, le resultaría difícil regresar a su casa». Conviene señalar que los incrédulos llamaban apóstatas a quienes abrazaban el islam.

Sa‘d lanzó inmediatamente un desafío a Abu Yahl: «Intenta impedirme el paso. Yo cerraré para ti el camino de Medina». Umayya le dijo: «Sa‘d, Abu al-Hakam —Abu Yahl— es un dirigente importante de La Meca. Háblale en voz baja». Sa‘d respondió: «Vámonos. He oído al Mensajero de Allah decir que los musulmanes os matarán». Abu Yahl preguntó: «¿Vendrán a La Meca para matarnos?». Sa‘d respondió: «No lo sé».

En el mes de Rabi‘ al-Awwal del segundo año de la Hégira, el Mensajero de Allah salió en busca de una caravana de cien hombres dirigida por el jefe qurayshí Umayya ibn Jalaf. Esta expedición es conocida en la historia como la expedición de Buwat. Según un relato, dejó a Sa‘d ibn Mu‘adh en Medina como su representante. (Ansab al-Ashraf, 1/287.) El Mensajero de Allah estableció un vínculo de fraternidad entre Sa‘d y Abu ‘Ubayda ibn al-Yarrah —según otra opinión, con Sa‘d ibn Abi Waqqas—. (Tabaqat, 3/421; Sira de Ibn Hisham, 1/505.)

Después de la expedición de Buwat, en el segundo año de la Hégira, se aproximaba la histórica batalla de Badr. Se acercaba el momento en que se cumpliría la predicción de Sa‘d. Los qurayshíes de La Meca comenzaron a prepararse para atacar Medina. Al recibir la noticia, el Mensajero de Allah partió hacia Badr. Durante el trayecto conoció los últimos movimientos del ejército qurayshí y se reunió con los emigrantes y los ansar para consultarles sobre la decisión que debía tomarse. Entre los emigrantes expresaron sus opiniones Abu Bakr, ‘Umar, al-Miqdad y otros compañeros. Entonces el Mensajero de Allah se dirigió a los ansar: «¡Oh, gente! Dadme vuestro consejo».

Sa‘d ibn Mu‘adh se levantó inmediatamente y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Quizá te refieres a nosotros?». El Mensajero de Allah respondió: «Sí». Sa‘d dijo: «Hemos creído en ti, te hemos reconocido como veraz y hemos atestiguado que todo lo que has traído es verdad. Nos hemos comprometido a escuchar tus palabras y obedecerte. ¡Oh, Mensajero de Allah! Haz lo que quieras; estamos contigo. Juro por Aquel que te envió con la verdad que, si nos ordenaras lanzarnos al mar, nos lanzaríamos y ninguno de nosotros se quedaría atrás. Si mañana mismo nos llevaras a enfrentarnos al enemigo, no nos disgustaría. En la guerra somos pacientes y, frente al enemigo, sinceros y firmes. Allah te hará ver de nuestra parte aquello que alegrará tus ojos. Avanza con nosotros, confiando en Allah».

También dijo: «No seremos como quienes dijeron a Moisés: “Ve tú y tu Señor a combatir al enemigo, mientras nosotros nos quedamos aquí”. Más bien decimos: “Ve tú y tu Señor; nosotros os seguiremos”. Tal vez saliste con un propósito, pero Allah ha dispuesto otro. Mira qué hará Allah por medio de ti». Los historiadores han dicho que, en apoyo de estas palabras de Sa‘d, Allah reveló el versículo 5 de la sura al-Anfal. El Mensajero de Allah se alegró enormemente por el discurso de Sa‘d. Al organizar las tropas, le entregó el estandarte de la tribu de Aws. Según otro relato, Sa‘d llevaba en aquella batalla el estandarte de todos los ansar. (Véase: Sira de Ibn Hisham, 1/613, 615; Usd al-Gaba, 2/299; Tabaqat, 3/421; al-Bidaya, 3/262; Hayat al-Sahaba, 1/415.)

Sa‘d ibn ‘Ubada (que Allah esté complacido con él)

Su nombre original era Sa‘d, y sus kunyas eran Abu Qays y Abu Zabit. La primera era la más conocida. (Usud al-Gaba, 2/283) Su laqab o título honorífico era Sayyid al-Jazray. Era descendiente de la rama Sa‘ida de la célebre tribu de los Jazray de Medina. Su padre se llamaba ‘Ubada ibn Dulaym y su madre, ‘Umra bint Mas‘ud. ‘Umra era una sahabiyya —una mujer Compañera— y falleció en el quinto año de la hégira. En aquel momento, Sa‘d se encontraba fuera de Medina, participando junto al Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— en la expedición de Dumat al-Yandal. Al regresar a Medina, el Mensajero visitó la tumba de su madre y suplicó por ella. (Tabaqat, 3/614; al-Isaba, 2/30)

El honorable abuelo de Hazrat Sa‘d, Dulaym, era el mayor líder de la tribu de los Jazray. También era famoso por sus obras de beneficio público en Medina. Fue principalmente él quien estableció el honor y la gloria de la familia Sa‘ida. Era pagano y adoraba a la diosa Manat. El ídolo de esta diosa se encontraba en un lugar llamado Musalal, cerca de La Meca. Cada año sacrificaba allí diez camellos. Después de su muerte, ‘Ubada continuó con esta práctica, y luego Sa‘d la mantuvo hasta que aceptó el islam. Durante la época islámica, Qays, hijo de Sa‘d, conservó la tradición de sus antepasados y sacrificaba los camellos en el recinto de la Kaaba. En cierta ocasión, Abu ‘Ubayda y ‘Umar —que Allah esté complacido con ambos— le pidieron a Qays que abandonara esta práctica; pero Qays no prestó la menor atención a sus palabras. Entonces presentaron una queja contra él ante el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. El Mensajero dijo: «Qays es hijo de una familia generosa». (Al-Isti‘ab, nota de al-Isaba, 2/37)

El padre de Sa‘d, ‘Ubada, fue un digno sucesor de su propio padre. Vivió de la misma manera que él y dejó firmemente establecido para su hijo Sa‘d el puesto de autoridad y liderazgo. Educó a su hijo de manera planificada. En aquella Arabia de la época de la ignorancia, Sa‘d recibió el título de Kamil, porque era uno de los pocos hombres de Arabia que sabían escribir en árabe. Su escritura árabe era excelente. Además, era uno de los mejores nadadores y uno de los más hábiles arqueros de Arabia en su tiempo. Los árabes solo otorgaban el título de Kamil a quienes destacaban especialmente en estas artes. (Véase Tahdib al-Tahdib, 3/475; al-Isaba, 2/30; Tabaqat, 3/613)

Sa‘d aceptó el islam durante el juramento de ‘Aqaba final. El Noble Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— lo nombró naqib, es decir, responsable, de los Banu Sa‘ida. (Ansab al-Ashraf, 1/250; Usud al-Gaba, 2/283) Se lo consideraba uno de los Compañeros de rango elevado. En Sahih al-Bujari se dice de él: «Wa kana dza qadamin fil-islam», es decir: «En el islam era un hombre de primer rango».

La manera en que se realizó el último juramento de ‘Aqaba, el número de ansaríes que participaron en él y las importantes condiciones bajo las cuales se celebró hacían imposible que permaneciera oculto, aunque hubiera tenido lugar secretamente en la oscuridad de la noche. Los qurayshíes estaban sumamente preocupados por el Mensajero de Allah y lo vigilaban constantemente. Por ello, precisamente en el momento de la noche en que el Mensajero recibió el juramento de las personas venidas de Medina a ‘Aqaba, alguien se situó en la montaña Abu Qubays, en La Meca, y gritó: «¡Mirad! Si Sa‘d se hace musulmán, Muhammad se volverá completamente intrépido». (Véase Usud al-Gaba, 2/284; al-Isti‘ab; al-Isaba, 2/37)

Aunque aquella voz llegó a los oídos de los qurayshíes, al principio no le concedieron gran importancia. Al oír el nombre de Sa‘d, pensaron que se trataba de algunos hombres llamados Sa‘d pertenecientes a las tribus Quda‘a y Tamim. La noche siguiente volvieron a oír, desde aquella montaña, algunos versos de un poema. En ellos aparecían claramente el nombre y la identidad de Sa‘d. Los qurayshíes quedaron profundamente sorprendidos. Para investigar el asunto se reunieron en Dar al-Nadwa, la casa de consulta. Hablaron con ‘Abdullah ibn Ubayy ibn Sulul, jefe de la tribu Aws de Medina, pero este manifestó que desconocía por completo el asunto. Los qurayshíes colocaron espías por todas partes y luego regresaron cada uno a su casa. Los musulmanes de Medina, por su parte, emprendieron el regreso a su patria por el camino de Yazaj.

Ibn Ishaq narró el episodio de la siguiente manera: «Después de que los naqibs terminaron de prestar juramento al Mensajero de Allah durante la noche de ‘Aqaba, se dispersaron. Algunos abandonaron La Meca y tomaron el camino hacia su patria. Entretanto, la noticia del juramento se difundió de boca en boca. Tras investigar, los qurayshíes comprendieron que el asunto era cierto. Salieron para capturar a quienes habían prestado juramento y encontraron a Sa‘d ibn ‘Ubada y a al-Mundhir ibn ‘Amr. Aunque lograron capturar a Sa‘d, al-Mundhir ibn ‘Amr pudo escapar. Sa‘d tenía el cabello largo. Lo agarraron por el cabello y lo arrastraron con violencia. Sa‘d dijo: “¡Por Allah! Estoy prisionero en sus manos”. Algunos qurayshíes se acercaron a mí. Al ver entre ellos a un joven apuesto y de rostro resplandeciente, pensé: “Si hay algo bueno en alguno de los miembros de este pueblo, quizá esté en él”. Era Suhayl ibn ‘Amr. Pero, destruyendo mis esperanzas, se acercó y me propinó un fuerte puñetazo. Entonces pensé: “¡Por Allah! Después de esto, es inútil esperar algo bueno de cualquier otro miembro de este pueblo”. Uno de ellos preguntó: “¿Has aceptado la religión de Muhammad?”. Respondí: “Sí, la he aceptado”. Entonces me ataron fuertemente con una cuerda. En ese momento, uno de ellos me dio un golpecito en el muslo y preguntó: “¿Tienes algún pacto con alguien de Qurays?”. Respondí: “Sí. Cuando Mut‘im ibn ‘Adi y al-Harith ibn Umayya van a nuestra tierra, yo les concedo protección”. Él dijo: “¡Que perezca tu padre! Ahora llámalos a gritos por sus nombres y pide su ayuda”. Así lo hice. El hombre corrió hacia ellos y les dijo: “El hombre al que varios qurayshíes han capturado, golpeado y humillado os llama por vuestros nombres. Dice que tiene un pacto de protección con vosotros”. Preguntaron: “¿Quién es?”. Respondió: “Sa‘d ibn ‘Ubada”. Ellos dijeron: “Ha dicho la verdad”. Entonces Mut‘im ibn ‘Adi y al-Harith ibn Umayya acudieron rápidamente, me rescataron de sus manos y me indicaron el camino hacia Medina».

Mut‘im ibn ‘Adi era un hombre muy noble y respetado de La Meca. Durante los primeros tiempos del islam había ayudado de muchas maneras al Mensajero en La Meca. El hombre que le llevó la noticia era Abu al-Bajtari ibn Hisham.

Así pues, la captura de Sa‘d provocó una gran agitación en la caravana de los ansaríes que se dirigía a Medina. En una reunión de consulta decidieron que, aun arriesgando sus vidas, debían regresar a La Meca para buscar a Sa‘d. Mientras tanto, vieron que Sa‘d regresaba. Lo tomaron consigo y emprendieron directamente el camino hacia Medina. (Véase Tarij Ibn ‘Asakir, 6/85-86; Ansab al-Ashraf, 1/254-255; Sira de Ibn Hisham, 1/150-151; Tabaqat, 1/150)

A propósito de la captura de Sa‘d, el poeta del bando qurayshí Darbar ibn al-Jattab ibn Mirdas compuso un poema. En respuesta, el poeta Hassan ibn Zabit escribió otro extenso poema en el que alababa a Sa‘d y censuraba a los qurayshíes. Partes de ambos poemas han sido recogidas en diversas obras, entre ellas Ansab al-Ashraf y la Sira de Ibn Hisham. (Véase Ansab al-Ashraf, 1/255; Sira de Ibn Hisham, 1/150-151)

Varios meses después de este acontecimiento, el Mensajero emigró de La Meca a Medina. Con motivo de su llegada, las calles y callejones de Medina se llenaron de celebraciones y alegría. En cuanto llegó a la casa de Abu Ayyub, comenzaron a llegar regalos. Hazrat Sa‘d envió desde su casa un gran recipiente de zarid y ‘uraq. (Tabaqat, 1/161)

Después de algunos meses de la hégira, el movimiento islámico comenzó a adquirir gran intensidad. En el duodécimo mes de la hégira, Safar, el Noble Mensajero se dirigió con una pequeña fuerza hacia un lugar llamado Abwa, cerca de La Meca, para observar los movimientos de los qurayshíes. Esta expedición también es conocida como la expedición de Waddan. No había ningún muyahidín ansarí en aquella fuerza. El Mensajero permaneció quince noches fuera de Medina y dejó a Sa‘d ibn ‘Ubada como su representante en la ciudad. (Ansab al-Ashraf, 1/287; Tabaqat, 1/3)

En el segundo año de la hégira tuvo lugar la histórica batalla de Badr. Existe una gran discrepancia entre los especialistas en la sira respecto a la participación de Hazrat Sa‘d. Especialistas como Ya‘qub ibn Sufyan, Musa ibn ‘Uqba, Jalifa ibn Jayyat, al-Waqidi, al-Mada’ini e Ibn al-Kalbi lo mencionan entre los combatientes de Badr. Abu Ahmad afirma en su obra al-Kuna que participó en Badr junto al Mensajero de Allah. (Véase Usud al-Gaba, 2/283; al-Isti‘ab; al-Isaba, 2/36; Tarij Ibn ‘Asakir, 6/84-85)

En cambio, Ibn Ishaq no lo menciona entre los combatientes de Badr. Ibn Sa‘d y al-Baladhuri dicen que Sa‘d se preparó para marchar a Badr, pero que, poco antes de la partida, fue mordido por un perro y por ello no pudo ir. El Mensajero dijo de él: «Aunque Sa‘d no estuvo presente en Badr, deseaba participar». Según algunas narraciones, el Mensajero le concedió una parte del botín de Badr. Ibn ‘Asakir afirma que esto no está establecido por consenso ni demostrado. (Véase Taqrib al-Tahdib, 1/288; Usud al-Gaba, 2/283; al-Isaba, 2/30; Tarij Ibn ‘Asakir, 6/84-85)

El imán al-Bujari y el imán Muslim intentaron demostrar que Sa‘d participó en Badr. Sin embargo, lo correcto es que no participó en ella. Esta es también la opinión de ‘Allama Ibn Hayar al-‘Asqalani, quien obtuvo cuidadosamente una prueba a favor de su opinión a partir de las palabras del imán Muslim. (Véase Fath al-Bari, 5/224)

La batalla de Badr fue la primera y la más célebre de las batallas de la vida del Mensajero. Aunque antes de ella se habían producido cuatro gazuas y cuatro sariyyas, ningún soldado ansarí había participado en ellas. Puede haber varias razones para ello. Una de ellas quizá sea que, durante el juramento de ‘Aqaba, los ansaríes solo habían prometido resistir a quienes atacaran Medina. No se había mencionado cuál sería su papel si se producía un enfrentamiento fuera de Medina. Otra razón pudo ser que el Mensajero no quisiera convertir inicialmente a los habitantes de Medina en enemigos de los qurayshíes.

Por ello, cuando el Mensajero estaba a punto de tomar una decisión tan importante como marchar a Badr, consideró necesario consultar a los ansaríes y conocer su opinión. Se convocó a una reunión a personas de todas las tribus de Medina. Allí se planteó la cuestión de la guerra. Abu Bakr se levantó y expuso su opinión. ‘Umar también se levantó para decir algo, pero el Mensajero no lo miró. Sa‘d ibn ‘Ubada se encontraba también en aquella reunión. Comprendió que el Mensajero quería conocer la opinión de los ansaríes y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Juro por el Señor en cuya mano está mi vida que, si nos ordenas emprender una expedición por el mar, lo atravesaremos por completo. Y si nos ordenas marchar por tierra firme, llevaremos nuestros camellos hasta Bark al-Gimad, en el Yemen». (Sahih Muslim, 2/84; al-Bidaya, 3/263; Kanz al-‘Ummal, 5/273; Hayat al-Sahaba, 1/424)

Basándose en esta narración, muchos autores de la sira concluyeron que Sa‘d había participado en Badr. Sin embargo, la misma narración de Sahih Muslim indica que, cuando el Mensajero recibió la noticia de la llegada desde Siria de la caravana comercial de Abu Sufyan, consultó a sus Compañeros. En realidad, el Mensajero salió de Medina con el propósito de interceptar aquella caravana comercial, no con la intención de combatir. (Muslim, 2/84) Más tarde supo que un ejército de Qurays había salido de La Meca y avanzaba hacia Badr. Solo entonces tomó la decisión de combatir. Por esta razón, muchos habitantes de Medina no comprendieron que el Mensajero acabaría viéndose envuelto en una batalla en Badr. Por ello, muchos de ellos no salieron de Medina con él. Uno de ellos fue Sa‘d ibn ‘Ubada. (Ansab al-Ashraf, 1/288)

Sa’d ibn al-Rabi’ (que Allah esté complacido con él)

Sa‘d ibn al-Rabī al-Ansarī era descendiente de la rama Banū al-Hārith de la tribu de Jazray de Medina. Haytham mencionó que «Abū Rabī» era su kunya o sobrenombre. Su padre era al-Rabī y su madre, Hudhayla bint ‘Inbā. Los especialistas en biografías proféticas no han indicado el año de su nacimiento. (Ansāb al-Ashrāf, 1/244; Tabaqāt, 3/522; Usd al-Gāba, 2/277)

Existe discrepancia respecto a cuándo Sa‘d ibn al-Rabī abrazó el islam. Abū Nu‘aym, en su obra Dalā’il, narró de ‘Aqīl ibn Abī Tālib y al-Zuhrī que, en el Primer ‘Aqaba, cuando seis habitantes de Yasrib aceptaron el islam en La Meca y prestaron juramento de fidelidad ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Sa‘d fue uno de ellos. Esas seis personas fueron: 1. As‘ad ibn Zurāra; 2. Abū al-Haytham ibn al-Tayyihān; 3. ‘Abdullah ibn Rawāha; 4. Sa‘d ibn al-Rabī; 5. al-Nu‘mān ibn Hāritha; y 6. ‘Ubāda ibn al-Sāmit. (Hayāt al-Sahāba, 1/105) Sin embargo, algunos relatos dan a entender que fue uno de los doce miembros del Segundo ‘Aqaba y que abrazó el islam en aquella ocasión. En el Tercer ‘Aqaba se unió a setenta y tres personas, o, según otra opinión, a setenta y cinco. El noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo nombró, junto con ‘Abdullah ibn Rawāha, naqīb o responsable de su tribu, Banū al-Hārith ibn al-Jazray. (Tārīkh al-Islām wa Tabaqāt al-Mashāhīr wa al-A‘lām, 1/181; Tabaqāt, 2/522; Usd al-Gāba, 2/227)

Ibn Hishām narra que el día en que el noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó a Medina desde Qubā, personas de todas las clases sociales de Medina salieron a recibirlo. Mientras atravesaba las distintas tribus, sus miembros bloqueaban el camino de su montura y le pedían que descendiera y se alojara con ellos. Cuando avanzaba entre los Banū al-Hārith ibn al-Jazray, Sa‘d ibn al-Rabī, acompañado por Khāridja ibn Zayd, ‘Abdullah ibn Rawāha y otros miembros de los Banū Hāritha, se colocó delante de la montura del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y le dijo respetuosamente: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ven hacia nuestro número, nuestro equipamiento y nuestra defensa», es decir, tenemos capacidad para darte refugio con honor. El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Dejad libre el camino de mi montura; ella ha recibido una orden de Allah». Todos se apartaron del camino. (Sīrat Ibn Hishām, 1/495)

Al-Zuhrī y Muhammad ibn Ishāq dijeron que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estableció un vínculo de hermandad entre Sa‘d ibn al-Rabī y ‘Abd al-Rahmān ibn ‘Awf. La devoción y sinceridad que Sa‘d mostró hacia su hermano emigrante no tienen comparación en la historia del mundo. Los demás ansaríes dividieron entre sus hermanos emigrantes por la causa de la religión la mitad de sus bienes, tierras y propiedades; pero el noble Sa‘d no solo le ofreció bienes, sino que también propuso divorciarse de una de sus esposas para que su hermano pudiera casarse con ella. Aunque ‘Abd al-Rahmān se encontraba entonces pobre y sin recursos, su corazón era sumamente generoso. Rechazó todas las propuestas de Sa‘d. Se narró de Anas ibn ‘Awf que Sa‘d llevó a su hermano de religión a su casa y comió con él. Luego le dijo: «Por Allah, tú eres mi hermano. No tienes esposa, pero yo tengo dos. Me divorciaré de una de ellas y tú te casarás con ella». ‘Abd al-Rahmān respondió: «¡Por Allah, no, nunca!». Sa‘d dijo: «Ven a mi huerto; lo dividiremos por la mitad». ‘Abd al-Rahmān respondió: «No. Que Allah bendiga y acreciente tus hijos y tus bienes. No necesito nada de eso. Solo muéstrame el camino del mercado». (Al-Isāba, 3/26; Usd al-Gāba, 2/278; Tabaqāt, 3/523)

El noble Sa‘d participó en la batalla de Badr. En aquella batalla mató a Rifā‘a ibn Rifā‘a, de los Banū Majzūm. (Sīrat Ibn Hishām, 1/711; Tabaqāt, 3/523)

En vísperas de la batalla de Uhud, los qurayshíes de La Meca comenzaron a realizar grandes preparativos. Para informar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— de esos preparativos militares, su tío paterno ‘Abbās ibn ‘Abd al-Muttalib envió secretamente desde La Meca una carta a Medina. En ella describió sus preparativos y escribió también: «Si vienen contra vosotros, haced lo que consideréis mejor y preparaos para ello». Un hombre de los Banū Ghifār entregó la carta con gran fidelidad al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en Qubā. El Mensajero se la dio primero a Ubayy ibn Ka‘b para que la leyera y le ordenó mantenerla en secreto. Después fue a ver a Sa‘d ibn al-Rabī y también le informó del asunto, ordenándole que no lo revelara a nadie. Tras la partida del Mensajero, la esposa de Sa‘d le preguntó: «¿Qué te dijo el Mensajero de Allah?». Sa‘d respondió: «¡Que perezcas! ¿Qué necesidad tienes de escuchar eso?». Ella dijo: «He escuchado toda vuestra conversación», y entonces le repitió a Sa‘d todo lo que había oído. Sa‘d recitó «Innā lillāhi» y dijo: «Veo que estabas escuchando nuestra conversación a escondidas». Sa‘d se presentó con su esposa ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y, después de relatarle todo lo ocurrido, dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Temo que la noticia se difunda y que pienses que fui yo quien la divulgó». El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Deja el asunto». (Ansāb al-Ashrāf, 1/313-314)

Participó en la batalla de Uhud, que tuvo lugar en el tercer año de la Hégira, y combatió con gran valentía hasta alcanzar el martirio. Un grupo de combatientes enemigos lo derrotó y lo mató. (Al-A‘lām, 3/134; Usd al-Gāba, 2/277; Ansāb al-Ashrāf, 1/330) Su cuerpo recibió un total de doce heridas de flechas y lanzas. Cuando yacía moribundo en el campo de batalla, Mālik ibn Dukhshān se acercó a él y le preguntó: «¿Sabes que dicen que Muhammad ha sido asesinado?». Sa‘d respondió: «Aunque él hubiera sido asesinado, Allah es siempre Viviente y no muere. Lucha por tu religión. Muhammad ha cumplido plenamente la responsabilidad de transmitir el mensaje de su Señor y las normas de su religión». (Ansāb al-Ashrāf, 1/327; Tabaqāt, 3/523)

Al finalizar la batalla de Uhud, el noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Que alguien vaya a buscar a Sa‘d ibn al-Rabī». Un hombre dijo: «Yo iré». Al-Zurqānī relata que aquel hombre recorrió los cadáveres y llamó a Sa‘d en voz alta. No recibió respuesta. Pero cuando gritó: «El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— me ha enviado para buscarte», se oyó una voz débil: «Estoy entre los muertos». Era el último momento de su vida; su respiración se apagaba y ya no podía controlar la lengua. Según otro relato, mientras el hombre lo buscaba, fue Sa‘d quien lo llamó. En cualquier caso, Sa‘d le dijo entonces: «Transmite mi saludo al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y dile que he recibido doce heridas. También he matado a mi asesino. Y di a los ansaríes: si, por desgracia, el Mensajero de Allah es asesinado y uno solo de vosotros regresa con vida, no seréis dignos de comparecer ante Allah, pues en la Noche de ‘Aqaba jurasteis sacrificar vuestra vida por el Mensajero de Allah». Según algunos relatos, aquel hombre era Ubayy ibn Ka‘b. Mientras permanecía allí de pie, el alma pura de Sa‘d salió de su cuerpo mortal. (Tabaqāt, 3/523-524; Al-Istī‘āb, 2/34; Tahdhīb al-Asmā’ wa al-Lughāt, 1/210; Al-Isāba, 2/27)

Cuando el noble Ubayy ibn Ka‘b regresó y transmitió al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— las últimas palabras de Sa‘d, este dijo: «Que Allah tenga misericordia de él. Tanto en la vida como en la muerte, aconsejó a Allah y a Su Mensajero». (Usd al-Gāba, 277) Sa‘d fue enterrado en la llanura de Uhud, en la misma tumba que Ibn Zayd, otro mártir de Uhud. Khāridja era tío paterno de Sa‘d.

Después de la muerte de Sa‘d, su hermano se apoderó de todos sus bienes conforme a las costumbres de la época de la ignorancia. Sa‘d dejó una esposa embarazada y dos hijas. En aquel momento aún no había sido revelado el versículo sobre la herencia. Jābir ibn ‘Abdullah narró que, después de la muerte de Sa‘d, su esposa acudió un día ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— acompañada por sus dos hijas y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Estas son las hijas de Sa‘d. Su padre alcanzó el martirio en Uhud. Su tío se ha apoderado de todos sus bienes y no les ha dejado nada. ¿Cómo podrán casarse sin bienes?». El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Allah decidirá acerca de ellas». Inmediatamente después fue revelada esta parte del versículo 11 de la sura al-Nisā’: «Si son más de dos hijas, les corresponderán dos tercios de la herencia dejada».

Después de la revelación de este versículo, el noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llamó al tío de las dos niñas y le ordenó: «Entrega dos tercios de los bienes dejados por Sa‘d a sus dos hijas y un octavo a su madre; después, toma tú el resto». (Al-Isāba, 2/27; Tabaqāt, 3/524; Usd al-Gāba, 2/278; Tahdhīb al-Asmā’ wa al-Lughāt, 1/210; este hadiz también fue narrado por el imán Ahmad, Abū Dāwūd, al-Tirmidhī e Ibn Māja)

Cuando el noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dictó esta resolución para las hijas y la esposa de Sa‘d, todavía no se había establecido la parte de herencia del hijo que se encontraba en el vientre. Mucho después de este acontecimiento se estableció la norma relativa a la herencia del hijo por nacer. El hijo que la esposa de Sa‘d llevaba en su vientre nació. Recibió el nombre de Umm Sa‘d bint Sa‘d y más tarde se convirtió en la esposa de Zayd ibn Thābit. Durante el califato del califa ‘Umar —que Allah esté complacido con él—, Zayd dijo a su esposa: «Si quieres, puedes hablar con el Comendador de los Creyentes sobre la herencia de tu padre. Actualmente está concediendo a los hijos por nacer su parte de la herencia». Umm Sa‘d respondió: «No reclamaré nada a mis hermanas». (Ansāb al-Ashrāf, 1/338)

En aquella Arabia de la época de la ignorancia, cuando la escritura estaba muy poco extendida, el noble Sa‘d sabía escribir. (Tabaqāt, 3/522; Tahdhīb al-Asmā’, 1/210) Como era hijo de un jefe tribal, tuvo especiales oportunidades de educación y aprendió a escribir. También memorizó algunos hadices que había escuchado de labios del noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. (Usd al-Gāba, 2/278)

La intensidad de su fe y su profundo amor por el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se manifestaron en el juramento de fidelidad de ‘Aqaba, en la batalla de Uhud y en el testamento que dejó antes de morir.

Por todas estas razones, Sa‘d gozaba de una posición y un honor especiales entre los nobles compañeros. En cierta ocasión, una de sus hijas fue a ver al noble Abū Bakr —que Allah esté complacido con él—, quien extendió su propia ropa para que ella se sentara. Al verlo, el noble ‘Umar —que Allah esté complacido con él— preguntó: «¿De quién es esa niña?». El califa respondió: «Es hija de un hombre que era mejor que tú y que yo». ‘Umar volvió a preguntar: «¿Por qué tiene semejante honor?». Él respondió: «Aquel hombre llegó al Paraíso durante la vida del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, mientras que tú y yo todavía permanecemos aquí». (Al-Isāba, 2/27)

Abū Bakr al-Zubayrī narró que un hombre fue a ver al califa Abū Bakr y lo encontró sosteniendo contra su pecho a una niña pequeña, hija de Sa‘d ibn al-Rabī, limpiándole la saliva y besándola. El hombre preguntó: «¿Quién es esta niña?». Él respondió: «Es hija de un hombre que era mejor que tú y que yo. Es hija de Sa‘d ibn al-Rabī. Él fue naqīb de ‘Aqaba, combatiente de Badr y mártir de Uhud». (Sīrat Ibn Hishām, 2/95)

‘Abdullah ibn Rawaha (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era ’Abdullah. Existe desacuerdo respecto a su kunya o sobrenombre: Abu Muhammad, Abu Rawaha o Abu ’Amr. «Shā‘iru Rasūlillāh», es decir, «el poeta del Mensajero de Allah», era su título. Era descendiente de la rama Banu al-Harith de la tribu khazrayí de Medina. Su padre era Rawaha ibn Za‘laba y su madre, Kabsha bint Waqid. La sahabiyya ’Amra bint Rawaha era su hermana, y el sahabí poeta Nu‘man ibn Bashir era su sobrino. No se conserva información histórica sobre la época de su nacimiento. Fue una persona muy respetada tanto en la época de la ignorancia como después de abrazar el islam. (Tabaqat, 3/525; al-A‘lam, 4/217; Tahdhib al-Asma wa al-Lughat, 1/265)

Participó junto con setenta medinenses en el tercer pacto de al-‘Aqaba y prestó juramento de fidelidad al Mensajero de Allah. Junto con Sa‘d ibn al-Rabi‘, también fue nombrado naqib, es decir, responsable, de los Banu al-Harith. (Sira de Ibn Hisham, 1/443, 458; Tabaqat, 3/526; Ansab al-Ashraf, 1/252; Tarikh al-Islam wa Tabaqat al-Mashahir, 1/181)

Sin embargo, probablemente aceptó el islam antes de este tercer pacto de al-‘Aqaba. Según algunas narraciones, aceptó el islam junto con seis personas en el primer pacto de al-‘Aqaba y prestó juramento de fidelidad al Mensajero de Allah. (Hayat al-Sahaba, 1/105)

Después de abrazar el islam, se dedicó en Medina a la proclamación y predicación del islam. El Mensajero de Allah emigró desde La Meca y llegó a Quba. El día en que entró por primera vez en Medina desde Quba, ’Abdullah ibn Rawaha, Sa‘d ibn al-Rabi‘ y Kharija ibn Zayd, acompañados por miembros de su clan Banu al-Harith, corrieron para detener el paso de la camella del Mensajero de Allah y le pidieron humildemente que se hospedara con su tribu. El Noble Mensajero les dijo: «Dejad libre el camino de la camella. Ella avanza conforme a la orden de Allah y se detendrá donde Allah quiera». Ellos dejaron libre el camino. (Sira de Ibn Hisham, 1/495) El Noble Mensajero estableció un vínculo de hermandad entre él y Miqdad ibn Aswad al-Kindi.

Participó en todas las expediciones de Badr, Uhud, al-Jandaq, Hudaybiyya, Jaybar y la ‘umra compensatoria. Solo no pudo participar en la expedición de Badr al-Sughra, que tuvo lugar en el cuarto año de la hégira. El Mensajero de Allah lo dejó como su sustituto en Medina. (Tabaqat, 3/526; Sira de Ibn Hisham, 1/458) Cabe mencionar que, al regresar de Uhud, el líder qurayshí Abu Sufyan ibn Harb anunció: «Dentro de exactamente un año volveré a enfrentarme con vosotros en Badr al-Sughra». El Mensajero de Allah y los musulmanes aceptaron el desafío y se presentaron allí en el momento acordado, pero los qurayshíes no cumplieron su promesa. En aquel Badr al-Sughra, el Mensajero de Allah esperó ocho días con su ejército. Este hecho tuvo lugar en el mes de Dhu al-Qa‘da del cuarto año de la hégira. (Ansab al-Ashraf, 1/339-340)

Al comienzo de la batalla de Badr, el valiente ‘Utba ibn Rabi‘a, del bando qurayshí, acompañado por su hermano Shayba ibn Rabi‘a y su hijo al-Walid ibn ‘Utba, desafió al ejército musulmán enemigo a un combate individual. En respuesta a su desafío, ‘Awf, Mu‘awwidh y ’Abdullah ibn Rawaha fueron los primeros en avanzar desde las filas musulmanas. ‘Utba les preguntó: «¿Quiénes sois?». Ellos respondieron: «Un grupo de los ansar». ‘Utba dijo: «No queremos luchar contra vosotros». (Sira de Ibn Hisham, 1/625)

Después de la victoria de Badr, el Noble Mensajero envió personas a los alrededores de Medina para anunciar la noticia. Envió a ’Abdullah ibn Rawaha hacia la zona elevada de Medina. (Sira de Ibn Hisham, 1/642)

Después de la batalla de Badr, el Mensajero de Allah pidió a los sahaba su opinión sobre los qurayshíes capturados por los musulmanes. Cada uno expresó una opinión diferente. ’Abdullah ibn Rawaha dijo: «Oh, Mensajero de Allah, que los reúnan y los arrojen en un valle lleno de abundante leña. Luego yo mismo prenderé fuego a la leña y los quemaré hasta matarlos». (Hayat al-Sahaba, 2/42)

Durante la batalla de al-Jandaq, el Noble Mensajero recitó repetidamente un poema compuesto por ’Abdullah ibn Rawaha. Algunos de sus versos son los siguientes:

«Oh Allah, si no fuera por Tu ayuda, no habríamos recibido la guía;
no habríamos dado el zakat ni realizado la oración.
Haz descender sobre nosotros la serenidad
y mantennos firmes en la batalla.
Cuando quienes nos han oprimido provoquen corrupción,
nosotros los rechazaremos».
(Siyar al-Ansar, 2/59)

Durante esta batalla de al-Jandaq, Ka‘b ibn Asad, jefe de la tribu judía medinense Banu Qurayza, rompió el pacto que habían celebrado con el Mensajero de Allah y comenzó a tramar en secreto. La noticia llegó a oídos del Mensajero de Allah, quien envió a varias personas ante Ka‘b para comprobar su veracidad. ’Abdullah ibn Rawaha se encontraba entre ellas. (Sira de Ibn Hisham, 2/221; Asah al-Siyar, 190)

Los libros de sira narran un milagro del Mensajero de Allah durante la batalla de al-Jandaq, relacionado también con el nombre de ’Abdullah ibn Rawaha. El suceso fue, en resumen, el siguiente:

La sobrina de ’Abdullah ibn Rawaha, es decir, la hermana de Nu‘man ibn Bashir, dijo: «Un día mi madre, ’Umra bint Rawaha, me llamó, ató unos dátiles a mi ropa y me dijo: “Llévaselos a tu padre Bashir y a tu tío ’Abdullah ibn Rawaha; ellos los comerán al mediodía”. Fui con ellos, pasé junto al Mensajero de Allah y busqué a mi padre y a mi tío. Al verme, el Mensajero me llamó: “¡Muchacha, ven aquí! ¿Qué llevas contigo?”. Respondí: “Dátiles. Mi madre los ha enviado para el almuerzo de mi padre Bashir ibn Sa‘d y de mi tío ’Abdullah”. Él dijo: “Dámelos”. Vertí los dátiles en las dos manos del Mensajero de Allah, pero sus manos no se llenaron. Entonces pidió que extendieran una tela y esparció los dátiles sobre ella. Luego dijo a un hombre cercano: “Ve y anuncia a los habitantes de la trinchera que vengan a comer”. Después del anuncio, todos acudieron y comenzaron a comer. Comían, mientras los dátiles seguían esparcidos y sobraban». (Sira de Ibn Hisham, 2/118; Hayat al-Sahaba, 3/631)

En el sexto año de la hégira, ’Abdullah también participó en el tratado de Hudaybiyya y en el juramento de al-Ridwan.

Después de Abu Rafi‘, el judío Usayr ibn Razim fue nombrado gobernador de Jaybar. Era un sucesor apropiado en la enemistad contra el islam. Recorrió la tribu de Ghatafan y la incitó a rebelarse. Al recibir la noticia, el Noble Mensajero envió a ’Abdullah a Jaybar en el mes de Ramadán del sexto año de la hégira, junto con un grupo de treinta hombres. ’Abdullah reunió secretamente toda la información sobre Usayr ibn Razim y se la comunicó al Mensajero de Allah. Entonces el Mensajero puso bajo el mando de ’Abdullah una fuerza de treinta hombres y ordenó matar a Usayr. (Ansab al-Ashraf, 1/378)

’Abdullah ibn Rawaha se encontró con Usayr y le dijo: «Si me das garantías de seguridad, te diré algo». Usayr le concedió la garantía. ’Abdullah dijo: «El Mensajero de Allah me ha enviado ante ti. Desea nombrarte jefe de Jaybar, pero tendrás que ir una vez a Medina». Usayr cayó en la tentación y, acompañado por treinta judíos, comenzó a avanzar con el ejército de ’Abdullah. Durante el trayecto, ’Abdullah asignó a un musulmán para vigilar a cada judío. Usayr sospechó y trató de regresar. Por el delito de engaño y traición, los muyahidines musulmanes atacaron rápidamente y mataron a todos. Después de este suceso, la rebelión que se había levantado en Jaybar fue sofocada. (Sira de Ibn Hisham, 2/618; Siyar al-Ansar, 2/60)

Más tarde, el Mensajero de Allah volvió a enviar a ’Abdullah a Jaybar, esta vez para medir los dátiles producidos allí. Algunas personas se quejaron ante el Mensajero de Allah de la severidad de ’Abdullah. En cierto momento incluso intentaron ofrecerle un soborno. Ibn Rawaha les dijo: «¡Oh enemigos de Allah! ¿Queréis hacerme comer algo ilícito? He venido en nombre de mi persona amada. Para mí sois más detestables que los monos y los cerdos. Mi odio hacia vosotros y mi amor por él no me llevarán a cometer ninguna injusticia contra vosotros». Al oír esto, dijeron: «El cielo y la tierra se sostienen precisamente sobre una justicia como esta». (Hayat al-Sahaba, 2/108; al-Bidaya, 4/199)

Conforme al tratado de Hudaybiyya, el Mensajero realizó al año siguiente, en el séptimo año de la hégira, la ‘umra aplazada de aquel año. Se la denomina ‘umrat al-qada, o ‘umra compensatoria. En este viaje, cuando el Noble Mensajero entró en La Meca y, montado en su camella, besó la Piedra Negra, ’Abdullah sostuvo las riendas de su montura y recitó un poema compuesto por él. El sentido de algunos versos era el siguiente:

«¡Oh hijos de los incrédulos! Apartaos de su camino, dejad libre el paso, pues todo bien está con él. Os hemos combatido basándonos en la interpretación del Corán, igual que os combatimos cuando fue revelado. Os golpeamos de tal manera que vuestras cabezas fueron separadas de vuestros cuerpos. El amigo ha olvidado a su amigo. Señor mío, he creído en sus palabras». (Tabaqat, 3/526; al-Isaba, 2/307)

En cierta ocasión, ‘Umar lo reprendió diciendo: «¿Recitar poesía de esta manera en el recinto sagrado de Allah y ante el Mensajero de Allah?». El Mensajero lo calmó y dijo: «¡‘Umar! Estoy escuchando sus palabras. ¡Por Allah!, sus palabras son más eficaces contra los incrédulos que las flechas y las lanzas». (Al-Isaba, 2/307) Luego dijo a ’Abdullah: «Di así: “La ilaha illa Allah wahdahu, nasara ‘abdahu wa a‘azza jundahu wa hazama al-ahzaba wahdahu”: no hay divinidad excepto Allah, Único; Él ayudó a Su siervo, fortaleció a Su ejército y derrotó por Sí solo a las fuerzas coaligadas del enemigo». ’Abdullah ibn Rawaha recitaba estas frases, y la multitud musulmana reunida las repetía con él. El eco de aquellas voces resonaba por los valles de La Meca. (Siyar al-Ansar, 2/61)

La batalla de Mu’ta tuvo lugar en el mes de Yumada al-Awwal del octavo año de la hégira. El Mensajero de Allah envió por medio de un emisario una carta al gobernador de Bosra. En el camino, el emisario fue asesinado por un ghassaní en un lugar llamado Mu’ta. El asesinato del emisario era, en esencia, una declaración de guerra. Al recibir la noticia, el Mensajero envió a Mu’ta un ejército de tres mil soldados bajo el mando de Zayd ibn Haritha. Antes de la partida, el Noble Mensajero dijo: «Zayd será el comandante de este ejército. Si muere, lo sustituirá Ja‘far ibn Abi Talib. Después de Ja‘far será ’Abdullah ibn Rawaha. Si él también muere, los musulmanes elegirán a su emir mediante consulta». Cuando el ejército partió de Medina, el Noble Mensajero avanzó hasta Saniyyat al-Wida‘ para despedirlo. Al despedirse, los medinenses les dijeron: «Que estéis a salvo y regreséis victoriosos». ’Abdullah ibn Rawaha comenzó a llorar. Le preguntaron: «¿Por qué lloras?». Respondió: «No lloro por amor a este mundo». Recitó el versículo 71 de la sura Maryam: «Todos vosotros pasaréis por ella [el puente de Sirat]. Es una decisión inevitable de tu Señor». Luego dijo: «¿Podré atravesar ese puente?». La gente lo consoló diciendo: «Allah te reunirá de nuevo con el Mensajero de Allah». Entonces recitó un poema compuesto por él. Su significado era el siguiente: «Pido el perdón del Misericordioso y deseo un golpe de espada que atraviese el corazón, o una estocada de lanza que llegue al hígado y a las entrañas, para que quien pase junto a mi tumba diga: “¡Oh Allah, qué buen guerrero y combatiente fue!”». (Sira de Ibn Hisham, 2/74, 377; Hayat al-Sahaba, 1/529-530)

Según algunas narraciones, Zayd y Ja‘far salieron de Medina por la mañana con el ejército. Era viernes. ’Abdullah dijo: «Partiré después de rezar la oración del viernes con el Mensajero de Allah». Tras realizar la oración, el Mensajero lo vio y le preguntó: «¿Por qué no partiste esta mañana con tus compañeros?». ’Abdullah respondió: «Quise rezar el viernes contigo y luego reunirme con ellos». El Mensajero dijo: «Aunque gastaras todo lo que hay en el mundo, no alcanzarías la recompensa de su partida matutina». (Hayat al-Sahaba, 1/463)

Al llegar desde Medina a un lugar de Siria llamado Ma‘an, supieron que el emperador romano Heraclio se había apostado con cien mil soldados romanos en un lugar de Balqa llamado Ma’ab. Además, se habían unido a ellos otros cien mil hombres de diversas tribus, entre ellas Lajm, Judham, Qayn, Bahra y Bali. Al conocer la noticia, deliberaron y consultaron durante dos días en Ma‘an. Algunos soldados musulmanes opinaron: «Informemos al Mensajero de Allah del número y de los preparativos del enemigo. Después él nos ayudará con tropas adicionales o nos dará otra orden, y actuaremos conforme a ella».

Entonces ’Abdullah ibn Rawaha pronunció ante los soldados un discurso ardiente: «¡Oh gente! Ahora no queréis enfrentaros al enemigo, aunque todos habéis salido con la intención de alcanzar el martirio. No lucharemos contra el enemigo por nuestro número, nuestra fuerza o nuestra superioridad. Lucharemos fortalecidos por la religión con la que Allah nos ha honrado. ¡Lanzaos hacia delante! Ante vosotros hay uno de dos bienes: o venceréis o alcanzaréis el martirio». Los soldados aprobaron sus palabras y dijeron: «¡Por Allah! Ibn Rawaha ha dicho la verdad». Dejaron atrás todas sus dudas y avanzaron. ’Abdullah ibn Rawaha marchó con ellos recitando un poema compuesto por él. (Sira de Ibn Hisham, 2/375; Asah al-Siyar, 280)

Abandonaron Ma‘an, llegaron a Mu’ta y establecieron el campamento. Allí tuvo lugar una desigual y sangrienta batalla contra los no musulmanes. Esta batalla es conocida en la historia como la batalla de Mu’ta. El ejército musulmán contaba apenas con tres mil hombres, mientras que el ejército enemigo era innumerable. (Siyar al-Ansar, 2/62)

Comenzó una batalla encarnizada. El comandante Zayd ibn Haritha cayó mártir en el campo de batalla. Ja‘far tomó su estandarte, pero poco después también alcanzó el martirio. Entonces ’Abdullah ibn Rawaha tomó la bandera y avanzó. Iba montado a caballo. En el momento de bajar del caballo, sintió cierta vacilación. Apartó todas sus dudas y comenzó a recitar para sí un poema. Algunos versos eran los siguientes:

«¡Oh alma mía! He jurado que bajarás; bajarás voluntariamente o serás obligada a hacerlo. Se oyen los gritos y lamentos de la gente. ¿Qué te ocurre, que todavía desprecias el Paraíso? ¡Cuánto tiempo llevas deseándolo! No eres más que una gota de agua de un odre viejo y agujereado. ¡Oh alma mía! Aunque hoy no mueras, algún día morirás; aquí se está calentando el baño de la muerte. Ahora se te ha concedido aquello que deseabas. Si sigues el camino de tus dos compañeros, alcanzarás la guía».

Mientras recitaba estos versos, bajó del caballo. Entonces uno de sus primos llegó con un trozo de hueso que aún tenía carne y se lo dio. Apenas hubo lamido un poco el hueso, se oyó el estruendo de la intensa batalla. Diciendo: «¡Todavía estás vivo!», arrojó el hueso, tomó la espada y se lanzó al combate. Un soldado enemigo disparó una flecha con tanta fuerza que sembró el terror entre los musulmanes. Una flecha atravesó el cuerpo de ’Abdullah. Ensangrentado, llamó a sus compañeros. Ellos acudieron corriendo, lo rodearon y se lanzaron contra el ejército enemigo. Entretanto, él cayó en brazos de la muerte. Inna lillahi wa inna ilayhi raji‘un. (Tabaqat, 3/529; Sira de Ibn Hisham, 2/379; Hayat al-Sahaba, 1/533; Siyar al-Ansar, 2/63; Ansab al-Ashraf, 1/380, 244)

Mientras permanecían en Mu’ta, una noche, antes de alcanzar el martirio, recitó un poema conmovedor. Al escucharlo, Zayd ibn Arqam comenzó a llorar. ’Abdullah levantó sobre la cabeza de Zayd su durra y le dijo: «¿Qué te ocurre? Si Allah me concede el martirio, regresaréis tranquilos y con el corazón sereno». (Al-Isaba, 2/307)

El Noble Mensajero recibía mediante la revelación noticias de cada instante de Mu’ta y las relataba ante la gente presente en Medina. En Sahih al-Bujari se transmite de Anas: «Antes de que llegara la noticia de Mu’ta, el Mensajero anunció en Medina el martirio de Zayd, Ja‘far y ’Abdullah. Dijo: “Zayd tomó el estandarte y fue martirizado. Luego lo tomó Ja‘far, y también fue martirizado. Después lo tomó ’Abdullah, y también fue martirizado”». Mientras decía esto, las lágrimas corrían por sus ojos. (Asah al-Siyar, 281)

Según algunas narraciones, después de anunciar el martirio de Zayd y Ja‘far, el Mensajero guardó silencio por un momento. Los rostros de los ansar palidecieron, pues imaginaron que a ’Abdullah le había sucedido algo que no les agradaba. Entonces el Mensajero dijo: «Después, ’Abdullah ibn Rawaha tomó el estandarte, combatió y fue martirizado». También dijo: «Todos ellos fueron llevados al Paraíso junto a mí. Los vi recostados sobre lechos de oro. Sin embargo, el lecho de ’Abdullah estaba ligeramente inclinado respecto a los de sus dos compañeros». Pregunté: «¿Por qué es así?». Se me respondió: «Ellos dos se lanzaron sin vacilar, mientras que el corazón de ’Abdullah osciló por un instante entre la duda y la reserva; después se lanzó». (Sira de Ibn Hisham, 2/380)

Cuando llegó al Mensajero de Allah la noticia de la muerte de los tres comandantes de Mu’ta, se puso de pie, describió sus acciones y suplicó: «Oh Allah, perdona a Zayd». Lo repitió tres veces. Después dijo: «Oh Allah, perdona a Ja‘far y a ’Abdullah ibn Rawaha». (Hayat al-Sahaba, 3/344)

Una vez, antes de partir hacia Mu’ta, ’Abdullah perdió el conocimiento en Medina mientras estaba enfermo. Su hermana ’Umra comenzó entonces a lamentarse de diversas maneras, según la costumbre árabe. Al recobrar la conciencia, él le dijo: «Todo lo que decías exageradamente sobre mí era confirmado ante mí». Por eso, cuando murió, todos siguieron su consejo y adoptaron la paciencia. En Sahih al-Bujari se relata que, cuando murió, no se lloró ni se lamentó por él. (Usd al-Ghaba, 3/147-159; Sira de Ibn Hisham, 2/380)

Cuando partió hacia Mu’ta, tenía esposa e hijos. Sin embargo, el autor de Usd al-Ghaba afirma que murió sin dejar descendencia. (Usd al-Ghaba, 3/159; Siyar al-Ansar, 2/265)

En la obra al-Isti‘ab se narra una historia sobre la esposa de ’Abdullah ibn Rawaha. En cierta ocasión, ella le dijo: «Si estás en estado de pureza, recítame un poco del Corán». Entonces ’Abdullah recurrió a una estratagema y recitó un poema, del que algunos versos eran:

«Doy testimonio de que la promesa de Allah es verdadera,
que la morada de los incrédulos es el Infierno,
que el Trono estaba sobre el agua,
que sobre el Trono estaba el Señor de los mundos,
y que Sus poderosos ángeles llevan ese Trono».

Su esposa no conocía bien el Corán y creyó que ’Abdullah había recitado realmente una aleya. Dijo: «Allah dice la verdad; mis ojos se han equivocado. Te he acusado injustamente». ’Abdullah había recurrido a aquella excusa para evitar la ira de su esposa después de haber mantenido relaciones con una esclava. A la mañana siguiente le contó el suceso al Mensajero de Allah, quien se rio. (Al-Isti‘ab, 1/362; Hayat al-Sahaba, 3/15)

Además de su capacidad militar, el Noble ’Abdullah ibn Rawaha poseía muchas otras cualidades. Por ello el Mensajero de Allah lo honraba. En aquella Arabia preislámica, era uno de los pocos que sabían escribir en árabe. Después de abrazar el islam, el Mensajero lo nombró su katib, es decir, escriba. Sin embargo, la historia no dice cuándo ni cómo aprendió a escribir.

Era uno de los poetas más famosos de la Arabia de su tiempo. El doctor ‘Umar Farrukh dice: «Cuando el islam adquirió poder estatal en Medina, los politeístas árabes se alarmaron aún más. Los poetas idólatras de La Meca, especialmente ’Abdullah ibn al-Ziba‘ri, Ka‘b ibn Zuhayr y Abu Sufyan ibn al-Harith, escribían poemas para censurar y difamar al Mensajero de Allah y al islam. En Medina, Hassan ibn Thabit, ’Abdullah ibn Rawaha y Ka‘b ibn Malik se alzaron como sus adversarios, les respondieron adecuadamente y mostraron la belleza del islam. Esta guerra poética entre ambos bandos continuó hasta la conquista de La Meca. ’Abdullah fue uno de los buenos poetas de su época, comparable a Hassan y Ka‘b. En la época de la ignorancia competía con el poeta Qays ibn al-Jutaym componiendo poemas satíricos. En la época islámica componía poemas elogiando al Mensajero y refutando y censurando a los poetas politeístas». (Tarikh al-Adab al-‘Arabi, 1/258, 261, 262)

Jurji Zaydan dice: «Entre los poetas idólatras de La Meca que componían poemas para censurar a los musulmanes, los más famosos eran ’Abdullah ibn al-Ziba‘ri, Abu Sufyan ibn al-Harith y ‘Amr ibn al-‘As. Un día el Profeta dijo: “Aquellos que ayudaron al Mensajero de Allah con sus armas, ¿qué les impide ayudarlo también con sus lenguas?”. Después de estas palabras, los tres poetas que se levantaron para enfrentar a los mencionados poetas fueron Hassan, Ka‘b y ’Abdullah. El Mensajero consideraba que la poesía de estos tres provocaba una gran reacción entre los enemigos. Dijo: “Estos tres poetas son más poderosos contra los qurayshíes que el filo de una flecha”». (Tarikh Adab al-Lugha al-‘Arabiyya, 1/191)

El poeta Hassan atacaba el linaje y la sangre de los qurayshíes; el poeta Ka‘b describía sus guerras, conflictos y su historia pasada, poniendo de relieve sus defectos. ’Abdullah ibn Rawaha, en cambio, los censuraba y condenaba por su incredulidad. (Usd al-Ghaba, 4/248) Abu al-Faraj al-Isfahani dice: «Hassan y Ka‘b componían poemas sobre las guerras, los conflictos y las hazañas gloriosas, como los poetas qurayshíes adversarios, y en ellos exponían diversos defectos de los qurayshíes. ’Abdullah ibn Rawaha los condenaba y censuraba por su incredulidad. Hasta que los qurayshíes abrazaron el islam, los poemas de aquellos dos eran para ellos más dolorosos que los de ’Abdullah. Pero cuando aceptaron el islam y comprendieron su mensaje, percibieron que la poesía de ’Abdullah era la más influyente y dolorosa». (Kitab al-Aghani, 4/136)

’Abdullah era poeta por naturaleza y tenía gran habilidad para improvisar versos. Zubayr ibn al-‘Awwam dijo: «Nunca he visto a nadie más capaz que ’Abdullah de componer poesía de manera espontánea». (Tahdhib al-Asma wa al-Lughat, 1/265) Un día, en la mezquita del Profeta, donde el Noble Mensajero estaba sentado con un grupo de sahaba, llamó a ’Abdullah y le dijo: «Recítanos ahora algo de poesía sobre los politeístas». ’Abdullah recitó algunos versos. Al escucharlos, el Mensajero sonrió ligeramente y dijo: «Que Allah te mantenga firme». (Al-Isti‘ab, 1/362; Tabaqat, 3/528; al-Isaba, 2/307)

Abu Hurayra solía decir durante sus exhortaciones: «Vuestro hermano ’Abdullah ibn Rawaha decía palabras obscenas». Después recitaba uno de sus poemas. El imán Ahmad recopiló ese poema en su Musnad. (Al-Fath al-Rabbani, Sharh Musnad Ahmad, 22/287)

Todos los poemas de ’Abdullah ibn Rawaha se han perdido con el paso del tiempo. Sin embargo, aún se conservan cincuenta versos en diversas obras de sira e historia. La mayoría se encuentra en la Sira de Ibn Hisham. (Da’ira-i Ma‘arif Islamiyya, en urdu, 12/780)

Cuando fueron revelados los versículos 224-226 de la sura al-Shu‘ara: «A los poetas los siguen los extraviados. ¿No ves que vagan desorientados por todos los valles y dicen lo que no hacen?», Hassan, ’Abdullah y Ka‘b se asustaron tanto que acudieron llorando ante el Mensajero de Allah. Dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, cuando Allah reveló estos versículos sabía que éramos poetas». Entonces el Mensajero recitó la continuación: «Excepto quienes creen, obran rectamente, recuerdan mucho a Allah y se defienden después de haber sido oprimidos», y dijo: «Vosotros sois esos». (Al-Isaba, 2/307; Tabaqat, 3/528; Hayat al-Sahaba, 3/77, 172)

Se han transmitido varios hadices de ’Abdullah ibn Rawaha. Él narró hadices directamente del Mensajero de Allah y de Bilal. De él narraron Ibn ‘Abbas, Usama ibn Zayd, Anas ibn Malik, Nu‘man ibn Bashir y Abu Hurayra. (Al-Isaba, 2/306)

’Abdullah ibn Rawaha era un ‘abid, un devoto que renunciaba a los placeres mundanos, y una persona que recordaba constantemente a Allah, un dhakir. Abu al-Darda dijo: «No pasa un día sin que lo recuerde. Cada vez que nos reuníamos, me decía: “Ven, seamos musulmanes durante un rato”. Luego se sentaba y comenzaba el dhikr. Al terminar decía: “Esta fue una reunión de fe”». (Usd al-Ghaba, 3/157)

Anas ibn Malik dijo: «Cuando un sahabí se encontraba con ’Abdullah ibn Rawaha, este le decía: “Ven, creamos durante un rato”. Un día, un hombre se enojó mucho al oírle decir eso. Fue directamente ante el Mensajero de Allah y se quejó: “Oh, Mensajero de Allah, ¿no ves que Ibn Rawaha abandona tu fe y prefiere una fe de unos instantes?”. Él respondió: “Que Allah tenga misericordia de Ibn Rawaha. Le gustan las reuniones por las que incluso los ángeles se sienten orgullosos”».

En otra ocasión, cuando hizo una invitación semejante, un hombre protestó: «¿Acaso no somos creyentes?». Él respondió: «Sí, somos creyentes. Pero haremos dhikr y nuestra fe aumentará». (Al-Fath al-Rabbani, 22/286; Hayat al-Sahaba, 3/15)

Su esposa narró que, cuando él salía de casa, realizaba dos rak‘at de oración, y al regresar hacía exactamente lo mismo. Nunca era negligente en este asunto. (Al-Isaba, 2/307; Hayat al-Sahaba, 3/148)

En cierta ocasión, durante un viaje, hacía tanto calor que la gente colocaba las manos sobre la cabeza para protegerse de la fuerza del sol. ¿Quién ayuna con un calor semejante? Sin embargo, en aquellas condiciones solo el Noble Mensajero y ’Abdullah ibn Rawaha observaban el sawm, el ayuno. (Sahih al-Bujari, 1/261; Muslim, 1/357; Hayat al-Sahaba, 1/479; Tahdhib al-Asma wa al-Lughat, 1/265)

Sentía una atracción irresistible por el yihad. No estuvo ausente de ninguna de las batallas libradas desde Badr hasta Mu’ta. Los especialistas en la ciencia de los hombres, es decir, en los diccionarios biográficos, dijeron: «’Abdullah salía al combate antes que todos y regresaba a casa después que todos». (Al-Isaba, 2/307)

Cumplía al pie de la letra las órdenes y prohibiciones del Noble Mensajero. Un suceso lo demuestra claramente. Una vez, el Noble Mensajero pronunciaba un jutba, un sermón, en la mezquita, mientras Ibn Rawaha se dirigía hacia ella. Cuando se encontraba en la calle exterior de la mezquita, oyó al Mensajero decir: «Sentaos cada uno en su lugar». En cuanto estas palabras llegaron a sus oídos, se sentó allí mismo. Después de que el Mensajero terminara el sermón, alguien le contó lo sucedido con Ibn Rawaha. Al oírlo, comentó: «Que Allah aumente en él el deseo de obedecer a Allah y a Su Mensajero». (Al-Isaba, 2/306; Hayat al-Sahaba, 2/356)

Así como ’Abdullah ibn Rawaha amaba profundamente al Mensajero, el Mensajero también lo amaba. Una vez, ’Abdullah cayó enfermo y perdió el conocimiento. El Mensajero fue a visitarlo y suplicó: «Oh Allah, si se acerca el momento de su muerte, haz que muera con facilidad; de lo contrario, devuélvele la salud». (Al-Isaba, 2/306)

Usama ibn Zayd dijo: «Cuando Sa‘d ibn ‘Ubada enfermó, el Mensajero salió para visitarlo y me hizo sentar detrás de él en su montura. ’Abdullah ibn Ubay estaba sentado con algunos miembros de su tribu a la sombra de la fortaleza de Muzahim. El Mensajero consideró contrario a la buena educación pasar junto a ellos sin decir nada. Bajó de la montura, los saludó y se sentó un momento. Luego recitó algunos versículos del Corán y los invitó a todos al islam. Durante todo ese tiempo, ’Abdullah ibn Ubay permaneció callado. Cuando el Mensajero terminó de hablar, dijo: “Si lo que dices es verdad, ve a sentarte en tu casa. Cuando alguien vaya a ti, háblale cuanto quieras. No molestes a nadie presentándote de esta manera inoportuna en una reunión”. Entre los musulmanes presentes estaba también ’Abdullah ibn Rawaha. Este rugió: “¡Oh, Mensajero de Allah, no le hagas caso nunca! ¡Ven! Ven a nuestras reuniones, a nuestras casas y de puerta en puerta. Eso es lo que nos gusta. Con tu llegada, Allah nos ha honrado y nos ha concedido la guía”». (Sira de Ibn Hisham, 1/587; Hayat al-Sahaba, 2/509)

Un día, ’Abdullah comenzó a llorar con la cabeza apoyada en el regazo de su esposa. Al verlo, ella también comenzó a llorar. Él le preguntó: «¿Por qué lloras?». Ella respondió: «Lloro al verte llorar». Entonces él recitó el versículo 71 de la sura Maryam y dijo: «Lloro al recordar este versículo. No sé si seré salvado del Infierno». (Hayat al-Sahaba, 3/45)

El papel de ’Abdullah en la conversión al islam del famoso sahabí ansarí Abu al-Darda merece una mención especial. Ambos mantenían una relación muy estrecha en la época de la ignorancia. Incluso después de que ’Abdullah abrazara el islam, Abu al-Darda siguió adorando ídolos. En su casa había un gran ídolo. Un día Abu al-Darda salió de casa y, justo entonces, ’Abdullah entró por otro camino. Preguntó a la esposa de Abu al-Darda: «¿Dónde está Abu al-Darda?». Ella respondió: «Acaba de salir». ’Abdullah entró en la habitación del ídolo y lo hizo añicos con un martillo que encontró allí. Al oír el ruido, la esposa de Abu al-Darda corrió hacia el lugar. ’Abdullah terminó su tarea y se marchó. La mujer, aterrorizada, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar. Cuando Abu al-Darda regresó y escuchó todo de su esposa, se enfureció al principio. Pero inmediatamente pensó: «Si el ídolo tuviera algún poder, habría podido protegerse». Después de comprender esto, fue con ’Abdullah ante el Mensajero de Allah y declaró su adhesión al islam. (Hayat al-Sahaba, 1/332-333)

En cierta ocasión, el poeta Hassan ibn Thabit censuró en un poema a Safwan ibn al-Mu‘attal y a su tribu. Safwan se enfureció, golpeó al poeta, le ató las dos manos al cuello y lo llevó a la aldea de Banu al-Harith. ’Abdullah ibn Rawaha lo liberó e informó del asunto al Mensajero de Allah. También llevó a ambos ante él, y el Mensajero resolvió su disputa. (Sira de Ibn Hisham, 2/305)

Debido a todas las cualidades mencionadas, el Mensajero dijo elogiándolo: «Ni‘ma al-rajul, ’Abdullah ibn Rawaha»: «¡Qué excelente hombre es ’Abdullah ibn Rawaha!». (Al-Isaba, 2/306)

Abu Talha al-Ansari (que Allah esté complacido con él)

Se llamaba Zayd y su kunya era Abu Talha. Con este nombre se hizo famoso en la historia. Nació en Yathrib en el año 585 d. C., treinta y seis años antes de la Hégira. (Al-A‘lām, 3/98) Su padre era Sahl ibn al-Aswad ibn Harām, descendiente de los Banū Jāzīla. Su madre era ‘Ubāda bint Mālik. En la antigua época de la ignorancia, la familia de Abu Talha gozaba de una posición especialmente honorable en Yathrib. También existían vínculos de parentesco entre sus linajes paterno y materno. La residencia de su familia se encontraba al oeste, junto a la actual Mezquita del Profeta. En su época era el jefe o líder de su clan. (Ansāb al-Ashrāf, 1/42; al-Istī‘āb, 4/113; Tahdhīb al-Asmā’, 1/445)

En su vida anterior al islam, adoraba ídolos como la mayoría de los árabes. Sus reuniones para beber vino eran muy ostentosas y en ellas se reunía habitualmente con sus compañeros. En aquella época de ignorancia era considerado uno de los pocos arqueros valientes de Yathrib. (Bujari, 2/664; al-A‘lām, 3/98)

Cuando Abu Talha tenía veinte o veintidós años, el Honorable Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— recibió la profecía en La Meca. Aunque durante los primeros años esto no tuvo mucha influencia en Yathrib, en los años posteriores comenzó a hacerse sentir gradualmente. Algunos años antes de la emigración del Mensajero de Dios a Medina, envió allí desde La Meca a Mus‘ab ibn ‘Umayr para predicar el islam. Fue ante él que una noble mujer medinense, Umm Sulaym, aceptó el islam. Gracias a los esfuerzos de esta mujer, Abu Talha abandonó posteriormente la idolatría, se hizo musulmán y se casó con ella.

Al examinar las distintas narraciones sobre cuándo aceptó el islam Abu Talha, se obtienen dos posibilidades. Según una de ellas, aceptó el islam ante Mus‘ab ibn ‘Umayr antes de la emigración del Mensajero de Dios a Medina y, acompañándolo durante la peregrinación, viajó desde La Meca y prestó juramento de fidelidad al Mensajero de Dios en la última ‘Aqaba junto con setenta y tres personas, o, según otra opinión, setenta y cinco. De los presentes en aquel juramento, Abu Talha fue uno de los doce que el Mensajero eligió como naqīb, es decir, responsables. La otra posibilidad es que aceptara el islam después de la llegada del Mensajero a Medina. Sin embargo, la primera opinión es la más célebre y la mayoría de los especialistas en biografía profética la han transmitido. (Tārīj al-Islām wa Tabaqāt al-Mashāhīr wa al-A‘lām, 2/119; Shadharāt al-Dhahab, 1/40; Usd al-Ghāba, 5/234)

Existe una relación entre la conversión de Abu Talha y su matrimonio con Umm Sulaym. Umm Sulaym era la honorable madre del célebre compañero Anas ibn Mālik, servidor del Honorable Mensajero de Dios. El padre de Anas, Mālik, había sido el esposo de Umm Sulaym antes de su conversión. Cuando ella aceptó el islam, Mālik, afligido y enojado, abandonó a su esposa y a su hijo, marchó a Siria y murió allí. Después, Abu Talha pidió casarse con Umm Sulaym. Presentamos aquí algunas narraciones sobre este matrimonio.

Se transmitió de Anas que Abu Talha pidió en matrimonio a Umm Sulaym. Ella dijo: «No sería correcto que me casara con un politeísta. Abu Talha, ¿acaso no ves que esos dioses vuestros a los que adoráis son fabricados en el taller de fulano? Si se les prende fuego, arden». Al oír estas palabras, Abu Talha se levantó y se marchó. Sin embargo, algo comenzó a inquietarlo interiormente y no pudo dormir.

En otra narración se dice que Umm Sulaym le dijo: «No tengo ninguna objeción a tu propuesta. El problema es que tú eres un incrédulo y yo soy una mujer musulmana. Si aceptas el islam, no habrá ningún problema. Tu conversión será mi dote; no quiero nada más». Abu Talha aceptó el islam y se casó con Umm Sulaym. Thābit decía: «Nunca hemos oído hablar de una dote mejor que la dote de Umm Sulaym. Su dote fue el islam». Ibn ‘Asākir dice que al-Tabarānī, Abū Nu‘aym e Ibn Duras­tawayh transmitieron lo anterior. (Tārīj Ibn ‘Asākir, 6/5) Historiadores como ‘Urwa, Mūsā ibn ‘Uqba, el sabio al-Dhahabī, Ibn al-‘Imād al-Hanbalī e Ibn al-Athīr afirman que este hecho ocurrió antes de la emigración del Mensajero de Dios a Medina, porque Abu Talha prestó juramento al Mensajero en ‘Aqaba y fue nombrado naqīb.

Ibn ‘Asākir dice: «Las narraciones sobre el matrimonio de Abu Talha con Umm Sulaym hacen pensar que él aceptó el islam después de la emigración del Mensajero de Dios a Medina». Sobre este asunto encontró una narración de al-Hāfiz y al-Bayhaqī transmitida por Nadr ibn Anas. Nadr dijo: «Un día Mālik, el padre de Anas, le dijo a su esposa Umm Sulaym: “Veo que este hombre [el Mensajero] ha declarado prohibido el vino”. Luego abandonó a su esposa y a su hijo, marchó a Siria y murió allí».

Después, Abu Talha pidió casarse con Umm Sulaym. Ella le dijo: «Escucha, Abu Talha: a un hombre como tú no se le rechaza fácilmente. Pero tú eres incrédulo y yo soy musulmana. Ese es el problema; este matrimonio no puede celebrarse». Abu Talha preguntó: «¿Quieres oro o plata?». Umm Sulaym respondió: «No, no quiero eso. Solo quiero tu islam». Abu Talha preguntó: «¿Quién me ayudará en este asunto?». Ella respondió: «El Mensajero de Dios».

Abu Talha fue al Mensajero de Dios, que estaba sentado con sus compañeros. Al verlo acercarse, dijo: «Ahí viene Abu Talha; la luz del islam se ve en su frente». Abu Talha llegó y le relató al Mensajero las palabras que había pronunciado Umm Sulaym. Así aceptó el islam y se casó con Umm Sulaym. (Tārīj Ibn ‘Asākir, 6/5; Hayāt al-Sahāba, 1/196)

Cuando el Mensajero de Dios llegó a Medina, estableció una hermandad religiosa entre los emigrantes de La Meca y los auxiliares de Medina. Hay diversas opiniones sobre quién fue el hermano religioso de Abu Talha. La opinión de la mayoría de los autores de biografías es que se estableció una relación de hermandad entre él y el célebre emigrante qurayshí Abu ‘Ubayda ibn al-Jarrāh —que Dios esté complacido con él—. Este Abu ‘Ubayda había recibido del Mensajero la buena noticia del Paraíso junto con el título de «el digno de confianza de la comunidad». Ibn ‘Asākir dice: «El Honorable Mensajero tomó las manos de Abu Talha y Bilāl y estableció entre ellos una relación de hermandad». (Tārīj Ibn ‘Asākir, 6/9) Ibn Sa‘d presenta una narración de ‘Āsim ibn ‘Umar según la cual el Mensajero estableció una relación de hermandad entre Abu Talha y Arqam ibn al-Arqam al-Majzūmī. (Tabaqāt, 3/505)

Abu Talha participó junto al Mensajero de Dios en todas las guerras y expediciones, incluidas Badr, Uhud y Jandaq. En el campo de batalla solía recitar estos versos: «Soy Abu Talha; mi nombre es Zayd. Cada día mi arma obtiene una presa». (Tahdhīb al-Asmā’, 1/445; Tārīj Ibn ‘Asākir, 5/4)

Badr fue la primera batalla de la historia del islam. Abu Talha participó en ella con gran entusiasmo. Ibn Sa‘d menciona su nombre en la lista de los compañeros que combatieron en Badr, incluida en su Tabaqāt. Él dijo: «En Badr, mientras estaba adormecido, la espada se me cayó de la mano; no una vez, sino tres». A propósito de ello, Dios dijo: «Y recordad cuando Él os cubrió con un sueño como seguridad procedente de Él». (Sura al-Anfāl, 11) (Tārīj Ibn ‘Asākir, 6/6) Conviene señalar que durante la batalla de Badr el ejército musulmán cayó adormecido brevemente. Esto hizo desaparecer su cansancio y su temor.

En la batalla de Uhud dio un brillante ejemplo de sacrificio por el Profeta de Dios. En aquella batalla formaba parte de la unidad de arqueros. (Ansāb al-Ashrāf, 1/125) En cierto momento, debido a la intensidad de la lucha, el ejército musulmán se dispersó y quedó derrotado, alejándose del Mensajero. Entonces unos pocos soldados, entre ellos Abu Talha, arriesgaron sus vidas y rodearon al Mensajero para repeler los ataques del enemigo.

Ese día Abu Talha ocultaba al Mensajero detrás de sí mientras disparaba flechas contra los enemigos. Cada vez que lanzaba una flecha, el Mensajero levantaba ligeramente la cabeza para ver dónde había caído. Abu Talha le ponía la mano sobre el pecho y lo hacía sentarse, diciendo: «¡Oh, Mensajero de Dios, siéntate y permanece así! De ese modo ninguna flecha te alcanzará». Cada vez que el Mensajero levantaba un poco la cabeza, Abu Talha se colocaba rápidamente delante de él para protegerlo. Aquel día también le dijo: «Mi pecho estará frente a tu pecho». En cierto momento le dijo: «Soy un hombre fuerte y valiente. Dime lo que necesites». Mientras disparaba flechas al pecho de los enemigos, murmuraba un verso

Abu Mas‘ud al-Badri (r.a.)

Abu Mas‘ud era un sobrenombre, y con este nombre se hizo famoso en la historia. Su nombre verdadero era ‘Uqba y el de su padre era ‘Amr ibn Za‘laba. Se unió al último juramento de al-‘Aqaba y allí mismo aceptó el islam. Al-Waqidi dice: Abu Mas‘ud participó en al-‘Aqaba, pero estuvo ausente de Badr. Muhammad ibn Ishaq dice: entre los participantes de al-‘Aqaba, él era el más joven. (Ansab al-Ashraf, 1/245; Sira de Ibn Hisham, 1/459; Usd al-Gaba, 5/296). Esto ha sido mencionado claramente.

Participó junto al Mensajero de Allah (s.a.w.) en todas las batallas de Uhud y en las posteriores contra los incrédulos. Sin embargo, existen muchas discrepancias entre los especialistas en biografía acerca de su participación en la batalla de Badr. Según la mayoría, participó en Badr y por eso se le llama al-Badri. El imán al-Bujari afirmó con gran convicción que participó en Badr, y presentó como prueba varios hadices en su obra Sahih. Entre ellos, un hadiz transmitido por Bashir ibn Abu Mas‘ud. En él se relata que, cuando al-Mugira retrasó la oración de ‘asr, Abu Mas‘ud ‘Uqba ibn ‘Amr lo reprendió. Este Abu Mas‘ud era el abuelo materno de Zayd ibn Hasan y había participado en Badr. Abu ‘Utba ibn Salam y Muslim también afirmaron en su obra al-Kuna que participó en Badr. Ibn al-Barqi dice: Ibn Ishaq no lo mencionó entre los participantes de Badr. Al-Tabarani dice: los habitantes de Kufa sostienen que participó en Badr, pero los habitantes de Medina no lo incluyen entre los participantes de Badr. Ibn Sa‘d transmitió de al-Waqidi, quien dijo: entre nuestros compañeros no existe ninguna discrepancia en cuanto a que Abu Mas‘ud no participó en Badr. Vivió en Badr, y por eso se le llama al-Badri. (Al-Isaba, 2/490-491; Sira de Ibn Hisham, 1/459; Usd al-Gaba, 5/296).

Abu Mas‘ud permaneció en Medina desde la época de la profecía hasta el período de los tres primeros califas. En algún momento de su vida residió durante algunos días junto al agua de Badr. Durante el califato de ‘Ali abandonó Medina, se trasladó a Kufa y construyó allí una casa, donde residió. (Al-Isaba, 4/252; Ansab al-Ashraf, 1/245).

En cuanto al papel de Abu Mas‘ud durante la disputa entre ‘Ali (r.a.) y Mu‘awiya (r.a.), existen relatos contradictorios. Según un relato, era uno de los allegados de Mu‘awiya (r.a.). Cuando Mu‘awiya (r.a.) partió para la batalla de Siffin, lo dejó como su representante en Kufa. Abu Mas‘ud desempeñó las funciones de gobernador de Kufa hasta su regreso. (Al-Isaba, 2/491). Por otro lado, según otro relato, era compañero de ‘Ali (r.a.). Se trasladó a Kufa durante el gobierno de ‘Ali, y cuando ‘Ali (r.a.) partió hacia Siffin, lo dejó encargado de la gobernación de Kufa. (Ansab al-Ashraf, 1/245; al-A‘lam, 4/241). Este último relato es el correcto, porque en el momento de la batalla de Siffin Kufa estaba bajo la autoridad de ‘Ali (r.a.), no bajo la de Mu‘awiya (r.a.).

Existen discrepancias acerca del año y el lugar de la muerte de Abu Mas‘ud (r.a.). Algunos han dicho que, después de la batalla de Siffin, regresó de Kufa a su ciudad natal, Medina, y murió allí. Otros han dicho que murió en Kufa. (Al-Isaba, 2/491; al-A‘lam, 4/241).

También existen discrepancias acerca del año de su muerte. Se han mencionado los años 41 y 42 de la Hégira como fechas de su fallecimiento. Otros han dicho que murió en el año 60 de la Hégira, hacia el final del califato de Mu‘awiya (r.a.). (Usd al-Gaba, 5/296). No obstante, es cierto que estaba vivo durante el gobierno de al-Mugira ibn Shu‘ba (r.a.) en Kufa. Con certeza, esto ocurrió después del año 40 de la Hégira. (Al-Isaba, 2/491).

Se conocen un hijo y una hija de Abu Mas‘ud (r.a.). El nombre de su hijo era Bashir, y su hija fue esposa del imán Hasan (r.a.). De ella nació Zayd ibn Hasan. Bashir nació durante la vida del Mensajero de Allah (s.a.w.) o poco después.

Abu Mas‘ud (r.a.) cumplió con gran dedicación la responsabilidad de difundir los hadices del Mensajero de Allah (s.a.w.). Se le cuenta entre la tercera categoría o nivel de los compañeros transmisores de hadices. En diversas colecciones de hadices se encuentran 102 hadices transmitidos por él. (Al-A‘lam, 4/241). Entre los tabi‘in que transmitieron hadices de él, algunos de los más célebres son: Bashir, ‘Abdullah ibn Yazid al-Jutami, Abu Wa’il, ‘Alqama, Qays ibn Abi Hatim, ‘Abd al-Rahman ibn Yazid al-Naja‘i, Yazid ibn Shurayk, Muhammad ibn ‘Abdullah ibn Zayd ibn ‘Abd Rabbihi al-Ansari y otros.

Seguir la conducta del Mensajero de Allah (s.a.w.) y ordenar el bien eran los principales rasgos de su carácter. Observaba con gran reverencia las órdenes y prohibiciones del Mensajero de Allah (s.a.w.). En cierta ocasión estaba golpeando a uno de sus esclavos. Entonces se oyó una voz detrás de él: «¡Abu Mas‘ud! Reflexiona un poco. Aquel Allah que te ha dado poder sobre él también habría podido darle poder sobre ti». La voz era la del Mensajero de Allah (s.a.w.). Abu Mas‘ud quedó profundamente impresionado. En ese mismo momento juró que nunca volvería a golpear a ningún esclavo. Y liberó a aquel esclavo. (Musnad, 5/273-274).

Tampoco descuidaba jamás su deber de ordenar el bien, y en este asunto no temía a nadie, grande o pequeño. Al-Mugira ibn Shu‘ba (r.a.) era entonces el gobernador de Kufa. Un día dirigió la oración de ‘asr algo más tarde de lo debido. Abu Mas‘ud protestó inmediatamente. Le dijo: «Sabes que el Mensajero de Allah (s.a.w.) realizaba las cinco oraciones en los horarios indicados por Yibril y decía: “Así se me ha ordenado”». (Bujari, 2/571).

Él mismo seguía exactamente la sunna del Mensajero de Allah (s.a.w.). Un día preguntó a la gente: «¿Sabéis cómo realizaba la oración el Mensajero de Allah (s.a.w.)?». Luego realizó la oración para mostrárselo. (Musnad, 5/122).

Permanecer hombro con hombro en la oración en congregación es una sunna del Mensajero (s.a.w.). Cuando vio que la gente no la observaba completamente, decía: «El beneficio de permanecer así era que estaban unidos. Ahora os colocáis separados unos de otros; por eso han surgido las discrepancias».

Abu Mas‘ud (r.a.) no es contado entre los compañeros que emitían fatwas, pero ocasionalmente las emitía. Ibn ‘Abd al-Barr transmitió de Ibn Sirin en su obra Yami‘ al-‘Ilm (2/166). Él dijo: En cierta ocasión, el califa ‘Umar le dijo a Abu Mas‘ud: «¿No se me ha informado de que emites fatwas? Deja el calor de la fatwa para aquel que ha experimentado el contacto de su frío», es decir, para el gobernador. «Tú no eres gobernador». (Hayat al-Sahaba, 2/253).

Abu Qatada al-Ansari (r.a.)

Su Eminencia Abu Qatada era hijo de la rama Banu Sulama de la célebre tribu medinense de los Jazrach. Hay discrepancias acerca de su nombre original. Algunos dijeron que era al-Hariz; otros, Amr. Según al-Kalbí e Ibn Ishaq, era an-Numán. Sin embargo, al-Hariz es el nombre más conocido. En la historia es famoso por su sobrenombre Abu Qatada. Su padre era Rabí ibn Baldama y su madre, Kabsha bint Mutahhir. Ella también pertenecía a la rama Sawad ibn Ganam de Banu Sulama, de la tribu de los Jazrach. Abu Qatada nació en Medina en el año 604 d. C., dieciocho años antes de la hégira del Mensajero de Allah (s.a.s.) a Medina. (Usud al-Gaba, 5/274; al-Isaba, 4/158; al-Alam, 2/154.) Kaab ibn Malik al-Ansarí, quien fue castigado por no participar en la expedición de Tabuk y a quien después Allah Todopoderoso perdonó, era primo suyo. En aquella ocasión, él también boicoteó a Kaab, como todos los demás. (Hayat as-Sahaba, 1/467.)

Aceptó el islam en algún momento después de la segunda promesa de Aqaba. Los especialistas en biografías difieren sobre su participación en la batalla de Badr. Muchos lo consideraron un compañero de Badr. Sin embargo, ni Musa ibn Uqba ni Ibn Ishaq mencionaron su nombre en la lista de los compañeros que participaron en Badr. Participó junto al Mensajero de Allah (s.a.s.) en todas las batallas posteriores, incluida Uhud. (Al-Isaba, 4/158; Usud al-Gaba, 5/274.)

En el mes de Rabí al-Awwal del sexto año de la hégira tuvo lugar la expedición de Dhu Qarad, también llamada expedición de al-Gaba. En ella demostró una extraordinaria audacia. Los camellos del Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) pastaban en una aldea llamada Dhu Qarad. Rabah, esclavo del Mensajero de Allah (s.a.s.), estaba encargado de ellos. Algunos hombres de la tribu de Gatafán mataron a los pastores y se llevaron los camellos. El célebre compañero Salama ibn al-Akwa, al enterarse de la noticia, se situó en la cima de una montaña, mirando hacia Medina, y gritó tres veces el grito de advertencia tradicional entre los árabes: «¡Ya sabahah!». Después envió rápidamente a Rabah ante el Mensajero de Allah (s.a.s.) y él mismo salió en persecución de los saqueadores gatafaníes. El Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) envió rápidamente a tres jinetes para ayudarlo y salió también detrás de ellos. Salama ibn al-Akwa esperaba la ayuda de Medina. Poco después vio llegar a Abu Qatada al-Ansarí, al-Ajram al-Asadí y, detrás de ellos, al-Miqdad al-Kindí, galopando a toda velocidad. Al ver a estos jinetes, los gatafaníes intentaron huir abandonando los camellos. Pero al-Ajram al-Asadí sentía entonces un intenso deseo de alcanzar el martirio. Desobedeciendo la prohibición de Salama, persiguió a los gatafaníes. Finalmente, él y Abd ar-Rahman al-Gatafaní entablaron una lucha cuerpo a cuerpo, y al-Ajram alcanzó el martirio. Abd ar-Rahman intentó escapar llevándose el caballo de al-Ajram. En ese momento llegó Abu Qatada y, de una lanzada, mató a Abd ar-Rahman. (Al-Kamil fi at-Tarij, 2/198-191; al-Isaba, 4/158; Hayat as-Sahaba, 1/561; Sahih Muslim, 2/101.)

Según otra narración, el hombre que Abu Qatada mató en la batalla de Dhu Qarad se llamaba Habib ibn Uyayna ibn Hisn. Después de matarlo, cubrió el cadáver con su propia manta y continuó avanzando detrás del enemigo. Cuando los hombres que venían detrás vieron un cadáver cubierto con la manta de Abu Qatada, pensaron que seguramente era el cadáver de Abu Qatada. Inmediatamente pronunciaron «Inna lillahi» y comenzaron a decirse unos a otros: «Abu Qatada ha muerto». Al oírlo, el Mensajero (s.a.s.) dijo: «No es Abu Qatada; es el cadáver del hombre que Abu Qatada mató. Después de matarlo, lo cubrió con su manta para que comprendierais que aquel era el asesino». El caballo de Abu Qatada en aquella batalla se llamaba Hazwa. (Sira de Ibn Hisham, 2/284.)

Abu Qatada dijo: «El día de Dhu Qarad, al terminar la expedición, me encontré con el Mensajero de Allah (s.a.s.). Él me miró y suplicó: “¡Oh Allah! Bendice su cabello y su piel, y haz que su rostro prospere”. Yo dije: “¡Oh Mensajero de Allah! ¡Que Allah haga prosperar también vuestro rostro!”». (Usud al-Gaba, 5/275.) Ese día, después de escuchar la descripción de su valentía y heroísmo, el Mensajero (s.a.s.) comentó: «Hoy Abu Qatada es nuestro mejor jinete». (Al-Kamil fi at-Tarij, 2/191; al-Isaba, 4/158.)

Abu Qatada también acompañó al Mensajero de Allah (s.a.s.) durante el viaje del tratado de Hudaybiyya. Un día, durante el regreso, el Mensajero y sus compañeros se quedaron dormidos y perdieron la oración del alba. Se conoce cómo y cuándo el Mensajero (s.a.s.) realizó aquella oración compensatoria por un hadiz narrado por Abu Qatada. (Hayat as-Sahaba, 3/29.)

En el séptimo u octavo año de la hégira, el Mensajero (s.a.s.) envió una fuerza bajo el mando de Abu Qatada hacia Idam. Idam era el nombre de un lugar o de una montaña situada en el camino de Medina a Siria. Cuando llegaron al valle de Idam, pasó junto a ellos Amir ibn al-Adbat al-Ashyaí. Saludó a Abu Qatada y a los miembros de su fuerza. A pesar de ello, debido a una enemistad anterior, un miembro de la fuerza, Muhallim ibn Jassama ibn Qays, lo mató y se apoderó de su camello y de sus demás pertenencias. Cuando se presentaron ante el Mensajero de Allah (s.a.s.) y le informaron del suceso, fue revelado el versículo 94 de la sura an-Nisa:

«¡Oh creyentes! Cuando salgáis a combatir por la causa de Allah, examinad bien la situación y no digáis a quien os salude: “No eres creyente”, buscando así los bienes de la vida mundana. Junto a Allah hay abundantes botines. Vosotros también erais así antes, pero Allah os favoreció. Examinad, pues, la situación. Allah está bien informado de lo que hacéis». (Sura an-Nisa, 94.)

En el mes de Shaabán del octavo año de la hégira, el Mensajero (s.a.s.) envió una fuerza de quince hombres hacia un lugar de Nayd llamado Jadra. Abu Qatada era el comandante de aquella fuerza. Allí habitaba la tribu de Gatafán, una tribu saqueadora que era encarnizada enemiga de los musulmanes. El propósito era atacarla por sorpresa. Por ello marchaban durante toda la noche y se ocultaban durante el día. Así llegaron inesperadamente hasta la tribu de Gatafán. Ellos también eran muy valientes. Inmediatamente acudieron muchos hombres y comenzó la batalla. Abu Qatada dijo a sus compañeros: «Matad solamente a quienes luchen contra vosotros; no es necesario perseguir a todos». Gracias a esta política, la batalla terminó rápidamente. Después de solo quince días regresaron a Medina con abundante botín: doscientos camellos, dos mil cabras y numerosos prisioneros. Se separó una quinta parte del botín y todo lo demás se repartió entre ellos.

Pocos días después, en el mes de Ramadán, el Mensajero de Allah (s.a.s.) envió un grupo de ocho hombres hacia Batn Ajám. También Abu Qatada era su jefe. Batn Ajám estaba situado entre Dhu Jashab y Dhu Marwa, a tres etapas de viaje de Medina en dirección a La Meca. El Mensajero (s.a.s.) había decidido emprender una campaña militar hacia La Meca. Envió este grupo para que la gente no sospechara en absoluto de ello; en realidad, pretendía desviar la atención hacia otro lugar. Cuando llegaron a Dhu Jashab, supieron que el Mensajero (s.a.s.) ya había partido hacia La Meca. Por ello se reunieron con el ejército del Mensajero de Allah (s.a.s.) en un lugar llamado Suqayya. (Tabaqat, capítulo de las expediciones, 91.)

Después de la conquista de La Meca tuvo lugar la expedición de Hunayn. El combate fue tan intenso que muchos grandes héroes musulmanes se vieron obligados a retirarse. Abu Qatada mostró un valor extraordinario en aquella batalla. En cierto lugar, un soldado musulmán luchaba cuerpo a cuerpo con un soldado politeísta, mientras un segundo hombre se preparaba para atacar al musulmán por la espalda. Abu Qatada lo advirtió. Se acercó sigilosamente y le asestó un golpe de espada en el hombro desde atrás. Al hombre le cayó cortado un brazo, pero de improviso lo rodeó del cuello con el otro brazo y lo agarró. Era muy fuerte y apretó a Abu Qatada con tanta fuerza que este estuvo a punto de morir. Mientras ambos forcejeaban, el hombre se debilitó por la abundante pérdida de sangre. Aprovechando la ocasión, Abu Qatada le asestó otro golpe. El hombre cayó al suelo.

Mientras Abu Qatada estaba ocupado matándolo, un soldado musulmán de La Meca pasó por allí y se llevó todas las armas, pertenencias y objetos del muerto. Entonces cundió un gran terror entre el ejército musulmán, y todos huían del campo de batalla en cualquier dirección. Abu Qatada también avanzaba hacia un lado. En el camino se encontró con Umar (r.a.). Abu Qatada le preguntó: «¿Qué ocurre?». Umar (r.a.) respondió: «Lo que Allah ha querido». Entretanto, los musulmanes se recuperaron de su debilidad, lanzaron un contraataque y dominaron el campo de batalla.

Abu Qatada dijo: «La batalla terminó y nosotros también descansábamos. En ese momento el Mensajero de Allah (s.a.s.) anunció: “Quien mate a un hombre obtendrá las pertenencias que el muerto haya dejado”. Yo dije: “¡Oh Mensajero de Allah! He matado a un hombre equipado. Mientras estaba ocupado matándolo, alguien se llevó sus pertenencias. No sé quién fue”. Entonces aquel hombre de La Meca dijo: “¡Oh Mensajero de Allah! Él dice la verdad. Las pertenencias del muerto están conmigo. Convencedlo para que me las entregue”. Inmediatamente Abu Bakr (r.a.) exclamó: “¡Por Allah! El Mensajero no lo convencerá. Un león de Allah ha combatido por la causa de Allah, ¿y tú pretendes apoderarte de lo que le corresponde? Entrégale las pertenencias del muerto”. Entonces el Mensajero (s.a.s.) dijo: “Abu Bakr ha dicho la verdad. Devuelve sus bienes saqueados”. Abu Qatada dijo: “Vendí aquellas cosas y con el dinero compré unos diez árboles de dátiles. Esa fue la primera propiedad que compré después de aceptar el islam”». (Sira de Ibn Hisham, 2/448-449; Hayat as-Sahaba, 2/90-91; Musnad, 5/306.)

No se dispone de información muy detallada sobre las actividades de Abu Qatada durante el periodo de los califas después del fallecimiento del Mensajero de Allah (s.a.s.). Cuando el califa Uzmán (r.a.) estaba sitiado en su propia casa de Medina por los rebeldes, llegó la época de la peregrinación. Un día, Abu Qatada fue con otro hombre ante el califa Uzmán (r.a.) y le pidió permiso para ir al Hayy. Él les dio permiso. Entonces le preguntaron al califa: «Si estos rebeldes vencen, ¿con quién debemos permanecer?». El califa respondió: «Con la mayoría de la comunidad». Volvieron a preguntar: «Si esa mayoría vence sobre vos, ¿con quién permaneceremos?». Él respondió: «Permaneceréis con quienesquiera que formen la mayoría». (Hayat as-Sahaba, 2/126.)

En cierta ocasión, Alí (r.a.) lo nombró gobernador de La Meca, pero después nombró en su lugar a Quzam ibn Abbas. En el año 36 de la hégira tuvo lugar la batalla del Camello, y al año siguiente la batalla de Siffín. Abu Qatada (r.a.) participó en ambas al lado de Alí (r.a.). (Al-Alam, 2/154; al-Isaba, 4/158.) En el año 38 de la hégira, los jariyíes alzaron la bandera de la rebelión. En el ejército que Alí (r.a.) condujo contra ellos, Abu Qatada era oficial de la infantería.

Existe una gran discrepancia acerca del año de la muerte de Abu Qatada (r.a.). Según los habitantes de Kufa, murió en Kufa en el año 38 de la hégira, y Alí (r.a.) dirigió su oración funeraria pronunciando siete takbires. El imán Shaabí dijo que no fueron siete, sino seis. Hasan ibn Uzmán afirmó que murió en el año 40 de la hégira. Al-Waqidí dijo que murió en Medina en el año 54, a la edad de 72 años. Otros dijeron que no tenía 72, sino 70 años. El imán al-Bujari mencionó su nombre en su obra al-Awsat entre quienes murieron entre los años 50 y 60 de la hégira. También dijo que, cuando Marwán era gobernador de Medina en nombre de Muawiya (r.a.), convocó una vez a Abu Qatada para visitarlo, y este se entrevistó con Marwán. Hay otra narración que apoya esto. Cuando Muawiya (r.a.) llegó a Medina, personas de todos los grupos fueron a visitarlo. Entonces llamó a Abu Qatada y le dijo: «Todas las personas han venido a verme excepto vosotros, los ansar». Estas narraciones muestran con certeza que murió después del año 40 de la hégira. (Véase al-Isaba, 4/159; al-Alam, 2/154; Usud al-Gaba, 5/275.)

No se conoce mucho sobre la constitución física y el aspecto de Abu Qatada (r.a.). Sin embargo, llevaba el cabello hasta el cuello, estilo llamado hamiyya. A veces se lo peinaba. En una ocasión, el Noble Mensajero de Allah (s.a.s.), al ver su cabello descuidado y despeinado, le dijo: «Arréglalo un poco. Cuando una persona deja crecer su cabello, debe cuidarlo; de lo contrario, ¿de qué sirve llevarlo largo?». Tuvo cuatro hijos: Abd Allah, Maabad, Abd ar-Rahman y Zabit. El último era hijo de una esclava. Su esposa se llamaba Salafa bint Bara ibn Marur ibn Sajhar, hija de una familia noble de la tribu de Sulama. Ella misma era una sahabiyya, una mujer compañera del Profeta, y su padre, Bara ibn Marur ibn Sajhar, también era un compañero célebre.

Abu Qatada no fue en absoluto negligente con la responsabilidad de difundir el Corán y los hadices. Era extremadamente cuidadoso al narrar hadices. Después de oír del Mensajero de Allah (s.a.s.) el hadiz sobre la mentira atribuida al Mensajero —«kidhb ala ar-Rasul», es decir, mentir sobre el Mensajero—, adoptó una gran cautela en este asunto. (Musnad, 5/292.)

Un día se estudiaban hadices en una reunión de tabiíes. Todos decían: «El Mensajero (s.a.s.) dijo esto; el Mensajero (s.a.s.) dijo aquello». Al oír sus conversaciones, Abu Qatada les dijo: «¡Desgraciados! ¿Qué sale de vuestras bocas? El Mensajero (s.a.s.) habló del castigo del Infierno para quienes narran hadices falsos». (Musnad, 5/310.)

A pesar de tanta cautela, el número de hadices que narró fue de 170. Entre quienes narraron hadices de él se encuentran tanto grandes compañeros como grandes tabiíes: Anas ibn Malik, Yabir ibn Abd Allah, Abu Muhammad Nafi —su esclavo liberado—, Said ibn Kab ibn Malik, Kabsha bint Kab ibn Malik, Abd Allah ibn Rabah, Ata ibn Yasar, Abu Salama ibn Abd ar-Rahman ibn Awf, Umar ibn Sulaym az-Zarqí, Abd Allah ibn Maabad, Muhammad ibn Sirin, Said ibn al-Musayyib y otros. Todos los mencionados fueron brillantes astros de la ciencia del hadiz.

La fraternidad islámica alcanzó un desarrollo extraordinario en Abu Qatada. Una vez llevaron ante el Mensajero de Allah (s.a.s.) el cadáver de un hombre de los ansar para la oración funeraria. Primero preguntó si tenía alguna deuda. La gente respondió que debía dos dinares. Volvió a preguntar si había dejado alguna propiedad. Respondieron que no había dejado nada. Entonces el Mensajero (s.a.s.) dijo: «Rezadle vosotros». Abu Qatada preguntó: «¡Oh Mensajero de Allah! Si yo pago su deuda, ¿dirigiréis la oración?». Él respondió: «Sí». Abu Qatada pagó la deuda del hombre e informó al Mensajero (s.a.s.). Entonces el Mensajero acudió y dirigió la oración funeraria. (Musnad, 5/29, 203.)

Un musulmán le debía cierta cantidad. Cuando Abu Qatada iba a reclamarle la deuda, el hombre se escondía. Un día fue a su casa y su hijo le informó de que estaba comiendo. Abu Qatada gritó: «¡Sal! Hoy me he enterado. Hoy no servirá esconderse». Cuando salió, Abu Qatada le preguntó por qué se escondía de aquella manera. El hombre respondió: «La verdad es que soy muy pobre. No tengo nada y, además, cargo con el peso de mi familia». Abu Qatada le preguntó: «¿De verdad estás en una situación tan difícil?». Él respondió: «Sí». Los ojos de Abu Qatada se llenaron de lágrimas y le perdonó la deuda. (Musnad, 5/308.)

Durante el califato de Abu Bakr (r.a.) tuvo lugar la guerra de la apostasía. En cierto momento de aquella guerra, el califa envió a Jalid ibn al-Walid contra Malik ibn Nuwayra al-Yarbuí. Malik había aceptado el islam, pero, por la razón que fuera, Jalid lo mató. Abu Qatada se enfureció tanto por aquel acto de Jalid que pidió al califa: «No estoy dispuesto a permanecer bajo el mando de Jalid; ha derramado la sangre de un musulmán».

Recordaba a la gente la creencia correcta incluso en asuntos muy pequeños. Una vez estaba sobre una terraza cuando apareció un meteoro. La gente se quedó mirándolo. Él les dijo: «Está prohibido observarlo demasiado». (Musnad, 5/299.)

Abu Qatada (r.a.) tuvo la fortuna de disfrutar de la compañía constante y del servicio al Mensajero de Allah (s.a.s.). En cierta ocasión lo acompañaba durante un viaje. El Mensajero (s.a.s.) dijo a los compañeros: «Buscad dónde hay agua; de lo contrario, mañana despertaremos sedientos». La gente salió a buscar agua, pero Abu Qatada (r.a.) permaneció junto al Mensajero de Allah (s.a.s.). El Mensajero iba montado en un camello. Cuando, vencido por el sueño, se inclinaba hacia un lado, Abu Qatada se acercaba y lo sostenía con la mano. Una vez estuvo a punto de caer, y Abu Qatada lo sostuvo rápidamente. El Mensajero abrió los ojos y preguntó: «¿Quién es?». Él respondió: «Abu Qatada». El Mensajero volvió a preguntar: «¿Desde cuándo estás conmigo?». Respondió: «Desde la tarde». Entonces el Mensajero suplicó por él: «¡Oh Allah! Protege a Abu Qatada como él me protegió durante toda la noche». (Musnad, 5/298; Hayat as-Sahaba, 3/347; al-Isaba, 4/159.)

En otra ocasión, Abu Qatada (r.a.) presenció un milagro del Mensajero de Allah (s.a.s.). Abu Nuaym lo narró en su obra ad-Dalail (144), transmitiéndolo de Ibn Masud (r.a.). Dijo: «Estábamos con el Mensajero de Allah (s.a.s.) durante un viaje. En cierto momento, al detenernos, preguntó: “¿Tenéis agua?”. Respondimos: “Sí, tengo un poco de agua en un recipiente”. Dijo: “Tráela”. Traje el recipiente. Él dijo: “Tomad un poco de esta agua y haced todos la ablución”. Después de la ablución quedó en el recipiente aproximadamente un sorbo de agua. El Mensajero (s.a.s.) dijo: “Abu Qatada, guarda esta agua. Pronto sucederá algo relacionado con ella”. Poco a poco comenzó el intenso calor del mediodía. El Mensajero se presentó ante sus compañeros y todos dijeron: “No, no moriréis”. Después llamó a Abu Qatada y le pidió que trajera el recipiente. Abu Qatada dijo: “Lo traje”. El Mensajero dijo: “Trae mi copa”. Trajeron la copa. Él comenzó a verter un poco de agua del recipiente en la copa y a dar de beber a la gente. Se formó una multitud alrededor del Mensajero de Allah (s.a.s.) para beber. Hubo un gran tumulto. El Mensajero dijo: “Permaneced tranquilos y comportaos con educación; todos podréis beber”. Abu Qatada dijo: “Cuando todos habían bebido, excepto el Mensajero (s.a.s.) y yo, él dijo: ‘Abu Qatada, ahora bebe tú’. Yo respondí: ‘Bebed vos primero’. Él dijo: ‘Quien sirve de beber a la gente bebe el último’. Entonces bebí yo, y al final bebió el Mensajero. Después de que todos bebieran, quedó exactamente la misma cantidad de agua que había al principio». El narrador dijo: «Ese día eran trescientas personas». Según otra narración, eran setecientas. (Hayat as-Sahaba, 3/620-621.)

Por naturaleza era bondadoso y sentía una gran compasión por los seres vivos. Una vez fue a casa de su hijo. La esposa de este había dejado agua para la ablución. Un gato comenzó a beber de ella. Abu Qatada (r.a.), en vez de ahuyentarlo, inclinó un poco más el recipiente hacia él para que pudiera beber bien. La esposa de su hijo observaba la escena de pie. Abu Qatada le dijo: «No hay nada sorprendente en esto. El Mensajero de Allah (s.a.s.) dijo: “El resto de agua que deja el gato no es impuro, porque es un animal que circula por las casas”». (Musnad, 5/303.)

La caza era una de sus aficiones especiales. Una vez acompañaba al Noble Mensajero de Allah (s.a.s.). Durante una parada del viaje salió de caza con algunos compañeros. El lugar era montañoso. Abu Qatada acostumbraba a subir rápidamente las montañas, y ascendió con sus compañeros. Allí vieron un animal. Abu Qatada se adelantó, lo observó detenidamente y preguntó a sus compañeros: «Decidme, ¿qué animal es este?». Ellos respondieron: «No podemos asegurarlo». Él dijo: «Es un asno salvaje». Al subir la montaña, Abu Qatada había olvidado su látigo. Pidió a sus compañeros que fueran a traerlo. Ellos se encontraban en estado de ihram y, por ello, no le prestaron ninguna ayuda en la caza. Finalmente, él mismo persiguió al animal con una lanza y lo mató. Después pidió ayuda a sus compañeros para levantarlo, pero ninguno lo ayudó. Al final lo levantó solo, preparó la carne y la cocinó. Sin embargo, sus compañeros dudaban si comerla. Algunos comieron aquella carne, mientras que otros se negaron. Abu Qatada dijo: «De acuerdo, preguntaré al Mensajero de Allah (s.a.s.) y os informaré en unos momentos». Se encontró con el Mensajero y le explicó todo lo ocurrido. El Mensajero (s.a.s.) escuchó y dijo: «¿Qué inconveniente hay en comerlo? Allah os lo ha enviado. Si queda algo, tráeme una parte». Cuando llevaron la carne ante él, el Mensajero (s.a.s.) dijo a los compañeros: «Comed». (Fath al-Barí, 9/528.)

Era de naturaleza muy sociable y por ello tenía un grupo de amigos. Acompañó al Mensajero de Allah (s.a.s.) durante el viaje a Hudaybiyya. Avanzaba por el camino bromeando y divirtiéndose con sus amigos. Abu Muhammad también era miembro de aquel círculo de amistad. (Musnad, 5/295, 301.)

Una vez, Abu Qatada (r.a.) fue a la corte de Muawiya (r.a.) envuelto en una manta adaní, es decir, fabricada en Adén. Allí estaba sentado Abd Allah ibn Masada. Por casualidad, la manta que llevaba Abu Qatada cayó sobre Abd Allah. Este la arrojó al suelo con gran enojo. Abu Qatada le dijo: «¡Por Allah! Yo protegí con una lanza el pecho de su padre el día en que atacó las afueras de Medina». Al oír esto, Abd Allah guardó silencio. (Ansab al-Ashraf, 1/349.) Cabe señalar que Abu Qatada aludía a la expedición de Dhu Qarad. El padre de aquel Abd Allah también se encontraba entre los saqueadores gatafaníes.

Abū Sa‘īd al-Judrī (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era Sa‘d y su kunya, Abu Sa‘id. Debido a que pertenecía al clan de Judrah, se le llamaba al-Judari o al-Judri. Su padre, Malik ibn Sinan, fue uno de los mártires de Uhud. Cuando en aquella batalla el Noble Mensajero de Dios resultó herido, él chupó y tragó la sangre sagrada del Mensajero. Entonces el Mensajero dijo: «A quien se haya mezclado con mi sangre, el fuego del Infierno no lo tocará». (Sira de Ibn Hisham, 2/80; Tadhkirat al-Huffaz, 1/44) Su madre, Unaysa bint Abi Haritha, era hija de Banu ‘Adi ibn Najjar. Su abuelo Sinan era el jefe del barrio. Era dueño de una fortaleza y juez en la época anterior al islam.

El primer esposo de su madre había sido un hombre de la tribu de Aws llamado ‘Amman. Él murió. Antes de la llegada del Mensajero de Dios a Medina, ella tomó a Malik ibn Sinan como segundo esposo. De ellos nació Abu Sa‘id en Yathrib, en el año 613, diez años antes de la Hégira. (Al-Isaba, 4/88; al-A‘lam, 3/138) El célebre compañero de Badr, Qatada ibn Nu‘man —cuyo ojo resultó herido en la batalla de Uhud y volvió a sanar por la bendición de la súplica del Mensajero de Dios— era hermano uterino de Abu Sa‘id. Cuando Qatada murió en el año 23 de la Hégira, Abu Sa‘id lo bajó a la tumba y lo enterró. (Ansab al-Ashraf, 1/242; Usud al-Ghaba, 5/211)

La predicación del islam comenzó aproximadamente en Medina desde el Juramento de ‘Aqaba. Muchos habitantes de Medina se dedicaron entonces a la invitación y transmisión islámicas. En ese periodo Malik ibn Sinan aceptó el islam. Al convertirse el esposo, también se hizo musulmana la esposa. Así pues, Abu Sa‘id creció en el regazo de padres musulmanes.

En el primer año de la Hégira comenzó la construcción de la Mezquita del Profeta. Abu Sa‘id participó en aquella construcción. Se incorporó junto al Noble Mensajero de Dios a un total de doce expediciones militares. (Tahdhib al-Asma, 2/237; al-A‘lam, 3/138) No pudo participar en Badr debido a su corta edad. En el momento de Uhud tenía trece años. Antes de la batalla fue con su padre ante el Mensajero de Dios. El Mensajero lo examinó de los pies a la cabeza y lo hizo regresar, diciendo que todavía no tenía edad para combatir. Entonces su padre, Malik, tomó la mano del Mensajero de Dios y dijo: «Aunque mi hijo sea joven, sus dos manos son fuertes como las de un hombre». Aun así, el Mensajero no le permitió participar en la batalla. (Al-Isaba, 2/35; Ansab al-Ashraf, 1/330)

En aquella batalla de Uhud, el rostro sagrado del Noble Mensajero de Dios resultó herido y quedó cubierto de sangre. Malik ibn Sinan bebió esa sangre. El Mensajero dijo: «Si alguien desea ver a aquel cuya sangre se ha mezclado con la mía, que mire a Malik ibn Sinan». Después, Malik combatió como un héroe y alcanzó el martirio.

El padre de Abu Sa‘id no era un hombre rico. Por ello, tras la muerte de su padre, Abu Sa‘id se enfrentó a dificultades semejantes a montañas. A causa de la pobreza y el hambre, a veces pasaba los días atándose piedras al vientre. Un día, debido al hambre extrema, se había atado una piedra al abdomen. Entonces su esposa —según otra versión, su madre o una esclava— le dijo: «Ve ante el Profeta y pídele algo. Fulano fue a pedir ayuda y él se la dio». Abu Sa‘id dijo: «Cuando fui ante el Mensajero de Dios, él estaba pronunciando un sermón y decía: “A quien se considera rico, Dios lo hace rico; y quien se abstiene de pedir algo, me es más querido que quien me pide”». Al oír esto, no pidió nada y regresó a casa. Después, Dios comenzó a bendecir y ampliar nuestro sustento. Finalmente, no conocía ninguna casa entre los Ansar más próspera que la nuestra. (Musnad, 3/449; Hayat al-Sahaba, 2/257)

Participó en las batallas del Foso y de Banu Mustaliq. Sin embargo, en una narración de la obra Usud al-Ghaba se dice: «Abu Sa‘id relató: El día del Foso, mi padre me tomó de la mano y me llevó ante el Mensajero de Dios, diciendo: “¡Oh Mensajero de Dios! Sus huesos son muy fuertes”. Aun así, no me permitió participar en la batalla y me hizo regresar. También dijo: “Participé junto al Mensajero de Dios en la batalla de Banu Mustaliq”». Al-Waqidi dijo: «En ese momento Abu Sa‘id tenía quince años». (Usud al-Ghaba, 5/211; Ansab al-Ashraf, 1/334)

El imán Ahmad transmitió de Abu Sa‘id al-Judari. Él dijo: «El día del Foso dijimos: “¡Oh Mensajero de Dios! Nuestras almas han llegado a nuestras gargantas. ¿Hay alguna súplica que podamos recitar?”. Respondió: “Sí. Decid: Allahumma ustur ‘awratina wa amin raw‘atina —¡Oh Dios!, cubre nuestras intimidades y concede seguridad a nuestros temores—”». (Hayat al-Sahaba, 1/488)

Participó en el Juramento bajo el Árbol, también llamado Juramento de la Complacencia. (Shadharat al-Dhahab, 1/81; Tadhkirat al-Huffaz, 1/44) En el mes de Safar del octavo año de la Hégira, un grupo de soldados marchó hacia Fidak bajo el mando de ‘Abdullah ibn Ghalib al-Laythi. Abu Sa‘id también formaba parte de aquella expedición. ‘Abdullah ordenó a los soldados que no se separaran. Con ese propósito estableció vínculos de hermandad entre los miembros de la expedición y también emparejó a Abu Sa‘id en hermandad con un compañero eminente.

En el mes de Rabi al-Thani del noveno año de la Hégira, ‘Arqama ibn Mukarr fue enviado a una expedición con un pequeño grupo. Abu Sa‘id era uno de sus miembros. (Musnad, 3/270; Hayat al-Sahaba, 2/67)

Además de las batallas mencionadas, las obras de biografía profética registran su participación en la conquista de La Meca y en las expediciones de Hunayn, Tabuk, Awtas y otras. Según una narración de Sahih al-Bujari, tuvo el honor de participar en un total de doce batallas libradas durante la época del Mensajero de Dios. Relató la extrema pobreza y hambruna de los musulmanes durante la batalla de Tabuk. Cuando, tras la batalla de Hunayn, el Mensajero entregó la mayor parte del botín a los habitantes de La Meca que se habían convertido recientemente al islam, para ganarse sus corazones, muchos Ansar de Medina se sintieron algo afligidos. Abu Sa‘id transmitió este episodio. (Hayat al-Sahaba, 1/397-398; 3/625)

Se transmitió de él: «Fuimos a combatir junto al Mensajero de Dios durante el mes de Ramadán. Algunos de nosotros ayunaban y otros no. Sin embargo, ninguno sentía envidia del otro. Todos sabían que quien se considerara capaz ayunaría, y que eso sería mejor para él; y quien se considerara débil e incapaz no ayunaría, y eso sería mejor para él». (Hayat al-Sahaba, 1/479)

En una ocasión, el Noble Mensajero de Dios los envió a una pequeña expedición. El grupo tenía treinta miembros en total y su jefe era Abu Sa‘id. Durante el viaje acamparon en un lugar cercano a una aldea. Dijeron a sus habitantes: «Somos vuestros huéspedes». Pero ellos se negaron rotundamente a atenderlos. Por casualidad, aquel mismo día un escorpión picó al jefe de la aldea. Varias personas intentaron distintos tratamientos, pero ninguno surtió efecto. Alguien les aconsejó: «Id a ver a estos huéspedes; quizá alguno de ellos conozca un remedio». Siguiendo el consejo, fueron y les contaron lo ocurrido. Abu Sa‘id dijo: «Sé practicar la ruqya, pero como pago tendréis que darnos treinta cabras». Ellos aceptaron. Abu Sa‘id fue con ellos, recitó la sura Muhammad y sopló ligeramente sobre el lugar de la picadura. El hombre se recuperó por completo. Los compañeros emprendieron el regreso a Medina con las treinta cabras. Sentían duda e incertidumbre sobre si era correcto llevárselas. Finalmente decidieron informar al Mensajero de Dios. Al llegar a Medina le contaron detalladamente lo ocurrido. Después de escucharlos, sonrió ligeramente y dijo: «¿Cómo supisteis que esta sura sirve para la ruqya? Habéis obrado correctamente. Repartíos las cabras y no olvidéis darme una parte». (Sahih al-Bujari, 1/251)

Después del fallecimiento del Noble Mensajero de Dios, permaneció en Medina. Durante los califatos de ‘Umar y ‘Uthman, que Dios esté complacido con ambos, se encargó de emitir dictámenes jurídicos. Ibn Sa‘d transmitió, por medio de Ziyad ibn Mina: «Ibn ‘Abbas, Ibn ‘Umar, Abu Sa‘id al-Judari, Abu Hurayra, ‘Abdullah ‘Amr ibn al-‘As, Jabir ibn ‘Abdillah y otros compañeros del Mensajero emitían dictámenes en Medina y transmitían los hadices del Mensajero de Dios desde la muerte de ‘Uthman hasta la suya». (Hayat al-Sahaba, 3/255)

Durante el periodo de ‘Ali, que Dios esté complacido con él, participó en la batalla de Nahrawan contra los jariyíes. Solía decir: «Considero más necesario combatir contra los jariyíes que contra los turcos». (Musnad, 3/33, 56) Cuando el imán Husayn decidió abandonar Medina y dirigirse a Kufa, Abu Sa‘id, como muchos otros compañeros, le aconsejó que desistiera de aquella decisión. (Al-Suyuti, Tarikh al-Khulafa)

Cuando Umm Salama, que Dios esté complacido con ella, falleció en el año 59 de la Hégira, Abu Sa‘id participó en su oración funeraria. (Ansab al-Ashraf, 1/432) En el año 61, los habitantes del Hiyaz se rebelaron contra Yazid y prestaron juramento de fidelidad a ‘Abdullah ibn al-Zubayr ibn al-‘Awwam, hijo del primo materno del Mensajero de Dios. Abu Sa‘id se encontraba entre quienes le prestaron juramento.

En el año 63 de la Hégira, los habitantes de Medina, la Morada de la Hégira, rechazaron obedecer a Yazid y prestaron juramento a ‘Abdullah, hijo de Hanzala, conocido como Ghasil al-Mala’ika, proclamándolo su emir. El ejército de Yazid atacó Medina y derrotó a sus habitantes. ‘Abdullah combatió valientemente contra las tropas de Yazid y alcanzó el martirio. El ejército vencedor de Yazid desató entonces en Medina una terrible devastación de asesinatos, saqueos, violaciones y destrucción. Los compañeros que aún vivían quedaron profundamente afligidos al presenciar la profanación y humillación de Medina, la ciudad sagrada y honorable del Mensajero de Dios. Abu Sa‘id, incapaz de soportar aquella escena, se ocultó en una cueva de la montaña. Pero hasta allí llegó un hombre que lo buscaba y levantó la espada para matarlo. Al principio Abu Sa‘id levantó su espada para intimidarlo. Cuando el soldado siguió avanzando, dejó la espada en el suelo y recitó el versículo 28 de la sura al-Ma’ida: «Si extiendes tu mano para matarme, yo no extenderé mi mano para matarte, pues temo a Dios, Señor de los mundos».

El soldado se detuvo y preguntó: «Por Dios, dime quién eres». Él respondió: «Soy Abu Sa‘id al-Judari». El soldado preguntó: «¿Eres compañero del Mensajero de Dios?». Respondió: «Sí». El soldado abandonó la cueva. (Al-Isaba, 3/55) Abu Sa‘id regresó de la cueva a su casa. Lo interrogaron de diversas maneras y lo encarcelaron. Finalmente, bajo una intensa presión, se vio obligado a prestar juramento de fidelidad a Yazid.

Cuando ‘Abdullah ibn ‘Umar, que Dios esté complacido con él, se enteró, fue a visitarlo y le dijo: «He oído que has prestado juramento de fidelidad, o de obediencia, a dos emires». Respondió: «Sí. Primero presté juramento a ‘Abdullah ibn al-Zubayr y, después de ser encarcelado, a Yazid». Ibn ‘Umar dijo: «Eso era precisamente lo que temía». Abu Sa‘id respondió: «Pero ¿qué podía hacer? Escuché al Mensajero de Dios decir que cada mañana y cada tarde de las personas debe transcurrir bajo la autoridad de algún emir». Al oírlo, Ibn ‘Umar dijo: «Sea como sea, no apruebo prestar juramento a dos emires». (Musnad, 3/29-30)

Según la mayoría de las narraciones, vivió setenta y cuatro años lunares. Sin embargo, el sabio al-Dhahabi escribió que murió a los ochenta y seis años, y que esta es la opinión correcta. (Véase Tadhkirat al-Huffaz, 1/37; Tahdhib al-Asma wa al-Lughat, 2/237; al-A‘lam, 3/138; Shadharat al-Dhahab, 1/81; Usud al-Ghaba, 5/211)

Abu Sa‘id tuvo dos esposas. Una se llamaba Zaynab bint Ka‘b ibn ‘Ajra. Algunos dijeron que era una compañera. La segunda era conocida como Umm ‘Abdullah bint ‘Abdullah. Sus hijos se llamaban ‘Abd al-Rahman, Hamza y Sa‘id.

Abu Sa‘id fue uno de los miembros de Ahl al-Suffa. Era uno de los más grandes juristas de su época. Aprendió la recitación del Corán de algún recitador. Durante su formación había varios círculos de estudio de los Ansar, donde enseñaban sus eruditos. La época estudiantil de Abu Sa‘id correspondía a los primeros tiempos del islam. En aquel entonces la gente ni siquiera podía conseguir ropa suficiente para cubrir adecuadamente el cuerpo. En los círculos de estudio se sentaban silenciosamente, ocultándose unos detrás de otros. Un día, el Noble Mensajero de Dios asistió a uno de esos círculos. Al verlo, el recitador interrumpió su recitación. El Mensajero pidió a todos que se sentaran formando un círculo y se sentó con ellos. De todos los presentes aquel día, el Mensajero solo conocía a Abu Sa‘id. (Musnad, 3/63; Hayat al-Sahaba, 3/204)

Adquirió directamente del Mensajero de Dios y de otros compañeros el conocimiento del hadiz y del fiqh. Escuchó hadices de los cuatro califas y de Zayd ibn Thabit. Memorizó innumerables hadices. El número total de hadices que transmitió fue de 1.170. Fue uno de los grandes hafiz del hadiz, entre quienes transmitieron un gran número de narraciones. De sus hadices, 43 —según otra opinión, 46— son muttafaq ‘alayh, es decir, transmitidos conjuntamente por al-Bujari y Muslim; al-Bujari y Muslim transmitieron individualmente, respectivamente, 16 y 52 hadices.

A continuación se mencionan algunos de los célebres compañeros y tabi‘in que escucharon y transmitieron hadices de él: Zayd ibn Thabit, ‘Abdullah ibn ‘Abbas, Anas ibn Malik, Ibn ‘Umar, Ibn al-Zubayr, Jabir, Abu Qatada, Ibn ‘Amr, Mahmud ibn Labid, Abu al-Tufayl, Abu Umama ibn Sahl, Sa‘id ibn al-Musayyib, Tariq ibn Shihab, ‘Ata, Mujahid, Abu ‘Uthman al-Nahdi, ‘Ubayd ibn ‘Umayr, ‘Ayyad ibn Abi Saraha, Busra ibn Sa‘id, Abu Nudba, Ibn Sirin y otros. (Véase Al-Isaba, 2/35; Tadhkirat al-Huffaz, 1/44; Tahdhib al-Asma wa al-Lughat, 2/237; al-A‘lam, 3/138)

Su círculo de enseñanza estaba siempre lleno de estudiantes. Quien quería formular una pregunta tenía que esperar mucho antes de encontrar una oportunidad. (Musnad, 3/35) Incluso fuera del horario de las lecciones, la gente podía acudir a él en cualquier momento para preguntarle sobre distintas cuestiones jurídicas, y él respondía. En una ocasión, Ibn ‘Abbas dijo a su hijo ‘Ali y a su esclavo ‘Ikrima: «Id y escuchad hadices de Abu Sa‘id». Cuando llegaron, Abu Sa‘id estaba en un huerto. Se sentó con ellos y les transmitió hadices. (Musnad, 3/90-91)

Al transmitir un hadiz, también describía las circunstancias en las que lo había escuchado. ‘Abdullah ibn ‘Umar, que Dios esté complacido con él, escuchó un hadiz de un hombre. Este hombre lo había transmitido por medio de Abu Sa‘id. Ibn ‘Umar fue con él hasta Abu Sa‘id y preguntó: «¿Acaso este hombre escuchó de ti tal hadiz? ¿Y tú lo escuchaste de boca del Mensajero de Dios?». Él respondió: «Mis dos ojos lo vieron y mis dos oídos lo escucharon». (Musnad, 3/4)

En cierta ocasión, un estudiante llamado Quz‘a quedó muy impresionado por un hadiz. Preguntó: «¿Escuchaste este hadiz de boca del Mensajero de Dios?». La pregunta lo irritó un poco. Dijo: «¿Acaso lo transmito sin haberlo escuchado? Sí, lo escuché». (Musnad, 3/91)

Era extremadamente cuidadoso al transmitir los hadices cuyas palabras había escuchado directamente de boca del Mensajero de Dios. En una ocasión transmitió un hadiz, pero no pronunció el nombre del Mensajero. Un hombre preguntó: «¿Esto se ha transmitido del Mensajero de Dios?». Él respondió: «Yo también lo sé».

Abu Sa‘id recibía cordialmente a sus estudiantes siguiendo el consejo del Noble Mensajero de Dios. El imán al-Tirmidhi transmitió de Abu Harun, quien dijo: «Cuando acudíamos ante Abu Sa‘id, él decía: “¡Bienvenidos, en cumplimiento del consejo del Mensajero de Dios!”. El Profeta dijo: “La gente os seguirá. Algunas personas vendrán a vosotros desde distintos lugares para adquirir un conocimiento profundo de la religión. Cuando vengan, dadles buenos consejos”». En otra narración se dice: «Enseñadles y decidles: “Bienvenidos, bienvenidos; acercaos”». (Hayat al-Sahaba, 3/202; Kanz al-‘Ummal, 5/243)

Abu Sa‘id también transmitió: «El Mensajero nos ordenó que les hiciéramos sitio a los estudiantes en nuestras reuniones y que les enseñáramos los hadices». Pues ellos serían nuestros sucesores y los transmisores de hadices que vendrían después de nosotros. A sus estudiantes les decía: «Si no comprendes algo, pregunta repetidamente hasta entenderlo. Que te levantes de mi reunión habiendo comprendido es más querido para mí que que te levantes sin entender». (Hayat al-Sahaba, 3/203; Kanz al-‘Ummal, 5/243)

No escribía hadices para sus estudiantes. Al-Tabarani transmitió de Abu Nadra, quien dijo: «Le dije a Abu Sa‘id: “Escríbenos algunos hadices”. Él respondió: “Nunca os los escribiremos, ni convertiremos jamás el hadiz en un libro como el Corán. Más bien, recibid de nosotros del mismo modo que nosotros recibimos del Mensajero de Dios”». (Hayat al-Sahaba, 3/217)

Hanzala ibn Abi Sufyan al-Jumahi transmitió de sus maestros que dijeron: «No existe nadie más conocedor de los acontecimientos del Mensajero de Dios que Abu Sa‘id al-Judari». (Tahdhib al-Asma wa al-Lughat, 2/237)

Era sumamente veraz. Solía decir: «Escuché al Mensajero insistir firmemente en decir la verdad. ¡Ojalá no lo hubiera escuchado!». (Musnad, 3/5) En una ocasión, al hablarse del hadiz sobre decir la verdad, comenzó a llorar. Luego dijo: «Sin duda escuché el hadiz, pero no se actúa en absoluto conforme a él». (Musnad, 3/61, 71)

Durante el gobierno del emir Mu‘awiya, que Dios esté complacido con él, comenzaron a difundirse muchas innovaciones. Abu Sa‘id recorrió una larga distancia para acudir ante Mu‘awiya y le hizo conocer, una por una, todas aquellas innovaciones. (Musnad, 3/84) En cierta ocasión conversó con el emir Mu‘awiya sobre sus Ansar. Dijo: «El Mensajero nos ordenó tener paciencia ante las dificultades». Entonces Mu‘awiya respondió: «En ese caso, tened paciencia». (Musnad, 3/89)

Una vez, mientras se encontraba sentado en la corte del califa omeya Marwan, transmitió ante él un hadiz del Mensajero de Dios sobre la virtud y dignidad de los compañeros. Marwan no quiso creerlo. En aquella reunión también estaban Zayd ibn Thabit y Rafi‘ ibn Khadij. Abu Sa‘id primero los tomó como testigos. Luego dijo: «¿Y por qué habrían de hablar ellos? Uno teme ser destituido de la responsabilidad de administrar la caridad, y el otro teme perder el liderazgo de su tribu ante una simple señal vuestra». Al escuchar aquellas palabras tan directas, Marwan se dispuso a golpearlo con un látigo. Entonces ambos hombres reconocieron la veracidad de sus palabras. (Musnad, 3/23)

Del mismo modo, un día de ‘Id, Marwan sacó el púlpito y pronunció el sermón antes de la oración. Un hombre se levantó y protestó diciendo que ambas acciones eran innovaciones contrarias a la sunna. Marwan respondió: «La práctica anterior ha sido abandonada». Abu Sa‘id estaba presente y dijo: «Sea como sea, ese hombre cumplió con su deber. Escuché al Noble Mensajero de Dios decir: “Si alguien ve una mala acción, debe impedirla con la fuerza. Si no puede, debe protestar verbalmente; y si tampoco puede, debe detestarla al menos en su corazón”». (Musnad, 3/10)

Su celo por ordenar el bien era tan intenso que, en una ocasión, Marwan estaba sentado con Abu Hurayra, que Dios esté complacido con él. En ese momento pasó ante ellos un cortejo fúnebre, acompañado también por Abu Sa‘id. Marwan no se levantó al verlo. Entonces Abu Sa‘id le dijo: «Emir, levántate para la oración funeraria, pues el Mensajero de Dios se levantaba». Al oírlo, Marwan se puso de pie. (Musnad, 3/47, 97) Según Ibn Sa‘d, aquella oración funeraria era la de Hafsa, Madre de los Creyentes, que Dios esté complacido con ella. (Ansab al-Ashraf, 1/428)

Cuando Mus‘ab ibn ‘Umayr era gobernador de Medina, preguntó una vez, el día de ‘Id al-Fitr: «¿Cuál era la práctica del Mensajero de Dios respecto a la oración y al sermón?». Abu Sa‘id respondió: «El Mensajero dirigía la oración antes del sermón». Mus‘ab actuó conforme a sus palabras. (Musnad, 3/4)

En una ocasión, Shahr ibn Hawshab quiso viajar al monte Tur. Fue a visitar a Abu Sa‘id, quien le dijo que se había prohibido viajar con intención religiosa a cualquier lugar sagrado salvo a tres mezquitas.

A Ibn Abi Sa‘sa‘a le gustaba mucho el desierto. Abu Sa‘id le dijo: «Pronuncia allí el adhan con una voz tan fuerte que el sonido del takbir resuene por todo el desierto». (Musnad, 3/95; 4/93)

Su hermana ayunaba continuamente sin comer ni beber nada entre los ayunos. El Mensajero de Dios prohibía ese tipo de ayuno, y Abu Sa‘id siempre intentaba impedirle que lo practicara.

Era un seguidor absoluto de la sunna del Mensajero de Dios. Abu Hurayra, que Dios esté complacido con él, dirigía la oración en una mezquita. En cierta ocasión enfermó o no pudo acudir por algún motivo, y Abu Sa‘id dirigió la oración en su lugar. Algunas personas discreparon un poco de su manera de rezar. Entonces se puso de pie junto al púlpito y anunció: «La he dirigido exactamente como vi rezar al Mensajero de Dios. Si ahora discrepáis conmigo, eso no me perjudica en nada».

Era paciente. Una vez le dolía un pie y estaba acostado con una pierna sobre la otra. Su hermano llegó de repente y golpeó con la mano aquel pie, haciendo que el dolor aumentara. Abu Sa‘id le dijo con mucha suavidad: «¿Me has hecho daño? Sabías que me dolía el pie». Su hermano respondió: «Sí, lo sabía, pero el Mensajero prohibió acostarse de esa manera».

La sencillez era una de las características principales de su carácter. Una vez lo llamaron para una oración funeraria. Llegó un poco tarde, al final de todos, y la gente estaba sentada esperándolo. Al verlo, todos se levantaron y le dejaron un sitio. Él dijo: «Esto no es correcto. La gente debe sentarse en el espacio disponible». Dicho esto, se sentó en un lugar vacío.

Tenía un estudiante llamado Abu Salama, que era un tabi‘i. Entre ambos existía una relación de amistad excelente. En cierta ocasión Abu Salama lo llamó. Abu Sa‘id salió envuelto en su manto. Abu Salama le dijo: «Acompáñame un poco hasta el huerto; quiero hablar contigo». Él marchó con Abu Salama.

Se ocupaba de criar huérfanos. Layth y Sulayman ibn ‘Amr estaban bajo su tutela. Caminaba llevando un bastón en la mano. Prefería los bastones ligeros y delgados, y fabricaba el suyo enderezando una rama de palmera. También en esto seguía al Mensajero de Dios. (Musnad, 3/65)

Anas dijo: «Veinte jóvenes de los Ansar estaban continuamente al servicio del Mensajero de Dios. Cuando necesitaba algo, enviaba a uno de ellos». ‘Abd al-Rahman ibn ‘Awf dijo: «Cuatro o cinco compañeros nunca se levantaban de la puerta de la casa del Mensajero de Dios». Abu Sa‘id dijo: «Nos turnábamos para permanecer junto al Mensajero de Dios». (Hayat al-Sahaba, 2/687)

En cierta ocasión fue invitado a un banquete de bodas. Al llegar, vio preparados muchos tipos de comida. Dijo a los habitantes de la casa: «¿No sabéis que el día en que el Mensajero comía al mediodía, pasaba la noche en ayunas, y que si desayunaba por la mañana no comía al mediodía?». (Hayat al-Sahaba, 2/308)

En la batalla de Siffin, ‘Abdullah ibn ‘Amr ibn al-‘As marchó al campo de batalla con su padre, ‘Amr ibn al-‘As, contra ‘Ali, que Dios esté complacido con él. Por este motivo, Hasan ibn ‘Ali dejó de hablarle durante mucho tiempo. Cuando Abu Sa‘id se enteró, llevó a ‘Abdullah ante Hasan y puso fin al resentimiento entre ambos, restableciendo entre ellos la armonía y la amistad. (Hayat al-Sahaba, 2/434)

Mu‘adh ibn Jabal (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era Mu‘adh; su kunya, Abu ‘Abdir-Rahmán, y sus laqabs o títulos honoríficos eran «Imam de los juristas, Tesoro de los sabios y Señor de los corazones». Pertenecía a la rama de ‘Uday ibn Sa‘d, de la tribu de los Jazrach de Medina. Algunos han mencionado que pertenecía a la rama de Salama ibn Sa‘d. Muhammad ibn Ishaq dijo que, en realidad, pertenecía a la tribu de Banu Quda‘a, mientras que ‘Uday ibn Sa‘d era el nombre de la tribu. Los miembros de esta tribu lo reclamaban como uno de los suyos. (Ansab al-Ashraf, 1/247; al-Isaba, 4/427; Sira de Ibn Hisham, 1/464; Usd al-Gaba, 4/376.) Nació en Yathrib (Medina) en el año 603 d. C., veinte años antes de la Hégira. (Al-A‘lam, 8/166.)

El antepasado Sa‘d ibn ‘Ali tuvo dos hijos: Salama y ‘Uday. A los descendientes de Salama se les llamó Banu Salama. De este linaje nacieron compañeros famosos como Abu Qatada, Jabir ibn ‘Abdullah, Ka‘b ibn Malik y ‘Abdullah ibn ‘Amr ibn Haram. Además de ellos, muchos otros hombres eminentes estaban vinculados a este linaje. Sin embargo, de la descendencia de ‘Uday, hermano de Salama, en el momento de la emigración del Mensajero de Allah a Medina solo permanecía vivo un hombre: Mu‘adh. Con su muerte, en el año 18 o 19 de la Hégira, esta línea familiar desapareció para siempre.

El imán as-Sam‘ani mencionó en su obra Kitab al-Ansab que Husayn ibn Muhammad ibn Tahir pertenecía a la descendencia de ‘Uday. Pero esta información no es correcta, pues relatos fiables demuestran que, en los primeros tiempos del islam, vivían dos hombres de esta familia: uno era Mu‘adh ibn Jabal y el segundo era su hijo ‘Abdur-Rahmán. Ambos murieron afectados por la epidemia de ‘Amwas, en Siria. (Usd al-Gaba, 4/376.)

La vivienda de Banu ‘Uday estaba situada junto a la de su clan primo, Banu Salama, cerca de la mezquita de las Dos Qiblas. La casa de Mu‘adh también se encontraba allí.

El padre de Mu‘adh era Jabal ibn ‘Amr y su madre, Hind bint Sahl al-Yuhaniyya. El compañero que había participado en Badr, ‘Abdullah ibn al-Yadd, era su hermanastro materno. (at-Tabaqat, 3/571, 583.) El hijo de Mu‘adh se llamaba ‘Abdur-Rahmán; por eso a Mu‘adh se le llamaba Abu ‘Abdir-Rahmán. (at-Tabaqat, 3/583.)

Cuando Mu‘adh aceptó el islam, a los dieciocho años, en el duodécimo año de la misión profética, lo hizo de manos del honorable Mus‘ab ibn ‘Umayr —que Allah esté complacido con él—, enviado por el Mensajero de Allah desde La Meca a Medina como predicador del islam. (Usd al-Gaba, 4/376.) Tras su conversión, en la siguiente temporada de peregrinación, Mus‘ab ibn ‘Umayr partió hacia La Meca. Un grupo de musulmanes recién convertidos de Medina y de idólatras lo acompañó con intención de realizar la peregrinación. Mu‘adh también formaba parte de aquella caravana. En ‘Aqaba, en La Meca, se encontraron secretamente con el Mensajero de Allah, lo vieron y le prestaron juramento de fidelidad. Este fue el tercer y último juramento de ‘Aqaba. Después de que el grupo regresara de La Meca, la invitación al islam se extendió de casa en casa por Medina.

Cuando el joven Mu‘adh regresó de La Meca, su corazón estaba lleno de fervor por la fe. Le resultaba insoportable que hubiera ídolos en las casas. Al volver a Medina, él y otros jóvenes como él decidieron que, abierta o secretamente, librarían Medina de las estatuas. Como resultado de su movimiento, ‘Amr ibn al-Yamuh abandonó la idolatría y aceptó el islam.

‘Amr ibn al-Yamuh era un jefe muy respetado de la tribu medinense de Banu Salama. Como los demás dirigentes, poseía un ídolo de madera al que quería mucho. El ídolo se llamaba Manat. ‘Amr sentía por él una devoción y reverencia extraordinarias. Lo perfumaba cuidadosamente y lo cubría siempre con una tela de seda.

Una noche, aquellos jóvenes que habían regresado de La Meca tomaron sigilosamente el ídolo y lo arrojaron al pozo donde Banu Salama depositaba sus desperdicios. Ibn Ishaq menciona los nombres de tres de aquellos jóvenes entusiastas: Mu‘adh ibn Jabal, ‘Abdullah ibn Unays y Salama ibn Ganama. (Sira de Ibn Hisham, 1/699.)

Por la mañana, al despertar, ‘Amr ibn al-Yamuh no encontró el ídolo en su lugar y comenzó a buscarlo. Finalmente lo vio caído de rostro sobre un montón de basura y, afligido, dijo: «¡Que perezcáis! ¿Quién trató así anoche a nuestro dios?». Lo sacó de allí, lo limpió, lo perfumó y volvió a colocarlo en su sitio. Dirigiéndose al ídolo, dijo: «¡Oh Manat! ¡Si supiera quién te ha hecho esto!»

La noche siguiente ocurrió lo mismo. Por la mañana, ‘Amr buscó hasta encontrar el ídolo en otro pozo, lo lavó, lo limpió y lo dejó como antes. La noche posterior sucedió nuevamente lo mismo. También entonces lo recogió y lo colocó en su lugar. Pero aquel día colgó una espada del hombro del ídolo y dijo: «¡Juro por Allah que no sé quién o quiénes te hacen esto! Sin embargo, tú los has visto. ¡Oh Manat! Si tienes algún poder, defiéndete de ellos. Aquí tienes una espada».

Llegó la noche y los jóvenes volvieron. Retiraron la espada del hombro del ídolo y la ataron a un perro muerto. Después arrojaron al perro, junto con el ídolo, a un pozo sucio y se marcharon. Por la mañana, al salir a buscarlo y ver en qué estado se encontraba, ‘Amr recitó un poema dirigido al ídolo. Su primer verso decía: «¡Juro por Allah! Si realmente fueras un dios, no estarías tú y el perro juntos, caídos de esta manera en un pozo». (Sira de Ibn Hisham, 1/453-454.)

Así, ‘Amr ibn al-Yamuh, hastiado de la idolatría, buscó refugio bajo la fresca sombra del islam. (Véase Suwar min hayat as-sahaba, 7/122-126; Hayat as-sahaba, 1/230; Sira de Ibn Hisham, 1/452, 453, 699.)

Poco después de que Mu‘adh aceptara el islam, el Noble Mensajero de Allah emigró a Medina. Mu‘adh participó después en todas las batallas junto al Mensajero de Allah, incluidas Uhud y al-Jandaq. (at-Tabaqat, 3/584; al-A‘lam, 8/166.)

Mu‘adh memorizó el Noble Corán durante la vida del Mensajero de Allah. Fue uno de los seis hombres que, en vida del Mensajero, recopilaron y conservaron el Corán. (Al-A‘lam, 8/166.)

Cuando se construyó una mezquita en el barrio de Banu Salama durante la vida del Mensajero de Allah, Mu‘adh fue nombrado su imán. Un día recitó la sura al-Baqara durante la oración de la noche. Entre los orantes que estaban detrás de él había un jornalero exhausto por el trabajo del campo. Antes de que Mu‘adh terminara la oración, el hombre la abandonó y se marchó. Al enterarse, Mu‘adh comentó: «Es un hipócrita». El hombre presentó una queja contra Mu‘adh ante el Mensajero de Allah. Entonces el Mensajero lo llamó y le dijo: «¡Mu‘adh! ¿Quieres poner a la gente a prueba?». Luego añadió: «Recita suras cortas, pues detrás de ti oran ancianos, débiles y personas ocupadas. Debes tener presentes las necesidades de todos ellos». (Bujari, 1/98.)

En el noveno año de la Hégira, el Noble Mensajero acababa de regresar a Medina después de la expedición de Tabuk. Durante el mes de Ramadán llegó a Medina un enviado del gobernante de la tribu himyarita del Yemen con la noticia de que los yemeníes habían aceptado el islam. Al recibir esta noticia, el Mensajero nombró a Mu‘adh ibn Jabal como su gobernador allí.

Antes de ser nombrado gobernador, todos los bienes de Mu‘adh habían sido vendidos para saldar sus deudas. Jabir ibn ‘Abdullah dijo: «En aspecto, carácter y generosidad, Mu‘adh era uno de los mejores hombres. Debido a su extrema generosidad, contrajo muchas deudas. Cuando los acreedores comenzaron a exigirle el pago, permaneció oculto en su casa durante algunos días. Ellos pidieron al Mensajero de Allah que les ayudara a recuperar lo que se les debía. El Mensajero llamó a Mu‘adh y los acreedores se presentaron. Dijeron: “¡Oh, Mensajero de Allah! Haz que Mu‘adh nos pague lo que nos debe”. Al ver la situación de Mu‘adh, el Mensajero dijo a los acreedores: “Allah tendrá misericordia de quien renuncie a su derecho”. Después de estas palabras, algunos renunciaron a sus reclamaciones, pero muchos se negaron a hacerlo. Entonces el Mensajero dijo: “Mu‘adh, ten paciencia”. Luego repartió todos los bienes de Mu‘adh entre los acreedores. Aun así, no se pagó toda la deuda. Entonces les dijo: “No recibiréis nada más; llevaos esto”.

Mu‘adh regresó con las manos vacías desde la presencia del Mensajero hacia Banu Salama. Allí un hombre le dijo: “Abu ‘Abdir-Rahmán, ¿por qué no pediste ayuda al Mensajero de Allah? Hoy has quedado completamente sin dinero”. Mu‘adh respondió: “Pedir no es propio de mi naturaleza”. El Mensajero no olvidó el caso de Mu‘adh. Al día siguiente lo llamó, le informó de que lo había nombrado gobernador del Yemen y le dijo: “Es de esperar que Allah compense tu pérdida y disponga el pago de tus deudas”. (Usd al-Gaba, 4/377; Tadhkirat al-Huffaz, 1/21; at-Tabaqat, 3/584.)

Aunque el Mensajero de Allah confiaba plenamente en la capacidad de Mu‘adh para ejercer como gobernador, consideró conveniente ponerlo a prueba antes de enviarlo al Yemen. Lo llamó y le preguntó:

—¿Cómo juzgarás?
—Con el Libro de Allah.
—¿Y qué harás si se presenta un asunto cuya solución no encuentras en el Corán?
—Juzgaré conforme a la sunna del Mensajero de Allah.
—¿Y qué harás si te enfrentas a un asunto cuya solución no encuentras ni en el Corán ni en la sunna?
—Haré iytihad y juzgaré según mi propio razonamiento.

Mu‘adh superó la prueba. Satisfecho con sus respuestas, el Mensajero dijo: «Alabado sea Allah, que ha concedido al enviado de Su Mensajero la capacidad de hacer aquello que complace a Su Mensajero». (Al-Isti‘ab; nota marginal de al-Isaba, 4/458; at-Tabaqat, 2/147-148.)

Después de examinar a Mu‘adh, el Mensajero escribió una carta dirigida a los yemeníes, en la que quedaban claras la posición y la dignidad de Mu‘adh. (Al-A‘lam, 8/166.) Escribió: «Inni ba‘astu lakum jaira ahli»: «Os envío al mejor de mi familia». También escribió: «Tratad bien a Mu‘adh y a los demás. Entregadle los fondos de la sadaqa y de la yizya. Nombro a Mu‘adh ibn Jabal gobernador de todos los habitantes del Yemen. Mantenedlo satisfecho y no permitáis que se disguste con vosotros».

Hanzala ibn Abī ʿĀmir (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era Hanzala; sus laqabs o títulos eran «Ghasīlul-malāʾika» y Taqī. Pertenecía a la rama de ʿAmr ibn ʿAwf, de la tribu de Aws de Medina. El nombre de su padre era Abū ʿĀmir ʿAmr —según otra versión, ʿAbd ʿĀmir—, y no se conoce el nombre de su madre. Sin embargo, se sabe que ella era hermana del líder de los jāriyíes, el hipócrita ʿAbdullāh ibn Ubayy. No se dispone de mucha información sobre el nacimiento y la adolescencia de Hanzala.

El padre de Hanzala, Abū ʿĀmir, era un hombre respetado e influyente de la tribu de Aws. Como creyente de la religión hanīf en aquella Arabia preislámica, creía en la profecía, el mensaje, la resurrección, etc. Estas convicciones religiosas lo llevaron hacia la ruhbāniyya (ascetismo), y abandonó todo liderazgo mundano para alcanzar el liderazgo religioso. En cierto momento de su vida vistió ropas ocres y adoptó una vida de retiro. Por ello se hizo famoso como rāhib (asceta). (Al-Iṣāba, 1/361)

Mientras tanto, el Noble Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) recibió la profecía, emigró de La Meca a Medina y estableció los cimientos del califato islámico. Como consecuencia, el liderazgo de Abū ʿĀmir y de ʿAbdullāh ibn Ubayy comenzó a declinar. ʿAbdullāh ibn Ubayy adoptó una política de hipocresía —una actitud de doble cara— y continuó viviendo en Medina. Pero Abū ʿĀmir no pudo soportarlo tanto tiempo. Abandonó Medina, se marchó a La Meca y comenzó a vivir allí. En la batalla de Uhud se unió al ejército de Quraysh y acudió a atacar Medina. Por ello, el Noble Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo llamó fāsiq.

Al terminar la batalla regresó a La Meca y siguió viviendo allí. Cuando los musulmanes conquistaron La Meca en el octavo año de la hégira, la tierra de Dios volvió a resultarle estrecha. Abandonó La Meca, llegó a la corte del emperador romano Heraclio y murió allí en el décimo año de la hégira.

Ese fue el extremo de la incredulidad de Abū ʿĀmir. Por otro lado, también es digno de atención el grado extremo de firmeza en la fe de su hijo, Hanzala. Después de aceptar el islam, dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios! Si me lo ordenaras, mataría a mi padre Abū ʿĀmir». Sin embargo, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) no aceptó su petición. ʿAbdullāh, hijo del líder de los hipócritas ʿAbdullāh ibn Ubayy, había presentado una petición semejante respecto de su propio padre, y el Mensajero de Dios también lo había disuadido de la misma manera.

Hanzala no participó en la batalla de Badr. Se desconoce la razón. Sin embargo, participó en la batalla de Uhud, que fue la primera y la última batalla de su vida islámica.

Estaba en casa, acostado después de haber mantenido relaciones con su esposa. En ese momento oyó la voz del pregonero: «¡Hay que salir inmediatamente al yihad!». Al escuchar el llamamiento al yihad, olvidó realizar el baño de purificación ritual. En estado de impureza, se presentó en la llanura de Uhud con una espada desenvainada. Comenzó la batalla. Entabló un combate singular con el líder qurayshí Abū Sufyān ibn Ḥarb. Justo cuando estaba a punto de dominarlo y golpearlo con la espada, Shaddād ibn Aswad al-Laythī lo vio desde cerca, se abalanzó rápidamente sobre Hanzala y, de un golpe de espada, le separó la cabeza del cuerpo. Innā liLlāhi wa innā ilayhi rājiʿūn. Algunos han dicho que Abū Sufyān y Shaddād lo mataron conjuntamente. Sin embargo, el autor de Rawḍ al-Unf menciona a Nāfiʿ ibn Abī Nuʿaym —el mawlā de Jaʿūna ibn Shaʿūb— como el asesino de Hanzala. (Sīrat Ibn Hishām, 2/75, 123)

En la batalla de Badr, «Hanzala», hijo de Abū Sufyān, había muerto a manos del ejército musulmán. Por eso, después de matar a este Hanzala en Uhud, comentó: «Hanzala por Hanzala».

Hanzala (que Dios esté complacido con él) fue martirizado en estado de impureza ritual. Después de su martirio, los ángeles lo bañaron. Al verlo, el Noble Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo a sus compañeros: «Preguntad a su esposa qué ocurrió». Hishām ibn ʿUrwa lo narró. El Mensajero de Dios preguntó a la esposa de Hanzala: «¿Qué ocurrió con Hanzala?». Ella respondió: «Hanzala estaba en estado de impureza. Solo había lavado una parte de su cabeza cuando oyó el llamamiento al yihad. Dejó incompleto el baño, salió en ese estado y fue martirizado». Al escuchar esto, el Mensajero de Dios dijo: «Por eso vi a los ángeles bañándolo». (Al-Istīʿāb, anotación de Al-Iṣāba, 1/281; Ḥayāt al-Ṣaḥāba, 3/544). Desde entonces recibió el laqab o título de «Ghasīlul-malāʾika» (aquel a quien los ángeles bañaron).

Al morir, Hanzala dejó un hijo llamado ʿAbdullāh. Este ʿAbdullāh nació después de la llegada del Noble Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) a Medina, y cuando el Mensajero falleció solo tenía siete u ocho años. Al llegar a la madurez, demostró ser un digno sucesor de su padre. En protesta contra las vergonzosas acciones del gobernante omeya Yazīd ibn Muʿāwiya, rechazó el bayʿa —el juramento de lealtad— que se le había prestado y expresó su lealtad a ʿAbdullāh ibn al-Zubayr (que Dios esté complacido con él). El ejército de Yazīd atacó Medina. ʿAbdullāh, con gran valentía y junto con los habitantes de Medina, les hizo frente personalmente como comandante. Numerosos medineses fueron martirizados. Uno tras otro, los ocho hijos de ʿAbdullāh combatieron contra el ejército de Yazīd y fueron martirizados. ʿAbdullāh contempló con sus propios ojos aquella escena desgarradora. Finalmente, él mismo avanzó. Vistiendo la ropa manchada con la sangre de su padre, que había sido martirizado en Uhud, se lanzó contra el enemigo y fue martirizado. Esto ocurrió en el mes de Dhū al-Ḥijja del año 63 de la hégira.

El padre de Hanzala era un fāsiq. Sin embargo, el hijo de aquel padre fāsiq, Hanzala, recibió el título de Taqī (temeroso de Dios). Esto demuestra cuán elevado era su carácter. Ibn ʿAsākir narró que, cuando el califa ʿUmar estableció las asignaciones para la gente, fijó para ʿAbdullāh, hijo de Hanzala, dos mil dírhams. Ṭalḥa llevó al califa a su sobrino de la mano. El califa fijó para él una cantidad algo menor. Ṭalḥa dijo: «¡Oh, Comandante de los Creyentes! ¿Has dado a este ansarí más que a mi sobrino?». El califa respondió: «Sí, porque en Uhud vi cómo su padre, Hanzala, desaparecía bajo las espadas, como desaparece un camello». (Ḥayāt al-Ṣaḥāba, 2/218)

En cierta ocasión, dos tribus de los ansar —Aws y Jazrach— hablaban de su propia gloria y honor. Mencionaron los nombres de los mejores hijos de sus respectivas tribus. La tribu de Aws fue la primera en mencionar el bendito nombre de Hanzala ibn Abī ʿĀmir. Se narra de Anas (que Dios esté complacido con él) que, en cierta ocasión, los miembros de la tribu de Aws dijeron con orgullo: «Tenemos a Hanzala, a quien los ángeles bañaron; a ʿĀṣim ibn Thābit, cuyo cuerpo Dios protegió de los politeístas mediante abejas y avispones; a Khuzayma ibn Thābit, cuyo testimonio individual equivale al testimonio de dos personas; y a Saʿd ibn ʿUbāda, cuya muerte hizo estremecerse el Trono de Dios».

(Véase: Al-Iṣāba, 1/361; Al-Istīʿāb, anotación de Al-Iṣāba, 1/280-282; Sīrat Ibn Hishām, 2/75, 123)

Ubayy ibn Kaʿb al-Anṣārī (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era Ubay; sus kunyah eran Abū al-Mundhir y Abū al-Tufayl. (Al-A‘lām, 1/78; al-Isābah, 1/19). Sayyid al-Qurrā, Sayyid al-Anṣār y otros eran sus laqab o títulos honoríficos. Descendía de la rama de Najjār de la tribu jazrayí de Medina. Su padre se llamaba Ka‘b ibn Qays y su madre, Suhaylah. Ella era hija de Banū ‘Adī ibn Najjār y tía paterna del ilustre compañero Abū Ṭalḥah al-Anṣārī. Por tanto, Ubay era primo materno de Abū Ṭalḥah. La kunyah Abū al-Mundhir le fue otorgada por el propio Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y la segunda kunyah, Abū al-Tufayl, se la dio ‘Umar —que Allah esté complacido con él—, tomando el nombre de su hijo Tufayl. No se conoce con exactitud el año ni la fecha de su nacimiento.

No se sabe mucho acerca de los primeros años de Ubay. Sin embargo, según el relato de Anas ibn Mālik, se sabe que antes del islam estaba habituado a beber vino. Era un miembro importante de las reuniones donde Abū Ṭalḥah bebía. Se le consideraba uno de los principales rabinos judíos de Medina. También poseía conocimientos de los antiguos Libros celestiales. En aquella época la lectura y la escritura no estaban muy difundidas; aun así, sabía leer y escribir. Por ello, después de aceptar el islam, desempeñó el cargo de secretario del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y se convirtió en uno de los escribas del Corán. (Al-A‘lām, 1/78).

Los judíos ejercían una considerable influencia religiosa en Medina. Los conocimientos que Ubay había adquirido antes del islam mediante la lectura de la Torá y de otros libros religiosos fueron, en esencia, los que lo condujeron hacia el islam. Fue uno de los habitantes de Medina que viajaron a La Meca y prestaron juramento de fidelidad al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en el último encuentro de al-‘Aqabah. Fue allí donde comenzó su vida islámica. (Al-Isābah, 1/19).

Después de la Hégira, el Noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estableció un vínculo de fraternidad entre Ubay y Sa‘īd ibn Zayd, uno de los miembros de los Diez a quienes se les anunció el Paraíso. (Sīrat Ibn Hishām, 2/505). Según al-Balādhurī, su fraternidad fue establecida con Ṭalḥah ibn ‘Ubaydullāh. (Ansāb al-Ashrāf, 1/271). Después de llegar a Medina, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— se hospedó en la casa de Abū Ayyūb al-Anṣārī. Sin embargo, según una narración, su camella se detuvo en la casa de Ubay ibn Ka‘b. (Ansāb al-Ashrāf, 1/267).

Ubay participó en todas las batallas que tuvieron lugar durante la vida del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, desde Badr hasta la expedición de Ṭā’if. (Al-Isābah, 1/19; Al-A‘lām, 1/78). Tras ser derrotados en Badr, los coraichitas regresaron a La Meca y comenzaron a prepararse intensamente para vengarse. Antes de la batalla de Uḥud, al-‘Abbās ibn ‘Abd al-Muṭṭalib, tío del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, que se encontraba en La Meca, envió secretamente una carta al Mensajero por medio de un hombre de la tribu de Banū Ghifār. En ella le informó de todos los movimientos de los coraichitas. El hombre entregó la carta al Mensajero en Qubā, en las afueras de Medina. El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— hizo que Ubay ibn Ka‘b se la leyera allí y le ordenó mantener en secreto su contenido. (Ansāb al-Ashrāf, 1/314). En aquella batalla de Uḥud, Ubay fue herido por una flecha lanzada por el enemigo. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a un médico para tratarlo. El médico le abrió una vena y cauterizó la herida.

Al finalizar la batalla de Uḥud, el Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó que se averiguara el estado de los heridos y los muertos. En cierto momento dijo: «Que alguno de vosotros vaya a buscar a Sa‘d ibn Rabī‘». Un compañero ansarí lo encontró, agonizante, entre los cadáveres de los mártires. Según algunas narraciones, aquel compañero ansarí era Ubay ibn Ka‘b. (Ḥayāt al-Ṣaḥābah, 2/95).

Poco antes de la batalla de la Trinchera, el dirigente coraichita de La Meca, Abū Sufyān, envió una carta al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— por medio de Abū Usāmah al-Jushamī. El Mensajero también hizo que Ubay leyera aquella carta. (Ansāb al-Ashrāf, 1/370). Del mismo modo, en el mes de Rajab del segundo año de la Hégira, el Mensajero envió una expedición hacia Najlah bajo el mando de ‘Abdullāh ibn Jaḥsh al-Asadī. Al partir, le entregó a ‘Abdullāh una carta sellada y le dijo: «Después de caminar durante dos noches consecutivas, abre la carta, léela y actúa conforme a sus instrucciones». El Mensajero hizo que Ubay escribiera aquella carta. (Ansāb al-Ashrāf, 1/371).

Anas ibn Malik (que Allah esté complacido con él)

Anas ibn Malik fue un célebre compañero del Profeta, servidor del Mensajero de Allah, imán, muftí, maestro del Corán, experto en hadices, narrador de renombre, ansarí, jazrayí y medinense. Sus kunyas eran Abu Zumama y Abu Hamza. «Servidor del Mensajero de Allah» era su sobrenombre. (Daira-i-Maarif Islamia, 3/402; Tadhkirat al-Huffaz, 1/44). Anas decía: «Yo recogía una especie de verdura llamada hamza. Al verlo, el Mensajero de Allah me llamaba cariñosamente: “¡Oh, Abu Hamza!”. Desde aquel día esa se convirtió en mi kunya o apodo». (Tarij de Ibn Asakir, 3/141).

Nació en el año 612 de la era cristiana, diez años antes de la Hégira, en la rama de los Banu Nayyar de la célebre tribu jazrayí de Yathrib. (Al-Isaba, 1/71; Al-Alam, 1/365). Esta tribu era la más honrada entre los ansar. Su padre era Malik ibn Nadr y su madre, Umm Sulaym Sahla, hija de Milhan al-Ansariya. Umm Sulaym era tía materna del Mensajero de Allah. El linaje de la madre del abuelo del Mensajero de Allah, Abd al-Muttalib —Salma, hija de Amr—, se unía al linaje materno de Anas en Amir ibn Ghanam. (Usd al-Gaba, 1/127; Asahh al-Siyab, 606).

Existe discrepancia acerca del verdadero nombre de Umm Sulaym: se mencionan Sahla, Rumayla, Rumaysa, Sulayka, Al-Faysa y otros. (Sira de Ibn Hisham, 2/340).

El tío paterno de Anas, Anas ibn Nadr, murió como mártir en la batalla de Uhud. Los incrédulos mutilaron su cuerpo y lo dejaron irreconocible. Se encontraron en él ochenta heridas. Nadie pudo identificar el cadáver excepto una de sus hermanas. Anas decía: «Recibí mi nombre por este tío mío, Anas». (Sira de Ibn Hisham, 2/83; Hayat al-Sahaba, 1/504-505). Su tío materno, Haram ibn Milhan, murió como mártir en el doloroso suceso de Bi’r Mauna. (Daira-i-Maarif Islamiyya, 3/402).

Cuando Anas tenía ocho o nueve años, su madre aceptó el islam. Por ello, su padre, lleno de ira y odio, se marchó a Siria, donde murió en estado de incredulidad. Su madre se casó por segunda vez con Abu Talha, un hombre rico de la tribu de Jazray. También llevó consigo al pequeño Anas a la casa de Abu Talha, y allí fue criado.

Anas narró lo siguiente sobre el matrimonio de su madre con Abu Talha: cuando Abu Talha pidió la mano de Umm Sulaym, todavía no había aceptado el islam. Umm Sulaym le dijo: «Abu Talha, ¿acaso no sabes que la divinidad a la que adoras está hecha de tierra?». Él respondió: «Sí, lo sé». Ella prosiguió: «¿No te avergüenza adorar un árbol? Si aceptas el islam, no tendré objeción en casarme contigo y no te exigiré ninguna dote». Abu Talha se levantó diciendo: «Lo pensaré». Después regresó y pronunció: «Doy testimonio de que no hay divinidad sino Allah y de que Muhammad es el Mensajero de Allah». Entonces Umm Sulaym llamó a su hijo Anas y le dijo: «Anas, encárgate de formalizar el matrimonio de Abu Talha». Así, Anas casó a su madre con Abu Talha. (Hayat al-Sahaba, 1/195-196).

Antes de que se prohibiera el vino, en la casa de Abu Talha se celebraban reuniones para beber. El joven Anas servía las copas en ellas y también se había acostumbrado a beber. En aquel tiempo no había nadie que le impidiera beber. (Musnad, 3/181).

Cuando Anas tenía ocho o nueve años, comenzó la difusión del islam en Medina. La tribu de Banu Nayyar estuvo entre las primeras en aceptar la fe. La mayoría de sus miembros se convirtió antes de la llegada del Mensajero de Allah a Medina. La madre de Anas, Umm Sulaym, aceptó el islam incluso antes del tercer pacto de Aqaba. Como ya se ha mencionado, al convertirse ella, su esposo —el padre de Anas— abandonó a su esposa y a su hijo y se marchó a Siria. Umm Sulaym, viuda abandonada, aceptó casarse con Abu Talha con la condición de que él también abrazara el islam. Gracias a sus esfuerzos, Abu Talha se convirtió, fue a La Meca, participó en el tercer pacto de Aqaba y obtuvo el honor de prestar juramento de fidelidad al Mensajero de Allah. Así, la casa de Anas se iluminó con la luz de la fe. Su madre, destinada al Paraíso, Umm Sulaym, era una antorcha del islam, y su esposo, un servidor completamente entregado a la religión. En un refugio semejante creció Anas.

Cuando Anas tenía diez años, el Noble Mensajero de Allah llegó a Medina. Aunque era muy joven, estaba lleno de entusiasmo. Cuando el Mensajero de Allah se dirigía desde Quba hacia Medina, Anas se colocó junto al camino con otros niños y niñas de su edad, cantando canciones de bienvenida. Corriendo de un lado a otro, anunciaban a los habitantes: «¡Ha llegado el Mensajero de Allah! ¡Ha llegado Muhammad!». De ese modo llevaron la noticia de su llegada a las casas de Medina. Cuando por un momento disminuyó la multitud que rodeaba al Mensajero, Anas contempló su noble rostro y fue honrado con la dignidad de compañero.

Según la opinión más conocida, Anas tenía diez años cuando el Noble Mensajero llegó a Medina. Después de que se instalara, su madre lo tomó de la mano un día y lo llevó ante él. Anas relató: «Mi madre me llevó de la mano ante el Mensajero de Allah y dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! Todos los hombres y mujeres de los ansar te han ofrecido algún regalo. Yo no tengo nada semejante que darte. Tengo a este hijo; sabe escribir, aunque todavía no ha alcanzado la pubertad. Acéptalo, pues te servirá”. Desde aquel día serví continuamente al Mensajero de Allah durante diez años. En todo ese tiempo nunca me golpeó, nunca me insultó, nunca me reprendió y nunca me mostró un rostro severo. Lo primero que me recomendó fue: “Hijo mío, guarda mis secretos. Si lo haces, serás creyente”. Cuando mi madre o las esposas del Mensajero de Allah me preguntaban por algún secreto suyo, nunca se lo revelaba a nadie». Algunas narraciones dicen que fue Abu Talha quien lo llevó ante el Mensajero de Allah. (Tarij de Ibn Asakir, 3/141; Ansab al-Ashraf, 1/506; Al-Isaba, 1/71).

Anas sirvió al Mensajero de Allah con gran capacidad durante casi diez años, hasta el último día de su vida. Se sentía sumamente orgulloso de ello. Llegaba a su servicio antes de la oración del alba y regresaba a casa al mediodía. Después volvía y, tras realizar la oración de la tarde, regresaba nuevamente a casa. En el barrio de Anas había una mezquita cuyos fieles lo esperaban. Al verlo, se levantaban para realizar la oración de la tarde. (Musnad de Ahmad, 3/222).

Fuera de esos horarios, permanecía siempre preparado para cumplir cualquier orden del Mensajero de Allah y respondía a su llamada cada vez que era necesario. En cierta ocasión, después de terminar un encargo del Mensajero de Allah, se dirigía a su casa al mediodía. En el camino vio jugar a unos muchachos de su edad. El juego le gustó y se detuvo a observarlos. Poco después vio que el Mensajero de Allah se acercaba. Primero saludó a los niños y luego tomó a Anas de la mano y lo envió a realizar una tarea. Después se quedó esperándolo a la sombra de una pared. Cuando Anas regresó, el Mensajero de Allah se dirigió a su casa y Anas tomó el camino de la suya.

Como había tardado, su madre le preguntó: «¿Por qué has regresado tan tarde?». Él respondió: «Fui a cumplir un encargo secreto del Mensajero de Allah; por eso tardé». Su madre pensó que quizá estaba ocultando la verdad y preguntó: «¿Qué encargo?». Anas respondió: «Es un secreto; no se puede contar a nadie». Su madre dijo: «Entonces guárdalo en secreto y no se lo reveles a nadie». Anas conservó aquel secreto durante toda su vida. Una vez, cuando su ilustre discípulo Sabit quiso conocerlo, le dijo: «Si se lo contara a alguien, te lo contaría a ti; pero no se lo diré a nadie». (Al-Fath al-Rabbani ma‘a Bulug al-Amani, 22/204; Hayat al-Sahaba, 1/343; 2/503).

Anas permanecía siempre junto al Mensajero de Allah, tanto en casa como durante los viajes, dentro y fuera, sin que se le asignara un lugar o un momento específico. Antes de que descendiera el versículo del hiyab, entraba libremente en la casa del Mensajero. Decía: «Entraba en la casa del Mensajero de Allah y visitaba también a sus esposas puras en las habitaciones interiores. Un día, cuando estaba a punto de entrar, el Mensajero me llamó: “Anas, retrocede”. Ya había descendido el versículo del hiyab». (Ansab al-Ashraf, 1/464).

También dijo: «El día en que alcancé la pubertad se lo comuniqué al Mensajero. Me dijo: “A partir de ahora no entres donde estén las mujeres sin pedir permiso”. No hubo día más difícil que aquel en mi vida». (Tarij de Ibn Asakir, 3/144).

Una mañana, antes de la oración del alba, el Mensajero dijo: «Hoy tengo intención de ayunar; tráeme algo de comer». Anas llevó rápidamente unos dátiles y agua. El Mensajero tomó con ello el alimento del alba y se preparó para la oración. (Musnad, 3/197). Al-Waqidi dijo: «Anas era uno de los servidores del Mensajero que nunca se alejaban de su puerta». Abu Huraira decía: «Yo pensaba que Anas era el esclavo del Mensajero de Allah». (Ansab al-Ashraf, 1/485).

El Noble Mensajero llegó a Medina y se hospedó como invitado de Abu Ayyub al-Ansari. En aquel tiempo bebía con gran satisfacción el agua del pozo perteneciente al padre de Anas, Malik ibn Nadr. Cuando el Mensajero se trasladó de la casa de Abu Ayyub a su propia casa, Anas llevaba para él el agua de aquel pozo. (Ansab al-Ashraf, 1/535).

Anas realizaba con gran habilidad todas las tareas del Mensajero y lo mantenía constantemente satisfecho mediante su obediencia. Él mismo decía: «Serví al Mensajero de Allah durante diez años. En todo ese largo período nunca se disgustó conmigo. Nunca me dijo, por algo que yo hubiera hecho: “¿Por qué hiciste esto?”. Y tampoco me preguntó, por algo que no hubiera hecho: “¿Por qué no hiciste esto?”. Nunca me dijo que me hubiera equivocado ni que lo que había hecho fuera muy malo». (Ansab al-Ashraf, 1/464, 506).

Así, Anas ocupó un lugar especial en el corazón del Mensajero. Este lo llamaba afectuosamente unas veces «hijo» y otras «Unays». De vez en cuando visitaba la casa de Anas, comía allí, descansaba al mediodía, realizaba la oración y suplicaba por Anas. Varias narraciones relacionadas con esto aparecen en el Musnad de Ahmad. (Al-Fath al-Rabbani, 22/203).

Anas relató: «Un día Abu Talha dijo a mi madre, Umm Sulaym: “Me parece haber oído algo débil la voz del Mensajero de Allah; creo que tiene hambre. ¿Tienes algo de comida?”. Mi madre respondió: “Sí”. Envolvió unos trozos de pan en mi ropa y me envió ante el Mensajero. Al verme, me preguntó: “¿Te ha enviado Abu Talha?”. Respondí: “Sí”. Preguntó: “¿Traes comida?”. Contesté: “Sí”. El Mensajero dijo a quienes estaban con él: “Levantaos”. Ellos se pusieron en marcha y yo caminé delante de ellos.

»Al verlos, Abu Talha llamó a su esposa y le dijo: “Umm Sulaym, mira: el Mensajero ha venido con gente. No tenemos comida suficiente para todos”. Umm Sulaym respondió: “Allah y Su Mensajero lo saben mejor”. Abu Talha hizo sentar a los invitados. El Mensajero entró en la casa y dijo: “Traed lo que tengáis”. Había poca comida, pero la llevaron. Él dijo: “Haced entrar a los primeros diez”. Diez hombres entraron, comieron hasta saciarse y salieron. Después entraron otros diez. Así, en total, setenta personas comieron hasta saciarse con aquella comida». (Hayat al-Sahaba, 2/194).

Anas también relató: «Mi madre, Umm Sulaym, tenía de Abu Talha un pequeño hijo llamado Abu Umayr. Cuando el Mensajero venía a nuestra casa, bromeaba un poco con él. Un día lo vio sentado, triste y con el rostro abatido. Le dijo: “Abu Umayr, ¿por qué estás tan apesadumbrado?”. Mi madre respondió: “Ha muerto su pequeño pájaro llamado Nugayr, con el que jugaba”. Desde entonces, cuando lo veía, el Mensajero le recitaba en tono poético: “¡Oh, Abu Umayr! ¿Qué hizo tu Nugayr?”. Nugayr era un pequeño pájaro parecido al gorrión, de pico rojo». (Tarij de Ibn Asakir, 3/139; Hayat al-Sahaba, 2/570-571).

En la casa de Anas descendieron muchos versículos del Corán sobre el Mensajero de Allah. Durante la revelación, el Mensajero sudaba, y ellos conservaban aquel sudor. Anas dijo: «Un día, al mediodía, el Mensajero vino a nuestra casa, descansó y comenzó a sudar. Mi madre trajo una botella y empezó a recoger su sudor. Al despertar, el Mensajero preguntó: “Umm Sulaym, ¿qué haces?”. Ella respondió: “Tu sudor es un perfume para nosotros”. Anas decía: “En mi vida nunca he olido almizcle o ámbar más fragante que el perfume del Mensajero de Allah”». (Tarij de Ibn Asakir, 3/144-145).

Ya hemos mencionado que la madre virtuosa de Anas era tía materna del Mensajero. Ella lo amaba profundamente y le mostraba devoción y respeto, y el Mensajero nunca la olvidó. A aquella mujer honorable le anunció la buena noticia del Paraíso. (Daira-i-Maarif Islamiyya, 3/402).

En la batalla de Jaybar, Safiyya fue capturada y el Mensajero expresó su deseo de casarse con ella. Safiyya fue enviada a Umm Sulaym, quien se encargó de todos los preparativos del matrimonio. Ibn Ishaq dijo que el matrimonio bendito del Mensajero con Safiyya tuvo lugar en Jaybar o durante el regreso de Jaybar. Umm Sulaym, la madre de Anas, se ocupó de arreglarla, peinarla y realizar todos los demás preparativos. (Sira de Ibn Hisham, 2/339-340; Ansab al-Ashraf, 1/443).

Del mismo modo, cuando el Mensajero se casó con Zaynab, Umm Sulaym preparó comida y la envió. El Mensajero invitó a los compañeros, celebró una breve ceremonia y les sirvió aquella comida. (Musnad de Ahmad, 3/163).

Todas estas circunstancias convirtieron a Anas en un miembro de la familia del Profeta. El Mensajero bromeaba a veces con él; por ejemplo, lo llamaba «Abu Hamza». En otra ocasión le dijo: «¡Oh, el de las dos orejas!». (Usd al-Gaba, 1/127).

Ya hemos visto cuán profunda era la relación de Anas con el Mensajero de Allah. Por esa relación permanecía constantemente junto a él, en casa y fuera de ella, en sus viajes y en su residencia. No abandonó su compañía ni siquiera en el campo de batalla.

En la batalla de Badr, Anas tenía apenas doce años. Aun así, estuvo presente junto a los combatientes musulmanes. Allí se encargó de servir al Mensajero y de cuidar el equipo, los suministros y las pertenencias de los soldados. Debido a su corta edad, después algunos dudaron de su participación en aquella batalla. En cierta ocasión un hombre le preguntó, con tono dubitativo: «¿Estuviste presente en Badr?». Él respondió: «¿Cómo podría no haber estado presente?». (Al-Isaba, 1/71; Daira-i-Maarif Islamiyya, 3/402).

La batalla de Uhud tuvo lugar un año después de Badr. Anas seguía siendo joven. En el sexto año de la Hégira obtuvo el honor de participar en el juramento bajo el árbol, en Hudaybiyya. Tenía entonces dieciséis años y ya estaba capacitado para acudir al campo de batalla. En el séptimo año de la Hégira, el Mensajero realizó la umra compensatoria y Anas lo acompañó. Ese mismo año Jaybar fue conquistada. Durante aquella expedición, Anas viajaba sobre un camello junto a Abu Talha. En cierto momento, cuando el Noble Mensajero entraba victorioso en Jaybar, Anas estaba tan cerca que su pie tocó el pie sagrado del Mensajero. Como consecuencia, la izar del Mensajero se elevó por encima de la rodilla y quedó visible. (Musnad, 3/102).

Después participó en la conquista de La Meca y en las expediciones de Taif y Hunayn. Finalmente acompañó al Mensajero en la peregrinación de despedida, en el décimo año de la Hégira.

Anas relató: «El día de la batalla de Hunayn, Abu Talha se acercó riendo al Mensajero y le dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Has visto el puñal que lleva Umm Sulaym?”. El Mensajero preguntó: “¿Qué hará Umm Sulaym con un puñal?”. Él respondió: “Si alguien se acerca a mí, lo golpearé con él”». (Hayat al-Sahaba, 1/597).

El Noble Mensajero realizó veintiséis o veintisiete expediciones, aunque solo en nueve de ellas tuvo lugar una batalla: Badr, Uhud, Jandaq, Qurayza, Mustaliq, Jaybar, Hunayn y Taif, entre otras. Anas estuvo presente en todas ellas. Un hombre preguntó a Musa, hijo de Anas, en cuántas batallas había participado su honorable padre. Él respondió: «En ocho». Probablemente excluyó Badr, porque en aquel momento Anas era menor que la edad establecida para participar en la yihad.

Después de la muerte del Noble Mensajero, Abu Bakr se convirtió en califa. Se sabe que Anas participó entonces en la batalla de Yamama contra los falsos profetas. (Hayat al-Sahaba, 1/537). El califa quiso nombrarlo recaudador de la sadaqa en Baréin. Cuando pidió consejo a Umar, este respondió: «Anas es inteligente y culto. Apruebo el servicio que le has propuesto». El califa llamó a Anas y lo envió a Baréin con la responsabilidad de recaudar la sadaqa. (Al-Bujari, Libro de la zakat; Al-Isaba, 1/72).

Cuando regresó de Baréin, Abu Bakr ya había fallecido y Umar era califa en su lugar. Umar entregó a Anas cuatro mil dírhams de los bienes que este había traído de Baréin. Anas dijo: «Al recibir aquel dinero, me convertí en uno de los habitantes más ricos de Medina». (Hayat al-Sahaba, 2/22).

Anas relató también: «Después de la muerte de Abu Bakr, cuando Umar asumió el califato, fui a Medina y le dije: “Extiende un poco tu mano para que pueda verla. Te prestaré juramento sobre aquello mismo por lo que prestaste juramento a tu anterior compañero”. Así prestó juramento en la mano de Umar». (Hayat al-Sahaba, 1/258).

El califa Abu Bakr envió también a Anas al Yemen con una carta dirigida a sus habitantes. En ella los exhortaba a salir a combatir por la causa de Allah. (Hayat al-Sahaba, 1/441-442).

Mughira ibn Shuba era gobernador de Basora. Allí se presentó contra él una grave acusación, encabezada por Abu Bakra. (Véase Ansab al-Ashraf, 1/490-492). El califa Umar lo destituyó y nombró en su lugar a Abu Musa al-Ashari. Para investigar el caso envió a Basora a cuatro personas como ayudantes: 1) Anas ibn Malik; 2) su hermano al-Bara ibn Malik; 3) Imran ibn Husayn; y 4) Abu Nayid al-Juzaí. (Ansab al-Ashraf, 1/491).

Anas se estableció permanentemente en la ciudad de Basora. Entre aquellos a quienes el califa Umar confió la responsabilidad de la jurisprudencia y las opiniones legales en aquella región se encontraba Anas. Pasó allí el resto de su vida. Además de desempeñar esas funciones, cumplía con habilidad cualquier tarea que se le encomendara y participaba en todas las expediciones de su época. En la campaña de Tustar fue comandante de la infantería. Tustar fue conquistada y el general persa Hurmuzan, capturado junto con su familia, fue presentado ante el comandante musulmán Abu Musa al-Ashari. Abu Musa lo envió a Medina, bajo la custodia de una fuerza de trescientos hombres, para comparecer ante el califa. Anas era el comandante de esa fuerza y cumplió correctamente su responsabilidad. De ese modo tuvo la oportunidad de visitar, después de mucho tiempo, su querida tierra natal. (Hayat al-Sahaba, 1/66; Daira-i-Maarif Islamiyya, 3/402).

Abu Dardá (que Allah esté complacido con él)

Su kunya era Abu al-Dardá. Este nombre se debe al de su hija Dardá, y con él fue conocido en la historia. Existe discrepancia acerca de su nombre original: se mencionan Amir y Uwaymir. Según al-Asma‘i, era Amir, aunque la gente lo llamaba Uwaymir; esta es la opinión más difundida. Algunos dijeron que Uwaymir era su laqab o título honorífico. También hay numerosas opiniones sobre el nombre de su padre: Malik, Amir, Za‘laba, Abd Allah, Zayd y otros. Su madre se llamaba Muhabba o Waqida. Pertenecía a la rama Balhariz, de la célebre tribu jazrayí de Medina. Tenía aproximadamente la misma edad que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, o era unos días menor.

Fue uno de los más grandes sabios, jinetes y jueces de Arabia. Antes de aceptar el islam era un comerciante próspero de Medina. Después abandonó todo y se dedicó por completo a la adoración de Allah. Él mismo decía: «Antes de que el Mensajero de Allah recibiera la profecía, yo era comerciante. Cuando llegó el islam, intenté conciliar mi comercio con la adoración, pero no fue posible. Por eso abandoné el comercio y me dediqué a la adoración».

Con el tiempo llegó a sentir una profunda aversión por el comercio. A menudo decía: «Aunque tuviera una tienda frente a la Mezquita del Profeta que me produjera cuarenta dinares diarios, los entregara como caridad y no perdiera por ello la oración en congregación, aun así ya no me agradaría ese comercio». Cuando le preguntaban la razón, respondía: «El temor al difícil ajuste de cuentas del Día del Juicio».

Después de aceptar el islam alcanzó una gran fama entre los Compañeros por su valentía, su temor de Allah y su indiferencia ante los placeres mundanos. El Mensajero de Allah reconoció su sabiduría y su habilidad como jinete. Dijo: «Uwaymir es el sabio de mi comunidad», y también: «¡Qué excelente jinete es Uwaymir!». En diversas obras se conservan muchas de sus palabras llenas de sabiduría. Por eso el imán Ibn al-Yazari dijo de él: «Era uno de los sabios prudentes».

Hay discrepancia sobre cuándo aceptó el islam. Sa‘id ibn Abd al-Aziz dijo que lo hizo el día de la batalla de Badr, mientras que otros afirmaron que fue después de Badr. El autor de al-Isti‘ab dijo que fue el último de su familia en aceptar el islam, pero que posteriormente se convirtió en un buen musulmán. Se relata que el Mensajero de Allah dijo: «Allah me ha prometido el islam de Abu al-Dardá». Después de esto, Abu al-Dardá aceptó el islam.

Es sorprendente que, pese a su gran inteligencia, esperara hasta el segundo año de la Hégira para aceptar el islam, en vez de hacerlo junto con los más destacados auxiliares. La razón fue que su conversión no se debió a imitación, sino a una reflexión consciente y profunda. Probablemente pasó un año examinando cuidadosamente el asunto después de la llegada del Mensajero de Allah a Medina. Sin embargo, lamentó durante toda su vida haber retrasado ese año. Más tarde decía con frecuencia: «La esclavitud a una pasión durante un instante produce un largo arrepentimiento».

Durante la época de la ignorancia mantuvo una profunda amistad y relación fraternal con el célebre Compañero mártir Abd Allah ibn Rawaha. Abd Allah aceptó pronto el islam, mientras que Abu al-Dardá permaneció aferrado al politeísmo; aun así, conservó con él la misma relación de antes. Abd Allah se esforzó incansablemente por conducir a su amigo al islam y lo invitaba repetidamente a aceptarlo. Finalmente, gracias a sus esfuerzos, Abu al-Dardá se hizo musulmán.

Se cuenta que una mañana Abu al-Dardá despertó y fue hacia su ídolo, que se encontraba en la mejor habitación de la casa. Lo perfumó con el mejor aceite de su gran tienda y lo cubrió con una hermosa tela de seda que un comerciante procedente del Yemen le había regalado. Luego salió hacia su tienda. En el camino vio las calles de Medina llenas de los compañeros de Muhammad, que regresaban en grupos de la batalla de Badr, mientras delante de ellos marchaban los prisioneros de Quraysh. Un joven de la tribu de Jazray le informó de que Abd Allah ibn Rawaha había luchado valientemente y había regresado sano y salvo con el botín.

Mientras tanto, Abd Allah fue a la casa de Abu al-Dardá. Al entrar vio a su esposa peinándose. Tras intercambiar saludos preguntó por Abu al-Dardá. Ella respondió que acababa de salir y se ocupó de sus asuntos. Abd Allah tomó entonces un martillo, entró en la habitación del ídolo y lo hizo pedazos mientras recitaba una poesía cuyos últimos versos decían: «Sabed que todo aquello que se invoca aparte de Allah es falso y vano». La esposa de Abu al-Dardá acudió al oír los golpes y gritó: «¡Oh Ibn Rawaha, me has arruinado!». Él salió sin responder, como si nada hubiera ocurrido.

Cuando Abu al-Dardá regresó, encontró a su esposa llorando. Al enterarse de lo sucedido se enfureció, pero después reflexionó y dijo para sí: «Si hubiera realmente algún bien en este ídolo, se habría protegido a sí mismo». Luego fue con Abd Allah ibn Rawaha ante el Mensajero de Allah y aceptó el islam. El Mensajero de Allah estableció también entre Abu al-Dardá y Salman al-Farisi una hermandad religiosa.

Durante la batalla de Badr Abu al-Dardá aún no era musulmán y no participó en ella. En Uhud ya era musulmán, participó en la batalla y desempeñó un papel destacado como jinete. En cierto momento el Mensajero de Allah le ordenó perseguir a una unidad de caballería enemiga, y él la hizo retroceder solo. El Profeta se alegró mucho de su valor y volvió a decir: «¡Qué excelente jinete es Uwaymir!». Participó también en las demás batallas y expediciones del Mensajero de Allah, aunque no se conocen detalles de su papel en todas ellas.

Durante el califato de Abu Bakr permaneció en Medina. En tiempos de Umar abandonó Medina y marchó a Siria, donde se estableció definitivamente, principalmente para enseñar el Corán y los hadices. Se instaló en Damasco. Pasó la mayor parte de su tiempo enseñando el Corán y los hadices, formando a los estudiantes en las normas de la ley islámica y adorando a Allah. Aunque muchos Compañeros en Siria habían adquirido algo de su lujo, Abu al-Dardá conservó una vida sencilla y austera.

Umar lo nombró juez de Damasco, y Muawiya lo reemplazaba cuando se ausentaba. Tuvo dos esposas: Umm al-Dardá la Mayor, Jazra bint Abi Hadrad al-Aslami, célebre Compañera, jurista y adoradora; y Umm al-Dardá la Menor, que no fue Compañera. Tuvo varios hijos, entre ellos Bilal, Yazid, Dardá y Nusayba.

Murió en Damasco, según la opinión más conocida, en el año 32 de la Hégira, correspondiente al 652 d. C., y fue enterrado cerca de Bab al-Saghir. Durante su enfermedad final lloraba intensamente por temor a Allah y decía que solo Allah sabía cómo sería su salvación. Pidió que le inculcaran la profesión de fe y murió pronunciándola.

Abu al-Dardá fue uno de los grandes sabios de los Compañeros. Enseñó el Corán, los hadices y la jurisprudencia. Los estudiantes acudían en grandes grupos a su círculo de enseñanza. Animaba a la gente a buscar el conocimiento y decía: «Sed sabios, estudiantes, amantes de los sabios o seguidores de ellos; no seáis una quinta cosa, pues pereceréis». También fue uno de los que memorizaron y recopilaron todo el Corán durante la vida del Mensajero de Allah. Umar lo eligió para enseñar el Corán en Siria, y su escuela de Damasco llegó a contar con miles de estudiantes.

Transmitió 179 hadices, de los cuales trece fueron recopilados por al-Bujari y ocho por Muslim. Era conocido por su temor a Allah, su austeridad, su generosidad, su hospitalidad, su dulzura y su firmeza en ordenar el bien y prohibir el mal. Se apartaba de las discordias, prefería el silencio y la reflexión, y decía que una hora de meditación era mejor que una noche entera de adoración. Su vida estuvo dedicada a enseñar y transmitir la palabra de Allah y los hadices del Profeta. Sus virtudes fueron tan numerosas que no pueden abarcarse en un breve escrito.وَلِمَنْ خَافَ مَقَامَ رَبِّهِ جَنَّتَانِ¿Están incluidos entre ellos el adúltero y el ladrón? Él respondió: «Si teme a su Señor, ¿cómo podría cometer adulterio o robar?»
En la suraالْقَلَمِse menciona, acerca de un incrédulo, queعُتُلٍّ بَعْدَ ذَٰلِكَ زَنِيمٍLos comentaristas han expresado diversas opiniones sobre el significado de la palabra “utul”. Abu al-Dardá explicó su sentido de manera amplia. Dijo: “Utul” es el hombre de vientre grande y cuello grueso, que come y bebe en exceso, acumula riquezas y es extremadamente avaro.
Asimismo, en la sura At-Tariq apareceالسَّرَائِرُla palabra. Abu al-Dardá también transmitió un significado particular de este término.

Después de enseñar y servir al Corán, la palabra de Allah, los Compañeros concedieron la mayor importancia a la difusión y transmisión de los hadices del Mensajero de Allah. Abu al-Dardá cumplió esta responsabilidad de manera ejemplar. Tenía un estilo particular al transmitir hadices. Al-Tabarani narró de Idris al-Jawlani que dijo: “Vi a Abu al-Dardá; cuando terminaba de narrar un hadiz del Mensajero, decía: ‘Esto, o algo parecido, o algo de este género’”.

Ibn Asakir narró que Umar convocó a destacados Compañeros que se encontraban en distintos lugares: Abd Allah ibn Hudhafa, Abu al-Dardá, Abu Dharr y Uqba ibn Amir. Cuando llegaron, les dijo: “¿Qué es esto que estáis difundiendo en nombre de los hadices del Mensajero?”. Ellos preguntaron: “¿Nos prohíbes transmitirlos?”. Umar respondió: “No, pero permaneceréis conmigo; aceptaré o rechazaré lo que reciba de vosotros, pues nosotros conocemos mejor este asunto”.

En una ocasión Abu al-Dardá narró un hadiz a Sa‘dan ibn Talha. En la mezquita de Damasco se encontraba Sawban, el antiguo esclavo liberado del Mensajero. Para cerciorarse, Sa‘dan le preguntó por el hadiz. Sawban respondió: “Abu al-Dardá ha dicho la verdad; yo también estaba presente con el Mensajero de Allah en aquella ocasión”. Cuando Muadh ibn Yabal estaba cerca de morir, narró un hadiz y dijo que, si querían un testigo, podían preguntar a Uwaymir, es decir, Abu al-Dardá. La gente fue a consultarle y él dijo: “Mi hermano Muadh ha dicho la verdad”.

Toda la vida de Abu al-Dardá transcurrió enseñando y difundiendo la palabra de Allah y los hadices del Profeta. Antes de morir reunió a habitantes de distintos sectores de la ciudad y les dejó como último consejo que observaran correctamente la oración. La mayor parte de los hadices que poseía los había recibido directamente del Mensajero de Allah; después de su fallecimiento también narró algunos de Zayd ibn Zabit y de Aisha. Entre quienes transmitieron de él se encontraban Anas ibn Malik, Fudala ibn Ubayd, Abu Umama, Abd Allah ibn Umar, Abd Allah ibn Abbas y Umm al-Dardá. Numerosos tabi‘in famosos aprendieron de él la ciencia del hadiz y narraron por su autoridad.

Entre sus discípulos se cuentan Sa‘id ibn al-Musayyib, Bilal ibn Abu al-Dardá, Alqama ibn Qays, Abu Murra, Abu Idris al-Jawlani, Zubayr ibn Nadir, Suwayd ibn Ghafala, Zayd ibn Wahb, Ma‘dan ibn Abi Talha, Abu Habiba al-Ta’i, Abu al-Safar al-Hamadani, Abu Salama ibn Abd al-Rahman, Safwan ibn Abd Allah y otros. El total de hadices transmitidos por Abu al-Dardá que aparecen en las distintas colecciones es de 179; trece fueron recopilados por al-Bujari y ocho por Muslim.

También ocupaba una posición destacada en la jurisprudencia. La gente acudía desde lugares lejanos para consultarle cuestiones legales. Un hombre viajó desde Kufa hasta Damasco para preguntarle si debía divorciarse de su esposa por insistencia de su madre. Abu al-Dardá le respondió que no le ordenaría romper con su madre ni con su esposa: podía divorciarse o permanecer casado, pero debía recordar que el Mensajero de Allah llamó a la madre “la puerta del Paraíso”.

Abu al-Dardá era sincero y veraz por naturaleza, y la enseñanza islámica hizo aún más clara y luminosa esa cualidad. Temía profundamente a Allah. En una ocasión dijo desde el púlpito: “Temo el día en que Allah me pregunte si actué conforme a mi conocimiento; cuando cada aleya del Corán se presente ante mí y pregunte cuánto obedecí sus órdenes y cuánto me aparté de sus prohibiciones”.

Era muy austero. Cumplía las cinco oraciones, rezaba por la noche, ayunaba tres días de cada mes, realizaba la oración del witr y la oración de la mañana tanto en casa como durante los viajes. Después de cada oración obligatoria recitaba treinta y tres veces el tasbih, treinta y tres veces el tahmid y treinta y cuatro veces el takbir. Recomendaba recordar a Allah en la prosperidad para que Él recordara a la persona en la dificultad.

Mantuvo una vida sencilla y sin adornos. No se dejó seducir por el lujo ni por los placeres del mundo. Era generoso y hospitalario a pesar de su pobreza, y acogía a los huéspedes sin escatimar esfuerzos. También era amable, reflexivo y de rostro sonriente. No le gustaba insultar a nadie. Decía que, cuando una persona cae en un pozo, hay que sacarla, no insultarla; si abandona su mala acción, vuelve a ser su hermano.

Conservó durante toda su vida una profunda amistad con Salman al-Farisi y con Abd Allah ibn Rawaha, por cuya invitación había aceptado el islam. Rezaba por numerosos amigos y decía que cuando una persona suplica por su hermano en su ausencia, dos ángeles responden: “Que Allah te conceda a ti también aquello que pides para tu hermano”.

Se mantenía alejado de las discordias y de las reuniones frívolas de los mercados. Prefería guardar silencio y meditar. Decía: “Así como aprendéis a hablar, aprended también a callar; escuchar es mejor que hablar y no pronunciéis palabras inútiles”. Creía firmemente en las palabras que había escuchado del Mensajero de Allah y confiaba en las promesas divinas.

Abu al-Dardá murió como había vivido: dedicado al conocimiento, a la adoración, a la enseñanza y a la difusión de los hadices. Sus virtudes y méritos fueron numerosos, y, como dijo Ibn Hayar, son demasiados para expresarlos en un breve artículo.

Hazrat Hudhayfa ibn al-Yamán (que Allah se complazca con él)

Su nombre era Hudhayfa, su kunya Abu Abdillah y su laqab o título, Sahib al-Sirr. Pertenecía a la rama Abs de la tribu de Gatafan; por eso también se le llamaba al-Absi. Su padre se llamaba Husayl —según otra opinión, Hasal ibn Yabir— y su madre Rabah bint Kaab ibn Adi ibn Abd al-Ashhal, hija de la rama Abd al-Ashhal de los Aws, una de las tribus ansar de Medina. Ibn Hayar dijo: «Hudhayfa fue uno de los más eminentes compañeros». (Al-Isaba, 1/317; al-Istíab, anotación de al-Isaba, 1/277).

El padre de Hudhayfa, Husayl, pertenecía originalmente a la tribu mequí de Banu Abs. En la época preislámica mató a un hombre de su propia tribu, huyó de La Meca y buscó refugio en Yathrib. Allí estableció primero una alianza con Banu Abd al-Ashhal y posteriormente contrajo matrimonio con una mujer de esa tribu. Las tribus ansar de Medina tenían originalmente vínculos con Yemen. Como Husayl se casó con una mujer de aquel pueblo, los miembros de su tribu lo identificaban como al-Yaman; por eso Hudhayfa es conocido como Hudhayfa ibn al-Yaman. Husayl y su esposa tuvieron cinco hijos: Hudhayfa, Sad, Safwan, Mudlij y Layla, conocidos en la historia como los descendientes de al-Yaman.

Con el tiempo desaparecieron los obstáculos y temores que impedían a al-Yaman entrar en La Meca. Viajaba ocasionalmente entre La Meca y Yathrib, aunque residía principalmente en Yathrib. Cuando el Mensajero de Allah comenzó a predicar el islam en La Meca, al-Yaman acudió a él acompañado de once hombres de Banu Abs y aceptó el islam. Como el Mensajero todavía no había emigrado a Medina, Hudhayfa era de origen mequí, pero nació y creció en Medina.

El padre de Hudhayfa aceptó el islam en La Meca durante sus primeros tiempos, y su madre también se convirtió al islam. Así, Hudhayfa creció en el seno de padres musulmanes y aceptó el islam antes de tener la dicha de ver al Mensajero. Entre sus hermanos, solamente él y Safwan tuvieron ese honor. Después de convertirse en musulmán, nació en él un intenso deseo de ver al Mensajero. Preguntaba constantemente a quienes lo habían visto por su rostro, su aspecto y sus cualidades. Finalmente acudió a él en La Meca y le preguntó su opinión acerca de la hégira y del apoyo a la comunidad. El Mensajero le permitió escoger entre ambas opciones, y Hudhayfa eligió el apoyo a los ansar. En otra narración, durante su primer encuentro en La Meca preguntó: «Mensajero de Allah, ¿soy emigrante o ansar?». Él respondió: «Puedes escoger cualquiera de las dos condiciones». Hudhayfa dijo: «Seré ansar».

Después de la llegada del Mensajero a Medina se estableció la hermandad religiosa entre los creyentes. El Mensajero declaró hermanos a Hudhayfa y Ammar ibn Yasir. Hudhayfa no participó en la batalla de Badr. Él mismo explicó que no había ningún impedimento para combatir, pero que, cuando viajaba con su padre hacia Medina, los politeístas de Quraysh los detuvieron y les preguntaron adónde iban. Al responder que se dirigían a Medina, los hicieron prometer que no ayudarían a Muhammad contra Quraysh. Al llegar a Medina informaron al Mensajero de aquella promesa, y él les ordenó cumplirla, diciendo que pedirían a Allah la victoria sobre sus enemigos.

Hudhayfa participó junto con su padre en la batalla de Uhud. Combatió con gran valentía y regresó sano a Medina, pero su anciano padre fue martirizado por error a manos de soldados musulmanes que no lo reconocieron en medio de la batalla. Al verlo caer, Hudhayfa gritó: «¡Mi padre, mi padre!», pero nadie lo oyó debido al estruendo del combate. Cuando se confirmó su muerte, Hudhayfa solamente dijo: «Que Allah nos perdone a todos; Él es el más misericordioso». Cuando el Mensajero quiso pagarle la diya, es decir, la compensación de sangre por su padre, Hudhayfa respondió: «Mi padre deseaba el martirio y lo ha alcanzado. Oh Allah, sé testigo: dono su compensación a los musulmanes». El Mensajero se alegró mucho.

Hudhayfa desempeñó un papel decisivo en la batalla de la Trinchera. Quraysh avanzó con gran fuerza y el miedo se extendió por Medina. El Mensajero suplicó a Allah y ordenó cavar una trinchera para defender la ciudad. Una noche se levantó un viento tan violento que rompió las cuerdas y desgarró las tiendas, volcó las ollas y produjo un frío intenso. Abu Sufyan comprendió que debían retirarse.

El Mensajero quiso aprovechar la fuerza y experiencia de Hudhayfa y enviarlo, en la oscuridad de la noche, al campamento enemigo para obtener noticias. Según una narración, anunció que quien trajera información de los politeístas recibiría la buena noticia de su compañía en el Día de la Resurrección. Como nadie se ofrecía, lo llamó por su nombre y le ordenó ir. Según otra narración, Hudhayfa contó que aquella noche los musulmanes estaban alineados, mientras Abu Sufyan y el ejército mequí se encontraban por encima de ellos y Banu Qurayza por debajo. El viento era ensordecedor y la oscuridad tan completa que no podían ver ni sus propios dedos. Los hipócritas empezaron a pedir permiso para regresar a sus casas, hasta que quedaron unos trescientos hombres.

El Mensajero se acercó a cada uno de ellos y finalmente llegó a Hudhayfa, que apenas llevaba sobre sí una manta de su esposa. Le preguntó quién era y le ordenó que entrara en el campamento de Quraysh y trajera información. Hudhayfa, que se consideraba el más temeroso y friolero de todos, se levantó. El Mensajero suplicó: «Oh Allah, protégelo por delante y por detrás, por la derecha y por la izquierda, por arriba y por abajo». Inmediatamente desaparecieron su miedo y el entumecimiento causado por el frío. Antes de que partiera, el Mensajero le dijo que no iniciara ningún ataque hasta regresar.

Hudhayfa entró sigilosamente en el campamento y se mezcló con ellos como si fuera uno de sus hombres. Abu Sufyan se levantó para hablar y pidió a cada uno que vigilara a su vecino. Hudhayfa tomó la mano del hombre que estaba junto a él y le preguntó quién era, para asegurarse de que no lo descubrieran. Abu Sufyan declaró que no estaban en un lugar seguro: sus caballos habían muerto, sus camellos habían disminuido, Banu Qurayza los había abandonado y la tormenta hacía imposible permanecer allí. Ordenó la retirada y partió. Hudhayfa dijo que, si el Mensajero no le hubiera prohibido causar ningún incidente, habría podido matarlo con una sola flecha.

Al regresar, encontró al Mensajero rezando envuelto en la manta de una de sus esposas. Al terminar, lo atrajo hacia sus pies y cubrió a Hudhayfa con una parte de la manta. Hudhayfa le comunicó todo lo que había observado; el Mensajero se alegró y alabó a Allah. Hudhayfa pasó allí el resto de la noche y al amanecer el Mensajero lo llamó: «¡Oh, dormido!». (Sahih Muslim, 2/89; Ibn Hisham, 2/231, y otras fuentes).

Hudhayfa participó en las expediciones posteriores a la Trinchera, tanto durante la vida del Mensajero como después de su fallecimiento. Se estableció en Iraq y vivió en Kufa, Nisibin y Mada’in. También contrajo matrimonio en al-Yazira, una ciudad de Nisibin. Participó en la conquista de Nihawand, Dainawar, Hamadan, Mah y Ray, y contribuyó a que los habitantes de Iraq y Persia se unieran en una lectura común del Corán.

El califa Umar lo nombró supervisor de las tierras situadas junto al río Tigris, mientras que Uthman ibn Hunayf fue encargado de las regiones próximas al Éufrates. Aunque los habitantes del Tigris pusieron numerosos obstáculos, Hudhayfa organizó las tierras y aumentó considerablemente los ingresos públicos. Cuando volvió a Medina, Umar le preguntó si había impuesto una carga excesiva sobre la tierra. Hudhayfa respondió: «He dejado mucho más de lo que he tomado».

Participó también en la batalla de Yarmuk y fue el primero en llevar a Medina la noticia de la victoria. En la batalla de Nihawand, el ejército persa contaba con unos ciento cincuenta mil hombres, frente a unos treinta mil musulmanes. Umar nombró comandante a Numan ibn Muqarrin y dispuso que, si este moría, Hudhayfa asumiría el mando. Durante el combate, Numan fue martirizado. Hudhayfa tomó el mando inmediatamente, ocultó la muerte del comandante para no debilitar la moral del ejército y colocó a Nuaym en su lugar. Después animó a los musulmanes con estas palabras: «¡Allah es el más grande! Ha cumplido Su promesa y ha ayudado a Sus soldados». Luego exhortó a los combatientes de Badr, de la Trinchera, de Uhud y de Tabuk a avanzar hacia el Paraíso. Gracias a su valor y prudencia, los musulmanes obtuvieron la victoria.

Tras la conquista de Nihawand, el jefe de un templo de fuego le reveló un tesoro perteneciente al emperador persa, a cambio de recibir garantías de seguridad. Hudhayfa envió las joyas a Umar junto con la quinta parte del botín. Umar ordenó venderlas y distribuir el precio entre los soldados. En otras campañas, Hudhayfa conquistó Dainawar, Mah, Hamadan y Ray, y pactó con sus habitantes que pagarían la yizya, respetarían las rutas y proporcionarían alimento y seguridad a los viajeros y a los soldados musulmanes. El pacto garantizaba la protección de sus vidas, bienes y religión, sin coacción para abandonar su fe.

Durante la campaña de Azerbaiyán fue el abanderado del ejército. Llegó hasta Ardabil, derrotó a las fuerzas del gobernante local y pactó el pago anual de la yizya. Más tarde Umar lo destituyó y nombró en su lugar a Utba ibn Farqad. Después de la conquista de Mada’in, Hudhayfa y Salman ibn Ziyad fueron encargados de escoger un lugar saludable para fundar la guarnición de Kufa. La ciudad actual se encuentra en el lugar que ellos eligieron.

Umar nombró a Hudhayfa gobernador de Mada’in. Sus habitantes esperaban la llegada de un gobernante con una gran comitiva, pero vieron acercarse a un hombre de rostro luminoso montado en un burro, con una silla vieja, comiendo pan con una mano y sal con la otra. Al reconocerlo, comprendieron que aquel era su nuevo gobernador. Hudhayfa les transmitió el decreto de Umar: «Escuchadlo y obedecedlo». Cuando le preguntaron qué necesitaba, respondió: «Solo alimento para mi cuerpo y forraje para mi burro». También les advirtió que se mantuvieran alejados de las puertas de los gobernantes, pues la adulación y la falsedad ante ellos constituían una forma de fitna.

Después de un tiempo, Umar lo convocó a Medina. Hudhayfa emprendió el viaje en las mismas condiciones humildes en que había llegado a Mada’in. Umar se ocultó junto al camino, salió a su encuentro, lo abrazó y le dijo: «Hudhayfa, tú eres mi hermano y yo soy tu hermano», y volvió a confirmarlo en su cargo.

Durante su gobierno de Mada’in se casó con una mujer judía. Umar le ordenó separarse de ella, no porque considerara ilícito en sí mismo casarse con una mujer de las Escrituras, sino por temor a que otros musulmanes prefirieran a las mujeres protegidas por su belleza y cualidades y abandonaran a las musulmanas, provocando una gran fitna. Hudhayfa permaneció como gobernador durante todo el califato de Uthman y parte del de Ali.

En el año treinta de la hégira marchó desde Kufa hacia Jorasán con Said ibn al-As. Participó después en las campañas de Armenia y fue comandante del ejército kufí. En el año treinta y uno tuvo lugar una gran batalla contra los jázaros, en la que murieron cerca de cuatro mil musulmanes. Tras el martirio de Salman, Hudhayfa asumió el mando, aunque poco después fue trasladado y Mugira ibn Shuba ocupó su puesto. Regresó finalmente a Mada’in.

Al llegar supo que Uthman había sido martirizado. Hudhayfa murió cuarenta días después, en el año treinta y seis de la hégira, correspondiente al año 658. Antes de morir lloraba con frecuencia y explicaba que no lloraba por abandonar el mundo, pues amaba la muerte, sino porque ignoraba cuál sería su estado después de ella. Sus últimas palabras incluyeron esta súplica: «Oh Allah, haz que Tu encuentro sea bueno para mí; Tú sabes cuánto Te amo».

Cuando algunos compañeros fueron a visitarlo durante su última noche, preguntó la hora. Al saber que se aproximaba el amanecer, dijo: «Busco refugio en Allah de una mañana que nos conduzca al Infierno». Al ver un sudario nuevo y costoso, sonrió con ironía y dijo que no era su sudario: le bastaban dos telas blancas sin camisa, pues pronto sería trasladado a un lugar mejor o peor que la tumba. Suplicó: «Oh Allah, Tú sabes que prefería la pobreza a la riqueza, la humildad al honor mundano y la muerte a la vida». Sus últimas palabras fueron: «El amigo ha llegado con emoción; no triunfa quien se arrepiente».

Mucha gente asistió a su oración funeraria. Antes de morir había encargado a sus dos hijos que prestaran fidelidad a Ali. Ambos lo hicieron y fueron martirizados en la batalla de Siffin. Hudhayfa también había prestado fidelidad a Ali. Tuvo cuatro hijos: Abu Ubayda, Bilal, Safwan y Said. Se dice que tuvo dos esposas.

Físicamente, se lo reconocía como un hombre del Hiyaz: de estatura media, cuerpo delgado y dientes delanteros muy hermosos. Su vista era tan aguda que podía distinguir con precisión el blanco de una flecha en la penumbra del amanecer. Fue uno de los compañeros más destacados en conocimiento. Además de jurisprudencia y hadiz, poseía un conocimiento excepcional de las transformaciones que afectarían al islam hasta el Día de la Resurrección. Conocía los nombres de muchos hipócritas y por eso se lo llamaba Sahib al-Sirr, el depositario del secreto del Mensajero.

Hudhayfa dijo: «El Mensajero me informó de todo cuanto había ocurrido en la tierra y de todo cuanto ocurriría hasta el Día de la Resurrección». Afirmó conocer más que otros acerca del Anticristo y recordó un sermón en el que el Mensajero había descrito acontecimientos futuros. También dijo que el Mensajero le había informado de todos los sucesos, salvo la causa por la que los habitantes de Medina abandonarían la ciudad.

Ali afirmó que Hudhayfa era quien mejor conocía a los hipócritas entre los compañeros de Muhammad. Abu Dharr dijo que conocía tanto los asuntos complejos y detallados como los nombres de los hipócritas. Hudhayfa acostumbraba preguntar al Mensajero por el mal, mientras que los demás preguntaban principalmente por el bien. Explicó: «Quien conoce el mal permanece dentro del bien», y en otra narración: «Preguntaba por temor a caer en él».

En cierta ocasión Umar preguntó a los compañeros quién conocía algo sobre la fitna. Hudhayfa explicó que los errores relacionados con la riqueza, la familia y los vecinos se expiaban mediante la oración, la limosna, ordenar el bien y prohibir el mal. Umar aclaró que se refería a la fitna que se levantaría como un mar agitado. Hudhayfa respondió que entre Umar y aquella fitna había una puerta. Umar preguntó si la puerta se abriría o sería derribada. Hudhayfa contestó que sería derribada. Umar comprendió entonces que, una vez derribada, la fitna no se detendría. Más tarde Hudhayfa explicó que aquella puerta era el propio Umar.

Hudhayfa transmitió numerosos hadices directamente del Mensajero y de Umar. El autor de al-Julasa señaló que sus narraciones superaban el centenar. Entre quienes transmitieron de él se encontraban Yabir ibn Abdillah, Yundub ibn Abdillah al-Bayali, Abdillah ibn Yazid al-Jutami, Abu al-Tufayl, Ali ibn Abi Talib y Umar ibn al-Jattab. Un gran grupo de tabiun también narró de él.

Aunque sus responsabilidades estatales le dejaban poco tiempo, cuando encontraba ocasión impartía lecciones de hadiz en la mezquita de Kufa. Sus alumnos le mostraban una veneración y un respeto extraordinarios, pero también le tenían temor. Era muy cuidadoso al transmitir hadices y a menudo se negaba a narrarlos si no consideraba apropiado el momento. Cuando ocurría un acontecimiento y comenzaba a hablar, toda la asamblea guardaba silencio.

Era indiferente a los lujos mundanos. Incluso cuando gobernaba Mada’in no cambió su estilo de vida: no tenía muebles ni bienes, utilizaba un burro como montura y conservaba solamente el alimento indispensable. Cuando Umar le envió dinero, lo distribuyó inmediatamente entre los pobres. Sin embargo, no recomendaba abandonar por completo el mundo por la otra vida. Decía que los mejores no eran quienes renunciaban al mundo por la otra vida ni quienes abandonaban la otra vida por el mundo, sino quienes tomaban de ambos lo necesario.

Se dedicaba intensamente a la adoración. Una noche rezó con el Mensajero durante toda la noche sin emitir siquiera un quejido. Relató que el Mensajero recitó largas porciones del Corán, pronunciaba la glorificación al llegar a los versículos de glorificación, suplicaba al llegar a los versículos de súplica y buscaba refugio en Allah al llegar a los versículos de refugio. Hudhayfa también transmitió numerosas enseñanzas sobre la oración, la pureza, la conducta, la obediencia, la sinceridad y la prohibición de la hipocresía.

Ordenaba siempre el bien y prohibía el mal. Reprendía la exageración en los asuntos religiosos, la alteración de la Sunna, la difamación, la búsqueda de defectos, el derramamiento de sangre y la rebelión contra la autoridad legítima. Recomendaba la sinceridad y la reconciliación. Era amable y generoso con todas las personas; cuando alguien llegaba mientras comía, lo invitaba a sentarse con él.

Su relación con el Mensajero era muy estrecha. Le servía cuando podía, le llevaba agua para la ablución y el baño, permanecía cerca de él y aprendía de él junto con los compañeros destacados. Durante una noche de tormenta, después de regresar del campamento enemigo, el Mensajero lo cubrió con parte de su manta y lo alojó en su habitación. Hudhayfa era un ejemplo de perdón y paciencia: no buscó vengarse de quienes habían matado accidentalmente a su padre, sino que pidió a Allah que perdonara su error.

Por su conocimiento de los nombres de los hipócritas, Umar solía preguntar, cuando moría un musulmán, si Hudhayfa había asistido a su oración funeraria. Si la respuesta era afirmativa, Umar también rezaba; si era negativa, se abstenía. En otra ocasión Umar le preguntó si entre sus funcionarios había algún hipócrita. Hudhayfa respondió que sí, pero se negó a revelar su nombre. Poco después Umar destituyó a un funcionario, probablemente porque había recibido la guía correcta.

El papel de Hudhayfa fue también fundamental para preservar la lectura común del Corán. Durante las campañas de Iraq, Armenia y Azerbaiyán observó diferencias entre los nuevos musulmanes no árabes en la recitación. Al regresar a Medina advirtió a Uthman que, si no se enviaban copias oficiales del Corán, la comunidad podía dividirse como se habían dividido los judíos y los cristianos respecto de sus Escrituras. Uthman consultó a los compañeros, hizo copiar el ejemplar preparado durante el califato de Abu Bakr y envió copias a las distintas regiones. De este modo, Hudhayfa contribuyó indirectamente de forma inmensa a la preservación del Noble Corán.

Por todas estas virtudes, Umar lo honraba profundamente y confiaba en su juicio. Las obras históricas contienen muchos otros relatos sobre su mérito, su grandeza, su conocimiento, su austeridad, su valentía, su sinceridad, su piedad y su cercanía al Mensajero. Son tantos que no podrían agotarse en un breve artículo.


Fuentes

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– Taqrib at-Tahdib,
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11. Adh-Dhahabi:
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12. Yaqut al-Hamawi: Mu‘yam al-Buldan,
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27. Abd ar-Rahman al-Banna: Al-Fath ar-Rabbani (Sharh al-Musnad)
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